Kitabı oxu: «La señorita Pym dispone»
LA SEÑORITA PYM DISPONE

JOSEPHINE TEY
LA SEÑORITA PYM
DISPONE
TRADUCCIÓN DE PABLO GONZÁLEZ-NUEVO

SENSIBLES A LAS LETRAS, 13
Título original: Miss Pym Disposes
Primera edición en Hoja de Lata: abril de 2015
Tercera reimpresión: enero de 2022
© The National Trust for Places of Historic Interest and Natural Beauty, 1946
© de la traducción: Pablo González-Nuevo, 2015
Imagen de cubierta: detalle de Wiltshire Landscape, Eric Ravilious, 1937
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2015
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.° E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-18918-33-9
Producción del ePub: booqlab
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La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
1
El timbre comenzó a sonar. Metálico, insistente, enloquecedor.
El estruendo se abría paso a través de los pasillos, arruinando la hermosa paz de la mañana. Desde cada uno de los amplios ventanales, el ruido brotaba como un caudal de agua imparable hacia la quietud de los jardines levemente iluminados por el sol, en los que la hierba aún estaba cubierta de rocío.
La menuda señorita Pym se revolvió entre las sábanas, abrió tímidamente uno de sus ojos grises y se estiró para buscar a ciegas su reloj de pulsera. No estaba por ningún lado. Abrió el otro ojo. Tampoco encontraba la mesilla de noche. No, claro que no, ahora se acordaba. No había mesilla de noche en su habitación, como había podido comprobar la noche anterior. Había tenido que colocar el reloj bajo la almohada. Siguió buscando a tientas. ¡Por amor de Dios, menudo escándalo está montando ese timbre! ¡Algo obsceno! El reloj no estaba bajo la almohada. ¡Pero tiene que estar ahí! Levantó la almohada dejando al descubierto un pequeño pañuelo de lino adornado con un pícaro bordado en tonos azul y blanco. La volvió a poner en su sitio y miró en el hueco entre la cama y la pared. Sí, ahí había algo parecido a un reloj. Colocándose boca abajo y estirando el brazo consiguió alcanzarlo. Con cuidado lo recogió con la punta de los dedos pulgar e índice. Si se le cayera ahora tendría que salir de la cama para poder cogerlo. De nuevo se tumbó de espaldas aliviada mientras sostenía, triunfante, el reloj entre sus manos.
Las cinco y media, según el reloj.
¡Las cinco y media!
La señorita Pym contuvo la respiración y contempló la esfera con incrédula fascinación. No es posible. ¿Qué clase de colegio, por riguroso que sea, comienza su actividad a las cinco y media de la mañana? Sin embargo, cualquier cosa era posible en una comunidad que prescindía de lámparas y mesillas de noche. ¡Pero, las cinco y media! Acercó el reloj a su rosada y pequeña oreja para asegurarse de que no se había parado. Su tictac era constante. Echó un vistazo hacia el jardín que se podía ver por la ventana, detrás de su cama. Sí, sin duda era temprano. El mundo aún conservaba ese aire inmóvil y fantasmal propio de la madrugada. ¡Bien, bien!
La noche anterior, ante el umbral de su puerta, Henrietta le había dicho, alta y majestuosa: «Que duermas bien. Las estudiantes han disfrutado mucho de tu lectura, querida. Te veré por la mañana». Pero al parecer no había creído necesario mencionar el timbre de las cinco y media.
Bueno, al menos no tocaban por su funeral. Hubo una época en que también su vida había estado presidida por el sonido de los timbres. Pero eso fue hace mucho tiempo. Casi veinte años. Si actualmente sonaba alguno en la vida de la señorita Pym era únicamente cuando las yemas de sus dedos, de uñas delicadamente lacadas, tocaban la campanilla de la recepción de algún hotel. Al fin el estruendo se fue acallando hasta convertirse en un leve quejido, e instantes después en un hermoso silencio, y ella se dio la vuelta mirando a la pared y se acurrucó felizmente en su almohada. Desde luego no era su funeral. El rocío sobre la hierba y todo lo demás eran algo propio de la juventud, la radiante y deslumbrante juventud. Pues bien, toda suya. Ella aún podía disfrutar de otras dos horas de sueño.
Su cara sonrosada y redonda le daba un aire infantil. Su nariz era delicada y pequeña y sus cabellos castaños estaban enroscados, mechón a mechón, en un sinfín de rulos distribuidos por toda su cabeza. ¡Menuda guerra le habían dado aquellos rulos la noche anterior! Después del largo trayecto en tren, el reencuentro con Henrietta y la lectura con las alumnas de la escuela, había acabado extremadamente cansada. Su parte débil había tratado de convencerla de que al día siguiente, después de comer, emprendería el viaje de regreso; de que su permanente al fin y al cabo tenía solo dos meses de antigüedad y bien podía aguantar al menos una noche sin todos esos rulos. Pero, ya fuera por despecho hacia ese lado suyo más frágil —con el que a diario libraba una constante y encarnizada batalla— o por no decepcionar a su amiga Henrietta, se aseguró antes de acostarse de que todos y cada uno de los catorce rulos cumplieran su cometido aquella noche. Recordaba ahora la determinación de hacía tan solo unas horas (lo cual ayudaba a acallar cualquier remordimiento ante la modorra de la mañana que comenzaba) y aun así se maravillaba con la intensidad de su deseo de no defraudar a su amiga Henrietta. En la escuela, siendo alumna de tercero,1 había admirado a Henrietta, dos años mayor, de un modo algo exagerado. Henrietta había nacido para ser delegada y su mayor talento consistía básicamente en saber apreciar cómo el resto de la gente utilizaba el suyo. Y ese era precisamente el motivo por el que, habiendo abandonado la escuela para estudiar secretariado, en la actualidad ocupaba el puesto de directora en una escuela de educación física, una especialidad de la que no sabía nada en absoluto. Con los años había olvidado por completo a Lucy del mismo modo que Lucy la había olvidado a ella, hasta que la señorita Pym había escrito el Libro.
Así era como Lucy se refería a él: «el Libro».
Ella misma estaba aún sorprendida por todo el asunto del Libro. Su misión en la vida se había limitado hasta entonces a enseñar francés a colegiales. Pero tras cuatro años de docencia, el último de sus padres falleció dejándole una herencia de doscientas cincuenta libras al año, y Lucy se secó las lágrimas con una mano mientras con la otra entregó su carta de renuncia. La directora le había respondido, con envidia y una absoluta falta de compasión, que el valor del dinero sube y baja de forma imprevisible y que doscientas cincuentas libras no le dejarían mucho margen para permitirse llevar la vida culta y civilizada a la que la gente como Lucy estaba acostumbrada. Pero Lucy se mantuvo firme y alquiló un piso de lo más civilizado, lo suficientemente alejado de Camden Town como para estar muy cerca de Regent’s Park. Siguió dando clases de francés de forma esporádica para equilibrar el balance entre sus gastos e ingresos —o cuando se acercaba la hora de pagar la factura del gas— y dedicaba su tiempo libre a leer libros de psicología.
El primero lo leyó por curiosidad, pues le parecía un tema interesante. Los demás, para comprobar si el resto eran igual de estúpidos. Después de leer unos treinta y siete libros ya había llegado a desarrollar sus propias ideas sobre el tema, por supuesto muy diferentes a las expuestas en esos treinta y siete volúmenes. De hecho todos aquellos ensayos le habían parecido completamente absurdos y la habían enfurecido de tal modo que había comenzado a tomar notas donde refutaba sobre la marcha todas aquellas teorías. Ya que es prácticamente imposible hablar sobre psicología sin utilizar la jerga especializada —y careciendo además de terminología inglesa para ello— sus argumentos alcanzaban altas cotas de sutileza. No tanto, en todo caso, como para llamar la atención de ningún editor, de no haberse dado la circunstancia de que la señorita Pym hubiese escrito un día la siguiente nota en el dorso de un folio de uno de sus textos desechados (nunca había sido muy buena en mecanografía):
Estimado señor Stallard:
Le agradecería que dejara usted de escuchar la radio después de las once de la noche. Me resulta muy molesto.
Le saluda atentamente,
Lucy Pym
El señor Stallard, al que no conocía más que por su nombre —escrito en una cuartilla pegada a la puerta de su apartamento, en el piso inferior—, se personó ante su puerta esa misma noche. En su mano sostenía la carta abierta y no tenía un aire muy alegre, o eso le pareció a la señorita Pym, que tragó saliva varias veces antes de poder articular palabra. Pero el señor Stallard no estaba en absoluto enfadado. Al parecer, trabajaba como lector para varias editoriales y se mostró sumamente interesado en el texto que le había mandado, seguramente por error, en el dorso de la carta.
En otra época, cualquier editor habría mirado hacia otro lado ante la mera propuesta de publicar un libro sobre psicología. Sin embargo, el año anterior el público británico había hecho tambalearse al mundo editorial al hacer evidente su cansancio ante tanta obra de ficción y mostrando un repentino interés por temas más sesudos como la distancia entre la Tierra y Sirio o el significado intrínseco de las danzas primitivas de Bechuanalandia.2 Los editores se vieron de pronto obligados a tratar de satisfacer esta extraña sed de conocimiento por parte de los lectores y como resultado recibieron a la señorita Pym con los brazos abiertos. Es decir, fue invitada a un almuerzo con el editor jefe de un importante sello que culminó con la firma de su contrato. Eso había sido ya un golpe de suerte, pero la providencia también dispuso que no solo el público británico se hubiera hartado de tanta novela sino que también los intelectuales comenzaran a estar hartos de Freud y de toda su troupe. Anhelaban algo nuevo y resultó que ese algo fue Lucy. De manera que la señorita Pym se despertó una mañana siendo famosa y también convertida en la autora de un superventas. Tal fue su conmoción que ese día salió de su apartamento, se tomó tres tazas de café solo y se pasó el resto de la mañana sentada en un banco de Regent’s Park con la mirada perdida en el horizonte.
Durante meses su libro fue un best seller y llegó a acostumbrarse a dar conferencias sobre su tema ante los miembros de la sociedad más erudita, hasta que recibió la carta de Henrietta. En ella le recordaba los días de colegio que habían pasado juntas y la invitaba a pasar unos días en su escuela y a dar una charla a sus alumnas. Lucy ya estaba algo cansada de tanta conferencia, y la imagen de Henrietta se había diluido en su mente con el paso de los años. Estaba a punto de rechazar la invitación cuando recordó el día en que sus compañeras de tercer curso habían descubierto que su verdadero nombre era Laetitia, un oprobio que Lucy había mantenido en secreto durante toda su vida. Sus amigas se habían empleado a fondo divirtiéndose a su costa y ella había llegado a preguntarse si a su madre le habría importado mucho que se suicidara entonces, pensando que, a fin de cuentas, ella misma se lo había buscado al bautizar a su hija con un nombre tan pretencioso. Y entonces Henrietta había hecho su aparición abriéndose camino, literal y metafóricamente, entre aquella manada de salvajes humoristas. Sus comentarios fueron tan mordaces que cortaron de raíz cualquier amago de burla posterior, de manera que la palabra Laetitia no volvió a pronunciarse y Lucy pudo regresar a casa y disfrutar de un buen trozo de pastel en lugar de arrojarse al río. Lucy, sentada en su civilizado y exquisito apartamento, sintió nuevamente cómo la antigua gratitud por Henrietta batía sobre ella en cálidas oleadas. Se puso a escribir y le comunicó que estaría encantada de pasar una noche con Henrietta (su innata cautela no había sido del todo abolida por aquel renovado sentimiento de gratitud) y que sería un placer hablarles de psicología a sus alumnas.
Y de veras había sido un gran placer, pensó mientras estiraba las sábanas para esconderse de la luz del día que entraba por la ventana. Sin duda, aquellas chicas conformaban la mejor audiencia de cuantas había tenido. Las filas de radiantes cabezas hacían que el austero salón pareciera un jardín recién florecido. Y, por si fuera poco, al finalizar le habían brindado un caluroso aplauso. Tras meses de corteses palmoteos por parte de la sociedad cultivada, resultaba agradable escuchar aquella sonora percusión. Sus preguntas también habían sido inteligentes. Aunque la psicología formaba parte del programa académico, como había podido comprobar en la sala común de las estudiantes, no había previsto tal curiosidad intelectual por parte de un grupo de jovencitas que supuestamente se pasaban los días trabajando su musculatura. Por supuesto, solo unas pocas le habían hecho preguntas, de modo que aún cabía la posibilidad de que las demás fueran bobas.
¡Qué maravilla! Esa misma noche volvería a dormir en su encantadora cama y todo esto parecería un sueño. Henrietta había insistido en que se quedase algunos días más y, durante un instante, Lucy incluso había valorado esa posibilidad. Pero la cena había sido como una bofetada. Alubias y arroz con leche no le parecía un menú muy inspirado para una noche de verano. Muy sustancioso y nutritivo y todo eso, no lo ponía en duda, pero no era el tipo de comida que deseaba repetir. Los miembros del claustro, le había dicho Henrietta, siempre comen lo mismo que las estudiantes. Y Lucy deseó que aquel comentario no fuera fruto de su modo de mirar la comida. Había intentado parecer entusiasmada ante la aparición de las alubias, aunque quizá después de todo no lo había conseguido.
—¡Tommy! ¡Tooo-mmy! Tommy, cariño, despierta. ¡Estoy desesperada!
La señorita Pym se vio definitivamente arrastrada a la vigilia. Aquellos gritos agobiados parecían resonar en su misma habitación. Después se dio cuenta de que la segunda ventana de su cuarto daba directamente al patio, de que el patio era pequeño y de que las conversaciones de ventana a ventana eran el método generalizado de comunicación. Permaneció tumbada, tratando de que el ritmo de su corazón volviera a la normalidad, atisbando por encima de los pliegues de las sábanas, más allá del bulto que formaban sus pies, hacia la ventana, que enmarcaba parte del edificio de enfrente. Su cama estaba colocada en una esquina de la habitación, con una ventana a su derecha, en la pared posterior, y otra que miraba al patio a su izquierda, a los pies de la cama. Y lo único que podía ver desde su posición, apoyada en la almohada y con la luz aún escasa que se colaba en el cuarto, era un ventanal medio abierto al otro lado del patio.
—¡Tommy! ¡Tooo-mmy!
Una cabeza de cabellos oscuros apareció en ese preciso instante en la ventana que la señorita Pym podía ver.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó la cabeza—. Que alguien le lance algo a Thomas para que Dakers deje de armar semejante escándalo.
—¡Greengage, cariño, eres una bestia sin sentimientos! Se me ha roto un tirante y no sé qué hacer. Tommy me pidió ayer mi último imperdible para comer bígaros en la fiestecita de Tuppence. ¿Qué trabajo le habría costado devolvérmelo después? ¡Tommy! ¡Aaay, Tommy!
—¿Quieres callarte? —dijo otra voz, en tono más contenido.
Después hubo una pausa. Una pausa, imaginó Lucy, repleta de lenguaje no verbal.
—¿A qué vienen todos esos aspavientos? —preguntó la cabeza de cabellos oscuros.
—¡Silencio, te digo! ¡Ella está ahí! —Estas últimas palabras fueron declamadas en un desesperado sotto voce.
—¿Quién está ahí?
—Esa mujer, la Pym.
—¡Qué tontería, querida! —De nuevo era la voz de Dakers, en tono agudo y rebelde; la voz alegre y confiada de una chiquilla consentida—. Está durmiendo en la parte delantera de la casa, con los privilegiados. ¿Crees que tendrá un imperdible de más si se lo pido?
—A mí me parece que ella es más de cremalleras —exclamó una nueva voz.
—¡Queréis callaros! ¡Os digo que está en la habitación de Bentley!
Eso pareció hacerlas guardar silencio un instante. Lucy vio cómo la cabeza se volvía rápidamente hacia la ventana.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó alguien.
—Jolly me lo dijo la otra noche cuando me servía la cena más tarde que a las demás.
La señorita Joliffe3 era la gobernanta, recordó Lucy, y le hizo gracia el mote que habían elegido para una mujer de aire tan siniestro.
—¡Más vale que sea verdad! —dijo la voz que había sacado a colación las cremalleras.
De nuevo el sonido del timbre rompió el silencio. El mismo urgente clamor que las había despertado. La cabeza de cabellos oscuros desapareció de la ventana en cuanto sonó el primer toque y la voz de Dakers se podía escuchar por encima de aquel estruendo como el gemido desesperado de un animal extraviado. Las pequeñas meteduras de pata enseguida se veían relegadas a un segundo plano en cuanto empezaban las exigencias del día. Una gran ola de ruido se fue elevando hasta alcanzar el mismo nivel del timbre. Se escuchaban portazos y el apresurado taconeo de las estudiantes se hacía eco en los pasillos. Las chicas se llamaban unas a otras y una vez más alguien recordó que Thomas seguía durmiendo. De nuevo gritaron al pasar ante la puerta cerrada de su habitación, tratando inútilmente de despertarla. Después se oyeron pisadas por el camino de grava que atravesaba el patio, flanqueado por dos largas franjas de césped. Enseguida se escucharon más pasos sobre la grava y menos en los pasillos y en las escaleras. Mientras tanto, el parloteo de voces llegaba a su clímax y poco a poco fue acallándose hasta desaparecer. Cuando los ruidos ya se desvanecían en la distancia o iban muriendo definitivamente en el silencio de las aulas, Lucy pudo oír de repente cómo un nuevo y solitario par de pies zapateaba a toda prisa por el sendero de grava y una voz que repetía sin cesar: «Maldita sea, maldita sea, maldita sea», a cada paso que daba. Seguramente era Thomas, la perezosa.
La señorita Pym sintió simpatía por Thomas. La cama es un lugar encantador a cualquier hora del día, pero cuando alguien tiene tanto sueño como para no despertarse ni con el infernal estruendo de la campana de la escuela ni con los chillidos e increpaciones de sus compañeras, levantarse debe ser una verdadera tortura. Probablemente también sea de origen galés. Todos los Thomas eran procedentes de Gales. Los celtas siempre han aborrecido levantarse. Pobre Thomas. Pobrecita, pobrecita Thomas. Le encantaría poder conseguirle un trabajo a la muchacha en el que nunca tuviera que levantarse antes de la hora de comer.
El sueño fue apoderándose de ella nuevamente en oleadas que la arrastraban lentamente a las profundidades. Se preguntó si eso de ser más de cremalleras sería un cumplido. Ser una persona de imperdibles no parecía ser algo precisamente admirable, aunque quizá...
Se quedó dormida.
________
1 En el original la autora se refiere al «Fourth Form», el equivalente en el sistema educativo británico al tercer curso de la ESO actual.
2 Actual Botsuana.
3 Juego entre las palabras Jolly, alegre y Joliffe, el apellido de la, al parecer, siniestra gobernanta de la escuela.
2
Estaba siendo azotada con un látigo de siete colas por dos enormes cosacos como escarmiento por su capricho de utilizar anticuados imperdibles cuando el progreso y las buenas costumbres habían decretado el uso exclusivo de cremalleras. La sangre comenzaba a manar, deslizándose por su espalda, cuando se despertó con la sensación de que lo que verdaderamente estaba siendo ultrajado eran sus oídos. El timbre volvía a sonar. Soltó en voz alta un exabrupto que estaba lejos de ser culto y civilizado y se incorporó en la cama. No, definitivamente no se quedaría ni un minuto más en aquel lugar después de la comida. Había un tren que salía a las 2.41 de Larborough y ese era el que iba a coger ella, con las despedidas liquidadas, los deberes de amiga satisfechos y el alma henchida de gozo por la hermosa sensación de volver a ser libre. Se compraría una caja de bombones en el andén de la estación como recompensa por el madrugón. Aunque la báscula se lo hiciera notar al llegar a casa, ¿a quién le importaba?
Pensar en la báscula le hizo recordar la muy cívica necesidad de tomar un baño. Henrietta se había mostrado desolada por tener que alojarla en un cuarto tan alejado de los baños del profesorado —y sentía infinitamente que se viera obligada a utilizar el del ala de estudiantes— pero la madre de froken4 Gustavson había viajado desde Suecia y ocupaba la única habitación de invitados del ala de personal. Además se quedaría durante varias semanas hasta que hubiera visto con sus propios ojos —y criticado— la Exhibición anual que tendría lugar a principios de mes. Lucy dudaba en esos momentos de poder recordar cómo llegar hasta los aseos. No le apetecía tener que merodear por aquellos luminosos y solitarios pasillos y aparecer por error en un aula atestada de estudiantes. Pero peor sería tener que enfrentarse a aquel grupo de excitadas madrugadoras y preguntarles dónde podía una darse a esas horas un baño tardío.
La mente de Lucy siempre trabajaba de ese modo. No era suficiente visualizar un horror en cada situación, también había que asegurarse de prever su contrario. Permaneció un rato sentada sopesando todas las ignominias a las que muy posiblemente habría de enfrentarse y disfrutando a pesar de todo de la agradable sensación de no tener que hacer nada en absoluto. Hasta que, una vez más, el horrible timbre volvió a atronar y una nueva oleada de pies atravesando los pasillos y un caótico concierto de voces rompió la paz de la mañana. Lucy miró su reloj. Eran las siete y media.
Ya se había decidido a pecar de tosca e incivilizada —después de todo, ¿qué era el baño diario sino una moda moderna? Si el mismísimo Carlos II podía permitirse oler un poco a humanidad, ¿quién era ella, una pobre plebeya, para poner el grito en el cielo por saltarse por una vez el baño matutino?— cuando llamaron a la puerta. Alguien había acudido en su ayuda. ¡Gloria! ¡Aleluya! Su aislamiento y su abandono tocaban a su fin.
—Pase —respondió en el amable tono de una Robinson Crusoe dando la bienvenida a unos recién llegados a su isla. Sin duda era Henrietta, que había decidido acercarse para darle los buenos días. Cómo había podido pensar que su amiga se olvidaría de ella. Debía esforzarse más en comportarse como la celebridad en que se había convertido. Quizá debería arreglarse el pelo de otra manera o practicar, repitiendo veinte veces al día, al estilo de Coué,5 el mejor modo de decir : «¡Adelante!».
Pero no era Henrietta. Se trataba de una especie de diosa.
Una diosa de cabellos dorados, vestida con una radiante túnica de lino de color añil, la mirada, de un azul profundo como el mar, y un envidiable par de piernas. Lucy siempre se fijaba en las piernas de las mujeres, siendo las suyas desde siempre una decepción y una triste fuente de inseguridad.
—¡Ay, lo siento mucho! No se me ocurrió pensar que quizá no estuviera usted aún levantada. En la escuela tenemos unos horarios tan disparatados —dijo la diosa. Y a Lucy le pareció todo un detalle que aquel ser celestial se hiciera responsable de su propia pereza—. Discúlpeme por irrumpir de este modo en su habitación.
Su mirada azul se detuvo sobre una de sus babuchas tirada en el suelo, y por un instante pareció fascinada por aquel objeto. Era una zapatilla de satén azul pálido, muy femenina, muy delicada y muy cara. Una innegable extravagancia.
—Me temo que puede parecer una tontería —dijo Lucy.
—¡Si usted supiera, señorita Pym, lo que significa para mí contemplar un objeto que no sea puramente funcional! —Y entonces, como si la mera tentación de alejarse del propósito de su visita de nuevo se lo hubiese recordado—: Me llamo Nash. Soy la delegada de último curso. He venido en representación de mis compañeras para decirle que sería un honor que tomara el té con nosotras mañana por la tarde. Los domingos tomamos el té en el jardín. Es un privilegio de las mayores y un verdadero placer durante las tardes de verano. De veras esperamos que nos acompañe.
Sonrió entonces con benevolencia a la señorita Pym mientras aguardaba su respuesta. Lucy le explicó que desgraciadamente mañana ya no estaría en la escuela, pues se marchaba esa misma tarde.
—¡No, por favor! —protestó la joven Nash. Y el genuino sentimiento que denotaba el tono de su voz hizo que Lucy se emocionara—. ¡No, señorita Pym, no lo haga! ¡No se vaya! No tiene ni idea, usted es como un regalo del cielo para todas nosotras. Es tan raro que alguien, alguien interesante, venga para quedarse. Este lugar es como un convento. Trabajamos tan duro que llegamos a olvidar que aún existe el mundo exterior. Es nuestro último año aquí y todo esto puede volverse tan siniestro y claustrofόbia)... Los exámenes finales, la Exhibición, la graduación y Dios sabe qué más. Llegamos a sentirnos tan mal que tememos perder el sentido de lo que es bueno y lo que no. Y ahora ha llegado usted, un ser civilizado... —Hizo una pausa, a medias riéndose, a medias tratando de mantenerse seria—. ¡No puede usted abandonarnos!
—Pero si todos los viernes recibís la visita de algún conferenciante externo —le recordó Lucy. Era la primera vez en su vida que alguien la hacía sentirse como un regalo del cielo y no estaba del todo dispuesta a creérselo sin más. No le gustaba en absoluto el sentimiento gratificante que a veces le producía el permitirse olisquear entre sus emociones.
La señorita Nash le explicó con claridad y detalle —y con cierta acritud— que las tres últimas ponentes habían sido: una octogenaria experta en inscripciones asirias, una checa versada en las vicisitudes de Europa Central y una ensalmadora que les habló largo y tendido sobre la escoliosis.
—¿Qué es la escoliosis? —preguntó Lucy.
—Una anomalía en la curva de la espina dorsal. Si cree que cualquiera de ellas trajo consigo algo de luz y color a esta escuela, se equivoca. El objeto de las conferencias es ponernos en contacto con el mundo pero... Si puedo serle franca e indiscreta —Era obvio que disfrutaba siendo ambas cosas en aquel instante—, el vestido que llevaba usted la otra noche nos causó mucho más placer que todas las conferencias a las que hemos asistido.
Lucy se había gastado una escandalosa cantidad de dinero en aquel vestido cuando su libro se convirtió en superventas y aún seguía siendo su favorito. Se lo había puesto para impresionar a Henrietta.
El sentimiento gratificante que trataba de mantener a raya de nuevo se aproximaba, pero no lo suficiente como para acabar con su sentido común. Aún se acordaba de las alubias y de la carencia de lamparilla nocturna en su cuarto; también de la imposibilidad de reclamar la presencia del servicio mediante campanillas o timbres; y, por supuesto, de aquel omnipresente timbre infernal que no dejaba de sonar como toque de diana. No, no perdería el tren de las 2.41 en Larborough ni aunque todas las estudiantes de la Escuela de Educación Física Leys se interpusieran en su camino llorando a coro. Murmuró algo acerca de sus compromisos —haciéndole ver a la muchacha que su agenda estaba repleta de inevitables obligaciones y deseables encuentros— e inquirió a la señorita Nash si tendría la amabilidad de indicarle dónde estaban los baños del personal de la escuela.
—No querría verme obligada a merodear hasta perderme por esos pasillos sin saber a quién acudir.
La señorita Nash reconoció que la ausencia de servicio era un gran inconveniente.
—Eliza debería haberlo tenido en cuenta y haber venido hasta aquí para comprobar si necesitaba alguna cosa. Es la asistenta de los miembros del claustro. Si a usted no le importa, señorita Pym, podría usar los baños de las estudiantes, que están más cerca. Por supuesto están divididos en cubículos, quiero decir que están solo cerrados en parte. El suelo es de hormigón verdoso mientras que el de las profesoras está cubierto de azulejos color turquesa en forma de mosaicos con hermosos dibujos de delfines, pero el agua, al fin y al cabo, es exactamente la misma para todas.
La señorita Pym se mostró encantada de poder utilizar los aseos de las estudiantes y, mientras recogía sus enseres de baño, la parte ociosa de su mente meditaba sobre la notable falta de reverencia de la señorita Nash por el personal de la escuela, lo que le hizo recordar algo. Y pronto tomó conciencia de qué era ese algo. Se trataba de Mary Barharrow. El resto de compañeras de clase de Mary Barharrow formaba un grupo de dóciles estudiantes que se esforzaban por aprenderse los verbos irregulares franceses. Mary Barharrow, sin embargo, aunque diligente y cordial, trataba a su profesora de francés de igual a igual. Tal comportamiento era sin duda el obvio resultado de que su padre era casi millonario. La señorita Pym llegó a la conclusión de que la señorita Nash, que hacía gala del mismo aire encantador y socialmente desenvuelto de Mary Barharrow, probablemente tenía también un padre muy parecido al de Mary Barharrow. Pronto descubrió que era exactamente eso lo primero que todas sus compañeras comentaban cuando el nombre de Nash era mencionado. «La familia de Pamela Nash es muy rica. Tienen incluso un mayordomo». Siempre mencionaban al mayordomo. Para las hijas de todos esos esforzados y atareados médicos, abogados, dentistas, hombres de negocios y granjeros, la mera idea de tener un mayordomo era algo tan exótico como lo hubiera sido disponer de un esclavo negro.
—¿No deberías estar ahora en clase? —preguntó la señorita Pym al recordar que la quietud que reinaba en los luminosos pasillos anunciaba a voz en grito que la actividad en esos momentos debía tener lugar en otro sitio y no allí—. Imagino que si os levantáis a las cinco y media de la mañana será porque tenéis trabajo antes del desayuno.
—Ah, sí. Durante los meses de verano tenemos dos periodos antes del desayuno, uno activo y otro pasivo. Prácticas de tenis y quinesiología o similar.
—¿Qué es la quine-lo-que-sea?
—¿Quinesiología?
La señorita Nash sopesó por un instante el mejor modo de instruir a la ignorante y respondió con un ejemplo práctico: «Tiene que coger una jarra de agua por su asa del estante más alto: describa los movimientos musculares implicados en tal movimiento». El asentimiento de la señorita Pym hizo evidente que lo había entendido.
—Sin embargo, en invierno tenemos el mismo horario que cualquier otra escuela y nos levantamos a las siete y media. En cuanto a este periodo del día en concreto, normalmente se emplea en la obtención de certificados externos: Salud Pública, Cruz Roja, etcétera. Pero una vez los hemos obtenido, podemos emplear el tiempo en estudiar para los exámenes finales que empiezan la próxima semana. No tenemos mucho tiempo, así que estas horas nos vienen muy bien.
—¿No tenéis tiempo libre después de la hora del té?
La señorita Nash sonrió divertida.
—Oh, no. Por las tardes, de cuatro a seis, tenemos práctica clínica con pacientes externos, ¿sabe? Vemos de todo, desde pies planos hasta huesos rotos. Y desde las seis y media hasta las ocho tenemos clase de danza. Ballet clásico, no folclórico. El baile folclórico es por las mañanas. Y se valora como ejercicio físico, no artístico. Más tarde, la cena no termina antes de las ocho y media, de modo que cuando tendríamos tiempo para estudiar ya estamos agotadas y el final del día se convierte en una batalla entre el sueño y la ignorancia.
Al dar la vuelta a la esquina del pasillo en dirección a las escaleras, prácticamente se precipitó sobre ellas una figura menuda y huidiza que corría cargada con la cabeza y el tórax de un esqueleto sujeta bajo un brazo y la pelvis y las piernas bajo el otro.
—¿Qué estás haciendo con George, Morris? —preguntó Nash, parándose frente a la joven.
—¡Ay, por favor no me hagas perder tiempo, Beau! —jadeó sobresaltada la muchacha sujetando fuertemente la grotesca carga que portaba contra su cadera derecha mientras hacía ademán de seguir corriendo hacia las escaleras—. Y por favor olvida que me has visto, ¿quieres? Quiero decir, que has visto a George. Pensaba levantarme temprano y devolverlo a su sitio antes de que sonara la campana de las cinco y media pero me quedé dormida, así de sencillo...
—¿Has estado despierta toda la noche con George?
—No, solamente hasta las dos. Yo...
—¿Y cómo te las apañaste para ocultar las luces de tu cuarto?
—Cubrí la ventana de la habitación con mi manta de viaje, por supuesto —respondió la muchacha con el tono en que se dicen las cosas que resultan obvias.
—¡El decorado ideal para una noche de junio!
—Ha sido terrible —continuó Morris—. Pero, de veras, es la única forma que se me ocurre de conseguir empollar las inserciones, así que, por favor, Beau, simplemente olvida que me has visto. Lo habré devuelto antes de que las profes bajen a desayunar.
—Sabes que no lo harás. Y que acabarán descubriéndote.
—Ay, por favor, no trates de desanimarme. Ya tengo bastante preocupación encima. Ni siquiera recuerdo cómo se vuelven a encajar las dos mitades de George.
Siguió caminando escaleras abajo, delante de ellas, y desapareció en dirección a la fachada principal del edificio.
—Realmente empieza a parecer que estamos al otro lado del espejo —comentó la señorita Pym, viendo cómo la muchacha se alejaba—. Siempre he pensado que las inserciones tenían más que ver con las agujas.
—¿Inserciones? Se refiere al punto exacto en que el hueso se une al músculo. Es mucho más fácil de entender con el esqueleto delante que con las ilustraciones de un libro. Por eso Morris ha secuestrado a George. —Y soltó una risita indulgente—. Algo descaradamente audaz, viniendo de ella. Yo misma he llegado a robar algunos huesos cuando estaba en primero, pero jamás se me pasó por la cabeza la idea de llevarme a George. Es la nube más negra que amenaza la vida de las de primer curso, ¿sabe? El examen final de anatomía. Se supone que has de saberlo todo sobre el cuerpo humano antes de comenzar a ejercitarlo. Por eso es un examen de primer curso, a diferencia de otros finales. Los aseos están por aquí. Los domingos, cuando yo estaba en primero, los setos que bordean el campo de críquet estaban repletos de estudiantes escondidas y abrazadas a su ejemplar de Gray.6 Está terminantemente prohibido sacar los libros de la escuela y el domingo es el día en que se supone que hemos de socializar, tomar el té e ir a la iglesia o a pasear por el campo. Pero ninguna alumna de primero hace otra cosa durante el periodo de verano que no sea buscar un lugar tranquilo para poder estar a solas con su Gray. No es nada fácil sacar del colegio un tomo de ese calibre. ¿Lo conoce? Es aproximadamente del tamaño de esas viejas biblias familiares que reposan indefinidamente sobre la mesa de la sala de estar en cualquier casa. De hecho, llegó a extenderse el rumor de que la mitad de las alumnas de Leys estaban embarazadas, aunque finalmente resultó que todo se debió a la extraña silueta de las chicas paseándose con ese librazo bajo la ropa de los domingos.
La señorita Nash se inclinó ante los grifos y comenzó a abrirlos para llenar la bañera, produciendo un gran estruendo.
—Como todo el mundo en la escuela se baña tres y cuatro veces al día, en cuestión de minutos te puedes quedar sin agua; me temo que no llegará usted a tiempo al desayuno —explicó tratando de hacerse oír por encima del ruido. La señorita Pym pareció disgustarse como una chiquilla ante dicha perspectiva—. ¿Por qué no deja que yo me ocupe de todo? Le traeré algunas cosas en una bandeja. No, no es ningún problema, estaré encantada de hacerlo. No es necesario en absoluto que una invitada de la escuela se presente a desayunar a las ocho de la mañana, ¿no cree? Además, seguro que prefiere la tranquilidad de su habitación. —Se detuvo un instante, dejando reposar su mano en la manilla de la puerta—. Y, por favor, cambie de opinión y quédese. Será un placer para nosotras. Mucho mayor de lo que se pueda imaginar.
Sonrió y se fue.
Lucy se sumergió en el agua caliente y pensó felizmente en su desayuno. Qué maravilla no tener que mantener una conversación ni escuchar todo ese parloteo. Qué gran idea había tenido aquella encantadora joven y qué amable de su parte semejante gesto. Quizá después de todo no era mala idea quedarse uno o dos días más...
Por poco salta de la bañera cuando otro timbre volvió a sonar a escasos diez metros de donde estaba. ¡Ya había tenido bastante! Se incorporó para enjabonarse. Cueste lo que cueste estaré en Larborough para tomar el tren de las 2.41. Ni un minuto más tarde. ¡Ni un minuto!
En cuanto el ruido del timbre —presumiblemente una advertencia de cinco minutos previa a la llamada de las ocho en punto— se fue apagando nuevamente, escuchó pasos apresurados en el pasillo. La doble puerta que había a su izquierda se abrió bruscamente y al tiempo que el agua volvía a correr pudo oír una vez más el chillido de aquella voz aguda y familiar:
—¡Ay, voy a llegar tardísimo a desayunar! ¡Pero estoy empapada en sudor, querida! Ya lo sé, debería haberme quedado sentada y quietecita y dedicarme a analizar la composición del plasma, cosa que no tengo la menor idea de cómo hacer... ¡Y el examen final es el martes! Pero hacía una mañana tan hermosa. Y ahora, ¿dónde habré puesto mi jabón?
Lucy quedó muy sorprendida de que en una comunidad con actividades desde las cinco y media de la mañana hasta las ocho y media de la tarde, aún existiera alguien con la vitalidad suficiente como para entrenarse sin tener la obligación de hacerlo.
—¡Donnie, cariño, me he olvidado el jabón! Pásame el tuyo.
—¡Tendrás que esperar a que termine de enjabonarme yo! —respondió una voz plácida en comparación con el agudo tono de Dakers.
—¡Muy bien, querida, pero por favor date prisa! Ya he llegado tarde dos veces esta semana y la señorita Hodge me echó una mirada bastante inquietante la última vez. Ay, casi lo olvido, Donnie, ¿podrías hacerte cargo de mi adiposo paciente de las doce en la clínica?
—No, no podría.
—No está tan gordo como parece. Solo tienes que...
—Ya tengo a mi propio paciente, ¿sabes?
—Sí, lo sé. Pero es un chiquillo con un simple esguince en el tobillo. Lucas podría encargarse de él después de la chica con tortis colli...
—No.
—No, ya me lo temía. Ay, querida, no sé cuándo voy a poder hacer lo del plasma. ¡Y eso de las capas estomacales me supera, chica! Ni siquiera me creo que haya cuatro, ¡cuatro nada menos! Es una conspiración. La señorita Lux me dice que me fije en la tripa, pero no creo que eso pruebe nada...
—¡Ya llega el jabón!
—¡Graaacias, mi amor! Me has salvado la vida. ¡Qué bien huele, cariño! Seguro que es bien caro. —Y en ese azaroso instante de silencio se dio cuenta de que había alguien en el cubículo a la derecha del suyo—. ¿Quién está aquí al lado, Donnie?
—Ni idea, querida. Probablemente sea Gage.
—¿Eres tú, Greengage?
—No, soy la señorita Pym —respondió Lucy sobresaltada, y deseando que su voz no hubiera sonado en realidad tan remilgada como le había parecido.
—No, en serio, ¿quién es?
—La señorita Pym.
—Muy buena imitación, seas quien seas.
—Seguro que es Littlejohn —sugirió entonces la voz más dulce—. Es muy buena con las imitaciones.
—¿Eres tú, John?
La señorita Pym volvió a recostarse en la bañera en resignado silencio.
Se escuchó el sonido del agua al desplazarse bruscamente y un chapoteo de pies mojados, y las puntas de ocho dedos aparecieron entonces en el borde de la mampara que separaba ambos cubículos. A continuación, un rostro se asomó del otro lado. Era una cara alargada y pálida, parecida a la de un poni amigable, con el cabello lacio y bonito recogido en un moño sobre la nuca y sujeto de manera apresurada con una horquilla. Sin duda era una cara entrañable. Incluso en aquel momento embarazoso e incómodo, Lucy pudo comprender cómo había sido posible que Dakers hubiese llegado al último curso en Leys sin haber recibido una tunda por parte de sus exasperadas compañeras.
Primero fue el horror lo que se dibujó en el rostro de la muchacha, después un rubor salvaje encendió sus mejillas mientras, casi de inmediato, su expresión pasaba a ser más de diversión que de miedo. Súbitamente desapareció de su campo de visión y se oyó un gemido desesperado.
—¡Señorita Pym! ¡Mi querida señorita Pym! ¡Cuánto lo siento! Me pongo a sus pies... ¡Ni por un instante pensé que de verdad podría ser usted!
Lucy no pudo evitar sentir que en realidad estaba disfrutando con todo aquello.
—Espero no haberla ofendido. No terriblemente, al menos. Estamos tan acostumbradas a ver a la gente sin ropa que, que...
Lucy comprendió que la chiquilla trataba de darle a entender que lo ocurrido no tenía tanta importancia en aquel escenario como lo habría tenido en cualquier otro lugar y que, dado que en aquel instante tan solo tenía un pie fuera de la bañera, la cosa no había sido tan grave. Le dijo dulcemente que todo había sido en realidad culpa suya por haber ocupado el baño de las chicas y que la señorita Dakers no tenía por qué sentirse mal.
—¿Sabe usted mi nombre?
—Sí, querida, me despertaste esta misma mañana pidiendo a gritos un imperdible.
—¡Ay, qué catástrofe! ¡Ya no podré mirarla a la cara!
—Tengo entendido que la señorita Pym se marcha esta misma tarde en el primer tren con destino a Londres —dijo la voz del baño más distante, en un tono de mira-lo-que-has-hecho.
—Esa de ahí es O’Donnell —dijo Dakers—. Es irlandesa.
—Del Úlster —precisó O’Donnell, sin ofenderse.
—Encantada, señorita O’Donnell.
—Pensará usted que está en una casa de locos, señorita Pym. Pero no crea que todas somos como Dakers, por favor. La mayoría ya hemos madurado. Y algunas de nosotras somos incluso civilizadas. Cuando venga usted a tomar el té mañana podrá comprobarlo.
Antes de que la señorita Pym pudiera decir que no asistiría, los cubículos empezaron a verse invadidos por un murmullo apagado que rápidamente se elevó hasta convertirse en el estruendo de un gong. A semejante tumulto se unió, como si del gemido de una erinia se tratase, un nuevo lamento de Dakers, que podía oírse por encima del conjunto como el chillido de una gaviota en mitad de la tormenta. Desde luego que iba a llegar tarde. Pero se sentía tan bien tras ese baño con jabón. Le había salvado la vida. Y ahora, ¿dónde estaba el cinturón de su albornoz? ¿Sería capaz de olvidar la dulce señorita Pym todas sus meteduras de pata y aceptar que también ella era una joven sensible y una mujer adulta y civilizada? Además, todas estaban tan ilusionadas con la perspectiva de tomar el té en su compañía al día siguiente...
A toda prisa, las dos estudiantes se marcharon finalmente, dejando de nuevo a la señorita Pym con la única compañía de la moribunda vibración del gong y del borboteante sonido del agua bajando por el desagüe.
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4 Del sueco, «señorita».
5 Émile Coué (1857-1926). Psicólogo francés que fundó la Escuela de Psicología Aplicada de Lorena e introdujo en psicoterapia el método de autosugestión consciente.
6 El clásico manual de anatomía de Henry Gray (1858), de referencia toda-vía para los actuales estudiantes de medicina.
3
Alas 2.41 de la tarde, cuando el tren rápido con destino Londres abandonaba la estación de Larborough con absoluta puntualidad, la señorita Pym estaba sentada sobre el césped a la sombra de un cedro preguntándose si no se habría equivocado al quedarse finalmente, aunque sin darle demasiada importancia al asunto. Se estaba muy bien en el jardín iluminado por el sol. Además reinaban el silencio y la tranquilidad pues, al parecer, las tardes de los sábados había partido y toda la escuela había acudido en masse al campo de críquet para asistir al encuentro contra el equipo de Coombe, un colegio rival del otro extremo del país. A falta de otra cosa, desde luego estas chicas eran terriblemente versátiles. Pasar de estudiar los fluidos estomacales al campo de críquet no debía de ser precisamente fácil, pero ellas parecían afrontarlo como un juego de niños.
Henrietta había ido a verla a su dormitorio después del desayuno para insistir una vez más y tratar de convencerla de que se quedase a pasar el fin de semana. «Estas chicas forman un grupo de lo más variopinto y verlas trabajar siempre es interesante». Y Henrietta tenía razón. No había pasado un minuto desde su llegada en que no hubiera sido testigo de alguna nueva faceta de su existencia tras aquellos muros. Se había sentado a la mesa en compañía del personal de la escuela, había degustado alimentos difíciles de identificar pero que sin duda formaban parte de una dieta equilibrada y había llegado a conocer superficialmente a algunos de los miembros del claustro. Henrietta presidía la mesa en soledad y deglutía su comida en un ensimismado silencio. La señorita Lux, sin embargo, era bastante habladora. La señorita Lux —angulosa, franca e inteligente— impartía teoría y, en tanto que experta en la materia, no solo exponía ideas sino también contundentes opiniones. A la señorita Wragg, instructora de gimnasia de las alumnas más jóvenes —joven, fuerte, robusta y de mejillas sonrosadas—, no se la veía con idea de nada en concreto y sus únicas opiniones eran las que escuchaba de labios de madame Lefevre. Madame Lefevre, la profesora de ballet, no hablaba mucho pero cuando lo hacía era en un tono suave como el terciopelo y nadie la interrumpía. Al otro extremo de la mesa, sentada junto a su madre, estaba fröken Gustavson, la instructora de gimnasia de último curso, que parecía no tener nada que decir.
Fue precisamente la fröken Gustavson quien atrajo las miradas de Lucy durante aquella comida. Los ojos azul pálido de la sueca eran divertidos y maliciosos, y la señorita Pym los encontró irresistibles. La corpulenta señorita Hodge, la inteligente señorita Lux, la simplona señorita Wragg, la elegante madame Lefevre, ¿qué pensaría de todas ellas aquel esbelto y pálido enigma procedente de Suecia?
Y ahora, tras pasarse la comida divagando mentalmente sobre la joven sueca, esperaba expectante la llegada de una sudamericana. «A Desterro no le gustan los deportes», le había dicho Henrietta, «de modo que le diré que te haga compañía esta tarde». Lucy no deseaba compañía alguna —estaba acostumbrada a estar sola y eso le gustaba— pero la mera idea de una mujer sudamericana en una escuela inglesa especializada en educación física despertó su curiosidad. Y cuando Nash se acercó corriendo hacia ella después de comer y le dijo: «Me temo que esta tarde se quedará usted sola si no le gusta el críquet», otra muchacha de último curso que pasaba a toda prisa le dijo: «No te preocupes, Beau, Bollito de Nuez cuidará de ella». «Ah, bien», había sido la respuesta de Beau, al parecer tan acostumbrada al apodo que parecía haber perdido todo significado.
Lucy, sin embargo, esperaba ahora ansiosa la llegada de aquel bollito y, sentada plácidamente bajo la luz del sol mientras digería las maravillas dietéticas del menú del día, reflexionó sobre aquel mote. ¿Acaso las nueces eran originarias de Brasil? Y en cualquier caso, ¿por qué ese nombre?
Una alumna de primero pasó a toda velocidad en dirección al cobertizo de las bicicletas y se volvió hacia ella dedicándole una sonrisa, entonces recordó que la había conocido esa misma mañana en el pasillo.
—¿Conseguiste devolver a George sano y salvo? —le preguntó.
—Sí, muchas gracias —sonrió la menuda señorita Morris, deteniéndose un instante sobre una de las puntas de sus pies como quien va a ejecutar un paso de baile—, pero ahora creo que estoy metida en otro lío. Verá, la señorita Lux entró en el aula justo cuando estaba colocando a George de nuevo en su sitio. Digamos que por poco me pilla con las manos en la masa y no creo que sea capaz de inventarme una buena explicación para salir indemne de algo así.
—La vida es difícil —asintió Lucy.
—Al menos ahora creo haberme aprendido las inserciones de una vez por todas —gritó la señorita Morris, alejándose de nuevo a toda prisa por el jardín.
Buena chica, pensó la señorita Pym. Buenas, honestas y sanas muchachas. Qué agradable era ese lugar. Aquella mancha oscura que se dibujaba en el horizonte era neblina contaminante en Larborough. Y sobre Londres habría sin duda otra mucho mayor. Desde luego era mucho mejor estar allí sentada bajo los cálidos rayos del sol, respirando el aire puro y el embriagador aroma de las rosas y disfrutando de las amables sonrisas de aquellas hermosas y jóvenes criaturas. Se estiró un poquito y le dio el visto bueno a la robusta mole georgiana de la casa rectoral bajo aquella luz casi vespertina; la única pega que tenía eran esas alas de construcción añadidas más recientemente con fachada de ladrillo. Aunque para ser edificios modernos tampoco estaban tan mal. En la parte antigua había aulas encantadoramente espaciosas y pulcros dormitorios modernos en las mencionadas alas de construcción más reciente. Un equilibrio ideal. Y por supuesto, la horrible mole del gimnasio permanecía debidamente oculta tras todo ello. Antes de marcharse el lunes no quería perderse la gimnasia de las chicas de último curso. En ello encontraría un doble placer. El placer de observar a expertas entrenadas para alcanzar la perfección y el inefable deleite de saber que jamás en su vida tendría que volver a trepar por las espalderas.
Al mirar hacia el extremo del edificio vio aparecer una figura ataviada con un vestido de seda floreado y una sencilla pamela. Su porte era esbelto y gracioso y, viendo cómo la joven se acercaba Lucy se dio cuenta de que inconscientemente la había imaginado algo rechoncha y de más edad. También entendió de dónde venía aquello del Bollito de Nuez, y no pudo evitar sonreír. La austera indumentaria de las jóvenes estudiantes de Leys no era precisamente colorista, mucho menos aún tan sugerente y ajustada como aquel vestido estampado. Y desde luego sus sombreros no eran ni remotamente parecidos a esa pamela.
—Buenas tardes, señorita Pym. Soy Teresa Desterro. Siento haberme perdido su conferencia la otra noche pero tenía que dar una clase en Larborough.
Desterro se quitó el sombrero con estudiada gracia y lentitud y se dejó caer en la hierba junto a Lucy con un único y suave movimiento. Todo en ella era delicado y natural: su voz, la lenta cadencia con que pronunciaba cada palabra, su cuerpo, cada uno de sus movimientos, su cabello oscuro y sus ojos color miel.
—¿Una clase?
—Clase de ballet, para dependientas. Tan formales, tan meticulosas, tan rematadamente malas. Me regalarán una caja de bombones la próxima semana porque se acerca el final de las clases, porque me han cogido cariño y porque esa es la costumbre. Y yo me sentiré horriblemente mal. Es una misión imposible. Nadie sería capaz de enseñarlas a bailar.
—Espero que al menos disfruten de las clases. ¿Es habitual que las alumnas impartan clases fuera de la escuela?
—Por supuesto, todas lo hacemos. Es una manera de coger práctica. Colegios, conventos, clubes, ese tipo de cosas. ¿De modo que no le interesa el críquet?
Lucy, que pareció salir del sopor que la embargaba ante el repentino cambio de tema, le explicó que algo como el críquet solo se le hacía soportable en compañía de una bolsita de cerezas.
—¿Cómo es que usted no juega, por cierto?
—No participo en ningún deporte. Correr detrás de una pelota me parece algo absolutamente ridículo. Yo vine a la escuela exclusivamente por la danza. Tiene muy buena fama.
—Pero, sin duda —respondió Lucy—, habrá excelentes escuelas de danza en Londres y con un nivel superior de enseñanza al que se pueda esperar de una escuela de educación física.
—Ah, pero para eso hay que comenzar siendo muy joven y yo nunca he sentido el baile como una profesión sino más bien como afición.
—Y espera usted poder enseñar cuando regrese a Brasil, ¿no es así?
—¡Ay, no! Espero casarme —respondió la señorita Desterro—. Vine a Inglaterra para alejarme de un amor desgraciado. Él era encantador y absolutamente inadecuado. De modo que me vine a Inglaterra para superarlo.
—¿Su madre es inglesa, entonces?
—No, mi madre es francesa. Mi abuela es inglesa. Adoro a los ingleses. Hasta aquí —Y alzó entonces su delicada mano, con la muñeca debidamente equilibrada, hasta colocarla a la altura de su cuello—, son todo romanticismo; pero de ahí para arriba son solo sentido común. Fui a ver a mi abuela, empapé de lágrimas sus sillas de exquisito tapizado y le dije: «¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?». Con respecto a mi amante, quiero decir. Y ella me respondió: «Lo que vas a hacer es sonarte la nariz y marcharte inmediatamente del país». De modo que le dije que iría a París, viviría en una buhardilla y llevaría una vida bohemia. Pero ella me respondió: «De eso nada. Viajarás a Londres y sudarás un poco para variar». Y yo, que siempre le hago caso a mi querida abuelita, y puesto que siempre me ha gustado bailar y soy buena en ello, decidí venir aquí. A Leys. Me miraron con cierta desconfianza cuando les dije que solo tenía intención de bailar, pero...
Y eso era lo que Lucy se estaba preguntando. ¿Cómo era posible que hubieran aceptado a aquel encantador bollito en esta estricta escuela típicamente británica?
—Pues el caso es que una de las estudiantes tuvo una crisis a mitad de curso, no es algo raro aquí, ¿sabe usted?, y como quedó una vacante, lo cual nunca es bueno para una escuela, debieron pensar: «Está bien, dejemos que esa alocada muchacha que ha llegado de Brasil ocupe la habitación de Kenyon y asista a las clases. Al fin y al cabo no hará daño a nadie y será beneficioso para las cuentas de la escuela».
—De modo que comenzó como alumna de último curso.
—Como bailarina, sí. Yo ya era bailarina antes de venir aquí, ¿sabe? Pero voy a clase de anatomía con las de primero. Los huesos siempre me han interesado. También asisto a otras clases siempre que me apetece. He ido a casi todas. Menos a fontanería. Me parece algo indecente.
La señorita Pym imaginó que con eso de fontanería se refería a higiene.
—¿Y le han gustado todas las demás?
—Es una educación bastante liberal. Las chicas inglesas son tan ingenuas... Son como niños de nueve años. —Al percibir la sonrisa de incredulidad de la señorita Pym, que no pensaba que hubiera ingenuidad alguna en una joven como Beau Nash, se apresuró a seguir—: O quizá más bien como niñas de once. Cada dos por tres tienen rabietas, ¿sabe a lo que me refiero? —La señorita Pym asintió—. Se desmayan cada vez que madame Lefevre les dirige una palabra amable. También yo en ocasiones, pero más bien es fruto de la sorpresa en mi caso. Ahorran dinero para regalarle flores a la Gustavson, que solo piensa en su apuesto oficial de la Marina sueca.
—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó Lucy, sorprendida.
—¡Ah! Él está en todas partes. En su mesa, en su habitación. Su fotografía, quiero decir. Y al fin y al cabo la señorita es del continente. Ella no es presa de las rabietas.
—Los alemanes sí —precisó Lucy—. Son famosos por ello.
—Desde luego son un pueblo poco equilibrado —respondió Desterro desdeñando a la raza teutona—. Los suecos son muy diferentes.
—De cualquier modo, ella sabrá apreciar esas pequeñas ofrendas florales.
—Por supuesto no las arroja por la ventana a la primera de cambio. Pero es obvio que ella siente preferencia por las que no le hacen regalos.
—¡Ah! De modo que también hay estudiantes que no se dejan llevar por las emociones, ¿verdad?
—Por supuesto, unas pocas. Las escocesas, por ejemplo. Tenemos dos. —Por su tono de voz podría estar hablando igualmente sobre razas de conejos—. Demasiado ocupadas con sus propias disputas como para que les sobre energía para algo más.
—¡Disputas! Pensaba que los escoceses eran un pueblo muy unido.
—No si se han criado bajo el influjo de vientos distintos.
—¿Vientos?
—Tiene que ver con el clima. Es algo muy habitual en Brasil. Un viento estilo aaah —Abrió sus encarnados labios soltando el aliento de un modo insinuante— moldeará a lo largo de su vida a un tipo de persona. Pero el viento que hace sssh —Esta vez expulsó el aire entre sus dientes, de un modo casi sensual— influirá en las personas de un modo completamente diferente. En Brasil es a causa de la altitud. En Escocia, la diferencia consiste en si procedes de la costa este o de la costa oeste. Lo descubrí durante las vacaciones de Pascua y por fin comprendí lo que les pasaba a las escocesas. Campbell procede de un viento estilo aaah y por eso es perezosa y dice constantemente mentiras, irradia encanto y es bastante artificial. Stewart, sin embargo, es más del tipo sssh, de ahí que sea honesta, trabajadora y tan extraordinariamente sensata.
La señorita Pym se rio.
—¡De modo que según su teoría la costa oeste de Escocia debería estar poblada por poco menos que santos!
—Por supuesto, también habrá motivos personales en sus disputas, imagino. Algo seguramente relacionado con el abuso de hospitalidad.
—¿Quiere decir que quizá durante unas vacaciones juntas una de ellas se aprovechó de la otra?
Visiones de algún enredo amoroso, cucharas de plata subrepticiamente robadas y quemaduras de cigarrillos en los muebles de la familia salpicaron entonces la excesivamente vívida imaginación de Lucy.
—No, no. Se trata de algo ocurrido hace más de doscientos años. En las colinas cubiertas por la nieve tuvo lugar una masacre.
Desterro le hacía plena justicia al significado de la palabra justicia.
En ese momento, la señorita Pym rompió definitivamente a reír. ¡Pensar que los Campbell aún se afligían con el recuerdo de la batalla de Glencoe! ¡Desde luego eran una raza de lo más intransigente, esos celtas!
Permaneció un instante tratando de asimilar en silencio lo que acababa de escuchar hasta que de nuevo el excéntrico bollito se dirigió a ella, diciendo:
—¿Entonces ha venido usted a estudiarnos como a conejillos de indias, señorita Pym?
Lucy le explicó que ella y la señorita Hodge eran viejas amigas y que su visita era estrictamente por placer.
—En cualquier caso —continuó dulcemente—, dudo de que un espécimen como la estudiante media de educación física pueda ser psicológicamente interesante.
—¿No? ¿Por qué?
—¿Demasiado normales, demasiado amables? Demasiado parecidas entre sí. —A Desterro pareció divertirle el comentario. Era la primera expresión espontánea que dejaba traslucir hasta el momento. Y pilló por sorpresa a Lucy, que sintió que sutilmente le hacían notar que quizá también ella pecara de ingenua—. ¿No está de acuerdo conmigo?
—Intento pensar en alguna chica, alguna de las mayores, que sea normal. No es tan fácil.
—¡Ah, vamos!
—Ya ha visto el tipo de vida que llevan aquí. Cómo trabajan. Es difícil, si no imposible, pasar por esos años de trabajo y entrenamiento constantes y seguir siendo una chica normal al llegar al último curso.
—¿Quiere decir que alguien como la señorita Nash no le parece normal?
—¡Ah, Beau! Es una criatura fuerte y voluntariosa y quizá por eso sufre menos que las demás. ¿Pero opina usted que su amistad con Innes es algo normal? Es bonito, por supuesto —se apresuró a añadir Desterro—, irreprochable. Pero no es en absoluto normal, esa relación a lo David y Jonatán.7 Se las ve felices, de eso no hay duda, pero —Desterro hizo un gesto con el brazo mientras trataba de encontrar la palabra adecuada— hay algo que no encaja. Y con las Discípulas ocurre lo mismo, con la diferencia de que son cuatro.
—¿Las Discípulas?
—Mathews, Waymark, Lucas y Littlejohn. Siempre nos referimos a ellas de ese modo. Y, puede creerme, mi querida señorita Pym, las cuatro piensan como una sola. Tienen sus cuatro habitaciones en el tejado —Y dirigió su mirada hacia las cuatro claraboyas situadas en el tejado del ala más próxima del edificio—, y si por casualidad necesitas pedirles algo prestado, no te darán ni un alfiler.
—Bueno, ¿y qué me dice de la señorita Dakers? ¿Qué hay de raro en ella?
—Se ha quedado estancada en la infancia —respondió la Desterro con sequedad.
—¡Nada de eso! —exclamó Lucy, decidida a hacer valer su punto de vista—. Solo es un ser humano feliz, simple y sin complicaciones, que se limita a disfrutar de sí mismo y del mundo. ¡Es perfectamente normal!
Bollito de Nuez sonrió de repente y su sonrisa era franca y espontánea.
—¡De acuerdo, señorita Pym, puedo ceder respecto a Dakers! Pero le recuerdo que este es su último curso aquí. Y en esa coyuntura todo resulta terriblemente exagerado y al menos un poquito enloquecedor. No, es cierto, se lo prometo. Si una estudiante es miedosa por naturaleza, durante el último curso lo será un millar de veces más. Si es ambiciosa, entonces la ambición se convertirá en su pasión. Y así sucesivamente. —Se incorporó entonces ligeramente para exponer su sentencia—. Estas chicas no llevan una vida normal. No puede usted esperar que sean normales.
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7 Alusión a la historia bíblica de velados tintes homo-eróticos.
4
«No puede esperar que las chicas sean normales» se repetía la señorita Pym para sus adentros, sentada en el mismo lugar el domingo por la tarde mientras observaba aquel alegre tumulto de jovencitas, de aspecto feliz y perfectamente normal, distraídas ahora sobre la hierba. Las contemplaba con auténtico deleite. Quizá ninguna fuera especial o notable, pero al menos ninguna de ellas destacaba tampoco por algo negativo o mezquino. Tampoco había evidencia alguna en el grupo de enfermedad ni tan siquiera de agotamiento, todas ellas parecían henchidas de energía bajo la luz del sol. Allí estaban las supervivientes de aquel curso agotador —ese era un hecho que la misma Henrietta admitía— y, visto de ese modo, la señorita Pym parecía estar dispuesta a aceptar que igual todos aquellos rigores podían justificarse si su consecuencia era semejante excelencia en el comportamiento de las chicas.
Le divirtió comprobar que las Discípulas, a fuerza de vivir juntas, habían llegado a parecerse incluso físicamente, como a menudo ocurre con el paso de los años entre marido y mujer. Las cuatro parecían tener el mismo rostro de forma ovalada con la misma expresión de placentera expectación; solo después se percibían las diferencias y los matices de sus rasgos personales.
También le agradó comprobar que 4 Thomas, la chica que se había quedado dormida, era innegablemente galesa; una muchacha menuda y morena, el perfecto ejemplar aborigen. Y O’Donnell, que ahora se materializaba ante sus ojos tras no haber sido hasta el momento más que una voz distante en los baños, era sin lugar a dudas una mujer irlandesa de pura cepa: las largas pestañas, la hermosa piel y los grandes ojos grises. Las dos escocesas —manteniendo lo máximo posible la distancia con el resto del grupo sin dejar de formar parte de él— resultaban menos obvias. Stewart era sin duda la pelirroja que en ese momento cortaba un trozo de pastel de uno de los platos que había dispersos sobre la hierba. «Es de Crawford’s», decía con una agradable voz de Edimburgo, «de modo que al menos por una vez, pobres criaturas, ¡sabréis lo que es bueno!». Y Campbell que, apoyada contra el tronco de un cedro, comía pan con mantequilla con mesurada fruición, tenía sonrosadas mejillas, el cabello castaño y una extraña belleza.
Con la excepción de Hasselt, la muchacha de rostro tranquilo y sencillo —se diría que salido de un retablo románico— procedente de Sudáfrica, el resto de las chicas del último curso eran, como decía la reina Isabel, típicas inglesas.
El único rostro que destacaba levemente del conjunto, si bien no por ser necesariamente atractivo, era el de Mary Innes, el Jonatán de Beau Nash. La extraña pareja le llamó extraordinariamente la atención a la señorita Pym. Le parecía adecuado que la joven Beau hubiera elegido como amiga a una muchacha que reunía a la vez buenas cualidades y atractivo físico. Las cejas, especialmente bajas sobre los ojos, dotaban a su rostro de una gran intensidad, una expresión de ensimismamiento que restaba a sus delicados rasgos parte de la belleza que de otro modo sin duda habrían tenido. A diferencia de Beau, siempre sonriente y de carácter alegre, parecía una chica triste y hasta el momento la señorita Pym no la había visto sonreír ni una sola vez, a pesar de que a esas alturas, y considerando el milieu en el que se encontraban, podría decirse que ya habían conversado largo y tendido. El encuentro había tenido lugar la pasada noche, cuando la señorita Pym se desvestía en su cuarto después de una velada en compañía de las instructoras. Habían llamado a su puerta y al abrir se había encontrado cara a cara con Beau que le había dicho: «Solo he venido para comprobar que tiene todo cuanto necesita. Y de paso para presentarle a su vecina de al lado, Mary Innes. Siempre que necesite algo, Innes la sacará del apuro». Beau le había dado las buenas noches y se había marchado, dejando a Innes para que pusiera punto final a la entrevista. A Lucy le había parecido una joven atractiva y muy inteligente, pero algo desconcertante. No se esforzaba en sonreír y aunque parecía una muchacha amigable no se tomó ninguna molestia en resultar agradable. En los círculos académicos y literarios que Lucy había frecuentado durante los últimos meses, algo así no habría llamado en absoluto la atención, pero en el alegre y desenfadado contexto en que se encontraba ahora su actitud podría haberse interpretado como un desaire. O casi. No había desaire alguno, sin embargo, en el natural interés que Innes mostró por su libro —el Libro— y también por su autora.
Observándola ahora, sentada a la sombra del cedro, Lucy se preguntó si su actitud no se reduciría simplemente a que la joven no encontraba la vida demasiado divertida. Lucy siempre se había enorgullecido de su capacidad para analizar la fisonomía de la gente y en la actualidad había llegado a dejarse guiar, quizá en exceso, por ella. Por ejemplo, siempre que se encontraba con unas cejas cuyo trazo nacía muy cerca de la nariz, descubría detrás de ellas a una persona de mente intrigante y en ocasiones taimada. Alguien —¿Jan Gordon, quizá?— había llegado a observar incluso que en eventos en los que un orador se dirigía a una gran concurrencia, en un parque o en lugares por el estilo, eran las personas de nariz larga las que permanecían más tiempo interesadas y a la escucha, mientras los individuos de nariz más corta se marchaban enseguida. De modo que, fijándose de nuevo en las cejas bajas y la boca firme de Mary Innes, se preguntó si la grave concentración que parecían manifestar también estaría en contradicción con su capacidad para sonreír. En cierto modo, su rostro no parecía ser contemporáneo en absoluto. Era algo... ¿Qué era?
¿Una ilustración salida de un libro de historia? ¿Un retrato en la sala de un museo?
Desde luego no parecía encajar entre las desenfadadas muchachas de aquella escuela de educación física. En absoluto. La historia estaba escrita con rostros como el de Mary Innes.
De todas las caras que se volvían hacia ella constantemente para de nuevo girarse entre risas y bromas, solamente tres no resultaban inmediatamente simpáticas. Una era la de Campbell. ¿Demasiado insegura, demasiado cambiante quizá, demasiado dispuesta a ser en todo momento lo que los demás quisieran? Otra era la de una chica llamada Rouse, pecosa, de labios finos y prietos y mirada siempre vigilante.
Rouse había llegado tarde a la merienda y su aparición había provocado un extraño y momentáneo silencio. A Lucy le había recordado a la quietud que se apodera de los pajarillos cantores ante la cercanía de un halcón. Pero no había nada premeditado en aquel silencio, y tampoco malicia. Más bien le pareció que habían guardado silencio como gesto de reconocimiento ante su llegada, aunque ninguna de las presentes se había tomado la molestia de darle la bienvenida personalmente.
—Me temo que llego tarde —dijo entonces. Y en aquel instante de silencio Lucy había podido escuchar el comentario: «¡Empollona!», por lo que había llegado a la conclusión de que la señorita Rouse no había sido capaz de despegarse a tiempo de sus libros de texto. Nash hizo las presentaciones y la joven se limitó a dejarse caer en el césped junto a las demás mientras las conversaciones se reanudaban como si nada hubiera ocurrido. Lucy, siempre compasiva con los marginados, no había podido evitar sentir cierta lástima por la recién llegada. Pero, tras observar más detenidamente los rasgos norteños de la señorita Rouse, había llegado a la conclusión de que no tenía de qué preocuparse. Si Campbell, hermosa y de tez rosada, parecía demasiado voluble para resultar simpática, Rouse podía ser su complemento perfecto. Nada, salvo tal vez la repentina aparición de un bulldozer, parecía ser capaz de sobresaltar a la señorita Rouse.
—Señorita Pym, no ha probado usted aún mi pastel —dijo Dakers quien, del modo más desvergonzado, reclamaba constantemente las atenciones de Lucy como si de una vieja amiga se tratara; en ese momento se había recostado sobre su silla, con las piernas colgando hacia delante como las de una muñeca de trapo.
—¿Cuál es el tuyo? —preguntó Lucy mientras paseaba la mirada sobre los variados productos en exposición, muy por encima de la media del habitual pan con mantequilla de la escuela y de los bollos que se pueden ver en el mercado de los domingos.
La contribución de Dakers era un hermoso pastel de chocolate de dos pisos con cobertura de mantequilla escarchada. Lucy decidió entonces que como gesto de amistad (y quizá también de gula) debía olvidarse por el momento de los kilos de más.
—¿Siempre traes tus propias tartas para el té de los domingos?
—¡Ay, no! ¡Esta es en su honor!
Nash, sentada a su lado, se rio.
—Lo que tiene ante usted no es sino una colección de esqueletos ocultos hasta ahora en los armarios de la escuela. No hay ni una sola estudiante de educación física que no sea en secreto una comedora compulsiva.
—No ha habido ni un solo instante en todos mis años de escuela en que no estuviera muerta de hambre. Solamente la vergüenza me impide devorar el desayuno, y media hora más tarde ya estoy tan hambrienta que me comería un caballo en mitad del gimnasio.
—Por eso mismo, nuestro único crimen es... —comenzó a decir Rouse, hasta que Stewart le propinó de repente tal patada en el trasero que por poco se cae hacia delante.
—Hemos puesto nuestros sueños a sus pies —se burló Nash, intentando quitarle importancia a lo que había pasado—. Y también una fina capa de carbohidratos, por supuesto.
—También hemos mantenido un solemne cónclave para ponernos de acuerdo en cómo debíamos vestirnos para usted —dijo Dakers mientras cortaba el resto de su pastel para las demás, al parecer sin darse cuenta de que no había sido muy equitativa—. Pero finalmente decidimos que no parecía ser usted demasiado exigente. —Y viendo que esto despertaba las risas de la concurrencia se apresuró a añadir—: ¡En el mejor de los sentidos, quiero decir! Todas pensamos que usted preferiría vernos tal como somos.
Iban vestidas del modo más variopinto; según el gusto o la necesidad del momento. Algunas vestían pantalones cortos, otras, túnicas holgadas y muchas de ellas, vestidos de seda de adecuados tonos pastel. No había vestidos de flores, pues Desterro estaba tomando el té con las monjas del convento de Larborough.
—Además —dijo Gage, que tenía el aspecto de una muñeca holandesa y que también había resultado ser la cabeza de cabellos oscuros que había aparecido la otra mañana en la ventana al otro lado del patio susurrando exabruptos para que alguien despertase a Thomas con el fin de hacer callar de una vez a Dakers—, por mucho que quisiéramos hacer honor a su presencia en la escuela, señorita Pym, cada momento cuenta para nosotras en esta época de exámenes finales. Incluso una verdadera virtuosa en el arte de vestirse con rapidez y experimentada estudiante de último curso, necesita al menos cinco minutos para dar con el traje idóneo para el domingo. De modo que aceptando de tan buen grado hoy nuestros harapos también ha contribuido usted —Se detuvo un momento para contar a la concurrencia y para hacer algún tipo de cálculo mental—, digo, ha contribuido con una hora y veinte minutos extra a la suma de nuestros conocimientos.
—Puedes restar de ahí mis cinco minutos, querida —dijo Dakers mientras relamía su cucharilla con lengua experta—. Yo me he pasado la tarde entera estudiando el córtex cerebral y he llegado a la conclusión de que debo carecer por completo de él.
—Eso es imposible —dijo la escocesa haciendo gala de una mente bastante literal y con un acento de Glasgow que hacía pensar en un chorro de sirope derramándose por una cucharilla. Nadie pareció tener en cuenta su pequeña precisión de lo que resultaba obvio.
—Personalmente —dijo O’Donnell—, creo que la parte más infame de toda la fisiología son las vellosidades. ¡Imagínese tener que dibujar en secciones algo que consta de siete partes diferentes y mide la veinteava parte de una pulgada!
—¿Tenéis que aprenderos el cuerpo humano con tanto detalle? —preguntó Lucy.
—¡Para el martes por la mañana! —dijo Thomas, la dormilona—. Después podremos permitirnos olvidarlo durante el resto de nuestras vidas.
Lucy recordó entonces que se había prometido a sí misma hacer una visita al gimnasio el lunes por la mañana y se preguntó si las chicas estarían obligadas a seguir su actividad física habitual durante la semana de los exámenes finales. «¡No, no!», le aseguraron. No con la Exhibición a tan solo quince días. La Exhibición, según le explicaron, ocupaba el segundo puesto, por muy poco, en el escalafón de las mayores amenazas, después de los exámenes finales.
—Todos los padres vienen de visita —dijo una de las Discípulas—, y...
—Los padres de todas nosotras, quiere decir —apuntó otra de sus condiscípulas.
—Y visitantes de los colegios rivales, y todos los...
—Los representantes de todas las administraciones de Larborough —añadió una tercera. Al parecer, cuando una discípula comenzaba a hablar las otras se sumaban de manera automática.
—Y todos los peces gordos del condado —dijo para finalizar la cuarta.
—¡Terrible! —sentenció la primera, resumiendo.
—A mí me gusta la Exhibición —dijo entonces Rouse. Y una vez más cayó sobre el grupo un extraño silencio.
No fue un signo de hostilidad sino mero desinterés. Las chicas la miraron un instante y sin expresión alguna volvieron a centrarse en lo que las ocupaba. Nadie hizo ningún comentario sobre lo que había dicho y su indiferencia la convirtió por unos instantes en una especie de exiliada.
—Creo que es divertido mostrarle a la gente lo que mejor sabemos hacer —añadió con una leve nota defensiva en su voz.
También hicieron caso omiso de ese comentario. Nunca había sido testigo la señorita Pym de una muestra tan perfecta del típico silencio inglés en toda su honda crueldad. E inmediatamente volvió a sentir que sus simpatías se decantaban por aquella chica.
Rouse, sin embargo, no pareció acusar el golpe. Contempló los platos que tenía delante y se limitó a coger un trozo de pastel.
—¿Queda algo de té? —preguntó.
Nash se inclinó hacia delante para comprobarlo y Stewart retomó la conversación en el punto en que las Discípulas la habían dejado.
—Lo que sí es terrible es tener que esperar el resultado del sorteo de puestos.
—¿Puestos? ¿Te refieres a empleos? ¿Y por qué una lotería? Supongo que al menos sabréis a qué oficio aspiráis, ¿no es así?
—En realidad, pocas de nosotras tenemos la necesidad de participar en el sorteo —explicó Nash, mientras servía más té—. Por lo general hay puestos suficientes a los que aspirar en colegios de todo el país. Centros que han contratado a alumnas de Leys en años anteriores escriben a la señorita Hodge cuando tienen alguna vacante para que les sugiera nuevas candidatas. Si se trata de puestos serios o de responsabilidad ella suele ofrecerles a alguna estudiante que esté a punto de terminar y que sienta la urgencia de cambiar de centro. Pero normalmente las vacantes son ocupadas por estudiantes cuando ya tienen su diploma.
—¡Menuda ganga! —dijo una discípula.
—¡Nadie trabaja tan duro como ellas! —dijo la segunda.
—¡Ni por menos dinero! —añadió la tercera.
—¡Ni con más gracia! —sentenció la cuarta.
—Así que ya ve —dijo Stewart—, el momento más agónico del curso es cuando la señorita Hodge te llama a su despacho para revelarte cuál va a ser tu destino.
—¡O cuando tu tren sale de Larborough sin que te hayan convocado aún! —sugirió ‘Thomas, quien evidentemente se veía asaltada por terribles premoniciones en las que se sentía nuevamente atrapada y sin empleo en su montañosa tierra natal.
Nash se sentó sobre sus talones y le sonrió a la señorita Pym.
—No es tan horrible como parece. Algunas de nosotras ya tenemos el futuro asegurado y ni siquiera llegamos a entrar en la competición. Hasselt, por ejemplo, pronto regresará a Sudáfrica para trabajar allí. Y las Discípulas en masse han decidido dedicarse al sector médico.
—Vamos a abrir una clínica en Manchester —explicó una de ellas.
—Una ciudad de reumáticos.
—¡Desbordante de deformidades!
—¡Y de dinero! —sentenciaron las otras tres al unísono.
Nash les sonrió con benevolencia.
—Yo pienso regresar a mi antiguo colegio como entrenadora. Y el Bollito... Desterro, por supuesto, no desea puesto alguno. Así que, en realidad, no quedan tantas que tengan que buscar trabajo.
—¡Y, bien pensado, si no vuelvo ahora mismo a mi cuarto a estudiar el hígado ni siquiera estaré cualificada cuando llegue la hora de ejercer! —exclamó Thomas, guiñando sus ojos pequeños y brillantes a causa del sol—. ¡Vaya manera de pasar una noche de verano!
Perezosamente, las chicas cambiaron de postura algo disconformes, mientras la charla aparentemente volvía a animarse. Sin embargo, la advertencia pareció hacer mella en las muchachas; una tras otra, comenzaron a recoger sus cosas para marcharse y, caminando lentamente por el jardín bañado por la luz del sol, daban la imagen de un puñado de niñitas desconsoladas. Pronto Lucy se quedó de nuevo a solas, disfrutando del dulce aroma de las rosas y del murmullo de los insectos en el cálido y radiante jardín.
Durante más de media hora permaneció sentada felizmente, contemplando cómo se desplazaban las sombras de los árboles sobre la hierba. Poco después llegó Desterro desde Larborough, caminando con parsimonia con la elegancia de una dama salida de la Rue de la Paix, lo cual le llamó especialmente la atención a Lucy después de haber tomado el té en compañía de aquel torbellino de chicas. Cuando vio a la señorita Pym, la joven se dirigió hacia ella.
—Y bien —dijo—, ¿ha tenido una velada provechosa?
—No esperaba obtener provecho alguno en una tarde como esta —respondió Lucy, haciendo gala de cierta coquetería—. Sin duda ha sido una de las tardes más hermosas que recuerdo.
Bollito de Nuez permaneció de pie contemplándola unos instantes.
—Creo que es usted una bellísima persona —dijo sin énfasis alguno. Y sin más se alejó caminando, sin prisa, hacia la casa.
De repente, Lucy se sintió joven y no le gustó en absoluto la sensación. ¡Cómo se atrevía aquella chiquilla con su vestido floreado a hacerla sentirse de nuevo como una simple muchacha alocada e ingenua!
Se levantó bruscamente y fue a ver a Henrietta para recordarle que ella era ni más ni menos que la señorita Pym, la flamante escritora del Libro, la que impartía doctas conferencias ante los más insignes representantes de las capas cultivadas de la sociedad, la que había impreso su nombre en la cubierta de Quién es quién y era considerada una autoridad por sus trabajos sobre la mente humana.
5
—¿Cuál es el peor delito que ha tenido lugar en la escuela? —le preguntó a Henrietta mientras subían las escaleras después de cenar. Se habían detenido frente a un gran ventanal en el descansillo para contemplar el pequeño cuadrángulo que formaba el patio interior, dejando que las demás las adelantaran de camino al salón.
—¡Utilizar el gimnasio como atajo para llegar hasta las pistas deportivas! —respondió Henrietta sin pensárselo.
—No, me refiero a un delito de verdad.
Henrietta se volvió hacia ella abruptamente. Segundos después dijo:
—Mi querida Lucy, cuando un ser humano trabaja día tras día tan intensamente como estas chicas, no conserva ni el interés ni la energía necesarios para cometer ninguna fechoría. ¿Qué te ha hecho pensar en algo así?
—Algo que dijo una de las chicas esta tarde mientras tomaba el té. «Nuestro único delito», para ser exactos. Creo que tenía algo que ver con el hecho de estar hambrientas a perpetuidad...
—¡Ah, así que era eso! —exclamó Henrietta, relajando las arrugas de su frente—. Pillaje alimenticio. Sí, ocurre de vez en cuando. En una comunidad del tamaño de la nuestra siempre hay alguien que no es capaz de resistirse a las tentaciones.
—¿Te refieres a robar comida de la cocina?
—No, de las mismas habitaciones de las chicas. Es una infracción propia de las primerizas y, por lo general, el problema se resuelve sin necesidad de intervenir. No es evidencia de vicio alguno, creo yo, sino un mero indicio de debilidad. Se trata de estudiantes a las que jamás se les ocurriría coger dinero u objetos ajenos y sin embargo no son capaces de resistirse a la tentación de robar un pedazo de pastel. Las pobres sufren tal desgaste que sus cuerpos gritan desesperados pidiendo un poco de azúcar. Y aunque no tienen límite cuando se sientan a la mesa, al parecer siempre se levantan hambrientas.
—Sí, es cierto que trabajan duro. ¿Qué proporción de estudiantes suele finalizar el curso?
—De aquel grupo —dijo Henrietta señalando a una decena de alumnas que en ese momento atravesaba el patio en dirección a los jardines— un ochenta por cierto terminará. Esa es la media. Del resto, las que no lo consiguen a la primera, terminan al año siguiente.
—Pero no todas, seguramente. También habrá accidentes.
—Ah, por supuesto que hay accidentes. —Henrietta se dio la vuelta y se encaminó hacia el siguiente tramo de escaleras.
—La joven cuya plaza ocupó Teresa Desterro, ¿renunció debido a alguna clase de accidente?
—No —respondió Henrietta—. Sufrió una crisis.
Lucy reconoció de inmediato el tono de su voz mientras ascendía por los pequeños peldaños siguiendo la amplia estela de su amiga. Era el tono con el que Henrietta, la otrora delegada de curso, solía decir: «¡Y asegúrate de que las chanclas no queden desperdigadas por el suelo de los vestuarios!». Y eso era algo que nunca daba pie a subsiguientes discusiones.
A Henrietta, al parecer, no le gustaba la idea de que su adorada escuela fuera vista como una especie de Moloch. El colegio era la luminosa puerta de entrada al futuro para aquellas jóvenes. Y si puntualmente alguna de ellas consideraba aquella vía más como una amenaza que como un manantial de posibilidades, bien, era una lástima pero no había por qué culpar a los guardianes.
«Como en los conventos —había dicho Nash la mañana anterior—, aquí no hay tiempo para pensar en el mundo exterior». Y quizá era cierto. Lucy ya había tenido oportunidad de presenciar, de principio a fin, la rutina diaria de aquella escuela. También había sido testigo de cómo la noche anterior las chicas subían a cenar dejando sus tareas sin terminar sobre los pupitres de la sala de estudio. Un convento de monjas, por otro lado, si bien constituye un mundo limitado e incluso, en el peor de los casos opresivo, al menos es un lugar tranquilo, seguro y no competitivo. Pero en la cotidianidad ansiosa y agotadora que vivían estas chicas no había nada de monástico. Lo único que tenían en común eran las restricciones y el aislamiento.
Aun así, se preguntó Lucy, ¿realmente eran tales las restricciones, considerando las reuniones diarias en el salón? En otra clase de colegio, ese tipo de reuniones siempre resultaban en exceso homogéneas. Si se tratase de una escuela de ciencias, los allí presentes serían exclusivamente científicos; si fuera un colegio religioso, solo participarían teólogos en las reuniones. Pero en este amplio y encantador salón, con sus impecables muebles y sus hermosos tapizados, con las ventanas abiertas de tal modo que el aire del atardecer se colaba a través de ellas cargado del aroma de la hierba y las rosas, en esta habitación, se dijo, confluían varios mundos. Madame Lefevre, reclinada con elegancia en un rígido sillón estilo Imperio y fumando un cigarro amarillo con una boquilla de un verde metálico, parecía salida de una pieza teatral, de un universo de artificio y oropel. La señorita Lux, sentada erguida en una dura silla, representaba el mundo académico, el de las universidades, los libros de texto y los debates; la joven señorita Wragg, ocupada en ese momento sirviendo los cafés, era el mundo de los deportes, de lo físico, lo competitivo, lo visceral. Y la invitada de aquella velada, la doctora Enid Knight, miembro no permanente del claustro, representaba el ámbito médico. No había representación internacional aquella noche, pues Sigrid Gustavson se había retirado con su madre, que no entendía palabra de inglés, a su habitación con el fin de poder hablar por fin en su lengua materna.
Todos esos mundos colaboraban en la ardua tarea de darle forma y brillo al artículo definitivo: la estudiante diplomada.
—¿Qué opinión se ha formado acerca de nuestras estudiantes después de pasar la tarde en su compañía, señorita Pym? —preguntó madame Lefevre dirigiendo sus intensos ojos oscuros hacia Lucy.
Una pregunta rematadamente tonta, pensó Lucy, mientras divagaba acerca de cómo una simple y respetable pareja de clase media típicamente inglesa había sido capaz de traer al mundo algo tan parecido a la serpiente que precipitó sobre los hombres el pecado original como la madame Lefevre.
—Pues creo —dijo, satisfecha de poder ser completamente honesta— que cada una de las chicas sería el perfecto anuncio para promocionar la Escuela Leys.
Pudo ver cómo el serio rostro de Henrietta se iluminaba de inmediato. Su vida, cada uno de sus gestos, todo su ser estaba por completo al servicio de Leys. Aquella escuela era a la vez su padre, su madre, su amante y su retoño.
—Son un grupo de lo mejor —asintió felizmente Doreen Wragg, para quien los días de estudiante aún no estaban muy distantes y por ello contemplaba a sus pupilas con camaradería.
—¡Son un puñado de bestezuelas! Creen que Boticelli es una variedad de espaguetis —comentó la señorita Lux, incisiva, mientras contemplaba gravemente la taza de café que la señorita Wragg le acababa de servir—. Y llegado el caso, tampoco sabrían decir qué son los espaguetis. No hace mucho la joven Dakers se levantó en plena clase de dietética para acusarme de destruir sus ilusiones.
—Me sorprendería mucho que algo en la personalidad de la señorita Dakers pudiera venirse fácilmente abajo —observó madame Lefevre con su aterciopelada voz.
—¿Y qué ilusiones destruyó usted, si se puede saber? —preguntó la joven doctora, sentada junto a la ventana.
—Acababa de explicarles que los espaguetis y otros productos similares están elaborados a base de una simple pasta de harinas. Lo que, al parecer, destruyó la idealizada imagen que Dakers tenía de Italia.
—¿Y cómo se la imaginaba?
—Campos de macarrones mecidos por el viento, fue lo que me respondió.
Henrietta centró su interés en la conversación tras añadir dos terrones de azúcar a su diminuta taza de café. ¡Qué maravilla, se dijo Lucy con cierta pesadumbre, centrarse en un concepto tan simple como un saco de harina y no tener que preocuparse! Mientras en voz alta decía:
—Al menos son inocentes de todo delito.
—¡Delito! —respondieron todas, sorprendidas.
—La señorita Pym se ha mostrado interesada por la incidencia del crimen en Leys. Algo inevitable en una psicóloga, imagino.
Antes de que Lucy pudiera protestar ante aquella versión que contradecía su simple búsqueda de conocimiento, madame Lefevre respondió:
—Permítanos satisfacer su curiosidad abriendo el cofre de nuestro vergonzoso pasado. ¿Qué delitos se han cometido en la escuela?
—Farthing fue amonestada durante las pasadas navidades por andar en bicicleta sin las luces reglamentarias —confesó la señorita Wragg.
—¡Delitos! —dijo madame Lefevre—. Eso no son delitos sino leves faltas.
—Si se refiere a algo más grave, ¿qué me dicen de aquella horrible criatura hambrienta de hombres que se pasaba las tardes de los sábados merodeando por las barracas de Larborough?
—¡Es cierto! —dijo la señorita Lux, acordándose—. ¿Qué habrá sido de esa chica después de la expulsión? ¿Alguien lo sabe?
—Trabaja de cocinera en el Refugio Marinero de Plymouth —dijo Henrietta, y abrió los ojos sorprendida cuando las demás rompieron a reír—. No veo qué tiene de divertido. El único delito, digamos auténtico, que ha habido en la escuela en estos diez años, como bien sabéis todas, fue aquel asunto de los relojes. E incluso eso —añadió, celosa protectora de su amada institución—, fue más bien el resultado de una obsesión que un simple crimen. La muchacha se limitaba a robar relojes con el mero objeto de acumularlos, pues ni siquiera los usaba. Los guardaba en el cajón de su cómoda a la vista de todas. Hasta nueve llegó a tener. Una conducta compulsiva, por supuesto.
—Sentado el precedente, imagino que actualmente se habrá rodeado de Goldsmiths y Silversmiths8 —se burló madame Lefevre.
—No tengo la menor idea —respondió Henrietta, con seriedad—. Imagino que estará en casa con su familia. Bastante acaudalada, por cierto.
—Bien, señorita Pym, la incidencia del crimen parece ser escasa —sentenció madame Lefevre con un leve gesto de su delicada mano—. Como ve, no somos un grupo humano demasiado interesante.
—Demasiado normales, diría yo —añadió la señorita Wragg—. Algún pequeño escándalo no estaría mal de vez en cuando para olvidarnos de tanto hacer el pino y dar volteretas.
—Eso sí que me gustaría verlo —dijo Lucy—. Y ya que ha salido el tema, ¿podría asistir mañana por la mañana al entrenamiento de las mayores?
—Por supuesto que sí. Debes ir a verlas —respondió Henrietta—. Están en plena preparación de la Exhibición de este año y tendrás un pase exclusivamente para ti. Es uno de los mejores grupos que hemos tenido nunca, te lo aseguro.
—¿Por cierto, podré tener el gimnasio el martes mientras las de último curso hacen su examen final? —preguntó la señorita Wragg, y comenzaron a discutir sobre los horarios.
La señorita Pym aprovechó la oportunidad para acercarse a la ventana y conocer de cerca a la doctora Knight.
—¿Es usted la responsable de que las chicas tengan que hacer una sección transversal de algo llamado vellosidades?—preguntó.
—¡Ah, no! La fisiología es un tema muy común en las escuelas. De eso se ocupa Catherine Lux.
—Entonces, ¿qué clases imparte usted?
—Oh, pues diferentes materias en distintos cursos. Salud pública, por ejemplo. Las así llamadas enfermedades sociales. Los aún más comentados misterios de la vida. Y también su especialidad.
—¿Psicología?
—Sí. De hecho, la salud es mi trabajo pero la psicología es en realidad mi especialidad. Me encantó su libro; hay tanto sentido común en él... Me pareció admirable. Es tan fácil caer en la pretenciosidad con temas así de abstractos...
Lucy sintió que se ruborizaba un poquito. No hay alabanza más gratificante como la que viene de un colega.
—Y, por supuesto, soy la asesora médica de la escuela —continuó la doctora Knight, pareciendo animarse—. Una bicoca, si me lo permite, pues tenemos un grupo de chicas fuertes y sanas.
—Pero... —comenzó a decir Lucy. Pero no, era Desterro, la forastera, quien insistía en la anormalidad de las chicas. De ser cierto, en todo caso, una observadora entrenada como ella, también forastera, sería capaz de verlo.
—Por supuesto, hay accidentes —prosiguió la doctora malinterpretando el pero de Lucy—. Su vida está salpicada de pequeños incidentes: moretones, contusiones, dedos dislocados, etcétera, pero es rara la ocasión en que ocurre algo serio. Bentley ha sido el único caso reciente. La chica de la habitación que usted ocupa se rompió una pierna y no podrá volver hasta el próximo semestre.
—Sin embargo, llevan una vida agotadora, llena de tensiones. ¿Nunca llegan a acusar tanta presión?
—Sin duda, ha ocurrido en alguna ocasión. El último curso es especialmente exigente. Un concentrado de horrores, desde el punto de vista de las alumnas. Están las clases críticas...
—¿Críticas?
—Sí. Las chicas han de impartir una clase de gimnasia y otra de danza ante el claustro de la escuela al completo y su propio curso, y son juzgadas in situ de acuerdo con su actuación. Algo así puede llegar a poner a prueba sus nervios. Y además están los exámenes finales, la Exhibición anual, la búsqueda de un empleo y el final de la vida académica... Sí, desde luego es algo muy estresante, pobres niñas. Pero son sorprendentemente resistentes. Nadie que no lo sea aguantaría durante tanto tiempo. Permítame que le sirva más café. Yo me tomaré otro.
Cogió la taza de la señorita Pym y se acercó a la mesa. Lucy se apoyó en los pliegues de la cortina y contempló el jardín. El sol se había puesto y los contornos del paisaje comenzaban a desdibujarse. El aire fresco de la noche acarició su rostro. En otra parte del edificio (¿quizá en la sala común de estudiantes?) alguien tocaba el piano y se oía la voz de una chica. Una voz encantadora: delicada y pura, natural y sin asomo de tecnicismo alguno. Era una balada, anticuada y sentimental pero carente de autocompasión. Una hermosa voz y una hermosa canción de otra época, simplemente. Lucy se sorprendió al darse cuenta de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había escuchado una voz o una melodía que no fueran producidas por el conjunto de válvulas y baterías de una radio. El aire de Londres estaría en esos momentos saturado por el estrépito de miles de aparatos de radio. Y aquí, sin embargo, en este fresco y fragante jardín, una dulce voz femenina cantaba por mero placer.
Llevo demasiado tiempo en Londres, se dijo. Necesito un cambio. Tal vez podría buscarme un hotelito en el sur. O irme al extranjero. Una se olvida sin darse cuenta de que el mundo es aún joven.
—¿Quién está cantando? —preguntó mientras la doctora le entregaba la taza de café.
—Stewart, me parece —dijo la señorita Knight sin demasiado interés—. Señorita Pym, podría usted salvarme la vida si quisiera.
Lucy respondió que salvar la vida de una doctora sería una inmensa satisfacción para ella.
—He de asistir a una conferencia médica en Londres —explicó en voz baja y en tono levemente conspiratorio—. Es este jueves, pero precisamente ese día he de dar clase de psicología. La señorita Hodge cree que ya asisto a demasiadas conferencias, de manera que no creo que pueda pedirle de nuevo que me permita ausentarme. Pero si usted diera esa clase por mí sería maravilloso.
—¡Pero regreso a Londres mañana después de comer!
—¡No! —respondió la doctora Knight, desolada—. ¿De veras ha de hacerlo?
—Por extraño que le parezca, justo ahora estaba pensando en lo aborrecible que me parece la perspectiva de regresar.
—¡Pues no lo haga! Quédese uno o dos días más y será mi salvación. Por favor, señorita Pym.
—¿Y qué pensará Henrietta de la sustitución?
—Por favor, señorita Pym, no peque usted de modestia. Debería darle vergüenza, no soy yo quien vende miles de libros. Es usted la celebridad, la autora del libro de psicología más valorado del momento.
Lucy hizo un pequeño gesto en reconocimiento de su debilidad, pero sus ojos seguían contemplando el jardín. ¿Por qué habría de volver a Londres? ¿Qué la reclamaba allí? Nada. Nadie. Por primera vez, aquella vida suya independiente y cómoda, esa vida de celebridad, se le presentaba como algo triste, desolado e inhumano. ¿Acaso no era cierto? ¿Acaso le gustaba la vida que había llevado hasta el momento? No se trataba de falta de compañía o de contacto humano. Tenía cubierta su dosis de contacto. Sin embargo era algo monótono e impersonal. Con la excepción de la señora Montmorency, su asistenta —originaria de un suburbio de Manchester—, y de la tía Cecilia, que vivía en Walberswick e iba a visitarla algunos fines de semana, solo se relacionaba con personajes del mundo editorial y académico. Y aunque por lo general eran gente inteligente y de trato enriquecedor, no podía negar que sus intereses comunes eran más bien escasos. No era posible hablar por igual con una sola persona acerca de los problemas de la Seguridad Social, de música folclórica y de carreras de caballos. Cada uno de ellos tenía su tema, y ese tema en la mayoría de los casos no era otro que las regalías. Lucy sabía más bien poco sobre el asunto, menos aún sobre las que ella misma recibía, y pocas veces era capaz de seguir el hilo de la conversación cuando se adentraba por tales derroteros.
Y por si fuera poco ninguno de ellos solía ser joven.
Al menos no tan joven como las chicas de la escuela. Algunos de sus colegas eran jóvenes en edad pero ya se desplazaban por el mundo bajo el peso de sus propios errores y de su autoatribuida importancia. Era agradable despertarse por la mañana junto a aquellas inocentes muchachas para variar.
Y también era agradable gustarles.
De nada servía engañarse en cuanto al motivo por el que quería quedarse; o por qué ahora estaba dispuesta a prescindir de las supuestas delicias de una civilización que —de forma insistente— tan deseable y tentadoramente se le ofrecía. A nadie le disgusta gustar.
Durante los últimos años había sido ignorada, envidiada, admirada, reverenciada y utilizada. Sin embargo, no había vuelto a experimentar un trato cálido y personal desde que se despidiera de sus alumnas de francés, tras haberle regalado un limpiaplumas hecho por ellas mismas y habiendo escuchado un laudatorio discurso sobre su labor con las niñas por parte de la señorita Gladys No-sé-cuántos. Al verse de nuevo en esa atmósfera de juventud, simpatía y calidez, se sentía más que dispuesta a pasar por alto los furiosos toques matutinos de campana, las raciones de alubias y los cuartos de baño compartidos.
—Knight —dijo entonces la joven señorita Wragg, alzando la voz desde el otro grupo—, ¿es verdad que le han pedido las Discípulas que les presente usted a ciertos médicos de Manchester?
—Oh, sí, me lo han pedido. Las cuatro a la vez. Por supuesto les he dicho que sí. De hecho estaré encantada de poder hacerlo. Creo que tendrán mucha suerte.
—Individualmente, por desgracia, las Discípulas resultan nulas e incapaces —dijo la señorita Lux—. Pero juntas poseen la bravura necesaria para tratar a las gentes de Lancashire. Nunca he conocido nada semejante... Si nadie quiere el Sunday Times me lo llevaré para leer en la cama.
Nadie más lo quería. Llevaba abierto sobre la mesa desde que Lucy lo había hojeado después de la comida; que ella supiera, había sido la única, con la excepción de la señorita Lux, que había mostrado el menor interés.
—Las chicas se las están apañando muy bien este año. Y sin apenas ayuda —dijo madame Lefevre—. Al parecer habrá menos drama que otros años.
No pretendía parecer preocupada por las chicas, simplemente estaba siendo sardónica.
—Nunca dejará de sorprenderme —dijo entonces la señorita Hodge sin asomo alguno de ironía— cómo año tras año las estudiantes terminan por encontrar su lugar en el mundo. Las puertas parecen abrirse ante ellas como si las estuvieran esperando. Casi como si fueran piezas de una misma maquinaria. Es sorprendente y gratificante. No recuerdo a una sola inadaptada en todos mis años en Leys. Por cierto, he recibido una carta de la Escuela Cordwainers. En Edimburgo, como ya saben. Mulcaster está a punto de casarse y necesitan una sustituta. ¿Recuerdas a Mulcaster, Marie?
Dirigió la mirada entonces hacia madame Lefevre que, con la excepción de Henrietta, era la mayor de las residentes y, dicho sea de paso, había sido bautizada simplemente con el nombre de Mary.
—Por supuesto que la recuerdo. Era como un bizcocho sin levadura —dijo Lefevre, que juzgaba a todo el mundo, sin excepción, por su capacidad para ejecutar rondes de jambes.
—Una buena chica —respondió Henrietta sin más—. Creo que el puesto de Cordwainers sería perfecto para nuestra Sheena Stewart.
—¿Ya se lo has comentado a ella? —preguntó la señorita Wragg.
—Oh, no, no. Me gusta tomarme mi tiempo para estas cosas.
—Demasiado a veces, diría yo —respondió madame—. Seguro que sabes lo de Cordwainers desde antes de la comida y has esperado hasta ahora para contárnoslo.
—No lo consideré importante —dijo Henrietta a la defensiva. Y a continuación añadió, con lo que pareció una sonrisa de afectación—: Pero también he oído rumores acerca de una auténtica guinda que a más de una le encantaría llevarse a la boca.
—¡Cuéntanos! —respondieron las demás.
Pero Henrietta se negó. Hasta que no tuviera información oficial —si es que llegaba— era mejor no volver a tocar el tema. Pero aun así se percibía en ella un secreto deleite por poder mantener vivo el misterio.
—Bien, me voy a la cama —dijo la señorita Lux mientras recogía el ejemplar del Times y le daba la espalda a Henrietta—. No se marcha usted mañana hasta después de la comida, ¿verdad, señorita Pym?
—Bien —respondió Lucy viéndose repentinamente arrastrada a tomar una decisión—, me preguntaba si debería quedarme aún uno o dos días más. Me lo habías propuesto, ¿lo recuerdas, Henrietta? Ha sido muy agradable, muy interesante poder observar de cerca un ambiente tan diferente. Y esto es tan bonito...
«Pero querida —se reprochó en silencio de inmediato—, ¿por qué tienes que sonar siempre tan ridícula? ¿Es que nunca aprenderás a comportarte como la señorita Pym, la celebridad?»
Pero sus tartamudeos fueron acallados por las frases de aprobación de todas las presentes. Lucy se emocionó al observar una nota de placer al conocer la noticia incluso en el rostro de la señorita Lux.
—Quédese hasta el jueves y ocúpese de mi clase de psicología, así podré asistir a una conferencia en Londres —sugirió la doctora Knight, como si se le acabase de ocurrir la idea.
—¡Oh, no sé si debería! —comenzó Lucy, haciendo gala de grandes dotes interpretativas, antes de mirar hacia Henrietta.
—La doctora Knight siempre consigue escaparse a sus conferencias —dijo la señorita Hodge con desaprobación aunque sin acalorarse—. Pero, por supuesto, nos sentiremos honradas y estaremos encantadas, Lucy, si decides darles una segunda charla a las chicas.
—Estaré encantada. Será maravilloso poder sentirme parte de la escuela, aunque sea por unos días, en lugar de ser una simple invitada. Será un verdadero placer. —Se dio la vuelta para hacerle un guiño a la doctora Knight, que en ese mismo instante se agarraba fuertemente a ella en un arrebato de gratitud—. Y ahora de veras creo que debería regresar al ala de estudiantes.
Pulsuz fraqment bitdi.