Kitabı oxu: «Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas»

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Juan Alvarez Guerra

Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664146557

Índice

CAPÍTULO I.

CAPÍTULO II.

CAPÍTULO III.

CAPÍTULO IV.

CAPÍTULO V.

CAPÍTULO VI.

CAPÍTULO VII.

CAPÍTULO VIII.

CAPÍTULO IX.

CAPÍTULO X.

CAPÍTULO XI.

CAPÍTULO XII.

CAPÍTULO XIII.

CAPÍTULO XIV.

CHAPTER 15

CAPÍTULO XVI.

CAPÍTULO XVII.

NOTAS

CAPÍTULO I.

Índice

La banca.—El estero.—La chaqueta y el chaquet.—Nuevas costumbres.—¡Manila progresa!—El catapusan, el sarao y la soirée.—Colocación de nombres.—Meiisig.—El río de Binondo.—El Pasig—La barra.—La María Rosario.—El adiós á Manila.—Cavite.—Costumbres.—Moysés y las doce tribus.—La primera noche abordo.—El baldeo.—La laguna encantada.

Los primeros albores del nacimiento del 10 de Julio de 1871, apenas se transparentaban por las conchas de mi alcoba, cuando fuí despertado por el criado, anunciándome que las bancas estaban listas en el estero para conducirnos abordo.

Una ligera escalinata une el río de Binondo con la casa, así que, previos todos los correspondientes requisitos de marcha, desde reconocer los bultos, hasta dirigir la última cariñosa mirada á los muros que han sido por largo tiempo confidentes de nuestras amarguras y testigos de nuestros placeres, muros que á nadie más que á mi romperán su mutismo, si algún día vuelvo á interrogar sus blancos lienzos con el lenguaje de los recuerdos, pasé de la casa al bote, al par que los aljofarados dedos de azul y nácar de los genios del Oriente abrían los espacios para dar paso al majestuoso gigante de la luz.

La corriente favorable á consecuencia de la alta marea y la desusada actividad de seis remeros aguijoneados con la esperanza de una propina, hacían que las batangas se deslizaran rápidamente por el estero.

Aquí, si nuestro trabajo no llevara el carácter de un viaje á la ligera, nos detendríamos en muchas páginas; mas, sin embargo, como la rapidez de una banca no es, ni la que da aliento una caldera de vapor, ni una ventolina de empopada, ni aun la pujanza de cuatro hijos de las verdes vegas de la Cartuja, tenemos tiempo de ver y apreciar en el largo espacio que media desde el Trozo hasta que se entra en el caudaloso Pasig.

Que Manila podía ser una segunda Venecia nadie lo ignora.

Tiene en lo que constituye sus arrabales, la vida y la actividad, donde refluyen las transacciones, la riqueza y casi casi nos permitiremos decir, que el buen tono.

Hoy Manila también tiene buen tono.

La moda lo mismo traspasa masas inmensas de granito, como grandiosos

Océanos de agua salada.

De allende los mares vino un rumor que propalaba que en otras ciudades había palacios y parterres, con flores, pájaros y fuentes, y Manila quiso tenerlos. La piqueta abrió cimientos, el martillo golpeó la piedra, la paleta mezcló argamasas y … las antiguas costumbres representadas por la clásica chaqueta blanca y el ligero sombrero de Burias, temblaron en los modestos aparadores de sus tradiciones y de su dilatada historia.

Los hoteles del Sena, las quintas suizas y los palacietes de Recoletos tuvieron un eco que contestaba á los rumores que trajo la moda.

Lo que fueron modestas barriadas, hoy se llaman calzadas por el vulgo, pues en el argot del gran mundo se llaman barrios aristocráticos.

Hemos dicho, creemos por dos veces, que Manila tiene su gran tono, que hace lo que en todas partes, esto es, nada: vive á la superfluidad del botón de la librea y la tersitura de la cabritilla; sus disgustos están compendiados en el aristin del caballo, en los milímetros del sombrero del cochero, en la estatura del lacayo, en la arruga del frac ó en la pureza de una piel que la Rusia ha hecho necesaria.

Los cimientos de los aristocráticos barrios relegaron á su fondo la clásica chaqueta, apareciendo prendas tan poco conocidas en el Archipiélago, como el chaleco, el sombrero de copa y el chaqué.

Esto era en los cimientos, pues antes de abrirse aquellas hijas legítimas del viejo mundo, en este [1] andaban por connaturalizar apareciendo vergonzosas, mustias y deslucidas con alguna que otra caricia de los insectos del poco uso, cuando el repique de todas las campanas convocaba al Real Gobernador, al Real Acuerdo, al Real Consejo, al Real Cuerpo de Alabarderos del Real Sello, para oir de bocas reales in partibus decretos de la Real Majestad que gobernaba los dos mundos.

El imperio de la chaqueta era tan general como lo real; por entonces todos vestían chaqueta, como todos pertenecían á una corporación, municipio, archicofradía ó instituto real.

Todo era chaqueta y todo era real.

La majestad andaba en chaqueta.

Mas … cesaron de venir las naos, se bendijo la aduana de Manila, la que decía un célebre rey llegaría á verla desde Madrid, calculando su altura según su coste; se establecieron los chinos, desaparecieron los velones de tres mecheros, dando plaza á las modestas virinas, que á su vez habían de dejar el campo á los dorados, los bronces y los cristales tallados.

El imperio de la hoja de lata, hermana gemela de la chaqueta tocaba á su fin.

El ruido de la piqueta que abría los cimientos de las nuevas costumbres era el memento de su existencia.

Tras las primeras piedras vinieron las escalinatas, más tarde los parterres, y por último, las verjas, apareciendo en estos progresos el frac, el aceite de bellotas, las libreas, los velocípedos, los polisones y los ataques de nervios.

Ya apenas existe el recuerdo de la chaqueta, verdad es que la vida de

Manila en sus relaciones con el confort camina á pasos agigantados.

Aquí, donde el centígrado marca una temperatura que derrite, há meses que se expenden (!) pieles, y facturas de … guantes de cabritilla (!).

Los guantes de cabritilla son coetáneos de la escarapela en los señores de los pescantes y el clat en los señores de los salones.

Antes en Manila se conocía al dueño de un coche por su cara, hoy se le conoce por su cochero, que viene á ser el alias ó seudónimo da su amo …

¡Manila progresa!

Los alegres catapúsanes se llamaron saraos y hoy soarees con su buffet, sus emparedados, su ponche á la romana y hasta su Petit Journal ó su Correspondencia, que al día siguiente pregona que la bella señorita de tal estaba hecha una princesa, su mamá una reina y su papá un bajá de tres colas, que dando la majestuosa familia encantada de las letras, por más que saquen astillas del individuo que las escribe.

¿Sí eh? ¿con qué también hay eso?

Ya lo creo, como que Manila adelanta, y vaya V. á dar gusto en letras de molde á una sociedad que adelanta. Como al pobre infeliz que empuña la trompeta de la publicidad se le olvide un detalle, como deje de decir que una lámpara tenía seis luces ó que el niño pequeñito hizo la desgraciada gracia de verter sobre una falda ó un pantalón una bandeja de sorbetes, ó que en un guardapelo ó pulsera se leía la inscripción de Perico, de Luís, ó de Pepe, harto tiene el pobre gacetillero, y más de una vez oirá cosas que le harán renegar del incienso vertido y de las prodigadas alabanzas.

Pues no digo á ustedes nada en la cuestión de colocación de nombres; aquí el simple resentimiento, se convierte en un proceso compuesto de un sin número de cargos.

Si Fulanita tuvo tienda de sombreros, y la han puesto antes que á mi, que tengo un escudo más grande que el del Cid, con más barras que las de Aragon y más leopardos que en el San Gotardo; que Zutanita ha sido preferida cuando no há mucho que decía miste que Dios; que la de más allá esta encima de la de más acá, siendo aquella una empleada subalterna, y la mamá de la agraviada siete veces usía; que mi primo el ministro me da derechos; que mi posición, que mi marido, que mi modista me los dan á mí, estas y otras reflexiones in mente ó in lengua mezcladas con adjetivo más ó menos duros contra el pobre autor, constituye la comidilla, del día siguiente.

Por último, caballeros, que Manila progresa lo atestiguan los libros de caja de Roensch y Madama Sprin.

Sin querer hemos llegado á la caja, es decir hasta el dormitorio de la moda.

Hemos presentado el teatro.

Respetemos los bastidores….

Estas y otras observaciones iba haciendo á dos buenos amigos que me acompañaban: uno de ellos que viene interviniendo hace muchos años en los acontecimientos de mi vida y que alberga en su alma tanto cariño, como en su cabeza buenos pensamientos, me oía sin pestañear, no sé si por el asentimiento de la conformidad ó por el ensimismamiento producido por la idea de la separación: ambas á dos cosas podían ser, pues lo primero es verdad, como verdadero lo es el cariño que desde nuestros primeros años nos une.

Los remeros seguían bogando y yo charlaba comparando la vida de los arrabales por los cuales se deslizaba la banca, con la sombría y triste que se experimenta en el recinto amurallado.

Hemos dicho que Manila podía ser una segunda Venecia, pero … no lo es.

Tiene canales, pero estos no reflejan obras de arte, sino en su mayoría ruinas y suciedad; sobre sus aguas no se pasean poéticas góndolas, templos del amor y del arte, sino sucias bancas tripuladas por no menos sucios remeros; no esponjan las plumas en sus orillas cisnes ni oropéndolas, mas en cambio invaden la corriente, que mentiríamos si dijéramos cristalina, sílfides chinas y bronceadas ondinas.

Volvemos á repetir que Manila, ó mejor dicho la nueva Manila, que la forma la inmensa población que se ha creado fuera de los fosos, podía ser una segunda Venecia, no lo es, no por falta de deseos, no por falta de conocerlo, sino porque se opone hoy por hoy la tradición de la costumbre, la indolencia que crea el suelo, la manera de ser de la localidad y los cuantiosos caudales que habían de gastarse en la limpieza, arreglo y conservación de los muchos esteros que serpentean por Binondo, Quiapo y Tondo.

La suciedad en que á pesar de la vigilancia que se ejerce están los esteros, principalmente se debe á la inmensa emigración de chinos, los cuales, en gran número habitan sus orillas, impregnándolas de la incuria y falta de limpieza que ellos observan. El chino es la entidad jornalera más perfecta que se conoce en Filipinas, pero también es la panacea más acabada de la hediondez, la cual únicamente se puede contrarestar con las continuas y eficaces requisas de la autoridad que vigila sus domicilios, verdaderos tugurios en que se hacinan cientos de ellos.

Contemplando los modestos bajais de caña y nipa entremezclados de alguna que otra construcción de piedra y tabla, llegamos al puente de Meiisig, variando á los pocos golpes de remo la diversidad del paisaje, puesto que á la desembocadura del estero desaparece la caña y la nipa por regulares construcciones de sólidos materiales.

Á medida que el río de Binondo camina á su desagüe, aumenta el movimiento en sus orillas y en sus corrientes. Cargadores chinos provistos de resistentes pingas, pesados cascos repletos de abacá; paraos, bancas y botes llenos de mercancías que la exportación de las provincias del Norte, de China y del Japón traen al mercado de Manila, es lo que compone el cuadro hasta los límites, en que el modesto Binondo confunde sus aguas en las caudalosas del que nace en la extensa Laguna de Bay, entre la salvaje poesía que despiertan los panoramas que presentan el Castillo de flores, el Pecho de Dalaga, los Tanques de Paquil y las bellezas del Talim.

Una vez dentro de las aguas del Pasig, el movimiento de la banca se hizo duro á consecuencia de la corriente y la marejada.

Dejamos por la popa el puente de Barcas, único paso gratuito que une el viejo mundo manileño con el moderno, y voltejeando por entre barcos de todas especies y dimensiones, pasaron ante nuestra vista los artesonados góticos de Santo Domingo, las columnatas (!!) de los camarines de la Aduana provisional (si no fuéramos de prisa, verían nuestros lectores que en Filipinas todo es provisional), los bonitos parterres de la Capitanía del Puerto, los sombríos muros de la Fuerza de Santiago, la actividad del Carenero y el extenso Malecón.

A medida que nos acercábamos á la barra, la boga se hacía más difícil.

Estábamos á medio cable de aquella. Cuatro golpes de remo, y la quilla de la banca entraría en los inmensos dominios de los mares.

Fijamos la última mirada en la blanca espuma que incesantemente nace y muere al gemir de las olas que rompen en las piedras del Fuerte del Sur, y … ¿cuál es la María Rosario? pregunté al patrón.

—Aquella, señor,—dijo, señalando un barco armado de brick-barca.

Los detalles de la María Rosario, cada vez se iban delineando con más precisión. La extensión de su guinda, eslora y puntal era proporcionada, no así su manga que era mucha, lo que nos hizo presagiar que sus balances habían de ser muy sensibles.

La María Rosario estaba lista para darse á la vela con rumbo á las islas Marianas.

A las ocho de la mañana pisamos la meseta del portalón de babor, recibiéndonos los ladridos del perro más gordo que jamás hemos visto.

Posesionados de la cubierta después de arreglar el camarote, esperamos la visita de salida.

A las doce, listos en toda regla, dimos vela con todo aparejo largo en demanda del Corregidor, con viento flojo del N., mar tranquila, barómetros altos y horizontes celaginosos.

A las tres de la tarde el viento seguía muy flojo, en cambio el calor era insoportable.

Apenas andaríamos una milla por hora.

A la banda de babor teníamos las costas de Cavite.

¡Cuánto recuerdo tiene para nosotros Cavite!

Le queremos cual si fuera el pueblo que nos vió nacer; entre su alegre bullicio pasamos muchos meses encontrando cariño, consuelo y amistad.

El istmo de San Roque con su mar de Bacoor, incesantemente llena de empavesadas bancas que traen y llevan cigarreras; el seno de Cañacao donde encuentra un seguro anclaje la flotante población de nuestros alegres marinos; las populares fiestas de Porta Vaga con los pantalanes incesantemente llenos de alegres caras, que van y vienen en pequeños vapores engalanados y provistos de músicas; las decidoras sanroqueñas con su pequeño y airoso tapis, su jerga especial y su picaresca malicia; las poéticas bóvedas de entrelazadas cañas que dirigen á playa chica; los melancólicos cundiman del barrio de San Rafael y la Caridad; la misma arena de la playa en la cual un día y otro día hemos visto llegar la ola y borrar nombres que nuestro deseo escribía sobre la movediza materia; la franca y leal amistad con los valientes marinos, verdadero elemento que da vida á Cavite; las históricas mascaradas de Noche Buena en que sinnúmero de dalagas, suelto su hermoso pelo recorren las calles en medio de grotescos grupos en que un indio vestido de moro ostenta muy grave un cartel que dice es Moisés, en que las doce tribus van representadas por 12 individuos adornados con los deshechos de todas las guardarropías, y en que el precio de la progenitura no negamos podrá estar caracterizado por las prosaicas lentejas, pero que si van estas, lo son mezcladas con morisqueta en un inmenso bilao que lo suelen colocar debajo de la oliva del huerto, á cuya sombra no se apuran las heces de la amargura, sino sendos tragos de tuba mezclados con los jugos de la bonga y la cal del buyo; todo, todo pasaba ante la vista y ante la imaginación.

El barco aceleró su marcha confundiendo en una cinta verde los dilatados campos de la Estanzuela.

¡Adiós risueñas playas! ¡Adiós, gratos recuerdos!

Naig, Marigondon, Santa Cruz … fueron quedando tras de la estela de la María Rosario.

Los límites de la provincia que constituye la Andalucía de Filipinas desaparecieron.

Los horizontes del primer cuadrante se mostraron aturbonados á la caída de la tarde.

Los primeros destellos de la farola del Corregidor alumbraron, al par que rebasábamos Pulo Caballo, saliendo de la inmensa bahía de Manila por Boca grande.

Después cada cual procuró resguardarse lo mejor posible de las miles de cucarachas que invadían la cámara, y después … el sueño, el sudor y los insectos imperaban en la parte animada é inanimada de nuestro individuo.

La faena del baldeo, el monótono y acompasado canto de la marinería, el ruido de la maniobra y los desesperados ladridos del perro, me despertaron en la madrugada del 11.

Durante la noche habíamos rebasado el Puerto Limbones, alumbrando los primeros rayos del día la pequeña isleta de Fortun por la proa, confundiéndose en los lejanos horizontes los elevados picos del Sungay, límites de la provincia de Cavite.

Ciñendo aparejo y aprovechando vela, algo fuera de rumbo, pudimos ganar Punta Santiago, entrando por efecto de los continuos cambios de viento y las corrientes en el Seno de Balayan, pudiendo notar en las tierras de la provincia de Batangas, las pintorescas casas de Taal, hermoso pueblo que se eleva en las cercanías de la laguna llamada por algunos Encantada, sobre la cual se levanta el célebre volcán de Taal, del que no podemos pasar sin decir algo á nuestros lectores.

CAPÍTULO II.

Índice

Recuerdos de Silam—Ordoñez y Oñate—El yo cuidado.—En marcha—Sungay—Talisay—La Capitana Ramona.—Tiempo viejo—Los labios de un chico y la boca de una chocolatera.—Perlas y brillantes—Laguna encantada.—El cráter.—Volcán de Taal—Grandiosidad del volcán—Erupciones notables—Sueño del coloso.

El año 1869 recorriendo la provincia de Cavite tuvimos ocasión de pernoctar en el pueblo de Silam, célebre entre otras cosas por criarse un café que, fin género de duda, puede competir con el mejor de Moka.

En la caída del convento y ya entrada en horas la noche, charlábamos sobre la madre patria, el cura del pueblo, excelente padre de la Orden de Recoletos, un oficial de partidas y mis queridos y buenos amigos de expedición, Melchor Ordoñez y Ciriaco Oñate, ayudante el primero del General de Marina y médico militar el segundo.

Después de haber rodado la conversación por todos los tonos y de haber evocado nuestra memoria los queridos recuerdos de España, nos ocupamos de la localidad. Explicándonos el Padre los productos, se habló de las vecinas cordilleras del Sungay, á cuya falda se extiende la laguna llamada por unos de Bombon, por los más de Taal y por algunos Encantada, nombres todos justificados y que tienen su origen, el primero por haber existido en aquellas inmediaciones un pueblo llamado Bombon, el cual fué sumido en los horrores de una erupción; el segundo lo justifica la hermosa y extensa población que se asienta á las orillas de la laguna, y por último, el tercero lo ha encontrado la imaginación oriental en la salvaje y bella perspectiva que presenta aquella inmensa masa de agua sobre la que se levanta el sombrío monte del volcán.

Mis compañeros de viaje, que tiempo hacia tenían, no la curiosidad de ver el volcán, sino el legítimo deseo de estudiar en cuanto cabe sus misterios, recogiendo sobre el terreno su historia, interrogaron al Padre sobre la manera de hacer el viaje, formulando todos la resolución de ir al volcán costara lo que costara. Hecha la decisión, se llamó á un guía, y este, que era un viejo tulisan de los más conocedores del bosque, oyó con toda la imperturbable indiferencia india nuestros deseos, contestando con un sacramental y lacónico yo cuidado.

El yo cuidado, en el lenguaje filipino, es la síntesis de la filosofía, es el extracto del refinamiento del yo y el no yo de Hegel y Krausse aplicado á la India. Yo cuidado lo dice todo unas veces, y otras no dice nada; ora es un consuelo, ora una amenaza, ora un asentimiento, ora una esperanza, ora un recuerdo, ora una súplica, en fin, es todo, lo encierra todo, lo expresa todo en el vocabulario del indio siempre parco en el decir. Increpad á un indio sobre el no cumplimiento de sus deberes, y si á la última frase de la filípica os contesta con un yo cuidado, aquella frase es la atrición completa de la enmienda. Despertadle los celos, hacedle entrever que su babay escucha amoroso cundiman, alza el cogon ó descorre las conchas á significativas enfrentadas, y si le oís murmurar yo cuidado, veréis en aquellas palabras estereotipado el paroxismo de los celos. Llevad á su inteligencia el hilo de una aventurilla y el yo cuidado en este caso envuelve toda la argucia buscona de la histórica época de capa y espada. Que una mestiza de corto y airoso tapis, pintarrajeada saya y sombreada camisa de piña, entrelace su hermoso pelo con sampaguitas en el característico pusod, que lleve á sus ojos esa dulce languidez llamada matang-mapungay, propia solo de las hijas del Oriente, que formule un deseo á su ñol y el yo cuidado en este caso es la realización completa del mas exigente capricho.

El yo cuidado tiene tanta latitud, dice tanto, es aplicable á tantas cosas, afirma y niega tantas otras, que es imposible darle su verdadero valor. Es una frase propia de Filipinas imposible de traducir en su práctica significación en ninguno otro país.

Yo cuidado, nos había dicho el matandá; así que ya no tuvimos que hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El guía sabía queríamos ir al volcán; la sola concepción de este deseo y el yo cuidado, bastan para comprender que lo dispondría todo, yéndonos en tal confianza á acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nos anunciaba que aun cuando tuviéramos que caminar de noche su plateado disco nos enviaría luz y alegría.

Escaso fué el reposo, pues aún no alumbraba la aurora cuando fuimos despertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el ánimo los proyectos del día anterior. Una noche de insomnio robustece las ideas, las penas ó las alegrías, como por el contrario, las horas en que las sombras baten su beleño sobre nosotros entregándonos al reposo, modifican, alientan, consuelan el espíritu.

El bueno de Oñate, que hay que despertarlo á tiro de fusil, se volvió del otro lado, pidiendo le dejaran de volcán, de Sungay y de expediciones; Ordóñez, acostumbrado á desechar la pereza en la ruda campaña del marino, puso los huesos en punta, y yo le grité á Oñate en todos los tonos:—¡Vamos! ¡arriba! la laguna nos espera!—dando por resultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporara en la cama.

Listos y provistos de todo, dimos un cariñoso adiós al Padre, y montados en los ligeros caballos del país, tomamos el camino del vecino Sungay, á la hora en que los primeros ecos de la campana del convento despertaban al pueblo de Silam, llamando á los indios á la oración de la mañana. Confiados al guía y al notable instinto de los caballos, tras algunos dilatados campos de palay y varios grupos de calumpang, desapareció todo camino ante la compacta barrera de cogonales que se extendía á nuestra vista. Con harta dificultad y no menos precauciones por el temor de encontrar algún carabao cimarrón, caminamos por espacio de una hora valiéndonos de la voz para no perdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del cogon. Tras un trayecto que nos fué sumamente difícil de correr, se aclaró la maleza dejando el habla al ponernos á la vista; pocos pasos más y los cascos de nuestros pequeños caballos pisarían las faldas del Sungay, cuyas crestas las envolvía las densas brumas de la mañana.

Dimos unos momentos de descanso á los caballos, arreglando lo mejor posible nuestro equipo, empapado en el agua que nos había regalado el rocío que la humedad de la noche depositó en las hojas del cogon.

Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos, principiamos la ascensión del famoso monte. Las afiladas hojas de la fresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaron más de una vez á que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos paso en aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta.

El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadas revestidas de musgos y helechos, su vegetación virgen, los panoramas que se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos y cascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidos que produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza, el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo infinitamente pequeño, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan impenetrable como lo son los profundos misterios de los océanos de luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian uno de los sitios más bellísimos de la perla del Oriente.

Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que á ser posible trasladarlas al lienzo se creería el sueño de un artista.

De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las cabalgaduras con nuestros huesos en el término de la ascensión. Nos encontrábamos en la línea que divide las provincias de Cavite y Batangas. La división de estas provincias la deciden la dirección de las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.

A la vista teníamos la laguna, viendo elevarse perezosamente del cráter del volcán columnas de espeso y blanco humo.

A la falda del Sungay se extendían diseminadas las casas de Talisay, adonde llegamos á cosa de las diez de la mañana.

Talisay es un pintoresco pueblo de poco vecindario, este es sumamente dulce y cariñoso; hay una pequeña iglesia de cogon y una casa parroquial habitada por un cura indígena. Tan luego supo el cura nuestra llegada, nos hizo ir á su casa, en donde nos sirvió un almuerzo bastante bueno, dadas las condiciones del pueblo; no tuvimos pan, pero al que lleva algún tiempo en Filipinas esto no es obstáculo, pues cual el hijo del país, sabe sustituirlo con el arroz cocido llamado morisqueta.

Desde las conchas de la casa del Padre se veían perfectamente los menores detalles de la laguna y del volcán.

El día estaba bastante entoldado, y el calor no mortificaba como de ordinario.

A los postres se nos presentó la capitana Ramona, viuda de un Gobernadorcillo.

La capitana Ramona es un verdadero personaje en la provincia de Batangas, tiene fama de ser sumamente afecta á los españoles y posee toda la melosidad y cariño de la raza del Oriente. Sabe tocar el arpa y canta con voz gangosa y pausada alguna que otra canción de moros y cristianos, de aquellas que la tradición ha venido conservando desde las gargantas de los que acompañaron á Legaspi.

La capitana Ramona quiere al castila como á los misterios y encantos de que están impregnados sus bosques. El cariño al español alguna que otra vez (pues frágiles somos), se ha convertido en pasión más ó menos intensa, según cuentan crónicas de pasados tiempos.

Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que la capitana ya es vieja y vive solo de recuerdos. Muchos conserva gratos, mas uno, según me contó muy bajito el Padre, viene de cuando en cuando á nublar todo el hermoso panorama de su juventud. Cuéntase, por más que cuento no sea, que años ya muy pasados, un alto funcionario, animado de nuestros mismos deseos de ver el volcán, llegó al pueblo de Talisay. Por aquel entonces, la hoy vieja Ramona era una hermosa dalaga, de ojos de fuego, lustroso y largo pelo, y dulce y meloso hablar. Joven y hermosa, había amado casi niña, y casi niña fué madre. El visitante, que no por tener curiosidad dejaba de tener necesidades, sintió la de comer á las pocas horas de llegar á Talisay; le formuló su deseo á la bella capitana, no dice la crónica si en pocas palabras, aunque sí asegura que la vergonzosa mirada de ella fué sostenida con larga insistencia y picaresca intención. El personaje pidió se le sirviera chocolate con leche, y chocolate con leche, en efecto, tomó; pero grande fué su sorpresa y no menos sus ascos cuando supo que el chocolate había participado del producto de los pechos de la dalaga. La incomodidad que esto originó y el malestar que produjo, diz que ocasionaron el que la dalaga no volviera á bajar los ojos, ni el caballero á mirar con insistente significación. Las mujeres son en todas partes lo mismo; un desprecio y una herida en el amor propio, constituyen en el sexo femenil las verdaderas heces del cáliz de la vida.

Hoy que han pasado muchos años, recuerda la vieja con pena aquel incidente de joven, que después de todo, conociendo el carácter indio no tiene nada de extraño.

La raza india, cuanto más pura y más lejos está de las grandes capitales, mira al español con una especie de adoración. Sus palabras son órdenes que jamás comenta, de aquí el sucedido de dar á un sastre un pantalón de modelo con un remiendo y hacer siete que se le habían encargado con siete remiendos iguales.

A la capitana Ramona se la pidió chocolate con leche y en el fanatismo de la obediencia creyó de muy buena fe que lo más corto era sustituir los labios del chico por la boca de la chocolatera.

Ejemplos parecidos al de los pantalones y el chocolate se cuentan por todas las islas. El indio jamás comenta, obedece siempre al pié de la letra las palabras del castila.

La revelación del Padre me hizo fijar la atención en la capitana y me persuadí de que si había perdido con los años su hermosura, en cambio había acaudalado con la experiencia cierta discrecional filosofía que descubría un talento nada común, y una amabilidad y deseo de servir tan natural como verdadero.

Se nos había olvidado decir que la capitana era rica. Esto aunque no nos lo dijeron, ya lo habíamos nosotros traducido en la pureza de un riquísimo terno de brillantes que la adornaban.

El que no haya estado en Filipinas, quizás creerá exagerado esto de los brillantes en una india habitante poco menos que de la selva; el que haya estado y recuerde las procesiones y catapúsanes de los pueblos y evoque en su memoria los trajes de las dalagas, sabrá que no tiene nada de extraño el hallar en bajais de caña y cogon riquísimos brillantes y preciadas perlas de Joló.

La antigua capitana de Talisay no solamente tenía buenas alhajas, sino que también era dueña de un gran bote que con sus correspondientes remeros puso á nuestra disposición.

Listo el bote y listos nosotros, ayudados de la lona y de los remos, dimos rumbo en demanda del monte de Taal, gigantesca y sombría masa que se destaca en medio de las aguas.

Los contornos del monte no presentan ninguna regularidad, revelando su situación, conjunto y configuración, las huellas de un gran cataclismo.

En las primeras capas que lamen las aguas, difícilmente crecen algunos raquíticos arbustos sin verdura, frutos ni flores. Más arriba piedras calcinadas y residuos volcánicos son los componentes de aquel coloso que revela en la espesa columna de humo que se eleva de su cráter que en sus entrañas de granito duermen los genios de las ruinas y de los estragos.

¡Desgraciados pueblos los de Taal y Talisay si en el libro de las lágrimas está escrita una nueva erupción!

Las aguas de la laguna tienen una inmovilidad tan constante, un color plomizo tan pronunciado y una superficie tan siniestra, que su conjunto parece reflejar la maldición que pesa sobre las dormidas aguas del mar Muerto.

A cosa de las cuatro de la tarde, bajo un cielo cubierto de negruzcos nubarrones y una temperatura sofocante, atracamos el bote á la falda de la montaña. La ascensión es difícil por ser en algunos puntos la pendiente muy pronunciada. El calor nos ahogaba; las materias volcánicas rechinaban bajo nuestros piés y experimentábamos los efectos de la fuerte irradiación que lo avanzado de la tarde y la falta de sol operaban en las masas calizas impregnadas de los ardientes rayos tropicales. La monotonía del camino, de cuándo en cuándo era interrumpida por precipicios, siniestros testigos que vienen á enseñar al viajero antiguos cáuces por los cuales ha corrido la lava y el fuego.

De trecho en trecho, el ruido producido por nuestras pisadas nos indicaba pasábamos sobre bóvedas. ¿Qué guardarán estas? ¿Dónde terminará su fondo? ¡Profundos misterios de la divina ciencia impenetrables á la humana materia!

Varias veces tuvimos que pararnos á fin de cobrar aliento.

Unas cuantas varas más y estaríamos en la línea del vértice.

Las nubes del poniente confusamente coloreaban el paso del sol; su luminoso disco se aproximaba á su ocaso, cuando un grito se escapó de todos los labios y una fuerte palpitación se experimentó en todos los pechos.

Estábamos en el vértice. Teníamos la profunda sima del volcán bajo nuestros piés. La percepción del panorama es tan instantánea y la grandiosidad del conjunto tan colosal, que el espíritu se sobrecoge ante aquella maravilla, no dando por largo tiempo cabida más que á una muda al par que profunda admiración.

Las proporciones del cráter son colosales. Lo forma en su conjunto la cavidad que deja el monte, el cual constituye en su configuración un cono, cuya base mide de bojeo unas 9 millas.

En el fondo del cráter se ven desigualdades, alternando las prominencias con lagunas de más ó menos extensión, impregnadas de materias azufradas según revelan el color de sus aguas.

Por intervalos y con más ó menos intensidad, se elevan columnas de humo de las distintas prominencias, que vienen á ser cual si el fondo estuviera salpicado de pequeños hornillos.

Aunque con trabajo y peligros puede bajarse al cráter, contándose en Talisay de un viajero, que no solamente descendió, sino que permaneció en el fondo muchas horas.

La mayor ó menor cantidad de humo que espele el volcán, la intensidad de calórico que irradia, la actividad en que mantiene sus hornillos, y las altas temperaturas y emanación de gases que constantemente se observa en las pequeñas lagunas, son indicios ciertos de que la lava y el fuego germinan en su seno.

Muchos archivos, y no menos crónicas hemos consultado referentes á Filipinas, y tanto en los unos como en las otras, las noticias que hemos hallado respecto al volcán son muy escasas, remontándose las más antiguas á últimos del siglo XVII; después, y con referencia á los años 1745 y 1749, se vuelven á encontrar algunos datos, confusos unas veces y exagerados otras, cual lo son la mayor parte de los que guardan las escasas y antiguas historias del Archipiélago.

El cuándo y el cómo se formó el volcán, ni la historia lo dice, ni la tradición lo relata; solo la configuración del monte, la relación que en sí guarda con las vertientes del Sungay y el estudio del suelo, pueden conducirnos á la hipótesis más ó menos aproximada de suponer haber corrido por lo que hoy es laguna, una cordillera, que comprendería desde las faldas del Sungay, á las riberas de la laguna de Bay, y quién sabe si llegaría más allá, encadenando sus ásperas lomas con los picos de la isla del Talin, yendo á perderse entre la fragosidad de Morong y Nueva Ecija.

Suposiciones son estas que no tienen comprobante alguno en narración escrita.

La última erupción del volcán acaeció há más de un siglo, pereciendo entre la ceniza y el fuego, entre otros muchos, la mayor parte de los habitantes del pueblo de Sala. El fraile que administraba su parroquia, describe el fenómeno en las siguientes líneas que literalmente copiamos:

«Por el mes de Diciembre de 1754 reventó el volcán más furiosamente que nunca, porque el ruido era como de una batalla muy grande, los terremotos espantosísimos y la oscuridad de la atmósfera tal, que puesta la mano delante de los ojos no se veía: la ceniza y arena que arrojaba era tanta, que cubrió todos los tejados y casas de Manila, la que dista unas 20 leguas y aun llegó hasta Bulacan y la Pampanga. Hervía á borbollones el agua de la laguna con los ríos de azufre y betún derretidos que bajaban del volcán, quedando cocido todo el pescado de ella, el cual fué arrojado después á la playa por la resaca é inficionó el aire. Los truenos subterráneos y atmosféricos se oyeron en todas las provincias circunvecinas. En Manila se comía con candelas encendidas al medio día. Duró esta calamidad ocho días cabales, quedando enteramente arruinados y aniquilados por las piedras y lodo del volcán, todos los pueblos que estaban á orillas de la laguna, á saber: Taal, que era entonces la cabecera de provincia, Tanauan, Sala y Lipá, viéndose obligados sus habitantes á buscar otros sitios más distantes del volcán donde establecerse, como de hecho se establecieron en los sitios que actualmente ocupan. El pueblo de Bauan, aunque al principio había estado también á orillas de la laguna se había trasladado al interior antes de esta catástrofe. Bayalan y los pueblos de aquel rumbo también padecieron bastante. Hubo muchas muertes de personas á quienes alcanzaron las piedras del volcán y los desplomes de los edificios. Perecieron también por la misma causa muchísimos animales y todo el arbolado y siembras de los contornos, pues la abundancia de piedra, ceniza y lodo, que vino del volcán lo soterró todo. El río grande, que comunica la laguna con la ensenada de Taal, quedó cegado casi del todo, y rotos y enterrados los champanes y demás bajeles fondeados en el río y la laguna. El mal olor de todas las materias extrañas vomitadas por el volcán, duró por espacio de más de seis meses y desarrollóse en su consecuencia una peste cruelísima de calenturas pútridas y malignas que acabó con la mitad de la provincia, pues de 18.000 atributos que tenían antes solo quedaron 9.000.»

Más de un siglo hace que el coloso duerme sobre las inmóviles aguas, envuelto entre el humo y las brumas. ¡Dios haga que sus impenetrables misterios no rompan algún día sus grandiosas cárceles de piedra!

CAPÍTULO III.

Índice

Punta Matoco.—Calmas.—Isla Verde.—El sudeste.—Marinduque y

Mindoro.—Razas salvajes.—Sus costumbres.—Los negritos aetas.—Su

manera de ser.—Inalug y Acubac.—De puerto Galera á punta Bunga.—Horizontes de Marinduque.—Isla Banton.—El Padre Pablo.

Á la vista de punta Matoco, límite de la provincia de Batangas, navegábamos en la mañana del día quince.

El capitán, la tripulación y el escaso pasaje experimentaba el malestar de la calma y el calor tropical, tanto más sensible, cuanto que nos encontrábamos bajo la influencia de uno de los puntos más angostos del estrecho.

La maniobra se hacía cada vez más difícil por el poco espacio de que se podía disponer, y sobre todo, por la fuerza de las corrientes que ora nos llevaban á las playas de Batangas, ora á las peligrosas costas de Mindoro, entre cuyas dos provincias se destacan los perfiles de la isla verde, atalaya que domina la entrada del estrecho que va á morir en San Bernardino, peñón que azotan las aguas del Pacífico.

Sin adelantar un cable y sin poder ganar una buena y segura vuelta, cruzando constantemente vela para evitar las corrientes, estuvimos no sé cuántos días á la vista de la pintoresca isla Verde, retrocediendo unas veces y avanzando otras por las bandas, siendo empujados á la tranquila ensenada de Batangas ó á las arenas de puerto Galera.

No hay nada en el mundo tan aburrido, como las horas que se suceden en un barco que se duerme bajo la influencia de las calmas.

Un amanecer y otro vimos al despertar la exuberante vegetación de la isla Verde, y cuando nuestro deseo creía desconocer aquella tierra, venía la voz del capitán con su sempiterno ¡levanta muras! y ¡cambia en medio! á recordarnos continuábamos de vuelta y vuelta, ó mejor dicho, que nos manteníamos sobre bordos en demanda del centinela del estrecho.

Cuando no reinaba calma, la ventolina soplaba por la misma proa. ¡Parecía cual si el islote se resistiera á dejarnos libre aquel difícil paso en medio del cual se levanta!

A la caída de la tarde del diez y nueve, las densas nubes que perezosamente descansaban sobre los lejanos picachos de Mindoro oscilaron en el firmamento, rodando á los pocos momentos compactas por la celeste bóveda, al empuje del tan deseado SE. Nuestro horizonte poco á poco fué cubriéndose de los blancos copos desprendidos de la región de las puras brumas, destacándose entre aquellos algún siniestro nubarrón, arrancado por el viento del seno donde se engendra el rayo.

El catavientos y las velas altas dieron señales de haber percibido las primeras caricias del viento que tanto deseábamos, despertando la María Rosario del letargo en que há tiempo estaba sumida.

El viento se entabló por completo, reinando con bastante fuerza el marcado en las monzones de Julio y Agosto.

Una vez que quedó la isla Verde entre la espumosa estela que dejaba en las aguas una marcha de nueve millas, el estrecho se ensancha y la navegación se hace más franca y menos peligrosa.

Con buen tiempo, SE. fijo, mar limpia de escollos, navegando en largo, demoramos por la proa la isla de Marinduque, teniendo á la banda de estribor las extensas tierras de Mindoro. Esta isla que tiene más de cuatrocientas millas de costa, es casi desconocida, cual sucede en el Archipiélago con otras muchas y dilatadas comarcas. Los habitantes del interior de la isla de Mindoro, han sido poco estudiados. El viajero, el curioso ó el que por su cargo inspecciona la isla, recorre las costas, siéndole muchas veces imposible internarse por oponerse la fragosidad del terreno, lo inhospitalario de sus pampas y bosques, la falta de caminos, la carencia de recursos y el estado de algunas tribus que se asemejan á las que habitan las montañas de Mariveles y algunas provincias del Norte.

Respecto á estas razas, apenas conocidas, dice una notable publicación que vió la luz en Manila, lo que sigue:

«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes, busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes, quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur, confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales, aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.

«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol, según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan baac, y una manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones, y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros, y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero; el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta; generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una especie de cuchillo de dos cortes que llaman talivong y bujías, el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza, que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz, frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario, y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos, siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los pueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres, muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala; desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos; su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos; pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los estancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada, que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería, son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición, se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron; pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan; son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la luz evangélica.

Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte del Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaos que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácter dulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazo imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes, solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete ó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los lados que algunas veces adornan con plumas; en lugar del talibon usan una arma llamada ligua de la que usan también los tinguianes, que es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrás y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen junto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.

Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extienden hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de los demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido suele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; pagan reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al más viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo junto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne de venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo de lo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.»

En otro lugar leemos:

«En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islas Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan numerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados individuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismo y de la civilización. Las cordilleras de la isla de Luzón están habitadas por los igorrotes, tinguianes, ifugaos y otras razas de costumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendida por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por sus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su ángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros que residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos de la Oceanía.

Los de estas islas viven errantes en la fragosidad de las selvas, y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican con los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra con otros habitantes de los bosques. Se cree que los desmayas, malancos, manabos y tagabotes de la isla de Mindanao, así como los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas, sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradores de las islas.

Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no mal formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como lana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior; su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa de África, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosques donde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más con pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un taparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuente lo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores ó de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en la cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios productos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telas y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un tapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan en su pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y por sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que además de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombres solteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de su estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas que acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen, en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunos usan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevan un cuchillo ó bolo muy afilado.

Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les ve tomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto el fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árboles una especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan el campo para volver á dormir donde les coge la noche.

Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañan y vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuando marchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido por un lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca.

No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados y raíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos de pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; uno de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando flechas y armas.

Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan para su comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellos del carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y presenta cuando se les llama para el trabajo.

Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado acubac que se reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas, levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman inalug.

Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la verdad y de la razón.»

Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles; pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley, que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra, alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el que impera por la ley del más fuerte.

Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun cuando se encuentre con alguna ranchería de aetas; estos lo acogerán con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño, se tornan dulces y serviciales.

El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las puertas de Manila.

¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende la isla de Mindoro, desde puerto Galera á punta Bunga!

Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de Marinduque por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la María Rosario.

Las pequeñas Dos hermanas, formando el vértice del triángulo que cierran Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo, se destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños islotes llamados Tres Reyes y el Diamante, azotados constantemente por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables resacas que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.

La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límites habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto, inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario de la vida.

Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el siguiente capítulo una página más.

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