Kitabı oxu: «Orígenes y desarrollo del fútbol en el Uruguay»

Şrift:


Dedicado a Ciro

UN PASADO FANTÁSTICO

Cuando Juan Carlos Luzuriaga me propuso la elaboración de este prólogo me provocó una inmensa felicidad. Fue una inesperada sorpresa. También un alto honor que recibí con enorme alegría, comprendiendo la gran responsabilidad que asumía para cumplir con la difícil tarea. Es muy complicado estar a la altura de una obra tan importante que proyecta los conocimientos e investigaciones de un autor con capacidad indiscutida y reconocimiento comprobado. La historia es una de sus especialidades, y eso se refleja permanentemente en el relato: una mezcla justa entre los aspectos sociales, políticos y económicos de ese tiempo y la aparición del deporte, especialmente del fútbol, hasta llegar a los inicios del siglo XX.

Este libro está relacionado con uno anterior que fue publicado con gran suceso unos años atrás. Me refiero a El football del Novecientos, donde Luzuriaga realizó un extraordinario repaso de los comienzos de la actividad y los diferentes aspectos que rodearon el camino de la organización. Asimismo, se ocupó del nacimiento de los clubes y su inclusión en la Liga, que con el tiempo se transformó en la Asociación Uruguaya de Fútbol tal como se la conoce en la actualidad. Los detalles de las instituciones que transitaron por el fútbol de los primeros tiempos resultan fascinantes, y los valores promovidos viven en la consideración popular. Como si esto no fuera suficiente, agregó un plus que merece una altísima consideración. Se trata de las magníficas ilustraciones de los uniformes de los equipos que decoraron las primeras listas de clubes de este país. Esa sinfonía de colores generó un impacto para los lectores que no se puede soslayar, una extraordinaria policromía que vistió de manera maravillosa el excelente texto y que además, permitió asociar el nombre de los cuadros con sus camisetas, tan particulares, como parte de una vestimenta hoy perimida.

Ahora surge esta nueva edición ampliada, mejorada. Lo primero porque a lo ocurrido en el Novecientos se agrega la parte relacionada con los orígenes de este deporte y su llegada a nuestras tierras. Lo segundo, en virtud de la existencia de un claro progreso en las ilustraciones que pintan un contenido que despierta admiración; no solamente para conocer los colores de cada entidad, sino también para distinguir los diferentes diseños que identificaban a cada una. Muchas instituciones desaparecieron en las sombras del pasado y algunas otras sufrieron cambios impuestos por el ataque modernista de las épocas posteriores. Algunos equipos todavía integran el grupo de afiliados al ente rector del fútbol. A veces con la misma indumentaria y en otras ocasiones con diferencias sustanciales que transforman su identidad en lejanas etapas.

Pierre de Coubertin, el padre del deporte moderno, siempre hablaba de la enorme trascendencia de la historia como una materia esencial para comprender el pasado, entender el presente y poder edificar el futuro. En ese sentido, incursionar en el nacimiento del este deporte y su difusión por el mundo resulta fundamental. Es la base de toda la construcción posterior, donde los británicos colocaron su impronta inconfundible. Algunos iluminados llevaron la actividad física a los centros de enseñanza, aunque cada institución estableció sus propias reglas. Pero en 1863 se reunieron en Londres para unificar las normas y elaborar la partida de nacimiento del football association.

Muchos sostienen que este deporte es hijo de la Revolución industrial porque se difundió gracias a que los barcos británicos viajaban por todos los mares y llegaban a los puertos más remotos. Junto con los productos para comerciar llevaban las pelotas que los marineros utilizaban para practicar en los momentos de ocio. De la imitación se pasó a la participación, y los criollos fueron saboreando las bondades del juego.

La fundación de los clubes fue la clave para el desarrollo. Primero, con el aporte inconmensurable de los residentes ingleses y sus descendientes. Después, con la acción de los ciudadanos uruguayos como respuesta lógica y esperada a ese dominio extranjero. Desde la fundación de la auf, en 1900, se organizó el fútbol y comenzó un nuevo ciclo.

Este libro relata todo ese proceso y se adentra en la historia profunda de todos los elementos mencionados. Constituye una magnífica oportunidad para estudiar los orígenes y transitar por el pasado en la búsqueda de los datos que resultaron fundamentales para el progreso de la actividad. El comienzo del siglo XX resultó fundamental porque vino acompañado de modificaciones sustanciales que contribuyeron a consolidar esta disciplina deportiva. La lectura de estas páginas permite conocer los protagonistas y las camisetas de aquellos pioneros, también de las parcialidades generalmente identificadas con un barrio de aquel Montevideo tan particular.

En definitiva, esta obra une los orígenes, la evolución y la senda que llevó a la organización. Todo esto, impregnado de los otros aspectos que marcaron los cambios del país y del mundo. También del fútbol, que pasó por esta etapa fundacional decorada con el romanticismo de una época que desprende los recuerdos que guarda la memoria nacional.

Este deporte sufrió transformaciones muy profundas. El Novecientos quedó atrás. Luego pasó por el tramo profesional; ­después, por el espectáculo y el negocio. También por la corrupción. Por eso, es recomendable esta lectura, para entender cómo fue el puntapié inicial y mantener ese faro que alumbra el juego que permanece presente en el fondo de la actividad. Es la manera de seguir siendo sensible, idealista y apasionado; de continuar soñando con un gol, una moña, un caño o una bicicleta. Asimismo, de rendir homenaje a aquellos viejos gladiadores que pisaron las canchas con sentido poético y pensando en el deporte por el deporte mismo. Es como retornar a un pasado tan fantástico como inolvidable.

Dr. Alfredo Etchandy

Secretario nacional del Deporte

INTRODUCCIÓN

Este libro propone observar el desarrollo del fútbol en el Uruguay desde sus inicios y difusión, en la última década del siglo XIX, hasta su consolidación como deporte y espectáculo de masas, veinte años después. Los límites cronológicos, sin ser impermeables, están dados por el entorno de las primeras expresiones deportivas: el surgimiento del Monte Video Cricket Club en 1861 y la consolidación de Peñarol en 1913 como algo distinto de la empresa de ferrocarriles de capitales británicos, reconocimiento formal de una realidad que hacía años se había dado de hecho.

La presentación extensa del fútbol británico y del argentino se justifica como introducción y referente por diferentes causas. El primero es, naturalmente, el paradigma de los equipos uruguayos; la formación de sus clubes e instituciones inspiró a los que nacieron en el Uruguay. Algunos de estos surgieron de los colegios, como es el caso del English High School y el British School —origen del Albion—, y de los jugadores de las clases altas. Otros nacieron en empresas de ferrocarriles o en frigoríficos, como el CURCC y el Liebig's.

En el caso del fútbol argentino, su proximidad llevaba también a la imitación y a la competencia. Equipos como el Alumni eran ejemplos no solo en Buenos Aires, sino también entre los jóvenes de esta orilla. En la República Argentina el fútbol tuvo un desarrollo similar al de Uruguay; por eso se reseñarán sus estrechos vínculos, su papel y función en una sociedad que se estaba modernizando a grandes pasos e incorporando a un mercado mundial. Se señalan también las características peculiares del fútbol en la frontera con Brasil.

En los conjuntos humanos crecientemente modelados por la industria y el capital eran cada vez más necesarios la disciplina y el autocontrol. Se tratará de indagar en esa sociedad de inicios del siglo XX e identificar las particularidades que explican en buena medida la explosiva difusión del fútbol entre la juventud criolla. El deporte en general y el fútbol en particular fueron una válvula de escape para liberar las tensiones de la vida cotidiana. En momentos de cambios importantes dejaron de ser una moda de las elites para ser practicados por jóvenes de todos los sectores sociales y de todo el país, facilitados por las numerosas concentraciones urbanas. Progresivamente transformado en espectáculo, el fútbol convocaba, como actores o como espectadores, a cientos, miles, decenas de miles de compatriotas.



I
GRAN BRETAÑA,
LA CUNA DEL FÚTBOL MODERNO
Origen del deporte

Desde las primeras décadas del siglo XIX Gran Bretaña era la potencia hegemónica del mundo, y como tal señalaba rumbos en lo ideológico, en lo económico, en lo social. También lo hacía en la gastronomía, las costumbres y las modas, entre ellas las deportivas.

Gran Bretaña fue el paradigma de las elites del mundo en el siglo XIX. En su territorio las formas de producción del capitalismo se afirmaron y se extendieron por todo el planeta. La ciencia se transformó en tecnología y dejó de ser un pasatiempo de los ilustrados del siglo XVIII para convertirse en una herramienta de desarrollo económico. Al mismo tiempo se procesaron grandes cambios sociales. Miles y miles de campesinos se alejaban del medio rural, donde no encontraban ocupación, y atiborraban las ciudades. Necesitados de trabajo, constituían mano de obra abundante y barata. Ese proceso llevó a que algunos acumularan grandes fortunas con sus industrias, mientras muchos otros vivían en condiciones muy precarias. La clase alta británica se destacaba por su pragmatismo y utilitarismo. En sus ratos de ocio se interesó por el deporte y lo promovió entre su juventud.

Uno de los primeros antecedentes del deporte tal como lo conocemos hoy fue la caza del zorro, que se reglamentó en el siglo XVIII e inicios del XIX. Es un ejemplo de cómo la actividad se fue alejando de su origen, la cacería en sí misma, para convertirse en una competencia. Pero, además, la práctica del deporte de la caza por la burguesía ha sido una forma de autoafirmación como clase, signo de pertenencia a un sector social. La burguesía trocó la sangre azul de los nobles en un cuerpo con buena salud y una sexualidad sana; asimiló las pautas de comportamiento de la aristocracia y debió reproducir esa visión de sí misma. La educación fue uno de los medios elegidos.

Fueron los juegos de equipo los que más fácilmente se implantaron en toda la sociedad a partir del ejemplo de las clases altas. El remo se difundía gracias al prestigio de las competencias entre Oxford y Cambridge. El críquet, que alternaba el protagonismo individual con el colectivo, se propagó desde la metrópoli a todas las colonias con numerosa población británica —Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica—, así como a la India y el Caribe, aunque tenía como inconveniente que un partido podía llevar mucho tiempo en determinados trámites. El rugby tuvo éxito similar en los primeros países mencionados. Deporte rudo y exigente en cuanto a condiciones físicas, se lo ha definido como un juego de patanes jugado por caballeros.

No obstante, el que acaparó la atención de buena parte de las sociedades del mundo fue el fútbol. Apareció como un deporte que demandaba menos fortaleza física que el rugby, por lo cual resultaba menos selectivo. Además, no necesitaba corrientes de agua como el remo y se resolvía en un par de horas. A principios del siglo XIX se mantenían en Gran Bretaña los rudimentos de una actividad heredada de la Edad Media que tenía cierta similitud con el fútbol actual.

El fútbol era un juego popular y había sido adoptado por las public schools, que de hecho, pese a su nombre (‘escuelas públicas’), eran instituciones privadas, desde que los sectores medios y altos reconocieron a la educación como un medio de acompañar la Revolución industrial. El fútbol se jugaba en los colegios secundarios y en las universidades. El marco educativo disminuía un poco su brutalidad y planteaba la necesidad de reglamentar la práctica.

Más allá de lo lúdico, el fútbol fue racionalizado como algo utilitario, funcional al ser humano en lo que hace a su capacidad de competir, y más tarde se lo consideró el mejor medio para encauzar en el deporte el fervor de las clases populares.

Fue en los colegios de Eton, Harrow, Charterhouse, Winchester y Rugby, así como en las tradicionales universidades de Oxford y Cambridge, donde el juego empezó a reglamentarse. En estas instituciones, más allá de la educación formal, se procuraba promover el espíritu de camaradería, la caballerosidad y la capacidad de conducción. Inicialmente extendidos entre la clase alta, estos valores se propagaron a otros sectores sociales, primero los medios y después los más humildes.

La expansión del ferrocarril como medio de transporte de pasajeros facilitó que los estudiantes y sus teams se visitaran unos a otros. Ello permitió ver las variedades de fútbol que se jugaban e hizo evidente la necesidad de unificar las reglas. Competencias y campeonatos convirtieron en formativa una actividad que había sido solo lúdica, y posteriormente, ya en la etapa de su difusión masiva, en un espectáculo lucrativo.

Vale la pena señalar que algunos autores interpretan el deporte en general y el fútbol en particular como una expresión más de las relaciones de clase, y por ello funcional a los intereses de los sectores dominantes.

Evolución de las reglas y de los equipos

Uno de los primeros temas que hubo de dilucidar en el fútbol fue el uso de las manos. Existe la leyenda, hoy muy discutida, de que en un encuentro en 1823 un estudiante de la ciudad de Rugby, William Webb-Ellis, tomó el balón entre sus manos y corrió hacia la meta contraria. Esa propuesta de juego encontró eco en algunos colegios y fue el embrión del deporte que con el tiempo tomaría el nombre de la ciudad de origen. Al mismo tiempo, en otras universidades y colegios, como el prestigioso Trinity College de Cambridge, se entendía que el fútbol debía jugarse con los pies, opinión compartida por Eton y Harrow. Curiosamente, el empleo de vallas y su denominación como arcos son reminiscencias del tiempo en que el fútbol se jugaba sobre todo en los patios de los colegios, habitualmente rodeados de galerías con arcadas.

En Cambridge se hizo costumbre efectuar el saque lateral del campo de juego como lo conocemos hoy, mientras que en Eton se impuso el fuera de juego y el cambio de arco en el entretiempo. Por todo esto, en 1846 se reunieron en el Trinity College representantes de diversos institutos de enseñanza que confeccionaron el primer reglamento de fútbol, en el que se especificaba el uso de los pies y también el tiro libre luego de una falta. En 1851, gracias a Williams Gilbert y los curtidores de Workshire, se confeccionaron las primeras pelotas similares a las que predominarían durante la mayor parte del siglo XX. Muchos se sintieron tan atraídos por el fútbol que habían jugado en los colegios que continuaron practicándolo después, incluso de adultos. El ámbito más apropiado para ello eran los grupos de amigos o vecinos atraídos por las mismas aficiones, que en Gran Bretaña se conocían como clubes. En 1857 se fundó la primera entidad no universitaria para practicar el fútbol, el Sheffield Club, que respetaba el marco reglamentario propiciado por los centros de estudio.

En 1859 se formó el Forest en Leytonstone, y en 1862, el Notts County en Nottingham. La práctica de fútbol se extendía como reguero de pólvora. A instancias de Ebenezer Cobb Morley, un puñado de clubes se reunió en la taberna del Freemason’s de Londres el 26 de octubre de 1863, con el objetivo de unificar las reglas y constituir una autoridad para el cada vez más popular sport. Así se formó la Football Association. Se sucedieron seis reuniones hasta el 8 de diciembre, cuando se concretó un código común de juego.

En 1864, luego de deambular en Londres, el Forest cambió su nombre por el de Wanderers (‘vagabundos’). Estaba formado por exalumnos de varios colegios y su capitán era un antiguo estudiante de Harrow: Charles William Alcock.

Desde la creación de la Football Association la práctica de este deporte se fue perfeccionando año tras año, y a fines del siglo XIX sus reglas se habían consolidado. En aquellas reuniones de 1863 los postes de los arcos se habían ubicado en su posición actual y se había prohibido definitivamente tomar la pelota con las manos. Como única excepción a esta restricción, en 1870 se creó la figura del cuidavallas, al mismo tiempo que quitar el balón por la línea de arco se penalizó con un tiro de esquina o corner. Mientras tanto, en los partidos se afirmaba el papel del árbitro, que desde 1872 acostumbraba a utilizar un silbato para indicar sus decisiones. Por lo general se ubicaba fuera del field.

Al principio, quien transportaba el balón no podía enviarlo a un compañero ubicado más adelante, como sucede en el rugby, pero en 1866 se decidió habilitar esta jugada mientras frente al jugador atacante propio hubiera un mínimo de tres adversarios. Si esto no sucedía, el player se consideraba en off side, es decir, fuera de juego. En 1891 se creó la sanción del penalty contra faltas en las cercanías de la meta, y al año siguiente se decidió el uso de red de mallas en el arco. Las competiciones se hacían cada vez más frecuentes en Gran Bretaña, al compás de la proliferación de clubes de fútbol en todo el país y en todo el espectro social.

Los primeros equipos fueron conformados en su mayoría por antiguos alumnos de colegios secundarios, reductos de la clase alta, pero la instauración del descanso del sábado favoreció la participación de la clase media. Algunos clubes nacieron en torno a las actividades parroquiales, como muchos de las midlands y el noroeste; es el caso del Aston Villa, el Blackpool y el Bolton Wanderers. Otros surgieron en los clubes de críquet o en el seno de una empresa, como el West Ham, fundado por el propietario de la siderúrgica Thames Ironworks. Algunos fueron creados por propia iniciativa de los obreros y con la tolerancia de las empresas ferroviarias; es el caso de los trabajadores del Lancashire and Yorkshire Railway, quienes comenzaron a practicar fútbol en los patios de los talleres y en 1878 formaron el Newton Heath LYR. Los partidos se jugaban entre los diferentes departamentos de la compañía y con otros equipos ferroviarios. En 1892 el Newton Heath LYR se afilió a la League.

La Football Association y la Challenge Cup

Rápidamente se unieron nuevos clubes a la Football Association: para 1870 eran ya 39. A instancias de su secretario, Charles Alcock, que además era player de Wanderers, en 1871 se propuso celebrar la primera competición entre varios teams. Estos se eliminarían sucesivamente en la Challenge Cup y el trofeo para el vencedor sería una copa adquirida en veinte libras. Aceptaron participar catorce equipos ingleses y uno escocés, el Queen’s Park Football Club, invitado directamente a las semifinales con el Wanderers Football Club, que terminaron 0 a 0 el 4 de mayo de 1872. Por razones económicas, los escoceses no pudieron viajar para jugar el partido de desempate; el Wanderers accedió a las finales y venció 1 a 0 al Royal Engineers, un equipo vinculado a los militares, con un marco sugestivo de público: dos mil espectadores.

Ese mismo año se jugó el primer partido que puede considerarse internacional: Inglaterra frente a Escocia, que terminó con un empate a cero. Los escoceses vistieron las blusas azules usadas en ese momento por el team base de su combinado: el Queen’s Park; los ingleses, las ubicuas casacas blancas. Las asociaciones de fútbol se extendieron por Gran Bretaña: en 1873 se creó la de Escocia, en 1876 la de Gales y en 1879 la de Irlanda. Paralelamente, las clases populares se introducían en el deporte. En 1882 había un millar de clubes afiliados a la Football Association.

En 1887 se estableció la divisional de ascenso o segunda división. Al año siguiente se jugó la primera competición entre clubes: la Football League, con doce de ellos, muchos de los cuales subsisten en la actualidad. El triunfo correspondió al Preston, que contaba en sus filas con seis jugadores escoceses.

Clases sociales y profesionalización del deporte

Al comienzo el fútbol era practicado por estudiantes que lo tomaban como un reto, como un elevador moral —cuerpo sano, mente sana— y que, por supuesto, no pretendían cobrar por divertirse. No obstante, muchos de aquellos antiguos estudiantes, convertidos en acaudalados comerciantes e industriales, formaron equipos a los que quisieron reforzar con jugadores hábiles, incluso pagando por su concurso.

La participación de nuevos y más amplios sectores sociales en la práctica del fútbol empezó por Lancashire, en la década de 1870, y trajo consigo también los primeros intentos de profesionalización. No obstante, los finalistas de la copa hasta 1880 eran equipos de exalumnos de public schools. El primer símbolo de los cambios, en la final de 1883, fue la derrota de los exalumnos de la aristocrática escuela de Eton —los Old Etonians— a manos del Blackburn Olympic, un equipo en el que jugaban trabajadores textiles, metalúrgicos y un plomero. El capitán de los Etonians era un aristócrata: Arthur Fitzgerald Kinnaird, alumno de Cambridge, un player que destacaba por su versatilidad y vehemencia. Corpulento y con una larga barba pelirroja, resultaba inconfundible. Posteriormente Lord Kinnaird sería presidente de la Football Association.

Los crecientes niveles de competencia hicieron necesarias las prácticas y el concurso de los mejores jugadores. Estos surgían también de los sectores populares, a los que no les sobraba el dinero para cambiar una tarde de trabajo por una de fútbol ni contaban con los medios para ir a competir de un lado a otro. La profesionalización llegaba de la mano de quienes debían trabajar para vivir.

Al principio fue un viático, después un monto que equivalía a los jornales perdidos, finalmente un sueldo. Así, en la década del ochenta los equipos británicos estaban plagados de los hábiles escoceses, la mayoría provenientes de teams obreros o mineros de Escocia. Para 1885 la Football Association, ante la realidad que se imponía, aceptó a los profesionales. Para ser considerado profesional de un club el jugador debía haberse iniciado en este o residir en un radio de seis millas desde dos años atrás. Si más tarde quisiera prestar su servicio a un nuevo club, este debería comprar su transferencia al club original.

Antes de 1880 los valores del sport —esto es, el deporte por sí mismo— eran comunes a todos los clubes, la mayoría formados en los sectores de clase alta, pero esa percepción fue variando. La aparición de jugadores de clase media y obrera en el fútbol y en el rugby, junto con los signos crecientes de profesionalización desde el norte y las midlands de Inglaterra, fueron advertidos por las elites de las public schools, que además de jugar por divertirse lo hacían por el triunfo y la fama. Para ellos no era lo mismo ser derrotados por equipos similares de aficionados que por equipos de profesionales surgidos de las clases populares, que hacían valer la diferencia de entrenamiento, disciplina y condiciones. Muchos se recluyeron en sus clubes de elite.

El pago a los players llevó naturalmente al cobro de entradas a los espectadores y promovió la necesidad de organizar un calendario de matches que asegurara la financiación de las remuneraciones. En ese escenario surgió en 1888 la Football League, en cuya primera competición se enfrentaron doce equipos. Se jugaría una vez como local y otra como visitante. Se definiría al club campeón adjudicando dos puntos por un triunfo y uno por un empate.

En la década del noventa del siglo XIX el fútbol se había convertido en un espectáculo de masas, con hasta diez mil espectadores que pagaban por ver los encuentros. Por lo tanto, era un negocio que en muchos sentidos podía manejarse como una empresa. Consecuentemente, los asalariados comenzaron a organizarse. La primera agremiación, la Unión de Jugadores Británicos, se formó en Londres en 1898.

Muchos clubes afrontaron la disyuntiva de la profesionalización. Uno de ellos fue el Newton Heath, cuyos graves problemas económicos en los últimos años del siglo prácticamente anunciaban su desaparición como equipo competitivo en la Liga, hasta que encontró la salvación en un mecenas. Se cuenta que John Henry Davies, propietario de una cervecería local, se enteró de las dificultades económicas del club cuando se encontró en la calle con el capitán del Newton Heath, Harry Stafford. En 1902, a instancias del propio Davies, el club cambió su nombre por el de Manchester United.

Los últimos caballeros

Una excepción emblemática a la tendencia a la profesionalización fue el Corinthians Football Club. Lo había creado en 1882 Nicholas Lane Jackson, secretario de la Football Association, con la intención de desafiar la superioridad de los equipos escoceses. En sus estatutos originales establecía que no competiría por copas ni premios de ningún tipo, sino que jugaría partidos amistosos con otros conjuntos amateurs. En algún sentido continuó la propuesta que destacaba a Wanderers, el cual desaparecería en 1883.

El Corinthians se conformó como una especie de equipo por invitación. Muchos de sus miembros provenían de colegios privados y de las universidades de Oxford y Cambridge. En los ochenta y parte de los noventa, con un nombre que evoca los valores clásicos de la cultura griega, los corintios fueron la espina dorsal de la selección inglesa que enfrentó a escoceses y galeses. Se habían constituido para celebrar y conservar el ideal de los aficionados frente a los equipos profesionales comportándose como caballeros, o sea, jugar por el sport.

De la calidad de sus jugadores habla el hecho de que derrotó por el expresivo score de 8 a 1 al Blackburn Rovers, campeón de 1884, poco después de que este venciera en la final al Queen’s Park. Unos años más tarde incursionó en la League, donde compitió contra equipos profesionales.

Pese a sus intenciones, el ansia de triunfo y la espiral competitiva propia de quienes gustaban medirse en los campos de juego llevaron al Corinthians a desvirtuar sus principios buscando a sus players en el ámbito nacional —aunque elegía, eso sí, a los de su propia clase social—. Después de integrarse en la Amateur Football Association, donde mantuvo en alto los principios del sport, el club hizo varias giras alrededor del mundo, en las que difundió el fútbol y sus valores. Su camiseta alba y sus pantalones oscuros se hicieron famosos y fueron referentes para el Madrid Football Club (desde 1920, Real Madrid), que adoptó el blanco en su blusa, y para el equipo que tomó su nombre en la ciudad brasileña de San Pablo.

Otro club que continuó una práctica amateur fue el legendario Queen’s Park de Glasgow, que alternó empeñosamente los torneos de clubes de aficionados y los de las ligas escocesas profesionales de las divisionales de ascenso. El Queen’s tiene una divisa en su blasón que es una declaración de principios: ludere causa ludendi, o sea, ‘el juego por el juego mismo’.

Estrategias y estilos de juego

Inicialmente el fútbol se jugaba sin ningún criterio táctico: los once jugadores se desplazaban en el campo de un lado para otro. Se buscaba patear la pelota hacia adelante, controlándola y a la vez intentando superar a los defensores oponentes, ya que, como se vio, no se podía pasarla a un compañero más adelantado. Por lo tanto, en aquellos primeros momentos del fútbol se destacaba la actuación personal, la de los jugadores más fuertes y hábiles para superar a los contrarios y vulnerar su arco.

Este estilo de juego se practicó hasta la década de 1870. A principios de 1880, ya definido el papel del cuidavallas, el Bolton Wanderers puso en práctica una distribución en el campo de 1-1-1-8 —o sea, un arquero, un defensa, un medio y ocho atacantes—, distribución que fue seguida por otros equipos. Pocos años más tarde, en 1884, el Aston Villa comenzó a presentar una disposición 1-1-2-7. No obstante, fue el Blackburn Rovers el que desplegó un esquema que devendría clásico: el 1-2-3-5. De los tres medios, el central debía contener al director de ataque o centre forward adversario.

En estos años de consolidación del deporte nacieron dos estilos distintos: el británico y el escocés. El primero, heredero de los colegios, era más simple. Se basaba en pases largos a espacios abiertos, aprovechando la velocidad de los atacantes para hacerse de la pelota, disparos al arco desde cualquier posición medianamente favorable y balón al centro del área rival, para habilitar a los cabeceadores que entraban por sorpresa. Este estilo favorecía el lucimiento individual en desmedro de la búsqueda de resultados. Se conoce como el dribbling game.

Los escoceses practicaron un estilo más colectivo, basado en la combinación en triangulación, el pase a corta distancia y rasante, y más orientado a eludir al adversario que a superarlo en fuerza al llevar la pelota al pie. Los pioneros en esta forma de encarar el juego fueron los players del Queen’s Park. Además, comenzaron a ensayar con regularidad las posibilidades del pase hacia adelante a un compañero que no estuviese fuera de juego. Era el passing game.

La extensión del fútbol: Europa, América, Asia, el Pacífico

El predominio político y económico de Gran Bretaña en las últimas décadas del siglo XIX facilitó naturalmente la difusión mundial del fútbol. Para la St. James Gazette, la reina Victoria ejercía su autoridad sobre «un continente, cien penínsulas, quinientos promontorios, mil lagos, dos mil ríos y diez mil islas». Pero la extensión del imperio no solo era geográfica: se manifestaba también en su poderío financiero —en la práctica era el banquero del mundo— y en sus inversiones.

El fútbol se difundió en todo el orbe a través de sus profetas británicos. Estos eran desde profesores y alumnos de las selectas escuelas secundarias hasta marineros que tras largas jornadas de navegación aprovechaban los momentos en tierra para divertirse con el sport que hacía furor en las islas. Estudiantes ingleses pupilos en colegios de Suiza llevaron el fútbol a ese país, donde en las últimas décadas del siglo XIX se formaron instituciones deportivas históricas, como el Servette y el Grasshoppers. Desde Suiza se extendió a través de Europa; en Austria se creó el First de Viena; en Alemania el TSV 1860 München; en Hungría el Újpest Dózsa y el Ferencváros; en Bélgica Le Gantoise, el Royal Antwerp y el Ligeois; en Suecia el Norrköping.

En Francia el fútbol se introdujo a través del puerto de El Havre. En esta ciudad se fundó en 1872 el club del mismo nombre, mientras en España nacía el Huelva Recreation Club, formado por técnicos y obreros mineros británicos, que daría origen al Recreativo Huelva en 1889; el Athletic de Bilbao se creó en 1898 y al año siguiente el Barcelona. Al mismo tiempo surgían en Italia tres instituciones particularmente prestigiosas: el Juventus de Turín, el Genoa y el Milan.

En América, Asia y África el fútbol llegó también de la mano de los súbditos de la reina Victoria. Mientras que en Asia y África su inserción fue más tardía, como forma de recreación y como espectáculo, en el continente sudamericano el sport, y en particular el fútbol, arraigaron rápidamente. En parte ello se debió a la existencia de fuertes clases altas nativas que admiraban las ideas, las costumbres y los logros anglosajones. Además, en América Latina se ubicaba el veinte por ciento de las inversiones británicas.

Las primeras ligas y asociaciones se formaron en puertos y capitales, donde la presencia de las colectividades británicas era más importante: el 21 de febrero de 1893 en Argentina, el 19 de junio de 1895 en Chile y el 30 de marzo de 1900 en Uruguay.



II
EL ESCENARIO
Y LOS PERSONAJES
Guerra e inmigración

Montevideo, y por extensión el resto del territorio oriental, sufrieron a partir de la tercera década del siglo XIX una transmutación honda y decisiva. De su profundidad hablan a las claras más de diez años de enfrentamiento —la Guerra Grande—, el aislamiento de la capital y, pese a los hechos bélicos, la duplicación de su población a los treinta años de establecido el Estado nacional en la Banda Oriental.

Fue en muchos sentidos el resultado de la presencia de miles y miles de inmigrantes. Como una vara de mimbre verde, la joven sociedad oriental cimbró, se tensó y se adaptó plásticamente a una mutación digitada por múltiples factores políticos, sociales, ideológicos y económicos procesados muchos de ellos en Europa.

Desde 1880 los inmigrantes se radicaron mayoritariamente en el medio urbano, sobre todo en la capital. A fines de esa década los extranjeros eran casi la mitad de la población, con una proporción mayor en la población activa: de los alrededor de cien mil trabajadores censados en 1889, dos tercios habían nacido fuera del país. Los algo más de mil ingleses constituían cerca del uno por ciento de los habitantes de Montevideo.

A partir de la década de los ochenta fue cada vez más visible un Estado afirmado y tecnificado, embarcado en la búsqueda de una identidad nacional, con una clase alta consolidada, formada por criollos e inmigrantes prósperos. En aquel Uruguay los pobres, tanto nativos como extranjeros, fueron percibidos como distintos en cultura, sociabilidad e incluso higiene; temibles por provocar o ambientar enfermedades y más aún por instigar el cuestionamiento social con ideologías extrañas. Para 1908 los extranjeros eran el 30 % de la población de Montevideo y solo el 12 % de la del interior.

A inicios del siglo XX, junto con los inmigrantes, el fútbol y el carnaval, se afianzó un nuevo integrante: el tango. Todavía circunscrito a los sectores populares y marginales, su prestigio crecía día a día como la poesía, elevada o simplona, de la mayoría. Era otro de los elementos que poco a poco generaban identidad en esa sociedad trasplantada que era el Montevideo de principios de siglo y, por consiguiente, aunque en menor medida, en el resto del país.

El tango surgió como una danza popular que se bailaba en los mismos lugares que las otras danzas de moda: las academias montevideanas, donde había mujeres que alternaban, y las casas de baile corraleras en Buenos Aires. Imperceptiblemente, desde 1870 se le agregaron organitos y acordeones, eco de los inmigrantes italianos que inundaban ambas riberas del Plata. En Montevideo comenzó a extenderse en el Cordón, Palermo, la Aguada y el Bajo.

El espacio geográfico: una ciudad en expansión

Hacia 1860 Montevideo presentaba varios núcleos urbanos. Uno era el casco viejo de la ciudad colonial, con sus dos barrios cercanos, el Cordón y la Aguada. Más lejos estaban el Paso del Molino, el Cerro y la villa de la Unión. En las tres últimas décadas del siglo, el incremento de la población se vio naturalmente acompañado por la oferta de solares para vivienda. Diferentes empresas dedicadas a la inmobiliaria y a la especulación llevaron adelante ese proceso creando pueblos o barrios que hoy forman parte de la red urbana. Se fue conformando así una ciudad extendida de baja densidad de población.

En 1868 se crearon los pueblos de Atahualpa, Nuevo París, Tres Cruces y Colón. En 1871 la Sociedad La Comercial estableció el barrio del mismo nombre. En 1873 un brote de fiebre amarilla estimuló el deseo de alejarse del centro de la ciudad, y así se poblaron el Reducto y Bella Vista. Ese mismo año se fundó el pueblo de Sayago. En 1875 la zona de Maroñas, luego de varios fraccionamientos, adquirió el carácter de pueblo. En 1879 comenzó a construirse en las proximidades de la costa este del departamento, sobre las actuales avenidas Luis Alberto de Herrera y Fructuoso Rivera, y también en los alrededores de la playa de los Pocitos. En 1892 el empresario Francisco Piria remató los solares de Belvedere. En 1895 le tocó al barrio denominado Jacinto Vera.

La expansión urbana debía complementarse con la locomoción. En 1868 se instaló la primera línea de tranvías de tracción animal —normalmente un caballo guía y dos de remolque—, que hacía el trayecto hasta la Unión. Al año siguiente comenzó a funcionar una línea que unía el Centro, desde 18 de Julio y Andes, con el Paso del Molino. Una tercera línea salía frente a la Aduana e iba hasta la playa Ramírez. En 1873 el tranvía llegó al Reducto, Atahualpa y Paso de las Duranas. Desde 1875 circuló el Tranvía Oriental, que tenía una línea desde el Mercado del Puerto hasta la actual zona del Buceo y otra que recorría el camino Goes, hoy avenida General Flores.

A fines del siglo XIX comenzó un proceso de concentración de las líneas tranviarias para facilitar la electrificación, que se concretó entre 1906 y 1907. A principios del nuevo siglo, las diferentes empresas de transporte urbano contaban con 542 vagones, recorrían 186 kilómetros de vías y ocupaban 1300 empleados. En 1905 se formó con capitales británicos la United Electric Tramways of Montevideo Limited, registrada en Uruguay como Sociedad Comercial de Montevideo, que agrupaba los Tranvías del Este, de los Pocitos, Reducto, de la Unión y Maroñas. Sus coches estaban pintados primordialmente de rojo. Con capitales alemanes se formó en el mismo año La Transatlántica, que reunió las líneas al Paso del Molino y Cerro, así como el Tranvía Oriental. Para esos años se habían duplicado los sesenta viajes anuales promedio de 1890.

Mientras tanto, el parque automotor se incrementaba de forma significativa. Los automóviles eran unos cincuenta en 1905 y unos mil tan solo cinco años después.

Hacia 1910 La Transatlántica, que distinguía sus vehículos con el color verde, contaba con 120 kilómetros de rieles y tres estaciones de tranvías, mientras la empresa británica sumaba 132 kilómetros, cuatro estaciones barriales y la Gran Estación Central, que ocupaba una manzana entre las actuales calles Daniel Muñoz, Eduardo Víctor Haedo, Martín C. Martínez y Joaquín Requena. Del volumen de la compañía dan cuenta sus más de 250 coches y sus 1250 empleados, entre personal de plataforma, mecánicos, operarios de las usinas eléctricas y oficinistas.

Montevideo era entre 1890 y 1915 una ciudad en expansión, donde los escenarios físicos y humanos se construían y reconstruían mutuamente. Las voces y los acentos, los idiomas y sus giros en la vida cotidiana señalaban la diversidad de origen de los vecinos. La relación de los individuos y sus familias se producía en una sucesión de cambios, nuevos domicilios, nuevos vecinos, y la identidad se elaboraba en la confluencia de inmigrantes y criollos. Era una sociedad en la que —signo de los tiempos pasados y todavía presentes para muchos— no era excepcional transitar discretamente portando un arma blanca o de fuego.

Para un habitante del Uruguay al comenzar la última década del siglo XIX, la realidad se mostraba promisoria a simple vista, con logros que la separaban de un pasado relativamente reciente.

El accionar de las empresas tranviarias incidió en la urbanización de la ciudad no solo porque facilitó el transporte de sus habitantes de un extremo al otro, sino también por la directa inversión en lo que se podrían denominar industrias recreativas.

Siguiendo las tendencias europeas, algunas empresas extendieron sus líneas a los lugares de baños de la costa y promovieron la zona a la categoría de estación balnearia. La Sociedad Comercial de Montevideo tendió las vías a Pocitos, donde construyó especialmente un hotel junto a un muelle para permitir el paseo sobre la arena. La importancia del negocio que llevaba adelante se manifiesta en el hecho de que en 1910 realizó importantes mejoras en el Hotel de los Pocitos, mientras en la playa misma contaba con 85 carritos para el servicio de baño de señoras y 100 para el de hombres. También tenía casillas y carritos en la playa Ramírez. Ofrecía todo el servicio: traslado de ida y vuelta en los tranvías y tarde en la playa, más el hotel del balneario como ámbito de encuentro social.

Para entonces contaba también con otro centro de atracción: el Gran Parque Central. Algunos años atrás, otra compañía de tranvías —de tracción animal— había creado un campo de deportes y esparcimiento sobre la avenida 8 de Octubre y camino Cibils, en el barrio conocido como La Blanqueada. Los tranvías cumplieron un papel importante en la creación y el fomento de los espacios de juego.

El hecho de que la ciudad se extendiera no significa que toda ella estuviera densamente urbanizada. Por el contrario, aquí y allá subsistían espacios verdes, campitos que permitían a niños y jóvenes divertirse en lo que empezaba a ser una actividad de multitudes: el fútbol.

Amigos, vecinos y paisanos

Los jóvenes de esos años, luego de las largas jornadas laborales, canalizaban sus energías e inquietudes en diversas actividades con grupos de amigos, vecinos o compañeros de trabajo.

El Carnaval era uno de los ámbitos preferidos. En 1890 nacía el primer tablado vecinal, en la intersección de las avenidas 18 de Julio y Rivera, que ese año convocó a 20 comparsas. Cuatro años después se instituyeron premios al canto, la música, la letra y la vestimenta, lejanos antecedentes de los rubros del concurso actual. El ejemplo se propagó y en 1903 los tablados vecinales ya sumaban 22.

En 1910 aparecieron las primeras murgas montevideanas, que tomaban como modelo a la española La Gaditana Que Se Va.

Paralelamente se popularizaron las salidas en familia a los espacios públicos y las sociedades recreativas y gastronómicas en la costa montevideana, que también organizaban actividades de pesca. Era la época de los ranchos donde grupos de amigos y pescadores celebraban prolongadas y abundantes comidas con un espíritu ajeno a dietas y restricciones. Un ejemplo temprano es la sociedad Parva Domus, en las cercanías de Punta Carretas.

Finalmente, en tiempos en que el papel del Estado era mínimo, las colectividades de inmigrantes cumplían los servicios de asistencia al enfermo y al desvalido. Además, organizaban celebraciones y festejos que recordaban a la patria lejana. Tanto por nacionalidades —españoles, italianos— como por regiones —gallegos, vascos, napolitanos—, se agrupaban y se reconocían como coterráneos, parte de algo viejo y algo nuevo al mismo tiempo.

La sociedad en general y los jóvenes en particular fácilmente se unían con los más diversos propósitos, desde los recreativos hasta los políticos. Luego de las guerras civiles de 1897 y 1904, el Partido Colorado se afianzó en el poder. La figura de José Batlle y Ordóñez, presidente en dos períodos (1903-1907 y 1911-1915), definió la sociedad uruguaya. Hizo hincapié en el papel del Estado en la economía al mismo tiempo que apoyaba leyes sociales y favorables a los trabajadores en su conjunto, como fue la de las 8 horas, en 1915. Su propuesta fue conocida al poco tiempo como batllismo, y sus seguidores, como batllistas. La prédica de sus adversarios, los blancos o nacionalistas, logró el anhelado voto secreto.

La Compañía del Ferrocarril

Para los años ochenta, en el mundo se había consolidado el predominio económico de Gran Bretaña.

En el Uruguay, el gobierno de Lorenzo Latorre había afianzado las buenas relaciones entre los intereses económicos británicos y los círculos dirigentes del país. Santos había continuado esa política con la solicitud de empréstitos en Londres. En 1865 se formó la Compañía del Ferrocarril Central, con capitales nacionales aportados por orientales y, entre otros extranjeros, británicos residentes. El mayor accionista de la empresa fue el propio gobierno, que así manifestaba su interés en el tema. A fines de 1877 los títulos y concesiones de esta empresa se transferían a la Central Uruguay Railway Company of Montevideo, Limited, que a partir del 1.o de enero de 1878 sería presidida por Francis Parish.

El ferrocarril en manos británicas aportó de forma relativa a los intereses del Uruguay. La inversión de capital beneficiaba mayormente a Gran Bretaña, donde se compraban locomotoras, vagones, rieles, maquinaria diversa y carbón. Se aseguraba una rentabilidad mínima del 7 % anual a unos inversores que en su país no podían aspirar a más de un 3 %. Aunque ambos países se beneficiaban, el que más lo hacía era Gran Bretaña. El desarrollo ferroviario era en muchos sentidos el paradigma del futuro.

Según el periódico británico The Economist en 1884, la inversión británica en el Uruguay era, en relación con la población y la superficie, la mayor de América del Sur.

La comunidad británica

Los años de la Guerra del Paraguay y los siguientes afirmaron el poderío de los comerciantes británicos en el Uruguay. Su prosperidad se evidenciaba en las quintas que edificaban y en su sentido gregario. En 1857, con el aporte de la colectividad, se inauguraba el Hospital de Extranjeros, que con el tiempo se conocería como Hospital Británico.

Las colonias extranjeras pequeñas pero poderosas, como la alemana y particularmente la británica, exhibían el orgullo de su nacionalidad y creaban cámaras de comercio y diversos tipos de asociaciones —como The English Club, fundado en 1868— que en la práctica excluían a los criollos. Eran sociedades marcadamente endogámicas. Los inmigrantes británicos y sus descendientes, aunque se insertaran en la sociedad uruguaya, no se fundían con ella; continuaban exhibiéndose como británicos, con características distintivas.

Para 1875 la colectividad británica en el Uruguay contaba con su cementerio, su iglesia, su hospital, varias sociedades benéficas y diversos clubes —uno social, uno de críquet y uno de remo—, además de una pista de carreras. Existían otras instituciones, como la logia masónica Acacia Lodge, a la que pertenecía lo más selecto de la comunidad. Tenía sus medios de prensa, como el Montevideo Times y el Uruguay News, y cada tanto armaba conjuntos de actores de teatro y músicos aficionados.

Sin embargo, más allá de los oropeles de los comerciantes y de los emprendimientos culturales, era en la Asociación Rural del Uruguay donde más se destacaban los británicos; un quinto de los miembros fundadores eran de ese origen. Sus propiedades se ubicaban preferentemente en Río Negro y Paysandú, las tierras más fértiles y valiosas del litoral oeste. En Montevideo los lugares clave se concentraban en la Ciudad Vieja: muy cerca de la costa estaba el Templo Inglés; en Treinta y Tres entre Buenos Aires y Reconquista, la Legación Británica; en Sarandí e Ituzaingó, el Hotel Pyramides, lugar elegido por muchos británicos para sus actividades y celebraciones.

Gran Bretaña era por entonces un modelo de civilización. Tanto su filosofía económica como sus formas de vida y cultura suscitaban respeto y admiración entre los uruguayos, no solo en las elites ilustradas, sino en todos los grupos sociales. Los ingleses eran muy conscientes de esta situación privilegiada.

Además, la sociedad británica de fines del siglo XIX y la Belle Époque exportaban una imagen que devendría clásica: el inglés flemático y puntual. Es Phileas Fogg, el caballero gentil al que Jules Verne dio vida en La vuelta al mundo en ochenta días, y tras él la presencia imponente del imperio.



III
EL SURGIMIENTO DE LOS CLUBES:
LA MATRIZ BRITÁNICA
Los primeros clubes: críquet y remo, 1860-1890

La práctica de los deportes modernos partió de la colectividad británica. Su difusión en la sociedad uruguaya siguió la misma lógica que en Gran Bretaña y en otros países: desde las elites, en cascada, hacia el resto de la población.

En tiempos de la Guerra Grande se registraron los primeros intentos de actividad deportiva a través de residentes ingleses en Montevideo, pero se debió esperar hasta la década del sesenta para ver el surgimiento de las primeras entidades estables.

El Monte Video Cricket Club (MVCC), fundado el 18 de julio de 1861, tuvo un papel clave en el desarrollo de los deportes en el país. Formado por sportsmen británicos, se dedicó al críquet, aunque no desdeñó la práctica del rugby y del fútbol. Fueron sus colores amarillo y azul a franjas horizontales en críquet, fútbol y rugby, con la variante de camisa amarilla con mangas azules. En los años ochenta adquirió para sus actividades un campo al que sus propietarios denominaron The English Ground, ubicado donde hoy está el Hospital Militar, zona conocida como La Blanqueada. Ese campo —una hectárea rodeada de cercos— fue mejorado con un rancho y un pequeño palco. En los alrededores había numerosas quintas y chacras.

El 8 de mayo de 1874 surgió una nueva institución deportiva de residentes británicos, un club de remeros: el Monte Video Rowing Club. Algunos de sus fundadores estaban relacionados con las actividades del mar y del puerto, y otros eran ya socios del Cricket Club. Este último había importado, por la época de la aparición del Rowing, elementos para la práctica de rugby y fútbol. Como muchos recordarían décadas después, el primer partido entre estas instituciones se jugó en 1878.

En diciembre de 1880 una publicación interna del Rowing Club informó que el 14 de ese mes se disputarían en La Blanqueada unos Juegos Atléticos. Incluían carreras de 120 y 130 yardas, cinchadas de cuatro contra cuatro y finalmente se llamaba a patear el football (dropkicking the foot ball), lo que sugiere que jugarían rugby. En junio del año siguiente se anunció en el Eco del Rowing un partido para las tres de la tarde del jueves 16, entre los socios del Rowing y del Cricket. El clima de camaradería y el propósito social son claros en toda la nota.

La revancha de este match fue disputada dos semanas después, el 29 de junio. Las noticias señalan la presencia de numerosa concurrencia femenina pese al mal tiempo, así como la jerarquía de los árbitros, «el honorable ministro de S. M. Británica y el simpático caballero Mr. Chevallier Boutell». (En todas las citas se ha actualizado la acentuación.)

El MVCC venció al Rowing por 1 a 0 en el primer cotejo y por 2 a 0 en el segundo. El score corresponde a un partido de fútbol actual y también al que se estilaba en el rugby de esos años, distinto al de nuestros días, tal como lo señaló oportunamente Ceibal Regules, historiador de ese deporte en nuestro país.

La agenda se adecuaba al clima y la comodidad de los players. El críquet se jugaba de diciembre a marzo, y el fútbol, de febrero a octubre. Estas actividades estaban circunscritas a los británicos, fueran residentes o visitantes.

Los colegios ingleses, el tiempo de los gentlemen

Se ha visto ya que la práctica moderna del fútbol en Gran Bretaña se inició en los colegios secundarios. El mismo esquema se repetiría en los colegios ingleses de todo el mundo, y obviamente también en Uruguay.

En 1874 se creó en Montevideo The English High School, que inicialmente estuvo a cargo de Henry Castle Ayre. Con el paso de los años se organizó siguiendo las líneas de la English High School de Buenos Aires, cuyo director es considerado el introductor del fútbol en Argentina: Alexander Watson Hutton. Ayre fundó en su colegio un espacio para el sport: el Montevideo English High School Junior Cricket and Athletic Club. En sus cuadros docentes se encontraba William Leslie Poole, quien arribó en 1885 a Montevideo para desempeñarse como profesor de inglés, actividad que continuaría hasta 1920. Poole era un sportsman ejemplar. Incursionaba en fútbol, remo, críquet y rugby, y llevaba a sus alumnos a practicar estos deportes a Punta Carretas. En 1885 se fundó The British School, bajo la dirección de Thomas J. Ashe, quien también propulsó el deporte de acuerdo con los métodos pedagógicos en boga en su país.

Este modelo educativo de los británicos trataba de imprimirle al deporte los valores éticos que se atribuían a los nobles. Un ejemplo de estas ideas lo brinda Alexander Watson Hutton, al referirse al objetivo de su escuela, en una entrevista de 1899 que recoge Julio David Frydenberg:

En una escuela selecta […] las faltas de carácter y conducta […] traen como consecuencia la inmediata expulsión. Merece la atención especial la formación del carácter de los alumnos y cada uno de ellos individualmente es merecedor de la fiscalización del Rector. [No se pretende] formar sabios, sino hombres capaces, con nociones precisas de la caballerosidad y de la hidalguía; gentlemen, en una palabra. Ese es el espíritu del English High School.

También algunos jóvenes montevideanos conocieron el fútbol directamente en Gran Bretaña. Esto les sucedió a dos de los hijos de John Sardeson, contador del Banco de Londres, Buenos Aires y el Río de la Plata. Juan y Enrique habían sido enviados por su padre a Londres a estudiar contabilidad con un familiar.

El escribano Carlos Sturzenegger recordaría con nostalgia en 1911 los partidos que se jugaban en Punta Carretas. El público era escaso, pero «cultísimo y compuesto de verdaderos amateurs […] que estimulaba a todos los jugadores, ya fuesen propios o extraños, [como las] tripulaciones de naves inglesas». Terminaría su evocación señalando las muestras de afecto y camaradería entre los circunstanciales rivales al final del encuentro.

El modelo del sport británico: exalumnos y empresas, 1890-1895
Albion: una banda de estudiantes

El alma mater del primer club de fútbol fue un joven nacido en 1873, de padre de origen alsaciano y madre escocesa: Henry Candid Lichtenberger, alumno de la English High School y discípulo de Poole. Tenía 18 años cuando en mayo de 1891 invitó a excondiscípulos a formar un club denominado, precisamente, Foot Ball Association. Eran 23 cuando el club comenzó a funcionar, el 1.o de junio, presidido por William Mac Lean. El primer estatuto rechazaba la presencia de jugadores extranjeros.

El club adoptó una casaca blanca con estrella roja. En su primer partido, el 2 de agosto, perdió 3 a 1 contra el Montevideo Cricket, y en el segundo, el 25 de agosto, ante el mismo rival —integrado entre otros por Poole— fue vapuleado 6 a 0. Poco tiempo después, el 21 de setiembre, la institución de exalumnos cambió su nombre por el de Albion Football Club, como homenaje a los creadores de ese deporte. También cambió la blusa por una azul con cuello y mangas blancos, que complementó con pantalón blanco y medias negras. El 15 de julio del año siguiente volvió a enfrentar al Cricket y perdió 4 a 1. En marzo de 1895 el propio Lichtenberger propuso modificar los estatutos para aceptar jugadores extranjeros y así ser más competitivos. De hecho, el propio William Poole, por ejemplo, ya había integrado en algún momento el eleven. Se decidió sustituir la casaca por una azul y roja por mitades verticales, en referencia y homenaje a Gran Bretaña.

Los jóvenes de Albion no solo practicaban fútbol: también lo difundían a los posibles espectadores y en los medios de prensa. Publicaban el programa de los partidos y en su reverso las reglas básicas del fútbol. También muchas veces luego de un match escribían una crónica detallada y la acercaban a los periódicos. Estos lentamente comenzaron a interesarse por el juego de los ingleses.

El Club del Ferrocarril

En 1890 la compañía británica de ferrocarriles, Central Uruguay Railway, adquirió 20 hectáreas en Peñarol, a 11 kilómetros de Montevideo. Era un área que se puede delimitar por los actuales caminos Casavalle, Edison y la avenida Sayago. La localidad tenía, mayoritariamente dedicados a la granja y a la agricultura, unos 3200 pobladores: 1900 orientales, 1000 italianos y el resto de otras nacionalidades. El lugar fue elegido para instalar el centro de operaciones de la empresa: talleres, depósitos, oficinas e incluso casas para los obreros y empleados de jerarquía. Así no solo se buscaba la comodidad de estos, sino también que estuvieran siempre a la orden.

El ferrocarril requería, además de capitales británicos, trabajadores de ese origen capacitados para las diferentes responsabilidades, desde el gerente hasta las duplas de maquinistas y fogoneros que conducían las locomotoras, pasando por los ingenieros, administrativos, contables, herreros, carpinteros y muchos otros oficios especializados. Eran los responsables de mantener el material rodante. También la empresa fabricaba vagones, salones de pasajeros y furgones, además de pequeños repuestos, y armaba y desarmaba locomotoras. Seguramente contaba en su plantilla con más de un centenar de ingleses, a los que se sumarían centenares de jornaleros no especializados, criollos o inmigrantes, como carboneros y peones para extender, mantener y reparar las vías férreas. Era por entonces tal vez la mayor empresa del país en número de trabajadores.

En esos momentos el fútbol hacía una década y media que se había popularizado en Gran Bretaña e incluso había sido adoptado por las empresas como escape, para atenuar las situaciones ríspidas facilitando diversión y esparcimiento a los trabajadores. En ese clima, una noche de la primavera de 1891, quince destacados empleados del Central Uruguay Railway, dos criollos y trece anglosajones, decidieron formar un club de críquet. Se reunieron en el centro de esparcimiento y aprendizaje de oficios construido por la empresa: el Centro Artesano. Nombraron presidente al representante de los accionistas británicos en Montevideo, el ingeniero Frank Hudson, e invitaron a unirse a otros empleados. De ese modo los socios fundadores del Central Uruguay Railway Cricket Club (CURCC), que nació formalmente el 28 de setiembre de ese año, llegaron a 118. Eran socios activos quienes trabajaban en la empresa y cooperadores los que no lo hacían. Dice la tradición oral que uno de los presentes en la asamblea fundacional pronunció una frase de reminiscencias bíblicas que se haría célebre: «Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera».

Se decidió rápidamente agregar la práctica de otros deportes. El 5 de mayo del año siguiente, luego de una asamblea en que se discutió qué nuevo sport cultivar, si rugby o fútbol, se optó por este último. John Mac Gregor fue designado capitán del team. Los colores elegidos inicialmente, naranja y negro a cuadros, marcaban inequívocamente las raíces ferroviarias.

Al poco tiempo se iniciaron las competencias con los clubes que practicaban football. En 1893 la esposa de Frank Hudson trajo de Inglaterra blusas, pañuelos y gorras con los colores del CURCC.

En 1894, con el apoyo de la compañía, se abrió una escuela pública en Peñarol. Entre sus alumnos, niños y adolescentes, surgirían pronto simpatizantes del conjunto de fútbol. A veces los acompañaba la propia directora, la legendaria María Vittori.

Football and friends

Hasta 1896 el fútbol se desarrolló en el ámbito de la colectividad británica. En 1892 se jugaron 18 partidos entre los cuatro clubes existentes: MVCC, Montevideo Rowing, Albion y CURCC. Este último disputó 13 partidos entre 1892 y 1893, de los cuales se impuso solo en uno. Ello indica que la práctica del deporte era más la diversión de un núcleo reducido de funcionarios del Ferrocarril que una actividad orientada a la competencia.

Entre todos los clubes se destacaba el Cricket, que a partir de 1895, junto con el Rowing, comenzó a alejarse de la práctica del fútbol. La diferencia radicaba en que en el Cricket participaban, además de aficionados, players con trayectoria en Gran Bretaña. Era el caso de Offley Scoones, interior izquierdo de los prestigiosos azules de Oxford, y de Henry Stanley Bowles, centre forward de las divisiones juveniles del Preston North End.

En ese momento la supremacía pasó a ser del Albion, cuya superioridad sobre el CURCC fue clara desde 1895 hasta 1897. Se había convertido en la potencia futbolística del medio local.

Varios de sus socios elaboraron propuestas para mejorar las instalaciones en Punta Carretas. La de J. Stewart contemplaba gradería, vestuario y sala para damas, con un costo estimado en 1000 pesos. William Mac Lean presentó un proyecto que el Sr. Adams estimó en 1500 pesos. El más ambicioso era el de Henry Lichtenberger. Incluía una gradería para 250 personas, vestuario con baños y aparadores, sala para damas y cuarto para los peones. Preveía también alisar, nivelar y cercar el campo de juego. En este caso el presupuesto estimado era de 2000 pesos.

Como se ha visto, en sus primeros partidos el CURCC fue vencido por el Albion. El 30 de julio de 1893 la derrota fue a domicilio, por 4 a 3. El tono de los enfrentamientos puede vislumbrarse a través de la crónica de El Día de un mes más tarde, el miércoles 30 de agosto, tras la victoria de Albion 3 a 2 frente al equipo del Ferrocarril.

Después del partido, el equipo de Peñarol fue homenajeado por el Albión F. C. con una cena, ofrecida en el Hotel Pirámides, donde transcurrió una velada de lo más entretenida. El Sr. W. J. Maclean comenzó con un brindis pidiendo por la salud de la Reina y la prosperidad del CURCC.

El Sr. A. W. Davenport propuso entonces lo mismo para el AFC y, después, para el MVCC y la República Oriental del Uruguay. Los brindis fueron propuestos por los Sres. Messrs. Marchbanks y Sturzenegger.

Las canciones fueron ofrecidas por Messrs. Barker, Davies, Adam, Rouse, Clark, Sturzenegger, Marchbanks, Broker, Davenport y Thomas […].

Después de haber cantado Auld Lang Syne, God Save the Queen [la tradicional canción del adiós y el himno real] y el himno nacional, el grupo se dividió y el equipo de Peñarol fue acompañado hasta la Estación Central, donde un tren especial lo esperaba, y se escucharon alegres despedidas, conformando una muy agradable conclusión a la Temporada de Fútbol de 1893.

Ese año Albion también había podido derrotar a un team del crucero hms Sirius por un score de 3 a 1.

Los footballers de la Royal Navy en el Plata

Desde los inicios del Estado Oriental, en 1830, prácticamente siempre había en la rada de Montevideo uno o más buques de la Royal Navy. Era otra de las expresiones visibles del imperio. En la South East Coast of America Station estuvieron el hms Sirius entre 1892 y 1895, entre 1889 y 1900 las balandras de casco de acero y hélice hms Swallow, hms Beagle y hms Basilisk. También anclaron las cañoneras Acorn y Nymphe, los cruceros Cambrian, Flora, Pegasus y Retribution.

Estos buques de guerra tenían cientos de tripulantes. Muchos de estos conocían el fútbol desde fuera del campo de juego y algunos desde dentro. Su experiencia los hacía temibles para los footballers residentes en Montevideo. Aún no se había construido el puerto y los marinos arribaban a la costa en lanchones. Jugaban en Punta Carretas o en villa Peñarol, la Aguada o el Guruyú, en la Ciudad Vieja. Por ejemplo, en cinco días el team del hms Retribution —nave insignia de su flotilla— jugó dos partidos con el CURCC, el 5 y el 10 de junio de 1897, que ganó y perdió por la mínima diferencia. El CURCC tuvo, además, una decena de enfrentamientos con teams de otros siete cruceros de su majestad entre 1896 y 1900.

A veces la contienda involucraba a una especie de combinado de la Royal Navy, tal como sucedió el domingo 27 de mayo de 1900. Los carteles anunciaban un «¡Colosal Partido!» a las dos y media de la tarde entre el Albion y un «formidable cuadro» formado por oficiales de las naves Flora, Pegasus, Basilisk y Swallow. Los matches entre las tripulaciones y los teams de Montevideo eran frecuentes. Hasta 1901, por ejemplo, el Albion había disputado 55 partidos contra dotaciones de naves británicas. Seguramente el Cricket y el Rowing también jugaron numerosos partidos contra marinos. Estos rivales foráneos estimulaban la competencia y el desarrollo del juego.

El field del Albion en Paso del Molino

El Albion era por entonces el referente. En todo 1896 fue vencido en un solo match de 19, por 1 a 0 frente a los marinos del hms Basilisk, aunque en la revancha su victoria fue categórica: 6 a 0. Los dos años siguientes hubo una mayor paridad con el club del Ferrocarril: de seis partidos el Albion ganó tres, el CURCC dos y hubo un empate. Albion culminó el siglo con la inauguración de su stadium en el Paso del Molino. Con el tiempo, ese espacio geográfico sería conocido como Prado. Fue el 1.o de abril de 1899, con un match frente al hms Basilisk. Era un cambio importante. El field estaba cercado, tenía un palco para invitados y se habilitaba una tribuna —todo de madera— para los partidos en que se preveía mayor concurrencia. El dueño de casa ganó 1 a 0, con el arbitraje de Henry Stanley Bowles.

Deutscher Fussball Klub Montevideo

El football también fue adoptado por miembros de la colectividad alemana. Estos llegaban al país de la mano de diversas industrias y negocios de importación. Con patrones culturales y conductas similares a los de los anglosajones, los alemanes se integraron en el Montevideo Rowing y en la sociedad de gimnasia L’Avenir, y dieron origen al Deutscher Fussball Klub en 1896. La nueva institución se fundó oficialmente el 23 de mayo de 1897, y con la formalidad propia de la época notificó al Albion la composición de su directiva: Ricardo Lindeke, presidente provisorio y capitán, y Carlos Trinkle, vicepresidente y vicecapitán.



IV
LA RESPUESTA CRIOLLA:
1896-1900
La exaltación de lo nacional

Desde los años sesenta del siglo XIX, con fuerza creciente en diferentes ámbitos, se fue consolidando en el Uruguay la conciencia nacional. El Estado Oriental fue ganando autonomía en relación con las grandes potencias vecinas, mientras los sectores dirigentes y cultos fueron buscando crear, primero para sí mismos y luego en toda la sociedad, la noción de pertenecer a un país con su propia historia, sus héroes y sus tradiciones. En este proceso se reivindicó la figura de José Artigas como el patriota clave para la independencia, junto con una serie de acontecimientos que iban siendo interpretados por los gobiernos, analizados en estudios históricos, divulgados en artículos periodísticos y en las más variadas expresiones artísticas.

En la plástica resultan claves algunas obras de Juan Manuel Blanes sobre hechos históricos —como el Juramento de los Treinta y Tres (1878), la Batalla de Sarandí (1882), Artigas en la Ciudadela (1884)— y otras de tono costumbrista con figuras y motivos rurales —como Los dos caminos, Gaucho en el palenque y Baqueano, entre otras muchas pintadas entre 1875 y 1878—. Al mismo tiempo se erigían esculturas como el monumento a la Independencia (1879) en Florida, de Juan Ferrari. En poesía épica, Juan Zorrilla de San Martín daba a conocer La leyenda patria (1879) y Tabaré (1888). En literatura se publicaban novelas históricas como Ismael (1880), Nativa (1890) y Grito de gloria (1893), todas de Eduardo Acevedo Díaz, con cuyos protagonistas muchos identificaban a sus antepasados o a sí mismos. No faltaron las expresiones musicales, de las que probablemente la más conocida sea la marcha Mi bandera, estrenada el 25 de agosto de 1900.

Todas las iniciativas de carácter nacionalista tenían eco en amplios sectores de la sociedad. La atracción por lo nacional, en sentido genérico, abarcaba desde los espectáculos que enaltecían actividades rurales, como la doma y la yerra, hasta las comidas tradicionales. Fue memorable, por ejemplo, el impacto que Zorrilla de San Martín causó en el público —unas cinco mil personas de todas las clases sociales— al recitar La leyenda patria durante la inauguración del monumento a la Independencia en Florida.

Los clubes nacionales:
en el principio fue el verbo

El exclusivismo de las instituciones anglosajonas fue generando una reacción de los criollos vinculados a sus actividades. En 1878 surgió el Club Uruguay, de la fusión del Club de Comercio y el Club Libertad.

Alumnos de los colegios británicos, incluso jóvenes uruguayos de ese origen —como los que formaron el Albion—, buscaron enfrentar a los ingleses en el sport. Uno de los primeros antecedentes fue en el remo. Las diferencias entre unos y otros en el Rowing dieron origen en 1888 al Club Nacional de Regatas, que eligió colores significativos: el azul celeste y el blanco. El mismo año se inauguró el edificio del Club Uruguay. En 1890 se creó el Club Nacional de Velocipedistas y poco tiempo después el Club Ciclista Uruguay.

A mediados de la última década del siglo XIX, la práctica del fútbol, favorecida por las empresas tranviarias, se generalizaba en los descampados de la zona de Punta Carretas, donde jugaban numerosos clubes-equipo de entusiastas aficionados criollos al sport que empezaba a hacer furor. En estos clubes, formados por quince o veinte jóvenes, se era al mismo tiempo aficionado, jugador y dirigente. El Victoria aparece mencionado en 1896; dos años más tarde surgen los nombres del Platense, el National, el Oriental, el Defensa, el Montevideo y el River Plate. Recordaba Atilio Narancio, un protagonista de esos tiempos:

Éramos aún estudiantes de bachillerato. Todo entusiasmo, todo brío, el domingo… ya, a las doce y media, nos ubicábamos en los apretados asientos del tranvía del Este y nos dejábamos transportar hasta… Punta Carretas. Los más llevaban los viejos pantalones cortados en la rodilla, el cinturón y una camiseta de franela envueltos en papel de diario. Botines de football no teníamos. Un viejo par era llevado al remendón del barrio, que le agregaba varios contrafuertes de suela dura, con gruesos clavos, a fin de darle solidez… Era considerado digno de suma aristocracia el uso de las medias negras de lana con vueltas de colores y la exhibición de canilleras. Cuarenta y cinco largos minutos tardábamos en llegar al local [y luego] comenzaba la preparación del match. Que ¿trajiste la bomba? Que ¿tenés una guasquita para atar la pelota? Que ¿está muy dura? Al fin, al campo.

El Uruguay Athletic

El 10 de agosto de 1898 nació uno de los primeros teams criollos: un club de raíces universitarias con el sugestivo nombre de Uruguay Athletic. Se había constituido a partir de un grupo de sportsmen de Punta Carretas que en 1897 habían fundado el American F. C. y decidieron fusionarse con el National F. C. En el nuevo club se encontraban los hermanos Sardeson.

Día a día surgían nuevos clubes, como el Montevideo Football Club y otro Uruguay Athletic, en este caso de la villa de la Unión, con una primera escisión del Albion. Lo formaron, entre otros, Ernesto Caprario, Carlos Carve Urioste y Domingo Prat.

El deporte era funcional al nuevo esquema social. Los sectores dirigentes —políticos, educadores, sacerdotes— coincidían en la necesidad de disciplinar las pasiones, y en ese sentido el éxito de los anglosajones, con una filosofía que incluía el sport, merecía tomarse como ejemplo. A diferencia de las diversiones habituales de la sociedad criolla, sin reglas ni mayores limitaciones, el deporte tenía un desarrollo previsto y pautado por normas claras. Prometía alejar del ocio a la juventud, lo que merecía el apoyo casi unánime de los sectores sociales más influyentes. A ellos se sumaban las empresas de tranvías y ferrocarriles, que se veían beneficiadas con el transporte de los jugadores y los cada vez más numerosos espectadores.

El Club Nacional de Football

A los antiguos alumnos de los colegios británicos que se divertían con el fútbol se agregaban ahora otros jóvenes, muchos de ellos liceales o universitarios. Por entonces en Secundaria los estudiantes debían pagar por la inscripción y para rendir exámenes, y la enseñanza universitaria era más costosa todavía. La Universidad de la República incluía en esa época la dirección de Secundaria. La Facultad de Derecho y Matemática, junto con el segundo ciclo de Secundaria, se ubicaban en la Ciudad Vieja, en el antiguo Hotel Nacional.

La Universidad era la matriz más acogedora para dar vida a una institución deportiva criolla que pudiera enfrentar a los conjuntos de predominio anglosajón. Un grupo de estudiantes que se reunía en un café del Cordón, ubicado donde hoy se encuentra el monumento al Gaucho, formó el Montevideo Football Club, inspirado en el nombre del café. Entre los adolescentes, que tenían entre 14 y 16 años, estaban Pedro Manini Ríos, Melitón Romero, Francisco Serra, Sebastián Puppo, Atilio Narancio y Germán Arímalo. En las aulas y en Punta Carretas coincidían con otros jóvenes que formaban el Uruguay Athletic Club de la Unión, conducidos por los ya mencionados Caprario, Carve Urioste y Prat.

En esa atmósfera los jóvenes estudiantes y deportistas descubrieron sus coincidencias, y así nació la idea de fusionarse y crear un equipo criollo que pudiera competir con aquellos clubes que sentían como extranjeros. Su resultado sería el Club Nacional de Football.

La reunión constitutiva se celebró el 14 de mayo de 1899 en el domicilio de Caprario. Se eligieron los colores de la bandera de Artigas y una blusa de color rojo, como los ponchos de quienes acompañaban al héroe. El primer match se jugó el domingo 25 de junio, ante el segundo team del Uruguay Athletic. El Día comentó el sábado 24:

El partido a jugarse reviste doble importancia si se tiene en cuenta que los bandos de ambos clubs son formados por jóvenes genuinamente orientales […] que encuentran en este juego un medio de entretenimiento al par que vigoroso desarrollo muscular, que los pone a cubierto de los males que aquejan a los mezquinos de carnes.

Tuvo Nacional un comienzo alentador, aunque al año siguiente su solicitud de ingreso a la recientemente creada League uruguaya fue rechazada por considerar que el conjunto de criollos no tenía condiciones suficientes, sumado a que la mayoría eran menores de edad. En realidad, la decisión también expresaba el rechazo al nativo, considerado inferior. En ese último año del siglo XIX, pese al contratiempo, Nacional sería un imán para más y más players y conjuntos criollos.

El protocampeonato de 1899

En 1899 las entidades deportivas más antiguas y elitistas organizaron un calendario de partidos entre el CURCC, el Albion, el Uruguay Athletic y el Deutscher que incluía a los dos primeros teams de cada uno, con encuentros de ida y vuelta. Los partidos se fijaron para el período entre mediados de abril y setiembre. Según las características del adversario, su posible fortaleza o debilidad, los clubes definían si jugaría el primer conjunto o el segundo. El Albion y el CURCC se enfrentaron por lo menos nueve veces. El segundo equipo del Ferrocarril acordó media docena de partidos con el Uruguay y cuatro con el Deutscher.

El sábado se reservaba para enfrentar a los siempre temibles conjuntos de la Royal Navy o a clubes argentinos. Frente a los marinos y a los porteños siempre se alineaba el primer equipo.

Es de señalar también que hasta principios de siglo era normal que los mismos players jugaran indistintamente en varios equipos.

De espectadores a players

En el último lustro del siglo XIX el fútbol comenzó a desbordar a las elites. Cada vez era disfrutado por mayor cantidad de personas y surgían más equipos fuera del influjo de las instituciones británicas y alemanas. En 1899 apareció el Saturno, primero en Tres Cruces y luego en camino Burgues; en el Buceo surgió el Libertad; a mediados de año la prensa mencionaba al Infantes de Bella Vista y a otro Montevideo, en Arroyo Seco. Progreso inauguró su cancha en el Buceo cuando ya habían aparecido el Buenos Aires, el Cerro, el Phoenix, el Pocitos, el Sayago, el Colombia, el Wanderers, el Cagancha, el Eastern, el London, el Rivera, el Helios, el Júpiter y el Titán. Cuando terminaba el siglo eran muchos los clubes que mencionaba la prensa, entre ellos el Rincón, el Sea Rovers, el Thames, el Guadalupe, el Británico, el Yatay, el Chaná, el Tabaré, el Fénix, el Intrépido, el Triunfo, el Curiales, el Rivadavia, el Obrero, el Manchester, el Bremen y el Arsenal. Incluso los ingleses formaron un nuevo club, el British Football Club, capitaneado por Hebert Miller. La proliferación de equipos hizo al fútbol cada vez más competitivo.

Un impacto multicolor

Enumerar los equipos que surgían por todo Montevideo a fin de siglo da una pálida imagen del fenómeno que vivían los contemporáneos, particularmente los jóvenes. El fútbol, deporte de la elite británica primero y de la criolla después, se había dado a conocer a una sociedad que lo tomaba como una moda apasionante. En los baldíos urbanos y en los suburbios se sumaban los aficionados que imitaban lo que habían visto en Punta Carretas, en Peñarol o en el field del Albion en Paso del Molino. Se improvisaban los balones, los arcos y la vestimenta. Los vecinos veían a los adolescentes de su cuadra jugar por horas y discutir con vehemencia las incidencias de los encuentros. Los fines de semana eran propicios para desafiar a los jóvenes de la otra cuadra o la otra escuela. Las griterías se hicieron habituales. Los jugadores más hábiles o entusiastas —muchachos de 10, 12, 14 años— empezaron a verse formando clubes en serio, como lo hacían aquellos de 16 o 18 a quienes veían enfrentarse entre sí o con los marinos británicos.

Las casas de familia se convirtieron en improvisadas sedes donde madres y abuelas confeccionaban indumentaria y bordaban banderas. Los nombres y colores elegidos a veces suscitaban largas polémicas. Lo importante era poder competir. Los domingos la ciudad se poblaba de botijas que iban a jugar al fútbol luciendo sus blusas, orgullosos y desafiantes. Así, en dos o tres años, el fútbol pasó de lo extraordinario a lo habitual, primero para la sociedad montevideana y después para todos los uruguayos.



V
LA EXPANSIÓN DEL FÚTBOL:
1900-1905
La formación de la League

Tras la exitosa experiencia con el programa de partidos entre clubes del año anterior, en febrero de 1900 Henry Lichtenberger, figura relevante del Albion, invitó al CURCC, el Deutscher y el Uruguay Athletic a formar una asociación que organizase las competencias de fútbol entre ellos. Luego de reunirse en la sede de Albion y en el café Cambronus, el 30 de marzo decidieron crear The Uruguay Association Football League. El torneo se disputaría en dos ruedas, como locales y visitantes, y el ganador obtendría una copa de plata de origen británico que costaría 46,20 pesos a cada club. Quien conquistara el trofeo tres veces seguidas lo conseguiría en propiedad.

Las reuniones de la League se celebraban y registraban en inglés. Su primer presidente fue Percy Davison Chater, representante del CURCC. La entidad comenzó a sesionar en el local comercial de Lichtenberger, en la Ciudad Vieja. En sus inicios se manejó como una asociación exclusiva; si bien en los clubes participaban criollos, estos estaban supeditados a los británicos o sus descendientes, que siempre pertenecían a la clase alta. Obsérvese que por entonces había decenas de teams deambulando por la ciudad y jugando al fútbol en sus descampados, y muchos de ellos ya habían enfrentado al Albion. Sin embargo, para organizar la liga y el torneo este club convocó a un grupo reducido de pares.

Desde el otro lado del río, la Argentine Association Football League envió sus felicitaciones, en una carta fechada el 13 de junio en Buenos Aires:

[…] must congratulate you on the formation of the Football League in Montevideo which I am sure will prove in the able honor of your committee and complete success […].

Tranvías, ferrocarriles y fútbol: intereses comunes

Es compartible la idea, bastante difundida, de que el interés comercial acompañó la formación de la League. La empresa del Ferrocarril, en sintonía con el sport que se difundía a ojos vistas, anunciaba el 28 de mayo de 1899:

También las empresas de tranvías habían advertido que los partidos de fútbol generaban un importante movimiento de público, y para estimular la demanda facilitaban a los clubes campos e instalaciones. Esto revela que los clubes de la época contaban con poco o ningún capital para hacer inversiones, con la salvedad del CURCC, que tenía detrás la empresa extranjera más importante del país. Los primeros campos de juego naturales estaban en Punta Carretas, mientras en Peñarol el CURCC tenía espacios cedidos por la compañía y su field en el cruce de lo que hoy es Coronel Raíz y Casavalle.

La empresa de tranvías del Paso del Molino fue la primera en ver el negocio de crear espectáculos para luego trasladar a los espectadores. A fines del siglo XIX apoyó al Albion en la construcción de su field en el Prado, sobre la avenida 19 de Abril. La Compañía de la Unión y Maroñas llegó a un acuerdo con sus compatriotas del Deutscher para construir el Gran Parque Central, con dos campos de fútbol a los que se entraba por la avenida 8 de Octubre y por Jaime Cibils. Por su parte, Tranvías del Este siguió con su línea hasta la estación de Punta Carretas, donde había sido autorizado a jugar el Uruguay Athletic, el cual a su vez permitió que el campo fuera utilizado por el recientemente creado Nacional. El gerente de la empresa tranviaria, Juan Cat, apoyó la iniciativa y aprobó que dos piezas de la estación se emplearan como vestuario; también facilitó bancos largos y palanganas.


La masa crítica

A fines del siglo la concurrencia empezó a ser masiva. El 5 de agosto de 1900 el segundo equipo de Albion venció 3 a 1 al Titán —conjunto del Paso del Molino con cancha en el camino Castro—, ante unas dos mil personas. En el Titán jugaban tres hermanos que harían historia en el fútbol: Amílcar, Bolívar y Carlos Céspedes.

El 16 de setiembre del mismo año se enfrentaron Quilmes de Buenos Aires y Albion en el stadium de este último en el Prado, ante ocho mil espectadores. El resultado fue un 1 a 1. Al día siguiente se jugó en villa Peñarol, con triunfo de los locales.

El término masa crítica hace referencia al conjunto de aficionados y de jugadores que a partir de determinado número permitió la supervivencia y la superación del deporte; pongamos, doscientos o trescientos jugadores y unos tres mil aficionados de firme. Entre las instituciones, seguramente la primera masa crítica la logró el CURCC entre 1897 y 1898, con tal vez unos cien jugadores y quinientos aficionados. Estos últimos surgían mayoritariamente del millar de empleados del ferrocarril, en una villa en la que vivían unas cuatro mil personas. Esta fuente de reclutamiento de adeptos, que al menos en ese momento contaba además con el visto bueno de la empresa, cimentó la popularidad y el crecimiento deportivo del conjunto de la villa y le permitió ser hegemónico en un sport aún restringido, como lo manifiesta la obtención de la primera Copa Uruguaya disputada.

Paralelamente, la cantera de Nacional era la juventud universitaria de la época, círculo originario del team. Hacia 1900 existían en Montevideo 400 estudiantes universitarios y 230 secundarios, según registra Enrique Méndez Vives. Tres años después, ambos grupos sumaban 802 jóvenes. Como referencia de la masa crítica competitiva en aquel momento y lugar puede tomarse uno de los más duros rivales de los equipos montevideanos: el hms Flora. Este reclutaba sus players entre unos trescientos marinos y exhibía mayor experiencia que sus rivales montevideanos, a los que normalmente derrotaba. En esos momentos la prueba de la popularidad del CURCC es que el número de seguidores igualaba o superaba al de los empleados del Central Uruguay Railway.

Pulsuz fraqment bitdi.

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2025
Həcm:
258 səh. 48 illustrasiyalar
ISBN:
9789974877108
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar