Kitabı oxu: «¡Todo debe cambiar!»

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¡Todo debe cambiar!

CICLOGÉNESIS 13 | RAYO VERDE


¡Todo debe cambiar!

El mundo después de la Covid-19

Editado por Renata Ávila y Srećko Horvat


Primera edición, 1200 ejemplares: marzo 2021

Título original: Everything Must Change! The World After Covid-19

Publicada en Estados Unidos por OR Books LLC, Nueva York.

© 2020 Renata Ávila y Srećko Horvat

© de cada ensayo, su respectivo colaborador

La edición en español publicada por Rayo Verde Editorial ha sido acordada a través de Oh! Books Literary Agency.

© de esta edición, Rayo Verde Editorial, 2021

© de la traducción del inglés, Juan-Francisco Silvente Muñoz

Diseño de la cubierta: Tono Cristòfol

Maquetación: Noemí Giner

Corrección: Gisela Baños

Producción editorial: Xantal Aubareda y Sandra Balagué

Publicado por Rayo Verde Editorial

Gran Via de les Corts Catalanes 514, 1º 7ª, 08015 Barcelona

www.rayoverde.es

@Rayo_Verde RayoVerdeEditorial

ISBN ePub: 978-84-17925-61-1

THEMA: JB, JBF, JBFF, GTQ

Una vez leído el libro, si no lo quieres conservar, lo puedes dejar al acceso de otros, pasárselo a un compañero de trabajo o a un amigo al que le pueda interesar.

La editorial expresa el derecho del lector a la reproducción total o parcial de esta obra para su uso personal.

Índice

1  Introducción: Todo debe cambiar para que nada siga igual

2  El coste de la Covid-19 no debe empobrecer a las personas

3  Esperanza y humor en tiempos de coronavirus

4  Covid-19: ¿Qué está en juego?

5  Las llamas de la verdad: Julian Assange

6  ¿Es este el inicio de una posibilidad?

7  El amor en tiempos de coronavirus

8  Coronavirus y neofascismo: una combinación letal

9  Por qué debemos salvar a Julian Assange

10  Comunismo o barbarie, es así de sencillo

11  El colonialismo digital y la Covid-19

12  El declive del hombre público 2020

13  El internacionalismo en tiempos de pandemia

14  Reflexiones sobre nuestro mundo posvirus

15  Capitalismo, Covid-19 y las elecciones estadounidenses

16  La tecnología en tiempos de pandemia

17  El capitalismo deprime el alma, no solo la economía

18  Deudas, trabajos de mierda y autorganización política

19  La Covid-1984 y el capitalismo de vigilancia

20  ¿Remedio milagroso o socialismo?

21  La urgente necesidad global de delatores

22  Las lucrativas mentiras que sustentan el dinero y la creación de deuda

23  Cielos visibles encima, un tsunami de banalidades debajo

24  El lenguaje es un virus: sobre la vanguardia y el archivo de documentos

25  Epílogo

26  Editores y colaboradores

Introducción: Todo debe cambiar para que nada siga igual

Srećko Horvat

«Si ejércitos entre los que se interponen miles de leguas logran darse alcance, los amigos han de demostrar que para ellos la distancia no constituye un obstáculo mayor que para los enemigos. Así que continuemos disparando nuestros proyectiles de la amistad, y demostremos a quienes solo emplean su ingenio para destruir, que nosotros también somos capaces de eliminar distancias».

Günther Anders a Claude Eatherly, 1959

En la famosa novela de mediados del siglo XX El gatopardo Giuseppe Tomasi di Lampedusa relata la lucha que mantiene la aristocracia siciliana para sobrevivir a la guerra civil y la revolución, el período conocido como Risorgimento. Una de las frases más famosas —posteriormente pronunciada por Alain Delon en la película que Luchino Visconti adaptó del libro— es la siguiente: «Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie». De modo similar, forzada por la crisis de la Covid-19, nuestra clase dirigente actual es muy consciente de que hay en marcha una profunda transformación y de que la única forma de que todo siga igual depende del establecimiento de un nuevo orden social y político que les permita perpetuarse en el poder. ¿Acaso se necesitan más pruebas de las profundas tensiones que azotan al capitalismo que el incremento de la fortuna de Jeff Bezos en trece mil millones de dólares en un solo día del mes de julio de 2020,1 mientras la crisis de la Covid-19 prioriza la libre circulación de mercancías por encima de la libre circulación de personas, cuando, al mismo tiempo, los trabajadores de Amazon están muriendo de Covid-19 y protestando contra sus inhumanas condiciones laborales? ¿Qué mayor prueba que Elon Musk, la personificación del sueño expansionista del capitalismo, quien, cuando se le acusó de haber propiciado el golpe de Estado estadounidense contra Evo Morales para beneficiarse del litio boliviano, respondió sin más: «¡Derrocaremos a quien queramos! Haceos a la idea».2 Y no es la primera vez que la clase dirigente proclama sin tapujos que en la actualidad existe una guerra de clases. No hay más que recordar a Warren Buffet, otro multimillonario, quien dijo la célebre frase: «Cierto, hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando». Nunca ha sido tan tangible este brutal enfrentamiento social como con la crisis de la Covid-19, que está exacerbando las desigualdades e incrementando la acumulación de riqueza precisamente para aquellos que están conduciendo al planeta hacia una extinción masiva. Y, una vez más, están intentando ganar.

«Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie» vuelve a proclamar la clase dirigente, aferrándose a la esperanza de que conseguirá permanecer en el poder y mantener el círculo vicioso de la explotación, la extracción y la expansión —las tres es del sistema mundial llamado «capitalismo»—. En lugar de invertir en hospitales y escuelas que ya fueron víctimas de décadas de austeridad y de la subfinanciación, persisten en rescatar las empresas responsables de la crisis climática y la injusticia social. En lugar de proteger los derechos de los trabajadores y emplear la tecnología para abolir la explotación, el sufrimiento de los llamados trabajadores «esenciales» —o «de primera línea»— no ha hecho más que aumentar con la crisis de la Covid-19, mientras que se está aprovechando la situación para facilitar la expansión y la aceleración del «capitalismo de vigilancia». En lugar de proteger el clima, la continua extracción de recursos naturales y destrucción de hábitats nos está llevando a una era de pandemias, con virus incluso más letales que el de la Covid-19 que nos están esperando a la vuelta de la esquina. En lugar de reducir la financiación de la policía, en casi todos los sitios este cuerpo de seguridad ha respondido ante la Covid-19 como en una guerra, transformándose en ejército. Como afirmaba un reciente anuncio de la Guardia Nacional de Estados Unidos: «A veces, el enemigo está en casa». Parece que el famoso grito de la Weather Underground —«¡Traed la guerra a casa!»— se haya hecho realidad de pronto, con la salvedad de que la causa no es un movimiento social ni un partido revolucionario clandestino, sino un virus. Desde Mineápolis hasta Portland, desde Budapest hasta Estambul, desde Santiago hasta Belgrado, la guerra capitalista se acaba de convertir en una guerra civil, sin lugar a dudas. «No puedo respirar» —repetido una y otra vez por Eric Garner, George Floyd y tantas otras víctimas del racismo estructural— ha pasado a ser la sensación predominante de aquellos que sufren y mueren ahogados por la brutalidad policial, la contaminación atmosférica, los virus, la depresión, la ansiedad, el miedo y la miríada de síntomas de la expansión del capital que se incrustan en la naturaleza, los animales, los pulmones, las mentes y las almas.

Mientras los virus del capitalismo y el racismo asolan el mundo, este libro es el producto de otro tipo de virus. No solo no habría visto la luz sin el que provoca la Covid-19, sino que es una consecuencia de «los virus» de la cooperación y el internacionalismo que van dirigidos precisamente contra otro patógeno, el de un sistema mundial que nos está arrastrando a la extinción. La plétora de voces críticas que han aflorado desde el confinamiento es una prueba —¡adiós Maggie Thatcher!— de que existe esa cosa llamada «sociedad», aunque solemos vernos forzados a comportarnos y morir como individuos. El proyecto para documentar algunas de esas voces, primero en conversaciones grabadas en vídeo y después en este libro, comenzó en una habitación de Viena en la que me vi confinado a mediados de marzo de 2020, justo cuando Europa se convertía en el epicentro de la pandemia de Covid-19 y antes de que esta afectara seriamente a Estados Unidos, Brasil, México y otros países. Al principio, los Estados europeos declararon el «estado de excepción», con unas restricciones sin precedentes sobre la movilidad, y no pude regresar a mi país, Croacia, durante dos meses. La única forma de evitar volverme loco y hundirme en la más absoluta desesperación consistió en salir de mi confinamiento mediante la creación de lo que denominamos «DiEM25 TV: El mundo después del coronavirus». Para quienes somos miembros de Democracy in Europe Movement 2025, acostumbrados a viajar sin descanso por todo el mundo, a conocer gente y tomar decisiones in situ, el confinamiento era una situación nueva, como lo era para todo auténtico internacionalista. De pronto, todo lo que nos quedaba era lo digital. E incluso eso pronto se convertiría en lo que Naomi Klein llamó el «nuevo negocio de la pantalla»: la penetración del capitalismo de vigilancia en nuestras mentes y nuestras almas, una mayor explotación de los trabajadores intelectuales y la extracción de nuestros afectos e incluso de nuestro inconsciente.3

Aun así, durante un corto espacio de tiempo entre mediados de marzo y julio de 2020, ya parece que haga siglos, conseguimos colarnos por una rendija del «nuevo negocio de la pantalla» y lanzamos un canal «televisivo» digital desde nuestros salones y lugares de confinamiento. Fue mucho más que una mera televisión, fue la creación de un espacio común, gratuito, creado por centenares de activistas e intelectuales de todo el mundo. Rara vez ha habido tanta gente conectada por un único acontecimiento como en el caso de la pandemia de Covid-19, con miles de millones de personas en todo el mundo confinadas en algún tipo de cuarentena. Rara vez la gente de este planeta se ha involucrado tanto en la comunicación, y eso a pesar del «distanciamiento social» generalizado —pues, mientras hubo distanciamiento físico, lo social rebrotó como nunca antes lo había hecho—. Hemos asistido a lo peor y a lo mejor de estos tiempos: por un lado, a una situación completamente nueva nacida de una crisis sanitaria sin precedentes y, por otro lado, a la necesidad de conectar y construir un mundo más allá de la destructiva noción de «progreso» que domina la modernidad capitalista. Si el eslogan del Foro Social Mundial era «Otro mundo es posible», el nuestro es el que dejó algún grafitero en Mineápolis tras el brutal asesinato de George Floyd: «Otro fin del mundo es posible». Durante el transcurso del año 2020 ha quedado claro (incluso para los primeros negacionistas) que el fin del mundo tal y como lo conocemos está por todas partes. La gente se está asfixiando no solo a manos de un virus, sino también de la brutalidad policial y de un sistema mundial basado en la extracción, la expansión y la explotación. La crisis climática, la amenaza nuclear, las pandemias y el racismo: estos son los cuatro jinetes del capitalismo global y su violencia estructural contra la naturaleza, los seres humanos y el mismísimo futuro. Si queremos que todo esto cambie, nada puede seguir igual.

Este libro pretende ser un mensaje colectivo sobre, ya no la posibilidad, sino la necesidad de una cooperación y una resistencia transnacionales, precisamente por ser tiempos de confinamiento global y Estados policiales. La lista de agradecimientos a los colaboradores, tanto aquellos de quienes se publicaron las conversaciones como de quienes no —debido a una apretada agenda y contratiempos en la edición—, es larga e incompleta. Si hay una persona sin quien DiEM25 TV no hubiera sido factible, esa es Davide Castro: un brillante compañero portugués que hizo posible que nuestro programa se emitiera en vivo y en directo durante los primeros meses de cuarentena. Junto a él, se encuentran las máquinas humanas Yanis Varoufakis y Renata Ávila quienes, con su enorme energía y razonamiento crítico, lideraron y organizaron muchas de las conversaciones; Judith Meyer, auténtica fuerza impulsora en la sombra, y nuestros compañeros y compañeras de armas de DiEM25 TV: Ivana Nenadović, Erik Edman, Luis Martín, Mehran Khalili, Sissy Velissariou, Johannes Fehr, Simona Ferlini, Pawel Wargan, David Adler, Claudia Trapp y Jordi Ayala Roqueta. Un agradecimiento enorme también a los numerosos voluntarios de DiEM25: Andrea Chavez, Max Gede, Dilek Guncag, Esmé Flinders, Ioannis Theocharis, Jerome Bertrand, Julie Hamilton, Micah Jayne, Michael Giardino, Pim Schulte, Rodrigo Fiallega, Niels Wennekes, Matias Mulet y muchos más.

Por último, pero no menos importante, en un mundo donde la educación y el periodismo, el razonamiento crítico y la publicación, se convierten más que en un privilegio, en actos subversivos en sí mismos, son los valientes editores —¡y lectores!— quienes participan en una carrera contrarreloj, tanto preservando un documento para un futuro en el que la extinción masiva se está perfilando como nuestro único horizonte, como diseminando las herramientas para una lucha común hacia un mundo más allá de la incesante expansión del capitalismo y el fascismo. Gracias a nuestro querido editor Colin Robinson y a nuestra diligente editora Catherine Cumming, estas conversaciones conforman una especie de diario colectivo de las primeras semanas y primeros meses de la Covid-19, una empresa común que algún día podría servir para documentar que, incluso en tiempos sombríos, parafraseando a Bertolt Brecht, hubo cantos. Y los cantos no eran solo sobre los tiempos sombríos, sino sobre la amistad y el amor, la solidaridad y el igualitarismo, la ayuda mutua y la resistencia contra el antiguo mundo que está muriendo y secuestrando nuestro futuro. Todo debe cambiar para que nada siga igual.

No debe quedar nada del antiguo sistema, pero toda la belleza, la humildad y la determinación de nuestra lucha común —parece tan heterogénea y ambigua por momentos— deben albergarse como algo que el viejo paradigma nunca será capaz de comprender. Deben entenderse como unos de los ingredientes claves que tumbarán este sistema. Otros ingredientes comprenden, como esperamos que muestre este libro, grandes cantidades de organización e introspección al mismo tiempo; menos trabajo, más amor; menos monólogo, más diálogo; menos ego, más compasión —y, una vez más, ¡grandes cantidades de organización! Si ellos disponen de misiles que pueden destruir países enteros a miles de kilómetros de distancia, nosotros, parafraseando al gran Günther Anders, nunca dejaremos de disparar nuestros misiles de larga distancia repletos de amistad los unos hacia los otros, para mostrarles a quienes inventan solo para destruir que no estamos determinados a aniquilar el espacio como ellos —a diferencia de ellos, somos capaces de crear nuevos espacios y reinventar un futuro por el que merezca la pena vivir—.

El coste de la Covid-19 no debe empobrecer a las personas

Vijay Prashad y Srećko Horvat

Srećko: A día de hoy, la India y el Reino Unido están confinados. Los Juegos Olímpicos que deberían haberse celebrado en Tokio se han pospuesto hasta el próximo año. Hemos visto cómo llegaban médicos cubanos a Italia y médicos chinos a Serbia para combatir la Covid-19. Además de suponer un bello gesto de solidaridad, este hecho también plantea preguntas sobre el futuro de la geopolítica, algunas de las cuales espero poder abordar con usted en esta conversación, Vijay.

Vijay: Como dice, el Gobierno de la India les ha pedido a mil cuatrocientos millones de personas que se confinen, y es posible que mil millones no puedan hacerlo. Esta es una de las paradojas de estos tiempos. Los que no viven en barrios pobres pueden sentir claustrofobia al entrar en su casa y cerrar la puerta, pero la mayoría del planeta lo habitan jornaleros, personas que dependen de un sueldo diario y, a menos que cambiemos el sistema, acabarán aniquiladas, no solo por este virus, sino por los muchos virus que añaden presión en sus vidas.

Srećko: Cuando miro Twitter, veo a mucha gente en Europa que se queja del confinamiento, pero desde la perspectiva de la gente que vive en la India, en Asia, en Sudamérica, esto es un auténtico lujo y un privilegio. Cuando las autoridades dan las instrucciones a la población para que se confine, no hablan de vivienda ni de las medidas que se deben implementar antes de que alguien pueda confinarse.

Vijay: Sí, pero tampoco exageremos el privilegio de los europeos o los estadounidenses. El año pasado, la Reserva Federal de Estados Unidos hizo un estudio sobre las familias y resultó que el 40 % de las familias estadounidenses no puede hacer frente a una contingencia de cuatrocientos dólares o más.4 Eurostat cuenta con un estudio similar que muestra que uno de cada tres europeos no puede hacer frente a gastos imprevistos.5 Es evidente que este confinamiento es una emergencia económica. La gente no tiene dinero para pagar el alquiler o la hipoteca, para pagar las pruebas del virus o para comer unos pocos días o semanas, dependiendo del tamaño de la familia. Estamos en medio de una crisis provocada por el capitalismo —su coyuntura viene marcada por la Covid-19—. En cierto sentido, este virus ha derribado un sistema que está enfermo desde hace mucho tiempo. Y creo que esto ha sorprendido a mucha gente. A muchos les ha impactado la incapacidad de sus Gobiernos para cuidar de ellos en tiempos de crisis y comienzan a cuestionarse sus promesas, las de los medios de comunicación corporativos y las de instituciones docentes. Todas parecen ahora vacías.

Srećko: En muchos países europeos, una década de austeridad ha arruinado la infraestructura pública tan necesaria en esta situación de crisis. Sin embargo, en vez de limitarnos a analizar la situación y resaltar lo que tiene de malo, también debemos ofrecer propuestas concretas sobre lo que se puede hacer. Usted, Vijay, ha trabajado en este tema, junto con sus colegas y diferentes organizaciones, y al final ha presentado dieciséis puntos muy concretos que sirven de guía sobre lo que se puede hacer en esta pandemia global. ¿Podría dar más detalles?

Vijay: Para ponerle en contexto, la Asamblea Internacional de los Pueblos es una plataforma compuesta por unas setecientas organizaciones de más de ochenta países. Y desde el Instituto Tricontinental de Investigación Social hemos trabajado en colaboración con la Asamblea para aportar lo que creemos que es un plan muy racional.6 En parte, la intención de elaborar esta agenda era demostrar que no podemos hacer las cosas de manera fragmentada, un confinamiento aquí, otra cosa allá. A nadie le inspira confianza ver a personajes estrafalarios como Boris Johnson diciendo un día una cosa y otro día otra. Por eso quisimos articular este plan de dieciséis puntos. La segunda consideración que quiero hacer antes de entrar en materia es que una de las mayores victorias del neoliberalismo, esa filosofía que el capitalismo ha estado fomentando durante casi un siglo, es sugerir que el Estado y las instituciones estatales son autoritarias o problemáticas, y que es el sector privado, y no el Estado, quien debe actuar, y si el Estado está involucrado de alguna manera, entonces el sector privado debe acompañarlo. La austeridad que venimos experimentando es en realidad el resultado de un vacío ideológico que ha intentado destruir no solo las instituciones estatales, sino también el concepto de Estado. Según esto, está bien tener una fuerza policial y militar, pero no está tan bien disponer de un sistema de salud público. En Camino de servidumbre, lo que Friedrich Hayek argumenta, básicamente, es que el camino hacia la creación de instituciones estatales conduce al gulag. En contraste, ahora estamos viendo que son los países que cuentan con instituciones estatales sólidas, ya sea China o Corea del Sur, los que consiguen combatir la Covid-19 de forma efectiva. Otro ejemplo es el pequeño estado de Kerala, en la India, con una población de 35 millones de habitantes. Kerala ha creado y mantenido unas instituciones estatales en contra de la enorme presión de organizaciones como el Fondo Monetario Internacional, que les dice: «¡Acabad con vuestro Estado!». Así pues, este análisis que acabo de hacer nos conduce a defender la importancia de las instituciones públicas, llámese Estado o no. La Covid-19 no es la última pandemia. Es el inicio de una nueva época. Además de impulsar la salud pública, también tenemos que aumentar el control público de las compañías farmacéuticas, que, hoy por hoy, se dedican sobre todo a las enfermedades de los ricos y no cuentan con incentivos para invertir en la experimentación de los potenciales problemas sanitarios públicos. Cuando elaboramos los dieciséis puntos, incidimos directamente en la necesidad de más instituciones públicas y de más presión sobre los Gobiernos desde abajo. Ahora mismo, los titulares dicen: «España nacionaliza los hospitales», pero no creo que estén nacionalizando nada; es una tomadura de pelo. Sin embargo, la pregunta más importante es: si los países pueden nacionalizar los hospitales e implementar las llamadas «políticas socialistas» en tiempos de emergencia, ¿por qué no lo hacen en tiempos de «normalidad»? Esta es parte de la demanda que la población tiene que hacer desde abajo. El otro punto que quiero comentar es el referente a las rentas. En los últimos treinta años, debido a los grandes beneficios por productividad y la derivación de la producción hacia los países con salarios bajos, hemos visto un desempleo estructural y un subempleo o empleo «precario» a gran escala. A nivel global, cada vez más gente, centenares de millones, se ve incapaz de conseguir un trabajo a jornada completa. Durante mucho tiempo, sobre la mesa hemos tenido la noción de renta básica universal, gracias a la cual las familias y los individuos reciben cierta cantidad de dinero por parte del Gobierno. Esto, además de otras demandas como el salario mínimo y los programas laborales con financiación gubernamental, vuelve a estar en la agenda. Sin embargo, lo que suele ocurrir en una crisis es que la clase capitalista aprovecha la situación en su propio beneficio y los movimientos sociales se pasan por alto. Reconozco que esto se debe, en parte, a que nuestros movimientos no son suficientemente fuertes. Tenemos que volver a incluir nuestras peticiones en la agenda y reorientar la labor de nuestros movimientos. Por ejemplo, la clase capitalista ha utilizado el concepto de renta básica universal de un modo muy distorsionado. En vez de invertir en el bienestar social o en escuelas públicas, educación, sanidad, parques y transportes, proponen darle a todo el mundo una cantidad en efectivo y privatizar todos estos servicios, de modo que los usuarios tengan que pagar por ellos. La renta básica universal no debería ser un sustituto de los servicios públicos, sino un complemento. La gente preguntará: «¿Y cómo lo financiaréis?». Mira, en 2016 se estimó que en los paraísos fiscales había colocados unos 36 billones de dólares.7 Por lo tanto, otro aspecto a destacar es el control del capital para obligar a mantenerlo en la jurisdicción fiscal correspondiente. Lo que necesitamos es una fiscalidad sólida y no ir dándole las gracias a Bill Gates por su donación para la investigación de la Covid-19, lo que deberíamos hacer es reclamarle sus impuestos. Lo que necesitamos no es la filantropía de los multimillonarios, sino sus impuestos. La sociedad ya dispone de suficientes recursos: billones destinados a defensa y billones que van a parar a los paraísos fiscales. Esto es lo que necesitamos para conseguir una sociedad decente y más igualitaria, y no este tipo de sociedad criminal en la que un virus es capaz de paralizarnos a todos.

Srećko: Déjeme volver sobre la cuestión del Estado y el papel de las instituciones fiscales en la actualidad, sobre la que usted ha desarrollado una propuesta muy interesante y concreta. La pandemia actual está obligando hasta a los partidarios del neoliberalismo a reconsiderar la importancia del Estado. Esta situación evidencia la necesidad de una cooperación transnacional y grandes proyectos de infraestructuras, y quisiera compartir con usted una idea que parecía absolutamente fuera de lugar hace pocos años: es la propuesta de Frederic Jameson en American Utopia, y consiste en la utilización del ejército estadounidense como una institución que se emancipa, una institución que ayuda a la población en vez de librar guerras por el petróleo.

Vijay: Ya tenemos el ejemplo de un ejército que no va a la guerra, sino que va a curar, y es el ejército cubano. Cuba ha producido un ejército de médicos, enfermeras y personal sanitario sin los cuales el ébola no se habría contenido. El Gobierno de Estados Unidos se atribuye el mérito de haber enviado personal, pero fueron los cubanos los que estuvieron en primera línea junto a los médicos africanos en la lucha contra el ébola. Hoy, los médicos cubanos vuelven a estar en primera línea. Cuando Jair Bolsonaro subió al poder en Brasil, una de las primeras cosas que hizo fue echarlos, tal y como lo hizo Jeanine Áñez cuando tomó el poder en Bolivia tras el golpe de Estado. Ahora, los brasileños están pidiendo que vuelvan porque saben que Cuba ha empleado su superávit no para formar un enorme ejército que bombardee a la gente, sino un ejército de médicos y personal sanitario. También hay un debate sobre si China hizo lo suficiente cuando apareció la Covid-19. He estado hablando con personas de allí sobre la secuencia de acontecimientos antes de que informaran a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, a mi parecer, no ocultaron nada. Todo sucedió muy deprisa: el 27 de diciembre tomaron muestras de un paciente y se confirmó que tenía un nuevo tipo de virus, y para el 3 de enero ya habían informado a la OMS. La administración Trump intenta aprovechar con fines geopolíticos el hecho de que el virus aparentemente surgió en Wuhan, pero la verdad es que son los chinos los que están enviando asistencia médica y suministros a países de todo el mundo, ya sea Italia, Serbia o Grecia. Y son los médicos rusos los que han ido a Venezuela. Los venezolanos solicitaron del Fondo Monetario Internacional cinco mil millones de dólares para financiar la maquinaria necesaria para hacer frente a la Covid-19, y el FMI, que había anunciado que disponía de un billón de dólares para ayudar a sus miembros, se lo negó al momento.8 Es lo mismo que cuando Washington le negó a Venezuela los médicos que les enviaron los rusos. Ahora estamos en una época diferente en la que es posible ver quién es despiadado y qué Estados se están desplomando, por un lado, y qué Estados intentan ser decentes en la escena mundial.

Srećko: la Covid-19 también es una muestra de lo rápido que el mundo está cambiando geopolíticamente, en el sentido de que esos Estados que respondieron de forma irresponsable a nivel nacional también son egoístas a nivel internacional. Naciones como Irán siguen estando sancionadas por Estados Unidos en vez de recibir asistencia. Y la respuesta de Europa, el fracaso de algunos países para asistir a sus vecinos como Italia y España, demuestra a las claras la falta de cualquier tipo de visión geopolítica dentro de la Unión Europea. Déjeme preguntarle por uno de sus dieciséis puntos, el que hace referencia a la suspensión del dólar como la divisa internacional. ¿Podría explicar qué idea yace tras su petición a las Naciones Unidas para solicitar una nueva moneda de cambio internacional?

Vijay: Es un tema muy complicado, pero el resumen va en dos sentidos. En realidad, la cuestión no es solo el dólar, sino el sistema financiero denominado en dólares, o lo que llamamos el «complejo dólar-Wall Street». Más de la mitad del comercio mundial se denomina en esta moneda. Para que un país como Irán pueda comerciar con otro país, digamos la India, se ve obligado a formalizar la transacción en dólares y utilizar un sistema digital financiero ubicado en la Unión Europea llamado SWIFT. Irán no puede tener una relación independiente con otros países, ha de pasar por Estados Unidos y Europa. En este sentido, no disponemos de un sistema financiero internacional, sino dominado por el Atlántico Norte. Este sistema financiero en el que todo se denomina en referencia al dólar tiene que quedar superado porque está permitiendo que Estados Unidos tenga un poder económico extraterritorial inmediato; puede imprimir dinero sin temor a la inflación porque ese dinero se usa fuera de sus fronteras y su jurisdicción. La rupia india, por ejemplo, no se usa fuera de la India, pero se ve constreñida por su valor frente al dólar. Nuestra propuesta pretende reabrir el tema de la divisa internacional, que es un debate muy viejo. Por ejemplo, ¿por qué debe Libia tener dólares en su banco central? ¿Por qué no puede tener una moneda internacional? Si Libia quiere negociar con Italia, ¿por qué tiene que convertir su moneda en dólares y después en euros? ¿Por qué no puede negociar directamente y denominar su transacción en su propia lengua, su propia moneda?

Srećko: Claro, ¿por qué no? Antes de que Gaddafi fuera derrocado por la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton, así como Nicolas Sarkozy, ¿qué quiso introducir? Una divisa panafricana. Y eso suponía un gran problema por culpa del control ejercido por el Banco de Francia en África Occidental.

Vijay: Sí, en la mayoría de los países francófonos todavía se usa el franco y Gaddafi propuso a África como divisa, lo que no deja de ser una idea sorprendente. ¿Por qué no puede haber divisas continentales? De hecho, el movimiento bolivariano liderado por Hugo Chávez en Sudamérica sugirió la idea de una divisa continental, que en un inició se concibió como una divisa digital para que las transacciones entre Brasil y Venezuela, por ejemplo, no tuvieran que depender del dólar. En realidad se trata de una pequeña demanda en medio de un gran debate pendiente sobre la naturaleza de la soberanía de porciones del mundo por parte del complejo dólar-Wall Street. El Instituto de Finanzas Internacionales informó que desde finales de enero casi 68 000 millones de dólares huyeron del Sur Global hacia el Norte. A medida que crece la incertidumbre, los llamados «mercados emergentes» están padeciendo enormes pérdidas. Ahora la gente se preocupa por lo que pasará con Wall Street y la bolsa de Londres, pero ¿qué ocurre con los países que tienen que hacer frente a enormes deudas denominadas en dólares y que no les condonan? Una de nuestras principales demandas tiene que ser la indulgencia de las deudas para que todas queden derogadas, desde ahora mismo. Empecemos por ahí.

Srećko: Históricamente, como muestra David Graeber en relación con los desastres que han ido sucediendo en Egipto, la condonación de la deuda habría sido el primer paso hacia un nuevo comienzo social.9 Ofrecería a los pobres al menos una oportunidad de volver a participar en la vida social y económica. No obstante, ¿cómo es posible implementar medidas como la condonación de la deuda, el control del capital, la suspensión del dólar o el impuesto sobre la riqueza en ausencia de algún tipo de Gobierno global que quiera actuar en este sentido?

Vijay: En estos momentos, no estoy a favor de un Gobierno global; es imposible. Por ejemplo, las Naciones Unidas están relativamente paralizadas en la actualidad. Ayer, el secretario general de la ONU, y creo que fue acertado, llamó al cese de todas las guerras debido a la pandemia de Covid-19 que nos está afectando.10 Fue una declaración muy importante, pero nadie se la toma en serio. Lo que necesitamos a muy corto plazo es luchar para que los países sean más soberanos de sus propias economías y por ello necesitamos más localismos. Por ejemplo, me gustaría que un país de África Occidental como Senegal fuera soberano de su economía y no estuviera subordinado al franco francés. Me gustaría que la Unión Africana fuese mucho más activa en el continente. Mi primera sugerencia a los Gobiernos sería que implementaran el control del capital para impedir que todo ese «dinero caliente» entre y salga de sus países. De este modo, los ricos no podrían escaparse con su patrimonio y tendrían que pagar impuestos. Una idea común es que si se cobran impuestos a los ricos, la actividad económica se paraliza. Déjame preguntarte una cosa: en estas dos últimas semanas, a medida que el confinamiento se ha ido extendiendo, la actividad económica se ha ido frenando, ¿correcto? Y ¿por qué ha cesado? Pues porque la mano de obra ha desaparecido. Esta crisis está probando la concepción marxista que afirma que es la mano de obra la que crea valor, no el dinero. Si la clase trabajadora se ve empujada a una huelga general impuesta por el Estado, el capitalismo al completo se estremece. Es una demostración de que si los Estados implementan el control del capital y el cobro de impuestos a los ricos, la actividad económica no se detiene. No se detiene porque la clase trabajadora no se detiene. El dinero obtenido a través de gravar con impuestos a los ricos puede emplearse de forma productiva para crear instituciones públicas en esas sociedades, por ejemplo. No buscamos un Gobierno global, sino reforzar la soberanía de las regiones. La Unión Africana y el proyecto bolivariano en Sudamérica deberían crecer, y la unidad surasiática debería tener lugar. ¿Cómo se explica que Europa, que supuestamente está a favor de la unidad, siempre ataque el intento de unidad de otros pueblos? Cuando los bolivarianos intentaron crear un proyecto en América del Sur, los europeos se unieron a Estados Unidos para socavarlo, tal y como hicieron con el proyecto de la Unión Africana. Lo que es bueno para unos debería ser bueno para otros.

Srećko: Hace poco que Hungría recibió de China diez aviones cargados con mascarillas, guantes y otro equipamiento médico. ¿Piensa que es un signo de que las conexiones de Viktor Orbán con China han tenido éxito donde la Unión Europea ha fallado?

Vijay: Esta es una pregunta para Orbán y el Gobierno chino, pero ya hemos visto cómo China se ofrecía para enviar suministros a cualquier país —sin segundas intenciones, que yo sepa—. No ha empezado por preguntar: «¿Eres un país que se ha mostrado en favor de China?» para ofrecer su ayuda en función de la respuesta. Anunció de forma clara que ofrecería ayuda a cualquier país que lo solicitase. China e India, por ejemplo, no tienen una relación demasiado estrecha. China se afana en su Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), y la India se ha unido a Estados Unidos en la estrategia del Indo-Pacífico, que la administración Trump desarrolló para contrarrestar el proyecto chino. Pues aun así, el Gobierno de Pekín ha ofrecido enviar suministros a la India. No estoy convencido de que estas acciones estén motivadas del todo por razones políticas. Es posible que China lo vea como una oportunidad de «poder blando», pero no creo que se reduzca a eso. No soy de los que piensan que todo ocurre de forma interesada. Me parece que China está aceptando que se trata de una pandemia y, después de haber sido capaz de gestionar la Covid-19 de puertas adentro, ahora se ofrecen para enviar sus equipamientos sobrantes adonde sea.

Srećko: Ha mencionado la Iniciativa de la Franja y la Ruta y pienso que mucha gente se preguntará qué ocurrirá con esta «Nueva Ruta de la Seda». ¿Cómo cree que la pandemia de Covid-19 impactará en los proyectos de infraestructura internacionales de China en las próximas décadas?

Vijay: Esta pregunta es muy importante. En primer lugar, quisiera decir que pienso que la administración Trump se comporta de un modo extremadamente racista cuando lo etiqueta de «virus chino». Es racista porque esconde la naturaleza del virus. La gripe española no empezó en España. Se llama así porque eran tiempos de guerra y, a diferencia de otros países, en España no había censura, así que los medios de comunicación pudieron cubrir el brote de gripe. Parece ser que esta gripe comenzó en Kansas, en un establecimiento militar, mediante la transmisión de un pollo a un humano, pero no la llamamos la «gripe americana» y decimos que Estados Unidos debería pagar los daños. De toda la gente que murió en la epidemia de 1918-1919, el 70 % eran indios —¿debería ahora reclamar la India daños y perjuicios a Estados Unidos? Es ridículo, esto no funciona así. El cólera provino de mi estado natal, Bengala Occidental, en la India, donde se descubrió en 1817. Ese cólera duró hasta 1923, un ciclo de cien años. En aquel tiempo, lo llamaban el «cólera asiático», en el mismo tono racista de Trump. En la década de 1830, los franceses aprobaron una resolución en el parlamento declarando que el cólera no les afectaría porque eran blancos y democráticos, en tanto que la enfermedad era un problema asiático y de autoritarismo. Por supuesto, devastó París y diezmó a la población. Los virus pueden surgir en cualquier lugar y más nos vale tener una visión mucho más humana sobre esta cuestión.

Sin embargo, no deja de ser cierto que este intento de etiquetar la Covid-19 de «virus chino» puede dañar a China a corto plazo. Cuando China dice: «Vamos a construir un tren de alta velocidad que irá directo hasta Turquía», hay quien puede pensar «Vamos a replantearnos este tema porque ¿de verdad queremos que los virus lleguen así de rápidos desde China hasta Italia?». A corto plazo, la Iniciativa de la Franja y la Ruta se verá afectada a consecuencia de esta barrera ideológica, pero, seamos sinceros, ¿dónde está la competencia? La estrategia del Indo-Pacífico que el Gobierno estadounidense está impulsando carece de fondos suficientes porque no hay fondos estatales que puedan suscribir el desafío de Estados Unidos a la IFR. Al crear esta infraestructura, lo que China hace es buscar nuevos mercados. Se trata de un nuevo orden internacional y es evidente que tiene su propio interés, pero muchos de los países en los que está invirtiendo no tienen la capacidad de aportar fondos para crear su propia infraestructura. Así pues, sí, habrá un efecto a corto plazo sobre la IFR, pero con el tiempo volverá a ponerse en marcha.

Srećko: Además de la gripe española y el cólera también está la peste negra. Si pienso en ella, me parece que su perspectiva teórica a largo plazo es muy provechosa. La peste también «vino desde» China a través de la Ruta de la Seda y tardó unos diez años en llegar a Europa, a Venecia y, sobre todo, a las ciudades mediterráneas. Sin embargo, en realidad no «vino desde» China en el sentido de que, aunque se originara en China geográficamente, fue una consecuencia del ataque del imperio mongol años antes. Los mongoles crearon los cimientos para la expansión de la plaga. Del mismo modo que hoy la «Nueva Ruta de la Seda» está asentando los cimientos para la circulación del virus, en aquel tiempo, los guerreros y los comerciantes mongoles estaban trayendo la plaga a Europa. Me fascina hasta qué punto, tal y como dijo Hegel, si hay algo que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia. Estas comparaciones históricas demuestran que necesitamos una perspectiva a largo plazo que mire hacia el futuro. La situación actual es mala y será peor en los próximos meses, pero tenemos que empezar desde ahora a construir el mundo después de la Covid-19, el mundo que llegará dentro de uno o dos años. Insto a todo el mundo a leer los dieciséis puntos presentados por el Instituto Tricontinental y la Asamblea Internacional de los Pueblos. Volviendo al tema de Europa, una pregunta que mucha gente se hace es si Italia dejará la Unión Europea o el euro después de la pandemia.

Vijay: Esto nos devuelve a la pregunta «¿Qué es la Unión Europea?». Con lo cual quiero decir: ¿Qué es una «unión» en primer lugar? ¿Qué es una comunidad de pueblos? Si los países europeos son incapaces de ayudarse mutuamente en tiempos de crisis, ¿qué sentido tiene formar parte de un mismo marco normativo? Esta es la pregunta que los italianos pueden llegar a plantearle a Bruselas cualquier día. Grecia también lo podría haber planteado en estos términos tras la crisis financiera de 2008, de hecho, Yanis Varoufakis lo hizo siendo ministro de economía. Si la Unión no va a negociar con una actitud humana y solidaria entonces ¿qué sentido tiene que Grecia forme parte de la eurozona? En mi opinión, la pregunta que hay que hacer en cualquier tipo de unión, ya formes parte de un proceso comunitario, una unidad de naciones o una unidad dentro de una nación, es: «¿Para qué sirve nuestra unión?». Cada país se ha de preguntar: «¿Para qué sirve el Estado?». Si estas instituciones no nos ayudan en tiempos de crisis, entonces ¿por qué hemos de formar parte de ellas? Creo que esta es una pregunta muy importante. Desde países como Italia, la auténtica pregunta para Europa es: «¿Dónde estabais en los tiempos de la crisis?».

Srećko: Por desgracia, estamos viendo que el rol de muchas instituciones en tiempos de crisis refleja lo que Carl Schmitt describió como «el estado de excepción». Basta con mirar a Hungría para ver cómo aprovechan la situación aquellos para quienes esta crisis se presenta como un sueño hecho realidad. Esta es una perspectiva, pero hay otra, más esperanzadora, y es la que estamos intentando desarrollar. Dejemos Europa de lado unos instantes para adentrarnos en la situación en la India. ¿De qué modo puede el Gobierno de Modi salir beneficiado de esta crisis, dado que hizo oídos sordos a las masivas protestas que hubo contra él antes de la pandemia de Covid-19? ¿Ha habido muchas movilizaciones por parte de las pequeñas estructuras cooperativas para combatir la pandemia?

Vijay: Es difícil decir cómo saldrá beneficiada la administración Modi, pero una cosa que debemos tener en cuenta es que Modi sabe ser popular. Fue muy absurdo el domingo cuando le dijo a la gente que saliera a la calle e hiciera ruido para dar las gracias al personal médico. ¿Qué sentido tiene si, como Gobierno, no estás abasteciendo al personal sanitario con los suministros que necesita? Me parece un tipo de política demagógica muy peligrosa. Los que están en primera línea de la crisis necesitan el apoyo del Gobierno, necesitan guantes, mascarillas y todo tipo de equipamiento. El Gobierno tiene que dejar de producir basura y empezar a producir estos productos. Tienen que cambiar las líneas de producción, como lo hizo China —y por eso dispone de una enorme cantidad de material sanitario que puede suministrar a otros—. Para mí, el Gobierno de Modi es inútil, pero sabe manipular la opinión pública de un modo muy hábil. Por lo que respecta a la segunda pregunta, mi colega Subin Dennis y yo acabamos de publicar un artículo sobre la respuesta del Gobierno de izquierdas en Kerala ante la Covid-19.11 Promueve eslóganes como «romper la cadena» y «aislamiento físico, pero unidad social». La actuación pública ha sido determinante. Lo que hay en un estado como Kerala, con sus 35 millones de habitantes, es una población altamente organizada y educada con un porcentaje de alfabetización de casi el 100 % y que cuenta con unos sólidos sindicatos, organizaciones de mujeres y cooperativas. Hay una cooperativa femenina de nombre Kudumbashree que cuenta con 4,5 millones de miembros. La gente está muy comprometida y organizada, y esto significa que la actuación pública es inmediata. Cuando el Gobierno anunció las medidas que iba a tomar para frenar la expansión de la Covid-19, los sindicatos se movilizaron al momento para ir a las paradas de autobuses y colocar lavamanos con desinfectantes. No lo hizo el Gobierno, lo hicieron los sindicatos. Kudumbashree comenzó a fabricar mascarillas a gran escala. Lo que quiero destacar es que el relativo desmembramiento de las instituciones sociales de nuestros países es equiparable al desmembramiento del Estado y son parte de ello. En líneas generales, los sindicatos han desaparecido. El hecho de pertenecer a una organización es crucial para crear una sociedad humana, pero la gente se está individualizando. Como ha comentado antes, usted entra a formar parte de las redes sociales y la gente se está quejando de su aislamiento en sus casas. Si formaran parte de alguna organización social, encontrarían el modo de unirse y hacer algo productivo para su sociedad. En Kerala, gran parte de la población son jornaleros. ¿Cómo les haces llegar algo como «romper la cadena»? ¿Cómo consigues que las zonas donde viven sean higiénicas? Pues con una buena organización y poniéndoles unos lavamanos al aire libre, trayéndoles desinfectante e incidiendo sobre la importancia de mantener la distancia. La actuación pública es básica, pero no puede existir en una sociedad donde la organización social brilla por su ausencia. Tenemos que crear instituciones sociales junto a las instituciones públicas.

Srećko: Entiendo el papel de la tecnología del mismo modo. Lo que ha demostrado la crisis de la Covid-19 es que a pesar del distanciamiento existe más cooperación social que nunca. Está claro que ya no podemos sacar nuestras políticas a la calle, pero es una ocasión fantástica para unirnos en línea. Le estoy muy agradecido por esta visión que propone no centrada en Occidente y, volviendo al tema del internacionalismo de Cuba, me pregunto cómo le respondería a un crítico que argumentase que Cuba solo está enviando sus médicos al extranjero para ganar divisas con las que comerciar.

Vijay: Se lo planteo de esta manera: me tomaría en serio a ese crítico si viera médicos alemanes, estadounidenses, canadienses o británicos ir a sitios como Italia, pongamos por caso. Si viéramos viajar a médicos de estos países privilegiados entonces podríamos hacernos preguntas como: «¿Está Cuba metida en esto por las divisas?». Tan solo pensarlo ya es una consideración notable. Hemos visto a los médicos cubanos ir a África Occidental, a Sierra Leona y otros lugares durante la crisis del ébola. Uno de ellos se contagió, volvió a Cuba, se curó, escribió sobre el caso y regresó para hacer trabajo de campo. Pienso que es muy deshonesto decir que estos médicos son meros instrumentos del cambio de divisas. Les diría a los conservadores políticos que mantienen esta perspectiva: «Vale, ¿por qué no vais a primera línea y ayudáis a la gente?». ¿A qué se debe que solo estemos viendo a médicos socialistas prestando ayuda? Creo recordar que fue a principios de febrero cuando el Partido Comunista de China dijo que todos los miembros del partido tenían que ser trabajadores de primera línea en la crisis de la Covid-19. Un gran número de médicos militantes estuvieron en primera línea en Wuhan. Cuando circuló el vídeo en el que el personal sanitario se quitaba las mascarillas, se les podía ver con pines del Partido Comunista. Se les dijo: «El motivo de que os hayáis unido al Partido Comunista es servir al pueblo». No querían médicos que no fueran comunistas en primera línea a menos que ellos mismos lo solicitaran. Para los que estaban en el partido, era una obligación, y me descubro ante este tipo de motivación. Les diría a los conservadores: «Veamos cómo vuestros médicos viajan por todo el mundo y se meten en las chabolas a vacunar a la gente». No los veo haciéndolo y, por lo tanto, no me tomaría en serio la pregunta.

Srećko: Creo que Cuba, aparte de mostrar lo que es la auténtica solidaridad, es inteligente a la hora de enviar médicos porque, cuando la Covid-19 golpee el país, habrán ganado experiencia para hacerle frente. Es lo que los Estados y los médicos europeos podrían haber hecho. La responsabilidad es de los Estados, no de la comunidad sanitaria. De hecho, podemos ver las terribles condiciones a las que se enfrentan los médicos por toda Europa. En España, muchos están infectados y, en Francia, la policía está machacando al personal médico en sus protestas. Hace años que los Gobiernos europeos están deteriorando sus condiciones laborales, privatizando hospitales e implementado la austeridad, y ahora el personal sanitario está luchando en primera línea. Para mí, ellos son los héroes, junto con los basureros, los vendedores y todos los que están al frente.

Vijay: En el último boletín informativo de Tricontinental había una frase que decía: «Prefiero un planeta de enfermeras a un planeta de banqueros». Esta es una batalla de ideas y agradecería mucho que la gente leyera las propuestas en la web de la Tricontinental. No solo se trata de establecer una plataforma y mirarla. Queremos organizar una campaña, mantener la presión y profundizar para que todo el mundo comprenda la situación. Queremos volver a plantear la pregunta: «¿En qué consiste el programa de actuación para un país?». Me alegró mucho ver ayer, en medio de la crueldad que están sufriendo —lo último fue la negativa del Fondo Monetario Internacional a concederles los fondos que pedían—, al Gobierno venezolano decir que pagará todos los salarios hasta diciembre de 2020. Dijo que toda la atención médica se mantendría y que los alquileres y las facturas de los servicios básicos quedarán totalmente prohibidos. Se trata de una economía que está padeciendo una crisis muy seria, y, aún así, el Gobierno antepone las personas a la economía. Esta es una parte de la batalla de ideas y hay mucho que aprender de estos ejemplos.

Conversación mantenida el 24 de marzo de 2020

Esperanza y humor en tiempos de coronavirus

Larry Charles y Srećko Horvat

Srećko: El otro día, Larry Charles y yo bromeábamos diciendo que esta serie de conversaciones debería llamarse «La luz en mitad del túnel» porque, como dijo el dramaturgo alemán Bertolt Brecht: «En los tiempos sombríos ¿se cantará también? También se cantará sobre los tiempos sombríos». Tal vez estemos en los tiempos sombríos, pero no hay nadie mejor que usted, Larry, para explicarnos por qué las bromas y el humor son tan importantes en momentos como el actual.

Larry: Lo primero que he pensado mientras decía esto es: «¿Cuándo ha habido tiempos luminosos?». Miro la historia de la civilización y me cuesta encontrar algún momento realmente luminoso. Incluso cuando pensamos en épocas que se caracterizan por ser positivas, como el Renacimiento o Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, siempre ha habido personas oprimidas, enfermas, pobres y abandonadas, y siempre ha existido la injusticia por parte del poder. Los humanos solemos adentrarnos en tiempos sombríos en los que podríamos haber hecho algo pero no lo hicimos, y aquí estamos, en otros tiempos sombríos. El humor es un antídoto natural contra eso, una manera de sobrevivir a lo sombrío que, a mi modo de ver, es tan importante como el agua o la comida. Si pierdes el sentido del humor, pierdes tu humanidad y tu capacidad para sentir compasión por los demás.

Srećko: Deje que le cuente una cosa divertida de Zagreb, en Croacia. Este domingo Zagreb ya estaba confinada, como la mayoría de las ciudades del mundo, cuando, de pronto, ocurrió una tragedia. El peor terremoto en ciento cuarenta años sacudió la ciudad. Justo en el momento en el que las autoridades piden a la población que se quede en casa, esta se despierta a las seis de la mañana por culpa de un terremoto de 5,3 grados y, de pronto, las autoridades dicen: «¡Rápido, salid a la calle, pero mantened la distancia de seguridad!». Es un tipo de situación muy complicada en la que estamos inmersos. Un buen amigo mío bosnio me dijo: «Imagina que estás viendo una película sobre una pandemia global cuando, de pronto, se produce un terremoto, ¡tendría los índices de audiencia más bajos de toda la historia!». Como muy bien ha dicho, los habitantes de Zagreb conceden la misma importancia a las bromas que a la comida o al agua. Así que mi amigo pensó: «Vale, tenemos una pandemia, tenemos un terremoto, ¿qué nos falta?», y rápidamente alguien organizó un «esperando a Godzilla» virtual ¡al día siguiente en Zagreb!

Larry: Se parece mucho a una película de monstruos. Lo normal es que en los dos primeros actos de la película el monstruo cause un montón de destrozos y a los dos tercios los científicos den con el punto débil; por ejemplo, que a Godzilla no le gusta la electricidad. El resto del film se basa en descubrir cómo aprovechar la debilidad del monstruo para destruirlo. A veces, nos sumimos en una sensación de complacencia que nos hace sentir que tenemos cierto control sobre nuestro entorno y nuestro destino, pero entonces los desastres se suceden en oleadas sobre las que no tenemos ningún control y nos dan una lección de humildad al percatarnos de que nada está garantizado; puedes tener una pandemia y un terremoto al mismo tiempo, pero eso no significa que no pueda suceder nada más. Aquí es donde el humor hace su entrada para amortiguar ese sentido de desolación y desesperanza. Cuando empiezas a ver la realidad en toda su amplitud y te parece sobrecogedora, tu percepción humorística es la que puede ayudarte a superarla.

Srećko: Está claro que sabe de lo que habla. Muchos amigos míos y yo éramos adictos a Seinfeld en los años noventa, después del colapso de Yugoslavia. Cuando lo miro en retrospectiva, es interesante ver que Seinfeld —así como Larry David— trataron algunos de los fenómenos más interesantes de la crisis de la Covid-19: el lavado de manos y el papel higiénico. Todavía recuerdo el episodio en el que Jerry Seinfeld está en los servicios de un restaurante cuando entra un hombre, mea y se va sin lavarse las manos. Jerry vuelve a su silla y el camarero se le acerca para traerle una pizza, y resulta que es el mismo hombre de los servicios. Jerry piensa: «No me puedo comer esta pizza», porque recuerda que el camarero no se lavó las manos.

Larry: Sí, se podría montar un «supercorte pandémico» de Seinfeld porque Larry David y Jerry Seinfeld ya eran germófobos mucho antes de que se pusiera de moda —por eso hay tantas historias sobre papel higiénico y lavado de manos, historias sobre limpieza e higiene—.

Srećko: Otro que también es famoso es: «I Don’t Have a Square to Spare», aquel en el que Elaine roba todo el papel higiénico.

Larry: Sí, ¡ese lo escribí yo! Se me ocurrió que la idea de que alguien no quisiera compartir el papel higiénico podía ser divertida, pero ahora estamos viendo que la gente se ha vuelto muy posesiva con su papel higiénico, hasta el punto de que lo están amontonando y se pelean por él en los supermercados.

Srećko: ¿Cómo se explica que el papel higiénico sea hoy por hoy el artículo más preciado? ¿Es porque la gente caga mucho? ¿O porque copian lo que hacen otros? ¿O es que el papel higiénico es, en realidad, muy valioso?

Larry: Está insinuando algo muy interesante. Durante los viajes que hice para mi serie documental de televisión Larry Charles’ Dangerous World of Comedy, me di cuenta de que el papel es un artículo valioso en muchas partes del mundo. En algunos sitios, cuando llegas al hotel te dan papel tisú y se supone que te ha de servir de servilleta, de papel higiénico y para todo lo demás. En Estados Unidos somos más derrochadores y autocomplacientes. Cuando vas al supermercado, te encuentras con cincuenta marcas de papel higiénico, y todas son agradables y suaves, hasta las tienes con loción, si te gusta —¡Lo que quieras! Ni nos planteamos lo que cuesta hacer llegar ese papel hasta nuestro culo. Quizá esta pandemia y su capacidad para arrojar un poco de luz sobre cosas como esta nos concienciarán sobre nuestra manera de utilizar y malgastar los productos, y tal vez cambie nuestro comportamiento también, y entonces ese capítulo de Seinfeld se convertirá en una especie de historia extraña de tiempos pasados.

Srećko: El pánico que estamos viendo en los supermercados también pone en evidencia nuestro irrefrenable consumismo. Hemos visto esas imágenes de las estanterías vacías en Venezuela y otros países sudamericanos con titulares como: «Esta es la prueba de que el socialismo no funciona», pero ¿qué hay del capitalismo? Ahora mismo hay muchísimas estanterías vacías, ¿cómo es posible que el capitalismo no pueda producir suficiente papel higiénico? ¿Y de dónde sale tanta ansia de los humanos por este?

Larry: Parece una metáfora, ¿verdad? Es como si estuviéramos intentando proteger nuestros culos. Estamos muy asustados y nuestro trasero es nuestra parte más vulnerable, en cierto modo; así que todo el mundo se retrae en ese miedo primario que se manifiesta y se personifica en ese almacenamiento de papel higiénico y el temor de no poder limpiarnos las posaderas. Como sabrás, el papel higiénico es un invento relativamente reciente. En la mayoría de las civilizaciones la gente no lo usaba y, sin embargo, hoy en día no hay quien se pueda imaginar vivir sin él. Es interesante porque quizá tengamos que volver a prescindir de su uso en el futuro, quién sabe.

Srećko: Ya hay gente que vive sin él en muchas partes del mundo y seguro que es más limpia que buena parte de los que viven en el «mundo occidental».

Larry: Sí, porque los estadounidenses son vagos y por eso usan papel higiénico en vez realizar el duro trabajo de lavarse el trasero.

Srećko: Cuando lo escucho, no puedo evitar acordarme de cierto filósofo, uno al que no le gustaba Seinfeld; me refiero a Jacques Derrida. En 2002, un periodista le preguntó: «¿Qué piensa de las comedias de situación, y cree usted que Seinfeld es un tipo de deconstrucción?». Derrida se limitó a decir: «Si quiere hacer deconstrucción no mire comedias de situación, lea libros y haga sus deberes». Le puedo decir lo que sentí cuando lo vi: me sentí decepcionado por Jacques Derrida porque lo que yo veía en Seinfeld era precisamente un tipo de deconstrucción. Por ejemplo, está aquella escena con Kramer, George y Jerry en la que Jerry está hablando de sus manos y de pronto le sale un comentario irónico sobre sí mismo advirtiendo que «estas no son unas manos manuales».

Larry: Exacto. Hubieras dicho que era la serie favorita de Derrida porque todo consiste en deconstruir cada aspecto de cualquier cosa que dependa de la estructura del show y de las comedias de situación a las que nos habíamos acostumbrado. Los propios personajes son conscientes de ellos mismos, se muestran inseguros, y eso era muy nuevo cuando salió; además están los diálogos, que no dejan de desmenuzar y volver a montar experimentando de diferentes maneras con el lenguaje.

Srećko: Ahora quiero hablar de su proyecto más reciente, Larry Charles’ Dangerous World of Comedy, en relación con la actual crisis de la Covid-19. Ha viajado por todo el mundo hasta países peligrosos y devastados por la guerra, como Somalia, y en la mayoría de los sitios descubrió bromas pesadas y humor negro según la forma en que la gente hacía frente a su situación. Comparado con estas experiencias, ¿cómo ve la crisis de la Covid-19 a la que nos estamos enfrentando? ¿Se trata de un acontecimiento histórico sin precedentes? ¿Se veían venir las bromas? ¿Es posible bromear?

Larry: Una de las cosas que me sorprendieron es que tuve que ponerme varias vacunas para ir a todos esos países, como Liberia y Somalia, y ni siquiera me constipé. Es aquí, de regreso a mi casa en Los Ángeles, donde puedo terminar pillando algo que me mate. Más importante aún, estuve en Liberia después de la época del ébola y lo que me dijeron todos los humoristas y actores con los que me encontré fue que la industria de la comedia, tal y como es allí, nació de aquella crisis sanitaria. Entonces, en el punto más bajo como sociedad, con aquella enfermedad arrasando, el humor fue uno de los mástiles a los que la gente se agarró mientras el barco se hundía. Descubrieron el humor que llevaban dentro cuando se enfrentaron a ese futuro desolador. Todos los que conocí allá antes de la crisis del ébola se limitaban a ir tirando, pero después empezaron a coger sus móviles y sus cámaras e iban grabando vídeos y utilizaban las redes sociales para hablar los unos con los otros. Se convirtió en un salvavidas para la sociedad. El poder del humor puede llegar a subestimarse.

Srećko: ¿Cuáles son las cosas más ridículas y absurdas que ha visto en esta crisis de la Covid-19?

Larry: Lo primero que me viene a la cabeza, porque se trata de un acontecimiento diario, son las ruedas de prensa de Trump. Esas ruedas de prensa son como un gag de The Three Stooges (Los Tres Chiflados) en una pandemia: es algo espantosamente ridículo, sociopático, sorprendentemente desafortunado, es todo lo que se supone que no debería ser, hasta el punto de que se adentra en la absurdidad, aunque todo esto ocurra mientras la gente se está muriendo. Hemos acabado aceptando y normalizando las conferencias de Trump, pero si escuchas lo que dice y el modo en que lo dice, y hasta su presentación, es en extremo demencial que esté a cargo de nada. Estar expuesto cada día a esto es casi como mirar una comedia de situación apocalíptica.

Srećko: Parafraseando a Kubrick diré que cuando dejé de preocuparme y comencé a querer al coronavirus fue cuando me di cuenta de que la Covid-19 estaba desenmascarando a los líderes populistas que no acostumbran más que a decir sandeces. Trump es uno de ellos, por supuesto que Bolsonaro es otro, y otro más es el serbio Vučić, que al principio dijo: «Oh, esto no es nada, no es más peligroso que la gripe». En un momento dado llegó a sugerir a los serbios que bebieran rakija, algo que nos encanta hacer en los Balcanes —¿te puedes imaginar a un líder aconsejando algo así en medio de una crisis sanitaria mundial?— A pesar de todo, una consecuencia positiva de esto es que, quizá más que nunca, la gente está empezando a hacer caso de los científicos y los médicos, que aparecen más en los medios —en la medida en que los propios medios son cómplices del auge populista—. Hay un pequeño cambio en la atención que les prestamos porque ahora todo el mundo siente que su vida está en peligro y si haces caso a Trump, Bolsonaro y Orbán, por ejemplo, puedes acabar con tu vida. ¿Cómo lo ve, cree que la crisis de la Covid-19 puede ser una oportunidad para los políticos más progresistas?

Larry: Estoy convencido, pero, solo para añadir un poco de humor a la conversación, fíjese en que las encuestas de opinión muestran un auge de la popularidad de Trump, lo cual demuestra que existe una mayor brecha en la sociedad entre los que reclaman verdad, ciencia y medicina y los que reclaman magia. No hay que menospreciar la cantidad de personas que quieren creer en la magia, ya sea Jesús o la resurrección —por cierto, Trump está intentando asociar la Semana Santa con el final de este virus, y no es casualidad porque está jugando con el miedo, la ansiedad y las falsas esperanzas de la gente—. Usted y yo, y más gente que conocemos, vamos buscando respuestas, pero hay gente que lo único que quiere es tener fe en las soluciones mágicas de Trump —como inyectarse desinfectante o meter luz solar «dentro del cuerpo»— o cualquier otro que esté haciendo promesas así de insensatas e ilógicas. Lo más preocupante es que hay millones de personas que lo compran.

Srećko: En estos tiempos de crisis, ¿cómo podemos hacer que el humor sea accesible y una a las personas, además de no ser clasista?

Larry: Diría que ya lo es, el humor es un acto que no entiende de clases. Trasciende los sistemas políticos, las ideologías y las economías, y eso es lo que lo hace universal. La comedia existe en todos los rincones del mundo, desde los países más pobres hasta los más ricos. El caso es que el capitalismo necesita tener, poseer y mercantilizar; por eso, se hizo con la comedia y la convirtió en un producto que se puede vender con mucha facilidad en todo el mundo. El capitalismo necesita la comedia porque es rentable, pero la comedia no necesita al capitalismo y sobrevivirá mucho tiempo después de que este haya desaparecido.

Srećko: Ha dicho que Trump está subiendo en las encuestas, que es como decir que cuanto más estúpido es, más popular se hace. ¿Qué piensa de la cooperación entre el Comité Nacional Demócrata (CND) y los medios de comunicación para atacar a Bernie Sanders?

Larry: Estoy muy indignado con la actitud del CND hacia Bernie Sanders. Está claro que su propio partido le ha vuelto a poner palos en las ruedas. Dejando de lado la pandemia, había una urgente necesidad por parte del Partido Demócrata, las autoridades y los donantes del propio partido, para frenar a Bernie Sanders en su carrera hacia la candidatura. Quedaba muy claro cuando veías cómo los medios cubrían la información —no solo por la falta de apoyo a Sanders, sino por la narrativa que utilizaban al respecto tildándolo de agitador, sin tener en cuenta sus cuarenta años como senador y congresista—. Por otro lado, Trump sale en la televisión a diario, y creo que ese es el motivo de que esté subiendo en las encuestas —sea estúpido o no, te guste o no, está ahí, durante dos horas cada día, en cada canal—.

Srećko: La izquierda no ha conseguido muchas victorias últimamente. Sin embargo, lo que me parece interesante es ver cómo la Covid-19, de pronto, hace que todo parezca posible. Cuando me levanté esta mañana, Britney Spears estaba hablando sobre ¡la distribución de la riqueza y una huelga general! ¿Lo vio?

Larry: Aquí tenemos una definición de comedia en tiempos de coronavirus: Britney Spears ahora es socialista.

Srećko: Hay otro momento que me gustaría comentar, este profundiza un poco más en la economía política del capitalismo global. Cuando el Partido Laborista de Jeremy Corbyn concurría a las elecciones británicas del mes de diciembre de 2019, abogaba por la nacionalización del ferrocarril. Las altas esferas decían que se trataba de un peligroso socialismo radical y demás, y entonces apareció la Covid-19, y Boris Johnson anunció la temporal nacionalización del ferrocarril. De acuerdo, no es lo mismo, pero demuestra que es posible. Del mismo modo, Trump anuncia ahora una especie de renta universal, cuando hace pocas semanas que Andrew Yang lo sugirió y todo el mundo se rio. De pronto, lo que parece imposible se convierte en posible. ¿Piensa que todo esto conlleva alguna esperanza, que podríamos aprovechar este momento?

Larry: Soy un tanto optimista con respecto a que la gente pueda aprovechar esos momentos imprevistos y convertirlos en algo positivo para nuestras sociedades. Mi temor es que mientras Trump y compañía anuncian esas medidas con la boca pequeña, la gente se conforma y acepta las soluciones temporales, en vez de forzar a que haya cambios estructurales. Gente como Boris Johnson y Trump quieren que las cosas vuelvan a la «normalidad» cuanto antes. Lo importante es que se mantengan los cambios positivos ya instaurados y que nos tomemos la vida de un modo muy diferente. Mucho me temo que la gente no va hacer el esfuerzo, prefieren aceptar la magia antes que la realidad, y una vez que esto acabe padeceremos amnesia social y las cosas volverán rápidamente a estar como estaban, y nos llevarán a algo peor la próxima vez. ¿Qué le parece como humor?

Srećko: ¡Es muy esperanzador! ¿Cree que existe el peligro de que un exceso de humor haga que la gente se tome las cosas demasiado a la ligera —por ejemplo, las políticas que afectan a sus vidas?—.

Larry: Sí, creo que el peligro existe, y lo veo en Estados Unidos y otros países. Hay dos tipos de humor: el humor con el que se quiere olvidar y el humor con el que se quiere recordar. Se utiliza en muchas sociedades, incluso fascistas y totalitarias, para aplacar a las masas. Ese peligro existe siempre. Factores como quién está hablando, cuánta libertad tiene la gente o cuánta censura existe en la cultura dictarán la prominencia de ese humor. No obstante, la voz de la disidencia humorística y cómica sigue siendo muy fuerte en muchos lugares de todo el mundo.

Srećko: Si introducimos a Kramer en la crisis de la Covid-19, ¿cuál sería su filosofía, cómo reaccionaría? ¿Se lo puede imaginar?

Larry: ¡Él sabía que se estaba acercando y se ha estado abasteciendo durante años! Y si va a su piso, verá que está repleto de cajas de todo tipo —está preparado, ya tiene el búnker montado allí—.

Srećko: Sí, recuerdo que en un capítulo de Seinfeld Kramer está en la calle con su coche atiborrado de cosas y Jerry se acerca y le pregunta: «¿Qué es todo esto?», y resulta que Kramer está comprando compulsivamente. ¡Y de eso hace treinta años!

Larry: Sí, es el preparacionista por antonomasia.

Srećko: Otro personaje con el que está conectado es, por supuesto, Borat. ¿Qué haría Borat en esta situación?

Larry: Creo que Borat pasaría del virus. Iría besando a la gente y tocando las cosas y espantando a los demás en la calle porque no creería en eso. No olvides que las principales religiones de Kazajistán creen en el halcón. Son pensadores muy mágicos. Seguro que Borat culparía a los judíos y pensaría que se trataría de una broma y lo tocaría todo para horrorizar a la gente. De hecho, pienso que sería capaz de destruir la civilización él solito.

Srećko: Borat sería el mejor amigo del coronavirus.

Larry: La persona menos distante que uno se pueda imaginar en sociedad.

Srećko: Espero que esta conversación resulte reconfortante para algunas personas. Desde el domingo pasado, cuando el terremoto sacudió Zagreb, me he sentido muy desamparado. No estoy en Croacia y no puedo ir porque las fronteras están cerradas. Mi familia está allí y mi padre tiene setenta y un años, y tiene problemas de salud, forma parte de la población de riesgo. Para ser honesto, estas conversaciones, en las que nos conectamos, compartimos ideas y buscamos organizar las cosas, me dan una razón para levantarme por la mañana. Sin ellas, tenía la sensación de que todo se había detenido, incluso mi vida psicológica derivó hacia un tipo de trastorno por estrés postraumático. Estoy convencido de que necesitamos estos espacios.

Larry: Lo estoy escuchando. Nos sentimos desesperanzados y agobiados y buscamos algo que nos devuelva a la realidad. Situemos la realidad en el presente, donde podemos ejercer un poco de control, porque lo demás está más bien fuera de nuestro alcance, pero podemos controlar nuestros momentos de la mejor forma posible. Me sabe mal verlo tan triste porque, cuando pienso en usted, pienso en su libro Poetry from the Future, y ese es usted: una persona que cree en la poesía para el futuro. Me recuerda a Stanley Kubrick, a quien ha mencionado antes. Cuando hizo El resplandor iba diciendo que era una película optimista y la gente le preguntaba: «¿Cómo puedes decir que El resplandor es una película optimista?». Y él contestaba que la premisa es que hay fantasmas, que hay algo después de la muerte, y ese es un argumento optimista. De igual forma, lo veo como una persona muy sombríamente optimista. ¡No cambie! ¡Confío en usted! Es muy duro. Mis padres murieron hace poco, los dos, y hablando con mi hermano convenimos que, en cierto modo, nos alegrábamos de que hubiesen fallecido antes de verse en una residencia. Me horroriza pensar que me alegro de que mis padres hayan muerto porque eso significa que han evitado males mayores. Este es el tipo de cosas en las que pensamos ahora, cosa que no hacíamos antes.

Srećko: Eso es lo que me preocupa cuando pienso en mi padre porque, si esta crisis se alarga y empeora, podríamos vernos como en Italia, donde los funerales se cancelan y no se puede visitar a los enfermos. En este sentido, comprendo sus sentimientos hacia sus padres. Aunque, siendo sincero, a mi padre no parece preocuparle mucho la pandemia. Lo llamé el otro día y pude oír que estaba en la calle. Le pregunté: «¿Dónde estás, en la calle?», y me respondió: «Voy al supermercado». Pensé: «¡No, papá! Eso es justo lo que no debes hacer». Hay algo con la gente mayor, que no escucha, y creo que es porque han sobrevivido a muchas cosas y están hartos de que se les diga lo que tienen que hacer.

Larry: Está haciendo referencia a nuestra concepción de la muerte y cómo la encaramos. Las personas como su padre o el mío, que fue soldado en la Segunda Guerra Mundial y perdió a toda su familia en el Holocausto, han visto mucha mierda en sus vidas. Tal vez llega un punto en el que sabes que te vas a morir, que el fin está ahí, y te lo tomas bien. El ego estadounidense no acaba de admitir la muerte. Es como si dieran por hecho que «ya habrá alguna salida». Pienso que la pandemia actual obligará a la gente a ser más honesta consigo misma sobre sus ansiedades acerca de la muerte y a la hora de aceptar el hecho de que existe un final para toda vida humana. Si pudiéramos dar con una filosofía de la muerte, como han hecho los budistas —o quizá como ha hecho su padre—, tal vez podría representar un cambio positivo en la sociedad.

Srećko: Estoy totalmente de acuerdo. Hay un famoso ensayo de Michel de Montaigne en el que describe una tradición entre los egipcios con respecto a la muerte que consistía en llevar un cráneo a una celebración importante y aquello marcaría el origen del memento mori. Los mejores momentos de tu vida son aquellos en los que recuerdas que eres mortal y, por desgracia, creo que Trump, Bolsonaro, Orbán y los demás todavía no se han percatado de ello —se creen inmortales—.

Larry: Alguien como Trump, que nunca ha padecido ninguna desgracia seria, puede formar parte de las últimas personas capaces de trabajar bajo la ilusión de que son inmortales. El concepto de inmortalidad, que llevamos con nosotros desde el inicio de los tiempos, podría —volviendo al asunto de la deconstrucción— fragmentarse por fin y ser convenientemente desmitificado, que es a buen seguro en lo que tenemos que progresar para conseguir un futuro más realista y mejor.

Conversación mantenida el 25 de marzo de 2020

Covid-19: ¿Qué está en juego?

Noam Chomsky y Srećko Horvat

Srećko: Noam Chomsky, un héroe para muchas generaciones, nació en 1928 y escribió su primer ensayo a los diez años, sobre la guerra civil española. Lo escribió justo después de la caída de Barcelona en 1938, lo cual parece muy lejano, al menos para mi generación. Noam, ha visto usted la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo de Hiroshima y muchos acontecimientos históricos de relevancia desde la guerra de Vietnam, la crisis del petróleo de 1973, Chernóbil, la caída del Muro de Berlín, el 11S y, de forma más reciente, la crisis financiera de 2007-2008. Desde su experiencia por haber sido testigo y protagonista de grandes procesos históricos, ¿cómo ve la actual crisis de la Covid-19? ¿Se trata de un hecho histórico sin precedentes? ¿Le sorprende?

Noam: Mis recuerdos más lejanos, que no dejan de acosarme en este momento, son de los años treinta. El artículo que menciona sobre la caída de Barcelona trataba sobre la aparentemente inexorable expansión de la plaga fascista en Europa. Mucho más tarde, cuando se hicieron públicos unos documentos internos, supe que los analistas del Gobierno de Estados Unidos de aquellos años, y de los años siguientes, pensaban que la guerra terminaría con el mundo dividido en un bloque dominado por Estados Unidos y otro dominado por Alemania. Así que mis temores infantiles no eran del todo infundados. De un tiempo a esta parte, estos recuerdos se han reavivado. Recuerdo que de muy niño escuchaba por la radio los discursos de Hitler en Núremberg. Aunque no comprendía las palabras, era fácil captar la atmósfera y la amenaza, y he de decir que cuando oigo los discursos de Donald Trump hoy en día, los del caudillo alemán resuenan en mi cabeza. No es que sea fascista —tampoco es que profese ninguna ideología, es tan solo un sociópata, un individuo que solo se preocupa de sí mismo—, pero la atmósfera y el miedo son similares, y la idea de que el destino del país y del mundo estén en manos de un bufón sociópata es estremecedora. La Covid-19 es muy seria, pero conviene recordar que se está acercando una amenaza mucho más terrible. Corremos hacia un desastre inminente, mucho peor que nada de lo que haya ocurrido en toda la historia de la humanidad, y Trump y sus secuaces van en cabeza en esta carrera hacia el abismo. De hecho, son dos las amenazas a las que nos enfrentamos. Una es la creciente posibilidad de una guerra nuclear, que se ha exacerbado con la destrucción de lo que queda del régimen de control armamentístico, y la otra es el calentamiento global, por supuesto. Las dos se pueden resolver, pero no queda mucho tiempo. La Covid-19 es horrible y puede acarrear unas consecuencias espantosas, pero habrá una recuperación. Por lo que respecta a las otras amenazas, no la habrá. Si no las solucionamos, estamos acabados. Así que mis recuerdos de infancia vuelven para atormentarme, pero de un modo diferente. En cuanto a la amenaza de una guerra nuclear, te puedes hacer una idea de hacia dónde va el mundo mirando el Reloj del Apocalipsis, que se ajusta cada año con el minutero a una cierta distancia de medianoche, que representa el fin. Desde que Trump fue elegido, el minutero se ha ido acercando cada vez más a la medianoche. El año pasado faltaban dos minutos. Este año los analistas han pasado de los minutos a los segundos. Ahora mismo está situado a cien segundos de la medianoche, que es lo más cerca que ha estado nunca. Según los científicos, esto se debe a tres motivos: la amenaza de una guerra nuclear, la amenaza del calentamiento global y el deterioro de la democracia, lo cual, en principio no parece tener demasiada relación con las otras dos. Sin embargo, sí que la tiene porque se trata de la principal esperanza para superar la crisis que nos acecha: un público informado y comprometido que tome el control de su destino. Si esto no sucede, estamos condenados. Si dejamos nuestro futuro en manos de los bufones sociópatas, estamos acabados. Trump es el peor, pero se debe al poder de Estados Unidos, que es desorbitante. La gente especula sobre el declive del país norteamericano, pero si miras el mundo, no es lo que ves. Las sanciones que impone Estados Unidos, tiránicas y devastadoras, no las puede imponer ningún otro país. Todos tienen que aceptarlo. Es posible que a algunos no les guste —a decir verdad, Europa está en contra de las sanciones a Irán—, pero tienen que seguir al jefe o ver cómo los echan del sistema financiero internacional. En el caso de Europa no se trata de una ley de la naturaleza, sino de una decisión propia de subordinarse al patrón que está en Washington. Otros países no pueden ni elegir. Para volver a la cuestión de la Covid-19, unos de los aspectos más impresionantes y duros es el empleo de sanciones por parte de los poderosos para maximizar el dolor de otros, y además de manera absolutamente consciente. Irán tiene sus propios y enormes problemas, pero se agravan con el estrangulamiento de esas sanciones restrictivas concebidas a todas luces para hacerlos sufrir, y ahora con rencor. Cuba está padeciendo las sanciones desde el día en que consiguió la independencia. Es sorprendente que sobrevivan y sigan resistiendo, y uno de los hechos más irónicos de la pandemia es que Cuba está ayudando a Europa. Es tan descabellado que no sabemos ni cómo describirlo —una situación en la que Alemania no puede ayudar a Grecia, pero Cuba puede ayudar a los países europeos—. Si uno se para a pensar en lo que esto significa, las palabras se quedan cortas, como cuando ves a miles de personas muriendo en el Mediterráneo, huyendo de unos países que Europa ha devastado durante siglos; no sabes qué palabras emplear. Llegados a este punto, es desolador pensar en la crisis de la civilización occidental. Evoca recuerdos de infancia sobre Hitler enardeciendo a unas masas enfervorecidas en los Congresos de Núremberg. Hace que te cuestiones si esta especie es viable.

Srećko: Ha mencionado usted la crisis de la democracia. En muchos sentidos, hoy en día nos encontramos en una situación sin precedentes históricos. Hay doscientos mil millones de personas que, de un modo u otro, están confinadas en sus domicilios. Al mismo tiempo, los países europeos y muchos otros han cerrado sus fronteras. Hay un estado de excepción prácticamente general, lo cual significa que existe un toque de queda en países como Francia, Serbia, España e Italia, y en otros países el ejército está en la calle. Quiero preguntarle, como lingüista, sobre el lenguaje que se está empleando. Los políticos como Trump, Macron y otros siempre utilizan un lenguaje bélico. Los medios de comunicación también hablan de los médicos que están en «primera línea» y al virus se lo tilda de «enemigo». Este discurso me ha recordado un libro que Victor Klemperer escribió durante el auge de nacismo, LTI, la lengua del Tercer Reich: apuntes de un filólogo, que trata sobre el lenguaje del Tercer Reich y su utilidad en la construcción de la ideología nazi. Desde su punto de vista, ¿qué nos dice este discurso bélico y por qué se presenta al virus como a un «enemigo»? ¿Es tan solo para legitimar un nuevo estado de excepción o se esconde algo más profundo?

Noam: En este caso, no creo que el lenguaje sea exagerado; tiene sentido. Comunica el mensaje de que, si queremos hacer frente a la crisis, tenemos que implementar algo como la movilización en tiempos de guerra. Un país rico como Estados Unidos dispone de los recursos necesarios para superar las consecuencias económicas más inmediatas. La movilización durante la Segunda Guerra Mundial condujo al país a una deuda mucho mayor que la que se contempla hoy en día y fue una movilización muy bien gestionada: casi cuadruplicó la producción estadounidense y terminó con la Gran Depresión. Dejó al país con una deuda enorme, pero con capacidad de crecimiento. En la actualidad, no estamos ante una guerra mundial y parece que no es necesario movilizar los recursos a esa escala. Sin embargo, necesitamos la mentalidad de una movilización social para intentar superar esta crisis de corto recorrido, pero muy seria. Es buen momento para recordar también la epidemia de la gripe porcina de 2009, que se originó en Estados Unidos y mató a unas doscientas mil personas en el primer año. Es obvio que la situación en los países pobres es mucho peor. ¿Qué ocurre cuando se aísla a un indio que vive en la precariedad? Se muere de hambre. En un mundo civilizado, los países ricos asistirían a los necesitados en lugar de estrangularlos como están haciendo, es el caso de la India en particular. No podemos olvidar que, asumiendo que las tendencias climáticas persistan, dentro de pocas décadas no se podrá vivir en el sur de Asia. El pasado verano la temperatura alcanzó los cincuenta grados en Rajastán y va en aumento. Se están quedando sin reservas hídricas y es probable que la situación vaya a peor. Hay dos centrales nucleares que batallarán por las restricciones en el suministro de agua. La Covid-19 es muy seria y no podemos subestimarla, pero tampoco podemos olvidar que se trata de una pequeña fracción de unas crisis mucho mayores que se nos están viniendo encima y que alterarán la vida hasta el punto de imposibilitar la supervivencia de muchas especies en un futuro no muy lejano. Tenemos muchos problemas con los que lidiar —algunos inmediatos, como la Covid-19, y otros mucho más dilatados en el tiempo que nos vienen amenazando: la crisis de una civilización—. Una posible consecuencia positiva de la crisis de la Covid-19 es que podría conducir a la gente a plantearse qué tipo de mundo queremos. ¿Queremos un mundo que nos lleva a esto? Deberíamos reflexionar sobre los orígenes de esta pandemia y por qué surgió. Se trata de un colosal fracaso del mercado que nos conduce directamente a la esencia misma de este, exacerbado por la salvaje intensificación neoliberal de los profundos problemas socioeconómicos. Se sabía desde mucho antes del brote actual que las pandemias podían aparecer y, además, que serían pandemias coronavíricas, ligeras modificaciones de la epidemia del SRAG de hace quince años. Aquella vez, se venció al virus: se identificó, se secuenció y se fabricaron las vacunas. Desde entonces, los laboratorios de todo el mundo podrían haber estado trabajando en el desarrollo de alguna protección contra potenciales pandemias coronavíricas. ¿Por qué no lo han hecho? Los indicadores de los mercados eran erróneos. Hemos entregado nuestro futuro a las tiranías privadas, a empresas que no rinden cuentas ante el público —en este caso, las grandes farmacéuticas. Les es más provechoso fabricar nuevas cremas corporales que encontrar una vacuna que proteja a la gente de una total destrucción—. El Gobierno podría haber intervenido. Recuerdo perfectamente que la poliomielitis fue una amenaza espantosa y terminó con el descubrimiento de la vacuna Salk por parte de una institución gubernamental creada por la administración Roosevelt. No había patentes, estaba disponible para todo el mundo. En esta ocasión, la plaga neoliberal ha impedido que los Gobiernos puedan intervenir. Vivimos bajo una ideología, que los economistas se han esforzado por legitimar, que proviene del sector empresarial. Queda simbolizada por Ronald Reagan, con su radiante sonrisa, cuando leyó el guion que le alcanzaron sus amos los grandes empresarios: «El problema es el Gobierno, tenemos que deshacernos del Gobierno». Está claro que esto significa: «Dejemos las decisiones a las tiranías privadas que no rinden cuentas ante el público». Al otro lado del Atlántico, Thatcher nos instruía explicándonos que no existe eso que llamamos «sociedad», sino solo individuos lanzados al mercado para que sobrevivan como puedan y, más aún, que no hay alternativa. El mundo lleva años sufriendo por culpa de esta ideología y ahora hemos llegado a un punto en el que las acciones que se deberían tomar, como la intervención directa del Gobierno en la invención de la vacuna Salk, están bloqueadas por la plaga neoliberal. Mi opinión es que la pandemia del coronavirus se podría haber prevenido. La información estaba disponible en el mes de octubre de 2019, cuando en Estados Unidos se llevó a cabo una simulación pandémica de alto nivel para evaluar el impacto. Quedó probado que la siguiente pandemia grave causaría una gran pérdida de vidas y provocaría unas consecuencias económicas y sociales mayúsculas. No se hizo nada. El 31 de diciembre, China informó a la Organización Mundial de la Salud de unos síntomas parecidos a la neumonía con una etiología desconocida. Una semana más tarde, algunos científicos chinos lo identificaron como un coronavirus y, además, lo secuenciaron y compartieron su información con el mundo. A estas alturas, los virólogos y quienes se molestaron en leer los informes de la OMS sabían que había un coronavirus circulando y sabían cómo combatirlo. ¿Hicieron algo? Algunos. China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur reaccionaron y parece que ahora han contenido al menos la primera ola de la enfermedad. Hasta cierto punto, también ha ocurrido en Europa. Alemania, que ha conseguido salvar su sistema hospitalario del neoliberalismo, disponía de una alta capacidad de diagnóstico y fue capaz de actuar de un modo muy egoísta, asegurando una razonable contención del brote dentro de sus fronteras. Otros países se limitaron a ignorarlo, de entre los cuales el peor fue el Reino Unido. El peor de todos es Estados Unidos, que resulta que está gobernado por un sociópata lunático que un día dice que no hay crisis, que no es más que una gripe, y después dice que hay una crisis terrible y que él ya lo sabía, y al día siguiente dice que todo el mundo debe volver al trabajo porque él tiene que ganar las elecciones. Es estremecedor que el mundo esté en estas manos. Sin embargo, el caso es, una vez más, que la pandemia comenzó con un colosal fracaso del mercado que apunta a unos problemas de fondo en el orden socioeconómico agravados por la plaga neoliberal, y sigue adelante por culpa del derrumbamiento de los diferentes tipos de estructuras institucionales que le podrían haber hecho frente. Son cuestiones sobre las que deberíamos meditar muy en serio porque plantean la pregunta sobre cuál es el tipo de mundo en el que queremos vivir. Si conseguimos superar esta pandemia, habrá opciones que vayan desde el asentamiento de Estados extremadamente autoritarios hasta una radical reconstrucción de la sociedad en lo concerniente a las necesidades humanas, no el beneficio privado. No podemos olvidar que los primeros son compatibles con el neoliberalismo. De hecho, los gurús de esta ideología, desde Ludwig von Mises hasta Friedrich Hayek y otros, fueron muy felices con la enorme violencia estatal, mientras apoyara lo que llamaban la «economía saneada». Recordemos que el neoliberalismo tiene sus orígenes en el seminario que von Mises celebró en Viena en 1920, en el que apenas pudo contener su alegría cuando los protofascitas del Estado austríaco machacaron a los sindicatos y la socialdemocracia del país y se unieron al Gobierno protofascista de los primeros años. En efecto, glorificaba el fascismo porque protegía la economía saneada. Cuando Pinochet instauró su brutal dictadura en Chile, von Mises, Hayek y Friedman estaban encantados; todos querían contribuir a realzar ese maravilloso milagro que iba a sanear la economía chilena y propiciar grandes beneficios a las participaciones extranjeras, así como a una pequeña parte de la población autóctona. No es descabellado pensar que hoy en día se podría volver a instalar un sistema neoliberal salvaje por parte de los autoproclamados libertarios apoyándose en una poderosa violencia estatal. Se trata de una pesadilla que podría materializarse, pero no tiene por qué ser así. Existe la posibilidad de que la gente se organice, se comprometa, tal y como muchos ya están haciendo, y dé pie a un mundo mucho mejor que pueda hacer frente a las enormes amenazas de una guerra nuclear y una catástrofe medioambiental de las cuales no podríamos recuperarnos. Estamos en un momento crítico de la historia de la humanidad y no solo por culpa de la Covid-19, aunque esto debería servirnos de aviso sobre los profundos defectos y características disfuncionales que afectan a todo el sistema socioeconómico. Como este sistema no cambie drásticamente, no tendremos un futuro en el que sobrevivir.

Srećko: Muchos de los que formamos parte de los movimientos y organizaciones sociales desde hace décadas, las cuales se basan en la proximidad física y social entre las personas, de pronto nos estamos acostumbrando a lo que se ha dado en llamar «distanciamiento social» y «confinamiento» en nuestros hogares. ¿Qué piensa usted que nos reserva el futuro con respecto a la resistencia social en estos tiempos de distanciamiento colectivo que durará todavía unos meses, si no años? ¿Cuál sería su consejo a los progresistas de este mundo —activistas, intelectuales, estudiantes y trabajadores— sobre cómo organizarse en esta nueva situación?, y tal vez pueda decirnos si está usted esperanzado por lo que respecta a que esta situación confusa pudiera ser la antesala de una transformación del mundo, un mundo más ecológico, igualitario, justo y solidario, en contraste con un posible autoritarismo creciente.

Noam: En primer lugar, debemos recordar que antes de la pandemia ya existían formas de aislamiento social muy perjudiciales. Vaya a cualquier McDonald’s y eche un vistazo a los grupos de adolescentes comiéndose sus hamburguesas sentados alrededor de una mesa, lo que verá son dos conversaciones al mismo tiempo. Una acostumbra a ser una conversación más bien superficial entre los miembros del grupo y la otra es la que cada cual está manteniendo en su móvil desde la distancia. Esto ha fragmentado y aislado a las personas hasta unos extremos extraordinarios. El principio Thatcher de que «no existe esa cosa llamada “sociedad”» se ha ampliado con el mal uso de las redes sociales, las cuales han convertido a las personas en unas criaturas más que aisladas. En los campus de las universidades estadounidenses hay unos carteles que indican «Mira hacia arriba» porque los estudiantes van caminando enganchados a sus móviles. Se trata de un tipo de aislamiento autoinducido muy perjudicial. Ahora mismo estamos en una situación de aislamiento social impuesta desde fuera y solo se puede superar volviendo a crear vínculos sociales de todas las maneras posibles: ayudando a las personas necesitadas, creando organizaciones, haciendo que las ya existentes sean funcionales, planificando el futuro y juntándonos en internet para consultarnos unos a otros, para debatir y encontrar respuestas a los problemas que nos acechan. La comunicación presencial es básica para los seres humanos, pero si nos hemos de ver privados de ella durante un tiempo, podemos encontrar otras formas de continuar e, incluso, ampliar e intensificar nuestras actividades. No será fácil, pero nos hemos enfrentado a problemas aun mayores en el pasado.

Srećko: ¿Es posible que haya oído el garrido de un loro en su casa mientras usted estaba hablando?

Noam: Sí, es un loro bilingüe. Puede decir: «Soberanía para todos» en portugués. Es más sabio que lo que nos llega desde Washington.

Conversación mantenida el 25 de marzo de 2020

Las llamas de la verdad: Julian Assange

John Shipton y Srećko Horvat

Srećko: La última vez que John Shipton y yo nos encontramos fue en Londres, cuando cogimos un tren para ir a visitar a Julian Assange. John, ¿nos podría decir cuándo fue la última vez que vio a Julian y cómo está la cuestión de su encarcelamiento ahora mismo?

John: Vi a Julian hace un par de semanas. Me dijo que extremara las precauciones con la Covid-19 y nos despedimos sabiendo que no volveríamos a vernos en un mes más o menos, mientras el virus estuviera haciendo estragos. La prisión ha suspendido las comunicaciones ordinarias. En las actuales circunstancias, a Julian todavía lo llevan bajo vigilancia hasta la sala de conferencias de la cárcel. Va desde su celda hasta otra celda provisional, donde espera hasta que todos los pasillos que conducen a la sala de visitas están vacíos, para que no pueda encontrarse con nadie por el camino. Cuando el visitante se dirige a la sala de visitas, tiene que cruzar cuatro puertas dobles de seguridad: una con un perro que te olfatea, otra para tomar tus huellas dactilares, una puerta de rayos X y otra donde te vuelven a tomar las huellas. Te cachean, te tienes que quitar el cinturón y el calzado, y vaciarte los bolsillos. Es toda una aventura entrar en esa prisión monstruosa. Te asignan una tarjeta identificativa y te permiten llevar encima veinte libras, que puedes usar para ofrecerle una taza de café a Julian. En la sala de visitas hay cámaras de alta definición y un equipo de grabación de alta fidelidad.

Srećko: En cierto sentido, tuvieron suerte de poder visitarlo, tanto usted como sus abogados y otras personas, pero ahora la situación ha cambiado. Según las estadísticas, ahora mismo hay unos once millones de personas que están en prisión. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y la Organización Mundial de la Salud están apremiando a los Gobiernos para que protejan a los prisioneros, incluso mediante su puesta en libertad. ¿Nos puede explicar qué ocurrió ayer en el órgano jurisdiccional británico y por qué se le ha denegado la libertad bajo fianza?

John: La presión por parte de la judicatura estadounidense es continua y ha quedado demostrada en las siete comparecencias que Julian ha tenido hasta ahora. Espero que los magistrados del tribunal de extradición se den cuenta de que están siendo utilizados y manipulados para que se desentiendan de todas las obligaciones humanitarias que les competen, así como al Reino Unido, en favor del secuestro judicial de Julian a Estados Unidos. La audiencia de ayer fue para solicitar una fianza que permitiera a Julian venir a vivir conmigo y su pareja, o con solo uno de los dos. Su situación es segura dado que no tiene adónde ir con todos los aeropuertos cerrados, pero la solicitud fue rechazada. El fiscal general de Estados Unidos dijo que las obligaciones del Reino Unido con respecto a los derechos humanos no son de aplicación para Julian. No se pueden aplicar a alguien que está en prisión provisional y que no ha cometido ningún delito en el Reino Unido, además de correr el riesgo de contraer la Covid-19 en una cárcel de máxima seguridad. Es vergonzoso.

Srećko: Es un escándalo. Está muy claro que se trata de una violación de la democracia y de los derechos humanos. Es evidente que es un intento de aislar y silenciar todavía más a Julian. He estado investigando sobre algunos virus en WikiLeaks y me sorprendió lo mucho que publicaron sobre la gripe porcina, el ébola y la gripe aviar, con la que el Gobierno polaco infectó a personas sin hogar para probar la vacuna. En la situación actual, si se echa de menos alguna voz, es la de Julian. ¿Quizá pueda decirnos cómo estaba la última vez que lo vio?

John: El Consejo Europeo emitió una petición para la liberación de Julian y la anulación de su extradición, y la ONU —bajo el auspicio del Relator Especial sobre la Tortura y del Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria— ha hecho varias declaraciones, respaldadas con información objetiva, aseverando que la extradición debe suspenderse.12 Hace ya diez años que Julian está en detención arbitraria, siete de los cuales fueron en la embajada ecuatoriana. Los últimos once meses los está pasando en una prisión de máxima seguridad. Julian no ha cometido ningún delito. El caso sueco fue desestimado en tres ocasiones. En el caso británico, hubo una conspiración documentada entre la Fiscalía General del Estado y la autoridad sueca encargada de perseguir la delincuencia.13 Se trata de un abuso que ha llevado vergüenza y deshonra a las justicias británica y sueca. Los pueblos ingleses hicieron un gran regalo a la civilización mundial cuando, hace 790 años, colocaron un escudo entre el soberano y el pueblo. Este escudo, que funciona en los dos sentidos, se ha ido deteriorando poco a poco en el caso de Julian Assange. Es una tragedia colosal.

Srećko: Julian está padeciendo una profunda conspiración e injusticia. Con respecto a la decisión del tribunal en el día de ayer, ¿qué nos puede revelar sobre los próximos pasos? ¿Los abogados van a apelar? ¿El caso llegará ante un tribunal superior? ¿Qué sucederá con la audiencia sobre la extradición prevista para finales de mayo o junio? Es obvio que los testigos de Estados Unidos no pueden venir al Reino Unido de momento.

John: Supongo que habrá un recurso de casación en el control judicial del Tribunal Supremo, que debería ser más apto para conocer de lo que es justo, humano y apropiado. El Tribunal Supremo puede hacer valer los derechos de justicia sin temor a que le contradiga un tribunal superior. Espero que Julian pueda ir a casa con su familia y que podamos verle usted y yo —siempre y cuando nos sentemos a dos metros de distancia—.

Srećko: No dejo de pensar que Julian también sigue con el proceso de confinamiento que nos afecta a todos, pero de un modo mucho peor. Cuando estaba en la embajada ecuatoriana no podía ni salir a pasear. Fue Julian quien me habló por primera vez de Zoom, la tecnología que estamos utilizando ahora mismo. La empleaba para seguir en la brecha y no dejar de influir en el mundo exterior. ¿Podría decirnos cómo se interesó Julian por la tecnología y la geopolítica, cuando estaba en Australia y vino a Europa, y cómo acabó fundando WikiLeaks?

John: Honestamente, no estoy muy seguro. Un día me llamó y me dijo que quería crear WikiLeaks, usando Tor para proteger la identidad de las personas que quisieran filtrar información. Siempre hablábamos del mundo en todos sus aspectos, pero no teníamos acceso al tipo de información que había en los cables. Esa información desveló la realidad del mundo geopolítico y de cómo sus componentes eran sobornados, intimidados y seducidos para servir a los intereses de Estados Unidos. En sus tiempos de pirata informático, Julian descubrió unos procedimientos de selección de objetivos que utilizaban los generales del ejército estadounidense, con frases como «la población iraquí tiene que sentir la presión de la guerra». En el caso de Bagdad, eso significó la explosión de un refugio que mató a 356 mujeres y niños. Julian tenía un sentido de la justicia muy fuerte y su determinación ha permitido que la hubiera para muchas personas. Un ejemplo son los isleños mauricianos quienes, con ayuda de los cables, ganaron un caso en el Tribunal Internacional de Justicia contra el Reino Unido por haberlos desposeído de sus hogares.14 Otro ejemplo es el vertido de residuos tóxicos de Trafigura frente a las costas africanas, que arruinó la vida de miles de habitantes de los pueblos costeros.15 Julian y WikiLeaks lo dieron a conocer e hicieron posible que se abriera una causa contra aquellos que habían cometido esos delitos. La terrible ironía es que Julian no consigue que se le haga justicia a él.

Srećko: En WikiLeaks encontré un documento de 2009 que describe cómo Estados Unidos quería importar los genomas de algunos virus como el ébola y el de Marburgo.16 Como señaló Slavoj Žižek no hace mucho, lo que necesitamos ahora es un Julian Assange chino que pueda proveernos de filtraciones sobre lo que está ocurriendo de verdad con la Covid-19, quién se está aprovechando de la situación y hasta qué punto. ¿Qué opinión le merece el papel de la propaganda con respecto a la pandemia de Covid-19?

John: Da la sensación de que la Covid-19 nos empuja a comunicarnos y leer con voracidad en internet para discernir qué es creíble y qué es simplemente propaganda. Cada día leo varios informes para intentar sacar en claro qué tiene sentido sobre las mejores medidas a tomar, si es bueno reunirse con gente, lavarse las manos o almacenar cloroquina. Creo que vamos a empezar a dejar de lado los medios de comunicación clásicos.

Srećko: Una vez, en la embajada ecuatoriana, cuando todavía era posible visitar a Julian, describió cómo se había sentido intelectualmente aislado en la ancha Australia, así que «pirateó su salida» a través de internet. Fue en los años ochenta. Julian comprendió muy pronto que esta podía ser una herramienta de emancipación. Edward Snowden también explica en su reciente autobiografía que en los primeros años de internet todo parecía posible. En la situación actual, ¿cree usted que podríamos redescubrir su potencial?

John: Internet es un maravilloso prodigio de la ingeniería y facilita los medios para el intercambio de ideas en todo el mundo. Sin embargo, la gestión de las compañías de las redes sociales ha sido pobre. En Australia existe la protección de la privacidad, pero no es obligatoria, y Google almacena unas cantidades descomunales de datos. La gestión de internet es deficiente por parte de nuestros Gobiernos, pero se puede rectificar de un modo muy simple: solo debemos insistir en que nuestros datos son nuestros. En Israel y Singapur, están utilizando los móviles para rastrear la localización de las personas y las infecciones por la Covid-19. Estas normativas administrativas permiten al Estado llevar a cabo un amplio seguimiento de nuestros actos. Graban cada movimiento que haces y cada relación que tienes tanto en el tiempo como en el espacio, y el Estado puede utilizarlo como quiera. Hasta las empresas del sector de relaciones públicas lo están empleando para conocer los hábitos de la gente y estimularla en una dirección concreta. Estos son los problemas a los que nos tendremos que enfrentar en el futuro. Mi labor actual es muy limitada: hacer todo lo que pueda para conseguir que Julian regrese a casa. Para llevar a cabo mi trabajo, tengo en cuenta que Estados Unidos dispone de tres métodos de actuación. El primero es la opresión e intimidación de editores, publicaciones y periodistas. El segundo es el secuestro judicial de personas con habilidades técnicas que Estados Unidos quiere para sí —por ejemplo, Meng Wanzhou de Huawei, Ola Bini de Ecuador y Michael Lynch del Reino Unido. El tercer método, en términos sencillos, es la ejecución extrajudicial de las personas; el último gran ejemplo es el general Soleimani, pero no es un caso aislado. Durante los ocho años del mandato de Obama, más de cuatrocientas personas del programa de ejecuciones fueron asesinadas de forma extrajudicial.17 Mi deber es señalar a los europeos que, en su propio interés, deberían unirse contra la intimidación de las publicaciones y los periodistas, insistir contra el bloqueo de su conocimiento técnico y forzar el cese de los asesinatos extrajudiciales. Los aspectos técnicos de los movimientos de internet para modelar la sociedad quedan fuera de mi alcance, excepto decir que estoy de acuerdo con el análisis que postuló Heidegger sobre los efectos de la técnica en la sociedad: que provoca el auge de relaciones sociales enfermizas y conversaciones a distancia que reemplazan el calor y las sensaciones de las reuniones personales. Mi cometido es recordar a la gente que Julian está encarcelado, que es una injusticia y que es por el interés de todos que debe ser liberado y que ningún otro periodista pueda sufrir del mismo modo.

Srećko: En la última entrevista a Heidegger, publicada en Der Spiegel tras su muerte, le preguntaron si la gente podía influir en la tecnología considerada como una «red de inevitabilidades», y su respuesta fue: «Solo un dios podría salvarnos todavía».18 Hoy en día hay muchos partidarios de Julian que preguntan cómo pueden ayudar de una forma práctica.

John: Conversando unos con otros, en persona o en foros, y leyendo tanto como se pueda para analizar y comprender la situación real. Las donaciones son muy importantes. Hay más de cien abogados y cien mil personas por todo el mundo que están trabajando en ello, en cuatro jurisdicciones. Por favor, donad; es de gran ayuda. Respaldad la DEA en Inglaterra y la Assange Campaign en Australia que, por ejemplo, redactan cartas para los parlamentarios. De momento, se han dirigido diez mil emails personales a Marise Payne, la ministra de asuntos exteriores de Australia. Parece poca cosa, pero suma; un lago está lleno de gotas de agua.

Srećko: ¿Por qué cree que la prensa fue tan poco eficaz en el pasado a la hora de defender a Julian y su libertad?

John: Los Gobiernos de Suecia, Reino Unido, Estados Unidos y, hasta cierto punto, Australia hicieron su propia campaña. Por lo general, los periódicos tienen dos funciones. Una es conseguir opinión pública detrás de posiciones políticas. Este es un aspecto muy importante de las administraciones gubernamentales. Si la gente no respalda la política, se reduce la capacidad organizacional del Estado. Hasta cierto punto, los periódicos obedecen a la voluntad de los Gobiernos y esa fue la destrucción de Julian Assange. Lo hicieron mediante calumnias y mentiras, hasta el extremo de que The Guardian del Reino Unido imprimió unas mentiras descaradas en su portada.19 Sin embargo, ahora los periodistas de todo el mundo son conscientes de que pueden ser retenidos extrajudicialmente y Julian es un icono de ello. Si lo protegen, se protegen a sí mismos; en caso contrario, son un cero a la izquierda. Así es cómo lo veo.

Srećko: En los últimos años se ha producido un cambio con respecto al apoyo a Julian, hay muchas más personas que se están uniendo a la lucha. Nunca había visto tanta gente manifestándose en favor de Julian como en la última gran protesta en Londres —eran miles—. Respetadas instituciones globales como Amnistía Internacional y Reporteros sin Fronteras se han erigido en sus defensores. Aunque nos encontremos en esta nueva y complicada situación en la que no se puede viajar y tenemos que estar confinados en casa, el respaldo en las redes nunca ha sido tan grande. Es un momento excelente para indagar en WikiLeaks, para conocer la campaña de la DEA y la Courage Foundation.

John: El apoyo a Julian ha sido un maravilloso levantamiento de las masas a nivel internacional, una concienciación histórica de que estamos ante una injusticia monumental. Si hemos de ser sinceros y nuestras observaciones son correctas, estamos articulando el respaldo mundial a Julian por toda Europa a través de cada persona y de los parlamentarios, periodistas y burócratas. Es algo potente y tengo la sensación de que ganaremos.

Conversación mantenida el 26 de marzo de 2020

¿Es este el inicio de una posibilidad?

Saskia Sassen y Srećko Horvat

Saskia: Comenzaré diciendo que, a mi modo de ver, lo que estamos viviendo en la actualidad no es tan solo un virus, sino un aviso para que estemos alerta. Ha sucedido algo trascendental; es parcial, pero también es trascendental porque reduce el peso del poder de una forma evidente. Sabemos que los poderosos saldrán más beneficiados que los pobres de esta crisis, pero, al mismo tiempo, también saldrán perjudicados; esto no está afectando solo a los desfavorecidos. Este acontecimiento del coronavirus me parece un hecho revelador. Entra en escena en un momento en el que ya estábamos experimentando cierta desestabilización. Por otro lado, quiero precisar que los occidentales ya hemos creado multitud de problemas con nuestras iniciativas. Pongamos por caso el cambio climático, que preocupa mucho a las nuevas generaciones, y que es algo que los mayores nunca nos hemos tomado muy en serio, pero ahora sentimos que también nos concierne porque nos damos cuenta de que algo ha cambiado. Y una manera de pensar en ese algo que ha cambiado es ver que hemos cruzado los límites de un sistema. Lo hemos hecho solo con un pie, pero ya es demasiado. Estamos tratando con sistematicidades que afectan a personas o hechos y que no acaban de explicarse por sí mismas. Para mí es muy serio, ya no se trata solo de nosotros, las personas. Considero que ese microbio es una invitación para que nos sentemos y pensemos. Este microorganismo invisible que no emite olor ni sonido nos invita a hacerlo; es una llamada de atención sobre cuestiones que no nos habíamos molestado en considerar antes. Nos enfrentamos continuamente a grandes cosas, grandes ruidos, grandes iniciativas, y aquí nos llega este factor invisible —en grandes cantidades, eso sí— que va dibujando un nuevo paisaje a medida que se mueve y nosotros dejamos de movernos. Se desplaza a través de todas nuestras barreras —no hay necesidad de control de pasaportes, ¡para nada! Se desplaza a otro nivel—. No es que yo esté cautivada ni intrigada, o que haya mucho que decir sobre este microbio, pero es una perspectiva que me resulta interesante. Puede desplazarse por encima de todo lo que hemos hecho, tiene sus propias modalidades y habilidades, no nos pide nada (excepto un poco de sangre de vez en cuando, o lo que sea que le sirva de sustento), no necesita amenazarnos, es poderoso a su manera. Puede entrar en donde sea —nuestras casas, nuestras narices— y tiene cierta fluidez por todo el mundo que resulta interesante con respecto a muchas situaciones a las que nos enfrentamos. No pretendo invocar el internacionalismo o la globalización, sino tan solo la capacidad de desplazamiento de las enfermedades (o de las tormentas, por ejemplo; no es tan solo este patógeno en particular). Considero que tenemos que responder colectivamente a la pregunta: «¿Qué podemos aprender de esto?». No podemos limitarnos a hablar del microbio en sí, sino que también hay que hacerlo sobre qué relato utilizaríamos para narrar esta experiencia si fuéramos ancianos de otro tiempo y otro lugar. La Covid-19 ya ha afectado a todo el mundo en mayor o menor medida. Se trata de algo muy particular, no es comparable con que el ejército estadounidense se hubiera internado en medio mundo, por ejemplo. La segunda cuestión que quiero resaltar es mucho más prosaica, no tan esquiva, se trata de cómo hemos construido nuestras economías y los sistemas que nos protegen y nos alimentan, y qué potencial implican. Hay mucha gente que pasa hambre en el mundo, muchos pueblos destruidos en nombre de la «modernización». Hemos destrozado muestras de cosas productivas y prácticas: lugareños que conocían la tierra y las plantas, que conocían las épocas de llegada del agua. Los hemos reemplazado con plantaciones y minería, y hemos eliminado una enorme cantidad de conocimiento sobre las condiciones locales. Al fin y al cabo, nuestro gran mundo no deja de ser una colectividad de localismos. Necesitamos esos conocimientos locales, pero los estamos perdiendo; esta es otra cuestión importante en que la Covid-19 me hace pensar de forma inevitable. A veces me imagino una obra de teatro en la que este virus representa una señal, no tiene por qué ser negativa. No es el enemigo. Lo más probable es que los humanos seamos el enemigo. Dejando de lado estas cuestiones primordiales y centrándonos en otras más familiares, me pregunto cómo es posible, con todas las movilizaciones que han existido durante un siglo o más, que sea tan difícil conseguir siquiera una pizca de justicia social para los desfavorecidos, los maltratados, los ultrajados, los que padecen, y nunca acaban de ser compensados —probablemente, la mitad de la población mundial, si no más—. Disponemos de los conocimientos, las capacidades y las máquinas, pero fracasamos, y la pregunta es: ¿por qué? No creo que la solución dependa de un solo gran actor, sino de múltiples localismos. En cierto sentido, podemos encontrar estos múltiples localismos en gran parte de Europa, cuya producción de alimentos y productos básicos se hace de manera localizada. En Estados Unidos nuestros alimentos suelen venir de lugares como Australia. Todo esto es innecesario. Tenemos que abordar con urgencia el asunto de la producción y la distribución alimentarias, pero ¿cómo relocalizar lo que ha sido internacionalizado?

Srećko: Me gusta el estilo poético con el que enmarca su perspectiva. Se diría que necesitamos alguna forma de poesía para comprender la pandemia de Covid-19, porque va más allá de nuestra comprensión y experiencia inmediatas. ¿Cuáles cree que podrían ser las consecuencias de esta pandemia? ¿Podría reforzar una versión aún más nefasta del capitalismo global o más bien podría alentar unos cambios profundos que dieran como resultado unas sociedades más empáticas, solidarias e igualitarias?

Saskia: No soy nada religiosa, pero un modo de interpretar este acontecimiento es evocar imágenes y posibilidades que no forman parte de nuestra vida diaria. Estamos haciendo frente a algo para lo que no estábamos preparados. Se supone que disponemos de todas las máquinas, capacidades y personas brillantes que podamos necesitar, pero el virus, invisible e inodoro, ha ganado. La victoria es su victoria. De esto podemos entresacar un par de conclusiones. La primera es que con nuestra cultura del egoísmo, el consumo y la acumulación, de algún modo, hemos olvidado algo. Todavía no tengo claro qué papel interpreta el virus o qué representa en nuestra vida diaria. Podemos llamarlo «el virus», pero, por otro lado, también es un actor en nuestras vidas. Es un virus, pero también es cierto que funciona de un modo muy particular. Si hubiese aparecido hace trescientos años, no habría funcionado de la misma manera. Nuestra forma de tratarlo —de escondernos de él, apartarnos de él y matarlo— es muy particular. La segunda conclusión es que no está en un solo sitio, está por todas partes. Es decir, es el actor principal. No somos nosotros. Al ver cómo la gente empieza a cuidar de los demás, ya puede verse que este virus es —como dirían los antiguos griegos— un nuevo tipo de dios. No en el sentido de un ser todopoderoso, sino en el sentido de que dispone de capacidad para alterar. Nos está dando una lección, nos está capacitando para reconocer nuestras imperfecciones y lo pobre de nuestros esfuerzos. En este sentido, se trata de un aviso. Surgirán muchas versiones sobre este suceso, y estas versiones no hablarán solo del limitado significado de «Covid-19», sino que serán relatos como los que hemos tenido históricamente, cuando había dioses, buenos y malos, que nos enseñaban algo. Como consecuencia de ello, me imagino un proyecto colectivo que considere si, de haber encontrado un tipo de sociedad humana y una producción distintos, el virus habría tenido un impacto diferente sobre nosotros. Si hubiésemos tratado a la madre tierra de otra manera, ¿este virus también habría sido distinto? Se trata de elementos especulativos, formas de dar con nuestra versión de la historia.

Srećko: Diría que el aspecto más asombroso de este diminuto organismo es precisamente el hecho de que sea asintomático —lo puedes tener sin saber que lo tienes, lo puedes propagar sin saber que lo propagas—, y te desafía no solo para que redefinas tu día a día por completo, sino también tu futuro. Con respecto a la narrativa, todavía me debato con el hecho de que no hay demasiados tratamientos en la literatura sobre la gripe española, por ejemplo, a diferencia de la peste negra. Walter Benjamin, Franz Kafka y muchos escritores famosos contrajeron la gripe española, pero apenas escribieron sobre ello. La pregunta hoy en día es cómo podemos crear un relato más progresista que, por un lado, esté muy localizado —teniendo en cuenta que contamos con estas microformas de solidaridad cotidianas, como ayudar a otros con la compra del supermercado—, pero que al mismo tiempo sea internacional. Hay un tipo de discurso que ya está materializándose, un discurso hegemónico que no admite que la economía política vigente ha fracasado de modo estrepitoso.

Saskia: Sí, ahí tenemos a toda esa legión de expertos que están trabajando muy duro para mantener al virus bajo control y salvar vidas, cuando, de pronto, se percatan de que faltan mascarillas, por ejemplo, y toda una serie de pequeñas cosas que necesitan. No son grandes recursos, sino objetos muy simples, pero no hay suficientes. Así que este hecho moviliza a todo tipo de personas, de tal modo que ahí tenemos a las abuelas confeccionando mascarillas para sus comunidades. Casi se podría decir que esta situación es un indicador de nuestra arrogancia: ni siquiera tuvimos en cuenta que estas pequeñeces fueran importantes o necesarias. Estas son las lecciones que debemos aprender de la presente situación, esta yuxtaposición de actores poderosos con las pequeñas cosas que no tenían, porque no habían considerado seriamente que algo como una pandemia pudiera tener lugar. Existe toda una variedad de confluencias de este tipo y me resultan más bien irónicas. Me distancio y pienso: «¿Cómo pudimos (los occidentales) pasar por alto tantas pequeñas cosas? ¿Qué hay en nuestra cultura que hace que no las veamos?». Está claro que nadie vio venir la crisis, pero el pequeño detalle de que no tuviésemos suficientes mascarillas es una imagen que invita a apropiársela para montar un pequeño drama sobre ello. Este virus está provocando un regreso a los elementos, y con ello me refiero a cuestiones que son importantes en determinados ámbitos profesionales, incluidas aquellas a las que nunca hubiéramos llamado «elementos» antes. Una mascarilla que las abuelas pueden coser —eso es un elemento ahora—, tiene relevancia, aunque nunca nos hayamos percatado de ello con anterioridad. Este pequeño virus que no podemos ver ni oler ha movilizado todas esas cosas materiales de las que nos habíamos olvidado. Nos obliga a trabajar duro, aunque no nos afecte de forma directa, porque nos invita a pensar en todo lo que dábamos por sentado, así como en las personas que fabrican los recursos que necesitamos. Quiero dejar constancia de esos elementos, creo que son el mejor reflejo de esta situación.

Srećko: Antes mencionó la importancia del conocimiento local. ¿Cómo podemos hacernos con todos los diferentes conocimientos que se producen, incluido el virtual, y transformarlos en algo tangible?

Saskia: Bueno, está claro que se trata de un proyecto global, en el sentido de múltiples colectividades. Ya no puede tratarse de una sola colectividad como hasta ahora, en la que creemos que sabemos, más o menos, lo que necesitamos saber. Hay que reconocer que existen muchos tipos de conocimiento, incluidos los africanos y de ciertas partes de Asia, que son muy diferentes de los occidentales. Algunos de los que poseemos nosotros nos resultan esenciales, pero hemos destruido otros más antiguos mientras los creábamos. Cuando era niña, en Sudamérica, las abuelas de más edad tenían conocimientos que la generación de mis padres ya había perdido porque ya estaba demasiado modernizada. Siempre pienso en que las farmacias tienen una gran variedad de medicinas naturales en algunos países europeos, mientras que todo es más o menos químico en Estados Unidos. Tenemos que volver a esas medicinas naturales, y podemos; los conocimientos siguen estando ahí. Son tan solo algunos ejemplos. En un plano muy diferente, parte de aquello en lo que tenemos que pensar y confrontar son las relaciones entre los grandes poderes. En su respuesta ante la Covid-19, China se comportó de una manera mucho más seria y adulta que Donald Trump, que no deja de llamarlo el «virus chino». No nos podemos permitir el lujo de tener clases políticas que sean tan estúpidas e infantiles como él. Espero que una lección que aprendamos de este caso es que es muy importante quiénes conforman nuestras clases políticas y que necesitamos que posean un conocimiento particular, aunque signifique cambiar la noción de que cualquiera se puede presentar a presidente. Necesitamos pericia, y el rango de pericia que necesitamos está creciendo muy deprisa. Sin embargo, esta es solo una consideración. Según yo lo veo, tener en cuenta al pueblo es lo más importante. Es la gente la que puede marcar la diferencia y puede innovar, y eso ha quedado demostrado a través de los siglos. Siempre hay personas creativas e innovadoras, pero lo importante es cómo colaborar. Cada ciudad contiene toda una gama de conocimientos que, en parte, provienen de otros puntos del planeta. La función del conocimiento debe formar parte del relato que empleamos para hablar de la Covid-19. El hecho de que muriese tanta gente durante las primeras semanas del virus fue, en parte, debido a la falta de identificación del poder de un algo invisible, en un contexto en el que los occidentales nos pensamos que tenemos el saber médico más avanzado. Tengo ganas de ver cómo emerge un discurso a partir de muchas voces diferentes sobre estas parcelas de realidad que han ido surgiendo, realidades que estaban ahí pero que los occidentales no veíamos.

Srećko: Así es como lo veo yo también. Seguir la pandemia de cerca, como vengo haciendo desde mediados de enero, facilita un tipo de posibilidad comparativa. Te encuentras atrapado en un país y puedes ver lo que otros están haciendo o dejan de hacer, de qué manera sus sistemas sanitarios se ven afectados. En el supermercado al que voy aquí en Viena no hay restricciones, así que se ha convertido en una especie de club, un lugar donde socializar. Por otro lado, mis padres me cuentan desde Zagreb que hay instaurado un límite de cinco personas presentes a la vez dentro del supermercado. Cuando la gente comparte este tipo de información, pueden ver lo competentes o incompetentes que algunos Gobiernos llegan a ser. Significa trabajar en muchos niveles de la sociedad que ahora están saliendo a la luz, por así decirlo.

Saskia: Exacto. El virus es una invitación a que nos replanteemos las cosas, a reconocer, oír, escuchar, prestar atención, querer debatir con otros. Creo que tiene esa cualidad porque es invisible y muy poderoso, y estas dos propiedades no casan en principio.

Srećko: Un tema que trata en muchos libros es el espacio público. Con esta pandemia, estamos viendo que muchos lugares privados se han convertido en públicos, dado que la gente debe quedarse en casa para trabajar y comunicarse. ¿Piensa que este fenómeno tiene la capacidad de revertir la privatización de lo que es público?

Saskia: Esta cuestión requiere precisión, pero espero que marque la diferencia, sí. Cuando hablamos del llamado «espacio público», sabemos que gran parte de lo que se presenta como tal es, en realidad, espacio privado. Falta mucha transparencia en muchas situaciones a las que nos enfrentamos en esta modernidad nuestra. Se trata de una modernidad marcada por representaciones que suelen ser ilusiones, no son reales, y la realidad es mucho más dura que las representaciones. Este pequeño virus invisible ha hecho que volvamos a poner los pies en el suelo al mostrarnos que cada bocado de alimento importa, que tu vecino importa. Es una auténtica invitación a la reflexión.

Srećko: Al mismo tiempo, precisamente porque es invisible, provoca temor, no solo entre los teóricos, sino también entre la gente corriente, de que perderemos muchas libertades civiles y que terminaremos en una especie de estado de excepción normalizado. Aunque de momento convenga ser prudente y restringir la movilidad, una de las preguntas que todo el mundo se hace es: «¿Qué pasaría si estas medidas persistieran y convirtiesen los sueños de los líderes populistas en realidad?». Cuando esta crisis se haya solventado de alguna manera —o el diminuto organismo decida marcharse o decida quedarse a vivir con nosotros sin matarnos—, ¿qué formas podrían adoptar esas medidas? Los de arriba disponen de los medios necesarios para obligar a la gente a volver a sus «quehaceres habituales» y más aún. ¿Cómo podemos parar eso?

Saskia: Sí, en Estados Unidos las empresas ya tienen todo un programa que nos están imponiendo y del cual Trump está muy a favor. Esta es la ambigüedad que debemos direccionar. Toda guerra genera posibilidades tanto para bien como para mal. En este caso, los malos son muy poderosos e inteligentes; saben lo que quieren y acostumbran a conseguirlo. Tenemos que estar muy alerta. Sin embargo, quiero volver a enfatizar que este virus también ha generalizado algo. Además de la arrogancia de los poderosos, también existe una posibilidad para los débiles de experimentar esta situación como una apertura, como un momento «¡ajá!». Hay todo un abanico de posibilidades. No les pertenecen solo a ellos.

Conversación mantenida el 27 de marzo de 2020

El amor en tiempos de coronavirus

Gael García Bernal y Srećko Horvat

Srećko: En esta conversación os vamos a mostrar cómo se preparan los sueños. Mucha gente cree que es un proceso sencillo y fácil, pero nuestra mente tiene que mezclar toda una gama de elementos para producirlos: canciones, música, pensamientos aleatorios, amor, intimidad, amistad y todos esos «dad». Y si hay alguien que entienda de estos tipos de «dad» es Gael García Bernal.

Gael: He dormido y soñado mucho últimamente, con todas esas conversaciones monotemáticas que tenemos con nuestros amigos, familiares y demás. En cierto modo, el punto de partida consiste en resaltar lo privilegiados que somos por poder hablar de estas cosas desde nuestros hogares, desde un lugar que nos cobija, en el que nos podemos confinar. Son tiempos inestables, tanto en los sueños como en la realidad, y la realidad es peor que nunca. Debo decir que hace un par de días, un querido compañero, amigo y actor llamado Mark Blum murió por complicaciones con la Covid-19 en Nueva York. Uno se despierta y tiene delante cosas bonitas —vida, pájaros, aire puro—, pero, al mismo tiempo, existe esta realidad que nos machaca con la muerte de un amigo muy querido, o con complicaciones económicas y sociales que trascienden la salud, o estando atrapados en un país extranjero, como en su caso.

Srećko: Coincido. Es un privilegio absoluto poder hablar con usted y es gracias al coronavirus, en realidad. Estoy en Viena y la situación aquí es seria. Ya llevo confinado catorce días. Todo el país está confinado, las fronteras están cerradas y hay más personas como yo que no pueden regresar a sus países. ¿Puede decirnos cómo está la situación en México?

Gael: Es un tema muy complejo. En una reciente entrevista con representantes de la Organización Mundial de la Salud aquí en México, decían que es obvio que no existe ninguna solución perfecta para esta pandemia. Es verdad que hay grandes ejemplos de lugares que han conseguido interactuar de forma positiva con su contexto y alcanzar algunos objetivos. Italia es un ejemplo extremo de reacción tardía con respecto a la expansión del virus, según he oído y leído. Comparativamente, México no se ha dormido. Actúa más en la línea de Corea del Sur, exceptuando las pruebas. Hemos de tener en cuenta que Sudamérica en su conjunto está más acostumbrada a eventos como desastres y virus que tal vez otros lugares. No es que alardee de ello, pero creo que nos proporciona un cierto tipo de enfoque, una mirada resiliente que nos obliga a comprometernos con la situación de un modo mucho más riguroso. Al principio intentamos no dejarnos llevar por el pánico. Es evidente que tenemos miedo, todo el mundo está atemorizado, pero gracias a la comunicación y la información hemos podido comprender la situación un poco mejor. La perspectiva sudamericana y la occidental se pueden considerar los dos extremos. El planteamiento mexicano es que no tiene sentido hacer pruebas, sino que lo mejor es quedarse en casa como si todo el mundo estuviera infectado o se pudiera infectar. Hay quien aboga por hacer pruebas para dar con los puntos calientes, pero la mejor acción directa es decir: «Vale, nos quedamos todos en casa de momento». Otro ejemplo es Argentina, que está adoptando medidas muy estrictas para inmovilizar el país, incluida la prohibición de entrar a los propios argentinos, lo cual significa mucha gente bloqueada. Se trata de una situación más bien inusual y extrema: tu propio país te prohíbe la entrada. Luego está el ejemplo de líderes como Boris Johnson, Donald Trump y Jair Bolsonaro. Lo que están haciendo es de lo más ridículo. Me recuerda el concurso de Miss Universo en el que preguntan: «¿Cómo lograrías la paz mundial?» y las respuestas —aunque son mucho más sesudas e interesantes que las comparecencias de Johnson, Trump o Bolsonaro— son muy simples, estúpidas y, si no fuera por lo dramático de la cuestión, cómicas. He oído muchos casos en los que los médicos se ven obligados a tomar las decisiones más horrendas, trágicas y crueles sobre quién vive y quién no. Sin embargo, no deja de ser algo que ocurre con regularidad en los hospitales, ¿no? Además, estas decisiones difíciles y crueles no se apartan demasiado del tipo de decisiones que tienen lugar en el ámbito político. La perspectiva social con respecto a esta crisis es algo que debe ser abordado definitivamente. Se ha de determinar si, por ejemplo, es preferible dejar que un grupo de población enferme que evitar que otros mueran de hambre o pobreza. Es un horrible dilema, pero, una vez más, el mundo entero se encuentra en esta situación. Lo que este virus nos hace ver es hasta qué punto todo es frágil, lo frágiles que son los tipos de organización en los que hemos decidido vivir. ¡Este virus invisible es como la última gota de agua que colma el vaso!

Srećko: Me gusta su enfoque sudamericano, esta idea de que la gente ha soportado tantos dramas que se ha vuelto resiliente. Mi familia y mis amigos están en Zagreb, y el domingo pasado, cuando ya estaban confinados por culpa del virus, se produjo un terremoto, el mayor en ciento cuarenta años. La gente de Zagreb reaccionó de una forma muy divertida, porque ¿qué más se puede hacer que bromear en una situación así? Cuando le di la noticia a mi amiga de Guatemala le dije que no había sido un terremoto, sino treinta temblores en total, y me contestó: «¡Oh! En Guatemala tenemos terremotos cada día, nos hemos acostumbrado». No estoy minimizando lo que ocurrió en Zagreb, sino que es una muestra de que el confinamiento no es algo tan malo o inusual para mucha gente. No obstante, mi gran temor es que una vez que la Covid-19 comience a expandirse por Sudamérica —incluso con vuestra resiliencia— haga daño, porque tras siglos de colonialismo, décadas de ideología Chicago-boys, austeridad, privatización y demás, el sistema quizá no esté tan bien preparado. Hace poco estuvo filmando en Cuba. ¿Podría decirnos algo sobre el motivo de que sean los médicos cubanos los que se muestren solidarios a nivel internacional, quién está equipado con el conocimiento necesario y quién está reaccionando de forma efectiva ante la pandemia?

Gael: Una vez más, la realidad pega fuerte porque la realidad es que Cuba dispone de un sistema sanitario muy potente, y muchos médicos cubanos viven en diferentes partes del mundo, trabajando para instituciones públicas o privadas. Esas personas han dedicado su vida a la salud y al tratamiento de enfermedades, y esto es tremendamente real y tremendamente generoso, y es además un gran triunfo de la Revolución cubana. El discurso oficial lo presenta como un hecho sin importancia, pero sigue habiendo un horrible, ridículo y trágico embargo impuesto por Estados Unidos que ha matado o matará a más gente en Cuba que la Covid-19. No obstante, me parece muy generoso y emotivo que personas de una parte del mundo estén ayudando a otras en otra parte. Los médicos chinos están haciendo lo mismo. Quienes ya han pasado por esto están ayudando a otras personas, con su particular punto de vista, y esto es lo que nos lleva directos a esta realidad de la que estamos hablando ahora mismo. En cada conversación que mantengo acabo hablando como si se hubiese dado algún cambio de paradigma, como si hablara desde el mundo —hablo en primera persona representando al mundo—. Empiezo en este punto y entonces me dirijo hacia mi propio contexto, mis problemas. Es una locura, nunca me había ocurrido antes.

Srećko: Ha mencionado la Revolución cubana, así que le hago una pregunta relacionada con este tema, porque todo el mundo sabe que hizo el papel de Ernesto «Che» Guevara en Diarios de motocicleta. Está esa bonita escena en el barco cuando Guevara tiene un ataque de asma, que me hace pensar que usted también es asmático. Mi pregunta es, por un lado, ¿qué nos puede enseñar Che Guevara sobre cómo hacer frente a una muerte cercana? Y también, ¿cuál es su experiencia al respecto? Quizá pueda relacionar su respuesta con la pandemia actual, un tiempo en el que todo el mundo tiene que cuidarse y proteger sus pulmones.

Gael: Por fortuna, solo tuve asma de niño y desapareció. De todos modos, cuando representé a Ernesto, sentí que lo capté. Comprendí, aunque fuera un poco, que los ataques de asma eran algo de donde sacaba fuerzas para leer, para estudiar, para intelectualizar algunas ideas, y después, cuando ya se sentía mejor, salía y volvía a la acción. Del mismo modo, nosotros sacamos fuerzas y ordenamos nuestro cuerpo y nuestra mente para poder salir de esta situación más fuertes. Así pues, ¿qué habría pensado Ernesto de estos tiempos? Bueno, pensaba algo con lo que yo no estaría de acuerdo en absoluto hoy en día, y es que la solución armada es la única salida. Comprendo por qué lo pensaba y quizá si yo hubiese nacido entonces habría sentido lo mismo. Comprendo qué vio en el contexto comunista y cómo el destino lo puso siempre en zonas calientes, cómo lo llevó a encontrarse con Fidel Castro aquí en Ciudad de México. Esa serie de consecuencias lo llevaron a pensar lo que pensaba e intentar actuar de forma coherente. Mientras estábamos filmando, le hicimos un montón de preguntas sobre su viaje a Alberto Granado, uno de los amigos de Ernesto, y dijo lo que posiblemente sea la cosa más moderna que nadie me haya dicho nunca —moderna porque era más que futurista y generosa—. Dijo: «No intentéis imitar nuestras voces, emplead vuestras propias voces para describir vuestro viaje, interpretaos a vosotros mismos, porque tenéis mucha más información y mucha más conciencia del mundo y de Sudamérica de la que teníamos nosotros». En última instancia, eso es lo que Diarios de motocicleta fue para mí. De inmediato, tanto a mí como a todos los que participábamos en el rodaje, nos hizo sentir más grandes, y que el lugar al que pertenecemos también lo es. Desde entonces, cuando estoy en Sudamérica, siento que estoy donde debo estar.

Srećko: Me gustaría poder decir lo mismo, pero la verdad es que estaba planeando ir a México cuando esta pandemia me lo impidió. Che Guevara y otros revolucionarios —si es que fueron auténticos revolucionarios— siempre estaban soñando con el internacionalismo, y hoy por lo menos tenemos esa posibilidad y es más importante que nunca. Para hacer un pequeño paralelismo histórico, a diferencia de la gripe española de 1918, cuando alguien que estuviera en Alemania o en México no sabía muy bien lo que estaba pasando —no solo por culpa de la censura, sino también de la tecnología—, hoy en día creo que se está alzando una concienciación global. De una forma u otra, más de doscientos millones de personas están confinadas y la mayoría se va a dormir y se levanta con el mismo pensamiento: «el coronavirus». Desde ahí, ese pensamiento se expande en muchas direcciones y se convierte en una evaluación o una crítica de la respuesta de tu Gobierno, o una crítica de la economía política del capitalismo global, que ha arruinado los sistemas de salud y al que no le gustan los sanitarios ni los dependientes ni los basureros, y así sucesivamente. Vemos que hay una lucha por el tipo de mundo que emergerá de esto.

Gael: Sí, y nuestra estrategia para llevarla a cabo día tras día quizá deba ser un tanto optimista. Está el convencimiento general de que no volveremos a vivir en el horror en el que lo hemos estado haciendo. Ese horror puede significar diferentes cosas para diferentes personas, pero podemos coincidir en ciertos puntos. Existe cierto optimismo y cierta certeza con respecto a que necesitamos una estructura sanitaria pública lo suficientemente fuerte para abordar casos como este. Creo que esta es una cuestión sobre la que todo el mundo empieza a estar de acuerdo. No importa la perspectiva política de cada cual, todo el mundo está viendo que es algo importante porque es consciente de la fragilidad del sistema y de hasta qué punto una crisis sanitaria les puede afectar en muchos aspectos de sus vidas. Por mi parte, siempre he tenido crisis existencialistas, preguntas sobre lo habido y por haber, pero siempre han sido hipotéticas o abstractas. Los temas que suelen atormentarme son del tipo: «¿Quién quiero ser?», y este tipo de preguntas a largo plazo. En cambio, ahora nos preguntamos qué ocurrirá dentro de un par de semanas, nos preocupamos por el trabajo, por qué hacer, adónde ir, a quién podemos ayudar. En cierto modo, la crisis existencialista ha pasado a ser a corto plazo. Al mismo tiempo, con la calma de la noche, o por la mañana, empezamos a considerar las opciones optimistas que surgirán de todo esto. Es obvio que a ratos tengo pensamientos pesimistas. No diría que he estado deprimido, porque la depresión suele conllevar un sentimiento de ser la única persona que pasa por un momento así, y un pequeño consuelo en esta crisis es que todos estamos pasando por ella, así que nadie se siente solo. Sin embargo, hay momentos en los que siento mucho temor y ansiedad, y deseo que el horror no se convierta en realidad.

Srećko: Yo también paso por momentos parecidos. Por ejemplo, hace una semana me desperté esperando un montón de malas noticias sobre la Covid-19 y recibí un mensaje de mi hermana con fotos de escombros en Zagreb, y pensé: «Vaya mierda, ¿qué pasa ahora? ¿Un terremoto? ¿Y después, qué?». Todos nos levantamos con esa ansiedad, y tiene razón cuando dice que hemos cambiado nuestra forma de concebir el tiempo. Yo siempre había preparado mis planes con meses e incluso años de antelación, pero ahora apenas si lo hago con semanas o días de previsión, cuando no horas. Cuando veía sus películas, siempre pensaba que la mayoría estaba relacionada con algún tipo de desastre de una forma u otra. En La ciencia del sueño interpreta a Stéphane, que fabrica un calendario de desastrelogía, y no hace mucho me dijo que estaba en Chicago filmando una serie de televisión sobre una pandemia global llamada Station 11. ¿Cómo está el tema? ¿La terminó? ¿Se va emitir? ¿Podemos extraer alguna lección de la ciencia ficción? ¿La ciencia ficción todavía puede enseñar cosas?

Gael: Está basada en un libro que mucha gente habrá leído seguramente. Trata de las múltiples consecuencias de una pandemia global, pero también se mueve en el filo del futuro examinando lo que sucede después con las relaciones humanas —bajo la premisa del derrumbamiento de las instituciones mundiales y de que nada es como pensábamos que era antes— y cómo el sentido de espiritualidad florece en esa situación. Hemos conseguido grabar una parte y pronto seguiremos con el resto. Por lo que respecta al entretenimiento, he estado muy distraído. No puedo concentrarme en las películas ni en las series, me atontan. En cambio, he estado conectado a una cosa que básicamente me ha proporcionado una profunda sensación de existir, me refiero a tocar la guitarra. Soy muy malo, pero me encanta. Me ha concedido un enorme significado. Encontré la expresión del amor en las combinaciones más extrañas, en todo tipo de consecuencias artísticas, sea cocinando o tan solo contemplando el mundo exterior, así como en la ciencia y el lenguaje científico. Tengo un amigo biólogo que siempre habla en términos de ciencia y arte. Lo que hace como biólogo tiene unas consecuencias artísticas muy potentes y siempre saca a relucir el punto de encuentro entre ambas disciplinas. Me ha sentado más que bien. ¿Y usted, qué tal?

Srećko: Los primeros días de confinamiento fueron muy traumáticos para mí, solo pensaba: «¿Puedo volver a casa?, ¿cuándo veré a mi familia?». Entonces, a partir de este sentimiento de desesperación, creamos DiEM TV y, sinceramente, me da un motivo para levantarme y ducharme porque, de otro modo, ¿para qué? Hablar con personas como usted y leer los comentarios de nuestra audiencia es maravilloso porque estamos en una situación muy interesante en la que los espacios públicos ya no se explotan, y cada vez utilizamos más estos espacios virtuales como tales. Estos espacios también me han llevado hasta eso que usted llama «amor» —entendido como la reunión de personas de diferentes lugares y zonas horarias, compartiendo ideas, miedos y esperanzas—. Desde el inicio de esta pandemia, también me ha llamado la atención la gran cantidad de llamadas y correos electrónicos que he recibido de las personas que quiero, solo para decirme: «¿Cómo estás?». «¿Te puedo ayudar en algo?». «¿Necesitas dinero?». Incluso: «¿Necesitas un piso?». Este tipo de solidaridad va en aumento. Me ayuda a no caer en la depresión.

Gael: Pienso que hay una importante relación entre esta solidaridad y el tiempo —como la hay entre el tiempo y el hecho de estar confinado—. En cierto modo, es «lo mejor de esta época». Diría que una de las lecciones principales que podemos extraer de todo esto concierne al tiempo. Por ejemplo, siempre se habla de cuando los Beatles estuvieron confinados en un lugar de Hamburgo durante un año, tocando cinco o seis noches por semana, sin dejar de practicar. Tenían mucho talento y arte, pero fue la práctica la que les permitió convertirse en el tipo de músicos que llegaron a ser. Esta es una de las consecuencias del tiempo, y es lo que estamos viviendo ahora mismo. En cuanto todo esto comenzó quise ser muy productivo. Por supuesto, no pude mantener el ritmo que me había marcado. Entonces mi hija estableció un calendario para toda la familia, y uno de sus períodos de tiempo se llamaba «tiempo para la paz», que básicamente significa «tiempo para hacer lo que te dé la gana sin que nadie te diga lo que tienes que hacer». Quizá todos lo necesitemos. Ojalá que algunas de estas cosas hayan venido para quedarse. Estoy decidido a concederme más tiempo para hacer cosas e intentar borrar esta alocada sensación de que puedo estar en cualquier parte del mundo en cualquier momento. Necesito cambiar porque ya me afectaba demasiado, incluso me dolía, y llegué a sentirme vacío, sin saber de qué hablar, como sin vida.

Srećko: Coincido plenamente. Ese «tiempo para la paz» de su hija me recuerda a un amigo que me dijo hace poco que algunos padres se quejan y dicen: «Ya no podemos hacer lo que hacíamos antes, siempre estamos en casa con nuestros hijos, esto es un infierno, ¿puedo venderlos por eBay?». Y uno de mis amigos más jóvenes me dijo: «Si mis padres me hubiesen dicho de niño que tenía que quedarme en casa para jugar con los videojuegos, ¡habría creído estar muerto y haber ido directo al paraíso!». Así que esta situación tiene cosas buenas, al menos desde el punto de vista de los niños. También hay un punto filosófico al que ha hecho referencia. Walter Benjamin, en sus «Tesis sobre la filosofía de la historia», dibuja esa bella imagen de los revolucionarios franceses disparando al reloj del campanario. Es lo primero que hicieron tras la revolución: disparar al tiempo. Y si miramos la Edad Media, vemos que hay una relación directa entre el universo como marcador del tiempo de entonces y la planificación del tiempo y el realismo capitalista de ahora, donde todo se mide por horas y acabamos, como dice, vacíos, sin tiempo para las cosas importantes. Está claro que cambiar nuestra noción del tiempo sería una buena consecuencia de esta crisis. ¿Qué consejo les daría a los jóvenes con respecto al amor en tiempos del coronavirus?

Gael: Bueno, yo era niño cuando un buen día comenzamos a oír hablar de la pandemia del sida. Lo primero que aprendimos, y eso fue antes de recibir ninguna educación al respecto, es que se transmitía por vía sexual. Como es natural, se trataba de algo que a los niños nos atraía muchísimo. La humanidad entera estaba atemorizada con la transmisión de esa cosa sobre la que sabía tan poco. En México apareció aquel mensaje: «Solo con tu pareja». En un momento determinado pensé: «¡Vaya mierda, todavía no he empezado a disfrutar de mi sexualidad y ya tengo que ir con cuidado!». Recuerdo pensar también que los chicos mayores tenían suerte porque podían follar todo lo que querían, y ahí estaba yo sin tiempo para aprender qué estaba bien y qué estaba mal. La falta de información era enorme y tanto las instituciones como la Iglesia instauraron el miedo en la gente con mensajes del tipo: «¡Morirás si tocas!». Lo que les diría a los jóvenes es que nosotros crecimos en medio de algo mucho más espantoso y directamente conectado con una parte integral del hecho de ser joven, como es el despertar a la sexualidad. En cierto modo lo comprendimos y resistimos, y cambiamos las dinámicas de la situación gracias a la información, eliminando el estigma que existía con el sida. Además, la medicina experimentó grandes avances sobre esta cuestión, y ahora sabemos qué es el sida. En este nuevo caso, sabemos de entrada qué es la Covid-19 y esto supone una diferencia abismal. En tiempos del sida, gente como Ronald Reagan intentaba acallar el tema y estigmatizaba la homosexualidad y a los africanos, y aquello era horrible. Es más que evidente que la información es la puerta de salida.

Srećko: El arte y el cine también juegan un papel importante en cualquier tipo de crisis. Por el momento, las producciones cinematográficas europeas se han interrumpido. ¿Qué piensa que ocurrirá con la industria global y cuándo se retomará la producción? ¿Cree que esta es una oportunidad para el cine nacional? ¿Piensa que el cine cambiará después de la pandemia de Covid-19?

Gael: La producción se ha interrumpido en casi todo el mundo, desde películas independientes hasta grandes películas internacionales y producciones locales de televisión. Se recuperará, por supuesto, pero sin la misma intensidad, sin el mismo tipo de necesidad por el «contenido», esa palabra tan horrible. Pienso que lo que sucederá es que crearemos a partir de aquello que dependa de nosotros mismos. No dependeremos de terceros como estudios o grandes empresas que nos digan sí o no. Esto nos da una ventaja porque podremos hablar de cuestiones que no se han tratado o que ya no son tema de conversación. Los actores ya no hablan del «viaje artístico», eso pertenece a otros tiempos. La situación tras la Covid-19 ya no será la de «crear contenido», sino crear un viaje artístico porque las consecuencias del virus ya no serán glamurosas ni extremas. La producción se basará en lo que tengamos en nuestras manos. Es lo que Bong Joon-Ho dijo sobre Parásitos. Dijo que quería hacer una película sobre Corea del Sur, sobre Seúl, sobre dos vecindarios específicos, pero, después de la reacción que hubo en todo el mundo, se dio cuenta de que todos vivimos en el mismo país, que es el capitalismo. Se dice muchas veces: si quieres ser universal, sé local. Tenemos que comprometernos con nuestros propios contextos porque tenemos mucho que decir. Yo tengo muchas cosas que contar en mi lengua, es donde me puedo extender. No quiero perder el tiempo intentando seguir la senda de otros. Quiero trabajar desde mi propio lugar porque quiero hacer un viaje artístico y quiero que mi vida tenga consecuencias artísticas. Creo que todo apunta en esta dirección y que las películas serán mucho más personales cuando pase esta situación. Querremos saber qué siente una persona de Sarajevo en medio de toda esta locura y no qué siente un superhéroe, porque ahora mismo no estamos en condiciones de pensar en diálogos para los superhéroes.

Srećko: Esa idea de que todos vivimos en un país llamado capitalismo también me recuerda su película Chicuarotes, que tiene como trasfondo un terremoto ocurrido unas semanas antes de la filmación y trata de las partes excluidas, explotadas y olvidadas de la sociedad, mostrando lo resilientes que son en realidad. Desde esta perspectiva, ¿cómo valora el modo en que la Covid-19 está afectando a las clases pobres en México, aquellas que no se pueden confinar?

Gael: Este es un asunto que el Gobierno mexicano ha intentado abordar. Hay hogares mexicanos que no están en condiciones de hacer un confinamiento por falta de cobertura de necesidades sociales básicas como el amor, por ejemplo. Tal vez deberíamos pensar en el amor como en un privilegio. Hay quien lo considera algo fortuito en algunos casos, pero en muchos otros no existe; el hogar es a veces un lugar muy violento. Estoy hablando desde una posición privilegiada y no pretendo saber exactamente cómo funcionan las cosas, pero pienso que el amor es un concepto muy interesante a tener en cuenta con respecto a la gestión social de la pandemia. Por suerte, el Gobierno mexicano y muchos Gobiernos de Sudamérica, exceptuando a Brasil, han hablado sobre las difíciles consecuencias que una pandemia podría acarrear y de los resultados añadidos, como que en entornos de violencia los hombres no compartan las tareas domésticas, por ejemplo, y hay que ser conscientes de ello. Los científicos y los médicos forman parte del grupo de debate. Hay que tener en cuenta que la receta para lo que Europa necesita, en general, y lo que México y Sudamérica necesitan no es la misma. Es algo totalmente distinto.

Srećko: Como es sabido, Rimbaud ya dijo que el amor se ha de inventar. ¿Diría que esta crisis global también nos llevará a reinventar el amor?

Gael: Dicho de manera elemental y sencilla, el amor también se puede interpretar como trabajo, tal y como argumenta en su libro La radicalidad del amor, en el que da a conocer a Alexandra Kollontai. La idea de que el amor es trabajo es algo con lo que todos estamos muy familiarizados en la actualidad. Podemos estar confinados con una persona que amemos y pasarlo bien, pero también estamos viendo que es una prueba que comporta una gran cantidad de dedicación emocional y manual. Hay mucha gente que lo está experimentando al máximo nivel. Creo que nuestra concepción del amor cambiará de forma importante. Antes de la pandemia el amor era esa cosa inmediata que o estaba o no estaba, pero el trabajo no formaba parte de esa idea, o tal vez solo en situaciones manifiestas como la terapia de pareja o las sesiones de autoayuda, pero ahora somos conscientes de la dificultad que conlleva. En cierto sentido, es fantástico porque pone a prueba tanto al propio amor como a nosotros mismos. Hoy en día tenemos que lidiar con las consecuencias de nuestro amor y lo arduo que es como tarea. ¿Qué cree que habría pensado Kollontai sobre estos tiempos?

Srećko: No es una pregunta fácil y estoy gratamente sorprendido de que haya introducido a Alexandra Kollontai en el debate. ¡No era de esperar que la mencionáramos hablando de un virus! Creo que lo ha dicho de una forma muy bella. Ella ya advirtió sobre la mercantilización del amor, con lo que este se convierte en un tipo de producto del mercado libre y la mano invisible te llevará hasta tu pareja perfecta. Hoy en día, y en primer lugar, el amor es un trabajo casero, porque pasamos más tiempo con nuestros seres queridos que antes, lo cual puede crear problemas, como ha mencionado, y los gráficos del aumento de la violencia doméstica son muy preocupantes. Por otro lado, Kollontai también escribió sobre la función del amor en la sociedad. Las personas que nos están salvando la vida muestran un tipo de amor incondicional —médicos, personal sanitario, carteros, basureros y dependientes—. No digo que les encante forzosamente su trabajo, lo hacen para sobrevivir, pero no dejan de ser trabajos que conllevan una preocupación por la sociedad considerada en su conjunto. Espero que consigamos redefinir el amor.

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