Kitabı oxu: «Las convicciones»

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LAS CONVICCIONES
Juan Ignacio Sapia


Juan Ignacio, Sapia

Las convicciones/ Juan Ignacio Sapia. - 1a ed .

Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Neural, 2019.

Libro digital, EPUB - (Narrativa)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-86-0745-0

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

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Neural

Editores: Martín Jali, Matías Buonfrate

Diseño de portada: Sergio Calvo

1° edición en Argentina: octubre de 2019

www.literaturaneural.com

Como pocos autores argentinos, Juan Sapia se zambulle en el gran mercado psicosexual de los cuerpos que es nuestro presente, en los flujos de narrativas que nos invaden, en un mundo donde las categorías temporales y espaciales comienzan a perder sentido y se desvanecen entre la punta de nuestros dedos.


Los personajes que pueblan Las convicciones, primer libro de cuentos de Juan Sapia, se sitúan en las fisuras del tejido social: hombres y mujeres obesos que viven encerrados en sus casas y se someten a fármacos novedosos para bajar de peso, científicos perseguidos que crean drogas de diseño comunistas, empresarios new age de dudosa respetabilidad, hombres tímidos que optan por cambiar de cuerpo. Cada una de las 10 historias que componen Las convicciones avanzan dentro de su propia lógica narrativa a través de una estructura rizomática que se expande y se alimenta de entradas de Wikipedia, raccondos de un futuro posible, piezas de marketing y reseñas musicales.


Si en la narrativa clásica el camino del héroe llevaba a la sabiduría, la venganza o la redención, en tiempos del capitalismo tardío lo que abunda, entre promesas de éxito fácil, nuevas experiencias vitales, y links hiperbólicos hacia la estabilidad económica, es el absurdo, la desazón y la risa descontrolada.

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Juan Ignacio Sapia nació en Lomas de Zamora, en 1991. Es periodista y licenciado en Comunicación Audiovisual. Colaboró en distintas revistas culturales, entre ellas Nan y Suplemento de Libros, de México. Participó de las antologías del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez (Notanpuan, 2019), Raros peinados nuevos, de la Bienal de Arte Joven (Eterna Cadencia, 2017) y All inclusive, relatos de amor y desamor (Textos Intrusos, 2017)

Las oportunidades

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1
En tres semanas y dos días perdí mi trabajo, corté una relación de seis años con mi novia y me peleé más o menos definitivamente con mi papá, así que me tuve que ir de mi casa. Agarré lo poco que había podido ahorrar y me mudé a lo de un amigo que vivía bastante apretado con su novia en un ph que era unos metros más chico que un monoambiente. Los primeros días me recibieron contentos, pero de a poco la cordialidad empezó a desaparecer. A medida que el tiempo pasaba empecé a sentirme como esos prisioneros de guerra a los que se los tatúa, pero en vez del número de prisionero, yo me imaginaba que a mí me escribían la palabra lumpen en la frente. Con una tinta espesa y fosforescente.
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Sin embargo, me aferraba a la idea de un trabajo redentor. Tuve una entrevista en un local de comida por peso atendido por coreanos. Era un lugar sucio y con un olor muy fuerte a carne cruda. Uno de ellos me recibió y me hizo pasar. Faltaba poco para el mediodía y había mucho trabajo, y el coreano me pidió que me quedase junto a la caja, como un cliente más que esperaba un pedido. Cuarenta minutos después, en un castellano básico, carente de artículos y de adjetivos, me preguntó cuántos años tenía y dónde vivía. Le respondí y me explicó que no sabían hablar muy bien el idioma y que necesitaban a alguien que atendiera los pedidos. Me dijo que la idea era pagarme con comida. Lo pensé un poco y sentí como el olor a carne cruda invadía mis fosas nasales y acepté. Nos dimos las manos y quedó en llamarme.

Nunca lo hizo.

3
Tenía algunos consuelos, cosas que me recordaban que no estaba tan al margen de la sociedad como imaginaba. Hombres que acuchillaban a su familia, banqueros y políticos corruptos, pibes que hacían malabares en los semáforos: todos ellos me acercaban al núcleo cálido de las instituciones sociales y me convertían en un ciudadano modelo, en sintonía con las obligaciones y derechos cívicos. Pero seguía sin trabajo, viviendo con otras dos personas en un lugar donde se suponía que podía vivir solo una, y con un estándar higiénico que una persona normal habría calificado de dudoso.
4
Recordaba a Gonzalo Marías por un viejo mito escolar que decía que había llevado a una chica a ver Monsters Inc. al cine y le había colado los dedos durante la hora y media que duraba la película. Todo lo referido a Gonzalo era así: desafiante, desmesurado, heroico. En una escuela pública del conurbano bonaerense este tipo de personajes generalmente termina en la cárcel o con dos hijos antes de los dieciocho años. En el peor de los casos, las dos cosas juntas. Por eso me sorprendió tanto verlo bien vestido, con un reloj gigante y anteojos. Yo estaba en una de mis recorridas diarias, dejando currículums en locales de venta al público.

Aunque todavía no había dado resultado, mi sistema estaba muy aceitado: dejaba la hojita en algunos locales, esperaba dos o tres días y volvía a dejar. A veces pensaba a mi currículum como uno de esos papelitos pegados en los caños de luz de la calle que ofrecen los servicios de prostitutas. Gonzalo estaba en uno de los locales comprándose ropa. Me reconoció, hablamos un poco y desde adentro del probador, su voz repitió varias veces dos conceptos alrededor de los cuales iba a girar mi vida a corto y a mediano plazo: suplemento dietario y autonomía económica.

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Suplemento dietario: en una época de sedentarismo y alimentos bajos en nutrientes, la dieta diaria se convierte en un campo de batalla. La mayoría de las veces nuestro cuerpo no recibe los nutrientes básicos que se corresponden con el gasto diario de energía. Si esto se sostiene en el tiempo, produce daños que pueden llegar a ser irreversibles. Es necesario entonces complementar la dieta con vitaminas y minerales, preferentemente en forma de batidos o de pastillas, para acelerar el metabolismo y acelerar los resultados.

Autonomía económica: en tiempos de capitalismo salvaje, las relaciones laborales se tornan cada vez más verticalistas. El trabajador ocupa una inmensa cantidad de su tiempo en sostener un proyecto alienante, que le resulta ajeno en el mejor de los casos, violento la mayoría de las veces. Es necesario entonces buscar una alternativa económica, que resulte redituable y a la vez complete la necesidad espiritual de desarrollar un proyecto propio, en el que el trabajador consiga autonomía, alimentado por su vocación, su talento.

6
Mi primera reunión HierbActivePower fue un evento caótico, donde las sensaciones se encadenaban sin que tuviera tiempo para procesarlas: de la desolación por mi sombrío panorama profesional pasé a la curiosidad por este sistema donde cada uno era su propio jefe, a la admiración por las personas que habían triunfado, y a la esperanza de que esta fuera, por fin, la posibilidad de superar la vida que estaba teniendo. Mientras un pelado contaba su vida de millonario construida exclusivamente a través de la venta de suplementos dietarios basados en el aloe vera, tuve ganas de ir a cada uno de los negocios donde había dejado mi currículum, pero en lugar de dejar la hojita que delataba mi prácticamente nula vida profesional, la prendería fuego mientras les gritaba a los empleados que mi tiempo era demasiado precioso para malgastarlo en un local de mierda del conurbano.

Cuando todo terminó, abracé a Gonzalo y le agradecí por la oportunidad.

7
Vivo en un país que, por ese entonces, gracias a la sustitución de importaciones y a los créditos blandos para empresas, había alcanzado una relativa estabilidad económica. Después de varios años de convivir con el ajuste, la gente quería salir a comprar cualquier cosa que le pusieran adelante. Además de eso, los suplementos dietarios eran una franquicia novedosa, una solución futurista y milagrosa para adelgazar y vivir mejor. El primer mes vendí cuarenta y siete packs HierbActivePower, que incluían pastillas, polvo proteínico, y licuados de aloe vera. Como dijo Gonzalo Marías mientras brindábamos con licuados proteicos, una verdadera bestialidad.
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HierbActivePower fue fundada en 1990 por Chang Williams, un asiático de Michigan que inventó la idea de suplemento dietario natural, éxito rotundo en plena época de New Age y de terapias y dietas alternativas. Seis años después, la compañía era una de las diez empresas más lucrativas de los Estados Unidos. La empresa tardó bastante en desembarcar en la Argentina, lo hizo recién en 2005, pero cuando llegó prácticamente creó el segmento de nutrición suplementaria y multinivel, con un sistema de comercialización en el que cada vendedor actúa por su cuenta. Gonzalo Marías había armado un grupo de venta muy bueno, muy motivado. No tengo manera de demostrarlo ahora, pero es muy probable que durante el segundo semestre de 2006 la zona sur del conurbano bonaerense haya sido la zona con el nivel más alto de consumo de productos HierbActivePower en todo el mundo, por encima incluso de Portugal y Hungría. Dos meses después de empezar a trabajar, pude mudarme a un departamento en el centro de Banfield.
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El núcleo de la imagen corporativa de HierbActivePower era la actitud positiva. Gonzalo Marías nos insistía mucho a todos para que sostuviéramos esa actitud, que se manifestaba en detalles físicos como mantener la columna vertebral lo más recta posible, apretar fuerte la mano del cliente potencial, mostrar los dientes al sonreír o usar un reloj más o menos grande, preferentemente deportivo. Yo cumplía con todo lo que me decía Gonzalo Marías, y lo admiraba: de ser un repetidor de una escuela pública del conurbano había pasado a coordinar un grupo de ventas muy exitoso. Soñaba con tener, algún día, mi propio grupo de juniors y enseñarles, con la paciencia y la sabiduría del buen maestro, los secretos de la venta de productos HierbActivePower
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El grupo de venta de Gonzalo Marías estaba integrado por siete personas. Yo los dividía en dos grupos. El primer grupo estaba conformado por Miriam, Silvio y Manuel, tres jubilados que se repartían el mercado geriátrico de HierbActivePower de Zona Sur. Los tres eran viejos, sanos y vitales, como si hubiesen salido de una publicidad de pañales para adultos. HierbActivePower tenía una línea de productos especialmente dirigida a la tercera edad. Manuel y Silvio habían estado vinculados con la ejecución de los fondos de la obra social del municipio de La Matanza y, según me fui enterando de a poco, los habían echado por manejos turbios y sobresueldos. Creo que entendían su trabajo en HierbActivePower como una forma de expiación por su pasado de corrupción en el sector público. El segundo grupo lo conformábamos los desesperados.

La primera era Laura Derno, una chica de Dock Sud que mantenía tres o cuatro hijos y que, aunque estaba embarazada la mayor parte del tiempo, era una buena vendedora. Después estaba Marcos Sánchez, un pibe que apenas había superado la pubertad, hiperquinético y bizco. Marcos era, después de mí, el mejor vendedor del equipo. Era atento pero insistente con los clientes, y representaba muy bien los valores que queríamos difundir desde HierbActivePower. Finalmente estaba Romina Scaglia, que creo que era una ex novia de Gonzalo a la que no le iba muy bien hasta que se sumó al equipo. Salvo por eso, no sabíamos nada más de ella. Su relación con el grupo era nula: muy pocas veces hablaba con nosotros, y nunca asistió a ninguno de los eventos de la empresa. Creo que seguía ahí porque Gonzalo le tenía algún afecto; vendía más bien poco o directamente nada. Cuando tenga mi propio equipo de venta, pensaba, no voy a aceptar a nadie por lástima. Cada uno de los integrantes va a ganarse su lugar en base al esfuerzo y la autosuperación.

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Un miércoles terminé temprano el recorrido por la casa de los clientes, y fui caminando hasta el ph de mi amigo. Los encontré, tanto a él como a su novia como a la casa, más sucios de lo que recordaba. Les empecé a contar de HierbActivePower, de qué manera me había ayudado no sólo monetariamente, sino en todas las dimensiones de mi vida. Les conté de la enorme admiración que me causaba Gonzalo Marías, y sobre cómo ayudábamos a la gente a mejorar su calidad de vida. Vi que no me escuchaban y para interesarlos les expliqué que HierbActivePower buscaba gente permanentemente, y que se podían unir y salir cuando quisieran. Les ofrecí pasarles algunos de mis clientes para que empezaran. La novia de mi amigo se rio y me dijo que estaba bien, que no les interesaba participar. Le contesté que había mucha gente que se hubiera matado por tener una oportunidad de entrar en un negocio tan lucrativo como el que les proponía, además de tener clientes ya asegurados. La única que respuesta que obtuve fue que se miraron entre ellos con fastidio. Entonces, inundado por una ira que me resultó un poco ajena, les dije que eran unos inútiles de mierda, que siguieran viviendo en ese departamento con olor a culo, que se iban a pudrir ahí. Me fui sin escuchar su respuesta.
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Seis meses después de empezar a trabajar en HierbActivePower estaba en el mejor momento profesional de mi vida. Era la mano derecha de Gonzalo Marías, y ese mes había vendido más productos que nunca. Para esa época murió Chang Williams. Lo grave no fue su muerte -que lo podía haber dejado como un mártir del American Dream- sino las condiciones en las que su muerte había ocurrido: practicándose asfixia erótica mientras sodomizaba a una niña vietnamita llamada Duan. Chang Williams era, además del fundador, la cara visible de la compañía. En la oficina de Gonzalo Marías había tres posters de él, en diferentes situaciones: en el primero caminaba en la playa, en otro posaba en la puerta del edificio central de HierbActivePower, en Michigan, y el tercero lo mostraba en la puerta de su mansión en Miami, donde, según se supo después, organizaba orgías sexuales sadomasoquistas con asiáticas menores de edad.
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Los sistemas de difusión de la información no estaban tan desarrollados en aquel entonces: la muerte de Chang Williams, y en especial su pedofilia, pudieron haber pasado más o menos desapercibidas. De hecho, durante algunas semanas, todo siguió como estaba. Gonzalo Marías despegó los posters de su oficina. Se habló de poner etiquetas en los tarros de suplemento dietario para ocultar la cara sonriente y, en vista de los acontecimientos, perversa de Chang Williams, pero se decidió dejarlo y directamente hacer de cuenta que era un modelo genérico, un asiático anónimo.

Todo podría haber seguido así: eventualmente las etiquetas de los tarros iban a cambiar, y HierbActivePower seguramente conseguiría un nuevo rostro corporativo, quizás también oriental, y nosotros seguiríamos vendiéndole a la gente de la Zona Sur del conurbano bonaerense unas sustancias capaces de fortalecer sus procesos digestivos, maximizar su energía y darles una mejor vida. Pero nada de eso sucedió. Y la culpa fue de Romina Scaglia.

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Además de su actitud poco motivadora, y una capacidad nula tanto de socialización como de comercio, Romina Scaglia había tenido algunos episodios violentos en la oficina de HierbActivePower. Había sido una escalada de dos o tres días, que terminó con ella agarrando un tarro extra grande de Polvo Proteico de Aloe Vera y tirándoselo a Marcos Sánchez por la cabeza. La extraña razón que dio Romina Scaglia después, llorando y completamente cubierta de polvo, era que le molestaba la manera en que Marcos Sánchez hablaba, el tono de voz y las palabras que usaba. Después de eso, Gonzalo tuvo una charla con ella y la obligó a pedirnos perdón a todos. Romina Scaglia empezó a hablar más, a vender más productos, y hasta vino a un evento de la empresa, en el que se emborrachó y nos contó que salía con Rubén, un tipo casado y con dos hijos que se dedicaba a la compraventa de autos. La información nos pasó desapercibida hasta un par de días después del incidente de Chang Williams, cuando la Policía Bonaerense vino a buscarnos con el motivo de la muerte de Rubén Casares, un vecino de Lanús. En el momento en que su cuerpo fue hallado, Casares llevaba tres días muerto por envenenamiento. En su casa encontraron dos tarros del Tonificador Energizante de Cítricos, nuestro producto estrella.
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El día que vinieron los policías estábamos todos menos Romina Scaglia, que no había ido a la oficina. Eran dos oficiales gordos y morochos que nos miraban con perplejidad y pena. Silvio, pensando que los habían venido a buscar a él y a Manuel por el antiguo episodio de fraude municipal, tuvo un ataque de pánico. Se desmayó y por un rato pensamos que había muerto. Laura Derno gritaba que respetaran a una embarazada. Marcos Sánchez estaba catatónico, cuando los policías le preguntaron el nombre empezó a tartamudear, y se largó a llorar. Gonzalo fue el único que actuó como un profesional. Acompañó a los uniformados por el departamento que funcionaba como oficina de HierbActivePower. Abrió un tarro de Batido Multiproteico y les explicó como si fueran niños de jardín de infantes los componentes y los beneficios de ese batido. También narró la trayectoria de cada uno de nosotros, remarcando nuestra profesionalidad y la calidad de los productos que vendíamos.

Habló de la tradición de la empresa, que desde hacía dos décadas distribuía en todo el mundo productos de primer nivel, con una reputación impecable. Los rostros de los policías pasaron de la desconfianza a la curiosidad, y de ahí al entusiasmo. De hecho, creo que estaban por comprar un tarro grande del Batido Multiproteico hasta que Romina Scaglia entró a la oficina. Estaba muy sucia, y se la veía cansada, como si hubiera envejecido de golpe veinte o treinta años. Como pudo explicó que todos nosotros formábamos parte de una organización mafiosa que vendía productos peligrosos para la salud. Dijo que Rubén era la primera de las miles de personas que, por consumir nuestros polvos, iban a morir. Agregó que funcionábamos como tapadera de una red internacional de pedofilia. Cuando terminó de decir todo eso, pareció aliviada por unos segundos y después se desmayó.

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Pese a lo inconsistente del testimonio de Romina Scaglia, y a lo fácil que resultó probar que ella había envenenado a Rubén porque se negaba a abandonar a su familia, la Bonaerense se llevó todos los productos que teníamos en la oficina. Gonzalo Marías se desesperó y golpeó a uno de los policías, por lo que terminó unos días preso. Mientras veía como la fuerza policial incautaba uno a uno nuestros productos, yo intentaba hacer un cálculo más o menos minucioso de cuánta plata se iba a perder. Cuando llegué a los cien mil pesos, me deprimí, pedí permiso y abandoné la oficina.
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Viví un tiempo más en mi departamento en Banfield. En la televisión gigante que había comprado vendiendo suplementos dietarios alertaban a la gente para que no consumiera esos suplementos dietarios. Hubo un par de casos de intoxicación, supongo que por sugestión mediática, porque nunca me citaron a declarar, ni tuve más inconvenientes con la Bonaerense. HierbActivePower pasó de ser un modelo de negocios exitoso, que otorgaba autonomía financiera a sus vendedores y un estilo de vida saludable a sus compradores, a ser una estafa internacional, que ofrecía productos peligrosos y lavaba dinero, y que había sido orquestada por un oriental pedófilo. Pero yo tenía mis propios problemas. Para evitar el desalojo, intentaba existir de la manera más reducida posible: no hacía ruidos, casi no salía del departamento, no hablaba con nadie. Tenía la certeza de que mientras más etérea fuera mi presencia en el departamento, más tiempo podría vivir sin pagar. Pero exactamente dos meses y siete días después del episodio de Romina Scaglia, me desalojaron. El tipo que me alquilaba me había comprado un par de tarros de Proteína Personalizada en Polvo (PPP), y ahora pensaba que lo había intentado envenenar. Le vendí lo único caro que tenía en mi casa, el televisor, y me fui caminando al monoambiente de mi amigo y su novia.
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Desde que les había gritado no había vuelto a comunicarme con ellos, no tenía idea si me iba a animar a golpearles la puerta cuando llegara. De hecho, ni siquiera sabía si seguían viviendo ahí. Por las dudas, imaginé un discurso para usar en caso de que las cosas se pusieran complicadas: la gente de HierbActivePower me había extorsionado para que participara en el negocio y ahora, por suerte, la verdad había salido a la luz y yo me había liberado. La presión de participar en un negocio semi legal, con todo el riesgo que eso implicaba, me había llevado a un cuadro de histeria, que me había hecho perder el eje y tratar mal a mis verdaderos y únicos amigos. Ellos siempre habían tenido razón. Les iba a pedir perdón, haciendo énfasis en lo peligroso que había sido formar parte de una organización fraudulenta, y les iba a suplicar que me dejaran vivir ahí hasta que encontrara otro trabajo. Mi discurso terminaba ofreciéndoles dramáticamente toda la plata que me quedaba, exactamente cuarenta y cinco pesos. Estaba por llegar, caminaba lento, decidiendo si al final del discurso convenía que llorara o no, cuando un Peugeot 206 blanco y brillante me tocó bocina.
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Gonzalo Marías me contó que había pasado unos días en la cárcel y que después había tratado de recuperar todos los productos que se había llevado la policía.

Como no pudo, había terminado por desvincularse de HierbActivePower. De cualquier manera la gente había empezado a consumir menos, la franquicia no iba a durar mucho más, me dijo. Iba a responderle que en la última reunión, unos días antes del episodio de Romina Scaglia, había dicho que para el año siguiente íbamos a duplicar nuestras ventas. Le quise preguntar de dónde había sacado el 206, pero no me animé. Entonces, me empezó a contar su nuevo emprendimiento: Shao Khan, un vigorizante sexual basado en hierbas medicinales del Oriente. Era un producto completamente novedoso, que combinaba la eficacia del viagra con los beneficios del ginseng y otras hierbas naturales y milenarias.

Mientras me convencía, repitió varias veces dos conceptos alrededor de los cuales iba a girar mi vida a corto y a mediano plazo: medicina tradicional china y vigorizante sexual.

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Medicina tradicional china: en una época de medicina híper especializada, al borde de la deshumanización, la tradición china ofrece un acercamiento medicinal integral, que concibe al cuerpo como una totalidad y que tiene en cuenta los factores afectivos, emocionales y psíquicos. Esta sabiduría milenaria es fundamental para lograr un sanación completa, un cuerpo verdaderamente balanceado, un organismo luminoso.

Vigorizante sexual: un estilo de vida demasiado mecanizado, que no tiene en cuenta el contacto con la naturaleza, muchas veces repercute en la potencia sexual. Por eso, es necesario incorporar nutrientes naturales, para evitar que el estrés y el agotamiento cotidianos produzcan daños que quizás sean irreversibles. Varios estudios de prestigiosas universidades de todo el mundo señalan que llevar una vida sexual plena y satisfactoria robustece el sistema inmunológico y protege de enfermedades tanto físicas como mentales.

La experiencia Tracketk

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1
El once de agosto de 1991, cuando la disolución de la Unión Soviética ya es un hecho consumado, el doctor Yuri Meerjevski se dirige al Aeropuerto Internacional de Moscú. No tiene idea de cuál será su destino, sólo sabe que tiene que irse. A la inestabilidad económica y la crisis política que azota a su país se le suma otra razón. Meerjevski sabe demasiado. Tiene en su poder documentación correspondiente a dos décadas de psiquiatría represiva. Experimentación pavloviana sobre pacientes humanos, diagnósticos experimentales, lobotomía, medicación punitiva. Meerjevski fue discípulo de Marat Vartanyan, el hombre que transformó la psiquiatría soviética en lo que fue durante casi todo el siglo veinte: un anexo de la KGB. Estudiante destacado de la universidad de Omsk, toda su carrera estuvo relacionada a los abusos clínicos por parte de las autoridades soviéticas.

Comenzó realizando las pruebas para el ingreso de los disidentes del Partido Comunista a las psikhushkas, prisiones clínicas cuya finalidad era encerrar a quienes se opusieran a Stalin. Su trabajo era relativamente sencillo: tenía que inventar diagnósticos, eufemismos clínicos para mantener en las sombras a quienes se opusieran al régimen soviético. Meerjevski era imaginativo pero creíble a la hora de establecer criterios que fundamentaran la internación de los pacientes: “El sujeto padece una forma de esquizofrenia progresiva, que no causa, al menos por ahora, un daño intelectual apreciable. Pero muestra una inestabilidad emocional que le impide desarrollar habilidades sociales básicas. La negación persistente de la realidad cotidiana del paciente puede considerarse dañina y hasta peligrosa, para sí mismo y para otras personas”. Gracias a sus diagnósticos, que incluían siempre una especie de esquizofrenia progresiva y desgastante, logró llamar la atención de Vartanyan. Deslumbrado en igual medida por su prosa y por su capacidad de fabulación, Vartanyan le pidió que escribiera un manual para el diagnóstico represivo. Pocos años después Meerjevski se había convertido en su mano derecha y viajaba por todo el país diagnosticando a los prisioneros políticos más relevantes y repartiendo listas con los síntomas que debían mostrar los enemigos del Partido.

Además de encerrarlos, el protocolo de internación incluía un posterior tratamiento farmacológico. En el que probablemente fue su mayor acierto profesional, Meerjevski le sugiere a Vartanyan la inclusión de la hidroxantina al menú químico administrado a los prisioneros. Sintetizada originalmente treinta años atrás, la hidroxantina se había popularizado en el Ejército Rojo gracias a su potente efecto de insensibilidad. Entre los soldados existía el chiste de que la razón del fracaso de Hitler en tierras soviéticas no se había debido a la mala organización, las condiciones climáticas extremas o la enormidad del territorio soviético, sino a la hidroxantina. Conocida como Kamen –piedra en ruso- permitía a los soldados caminar durante horas sin sentir mayores dolores.

Además de una insensibilidad corporal casi absoluta y alucinaciones, el Kamen provocaba una disociación mezclada con euforia. Los soldados rusos se sentían literalmente como piedras que rodaban estepa abajo, sin que nada los pudiera detener. No sentían fatiga o dolor por las heridas de bala. Existieron algunos casos de soldados que aguantaron hasta cuatro disparos en su cuerpo antes de caer muertos. Los altos mandos del ejército soviético mantenían una postura ambigua al respecto. No se habían manifestado a favor, pero el Kamen se distribuía verticalmente, venía desde arriba. Sin embargo, no había salido de aquel círculo estrictamente militar. La propuesta de Meerjevski de administrar Kamen a los prisioneros políticos facilitó los diagnósticos a tal punto que, poco tiempo después, Vartanyan lo transformó en obligatorio. Las altísimas dosis de hidroxantina hacían que los prisioneros quedaran catatónicos, con el cuerpo duro, sin poder moverse. En uno de sus experimentos favoritos, Meerjevski obligaba a los prisioneros a consumir Kamen, los encerraba en una habitación y les ponía música a volúmenes altísimos. Le gustaba estudiar los efectos específicos que tenía la droga sumada a la música. Prokófiev, Chaikovski, Svirídov: Meerjevski había desarrollado la secreta creencia de que la música realsocialista, sumada al Kamen, producía una especie de éxtasis comunista, una experiencia sensible en la que el verdadero espíritu soviético se revelaba. Incluso él mismo se sometió al experimento, con resultados positivos: durante los tres días que duró el trance, y mientras sonaba La Nariz de Shostakóvich, alucinó el discurso de Lenin en la Plaza Roja. Como un loop, el discurso terminaba y volvía a empezar. La epifanía le resultó tan reveladora que la repetía cada vez que tenía oportunidad, además de recomendarla a sus colegas.

2
A diferencia de Vartanyan, que realmente creía que la oposición al régimen comunista era una dolencia psíquica y una razón suficiente para la internación, Meerjevski sabía que era un operador político, un instrumento de represión ejercida por un Estado totalitario y burocrático. Por eso mismo reconocía la dimensión esquizofrénica de su propio trabajo, que consistía en diagnosticar enfermedades inexistentes. Esta conciencia respecto de su posición fue lo que le impidió asumir el lugar de Vartanyan como líder absoluto de la psiquiatría soviética cuando, a principios del ´91, su antiguo mentor murió. Meerjevski se negó a asumir el cargo aún cuando varios de sus colegas se lo reclamaran.

Vartanyan conducía con la dureza y el verticalismo propios de los altos mandos rojos. Muerta su cabeza principal, el corrupto edificio de la psiquiatría soviética empezó a resquebrajarse. Finalmente en su puesto recaló Vladimir Olszevicki, el cuñado de Vartanyan, un psiquiatra con experiencia política nula. Pocos días después se filtraron a la prensa varios testimonios de prisioneros políticos. La Organización Internacional de Psiquiatría inició una investigación, y varios organismos internacionales, entre ellos la Organización Mundial de la Salud, redoblaron su presión para inspeccionar las prisiones soviéticas. Mientras ocurría esto se desató un motín en una de las prisiones, ubicada en Kazán. Los prisioneros asesinaron a los siete psiquiatras residentes, y tomaron el control del edificio. El asunto adquirió importancia nacional. La KGB intervino y el primero de agosto de 1991 asesinó a los veintinueve prisioneros de la psikhushka de Kazán. Pocos días después, el cinco de agosto, Vladimir Olszevicki se ahorcó en la oficina, frente a un retrato de Vartanyan. El once de agosto, Yuri Meerjevski, una de las pocas personas del mundo que conocía en profundidad el sistema de diagnóstico represivo soviético, escapó hacia Holanda. Antes de irse, le ordenó a su secretario privado quemar todos los expedientes, que incluían sus diagnósticos. Pero el hombre, Gabor Molevick, no obedeció. Consciente de la importancia de esos documentos, pidió ayuda a los bomberos y trasladó las casi seis toneladas de expedientes a una dacha en las afueras de Moscú, donde vivía con su familia.

3
El 14 de agosto de 1991, el día que llega a Rotterdam, Meerjevski es un hombre soltero de cincuenta y cuatro años, que nunca había salido de su país. A simple vista se confunde con los miles de turistas de la ciudad holandesa. Por supuesto, no había llevado los uniformes oficiales, pero su traje pasado de moda lo hace parecer un personaje de una obra teatral del siglo anterior. Camina un poco, aterrado por los ruidos y el movimiento vertiginoso de la ciudad holandesa. Divisa una edificación que le resulta un poco menos amenazante que el resto, por su construcción clásica, y que resulta ser un hotel, el Breitner. Se hospeda allí con un nombre falso. Los primeros días no sale de su habitación. Además de que existe la posibilidad cierta de que lo estén buscando, Meerjevski siente pánico por el exterior. Camina por su cuarto, se asoma por la ventana, mira la televisión holandesa sin entender demasiado, se baña varias veces al día. Entre su equipaje trae algunas decenas de unidades de hidroxantina. Tras unos días de aburrimiento decide tomar un poco.

Sintoniza la radio, pero no encuentra nada que le guste. Completamente anestesiado por el efecto del Kamen, aprende a hacer zapping. Se le ocurre una idea brillante: conseguir una grabación de La Nariz, de Shostakóvich, y continuar con sus experimentos desde su habitación. Decide que no puede correr el riesgo de pedírselo a las personas del hotel, así que junta coraje, toma más hidroxantina y sale. Para su sorpresa, su organismo responde bien ante la ciudad: el vértigo y el estrés que sentía ante la gente y los ruidos del tránsito, desaparecen. Su organismo acelerado por la droga disfruta del entorno urbano de Rotterdam. Percibe con detalle el ruido de la gente, de las calles. Piensa ese ruido como una evidencia de vida, un bullicio revitalizante. Los estertores urbanos y el idioma desconocido se juntan y forman un único sonido homogéneo, hipnotizante. Meerjevski recorre Rotterdam guiado sólo por lo que escucha, como si fuese un ciego con la audición hiper desarrollada. Fascinado por esa experiencia, olvida su plan inicial y empieza a salir todos los días. Desayuna, toma una unidad de Kamen, y sale a hundirse en la sinfonía colectiva de Rotterdam. Recorre siempre las mismas calles. De a poco va reconociendo los sonidos. Establece un mapa auditivo, sabe de dónde viene cada textura. Pese a la posibilidad de que lo estén buscando, ya no se esconde. Es un lince auditivo soviético que recorre las calles de una ciudad holandesa extasiado por su jungla de ruidos. De a poco, empieza a transitar calles nuevas y a salir también de noche. La droga le aplaca la incertidumbre de estar perdido en barrios que no conoce. Camina rápido, como si en otro punto de la ciudad hubiera algo o alguien que requiriera su presencia de manera urgente.

Una noche Meerjevski escucha, a lo lejos, un ruido aplastante, violento. De inmediato dirige su marcha hacia donde el cerebro le indica que se encuentra la fuente de aquel sonido. A medida que camina, el ruido se hace cada vez más rápido y más fuerte. Cuando llega a la fuente ve una construcción gigante, una fábrica. En la puerta hay varios adolescentes, casi todos rapados. Meerjevski se acerca con temor. El sonido que sale desde adentro de la fábrica se hace aún más rápido y más agudo. No mira a los adolescentes. Escucha que le dicen algo, pero no responde ni se da vuelta. Cuando empuja la puerta de entrada, siente cómo el sonido le golpea la cara. Entra en un lugar gigante y oscuro, no llega a ver el techo. El sonido lo inunda todo. Ve siluetas que se agitan desaforadamente. El bramido sonoro es una experiencia física mucho más potente que el ruido de los autos y de las personas. Empieza a caminar hacia el centro. En el trayecto sus pies golpean algo en el suelo. Parecen cuerpos, no se detiene a verificar eso. Avanza unos metros más y se detiene. Cierra los ojos. Deja que el sonido lo aturda, lo lastime, y en su cabeza, como un cuerpo de agua que se solidifica instantáneamente, aparece la imagen nítida de los guardias rojos entrando a Petrogrado. Meerjevski puede ver cada mínimo detalle del uniforme de los obreros, y sentir el sonido acompasado y regular de las botas golpeando el suelo. Un instante después, aparece la alucinación de Lenin en la Plaza Roja. Pero ahora se ve muchísimo más concreta: ve el entrecejo fruncido de Lenin, su boca abierta, sus manos gesticulando, puede ver incluso las gotas de sudor sobre su bigote. Meerjevski respira lento y se hunde en las imágenes. En su cerebro, la Revolución de Octubre está sucediendo otra vez.

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Desde el lanzamiento de su single Drogenreferenz, Paul Tracketk pasó de ser un skinhead holandés con un expediente policial que incluía hurtos y tráfico de alcaloides a brillar como uno de los referentes de la exclusiva escena de la música electrónica europea de la década de los noventa

Visto años más tarde, el truco de Tracketk fue muy sencillo: entendió que la gente quería música cada vez más rápida y cada vez más violenta. El techno que llegaba de Bélgica, de Francia o de Detroit resultaba demasiado blando para el público holandés. Tracketk aceleró el bpm a 250, agregó bajos distorsionados y sonidos chirriantes. En dos semanas, Drogenreferenz se convirtió en número uno en Holanda. Un mes después, Paul Tracketk era el dj más solicitado en toda Europa. De hecho, se rumoreaba que David Bowie lo quería como productor de su próximo disco.

Pero antes que nada, Tracketk era un vendedor de droga: lo había sido desde los quince años cuando vendía cocaína en su colegio. De hecho, había sido el creador del goedemmidag, una mezcla de cocaína, heroína y metanfetamina que de a poco se instalaba como un emblema de la escena raver holandesa. Algunos críticos de música hablaban de la “experiencia Tracketk”, que mezclaba la violencia de su música con la potencia de su droga. Y era bastante acertado: Drogenreferenz era su intento por crear el sonido más violento que se hubiera escuchado nunca, pero también para hacer que el público consumiera su droga de manera desaforada. A partir del éxito de su single, Tracketk quiso llevar su experiencia a toda Europa: se imaginaba a sí mismo entronizado en todo el continente como el emperador del hardcore, con cientos de miles de seguidores obedeciéndolo, escuchando su música y tomando su droga.

Drogenreferenz había aparecido en un mal momento: la caída de la Unión Soviética había interrumpido el tráfico de anfetamina, que se fabricaba en Polonia y tenía que atravesar toda Alemania. El hecho de haber conseguido un número uno sin la droga que acompañara a la música lo había desconcertado al principio, y después lo había preocupado: ahora que toda Europa quería pagar por la experiencia Tracketk, él se quedaba sin materia prima. Lanzó a varios miembros de su troupe a rastrillar Rotterdam en busca de la droga, pero no obtuvo ningún resultado. Como recurso final, mandó a uno de sus hermanos, de 16 años, de viaje a Polonia para que trajera anfetaminas. Pero Srave fue detenido en el aeropuerto de Gdańsk. Cuando Meerjevski se había resignado a no conseguir anfetamina para fabricar goedemmidag, la solución le llegó en la forma de un extranjero sesentón y algo calvo, que con gestos desesperados y hablando un idioma incomprensible, le mostró una pastilla que Tracketk no conocía.

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Gabor Molevick tenía la seguridad de ser un hombre leal. O más bien lo había sido los veinte años durante los cuales había trabajado para Yuri Meerjevski. Pero sabía que los tiempos habían cambiado. Tenía en su poder decenas de miles de testimonios sobre la represión psiquiátrica. Cada vez que entraba al galpón donde había guardado los expedientes que le había dejado Meerjevski, se le venía a la cabeza la palabra evidencia. Se imaginaba a sí mismo como el Aleksandr Solzhenitsyn de la psiquiatría, aclamado por todo el hemisferio, el campeón de la denuncia humanista contra sus ex jefes. Pero necesitaba apurarse: la Unión había caído, y sabía que, pasado un tiempo a nadie le iban a importar los abusos de los antiguos jerarcas. Por eso, trabajaba varias horas por día para organizar y sistematizar los expedientes. Luego del suicidio de Olszevicki y la huida de Meerjevski, nadie había asumido el cargo de autoridad máxima de la psiquiatría. La situación era un reflejo de lo que pasaba en todas las dimensiones del país: un caos absoluto, y la desaparición casi total de cualquier figura política que pudiera poner orden. La dacha donde Molevick se había refugiado con su esposa y sus dos hijos había pertenecido a su padre. No pensaba volver a Moscú hasta que tuviera alguna garantía de vida normal, o al menos sin riesgo. Y, por lo menos a corto plazo, no parecía que eso fuera a suceder. Molevick había encontrado un buen sistema: resumir cada una de las historias en pocas páginas. Se imaginaba una edición grande, de tapas duras, con cientos casos monstruosos que iban a escandalizar a todo el mundo y lo iban a llevar al Nobel. Lo único que le preocupaba era su participación en las torturas. Molevick había sido compañero de Meerjevski en la universidad de Omsk. Cuando comenzó a ascender, Molevick se había incorporado como una especie de secretario privado. Veía cómo, a través de los diagnósticos y la hidroxantina, la carrera de su compañero se disparaba. Incluso él mismo había escrito alguno de los expedientes, bajo la firma de Meerjevski. Por eso, sabía que su condición de secretario y colaborador debía mantenerse en las sombras. Salvo, pensaba, que se lo considerara una especie de arrepentido, que luego de años de colaborar con el régimen, buscaba la redención a través de la confesión. El galpón donde trabajaba Molevick estaba en el fondo de la dacha. Trabajaba todos los días entre diez y doce horas. Algunos días ni siquiera hacía un alto para comer.

Calculaba que en menos de un año iba a tener la versión final de texto, con los trescientos o cuatrocientos casos más graves y un prólogo incendiario.

Una tarde, mientras trabajaba acompañado de un termo con té de jengibre con un chorro de vodka, Molevick escuchó ruidos que venían desde su casa. Una de las órdenes que le había dado a su familia era no molestarlo durante su jornada de trabajo. Pronto los ruidos se convirtieron en gritos, hasta que se escuchó el inconfundible estampido de unos disparos. Molevick agarró la Makarov reglamentaria que conservaba en un cajón de su escritorio. Cuando abrió la puerta y realizó apenas unos pasos en dirección a su casa, recibió un letal disparo que se incrustó unos centímetros por encima de su gélido ojo izquierdo.

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A través de un sistema que incluye señas y gritos, un Meerjevski completamente drogado le explica a Tracketk los efectos de la hidroxantina. El dj lo escucha con escepticismo: además de no entender el idioma, está acostumbrado a las perfomances enérgicas de los turistas de Europa del Este. Pero cuando Meerjevski saca una pastilla, se la traga enfrente de él y empieza a gritar la palabra Lenin, Tracketk lo empieza a mirar con atención. El mensaje es bastante claro: el hombre le está mostrando una droga nueva. Mientras lo ve temblar y gritar cosas en ruso, Tracketk ordena que revisen al viejo. Femke, uno de sus hermanos, lo agarra para que se quede quieto y le mete la mano en los bolsillos. Saca cinco pastillas del tamaño de una bala, triangulares y de color gris. Mira a su hermano. Debido a su triple condición de hermano mayor, dj en ascenso y dealer experimentado, Tracketk ejerce una autoridad total sobre su clan. Femke tiene miedo, no conoce esa droga. Su hermano no le dice nada, solamente lo mira. Con los gritos del ruso en los oídos y la mirada penetrante de su hermano clavada en él, Femke se mete la pastilla en la boca. Es grande, le cuesta tragarla. Finalmente lo hace. Diez minutos después está cantando a los gritos Es kommt ein Schiff, una antigua canción sajona, mientras golpea la pared con los puños. Tracketk se convence. Algunos días más tarde, en la habitación del hotel Breitner, Tracketk y Meerjevski cuentan las pastillas que le quedan: en total son veintitrés. Los efectos, que fueron debidamente probados en varios hermanos de Tracketk, son aún más potentes que los del goedemmidag, y la ingesta mucho más sencilla. El dj se emociona: tiene la música y la droga para conquistar Europa. Pero con veinte pastillas no puede hacer nada. Mientras tanto, el ruso le habla. Le señala las pastillas y repite palabras incomprensibles. Tracketk ordena conseguir un traductor. Unos días después le traen a Dima, un hijo de soviéticos exiliados. Meerjevski empieza a contarle su comprometida situación política, perseguido por las más importantes instituciones de salud del mundo, pero Tracketk lo frena y le pregunta dónde se puede conseguir más. Meerjevski le cuenta que la Asociación Psiquiátrica Soviética guardaba miles de unidades de kamen en su edificio central, en Moscú. El psiquiatra sigue hablando, pero el dj ya no lo escucha: tiene en sus manos la posibilidad de que la experiencia Tracketk sea mucho más poderosa de lo que jamás había imaginado. Mientras Meerjevski explica el origen del Kamen y Dima lo traduce, Tracketk los detiene a los dos y les dice que van a viajar a Rusia a buscar todas las unidades de Kamen que puedan. Meerjevski, sorprendido, intenta explicarle que no va a poner su vida en riesgo, pero Tracketk le dice que no les está proponiendo hacer el viaje: los está obligando. Cinco días después los tres están en un avión con rumbo a Moscú.
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Lo primero que piensa Dima al ver el territorio ruso desde la ventanilla del avión era que todo eso era su padre. Volodia Popov se había exiliado con su esposa en Holanda luego de que casi lo mataran en una protesta pública contra Brezhnev.

Casi un año después nacía Dima. Antes de que su hijo cumpliera un año, Popov había vuelto a la Unión Soviética. El único recuerdo que Dima tenía de su padre era cantándole La internacional para que se durmiera. Quizás se lo inventó él después de que su madre le contara la transformación de Volodia una vez que se instalaron fuera de su país. Para la época de tu nacimiento, le explicó la madre de Dima, Volodia era como uno de esos viejos que hablaban de Lenin como si nunca hubiese muerto. La nostalgia por el exilio, por la lejanía de su país, y sobre todo el resentimiento hacia un capitalismo que lo trataba aún peor que la burocracia soviética, lo habían transformado por completo. Sin dar ninguna explicación, había dejado a su esposa y a su hijo recién nacido en un país desconocido y había regresado a la Unión Soviética. Ni Dima ni su madre supieron nada más de él.

En el avión, Dima mira a Meerjevski y le pregunta sobre su vida en la Unión Soviética. El psiquiatra, dudando entre la paranoia que le genera su búsqueda internacional y la oportunidad de hablar en ruso después de deambular en un idioma extranjero, le describe algunas postales, imágenes de su infancia en Omsk. Al ver que Dima lo escucha con atención, Meerjevski le cuenta sobre su trabajo junto a Vartanyan. Para su sorpresa, Dima conoce los nombres, y sigue la historia con entusiasmo. A su lado, Tracketk duerme.

Cuando llegan, toda la paranoia de Meerjevski desaparece. La Unión Soviética, al borde del colapso, no presentaba ningún tipo de control en el aeropuerto. Ni siquiera tuvieron que mostrar los pasaportes mal falsificados que había conseguido Tracketk. Los tres van derecho a hospedarse a un hotel en el centro de Moscú.

Meerjevski intenta ponerse en contacto con Gabor Molevick, su secretario. No le lleva demasiado tiempo enterarse del operativo de traslado de los expedientes. Sabe que toda su vida futura depende de la desaparición de esos documentos, y tiene la certeza de que el uso que Molevick les quiere dar es otro. Entonces, cuando Tracketk le exige que lo lleve hasta el cargamento de Kamen, Meerjevski pone una sola condición: que lo ayude a eliminar a Molevick. Para intentar convencerlo, le dice que su ex secretario sigue siendo miembro de la Asociación Psiquiátrica Soviética, y que, en caso de que desaparezcan varias unidades de Kamen, puede denunciarlos. Tracketk le pone una pistola a Meerjevski en la mano, y a través de Dima le dice que él no piensa mancharse las manos de sangre: sólo había venido por razones artísticas. Meerjevski, envalentonado, le pide a Dima que lo acompañe y, sin dudarlo, el joven acepta.

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
160 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9789878607450
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Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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