Kitabı oxu: «Humanos en la oficina»
HUMANOS EN LA OFICINA
Leer el futuro

JUANMA ROMERO | MIGUEL ÁNGEL PÉREZ LAGUNA
HUMANOS EN LA OFICINA
Leer el futuro
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2021
HUMANOS EN LA OFICINA
© Juanma Romero
© Miguel Ángel Pérez Laguna
© de la imagen de cubiertas: Estudio Ojo de pez
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2021.
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ISBN: 9978-84-18230-32-5
JUANMA ROMERO | MIGUEL ÁNGEL PÉREZ LAGUNA
HUMANOS EN LA OFICINA
Leer el futuro
Índice
Prólogo
Introducción
El liderazgo como yo lo entiendo
¿Qué va a ser de nuestros hijos?
Esto ya no es lo que era: de la mañana a la noche
Las generaciones que conocemos
Mis héroes favoritos
Prólogo
En primer lugar, quería dar las gracias a mi amigo Juanma por concederme el honor de realizar el prólogo de este libro que, sin duda, es de obligatoria lectura para todas aquellas personas que quieran progresar en su vida profesional y, me atrevería a decir, también en la personal, ya que nos transmite unos valores y unas ideas que son aplicables a cualquier ámbito de esta.
Cuando lo estaba leyendo, pensaba que, aunque suene adulador, suscribiría cada una de las frases que contiene, y eso no es nada sencillo. Estamos en un entorno donde, si queremos crecer, debemos arriesgarnos; eso, por estadística pura, nos hará caer en más ocasiones que triunfar, pero estamos en una sociedad que está enseñando más a ganar que a perder cuando hay más posibilidades de lo segundo que de lo primero. No olvidéis que siempre merece la pena levantarse y volver al punto de partida, y Juanma es un claro ejemplo de ello: es un triunfador tanto personal como profesionalmente y eso lo ha conseguido gracias a su esfuerzo, su constancia y su capacidad de levantarse; es una persona que nunca ha dejado de buscar oportunidades y es evidente que es un buen líder, no solo un jefe. Es de los que piensa que debemos estar preparados para los fracasos, pero desear siempre los éxitos.
Para triunfar, como se dice en el libro, debemos adaptarnos a las nuevas realidades con rapidez y adelantarnos a lo que viene; hay que intentar levantarse cada mañana con ilusión para disfrutar el nuevo día. Somos animales sociales, por lo que nos necesitamos, sentimos la necesidad de cuidar a quien nos quiere, y eso requiere esfuerzo: no nos perdamos solo con cosas tangibles, es imprescindible tener tiempo para reír, correr, ver una puesta de sol o saltar en paracaídas. No olvidéis que la verdadera libertad pasa por decidir qué hacemos con nuestro tiempo, y ese no se compra, no se recupera, no se cambia por nada: es el bien más preciado que tenemos; ya sabéis aquello de que las mejores cosas de la vida nunca son cosas.
Estamos en un momento en el que la tecnología está cambiando nuestra economía a una velocidad nunca conocida y, por extensión, también nuestro mercado de trabajo. Cada vez es más habitual que las empresas demanden trabajadores más flexibles, con empatía, con capacidad para trabajar en equipo y de liderazgo, es decir, aquellos con capacidad de aportar un valor añadido emocional a las organizaciones. De lo que no cabe ninguna duda es de que tenemos que ser conscientes de que hay que formarse de manera continua a lo largo de toda la vida: entramos en un periodo histórico en el que nuestra vida laboral se alargará hasta los setenta años (como mínimo), y esto requiere reinventarse y readaptarse, lo que sin formación es imposible.
Vemos cómo la transformación digital está presente en todos los sectores y vemos cómo está innovando radicalmente la forma de trabajar, las relaciones laborales y, por extensión, nuestras vidas. Este libro servirá de guía para afrontar con garantías todos esos cambios y para ver la vida en general y nuestro trabajo en particular de una forma más realista, dando importancia a lo que realmente la tiene: las personas.
PH. D. CARLOS MARTÍNEZ
Presidente de IMF Institución Académica
y CEO de Cela Open Institute
Introducción
Durante las próximas páginas vamos a intentar leer el futuro, tratando de adivinar lo que se avecina, con opiniones de personas de diferentes generaciones con una diferencia de edad de cincuenta años: unas están dentro del mundo laboral y otras ya han salido de él y disfrutan de su jubilación. Todos ellos tienen una opinión sobre el pasado, el presente y sobre todo el futuro. ¿Cómo lo ven unos y otros? ¿Seremos capaces de afrontarlo con éxito desde las diferentes organizaciones empresariales? También veremos ejemplos de grandes emprendedores y empresarios a los que he calificado como «mis héroes favoritos». De algunos destacaremos su papel empresarial y de otros su vida o su forma de ser, porque todo es importante; uno de ellos perdió la vida por su incapacidad de tomar una buena decisión en el momento más crítico de ella, y todo ello a pesar de ser considerado casi unánimemente como uno de los grandes líderes innovadores de los siglos XX y XXI.
Este libro es la continuación de Lidera tu empresa en la Cuarta Revolución y el resultado de ambos es gracias al trabajo de los últimos cinco años de mi vida. Han salido a la venta con muy pocas semanas de diferencia y alguien podría pensar que «este Juanma escribe libros como churros». Lo cierto es que puede parecer que escribes mucho, pero quizá no nos demos cuenta de que detrás de cada línea hay un trabajo. Escribir es lo más fácil: lo difícil es documentarse, hablar con la gente para ver cómo está la situación, que te aporten su conocimiento, interiorizarlo y luego expresarlo con palabras poniendo todo ello en negro sobre blanco. Conocimiento para poder expresarlo con palabras en un libro: eso es lo que hemos hecho en Humanos en la Oficina, para leer el futuro.
El liderazgo como yo lo entiendo
Lo que toda la vida se ha denominado recursos humanos son personas, y en ocasiones esto se nos olvida. Los catalogamos como números que tienen una función determinada, sin tener en cuenta sus sentimientos, necesidades, anhelos y miedos. Las empresas que triunfan en esta nueva sociedad digital son las que tienen claro que los recursos humanos son mucho más que esos números, que son almas que tienen que implicarse con la empresa y que su comodidad dentro de la organización es esencial para alcanzar o superar los objetivos planeados. Algunos dicen que la empresa tiene que lograr que el empleado sea feliz, pero otros discrepan: los segundos opinan que el empleado tiene que venir así de casa porque la empresa no es un jardín de infancia, sino un centro de trabajo que tiene que poner a su alcance las herramientas adecuadas para desarrollar su cometido; pero tampoco puede ser un centro de internamiento, una prisión para presos peligrosos o un hospital psiquiátrico para psicópatas. Hay que intentar que los empleados sean «gente normal» con la que se pueda trabajar y que sepan hacerlo en equipo, y para ello hacen falta líderes que sepan transmitir la visión de la empresa, que sean buenos comunicadores. Ya lo decía un tal Pericles hace unos 2500 años: «Si tienes una buena idea y no sabes cómo expresarla es como si no la tuvieses».
En los tiempos actuales, además de expresar esas ideas, hay que hacerlas llegar a todo el mundo y para eso contamos con la inestimable ayuda de los modernos medios de comunicación y las plataformas digitales, que igual pueden encumbrar a una empresa en unas horas que hundirla en la más absoluta de las miserias de la noche a la mañana. El manejo, sobre todo de las redes sociales, es una asignatura pendiente porque nunca se acaba de aprender y hay que ir adaptándose continuamente. En estos momentos tenemos cuatro redes sociales que en mi opinión son las principales: a nivel de negocios, LinkedIn se lleva la palma; Facebook es ideal para relaciones sociales; Instagram es la mejor para mostrar nuestra actividad diaria a través de imágenes, ya sean fotos o vídeos; y Twitter es excelente para informarse y para opinar de casi todo. Ampliando un poco más este tema, podemos decir que LinkedIn nos permite hacer relaciones que, en teoría, antes o después deben darnos resultados económicos, ya sea porque vendamos alguno de nuestros productos o servicios, o porque pidamos o nos pidan algún favor. Es una red profesional seria donde no se admiten tonterías y donde es recomendable no expresar opiniones políticas, religiosas o sociales. Se está en ella para hacer negocios, no para hacer amistades.
Facebook tiene el triple de usuarios que LinkedIn, pero ese no es un valor en sí mismo, sino que depende de lo que queramos hacer en esta red: si queremos relaciones sociales, estamos en el sitio indicado; pero si queremos hacer negocios también lo estamos, porque a través de esta se han montado infinidad de empresas que han dado magníficos resultados, generalmente para pequeños emprendedores, aunque las grandes empresas ya se dieron cuenta tiempo atrás de su potencial y se metieron de lleno en ella.
Instagram es la red ideal para el postureo, para mandar fotos y vídeos de lo que hacemos cada minuto del día; es el gran escaparte. En los últimos años es la red que más está creciendo con diferencia, pero no solo de postureo vive Instagram, porque también se hacen buenos negocios. Hace unos meses visitó mi programa de televisión una emprendedora que había montado una joyería online en Instagram. No tengo la menor idea de cómo lo consiguió, pero el primer año facturó novecientos mil euros. Si pensamos que el beneficio era de un 30 %, parece que el negocio no está nada mal; no nos engañemos, no todo el mundo se va a forrar en Instagram: hay que tener una buena idea y sobre todo saber desarrollarla.
Y llegamos a la última, Twitter, que es probablemente la que más interacciones genera y sirve para mantenerse informado. La verdad es que personalmente no le acabo de ver la vena empresarial y no está muy claro cómo sacarle dinero de forma generalizada. Produce una ingente cantidad de información y comentarios. Es la red preferida por muchas personas y colectivos para insultar a los que no piensan como ellos.
El líder actual no solo tiene que bregar con estas redes y otras muchas, sino con diferentes formas de comunicación, la mayoría digitales, que nos mantienen en vilo en todo momento; vamos de sobresalto en sobresalto. La comunicación es fundamental en este siglo XXI, pero no es lo único a lo que se enfrenta, porque tiene que combatir la insatisfacción de sus empleados: tienes un buen jefe, pero te pagan poco; tienes un buen jefe y te pagan mucho, aunque viajas demasiado; tienes un buen jefe, ganas un buen salario y no viajas demasiado, pero no te llevas bien con tus compañeros. Desgraciadamente siempre hay un pero porque la satisfacción en la organización nunca es plena. A finales de agosto pasado escuché decir que «un líder empresarial es como un malabarista, que tiene que manejar muchos platos sin que ninguno se caiga al suelo y se rompa. Además, tiene que satisfacer las necesidades de sus empleados, clientes, proveedores y accionistas, y esas necesidades en muchas ocasiones no solo no son compatibles, sino que pueden llegar a ser totalmente incompatibles»; todo un ejercicio de malabarismo. Parece claro que mientras el empleado quiere ganar más dinero, el cliente pretende pagar menos y la empresa lucha por aumentar sus beneficios.
Y aquí entramos de lleno en la diferencia entre el jefe y el líder, que se produce en muchas ocasiones por la percepción que de ellos tienen sus empleados y colaboradores. Mientras el líder suele tener mejor imagen, al jefe se lo ve con ciertos clichés, como que no merece lo que gana mientras los empleados merecen más de lo que reciben. Al jefe se le percibe estando en su despacho con su “secretaria dóberman” en la entrada para no dejar pasar a nadie mientras él tiene la nevera llena de bebidas frescas. Se le acusa de no saber gestionar y es malo por definición, con poder para bajar el sueldo a los trabajadores cuando el suyo sigue creciendo; tiene poder para quitar los vales de comida o modificar los horarios de los trabajadores; además, sale tarde de la oficina, lo que obliga al resto de la empresa a quedarse para que el jefe compruebe que están allí, aunque no estén haciendo nada. Y para más inri, algunos fines de semana programa reuniones de trabajo.
Por su parte, el líder trabaja en las mismas condiciones que el resto. Tenemos infinidad de ejemplos, pero a mí me gusta en especial uno que demuestra la implicación de los más modestos con el de arriba. Es la historia del famoso general Wu Ch’i (440-381 a. C.), que comía los mismos alimentos y llevaba las mismas ropas que el más humilde de sus soldados. No aceptaba viajar a caballo o en palanquín y se ocupaba de llevar sus raciones de comida envueltas en un hatillo. El general compartía con sus hombres todas las incomodidades a pesar de que su posición le habría permitido tener ciertos privilegios. Durante una de sus campañas, uno de sus soldados padecía una infección por una inflamación; Wu Ch’i abrió y succionó personalmente ese fluido ponzoñoso. Cuando la madre del soldado se enteró, comenzó a sollozar desconsoladamente y una vecina le preguntó: «¿Por qué lloras? Tu hijo solo es un soldado raso y, sin embargo, el propio comandante en jefe ha succionado el veneno de su llaga». La mujer, completamente afligida, le respondió: «Hace muchos años, el general le hizo algo parecido a mi esposo, que tras eso ya nunca lo abandonó. Al final mi marido encontró la muerte a manos del enemigo. Ahora que ha hecho lo mismo por mi hijo, estoy segura de que él también caerá luchando, aunque no sé en qué lugar ni en qué momento; pero sí sé que morirá». Parece claro que el líder triunfa por dar ejemplo y por hacer las cosas bien: sus subordinados confiarán en él si demuestra que es el mejor en la actividad que pide a los otros que desempeñen. Generalmente es humilde y tiene los pies en el suelo, sabiendo que hoy está en la cúspide y mañana puede estar otro sitio, y siendo consciente de que su principal obligación al marcharse será dejar la organización mejor de lo que la encontró; siempre tiene que crear un clima de esperanza. Pensemos que el capitán pusilánime hace cobardes a todos sus tripulantes. En África tienen un ejemplo mucho más gráfico: «Si el líder cojea, los demás acaban cojeando». El líder es una persona que ocupa buena parte de su tiempo en pensar y buscar la claridad porque, como decía Confucio, «el pensamiento claro y el liderazgo eficaz van de la mano». También señaló que «cuanto más alto sea el lugar que ocupamos, más larga será nuestra sombra, es decir, la influencia del ejemplo que demos».
Al fin y al cabo, como nos recuerda un proverbio ruso, «sin pastor, las ovejas no son un rebaño». No olvidemos que los depredadores siempre están al acecho, a la espera de su oportunidad para tratar de dispersarlo y atacar a esas ovejas de una en una. Por eso, saber trabajar en equipo sin individualismos es fundamental. Al final se trata de predicar con el ejemplo y ser consecuentes. Como en su día escribió el célebre filósofo, político, abogado y escritor inglés Francis Bacon (1561-1626), «el que da buenos consejos edifica con una sola mano. El que da un buen consejo y un buen ejemplo construye con las dos. Pero el que da buenos consejos y mal ejemplo construye con una mano y destruye con la otra».
Nos quedamos en Inglaterra para ver otras de las características que tienen que vestir a un buen líder, el carisma y la empatía. Estamos en el año 1855 y se celebraban elecciones en Gran Bretaña: se enfrentaban William Gladstone y Benjamín Disraeli; quien ganase sería el dueño de medio mundo porque el Imperio británico estaba en su mayor apogeo. Se cuenta que curiosamente los dos candidatos a Primer Ministro cenaron con la misma señorita la semana anterior de las elecciones, en días diferentes. La prensa quiso saber más sobre la reunión y le preguntaron a la señorita en cuestión. Ella respondió: «Cuando he salido de cenar con el señor Gladstone he salido convencida de que él es el hombre más inteligente de Inglaterra. Cuando he salido de cenar con el señor Disraeli he salido convencida de que yo soy la mujer más inteligente de Inglaterra». En mi opinión eso es, ni más ni menos, el carisma, la empatía y el liderazgo.
¿Qué va a ser de nuestros hijos?
Cuando cumplí los cincuenta y ocho años celebré una comida familiar con mi mujer, mis seis hijos y mis padres. Cinco de ellos siguen viviendo en casa gracias al magnífico mercado laboral del que disfrutamos y sus grandes sueldos, y me temo que así va a ser durante bastante tiempo. No pueden independizarse porque el sueldo no les llegaría y porque muchos de los trabajos son temporales, algo así como eso de «pan para hoy y hambre para mañana». Antes de la comida, les di un breve discurso y les transmití que, desde ese momento hasta mi jubilación, prevista para siete años más tarde, mi principal preocupación sería lograr que una vez jubilado, mi mujer y yo pudiésemos vivir sin agobios económicos. Lo cierto es que a lo largo de mi vida siempre les he insistido en que hay que ir más allá, no conformarse con lo que conocemos: tenemos que ser capaces de adaptarnos a las nuevas realidades, de leer el futuro. Creo que para ellos no he sido mal ejemplo: a cada situación que se ha producido, por muy mala que fuese, he intentado sacarle provecho. Cuando decidí dejar de dar conferencias sobre adicciones digitales después de años intentándolo, pero sin sacarle rentabilidad, me reinventé y enseñé a lograr visibilidad en los medios, porque en dos años me habían hecho más de mil entrevistas de radio, de una en una, y podía enseñar a otros cómo lograrlo. Cuando me detectaron un cáncer, en vez de echarme a llorar, que ganas no me faltaron, decidí presentarme a la Presidencia de RTVE, proceso que sigue en marcha y del que soy uno de los veinte candidatos preseleccionados. También en ese momento me puse a escribir el libro Carisma y Empatía junto con mis hijas Esther y Miriam. Además, al conocer a más gente que había tenido o tenía esa enfermedad y ver que los médicos no se lo habían comunicado adecuadamente, elaboré una conferencia sobre «Cómo dar bien las malas noticias en el ámbito médico». Cuando un año después montamos una tienda en Amazon y resultó un fracaso, en vez de llorar, mis hijas y yo escribimos el libro Vender en las plataformas digitales, contando cómo fue nuestra experiencia, qué hicimos mal y qué hay que hacer para tener éxito; además, dimos varias conferencias sobre el tema. Y así siempre, reinventándote a cada contratiempo; cualquier cosa menos rendirte.
Me he pasado toda la vida trabajando sin ver un euro, pagando facturas que cada vez eran más grandes y menos manejables, siempre en las últimas. Ahora es el momento de rentabilizar todo ese trabajo y el conocimiento adquirido porque, además de trabajar, he estudiado, y mucho, y ese conocimiento no se logra en unos días, semanas o meses, sino que es trabajo constante de años. Ese va a ser uno de los principales requerimientos de este nuevo mercado laboral que estamos inventando ahora mismo: el trabajo y el conocimiento; y para ello las herramientas de aprendizaje son imprescindibles. Contamos con infinidad de ellas y muchas gratuitas, lo que ya no permite excusas para decir que no podemos adquirir esos conocimientos que necesitamos porque no tenemos acceso a ellos a causa del dinero. Esa es una de las principales características de este nuevo mercado laboral: la adquisición continua de conocimientos y el uso de todo tipo de herramientas de aprendizaje para lograrlo. Nos tenemos que adaptar a este mercado y hacernos sus amigos para que nos vaya bien; en caso contrario, nuestras posibilidades de salir adelante y malvivir serán muy escasas y las de tener éxito, prácticamente nulas.
Pensemos que la empresa para toda la vida ya no existe: quedan muy pocas de esas y cada día van quedando menos. Nos vamos a pasar la vida saltando de una compañía a otra, incluso de sectores que no tienen nada que ver entre sí. La otra opción será montar un negocio, generalmente digital, o trabajar por proyectos; pero para trabajar por proyectos hay que hacerlo muy bien, porque un proyecto mal desarrollado puede acabar con la buena imagen de un profesional. Volvemos al tema de la preparación y el conocimiento. En mi caso no me preocupa demasiado: trabajo en Televisión Española desde hace más de treinta años, soy trabajador fijo tras ganar una posición a la que se presentaron más de cuatro mil profesionales: quedé el número dos y saqué la plaza en Madrid. Tengo el trabajo y el sueldo mensual prácticamente asegurados; pero, ahora, en el caso de mis hijos es diferente. A mí no me preocupa no llegar a fin de mes, lo que en realidad me quita el sueño es que, en su momento, ellos no lleguen. Eso sí que me obsesiona: qué será de mis hijos, y de tus hijos, y de los hijos del vecino. Ahí está el gran reto. A lo largo de toda la vida he intentado transmitirles la necesidad de ser constantes, trabajadores y serios, y no dejar las cosas para mañana, que luego puede ser tarde. Se lo he enseñado con mi ejemplo, porque yo trabajo de lunes a domingo, los doce meses del año. Si me voy de vacaciones, llevo el ordenador para seguir trabajando o libros y apuntes para estudiar. También es cierto que me gusta lo que hago y eso es una ventaja, pero hay que hacerlo; tampoco soy el único ejemplo en casa porque mi mujer, Leonor, que se ocupa de las labores del hogar, no tiene vacaciones ni un solo día. Si yo quiero puedo decir un fin de semana que no hago nada; en su caso es más difícil, eso sí que tiene mérito.
A lo largo de todos estos años de trabajo he aprendido que hay que dominar todas las facetas de la vida profesional: no solo el conocimiento técnico, sino también las habilidades de comunicación y relación con otros. Es lo que denominamos las habilidades blandas (soft skills) y las habilidades duras (hard skills); ambas habilidades son esenciales para el desarrollo profesional, pero no son igual de importantes. Las blandas pueden llegar a suponer el 85 % del éxito profesional de una persona mientras que las duras vienen a ser el 15 %. Pensemos, por ejemplo, que si somos excelentes programadores informáticos, pero no somos capaces de relacionarnos con nuestro entorno profesional, difícilmente nuestros compañeros van a querer trabajar con nosotros o nuestros clientes comprar nuestros productos o servicios. Por eso hay que dominar un conocimiento transversal que nos permita saber mucho de nuestro trabajo pero que, a la vez, haga posible que nos relacionemos adecuada y satisfactoriamente con otras personas, que nos comuniquemos apropiadamente, que dominemos idiomas y que tengamos suficientemente desarrollados el carisma y la empatía, de tal forma que seamos capaces de lograr nuestras expectativas profesionales. Al fin y al cabo, las empresas cada vez miran menos los títulos universitarios, másteres y demás, y se preocupan mucho más del conocimiento concreto del trabajador, ese que permite desarrollar un determinado trabajo sin olvidarnos de la capacidad de ese trabajador para adaptarse a la cultura empresarial. Ser capaces de adaptarnos es imprescindible, porque el que no lo logre no solo tendrá un problema, sino que lo tendrá también la empresa.
Todos hemos oído hablar en más de una ocasión del garbanzo negro, que no tiene nada que ver con la producción agraria ecológica, sino que se refiere a esa persona que se aleja de mala manera de las ideas o la forma de comportarse de su familia o del grupo profesional o humano al que pertenece. Un profesional así puede hundir una empresa, un lujo que la propia compañía no puede permitirse; por eso hay que seguir las enseñanzas de Darwin y ser capaces de adaptarnos a todas las circunstancias y abrazar de forma sincera esa cultura empresarial. La adecuada combinación de las habilidades blandas y duras, junto con esa cultura corporativa, son prácticamente una garantía de éxito para el profesional. Eso es en lo que se fijan los reclutadores; en eso y en que el candidato a un puesto sea una buena persona, que puede parecer un tema menor, pero es lo que marca la diferencia. Difícilmente un líder será carismático si no es capaz de empatizar con sus colaboradores y es una buena persona. Es la diferencia entre que a uno le obedezcan o le sigan porque creen en su liderazgo.
Y precisamente en esa diferencia entre el líder y el jefe es donde encontramos la necesidad de trabajar en equipo, al menos en el primero de los casos. El líder valorará esas habilidades blandas y duras mientras que al jefe parecen preocuparle solo las últimas. Es uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los reclutadores, que tienen que encontrar un candidato con la adecuada combinación de ambas habilidades, que esté cualificado, pero que sepa manejarse en su entorno y relacionarse con él; y que sea capaz de decir «no» cuando hay que decirlo y dar su opinión, aunque sea contraria al punto de vista del resto del grupo. Eso sí se valora, porque la única forma de innovar es probar cosas nuevas, y si no tenemos la suficiente valentía para expresar nuestra opinión contraria a lo que se viene haciendo desde hace años y ofreciendo alternativas viables, no seremos de valor para la empresa.
En la actualidad se aprecia mucho esa capacidad de trabajar en equipo y ofrecer opiniones valientes. También se valora la forma de presentarnos; no nos referimos a la indumentaria, que ha cambiado radicalmente en los últimos años, pero sí a ir aseados, que algunos piensan que vestir ropa cómoda es sinónimo de no ducharse. La puntualidad es otro valor que algunos colectivos van perdiendo a pesar de que todos sabemos que cuando alguien llega con retraso transmite una pésima impresión, a no ser que exista una causa justificada que se explica al llegar a esa reunión; si se trata de una primera reunión, los efectos pueden ser devastadores para nuestros intereses y los de nuestra empresa. En mi caso, siempre llego puntual (puede haber alguna excepción por algún imprevisto, que todos somos humanos, pero no suele ocurrir); cuando empecé en el mundo laboral y tenía una entrevista de trabajo llegaba una hora antes, me sentaba a tomar un refresco en la cafetería de la esquina, que siempre hay una allí, y esperaba a que se hiciese la hora. Llegaba a la cita diez minutos antes, que era algo prudente. Estar en esa cafetería esperando te permitía relajarte y acudir a la cita sin agobios de tiempo. Además, podías conseguir cierta información, porque a ella acuden los trabajadores de la empresa que comentan temas que en un momento dado te pueden resultar útiles haber escuchado de cara a la entrevista que vas a mantener unos minutos después; información sobre la cultura empresarial o sobre tal o cual proyecto que podía ayudarte. No era habitual conseguir este tipo de información, pero alguna vez sí ocurrió y me resultó ventajoso.
La identidad corporativa refleja las diferencias de una empresa respecto a otras, pero también sus similitudes. Esta debe ser fuerte y aceptada por el conjunto de los miembros de la firma porque en caso contrario no tendrá valor alguno. Todo ello se basa en la misión, visión y valores de la compañía: la misión es el motivo por el que fue creada, su razón de ser; la visión son sus planes de acción y sus proyectos para el futuro; y los valores son aquellos atributos de la empresa relacionados con su comportamiento con proveedores, cliente, empleados e incluso con la competencia, y que marcan tanto su línea de actuación como sus valores éticos. El trabajador del siglo XXI no solo tiene que asumir esos valores y compartirlos, también debe ser capaz de adaptarse sobre la marcha cuando la compañía considere necesario cambiar su visión y valores por la razón que sea.
Esto ya no es lo que era: de la mañana a la noche
Las empresas son conscientes de que todo se ha transformado y es completamente diferente no solo su trato con los empleados, sino con los clientes y usuarios que han cambiado su forma de actuar. Lo que hace unos años era habitual ahora no se hace, y si no que se lo pregunten a los vendedores de periódicos diarios y revistas en papel, que cada día venden menos. Volvemos a hablar de Darwin porque hay que ser capaces de adaptarse a la nueva situación; las empresas necesitan profesionales que sean capaces de asumir esos cambios y ofrecer alternativas que permitan mantener la rentabilidad de la compañía. La sociedad se ha transformado tanto que, como decía aquel, «no la reconoce ni la madre que la parió». Vamos a hacer un pequeño repaso de algunas actividades cotidianas que hace apenas unos años no realizábamos y que ahora nos resultan imprescindibles. Todo esto que veremos son oportunidades de negocio que están siendo aprovechadas por los más avispados, además de negocios que se pierden, porque ya no son útiles para el consumidor o no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos.
Habitualmente, te acuestas a las doce de la noche más o menos. A esa hora pones el despertador, que no es el reloj que has usado hasta no hace mucho, sino el teléfono móvil; antes utilizábamos despertadores analógicos o digitales, ahora eso ha pasado a la historia. Aunque cuando salgo de viaje a las cinco de la mañana, además del móvil con tres alarmas, me pongo el despertador de toda la vida, por si acaso; más vale prevenir que llegar tarde o no llegar. Hace años para informarnos teníamos que encender la radio, la televisión o bajar a por el periódico; pero, claro, el que se levanta antes de las seis, como es mi caso, no se plantea ni de lejos bajar al kiosco. Es más, llevo varios años sin comprar periódicos, sino que lo veo todo en Internet.
Lo primero que haces nada más despertarte es sentarte en la cama con los pies en el suelo y consultar tres diarios digitales para saber qué ha ocurrido en el mundo en las últimas horas; yo intento que sean de ideologías diferentes para poder valorar y adoptar mis propias conclusiones. Antes, cuando compraba el periódico, esto no era posible porque no era cuestión de hacer un desembolso elevado para adquirir varios diarios. Otra desventaja del papel frente al mundo digital es que los periódicos se escribían con varias horas de antelación a su venta, porque había que cerrar la edición, imprimirlo y mandarlo al punto de venta: se perdía la inmediatez; ahora no ocurre porque todos los diarios se actualizan al minuto. Esto es un muy mal negocio para los kiosqueros y también para quienes distribuyen prensa en grandes compañías: muchas de estas empresas han dejado de comprar decenas o cientos de periódicos cada día y apuestan por la información online, gratuita y al alcance de todos sus empleados. En ocasiones, las compañías que siguen queriendo tener acceso a la información de los periódicos de papel escanean esos diarios y los ponen a disposición de todos sus empleados a través de su propia intranet. Seguir comprando estas publicaciones, hoy en día, resulta antieconómico para las compañías y más teniendo en cuenta que lo que recibimos se ha escrito varias horas antes. Por eso, estas empresas periodísticas no tienen más remedio que reinventarse para no desaparecer: si ahora se compran pocos periódicos de papel, dentro de unos años se comprarán muchos menos.
Después de leer esos tres diarios, te duchas y desayunas. Ya no utilizas la cafetera de toda la vida, la que cuando se acababa de hacer el café hacía un ruido infernal y despertaba a toda la familia; ahora somos más modernos y preferimos las cápsulas individuales que podemos adquirir en diferentes tiendas físicas o a través de Internet. Este es otro cambio de hábitos que, en este caso, perjudica a los vendedores de café tradicional y beneficia a las firmas que han apostado por este modelo de negocio. Se pierden unos empleos y se crean otros, como el de repartidor, cada día más en auge, porque alguien tiene que traernos a casa las dichosas capsulitas; bueno, las cápsulas y todo lo que compramos en Amazon. Seguro que a más de un avispado se le ocurre algún modelo de negocio para sacar rendimiento a estas nuevas costumbres.
Después de tomar el café, vas al trabajo en tu propio coche o en transporte público. Cuando yo era pequeño e iba al colegio, hace casi cincuenta años, tenías que bajar a la parada del autobús y esperar a que llegase, sin saber nunca si tardaría dos minutos o media hora, así que había que salir con tiempo por si acaso; ahora con las modernas aplicaciones móviles sabes a qué hora aparecerá. No sería la primera vez que he oído decir a alguno de mis hijos: «Me voy corriendo que pierdo el autobús»; en mis tiempos se habría dicho: «Me voy corriendo, no sea que llegue el autobús y lo pierda», porque no sabíamos cuándo iba a ocurrir. Nos encontramos con una gran diferencia que permite aprovechar mejor el tiempo para no tener que estar esperando innecesariamente. Seguro que hay gente que gana dinero con estas aplicaciones.
Pero si en vez de ir en transporte público vas en tu coche, también hemos experimentado muchos cambios. Cuando mi hermana Merce y yo íbamos a la universidad, llevábamos un SEAT 1500 de gasoil, lleno de ruidos por todas partes, del que desconocías si te iba a dejar tirado en cualquier momento; ahora los coches tienen todo tipo de sensores y avisos para decirte si algo falla o va a fallar: el coche de mi mujer lleva semanas avisándome de que la pila de la llave se está agotando. Ahora si algo no funciona aprietas un botón y viene la grúa; antes había que buscar una cabina para llamarla y más te valía que le quedase muy claro en qué lugar estabas. Eso de los móviles y o de poder enviar tu localización es algo bastante reciente, aunque parezca que lleve toda la vida con nosotros. Además, ahora mismo muchos coches ya no necesitan llaves y funcionan con la huella dactilar del propietario o con un mando a distancia, tanto para abrir las puertas como para arrancar el vehículo, algo que también ha dado mucho dinero a algunos emprendedores y empresas; igual que ha cambiado el modelo de los seguros de los coches porque antiguamente estabas con la misma aseguradora toda la vida, pero ahora cambias de compañía más que de camisa: muchas ofertas adaptadas a todos los gustos y necesidades que se encargan de filtrarte los comparadores de seguros para saber en cada momento cuál es el que más se acerca a tus necesidades.
Esto de los comparadores no es solo para los seguros de vida, hogar, coche o cualquier otro; es para infinidad de actividades. Comparar los hoteles o viajes más baratos, o con mejor relación calidad precio, es algo habitual cuando queremos viajar. Pero ahí no acaba todo, porque tras ese viaje viene la valoración, donde cada uno puede poner lo que le venga en gana. Años atrás solo era posible dar tu opinión sobre esos servicios a unos pocos familiares, amigos o conocidos, mientras que ahora lo que tú opinas le puede llegar a todo el mundo. Una mala opinión puede hacer daño en un negocio y varias malas valoraciones pueden hundir ese comercio, algo que tienen muy en cuenta las empresas y que en alguna ocasión ha intentado utilizar algún listillo para chantajear a una compañía y que le salga gratis el viaje o a un precio ridículo: «O me das lo que te pido o te hago una mala valoración».
Tu día sigue: has salido de casa y mientras conduces hacia el trabajo dejas de preocuparte por el aparcamiento porque tienes una aplicación que te permite utilizar una plaza de garaje durante las horas laborales, puesto que previamente has contratado ese servicio que te evita las multas del ayuntamiento y tener que estar buscando aparcamiento. Si un día no llevas el coche, te vas a la parada del autobús o coges un taxi o un Cabify, y a todos ellos accedes a través de una aplicación móvil, ya sea para solicitar el servicio o para saber a qué hora llegará a tu parada.
Llegas al trabajo y no recibes ni envías cartas, sino e-mails. Si tienes que salir a una reunión y vas en tu coche pones el Google Maps, que te llevará por la ruta más rápida; estamos hablando de una inteligencia artificial que te evitará atascos y otros inconvenientes. En mis tiempos de universitario, y mucho después también, si había un atasco te lo comías enterito sin saber lo que tardarías en llegar a tu destino; ahora la propia aplicación se va actualizando y te informa del tiempo estimado de llegada ofreciéndote rutas alternativas.
Apareces en tu reunión y si estás en sus registros te hacen el reconocimiento facial y no hace falta que saques documento alguno. Termina y te vas a comer a un restaurante que has reservado con el móvil y cuya factura pagas también con él, una gran ventaja para Hacienda, que poco a poco va a lograr acabar con gran parte de la economía sumergida porque cada día se paga en más sitios por medios digitales. Regresas a la empresa a las cuatro y sabes que tienes media hora de formación, pero no va ningún profesor a impartírtela allí, sino que te conectas con tu ordenador y sigues la clase. Si el tema te interesa mucho y quieres profundizar, dispones de miles de cursos gratuitos de todo tipo al alcance de todo el mundo. En los últimos años, YouTube se ha convertido en la gran academia de formación virtual de todo el mundo, la principal, y gratis; aunque no es la única porque muchas universidades se han apuntado a este sistema gratuito de formación. Por supuesto, también hay cursos de pago, pero por qué vamos a pagar por algo que nos puede salir gratis. Acaba tu clase y vas a la máquina del café, que pagas con la aplicación móvil de tu banco y te dedicas a responder wasaps y correos electrónicos mientras te lo tomas.
Después de trabajar tienes que ir al médico, cita que has reservado con el teléfono móvil y que el propio aparato se encarga de recordarte una hora antes mediante una alarma. En ocasiones, esa consulta la haces a través de una vídeollamada, un nuevo sistema de teleconsulta que han sacado algunas aseguradoras; pero en esta ocasión prefieres ir en persona para quedarte tranquilo. Mientras esperas, llamas a tus padres desde la sala de espera y les mandas una foto tuya por WhatsApp de la comida que les va a alegrar el día. A la vez, tu hija te envía las notas al móvil y ha aprobado todo: está siendo un buen día. Sigues esperando que te llame el médico así que, como luego irás a casa, pones la calefacción, también con el móvil. Te recibe el médico: todo está bien, pero quiere que te hagas unos análisis que él mismo solicita con la aplicación del hospital, y te dan el día de la cita y la hora.
Antes de volver a casa, decides comprar ese portátil que tanto te gusta y vas a unos grandes almacenes que tienen muy claro el concepto de omnicanalidad, aunque tú nunca hayas oído hablar de él. La omnicanalidad consiste en unificar todos los canales en los que la empresa está presente: es un concepto bastante nuevo que busca vender, ya sea en la web del comercio, en la tienda física o a través de cualquier otra plataforma, medios sociales o de cualquier otro tipo; esto logra mejorar la experiencia del cliente y que vuelva a comprar en ese comercio. En este caso, el método de compra que has seguido para este portátil ha consistido en un primer contacto a través de las redes sociales y ha continuado con el envío de un e-mail donde te han dado la opción de comprar el producto a través de la tienda electrónica del comercio o acudir directamente a la tienda y adquirirlo en persona; también te han ofrecido ponerse en contacto telefónico contigo. Te decides por la tienda física para llevarte el portátil a casa, pero al llegar no queda ninguno y, como el comercio no quiere perder la venta, te dan la opción de comprarlo a través de la tienda electrónica con un buen descuento. El vendedor es un profesional que conoce muy bien su trabajo y que se maneja a la perfección en todos los medios, tanto el físico como los electrónicos, y él mismo hace la compra delante de ti. Te sientes importante por el trato personalizado y te vas contento porque al día siguiente tendrás el portátil en casa y con un buen descuento. Si el vendedor no hubiese sido capaz de convencerte, habría perdido esa venta porque habrías salido frustrado de la tienda, probablemente no habrías vuelto nunca más, ¡será por tiendas! Pero es un vendedor muy preparado que sabe lo que se hace: ha combinado perfectamente su manejo de la tecnología con su don de gentes, es decir, sus habilidades blandas y las duras. Ha conseguido venderte el portátil, que es de lo que se trataba.
Llegas a casa y le dices a tu asistente virtual, Alexa, Cortana o cualquier otra, que te ponga la música que te gusta y que conecte el televisor para ver las noticias. Una de tus hijas está en casa y te dice que ha cogido tu ordenador y se ha comprado un libro en Amazon; se lo llevarán al día siguiente. Tu hija no necesita tener una cuenta propia en Amazon porque utiliza la tuya y lógicamente eres tú quien paga el libro. En tus tiempos universitarios tenías que ir a la tienda a ver si había suerte y lo tenían; si no estaba lo encargabas y volvías unos días después a comprarlo. Ahora eso ya no ocurre.
Sigue tu día, ahora ya en casa, y resulta que ninguno de la familia tiene ganas de cocinar, algo bastante habitual; así que echas de nuevo mano del móvil y pides la cena, que llegará en menos de media hora: hay infinidad de sitios para pedir comida. Después de cenar, ves un par de capítulos de tu serie favorita en Netflix, porque eso de la tele, sobre todo en las nuevas generaciones, está pasando a la historia; solo la ven para programas muy concretos, partidos de fútbol y poco más. Al final, te vas a la cama, pones el móvil para levantarte a la misma hora de todos los días y vuelta a empezar.
Fíjate si hemos cambiado que la mayoría de las actividades a las que nos hemos referido y que no son ni la décima parte de todas las que podríamos haber citado, han modificado radicalmente nuestra forma de vivir, y también la relación de las empresas con sus trabajadores y viceversa. Quién nos iba a decir en la universidad que los periódicos de papel iban a tener los días contados, que los coches funcionarían sin llaves, que podríamos tener una consulta médica o comprar cualquier cosa sin salir de casa. Todos estos cambios implican nuevas oportunidades, siempre que no nos durmamos en los laureles. Ya sabes, se trata de no quedarnos quietos, aprovechar las oportunidades y ser capaces de saber leer el futuro.
Las generaciones que conocemos
A los seres humanos nos encanta clasificar todo tipo de cosas y nosotros mismos no íbamos a ser una excepción. Por eso, desde hace años, las diferentes generaciones que vienen desde mediados del siglo pasado están clasificadas en una lista, cada una de ellas con unas características muy definidas que marcan y marcarán su relación con el mercado laboral. La primera a la que nos vamos a referir es la de los niños de la posguerra, que va desde 1930 hasta 1948. Luego donde están los de la explosión demográfica desde 1949 hasta 1968, también conocidos como baby boomers. Después llegaría la generación X, nacidos entre 1969 y 1979; la generación Y, también llamada millennial, entre 1980 y 1999; y la generación Z o centennial, nacidos a partir del año 2000.
Los niños de la posguerra (1930-1948)
Ya superan los setenta años y están fuera del mercado laboral; son aquellos que sobrevivieron a la Guerra Civil Española y a la Segunda Guerra Mundial. Es la generación menos numerosa, entre otras razones por las altas tasas de mortalidad infantil con unas condiciones de vida muy duras. Fueron educados en la cultura del esfuerzo y el sacrificio con el fin de sobrevivir a un mundo muy duro, y por ello siempre han sido muy austeros y trabajadores.
Jesús (1947), alto ejecutivo jubilado, piensa que hoy en día el papel de las personas ha perdido peso y que a los trabajadores se los ve como a un simple número y no se valora el desarrollo dentro de la misma empresa: «Hace años era muy distinto: uno podía formar parte de una empresa y era como su familia. Se mejoraba dentro y se valoraba lo que uno hacía; ahora no». Dice que el mercado laboral está mucho peor que en sus tiempos porque cada día hay menos oportunidades para desarrollarse dentro de una empresa: «Los jóvenes con los que hablo están desesperanzados porque se han dado cuenta de que con tener un sueldo, trabajando de lo que haga falta, no pueden plantearse un buen futuro. Lo tienen tan difícil que se conforman con cualquier cosa y no aspiran a más. Nadie ofrece garantías ni oportunidades para mejorar en la carrera profesional». Jesús considera que las expectativas para las nuevas generaciones son pocas por una falta mutua de compromiso: si el trabajador no ve que la empresa apuesta decididamente por sus empleados, estos tampoco apostarán por la empresa; es la pescadilla que se muerde la cola. A pesar de ser totalmente analógico, tiene claro que con Internet se ha generado una revolución increíble: «El conocimiento está en la palma de la mano, en el móvil, al alcance de todos, y tenemos que desarrollarnos en otras líneas. Supongo que la inteligencia artificial y la tecnología lo están cambiando todo. Si los jóvenes se desarrollan en esa línea, el futuro será mejor». Está jubilado y asegura que solo aspira a poder «vivir con serenidad» y enseñar lo poco que sabe a quien se lo pregunte: «Creo que la gente de mi edad tiene muchas cosas que enseñar a los demás».
Jesús (1947), ingeniero jubilado. Hizo su carrera de casi cuarenta años en la misma compañía, donde llegó a ser un alto ejecutivo. Aunque él no concibe otra opción, tiene muy claro que esa situación no se va a repetir con sus nietos, que irán dando tumbos de una empresa a otra y no siempre para mejor.
No le gusta que la gente tenga que crearse ahora su propio puesto de trabajo. No dice que estemos mejor ni peor que hace diez años, sino que es distinto. Se queda con lo que había antes y piensa que ahora no hay más remedio que, como decía Darwin, adaptarse o morir.
Ve el futuro con un optimismo moderado y piensa que la actitud de los jóvenes es muy distinta a la que tenían los de su generación al principio. Quieren todo y lo quieren ya, pero deben entender que sin esfuerzo hay poco que hacer y que necesitan formarse permanentemente. Ahora creen que lo saben todo.
Los baby boomers (1949-1968)
Fueron fruto del repunte de la natalidad cuando las condiciones de vida habían mejorado y las condiciones laborales empezaban a ser menos duras si las comparamos con la etapa anterior. El trabajo era más estable y en esos momentos ya se pensaba en la empresa para toda la vida, entrar en una gran compañía y no moverse de ella hasta la jubilación. Esta generación tenía en el trabajo su razón de ser, llegando a ser adictivo y olvidando otras facetas de la vida; todo se basaba en producir y producir, y ser rentable para la empresa; el ocio y la diversión quedaban en un plano muy lejano. Era un momento en el que, aunque persistían la idea de familia tradicional con «la mujer en la cocina con la pata quebrada», muchas de ellas empezaron a incorporarse al mercado laboral, aunque bien es cierto que en la mayoría de los casos eran trabajos no muy cualificados y poco reconocidos social y profesionalmente: generalmente secretarias y otros empleos mucho menos competentes.
Esta generación puede tener problemas a la hora de jubilarse porque es posible que las arcas públicas no sean capaces de asumir todo el coste económico que va a suponer. Por eso desde hace años los diferentes gobiernos, tanto socialistas como conservadores, con mayor o menor éxito, han promocionado los planes privados de pensiones; de momento, ya se les ha retrasado la edad de jubilación. Habrá que encontrar una solución porque esta generación controla las urnas y la calle. Esta posible incapacidad de hacer frente a las pensiones significa que muchos trabajadores jubilados tendrán que seguir intentado conseguir unos ingresos extras, ya sea de forma regular y regulada o de manera irregular. Habrá menos trabajadores para pagar sus pensiones, porque las siguientes generaciones no han sido tan numerosas como esta.
Estos cambios y problemas se van a notar de forma especial a partir de 2050, que parece una fecha muy lejana, pero que en realidad está a la vuelta de la esquina. En esos momentos, según la OCDE, en España habrá setenta y seis personas mayores de sesenta y cinco años por cada cien habitantes en edad de trabajar; en la actualidad, los jubilados son el 30 %. Hemos hablado de personas en edad de trabajar, lo que no significa que todas trabajen, a no ser que alguien haya inventado una pócima milagrosa que haya acabado con el desempleo. España será el segundo país del mundo con mayor porcentaje de ancianos después de Japón.
Alberto (1966) es periodista licenciado con dos másteres y asesor de Comunicación y Relaciones Institucionales. Piensa que en el plano laboral las cosas están siendo cada día más complicadas. Cuando empezó a trabajar se comenzaba desde abajo y había perspectivas de llegar arriba: «Ahora arriba hay poca cosa y las expectativas no son de estabilidad y crecimiento. La suerte, los contactos y la oportunidad pasan a valer más que la capacidad». Alberto cree que hoy en día el mérito no es tan relevante como la afinidad y la amistad para puestos importantes. Ve con cierto pesimismo el mercado laboral «que está peor, en especial para la gente de más de cuarenta años». Se queja de que las ofertas de las empresas son muy inferiores a las de años atrás y de que es insultante ver cómo algunos licenciados trabajan y cobran algo que no es digno para su preparación; aunque peor lo tienen, según él, «los profesionales de más de cincuenta años, expertos cualificados y con mucha preparación práctica, porque no hay sitio para ellos en el mercado laboral. Se desaprovecha el talento en beneficio de los sueldos bajos. Es el peor momento laboral que he visto en mis cincuenta y tres años de vida, treinta y cinco de ellos en el mercado profesional».
Su preocupación es por las nuevas generaciones, que no son las futuras, sino las que ya están en el mercado laboral y que tienen muy pocas opciones: «Conozco casos dramáticos de abogados dando clases de patinaje en el extranjero, de médicos sirviendo en restaurantes o de economistas descargando camiones. Creo que hay cosas que deben cambiar, pero no sé cómo se debe hacer. Tampoco es a mí a quien corresponde hacerlo». Piensa que las nuevas generaciones, en general, son un universo muy amplio; hay de todo: «Conozco gente muy preparada, muchísimo, que recorta su currículum para no impresionar en exceso, y conozco chavales que son vagos y no tienen interés, desconocen la cultura del esfuerzo y el sacrificio. Hay gente preparada de sobra, pero hay otra que no lo está porque no ve futuro y no se preocupa por cambiarlo». Alberto se considera un privilegiado porque trabaja en lo que sabe y lo que le gusta, con dignidad; pero conoce gente que está en un bache y no va a salir de él, y es no por su capacidad, sino por su edad: «Mis expectativas son mantener lo que tengo y aportar a la sociedad lo que sé hacer».
Tiene clara la evolución que está viviendo el mercado laboral y la que seguirá experimentando en los próximos lustros. Piensa que hay gente que debería emprender un negocio, pero que otros no deben hacerlo en ninguna circunstancia, porque para ser emprendedor hay que valer. En su opinión, la mayoría de la gente que crea una empresa o que cambia de sector de manera inesperada lo hace por necesidad y no por voluntad propia: «Lo mejor siempre ha sido estar a nómina de una gran empresa, pero eso se ha acabado. Ya no se va a producir nunca más y hay que estar preparado». Tiene claro que estamos mucho peor que hace diez años: «La situación cambiante del mercado laboral ha transformado el ecosistema y va a seguir haciéndolo. La tecnología ha alterado el paradigma del trabajo como algo propio del ser humano. No sé lo que va a pasar en el futuro, pero las máquinas ya están ocupando el sitio de las personas. No se puede dar la espalda a la tecnología: las máquinas son más efectivas que las personas y no se ponen enfermas. Pero eso va a tener consecuencias y no estamos preparados». Entiende que los procesos mecánicos sean sustituidos por robots: «Tienen claro que el desarrollo de los perfiles tecnológicos va a inundar el mercado. Ya lo están haciendo”.
Alberto es autónomo y recuerda que son ellos los que mantienen el mercado laboral, son los que crean empleo y contrataciones: es el origen de las empresas. Los grandes empresarios una vez fueron autónomos y arriesgaron su patrimonio: «En un país con más funcionarios que en el resto del mundo creo que hay que cambiar de mentalidad. Tal vez compaginar un empleo en nómina con una empresa y acciones externas como autónomo sea el futuro». Cree que las cosas van a ir a mejor, aunque ahora están muy mal, en fase de reajuste. Eso puede hacer que se desmoralice la juventud: «Lo que hay que fomentar es la cultura del esfuerzo, del sacrificio y del compromiso con el entorno. No se trata de tener dinero, sino de lograrlo en la creación de valor para la sociedad».
Alberto (1966) es licenciado en Ciencias de la Información, posee dos másteres y ha trabajado en radio, prensa y agencias de comunicación. Tras la etapa de periodismo informativo, comenzó su carrera en la comunicación corporativa. Ha sido director de comunicación internacional y en la actualidad es asesor de Comunicación y Relaciones Institucionales. Colabora con diferentes empresas en la organización de eventos y promoción de marcas. Opina que las nuevas generaciones creen tener el conocimiento de todo y eso es peligroso.
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