Kitabı oxu: «Un abuelo rojo y otro abuelo facha»
Título: Un abuelo rojo y otro abuelo facha
De vegades és necessari i forçós
A veces es necesario y forzoso
Para Andrea
Manifiesto autobiográfico
i.
Dicen que mi país tiene forma de piel de toro, pero yo siempre he pensado que se parece más al pictograma que ponen en la etiqueta de los zapatos de cuero, y esas pieles no provienen del toro sino de animales peor tratados por la mitología. Si yo me empecinase en mantenerme leal a la tradición y aceptase que nuestras fronteras dibujan una piel de toro, enseguida oiría voces discrepantes: unas gruñirían que la piel es de cerdo; otras murmurarían que es un disfraz de piel de cordero, y un tercer grupo menos numeroso, pero compuesto por voces más atronadoras, exigiría que dejemos de matar animales de inmediato, aunque sea figuradamente, y nos obligaría a vivir en un país con forma de tofu.
Pero la vida es cruel. Aceptemos que mi país tiene forma de piel desollada y puesta al sol de injusticia que siempre nos alumbra, y que tuvieron que sacársela a la fuerza a algún animal que sufrió lo suyo en el proceso. Sea por culpa de ese dolor primitivo o por cualquiera de los que nos acuchillarían más tarde, mi país ha llegado al siglo xxi sembrado de asperezas. Es una piel demasiado curtida, dura y reseca, como la de unos zapatos olvidados durante años en el fondo de un armario; una piel pinchosa, sin desbastar, poblada de pelo duro y frito de torrezno; la tocamos con la memoria y nos parece una carcasa acartonada, calcificada, achicharrada, poco maleable y muy difícil de cortar. Aunque no nos han faltado buenos curtidores que intentasen dulcificarla y han sobrado poetas dispuestos a someterla con ungüentos exquisitos, la piel que es mi país todavía provoca eccemas y rojeces en muchas personas de epidermis fina.
Supongo que está claro que el país que describo se llama España y que las personas de epidermis fina no son invasores. Nadie se muestra tan a disgusto en España y en compañía de otros españoles como un español cualquiera.
Una característica de este espécimen sin parangón en el mundo viene heredada de los judíos que expulsamos hace siglos. Si uno junta a dos judíos a discutir, enseguida aparecen tres opiniones contradictorias, divergentes y virulentas. En España, el vigor que le dio al converso la dieta de tocino y algarroba provocó una mutación. Si juntamos a discutir a dos españoles contemporáneos, en lugar de tres opiniones saldrían seis, pues nunca falta quien diga ocho al oír a otro proclamar ochenta. Las divergencias solo se multiplicarán si los que discuten son dos españoles cultos y la conversación los arroja al tema de España. Que Dios nos libre de vernos envueltos en ese combate, tan frecuente, por otra parte, que me pregunto si la piel que da forma a nuestro país no será de buey, que es el más paciente de todos los animales de la Creación.
Aquí todo son discusiones e incongruencias, y jamás hay pacto duradero. Hagamos un repaso y verá usted que, desde la laca que fija el cabello de la reina Letizia hasta las botas del albañil que le tira un piropo desde el andamio, no hay forma de llegar a un entendimiento: mi país es una monarquía constitucional donde abundan los republicanos; tiene un Parlamento que los ciudadanos renuevan constantemente en las urnas solo para quejarse a continuación de los políticos a los que acaban de dar trabajo; es un país compuesto por llanuras, gargantas, cordilleras, ríos y marismas, cabos y bahías, con tantos paisajes como opiniones; un país donde toda diferencia geográfica se alimenta desde las Diputaciones y se demuele a continuación con esta manera municipal de levantar edificios que recuerda al nacimiento de los accidentes geográficos; un país con una historia trágica de sangre, conventos en llamas y poetas muertos a balazos, que muchos consideran su leyenda santa; un país con otra historia gloriosa de imperio, galeones y oro, a la que no faltan acusaciones de genocidio; un país cuyo escudo complejo y multicultural no comprende quien va de patriota; un país cuya bandera ondea al viento del sonrojo porque la desprecian quienes más apegados están a su trozo de tierra; un país con un himno que no tiene letra y, por tanto, un país indefenso ante las abstracciones, con la épica eternamente sometida al vaivén del cinismo y la travesura. Será por este último motivo por lo que, de críos, rellenábamos la Marcha Real con lo de «Franco, Franco, que tiene el culo blanco...».
No le conozco, pero sé que usted y yo vamos a coincidir en un dato esencial: nuestro país se llama como la viuda de Francisco Umbral. Yendo un paso más lejos, podremos mantenernos en lo cordial si le digo que esta tierra tiene nombre de mujer, pero será complicado perseverar en la unanimidad si profundizamos en su apariencia, sus virtudes y sus pecados. No contaba con que la entente fuera duradera pero tampoco me preocupa: si algo bueno tiene la imprenta en comparación con el todopoderoso ciberespacio es que aquí, durante unas cuantas páginas, seré yo quien hable mientras usted se queda en silencio. El único privilegio que nos queda a los escritores de esta época es el derecho al pataleo. Es más, por el poder que me concedo a mí mismo, esto será un diálogo entre usted y yo. El acuerdo implícito que supone leer los pensamientos y las palabras de otro queda a partir de este momento explícitamente formalizado.
Dicen que hablo mucho de España, pero lo cierto es que casi nunca me he comportado como un patriota. Uno de los momentos más patrióticos del mes en que tomo estas notas se dio hace dos días, cuando eché unas monedas en el bote de un viejo que se pudre en la calle sin jubilación. La limosna ha sido una costumbre patriótica cuando Franco vivía y lo sigue siendo ahora, porque los españoles tenemos la certeza de vivir en un país humilde de boina, vino de garrafa y agua del grifo, de manera que cuando damos dinero a un pobre parece que se lo estemos dando a España. Queda en mí, como puede verse, algún tipo de nacionalismo residual e incongruente y, de hecho, no siempre un nacionalismo a favor de España. Considero la incongruencia una virtud no desprovista de contradicciones, y por eso intento tomar desvíos y dar vueltas en la narración de mi vida y mi nacionalismo, y no me privaré de circunvalar ni una sola de las rotondas con que deformaron nuestros mapas. Conduzco así porque, de lo contrario, este acabaría siendo un libro lineal, y no hay forma más vulgar que la línea recta para dibujar las peripecias de un país.
Lo que quiero contar es mi historia personal como hijo de este país, al menos a lo largo de unas pocas páginas, y para eso he de referirme muy pronto a mis abuelos. Aquí llego al primer escollo: si es difícil definirse a uno mismo, ¿cómo definir un país? ¿Acaso no es España un país de países? ¿Qué pensarían los catalanes si me oyeran? ¿Qué dirían los canarios, los valencianos, los gallegos y los vascos? ¿Aceptaría un habitante de Triana que lo igualase a sus vecinos sevillanos del otro lado del Guadalquivir? No puedo responder a estas preguntas sin hacer antes una confesión: nací hace treinta años en Murcia, uno de los rincones —o países— más unánimemente denostados de España.
Del dialecto ancestral de los murcianos, llamado panocho, nos ha quedado un acento basto, abierto de oes que parecen aes, de íes que parecen ees, escaso de eses y con muchas papeletas para convertirse en pura gramática parda. Es un acento que te marca desde la cuna como a Tristram Shandy lo predestinaron el nombre, la nariz y el hecho de que su madre no hubiera dado cuerda al reloj en el momento de su engendramiento. Un acento feo. Yo quería ser anciano y hermoso como Manuel Astur, así que lo primero que hice cuando llegué a estudiar la carrera a Madrid fue extraviar mi fonética materna. Muchas veces me preguntan por el acento hombres y mujeres que se extrañan cuando digo algo y lo entienden como si yo hubiera nacido en Getafe. Siempre les contesto lo mismo, que me lo operé, y es verdad que implantarme los fonemas que me faltaban fue una intervención dolorosa. Me sometí a ella por orden de Alejandro Castillo, mi profesor de Economía y Cultura Clásica en Tánger, uno de los hombres que más he admirado en mi vida y a quienes más he querido parecerme siempre. Castillo es de Córdoba, pero su fonética terminó en zona neutral. Cuando era alumno suyo, recién salido de Murcia, me dio un consejo sabio que no he podido olvidar nunca:
—Soto, si quieres ser alguien en la vida, sácate la mierda de la boca.
Gracias al acento feo, entre otras cosas, las almas sofisticadas de mi tierra están condenadas a cargar con una visión pesimista de sus particularidades regionales. Esto vacuna a los murcianos ilustres contra uno de los males que están devastando la vieja despreocupación española: el sentimiento de ofensa colectiva. Cuando Castillo insultó a mi acento, no me ofendí como hubiera hecho un gallego o un canario. Hice justo lo contrario: me saqué la mierda de la boca. Hoy todavía me parece una de las tareas más heroicas que he finalizado con éxito, porque el proceso que arranca lengua, garganta y labios del acho pijo y los deposita en el sí de las niñas es algo sobre lo que se podría escribir un libro interesantísimo. Lo escribiría yo mismo, en primera persona, si hubiera terminado Filología Hispánica.
ii.
La Filología me interesó mucho durante algún tiempo, y sospecho que no la acabé porque quien se quita el acento está condenado a cierta dispersión intelectual, como si el acomodo en la dialectología de la región materna, con lo que tiene de ensimismamiento, fuera aliado de la capacidad de concentración. De hecho, parece que perder esa ancla nos deja a merced de las corrientes y las influencias externas. Será porque saben esto por lo que los nacionalistas periféricos y centralistas quieren poner a su población en corro alrededor de las cosas propias y chillan hechos unos basiliscos ante cualquier peligro de contaminación cultural.
Cuando me instalé en Cataluña definitivamente —aunque nunca renuncio a la idea de que un día volveré a vivir en Madrid— empecé a aprender a toda prisa que este miedo a la contaminación, que yo había atribuido a los catalanes más que al resto de los españoles, estaba tan fijado en una como en otra de las partes. Me di cuenta de que yo mismo me sentía molesto en algunas situaciones donde se hablaba en catalán, como si esto me estuviera insultando de alguna forma. Tiempo después, cuando ya me había quitado los prejuicios de la cabeza y estaba empezando a disfrutar de verdad con esa lengua que yo considero española, en un periódico de Murcia me pidieron un texto sobre el catalanismo en clave de corresponsal en el extranjero. Lo que sugerí en aquel texto era que si queremos mantener España más o menos unida en contra de los deseos del nacionalismo catalán, lo que tenemos que hacer es volvernos más catalanes todos los españoles.
Por eso, en estos tiempos de lucha contra el cambio climático yo hago un alegato a favor de la contaminación. Hablar de manera distinta a los murcianos, y por tanto de manera diferente a la mía propia, me permitió tomar una distancia crítica con las cosas de mi tierra y al mismo tiempo me hizo permeable y fascinable, dos virtudes que la tradición católica relaciona directamente con el demonio. Me convertí de forma involuntaria en un imitador de modales, de costumbres y de acentos. En uno de los infinitos viajes en autobús entre Madrid y Murcia para visitar a mis padres pude comprobar hasta qué punto ya no había vuelta atrás. En esos Alsa se ha escrito buena parte de la historia de mi generación, que tenía por costumbre estudiar en la capital, bien porque su carrera preferida no existiera en sus provincias, bien porque allí no les diera la nota, o porque hubieran convencido a sus padres con cualquiera de estas excusas para pegarse la vida padre en la ciudad más enloquecida de España.
En el Alsa de marras se me sentó al lado un chino de aspecto hermético. Vestía, según esa costumbre oriental, camiseta interior de tirantes, pantalón de pinza oscuro, calcetín blanco y zapato negro. Yo entonces sufría la caótica curiosidad de los jóvenes de provincias y solía conversar con mis compañeros de viaje para conocer un poco más de ese mundo fascinante que estaba descubriendo, así que le pregunté al chino qué tal estaba y si se dirigía a Murcia o a Albacete. Él sonrió, abrió un poco la boca, y entonces yo recibí dos impactos consecutivos: el primero, la visión de sus dientes, cuyo color abarcaba un arco cromático del verde al negro pasando por el amarillo de la cara de los Simpson; el segundo, la bocanada de fuego químico que sus palabras amables enviaron a mi nariz. Aquella boca olía peor que el desodorante del demonio —alguna variedad de Axe—, y fue una suerte que el chino solo la abriera para decirme:
—Siento, no habla espanol.
Contento de haberme librado de una conversación cordial con un pantano ambulante, me concentré en el libro que estaba leyendo pero no pude librarme del olor. Era un olor grumoso, capaz de anidar en el interior de la nariz y poner allí sus huevos de microolor, y el chino era de esas personas que duermen con la boca abierta en los autobuses. Miré por encima del asiento de delante: no era posible cambiar de sitio.
Cuando al fin llegamos a Murcia, después de cinco horas de castigo, el chino me sonrió y lo dejé pasar. Salí del autobús con los pasos temblorosos de un liquidador de Chernóbil que ha pasado demasiado tiempo sobre el reactor. Tenía que coger un bus interurbano para llegar al pueblo donde vivían mis padres, y en esas veo acercarse al chino con un amigo suyo y sentarse en los bancos de plástico naranja a esperar... ¡el mismo autobús que yo!
Ya en el nuevo bus, creí oír a los dos chinos conversando en el asiento de detrás. No quería girarme para no morir por efecto de la nube tóxica que llegaría de nuevo a mi nariz. Metí el hocico en la camiseta y me preparé para lo peor, pero entonces me di cuenta de que pasaba algo raro. ¡Yo entendía el chino! ¡Era capaz de comprender lo que decían esos dos! ¿Qué clase de enzimas me había metido ese aliento en el aparato respiratorio? Resultó que los dos chinos no habían montado en el autobús. Los que iban en el asiento de atrás eran dos murcianos que hablaban a toda velocidad con el acento cerradísimo de la Vega Baja.
—Acho, guasah la juhta.
—¡Que no, hotia, acho, amo pah-cantarilla y luego salimah puraí!
Que mi acento materno me hubiera sonado a chino durante unos minutos no me sorprendió menos que la transformación de mi forma de hablar, que desde ese momento empecé a estudiar con atención. Si estoy con un madrileño y un gallego, voy cambiando de acento según me dirija a uno u otro. Creo que esto se debe a mi deseo irrefrenable por caer bien a los demás. Todo lo que estimula mi curiosidad se me queda pegado durante un rato hasta que viene otro hecho insólito para sustituirlo, así que cuando escribo una novela no puedo leer nada que tenga demasiada personalidad, pues mi forma de escribir es tan mutable como la de hablar.
Gracias al columnismo convertí este defecto en una profesión. Ahora, por ejemplo, me dedico a poner en limpio algunos pensamientos mientras pasan las noticias por las portadas de los periódicos: leo que en España hay dos necios que gritan vestidos de diputados; en Siria, doscientos mueren por culpa del matiz interpretativo de un libro sagrado, y todo esto el mismo día en que los científicos encuentran un planetoide nuevo en el sistema solar y le ponen un nombre como si hubieran adoptado un gato. Siempre tengo el periódico abierto en el móvil, de manera que las noticias se oyen en mi estudio como trenes de mercancías corriendo demasiado cerca de la ventana. El ruido constante de nuestra época sobreinformada puede aniquilar el criterio o hacer que desarrollemos cierta sensibilidad, cierto oído selectivo, cierta capacidad para atender a movimientos que antes pasaban inadvertidos, aunque siempre vivamos en la insatisfacción de quien oye más de lo que puede comprender, como si, al contrario de lo que me pasó en aquel autobús, de repente todo el mundo se hubiera puesto a hablar en chino. Ayer leí el artículo de un psiquiatra o neurólogo o experto donde decía que este bloqueo se debe a la saturación de nuestros sistemas neuronales bajo el bombardeo de noticias, pero también a una fuerza invisible —social— que nos obliga a opinar de todo ello sin tiempo para reflexionar. En su artículo, el simpático experto nos describía como trituradoras de información que tragan noticias y devuelven excrementos al ciberespacio.
Cuando quería ser escritor y detestaba el periodismo pensaba que el mundo de la actualidad y el de la sabiduría solo debían rozarse en una franja estrecha, como el mar y la arena. Atribuía a la palabra escritor y a la palabra filósofo un sentido y una dignidad que estaban desapareciendo mientras yo crecía, de manera que tuve que comprarme americanas y cuadernos Moleskine y meterme en el Pepe Botella para hacer ver que leía, y tuve que escribir novelas y luchar por publicarlas y descubrir, después de lograrlo, que tampoco es que cambiara nada. Me di cuenta de que vivía la vida de los escritores para desaprender, que es el oficio del alma según cantó el poeta Eugénio de Andrade.
Digo ahora que en esa época de aspirante a escritor envidiaba a los santurrones de la cultura. Hubiera querido aprender a desconectar de todo para penetrar en la cueva de la concentración y descender, como ellos, a la profundidad de un libro sin hacer caso a las tonterías que dice Pedro Sánchez. Sin embargo, el tiempo y el oficio de columnista me han enseñado dos cosas: la primera, que los hechos de actualidad son un espejo en el que vale la pena mirarse cada mañana porque devuelve una imagen justa de uno mismo; la segunda, que muchos santurrones de la cultura, abstractos y leídos, resultan tan útiles para comprender las complejidades del mundo de hoy como poner el ojo en un caleidoscopio o escuchar los ladridos de un perro. Estos descubrimientos son, en todo caso, algo que intuí antes de que un director de periódico quisiera pagarme por escribir de las cosas que deja el día, obligándome a estar en permanente conexión con las gilipolleces de la actualidad. De hecho, siempre había escuchado con atención las opiniones de mis semejantes para hacerme una idea de cómo funcionaban sus cabezas. San Agustín dijo que para conocer a un hombre no hay que preguntarle lo que piensa sino lo que ama, pero yo estoy seguro de que muchos de nuestros vecinos aman sus propias opiniones por encima de todas las demás cosas. He visto a gente defendiendo su opinión con más perseverancia y más violencia de las que gastarían protegiendo a su familia de una jauría de negros armados y empapados en crack.
Cada opinión que hace pública un periodista, un escritor o cualquier aficionado a dejarse los pensamientos en las redes sociales nos ofrece una descripción del ánimo y las circunstancias en las que vive, pero ni un solo dato de quién es esa persona. Hay quien se pone mordaz porque está triste y nos da una sátira ácida y descarnada sobre la última declaración de la ministra de Agricultura, y quien se pone solemne y pesado hasta cuando está contento y nos suelta un sermón edificante sobre lo que hay que desayunar para evitar el estreñimiento. También están los que tratan de encontrarse a través de las propias opiniones. Los que no emiten una opinión sobre el mundo, sino que intentan opinarse a sí mismos para conocerse un poco mejor. Todas estas formas de opinar, en la España de nuestro tiempo, se han confundido con la forma de ser, y no es raro que un tipo que estaba expresando sus pensamientos sobre tal o cual tema, al ver que le discuten, acabe zanjando la cuestión al grito nihilista de «Es Que Yo Soy Así». Es ahí donde la opinión se convierte en una escopeta con la que volarse la sesera. Si la leyenda «Es Que Yo Soy Así» figurase en las lápidas de quienes la usaron a menudo a lo largo de su vida, creo que nos sería más fácil comprender por qué avanza tan despacio nuestro viaje con destino a la civilización europea.
El mito establece que todas las opiniones son respetables, pero se trata de una mentira peligrosa de la que quiero prevenirle, querido lector, aun en el caso de que sea un insensato. Las opiniones no son respetables, y algunas son suficientemente despreciables como para arrebatar el respeto a la persona que las emite. ¿La prueba? Podemos conocer a un tipo en el trabajo, y es posible que a primera vista nos parezca toda una lumbrera. Podemos hablar con él largo rato sobre cualquier tema, ir a un bar después de trabajar, escuchar allí sus giros mentales, ponerlos a prueba con preguntas impertinentes y descubrir si es capaz de zafarse con buen humor o con la determinación de un razonador analítico. Podemos ir a su casa y conocer a su familia, podemos viajar hasta su pueblo en vacaciones, examinar sus pertenencias cuando él vaya a la cocina para traernos una cerveza. Podemos hacer todo esto, recopilar toda la información disponible sobre su personalidad, pero solo calibraremos cuánto respeto nos merece ese tipo una vez que su opinión sobre nosotros haya llegado a nuestras orejas. Si nos considera unos imbéciles o nos considera unos genios, nosotros le daremos inmediatamente la misma consideración sin que haya importado gran cosa todo lo anterior.
Esto demuestra que las opiniones de los demás son mucho más importantes de lo que parecen, lo cual será una de las tesis de este libro, con el que también intentaré convencerle a usted de que las mías son todavía más importantes que las suyas. Cuando uno trabaja a costa de su opinión, sin embargo, se vuelve cada vez más cauto y más distante y relativiza su valor. El amor propio de un columnista es proporcional a la capacidad de tragarse sus palabras. Yo, al repasar mis artículos tiempo después de haberlos publicado, me he visto más de una vez como un tipo más frío, irreflexivo, recalcitrante y superficial de lo que hubiera estado dispuesto a admitir ante algunos de los que intentaron discutir lo que yo decía. Antes dije que adoro la incongruencia y ahora usted supondrá que esta adoración es interesada: que la incongruencia de la que hablo me redime de mis meteduras de pata.
Pues ha dado en el clavo. De hecho, opino que la vida es tan larga para que tengamos tiempo suficiente de cambiar de parecer tantas veces como sea necesario, a fin de alcanzar la jubilación convertidos en auténticas personas. ¿Será por eso que venero a mis mayores? Por eso y porque no suelen participar de internet, con lo que muchos ancianos se convierten en seres puros, como las bestias o los dioses, que diría Aristóteles. Mi abuela Pepita, por ejemplo, sigue considerando mi ordenador portátil una especie de oficina ambulante y ni se le pasa por la cabeza la cantidad de pornografía que cabe aquí.
Pero el cable de ADSL no solo conecta nuestra esfera doméstica con el puticlub interminable de la red. También nos enlaza a la verborrea callejera de todos los taxistas, fontaneros, jubilados y tertulianos de la galaxia, y tiene razón quien se queja por este motivo, pero hay una ironía deliciosa en la denuncia, y es que quien protesta por la saturación de opiniones no está haciendo otra cosa que alimentarla. A ellos, a los que están hartos de opiniones ajenas, debo recordarles que la plaga tiene también sus cosas buenas. Bastará con una fábula de tres céntimos de euro: una vaca disfrazada de persona puede dar rienda suelta a sus mugidos, y muchas veces le oiremos expresar cosas estúpidas e irritantes, pero es bueno que las palabras de una vaca la retraten como vaca. Eso sí, hablando de rumiantes hay que ser justos: hubo una vez una vaca que fue capaz de emitir opiniones más profundas que las de los hombres. Me refiero a aquella que levantó la cabeza del abrevadero y, mirando a su alrededor, caviló juiciosamente:
—Todo cuadra.
Además, ¿qué puede hacer una persona irritada contra el exceso de opiniones? Podrá cerrar las orejas con persianas, pero el mundo seguirá su camino con su cháchara constante. ¿No se blindan solas las opiniones, no se multiplican sin que nadie, ni tan siquiera un Malthus resucitado, parezca capaz de controlar su proliferación? No nos queda más remedio que aguantarnos, igual que nos aguantaron a nosotros cuando éramos adolescentes. Benditos sean nuestros padres y parientes por ese heroísmo desmesurado.
iii.
En Siberia escribí una descripción de la adolescencia de la que siempre me he sentido muy orgulloso: es la grasienta transformación del niño en adulto.
Cuando yo era uno de esos surtidores de sueño y grasa, me daba un reparo terrible esa palabra. Mi amigo José Ignacio y yo nos mandábamos cartas entre Tánger y Alcantarilla y en los sobres no escribíamos esa palabra sino, sarcásticamente, Reino Visigodo, Joseignachistán, Espina, Espuña, Pañal, Hispania, Península Ibérica, Periferia de Euskadi, Periferia de Catalunya, Espanya, Ese País. Por esa época conocí a mi primer amor que, como Andrea, era una catalana. Catalana que entonces, adolescente y menos novia por tocamiento que por correspondencia, había cambiado su nombre, Lola, por Nekane, porque ser catalana le parecía poco pudiendo fingirse vasca.
Hoy puede parecer sorprendente que una joven nacida y educada en el pujolismo como Lola fuera a buscar rebeldía al monte Gurugú teniendo la estelada tan a mano, pero recordemos que, a finales de los noventa, Madrid y Cataluña no tenían una relación tan tirante como la de hoy. Eran tiempos de abrazos cordiales en los que prevalecían las cosas que los políticos de ambos territorios han tenido siempre en común: Pujol robaba en Barcelona y en Madrid robaba un PP con la economía en manos de Rodrigo Rato.
—Soy de Tánger —dije con orgullo a los amiguetes murcianos cuando las vacaciones me obligaron a soportar su compañía en Águilas. ¡Soy de Tánger! Lo revelé con orgullo a esos chicos que veía como españolitos incultos, atrasados e ignorantes pero que eran en realidad chicos risueños, atléticos y gamberros. Quería mostrarme superior, viajado y cosmopolita, y ellos, como represalia, me apodaron Juan el Moro, mote que todavía oigo de vez en cuando en Águilas, y miro a un lado para descubrir que me saluda un hombre risueño, entrado en carnes y gamberro, que todavía me recuerda como el antisistema vascomoro y catalanofílico que fui a los dieciséis.
Euskadi era un país sin estado y a los chicos de mi época que jugábamos a ser rebeldes nos parecía un proyecto de futuro, mientras que España era imposición y absolutismo, algo tétricamente parecido a la vida de un adolescente cuya impaciencia por crecer se estrella contra la autoridad de sus padres. Euskadi era un sueño de libertad y España el instituto donde nos obligaban a tragar las ruedas de molino de la literatura de España, los muertos putrefactos de la historia de España, las peñas secas de la geografía de España, las agujas de pino de la botánica de España, los cuernos de cabrón de la zoología de España y hasta los números primos de las matemáticas de España. En aquel imperio adolescente en el que había que recogerse por narices en cuanto se ponía el sol, vivíamos sometidos a una guardia civil paterna que daba golpes en la pared del dormitorio para que bajásemos el volumen de Kortatu. Euskadi representaba crecer. España, que nos tratasen como a unos críos.
Esta visión de mi propia adolescencia me ha impedido tomarme en serio las reivindicaciones de los nacionalistas catalanes y vascos, por los que he ido cultivando una simpatía y una comprensión de las que hablaré en otro capítulo. Vivo, amo y trabajo en Cataluña en la época equivocada. Si fuera todavía adolescente, los discursos de los políticos independentistas que comparan a España con un padre autoritario y a la República catalana con una chica guapa con ganas de salir del redil habrían ido directos a mi corazón. Para desgracia mía, a los dieciocho años se me abrió de piernas una ciudad mucho más directa y experimentada: Madrid, y enseguida me di cuenta de que estar cerca de la Corte no es como cuentan en el Parlament.
Madrid fue la libertad del DNI de adulto recién estrenado y me condujo a un reino de perversiones y de vicios con los que tampoco le abrumaré, pero, paradójicamente, esa discoteca descomunal, ese viaje al fin de la noche fue el primer peldaño de mi regreso a casa. En el alegre desorden de Madrid, de fiesta en fiesta y de resaca en resaca, siguiendo los pasos de los escritores que caminaban, creyéndose alados, hacia el abismo, me fui dando cuenta de lo equivocadas que eran las nociones sobre mis padres y sobre España que me habían dictado la intuición y la impaciencia. Si no me volví nacionalista español tras ese flechazo fue gracias a que este sentimiento me parece tan adolescente como el de los catalanes.
iv.
Dicen que el primer amor nunca se olvida y que tamiza todos los que vienen después. A mí esta afirmación siempre me ha parecido de una cursilería y un conservadurismo dignos de terminar en el diván del psicoanalista, pero si quiero ser sensato y justo tendré que aceptar que el mantra, por odioso y condicionante que sea, tiene algo de verdad.
Las frases lapidarias, como los sueños o el horóscopo, están para interpretarlas y solo adquieren sentido reflejadas en el espejo del yo. Alcantarilla es el pueblo murciano en el que me vi obligado a permanecer hasta el viaje sanador al moro. No dejó en mí más que asco y resentimiento, porque allí pasa como en tantos pueblos feos y aburridos de España: hay que comportarse de un modo discreto porque está muy mal vista la extravagancia. ¡Ay! Los atributos físicos que me repartió la diosa Biología en la etapa del estirón me condenaron precisamente a la extravagancia: orejas desplegadas, delgadez extrema, cabeza enorme, un problema del acné comparable a los efectos de la radiactividad y, para colmo, el vicio de andar con los pies torcidos hacia dentro. Mis esfuerzos por resultar normal y corriente no obtuvieron resultados satisfactorios, especialmente cuando venían precedidos de una etapa de hidrofobia que me mantuvo alejado de la ducha el tiempo suficiente como para que me llamasen Soto Pestes en la escuela. Dado que fracasé en la búsqueda de una pandilla de amigos que me permitiera pasar desapercibido, los nativos del colegio, al verme solo, decidieron que mis deformidades transitorias eran mérito suficiente para concederme el cargo de pringado, figura que siempre necesitan los niños populares para su correcta diversión. Años después encontré en Falstaff una vuelta de sentido que me hubiera ido muy bien entonces:
La gente ordinaria se ríe de mí
y se vanagloria de ello;
pero, sin mí, estos con tanta jactancia
no tendrían ni un pellizco de sal.
Soy yo quien los hace astutos.
Mi argucia crea la argucia de los otros.
Por desgracia, no solo ignoraba yo por esas fechas quién era Verdi, sino que aquellos abusones consideraban que Camela, los Backstreet Boys y las Spice Girls eran los hitos más altos de la música en la historia de la humanidad, de manera que hubiera resultado contraproducente ponerme a cantar óperas ante ellos en mi intento desesperado por ser normal. Tuve que pasar la infancia en mi habitación jugando con los muñecos y cultivando la soledad. Esta existencia de Gollum me arrastró paulatinamente al vicio de dibujar cómics que al inicio eran plagios de Star Wars y Ultraman pero se fueron haciendo más intrincados, hasta convertirse en mamotretos de trescientas páginas que cimentarían mi futura carrera literaria.
Creé mi propia editorial a los once años, MP, siglas cuyo sentido he olvidado pero que debían de significar algo como Magic Productions o Master Pieces, palabras en inglés, eso seguro, porque siempre estaba pensando en mi futura expansión internacional. Poco después inauguré mi propia revista de reseñas, donde las viñetas eran pasadas por la picadora inmisericorde de la autocrítica y me dedicaba a mí mismo elogios pero también desprecios descarnados. Vivía, pues, en la tensión creativa y con el miedo a los críticos de la cabeza, y el resto del tiempo libre consistía en torturar a mi hermano pequeño Paco, a quien secretamente culpaba de todos mis males. Mi madre y mi padre eran los únicos destinatarios de las producciones de MP. Mis primeros lectores.
Pero cuando cumplí trece años ocurrió algo que en un primer momento no supe calibrar correctamente. Empecé a notar que, en paralelo al circuito de cómics para enseñar a mamá, iba proliferando una industria similar, una suerte de underground lleno de porno donde las historias versaban sobre pajas cubanas y la seducción satisfactoria de mi primera musa onanística, una pobre chica llamada Lorena a la que pido perdón desde aquí por las innumerables fantasías húmedas a las que la arrastró mi mente enferma. En mi defensa diré que las hormonas habían levantado su estandarte de guerra y que, en cuestión de meses, ni siquiera los cómics pornográficos que dibujaba y destruía podían calmar mi necesidad de ser considerado por el sexo contrario como un homínido apto para la reproducción.
Empecé a ansiar el reconocimiento, una sed que más tarde sería la gasolina necesaria para empezar a escribir en serio. La vida en Alcantarilla se convirtió en un laberinto asfixiante pero el destino, compasivo, se apiadó del pajillero. Me mandó a Lola/Nekane y creo que tardé quince segundos en darme cuenta de que estaba enamorado.
Era rubia, pero sobre todo era catalana, es decir: Lola no pertenecía a mi pequeño mundo aburrido y hostil. Comparada con las rubias de Alcantarilla, ella era una explosión de exotismo y desenfreno que galopaba con sus palabras bien dichas a lomos de su personalidad. Mientras las niñas de mi curso hablaban de pintarse las uñas, ella discutía de política; mientras los críos de mi clase disertaban sobre los tubos de escape de las motos, ella leía libros y los citaba de memoria; mis idolatrados abusadores comían gofres y cantaban canciones de Camela, pero Lola era vegetariana y escuchaba música estrambótica. Para colmo, llevaba tras su nombre un apellido holandés que serpenteó y martilleó durante años en mi pueblerina imaginación.
Lo más divertido que me pasó con ella queda registrado en el apéndice —por cierto, a Lola le habían extirpado el suyo y la cicatriz todavía provoca cosquilleos en mi memoria—, pero es el hecho de que fuera una chica de Barcelona lo que la ha traído sin su consentimiento a esta parte de la narración. Si la leyenda de que el primer amor tamiza todos los demás me parece una gilipollez supina, también tengo que admitir que el amor me ha arrastrado a Barcelona muchas veces, y que la última y definitiva vino precedida por el juramento de que jamás volvería a pisar esta ciudad.
Como les ha pasado a tantísimos españoles de provincias, Barcelona fue mi primer contacto con las grandes ciudades en un momento en que mi experiencia más cercana a cruzar Grand Central Station habían sido las escaleras mecánicas de El Corte Inglés de Murcia, y lo más parecido a las luces de Las Vegas, el anuncio de Movierecord que pasaban en el cine que había frente al Malecón. Cuando Lola me hablaba de Barcelona, yo ansiaba estar allí. Sin haber viajado nunca demasiado lejos, ya me consideraba un ciudadano del mundo y un extranjero en Alcantarilla. Mi municipalísima concepción del universo no fue obstáculo para que comprendiera que la gran ciudad no es una arquitectura, sino el espíritu inquieto que se refleja en los modales de los urbanitas. Había una forma de ser de pueblo y otra forma de ser de ciudad. Lola cogía el metro sola, no tenía miedo a hacer el tonto por la calle, no se quedaba mirando fijamente a la gente que vestía raro y decía sentarse en el suelo de las plazas para beber cerveza con unos amigos llamados Nil o Pau que tocaban instrumentos y que a mí me provocaban unos celos murcianos muy difíciles de soslayar. Conocerla supuso una epifanía en la que vi que todas mis rarezas tenían una explicación. Su mundo era el planeta del que yo procedía y del que me había extraviado como el cachorro de Superman. Yo era de Barcelona. Mi nacimiento al otro lado de Levante era un error que había que solucionar.
He ido comprobando más tarde que el amor nos convierte en imitadores. Bajo la influencia lolística, dediqué mi último año en Alcantarilla a dejarme una melena que me tapase las orejas y los granos y di inicio oficial a las hostilidades adolescentes contra mis padres, que al principio solo consistieron en un bloqueo comercial a la compra de zapatos y en promover mi derecho sagrado a llevar camisetas negras. Mi lucha por alcanzar una posición de dominio cultural provocó un choque de trenes que hoy me recuerda la pugna de los diputados de Podemos con los demás grupos por la manía de ir deschaquetados y con rastas entre las corbatas de la Cámara. Si yo hubiera sido diputado de Podemos a los catorce años, seguramente me habrían visto ustedes en el periódico con mi camiseta negra de los Simpson parodiando el baile de Full Monty.
De cualquier forma, los abusones de Alcantarilla no quedaron deslumbrados por mi transformación. Mi último intento de adaptación al medio había fracasado, pero unos meses más tarde mi padre me dio la noticia de que nos íbamos a vivir a Tánger. Aunque al principio me rebelé (¡que me quería quedar en Alcantarilla, joéee!), en Tánger me esperaba una existencia dulce que me convertiría en el guay de clase. Allí iba a encontrar a mi segundo amor y, en medio de tantos éxitos, mi personalidad alcanzaría el punto más vergonzante de la metamorfosis: el odio a España, el odio a mis padres y la intoxicación ideológica por ingesta masiva de basura contracultural, combinados con el deseo cursi y afectado de convertirme en escritor.
Lola y yo nos distanciamos en cuanto se me cruzó la novia tangerina, pero el influjo de Barcelona iba a quedarse agazapado en alguna capa inferior de mi sistema linfático. Allí esperaría su momento, nutriéndose de glucosa y de alcohol, hasta convertirse en un impulso gigantesco que me lanzaría una vez y otra a Barcelona, una ciudad de la que todavía no he aprendido a ser ciudadano por más que lo intento. Pero aunque no he vuelto a ver a Lola, siempre que paso a curiosear por una manifestación indepe fantaseo con verla a lo lejos entre la gente, guapa como cuando tenía trece o catorce años, agarrada a su estelada con las dos manos en una postura tan sensual que hasta el españolista más recalcitrante se haría amigo de Carles Puigdemont.
v.
Pero cuando me voy a vivir a Tánger quedan quince años para que las porteras conozcan el nombre del sucesor de Artur Mas. Hay una niebla densa en el Estrecho. Está como una hoja recién sacada de un paquete nuevo de quinientos folios y el ferry se abre paso estilográficamente en dirección contraria a las ballenas, los delfines y las pateras. Mi padre me ha prestado un libro de Paul Bowles pero yo no leo. Nunca leo. No me gusta leer, y menos si el libro me lo da mi padre, ¡soy adolescente! ¡Y todavía soy murciano! Desde la cubierta ferruginosa oigo un ruido raro y lo tomo por un muecín en su mezquita, sin saber que es la primera nota del canto de sirena que después, durante años, ha hecho que me estrelle una vez y otra contra la misma piedra. Porque en Tánger me espera el vicio de la literatura, que en 1999 ya luce en España con el resplandor de una vela entre los exvotos.
Escribir en Madrid fue llorar en los tiempos de Larra y morir en los de Miguel Hernández. Hoy no matan a nadie por el argumento de su novela, y el llanto es una reacción demasiado intensa y liberadora que tiene poco que ver con lo que significa hacer literatura en España en el siglo xxi. Ahora la experiencia se parece más a vivir en una casa de la que vas a mudarte en un par de semanas. Llorar, lo que se dice llorar, no lloras, pero todo te estorba y te fastidia. Reconoces el sillón donde leíste a tus anchas tantas tardes de otoño, pero ahora te sientas y ya no puedes concentrarte porque te preguntas dónde lo colocarás en la casa nueva. Esta duda te lleva a otra, y te pones a seleccionar los muebles que transportarás y los que dejarás tirados, y calculas cuánto mide la pared del despacho nuevo y si casa bien con la longitud de las estanterías. Así que dejas en el sillón el librito que habías cogido con la idea de leer y lo miras como a un enemigo: pronto estará en una caja, habrá muchas cajas destinadas a ir a alguna parte. Das vueltas por tu casa que ya no es tuya como un preso en la celda los últimos días de su condena. Los ojos no miran, miden, y aunque te rodean tus posesiones favoritas parece que acechan con aires amenazadores. Todo se transforma en tiempo y peso, aprendes que todo lo que amas pesa, pero al mismo tiempo te inquieta que algo se extravíe en la mudanza. Aunque podrías disfrutar los últimos días de la casa donde fuiste feliz, hay algo dentro de ti que se ha mudado. Vives sin vivir en ti.
Intento enderezar un texto como un par de raíles por los que el pensamiento pueda deslizarse hacia el sentido de las cosas, pero apenas agito un poco los dedos en el teclado se cuela en mi cabeza el día de mañana y esta palabra me muda, me enmudece. A mi amigo Víctor Balcells le pasa algo parecido. Tiene Víctor la elegancia de los vampiros románticos y una mirada penetrante de ajedrecista. Pasar un rato cerca de su melancolía es bueno para mi salud mental. Hablábamos de algunos autores misántropos franceses que dicen escribir sin pensar en el lector. Víctor me anima a que me deprima como ellos. Me recomienda que odie el mundo y lo desafíe, pero le digo que no pertenezco a esa cofradía: soy simple, simpático y tratable. No puedo evitar las atenciones con la prensa y los lectores, aunque me entristezca el espectáculo que estoy dando. Quisiera volverme ceñudo y borracho como Bukowski, un eremita; entender la escritura literaria como un ejercicio de consagración del yo por encima de toda esa gente despreciable, pero en cuanto llevo un rato dándole a la tecla pienso en usted y me paraliza el miedo a encontrar su buzón cerrado. Supongo que hay dos tipos de escritores: los que se creen profetas y los que envían cartas con la esperanza de que alguien se alegre al recibirlas. Yo soy de los segundos.
No soy apocalíptico, pero me pregunto cuál será el papel de la literatura en un mundo adicto a lo inmediato y con tantas formas entretenidas de estar solo. Hoy hacen el bachillerato esos chicos que llamamos nativos digitales, como si hubiéramos desembarcado en una isla remota y los hubiésemos encontrado allí; como si no fueran el producto de nuestro progreso enloquecido o la consecuencia de galopar sobre nuestras máquinas sin preguntarnos adónde nos llevaban. Estos bachilleres siguen estudiando con libros, viven obligados a la compañía del libro, pero hay quien dice que muestran menos interés por ellos que mi generación, que ya es decir. Me da entonces por ver a los protohombres del futuro como chicos y chicas mucho más evolucionados que nosotros y nuestros mayores: sacerdotes que dan misa y repican para millones de congéneres en un lenguaje vernáculo que todavía no ha encontrado su propia vertiente literaria, para un dios que no nos comprende y al que ni siquiera somos capaces de ver.
Pero no es el espíritu de los jóvenes lo que ha cambiado, sino la época en la que les toca crecer y madurar. Andrea nos dijo ayer a Víctor y a mí que había preguntado a sus alumnos de bachillerato si les gustaba la literatura, y que los chicos se habían convertido en un coro contundente y unánime para responder que no. Es natural: a ellos los fuerzan a aprender nombres de escritores y corrientes literarias con el método del profesor de gimnasia que te obliga a correr en torno a la pista de fútbol bajo el sol. Lo que me preocupa no es la unanimidad del «no», sino que nuestro tiempo, que ya es el tiempo de ellos, va a ser un enemigo feroz de la concentración.
Esto nos afecta a todos. Entre mis amigos escritores son multitud los que abandonan temporalmente sus perfiles de Facebook para leer a gusto. Profundizar más allá de la corteza de un ensayo o una novela hasta alcanzar la gloria cálida de su tuétano es más difícil ahora que hace veinte años. No digo nada nuevo, sé que antes que yo lo dijeron otros: al libro le fueron apareciendo enemigos en las ondas de radio y los rayos catódicos de la televisión. No ha habido una sola camada de escritores que no se quejara de que el pueblo lee muy poco y hasta del apocalipsis de la cultura, que es nuestra forma de patalear contra nuestro voto obligatorio de pobreza. En la vanidad de los escritores siempre está el hecho de creerse una raza extinta (ex-tinta), un fin de raza, dicho con la voz engolada de Michi Panero en El desencanto.
Pero, sin pronosticar la muerte de la lectura de libros, aceptaremos esto: ahora el enemigo es más letal que el peor monstruo imaginado por McLuhan. ¿Cuántas veces ha mirado usted Facebook, Twitter, Gmail o WhatsApp desde que empezó a leer estas pocas páginas? Dese un azote y una ducha fría por cada una. No, no lo haga. Usted no tiene la culpa, ¡si supiera cuántas veces lo he hecho yo desde que empecé a escribir todo esto! Internet no es un medio, es un órgano. Una parte de nosotros mismos. No es una ventana que se abre y se cierra como la televisión, sino que se parece más a una lentilla que nos pusimos un día y ahora ya no podemos arrancar de nuestros ojos. Le hemos entregado una parte sustancial de nuestra identidad, y desde ahí hay algo nuestro que nos llama y nos interrumpe en la lectura, en el paseo, en el amor. Un amigo mío me dijo que tenía un problema: el deseo de mirar las actualizaciones del móvil le provocaba gatillazos durante el coito. Si a algunos las redes les interrumpen el sexo, ¿qué será de la lectura? Los informes de las instituciones que velan el cadáver de la lengua culta coinciden en que en los últimos diez años hemos alcanzado un punto extremo de deslectura, que es una clase de deslealtad hacia nosotros mismos. Y todavía no sabemos muy bien a qué le estamos profesando fidelidad. Si internet es un nuevo dios, está claro que no es un dios antropomorfo. Si desea rehacernos a su imagen y semejanza, antes tendrá que destruir lo que hemos sido.
Los editores sienten que el Cthulhu ha empezado por ellos y repiten en petit comité algo que no se atreven a decir en público: en toda España no quedan más de cinco o diez mil lectores de verdad. ¿Y qué es un lector? ¿Usted me lo pregunta? No su tía Marisa, que lee tres o cuatro libros al año, sino quien siente un interés morboso por las novedades literarias y querría perseguir a sus escritores favoritos, como en Misery, pero sublima la manía y se contenta con lanzarse con avidez sobre su última novela. Sobre los huesos de lectores así, y no sobre los de escritores brillantes, está construida la historia de la literatura. Han sido ellos, ustedes, quienes ordenaron a los autores en las estanterías de la tradición y descartaron a los mediocres, quienes construyeron el edificio de las bibliotecas con su ejercicio de lectura silenciosa o académica, para que la siguiente remesa de lectores pudiera seleccionar sus presas en el coto de la Literatura Universal.
Tal y como he planteado el capítulo, uno diría que, si esta clase de lector fuera un animal con las orejas puntiagudas y cubierto de pelo naranja, los ecologistas nos advertirían de que se encuentra en peligro de extinción. Pero si vuelvo a mirar a los adolescentes de hoy, a esos que supuestamente no leen, a los de la pantallita, como dicen despectivamente los escritores insatisfechos con sus ventas, estoy obligado a ser honesto y reconducir el asunto hacia el lado opuesto.
Hace seis meses, una chica de dieciséis años ganó un concurso de poesía al que concurrían aspirantes de todas las edades y de todos los países de Latinoamérica. Dieciséis años, como los que yo tenía cuando empecé a escribir, antes de que la raza de los youtubers hubiera aterrizado en la Tierra desde su galaxia incomprensible.
Creerse fin de raza, este síndrome de músico de la orquesta del Titanic, no es más que una muestra de vanidad. Ni siquiera tenemos esa gloria decadente asegurada.
vi.
Francisco Brines describió la inquietud de escribir en unos versos que seguramente hablaban de otra cosa: «Y besar, con los labios del niño rescatado, / este mundo tan viejo, / que hoy no alcanzo a saber / por qué, si el amor no se ha muerto, / me quiere abandonar». Fue el primer escritor de verdad que se parapetó tras un atril para que yo lo escuchase.
Tengo dieciséis años, como la poeta que ha ganado el premio. En este momento, ella acaba de nacer y yo soy un adolescente con camiseta negra que empieza a robar horas al estudio para leer y escribir. El salón de actos del Severo Ochoa de Tánger es un hervidero hormonal que huele a calcetines y a vestuario de polideportivo, no existe WhatsApp pero nos lanzamos mensajes escritos en papeles los unos a los otros, tengo a mi lado a mi novia Fanny y ella exige toda mi atención y ensortija los dedos entre mis greñas. Magia, porque todo lo que pienso está debajo de su ropa y no deseo otra cosa que deslizar un dedo bajo el tirante de su camiseta, que la adolescencia es un hambre de piel ajena mientras la propia se intoxica con granos rojos y repugnantes.
Cuando el viejo poeta sube los peldaños del cadalso ya estamos haciendo bromas sobre él. Nos reímos porque lleva un traje marrón que nos recuerda al del profe de geografía, porque nos saluda hablando muy bajito y el micrófono se acopla y pita como las alarmas de nuestras braguetas, porque es calvo y tiene la cabeza gorda, pero sobre todo nos reímos porque ahora se va a poner a leer poemas, y nuestra timidez escandalosa, que es una ruborescencia púber, nos obliga a presentar batalla de carcajadas contra su intimidad.
Pero Pilar es una centinela. Mi profesora de literatura murió, pero ahora puedo ver su cabeza como un casco que se levanta y desfila hasta el estrado. Desde ahí arriba nos impone el pavor de ser descubiertos en nuestra inanidad, su mirada severa silencia los conatos de rebeldía y de chanza. «Paco Brines es el poeta más importante de su generación», nos confiesa, a un tiempo cómplice e imperativa. Así que por un instante dejaré de meterle mano a Fanny y le echaré un vistazo al viejo con otros ojos. Él romperá a recitar sus versos y se sacará de la boca palabras enteras, sin morder, sin saliva, puras y grandes. Juan Carlos Suñén me dará años después la definición de poesía más precisa que he oído: poner palabras donde el lenguaje no había logrado hacerlo por sí mismo. Las de Brines, esa mañana de instituto, son armas que apuntan al lugar donde se fragua mi porvenir. Al poco tiempo aplaudimos cada estrofa como focas ante el cubo de pescado. Brines no se lo puede creer, pero es cierto: el auditorio ha cambiado de bando y ahora está de su parte. Los que marchaban a la Bastilla a guillotinar la cabeza del rey se han hecho monárquicos de repente al trasponer la puerta de su dormitorio.
Concluido el recital, corro a mi casa. Escribo un poema a toda prisa en un papel amarillo y vuelvo al instituto galopando. Encuentro a Brines en la sala de profesores y con toda la valentía del mundo se lo doy. Él lo lee muy rápido, de un vistazo. Su voz suena amarga cuando me recomienda que lea más, pero la encuentro muy dulce cuando me anima a seguir escribiendo para pulir mis errores de juventud. Aunque la vanidad ya rige mi destino, recuerdo cierta tristeza en sus palabras. Ataviado con mi camiseta negra de Marilyn Manson pienso que lo decepciona mi poema mediocre, pero hoy, cuando ya conozco el mundo que nos abandona aunque el amor no se haya muerto, sospecho la auténtica razón de su abatimiento: Francisco Brines sabe que ha envenenado a un joven inocente con el virus de la escritura.
Será a partir de ese día cuando la palabra escritor se separe de las otras en mi diccionario cerebral y se eleve como la carroza de Medea, de la que, por cierto, tiraba una jauría de serpientes voladoras. Ocupará el lugar antagónico de la palabra España, proscrita y entumecida, y con el espejismo en las retinas marcharé a Madrid, no con el plan de ser periodista como les he asegurado a mis padres, sino para abrirme camino en los corrillos del café Gijón capitalino, cuyos parroquianos ya no visten chaqueta con lamparones ni soplan el café con leche, sino que han pasado del modernismo a lo moderno y de Recoletos a Malasaña. Loco por aparecer, por que me vean, por que me lean, por ser el centro de la fiesta, me lanzaré tras ellos por las cloacas de la noche. Querré caminar por la estela de mis contemporáneos como un imitador de Jesús marchando sobre las aguas. Durante el día, José María Calleja trata de despertarnos el interés en las aulas de Periodismo, pero no le hago caso y escribo. Empiezo muchas novelas y termino un par, condenadas a conocer las profundidades de la papelera. Por las noches me veréis merodear alrededor de los escritores madrileños, con sus copas en vaso de tubo, por las tardes los otearé en las presentaciones de libros tratando de discernir entre humanos y editores. A los últimos los veré como criaturas mitológicas, deidades proveedoras de la gloria, la ruina y una clase de indiferencia digna de la de Barbara Stanwyck en Perdición. Todavía no conozco el significado de la palabra distribuidora, ni lo vital que es el Excel para este negocio que yo imagino tan elevado. No he oído hablar sobre los cinco o diez mil lectores reales que quedan en pie en España, país cuyos misterios ni siquiera se acercan a interesarme.
El proceso de aprendizaje de un escritor es divertido y humillante, porque los chicos tardan más años en formarse de lo que les gustaría. A lo largo del camino nos vencen las prisas: mire, por ejemplo, a ese muchacho que escribe en su cuaderno a la vista de todos en el bar, sosteniéndose la frente con la palma de una mano, con el codo apoyado en el papel. Creo que tiene veinte recién cumplidos y está escribiendo una novela, ¡una novela! Estamos a viernes, ¿verdad? Pues el lunes, tras un fin de semana desenfrenado, el chico despertó a las dos de la tarde sobrecargado de arrepentimiento. La ventana de su habitación de piso compartido filtraba la luz cadavérica del patio de luces, por el que subía el cacareo de dos vecinas y un olor a legumbres y coles hervidas. ¿Por qué los llaman patios de luces si solo se filtra un resplandor enmohecido y pálido? ¡Deberían llamarlos patios de ruidos o patios de pestes! El chico dedicó sus primeros pensamientos al sentimiento de culpa por no escribir suficiente y salir demasiado de fiesta, pero aun así le costó mucho trabajo decidirse a salir de la cama.
Antes de quitarse el pijama ya se había propuesto quedarse encerrado hasta terminar el quinto capítulo de su novela. Se levantó tiritando y encendió su ordenador. Para cuando se activó el procesador de textos, el chico había decidido abandonar el quinto capítulo y empezar otra vez el cuarto. Poseído por una extraña fuerza que encorvaba su espalda y lanzaba impulsos espasmódicos a sus dedos, tuvo el nuevo capítulo escrito solo dos horas después. Entonces releyó lo que había hecho mientras las tripas del ordenador emitían ruidos mecánicos, como si les costase digerir todo aquello. Su parrafada no tenía ninguna relación estilística ni temática con los tres primeros capítulos. Era pura inspiración, sin orden ni concierto, pero qué bonito quedaba. Tendría que empezar, pues, otra vez desde el principio. Y sin embargo dudaba: ¿cómo había alcanzado ese estado de gracia que le permitió escribir tantas páginas sin pensar en nada, sin parar a preguntarse dónde iba la metáfora y dónde el adjetivo? Sospechó que un ángel había estado con él, antes de irse volando por la ventana y escabullirse por el patio de ruidos.
Pero hay que seguir de cualquier forma, se siente furioso y amenazado como un personaje de Don Carpenter. Presiente que todos los demás lo adelantarán pronto, conoce a otros escritores principiantes como él y teme que lo avisen en cualquier momento, tan contentos, de que ya han terminado sus libros. No podría superar el golpe de que otro consiga la celebridad antes que él. Todos los escritores noveles tienen la aspiración de ser hijos únicos, y él está tan preocupado por terminar una novela que hace bastante tiempo que no lee. Cuando coge un libro, lo primero que hace es calcular la edad a la que su autor publicó su ópera prima. Ahora va a su estantería con el propósito de torturarse: Rilke se hizo famoso siendo un crío, Mary Shelley publicó Frankenstein con veintiún años, con veintitrés Scott Fitzgerald ya había publicado A este lado del paraíso, Hemingway se estrenó a los veinticinco, a misma edad con la que Goethe publicó su Werther, y no hay que irse tan lejos en la línea del tiempo: Bret Easton Ellis dio la campanada con American Psycho a los veintisiete años, pero había publicado su primer libro a los veintiuno. Con veintiuno, es decir, el año próximo, el chico no solo habrá terminado su novela, sino que esta lo consagrará, quedará ganadora o finalista del Premio Herralde, será celebrada por la generación de moda, por sus adversarios y por un estupefacto Javier Marías. Se van a enterar de quién es él. Así que ahora está en el bar, donde lo miramos y nos llena de ternura porque toma notas a la vista de todos, y de vez en cuando levanta los ojos para comprobar que lo estamos mirando, que lo esperamos. Quiere que mañana seamos sus lectores.
Escenas como esta se repiten, con ligeras variaciones, en un buen montón de novelas protagonizadas por escritores. La tradición marca comienzos duros que tienen su recompensa al pasar los años y exhibe a los triunfales genios juveniles para espolear a los que solo conseguirán cierto predicamento a base de trabajo, prueba y error. Pero la teoría ha caducado. Demasiadas cosas han cambiado radicalmente. Durante mis años de formación, el progreso humano estaba descalabrando los libros y a los escritores por las escaleras, sin ningún disimulo si observamos lo ocurrido en España. Para cuando mi generación consiguió ponerse guapa para la fiesta y se encaminó al parnasillo literario, encontró allí demasiados invitados, demasiado ruido y muy poco de beber.
En Madrid conocí a Alberto Olmos, el primer escritor de verdad con quien hice amistad, y él, cuando le iba con mis penas de autor genial sin novelas publicadas, siempre me prevenía de que sacar un libro ya no era para tanto. No le creía porque el escritor inédito se aferra con reverencia a sus ilusiones, y además Alberto siempre estaba un poco amargado, resfriado y taciturno. A la búsqueda, siempre a la búsqueda, al año me hice amigo de Ignacio Merino. Él necesitaba compañía y yo necesitaba ánimos, así que hicimos un pacto y Merino me aceptó como aprendiz. El viejo lobo de la novela histórica vivía como un rey vendiendo sus libros y tenía una fe desmesurada en que este mundo sobreviviría a todas sus enfermedades. Cuando yo estaba a punto de tirar la toalla, él me animó a seguir escribiendo y me hizo prometerle que lucharía hasta que alguien publicase Siberia. Paralelamente, tiró de sus contactos para que yo empezara a ganar algún dinero publicando artículos en la revista Tiempo, donde iba a conocer al hombre que dignificaría mi idea adolescente de la profesión periodística: Luis Algorri.
Hice buenos amigos entre los aspirantes a escritores de Madrid. Alejandro García Ingrisano es un tipo con tanto talento para contar historias que abandonó la escritura y se hizo empresario; Juan Gómez Bárcena se convertiría en el mejor novelista de mi generación con su segundo libro, El cielo de Lima, aunque se tiene que ganar el pan sin gluten dando clases; Guillermo Aguirre, sin duda el genio vivo entre nosotros, y un hombre que aparenta más años de los que tiene en la prosa y en la cara, vive detrás del mostrador de una escuela; o Manuel Astur, que después de mucho complicar la vida de su mejor amigo con los lamentos propios de un autor inédito, se ha convertido por fin en una de las mejores plumas con el ensayo sentimental Seré un anciano hermoso en un gran país. La cuestión es que, mientras nosotros nos formábamos en la bohemia, pasaba el tiempo con esa rapidez que gasta cuando un idealista corre en la dirección equivocada.
Todos recibimos las primeras noticias de la crisis económica mundial sin asustarnos demasiado: a mí acababan de darme trabajo en la empresa de publicidad online donde trabajaba Olmos, este había ganado un premio y Merino vendía proyectos muy lucrativos a editoriales, revistas y hasta a una bodega de vinos. Sin embargo, el suelo desaparecía bajo nuestros pies sin que nos diéramos cuenta. En unos pocos meses, las editoriales más respetables se levantaron las faldas para enseñar sus agujeros financieros y supimos que no los había taladrado la crisis, sino los gusanos de una burbuja empresarial que las devoraba desde dentro. Consecuencia: los anticipos en concepto de derechos de autor disminuyeron como el contenido de una botella de whisky en manos de un alcohólico. En paralelo, los grandes periódicos expulsaban a buena parte de sus trabajadores como aviones a los que se les incendia un motor y han de desprenderse del peso prescindible, de manera que las secciones de cultura adelgazaron como si hubieran enfermado de anorexia. Los suplementos de libros se deshojaron, en parte por la caída de ventas pero también porque el público ya no se fiaba de una caterva de críticos que anunciaba cualquier folletín como el acontecimiento literario del año. Y así fue como los trabajos del ramo literario adaptaron sus salarios a los tiempos de la miseria. Hoy son legión famélica los periodistas culturales y los escritores que no cobran o que ven apenas cuatro duros por su trabajo. No solo íbamos a descubrir que el optimismo de Merino estaba injustificado: es que además el pesimista Olmos se había quedado muy corto.
Todavía hay quien se hace una pregunta ridícula mientras pide limosna vendiendo libros: el problema de este sector ¿es la economía? Diré que no a mendigos y curiosos. Durante los primeros metros de la caída hubo quien se consolaba pensando que la causa de que los editores ya no vendieran libros era la pobreza, como si los españoles fueran personas con muchas ganas de leer pero sin pasta suficiente para ir a la librería. Otros auguraban que las aguas volverían a su cauce tarde o temprano, como si la lectura de novedades fuera una necesidad del pueblo y alguna vez se hubieran leído todos los libros que se compraban. Un tercer grupo se preocupaba de que el e-book desatara una ola de piratería como la que había devorado a las discográficas y reivindicaba no sé qué rollos del olor a tinta de los libros de toda la vida, de nuevo como si el problema tuviera causa pecuniaria y no de escasez de otra riqueza mucho más trascendental para el lector: el tiempo. Pero la crisis mundial iba a mostrarse como la comparsa de nuestra tragedia literaria. La expansión enloquecida del entretenimiento gratis por internet y la popularización de los teléfonos inteligentes y conectados en red tenían asignado el papel protagonista.
Hubo quien perdió la esperanza cuando se percató de que la gente ya no lee libros en el metro, sino que se alumbra la cara con el móvil. Cuando Merino tuvo que dedicarse con todas sus fuerzas a la supervivencia, que es el más arcano de los secretos de los escritores, el verdadero rostro de la ruina libresca se perfilaba ya con los trazos claros y contundentes de una escultura de Miguel Ángel: hay demasiados escritores, muchos nefastos, publicando demasiados libros que son jaleados por algunas voces de la prensa y leídos por muy pocos pares de ojos. Pude saborear el clima de desconcierto que se ha instalado entre los lectores más avizores cuando di un curso a aspirantes de escritor y estos me confesaron que no habían leído a Alberto Olmos, Elvira Navarro, Manuel Vilas, Sara Mesa ni Andrés Barba. ¡Apenas conocían la existencia de cinco de los autores más brillantes del momento unos chicos que querían convertirse en escritores!
Pero las constantes vitales de la literatura española siguen interrumpiéndose a medida que nos alejamos de la librería y nos aproximamos a la universidad, que se demuestra una y otra vez inútil para separar lo bueno de lo malo y pescar del torrente caótico de novedades los libros que deberían pasar a formar parte del canon, de la historia. Desorientados y muy posiblemente tan decepcionados como el resto de los lectores, la mayoría de los doctorandos se refugian a investigar a los clásicos, exploran el exotismo de los autores extranjeros o se fingen fascinados por movimientos pseudoliterarios, como el que en España llamamos posmodernidad, compuesto por libros y autores tan áridos que no sobrevivirían ni quince minutos en manos de un lector que busque claridad o evasión de las cosas mezquinas de su vida. Unos estudios de literatura avanzados como los de Norteamérica, Francia, Alemania o Inglaterra parecen incompatibles con los paraninfos rancios y miopes de la universidad española.
Y en cuanto a usted, qué puedo decir. Usted ha tragado ya tanta basura por culpa de su necesidad de seguir leyendo que se ha vuelto desconfiado y rencoroso. No perdona al autor que lo decepciona a no ser que le tenga mucho cariño, lo cual es muy comprensible. Comprar un libro y leerlo consume mucho más tiempo que ver una película y hasta una serie de siete temporadas. Lo saben muy bien los escritores consagrados, que en los tiempos de la tele con dos canales encontraron una paciencia y una confianza suficientes para permitirse algunos bodrios a lo largo de su trayectoria. Pero también ellos se han dado cuenta de que, después de tanto tiempo, los lee mucha menos gente que antes. Su influencia ha disminuido en un ambiente cultural que se decanta por la gastronomía pija, la moda pijísima o la parafernalia más pija todavía de eventos como ARCO. Algunos, antes vacas sagradas, han protagonizado caídas tan aparatosas que casi resultan cómicas, de manera que los supervivientes temen perder su lugar de dominio cultural y se muestran reacios a leer y promocionar a los autores nuevos, en quienes no ven novatos inocentes sino rivales arribistas.
De manera que a los autores de mi generación solo les queda fantasear con abrirse camino hasta el circuito de las traducciones internacionales, forma en que se manifiesta para nosotros esa emigración forzosa que ha lanzado a tantos jóvenes españoles a países con unas condiciones laborales más dignas. Sin embargo, cuando la novela de un compañero salta a otro idioma no siempre se alegran sinceramente los que siguen publicando en castellano. Sin un horizonte de progreso a la vista, los egos engordan y las personas adelgazan, y por todas estas cosas, después de convertirme en escritor, la palabra que había sido casi sagrada para mí perdió toda la dignidad que tuvo en los tiempos de camisetas negras, con Pilar y Francisco Brines.
Y sin embargo, ¡qué satisfacción provoca escribir una novela!
vii.
Si todos los españoles nos reclinásemos al mismo tiempo en el diván de un psicoanalista para buscar en nuestra mente colectiva el origen de nuestros complejos, la primera conclusión que yo extraería es que algún chalado está construyendo divanes de proporciones exageradas. Mucho más grandes, en cualquier caso, que el que tenía en su despacho Sigmund Freud, que según Billy Wilder era de un tamaño más bien liliputiense. Antes de ser cineasta, Wilder fue joven y periodista, y movido por estas dos fuerzas demoníacas quiso entrevistar al padre del psicoanálisis. Armándose de valor y convencido de ser una criatura con encanto de sobra para seducir a un forense onírico, llamó al timbre de Freud y compuso su sonrisa más radiante. Cuando se abrió la puerta vio ante sí a un viejo barbudo que le preguntaba por qué diablos lo estaba molestando. Le dijo que quería hacerle una entrevista, ensanchó su sonrisa y, cuando estaba a punto de soltar su fórmula de cortesía más galante, recibió un portazo en las narices. Todo lo que había logrado vislumbrar de Freud, aparte de sus barbas y su cara de vinagre, fue el célebre diván originario, el padre de todos los divanes, que Wilder seguiría describiendo muchos años después como un mueble decepcionante. Tras un fracaso de esta categoría cualquier otro periodista se habría marchado a casa para ahogar las penas en barbitúricos, pero Wilder ya tenía entonces el poder de condensar personajes enteros en una sola frase. Lo que diría sobre Freud es que había construido la teoría psicoanalítica usando como materia prima los sueños de gente enana.
Algo tenemos en común con Billy Wilder los españoles y es nuestra capacidad sorprendente de sacar petróleo del infortunio.
Siempre me he preguntado por qué usted y yo nos recreamos en los males de España en lugar de buscarles solución. Quemamos lamentándonos la misma energía que gastan los extranjeros en presumir de los logros de sus atletas olímpicos. Algo he viajado, algo he leído, y no he visto otro país cuyos pensadores hayan vertido tanta tinta y llevado a rastras sus neuronas durante tantos kilómetros de papel en una misión tan poco constructiva como describir de la forma más devastadora posible la personalidad de sus compatriotas. De hecho, creo que si un Pérez-Reverte de New Hampshire, pongo por ejemplo, escribiera alegremente un ensayo sobre la obesidad mórbida y la estupidez del norteamericano medio, la Asociación Nacional del Rifle, varias cofradías baptistas y no pocos congresistas demócratas se echarían a la calle con antorchas y horcas para pedirle explicaciones. Los españoles, por el contrario, disponemos de una versión propia del patriotismo que se basa en la contemplación morbosa de nuestra fealdad. Sin darnos cuenta, cuando nos quejamos de lo mal que va España empleamos una técnica de escapismo muy sofisticada que nos permite estar al mismo tiempo dentro y fuera de la caja fuerte que tiramos al mar.
Donde los italianos tiran del tanto l’Italia è cosí nosotros nos vamos a una fórmula mucho menos concreta: Spain is different, que sirve tanto para justificar nuestro atraso como para presumir de lo bien que nos queda la tortilla de patatas. ¿Qué significa? ¿En qué se diferencia? Y si es diferente, ¿a qué se parece? El sentido de España se pierde en las tinieblas de la vaguedad y en su búsqueda nunca llegamos a ninguna parte. Uno puede hacer un viaje hasta los confines más remotos del planeta y no encontrará un solo pueblo que pase tantas horas al día palpándose los michelines ante el espejo sin decidirse a empezar con la dieta y el deporte. ¿Qué es un español?, se pregunta el vecino del 4.º A con la cara apoyada en el cristal de la ventana. De la ventana de enfrente no llega una respuesta, sino otra pregunta: ¿qué no es un español? Solo hay que abrir cualquier mañana los periódicos para encontrar más: ¿los catalanes son españoles? ¿Qué partido político es más español? ¿Son los andaluces más españoles que los catalanes? ¿Es un andaluz en Cataluña más español que otro que vive en Sevilla? ¿Es español Picasso? Y así, perdidos en un laberinto de preguntas elementales, después de cinco siglos de historia ni siquiera tenemos del todo claro si haber nacido aquí es más condena o bendición.
Los franceses saben que son franceses y punto, por eso se dedican a escribir libros deprimentes, recordar el olor del té y las magdalenas, guillotinar gente, embotellar vino, venderlo como si fuera el mejor del mundo y volcarnos los camiones de fruta. Los ingleses saben que son ingleses y punto, así que han tenido tiempo para colonizar medio planeta, azotar hindúes con varas de verdillo, construir buenos buques, inventar el pop, beber ginebra, cultivar el ingenio, espigar la ironía y aún les queda tiempo para buscar en nuestras cunetas el esqueleto de Lorca mientras se achicharran al sol. Los alemanes saben que son alemanes y punto, y como ser alemán es sinónimo de ser eficiente han construido la democracia liberal más eficiente, el fascismo más eficiente, el totalitarismo comunista más eficiente, el federalismo más eficiente, las lavadoras y los coches más eficientes y hasta las salchichas más eficientes. De hecho, cuando las corrientes filosóficas de la época (es decir: el hambre) han llevado a los alemanes a hacerse la misma pregunta que nos hacemos siempre los españoles, se han puesto a la tarea de responder con una meticulosidad tan temible que por poco no lo contamos en el resto de Europa. ¿Y qué decir de los norteamericanos, tan jóvenes, guapos y seguros de que ser norteamericano no es otra cosa que molar mucho y enseñar a los demás a imitarte? ¿Y de los rusos, suficientemente orgullosos como para que su presidente aparezca luciendo pectorales en los periódicos de medio mundo sin sonrojar demasiado a la mayor parte de sus vasallos?
Pero nosotros vagamos desorientados porque medimos España en función del número de pérdidas y no en el de conquistas. Siempre nos salen las cuentas a pagar, como si nuestro país no solo tuviera una deuda económica sino también existencial. Los herederos de los Reyes Católicos malograron las colonias americanas y así perdimos nuestro imperio glorioso. Cuba y Filipinas se independizaron y perdimos nuestro imperio moral. El Sáhara se escapó sin mediar un tiro y así perdimos nuestro imperio residual. Y luego murió Franco, y los cuarenta años de cuentos con los que habían enseñado a nuestros padres que España era un gran país se cubrieron de incredulidad. La verdad cruda sobre nuestra historia nos arrebató el último imperio que nos quedaba: la fantasía. Ahora hay quien echa un vistazo a nuestro pasado y aparta la vista con sentimiento de culpa.
¿Paraliza a los norteamericanos la responsabilidad de que sus tatarabuelos mataran a tiros a todas las naciones indias desde Alaska a Nuevo México? Pues generan el mito de Acción de Gracias, colocan a los indios supervivientes en reservas junto a sus lugares sagrados, y a celebrar las figuras individualistas y aventureras del cowboy y el pionero. ¿Sienten pesar los franceses por haber declarado la guerra al mundo en tiempos de Napoleón? Pues entérense ustedes de que Bonaparte fue el mayor héroe militar de todos los tiempos y de que llevaba consigo los principios morales de la Revolución Francesa, así que quien no los adoptó, tonto que fue. ¿Avergüenza a los ingleses haber sido la tiranía más longeva y expoliadora del mundo moderno? Pues déjenme decirles a sus señorías que además somos la democracia parlamentaria más antigua, así que ya pueden aprender un poco de nosotros y respetarnos por conducir por el lado contrario de la carretera, porque como se pongan tiquismiquis nos vamos de la Unión Europea y ahí se quedan ustedes con sus pamplinas.
España necesita urgentemente un libro de autoayuda para países; es una lástima que no los hayan inventado. Imagino un anuncio en la Casa del Libro de Gran Vía: ¡Desarrolle al máximo sus potencialidades nacionales por medio de nuestro método de superación basado en los Trece Escalones! ¡Descubra el lado bueno de las batallas perdidas! ¡Conviértase por fin en una potencia cultural! ¡Adáptese a la civilización moderna sin complejos! ¡Memoria histórica y equilibrio emocional por fin juntos! Un panfleto de esta clase nos proporcionaría eso que tanto combate la izquierda española: un relato mítico con que limar los callos que dejaron las canalladas de nuestros antepasados en las paredes del tiempo. Así, tal vez, se animaría un poco ese sindicalista taciturno que rumia avergonzado por las barbaries que cometieron en Perú unos tiparracos con ojos de Klaus Kinski, y ese manifestante con barba dejaría de pedir clemencia al plato de almendras por la brutalidad de los legionarios que decapitaban moros en Marruecos, y con toda seguridad esa vegetariana de los piercings frenaría en seco la redacción de encíclicas para disculparse en nombre de todos por la Década Ominosa de Fernando VII. Somos un pueblo que busca el sentido de ser pueblo y lo pierde por el camino, como si buscásemos las llaves antes de salir de casa, las encontrásemos, las metiéramos en el bolsillo del abrigo y al cerrar la puerta nos percatásemos de que no lo llevamos puesto.
Pero, al contrario de lo que podría parecer, repetirnos los unos a los otros que vivimos en un país de mierda nos da más alegrías que pesares. En la escala de placeres nacionales, el gusto de ver a un visitante con cara de pasmo solo puede compararse a un gol de Iniesta contra Holanda. Nos avergüenza que los extranjeros se lleven mala impresión, y al mismo tiempo nos satisface. Si The New York Times llama corruptos a nuestros políticos, sentimos la fascinación morbosa de quien decelera el coche al pasar junto a un accidente de tráfico.
Tiene que ver con nuestro carácter abierto y expansivo. Para nuestras intimidades somos herméticos como teoremas, reservadísimos; pero para las curiosidades, vicios, manías, denuncias, mudanzas, chanzas, usos y costumbres españolas nos explayamos con cualquiera hasta resultar cargantes. Lo percibe con total claridad un inglés que está de viaje en Madrid. El rubicundo visitante ha venido a España con la idea de ver cuatro museos y, cuando lo anuncia a un grupo de parroquianos de bar, rápidamente se ve rodeado de españoles deseosos de hablarle de España, como le pasó a George Borrow cuando vino a regalar biblias luteranas montado en su burrita o al guiri imaginario que paseó con Larra en el artículo «Vuelva usted mañana». Seguramente huirá pronto, aburrido de un pueblo que se muestra sistemáticamente encantado de hablar de sí mismo y describirse en los términos más autocompasivos.
Pero esta autocompasión tiene una cara oculta que le da sentido: la feliz autoindulgencia que nos proporciona. Cuando un español se convence de que en España tenemos los políticos más corruptos e incultos, los taxistas más estafadores, los jóvenes más borrachos, ignorantes, escandalosos y desconsiderados, los funcionarios más incompetentes, los constructores más jesugilianos, la policía más pegona y los maridos más machistas, antes de preguntarse si el superlativo está justificado ya tiene una coartada para otras cosas que van mal y dependen exclusivamente de él. Vivir en un país donde la chapuza está establecida como estándar es cómodo para quien no tiene ganas de hacer bien un trabajo, así que en nuestros pecados no llevamos la penitencia, sino el perdón. Cuando me di cuenta de lo poco exigentes que eran consigo mismos algunos tipos que siempre llevan el Spain is different y el mohín de disgusto en la boca, supe que, a veces, decir que España y los españoles no estamos tan mal es más un acto de exigencia que de presunción.
viii.
En la infancia siempre estamos lidiando con amenazas. La más acuciante en Alcantarilla eran los gitanos que vivían detrás de las vías del tren, capaces de robarme varios relojes Casio al año. Sin embargo, había muchas formas de estar a salvo de ellos: calles seguras y populosas y compañías que actuaban como un talismán contra el peligro terrorista. Otro riesgo constante eran las reprimendas suaves de mis maestros, cuya gravedad se redoblaba si llegaban a oídos de mi padre, pero sortearlas también era muy sencillo: bastaba con permanecer callado en el aula, por mucho que encontrase cosas interesantísimas que decir sobre los globos de agua o las cacas de perro en medio de una clase de matemáticas. Había otras amenazas domésticas, como morir electrocutado o partirme el cuello en una mala caída, pero gracias al celo materno disponía de protocolos de seguridad suficientes para liquidar estos riesgos. Y luego, por supuesto, estaba el miedo irracional a criaturas de ultratumba, pero esto me causó pocos problemas porque desarrollé una táctica que me servía para ahuyentar a los cenobitas de Hellraiser, al payaso de It o a Freddy Krueger: sabía que era mi responsabilidad estar asustado en la cama por haber visto una película de miedo, así que me concentraba en la idea de que ya sería demasiada casualidad que vinieran a aniquilarme justo la noche que yo los había visto por la tele.
Pero había un terror de otra clase en mi infancia, tan colosal que pasaba por encima de la protección de mi casa, mis padres o las tretas psicológicas: entre los ocho y los doce años, el telediario fue el emisario de este tipo de pánico insoslayable.
Cada vez que Ana Blanco se ponía seria y describía con sus modales maternales y serios los asesinatos en masa de Yugoslavia o los bombardeos de Irak de la primera guerra del Golfo, yo daba un respingo y salía disparado a mi habitación con cualquier excusa. El pánico al noticiario era tan atroz que ni siquiera me atrevía a mostrarlo ante mis padres; pero no lo ocultaba por vergüenza, sino porque creía que la confesión empeoraría las cosas. Temía que, al darse cuenta ellos de que yo era consciente de lo grave que era un conflicto internacional, mi sinceridad les induciría a hablarme con franqueza espeluznante y compartirían conmigo la verdad que yo advertía detrás de las noticias, es decir: que pronto empezarían a volar los misiles atómicos sobre nuestras cabezas, detonarían en forma de hongos en las grandes ciudades y dispersarían una lluvia de ceniza radiactiva por el resto del planeta. En ese momento las aguas quedarían contaminadas de cesio y partículas de plutonio, los isótopos pasarían a la cadena trófica de los animales y todo, desde las verduras a la carne pasando por el agua del grifo, se convertiría en veneno. Estaba al corriente de la existencia de refugios subterráneos para la población civil, pero la idea de ser seleccionado en los sorteos y vivir en lo profundo de las antiguas minas tampoco me parecía demasiado halagüeña. Además, nadie podía estar seguro de que las partículas radiactivas respetarían la corteza terrestre. Cualquier gotera allí abajo podría erradicar lo que quedase de especie humana.
A los nueve años estaba tan familiarizado con este asesino invisible que era capaz de calcular la radiactividad liberada por las 17.000 cabezas termonucleares. Mi convencimiento de la inminencia del Armagedón nuclear era indiscutible, y lo único que no sabía era qué día de la próxima semana se iba a producir. Puesto que no me atrevía a mencionar el tema delante de mis padres, concentraba todos mis esfuerzos en cerrar los oídos a los heraldos. Ana Blanco daría la noticia del ataque masivo en cualquier momento, así que me escondía. Temblando en mi cuarto como una gelatina en la cuchara de Michael J. Fox, caía preso de la histeria y proyectaba una película sobre las consecuencias, al estilo El día después. Sería una suerte caer en el perímetro de la explosión, que proporcionaba una muerte instantánea, pero yo vivía en Alcantarilla. ¿Quién iba a acordarse de mi pueblo a la hora de seleccionar los objetivos? Dibujaba sobre un mapa tres círculos concéntricos con el compás, del hipocentro al epicentro, colocando la aguja en Valencia, Alicante y Murcia. Era evidente que la onda expansiva se iba a quedar muy corta y que a la familia Soto Ivars le iba a tocar la peor parte: el invierno nuclear. Me daba pánico que mis padres sucumbieran antes que yo a los efectos de la radiación y me dejaran solo en un mundo condenado. Me asomaría a la ventana para ver mi calle, libre de los gitanos aficionados a los atracos infantiles pero irradiada de ceniza blanca y desierta bajo la nube atómica. Como la parte racional de mi cerebro no ofrecía ningún consuelo, la ponía a trabajar buscando la mejor forma de suicidarme cuando el viento soplara.
La expresión del viento no es poética, sino documental. La semilla del terror fue una película de animación que mi madre, de un temperamento pedagógico cariñoso y creativo, tuvo a bien grabar para mí en una cinta VHS. Cuando el viento sopla narra la corrosión de dos ancianos ingleses en su propia casa bajo los efectos de un ataque termonuclear a Gran Bretaña. Hace poco volví a verla con Andrea porque quería que mi mujer comprendiera por qué pasé la infancia pensando en adquirir comprimidos de yodo o de cianuro. A mitad de la película noté esa extraña humedad y blandura del aire que percibimos cuando la persona que tenemos al lado se ha puesto a llorar. Ya habíamos cumplido los treinta años, la tensión de la Guerra Fría estaba más que superada, pero Cuando el viento sopla conservaba todas sus propiedades aterradoras.
Mis padres nunca me ocultaron que el mundo es un lugar peligroso, ni que los hombres son capaces de convertir en armas letales los triunfos de la investigación científica. Muy pronto supe que la bomba atómica es hermana de la electricidad barata, que los misiles intercontinentales son primos de la exploración del cosmos, que los bombardeos sobre población civil son cuñados de la aviación comercial y que el despliegue de submarinos nucleares con capacidad de ataque es sobrino de los vídeos de calamares fascinantes que viven en las simas oscuras del océano. Antes de valorar el papel disuasorio de las bombas atómicas ya sabía tantas cosas sobre su diseño —la parte mecánica del artefacto no es mucho más compleja que una máquina de pinball—, su capacidad —la de Hiroshima era un peta zeta comparada con las B61 que ensamblan en Texas—, su conservación —las soviéticas son más inestables que las norteamericanas— y, sobre todo, las consecuencias de los ataques, que si me hubiera tocado ser niño en la era de la Wikipedia los iraníes me habrían contratado antes de que me diera tiempo a echar el primer polvo.
Pues bien: aunque recuerdo mi preocupación permanente por el desastre atómico, por más que exprimo el contenido de mis meninges no soy capaz de averiguar en qué momento me di cuenta de que los españoles habíamos vivido una guerra de verdad.
Los niños de mi generación aprendimos a desenvolvernos en un mundo sobreprotegido y pacífico. El canto del cisne del militarismo español había sonado años antes de que naciéramos o tuviéramos la capacidad de sentir respeto por un tricornio, y además estábamos destinados a librarnos del servicio militar obligatorio. Nuestra relación con el ejército iba a ser muy diferente a la de generaciones enteras de españoles que lo habían percibido como una institución peligrosa para la democracia, como ocurrió con los romanos de la época de Septimio Severo. Para nosotros, las fuerzas armadas profesionales se parecerían más a una ONG, siempre en supuestas misiones humanitarias. La idea de que nuestro propio ejército se sublevara contra el Estado y aspirase a gobernarnos nos parecía tan remota como la posibilidad de una revolución comunista. Y sin embargo, el as de espadas y el as de bastos fueron los naipes en juego solo cincuenta años antes de que naciéramos. Cuando mi generación creció, la Guerra Civil se acercó lo suficiente a nuestro sistema de valores como para que hoy haya treintañeros que piensan como si todavía no se hubiera terminado del todo. Me refiero a esas personas que han elegido un bando para articular a su alrededor la idea de una España inexistente a la que se abrazan con fanatismo.
El destino no solo me puso fuera del radio de una posible explosión termonuclear, sino que me colocó más allá del diámetro del maniqueísmo de las dos Españas. No he recibido mayor enseñanza contra el fundamentalismo político que haber tenido dos abuelos que padecieron bajo el franquismo y otros dos que habían ansiado que ganase el general.
ix.
Mi primera noción de nuestra guerra debió de venir de mi yaya Virginia Rubio, que conservó esa herida fresca hasta el día de su muerte. Sin embargo, oír sus historias no me asustaba: me aburría. Bajo el epígrafe «tiempos de guerra» se contaban unas anécdotas fofas de hambre y de miseria incongruentes para mí, porque la protagonista, que pasaba frío y se veía obligada a comer mondas de mandarina, era la misma mujer que ponía a tope el brasero debajo de la mesa camilla y me deslizaba en el bolsillo infinitos billetes de mil pesetas. Además, sus penurias carecían de los efectos especiales de las guerras de la tele, lo que las despojaba de cualquier tipo de interés para un crío adicto a Star Wars. La guerra de mi yaya siempre se desenvolvía en el mismo paisaje gris, quieto y enfermizo, del todo carente de escaramuzas trágicas, hazañas heroicas y tiroteos. Cuando mi yaya se echaba a llorar en medio de sus propios recuerdos, yo la abrazaba y le daba palmaditas en la espalda para consolarla pero por dentro pensaba que era una exagerada, porque su guerra no había sido para tanto. Después de todo, mis cuatro abuelos habían sobrevivido. ¡Qué distinta habría sido su suerte si les hubiera tocado una guerra atómica de verdad como las que me aterraban a mí!
Uno de los atributos más memorables de mi yaya Virginia era la forma tan solemne que tenía de dar consejos a sus nietos. Poseía un corazón de tamaño suficiente para querernos a los trece —hasta la muerte prematura de mi prima Loreto fuimos catorce— con desesperación. A mí, como fui ateo desde niño y en la adolescencia me vio afiliado al bando de sus hijas rojas con mis camisetas negras, me daría quince millones de veces un consejo que mis primos más religiosos no deben de haber oído jamás: que nunca, nunca, nunca me metiera en política.
Buena parte de los abuelos de mi generación repitió este mantra a sus nietos, pero el dramatismo con que lo hacía mi yaya es insuperable. Me hizo prometerle un millón de veces que no me afiliaría a ningún partido, y su cara adoptaba siempre una expresión de pánico cuyo recuerdo me llevaré a la tumba. Era como si en lugar de un nieto tuviera delante una bomba de relojería y todo el amor pudiera convertirse en sufrimiento en cuanto yo la desobedeciera. Esa cara reflejaba el miedo a la democracia de los niños de la guerra. Según dicen algunos historiadores, fue esto lo que hizo de nuestra Transición un proceso sin venganzas pero fracasado en la conquista de las libertades. Cuando la veía así, yo reaccionaba jurándole sobre el libro rojo de Mao que la obedecería, pero si he cumplido la promesa no ha sido por los motivos que le obsesionaban a ella. A mi yaya, meterse en política no le parecía peligroso porque un ciudadano suela convertirse en gilipollas nada más afiliarse al partido, sino porque para ella aparecer en las listas electorales era sinónimo de figurar en las de las checas.
Para ver llorar a mi yaya, solo había que preguntarle qué había pasado la noche remota en que los milicianos fueron a buscar a su padre para darle el paseo. Mi bisabuelo fue un capitán de la Guardia Civil flaco y orejudo y un hombre de severas ideas monárquicas. Según mi yaya, había enchironado a muchos ladrones. Uno de estos criminales debía de tener convicciones republicanas, porque en cuanto la sublevación fracasó en Mogente, el ratero llamó a la puerta de la casa de mis bisabuelos con la culata del fusil.
No dieron con el guardia civil a quien buscaban. En cuanto mi bisabuelo supo que estaba en la lista negra, huyó a zona nacional, donde pasó la guerra a salvo sin un rasguño. Eso sí: dejó a las mujeres de la casa solas y asustadas. Mi bisabuela cayó gravemente enferma. Mi yaya seguiría describiendo siempre a su padre como el hombre más bueno del mundo, pero yo siempre lo he considerado también un cobarde. La noche en que echaron la puerta abajo, los comisarios políticos encontraron a una niña pequeña —mi yaya—, a una adolescente —mi tita Finita— y a una anciana prematura, mi bisabuela, enferma y metida en la cama. Frustrados, trataron de arrancar a la vieja de las sábanas con intenciones homicidas, pero las niñas tenían toda la valentía que le faltaba al padre y se lanzaron contra sus botas dispuestas a luchar con el poder de sus lágrimas y sus mordiscos.
—Déjala, si ya está medio muerta —dijo el ladrón al que mi bisabuelo había metido preso. Los milicianos a sus órdenes dejaron a las mujeres llorando, se subieron al remolque del camión militar y cerraron el compartimento con una lona en la que habían pintado la hoz y el martillo. Mi yaya Virginia conservaría esa imagen en lo más profundo de su subconsciente. No tenía más de diez años y el comunismo ya le parecía la peor de las pestes de la humanidad. La victoria de Franco, tres años después, iba a significar el reencuentro con su querido padre.
¿Cómo hubiera podido nadie convencer a mi yaya de que la represión en la zona nacional había sido igual de espantosa durante la guerra e infinitamente más cruel después de la victoria de los sublevados? ¿Por qué ella, que siendo niña vio cómo los comunistas intentaban matar a su padre y a su madre, tendría que soportar una historia objetiva de la contienda nacional? No exijo heroísmo a mis seres queridos. La compasión se impone cuando conocemos a los demás, así que voy aún más allá: ¿qué le hubiera importado a ella que Franco matara rojos, cuando lo que vio fue que los ladrones que su padre metió en chirona se convertían en policías y buscaban a los hombres justos para fusilarlos? A menudo, cuando hablamos de nuestra Guerra Civil, olvidamos que nos oyen los niños traumatizados de los dos bandos, gente común y corriente que sufrió sin tener ninguna responsabilidad por lo que estaban haciendo los adultos.
De mi yaya aprendí algo muy importante: a no poner mis principios por delante de la realidad. Los dos bandos, el justo y el injusto, el que defendía a los pobres y la legalidad y el que defendía de forma ilegal y salvaje a los señores, atacaron a la gente que queremos. La historia de nuestro país es demasiado compleja como para estar cómodos en el maniqueísmo o en las grandes consignas. Esto ha estado siempre para mí por encima de mis consideraciones políticas y de mi visión de la historia, obviamente antifranquista.
Pero la grandeza de las enseñanzas de mi yaya radica en que su forma de ser y su forma de pensar eran totalmente incongruentes. Mi yaya era una mujer de derechas, lo que hoy llamaríamos una señora franquista, pero al mismo tiempo ejerció un feminismo práctico y cultivó la tolerancia comprensiva hacia los demás. Siempre me contaba una anécdota que dará idea de otro de sus atributos más valiosos: su sentido íntimo de la justicia y su valentía cuando tocaba reclamar un derecho a la autoridad.
Después de la guerra, a mi yaya le gustaba coger a escondidas un caballo del cuartel. No debía de ser una jinete demasiado brillante, porque en uno de sus paseos el potro la tiró al suelo y le provocó unas heridas que hicieron necesario llevarla con urgencia a Madrid para que se repusiera en un hospital militar. Por aquel entonces, Franco había decretado que los militares que se hubieran quedado en zona nacional serían prejubilados por exceso de cupo. Mi bisabuelo, aunque había salvado el pellejo, fue arrojado a una ociosidad enfermiza y cayó en un estado depresivo que, para mí, no es más que otra muestra de esa debilidad de carácter que mi yaya nunca hubiera estado dispuesta a admitir.
La experiencia de la guerra la había hecho madurar a toda prisa, pero en el fondo seguía siendo una niña mimada, el ojito derecho de unos padres cansados y poco estrictos. En Madrid le tocó estar sola, nunca he sabido por qué nadie la acompañó. Me la imagino entonces como una adolescente con ideas románticas en la cabeza, recluida en el hospital desangelado donde mueren combatientes heridos en una ciudad conquistada y vencida, destrozada por los bombardeos. Imagino sus tardes largas rodeada de monjas enfermeras que pululan en silencio entre los moribundos, e imagino también sus noches abismales en una cama de hierro y sus desayunos de ración mohosa de pan y manteca, y sus lecturas desesperantes mientras el tiempo pasa al ritmo geológico de los huesos que se están soldando. En las jornadas interminables del hospital militar, mi yaya ignoró lo que sucedía al otro lado de los muros decrépitos. Mientras ella se recuperaba, mientras leía y mordisqueaba un mendrugo de pan, la represión galopaba sobre los hambrientos resistentes de Madrid, sobre los vencidos, aplastados ahora por las botas militares mientras los rezos y los cuidados proliferaban en las galerías polvorientas y los salones blanquecinos del hospital.
Allí dentro, en aquella paz engañosa, conoció a una mujer sin hijos que velaba a su esposo, un coronel llamado Miquel, moribundo con un tumor en la cabeza. Muchos años después seguiría recordando a esa señora con la arrogancia de una adolescente que se encariña con una mujer mayor que está muy sola. A la esposa del coronel Miquel le hablaba mi yaya de su padre con candor. La prejubilación por exceso de cupo era una injusticia y su único tema de conversación. La esposa del coronel Miquel decidió que era urgente poner a trabajar de nuevo al padre de Virginia. Tiró de los contactos de su marido y consiguió que un general de Justicia Militar diera audiencia a la jovencita en cuanto pudiera valerse por sí misma.
Poco a poco, Virginia se recuperó y se acercó el momento de poner a prueba su personalidad y su valentía. El día que le dieron el alta se armó de valor y marchó hasta el edificio de la Comandancia. Traspuso sus puertas de hierro forjado y se encontró sola en mitad de una estancia aterradora y enorme. Fue interrogada por los guardias y estos le permitieron subir peldaño a peldaño unas inmensas escaleras de mármol. Atravesó arcos de piedra, cruzándose con burócratas militares que la repasaban con miradas indolentes. Debía de oír el eco de sus pasos rebotando en los techos amenazantes. Al fin alcanzó un despacho dominado por una mesa de proporciones geológicas. Al fondo la esperaba el general de Justicia Militar. En los primeros tiempos de la dictadura, tras la derrota republicana, un hombre con ese cargo no solo adoptaba una apariencia temible: también era dueño del destino de los hombres, dominador de la vida y de la muerte, un semidiós color caqui. Pero mi yaya tragó saliva y le dijo con voz clara aquello que había ido a decirle:
—Usted es general de Justicia Militar, y yo vengo a pedir justicia para mi padre.
Solo tenía dieciséis años y su valentía dio frutos. Su padre fue readmitido de inmediato, y ella aprendió una de las lecciones más importantes que me daría a mí, mucho tiempo después, con su voz solemne de dar consejos:
—Tú derecho al jefe, que si te dicen que te lo arreglan se pierden los papeles por el camino. Derechico al sitio, sin miedo. Habla siempre con quien manda, no te conformes con menos, aunque no conozcas a nadie y te sea difícil llegar. Derecho al sitio.
En su consejo no solo hay una inteligencia práctica, sino un convencimiento moral de que lo justo está por encima de los escalafones de rango y del papel que la sociedad atribuye a los hombres, las mujeres y las niñas. Ella siempre se abriría camino con fiereza, convencida de la justicia de sus ambiciones. Ya casada, abriría en Yecla el primer negocio regentado por una mujer, una academia de corte y confección, y además sería la emperatriz de una tienda de telas que su único hermano intentó arrebatarle. El comercio sobrevive en los tiempos de H&M gracias al trabajo duro de su hija Virginia Ivars.
Desde que murió mi yaya, muchas veces tengo la sensación de que algunas personas de mi edad, rabiosamente antifranquistas desde un punto de vista ideológico, no han tenido la suerte que tuve yo: conocer gente de derechas que, en contra de los prejuicios, demuestran una actitud humanitaria y una mentalidad abierta. De hecho, la persona más desprejuiciada que yo he conocido en mi vida posiblemente votó a Falange en las últimas elecciones. Es el marido de mi yaya, mi yayo Juan Ivars, que hace poco cumplió los noventa años y sigue bebiendo vino a mansalva y fumando puros recios sin parar.
El yayo condensa todas las contradicciones y falacias del mito de las dos Españas. Puedes preguntarle qué piensa de la homosexualidad y te dirá que a los maricones hay que tirarlos a la acequia para que se ahoguen, pero si profundizas averiguarás que uno de sus mejores amigos era gay aunque según mi yayo solo un poco mariposo. Después puedes interrogarlo sobre la situación política española y seguramente te diga que Pablo Iglesias es un totalitario sin el más elemental sentido de la bondad, pero si vuelves a profundizar más allá de la palabrería es posible que te cuente cómo salvó él mismo de la miseria y el ostracismo a un comunista del pueblo que ni siquiera era su amigo, a quien metió como socio en su fábrica de pantalones —uno de sus célebres negocios fracasados— convencido de que un hombre inteligente siempre se merece la prosperidad. A continuación, puedes indagar en lo que piensa mi yayo del reparto de la riqueza que idearon Engels y Marx. Es muy posible que responda con una confusa teoría que culmina en que el marxismo es la puerta abierta a la barbarie, pero si le dejas seguir hablando descubrirás rápidamente que, en el batiburrillo de su ideología personal, la defensa violenta de la unidad de España o el respeto a la Iglesia están muchos escalones por debajo de una sociedad donde ningún trabajador tenga que mendigar.
En casa de mis yayos, las ideas preconcebidas no computan ni sirven para nada. Tengo dos tíos, Paco y Manolo, que según mi forma de ver las cosas son un par de fanáticos religiosos. Podría dejar ahí la descripción y así usted se quedaría sin saber que, aunque cualquier conato de discusión política con ellos será sinónimo de gritos infernales al estilo de las películas de Fellini, yo he tenido la oportunidad de presentarles a muchas novias, chicas contestatarias y ateas, y ellos las han querido a todas con absoluta incongruencia hacia los tópicos de una moral derechista, sabiendo como sabían, además, que vivíamos en pecado mortal. Lo mismo que ha pasado siempre con mis yayos, que hasta muy entrados en la ancianidad se han mostrado siempre encantados de tener la casa abierta, llena de ruido y de gente diversa. Yo mismo soy un nieto querido gracias a la divina incongruencia de mis yayos con su sistema de pensamiento: cuando mi padre, profesor de instituto, se casó por lo civil con su hija pequeña, a la que había conocido cuando ella todavía estudiaba el bachillerato, mis yayos no tragaron saliva: hubo cacharros volando, silencios pétreos, condenas y admoniciones, y al cabo de poco tiempo mi padre se había convertido en el sexto de sus hijos y ahí no había pasado nada.
Solo sé dividir el mundo entre buenas y malas personas, y ni siquiera creo que pueda establecerse una línea inmóvil entre unos y otros, porque en esta división tan simple se esconden todas las subjetividades, los rencores o los afectos de las experiencias personales e intransferibles.
Pero en este punto es necesario hacer una aclaración: no soy relativista. A mis treinta y pocos, con el paso de las lecturas y la curiosidad por quienes viven peor que yo, he desarrollado una sensibilidad que, por mucho que algunos progres de carné insistan en llamarme facha por Twitter, yo considero de izquierdas. Digo sensibilidad de izquierdas y no ideología porque desconfío de los partidos de mi cuerda y de sus soluciones teóricas con tanto convencimiento como del optimismo neoliberal de los partidos de derechas. Mi pensamiento político es confuso y contradictorio, y me molestan por igual los fanáticos de las dos tendencias. La opresión ideológica del pensamiento, tanto si lleva escapulario como pañuelo palestino, me parece una forma injusta de tratar a las personas que no piensan como uno. Es cierto que, tal como yo veo el mundo, las ideas de mis yayos y de mis tíos católicos son equivocadas y resultarían nefastas para todos si se aplicasen a la sociedad. Creo que están equivocados con la misma firmeza que ellos creen que estoy equivocado yo. Pero escribo como español.
No es lo mismo escribir en España que escribir en Alemania. Aquí arrastramos las cadenas oxidadas de nuestra Guerra Civil y sus consecuencias, que han sobrevivido a la dictadura y a la Transición y vuelven a ponerse de manifiesto en los años de la crisis económica. El esquema de los vencedores y los vencidos sigue vigente, aunque ahora los vencedores y los vencidos ya no sean los mismos. Cuando un partido gana las elecciones quiere mandar como si hubiera ganado una guerra. Vivimos en un maniqueísmo de etiquetas que divide el mundo entre los que tienen razón en todo y los que no la tienen en nada. Muchos españoles hablan y se comportan como si quienes no piensan como ellos fueran sus enemigos, como si la malicia, la mediocridad intelectual y el arribismo no hubieran encontrado sillones mullidos y cómodos en las dos ideologías, la izquierda y la derecha.
A mí, tres décadas de alternancia bipartidista me han demostrado que la mitad de los españoles es de derechas y la otra mitad de izquierdas. Si seguimos tirando de la cuerda por los dos extremos nos vamos a quedar donde estamos. Y nuestras manos se cubrirán de ampollas.
x.
Mi yayo Juan, el derechista, sabe más sobre el trabajo duro y la injusticia social que todos los profesores de Política de la Universidad Autónoma. La guerra destruyó a su familia. La barbarie de los rojos lo convirtió en un niño de derechas. Nunca hemos conseguido averiguar a fondo lo que le ocurrió de pequeño porque mi yayo recuerda al personaje de Big Fish, y cuando no le conviene dar información se inventa cualquier historieta. Es tan hermético para los sucesos de esos años que sospecho que incluso mi yaya se fue a la tumba sin averiguar lo que había pasado con su marido entre 1936 y 1939. Lo que sí sabemos es que, tras la contienda, el padre de mi yayo se deprimió hasta el punto de la invalidez y que mi yayo no había cumplido los doce años cuando empezó a fumar puros. No era ningún marqués: chuperretear el caliqueño en Sueca era el rasgo distintivo del trabajador, pero las peripecias de Juan Ivars tendrán en breve su propio papel estelar.
Para Juan y Virginia la guerra fue el infierno pero mi abuela paterna, Pepita Moreno, ni siquiera recuerda gran cosa de esos tiempos. Sabe que los españoles empezaron a matarse, pero no vio milicianos ni requetés porque la mandaron al campo. Allí se crio a salvo de los bombardeos de la aviación italiana y de las hambrunas que azotaron las ciudades sitiadas de Levante. Hija de un ferroviario totalmente despolitizado, pudo conservar a su padre en perfecto estado de revista después de la contienda. La pobreza que dejó la guerra no sería para ella una fuente de lamentos como para su consuegra, sino una escuela elemental donde aprendió a vivir con muy poco. Si ha quedado en su personalidad algún trauma de aquellos tiempos, solo se nota cuando intenta cebar a sus nietos más allá de todo límite sanitario. A Pepita, la necesidad la hizo ser generosa con los demás, pero al mismo tiempo le enseñó a aprovecharlo todo. Puedes regalarle un pañuelo o un par de pendientes, que ella los guardará en lo profundo de su cómoda y seguirá usando los mismos de hace treinta años. Se jacta de que jamás ha roto un plato ni un vaso de cristal. Si alguna vez suelta una filípica breve sobre la fortuna que tenemos los jóvenes de mi tiempo, es igual de cierto que nunca se ha quejado de lo que a ella le tocó en suerte. Toda su conexión con la política era votar a Izquierda Unida por orden de su hermano Juan Moreno, tan comprometido con la causa proletaria que pasaba a recogerla en el Vespino para llevarla a rastras al colegio electoral. Pero es una mujer sin ideas políticas. Lo único que le importa es que a nosotros nos vaya bien.
La peor parte de la vida dura se la iba a llevar el marido de Pepita, mi abuelo Juan Soto López, al que sí recuerdo contándome los bombardeos de la aviación italiana sobre Águilas. Era muy pequeño cuando tuvo que echarse a la mar en un pesquero hediondo como grumete y esclavo de sus hermanos mayores. Debían de ser unos tipos bastante brutos, porque lo maltrataron sin misericordia hasta que él adquirió la envergadura suficiente para plantarles cara y amenazarlos con tirarlos por la borda. Aunque sus condiciones mejoraron un poco a partir de ese día, la vida de mi abuelo en los barcos de pesca le iba a dejar una marca fatal por el efecto combinado de sal y sol, que se traduciría en una salud permanentemente averiada. Consiguió prosperar sin alcanzar lo que hoy llamamos prosperidad. Tenía un gran cerebro con el que solventó la carencia de dinero y tiempo.
Cuando yo me quejaba por los estudios, él me contaba con orgullo que por las noches, en la bodega ínfima y hedionda y tenebrosa del pesquero, él se las apañó para estudiar un par de libros, sus libros sagrados, que conservaría hasta su muerte. Se presentó como autodidacta al examen de primer mecánico naval, que aprobó con la mejor nota, y más adelante siguió estudiando con ayuda de un marinero al que llamaban Panzamelba para sacarse el título de patrón. Jamás ganaría más dinero que el estrictamente necesario para alimentar a sus dos hijos, pero el estudio le permitiría demostrar lo mucho que valía y formarse una idea propia de las injusticias del mundo.
Cuando yo empecé a dejar de ser niño y a conocer a mi abuelo, me di cuenta de que él era lo más parecido a un rojo en mi familia. Su ideología provocaba discusiones a mi alrededor antes de que yo aprendiera lo que significaba. Mi abuelo, mi padre y mi primo Fermín se chillaban unos a otros en las comidas a medida que el consumo de vino aumentaba, y solo ponían término a esas tertulias políticas violentas cuando la sangre de mi abuelo alcanzaba la graduación suficiente para ponerse a recitar canciones de Espronceda o el poema rimado que había compuesto para mi abuela. Por las tardes, el anciano se iba a Comisiones Obreras, donde ayudaba a los sindicalistas como contable. A veces hablaba de Franco y lo hacía con un desprecio tan enorme que podía llegar a cabrearse. Años después de su muerte, yo me daría cuenta de que no detestaba a Franco por una cuestión política, sino por la práctica.
Mi abuelo era un rojo al que nada le gustaba más que repasar el extracto del banco. Fue un hombre humilde que hubiera querido hacerse rico a costa de su trabajo. Cada peseta de sus ahorros era la demostración de que algo había fallado. Odió la dictadura de Franco porque le había impedido amasar fortuna con el trabajo que terminó costándole la salud. No hay una sola persona que haya trabajado en condiciones salvajes toda su vida y que no quiera ser rico. Mi abuelo fue un verdadero proletario.
Pepita, después de enviudar, tuvo un sueño que ilustra perfectamente la clase de juventud que les tocó, y para contarlo he de pedirle prestada su voz:
Ya cuando tu abuelo estaba en el barco últimamente, que era barco de pareja, no se iba fuera como antes. Se iban por la mañana y volvían a lo mejor por la tarde o por la noche. Pero de jóvenes... ¡bu! Se iban a Agadir, a Melilla, a todos esos sitios, y no sabían ni cuándo venían. Y luego, a lo mejor venían con las manos vacías. Entonces no había sueldo, si pillaban bien y si no pillaban o pillaban poco, pues menos, o nada. En esos tiempos no existían los sábados ni los domingos. El único descanso era cuando había mal tiempo. Bueno, pues el sueño que yo tuve era de la época durísima de antes de salir con el barco de pareja, cuando se iba y nadie sabía cuándo iba a volver. Y fíjate lo que me pasa: me desperté llorando de lo feliz que estaba. Fue con la edad que teníamos. Estaba tiempo sin venir, que era lo que pasaba, y entonces dije: voy a ver si los barcos se comunican por radio para saber cuándo viene. Pero entonces entró él, tan joven, tan gracioso, tan formal, con una caja así de grande de pescao. Fíjate qué sueño, ¿eh? Pero era medio sueño y medio recuerdo. Era todo como era en la realidad. Estaba la casa, la mesa, todo. Cuando él entra yo estaba en un lado de la mesa con mi Julia, que era pequeña —a tu padre no lo vi—, y tu abuelo aparece al otro lado de la mesa. Y entonces yo me lancé y le doy un beso y un abrazo y digo yo: qué ganas tenía de verte. Y dice: yo también. Bueno, ¡una cosa natural, natural, natural! Y cuando ya abro los ojos me quedé... Me pegué una panzada de llorar que me hinché. Eso era la realidad de cuando nos vinimos a la casa baja, cuando éramos jóvenes. Así que cuando me despierto y me vi aquí, vieja, en un piso... Y un ratico antes era joven, con la Juli pequeña, el abuelo pues como era, como era de joven, ¡ay qué cosas! Yo creo que cuando las personas se mueren descansan. Eso no lo sabemos, pero tiene que ser así. Ya has cumplido, ya has hecho tu camino. Pues cuando me muera no quiero que nadie sufra, quiero que digáis: ya está contenta con su Juanico. Lo que espero es que seamos jóvenes como en el sueño pero sin que tu abuelo tenga que trabajar. Que sea todo el rato esa alegría de cuando él volvía con la caja de pescao. Le dije: qué ganas tenía de verte. Y él: y yo también.
Me pregunto si llegará el momento en que las dos Españas se digan eso mismo, separadas por las ideas pero juntas en la familiaridad. Para disolver la costra que dejó la herida de la guerra es preciso conocer al otro con indulgencia.
Cualquier niño con unos buenos abuelos los considera criaturas extrañas y dadivosas con las que es fácil encariñarse pero a las que resulta difícil ver como personas de verdad. Después de un romance espantoso con una mujer perfectamente descrita en El grito de la lechuza de Patricia Highsmith, hui de Barcelona como un veterano de Vietnam para lamerme las heridas. Mi abuela Pepita ya se había quedado viuda. Unos días antes me había dicho por teléfono que se sentía un poco vieja, así que elegí Águilas como destino curativo y me planté en su casa. La obligué a hacerme la comida todos los días, explicándole que yo tenía que escribir una novela que me habían encargado y no podía pensar en esas cosas. Ella se puso a mis órdenes encantada de tener compañía.
Aquella novela, La conjetura de Perelman, no me gusta especialmente, pero le tengo cariño porque en la página de créditos puse que fue escrita gracias a la beca para jóvenes escritores Pepita Moreno.
Cada día, durante la comida y después viendo la telenovela, manteníamos unas conversaciones que ya no eran entre nieto y abuela sino entre dos personas que se estaban conociendo de verdad. Delante del cojín confortable y cariñoso que me había parecido mi abuela desde que nací, empezó a surgir una mujer fascinante, llena de un ingenioso y diabólico sentido del humor, armada de un concepto de la lealtad absolutamente inspirador. Esta nueva relación con mi abuela me enseñó que, a veces, lo que creemos conocer de sobra está oculto tras nuestras ideas preconcebidas. Trabar una amistad con la Pepita Moreno verdadera fue un flechazo parecido al que se iba a producir en esa misma época entre mi país y yo.
xi.
Una noche de verano más corta que el libro que estaba leyendo y la luz del alba en la página quinientos cincuenta y tres. Una ducha desperdiciando el champú, la toalla limpia y rasposa colgada en el gancho, la loción para después del afeitado y el calor del sol escondiéndose en el interior de un banco de piedra por la noche, y chafar una lata en el suelo de un pisotón, y la siesta con el ventilador girando encima con sus aspas que se agitan como manos porque todas las cosas del mundo saben que me voy a dormir. Los cajones de la casa de mis padres con el viejo dibujo que les hice y que conservan, la calle Arenal de Sol a Ópera vacía un domingo por la mañana, el vecino que no llega a tiempo al ascensor. Un rastro de ropa femenina como miguitas de pan que empieza en el salón y termina en el dormitorio, los zapatos, más adelante la chaqueta, la falda, la camisa, las medias, el sujetador y finalmente las bragas junto a la cama donde ella me está mirando y sonríe. Beber agua con la boca amorrada en el grifo de la cocina, quedarme en Babia cuando mi amigo me habla y que me chille ¡ground control to major Tom! y que nos entre el descojone. El teléfono que se queda sin batería y me doy cuenta al día siguiente. Mi casa, mi casa con Andrea. Encontrar a la primera el libro que busco en la estantería, el mechero en el bolsillo, las farolas de luz amarilla; comprar un granizado de limón con una bola de nata así de grande porque me sale de las narices, invitar a cerveza, hacer un regalo, ir a la farmacia y mirar cómo envuelve las cajitas de medicamento la boticaria con un papel muy fino; y el arco de triunfo que hierve en la boca después de un buen trago de whisky sin hielo, y el humo del cigarrillo que baila encima del teclado del ordenador como si él también quisiera escribir palabras, y pasar la tarde con gente que no se queja y el trabajo terminado, tropezar con un adoquín sin que me haya visto nadie. Pero sobre todo: tardes que se han convertido en noches sin que nos diéramos cuenta porque son una prórroga de nuestra juventud, y bromear, hacer chistes bestias porque estamos contentos y decir barbaridades entre gente risueña que se comporta como si se hubiera abolido la moral...
Tenía tantas ganas de escribir este capítulo... ¿Sabe usted qué es la despreocupación? Es muy sencillo y muy hermoso: la despreocupación es el estado de gracia que se produce cuando el alma inocente sabe que nadie se va a enfadar. ¿Qué ha sido de ella? O mejor dicho: ¿qué han hecho con ella? Hoy aparece proscrita, está mal vista. A la preocupación corriente y moliente que nos trajo la incertidumbre política y financiera la ha sucedido una especie de ofuscación frívola. Cada día veo a gente que disfruta mostrándose ofendida y preocupada, sé que sus motivaciones son hipócritas porque la preocupación continua no se convierte en acción. Son yonquis de la agitación que fomentan una polémica tras otra armados con sus perfiles en redes sociales, en tertulias, en comentarios de periódicos de internet. Son los que ayer me pedían que firmara una petición para defender a los osos panda, los mismos que mañana lanzarán otra petición para castigarme porque olvidé manifestar mi apoyo a esos animales adorables.
Paseo buscando escenas de despreocupación. Un chico sale a las tres de la tarde de la casa de una mujer que conoció la noche antes. Se ha duchado en ese cuarto de baño exótico mientras ella se quedaba durmiendo en la cama. El chico miraba todas las cosas de ese piso desconocido y se maravillaba como si hubiera descubierto un continente. Usó jabones de mujer y experimentó la victoria masculina y animal de mear en su ducha sin dejar rastro. Se despidieron con más camaradería que cariño, los dos habían conseguido lo que buscaban, no les hacía falta nada más. La escalera por la que el chico subió unas horas antes con la vista fija en el culo de su amante, ahora, a la luz del día, parece otra. Cuenta los pisos en la bajada porque no sabe cuántos subió, y cómo se borran entonces del recuerdo el tedio del ligoteo y el bar, y el ruido y los amigos de ella, y también el borracho peligroso que ladraba en la calle Carretas, el titubeo de la desconocida ante el primer beso, la conversación de circunstancias en el pequeño sofá incómodo, todo se borra, todo se borra al bajar esa escalera salvo el primer vistazo a un cuerpo nuevo, tan esperado que el chico tuvo ganas de gritar ¡tierra! como un marinero en la torre de vigía, y es que a veces nos damos esta revelación como si fuéramos milagros los unos para los otros. El muchacho ha salido a esta calle resplandeciente a las tres de la tarde. Yo lo miro fijamente cuando aparece en el portal, recién duchado, sonriente, triunfal. ¡Es la imagen viva de la despreocupación!
Pero no he llegado a este capítulo para celebrar las despreocupaciones que encuentro todavía. Hoy son cada vez más extrañas y están permanentemente amenazadas por un clima que incita al cabreo como el viento de noviembre anima a ponerse una bufanda. Yo hubiera preferido nacer unas cuantas décadas antes por dos motivos: el primero, que hace años me hubiera sido algo más fácil convencer a mi mujer de que su papel en esta vida es ser mi esclava; el segundo, que tras el desmoronamiento de la despreocupación puedes meterte en un lío estúpido y complejísimo por hacer una broma tonta como esta.
Cuando me di cuenta de que la despreocupación es lo que desaparece en nuestro devenir cotidiano, sentí una alegría pasajera por el hallazgo que al final solo sirvió para ahondar mi melancolía. Algo tan estrafalario como revisar las bromas ochenteras de Martes y Trece basta para profundizar en las honduras del proceso. Comprendo que el humor de esos cómicos haya perdido la gracia porque nos hemos vuelto más sensibles a determinados vicios de la conducta humana y porque tampoco nos escandaliza ver a un par de maromos con peluca, escote y pelo en el pecho, pero el caso es que tienen una actuación en la que Millán Salcedo representa a una mujer maltratada por su marido. El travesti llora vergonzantemente, guiña el ojo con espasmos, hace pedorretas con la boca y su monólogo quejumbroso termina con un delirio musical de mamachichos al son festivo y patético de «a mí Mario me pega, me pega cada vez más». El número no me pareció gracioso por su contenido, pero me reí a cuenta de su simpática grosería y su incorrección. Acto seguido contemplé la preocupación derivada del miedo a las palabras que reina en nuestros días y pensé que, si un humorista se atreviera hoy con un número de ese calibre, tan desenfadado y de mal gusto, el público no se contentaría con apagar la tele o reírse con incomodidad: una élite de santos desataría una tormenta perfecta sobre su cabeza, sería tachado de inmoral y maltratador de mujeres por esa clase de jurado popular espontáneo que no atiende a razones ni investiga los actos. Se recogerían firmas para exigir a instancias nebulosas que prohibieran el espectáculo, las redes sociales se convertirían en su infierno y no faltarían tertulianos dispuestos a machacarlo como si lo conocieran de toda la vida. Cualquier desviación de su biografía, como haber engañado a una novia del instituto o haber mirado el escote de la dependienta del Pryca, sería presentada como prueba de su complicidad con todos los crímenes del heteropatriarcado. Sus amigos más timoratos lo abandonarían. Ningún papanatas que presumiera de izquierdista se atrevería a manchar su historial dejándose ver con él.
Pero la izquierda no solo ha imitado a la derecha en su atención obsesiva a la pureza de sus historiales. Los tiempos del norteamericano Frank Zappa coinciden en parte con los de los españoles Martes y Trece, y él tuvo una serie de problemas debido a sus palabras que me parecen un juego de niños si los comparo con las consecuencias actuales de una desviación verbal. Entonces la censura era patrimonio del pensamiento conservador, siempre temeroso de la capacidad de las palabras para remover las conciencias dormidas. Sabemos por la biografía de Zappa que en Estados Unidos había agrupaciones religiosas encantadas de suplir el tedio de su castidad con la recogida de firmas contra cualquier músico que resultase molesto a su fanatismo. Siempre encontraban la complacencia de algún senador republicano y un juez jurásico que aupara la denuncia hasta una espectacular comisión pública de investigación, con la prensa conservadora haciendo piruetas, pero el artista solía contar con el amparo de los derechos constitucionales de su país.
En el siglo xxi, colectivos fanáticos como los que persiguieron a Frank Zappa o Prince por decir fuck en sus canciones han servido como modelo de conducta a grupos cuya misión me parece más justa a simple vista. Organizaciones civiles de defensa de la mujer, de los padres divorciados, de los animales, los paralíticos o los palestinos lanzan un día sí y otro también su proclama contra las palabras de alguien que les ha herido (que les ha herido a ellos y no necesariamente a las personas que ellos dicen defender). Hoy montan un boicot contra un profesor de una universidad israelí que viene a dar una charla a España y mañana contra un columnista que ha proferido alguna barbaridad en las páginas de un periódico de provincias. Si aplico la ironía me entra la risa, porque los colectivos de izquierdas y los de derechas están luchando al fin juntos, cada uno desde un lado, en la misión colosal de destruir el lenguaje y encorsetar el pensamiento libre. Pero lo que digo deja de parecerme irónico. Rescato a dos de los personajes insignificantes que han ocupado las primeras planas de los periódicos en los últimos años solo por haber dicho palabras desafortunadas: el edil de un villorrio mierdoso de doscientos habitantes que soltó una barbaridad contra los inmigrantes y un grupo de titiriteros de tercera indignos de tanta atención nacional.
Cuando la izquierda abrazó el lenguaje políticamente correcto hubo motivos para alarmarse, pero fue mucho más grave lo que pasó a continuación: una vez que este corsé del pensamiento pudrió los cerebros de algunos izquierdistas poderosos, el proceso de la corrección ha degenerado en el dogma, compartido por toda clase de imbéciles de rango inferior, de que determinadas palabras de una persona sin responsabilidad política son una amenaza contra grupos difusos de ciudadanos. Esta es la marmita en la que se cuecen los colectivos españoles actuales. Los grupos fanáticos de la derecha siguen persiguiendo a cualquiera que haga bromas sobre ETA, la patria, Cristo o el aborto, mientras que la nueva tribu de fanáticos de izquierdas se lanza contra cualquiera que se atreva a mofarse de las putas, los negros, los lisiados, los gordos, los subnormales, los pordioseros, las chachas, las bestias de carga, los homosexuales o cualquier otra minoría discriminada. Odian las palabras que yo he elegido para nombrarlos y su odio los incita a perseguir a quienes las usan. Estos presuntos salvadores de la humanidad son los responsables de la erradicación de la despreocupación. Son ellos quienes nos han sumido en la Era del Papanatismo, ellos y la piara de personas dispuestas a ofenderse por lo que otro les ha dicho que les tiene que ofender.
Pero lo más irritante es que este clima de preocupación obsesiva y tensión social permanente es estéril. Los perseguidores de palabras luchan por arrancar del discurso público ciertas conjunciones de sílabas y no las conductas a las que hacen referencia. ¿La prueba? Los movimientos de censura popular que se reproducen por todas partes no han hecho del mundo un lugar más habitable; de hecho, ocurre todo lo contrario: el esplendor de Facebook, Twitter y los fabricantes de teléfonos que han favorecido a los movimientos-por-la-dignidad-de-lo-que-sea es simultáneo a la peor crisis económica y de derechos sociales de la historia occidental. Si antes de esta crisis no existían las redes sociales y no se veían iPads, es hora de que le preguntemos a nuestra última revolución social por qué no nos ha traído un poco más de progreso. El problema es que la respuesta sería tachada inmediatamente de demagógica por los papanatas del libre mercado, sobre los que habría que escribir otro capítulo: los nuevos inventos obedecen a la lógica neoliberal y no a la del progreso científico. Todo lo que rodea a esta revolución digital es rentable y nosotros lo incorporamos a nuestra vida, dejamos que su influjo cambie nuestra forma de estar en sociedad y solo empezamos a preguntarnos si sienta bien a nuestra salud mental después de haber pasado por caja.
Es hora de abandonar el optimismo que sigue rodeando a Google y demás multinacionales de internet, porque el mundo empieza a ser un lugar peor bajo su influencia. ¿Qué nos han dado los nuevos romanos? Nos han dado muchas cosas, los foros de debate, la capacidad de movilización sin moverse del sofá, comprar en el Mercadona sin pisarlo, el porno gratis para acariciarse la polla, los retuits para acariciar el ego, la Wikipedia.
—¿Y la paz?
—¡Que te den por culo!
De entre los escombros de la incomunicación surgió primero un cacareo lleno de esperanzas y palabras de libertad que poco a poco conformó un nuevo totalitarismo. Por primera vez en la historia es un totalitarismo que no necesita caudillo, porque las masas se bastan y se sobran para organizar sus estructuras represivas. Desde que la Tierra fue suplantada por el Planeta Internet, nuestra existencia se rige por dos movimientos, uno de rotación alrededor del egocentrismo y otro de traslación alrededor de la ofensa de los demás. Jonathan Franzen ha tenido la osadía de comparar internet con la República Democrática Alemana en su novela Pureza, traducida para la editorial Salamandra por Enrique de Hériz. Cito:
Cuando concedía entrevistas se había aficionado a dejar caer la palabra «totalitario». Los entrevistadores más jóvenes, que identificaban esa palabra con la vigilancia absoluta, el control total de las mentes y los ejércitos grises que desfilaban con misiles de alcance medio, lo interpretaban como una opinión injusta sobre internet. En realidad, él se refería solo a un sistema del que era imposible abstraerse. La vieja República, sin duda, había demostrado su excelencia en materia de desfiles y vigilancias, pero la esencia de su totalitarismo había sido algo mucho más cotidiano y sutil. Podías cooperar con el sistema u oponerte a él, pero lo único que no podías hacer en ningún caso, tanto si disfrutabas de una vida agradable y protegida como si estabas en la cárcel, era no relacionarte con él. La respuesta a cualquier pregunta, importante o banal, era el socialismo. Si sustituías la palabra «socialismo» por «redes», tenías internet.
[...]
Según su experiencia, había pocas cosas más parecidas entre sí que dos revoluciones. Lo que distinguía una revolución legítima —la científica, por ejemplo— era que, en vez de ufanarse de su condición revolucionaria, se limitaba a ocurrir. Solo las débiles y recelosas, las ilegítimas, tenían que ufanarse.
[...]
Los apparatchiks también eran una tipología nueva. El tono de los nuevos, en sus charlas TED, en sus lanzamientos de productos por medio de PowerPoint, en sus declaraciones ante parlamentos y congresos, en libros de títulos utópicos, era un lisonjero sirope de convicciones oportunas y rendiciones personales que Andreas recordaba bien de la República.
[...]
Los privilegios disponibles en la República eran irrisorios, un teléfono, un apartamento con algo de luz y aire, el importantísimo permiso de viaje, pero quizás no más irrisorios que tener x seguidores en Twitter, un perfil de Facebook muy popular y una aparición de cuatro minutos de vez en cuando en la CNBC. El verdadero atractivo de ser un apparatchik era la seguridad que conlleva encajar. Fuera, el aire olía a azufre, se comía mal, la economía estaba moribunda, el escepticismo proliferaba, mientras que dentro «la victoria contra el enemigo de clase estaba asegurada». Dentro, «el profesor y el ingeniero aprendían a los pies del trabajador alemán». Fuera, la clase media desaparecía más rápido que los glaciares, los xenófobos ganaban elecciones o almacenaban rifles de asalto, las tribus enfrentadas se masacraban religiosamente, mientras que dentro «las nuevas tecnologías disruptivas hacían obsoleta la política tradicional». Dentro, las comunidades descentralizadas ad hoc estaban «reescribiendo las reglas de la creatividad», la revolución «premiaba a quienes asumían y entendían el potencial de las redes». El Nuevo Régimen reciclaba incluso las palabras clave que la antigua República había usado: «colectivo», «colaborativo». En ambos casos se consideraba un axioma la emergencia de «una nueva especie de la humanidad».
Una nueva especie que, por más que oigo el mensaje optimista y machacón de los gurús a los que Franzen llama apparatchiks, a mí me parece más estúpida que la especie obsoleta. Que los entusiastas de los nuevos tiempos vean señales de madurez democrática donde yo veo olas de selfies y machaconería ofendida con ribetes de puerilidad mental, me hace sospechar que esos mesías de la Nueva Era todavía están deslumbrados porque ven demasiado porno a oscuras en la pantalla del iPad. Para mí lo expresó con más gracia y finura que nadie el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum) de Parque Jurásico cuando dijo: «Que Dios nos asista, porque hemos caído en manos de ingenieros». Ya sabe usted lo que pasó después. Dinosaurios persiguiendo gente. Pienso en esa escena cada vez que un trending topic sirve para masacrar la imagen pública de alguien que ni conozco ni me ha hecho nada, aunque me pueda caer mal.
En fin. Por mucho que los idealistas tecnócratas como Enrique Dans —que, por cierto, se están forrando gracias a sus teorías insustanciales— consideren que la participación masiva de la ciudadanía en los debates en red enriquece el ambiente y acelera el advenimiento de la democracia directa, lo que yo descubro una semana tras otra es a una masa estúpida que se cabrea con gran escándalo por cualquier cosa y se demuestra absolutamente incapaz de cambiar ni lo que tiene más cerca. No, yo no creo que internet nos haya hecho madurar, creo que nos ha provocado un envejecido prematuro sin darnos tiempo a hacernos más sabios. Creo que nos ha vuelto tan irritables como esas señoras que dicen ¡ay Señor, ay Señor! Las ideas estúpidas no son combatidas con el debate sino que tienden a expresarse en soledad, a quedar impunes mientras el desdichado que las parió se enfrenta a un escarmiento público igual de estúpido e irreflexivo.
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