Kitabı oxu: «Diario del alma»

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Juan XXIII

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Diario del alma

Juan XXIII


Introducción

La mejor lección espiritual de Juan XXIII, un Papa inolvidablemente bondadoso, es la evocación de su vida tal como resulta de su Diario del alma, documento excepcionalmente auténtico. Hay una razón importante y fundamental. El lector capta rápidamente que, bajo pensamientos tan henchidos de serenidad espiritual, sigue latiendo el alma de un Papa cuyo recuerdo permanece vivo.

La elección del hasta entonces conocido como Ángel José Roncalli (1881-1963) como Sumo Pontífice fue una sorpresa para muchos. Su pontificado (1958-1963) aún lo sigue siendo para todos por el inagotable mensaje de su bondad y por el milagro de su sencillez evangélica, que lo convirtió en uno de los Papas más queridos del siglo XX y de la historia de la cristiandad. Juan XXIII necesita pocas presentaciones. Pero quien se disponga a escribir sobre el Papa bueno y su actividad, es obvio que deberá tener en cuenta sus escritos, especialmente los más íntimos, sobre todo su diario. Diario del alma se publicó por primera vez a los pocos meses de su muerte, ofreciéndonos en todas sus páginas, íntimas y transparentes, toda una serie de notas espirituales, más aún, la vida entera de un sacerdote llegado a Papa.

1. Breve biografía

Ángel José Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, localidad cercana a Bérgamo. Tercero de diez hijos de Juan Bautista Roncalli y Ana María Mazzoli, matrimonio de campesinos humildes y de sólida piedad popular, que transmitieron a sus hijos. Ángel comenzó su formación en la escuela elemental de su localidad, y continuó como pupilo del párroco de Carvico y alumno del colegio episcopal de Celana. A los doce años, en 1892, fue admitido en el seminario de Bérgamo. Dos años después, a una edad insólita incluso para su época, recibió la tonsura. A los quince años anotó en un diario su evolución espiritual, algo que casi nunca interrumpió, y cuya lectura permite conocer su evolución espiritual a lo largo de toda su vida. En septiembre de 1900 se trasladó a Roma, donde continuó su formación sacerdotal, interrumpida entre 1901 y 1902 por el servicio militar. El 13 de junio de 1903 obtuvo el doctorado en teología, grado que alcanzó con la presencia en el tribunal de E. Pacelli, futuro Pío XII. El 10 de agosto de 1904 fue ordenado sacerdote.

El joven sacerdote Roncalli fue designado, en 1905, secretario del obispo de Bérgamo, Mons. Giacomo RadiniTedeschi, con el que permaneció hasta su muerte, en 1914. En Radini encontró un pastor comprometido sin reservas con los más desfavorecidos que impulsó la participación de los católicos en la vida política de su país. Durante varios años, Roncalli simultaneó su labor de secretario con la de profesor de historia eclesiástica en el seminario de Bérgamo. Al estallar la I Guerra mundial, se incorporó y estuvo en el frente, primero como sargento en el cuerpo de sanidad militar, y como capellán castrense, con el grado de teniente, a partir de marzo de 1916. Después de la guerra regresó a Bérgamo, donde fundó la Casa del Estudiante, para acoger a muchachos provenientes del medio rural que acudían a la ciudad para estudiar, y se encarga de la dirección espiritual del seminario. En diciembre de 1920 fue llamado a Roma por la Congregación de Propaganda fide, presidida por el cardenal Von Rossum, quien le nombró secretario de la Congregación para Italia. En 1921 fue nombrado prelado doméstico por Benedicto XV. Por motivo de su cargo, tenía que visitar a todos los obispos italianos, lo que le proporcionó un profundo conocimiento de la situación de la Iglesia en Italia.

El 19 de marzo de 1924 Pío XI le consagró obispo y le nombró visitador apostólico en Bulgaria, país de mayoría ortodoxa, en la que tuvo que dirimir varios asuntos bastante conflictivos. En noviembre de 1934 fue nombrado administrador apostólico del Vicariato de Constantinopla y Estambul, en un contexto islámico en vías de laicización, y regente de la delegación apostólica para Grecia, un país en conflicto permanente con Turquía por cuestiones territoriales y con pésimas relaciones con la Iglesia católica, y en el que tuvo ocasión de ahondar en su conocimiento del mundo ortodoxo. En estos dos países logró acortar en cierto modo las enormes distancias existentes entre el Vaticano y las jerarquías ortodoxa y musulmana.

El 6 de diciembre de 1944, cuando contaba sesenta y tres años, Pío XII lo nombró nuncio apostólico en París, cargo que hubo de ocupar inmediatamente. Sucedía a Mons. Valeri, rechazado por De Gaulle por haber colaborado con el gobierno de Vichy. Otra vez tuvo que hacer frente a situaciones delicadas, que supo resolver con su peculiar estilo, lleno de humanidad y en ocasiones alejado del protocolo diplomático. Su intervención hizo que, de los ochenta y siete prelados acusados de colaboracionismo por el gobierno, finalmente sólo tres fueran removidos de sus sedes. En 1953 Roncalli recibió el birrete cardenalicio y el nombramiento de patriarca de la diócesis de Venecia. Durante los seis años que permaneció en la diócesis, ejerció fielmente como pastor: bendijo templos, celebró la visita pastoral a toda la diócesis, impulsó el sínodo diocesano, presidió varias peregrinaciones diocesanas. Una de ellas, a Lourdes, celebrada en julio de 1954, le llevó también a algunos de los centros de espiritualidad y peregrinación más importantes de la geografía española: Loyola, Javier, Begoña, Comillas, Covadonga, Mondoñedo, Santiago de Compostela, Salamanca, Alba de Tormes, Zaragoza y Montserrat. Volvió a Lourdes en marzo de 1958 para consagrar el templo de San Pío X, y viajó también a Fátima, en mayo de 1956, para representar al Papa en la celebración del XXV aniversario de la consagración de Portugal al Corazón Inmaculado de María; a Beirut, Líbano, como legado pontificio para presidir el Congreso Nacional Mariano, y a otros centros de peregrinación marianos, como Einsiedeln, Mariazell o Czestochowa. Solía pasar sus vacaciones en Sotto il Monte, su tierra natal y en la que sus hermanos seguían trabajando.

2. Bibliografía

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3. Juan XXIII

Al morir Pío XII, el cardenal Roncalli se desplazó a Roma para participar en el cónclave. El cuarto día del mismo, el 28 de octubre de 1958, a los setenta y siete años de edad, fue elegido Papa. Adoptó enseguida el nombre de Juan, el más común entre los Papas, un nombre muy querido por él, ya que así se llamaba su padre. Su edad hacía pensar en un Papa de transición y presagiaba un pontificado breve. No obstante, su pontificado fue intenso y renovador, supuso el tránsito hacia una Iglesia más abierta a la humanidad y sensible a los signos de los tiempos, y trazó senderos que sus sucesores ya no podrían ignorar. Ya en la encíclica inaugural de su pontificado dibuja las líneas maestras del mismo, proponiendo al mundo la búsqueda de la verdad, la unidad y la paz.

La iniciativa fundamental de Juan XXIII fue, sin duda, la convocatoria de un concilio ecuménico, idea que anunció el 25 de enero de 1959. Pero ya antes había sorprendido a todos con una serie de medidas que preparaban el concilio y suponían una renovación de la Iglesia. El 17 de noviembre de 1958 nombró Secretario de Estado, cargo que llevaba vacante catorce años, al cardenal Tardini. El 15 de diciembre de 1958 elevó al rango cardenalicio a veintitrés nuevos cardenales, trece de ellos italianos, superando el número de setenta que Sixto V había establecido en 1586. Entre los nuevos cardenales estaba su sucesor en Venecia y el arzobispo de Milán, Juan Bautista Montini, que sería su sucesor en el pontificado. Al año siguiente nombró ocho cardenales más, y otros diez en 1960, entre ellos, por primera vez en la historia de la Iglesia, un japonés, Peter Tatsuo Doi, un filipino, Rufino J. Santos, y un africano, el cardenal de Tanzania, Mons. L. Rugambwa. El Papa, consciente de los nuevos y graves asuntos en el gobierno de la Iglesia, quiso con esto demostrar su universalidad y testimoniar su juventud y su vitalidad.

El anuncio del concilio en 1959 había sido acogido con frialdad por parte de la curia, que daba por sentado que la época de los concilios había pasado, sobre todo desde la declaración de la infalibilidad del Papa. La diversidad de matices en el enfoque del Concilio entre la curia romana y los obispos se confirmó en 1962, cuando comenzó la primera sesión. Los debates desembocaron en la conclusión de que el tema central tenía que ser la Iglesia, y de que había de tratarse también de la Iglesia en el mundo. Algo que coincidía con lo que había señalado Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio: una orientación abierta y optimista, en desacuerdo con los profetas de calamidades, que manifestaba más el deseo de no condenar, de ayudar a los hombres con una exposición más actualizada y comprensible de la doctrina de Jesucristo. Una semana antes, Juan XXIII sorprendía a todos con una peregrinación a Loreto y a Asís, para orar allí por el éxito del concilio. Era la primera vez, desde Pío IX, que un Papa salía de la ciudad de Roma.

El 13 de mayo de 1961 promulgó su primera encíclica, Mater et magistra, uno de los más importantes documentos de la doctrina social de la Iglesia. En este documento el Papa clarificó la misión de la Iglesia, que no es sólo atender a los fieles, sino también pronunciarse en favor de la evolución de los pueblos. Con referencias específicas a la encíclica Rerum novarum, de León XIII, el Papa indicaba las urgentes necesidades espirituales y materiales de un mundo transformado económica y socialmente, caracterizado por los desequilibrios, las discriminaciones y las injusticias.

El ecumenismo es otra de sus grandes líneas de acción. El anuncio de la convocatoria del Concilio coincidió en el tiempo, y no de una manera casual, con la semana de oración por la unidad de los cristianos. La acogida entre las iglesias cristianas fue muy favorable, a juzgar por la cantidad e importancia de las delegaciones enviadas al Concilio como observadoras. Pero ya había obtenido buenos frutos antes de la inauguración del Concilio: el 1 de diciembre 1960 Juan XXIII recibió una visita que despertó gran interés y avivó no pocas esperanzas, habida cuenta de que era la primera que se producía desde la separación: el arzobispo anglicano de Canterbury, G. F. Fisher. El encuentro, a pesar de su sencillez y de la ausencia de contenidos de particular interés, supuso la transición de una era de hostilidad hacia una etapa de convergencia.

A esta visita siguieron otras: seis meses después, el 5 de mayo de 1961, recibía en visita oficial a la reina Isabel II y a su esposo, el duque de Edimburgo. El moderador de la Iglesia presbiteriana de Escocia, Archibald C. Craig, fue recibido por el Papa en 1962; también recibió en audiencia al presidente de la Iglesia episcopaliana de Estados Unidos. La creación de un Secretariado para la Unión de los Cristianos fue, sin duda, un paso importantísimo en favor del ecumenismo. Al frente del Secretariado puso al cardenal Bea, jesuita, antiguo rector del Instituto Bíblico y confesor de Pío XII. Sin duda su actividad fue clave en el acercamiento entre las Iglesias e influyó decisivamente en el desarrollo del Concilio.

En su relación con el judaísmo, Juan XXIII suprimió, en los oficios del Viernes Santo de 1959, el adjetivo perfidis atribuido a los judíos: pro perfidis Iudeis. Este simple hecho suscitó en el corazón de los judíos nuevas esperanzas para una era de comprensión y tolerancia. En junio de 1960 recibió en audiencia al representante judío Jules Isaac, al que el Papa invitó a ponerse en contacto con el cardenal Bea para futuras colaboraciones.

El 11 de abril de 1963, Jueves Santo, Juan XXIII publicó la última y más famosa de sus encíclicas, Pacem in terris. Tenía la novedad de estar dirigida no sólo a los obispos, al clero y a los fieles católicos, sino también, y por primera vez, a todos los hombres de buena voluntad. La encíclica era una invitación a no escudarse en los egoísmos nacionales y en las rígidas posiciones y a afrontar, en un espíritu de colaboración, los problemas cruciales del hambre, de la justicia y de la paz. En la primavera de ese mismo año, y en reconocimiento a su actividad a favor de la fraternidad entre los hombres y entre todos los pueblos y por sus recientes intervenciones en el plano diplomático, le fue concedido el Premio Balzan de la Paz. El Papa donó inmediatamente la cuantía económica del premio, ciento cincuenta millones de liras, a la Fundación Premio Internacional de la Paz Juan XXIII, constituida ese mismo año con el deseo de que se establezca entre los hombres la paz con la convivencia en la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

La idea de la puesta al día, del aggiornamento, el propósito más claro del Concilio, está presente en todas sus actuaciones y enseñanzas. Favoreció una nueva visión de la Iglesia, visión que la dotó de un empuje y una vitalidad renovados, como servidora y amiga de los hombres, atenta a los signos de los tiempos, administradora de la misericordia divina, inspirada para su ministerio pastoral en la fraternidad y en la comunión. Hizo de la Iglesia presencia y servicio en el mundo de hoy, y acertó a hacer también de su misma persona presencia y servicio. En todos los actos de su gobierno se mostró un hombre lleno de fe y de inteligencia cristianas. Practicó siempre las obras de misericordia y afirmó, con energía y claridad, el derecho a la propiedad, al trabajo, a la educación, a la seguridad social, a la igualdad racial y al mantenimiento de la propia individualidad étnica, elementos todos de la dignidad del hombre. Testigo de dos guerras mundiales, fue un entusiasta defensor de la paz como valor supremo, de la libertad y de la independencia de los hombres y de los pueblos.

4. Diario del alma

Loris Francesco Capovilla, su secretario, editó y prologó, pocos meses después de su fallecimiento, Il giornale dell´anima e altri scritti di pietà, recopiló las Cartas a sus familiares y publicó la biografía de Juan XXIII. Él ha sido sin duda alguna quien más ha contribuido a conocer la persona y la espiritualidad de uno de los hombres más importantes de la historia de la Iglesia del siglo XX. Trece ediciones ha publicado San Paolo Italia de Il giornale dell´anima, la mejor lección, la más íntima y personal, del Papa bueno.

La presente edición de Diario del alma reproduce básicamente, con pequeños retoques y ligeras reducciones de algunos párrafos, el texto original italiano, reeditado ahora por SAN PAOLO, Milán, con motivo de la beatificación de Juan XXIII en el Gran Año Jubilar. Nuestra edición, con el deseo de que un libro de tan formidable testimonio espiritual se lea con facilidad y siga haciendo gran bien a las nuevas generaciones que meditan y oran en castellano, se ha permitido modernizar un poco su lenguaje, suprimir la mayor parte de las citas y referencias en latín, procurando que se pueda seguir con facilidad el pensamiento del seminarista, del sacerdote, del obispo, del cardenal y también del papa Juan XXIII.

La revisión del texto original italiano y la modernización del lenguaje se han hecho procurando no atentar para nada contra el contenido de lo que Juan XXIII quiso transmitir en sus cuadernos de apuntes, no siempre fáciles de leer e interpretar. La otra novedad que lleva esta edición es la división de toda la obra en nueve partes, proponiéndole al libro unos títulos más breves y una división en partes, epígrafes y subepígrafes, que dejen ver la trama del discurso autobiográfico.

Los últimos meses de la vida de Juan XXIII, minada ya por un mal incurable y doloroso, fueron los más intensos de su actividad y testimonio. Tras una larga y penosa agonía, murió el 3 de junio de 1963. Ningún Papa ha sido tan llorado al morir: multitud de banderas ondearon a media asta, entre ellas la de la ONU y la del palacio primado anglicano; la jerarquía de las distintas iglesias cristianas, así como del judaísmo, el islam y el budismo, hicieron sentidas declaraciones; el luto fue generalizado en Italia. Juan XXIII fue sepultado en las grutas vaticanas, cerca de la tumba de Pío XII. En 1965 Pablo VI introdujo su causa de beatificación, definitivamente fijada por Juan Pablo II para el 3 de septiembre de 2000.

Los lectores de lengua española disponen ya, ahora en la colección MAESTROS, de un documento excepcionalmente auténtico. Al leer Diario del alma se capta que, bajo pensamientos tan henchidos de serenidad espiritual, sigue latiendo el alma de un gran Papa cuyo recuerdo permanece vivo en los albores del Tercer Milenio de la cristiandad.

Juan Antonio Carrera, SSP

Madrid, 29 de junio de 2000

Solemnidad de los santos apóstoles

Pedro y Pablo

Diario del alma

Ejercicios y notas espirituales

(1895-1963)

1 En el seminario de Bérgamo (1895-1900)

1895

Reglas de vida que deben observar los jóvenes que desean hacer progresos en la vida de piedad y de estudio

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. El primer y principal fundamento radica en escoger un director espiritual de los más ejemplares, prudentes y doctos, tener con él una confianza total y depender en todo de él, de sus consejos y su dirección con plena confianza.

Todos los días: 1. Hacer al menos un cuarto de hora de oración mental por la mañana, inmediatamente después de levantarse; 2. Oír, o mejor ayudar, la santa misa; 3. Hacer un cuarto de hora de lectura espiritual; 4. Por la noche, antes de acostarse, hacer examen general de conciencia, con el acto de contrición, y preparar los puntos para la meditación del día siguiente; 5. Antes de la comida o de la cena, o al menos antes del examen general de la noche, hacer otro examen particular sobre algún vicio o defecto para corregirlo, o sobre alguna virtud para adquirirla; 6. Ser diligente en la Congregación los días de fiesta, en clase y en los círculos los días de trabajo, y dar siempre el tiempo conveniente al estudio en casa; 7. Visitar al Santísimo Sacramento, así como alguna iglesia o capilla dedicada a la Santísima Virgen, al menos una vez; 8. Rezar cinco padrenuestros y avemarías a las llagas de nuestro Señor Jesucristo entre las dieciocho y las veintiuna horas, y hacer al menos tres actos de mortificación en honor de la Virgen María; 9. Rezar las demás oraciones vocales y otras devociones ordinarias a la Virgen María, a san José, a los santos patronos y a las almas del purgatorio; pero estas devociones deberán ser aprobadas por el director, lo mismo que los libros para la meditación y la lectura espiritual; 10. Leer con atención y reflexión un capítulo entero, o al menos una parte, del devotísimo libro de Tomás de Kempis en latín; 11. Para perseverar en la observancia de estas reglas, hacerse una distribución de las horas del día asignando un tiempo determinado a la oración, al estudio, a las otras devociones, al recreo y al sueño, consultando de antemano al director; 12. Acostumbrarse a elevar con frecuencia la mente a Dios, con breves, pero fervorosas jaculatorias.

Cada semana: 1. Confesar y comulgar; 2. Ayunar el viernes y el sábado; 3 En dicho día hacer alguna penitencia, con el consejo del padre espiritual; 4. El mismo día hacer un cuarto de hora de oración o lectura espiritual además de la acostumbrada, y esto, si es posible, retirándose a alguna iglesia. Esto podrá suplirse asistiendo a alguna plática espiritual, o con otra obra de piedad sustituida por el director, según su juicio; 5. Hablar, sentado o dando un paseo con uno o más compañeros, de cosas buenas y espirituales. El tema de la conversación podrá tomarse de la meditación hecha por la mañana, o de la lectura espiritual, o de alguna de estas reglas, comunicándose mutuamente los buenos sentimientos tenidos, o que sean sugeridos entonces por el Señor, a modo de plática familiar; 6. Todos los sábados contar, u oír contar, algún ejemplo o milagro de María Santísima, haciendo sobre él alguna reflexión moral y devota; 7. Presentar siempre las excusas sinceras al director si se falta a alguna de estas reglas; manifestarle también la culpa propia cuando hayan dejado de cumplirse, y pedir alguna penitencia.

Cada mes: 1. Escoger un día de mayor retiro y examinarse con mayor atención sobre la enmienda de los defectos y el aprovechamiento en la virtud y la observancia de estas reglas; 2. Elegir un joven de los más ejemplares y celosos y pedirle que observe bien nuestra conducta, y nos advierta, con sincera caridad, los defectos que vea en nosotros, determinando para ello el día citado o uno de los más próximos; 3. Hecho esto, visitar al padre espiritual y hablar con él sobre esto y otras particularidades que puedan surgir; recibir sus consejos y ser puntual en ponerlos por obra; 4. Tener empeño en que el director conozca las propias faltas; 5. Tener un santo patrono cada mes, además de los otros.

Cada año: 1. Hacer los EE. EE. aquí en el seminario, durante el carnaval o en otro tiempo y lugar, aunque no sea necesario para las órdenes; en caso de existir legítimo impedimento, consultar con el director; 2. En dicho tiempo, o en otro más cómodo, hacer confesión general o anual; 3. Hablar con el director antes de ir de vacaciones y para saber cómo comportarse en ellas; 4. Antes de las mencionadas vacaciones dar a los compañeros y recibir de ellos algún recuerdo, para pasarlas bien en el Señor.

En todo tiempo: 1. Guardarse más que de cualquier gran mal, de los compañeros malos o poco buenos, como son, según se dice, el que tiene en la boca equívocos impuros, palabras sucias, mordaces y groseras; el que se muestra aficionado a tratar con personas de distinto sexo y a hablar de amoríos; el que entra con frecuencia en las tabernas y es inmoderado, principalmente en el beber; el que quiere adquirir fama de hombre vengativo, pendenciero y camorrista; el que pasea o vaga ocioso por plazas y tiendas; el que acude a locales de juego o juega también en privado a las cartas o a los dados, y en general el que da pruebas de ser un joven contrario a la buena disciplina, enemigo del estudio y que sólo piensa en pasatiempos; 2. No tratar nunca, o jugar, o bromear, o permitirse en cualquier otro sentido demasiada familiaridad con mujeres sea cual fuere su condición, edad o parentesco; y no darles nunca la mínima confianza que pudiera ser de alguna manera peligrosa o sospechosa; 3. No jugar nunca a juegos prohibidos ni tampoco a los lícitos, principalmente de cartas o dados, y menos aún en público y donde se reúne toda clase de gentes, ni asistir a ellos como espectador; 4. Por ningún título o pretexto tutear, echar las manos encima, perseguir, dar empujones, golpear a los otros, ni siquiera en broma, ni permitirse otros actos o palabras o gestos de ligereza que engendren desprecio u otro mayor peligro.

5. Tener sumo cuidado en conservar el hermoso lirio de la pureza, y para ello vigilar bien los sentimientos, y especialmente los ojos, no fijándolos nunca en el rostro de las mujeres o en otros objetos peligrosos; y guardarse de comer o beber demasiado o fuera de las comidas, y evitar el ocio; 6. Hacer particular profesión de humildad y para ello reflexionar a menudo en que, por nuestra parte, sólo tenemos podredumbre en cuanto al cuerpo; ignorancia y pecados en cuanto al alma; y que si hay en nosotros alguna cosa buena de naturaleza, fortuna y gracia, es una limosna que Dios nos da. Guardarse, por tanto, de decir palabras en alabanza propia y de desear ser estimados más o igual que los otros; 7. A estas dos virtudes ha de seguir siempre la reina de todas, la caridad; y para el ejercicio de esta virtud servirá principalmente el soportar las injurias y ser fácil y pronto a perdonarlas de todo corazón; ser afable con los pobres; guardarse sobre todo del interés y el deseo de cosas materiales o del excesivo apego al dinero; 8. Pedir al Señor la conversión de los pecadores en general y en particular, y especialmente de los de la Congregación del seminario, si hubiera alguno; y emplear todos los medios que pudieran ayudar a ello, pidiendo consejo, si fuera preciso, en casos particulares a personas discretas y prudentes y al propio director, para corregir con la mayor suavidad y discreción posibles, quitando el mal y el escándalo, sin infamia del malhechor; 9. Antes de salir del seminario, acabados los estudios, pedir consejo al director sobre los cargos y las reglas que habrán de seguirse en el resto de la vida.

Reglas particulares para los jóvenes que visten hábito eclesiástico: 1. El que ha recibido ya el hábito eclesiástico deberá atender con mayor esfuerzo a su propio provecho y a procurar el bien y la salvación del prójimo, como obligación indispensable de este estado.

2. En la ciudad y en el pueblo llevará siempre el hábito largo; en el campo y en los viajes, la sotana corta ha de ser siempre totalmente sinodal y modesta; y también en casa estará siempre con decencia y con su distintivo de eclesiástico.

3. Será limpio, pero sin vanidad en el vestir y en el arreglo de la persona; amará la modestia, la gravedad, el decoro en las funciones sagradas, en las iglesias y sacristías; y para ello procurará conocer bien los sagrados ritos; observará las constituciones eclesiásticas propias de su estado, y profesará particular obediencia a su obispo.

4. Prestará especial atención al estudio, y no saldrá del seminario sin haber terminado los cursos, a fin de hacerse lo más hábil posible para el servicio de Dios y la salvación del prójimo, mediante la predicación, al ministerio del confesonario y otras santas ocupaciones semejantes, a medida de su talento.

5. Nunca ambicionará ni pretenderá puestos o beneficios más honrosos o más pingües o lucrativos, sino que en cosa de tanto relieve y peligro se mantendrá siempre con indiferencia resignado a la voluntad de Dios, al juicio de los superiores y al consejo de su director espiritual. Por eso nunca deberá tener ese fin y esa intención en sus estudios y en las buenas obras, pues perdería todo el mérito y nunca alcanzaría virtud sólida ni esa paz y tranquilidad de ánimo: La paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia (Flp 4,7). Paz y misericordia a todos los que vivan conforme a esta regla y al Israel de Dios (Gál 6,16).

Advertencias (al Director). Se recomendará a los eclesiásticos, especialmente a los in sacris, el uso del fajín, advirtiéndoles que este contribuye mucho a la perseverancia y al buen ejemplo; y que es parte del hábito sinodal; antiguamente lo usaban todos, y también hoy lo usan los más ejemplares y observantes, como deben ser todos.

Adiciones: 1. Con ocasión de alguna necesidad particular de alguno, todos deberán orar por él y aplicar una comunión; 2. Cada uno deberá también, al hacer la visita a la Santísima Virgen o en otro tiempo, rezar todos los días por los demás tres avemarías a la Inmaculada Concepción, a fin de obtener y conservar el don importantísimo de la santa y amabilísima pureza, es decir, la castidad; 3. Deberá, incluso el que no es sacerdote, ofrecer una vez al mes la comunión por todos los demás, para que perseveren firmes en la observancia de las santas reglas, en una verdadera devoción para sí mismos, y celo ardiente e incansable por el bien de los demás. Los sacerdotes, por su parte, aplicarán cada año una misa en el día que se les señale para este fin, especialmente por la conservación y buenos progresos, en satisfacción por las culpas de todos y para alcanzar a todos una verdadera contrición de los propios pecados y la salvación eterna; 4. En caso de muerte de alguno, el que no sea sacerdote deberá rezar un oficio de difuntos, oír una misa, rezar una tercera parte del rosario, ayunar un sábado u otro día y ofrecer una comunión, aplicando también una misa lo antes que pueda, y alguna indulgencia.

Triduo a san Francisco Javier, 30 de noviembre: 1. Imitarlo en su profundísima humildad, en el esfuerzo por llegar al conocimiento de nosotros mismos, de nuestras miserias en cuanto al alma y en cuanto al cuerpo; buscando en nuestros estudios y obras buenas no la estima, el honor, la reputación de los hombres, sino solamente a Dios, su gloria, y nuestro bien y el de las almas; 2. Imitarlo en su mortificación, contrariando cuanto sea posible nuestra voluntad, nuestros caprichos y también mortificándonos un poco externamente, evitando al sentarse o arrodillarse la postura más cómoda y contentándonos con la escogida en un principio, frenando el desenfrenado afán de mirar, saber, hablar, etc.; 3. A imitación de su celo, por la gloria de Dios y la salvación de las almas, asistir con particular y extraordinaria penetración interna y fe a la santa misa, ofreciéndola por la salud, prosperidad e incolumidad del Sumo Pontífice, por el triunfo de la Iglesia, por la conversión de los infieles y para obtener también nosotros el espíritu de ardor, de piedad, de humildad, de sacrificio, de desprecio de todo lo que es mundo, del que nuestros padres nos dieron tan grandes y luminosos ejemplos.

Cuatriduo en honor de san Francisco de Sales, 25 de enero. Honremos a este santo: 1. Imitándolo en su dulzura, tratando a todos con jovialidad, amabilidad, buen humor, pero todo esto unido siempre a la gravedad y modestia, especialmente a los que nos han dado algún disgusto, a los que nos resultan antipáticos, a los atribulados y tentados, angustiados, etc., procurando, si el caso lo exige, llevarlos a Dios; 2. Imitándolo en la severidad que usó siempre consigo mismo, pisoteando, quebrantando, negando en la mayor medida posible nuestra voluntad y nuestro juicio; 3. En su amor a Dios imitémoslo ofreciéndonos con frecuencia a Dios mediante actos de ofrecimiento de nosotros mismos, y confesándonos prontos y dispuestos a hacer todo cuanto en estos santos Ejercicios se digne hacernos ver qué quiere de nosotros, orando mientras devotamente para que aprovechemos de veras nosotros y los demás; 4. Finalmente imitémoslo en su caridad con el prójimo, pidiendo por los pecadores, por el éxito de las misiones católicas, por el Sumo Pontífice y por el triunfo de la Iglesia.

Oración. Concédeme, benignísimo Jesús, tu gracia, para que esté conmigo y obre conmigo, y persevere hasta el fin. Dame que desee y quiera siempre lo que es más acepto y agradable a ti. Tu voluntad sea la mía y mi voluntad siga siempre la tuya, y se conforme perfectamente con ella. Tenga un querer y no querer contigo, y no pueda querer ni no querer sino lo que tú quieres y no quieres. Dame que muera a todo lo que hay en el mundo, y que por ti desee ser despreciado y olvidado en este siglo. Dame que, sobre todo lo deseado, descanse en ti y aquiete mi corazón en ti. Tú eres la verdadera paz del corazón; tú el único descanso; fuera de ti, todas las cosas son molestas e inquietas. En esta paz, esto es, en ti, Sumo y Eterno Bien, dormiré y descansaré.

1896

Propósitos hechos en los EE. EE. de 1896 y confirmados en 1897 y 1898

Para mayor gloria de Dios: 1. Propongo y prometo no acercarme nunca a los santos sacramentos por rutina o con frialdad y no emplear nunca menos de un cuarto de hora en prepararme.

2. Propongo también perseverar en hacer todos los días, y especialmente en vacaciones, la meditación, el examen particular y general, rezar el rosario, hacer la lectura espiritual y la visita y las demás oraciones que suelen rezarse en el seminario, y con devoción y según mi horario, al que prometo atenerme con el mayor rigor posible, en el seminario y en vacaciones.

3. Cuando me sea posible rezaré también en honor de María Santísima el Salterio y los Salmos, y además, todos los días, tres avemarías por la santa pureza.

4. Vigilaré con todo cuidado sobre mí mismo, procurando no caer en distracciones en las oraciones, y especialmente en la meditación, en los ocho padrenuestros después de la comida, en vísperas y en el rosario. Y para esto, tanto al rezar como en cualquier otra ocasión, pensaré en la presencia de Jesús, imaginándome que me hallo ante alguna escena de su vida, en el Cenáculo, en el Calvario, etc.

5. Sobre todo estaré en guardia sobre mí mismo para que no brote en mí la planta de la soberbia; estaré en guardia considerándome inferior y más mezquino que todos, tanto en la piedad como en el estudio.

6. En cuanto al estudio, me aplicaré a él con todo amor y ardor y con todas mis fuerzas, estudiando sobre todo las materias sin distinción ninguna, sin que me retraiga de ello la excusa de que no me gustan. Mi único fin en el estudio será la mayor gloria de Dios, el honor de la Iglesia, la salvación de las almas, y no mi honor ni el afán de sobresalir entre todos los demás, y recordaré con frecuencia que el Señor me pedirá cuentas también del talento que he malgastado no en otra cosa que en procurarme gloria a mí mismo.

7. Pondré especial empeño en mortificarme a mí mismo, en castigar por encima de todo y siempre el amor propio, mi vicio dominante, evitando todas las ocasiones en que este pueda aumentar. No presumiré de sabio en las conversaciones, no disculparé nunca alguna acción mía, considerando siempre el comportamiento de los demás mejor que el mío. No emplearé gestos o palabras que me den aire de sabihondo. Esquivaré todo género de alabanza y me guardaré muchísimo de querer sacar a relucir siempre mis actos, buscando que los admire el que escucha, así como de darme la menor importancia.

8. No me concederé nunca paz mientras no haya conseguido un amor y una devoción grande al Santísimo Sacramento, que constituirá siempre el objeto más querido de mis afectos, de mis pensamientos, en una palabra, de toda mi vida de seminarista y, si él me quiere, de sacerdote.

9. Prometo y juro a María Santísima, que será siempre mi madre amadísima, guardarme en cuanto me sea posible escrupulosísimamente de todo pensamiento consentido o acto que pueda simplemente empañar la virtud celeste de la santa pureza; y con este fin invoco ahora y siempre a esta Reina de las vírgenes, para que me ayude a tener alejadas de mí todas las tentaciones que el demonio trae contra mí con este propósito.

10. Procuraré inspirar a los otros, especialmente a los niños, hablando con gusto de ella, la devoción al Santísimo Sacramento y al Sagrado Corazón de Jesús, de la que ante todo he de ser modelo yo mismo; lo mismo haré por lo que se refiere a la devoción a la Virgen Santísima.

11. Nunca me olvidaré de san José, elevándole todos los días una oración, por mí, por los moribundos, por la Iglesia.

12. En las novenas, en los meses de marzo, mayo, junio y octubre, y siempre, practicaré una especial mortificación de mis sentimientos, negando a mis apetitos lo que ellos querrían, y en vacaciones, especialmente donde puede haber gente, me comportaré con una modestia especial, no tanto para servir de ejemplo a los otros, cuanto para evitarme ocasiones que quizá pudieran resultarme dañosas.

13. Pediré en mi oración, y haré que otros pidan, al Santísimo Sacramento, a la Virgen y a los santos por la conversión del Oriente y, antes que nada, por la unión de las Iglesias disidentes. Jamás me olvidaré de rezar por el Sumo Pontífice, por el triunfo de la Iglesia, por mi amadísimo obispo, por mis parientes y bienhechores, en especial por aquellos con los que tengo mayor obligación.

14. Resumiendo, haré que todas mis obras confirmen la tan repetida expresión de san Ignacio de Loyola: Para mayor gloria de Dios.

1897

De la santa pureza

Convencido, por la gracia de Dios y de mi madre María Santísima, del inestimable tesoro de la santa pureza y de la necesidad grandísima que de ella tengo por haber sido llamado al angélico ministerio del sacerdocio, para conservar siempre terso este espejo resplandeciente, en estos santos Ejercicios he hecho, con la aprobación de mi padre espiritual, y he propuesto cumplir escrupulosamente estos propósitos, que consagro a la Virgen de las vírgenes por mediación de los tres angelicales jóvenes, Luis Gonzaga, Estanislao de Kostka, Juan Berchmans, mis especiales protectores, para que ella, en atención a los méritos de estos tres amados lirios suyos, quiera bendecírmelos y concederme la gracia de ponerlos en práctica.

1. En primer lugar, íntimamente persuadido de que la santa pureza es gracia de Dios, sin la cual y sólo con mis fuerzas sería capaz de violarla, pondré también aquí la gran base de la humildad, desconfiando de mí mismo y poniendo toda mi confianza en Dios y en María Santísima. Por lo cual todos los días pediré al Señor la virtud de la santa pureza y especialmente me encomendaré a él en la santa comunión. Con la Reina de las vírgenes, además, seré tiernísimo; aplicaré siempre la hora de prima del oficio parvo, la primera avemaría del Angelus, el primer misterio del rosario por la consecución y conservación de la santa pureza. Aseguraré también la ayuda de san José, esposo castísimo de María, rezándole dos veces al día la oración O virginum custos, y seré devoto de los tres santos jóvenes citados, cuya pureza me esforzaré por copiar.

2. Cuidaré de mortificar severamente mis sentimientos manteniéndolos dentro de los límites de la modestia cristiana; y haré ayunar especialmente a los ojos, llamados por san Ambrosio redes insidiosas y por san Antonio de Padua ladrones del alma, rehuyendo cuanto pueda las aglomeraciones de gente en fiestas, etc.; y cuando me vea obligado a intervenir, comportándome de modo que nada que pueda simplemente evocar el vicio contrario a la santa pureza hiera mis ojos, los cuales para esto, en tales ocasiones, estarán siempre fijos en el suelo.

3. Con suma modestia me comportaré también cuando deba pasar por ciudades u otros lugares populosos, no mirando nunca a anuncios, grabados, comercios donde pueda haber algo indecente, según el dicho de Sirácida: No pasees tus ojos por las calles de la ciudad, ni andes dando vueltas por sus calles desiertas (9,7). Incluso en las iglesias, aparte una modestia edificante en las funciones sagradas, no fijaré los ojos en bellezas de ninguna clase, como cuadros, tallas, imágenes u otros objetos de arte en que sea, aunque poco, violada la ley del decoro, de modo especial en el caso de pinturas.

4. Con mujeres de cualquier condición, aunque sean parientes o santas, tendré un cuidado especial, huyendo de su familiaridad, compañía o conversación, particularmente si se trata de jóvenes; jamás fijaré mis ojos en su rostro. Jamás les daré la mínima confianza, y cuando por necesidad deba hablar con ellas procuraré ser breve y prudente.

5. Jamás tendré en mis manos o miraré con los ojos, libros de frivolidades o figuras que ofendan el pudor, y todos los objetos peligrosos de esta clase que encuentre los romperé o arrojaré al fuego, aunque se hallen en las manos de mis compañeros, a no ser que por hacer esto resulten más graves inconvenientes.

6. Además de dar ejemplo de suma modestia al hablar, en familia procuraré apartar de las conversaciones temas poco convenientes a la santa pureza, no permitiendo nunca que, sobre todo en mi presencia, se hable de amoríos, se empleen palabras poco honestas y decentes o se canten canciones amorosas. Corregiré siempre con caridad cualquier inmodestia que otros cometan, y si persisten me alejaré mostrando el más vivo desagrado. A este respecto, en el seminario seré escrupuloso y todo ojos para alejar genialidades, simpatías entre los compañeros y todos los actos o palabras que, si en el mundo pueden pasar, son indecentes en los eclesiásticos.

7. En la mesa, al hablar y al comer, no me mostraré glotón o intemperante; haré siempre alguna pequeña mortificación; y en cuanto a beber vino seré más que moderado, porque en el vino hay el mismo peligro que en las mujeres: El vino y las mujeres hacen perder la cabeza a los sensatos (Si 19,2).

8. Observaré también conmigo mismo, por lo que se refiere a mi cuerpo, una suma modestia, en cualquier ocasión y para cualquier acto, de los ojos, de las manos, de la mente, etc., tanto en público como en privado. Y para esto quitaré la ocasión de tales actos, aunque inculpables; por la noche, antes de dormirme, después de ponerme al cuello el rosario, colocaré los brazos sobre el pecho en forma de cruz, procurando despertar por la mañana en esta postura.

9. En todo recordaré siempre que debo ser puro como un ángel, y me comportaré de modo que de todo mi ser, de mis ojos, de mis palabras, de mis gestos emane ese santo rubor tan propio de los santos Luis, Estanislao y Juan, rubor que tanto agrada, causa reverencia y es la expresión de un corazón, de un alma casta, amada de Dios.

10. Jamás olvidaré que nunca estoy solo, incluso cuando lo estoy: que me ve Dios, María y mi ángel de la guarda; que siempre soy seminarista. Y cuando me vea en ocasiones de ofender a la santa pureza, entonces más que nunca me volveré a Dios, al ángel de la guarda, a María, repitiendo con frecuencia la jaculatoria: María Inmaculada, ayúdame. Pensaré entonces en la flagelación de Jesucristo y en los novísimos, recordando lo que dice el Espíritu Santo: En todas tus obras acuérdate del final, y no pecarás jamás (Si 7,36).

1898

Notas espirituales

27 de febrero de 1898. Para ser esta la primera semana desde que salí de los santos Ejercicios, la he pasado muy mal por la continua distracción en que he caído en las oraciones. Aunque me parece que por mi parte he sido diligente en esto, no puedo negar que a veces he podido ser causa de las distracciones, por conservar poco el recogimiento en las demás cosas. De todos modos he pasado una semana floja. Lo peor es que yo, en lugar de hacer un acto de humildad cuando me daba cuenta de estar distraído, me entristecía, me inquietaba. Basta. Dios me perdone. Se ve que él ha querido desengañarme, me ha sometido a prueba, me ha hecho ver qué miserable soy. Bendito sea. Ahora me esforzaré por ser más recogido, con la ayuda de la Virgen Santísima, de mi ángel de la guarda, de mi san Juan Berchmans. Dios sabe que, incluso en medio de todas mis miserias, lo amo de verdad y deseo que todos lo amen. Que él me bendiga y no quiera rechazarme, por muy pecador que sea. Señor, tú sabes que te quiero.

Domingo, 6 de marzo de 1898. He estado menos distraído en las oraciones, pero no del todo y siempre recogido. En estos últimos días he hecho poco uso de jaculatorias, y por eso no he vivido tan unido a Jesús como anteriormente. A medida que avanzo más me doy cuenta de lo que me falta. En adelante observaré un recogimiento especial por la mañana y por la noche, en el dormitorio; pronunciaré infinitas jaculatorias durante la jornada, especialmente en el recreo y en el estudio. Seré menos charlatán en el recreo, y no me dejaré llevar por una desmesurada alegría. Me portaré de modo que Jesús pueda decirme también a mí las palabras que dijo a santa Teresa: Yo me llamo Jesús de Teresa. Pero antes es necesario que sea un Ángel de Jesús. Así sea. Que san José me ayude y me dé su recogimiento. Jesús mío, misericordia.

Domingo, 13 de marzo de 1898. Cuántas faltas también esta semana. En clase he dejado escapar alguna palabra inútil y tonta, el examen de conciencia lo he hecho muy de prisa, y no he conservado el debido recogimiento por la mañana al levantarme, con perjuicio del fruto de la meditación. Tampoco las jaculatorias han sido infinitas como había prometido que serían. Sobre estos tres puntos tendré que vigilar especialmente en esta semana. No me dejaré caer en la melancolía, pensando en el estado presente de mi familia; cuando me venga semejante pensamiento, pediré al buen Jesús que se digne socorrerla, que le conceda resignación, y perdone a los que le hacen mal, para que nada suceda que sea ofensa de Dios. Encomendaré el asunto a María y a José, para que sean conocidas la verdad y la inocencia. Para mí esto es una prueba grandísima. De todos modos, suceda, lo que suceda, Dios sea bendito, hágase su santísima voluntad.

Domingo, 20 de marzo de 1898, retiro. Hace ya un mes que salí de los santos Ejercicios. ¿En qué punto me hallo en el camino de la virtud? Pobre de mí. Al hacer un examen general sobre mis acciones en estos días pasados he encontrado de qué avergonzarme y humillarme. He encontrado que en todas mis acciones falta siempre algo para la perfección: no he hecho demasiado bien la meditación, no he oído bien la santa misa, porque me he dejado distraer apenas levantado de la cama, durante el aseo; no he hecho con todo el fervor que antes sentía la visita al Santísimo Sacramento; he hecho con poco o ningún fruto el examen general, he caído en distracciones, especialmente en el rezo de vísperas; me he dejado llevar de la desgana que trae consigo el calor; he encontrado, en una palabra, que estoy todavía en los comienzos del viaje que he emprendido. Qué confusión. Me había creído que a estas horas sería un santo, y veo que sigo siendo un miserable como antes.

Viendo esto debo humillarme profundamente y pensar que no soy capaz de nada. Humildad, humildad, humildad. Pero en medio de todas estas miserias debo dar gracias al Señor porque no me ha abandonado, como merecía. Conservo todavía, gracias a Dios, el deseo de ser bueno, y con esto debo seguir adelante. Pero, ¿qué ir adelante? Es preciso comenzar de nuevo. Pues bien, comenzaré de nuevo. ¿Qué hace falta? En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, bajo la protección de la Virgen María y de san José, iniciemos la marcha. Los puntos sobre los que debo permanecer vigilante son los contrarios a las faltas que acabo de señalar. Basta. En el próximo retiro veremos en qué punto estamos. Mientras tanto, que Dios me bendiga.

Lunes, 28 de marzo de 1898. ¿En qué vienen a parar todas mis promesas? Pobre de mí, ya lo había olvidado. Pero si sigo a este paso, las cosas van a acabar mal. Continúo en las mismas. Y si busco la causa, la encuentro en no haber conservado siempre el recogimiento. De ahí que mis prácticas de piedad dejen siempre algo que desear; en una palabra, a esa meditación, a esas visitas, a esas vísperas, a esas benditas vísperas, a esos exámenes, a todo, le falta siempre algo. Lo curioso es que me afano por recomendar el recogimiento a los otros. Qué vergüenza para mí, yo que debía dar ejemplo, dejarme preceder por los otros en hacer el bien. Antes debo poner en práctica el recogimiento, en todo. Esta mañana he hecho la meditación sobre los medios que el Señor me ha dado para salvarme, y he encontrado mucho de qué avergonzarme. Acabemos de una vez. Hasta ahora he jugado siempre con Dios, pero con Dios no se juega. En adelante haré las cosas bien de verdad. Observaré un especial recogimiento en toda mi jornada, no me dejaré distraer por el pensamiento de los exámenes semestrales, sobre todo me guardaré de quebrantar las reglas comunes, y señaladamente la del silencio. Estaré unido con Jesús en el Sacramento, mi amigo y aliento, y todo resultará bien. Jesús mío, misericordia.

Lunes, 4 de abril de 1898. En esta semana me parece que las cosas han ido un poco mejor, pero no del todo; en alguna cosa me he dejado arrastrar por el ambiente general del tiempo de exámenes. Me queda todavía mucho, mucho por hacer, especialmente por lo que se refiere al recogimiento en las oraciones. Debo sacrificarme y despreciarme. Este sacrificio, en esta semana santa, me lo pide Jesús que sufre. ¿Puedo negárselo? No, Jesús, jamás.

Viernes, 22 de abril de 1898. Ha pasado la Semana Santa, han pasado también las vacaciones, y en vez de mejorar he seguido retrocediendo. ¿Es posible, después de tantas promesas? El hecho es que me encuentro en este estado, ni más ni menos. Y lo curioso es que no he escrito nada, como había venido haciendo cada ocho días después de los santos Ejercicios, y he dejado pasar así dieciocho días. Jesús mío, misericordia.

No sé cómo explicarlo. Me parece que siento en mí un poco de amor a Jesús, tengo deseos de portarme bien, y sin embargo hago bastante mal las prácticas de piedad, nunca tengo la cabeza en lo que hago, raras veces pronuncio una jaculatoria. Por otra parte no sé si el Señor estará contento de estas vacaciones; no estoy del todo descontento, pero esperaba más, una mayor puntualidad en la asistencia a las prácticas de piedad, mayor exactitud en todo. Hay una cosa en la que he faltado más, porque estaba más en la línea de mi carácter: el querer presumir de sabio, juzgar, cortar alocadamente por lo sano. Pobre de mí, soberbia, soberbia, soberbia; es el viejo amor propio que ha salido a relucir. Esto bastará para tenerme sobre aviso en las próximas vacaciones. Pero, en fin de cuentas, todo ha pasado; no creo haber perdido la cabeza en estas vacaciones, y doy por ello las gracias a Jesucristo. Mañana comienzo otro semestre. Qué alegría. El Señor se dispone también a concederme un sinfín de gracias en el mes de mayo y de junio. Los disgustos de la familia me atormentan; pero en fin, hay que animarse. Todo en Jesús y por Jesús, y luego que venga lo que quiera.

Domingo, 1 de mayo de 1898. Oh, qué hermoso día, qué día de paraíso tras una semana de escaso fervor, más bien de disipación y casi de tibieza. El buen Jesús me ha concedido también este año la gracia de hacer el mes de mayo; me ha presentado una nueva ocasión preciosísima para poderlo amar más procurando honrar a la Virgen Santísima. Espero mucho, en este mes, de mi madre María; si ella me ayuda, estoy seguro de dar algunos pasos adelante. Dos son las virtudes que en este mes pediré principalmente a la Virgen para mí: 1) una gran humildad, es decir, conocimiento y desconfianza de mí mismo; 2) un gran amor a Jesús en el Sacramento; y esta segunda gracia será la que más veces pediré también para mis compañeros. Además pediré siempre a Jesús una gran devoción a María, madre suya y madre mía. Así los objetos de mi corazón, mis anhelos, mis oraciones llegan a Jesús por María y a María por Jesús. San Juan Berchmans me ayudará en este mes e intercederá por mí, estoy seguro de ello, él que era tan devoto de la Virgen. Me esforzaré sobre todo por conservar el máximo recogimiento, para poder así vigilarme y dominar poco a poco mis pasiones, especialmente el amor propio. Seré escrupuloso en el cumplimiento puntual del reglamento, luchando contra mi propia voluntad. De manera especial guardaré el silencio en clase, no dejando que se escape de mi boca la mínima palabra. Las jaculatorias no tendrán número, y procuraré inculcar en las conciencias esta verdad: para ir derechos a Jesús es preciso pasar por María. En una palabra, me haré todo de María, para ser todo de Jesús. En todas las cosas me atendré a las prácticas para el mes de mayo que tengo consignadas por escrito. En este mes seré verdaderamente como decidí ser en los santos Ejercicios. Mi ángel de la guarda me servirá de despertador cuando me olvide. Mientras tanto, que Jesús y María me bendigan, me ayuden, me den cuanto necesito, incluso los buenos deseos, y seré santo.

Domingo, 15 de mayo de 1898, retiro. A poco que me he examinado he podido comprobar en este mes que estoy lleno de mí mismo, y mucho más me lo ha dado a conocer mi director espiritual cuando me he presentado a él. Quién sabe lo que saldrá de aquí. Jesús ve que no deseo otra cosa que servirle, y me esfuerzo por sofocar los movimientos de mi amor propio. Pero caigo tantas veces. Quizá María esperaba de mí algo más, y me doy cuenta de ello, porque hasta ahora sólo he hecho consistir la devoción en superficialidades, y las faltas cometidas han sido todavía muchas, y muchas veces he estado distraído en las oraciones. Si llegase a conseguir al menos un verdadero recogimiento.

Debo esperarlo, quedan todavía quince días y espero conseguir algo. Mientras tanto no haré otra cosa que pedir a Jesús y María que me hagan humilde, y mi más preciosa jaculatoria será esta: Humildísima María, hazme semejante a ti. Humildad pediré a Jesús en el Sacramento, humildad ejercitaré sobre todo en las cosas adversas, humildad con los otros, humildad en los pensamientos: aquí es donde caigo de manera especial, y aquí cayeron los ángeles. Jesús y María, ya sabéis que os amo. Jesús mío, misericordia.

Jueves, 26 de mayo de 1898. Con gran confusión mía debo confesar que he hecho poco bien esta novena de Pentecostés. Si continúo así, destruiré lo poco bueno que me parece haber hecho antes. No puedo hacer otra cosa que humillarme y confiar. Faltan todavía tres días para las fiestas solemnes de Pentecostés; haré, por tanto, un triduo de reparación, esforzándome de modo especial, por ser perfecto en las prácticas de piedad, y vivir siempre muy recogido en Dios, en María, con muy frecuentes jaculatorias. Rezaré de modo especial por los ordenandos y por la conversión de los pecadores y por la unión de las Iglesias disidentes. Este será también el modo más hermoso de cerrar el mes de mayo, y será la aurora de ese otro mes, muy querido también para mí, el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Como confirmación de todo esto observaré la máxima atención, el máximo silencio en clase. María, mi única confianza, aceptad mis propósitos, enviadme el Espíritu Santo que me haga conocer mi miseria y me haga amar a Jesús.

Domingo de la Santísima Trinidad, 3 de junio de 1898. Para mayor gloria de Dios. Alabado sea Jesucristo. En el mes de mayo y en la novena del Espíritu Santo he pedido a Jesús y a María la virtud de la humildad, y parece que he tenido buenas ocasiones de ejercitarla. Parece que han contado a los superiores cosas, a mi parecer, exageradas sobre mí, sobre mi soberbia demostrada en las vacaciones, y he recibido la debida reprimenda. He debido de humillarme sin quererlo, pero en el fondo no deja de haber un poco de razón. En este caso, si los superiores vinieran a mirarme con malos ojos, ¿qué debo hacer?

Dejaré hacer, que las cosas sigan su curso; espero que se llegue a saber qué hay de verdadero y qué de falso en lo que se me ha imputado. De todos modos ha sido un buen golpe que me ha hecho pensar y llorar; y quizá he ido demasiado lejos con el pensamiento. Y todo esto porque, aunque no llegase, gracias a Dios, a los excesos que se me han imputado, la soberbia existe, y esta soberbia ha dado ocasión a semejantes acusaciones. Ahora, por fin, comienzo a abrir los ojos y a aprender algo. Basta, he recibido la lección. Pero ahora supongamos que todo es verdad y pongamos una losa encima, no pensemos en el que ha informado, sino que recemos por él que fue quizá instrumento en las manos de Dios para hacerme entrar en el camino recto.

Humildad, por tanto, de nuevo humildad, y sobre todo ojo a esos puntos especialmente en los que se dice —y en parte debo estar de acuerdo— que he faltado. Para esto repasaré a menudo mis propósitos que parecen hechos aposta. En ello me ayudará un poco más de unión con Jesús, porque, a decir verdad, en estos días he estado flojo; mayor cuidado en los exámenes y en la visita.

Es el mes del Sagrado Corazón, mi mes, y por tanto debo dar algún paso en la humildad, y al mismo tiempo en el amor, así me prepararé mejor para esas malditas vacaciones, y no daré más ocasiones de las que se puedan formar nuevos castillos sobre mí.

Por ahora doy gracias a Jesucristo que me concede al menos la disposición a hacerme humilde. Por lo demás Jesús ve mi corazón; sabe cuánto deseo amarlo. Por ahora, pues, fervor, ya que estamos en el mes del amor.

Domingo, 12 de junio de 1898. Esta semana me parece no haberla pasado demasiado mal. Pero tengo aún que reprocharme de haber prestado poca atención en clase en ciertas horas especiales, es decir, en las de letras, y de haber querido a veces hacer el gracioso, dejando escapar alguna palabra inútil o tonta; a veces en el rosario un poco distraído, mucho en el examen general, y un poco también en la meditación. Ay de mí, así, bonitamente, vengo a estar lo mismo que antes. De nuevo, pues, hace falta aliento, hace falta atención, hace falta humildad. Un pecado que llevo encima es el no ser nunca ordenado, ni siquiera en las cosas espirituales; y lo curioso es que estoy recomendando siempre el orden, incluso a los otros.

Lo que debo hacer es esto: no decir nunca a otros algo que luego no me esfuerce por poner en práctica, pues hasta ahora ha sucedido lo contrario. Por ejemplo: aquellos a quienes hablo del amor a Jesús Sacramentado podrán, quizá, formarse un buen concepto de mí a este respecto, porque me parece que hablo con el mayor calor que puedo. Puedo decir, en cambio, que estoy aún muy atrás, sin duda más que todos mis compañeros. Es preciso, por tanto, que atienda a mí mismo con orden. Para ello, en mis exámenes, me fijaré siempre en un defecto mío particular y a él dedicaré una especial atención. Ahora, en esta semana, seré un poquito escrupuloso en la clase de letras, observaré un recogimiento especial en la meditación, rosario y examen general; y por lo demás, humildad siempre en todo, especialmente con los otros, no hablando nunca de mí mismo en los corrillos, procurando no poner o dar ocasión de que se pongan en público los defectos de los demás, en lugar de cubrirlos.

Domingo, 19 de junio de 1898, retiro mensual. Si en la pasada semana he estado un poco más unido con Jesús, si por su gracia he tenido buenas inspiraciones, buenos sentimientos, en una palabra, si he gozado en el Corazón de Jesús, especialmente en la comunión de la solemnidad del viernes, a pesar de ello no puedo decir que he agradado al Corazón de Jesús, pues he caído de nuevo en casi todas las faltas de que me acusaba la otra vez. Por ejemplo, decir alguna palabra inútil durante la clase, estar poco recogido como es verdaderamente mi deber al rezar el rosario, sacar poco provecho de la meditación y ninguno del examen general. Pobre de mí, cuántas espinas para el Corazón de Jesús. ¿Qué quiere decir todo esto? Quiere decir que no lo amo como digo, lo amo sólo con palabras, no con hechos. Sobre todo tengo que reprocharme una inconstancia en mis continuos propósitos, especialmente en lo que se refiere al no hablar nunca de mí mismo, ni siquiera en mal sentido; no hablar de los otros sino para alabarlos.

Fiesta de san Luis, 21 de junio de 1898. El domingo, al sonar la campanilla al final del retiro, interrumpí mis notas para volver a ellas en este día, día hermosísimo por estar consagrado a san Luis Gonzaga. Decía la otra vez que faltaba con frecuencia a la humildad. En este sentido me es necesario un gran recogimiento, pues estoy tan amasado de soberbia que falto incluso cuando no pienso en ello, incluso cuando me parece que obro bien, que practico la caridad. Afortunadamente no me faltan las ocasiones humillantes.

Hoy, por ejemplo, he actuado por primera vez de turiferario en las vísperas solemnes, y he hecho la figura que merecía, que tan inclinado soy a criticar a los otros. Todos se han reído de mí, y me está bien; así otra vez seré más humilde, y me controlaré más. Y más aún teniendo en cuenta que, por ser prefecto, he dado también escándalo a los otros. En fin, que esta humillación será también para mayor honra y gloria de san Luis. Pero no se volverá a repetir, porque hago propósito de estudiar las ceremonias en estas vacaciones. Por lo demás, aparte este cuidado en las palabras, necesito un mayor recogimiento en todo, y especialmente en la piedad, mucho más frecuentes jaculatorias, etc. San Luis es testigo de mi promesa de observar todas estas cosas; él me ayudará a cumplirla.

Domingo, 10 de julio de 1898. Por fin, después de mucho tiempo de distracción, vuelvo a mí mismo. Qué malos días he pasado, qué poco he demostrado mi amor al Señor. He recibido otra gracia, las dos órdenes menores, el ostiariado y el lectorado, y sin embargo sigo siendo el mismo. En la mitad justa del año he hecho los exámenes finales. Me he dejado llevar del cansancio en las prácticas de piedad, y particularmente en la visita y en los exámenes. Ahora ya no tengo tantos quebraderos de cabeza y quiero entrar de nuevo en el carril, y más aún al estar inminentes las vacaciones. Basta, he ofendido demasiado al buen Jesús. Que él me ayude, estoy con él para siempre.

Martes, 19 de julio de 1898. Señor, sálvanos, que perecemos (Mt 8,25). Llevo tres días de vacaciones y ya estoy cansado de ellas. Al ver tanta miseria, en medio de tantas desconfianzas, oprimido por tantos temores, con frecuencia suspiro, a veces lloro. Cuántas humillaciones. Mi única preocupación es hacer el bien, amar sinceramente incluso a los que me parece que no me quieren demasiado bien, y quizá a sus ojos soy una mala pieza. A veces me parece que incluso los que se interesaban por mí, aquellos a quienes confiaba todo, ahora me miran con ojos de recelo, no tocan ciertos puntos, ciertos temas. Qué pena. Quizá sea una aprensión mía. Así lo espero, quisiera estar seguro de ello; pero entre tanto me toca sufrir; sufro, cuando esperaba gozar.

Oh cómo me deja el mundo, en el instante mismo en que procuro agradarle. Nadie ve mis sufrimientos, sólo Jesús los conoce. Sólo él los conoce, porque sólo a él se los he contado, a él solo he querido encomendar el cuidado de ocuparse de ellos, no para que cesen por lo que a mí respecta, sino para que acaben de una vez todas esas historias que los preceden, y con las cuales no se hace ningún bien. Que el buen Jesús me dé al menos el consuelo de poderlo amar todo lo que deseo, de poderme humillar todo lo que necesito y de saber alegrarme sólo en mis humillaciones. Por mi parte, sólo quiero presumir de la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gál 6,14).

Humildad y amor, estas son las dos virtudes que me esforzaré por adquirir en estas vacaciones. Humildad sobre todo en los pensamientos, porque ciertamente, si por mi parte hubiera habido más humildad o, mejor dicho, menos soberbia, quizá no hubiera sucedido lo que ha sucedido; a medida que avanzo, más me convenzo de que necesito humildad. La humildad será la que aligerará mis sufrimientos que, por muchos que sean, no son tantos como los de Jesucristo, de María y de muchísimos santos. Amor que se muestre, se encienda, especialmente cuando me encuentro en la iglesia y hago mis ejercicios de piedad.

En las vacaciones no tengo clase de ciencias, de letras, pero en el Sacramento Eucarístico tengo abierta una clase celestial, donde enseña el mejor maestro que se puede imaginar, Jesucristo en persona. Y las dos ciencias principales que aquí se enseñan son estas: humildad y amor. Iré, pues, a la clase de Jesús; allí aprenderé a humillarme siempre y a amar siempre. Que Dios y la Virgen Santísima me ayuden, me hagan digno de escuchar esas divinas lecciones, de sacar provecho de ellas; los antiguos alumnos, mis modelos, son los santos; mis condiscípulos son esas almas justas que no viven sino para procurar el honor de Dios, para ensanchar las fronteras del reino de Jesucristo.

Pero como en mí es mayor la necesidad de la humildad que del amor, en cuanto que la humildad es el camino más seguro del amor, trabajaré especialmente por conseguir esta virtud. Por tanto, como propuse en los santos Ejercicios, todas las noches pondré por escrito todas mis faltas, y especialmente las que se refieren a esta virtud, para poner remedio al día siguiente. Basta: humildad y amor, y de lo demás sea lo que Dios quiera; si Jesús quiere que mis sufrimientos continúen, hágase su voluntad; y por lo que a mí se refiere, que me haga digno de gracia tan grande, es decir, de poder sufrir con él y por él.

Por lo demás, debo ser fuerte en las tribulaciones, porque estas son sólo un ridículo preludio de las que sufriré cuando sea sacerdote, cuando sea un sacerdote todo de Jesucristo. Que la Virgen me ayude, que me sostenga mi ángel de la guarda, que me acompañe mi san Juan Berchmans y conserve en mí aquella paz, aquella calma, aquella exactitud en todo, de la que fue tan raro ejemplo. La recompensa que debo esperar de Jesucristo por mis obras ha de ser siempre la que quería san Camilo de Lelis: Padecer y sufrir por ti. Amén.

Martes noche, 19 de julio de 1898. En general necesito mayor atención en el rezo del oficio de la Virgen y del rosario en casa. Por otra parte, aunque me sienta unido a Jesús Eucaristía, quizá sea un poco deficiente en jaculatorias. Mañana procuraré hacer todo esto con exactitud. Además así no perderé el tiempo con charlas inútiles en la cocina. Por lo que se refiere al amigo, debo confesar que esta semana se ha dejado sentir un poco dentro de mí, cuando volvía de Baccanello después de visitar a aquella excelente persona de la que me parece haber recibido una acogida seca. Se ha hecho sentir, al pensar en las pasadas vicisitudes de Pentecostés y en la parte que dicha persona, según creo, había tenido en ellas. Basta, estas ocasiones me deben servir cada vez más para humillarme, y cuando me vuelvan a ocurrir encuentros semejantes, procuraré frenar inmediatamente el amor propio diciendo: te está bien; lo que te ha sucedido, merecido lo tenías; todas las acogidas que te dispensen, incluso las más mezquinas, deben ser para ti un honor, pues no eres más que podredumbre y gusanos, ignorancia y pecado.

Miércoles noche, 20 de julio de 1898. Todavía necesito una mayor atención en el rezo de mis oraciones, un poco menos de sueño durante la meditación, un mayor número de jaculatorias, porque hoy he faltado contra estas tres cosas. Por lo demás, en cuanto al amigo, hoy ha sido discreto; ha hecho poco ruido. Basta, veremos mañana. Que Dios me ayude. Señor, tú sabes que te quiero.

Jueves, 21 de julio de 1898. También hoy he faltado discretamente al recogimiento, en el rosario. Con este proceder ciertamente no agrado a María, ¿entonces? Ahora que han pasado algunos días desde que vine de vacaciones, es preciso que me aplique a un poco de estudio serio; por tanto empezaré mañana. Igualmente, desde mañana en adelante, haré una visita más al Santísimo Sacramento, hacia el mediodía; porque hoy Jesús me ha dado a entender expresamente, en la lectura de la visita de san Alfonso, que él encuentra sus delicias entre los hombres. Ahora mi pobre iglesia está abandonada, nadie va a visitarlo. Él y yo nos vemos dos o tres veces en total; es justo, por tanto, ya que puedo hacerlo, que vaya alguna vez más a visitarlo, al menos a saludarlo. Qué contento se pondrá. Cómo me lo pagará.

Viernes, 22 de julio de 1898. ¿Es posible que no logre guardar el recogimiento en el rosario? Veremos qué pasa mañana. Es preciso que de algún modo me defienda contra el sueño que me asalta cuando estudio. También es necesario que tenga cuidado de no hablar demasiado en las conversaciones, como comenzaba a hacer hoy; porque, aunque por hoy pueda estar seguro, siempre es verdad el proverbio: En el mucho hablar no falta el pecado (Prov 10,19). También con los pensamientos buenos de por sí, que a veces me sorprenden y entusiasman, conviene estar alerta para no caer en otras distracciones; y para conseguir esto: jaculatorias, jaculatorias.

Sábado, 23 de julio de 1898. A pesar de todo, hoy he vuelto a caer en lo mismo: charlas aquí y allá, como si fuera el mayor charlista del mundo. Después me doy cuenta en seguida y me arrepiento, pero es preciso pensarlo antes. No tengo conciencia de haber hablado mal de otros, pero hay que estar siempre alerta. Todo eso es amor propio que sale a relucir, todo afán de aparentar. Conócete a ti mismo, amigo mío, y charlarás menos y en cambio estarás más recogido en las oraciones, las jaculatorias serán más frecuentes. Jesús, ten misericordia de mí.

Domingo, 24 de julio de 1898. En conjunto me queda todavía por hacer una obra un poco perfecta. Por ejemplo, un rezo recogido del santo rosario, etc.; hoy incluso ha sufrido algún menoscabo la visita al Santísimo Sacramento. Qué ocasiones de humillarme. En el punto en que estoy no merezco gracia alguna. Mañana seré un poco escrupuloso en procurar exactitud en todo, especialmente en la piedad: meditación, oficio, rosario y visita. Por lo demás, humildad siempre, pues cuando se es humilde Dios ayuda. Me guardaré, por tanto, de proferir incluso la más pequeña palabra de resentimiento con los míos, por cualquier ofensa que se me haga. Jesús, cuida tú de ello.

Lunes, 25 de julio de 1898. También esta tarde he llorado delante del párroco y delante de Jesús. Oh Jesús, acoged mis penas, mis lágrimas, para lavar mis pecados, y por ellas concededme humildad a mí y a mis parientes. María, ayúdame tú.

Martes, 26 de julio de 1898, retiro mensual. Dirigiendo una mirada al mes pasado he visto que he faltado al recogimiento y a la humildad; recogimiento durante los días que pasé en el seminario, humildad en los días de vacaciones. Y ahora, ya que me encuentro menos enfermo en el recogimiento (aunque no esté curado del todo), prestaré más atención a la humildad, procurando mantenerme firme en todas las ocasiones, y son muchísimas, que se me presentan para ejercitarla. Y para ello me ayudará inmensamente una unión de pensamientos y de afectos con Jesús en el Sacramento, mi amigo, pues así habrá entre ambos verdadero amor, y el amor a Jesús lleva consigo la humildad. Con él, por tanto, me desahogaré siempre, le manifestaré mis miserias, mis afanes, y él me dará la paciencia que necesito en las continuas adversidades en que me encuentro. Él me ayudará a cumplir la misión de paz en medio de mi familia hondamente angustiada. Él me enseñará a amar al prójimo, a perdonarlo, a excusar sus defectos. Así también, si lloro, si me veo ofendido o abandonado, me consolaré pensando que me parezco a Jesús que también, y más que yo, es ofendido y abandonado, y nunca cesa de amar. De esta manera mis lágrimas serán tanto más meritorias, más preciosas, cuanto más amargas sean, y no me desalentaré, sino que me consideraré honrado de padecer algo por Jesús que murió en la cruz por mí; y por mí está continuamente encerrado en el sagrario.

Así conoceré cada vez mejor la dignidad del sacerdocio, ministerio de caridad; y en esto ¿cómo no humillarme? ¿Cómo no callar en todo? Dios mío, Dios mío, haz que te ame y seré humilde, haz que te ame mucho y seré muy humilde.

Es preciso que no me deje sorprender por el sueño antes de mediodía, como ha sucedido esta semana. Igualmente mañana, en obsequio a la Virgen, procuraré rezar el rosario menos atolondradamente que hoy. ¿Por qué no lo he de conseguir? Para ejercitarme en lo último me esforzaré por poner especialísimamente en práctica aquel propósito que hice en los santos Ejercicios: que mis palabras lleguen antes a la lima que a la lengua, guardándome de entrar en ciertas cuestiones, o de poner de manifiesto mi parecer sobre ciertas cuestiones totalmente inútiles como, por ejemplo, empezaba a suceder hoy. Por lo demás, unión con Jesús y jaculatorias. Dios mío, mira cuántos pecados, pero ten misericordia de mí: te amo.

Miércoles, 27 de julio de 1898. Y dale que dale, no acabo de entender que debo callar con ese bendito cura, cuando se entra en ciertas cuestiones que no me convienen; no faltaré quizá, pero entre tanto se muestra mi natural de querer decidir dándomelas de sabio. Lo cierto es que, cuando he acabado, incluso después de poner todas las máximas cautelas, me doy cuenta siempre de que he hablado demasiado. Y esto es soberbia. Además, me entretengo demasiado en la cocina charlando inútilmente; es preciso que mortifique un poco también la curiosidad de querer saber cosas que no me importan. Me guardaré también de dormitar en la meditación, como esta mañana. Por lo demás, jaculatorias poquitas, y en cuanto al rosario debo repetir lo que dije anoche, porque el rezarlo debo hacerlo simplemente como cristiano. Oh Dios, cuántos pecados. Humíllate una vez; mira qué eres capaz de hacer con tu habilidad. Jesús mío, misericordia.

Jueves, 28 de julio de 1898. Necesito más recogimiento en el rezo de mis oraciones, especialmente en el oficio de la Virgen. Además, no debo volver, ni por inadvertencia, como hoy, a salir del pueblo e ir a Carvico sin sombrero. En general me falta verdaderamente esa íntima unión con Jesús que santifica toda la jornada, por tanto recurriré con más frecuencia a las jaculatorias.

Viernes, 29 de julio de 1898. Pobre de mí, me voy enfriando poco a poco en el amor al Señor. Así hago la visita apenas media hora antes del rosario, y a lo largo del día rara vez pienso en Jesús. En cuanto al oficio, estoy en las mismas. Qué vergüenza para mí, retroceder en lugar de avanzar. Oh buen Jesús, enciende en mi corazón un poco de tu ardientísimo amor.

Sábado, 30 de julio de 1898. Es preciso a toda costa que me humille conociendo mi poquedad. Si al menos supiera hacer esto. Me creo un serafín, y no soy más que un lucifer soberbio y demás. Hoy, por ejemplo, he hecho mal la visita, distraído; y cuando se hace mal la visita, la barca no va bien. El rosario lo rezo también un poco con la cabeza vagando por los aires; del oficio no hablemos. Y entre tanto Jesús me llama desde su sagrario, y huyo, huyo como todos los demás cristianos del mundo. Oh qué corazón, qué corazón. Si consiguiera al menos estar unido a Jesús con más frecuentes jaculatorias. Lo he prometido mil veces y nunca lo he hecho. Por tanto es preciso hacerlo, y con la ayuda de Dios lo haré. Señor, si quieres, puedes limpiarme (Lc 5,12).

Domingo, 31 de julio de 1898. Estoy de nuevo en los mismos pasos de antes; es más, por añadidura hoy no he hecho más que una sombra de examen particular, he omitido del todo el rezo de los tres padrenuestros y del Angelus a mediodía. Acabemos, pues, mientras el Señor me sigue concediendo misericordia. Hoy acaba el mes de julio y empieza otro. También lo acabo pidiendo a Jesús perdón por mis infidelidades y comenzando mañana una vida nueva. Precisamente mañana se abre el jubileo de Asís; por tanto, me limpio y purifico enteramente, y pediré al buen Jesús que, después, me dé la pureza, el amor, la humildad profunda del seráfico Francisco. Jesús, no me abandones.

Lunes, 1 de agosto de 1898. Recogimiento, jaculatorias y atención especialmente en el rosario. Guerra a ciertos pensamientos entusiastas que, aunque óptimos en sí mismos, en ciertos tiempos son nocivos porque distraen demasiado la mente. Oh Dios.

Martes, 2 de agosto de 1898. Hoy, en conjunto, no he agradado a Jesús. He estado lejos de él; además, la visita la he hecho, o mejor, no la he hecho. Oh Dios, humilladme cada vez más, hacedme conocer mi verdadera nada, estrechad esa unión íntima de mente y de corazón con vos, de lo contrario, si continúo como en estos últimos días, me veo reducido a malos pasos. Que esto no suceda nunca, Señor; protesto desde ahora que quiero amarte siempre. Jesús, caridad y perdón.

Miércoles, 3 de agosto de 1898. Bueno va esto. Es hora ya de acabar de estar jugando con el Señor. Jesús me llama durante el día, me llama todas las noches, me suplica, me conjura, y lo dejo solo. Hasta ahora hemos ido tirando por las buenas, pero ahora pasamos a las malas. Pregunto yo. Todas las noches: Jesús mío, misericordia, y por el día, en cambio, pecados y demás. ¿Es este un proceder de seminarista? Hoy además, aparte todas las restantes faltas, distracciones, disipaciones en que había caído los días pasados, he omitido la lectura espiritual. No he ido allí a hacer nada, es verdad, pero las cosas de piedad deben siempre ser preferidas a las otras. Por tanto, las cosas claras. Comencemos por eliminar las faltas más frecuentes y más llamativas; luego, paso a paso, vendremos a las otras. Son testigos en este momento de esta resolución mía, mi buen ángel de la guarda y mi san Juan Berchmans. O mañana hago la visita y rezo el santo rosario como se debe, y entonces todo va bien; o continúo portándome como en estos últimos días, y entonces el viernes no comeré nada hasta mediodía y haré dos horas de meditación. Hagamos las cuentas; quiero ganar de las dos maneras. Jesús, guárdame también tú un poquito.

Jueves, 4 de agosto de 1898. He ganado un poquito, aunque con todo no he hecho aún todo lo que debía; la visita, por ejemplo, no ha sido de las más fervorosas que he hecho; en el rosario todavía alguna distraccioncilla; pero vamos, por hoy contentémonos; el resto para mañana. Mientras tanto la pena en caso de transgresión sigue en pie; es más, al rosario y a la visita añadiré el rezo del oficio de la Virgen María. Deberé guardarme más de discutir, a veces innecesariamente, con el cura defendiendo a ciertas personas o acciones, que por otra parte son reprobables; aunque a mí me parezca que no lo sean; porque, si bien todos pueden darse cuenta de que hablo así por broma, o presento la cuestión en broma aunque la tome en serio, no obstante el excederse es siempre demasiado, y hasta la cosa más pequeña puede ser cimiento de un gran castillo. Basta, nos entendemos, seamos humildes y así nadie saldrá perjudicado. Oh Jesús.

Viernes, 5 de agosto de 1898. Hoy he faltado en primer lugar a mi principal deber: hacer rezar las oraciones a mis hermanitos. Prometo, como obsequio a María en esta novena que empieza, que no volverá a suceder; seré puntual también en esto. He adquirido también el vicio de dormir algo más de la cuenta después de mediodía; por tanto pondré el reloj para que me despierte no después de tres cuartos de hora, que pueden bastar. Mañana comienza la novena de la Asunción; por tanto, nuevo fervor en todo y unión con Jesús y María por medio de jaculatorias, que tanto necesito. Jesús y María, sed siempre mi único amor.

Lunes, 8 de agosto de 1898. En las dos noches pasadas no he podido escribir nada debido al fuerte dolor de muelas. Este incidente, si por una parte me ha dado ocasión de padecer algo por Jesús, por otra me ha distraído. Si estuviera un poco sereno, mañana debería aplicarme los castigos que me he propuesto, ya que no he hecho demasiado bien los dos principales ejercicios de piedad: visita y rosario. Y además, hablando claro, parece que no estoy en la novena, tan poco es el bien que hago. Por tanto, más fervor; no cosas grandes y extraordinarias, sino gran perfección en las de costumbre y sobre todo unión con Jesús, con el pensamiento en María, como sugería esta mañana en carta a Carminati. Oh María.

Martes, 9 de agosto de 1898. Antes de comenzar mis prácticas de piedad debo recordar aquellas palabras: Antes de la oración prepara tu alma. Debo procurar llegar al estado que alcanzaron los santos: poder pasar, con la máxima facilidad y no con distracciones como hago, del estudio u otras ocupaciones, a la oración. Por lo demás debo repetir lo que escribía anoche. Me siento casi desalentado, me encuentro siempre en los mismos pasos. Jesús y María, dadme un poco más de fervor, de lo contrario me domina la sequedad.

Viernes, 12 de agosto de 1898. La otra noche no tenía vela; anoche no tenía tinta; por eso he pasado dos noches sin escribir nada. Echando una ojeada general, debo decir que, si no tengo que lamentar grandes faltas, tampoco encuentro virtudes. Sigo en el mismo punto, sin dar un paso adelante. Y creo que todo depende de pensar poco, de no comparar un día con otro y ver la diferencia, como requiere el examen particular, que, entre paréntesis, debería hacer mucho mejor. En una palabra, hay ciertas cositas que nunca salen perfectas o, mejor dicho, nunca las hago bien; por ejemplo, el rosario, un poquito también la visita, y mucho más la práctica de las jaculatorias. Ciertamente la buena voluntad no me falta, y por ella no puedo por menos de dar gracias al Señor, pues es totalmente gracia suya. Pero debo pensar que el infierno está lleno de buenas voluntades. Oh si supiera cuánto necesito ser bueno y santo. Pues bien, rompamos con esta rutina. Mañana me confieso y comienzo una vida de mayor atención y fervor en honor de la Virgen Santísima, que tanto merece mi amor; y comenzaré por no hablar nunca con nadie, ni siquiera en confianza, de los pequeños defectos que quizá sólo yo veo y que encuentro en otras personas. Oh María.

Sábado, 13 de agosto de 1898. En general hoy me he portado mejor que los otros días. Pero me falta aún toda esa unión con Jesús y María mediante jaculatorias, como se debe hacer, y además también el rosario y el oficio han sido un poquito descuidados. Debo también cuidar con ciertas personas de no tocar ciertas cosas que las irritan, porque de este modo se viene a ser causa de impaciencias sobre cosas que no tienen nada de virtud. María, madre mía, si no me ayudas ahora que tanto lo necesito, ¿qué seminarista, qué sacerdote seré?

Lunes, 15 de agosto de 1898. Hoy todo por los suelos: meditación, lectura espiritual, examen particular, visita, etc., todo, todo. Pero era casi imposible proceder de otro modo. María me lo perdonará, ya que por otra parte no he hecho más que colaborar de algún modo a la querida fiesta de la Asunción que aquí, en mi pobre pueblo, se solemniza anualmente con pompa.

Martes noche, 16 de agosto de 1898. Hoy, por mi culpa, he caído, o al menos he estado en grave peligro de caer, en aquella falta que estuvo a punto de ganarme una reprimenda en la última Pentecostés: querer discutir de cosas que no importan a seminaristas. No obstante, es verdad que por mi parte me parece que he procedido con la máxima cautela, que sólo he hablado de la sencillez, obediencia, cariño a los superiores, deseo del verdadero bien que se exigen en un sacerdote; es verdad que sólo he hablado de ello con el cura y únicamente cuando él inició la discusión, a pesar de que antes había propuesto callar; pero no soy el juez de mí mismo; estas cosas van contra el deseo de los superiores y basta, por tanto debo procurar mantenerme al margen de estas cuestiones todo lo más que pueda, y rezar sólo para que las acciones de los sacerdotes sirvan todas a la gloria de Dios.

Ciertamente, es siempre la comida en casa del señor cura, la reunión de sacerdotes en la Asunción lo que despierta en mí este fuego; pero más que todo es la soberbia; por tanto, fuera. Y más aún teniendo en cuenta que estas cosas crean un desconcierto en las prácticas de piedad, como me ha sucedido hoy: parte las he omitido (lectura espiritual) y parte (meditación, visita, rosario) las he hecho de cualquier modo. Jesús, ¿cuándo comenzaré a contentarte de veras?

Miércoles, 17 de agosto de 1898. Menos mal. Por fin hoy me parece que he pasado una jornada discretamente tranquila. Gracias a Dios. El dolor de muelas que me sobrevino antes de mediodía la hizo todavía más hermosa. Sin embargo, no me veo sin faltas: por ejemplo, he hecho la meditación con sueño; he rezado vísperas un poco de prisa y atropelladamente, por no decir nada de las jaculatorias que han sido todavía pocas. Esta tarde, al conocer la muerte de ese comparroquiano mío, me vino una inspiración. En aquel momento, ¿me encontraré contento o descontento de mi vida? Si me encontrase como ahora, poco tendría de qué consolarme. Oh sí. Tenga yo la muerte de los justos (Núm 23,10); pero, para esto, antes tenga la vida de los justos.

Jueves, 18 de agosto de 1898. Debo recordar que no sólo tengo el deber de evitar el mal, sino también de hacer el bien. Aunque, por otra parte, hoy no puedo decir que he estado totalmente exento de mal, pues la visita y el rosario los he hecho todavía un poco distraído; y, además, siempre dejo la visita para el último momento. Con Jesús no se hace así: dejarlo siempre para lo último. Jesús mío, ¿cuándo tendré un poco más de fervor?

Viernes, 19 de agosto de 1898. Menos charlas inútiles durante el día, como he hecho esta mañana en la cocina, y mayor atención a las prácticas de piedad y al estudio, especialmente al rezo del oficio de la Virgen y del rosario, porque, pobre Madre, todavía estoy por contentarla una vez. Este será mi obsequio de mañana, sábado consagrado a ella. Dios mío, qué vergüenza pensar que con las gracias que el Señor me ha dado debería ser un santo, y soy por el contrario un gran pecador.

Sábado, 20 de agosto de 1898. También hoy jornada floja. Antes de mediodía casi siempre con el señor cura, después con el médico, y en resumidas cuentas he hecho poco o nada bueno. Noto sólo dos cosas: 1. Necesito mayor fervor y poner más atención en prepararme para los Santos Sacramentos, en especial la eucaristía; 2. Permanecer en la penumbra, todo lo más que pueda, y no nombrar ni siquiera por accidente ciertas cuestiones que no me atañen, como he dicho otras veces; ni tampoco presumir de sabio con fulano o mengano, exponiendo el camino que parece debiera seguirse en tales circunstancias. Hagamos este pequeño sacrificio que tanto desea mi buen Jesús. Jesús, sácame de esta tibieza.

Domingo, 21 de agosto de 1898. Señor, Señor, ten misericordia de mí, el más grande pecador. ¿Qué más puedo decir? No cumplo en nada los propósitos. Dios mío, cuántos pecados y cuánto amor de Jesús. Cuántas faltas a las promesas. Oh san Alejandro, a quien mañana quiero visitar en peregrinación, dame un poco de fortaleza para no faltar a mis deberes de buen seminarista.

Martes, 23 de agosto de 1898. Viendo en mí tantas negligencias en el servicio de Dios, lleno de confusión ante él, sólo sé decir estas dos palabras: Jesús mío, misericordia.

Miércoles, 24 de agosto de 1898. Menos mal que ayer, pero también mal, especialmente en el rezo de mis oraciones. Me dejo disipar demasiado por el pensamiento de las fiestas de san Alejandro, necesito frenar mi entusiasmo que esta vez quizá peque de indiscreto.

Miércoles, 31 de agosto de 1898, retiro. Los preparativos, la novena, las solemnidades extraordinarias de san Alejandro no me han permitido hacer todas mis prácticas de piedad o, mejor dicho, me han trastornado completamente la cabeza. Ahora, tras volver de las fiestas, recobro la calma y hago el retiro. No pierdo el tiempo en decir lo mal que he pasado este mes, las pocas notas que he escrito hasta aquí hablan bien claro. Lo que más me aterra es mi inconstancia en el servicio de Dios. Mil veces digo con san Agustín que quiero levantarme, pero al contrario que san Agustín, siempre vuelvo a caer. Lo curioso es que últimamente, un poco por negligencia mía, un poco por otras causas, he estado muchos días sin confesarme. Y pensar que san Carlos se confesaba dos veces al día. Pero basta, por mucho que diga no puedo describir plenamente todo lo miserable que soy, pues la soberbia me vela el entendimiento. Puesto que el Señor me acoge de nuevo y me admite en su seno, levantémonos de nuevo. Fruto especial, aparte todo lo demás de este retiro, será: 1. Hacer siempre la visita antes de ir a casa del párroco, es decir, hacia las tres; 2. No entrar nunca, nunca en cuestiones de periódicos, de obispos, de hechos, tomando la defensa de lo que es atacado demasiado injustamente y que me parece conveniente defender, y cuando me hagan entrar, recurriré a todo para salir hábilmente y mostrar siempre en todo caridad; 3. Jaculatorias, muy especialmente a María, cuya novena comencé ayer.

Jaculatorias más bien pocas: la visita, el rosario necesitan mayor fervor. Hoy casi he rozado, aunque no he caído en ella, la falta contra la que hice el segundo propósito especial en el retiro. Ojo, por tanto, y prudencia, pues el demonio es más astuto que yo. Mi buen Jesús.

Jueves, 1 de septiembre de 1898. No ha estado muy mal, pero tampoco ha estado bien del todo; estoy más bien un poco indiferente, y además la visita y el rosario exigen más fervor, especialmente por encontrarme en la novena de la Virgen. Pobre Madre mía, qué poco la amo; a cada momento la olvido del todo. Pues bien, para mañana renuevo por centésima vez la promesa a María de ser puntual y muy fervoroso en la visita y en el rosario. Quizá cumpliendo esto venga también lo demás. Madre mía, esperémoslo y confiemos.

Viernes, 2 de septiembre de 1898. Se adelanta un poco; pero necesito aún mayor cuidado y atención en el rezo del oficio de la Santísima Virgen, y en general siempre que me encuentre en la iglesia. Por lo demás, jaculatorias muy a menudo, pues pueden hacer mucho bien. Viva Jesús.

Sábado, 3 de septiembre de 1898. Calma, incluso quizá demasiada; no quisiera hacerme demasiadas ilusiones. El rosario y las vísperas dejan todavía que desear. Cuánto se necesita para una cosa tan pequeña. Y todo efecto de mi santidad. Amigo, más humildad. María, en medio de los honores que te rinde estos días Turín, en el Congreso Mariano, no olvides mi pobre corazón que se une, el último, a los de tantos devotos tuyos e implora tus gracias para la Iglesia y los pecadores.

Domingo, 4 de septiembre de 1898. He aquí lo que necesito: mayor recogimiento en la iglesia cuando se celebran las funciones públicas; acordarme con más frecuencia de María; no cesar nunca de hacer bien la visita; y sobre todo jaculatorias, y en especial aquellas con las que puedo hacer al mismo tiempo un acto de humildad. Oh María.

Lunes, 5 de septiembre de 1898. Necesito más fortaleza para vencer el sueño que por desgracia a veces se apodera de mí, especialmente por la mañana, incluso durante la sagrada comunión. Además sigo todavía distraído en ese bendito rosario. Es hora de acabar: ¿cuándo voy a querer de verdad tener contenta a la Virgen? En estos días de gozo y de triunfos para ella, también quiero unirme, a pesar de mi miseria, a los sentimientos de tantos prelados, de tantos católicos que aclaman en Turín a la Reina del cielo; y me uno con jaculatorias y especialmente con el obsequio más hermoso, el rosario. Oh María.

Martes, 6 de septiembre de 1898. Parece realmente imposible: cuantos más propósitos hago, menos los cumplo. Eso es lo único que sé hacer bien. Charlar, prometer montañas, ¿y luego?, nada. Si al menos fuese capaz de humillarme. A veces me enredo demasiado en discusiones con el señor cura, y por tanto quizá se verifique aquel dicho: En el mucho hablar no falta pecado. Y además siento mucho gusto en contentar al paladar con la fruta. Ojo, amigo. Atención a ti, recogimiento y mortificación, especialmente en darte todos los gustos que el paladar desea. Esta es la mejor medicina para el alma y el más hermoso regalo a María en estos últimos días de la novena de su natividad.

Miércoles, 7 de septiembre de 1898. Necesito todavía jaculatorias, sobre todo mientras estudio; ellas me darán luz en las dificultades que muchas veces, por la pobreza de mi cerebro, encuentro, y me infundirán más aliento. Además, debo señalar que después de la cena me detengo demasiado charlando con los míos en la cocina, y más teniendo en cuenta que se habla casi siempre de preocupaciones, y por tanto, mientras siembran en mi corazón el desaliento, no sería de extrañar que alguna vez me hicieran olvidar la gran ley de la caridad. Por tanto, acabado el rosario, diré algunas palabras y me retiraré. Preocupaciones, muchas preocupaciones. Pero las mías son de una especie totalmente distinta de las de mis familiares; las suyas se refieren a los cuerpos, a lo material, las mías se refieren a las almas; esto es lo que más me pesa, y el pensar que para mis seres queridos las tribulaciones, en lugar de servir para bien, sirven para mal. Dios mío, tú que lo probaste, di cómo se siente abrumado el corazón. Oh María, da a los míos la verdadera caridad, para que perdonen de todo corazón y soporten con resignación las cruces que les vienen de los que ellos creen ser sus enemigos. Basta, oremos.

Jueves, 8 de septiembre de 1898. Un día hermoso y feo a la vez. Hermoso por el recuerdo de María niña, feo porque no lo he santificado como debía. Siempre así. Cuando más necesito hacerlo bien, lo hago peor, como por ejemplo hoy: voló el examen particular, las jaculatorias, la visita, todo; siempre disipación. Por tanto, volvamos a la calma; recogimiento, con jaculatorias. Señor, Señor, ten misericordia de mí, el más grande pecador.

Viernes, 9 de septiembre de 1898. Hoy las cosas han ido así así; sin duda podían haber ido mejor. La visita puedo decir que no la he hecho, la meditación demasiado tarde y poco bien, estudio poco, jaculatorias no demasiadas; por otra parte, he contentado al paladar todo lo que he podido. Así, pues, no hay mucho de qué consolarse. Mañana, en honor de María, haré lo posible por crecer y reparar, haciendo también algunas mortificaciones corporales; por ejemplo, no probando la fruta. María, haz que lo consiga.

Sábado, 10 de septiembre de 1898. Hoy me he confesado, y he faltado ya a los propósitos que he hecho: atención en el rosario y no perder el tiempo en charlas inútiles. Esperemos que la comunión de mañana lo lave todo, y me haga vivir de la verdadera vida de Jesucristo, como él ardientemente desea. Señor, sana mi alma.

Domingo, 11 septiembre de 1898. Temo casi encontrarme en el estado de aquel pobre obispo al que el Señor mandó decir, por medio de san Juan, que lo rechazaba de su boca por no ser ni frío ni caliente. Y tal estado sería bastante deplorable. ¿Me encuentro yo también en él? No tendría nada de extraño. Hago propósitos y estoy siempre en las mismas faltas; por tanto, ¿vendré a ser rechazado de la boca, del corazón de Jesús? ¿Puedo creerlo sin temblar? ¿Puedo creerlo sin sentirme excitado a salir de este estado? Dios mío, haz que salga de verdad. Oh María.

Lunes, 12 de septiembre de 1898. Hoy he ido a San Gervasio a visitar a uno de mis compañeros, y por tanto meditación y misa han volado; las demás cosas sí las he hecho, pero como suelo hacerlas en circunstancias semejantes. Y entre tanto María sufre, y quizá las espadas de su dolor son demasiado punzantes por mi causa. Dios mío, qué confusión. Una cosa he notado muy especialmente hoy, y es que en ciertas circunstancias dejo rienda suelta a la lengua y hablo quizá demasiado; sin darme cuenta de ello me convierto en un predicador. También esta es una mortificación que debo hacer; atención y parsimonia en el hablar.

Martes, 13 de septiembre de 1898. He hecho un poco de todo; no he estudiado nada, pero esto, pase; he dejado el examen particular, he hecho poca lectura espiritual. En resumen, me encuentro siempre en las mismas. Si se me mira superficialmente, en general, se podrá decir que no hay en mí nada malo, pero si me considero en relación con lo que debería hacer y con las gracias que el Señor me ha dado para ello, me avergüenzo de mí mismo y me debo confesar gran pecador. Y pensar que todas las noches hago estas reflexiones y todas las noches estoy en las mismas. Este es mi gran pecado. Estoy también en el septenario de la Dolorosa, pero mortificaciones y jaculatorias hago muy pocas. María, inundada de dolor, llorad también por mí; pero no porque sea ingrato, sino con el fin de que tus lágrimas ablanden mi corazón que tan duro y cruel es con Jesús. Hágase tu voluntad.

Miércoles, 14 de septiembre de 1898. No puedo hacer más que repetir lo que decía anoche. La gran causa de que no se vea en mí ninguna mejoría es el poco provecho que saco del examen particular especialmente. Mañana, pues, en honor de María Dolorosa, me esforzaré por poner en práctica las normas que tengo escritas con respecto al examen particular. Y que Dios me ayude.

Jueves, 15 de septiembre de 1898. Quizá en estos días aumento con mis faltas las lágrimas de María. Mortificaciones se puede decir que no hago ninguna o hago muy pocas; al bendito rosario siempre le falta algo; la visita de hoy ha sido bastante imperfecta. Y pensar que estoy en el septenario de la Dolorosa. Hay además otra cosa sobre la que tengo que reprenderme, y es el afán de leer periódicos, cosa que en el seminario está prohibida. Mientras lo diga el señor cura, por darle gusto a él, pase; pero ir a buscarlos intencionadamente, eso no. Por tanto, teniendo en cuenta todo esto, me ordenaré más en el porvenir. En adelante mi examen particular versará sobre la adquisición de la humildad, según los propósitos que hice en los santos Ejercicios de este año y que tengo escritos, y las preciosas normas que a este propósito da el P. Rodríguez. Señor, ten piedad de mí.

Viernes, 16 de septiembre de 1898. Recogimiento, eso es lo que necesito. Oh María, ayudadme a conseguirlo.

Sábado, 17 de septiembre de 1898. Aunque se mantenga discretamente alejado, el hombre viejo se deja a veces sentir con ciertos sueños de infierno, en los que a veces, sin darme cuenta, me veo enredado. Yo, en resumen, sigo siendo yo, el gran soberbio y pecador. Qué pensamiento más humillante. Pensar que Dios me soporta y parece que no tenga ojos para ver mis ofensas, ¿cómo puedo disgustarle?, ¿cómo puedo no estar loco de deseos de amarlo y hacerlo amar?

La Virgen Santísima Dolorosa llora porque Jesús no es amado, sino ofendido; quizá llora también por mí. Oh, consuélate, María, mantén en mí muy vivo el deseo de amar a tu hijo y haz que, en cuanto de mí depende, mitigue tus acerbos dolores llevando almas a Jesús y a ti. Para que me ayudes, te consagro mis acciones de mañana. Purifícalas tú, dales esa perfección que tanto necesitan, y que rece el rosario, al menos una vez, como nunca lo he hecho hasta ahora.

Martes, 20 de septiembre de 1898. Tengo gran necesidad de recogimiento y de una mayor presencia de espíritu, recordando con frecuencia los propósitos que de tanto en tanto se hacen. Además, en todas mis cosas debo mostrar que soy un verdadero crío, como lo soy en realidad, y no portarme en todo como un serio filósofo y hombre de mucha valía. Este es mi natural, esta toda mi sustancia: soberbia. Por lo demás, gran resignación a la voluntad de Dios, soportando con verdadera paciencia y sin caer en mal humor las desventuras que Dios me manda en la familia, por ejemplo, la grave enfermedad de mi hermanito Juan. Recemos, recemos siempre por todo, y que todo se haga según la voluntad de Dios, a honra y gloria de Dios. Sí, para mayor gloria de Dios. Amén.

Miércoles, 21 de septiembre de 1898. Es preciso que me guarde de diferir el cumplimiento de mis prácticas de piedad, no reservándolas para más tarde, por darme gusto a mí y a mi paladar. Esto sería una injuria a Dios y una prueba de que no lo amo; esto es una especie de comparación entre Jesús y Barrabás. Y más sabiendo que Dios no se contenta con las cosas hechas a medias, como de prestado. Jesús y María, sed la salvación mía.

Jueves, 22 de septiembre de 1898. Cuántas tribulaciones. Mi hermanito Juan me ha puesto en gran temor por su salud, por eso rezo y rezo. Espero que el Señor se digne escucharme. Esta noche, al pensar en ello seriamente, me acudía el llanto a los ojos. Me imaginaba en aquel lecho y me preguntaba, ¿cómo saldrías si fueras juzgado en este momento? Ir al infierno, lo merecería, pero no lo espero; sí, en cambio, al purgatorio. Y sólo el pensar en el purgatorio me hizo sentir escalofríos.

¿Qué va a ser de mí? Pobre de mí. Qué miserable soy. Me parece que sería capaz de tener una buena muerte; un poco de amor de Dios no me falta. Pero mientras pienso en ello, me dejo llevar de los pensamientos de amor propio.

Mirad —dirían los otros— qué muerte de ángel. Aquí es donde se revela y no se puede esconder mi podredumbre. Antes que nada es necesario que muera enteramente a mí mismo para poder así volar al amor de Dios y evitar, si fuera posible, incluso las penas del purgatorio. Buen Jesús, dirige una mirada a este miserable, al menos en atención al deseo que tengo de amarte y hacer que otros te amen como mereces, cuanto tú eres digno y a mí me es posible. María, cura a mi pequeño Juan.

Viernes, 23 de septiembre de 1898. Siempre que pienso en el purgatorio tiemblo y no comprendo cómo no hago con mayor perfección mis prácticas de piedad, todas mis obligaciones. Necesito frenar un poco cierta inquietud que tengo cuando visito a los enfermos, empleando más caridad al hablar con otros. Todo esto es cosa vieja. Por lo demás, el Señor me ha mandado en estos días una cruz un poco más pesada. Bendito sea; que esto pueda hacerme semejante a él y cancelar la pena debida a mis pecados. Gloria a Dios.

Sábado, 24 de septiembre de 1898. Antes de mediodía las cosas han ido un poco desordenadamente; después, o mejor, a última hora, he faltado quizá más de la cuenta en mis modales con los presentes por lo que se refiere a las atenciones con mi querido hermano. Hubiera convenido más calma. Comprendo que si callo a veces, me toca oír incluso cuando me parece que procuro el mayor bien y me toca aguantar y aguantar, pero sea todo en honor de Jesús y María, para mayor bien de mi alma y de la de mi pequeño Juan. Cuando me siento así oprimido me parece que puedo abandonarme con más confianza en los brazos de Dios y soy feliz. Oh dichosos, mil veces dichosos los religiosos que lejos de los cuidados de este mundo sólo viven en Dios. Para mí sois verdaderamente dignos de envidia. Pero, en fin, Jesús me quiere así, él me envía la cruz para que la soporte. Sea diez mil veces bendito.

Domingo noche, 25 de septiembre de 1898. Qué cruz ha caído sobre mí hoy. Dios mío, sólo el pensarlo me da escalofríos. Mi buen padre, el que tanto ha hecho por mí, que me ha educado, que me ha orientado hacia el sacerdocio, mi párroco Don F. Rebuzzini, ha muerto, y, pobrecito, ha muerto de repente. Oh Jesús, sabéis qué congoja trae esto a mi pobre corazón. Esta mañana mis pobres piernas no me sostenían, un clavo me había penetrado en el corazón; mis ojos no daban, o daban pocas lágrimas. No lloré; dentro me sentía como petrificado. Al verlo en tierra, en aquel estado, con la boca abierta y rojo de sangre, con los ojos cerrados, me parecía –siempre conservaré esta imagen– un Jesús muerto, bajado de la cruz. Ya no hablaba, ya no me miraba.

Ayer me había dicho: Hasta la vista. Oh padre, ¿cuándo nos volveremos a ver? En el paraíso. Sí, al paraíso vuelvo los ojos. Él está allí, lo veo, desde allí me sonríe, me mira, me bendice. Dichoso de mí que pude gozar de las enseñanzas de tan gran maestro. La muerte lo sorprendió de improviso, pero él estaba preparado para ella desde hacía setenta y tres años. Murió mientras luchaba para vencerse a sí mismo, para vencer el mal que le aquejaba; y todo para ir a celebrar la santa misa. Muerte, por tanto, siempre y en todo sentido preciosa y envidiable. Si pudiera ser también así la mía. Como he dicho, la postura en que lo encontré me dice que se había puesto de rodillas y cayó hacia atrás, sin que le fuera posible sostenerse.

Hace veintiséis años el Corazón de Jesús le concedía el consuelo de venir a vivir entre los que serían sus hijos; el año pasado, el Corazón de Jesús le concedió la gracia de celebrar sus bodas de plata con la parroquia; este año el Corazón de Jesús le ha preparado una fiesta más solemne, una fiesta eterna, y todo ello en el IV domingo de septiembre que aquí, entre nosotros, está dedicado al Corazón de Jesús. Y ahora, tras esta verdadera prueba que Jesús me ha dado, tras el dolor más grande que jamás he sufrido en mi vida, ¿qué debo hacer?

Basta de lamentaciones, que ya hemos concedido demasiado a la naturaleza. ¿Dónde está mi padre? Allí, junto al Corazón de Jesús, como aquellos de los que él es un verdadero modelo. Miremos, pues, hacia allí, esforzándonos por hacernos en todo semejantes a él. Que las oraciones del buen párroco que sin duda ha rezado siempre por mí, que puedo considerarme su benjamín, las que ofrezco por él, su vida que tendré siempre ante mis ojos, puedan hacerme verdadero imitador suyo, para poder así realizar el hasta la vista de ayer tarde y abrazarnos en el paraíso, después de cumplir la misión que el buen Jesús me ha confiado. Que sus ejemplos, sobre todo, de humildad, de sencillez, de rectitud se graben en mi ánimo, de modo que pueda moderar mi soberbia y hacerme más grande delante de Dios, no siendo delante de Dios soberbio, sino hombre recto, íntegro temeroso de Dios (Job 2,3) como mi párroco. Jesús, ten misericordia de mí, abre mis ojos a ejemplos tan luminosos.

Lunes, 26 de septiembre de 1898. En este día, un poco el dolor, un poco las ocupaciones, el trabajo para los funerales, me han distraído y apartado de las prácticas de piedad. Pero el amor, demostrado en el dolor, no puede en manera alguna ser nocivo al amor a Dios, porque santo es el objeto que amo y santo el fin. He venido a poseer, como precioso recuerdo del párroco, su Kempis, el mismo que él usaba todas las noches desde que era seminarista. Y pensar que leyendo este librito se ha hecho santo. Este será siempre para mí el libro más querido y una de las joyas más preciosas que pueda tener.

Miércoles, 28 de septiembre de 1898. Hoy se ha celebrado el funeral por mi llorado padre. Ahora ya no está entre nosotros con el cuerpo, pero lo está con el espíritu; lo está con la huella de las más selectas virtudes, con su afecto de padre. Pero he quedado huérfano, con inmenso daño. Qué pena me causaba hoy tener que esforzarme continuamente por ocultar las lágrimas que a veces acudían a mis ojos. Es mi dolor más grande, el mayor de todos los que he pasado. Me siento como desorientado, no sé qué hacer: hacer alguna cosa buena, hacerla también a los demás; no sé adaptarme a vivir como en un mundo nuevo para mí.

Pero, tengamos buen ánimo. Si mi padre ha desaparecido, me queda Jesús, que me tiende los brazos invitándome a acudir a él en busca de consuelo. Sí, vayamos a él, y con él, en todos los días libres de otra cosa, me uniré en la comunión hecha con este fin. Él dará paz al alma bendita de mi párroco y, sobre todo, me hará verdadero imitador suyo, especialmente en la humildad. Por ahora me resignaré en Dios, devolviendo la calma a mi ánimo fuertemente atormentado y reanudaré con exactitud, en sufragio de aquella alma, todas mis prácticas de piedad, haciéndolas con especial fervor. Mi querido párroco. Jesús, hazme semejante a él. Mira, y actúa según el modelo.

Jueves, 29 de septiembre de 1898. Hoy he sido un poco más ordenado que ayer, pero no del todo como conviene; por ejemplo, la visita no sé decir si la he hecho. En estos días tengo siempre ante mis ojos la santa figura de mi párroco y, al ver la enorme diferencia entre él y yo, no puedo sentirme contento. Quién sabe si este ejemplo tan luminoso, aparte los beneficios que ya me ha hecho, me excitará más a la virtud, al amor del prójimo. Así lo espero; tanto era lo que me quería mi párroco. Si alguna vez me viene la inspiración de hacer alguna mortificación, no debo dejarla escapar; la ofreceré a Dios por el eterno descanso de este alma bendita. Tal sacrificio es nada en comparación de los que el buen sacerdote ha hecho por mí. Dios mío, no nos dejes huérfanos.

Sábado, 1 de octubre de 1898. Hoy, jaculatorias casi ninguna; visita se puede decir que no he hecho, y la causa es esta: que Jesús me parece como extraño. Mi gran mal, como he observado otra vez, es la poca reflexión y presencia de espíritu. Si pensase un poco más en los propósitos que hago continuamente, si hiciera el examen particular y general según las normas que tengo escritas y que ampliamente he leído en el P. Rodríguez, no cabe duda que daría algún paso más y lo notaría; pero soy como un caracol, no me hago sentir absolutamente por nada.

Por tanto, hace falta más brío. Volveré a comenzar mañana, buscando en primer lugar la perfección en las prácticas de piedad, especialmente en la visita y el rosario, y además guardándome bien de hablar no bien de cualquier persona, aunque los defectos sean más que evidentes. Y haré, además, todo por María, y María del rosario me ayudará a conseguirlo todo; ella que es poderosa y terrible como ejército en orden de batalla. Señora, sálvame.

Notas espirituales en el retiro mensual tras la muerte del párroco Don Francisco Rebuzzini, el santo signo de mi infancia y de mi vocación

21 de octubre de 1898. Me quedan aún trece días de vacaciones. Haced que en ellos me porte como ese seminarista que siempre he deseado ser, sin jamás serlo. Que me alienten los ejemplos de mi amadísimo y llorado párroco, para el cual imploro paz y gloria eterna. Dadme la gracia de que pueda hacer bien estas dos cosas: la visita y el rosario. Las demás vendrán solas. Jesús Eucaristía, por quien quisiera consumirme de amor tenedme siempre unido a vos; que mi corazón esté junto al vuestro; quiero ser con vos el apóstol Juan. Oh María del rosario, tenedme recogido en el rezo de esta oración; atadme para siempre, por medio del rosario, a mi Jesús Eucaristía. Viva Jesús amor, viva María Virgen Inmaculada.

24 de octubre de 1898. Hoy, en conjunto, no ha estado del todo mal; pero si hubiera habido más jaculatorias no hubiera sido demasiado. En el rosario y en la visita me parece que he hecho lo que he podido, a pesar de que no han faltado distracciones. Creo que puede asegurar, en gran parte, el éxito de las prácticas de piedad el prepararse antes. Jesús y María, protegedme siempre.

Martes, 25 de octubre de 1898. Tampoco hoy han andado mal las cosas, y doy por ello las gracias a Jesús. Qué gusto vivir siempre así. Pero, ojo con vanagloriarse. No tengo nada bueno; mi único haber son los pecados. Hoy se celebra la fiesta de santa Margarita Alacoque. Si pudiera tener también la devoción, el amor que ella tenía al Sagrado Corazón de Jesús. Hoy hace treinta días que pasó al paraíso el alma santa de mi querido párroco. Dios le dé el descanso eterno y lo premie con la gloria de los santos.

Miércoles, 26 de octubre de 1898. Aunque el buen deseo no ha faltado, quizá hoy no le ha correspondido enteramente el éxito. Nada de extraordinario. Dios me guarde de aflojar en el bien. Así, pues, observaré mayor recogimiento especialmente por la mañana cuando me visto; seré un poco más severo en no dejar pasar el tiempo inútilmente, y pondré, sobre todo, gran atención en mis palabras, cualesquiera que sean. Oh mi buen san José, haz algo también tú que tanto puedes ante Dios y María.

Jueves, 27 de octubre de 1898. Recogimiento siempre y en todo, esa es mi salvaguardia. A veces me distraigo un poquito demasiado y soy tardo en recogerme en mis prácticas de piedad. Si encontrase alguna cosa que hacer, de modo que pudiera hacer pasar un poco mejor el tiempo, sería cosa buenísima y así estaría menos en peligro de distraerme. Ojo siempre también a las palabras mientras no estén completamente purgadas, y, digámoslo claro, mientras no estén escrupulosamente purgadas cuando se ocupan de los otros, o proceder con excesiva impaciencia. En resumen, hace falta humildad, humildad profunda, de lo contrario edifico sobre arena. Jesús mío, piedad de mí.

Viernes, 28 de octubre de 1898. Necesito un fuerte tirón de orejas. Hace ya dos tardes que casi no hago la visita, pero que dure un tiempo digno. No tengo culpa, porque la obediencia me ha creado un compromiso en otra parte, pero si hiciera caso de la inspiración que a veces me viene de hacer esta visita un poco antes, no habría nada que lamentar. Además, otra cosa que mañana y siempre debo hacer con más atención es el rezo del oficio de María, que hoy he hecho distraídamente. Adelante, esperemos que María haga también algo. Por lo demás, ojo a las palabras y jaculatorias. Jesús, piedad.

Sábado, 29 de octubre de 1898. Veo que el recuerdo de mi bendito párroco me tiene quizá un poco demasiado distraído, como ha sucedido en la visita y el rosario. Por otra parte, es preciso que abandone tantas palabras inútiles, charlas en que me enredo por la tarde con mis hermanos y hermanas. Asimismo, es necesario que me esfuerce por levantar la mente a Dios con más frecuencia de lo que acostumbro. Pobre de mí. Con un poco que añada me encuentro de nuevo en los mismos pasos de antes. Humildad, por tanto, y desconfianza de mí mismo, que, solo, no puedo hacer nada. Oh Jesús, en la comunión de mañana abrasa mi corazón de modo que pueda amarte perennemente, pero con el amor de los santos.

Domingo, 30 de octubre de 1898. He cometido hoy una falta grave que me ha hecho perder los momentos más preciosos de la comunión, y quizá ha causado perjuicio también a las otras prácticas de piedad, y ha sido la distracción apenas me levanté de la cama y el no recogerme en seguida apenas llegué a la iglesia. Este hecho merece ser recordado. Otra cosa que me da miedo es ser tratado con esa seriedad de razonamientos y de actos con que son tratados los sacerdotes. Pobre de mí. Y no me doy cuenta de que todo es humo del diablo. Si comprendiera al menos que eso viene de portarme con toda la prosopopeya de un sacerdote y no con la simplicidad y pequeñez de un seminarista. Si comprendiese al menos que todo esto tiene su origen en mi amor propio.

Lunes, 31 de octubre de 1898. A decir verdad, entre hoy y el pasado lunes hay una diferencia discretamente notable. Más claro: cuando voy a algún sitio, no soy capaz de conservarme unido siempre con Dios. Me aparto del mal, pero no hago el bien. Es raro el caso de que en semejantes circunstancias no tenga que lamentarme por alguna cosa. Hoy, por ejemplo, las jaculatorias podría contarlas con los dedos. El examen particular ha volado. El oficio de la Virgen lo he rezado distraído, y poco más o menos igual el rosario. Además, esta noche ha sucedido lo que he lamentado otras veces, me he detenido demasiado hablando, en charlas tontas, en lugar de retirarme. ¿Y no sé, acaso, que también de esto tendré que dar cuenta a Dios? Esperemos que lo que hice el lunes pasado y no lo he hecho hoy lo pueda repetir mañana, día de todos los Santos, comenzando por hacer una buena comunión. Santos y santas de Dios, interceded por mí, preparadme para el nuevo año de felicidad seminarística.

Martes, 1 de noviembre de 1898. Hoy, en cuanto a las prácticas de piedad, no han ido las cosas demasiado bien; y de ello creo estar suficientemente excusado por haber tenido que hacer compañía, por razones de conveniencia, a los sacerdotes en casa del párroco. Pero en medio de esta distracción, me encuentro, hasta cierto punto, satisfecho de este día, pues me parece que no he caído en esos defectos de soberbia, de presunción, como me sucedía otras veces en circunstancias semejantes. Por ahora, humillémonos y bendigamos a Dios y recemos. No resulte ser este el primero y el último día en que pueda ser puesto a prueba y dé buenos resultados mi viejo amigo, el amor propio, el deseo de hacer un papel airoso, de dármelas de sabio.

Se ve que algo ha influido también la comunión de esta mañana. Deo gratias. Esta tarde he comenzado el día de los difuntos, y me ha sobrecogido la tristeza. El día de los difuntos me trae a la mente la querida figura de mi párroco. Es imposible expresar todos los pensamientos. Mañana será un día de sufragio especial por su alma bendita, cuya continua protección siento sobre mí cuando miro a mi amadísimo señor, y ya aquí en la tierra primer bienhechor, el canónigo Morlani. Que mis oraciones puedan proporcionar a su alma, si lo necesita, el máximo beneficio; a él que, incluso en la otra vida, vela por mí y me protege como si todavía viviera. Estos sufragios por mi párroco servirán para aumentar en mí la devoción al Santísimo Sacramento, devoción que va admirablemente unida con la oración por los difuntos. Mañana, por tanto, aplicaré la novísima y extraordinaria indulgencia plenaria, concedida por el Papa con ocasión del presente noveno centenario de la conmemoración de todos los fieles difuntos (9981898), por el alma de mi párroco que descanse en paz.

Miércoles, 2 de noviembre de 1898. Tengo que reprocharme de haber perdido un poco el tiempo inútilmente, como también de no haber prodigado las jaculatorias. Es preciso, además, que en la meditación luche contra el sueño y no me deje abandonar, como esta mañana. Jesús, misericordia para mí y paz para los difuntos.

Jueves, 3 de noviembre de 1898. He pasado el día de viaje, y, por tanto, ha resultado como de costumbre. Sobre todo en las conversaciones me he mostrado a veces resentido de algunas desatenciones que me parece recibir; y todo esto es soberbia, soberbia de primera calidad. Además, he estado más bien corto en jaculatorias. Dios mío, compasión de mí que deseo amaros. Mañana es primer viernes de mes, y, por tanto, día de reparación al Corazón de Jesús. Ah si la mía fuera una verdadera reparación por mis ofensas. Jesús, ¿por qué no lo ha de ser, si vos me ayudáis?

Viernes, 4 de noviembre de 1898. No tan mal como ayer, aunque he estado muy distraído en la meditación, un poquito también en el rosario, por lo que debo procurar más recogimiento, sobre todo por la mañana. Estaré también recogido para conseguir, lo más que pueda, esa mansedumbre que en diversas ocasiones me falta a veces, y que es muy necesaria para progresar en la virtud y hacer gran bien a las almas. Jesús, María, san Carlos.

Sábado, 5 de noviembre de 1898. A medida que pasa el tiempo más veo el amor de Jesús comparado con la ingratitud de los hombres, y en especial con la mía. Cuántos defectos, cuántas faltas, qué poco recogimiento, qué pocas mortificaciones en sábado. Se me da bien el imaginar las virtudes, pero no el practicarlas. En cuanto a esto, sólo tengo pretensiones. Ten misericordia de mí, el mayor de los pecadores; no me abandones jamás. Mañana es el último día de vacaciones y quiero, si Dios me ayuda, portarme bien a toda costa. El rosario, oh el rosario, Virgen Santísima, haz que lo pueda rezar como san Juan Berchmans.

Domingo, 20 de noviembre de 1898, retiro. En estos días de seminario he estado demasiado alegre, de modo que la mente voló como mariposa, descuidando así lo que merece la máxima importancia. De ahí las distracciones, especialmente en vísperas; de ahí el no guardar como se debe el silencio durante las clases. En resumen, aunque haya cumplido sustancialmente las reglas de seminarista, siempre les falta esa sal, esa perfección que las hace más hermosas, más agradables a Dios y más meritorias. Soy como un cuadro del que, aunque se hayan quitado las manchas que lo hacían más irreconocible, sigue todavía cubierto de una capa de granitos de polvo, que envuelve como en una sombra al cuadro y lo hace desagradable a la vista. Puedo decir que me encuentro en el mismo estado de esos cuadros viejos y abandonados. Y así, ¿cómo extrañarme de que no sienta en mí el continuo influjo de la gracia, el ardor de la caridad, si estas pequeñas negligencias mías son un obstáculo para ello?

Necesito, por tanto, hacer lo que suele hacerse con los citados cuadros, cuando se quiere volverlos a su estado, para que aparezcan hermosos como cuando salieron de las manos del pintor. Un buen lavado con aceite, he ahí el remedio, si no se quiere que vengan a ser irreconocibles. Sí, hace falta un repulisti de todas estas imperfecciones mías. Y lo conseguiré con el recogimiento desde la mañana, cuando me despierto, y no dando en el exceso de la alegría, pues de lo contrario se acaba en necedad. Ojo a las palabras sobre los otros y en especial ojo a proferir juicios sobre fulano o mengano. Aquí es precisamente donde sale a relucir el amigo.

Por lo demás, jaculatorias infinitas y visitas fervorosas, exámenes severos. Y puesto que el buen Jesús me ha enviado otra desgracia con la muerte de mi buen director, me impondré el deber de encomendar con frecuencia al Señor este alma buena junto con la de mi párroco, para que estas dos personas, que conocían muy bien mi conciencia, mis defectos, me encomienden a Jesús y María, y me alcancen humildad, amor ardiente a Jesús y a todas las almas redimidas con su santísima sangre. Jesús, María y José, amores míos dulcísimos, que viva, sufra y muera por vosotros.

Lunes, 28 de noviembre de 1898. En cuanto al primer capítulo de que me lamentaba el pasado domingo, es decir, la excesiva alegría, me parece que he puesto remedio, aunque no del todo. Pero, a fin de cuentas, es siempre mejor estar alegre que triste. Tampoco la visita, en conjunto, ha ido del todo mal, y Dios sea alabado por ello. Pero hay aún muchas cosas que enmendar y, por desgracia, también que eliminar: las distracciones en la oración, el descuido y el no hacer aprecio de las cosas pequeñas, alguna palabrita durante la clase, el no acostumbrarme a los compañeros que, como prefecto, me están encomendados; el no acostumbrarse, diré, a platicar, andando siempre de conversación con los otros prefectos. He ahí cuántas cosas buenas.

Jueves noche, 8 de diciembre de 1898. Viva María Inmaculada. La única, la más hermosa, la más santa, la más grata a Dios de todas las criaturas. Oh María, me pareces tan hermosa que, si no supiera que sólo a Dios se le ha de tributar el honor sumo, te adoraría. Eres hermosa, pero ¿quién puede decir lo buena que eres? Ahora se cumple un año desde que me concediste aquella gracia que tú bien sabes lo poco que merecía, y en este día mismo me la recuerdas con la más viva insistencia, trayéndome a la memoria también los deberes, tan dulces, no obstante, que la acompañaron y que tuve el honor de asumir. Pero, ay de mí, no siempre he correspondido a tu amor, no siempre he sido como tú fuiste conmigo. Mirándome a mí, comprendo muy bien cómo debía ser después de un año, y cómo no soy. He sido siempre un poco alocado, un poco atolondrado, especialmente en estos últimos días. Esa es toda mi virtud.

Jesús parece que se ha alejado un poquito de mí, porque me he alejado de él. Necesito un gran recogimiento, pronunciando frecuentes jaculatorias. Estamos siempre en las mismas. Es preciso, además, que dé mucha importancia a las cosas pequeñas, palabras, pensamientos, etc., guardándome de pecar de ligero, lo cual me perjudicaría doblemente.

Oh María, ya que no he sido como debía ser, ya que tú me recuerdas más vivamente que nunca mis especiales deberes, consérvame siempre en estas disposiciones, es decir, con el máximo fervor de espíritu en hacer el bien. De nuevo me consagro a ti, madre mía; dame un poco de ese buen gusto, de esa exquisitez para el bien que tanto me falta y que tanto perfeccionaría mis obras. Que mi pensamiento vuele muchas veces a ti, que de ti hable mi boca y por ti suspire mi corazón. Sobre todo te encomiendo este asunto que tú bien conoces; tú me entiendes: hazme humilde, y seré santo; hazme humildísimo, y seré santísimo. Te consagro las pequeñas mortificaciones que, con tu ayuda, me propongo hacer. Te pido que estés siempre a mi lado en la piedad, y también en el estudio; ilumina mi mente en las verdades que se refieren a ti y a tu hijo. Por último, oh gran Madre Inmaculada, introdúceme a Jesús, meta última de mis afectos; estréchame a Jesús enteramente, ayúdame a enloquecer de amor por él. Así sea.

Domingo, 18 de diciembre de 1898, retiro. Hasta la Inmaculada he dejado mucho que desear; desde la Inmaculada, menos. Gracias de todo corazón, María. Lo que más necesito en estos días es el recogimiento, con muchas jaculatorias y un gran cuidado en la meditación, misa, visita y, más que nada, en el examen. Por lo demás, humildad, y muy grande. en lo pequeño. Mi corazón mi mente, deben estar empapados del pensamiento, del amor de Jesús Niño. Oh Jesús, hazme pequeño como tú; ya sabes cuánto lo deseo.

Máximas tomadas de las meditaciones en los EE. EE.

1. Dios es mi gran dueño, que con inaudita bondad me ha sacado de la nada para que lo alabe, lo ame, le sirva y procure su honor. Soy, por tanto, una cosa totalmente de Dios, y no puedo ni debo hacer más que lo que Dios quiere, lo que sirve para su gloria. Por lo cual, todas mis acciones, todos mis pensamientos, todas mis respiraciones deben tender sólo a esto: Para mayor gloria de Dios. En consecuencia, cuando busco sólo mi propio honor, cuando doy gusto a mi amor propio, traiciono los designios de Dios, salgo fuera del camino, me convierto en un hombre inútil, rebelde a mi buen Señor, y rechazo el premio que él me ha preparado. Qué injuria más atroz al Corazón de Jesús, abandonarlo así, usar tan malamente las dotes que él me ha dado para amarlo y hacerlo amar. Los pájaros del aire, los peces del agua, las fieras de las selvas, los animales todos de la tierra sirven al Señor mucho mejor que yo. Qué vergüenza para mí, tan lleno de mí mismo, dejarme aventajar por las bestias en el alabar al Creador.

2. Cuando esté en ocasión de levantarme sobre los otros, de dar gusto a mi amor propio, he aquí un buen remedio que me curará, que me humillará: pensar en lo gran pecador que soy, que no soy digno de comparecer delante de mi Jesús, que debía dar gracias al Señor y considerar un honor el ser tratado como el último, no diré de mis compañeros, sino de todos los hombres.

3. Soy seminarista. Por tanto, debo recordar siempre que cualquier falta, aunque mínima, en mí es siempre gravísima, y debo evitarla como si fuese un pecado mortal, del que no debería conocer ni siquiera el nombre. Debo, sobre todo, pensar que de estas faltas nunca estuvo libre ninguna acción mía. ¿Dónde está el seminarista bueno que yo creía ser? Qué buen golpe para mi amor propio.

4. Soy seminarista. Por tanto, debo ser con Dios como un ángel. Qué feliz coincidencia. La Providencia divina me ha querido dar a conocer este deber, disponiendo que fuera bautizado con el nombre de Ángel. Pero qué vergüenza para mí, ser llamado siempre Ángel, deber ser en mi comportamiento un ángel, y no haberlo sido nunca realmente. El nombre de Ángel, por tanto, debe ser un estímulo en mí para que sea un verdadero seminarista ángel. Para lo cual, cuando me oiga llamar así, debo hacer que este nombre despierte en mí la idea de la perfección a que debo llegar y me obligue a hacer un acto de humildad, pensando a qué estoy llamado y qué soy en realidad, todo lo contrario de ángel.

5. Dios mío, ¿qué es este cuerpo que tanto mimo? Mejor preguntaré, ¿mimo este cuerpo, este saco de podredumbre, este vivero de gusanos, y por defenderlo ofendo a Dios? Qué necedad, qué estupidez. ¿Entre tanto, el alma? Pobre alma. Luego presumo de hombre sabio, de hombre prudente. Amigo mío, es necesario bajar esa cabeza tan llena de humo, es necesario que sientas vilmente de ti mismo, de lo contrario andarás a ciegas y caerás.

6. Bellísimo pensamiento. Un ángel del paraíso, nada menos, está siempre a mi lado y al mismo tiempo se halla arrebatado en un continuo éxtasis amoroso con su Dios. Qué delicia de sólo pensarlo. Por tanto, estoy siempre ante los ojos de un ángel que me guarda, que intercede por mí, que vela junto a mi lecho mientras duermo. Qué pensamiento, pero, a la vez, qué sonrojo para mí. ¿Cómo podré tener ciertos pensamientos de soberbia, decir ciertas palabras, realizar ciertas acciones ante los ojos de mi ángel de la guarda? Y, sin embargo, lo he hecho. Oh Espíritu que me acompañas, ruega a Dios por mí, para que no haga, diga o piense cosas que puedan ofender tus ojos purísimos.

7. Si en esta vida siento sonrojo y no sé cómo presentarme ante un superior que simplemente esté algo descontento de mí, de mis acciones, ¿qué terror deberé experimentar pensando que habré de presentarme ante Dios airado contra mí, ante mi Creador, mi Padre, mi Jesús, que entonces ya no será mi amigo, sino mi irritado enemigo? ¿Mi ángel de la guarda? ¿Mi madre María qué dirá cuando Dios me condene? Pobre ángel, pobre madre. Todas estas cosas las creo; sin embargo, cuando no me porto como debo, he de soportar las reprimendas de los superiores y mucho más las reprimendas terribles de Dios. Qué insensatez. Es preciso comprenderlo de una vez con san Pablo: Si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados (1Cor 11,31).

8. Debo convencerme para siempre de esta gran verdad: Jesús no quiere de mí, seminarista Ángel Roncalli, solamente una virtud mediocre, sino suma; no estará contento conmigo mientras no me haga, o por lo menos no me aplique con todas mis fuerzas a hacerme santo. Tantas son y tan grandes las gracias que él me ha dado para este fin.

1899

Notas espirituales

15 de enero de 1899, retiro mensual. La muerte de mi queridísimo director Isacchi, el encontrarme con un nuevo director, aunque no han alterado grandemente en mí la marcha de las cosas, han producido algún pequeño cambio; por ejemplo, el nuevo director, ciertamente, no me conoce como me conocía Isacchi; por tanto, todavía no tengo la intimidad que tenía antes; pero será necesario dar tiempo al tiempo, y las cosas se arreglarán. En cuanto a poner por escrito mis cosillas, como he venido haciendo desde el año pasado hasta el mes último, parece que el nuevo director no lo toma con demasiado calor, como el otro. En una palabra, uno piensa que es mejor de un modo, y otro de otro. Así se comprende la laguna desde la última fecha hasta hoy. El pensamiento de la muerte, reavivado por el reciente luto del seminario por la muerte del director Isacchi y últimamente renovado por la muerte de mi queridísimo rector, don Jacinto Dentella —que Dios lo tenga en su gloria y lo acoja en compañía de mi llorado párroco y del director Isacchi—, me ha sacudido fuertemente.

19 de marzo de 1899, retiro mensual. Es el día de mi san José; ¿cómo no reanudar la costumbre de poner por escrito mis pensamientos, costumbre interrumpida desde enero hasta hoy, no sé si por culpa mía o de nadie? ¿Cómo no nombrar a san José?

16 de abril de 1899, retiro mensual. Siempre que recorro estas pocas páginas y llego al final me avergüenzo de mí mismo, viendo que en tres meses he cumplido bastante mal el propósito hecho en los EE. EE. del año pasado, 1898, de poner por escrito algún pensamiento referente al estado de mi conciencia. Como se ve por la última vez, apenas comenzaba a escribir cuando sonó el final del retiro, quedando así todo truncado para no volver a pensar en ello. Al volver ahora de las vacaciones de Pascua, en este día de retiro he querido emprender de nuevo esta mi útil costumbre que, con la ayuda de Dios, espero no volver a interrumpir.

Hoy me he recogido un poco; pero ¿qué digo recogido? Aquí comienzan las faltas. Había debido recogerme, pero no he sido capaz de hacerlo sino sólo hasta cierto punto. Soy bueno para sugerir a los otros el modo de obrar bien, pero para ponerlo en práctica yo, no. Por tanto, de ahora en adelante, especialmente por lo que se refiere al recogimiento, no diré nunca cosa en cuyo ejercicio no sea capaz de servir de modelo a los otros, como es mi deber. Pondré una especial atención en el rezo del oficio de la Virgen María, y especialísima en el rosario, pues a este respecto, en los días pasados, he dejado no poco que desear. Otra cosa que necesito, y que me podría ayudar bastante, es el ejercicio continuo de frecuentes jaculatorias. Con ellas mi mente estaría siempre en Dios, y también, por tanto, siempre presente en sí misma, y así no correría peligro, como quizá ha sucedido, de hablar inútilmente de otros, cuando no se puede hablar sin señalar sus defectos, de discutir sin una cierta circunspección. He aquí, pues, tres cosas que considero consecuencia y fruto del presente retiro: rosario, jaculatorias y discreción, cuidado en las conversaciones para no hablar mal de otros inútilmente.

Por lo demás, en cuanto al mostrarme demasiado simple, crédulo en cosas sin importancia y dar así ocasión de que se rían a mi espalda, no puedo por menos de alegrarme, viendo así de algún modo humillado mi amor propio, y considerándome así asemejado, aunque de un modo verdaderamente insignificante, al buen Jesús, que fue tratado de loco. Si él me concediese que enloqueciera de amor por él. Así, poco me importaría lo demás.

Finalmente, por lo que se refiere a las preocupaciones de familia, renovadas especialmente en estos días de vacaciones, las he depositado todas en el Corazón bendito de Jesús, mi único amor. Él sabe que no deseo a los míos riqueza y placeres, sino sólo paciencia y caridad. Él sabe que si siento pena, la siento sólo por la falta en ellos de estas virtudes. Que él me dé la gracia de verlos a todos un día en el paraíso, y ya puede suceder lo que quiera; a todo me resignaré por la mayor gloria de Dios y en satisfacción de mis pecados. Oh Jesús, que muera de amor por ti.

Lunes, 24 de abril de 1899. En esta semana no he estado del todo mal, especialmente por lo que se refiere al recogimiento en las prácticas de piedad, por lo cual debo dar muchas gracias a Dios y pensar que, en cuanto de mí depende, no serán cosas duraderas, tan débil y flaco soy. Lo que más debo procurar es una piedad interior, de la que la exterior es sólo un vestido; piedad que se funde en humildad verdadera, de la cual tengo una necesidad grandísima. Por tanto, prestaré más atención a mortificarme, especialmente en el entendimiento, a estar unido más íntimamente con Dios por medio de muy frecuentes jaculatorias, y poder así prepararme mejor para el inminente mes de mayo. Así sea.

Domingo, 7 de mayo de 1899. Hace ya unos días que ha comenzado el mes mariano; y sigo necesitando recogimiento, especialmente en la meditación, en el rosario, etcétera. En las cosas de piedad quizá sea un poco demasiado poeta. Por lo demás me parece que las cosas no van mal del todo, y doy por ello las gracias a Dios y María. El año pasado, en el mes de mayo, pedí a María dos cosas: humildad y amor. Al acabar el mes fui escuchado y tuve ocasión de ejercitar la una y el otro. Este año vuelvo a empezar y espero que la Virgen me escuchará también. Es tan buena. A decir verdad, me cuesta trabajo humillarme, pero espero que será un trabajo que me ganará rica recompensa. Todo está en hacerse a ello con empuje, desde el principio. Jesús, María, ya sabéis que quiero agradaros y amaros.

Lunes de Pentecostés, 22 de mayo de 1899, retiro. Señor, perdonadme, que soy el más grande pecador. ¿Qué más puedo decir? Quiera o no quiera, debo confesarlo. Este es el pensamiento que puede curar todos mis males. En estos días pasados, aunque, gracias a Dios, no me he dado a una vida relajada y muy tibia, no obstante la imaginación ha trabajado demasiado, con el consiguiente daño para el entendimiento, el cual, si bien no se ha unido totalmente a la imaginación e incluso ha procurado frenarla, sin embargo, no cabe duda que habrá sufrido su influencia. La fiesta en honor de mi nuevo párroco, los versos que he escrito para esta ocasión, luego los ordenados, las secretas aspiracioncillas del amor propio, oh cuánto aceite a mi soberbia. Ojo a la imaginación. Gracias a Dios me parece que el entendimiento no se ha adherido a ella, pero tampoco al entendimiento le sentaría mal el ser humillado. De cuando en cuando alguno me humilla y, creyendo que no me ofendo, me hace sangrar. Estos son los momentos de callar y de regocijarse. Dicen y creen que soy un simple. Puede que lo sea, pero el amor propio se resiste a creerlo. Aquí está lo bonito del juego. Aquí tengo un buen campo para ejercitarme en la paciencia, en la mortificación, para agradar a María, a mi bella Inmaculada. En realidad no sé cómo expresarme. Oh Espíritu Santo, oh mi Jesús Eucarístico, oh Inmaculada, vosotros conocéis mis necesidades, mis defectos, mi afán de aparentar, mi necesidad de permanecer escondido, de rebajarme, de ser despreciado, y con todos estos defectos mi deseo de amar, de hacerme santo; humilladme, pues, cuidad de mí, hacedme santo. Humildad y amor.

Domingo, 28 de mayo de 1899. Menos mal; pero necesito aún mayor recogimiento, especialmente en estos últimos días del mes de mayo. Por otra parte, fuego, fuego. Es la semana del Corpus Domini, de mi Jesús en el Sacramento.

1900

Impresiones y reflexiones de los EE. EE. del año de Gracia, seminario de Bérgamo (Febrero 1900)

1. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? Soy la nada. Todo lo que poseo, el ser, la vida, el entendimiento, la voluntad, la memoria, todo me lo ha dado Dios, luego todo pertenece a él. Hace simplemente veinte años existía ya todo lo que me rodea: el sol, la luna, las estrellas, los montes, los mares, los desiertos, los animales, las plantas, los hombres; en el mundo las cosas se movían ordenadamente bajo los ojos vigilantes de la divina Providencia. ¿Y yo? Yo no existía. Todo seguía su curso sin mí, nadie pensaba en mí, nadie podía hacerse una idea de mí, ni siquiera en sueño, pues no existía.

Dios mío, en un rasgo inefable de tu amor, tú que existes desde el principio y antes de los siglos, tú me sacaste de mi nada, me comunicaste el ser, la vida, el alma, en una palabra, todas las facultades del cuerpo y del espíritu; tu abriste mis pupilas a esta luz que irradia sus fulgores en torno mío, tú me creaste. Por tanto tú eres mi dueño y yo soy tu criatura. Nada soy sin ti, y por ti soy todo lo que soy. Sin ti nada puedo; es más, si tú no me sostuvieras en cada instante, volvería al sitio de donde salí, a la nada. Esto es lo que soy. Y, sin embargo, me envanezco, presumo ante los ojos de Dios de los bienes con que él me ha colmado, como si fuesen cosas mías. Oh necio de mí. ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido? Dios me ha creado; y, sin embargo, él no tenía necesidad de mí; y el orden del nuevo universo, el ambiente que me rodea, es decir, todo existiría exactamente lo mismo sin necesidad de mí.

¿Por qué, pues, me creo tan necesario en este mundo? ¿Qué soy sino una hormiga, un granito de arena? ¿Por qué, pues, me considero tan grande ante mí mismo? Soberbia, orgullo, amor propio. ¿Para qué estoy en este mundo? Para servir a Dios. Él es mi dueño absoluto porque me ha creado, porque me conserva el ser, luego soy su siervo. Por tanto, mi vida debe estar enteramente consagrada a él, a cumplir su voluntad; enteramente y para siempre. Así, pues, cuando no pienso en Dios, cuando atiendo a mis comodidades, a mi amor propio, a mis alabanzas, falto a un gravísimo deber, me convierto en un siervo desobediente. Entonces ¿qué hará Dios de mí? Señor, aleja de mí los rayos de tu justicia y no me arrojes de tu servicio como por desgracia merecería.

Siervo de Dios. Qué título, qué hermosa mansión esta. ¿No dijiste tú, Señor, que tu yugo es suave y tu carga ligera? ¿No está escrito en tus escrituras que servirte a ti es reinar? ¿Acaso no es el mayor honor para un hombre santo, el poder decir de él que es siervo de Dios? Y tu Pontífice, tu Vicario en la tierra, ¿no se enorgullece con el nombre de siervo de los siervos de Dios? Por tanto, qué dicha servirte a ti, Dios mío. Sin embargo, me olvido tan fácilmente de este deber. Qué vergüenza no servir a un amo tan justo, tan bueno, tan santo como tú. Servir a Dios, ¿y después?, el premio, la patria, el cielo, el hermoso paraíso. Sí, paraíso, paraíso, esa es mi meta, esa es mi paz, mi gozo. Paraíso, donde se ve, donde se contempla a mi Dios.

Señor, te doy gracias por este galardón que me has preparado por cuatro días de servicio; por el honor grandísimo a que me has destinado. Soy un peregrino en la tierra, miro al cielo, mi fin, mi patria, mi morada. Oh cielo, cielo, eres hermoso y eres para mí. En las contradicciones, en las amarguras, en el desaliento, este será mi consuelo: ensanchar el corazón a la bendita esperanza y luego poner los ojos y pensar en el cielo, en el paraíso. Esta es la práctica de los santos, de san Felipe Neri, de mi san Francisco de Sales, del ven. Cottolengo que exclamaba sin cesar: paraíso, paraíso.

Estas son las hermosas verdades que tú, mi Dios, me has enseñado; yo, por desgracia, las conozco pero no las comprendo. Soy un nada, y me considero un gran hombre; vengo de la nada y me envanezco de mí mismo por esos dones que pertenecen a Dios. Debo servir a mi Creador y en cambio a veces lo olvido, sirvo a mi ambición, a mi amor propio. Estoy llamado al paraíso y sólo pienso en la gloria del mundo. Qué contrasentido. Señor, que pueda comprenderte, como te pedía tu Agustín; que te conozca a ti y me conozca a mí, para que te ame a ti y me desprecie a mí. Señor, escucha a este ciego que cuando tú pasas te pide a gritos, te suplica que lo cures, tú que eres la luz de mis ojos. Dame la luz, sí, que vea.

2. Tengo un alma. Qué grandeza. No soy una piedra, una planta, un animal cualquiera; soy un hombre, y un hombre por el alma que me vivifica. Por el alma un rayo del rostro divino resplandece sobre mí, y por la memoria vengo a ser semejante al Padre, al Hijo por el entendimiento, al Espíritu Santo por la voluntad. Pero no es esto sólo: el alma humana es de un valor infinito, al ser comprada con la sangre de un Dios. De ahí que el alma de un salvaje sea más preciosa que todas las riquezas del mundo. Qué valor. El alma está destinada a gozar de la misma dicha de Dios. ¿Cómo, pues, me atreveré a ofender a este alma, hermosa con la hermosura misma de Dios? ¿Cómo puedo permitir que por el pecado venga a ser semejante a las bestias, esclava del cuerpo la que es señora del mismo? Y sin embargo lo he hecho. Qué humillación para mí. Por el alma se manifestaron las grandezas de las perfecciones divinas; en la creación, y mucho más en la encarnación, brillaron en su más resplandeciente luz de omnipotencia, la sabiduría y el amor de Dios. Por medio de ella Dios se sometió a los tormentos, a la misma muerte. ¿Por qué no me mortificaré, no sufriré algo para cooperar a la salvación de este alma que, a fin de cuentas, no es de otro, sino mía?

3. Todos los hombres que hay en la tierra llevan en sí la imagen de Dios; le costaron inmensos dolores. Y, sin embargo, son muchos los que no aman a Dios, no le sirven, al contrario, lo pisotean, y muchísimos ni siquiera lo conocen. He aquí el pensamiento que debe excitar en mí la compasión por sus almas y debe encender en mi corazón el deseo vivo de salvarlas también a ellas, y, si otra cosa no puedo, de rezar por ellas: considerar cómo para ellas es inútil la sangre de Cristo, más aún, se convierte en motivo de terrible condenación. Si todos los hombres representan a Dios, ¿por qué no los amaré a todos, por qué los despreciaré, por qué no seré respetuoso con ellos? Esta reflexión debe frenarme de ofender a mis hermanos de cualquier manera: acordarme de que todos son imagen de Dios, y quizá su alma es más hermosa y más querida al Señor que la mía.

4. Me siento orgulloso de mi mismo, casi exijo del Señor sus gracias; y si hago algo bueno, me presento ante él con la actitud del fariseo... Sin embargo, soy pecador. Este es el sentimiento que me debe acompañar siempre cuando entro en la iglesia y en todo lugar. Soy pecador. Por tanto, no arrogancia de palabra, no altanería de porte, sino ojos bajos, humilde de mente y de corazón, afable con los compañeros. Ante Dios, pues, mi conducta debe ser la del publicano que, lejos del altar, se golpea el pecho diciendo: Dios mío, ten compasión de mí que soy un pecador (Lc 18,13) y cuando recibo gracias y consolaciones, debo considerar todos estos dones como limosnas que Dios me concede, sin vanagloriarme de ellos, reconociendo que no los merezco.

5. Todos esos bonitos pensamientos de honores a mí mismo, conseguidos con la ciencia, ¿de qué me servirán en el momento de la muerte? Así pues, cuando vengan a atormentarme, a hincharme el cerebro, este es el modo brusco, pero eficaz, de echarlos fuera: pensar en el momento de la muerte, en los deseos que tendré entonces y preguntarme: ¿De qué me sirve esto para la eternidad?

6. Todas mis vanidades, todas mis distracciones en las prácticas de devoción, en la meditación, en los exámenes de conciencia, en el rezo del oficio de la Santísima Virgen, del rosario; todas las palabras, las salidas ingeniosas pronunciadas sólo por un secreto deseo de aparentar, para hacer ver directa o indirectamente que he estudiado; todos mis castillos en el aire, los castillos de naipes, los castillos de España, todas las palabras proferidas en tiempo de silencio, todas las inspiraciones rechazadas: todo, todo al juicio. Dios mío, qué espanto, qué cúmulo de pecados, qué confusión para mí que tan delicado soy en lo que se refiere a la estima, al amor propio. Y sin embargo, piénsalo bien, alma mía: o sientas ahora la cabeza, o tendrás que resignarte a padecer esa humillación con todo lo que seguirá después. Ánimo, piensa bien esta verdad, y antes de repetir alguna de estas faltas, haz bien tus cuentas para no arrepentirte, inútilmente, más tarde. Si nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados (1Cor 11,31)

7. El pensamiento del infierno me aterra; no, no lo puedo resistir. Me parece casi imposible, no soy capaz de imaginarme a mi Dios tan airado contra mí que me aleje de sí, después de haberme amado tanto. Sin embargo, es una verdad certísima. Si no lucho contra mi orgullo, mi soberbia, mi amor propio, me espera el infierno, infeliz de mí. ¿Será entonces verdad, Jesús amadísimo, que ya no pueda amaros? ¿No ver ya vuestro rostro? ¿Que me vea arrojado lejos de ti? Esperemos que esto no suceda; pero podría suceder, por tanto debo vivir siempre con temor y temblor, y trabajar así por mi salvación. Trabajad por vuestra salvación con profundo acatamiento (Flp 2,12). Y, entre tanto, no estará fuera de propósito traerme a la memoria siempre el infierno, o con la vista de objetos externos o con modificaciones. ¿Veo el fuego? Pues este, comparado con el fuego del infierno, no es más que una pintura. ¿Tengo dolor de muelas, me abraso de sed, tirito de frío, me atormenta la fiebre? Mortifiquémonos: el infierno es el lugar de todos los tormentos; en el infierno se cocerá a los condenados, se los quemará como el carbón en el horno; en el infierno habrá llanto y crujir de dientes (Mt 8,12). En el infierno no se podrá mover un dedo; y ¿por qué no podré rezar una oración que sé, el rosario, vísperas, sin inmutarme? En el infierno habrá gritos agudísimos que aturdirán; y ¿por qué no soportaré un rumor que me molesta? En el infierno se padecerá un hambre canina, y ¿por qué no sabré abstenerme de algún bocado más exquisito? En el infierno habrá que aguantar la compañía de los condenados y los demonios; y ¿por qué no sufriré con calma la presencia de los que no me son simpáticos? ¿No he merecido mil veces el infierno? ¿Y no podré merecerlo de nuevo?

Mi dulcísimo Jesús, escucha mi súplica. Envíame, te lo ruego, toda clase de enfermedades en esta vida; clávame para siempre al lecho; redúceme al estado del leproso en la selva; carga aquí mi cuerpo con todos los dolores más torturantes, todo lo aceptaré en penitencia de mis pecados, y te estaré agradecidísimo; pero, por caridad, no me mandes al infierno, no me prives de tu amor, de poder contemplarte por toda la eternidad. Sí, Jesús, te lo digo de corazón.

8. Terribles son, Dios mío, los decretos de tu justicia, y con sólo imaginármelos tiemblo de terror. Pero ¿quién, quién puede medir la hondura de tu misericordia? Exalte, pues, quien quiera tus otros divinos atributos, ensalce tu sabiduría, alabe tu poder, yo por mi parte no cesaré jamás de cantar tus misericordias. Cantaré eternamente la misericordia del Señor (Sal 88,2). ¿No está llena la tierra, oh dulcísimo Jesús, de tu misericordia?: La tierra está llena del amor del Señor (Sal 32,5). Y tu misericordia, ¿no está en el cielo y sobre todas las demás obras tuyas?: Pero tu amor, Señor, llega hasta el cielo, y tu lealtad hasta las nubes (Sal 35,6). ¿Y no eres tú el Padre de las misericordias y el Dios de todas las consolaciones?: Padre de las misericordias y de todo consuelo (2Cor 1,3). ¿No dijiste tú que no quieres el sacrificio, sino la misericordia?: Misericordia quiero y no sacrificio. Y yo miserable pecador, ¿no soy un portento, un protegido de tu misericordia? Soy la oveja perdida y tú eres el buen Pastor que, solícito, corriste ansiosamente en mi busca, me encontraste al fin y, tras mil caricias, me cargaste sobre tus hombros y me llevaste al redil. Soy aquel infeliz que en el camino de Jericó fue asaltado por los ladrones, golpeado, herido, despojado de sus vestidos y reducido al último extremo; y tú, el compasivo samaritano que me devolvió la vida, derramaste sobre mí el vino, es decir, me hiciste comprender esas terribles verdades que me sacudieron de mi aturdimiento, me ungiste con el bálsamo de tus consuelos, en una palabra: me hiciste partícipe de las larguezas de tu buen corazón. Yo soy, por desgracia, el hijo pródigo que disipó toda su hacienda, los dones naturales y sobrenaturales, y me vi reducido a la condición más lamentable, por huir tan lejos de ti que eres el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas, sin el cual todas las cosas son malas, porque son nada. Tú eres el Padre amorosísimo que me recibiste con regocijo cuando, cayendo en la cuenta de mi error, decidí volver a tu casa, busqué de nuevo refugio a tu sombra, en tus abrazos. Tú me recibiste de nuevo como hijo, me admitiste de nuevo a tu mesa, a tu dicha, me llamaste de nuevo partícipe de tu herencia. ¿Qué digo? Yo soy el pérfido discípulo que te traicionó, el presuntuoso que te negó, el vil que te escarneció; el cruel que te coronó de espinas; te azoté, te cargué con la cruz, insulté tus atroces dolores, te di una bofetada, te di a beber hiel y vinagre, y, despiadado de mí, te traspasé el corazón con una fría lanza. Todo esto y mucho más he hecho con mis pecados. Oh qué pensamiento tan humillante para mí. Pensamiento que, a viva fuerza, debe arrancar a mis ojos las lágrimas más amargas del arrepentimiento. Tú eres mi buen Jesús, el mansísimo cordero que me llamó su amigo, me miró amoroso en mi pecado, me bendijo cuando le maldecía; en la cruz intercediste por mí, y del corazón traspasado hiciste descender un manantial de sangre divina que me lavó de mis inmundicias, limpió mi alma de mis iniquidades; me arrancaste a la muerte muriendo por mí y, venciendo a la muerte, me ganaste la vida, me abriste al paraíso. Oh amor de Jesús. Por fin este amor ha vencido, y estoy contigo, mi maestro, mi amigo, mi esposo, mi padre: heme aquí en tu corazón. ¿Qué quieres, pues, que haga? Iba por el camino de la iniquidad y tú me deslumbraste con tu luz divina, como a Pablo en el camino de Damasco. ¿Qué tengo que hacer, Señor? (He 22,10). Enséñame tu verdad, el camino que debo seguir. Enséñame el camino que tengo que seguir (Sal 142,8). Me abrazaré a ti, te amaré, oh mi Jesús, te amaré con el amor de Pablo, de tu amado Juan, de todos tus santos; con un amor de obras, con el amor que es fuerte hasta la muerte. ¿Qué, qué podrá separarme de tu caridad? Ni el hambre, ni la pobreza, ni el frío, ni las tribulaciones, ni los tormentos, ni la muerte. Tanto confío en la ayuda de tu gracia, oh mi Jesús. Y entre tanto, puesto que amándome hasta lo último te has olvidado de mis iniquidades y me has llamado a estar más cerca de ti, me has querido tu ministro, tu familiar íntimo, dispensador de tus misterios, y a ello me mueves continuamente con las secretas y dulcísimas comunicaciones de tu amor, con infinitas inspiraciones, con la miel y el néctar celeste de tus consuelos, que arda y se consuma enteramente este corazón mío en holocausto por ti sobre el altar de tu corazón sacratísimo, que suspire siempre por ti, te busque, tienda a ti; que se revista de tu espíritu, espíritu de sabiduría y de entendimiento, y encienda también en los pecadores sentimientos de conversión, de retorno a ti, y que todos, acogiéndonos a la sombra de tu cruz adorada, podamos cantar perennemente tus misericordias.

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