Kitabı oxu: «Buscando el camino»
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Mª Dolores y yo lo encontramos.
Ahora te toca a ti, Eva. Persiste.
PRIMERA PARTE
(Primavera)
(Víctor acude al Centro Social de un Distrito de Ayuntamiento donde imparte un taller desde hace más de un año)
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La suerte de tener una verdadera amistad se comprueba, especialmente, cuando llegan los momentos de debilidad. Es entonces cuando se valora el apoyo que nos da la persona que de verdad nos aprecia, aunque en numerosas ocasiones solo nos pueda ofrecer su tiempo para que nos sintamos escuchados.
Tanto Víctor como Leo se aprecian mutuamente desde la adolescencia y han conseguido mantener una auténtica relación de amistad que fue curtiéndose en el tiempo con los sucesivos acontecimientos de sus respectivos destinos. La vida no siempre muestra su cara dulce y hay que aprender a sobrevivir y superar los momentos duros que siempre acaban por presentarse a lo largo de nuestra existencia.
—Se me pasan los años con demasiada rapidez y mantengo una rutina que aburre, Leo —explica un Víctor poco animado a su amigo—. No encuentro demasiados motivos que me ilusionen para emprender tareas desde que enviudé. Y acabo de rebasar la barrera de los sesenta.
—¡Pero, hombre, tienes que poner más de tu parte! ¡Aprovecha las escasas salidas que haces para intentar amenizar tu vida! Te he presentado amigos y amigas –intenta razonarle Leo- y tus sesiones de video en las residencias y en los Distritos de Ayuntamiento como voluntario, están dando cierto resultado. Te obligan a salir a la calle, a conocer a más gente; y sobre todo, a responsabilizarte y a ocupar tu tiempo con una misión noble como es la de atender a las personas mayores.
—Sí, lo sé —le responde Víctor—. Y además, la verdad es que no me quejo porque esta ocupación es una labor que tiene mucho significado para mí.
Le preocupa su porvenir al verse mayor, jubilado, viudo, con un hijo del que apenas puede disfrutar por residir en Madrid. Echa de menos un verdadero trabajo que le obligue a levantarse cada día, y que lo deje agotado para poder dormir bien por las noches.
—Y respecto a la edad, ¡estás fenomenal! No lo digo yo, sino alguna que otra amiga de Mara —la pareja de Leo— que te tienen el ojo echado. Aprovecha tu ocasión, queda con alguna de ellas y disfruta de la vida; se le llama ¡echar una canita al aire! ¿Lo recuerdas? —pregunta Leo con vehemencia para que reaccione—. ¡Necesitas alegrías! Reírte más y no sentirte tristón ¡A ver si te enteras de una vez!
El interés de Víctor por dedicarles tiempo a las personas de la tercera edad comenzó cuando ingresó a sus padres en la residencia de mayores de una localidad próxima a su domicilio. Era tal el sentimiento de culpabilidad que le invadió al sacarlos de su casa, al apartarlos de su reducido hábitat doméstico en el que vivían desde hacía más de cuarenta años, que decidió pasar con ellos el mayor tiempo posible en el día a día. Fue entonces cuando ideó este tipo de reuniones con los mayores, proyectándoles vídeos en los que aparecían cantantes y canciones de su época, especialmente copla y canción española, con el visto bueno de la terapeuta ocupacional de la residencia.
Más adelante, estas sesiones de video se fueron adaptando al ir dirigidas a las personas jubiladas que asisten a talleres de entretenimiento y de ocio en los Centros Sociales de los Distritos de Barrio del Ayuntamiento de la ciudad.
—Sé que tu lugar preferido de actuación, en el que te estás volcando últimamente, es el Centro de trabajo de mi padre. ¡Con la de Distritos de Ayuntamiento que hay en la ciudad y tenías que recurrir al suyo! ¡So cabrito! —le comentaba Leo en una ocasión en tono irónico-.
—Sabes bien que no te he utilizado como enganche, es que tu padre trabaja en el Centro Social del que siempre ha sido nuestro barrio. Le expliqué lo que pretendía aplicar en mi calidad de voluntario de una ONG. Es cierto que él siempre tuvo una buena impresión de mí desde que éramos amigos en primero de Bachiller en el Instituto Padre Manjón, y quizás me atendió porque intuía alguna posibilidad de acercamiento hacia ti a través mío, ¿quién sabe?
—¡Víctor! La cuestión es que te llevó en volandas hacia Julia —la coordinadora de los talleres—, y a partir de ese momento tu labor está siendo todo un acierto y un éxito de público.
—Así es, esta trabajadora social reconoce la utilidad de mis sesiones y que cumplen todos los objetivos que se persiguen con las actividades del Centro. Además, mi participación les sale gratis porque yo pertenezco al voluntariado.
Había transcurrido un año desde que Víctor había decidido visitar a D. Carlos, director del Centro Cívico de cierto Distrito de Ayuntamiento de Barrio, con la idea de proponerle desarrollar unas actividades de ocio para personas de la tercera edad. Debido a que era buen amigo de su hijo, quiso llevar preparado el proyecto para causarle buena impresión; aunque su experiencia contaba con un cierto bagaje, puesto que tales actividades ya las había puesto en marcha en otros centros sociales de la capital, lo que le daba un margen de garantía de buen funcionamiento, como así quedó de manifiesto en aquella antigua entrevista:
—Buenos días, D. Carlos, gracias por recibirme, sé que es una persona muy ocupada y he tenido que esperar un tiempo a que tuviera un hueco para mí.
—Adelante, hijo, me alegra mucho volverte a ver después de tantos años. Siempre que pueda y concertemos una cita, estaré encantado de hablar contigo, porque te aprecio y sé que eres el mejor amigo de Leo. Seguro que todavía sigues siendo su mayor apoyo, al margen de Mara —su pareja—. Dime en qué puedo ayudarte.
—Pues verá, desde que me jubilaron por una incapacidad a consecuencia de un accidente laboral en mi antiguo puesto de trabajo…
—¡Ah, sí, en una empresa relacionada con el ferrocarril! Porque seguías una tradición secular de tus ascendientes, casi todos dedicados a este oficio, ¿cierto?
—Sí, así es. Tiene buena memoria: mis abuelos, tíos y mi propio padre, casi todos se dedicaron al mismo gremio. Bien, pues como le decía, desde que me jubilé, decidí dedicarles tiempo a mis padres, especialmente, desde que ingresaron en una residencia de la tercera edad. Pude comprobar la de atenciones que necesitan las personas con alguna discapacidad y que, además, tienen edades avanzadas, con lo cual es muy probable que hayan perdido a seres queridos y se sientan muy solos.
Para intentar darles compañía ideé sesiones de vídeo con canciones de su época o que nos han acompañado a todos a lo largo de nuestras vidas, imágenes de naturaleza, de deportes de riesgo, espectáculos visuales en los que priman la viveza de los colores… El objetivo era abstraerlos un rato de sus respectivas soledades y ensimismamientos, dándoles compañía y haciéndoles hablar para que manifestaran opiniones o expresaran los recuerdos que le evocaran tales imágenes y sonidos.
—¡Vaya, me parece una noble idea! Has de saber que tu sesión ya la conocía. Mi compañera de otro distrito de Ayuntamiento me había hablado de esta iniciativa que ya pusiste en práctica en aquel barrio hace dos años. Me contó lo bien que había funcionado la musicoterapia. Lo que desconocía es que eras tú quien impartía este taller.
—Pues, D. Carlos, justo esto es lo que vengo a ofrecerle: llevar a cabo en su Centro esta iniciativa, que, por ahora, y por motivos que no vienen al caso, he decidido dejar de aplicar en esa otra zona de la ciudad. Soy miembro voluntario de Cáritas, yo tengo mi pensión y mi deseo es colaborar con ustedes de manera altruista en la oferta de talleres a los jubilados de este barrio, donde residí durante tantos años, desde mi adolescencia, y donde conocí a Leo, una gran persona con la que me siento muy unida desde aquél entonces.
—Sin la menor duda que voy a ayudarte. Además, estoy seguro de que será un acierto y un refuerzo importante para la oferta de actividades de esta casa. Te presentaré inmediatamente a Julia, que es la responsable de coordinar todos nuestros talleres. Verás qué fácil va a ser entenderte con ella y qué pronto vais a poner en marcha tus sesiones. De la parte burocrática para su aprobación en la Junta de Centro, ya nos ocupamos ella y yo. ¡Acompáñame, por favor!
De esta manera comenzó a relacionarse Víctor con todo el personal del Centro: desde el director, pasando por la responsable de talleres, las trabajadoras sociales, el personal administrativo, los monitores de las diversas actividades que se impartían y, finalmente, lo que en el argot pedagógico podía denominarse como sus alumnos.
A la primera sesión solo asistieron diez personas porque apenas había habido tiempo para publicitarla, pero con el paso de las semanas y la divulgación entre los participantes en otros talleres, la presencia en las sucesivas sesiones aumentaría notablemente.
Aquel primer día estaban presentes, entre otros, Toni y Daniel —jubilados y colaboradores habituales en tareas de mantenimiento de esta casa—, así como Ángela —la madre de Julia—, acompañada de dos amigas, aparatosamente risueñas y muy dadas al parloteo. Hasta el punto que Víctor, llegado un momento de excesivo ruido por las conversaciones de las señoras y las chanzas de los dos usuarios de mantenimiento, para no estallar en un bronco enfado y tener que llamarles la atención en público, decidió parar la sesión, marchándose raudo de la sala.
Cuando pasaron más de cinco minutos y el monitor seguía sin volver, Ángela decidió ir a su encuentro para pedir alguna explicación de qué sucedía y cuando lo vio entretenido en un rincón del pasillo mirando el tablón de anuncios, le recriminó vehementemente su actitud, aduciendo falta de consideración hacia los usuarios presentes en la sala.
La reacción de Víctor ante aquella injusta postura desbocó su ira, con tal exceso, que un observador en la lejanía solo vería a dos cuerpos humanos enfrentados, agitando sus respectivos brazos hacia arriba y hacia abajo, a derecha e izquierda, y oiría un bronco murmullo de voces con discursos ininteligibles.
La fuerte discusión se había producido porque Víctor recriminaba la actitud de aquellos dos ligones de taberna que estaban tonteando con las tres amigas, alterando notablemente la atención de los demás usuarios, y para no ponerlos en evidencia, había decido implantar un prolongado descanso. Ella se sintió ofendida por haberla inculpado también, asegurándole que no participaba de aquella “fiesta”.
Así fue como conoció a Ángela, una mujer casi sexagenaria de una simpatía y educación muy notables, de complexión más bien delgada, de pelo profuso de color castaño, con carácter y mucha personalidad. Y, obligatoriamente, tenía que aprender a relacionarse con ella porque era la madre de su “jefa”.
Como las sesiones de video eran quincenales, para aquel segundo taller los ánimos ya estaban más calmados y el público presente era más numeroso, y todo transcurriría con normalidad.
—Buenos días a todos: para quien no me conozca aún, me llamo Julia y soy trabajadora de esta casa. Solo vengo a presentaros a vuestro monitor. Su trabajo viene avalado por los buenos resultados obtenidos en residencias de mayores y en otro distrito de Ayuntamiento, ocupándose del entretenimiento de personas discapacitadas y de personas jubiladas como vosotros. Es cariñoso, de trato cercano y estoy segura de que lo pasaréis bien con él porque las proyecciones de video que prepara son muy entretenidas. Gracias por vuestra asistencia. —Y seguidamente abandonó la sala.
—Hola, mi nombre es Víctor. Este taller persigue como objetivo principal mejorar la comunicación que tenemos con las personas que viven en nuestro propio entorno. Utilizaremos las imágenes y la música que nos ofrecen las grabaciones de video como herramientas que nos ayuden a dialogar y a transmitir nuestras opiniones hacia los demás.
Los guiones de trabajo comprendían bloques distintos: comenzaban con el dedicado a los “Rincones de Granada”, en donde se mostraban imágenes de la ciudad. Unas veces se hablaba de un personaje histórico de la tierra y en otras ocasiones se hacía mención a un monumento o a algún lugar de la provincia.
El siguiente bloque solía estar dedicado a canciones del cine español: la estrategia era presentarles el título de la canción y el de la película donde aparecía. Se indicaba el año y el artista que la protagonizaba. A mitad de dicha canción bajaba el volumen del dial de sonido y repetía dichos datos para ayudarles a concentrarse. Y, al finalizar las imágenes, invitaba a las personas asistentes a que manifestasen su opinión sobre lo que habían visto y oído.
Otros bloques temáticos de imágenes estaban dedicados a visitar alguna ciudad del mundo; a contemplar imágenes de naturaleza, primando el colorido de selvas, playas o montañas; a escuchar canciones para el recuerdo, es decir, temas musicales que no han pasado de moda y que se recuerdan con cariño por la huella que nos dejaron. Y con otros apartados de temática variada se llegaba al último de ellos, dedicado a una canción que tuviera una cierta historia o algún mensaje concreto que transmitir.
Por lo común, la proyección de cada video no duraba más de cuatro minutos para evitar el cansancio que ocasionaba fijar la vista a personas de edad avanzada o a discapacitados; y, también, para fomentar el diálogo y las impresiones que les sugerían el visionado de los mismos. Así las sesiones serían más amenas y dinámicas.
El documento que presentó Víctor a Julia —la coordinadora de los talleres— para solicitar su aprobación en la Junta de Centro, como finalmente resultó, fue el siguiente:
SESIÓN AUDIOVISUAL PARA MAYORES
Objetivo General
Lograr que las personas de la tercera edad que asisten al taller disfruten de un tiempo de entretenimiento y de ocio a través de los videos seleccionados.
Objetivos específicos
Ejercitar la memoria de las personas asistentes mediante las imágenes y los sonidos musicales que se les muestran y que les harán evocar tiempos pasados de sus vidas.
Estimular el diálogo y el afloramiento de emociones que les susciten la visualización de imágenes y la escucha de música con la intención de que manifiesten verbalmente sus experiencias y sus opiniones.
Hacer que la persona asistente, de la tercera edad, se sienta acompañada y en un ambiente de confort el tiempo de la duración del taller.
Objetivos operativos
Se irán logrando con los diversos apartados del guion de cada sesión de taller. El programa de la misma no se improvisa y consta de una serie de bloques de temática variada.
Metodología
El monitor desarrolla de forma ordenada su guion, procurando incentivar en determinados momentos la participación de las personas asistentes. En ocasiones se requerirá la ayuda y colaboración de más personal del centro social para dirigir y desarrollar la sesión.
Material y herramientas de trabajo
La realización del taller necesita un aula o espacio de trabajo lo suficientemente espacioso y con garantía de confort para albergar a los asistentes. A nivel tecnológico se requiere la existencia de un ordenador, un proyector, una pantalla de proyección y un equipo de sonido con altavoces en estéreo, de calidad y de potencia adecuadas.
Consideraciones finales
Los vídeos que se proyecten deberán ser cuidadosamente seleccionados para que sus imágenes o sus textos no lastimen la sensibilidad de las personas a las que van dirigidos. Además, deberán tener un buen nivel de calidad de imagen y de sonido; serán de temáticas variadas con el fin de no causar cansancio, de captar mejor su atención y de que estimulen a los usuarios a acudir a las sucesivas convocatorias.
Las sesiones tendrán una duración de una hora y quince minutos y una periodicidad quincenal.
Habían transcurrido tres años desde el fallecimiento de su esposa por una enfermedad incurable. Ya entonces Víctor estaba jubilado a consecuencia de un accidente laboral que sufrió en su empresa y que le produjo pérdida de audición. En épocas de crisis fuertes sufría unos vértigos y acúfenos desagradables que le impedían conciliar el sueño mientras duraba la fase aguda.
Al dolor de la pérdida de su esposa se uniría la ausencia física de su hijo Mario, de veintiséis años de edad, por razones laborales: trabajaba de informático en una empresa de seguros con sede en Madrid. Tenía su apoyo emocional porque ambos se querían mucho, mantenían una buena relación desde siempre y Víctor nunca quiso que la desgracia familiar que les sobrevino, afectara también a su carrera profesional. De ahí que llevara muchas veces su dolor por dentro, haciéndole ver que estaba bien. Hablaban por teléfono de manera frecuente. Mario visitaba a su padre varias veces al año y aprovechaba para verse con algunos amigos de la Facultad con los que todavía se relacionaba. En cambio, su padre viajaba a Madrid en muy contadas ocasiones porque le agobiaba la aglomeración de gente, especialmente a la hora de desplazarse en el metro.
—¿Cómo van tus clases en tu nuevo destino, papá? ¿Tienes ya más alumnos?
—¡Oh, vaya…! No son alumnos lo que tengo, Mario. Yo no doy clases. Son hombres y mujeres que básicamente buscan compañía, porque se encuentran solos o quieren pasar un buen rato con mis charlas y con las canciones y los reportajes que les muestro.
—¿Te encuentras a gusto con el grupo? Seguro que hay algún incordio, algún displicente o alguna circunstancia que te esté dando algún problema. Nunca hay una situación perfecta, y menos en un edificio en el que convive gente con tantas historias personales, además de los trabajadores con los que te relacionas. ¿Me equivoco?
—¡Bueno, es cierto! Siempre hay cosillas que podrían mejorarse, pero en el fondo no me quejo. Considero que todo va bien, especialmente con las personas que a mí más me importan —le aclara a su hijo.
—¿Y quiénes son? —se interesa Mario.
—Pues el director, una persona que me trata muy bien y a la que aprecio mucho: conocía al abuelo y me cuenta historias interesantes de su vida y de cuando ambos ejercían la abogacía, cada vez que tenemos un rato libre.
—¿Y con quién más te relacionas? —insiste su hijo.
—Tengo mucho contacto con Julia que es la encargada de coordinar los talleres. Y he hecho amistad con algunas de las personas que asisten de manera regular: un matrimonio mejicano a los que les encanta ver los videos de parques naturales de su país o canciones de su folclore tradicional; la madre de Julia, que se llama Ángela y es una mujer alegre y simpática. Y otras dos mujeres, también de trato muy agradable y, por cierto, muy cultas, a las que les interesan mucho mis explicaciones sobre monumentos e historia de Granada. Se llaman Matilde y Lola y ambas están jubiladas.
—¡Vaya, pues me alegro de que te vaya bien! Te dejo, porque tengo mucho trabajo y cosas que hacer. Pronto iré a verte. Te aviso con tiempo. Un beso, papá.
—Vale. Aquí me tienes. Sabes que te quiero mucho y que te echo de menos. Hasta pronto, hijo.
“EL GRUPO DE CAFÉ”
A lo largo de nuestra existencia acumulamos muchas vivencias que se nos representan a modo de flashes, muy a menudo, en determinados momentos o circunstancias. Algunas de ellas estaba comentándolas Víctor en el despacho del director, con quien conversaba con frecuencia, casi siempre a iniciativa del propio D. Carlos, dado el buen entendimiento mutuo que habían llegado a alcanzar.
En la primavera de 1980, Gabriel —el padre de Víctor— defendía su tesis doctoral ante tres doctores en Derecho, uno de ellos procedente de la Universidad Autónoma de Barcelona, que había sido invitado personalmente por el profesor que presidía el tribunal en la Facultad de Derecho de Granada.
Víctor comentaba a D. Carlos los grandes esfuerzos de su padre para sacar la carrera de Derecho después de años de estudio durante la noche, asistiendo a clases en turnos de tarde, yendo por la mañana a su trabajo en una empresa ferroviaria, y teniendo que atender a su familia. Le explicaba, igualmente, la pena que siempre le ha embargado el no haber podido asistir a aquel acto, un gozoso día para su padre, y no haber podido escuchar su discurso sobre la Historia del ferrocarril en España ante un público variado de compañeros abogados suyos, de profesores universitarios y de algunos familiares. Su ausencia la motivó una maldita gripe que lo obligó a guardar cama en aquel momento.
—Conocía bastante a tu padre —le comenta D. Carlos—. Los dos ejercíamos como abogados en aquellos años ochenta. Coincidíamos en los Juzgados y a veces tomábamos algún “calimocho” junto con otros compañeros: ¡nos vemos en el bar de siempre!, ¡que “va a pasar el tren por Pinos”! —nos decía riendo, en alusión a que estaba a punto de terminar su trabajo ya que iba a expedir el último tren que salía de aquella estación de tren.
—¿Estaba especializado usted en algún tipo concreto de pleitos? —quiso saber Víctor.
—¡Yo no! Atacaba cualquier litigio que se pusiera a mi alcance e iba por libre, como Gabriel. Nosotros no formábamos parte de ningún bufete. Sé que tu padre se especializó en asuntos de lindes de tierras y en los relacionados con las herencias.
—También en divorcios, separaciones y hasta fue el primer abogado que defendió la sindicación de los policías de Granada, y poco después, dado su éxito, la de los policías de otras provincias andaluzas —le aclaró Víctor.
Así, en estos términos y con este tipo de conversaciones transcurrían las charlas que ambos mantenían frecuentemente en el despacho del anciano director, rememorando a veces la figura de Gabriel.
La importancia que le daba Víctor al hecho de no cansar demasiado a las personas que asisten a su taller, determinó que sus sesiones —en contra de la voluntad de Julia— fueran quincenales.
Sin embargo, el buen carácter y ánimo de estos usuarios del Centro, hizo que se aprobara por unanimidad la idea de quedar una tarde de la semana en la que no había proyecciones, para tomar café. Así nacería el “Grupo de café”. Y este verse más a menudo fue el origen del inesperado crecimiento de un sentimiento hacia Ángela que pronto empezó a surgir en su interior. El hecho de verla con más frecuencia estimuló un deseo especial por esta mujer y, al mismo tiempo, mantenía viva la ilusión de que ella pudiera sentir, también, algo parecido por él.
Ambos acudían siempre a la cita semanal de tarde en una cafetería y hablaban, reían y lo pasaban bien, junto al grupo de compañeros. Al final, siempre volvían andando solos con la excusa de que vivían por la misma zona, y así evitaban comentarios de sus compañeros. Durante esos largos minutos de mayor intimidad, los latidos del corazón de Víctor siempre se aceleraban más de lo normal.
—Hemos comentado detalles de nuestra infancia, de cuando íbamos al colegio, de nuestra etapa en el Instituto y de nuestros estudios superiores… —Víctor preparaba el terreno para proponerle a Ángela que ocupara parte su tiempo libre con alguna actividad formativa.
—Intuyo que quieres decirme algo —le habla a Víctor, cortándole su discurso—. Es que empiezo a conocerte demasiado, ¡creo!
—¡No! Solo pienso que, quizás, sea el momento de que realices alguna actividad más intelectual, porque tienes capacidad y tiempo para llevarla a cabo: cursos de formación presenciales o a distancia a través de la Junta de Andalucía, que son gratis; o tal vez, podrías hacer un Módulo Superior. Podrías sacarte el Título de Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales. La temática de ese curso es más amena de lo que parece en un principio, y tú puedes realizarlo porque tienes nivel universitario y, además, tu antigua profesión tiene bastante parecido con la materia que imparte.
—¿Ves cómo sabía por dónde ibas a salir, Víctor?
—Pero reconoce que no es mala idea y, además, estaría dispuesto a ayudarte en todo lo posible. Yo mismo saqué esa titulación y todavía conservo conocimientos sobre la materia. Y, por añadidura, tendría una excusa perfecta para verte y quedar contigo más frecuentemente —reía abiertamente Víctor con su ocurrencia—. ¡Es que se me acaba el repertorio de propuestas para quedar contigo!
Tampoco Ángela pudo evitar reírse con las insinuaciones de su amigo y prometió que se lo pensaría, siempre que fuera verdad lo de ayudarla para realizar un curso de formación de bastantes meses de duración. Era consciente de que retomar de nuevo los estudios, después de tantos años, no le iba a resultar una tarea fácil.
La madre de Julia terminó la carrera de Enfermería en 1982 —el mismo curso académico en el que Víctor finalizó la de Magisterio—, pero Ángela solo ejerció durante cuatro años, haciendo sustituciones en diferentes centros sanitarios de Granada. Justo hasta que se casó con su novio de siempre, dejando el trabajo para atender a la hija que ya venía de camino y a su marido, un viajante de comercio cuya ocupación le obligaba a dejarla sola en casa de manera habitual.
Un desgraciado accidente de carretera al amanecer de un frío y nublado día de invierno, hacía ya más de ocho años le dejó viuda y huérfana a Julia. La unidad familiar rota comenzaría un largo y tortuoso camino de reconstrucción con el apoyo de sus padres —que aunque muy mayores y con demasiados achaques, cumplieron una adorable labor con las dos desamparadas—. También tuvieron una ayuda impagable con sus amigos y vecinos Javier e Inma, una pareja encantadora de jóvenes recién casados con los que quedaban su marido y ella muy a menudo para salir a tomar alguna copa y hasta para viajar en familia algún fin de semana cuando las circunstancias lo permitían.
EXCURSIONES
—¿Víctor? ¡Buenos días! Perdona que te llame tan temprano, pero estamos a lunes y nos queda poco tiempo para cerrar el guion del taller de este miércoles.
—¡Hola Julia! Tengo seleccionados los vídeos y solo queda retocar cosas muy concretas del texto que ya he elaborado. Tienes que verlo tú y decidir qué trozo he de cortar. Puedo verte a lo largo de la mañana.
—Pues pásate en una hora por la cafetería de siempre y desayunamos. Estará conmigo mi madre porque tengo que hablarle de una excursión que ha programado el centro y hay una lista para apuntarse. Yo tengo que ir a la fuerza como miembro de la dirección. Te espero a las diez.
En el Centro Social eran conocidos de los trabajadores sociales, de los administrativos y, sobre todo de las personas usuarias, la presencia de “dos eminencias de las relaciones públicas y del galanteo”, Toni y su amigo inseparable Daniel —jubilados y colaboradores del centro social—, los cuales casi nunca participaban en los talleres, más bien se dedicaban a sus partidas de cartas o de damas en la sala de juegos de mesa junto a otros usuarios habituales. Pero mantenían buena relación con la junta directiva porque, en calidad de voluntarios, facilitaban el desarrollo de muchas actividades, como ordenar el mobiliario de las distintas salas o realizaban tareas de conservación en las instalaciones. En esta ocasión se les había encargado llevar a cabo el listado de usuarios que iba a participar en la próxima excursión a Las Alpujarras.
Transcurría con normalidad la sesión de Víctor, cuando irrumpieron en la sala Toni y Daniel anunciando la excursión a tres localidades típicas de dicha Comarca: Pampaneira, Bubión y Capileira. Estaba programada para ese próximo sábado, con el horario de salida a las nueve de la mañana y el de regreso a la ciudad a las seis de la tarde. Daniel explicaba a los allí presentes que el viaje costaba diez euros y que estaba incluido en ese precio el almuerzo en un restaurante de Pampaneira. Y Toni, “el guaperas”, como le tildaban los más allegados de su círculo de juegos de mesa, se ofrecía para hacer de guía a las señoras para mostrarles los rincones típicos de aquellos pueblos, así como el camino de bajada al río Poqueira.
—Os lo pensáis y al final de vuestra clase volvemos para apuntaros en la lista —les explica Toni a los asistentes—. Tú ya sabes cómo funciona este rollo, Ángela, ya tienes experiencia —le dijo Toni, dirigiéndose exprofeso a ella.
—¡Vale chicos! Lo hablamos entre todos y luego os decimos —les responde Ángela.
Una vez que los voluntarios abandonaron la sala, Ángela se esforzaba en comentar las bondades de este tipo de excursión y la belleza natural de aquellos lugares, así como lo económico que resultaba el viaje. Pero sus compañeros del grupo de café no lo tenían tan claro: el matrimonio mejicano objetó que los viajes en autobús y por una carretera tan sinuosa no les sentaba nada bien por ser propensos a los mareos; la maestra jubilada adujo que ya conocía muy bien la zona porque trabajó por esos lugares durante los primeros años del ejercicio de su profesión; y la exadministrativa de Hacienda se excusó porque ese fin de semana venían a visitarla sus familiares de Valencia. Otros compañeros del aula sí manifestaron su interés por apuntarse.
Cuando nos invade un temor o intuimos un peligro, tendemos a actuar de manera impulsiva o poco racional; es decir, a veces no pensamos en las consecuencias de una mala reacción y eso fue lo que le sucedió a Víctor cuando finalizados los videos, se empezaba a despejar la sala y aparecieron Toni y Daniel para apuntar los nombres de los que viajarían a las Alpujarras.
Le atenazaba el temor de que Ángela fuera a la excursión con Toni porque conocía cómo actuaba y lo que perseguía exactamente dicho personaje; no en vano, el propio director le había comentado cómo actuaba encandilando con su trato seductor a las señoras usuarias a las que les echaba el ojo. Y Ángela era una de ellas, según los rumores que él mismo había escuchado en corros en este centro social. Por eso Víctor, intuyendo una mala decisión suya, decidió llevarla al rincón más apartado de la sala para dirigirle unas palabras, sabiendo cuánto se jugaba con ello.
—¡No vayas! ¡No te apuntes! A este tipo le importa un cuerno la excursión. Solo pretende ligar contigo.
—¡Víctor! ¿Qué dices? Esta persona y yo solo somos conocidos y se trata nada más que de una salida en grupo.
—¡Sabes que tengo razón! Es un caradura y lo conocen todos en esta casa. Intentará aprovecharse de que tu hija está atendiendo al resto del grupo para llevarte a su terreno. Todos saben lo mujeriego que es.
—¿Pero qué tonterías estás diciendo? —le reprocha ella—. Soy bastante mayorcita para saber cuidarme y no dejarme abusar —contestó en un tono de más indignación—. A todas nos puede gustar que alguien se interese por nosotras, pero ni yo voy por ese camino con Toni ni creo que él vaya detrás de mí. —su desconcierto y cierto malestar por aquellas palabras de Víctor era notable.
—¡Lo siento mucho! —exclamó cabizbajo Víctor, ya más calmado—. Te tengo aprecio y cada vez que te voy conociendo más siento algo especial por ti. Los rumores sobre ese individuo me han puesto nervioso al saber que irías con él.
—No entiendo bien lo que te sucede, ni por qué has reaccionado así, Víctor. Solo sé que yo también te aprecio y que no deseo, para nada, que nos enfademos. Y menos, por niñerías como esta.
—¡Vale, pues que disfrutes de tu viaje el próximo sábado! —le deseó Víctor de manera educada, pero sin ninguna convicción. Y seguidamente, añadió sin pensárselo—. ¡Disculpa mi insistencia, pero tengo que intentarlo! ¡Si te apetece, si tú quisieras, ese día podríamos bajar a la playa y comer en algún chiringuito!
El resto del grupo de café observaba a lo lejos la escena que acababan de protagonizar los dos, haciendo algún comentario, mientras que los voluntarios ultimaban el listado de excursionistas y Víctor recogía el enjambre de cables entre el proyector, el portátil y los altavoces de sonido con la ayuda de su amigo mejicano.
—Ya solo faltas por apuntarte tú, Ángela, recuérdame tus dos apellidos. —Toni daba por descontado que asistiría a la excursión.
—No. Toni, no puedo ir.
—¿Qué dices? ¡Si viene tu hija! ¿Te vas a quedar sola ese día?
—No. ¡Qué disparate! El sábado ya había quedado con un amigo para comer pescadito en Almuñécar. Que lo paséis muy bien y disfrutéis del buen jamón de la zona.
Una sensación de alivio y de relajación invadió a Víctor al seguir la escena con discreción y sin intervenir. Una sonrisa cómplice iluminó su rostro y el de Ángela cuando se miraron de soslayo.
TESIS DOCTORAL DE GABRIEL
Cuando se disponía a guardar el equipo de proyección en el armario del despacho habilitado para tal fin, se encontró por uno de los pasillos al director, el cual le invitó a continuar una de sus habituales charlas en su despacho.
—Admiraba la capacidad de trabajo que tenía tu padre —le comenta D. Carlos—, porque era una persona inquieta e intelectualmente activa. Sé, por ejemplo, que en asuntos religiosos no era creyente y que mantenía una actitud muy crítica, no hacia Dios, sino más bien hacia la Iglesia. Él reprochaba firmemente el daño que muchos eclesiásticos habían causado a la humanidad a lo largo de los siglos.
—Sí, es verdad, hasta el punto de que escribió una serie de relatos sobre las falsedades que recogían los Evangelios, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Es un libreto que encuadernó en aquella época en la que, además, escribió una novela que no llegaría a publicar.
—Me gustaría que en alguna ocasión me leyeras algún párrafo suyo sobre Las Sagradas Escrituras, si no te importa. Ya ves, cuánto talento intelectual acumulaba este hombre. Además —seguía contándole el responsable del centro social—, era un aficionado a la filosofía porque mencionaba escritos y pasajes de autores clásicos, y también se inventaba sus propias frases con mensaje.
—¡Así es! —asiente Víctor—. Guardo todavía como si de un tesoro se tratara, muchos de sus escritos, además de objetos personales, como su ajedrez preferido… También conservo cuadros al óleo que pintaba en su propio despacho. Aunque llegó a asistir a clases con un profesional que vivía en su mismo barrio, la verdad es que ya con anterioridad había dibujado y pintado a su manera. El tema protagonista de los cuadros que conservo es, cómo no, una vez más, el ferrocarril.
—Es que los trenes le marcaron su infancia, la adolescencia y toda su vida de adulto —remarca D. Carlos—. Es lógico que leyera sobre tipos de locomotoras, que aparecieran las estaciones de ferrocarril en sus escritos y que dedicara su tesis doctoral a los carriles de hierro.
—Y yo, su hijo, heredé, igualmente, la afición por todo lo relacionado con los trenes. Llegué a construirle una maqueta con dos circuitos independientes de vía con adornos y complementos tales como, puentes; montañas de cartón decoradas; vegetación artificial; varios edificios de estación elaborados con panel de madera; había iluminación en las casitas de lo que simulaba ser un pueblecito en la lejanía, además de en las farolas instaladas en los andenes de las estaciones. Y los dos circuitos de vía podían converger en una sola si se accionaban unas palancas denominadas “Cambio de Agujas” que estaban situadas a las entradas de las estaciones. Y respecto a su tesis, le leeré algún capítulo otro día que nos veamos.
La afición de Víctor por el ferrocarril la había heredado por línea directa de su padre, aunque también su abuelo había ejercido como ferroviario hasta el momento en el que los vencedores de la Guerra Civil le quitaron la vida, muchos meses después de haber finalizado la contienda.
Decidió realizar una breve referencia de la tesis de su padre para leérsela algún día a D. Carlos. Le causaba emoción manejar aquel trabajo de reconocido prestigio profesional, según afirmaron en su día los miembros del tribunal que le otorgaron el grado de Doctor en Derecho. Tener el libro en sus manos, leer su emotiva dedicatoria y hojear las 443 páginas de su gigantesco trabajo sobre la historia de nuestro ferrocarril, le ocupó gran parte de aquella solitaria tarde en casa.
Historia del Ferrocarril y de su Régimen Jurídico.
Tesis Doctoral para la obtención del Grado de Doctor, presentada por…
Director de la tesis: Doctor D. Antonio… catedrático de Derecho Administrativo.
Fecha: Granada, 1980.
Dedicatoria: A la memoria de mi padre… ejemplar y malogrado ferroviario.
(Transcripción literal de algunos párrafos de las páginas 54 a 56 de la tesis)
Evolución de los primeros ferrocarriles
Jorge STEPHENSON, orgulloso del invento de su máquina de vapor viajera —como él denominó a la primera locomotora— hizo remolcar desde la cuenca minera de Newcastle, el 27 de septiembre de 1825, una sucesión de vagones cargados de carbón y un coche lleno de viajeros, ante la expectación de numeroso público que vitoreaba el nacimiento del primer tren del mundo…
Los primeros ferrocarriles en España
Llegada la noticia a nuestro país, empezó a hacer eco en varias personas que se interesaban por el nuevo medio de transporte, sobre todo, con vistas al comercio vinícola de la baja Andalucía.
Fue el 23 de marzo de 1830 cuando se otorga la primera concesión, concretamente desde Jerez a El Portal, sobre el río Guadalete, de una longitud de 5’8 kilómetros y, más tarde, continuando al Puerto de Santa María; pero esta concesión, al igual que otras sucesivas, no tuvieron efectividad alguna.
Más adelante, en abril de 1845, se otorgó la de Madrid a Aranjuez, y en 1847, las líneas de Barcelona a Mataró y de Sama de Langreo a Gijón y otras de escasa longitud.
Estas compañías son fundadas a base de capital extranjero y técnicos venidos allende el mar. Concretamente, el trayecto Barcelona a Mataró se inauguró con un capital de cinco millones de pesetas. Ello sucedía el 28 de octubre de 1848 ante la gran expectación de numeroso público y la presencia, en el embarcadero de la estación, de los obispos de Barcelona y Puerto Rico, el Capitán General de la Región y demás autoridades, en cuyo andén se había colocado un altar desde donde fueron bendecidas las cuatro primeras locomotoras llamadas “La Cataluña”, “La Barcelona”, “La Besós” y “La Mataró”.
El tren inaugural partió y se fue deteniendo en todas las estaciones entre vítores y aclamaciones, para llegar a Mataró doce horas después. Se cantó un Tedeum, hubo banquete, brindis en abundancia y fiestas. El regreso lo hizo el tren sin parar en treinta y cinco minutos. Este día de la inauguración era sábado y al día siguiente el público llenó todos los trenes que empezaron su servicio regular.
La admiración y entusiasmo que el ferrocarril produjo fue enorme. Se le dedicaron versos y dibujos y los comentarios del público y de la prensa fueron elogiosos. Sin embargo, no faltaron algunas críticas como las de los que hablaban de perjuicios para los viajeros debido a los gases tóxicos que salían por la chimenea de la locomotora. Hubo, incluso, un médico conocido que sostuvo públicamente que «el traqueteo producido por el tren, sería causa de frecuentes enfermedades nerviosas»…
LA CASA DE CAMPO DE LEO
En el término municipal de El Padúl, no muy lejos de la ciudad de Granada, Leo es propietario de una casa de campo en un lugar próximo a las antiguas canteras de piedra, cuya extracción a cielo abierto hirió de muerte el paisaje que las alberga, como puede observarse al contemplar las entrañas de algunas descarnadas montañas. Por suerte, el resto del entorno mantiene aún su natural encanto. Incluso, desde su enorme parcela se puede divisar el pico del Veleta con su manto blanco cuando el cielo es azul, excepto cuando se desprende de él durante los meses de verano.
El terreno de Leo estaba dividido en tres grandes parcelas con distintos niveles. En la de arriba había una antigua alberca de riego que transformó en piscina, con una hilera de cipreses a modo de seto para darle cierta intimidad, puesto que le gustaba bañarse desnudo. En el resto de la misma había, sobre todo, higueras y olivos.
En la parcela de en medio se encontraba la entrada a la finca con una gran verja de hierro y la casa, de solo planta baja —antiguo habitáculo donde guardaba los aperos de labranza su anterior dueño—. Desde la casa y hasta llegar al fondo de su linde con una malla de red de alambre, se pasaba por varias hileras de naranjos; después por un espacio dedicado a huerta; y, a continuación, por un espacio de terreno dedicado a vides que él mismo había plantado e injertado. Separando esta parcela media con la de arriba, tenía sembrados almendros, y para delimitarla con la de más abajo, había toda una gran hilera de granados —árboles frutales muy apreciados en esta zona—. Además, para diferenciar los tres niveles distintos del terreno, levantó dos muros de piedra, colocándolas él mismo una a una, sin ningún tipo de mezcla. El resultado de su labor fue espectacular, aunque le supuso un enorme esfuerzo.
Por último, en la parcela más baja había sembrado nogales, y había construido una caseta de obra para guardar sus materiales de poda, su tractor y varios toneles de madera que utilizaba para almacenar el vino que elaboraba tras la recogida de la cosecha de la uva.
Todo el espacio que rodeaba la vivienda estaba embellecido con flores y arbustos, siendo el lugar típico para hacer barbacoas y disfrutar de la naturaleza con una gran mesa de jardín y cómodas butacas. Si hacía frío, siempre se podía recurrir a la chimenea que calentaba el interior de su rústico, pero coqueto hogar.
Leo era un enamorado del campo y muy aficionado a la botánica. Conocía cualquier flor, arbusto o árbol sobre los que se le preguntara y dedicaba la mayor parte de su tiempo libre al cuidado de su huerto y de todo su terreno. Si algo le iba mal o si necesitaba pensar, aclararse u organizarse, era fácil encontrarlo: en su terreno de El Padúl.
Leo y Mara habían invitado a comer en la casa de campo a su padre y a su pareja —Norma—, además de a su amigo Víctor. Siempre lo llamaban a él para que le diera conversación a su padre o por si había enfados entre ellos. Llegado el caso, Víctor sabía cómo proceder para aliviar las tensiones.
—Qué agradable lugar para descansar y relajarse. Aquí, en mitad de la naturaleza, con este silencio sería hasta capaz de escribir una novela —comenta Víctor a D. Carlos.
—¡Sí, Víctor! El silencio, la tranquilidad y el aire puro del lugar es verdad que ayudan a sentirte bien, pero ¡ojo! Porque amigo, como esté tocada tu paz interior o tu equilibrio personal, ni un hábitat como este te sacará de un mal rato.
—¡Claro, hasta ahí llego! Vuelve usted a recordarme a mi padre, tan aficionado como era a entrar en profundidades con sus planteamientos filosóficos.
El padre de Leo sonrió con dicha observación y añadió:
—En este momento que tenemos para hablar a solas me gustaría que me ayudaras a comprender mejor a mi hijo porque noto que pasan los años y todavía no terminamos de conectar.
—¡Bueno, yo no lo veo así del todo! —le rebate pausadamente Víctor—. Piense que todos cambiamos y todos tenemos preocupaciones que ocupan nuestra mente y nuestro tiempo. Él lo llama por teléfono con frecuencia —continúa argumentándole a su interlocutor—, quedan para verse, quedan para comer, le cuenta cómo le va con su trabajo y con su pareja, Mara; que, dicho sea de paso, es una mujer excepcional y que le hace mucho bien, en todos los sentidos.
—Si todo eso es cierto, Víctor, pero, por ejemplo, ¿por qué cuando habla alguna vez con su madre, las pocas veces que lo hacen durante el año, siempre termina comentándomelo y me hace sentir culpable de lo insatisfecho que queda? ¿Por qué siento que me culpa a mí de aquella ruptura matrimonial y de no haber tenido nunca a su madre cerca?
Cuando el matrimonio de sus padres se rompió por culpa de una infidelidad de su madre, la cual decidió abandonar el hogar familiar para irse a Barcelona con su amante —un editor de libros—, Leo tenía ya dieciséis años y su padre se refugió en el trabajo de abogado, haciendo acopio de todos los pleitos posibles, muchos de ellos del Turno de Oficio, al que se apuntó para tener ocupado el tiempo y no pensar en su fracaso conyugal. Todo ello condujo a que Leo se sintiera emocionalmente solo, sin el apoyo de su progenitor.
—Tal vez se podrían allanar vuestros pequeños desencuentros que todavía afloran —le proponía Víctor— hablando una y otra vez, siempre que haya buena predisposición por las dos partes; o exteriorizando cualquier detalle que os marcara a los dos como consecuencia del trauma de la ruptura matrimonial. Ya sé que no suena muy original, pero es que es tan difícil aconsejar sobre esta situación…
—Que sepas que lo he intentado durante años y siempre que hemos tratado el asunto, hemos acabado con desaires y de mal talante —alega un D. Carlos algo afligido.
—¿Por qué no se le ocurrió a usted en aquellos años solicitar ayuda psicológica para Leo? ¿No cree que le habría servido para cortar de raíz tanto sufrimiento inútil?
—Sí, quise hacerlo. Se lo propuse, pero nunca aceptó la idea. No pude avanzar por esa línea —le argumenta cabizbajo.
—Pues de momento, D. Carlos, creo que, por parte de todos sus allegados, no podemos hacer más por ahora. Solo escucharlo cuando quiera hablar de ello y ofrecernos a ayudarlo y colaborar con él cuando nos lo solicite.
Los dos sabían que la mayor consecuencia del trauma familiar en la adolescencia de Leo fue su inicio en el fatídico mundo del alcohol. Nunca llegó tal afición a ser un grave problema, pero sí comenzaba a pasarle factura a su salud. Querían ayudarle a superar esa maldita adicción que el propio protagonista negaba tener, pero no daban con la forma de hacerlo.
Este tipo de reuniones en un ambiente natural y relajado ayudaban mucho a unir a los diversos miembros de una familia que requería todavía bastante atención para llegar a normalizarse. Pero, al menos, había buena predisposición por ambas partes para llegar a lograrlo. Los contactos entre padre e hijo se iban incrementando poco a poco, lo cual facilitaba el que las parejas de ambos se conocieran mejor entre sí.
Por tal motivo, Mara, ante la observación que le hizo Norma —la compañera sentimental de D. Carlos— por su carácter ausente y de ánimo alicaído, se vio obligada a revelar la preocupación que le angustiaba. El motivo no era otro que la salud de su hija.
Alejandra —hija de Mara— de treinta y cinco años de edad, está casada y vive con su marido —Cabo de la “Benemérita”— y su hijo de ocho años en Guadix. Ella posee estudios universitarios —licenciada en Historia—, pero no ejerce ninguna profesión desde que quedó embarazada y dejó su empleo de encargada de biblioteca en la fundación cultural de una entidad bancaria importante.
Alguna influencia debió tener la genética, porque el padre de Alejandra, mucho antes de su divorcio de Mara, ya sufrió importantes crisis psicológicas que terminaron con la ruptura de la pareja. Alejandra fue empeorando progresivamente desde que dio a luz a su hijo, aunque, por suerte, contaba con la atención de un buen marido que la adoraba; y, además, disponía de la ayuda incondicional de sus suegros, residentes en aquella misma localidad.
La intranquilidad y el desasosiego de Mara se justificaban porque durante la última crisis de su hija, Joaquín —su marido— la descubrió infraganti con un bote de somníferos en la mano cuando iban a acostarse.
Los problemas personales que muchas veces arrastramos no tienen solución y hay que aprender a vivir con ellos o hay que sobrellevarlos de la forma menos traumática posible. Cuando un problema de salud serio alcanza a uno de los miembros de la pareja, entra en juego la ayuda de su media naranja, y también la de familiares o amigos, si es que se dispone de ellos, como afortunadamente era el caso de Alejandra. Muchas otras personas en una situación parecida no tienen a nadie que les socorra y deben recurrir a la fe para ayudarles a sobrevivir —en el caso de que sean creyentes—.
Todos los presentes en aquella reunión familiar, que transcurría en un entorno tan agradable en plena naturaleza, intentaron animar a una angustiada Mara, especialmente la encantadora Norma, porque también es madre y sufre en sus propias carnes el problema familiar de su hija Nieves, residente en Sevilla.
“LAS MEMORIAS” DE GABRIEL.
Primera Parte
Una de las tareas habituales de Víctor para llenar las largas horas que pasa solo en casa, además de las propias de limpieza y mantenimiento de su hogar, es la de repasar algunos trabajos impresos que dejó su padre “para la posteridad”, como él mismo decía en broma. Era una forma de recordarlo, de constatar su valía intelectual que nunca le reconoció en vida y de sacar a fuera un pesar que le obsesionaba desde hacía tiempo.
Arrastraba cierta carga de culpabilidad porque los últimos momentos de existencia de su padre los pasó en completa soledad en una triste habitación de hospital de menos de diez metros cuadrados, en la que solo había una mesita auxiliar junto a su cama y una ventana que daba a la entrada del edificio. El óbito se había producido a primera hora de la tarde de hacía ya casi seis años, poco después de que decidiera ausentarse un corto espacio de tiempo para desplazarse a su domicilio con el fin de asearse y cambiarse de ropa.
A veces organizaba cajas de documentos y rebuscando fue a dar con un libreto encuadernado de su padre con el título “Memorias”. Nunca se había atrevido a leerlo, ni siquiera a hojearlo, porque le daba la sensación de estar asaltando su intimidad. Pero esta vez se animó a ojear por encima pasajes del final de su infancia; una triste y dura etapa que pasaría junto a sus cinco hermanos y su madre, desde que su padre fuera detenido por falangistas, y, posteriormente, fusilado en 1940, después de finalizada la Guerra Civil, por pertenecer al Frente Nacional.
Mis Memorias
(Gabriel y su familia, Estación de tren de Torredelcampo, provincia de Jaén, 1936)
…La guerra empezó a extenderse también por esta zona. Se abrió un frente de batalla entre Bujalance, Porcuna y Lopera, y desde la estación de ferrocarril de Torredelcampo empezaban a visualizarse los aviones y a sentirse la explosión de las bombas.
Como la estación de tren de Jaén sufría constantes bombardeos, dispusieron que muchos trenes militares se situaran en la de Torredelcampo, convirtiéndose la misma en un polvorín, pues a los pocos días también empezaron a bombardearla tanto de día como de noche, lanzando bengalas para iluminarla.
Algunos trenes eran alcanzados. Otros se salvaban de la mortífera carga al quedar protegidos dentro del túnel que existía a trescientos metros del andén. En dicho túnel se cobijaban, prácticamente las veinticuatro horas del día, mi madre con mis hermanos y mi abuela Antonia, que se había venido con nosotros al quedar viuda.
Ya no tenía atractivo para la gente del pueblo la estación, la cual se había convertido en un campamento militar. En ella quedamos solamente mi padre, el Guardagujas y yo, y no dábamos abasto para recibir y expedir tantos trenes militares. Yo me ocupaba exclusivamente del telégrafo morse y mi padre entraba y salía de la oficina para preguntarme qué tren podía expedir y cuál había de recibir.
De vez en cuando, al sentir la aviación, salíamos corriendo a refugiarnos en los taludes o cunetas que existían al lado de las vías.
Si de Alcaudete nos alejó mi padre para proteger nuestra integridad física, al extenderse la guerra, nos vimos sumidos en ella en Torredelcampo.
Por fin llegaba el fin de la contienda, pero, para nosotros, la tragedia iba a ser peor.
En efecto, el día 28 de marzo de 1939 (yo acababa de cumplir los 14 años) entraban las tropas franquistas en Torredelcampo y, seguidamente, tomaron la estación acompañados de un grupo de falangistas, con un despliegue de fusilería, banderas nacionales y del Glorioso Movimiento amenizando el espectáculo con el canto del Cara al Sol y brazo en alto.
Mi padre estaba pálido. Todos estábamos asustados.
Las que eran íntimas amigas de mi hermana, vestidas de falangistas, le obligaron a cantar el Cara al Sol y, naturalmente, como no lo sabía cantar, la vejaron, la abuchearon y hasta llegaron a agredirla.
A mí me ocurrió algo parecido y fue precisamente mi mejor amigo, Paco, el que capitaneaba la cuadrilla, el que se mofara de mí, obligándome a levantar el brazo al estilo nazi-fascista, preguntándome si había cambiado ya de chaqueta. Luego me hicieron vestir boina roja, me colocaron las cinco flechas y el haz y me llevaron al pueblo, donde en el Ayuntamiento repartían escopetas y fusiles a todos los muchachos que las solicitaban. Naturalmente que a mí me lo denegaron y me echaron de allí con insultos, ya que sabían que era hijo del jefe de estación, peligroso “rojo”.
Tengo que repetir aquí lo que relaté en páginas anteriores.
El “Caudillo y Dictador Franco” lanzó a las ondas de la radio el último parte de guerra, que decía: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado sus últimos objetivos militares las tropas nacionales. La guerra ha terminado. Burgos, 1º de abril de 1939. Año de la Victoria».
Seguidamente, se recibió una orden telegráfica para que todos los ferroviarios regresaran a la misma estación donde les sorprendiera el estallido de la guerra, el 18 de julio de 1936. Cargamos los muebles en un vagón y, al día siguiente, llegábamos en el correo matutino a Alcaudete con los ánimos tirados por tierra y presagiando lo peor.
Y así ocurrió. En la mañana del 26 de abril de 1939 llegó a la estación, procedente del pueblo de Alcaudete, un coche con dos agentes de la Policía Armada (los grises) que esposaron a mi padre y se lo llevaron a la cárcel, o por mejor decir, lo encerraron en un caserón que habilitaron como cárcel, pues no había cabida en aquella para tanto detenido, cuyas habitaciones estaban despejadas de todo mueble, motivo por el cual todos los hombres se encontraban hacinados en el suelo, presentando un cuadro dantesco. Yo tuve la ocasión de comprobarlo porque al día siguiente, en unión de mi hermana, le llevamos un colchón.
La detención se produjo sobre las diez de la mañana, momentos antes de la llegada del correo, en cuyo tren venía a vernos, después de tres años de guerra, un hermano de mi madre —el tío Ramón— vestido de Policía Armada, el cual, enterándose de lo ocurrido y viéndonos a todos llorando, se desplazó al pueblo en el autocar que hacía el servicio de viajeros diariamente, y pudo sacar a mi padre de aquel antro todo el día, invitándole a comer y a pasear por el pueblo. A la noche, tuvo que llevarlo a su encierro.
A los pocos días se llevaron a mi padre desde Alcaudete a la Prisión Provincial de Jaén.
Nuevamente emigramos a casa de mis abuelos maternos en la calle San Andrés de Jaén.
Éramos seis hermanos que pasábamos hambre. Mi madre no tenía ingresos de ninguna clase y mis abuelos maternos eran pobres, a pesar de lo cual, se quitaban un bocado de pan para dárnoslo a nosotros. Los abuelos paternos y mis tías las beatas nos olvidaron totalmente.
Había en Jaén un Inspector de ferrocarriles —un tal D. Ángel— que, a pesar de ser un reconocido falangista valeroso, era muy amigo de mi padre y a mí me quería mucho. Visitó a mi padre en la prisión con frecuencia y le llevaba tabaco.
Dada la situación de miseria en que nos hallábamos, y valiéndose de la mucha influencia que tenía con todas las autoridades fascistas, enseguida me colocó en la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana actualizando, casa por casa de la capital, el padrón catastral de todos los inmuebles, rellenando unos formularios. No me asignaron sueldo alguno pero iba provisto de una credencial que me autorizaba a exigir el pago de una peseta por cada declaración, lo que suponía recaudar al día unas treinta pesetas, cantidad que representaba en esa época una suma importante, y que nos permitía comer a todos, incluido mi pobre padre, en prisión, que lo mantenían, al igual que al resto de los presos, a base de nabos cocidos.
El servicio que yo prestaba era solo por la mañana. Cuando terminaba al mediodía, me aprestaba a llevar a mi madre todo lo recaudado y enseguida preparaba el canasto de mimbre con la comida y mi hermana y yo nos dirigíamos a la prisión para entregarle las viandas al vigilante de la puerta, el cual, con cara de perro, lo introducía dentro después de registrar minuciosamente el contenido del cesto, revolviendo con sus manos sucias todo el contenido para luego, antes de entregarlo a su destinatario, rapiñar y engullirse lo mejor del condumio. ¡Sucios e inhumanos carceleros que trataban a los presos peor que a las ratas!
Terminó la revisión del catastro y nos quedamos sin ingresos. Volvimos a pasar hambre. A mi padre ya no hacía falta alimentarlo, pues en la madrugada del 19 de enero de 1940 lo sacaron, junto a otros compañeros, en un camión y lo asesinaron en las tapias del cementerio civil.
La “Benemérita”, cumpliendo su macabra obligación, culminaba el mandato del Dictador, y la Santa Madre Iglesia también cumplía su catolicísima decisión de no enterrar en su Camposanto a los herejes. Así describe esa Iglesia Santa lo que es el cementerio católico: «Es un lugar bendecido por la Iglesia, destinado a dar sepultura a los cadáveres de los fieles cristianos. En toda población católica debe existir otro lugar cerrado y cercado para enterrar los cadáveres de aquellos a quienes la Iglesia niega la sepultura en el cementerio católico». ¡Ahí es nada la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana!
En efecto, a la hora de costumbre fuimos mi hermana y yo con el canasto de comida y los esbirros de la cárcel le pegaron un puntapié al mismo y nos dijeron, con malos modales y mejor satisfacción, que nuestro malvado padre ya no estaba allí. Llorando, regresamos a casa. ¡Terrible!
Sumidos en la miseria y la desesperación, yo contraje el tifus exantemático (vulgarmente conocido como el piojo verde) y se lo contagié a mi hermanillo Juanito. No nos quería asistir el médico de la Beneficencia Municipal y, cuando iba a fuerza de insistirle mi madre, se enzarzaba con ella recriminándole la condición marxista de mi padre y justificando su fusilamiento como justo castigo. ¡Abominable doctor! Su fanático franquismo e ideas fascistas le volvieron inhumano y hacer olvidar a Hipócrates.
Recuperado de mi tifus, quedé anémico y se me cayó el pelo. Apenas tenía resistencia para mantenerme de pie por falta de alimento. Me colocaron una boina raída de alguien y, el que luego sería mi cuñado, que a la sazón cortejaba a mi hermana, me sacaba cogido del brazo a dar un paseo diario y así me fui entonando.
Como ya tengo referido, a mi padre lo detuvieron en la estación de Alcaudete la mañana del 26 de abril de 1939, llevándoselo a la Prisión de Jaén un par de días después. El día de San Antonio (13 de junio) se celebró un juicio sumarísimo de guerra en el edificio de la Sociedad Económica de Amigos del País (donde yo estudié durante 1937-1938, según tengo relatado) al que yo pude asistir a pesar de mis catorce años, camuflándome con la gente, la mayoría ferroviarios, hasta que durante el curso del interrogatorio me vio mi tío político Ramón, esposo de mi tía Concha, y me sacó a la calle.
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