Kitabı oxu: «La isla misteriosa»
Título original: L’Île mystérieuse.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Ref.: OEBO576
ISBN: 978-84-2720-693-9
Composición digital: Editec
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Índice
PARTE I. LOS NÁUFRAGOS DEL AIRE
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
PARTE II. EL ABANDONADO
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
PARTE III. EL SECRETO DE LA ISLA
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
Otros títulos
PARTE I.
LOS NÁUFRAGOS DEL AIRE
CAPÍTULO I
—¿Subimos?
—No, al contrario, bajamos.
—Peor que eso, señor Ciro, caemos.
—¡Vive Dios! Arrojemos lastre.
—Ya se ha tirado el último saco.
—¿Sube el globo?
—No.
—Oigo un ruido como de movimiento de olas.
—Tenemos el mar cerca de la barquilla.
—No debe de estar a quinientos pies de nosotros.
Una voz poderosa rasgó los aires, en los cuales resonaron estas palabras:
—Tiremos todo lo que pese, todo, y a la gracia de Dios.
Estas palabras resonaban en el aire por encima del vasto desierto de agua del Pacífico hacia las cuatro de la tarde del día 23 de marzo de 1865.
Nadie ha olvidado sin duda el terrible viento del nordeste que se desencadenó en el equinocio de aquel año, y durante el cual el barómetro bajó a 710 milímetros. Fue un huracán sin intermitencia que duró desde el 18 hasta el 26 de marzo. Los estragos que causó fueron inmensos en América, Europa y Asia, abarcando una zona de 1.800 millas de anchura, que se extendía en dirección oblicua al Ecuador, desde el grado 35 de latitud norte hasta el 40 de latitud sur. Ciudades destruidas, bosques desarraigados, países devastados por montañas de agua que se precipitaban como avalanchas, buques arrojados a la costa, que los registros del Veritas anotaron por centenares, territorios enteros arrasados por trombas que lo destruían todo a su paso, millares de personas aplastadas en tierra o tragadas por el mar; tales fueron los testimonios de su furor que dejó tras sí aquel formidable huracán, el cual fue superior en desastres a los que asolaron tan espantosamente La Habana y la isla Guadalupe, el primero el 25 de octubre de 1820 y el segundo el 26 de julio de 1825.
En el momento en que tantas catástrofes se producían en la tierra y en el mar, un drama no menos conmovedor se representaba en los aires.
En efecto, un globo aerostático llevado como una bola en la cima de una tromba y cogido en su movimiento giratorio por la columna de aire, recorría el espacio con una velocidad de noventa millas por hora, girando sobre sí mismo, como si de él se hubiera apoderado algún malstrom aéreo.
Debajo del apéndice inferior de este globo, oscilaba una barquilla que contenía cinco pasajeros, apenas visibles en medio de los espesos vapores mezclados de agua pulverizada, que llegaban hasta la superficie del océano.
¿De dónde venía aquel globo, verdadero juguete de la horrible tempestad? ¿De qué punto del mundo había partido? Evidentemente no había podido levantarse durante el huracán; pero éste duraba ya hacía cinco días, y sus primeros síntomas se habían manifestado el 18. Era, pues, lícito creer que aquel globo procedía de muy lejos, porque no había atravesado menos de dos mil millas en veinticuatro horas.
En todo caso, los pasajeros no habían podido tener a su disposición ningún medio de calcular el camino recorrido desde su partida, porque no tenían punto alguno de referencia. Debió producirse entre ellos el hecho curioso de que, arrastrados por la violencia de la tempestad, no la sentían. Cambiaban de lugar a cada instante y giraban sobre sí mismos sin sentir ni la rotación, ni el movimiento a que estaban sometidos en sentido horizontal. Sus ojos no podían penetrar la espesa niebla que se agitaba bajo la barquilla; alrededor de ellos todo era bruma; y tal era la opacidad de las nubes, que no habrían podido decir si era de día o de noche. Ningún reflejo de luz, ningún ruido de tierra habitada, ningún bramido del océano había podido llegar hasta ellos en aquella inmensidad oscura mientras se habían mantenido en las zonas altas. Sólo su rápido descenso había podido darles idea de los peligros que corrían de ser tragados por las olas.
El globo, liberado de los objetos de peso, como municiones, armas y provisiones, había ascendido otra vez hasta las capas superiores de la atmósfera, a una altura de 4.500 pies. Los pasajeros, después de haber reconocido que el mar se hallaba bajo la barquilla, viendo que el peligro era menor arriba que abajo, no habían vacilado en desprenderse hasta de los objetos más útiles, y trataban de no perder nada de aquel fluido, de aquella alma de su aparato, que les sostenía sobre el abismo.
La noche transcurrió entre inquietudes que habrían sido mortales para almas menos enérgicas. Llegó después el día, y con él el huracán mostró cierta tendencia a amainar. Desde el principio de aquel día, 24 de marzo, hubo algunos síntomas de calma. Al rayar el alba, las nubes habían subido a las alturas del cielo, y en pocas horas la tromba fue disminuyendo hasta deshacerse. El viento pasó del estado de huracán al de gran fresco, es decir, que la velocidad de traslación de las capas atmosféricas disminuyó a la mitad. Era todavía lo que los marinos llaman una brisa de tres brizos, pero la mejoría en el desorden de los elementos no parecía menos considerable.
Hacia las once de la mañana la parte inferior del aire se había limpiado bastante. La atmósfera despedía esa limpidez húmeda que se ve, y aun que se siente, después del paso de los grandes meteoros. No parecía que el huracán hubiese ido más lejos hacia el oeste; al contrario, parecía que se había disipado por sí mismo; tal vez se había desvanecido en corrientes eléctricas después de haberse deshecho la tromba, como sucede algunas veces con los tifones del océano Índico.
Pero también hacia esa hora los pasajeros pudieron volver a observar que el globo descendía lentamente con un movimiento continuo hacia las capas inferiores del aire; y hasta parecía que se deshinchaba poco a poco, y que su cubierta se alargaba, perdiendo tensión, y pasando de la forma esférica a la forma oval.
Hacia las doce de la mañana el globo sólo estaba ya a una altura de 2.000 pies sobre el mar. Su capacidad era de 50.000 pies cúbicos, y gracias a ella, había podido mantenerse largo tiempo en el aire, ya que hubiese seguido una dirección horizontal.
En aquel momento los pasajeros arrojaron los últimos objetos que todavía podían formar peso en la barquilla, los pocos víveres que habían conservado y hasta los utensilios pequeños que llevaban en los bolsillos; y uno de ellos, levantándose sobre el círculo, al cual se reunían las cuerdas de la red, trató de atar sólidamente el apéndice inferior del globo.
Era evidente que los pasajeros no podían ya mantenerle en las zonas elevadas porque les faltaba el gas.
Estaban, pues, perdidos.
En efecto, lo que se extendía debajo de ellos no era ni un continente, ni siquiera una isla. El espacio no ofrecía un solo punto en que poder tomar tierra, ni una superficie sólida en que pudiera morder el ancla.
No había más que un inmenso mar, cuyas olas batían entre sí con incomparable violencia. Era el océano sin límites visibles, aun para ellos que le dominaban desde lo alto, y cuyas miradas se extendían entonces en un radio de cuarenta millas. Era aquella llanura líquida, golpeada sin misericordia, azotada por el huracán que debía parecerles como una multitud inmensa de olas desenfrenadas sobre las cuales se hubiera arrojado una vasta red de crestas blancas... No se alcanzaba a ver por ninguna parte ni un pedazo de tierra, ni un solo buque.
Era, pues, necesario a toda costa contener el movimiento de descenso para impedir que el globo se hundiese entre las olas; y a esta urgente operación se dedicaron los pasajeros de la barquilla. Pero, a pesar de sus esfuerzos el globo continuaba descendiendo, al mismo tiempo que se movía con extrema velocidad, siguiendo la dirección del viento, es decir, de nordeste a sudoeste.
¡Situación terrible la de aquellos desgraciados!
Evidentemente habían perdido todo control sobre el globo que les llevaba; sus tentativas no producían el resultado apetecido; el globo se deshinchaba cada vez más; el fluido se escapaba sin que fuera posible contenerlo; el descenso se aceleraba visiblemente, y a la una de la tarde la barquilla estaba suspendida a sólo 600 pies sobre el océano.
En efecto, era imposible impedir la fuga del gas, que se escapaba libremente por un desgarrón del globo.
Aligerando la barquilla de todos los objetos que contenía habían podido los pasajeros prolongar durante algunas horas su suspensión en el aire. Pero con esto sólo habían conseguido retrasar la inevitable catástrofe, y si antes de la noche no encontraban tierra, pasajeros, barquilla y globo, desaparecerían inexorablemente bajo las olas.
La única maniobra que faltaba por hacer fue ejecutada en aquel momento. Los pasajeros del globo aerostático eran evidentemente personas enérgicas y que sabían mirar la muerte cara a cara. Ni un solo murmullo se escapó de sus labios; estaban decididos a luchar hasta el último segundo haciendo todo lo posible por retardar su caída. La barquilla era una especie de caja de mimbres inadecuada para flotar, y no era posible mantenerla en la superficie del mar si caía.
A las dos de la tarde el globo estaba apenas a 400 pies sobre las olas.
En aquel momento, una voz varonil, la voz de un hombre cuyo corazón era insensible al temor, resonó en los aires y a ella respondieron voces no menos enérgicas.
—¿Se ha arrojado todo?
—No, quedan todavía 10.000 francos en oro.
Un pesado saco fue entonces arrojado al mar.
—¿Sube el globo?
—Un poco, pero no tardará en volver a bajar.
—¿Qué queda por arrojar todavía?
—Nada.
—Sí... la barquilla.
—Acomodémonos en la red, y al mar la barquilla.
Era, en efecto, el último y único medio de aligerar el peso del globo. Cortáronse las cuerdas que sostenían la barquilla unida al círculo inferior y el globo subió entonces 2.000 pies.
Los cinco pasajeros se habían metido en la red por encima del círculo y se sostenían entre las mallas mirando el abismo.
Sabido es que los globos aerostáticos están dotados de una gran sensibilidad estática. Basta arrojar el objeto más ligero para producir un movimiento del globo en sentido vertical ascendente. Flotando en el aire, el aparato actúa como una balanza de precisión. Se comprende, pues, que, aligerado de un peso relativamente grande, su movimiento sea importante y brusco. Esto es lo que sucedió en aquella ocasión.
Pero después de haberse equilibrado un instante en las zonas superiores, comenzó de nuevo a descender. El gas se escapaba por el desgarro que era imposible reparar.
Los pasajeros habían hecho todo lo que habían podido hacer. Ningún medio humano podía ya salvarles, ni tenían que contar en adelante más que con la ayuda de Dios.
A las cuatro de la tarde el globo estaba ya a 500 pies de la superficie de las aguas.
En aquel momento se oyó un sonoro ladrido. Un perro acompañaba a los pasajeros y estaba tendido cerca de su amo entre las mallas de la red.
—Top ha visto algo —exclamó uno de los pasajeros.
Poco tiempo después se oyó una voz fuerte que decía:
—¡Tierra, tierra!
El globo, arrastrado incesantemente por el viento hacia el sudoeste, había atravesado aquel día una distancia considerable, que podía calcularse en centenares de millas, y en efecto, en aquella dirección acababa de presentarse una tierra bastante elevada.
Pero la tierra se encontraba aún a treinta millas a sotavento, necesitándose por lo menos una hora larga para llegar a ella, y eso a condición de seguir una línea recta sin desviarse de ella. ¡Una hora! ¿Podría resistir el globo una hora todavía sin vaciarse de todo su gas?
Tal era la terrible cuestión. Los pasajeros veían distintamente aquel punto sólido al cual era preciso llegar a toda costa. Ignoraban si era isla o continente, porque apenas sabían hacia qué parte del mundo les había llevado el huracán. Pero, de todos modos, era necesario llegar allí, estuviese aquella tierra habitada o no, fuese o no hospitalaria.
A las cuatro de la tarde era ya visible que el globo no podía sostenerse por más tiempo. Se deslizaba rozando la superficie del mar; la cresta de las enormes olas había lamido ya varias veces la parte inferior de la red, haciéndola más pesada, y el globo no se levantaba sino a medias, como un ave que tiene plomo en las alas.
Media hora después, la tierra se veía a una milla tan sólo de distancia; pero el globo, ya flácido, deshinchado, arrugado en gruesos pliegues, sólo conservaba gas en su parte superior. Los pasajeros asidos a la red pesaban ya demasiado para el aparato, y en breve, medio sumergidos en el mar, sufrieron el golpeteo de las furiosas olas. La cubierta del globo se hinchó entonces, e introduciéndose en ella el viento lo empujó como un buque que camina viento en popa. De este modo parecía que al fin iba a llegar a la costa.
Pero cuando estaban a dos cables de distancia resonaron gritos terribles que escaparon de cuatro pechos a la vez. El globo, que parecía que no iba a levantarse ya, acababa de dar un salto inesperado después de haber sufrido un formidable golpe de mar. Como si hubiera sido aligerado súbitamente de una nueva parte de su lastre, ascendió a una altura de 500 pies y allí encontró una especie de remolino de viento, que en lugar de llevarlo directamente a la costa le hizo seguir una dirección casi paralela a ella. Por fin, dos minutos después se acercó a tierra oblicuamente y cayó por último en la arena de la orilla fuera del alcance de las olas.
Los pasajeros, ayudándose unos a otros, lograron desprenderse de las mallas de la red. El globo, libre de aquel peso, fue recogido por el viento y, como un ave herida que recobra un instante su vida, desapareció en el espacio.
La barquilla había contenido cinco pasajeros y un perro; pero el globo sólo arrojó cuatro sobre la orilla.
Sin duda alguna el pasajero que faltaba había sido arrebatado por el golpe de mar que había sufrido el globo, y este alivio de peso era sin duda el que había permitido al aparato subir por última vez y llegar pocos instantes después a tierra.
Apenas los cuatro náufragos, pues bien puede dárseles este nombre, pusieron el pie en tierra cuando todos, pensando en el ausente, exclamaron:
—Quizá trate de alcanzar la tierra a nado. ¡Salvémosle, salvémosle!

Los pasajeros, ayudándose unos a otros, lograron
desprenderse de las mallas de la red.
CAPÍTULO II
No eran ni aeronautas de profesión, ni aficionados a expediciones aéreas, los hombres a quienes el huracán acababa de arrojar sobre aquella costa. Eran prisioneros de guerra a quienes su audacia había impulsado a fugarse en circunstancias extraordinarias. Cien veces habían estado a punto de perecer; cien veces su globo roto les había precipitado en el abismo. Pero el cielo les reservaba un extraño destino, y el 20 de marzo, después de haberse evadido de Richmond, sitiada por las tropas del general Ulysses Grant, se hallaban a 7.000 millas de la capital de Virginia, principal baluarte de los secesionistas, durante la terrible Guerra de Secesión. Su navegación aérea había durado cinco días.
He aquí las curiosas circunstancias en que había tenido lugar la evasión de los prisioneros, evasión que debía terminar con la catástrofe referida en el capítulo anterior.
En el mes de febrero de 1865, el general Grant había intentado, aunque inútilmente, uno de sus golpes de mano para apoderarse de Richmond, y en este combate varios oficiales cayeron en poder del enemigo, y fueron internados en la ciudad. Uno de los más distinguidos entre ellos pertenecía al Estado Mayor federal y se llamaba Ciro Smith, natural de Massachusetts, era ingeniero, un científico de primer orden, a quien el gobierno de la Unión había confiado durante la guerra la dirección de los ferrocarriles, que desempeñaban un papel estratégico tan considerable. Verdadero americano del Norte, flaco, huesudo, esbelto, de edad de cuarenta y cinco años, poco más o menos, tenía el cabello corto y canoso, llevaba la barba afeitada y sólo conservaba un espeso bigote igualmente gris. Poseía una de esas hermosas cabezas numismáticas que parecen hechas para ser modeladas en medallas: tenía los ojos ardientes, la boca grave, la fisonomía de un sabio de la escuela militar. Era uno de esos ingenieros que han querido comenzar por manejar el martillo y el pico como los generales que comienzan por ser soldados rasos. Así, al mismo tiempo que la agudeza de ingenio, poseía la suprema habilidad del obrero. Sus músculos presentaban síntomas notables de tenacidad, verdadero hombre de acción al mismo tiempo que de pensamiento; todo lo ejecutaba sin esfuerzo, bajo la influencia de una gran expansión vital, con esa perseverancia viva que desafía todos los obstáculos. Muy instruido, muy práctico, muy campechano, para usar esta expresión vulgar, era de un temperamento magnífico, porque, conservándose siempre dueño de sí mismo, cualesquiera que fuesen las circunstancias, cumplía en el más alto grado las tres condiciones cuyo conjunto determinaba la energía humana: actividad de ánimo y de cuerpo, impetuosidad de deseos y fuerza de voluntad; su divisa habría podido ser la de Guillermo de Orange en el siglo XVII: «no necesito esperar para acometer una empresa, ni triunfar para perseverar».
Al mismo tiempo, Ciro Smith era el valor personificado; había asistido a todas las batallas de aquella guerra. Después de haber comenzado a servir a las órdenes de Ulysses Grant, entre los voluntarios del Illinois, había combatido en Paducah, en Belmont, en Pittsburg-Landing, en el sitio de Corinto, en Port-Gibson, en Río Negro. En Chattanoga, en Wilderness a orillas del Potomak, en todas partes y valerosamente, como soldado digno del general que respondía: «yo nunca cuento mis muertos». Cien veces Ciro Smith había estado a punto de hallarse entre el número de éstos que no contaba el terrible Grant; pero en aquellos combates, a pesar de lo mucho que se exponía, la suerte le favoreció siempre hasta el momento en que fue herido y hecho prisionero en el campo de batalla de Richmond.
Al mismo tiempo que Ciro Smith, y en el mismo día, otro personaje importante caía en poder de las tropas del Sur. Era nada menos que el ilustre Gedeon Spilett, corresponsal del New York Herald y encargado de seguir las peripecias de la guerra en los ejércitos del Norte.
Gedeon Spilett era de la raza de esos admirables cronistas ingleses o norteamericanos, de la raza de los Stanley que no retroceden ante ningún obstáculo para obtener una noticia exacta y transmitirla a su periódico sin pérdida de tiempo. Los diarios de la Unión, como el New York Herald, son verdaderas potencias, y sus corresponsales son representantes con quienes se cuenta. Gedeon Spilett era de los más eminentes entre estos corresponsales.
Hombre de gran mérito, enérgico, pronto y dispuesto para todo, lleno de ideas, había corrido todo el mundo, soldado y artista, agitador en el consejo, resuelto en la acción, despreciador del cansancio, la fatiga y el peligro cuando se trataba de saberlo todo, en su provecho, en primer lugar, y después, en provecho del periódico, verdadero héroe de la curiosidad, de lo imposible, era uno de los intrépidos observadores que escriben bajo el fuego enemigo, que hacen sus entrevistas entre las balas de cañón y para quienes todos los peligros son un pasatiempo agradable.
También él había estado en primera fila en todas las batallas, con el revólver en una mano y el cuaderno de notas en la otra, sin que la metralla hubiera hecho temblar su lápiz. No fatigaba los hilos del telégrafo con telegramas incesantes como los que hablan cuando nada tienen que decir; pero cada una de sus notas, breves y claras, arrojaba viva luz sobre algún punto importante. Por otra parte, no le faltaba chispa. Él fue quien después de la acción de Río Negro, queriendo a toda costa conservar su sitio junto a la ventanilla de la oficina de telégrafos, después de anunciar a su periódico el resultado de la batalla, telegrafió durante dos horas los primeros capítulos de la Biblia. Esto costó al New York Herald dos mil dólares, pero el New York Herald, fue el primero que recibió pormenores de la acción.
Gedeon Spilett era de alta estatura y de edad de cuarenta años a lo más; sus patillas, rubias tirando a rojo, formaban marco a su semblante, y su mirada era tranquila, viva y rápida cuando cambiaba de objeto, como la de hombre que tiene costumbre de comprender al primer golpe de vista todos los pormenores de un horizonte. De miembros robustos, estaba hecho a todos los climas, como una barra de acero sumergida en agua fría.
Hacía diez años que era corresponsal oficial del New York Herald, enriqueciéndolo con sus crónicas y sus dibujos, porque manejaba lo mismo el lápiz que la pluma. Cuando cayó prisionero, estaba haciendo la descripción y el croquis de la batalla. Las últimas palabras escritas en su cuaderno fueron éstas: «un sudista me apunta con su carabina en este momento...». Y el tiro no salió y Gedeon Spilett, según su invariable costumbre, salió de aquel peligro sin un arañazo.
Ciro Smith y Gedeon Spilett, que no se conocían más que por la fama, fueron trasladados a Richmond. El ingeniero se curó rápidamente de su herida y durante la convalecencia fue cuando trabó conocimiento con el corresponsal. Agradáronse mutuamente y aprendieron a apreciarse; en breve su vida fue común y no tuvo más que un objeto: evadirse, volver al ejército de Grant y combatir de nuevo en sus filas por la unidad federal.
Estaban, pues, decididos a aprovechar todas las ocasiones que se presentaran; pero aunque les habían dejado libres de andar por la ciudad de Richmond, estaba ésta tan severamente vigilada que cualquier evasión podía considerarse como imposible.
En estas circunstancias vino a hacer compañía a Ciro Smith su criado, que le era adicto en vida y muerte. Aquel intrépido servidor era un negro que había nacido en las tierras del ingeniero, de padre y madre esclavos; pero desde hacía tiempo había sido emancipado por Ciro Smith, abolicionista de inteligencia y de corazón. El esclavo liberto no había querido abandonar a su amo, a quien amaba hasta el punto de morir por él. Era un muchacho de treinta años, vigoroso, hábil, diestro, inteligente, pacífico y tranquilo, a veces candoroso, siempre risueño, servicial y bueno. Se llamaba Nabucodonosor, pero sólo respondía al nombre abreviado y familiar de Nab.
Cuando Nab supo que su amo había caído prisionero, abandonó Massachusetts sin vacilar, llegó a las cercanías de Richmond y a fuerza de astucia y destreza, no sin arriesgar veinte veces su vida, logró penetrar en la ciudad sitiada. Imposible explicar el júbilo que experimentó Ciro Smith al volver a ver a su criado y la alegría de Nab al encontrar de nuevo a su señor.
Pero si Nab había podido penetrar en Richmond, era mucho más difícil salir de aquella ciudad, porque los prisioneros federales estaban vigilados muy de cerca. Se necesitaba una ocasión extraordinaria para intentar la fuga con alguna probabilidad de éxito y esta ocasión no solamente no se presentaba sino que no podía provocarse sin excitar sospechas.
Entretanto Grant continuaba con energía sus operaciones. La victoria de Pittsburgh le había sido muy disputada. Sus fuerzas, reunidas con las de Butler, no habían obtenido todavía ningún resultado eficaz delante de Richmond y nada hacía presagiar que estuviese próxima la libertad de los prisioneros. El corresponsal, a quien su fastidioso cautiverio no proporcionaba ya un pormenor interesante que anotar, no podía resistir más tiempo, siendo su idea fija salir de Richmond a toda costa. Muchas veces había intentado la aventura y sido detenido por obstáculos insuperables.
El sitio continuaba, entretanto, y si los prisioneros tenían muchos deseos de evadirse para volver al ejército de Grant, había sitiados que no los tenían menores de salir de allí a fin de unirse al ejército separatista, y entre ellos un tal Jonathan Forster, furibundo sudista. En efecto, si los prisioneros federales no podían salir de la ciudad, tampoco podían hacerlo los confederados, porque el ejército del Norte les cercaba por todas partes. Ya hacía mucho tiempo que el gobernador de Richmond no podía comunicarse con el general Lee y era urgentísimo que este general supiese la situación de la ciudad para que apresurase la marcha del ejército que debía socorrerla. Jonathan Forster tuvo entonces la idea de salir en un globo atravesando la línea de los sitiadores para llegar así al campo de los secesionistas.
El gobernador autorizó la tentativa. Construyóse un globo aerostático que fue puesto a disposición de Jonathan Forster, a quien debían seguir por los aires cinco compañeros, provistos de armas para el caso de que se prolongara su viaje aéreo.
La partida del globo se fijó para el 18 de marzo debiendo efectuarse durante la noche y con viento noroeste de mediana fuerza, mediante el cual los aeronautas contaban llegar en pocas horas al cuartel general de Lee.
Pero aquel viento noroeste no fue una simple brisa, y desde el 18 pudo verse que se convertía en huracán. Pronto la borrasca fue tal que hubo que aplazar la partida de Forster porque era imposible arriesgar de tal modo la vida de los que debían ir en aquel globo en medio del desorden de los elementos.
El globo hinchado en la Plaza Mayor de Richmond estaba, pues, listo para partir tan pronto como calmase un poco el viento, y en la ciudad la impaciencia era grande viendo que el estado de la atmósfera no se modificaba.
El 18 y el 19 de marzo transcurrieron sin que se apreciase ninguna modificación en la borrasca, y hasta hubo grandes dificultades para conservar el globo atado a tierra, al cual batían y derribaban al suelo continuas ráfagas de viento.
Transcurrió también la noche del 19 al 20, y por la mañana el huracán se desarrolló todavía con más ímpetu. La salida era, por consiguiente, imposible.
Pasando aquel día el ingeniero Ciro Smith por una calle de Richmond, se le acercó un hombre a quien no conocía. Era un marino llamado Pencroff, de edad de 35 a 40 años, vigorosamente constituido, de rostro atezado, ojos vivos que se guiñaban a cada momento, pero de aspecto agradable. Este Pencroff era un americano del Norte que había corrido todos los mares del globo y al cual en materia de aventuras había sucedido todo lo que puede ocurrir de extraordinario a un bípedo sin plumas. Huelga decir que era emprendedor, capaz de atreverse a todo, e incapaz de admirarse de nada. A principios de aquel año había ido a Richmond para asuntos particulares con un joven de quince años llamado Harbert Brown de Nueva Jersey, hijo de su capitán, huérfano a quien amaba como si fuera su propio hijo. No habiendo podido salir de la ciudad antes de empezar las operaciones del sitio, se encontró bloqueado con gran disgusto suyo y no tenía tampoco más que una idea: la de evadirse de Richmond por todos los medios posibles. Conocía la reputación del ingeniero Ciro Smith y sabía con qué impaciencia tascaba el freno. Aquel día no vaciló, por consiguiente, en llegarse a él diciéndole sin más preámbulos:
—Señor Smith ¿está usted cansado de Richmond?
El ingeniero le miró fijamente.
Pencroff añadió en voz baja:
—Señor Smith, ¿quiere usted escapar?
—¿Cuándo? —respondió con viveza el ingeniero; y puede afirmarse que esta contestación se le escapó involuntariamente, porque todavía no había examinado al desconocido que le dirigía la palabra.
Pero después de haber observado con una mirada penetrante el rostro leal del marino, se convenció de que tenía delante un hombre honrado.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz breve.
Pencroff se dio a conocer.
—Bien —respondió Ciro Smith—. ¿Y por qué medio me propone usted la fuga?
—Por medio de ese holgazán de globo que está ahí sin hacer nada y que parece que nos invita expresamente a marchar...
El marino no tuvo necesidad de acabar su frase. El ingeniero le había comprendido desde las primeras palabras, y asiéndole por el brazo le llevó consigo a su casa.
Allí el marino desarrolló su plan, que en realidad era muy sencillo: no se arriesgaba más que la vida en su ejecución. El huracán estaba en toda su violencia, es verdad, pero un ingeniero diestro y audaz como Ciro Smith debería saber conducir bien un globo aerostático. Si Pencroff hubiese conocido la maniobra no habría vacilado en partir, con Harbert, se entiende, porque había visto ya muchas tempestades y no le asustaba una más.
Ciro Smith escuchó al marino sin decir palabra, pero sus miradas brillaban. La ocasión estaba allí y no era hombre de dejarla escapar. El proyecto era muy peligroso, pero ejecutable; por la noche, a pesar de la vigilancia, podía llegarse hasta el globo, entrar en la barquilla y cortar después las cuerdas que lo detenían. Ciertamente se corría el riesgo de morir, pero también había alguna probabilidad de buen éxito, y a no ser por la tempestad... Pero a no ser por la tempestad el globo se habría ya elevado y la ocasión tan buscada no se prestaría en aquel momento.
—No estoy solo —dijo al terminar Ciro Smith.
—¿Cuántas personas quiere usted llevar consigo? —preguntó el marino.
—Dos, mi amigo Spilett y mi criado Nab.
—Son tres con usted —respondió Pencroff— y con Harbert y yo somos cinco. El globo debería llevar seis...
—Basta. Partiremos —dijo Ciro Smith.
El ingeniero no había contado con el corresponsal; pero el corresponsal no era hombre capaz de retroceder, y cuando le fue comunicado el proyecto lo aprobó sin reserva, admirándose solamente de que no se le hubiera ocurrido a él una idea tan sencilla. En cuanto a Nab, estaba dispuesto a seguir a su amo a todas partes a donde quisiera ir.
—Nos veremos esta noche —dijo Pencroff—, andaremos por allí los cinco observando como curiosos.
—Hasta la noche a las diez —respondió Ciro Smith— y quiera el cielo que esta tempestad no se modere hasta después de nuestra partida.
Pencroff se despidió del ingeniero y volvió a su casa, donde había quedado el joven Harbert Brown. Aquel valiente muchacho conocía el plan del marino y esperaba con cierta ansiedad el resultado de su entrevista con el ingeniero. Como acabamos de ver, eran cinco hombres determinados los que iban a lanzarse en medio de la tormenta, en pleno huracán.
No; el huracán no se calmó, ni Jonathan Forster, ni sus compañeros podían pensar en arrostrarlo en aquella débil barquilla que pendía del globo. El día fue terrible; el ingeniero sólo temía una cosa y era que el globo, detenido junto al suelo e inclinado por las ráfagas del viento, se rompiera en mil pedazos. Por espacio de muchas horas anduvo vagando por la plaza, casi desierta, vigilando el aparato. Pencroff hacía otro tanto por su parte, con las manos en los bolsillos, bostezando de vez en cuando, como hombre que no sabe qué hacer, pero temiendo igualmente que el globo se desgarrase o tal vez rompiera sus amarres y se elevara por los aires.
Llegó la noche, que fue oscurísima. Espesas brumas pasaban como nubes rozando el suelo; una lluvia mezclada de nieve comenzó a caer, una especie de niebla fría se extendió sobre Richmond. Parecía que la violenta tempestad había impuesto una tregua a sitiados y sitiadores, y que el cañón había querido callar ante las formidables detonaciones del huracán. Las calles de la ciudad estaban desiertas y ni aun había parecido necesario, con aquel tiempo horrible, vigilar la plaza, en cuyo centro se agitaba el globo aerostático. Todo favorecía la partida de los prisioneros; pero aquel viaje en medio de las ráfagas de viento desencadenadas...
—¡Maldito huracán! —decía Pencroff, fijando de un puñetazo su sombrero a punto de desaparecer de su cabeza a impulso del viento—. Pero ya lo dominaremos de todos modos.
A las nueve y media Ciro Smith y sus compañeros acudieron por diversos lados a la plaza, sumergida en una profunda oscuridad, pues el viento había apagado los faroles de gas. No se veía ni aun el enorme globo, que estaba casi tendido por el suelo. Independientemente de los sacos de lastre que mantenían las cuerdas de la red, la barquilla estaba detenida por un fuerte cable que pasaba por un anillo fijado en el suelo, cuya vuelta subía hasta a bordo.
Los cinco prisioneros se encontraban junto a la barquilla. No habían sido vistos, y era tal la oscuridad que apenas podían verse unos a otros.
Sin pronunciar una palabra, Ciro Smith, Gedeon Spilett, Nab y Harbert entraron en la barquilla, mientras Pencroff, por orden del ingeniero, desataba sucesivamente los paquetes de lastre. En pocos instantes concluyó esta maniobra, y el marino entró en la barquilla con sus compañeros.
El globo sólo estaba detenido ya por el anillo del cable, y Ciro Smith no tenía que hacer más que dar la orden de partida.
En aquel momento un perro entró de un salto en la barquilla. Era Top, el perro del ingeniero, que tras romper su cadena había seguido a su amo. Ciro Smith, temiendo que el exceso de peso impidiera la ascensión del globo, quería echar al pobre animal.
—¡Bah, uno más! —dijo Pencroff, arrojando a tierra dos sacos de arena.
Después desamarró el cable y el globo, partiendo en dirección oblicua, desapareció, después de haber hecho chocar la barquilla contra dos chimeneas, que derribó en la furia de la partida.
El huracán se desencadenaba entonces con una espantosa violencia. El ingeniero, durante la noche no pudo pensar en bajar, y cuando llegó el día las brumas interceptaban por completo la vista de la tierra. Solamente después de cinco días se disiparon un poco las nubes, y aquel claro dejó ver la inmensa mar bajo el globo aerostático, que iba impulsado por el viento, con una velocidad espantosa.
Ya hemos dicho que de aquellos cinco hombres que habían salido de Richmond el 20 de marzo, cuatro habían sido arrojados sobre una costa desierta el 24 de marzo a más de 6.000 millas de su país.
El que faltaba, aquel en cuyo auxilio los cuatro náufragos del globo corrían desde el momento en que habían tocado tierra, era su jefe natural, el ingeniero Ciro Smith.
CAPÍTULO III
El ingeniero había sido arrastrado por un golpe de mar y su perro había desaparecido igualmente. El fiel animal se había precipitado inmediatamente en auxilio de su amo.
—¡Adelante! —gritó el corresponsal.
Y los cuatro, Gedeon, Spilett, Harbert, Pencroff y Nab, olvidando el cansancio y la fatiga, comenzaron sus investigaciones.
El pobre Nab lloraba de rabia y de desesperación a la vez, pensando haber perdido todo lo que más quería en el mundo.
Sólo habían transcurrido dos minutos entre el momento en que Ciro Smith había desaparecido y el instante en que sus compañeros habían tomado tierra. Éstos podían, por consiguiente, esperar que aún llegarían a tiempo para salvarle.
—Busquemos, busquemos —gritaba Nab.
—Sí, Nab —respondió Gedeon Spilett—, buscaremos y le encontraremos.
—¿Vivo?
—Vivo.
—¿Sabe nadar? —preguntó Pencroff.
—Sí —respondió Nab—, y además Top está con él.
El marino, oyendo los bramidos del mar, sacudió la cabeza.
El ingeniero había desaparecido hacia el norte de la costa y a una media milla del lugar en que los náufragos habían tomado tierra. Si hubiese podido llegar al punto más próximo del litoral, éste debía estar situado una media milla más allá.
Eran ya cerca de las seis de la tarde. La bruma se levantaba y hacía la noche más oscura. Los náufragos marchaban hacia el norte siguiendo la costa oriental de aquella tierra, sobre la cual el destino les había arrojado, tierra desconocida cuya situación geográfica no podían adivinar. El piso era arenoso, lleno de piedras y parecía desprovisto de toda especie de vegetación. Aquel suelo, muy desigual, lleno de barrancos, parecía en ciertos sitios acribillado de hoyos, que hacían la marcha muy penosa. De aquellos agujeros se escapaban a cada instante grandes aves de pesado vuelo que huían en todas direcciones, y que apenas eran visibles a causa de la oscuridad. Otras más ágiles se levantaban a bandadas y pasaban como nubes sobre la cabeza de los náufragos. Al marino le parecieron gaviotas, cuyos gritos agudos competían con los rugidos del mar.
De vez en cuando, los náufragos se detenían llamando a Smith a grandes gritos y escuchando por si se oía alguna voz hacia el lado del océano. Debían pensar, en efecto, que si hubiera podido tomar tierra, los ladridos de Top, en el caso en que Ciro Smith no pudiera dar señales de vida, llegarían hasta ellos. Pero ningún grito se destacaba sobre el bramido de las olas y los chasquidos de la resaca. Entonces la caravana volvió a emprender su marcha, registrando las menores anfractuosidades del litoral.
Después de veinte minutos de marcha, los cuatro náufragos se encontraron súbitamente detenidos por una linde espumosa de olas. Faltaba allí el terreno sólido y se hallaron al extremo de una punta aguda, sobre la cual la mar rompía con furor.
—Es un promontorio —dijo el marino—, es preciso volver atrás, inclinándonos a la derecha, y así volveremos a tierra firme.
—¡Pero, y si está allí! —respondió Nab, señalando al océano, cuyas olas enormes blanqueaban en la oscuridad.
—Dices bien, llamémosle.
Y todos, uniendo sus voces, lanzaron un grito vigoroso; pero nadie les respondió. Esperaron un momento de calma y gritaron de nuevo. Ninguna voz contestó a su nuevo llamamiento. Retrocedieron entonces, siguiendo la parte opuesta del promontorio, por un lugar igualmente arenoso y lleno de guijarros. Sin embargo, Pencroff observó que el litoral era allí más escarpado, que el terreno subía, y supo que debía llegar por una rampa bastante larga a una costa alta cuya masa se dibujaba confusamente en la sombra. Las aves eran menos abundantes en aquella parte de la playa y la mar se mostraba también menos gruesa, menos ruidosa, disminuyendo sensiblemente la agitación de las olas. Apenas se oía el ruido de la resaca; y era que sin duda aquel lado del promontorio formaba una ansa semicircular, protegida por su punta aguda, contra las ondulaciones del mar.
Pero siguiendo aquella dirección tenían que marchar hacia el sur, y esto era dirigirse al lado opuesto de la parte de costa a la que hubiera podido llegar Ciro Smith.
Después de haber andado milla y media, el litoral no presentaba todavía ninguna curvatura que permitiese tomar la dirección primera.
Su desesperación fue, pues, grande cuando, después de haber recorrido unas dos millas, se vieron otra vez detenidos por el mar en una punta bastante elevada, formada de rocas resbaladizas.
—Estamos en un islote —dijo Pencroff—, y lo hemos recorrido de un extremo a otro.
La observación del marino era acertada. Los náufragos habían sido arrojados no a un continente, ni siquiera a una isla, sino a un islote que no medía más de dos millas de longitud y cuya anchura era evidentemente poco considerable.
Aquel islote árido, sembrado de piedras, sin vegetación, refugio desolado de aves acuáticas, ¿formaba parte de un archipiélago más importante? No era posible afirmarlo. Los pasajeros del globo, cuando habían visto desde su barquilla aquella tierra, a través de la bruma, no habían podido reconocer su importancia. Sin embargo, Pencroff, con su vista de marino, habituada a penetrar en la oscuridad, creyó distinguir en aquel momento, hacia el oeste, masas confusas que anunciaban una costa elevada.
Pero a la sazón, en medio de la oscuridad reinante, era imposible determinar a qué sistema, simple o complejo, pertenecía el islote. Tampoco era posible salir de él, pues la mar lo rodeaba, y era preciso dejar para el día siguiente la búsqueda del ingeniero, que por lo demás no había dado señales de vida por medio de ninguna voz.
—El silencio de Ciro no prueba nada —dijo el corresponsal—. Puede estar desmayado, herido, imposibilitado momentáneamente de responder; pero no desesperemos.
El corresponsal sugirió entonces la idea de encender, en un punto cualquiera del islote, una gran hoguera que pudiese servir de señal al ingeniero. Pero en vano buscaron leña o arbustos secos; no había en la isla más que arena y piedras.
Se comprende cuál debió ser el dolor de Nab y de sus compañeros, que profesaban gran cariño al intrépido Ciro Smith. Era demasiado evidente que se hallaban por entonces en la imposibilidad de socorrerle. Era preciso esperar el día: o el ingeniero había podido salvarse solo, y había encontrado ya refugio en cualquier punto de la costa, o estaba perdido para siempre.
Las horas de la noche fueron largas y penosas; el frío era vivo; los náufragos padecían cruelmente; pero apenas hacían caso de sus padecimientos, no pensando siquiera en tomar un instante de reposo. Todo lo olvidaban por su jefe, manteniendo viva la esperanza de encontrarle, yendo y viniendo por aquel islote árido. Y volviendo incesantemente hacia la punta norte, donde creían estar más próximos al lugar de la catástrofe, escuchaban, gritaban, procuraban sorprender alguna exclamación suprema y sus voces debían trasmitirse a lo lejos, porque entonces reinaba cierta calma en la atmósfera y los ruidos del mar comenzaban a apaciguarse, así como la agitación de las olas.
Uno de los gritos de Nab pareció en cierto momento que se reproducía por el eco.
Harbert hizo esta observación a Pencroff, añadiendo:
—Si hay eco, en efecto, probará que tenemos hacia el oeste una costa bastante cercana.
El marino hizo una señal afirmativa. Por lo demás, su vista no podía engañarle y si había distinguido tierra, por escasa que fuese, era indudable que había tierra cerca.
Pero aquel eco lejano fue la única respuesta que obtuvieron los gritos de Nab, y la inmensidad en toda la parte oriental del islote permaneció silenciosa.
Entre tanto, el cielo se iba aclarando poco a poco.
Hacia las doce de la noche brillaron algunas estrellas, y si el ingeniero hubiera estado allí al lado de sus compañeros, habría podido observar que aquellas estrellas no eran las del hemisferio boreal. En efecto, la estrella Polar no se presentaba en aquel nuevo horizonte; las constelaciones zenitales no eran las que tenía costumbre de observar en la parte norte del nuevo continente, y la Cruz del Sur resplandecía entonces en el polo austral del mundo.
Pasó la noche. Hacia las cinco de la mañana, el 25 de marzo, se matizaron ligeramente las alturas del cielo. El horizonte permanecía oscuro todavía, pero con los primeros albores del día se levantó del mar una bruma opaca, de tal suerte que el radio visual no podía extenderse a más de veinte pasos. La niebla se desarrolló en gruesas volutas, que se movían pesadamente.
Era un contratiempo. Los náufragos no podían distinguir nada en torno a ellos. Mientras las miradas de Nab y del corresponsal se dirigían al océano, el marino y Harbert escudriñaban la costa, que debía estar, hacia el oeste, pero no veían ni un palmo de tierra.
—No importa —dijo Pencroff—, si no veo la tierra, por lo menos la siento y sé que está allí, y estoy tan seguro de esto, como de que no estamos en Richmond.
Pero la niebla no debía tardar en disiparse; no era más que una bruma precursora del buen tiempo; un hermoso sol caldeaba las capas superiores y aquel calor se tamizaba hasta la superficie del islote.
En efecto, hacia las seis y media de la mañana, tres cuartos de hora después de la salida del sol, la bruma se hizo más transparente, espesándose hacia la parte superior, pero disipándose en la inferior. En breve apareció a los ojos de los náufragos todo el islote como si hubiera bajado de una nube; después se mostró el mar circundando a los náufragos, infinito hacia el este, pero limitado al oeste por una costa elevada y abrupta.
Sin embargo, uno de los náufragos, no escuchando más que el grito de su corazón, se precipitó desde luego en la corriente sin consultar a sus compañeros y sin decir una sola palabra: era Nab. Estaba impaciente por llegar a aquella costa y seguirla en dirección norte. Nadie hubiera podido detenerlo; Pencroff le llamó, pero en vano. El corresponsal se dispuso a seguirle.
Pencroff entonces se acercó a él y le dijo:
—¿Quiere usted atravesar ese canal?
—Sí —respondió Gedeon Spilett.
—Pues bien, créame usted y espere; Nab bastará para socorrer a su amo. Si nos metemos en ese canal, corremos el riesgo de que la corriente nos arrastre hasta el mar, porque es muy violenta; pero si no me engaño, es una corriente de reflujo; véalo usted; la marea está bajando, y teniendo un poco de paciencia en la bajamar es posible que encontremos un paso vadeable.
—Tiene usted razón —respondió el corresponsal—. Separémonos lo menos posible.
Entretanto Nab luchaba con valor contra la corriente, atravesándola en dirección oblicua. Veíanse sus negros hombros salir a la superficie a cada movimiento de avance; se desviaba de la línea recta con mucha celeridad, pero también ganaba espacio hacia la costa. Empleó más de media hora en atravesar la media milla que separaba el islote de la tierra y no pudo saltar sino a muchos miles de pies del sitio que hacía frente al punto de donde había partido.
Tomó tierra en la falda de una alta roca de granito y se sacudió vigorosamente, después de lo cual echó a correr y desapareció detrás de una punta de rocas que se proyectaba hacia el mar como a la altura de la extremidad septentrional del islote.
Los compañeros de Nab habían seguido con ansiedad su atrevida tentativa y cuando estuvo fuera del alcance de su vista volvieron sus miradas a aquella tierra a la cual iban a pedir refugio mientras comían algunos mariscos de que la playa estaba sembrada. La comida aquélla era pobre, pero al fin era una comida.
La costa opuesta formaba una gran bahía terminada al sur por una punta muy aguda desprovista de toda vegetación y de un aspecto muy árido. Aquella punta se unía al litoral formando dibujos caprichosos y enlazándose con altas rocas graníticas. Hacia el norte, por el contrario, la bahía se ensanchaba formando una costa más redondeada, que corría de sudoeste a nordeste y terminaba en un agudo cabo. Entre estos dos puntos extremos, sobre los cuales se apoyaba el arco de la bahía, la distancia podía ser de ocho millas. A una media milla de la playa el islote ocupaba una estrecha zona de mar y parecía un enorme cetáceo que hubiera sacado a la superficie su gran dorso desmesuradamente aumentado. Su mayor anchura no pasaba de un cuarto de milla.
Delante del islote el litoral se componía en primer término de una playa de arena sembrada de rocas negruzcas que en aquel momento reaparecían poco a poco bajo la marea baja. En segundo término se destacaba una especie de cortina granítica, cortada a pico y coronada por una caprichosa arista a la altura de trescientos pies por lo menos. Así se perfilaba en una longitud de tres millas terminando bruscamente por un acantilado que se hubiera creído cortado por mano del hombre. A la izquierda, por el contrario, por encima del promontorio aquella especie de cortadura irregular desgranándose en bloques prismáticos y formada de rocas aglomeradas y de productos de aluvión, se deprimía formando una rampa prolongada que se confundía poco a poco con las rocas de la punta meridional.
En la meseta superior de la costa no había ningún árbol: era una llanura como la que dominaba la Ciudad del Cabo en el de Buena Esperanza, pero de proporciones más reducidas, o al menos tal parecía a los náufragos, vista desde el islote. Sin embargo, a la derecha, detrás del acantilado, no faltaba verdor, distinguiéndose fácilmente una masa confusa de grandes árboles, cuya aglomeración se prolongaba aún más allá del alcance de la vista. Aquel verdor alegraba los ojos entristecidos por las ásperas líneas del paramento de granito.
En último término, y por encima de la meseta en dirección noroeste y a distancia por lo menos de siete millas, resplandecía una cima blanca herida por los rayos del sol. Era una caperuza de nieve que cubría la cúspide de algún monte lejano.
No podía, pues, resolverse la cuestión de si aquella tierra era isla o pertenecía a un continente. Pero a la vista de las rocas que llevaban las señales de antiguas convulsiones y que se aglomeraban a la izquierda, un geólogo no habría vacilado en atribuirles un origen volcánico, porque eran incontestablemente producto de un trabajo plutoniano.
Gedeon Spilett, Pencroff y Harbert observaban atentamente aquella tierra, en la cual quizá iban a vivir largos años, y quizá también a morir si no se hallaban en el camino de los buques.
—¿Qué te parece, Pencroff? —preguntó Harbert.
—Que tiene de todo —respondió el marino—, de bueno y de malo; ya veremos. Pero observo que empieza el reflujo; dentro de tres horas intentaremos el paso, y una vez allí procuraremos arreglarnos todo lo mejor que se pueda, y sobre todo hallar a Smith.
Pencroff no se había engañado en su previsión. Tres horas después, en la marea baja, estaba descubierta la mayor parte de las arenas que formaban el lecho del canal, y no quedaba entre el islote y la costa sino un estrecho pequeño, que sin duda sería fácil atravesar.
En efecto, hacia las diez Gedeon Spilett y sus dos compañeros se desnudaron, y formando un paquete con sus ropas y poniéndolo sobre la cabeza, se aventuraron a atravesar el estrecho, cuya profundidad no pasaba de cinco pies. Harbert, para quien el agua estaba sin embargo, demasiado alta, nadaba como un pez y salió perfectamente del paso. Los tres llegaron sin dificultad a la orilla opuesta, y allí, secados por el sol rápidamente, se vistieron la ropa que habían reservado de la humedad, y celebraron consejo.
CAPÍTULO IV
Ante todo, el corresponsal dijo al marino que le esperase en aquel mismo lugar, a donde volvería, y sin perder un instante subió por la costa en la dirección que había seguido pocas horas antes el negro Nab. Después desapareció rápidamente detrás de una punta saliente, impulsado por el vivo deseo de tener noticias del ingeniero.
Harbert había querido acompañarle.
—Quédate aquí, hijo mío —le había dicho el marino—. Tenemos que preparar un campamento y ver si encontramos algo que llevar a la boca que sea más sólido que los mariscos que hasta ahora hemos comido. Nuestros amigos tendrán necesidad de tomar algo a su vuelta, y cada uno debe desempeñar aquí la parte de trabajo que le toca.
—Estoy a tus órdenes, Pencroff —respondió Harbert.
—Bueno —repuso el marino—, todo se arreglará. Procedamos con método: estamos fatigados, tenemos frío y hambre; por consiguiente, lo primero que hay que hacer es buscar abrigo, fuego y alimento. El bosque tiene leña, los nidos de las aves tienen huevos; falta buscar casa.
—Pues bien —respondió Harbert—, yo buscaré una grieta entre estas rocas, y espero que acabaré por descubrir algún agujero a donde podamos meternos.
—Eso es —respondió Pencroff—, en marcha, hijo mío.
Ambos se pusieron en marcha, siguiendo la parte inferior del enorme muro, por aquella playa que la marea baja había descubierto en una gran extensión. Pero en lugar de subir hacia el norte, bajaron hacia el sur, porque Pencroff había observado a cierta distancia del sitio donde habían desembarcado que la costa ofrecía una estrecha cortadura que en su opinión debía servir de desembocadura a un río o arroyo. Era importante establecerse en las cercanías de una corriente de agua potable, y además no era imposible que la corriente hubiera llevado a Ciro Smith hacia aquel paraje.
Hemos dicho que la alta muralla de rocas se levantaba a una altura de trescientos pies; pero por todas partes estaba lisa, y aun en su base apenas era lamida por el mar; no presentaba la menor hendidura que pudiera servir de abrigo provisional. Era un muro vertical formado de un granito muy duro que las olas no habían podido erosionar. Hacia la cumbre revoloteaban todo un mundo de aves acuáticas y particularmente diversas especies del orden de las palmípedas, de pico largo comprimido y puntiagudo, aves muy gritadoras, poco asustadas por la presencia del hombre, que sin duda por primera vez turbaba su soledad. Entre estas palmípedas Pencroff reconoció varias de las llamadas goeland, a las cuales se da también el nombre de estercorarias, y también pequeñas gaviotas muy voraces que anidaban en las anfractuosidades del granito. Un tiro de fusil disparado en medio de aquel enjambre de aves hubiera hecho caer un gran número; mas para disparar el tiro de fusil era necesario un fusil, y ni Pencroff ni Harbert lo tenían. Por otra parte, las gaviotas y los goelands apenas son comestibles y hasta sus huevos tienen un sabor pésimo.
Entretanto Harbert, que se había adelantado un poco hacia la izquierda, observó algunas rocas tapizadas de algas que la marea alta debía cubrir algunas horas después. En aquellas rocas, y en medio de musgos resbaladizos, pululaban conchas bivalvas que no eran para desdeñar por personas hambrientas. Harbert llamó, pues, a Pencroff, que se apresuró a acudir.
—Son almejas —exclamó el marino—. Aquí tenemos con qué reemplazar los huevos que nos faltan.
—No son almejas —respondió Harbert, porque el joven tenía grandes conocimientos en historia natural, habiendo tenido siempre una verdadera pasión por esta ciencia. Su padre le había impulsado a seguir sus estudios, haciéndole tomar lecciones con los mejores profesores de Boston, que cobraron gran afición a aquel joven inteligente y laborioso. Así, sus instintos de naturalista debían ser útiles más de una vez en adelante y desde luego no le habían engañado.
Los litódomos eran conchas oblongas adheridas por racimos y muy pegadas a las rocas. Pertenecían a esa especie de moluscos perforadores que abren agujeros en las piedras más duras, y cuya concha se redondea en sus dos extremos, disposición que no se observa en la almeja ordinaria.
Pencroff y Harbert hicieron un buen consumo de aquellos litódomos que se entreabrían entonces a los rayos del sol. Comiéronlos como si fueran ostras y les hallaron un sabor fuerte a pimienta que les quitó el sentimiento que de otro modo habrían tenido por carecer de esta especia, o de condimentos de otro género.
Pero si su hambre se calmó por el momento, no así su sed, que se acrecentó después de haber comido de aquellos moluscos naturalmente condimentados. Tratábase de ir a encontrar agua dulce y no era verosímil que faltase en una región tan caprichosamente accidentada. Pencroff y Harbert, después de haber tomado la precaución de hacer una amplia provisión de litódomos, llenando de ellos los bolsillos y los pañuelos, volvieron a subir al pie de la muralla.
Doscientos pasos más allá llegaban a la cortadura por la cual, según el presentimiento de Pencroff, debía correr algún riachuelo. En aquel sitio la muralla parecía haber sido separada por algún violento esfuerzo plutoniano. En su base se abría una pequeña ansa cuyo fondo formaba un ángulo bastante agudo. La corriente de agua medía allí cien pies de anchura, y sus dos orillas de cada lado apenas contaban veinte pies. El río se hundía casi directamente entre los dos muros de granito que tendían a deprimirse junto a la desembocadura; después, formando un brusco recodo, desaparecía bajo una verde espesura a cosa de media milla.
—Aquí hay agua; más allá, leña —dijo Pencroff—; ahora, Harbert, sólo falta la casa.
El agua del río era límpida. El marino observó que en aquel momento de la marea, es decir, en el reflujo, era dulce y potable. Establecido este punto importante, Harbert buscó una cavidad que pudiese servir de refugio, pero no encontró nada: por todas partes el muro era liso, plano y vertical.
Sin embargo, a la desembocadura misma de la corriente y por encima del lugar a donde llegaba la marea alta, los aluviones habían formado, no una gruta, sino una aglomeración de enormes rocas como se encuentran con frecuencia en los países graníticos y que llevan el nombre de chimeneas.
Pencroff y Harbert se internaron bastante entre las rocas por aquellos corredores llenos de arena, a los cuales no faltaba luz, porque penetraba por los huecos que habían dejado entre sí los trozos de granito, alguno de los cuales se mantenían por una especie de milagro de equilibrio. Pero con la luz entraba también el viento, un viento frío y encallejonado muy desagradable. El marino pensó entonces que obstruyendo cierta parte de los corredores, y tapando algunas aberturas con una mezcla de piedras y arena, se podrían hacer habitables las chimeneas. Su plan geométrico representaba este signo & que significa y en abreviatura. Ahora bien, aislando el círculo superior del signo por el cual entraba el viento del sur y del oeste, podía utilizarse sin duda su disposición inferior.
—Ya tenemos lo que nos hace falta —dijo Pencroff—, y si volvemos a ver a Smith, él sabrá sacar partido de este laberinto.
—Lo encontraremos, Pencroff —exclamó Harbert—, cuando vuelva es preciso que encuentre aquí una habitación un poco soportable, como será ésta si podemos establecer un fogón en el corredor de la izquierda y conservar una abertura para el humo.
—No hay duda que podremos, hijo mío —respondió el marino—, y estas chimeneas (nombre que Pencroff conservó a su habitación provisional) nos servirán para el caso. Pero ante todo vamos a hacer provisión de combustible. Pienso que la leña no nos será inútil tampoco para tapar estas aberturas, a través de las cuales el diablo toca como una trompeta.
Harbert y Pencroff salieron de las chimeneas, y doblando el ángulo comenzaron a subir por la orilla izquierda del río. La corriente era bastante rápida y arrastraba alguna leña seca. La marea era alta, y ya se dejaba sentir la subida; en aquel momento debía rechazarla con fuerza hasta una distancia bastante grande. El marino pensó entonces que se podría utilizar aquel flujo y reflujo para el transporte de objetos pesados.
Después de haber andado un cuarto de hora, el marino y el joven llegaron al brusco recodo que formaba el río, penetrando hacia la izquierda en la selva. Desde aquel punto proseguía su curso a través de magníficos árboles que habían conservado su verdor a pesar de estar la estación avanzada, porque pertenecían a esa familia de las coníferas que se propaga en todas las regiones del globo, desde los climas septentrionales hasta los trópicos. El joven naturalista reconoció particularmente la especie llamada deodar, especie muy numerosa en la zona del Himalaya y que esparce un aroma agradable. Entre estos hermosos árboles crecían grupos de pinos cuyo opaco quitasol se extendía a gran distancia. En medio de las altas hierbas, Pencroff sintió que su pie hacía crujir ramas secas como si fueran fuegos artificiales.
—Perfectamente, hijo mío —dijo a Harbert—; si yo ignoro el nombre de estos árboles, por lo menos sé clasificarlos en la categoría de leña para el hogar, y por ahora ésa es la única especie de árboles que nos conviene.
—Hagamos nuestra provisión —respondió Harbert, que puso inmediatamente manos a la obra.
La tarea fue fácil. No tuvieron necesidad de cortar ninguna rama de los árboles porque encontraron a sus pies una enorme cantidad de leña. Pero si combustible no faltaba, los medios de transporte dejaban mucho que desear. Estando la leña tan seca, debía arder rápidamente, y de aquí la necesidad de llevar una gran cantidad a las chimeneas, no bastando por consiguiente la carga de dos hombres. Esto es lo que Harbert observó desde luego.
—Debe de haber —dijo el marino—, algún medio de transportar esta leña; buscando bien siempre se encuentran medios para hacerlo todo. Si tuviéramos una carreta o un barquichuelo, la cosa sería facilísima.
—Pero tenemos el río —dijo Harbert.
—Justo —respondió Pencroff—. El río es para nosotros un camino que marcha solo, y los trenes de maderas para algo se han inventado.
—Sólo que nuestro camino —dijo Harbert—, marcha en este momento en dirección contraria a la que necesitamos, pues está subiendo la marea.
—Sólo hay que esperar a que baje, y el río se encargará de transportar nuestro combustible a las chimeneas. Por tanto, preparemos nuestro tren.
El marino, seguido de Harbert, se dirigió hacia el ángulo que el extremo del bosque formaba con el río. Ambos llevaban cada uno, en proporción de sus fuerzas, una carga de leña atada en haces. En la orilla había también gran cantidad de ramas muertas en medio de las hierbas, entre las cuales probablemente jamás se había aventurado el pie de un hombre. Pencroff comenzó inmediatamente a preparar su tren.
En una especie de remanso producido por una punta de la playa y que rompía la corriente, pusieron trozos de madera bastante gruesos, atados juntos por medio de lianas secas, formando así una especie de balsa, sobre la cual amontonaron toda la leña que habían recogido y que formaba la carga de veinte hombres por lo menos. En una hora quedó completado el trabajo, y el tren amarrado a la orilla debió esperar a que bajase la marea.
Faltaban todavía algunas horas, y de común acuerdo Pencroff y Harbert resolvieron subir a la meseta superior para examinar el país en un radio más extenso.
Precisamente a doscientos pasos detrás del ángulo formado por el río, el muro terminado por rocas en descomposición venía a morir en suave pendiente sobre la linde del bosque. Era aquello como una escalera natural: Harbert y el marino comenzaron la ascensión, y gracias al vigor de sus piernas llegaron a la cumbre en pocos instantes y se apostaron en el ángulo que formaba sobre la desembocadura del río.
Al llegar, su primera mirada fue para aquel océano que acababan de atravesar en tan terribles condiciones, observando con emoción toda aquella parte norte de la costa en que había tenido lugar la catástrofe. Allí era donde Ciro Smith había desaparecido. Buscaron con la vista algún resto de su globo, al cual pudiera haberse asido un hombre; pero no encontraron nada que sobrenadase. El mar era un vasto desierto de agua; la costa estaba también desierta; no se veían ni el corresponsal ni Nab, si bien era posible que en aquel momento estuviesen ambos a tal distancia que no se les pudiera divisar.
—Una voz interior —exclamó Harbert—, me dice que un hombre tan enérgico como Ciro Smith no ha podido dejarse ahogar como otro cualquiera. Debe de haber llegado a algún punto de la orilla. ¿No es verdad, Pencroff?
El marino movió tristemente la cabeza. No esperaba volver a ver a Ciro Smith; pero queriendo dejar a Harbert alguna esperanza, dijo:
—Sin duda alguna; nuestro ingeniero es hombre muy capaz de salvarse allí donde cualquier otro perecería.
Entretanto observaba la costa con extrema atención. A su vista se desarrollaba la playa de arena, limitada a la derecha de la desembocadura por varias líneas de rompientes. Aquellas rocas que sobresalían del agua parecían grupos de anfibios echados sobre la resaca. Más allá de la zona de escollos, el mar resplandecía bajo los rayos del sol. Al sur una punta aguda cerraba el horizonte y no se podía averiguar si la tierra se prolongaba en aquella dirección o si se orientaba al sudeste o sudoeste, lo cual hubiera dado a la costa la forma de una península muy prolongada. Al extremo septentrional de la bahía continuaba el litoral dibujándose a gran distancia, siguiendo una línea más curva. Allí la playa era baja, llana, sin acantilados, con anchos bancos de arena que el reflujo dejaba descubiertos.
Pencroff y Harbert volvieron sus miradas hacia el oeste; pero las detuvo desde luego una montaña de cima nevada que se alzaba a una distancia de seis o siete millas. De sus primera rampas hasta dos millas de la costa, se extendían varias masas de bosque, entre los cuales eran notables otras de mayor verdor, debido a los árboles de hoja perenne. Desde el término de este bosque hasta la misma orilla, verdeaba una ancha meseta sembrada de grupos de árboles caprichosamente distribuidos. Sobre la izquierda brillaban de cuando en cuando las aguas del riachuelo a través de algunos claros, y parecía que su curso sinuoso le llevaba hacia los contrafuertes de la montaña, entre los cuales debían tener origen. En el puesto en que el marino había dejado su tren de leña, comenzaba el riachuelo a correr entre las dos altas murallas de granito; pero si en su orilla izquierda las paredes eran unidas y abruptas, en la derecha, por el contrario, se deprimían poco a poco, la roca maciza se cambiaba en bloques aislados, éstos en guijarros, y los guijarros en grava hasta el extremo de la playa.
—¡Estamos en una isla! —murmuró el marino.
—En todo caso sería una isla muy grande —repuso el joven.
—Una isla por grande que sea —dijo Pencroff—, no será más que una isla.
Pero esta importante cuestión todavía no podía ser resuelta; era preciso aplazar la solución para otro momento; por lo demás, la tierra, isla o continente, parecía fértil, agradable en su aspecto y variada en sus producciones.
—Ésta es una gran suerte —dijo Pencroff—, y en medio de nuestro infortunio debemos dar gracias a la Providencia.
—Dios sea alabado —respondió Harbert, cuyo piadoso corazón estaba lleno de gratitud hacia el Autor de todas las cosas.
Por largo tiempo Pencroff y Harbert examinaron el país donde el destino les había arrojado, pero era difícil imaginar, mediante una inspección tan superficial, lo que pudiera reservarles el porvenir.
Después siguieron la cresta meridional de la meseta de granito, toda contorneada por un largo festón de rocas caprichosas que presentaban las formas más extrañas. Allí vivían centenares de aves que anidaban en los agujeros de la piedra. Harbert, saltando sobre las rocas, hizo levantar el vuelo a una bandada de ellas.
—¡Oh —exclamó entonces—, ésas no son ni goelands ni gaviotas!
—¿Qué especie de aves son ésas? —preguntó Pencroff—. Parecen palomas.
—En efecto, pero son palomas torcaces o de roca —respondió Harbert—. Las conozco por las dos rayas negras de las alas, en su cuerpo blanco y en su pluma azul cenicienta. Ahora bien, si estas palomas son buenas para comer, sus huevos deben ser excelentes, y por pocos que hayan dejado en sus nidos...
—No les daremos tiempo de abrirse si no es en forma de tortilla —respondió alegremente Pencroff.
—¿Pero en qué harás la tortilla? —preguntó Harbert—, ¿en un sombrero?
—No soy lo bastante brujo para eso —respondió el marino—. Nos contentaremos con pasarlos por agua, y yo me encargo de comerme los más duros.
Pencroff y el joven examinaron con atención las hendiduras del granito, y encontraron en efecto huevos en ciertas cavidades. Recogieron de ellos varias docenas, que pusieron en el pañuelo del marino, y acercándose el momento de la pleamar, comenzaron a bajar hacia el río.
Cuando llegaron al recodo era la una de la tarde. Había comenzado el reflujo y era necesario aprovecharlo para llevar el tren de leña a la desembocadura. Pencroff no tenía intención de dejarlo ir por la corriente sin dirección, ni tampoco de embarcarse en él para dirigirlo. Pero un marino jamás encuentra dificultades en estas circunstancias, cuando se trata de cables o cuerdas, y trenzando inmediatamente una larga cuerda de muchas brazas por medio de lianas secas ató aquel cable vegetal al extremo de la balsa, y teniendo una punta en la mano mientras Harbert empujaba el tren con una larga vara, lo mantuvo en el sitio conveniente de la corriente.
Este procedimiento tuvo los mejores resultados. La enorme carga de leña que el marino detenía marchando por la orilla, seguía la corriente del agua. La orilla era muy suave y no había que temer que el tren encallase, y antes de dos horas llegó a la desembocadura a pocos pasos de las chimeneas.
CAPÍTULO V
El primer cuidado de Pencroff cuando el tren de leña estuvo descargado, fue hacer habitables las chimeneas, obstruyendo los corredores a través de los cuales se establecía la corriente de aire. Con arena, piedra, ramas entrelazadas y barro taparon herméticamente las galerías de la & abiertas a los vientos del sur aislando el anillo superior. Un solo agujero estrecho y sinuoso, que se abría en la parte lateral, fue dejado abierto para que condujese el humo al exterior y tuviese tiro el hogar. De esta manera se encontraron las chimeneas divididas en tres o cuatro departamentos, si se puede dar este nombre a cuevas sombrías con las cuales apenas se hubiera contentado una fiera. Pero allí podía mantenerse en pie, al menos en la principal habitación que ocupaba el centro. Una arena fina cubría el suelo, y en última instancia podía servir perfectamente aquel asilo, mientras se disponía de otro mejor.
Durante la tarea, Harbert y Pencroff, sin dejar de trabajar, hablaban.
—Tal vez —decía Harbert—, nuestros compañeros habrán encontrado mejor habitación que la nuestra.
—Es posible —respondió el marino—, pero en la duda no te abstengas. Más vale una cuerda más en tu arco que no tener ninguna.
—¡Ah! —respondió Harbert—. Con tal de que traigan al señor Smith, con tal de que le encuentren, todo lo demás importa poco y deberemos dar infinitas gracias al cielo.
—Sí —murmuró Pencroff—, Ciro Smith era todo un hombre.
—¿Era? —preguntó Harbert—; ¿es que tú desesperas de volverle a ver?
—Dios me libre —respondió el marino.
Ejecutado el trabajo de arreglo de las chimeneas, Pencroff se declaró satisfecho y dijo:
—Ahora ya pueden venir nuestros amigos, que aquí hallarán un abrigo suficiente.
Faltaba establecer el hogar y preparar la comida; tarea sencilla y fácil en verdad. Al extremo del primer corredor de la izquierda, junto al estrecho orificio que se había reservado para chimenea, pusieron grandes piedras planas. El calor que por aquel agujero no se escapase con el humo, bastaría evidentemente para mantener en el interior una temperatura agradable. Almacenóse la leña en otra de las habitaciones, y el marino puso sobre las piedras del hogar algunos leños mezclados con astillas menudas.
Estando en este trabajo, Harbert le preguntó si tenía fósforos.
—Ciertamente —contestó Pencroff—, y añadiré que por fortuna, porque sin fósforos o sin yesca nos veríamos muy apurados.
—Siempre nos quedaría el recurso de hacer fuego como los salvajes —respondió Harbert—, frotando dos maderos secos uno contra otro.
—Prueba, hijo mío, y veremos si consigues otra cosa más que romperte los brazos.
—Sin embargo, es un procedimiento muy sencillo y muy usado en las islas del Pacífico.
—No digo que no —respondió Pencroff—, pero hay que creer que los salvajes conocen la manera de practicarlo, o que emplean una madera particular, porque más de una vez he querido proporcionarme fuego de esa suerte y nunca lo he podido lograr. Confieso, por consiguiente, que prefiero los fósforos. ¿Dónde están mis fósforos?
Pencroff buscó en su chaleco la caja, que no dejaba jamás, porque era un fumador empedernido, pero no la encontró; buscó en los bolsillos del pantalón y tampoco halló nada, con lo cual llegó al colmo de su estupor.

Pencroff no ocultó su vivo descontento.
—Buena es ésta; y más que buena —dijo mirando a Harbert—. La caja de los fósforos se me ha caído del bolsillo y la he perdido. Pero tú, Harbert, ¿no tienes nada? ¿Ni eslabón ni nada que pueda servir para hacer fuego?
—Nada, Pencroff.
El marino salió seguido del joven rascándose la frente con viveza.
En la arena, en las rocas, a la orilla del río, ambos buscaron con el mayor cuidado, pero inútilmente. La caja era de cobre y no podía ocultarse a sus miradas si hubiera estado allí.
—Pencroff —dijo Harbert—, ¿no tiraste la caja de fósforos cuando estábamos en la barquilla?
—Me guardé mucho de hacerlo —respondió el marino—, pero cuando uno ha sido sacudido como nosotros por los aires y por el agua, bien puede haber desaparecido un objeto tan pequeño, sin echarlo de ver. ¡Diablo de caja! ¡Dónde puede estar!
—El mar se retira —dijo Harbert—, corramos al sitio donde hemos tomado tierra.
Era poco probable que se encontrase allí la caja, porque las olas habían debido arrastrarla por los guijarros en la marea alta; sin embargo, bueno era verlo. Harbert y Pencroff se dirigieron rápidamente hacia el punto donde les había echado el huracán a doscientos pasos poco más o menos de las chimeneas.
Allí entre los guijarros, y en el hueco de las rocas, registraron minuciosamente, pero sin ningún resultado. Si la caja había caído en aquel paraje, había debido ser arrastrada por las olas. A medida que el mar se retiraba, el marino registraba todos los intersticios de las rocas, pero inútilmente. Aquélla era una pérdida grave en tales circunstancias, pérdida por el momento irreparable.
Pencroff no ocultó su vivo descontento. Su frente se había fruncido notablemente y no pronunciaba una sola palabra. Harbert quiso consolarle diciendo que, según todas las probabilidades, los fósforos estarían mojados por el agua del mar y habría sido imposible servirse de ellos.
—No, hijo mío, no —respondió el marino—, estaban en una caja de cobre que cerraba muy bien. ¿Y ahora qué hacer?
—Ya encontraremos medio de proporcionarnos fuego —dijo Harbert—. Smith o Spilett sabrán hacerlo mejor que nosotros.
—Sí —respondió Pencroff—; pero entretanto no tenemos lumbre y nuestros compañeros sólo encontrarán a su vuelta una comida poco satisfactoria.
—Pero —dijo Harbert—, es imposible que no traigan ni yesca, ni fósforos.
—Sospecho que no los traerán —respondió el marino sacudiendo la cabeza—. En primer lugar, Nab y Smith no fuman, y me temo que Spilett haya preferido conservar su cuaderno y su lápiz, en vez de la caja de fósforos.
Harbert no respondió. La pérdida de la caja era evidentemente una cosa muy sensible; sin embargo, el joven contaba que de una manera o de otra, acabarían por proporcionarse fuego. Pencroff, más experimentado, aunque no era hombre a quien asustaran las dificultades grandes ni pequeñas, no era de la misma opinión. Pero de todos modos no había más que un partido que tomar y era esperar la vuelta de Nab y del corresponsal, renunciando a la cena de huevos duros que quería prepararles. En cuanto al régimen de carne cruda, no le parecía, ni para ellos ni para él mismo, una perspectiva agradable.
Antes de volver a las chimeneas, el marino y Harbert, previendo el caso de que les faltara definitivamente el fuego, hicieron una nueva recolección de litódomos y tomaron silenciosamente el camino de su morada.
Pencroff, con los ojos fijos en tierra, continuaba buscando su caja de fósforos. Volvió a subir por la orilla izquierda del río, desde su desembocadura, hasta el ángulo en que había quedado amarrado el tren; subió a la meseta superior, la recorrió en todos los sentidos, registró las altas hierbas y la orilla del bosque; pero todo en vano.
Eran la cinco de la tarde, cuando Harbert y él volvieron a las chimeneas. Huelga decir que registraron también los corredores, hasta en sus más oscuros rincones y que siendo también inútiles estas pesquisas, tuvieron que renunciar a ellas definitivamente.
Hacia las seis de la tarde, en el momento en que el sol desaparecía detrás de las tierras altas del oeste, Harbert, que iba y venía por la playa, anunció la vuelta de Nab y de Gedeon Spilett.
Volvían solos; el joven experimentó un gran dolor; el marino no se había engañado en sus presentimientos; el ingeniero Ciro Smith no había aparecido.
El corresponsal, al llegar, se sentó sobre una roca sin decir una palabra. Abrumado de fatiga y muerto de hambre, no tenía fuerza para hablar.
En cuanto a Nab, sus ojos enrojecidos probaban cuánto había llorado; y las nuevas lágrimas, que no podía contener, decían demasiado claramente que había perdido toda esperanza.
Después de haber tomado algún descanso, el corresponsal hizo el relato de las pesquisas que habían realizado en la costa en un espacio de más de ocho millas, por consiguiente, mucho más allá del punto en que había ocurrido la penúltima caída del globo, caída que había sido seguida de la desaparición del ingeniero y del perro. La playa estaba desierta, sin que hubiera en ella ninguna señal, ninguna huella, ni vestigio de ser viviente. No habían visto ni un guijarro fuera de su sitio, ni un indicio sobre la arena, ni la huella de un pie humano en toda aquella parte del litoral. Era evidente que ningún habitante frecuentaba aquel sitio de la costa.
El mar estaba tan desierto como la orilla y allí era, sin embargo, a pocos centenares de pies, donde el ingeniero había encontrado su tumba.
En aquel momento, Nab se levantó y con voz que denotaba que aún le quedaba un resto de esperanza exclamó:
—No, no, no ha muerto, eso no puede ser. ¡Él morir! Si fuera yo o cualquier otro, sería posible; pero él, nunca. Es un hombre que sabe salir airoso de cualquier peligro.
Después, abandonándole las fuerzas, murmuró:
—¡Ah! No puedo más.
Harbert corrió hacia él.
—Nab —le dijo—, ya lo encontraremos. Dios nos lo devolverá; pero entre tanto usted no ha comido. Coma un poco, se lo ruego.
Y diciendo esto, ofreció al pobre negro algunos puñados de mariscos, triste e insuficiente alimento. Nab no había comido desde hacía muchas horas; pero no aceptó el ofrecimiento. Privado de su amo, Nab no podía o no quería vivir.
En cuanto a Gedeon Spilett, devoró los moluscos y después se echó sobre la arena, al pie de una roca. Estaba extenuado, pero tranquilo.
Entonces Harbert se acercó a él y tomándole por la mano le dijo:
—Señor Spilett, hemos descubierto un abrigo, donde estará usted mejor que aquí. La noche se acerca, venga usted a descansar, mañana veremos.
El corresponsal se levantó y guiado por el joven se dirigió hacia las chimeneas.
En aquel momento, Pencroff se acercó a él y con el tono más natural le preguntó si por casualidad tendría un fósforo.
El corresponsal se detuvo, registró sus bolsillos, no encontró nada y dijo:
—Lo tenía, pero he debido arrojarlo todo...
El marino llamó a Nab, le hizo la misma pregunta y recibió la misma respuesta.
—¡Maldición! —exclamó sin poder contenerse.
El corresponsal le preguntó:
—¿No tiene usted un fósforo?
—Ni uno, y por consiguiente no hay fuego.
—Ah —exclamó Nab—, si estuviese aquí mi amo sabría encenderlo.
Los cuatro náufragos quedaron inmóviles, mirándose no sin inquietud. Harbert fue el primero que rompió el silencio diciendo:
—Señor Spilett, usted es fumador y siempre ha tenido fósforos. Quizá no ha registrado usted bien sus bolsillos. Busque usted; uno solo nos bastaría.
El corresponsal registró de nuevo los bolsillos del pantalón, del chaleco, del gabán y al fin, con gran júbilo de Pencroff y con gran sorpresa suya, sintió un pedacito de madera entre el forro del chaleco. Sus dedos lo habían sentido a través de la tela; pero no podía sacarlo. Como debía de ser un fósforo y no había más, se trataba de que no se encendiese prematuramente.
—¿Quiere usted que yo lo saque? —dijo el joven.
Y muy diestramente, sin romperlo, logró extraer el pedacito de astilla, miserable y precioso regalo que para aquella pobre gente tenía tan gran importancia. Estaba intacto.
—¡Un fósforo! —exclamó Pencroff—. Ah, es como si tuviéramos un cargamento entero.
Lo tomó y, seguido de sus compañeros, llegó a las chimeneas.
Aquel pedacito de madera que en los países habitados se prodiga con tanta indiferencia y cuyo valor es nulo, exigía, en las circunstancias en que se hallaban los náufragos, una gran precaución. El marino se cercioró de que estaba bien seco. Después dijo:
—Necesitaríamos un poco de papel.
—Aquí hay —respondió Gedeon Spilett, que después de haber vacilado un instante, desgarró una hoja de su cuaderno.
Pencroff tomó el pedazo de papel que le tendía el corresponsal, y se puso de cuclillas delante del hogar. Allí tomó un puñado de hierbas y hojas secas, y lo puso bajo los leños y astillas, dispuesto de manera que el aire pudiese circular fácilmente e inflamar con rapidez la leña muerta.
Dobló después el papel en forma de corneta, como hacen los fumadores de pipa para evitar el impulso del viento, y lo introdujo entre las astillas. Enseguida tomó un guijarro un poco escabroso, lo limpió con cuidado y, no sin que le palpitase el corazón, frotó suavemente el fósforo conteniendo la respiración.
El primer frote no produjo ningún efecto; Pencroff no había apoyado la mano bastante, temiendo arrancar la cabeza de fósforo.
—No, no podré —dijo—, mi mano tiembla... no voy a conseguir nada... no quiero... no quiero...—. Y levantándose, dio a Harbert el encargo de reemplazarle.
Ciertamente, el joven no había experimentado en su vida tanta impresión. Su corazón le latía con fuerza. Prometeo, cuando iba a robar el fuego del cielo, no debía estar tan conmovido. Sin embargo, no vaciló y frotó rápidamente el fósforo contra el guijarro. Oyóse un pequeño chasquido y surgió una ligera llama azulada que produjo un humo acre. Harbert volvió suavemente el palito de modo que se pudiera alimentar la llama, y después lo introdujo en el cañón del papel: éste prendió y en pocos segundos se prendieron las hojas secas y las astillas.
Algunos instantes después crujía la madera seca y una alegre llama, avivada por el soplo vigoroso del marino, surgió en medio de la oscuridad.
—¡Al fin! —exclamó Pencroff levantándose—. En mi vida me he visto más apurado.
El fuego ardía perfectamente en el hogar formado de piedras planas. El humo se escapaba con facilidad por el estrecho conducto; la chimenea tiraba y no tardó en esparcirse por la habitación un agradable calor.
Por lo demás, era preciso tener cuidado de no dejar apagar el fuego y conservar siempre algunas brasas bajo la ceniza; pero éste era un asunto de cuidado y atención tan sólo, porque no faltaba leña y podía renovarse la provisión en tiempo oportuno.
Pencroff pensó desde luego en utilizar el hogar preparando una cena más nutrida que los litódomos. Harbert llevó dos docenas de huevos.
El corresponsal, recostado en un rincón, miraba aquellos preparativos sin decir una palabra: su ánimo estaba ocupado en tres pensamientos: ¿Vive Ciro todavía? Si vive, ¿dónde puede estar? Si ha sobrevivido al naufragio, ¿cómo explicar que no haya encontrado medio de dar a conocer su existencia? En cuanto a Nab, vagaba por la playa como un cuerpo sin alma.
Pencroff, que sabía cincuenta y dos manera de arreglar los huevos, no tenía, sin embargo, en qué elegir en aquel momento, y tuvo que contentarse con introducirlos entre la ceniza y dejarlos asar a fuego lento.
En pocos minutos estuvieron asados, y el marino invitó al corresponsal a participar de su cena. Tal fue la primera de los náufragos en aquella costa desconocida. Aquellos huevos duros eran excelentes, y como el huevo contiene todos los elementos indispensables para la alimentación del hombre, los pobres náufragos se sintieron confortados, después de haberlos comido.
¡Ah, si uno de sus compañeros no hubiera faltado para celebrar aquel banquete! ¡Si los cinco prisioneros escapados de Richmond hubiesen estado todos allí, bajo aquellas rocas amontonadas, delante de aquel fuego chispeante y claro, sobre aquella arena seca, tal vez no habrían tenido más que hacer que dar mil gracias al cielo! Pero el más ingenioso, el más sabio, el que era su jefe reconocido unánimemente, Ciro Smith, en una palabra, faltaba y su cuerpo no había podido obtener sepultura.
Así transcurrió el día 25 de marzo. Llegó la noche; oyóse a lo lejos silbar el viento, y la resaca con su ruido monótono batía la costa. Los guijarros, empujados y arrastrados otras veces por las olas, rodaban con estrépito atronador.
El corresponsal se había retirado al fondo de un corredor oscuro, después de haber anotado sumariamente los accidentes del día; la primera aparición de una tierra, la desaparición del ingeniero, la exploración de la costa, el incidente de los fósforos, etc., y ayudado del cansancio que sentía, logró encontrar algunos momentos de olvido y de descanso en el sueño.
Harbert también se durmió pronto. El marino, velando con un ojo, pasó la noche cerca del hogar, añadiendo combustible de vez en cuando. Uno solo de los náufragos no descansó en las chimeneas: era el inconsolable, el desesperado Nab, que toda la noche, a pesar de las exhortaciones de sus compañeros, que le invitaban a tomar descanso, anduvo vagando por la playa y llamando a su amo.
CAPÍTULO VI
El inventario de los objetos que poseían aquellos náufragos del aire, arrojados a una costa que parecía deshabitada, quedó muy pronto hecho.
No tenían nada, a excepción de las ropas con que se cubrían en el momento de la catástrofe. Sin embargo, hay que añadir un cuaderno y un reloj que Gedeon Spilett había conservado, por descuido, sin duda; pero no tenían ni un arma, ni un instrumento, ni siquiera una pequeña navaja. Todo lo habían arrojado fuera de la barquilla para aligerar de lastre al globo.
Los héroes imaginarios de Daniel Defoe, o de Wyss, lo mismo que los de Selkirk y Raynal, náufragos arrojados a la isla de Juan Fernández o el archipiélago de las islas Auckland, no se vieron en una desnudez tan absoluta. Aquéllos sacaban recursos abundantes de sus buques encallados, ya en granos, ya en ganados, ya en útiles y municiones; o bien llegaba a la costa algún resto de naufragio que les permitía subvenir a las primeras necesidades de la vida. No se encontraban de un golpe absolutamente desarmados frente a la naturaleza. Pero aquí nuestros náufragos no tenían un solo utensilio. De nada les era preciso llegar a todo.
Y si al menos Ciro Smith hubiera estado con ellos; si el ingeniero hubiera podido poner su ciencia práctica, su espíritu inventivo al servicio de aquella situación, no todo se habría perdido quizá; pero, ¡ah! ya no era posible contar con Ciro Smith. Los náufragos no debían esperar nada más que de sí mismos y de aquella Providencia que no abandona nunca a los que en ella tienen fe.
Pero ante todo, ¿debían instalarse en aquella parte de la costa sin tratar de saber a qué continente pertenecía, si estaba habitada, o si aquel litoral no era más que la orilla de una isla desierta?
Ésta era una cuestión importante de resolver y que no admitía espera. De su solución dependían las medidas que debían adoptarse. Sin embargo, siguiendo el parecer de Pencroff, pareció conveniente a los náufragos esperar algunos días antes de emprender una expedición, porque, en efecto, era preciso preparar víveres y procurarse un alimento más fortificante que el de los huevos o los moluscos. Los exploradores, expuestos a sufrir largas fatigas sin abrigo para descansar, debían, ante todo, reponer sus fuerzas.
Las chimeneas ofrecían un retiro provisional suficiente. El fuego estaba encendido; sería fácil conservar brasas; por el momento los moluscos y los huevos no faltaban en las rocas y en la playa; ya se encontraría modo de matar algunas palomas de las que volaban a centenares hacia la cresta de la meseta, aunque fuese a palos o a pedradas; tal vez los árboles del bosque inmediato darían frutos comestibles, y en fin, no faltaba tampoco el agua dulce. Convinieron, pues, en que durante algunos días permanecerían en las chimeneas, a fin de prepararse para una exploración del litoral, o del interior del bosque.
Este proyecto convenía particularmente a Nab. Obstinado en sus ideas, como en sus presentimientos, no tenía prisa por abandonar aquella parte de la costa, teatro de la catástrofe. No creía, ni quería creer, en la pérdida de Ciro Smith; no le parecía posible que un hombre semejante hubiera acabado su vida de aquella manera vulgar, arrastrado por un golpe de mar, ahogado por las olas a pocas varas de la orilla. Mientras las olas no hubieran arrojado el cadáver del ingeniero a la playa, mientras él, Nab, no hubiera visto con sus ojos y tocado con sus manos aquel cadáver, no creería a su amo muerto. Aquella idea se arraigó más que nunca en su obstinado corazón: ilusión tal vez, ilusión sin embargo respetable, que el marino no quiso destruir. Para Pencroff no había ya esperanza y el ingeniero había perecido verdaderamente entre las olas, pero con Nab no era posible discutir. Era como el perro que no quiere abandonar el sitio donde está enterrado su amo; y su dolor era tal, que probablemente no debería sobrevivirle.
Aquella mañana, el 26 de marzo, al rayar el alba, Nab tomó de nuevo la dirección del norte, siguiendo la costa y volviendo al sitio donde sin duda el mar había cubierto con sus olas al infortunado Smith.
El almuerzo de aquel día se compuso únicamente de huevos de paloma y litódomos. Harbert había encontrado sal en los huecos de las rocas, formada por evaporación, y aquella sustancia mineral les vino muy a propósito.
Terminado el almuerzo, Pencroff preguntó al corresponsal si quería acompañarles al bosque, donde Harbert y él iban a tratar de cazar alguna cosa. Pero reflexionando después, convinieron en que era necesario que alguno se quedase, a fin de alimentar el fuego y para el caso, aunque muy improbable, de que Nab tuviese necesidad de auxilio. El corresponsal se quedó por consiguiente en las chimeneas.
—Vamos de caza, Harbert —dijo el marino—. Ya encontraremos municiones en el camino y cortaremos nuestros fusiles en el bosque.
Pero en el momento de partir, Harbert observó que ya que les faltaba yesca sería prudente reemplazarla por otra sustancia.
—¿Cuál? —preguntó Pencroff.
—Trapo quemado —respondió el joven—; en caso de necesidad, eso puede servir de yesca.
El marino encontró bastante sensata esta opinión. Solamente tenía el inconveniente de necesitar el sacrificio de un pedazo de su pañuelo. Sin embargo, la cosa valía la pena y el pañuelo de grandes cuadros de Pencroff quedó en breve reducido por una parte al estado de trapo medio quemado. Aquella materia inflamable fue guardada en la habitación central en el fondo de un agujero de la roca, al abrigo de todo viento y de toda humedad.
Eran las nueve de la mañana, el tiempo se presentaba entonces amenazador y la brisa soplaba del sudeste. Harbert y Pencroff doblaron el ángulo de las chimeneas, no sin haber dirigido una mirada hacia el humo que salía en espiral por una punta de la roca, y después subieron por la orilla izquierda del río.
Al llegar al bosque, Pencroff rompió en el primer árbol dos sólidas ramas que transformó en armas y cuya punta afiló Harbert sobre una roca. ¡Ah! ¡Que no hubiera podido tener un cuchillo! Después, los dos cazadores se adelantaron entre las altas yerbas siguiendo la orilla del río. A partir del recodo que torcía la corriente al sudeste, el río se estrechaba poco a poco y sus altas orillas formaban un lecho muy encajonado cubierto por un doble arco de árboles. Pencroff, a fin de no extraviarse, resolvió seguir la corriente de agua que de todos modos le había de llevar a su punto de partida. Pero la orilla no dejaba de presentar algunos obstáculos: aquí árboles, cuyas ramas flexibles se encorvaban hasta el nivel de la corriente, allí lianas o espinos que era preciso romper a palos. Con frecuencia Harbert se introducía entre los troncos rotos, con la presteza de un gato joven, y desaparecía en la espesura. Pero Pencroff le llamaba inmediatamente rogándole que no se alejase mucho.
Entretanto, el marino observaba con atención la disposición de la naturaleza y de los lugares que recorrían.
En aquella orilla izquierda, el suelo era llano y subía insensiblemente hacia el interior. Algunas veces se presentaba húmedo y tomaba una apariencia pantanosa. Los cazadores sentían bajo sus pies como una red subyacente de filetes líquidos que sin duda por conductos subterráneos debían desembocar en el río. Otras veces corría un arroyuelo a través de la espesura, arroyuelo por el que atravesaban sin trabajo. La orilla opuesta parecía más accidentada, y el valle cuyo fondo ocupaba el río se dibujaba en ella más claramente. La colina cubierta de árboles dispuestos como en anfiteatro, formaba una cortina que ocultaba el resto del paisaje. Por aquella orilla derecha, la marcha hubiera sido difícil, porque los declives y los barrancos eran muchos y profundos y los árboles, encorvados sobre el agua, sólo se mantenían por la fuerza de sus raíces.
Huelga decir que aquel bosque, lo mismo que la costa ya recorrida, estaba virgen de toda huella humana. Pencroff sólo observó en él señales de cuadrúpedos, huellas recientes de animales, cuya especie no podía conocer. Sin duda, y ésta fue también la opinión de Harbert, algunas de estas huellas eran de fieras, con las cuales, en adelante, sería preciso contar; pero en ninguna parte se veía la marca de un hacha sobre un tronco de árbol, ni los restos de un fuego apagado, ni la huella de un pie, de lo cual debían quizá felicitarse, porque en aquella tierra, en medio del mar Pacífico, la presencia del hombre hubiera sido tal vez más de temer que de desear.
Harbert y Pencroff apenas hablaban, porque las dificultades del camino eran grandes, y avanzaban lentamente, de suerte que al cabo de una hora de marcha, apenas habían andado una milla. Hasta entonces la caza no había dado resultado. Sin embargo, algunas aves cantaban y revoloteaban entre las ramas y se mostraban muy esquivas, como si el hombre les hubiera inspirado instintivamente un justo temor. Entre otras volátiles, Harbert señaló en una parte pantanosa del bosque un ave de pico agudo y prolongado que parecía anatómicamente un martín pescador. Sin embargo, se distinguía de este último por su plumaje bastante áspero, revestido de un brillo metálico.
—Debe ser un jacamar —dijo Harbert, tratando de acercarse al animal al alcance del palo.
—Buena ocasión para probar a qué sabe el jacamar —respondió el marino—, si ese animal estuviese de humor de dejarse asar.
En aquel momento una piedra diestra y vigorosamente lanzada por el joven, hirió al volátil en el nacimiento del ala; pero el golpe no fue suficiente, porque el jacamar huyó con toda la velocidad de sus patas y desapareció en un instante.
—¡Qué torpe he sido! —exclamó Harbert.
—No tanto, hijo mío —respondió el marino—. El golpe ha sido bueno, y más de un buen tirador lo habría errado. Vamos, no te desesperes, sigue adelante y otro día lo atraparemos.
Continuó la exploración. A medida que avanzaban, los árboles más espaciados iban siendo magníficos; pero ninguno producía frutos comestibles. Pencroff buscaba en vano alguna de esas preciosas palmeras que se prestan a tantos usos de la vida doméstica, y cuya presencia ha sido señalada hasta los cuarenta grados de latitud norte y sólo hasta los treinta y cinco de latitud sur. Pero aquel bosque no se componía sino de coníferas como deodares, ya reconocidos por Harbert, douglas semejantes a los que crecen en la costa noroeste de América y abetos admirables que medían cincuenta pies de altura.
En aquel momento, una bandada de aves pequeñas de lindo plumaje y de larga cola, salió de entre las ramas, sembrando sus plumas débilmente adheridas que cubrieron el suelo de un fino vello. Harbert recogió algunas de las plumas, y después de haberlas examinado dijo:
—Son curucus.
—Preferiría una pintada o un pato —dijo Pencroff—; pero, en fin, ¿son buenos de comer?
—Son buenos para comer, y hasta es muy delicada su carne —replicó Harbert—. Por lo demás, si no me engaño, es fácil acercarse a ellos y hasta matarlos a palos.
El marino y el joven, introduciéndose entre las hierbas, llegaron al pie de un árbol cuyas ramas bajas estaban cubiertas de aquellas aves. Los curucus esperaban al paso los insectos que les servían de alimento. Veíanse sus patas emplumadas apretar fuertemente las ramitas que les servían de apoyo.
Los cazadores se irguieron entonces y, maniobrando con sus palos como con una hoz, arrasaron filas enteras de aquellos curucus, que no pensando volar se dejaron derribar estúpidamente. Un centenar de ellos cubría ya el suelo cuando los otros se decidieron a huir.
—Bien —dijo Pencroff—, ésta es una caza hecha a propósito para cazadores como nosotros, casi podríamos cogerlos a mano.
El marino ensartó los curucus, como si fueran cogujadas, por medio de una varita flexible, y continuó la exploración. Observaron entonces que la orilla se redondeaba ligeramente, como formando un corchete hacia el sur; pero aquel rodeo no se prolongaba verosímilmente mucho, porque el río debía tener sus fuentes en la montaña y alimentarse de las nieves fundidas que alfombraban las laderas del cono central.
El objeto particular de esta excursión era, como es sabido, proporcionar a los huéspedes de las chimeneas la mayor cantidad posible de carne. No se podía decir que se hubiera conseguido hasta entonces, y por lo mismo el marino proseguía activamente sus investigaciones y maldecía cuando algún animal, que no había tenido tiempo siquiera de reconocer, huía entre las altas hierbas. ¡Si al menos hubiera estado allí el perro Top! Pero Top había desaparecido al mismo tiempo que su amo, y probablemente había muerto con él.
Hacia las tres de la tarde entrevieron nuevas bandadas de aves a través de ciertos árboles, donde estaban picoteando las bayas aromáticas. De repente, una verdadera llamada de trompetas resonó en el bosque. Aquel trompeteo extraño y sonoro era producido por esas gallináceas que se llaman tetras en los Estados Unidos. En breve se vieron algunas parejas de plumaje variado entre leonado y pardo y con la cola parda. Harbert conoció los machos en las alas puntiagudas, formadas por las plumas levantadas del cuello. Pencroff juzgó necesario apoderarse de una de estas gallináceas, grandes como una gallina, y cuya carne equivale a la de ésta; pero era difícil, porque no dejaban a los cazadores acercarse. Después de varias tentativas infructuosas, que no tuvieron más resultado que asustar a las tetras, el marino dijo al joven:
—Decididamente, ya que no se las puede matar al vuelo, será preciso pescarlas con caña.
—¿Como una carpa? —exclamó Harbert sorprendido de la proposición.
—Como una carpa —respondió seriamente el marino.
Pencroff había encontrado entre las hierbas una media docena de nidos de tetras, cada uno de los cuales tenía media docena de huevos, y se había guardado bien de tocar aquellos nidos, a los cuales pensó que sus propietarios no tardarían en volver. Alrededor de ellos imaginó tender sus varas, verdaderas varas con anzuelo y no con lazo. Llevó a Harbert a alguna distancia de los nidos y allí preparó sus aparatos singulares con el cuidado que hubiera puesto para ello un discípulo de Isaac Walton, célebre autor de un tratado sobre la pesca con caña.
Harbert examinaba aquel trabajo con un interés fácil de comprender, dudando que sirviese para algo. Hiciéronse las cañas de lianas delgadas, atadas una a otra y de quince a veinte pies de longitud. Pencroff ató a los extremos de estas cañas, a guisa de anzuelo, gruesas espinas muy fuertes y de punta encorvada que se proporcionó en una espesura de acacias enanas; y le sirvieron de cebo unos gruesos gusanos rojos que encontró en el suelo.
Hecho esto, Pencroff, pasando entre las hierbas y procurando ocultarse con destreza, colocó el extremo de las varas armadas de anzuelos cerca de los nidos de tetras, y asiendo el otro extremo, se ocultó con Harbert detrás de un árbol corpulento. Ambos esperaron pacientemente, y Harbert, preciso es decirlo, sin contar mucho con el éxito del invento de Pencroff.
Así transcurrió media hora; pero tal como había previsto el marino, varias parejas de tetras volvieron a sus nidos, saltando a uno y otro lado, picoteando el suelo, y sin presentir de modo alguno la presencia de los cazadores, que por otra parte habían tenido cuidado de situarse a sotavento de las gallináceas.
En aquel momento, el joven sintió despertarse vivamente su interés. Contenía el aliento, y Pencroff, con los ojos y la boca muy abiertos, los labios avanzados como si tratase de probar un pedazo de tetra, apenas respiraba.
Las gallináceas se paseaban entre los anzuelos, sin cuidarse demasiado de ellos.
Pencroff, entonces, les imprimió una pequeña sacudida, que agitó los cebos como si los gusanos hubiesen estado todavía vivos.
Seguramente el marino experimentaba en aquel momento una emoción mucho más fuerte que la del pescador de caña que no ve venir su presa entre las aguas.
Las sacudidas despertaron en breve la atención de las gallináceas, y los anzuelos fueron atacados a picotazos. Tres tetras, muy voraces sin duda, tragaron a la vez el cebo y el anzuelo. Inmediatamente, con un golpe seco, Pencroff cerró su aparato, y el aleteo de los animales le indicó que habían sido cogidos.
—¡Hurra! —exclamó precipitándose hacia la caza, de la cual se apoderó en un instante.
Harbert aplaudió. Era la primera vez que veía pescar aves con caña, pero el marino, muy modesto, le afirmó que no era aquél su primer ensayo, y que por otra parte no era suyo el mérito del invento.
—En todo caso —añadió—, en la situación en que estamos, debemos esperar otros inventos más importantes.
Las tetras fueron atadas por las patas, y Pencroff, satisfecho de no volver ya con las manos vacías, viendo que el día empezaba a declinar, juzgó conveniente volver a su morada.
La dirección que debían tomar estaba indicada por el río; no se trataba sino de seguir su curso, y a las seis de la tarde, Harbert y Pencroff, bastante cansados de su expedición, entraban en las chimeneas.
CAPÍTULO VII
Gedeon Spilett, inmóvil, con los brazos cruzados, se hallaba entonces en la playa, mirando al mar, cuyo horizonte se confundía al este con una gruesa nube negra que subía rápidamente hacia el cenit. El viento era ya fuerte y refrescaba cada vez más conforme iba declinando el día. Todo el cielo tenía un aspecto siniestro, y los primeros síntomas de una borrasca eran visibles.
Harbert entró en las chimeneas, y Pencroff se dirigió hacia el corresponsal. Éste, muy absorto, no le vio llegar.
—Vamos a tener mala noche, señor Spilett —dijo el marino—; tendremos lluvia y viento, capaces de hacer la felicidad de un petrel.
El corresponsal, volviéndose entonces, vio a Pencroff, y sus primeras palabras fueron éstas:
—¿A qué distancia de la costa cree usted que la barquilla recibió aquel golpe de mar que se llevó a nuestro compañero?
El marino, que no esperaba que le hiciera esta pregunta, reflexionó un instante y respondió:
—A dos cables cuando más.
—¿Qué es lo que llama usted un cable? —preguntó Gedeon.
—Ciento veinte brazas poco más o menos, o unos seiscientos pies.
—Así —dijo el corresponsal—, usted supone que Ciro Smith desapareció a mil doscientos pies de la orilla como máximo.
—Poco más o menos —respondió Pencroff.
—¿Y su perro también?
—También.
—Lo que me admira —añadió el corresponsal—, admitiendo que nuestro compañero haya perecido, es que Top haya muerto también, y que ni el cuerpo del perro ni el del amo hayan sido arrojados a la playa.
—Eso no es extraño con una mar tan fuerte —respondió el marino; cuando más que puede ser que las corrientes les hayan llevado más lejos de la costa.
—¿Es decir que usted cree que nuestro compañero ha muerto ahogado? —preguntó de nuevo el corresponsal.
—Ésa es mi opinión.
—La mía —dijo Gedeon Spilett—, salvo el respeto que debo a su experiencia, Pencroff, es que la desaparición absoluta de Ciro Smith y de Top, vivos o muertos, tiene algo de inexplicable y de inverosímil.
—Celebraría poder pensar como usted, señor Spilett —respondió Pencroff—. Por desgracia estoy convencido de la certeza de mi opinión.
Dicho esto, el marino volvió a las chimeneas. Un buen fuego crepitaba en el hogar; Harbert acababa de arrojar una brazada de leña seca, y la llama proyectaba un gran resplandor sobre las sombrías paredes del corredor.
Pencroff se ocupó inmediatamente en preparar la comida. Parecióle conveniente introducir en ella algún plato consistente, porque todos tenían necesidad de reparar sus fuerzas. Las sartas de curucus fueron conservadas para el día siguiente, pero se desplumaron dos tetras y puestas en breve en una varita a guisa de espetón, se asaron al fuego.
A las siete de la noche, Nab no había vuelto. Aquella prolongada ausencia no podía menos de inspirar recelo a Pencroff respecto de la suerte del negro. Era de temer que le hubiese ocurrido algún accidente en aquella tierra desconocida, o que el desdichado hubiera cometido algún acto de desesperación. Pero Harbert sacó de aquella ausencia consecuencias muy diferentes. Para él si Nab no volvía era que había ocurrido alguna cosa nueva que le había excitado a prolongar sus pesquisas. Ahora bien, toda ocurrencia nueva tenía que ser forzosamente ventajosa para el encuentro de Ciro Smith. ¿Por qué Nab no habría vuelto si no le detuviera una esperanza, por pequeña que fuese? Quizá había encontrado algún indicio, alguna huella de pasos, un resto del naufragio del globo que le había puesto sobre la pista. Tal vez en aquel momento le estaba siguiendo, y tal vez se hallaba al lado de su amo.
Así razonaba el joven y así hablaba también. Sus compañeros le dejaron decir cuanto quiso sólo el corresponsal le aprobaba con sus ademanes; mas para Pencroff lo probable era que Nab había llevado sus investigaciones más lejos que el día anterior y que no era tiempo aún de que volviese.
Harbert, muy agitado por vagos presentimientos, manifestó varias veces la intención de ir a buscar a Nab; pero Pencroff le hizo comprender que sería un viaje inútil en medio de aquella oscuridad y de aquel tiempo tan malo, por no ser posible encontrar las huellas de Nab, siendo por tanto mucho mejor esperar. Si a la mañana siguiente Nab no había vuelto, todos se unirían a Harbert para ir en su busca.
Gedeon Spilett aprobó la opinión del marino, añadiendo que era preciso no separarse y Harbert debió renunciar a su proyecto, no sin que cayeran dos gruesas lágrimas de sus ojos.
El corresponsal no pudo contenerse y abrazó al generoso joven.
El mal tiempo había acabado por desencadenarse. Un viento sudeste pasaba por la costa con una violencia sin igual. Oíase el reflujo del mar que bramaba contra las primeras rocas a lo largo del litoral. La lluvia, pulverizada por el huracán, se levantaba como una niebla líquida presentando el aspecto de jirones de vapores que se arrastraban sobre la costa, cuyos guijarros entrechocaban violentamente como si fueran carretones de piedra que se vacían. La arena levantada por el viento se mezclaba con la lluvia, y hacía imposible la salida del punto de abrigo. Había en el aire tanto polvo mineral como polvo de agua. Entre la desembocadura del río y el lienzo de la muralla, grandes remolinos giraban con violencia, y las capas de aire que se escapaban de aquel maelstrón, no encontrando más salida que el estrecho valle por donde corría el río, penetraban en él con irresistible ímpetu. El humo del hogar, rechazado por el estrecho tubo, bajaba frecuentemente y llenaba los corredores, haciéndolos intransitables.
Por esto, luego que estuvieron asadas las tetras, Pencroff dejó extinguir la llama, y no conservó más que brasas entre las cenizas.
A las ocho de la noche Nab no había vuelto todavía, pero podía creerse que aquel tiempo espantoso era lo único que le impedía volver y que había debido de buscar refugio en alguna cavidad para esperar el fin de la tormenta o al menos la vuelta del día. En cuanto a ir en su busca o salir a su encuentro en tales condiciones, era cosa imposible.
La caza formó el único plato de la cena; todos comieron de buena gana de aquella carne, que era excelente. Pencroff y Harbert, cuyo apetito había sido excitado por una larga excursión, devoraron.
Después cada cual se retiró al rincón donde había pasado la noche precedente, y Harbert no tardó en dormirse cerca del marino que se había tendido a lo largo cerca del hogar.
En el exterior, la tempestad, conforme iba avanzando la noche, tomaba proporciones formidables. Era un viento comparable con el que había arrebatado a los prisioneros desde Richmond a aquella tierra del Pacífico; tempestades frecuentes en aquella época del equinocio, fecundas en catástrofes terribles, sobre todo en aquel ancho campo que no opone ningún obstáculo a su furor. Se comprende, pues, que una costa tan expuesta al oriente, es decir, directamente a los golpes del huracán, y batida, digámoslo así, de frente, lo fuese con una fuerza de que ninguna descripción puede dar idea.
Por fortuna las rocas, cuya aglomeración formaban las chimeneas, eran sólidas. Eran enormes trozos de granito, alguno de los cuales, sin embargo, insuficientemente equilibrados, parecían vacilar sobre su base. Pencroff lo sabía, y bajo su mano, apoyada en las paredes, corrían rápidos estremecimientos; pero al cabo se decía a sí mismo, y con razón, que no había nada que temer y que no se hundiría aquel refugio improvisado. Oíase, sin embargo, el ruido de las piedras, desprendidas de la cima de la meseta y arrancadas por los remolinos del viento, que caían en la playa. Algunas rodaban, aun en la parte superior de las chimeneas, o volaban en trozos cuando eran proyectadas perpendicularmente. Dos veces el marino se levantó y llegó arrastrándose hasta el orificio del corredor a fin de observar lo que ocurría fuera; pero aquellos hundimientos, poco considerables, no constituían ningún peligro, y volvió a su sitio junto al hogar, cuyas brasas crepitaban bajo la ceniza.
A pesar de los furores del huracán, del ruido de la tempestad, del trueno y de la tormenta, Harbert dormía profundamente. El sueño acabó también por apoderarse de Pencroff, a quien su vida de marino había acostumbrado a aquella violencia de los elementos. Sólo Gedeon Spilett estaba despierto por la inquietud, reconviniéndose por no haber acompañado a Nab. Hemos visto que no le había abandonado enteramente la esperanza. Los presentimientos que habían agitado a Harbert no habían dejado de agitarle a él también. Su pensamiento estaba concentrado en Nab: ¿por qué no había vuelto? Revolvíase en su cama de arena fijando apenas su atención en la lucha de los elementos; a veces sus ojos, fatigados por el cansancio, se cerraban un instante, pero enseguida un rápido pensamiento los volvía a abrir.
Entretanto la noche avanzaba, y podían ser como las dos de la madrugada cuando Pencroff, profundamente dormido a la sazón, fue sacudido vigorosamente.
—¿Qué hay? —exclamó despertándose por completo con aquella prontitud particular de los marinos.
El corresponsal estaba inclinado sobre él y le decía:
—Escuche usted, Pencroff, escuche usted.
El marino prestó oído y no distinguió ningún ruido extraño al de las ráfagas de viento.
—Es el viento —dijo.
—No —repuso Gedeon Spilett escuchando de nuevo—; me parece haber oído...
—¿Qué?
—Los ladridos de un perro.
—¡Un perro! —exclamó Pencroff que se levantó de un salto.
—Sí... ladridos.
—¡No es posible! —respondió el marino—. Y por otra parte, con los bramidos de la tempestad ¿cómo habían de oírse?
—Escuche usted... ahora... —dijo el corresponsal.
Pencroff escuchó más atentamente, y en efecto, en un momento de calma creyó oír ladridos lejanos.
—¿Y ahora? —dijo el corresponsal estrechando la mano del marino.
—¡Sí, sí! —respondió Pencroff.
—¡Es Top, es Top! —exclamó Harbert, que acababa de despertarse, y los tres se precipitaron hacia la salida de las chimeneas.
Costóles gran trabajo salir, porque el viento les rechazaba; pero al fin lo consiguieron y no pudieron tenerse de pie sino recostándose contra las rocas. Allí se miraban sin poder hablar.
La oscuridad era absoluta. El mar, el cielo, la tierra se confundían en una intensidad igual de tinieblas. Parecía que no había un átomo de luz difundida por la atmósfera.
Por espacio de algunos minutos el corresponsal y sus dos compañeros permanecieron de aquel modo, como aplastados por las ráfagas del viento, empapados por la lluvia y cegados por la arena. Después, en otro momento de calma, volvieron a oír los ladridos y observaron que el perro debía estar bastante lejos.
No podía ser sino Top el que así ladraba; ¿pero estaba solo o acompañado? Era lo más probable que estuviese solo, porque aun admitiendo que Nab le acompañara, éste se habría dirigido a toda prisa hacia las chimeneas.
El marino estrechó la mano del corresponsal, del cual, en medio de la tormenta, no podía hacerse oír, indicándole de aquel modo que esperase, y luego volvió a entrar en el corredor de las chimeneas.
Un instante después salió con una tea encendida agitándola en las tinieblas y lanzando agudos silbidos.
A aquella señal, que parecía haber sido esperada, respondieron ladridos más próximos, y poco tiempo después, un perro se precipitó hacia el corredor siguiéndole de cerca Pencroff, Harbert y Gedeon Spilett.
Echaron entonces una brazada de leña seca en los carbones, y el corredor se iluminó con una llama viva.
—¡Es Top! —exclamó Harbert.
Era Top, en efecto, un magnífico perro anglo-normando que tenía de aquellas dos razas cruzadas la velocidad en la carrera y la finura del olfato, cualidades por excelencia del perro de muestra.
Era el perro del ingeniero Ciro Smith.
Pero estaba solo. Ni su amo ni Nab le acompañaban.
Sin embargo, ¿cómo había podido su instinto por sí solo conducirle hasta las chimeneas no sabiendo dónde estaban? Esto parecía inexplicable, sobre todo en aquella noche oscura y durante una tormenta semejante. Otro detalle aún más inexplicable: Top no estaba ni fatigado, ni cansado, ni manchado de lodo o de arena.
Harbert le había atraído hacia sí y estrechaba su cabeza entre las manos. El perro se dejaba abrazar y frotaba su cuello contra las manos del joven.
—Si ha aparecido el perro, el amo aparecerá sin duda —dijo el corresponsal.
—Dios lo quiera —respondió Harbert—. Marchemos; Top nos guiará.
Pencroff no puso objeción alguna conociendo que la llegada de Top podía dar un mentís a sus conjeturas.
—En marcha —dijo.
Cubrió con cuidado los carbones del hogar. Puso algunos leños sobre las cenizas para poder encontrar fuego a su vuelta; y después, precedido del perro, que parecía invitarles por medio de pequeños aullidos, y seguidos del corresponsal y del joven, se lanzó fuera de las chimeneas llevando consigo los restos de la cena.
La tempestad estaba entonces en toda su violencia, y quizá en su máxima intensidad. La luna nueva, y por consiguiente en conjunción con el sol, no dejaba filtrar el menor resplandor a través de las nubes. Seguir un camino recto era difícil: lo mejor era fiarse del instinto de Top, y así se hizo. El corresponsal y el joven iban detrás del perro y el marino cerraba la marcha. No era posible hablar; la lluvia no era muy abundante porque se pulverizaba al soplo del huracán, pero el huracán era terrible.
Sin embargo, una circunstancia favoreció notablemente al marino y a sus compañeros. En efecto, el viento era del sudeste, y por consiguiente les daba de espalda. La arena se levantaba con violencia, y no hubiera sido soportable de no haberla recibido de espalda; y no volviendo la cara podían marchar sin que les incomodase. A veces andaban más deprisa de lo que querían, teniendo que precipitar el paso para no ser derribados; pero una inmensa esperanza redoblaba sus fuerzas, y esta vez no corrían por la costa a la ventura, sino que llevaban un objeto fijo. No dudaban de que Nab habría encontrado a su amo, y que era él quien les había enviado a su fiel perro. ¿Pero estaba vivo el ingeniero, o Nab enviaba por sus compañeros tan sólo para tributar los últimos honores al cadáver del infortunado Smith?
Después de haber pasado el muro y la tierra alta de que se habían apartado prudentemente, se detuvieron los tres para tomar aliento. El recodo de la roca les abrigaba contra el viento, y comenzaron a respirar más tranquilos después de aquella marcha de un cuarto de hora, que había sido más bien una carrera.
En aquel momento podían oírse y responderse; y tras pronunciar el joven el nombre de Ciro Smith, Top renovó sus ladridos, como si hubiese querido decir que su amo se había salvado.
—Salvado, ¿no es verdad —repetía Harbert—, salvado, Top?
Y el perro ladraba como para responder.
Emprendieron de nuevo la marcha; eran como las dos y media de la madrugada; la marea comenzaba a subir y siendo de sicigia y empujada por el viento amenazaba ser muy fuerte. Las grandes olas chocaban con fuerza contra los escollos, y los acometían con tal violencia, que muy probablemente debían pasar por encima del islote, absolutamente invisible a la sazón. Aquel largo dique no cubría ya la costa que estaba directamente expuesta a los embates del mar.
Cuando el marino y sus compañeros se separaron del muro, el viento les azotó de nuevo con extremado furor.
Encorvados, dando espaldas a las ráfagas, marchaban precipitadamente siguiendo a Top, que no vacilaba sobre la dirección que debía seguir. Subían hacia el norte, teniendo a la derecha una interminable cresta de olas que se rompían con ruido atronador, y a su izquierda una tierra oscura cuyo aspecto era imposible describir, pero comprendían que debía ser relativamente llana, porque el huracán pasaba por encima de sus cabezas sin rebotar sobre ellos, efecto que se producía cuando daba en la muralla de granito.
A las cuatro de la madrugada podía calcularse que habían andado cinco millas; las nubes se habían levantado ligeramente y ya no lamían el suelo. Las ráfagas menos húmedas se propagaban en corrientes de aire muy vivas, más secas y más fuertes. Pencroff, Harbert y Gedeon Spilett, muy poco protegidos por sus ropas, debían padecer cruelmente, pero ni una palabra se escapaba de sus labios: estaban decididos a seguir a Top hasta el lugar a donde el inteligente animal quisiera llevarles.
A las cinco comenzó a despuntar el día. Al principio, en el cenit, donde los vapores eran menos espesos, ribetearon el extremo de las nubes algunos matices grises, y en breve bajo una banda opaca una claridad mayor dibujó distintamente el horizonte del mar. La cresta de las olas se tiñó ligeramente de resplandores leonados y la espuma se hizo más blanca. Al mismo tiempo, hacia la izquierda, las partes accidentadas del litoral comenzaban a tomar un color confuso como de gris sobre fondo negro.
A las seis de la mañana era ya día claro. Las nubes corrían con extrema velocidad en una zona relativamente alta; el marino y sus compañeros estaban entonces como a seis millas de las chimeneas, siguiendo una playa muy llana, orillada hacia la parte del mar por un lindero de rocas cuyas cumbres apenas eran visibles, porque era la hora de la pleamar.
A la izquierda, el país se veía accidentado de dunas erizadas de cardos, que ofrecían el aspecto árido de una vasta región arenosa. El litoral estaba poco marcado y no ofrecía más barrera al océano que una cadena muy irregular de montículos.
Aquí y allí, uno o dos árboles agitaban sus ramas tendidas hacia el oeste, y mucho más atrás, hacia el sudoeste, aparecía la circunferencia del último bosque.
En aquel momento Top dio señales inequívocas de agitación. Corría hacia adelante, volvía hasta llegar al marino y parecía excitarle a apresurar el paso. El perro había dejado entonces la playa impulsado por su admirable instinto, y sin mostrar la menor vacilación se había adentrado por las dunas.
Siguiéronle: el país parecía absolutamente desierto, sin que un solo ser vivo lo animase.
El lindero de las dunas, muy ancho, estaba compuesto de montículos y aun de colinas caprichosamente distribuidas. Era como una pequeña Suiza de arena, y sólo un instinto admirable podía encontrar camino en aquel laberinto.
Cinco minutos después de haber dejado la playa el corresponsal y sus compañeros, llegaron a una especie de excavación abierta en el recodo formado por una alta duna. Allí se detuvo Top, dando un ladrido sonoro. Gedeon, Harbert y Pencroff penetraron en aquella gruta.
Nab estaba allí arrodillado junto a un cuerpo tendido en un lecho de hierbas.
Aquel cuerpo era el del ingeniero Ciro Smith.
CAPÍTULO VIII
Nab no se movía; el marino no le dijo más que una palabra.
—¡Vive! —exclamó.
Nab no respondió. Gedeon Spilett y Pencroff se pusieron pálidos. Harbert cruzó las manos y se quedó inmóvil; pero era evidente que el pobre negro, absorto en su dolor, no había visto a sus compañeros ni oído las palabras del marino.
El corresponsal se arrodilló cerca del cuerpo, que estaba sin movimiento, y aplicó el oído al pecho del ingeniero después de haber entreabierto la ropa. Un minuto, que fue un siglo, transcurrió, durante el cual Spilett trató de sorprender algún latido del corazón.
Nab se había erguido ligeramente y miraba sin ver. La desesperación no hubiera podido alterar más el rostro de un hombre. Nab estaba desconocido, abrumado de fatiga y quebrantado por el dolor. Creía a su amo muerto.
Gedeon Spilett, después de una larga y atenta observación, se levantó y dijo:
—¡Vive!
Pencroff a su vez se puso de rodillas cerca de Ciro Smith, aplicó su oído y sintió algunas palpitaciones, mientras que sus labios experimentaron la sensación de una débil respiración que se escapaba de los del ingeniero.
Harbert, a una palabra del corresponsal, se precipitó fuera para llevar agua. A cien pasos de allí encontró un arroyo límpido y crecido por las lluvias de la víspera y que se filtraba a través de la arena. Pero no tenía nada para recoger aquella agua; ni una sola concha había en las dunas. El joven debió contentarse con mojar el pañuelo en el arroyo y volvió corriendo a la gruta.
Por fortuna, aquel pañuelo empapado bastó a Gedeon Spilett: no quería más que humedecer los labios del ingeniero. Las moléculas de agua fresca produjeron un efecto casi inmediato. Ciro Smith exhaló un suspiro y hasta pareció que trataba de pronunciar alguna palabra.
—¡Le hemos salvado! —dijo el corresponsal.
Nab, que había recobrado la esperanza al oír estas palabras, desnudó a su amo a fin de saber si el cuerpo presentaba alguna herida. Ni la cabeza, ni el dorso, ni los miembros tenían contusiones ni desolladuras, cosa sorprendente, porque el cuerpo de Ciro Smith había debido ser arrojado entre las rocas. Hasta las manos estaban intactas y era difícil explicar cómo el ingeniero no presentaba ninguna señal de los esfuerzos que había debido hacer para atravesar la línea de escollos.
Pero la explicación de esta circunstancia vendría después, y cuando Ciro Smith pudiese hablar diría sin duda lo que había pasado. Por el momento sólo se trataba de hacerle volver en sí, cosa que probablemente podía conseguirse mediante fricciones. Diéronselas con la camiseta del marino; y el ingeniero, a consecuencia de aquellas fricciones un poco bruscas movió ligeramente los brazos, comenzando a restablecerse su respiración de una manera más regular. Moríase sin duda de fatiga y falta de alimento y sin la llegada del corresponsal y de sus compañeros no habría habido remedio para Ciro Smith.
—¿Creíste muerto a tu amo? —preguntó el marino a Nab.
—Sí, muerto —respondió Nab—, y si Top no hubiera encontrado a ustedes, o no hubiera venido, yo habría enterrado aquí a mi amo y habría muerto después a su lado.
El lector comprenderá cuán poco había faltado para que Ciro Smith pereciese.
Nab refirió entonces lo que había pasado. La víspera, después de haber subido de las chimeneas al rayar el alba, había salido por la costa en dirección norte y llegado a la parte del litoral que había visitado anteriormente.
Allí, sin ninguna esperanza, había buscado en la playa entre las rocas y en la arena los más ligeros indicios que pudieran guiarle; había examinado sobre todo la parte de la playa a donde no llegaba la marea, pues más allá, hacia el mar, el flujo y el reflujo debían haber borrado toda huella. No esperaba ya encontrar a su amo vivo, buscaba solamente su cadáver para sepultarlo con sus propias manos.
Sus pesquisas habían durado largo tiempo, pero infructuosamente. No parecía que aquella costa desierta hubiera sido nunca frecuentada por ser humano alguno. Las conchas, a las cuales no podía llegar el mar, y que se encontraban a millones más allá del alcance ordinario de las mareas, estaban intactas; no había una sola concha rota y en un espacio de doscientas a trescientas varas no existía señal de que ningún ser hubiera salido del mar ni antigua ni recientemente.
Nab se decidió, pues, a subir por la costa por espacio de algunas millas por si las corrientes habían llevado el cuerpo a algún punto más lejano. Cuando un cadáver flota a poca distancia de una playa llana, es raro que las olas no lo arrojen a ella tarde o temprano. Nab lo sabía y quería volver a ver a su amo por última vez.
—Caminé por la costa —dijo— durante dos millas más, visité toda la línea de escollos que quedan a flor de agua en la mar baja, y toda la playa que sobresale sobre la marea alta, y ya desesperaba de encontrar nada, cuando ayer, hacia las cinco de la tarde, observé en la arena señales de pasos.
—¿De pasos? —exclamó Pencroff.
—Sí —respondió Nab.
—¿Y comenzaban en los mismos escollos? —preguntó el corresponsal.
—No —respondió Nab—; comenzaban solamente en el lugar a donde llega la marea, porque entre este sitio y los arrecifes las huellas de los pasos, si las había, debían haber sido borradas.
—Continúa, Nab —dijo Gedeon Spilett.
—Cuando vi esas señales casi me volví loco. Estaban muy marcadas y se dirigían hacia las dunas. Las seguí por espacio de un cuarto de milla corriendo, pero cuidando de no borrarlas. Cinco minutos después, cuando iba anocheciendo, oí los ladridos de un perro: era Top, y Top me condujo aquí mismo, al lado de mi amo.
Nab concluyó su relato ponderando el exceso de su dolor al encontrar aquel cuerpo inanimado. Había tratado de sorprender en él algún resto de vida: ya que le había encontrado muerto, le quería vivo; pero todos sus esfuerzos habían sido inútiles; y creyó que no le quedaba más recurso que tributar los últimos deberes a aquel hombre a quien amaba tanto.
Entonces pensó en sus compañeros. Éstos querrían sin duda volver a ver por última vez a su desgraciado amo. Top estaba allí, ¿podría fiarse de la sagacidad del noble animal? Nab pronunció varias veces el nombre del corresponsal, que era, entre los compañeros del ingeniero, el más conocido de Top, y después, mostrándole el sur de la costa, le hizo lanzarse en la dirección que le indicaba.
Sabido es cómo Top, guiado por un instinto que casi podría considerarse sobrenatural, pues el animal nunca había estado en las chimeneas, llegó donde se hallaban los compañeros de su amo.
Éstos escucharon la narración de Nab con gran atención. Era para ellos inexplicable que Ciro Smith, después de los esfuerzos que había debido hacer para librarse de las olas, atravesando los arrecifes, no tuviera señal ni del menor rasguño; pero lo que sobre todo no se explicaban era que el ingeniero hubiera podido andar más de una milla, distancia que había desde la costa hasta aquella gruta perdida en medio de las dunas.
—Así, Nab —dijo el corresponsal—, ¿no eres tú el que has traído a tu amo a este sitio?
—No, señor, no he sido yo —respondió Nab.
—Es evidente que Smith ha venido aquí solo —dijo Pencroff.
—Es evidente, en efecto —observó Gedeon Spilett—; pero no es creíble.
No podía obtenerse la explicación del hecho hasta que pudiera hablar el ingeniero, y para esto era preciso esperar a que hubiese recobrado el habla. Por fortuna, la vida volvía rápidamente al cuerpo de Ciro Smith, cuya sangre circulaba ya con más facilidad desde las fricciones que se le habían dado. Primero movió los brazos, después la cabeza y luego los labios, que pronunciaron algunas palabras incomprensibles.
Nab, inclinado sobre él, le llamaba, pero el ingeniero no parecía oírle y sus ojos continuaban cerrados. La vida no se manifestaba sino por el movimiento; no había recobrado todavía el uso de los sentidos.
Pencroff sintió mucho no tener fuego a mano ni con qué hacerlo, pues por desgracia se había olvidado de llevarse el trapo quemado que fácilmente hubiera podido inflamarse al choque de dos guijarros. En cuanto a los bolsillos del ingeniero, estaban absolutamente vacíos, salvo el del chaleco, que contenía su reloj. Era preciso, pues, trasladar a Ciro Smith a las chimeneas, y esto lo más pronto posible. Tal fue el parecer de todos.
Entretanto, los cuidados que se le prodigaron debían devolverle el conocimiento más pronto de lo que hubiera podido esperarse. El agua con que se humedecían sus labios le reanimaba poco a poco. Pencroff tuvo la idea de mezclar con aquella agua un poco de sustancia de la carne de tetras que había llevado. Harbert corrió a la playa y volvió con dos grandes moluscos bivalvos, y el marino compuso una mixtura que introdujo entre los labios del ingeniero, el cual pareció aspirarla ávidamente.
Sus ojos se abrieron entonces. Nab y el corresponsal se inclinaron hacia él.
—¡Señor, ni querido señor! —exclamó Nab.
El ingeniero le oyó: conoció a Nab y a Spilett, y luego a los otros dos compañeros, y su mano estrechó ligeramente las de todos.
Escaparónse algunas palabras de su boca, palabras que sin duda había pronunciado ya, y que indicaban los pensamientos que aun en aquel instante atormentaban su ánimo.
Aquellas palabras, pronunciadas ya de un modo claro, fueron éstas:
—¿Isla o continente?
—¡Ah! —exclamó Pencroff, que no pudo contener su exclamación—. Por todos los diablos, ¿qué nos importa, con tal de que usted viva, señor Ciro? ¡Isla o continente! ¡Ya lo veremos después!
El ingeniero hizo una leve seña afirmativa y quedó, al parecer, dormido.
Respetóse aquel sueño, y el corresponsal tomó inmediatamente sus disposiciones para que Ciro Smith fuese trasladado del mejor modo posible. Nab, Harbert y Pencroff salieron de la gruta y se dirigieron hacia una alta duna coronada de algunos árboles raquíticos. En el camino, Pencroff no podía menos de repetir:
—¡Isla o continente! ¡Pensar en eso, cuando apenas tiene un soplo de vida! ¡Qué hombre!
Al llegar a la cumbre de la duna, Pencroff y sus dos compañeros, sin más útiles que sus brazos, despojaron de sus ramas un árbol bastante endeble, especie de pino marítimo demacrado por el viento; después, con aquellas ramas hicieron una litera, que cubierta de hojas y de hierbas, podía servir para transportar al ingeniero.
Fue obra de cuarenta minutos, poco más o menos, y eran las diez cuando el marino, Nab y Harbert volvieron al lado de Ciro Smith, de quien Gedeon Spilett no se había separado.
El ingeniero se despertaba entonces del sueño, o mejor dicho, del sopor en que le habían dejado. Sus mejillas, que hasta entonces habían tenido la palidez de la muerte, adquirían color; se incorporó, miró a su alrededor y pareció preguntar dónde se hallaba.
—¿Puede usted oírme sin fatigarse, Ciro? —dijo el corresponsal.
—Sí —respondió el ingeniero.
—Creo —dijo el marino—, que el señor Smith le oirá mejor si vuelve a tomar un poco de esta gelatina de tetras, porque es de tetras, señor Ciro —añadió—, presentándole un poco de la mixtura, al cual añadió aquella vez algunas partículas de carne.
Ciro Smith las comió y los restos de las tetras fueron repartidos entre los tres compañeros, a quienes atormentaba el hambre y que hallaron bastante parco el almuerzo.
—Bueno —dijo el marino—, vituallas tenemos en las chimeneas, porque es bueno que usted sepa, señor Ciro, que allá hacia el sur tenemos una casa con habitaciones, cama y hogar, y en la despensa algunas docenas de aves, que nuestro Harbert llama curucus. La litera está pronta, y cuando usted se sienta con fuerza le trasladaremos a nuestra morada.
—Gracias, amigo mío —respondió el ingeniero—; creo que dentro de una hora o dos podremos partir... Y ahora hable usted, Spilett.
El corresponsal hizo entonces el relato de lo que había ocurrido. Refirió los acontecimientos que debía ignorar Ciro Smith, la última caída del globo, el arribo a aquella tierra desconocida, que parecía desierta, cualquiera que fuese, isla o continente, el descubrimiento de las chimeneas, las pesquisas para encontrar al ingeniero, los sufrimientos y adhesión de Nab, y todo lo que se debía a la inteligencia del fiel Top.
—Pero —preguntó Ciro Smith, con voz todavía debilitada— ¿no me han recogido ustedes en la playa?
—No —respondió el corresponsal.
—¿Y no son ustedes los que me han traído a esta gruta?
—No.
—¿A qué distancia se encuentra esta gruta de los arrecifes?
—A media milla sobre poco más o menos —respondió Pencroff—; y si usted se admira de verse en este sitio, no menos admirados estamos nosotros.
—En efecto —respondió el ingeniero, que se reanimaba poco a poco y tomaba interés en aquellos detalles—; en efecto, es muy singular.
—Pero —repuso el marino—, ¿puede usted decirnos qué le pasó después de ser arrebatado por el golpe de mar?
Ciro Smith reunió sus recuerdos. Sabía muy poco: el golpe de mar le había arrancado de la red del globo aerostático; primero se hundió a varias varas de profundidad, luego, vuelto a la superficie del mar en aquella semioscuridad, sintió un ser vivo que se agitaba a su lado. Era Top, que se había precipitado en su socorro. Levantó los ojos y no vio ya al globo, que, desembarazado del peso de su cuerpo y del perro, había vuelto a subir como una flecha. Encontróse en medio de las olas irritadas y a una distancia de la costa que no debía ser menor de media milla.
Intentó luchar contra las olas, nadando con vigor mientras Top le sostenía por la ropa; pero una corriente rapidísima le cogió, le empujó hacia el norte, y después de media hora de esfuerzos se hundió, arrastrando consigo a Top en el abismo. Desde aquel momento hasta el instante en que había recobrado el conocimiento en brazos de sus amigos, no recordaba nada.
—Sin embargo —dijo Pencroff—, usted debió ser arrojado a la playa y tuvo fuerza para andar hasta aquí, pues Nab ha encontrado las huellas de sus pasos.
—Sí..., sin duda... —respondió el ingeniero, reflexionando. Después añadió:
—¿Y ustedes han visto huellas de seres humanos en esta costa?
—Ni una sola —respondió el corresponsal—. Por otra parte, si por casualidad se hubiera encontrado justamente a punto un hombre que le hubiera salvado a usted, ¿por qué le había de haber abandonado, después de librarle del furor de las olas?
—Tiene usted razón, querido Spilett. Dime, Nab —añadió el ingeniero, volviéndose hacia su servidor—: ¿No eres tú quien... no habrás tenido un momento de alucinación... durante el cual?... No, eso es absurdo... ¿Existen todavía señales de pasos?
—Sí señor —respondió Nab—; mire usted, a la entrada, a la vuelta misma de esta duna, en un lugar abrigado del viento y de la lluvia. Las demás las ha borrado la tempestad.
—Pencroff —dijo Smith—, ¿quiere usted tomar mis zapatos y ver si se adaptan exactamente a esas huellas?
El marino hizo lo que deseaba el ingeniero. Harbert y él, guiados por Nab, fueron al lugar donde se hallaban las huellas, mientras Ciro Smith decía al corresponsal:
—Han ocurrido aquí cosas inexplicables.
—Inexplicables, en efecto —respondió Gedeon Spilett.
—Pero no insistamos en ellas en este momento, querido Spilett; después hablaremos del asunto.
Un instante después volvieron el marino, Nab y Harbert.
No había duda posible. Los zapatos del ingeniero se adaptaban exactamente a las huellas conservadas.
Así pues, era Ciro Smith el que las había dejado sobre la arena.

Ciro Smith, haciendo un esfuerzo que demostraba
la voluntad más enérgica, se levantó.
—Entonces —dijo el ingeniero—, el que experimentó la alucinación que atribuía a Nab, era yo mismo. Sin duda anduve como un sonámbulo sin saber lo que hacía, y Top, guiado por su instinto, me habrá conducido aquí después de haberme librado de las olas... ¡Ven, Top, ven, querido amigo!
El magnífico animal se acercó a su amo, ladrando y haciéndole caricias que le fueron devueltas con efusión.
No había otra explicación más que dar a los hechos que habían dado por resultado la salvación de Ciro Smith, la cual era debida enteramente a Top.
A las doce del día, Pencroff preguntó a Smith si creía hallarse en estado de ser trasladado a las chimeneas.
Ciro, por toda respuesta, haciendo un esfuerzo que demostraba la voluntad más enérgica, se levantó. Pero decidió apoyarse en el hombro del marino, porque de otro modo hubiera caído.
—Bueno, bueno —dijo Pencroff—; que acerquen la litera del señor ingeniero.
Llevaron la litera. Las ramas transversales estaban cubiertas de musgo y grandes hierbas. Tendióse en ella Ciro Smith y se dirigieron hacia la costa, yendo Pencroff a un extremo de la camilla y Nab al otro.
Tenían que andar ocho millas, pero como no se podía ir deprisa y había que detenerse con frecuencia, era preciso contar con que habían de pasar seis horas por lo menos antes de llegar a las chimeneas.
El viento continuaba soplando con violencia, pero por fortuna ya no llovía. El ingeniero, tendido y recostado sobre un brazo, observaba la costa, sobre todo en la parte opuesta al mar. No hablaba, pero miraba y ciertamente los contornos de aquella costa con sus accidentes de terreno, sus bosques y sus diversas producciones, se grabaron en su ánimo. Sin embargo, al cabo de dos horas de camino el cansancio pudo más que él y se durmió en la litera.
A las cinco y media llegaron todos a la muralla y poco después delante de las chimeneas.
Allí se detuvieron dejando la litera sobre la arena. Ciro Smith dormía profundamente y no se despertó.
Pencroff pudo observar con gran sorpresa y disgusto que la horrible tempestad de la víspera había modificado el aspecto de las chimeneas. Habíanse producido hundimientos muy importantes; grandes trozos de roca yacían esparcidos por la playa, cubierta de una espesa alfombra de hierbas marinas y de algas. Era evidente que el mar, pasando por encima del islote, había llegado hasta el pie de la enorme cortina de granito.
Delante de la entrada de las chimeneas, el suelo, lleno de profundos barrancos, había experimentado un violento ataque por parte de las olas.
Un terrible presentimiento cruzó por la mente de Pencroff, que se precipitó en el corredor.
Pocos instantes después salió y se quedó inmóvil mirando a sus compañeros.
El fuego estaba apagado. Las cenizas se habían convertido en barro: el trapo quemado que debía servir de yesca, había desaparecido; el mar había entrado hasta el fondo de los corredores y todo lo había trastornado, todo lo había destruido dentro de las chimeneas.
CAPÍTULO IX
En pocas palabras, Gedeon Spilett, Harbert y Nab quedaron enterados de la situación. Aquel accidente, que podía tener consecuencias muy graves, al menos a juicio de Pencroff, produjo efectos diversos en los compañeros del honrado marino.
Nab, entregado por completo al júbilo de haber recobrado a su amo, no escuchó, o por mejor decir no quiso tener en cuenta lo que Pencroff decía.
Harbert pareció participar en cierto modo de los temores del marino.
En cuanto al corresponsal, respondió simplemente a las palabras de Pencroff:
—Le aseguro a usted, Pencroff, que para mí eso es indiferente.
—Pero repito a usted que no tenemos fuego.
—¡Pse!
—Ni medio alguno de encenderlo.
—No importa.
—Sin embargo, señor Spilett...
—¿No tenemos aquí a Ciro? —dijo el corresponsal—. ¿No está vivo nuestro ingeniero? Él encontrará medio de hacer fuego.
—¿Con qué?
—Con nada.
¿Qué podía responder Pencroff?
De ningún modo habría respondido aunque hubiese hallado contestación, porque en el fondo participaba de la confianza que sus compañeros tenían en Ciro Smith. El ingeniero era para ellos un microcosmos, un epítome de toda la ciencia y de toda la inteligencia humanas. Tanto valía hallarse con Ciro en una isla desierta, como sin Ciro en la ciudad más industriosa de la Unión. Con él no era posible que faltase nada; con él no había que desesperar. Aunque se hubiera dicho a aquella buena gente que una erupción volcánica iba a destruir aquella tierra y a hundirles en los abismos del Pacífico, habrían respondido imperturbablemente: «Ahí tenemos a Ciro; ahí está Ciro».
Sin embargo, el ingeniero estaba todavía sumergido en una postración nueva ocasionada por el movimiento del traslado, y en aquel momento no se podía recurrir a su ciencia. La cena debía ser necesariamente muy escasa; en efecto, toda la carne de tetras se había consumido y no existía medio alguno de condimentar nada de caza. Además, los curucus que servían de reserva habían desaparecido y era preciso por consiguiente tomar alguna disposición.
Ante todo, Ciro Smith fue trasladado al corredor central, donde se consiguió arreglarle una cama de algas y hierbas marinas casi secas. El profundo sueño que se había apoderado de él era lo más adecuado para reparar sus fuerzas, y valía sin duda más que un alimento abundante.
Había llegado la noche y con ella la temperatura, modificada por un salto del viento al nordeste, descendió bastante. Como el mar había destruido los tabiques construidos por Pencroff en ciertos puntos de los corredores, se establecieron corrientes de aire que hacían las chimeneas poco habitables. El ingeniero se hubiera encontrado por consiguiente en malas condiciones si sus compañeros, despojándose de sus gabanes, de sus chalecos o chaquetas, no le hubieran cubierto cuidadosamente.
La cena aquella noche se compuso tan sólo de los inevitables litódomos, de los cuales Harbert y Nab hicieron una copiosa recolección en la playa. Sin embargo, el joven añadió a aquellos moluscos cierta cantidad de algas comestibles, que recogió en unas rocas altas, cuyas paredes no mojaba el mar sino en la época de las grandes mareas. Aquellas algas pertenecían a la familia de las fucáceas y eran una especie de sargazos que secos producían una materia gelatinosa bastante rica en elementos nutritivos. El corresponsal y sus compañeros, después de haber comido una cantidad considerable de litódomos, chuparon aquellos sargazos, que encontraron de un sabor bastante tolerable. Conviene aquí decir que en las playas asiáticas esta especie de alga es un ingrediente frecuente en la alimentación de los indígenas.
—A pesar de todo —dijo el marino—, ya es hora de que el señor Ciro Smith nos preste su auxilio.
El frío se hizo muy vivo y para colmo de desdicha no había ningún medio de combatirlo.
El marino, verdaderamente incomodado, trató de proporcionarse fuego por todos los medios, y Nab le ayudó en esta operación. Había encontrado algunos musgos secos, y golpeando uno con otros dos cantos obtuvo algunas chispas; pero el musgo, que no era bastante inflamable, no ardió, y por otra parte aquellas chispas, que no eran más que sílice incandescente, no tenían la consistencia de las que se escapan del acero en el eslabón usual. La operación, pues, no tuvo éxito.
Pencroff, aunque no tenía ninguna confianza en el procedimiento, trató después de frotar dos pedazos de madera seca uno contra otro al estilo de los salvajes. Ciertamente, el movimiento que Nab y él se dieron a sí propios, si se hubiera transformado en calor según las nuevas teorías, habría bastado para hacer hervir el agua de una caldera de vapor.
Pero el resultado fue nulo; los trozos de madera se calentaron, pero mucho menos que los operadores del trabajo.
Después de una hora de trabajo, Pencroff, sudando a mares, tiró lejos de sí con despecho los trozos de madera.
—Cuando me hagan creer a mí que los salvajes encienden fuego de este modo —exclamó—, ya habrá llovido y hecho calor. Mejor creeré que se encenderán mis brazos restregándolos uno contra otro.
El marino no tenía razón al negar la eficacia del procedimiento. Es cierto que los salvajes inflaman la leña mediante una frotación rápida; pero no cualquier especie de leña es adecuada para esta operación; y además se necesita maña, según la expresión consagrada, y sin duda Pencroff no la tenía.
El mal humor de Pencroff no duró mucho. Harbert recogió los dos trozos de madera que el marino había arrojado y se esforzó en frotarlos con rapidez. El robusto marino no pudo contener una carcajada al ver los esfuerzos del adolescente por obtener un resultado que él no había podido conseguir.
—Frota, hijo mío, frota —dijo.
—Ya froto —respondió Harbert riéndose—, pero no tengo más pretensión que la de calentarme a mí mismo en lugar de tiritar, y en breve tendré tanto calor como tú, Pencroff.
Esto fue lo que sucedió. De todos modos, hubo necesidad de renunciar por aquella noche a proporcionarse fuego. Gedeon Spilett repitió por vigésima vez que Ciro Smith no encontraría dificultades para cosa tan nimia, y entretanto se tendió en uno de los corredores sobre la cama de arena. Harbert y Pencroff le imitaron, mientras Top dormía a los pies de su amo.
Al día siguiente, 28 de marzo, cuando el ingeniero se despertó hacia las ocho de la mañana, vio a sus compañeros cerca de él espiando aquel momento, e igual que la víspera, sus primeras palabras fueron:
—¿Isla o continente?
Como se ve, ésta era su idea fija.
—No sabemos nada —respondió Pencroff.
—¿No lo saben ustedes todavía?
—Pero lo sabremos —añadió Pencroff—, cuando usted nos haya servido de piloto en este país.
—Creo que me encuentro en situación de hacer una prueba —respondió el ingeniero, que sin grandes esfuerzos se levantó y se puso en pie.
—Perfectamente —exclamó el marino.
—Lo que más me molestaba era el cansancio —respondió Ciro Smith—. Si me dan ustedes un poco de alimento, me sentiré perfectamente bien. Tienen ustedes fuego, ¿no es verdad?
Aquella pregunta no obtuvo respuesta inmediata; pero después de algunos instantes dijo Pencroff:
—¡Ah, señor Ciro, no tenemos fuego! Lo teníamos, pero se ha apagado.
Y el marino relató lo que había ocurrido la víspera, divirtiendo al ingeniero con la historia de su único fósforo y con su tentativa abortada de proporcionarse fuego a la manera de los salvajes.
—Ya veremos —respondió el ingeniero—, si no encontramos una sustancia análoga a la yesca...
—¿Qué? —preguntó el marino.
—Haremos fósforos.
—¡Fósforos!
—Sí, señor.
—La cosa no es difícil —exclamó el corresponsal dando un golpecito en el hombro del marino.
Éste no la encontraba tan sencilla, pero no protestó. Todos salieron. El tiempo se había despejado; un vivo sol se levanta sobre el horizonte del mar y hacía brillar como pajillas de oro las rugosidades prismáticas de la enorme muralla.
El ingeniero, después de haber dirigido en torno suyo una rápida mirada, se sentó en una roca. Harbert le ofreció algunos puñados de moluscos y de sargazos diciendo:
—Esto es todo lo que tenemos, señor Ciro.
—Gracias, hijo mío —respondió Ciro Smith—, esto me basta, al menos para el almuerzo.
Y comió con apetito aquel sencillo alimento, bebiendo después un poco de agua fresca cogida en el río en una gran concha.
Sus compañeros le contemplaban sin hablar. Después de haber satisfecho bien o mal su hambre y su sed, se cruzó de brazos y dijo:
—De modo, amigos míos, que todavía no saben ustedes si la suerte nos ha arrojado a un continente o a una isla.
—No, señor —respondió el joven.
—Mañana lo sabremos —repuso el ingeniero—. Hasta entonces no hay nada que hacer.
—Sí —repuso Pencroff.
—¿Qué?
—Fuego —dijo el marino, que también por su parte tenía su idea fija.
—Lo haremos, Pencroff —respondió Ciro Smith—. Mientras ustedes me trasladaban ayer, me parece haber visto hacia el oeste una montaña que domina este país.
—Sí —respondió Gedeon Spilett—, una montaña que debe de ser muy alta.
—Bien —repuso el ingeniero—. Mañana subiremos a su cima y veremos si esta tierra es isla o continente. Hasta entonces repito que nada hay que hacer.
—Sí, fuego —dijo otra vez el obstinado marino.
—Ya haremos fuego —replicó Gedeon Spilett—; un poco de paciencia, Pencroff.
El marino miró a Gedeon Spilett con un aire que parecía decir: «si es usted quien lo ha de hacer, me parece que no comeremos asado tan pronto». Pero guardó silencio.
Ciro Smith no había respondido; parecía cuidarse muy poco de la cuestión del fuego. Por algunos instantes permaneció absorto en sus reflexiones, y después, tomando de nuevo la palabra, dijo:
—Amigos míos, nuestra situación es quizá deplorable, pero en todo caso es muy sencilla. O estamos en un continente, y entonces, a costa de fatigas más o menos grandes, llegaremos a cualquier punto habitado, o estamos en una isla. En este último caso, una de dos, o la isla está habitada y podremos procurar entrar en relaciones con sus habitantes, o está desierta y entonces tendremos que vivir por nosotros mismos.
—Cierto que nada hay más sencillo —respondió Pencroff.
—Pero sea continente o isla —dijo Gedeon Spilett dirigiéndose a Ciro—, ¿a dónde cree usted que nos ha arrojado el huracán?
—A ciencia cierta no puedo saberlo —respondió el ingeniero—; pero presumo que nos encontramos en una tierra del Pacífico. En efecto, cuando salimos de Richmond, el viento soplaba del nordeste y su misma violencia prueba que su dirección no debió variar. Si esta dirección se mantuvo del nordeste al sudoeste, hemos atravesado los estados de Carolina del Norte, de Carolina del Sur, de Georgia, el golfo de México, el territorio mexicano mismo en su parte estrecha, y luego una parte del océano Pacífico. No calculo en menos de seis a siete mil millas la distancia recorrida por el globo, y por poco que el viento variase en medio cuarto, debió llevarnos al archipiélago de Mendana, a las islas Pomotú, o, si tenía mayor velocidad de la que supongo, hasta las tierras de Nueva Zelanda. Si esta última hipótesis se ha realizado, nuestra vuelta a la patria será fácil, porque no tardaremos en encontrar con quien hablar, ya sean ingleses o maorís. Si, por el contrario, esta costa pertenece a cualquier isla desierta de algún archipiélago de la Micronesia, tal vez podremos conocerlo desde lo alto de ese cono que domina el país, y entonces trataremos de establecernos aquí como si no debiéramos salir jamás.
—¡Jamás! —exclamó el corresponsal—. ¿Dice usted jamás, mi querido Ciro?
—Más vale ponerse desde luego en lo peor —respondió el ingeniero—; así se reserva uno la sorpresa de lo mejor.
—Bien dicho —replicó Pencroff—. Sin embargo, debemos esperar que esta isla, si lo es, no se encontrará precisamente situada fuera de todas las rutas de los buques. Sería verdaderamente tener desgracia.
—No sabremos a qué atenernos hasta después de haber subido a esa montaña —respondió al ingeniero.
—Pero mañana, señor Ciro —preguntó Harbert—, ¿se encontrará usted en estado de sufrir la fatiga de la ascensión?
—Así lo espero —respondió el ingeniero—; pero con la condición de que maese Pencroff y tú, hijo mío, os mostréis cazadores inteligentes y diestros.
—Señor Ciro —respondió el marino—, ya que habla usted de caza, si a mi vuelta estuviese yo tan seguro de poder asarla como lo estoy de traerla...
—Tráigala usted de todos modos, Pencroff —respondió Ciro Smith.
Se convino, pues, que el ingeniero y el corresponsal pasarían el día en las chimeneas, a fin de examinar el litoral y la meseta superior. Entre tanto Nab, Harbert y el marino volverían al bosque, renovarían la provisión de leña y harían riza de todo animal de pluma o de pelo que pasara a su alcance.
Partieron hacia las diez de la mañana, Harbert muy confiado, Nab gozoso y Pencroff murmurando aparte:
—Si a mi vuelta encuentro fuego en casa, será porque el rayo en persona haya venido a encenderlo.
Los tres subieron por la orilla del río, y al llegar al recodo que formaba, el marino deteniéndose, dijo a sus dos compañeros:
—¿Comenzaremos por ser cazadores o leñadores?
—Cazadores —respondió Harbert—, ya está Top en campaña.
—Cacemos, pues —dijo el marino—, luego vendremos aquí y haremos nuestra provisión de leña.
Dicho esto, Harbert, Nab y Pencroff, después de haber arrancado tres gruesas ramas del tronco de un abeto joven, siguieron a Top, que saltaba entre las altas hierbas.
Los cazadores, en vez de seguir el curso del río, penetraron más directamente en el corazón de la selva. Hallaron los mismos árboles que el primer día pertenecientes en su mayor parte a la familia de los pinos. En ciertos lugares, donde el bosque era menos espeso, había matas aisladas de pinos que presentaban dimensiones considerables y parecían indicar por su desarrollo que el país se hallaba en una latitud más elevada que la que suponía el ingeniero. Algunos claros, erizados de troncos roídos por el tiempo, estaban cubiertos de leña seca y formaban inagotables reservas de combustible. Después, pasado el claro se estrechaba el bosque y se hacía casi impenetrable.
Orientarse entre aquella espesura, sin camino, ni practicado ni practicable, era cosa muy difícil. Por eso el marino, de vez en cuando, establecía jalones, rompiendo algunas ramas que pudieran después servir de señal para la vuelta. Pero tal vez no había hecho bien en no seguir el curso del río como Harbert y él lo habían seguido en su primera excursión, porque ya hacía una hora que caminaban, sin haber encontrado caza de ninguna especie. Top, corriendo entre las ramas bajas, no levantaba más que avecillas a las cuales era imposible acercarse. Los mismos curucus eran absolutamente invisibles y era probable que el marino se viese obligado a volver a la parte pantanosa del bosque, en la cual tan felizmente había verificado su pesca de tetras.
—Señor Pencroff —dijo Nab en tono un poco sarcástico—, si es ésta la caza que ha prometido usted llevar a mi amo, no se necesitará mucho fuego para asarla.
—Paciencia, Nab —respondió el marino—, no será caza lo que falte a nuestra vuelta.
—¿No tiene usted confianza en el señor Smith?
—Sí.
—¿Pero no cree usted que hará fuego?
—Lo creeré cuando vea arder la leña en el hogar.
—Arderá, pues mi amo lo ha dicho.
—Allá veremos.
Entretanto el sol no había llegado todavía al más alto punto de su carrera sobre el horizonte. La exploración continuó, pues, y tuvo desde luego un resultado útil, porque Harbert hizo el descubrimiento de un árbol cuyos frutos eran comestibles. Era el pino piñonero, que produce un piñón excelente muy estimado en las regiones templadas de América y de Europa. Aquellos piñones estaban en perfecto estado de madurez y Harbert los señaló a sus dos compañeros, que comieron en abundancia.
—Vamos —dijo Pencroff—, algas en vez de pan, moluscos en vez de carne y piñones por postre: tal es la comida de las personas que no tienen un solo fósforo en su bolsillo.
—No podemos quejarnos —respondió Harbert.
—No me quejo, hijo mío —dijo Pencroff—; solamente repito que la carne brilla demasiado por su ausencia en estas comidas.
—No es ése el parecer de Top —exclamó Nab, que corrió hacia un matorral, en cuya espesura el perro había desaparecido ladrando. Con los ladridos de Top se mezclaban gruñidos singulares.
El marino y Harbert siguieron a Nab. Si había alguna caza, no era aquél el momento de discutir cómo se la podría guisar, sino cómo se la podría coger.
Los cazadores, apenas entraron en la espesura, vieron a Top luchando con un animal al cual tenía asido por una oreja. Aquel cuadrúpedo era una especie de cerdo de dos pies y medio de largo poco más o menos, de un color pardo negruzco, pero menos oscuro que el vientre, con un pelo duro y poco espeso, y cuyos dedos, fuertemente adheridos entonces al suelo, parecían unidos por membranas.
Harbert creyó reconocer en aquel animal un cabiel, es decir, uno de los mayores individuos del orden de los roedores.
El cabiel no oponía gran resistencia al perro; miraba estúpidamente con sus grandes ojos profundamente hundidos en una espesa capa de grasa. Quizá veía hombres por primera vez.
Entretanto Nab, tras afirmar su garrote en la mano, iba a dar un garrotazo al roedor, cuando éste, desprendiéndose de los dientes de Top, que se quedó con un pedazo de oreja, lanzó un vigoroso gruñido, se precipitó sobre Harbert, a quien hizo vacilar, y desapareció a través del bosque.
—¡Ah, bribón! —exclamó Pencroff.
Inmediatamente los tres se lanzaron en seguimiento de Top, y en el momento en que iban a alcanzarle, el roedor desapareció bajo las aguas de un vasto pantano sombreado de grandes pinos seculares.
Nab, Harbert y Pencroff se detuvieron y quedaron inmóviles. Top se arrojó al agua, pero el cabiel, oculto en el fondo de la laguna, no aparecía.
—Esperemos —dijo el joven—, porque pronto saldrá a respirar a la superficie.
—¿No se ahogará? —preguntó Nab.
—No —respondió Harbert—, porque tienen los pies palmeados y es casi un anfibio. Aguardemos.
Top había seguido nadando. Pencroff y sus dos compañeros se apostaron cada uno en un punto de la orilla, a fin de cortar toda retirada al cabiel, al cual el perro buscaba nadando por la superficie del pantano. Harbert no se había engañado. Al cabo de algunos minutos, el animal subió a la superficie del agua; Top se lanzó sobre él de un salto, y le impidió sumergirse de nuevo; y un instante después el cabiel, arrastrado hasta la orilla, era muerto de un garrotazo por Nab.
—¡Hurra! —exclamó Pencroff, que empleaba con frecuencia aquel grito de triunfo—. Un poco de fuego y este roedor será roído hasta los huesos.
Pencroff se echó el cabiel al hombro, y juzgando por la altura del sol que ya debían ser las dos de la tarde, dio la señal de regreso.
El instinto de Top no fue inútil a los cazadores, que, gracias al inteligente animal, pudieron encontrar el camino de su morada. Media hora después llegaban al recodo del río. Pencroff estableció allí un tren de leña como había hecho la primera vez; y aunque por falta de fuego aquella tarea le parecía inútil, volvieron a las chimeneas llevándose el tren con el auxilio de la corriente.
Sólo estaba a cincuenta pasos de aquella habitación el marino, cuando lanzó de nuevo un hurra formidable, y tendiendo la mano hacia el ángulo de la quebraja, dijo:
—¡Harbert, Nab, mirad!
Una gran humareda subía en torbellino por encima de las rocas.
CAPÍTULO X
Pocos instantes después, los tres cazadores se encontraban delante de una llama chispeante. Ciro Smith y el corresponsal estaban allí; Pencroff les miraba sucesivamente sin decir palabra con el cabiel en la mano.
—Ya lo ve usted, amigo mío —exclamó el corresponsal—; esto es fuego, verdadero fuego que asará perfectamente esa magnífica pieza, con la cual nos regalaremos dentro de poco.
—¿Pero quién lo ha encendido? —preguntó Pencroff.
—El sol.
La respuesta de Gedeon Spilett era exacta. El sol había suministrado aquel calor que tanto admiraba a Pencroff. El marino no quería dar crédito a sus ojos, y estaba tan trastornado, que no pensaba en preguntar al ingeniero.
—¿Tenía usted una lente, señor Smith? —preguntó Harbert a Ciro Smith.
—No, hijo mío —respondió éste—, pero he hecho una.
Y mostró el aparato que le había servido de lente. Eran simplemente los dos vidrios que había quitado al reloj del corresponsal y al suyo. Después de haberlos llenado de agua, y de haber hecho sus bordes adherentes por medio de un poco de barro, se había fabricado una verdadera lente, que concentrando los rayos solares sobre un musgo bien seco, había causado la combustión.
El marino consideró el aparato, y después miró al ingeniero sin pronunciar una sola palabra. Pero su mirada era todo un discurso. Si para él Ciro Smith no era Dios, por lo menos era más que un hombre. Al fin recobró el habla y exclamó:
—Anote usted eso, señor Spilett, anote usted eso en su cuaderno.
—Ya está anotado —respondió el corresponsal.
Después, ayudado por Nab, el marino dispuso el asador y el cabiel, convenientemente eviscerado, se asó bien pronto como un lechoncillo ante una llama clara y chispeante.
Las chimeneas habían vuelto a ser habitables, no sólo porque los cazadores se calentaban con el fuego del hogar, sino porque se habían restablecido los tabiques de piedra y arena.
Como se ve, el ingeniero y su compañero habían empleado bien el día. Ciro Smith había recobrado casi enteramente sus fuerzas y las había probado subiendo a la meseta superior. Desde aquel punto, su vista, acostumbrada a calcular las alturas y las distancias, se había fijado largo tiempo en aquel cono, a cuya cima quería llegar al día siguiente. El monte, situado como a seis millas al noroeste, le pareció medir 3.500 pies sobre el nivel del mar. Por consiguiente, la mirada de un observador situado en la cima podía recorrer el horizonte en un radio no menor de cincuenta millas. Era, pues, probable que Ciro Smith resolviese fácilmente la cuestión de isla o continente, a la cual daba, no sin razón, la primacía sobre todas las demás.
Cenaron regularmente; la carne del cabiel fue declarada excelente, los sargazos y los piñones completaron el banquete, durante el cual el ingeniero habló poco, pues su imaginación estaba ocupada con los proyectos para el día siguiente.
Una o dos veces Pencroff expuso algunas ideas sobre lo que convendría hacer, pero Ciro Smith, que evidentemente tenía un espíritu metódico, se contentó con mover la cabeza y repetir:
—Mañana sabremos a qué atenernos, y haremos lo que proceda según las circunstancias.
Terminada la cena, echaron nuevas brazadas de leña en el hogar, y todos, incluso el fiel Top, se durmieron con profundo sueño. Ningún incidente turbó aquella noche apacible, y a la mañana siguiente, 29 de marzo, descansados y dispuestos, se despertaron para emprender la excursión que debía fijar su suerte.
Todos estaban prontos para la marcha. Los restos del cabiel podían alimentar durante veinticuatro horas todavía a Ciro Smith y a sus compañeros, y además, esperaban reponer por el camino las provisiones. En los relojes del ingeniero y del corresponsal se habían vuelto a colocar los cristales, y Pencroff quemó un poco de trapo para que pudiera servir de yesca. En cuanto al pedernal, no debía faltar en aquellos terrenos de origen plutónico.
Eran las siete y media de la mañana, cuando los exploradores, armados de garrotes, salieron de las chimeneas. Siguiendo el dictamen de Pencroff, pareció a todos conveniente tomar el camino ya recorrido a través del bosque, sin perjuicio de volver por otra parte. Era el camino más corto para llegar a la montaña. Torcieron, pues, el ángulo sur, y siguieron la orilla izquierda del río, abandonándolo después en el lugar en que formaba el recodo hacia el sudoeste. El sendero, ya practicado bajo los árboles siempre verdes, apareció entonces a los ojos de Ciro Smith y sus compañeros, y a las nueve llegaron al límite occidental del bosque.
El suelo, hasta entonces poco accidentado, pantanoso al principio, seco y arenoso después, tomaba una ligera inclinación, formando una cuesta que subía desde el litoral al interior del país. Entre los altos árboles viéronse huir varios animales. Top les hacía levantar con presteza, pero su amo le llamaba inmediatamente, porque no había llegado el momento de perseguirlos; asunto que era preciso dejar para más tarde, porque el ingeniero no era hombre que se distrajese de una idea fija. Puede afirmarse que Ciro Smith no observaba el país, ni en su configuración, ni en sus producciones naturales en aquel monte al cual pretendía subir y a él se encaminaba directamente.
A las diez los exploradores hicieron un alto de algunos minutos. Al salir del bosque se presentó a sus miradas el sistema orográfico del país. El monte se componía de dos conos. El primero, truncado, a una altura de 2.500 pies, poco más o menos, estaba sostenido por caprichosos contrafuertes que parecían ramificarse como las uñas de una inmensa garra aplicada al suelo. Entre aquellos contrafuertes se abrían otros tantos valles estrechos erizados de árboles cuyos últimos grupos se elevaban hasta el truncamiento del primer cono. Sin embargo, la vegetación parecía ser menos abundante en la parte de la montaña expuesta al nordeste, en la cual se veían lechos bastante profundos que debían ser de antiguas corrientes de lava.
Sobre el primer cono se asentaba otro ligeramente redondeado en su cima y un poco inclinado, que parecía un gran sombrero redondo inclinado sobre la oreja. A juzgar por su aspecto, parecía formado de una tierra carente de vegetación, sembrada en muchos parajes de rocas rojizas.
Los exploradores deseaban subir a la cima de este segundo cono, y la arista de los contrafuertes debía ofrecer el mejor camino para la subida.
—Estamos en un terreno volcánico —dijo Ciro Smith; y sus compañeros, siguiéndole, comenzaron a trepar poco a poco por la cuesta de un contrafuerte que por una línea sinuosa, y por consiguiente más practicable, conducía a la primera meseta.
Los accidentes del terreno eran muchos en aquel suelo, convulsionado evidentemente por las fuerzas plutónicas. Aquí y allá se veían bloques erráticos, restos innumerables de basalto, de piedra pómez, oxidiana y grupos aislados de esas coníferas que, algunos centenares de pies más abajo, en el fondo de estrechas gargantas, formaban grandes espesuras, casi impenetrables a los rayos del sol.
Durante esta primera parte de la ascensión por las rampas inferiores, Harbert hizo notar a sus compañeros huellas que indicaban el paso reciente de grandes animales, salvajes o de otra clase.
—Esos animales —dijo Pencroff—, no nos cederán de buena gana su dominio.
—Si no nos lo ceden —respondió el corresponsal, que había estado ya en cacerías de tigres en la India y de leones en África—, veremos la manera de desembarazarnos de ellos. Entretanto marchemos con precaución.

Las dificultades de la ascensión aumentaron considerablemente.
Iban subiendo poco a poco, pero el camino, que aumentaba con los rodeos que había que dar para superar obstáculos que no podían dominarse directamente, era largo; algunas veces faltaba el suelo súbitamente y se encontraban al borde de profundas quebradas que no podían atravesar sin dar un rodeo y volver atrás para seguir un sendero más practicable. Todo esto exigía tiempo y producía gran cansancio a los exploradores. Al mediodía, cuando éstos hicieron alto para almorzar al pie de un bosquecillo de abetos y cerca de un arroyo que se precipitaba en cascadas, hallábanse a mitad del camino de la primera meseta, y podían calcular que no llegarían a ella hasta el oscurecer.
Desde aquel punto, el horizonte del mar se ensanchaba considerablemente; pero a la derecha la mirada, detenida por el promontorio agudo del sudeste, no podía averiguar si la costa se unía o no por algún brusco rodeo a alguna tierra que estuviese en último término. A la izquierda el radio visual aumentaba algunas millas hacia el norte; sin embargo, desde el noroeste, en el punto que ocupaban los exploradores, se encontraba y detenía absolutamente por la arista de un contrafuerte de forma extraña que constituía como la base poderosa del cono central. No podía, pues, adivinarse nada todavía sobre la resolución del problema que Ciro Smith quería resolver.
A la una volvieron a ponerse en marcha. Fue necesario desviarse ligeramente hacia el sudoeste y entrar de nuevo entre matorrales bastante espesos. Allí, a cubierto del follaje, revoloteaban varias parejas de gallináceas de la familia de los faisanes. Eran tragopanes, adornados de una especie de carúncula carnosa que pendía de sus gargantas y dos delgados cuernos cilíndricos situados hacia la parte posterior de los ojos. Entre estas parejas del tamaño de un gallo, la hembra era uniformemente parda, mientras el macho resplandecía con su plumaje encarnado sembrado de manchas blancas y redondas. Gedeon Spilett, de una pedrada diestra y vigorosamente lanzada, mató a uno de aquellos tragopanes, al cual Pencroff, a quien el aire libre había abierto el apetito, miró caer con gran satisfacción.
Después de haber salido de la espesura, los exploradores, ayudándose unos a otros, treparon por un talud muy empinado que tendría el espacio de cien pies y llegaron a un piso superior poco poblado de árboles, cuyo suelo tenía aspecto volcánico. Tratábase entonces de volver hacia el este describiendo curvas que hacían las pendientes más practicables, porque eran ya más duras y los exploradores tenían necesidad de escoger con cuidado el sitio en que ponían el pie. Nab y Harbert marchaban a la cabeza, Pencroff cubría la retaguardia y entre ellos iban Ciro Smith y el corresponsal. Los animales que frecuentaban aquellas alturas, y cuyas huellas se veían en gran número, debían pertenecer necesariamente a esas razas de pie seguro y espina dorsal flexible, gamuzas o cabras monteses. Viéronse algunos de estos animales, pero no fue el nombre de gamuzas el que les dio Pencroff, sino que en cierta ocasión exclamó:
—¡Carneros!
Todos se detuvieron a cincuenta pasos de media docena de animales corpulentos de fuertes cuernos encorvados hacia atrás y achatados hacia la punta, de vellón lanudo oculto bajo largos pelos sedosos de color leonado.
No eran carneros ordinarios, sino una especie comúnmente extendida por las regiones montañosas de las zonas templadas, a la cual Harbert dio el nombre de muflones.
—¿Se pueden hacer con ellos un guisado y unas chuletas? —preguntó el marino.
—Sí —respondió Harbert.
—Pues entonces son carneros —dijo Pencroff.
Aquellos animales, inmóviles entre los trozos de basalto, miraban con ojos admirados como si contemplase por primera vez bípedos humanos. Después, despertándose súbitamente su temor, desaparecieron saltando entre las rocas.
—¡Hasta la vista! —les gritó Pencroff con un tono tan cómico, que Ciro Smith, Gedeon Spilett, Harbert y Nab, no pudieron menos de soltar una carcajada.
Continuó la ascensión. Frecuentemente se observaban en ciertos declives huellas de lava muy caprichosamente estriada. Pequeñas solfataras cortaban aquí y allá el camino que recorrían los exploradores, y era preciso seguir sus orillas hasta encontrar paso. En algunos puntos el azufre había depositado en forma de concreciones cristalinas, en medio de aquellas materias que preceden generalmente a las erupciones de lava, puzolanas de grados irregulares muy tostadas, cenizas blanquecinas formadas de una infinidad de cristalitos de feldespato.
En las inmediaciones de la primera meseta, formada por el truncamiento del cono inferior, las dificultades de la ascensión aumentaron considerablemente. Hacia las cuatro los exploradores habían pasado ya de la zona de los árboles, y no veían sino aquí y allá algunos picos flacos y descarnados, que debían tener la vida muy dura para resistir en aquellos elevados parajes a los grandes vientos del mar. Por fortuna para el ingeniero y sus compañeros, el tiempo era hermoso y la atmósfera estaba tranquila, porque un viento fuerte a una altura de 3.000 pies habría dificultado grandemente su marcha. La pureza del cielo en el cenit se sentía al través de la transparencia del aire; una calma perfecta reinaba alrededor de ellos; no veían ya el sol, oculto entonces por la gran pantalla del cono superior que encubría la mitad del horizonte al oeste, y cuya sombra enorme, prolongándose hasta el litoral, crecía a medida que el astro radiante descendía en su curso diurno. Algunos vapores, brumas más que nubes, comenzaban a aparecer hacia el este y tomaban todos los colores especiales bajo la acción de los rayos del sol.
Quinientos pies solamente separaban entonces a los exploradores de la meseta a donde querían llegar a fin de establecer en ella un campamento donde pasar la noche; pero aquellos quinientos pies aumentaron hasta más de dos millas por los zigzags que tuvieron que describir. El suelo, por decirlo así, faltaba bajo sus pies: las pendientes presentaban con frecuencia un ángulo tan abierto, que los pies se deslizaban por el lecho de lava, cuando las estrías, gastadas por el aire, no ofrecían un punto de apoyo suficiente. En fin, empezaba a oscurecer, y era ya casi de noche cuando Ciro Smith y sus compañeros, muy cansados por una ascensión de siete horas, llegaron a la meseta del primer cono.
Tratóse entonces de organizar el campamento y reparar las fuerzas, primero cenando y después durmiendo. Aquel segundo piso de la montaña se elevaba sobre una base de rocas, entre las cuales los exploradores hallaron fácilmente un abrigo. El combustible no era abundante; sin embargo, podía obtenerse fuego por medio de los musgos y maleza seca que erizaba ciertas partes de la meseta. Mientras el marino preparaba el hogar sobre piedras que dispuso al efecto, Nab y Harbert se ocuparon en recoger combustible y volvieron pronto con una carga de hierba y leña seca. Se hizo saltar chispas, el trapo quemado recogió las del pedernal, y al soplo de Nab prendió una llama bastante viva en pocos instantes, al abrigo de las rocas.
Aquel fuego no estaba destinado a otra cosa que a combatir la temperatura un poco fría de la noche, y no se empleó en asar el faisán que Nab reservaba para la noche siguiente. Los restos del cabiel y algunas docenas de piñones formaron los elementos de la comida, y a las seis y media todo estaba terminado.
Ciro Smith tuvo entonces el pensamiento de explorar en la semioscuridad aquel ancho asiento circular que formaba la base del cono superior de la montaña. Antes de entregarse al reposo quería saber si podrían dar la vuelta a esta base, para el caso en que los costados del cono, demasiado empinados, lo hicieran inaccesible hasta el vértice. Esta cuestión no dejaba de tenerle pensativo, porque era posible que del lado a que el cono se inclinaba, es decir, hacia el norte, la meseta no fuese practicable. Ahora bien, si no podía llegar a la cima de la montaña, y si por otra parte no se podía dar la vuelta a la base del cono, sería imposible examinar la parte occidental del país, y por consiguiente no se conseguiría por completo el fin de la expedición.
Así pues, el ingeniero, sin pensar en su cansancio, dejando a Pencroff y a Nab organizar los medios de acostarse, y a Gedeon Spilett anotar los incidentes del día, comenzó a seguir la base circular del cono dirigiéndose hacia el norte. Harbert le acompañaba.
La noche era hermosa y tranquila, y la oscuridad poco profunda todavía. Ciro Smith y el joven marchaban uno junto a otro sin hablar. En ciertos lugares la meseta se ensanchaba mucho y podían pasar juntos sin molestia. En otros, obstruida por los hundimientos, no ofrecía sino una estrecha senda por la cual dos personas no podían caminar de frente. Desde aquel punto las pendientes de los dos conos se unían y sólo formaban una; no había base que hiciera de separación entre las dos partes de la montaña, y dar la vuelta al cono por una pendiente con una inclinación de cerca de setenta grados, era imposible.
Pero si el ingeniero y el joven debieron renunciar a seguir una dirección circular, en cambio comprendieron la posibilidad de emprender directamente la ascensión del cono.
En efecto, delante de ellos se abría una profunda cavidad en las paredes del cono. Era la boca del cráter superior, el cuello, si se quiere, por donde se escapaban las materias eruptivas líquidas en la época en que el volcán estaba todavía en actividad. Las lavas endurecidas, las escorias solidificadas formaban una especie de escalera natural de anchos escalones, que debía facilitar el acceso al vértice del cono.
Una mirada bastó a Ciro Smith para reconocer aquella disposición, y sin vacilar, seguido del joven, entró en la enorme grieta en medio de una oscuridad creciente.
Tenían todavía una altura de mil pies que escalar. ¿Los declives interiores del cráter serían practicables? Había llegado la ocasión de verlo. El ingeniero continuaría su marcha ascendente mientras le fuera posible. Por fortuna, aquellos declives, muy prolongados y sinuosos, describían anchas muescas en el interior del volcán y favorecían la ascensión.
En cuanto al volcán mismo no podía dudarse que estaba completamente extinguido; no se escapaba humo alguno por sus costados, ni se descubría llama de ninguna especie en sus profundas cavidades; ni un gruñido, ni un murmullo, ni un estremecimiento salía de aquel pozo oscuro que se abría tal vez hasta las entrañas del globo. La misma atmósfera dentro de aquel cráter estaba limpia y no tenía ningún vapor sulfuroso. Era aquél, no el sueño de un volcán, sino su extinción completa.
La tentativa de Ciro Smith debía tener buen éxito. Poco a poco, Harbert y él, subiendo por las paredes interiores, vieron ensancharse el cráter por encima de su cabeza. El radio de aquella parte circular de cielo comprendido entre la circunferencia del cono, fue aumentando sensiblemente. A cada paso que daban Ciro Smith y Harbert entraban nuevas estrellas en su campo visual. Vieron resplandecer las magníficas constelaciones del cielo austral, en el cenit brillaban con puro esplendor la magnífica Antares del Escorpión, y no lejos aquella Alfa del Centauro que se cree ser la estrella más cercana al globo terráqueo. Después, a medida que se ensanchaba el cráter, aparecieron Fomalhaut de Picis, el Triángulo austral y, en fin, casi el polo antártico del mundo, la resplandeciente Cruz del Sur, que reemplaza a la estrella Polar del hemisferio boreal.
Eran cerca de las ocho cuando Ciro Smith y Harbert pusieron el pie en la cresta superior del monte en la cima del cono.
La oscuridad era completa entonces y no permitía a las miradas extenderse en un radio mayor de dos millas. ¿Rodeaba el mar aquella tierra desconocida, o se unía ésta hacia occidente a algún continente del Pacífico? Todavía no se podía saber. Hacia el oeste una banda nebulosa muy marcada en el horizonte aumentaba las tinieblas, y la vista no podía distinguir si el cielo y el agua se confundían allí en una misma línea circular.
Pero en un punto de aquel horizonte apareció de improviso un vago resplandor, que fue bajando lentamente a medida que la nube subía hacia el cenit. Era el cuarto creciente de la luna, muy delgado y ya próximo a desaparecer. Pero su luz bastó para dibujar claramente la línea horizontal, entonces separada de la nube, y el ingeniero pudo ver la imagen temblorosa del astro reflejarse un momento sobre una superficie líquida.
Ciro Smith tomó la mano del joven, y con voz grave:
—¡Isla! —dijo en el momento en que la luz de la luna se extinguía entre las aguas.
CAPÍTULO XI
Media hora después, Ciro Smith y Harbert estaban de vuelta en el campamento. El ingeniero se limitó a decir a sus compañeros «que la tierra a donde la casualidad les había arrojado era una isla, y que a la mañana siguiente verían lo que había que hacer». Después cada uno se arregló como pudo para dormir, y en aquella cueva de basalto, a una altitud de dos mil quinientos pies sobre el nivel del mar, y en una noche apacible, los isleños gozaron de un reposo profundo.
A la mañana siguiente, 30 de marzo, después de un breve almuerzo, compuesto únicamente del tragopán asado, el ingeniero quiso volver a subir a la cima del volcán, a fin de observar con atención la isla donde él y sus compañeros estaban aprisionados, tal vez para toda su vida. Quería averiguar si aquella isla estaba situada lejos de toda tierra, o si se hallaba en las rutas de los buques que visitan los archipiélagos del océano Pacífico. Aquella vez sus compañeros le siguieron en la nueva expedición, porque ellos también querían ver la isla que había de subvenir en adelante a todas sus necesidades.
Serían las siete de la mañana cuando Ciro Smith, Harbert, Pencroff, Gedeon Spilett y Nab dejaron el campamento. Ninguno parecía alarmarse demasiado por la situación en que se hallaban. Tenían confianza sin duda en sí mismos, pero hay que observar que el punto de apoyo de esta confianza no era el mismo en Ciro Smith que en sus compañeros. El ingeniero tenía fe porque se sentía capaz de arrancar a aquella naturaleza salvaje todo lo que fuese necesario para la vida de sus compañeros y la suya, y éstos no temían nada, precisamente porque Ciro Smith estaba con ellos. Ya se comprenderá la razón de esta diferencia; Pencroff, sobre todo desde el incidente del fuego, no habría desesperado un instante, aun cuando se hubiese encontrado en una roca desnuda, con tal de que el ingeniero hubiera estado a su lado en ella.
—Bah —dijo—, hemos salido de Richmond sin el permiso de las autoridades, y malo ha de ser que no salgamos un día u otro de aquí, donde ciertamente nadie nos ha de detener.
Ciro Smith siguió el mismo camino que el día anterior. Dieron la vuelta al cono por la meseta en que se apoyaba, hasta la boca de la enorme grieta. El tiempo estaba magnífico; el sol ascendía en un cielo puro y cubría con sus rayos todo el lado oriental de la montaña.
Llegaron al cráter. Era lo mismo que el ingeniero había visto en la oscuridad, es decir, un vasto embudo que iba ensanchándose hasta una altura de mil pies por encima de la meseta inferior. Al pie de la grieta, grandes y espesas capas de lava serpenteaban por las laderas del monte y marcaban el camino con materias eruptivas hasta los valles inferiores que surcaban la parte septentrional de la isla.
El interior del cráter, cuya inclinación no pasaba de 35 a 40 grados, no presentaba ni dificultades ni obstáculos para la ascensión. Veíanse en él señales de lavas muy antiguas que probablemente se derramaron por la cima del cono antes de que la grieta natural de la garganta les hubiese abierto una vía nueva.
En cuanto a la chimenea volcánica que establecía la comunicación entre las capas subterráneas y el cráter, la vista no podía calcular su profundidad, porque se perdía en la oscuridad; pero no era dudosa de modo alguno la extensión completa del volcán.
Antes de las ocho, Ciro Smith y sus compañeros estaban reunidos en la cima del cráter sobre una eminencia cónica que tenía en el borde septentrional.
—¡El mar, el mar por todas partes! —exclamaron como si sus labios no hubieran podido contener aquella frase que les declaraba insulares.
El mar, en efecto, una inmensa sábana de agua circular, les rodeaba. Tal vez al subir al vértice del cono Ciro Smith había tenido la esperanza de descubrir alguna costa, alguna isla cercana que no hubiera podido divisar la noche anterior en medio de la oscuridad. Pero nada se presentaba a la vista en todo lo que alcanzaba el horizonte, es decir, en un radio de más de cincuenta millas. No se veía ni tierra ni buque alguno; toda aquella inmensidad estaba desierta, y la isla ocupaba el centro de una circunferencia que parecía ser infinita.
El ingeniero y sus compañeros, mudos, inmóviles, recorrieron con la mirada por espacio de algunos minutos todos los puntos del océano. Aquel océano fue registrado por su vista hasta en sus últimos límites; pero Pencroff, que poseía tan maravilloso poder visual, no vio nada, y ciertamente si se hubiera levantado una tierra al extremo del horizonte, aunque no hubiera sido sino en forma de un tenue vapor, el marino la hubiera conocido inmediatamente, porque eran sin duda dos verdaderos telescopios los que la naturaleza había colocado bajo sus cejas.
Del océano se dirigieron sus miradas sobre la isla, cuya totalidad dominaban, y la primera pregunta que se hizo salió de los labios de Gedeon Spilett en estos términos.
—¿Cuál podría ser la extensión de esta isla?
Verdaderamente no parecía muy grande en medio de aquel inmenso océano.
Ciro Smith reflexionó algunos instantes; observó atentamente el perímetro de la isla teniendo en cuenta la altura en que se encontraban, y después dijo:
—Amigos míos, no creo engañarme dando al litoral de la isla un desarrollo de más de cien millas.
—Y por consiguiente su superficie...
—Es difícil de calcular —respondió el ingeniero—, porque está demasiado caprichosamente accidentada.
Si Ciro Smith no se engañaba en su cálculo, la isla tenía aproximadamente la extensión de Malta o de Zante en el Mediterráneo; pero era al mismo tiempo mucho más irregular y menos rica en cabos, promontorios, puntas, bahías, ansas y abras. Su forma verdaderamente extraña sorprendía desde luego, y cuando Gedeon Spilett, por consejo del ingeniero, hubo trazado la circunferencia, se halló que se parecía a un animal fantástico, a una especie de pterópodo monstruoso que estuviese dormido sobre la superficie del Pacífico.
Véase en efecto la configuración exacta de esta isla, que importa dar a conocer, y cuya carta levantó inmediatamente el corresponsal con bastante precisión.
La parte este del litoral, es decir, aquella en que los náufragos habían tomado tierra se escotaba anchamente y formaba una vasta bahía terminada al sudeste por un cabo agudo que Pencroff no había podido ver en su primera exploración a causa de una punta que no ocultaba. Al norte, otros dos cabos cerraban la bahía, y entre ellos se abría un estrecho golfo que parecía la mandíbula entreabierta de alguna formidable lija.
De nordeste a noroeste la costa se redondeaba como el cráneo achatado de una fiera, para levantarse luego formando una especie de joroba que daba una forma vaga a esta parte de la isla, cuyo centro estaba ocupado por la montaña volcánica.
Desde este punto el litoral corría bastante regularmente al norte y al sur, abierto a los dos tercios de su perímetro por una ensenada estrecha, a partir de la cual concluía en una larga cola semejante a la de un gigantesco cocodrilo.
Esta cola formaba una verdadera península que se adentraba más de treinta millas en el mar a partir del cabo sudeste de la isla y se redondeaba describiendo una rada avanzada muy abierta, que formaba el litoral inferior de aquella tierra de tan extraños recortes.
La isla en su anchura más pequeña, es decir entre las chimeneas y la ensenada visible en la costa occidental que le correspondía en latitud, medía diez millas solamente, pero su mayor longitud desde la mandíbula del nordeste al estrecho de la costa del sudoeste no tenía menos de treinta millas.
En cuanto al interior de la isla, el aspecto general era el siguiente: muy frondosa en toda su parte meridional desde la montaña hasta la costa, pero arenosa y árida en su parte septentrional. Entre el volcán y la costa del este Ciro Smith y sus compañeros vieron con gran sorpresa un lago encerrado entre orillas pobladas de árboles verdes, lago cuya existencia no sospechaban. Visto desde aquella altura, parecía estar al nivel del mar; pero el ingeniero, después de haber reflexionado, explicó a sus compañeros que la altura de aquella sábana de agua debía ser de trescientos pies porque la meseta que le servía de cuenca no era más que la prolongación de la del litoral.
—¿Es, pues, un lago de agua dulce? —preguntó Pencroff.
—Necesariamente —respondió el ingeniero—, porque debe de estar alimentado por las aguas que bajan de la montaña.
—Veo un riachuelo que desemboca en él —dijo Harbert mostrando una estrecha senda de agua cuya fuente debía manar de los contrafuertes del oeste.
—En efecto —respondió Ciro Smith—; y puesto que ese riachuelo alimenta el lago, es probable que del lado del mar exista un desagüe por el cual se escape el sobrante de las aguas. A nuestra vuelta lo veremos.
Aquel riachuelo bastante sinuoso y el río ya reconocido constituían el sistema hidrográfico de la isla, al menos tal como se desenvolvía a la vista de los exploradores. Sin embargo, era posible que entre aquellas masas de árboles, que formando una selva inmensa ocupaban las dos terceras partes de la isla, hubiera otros ríos que desembocaran en el mar. Esta suposición adquiriría grandes probabilidades en vista de que la región se mostraba rica y fértil, presentando magníficos ejemplares de la flora de las zonas templadas. En cuanto a la parte septentrional, no presentaba ningún indicio de aguas corrientes; tal vez las hubiera estancadas en la parte pantanosa del nordeste, pero nada más. En suma, en esta porción del norte de la isla no se veían sino dunas, arenas y una aridez marcada que contrastaba vivamente con la opulencia del suelo en su mayor extensión.
El volcán no ocupaba la parte central de la isla. Por el contrario, se levantaba en la región del noroeste y parecía marcar el límite de las dos zonas. Al sudoeste, al sur y al sudeste, las primeras estribaciones de los contrafuertes desaparecían bajo masas de verdor. Al norte, por el contrario, podían seguirse sus ramificaciones que iban a morir en las llanuras arenosas. Este lado era el que había dado paso en la época de las erupciones a la lava vomitada por el volcán, y una ancha calzada de lavas se prolongaba hasta la estrecha mandíbula que formaba el golfo del nordeste.
Ciro Smith y sus compañeros permanecieron una hora en la cima de la montaña. La isla se presentaba a su vista como un plano en relieve, con sus diversas tintas verdes en los bosques, amarillas en las arenas, azules en las aguas. Su vista la abarcaba en todo su conjunto y no se escapaba de sus investigaciones más que aquel suelo oculto bajo el follaje, la cuenca de los valles sombríos y el interior de las gargantas estrechas abiertas al pie del volcán.
Quedaba una cuestión grave que resolver, la cual debía influir singularmente en el porvenir de los náufragos.
¿Estaba la isla habitada?
El corresponsal fue quien hizo esta pregunta, a la cual parecía que ya podía responder negativamente después del minucioso examen que acababa de hacerse de las diversas regiones de la isla.
En ninguna parte se veía la obra del hombre, ni una aglomeración de casas, ni una cabaña aislada, ni una pesquería en el litoral, ni la menor humareda que empañase el aire y anunciase la presencia de seres humanos.
Es verdad que separaba a los observadores de los puntos extremos de la isla, es decir de aquella cola que se proyectaba al sudoeste, una distancia de treinta millas poco más o menos y hubiera sido difícil, aun para los ojos de Pencroff, descubrir a tal distancia una habitación. Tampoco se podía correr la cortina de verdor que cubría las tres cuartas partes de la isla y ver si abrigaba o no algún pueblecillo. Pero generalmente los insulares, en sus espacios estrechos que han surgido de las olas del Pacífico, habitan con preferencia el litoral, y éste parecía hallarse absolutamente desierto.
Podía, pues, admitirse que la isla estaba deshabitada hasta que una exploración completa hubiera demostrado la exactitud o la inexactitud de esta opinión.
¿Pero estaba frecuentada, al menos temporalmente, por indígenas de las islas inmediatas? A esta pregunta era difícil responder. En un radio de cerca de cincuenta millas pueden atravesarse fácilmente, ya por praos malayos, ya por grandes piraguas polinesias. Todo dependía, pues, de la situación de la isla, de su aislamiento en el Pacífico o de su proximidad a los archipiélagos. Ciro Smith, desprovisto de instrumentos, ¿llegaría al fin a determinar su posición en latitud y longitud? Difícil era; y en la duda, lo prudente era tomar ciertas precauciones contra un desembarco posible de los indígenas más próximos.
Acabada la exploración de la isla, determinada su configuración, fijado su relieve, calculada su extensión, reconocidas su hidrografía y su orografía, y anotada de una manera general en el plano levantado por Gedeon Spilett la disposición de los bosques y llanuras, no había que hacer otra cosa más que bajar las laderas de la montaña y explorar el suelo bajo los tres puntos de vista de sus recursos, minerales, vegetales y animales.
Pero Ciro Smith, antes de dar a sus compañeros la señal de marcha, les dijo con su voz tranquila y grave:
—Éste es, amigos míos, el estrecho rincón de tierra sobre el cual nos ha arrojado la mano del Omnipotente. Aquí debemos vivir quizá por largo tiempo; quizá también un socorro inesperado venga a salvarnos si algún buque pasa por casualidad... Digo por casualidad, porque esta isla es poco importante; no ofrece ni siquiera un puerto que pueda servir de escala a los buques y es de temer que se encuentre situada fuera del rumbo que siguen ordinariamente, es decir, demasiado al sur para los buques que frecuentan los archipiélagos del Pacífico, y demasiado al norte para los que se dirigen a Australia doblando el cabo de Hornos. No quiero ocultar a ustedes nada de la situación.
—Y tiene usted razón, mi querido Ciro —respondió vivamente el corresponsal—. Habla usted con hombres que tienen confianza en usted, así como usted puede contar con ellos. ¿No es verdad, amigos míos?
—Yo le obedeceré a usted en todo, señor Ciro —dijo Harbert tomando la mano del ingeniero.
—Yo amo a mi señor siempre y en todas partes —exclamó Nab.
—En cuanto a mí —dijo el marino—, juro por el nombre que tengo que no rehuiré ningún trabajo, y si usted lo quiere, señor Smith, haremos de la isla una pequeña América. Construiremos ciudades, construiremos ferrocarriles, estableceremos telégrafos, y un día, cuando esté bien arreglada, transformada y civilizada, iremos a ofrecerla al gobierno de la Unión. Solamente pido una cosa.
—¿Cuál? —preguntó el corresponsal.
—Que no nos consideremos como náufragos, sino como colonos que han venido aquí para establecerse y colonizar.
Ciro Smith no pudo menos de sonreírse y la proposición del marino fue aprobada. Después el ingeniero dio las gracias a sus compañeros y añadió que contaba con su energía y con la ayuda del cielo.
—Así pues, en marcha hacia las chimeneas —exclamó Pencroff.
—Un instante, amigos míos —dijo el ingeniero—, me parece conveniente dar un nombre a esta isla, así como a los cabos, promontorios y corrientes de aguas que tenemos a la vista.
—Muy bien —dijo el corresponsal—, eso simplificará para en adelante las instrucciones que tengamos que dar y que seguir.
—En efecto —repuso el marino—, ya es algo poder decir a dónde se va y de dónde se viene, y saber que uno ha estado en alguna parte.
—En las chimeneas, por ejemplo —dijo Harbert.
—Justo —repuso Pencroff—, ese nombre era ya muy cómodo y se me ha ocurrido desde luego. ¿Conservaremos a nuestro primer campamento el nombre de Chimeneas, señor Ciro?
—Sí, Pencroff, pues que usted lo ha bautizado.
—Bueno, en cuanto a los otros será fácil bautizarlos —dijo el marino—. Démosles nombres como los Robinsón, cuyas historias me ha leído Harbert; la bahía de la Providencia, la punta de los Cachalotes, el cabo de la Esperanza frustrada.
—O todavía mejor —respondió Harbert—, los nombres de Smith, Spilett, Nab.
—¡Mi nombre! —exclamó Nab mostrando sus dientes de brillante blancura.
—¿Por qué no? —replicó Pencroff—. El puerto Nab suena muy bien. ¿Pues y el cabo Gedeon?
—Preferiría nombres tomados de nuestro país —respondió el corresponsal—, y que nos recordasen América.
—Es verdad; respecto de los principales —dijo Ciro Smith—, como las bahías o los mares, me adhiero con gusto a esa opinión. Propongo, pues, que demos a esta gran bahía del este el nombre de bahía de la Unión, por ejemplo; a esa ancha escotadura del sur el de bahía de Washington; al monte donde estamos en este momento, el de Monte Franklin, y a ese lago que se extiende a nuestros pies el de lago de Grant. Estos nombres nos recordarán, amigos míos, nuestro país y los de los grandes ciudadanos que lo han honrado; pero en cuanto a los ríos, golfos, cabos y promontorios que vemos desde lo alto de esta montaña, propongo que elijamos denominaciones que ante todo recuerden su configuración particular, porque así se grabarán mejor en nuestra memoria y serán al mismo tiempo más prácticos. La forma de la isla es bastante extraña, hasta el punto de no podernos imaginar nombres que den idea de su figura. En cuanto a las corrientes de agua desbocadas, a las diversas partes del bosque que exploraremos más adelante, a las ensenadas que descubriremos después, las bautizaremos a medida que se presenten a nosotros. ¿Qué piensan ustedes?
La proposición del ingeniero fue unánimemente aceptada por los compañeros. La isla estaba allí a su vista como un mapa desplegado, y no había que hacer más que poner un nombre a todos los ángulos entrantes y salientes y a todos los relieves. Gedeon Spilett los inscribía en el sitio correspondiente y la nomenclatura geográfica de la isla quedaría definitivamente adoptada.
Desde luego se dieron los nombres de bahía de la Unión, bahía de Washington y Monte Franklin a las dos bahías y a la montaña, como había propuesto el ingeniero.
—Ahora —dijo el corresponsal— propongo que a esa península que se proyecta al sudoeste de la isla le demos el nombre de península Serpentina, y el de Promontorio del Reptil a la cola encorvada que la termina, porque es verdaderamente una cola de reptil.
—Aprobado —dijo el ingeniero.
—Ahora —dijo Harbert—, ese otro extremo de la isla, ese golfo que se parece tanto a una mandíbula abierta, debe llamarse, en mi concepto, el golfo del Tiburón.
—¡Bien dicho! —exclamó Pencroff—. Y completaremos la imagen llamando cabo de la Mandíbula a las dos partes que forman la boca.
—Pero hay dos cabos —dijo el corresponsal.
—No importa —respondió Pencroff—, tendremos el cabo Mandíbula del Norte y el cabo Mandíbula del Sur.
—Ya están inscritos —respondió Gedeon Spilett.
—Falta dar nombre a la punta sudeste de la isla —dijo Pencroff.
—¿Es decir, al extremo de la bahía de la Unión? —preguntó Harbert.
—Cabo de la Garra —exclamó Nab, que quería también por su parte ser padrino de algún lugar de sus dominios.
Y en efecto, Nab había encontrado un nombre excelente, porque aquel cabo representaba la poderosa garra del animal fantástico que figuraba aquella isla de tan singulares formas.
Pencroff estaba entusiasmado al ver el giro que tomaban las cosas.
Excitada la imaginación de todos, pronto se dieron los nombres siguientes:
Al río que proporcionaba agua potable a los colonos y cerca del cual les había arrojado el globo, el nombre de río de la Merced, verdadera acción de gracias a la Providencia.
Al islote en el que los náufragos habían tomado tierra al principio, el nombre de islote de la Seguridad.
A la meseta que coronaba la alta muralla de granito encima de las Chimeneas y desde donde la vista podía abarcar toda la gran bahía, el nombre de meseta de la Gran Vista.
En fin, a toda la masa de bosques impenetrable que cubría la península Serpentina, el nombre de bosques del Lejano Oeste.
La toponimia de las partes visibles y conocidas de la isla quedaba así terminada, sin perjuicio de completarla después a medida que se hicieran nuevos descubrimientos.
En cuanto a la orientación de la isla, el ingeniero la había determinado aproximadamente por la altura y posición del sol, poniendo al este la bahía de la Unión y toda la meseta de la Gran Vista. Pero al día siguiente, tomando la hora exacta de la salida y de la puesta del sol y determinando su posición por el tiempo medio transcurrido entre la una y la otra, contaba fijar exactamente el norte, pues a consecuencia de su situación en el hemisferio austral, el sol, en el momento preciso de llegar al cenit, pasaba al norte y no al mediodía como en su movimiento aparente parece hacerlo respecto de los sitios situados en el hemisferio boreal.
Todo estaba, pues, terminado, y los colonos se disponían a bajar del monte Franklin para volver a las Chimeneas, cuando Pencroff exclamó:
—¡Qué aturdidos somos!
—¿Por qué? —preguntó Gedeon Spilett que había cerrado su cuaderno y se disponía a marchar.
—¿Y nuestra isla, cómo nos hemos olvidado de bautizarla?
Harbert iba a proponer que se le diera el nombre del ingeniero y todos sus compañeros hubieran aplaudido la idea, cuando Ciro dijo sencillamente:
—Llamémosla con el nombre del gran ciudadano que lucha en este momento por defender la unidad de la República americana. Llamémosla isla de Lincoln.
Tres vivas fueron la respuesta dada a la proposición del ingeniero.
Y aquella noche, antes de dormirse, los nuevos colonos hablaron de su país lejano; de aquella terrible guerra que lo ensangrentaba, no dudando que el Sur fuese pronto reducido a obediencia y que la causa del Norte, la causa de la justicia, triunfaría, gracias a Grant, gracias a Lincoln.
Esto ocurría el 30 de marzo de 1865 y no podían adivinar que dieciséis días después se cometería en Washington un crimen espantoso, y que el Viernes Santo, Abraham Lincoln caería herido de muerte por la bala de un fanático.
CAPÍTULO XII
Pencroff pensó que ya era hora de almorzar, y con este motivo se trató de arreglar los dos relojes, el de Ciro Smith y el del corresponsal.
Sabido es que el de Gedeon Spilett había sido respetado por el agua del mar, pues el corresponsal había sido arrojado desde luego sobre la arena, fuera del alcance de las olas. Era un instrumento de construcción excelente, un verdadero cronómetro de bolsillo, y Gedeon Spilett no se había olvidado nunca de darle cuerda todos los días.
En cuanto al reloj del ingeniero necesariamente se había parado mientras Ciro Smith había estado exánime en las dunas.
El ingeniero le dio cuerda, calculando aproximadamente por la hora del sol, que debían ser las nueve de la mañana y poniéndolo en aquella hora.
Gedeon Spilett iba a imitarle, cuando el ingeniero le detuvo diciéndole:
—No, querido Spilett, espere usted. ¿Ha conservado usted la hora de Richmond?
—Sí, Ciro.
—Por consiguiente, su reloj está arreglado al meridiano de aquella ciudad, meridiano que sobre poco más o menos es el de Washington.
—Sin duda.
—Pues bien, consérvelo usted así. Conténtese usted con darle cuerda muy exactamente, pero sin tocar las agujas, porque eso podrá servirnos.
—¿Para qué? —pensó el marino.
Almorzaron, y con tanto apetito, que la reserva de caza y de piñones quedó totalmente agotada. Pero Pencroff no se asustó por eso; podrían adquirir provisiones por el camino; Top, cuya ración había sido muy escasa, sabría sin duda encontrar alguna nueva pieza entre la espesura. Además, el marino pensaba pedir al ingeniero muy sencillamente que fabricase pólvora y una o dos escopetas de caza, en lo cual no creía que tuviera dificultad.
Al bajar de las mesetas, Ciro Smith propuso a sus compañeros que tomaran un nuevo camino para volver a las Chimeneas. Deseaba reconocer aquel lago de Grant tan magnífico, encajado entre festones de árboles y maleza. Siguieron, pues, la cresta de uno de los contrafuertes, entre los cuales tenía probablemente su origen el arroyo que le alimentaba. Al hablar los colonos, ya no empleaban más que los nombres propios que acababan de escoger, lo cual facilitaba singularmente la conversación. Harbert y Pencroff, el uno joven, el otro algo niño, iban entusiasmados y el marino decía:
—Bien, Harbert, esto marcha perfectamente. Imposible que nos perdamos, hijo mío, pues ya sigamos el camino del lago Grant, ya volvamos al río de la Merced atravesando los bosques del Lejano Oeste, necesariamente llegaremos a la meseta de la Gran Vista, y por consiguiente llegaremos a la bahía de la Unión.
Se había convenido en que, sin formar una tropa compacta, no se apartarían sin embargo demasiado uno de otro, porque sin duda había animales peligrosos en los espesos bosques de la isla y era prudente caminar con precaución. Por lo general, Pencroff, Harbert y Nab marchaban a vanguardia precedidos de Top, que registraba los menores rincones. El corresponsal y el ingeniero iban juntos detrás; Gedeon dispuesto a anotar todos los incidentes, y Ciro Smith silencioso la mayor parte del tiempo y sin apartarse del camino más que para recoger ya un mineral, ya un vegetal que se metía en el bolsillo sin hacer ninguna reflexión.
—¿Qué diablos recogerá? —murmuraba Pencroff—. Por más que miro no veo nada que valga la pena de agacharse.
Hacia las diez los colonos bajaban las últimas rampas del monte Franklin. El suelo no producía allí todavía más que arbustos y algún que otro árbol. Caminaban por un terreno amarillento y calcinado que formaba una llanura de una milla de extensión poco más o menos, más allá de la cual se entraba en el bosque. Grandes trozos de aquel basalto, que según los experimentos de Birchoff ha exigido para enfriarse trescientos cincuenta millones de años, cubrían la llanura, muy accidentada en ciertos parajes. Sin embargo, no había señales de lava, las cuales se habían extendido principalmente por las laderas septentrionales.
Ciro Smith creía, pues, que podrían llegar sin incidente al curso del arroyo, que según sus cálculos debía correr entre los árboles por el lindero del bosque, cuando vio volver precipitadamente a Harbert mientras Nab y el marino se ocultaban detrás de las rocas.
—¿Qué hay, hijo mío? —preguntó Gedeon Spilett.
—Una humareda —respondió Harbert—. Hemos visto humo subir entre las rocas a cien pasos de nosotros.
—¡Habrá hombres en este lugar! —exclamó el corresponsal.
—Evitemos que nos vean antes de saber quiénes son —respondió Ciro Smith—. Si hay indígenas en esta isla, más bien temo que deseo encontrarme con ellos. ¿Dónde está Top?
—Top marcha delante.
—¿Y no ladra?
—No.
—Es extraño. Sin embargo, tratemos de llamarlo.
En pocos instantes el ingeniero, Gedeon Spilett y Harbert llegaron a donde estaban los dos compañeros, y como ellos, se ocultaron detrás de los trozos de basalto.
Desde allí vieron claramente una humareda que se levantaba en torbellinos por el aire y cuyo color amarillento era muy característico.
Top, llamado por un ligero silbido de su amo, corrió a él, y entonces Ciro Smith, haciendo seña a sus compañeros de que le esperasen, se adelantó ocultándose entre las rocas.
Los colonos, inmóviles, esperaban con cierta ansiedad el resultado de aquella exploración, cuando la voz de Ciro Smith que les llamaba les hizo acudir. Llegaron a donde estaba y les chocó desde luego el olor desagradable que impregnaba la atmósfera.
Aquel olor cuya causa podía conocerse fácilmente, había bastado al ingeniero para adivinar de dónde provenía el humo que al principio, no sin razón, les había alarmado a todos.
—Este fuego —dijo—, o por mejor decir, este humo, proviene espontáneamente de la naturaleza; no hay ahí más que una fuente de agua sulfurosa que nos permitirá curar eficazmente nuestras laringitis.
—Bueno —exclamó Pencroff—. ¡Qué lástima que no esté resfriado!
Los colonos se dirigieron entonces hacia el lugar de donde salía el humo, y allí vieron una fuente sulfurosa sódica, que corría con bastante abundancia entre las rocas y cuyas aguas despedían un fuerte olor de ácido sulfhídrico después de haber absorbido el oxígeno del aire.
Ciro Smith metió la mano en el agua y la encontró untuosa al tacto. La probó y halló que su sabor era un tanto azucarado. En cuanto a su temperatura, la calculó en 35 ºC sobre cero. Preguntóle Harbert en qué fundaba aquel cálculo y Ciro dijo:
—Me fundo, hijo mío, en que metiendo la mano en esa agua, no he experimentado ninguna sensación de frío ni de calor. Esto prueba que se encuentra a la misma temperatura que el cuerpo humano, que es aproximadamente de 35 ºC.
No ofreciendo la fuente sulfurosa ninguna utilidad por el momento a los colonos, se dirigieron éstos hacia el espeso bosque, que se presentaba a algunos centenares de pasos de distancia.
Allí, según todos habían presumido, el arroyo paseaba sus aguas vivas y límpidas entre altas orillas de tierra roja, cuyo color revelaba la presencia del óxido de hierro. Este color hizo dar inmediatamente a la corriente el nombre de Arroyo Rojo.
Era un arroyo ancho y muy profundo y claro formado de las aguas de la montaña, mitad río, mitad torrente, que corriendo aquí pacíficamente por la arena, murmurando allí sobre puntas de rocas o precipitándose en cascada, se dirigía hacia el lago en una longitud de milla y media y en una anchura que variaba de 30 a 40 pies. Sus aguas eran dulces, lo que debían suponer que las del lago lo eran también: circunstancia feliz para el caso de que en sus inmediaciones se hallara una habitación más conveniente que las Chimeneas.
En cuanto a los árboles que algunos centenares de pies más allá sombreaban las orillas del riachuelo, pertenecían en su mayor parte a las especies que abundan en la zona media de Australia o de Tasmania y no ya a las de las coníferas que erizaban la parte de la isla ya explorada a pocas millas de la meseta de la Gran Vista. En aquella época del año, al principio del mes de abril, que representa en aquel hemisferio nuestro mes de octubre, es decir, el principio del otoño, todavía no se les habían caído las hojas. Eran sobre todo casuarinas y eucaliptos, algunos de los cuales debían dar en la primavera próxima un maná azucarado enteramente análogo al de oriente. Grupos de cedros de Australia se hallaban también en los claros, revestidos de ese alto césped que se llama tusac en Nueva Holanda; pero no parecía existir en la isla, cuya latitud sin duda era demasiado baja, aquel cocotero tan abundante en los archipiélagos del Pacífico.
—¡Qué desgracia! —dijo Harbert—. ¡Un árbol tan útil y que tiene tan hermosas nueces!
Respecto a las aves, pululaban entre las delgadas ramas de los eucaliptos y casuarinas, que no estorbaban el despliegue de sus alas, las cacatúas negras, blancas o grises, loros y papagayos de plumaje matizado de todos colores, reyes de verde brillante y coronados de rojo, loris azules y verdemontes que parecían no dejarse ver sino a través de un prisma y revoloteaban lanzando gritos atronadores.
De repente, un extraño concierto de voces discordantes resonó en medio de una espesura. Los colonos oyeron sucesivamente el canto de las aves, el grito de los cuadrúpedos y una especie de aullido que habrían podido creer escapado de los labios de un indígena. Nab y Harbert se lanzaron hacia aquella espesura olvidando los principios más elementales de la prudencia. Por fortuna no había allí ni fieras temibles ni indígenas peligrosos, sino simplemente media docena de esas aves cantoras y mofadoras que desde luego fueron clasificadas como faisanes de la montaña. Algunos garrotazos diestramente asestados terminaron la escena de imitación, lo cual proporcionó un excelente plato para la comida de la tarde.
Harbert observó también magníficas palomas de alas bronceadas, unas coronadas de un soberbio moño, otras con matices verdes como sus congéneres de Port-Macquarie; pero fue imposible alcanzarlas, como tampoco a varios cuervos y urracas que huían a bandadas. Una perdigonada habría producido una hecatombe entre aquellos volátiles, pero los cazadores estaban reducidos, en materia de armas arrojadizas, a la piedra, y en materia de armas portátiles, al garrote, máquina primitiva, pero muy insuficiente.
Esta insuficiencia se demostró más claramente cuando una tropa de cuadrúpedos, corriendo aquí y allá, y a veces dando saltos de 30 pies como verdaderos mamíferos volantes, salieron huyendo de entre los árboles tan presto y a tal altura que hubiera podido creerse que pasaban de un árbol a otro como ardillas.
—¡Son canguros! —exclamó Harbert.
—¿Y eso se come? —preguntó Pencroff.
—En estofado —respondió el corresponsal—; vale tanto como la mejor carne de venado.
Gedeon Spilett no había acabado esta frase excitante, cuando ya el marino, seguido de Nab y de Harbert, se había lanzado siguiendo la pista de los canguros. En vano les llamó Ciro Smith, pero también en vano perseguían los cazadores aquella caza elástica que saltaba y rebotaba como una pelota. Al cabo de cinco minutos de carrera, volvieron todos sofocados y los canguros habían desaparecido de la vista. Top no había obtenido más éxito que sus amos.
—Señor Ciro —dijo Pencroff cuando el ingeniero y el corresponsal llegaron donde estaban—, ya ve usted que es indispensable hacer fusiles: ¿cree usted que será posible?
—Quizá —respondió el ingeniero—, pero empezaremos por hacer arcos y flechas, y no dudo que ustedes llegarán a ser tan diestros en su manejo como los cazadores de Australia.

Nab y Pencroff prepararon en breve un asado de agutí.
—¡Arcos y flechas! —dijo Pencroff con gesto desdeñoso—. Eso es bueno para niños.
—No tenga usted orgullo, amigo Pencroff —respondió el corresponsal—. Los arcos y las flechas han bastado durante siglos para ensangrentar el mundo. La pólvora es invención de ayer, y la guerra, una desgracia, es tan antigua como la raza humana.
—Tiene usted razón, señor Spilett —contestó el marino—, y yo siempre hablo sin saber lo que digo. Perdone usted.
Entretanto Harbert, entregado a su ciencia favorita, la historia natural, hizo de nuevo girar la conversación sobre los canguros, diciendo:
—Por lo demás, esa especie de canguros no es la más difícil de cazar. Eran gigantes de piel gris pero si no me engaño existen canguros negros y rojos, canguros de rocas, canguros ratas, de los cuales es más difícil apoderarse. Se cuentan una docena de especies...
—Harbert —replicó sentenciosamente el marino—, para mí no hay más que una sola especie de canguros, que es el canguro del asador, precisamente el que no tenemos esta noche.
Los colonos no pudieron menos de reír al oír la nueva calificación del maestro Pencroff. El buen marino no ocultó su sentimiento por verse reducido a comer faisanes cantores; pero la fortuna debía mostrarse otra vez complaciente con él.
En efecto, Top, que comprendía por su parte que estaba tan interesado en el negocio como el que más, iba registrando por todas partes con un instinto duplicado por su apetito feroz. Era probable que si alguna pieza de caza le caía entre los dientes, no quedaría a los cazadores la menor parte de ella, pues en aquel momento Top parecía cazar por su propia cuenta. Sin embargo, Nab le vigilaba, y hacía perfectamente en vigilarlo.
Hacia las tres de la tarde el perro desapareció entre la maleza, y sus gruñidos sordos indicaron en breve que había dado con algún animal.
Nab se lanzó en su busca, y efectivamente vio a Top devorando con avidez un cuadrúpedo cuya naturaleza, diez segundos más tarde, hubiera sido imposible reconocer. Por fortuna el perro había dado en una camada; había allí tres individuos, y otros dos roedores, pues aquellos animales pertenecían a este orden, yacían estrangulados por el suelo.
Nab reapareció, pues, triunfante, llevando en cada mano uno de aquellos roedores cuyo tamaño era superior al de una liebre. Su pelaje amarillo estaba mezclado de manchas verdosas, y su cola no existía sino en estado rudimentario.
Ciudadanos de la Unión como eran aquellos cazadores, no podían vacilar en dar a aquellos roedores el nombre que les convenía. Eran maras, especie de agutíes un poco mayores que sus congéneres de los países tropicales, verdaderos conejos de América, de largas orejas y de mandíbulas armadas en cada lado de cinco molares, lo cual les distingue precisamente de los agutíes.
—¡Hurra! —exclamó Pencroff—. El plato de asado es ya seguro, y ahora podemos volver a casa.
Continuaron la marcha un instante interrumpida. El arroyo Rojo seguía su curso bajo la bóveda de las casuarinas, de las banksias y los gigantescos árboles de la goma. Liliáceas magníficas se elevaban hasta una altura de veinte pies, y otras especies arborescentes, desconocidas del joven naturalista, se inclinaban sobre el arroyo, que se oía murmurar bajo aquella cúpula de verdor.
La corriente de agua se ensanchaba después sensiblemente, y Ciro Smith llegó a creer que en breve encontraría su desembocadura. En efecto, al salir de un espeso bosquecillo de hermosos árboles se presentó de repente a sus ojos.
Los exploradores habían llegado a la orilla occidental del lago Grant: el sitio valía la pena de ser contemplado. Aquella extensión de agua, de una circunferencia de siete millas aproximadamente, y de una superficie de doscientas hectáreas, reposaba entre festones de árboles diversos. Hacia el este, al través de una cortina de verdor pintorescamente levantada en ciertos sitios, aparecía un resplandeciente horizonte de mar. Al norte el lago trazaba una curva ligeramente cóncava, que contrastaba con la forma aguda de su punta inferior. Muchas aves acuáticas frecuentaban las orillas de aquel pequeño Ontario, cuyas mil isletas de su homónimo americano estaban representadas por una roca que surgía en su superficie a pocos centenares de pies de la orilla meridional. Allí vivían en comunidad varias parejas de martines pescadores posadas sobre alguna piedra, graves, inmóviles, espiando los peces al paso, después lanzándose, sumergiéndose con un agudo grito y reapareciendo con la presa en el pico. En otros parajes, en las orillas y en el islote, se pavoneaban patos silvestres, pelícanos, gallinas de agua, picos rojos, filedones provistos de una lengua en forma de pincel, y algún ejemplar de esas aves espléndidas llamadas mesures, cuya cola se desarrolla en la forma graciosa de una lira.
Las aguas del lago eran dulces, límpidas, un poco oscuras, y a juzgar por ciertas ebulliciones y por los círculos concéntricos que se encontraban en su superficie, no podía dudarse de que en él abundaba mucho la pesca.
—¡Es verdaderamente hermoso este lago! —dijo Gedeon Spilett—, y cualquiera viviría de buena gana en sus orillas.
—¡Veremos! —respondió Ciro Smith.
Los colonos, queriendo entonces volver a las Chimeneas por el camino más corto, subieron hasta el ángulo formado al sur por la unión de las orillas del lago, allí, no sin trabajo, se abrieron camino entre aquella espesura y aquellas malezas que jamás habían sido apartadas por mano de hombre, y se dirigieron hacia el litoral buscando el norte de la Gran Vista. Así atravesaron dos millas en esta dirección, y luego, pasada la última cortina de árboles, apareció la meseta tapizada de un espeso césped y más allá el mar infinito.
Para volver a las Chimeneas bastaba atravesar oblicuamente la meseta por espacio de una milla y bajar luego hasta el primer recodo del río de la Merced. Pero el ingeniero deseaba averiguar cómo y por dónde se escapaba el excedente de las aguas del lago, y por eso la exploración se prolongó entre los árboles durante milla y media hacia el norte. Era probable un desagüe en alguna parte, y sin duda existía a través de alguna abertura en el granito. El lago no era más que un inmenso receptáculo que se había llenado poco a poco por las aguas del arroyo, y era preciso que el excedente corriese hacia el mar por alguna salida. Si así era, el ingeniero pensaba que sería posible utilizar la cascada y aprovecharse de su fuerza, que se perdía entonces sin provecho para nadie. Continuaron, pues, siguiendo las orillas del lago Grant y subiendo hacia la meseta. Pero después de haber andado una milla, Ciro Smith no pudo descubrir el desagüe, a pesar de que debía existir sin duda.
Eran las cuatro y media de la tarde, y los preparativos de la comida exigían que los colonos volviesen sin demora a su refugio. Retrocedieron, pues, y por la orilla izquierda del Merced llegaron a las Chimeneas.
Allí se encendió el fuego, y Nab y Pencroff, a quienes correspondían las funciones de cocineros, el uno como negro y el otro como marino, prepararon en breve un asado de agutí, al cual se hicieron grandes honores.
Terminada la comida, cuando todos iban a entregarse al sueño, Ciro Smith sacó del bolsillo varias muestras de minerales de especies diferentes, y se limitó a decir:
—Amigos míos, éste es mineral de hierro, éste es de pirita, ésta es arcilla, esto es cal, esto es carbón. Aquí tienen ustedes lo que nos da la naturaleza, y ésta es la parte que ha tomado en el trabajo común. Mañana emprenderemos la nuestra.
CAPÍTULO XIII
—Y bien, señor Ciro, ¿por dónde vamos a empezar? —preguntó a la mañana siguiente Pencroff al ingeniero.
—Por el principio —respondió Ciro Smith.
Y en efecto, por el principio se veían obligados a empezar los colonos. No poseían ni aun los útiles necesarios para hacer herramienta alguna, y no se encontraban en las condiciones de la naturaleza, que teniendo tiempo economiza fuerzas. Faltábales el tiempo, pues debían subvenir inmediatamente a las necesidades de la vida, y si aprovechando la experiencia adquirida no tenían nada que inventar, tenían por lo menos que fabricarlo todo. Su hierro y su acero se hallaban todavía en estado mineral, su vajilla en estado de barro, su lienzo y sus ropas en estado de materias textiles.
Por lo demás, debemos decir que aquellos colonos eran hombres en la hermosa y poderosa acepción de la palabra. El ingeniero Smith no podía estar secundado por compañeros más inteligentes ni más adictos y celosos. Les había sondeado y conocía la diversa aptitud de cada uno.
Gedeon Spilett, corresponsal de gran talento, que había aprendido de todo, para poder hablar de todo, debía contribuir grandemente con su inteligencia y con sus manos a la colonización de la isla. No retrocedería ante ninguna dificultad, y, cazador apasionado, convertiría en oficio lo que para él hasta entonces no había sido más que un placer.
Harbert, buen muchacho, notablemente instruido ya en las ciencias naturales, sería utilísimo para la causa común.
Nab era la adhesión personificada. Diestro, inteligente, infatigable, robusto, de una salud de hierro, entendía algo de trabajos de fragua, y no podía menos de ser muy útil a la colonia.
En cuanto a Pencroff, había sido marino en todos los océanos, carpintero en los talleres de construcción de Brooklyn, ayudante de sastre en los buques del Estado, jardinero y cultivador en sus temporadas de licencia, y como los marinos, dispuesto a todo y útil para todo.
Habría sido verdaderamente difícil reunir cinco hombres más a propósito para luchar contra la suerte y más seguros de triunfar de ella.
Por el principio, había dicho Ciro Smith. Ahora bien, aquel principio de que hablaba el ingeniero era la construcción de un aparato que pudiese servir para transformar las sustancias naturales. Sabido es el papel que desempeña el calor en estas transformaciones; por consiguiente, el combustible, vegetal o mineral, era inmediatamente utilizable. Tratábase, pues, de construir un horno para utilizarlo.
—¿Para qué servirá este horno? —preguntó Pencroff.
—Para hacer las vasijas que necesitamos —respondió Ciro Smith.
—¿Y con qué vamos a hacer el horno?
—Con ladrillos.
—¿Y los ladrillos?
—Con arcilla. En marcha, amigos míos. Para evitar los transportes estableceremos el taller en el mismo lugar de producción. Nab traerá provisiones y no nos faltará fuego para preparar los alimentos.
—No —respondió el corresponsal—, ¿pero y si nos faltan los alimentos por no tener instrumentos de caza?
—¡Ah! ¡Si tuviera siquiera un cuchillo! —exclamó el marino.
—¿Qué? —preguntó Ciro Smith.
—Que entonces pronto haría yo un arco y flechas, y tendríamos caza abundante en la despensa.
—Sí, un cuchillo, una hoja cortante... —dijo el ingeniero como hablando consigo mismo.
En aquel momento sus miradas se dirigieron hacia Top que iba y venía por la playa.
De repente se animó la mirada de Ciro, y exclamó:
—¡Top, aquí!
El perro acudió al llamamiento de su amo. Éste le tomó la cabeza entre las manos, y desatándole el collar que llevaba, lo rompió en dos partes diciendo:
—Aquí hay dos cuchillos, Pencroff.
Dos hurras del marino le respondieron.
El collar de Top estaba hecho de una delgada lámina de acero templado. Bastaba afilarlo primero sobre una piedra de asperón para aguzar el ángulo cortante, y luego quitarle el filván con un asperón más fino. Ahora bien, este género de roca arenisca se encontraba abundantemente en la playa, y dos horas después la herramienta de la colonia se componía de dos láminas cortantes, a las cuales fue fácil poner un mango de madera sólida.
La conquista de esta primera herramienta fue saludada como un triunfo: conquista preciosa, en efecto, y que llegaba muy a propósito.
Pusiéronse en marcha. La intención de Ciro Smith era volver a la orilla occidental del lago, donde la víspera había notado la existencia de aquella tierra arcillosa, de la cual había tomado una muestra. Echaron a andar por la orilla del Merced, atravesaron la meseta de la Gran Vista, y después de haber andado cinco millas, llegaron a un claro situado a doscientos pasos del lago Grant.
Por el camino Harbert había descubierto un árbol cuyas ramas emplean los indios de América Meridional para hacer sus arcos. Era el crejimba, de la familia de las palmeras que no producen frutos comestibles. Cortáronse varias ramas largas y rectas, que se despojaron de sus hojas y se dejaron más fuertes en el medio y más débiles en los extremos. Faltaba encontrar una planta a propósito para formar la cuerda del arco: esta planta fue una especie perteneciente a la familia de las malváceas, un hibiscus heterophyllus, que da fibras de una tenacidad tan notable, que pueden compararse con tendones de animales. Pencroff obtuvo de este modo arcos de gran alcance, a los cuales no faltaban más que las flechas. Éstas eran fáciles de hacer con ramas rectas y rígidas sin nudosidades, pero no podía encontrarse tan fácilmente la punta que debía guarnecerlas, es decir, una sustancia que pudiera reemplazar al hierro. Pencroff, sin embargo, pensó que habiendo él puesto su parte en el trabajo, el destino haría lo demás.
Los colonos llegaron al terreno que el día antes habían reconocido. Componíase de la arcilla figulina que sirve para hacer los ladrillos y las tejas: arcilla por consiguiente muy conveniente para la operación que se trataba de llevar a cabo. La mano de obra no presentaba ninguna dificultad. Bastaba purificar la figulina con arena, amoldar los ladrillos y cocerlos al calor de un fuego alimentado con leña.
Ordinariamente los ladrillos se hacen con moldes, pero el ingeniero se contentó con modelarlos a mano. Todo aquel día y el siguiente se emplearon en este trabajo. La arcilla, empapada en agua y amasada después con los pies y las manos de los manipuladores, fue dividida en prismas de igual tamaño. Un obrero práctico puede hacer sin máquina hasta diez mil ladrillos en doce horas, pero en los dos días de trabajo los cinco alfareros de la isla de Lincoln no hicieron más que tres mil, que fueron colocados uno junto a otro hasta el momento en que su completa desecación permitió ejecutar la cocción, es decir, hasta tres o cuatro días después.
El día 2 de abril fue cuando Ciro Smith se ocupó de fijar la orientación de la isla.
El día antes había anotado exactamente la hora en que el sol había desaparecido debajo del horizonte, teniendo en cuenta la refracción. Aquella mañana no anotó menos exactamente la hora de la salida. Entre la puesta y la salida habían transcurrido doce horas y veinticuatro minutos. Así pues, seis horas y doce minutos después de su salida el sol debía pasar aquel día exactamente por el meridiano, y el punto del cielo que ocupase en aquel momento sería el norte.
A dicha hora Ciro anotó aquel punto, y poniendo uno con otro con el sol dos árboles que debían servirle de jalones, obtuvo una meridiana invariable para sus operaciones ulteriores.
Durante los dos días que precedieron a la cocción de los ladrillos, se ocupó la colonia en hacer provisión de combustible. Cortáronse ramas alrededor del claro del bosque y se recogió toda la leña seca caída de los árboles. Esto no se hizo sin descubrir alguna caza en los alrededores, y sin aprovechar el descubrimiento, tanto más cuanto que Pencroff poseía ya algunas docenas de flechas armadas de puntas muy fuertes. Top era el que le había proporcionado aquellas puntas, trayendo un puerco espín, bastante malo como caza, pero de incontestable valor, gracias a las púas de que estaba erizado. Aquellas púas fueron ajustadas sólidamente al extremo de las flechas, asegurándose la dirección por medio de plumas de cacatúas. El corresponsal y Harbert llegaron a ser pronto diestros tiradores de arco; por consiguiente, la caza de pelo y de pluma abundó en las Chimeneas, no faltando cabieles, palomas, agutíes y gallináceas. La mayor parte de estos animales fueron muertos en la parte del bosque situada a la orilla izquierda del Merced y a la cual se había dado el nombre de bosque del Jacamar, en recuerdo del volátil que Pencroff y Harbert habían perseguido en su primera exploración.
Aquella carne se comió fresca, pero se conservaron los jamones de cabiel aromatizados con hojas odoríferas. Sin embargo, el alimento de los colonos, aunque muy fortificante, era siempre asado y más asado, y hubieran tenido mucho gusto en oír cantar en el hogar una olla sencilla, pero era preciso esperar a hacerla, y por consiguiente a que se hiciese el horno donde había de cocerse.
Durante estas excursiones, que sólo se hicieron en un radio muy restringido alrededor del tejar, los cazadores pudieron observar huellas de pasos recientes de animales de gran tamaño armados de garras poderosas, cuya especie no pudieron reconocer. Ciro Smith les recomendó por tanto la mayor prudencia, porque era probable que el bosque albergase fieras peligrosas.
E hizo bien en recomendarles prudencia, porque, en efecto, Gedeon Spilett y Harbert vieron un día un animal que parecía un jaguar. Por fortuna, la fiera no les atacó, porque de otro modo tal vez no hubieran escapado sin una herida grave. Pero cuando tuviera un arma formal, es decir, uno de esos fusiles que Pencroff reclamaba, Gedeon Spilett se prometía hacer una guerra encarnizada a las fieras y purgar de ellas la isla.
Las Chimeneas en aquellos días no fueron objeto de reforma alguna dirigida a hacerlas más cómodas, porque el ingeniero pensaba descubrir, o fabricar, si era necesario, una morada más conveniente. Contentáronse con extender sobre la arena de los corredores frescos lechos de musgos y hojas secas, y sobre estos lechos, un poco primitivos, los trabajadores cansados dormían con profundo sueño.
Hízose también el cómputo de los días transcurridos en la isla de Lincoln desde que habían llegado los colonos, teniendo desde entonces cuenta regular con el tiempo. El 5 de abril, que era un miércoles, hacía doce días que el viento había arrojado a los náufragos al litoral.
El 6 de abril, al rayar el alba, el ingeniero y sus compañeros estaban reunidos en el claro del bosque y en el lugar en el que iba a verificarse la cocción de los ladrillos. Naturalmente, la operación debía hacerse al aire libre y no en hornos, o más bien la aglomeración de los ladrillos sería un horno enorme que habría de cocerse a sí mismo. El combustible, hecho de fajinas bien preparadas, fue dispuesto en el suelo, rodeándolo de muchas filas de ladrillos secos que formaron pronto un grueso cubo, al exterior del cual se dejaron algunas aberturas para la circulación del aire. Aquel trabajo duró todo el día, y solamente por la noche se puso fuego a las fajinas.
Aquella noche nadie se acostó, velando con cuidado porque el fuego no se apagara ni disminuyera.
La operación duró cuarenta y ocho horas y tuvo el mejor éxito. Fue preciso entonces dejar enfriar la masa humeante, y durante aquel tiempo Nab y Pencroff, guiados por Ciro Smith, acarrearon sobre unas parihuelas hechas de ramas entrelazadas, muchas cargas de carbonato de cal, piedras muy comunes que se encontraban abundantemente al norte del lago. Estas piedras, descompuestas por el calor, dieron una cal viva muy crasa y abundante, tan pura, en fin, como si hubiera sido producida por la calcinación de la greda o del mármol. Esta cal, mezclada con arena, cuyo efecto es atenuar la reducción de la pasta cuando se solidifica, produjo un mortero excelente.
De estos diversos trabajos resultó que el 9 de abril el ingeniero tenía a su disposición cierta cantidad de cal bien preparada y algunos millares de ladrillos.
Comenzóse, pues, sin perder un instante, la construcción de un horno que debía servir para cocer los diversos utensilios indispensables para el uso doméstico. Esta operación se llevó a cabo sin dificultad. Cinco días después el horno fue cargado con hulla, cuyo nacimiento había descubierto el ingeniero a cielo abierto hacia la desembocadura del Arroyo Rojo, y los primeros humos se escaparon de una chimenea de veinte pies de altura. El claro del bosque se había transformado en fábrica, y Pencroff no estaba lejos de creer que de aquel horno iban a salir todos los productos de la industria moderna.
Entretanto, lo que hicieron los colonos al principio fue una vajilla común de barro, pero muy a propósito para la cocción de los alimentos. La materia prima era esa misma arcilla del suelo, con la cual Ciro Smith mezcló un poco de cal y de cuarzo. En realidad aquella pasta constituía el verdadero barro de pipa, y con ella se hicieron pucheros y tazas, para los cuales sirvieron de molde varios cantos de formas convenientes, grandes jarros, cántaros y cubetas para contener el agua, etc. La forma de estos objetos era defectuosa y fea, pero después que se hubieron cocido a una alta temperatura, la cocina de las Chimeneas se halló provista de cierto número de utensilios tan preciosos como si hubiera entrado en su composición el más hermoso caolín.
Aquí debemos advertir que Pencroff, deseoso de saber si aquella arcilla así preparada justificaba su nombre de barro de pipa, se fabricó algunas pipas bastante bastas, que halló muy finas, pero a las cuales ¡ah! no faltaba más que el tabaco. Ésta era, preciso es decirlo, una gran privación para Pencroff.
—Pero el tabaco vendrá a su vez, como todas las cosas —repetía para sí mismo en sus momentos de confianza absoluta.
Los trabajos de que hemos hablado duraron hasta el 15 de abril, y ya se comprenderá que aquel tiempo no fue de ningún modo perdido. Los colonos, convertidos en alfareros, no hicieron más que utensilios de cocina. Cuando conviniese a Ciro Smith transformarlos en herreros, serían herreros. Pero siendo al día siguiente domingo, y domingo de Pascua, todos convinieron en santificar aquel día por el descanso. Aquellos norteamericanos eran hombres religiosos, escrupulosos observadores de los preceptos de la Biblia, y la situación en que se encontraban no podía menos de desarrollar sus sentimientos de confianza en el Autor de todas las cosas.
En la noche del 15 de abril volvieron, pues, todos definitivamente a las Chimeneas. El resto de la vajilla fue llevada a su lugar, y el horno se apagó esperando un nuevo destino. La vuelta fue señalada por un incidente afortunado, que fue el descubrimiento que hizo el ingeniero de una sustancia propia para reemplazar a la yesca.
Sabido es que esta sustancia esponjosa y aterciopelada proviene de ciertos hongos del género políporo. Convenientemente preparada, es muy inflamable, sobre todo cuando ha sido antes saturada de pólvora o cocida en una disolución de nitrato o de clorato de potasa. Pero hasta entonces no se había encontrado ninguno de aquellos políporos ni de otros hongos que pudieran reemplazarlos. Aquel día el ingeniero, habiendo reconocido cierta planta del género Artemisia, que cuenta entre sus principales especies el ajenjo, el toronjil, el estragón, etc., arrancó varios tallos, y presentándolos al marino le dijo:
—Tome usted, Pencroff, esto le va a usted a poner contento.
Pencroff miró atentamente la planta, revestida de pelos sedosos y largos, cuyas hojas estaban cubiertas de un suave vello parecido al algodón.
—¿Y qué es esto, señor Ciro? —preguntó Pencroff—. ¡Santo cielo! ¿Es tabaco?
—No —respondió Ciro—, es artemisa, artemisa china para los sabios, y para nosotros será yesca.
En efecto, aquella artemisa, convenientemente desecada, dio una sustancia muy inflamable, sobre todo cuando después el ingeniero la impregnó de aquel nitrato de potasa que la isla tenía en abundancia en muchas capas, y que no es más que el salitre.
Aquella noche todos los colonos reunidos en la habitación central cenaron convenientemente; Nab había preparado una olla de agutí y un jamón de cabiel aromatizado, al cual se unieron los tubérculos cocidos del Calidium macrorhizum, especie de planta herbácea de la familia de las aráceas, y que en la zona tropical habría tenido forma arborescente. Aquellos tubérculos eran de un excelente sabor, muy nutritivos y semejantes a la sustancia que se vende en Inglaterra con el nombre de sagú de Portland, pudiendo en cierto modo reemplazar al pan, del que estaban enteramente privados los colonos de la isla de Lincoln.
Terminada la cena, y antes de entregarse al sueño, Ciro Smith y sus compañeros salieron a tomar el aire en la playa. Eran las ocho de la noche, noche que se anunciaba magnífica. La luna, que había entrado en su pleno cinco días antes, no había aparecido aún, pero el horizonte se argentaba ya con esos matices suaves y pálidos que podrían llamarse el alba lunar. En el cenit austral las constelaciones circumpolares resplandecían, y entre todas, aquella Cruz del Sur, a la cual el ingeniero, pocos días antes, saludaba en la cima del monte Franklin.
Ciro Smith observó por algún tiempo la espléndida constelación, que tiene en su cima y en su base dos estrellas de primera magnitud, en el brazo izquierdo una estrella de segunda, y en el derecho una de tercera.
Después de haber reflexionado preguntó a Harbert:
—¿No estamos a 15 de abril?
—Sí, señor —respondió Harbert.
—Pues, bien, si no me engaño, mañana será uno de los cuatro días del año en los cuales el tiempo verdadero se confunde con el tiempo medio, es decir, hijo mío, que mañana, con corta diferencia de segundos, el Sol pasará por el meridiano precisamente cuando los relojes señalen las doce. Si pues el tiempo es bueno, creo que podré obtener la longitud de la isla con una aproximación de pocos grados.
—¿Sin instrumentos, sin sextante? —preguntó Gedeon Spilett.
—Sí —continuó el ingeniero—. Por lo mismo, ya que la noche es tan clara, en el momento de obtener su latitud voy a tratar de calcular la altura de la Cruz del Sur, es decir, del polo austral, por encima del horizonte. Ya comprenden ustedes, amigos míos, que antes de emprender obras serias de instalación, no basta haber averiguado que esta tierra es una isla, sino que es necesario hacer lo posible por reconocer a qué distancia está situada, del continente americano, de Australia, de los principales archipiélagos del Pacífico.
—En efecto —dijo el corresponsal—, en vez de construir una casa, podremos tener interés por construir un buque, si por ventura no estamos más que a un centenar de millas de alguna costa habitada.
—Por eso mismo —repuso Ciro Smith—, es por lo que voy a tratar de obtener esta noche la latitud de la isla de Lincoln, y mañana al mediodía procuraré averiguar la longitud.
Si el ingeniero hubiera poseído un sextante, aparato que permite medir con gran exactitud la distancia angular de los objetos por reflexión, la operación no habría ofrecido dificultad alguna. Aquella noche por la altura del polo, y al día siguiente por el paso del sol por el meridiano, habría obtenido las coordenadas de la isla. Pero faltando el aparato, era necesario suplirlo de todo modo.
Ciro Smith volvió, pues, a las Chimeneas, y allí, al resplandor del hogar, cortó dos reglas chatas que unió entre sí por sus extremos, de manera que formasen una especie de compás, cuyas ramas pudieran abrirse o cerrarse. El punto de unión estaba fijo por medio de una fuerte espina de acacia que Ciro tomó de la leña seca del hogar.
Terminado el instrumento, volvió el ingeniero a la playa, y como era preciso tomar la altura del polo por encima de un horizonte de mar, y como el cabo de la Garra le ocultaba el horizonte del sur, tuvo que ir en busca de una estación más conveniente. La mejor habría sido sin duda el litoral expuesto directamente al sur, pero había que atravesar el Merced, cuya profundidad en aquel lugar era grande, y ésta era una dificultad grave.
Por consiguiente, Ciro Smith resolvió hacer su observación desde la meseta de la Gran Vista, reservándose anotar su altura sobre el nivel del mar, altura que pensaba calcular al día siguiente por medio de un simple procedimiento de geometría elemental.
Los colonos se trasladaron, pues, a la meseta subiendo por la orilla izquierda del Merced, y fueron a situarse en el límite que se orientaba al noroeste y sudeste, es decir, en la línea de rocas caprichosamente cortadas que formaban la orilla del río.
Aquella parte de la meseta dominaba en unos cincuenta pies las alturas de la orilla derecha, que bajaban por una doble pendiente hasta el extremo del cabo de la Garra hasta la costa meridional de la isla.
Ningún obstáculo detenía, pues, las miradas, que abarcaban el horizonte en una semicircunferencia, desde el cabo hasta el promontorio del Reptil. Al sur este horizonte, iluminado desde su parte inferior por los primeros fulgores de la luna, se destacaba vivamente sobre el cielo y podía ser notado con gran exactitud.
En aquel momento la Cruz del Sur se presentaba al observador en posición invertida, señalando la estrella Alfa su base, que es la más próxima al polo austral.
Esta constelación no está situada tan cerca del polo Antártico como la estrella Polar lo está del polo Ártico.
La estrella Alfa está a unos 27º aproximadamente del primero; pero Ciro Smith lo sabía y tenía en cuenta esta distancia para su cálculo. También cuidó de observarla en el momento en que pasaba por el meridiano debajo del polo, lo cual debía simplificar su operación.
Dirigió, pues, una rama de su compás de madera sobre el horizonte de mar, y la otra sobre la estrella Alfa, como hubiera hecho con dos anteojos de un círculo repetidor, y la abertura de las dos ramas le dio la distancia angular que separaba a la estrella Alfa del horizonte. A fin de fijar de una manera inmutable el ángulo obtenido, sujetó por medio de espinas las dos tablillas de su aparato sobre una tercera que situó transversalmente, de suerte que la abertura quedase sólidamente conservada.
Hecho esto, sólo quedaba por hacer calcular el ángulo obtenido, trayendo la observación al nivel del mar, de manera que se tomara en cuenta la depresión del horizonte, para lo cual era preciso medir la altura de la meseta. El valor de este ángulo daría así la altura de la estrella Alfa, y por consiguiente la del polo por encima del horizonte, es decir, la latitud de la isla, pues que la latitud de un punto del globo es siempre igual a la altura del polo sobre el horizonte de aquel punto.
La realización de estos cálculos se aplazó para la mañana siguiente, y a las diez de la noche todos dormían con sueño profundo.
CAPÍTULO XIV
Al día siguiente, 16 de abril, domingo de Pascua, los colonos salían de las Chimeneas al nacer el día, y se dedicaban a lavar sus prendas de ropa. El ingeniero pensaba hacer jabón cuando dispusiera de las materias primas necesarias para la saponificación, sosa o potasa, y grasa o aceite. La cuestión importantísima de la renovación del guardarropa, debía ser tratada igualmente en su tiempo y lugar oportunos. En todo caso, las ropas podían durar todavía seis meses más, porque eran de tela fuerte y podían resistir la fatiga de los trabajos manuales. Pero todo dependía de la situación de la isla respecto de las tierras habitadas, situación que debía terminarse aquel mismo día si el tiempo lo permitía.
El sol, alzándose sobre un horizonte puro, anunciaba un día magnífico, uno de esos hermosos días de otoño que son como la última despedida de la estación calurosa. Tratábase, pues, de completar los elementos de las observaciones hechas la víspera midiendo la altura de la meseta de la Gran Vista sobre el nivel del mar.
—¿No necesitará usted un instrumento análogo al que le sirvió ayer? —preguntó Harbert al ingeniero.
—No, hijo mío —respondió éste—; vamos a proceder de otro modo y de una manera casi tan exacta.
Harbert, que tenía curiosidad por todo, siguió al ingeniero, el cual se apartó del pie de la muralla de granito, bajando hasta el extremo de la playa, mientras Pencroff, Nab y el corresponsal se ocupaban en diversas tareas.
Ciro Smith se había provisto de una especie de vara recta de unos doce pies de longitud, que había medido con toda la exactitud posible, comparándola con su propia estatura, cuya altura conocía aproximadamente. Harbert llevaba una plomada que le había dado Ciro Smith; es decir, una simple piedra atada al extremo de una hebra flexible.
Al llegar a veinte pies del extremo de la playa, y a unos quinientos pies de la muralla de granito que se levantaba perpendicularmente, Ciro Smith hundió la vara unos dos pies en la arena calzándola con cuidado, y por medio de la plomada consiguió ponerla perpendicular al plano del horizonte.
Hecho esto, se retiró a la distancia necesaria para que, echado sobre la arena, el rayo visual de su ojo derecho rozase a la vez el extremo de la vara y la cresta de la muralla. Después marcó cuidadosamente aquel punto con un piquete.
Luego dirigiéndose a Harbert, le dijo:
—¿Conoces los primeros principios de la geometría?
—Un poco, señor Ciro —respondió Harbert, que no quería comprometerse demasiado.
—¿Recuerdas bien las propiedades de los triángulos semejantes?
—Sí —respondió Harbert—. Sus lados homólogos son proporcionales.
—Pues bien, hijo mío, acabo de construir dos triángulos semejantes, ambos rectángulos: el primero, el más pequeño, tiene por lados la vara perpendicular, la distancia que separa el piquete del extremo inferior de la vara y el rayo visual por hipotenusa; el segundo tiene por lados la muralla perpendicular, cuya altura se trata de medir, la distancia que separa el piquete del extremo inferior de esta muralla, y un rayo visual que forma igualmente su hipotenusa, la cual viene a ser la prolongación de la del primer triángulo.
—¡Ah señor Ciro, ya comprendo! —exclamó Harbert—. Así como la distancia del piquete a la vara es proporcional a la distancia del piquete a la base de la muralla, del mismo modo la altura de la vara es proporcional a la altura de esa muralla.
—Eso es, Harbert —respondió el ingeniero—; y cuando hayamos medido las dos primeras distancias, conociendo la altura de la vara, no tendremos que hacer más que un cálculo de proporción, el cual nos dará la altura de la muralla y nos evitará el trabajo de medirla directamente.
Tomáronse las dos distancias horizontales por medio de la vara, cuya longitud sobre la arena era exactamente de diez pies.
La primera distancia era de quince pies, que mediaban entre el piquete y el punto en el que la vara estaba hundida en la arena.
La segunda distancia entre el piquete y la base de la muralla era de quinientos pies.
Terminadas estas medidas, Ciro y el joven volvieron a las Chimeneas.
Allí el ingeniero tomó una piedra chata que había llevado en sus precedentes excursiones, especie de esquisto pizarroso, sobre la cual era fácil trazar números por medio de una concha aguda, y estableció la proporción siguiente:

Quedó, pues, averiguado que la muralla de granito medía 333 pies de altura.
Ciro Smith tomó entonces el instrumento que había hecho la víspera, y cuyas dos ramas, por su separación, le daban la distancia angular de la estrella Alfa al horizonte. Midió exactamente la abertura de aquel ángulo en una circunferencia que dividió en trescientas sesenta partes iguales. Ahora bien, aquel ángulo, añadiéndole los 27º que separan a Alfa del polo Antártico, y reduciendo al nivel del mar la altura de la meseta sobre la cual se había hecho la observación, se encontró que era de 53º. Estos 53º, restados de los 90, distancia del polo al ecuador, daban por resto 37º; de donde dedujo Ciro Smith que la isla Lincoln estaba situada en el grado 37 de latitud austral, o teniendo en cuenta, a causa de la imperfección de los instrumentos, un error de cinco grados, debería estar situada entre el paralelo 35 y el 40.
Faltaba obtener la longitud para completar las coordenadas de la isla, y esto fue lo que se propuso el ingeniero determinar a las doce del mismo día, es decir, en el momento en que el sol pasara por el meridiano.
Decidióse que aquel domingo se emplearía en un paseo, o más bien en una exploración de aquella parte de la isla situada entre el norte del lago y el golfo de Tiburón, y que si el tiempo lo permitía se extendería el reconocimiento hasta la vuelta septentrional del cabo Mandíbula Sur. Según este proyecto, debía almorzarse en las dunas y no regresar hasta la tarde.
A las ocho y media de la mañana la pequeña caravana seguía la orilla del canal. Del otro lado, en el islote de la Seguridad, muchas aves se movían gravemente. Eran aves acuáticas de la especie llamada bocineros, que se distinguen perfectamente por su grito desagradable, algo parecido al rebuzno del asno. Pencroff sólo las consideraba desde el punto de vista comestible, y supo, con cierta satisfacción, que su carne, aunque negruzca, era bastante apetitosa.
Podían verse también arrastrándose por la arena grandes anfibios, focas sin duda, que parecían haber elegido el islote por refugio. No era posible examinar aquellos animales desde el punto de vista alimentario porque su carne aceitosa es pésima; sin embargo, Ciro Smith los observó con atención, y sin descubrir sus ideas anunció a sus compañeros que muy próximamente se haría una visita al islote.
La orilla que seguían los colonos estaba sembrada de innumerables conchas, algunas de las cuales habrían hecho la felicidad de un aficionado a malacología. Había, entre otras, fasinelas, terebrátulas, trigonias, etc.; pero lo que debía ser más útil fue un gran banco de ostras, descubierto en la baja marea y que Nab señaló entre las rocas a cuatro millas aproximadamente de las Chimeneas.
—Nab no ha perdido el día —exclamó Pencroff, observando el banco de ostras que se extendía a larga distancia.

Ciro Smith se arrodilló sobre la arena y comenzó a apuntar
la disminución sucesiva de la sombra.
—Es un feliz descubrimiento, en efecto —dijo el corresponsal—, y si, como se dice, cada ostra pone al año de 50 a 60.000 huevos, tendremos ahí una reserva inagotable.
—Yo creo, sin embargo, que la ostra no es muy alimenticia —dijo Harbert.
—No —respondió Ciro Smith—. La ostra sólo contiene muy poca materia nitrogenada, y si un hombre hubiera de mantenerse con ellas exclusivamente, necesitaría por lo menos de quince a dieciséis docenas al día.
—Bueno —respondió Pencroff—, comeremos docenas de docenas antes de haber agotado el banco. ¿No sería bueno tomar algunas para almorzar?
Y sin esperar respuesta a su proposición, sabiendo que estaba aprobada de antemano, arrancó, ayudado por Nab, cierta cantidad de aquellos moluscos. Pusiéronlos en una especie de red hecha de fibras de hibisco perfeccionada por Nab, y que contenía las provisiones para el almuerzo, y luego continuaron subiendo por la costa entre las dunas y el mar.
De cuando en cuando Ciro Smith consultaba su reloj, a fin de prepararse a tiempo para la observación solar que debía hacerse precisamente a las doce.
Toda aquella parte de la isla era muy árida, hasta el punto que cerraba la bahía de la Unión, y que había recibido el nombre de cabo Mandíbua Sur. No se veían más que arena y conchas mezcladas con restos de lava. Algunas aves marinas frecuentaban aquella árida costa, como gaviotas, grandes albatrones y patos silvestres, que excitaron con justa razón la gula de Pencroff. Éste trató de matar algunos a flechazos, pero sin resultado, porque no se detenían en ninguna parte, y habría sido preciso derribarlos al vuelo.
El marino, en vista del mal resultado de sus tentativas, dijo al ingeniero:
—Ya ve usted, señor Ciro, que mientras no tengamos uno o dos fusiles de caza nuestro material dejará todavía mucho que desear.
—Sin duda, Pencroff —respondió el corresponsal—, pero eso sólo depende de usted. Proporciónenos usted hierro para los cañones, acero para las baterías, salitre, carbón y azufre para la pólvora, mercurio y ácido de nitrógeno para el fulminante y plomo para las balas, y creo yo que Ciro nos hará fusiles de primera clase.
—¡Oh! —respondió el ingeniero—. Todas estas sustancias se podrían encontrar sin duda en la isla; pero un arma de fuego es un instrumento delicado que necesita útiles de gran precisión. En fin, más adelante veremos.
—¿Por qué arrojaríamos al mar —exclamó Pencroff— todas las armas que llevaba la barquilla y todos los utensilios y hasta las navajas de los bolsillos?
—Si no los hubiéramos arrojado, Pencroff, seríamos nosotros los que abríamos ido al fondo del mar —dijo Harbert.
—Es verdad, hijo mío —respondió el marino.
Después, pasando a otra idea, añadió:
—Pero, ahora que pienso en ello, ¿qué dirían Jonathan Forster y sus compañeros cuando viesen a la mañana siguiente la plaza vacía por haber volado su máquina?
—Lo último de que yo me cuido es de lo que hayan podido pensar esos señores —dijo el corresponsal.
—Pues yo fui el que tuvo la idea —dijo Pencroff, satisfecho.
—Magnífica idea, Pencroff —respondió Gedeon Spilett—; sin ella no estaríamos donde estamos.
—Prefiero estar aquí a estar en manos de los sudistas —exclamó el marino—, sobre todo habiendo el señor Ciro tenido la bondad de acompañarnos.
—Y yo también, ciertamente —dijo el corresponsal—. Por lo demás, ¿qué nos falta? Nada.
—Nada, excepto... todo —respondió Pencroff, que soltó una gran carcajada—. Pero un día u otro ya encontraremos el medio de salir de aquí.
—Y más pronto quizá de lo que ustedes se imaginan —dijo entonces el ingeniero—, si la isla de Lincoln está a una distancia media de algún archipiélago habitado o de algún continente, cosa que sabremos antes de una hora. No tengo mapa del Pacífico, pero mi memoria ha conservado un recuerdo bastante claro de su parte meridional. La latitud que obtuve ayer pone a la isla de Lincoln entre Nueva Zelanda, al oeste, y la costa de Chile, al este. Pero entre estas dos tierras la distancia es, por lo menos, de 6.000 millas. Falta, pues, determinar qué punto ocupa la isla en este gran espacio de mar, y esto es lo que nos dirá dentro de poco la longitud, según espero, con bastante aproximación.
—¿No es el archipiélago de las Pomotú el más próximo a nosotros en latitud? —preguntó Harbert.
—Sí —respondió el ingeniero—, pero la distancia que de él nos separa es mayor de 1.200 millas.
—¿Y por allí? —dijo Nab, que seguía la conversación con gran interés, y cuya mano señalaba la dirección del sur.
—Por allí nada —respondió Pencroff.
—Nada, en efecto —añadió el ingeniero.
—Dígame usted, Ciro —preguntó el corresponsal—, ¿si la isla de Lincoln se encontrara sólo a 200 o 300 millas de Nueva Zelanda o de Chile?...
—Entonces —respondió el ingeniero—, en vez de construir una casa, construiremos un buque, y maese Pencroff se encargará de dirigirlo.
—Sin duda alguna, señor Ciro —exclamó el marino— estoy dispuesto a hacerme capitán tan pronto como usted haya encontrado el medio de construir una embarcación suficiente para navegar por alta mar.
—La construiremos si es necesario —respondió Ciro Smith.
Mientras hablaban aquellos hombres, que verdaderamente no dudaban de nada, se aproximaba la hora de la observación. ¿Cómo se las arreglaría Ciro Smith para averiguar el paso del sol por el meridiano de la isla sin instrumento? Éste era el problema que Harbert se proponía en su interior y que no podía resolver.
Los observadores se hallaban entonces a una distancia de seis millas de las Chimeneas, no lejos de aquella parte de las dunas en que habían encontrado al ingeniero, después de su enigmática salvación. Hicieron alto en aquel sitio y lo prepararon todo para el almuerzo, porque eran las once y media. Harbert fue a buscar agua dulce al arroyo que corría inmediato, y la trajo en un jarro, de que Nab se había provisto.
Durante aquellos preparativos, Ciro Smith lo dispuso todo para su observación astronómica. Eligió en la playa un sitio despejado, que el mar, al retirarse, había nivelado perfectamente. Aquella capa de arena muy fina estaba tersa como un espejo, sin que un grano sobresaliese entre los demás. Poco importaba, por otra parte, que fuese horizontal o no, ni tampoco que la varita de seis pies que Ciro plantó en ella se levantase perpendicularmente. Por el contrario, el ingeniero la inclinó hacia el sur, es decir, del lado opuesto al sol, porque no debe olvidarse que los colonos de la isla de Lincoln, por lo mismo que ésta estaba situada en el hemisferio austral, veían el astro radiante describir un arco diurno por encima del horizonte del norte y no por encima del horizonte del sur.
Harbert comprendió entonces el procedimiento que iba a emplear el ingeniero para averiguar la sombra del sol, es decir, su paso por el meridiano de la isla, o en otros términos, el mediodía del lugar. Era por medio de la sombra proyectada sobre la arena por la vara plantada en ella: medio que, a falta de instrumento, le daría una aproximación conveniente para el resultado que quería obtener.
En efecto, el momento en que aquella sombra llegase al mínimo de su longitud, sería exactamente el mediodía, y bastaría seguir el extremo de aquella sombra para recoger el instante en que después de haber disminuido sucesivamente comenzara a prolongarse. Inclinando la vara del lado opuesto al sol, Ciro Smith alargaba la sombra, y por consiguiente sus modificaciones serían más fáciles de observar. En efecto, cuanto mayor es la aguja de un cuadrante, mejor puede seguirse el movimiento de su punta. La sombra de la vara no era, en efecto, más que la aguja de un cuadrante.
Ciro Smith, cuando creyó llegado el momento, se arrodilló sobre la arena, y por medio de jalones de madera que fijaba en ella, comenzó a apuntar la disminución sucesiva de la sombra. Sus compañeros, inclinados por encima de él, seguían la operación con gran interés.
El corresponsal tenía su cronómetro en la mano, pronto a decir la hora que marcase cuando la sombra llegase a su mínima longitud. Además, como Ciro Smith operaba el 16 de abril, día en el cual se confunden el tiempo medio y el tiempo verdadero, la hora dada por Gedeon Spilett sería la hora verdadera de Washington en aquel momento, lo cual simplificaría el cálculo.
El sol se inclinaba lentamente; la sombra de la vara iba disminuyendo poco a poco, y cuando pareció a Ciro Smith que comenzaba a aumentar, preguntó:
—¿Qué hora es?
—Las cinco y un minuto —respondió inmediatamente Gedeon Spilett.
No había más que anotar con números la operación, cosa facilísima. Como se ve había cinco horas de diferencia, para hablar en números redondos, entre el meridiano de Washington y el de la isla de Lincoln, es decir, que eran las doce en punto en la isla de Lincoln, cuando ya eran las cinco de la tarde en Washington. Ahora bien, el Sol en su movimiento aparente alrededor de la Tierra, recorre un grado cada cuatro minutos, o sea quince grados por hora. Quince grados multiplicados por cinco horas daban 75 grados.
Así pues, estando Washington a los 77 grados, tres minutos, once segundos, o digamos a los 77 grados del meridiano de Greenwich, que los norteamericanos, lo mismo que los ingleses, toman por punto de partida de las longitudes, seguíase, como consecuencia, que la isla estaba situada a los 77 grados, más 75º al oeste del meridiano de Greenwich, es decir, hacia los 152 grados de longitud oeste.
Ciro Smith anunció este resultado a sus compañeros, y teniendo en cuenta los errores de observación, como los había tenido respecto de la latitud, creyó poder afirmar que la isla de Lincoln debía estar entre el grado 35 y el 37 de latitud austral y el 150 y el 155 de longitud oeste del meridiano de Greenwich.
El posible error que se atribuía a la observación era, como se ve, de cinco grados en los dos sentidos, que a 60 millas por grado podía dar un error de 300 millas en latitud o en longitud, para el cálculo exacto.
Pero este error no debía influir en el partido que convenía tomar. Era evidente que la isla de Lincoln se hallaba a tal distancia de toda tierra o archipiélago que no era posible aventurarse a atravesar semejante distancia en una sencilla y frágil canoa.
En efecto, los cálculos la situaban por lo menos a 1.200 millas de Tahití y de las islas del archipiélago Pomotú, a más de 1.800 millas de Nueva Zelanda, y a más de 4.500 de la costa americana.
Y cuando Ciro Smith consultaba su memoria, no recordaba de modo alguno una isla que ocupara en aquella parte del Pacífico la situación señalada a la isla de Lincoln.
CAPÍTULO XV
Al día siguiente, 17 de abril, las primeras palabras del marino fueron para preguntar a Gedeon Spilett:
—Y bien, ¿qué vamos a ser hoy?
—Lo que quiera el señor Ciro —respondió el corresponsal.
Ahora bien, los compañeros del ingeniero habían sido hasta entonces alfareros y en adelante iban a ser herreros.
La víspera después del almuerzo se había llevado la exploración hasta la punta del cabo Mandíbula, distante unas siete millas de las Chimeneas. Allí concluía la extraña serie de dunas y el suelo tomaba una apariencia volcánica. No se veían ya altas murallas como en la meseta de la Gran Vista, sino un bordado extraño y caprichoso que formaba como el marco de aquel estrecho golfo comprendido entre los dos cabos y compuestos de materias minerales vomitadas por el volcán. Los colonos al llegar a aquella punta habían retrocedido, y al caer la noche entraban de regreso en las Chimeneas; pero no se entregaron al sueño hasta que estuvo resuelta definitivamente la cuestión de permanencia o no permanencia en la isla Lincoln.
Era una distancia muy grande la de 1.200 millas que separaban la isla del archipiélago de las Pomotú. Una canoa no habría bastado para atravesarla, sobre todo al acercarse la mala estación; así lo declaró formalmente Pencroff. Ahora bien, construir una simple canoa, aun teniendo los útiles necesarios, era una obra difícil, y careciendo de instrumentos era preciso comenzar por fabricar martillos, hachas, azuelas, sierras, barrenas, cepillos, etc., lo que exigía bastante tiempo. Se decidió, pues, invernar en la isla de Lincoln y buscar un refugio más cómodo que las Chimeneas para pasar en él los meses de invierno.
Ante todo se trataba de utilizar el mineral de hierro, del cual el ingeniero había observado algunos yacimientos en la parte noroeste de la isla, y de convertir aquel mineral en hierro o en acero.
El suelo no contiene generalmente los metales en estado puro. En su mayor parte se hallan combinados con oxígeno o con azufre. Precisamente los dos ejemplares recogidos por Ciro Smith eran uno de hierro magnético carbonatado, y el otro pirita, o por otro nombre sulfuro de hierro. El primero, o sea óxido de hierro, era preciso reducirlo por medio del carbón, es decir, desembarazarlo del oxígeno para utilizarlo en estado puro. Esta reducción debía hacerse sometiendo el mineral mezclado con carbón a alta temperatura por el método catalán, rápido y fácil, que tiene la ventaja de transformar directamente el mineral en fusión y después la fusión en hierro, eliminando el tres o cuatro por ciento de carbón que se ha combinado con ella.
Ahora bien, ¿qué necesitaba Ciro Smith? Hierro y no fundición, y debía buscar el método más rápido de reducirlo. Por lo demás, el mineral que había recogido era por sí mismo muy puro y rico. Era ese mineral oxidado que hallándose en masas confusas de un color gris oscuro, da un polvo negro, cristaliza en octaedros regulares, produce los imanes naturales y sirve en Europa para elaborar esos hierros de primera calidad que tan abundantemente producen Suecia y Noruega.
No lejos de aquel yacimiento se hallaba otro de carbón de piedra, ya explotado por los colonos. De aquí la gran facilidad para el tratamiento del mineral, pues que se hallaban inmediatos los elementos de fabricación. Esto es lo que constituye también la prodigiosa riqueza de las explotaciones de Inglaterra, donde la hulla sirve para hacer el metal extraído del mismo suelo y al mismo tiempo que ella.
—Así, pues, señor Ciro —dijo Pencroff—, ¿vamos a trabajar mineral de hierro?
—Sí, amigo mío —respondió el ingeniero—, y para eso, si a usted no le parece mal, comenzaremos por cazar focas en el islote.
—¡Por cazar focas! —exclamó el marino volviéndose hacia Gedeon Spilett—. ¿Necesitamos focas para fabricar hierro?
—Eso será, pues que lo dice el señor Ciro —respondió el corresponsal.
Pero el ingeniero había salido ya de las Chimeneas, y Pencroff se preparó para la caza de focas sin haber obtenido más explicaciones.
En breve Gedeon Spilett, Harbert, Nab y el marino se hallaron reunidos en la playa en el punto en que el canal dejaba un estrecho paso vadeable en la baja marea. La marea estaba en lo más bajo del reflujo, y los cazadores pudieron atravesar el canal sin mojarse hasta más arriba de las rodillas.
Ciro Smith ponía por primera vez el pie en el islote, y sus compañeros la segunda vez, pues era allí donde el globo les había arrojado al principio.
Al desembarcar, algunos centenares de pingüinos les dirigieron sus cándidas miradas. Los colonos, armados de garrotes, habrían podido matarlos fácilmente, pero no pensaron en entregarse a aquella matanza doblemente inútil, porque importaba no asustar y los anfibios se habían echado sobre la arena a pocos cables de distancia. Respetaron también varios bocineros muy inocentes cuyas alas, reducidas al estado de muñones, se achataban en forma de aletas guarnecidas de plumas de aspecto escamoso.
Los colonos avanzaron con prudencia hasta la punta norte, caminando por un suelo acribillado de hoyos que formaban otros tantos nidos de aves acuáticas. Hacia el extremo del islote aparecían grandes puntos negros que nadaban a flor de agua, semejantes a puntas de escollo en movimiento.
Eran los anfibios que se trataba de capturar. Era preciso cogerlos en tierra, porque aquellas focas, con su vientre estrecho, su pelo corto y apretado, su figura pusiforme y su disposición excelente para nadar, son difíciles de coger en el mar, mientras que en tierra sus pies cortos y palmeados sólo les permiten un movimiento de reptil muy pesado.
Pencroff conocía las costumbres de estos anfibios y aconsejó esperar a que se hubieran tendido en la arena a los rayos del sol, que no tardaría en hacerles dormir profundamente. Entonces convendría actuar de manera que se les cortara la retirada y se dirigiesen los golpes a las fosas nasales.
Los cazadores se ocultaron detrás de las rocas del litoral y esperaron en silencio.
Transcurrió una hora antes de que las focas volvieran a tierra para solazarse en la arena. Había media docena: Pencroff y Harbert salieron entonces para doblar la punta del islote, tomarles la playa y cortarles la retirada mientras Ciro Smith, Gedeon Spilett y Nab, trepando a lo largo de las rocas se dirigían hacia el futuro teatro del combate.
De pronto, la alta estatura del marino se irguió y Pencroff dio un grito. El ingeniero y sus dos compañeros se lanzaron apresuradamente entre el mar y las focas. Dos de aquellos animales quedaron muertos en la arena a impulsos de varios golpes vigorosos, pero los demás pudieron llegar al mar y escapar.
—Aquí están las focas pedidas, señor Ciro —dijo el marino adelantándose hacia el ingeniero.
—Bien —respondió Ciro Smith—. Haremos de ellas fuelles de fragua.
—¡Fuelles de fragua! —exclamó Pencroff—. ¡Vaya unas focas con fortuna!
Era, en efecto, una máquina para soplar lo que el ingeniero necesitaba para el tratamiento del mineral, y pensaba fabricarla con la piel de aquellos anfibios.
Su longitud era mediana; no pasaban de seis pies, y tenían la cabeza semejante a la de un perro.
Como era inútil cargarse con un peso tan considerable como el de aquellos animales, Nab y Pencroff resolvieron desollarlos en el mismo lugar, mientras Ciro y el corresponsal acababan de explorar el islote.
El marino y el negro ejecutaron diestramente su operación, y tres horas después, Ciro Smith tenía a su disposición dos pieles de foca, que pensó utilizar en aquel estado, sin curtirlas.
Los colonos debieron esperar a la baja marea, y después atravesaron el canal de regreso a las Chimeneas.
No fue pequeño trabajo el de extender aquellas pieles sobre bastidores de madera destinados a mantenerlas tendidas, y coserlas después con fibras para que pudiesen tomar aire sin dejarlo escapar por más sitio que el conveniente. Fue preciso renovar la operación muchas veces. Ciro Smith sólo tenía a su disposición las dos hojas de acero procedentes del collar de Top, y sin embargo fue tan diestro y sus compañeros le ayudaron con tanta inteligencia, que tres días después los útiles de la pequeña colonia habían aumentado con una máquina de soplar destinada a inyectar el aire en el mineral cuando fuese tratado con el calor, condición indispensable para el buen éxito de la operación.
El 20 de abril por la mañana comenzó el período metalúrgico, como le llamaba el corresponsal en sus notas. El ingeniero, como hemos dicho, estaba decidido a trabajar en el yacimiento mismo del carbón y del mineral. Ahora bien, según sus observaciones, estos dos yacimientos estaban situados al pie de los contrafuertes del nordeste del monte Franklin, es decir, a una distancia de seis millas. Por consiguiente, no podía pensarse en volver todos los días a las Chimeneas, y se convino en que la colonia acamparía bajo una choza de ramas de árbol a fin de seguir noche y día la importante operación.
Aprobado el proyecto, se pusieron en marcha desde por la mañana. Nab y Pencroff llevaban en un cañizo el fuelle, y cierta cantidad de provisiones vegetales y animales, que además podían renovarse por el camino.
El que siguieron fue el de los bosques del Jacamar, atravesándolos oblicuamente de sudeste a noroeste, y en su parte más espesa. Allí fue preciso abrir una senda que debía formar en adelante la arteria más interesante entre la meseta de la Gran Vista y el monte Franklin. Los árboles, pertenecientes a las especies ya reconocidas, eran magníficos. Harbert señaló otros nuevos, entre ellos varios dragos que Pencroff trató de puerros pretenciosos, porque a pesar de su altura, eran de la misma familia de las liliáceas a la que pertenecen la cebolla, el cebollino, el chalote o el espárrago. Estos dragos podían dar raíces lechosas, que cocidas son excelentes, y que sometidas a cierta fermentación producen un licor muy agradable. Por lo mismo, los colonos hicieron abundante provisión de ellas.
El camino a través del bosque fue largo y duró el día entero, pero permitió a los exploradores observar la fauna y la flora del país. Top, encargado especialmente de la fauna, corría entre las hierbas y la espesura, levantando indistintamente toda especie de caza. Harbert y Gedeon Spilett mataron dos canguros a flechazos y además un animal que se parecía mucho a un erizo y a un oso hormiguero; al primero, porque se hacía una bola y erizaba sus púas, y al segundo porque tenía uñas cavadoras, un hocico largo y delgado que terminaba en pico de ave, y una lengua extensible guarnecida de espinas que le servían para sujetar los insectos.
—¿Y a que se parecerá cuando esté en la olla? —preguntó Pencroff.
—A una excelente carne de vaca —respondió Harbert.
—No podemos pedirle más —contestó el marino.
Durante esta excursión, se vieron algunos jabalíes, que no trataron de atacar a la caravana. Tampoco parecía que debiera temerse el encuentro de fieras, en una espesura, cuando de pronto al corresponsal le pareció ver a pocos pasos entre las primeras ramas de un árbol, un animal que creyó ser un oso, y se puso a dibujarlo tranquilamente a lápiz. Por fortuna para Gedeon Spilett, el animal no pertenecía a esa temible familia de los plantígrados. Era tan sólo un koula, más conocido por el nombre de perezoso, que tenía el tamaño de un perro grande, el pelo erizado y de color pardo sucio, y las patas armadas de fuertes garras, lo que le permitía trepar a los árboles para alimentarse de hojas. Averiguada la identidad de dicho animal, al cual se procuró no molestar en su ocupación, Gedeon Spilett borró la palabra oso de la leyenda de su croquis, puso en su lugar koula, y continuó su camino.
A las cinco de la tarde, Ciro Smith daba la señal de alto. Hallábanse fuera del bosque, al pie de aquellos poderosos contrafuertes que apuntalaban el monte Franklin hacia el este. A pocos centenares de pasos corría el Arroyo Rojo, por consiguiente el agua potable estaba cercana.
Organizóse inmediatamente el campamento, y en menos de una hora, al extremo del bosque, entre los árboles, se levantó una cabaña de ramas mezcladas con lianas y empastada de tierra gredosa que ofrecía un abrigo suficiente. Dejáronse para el día siguiente las investigaciones geológicas; se preparó la cena, se encendió un buen fuego delante de la cabaña, se dio vueltas al asador, y a las ocho, mientras uno de los colonos velaba para conservar la hoguera por si algún animal peligroso vagaba por los alrededores, los demás dormían con sueño tranquilo.
Al día siguiente, 24 de abril, Ciro Smith, acompañado de Harbert, fue a buscar los terrenos de formación antigua, donde ya había encontrado una muestra de mineral. Halló el yacimiento a flor de tierra, casi en las fuentes mismas del arroyo, al pie de la base lateral de uno de los contrafuertes del nordeste. Aquel mineral, muy rico en hierro, contenido en su ganga fusible, convenía perfectamente al método de reducción que el ingeniero pensaba emplear, es decir, al método catalán, pero simplificado como se usa en Córcega.
En efecto, el método catalán propiamente dicho exige la construcción de hornos y crisoles, en los cuales el mineral y el carbón colocados en capas alternadas se transformen y reduzcan. Pero Ciro Smith pretendía economizar hornos y crisoles, y quería formar simplemente con el mineral y el carbón una masa cúbica, al centro de la cual se dirigía el viento de su fuelle. Éste era sin duda el procedimiento que emplearon Tubalcaín y los primeros metalúrgicos del mundo habitado. Ahora bien, lo que había dado buenos resultados a los nietos de Adán, y lo que los daba todavía en los países ricos en mineral y en combustible, no podía menos de darlos en las circunstancias en que se encontraban los colonos de la isla de Lincoln.
Recogióse también la hulla como el mineral, sin trabajo y no lejos de la superficie del suelo. Primeramente se desmenuzó el mineral en pequeños trozos, quitándole con la mano las impurezas que manchaban su superficie. Después, carbón y mineral fueron depositados en un montón por capas sucesivas y alternadas, como hace el carbonero con la leña que quiere carbonizar. De esta manera, bajo la influencia del aire proyectado por la máquina soplante, debía el carbón transformarse primero en ácido carbónico y después en óxido de carbono, encargado de reducir el óxido de hierro, o lo que es lo mismo, de desprender el hierro del oxígeno.
Así pues, el ingeniero procedió a la operación. El fuelle de piel de foca, provisto en su extremo de un tubo de tierra refractaria, fabricado antes en el horno del de la vajilla, fue colocado cerca del montón de mineral. Movido por un mecanismo cuyos órganos consistían en bastidores, cuerdas de fibra y contrapesos, lanzó sobre la masa de hierro y carbón un chorro de aire que, elevando la temperatura, contribuyó también a la trasformación química que debía producir hierro puro.
La operación fue difícil. Necesitóse toda la paciencia y todo el ingenio de los colonos para llevarla a buen término; pero al fin salió bien y el resultado definitivo fue una masa de hierro reducida al estado de esponja que fue preciso cimbrar y machacar, es decir, forjar para despojarla de la ganga líquida que contenía. Era evidente que faltaba el martillo a aquellos herreros improvisados; pero al fin se hallaban en las mismas condiciones en que había estado el primer metalúrgico e hicieron lo que éste tuvo naturalmente que hacer.
La primera masa recibió por mango un palo y sirvió para forjar la segunda en un yunque de granito, con lo cual se llegó a obtener un metal grosero, pero utilizable.
Por fin, después de muchos esfuerzos y fatigas, el 24 de abril se habían forjado varias barras de hierro que se transformaron en útiles: pinzas, tenazas, picos, azadones etc., que Pencroff y Nab declararon ser verdaderas joyas.
Pero aquel metal no podía prestar grandes servicios en estado de hierro puro, sino principalmente en estado de acero. Ahora bien, el acero es una combinación de hierro y carbón, que se saca, ya de la fundición quitando a ésta el exceso de carbón, ya del hierro, añadiendo a éste el carbón que le falta. El primero, obtenido por la descarburación en la fundición, da el acero natural o puddle. El segundo, producido por la carburación del hierro da el acero de cementación.
Este último era el que buscaba naturalmente Ciro Smith con preferencia, pues poseía el hierro en estado puro; y consiguió fabricarlo, calentando el metal con carbón en polvo, en un crisol hecho de tierra refractaria.
Después aquel acero, que es maleable en caliente como en frío, fue trabajado por medio del martillo. Nab y Pencroff, hábilmente dirigidos, hicieron hierros de hacha, los cuales, calentados hasta el rojo y sumergidos después inmediatamente en agua fría, adquirieron excelente temple.
Otros instrumentos, groseramente fabricados como puede suponerse, salieron de aquella fragua, como hojas de cepillo de carpintero, hachas, azuelas, láminas de acero que debían trasformarse en sierras, escoplos, azadones, palas, picos, martillos, clavos, etc. En fin, el 5 de mayo terminaba el primer período metalúrgico, los herreros volvían a las Chimeneas y nuevas tareas iban a autorizarles en breve a tomar una nueva denominación.
CAPÍTULO XVI
Era el 6 de mayo, día que corresponde al 6 de noviembre en los países del hemisferio boreal. El cielo se cubría de brumas hacía ya algunos días e importaba tomar ciertas disposiciones para pasar el invierno. Sin embargo, la temperatura todavía no había bajado sensiblemente y un termómetro centígrado, trasladado a la isla de Lincoln, habría marcado todavía, por término medio, de diez a doce grados sobre cero. Esta temperatura media no tenía nada de extraordinario, pues la isla de Lincoln, situada verosímilmente entre los 35 y los 40 grados de latitud, debía hallarse sometida en el hemisferio sur a las mismas condiciones que la de Sicilia o la de Grecia en el hemisferio norte. Pero así como Grecia y Sicilia experimentaban fríos violentos que producen nieve y hielo, de la misma manera la isla de Lincoln debería sin duda experimentarlos en el período más riguroso del invierno, y contra esta temperatura baja convenía prepararse.
En todo caso, si el frío no amenazaba aún, por lo menos estaba próxima la estación de las nieves, y en aquella isla apartada, expuesta a todas las intemperies de Océano en medio del mar Pacífico, los malos tiempos debían ser frecuentes y las borrascas temibles.
Debió, pues, meditarse seriamente y resolverse con prontitud la cuestión de un refugio más cómodo que las Chimeneas.
Pencroff, naturalmente, tenía cierta predilección por aquel retiro por él descubierto; pero comprendió perfectamente que era preciso buscar otro. Ya las Chimeneas habían sido visitadas por el mar en circunstancias que no se habrán olvidado y no podían los colonos exponerse de nuevo a un accidente parecido.
—Por otra parte —añadió Ciro Smith, que aquel día hablaba de estas cosas con sus compañeros—, tenemos algunas precauciones que tomar...
—¿Para qué? La isla no está habitada —dijo el corresponsal.
—Es probable —respondió el ingeniero—, aunque no la hemos explorado todavía por completo; pero si no hay en ella ninguna raza humana, temo que abunden los animales peligrosos. Conviene, pues, ponerse al abrigo de una posible agresión, para que no haya necesidad de que uno de nosotros se quede de centinela toda la noche, para mantener una hoguera encendida. Además, amigos míos, debemos preverlo todo; estamos aquí en una parte del Pacífico frecuentada a menudo por los piratas malayos...
—¡Cómo! —dijo Harbert—, a semejante distancia de toda tierra...
—Sí, hijo mío —respondió el ingeniero—. Esos piratas son tan audaces marinos como terribles malhechores, y debemos adoptar por consiguiente nuestras medidas.
—Pues bien —respondió Pencroff—, nos fortificaremos contra las fieras de dos o de cuatro patas. Pero, señor Ciro, ¿no convendría explorar la isla en todas sus partes antes de emprender nada?
—Eso sería mejor —dijo Gedeon Spilett—. ¿Quién sabe si encontraremos en la costa opuesta una de esas cavernas que inútilmente hemos buscado por aquí?
—Es verdad —respondió el ingeniero—; pero ustedes olvidan, amigos míos, que conviene establecernos en las inmediaciones de un río y que desde la cima del monte Franklin no hemos visto hacia el oeste ni río ni arroyo ninguno. Aquí, por el contrario, nos hallamos situados en el río de la Merced y el lago Grant, ventaja considerable que no debemos despreciar. Además, esta costa orientada al este no está expuesta como la otra a los vientos alisios que soplan del noroeste en el hemisferio austral.
—Entonces, señor Ciro —respondió el marino—, construiremos una casa a orillas del lago. Ya no nos faltan ladrillos, ni instrumentos. Después de haber sido alfareros, fundidores y herreros, sabremos ser albañiles, ¡qué diablo!
—Sí, amigo mío; pero antes de tomar una decisión es preciso buscar. Una habitación construida por la naturaleza nos ahorraría mucho trabajo y nos ofrecería sin duda un retiro más seguro, porque estaría tan perfectamente defendida contra los enemigos interiores, como contra los exteriores.
—En efecto, Ciro —respondió el corresponsal—; pero ya hemos examinado toda esa muralla granítica de la costa y no hay en ella ni un agujero, ni siquiera una hendidura.
—Ni una —añadió Pencroff—. ¡Ah! Si hubiéramos podido abrir una cueva en ese muro a cierta altura para ponernos fuera de todo alcance, ¡qué cosa más conveniente! Ya me figuro, en la fachada que mira al mar, cinco o seis habitaciones.
—¡Con ventanas para alumbrarlas! —dijo Harbert riéndose.
—Y una escalera para subir —añadió Nab.
—Ustedes se ríen —exclamó el marino— y no acierto por qué. ¿Qué hay de imposible en lo que propongo? ¿No tenemos picos y azadones? ¿No sabrá el señor Ciro fabricar pólvora para hacer saltar la mina? ¿No es verdad, señor Ciro, que hará usted pólvora el día en que la necesitemos?
Ciro Smith había escuchado al entusiasta Pencroff mientras desarrollaba sus proyectos un tanto fantásticos. Atacar a aquella masa de granito, aun por medio de una mina, era un trabajo hercúleo; y verdaderamente era muy de sentir que la naturaleza no se hubiese encargado de la parte más dura de la tarea. Pero el ingeniero no respondió al marino sino proponiendo que se examinase más atentamente la meseta desde la desembocadura del río hasta el ángulo que la terminaba al norte.
Salieron, pues, e hicieron la exploración en una extensión de dos millas poco más o menos, con gran cuidado; pero en ningún sitio la pared recta y unida presentaba cavidad alguna. Los nidos de las palomas silvestres que revoloteaban en su cima sólo eran en realidad agujeros abiertos en la cresta misma y en las esquinas irregularmente formadas del granito.
Era una circunstancia desgraciada; y en cuanto a atacar aquella masa con el pico o con la pólvora para practicar una excavación suficiente, estaba descartado.
La casualidad había hecho que en toda aquella parte del litoral Pencroff descubriese el único asilo provisionalmente habitable, es decir, aquellas Chimeneas que sin embargo se trataba de abandonar.
Terminada la exploración, los colonos se hallaban en el ángulo norte de la muralla, donde ésta terminaba en una de esas pendientes prolongadas que vienen a morir en la playa. Desde aquel sitio hasta su extremo límite al oeste no formaba más que una especie de talud, espesa aglomeración de piedras, de tierra y de arena, unidas por plantas, arbustos y hierbas, e inclinada un ángulo de cuarenta y cinco grados solamente. Aquí y allá el granito surgía todavía sobresaliendo con puntas agudas en aquella aglomeración. Sobre sus laderas crecían grupos de árboles y una hierba bastante espesa que servía de alfombra. Pero el esfuerzo vegetal no iba más lejos y una gran llanura de arenas que comenzaba al pie del talud se extendía hasta el litoral.
Ciro Smith pensó, no sin razón, que por aquel lado debía drenar el sobrante del lago en forma de cascada. En efecto, era necesario que el excedente de agua del Arroyo Rojo se perdiese en un punto cualquiera, y aquel punto no había sido encontrado todavía por el ingeniero en ninguna parte de las orillas ya exploradas, es decir, desde la desembocadura del arroyo al oeste hasta la meseta de la Gran Vista.
El ingeniero propuso, pues, a sus compañeros la ascensión del talud que tenían delante y la vuelta a las Chimeneas por las alturas, explorando de paso las orillas septentrional y oriental del lago.
La proposición fue aceptada y en pocos minutos Harbert y Nap llegaron a la meseta superior, siguiéndoles Ciro Smith, Gedeon Spilett y Pencroff con paso más reposado.
A doscientos pies a través del follaje, resplandecía a los rayos solares la hermosa sabana de agua: el paisaje era delicioso en aquel sitio. Los árboles de tonos amarillentos se agrupaban maravillosamente para recrear la vista. Algunos troncos de árboles enormes abatidos por la edad, destacaban por su corteza negruzca sobre la verde alfombra que cubría el suelo. Allí parloteaba todo un mundo de ruidosas cacatúas, verdaderos prismas movibles que saltaban de una rama a otra. Parecía que la luz no llegaba sino descompuesta a través de aquel paisaje singular.
Los colonos, en vez de encaminarse directamente a la orilla norte del lago, siguieron el extremo de la meseta con el objeto de llegar a la desembocadura del arroyo en su orilla izquierda. Era un rodeo de milla y media todo lo más; un paseo fácil, porque los árboles, muy espaciados, dejaban entre sí paso libre. Conocíase a primera vista que en aquel límite se detenía la zona fértil, mostrándose allí la vegetación menos vigorosa que en toda la parte comprendida entre la corriente del arroyo y el río de la Merced.
Ciro Smith y sus compañeros marchaban no sin cierta circunspección por aquel terreno nuevo para ellos. Sus únicas armas eran flechas y palos con agudas puntas de hierro; sin embargo, ninguna fiera se vio en aquel paraje y era probable que éstas frecuentasen con preferencia los espesos bosques del sur. Los colonos tuvieron, a pesar de eso, la desagradable sorpresa de ver a Top detenerse delante de una serpiente de gran tamaño que medía de catorce a quince pies de longitud. Nab la mató de un palo; Ciro Smith examinó el reptil y declaró que no era venenoso porque pertenecía a la especie de serpientes diamantes, de la cual se alimentan los indígenas en Nueva Gales del Sur. Pero era posible que existiesen otras cuya mordedura es mortal, como víboras sordas de cola hendida que atacan al que las pisa, o esas serpientes aladas provistas de dos arillos que les permiten lanzarse con una rapidez extrema. Top, pasado el primer momento de sorpresa, comenzó a cazar reptiles con un encarnizamiento que hacía temer por su vida, por lo cual su amo tenía que llamarle constantemente.
En breve llegaron a la desembocadura del Arroyo Rojo y al punto donde desaguaba en el lago. En la orilla opuesta reconocieron el lugar que habían visitado ya al bajar del monte Franklin. Ciro Smith se cercioró de que el agua que suministraba al lago era abundantísima, y por tanto que necesariamente debía haber un sitio cualquiera por donde la naturaleza hubiese abierto un desagüe a los excedentes del lago. Aquel desagüe era el que se trataba de descubrir, porque sin duda formaba una cascada cuya fuerza mecánica sería posible utilizar.
Los colonos, marchando descuidadamente, pero sin apartarse mucho unos de otros, comenzaron a dar vuelta al lago, cuyas orillas eran muy escarpadas. Las aguas parecían contener abundantísima pesca. Pencroff se propuso construir algunas máquinas de pescar a fin de explotarla.
Fue preciso, primero, doblar la punta aguda del nordeste. Hubiera podido suponerse que el desagüe se verificaba en aquel sitio, porque el extremo del lago venía casi a rozar con el de la meseta. Pero no era así, y los colonos tuvieron que continuar explorando la orilla, que después de una ligera curva bajaba paralelamente al litoral.
Por aquel lado el terreno estaba menos cubierto de árboles, pero algunos grupos plantados aquí y allá añadían nuevos atractivos a lo pintoresco del paisaje. El lago Grant se presentaba entonces a la vista en toda su extensión, sin que el menor soplo de viento rizase la superficie de sus aguas. Top, penetrando entre la espesura, levantó diversas bandas de aves, a las cuales Gedeon Spilett y Harbert saludaron con sus flechas. Uno de aquellos volátiles cayó en medio de las hierbas pantanosas, herido por el joven de una flecha disparada con mucha destreza. Top se precipitó hacia él y llevó a los colonos una hermosa ave nadadora, color pizarra, de pico corto, de hueso frontal muy desarrollado, dedos ensanchados por un festón de plumas que los rodeaban y alas orilladas de una raya blanca. Era un fulque del tamaño de una gran perdiz, perteneciente a ese grupo de los macrodáctilos que constituyen la transición entre el orden de las zancudas y el de las palmípedas: pobre caza en suma, y de un gusto que debía de dejar mucho que desear. Pero Top debía mostrarse menos delicado que sus amos, y se acordó que el fulque serviría para su cena.
Los colonos seguían entonces la orilla oriental del lago y no debían tardar en llegar a la parte ya reconocida. El ingeniero se mostraba muy sorprendido porque no veía ningún indicio de desagüe. El corresponsal y el marino hablaban con él y tampoco disimulaban su admiración. En aquel momento, Top, que había estado muy tranquilo hasta entonces, dio señales de agitación. El inteligente animal iba y venía hacia la orilla, se detenía de repente, miraba las aguas y levantaba una pata como si espiase alguna caza invisible; después ladraba con furor como si la divisara, y luego callaba nuevamente.
Ni Ciro Smith ni sus compañeros se cuidaron al principio de aquellos movimientos de Top; pero los ladridos del animal llegaron a ser tan frecuentes, que llamaron la atención del ingeniero.
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