Kitabı oxu: «Los hijos del capitán Grant»
Título original: Les enfants du Capitaine Grant
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO336
ISBN: 9788491871514
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PRIMERA PARTE I. BALANCE FISH
II. LOS TRES DOCUMENTOS
III. MALCOLM CASTLE
IV. UNA PROPOSICIÓN DE LADY GLENARVAN
V. LA PARTIDA DEL DUNCAN
VI. EL PASAJERO DEL CAMAROTE NÚMERO SEIS
VII. DE DÓNDE VIENE Y ADÓNDE VA SANTIAGO PAGANEL
VIII. UN BUEN SUJETO MÁS A BORDO DEL DUNCAN
IX. EL ESTRECHO DE MAGALLANES
X. EL PARALELO 37
XI. TRAVESÍA DE CHILE
XII. A DOS MIL PIES DE ALTURA
XIII. DESCENSO DE LA CORDILLERA
XIV. UN TIRO PROVIDENCIAL
XV. EL ESPAÑOL DE SANTIAGO PAGANEL
XVI. EL RÍO COLORADO
XVII. LAS PAMPAS
XVIII. EN BUSCA DE AGUA
XIX. LOS LOBOS ROJOS
XX. LAS LLANURAS ARGENTINAS
XXI. EL «FUERTE INDEPENDENCIA»
XXII. LA AVENIDA
XXIII. EN EL QUE SE HACE VIDA DE PÁJARO
XXIV. EN EL QUE SE SIGUE HACIENDO VIDA DE PÁJARO
XXV. ENTRE EL FUEGO Y EL AGUA
XXVI. EL ATLÁNTICO
SEGUNDA PARTE. I. LA VUELTA A BORDO
II. TRISTÁN DA CUNHA
III. LA ISLA DE AMSTERDAM
IV. LAS APUESTAS DE SANTIAGO PAGANEL Y DEL MAYOR MAC NABBS
V. LAS CÓLERAS DEL OCÉANO ÍNDICO
VI. EL CABO BERNOUILLE
VII. AYRTON
VIII. LA PARTIDA
IX. LA PROVINCIA DE VICTORIA
X. WIMERRA RIVER
XI. BURKE Y STUART
XII. EL RAILWAY DE MELBURNE A SANDHURST
XIII. UN PRIMER PREMIO DE GEOGRAFÍA
XIV. LAS MINAS DEL MONTE ALEJANDRO
XV. AUSTRALIAN AND NEW ZEALAND GAZETTE
XVI. EN EL QUE EL MAYOR SOSTIENE QUE SON MONOS
XVII. LOS COLONOS MILLONARIOS
XVIII. LOS ALPES AUSTRALIANOS
XIX. GOLPE TEATRAL
XX. ALAND ZEALAND
XXI. CUATRO DÍAS DE ANGUSTIA
XXII. EDÉN
TERCERA PARTE. I. EL MACQUARIE
II. EL PASADO DEL PAÍS A DONDE VAN
III. LAS MATANZAS DE NUEVA ZELANDA
IV. LOS ROMPIENTES
V. LOS MARINEROS IMPROVISADOS
VI. EN QUE SE TRATA TEÓRICAMENTE DEL CANIBALISMO
VII. EN QUE SE LLEGA AL FIN A LA TIERRA DE QUE CONVENÍA HUIR
VIII. EL PRESIDENTE DEL PAÍS EN QUE ESTÁN
IX. TREINTA MILLAS AL NORTE
X. EL RÍO NACIONAL
XI. EL LAGO TAUPO
XII. LOS FUNERALES DE UN JEFE MAORÍ
XIII. LAS ÚLTIMAS HORAS
XIV. LA MONTAÑA DEL TABÚ
XV. LOS GRANDES MEDIOS DE PAGANEL
XVI. ENTRE DOS FUEGOS
XVII. POR QUÉ CRUZABA EL DUNCAN POR LA COSTA DE LEVANTE DE NUEVA ZELANDA
XVIII. ¿AYRTON O BEN JOYCE?
XIX. UNA TRANSACCIÓN
XX. UN GRITO EN LA NOCHE
XXI. LA ISLA TABOR
XXII. LA ÚLTIMA DISTRACCIÓN DE SANTIAGO PAGANEL
NOTAS


PRIMERA PARTE
I
BALANCE FISH
El 26 de julio de 1894, un magnífico yate, favorecido por un nordeste bastante fresco, surcaba a todo vapor las aguas del canal del Norte. En su palo de mesana flotaba el pabellón de Inglaterra, y en el tope del palo mayor una grímpola azul con las iniciales E. G., bordadas en oro debajo de una corona ducal. El yate, que se llamaba el Duncan, era propiedad de lord Glenarvan, uno de los dieciséis pares escoceses que tienen asiento en la cámara alta, y el miembro más distinguido del Royal Thames Yacht Club, tan célebre en todo el Reino Unido.
Lord Edward Glenarvan se encontraba a bordo con lady Elena, su joven esposa, y con el mayor Mac Nabbs, uno de sus primos.
El Duncan, recién salido del astillero, maniobraba para regresar a Glasgow, no habiendo hecho más que dar un paseo por vía de ensayo a algunas millas fuera del golfo del Clyde.
Cuando ya la isla de Arren se bosquejaba en el horizonte, el vigía señaló un pez enorme que seguía el curso del buque. El capitán, John Mangles, puso inmediatamente en conocimiento de lord Edward el aviso del vigía. El lord subió a la toldilla acompañado del mayor Mac Nabbs, y preguntó al capitán cuál era su opinión acerca de aquel animalazo.
—Creo, Milord —respondió John Mangles—, que es un marrajo de buen tamaño.
—¡Un marrajo en estos sitios! —exclamó Glenarvan.
—Nada tiene de particular —replicó el capitán—. El marrajo pertenece a una especie de tiburones que se encuentran en todos los mares y en todas las latitudes, y mucho me engaño si no vamos a tener que bregar con un balance fish1. Si Vuestro Honor consiente en ello y lady Glenarvan tiene gusto en presenciar una pesca curiosa, pronto sabremos a qué atenernos.
—¿Qué os parece, Mac Nabbs? —dijo lord Glenarvan al mayor—. ¿Intentamos la aventura?
—Me parece lo que a vos os parezca —respondió flemáticamente el mayor.
—Además —repuso John Mangles—, siempre conviene disminuir el número de tan terribles animales. Aprovechemos la ocasión, y si place a Vuestro Honor, haremos una buena acción al mismo tiempo que nos proporcionaremos un espectáculo.
—Manos a la obra, John —dijo lord Glenarvan.
Mandó avisar a lady Elena, que subió también a la toldilla, con mucho afán de ser testigo de aquella pesca conmovedora.
El mar estaba magnífico, pudiendo fácilmente seguirse con la vista las rápidas evoluciones del escualo, que tan pronto se sumergía como subía a la superficie con un vigor sorprendente. John Mangles dio sus órdenes. Los marineros echaron por la borda de estribor un volantín compuesto de un cordel muy recio, y un pedazo de grueso alambre de latón quemado que es lo que constituía el codal, del que estaba atado un anzuelo sumamente grande y fuerte que se cebó con un enorme trozo de tocino. El tiburón, no obstante hallarse a una distancia de 50 yardas, sintió caer y olió el cebo que a su voracidad se ofrecía. Se acercó rápidamente al yate. Veíase su aleta dorsal sobrenadar en el agua como una vela latina, mientras sus aletas natatorias, cenicientas en su punta y negras en su base, hendían las olas con violencia, manteniendo su rumbo, por medio de su apéndice caudal, en una línea rigurosamente recta. A medida que se acercaba al cebo, sus ojos grandes y saltones parecían inflamados por el ansia, y cuando se volvía, sus mandíbulas abiertas descubrían una cuádruple hilera de dientes triangulares como los de una sierra. Su cabeza era ancha y estaba dispuesta como un martillo doble en el extremo de un mango. No se había engañado John Mangles; aquel tiburón pertenecía a una de las variedades más voraces de la familia de los escualos; era el pez-balanza de los ingleses, el pez-judío de los provenzales.

Los pasajeros y marineros del Duncan seguían con la más viva atención los movimientos del marrajo. Muy pronto llegó éste al alcance del cebo, se volvió en posición supina para cogerlo, pues de otro modo le hubiera sido imposible por la disposición especial de sus quijadas, y se lo tragó entero. Él mismo se clavó, sacudiendo violentamente el aparejo, pasado con prevención por una candaliza en un extremo de una de las vergas del palo mayor.
El animal se defendió con energía viendo que se le arrancaba de su natural elemento. Pero se le sorteó, se le fatigó y, hallándose ya rendido, se le pasó por la cola una cuerda con un nudo corredizo, se le subió hasta la borda y cayó desplomado sobre la cubierta. Un marinero, acercándose a él no sin precaución, le cortó de un hachazo la formidable cola.
Después de este golpe de gracia, quedó la pesca concluida. El monstruo no inspiraba ya ningún recelo; pero la curiosidad de los marineros no quedaba satisfecha, aunque lo estaba ya su venganza. A bordo es costumbre registrar cuidadosamente el bandullo de los tiburones. La gente de mar, que conoce su voracidad poco delicada, espera siempre de la autopsia alguna sorpresa, y no siempre resulta burlada su esperanza.
Lady Glenarvan no quiso presenciar aquella inspección cadavérica, y se volvió a la toldilla. El tiburón estaba aún en las convulsiones de la agonía. Tenía una longitud de 40 pies y pesaba más de 600 libras. No eran una dimensión y un peso extraordinarios, aunque el marrajo no está clasificado entre los gigantes de su especie. Es, empero, uno de los más temibles.
El enorme escualo fue abierto a hachazos, sin más ceremonias. Tenía hincado el anzuelo en el estómago, y éste estaba enteramente vacío. Se conoce que el animal ayunaba desde mucho tiempo. Iban ya los marineros a echar al mar sus despojos, cuando llamó la atención del contramaestre una especie de infarto, un objeto sólidamente atascado en los intestinos.
—¿Qué diablos será eso? —exclamó.
—Un pedazo de roca —respondió el marinero—, que se habría tragado el pícaro para lastrarse.
—Yo creo —dijo otro— que es una bala que el tunante recibió en el vientre, y no habrá podido digerirla.
—Callad todos —replicó Tom Austin, segundo del yate—, ¿no veis que el tunante era un borracho perdido, y que en su ansia de beber no sólo apuró el vino sino que se tragó la botella?
—¡Cómo! —exclamó lord Glenarvan—. ¿Es una botella lo que tiene en la tripa?
—Una verdadera botella —respondió el contramaestre—. Pero bien se conoce que no acaba de salir de la bodega.
—Pues bien, Tom —repuso lord Edward—, sáquela con precaución, procurando que no se rompa, pues las botellas que se encuentran en el mar suelen contener documentos preciosos.
—¿Creéis...? —dijo el mayor Mac Nabbs.
—Creo, por lo menos, que puede contenerlos.
—No digo lo contrario —respondió el mayor—, acaso sorprendamos un secreto.
—Pronto saldremos de dudas —dijo Glenarvan—. ¿La has sacado ya, Tom?

—¡Cómo! —exclamó lord Glenarvan—. ¿Es una botella lo que tiene en la tripa?
—Sí, Milord —respondió el segundo, mostrando un objeto informe que, no sin bastante trabajo, acababa de extraer de las entrañas del marrajo.
—Bueno —dijo Glenarvan—, haced que la laven y la lleven a la cámara de popa.
Así se hizo, y aquella botella, que fue hallada de una manera tan singular, se puso encima de una mesa a cuyo alrededor se sentaron lord Glenarvan, el mayor Mac Nabbs, el capitán John Mangles y lady Elena, que, a fuer de mujer, era un poco curiosa.
En el mar, lo más insignificante es un acontecimiento. Hubo un momento de silencio, durante el cual todos interrogaban aquel frágil resto de naufragio. ¿Había en él todo el secreto de un gran desastre, o no había más que un mensaje insignificante confiado al capricho de las olas por algún navegante desocupado?
Preciso era saber a qué atenerse, y Glenarvan, sin aguardar más, procedió al examen de la botella, tomando todas las precauciones apetecibles en semejante circunstancia. Hubiérase dicho que era un tormer2 que desentrañaba todas las particularidades de un gravísimo asunto. Y la escrupulosidad de Glenarvan era racional y justa, porque el indicio más insignificante en apariencia podía ponerle en camino de un importante descubrimiento.

Antes de proceder al examen interior de la botella, se la examinó exteriormente. Tenía el cuello delgado, en cuyo extremo o gollete sumamente reforzado había aún un pedazo de alambre completamente oxidado y muy quebradizo. Sus paredes, muy gruesas, capaces de resistir la presión de muchas atmósferas, denunciaban su procedencia, sin que se pudiese poner en duda que había sido una botella de champaña. Con botellas como aquélla, los viñadores de Aix y de Epernay rompen palos de sillas sin que ellas se quiebren. Así, pues, la que se sacó de las vísceras del marrajo había podido soportar impunemente los azares de una larga travesía.
—Una botella de «Clicquot» —dijo sencillamente el mayor.
Y como debía conocerlas bien por las muchas que había vaciado, su afirmación fue aceptada sin discusión.
—Mi querido mayor —respondió lady Elena—, poco importa de dónde sea esta botella, si no sabemos de dónde viene.
—Todo se andará, mi querida Elena —dijo lord Edward—, y por de pronto ya podemos afirmar que viene de lejos. ¡Mirad las materias petrificadas que la cubren, estas sustancias mineralizadas, si así puede decirse, por la acción del agua del mar! ¡Este resto de naufragio había permanecido mucho tiempo en el océano antes de sepultarse en el vientre de un tiburón!
—No puedo dejar de opinar lo mismo —respondió el mayor—; ese vaso, tan frágil como es, protegido por la capa pétrea que lo cubre, ha podido estar viajando durante mucho tiempo.
—Pero ¿de dónde viene? —preguntó lady Glenarvan.
—Esperad, mi querida Elena, esperad; las botellas requieren paciencia. O mucho me engaño o ésta va a responder ella misma a todas nuestras preguntas.
Y diciendo esto, Glenarvan empezó a raspar las materias duras que protegían el gollete, apareciendo luego el tapón, aunque muy deteriorado por el agua del mar.
—¡Circunstancia fatal! —dijo Glenarvan—, porque si encontramos dentro algún papel, lo encontraremos en muy mal estado!
—Es de temer —replicó el mayor.
—Añadiré —repuso Glenarvan— que esta botella, mal tapada como está, no podía tardar mucho en irse al fondo, por lo que ha sido una suerte que un tiburón la haya tragado para traerla a bordo del Duncan.
—Sin duda alguna —respondió John Mangles—, y, sin embargo, mejor hubiera sido pescarla en alta mar, en una longitud y latitud bien determinadas. Entonces, estudiando retrospectivamente a posteriori las corrientes atmosféricas y marítimas, habríamos podido reconocer el camino recorrido; pero con un cartero como éste, con esos tiburones que marchan contra viento y marea, no podemos saber a qué atenernos.
—La botella misma nos lo dirá —respondió Glenarvan.
En aquel momento sacaba el tapón con la mayor delicadeza, y se esparció por la cámara de popa un fuerte olor salino.
—¿Y qué? —preguntó con femenil impaciencia lady Elena.
—¡Sí! —dijo Glenarvan—. ¡No me engañaba! ¡Contiene papeles!
—¡Documentos! ¡Documentos! —exclamó lady Elena.
—Sólo que —respondió Glenarvan— parecen muy deteriorados por la humedad y es imposible sacarlos por lo muy pegados que están a las paredes de la botella.
—Rompámosla —dijo Mac Nabbs.
—Preferiría conservarla intacta —replicó Glenarvan.
—Lo mismo digo — añadió el mayor.
—Sin duda —dijo lady Elena—, pero el contenido vale más que el continente y éste debe sacrificarse a aquél.

Glenarvan sacó los documentos con precaución.
—Con que Vuestro Honor rompa nada más que el gollete —dijo John Mangles—, se podrá sacar el documento sin echarlo a perder.
—¡Veamos! ¡Veamos, mi querido Edward! —exclamó lady Glenarvan.
Difícil era proceder de otro modo, por lo que lord Glenarvan se decidió a romper el gollete de la preciosa botella. Tuvo al efecto que valerse de un martillo, porque la capa pétrea había adquirido la dureza del pedernal. No tardaron los pedazos en caer sobre la mesa, y entonces se vieron muchos fragmentos de papel adheridos entre sí. Glenarvan los sacó con precaución, los separó, y los fue colocando uno al lado de otro, mientras lady Elena, el mayor y el capitán se agrupaban en torno suyo.
II
LOS TRES DOCUMENTOS
Aquellos pedazos de papel, medio destruidos por el agua, no permitían distinguir más que algunas palabras sueltas, restos indescifrables de líneas casi enteramente borradas. Lord Glenarvan los examinó durante algunos minutos con la mayor atención; les dio vueltas en todos los sentidos; los miró a la más viva luz del día; observó los más insignificantes vestigios de palabras respetadas por el mar, y luego miró a sus amigos que le contemplaban con ansiedad e impaciencia.
—Hay aquí —dijo— tres documentos distintos, y es verosímil que sean los tres copias del mismo documento, traducido en tres lenguas diferentes, en inglés, francés y alemán. Acerca del particular ninguna duda me dejan las pocas palabras que han resistido a la acción del agua.
—Pero ¿estas palabras tienen siquiera sentido? —preguntó lady Glenarvan.
—Difícil es decirlo, mi querida Elena; las palabras trazadas en estos documentos son muy incompletas.
—Tal vez se completen unas con otras —dijo el mayor.
—Así debe ser —respondió John Mangles—. Es imposible que el agua del mar haya roído los tres documentos precisamente en el mismo punto. Uniendo esos restos de frases encontraremos un sentido inteligible.
—Eso haremos —dijo lord Glenarvan—, pero procedamos con método. Veamos primero el documento inglés.
Este documento presentaba la siguiente disposición de líneas y palabras:

—Eso no significa gran cosa —dijo el mayor con desaliento.
—Como quiera que sea —respondió el capitán—, está en buen inglés.
—En muy buen inglés —dijo lord Glenarvan—; las palabras sink, aland, that, and, lost, están intactas; skripp forma la palabra skripper, y se trata de un señor Gr..., que es probablemente el capitán de un buque náufrago1.
—Añádase —dijo John Mangles— las palabras monit y ssistance, cuya interpretación es evidente.
—Eso ya es algo —dijo lady Elena.
—Desgraciadamente —respondió el mayor— nos faltan líneas enteras. ¿Cómo encontrar el nombre del buque y el lugar del naufragio?
—Lo encontraremos —dijo lord Edward.
—Sin duda alguna —replicó el mayor, que era invariablemente del parecer de todo el mundo—; pero ¿de qué manera?
—Completando un documento con otro.
—¡Procurémoslo, pues! —exclamó lady Elena.
El segundo trozo de papel, más deteriorado aún que el precedente, no ofrecía más que palabras aisladas, dispuestas como sigue:

bring ihnen
—Esto está escrito en alemán —dijo John Mangles, apenas miró el papel.
—¿Conocéis esa lengua, John? —preguntó Glenarvan.
—A la perfección, Milord.
—Decidnos, pues, lo que estas palabras significan.
El capitán examinó el documento con atención, y se expresó en los siguientes términos:
—Por de pronto tenemos ya la fecha del acontecimiento: 7 juni quiere decir 7 de junio, y aproximando esta cifra al 62 que nos ha suministrado el documento inglés, tenemos la fecha completa: 7 de junio de 1862.
—Muy bien —exclamó lady Elena—; proseguid, John.
—En la misma línea —repuso el joven capitán—, encuentro la palabra Glas, que acercándola a la palabra gow, suministrada por el primer documento, nos da Glasgow. Se trata, pues, de un buque de Glasgow.
—Opino lo mismo —respondió el mayor.
—La segunda línea del documento falta enteramente —prosiguió John Mangles—. Pero en la tercera encuentro dos palabras importantes: zwei, que quiere decir dos, y atrossen o matrossen, que significa en alemán marineros.
—Así, pues —dijo lady Elena—, ¿se trata de un capitán y dos marineros?
—Probablemente —respondió lord Glenarvan.
—Confieso francamente a Vuestro Honor —repuso el capitán—, que la siguiente palabra graus es para mí ininteligible. No sé cómo traducirla. Acaso nos la haga comprender el tercer documento. En cuanto a las dos últimas palabras se explican sin dificultad alguna. Bring ihnen significa prestadles, y si estos dos vocablos se acercan al inglés que se encuentra como ellos en la séptima línea del primer documento, es decir, a la palabra assistance, la frase prestadles socorro se comprende naturalmente.
—¡Sí, prestadles socorro! —dijo Glenarvan—. Pero ¿dónde se hallan esos desgraciados? Hasta ahora no tenemos una sola indicación de lugar, y el teatro de la catástrofe es absolutamente desconocido.
—Es de creer que el documento francés sea más explícito —dijo lady Elena.
—Veamos el documento francés —respondió Glenarvan—, y como se trata de una lengua que todos conocemos, nuestras investigaciones serán más fáciles.
He aquí el facsímil exacto del tercer documento.

—¡Hay cifras! —exclamó lady Elena—. ¡Mirad, señores! ¡Mirad!
—Procedamos con orden —dijo lord Glenarvan—, y empecemos por el principio. Permitidme analizar una a una estas palabras dispersas e incompletas. Lo primero que veo es que se trata de un buque de tres palos, cuyo nombre, gracias a los documentos inglés y francés, sabemos que es Britannia. La última de las dos palabras siguientes, gonie y austral, es la única que tiene una significación que comprendemos todos.
—Pues es un dato precioso —respondió John Mangles—; el naufragio ha ocurrido en el hemisferio austral.
—Lo que es muy vago —dijo el mayor.
—Prosigo —añadió Glenarvan—. ¡Ah! La palabra abor, radical del verbo abordar. Los desgraciados han abordado en alguna parte. ¿Pero dónde? ¡Contin! ¿En un continente? ¡Cruel!
—¡Cruel! —exclamó John Mangles—. Ya tenemos explicada la palabra alemana graus..., grausam..., cruel.
—¡Adelante! —dijo Glenarvan, cuya ansiedad aumentaba a medida que iba encontrando el sentido de las palabras incompletas—. Indi... ¿Será la India el país a que han sido arrojados los desventurados náufragos? ¿Qué significa la palabra ongit? ¡Ah! ¡Longitud! Y he aquí la latitud: treinta y siete grados once minutos. En fin, tenemos ya una indicación preciosa.
—Pero desconocemos la longitud —dijo Mac Nabbs.
—No se puede tener todo, mi querido mayor —respondió Glenarvan—, y algo tenemos conociendo el grado exacto de latitud. Decididamente, el más completo de los tres documentos es el francés. Es evidente que el uno era la traducción literal del otro, pues contienen todos el mismo número de líneas. Ahora es, pues, preciso reunir los tres, traducirlos a una sola lengua y buscar el sentido más probable, más lógico y explícito.
—¿Vais —preguntó el mayor— a hacer la traducción en francés, en inglés o en alemán?
—En francés —respondió Glenarvan—, ya que en francés están la mayor parte de las palabras interesantes que se han conservado.
—Vuestro Honor tiene razón —dijo John Mangles—, y además, con el francés estamos familiarizados todos.
—Convenido. Voy a escribir el documento reuniendo estos restos de palabras y frases truncadas, respetando los intervalos que las separan y empleando aquellas cuyo sentido no puede ser dudoso. Después compararemos y juzgaremos.
Glenarvan tomó la pluma, y poco después presentó a sus amigos un papel en que había trazado las siguientes líneas:
En aquel momento un marinero manifestó al capitán que el Duncan entraba en el golfo de Clyde, y que esperaba sus órdenes.
—¿Cuáles son los deseos de Vuestro Honor? —preguntó John Mangles a Glenarvan.
—Llegar a Dumbarton cuanto antes, John, y mientras lady Elena vuelve a Malcolm Castle, me trasladaré yo a Londres para presentar este documento al Almirantazgo.
John Mangles dio las órdenes oportunas, y el marinero las transmitió al segundo.
—Ahora, amigos —dijo Glenarvan—, continuemos nuestras investigaciones. Estamos siguiendo las huellas a una gran catástrofe. De nuestra sagacidad depende la vida de algunos hombres. Empleemos toda nuestra inteligencia en encontrar la clave de este enigma.
—Estamos prontos, mi querido Edward —respondió lady Elena.
—Tres cosas bien distintas —repuso Glenarvan— hay que considerar en este documento; 1.o, lo que se sabe; 2.o, lo que se puede conjeturar, y 3.o, lo que se ignora absolutamente. ¿Qué sabemos? Sabemos que el 7 de junio de 1862 un buque de tres palos, corbeta o fragata, la Britannia, de Glasgow, zozobró; que dos marineros y el capitán arrojaron este documento al mar a los 37° 11’ de latitud, y que piden auxilio.
—Perfectamente —dijo el mayor.
—¿Qué podemos conjeturar? —prosiguió Glenarvan—. Que el naufragio ocurrió en los mares australes, y luego llamaré vuestra atención sobre la palabra gonia que parece indicar por sí sola el nombre del país a que pertenece.
—¡La Patagonia! —exclamó lady Elena.
—Sin duda.
—¿Pero la Patagonia está atravesada por el 37° paralelo? —preguntó el mayor.
—Vamos a verlo —respondió John Mangles sacando un mapa de América meridional—. El paralelo 37° toca de refilón la Patagonia, corta la Araucania, sigue atravesando las pampas, el norte de las sierras patagónicas y se pierde en el Atlántico.
—Bien. Continuemos nuestras conjeturas. Los dos marineros y el capitán abor... ¿Abordan qué? Contin..., el continente; fijad bien vuestra atención, un continente, no es una isla. ¿Qué es de ellos? Tenemos dos letras providenciales pr..., que os dicen cuál es su suerte. Los desgraciados están presos o prisioneros. ¿De quién? De crueles indios. ¿Estáis convencidos? ¿En los espacios vacíos no parece que se colocan por sí solas las palabras con que los llenamos? ¿No veis ya disipadas en su mayor parte las tinieblas que oscurecían el documento? ¿No se ha derramado sobre él gran acopio de luz?
Glenarvan hablaba con convicción. Se leía en sus ojos una confianza absoluta, y su entusiasmo se comunicó a su auditorio.
—¡Es evidente! ¡Es evidente! —exclamaron todos.
Lord Edward, después de una pausa, dijo:
—Todas estas hipótesis, amigos míos, me parecen muy plausibles. La catástrofe, en mi concepto, ha ocurrido en las costas de la Patagonia. Para mayor seguridad, haré averiguar en Glasgow cuál era el destino del Britannia, y sabremos si pudo ser arrastrado a aquellas aguas.
—¡Oh! No tenemos necesidad de ir a preguntar tan lejos —respondió John Mangles—. Tengo aquí la colección de la Mercantile and Shipping Gazette, que nos suministrará indicaciones precisas.
—¡Veamos! ¡Veamos! —dijo lady Glenarvan.
John Mangles tomó un lío de periódicos del año 1862 y empezó a hojearlos rápidamente. No tuvo que estar buscando mucho rato, pues muy pronto dijo con acento de satisfacción:
—¡Treinta de mayo de 1862! ¡Perú! ¡El Callao, a la carga para Glasgow, la fragata Britannia, capitán Grant!
—¡Grant! —exclamó lord Glenarvan—. ¡El valiente escocés que quiso fundar una Nueva Escocia en los mares del Pacífico!
—Sí —respondió John Mangles—. El mismo que en 1861 se embarcó en Glasgow en la Britannia, y del cual no se ha vuelto a tener noticia alguna.
—¡No cabe duda! ¡No cabe duda! —dijo Glenarvan—. Él es. La Britannia salió de El Callao el 30 de mayo, y el 7 de junio, ocho días después de zarpar de aquel puerto, se perdió en las costas de la Patagonia. He aquí su historia toda entera en estas palabras truncadas que parecían indescifrables. Ya lo veis, amigos míos; nuestras conjeturas eran importantes. En cuanto a lo que no sabemos, se reduce únicamente al grado de longitud.
—No nos hace ninguna falta —respondió John Mangles—, puesto que el país es conocido, con la latitud sola no tendría ningún inconveniente en encargarme de ir derecho al teatro del naufragio.
—¿Lo sabemos, pues, todo? —dijo lady Glenarvan.
—Todo, mi querida Elena; y los espacios que el mar ha dejado en blanco entre las palabras del documento se llenarán sin dificultad, como voy a hacerlo, y con tanta exactitud como si el propio capitán Grant dictase.
«El 7 de junio de 1862, la fragata Britannia de Glasgow zozobró en las costas de la Patagonia en el hemisferio austral. Dirigiéndose a tierra, dos marineros y el capitán Grant intentaron abordar el continente donde fueron hechos prisioneros de unos crueles indios.
Han arrojado este documento a los grados de longitud y 37° 11’ de latitud.
Socorredles o están perdidos.»
—¡Bien! ¡Bien, mi querido Edward! —dijo lady Elena—. Si esos desgraciados vuelven a su patria, a vos deberán esta inefable dicha.
—Volverán —exclamó Edward—. Este documento es demasiado explícito, demasiado claro y demasiado cierto para que vacile Inglaterra en volar al socorro de tres de sus hijos abandonados en una costa desierta. Lo que ha hecho por Franklin y tantos otros, lo hará también por los náufragos de la Britannia.
—Pero esos pobres desgraciados —repuso entonces lady Elena— tienen sin duda una familia que llora su desventura. Tal vez ese pobre capitán Grant tiene una mujer, tiene hijos...
—Tenéis razón, mi querida lady, yo me encargo de hacer llegar a su conocimiento que no está aún perdida toda su esperanza. Ahora, amigos míos, subamos a la toldilla, porque debemos estar cerca del puerto.

En efecto, el Duncan había forzado el vapor, y en aquel momento costeaba la isla de Bute, dejando a estribor Rothesay, con su encantadora ciudad acostada en su fértil valle. Después entró en el golfo, evolucionó delante de Greenock, y a las seis de la tarde fondeó al pie de la roca basáltica de Dumbarton, coronada por el célebre castillo de Wallace, el héroe querido de Escocia.
Allí, un coche de camino aguardaba a lady Elena para llevarla a Malcolm Castle, con el mayor Mac Nabbs. Después de abrazar a su esposa, lord Glenarvan partió hacia Londres en el tren directo de Glasgow.
Pero antes de marchar había confiado una nota importante a otro agente más rápido, y el telégrafo eléctrico, pocos momentos después, comunicaba al Times y al Morning Chronicle el siguiente anuncio que insertaron en sus columnas:
«Para adquirir algunos datos sobre el paradero de la fragata Britannia, de Glasgow, y su capitán Grant, dirigirse a lord Glenarvan, Malcolm Castle, Luss, condado de Dumbarton, Escocia.»

III
MALCOLM CASTLE
El castillo de Malcolm, uno de los más poéticos de los Highlands1, está situado cerca de la aldea de Luss, dominando una pintoresca vega. Las cristalinas aguas del lago Lomond bañan el granito de sus muros. Desde tiempo inmemorial pertenecía a la familia de Glenarvan, la cual conservó en el país de Rob Roy y de Fergus Mac Gregor las costumbres hospitalarias de los antiguos héroes de Walter Scott. En la época en que se llevó a cabo en Escocia la revolución, fueron despedidos numerosos vasallos que no podían pagar crecidos arrendamientos a antiguos señores o jefes de clanes2, y unos murieron de hambre, otros se hicieron pescadores y otros emigraron. La desesperación era general. Los Glenarvan fueron los únicos que creyeron que los contratos ligaban lo mismo a los grandes que a los pequeños, y conservaron sus enfiteutos y arrendatarios, sin que ni uno solo de éstos tuviese que abandonar el techo que le vio nacer y la tierra en que reposaban las cenizas de sus antepasados. Todos permanecieron en el clan de los antiguos señores. Así es que en la misma época reciente a que se refiere la historia que estamos narrando, en este mismo siglo de desunión y desafecto, la familia Glenarvan, lo mismo en el castillo de Malcolm que a bordo del Duncan, no tenía a su servicio más que a escoceses, descendientes todos de los vasallos de Mac Gregor, de Mac Farlane, de Mac Nabbs, de Mac Neughtons, es decir, que eran hijos de los condados de Stirling y de Dumbarton, todos hombres honrados, adictos a su señor en cuerpo y alma, habiendo entre ellos algunos que hablaban aún el gaélico de la antigua Caledonia.
Lord Glenarvan poseía una fortuna inmensa, que empleaba en hacer el mayor bien posible. Su bondad era aún superior a su generosidad, porque ésta había necesariamente de tener algún límite, mientras que aquélla era infinita. El señor de Luss, el laird de Malcolm, representaba a su condado en la Cámara de los Lores. Pero con sus ideas jacobinas, cuidándose poco de captarse las sonrisas de la casa de Hannover, era mal visto por los hombres de Estado de Inglaterra que no podían perdonarle su adhesión a las tradiciones de sus abuelos y la enérgica resistencia que oponía a las usurpaciones políticas de los del Sur.
No era, sin embargo, lord Edward Glenarvan un retrógrado, ni un estacionario, ni un pobre de espíritu, ni un hombre de escasa inteligencia; pero al mismo tiempo que tenía abiertas de par en par las puertas de su condado a todos los progresos, era escocés en el fondo de su alma, y por la gloria de Escocia iba a luchar con sus yates en los matches y regatas del Royal Thames Yacht Club.
Edward Glenarvan tenía 32 años. Era de elevada estatura y de facciones algo severas, pero había en su mirada una dulzura infinita, y llevaba en toda su persona el sello de la poesía irlandesa. Se sabía que era valiente hasta lo sumo, emprendedor, caballeresco, un Fergus del siglo XIX, pero sobre todo bondadoso, mejor que el mismo san Martín, porque él hubiera dado su capa toda entera a los pobres de las tierras altas.
Hacía apenas tres meses que lord Glenarvan había contraído matrimonio. Dio la mano de esposo a Miss Elena Tuffnel, la hija del gran viajero William Tuffnel, otra de las numerosas víctimas de la ciencia geográfica y de la pasión de los descubrimientos.
Miss Elena no pertenecía a una familia noble, pero era escocesa, lo que para lord Glenarvan valía más que todas las noblezas del mundo. Era una joven encantadora, denodada, adicta, y el señor de Luss hizo de ella la compañera de su vida. La encontró un día viviendo sola, huérfana, casi sin fortuna, en la casa de su padre, en Kilpetrick; comprendió que sería una excelente esposa, y se casó con ella. Miss Elena tenía veintidós años; era una joven rubia, cuyos ojos habían tomado el azul sereno de los lagos escoceses en una hermosa mañana de primavera. Por reconocida que estuviese a su marido, su amor, que era una verdadera adoración, superaba a su reconocimiento. Lo amaba como si ella hubiese sido la opulenta heredera y él el huérfano abandonado. En cuanto a sus arrendatarios y servidores, estaban todos dispuestos a dar la vida por la que ellos llamaban nuestra buena señora de Luss.
Lord Glenarvan y lady Elena vivían felices en Malcolm Castle en medio de aquella soberbia y salvaje naturaleza de los Highlands, paseándose bajo las sombrías arboledas de castaños y sicómoros, a orillas del lago en que resonaban aún los pibrocs3 de los antiguos tiempos, en el fondo de aquellas gargantas incultas en que la historia de Escocia está escrita en ruinas seculares. Un día se extraviaban por las alamedas y pinares, en medio de vastos campos de brezos amarillos; otro día trepaban hasta las escabrosas cimas de Bem Lomond, o atravesaban a caballo solitarios valles, estudiando, comprendiendo, admirando aquella poética comarca llamada aún el país de Rob Roy, y todos aquellos sitios célebres, tan magistralmente contados por el inmortal Walter Scott. A la caída de la tarde, cuando se encendía en el horizonte el faro de Mac Partene, vagaban por la antigua galería circular que formaba un collar de almenas alrededor del castillo de Malcolm, y allí, pensativos, abstraídos, olvidados, y como solos en el mundo, sentados en alguna piedra, en medio del silencio de la Naturaleza, a la pálida luz de la luna, en tanto que la noche iba encapotando poco a poco los picos de las montañas, permanecían sumidos en ese éxtasis delicioso, en este encanto íntimo cuyo secreto en la tierra poseen únicamente los corazones amantes.

Así pasaron los primeros meses de su matrimonio. Pero lord Glenarvan no olvidaba que su esposa era hija de un gran navegante, y calculó que lady Elena debía alimentar en su corazón las aspiraciones de su padre. No se engañaba. Construyóse el Duncan expresamente para llevar a lord y lady Glenarvan a los más hermosos países del mundo, a las costas del Mediterráneo, y hasta a las islas del Archipiélago. ¡Cuál no sería la alegría de lady Elena cuando su marido puso el Duncan a su disposición! En efecto, ¿qué felicidad podía haber comparable a la de pasear su amor por las encantadoras comarcas de Grecia, y ver nacer la luna de miel en las pintorescas playas de Oriente?

Lord Glenarvan había, sin embargo, partido para Londres. Reconociendo por causa de su momentánea ausencia el deseo de salvar a unos desventurados náufragos, lady Elena no se manifestó por ello más impaciente que afligida. Al día siguiente, recibió una carta de su marido anunciándole su próximo regreso, pero en otra carta que recibió más tarde, dijo el noble lord que tenía necesidad de una prórroga, porque sus gestiones tropezaban con algunas dificultades, y al otro día, en un telegrama, no ocultaba lo poco satisfecho que estaba del Almirantazgo.
Lady Elena empezó aquel día a inquietarse. Por la tarde, hallándose sola en su gabinete, vio entrar a Monsieur Halbest, intendente del castillo, el cual le preguntó si tendría a bien recibir a dos jóvenes que deseaban hablar a lord Glenarvan.
—¿Son gentes del país? —preguntó lady Elena.
—No, señora —respondió el intendente—, porque no les conozco. Acaban de llegar por el ferrocarril de Belloch, y de Belloch a Luss han hecho el viaje a pie.
—Decidles que tengan la bondad de subir, Halbest —dijo lady Glenarvan.
El intendente salió. Pocos instantes después fueron introducidos en el gabinete de lady Elena dos jóvenes de distinto sexo. Eran dos hermanos, como lo decía muy bien su parecido. La joven tenía dieciséis años. Su bellísimo rostro, algo fatigado; sus ojos, que sin duda habían llorado mucho; su fisonomía triste, pero resignada y valerosa; su traje muy limpio, aunque muy modesto; todo prevenía en su favor. Daba la mano a un niño de doce años, de continente decidido, que tan niño como era, parecía tomar a su hermana bajo su custodia, y la verdad es que cualquiera que hubiera faltado en lo más mínimo a la interesante joven habría tenido que habérselas con él.
La hermana quedó algo cortada al hallarse delante de lady Elena. Ésta, al ver su turbación, se apresuró a tomar la palabra.
—¿Deseabais hablarme? —dijo alentando a la joven con su dulcísima mirada.
—No —respondió el niño resueltamente—, no a vos, sino al mismo lord Glenarvan.
—Lord Glenarvan no está en el castillo —contestó lady Elena—, pero yo soy su esposa, y si puedo remplazarle en el asunto que os trae...
—¿Sois lady Glenarvan? —preguntó la joven.
—Sí, Miss.
—¿La esposa de lord Glenarvan de Malcolm Castle, que ha publicado en el Times una nota relativa al naufragio de la Britannia?
—¡Sí, sí! —respondió lady Elena apresuradamente—. ¿Y vos?
—Yo soy Miss Grant, señora; y ved aquí a mi hermano.
—¡Miss Grant! ¡Miss Grant! —exclamó lady Elena, y atrayendo hacia sí a la joven la cogió de las manos y besó las frescas mejillas del niño.
—Señora —dijo la joven—, ¿qué sabéis del naufragio de mi padre? ¿Mi padre vive? ¿Le volveremos a ver? Hablad, os lo suplico.
—Hija mía —dijo lady Elena—, líbreme Dios en semejantes circunstancias de responderos con ligereza, no quisiera daros una esperanza ilusoria...
—¡Hablad, señora, hablad! El hábito de sufrir me ha fortalecido contra el dolor y puedo oírlo todo.
—Hija mía —respondió lady Elena—, la esperanza es muy débil; pero con la ayuda de Dios, que todo lo puede, es posible que volváis a ver un día a vuestro padre.
—¡Dios mío, Dios mío! —exclamó Miss Grant sin poder reprimir sus lágrimas, mientras Roberto cubría de besos las manos de lady Glenarvan.
Pasado el primer arrebato de aquella dolorosa alegría, la joven empezó a hacer preguntas y más preguntas; lady Elena le contó la historia del documento: cómo la Britannia se había perdido en las costas de la Patagonia; de qué manera, después del naufragio, el capitán y dos marineros, únicos que sobrevivieron, debían haber ganado el continente, y, por último, cómo aquellos desgraciados imploraban el auxilio del mundo entero en un documento escrito en tres lenguas y abandonado a los caprichos del océano.
Durante la narración, Roberto Grant devoraba con los ojos a lady Elena, de cuyos labios estaba suspendida su vida; su imaginación infantil trazaba las terribles escenas de que su padre debió de ser víctima, le veía en la cubierta de la Britannia; le seguía en el regazo de las olas, se agarraba con él a las rocas de la costa, hincando en ellas las uñas, y se arrastraba jadeando por la arena y fuera del alcance de las olas. A pesar suyo, durante la narración escaparon muchas veces palabras de su boca.

—Yo soy Miss Grant, señora, y ved aquí a mi hermano.
—¡Oh, papá! ¡Mi pobre papá! —exclamó abrazando estrechamente a su hermana.
Miss Grant escuchaba juntando las manos, y no pronunció una sola palabra hasta que hubo terminado el relato. Entonces dijo:
—¡Oh, señora! ¡El documento, el documento!
—No lo tengo, hija mía —respondió lady Elena.
—¿No lo tenéis ya?
—No; en interés de vuestro padre, lord Glenarvan lo ha llevado a Londres, pero ya os he dicho palabra por palabra todo su contenido, y cómo hemos llegado a averiguar su sentido exacto. Las olas, que han truncado y borrado algunas frases, han respetado algunas letras, pero desgraciadamente la longitud...
—¡Nos pasaremos sin ella! —exclamó el niño.
—Sí, caballero Roberto —respondió lady Elena, sonriéndose al verle tan resuelto—. Así, pues, ya lo veis, Miss Grant, sabéis tanto del documento como yo, habiendo puesto en vuestro conocimiento todos sus pormenores.
—Sí, señora —respondió la joven—, pero hubiera querido ver la letra de mi padre.
—Pues bien, mañana, mañana tal vez esté aquí de vuelta lord Glenarvan. Mi esposo, provisto del incontestable documento, ha querido someterlo a la comisión permanente del Almirantazgo, para inducirle a enviar inmediatamente un buque en busca del capitán Grant.
—¿Es posible, señora? —exclamó la joven—. ¿Todo eso habéis hecho por nosotros?
—Sí, mi querida Miss, y espero a lord Glenarvan de un momento a otro.
—¡Señora! —dijo la joven con religioso fervor y un profundo acento de reconocimiento—. ¡Que lord Glenarvan y vos seáis benditos del cielo!
—Hija mía —respondió lady Elena—, no merecemos que nos deis las gracias; cualquier otro en nuestro lugar hubiera hecho lo mismo que nosotros. ¡Ojalá se realicen las esperanzas que os he dejado concebir! Hasta que vuelva lord Glenarvan, permaneceréis en el castillo...
—Señora —respondió la joven—, no quisiera abusar de la simpatía que os inspiran unos extraños...
—¡Extraños, hija mía! Ni vuestro hermano ni vos sois extraños en esta casa, y quiero que lord Glenarvan, apenas llegue, tenga el gusto de dar a conocer a los hijos del capitán Grant lo que se va a intentar para la salvación de su padre.
No era posible rehusar tan cordial ofrecimiento, por lo que Miss Grant y su hermano quedaron aguardando en Malcolm Castle que lord Glenarvan estuviese de vuelta.
IV
UNA PROPOSICIÓN DE LADY GLENARVAN
Durante la conversación precedente, lady Elena no había hablado de los temores que en sus cartas o telegramas revelaba lord Glenarvan respecto de la acogida que había merecido su petición a la comisión permanente del Almirantazgo. Ni una palabra dijo acerca del probable cautiverio del capitán Grant entre los indios de América meridional. ¿A qué hubiera conducido contristar a aquellas pobres criaturas con la situación de su padre y disminuir la esperanza que acababan de concebir? Esto en nada modificaba el estado de cosas. Lady Glenarvan, pues, guardaba silencio sobre el particular, y después de contestar a todas las preguntas de Miss Grant, la interrogó a su vez sobre su vida y su situación en el mundo en que parecía ser ella la única protectora de su hermano.
La historia de la joven era patética y sencilla, y aumentó la espontánea simpatía que a lady Glenarvan había inspirado desde un principio la interesante huérfana.
Miss Mary y Roberto Grant eran los únicos hijos del capitán Harry Grant, el cual había perdido a su esposa al nacer Roberto, y durante sus largos viajes dejaba a sus hijos confiados a una buena anciana prima suya. El capitán Grant era un valiente marino, un hombre que sabía bien su oficio, buen navegante y buen negociante a la vez, reuniendo por consiguiente una doble aptitud que no tiene precio en los skippers de la marina mercante. Tenía su residencia en la ciudad de Dundee, condado de Perth, en Escocia. Era, pues, un hijo del país. Su padre, ministro de Sainte Katrhine Church, le había dado una educación completa, pensando que una buena educación no puede perjudicar a nadie, aunque sea un capitán de largas travesías.
Como segundo de a bordo, y después de su cualidad de skipper, en sus primeros viajes de ultramar, tuvieron buen éxito sus negocios, y algunos años después del nacimiento de Roberto, era Harry poseedor de una modesta fortuna.
Entonces concibió una gran idea que dio a su nombre popularidad en Escocia. Lo mismo que lord Glenarvan y algunas grandes familias de los Lowlands, estaba, ya que no de hecho, de corazón separado de la invasora Inglaterra. Los intereses de su país no podían en su concepto hermanarse con los de los anglosajones, y para darles un desarrollo personal resolvió fundar una gran colonia escocesa en uno de los continentes de Oceanía. ¿Soñaba para el porvenir con la independencia de la que habían dado ejemplo los Estados Unidos, y que las Indias y Australia no pueden dejar de conquistar también tarde o temprano? Es posible, y posible es también que dejase traslucir sus proyectos y secretas esperanzas. Era, pues, natural que el Gobierno se negase a favorecer sus planes de colonización, y en efecto, no sólo se negó a prestarle apoyo, sino que le creó dificultades que en cualquier otro país hubieran acabado con un hombre. Pero Harry no se dejó abatir; hizo un llamamiento al patriotismo de sus compatriotas, puso su fortuna al servicio de su causa, construyó un buque, y con una tripulación arrojadísima, después de haber confiado sus hijos al cariño y bondad de su anciana prima, partió para explorar las grandes islas del Pacífico. Esto sucedió en 1861. No se tuvieron noticias de él hasta mayo de 1862, pero desde el mes de junio, en que salió de El Callao, nunca más se oyó hablar de la Britannia, y la Gaceta Marítima no hizo ni una sola mención de la suerte del capitán.
En estas circunstancias murió la anciana prima de Harry Grant, y los dos niños quedaron solos en el mundo.
Mary Grant tenía entonces catorce años. Su alma fuerte no retrocedió ante la situación que le había creado la adversidad, y se dedicó completamente a su tierno hermano. Era preciso educarle e instruirle. A fuerza de economías, de prudencia y de sagacidad, trabajando día y noche, dándose enteramente a él y negándose a sí misma, la hermana bastó al hermano, y cumplió valerosamente sus deberes maternales.
Los dos hermanos vivían en Dundee, en la patética situación de una miseria noblemente aceptada, pero valerosamente combatida. Mary no pensaba más que en su hermano, soñaba para él un dichoso porvenir. Para ella no soñaba nunca. Para ella, ¡ay!, la Britannia se había perdido y su padre había muerto. Es imposible, pues, pintar la conmoción que experimentó cuando el anuncio del Times, que la casualidad puso a su vista, la arrancó súbitamente de su desesperación.
Tomó inmediatamente su partido sin vacilación alguna. Aunque le dijeran que se había encontrado el cuerpo del capitán Grant en una playa desierta o en el fondo de un buque abandonado, la noticia había de ser menos cruel que la incesante duda, el eterno tormento de la incertidumbre.
Se lo dijo todo a su hermano. Aquel mismo día, los dos jóvenes tomaron el ferrocarril de Perth, y llegaron por la tarde a Malcolm Castle, donde después de tantas angustias, empezó Mary a concebir algunas esperanzas.
Tal fue la dolorosa historia que refirió Mary Grant a lady Glenarvan, y se la refirió con la mayor sencillez, sin pensar siquiera que en lo que había hecho, en sus largos años de prueba, se había conducido como una verdadera heroína. Pero lady Elena lo pensó por ella, y varias veces, sin ocultar sus lágrimas estrechó en sus brazos a los dos hijos del capitán Grant.
Parecía que Roberto oía aquella historia por primera vez, abría desmesuradamente los ojos escuchando a su hermana; comprendió todo lo que por él había hecho, todo lo que por él había sufrido, y, por fin, abrazando a su hermana, dijo:
—¡Ah! ¡Mamá! ¡Mi querida mamá! —exclamó sin poder contener aquel grito que salía de lo más profundo de su corazón.
Durante esta conversación la noche había cerrado completamente. Lady Elena, teniendo en cuenta el cansancio de las dos pobres criaturas, no quiso prolongar más la conversación, y los mandó conducir a sus habitaciones, donde se durmieron y soñaron en un porvenir mejor.
Apenas salieron, lady Elena llamó al mayor, y le refirió todos los incidentes de aquella tarde.
—¡Virtuosa joven es Mary Grant! —dijo Mac Nabbs, después de oír a su prima.
—¡Quiera el cielo que mi esposo obtenga un buen resultado! —respondió lady Elena—. Si no lo obtuviese, la situación de esas dos criaturas sería horrible.
—Lo obtendrá —replicó Mac Nabbs—, como los Lores del Almirantazgo no tengan el corazón más duro que la piedra de Portland.
A pesar de las seguridades del mayor, lady Elena pasó la noche llena de desconfianza, sin poder conciliar el sueño un instante.

Al día siguiente Mary Grant y su hermano se levantaron al rayar el alba; se paseaban por el gran patio del castillo, cuando oyeron el ruido de un carruaje. Lord Glenarvan volvía a Malcolm Castle a todo escape. Inmediatamente lady Elena, acompañada del mayor, apareció en el patio y corrió a recibir a su esposo.
Éste pareció estar triste, desazonado, furioso. Abrazaba a su esposa y callaba.
—¿Y bien, Edward? —exclamó lady Elena.
—¡Mi querida Elena! —respondió lord Glenarvan—. ¡Esos hombres no tienen corazón!
—¿Se han negado?
—¡Sí! Se han negado a enviar un buque. ¡Han hablado de los millones gastados inútilmente para descubrir el paradero de Franklin! ¡Han calificado el documento de oscuro e ininteligible! ¡Han dicho que la pérdida de esos pobres desgraciados data ya de dos años, y que había pocas probabilidades de encontrarlos! ¡Han sostenido que prisioneros de los indios, habrán sido conducidos tierra adentro, y que no es cosa de registrar toda la Patagonia para buscar tres hombres —¡tres escoceses!—, y que las investigaciones serían vanas y peligrosas y que el número de víctimas que costarían sería mayor que el que se podría salvar con ellas! En fin, han dado todas las malas razones que sugiere la falta de voluntad de hacer algo. ¡Recuerdan los proyectos del capitán, y el desgraciado Grant está perdido para siempre!
—¡Mi padre! ¡Mi pobre padre! —exclamó Mary echándose de rodillas a los pies de lord Glenarvan.
—¡Vuestro padre! ¡Cómo! Miss... —dijo el lord sorprendido, viendo a sus pies a aquella joven.
—Sí, Edward; Miss Mary y su hermano —respondió lady Elena—. Los dos hijos del capitán Grant, a quienes el Almirantazgo condena a quedarse huérfanos.

¡Mi padre! —exclamó Mary.
—¡Ah! Miss —repuso lord Glenarvan, levantando a la joven—. Si hubiese sabido que estabais presente...
No dijo más. Un penoso silencio, que interrumpían los sollozos, reinaba en el patio. Nadie levantaba la voz, ni lord Glenarvan, ni lady Elena, ni el mayor ni la servidumbre del castillo colocada silenciosamente alrededor de sus señores. Pero todos aquellos escoceses protestaban con su actitud contra la conducta del Gobierno inglés.
Pasados algunos momentos, el mayor tomó la palabra, y dirigiéndose a lord Glenarvan, le dijo:
—¿No queda, pues, ninguna esperanza?
—Ninguna.
—Pues bien —exclamó el joven Roberto—, yo iré a buscar a esas gentes y..., veremos.
Roberto no acabó sus amenazas, porque su hermana le detuvo; pero sus puños cerrados revelaban intenciones poco pacíficas.
—¡No, Roberto, no! —dijo Mary Grant—. Demos gracias a estos buenos señores por lo que han hecho por nosotros, quedémosles eternamente reconocidos, y partamos.
—¡Mary! —exclamó lady Elena.
—¿A dónde queréis ir? —dijo lord Glenarvan.
—Voy a echarme a los pies de la reina —respondió la joven—, y veremos si es sorda a las súplicas de los hijos que le piden la vida de su padre.
Lord Glenarvan movió la cabeza, no porque dudara del buen corazón de Su Graciosa Majestad, sino porque sabía que Mary Grant no podría llegar hasta ella. Los que suplican llegan rara vez a las gradas de un trono, y parece que sobre la puerta de los palacios reales está escrita la advertencia que los ingleses ponen en la rueda de los timones de sus buques:
Passagers are requested not to speak the man at the wheel 1.
Lady Elena había comprendido el pensamiento de su esposo. Sabía que la joven iba a practicar una gestión inútil, y que los dos pobres hermanos arrastrarían en lo sucesivo una existencia desesperada. Concibió entonces una idea grande y generosa.
—¡Mary Grant! —exclamó—. Esperad, hija mía, y escuchad lo que voy a decir.
La joven, que tenía a Roberto cogido de la mano disponiéndose a partir, se detuvo.
Entonces lady Elena, con los ojos llenos de lágrimas, pero con voz firme y facciones animadas, se acercó a su esposo.
—Edward —le dijo—, el capitán Grant, al escribir y echar al mar su carta, la confiaba al cuidado del mismo Dios. Dios nos la ha enviado a nosotros. Sin duda Dios ha querido que nos encargásemos nosotros de la salvación de esos desgraciados.
—¿Qué queréis decir, Elena? —preguntó lord Glenarvan.
Reinaba un profundo silencio.
—Quiero decir —continuó lady Elena— que debemos considerar como una gran dicha el poder empezar con una buena acción la vida de matrimonio. Vos, mi querido Edward, habéis proyectado para complacerme un viaje de recreo. ¿Pero qué más recreo, qué más placer que el de salvar a esos desventurados a quienes abandona su patria?
—¡Elena! —exclamó lord Glenarvan.
—¡Sí, me comprendéis, Edward! El Duncan es un magnífico buque; puede arrostrar los mares del Sur, puede dar la vuelta al mundo, y la dará en caso necesario. ¡Partamos, Edward! ¡Vamos a buscar al capitán Grant!
Al oír tan dignas palabras, lord Glenarvan tendió los brazos a su esposa, y mientras él la estrechaba contra su corazón, Mary y Roberto le besaban las manos.
Y durante aquella patética escena, la servidumbre del castillo, conmovida y entusiasmada, lanzó este grito de reconocimiento, salido del corazón:
—¡Hurra por la señora de Luss! ¡Hurra! ¡Tres veces hurra por lord y lady Glenarvan!
V
LA PARTIDA DEL DUNCAN
Ya hemos dicho que lady Elena estaba dotada de un alma fuerte y generosa, y en verdad que lo que acababa de hacer, era de ello una prueba incontestable. Lord Glenarvan estaba con razón orgulloso de aquella mujer tan capaz de comprenderle y seguirle. El propósito de ir a buscar al capitán Grant se había apoderado ya de su mente cuando vio en Londres rechazada su demanda, y si no se había anticipado a lady Elena, fue sólo porque le repugnaba demasiado la idea de separarse de ella. Pero desde el momento en que lady Elena deseaba partir, todas las vacilaciones cesaron. Los criados del castillo habían saludado con entusiasmo la proposición, pues se trataba de la salvación de hermanos, de escoceses como ellos, y lord Glenarvan unió cordialmente su voz a las aclamaciones con que fue vitoreada la señora de Luss.
Habiendo resuelto marchar, no había que perder tiempo. Aquel mismo día, lord Glenarvan mandó a John Mangles pasar con el Duncan a Glasgow, haciendo todos los preparativos para un viaje a los mares del Sur que podía muy bien convertirse en un viaje de circunnavegación. Además, lady Elena, cuando formuló su proposición, no había exagerado las cualidades marineras del Duncan, construido con notables condiciones de solidez y velocidad, que le permitían lanzarse con buen éxito a los más largos viajes.
Era el Duncan un yate de vapor elegantemente cortado, del porte de 210 toneladas. Los primeros buques que llegaron al Nuevo Mundo, los de Colón, Vespucio, Pinzón, Magallanes, eran de menos dimensiones1.
El Duncan tenía dos palos; el trinquete, con su mayor, velacho, juanete y sobrejuanete, y el mayor, con mesana y balastrilla, y además, el correspondiente bauprés con sus foques, perifoques y petifoques, sin contar las alas y arrastraderas con que se podían prolongar las velas en caso necesario. Era, pues, su velamen suficiente, y le permitía aprovecharse del viento como un simple clipper, pero su principal agente de locomoción era la potencia mecánica que encerraba en sus flancos. Su máquina, de una fuerza efectiva de 160 caballos, estaba construida por un nuevo sistema. Poseía aparatos de calefacción que daban al vapor una tensión mayor que la ordinaria, era de alta presión y ponía en juego una doble hélice. El Duncan, a todo vapor, podía adquirir una velocidad superior a todas las obtenidas hasta entonces. En sus ensayos en el golfo del Clyde, había andado, según el patent-log2, 17 millas por hora3. Tal como era podía, pues, hacerse a la mar y dar la vuelta alrededor del mundo. John Mangles no tuvo que ocuparse más que de los arreglos interiores.
Su primer cuidado fue convertir en carboneras algunos pañoles más, para poder llevar la mayor cantidad posible de carbón, pues era difícil en el camino renovar las provisiones de combustible. La misma precaución tomó respecto a las despensas, y así pudo almacenar víveres para dos años. Tenía bastantes fondos a su disposición que le permitieron comprar un cañón giratorio que se colocó en la proa. Nadie sabía lo que podía suceder, y siempre es bueno poder enviar una bala de 8 a cuatro millas de distancia.
John Mangles, dicho sea de paso, era hombre que sabía dónde tenía la mano derecha. Aunque no mandaba más que un yate de recreo, no era un marino de tres al cuarto. En Glasgow, donde los buenos skippers no escasean, se le contaba entre los más diestros, más inteligentes y más resueltos. Tenía 30 años, y sus facciones, aunque algo severas y rudas, denotaban valor y bondad. Había nacido en el castillo, y la familia Glenarvan, que tomó a su cargo su educación e instrucción, hizo de él un excelente marino. John Mangles dio repetidas pruebas de habilidad, firmeza de carácter y sangre fría en algunos viajes transatlánticos. Cuando lord Glenarvan le ofreció el mando del Duncan lo aceptó con la mayor satisfacción porque quería como a un hermano al señor de Malcolm Castle, y buscaba una ocasión, que hasta entonces no había encontrado, de sacrificarse por él.
El segundo era Tom Austin, viejo marino digno de toda confianza. Incluyendo a éste y al capitán, la tripulación se componía de veinticinco hombres, pertenecientes todos al condado de Dumbarton, todos marineros consumados, hijos de arrendatarios de la familia que formaban a bordo un verdadero clan de honradas gentes a las cuales no faltaba nada, ni tan siquiera el piper-bag4 tradicional. Lord Glenarvan tenía una tripulación compuesta de hombres honrados, satisfechos de su oficio, adictos, valientes, hábiles en el manejo de las armas y en las maniobras de un buque, y capaces de acompañarle a las más peligrosas expediciones. Cuando la tripulación del Duncan supo dónde tenía que ir, no pudo contener su alegría, y los ecos de los peñascos de Dumbarton repitieron sus hurras entusiastas.
John Mangles, mientras se ocupaba de la estiba y abastecimiento de su buque, no olvidó las cámaras de lord y lady Glenarvan, y las dispuso como correspondían a personas tan distinguidas y queridas en un viaje que podía ser muy largo. Preparó igualmente los camarotes de los hijos del capitán Grant, pues lady Elena no pudo negar a Mary el permiso de seguirla a bordo del Duncan.
En cuanto a Roberto, si no le hubiesen dejado partir, se hubiera escondido en la sentina. Se hubiera embarcado aunque hubiese tenido, como Nelson y Franklin, que empezar a servir de grumete. No había medio de resistir a semejante hombrecito. Ni siquiera se pudo conseguir que se embarcase como pasajero, y se empeñó en servir de cualquier cosa, de grumete, aprendiz u hombre de proa. John Mangles se encargó de enseñarle el oficio.
—¡Bueno —dijo Roberto—, y no me escatime los disciplinazos5 si no ando derecho como Dios manda!
—Vive tranquilo, hijo mío —respondió Glenarvan, afectando hablar con formalidad, y sin decirle que las disciplinas estaban prohibidas a bordo del Duncan, donde, además, eran completamente inútiles.
Para completar el rol de pasajeros, bastará nombrar al mayor Mac Nabbs. Era éste un hombre de cincuenta años, de facciones tranquilas y regulares que iba donde le decían que fuese, de excelente índole, modesto, silencioso, pacífico y amable. De acuerdo siempre con todo el mundo, no discutía, no disputaba, ni se incomodaba nunca. Lo mismo que subía por la escalera de su cuarto, hubiera subido por una muralla batida en brecha, sin que nada en el mundo le conmoviese, ni turbase, ni una bala de cañón, y moriría probablemente sin haber encontrado en la vida una ocasión de encolerizarse. Mac Nabbs poseía en grado heroico, no sólo el valor físico, únicamente debido a la energía muscular, sino el valor moral, que es el que más vale, es decir, la firmeza del alma. Su único defecto, si tenía alguno, consistía en ser absolutamente escocés hasta la médula de los huesos, caledonio de sangre pura, rígido observador de las añejas tradiciones y costumbres de su país. Nunca quiso servir a Inglaterra, y el grado de mayor lo ganó en el regimiento 42 de los Highland Black Watch, guardia negra, cuyas compañías estaban únicamente formadas de nobles escoceses. Pero en su cualidad de primo de los Glenarvan, residía en el castillo de Malcolm, y en su calidad de mayor creyó muy natural embarcarse como pasajero en el Duncan.
Tal era el personal de aquel yate, llamado por circunstancias imprevistas a llevar a cabo uno de los viajes más sorprendentes de los tiempos modernos. Desde su llegada al Steamboat Quay de Glasgow, había monopolizado en su provecho la curiosidad pública. Una multitud considerable lo visitaba todos los días; él era el único buque que inspiraba interés, y no se hablaba más que de él, con no mucho contentamiento de los demás capitanes del puerto, entre otros el capitán Burton, que mandaba el Scotia, magnífico vapor anclado junto al Duncan, y próximo a zarpar para Calcuta. El Scotia, por sus dimensiones, tenía motivos para considerar al Duncan como un simple fly boat6. Eso no obstante, todo el interés se concentraba en el yate de lord Glenarvan, e iba en incesante aumento.
Se acercaba el momento de partir. John Mangles se había manifestado hábil y expeditivo. Un mes después de haber hecho sus pruebas en el golfo del Clyde, el Duncan, tripulado, estibado y provisto de todo podía hacerse a la mar. Se fijó la partida para el 25 de agosto, lo que permitiría al yate llegar a las latitudes australes a principios de primavera.
No dejó lord Glenarvan, apenas fue conocido su proyecto, de recibir, para quitárselo de la cabeza, algunas observaciones muy sensatas acerca de las fatigas y peligros del viaje; pero no hizo caso de ellas y se dispuso a salir de Malcolm Castle. De advertir es que muchos le admiraban sinceramente, al mismo tiempo que no le aprobaban. Además, la opinión pública se le declaró francamente propicia, y todos los periódicos, exceptuando los órganos del Gobierno, censuraron unánimemente la conducta de los comisarios del Almirantazgo. Lord Glenarvan fue tan insensible a los elogios como a los vituperios, porque tenía la conciencia del deber, y cumpliendo con éste, le importaba lo demás muy poco.
El 24 de agosto, Glenarvan, lady Elena, el mayor Mac Nabbs, Mary y Roberto Grant, Monsieur Olbinett, el stewart del yate y su mujer, Madame Olbinett, puesta al servicio de lady Glenarvan, salieron de Malcolm Castle, después de haber recibido un tierno adiós de los asociados de la familia. A las pocas horas estaban todos a bordo. La población de Glasgow acogió con simpática admiración a lady Elena, a la joven y valerosa señora que para volar al auxilio de unos infelices náufragos renunciaba a los tranquilos y fáciles goces de una vida opulenta.
Los departamentos de lord Glenarvan y su esposa ocupaban en la toldilla toda la popa del Duncan, y se componían de dos dormitorios, un salón y dos gabinetes para tocador. Después había una sala común con seis camarotes, de los cuales estaban cinco ocupados por Mary y Roberto Grant, Monsieur y Madame Olbinett, y el mayor Mac Nabbs. Los camarotes de John Mangles y Tom Austin estaban situados junto a la escotilla, muy cerca de la cubierta. La tripulación tenía sus coys en el entrepuente, y estaba muy cómodamente, porque el yate no tenía más cargamento que carbón, víveres y armas para su propio uso. No había, pues, John Mangles carecido de espacio de que disponer para los arreglos interiores, y se aprovechó de él de manera que no dejaba nada que desear.
El Duncan debía partir en la noche del 24 al 25 de agosto, con la marea descendente de las tres de la mañana. Pero antes la población de Glasgow fue testigo de una ceremonia conmovedora. A las ocho de la noche, lord Glenarvan y sus huéspedes, con toda la tripulación, desde los fogoneros al capitán, todos los que debían formar parte de aquel viaje filantrópico, pasaron desde el yate a Saint-Mungo, la antigua catedral de Glasgow. Aquella vieja iglesia, que quedó intacta en medio de las ruinas causadas por la reforma y que tan maravillosamente describe Walter Scott, recibió bajo sus bóvedas macizas a los pasajeros y tripulantes del Duncan. Les acompañaba una inmensa muchedumbre. En la espaciosa nave, llena de tumbas como un cementerio, el reverendo Morton imploró las bendiciones del Cielo y colocó la expedición bajo la salvaguarda de la Providencia. Hubo un momento en que resonó la voz de Mary Grant en la antigua iglesia. La joven rogaba por sus bienhechores y derramaba delante de Dios las dulces lágrimas del reconocimiento. Después se retiraron todos profundamente conmovidos.
A las once habían vuelto todos a bordo, donde John Mangles y la tripulación hicieron los últimos preparativos.
A medianoche se encendieron las calderas, y el capitán dio orden de activar mucho el fuego. Torrentes de humo negro condensaron los vapores de la noche. Las velas del Duncan fueron cuidadosamente envueltas en el estuche de tela que servía para resguardarlas del humo, porque el viento soplaba del Sudoeste y no podía favorecer la marcha del buque.
A las dos empezó el Duncan a estremecerse bajo la trepidación de sus calderas; el manómetro marcó una presión de cuatro atmósferas; el vapor empezó a silbar por las válvulas; estaba la marea tendida; el día permitía reconocer ya los pasos del Clyde entre las balizas y los biggings7 cuyos faros iban poco a poco cediendo su luz al alba naciente. Era el momento de partir.
John Mangles hizo prevenir a lord Glenarvan, y éste subió en seguida a cubierta.
Muy pronto se empezó a percibir el reflujo; el Duncan lanzó vigorosos silbidos, largó sus amarras, y salió de entre andanas, separándose de los demás buques, púsose la hélice en movimiento y empujó al yate por el canal. John conocía admirablemente los bajos del Clyde, y los sorteó sin necesidad de tomar práctico. El yate evolucionaba dócilmente a una señal suya; el hábil marino mandaba con una mano la máquina y con la otra el timón. Pronto se ofreció al buque un paisaje nuevo, siendo remplazadas las últimas fábricas de la costa por las lindas casas de recreo que coronan las colinas, y poco a poco se desvanecieron los últimos rumores de la ciudad.

Una hora después, el Duncan pasó cerca de las rocas de Dumbarton, y pasadas otras dos horas, se hallaba en el golfo del Clyde. A las seis de la mañana dobló el cabo de Cantry, salió del canal del Norte, y navegó en pleno océano.
VI
EL PASAJERO DEL CAMAROTE NÚMERO SEIS
Durante el primer día de navegación, el mar estuvo bastante picado, y al anochecer refrescó el viento. Con motivo de la marejada eran los balanceos del Duncan bastante fuertes, por lo que las señoras tuvieron el buen gusto de quedarse echadas en sus camarotes sin aparecer por la toldilla.
Pero al día siguiente una ligera variación del viento permitió izar el trinquete, la cangreja y la gavia, con lo que el buque, ciñendo más y apoyándose mejor en las olas, fue menos violento en sus arfadas y balanceos. Apenas rayó el alba, lady Elena y Mary Grant pudieron reunirse en la cubierta con lord Glenarvan, el mayor y el capitán. La salida del sol fue magnífica. El astro del día, semejante a un disco de metal dorado por el procedimiento de Ruolz, salía del océano como de un inmenso baño galvánico. El Duncan se deslizaba en medio de una irradiación espléndida, y hubiérase dicho que se hinchaban sus velas al impulso de los rayos solares.
Los huéspedes del yate contemplaban silenciosos la aparición del astro radiante.
—¡Qué admirable espectáculo! —dijo al fin lady Elena—. Hermoso empieza el día. Dios quiera que el viento siga siéndonos propicio y favorezca la marcha del Duncan.
—Imposible sería desear un día mejor, mi querida Elena —respondió lord Glenarvan—, y no podemos quejarnos del principio de nuestro viaje.
—¿Será larga la travesía, mi querido Edward?
—El capitán John nos lo dirá —respondió Glenarvan—. ¿Andamos bien, John? ¿Estáis satisfecho de vuestro buque?
—Muy satisfecho, Milord —replicó John—. Es un buque maravilloso que llena de orgullo al marino que lo tiene bajo sus pies. El casco es digno de la máquina. Mirad cuán igual es el surco que deja en pos de sí y con qué facilidad el tajamar echa las olas a los lados. Andamos diecisiete millas por hora, y a este paso cortaremos la línea dentro de diez días, y antes de cinco semanas habremos doblado el cabo de Hornos.
—¿Oís, Mary? —repuso lady Elena—. ¡Antes de cinco semanas!
—Sí, lo oigo, señora —respondió la joven—, y las palabras del capitán han hecho latir mi corazón con extraordinaria violencia.
—¿Y qué tal os prueba la navegación, Miss Mary? —preguntó lord Glenarvan.
—No del todo mal, Milord; los balanceos son muchos, y voy acostumbrándome a ellos.
—¿Y Roberto?
—¡Oh! Roberto —respondió John Mangles—. Cuando no está en la máquina está en los topes. No sabe lo que es mareo. ¡Mirad! ¿Lo veis?
A una indicación del capitán, todas las miradas se dirigieron al palo mayor, donde estaba Roberto suspendido en una verga de juanete a cien pies de elevación. Mary se estremeció.
—Estad tranquila, Miss —dijo John Mangles—, os respondo de él, y me atrevo a aseguraros que cuando encontremos al capitán Grant, que sí lo encontraremos, le presentaré un marino hecho y derecho.
—El cielo os oiga, capitán John —respondió la joven.
—Hija mía —repuso lord Glenarvan—, hay en todo esto algo providencial que debe darnos esperanzas. Nosotros no vamos, se nos lleva. No buscamos, se nos conduce. Y, además, ved a todas esas honradas gentes dedicadas al servicio de una causa tan bella. No solamente triunfaremos en nuestra empresa sino que la llevaremos a cabo sin dificultad. Prometí a lady Elena un viaje de recreo, y me parece que cumpliré mi palabra.
—Sois, Edward, el mejor de los hombres —dijo lady Glenarvan.
—No tal, pero tengo la mejor de las tripulaciones y el mejor de los buques. ¿No os causa admiración nuestro Duncan, Miss Mary?
—Lo admiro, Milord —respondió la joven—, y lo admiro como verdadera conocedora.
—¿De veras?
—Siendo aún muy niña, jugaba con los buques de mi padre, el cual hubiera hecho de mí todo un marino, y aun ahora no me vería muy apurada para trenzar un gratel o tomar rizos.
—¿Qué estáis diciendo, Miss? —exclamó John Mangles.
—Si habláis de ese modo —dijo lord Glenarvan a Miss Mary— vais a entusiasmar al capitán John y a hacer de él vuestro mejor amigo, porque él no concibe en el mundo más que un estado: el de marino. No concibe otro, ni aun para la mujer. ¿No es verdad, John?
—Verdad es, Milord —respondió el joven capitán—. Sin embargo, confieso que Miss Grant está mejor hablando en la toldilla que aferrando un juanete, lo que no impide que me agrade mucho oírla expresarse como se expresa.
—Y sobre todo cuando mira al Duncan —replicó Glenarvan.
—Que bien lo merece —respondió John.
—Tan orgulloso estáis de vuestro yate —dijo lady Elena— que con vuestros elogios me hacéis desear visitarlo hasta la sentina, y ver qué tal les va en el entrepuente a nuestros buenos marinos.
—Perfectamente —respondió John—, están en él como en su casa.
—Y en su casa están en realidad, mi querida Elena —respondió Glenarvan—. Este yate es un pedazo desprendido del condado de Dumbarton que boga por gracia especial, de suerte que nosotros, de hecho, no hemos salido de nuestro país. El Duncan es el castillo de Malcolm, y el océano es el lago Lomond.
—Pues bien, mi querido Edward, hacednos los honores del castillo —respondió Elena.
—Estoy a vuestras órdenes, señora —dijo Glenarvan—, pero antes dejadme prevenir a Olbinett.
El steward era un escocés que merecía ser francés por su importancia. Excelente cocinero, desempeñaba sus importantes y elevadas funciones con celo e inteligencia. Acudió a recibir órdenes de su amo.
—Olbinett, vamos a dar un paseo para estimular el apetito antes del almuerzo —dijo Glenarvan, como si se tratase de un paseo a Tarbet o al lago Katrine—, y espero que a la vuelta encontraremos la mesa puesta.
Olbinett se inclinó gravemente.
—¿Nos acompañáis, mayor? —dijo lady Elena.
—Si me lo ordenáis —respondió Mac Nabbs.
—¡Oh! —dijo lord Glenarvan—. Dejad al mayor contemplando estático el humo de su cigarro. Ahí tenéis, Miss Mary, al más intrépido de los fumadores. Fuma incansablemente, hasta durmiendo.

Paganel era un hombre alto y delgado de unos 40 años.
El mayor hizo un ademán de asentimiento, y los demás huéspedes de lord Glenarvan bajaron al entrepuente.
Mac Nabbs se quedó solo, y conversando consigo mismo, según tenía por costumbre, pero sin contradecirse jamás, se envolvió en nubes más densas. Permanecía inmóvil y miraba hacia popa la estela del yate. Después de algunos minutos de muda contemplación, se volvió y se vio delante de un nuevo personaje. Este encuentro hubiera sorprendido al mayor, si al mayor hubiera podido sorprenderle algo, pues el nuevo pasajero le era absolutamente desconocido.
Era un hombre de unos cuarenta años, alto y enjuto de carnes. Tenía bastante semejanza con un clavo largo de cabeza grande, pues la suya era, en efecto, ancha y voluminosa, su frente alta, su nariz prolongada, su boca grande y su barba muy prominente. Sus ojos se escondían detrás de unas gafas redondas, y su mirada parecía tener la indecisión particular que caracteriza a los nictálopes1. Su fisonomía era la de un hombre inteligente y jovial, sin tener en manera alguna ese aspecto repulsivo de los personajes graves que hacen de la seriedad un principio, que por sistema no ríen nunca, ocultando bajo una máscara de formalidad una nulidad completa. La soltura, la amable franqueza del desconocido demostraban claramente que sabía tomar los hombres y las cosas por su buen lado. Se comprendía, antes de que hablase, que era hablador; y sobre todo distraído, a la manera de esos que no ven lo que miran, ni oyen lo que escuchan. Llevaba una gorra de viaje, botas amarillas y polainas de cuero, un pantalón de terciopelo castaño y una chaqueta de lo mismo, cuyos innumerables bolsillos estaban atestados de diccionarios, agendas, carteras, libros de memoria y otros mil objetos tan embarazosos como inútiles, amén de un largo anteojo de larga vista que llevaba colgado de una correa de charol a guisa de bandolera de guardapaseos.
Su agitación contrastaba singularmente con la flema del mayor, alrededor del cual giraba, mirándole, interrogándole con los ojos, sin que Mac Nabbs se cuidase de preguntarle de dónde venía, ni a dónde iba, ni por qué se hallaba a bordo del Duncan.
Cuando el enigmático personaje vio burladas sus tentativas por la indiferencia del mayor, cogió su anteojo, que en su mayor desarrollo medía cuatro pies de longitud, e inmóvil como el poste de una carretera, con las piernas abiertas, asestó su instrumento a la línea del horizonte en que el cielo y el agua se confunden, y después de cinco minutos de examen bajó su anteojo, lo dejó descansar en la cubierta y se apoyó en él como si fuese un bastón. Los tubos del instrumento se metieron inmediatamente uno dentro del otro, y el nuevo pasajero, faltándole de improviso su punto de apoyo, estuvo próximo a caer cuan largo era, al pie del palo mayor.

Cualquier otro que no hubiera sido el mayor, no hubiera podido contener la risa, pero el mayor no pestañeó siquiera. El intruso tomó entonces su partido.
—Steward —gritó con un acento extranjero.
Se quedó aguardando, y no apareció nadie.
—Steward —repitió con voz más fuerte.
Pasaba en aquel momento Monsieur Olbinett, que iba a la cocina situada en la proa. ¡Cuál fue su asombro al oírse llamar por aquel individuo larguirucho a quien no conocía!
«¿De dónde habrá salido ese personaje? —se preguntó—. ¿Será un amigo de lord Glenarvan? Imposible.»
Sin embargo, subió a la toldilla y se acercó al extranjero.
—¿Sois vos el steward del buque? —le preguntó.
—Sí, señor —respondió Olbinett—. Pero no tengo el honor...
—Soy el pasajero del camarote número seis.
—¿Número seis? —repitió el steward.
—Sin duda. Y vos os llamáis...
—Olbinett.
—Pues bien, Olbinett, amigo mío —respondió el extranjero del camarote número seis—, me parece que ya es hora de almorzar. Treinta y seis horas hace que no he probado bocado, o por mejor decir, treinta y seis horas hace que no he hecho más que dormir, lo que es muy perdonable a un hombre que ha venido de una tirada de París a Glasgow. ¿A qué hora se almuerza aquí?
—A las nueve —respondió maquinalmente Olbinett.
El extranjero quiso consultar su reloj, lo que no dejó de llevarle algún tiempo, pues no dio con él hasta que metió la mano en el noveno bolsillo.
—Bueno —dijo—, no han dado aún las ocho. Dadme, pues, Olbinett, un bizcochito para aguardar, y un vaso de sherry, porque me estoy cayendo.
Olbinett oía y callaba sin comprender nada. Además, el desconocido se lo decía todo él solo y pasaba de un asunto a otro con una volubilidad suma.
—Y bien —dijo—. ¿Y el capitán? ¡No se ha levantado aún! ¿Y el segundo? ¿Qué hace el segundo? ¿Duerme también? Afortunadamente el tiempo es bueno, el viento favorable y el buque anda solo.
De este modo hablaba cuando apareció John Mangles en la escotilla de popa.
—Ved al capitán —dijo Olbinett.
—¡Cuánto me alegro! —exclamó el desconocido—. Celebro conoceros, capitán Burton.
John Mangles quedó como quien ve visiones oyéndose llamar capitán Burton y encontrando a bordo a un desconocido.
El otro continuó como si tal cosa:
—Permitidme daros un apretón de manos —dijo—, ya que no os lo di anteanoche, porque en el momento de zarpar no se debe incomodar a los marinos. Pero hoy, capitán, os digo que tengo el mayor gusto en conoceros.
John Mangles abría desmesuradamente los ojos, mirando tan pronto a Olbinett como al recién venido.
—Ahora —repuso éste— que me he presentado ya a vos, mi querido capitán, somos como dos antiguos amigos. Hablemos, y decidme si estáis contento del Scotia.
—¿Qué entendéis vos por el Scotia? —dijo por fin John Mangles.
—El Scotia que nos lleva, un buen buque cuyas cualidades físicas me han ensalzado mucho, al mismo tiempo que las prendas morales de su comandante, el bravo capitán Burton. ¿Seréis acaso pariente del gran viajero africano del mismo apellido? Es un hombre audaz. Pero nada de cumplidos.
—Caballero —respondió John Mangles—, yo no soy pariente del gran viajero Burton, ni soy tampoco el capitán Burton.
—¡Ah! —exclamó el desconocido—. ¿Es, pues, a Monsieur Burdness, el segundo del Scotia, a quien me dirijo en este momento?
—¿Monsieur Burdness? —respondió John Mangles, que empezaba a caer en la cuenta.
¿Tenía que habérselas con un loco o con un atolondrado?
Se hacía a sí mismo esta pregunta, e iba a explicarse categóricamente cuando volvieron a cubierta lord Glenarvan, su esposa y Miss Grant. Al verles, el desconocido exclamó:
—¡Ah, pasajeros, pasajeros! Me alegro mucho.
Y adelantándose con perfecto aplomo, sin aguardar la intervención de John Mangles, añadió:
—Señora... —dijo a Miss Grant—. Miss... —dijo a lady Elena—. Caballero... —dijo a lord Glenarvan.
—Lord Glenarvan —dijo John Mangles.
—Milord —repuso entonces el desconocido—, os pido que disimuléis el que me presente yo mismo; pero en el mar es preciso no ceñirse demasiado a ciertas fórmulas, y espero que no tardaremos en conocernos, y que la compañía de estas señoras hará tan corta como agradable nuestra travesía en el Scotia.
Lady Elena y Miss Grant no supieron qué responder.
—Señor —dijo entonces lord Glenarvan—, ¿a quién tengo el honor de hablar?
—A Santiago Elías Francisco María Paganel, secretario de la Sociedad de Geografía de París, miembro corresponsal de las Sociedades de Berlín, Bombay, Darmstadt, Leipzig, Londres, San Petersburgo, Viena y Nueva York; miembro honorario del Real Instituto Geográfico y Etnográfico de las Indias Orientales, el cual, después de haber pasado veinte años de su vida estudiando Geografía en su gabinete, ha querido entrar en la ciencia militante, y se dirige a la India para coordinar los trabajos de los grandes viajeros.
VII
DE DÓNDE VIENE Y ADÓNDE VA SANTIAGO PAGANEL
La gracia con que dijo todo esto el secretario de la Sociedad de Geografía, probaba que era un hombre muy amable. Lord Glenarvan sabía, además, perfectamente con quién estaba hablando; conocía el nombre y el mérito de Santiago Paganel, cuyos trabajos geográficos, memorias sobre los descubrimientos modernos insertas en los boletines de la Sociedad y correspondencia con el mundo entero, le acreditaban como uno de los sabios más distinguidos de Francia. Así es que Glenarvan tendió cordialmente la mano a su huésped inesperado.
—Y ahora que están hechas nuestras presentaciones —añadió—, ¿me permitiréis, Monsieur Paganel haceros una pregunta?
—Cuantas queráis, Milord —respondió Santiago Paganel—; tendré siempre mucho gusto en conversar con vos.
—¿Llegasteis anteanoche a bordo de este buque?
—Sí, Milord, anteayer a las ocho. Pasé del Caledonian railway a un carruaje, y del carruaje al Scotia, donde escribí desde París para que me reservasen el camarote número seis. La noche estaba oscura. A nadie vi a bordo. Rendido por un viaje de treinta horas y sabiendo que es una buena precaución para evitar el mareo acostarse al llegar y no moverse durante los primeros días de travesía, me metí en la cama inmediatamente, donde he dormido como un lirón —no creáis que exagero— por espacio de treinta y seis horas.
Los que oían a Santiago Paganel sabían ya a qué atenerse acerca de su presencia a bordo. El viajero francés, equivocando el buque, se había embarcado mientras la tripulación del Duncan se hallaba en la ceremonia de Saint-Mungo. Todo estaba explicado. ¿Pero qué iba a decir el sabio geógrafo, luego que supiese el nombre y el destino del buque en que se encontraba?
—Así, pues, Monsieur Paganel —dijo Glenarvan—, ¿es Calcuta el punto de partida de vuestros viajes?
—Sí, Milord. Durante toda mi vida he acariciado la idea de ver la India. Voy, al fin, a realizar mi sueño dorado en la patria de los elefantes y de los tangs.
—¿No os sería indiferente, señor Paganel, visitar otro país?
—No, Milord, me sería hasta desagradable; porque tengo recomendaciones para Sommerset, el gobernador general de las Indias, y tengo que desempeñar una misión de la Sociedad geográfica.
—¿Conque tenéis una misión?
—Sí; tengo que intentar un viaje útil y curioso, cuyo programa ha sido redactado por mi sabio amigo y colega Monsieur Vivian de Saint-Martin. Se trata de seguir las huellas de los hermanos Schlagintweit, del coronel Waugh, de Hodgson, de los misioneros Huc y Gabet, de Meorcoft, de Webb, de Monsieur Julio Remy y de otros varios viajeros célebres. Quiero triunfar donde pereció desgraciadamente, en 1846, el misionero Krick; quiero, en una palabra, reconocer el curso del Yurú-Dzangho-Tchú, que riega el Tibet en un espacio de 1.500 kilómetros, rodeando la base septentrional del Himalaya, y saber, en fin, si este río se junta con el Brahmaputra al nordeste de Assam. La medalla de oro, Milord, está asegurada al viajero que llegue a realizar este viaje, que es uno de los más vivos desiderata de la geografía de las Indias.
Paganel estaba magnífico. Hablaba con una animación soberbia, dejándose llevar rápidamente en alas de su imaginación, tan imposible de refrenar como el Rin en las cataratas del Schafousem.
—Monsieur Jacques Paganel —dijo lord Glenarvan después de un breve silencio—, es seguramente un buen viaje el que vais a emprender, y por él os quedará la Ciencia reconocida; pero no quiero prolongar por más tiempo vuestro error, y debo deciros que, al menos por ahora, tendréis que renunciar al placer de visitar las Indias.
—¡Renunciar! ¿Y por qué?
—Porque volvéis la espalda a la península india.
—¡Cómo! El capitán Burton...

Paganel hablaba con una animación soberbia.
—Yo no soy el capitán Burton —respondió John Mangles.
—¿Pero el Scotia?
—Este buque no es el Scotia.
No sería posible describir el asombro de Paganel. Miró sucesivamente a lord Glenarvan, que permanecía serio, a lady Elena y a Mary Grant, cuyas facciones expresaban un simpático sentimiento; a John Mangles, que se sonreía, y al mayor, que no pestañeaba; después, encogiéndose de hombros y pasando las gafas de la frente a los ojos, dijo:
—¡Qué chasco!
Pero en aquel momento tropezó su mirada con la rueda del timón, en que se leían estas palabras:
DUN CAN
GLASGOW.
—¡El Duncan! ¡El Duncan! —exclamó con verdadera desesperación.
Después, precipitándose por la escotilla de popa, entró en su camarote.
Así que desapareció el desventurado sabio, nadie a bordo, exceptuando el mayor, pudo conservar su seriedad, y hasta los marineros se rieron. ¡Equivocarse de railway! ¡Se comprende! ¡Tomar el tren de Edimburgo por el de Dumbarton! ¡Pase también! Pero equivocarse de buque, y navegar hacia Chile, queriendo ir a las Indias, ya es un exceso de distracción inconcebible.
—Nada me asombra —dijo lord Glenarvan— en Santiago Paganel, cuyas distracciones le han hecho célebre. Una vez metió el Japón en un célebre mapa, que publicó de América, lo que no le impide ser un sabio distinguido, y uno de los mejores geógrafos de Francia.

—¿Pero qué vamos a hacer de ese pobre señor? —dijo lady Elena—. No podemos llevárnoslo a la Patagonia.
—¿Por qué no? —respondió gravemente Mac Nabbs—. Nosotros no tenemos la culpa de sus distracciones. Supongamos que se hallara en un tren. ¿Le haría detenerse?
—No, pero bajaría en la próxima estación —contestó lady Elena.
—Pues bien —dijo Glenarvan—, eso mismo podrá hacer, si quiere, a nuestra primera arribada.
En aquel momento, Paganel, avergonzado y cariacontecido, volvió a subir a la toldilla, después de haberse asegurado de que tenía a bordo su equipaje. Repetía incesantemente estas palabras: ¡El Duncan! ¡El Duncan!No hubiera podido encontrar otras en su vocabulario. Iba y venía, examinando la arboladura del yate, interrogando el mudo horizonte de alta mar. Volvió al fin a acercarse a lord Glenarvan.
—¿Y este Duncan va...? —dijo.
—A América, señor Paganel.
—¿Y más especialmente...?
—A Concepción.
—¡A Chile! ¡A Chile! —exclamó el desventurado geógrafo—. ¡Y mi misión de la India! ¿Qué van a decir Monsieur de Quatrefages, presidente de la comisión central, y Monsieur de Avezaz, y Monsieur Cortambert, y Monsieur Vivian de Saint Martin? ¿Cómo me he de volver a presentar dignamente a las sesiones de la Sociedad?
—Calma, señor Paganel —respondió Glenarvan—, no os desesperéis. Todo puede arreglarse, y no habréis sufrido más que un retraso relativamente de poca importancia. El Yarú-Dzangho-Tchú os aguardará todo el tiempo que queráis en las montañas del Tibet. Pronto tocaremos en la isla de Madera, y allí no faltará algún buque para volver a Europa.
—Os doy gracias, Milord, y no hay más que hacer que resignarse. Pero no se puede negar que la aventura es extraordinaria, y que sólo a mí suceden estas cosas. ¡Y mi camarote, que lo tengo tomado a bordo del Scotia!
—¡Ah! En cuanto al Scotia, podéis renunciar a él por ahora.
—Pero —dijo Paganel después de haber examinado de nuevo el buque—, ¿no es el Duncan un yate de recreo?
—Sí, señor —respondió John Mangles—, y pertenece a Su Honor lord Glenarvan.
—Que os suplica que uséis ampliamente de su hospitalidad —dijo Glenarvan.
—Mil gracias, Milord —respondió Paganel—. Os agradezco en el alma vuestra cortesía; pero permitidme una simple observación: la India es un hermoso país, ofrece a los viajeros sorpresas maravillosas, y sin duda estas señoras no lo conocen. Pues bien, bastaría que el timonel diese una vuelta a la rueda, para que el yate Duncan navegase con tanta facilidad hacia Calcuta como hacia Concepción, y puesto que se trata de un viaje de recreo...

Los movimientos de cabeza que acogieron la proposición de Paganel no permitieron a éste acabarla de expresar y quedó como cortado.
—Monsieur Paganel —dijo entonces lady Elena—, si no se tratase más que de un viaje de recreo, os respondería: vamos todos a las Indias, y lord Glenarvan no se opondría a ello. Pero el Duncan va a recoger, para volverlos a su patria, algunos náufragos abandonados en las costas de la Patagonia y no puede desistir de un propósito tan humanitario.
En poco tiempo el viajero francés fue puesto al corriente de la situación, y no sin conmoverse, supo el providencial encuentro de los documentos, la historia del capitán Grant y la generosa protección de lady Elena.
—Señora —dijo—, permitidme en cuanto habéis hecho admirar vuestra conducta, y admirarla sin reserva. Que vuestro yate continúe su rumbo, pues yo no podría perdonarme nunca el haberle ocasionado un solo día de retraso.
—¿Queréis asociaros a nuestras investigaciones? —preguntó lady Elena.
—Es imposible, señora, tengo que cumplir mi misión. Desembarcaré en el primer punto en que toquéis...
—En Madera, pues —dijo John Mangles.
—Sea. Me hallaré a 180 leguas de Lisboa, y aguardaré allí medios de transporte.
—De acuerdo, Monsieur Paganel —dijo Glenarvan—, todo se hará a medida de vuestro deseo, y entretanto me considero feliz pudiéndoos ofrecer algunos días de hospitalidad a bordo. ¡Ojalá no os fastidiéis mucho en nuestra compañía!
—¡Oh, Milord! —exclamó el sabio—. En medio de todo ha sido para mí una dicha equivocarme de una manera tan agradable. Sin embargo, es una situación muy ridícula la de un hombre que se embarca para las Indias y se hace a la vela para América.
A pesar de esta reflexión matemática, Paganel se conformó con un retraso que no podía evitar. Se manifestó amable, alegre y hasta distraído; encantó a las señoras con su buen humor, y antes de terminar el día, era ya amigo de todo el mundo. A petición suya, le enseñaron el famoso documento, y lo estudió con cuidado y minuciosamente. No le pareció posible más interpretación que la que se le había dado. Mary Grant y su hermano le interesaron vivamente, y les dio buenas esperanzas. Su manera de entrever los acontecimientos y el buen éxito infalible que predijo al Duncan arrancaron a la joven una sonrisa. La verdad es que, sin la misión especial que se lo impedía, el secretario de la Sociedad de Geografía de París se hubiera lanzado también en busca del capitán Grant.
Respecto a lady Elena, cuando él supo que era hija de William Tuffnel, prorrumpió en una explosión de interjecciones admirativas. Había conocido a su padre. ¡Qué sabio tan audaz! ¡Cuántas cartas se escribieron cuando William Tuffnel fue miembro corresponsal de la Sociedad! ¡Era él, él mismo quien le había presentado a Malte Brun! ¡Qué encuentro tan feliz! ¡Qué gusto viajar con la hija de William Tuffnel!
Por último, pidió a lady Elena permiso para abrazarla, en lo que consintió lady Glenarvan, aunque fuese algo improper.
VIII
UN BUEN SUJETO MÁS A BORDO DEL DUNCAN
El yate, favorecido por las corrientes del norte de África, avanzaba rápidamente hacia el ecuador. El 30 de agosto se reconoció el grupo de islas de Madera, y Glenarvan, fiel a su promesa, ofreció a su nuevo huésped tocar allí para dejarle en tierra.
—Mi querido lord —respondió Paganel—, con vos no gastaré ceremonias. ¿Antes de mi llegada a bordo, teníais intención de deteneros en Madera?
—Francamente, no —dijo Glenarvan.
—Pues bien, permitidme aprovechar las consecuencias de mi pícara distracción. Madera es una isla demasiado conocida, y nada interesante ofrece a un geógrafo. Se ha dicho y escrito acerca de este grupo cuanto se puede decir y escribir, y además es un país que se halla en plena decadencia bajo el punto de vista de la vinicultura. ¡Ya no hay viñas en Madera! La cosecha de vino, que en 1813 ascendía a 22.000 pipas, en 1845 había descendido a 2.669, y en la actualidad no llega a 500. Es un espectáculo desconsolador. Así, pues, si os fuese indiferente hacer escala en Canarias...
—Hagamos escala en Canarias —respondió Glenarvan—. Eso no nos separa de nuestro camino.
—Lo sé, mi querido lord. En Canarias, ya lo sabéis, hay tres grupos dignos de estudio, sin hablar del pico del Teide, que he tenido siempre muchos deseos de ver con mis propios ojos. La ocasión se presenta, y me aprovecho de ella. Mientras esté aguardando la llegada de un buque que me vuelva a Europa, subiré a esa célebre montaña.
—Como gustéis, mi querido Paganel —respondió a esto lord Glenarvan, sonriéndose sin poderlo remediar.
Y tenía razón en sonreírse.
Las Canarias distan poco de Madera. 250 millas escasas separan los dos grupos, y esta distancia era insignificante para un buque tan veloz como el Duncan.
A las dos de la tarde del 31 de agosto, John Mangles y Paganel se paseaban por la toldilla. El francés hacía a su compañero mil preguntas acerca de Chile; pero de pronto el capitán le interrumpió, señalando al sur un punto en el horizonte.
—¡Señor Paganel! —dijo.
—Mi querido capitán —respondió el sabio.
—Mirad hacia allí. ¿No veis nada?
—Nada.
—No miráis donde debéis. No es en el horizonte, sino encima de él, en las nubes.
—¿En las nubes? Pues por más que miro...
—Mirad ahora, enfilando por el bauprés.
—No veo nada.
—Porque no queréis ver. Aunque estamos a cuarenta millas, el pico de Tenerife se nos presenta perfectamente visible encima del horizonte.
Que Paganel quisiera o no ver, no confesándose ciego, tuvo algunas horas después que rendirse a la evidencia.
—¿Lo distinguís al cabo? —le dijo John Mangles.
—Sí, sí, perfectamente —respondió Paganel—. ¿Y es eso —añadió con un tono desdeñoso— lo que se ha dado en llamar el pico del Teide?
—Eso mismo.
—Pues me parece que no es muy alto.
—Sin embargo, se eleva 11.000 pies sobre el nivel del mar.
—Más alto es el Mont Blanc.
—No diré que no. Pero acaso os parezca demasiado alto cuando tengáis que encaramaros por él.
—¡Oh! ¡Encaramarme! ¡Encaramarme! ¿Por qué me he de encaramar? Quisiera me lo dijeseis. ¿No han subido ya al pico del Teide los señores de Humboldt y Beauplan? ¡Qué gran genio es Humboldt! Trepó por la montaña, dio de ella una descripción que nada deja que desear y reconoció sus cinco zonas: la de los vinos, la de los laureles, la de los pinos, la de los brezos alpinos y, por último, la de la esterilidad. Puso el pie en la cima del mismo pico, donde ni espacio tenía para sentarse. Desde lo alto de la montaña, abarcó su vista un horizonte igual a una cuarta parte de España. Después visitó el volcán, registró sus entrañas y alcanzó el fondo del cráter apagado. ¿Qué queréis que haga yo, después de ese gran hombre? ¿Podéis decírmelo?
—En efecto —respondió John Mangles—, es un campo ya espigado. Lo siento, porque vais a fastidiaros mucho aguardando un buque en el puerto de Tenerife. No podéis prometeros encontrar allí grandes distracciones.

—Como no sean las mías propias —dijo Paganel riendo—. ¿Pero acaso, mi querido Mangles, no ofrecen las islas de Cabo Verde buenos puntos de escala?
—Sí, por cierto. Nada más fácil que embarcarse en Villa Praia.
—Sin hablar de una ventaja que no es de despreciar —replicó Paganel—, cual es que las islas de Cabo Verde no distan mucho del Senegal, donde encontraré compatriotas. Ya sé que se dice que ese grupo es poco interesante, salvaje e insalubre; pero todo es curioso para los ojos de un geógrafo. Ver es una ciencia. Muchos hay que no saben ver, y que viajan con tanta inteligencia como un crustáceo. No pertenezco a su escuela.
—Como gustéis, Monsieur Paganel —respondió John Mangles—. Yo estoy seguro de que la ciencia geográfica ganará mucho con vuestra permanencia en las islas de Cabo Verde. Debemos, precisamente, hacer allí escala para cargar carbón y, por consiguiente, no nos causará ninguna extorsión vuestro desembarque.
Dicho esto, mandó el capitán pasar al oeste de las islas Canarias. Se dejó a babor el célebre pico, y el Duncan, continuando su marcha rápida, cortó el trópico de Cáncer el 2 de setiembre, a las cinco de la mañana. Hubo entonces variación de tiempo. Se sintió la atmósfera húmeda y pesada de la estación de las lluvias, el tiempo de las aguas, según la expresión española; estación penosa para los viajeros, pero útil para los habitantes de las islas africanas, que carecen de árboles y, por consiguiente, de agua. El mar, muy picado y grueso, impidió a los pasajeros permanecer sobre cubierta, pero las conversaciones no por tenerse en el salón fueron menos animadas.
El 3 de setiembre, Paganel empezó a arreglar su equipaje para su próximo desembarque. El Duncan evolucionaba entre las islas de Cabo Verde; pasó por delante de la isla de la Sal, verdadera tumba de arena árida y triste y después de haber costeado los grandes bancos de coral, dejó a un lado la isla de Santiago, atravesada de norte a mediodía por una cordillera de montañas basálticas que terminan en dos erguidas crestas. Entró después en la bahía de Villa Praia, y ancló luego delante de la ciudad, en ocho brazas de fondo. El tiempo era espantoso y la resaca muy violenta, pero la bahía estaba resguardada del viento. La lluvia caía a torrentes y apenas permitía ver la ciudad, que se levanta sobre una llanura en forma de terraza, apoyándose en una escollera de rocas volcánicas de trescientos pies de altura. El aspecto de la isla, vista al trasluz de la densa cortina de lluvia, era muy triste.
Lady Elena no pudo realizar su propósito de visitar la ciudad, pues hasta el embarque del carbón se hizo difícilmente. Los pasajeros del Duncan tuvieron, pues, que guarecerse bajo la toldilla, mientras el mar y el cielo mezclaban sus aguas en una confusión indecible. El estado del tiempo fue el tema de las conversaciones de a bordo. Cada cual expuso su opinión, a excepción del mayor, que hubiera presenciado el diluvio universal con una indiferencia completa. Paganel iba y venía moviendo la cabeza.
—Parece hecho expresamente —decía.
—Está visto —respondió Glenarvan— que están conjurados contra vos los elementos.
—Sin embargo, veremos quién puede más.
—No podéis arrostrar una lluvia semejante —dijo lady Elena.
—¿No he de poder, señora? No la temo más que por mis equipajes e instrumentos, que van a ponerse perdidos.

El aspecto de la isla, a través de la lluvia, era muy triste.
—Lo único que hay que temer es el desembarque —repuso Glenarvan—. Una vez en Villa Praia, no estaréis del todo mal alojado, aunque no con mucha limpieza, en compañía de monos y cerdos, cuyas relaciones no son siempre agradables. Pero un viajero no se para en barras. Además, es de esperar que dentro de siete u ocho meses se os proporcione algún medio de embarcaros para Europa.
—¡Siete u ocho meses! —exclamó Paganel.
—Por lo menos. Las islas de Cabo Verde son poco frecuentadas durante la estación de las lluvias. Pero podréis matar útilmente el tiempo. Este archipiélago es aún poco conocido, y queda mucho que hacer en topografía, climatología, etnografía e hipsometría.
—Tendréis ríos que reconocer —dijo lady Elena.
—No los hay, señora —respondió Paganel.
—¡Pues habrá arroyos!
—Tampoco.
—¿Arroyuelos?
—Tampoco.
—Bien —dijo el mayor—, recorreréis los bosques.
—¿Qué bosques ha de haber, si no hay árboles?
—¡Hermoso país! —replicó el mayor.
—Consolaos, mi querido Paganel —dijo entonces Glenarvan—. No os faltarán montañas.
—Poco elevadas y poco interesantes, Milord. Además, ese trabajo está ya hecho.
—¡Hecho! —exclamó Glenarvan.
—Sí, es mi percance habitual. ¡Si en las Canarias me veo delante de Humboldt, aquí me encuentro precedido por el geólogo Monsieur SaintClaire Deville!
—¿Es posible?
—¡Y tanto! —respondió Paganel muy compungido—. Monsieur Saint-Claire Deville se hallaba a bordo de la corbeta de guerra la Décidée, que hizo escala en las islas de Cabo Verde, y visitó la cima más interesante del grupo, el volcán de la isla Fogo. ¿Qué queréis que haga yo después de él?
—Es triste cosa —respondió lady Elena—. ¿Qué va a ser, pues, de vos, Monsieur Paganel?
Paganel guardó silencio.

—¡Decididamente —dijo Glenarvan—, lo mejor que podíais haber hecho era desembarcar en Madera, aunque allí no hubiese vino!
El sabio secretario de la Sociedad de Geografía siguió silencioso.
—Yo aguardaría —dijo el mayor, lo mismo que pudiera haber dicho: «Yo no aguardaría.»
—Mi querido Glenarvan —preguntó entonces Paganel—, ¿dónde pensáis tocar después de aquí?
—¡Oh, nuestro primer punto de escala será Concepción!
—¡Diablo! ¡No me separa eso poco de las Indias!
—No tal; desde el momento en que paséis el cabo de Hornos os acercáis a ellas.
—Mucho lo dudo.
—Además —repuso Glenarvan, como si hablase con la mayor formalidad del mundo—, cuando se va a las Indias, importa poco que sean orientales u occidentales.
—¡Pues no ha de importar!
—Sin contar con que los habitantes de las pampas de la Patagonia son tan indios como los indígenas del Punjab.
—¡Pardiez, Milord! —exclamó Paganel—. ¡La razón, que acabáis de esgrimir nunca se me hubiera ocurrido!
—Y, amén de todo, querido Paganel, se puede ganar la medalla de oro en todas partes, porque en todas partes hay mucho que hacer, mucho que investigar, mucho que descubrir, lo mismo en los cerros de las cordilleras andinas que en las montañas del Tibet.
—¿Pero el curso del Yarú-Dzangho-Tchú?
—¿Y qué? Lo remplazaréis por el río Colorado, que es también un río poco conocido, que corre en los mapas al arbitrio de los geógrafos.
—Así es la verdad, querido lord, hay errores de muchos grados. ¡Oh! La Sociedad de Geografía, habiéndolo yo solicitado, me hubiera enviado a la Patagonia, lo mismo que a las Indias, pero no caí en ello.
—Efecto de vuestras distracciones de costumbre.
—Vamos, Monsieur Paganel, nos acompañáis, ¿no es verdad? —dijo lady Elena, con un acento que comprometía.
—Señor, ¿y mi misión?
—Os prevengo que pasaremos el estrecho de Magallanes —añadió Glenarvan.
—Milord, sois un tentador.
—Y añado que visitaremos el Puerto del Hambre.
—¡El Puerto del Hambre! —exclamó el francés, asaltado por todas partes—. ¡Ese puerto tan célebre en los fastos geográficos!
—Considerad también, Monsieur Paganel —repuso lady Elena—, que en esta empresa tendréis el derecho de asociar el nombre de Francia al de Escocia.
—¡Sí, sin duda!
—Un geógrafo puede ser muy útil a nuestra expedición, y ¿qué cosa puede hacerse mejor que poner la Ciencia al servicio de la Humanidad?
—Habláis perfectamente, señora.
—Creedme. Dejad obrar a la casualidad, o por mejor decir, a la Providencia. Imitadnos. Ellos nos han enviado este documento y hemos partido. Ella os ha puesto a bordo del Duncan, no le abandonéis.
—¿Queréis que os diga lo que siento, mis buenos amigos? —respondió entonces Paganel—. Pues bien, lo que vosotros deseáis es que me quede.
—Y vos, Paganel, lo que deseáis es quedaros —replicó Glenarvan.
—¡Toma! —exclamó el sabio geógrafo—. Pero yo temía ser indiscreto.
IX
EL ESTRECHO DE MAGALLANES
La resolución de Paganel causó a bordo general alegría. Roberto expresó la suya, saltando al cuello del sabio con demasiado entusiasmo. El digno secretario estuvo a punto de caer de espaldas.
—¡Vaya un diablillo! —dijo—. Le enseñaré geografía.
Y como John Mangles se encargaba de hacer de Roberto un marino, Glenarvan, un hombre leal, el mayor, un mozo de sangre fría, lady Elena, un ser bueno y generoso, y Mary Grant, un corazón agradecido a todos los beneficios, el niño debía llegar a ser, con el tiempo, un cumplido caballero.
El Duncan terminó rápidamente su cargamento de carbón, y luego, dejando aquellos tristes parajes, ganó hacia el oeste la corriente de la costa del Brasil, y el 7 de setiembre, después de pasar el ecuador a impulsos de un norte fresco, entró en el hemisferio austral.
Hasta entonces la travesía no había ofrecido dificultades, y todos se sentían alentados en sus esperanzas. La suma de probabilidades favorables al encuentro del capitán Grant parecía aumentarse diariamente. Uno de los más confiados era el capitán, pero su confianza procedía principalmente de su ardiente deseo de ver a Miss Mary feliz y consolada. Experimentaba por la joven un interés particular; pero supo ocultar tan hábilmente sus sentimientos, que de ellos se dieron cuenta todos los de a bordo, todos menos él mismo y Mary Grant.
El sabio geógrafo era, probablemente, el hombre más feliz del hemisferio austral. Pasaba los días estudiando los mapas, de que cubría la mesa del salón, lo que daba origen a altercados cotidianos con Monsieur Olbinett, que no podía tender los manteles. Pero Paganel tenía a su favor a todos los huéspedes, exceptuando el mayor, que miraba con la mayor indiferencia las cuestiones geográficas, especialmente a las horas de comer. Además, habiendo el digno secretario descubierto todo un cargamento de libros muy descabalados en los cofres del segundo, entre ellos cierto número de obras españolas, resolvió aprender la lengua de Cervantes, que ninguno de los de a bordo poseía. Esto debía facilitar sus investigaciones en el litoral de Chile. Gracias a sus buenas disposiciones para el poliglotismo, no desesperaba de hablar correctamente el nuevo idioma al llegar a Concepción. Así es que estudiaba con encarnizamiento y se le oía incesantemente balbucear sílabas heterogéneas.

En sus ratos desocupados no dejaba de dar una instrucción práctica a Roberto y le enseñaba la historia de aquellas costas, a que tan rápidamente se acercaba el Duncan.
El 10 de diciembre se encontraba el yate a los 5° 37’ de latitud y 31° 15’ de longitud, y aquel día Glenarvan supo una cosa, que ignoran probablemente muchos eruditos. Paganel contaba la historia de América, y para llegar a los grandes navegantes cuyo derrotero seguía entonces el yate, se remontó a Cristóbal Colón, de quien dijo que había muerto sin saber que hubiera descubierto un nuevo mundo.
Todo el auditorio protestó contra Paganel, pero éste sostuvo su afirmación.
—No hay nada más cierto —añadió—, sin que trate por eso de menoscabar la gloria del célebre genovés. Pero los hechos son hechos. A fines del siglo XV, la única preocupación dominante tendía a facilitar las comunicaciones con el Asia, buscando el Oriente por el camino del Occidente; en una palabra, ir por la senda más corta al país de las especias. No otra cosa intentó Colón. Hizo cuatro viajes. Tocó América en las costas de Cumaná, de Honduras, de Mosquitos, de Nicaragua, de Veragua, de Costa Rica y de Panamá, que tomó por tierra del Japón y de la China, y murió sin haberse dado cuenta de la existencia del gran continente al cual ni aun debía legar su nombre.
—Os creo, amigo Paganel —respondió Glenarvan—. Pero no debe extrañaros mi sorpresa ni que os pregunte quiénes fueron los navegantes que reconocieron la verdad sobre los descubrimientos de Colón.
—Fueron sus sucesores: Ojeda, Vicente Pinzón, Vespucio, Mendoza, Bastidas, Cabral, Solís, Balboa, que habían ya acompañado a Colón en sus viajes. Estos navegantes recorrieron las costas orientales de América, y fijaron sus límites al descender hacia el sur, arrastrados ellos también, 300 años antes que nosotros, por esta corriente que también nos arrastra. Hemos cortado el ecuador, amigos míos, en el mismo punto en que lo cortó Pinzón en el último año del siglo XV, y nos acercamos al 8° de latitud austral bajo el que arribó, él, a las costas del Brasil. Un año después, el portugués Cabral bajó a Puerto Seguro. Luego Vessud. En 1508 se pusieron de acuerdo para reconocer las costas americanas Vicente Pinzón y Solís, y este último descubrió en 1514, la desembocadura del Río de la Plata, donde fue devorado por los indígenas, dejando a Magallanes la gloria de doblar el continente. Este gran navegante partió en 1519 con cinco embarcaciones, siguió las costas de la Patagonia, descubrió el Puerto Deseado, el puerto de San Julián, donde hizo muchas veces escala; halló a los 52° de latitud el estrecho de las Once mil Vírgenes, que debía llevar su nombre, y desembarcó el 28 de noviembre de 1520 en el océano Pacífico. ¡Qué alegría debió experimentar y con qué fuerza latiría su corazón cuando vio centellear en el horizonte bajo los rayos del sol un nuevo mar, un mar desconocido!
—¡Sí, Monsieur Paganel! —exclamó Roberto Grant, entusiasmado por las palabras del geógrafo—. Yo hubiera querido estar allí.
—Yo también, muchacho, y no hubiera desperdiciado semejante ocasión, si el cielo me hubiese hecho nacer trescientos años antes.
—Lo que hubiera sido una fatalidad para nosotros, Monsieur Paganel —respondió lady Elena—, porque no estaríais ahora en la toldilla del Duncan contándonos esa historia.
—Otro os la hubiera contado, señores, y hubiera añadido que el reconocimiento de la costa occidental se debe a los hermanos Pizarro. Estos intrépidos aventureros fueron grandes fundadores de ciudades. Obra suya son Cuzco, Quito, Lima, Santiago, Villa Rica, Valparaíso y Concepción, adonde el Duncan nos lleva. Los descubrimientos de Pizarro coincidieron con los de Magallanes, y las costas americanas figuraron en los mapas con gran satisfacción de los sabios del Viejo Mundo.
—Pues yo —dijo Roberto— no hubiera aún quedado satisfecho.
—¿Por qué? —respondió Mary, mirando a su hermano, entusiasmado con la historia de aquellos descubrimientos.
—Sí, muchacho, ¿por qué? —preguntó lord Glenarvan con amable sonrisa.
—Porque yo hubiera querido saber lo que había más allá del estrecho de Magallanes.
—Bravo, amigo mío —respondió Paganel—. Y yo también hubiera querido saber si el continente se prolongaba hasta el polo, o si existía un mar libre, Milord, como suponía Drake, uno de vuestros compatriotas. Es, pues, evidente que si Roberto Grant y Santiago Paganel hubiesen vivido en el siglo XVII, se hubieran embarcado siguiendo a Shonten y a Lemaire, dos holandeses muy deseosos de conocer la última palabra de aquel enigma geográfico.
—¿Eran sabios? —preguntó lady Elena.
—No, eran comerciantes audaces que se cuidaban muy poco del lado científico de los descubrimientos. Había entonces la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que tenía un derecho absoluto sobre todo el comercio que se hacía por el estrecho de Magallanes. Y como a la sazón no se conocía otro derrotero para pasar a Asia por la vía de Occidente, aquel privilegio constituía un verdadero monopolio. Contra éste quisieron luchar algunos comerciantes descubriendo otro estrecho, y contábase en su número Isaac Lemaire, hombre inteligente e instruido. Hizo los gastos de una expedición mandada por Jacobo Lemaire, sobrino suyo, y Shonten, buen marino, procedente de Horn. Aquellos atrevidos navegantes partieron en junio de 1615, cerca de un siglo después de Magallanes; descubrieron el estrecho de Lemaire, entre la Tierra de Fuego y la Tierra de los Estados, y el 12 de febrero de 1616 doblaron el famoso cabo de Hornos, que es más acreedor que su hermano, el cabo de Buena Esperanza, al título de cabo de las Tempestades.
—¡Sí, yo hubiera querido estar allí! —exclamó Roberto.
—Y habríais, hijo mío, bebido en el manantial de las más vivas emociones —replicó Paganel animándose—, porque ¿puede haber una satisfacción más verdadera, un placer más real que el del navegante que consigna sus descubrimientos en el mapa de a bordo? ¡Ve poco a poco formarse las tierras bajo sus miradas, isla por isla, promontorio por promontorio, y si así puede decirse, las ve brotar del seno de las olas! En un principio, las líneas terminales son vagas, indecisas, interrumpidas. Aquí un cabo solitario, allí una bahía aislada, más adelante un golfo perdido en el espacio. Después, los descubrimientos se completan; las soluciones de continuidad de los contornos desaparecen, el punteado de los mapas se hace línea seguida, sin interrupción alguna; las bahías son escotaduras de determinadas costas; los cabos se apoyan en playas conocidas, y, por último, el nuevo continente, con sus lagos, sus riachuelos y sus ríos, con sus montañas, sus valles y sus llanuras, con sus aldeas, sus ciudades y sus capitales, se despliega en el Globo con todos sus magníficos esplendores. ¡Amigos míos, un descubridor de tierras es un verdadero inventor, y experimenta las mismas emociones y sorpresas! ¡Pero todo se ha visto, todo se ha reconocido en continentes o mundos nuevos, y nada tenemos que hacer nosotros, que somos los últimos venidos a la ciencia geográfica!
—Sí, querido Paganel —respondió Glenarvan.
—¿Qué podemos hacer?
—Lo que hacemos.
El Duncan seguía con maravillosa velocidad el rumbo de Vespucio y de Magallanes. El 13 de setiembre, cortó el trópico de Capricornio y encaró la proa la entrada del célebre estrecho. Distinguieron varias veces, como una línea medio borrada en el horizonte, las costas bajas de la Patagonia, de la que aún distaba el yate unas 10 millas, sin que el famoso anteojo de larga vista de Paganel diese a éste más que una idea muy vaga de aquellas costas americanas.
El 25 de setiembre, el Duncan se hallaba a la altura del estrecho de Magallanes, en el cual penetró resueltamente. Los buques de vapor que se dirigen al océano Pacífico, prefieren generalmente esta vía. Su longitud exacta no es más de 376 millas, y los buques de más calado y mayor porte encuentran en todas partes un fondeadero suficiente aunque sea tocando a la playa, un buen fondo, numerosos manantiales para la aguada, ríos abundantes en pesca, bosques ricos en caza, puntos de escala seguros y fáciles, y mil recursos que faltan en el estrecho de Lemaire y en las terribles rocas del cabo de Hornos, incesantemente visitadas por los huracanes y las tempestades.
Durante las primeras horas de navegación, es decir, en un espacio de 60 a 80 millas, hasta llegar al cabo Gregory, las costas son bajas y arenosas. Santiago Paganel no quería perder ni un punto de vista, ni el menor accidente del estrecho. La travesía debía durar escasamente treinta y seis horas, y aquel panorama incesantemente variado de las dos orillas, bien merecía que el sabio se impusiese la molestia de admirarlo bajo los espléndidos resplandores del sol austral. No se distinguió ningún habitante en las tierras del Norte, errando sólo por las peladas rocas de la Tierra de Fuego algunos miserables fueguinos.
Paganel no vio patagones, lo que le produjo cierto mal humor, que sirvió de diversión a sus compañeros de viaje.
—Una Patagonia sin patagones —decía—, no es una Patagonia.
—Paciencia, mi digno geógrafo —respondió Glenarvan—, no nos faltarán patagones.
—No lo sabemos.
—Pero los hay —dijo lady Elena.
—Lo dudo, señora, puesto que no los veo.
—No es de creer que ese nombre de patagones, que en español significa pies grandes, haya sido dado a seres imaginarios.
—¡Oh! El nombre importa poco —respondió Paganel, que se obstinaba en su tema para animar la conversación—. Y, además, se ignora cómo se llaman.
—¿Cómo? —exclamó Glenarvan—. ¿Lo sabéis vos, mayor?
—No —respondió Mac Nabbs—, ni daría para saberlo una libra de Escocia.
—¡Pues lo sabréis aunque no deis nada, apático mayor! —repuso Paganel—. Si bien es verdad que Magallanes ha llamado patagones a los indígenas de estas comarcas, los fueguinos los llaman tiremenesms, los chilenos caucachues, los colonos del Carmen tehuelches, los araucanos thiliches, y Bougainville les da el nombre de chaouha y Felknar el de teuhlets. Ellos mismos se designan bajo la denominación general de inaken. ¿Cómo se quiere que se les reconozca? ¿Ni cómo ha de existir un pueblo que tiene tantos nombres?
—¡Magnífico argumento! —respondió lady Elena.
—Admitámoslo —dijo Glenarvan—; pero nuestro amigo Paganel tendrá que confesar que si caben dudas respecto del verdadero nombre de los patagones, ninguna cabe acerca de su talla.
—No confesaré nunca enormidad semejante —respondió Paganel.
—Son altos —dijo Glenarvan.
—Lo ignoro.
—¿Son pequeños? —preguntó lady Elena.
—Nadie puede afirmarlo.
—Deben ser de mediana estatura —dijo Mac Nabbs para conciliarlo todo.
—Tampoco lo sé.
—¡Cosa rara! —exclamó Glenarvan—. Los viajeros que les han visto...
—Los viajeros que les han visto no están de acuerdo. Magallanes dice que apenas con la cabeza les llegaba a la cintura.
—¡Pues bien!
—Sí, pero Drake pretende que cualquier inglés es más alto que el más alto patagón.
—¡Oh! Un inglés, lo dudo —replicó desdeñosamente el mayor—; pero si se tratase de escoceses...
—Cavendish asegura que son altos y robustos —prosiguió Paganel—. Hawkins hace de ellos unos gigantes. Lemaire y Shonten les dan once pies de altura.
—Bien, he ahí gentes dignas de fe —dijo Glenarvan.
—Sí, la misma fe merecen que Wood, Narborony y Falkner, que los han encontrado de una estatura muy mediana. Verdad es que Byron, La Girandais, Bougainville, Wallis y Carteret, afirman que los patagones no bajan de seis pies y seis pulgadas, al paso que Monsieur de Orbigny, que es el sabio que mejor conoce estas comarcas, les atribuye, por término medio, una talla de cinco pies y cuatro pulgadas.

El Duncan costeaba la península de Brunswich.
—¿Entonces —dijo lady Elena—, dónde está la verdad en medio de tantas contradicciones?
—La verdad, señora —respondió Paganel—, es ésta: los patagones tienen las piernas cortas y el tronco largo. Se puede, pues, decir en tono de broma que tienen seis pies cuando están sentados y cinco solamente cuando están en pie.
—¡Bravo, mi querido sabio! —respondió Glenarvan—. Habéis puesto el dedo en la llaga.
—A no ser —repuso Paganel— que no existan, en cuyo caso todos se pondrán de acuerdo. Pero para concluir, amigos míos, añadiré la siguiente consoladora observación: el estrecho de Magallanes es magnífico, aunque no tenga patagones.
En aquel momento el Duncan costeaba la península de Brunswich, entre dos panoramas espléndidos. Sesenta millas después de haber doblado el cabo Gregory dejó a estribor la penitenciaría de Punta Arenas. Aparecieron un instante entre los árboles el pabellón chileno y el campanario de la iglesia. Entonces se abría el estrecho entre moles graníticas de imponente efecto; inmensos bosques ocultaban las faldas de las montañas, y éstas levantaban hasta las nubes su cabeza cubierta de nieves eternas; hacia el Sudoeste, el monte Tarn subía a 6.500 pies; la noche vino, precedida de un largo crepúsculo; la luz se deshizo insensiblemente en nuevos matices; el cielo se tachonó de brillantes estrellas, y la Cruz del Sur enseñó a los navegantes el camino del polo austral. En medio de aquella oscuridad luminosa, al resplandor de aquellos astros que remplazan a los faros de las costas civilizadas, el yate siguió audazmente su rumbo sin echar el áncora en aquellas fáciles bahías, el extremo de sus vergas acariciaba las ramas de las hayas antárticas inclinadas sobre las olas, y con frecuencia su hélice azotaba las aguas de los grandes ríos, despertando los gansos, ánades, chochas, cercetas y otras aves propias de los lugares húmedos. Luego aparecieron ruinas y algunos derrumbamientos a los que daba la noche un grandioso aspecto, lamentables restos de una colonia abandonada, cuyo nombre protestará eternamente contra la fertilidad de aquellas costas y la riqueza de aquellas selvas tan pobladas de caza. El Duncan pasaba por delante del Puerto del Hambre.
En aquel mismo punto fue donde el español Sarmiento, en 1581, se estableció con cuatrocientos emigrados. Allí fundó la ciudad de San Felipe. Rigurosísimos fríos diezmaron la colonia; el hambre acabó con los que el invierno había perdonado, y, en 1587, el corsario Cavendish encontró el último de los cuatrocientos desgraciados que estaba pereciendo extenuado entre las ruinas de una ciudad que había envejecido siglos en sólo seis años de existencia.

El Duncan costeó aquellas desiertas playas, y al rayar el alba, navegaba por pasos estrechos, entre bosques de hayas, fresnos y abedules, de cuyo seno brotaban verdes cúpulas, lomas tapizadas de vigorosos acebos y agudos pinos, entre los cuales se levantaba a gran altura el obelisco de Buckland. Pasó por delante de la bahía de San Nicolás, llamada por Bougainville Bahía de los franceses, y a lo lejos se vieron retozando rebaños de focas y ballenas que debían ser enormes a juzgar por el agua que arrojaban, que era visible a 4 millas de distancia. Dobló, por último, el cabo Frowar, que erizaban aún los últimos témpanos del invierno. Al otro lado del estrecho, en la Tierra del Fuego, se elevaba a 6.000 pies el monte Sarmiento, enorme agregación de peñascos separados por fajas de nubes, que formaban en el cielo la imagen de un archipiélago aéreo.
En el cabo Frowar termina verdaderamente el continente americano, pues el cabo de Hornos no es más que un peñasco perdido entre las olas a los 56° de latitud.
Pasado este punto, el estrecho se gasta entre la península de Brunswick y la Tierra del Desconsuelo, larga isla que se extiende entre mil islotes como un enorme cetáceo encallado entre guijarros. ¡Qué diferencia entre aquella desmenuzada extremidad de América y los puntos francos y bien determinados de África, Australia o las Indias! ¿Qué desconocido cataclismo pudo pulverizar de tal manera aquel inmenso promontorio echado entre dos océanos?
Entonces sucedió a las playas fértiles una serie de costas desnudas, de salvaje aspecto, escotadas por las mil canalizas y boquetes de aquel inextricable laberinto.
El Duncan seguía todas aquellas vueltas y revueltas sin vacilar ni equivocarse nunca, mezclando los torbellinos de su humo con las brumas desgarradas por las rocas. Pasó sin amenguar su velocidad, delante de algunas factorías españolas establecidas en aquellas playas abandonadas. En el cabo Tamer el estrecho se ensancha; y allí el yate pudo disponer de mayor espacio para rodear la escarpada costa de las islas de Harborough, y se acercó a las playas del Sur. Treinta y seis horas después de haber entrado en el estrecho, vio destacarse el cabo Pilares en el extremo de la Tierra del Desconsuelo. Ante su estrave se extendía un mar inmenso, libre, resplandeciente, y Santiago Paganel, saludándole con entusiasmo, se sintió no menos conmovido que el mismo Magallanes en el momento en que la Trinidad2 se inclinó bajo los vientos del océano Pacífico.
X
EL PARALELO 37
Ocho días después de haber doblado el cabo Pilares, el Duncan entraba a todo vapor en la bahía de Talcahuano, magnífica ensenada que tiene 12 millas de longitud y 9 de anchura. El tiempo era admirable. El cielo de aquel país no ostenta una sola nube desde noviembre hasta marzo, y el viento del sur reina, invariablemente, a lo largo de aquellas costas abrigadas por la cordillera de los Andes.
John Mangles, siguiendo las órdenes de Edward Glenarvan, había recalado muy cerca del archipiélago de Chiloe y los innumerables cayos de aquel continente americano. Cualquier resto de naufragio, una verga rota, un pedazo de palo labrado por la mano del hombre, podían poner al Duncan junto a las huellas del naufragio; pero nada se vio, y el yate, continuando su camino, ancló en el puerto de Talcahuano, cuarenta y dos días después de haber dejado las turbias aguas del Clyde.
Glenarvan hizo inmediatamente botar la lancha al agua, y desembarcó con Paganel al pie de la estacada. El sabio geógrafo, aprovechando las circunstancias, quiso servirse de la lengua española que tan concienzudamente había estudiado, pero con gran asombro suyo, echó muy pronto de ver que los indígenas no le comprendían.
—El acento es lo que me falta —dijo.
—Vamos a la Aduana —respondió Glenarvan.
En la Aduana, por medio de algunas palabras inglesas acompañadas de expresivos ademanes, supo que el cónsul británico residía en Concepción. Todo se reducía a una hora de camino. Glenarvan se procuró fácilmente dos caballos de buena andadura, y poco tiempo después Paganel y él entraban en la gran ciudad debida al genio emprendedor de Valdivia, el denodado compañero de los Pizarro.
¡Cuánto había perdido de su antiguo esplendor! Saqueada frecuentemente por los indígenas, incendiada en 1811, abatida, arruinada, eclipsada ya, por Talcahuano, con los muros ennegrecidos aún por las llamas de las devastaciones, contaba apenas 8.000 almas. Bajo el perezoso pie de sus indolentes habitantes, sus calles se convertían en praderas. Nada de comercio, ninguna actividad, parálisis completa de negocios. Tocábase el bandolín en todos los balcones, canciones lánguidas se escapaban de las celosías de las ventanas, y Concepción, la antigua ciudad de los hombres, no era ya más que una ciudad de mujeres y de niños.
Glenarvan manifestó pocos deseos de investigar las causas de esta decadencia, aunque Santiago Paganel tenía empeño en explicárselas, y, sin perder un instante, se fue a ver a J. R. Bentock, cónsul de Su Majestad Británica. Este señor le recibió muy atentamente, y luego que conoció la historia del capitán Grant, se encargó de tomar en todo el litoral los informes necesarios.
Se resolvió, desde luego negativamente, que el buque Britannia hubiese naufragado a lo largo de las orillas chilenas o americanas, hacia el paralelo 37. Acerca de semejante acontecimiento no había llegado la menor noticia al cónsul ni a sus colegas de las demás naciones. Glenarvan no se desanimó. Volvió a Talcahuano, y sin economizar gestiones ni dinero, mandó agentes a todas las costas. Las investigaciones fueron infructuosas. Las más minuciosas pesquisas practicadas en las poblaciones ribereñas no dieron resultado, de lo que cabía deducir que la fragata Britannia no había dejado ni siquiera el menor vestigio de su naufragio.
Glenarvan manifestó entonces a sus compañeros la esterilidad de sus investigaciones. Mary Grant y su hermano no pudieron contener la expresión de su dolor. Esto ocurrió seis días después de la llegada del Duncan a Talcahuano. Los pasajeros se hallaban reunidos en la toldilla. Lady Elena consolaba a los dos hijos del capitán, no con palabras, porque nada podía decir, sino con caricias. Santiago Paganel había vuelto a tomar el documento, y lo examinaba con profunda atención, como si quisiera arrancarle nuevos secretos. Hacía una hora que estaba ocupado en su examen, cuando Glenarvan le interpeló:
—Paganel, me confío a vuestra sagacidad. ¿Es errónea la interpretación que hemos dado a este documento? ¿Es ilógico el sentido de esas palabras?

Paganel no respondió. Reflexionaba.
—¿Nos habremos equivocado respecto del presunto teatro de la catástrofe? —prosiguió Glenarvan—. ¿No salta a la vista de los menos perspicaces el nombre de Patagonia?
Siguió el geógrafo guardando silencio.
—Por último —dijo Glenarvan—, ¿la palabra indio no acaba de favorecer nuestras interpretaciones?
—Perfectamente —respondió Mac Nabbs.
—Y siendo así, ¿no es evidente que los náufragos, en el momento de escribir estas líneas, esperaban caer prisioneros de los indios?
—Alto aquí —respondió, al cabo, Paganel—; vuestras conclusiones son justas, pero ésta no me lo parece tanto.
—¿Qué queréis decir? —preguntó lady Elena, y todas las miradas se fijaron en el geógrafo.
—Quiero decir —respondió Paganel acentuando sus palabras— que el capitán Grant es actualmente prisionero de los indios, y añadiré que el documento no deja duda alguna acerca de su situación.
—Explicaos —dijo Miss Grant.
—Nada más fácil, mi querida Mary; en lugar de leer en el documento serán prisioneros, leamos son prisioneros, y queda aclarado todo.
—¡Pero eso es imposible! —replicó Glenarvan.
—¡Imposible! ¿Por qué, mi noble amigo? —preguntó Paganel sonriéndose.
—Porque la botella no pudo echarse sino en el momento de estrellarse el buque contra las rocas, y, por consiguiente, los grados de longitud y latitud se aplican al lugar mismo del naufragio.
—Nada lo prueba —replicó al momento Paganel—, y no veo por qué razón los náufragos, después de haber sido arrastrados por los indios al interior del continente, no han de haber procurado, por medio de la botella, dar a conocer el lugar de su cautiverio.
—Muy sencillamente, mi querido Paganel; para poder echar una botella al mar, es preciso que haya mar donde echarla.
—O a falta de mar —replicó Paganel—, ríos que desagüen en el mar.
Un silencio de admiración acogió esta respuesta, aunque inesperada, admisible. En los ojos de los que le oían descubrió Paganel el rayo de una nueva esperanza. Lady Elena fue quien primero tomó la palabra.
—¡Qué idea! —exclamó.
—¡Y qué magnífica! —añadió ingenuamente el geógrafo.
—¿Sois, pues, del parecer...? —preguntó Glenarvan.
—Mi parecer es buscar el paralelo 37 en el punto mismo en que encuentra la costa americana, y seguirlo, sin separarnos ni medio grado, hasta el punto en que se sumerge en el Atlántico. Acaso encontremos en el camino a los náufragos de la Britannia.
—¡Débil esperanza! —respondió el mayor.
—Por débil que sea —replicó Paganel—, debemos asirnos a ella. Si por casualidad yo tengo razón, si la botella ha llegado al mar siguiendo el curso de un río de este continente, no podemos dejar de encontrar las huellas de los cautivos. Mirad, amigos míos, mirad el mapa de este país, y voy a convenceros hasta la evidencia.
Y diciendo esto, extendió sobre la mesa un mapa de Chile y de las provincias argentinas.
—Seguidme —dijo— en este paseo por el continente americano. Atravesemos la estrecha faja chilena. Pasemos la cordillera de los Andes. Descendamos a las Pampas. ¿Faltan en estas regiones ríos, arroyos y arroyuelos? No. He aquí el río Negro, he aquí el río Colorado, he aquí sus afluentes cortados por el 37° de latitud, que todos han podido servir para el transporte del documento. Quizás en este sitio, en el seno de una tribu, en poder de indios sedentarios, a orillas de estos ríos poco conocidos, en las gargantas de las sierras, los náufragos a quienes tengo el derecho de llamar nuestros amigos, esperan una intervención providencial. ¿Debemos engañar su esperanza? ¿No sois todos del parecer de que debemos seguir, atravesando estas comarcas, la línea rigurosa que en este momento traza mi dedo en el mapa? Y si contra toda previsión nos engañásemos, ¿no es nuestro deber subir hasta lo último del paralelo 37, y si es preciso para encontrar a los náufragos, dar con él la vuelta alrededor del mundo?
Estas palabras, pronunciadas con generosa animación, produjeron una profunda impresión en los que las oyeron. Todos se levantaron y tendieron la mano a Paganel.
—¡Sí, allí está mi padre! —exclamó Roberto Grant, devorando el mapa con los ojos.
—Y donde esté —respondió Glenarvan—, sabremos encontrarle, hijo mío. Nada más lógico que la interpretación de nuestro amigo Paganel, y debemos, sin vacilar, seguir la vía que nos ha trazado. O el capitán Grant se halla en poder de indios numerosos, o es cautivo de una tribu débil. En este último caso, le rescataremos apenas conozcamos su paradero. En el otro, después de haber reconocido su situación, encontraremos al Duncan en la costa oriental, pasaremos a bordo, ganaremos Buenos Aires, y allí un destacamento organizado por el mayor Mac Nabbs dará buena cuenta de todos los indios de las provincias argentinas.
—¡Bien, bien, Milord! —respondió John Mangles—. Y yo añadiré que la travesía del continente americano se verificará sin peligros.
—Sin peligros y sin fatigas —repuso Paganel—. ¡Cuántos la han hecho ya, sin tener nuestros medios de ejecución, y sin que su valor estuviese sostenido como el nuestro por la magnitud del objeto! ¿Acaso en 1782 no fue Basilio Villarmo desde el Carmen a las Cordilleras? ¿Acaso en 1806 un chileno, alcalde de la provincia de Concepción, don Luis de la Cruz, partiendo de Antuco, no siguió precisamente este paralelo 37, y después de salvar los Andes, no llegó a Buenos Aires en 47 días? ¿Y el coronel García, y Monsieur Alcides de Orbigny, y mi distinguido colega el doctor Martín de Moussy, no han recorrido este país en todas direcciones, y hecho por la Ciencia lo que nosotros vamos a hacer por la Humanidad?
—¡Señor! ¡Señor! —dijo Mary Grant, con una voz entrecortada por la emoción—. ¿Cómo he de poder pagar con mi reconocimiento eterno una abnegación que os expone a tantos peligros?
—¡Peligros! —exclamó Paganel—. ¿Quién ha pronunciado la palabra peligro?
—¡No he sido yo! —respondió Roberto Grant, en cuyos ojos brillaba el entusiasmo.
—¡Peligros! —continuó Paganel—. ¿Existen acaso peligros? Además, ¿de qué se trata? De un viaje de 350 leguas escasas, puesto que iremos en línea recta, de un viaje que se realizará bajo una latitud equivalente a la de España, Sicilia y Grecia en el otro hemisferio, y, por consiguiente, en un clima casi idéntico, de un viaje, en fin, en el que se invertirá escasamente un mes, y que por tanto sólo merece el nombre de un paseo.
—Señor Paganel —preguntó entonces lady Elena—, ¿sois de la opinión de que si los náufragos han caído en poder de los indios, su existencia ha sido respetada?
—Tal creo, señora. ¿Los indios son acaso antropófagos? Lejos de eso. Uno de mis compatriotas, Monsieur Guinnard, a quien he conocido en la Sociedad de Geografía, permaneció por espacio de tres años cautivo de los indios de las Pampas. Sufrió muy malos tratos, pero se salvó al fin. Un europeo en estas comarcas es un ser útil cuyo valor conocen los indios y le cuidan como un animal precioso.
—Pues bien, no hay que vacilar —dijo Glenarvan—; es preciso partir, y al momento. ¿Qué camino debemos seguir?
—Un camino fácil y agradable —respondió Paganel—. Algunas montañas primero, después una pendiente suave en la vertiente oriental de los Andes, y al fin una llanura compacta, tapizada de musgo y arena, un verdadero jardín.
—Veamos el mapa —dijo el mayor.
—Vedle, amigo Mac Nabbs. Iremos a tomar la extremidad del paralelo 37 de la costa chilena, entre la punta Rumena y la bahía de Carnero. Después de atravesar la capital de Araucania, cortaremos la Cordillera por el paso de Antuco, dejando el volcán al sur; luego, deslizándonos por los prolongados declives de las montañas, salvando el Nenquem, el río Colorado, alcanzaremos las Pampas, el Salinas, el río Guamini y la sierra Tapalquen. Allí se presentan las fronteras de la provincia de Buenos Aires. Las pasaremos, subiremos la sierra Tandil y prolongaremos nuestras pesquisas hasta la punta de Medano, en las playas del Atlántico.
Al hablar así, desenvolviendo el programa de la expedición, Paganel no se tomaba siquiera la molestia de mirar el mapa que tenía ante los ojos. No lo necesitaba. Conocedor de los trabajos de Frezier, Bolina, Humboldt, Miers, Orbigny, no podía engañarse ni ser sorprendida su imperturbable memoria. Después de terminar la precedente nomenclatura geográfica, añadió:
—Es camino recto, amigos míos. En 30 días lo recorreremos, y llegaremos antes que el Duncan a la costa oriental, por poco que retarden su marcha vientos de Poniente.
—Así, pues —dijo John Mangles—, ¿el Duncan deberá cruzar el cabo Corrientes y el de San Antonio?
—Precisamente.
—¿Y cómo compondríais vos el personal de la expedición? —preguntó Glenarvan.
—Lo más sencillamente posible. Se trata únicamente de reconocer la situación del capitán Grant, y no de andar a tiros con los indios. Creo que lord Glenarvan, nuestro jefe natural, el mayor, que no querrá ceder su puesto a nadie, vuestro servidor Santiago Paganel...
—¡Y yo! —exclamó Roberto.
—¡Roberto! ¡Roberto! —dijo Mary.
—¿Y por qué no? —respondió Paganel—. Los viajes forman la juventud. Así, pues, nosotros cuatro y tres marineros del Duncan...
—¿Cómo? —dijo John Mangles—. ¿Vuestro Honor no me reclama?
—Querido John —respondió Glenarvan—, dejamos a bordo a nuestras pasajeras, es decir, a lo que más queremos en el mundo. ¿Quién mejor que el capitán del Duncan velaría por ellas?
—Por lo visto, ¿no os acompañamos nosotras? —dijo lady Elena, cuyos ojos veló una nube de singular tristeza.
—Mi querida Elena —respondió Glenarvan—, nuestro viaje debe realizarse en condiciones excepcionales de velocidad; nuestra separación será corta, y...
—Sí, amigo mío, os comprendo —respondió lady Elena—. Marchad, pues, y quiera el cielo que el éxito corone vuestra empresa.
—Además, que esto no es un viaje —dijo Paganel.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó lady Elena.
—Un paseo y nada más. Pasaremos como el hombre honrado pasa por la tierra, haciendo todo el bien posible. Transire benefactiendo, es nuestra divisa.
Estas palabras de Paganel terminaron la discusión, si discusión puede llamarse una conversación en que todos estuvieron de acuerdo. Los preparativos empezaron aquel mismo día. Se resolvió guardar secreto acerca de la expedición para no poner sobre aviso a los indios.
La partida se fijó para el 14 de octubre. Cuando se trató de escoger los marineros que formarían parte de la expedición, todos ofrecieron sus servicios, de modo que Glenarvan no tenía más que elegir, pero prefirió que hablase la suerte, para no ofender a nadie con sus preferencias. Verificado el sorteo, salieron el segundo, Tom Austin, Wilson, mozo fornido, y Mulrady, que podía en boxeo tenérselas con el mismo Tom Sayers.
Glenarvan había desplegado una extraordinaria actividad en sus preparativos. Quería estar en disposición de partir el día fijado y lo consiguió. Entretanto, John Mangles se abastecía de carbón para poder hacerse inmediatamente a la mar. Estaba empeñado en llegar antes que los viajeros a la costa argentina, originando una verdadera rivalidad entre Glenarvan y el joven capitán, que redundó en beneficio de todos.
El 14 de octubre, a la hora prefijada, todos tenían hechos sus preparativos particulares. En el momento de partir, los pasajeros del yate se reunieron en la cámara. El Duncan estaba aparejando, y ya las palas de su hélice removían las cristalinas aguas de Talcahuano. Glenarvan, Paganel, Mac Nabbs, Roberto Grant, Tom Austin, Wilson y Mulrady, armados con carabinas y revólveres, se disponían a dejar el buque. Los guías y las mulas les aguardaban junto a la estacada.
—Ya es la hora —dijo lord Edward.
—¡Id, pues, amigo mío! —respondió lady Elena, reprimiendo su dolor.
Lord Glenarvan la estrechó en sus brazos, mientras Roberto se echaba a los pies de su hermana.
—¡Y ahora, queridos compañeros —dijo Santiago Paganel—, un último apretón de manos que nos dure hasta las costas del Atlántico!
Subieron todos a cubierta, y los siete viajeros, saltando del Duncan a la lancha, llegaron enseguida al muelle.
Lady Elena, desde la toldilla, exclamó por última vez:
—¡Amigos míos, que Dios os ayude!
—¡Y nos ayudará, señora —respondió Santiago Paganel—, porque nos ayudaremos nosotros mismos!

Tom Austin, Wilson y Mulrady.
—¡Adelante! —gritó John Mangles al maquinista.
—¡En marcha! —dijo lord Glenarvan.
Y al mismo tiempo que los viajeros echaron a andar sus cabalgaduras, siguiendo el camino de la orilla, el Duncan, bajo la acción de su hélice, tomaba a todo vapor su rumbo en el océano.
XI
TRAVESÍA DE CHILE
La escolta indígena organizada por Glenarvan, se componía de tres hombres y un niño. El jefe de los mulateros era un inglés naturalizado en el país hacía veinte años. Tenía por oficio alquilar mulas a los viajeros y guiarles en la travesía de las cordilleras. Después era relevado por un baqueano o guía argentino, que conocía al dedillo el camino de las Pampas. No había el conductor inglés olvidado de tal manera, en medio de las mulas y los indios, su idioma natural, que no pudiese sostener una conversación con los viajeros, de lo que resultaba, para la comunicación y ejecución de las órdenes, una facilidad de que Glenarvan procuró sacar partido, pues Santiago Paganel no estaba aún bastante fuerte en español para hacerse comprender.
El jefe de los mulateros o capataz, según le llaman los chilenos, tenía a sus órdenes dos bagajeros indígenas y un niño de doce años. Los peones cuidaban de los mulos cargados con el equipaje de los expedicionarios, y él niño conducía la Madrina, yegua pequeña, que, llena de cascabeles y campanillas, marchaba delante de la recua, compuesta de diez mulos. De éstos montaban siete los viajeros y uno el capataz, llevando los dos restantes las provisiones y algunas piezas de telas destinadas a captarse las simpatías de los caciques de la llanura. Los bagajeros marchaban a pie, según costumbre. Así, pues, la travesía de América debía verificarse en las mejores condiciones desde el punto de vista de seguridad y rapidez.
El paso por la cordillera de los Andes no es un viaje ordinario. No se puede emprender sin disponer de mulos vigorosos, de los cuales son los más estimados los de la provincia argentina. Estos híbridos han adquirido en el país un desarrollo superior al de la raza primitiva. Son fáciles de mantener, no beben más que una vez al día, andan, sin fatigarse, diez leguas en ocho horas y llevan sin gran trabajo una carga de catorce arrobas.

En la distancia que separa un océano de otro, no hay posadas. No se encuentra ni un mal ventorrillo. Se come carne seca o cecina, llamada en América tasajo, arroz sazonado con pimienta, y la caza que buenamente se presenta en el camino. Se bebe en la montaña el agua de los torrentes, en la llanura la de los arroyos, mezclándola con algunas gotas de ron o aguardiente de caña, de lo que cada cual lleva su provisión en un cuerno de buey llamado chifle. Conviene no abusar de bebidas alcohólicas en una región en que el sistema nervioso está siempre excitado. Respecto a camas, no hay más que el aparato indígena llamado vulgarmente recado, que se reduce, a los pellones o zaleas de carnero, pieles curtidas por un lado y sin trasquilar por el otro, que se sujetan con anchas cinchas o correas lujosamente bordadas. Envuelto en ellas el viajero, arrostra victoriosamente la humedad de la noche y duerme a las mil maravillas.
Glenarvan, como hombre que sabe viajar y conformarse con los usos de todos los países, había adoptado para sí y todos los de la comitiva el traje chileno. Paganel y Roberto, que eran dos niños, uno grande y otro pequeño, no cabían de gozo en su pellejo cuando metieron la cabeza por la abertura del poncho nacional, especie de capote de monte que tiene un agujero en el centro, y los pies en las soletas o botas de cuero formadas con la piel de los corvejones de un potro. Eran de ver sus mulos ricamente enjaezados, con el freno árabe en la boca, la larga brida de cuero trenzado que servía al mismo tiempo de látigo, la cabeza cuajada de adornos de metal y las alforjas, de colores chillones, conteniendo la ración del día. Paganel, siempre distraído, estuvo a punto de recibir un par de coces de su excelente cabalgadura en el momento de poner el pie en el estribo; luego que estuvo montado con la inseparable bandolera de qué colgaba el anteojo de larga vista, se confió enteramente al instinto del animal, y no tuvo motivos de arrepentirse de ello. Roberto mostró desde luego gran aptitud para la equitación, y si la ejercitaba, llegaría a ser un excelente jinete. Rompióse la marcha con un tiempo soberbio, estando el cielo puro, y a pesar de los ardores del sol, la brisa del mar refrescaba suficientemente la atmósfera. La caravana siguió a buen paso las tortuosas playas de Talcahuano, para ganar a treinta millas al sur la extremidad del paralelo. La marcha fue rápida durante aquella primera jornada por entre la espadaña y las cañas de antiguos pantanos desecados, y se habló poco. Los adioses de despedida habían dejado cierta amargura en el corazón de los viajeros. Aún podían ver el humo del Duncan que se perdía en el horizonte. Todos callaban, a excepción de Paganel. El estudioso geógrafo se dirigía a sí mismo preguntas en español, y se contestaba satisfactoriamente en la misma lengua.
El capataz era también un hombre bastante taciturno, y no era su profesión la más adecuada para hacer de él un hablador. Hablaba apenas a sus mulateros. Éstos, prácticos en su oficio, sabían dónde les apretaba el zapato. Si algún mulo se detenía, lo arreaban con un grito gutural, y si esto no era suficiente, con un buen canto que le arrojaban con mano certera le sacaban de su apatía. Si se desataba una cincha, si se rompía una brida, el mulatero, quitándose el poncho, tapaba con él la cabeza del animal, y reparada la avería, seguía la marcha.
Es costumbre de los mulateros partir a las ocho, después de almorzar, y caminar hasta las cuatro de la tarde. Glenarvan se atuvo a ella. Precisamente, cuando dio el capataz la voz de alto, los viajeros llegaban a la villa de Arauco, situada en la extremidad de la bahía, sin haber abandonado la playa espumosa del océano. Para hallar el extremo del paralelo 37 hubiera sido preciso avanzar 20 millas al oeste hasta la bahía Carnero. Pero los agentes de Glenarvan habían ya recorrido aquella parte del litoral sin encontrar ningún vestigio del naufragio. Una nueva expedición habría sido inútil, y se resolvió por lo tanto tornar a la ciudad de Arauco como puntode partida. Desde allí debía continuarse el camino hacia el este, siguiendo una línea rigurosamente recta.

La caravana entró en la ciudad para pernoctar en ella, y acampó en medio del patio de un ventorro, cuyas comodidades se hallaban aún en un estado rudimentario.
Arauco es la capital de Araucania, estado que tiene 50 leguas de largo y 40 de ancho, habitado por los molucas, los primogénitos de la raza chilena cantados por Ercilla. Es una raza altiva y fuerte, la única de las dos Américas que no se ha doblegado nunca a una dominación extranjera. Aunque Arauco perteneció en otro tiempo a los españoles, las poblaciones no se sometieron, resistieron entonces como resisten en la actualidad las invasiones de Chile, y su pabellón independiente, que es una estrella blanca en campo azul ondea aún en la cúspide de la colina fortificada que defiende la ciudad.
Mientras se preparaba la cena, Glenarvan, Paganel y el capataz se pasearon entre las casas cubiertas de guano. Arauco no ofrece más curiosidad arquitectónica que una iglesia y las ruinas de un convento de franciscanos. Glenarvan procuró inútilmente recoger algunos datos relativos al objeto de la expedición. Paganel estaba desesperado porque no podía hacerse comprender de los habitantes, pero hablando éstos el araucano, lengua madre cuyo uso es general hasta el estrecho de Magallanes, el español que hablaba Paganel le sirvió tanto como el hebreo. Hizo funcionar sus ojos, ya que nada tenía que hacer de los oídos, y experimentó una verdadera alegría de sabio al observar los varios tipos de la raza mohica que se le ponían delante. Los hombres tenían la estatura alta, la cara chata, la tez cobriza, la barba rala, la mirada recelosa y la cabeza ancha y perdida en una larga cabellera negra. Parecían entregados a la haraganería especial de las gentes de guerra que no saben qué hacer en tiempo de paz. Sus mujeres, miserables y animosas, se dedicaban a las más penosas faenas, echaban el pienso a los caballos, limpiaban las armas, araban, cazaban para sus señores, y aún les quedaba tiempo para invertirlo en sus ponchos de color azul turquesa, que requieren dos años de trabajo, valiendo cada uno de ellos por lo menos 100 pesos fuertes.
En resumen, los molucas forman un pueblo poco interesante y de costumbres bastante rudas. Tienen todos los vicios humanos contra una sola virtud, el amor a la independencia.
—Son unos verdaderos espartanos —decía Paganel, cuando, al terminar el paseo, se sentó a la mesa para cenar.
El digno sabio exageraba, y sus exageraciones cómicas provocaron cierta hilaridad colectiva cuando dijo que su corazón francés palpitaba con violencia durante su visita a la ciudad de Arauco. Al preguntarle el mayor la causa de su inesperada palpitación, respondió que su emoción era natural, pues un compatriota suyo ocupó en otro tiempo el trono de Araucania. El mayor le suplicó dijese el nombre de aquel soberano, y Santiago Paganel nombró con orgullo al buen Monsieur De Tonneins, excelente sujeto, antiguo abogado de Périgueux, demasiado barbudo tal vez en aquel país de pocas barbas, que había experimentado lo que los reyes destronados han dado en llamar con enfático sentimentalismo la ingratitud de sus súbditos. Habiéndose. sonreído ligeramente el mayor a la idea de un antiguo abogado derribado del trono, Paganel respondió con mucha gravedad que era tal vez más fácil a un abogado ser un buen rey que a un rey ser un buen abogado. Todos celebraron la ocurrencia y bebieron algunas gotas de chichi1 a la salud de Orelio Antonio I, ex rey de Araucania. Pocos minutos después los viajeros, envueltos en sus ponchos, dormían profundamente.
A las ocho de la mañana siguiente, los expedicionarios, con la Madrina en vanguardia y los mulateros a retaguardia, prosiguieron al este el camino del paralelo trigésimo séptimo. Atravesaron el fértil territorio de Araucania, rico en viñas y rebaños. Pero poco a poco fueron quedando desiertos los campos, y apenas si de milla en milla se distinguía una ranchería de rastreadores, oindios domadores de caballos, célebres en toda América. Veíase también, de cuando en cuando, una casa de postas abandonada que servía de albergue al vagabundo indígena de las llanuras. Durante aquella jornada cerraron dos ríos el paso a los viajeros, el Raque y el Tubal. Pero el capataz descubrió un vado que permitió pasar a la otra orilla. La cordillera de los Andes se destacaba en el horizonte, siendo hacia el norte mayores y más numerosos sus picos y colinas. Allí no eran aún más que las vértebras inferiores de la enorme espina dorsal en que se apoya toda la armazón del Nuevo Mundo.
A las cuatro de la tarde, después de andar 35 millas, se detuvo la caravana en medio del campo debajo de un bosque de gigantescos mirtos. Quitóse la brida a los mulos, que fueron a pastar libremente la espesa hierba de las sabanas. Salieron de las alforjas el tasajo y el arroz acostumbrado. Las zaleas extendidas en el suelo sirvieron de colchones, los recados hicieron el papel de almohadas, y en aquellos improvisados lechos conciliaron todos un sueño reparador, mientras que los mulateros y el capataz velaban por turno.
Siendo el tiempo tan propicio, gozando de buena salud todos los viajeros, sin exceptuar a Roberto, y habiendo empezado el viaje bajo tan buenos auspicios, era preciso aprovechar las circunstancias y seguir adelante con el ardor de un jugador que está de suerte. Ésta era la opinión de todos. En la siguiente jornada se avanzó mucho, salvando sin el menor contratiempo la corriente del Bell, y por la tarde, acampando en las márgenes del río Biobio, que separa el Chile español del Chile independiente, Glenarvan pudo añadir al activo de la expedición 35 millas más sobre las ya recorridas. El paisaje seguía siendo fértil, abundando en él las amarilis, las violetas arborescentes, los estramonios y los cactos de doradas flores. Algunos animales, entre otros el ocelote o gato montés americano, se mantenían ocultos en la espesura. Las aves estaban únicamente representadas por una garza, un mochuelo y algunos zorzales y colimbos que huían de las garras del milano. Se veían muy pocos indígenas, y estos pocos eran casi todos guasos, hijos degenerados de indios y españoles que galopaban en caballos ensangrentados por las gigantescas espuelas que calzaban sus pies desnudos, y pasaban como sombras. No había a quién hablar en el camino, y por lo tanto no era posible obtener ninguna noticia. Glenarvan se consolaba con la idea de que Grant, prisionero de los indios, había sido arrastrado por ellos más allá de la cordillera de los Andes. Más acá de las Pampas, no podían ser fructuosas las pesquisas. Era, pues, preciso armarse de paciencia y seguir caminando con ligereza y sin descanso.
El 17, a la hora de costumbre, se volvió a emprender la marcha en el mismo orden que en los días anteriores, lo que no tenía de muy buen humor a Roberto, cuya impaciencia le inducía a ganar la delantera a la Madrina con gran desesperación de su mulo. Era preciso que Glenarvan le reconviniese severamente para que el mocito no se separase de su puesto.
El terreno se hacía entonces más accidentado. Algunas prominencias preludiaban próximas montañas, y los ríos se multiplicaban, sometiéndose, no sin murmurar, a los caprichos de las pendientes. Paganel consultaba frecuentemente sus mapas, y cuando en ellos no figuraba alguno de los ríos y arroyos que se encontraban a cada paso, su sangre de geógrafo hervía en sus venas y se incomodaba de la manera más encantadora del mundo.

El vado del río Tubal.
—Un río que no tiene nombre —decía— es un río que no tiene estado civil. Es un río que no existe a los ojos de la ley geográfica.
Así es que bautizaba aquellos ríos sin nombre, los anotaba en el mapa y les daba las más retumbantes calificaciones de la lengua española.
—¡Qué lengua! —exclamaba—. ¡Qué lengua tan rotunda y sonora! ¡Es una lengua de metal, y estoy seguro de que se compone de setenta y ocho partes de cobre y de veintidós de estaño, como el bronce de las campanas.
—¿Pero progresáis en ella? —le preguntó Glenarvan.
—¡Ciertamente, querido lord! ¡Ah! ¡Si no fuera por el acento! ¡Pero me mata el acento!
Entretanto, Paganel hacía desesperados esfuerzos para enseñar a su gaznate a vencer las dificultades de la pronunciación, sin olvidar sus observaciones geográficas. En esto sí era extraordinariamente fuerte, y no había quien le pudiese poner la ceniza en la frente. Cuando lord Glenarvan interrogaba al capataz sobre una particularidad del país, su sabio compañero contestaba antes que el guía. Éste le miraba con asombro.
Aquel mismo día, a cosa de las dos de la tarde, se presentó una senda que cortaba la línea seguida hasta entonces. Glenarvan preguntó naturalmente su nombre, y naturalmente también Santiago Paganel se encargó de contestarle.
—Éste —le dijo— es el camino de Zumbel a Los ángeles.
Glenarvan miró al capataz.
—Exactamente —dijo éste.
Y dirigiéndose en seguida al geógrafo, le preguntó:
—¿Habéis atravesado ya este país?
—Ya lo creo —respondió formalmente Paganel.
—¿En mulo?
—No, en butaca.
El capataz, que no le comprendió, se encogió de hombros, y volvió a colocarse a la cabeza de la caravana.
A las cinco de la tarde se detuvieron en un barranco poco profundo, a pocas millas de Loja, acampando los viajeros aquella noche al pie de las Sierras, primeros escalones de la Gran Cordillera.
XII
A DOS MIL PIES DE ALTURA
Hasta entonces la travesía de Chile no había presentado ningún accidente grave. Pero en lo sucesivo se acumularán los obstáculos y peligros que lleva consigo una marcha por las montañas, y empezará la verdadera lucha con las dificultades naturales.
Antes de partir fue preciso resolver una cuestión importante. ¿Por qué paso se podría atravesar la cordillera de los Andes, sin separarse de la dirección requerida? Acerca del particular se preguntó al capataz:
—No conozco —respondió éste— más que dos pasos practicables en esta parte de la cordillera.
—¿El paso de Arica, sin duda —dijo Paganel—, descubierto por Valdivia y Mendoza?
—Precisamente.
—¿Y el de Villarica, situado al sur de Nevado del mismo nombre?
—Justo.
—Pues bien, amigo, esos dos pasos tienen el inconveniente de llevarnos más al norte o más al sur de lo que nos conviene.
—¿Tenéis —preguntó el mayor— algún otro que proponernos?
—Ya se ve que sí —respondió Paganel—; hay el paso de Antuco, situado en la pendiente volcánica, a 37° 30’, es decir, a cerca de medio grado de nuestro derrotero. Se encuentra a mil toesas de altura escasamente, y fue reconocido por Zamudio de la Cruz.
—¿Y vos, capataz —preguntó Glenarvan—, conocéis este paso?
—Sí, Milord, lo conozco , y no os lo proponía porque es una vereda para el ganado que usan los pastores indios de las vertientes orientales.
—Pues bien, amigo —respondió Glenarvan—, por donde pasan los caballos, carneros y bueyes de los pehuenches, pasaremos también nosotros, y puesto que nos mantiene en línea recta, iremos por el paso de Antuco.
Diose inmediatamente la señal de marcha, y la comitiva penetró en el valle de las Lejas, entre grandes moles de caliza cristalizada. Subían los viajeros una cuesta casi insensible. A cosa de las once, tuvieron que rodear un lago de poca consideración, receptáculo natural y punto de cita pintoresco de todos los ríos de las cercanías, que llegaban a él murmurando y se confundían tranquilamente. Encima del lago se extendían espaciosos llanos cubiertos de gramíneas, donde pastaban los rebaños indios. Se encontró luego un pantano que se prolongaba de sur a norte, y del cual se salió bien por el instinto de los mulos. A la una apareció en la cresta de una roca, que coronaba con sus desmanteladas almenas, el fuerte Ballenero. Más adelante, las pendientes se hacían ásperas y pedregosas, y los guijarros, desprendidos por los cascos de los mulos, rodaban al pasar, formando ruidosas cascadas de piedras.
A cosa de las tres, se destacaron nuevas ruinas pintorescas de un fuerte destruido cuando el levantamiento en 1770.
—Decididamente, como si las montañas por sí solas —dijo Paganel— no bastaran a separar a los hombres, las fortifican.
Desde aquel punto el camino se hizo difícil y hasta peligroso. El ángulo de las pendientes se abrió más y más, se prolongaron los picos, y los precipicios se ahondaron de una manera espantosa. Los mulos avanzaban con prudencia, con la cabeza gacha, olfateando el camino. Andábase en fila. Algunas veces, al volver un violento recodo, la Madrina desaparecía, y la caravana se guiaba entonces por el lejano ruido de sus colleras. Con frecuencia también, las caprichosas revueltas del camino dividían la columna en dos filas paralelas, y el capataz podía hablar a los mulateros, al paso que una quebraja que tenía apenas 2 toesas de anchura, pero 200 de profundidad, interponía entre ellos un inaccesible abismo.
La vegetación herbácea luchaba aún contra la invasión de la piedra, pero iba ya de capa caída, como se dice vulgarmente, se batía en retirada, y el triunfo próximo del reino mineral sobre el vegetal no parecía ya dudoso. Algunos rastros de lava de un color ferruginoso, erizados de cristales amarillos en forma de agujas, permitían reconocer la proximidad del volcán de Antuco. Las rocas, acumuladas unas sobre otras y amenazando caer, se sostenían contra todas las leyes del equilibrio. Era evidente que los cataclismos habían de modificar fácilmente su aspecto, y al considerar aquellos picos sin plomo, aquellas cúpulas torcidas, aquellas colinas mal sentadas, era fácil ver que aún no había llegado para aquella región montañosa la hora de la estabilidad definitiva.
En estas condiciones era difícil reconocer el camino. La agitación casi incesante de la armazón de los Andes altera con frecuencia el trazado, y los puntos que sirven de señal para orientarse dejan de estar donde estaban. Así es que el capataz vacilaba, se paraba, miraba alrededor, interrogaba la forma de las rocas, buscaba en las piedras quebradizas las huellas de los indios. La orientación era imposible.

Glenarvan seguía al conductor paso a paso sin desviarse de él una línea. Echaba de ver cuánto aumentaban sus perplejidades las dificultades del camino, y no se atrevía a preguntarle nada. Pensaba, tal vez sin razón, que el instinto de los mulateros es como el de los mulos, y que lo mejor que se puede hacer es confiarse a él ciegamente.
Durante una hora siguió el capataz errando a la ventura, pero ganando incesantemente las más elevadas zonas de la montaña. Tuvo al cabo que detenerse. En el fondo de un valle poco extenso, había una de esas gargantas estrechas que los indios llaman quebradas. Cerraba la salida un muro de pórfido cortado a pico. El capataz, después de buscar un paso inútilmente, se apeó, se cruzó de brazos y esperó. Se acercó a él Glenarvan.
—¿Os habéis extraviado? —preguntó.
—No, Milord —respondió el capataz.
—Sin embargo, no estamos en el paso de Antuco.
—En él estamos.
—¿No os engañáis?
—No. He aquí los restos de una hoguera que ha servido a los indios y las huellas que ha dejado su ganado.
—Pues bien, siendo así como decís, es claro que han pasado.
—Han pasado, pero ya no volverán a pasar. El último terremoto ha vuelto impracticable el camino que había.
—Ha vuelto impracticable el camino para los mulos —respondió el mayor—, pero no para los hombres.
—Eso —respondió el capataz— ya es harina de otro costal, no es cuenta mía. Yo he hecho lo que he podido. Mis mulos y yo estamos dispuestos a retroceder si queréis que vayamos a buscar los otros pasos de la cordillera.
—¿Necesitaremos mucho tiempo?
—No bajará de tres días.
Glenarvan oía silencioso las palabras del capataz, el cual se hallaba evidentemente dentro de las condiciones del contrato. Sus mulos no podían ir más lejos. Sin embargo, cuando propuso retroceder, Glenarvan se volvió a sus compañeros y les dijo:
—¿Queréis pasar, no obstante los obstáculos?
—Queremos seguiros —respondió Tom Austin.
—Y hasta precederos —añadió Paganel—. ¿De qué se trata en resumidas cuentas? De pasar una cordillera de montañas, cuyas opuestas vertientes ofrecen un descenso incomparablemente más fácil. Hecho esto, encontraremos a los baqueanos argentinos que nos guiarán por las Pampas, y caballos ligeros como el viento, acostumbrados a galopar en las llanuras. Adelante, pues, sin vacilar.
—¡Adelante! —gritaron los compañeros de Glenarvan.
—¿Vos no nos acompañáis? —preguntó éste al capataz.
—Soy conductor de mulos —respondió el mulatero.
—Como queráis.
—Nos pasaremos sin él —dijo Paganel—. Al otro lado de ese murallón, encontraremos los senderos de Antuco, y yo me comprometo a conduciros a la falda de la montaña tan directamente como el guía más práctico de las cordilleras.
Glenarvan arregló la cuenta al capataz y le despidió con mulas y zagales. Entre los siete viajeros se repartieron las armas, los instrumentos y algunos víveres. Todos acordaron emprender inmediatamente la marcha, y viajar, si era preciso, una parte de la noche. En la escarpa de la izquierda serpenteaba un sendero escabroso por el cual no hubieran podido andar los mulos. Las dificultades del tránsito fueron considerables, pero después de dos horas de fatigas y revueltas, Glenarvan y sus compañeros se hallaron en el paso de Antuco.
Estaban entonces en la parte andina, propiamente dicha, que dista poco de la arista superior de las cordilleras, pero no distinguieron la menor apariencia de camino abierto ni de paso determinado. Toda aquella región acababa de ser trastornada por los últimos terremotos, y fue preciso elevarse cada vez más por las crestas de la cordillera. Paganel se puso de bastante mal humor al ver que el camino no estaba libre, y comprendió las rudas fatigas que había que arrostrar para ganar la cima de los Andes, cuya altura media está comprendida entre 11.000 y 12.000 pies. Afortunadamente, el tiempo estaba tranquilo y el cielo sereno, y la estación era favorable. Pero en invierno, desde mayo a octubre, la ascensión hubiera sido impracticable, porque basta la intensidad del frío para acabar con los viajeros, y los que resisten el rigor de las temperaturas sucumben a la violencia de los temporales, que así se llaman ciertos huracanes particulares de aquellas regiones, que todos los años siembran de cadáveres las gargantas de las cordilleras.
Toda la noche se pasó subiendo, siempre subiendo. A fuerza de agarrarse con las uñas se pudo poner el pie en mesetas casi inaccesibles. Hubo que salvar de un salto despeñaderos anchos y profundos; dándose unos a otros la mano, con los brazos se remplazaba las cuerdas, y los hombros servían de escabeles. Aquellos hombres intrépidos parecían una compañía de volatineros entregada a toda la locura de los juegos icarios. Entonces tuvieron mil ocasiones de ejercitarse el vigor de Mulrady y la destreza de Wilson. Los dos bravos escoceses se multiplicaban y más de una vez sin su abnegación y su valor no hubiera podido pasar la caravana. Glenarvan no perdía de vista al joven Roberto, cuya edad y natural viveza le volvían imprudente. Paganel avanzaba con todo el ardor de un verdadero francés. El mayor no se movía más que lo estrictamente necesario y se elevaba de una manera insensible. ¿Había notado él mismo que hacía muchas horas que estaba subiendo? Es dudoso. Tal vez se figuraba estar bajando.
A las cinco de la mañana los viajeros habían alcanzado una altura de 7.500 pies, determinada por observación barométrica. Hallábanse entonces en las mesetas secundarias, último límite de la región arborescente. Allí saltaban algunos animales que hubieran labrado la dicha de un cazador, y ellos lo conocían porque desde muy lejos huían a la aproximación de los hombres. Entre ellos se veía la llama, animal precioso de las montañas, que remplaza sin desventaja al carnero, al buey y al caballo, y vive donde no viviría el mulo. Entre ellos se veía la chinchilla, pequeño roedor apacible y tímido, de magnífica y solicitada piel, que ocupa un término medio entre la liebre y el gerbo, dándole sus extremidades posteriores la apariencia de un canguro. No hay nada tan agradable como ver a ese ligero animal saltando de un árbol a otro a la manera de una ardilla.
—Ese animal no es todavía un pájaro —decía Paganel—, pero ya no es un cuadrúpedo.
No eran, sin embargo, aquellos animales los únicos habitantes de la montaña. A la altura de 9.000 pies, en el límite de las nieves perpetuas, vivían rumiantes de incomparable belleza; la alpaca, de largo y sedoso pelo, y esa especie de cabra sin cuernos, elegante y altiva, llamada vicuña por los naturalistas, y célebre por la finura de su lana. Pero no había que pensar en aproximarse a ellas, que bastante hacían con dejarse ver, huyendo con tanta velocidad como si tuviesen alas y deslizándose sin ruido por alfombras de nieve que deslumbraban con su blancura.
El aspecto de las regiones se había metamorfoseado enteramente.
Grandes témpanos de hielo, azulados en algunas escarpas, se levantaban en todas direcciones y reflejaban los primeros rayos del sol. La ascensión fue entonces muy peligrosa. No se podía dar un paso sin sondear primero la nieve para reconocer los derrumbaderos. Wilson se había colocado a la cabeza de la fila y tanteaba con el pie los ventisqueros. Sus compañeros ponían exactamente el pie en sus huellas, y se abstenían de levantar la voz, porque el menor ruido, agitando las capas de aire, podía provocar la caída de moles de nieve suspendida a 700 u 800 pies de la cabeza de los viajeros.

A las cinco de la mañana, los viajeros habían alcanzado una altura de 7.500 pies.

Éstos habían llegado entonces a la región de los arbustos, los cuales, 250 toesas más arriba, cedieron su imperio a las gramíneas y a los cactos. A 11.000 pies estas plantas abandonaron también el suelo árido, y desapareció hasta el último vestigio de vegetación. Los viajeros no habían hecho más que un alto, que fue a las cuatro, para reparar sus fuerzas con un ligero almuerzo, y renovando su energía sobrehumana prosiguieron la ascensión y desafiaron peligros incesantemente mayores. Tuvieron que ganar agudas aristas y pasar por encima de precipicios que no se atrevía a medir la mirada. De trecho en trecho, cruces de madera eran indicios de multiplicadas catástrofes. A las dos de la tarde, una inmensa meseta sin apariencia alguna de vegetación, un verdadero desierto, se extendía entre picos descarnados. El aire era seco y el cielo tenía un azul transparente; en aquella altura no se conocen las lluvias y los vapores sólo se resuelven en nieve y en granizo. Algunos picos de pórfido o de basalto taladraban el blanco sudario como los huesos de un esqueleto, y a cada instante fragmentos de cuarzo, descoyuntados por la acción del aire, rodaban con un ruido mate que la poca densidad de la atmósfera volvía casi imperceptible.
La caravana, a pesar de su valor, sentía agotarse sus fuerzas. Glenarvan, viendo el cansancio de sus compañeros, se arrepentía de haberse internado tanto en la montaña. Roberto luchaba desesperadamente contra la fatiga, pero ya no podía más.
A las tres, Glenarvan se detuvo.
—Es preciso descansar —dijo, conociendo que nadie haría semejante proposición.
—¿Descansar? —dijo Paganel—. No tenemos aquí dónde guarecernos.
—Por mí no, Milord —respondió el valeroso niño—. Aún puedo andar..., no os detengáis.
—Te llevaremos, hijo mío —respondió Paganel—, pero es preciso ganar a toda costa la vertiente oriental. Allí hallaremos también alguna choza donde refugiarnos. Pido otras dos horas de marcha.
—¿Sois todos del mismo parecer? —preguntó Glenarvan.
—Sí —respondieron sus compañeros.
—Mulrady añadió:
—Yo me encargo del niño.
Y se volvió a tomar la dirección del este, continuando por espacio de otras dos horas aquella ascensión espantosa. Se subía incesantemente para llegar a las últimas cumbres de la montaña. La rarificación del aire producía esa opresión dolorosa conocida con el nombre de puna. La sangre brotaba de las encías y de los labios por falta de equilibrio, y tal vez también por la influencia de las nieves, que a una gran altura vician evidentemente la atmósfera. La falta de densidad tenía que suplirse con inspiraciones frecuentes, activando de este modo la circulación, lo que fatigaba tanto a los viajeros como la reverberación de los rayos del sol en las capas de nieve.
Por mucha que fuese la fuerza de voluntad de aquellos hombres más que valientes, llegó un momento en que los más vigorosos desfallecieron, y el vértigo, ese terrible mal de las montañas, no sólo destruía su energía física, sino también su energía moral. No se lucha impunemente contra fatigas de ese género. Pronto empezaron a menudear los tropezones y las caídas, y los que caían no avanzaban ya más que a gatas, arrastrándose de rodillas.
La extenuación iba a poner término a aquella ascensión demasiado prolongada, y Glenarvan consideraba, no sin terror, la inmensidad de las nieves y el frío de aquella región funesta y la sombra que empezaba a rodear sus solitarias cumbres, cuando el mayor se detuvo y dijo con su flema habitual:
—Una choza.
XIII
DESCENSO DE LA CORDILLERA
Otro cualquiera que no hubiera sido Mac Nabbs, hubiera pasado cien veces al lado, alrededor y hasta por encima de aquella choza, sin sospechar su existencia. Se presentaba como una entumescencia de la alfombra de nieve que se distinguía apenas de las rocas circundantes. Preciso fue quitar la nieve que la cubría, lo que costó media hora de asiduo trabajo. Cuando Wilson y Mulrady consiguieron despejar la entrada de la casucha, se embutieron precipitadamente en ella todos los viajeros.

Aquella casucha, construida por los indios, estaba formada de adobes o ladrillos cocidos al sol, y tenía la forma de una especie de cubillo cuyos lados medirían 12 pies, coronando la cumbre de una roca basáltica. Se llegaba a la puerta, única abertura que tenía, por una escalera de piedra, y no obstante ser muy estrecha su entrada, bastaba para el paso de las nieves, los huracanes y el granizo, cuando en las montañas se desencadenaban los temporales.
En ella podían colocarse cómodamente diez personas, y si bien sus paredes en la estación de las lluvias no hubieran ofrecido una resistencia suficiente, bastaban para resguardar de un frío intenso que en el termómetro se marcaba con 10° bajo cero. Además, una especie de hogar, con chimenea de adobes muy mal unidos, permitía encender lumbre y combatir eficazmente la temperatura exterior.
—He aquí —dijo Glenarvan— un escondrijo que, aunque no cómodo, es suficiente. La Providencia nos ha conducido a él y debemos darle las gracias.
—¡Pero si es un palacio! —respondió Paganel—. No le faltan más que centinelas y cortesanos. Vamos a estar admirablemente.
—Sobre todo, cuando arda un buen fuego en el hogar —dijo Tom Austin—, porque me parece que no tenemos menos frío que hambre, y lo que es a mí me complacería tanto una buena fogata como una buena chuleta.
—Pues bien, Tom —respondió Paganel—, procuraremos encontrar combustible.
—¡Combustible en la cumbre de las cordilleras! —dijo Mulrady, expresando su desconfianza con un movimiento de duda.
—Puesto que en esta cumbre —respondió el mayor— han puesto una chimenea, es de creer que los que la pusieron contarían con algo que quemar.
—Nuestro amigo Mac Nabbs tiene razón —dijo Glenarvan—. Disponed la cena mientras yo me voy a desempeñar las funciones de leñador.
—Os acompaño con Wilson —respondió Paganel.
—¿No me necesitáis? —dijo Roberto, levantándose.
—No, descansa, hijo mío —respondió Glenarvan—. Tú serás un hombre a la edad en que otros son todavía niños.
Glenarvan, Paganel y Wilson, salieron de la casucha. Eran las seis de la tarde. El frío, a pesar de la absoluta calma de la atmósfera, se dejaba sentir vivamente. El azul del cielo empezaba ya a oscurecerse, y el sol, con sus últimos rayos, se despedía de los enhiestos picos de los cerros andinos. Paganel, que se había llevado el barómetro, lo consultó y vio que el mercurio se mantenía a 0,423 milímetros. La depresión de la columna barométrica correspondía a una elevación de 11.700 pies. Aquella región de las cordilleras tenía, por consiguiente, una altura a la cual la del Mont Blanc sólo excedía en 910 metros. Si aquellas montañas hubiesen presentado las dificultades de que está erizado el gigante de Suiza, si contra ellas se hubiesen desencadenado los huracanes y torbellinos, ni uno solo de los viajeros hubiera atravesado la gran cordillera del Nuevo Mundo.
Glenarvan y Paganel llegaron a una loma de pórfido desde la cual pasearon sus miradas por todo el horizonte. Ocupaban entonces la cima de los nevados de la cordillera, y dominaban un espacio de 40 millas cuadradas. Al Este, las vertientes se convertían en rampas suaves por las que era posible deslizarse y salvar un espacio de muchas toesas. A lo lejos, las piedras y los cantos rodados, impelidos por el deslizamiento de los ventisqueros, formaban inmensas líneas longitudinales. Ya el valle del Colorado se sumergía en una sombra ascendente producida por la puesta del sol; los relieves del terreno, las eminencias, las crestas, los picos, iluminados por los últimos resplandores del día, se extinguían gradualmente, y poco a poco la sombra se extendía por toda la vertiente oriental de los Andes. Al oeste, el sol iluminaba aún las colinas en que se apoya la inmensa mole cortada a pico de los flancos occidentales. Deslumbraban las rocas y ventisqueros sumergidos en aquella irradiación del astro del día. Hacia el norte, ondeaban colinas eslabonadas que se confundían insensiblemente y formaban como una línea trazada con lápiz por una mano inhábil y temblorosa. Por aquel lado las miradas se extraviaban y se perdían. Pero al sur, al contrario, el espectáculo era espléndido, y con la noche que se acercaba debía tomar sublimes proporciones. En efecto, el rayo visual, abismándose en el valle salvaje del Forbido, dominaba el Antuco, cuyo cráter abierto respiraba a dos millas de distancia. El volcán rugía como un monstruo enorme, semejante a los Leviatanes de los días apocalípticos, y vomitaba ardientes humaredas mezcladas con torrentes de llamas fuliginosas. El circo de montañas que lo rodeaba parecía incendiado; granizadas de piedras candentes, nubes de vapores rojizos, cohetes de lava, se reunían formando haces centelleantes. Un resplandor inmenso, que por instantes adquiría intensidad; una deflagración deslumbradora llenaba aquel vasto circuito con sus esplendentes reverberaciones, en tanto que el sol, desprendiéndose poco a poco de sus fulgores crepusculares, desaparecía como un astro apagado en las sombras del horizonte.
Paganel y Glenarvan, leñadores convertidos en artistas, hubieran pasado mucho tiempo contemplando aquella magnífica lucha de los fuegos de la tierra con los del cielo, si Wilson, menos entusiasta, no les hubiese llamado. Afortunadamente, a falta de leña había un liquen enjuto y seco que cubría las rocas, y se hizo de él abundante provisión, al mismo tiempo que de cierta planta llamada llaretta, cuya raíz podía arder suficientemente. Llevado a la casucha este precioso combustible, se hacinó en el hogar. Algo costó encender el fuego, y sobre todo conservarlo. El aire, muy enrarecido, no suministraba, para alimentarlo, la suficiente cantidad de oxígeno, al menos ésta fue la razón que dio el mayor.
—En cambio —añadió—, el agua no necesitará para hervir 100° de calor, y los aficionados al café hecho con agua a 100° tendrán que pasarse sin él, porque a esta altura la ebullición se manifestará antes de los noventa grados1.
Mac Nabbs sabía lo que se decía. El termómetro, sumergido en el agua de la caldera desde que empezó a hervir, no marcó más que 87°. Con verdadera voluptuosidad bebieron todos algunos sorbos de café, pero encontraron insuficiente la carne salada, lo que provocó una reflexión tan sensata como inútil de Paganel.
—¡Pardiez! —dijo—. Hay que confesar que no vendría del todo mal un pedazo de llama asado. Dícese que la llama remplaza al buey y al carnero, y quisiera saber si esto es desde el punto de vista gastronómico.
—¡Cómo! —dijo el mayor—. ¿No estáis contento de nuestra cena, sabio Paganel?
—Contentísimo, benemérito mayor. Sin embargo, confieso que un plato de caza sería dignamente recibido.
—Sois un sibarita —contestó Mac Nabbs.
—Acepto la calificación, mayor; pero me parece que vos también, a pesar de lo que estáis hablando, no le haríais ascos a un bistec cualquiera.
—Es probable —dijo el mayor.
—Y, a pesar del frío de la noche, si se os pidiese por favor que fuerais a poneros al acecho, iríais sin murmurar.
—Evidentemente, y no me haría rogar mucho. Por poco que os empeñéis...
Los compañeros de Mac Nabbs no habían tenido aún tiempo de darle las gracias por su condescendencia, cuando se oyeron lejanos y prolongados aullidos. No eran gritos de animales aislados, sino de un rebaño que se acercaba rápidamente. La Providencia quería acaso suministrar la cena después de haber dado la choza. Tal fue la reflexión del geógrafo. Pero Glenarvan aguó un poco su alegría, haciéndole observar que los cuadrúpedos de la cordillera no se encuentran jamás en una zona tan elevada.
—¿De dónde viene, pues, el ruido? —dijo Tom Austin—. ¿No oís cómo se acerca?
—¿Será una avalancha? —dijo Mulrady.
—¡Imposible! Son verdaderos aullidos —replicó Paganel.
—Veamos —dijo Glenarvan.
—Y oigamos como cazadores —añadió el mayor tomando su carabina.
Todos se lanzaron fuera de la casucha. La noche había cerrado completamente, y era estrellada y oscura. La Luna no ostentaba aún el disco medio corroído de su última fase. Las cimas del norte y del este desaparecían en las tinieblas, y no se percibía más que la fantástica silueta de algunos peñascos dominantes. Los aullidos, que parecían de bestias asustadas, eran cada vez más numerosos y fuertes. Venían de la parte tenebrosa de las cordilleras. ¿Qué sucedía? Llegó, en efecto, súbitamente, una avalancha furiosa, pero una avalancha formada de seres animados y locos de espanto. Se agitaba, al parecer, toda la meseta. Llegaban centenares, tal vez millares, de animales que, no obstante el enrarecimiento del aire, producían un estrépito espantoso. ¿Eran fieras de las pampas o simplemente una manada de llamas y vicuñas? Glenarvan, Mac Nabbs, Roberto, Austin, los dos marineros, no tuvieron tiempo más que para echarse al suelo, mientras aquel torbellino vivo pasaba a algunos pies encima de ellos. Paganel, que en su cualidad de nictálope permanecía en pie para ver mejor, fue derribado en un abrir y cerrar de ojos.
En aquel momento sonó el estampido de un arma de fuego. El mayor había tirado al bulto, y le parecía que un animal había caído a pocos pasos de distancia, mientras toda la manada, impelida por su irresistible arranque y redoblando sus clamores, desaparecía por las vertientes que iluminaba la reverberación del volcán.
—¡Ah! Ya lo tengo —dijo una voz, la voz de Paganel.
—¿Qué? —preguntó Glenarvan.
—¡Mis anteojos, pardiez! Lo menos que en semejante confusión puede uno perder son los anteojos.
—¿No estáis herido?
—No, pero algo pisoteado. ¿Pero por quién?
—Por éste —replicó el mayor, arrastrando el animal que había muerto.
Todos volvieron inmediatamente a la choza, y al resplandor del hogar examinaron la víctima de Mac Nabbs.
Era un hermoso animal parecido a un camello pequeño y sin giba. Tenía la cabeza pequeña, el cuerpo achatado, las patas largas y delgadas, el pelo fino de color café y el vientre manchado de blanco. No bien Paganel lo vio, exclamó:
—¡Un guanaco!
—¿Y qué es un guanaco? —preguntó Glenarvan.
—Una bestia que se come —respondió Paganel.
—¿Y es buena?
—Sabrosísima. Un manjar del Olimpo. Ya sabía yo que tendríamos para cenar carne fresca. ¡Y qué carne! ¿Pero quién va a desollar y hacer pedazos al excelente animal?
—Yo —dijo Wilson.
—Pues entonces yo me encargo de asarlo —replicó el geó-grafo.
—¿Entendéis también de cocina, Monsieur Paganel? Dijo Roberto.
—¡Toma, como que soy francés! En un francés hay siempre un cocinero.
Cinco minutos después, Paganel colocó buenas magras de venado sobre las ascuas producidas por la raíz de llaretta, y pasados otros diez minutos, sirvió a sus compañeros aquel apetitosísimo plato bajo el nombre de filete de guanaco. Cada cual se apoderó de un pedazo, sin ninguna ceremonia.
Pero, con mucho asombro del geógrafo, un gesto de repugnancia general, acompañado de un ¡puaf! unánime, acogió el primer bocado.
—¡Qué asco! —dijo uno.
—¡Qué cosa tan horrible! —exclamó otro.
El pobre sabio tuvo que convenir, a pesar suyo, en que aquel asado era inaceptable, aun entre famélicos. Empezábase, pues, un fuego graneado de pullas que él comprendía perfectamente, siendo objeto de ellas su tan cacareado manjar del Olimpo. Él mismo buscaba la razón que podía haber para que la carne de guanaco, que es verdaderamente buena y muy estimada, degenerase en sus manos hasta el extremo de hacerse detestable. Se le ocurrió muy pronto una reflexión.
—Yo sé lo que es —exclamó—. ¡Pardiez! ¡No cabe la menor duda!
—¿Era acaso el animal demasiado viejo? —preguntó Mac Nabbs con su tranquila sorna.
—No, intolerante mayor; el animal había corrido mucho. ¿Cómo no lo tuve presente?
—¿Qué queréis decir, señor Paganel? —preguntó Tom Austin.
—Quiero decir, que el guanaco no es comestible sino cuando ha sido muerto estando descansado. Si se le persigue mucho tiempo, si ha tenido que dar una larga carrera, su carne es insoportable. Puedo afirmar que esa res venía de muy lejos, y, por consiguiente, de muy lejos venía también toda la manada.
—¿Estáis seguro del hecho? —preguntó Glenarvan.
—Absolutamente.
—¿Pero qué acontecimiento, qué fenómeno ha podido azotar de tal modo a esos animales y les ha obligado a correr desesperadamente a la hora en que debían estar tranquilamente dormidos en su guarida?
—Me es imposible contestar a esa pregunta, querido Glenarvan —dijo el geógrafo—. Si queréis creerme, vámonos a dormir y dejemos correr la bola. Lo que es yo, me muero de sueño. Durmamos, mayor.
—Durmamos, Paganel.
Dicho esto, cada cual se envolvió en su poncho, se atizó el fuego y en seguida se elevaron en todos los tonos y en todos los ritmos ronquidos formidables, sosteniendo entre ellos el edificio armónico el bajo profundo del sabio geógrafo.
Glenarvan era el único que no dormía, manteniéndole secretas inquietudes en un estado de penoso insomnio. Pensaba involuntariamente, sin podérselo quitar de la cabeza, en aquella manada de animales que huían todos en una misma dirección con un azoramiento inexplicable. Los guanacos no podían ser perseguidos por fieras, porque en aquella altura no las hay, y menos aún cazadores. ¿Qué terror, pues, los precipitó hacia los abismos del Antuco y cuál era la causa? Glenarvan tenía el presentimiento de un peligro próximo.
Sin embargo, bajo el influjo de una semisomnolencia, sus ideas se modificaron poco a poco, y a las zozobras sucedió la esperanza. Veíase ya en la llanura de los Andes, donde debían empezar verdaderamente sus investigaciones, y tal vez no estaba lejos el buen éxito apetecido. Soñó en el capitán Grant y en sus dos marineros sometidos a dura servidumbre. Estas imágenes pasaban rápidamente por su espíritu, distraído a cada instante por un chisporroteo del fuego, por una chispa que saltaba, por la llama vivamente oxigenada que iluminaba el semblante de sus compañeros dormidos, y agitaba alguna sombra fugitiva en las paredes de la choza. Después, sus presentimientos volvían a la carga con mayor ímpetu. Oía vagamente los ruidos exteriores, de difícil explicación en aquellas cumbres solitarias.
Hubo un momento en que le pareció sorprender rugidos lejanos, sordos, amenazadores, como el estruendo de un trueno que no viniera del cielo. Y aquellos rugidos no podían proceder más que de una tempestad desencadenada en los flancos de la montaña, a algunos miles de pies más abajo de la cumbre.
Glenarvan quiso comprobar el hecho y salió al aire libre.
Se elevaba entonces la Luna. La atmósfera estaba serena y tranquila. Ni la más tenue nube se descubría por ningún lado. Columbrábanse algunos movedizos reflejos de las llamas del Antuco. No surcaba la atmósfera ningún relámpago. Centelleaban en la celeste bóveda millares de estrellas. Los rugidos, sin embargo, no cesaban, y, al parecer, se iban aproximando y recorrían la cordillera de los Andes. Glenarvan volvió a la choza inquieto, preguntándose qué relación existiría entre aquellos rugidos subterráneos y la fuga de los guanacos. ¿Habría allí un efecto sin causa? Vio en su reloj que eran las dos de la madrugada.
No teniendo la certeza de un peligro inmediato, no despertó a sus compañeros que, rendidos de fatiga, dormían profundamente, y él mismo se sintió dominado por una pesada somnolencia que duró algunas horas.
De pronto le obligó a ponerse en pie un violento fragor, un estrépito terrible, sólo comparable al entrecortado ruido de innumerables carros de artillería rodando sobre un pavimento sonoro. Luego sintió Glenarvan que el suelo se hundía bajo sus pies, y vio oscilar la choza y cuartearse.
—¡Alerta! —gritó.
Sus compañeros, despiertos y confusamente revueltos, eran arrastrados por una pendiente rápida. El día comenzaba a despuntar, y la escena era espantosa. Las montañas se transformaban súbitamente, se truncaban los conos, desaparecían los vacilantes riscos como si bajo su base se abriese alguna trampa, y a consecuencia de un fenómeno particular de las cordilleras2, un cerro, que tenía algunas millas de extensión, se desplomó entero y se deslizó hasta la llanura.
—¡Un terremoto! —gritó a su vez Paganel.
No se engañaba. Era uno de los frecuentes cataclismos que sobrevienen en la parte montuosa de Chile; precisamente en la región en que Copiapó ha sido dos veces destruido y Santiago lo ha sido cuatro en catorce años. Aquella parte del Globo está minada por fuegos subterráneos, y los volcanes de la cordillera, que son de origen reciente, no ofrecen suficientes válvulas de seguridad para la salida de los vapores subterráneos. Tal es la causa de los incesantes sacudimientos conocidos con el nombre de temblores.
Aquel cerro a que se agarraban siete hombres asiéndose de los líquenes, aturdidos, amilanados, se deslizaba con la rapidez de un tren expreso, es decir, a una velocidad de 50 millas por hora. No se podía dar un grito, y hubiera sido inútil hacer ningún esfuerzo para huir o para detenerse. Los rugidos interiores, el estrépito de los aludes, el choque de las moles de granito y de basalto, los torbellinos de una nieve pulverizada, volvían imposibles todas las comunicaciones.
Tan pronto se deslizaba el cerro sin choques ni saltos, como era arrastrado por un movimiento de oscilación parecido al del buque que navega en un mar agitado, pasando por la orilla de abismos en que se precipitaban peñascos y se desarraigaban árboles seculares, y se nivelaban, como segados por una inmensa hoz, todos los picos de la vertiente oriental.
Imaginémonos el poder de una mole que pesa millones de millones de toneladas, lanzada con una velocidad sin cesar creciente en un ángulo de 50°.
Nadie era capaz de calcular lo que duró aquella caída indescriptible, ni era posible prever a qué abismo conduciría. Nadie tampoco podía afirmar si estaban allí todos vivos o si alguno yacía en el fondo de un derrumbadero. Ahogados por la velocidad de la marcha, helados por el aire frío que les penetraba, cegados por los torbellinos de nieve, jadeaban anonadados, casi exánimes, asiéndose automáticamente a las rocas por un supremo instinto de conservación.

Aquel cerro se deslizaba con la rapidez de un tren expreso.
De repente, les arrojó fuera de su rápido vehículo un choque de incomparable violencia, que les precipitó hacia delante y les hizo rodar hasta los últimos escalones de la cordillera. El cerro se había detenido.
Durante algunos minutos, nadie se movió. Uno de ellos, aturdido por el golpe, pero firme aún, se levantó, sacudió el polvo que lo cubría y miró en torno suyo.
Era el mayor, que vio a sus compañeros tendidos a su alrededor, amontonados unos sobre otros.
El mayor los contó. Faltaba uno, y era Roberto Grant.

XIV
UN TIRO PROVIDENCIAL
Forman la vertiente oriental de la cordillera de los Andes largas pendientes que insensiblemente se van perdiendo hasta llegar a la llanura, en que se detuvo súbitamente el cerro que arrastraba a los viajeros. En aquella nueva comarca, tapizada de abundantes pastos y poblada de árboles magníficos, formaban verdaderos bosques y hacían brillar sus dorados frutos millares de millares de manzanos plantados en tiempos de la conquista. Parecía un pedazo de la opulenta Normandía trasladada a aquellas regiones, y en cualquier otra circunstancia hubiera sorprendido a los viajeros aquella transición súbita del desierto al oasis, de las nevadas cumbres a las verdes praderas, del invierno al verano.
El terreno había recobrado su inmovilidad absoluta. El terremoto había terminado, y sin duda las fuerzas subterráneas ejercían más lejos su acción devastadora, porque la cordillera de los Andes se halla siempre en algún punto agitada y conmovida. La conmoción última había sido sumamente violenta, tanto que modificó enteramente la línea de las montañas. Se destacaba del fondo azul del cielo un nuevo panorama de cumbres, crestas y picos, y el guía de las Pampas hubiera buscado inútilmente sus puntos de orientación acostumbrados.
Se preparaba un admirable día. Los rayos del sol que se acababan de levantar de su húmedo lecho del Pacífico se deslizaban por las llanuras argentinas, y se sumergían ya en las aguas del otro océano. Eran las ocho de la mañana.
Lord Glenarvan y sus compañeros, reanimados por los cuidados del mayor, volvieron poco a poco a la vida. Habían sufrido un espantoso aturdimiento, pero nada más. Se hallaban ya al pie de la cordillera, y motivos hubieran tenido para congratularse de un medio de locomoción en que nada pusieron de su parte, si uno de ellos, el más débil, un niño, Roberto Grant, no hubiera desaparecido.
Todos simpatizaban con aquella intrépida criatura. Paganel le profesaba un afecto particular, y lo mismo el mayor, no obstante su frialdad característica, y principalmente Glenarvan. Éste, cuando supo la desaparición de Roberto, se sintió desesperado. Se representaba al pobre niño sepultado en un abismo, llamando inútilmente a aquel a quien daba el nombre de segundo padre.
—¡Amigos míos! ¡Amigos míos! —dijo sin poder contener las lágrimas—. ¡Le hemos de buscar, le hemos de encontrar a toda costa! ¡No podemos abandonarle! Me ataréis a una cuerda y me bajaréis. Quiero que se haga, ¿lo oís? El cielo haga que aún no haya expirado. ¿Cómo, sin él, habíamos de atrevernos a buscar a su padre? ¿Con qué derecho salvaríamos al capitán Grant habiendo su salvación costado la vida a su hijo?
Los compañeros de Glenarvan le escuchaban silenciosos; comprendían que el noble lord buscaba una esperanza a que asirse, y bajaban los ojos.
—¡Conque —exclamó Glenarvan— ya me habéis oído! ¡Calláis! ¡No tenéis ninguna esperanza!
Hubo una pausa, después de la cual Mac Nabbs tomó la palabra y dijo:
—¿Cuál de vosotros, amigos míos, recuerda el instante en que desapareció Roberto?
Nadie respondió.
—¿Al menos —añadió el mayor—, me diréis junto a quién se hallaba Roberto durante el descenso?
—Junto a mí —respondió Wilson.
—Pues bien, ¿hasta qué momento le has visto junto a ti? Haz memoria. Habla.
—He aquí todo lo que yo recuerdo —respondió Wilson—. Roberto Grant se hallaba a mi lado, con las manos convulsivamente asidas a una mata de liquen, menos de dos minutos antes del choque que puso fin a nuestro descenso.
—¡Menos de dos minutos! ¡Recuerda bien, Wilson! ¡Los minutos han debido parecerte siglos! ¿No te engañas?
—No creo engañarme... Sí, eso es..., menos de dos minutos.
—Bien —dijo Mac Nabbs—. ¿Se encontraba Roberto a tu izquierda o a tu derecha?
—A mi izquierda. Recuerdo que su poncho azotaba mi cara.
—¿Y tú, respecto a nosotros, cómo te encontrabas?
—También a la izquierda.
—Roberto no ha podido, por consiguiente, desaparecer más que por aquel lado, y teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde su desaparición, debe haber caído en la parte de la montaña, comprendida entre el llano y dos millas más arriba. Esta extensión es la que debemos reconocer, dividiéndonos en grupos que recorran las diferentes zonas y le encontraremos.
Nadie añadió una palabra. Los seis hombres, trepando por las pendientes de la cordillera, se escalonaron en diferentes alturas y empezaron su exploración. Se mantenían constantemente a la derecha de la línea del descenso, registrando las más pequeñas quebraduras, bajando al fondo de precipicios cegados en parte por las piedras, de las cuales salieron algunos con las ropas destrozadas y los pies y las manos ensangrentados, después de haber expuesto su vida. Toda aquella porción de los Andes, exceptuando algunas mesetas inaccesibles, fue escrupulosamente examinada durante largas horas, sin que nadie pensase en descansar. ¡Infructuosas pesquisas! El niño había encontrado en la montaña, no sólo la muerte, sino también una tumba, cuya losa, que era tal vez un enorme peñasco, se habría cerrado sobre él para siempre.
A la una, Glenarvan y sus compañeros se hallaban en el fondo del valle quebrantados y anonadados. Glenarvan se hallaba poseído del más violento dolor, sin hablar apenas, sin que saliesen de sus labios más que estas palabras entrecortadas por los suspiros:
—¡No me marcharé! ¡No me marcharé!
Todos comprendieron que aquella obstinación se había convertido en una idea fija, y la respetaron.
—Aguardemos —dijo Paganel al mayor y a Tom Austin—. Descansemos un rato y reparemos nuestras fuerzas, de lo cual tenemos mucha necesidad, ya sea para volver a empezar nuestras pesquisas, ya sea para continuar nuestro camino.
—Sí —respondió Mac Nabbs—, quedémonos, ya que Edward quiere quedarse. Aún espera; pero ¿qué espera?
—Dios lo sabe —dijo Tom Austin.
—¡Pobre Roberto! —exclamó Paganel enjugándose los ojos.
Numerosos árboles se levantaban en el valle. El mayor escogió un grupo de frondosos algarrobos para establecer un campamento provisional. Algunas mantas, las armas y un poco de tasajo y arroz era todo lo que quedaba a los viajeros. Corría no lejos un río, cuyas aguas estaban aún turbias a consecuencia del alud. Mulrady encendió un poco de lumbre sobre la hierba y luego ofreció a su amo una bebida caliente y confortante. Glenarvan la rehusó y continuó tendido sobre su poncho y profundamente abatido.
Así pasó todo el día. Llegó la noche, serena y tranquila como la anterior, y mientras sus compañeros permanecían inmóviles, aunque no dormidos, él volvió a subir las cuestas de la cordillera, buscando, esperando siempre una voz que le llamase. Se aventuró a lo lejos, solo, escuchando y comprimiendo los latidos de su corazón, llamando a Roberto Grant.
El pobre lord permaneció toda la noche vagando por la montaña. Paganel y el mayor le seguían para prestarle auxilio en aquellas peligrosas cuestas y en las márgenes de los abismos a las que le arrastraba su inútil imprudencia. Pero sus últimos esfuerzos fueron estériles, y a sus gritos de ¡Roberto, Roberto!, mil veces repetidos, no respondió más que el eco de aquel nombre tan querido.
Llegó el día. Preciso fue ir a buscar a Glenarvan a los lejanos cerros, y a pesar suyo traerle al campamento. Su desesperación era horrible. ¿Quién había de atreverse a hablar de marchar y proponerle que abandonase aquel valle funesto? Y los víveres escaseaban, y no lejos debían encontrarse los guías argentinos de que había hablado el mulatero, y los caballos necesarios para atravesar las Pampas. Retroceder era más difícil que seguir adelante, y, además, el océano Atlántico era el punto de cita que se había dado al Duncan. Estas graves razones no permitían un largo retraso, y en interés de todos era necesario partir en seguida.
Mac Nabbs intentó arrancar a Glenarvan de su dolor. Habló mucho rato, sin que al parecer su amigo le oyese. Glenarvan movía la cabeza. Algunas palabras, sin embargo, entreabrieron sus labios.
—¿Partir? —dijo.
—¡Sí!, partir.
—¡Aguardemos una hora!
—Sí, una hora —respondió el digno mayor.
Y pasada la hora, Glenarvan pidió por Dios que le concediesen otra. Parecía un sentenciado a muerte implorando la prolongación de su existencia. Así permanecieron hasta cerca del mediodía. Entonces Mac Nabbs, siguiendo el parecer de todos, dijo sin vacilar a Glenarvan que era preciso partir, dependiendo de una pronta resolución la vida de sus compañeros.
—¡Sí, sí! —respondió Glenarvan—. ¡Partamos, partamos!
Pero al hablar así, sus miradas evitaban las de Mac Nabbs, y se fijaron en un punto negro que aparecía como una mancha en el aire. De repente, levantó la mano y permaneció inmóvil, como si estuviese petrificado.
—¡Allí —dijo—, allí! ¡Mirad, mirad!
Todas las miradas se volvieron al cielo, siguiendo la dirección tan imperiosamente indicada. El punto negro crecía visiblemente. Era un ave que se cernía a una altura inconmensurable.
—Un cóndor —dijo Paganel.
—Sí, un cóndor —respondió Glenarvan—. ¿Quién sabe? ¡Viene, baja! ¡Aguardemos!
¿Qué esperaba Glenarvan? ¿Se había extraviado su razón? ¿Quién sabe?, había dicho. Paganel no se había engañado. El cóndor se hacía a cada instante más visible. Esta ave magnífica, adorada en otro tiempo por los incas, es el rey de los Andes meridionales, en cuyas regiones alcanza un desarrollo extraordinario. Su fuerza es tan prodigiosa, que con frecuencia precipita bueyes en los abismos. Acomete a los carneros, cabras y becerros errantes por las llanuras, y los eleva a grandes alturas suspendiéndolos de sus garras. No es raro verle cernerse a 20.000 pies del suelo, es decir, más allá de un límite que el hombre no puede traspasar. Desde allí, invisible a los ojos más perspicaces, pasea sus penetrantes miradas por las regiones terrestres y distingue los objetos más diminutos con un poder de visión que asombra a los naturalistas.
¿Qué había visto, pues, aquel cóndor? ¡Un cadáver! ¡El cadáver de Roberto Grant!
—¿Quién sabe? —repitió Glenarvan sin perderle de vista.
La enorme ave se acercaba, ya cerniéndose sin batir las alas, ya cayendo con la velocidad de los cuerpos inertes abandonados en el espacio. Luego describió anchos círculos a menos de 100 toesas del suelo, y entonces se le vio perfectamente. Medía más de 15 pies de un extremo a otro de las alas. Éstas, que eran muy poderosas, lo sostenían en el fluido aéreo casi sin moverse, porque es propio de las grandes aves volar con una calma majestuosa, al paso que los insectos, para sostenerse en el aire, tienen necesidad de mil movimientos de alas por segundo.
El mayor y Wilson habían cogido sus carabinas, pero Glenarvan les detuvo con un gesto. El cóndor daba vueltas alrededor de una meseta inaccesible situada a un cuarto de milla en los flancos de la cordillera. Giraba con una rapidez vertiginosa, abriendo y cerrando sus formidables garras y sacudiendo su cartilaginosa cresta.
—¡Allí, allí! —exclamó Glenarvan.
Le asaltó de repente un presentimiento.
—¡Si Roberto viviera aún! —exclamó con un acento terrible—. Esa ave... ¡Fuego, amigos, fuego!

Pero demasiado tarde. El cóndor se había ocultado detrás de las eminencias del cerro. ¡Pasó un segundo, un segundo que la aguja debió tardar un siglo en recorrer! En seguida apareció otra vez la enorme ave con un pesado cuerpo en las garras que le obligaba a levantarse más pausadamente.
Todos exhalaron un grito de horror. El cuerpo inanimado que aparecía suspendido de las garras del cóndor era el de Roberto Grant. El ave le había asido por las ropas, y se balanceaba en el aire a menos de 150 pies del campamento. Había visto a los viajeros, y procurando huir con su pesada presa, sacudía violentamente con las alas las capas atmosféricas.

El cuerpo inanimado que aparecía suspendido de las garras del cóndor era el de Roberto Grant.
—¡Ah! —exclamó Glenarvan—. Que el cadáver de Roberto se estrelle contra los peñascos, antes que servir de pasto...
Sin terminar la frase cogió la carabina de Wilson y se la echó a la cara. Pero su brazo temblaba y no podía fijar la puntería. Se turbaban sus ojos.
—Dejadme a mí —dijo el mayor.
Y tranquilamente, con la mano segura y con el cuerpo inmóvil, apuntó al ave que se hallaba ya a 300 pies de distancia.
Pero no había aún puesto el dedo en el gatillo de su carabina, cuando sonó un tiro en el fondo del valle; salió una blanca humareda por entre dos rocas de basalto, y el cóndor, herido en la cabeza, cayó poco a poco dando vueltas, sostenido por sus grandes alas desplegadas que formaban un verdadero paracaídas. No había soltado su presa, y cayó con cierta lentitud a diez pasos de las márgenes del riachuelo.
—¡A él, a él! —exclamó Glenarvan.
Y sin cuidarse de averiguar por de pronto de dónde había salido aquel disparo providencial, se precipitó hacia el cóndor. Sus compañeros le siguieron corriendo.
Cuando llegaron, el ave había muerto, y el cuerpo de Roberto desaparecía bajo sus enormes alas. Glenarvan se arrojó sobre el cuerpo del niño, lo arrancó de las garras del cóndor, lo depositó sobre la hierba y aplicó el oído al pecho de aquel cuerpo inanimado.

Nunca de labios humanos ha brotado un grito más penetrante de alegría que el que sucedió a estas palabras de Glenarvan:
—¡Vive, vive aún!
Roberto fue al momento desnudado y se le roció el rostro con agua fresca. Hizo un movimiento, abrió los ojos, miró y pronunció algunas palabras.
—¡Ah, vos, Milord...! ¡Padre mío...!
Glenarvan no pudo responder, le ahogaba la conmoción que agitaba su alma, y lloró al lado de aquel niño tan milagrosamente salvado.
XV
EL ESPAÑOL DE SANTIAGO PAGANEL
Roberto, después del inmenso peligro de que acababa de librarse, corrió otro no menor, el de ser comido a caricias. Aunque muy débil, ni uno solo de sus honrados compañeros pudo resistir el deseo de abrazarle. Fuerza es creer que no hay demostraciones de afecto capaces de matar a los enfermos, puesto que Roberto no murió. Todo lo contrario.
Pero salvado el valeroso niño, todos pensaron en el salvador, siendo el mayor el que primero tuvo la idea de mirar en torno suyo. A 50 pasos del río permanecía en la falda de la montaña un hombre de elevada estatura, a cuyos pies se veía un largo fusil a manera de espingarda. Aquel hombre, súbitamente aparecido, tenía anchos los hombros y los cabellos largos y recogidos con tiras de cuero. Su talla pasaba de seis pies. Su rostro bronceado estaba pintado de rojo entre los ojos y la boca, de negro en el párpado inferior y de blanco en la frente. Vestido a la manera de los patagones fronterizos, llevaba una espléndida capa adornada con arabescos colorados, formada con la piel de la parte inferior del cuello y de las patas de un guanaco, cosida con tendones de avestruz, estando vuelta hacia el exterior su sedosa lana. Debajo de la capa se veía un vestido de piel de zorra ajustado a la cintura, que por la parte anterior terminaba en punta. De su cinto colgaba un taleguillo que contenía los colores de que se servía para pintar su rostro. Sus botas eran de piel de toro y estaban sujetas a los tobillos por medio de correas regularmente cruzadas.
La figura del patagón era soberbia y su cara muy inteligente, no obstante estar tan pintarrajeada.

El patagón Thalcave.
Aguardaba con una actitud llena de dignidad, y al verle tan inmóvil y grave en su pedestal de roca, se le hubiera podido tomar por la estatua de la sangre fría.
El mayor, en cuanto le distinguió, lo mostró a Glenarvan, que corrió hacia él. El patagón dio dos pasos hacia delante. Glenarvan le cogió la mano, y se la estrechó afectuosamente. Había en la mirada del lord y en la alegría de su semblante risueño un sentimiento tal de gratitud, una expresión tan viva de reconocimiento, que el indígena no pudo engañarse. Inclinó suavemente la cabeza y pronunció algunas palabras que ni el mayor ni su amigo pudieron comprender.
Entonces el patagón, después de haber contemplado atentamente a los extranjeros, recurrió a otro idioma, pero por más que hizo no pudo hacerse comprender tampoco, y todos, como vulgarmente se dice, se quedaron en ayunas. Sin embargo, llamaron la atención de Glenarvan algunas expresiones de que se sirvió el indígena, pareciéndole que pertenecían a la lengua española, de que él poseía algunas palabras.
—¿Español? —dijo.
El patagón meneó la cabeza de arriba abajo, movimiento que tiene la misma significación afirmativa en todas partes.
—Bueno —dijo el mayor—, ya ha llegado la vez a nuestro amigo Paganel. Se considerará feliz por habérsele ocurrido estudiar el español.
Llamaron a Paganel, el cual acudió inmediatamente, y saludó al patagón con una gracia enteramente francesa, que el indígena no se hallaba probablemente en actitud de apreciar. El sabio geógrafo fue puesto al corriente de la situación.
—Perfectamente —dijo.
Y abrió mucho la boca para articular mejor:
—Vois sois un homem de ben1.
El indígena escuchó con atención, pero no respondió.
—No comprende —dijo el geógrafo.
—Acaso no acentuéis bien —replicó el mayor.
—Es posible. ¡Maldito acento!
Y Paganel repitió su cumplimiento, pero con el mismo infeliz éxito.
—Variemos de frase —dijo, y pronunciando con una lentitud magistral, dejó oír estas palabras:
—Sem duvida un patago2.
El interpelado permaneció tan mudo como antes.
—Dizeime3 —añadió Paganel.
El patagón no respondió tampoco.
—¿Vos comprendéis? —gritó Paganel con tanta fuerza que estuvo a punto de romperse las cuerdas vocales.
Era evidente que el indio no comprendía, pues respondió en español:
—No comprendo.
Paganel quedó asombrado a su vez, y no hacía más que levantar y bajar sus anteojos de la nariz a la frente y de la frente a la nariz.
—Que me ahorquen —dijo— si entiendo una palabra de esta jerga infernal. Habla araucano, estoy seguro.
—No —respondió Glenarvan—, este hombre ha contestado seguramente en español.
Y volviéndose al patagón:
—¿Español? —repitió.
—¡Sí, sí! —respondió el indígena.
Paganel no sabía lo que le pasaba. El mayor y Glenarvan se miraban con el rabillo del ojo.
—¡Ésas tenemos, mi buen amigo! —dijo el mayor, dibujándose en sus labios una ligera sonrisa—. ¿Habréis cometido una de esas distracciones de que tenéis el monopolio? Es evidente que el patagón habla en español.
—¿Él? —dijo el geógrafo.
—¡Sí, él! ¡Habréis aprendido alguna otra lengua creyendo que estudiabais...!
Un ¡oh! vigoroso del sabio, acompañado de encogimiento de hombros, no permitió a Mac Nabbs concluir su frase.
—Mayor, exageráis demasiado mis distracciones —dijo Paganel algo picado.
—Ello es que no lo comprendéis —respondió Mac Nabbs.
—¡No lo comprendo porque habla mal! —replicó el geógrafo, que empezaba a atufarse.
—Es decir, que habla mal porque vos no le comprendéis —replicó tranquilamente el mayor.
—Mac Nabbs —dijo entonces Glenarvan—, aventuráis una suposición inadmisible. Por distraído que sea nuestro amigo Paganel, no podemos suponer que haya, por distracción, aprendido un idioma en lugar de otro.
—En este caso, mi querido Edward, o vos, mi querido Paganel, explicadme lo que pasa aquí.
—No explico —dijo Paganel—, demuestro. He aquí el libro en que me ejercito diariamente para soltarme en la pronunciación de la lengua española y vencer sus dificultades. Examinadlo, mayor, y veréis si me equivoco.
Registró Paganel sus numerosos bolsillos, y después de algunos momentos de estar buscando, sacó un volumen bastante deteriorado, y lo presentó con ademán de triunfo. El mayor cogió el libro y le miró.
—¿Qué obra es ésta? —preguntó.
—Son Las Lusíadas —respondió Paganel—. Una gran epopeya, que...
—¡Las Lusíadas! —exclamó Glenarvan.
—¡Sí, amigo mío, Las Lusíadas del gran Camões, ni más ni menos!
—¡Camões! —repitió Glenarvan—. ¡Pero, desgraciado amigo, Camões es portugués! ¡Hace seis meses que estáis aprendiendo este idioma!
—¡Camões! ¡Lusíadas! ¡Portugués!
Paganel no pudo decir más, se veía la turbación de sus ojos al trasluz de sus gafas, y resonó en sus oídos una carcajada homérica, porque estaba rodeado de todos sus camaradas.
El patagón no pestañeaba. Aguardaba con paciencia la explicación de un accidente absolutamente incomprensible para él.
—¡Ah! ¡Insensato! ¡Loco! —dijo al fin Paganel—. ¿Cómo? ¿Eso ha sucedido realmente? ¿Es mi cerebro otra Babel con toda su confusión de lenguas? ¿O todo es una broma? ¡Ah! ¡Amigos míos! ¡Amigos míos! ¡Partir para las Indias y llegar a Chile! ¡Aprender español y hablar portugués! ¡Eso es ya demasiado! ¡Si no me corrijo, día ha de llegar en que distraídamente me tire por la ventana creyendo tirar la colilla de mi cigarro!
Era imposible dejar de reír oyendo los sentidos lamentos de Paganel, acompañados de cómicos ademanes. Bien pronto dio él mismo el ejemplo.
—¡Reíd, amigos míos! —decía—. ¡Motivos os he dado para desternillaros de risa! ¡Por mucho que os riáis de mí, no os reiréis tanto como me río yo mismo!
Y soltó la carcajada más formidable que salió jamás de la boca de un sabio.
—Lo cierto es —dijo el mayor— que nos encontramos sin intérprete.
—¡Oh! ¡No os aflijáis por tan poca cosa! —respondió Paganel—. El portugués y el español guardan tantas analogías, que no es extraño que yo los haya confundido; pero su semejanza me servirá para reparar el error en que ello me ha hecho incurrir, y no tardaré mucho en poder dar gracias al digno patagón en el idioma que tan bien habla.
Paganel tenía razón, pues muy pronto hizo una provisión suficiente de vocablos para hacerse comprender del indígena, y hasta supo por este medio que su interlocutor se llamaba Thalcave, palabra que en lengua araucana significa el Tonante.
Debía, sin duda, este nombre a su destreza en el manejo de las armas de fuego.
Pero lo que agradó particularmente a Glenarvan fue saber que el patagón era guía de oficio, y guía de las Pampas. Lo que había de providencial en aquel encuentro inspiró a todos la mayor confianza en el éxito de su empresa, y ya nadie ponía en duda la salvación del capitán Grant.
Los viajeros y el patagón volvieron juntos a donde estaba Roberto. Éste tendió los brazos al indígena, el cual, sin pronunciar una palabra, le puso la mano en la cabeza, le examinó y le tocó sus doloridos miembros. Después se fue corriendo a las márgenes del río, donde cogió algunos puñados de opio silvestre con que dio friegas al enfermo. Esta fricción, practicada con la mayor delicadeza, devolvió al niño sus fuerzas, y era evidente que bastarían para su restablecimiento completo algunas horas de reposo.
Se decidió, pues, pasar en el campamento todo aquel día y la noche siguiente. Había, además, que resolver dos graves cuestiones: la de los víveres y la del transporte. Faltaban igualmente municiones de boca y caballerías. Afortunadamente, estaba allí Thalcave. Este guía, acostumbrado a conducir a los viajeros a lo largo de las fronteras patagonas, era uno de los baqueanos más inteligentes del país, y se encargó de suministrar a Glenarvan todo lo que faltaba a su comitiva. Le ofreció conducirle a una toldería de indios, que distaba de allí cuatro millas escasas, donde encontraría todo lo que su expedición requiriese. Esta proposición se hizo mitad por gestos y mitad por palabras españolas, que Paganel llegó a comprender al cabo, y fue inmediatamente aceptada. Glenarvan y su sabio amigo, después de despedirse de sus compañeros, remontaron el río bajo la dirección de Thalcave.
Anduvieron a buen paso durante hora y media, teniendo que dar largas zancadas para seguir al gigante patagón. Toda aquella región andina era encantadora y de una fertilidad sorprendente. Se sucedían sin interrupción abundantes pastos, que sin dificultad hubieran podido alimentar un ejército de 100.000 rumiantes. Espaciosas charcas, unidas por el inextricable lazo de arroyos perennes, procuraban a aquellas llanuras una humedad constante. En aquellos estanques naturales, cisnes de cabeza negra exhibían vanidosamente sus golas y disputaban el imperio de las aguas a los numerosos avestruces que recorrían los llanos. El mundo de las aves era muy brillante y bullicioso, graciosas tórtolas de color de ceniza listadas de blanco, y los cardenales amarillos, se mecían en las ramas de los árboles como aladas flores; las palomas de paso o emigradoras, atravesaban el espacio, y los gorriones, los chingolos, los hilgueros y las monjitas, se perseguían al vuelo gorjeando incesantemente.

Santiago Paganel caminaba de admiración en admiración, causando con interjecciones continuas que salían de sus labios la mayor extrañeza al patagón, a quien parecía muy natural que hubiera pájaros en el aire, cisnes en los estanques y hierba en las praderas. El sabio no pudo quejarse de su paseo, ni sentir su duración. Creía que no había hecho más que partir cuando se ofreció a su vista el campamento de los indios.
La toldería ocupaba el fondo de un valle que estaba como estrangulado entre dos cerros de los Andes. Allí, en cabañas formadas de ramas, vivían unos 30 indígenas nómadas que apacentaban grandes rebaños de carneros, vacas lecheras, bueyes y caballos. Iban de prado en prado, y hallaban la mesa siempre servida para los convidados de cuatro patas.
Tipo híbrido de la raza de araucanos, pehuenches y oucas, aquellos indoperuanos, de color aceitunado, de mediana estatura, de formas atléticas, de frente deprimida, de cara casi circular, de labios delgados, de pómulos salientes, de facciones afeminadas, de fisonomía fría, no hubieran ofrecido a los ojos de un antropólogo los caracteres de las razas puras. Eran indígenas poco interesantes. Pero Glenarvan no se cuidaba de ellos, sino de su ganado. Teniendo bueyes y caballos, no quería otra cosa.
Thalcave se encargó del negocio, y despachó muy pronto. En cambio, de siete caballitos de raza argentina completamente enjaezados, de un centenar de libras de charqui o tasajo, cierta cantidad de arroz y de algunos odres de cuero para el agua, los indios, aunque hubieran preferido vino o ron, aceptaron veinte onzas de oro cuyo valor conocían perfectamente. Glenarvan quería comprar un caballo más para el patagón, pero éste le dio a entender que no lo necesitaba.

Terminado el contrato, Glenarvan se despidió de sus nuevos abastecedores, según la expresión de Paganel, y regresó al campamento en menos de media hora.
Fue saludado a su llegada con entusiastas aclamaciones que, en su concepto, correspondían de derecho a los víveres y a las cabalgaduras. Todos comieron con apetito, y Roberto tomó también algún alimento, pues se hallaba ya casi completamente restablecido.
El resto del día se pasó en absoluto reposo. Se habló un poco de todo, de los queridos ausentes del Duncan, del capitán John Mangles, de su buena tripulación y de Harry Grant, que no estaba tal vez lejos.
En cuanto a Paganel, no se separaba del indio un solo instante; era la sombra de Thalcave. No se cansaba de ver un verdadero patagón, junto al cual él parecía un enano, un patagón que podía casi rivalizar con el emperador Maximino y con aquel negro del Congo visto por el sabio Van der Brock, ambos de 8 pies de estatura. Abrumaba al grave indio con una balumba de frases españolas, que su interlocutor escuchaba gravemente. El geógrafo estudiaba sin libros, y se le oía articular palabras retumbantes con grandes esfuerzos del gaznate, la lengua y las mandíbulas.
—Si no consigo el acento —decía al mayor—, no será porque no haga todo lo posible para hacerme con él. ¿Quién me había de decir que llegaría un día en que un patagón sería mi maestro de español?
XVI
EL RÍO COLORADO
A las ocho de la mañana del día siguiente, 22 de octubre, Thalcave dio la señal de marcha. Entre los 22 y 42 grados, el suelo argentino se inclina de oeste a este, y, por consiguiente, los viajeros no tenían que hacer más que descender hasta llegar al mar en una pendiente suave.
Glenarvan, cuando el patagón rehusó el caballo que le ofrecía, creyó que prefería ir a pie, según tienen algunos guías por costumbre, y en verdad que sus largas piernas debían hacerle muy fácil el camino.
Pero Glenarvan se engañaba.
En el momento de partir, Thalcave silbó de un modo particular, y al momento salió de una espesura próxima, acudiendo al llamamiento de su amo, un magnífico caballo argentino, de soberbia alzada. Aquel animal era de una belleza perfecta. Su color castaño oscuro indicaba que era de gran poder y resistencia, altivo, animoso y veloz; tenía la cabeza ligera y descarnada, las ventanas de la nariz muy abiertas, los ojos ardientes, los corvejones anchos, el crucero bien pronunciado, el pecho alto, las ranillas largas, todas las cualidades, en fin, que constituyen la fuerza y ligereza. El mayor, muy inteligente en la materia admiró sin reservas aquel modelo de la raza de las Pampas, hallando en él ciertas analogías con el hunter inglés. Aquel gallardo animal se llamaba Thaouka, que quiere decir pájaro en lengua patagónica, y era muy acreedor a este título.
Apenas Thalcave estuvo montado, su caballo dio un bote. El patagón, consumado jinete, estaba magnífico. Llevaba sujetos al arnés los instrumentos de caza usados en la llanura argentina, las bolas y el lazo. El primero consiste en tres bolas reunidas por medio de una correa que se lleva atada a la parte anterior de la silla. El indio, aunque tenga el animal o el enemigo que persigue a cien pasos de distancia, tira las bolas con tal precisión que las arrolla a sus piernas y le derriba. Es, por consiguiente, en sus manos un arma formidable, porque la maneja con una destreza sorprendente. El lazo no abandona como las bolas la mano que lo maneja. Se compone únicamente de dos tiras de cuero trenzadas, cuyo largo no suele exceder de 30 pies, y termina en un nudo corredizo que se desliza por una argolla de hierro. La mano derecha arroja el nudo corredizo, y la izquierda tiene asido el resto de la cuerda, cuya extremidad está sólidamente sujeta a la silla. Una larga carabina, terciada en bandolera, completaba las armas ofensivas del patagón.
Thalcave, sin cuidarse de la admiración que producía con su gracia natural, su continente y su soltura, se puso a la cabeza de los viajeros, cuyos caballos marcharon al galope o al paso, pues el trote les era desconocido. Roberto montaba con valor y seguridad, y Glenarvan se tranquilizó muy pronto respecto de su firmeza para mantenerse en la silla.
La llanura de las Pampas empieza al pie mismo de la cordillera. Se puede dividir en tres partes. La primera, desde la cordillera de los Andes, comprende una extensión de 250 millas, cubierta de maleza y arbustos. La segunda, que tiene de ancho 450 millas, está tapizada de una hierba magnífica, y se detiene a 180 millas de Buenos Aires. Desde este punto hasta el mar no se encuentra más que una serie no interrumpida de praderas cubiertas de mielgas y de cardos. Ésta es la tercera parte de las Pampas.
Al salir de la garganta de la cordillera, sorprendió a los viajeros un número considerable de mogotes o méganos, montoncillos de arena llamados médanos, verdaderas olas incesantemente agitadas por el viento cuando no las sujeta al suelo la raíz de los vegetales. La arena de que se componen los médanos es sumamente fina, y así es que se levanta al menor soplo y forma verdaderos sifones que suben a una altura considerable. Aquel espectáculo causaba a la vez placer e incomodidad, porque si bien no hay nada tan curioso como aquellas mangas que vagan por la llanura, luchando, confundiéndose, derribándose, levantándose en un espantoso desorden, tampoco hay nada más molesto que el impalpable polvo que se desprende de aquellos innumerables torbellinos y penetra en los ojos por más que se cierren los párpados.
Este fenómeno, sostenido por los vientos del norte, duró una gran parte del día. Los expedicionarios marcharon, sin embargo, rápidamente, de suerte que a las seis de la tarde las cordilleras, a la distancia ya de 40 millas, se presentaban como una mole oscura perdida en la bruma del crepúsculo.
Los viajeros habían andado 38 millas y se sentían bastante fatigados. Con placer vieron llegar la hora de acostarse. Acamparon a orillas del rápido Neuquén, río turbio y de avenidas, encauzado por altas márgenes rojizas. Algunos geógrafos llaman al Neuquén, Ramid o Comoe, y nace en medio de lagos que únicamente conocen los indios.

La noche y día siguientes no ofrecieron incidente alguno digno de ser reseñado. Se caminaba de prisa y sin dificultades, en un terreno compacto y bajo una temperatura muy soportable. A cosa del mediodía el sol calentó mucho, y a la caída de la tarde se presentó en el horizonte del Sudoeste una barrera de nubes, que era un síntoma seguro de variación del tiempo. El patagón no podía equivocarse acerca del particular, y con el dedo indicó al geógrafo la zona occidental del cielo.
—Comprendo —dijo Paganel, y añadió, dirigiéndose a sus compañeros—: el tiempo va a variar, no tardará en soplar el pampero.
Y explicó que el pampero es un viento del Sudoeste muy seco, frecuente en las llanuras argentinas. Thalcave no se había engañado. Durante la noche, bastante penosa para gentes que no tenían más abrigo que un simple poncho, el pampero sopló con mucha fuerza. Los caballos se echaron al suelo, y los hombres se tendieron junto a ellos formando un apretado grupo. Glenarvan temía algún grave retraso si el huracán se prolongaba; pero Paganel le tranquilizó después de haber consultado su barómetro.
—Ordinariamente —le dijo— el pampero engendra tempestades de tres días que la depresión del mercurio indica de una manera segura. Pero al contrario, cuando, como ahora, el barómetro sube, toda la tempestad se reduce a unas cuantas horas de furiosas ráfagas. Tranquilizaos, pues, querido amigo; al rayar el alba habrá recobrado el cielo su acostumbrada pureza.
—Habláis como un libro, Paganel —respondió Glenarvan.
—Soy un libro, en efecto —replicó Paganel—, y os dejo que me hojeéis cuanto queráis.
El libro no se engañaba. A la una de la mañana cesó repentinamente el viento, y todos pudieron hallar en el sueño un reposo reparador. Al amanecer, se levantaron ágiles y dispuestos para todo, especialmente Paganel, que hacía chascar sus articulaciones desperezándose como un cachorro.
Era aquel día el 24 de octubre. Diez días habían transcurrido desde que los expedicionarios salieron de Talcahuano. Noventa y tres millas separaban aún a los viajeros del punto en que el río Colorado corta el paralelo 37, y, por consiguiente, para llegar a éste se necesitaban tres días de viaje. Durante aquella travesía del continente americano, lord Glenarvan acechaba con escrupulosa atención la aproximación de los indígenas. Quería interrogarles acerca del capitán Grant por medio de Thalcave, con el cual, además, empezaba Paganel a entenderse suficientemente. Pero se seguía una línea poco frecuentada por los indios, porque los caminos de las Pampas que van de la República Argentina a las cordilleras están situados más al norte. No se encontraban indios errantes ni tribus sedentarias de las que viven sometidas a la autoridad de un cacique. Si por acaso aparecía a lo lejos algún jinete nómada, huía rápidamente, no teniendo ningún interés en ponerse en comunicación con desconocidos. Aquel grupo debía parecer sospechoso a cualquiera que se aventurase por la llanura, lo mismo al bandido, cuya prudencia se alarmaba a la vista de ocho hombres bien armados y bien montados, que al viajero honrado que en aquellas comarcas solitarias estaba siempre receloso contra algún malintencionado. Así, pues, había una imposibilidad absoluta de establecer relación alguna con malos ni con buenos. De lamentar era no encontrarse delante de una cuadrilla de rastreadores1 aunque con ellos la conversación tuviese que empezar a tiros.
Sin embargo, si bien Glenarvan, por interés de sus investigaciones, tenía motivos para quejarse de la falta de indios, sobrevino un incidente que justificó mucho la interpretación dada al documento.
La ruta seguida por la expedición cortó varios senderos de la Pampa, entre otros uno muy importante, el del Carmen a Mendoza, fácil de reconocer por las osamentas de animales domésticos, mulos, caballos, carneros y bueyes, destrozados por el pico y las garras de las aves de rapiña y blanqueadas por la acción de la atmósfera. Había millares de ellos y sin duda más de un carcomido esqueleto humano confundía su polvo con el de los más humildes animales.

La ruta de Carmen a Mendoza.
Hasta entonces Thalcave no había hecho ninguna observación respecto de la ruta rigurosamente seguida. Comprendía, sin embargo, que no siendo ninguna de las conocidas en las Pampas, no le conduciría a ciudades ni aldeas, ni a los establecimientos de las provincias argentinas. Todas las mañanas se avanzaba hacia Levante, sin separarse de la línea recta, y todas las tardes el sol poniente se encontraba en la extremidad opuesta de esta línea. En su calidad de guía Thalcave debía extrañar que no sólo no era él quien guiaba, sino que era guiado. Con todo, en medio de su asombro, se condujo con la reserva característica de los indios, y no hizo la menor observación respecto de los simples senderos desdeñados hasta entonces. Pero al llegar a la expresada vía de comunicación, detuvo su caballo y se volvió a Paganel.
—El camino del Carmen —dijo.
—Lo sé, bravo patagón —respondió el geógrafo, en su español más puro—, el camino del Carmen a Mendoza.
—¿No lo tomamos? —repuso Thalcave.
—No —respondió Paganel.
—Y ¿a dónde vamos?
—Siempre al este.
—Eso no es ir a ninguna parte.
—¿Quién sabe?
Thalcave calló y miró al sabio con profunda sorpresa. Sin embargo, no podía creer que se chanceara el geógrafo. Un indio, siempre grave, no concibe que se pueda hablar nunca en broma.
—¿No vais, pues, al Carmen? —añadió después de un instante de silencio.
—No —respondió Paganel.
—¿Ni a Mendoza?
—Tampoco.
En aquel momento Glenarvan, reuniéndose a Paganel, preguntó a éste lo que decía Thalcave, y por qué se había parado.
—Me ha preguntado si íbamos al Carmen o a Mendoza —respondió Paganel—, y le ha causado extrañeza mi respuesta negativa a su doble pregunta.
—Nuestra ruta debe necesariamente parecerle muy extraña —dijo Glenarvan.
—Ya lo creo. Dice que no vamos a ninguna parte.
—Pues bien, Paganel, ¿no podríais vos explicarle el objeto de nuestra expedición, y el interés que tenemos en dirigirnos siempre hacia el este?
—Muy difícil será —respondió Paganel—, porque un indio no entiende una palabra de grados terrestres, y la historia del documento será para él una historia fantástica.
—¿Pero —dijo con seriedad el mayor— será la historia lo que él no comprenda o será al historiador?
—¡Ah, Mac Nabbs! —replicó Paganel—. ¡Veo que aún dudáis de mi español!
—Pues bien, probad, mi digno amigo.
—Probemos, nada se pierde.
Paganel se dirigió al patagón y empezó un discurso frecuentemente interrumpido por falta de vocablos, y por la dificultad de traducir ciertas particularidades y de explicar a un salvaje medio ignorante pormenores muy poco comprensibles para él. El sabio era digno de verse. Gesticulaba, articulaba, hacía mil contorsiones, y caían gotas de sudor de su frente a su pecho como una cascada. Cuando no bastaba la lengua, el brazo procuraba ayudarle. Paganel se apeó y trazó en la arena una carta geográfica en que se cruzaban latitudes y longitudes, en que figuraban los dos océanos y en que se prolongaba el camino del Carmen. Nunca profesor alguno se había visto tan apurado.
Thalcave lo miraba todo tranquilamente, sin dejar traslucir si comprendía o no algo.
La lección del geógrafo duró más de media hora. Después calló, se limpió el rostro inundado de sudor, y miró al patagón.
—¿Qué, comprende? —preguntó Glenarvan.
—Veremos —respondió Paganel—, pero si no ha comprendido, renuncio a hacerme comprender.
Thalcave no se movía, ni hablaba. Sus miradas permanecían fijas en las líneas trazadas en la arena, que el viento borraba poco a poco.
—¿Y bien? —le preguntó Paganel.
No pareció que Thalcave le oyese. Paganel veía ya asomar a los labios del mayor una sonrisa irónica, y queriendo volver por su honor, iba a empezar con nuevas energías sus demostraciones geográficas, cuando el patagón le detuvo con un gesto.
—¿Buscáis un prisionero? —preguntó.
—Sí —respondió Paganel.
—¿Y precisamente en esta línea comprendida entre el sol que se pone y el sol que nace? —añadió Thalcave, precisando con una comparación al estilo indio la ruta del oeste al este.
—Sí, sí, eso es.
—¿Y es vuestro Dios —dijo el patagón— quien ha confiado a las olas del mar los secretos del prisionero?
—Dios mismo.
—¡Que su voluntad se cumpla, pues! —respondió Thalcave con cierta solemnidad—. Marchemos hacia el este, y si es preciso, hasta llegar al sol.
Paganel, triunfante en la persona de su discípulo tradujo inmediatamente a sus compañeros las respuestas del indio.
—¡Qué raza tan inteligente! —añadió—. De veinte campesinos de mi país, diecinueve no hubieran comprendido una palabra de mis explicaciones.
Glenarvan suplicó a Paganel que preguntase al patagón si había oído decir que hubiesen caído algunos extranjeros en manos de los indios de las Pampas.
Paganel hizo la pregunta a Thalcave y aguardó la respuesta.
—Tal vez —respondió el patagón.
Apenas Paganel tradujo esta respuesta de Thalcave, los siete viajeros rodearon a éste, y todos le interrogaron ansiosamente con la mirada.
Paganel, conmovido y casi sin encontrar palabras, prosiguió el interesante interrogatorio, procurando con sus miradas, fijas en el grave indio, sorprender su respuesta antes que saliese de sus labios.
Repetía en inglés uno tras otro todos los vocablos españoles del patagón, de suerte que sus compañeros le oían hablar, por decirlo así, en su idioma patrio.
—¿Quién era ese prisionero? —preguntó Paganel.
—Un extranjero —respondió Thalcave—. Un europeo.
—¿Le habéis visto?
—No, pero han hablado de él los indios, ¡era un valiente! ¡Tenía un corazón de toro!
—¡Un corazón de toro! —dijo Paganel—. ¡Ah! ¡Magnífica lengua patagona! ¿Comprendéis, amigos? ¡Era un valiente!
—¡Era mi padre! —exclamó Roberto Grant.
Y dirigiéndose a Paganel, le preguntó cómo se decía esta frase en español. El profesor se lo dijo, y entonces Roberto cogió las manos de Thalcave, y le dijo con voz dulce:
—¡Es mi padre!
—¡Su padre! —respondió el patagón, cuyos ojos brillaron súbitamente.
Cogió al niño en sus brazos, lo sacó de la silla y le contempló con la más curiosa simpatía. Una emoción pacífica se reflejó en su semblante inteligente.
Pero Paganel no había terminado aún su interrogatorio. ¿Dónde estaba, qué hacía aquel prisionero? ¿Cuándo había oído hablar de él Thalcave? Todas estas preguntas se acumulaban a la vez en su mente.
Por las respuestas del indio, que no se hicieron esperar, supo que el europeo era esclavo de una de las tribus indias que recorren el país entre el río Colorado y el río Negro.
—¿Pero dónde se hallaba últimamente? —preguntó Paganel.
—Bajo el poder del cacique Calfucora —dijo Thalcave.
—¿En la línea que hemos seguido hasta ahora?
—Sí.
—¿Y quién es ese cacique?
—¡El jefe de los indios poyuchos; un hombre de dos lenguas y de dos corazones!
—Es decir, falso en las palabras y en las acciones —dijo Paganel, después de traducir a sus compañeros esta bella imagen de la lengua patagona.
—¿Y podremos rescatar a nuestro amigo? —añadió.
—Tal vez, si se halla aún en manos de los indios.
—¿Y cuándo habéis oído hablar de él?
—Hace ya mucho tiempo y desde entonces el sol ha traído dos veranos al cielo de las Pampas.
La alegría de Glenarvan era indescriptible. Esta respuesta concordaba exactamente con la fecha del documento. Pero quedaba que hacer aún una pregunta a Thalcave. Paganel la formuló al momento.
—Habláis de un prisionero —dijo—, ¿no había tres?
—No lo sé —respondió Thalcave.
—¿Y nada sabéis acerca de su actual situación?
—Nada.
Esta última palabra puso fin a la conversación. Era posible que los tres prisioneros se hallasen separados desde mucho tiempo. Pero de los datos suministrados por el patagón resultaba que los indios hacían mención de un europeo que se hallaba en su poder. La fecha de su cautiverio, el punto mismo en que debía encontrarse, todo, hasta la frase patagona empleada para expresar su valor se refería evidentemente al capitán Harry Grant.
Al día siguiente, 25 de octubre, los viajeros emprendieron de nuevo la marcha hacia el este con multiplicado ardor. La llanura, siempre triste y monótona, formaba uno de esos espacios interminables que en el país se llaman travesías. El terreno arcilloso, entregado a la acción de los vientos, era perfectamente horizontal, sin una piedra ni guijarro, excepto en algunos barrancos áridos y secos o en las márgenes de pantanos artificiales hechos por los indios.
A trechos muy dilatados aparecían selvas bajas y oscuras en que descollaban algunos algarrobos blancos, cuyas vainas contienen una pulpa azucarada, agradable y refrescante, y algunos grupos de terebintos, juncos, retamas silvestres y arbustos espinosos, cuya falta de lozanía demostraba la esterilidad de la tierra.
La jornada del 26 fue penosa. Tratábase de llegar al río Colorado, y en efecto, los caballos, hostigados incesantemente, apretaron tanto el paso que aquella misma tarde alcanzaron el magnífico río de las regiones de las Pampas, a los 69° 45’ de longitud. Su nombre indio, Cubu Leubu, significa gran río. El Cubu Leubu, después de un largo rodeo, desagua en el Atlántico, produciéndose en su desembocadura una particularidad curiosa. Sea efecto de filtración o de evaporación, el volumen de sus aguas disminuye al acercarse al mar, y la causa de ello no se ha determinado aún completamente.
El primer cuidado de Paganel al llegar al Colorado, fue bañarse geográficamente en sus aguas teñidas por una arcilla rojiza. Le sorprendió su profundidad, exclusivamente debida a la licuación de las nieves por los primeros calores del verano. Además, la anchura del río era tal que los caballos no pudieron atravesarlo a nado. Afortunadamente, río arriba, a algunos centenares de toesas, se encontró un puente de zarzos, que era un puente colgante a la manera india, y la caravana pudo acampar en la orilla izquierda.
Paganel, antes de dormirse, quiso determinar con la máxima exactitud la posición del Colorado, y lo dibujó cuidadosamente en su mapa, sintiendo no poder hacer otro tanto con el Yarú-Dzangho-Tchú, lejos de él, en las montañas del Tíbet.
En los dos días siguientes, el 27 y el 28 de octubre, el viaje no ofreció notables incidencias. La misma monotonía y la misma esterilidad del terreno. Era imposible un paisaje menos variado, un panorama más insignificante. El suelo, sin embargo, era cada vez más húmedo. Hubo que pasar cañadas y esteros, lagunas permanentes cubiertas de hierbas acuáticas. Al anochecer se detuvieron los caballos a orillas de un espacioso lago, cuyas aguas muy mineralizadas le han valido tal vez el nombre de Ure lanquem, lago Amargo, que le han dado los indios. Este lago fue testigo en 1862 de las crueles represalias de las tropas argentinas. La caravana acampó como de costumbre, y la noche hubiera sido tranquila si no hubiese sido por la presencia de los monos, titíes y perros salvajes, que, sin duda en honor de los viajeros, pero con gran molestia para su aparato acústico, ejecutaron una sinfonía natural que no hubiera desaprobado un compositor del porvenir.

XVII
LAS PAMPAS
Las Pampas argentinas se extienden desde el 34 al 40º de latitud austral. La palabra Pampa aplica muy justamente a esta región porque es un vocablo de origen araucano, que significa llanura de hierbas. Le dan un singular aspecto las mimosas arborescentes de su parte occidental, y las sustanciosas hierbas de su parte oriental. Esta vegetación está arraigada en una capa de tierra de aluvión que cubre la arenosa arcilla, amarilla o roja. Si el geólogo inspeccionase estos terrenos de la época terciaria, encontraría riquezas abundantes. Allí yacen infinidad de osamentas antediluvianas que atribuyen los indios a extinguidas razas de grandes armadillos, quedando sepultada bajo aquel polvo la historia primitiva de aquellas comarcas.
Las Pampas americanas son una especialidad geográfica, como las sabanas1 de los Grandes Lagos o las estepas de Siberia. Su clima, siendo más continental que el de la provincia de Buenos Aires, es más extremado en sus calores y en sus fríos, lo que es debido, según la explicación de Paganel, a que el calor del verano, almacenado en el océano que lo absorbe, es restituido lentamente por éste durante el invierno, por cuya razón las islas gozan de una temperatura más uniforme que el interior de los continentes2. Así es que el clima de las Pampas occidentales carece de la igualdad que presenta en las costas, gracias a la proximidad del Atlántico. Está sometido a excesos repentinos y a modificaciones rápidas que hacen saltar incesantemente de un grado a otro las columnas termométricas. Allí en otoño, es decir, en abril y mayo, las lluvias son frecuentes y tempestuosas. Pero en la época del año en que atravesaban las Pampas Glenarvan y sus compañeros; el tiempo era muy seco y la temperatura muy elevada.
Determinada la ruta que habían de seguir, partieron los expedicionarios al rayar el alba. El terreno, contenido por los arbolillos y arbustos, ofrecía una consistencia suficiente, no encontrando ya médanos, ni la arena de que se forman, ni por consiguiente tampoco el polvo que el viento suspende en la atmósfera.
Los caballos marchaban a buen paso entre la pajacrava, que es la hierba por excelencia de las Pampas, y sirve de abrigo a los indios durante las tempestades. A grandes distancias, cada vez mayores, en algunos terrenos bajos y húmedos, brotaban sauces y cierta planta, el gygneirum argentum, que se cría en las inmediaciones de las aguas dulces. Allí los caballos se aprovechaban de la ocasión, bebiendo tan copiosamente como si quisieran apagar no sólo la sed actual, sino también la sed venidera. Thalcave iba delante, batiendo la maleza para espantar las cholinas, víboras de la especie más peligrosa, a cuya mordedura ningún animal sobrevive más de una hora. El ágil Thaouka saltaba las matas y ayudaba a su amo a abrir paso a los caballos que le seguían.

Los caballos marchaban a buen paso
En aquellas llanuras compactas y bien niveladas se andaba con facilidad y rapidez. No se producía en la naturaleza de la pradera modificación alguna, no habiendo en 100 millas a la redonda ni una piedra, ni un guijarro. Imposible sería encontrar otra monotonía semejante y tan obstinadamente prolongada. No había ni sombra de paisajes, de incidentes, de sorpresas naturales. Era preciso para interesarse en los pormenores del camino, ser un Paganel, uno de esos sabios entusiastas que ven siempre algo donde los demás no ven nada.
¿Y él qué veía? Ni él mismo hubiera podido decirlo. Todo lo más una mata, un tallo de hierba y le bastaba para sacar a relucir su inagotable facundia, y dar lecciones a Roberto que le escuchaba con agrado.
Durante la jornada del 29 de octubre, la llanura se desenvolvió delante de los viajeros con su uniformidad infinita. A cosa de las dos, pisaron los cascos de los caballos osamentas innumerables de bueyes, amontonadas y blanqueadas. Aquellos despojos no formaban una línea tortuosa como la que dejan a su paso los animales extenuados que caen uno tras el otro en el camino. Así es que nadie podía explicarse aquella reunión de esqueletos en un espacio relativamente limitado, ni el mismo Paganel, por más que se devanaba los sesos. Recurrió a Thalcave, el cual le respondió sin dificultad alguna.
Un ¡imposible! del sabio y un ademán muy afirmativo del patagón excitaron la curiosidad de sus compañeros.
—¿A qué atribuye este osario? —preguntaron.
—Al fuego del cielo —respondió el geógrafo.
—¡Cómo! ¿Puede un rayo haber producido tan gran desastre? —dijo Tom Austin—. ¿Puede haber exterminado un rebaño de quinientas cabezas?
—Thalcave lo asegura, y debe de ser cierto. Yo, por mi parte, lo creo a pies juntillas, porque sé que por su violencia, las tempestades de las Pampas son infinitamente más terribles que las de las demás regiones del Globo. ¡Ojalá no tengamos nosotros que experimentarlas!
—Mucho calor hace —dijo Wilson.
—El termómetro —respondió Paganel— debe señalar treinta grados a la sombra.
—No me extrañaría —dijo Glenarvan—, porque me siento cargado de electricidad. No creo que esta temperatura se sostenga.
—Pues yo —dijo Paganel— opino lo contrario, y me fundo en que no empaña el horizonte ni la más ligera nube.
—Tanto peor —respondió Glenarvan—, porque nuestros caballos están cansados. Y tú, muchacho, ¿no sientes demasiado calor? —añadió, dirigiéndose a Roberto.
—No, Milord —respondió el joven—; el calor me gusta; es una cosa muy buena.
—Sobre todo en invierno —hizo observar juiciosamente el mayor, echando al aire una bocanada de humo de su cigarro.
A la caída de la tarde se detuvieron los viajeros cerca de un rancho abandonado que consistía en una cabaña de ramas entrelazadas, cubiertas de bálago y consolidadas con barro. Esta cabaña estaba cerca de un estacada, que si bien medio podrida, era, sin embargo, suficiente para poner a los caballos fuera del alcance de las zorras, las cuales, durante la noche no atacan a los caballos directamente, pero roen los ronzales con que se les sujeta, y ellos al verse sueltos, aprovechan la ocasión para escaparse.
A algunos pasos del rancho había un hoyo abierto que servía de hornillo y contenía frías cenizas. Dentro de la cabaña se encontró una mala cama de cuero de buey, una marmita, un asador y una vasija para cocer el mate. El mate es una bebida fuerte, muy usada en América del Sur; es el té de los indios. Consiste en una infusión de hojas secadas a la lumbre y se sorbe, como las bebidas americanas, por medio de un tubo de paja. A petición de Paganel, preparó Thalcave algunas tazas de aquel brebaje, que supo a todos muy bien, y dio cierto realce a la habitual comida.
El sol del día 30 de octubre apareció envuelto en un celaje ardiente, y lanzó a torrentes sus rayos más abrasadores. Se preparaba para aquella jornada una temperatura excesiva, y por desgracia la llanura no ofrecía ningún abrigo. Se emprendió, sin embargo, resueltamente la ruta del Este. Se encontraron con alguna frecuencia inmensos rebaños, que abrumados por el calor, ni fuerza tenían para pastar y permanecían perezosamente echados. No se veía pastor alguno, estando todas aquellas aglomeraciones de vacas, toros y bueyes bajo la custodia de algunos perros acostumbrados a mamar de las ovejas, cuando la sed les acosa. Aquellos guardianes son de índole apacible, y no tienen la aversión instintiva al color rojo que distingue a sus congéneres europeos.

—¡Eso consiste sin duda en que pacen la hierba de una república! —dijo Paganel, muy satisfecho de su chiste, tal vez demasiado francés.
Cerca del mediodía se presentaron en las Pampas algunas variaciones de escenario que no podían pasar inadvertidos a los que estaban cansados de su monotonía. Los gramíneas empezaron a ser más raras, remplazándolas las mezquinas bardanas y gigantescos cardos de 9 pies de altura que hubieran sido la dicha de todos los asnos de la Tierra. Algunos escuálidos espinos de un verde oscuro, plantas características de los terrenos secos, brotaban pobremente en algunos puntos. Hasta entonces la humedad retenida por la arcilla había permitido a los pastos cubrir la pradera y formar una mullida alfombra, que era un verdadero lujo de vegetación, pero luego la hierba, impotente y débil, dejaba ver la tierra a trechos, y revelaba la miseria del suelo, como los harapos que no bastan para cubrir la carne del mendigo.
Thalcave hizo observar los síntomas de aquella sequedad creciente.
—No me disgusta esta variación de paisaje —dijo Tom Austin—; empezaba ya a fastidiarme tanta hierba, tanta hierba.
—Sí —respondió el mayor—, pero mientras hay hierba hay agua.
—Agua por ahora no nos falta —dijo Wilson—, y algún río encontraremos en el camino.
Si Paganel hubiera oído semejante respuesta, no hubiera dejado de decir que los ríos son raros entre el Colorado y las sierras de la provincia argentina; pero en aquel momento explicaba a Glenarvan un hecho sobre el cual éste acababa de llamar su atención.
Hacía algún tiempo que la atmósfera estaba impregnada de un olor como de humo, y sin embargo no aparecía visible ningún fuego en el horizonte, ni la menor humareda revelaba un incendio, más o menos lejano. No se podía, pues, atribuir aquel fenómeno a una causa natural. Muy pronto llegó a ser tan fuerte aquel olor de hierba quemada, que causó sorpresa a todos, menos a Paganel y Thalcave. El geógrafo, que no se sentía nunca apurado para explicar un hecho, dio a sus amigos la siguiente respuesta:
—No vemos el fuego —dijo—, y, sin embargo, olemos el humo. Pero es el caso que no hay humo sin fuego, según dice el refrán, y este refrán es tan verdadero en América como en Europa. Hay, pues, fuego en alguna parte. Como las Pampas están tan poco accidentadas que no hay obstáculo alguno que se oponga a la circulación de las corrientes atmosféricas, se percibe con frecuencia el olor de las hierbas que se queman a una distancia de setenta y cinco millas3.
—¿Setenta y cinco millas? —replicó el mayor, que no parecía estar muy convencido.
—Sí —afirmó Paganel—. Pero añado que esos incendios se propagan en gran escala y llegan a tomar proporciones formidables.
—¿Quién prende fuego a las praderas? —preguntó Roberto.
Algunas veces el rayo, cuando la hierba está agostada por los calores, y algunas veces también la mano de los indios.
—¿Con qué objeto?
—Creen, no sé si con fundamento o sin él, que las gramíneas brotan mejor en las Pampas, después de un incendio. Éste, además, puede ser un medio de vivificar el suelo por la acción de las cenizas. Mas yo creo que estos incendios tienen principalmente por objeto destruir miríadas de ixodos, insectos parásitos que molestan mucho al ganado.
—Pero ése es un medio enérgico —dijo el mayor— que debe costar la vida a algunas de las bestias que vagan por la llanura.
—Algunas se pierden; ¡pero hay tantas!
—No reclamo por ellas, ni me hago su abogado —respondió Mac Nabbs—; allá se las compongan. Pero, ¿y los viajeros que atraviesan las Pampas? ¿No puede ocurrir que sean sorprendidos y queden envueltos en las llamas?
—Sin duda —exclamó Paganel, con visible satisfacción—; lo que decís sucede algunas veces, y por mi parte, no sentiría presenciar ese espectáculo.
—¡Oh, venerable sabio! —exclamó Glenarvan—. Lleváis vuestro amor a la Ciencia al extremo de haceros quemar vivo por ella.
—No tal, querido Glenarvan; pero he leído a Cooper, y Media de Cuero me ha enseñado la manera de detener el fuego, arrancando la hierba alrededor de sí, en un radio de muchas toesas. No hay nada más sencillo, y no temo, por lo mismo, la aproximación de un incendio y hasta lo deseo.
Pero los deseos de Paganel no se realizaron, y si quedó aquel día medio asado, lo debió únicamente al calor de los rayos del sol, que estaban despidiendo fuego. Los caballos jadeaban bajo la influencia de aquella temperatura tropical. No había que esperar más sombra que la que procediese de alguna ligera nube que pasase por delante del inflamado disco. Cuando esto sucedía, la sombra corría por la llanura, empujada por los vientos del oeste, y los jinetes procuraban mantenerse en ella, hasta que los caballos, fatigados, se quedaban atrás, y el astro del día bañaba de nuevo con una lluvia de fuego el terreno calcinado de las Pampas.
Cuando Wilson dijo que no faltaría provisión de agua, pues todos llevaban la suficiente para ir tirando, no contaba con la sed inextinguible que devoró a sus compañeros durante aquella jornada, y cuando añadió que encontrarían algún riachuelo en el camino, echó, como suele decirse, las cuentas sin la huéspeda. En efecto, no sólo faltaban los ríos, porque la planicie del terreno no les ofrecía ningún lecho favorable, sino que hallaban cegados los pantanos artificiales, abiertos por los indios. Viendo que de milla en milla se multiplicaban los síntomas de sequedad, Paganel hizo algunas observaciones a Thalcave, y le preguntó dónde esperaba encontrar agua.
—En el lago Salinas —respondió el indio.
—¿Y cuándo llegaremos a él?
—Mañana por la tarde.
Los argentinos, cuando viajan por las Pampas, abren ordinariamente pozos, y encuentran agua a la profundidad de algunas toesas. Pero los viajeros, careciendo de las herramientas necesarias, no tenían este recurso. Fue, pues, preciso ponerse a ración, y si bien nadie sufría una sed insoportable, nadie tampoco la pudo apagar completamente.
Al anochecer se hizo alto, después de una marcha de 30 millas. Todos contaban con una buena noche para descansar de las fatigas del día, y precisamente pasaron la peor noche de todas, envueltos por una nube impertinente de maringüiños y otros cínifes. Su presencia anunciaba una variación del viento, y, en efecto, el viento pasó a otro cuadrante y saltó al norte. Con los vientos del sur o del sudoeste los molestos mosquitos desaparecen generalmente.
Paganel no era como el mayor, que conservaba su calma en medio de las pequeñas miserias de la vida. Paganel se indignaba contra los reveses de la suerte. Dio al diablo todos los mosquitos habidos y por haber, y echó muy de menos el agua acidulada con que hubiera mitigado el escozor de sus picaduras. Por más que el mayor procuró consolarle diciéndole que debía considerarse feliz por no tener que habérselas más que con dos especies de insectos de las tres mil que cuentan los naturalistas, se levantó con un humor de perros.
No se hizo, sin embargo, rogar para emprender la marcha al rayar el alba, pues se quería llegar aquel mismo día a Salinas. Los caballos estaban rendidos y muertos de sed, y aunque los viajeros les sacrificaron una parte de su ración de agua, la que les podían dar era muy insuficiente. La sequedad era mayor aún, y el calor no menos intolerable bajo el soplo del norte, que es el simún de las Pampas y levanta nubes de polvo.
Durante aquella jornada, la monotonía del viaje fue momentáneamente interrumpida. Mulrady, que caminaba delante, retrocedió para decir a sus compañeros que se aproximaba una partida de indios. Aquel encuentro fue apreciado de distintas maneras. Glenarvan pensó en los datos que aquellos indígenas podrían suministrarle acerca de los náufragos de la Britannia. A Thalcave no le agradó mucho tropezar en el camino con los indios nómadas de la pradera, a quienes trataba siempre de evitar por considerarles merodeadores y ladrones. Siguiendo sus instrucciones, los expedicionarios formaron un grupo compacto y prepararon sus armas. Era preciso estar muy prevenidos para lo que pudiera ocurrir.
Pronto divisaron todos el destacamento indio, que se componía únicamente de diez indígenas, lo que tranquilizó al patagón. Los indios se colocaron a unos cien pasos de distancia, pudiéndoles examinar muy fácilmente. Pertenecían todos a la raza pampera que barrió completamente, en 1833, el general Rosas. Su frente alta y combada, su elevada estatura, su color aceitunado, les hacían verdaderos tipos de la raza india. Iban vestidos con pieles de guanaco o de mofetas, y llevaban, además de una lanza, que tenía veinte pies de longitud, cuchillos, hondas, bolas y lazos. Manejaban el caballo con toda la destreza de los mejores jinetes.
Se detuvieron a cien pasos y al parecer conferenciaron, gritando y gesticulando. Glenarvan se adelantó hacia ellos, pero apenas anduvo unos cuantos pasos, echaron a correr dando media vuelta, y desaparecieron con una velocidad increíble. Los caballos de los viajeros estaban demasiado cansados para seguirles la pista.
—¡Cobardes! —exclamó Paganel.
—Huyen demasiado pronto para ser gentes honradas —dijo Mac Nabbs.
—¿Qué indios son ésos? —preguntó Paganel a Thalcave.
—Gauchos —respondió el patagón.
—Gauchos —repitió Paganel, volviéndose a sus compañeros—. No teníamos necesidad de tomar tantas precauciones. Nada había que temer.

—¿Por qué? —dijo el mayor.
—Porque los gauchos son campesinos inofensivos.
—¿Lo creéis así, Paganel?
—Es indudable. Éstos nos han tomado por ladrones y han huido.
—Pues yo creo —respondió Glenarvan, muy contrariado por no haber podido comunicar con aquellos indígenas, quienesquiera que fuesen—, que han tenido miedo y no se han atrevido a atacarnos.
—Soy de la misma opinión —dijo el mayor—, porque, si no me engaño, los gauchos, lejos de ser inofensivos, son ni más ni menos que unos bandoleros.
—¿De dónde habéis sacado eso? —exclamó Paganel.
Y empezó a discutir con calor aquella tesis etnológica, tanto que llegó a sacar al mayor de su estado de cachaza habitual, y le arrancó esta respuesta impropia de Mac Nabbs en todas las discusiones:
—Creo que andáis equivocado, Paganel.
—¿Equivocado? —replicó el sabio.
—Sí. El mismo Thalcave, que es tan ducho y sabe dónde le aprieta el zapato, ha tomado a esos indios por malhechores.
—Pues Thalcave ha estado en un error —respondió Paganel con cierta displicencia—. Los gauchos son agricultores, pastores y nada más, y así lo hice constar yo mismo en una Memoria que publiqué sobre los indígenas de las Pampas, que fue muy bien recibida del público.
—Pues en vuestra Memoria habéis dejado consignado un error, Monsieur Paganel.
—¿Un error, Monsieur Mac Nabbs?
—Por distracción, sin duda —replicó el mayor con insistencia—, pero podréis subsanarlo en la fe de erratas de vuestra próxima edición.
Paganel, muy herido en su amor propio al oír discutir sus conocimientos geográficos y hasta chancearse con ellos, empezó a salirse de sus casillas.
—Sabed, Monsieur Mac Nabbs —dijo—, que mis libros no tienen necesidad de una fe de erratas de esa especie.
—En esta ocasión la tienen —respondió Mac Nabbs, que se obstinaba a su vez.
—¡Estáis hoy muy pendenciero! —replicó Paganel.
—¡Y vos muy áspero! —contestó el mayor.
La discusión, como se ve, tomaba un mal giro inesperado, no obstante versar sobre una bagatela, y Glenarvan juzgó conveniente intervenir.
—Indudablemente —dijo— hay algo de espíritu de contradicción en el uno y de excesiva susceptibilidad en el otro, lo que extraña mucho en los dos.
El patagón, sin comprender de qué se trataba, había adivinado fácilmente que los dos amigos disputaban. Se sonrió, y dijo tranquilamente:
—Eso es efecto del viento norte.
—¡El viento norte! —exclamó Paganel—. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?
—Mucho —respondió Glenarvan—; el viento norte es quien os pone de tan mal humor. He oído decir que exalta mucho el sistema nervioso en el sur de América.
—¡Por san Patricio! ¡Tenéis razón, Edward! —dijo el mayor, y soltó una carcajada.
Pero Paganel, verdaderamente encolerizado, no quiso abandonar la discusión, y se volvió contra Glenarvan, cuya intervención no le hizo gracia.
—¿De veras, Milord, tengo exaltado el sistema nervioso?
—Sí, Paganel; por el viento norte, que hace cometer muchos crímenes en las Pampas, como la tramontana en la campiña de Roma.
—¡Crímenes! —repitió el sabio—. ¿Tengo yo la facha de un facineroso que quiere cometer crímenes?
—No digo eso precisamente.
—Decid de una vez que quiero asesinaros.
—Mucho lo temo —respondió Glenarvan sin poder contener la risa—. Afortunadamente, el viento del norte no dura más que un día.
Todos aplaudieron la respuesta de Glenarvan, por lo que Paganel picó con ambas espuelas su caballo y se fue delante de todos para desahogar solo su mal humor. Un cuarto de hora después, no se acordaba ya de nada.
El buen carácter del sabio sufrió una alteración instantánea, pero debida, como había dicho muy bien Glenarvan, a una causa enteramente exterior.
A las ocho de la noche, Thalcave, que se había adelantado algo para explorar el terreno, distinguió las orillas del deseado lago. Un cuarto de hora después, la comitiva se apeaba en las márgenes del Salinas. Pero allí les aguardaba un desengaño horrible. El lago estaba seco.
XVIII
EN BUSCA DE AGUA
El lago Salinas es el punto de intersección y depósito general de las innumerables lagunas que provienen de las sierras de Ventosa y de Guamini. En otras ocasiones hacían en él provisión de sal muchas expediciones procedentes de Buenos Aires, porque sus aguas contienen una cantidad considerable de cloruro sódico; pero a la llegada de Glenarvan y sus compañeros, el agua, volatilizada por un calor abrasador, había depositado toda la sal que contenía en suspensión y el lago no formaba más que un inmenso espejo resplandeciente.
Cuando Thalcave anunció la presencia de un líquido potable en el lago Salinas, no se refería precisamente al lago, sino a los ríos de agua dulce que en él se precipitaban. Pero en aquel momento estaban secos, lo mismo que él, todos sus afluentes. El ardiente sol había bebido toda su agua. La consternación fue general, cuando llegó la comitiva a las resecas márgenes del Salinas.
Preciso era tomar un partido. La poca agua que contenían los odres estaba medio corrompida, y no podía apagar la sed. Ésta empezaba a hacerse sentir intensamente. La sed es una necesidad tan imperiosa que hace olvidar el hambre y la fatiga. Una ruca, especie de tienda de cuero levantada en el barranco y abandonada de los indígenas, sirvió de guarida a los viajeros extenuados, en tanto que los caballos, tendidos en las cenagosas márgenes del lago, comían con repugnancia las plantas acuáticas y las cañas secas.
Cuando todos se hubieron colocado en la ruca, Paganel quiso que le dijese Thalcave lo que en su opinión debía hacerse. Entre el geógrafo y el indio se entabló una conversación de la que Glenarvan cogió al vuelo algunas palabras. Thalcave hablaba con calma. Paganel gesticulaba por dos. El diálogo duró algunos minutos y el patagón se cruzó de brazos.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Glenarvan—. Creo haber comprendido que aconseja que nos dividamos.
—Sí, en dos grupos —respondió Paganel—. Los que montan caballos rendidos de fatiga y de sed, que apenas puedan dar un paso, continuarán como puedan, siguiendo siempre la dirección del paralelo 37. Los mejor montados les precederán en la misma línea e irán a reconocer el río Guamini, que desemboca a treinta y una millas de aquí, en el lago de San Lucas. Si allí encuentran agua suficiente, aguardarán a sus compañeros en las márgenes del Guamini. Si no la encuentran, retrocederán para salirles al paso y ahorrarles un viaje inútil.
—¿Y entonces? —preguntó Tom Austin.
—Entonces tendremos que descender setenta y cinco millas al sur, hasta llegar a las primeras ramificaciones de la sierra Ventosa, donde los ríos son numerosos.
—El consejo es bueno —respondió Glenarvan—, y vamos a ponerlo en práctica cuanto antes. Mi caballo no se halla aún muy afectado por la falta de agua, y me ofrezco a acompañar a Thalcave.
—¡Oh! ¡Milord, llevadme! —dijo Roberto, como si se hubiera tratado de participar en una divertida jira campestre.
—Pero, ¿podrás seguirnos, hijo mío?
—¡Sí! Tengo un buen caballo que no desea más que andar. ¡Llevadme, Milord! ¡Os lo suplico!
—Ven, pues, Roberto —dijo Glenarvan, que deseaba no separarse de él—. Muy torpes seremos —añadió— si entre los tres no descubrirnos algún manantial de agua cristalina y fresca.
—¿Y yo? —preguntó Paganel.
—¡Oh! Vos, querido Paganel —respondió el mayor—, os quedaréis en el grupo de reserva. Conocéis demasiado bien el paralelo treinta y siete y el río Guamini, y todas las Pampas, para abandonarnos. Ni Mulrady, ni Wilson, ni yo sabríamos encontrar a Thalcave en el punto en que nos cita, al paso que marcharemos con toda confianza en pos de la bandera del buen Santiago Paganel.
—Me resigno —respondió el geógrafo, muy satisfecho del mando superior que se le confería.
—¡Pero no más distracciones! —añadió el mayor—. ¡No vayáis a conducirnos a donde nada tengamos que hacer; no nos llevéis, por ejemplo, a las costas del océano Pacífico!
—Bien lo mereceríais, insoportable mayor —respondió Paganel, riendo—. Ahora, decidme, querido Glenarvan. ¿Cómo comprenderéis el lenguaje de Thalcave?
—Supongo —respondió Glenarvan— que el patagón y yo no tendremos necesidad de hablarnos. Además, con algunas palabras españolas que poseo, llegaré, si apremian las circunstancias, a expresarle mi pensamiento y a comprender el suyo.
—Marchad, pues, mi digno amigo —respondió Paganel.
—Cenemos antes —dijo Glenarvan—, y durmamos, si podemos, hasta la hora de partir.
Se cenó sin beber, lo que pareció poco refrigerante, y se durmió, a falta de otra cosa. Paganel soñó torrentes, ríos, cascadas, fuentes, estanques, arroyos, hasta botellas llenas, en una palabra, todo cuanto suele contener agua potable. Su sueño fue una verdadera pesadilla.
A las seis de la mañana del día siguiente se ensillaron los caballos de Thalcave, Glenarvan y Roberto Grant, y se les dio la última ración de agua. Después los tres jinetes pusieron el pie en el estribo.
—Hasta la vista —dijeron el mayor, Austin, Wilson y Mulrady.
—Y, sobre todo, procurad no volver —añadió Paganel.
Muy pronto el patagón, Glenarvan y Roberto perdieron de vista, no sin oprimírseles el corazón, el destacamento confiado a la sagacidad del geógrafo.
El Desierto de las Salinas, que atravesaban entonces, es una llanura arcillosa, cubierta de árboles retorcidos de unos 10 pies de altura, de pequeñas mimosas, que los indios llaman curra-mammel, y de jumes, achaparrados arbustos que contienen mucha sosa. Anchas placas de sal reflejaban a trechos con una intensidad asombrosa los rayos solares. La vista hubiera fácilmente confundido aquellos barreros1 con superficies heladas por un violento frío, si el ardor del sol no hubiera sido incompatible con toda idea de hielo. Sin embargo, al contraste de un suelo árido y abrasado con aquellos brillantes lienzos daban al desierto una fisonomía muy particular que causaba cierto asombro.
A 80 millas al sur, en la sierra Ventosa, hacia la cual tenían que descender los viajeros en el caso posible de encontrar seco el río Guamini, el panorama era distinto. Aquel país, reconocido en 1835 por el capitán Fitz Roy, que mandaba entonces la expedición del Beagle, es de una fertilidad exuberante. Allí brotan con un vigor incomparable los mejores pastos del territorio indio. Allí la vertiente noroeste de las sierras se reviste de una hierba lozana, y desciende hasta el fondo de los bosques, ricos en las más variadas esencias. Allí se ven el algarrobo, cuyo fruto seco y reducido a polvo, sirve para hacer un pan muy sabroso para los indios; el quebracho blanco, cuyas ramas largas y flexibles lloran a la manera del sauce europeo; el quebracho colorado, de indestructible madera: el naudubay, que se inflama con la mayor facilidad, y causa con frecuencia terribles incendios; el vívaro, cuyas flores de color violeta se escalonan en forma de pirámide, y, por último, el timbo, que eleva a 80 pies del suelo su gigantesco parasol bajo el cual pueden guarecerse rebaños enteros. Los argentinos han intentado muchas veces colonizar aquel rico país, pero no han podido nunca sobreponerse a la actitud hostil de los indios.
De creer era que ríos caudalosos bajasen de la sierra para suministrar el agua que tanta fertilidad requería, y, en efecto, las mayores sequías no los han evaporado jamás, pero para alcanzarlos era preciso descender 130 millas al sur. Thalcave procedía, pues, prudentemente, dirigiéndose primero al Guamini, el cual, sin separarle de su ruta, se encontraba a una distancia mucho menos considerable.
Los tres caballos galopaban con impaciencia, presintiendo sin duda por instinto a dónde les conducían sus amos. Thaouka, sobre todo, desplegaba un brío que ni las fatigas ni las necesidades podían disminuir, cruzaba como un pájaro las secas cañadas y los matorrales de curra-mammel, hendiendo los aires con relinchos de buen agüero. Los caballos de Glenarvan y de Roberto, alentados por su ejemplo, le seguían denodadamente, aunque no con un paso tan acelerado. Thalcave, inmóvil en su silla, daba a sus compañeros el ejemplo que daba Thaouka a los suyos. El patagón volvía con frecuencia la cabeza para contemplar a Roberto Grant.
Viendo al noble jinete firme y bien puesto, con la cintura suelta, el cuerpo derecho, las rodillas hincadas en la silla, le manifestaba su satisfacción con un grito estimulante. Roberto se iba haciendo en realidad un buen jinete y merecía la aprobación del indio.
—¡Bravo, Roberto! —decía Glenarvan—. Parece que Thalcave te felicita y aplaude.
—¿Por qué, Milord?
—Por lo bien que montas a caballo.
—¡Oh! Monto con firmeza, y nada más —respondió Roberto sonrojado por el elogio.
—La firmeza es lo principal, Roberto —respondió Glenarvan—, pero eres demasiado modesto, y desde ahora te digo que vas a ser un deportista completo.
—Bien —dijo Roberto riendo—, ¿y qué dirá papá que quería hacer de mí un marino?
—No se opone una cosa a otra. Si bien no todos los jinetes son buenos marinos, todos los marinos pueden llegar a ser buenos jinetes. Cabalgando en las vergas se aprende a tenerse bien a caballo. En cuanto a saber manejar el animal, ejecutar los movimientos oblicuos o laterales, todo eso se aprende sin maestro y a fuerza de práctica, porque, en verdad, no hay nada más natural.
—¡Pobre padre mío! —respondió Roberto—. ¡Ah! ¡Cuántas gracias os dará, Milord, cuando le hayáis salvado!
—¿Le amas mucho, Roberto?
—Sí, Milord. ¡Era tan bueno para mi hermana y para mí! ¡No pensaba más que en nosotros! No había viaje en que a la vuelta no nos trajera un recuerdo de los países que visitaba, y, lo que valía más aún, sus caricias y palabras. ¡Vos también le querréis cuando lo conozcáis! Mary se le parece. Él tiene la voz dulce como ella, lo que es raro en un marino, ¿no es verdad?
—Sí, muy raro, Roberto —respondió Glenarvan.
—Aún me parece verlo —continuó Roberto, hablando consigo mismo—. ¡Oh! ¡Buen papá! Cuando yo era pequeño me dormía sobre sus rodillas, y tarareaba una tonada escocesa de una canción en que se celebran los lagos de nuestro país. Algunas veces recuerdo la música, pero confusamente. A Mary le sucede lo mismo. ¡Ah!, Milord. ¡Cuánto le amamos! ¡Mirad, creo que es preciso ser niño para amar mucho a un padre!
—Y hombre para venerarle, hijo mío —respondió Glenarvan muy conmovido por las palabras que brotaban de aquel tierno corazón.
Durante este diálogo los caballos habían aflojado la marcha y caminaban al paso.
—Le encontraremos, ¿no es verdad? —dijo Roberto, después de algunos instantes de silencio.
—Sí, le encontraremos —respondió Glenarvan—. Thalcave nos ha puesto en buen camino, y tengo confianza en él.
—Thalcave es un buen indio —dijo el niño.
—Sin duda.
—¿Sabéis una cosa, Milord?
—Habla, y te contestaré...
—¿Sabéis que con vos, no hay más que personas honradas? ¡Lady Elena, a la que tanto quiero, el mayor, con su imperturbable calma, el capitán Mangles y Monsieur Paganel, y los marineros del Duncan, tan animosos y tan sufridos!
—Sí, lo sabía, hijo mío —respondió Glenarvan.
—¿Y sabéis que vos sois el mejor de todos?
—No, eso no lo sabía.
—Pues es preciso que lo sepáis, Milord —replicó Roberto, que cogió la mano del lord y la llevó a sus labios.
Glenarvan movió lentamente la cabeza, y no continuó la conversación porque un gesto de Thalcave indicó a los dos viajeros que debían darse prisa. Habíanse éstos quedado muy rezagados, e importaba mucho no perder tiempo y pensar en los que dejaban a la espalda.
Tomaron Glenarvan y Roberto un paso más rápido, pero se vio muy pronto que los caballos, exceptuando Thaouka, no podrían sostenerlo mucho tiempo. Fue preciso al mediodía concederles una hora de reposo. No podían ya más, y rehusaban comer los tallos de una especie de alfalfa seca y tostada por los rayos del sol.
Glenarvan empezó a inquietarse. Los síntomas de esterilidad no disminuían, y la falta de agua podía acarrear consecuencias desastrosas. Thalcave no decía una palabra, y pensaba probablemente que tiempo tendría de desesperarse en el caso de encontrar seco el Guamini, suponiendo que la hora de la desesperación haya sonado alguna vez para el corazón de un indio.
Volvieron a ponerse en marcha, y de grado o por fuerza, con la ayuda del látigo y de la espuela, los caballos fueron avanzando, aunque al paso, pues no se les podía pedir más en la situación deplorable en que se hallaban.
Bien hubiese podido Thalcave adelantarse mucho, pues en pocas horas Thaouka podía llevarle a las márgenes del río. En ello pensó sin duda; pero tampoco quiso dejar solos a sus dos compañeros en medio del desierto, y para no adelantarse demasiado obligó a Thaouka a moderar su marcha.

Roberto cogió la mano del lord y la llevó a sus labios.
No sin antes resistirse, encabritarse y relinchar violentamente, el caballo de Thalcave se resignó a andar al paso, obligándole a ello no tanto el vigor de su amo como sus palabras. Thalcave conversaba verdaderamente con su caballo, y Thaouka, aunque no le respondía, le comprendía perfectamente. Es de creer que el patagón le daría excelentes razones, pues después de haber discutido durante algún tiempo, Thaouka, se dejó convencer por sus argumentos y obedeció, no sin tascar el freno.
Pero si Thaouka había comprendido a Thalcave, Thalcave no había comprendido menos a Thaouka. El inteligente animal, dotado por la Naturaleza de ciertos órganos superiores a los del hombre, sentía alguna humedad en el aire, y lo aspiraba con frenética avidez, haciendo chascar su lengua como si la tuviese sumergida en un líquido benéfico.
El patagón conoció por las manifestaciones de su caballo que el agua no estaba lejos.
Animó, pues, a sus compañeros interpretando las impaciencias de Thaouka, que los otros dos caballos no tardaron en comprender. Hicieron éstos el último y desesperado esfuerzo, y galoparon en pos del indio.
A cosa de las tres de la tarde apareció, temblando a los rayos del sol, una línea blanca en una desigualdad del terreno.
—¡Agua! —gritó Glenarvan.
—¡Agua! ¡Sí, agua! —exclamó Roberto.
No tuvieron ya necesidad de arrear a los caballos. Los pobres animales, sintiendo reanimarse sus fuerzas se lanzaron al galope. En pocos minutos llegaron al río Guamini, y se metieron hasta el pecho en la codiciada agua.
Los jinetes se metieron también con ellos a pesar suyo, y tomaron un baño del que no pensaron en quejarse, aunque era involuntario.
—¡Qué buena es el agua! —decía Roberto, bebiendo de bruces en medio del río.
No se oía más que el ruido de ansiosos sorbos.
Thalcave bebió tranquilamente, sin apresurarse, a pequeños sorbos, pero largo como un lazo, según la frase vulgar patagona.
No acababa nunca, y de temer era que agotase el río.
—En fin —dijo Glenarvan—, nuestros amigos no verán burladas sus esperanzas. Al llegar a Guamini, hallarán un agua clara y abundante, si es que Thalcave no se la bebe toda.

—¿No podríamos —preguntó Roberto— volver a su encuentro para ahorrarles algunas horas de inquietud y padecimientos?
—Sin duda, pero ¿cómo llevar el agua? Los odres han quedado en poder de Wilson. Vale más aguardarles, como está convenido. Calculando el tiempo que necesitan, si han llevado al paso sus caballos, nuestros amigos llegarán aquí esta noche. Preparémosles buena cama y buena cena.
No había aguardado Thalcave la proposición de Glenarvan para buscar un buen sitio donde acampar todos.

Tuvo la fortuna de encontrar en las márgenes del río una ramada,especie de coto para encerrar ganado. No temiendo dormir a cielo raso, que es lo que menos importaba a los compañeros de Thalcave, el cercado era excelente. No buscaron, pues, otro mejor, y a pierna suelta se tendieron al sol para secar sus ropas empapadas de agua.
—Estupendo —dijo Glenarvan—, y puesto que ya tenemos cama, pensemos en la cena. Es preciso que nuestros amigos queden satisfechos de los aposentadores que han venido delante, y, si no me engaño, no tendrán motivo de queja. Creo que no sería tiempo perdido una hora que dedicásemos a la caza. ¿Estás preparado, Roberto?
—Sí, Milord —respondió el muchacho levantándose con la escopeta en la mano.
Sugirió a Glenarvan esta idea la abundancia de caza que se veía en las márgenes del Guamini, que parecían ser el punto de cita de todas las aves de las llanuras circundantes. Levantábanse grandes bandadas de tinavous, especie de perdices particulares de las Pampas, ortegas negras, una variedad de pluvial o chorlito, llamado teru-teru, codornices amarillas y pollas de agua de un magnífico color esmeralda.
No se veían cuadrúpedos; pero Thalcave, indicando las altas hierbas y los espesos matorrales, dio a entender que permanecían ocultos. Bastaba a los cazadores dar unos cuantos pasos, para hallarse en el país del mundo en que más abunda la caza.
Se pusieron, pues, a cazar, y despreciando al principio la pluma por el pelo, dedicaron sus primeras horas a la caza mayor de las Pampas. Muy pronto se levantaron delante de ellos centenares de corzos y guanacos, parecidos a los que con tanta violencia les arrollaron en las cumbres de la cordillera; pero aquellos tímidos animales huyeron con tal precipitación, que fue imposible ponérselos a tiro. Entonces los cazadores se dirigieron a otras piezas más asequibles, que, por otra parte, nada dejaban que desear bajo el punto de vista alimenticio. Fueron abatidas una docena de perdices y codornices, y Glenarvan mató con mucha destreza un pécari, tay-tetre, paquidermo de erizado pelo y sabrosa carne, que bien valió el tiro que había costado.
En menos de media hora, los cazadores, sin cansarse, mataron toda la caza que necesitaban. Roberto se apoderó de un curioso animal perteneciente al orden de los desdentados, un armadillo, especie de tatú cubierto de conchas óseas y movibles, que tenía pie y medio de largo. Estaba muy gordo, y, al decir del patagón, debía hacer un plato excelente. Roberto no cabía de alegría en su pellejo.
Thalcave dio a sus compañeros el espectáculo de la caza del ñandú, el avestruz de las Pampas, cuya rapidez es maravillosa. Lanzó el caballo al galope, en línea recta, para alcanzarlo cuanto antes, porque errando el primer golpe, el ñandú hubiera fatigado muy pronto al caballo y al cazador con sus rápidas y continuas vueltas y revueltas. Thalcave, al llegar a cierta distancia aún bastante considerable, lanzó las bolas con mano vigorosa y con tanta destreza, que con ellas envolvió las patas del avestruz y paralizó sus esfuerzos. A los pocos segundos, la voluminosa ave yacía en tierra.
El indio se apoderó del ñandú, no para satisfacer un placer vano de cazador, sino porque su carne es muy estimada y quería que figurase también en la cena un plato de su cosecha.
Llevaron, pues, los cazadores a la ramada una buena sarta de perdices y codornices, el avestruz muerto por Thalcave, el pécari cazado por Glenarvan y el tatú cogido por Roberto. El avestruz y el pécari, cuya piel es coriácea, fueron desollados inmediatamente y cortados en pequeños trozos. El tatú es un animal precioso, que lleva consigo la cacerola en que se ha de asar, y fue, por consiguiente, colocado en su propia concha sobre las ascuas.
Los tres cazadores se contentaron, para su cena, con las perdices y codornices, guardando para sus compañeros los platos fuertes.
Se roció la cena con un agua transparente, que fue declarada superior a todos los vinos del mundo, y hasta al famoso usquebaugh2 tan codiciado en las tierras altas de Escocia.
No se olvidaron de sus caballos los cazadores. Sirvióles a la vez de cena y lecho una abundante cantidad de forraje seco, hacinado en la ramada.
Hechos todos los preparativos, Glenarvan, Roberto y el indio se envolvieron en sus ponchos y se echaron sobre un edredón de alfalfa, que es la cama habitual de los cazadores de las Pampas.
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