Kitabı oxu: «Indeleble»
Indeleble
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Karen Londoño Muriel

| Londoño Muriel, KarenIndeleble / Karen Londoño Muriel – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2021.368 páginas– (Colección Literatura)ISBN_pdf: 978-958-53123-1-9ISBN_E-pub: 978-958-53123-0-2ISBN_impreso: 978-958-53303-6-81. Novela colombiana – 2. Literatura colombiana – 3. Novela juvenilC863.44 (scdd ed.20) |
Indeleble
© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)
© Karen Londoño Muriel
Colección Literatura
Edición: marzo de 2021
Rectora
Blanca Libia Echeverri Londoño
Director de Publicaciones
Jorge Hernando Restrepo Quirós
Coordinadora de Publicaciones
Lina Marcela Patiño Olarte
Asistente Editorial
Nube Úsuga Cifuentes
Ilustración carátula
Ana María Roldán Ferro
Diagramación
Leonardo Sánchez Perea
Corrección de texto
Erika Tatiana Agudelo
Edición
Sello Editorial Institución Universitaria de Envigado
Fondo Editorial IUE
publicaciones@iue.edu.co
Institución Universitaria de Envigado
Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia
www.iue.edu.co
Tel: (+4) 339 10 10 ext. 1524
Los autores son moral y legalmente responsables de la información expresada en este libro, así como del respeto a los derechos de autor. Por lo tanto, no comprometen en ningún sentido a la Institución Universitaria de Envigado.
Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE
Así cumplo viejas promesas.
A Santiago Acosta, quien tuvo una fe ciega
en mi sueño infantil de ser escritora.
No sabíamos ni lo que decíamos ni lo que queríamos de la vida,
pero tuviste razón y he aquí el producto de un sueño convertido en realidad.
A quienes creyeron que podía lograrlo y especialmente a quienes no,
porque su incredulidad me llenó de motivos para no desistir
cuando pensé que mis fuerzas no daban para más.
Contenido
Carátula
Portada
Créditos
Dedicatoria
Prefacio. La carta
Daniel
Sarah
Daniel
Capítulo 1. Un ángel castaño
Daniel
Capítulo 2. Dulce comienzo
Daniel
Capítulo 3. Amigos, hermanos, cómplices
Daniel
Sarah
Samuel
Sarah
Daniel
Capítulo 4. Indeleble
Daniel
Sarah
Capítulo 5. Embrollos
Sarah
Daniel
Sarah
Capítulo 6. En el fondo de la botella
Daniel
Sarah
Daniel
Sarah
Capítulo 7. Sorpresas, mentiras, verdadesI
Daniel
Sarah
Capítulo 8. Sorpresas, mentiras, verdadesII
Daniel
Capítulo 9. PlenitudI
Daniel
Sarah
Capítulo 10. PlenitudII
Sarah
Daniel
Sarah
Capítulo 11. Knock out
Daniel
Sarah
Capítulo 12. Añoranza
Sarah
Daniel
Capítulo 13. Calor
Daniel
Sarah
Capítulo 14. Juntos
Sarah
Daniel
Capítulo 15. Volver a comenzar
Daniel
Sarah
Capítulo 16. Intriga
Daniel
Diane
Daniel
Sarah
Tracy
Capítulo 17. Armonía
Daniel
Capítulo 18. Inevitable
Samuel
Daniel
Sarah
Epílogo. Recompensas
Reseña de la autora
Colofón
Contracarátula
Prefacio La carta
Daniel
Otra mañana más. La luz entra por la ventana como una intrusa, igual que siempre. Esta rutina me va a matar poco a poco, y en verdad es extraño que no lo haya hecho hasta este momento. Son seis años lejos de todo y de todos, viviendo en un apartamento que parece más una caja de fósforos que un espacio habitable por personas. Paso todo el tiempo metido en mis libros de medicina, estudiando fuera de mi país y sin una compañía conocida, porque hasta a eso me he negado, aunque debo admitir que lo he intentado, pero ninguna mujer es como ella...
Sarah... Mis suspiros nunca se han detenido. ¿Cómo estará en este momento? ¿Con quién? ¿Me recuerda?... Hoy es su cumpleaños número 28 y no puedo sacarla de mi mente...
“¡Daniel Martins! ¡Reacciona y levántate!”, me digo a mí mismo para no perder el tiempo recordándola en vano.
A regañadientes dejo la cama. Debo ir a cumplir un horario al hospital, atender a unos diez pacientes antes de regresar a tomarme una botella de algún licor, el primero que encuentre a mi alcance, y quedarme dormido mientras recuerdo la misma noche, la que siempre llega a mi mente desde el día en que partí. Sobre la alfombra, al lado derecho de mi cama, aún están la botella de vodka que vacié el día anterior y la de whisky de dos noches atrás. Solo espero que no llegue la mujer que limpia; no estoy de humor para encontrarme otra nota con la frase: “Doctor, no debería beber tanto”. Tras una rápida ducha, me visto, tomo mi portafolio y salgo de la caja de fósforos. Omito el desayuno, tal vez tome un café en el transcurso de la mañana.
El camino hacia el hospital es corto y sin contratiempos. Pateo algunas piedras cuando llego a la zona de estacionamiento y veo a dos enfermeras que me señalan sin disimulo. Las ignoro, este no es el mejor día para lidiar con imprevistos. Paso derecho en la recepción sin saludar a las enfermeras de la entrada, al hombre de seguridad que, como siempre, coquetea con la recepcionista, o al par de pacientes que esperan en la sala a que sus respectivos médicos los llamen a sus consultas. Entro al consultorio que tiene mi apellido marcado en la puerta. Un elefante sonriente, con su trompa elevada hacia arriba para medir a los niños, me mira desde la pared de enfrente. Me recuerda que debo sonreír, como él, antes de que llegue mi primer paciente del día. Un golpe en la puerta me interrumpe mientras me pongo la bata con tiernos dibujos infantiles. Debe ser Cloe, mi secretaria, quien siempre acostumbra a llegar un par de minutos tarde, igual a Sarah... Suspirando, le abro la puerta y la veo de pie frente a mí con su agenda, mi correspondencia y una tímida sonrisa en sus labios rosados.
—Buenos días, doctor Martins.
La chica, de un cabello tan rubio que parece blanco, entra en mi consultorio como un torbellino; se sienta como un paciente más y espera hasta que me ubico frente a ella.
—Buenos días, Cloe. —Hago el mismo intento de sonrisa de todos los días—. ¿Qué tenemos para hoy?
—Una sonrisa legítima se vería mejor en usted, si me lo permite...
Y ahí va de nuevo con lo mismo de siempre.
—Ya lo sé, dime algo que no sepa Cloe, por favor —interrumpo un poco más brusco de lo que esperaba.
Tomo el puente de mi nariz entre mis dedos, buscando la paciencia para lidiar con Cloe. Es linda, tierna, alegre y sé que se preocupa por mí, pero eso es demasiado. Hoy no estoy para sus insistencias.
—Tiene cinco citas en la mañana, tres en la tarde. —Señala profesionalmente la agenda, ignorando mi gesto—. Llegó el extracto de su tarjeta de crédito, veo que siguió bebiendo demasiado —me reprende como cada mes y yo solo le lanzo una mirada amenazante—. También el seguro de su auto y una carta de Londres, alguien llamado Mark Tyler.
—¿Una... carta... de... Mark...? —digo con un grito ahogado.
Sé que asusté a mi secretaria más de la cuenta. Es una sorpresa el hecho de que Mark me escriba. ¿Cómo pudo encontrarme? Mi corazón se acelera. Llevo seis años sin saber de ellos, escasamente de mi familia y eso que últimamente ignoro a mi hermana.
—¡Dámela!
Le arrebato el sobre de las manos con demasiada agresividad, lo sé porque Cloe se aleja algo asustada.
No presto atención a mi secretaria que me mira como esperando algo. Saco la carta y, demasiado nervioso, la leo mentalmente.
“Daniel, debo admitir que tardé casi un año en conseguir tu dirección. Tal vez, cuando leas esto yo haya abandonado este mundo, te sorprenderá saberlo. Llevaba más de ocho años luchando con una difícil enfermedad. Mi batalla terminó y por eso quiero enmendar en algo mis errores y los de mis padres antes de partir a otra vida.
Sarah no te dejó porque no te amara. Nuestros padres la obligaron a alejarse de ti y, aunque no me creas, nunca le toqué un solo cabello. Ella te ama, te ha amado cada día y estoy seguro de que te seguirá amando hasta el día en que muera. Están ligados de una forma en la que ni yo mismo me lo imaginaba. Recupérala, lucha por ella, quedará libre de la atadura de nuestros padres, y, la verdad, ella te necesita, ahora más que nunca.
No puedo decirte nada más. Ve a Londres y búscala.
Hasta siempre, amigo.
Mark.”
Aprieto el papel en mis manos y, mirando a los ojos a Cloe, solo puedo hacer un pedido:
—Llama a mi hermana.
Es lo único que me sale en medio de la conmoción.
—Claro, doctor.
Cloe sale inmediatamente de mi consultorio. Eso debo agradecerlo. Necesito estar solo.
Cloe acostumbra a escuchar una música algo fuerte para mi gusto y canta a todo grito cuando está de buen humor. Es una joven muy activa, atlética, con unos enormes ojos marrón, labios delgados y baja de estatura. Siempre es muy diligente y obedece mis órdenes de inmediato. Además, me aguanta el genio. Creo que su novio debe odiarme cuando se desahoga con él de los malos días que pasa conmigo.
Juego con la carta entre mis manos. ¿Es posible que sea cierto? No puedo creer que Mark esté muriendo o que ya lo haya hecho. Fue mi mejor amigo hasta que... Bueno, eso no vale la pena recordarlo en este momento.
Sarah, mi ángel, me necesita... ¿Será posible que aún, seis años después, haya algo que pueda hacer por ella? Para eso lo tiene a él, ¿o no? ¿Soy yo su plato de segunda mesa?
El sonido del teléfono termina con mis cavilaciones. Sé de sobra que Diane estará enfadada, pero levanto la bocina con esperanza.
—¡Daniel Martins, para qué demonios pones a tu secretaria a llamarme en lugar de hacerlo tú mismo!
Esta vez se enojó demasiado.
—Lo siento, Diane. Necesito hablar contigo. —Mi voz arrepentida suena más aguda de lo que esperaba... No me había percatado del par de lágrimas que ruedan por mi rostro—. ¿Puedes dedicarle a tu hermano unos cuantos minutos?
—Ya me despertaste. —Escucho cómo se remueve en la cama—. ¿Estabas llorando, Dany?
Maldita conexión entre mellizos.
—¿Le diste mi dirección a Mark Tyler? —pregunto sin rodeos.
—No, Daniel, incluso cuando me dijiste que no querías que te informara nada más de ellos también les dejé de hablar de ti. —La voz de Diane suena bajo y sin esa vitalidad que siempre tiene—. ¿Pasó algo?
—¿Qué está pasando con ellos?... Y sé sincera por favor —suplico.
—Daniel —habla indecisa—, dame un momento.
“Sam, amor, ¿quieres revisarla? Está llorando”, escucho que dice a sus espaldas
—Dany, yo lo siento… Mark falleció el viernes pasado.
—Y estamos a... —Miro mi calendario—. ¿Lunes?
—Casi martes —me corrige—. Lamento que muriera y que ustedes aún estuvieran... bueno... ya sabes...
—¿Y ella? —interrumpo antes de que siga hablando.
—La estamos cuidando, está algo mal y no para de llorar, pero no es precisamente por Mark, bueno, en parte sí —habla ya más segura—. Se está quedando en casa de Samuel unos días, él no quiso dejarla sola.
—Y tú estás allá en este momento... —No lo pregunto, es una afirmación. Si le dijo a Sam que estaba llorando debe ser porque habla de ella.
—Sí, le estoy ayudando —parece disculparse.
—No te preocupes, es bueno que alguno de los dos sea feliz, ¿no lo crees? —digo, mientras siento otra lágrima rodar por una de mis mejillas.
—Daniel... pero... no sé... tú deberías... —dice de manera entrecortada. No es capaz de hablar bien.
—Luego hablamos, Diane. Debo dejarte, mi primer paciente debe de llegar en un minuto. Te estaré llamando —le miento, necesito tiempo para mí—. Te quiero y dale un abrazo a mamá y a papá de mi parte.
—Yo también te quiero... Ya voy, amor... —grita alejando el celular—. Cuídate y le daré tus saludos a mamá y a papá.
Y cuelga inmediatamente.
Sin pensarlo dos veces levanto la bocina una vez más para comunicarme con mi alegre secretaria.
—Dígame, doctor —responde al instante.
—¿Puedes pasar mis citas para el doctor Smith y avisarle al director que necesito hablar urgentemente con él?
—¿Algo más, doctor? —responde con formalidad.
—Gracias por todo, eres una gran asistente —digo con sinceridad. El que me haya convertido en un ogro no quiere decir que haya perdido mis modales.
—¿Perdón? ¿Le pasa algo, doctor Martins?
Sé que se confundió con mis palabras.
—Más o menos, ¿quieres salir a almorzar conmigo y te cuento?
No sé si es por la nostalgia que me produce la decisión que estoy a punto de tomar o porque necesito abrir mi corazón a alguien, pero de verdad quiero hablar con ella, largo y tendido.
—Me asusta, doctor, pero acepto. Pasaré sus citas y lo comunico con el director.
Y sin más, cuelga el teléfono.
Sarah
Es difícil aceptar todo lo que sucede. Perdí a mi mejor amigo, a la persona que me acompañó en la pena que tuve que atravesar gracias a nuestros padres. Ellos destrozaron nuestras vidas.
¿Aún me recordará? Es improbable. Debió rehacer su vida en el exterior. Está en todo su derecho, después de todo yo...
El llanto vuelve a mí como un mar insaciable e incontrolable. Mark… ¿por qué me dejaste sola?, solo tú sabías lo que guardaba mi corazón y en este momento debo enfrentar a nuestras familias. ¿Quién me va a consolar por las noches? ¿Quién me va a escuchar cuando necesite hablar?
—¿Sarah, puedo pasar?
La voz de mi hermano llega mientras su cabeza se asoma por la puerta de la habitación.
—Ya lo hiciste, ¿no?
Intento regalarle una sonrisa, pero no llega a iluminar mis ojos, de hecho, no se iluminan desde que él se fue.
—Ay, mi tontita —dice Samuel, mi hermano mellizo, se sienta en la cama y me atrae hacia su pecho con dulzura. Creo que después de todo, sí me quiere un poco—. Dime qué puedo hacer para sacarte ese dolor, ¿en verdad querías tanto a Mark?
—Si supieras Sam… —Sorbo mi nariz. Las lágrimas no me permiten hablar bien—. No sé si puedas entenderme, para ti todo fue tan fácil...
—No digas eso, en verdad me duele verte destrozada y sin saber cómo ayudarte. —Toma mi rostro entre sus manos y me obliga a mirarlo—. Sarah, sé que hay algo más que la muerte de Mark, ¿por qué demonios no confías en mí?
¿Mi hermano está enfadado o es solo mi impresión? ¿Debo seguir el consejo que me dio Mark antes de morir y decirle toda la verdad?
—Llama a Diane, creo que tenemos que hablar y a ella le va a interesar lo que voy a decir.
Tengo que ser fuerte. Diane sabe lo que debo confesarle a mi hermano, pero temo que él no lo tome bien. Él es mi familia, debe entenderme… Y si no lo hace, Diane estará a mi lado para controlarlo.
—¡¿Diane, amor, quieres venir por favor?!
Lo escucho gritar mientras pienso cómo o por dónde empezar con mi historia... Una muy larga historia.
Daniel
El restaurante —si se le puede llamar así a un lugar donde solo venden hamburguesas, papas fritas y malteadas cargadas de azúcar— al que me lleva Cloe es más de su estilo que del mío. Eso sí, ella asegura que es comida gourmet.
Qué paradójico, ¿el mundo me está dando una señal? Recuerdo cuánto le gustaba a Sarah comer esta comida chatarra que yo odio...
—¡Doctor!
El grito de Cloe me trae de vuelta a la tierra.
—Ya te dije que me llames Daniel —respondo, masajeándome el oído derecho. Y añado—: y no me trates de usted.
Conseguí, gracias a mi trabajo, un traslado a Londres. Esta es la despedida con la única persona con la que me relacioné en los Estados Unidos.
—Créame, me cuesta mucho llamarlo por su nombre, pero lo intentaré —dice y sonríe con ternura—. Daniel, ¿te parece bien esta mesa?
—Sí. —Le retiro la silla para que se siente y me ubico frente a ella—. Voy a extrañarte.
Es una buena forma de comenzar la despedida.
—Y yo a ti y a tu mal genio —responde como si nada—. Lo que no entiendo es por qué decidiste regresar a Londres después de tanto tiempo, y así de repente...
—Desde que salí, hace seis años, dije que no hablaría de esto con nadie, pero necesito desahogarme. Ahora estoy a punto de volver y jugármela toda. Necesito valor —digo mientras reviso la carta de hamburguesas.
—Sin que te ofendas, acabas de rejuvenecer diez años, por fin te veo sonreír.
¿Estoy sonriendo? No era consciente de eso.
—¡Gracias! ¿Cuántos años aparentaba tener? —pregunto divertido.
Es una buena chica, habría sido una gran amiga.
—Para serte sincera, unos 37 o 38 —responde y sonríe de oreja a oreja.
¡¿Cómo puede sonreír así cuando me dice que aparento tener diez años más?!
—Tengo 29, pero gracias por tu apreciación —replico y vuelvo la mirada al complicado menú. Me rindo—: pide por los dos, yo invito.
Nunca entendí una carta de comida chatarra; Sarah en cambio era una experta.
—Está bien —Cloe levanta la mano y un mesero llega en cuestión de segundos a tomar el pedido que ella le dicta como si fuera una lección de colegio—. Ahora sí, ¿por qué regresarás así de repente?
—Eres poco paciente, ¿verdad? —bromeo. El buen humor regresa a mí después de tanto tiempo.
—De verdad, doc... Daniel, me asustas —se corrige mientras hace una tonta mueca de terror—. A ver, habla...
—Regreso por una mujer. La mujer más hermosa que he conocido en mi vida —hablo casi con veneración—. Y bueno, quiero recuperarla.
—Espera un momento. —Está realmente sorprendida, lo puedo ver en sus ojos abiertos, más de lo acostumbrado—. ¿Dejaste a una novia hace seis años y pretendes volver, así como así?
—No la dejé —confieso con pesar—. Ella me dejó a mí...
—La entiendo, eres irritante, sin ofender —dice entre risas, y no puedo evitar pensar que traumé a mi secretaria en estos dos años.
—¿Quieres escuchar la historia o criticarme por lo mal jefe que fui? —la amenazo divertido. Estoy seguro de que pasaremos un buen momento.
—Adelante, ella te dejó… —dice y me invita a seguir, haciendo un ademán con sus manos.
—Sí, de repente se despidió y al siguiente fin de semana se casó con mi mejor amigo...
—No te amaba entonces —interrumpe, y no puedo evitar admitir, para mis adentros, que yo también llegué a esa conclusión cuando me enteré de la boda.
—Eso creí, hasta que recibí la carta de esta mañana —suspiro. En verdad me siento triste por Mark. Fue un gran amigo y me cuesta creer que muriera tan joven. Teníamos la misma edad—. Ese amigo era Mark Tyler...
—¡¿El que envió la carta de esta mañana?! —pregunta sorprendida y yo solo puedo asentir—. ¡Wow!, ahora entiendo por qué reaccionaste así cuando te la mencioné. —Se acomoda frente a mí y apoya los codos en la mesa, el rostro entre sus manos y la mirada castaña en la mía—. Esto se pone interesante. Sigue, sigue...
Sonrío ante su actitud.
—Bueno… Mark murió el viernes pasado y me escribió algo antes de fallecer. Dijo que en todo este tiempo Sarah no ha dejado de amarme, igual que yo a ella...
—¡Qué romántico! —suspira dramáticamente. Es curioso, unas cuantas veces la he visto salir y llegar al hospital con su ropa normal y me pregunto: ¿quién creería que una chica que se viste de negro, encajes y botas con platina puede tener un lado tan dulce?—. ¿Y quién es ella?
—Se llama Sarah. Sarah Evans. Aunque supongo que ahora debe llevar el nombre de su difunto esposo. Debe ser Sarah Tyler —digo, al tiempo que asimilo lo que nunca quise aceptar—. Un ángel de cabellos castaños...
—Daniel, usted de verdad la ama. —Se endereza y de repente me habla con más seriedad—: cuénteme, ¿cómo la conoció?
—La conocí hace unos catorce años —suspiro y Cloe ríe ante mi ensoñación—. Todo comenzó cuando mis padres decidieron llevarnos a mi hermana y a mí a Londres para terminar los últimos dos años escolares...
Capítulo 1 Un ángel castaño
Daniel
—Samuel Evans, ¿de nuevo tarde?
El profesor de feos anteojos y mirada atemorizante reprendió al chico de cabello castaño que acababa de entrar empujando la puerta del salón, interrumpiendo con eso el saludo del señor Harris.
—Lo siento, señor Harris. —Se veía realmente arrepentido—. Mi hermana...
—¡Sam! ¿Por qué me dejas atrás?
Ese fue el momento en que la vi por primera vez. Una chica delgada, de baja estatura y con su cabello castaño trenzado…
Y de repente… ¿Es que acaso no sabe detenerse cuando corre? La castaña se estrelló con la espalda de su... ¿hermano? Y cayó en el suelo estrepitosamente, provocando la risa de todo el salón.
—Señorita Evans. —Sí, es la hermana y solo hasta ese momento me di cuenta de que los únicos que no reíamos éramos mi hermana y yo—. ¿Quiere levantarse y caminar a su asiento?
—Señor Harris, disculpe.
Se levantó con gracia y, torpemente, llegó a una silla vacía que estaba a mi lado derecho. Me sonrió con ternura, luego hizo un tierno puchero y miró al profesor que hablaba algo con su hermano (algo de lo que no me enteré porque mis sentidos estaban concentrados en otro lugar).
Los hermanos se parecían bastante físicamente, aunque él era notablemente más alto que la chica sentada a mi lado. Bueno, también había una diferencia en los ojos; mientras él parecía tenerlos de un color miel, ella tenía una extraña mezcla entre el gris y el verde, eran de un color único.
—¡Eres torpe, Sarah! —la regañó fuertemente una joven pelinegra, sentada delante de ella—. ¡Cuándo vas a crecer, niña!
—No me molestes, Tracy, tengo suficiente con Samuel en casa.
Sarah miró a la chica y luego recostó su cabeza en el asiento, girándola hacia mí. Me regaló la más linda de las sonrisas que me vi obligado a devolver.
—Bueno, chicos, después de la interrupción de los señores Evans, comenzaremos con la clase.
El señor Harris se giró sobre sus talones y no supe de qué trataba la lección. Durante dos horas solo me concentré en mirar a ese tierno ángel que, sentado a mi lado, dormitaba su pereza oculta tras un libro. Me di cuenta de que su hermano se sentaba justo al lado de ella y estaba tan concentrado en el pizarrón que solo supo que Sarah dormía cuando la campana sonó y, como si se hubiera sentado en un resorte, pegó un brinco enorme que terminó por asustarme hasta hacerme saltar a mí también.
—¡Eres una tonta!
No medí mis palabras, simplemente salieron de mi boca sin que las pensara.
—Lo siento, señor engreído y sueño perfecto. —Sacó la lengua como una niña pequeña y yo tuve que contener la risa para no lastimarla más—. ¡Tengo graves problemas para levantarme y no había terminado mi reparador sueño de belleza! —dijo mientras acomodaba un mechón de cabello que se había escapado de su trenza.
—¡Sarah! —Su hermano la tomó del brazo—. ¡Quieres dejar de decir tonterías, no molestes a la gente!
Puede ser el mayor, aunque aparentan la misma edad, seguro son como Diane y yo: mellizos.
—¡Él comenzó! —lloró ella mientras me señalaba.
Parecía una chica extraña pero tierna y muy bonita. En ese momento pude detallar mejor sus ojos de un gris verdoso que, aún inundados por las lágrimas, mostraban un intenso brillo que no había visto antes en alguien más.
—Déjala, creo que no vale la pena pelear con niños —solté una vez más las palabras sin pensar y Samuel, si mal no recordaba su nombre, me sonrió y me estiró la mano.
—Samuel Evans, Sam para mis amigos —dijo mientras estrechábamos las manos.
—Daniel Martins —respondí sin más y devolviéndole la sonrisa.
—¡Son un par de trogloditas! —Sarah gritó con ira y salió corriendo del salón.
En ese instante recordé a mi hermana que salió tras ella.
—¡Eres muy descortés, Daniel! —gritó desde la puerta, me fulminó con la mirada y corrió tras el ángel castaño de cabello trenzado.
—Ella es así, no va a crecer nunca. —Las palabras de Sam me devolvieron a la tierra. —Son nuevos, ¿de dónde vienen?
—Somos de Glasgow. —Cogí mi mochila y me giré para salir caminando junto a Sam—. Llegamos el fin de semana y esa que salió tras tu hermana es mi melliza, Diane.
—Otros mellizos en la clase. —Parecía sorprendido—. Sarah es mi melliza, pero no entiendo cómo compartimos útero sin matarnos el uno al otro. —Soltó una carcajada que me contagió. Era un chico gracioso—. Ven, te presentaré a nuestros amigos.
Me hizo seguirlo a través de los pasillos hasta un patio en la parte trasera. Un grupo de chicos reía en una esquina. Todos parecían de mi edad. Hablaban y reían animadamente. Estaba seguro de haber visto a dos de ellos en mi salón cuando llegamos y agradecí en mi interior por la posibilidad de hacer amigos en mi primer día en la gran ciudad.
Caminamos hasta ellos y todos recibieron a Sam con estrechones de manos y abrazos, lo que me llevó a pensar que eran bastante unidos. Temí no poder encajar en un grupo así. Siempre fui lo que llaman “un lobo solitario”.
—Chicos, él es Daniel Martins, el chico nuevo que el señor Harris no quiso presentar.
Sam me empujó para quedar a su lado y poder ver a cada uno de los jóvenes.
—¡Bienvenido, Martins! —Un chico de cabellos negros y alborotados se acercó y me tendió la mano—. Soy Mark Tyler y él —dijo y señaló a otro chico de cabellos castaños— es Ronald, mi primo.
—Mucho gusto —respondí estrechando sus manos.
Un chico de despeinados cabellos castaños me sonrió bajo su mata de pelo y señaló a otro rubio que estaba a su lado:
—Yo soy Nicholas y él es Andrew.
—Me alegra conocerlos a todos —dije con timidez. Nunca en mi vida había estado tan rodeado de… ¿amigos?
—¿Qué le hiciste esta vez a tu hermana, Sam? —Otro chico de cabellos castaños, más tirando rubios, y con rasgos parecidos a los de Samuel y su hermana rompió el círculo y entró enfrentando a Sam—. Está llorando como una magdalena por allá. —Señaló una esquina donde un grupo de chicas se aglomeraba sobre... ¿Mi hermana y Sarah? No podía distinguirlas bien.
—Estaba insultando a Daniel —respondió Sam, parándose despreocupado, y luego cruzó sus manos tras la cabeza. Sí, eran mi hermana y Sarah—. Ah, sí, Daniel, él es Scott Green, está un grado delante de nosotros.
—Hola —dije tímidamente pero el rubio seguía mirando a Sam.
—Sí, sí, un placer. —Me miró sin prestar atención y volvió sus ojos a Sam—. ¡Ve y discúlpate con ella!
—No lo haré, Scott, así que deja esa posición de primo protector.
Se enfrentaron con las miradas por cerca de dos minutos y nadie más mediaba palabra, todo era demasiado incómodo.
—¿Quieren parar ya? —Mark se interpuso entre ellos dos—. Yo iré, sé cómo animarla —sonrió convencido y nos guiñó el ojo antes de salir del círculo.
—¿Esto siempre es así? —le pregunté, confundido, a Nicholas que estaba a mi lado.
—Más o menos. Sarah es una chica linda, pero algo torpe y tonta. Eso enfurece a Sam —dijo y señaló al lugar donde están las chicas—. Por eso siempre pelean, pero Mark suele hacer alguna tontería que la anim...
—¡Lárgate de acá, Tyler! —El grito de una chica nos hizo voltear a todos. Era Sarah—. ¡Vete a seguir burlándote de mí con ellos! ¿O crees que no te vi retorcido de la risa cuando me caí esta mañana? —seguía gritando como una loca—. ¡Y a todas, ustedes también! ¡Vámonos, Diane! —Tomó a mi hermana de la mano y se fue hacia el interior casi arrastrándola.
—Esta vez nos pasamos, chicos. —Andrew miraba la escena con dolor—. Creo que no querrá ver a ninguno de nosotros.
—Vale, vale, me voy a disculpar…
Sam, con pereza, se disponía a caminar. No había gran intención en sus palabras.
—Yo lo haré. Fui quien la trató mal.
Mis palabras salieron atropelladas. Me sentía fatal por provocarle dolor a Sarah. Todos me miraron desconcertados.
—¡Buena suerte! —dijo Sam, conteniendo una risa y dándome una palmada en el hombro. No pensaba acompañarme, eso era seguro.
El miedo y los nervios me invadieron enseguida mientras todos me miraban. Solté un fuerte suspiro y entré por la puerta para buscarlas. No conocía la escuela así que solo caminé mirando a todos lados. Fue entonces cuando vi que mi hermana golpeaba una puerta de forma insistente.
—No quiere salir, no sé qué decirle. Pobre chica. —Diane parecía realmente preocupada —. Y tú la trataste mal —me reprochó.
—Oye, tontita —dije con la voz más dulce que pude sacar mientras tocaba la puerta y movía a mi hermana a un lado.
—¡Me llamo Sarah! ¡No tontita! —me gritó tras la puerta de lo que fuera eso allí dentro.
—Está bien, está bien, Sarah. ¿Puedes abrirme la puerta? —pregunté aburrido de la situación, pero si yo la había iniciado, yo la terminaría.
—¡No quiero ver a nadie! —gritó desde dentro.
—Diane, yo me encargo —miré a mi hermana que seguía perpleja a un lado—. Ve y come algo, si quieres —agradecí que me hiciera caso porque apenas terminé la frase se fue en dirección al patio, dejándome solo frente al salón cerrado—. Anda, Sarah, quiero disculparme contigo, no con una puerta.
—¿Disculparte?
La vi asomar su cabeza por la puerta con indecisión.
—Sí, lamento haberte hablado mal. —Me incliné para poner mi rostro frente al de ella. De verdad era bajita y tenía su nariz algo enrojecida por el llanto, mientras que sus tiernos ojos gris verdoso me miraban confundidos y esperanzados al mismo tiempo—. ¿Puedo pasar o vas a salir?
—Pasa.
Abrió un poco la puerta y de repente me vi rodeado de espejos en un salón y con ella recostada de espaldas en la puerta ya cerrada.
—Podemos comenzar de cero, ¿te parece? —La miré directamente y sonreí para infundirle confianza—. Mucho gusto, soy Daniel Martins, tengo quince años y acabo de llegar de Glasgow con mis padres y mi hermana melliza, a la que ya conociste…
Le estiré la mano en un acto de buenos modales.
—Soy Sarah Evans, tengo catorce años. —Me estrechó la mano con dulzura y sentí un fuerte corrientazo que invadió cada rincón de mi cuerpo. Como si con ese mínimo contacto ella hubiera despertado cada parte de mí—. También soy melliza y ya conociste a mi hermano.
—Disculpa si fui grosero, no...
—No te disculpes, la verdad no me dolió lo que dijiste. Mi hermano me lo recuerda cada día —me interrumpió sonriendo y sentí como si una cálida luz me hubiera cubierto—. Me dolió que todos se rieran de mí, incluyendo a Samuel. —Se sentó en medio del salón con los pies cruzados, descargó su mochila despreocupadamente a su lado. Yo la seguí, estirando mis pies y dejando mi mochila junto a la suya—. Soy un poco torpe y tonta, ya lo viste, pero no soporto que mis amigos se rían así en mi cara. Tú y tu hermana no se rieron, gracias por eso...
—Fue gracioso, debo admitirlo —confesé, fijando mi mirada en la puerta—. ¿Es que acaso no viste a tu hermano?
—¡Claro que lo vi! —Pensé que se enojaría con mi comentario, pero ahí seguía, sonriendo adorablemente—. Es solo que lo vi demasiado tarde… —dijo y sacó la lengua mientras jugueteaba con la trenza que le llegaba justamente a la cintura.
—Eres toda una tontita —le solté en tono juguetón y devolviendo su gesto.
—Y tú bastante engreído —una vez más me sacó la lengua en un gesto infantil y por alguna extraña razón sentí el impulso de abrazarla, pero me contuve—. Ya conociste a los chicos, ¿verdad?
—Ehm... Sí, a algunos.
¿Realmente era tan fácil que se olvidara de una discusión? Yo simplemente agradecí que cambiara el tema.
—Son buenos... Algo crueles, pero buenos.
Agachó la cabeza y empezó a jugar con sus manos en su regazo.
—¿Crueles? ¿Por qué?
Quería seguir viendo esos ojos, pero no me atrevía a levantarle el rostro.
—Ninguno me ayuda con los temas de clase, me evaden siempre y son muy inteligentes. Me dejan trabajando sola y creo que la escuela es mucho para mí.
Levantó una vez más el rostro y me miró con una sonrisa melancólica.
—Tal vez Diane quiera trabajar contigo, ¿no te parece? —intenté animarla.
—Tal vez… —Se puso de pie tan rápido que me asustó cuando lo hizo—. ¿Quieres ayudarme a ensayar?
—¿Qué? ¿Ensayar?
Sarah volvió a cambiar su estado de ánimo y de tema bruscamente. Creo que para seguirla iba a tener que estar muy atento.
—Sí, es que estoy enfadada con Mark y él es mi pareja normalmente —dijo como si fuera lo más lógico del mundo. Eran novios seguramente y yo empezaba a entristecerme sin saber el porqué.
—¿Qué practicas?
Me puse de pie y esperé una respuesta.
—Teatro y danza. Me gustan las artes, tal vez sea por eso por lo que lo demás no se me da bien —respondió sonrojándose. Y señalando los espejos que nos reflejaban por todo el lugar, añadió—: estamos en un salón de baile.
Parecía que se hubiera percatado de mi ignorancia al respecto.
—No sé bailar, lo siento —dije, intentando salir del problema en que me estaba metiendo.
—Yo puedo enseñarte. No es difícil seguir un baile de salón.
Me agarró de la mano y me llevó hasta una mesa donde había una grabadora algo anticuada. Le dio play y una suave música empezó a sonar. Un hermoso vals inundó el salón y Sarah se paró delante de mí. Por fin podía detallarla bien. Su contextura delgada se podía notar aún con el uniforme. No tenía unos senos grandes, pero su tamaño era perfecto para su cuerpo. Sus labios ligeramente abultados y de un color rosa coral se curvaron en una leve sonrisa mientras movía hacia atrás la trenza que había ubicado sobre su hombro cuando se levantó del suelo. Puso una de sus manos en mi hombro, sé que le quedaba un poco difícil porque le llevaba casi una cabeza en estatura. Tomó una de mis manos con la otra y las entrelazó dejándolas alzadas a un lado...
—Tómame de la cintura… —dijo, alzando el rostro para mirarme. Estaba sonriendo y los vestigios de sus lágrimas desaparecieron. Ahora me miraba ilusionada así que puse mi mano en su cintura, guiada hacia la espalda. Pude notar que tenía la cintura y caderas bien marcadas al sentir la curva entre ellas con mi mano—. Sí, así —me alentó e irguió su postura que ahora parecía mucho más elegante y refinada—. Ahora, déjate llevar por la música.
Le hice caso. Cerré mis ojos y dejé que la suave melodía guiara mis pasos y, como si flotáramos, empecé a dar vueltas por el salón con Sarah entre mis brazos. Obviamente no era la primera vez que bailaba un vals, pero sí la primera vez que me sentía en el cielo. Giramos por unos cuantos minutos. Abrí mis ojos y la vi con los suyos cerrados, disfrutando el momento. Hermosa... Fue ese el momento en que me dejé envolver por ese sentimiento que todos buscan y anhelan. Fue amor a primera vista... Me enamoré de esa pequeña tonta con la que estaba bailando.
—Eres muy bueno —dijo, sacándome de mi burbuja personal. La música había terminado—. Estoy considerando seriamente cambiar a Mark por ti —añadió y me miró con la expresión que pone un niño pequeño cuando comete una travesura.
—No puedes cambiar a tu novio, además, yo no bailo —solté nervioso.
—¿Novio? ¡Bromeas! —me soltó y empezó a reír a carcajadas mientras el eco del salón repetía su risa—. Mark es mi mejor amigo, nunca tendría algo más serio con él. Es como mi hermano, crecimos juntos y no, no tengo novio —terminó por explicarme y el alma me volvió al cuerpo.
—Lo siento, pensé... —intenté disculparme.
—Todos lo piensan. —Me soltó y caminó hasta recoger su mochila—. Debemos volver a clase, la campana está por sonar.
—Ehm... Sí, claro. —Cogí mi mochila y le abrí la puerta para que saliera delante de mí—. ¿Solo tú practicas en los momentos de descanso?
Empezamos a caminar uno al lado del otro por los pasillos
—Cuando estoy triste, aburrida o enfadada, sí. Normalmente Mark me acompaña, pero ya te dije, no lo quiero ver. —Su tono era dulce y tranquilo, bailar sí que la calmaba—. Y ya conseguí un parejo mucho mejor. —Me miró y guiñó un ojo con complicidad.
—No te ilusiones, de verdad no me gusta...
—No me importa si te gusta o no. —Su voz sonaba a regaño de mi madre cuando intentaba escaparme de las tareas del hogar—. A mí me gustó bailar contigo y pienso hacerlo de nuevo.
Era una chica obstinada y me di cuenta de que ya me tenía completamente atrapado.
—¿Piensas obligarme? —dije y la miré incrédulo.
—Sé que te gustó, lo disfrutaste —respondió y se encogió de hombros.
Tenía la razón.
—Sí, pero...
—Pero nada, Daniel. Tal vez a tu novia le gusta que bailes bien y ni lo sabes —lanzó el comentario tan de repente que solo pude abrir de más los ojos.
—No tengo novia, Sarah —respondí, algo sonrojado.
—Bueno, a la que tengas en un futuro, acá hay muchas chicas lindas —sonrió alegre y nos detuvimos frente a nuestro salón—. Espero te guste la escuela y Londres... Si necesitan alguna guía en la ciudad, con gusto les ayudaré.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
Haría cualquier cosa para compartir tiempo con ella.
Ese día pasó rápido. Terminé haciendo grupo con Sarah y Diane para un trabajo de anatomía después de ver cómo todos sus amigos la dejaban sola. Me di cuenta de que sí es un poco cabeza hueca y no se le dan bien las teorías, pero, aun así, tenía interés en ayudar y sentirse útil.
Al terminar las clases, la vi correr inútilmente tras Sam. Él la dejó atrás, y ella siguió caminando sola y cabizbaja hacia casa. Pronto, Mark apareció a su lado y ella lo despachó rápidamente, así que Diane y yo la alcanzamos. No podíamos dejarla caminar sola hasta quién sabe dónde. Mi hermana fue la primera en llegar a su lado.
—¿Sarah, por qué vas sola?
—Sam me dejó atrás y no quiero ver a ninguno de mis amigos. Aún me duele lo de esta mañana... —contestó, y, aunque sonreía, sus ojos mostraban tristeza.
—Daniel y yo podemos acompañarte… si quieres —Diane me miró de reojo, esperando que yo asintiera —. ¿Verdad, Dany?
—Ehm... Sí, podemos acompañarte... —dije consciente de que un tenue rubor empezaba a cubrir mis mejillas.
—Gracias, sigan tranquilos, puedo llegar sola a mi casa. No se desvíen por mi culpa —dijo, luego nos miró intercaladamente y volvió sus ojos al frente.
—Puedo invitarlas a comer un helado —hablé más para Sarah que para mi hermana, pero esperaba que funcionara.
—¿Helado? ¿De verdad?
Los ojos de Sarah se iluminaron como dos estrellas resplandecientes y, en cuestión de segundos, nos tomó de las manos a mi hermana y a mí y corrió hacia un hermoso parque lleno de árboles, fuentes y niños jugando.
—Te gustó Sarah, ¿verdad? —dijo Diane y me sacó de mis pensamientos mientras pagaba los helados y veíamos a la castaña sentada en una silla comiendo un helado doble de fresa.
—¿De qué hablas? Solo me da lástima —respondí, haciéndome el tonto.
A diferencia de Sam y Sarah, Diane y yo éramos muy unidos, a tal punto que muchas veces sabíamos lo que pensaba el otro.
—No puedes negarme nada a mí, Daniel. —Me miró con picardía—. Vamos, llevemos a Sarah a su casa y vamos a la nuestra, mamá debe de estar preocupada.
Minutos más tarde, dejamos a Sarah frente a un enorme portón blanco en nuestro mismo barrio residencial. Eso fue una gran ventaja porque no conocíamos mucho de la ciudad. Se despidió de nosotros con alegría y regresamos a nuestra casa sin hablar. La verdad yo necesitaba algún tiempo solo para entender lo que había pasado en mi primer día en Londres y mi hermana lo entendía. Me encerré en mi habitación y las imágenes nuestras bailando en el salón de danza me atacaron al instante. Parecía un hermoso ángel de cabellos castaños y sonrisa radiante...
—Daniel, hijo, ¿quieres comer algo?
La voz de mi madre me hizo regresar a la habitación llena de libros de texto y figuras modulares armadas por mí mismo.
—No, mamá, voy a dormir un rato.
Me acomodé en la cama y cerré los ojos para soñar con ella, con mi ángel...
Cloe me mira como si tuviera monos verdes en la cara.
—¡Wow! ¿En verdad fue amor a primera vista?
—Creo que sí —respondo, me encojo de hombros y miro al mesero que trae la orden de dos hamburguesas con quién sabe qué cosas dentro, papas fritas y sodas—. Desde el primer momento en que la vi me enamoré, pero esa fue mi perdición.
—Pero ¿sí llegó a ser tu novia o no?
Cloe recibe su hamburguesa con cara de no haber comido en días y yo solo puedo sonreír al recordar a Sarah.
—Pues sí, déjame seguir con la historia —digo mientras cojo una papa y juego con ella en el plato frente a mí...
Capítulo 2 Dulce comienzo
Daniel
Enfurecido, entré a la habitación de Diane:
—¡No puedo creer que me dejes trabajando solo con Sarah!
Había pasado ya un año y ocho meses desde que llegamos a Londres. Nos adaptamos fácilmente a los chicos y pronto nos convertimos en dos miembros más de un gran grupo de amigos. Sarah nos enseñó la ciudad en la primera semana de nuestra llegada y, a esas alturas, ya estábamos más que adaptados a la vida de Londres.
Mi ángel castaño y de sonrisa inocente siguió ocupando mis pensamientos y me acostumbré a compartir tiempo con ella y con Mark. El chico de cabellos oscuros y alborotados resultó ser un gran amigo, aunque yo estaba seguro de que también estaba interesado en Sarah. Se notaba en la forma como la miraba y en lo devoto que era de nuestra amiga.
Ese día en la mañana nos asignaron el último trabajo del año. Reunía tres asignaturas, debía hacerse en pareja y mi hermana corrió a trabajar con Sam, dejándome con Sarah, quien, como de costumbre, quedó sola.
Hasta el momento, habíamos trabajado los tres juntos y estudiábamos en las tardes. Logramos, entre Diane y yo, estabilizar un poco las calificaciones de Sarah, pero esta vez Diane decidió dejarme solo y no estaba preparado para eso.
—Daniel, para ti no es un secreto que me gusta Sam. Déjame trabajar con él —me pidió y me miró suplicante.
—No puedo trabajar solo con Sarah, Diane. —Me senté a su lado. Tenía que desahogarme—: esa chica pone mi mundo de cabeza...
—Aprovecha y dile lo que sientes —Me guiñó el ojo con confianza.
—¿Y si me rechaza? ¿Y Mark?, no puedo traicionarlo así...
—Es tu amigo, estoy segura de que te va a entender. —Se levantó de la cama y me haló de los brazos—. Ahora vete de mi cuarto, quiero estudiar y tú no me dejas.
Salí sin decir algo más. Diane tenía razón, debía hablar con Sarah, pero también con Mark. Debía decirle a mi amigo que esa chica torpe me interesaba mucho más y que quería saber su opinión.
Caminé a mi cuarto y busqué el teléfono para llamarlo a su casa. Me respondió en menos de dos timbres y acordamos vernos en el parque cercano a nuestro vecindario, quince minutos más tarde, tiempo suficiente para tomar valor.
Cogí mi chaqueta, me despedí de mis padres y salí al encuentro de mi amigo. Él tendría que entender...
—¡Daniel! Perdona la demora. —Mark llegó corriendo a la silla en la que lo esperaba—. Tuve que pasar por casa de Ronald a llevar algo. —Se sentó a mi lado haciendo un gesto exagerado de cansancio—. ¿De qué querías hablarme?
—Mark... ¿A ti te interesa Sarah? —pregunté sin mirarlo.
Enfoqué mi mirada en la fuente que tenía en frente y en el agua que caía a cascadas una y otra vez.
—¿Era eso? —Mi amigo se recostó en la silla, estiró sus pies y miró igualmente a la fuente—. Sí, me gusta mucho, y se lo dije hace un tiempo. —Sonaba melancólico—. Pero ella afirmó que soy como su hermano... Crecimos juntos y no me ve como lo que yo quisiera, así que solo me quedó ofrecerle mi amistad.
—Ya veo...
—A ti también te gusta, ¿verdad? —me interrumpió, y solo pude asentir —Díselo, tal vez a ti sí te acepte.
—Quería saber qué opinabas. Eres mi amigo y no quería lastimarte...
—Adelante, Daniel, tienes mi permiso —dijo con voz solemne y divertida mientras ponía una mano en mi hombro.
—¡No seas tonto! —Me sacudí divertido.
Mark era como Sarah, alegre, espontáneo y hasta infantil.
—Ya que hablamos, te parece si pasamos un rato al Queen, quiero una malteada y ganarte en otra partida.
Se levantó y me miró sonriente.
—No me ganarás esta vez Tyler.
Y Lo seguí divertido.
Mark era de esos chicos que siempre va vestido a la moda. Provenía de una buena familia. Era de mi estatura, 1,78 metros; nunca supo para qué servía un cepillo porque sus cabellos siempre estaban revueltos, pero con estilo, algo que no lograba entender. Tenía unos ojos verdes extrañamente brillantes que se oscurecían cuando se sentaba a tocar la guitarra y se dejaba llevar por la melodía. Contaba con un talento innato y aunque no hacía mucho ejercicio, siempre tuvo un cuerpo atlético.
El Queen era la cafetería de los padres de Andrew. Allí había una habitación reservada para nosotros donde instalamos videojuegos y pasábamos gran parte de nuestras tardes, haciendo torneos y tomando malteadas por cortesía de los Cooper. No era muy grande, pero quedaba cerca del vecindario y nuestros padres no podían quejarse si salíamos tarde de allí, cosa que pasaba muy a menudo.
Al entrar, mi mundo se iluminó. En una mesa, sentada, sin compañía y tomándose una malteada de fresa, estaba Sarah. Parecía preocupada. Mark y yo cruzamos nuestras miradas extrañadas, caminamos juntos hasta su mesa y nos sentamos sin pedir permiso.
—¿Qué te pasó?, mi bonita.
La melosería de Mark con mi ángel a veces me molestaba.
—Ah... Hola chicos. —Nos sonrió forzosamente—. Nada, no me pasó nada, solo estaba algo… aburrida.
—Algo te pasó, Sarah. —Su mirada triste y perdida transmitía lo opuesto a lo que indicaban sus palabras—. Dinos, somos tus amigos, ¿no?
—Samuel volvió a decirme que soy una tonta y esta vez mi papá estuvo de acuerdo con él —dijo con un deje de tristeza en la voz—. No quise seguir escuchándolos y salí corriendo de casa hasta llegar a esta mesa —añadió y nos dio esa sonrisa inocente y hermosa que iluminaba nuestros días.
—Puedes ser una tonta —Mark empezó a hablar—, pero eres nuestra tonta, ¿verdad, Daniel?
—Sí, supongo que sí.
Sonreí a Sarah, perdiéndome en el gris verdoso de sus ojos.
—¿Quieres de chocolate?
Mark me devolvió a la tierra y yo solo asentí mientras él iba a la barra y me dejaba a solas con mi ángel.
—A Sam le gusta Diane —soltó como si nada—. Lo descubrí hablando con Ronald esta tarde.
—A Diane también le gusta —respondí un poco sorprendido—. Mientras no la trate como te trata a ti, todo estará bien.
—Sí, supongo.
Se encogió de hombros y bajó la cabeza a la mesa con gran tristeza.
—Ey, bonita. —Levanté su rostro, tomándole suavemente el mentón—. ¿Por qué te pones así?
—Daniel, yo quiero a mi hermano, pero él me odia, no sé qué hacer para que deje de tratarme mal.
Intentó tragarse las lágrimas, pero una se derramó de su ojo derecho, humedeció su mejilla y terminó en mis dedos, que la atraparon, antes de llegar a sus rosados labios.
—Algún día se dará cuenta de lo que pierde al hacer a un lado a su hermana. —Sonreí para infundirle confianza—. Mientras, nos tienes a Mark y a mí.
—Sí. —Sonrió y por fin retiré mi mano de su rostro—. Gracias, Daniel.
Vi que se sonrojó un poco. Tal vez sí tenía una esperanza con ella.
—Por nada, Sarah...
Esa noche la llevamos a su casa y cuando volví a la mía me propuse tomar valor para sincerarme con ella antes de terminar el año escolar. Sería difícil para mí, sería la primera vez que me enfrentaría a un sentimiento por una chica y no quería que me rechazara. Además, ya tenía conocimiento del rechazo hacia Mark. No quería que lo hiciera conmigo.
—¿Daniel, estudiaremos en tu casa? —Sarah me habló mientras yo estaba concentrado en la lectura que nos había encargado uno de los profesores—. Diane y Sam van a estudiar en la mía y no quiero que ese tonto me moleste.
—Vale, si te sientes mejor así. —Bajé el libro y la miré—. ¿Quieres que pase por ti o llegarás por tu cuenta?
—Puedes pasar por mí si quieres. —Me miró algo sonrojada—. Así me das algo de tiempo para ayudar a mi madre con unos pastelillos.
—¿Sabes cocinar? —Levanté una ceja, incrédulo. Admito que me sorprendió mucho que dijera eso. Realmente y sin ofenderla, Sarah no demostraba tener talento con nada diferente al baile y el teatro.
—No, soy pésima en la cocina también —soltó divertida. —Pero soy muy buena con los postres —agregó orgullosa.
—Bueno, guárdame alguno, entonces. —Le sonreí de vuelta y seguí en mi lectura.
Ella, en la silla del lado, solo garabateaba en un cuaderno y se escondía tras el libro.
—Daniel... —volvió a interrumpirme un par de minutos después—. ¿Crees verdaderamente que puedo ayudarte con el trabajo?
—Sí, Sarah. Algo encontraremos que puedas hacer bien —dije sin bajar la vista del libro—. Por ahora, lee que mañana tenemos examen de este libro y no has pasado del primer capítulo.
—Eres un aguafiestas. —Me sacó la lengua y se tapó el rostro con el libro. Un par de minutos después estaba profundamente dormida en su silla, cosa que hacía con mucha frecuencia y a la que ya me había acostumbrado.
No entendía por qué me gustaba, pero ya no podía hacer nada en contra de ese sentimiento. Estaba dispuesto a decirle lo que sentía, a sincerarme con ella y a decirle de una vez por todas que me gustaba desde el mismo momento en que la vi caer al suelo frente al profesor.
Esa tarde pasé a recogerla a su casa. Salió alegre y corriendo a mi encuentro. Vestía una falda corta con vuelos blanca y una camisa sin mangas, de un color azul celeste. Como sus pies, cubiertos por unos delicados zapatos de bailarina, trastabillaron en la escalinata del andén, ella cayó en mis brazos, riendo como una niña pequeña.
Se veía hermosa y durante el camino a mi casa tuve que entretener mi mente en otras cosas para no distraerme con su falda y esas largas piernas que jugueteaban en el borde del andén. Yo estaba en la edad de las hormonas y si me dejaba llevar, terminaría pasando la peor vergüenza con ella.
—¡Sarah, querida, te ves preciosa! —Mi madre, como de costumbre, la abrazó con cariño. Sarah pasaba mucho tiempo en casa con Diane y conmigo y hasta un par de veces se quedó a dormir, así que mamá la trataba como a otra hija.
—¡Gracias, señora Martins! —Respondió el abrazo mientras yo aún esperaba a que desocuparan la entrada—. Les traje esto —dijo y extendió una canasta que no dejó que yo mirara en el corto camino que anduvimos.
—Cariño, gracias. —Mi madre levantó la tela que cubría la canasta y el olor a chocolate, vainilla y crema se esparció y llegó hasta mí. Sus pastelillos—. Prepararé algo para acompañarlos. Pueden ir a estudiar y los llamaré cuando esté listo.
Y cuando por fin desocuparon la entrada, Sarah y yo subimos directamente hasta mi habitación.
Como siempre, nos sentamos en el suelo con los libros y empezamos a buscar el tema en que basaríamos nuestro proyecto. Bueno, empecé a buscarlo yo, porque Sarah pronto tomó una de mis figuras modulares y se distrajo con ella.
—Deberíamos poder hacer un baile y ya, o una obra de teatro —dijo distraída, sacándome del tercer libro que revisaba.
—No creo que en biología, química y física nos acepten eso como trabajo final —respondí un poco serio.
—Bueno, ¿y si llevamos pastelillos? Es fácil y los entiendo...
—¡Eres un genio!
Su idea me entusiasmó mucho y no medí mis acciones. Me dejé llevar y la abracé fuertemente.
El silencio se apoderó de la habitación. La respiración era una acción difícil de cumplir y el ambiente se cargó de una electricidad casi palpable que convertía mi cuarto en el posible nacimiento de una fuerte tormenta eléctrica. Nos soltamos del abrazo y los dos miramos al suelo avergonzados.
Fue ella quien rompió el silencio:
—¿Por qué soy un genio?
—Podemos abarcar todos los temas con una receta de cocina. —Me atreví a mirarla; ella tenía una expresión extrañada mientras jugueteaba inconscientemente con sus manos en su regazo—. Vamos, Sarah, podemos hablar de nutrición para biología, enzimas para química y estados de la materia para física —dije intentando disipar la creciente tormenta.
—Yo solo sé mezclar harina, chocolate, fresas...
—Por eso. Tú te encargas de eso y yo te enseño las teorías. —Me puse de pie y le extendí la mano para ayudarla a levantar. —¡Vamos a probar tus pastelillos!
—Emm... Está bien.
Se levantó y la bajé casi arrastrada hasta la cocina donde mi mamá terminaba de servir el té.
—Chicos, ya les iba a subir los pastelillos. —Mi madre nos miraba divertida—. ¿Los hiciste tú, Sarah?
—Sí, es lo único que se me da bien en la cocina.
Mi ángel se sonrojó y solo pude pensar en lo adorable que lucía con ese rubor natural en sus mejillas normalmente pálidas.
—Están deliciosos. —Mamá puso una bandeja con dos tazas de té y cuatro pastelillos en la mesa de la cocina—. Coman, saldré a hacer unas compras para la noche, ¿necesitan algo para sus estudios?
—Sí. Sarah, dale a mamá los ingredientes de tus pastelillos —dije mientras nos sentábamos a la mesa.
Obedientemente, Sarah le dictó una lista de ingredientes a mi madre. Los recitaba de memoria y pensé que hacíamos bien al elegir ese proyecto mientras veía a mi madre salir, dejándonos solos.
Un poco incómodo, tomé el primer pastel y me lo llevé a la boca. Era un verdadero manjar. La textura era perfecta, sin mencionar el balance de los sabores. Mientras me deleitaba, Sarah me miraba con la esperanza grabada en sus ojos brillantes.
—¡Di algo, tonto! —No se aguantó más y me gritó casi al borde de la desesperación.
—Sarah, están deliciosos —logré decir cuando tragué un pedazo de pastelillo—. Creo que, con esto, bonita —le mostré el pastel mordido frente a sus ojos— ratificaste mi idea.
La vi sonrojarse y bajar la mirada mientras se comía su pastel. Guardé silencio y terminé de comer el mío para no incomodarla más… Para no incomodarnos más. No dejé de mirarla. Se veía muy tierna con ese leve rubor en sus mejillas. Tenía que decirle todo sobre mis sentimientos, pero ¿cómo?
—¿Por qué te avergüenzas? —empecé por ahí.
—Nadie me alaba o me dice que hago algo bien con mucha frecuencia. —Levantó la mirada y me regaló una hermosa sonrisa. Estaba agradecida por mi apreciación.
—No muchos se detienen a mirar lo que hay más en el fondo. —Miré la taza vacía de Sarah. Me estaba poniendo nervioso—. ¿Quieres otra taza de té?
—Te lo agradecería, está delicioso. —respondió y me miró aún avergonzada.
Me levanté y rellené nuestras tazas. Dejé la tetera de nuevo en el mesón y me senté a la mesa, esta vez a su lado y no enfrente. La miré y me di cuenta de que todavía estaba algo distraída.
—Algo te pasa, Sarah. —Levanté un poco su rostro para mirarla bien—. Dímelo.
—No entiendo qué ves en mí para... ya sabes… —dudó un poco—. Todos me hacen a un lado cuando se trata de trabajar en equipo y cuando me aceptan en alguno solo se quejan de mis tonterías... y bueno... tú... —Intentó sonreír y eso me enterneció—. Tú me incorporas y me animas a que lo haga, me tienes paciencia… confías en que puedo hacerlo...
—Eres una gran chica. —Sostuve su mirada. Esa era mi oportunidad —Un poco tonta, sí —bromeé —, pero no eres tan tonta como todos dicen. —Intentó bajar su mirada a la taza de nuevo, pero se lo impedí tomando su rostro por el mentón—. Eres una gran bailarina, muy buena actriz y la mejor amiga, sin contar la chispa alegre e inocente que tienes. —Atrapé sus ojos extraños pero mágicos con los míos y dejé que eso me diera valor—. Eso es lo que más me gusta de ti... —solté, acercándome un poco más y sin soltar su rostro.
—Dan...
Noté su nerviosismo.
—Shh...
La silencié antes de que dijera algo que arruinara mi momento. Tomé su rostro con las dos manos y me acerqué a ella. Uní nuestros labios en un beso suave y casto. Mi primer beso. Su primer beso. Nuestro primer beso. Ella lo recibió tensa, pero se calmó un par de segundos después y me respondió con delicadeza. Sentí que mi cuerpo reaccionaba y se llenaba de una alegría y satisfacción que nunca había sentido.
Nos separamos lentamente y abrimos nuestros ojos al tiempo. Sonreímos tímidamente y nos quedamos en silencio, mirándonos, absorbiendo todas las sensaciones que nos invadían.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó sosteniendo mi mirada y quebrando la paz de mi cocina.
—Porque me gustas, Sarah —Ya metida la pata, metido el cuerpo entero—. Y por como respondiste, creo que también yo a ti...
—Sí. —Se sonrojó en extremo—. Pero no puedo... Me dan miedo mis padres... —hablaba en serio. Podía sentir su temor y no entendía el porqué.
—Tranquila, bonita. Yo solo quiero compartir contigo y si les tienes miedo, no tienen por qué enterarse. —Me acerqué y apoyé mi frente en la de ella—. ¿Qué dices? ¿Quieres ser mi novia?
—¡Sí! —gritó alegre y me abrazó, recostando su cabeza en mi hombro y casi haciéndome caer de la silla.
—Calma preciosa, me harás caer —dije entre risas mientras le respondía el abrazo.
—Lo siento. —Se enderezó—. No quería molestarte. —Miró sus manos y las entrelazó sobre la mesa—. Gracias, Daniel, por creer en mí.
—No lo agradezcas. —Levanté su mirada y dejé un casto beso en sus labios—. Lo hago porque te quiero...
—¿Fuiste su novio desde los dieciséis años? —Cloe me mira sorprendida y le da otro mordisco a su enorme hamburguesa—. ¡Eran unos niños!
—Sí, pero eso nos permitió crecer juntos y conocernos muy bien... Fueron unos siete años de relación.
Me encojo de hombros y pienso que Sarah ha sido lo más lindo que me ha pasado en la vida.
—¿O sea que ella ha sido tu única novia? —dice mi exsecretaria y me mira extrañada.
—Sí. Mi única novia, mi única mujer y mi único amor. —Suspiro consciente de lo que parezco—. Soy un tonto, ¿verdad?
—Un poco. —Cloe toma un largo trago de soda—. Pero no entiendo algo, ¿por qué ella temía a sus padres?
—No lo sé, nunca lo supe… y eso quiero descubrir con mi llegada a Londres.
Imito su estilo de tomar soda.
—¿Cómo hicieron entonces para ocultar su relación por tanto tiempo?
Me río. Nunca pensé que Cloe se interesara tanto en mi historia con Sarah.
—Recibimos mucha ayuda, aunque lo difícil era ocultarlo de Samuel —respondo todavía riendo—. Mark, mis padres y mi hermana fueron claves en esa labor.
Capítulo 3 Amigos, hermanos, cómplices
Daniel
—¿Tienes alguna teoría? —me cuestiona Cloe y me sorprende.
—¿Ah? No te sigo.
¿Cómo hacen las mujeres para cambiar de tema así?
—Daniel, si una mujer acepta tener algo contigo y no le importa que todo el mundo se entere, pero sí que sus padres lo sepan, es porque algo grave le sucedía al interior de su hogar.
De un momento a otro, Cloe parece toda una experta en asuntos familiares.
La verdad dudo mucho que tenga muy bien controlados sus propios asuntos familiares. Lo poco que sé de ella es que vive sola en un departamento cerca del hospital. Su novio se queda en casa los fines de semana y siempre que llama a su madre la conversación termina en un “pero, mamá…”. No es una mujer fea. Mi secretaria, bueno, exsecretaria, es de esas chicas góticas que usan un maquillaje algo oscuro, y no entiendo cómo logra mantener su apariencia sin asustar a los niños que vienen a mi consulta. Tal vez se deba a la empatía que tiene con ellos. Incluso, estoy seguro de que, si algún día decide ser madre, será la mejor del mundo.
—Tal vez... —Me permito recordar algo de los Evans, pero no lo consigo, solo el momento en que Alan, su padre, nos encontró juntos—. Su padre es un hombre algo temperamental pero no creo que le pegara... Debo descubrir todo esto cuando llegue.
Miro mi plato y muerdo la hamburguesa.
—Te ayudo mientras eso sucede… —Cloe me mira muy concentrada y se me escapa una leve sonrisa—. Cuéntame cómo fue que lo escondieron y cómo se enteraron sus padres. —Ahora me mira seria. Parece sufrir de bipolaridad.
—¿Cómo sabes que nos descubrieron? —digo, algo extrañado.
—Porque ya estoy elaborando mi teoría —habla como si nada antes de meterse una papa frita a la boca—. Así que sígueme contando y cuando termines te digo lo que pienso.
—Está bien, está bien —digo resignado—. La primera en enterarse fue mamá...
Sarah
—Llama a Diane, creo que tenemos que hablar y a ella le va a interesar lo que voy a decir.
Tengo que ser fuerte. Diane sabe mi secreto, pero temo que Samuel no lo tome bien. Él es mi familia, debe entenderme… eso espero.
—¿Diane, amor, quieres venir por favor? —grita, mientras pienso cómo o por dónde empezar con mi historia... Una muy larga historia.
No tenemos que esperar mucho. Diane llega al instante y se sienta en la cama frente a nosotros. Ella es mi único apoyo ahora, mi mejor amiga y la única persona que puede ayudarme con mi hermano.
—Adelante, Sarah, ¿de qué tenemos que hablar?
Sam aún me sostiene entre sus brazos y me abraza por los hombros.
—Solo quiero que te pongas en mis zapatos, Samuel —empiezo por ese lado, tal vez eso suavice un poco lo que diré. Me remuevo para salir de su abrazo y tomo una bocanada de aire—. Quiero hablarte de Daniel Martins...
—¿Qué pasa con él, Sarah? —Sam me interrumpe al escuchar el nombre de su amigo. Diane solo asiente para darme valor.
—Samuel: Daniel y yo fuimos novios desde su segundo año en la escuela y hasta unos días antes de casarme con Mark...
Miro hacia abajo y encuentro mis manos jugueteando juntas. No era consciente de eso, nunca lo soy, y, según Diane y Daniel, solo lo hago cuando estoy nerviosa.
—¿Daniel Martins? ¿Tu hermano? —dice Samuel mirando extrañado a Diane, y ella solo asiente.
—Escucha a tu hermana, amor. Ella necesita que la entiendas.
Le toma una mano y la entrelaza entre sus dedos. Sé que lo hace para calmar su mal genio.
—Pero no entiendo. —Sam levanta mi rostro y me limpia una lágrima—. Entonces, ¿por qué te casaste con Mark?
—Nuestros padres nos obligaron. —Vuelvo la mirada a mis manos—. Aunque Mark tenía un plan y ahora se va a cumplir.
Sonrío.
Definitivamente era mi mejor amigo. Me amaba, estoy segura de eso; fue por ese amor que se empeñó en dejar todo en el mejor punto. Solo necesito un mes para que se cumplan sus planes y tener que dar la cara a los Evans y a los Tyler.
—Ya llegaré a ese punto, solo quiero que escuches mi historia para que entiendas lo que está a punto de suceder.
—Sarah, en verdad me estás asustando.
Me mira con miedo, puedo leerlo en sus ojos y en cómo busca una respuesta en los de Diane. No éramos nada unidos hasta el viernes. Tal vez cuando me vio sola la chispa de la fraternidad se le encendió…
Samuel es un hombre atractivo. Sus cabellos castaños, ligeramente más claros que los míos y bien peinados, aun recién levantado, me llevaban a pensar en él como en un muñeco de esos que venden para las niñas. Pero en este momento su frente blanca está surcada por las sombras que le provocan las arrugas del ceño fruncido. Sus ojos miel me miran intrigantes y sus labios, normalmente curvados en una ligera sonrisa, son ahora una delgada línea. Lo veo y solo siento miedo de contarle mi verdad.
Samuel
No puedo negar que mi hermana me tiene inquieto con todo esto. Pero lo que me atemoriza es la relación que pueda tener esto con lo que me dijo Mark antes de morir. ¿Será posible que la vida de mi hermana haya sido tan dura como él decía? Me dijo que en seis años Sarah nunca ha sido completamente feliz. Que ha sufrido horrores y que lo peor pasará en un mes. Por eso me pidió no dejarla sola y entenderla cuando estuviera lista. ¿Es en este momento en el que está lista para abrirse conmigo?
Entiendo que nunca he sido el mejor hermano. Pero la quiero, a mi modo, la quiero. Quise que fuera feliz y con la unión de las compañías Evans y Tyler pensé que lo sería. Además, al recibir los títulos nobles que ostentaban nuestras familias en la antigüedad ya no tendría que luchar contra la tradición de mi padre de convertirla en una mujer sumisa como mi madre. Bueno, sé que también tuve que ver en ese proceso, siendo tan duro con ella, pero fue lo que Alan me enseñó...
Suspiro. Algo me dice que necesitaré mucho aire para digerir lo que tiene para decirme... Veo sus mejillas pálidas y hundidas en su rostro extremadamente delgado y quiero devolver el tiempo. Sus ojos, iguales a los de mamá me miran escudriñando mis pensamientos, nunca soporté que hiciera eso y por eso prefería huir o lanzarle alguna ofensa para que me dejara en paz. Es la mujer más persuasiva que he conocido en mi vida y yo, fácilmente, el hombre más reservado.
Sí, debo confesar que le temo a mi hermana. ¡Qué patético!
—No es para que te asustes —me dice Sarah con la voz casi en un susurro—. Prométeme que tendrás la mente abierta —suplica entre lágrimas.
Nunca la había visto llorando de esa forma y me conmueve.
—Lo haré —me limito a decir.
Sarah
—La primera en enterarse de nuestra relación fue Grace. —Si debo explicar el porqué de todo, debo empezar por la razón por la que Mark y yo pasábamos tanto tiempo con los Martins en los últimos seis años—. Creo que se enteró el mismo día en que le dije que sí...
—Chicos, díganme la verdad. —Grace nos interrumpió en el patio de su casa mientras Daniel me explicaba por tercera vez lo que sucedía en el horno mientras mis pastelillos crecían y se doraban—. ¿Acá pasa algo o me equivoco?
Tenía razón. Daniel estaba sentado demasiado cerca y me acariciaba el rostro, me abrazaba por los hombros o jugueteaba con mi cabello entre explicación y explicación. Era inevitable que su madre, revoloteando por la casa, se diera cuenta.
Al escucharla se alejó un poco y la miró nervioso. Yo solo pude bajar la mirada a mis manos y juguetear con ellas.
—No los voy a regañar, pero confíen en nosotros. —Grace se sentó en la hierba y nos miró con cariño.
—Sí, mamá, sí pasa algo —Daniel habló tomándome de la mano—. Sarah y yo somos novios...
—Me alegro, chicos. —Abrazó a Daniel y luego a mí. Ese gesto me sorprendió. Estaba segura de que mis padres nunca reaccionarían de ese modo si les dijera que tenía novio—. ¿Qué te pasa, cariño? —Grace levantó mi rostro. Era evidente que yo estaba conmovida.
—Nada, señora Martins. —Intenté sonreír como siempre.
—Mamá, los Evans no pueden saberlo. —Daniel se apresuró a hablar. Entendía que yo no quería que se enteraran y salió a mi rescate—. Nadie puede saberlo, Sarah teme a sus padres.
—¡Qué romántico!
La madre de Daniel era una mujer de cabellos negros como la noche, igual que su hijo. Fue madre muy joven y por eso, aún con dos hijos de dieciséis años, no llegaba a los cuarenta y se veía espléndida. Tenía un cuerpo lleno de curvas y el espíritu de una joven soñadora.
—Cuenten conmigo y con Harry, nosotros los cubrimos. —Nos guiñó el ojo, se levantó y se marchó.
Harry, el padre de Daniel, tenía los cabellos castaños, pero en un tono casi negro, tal como Diane. Era un poco mayor que Grace y ya se le notaban algunas canas; aun así, era un hombre apuesto y tenía los mismos ojos azules de su hijo, además de un cuerpo atlético y, aunque trabajaba todo el día en el hospital, procuraba pasar mucho tiempo con su familia.
—¿Ves? Mi madre es genial, te dije que no tenías por qué temer. —Se acercó a mí y dejó un suave beso en mis labios—. Ahora sigamos, ¿recuerdas lo que sucede a las proteínas cuando se exponen al calor?
Esa tarde terminamos de estudiar y cenamos con sus padres. Después, caminé sola las tres calles que separaban su casa de la mía. Saludé a Diane que salía con mi hermano y me despedí de mis padres para acostarme temprano.
No entendía muy bien por qué mis padres eran tan suaves con Sam y tan duros conmigo. Mi papá tenía la esperanza de que yo fuera como mi madre, una mujer abnegada, sumisa y disponible todo el tiempo para su familia, pero sin ningún sueño propio. Yo crecí en una época diferente a la de ellos. Las muchachas de mi época soñaban con estudiar, encontrar el amor y vivir una fantasía. Mi mamá tuvo que casarse con un hombre que estaba escogido para ella desde antes de nacer, incluso... Y ese hombre no la dejó estudiar, progresar o salir adelante por su cuenta...
Yo no quería eso y era una fortuna que Daniel se hubiera interesado en mí, una chica tonta, torpe y muy infantil. Y es que ese chico de cabellos negros me gustó desde que lo vi: él mirándome extendida en el suelo y sin reír. Y en el momento en que le dije que sí quería ser su novia, Daniel Martins representaba todo lo que yo quería, él y su familia. Daniel era mucho más alto que yo, lo que me hacía sentir protegida a su lado. Tenía la piel blanca, aunque un poco más oscura que la mía. Era flaco y su rostro ya dejaba los rasgos finos de un chico y comenzaban a aparecer las facciones de un hombre bien parecido, con ángulos bien definidos.
Esa noche me quedé dormida con una enorme sonrisa en los labios, deseando verme al otro día con mi caballero en la preparatoria. Por más que tuviéramos que ocultarlo, no me importaba, con tenerlo cerca me bastaba para ser feliz.
Unos meses después, estábamos en la azotea de la escuela. Adoptamos ese lugar como nuestro para escondernos de todos. Él estaba sentado, recostado en la verja y acariciaba mi trenza mientras yo permanecía acostada, con mi cabeza en sus piernas y la mirada justo en su rostro arriba del mío.
—¿Crees que podemos salir al parque mañana? —preguntó Daniel haciéndome regresar a la tierra.
—Mmmm… —Cavilé las posibilidades—. No lo sé, no quiero que nos vean, cielo...
Por mi temor solo podíamos vernos en su casa y sentíamos la necesidad de salir, como cualquier pareja normal.
—¿Y qué tal el cine? Nadie puede vernos ahí. —Sonrió con ternura—. Vamos mi ángel, quiero invitarte a algún lado. —Me incitó a levantarme y tomó mi rostro entre sus manos—. Dame ese gusto, preciosa, ¿sí?
—Está bien, vamos al cine. —Sonreí con temor.
—Gracias —dijo y vi sus ojos azules iluminarse con alegría.
Unió nuestros labios en un beso nuevo, cargado de sentimiento. No fue como los de antes, esta vez atrapó mis labios y jugueteó con ellos entre los suyos, rozándolos con su lengua y halándolos con sus dientes. Me sorprendí, pero poco a poco lo seguí en su asalto mientras acomodaba mis manos en su cuello y él bajaba una de las suyas a mi cintura.
—Cof cof.
Una tos falsa y divertida nos interrumpió asustándonos y dando por terminado nuestro beso.
En la puerta de la azotea estaba de pie Mark, mirándonos sonriente y aplaudiendo en silencio. Yo solo miré hacia mis manos y me sonrojé al máximo. Daniel sí le devolvió la sonrisa a Mark.
—Me alegra que estén juntos, chicos, pero no me abandonen. —Fingió dramatismo y se sentó a mi lado, dejándome en el medio de los dos—. Tu hermano te está buscando, bonita, y dudo que quieras que los encuentre besuqueándose de esa forma —dijo y me rebujó los cabellos.
—Vamos, ángel. —Daniel se puso de pie y me extendió sus manos para ayudarme a levantar. Me abrazó fuertemente y me dio un beso antes de soltarme—. Mark, iremos al cine mañana, ¿quieres cubrirnos?
—¡Claro! —Mark se paró a mi lado, sonriente. Tomé a ambos de los brazos. Con mi novio y mi mejor amigo, los dos hombres más importantes en mi vida, empecé a caminar—. Bueno, tal vez me les una, claro, sin interrumpirles.
Ese viernes salimos Daniel, Mark, Diane y yo juntos. Ellos dos eran los únicos de nuestro grupo de amigos que sabían de nuestra relación. Caminamos juntos por el parque, jugamos videojuegos en el Queen y terminamos el día en casa de Daniel y Diane. Sus padres nos dejaron hacer una fogata en el jardín trasero para asar malvaviscos y salchichas, tocar guitarra y cantar, hasta que, a las diez, Mark me llevó a casa…
—No puedo creerlo. —Sam se levanta de mi cama y empieza a caminar por la habitación—. ¿Sarah, por qué hiciste eso? Si no amabas a Mark, ¿por qué te casaste con él y dejaste al hombre que sí querías? Esto es muy confuso.
Sam niega con la cabeza y clava sus ojos en los míos buscando la respuesta que no encuentra, mientras que con las manos peina una y otra vez sus cabellos hacia atrás.
—Déjame seguir, quiero que entiendas —intento persuadirle.
—Sarah, ¿ocultaste esa relación por cuántos años? —pregunta y me mira fijamente.
—Como siete —respondo de inmediato y veo su intención de emitir un fuerte grito por lo que hablo rápidamente—: Samuel, entiende. Yo no amaba a Mark y nos obligaron... Si los Tyler hubieran tenido una hija, seguramente tú no estarías con Diane planeando tu boda.
Ya era hora de que supiera la verdad, de que supiera lo que mi padre me hizo.
—Espera un momento, ¿de qué estás hablando?
Sam vuelve a la cama conmigo. Diane simplemente nos observa sin modular una palabra.
—Alan Evans y Richard Tyler comprometieron a sus hijos antes de que naciéramos. Querían unir las dos compañías que años atrás fueron una sola gracias a nuestros tatarabuelos y recuperar así el título de nobleza que alguna vez tuvieron. —La verdad tiene que salir a la luz y es hora de que Samuel la sepa—. Cuando papá nos descubrió, organizó la boda relámpago con Mark...
—¿Mark sabía todo esto? —pregunta preocupado.
—Claro que lo sabía, por eso dejó todo listo. —Y acá voy con mi mayor verdad—: Mark ordenó un montón de documentos para que, tras su muerte, todo siguiera el rumbo que debía seguir desde el principio. —Suspiro. El aire empieza a faltarme y no puedo volver a desmayarme, no ahora—. Desde que nos casamos él sabía que moriría pronto.
—Sarah, explícate...
Sé que Sam se está enojando, puedo verlo en su rostro contraído en busca de respuestas para la infinidad de preguntas que le pasan por la cabeza en este momento.
—Amor, déjala seguir contando, hay mucho que debes saber —Diane lo interrumpe con cariño.
—¿Tú sabías todo esto? —Ahora interroga a Diane que solo asiente—. Termina tu historia antes de que estalle, ¿sí? —Me fulmina con la mirada y por un momento siento que no voy a poder hacerlo.
—El día en que papá se enteró de mi relación con Daniel me alejó completamente de él y se reunió con Mark, su padre, nuestras madres y conmigo. —Ese recuerdo me lastima y siento una punzada directamente en el corazón—. Pero Mark, después de contarme todo su plan, me ayudó a encontrarme una vez más en un hotel con Daniel, para terminar con nuestra relación.
Daniel
—...Y con la ayuda de Mark y Diane podíamos salir y vernos durante casi siete años.
Cloe me escucha con atención.
—¿Aun cuando ya eran mayores de edad? —Su rostro está desconcertado. Yo solo asiento porque no tengo más explicación a eso—. Pidamos un par de cervezas y me sigues contando. —Llama al mesero antes de que responda y hace el pedido—. Continúa...
—Bueno, dos días después de que Alan me vio besando a Sarah frente a la puerta de su casa, Mark nos ayudó a reunirnos en un hotel. Necesitábamos un lugar para hablar y decidir qué hacer después de lo sucedido. —Aparto mi plato vacío cuando el mesero trae las cervezas y le doy un sorbo directamente de la botella mientras Cloe vacía la suya en una jarra—. Esa tarde llegué muy animado al hotel donde me entregaron la llave de la habitación en la que ya me esperaba Sarah...
Capítulo 4 Indeleble
Daniel
Abrí la puerta con nerviosismo. Sabía que hablaríamos de cosas que definirían nuestro futuro y por eso, aunque todavía no compraba un anillo ni terminaba la universidad, estaba dispuesto a escaparme con ella, pedirle que fuera mi esposa y darle la vida que Alan le negaba; después de todo, no le permitió seguir estudiando al terminar la escuela, ni mucho menos la dejó trabajar para distraer su tiempo.
No la vi al entrar. Pasé a la recepción de la suite y vi a Mark recogiendo su chaqueta de un sofá junto a la cama. Esa fue la última vez que hablamos en persona.
—Daniel, gracias a Dios llegaste. —Se veía agotado, incluso, destrozado—. Sarah se está dando una ducha, necesitaba relajarse. Puedes esperarla. —Caminó hasta donde yo estaba—. Los dejaré solos. Tengo otra suite rentada, justo al lado de esta, para que no sospechen de ustedes y me quedaré allí...
—Mark, ¿qué sucede? —Su tono y su actitud decaída me asustaban.
—Que ella te lo diga, Daniel. Solo te pido un favor. —Al mirarme a los ojos me di cuenta de que los suyos no eran los mismos de siempre, les faltaba la alegría que tanto lo caracterizaba—. Entiéndela, ella te ama como no te imaginas...
—Tyler, me estás asustando. —Sostuve su mirada. Sí, estaba asustado; más tarde me daría cuenta de que tenía toda la razón para estarlo.
—Espera que ella salga del baño. —Intentó sonreír—. Y, Daniel, siempre serás mi mejor amigo, no importa lo que suceda. Te quiero. —Me dio un golpe en el hombro y salió, dejándome perplejo y sin posibilidad de moverme.
Cuando por fin pude dar un paso, me serví un trago y me senté en uno de los sofás. Tenía un mal presentimiento, todo era demasiado extraño. Recosté la cabeza en el respaldo y fijé la mirada en el techo para intentar calmarme.
—Daniel, llegaste.
La dulce voz de Sarah me hizo regresar. Estaba frente a mí, vestida como siempre, informalmente, pero hermosa. Llevaba un lindo vestido blanco con botones en la parte del frente y una falda amplia que caía hasta sus rodillas. En su pequeña cintura, un cinturón de color rojo le daba un toque antiguo, al mejor estilo de los años 60. Su tradicional trenza estaba en su sitio y, como de costumbre, su rostro no se veía dañado por una sola gota de maquillaje. Era la mujer más hermosa del mundo. Y era mi novia.
—Claro, mi ángel. —Me levanté y corrí a abrazarla. Necesitaba sentirla entre mis brazos. Pasaron dos días desde la última vez que nos vimos y las cosas no terminaron bien en ese momento—. Estaba muy preocupado por ti. —La alejé un poco, le di un suave beso en sus labios y volví a apretarla contra mi cuerpo—. Dime que tu padre no te hizo daño... —Mi voz se quebró ante la idea de Alan golpeándola.
—Daniel —susurró mi nombre y rompió en llanto con su rostro escondido en mi pecho.
—Sarah, hermosa, dime qué sucede —me atreví a decir mientras le acariciaba los cabellos—. Yo te puedo ayudar...
—Debo dejarte —soltó cortando mi frase y dejándome estático.
—¿De qué hablas? Sarah, yo...
Las palabras se quedaron en mi garganta sin poder salir.
—No podemos seguir juntos. —Se alejó y me miró a los ojos. Igual que Mark, mi ángel había perdido su brillo. Estaba destrozada y, de paso, me estaba destrozando a mí.
—¿Tu papá tiene algo que ver? —Fue lo único que pude decir y ella solo asintió—. No tiene que ser así, vámonos. Vámonos juntos —dije consciente de que las lágrimas empezaban a rodar por mis mejillas—. Sarah, podemos irnos, somos mayores de edad... Podemos casarnos y así no tendrás que dejarme, él debe entender...
—Daniel, no puedo. —Se soltó de mis brazos y me dio la espalda—. Entiéndeme, ¿sí? En un tiempo podremos, si aún me amas...
—¿Un tiempo? Sarah, me ocultas algo. —No me acerqué, solo hablé temiendo lo peor.
—Espero que lo entiendas —la escuché sollozar—. Perdóname por favor. —Iba a empezar a caminar, pero la alcancé y la tomé del brazo para girarla frente a mí. Necesitaba verle el rostro—. Déjame ir, no me lo hagas más difícil...
—Dime que no me amas y te dejaré ir a donde quieras.
Endurecí mi semblante y clavé la mirada en sus ojos mágicos que ahora estaban opacados por una tormenta de lágrimas.
—No me hagas esto, Daniel, por favor —rogó.
—Dilo, di que no me amas...
—No puedo...
Y no la dejé hablar más. La atraje hacia mí y atrapé sus labios rosados, esos labios que superaban al mejor chocolate que podrían ponerme enfrente. La besé desesperado. Necesitaba que todo lo que había dicho se borrara por completo. Que esas palabras nunca hubieran salido de su boca...
Al inicio no me respondió, pero con los segundos sus labios terminaron adaptándose a los míos, respondiendo con un beso que me decía a gritos el amor que sentía. Ella me amaba, yo la amaba, no teníamos por qué separarnos; no lo iba a permitir.
Sin soltarla del abrazo y sin dejar de besarla, la dirigí hasta la habitación. En siete años, nunca sobrepasamos la línea de la pasión. Habíamos estado a punto; sintiendo el calor de las hormonas que se introducía en nuestros cuerpos, pero nunca tuvimos la oportunidad para dejarnos llevar… Hoy no pensaba detenerme. Necesitaba confirmar que nos amábamos como nadie más lo ha hecho.
Tomé el rostro de Sarah con una de mis manos y con la otra bajé dibujando su contorno hasta posarla en la parte baja de su espalda, la atraje contra mi cuerpo para demostrarle lo que causaba el suyo en mí. Ella enredó sus manos en mi cuello y halaba suavemente mi cabello, sabía que Sarah no me pediría detenerme. Profundicé aún más el beso y degusté con mi legua el sabor de su boca abierta y dispuesta a recibirme. La recosté en la cama suavemente y me ubiqué encima de ella sin perder el contacto de nuestros labios. Mis manos recorrieron sus largas piernas bajo la tela del vestido. La sentí estremecerse con mi contacto. Me amaba, eso era evidente y yo la amaba a ella, con mi vida. Estaba dispuesto a darlo todo por esa mujer. Ella lo sabía y yo se lo iba a corroborar con mis caricias. Poco a poco nos convertimos en solo besos, mordiscos y manos. En un acto desesperado, Sarah se deshizo de mi chaqueta de cuero y mi camiseta negra; ambas terminaron en algún lugar cercano a la cama. Con el mismo desespero abrí botón por botón el vestido de mi ángel, dejando a la vista su hermosa silueta cubierta por un delicado conjunto de encaje rosa pastel.
—Te amo, preciosa. —Mi voz salió suave contra sus labios—. No tenemos que separarnos...
—No digas nada —dijo con los ojos cerrados y tan cerca de mis labios que sentía su delicioso aliento—. Solo ámame a pesar de todo. Ámame, Daniel —me pidió con la voz quebrada y los ojos apretados.
Estaba sufriendo, estábamos sufriendo, pero yo no me detuve ante esa señal. La besé con ansiedad mientras me deshacía de mi pantalón. Recorrí su cuerpo con mis manos, adorándola, grabando cada centímetro de su piel en mi memoria, tatuándola con una tinta indeleble mientras mis labios recorrían los suyos, su cuello y la parte superior de su pecho. Sus delicados dedos trazaban figuras indescifrables en mi espalda descubierta mientras con la otra mano jugueteaba con mi cabello. Nos necesitábamos, ambos lo sabíamos. De repente nada más existió. La habitación desapareció, las preocupaciones se esfumaron y solo existíamos ella, nuestro amor y yo.
Las caricias cada vez eran más y más atrevidas. Sus pechos reaccionaron a mis manos mientras que mi entrepierna reaccionaba a sus caricias en mi espalda. Esa vez no íbamos a detenernos. Esa vez íbamos a terminar lo que dejábamos empezado siempre. Nos deshicimos de la poca ropa que quedaba y pude adorarla completamente. Mi ángel era simplemente perfecto. La memoricé por completo con mis labios. La vi mirarme con temor, pero con decisión. Vi cómo su cuerpo pedía lo mismo que pedía el mío. La gravé en mi memoria, la tatué en mi alma… Sentí cómo me atraía cada vez más a ella, sin temor y, aunque tuvimos que detenernos a tomar un poco de aire cuando por fin nos entregamos por primera vez, la pasión fue mucho mayor y un par de segundos después ya estábamos en un baile en el que nuestros cuerpos se acoplaban con una perfección única. Ella era mía, yo era suyo. Los sentidos se me dispararon a un nivel nuevo y el olor típico de Sarah, una mezcla entre fresas, chocolate y vainilla, dejaba de parecerme delicioso y tierno y se convertía en el más erótico de los perfumes. Sus manos me recorrieron sin parar. Estaba ansiosa mientras yo lo único que buscaba era tocar el cielo juntos. Quería perderme con ella y fue así como llegó un orgasmo tan fuerte y agotador que nos arrasó como una gran ola en el mar. Separé nuestros cuerpos cuando regresé a la tierra y me dejé caer sobre el costado, atrayéndola hacia mí y acunándola para que descansara sobre mi pecho. Permanecimos así hasta que por fin nuestras respiraciones se acompasaron y nos sumergimos en los brazos de Morfeo…
—... A la mañana siguiente me desperté solo en la habitación y con una nota al lado. —Recuerdo que esa nota la he guardado en mi billetera todo este tiempo y la busco rápidamente para leerla en voz alta:
“Perdóname, Daniel. Solo te pido un tiempo para arreglar todo y poder vivir nuestro amor sin miedos... Te ama, tu ángel...”
Cloe sigue mirándome impasible.
—Desde ese día la tengo grabada en mi piel, en mi memoria y en mi alma… la recuerdo noche tras noche.
—Wow... —Me mira con picardía—. Oye, ¿en verdad eres célibe, entonces?
—No quiero hablar de eso, Cloe. —Bebo un trago más de cerveza, avergonzado—. Ahora, ¿lo que te conté ayuda a tu teoría?
—Sí, algo. —Sostiene mi mirada mientras bebe otro trago ignorando mi vergüenza y añade—: ¿así que unos días después supiste que se casaron?
—Sí. Ese fin de semana salió la foto en el periódico y, ahora que lo pienso, no se veían nada felices —añado vaciando la botella y levantándola para pedir otra—. En fin, el resto es sencillo, empaqué, pedí un traslado en la universidad y terminé acá.
—¿Ya compraste el pasaje? —Mira al camarero y le pide una cerveza más.
—Salgo esta noche. Se supone que entro mañana mismo al hospital central de Londres… o bueno, no sé cuándo, el cambio de horario y las escalas lo harán algo complejo. —Creo que ya empiezo a extrañar a esta chica loca—. Ya hablé con un amigo para que me recoja y me deje quedar en su casa. No quiero llegar a la de mis padres, además quiero sorprenderlos.
—Bueno, entonces te diré lo que pienso antes de que partas a hacer tu maleta. —Recibe las dos cervezas y le da las gracias al mesero—: debes estar prevenido porque si tu amigo murió y dijo todo lo que dijo en esa carta, será mejor que tengas la mente abierta. ¡Ah!, y consigue una casa pronto porque planeo ir a conocer a esa Sarah en mis vacaciones y necesitaré un lugar a dónde llegar. —Me regala un guiño y suelta una risa—. Gracias por abrir tu corazón conmigo.
—Gracias a ti por escuchar mis tonterías y darme ánimos.
Levanto la botella y brindamos juntos.
Sarah
—... A media noche me desperté y lo dejé solo con una nota de despedida. —Veo a mi hermano concentrado en mis palabras y sorprendido—. Tenía la llave de la habitación de Mark y me fui llorando… me consoló toda la noche, prometiéndome que todo saldría perfecto y que respetaría nuestro amor. —Suspiro… lo cumplió.
—Espera un momento. —Lo que más temo está a punto de suceder, lo veo en su rostro—. Quieres decir que Mark y tú nunca...
—Nunca —ratifico consciente de lo que eso significa y de la verdad que está intentando digerir.
—¿O sea que Chelsea es hija de Daniel? —suelta en un grito ahogado—. Sarah, ¿cómo pudiste engañarnos a todos? ¿Cómo pudiste ocultárselo? ¿Quién más lo sabe?
Sus ojos me miran con sorpresa y su rostro está perplejo, nunca me había mirado de esa forma y comprendo que esté más que enfadado.
—A parte de Mark, lo saben los Martins, la niña, Vivian, Owen y Nicholas —respondo mirando a Diane con temor—. Y nadie más puede saberlo hasta dentro de un mes. —Intento calmar a mi hermano—. Samuel, yo no lo planeé y Mark sabía que moriría pronto...
—No entiendo nada. Sarah, ¿tu hija ha vivido cinco años en una mentira? ¡Y los Tyler!, y ¡nuestros padres! —grita y sé que lo hace para liberarse.
—Para de gritar. —Diane intenta calmarlo—. Vas a despertar a la niña y es mejor que descanse, hoy fue un día duro para ella.
—O sea que quien le hace las transfusiones a Chelsea es...
—Su verdadero abuelo... —Diane complementa la frase de Samuel.
—O su tía. —Miro a Diane quien fue la que sirvió de donante para la sesión de hoy.
—¿Y si tienes a los donantes por qué demonios alargas la tortura de tu hija sabiendo que puedes hacerlo ya?
¿Me está regañando por la salud de Chelsea y no por las mentiras que me vi obligada a decir? Pensé que me estaría odiando. Mi hermano adora a mi hija.
—Porque los Tyler se darían cuenta de que la niña no es parte de su familia y eso no puede suceder aún. Mark dejó todo listo para que en un mes podamos hacer el trasplante con o sin Daniel.
—Cuéntame eso porque ahora sí me perdí.
Se sienta a mi lado una vez más y me toma la mano. Ahora sé que me apoya.
—Bueno. ¿Recuerdas que me perdí con Mark unos días enteros antes de la boda? —Él asiente—. Nos quedamos toda la semana en las habitaciones del hotel. —Comienzo por ahí—. Todos pensaron que era lo mejor antes de la boda; que era bueno que nos conociéramos bien... Y bueno, él dijo que yo debía saber un par de cosas; que no permitiría que por nuestros padres mi vida se destruyera. —Suspiro al recordar todo lo que Mark hizo por mí—. ¿Recuerdas que en ese entonces Nick ya estaba haciendo sus prácticas de derecho?
—Sí, recuerdo todo eso. —Sam nunca ha sido un hombre paciente y se le nota.
—Bueno, el primer día llegamos al hotel y hablamos hasta la madrugada...
Capítulo 5 Embrollos
Sarah
—Espera, primero cuéntame cómo fue que los comprometieron —me interrumpe mi hermano algo confundido.
—Cuando papá me vio con Daniel en la puerta, citó a los Tyler en casa y como tú estabas con Diane no supiste nada...
—Chicos, es hora de que sepan la verdad —empezó a hablar mi padre intentando ocultar su ira, sin hacerlo muy bien.
—Alan, no le hagas esto a tu hija —dijo mi madre intentado interceder.
—Mujer, sabes que es su destino. —Fulminó a mi madre con la mirada mientras que los Tyler veían la escena—: Sarah y Mark están comprometidos desde antes de nacer —soltó y pude ver la expresión de miedo en los ojos de mi mejor amigo. Él tampoco entendía lo que sucedía.
—Así es —Richard Tyler intervino—. Hace años, nuestras empresas eran una sola y por cuestiones familiares se dividieron y perdimos los títulos de nobleza que ostentábamos, por eso nos propusimos volverla a reunir con nuestros hijos —dijo y me sonrió tiernamente.
—Yo esperaba que quedara con el apellido Evans, pero ya ven, los Tyler tuvieron un chico y Samuel no va a poder llevarla, así que cuando nacieron, decidimos que sería Mark quien no solo encabezara las fortunas, sino que también asumiera el mando de la disquera Evans y de la productora Tyler. —Mi padre me miraba con una sonrisa de suficiencia. Sabía que me había vencido—. Por eso, cariño, nunca dejé que estudiaras o trabajaras. La decisión de darte ese permiso era de tu marido y, aunque esperamos que se enamoraran por ustedes mismos, eso nunca pasó, ¿verdad, Sarah?
—¡Pero, papá! ¿Cómo pueden hacerme esto? ¡Mark y yo solo somos amigos y yo amo a Daniel Martins!
Empecé a llorar, y parecía que no me escuchaban.
—Por eso mismo tendremos que apresurar los planes —El señor Tyler siguió con la conversación, ignorando mis palabras—. Se casarán el viernes en la noche. Ya lo planeamos todo. —Miró a mi padre con reproche—. Y, Alan, enséñale a tu hija a obedecer, no quiero que mi hijo se case con una mujer rebelde.
—Lo haré. —respondió mi padre y me miró amenazante.
—Tranquilo, Alan, yo me haré cargo. —Mark se levantó de su asiento al lado de su madre y caminó hasta posarse tras de mí—. Yo me haré cargo de Sarah desde ahora, la llevaré a un hotel mientras llega el día de la boda, pero asumo desde este momento su responsabilidad. —Se veía tan seguro que me dio algo de seguridad a mí también—. Bonita, ve por tus cosas y te espero en el auto.
Hecha un manojo de nervios, rabia y tristeza me fui a hacer lo que Mark me decía. Una hora más tarde, conducíamos en completo silencio hacia el hotel. Lo único que se atrevió a decirme fue que había cosas que debía saber y que no me preocupara, todo estaría bien.
Solo fue hasta que estuvimos en la habitación que tomé el valor para hablar. Estaba desesperada y solo pensaba en Daniel y mi relación con él.
—¿Qué vamos a hacer, Mark? ¡No quiero dejar a Daniel! —dije, llorando, a mi mejor amigo mientras, sentados en la cama de la suite, intentaba calmar mi ira.
—Sarah, necesito que te calmes, me escuches y confíes en mí completamente. —Pocas veces usaba mi nombre, pero cuando lo hacía era porque se trataba de algo realmente serio. Limpié mis lágrimas y lo miré atenta—. Nos vamos a casar... —Lo miré como si le hubiera salido otra cabeza—. No me mires así, déjame hablar, ¿sí? —Asentí—. Mira, bonita, esto no lo sabe nadie aún y no pueden saberlo…. Me estoy muriendo...
—¿Muriendo del verbo te vas para el cajón? —No pude evitar el comentario. Sinceramente creí que bromeaba.
—Sí, Sarah, estoy muriendo y sucederá en poco tiempo, todo depende de la velocidad con la que crezca la enfermedad y de lo fuerte que sea mi cuerpo...
Ante sus palabras solo pude ahogar un grito de sorpresa. Mi mejor amigo se estaba muriendo, sería mi marido en unos cuatro días y… ¡SE ESTABA MURIENDO!
—... Nos casaremos, haremos todo lo que nuestros padres quieren. Uniremos las fortunas, retomaremos los títulos, asumiré las empresas y todo eso, pero mañana mismo llamaremos a Nicholas para que arregle un papeleo especial, es el único abogado en todo Londres en quien confío...
—No te entiendo —murmuré bajito intentando asimilar lo que Mark me decía—, ¿Y cómo que estás enfermo?
—Hace un tiempo me dio un mareo mientras estaba en clase en la universidad. Resulté en enfermería sin saberlo y de allí me remitieron al hospital central —empezó a narrarme—. Después de un par de análisis determinaron que algo extraño pasaba en mi cabeza y por ser mayor de edad, omitieron informar a mis padres. —Me sonrió con esa risa inocente de siempre—. Me han hecho seguimiento y hace unos días me dieron los últimos resultados. Tengo varios microtumores en el cerebro que no pueden extirparse por los lugares en los que están alojados, crecen con cada día...
—¿Y no hay algún tratamiento? ¡Debe haberlo! —Empezaba a sentir temor por él.
—Lo hay, pero reduciría mi calidad de vida y me negué a correr el riesgo de terminar como un vegetal en una cama. —Suspiró—. No quiero que nadie sepa esto, Sarah, solo lo sabrán tú y Nick...
—¿Bueno, y qué tiene que ver Nicholas en todo esto?
Lo miré asustada.
—Le pediré que expida un par de órdenes a cumplirse un mes después de que yo muera. —Secó una lágrima que escapó de mi ojo izquierdo—. Una para que seas completamente libre y la otra para que tengas toda la autoridad en las empresas de nuestros padres, los títulos y la fortuna.
—¡No lo acepto! Si mueres entregaré todo a tus padres —grité desesperada.
—Acéptalo, considéralo un regalo de mi parte. —Me acarició el rostro con ternura—. Y pues, mírale el lado bueno a todo esto, mientras estés conmigo podrás trabajar, estudiar o hacer lo que te dé la gana. —Me despeinó la trenza mientras yo intentaba asimilar todo—. Cuando muera podrás volver con Daniel. Tranquila que no pienso tocarte un pelo a menos que tú misma quieras, y respetaré el amor que sienten ustedes dos. —Suspiró nuevamente—. Solo necesitarás tener paciencia.
—No sé si Daniel quiera seguir conmigo después de ver que me caso con su mejor amigo —solté dejando de luchar contra las lágrimas.
—Confía en mí, bonita. Yo me encargaré de aclarar todo antes de irme, ¿sí? —Me dio un beso en la frente—. Ahora descansa, mañana temprano vendrá Nick y debemos contarle lo tuyo con Daniel, lo de la boda apresurada y pedirle que prepare todo... —Se levantó de la cama—. Y luego, deberás llamar a Daniel para romper con él.
Asentí incapaz de decir algo. Esa noche casi no dormí y el poco tiempo que lo hice, tuve pesadillas. Fue la primera de mis malas noches durante seis años…
—¿Así que devolverás todo a los Tyler? ¿Y qué harás con Chelsea? —pregunta Samuel más calmado de lo que esperaba.
—Samuel, tuvimos que cambiar todo cuando nos enteramos de que estaba embarazada. —Suspiro—. Después de la boda me hundí en una gran depresión, porque Daniel no quiso volver a verme ni tampoco escuchar las explicaciones de Mark. —Miro a Diane—. Incluso, el día de su viaje intentamos alcanzarlo en el aeropuerto, pero fue inútil. —Diane me sonríe con pesar. Ella habló con Mark el mismo día de la boda y sabía toda la verdad—. En fin, Mark me pagó los primeros semestres en la universidad y entré a estudiar danza y teatro para ocupar mi tiempo y mi mente en algo...
—Mark, déjame enviarte a alguien de confianza que esté pendiente de ustedes.
Nicholas estaba de visita en el apartamento que habíamos rentado mientras comprábamos una casa. Nuestro amigo y abogado llevaba quince días insistiendo en que contratáramos a alguien para que estuviera pendiente de sus medicamentos y yo pudiera estudiar tranquila.
—Te aseguro que Vivian y Owen son las personas más discretas y atentas que conozco.
—Hazle caso —interrumpí.
La verdad era que cuando Mark me pagó la universidad decidió dejarla él. No por falta de dinero, sino porque su cerebro no soportaba tanto esfuerzo.
—No estoy tranquila cuando sé que estás acá solo.
—Está bien, está bien, envía a esos dos. —Suspiró vencido—. Pero recuérdales que deben ser muy discretos. Nadie se puede enterar de lo que sucede acá.
—Lo sé. Les diré que vengan mañana para que los conozcan. —Sonrió satisfecho—. Por ahora me voy, tengo que recoger a Tracy. —Se puso de pie y tomó su portafolio—. Y, Sarah, come algo. De verdad estás muy flaca y me preocupas.
Me levanté y me fui directo a mi cuarto. No quise responder a Nicholas. Era verdad que no comía como se debía. También me esforzaba más de la cuenta en la universidad y pasaba todas las noches llorando en mi habitación, lejos de todo el mundo. Seguía destrozada por la pérdida de Daniel. Mi vida se había derrumbado ante mis ojos y no pude hacer algo para impedirlo.
No supe cuándo me quedé dormida, solo sentí que Mark se sentó en mi cama a la mañana siguiente y me acarició los cabellos para despertarme.
Tenía que agradecerle muchas cosas. Se hacía cargo de mí y de la casa. No me había besado más de lo necesario para hacer el show con nuestras familias y dormíamos en cuartos separados. Su consideración era más de lo que podía esperar.
—Bonita, levántate y báñate. Nick ya viene con los Davis y tenemos que recibirlos —Mark habló con el mismo cariño y paciencia de todos los días.
—Dame treinta minutos, ¿sí? —respondí sin abrir siquiera los ojos—; no me tardo...
Exactamente media hora después entré en nuestra sala de estar. Allí estaba Nick con dos personas: una encantadora pelinegra, con unos rizos que le caían por la espalda casi hasta la cintura, me sonreía adorablemente. Ella estaba acompañada por un hombre alto, con músculos de hierro y un cabello que ya empezaba a cubrirse de canas. Hacían muy buena pareja, estaban tomados de la mano, nos miraban con ternura y su energía solo inspiraba confianza, así que ese mismo día se mudaron con nosotros.
Por apariencia podría decir que tenían una edad similar a la de mis padres y por alguna razón, casi al instante de conocernos y escuchar nuestra historia, nos asumieron a Mark y a mí como los hijos que nunca tuvieron. Vivian se encargaría de la cocina y de la casa. Owen de transportarnos y de cuidar a Mark. Era un médico retirado del ejército y nadie mejor que él para estar pendiente de la enfermedad de mi amigo.
Dos días después de la llegada de los Davis, cuando me levanté para ir a estudiar, sentí algo extraño. Al dejar la cama me vi obligada a sostenerme del cabezal por un fuerte mareo. Lo asocié a mi mala alimentación en los últimos días, me metí a la ducha y me propuse a llevar, como siempre, un día medianamente normal.
—Niña Sarah, el desayuno ya está listo.
Vivian me recibió sonriente en la cocina. Era una presencia renovadora y que agradecía con el alma. Nunca me habían tratado con tanto cariño en casa.
—Gracias, Vivy. —Me senté en la barra—. Regálame un jugo de naranja y un par de galletas de soda.
—Sarah, no puedes irte con tan poco. Te alimentas muy mal —me reprendió con ternura—. Mi niña, déjame cuidarte.
Con los días supimos que Vivian tenía la misma edad de mi madre y, según lo que nos dijeron, siempre quisieron ser padres, pero no vieron su deseo hacerse realidad. Tal vez por eso, desde que nos conocieron se encariñaron de inmediato y se solidarizaron con nuestra situación.
Pulsuz fraqment bitdi.