Kitabı oxu: «E-Pack Bianca septiembre 2021»
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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca, n.º 271 - septiembre 2021
I.S.B.N.: 978-84-1105-104-0
Índice
Portada
Créditos
Orgullo italiano
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Inocencia en palacio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Un apasionado acuerdo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Si te ha gustado este libro…
Entrevista con el millonario
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
A QUE NO adivinas quién acaba de llegar?
Liza Benton miró el ruborizado rostro de su hermana y se echó a reír.
–Seguro que no –respondió con una sonrisa–, teniendo en cuenta que no conozco a nadie aquí –contempló el elegante y atestado bar del Soho en el que se encontraban. En aquel momento estaba lleno de gente glamorosa con mucho más dinero y gusto por la moda que ella.
Hacía solo mes y medio que Liza se había trasladado de la rural Herefordshire y se sentía totalmente fuera de lugar. Pero su hermana pequeña Lindsay, de visita aquel fin de semana con su madre Yvonne, parecía decidida a convertirse en la reina de la fiesta. Había sido Lindsay quien le aseguró a Liza y a su hermana mayor Jenna que el Rico’s bar era el lugar más de moda de todo Londres.
–Todo el mundo va allí –le había asegurado con la ingenua seguridad de sus diecisiete años.
Teniendo en cuenta que apenas había abandonado su pequeño pueblo de Herefordshire salvo para las excursiones del instituto, Liza no sabía muy bien cómo podía estar enterada de tales cosas. A ella aquel bar no le parecía tan especial, aunque tenía que reconocer que sabía muy poco de aquellas cosas. A sus veintitrés años, había dedicado la mayor parte de su tiempo a ayudar a su numerosa familia y a sacarse luego la licenciatura. Ni la socialización ni el romance habían jugado un gran papel en todo ello, a excepción de un desafortunado episodio en el que prefería no profundizar.
–Bueno, entonces… ¿quién acaba de entrar? –quiso saber Jenna, la hermana mayor, mientras Lindsay hacía amago de caerse de la silla en la que estaba sentada, en plan melodramático. Su madre bebió un sorbo de su cóctel y abrió mucho los ojos a la espera de que su hija pequeña respondiera de una vez. Le encantaban los cotilleos tanto como a Lindsay.
–Chaz Bingham –anunció por fin Lindsay, triunfante.
Liz y Jenna se la quedaron mirando sin comprender, pero Yvonne chasqueó la lengua con un gesto de inteligencia.
–Lo vi en una revista justo la semana pasada. Hace poco que heredó un negocio importante de inversiones, ¿verdad? –la madre hablaba con el mismo aire mundano que la hija, pese a que había salido de Herefordshire todavía menos que ella. Todos sus conocimientos procedían de las revistas del corazón y de los cotilleos televisivos, cosas ambas que para ella eran como el Evangelio.
–Algo así –dijo Lindsay–. Está forrado. ¿No es guapísimo?
Había alzado tanto la voz que los elegantes ocupantes de la mesa más próxima cruzaron una mirada con un gesto burlón. Liza, volviéndose hacia Jenna, puso los ojos en blanco. Nunca había soportado a los esnobs, a la gente que pensaba que su familia era… excesiva, poco discreta. Su adorada familia, con su excéntrico padre, su exuberante madre y las cuatro chicas Benton: la preciosa Jenna, la ingeniosa Marie, la divertida Lindsay y… Liza. Liza desconocía cuál era su calificativo más característico. ¿Normal? ¿Aburrida? Sabía que no poseía ni la belleza de Jenna ni la inteligencia de Marie, y definitivamente tampoco la vivacidad de Lindsay. Eso había resultado evidente en más de una ocasión, pero una vez…
–¿Dónde está? –quiso saber su madre al tiempo que se descoyuntaba el cuello en su ansia por localizar al misterioso a la vez que supuestamente impresionante Chaz Bingham.
–Allí –Lindsay señaló con el dedo la entrada del bar y Liza sofocó una carcajada.
–¿Es necesario anunciarlo por megafonía? –inquirió, irónica, antes de mirar hacia la entrada del bar… para quedarse sin respiración a la vista del recién llegado. Ahora que lo veía, se daba cuenta de que habría resultado imposible no fijarse en él. Era como si consumiera todo el espacio posible. Y todo el aire.
Sacaba al menos una cabeza a cualquier otro hombre del local. El pelo muy negro peinado hacia atrás subrayaba una frente alta y recta de aristócrata. Sus ojos gris acero recorrían la sala con un gesto desdeñoso, fruncidos sus bien perfilados labios en una mueca cínica. Todo ello, junto con sus pómulos y su maciza mandíbula, le recordó a Liza las tórridas novelas que tanto le gustaba leer.
Lucía una camisa blanca como la nieve, cuyos últimos botones desabrochados revelaban un cuello musculoso y bronceado, con un ajustado pantalón negro. Todo en él hombre exudaba poder, riqueza y, por encima de todo, arrogancia.
–¿Lo has visto? –inquirió Lindsay.
Liza asintió con la cabeza. ¿Cómo habría podido no verlo? Pero… ¿cómo era posible que hubiera reaccionado de una manera tan visceral a un extraño?
–Jenna, creo que se ha fijado en ti –susurró Yvonne con voz excitada.
Jenna se sonrió, ruborizada. Liza pudo ver que el Adonis moreno no estaba mirando en absoluto a su hermana: quien lo estaba haciendo era el tipo de pelo rubio despeinado y rubicundas mejillas que lo acompañaba. ¿Era aquel Chaz Bingham? Entonces… ¿quién era el otro?
Sin pensar, se dedicó a buscarlo… solo para encontrarse súbitamente asaeteada por su sardónica mirada durante un terrible segundo. Aquel hombre, por un instante, pareció atravesarla con sus ojos gris acero antes de desviar la vista con un gesto de indiferencia.
–¡Viene hacia aquí! –chilló Lindsay.
Efectivamente, el tal Chaz se estaba acercando a su mesa. Liza se preparó para lo peor, preguntándose si no iría a pedirles que bajaran la voz, o quizá requiriera la silla en la que habían amontonado sus abrigos. El rubio lanzó a Jenna una sonrisa inmensamente atractiva antes de proyectarla sobre todas ellas, a la vez.
–¿Puedo invitarlas a una copa?
–Oh –Jenna se estaba ruborizando hasta la raíz. Con su larga melena rubia y sus ojos azul claro, para no hablar de su curvilínea figura, a su hermana nunca le habían faltado admiradores.
–¡Sí, por favor! –intervino Lindsay al tiempo que soltaba un elocuente codazo a Jenna.
Chaz sonrió y fue a la barra a pedir las copas.
–De todas las mujeres que hay ahora mismo en el local… –susurró su madre con gesto triunfante–, ¡te ha elegido precisamente a ti!
–Mamá, solo me ha invitado a una copa –protestó Jenna, pero Liza podía ver que no le quitaba a Chaz la mirada de encima. En cuanto a su propia mirada, voló instintivamente hacia el otro hombre, aquel que le había despertado un cosquilleo por todo el cuerpo. Evidentemente estaba con Chaz, porque se había reunido con él en la barra.
–Cuando vuelva –instruyó de pronto su madre a Jenna–, por el amor de Dios, invítale a sentarse con nosotras.
–Mamá…
–Por supuesto que lo hará –rio Lindsay–. Porque si no se atreve ella, lo haré yo. Ya os he dicho que está forrado.
Liza alzó su copa, ya casi vacía: ella había sido la única en rechazar la invitación de Chaz Bingham. ¿Se sentaría con ellas si se lo pedían? Y si lo hacía, ¿lo acompañaría también su moreno y orgulloso amigo? El corazón le dio un vuelco y decidió de repente que necesitaba otra copa.
–Liza, ¿a dónde vas? –le preguntó su madre–. Chaz volverá en cualquier momento.
Se había referido a él como si lo conociera de toda la vida, y eso que el hombre aún no se había presentado.
–Creo que al final me tomaré otra copa –y se dirigió hacia la barra… donde continuaba apoyado el misterioso amigo moreno de Chaz.
–¿Por qué diablos has elegido este lugar? –Fausto Danti contempló el atestado bar con una mueca de disgusto. Recién aterrizado en Londres procedente de Milán, había esperado una tranquila cena en un selecto y discreto club en compañía de su viejo amigo de la universidad, y no unas copas en un bar que parecía lleno de turistas y estudiantes.
–¿Qué pasa? ¿No te gusta? –lo miró divertido–. Siempre has sido un esnob, Danti.
–Yo lo llamaría «selectivo».
–Necesitas soltarte un poco. Te lo llevo diciendo desde que estábamos en la universidad –señaló con la cabeza la mesa llena de parlanchinas mujeres–. ¿No es esa la criatura más adorable que has visto nunca?
–Está bastante bien –repuso Fausto–. Es la única guapa de todas.
–Pues yo creo que sus hermanas tampoco están nada mal.
–¿Hermanas? –Fausto arqueó una ceja– ¿Cómo sabes que no son simplemente amigas?
–Todas se parecen y la mayor es obviamente su madre. En cualquier caso, pretendo conocerlas a todas. Y tú podrías hacer lo mismo.
Fausto resopló ante semejante sugerencia.
–No tengo ningún deseo de hacer tal cosa.
–¿Qué me dices de la del pelo rizado?
–Parece tan sosa y aburrida como la otra, si no más –apenas había echado un vistazo a las mujeres. No tenía intención alguna de ligar con nadie. Si estaba allí, en Inglaterra, era para resolver los problemas de la oficina de Londres. En cuanto terminara, se marcharía corriendo a Italia, donde su madre estaría esperando que anunciara pronto su decisión a la hora de elegir novia. El simple pensamiento le revolvía el estómago, –Oh, vamos, Danti –insistió Chaz–. Relájate, si es que te acuerdas aún de cómo se hace. Sé que has estado trabajando duro estos últimos años, pero… ¡divirtámonos un poco!
–No es así como yo suelo divertirme –replicó Fausto mientras agradecía al camarero el chupito de whisky que acababa de servirle–. Y ciertamente no con un puñado de cazafortunas aparentemente dispuestas a hacerte la corte.
–¿Hacerme la corte? Ese es más bien tu estilo, amigo. Venga –lo animó Chaz mientras recogía las copas que había pedido, incluido un cóctel de desagradable aspecto con una sombrilla rosa.
Reacio, Fausto siguió a su amigo a la mesa de las mujeres. La rubia en la que se había fijado Chaz era indudablemente muy bella, aunque insulsa, sin misterio alguno. La segunda hermana, la más joven, era todo aspavientos, excesivamente maquillada, con el cabello castaño claro recogido en una cola de caballo y un ajustado top que resaltaba sus curvas. Si algo reflejaba su mirada era avaricia. La mirada de una cazafortunas.
La madre parecía cortada por el mismo patrón, vestida de manera igualmente provocativa, pero… ¿no había visto a otra sentada a esa misma mesa? Fausto evocó fugazmente una melena castaña y rizada y un par de chispeantes ojos dorados. ¿Dónde se habría metido?
Chaz dejó las copas sobre la mesa con una caballerosa reverencia y, de manera previsible, la hermosa rubia los invitó con un balbuceo a reunirse con ellas. Su amigo no lo dudó y se sentó de inmediato a su lado. Dado que ello no le dejaba otra opción que sentarse al lado de la adolescente de mirada avariciosa, fríamente informó a todas que prefería quedarse de pie.
–Ya. No me extraña nada –pronunció una voz cerca de su oído: la de la mujer a la que había estado mirando antes, que apareció de pronto para sentarse a la mesa junto a la rubia–. Porque la verdad es que parece como si se muriera de ganas de salir corriendo de aquí.
Fausto clavó la mirada en sus ojos dorados: eran tan brillantes como recordaba. O incluso más, porque en aquel momento parecían escupir fuego.
–Admito que esta no habría sido mi primera elección –replicó, deteniéndose a mirar largamente a la mujer que se había atrevido a desafiarlo.
Su melena castaña se derramaba sobre sus hombros en una cascada de rizos. Largas pestañas de color chocolate enmarcaban sus grandes ojos castaños. Lucía un sencillo suéter verde y vaqueros, En conjunto, pensó Fausto, no tenía nada de remarcable.
La mujer arqueó las cejas mientras le sostenía la mirada, con una expresión que parecía haber cambiado de la furia a la burla. Y a la indiferencia. Chaz ya estaba ocupado con las presentaciones.
–Jenna… Lindsay… Yvonne… Liza –repetía su amigo con deleite, y Fausto hundió las manos en los bolsillos del pantalón.
Ahora sabía que se llamaba Liza. Aunque tampoco le importaba, claro.
–¿Y usted? ¿Cuál es su nombre? –inquirió Yvonne, la madre, entusiasmada. Obviamente sabía de sobra quién era: Chaz solía aparecer en las crónicas de sociedad y en las revistas del corazón.
–Chaz Bingham. Este es un buen amigo de la universidad, Fausto Danti. Ha venido de Milán para ocuparse por unos meses de la oficina que su familia tiene en Londres.
Fausto le lanzó una fría mirada: no necesitaba que aquella gente supiera de su negocio. Chaz le sonrió, tan contumaz como siempre.
–¿Qué piensa de nuestro país, señor Danti? –le preguntó de pronto la madre.
–Lo sigo encontrando tan bien como cuando estudiaba en la universidad, hace ya quince años –respondió, indiferente. La mujer soltó una temblorosa carcajada y se ruborizó antes de beber un trago de su ridículo cóctel.
Instintiva e involuntariamente, Fausto volvió la mirada hacia la tal Liza… y descubrió que lo estaba mirando con indisimulada furia. Esa vez fue ella la que apartó la vista, en un deliberado desaire que él no pudo menos que encontrar irritante.
Chaz se había puesto a charlar animadamente con Jenna, lo cual dejó a los cuatro, a Fausto y a las tres mujeres, sumidos en un tenso e insufrible silencio. Al principio Lindsay se animó con algunos intentos de conversación que Fausto rechazó sin reservas. Estaba cansado y no tenía ningún interés en conocer a aquella gente. Al cabo de unos minutos, miró de forma elocuente su reloj. Chaz se dio cuenta, pero lo ignoró. Fausto rechinó los dientes.
–Lamento que le estemos entreteniendo –comentó de pronto Liza con tono ácido.
–Es Chaz quien me está entreteniendo –replicó imperturbable y ella soltó un resoplido de indignación.
–Parece que se lo está pasando muy bien –señaló con la cabeza a Chaz y a Jenna, que seguían hablando animados, con las cabezas muy juntas–. Seguro que no le importará que usted se marche –arqueó las cejas, expectante.
Fausto descubrió un brillo de desafío en sus ojos que no pudo menos que provocarle una punzada de reacia admiración. Estaba delante de una mujer con mucho más fuego que su bella hermana. Muchísimo más misteriosa.
–Me siento inclinado a darle la razón. Y, siendo como es el caso, me marcharé ahora mismo –dijo antes de despedirse con un simple movimiento de cabeza tanto de las mujeres como de su amigo, que se limitó a sonreír tristemente para continuar luego hablando con Jenna.
No pudo, sin embargo, evitar mirar por última vez a Liza antes de marcharse y, cuando se encontraron sus miradas, algo se estremeció en su interior. Solo que duró muy poco porque, con el mismo desdén que antes había demostrado él, la mujer apartó la vista.
Capítulo 2
LIZA MIRABA fijamente el techo del dormitorio mientras la luz otoñal se filtraba por las cortinas, tiñendo de oro su diminuta habitación. No se daba cuenta de ello porque en su mente estaba viendo a Fausto Danti, con sus ojos color gris acero y su boca bellamente esculpida, su cabello negro como la noche y su desdeñosa actitud.
Imbécil. Grosero, arrogante, irritante patán… Cerró los puños cuando recordó su aristocrático comentario: «Parece tan sosa y aburrida como la otra, si no más». Se lo había oído cuando se acercó a la barra para pedir otra copa y las palabras la habían abrasado por dentro, como recordándole que no era nada especial. Era una sensación que siempre había tenido, pero que se lo hubiera recordado un desconocido y de forma tan implacable…
Se sentía como si Fausto Danti le hubiera arrancado la mal curada costra de la herida que se había esforzado por esconder a todo el mundo, ella misma incluida. Siempre había sabido que no era tan hermosa como Jenna ni tan inteligente como Marie, ni tan vivaz como Lindsay. Después de escuchar su cáustico comentario, había vuelto corriendo a su mesa, furiosa y dolida, antes de que él la descubriera. Y luego estaba la altivez con que las había mirado a todas, sin molestarse en mostrar una mínima cortesía.
El estómago le dio un vuelco al recordar la manera en que la había mirado a ella… Porque algo en aquellos ojos del color del acero la había hecho estremecerse y arder por dentro. Por mucho que quisiera odiarlo, aquella mirada le había despertado un dulce y sorprendente anhelo imposible de negar.
Pero si tenía que fiarse de las palabras que él le había dirigido, por fuerza debía haber malinterpretado aquella mirada, lo que suponía una nueva humillación. En cuanto a su propia reacción, de lo más humillante, no podía ser más lógica: el hombre era verdaderamente atractivo. Cualquier mujer con sangre en las venas habría reaccionado a su físico, aunque después de la marcha de Chaz, tras el intercambio de números de móvil con Jenna, la excitada charla entre su madre y hermanas había girado más sobre él que sobre Fausto Danti.
¿Llamaría a Jenna? ¿Le pediría que saliera con él? ¿Cuándo? ¿Dónde? Las especulaciones les habían ocupado media velada, hasta que finalmente Liza se retiró para dormir. No tenía la menor duda de que la conversación del nuevo día retomaría el tema de Chaz. El guapo, educado, encantador Chaz Bingham, claramente a punto de perder la cabeza por Jenna. Y mientras tanto ella no podía dejar de pensar en Fausto Danti…
Con un suspiro, se levantó de la cama. Tenía la sensación de que aquel iba a ser un día muy largo.
Para el domingo por la noche, cuando se despidió de su madre y hermanas antes de su partida para Herefordshire, Liza tenía la sensación de que el fin de semana se le había hecho eterno. Continuamente habían estado hablando de Chaz, Chaz, Chaz…
Liza se había cansado mortalmente de pensar tanto en Chaz Bingham… y también en Fausto Danti. ¿Por qué se había mostrado tan grosero? ¿Quién se creería que era? ¿Se había imaginado ella algún tipo de… de chispa en la manera en que la había mirado? Por supuesto que sí. Era ridículo pensar lo contrario.
Todos aquellos pensamientos volvieron a asaltarla mientras se dirigía a trabajar el lunes. Como ayudante de un pequeño editor de poesía, todo en su trabajo la encantaba: la elegante oficina de Holborn, con sus numerosas estanterías y sus altos ventanales que daban a Russell Square. Adoraba a su jefe, el anciano Henry Burgh, cuyo abuelo había fundado la empresa cien años antes.
La editorial sobrevivía por los pelos… así como por la generosa pero menguante herencia del dueño. Liza ignoraba quién podía comprar aquellos finos tomos de poesía de papel biblia e ilustraciones a plumilla: en cualquier caso, eran los libros más bellos que había visto en su vida y ella disfrutaba con aquella combinación de poesía antigua clásica y los más modernos poetas. El problema era que mientras trabajaba sentada ante su escritorio en aquella magnífica sala… seguía pensando en Fausto Danti.
–Pareces un poco distraída –observó Henry cuando abandonaba su despacho para entregarle unos manuscritos, siempre tan elegante con su traje de tweed de tres piezas y leontina de oro.
–Lo siento –bajó la cabeza, culpable–. He tenido un fin de semana muy ocupado. Visita familiar.
–Ah, ¿y qué les pareció la ciudad? –enarcó sus pobladas cejas grises, sonriente.
–Les encantó, claro.
–Me alegro. La próxima vez que vengan, ¿por qué no las traes aquí para que las conozca?
Liza asintió agradecida, aunque, para sus adentros, dudaba que su madre y hermanas quisieran visitar su lugar de trabajo. A ninguna de ellas, ni siquiera a Marie, les interesaba la poesía. A su padre, sí, pero siempre se resistía a abandonar la antigua vicaría de Little Mayton que treinta años atrás había comprado a precio de ganga y reformado poco a poco.
¿Qué pensaría Fausto Danti de su lugar de trabajo?, se preguntó después de que Henry se retirara a su despacho. ¿Le gustarían los libros? ¿La poesía? Quizá sí. Había percibido una latente, contenida intensidad en él que sugería una cierta vida interior. ¿Pero por qué pensaba que aquel hombre debía de tener alguna profundidad, más allá de su apariencia sexy?
–¡Liza!
Jenna abrió la puerta de su minúsculo apartamento tan pronto como Liza llegó a lo alto de la escalera, asustándola.
–¿Qué pasa?
–Nada malo –respondió Jenna con una carcajada–. Todo es maravillosamente perfecto. O al menos… ¡puede que lo sea! –acercó su móvil al rostro de su hermana–. ¡Mira! Un mensaje suyo.
–«Si estás libre este fin de semana» –leyó Liza–, «me encantaría que vinieras a la pequeña fiesta campestre que voy a dar en mi casa de Surrey» –alzó la mirada hacia su hermana–. ¿Una fiesta? ¿En serio?
Jenna se mordió el labio, con la duda brillando en sus azules ojos.
–¿Por qué no?
–Solo lo has visto una vez, Jen. ¿Y ahora quiere que vayas a su casa? No sé… ¿no te parece que es un poquito… pronto?
–Habrá mucha gente allí. Y solo será un fin de semana.
–Ya, pero…
–A la gente le gusta hacer esas cosas. Que nosotras no vayamos a fiestas así no significa que no sea lo normal.
–Supongo –Liza le devolvió el teléfono mientras entraba en su apartamento. Estaba cansada y le dolían los pies después de una larga caminata desde la parada de metro. Para colmo, resultaba obvio que su hermana deseaba hablar de Chaz. Otra vez.
–¿Piensas que no debería ir? –le preguntó Jenna mientras Liza abría la nevera y examinaba su escaso contenido–. No lo haré si lo piensas de verdad.
–No soy yo quien tiene que…
–Pero necesito tu aprobación. Yo confío en ti, Liza. ¿Te parece una idea muy loca? Apenas lo conozco, pero es que parece tan majo…
–Seguro que lo es –admitió Liza, sincera.
–Y me gusta –Jenna se mordió el labio–. Más de lo que debería, probablemente, teniendo en cuenta lo poco que le conozco.
–En realidad no hay razón alguna por la que no debas ir –dijo Liza mientras cerraba la nevera para empezar a registrar el contenido de los armarios–. Al fin y al cabo, vinimos a Londres en busca de aventuras. Y ahora tú estás teniendo una.
–Sí… –dijo con tono vacilante, Liza sabía que, en realidad, su hermana mayor nunca había sido particularmente aventurera. La idea de bajar a Londres había sido más suya que de Jenna, desesperada como había estado por empezar de nuevo, después de que le hubieran ofrecido el trabajo de ayudante en la editorial. Jenna había encontrado un empleo como recepcionista en una empresa de contabilidad, pero seguía dependiendo de Liza para todo. Su hermana mayor no tenía mucha iniciativa. Nunca la había tenido.
–Lo sé… ¿Y si me acompañas tú? –le preguntó Jenna de repente.
–¿Qué? Jenna, yo no puedo presentarme sin invitación…
–Estoy segura de que podría conseguirte una.
–Y yo de que Chaz no cuenta con que vayas a presentarte acompañada –repuso Liza, irónica.
–Por favor, Liza… Ya sabes lo nerviosa que me pongo. No soy buena con estas cosas… Nunca sé qué decir y me quedo en un rincón, tímida y callada. Necesito tu apoyo.
–Jenna, siempre puedes ir y luego marcharte si el ambiente no te gusta. Pero yo no puedo presentarme allí sin invitación –se estremecía solo de pensarlo. Si Chaz Bingham iba a dar una fiesta en su casa, existía la posibilidad de que Fausto Danti estuviera también allí y no quería ni imaginar el desdén con que la miraría. Podría pensar que estaba intentando atraer su atención… ¡No, gracias!
El jueves por la mañana Jenna decidió finalmente aceptar la invitación. Liza la ayudó a redactar un digno y reservado mensaje de texto a Chaz.
El viernes a primera hora de la tarde Liza fue a despedirla a la estación de tren, de donde partió rumbo a la propiedad que la familia de Chaz tenía en Surrey. No pudo evitar una traicionera punzada de envidia de que su hermana fuera a hacer algo excitante y ella no. Por supuesto, Chaz nunca la habría invitado a ella y Fausto Danti menos.
Además, se recordó mientras volvía a su apartamento para pasar un tranquilo fin de semana en soledad, ella tampoco habría aceptado. Lo último que necesitaba en su vida era un hombre que la hiciera sentirse inferior, no deseada. Aunque, para ser justa, Fausto Danti no había llegado tan lejos. No, estaba proyectando en él los sentimientos que seguía albergando por culpa del rechazo de Andrew Felton. Cerró los ojos, decidida a no pensar en el hombre del que había creído estar enamorada, solo para exponerse a sus burlas y a algo peor.
Se dijo que había transcurrido mucho tiempo desde entonces, un año y medio, y en realidad tampoco había sufrido tanto. Ni siquiera se había enamorado verdaderamente de él, por muy convencida que hubiera estado de lo contrario. Era estúpido pensar en Andrew solo porque Fausto Danti le hubiera mostrado una similar actitud de desdén. Fausto Danti, además, era un millón de veces más atractivo… y la posibilidad de que estuviera interesado en ella era infinitamente menor.
El fin de semana se le hizo interminable. No recibió mensaje alguno de Jenna, pese a que le había prometido que la mantendría al tanto, y, dado el mal tiempo que hacía, decidió quedarse en casa. El sábado a primera hora de la tarde se concentró en limpiar a fondo el apartamento. Fue a las dos horas cuando finalmente recibió un mensaje de su hermana:
Liza, SOCORRO. He pillado un tremendo resfriado y todo el mundo aquí es tan esnob… Me siento fatal. Por favor, por favor, ven a rescatarme.
–Jaque mate.
Chaz soltó un gruñido con la mirada fija en el tablero de ajedrez.
–¿Cómo es que no lo he visto venir?
–Te pasa siempre –comentó Fausto, irónico–. En todos los años que llevo jugando contigo.
–Cierto –reconoció Chaz, echándose a reír. Desvió la mirada hacia la ventana–. Hace un tiempo horrible.
Se levantó para ponerse a pasear por el elegante despacho. La lluvia resbalaba de manera incesante por las altas vidrieras y el parque de Netherhall apenas se distinguía.
–Si decides dar una fiesta en octubre, por fuerza tienes que esperar lluvia –comentó Fausto.
–No es eso.
–Déjame adivinar –se recostó en su sillón, observando a su viejo amigo–. Es el hecho de que tu supuesta invitada de honor sigue en la cama.
–¿Supuesta, dices?
–Bueno, ¿conociste a su madre, no?
Chaz no se molestó en defender a la mujer, algo que no sorprendió a Fausto. La madre con su aspecto chabacano, su voz demasiado ansiosa y su mirada de avidez: lo mismo regía para la hermana más joven. Dos cazafortunas, sin duda. Tenía que reconocer que no tenía nada en contra de Liza ni de Jenna, aunque albergaba sus sospechas. Una mujer podía parecer de lo más dulce y pensar únicamente en el dinero… Como Amy. Pero no, se negaba a pensar en Amy.
–¿Y qué? –replicó en aquel momento Chaz, sacando a Fausto de sus reflexiones–. A ella no la he invitado.
–Bueno, no son exactamente gente de… clase.
Chaz soltó una carcajada de incredulidad.
–Hablas como si tuvieras cien años. No estamos en el siglo xviii, Danti.
Era una acusación que ya le habían hecho antes. Se suponía que la gente ya no hablaba de clases ni de las responsabilidades que ello entrañaba. Pero eso era algo que le habían inculcado desde que era niño: las ideas acerca del respeto, la dignidad, el honor. La familia era lo primero y estaba antes que la felicidad, el placer o el interés individual. Él se había rebelado contra todo aquello una vez y lo había pagado con creces. No tenía deseo alguno de volver a hacerlo.
Volvió a ver por un instante la expresión orgullosa y autoritaria de Bernardo en su lecho de muerte, consumido por la enfermedad. «La familia, Fausto, siempre es lo primero. Durante tres siglos, la familia Danti ha sido la más importante de Lombardía, Nunca olvides eso. Nunca la deshonres».
Era esa una responsabilidad que había eludido una vez y que en aquel momento asumía con la mayor gravedad: una carga que se alegraba además de soportar, por la memoria de su padre, y que definía tanto su identidad como su comportamiento. Un deber de actuar siempre de manera honorable, de proteger el interés de su familia, de vivir y de casarse… bueno, de legar su apellido a sus hijos.
–En cualquier caso, no irás en serio con esa mujer, ¿verdad?
–No lo sé –reconoció Chaz, pensativo–. Podría ser que sí.
–Bueno, espero que se tome entonces un paracetamol. Para que al menos puedas verla antes de que tenga que marcharse a su casa.
Jenna Benton se había presentado en casa de Chaz el viernes por la tarde, toda empapada por la lluvia y estornudando sin parar. Apenas había pronunciado una palabra durante la cena, acribillando a Chaz a miradas lastimeras y, desde entonces, se había refugiado en su habitación. Los otros invitados de Chaz, la habitual y aburrida selección de niños y niñas bien había resultado tan insípida como Fausto había esperado.
–Quizá debería subir a ver cómo está –dijo Chaz, animándose de pronto–. Para asegurarme de que le han servido el desayuno y tiene todo lo que necesita.
–Eso, ve a hacer de enfermera –le señaló la puerta.
–¿Tú piensas pasarte todo el fin de semana encerrado aquí? Habrías podido irte a Guilford con los demás.
–¿Con esta lluvia?
–Sé que mi hermana en particular espera que salgas… –le comentó su amigo con una mirada pícara–. Fue ella la que insistió en que vinieras.
–Lamento decepcionarla.
Chaz soltó una carcajada.
–No creo que lo lamentes en absoluto.
Fausto decidió que, en aquel caso, lo mejor era la discreción. Y por mucho que le gustara Chaz, tenía muy poca paciencia con su parlanchina hermana, Kerry. Chaz rio de nuevo y sacudió la cabeza.
–De acuerdo. Como quieras. Voy a ver a Jenna.
–Buena suerte.
Mientras su amigo subía las escaleras, Fausto se levantó de su silla junto al fuego y se puso a pasear por la habitación, tan inquieto como él unos momentos antes. Quizá debería disculparse con todo el mundo y regresar a Londres aquella noche.
Cuando llegó la semana anterior a Londres, se había encontrado con que la oficina de Danti Inversiones se hallaba en un estado lamentable, algo que seguía llenándolo de furia. Conseguir que remontara iba a llevarle mucho trabajo antes de que pudiera volver a Milán. No tenía, por tanto, tiempo alguno que perder soportando una compañía que le desagradaba completamente.
De pronto, por un instante, una imagen asaltó su mente: la de alguien que no lo desagradaba en absoluto y a quien tampoco conocía realmente. Rizos en bucle, ojos dorados, una sonrisa burlona, una deliciosa figura… La hermana de Jenna había estado ocupando buena parte de sus pensamientos desde la primera vez que la vio, el último fin de semana.
Era absurdo, porque aquella mujer no tenía importancia alguna para él y, sin embargo, no dejaba de pensar en ella. Cuando se casara, tendría que hacerlo con una mujer de su mismo estatus, que fuera consciente de su papel como compañera a la hora de gobernar el vasto imperio Danti. Esa había sido la promesa que le había hecho a su padre moribundo y que tenía toda la intención de cumplir.
De repente sonó la campanilla de la puerta. Fausto esperó, pero nadie acudió a abrir. Chaz se hallaba con Jenna y, sin duda, la plantilla de servicio estaría ocupada en alguna parte. La campanilla volvió a sonar.
Con un suspiro de disgusto, abandonó el despacho. El enorme vestíbulo estaba desierto y la lluvia repiqueteaba contra las ventanas: fuera debía de estar diluviando. Conteniendo apenas su impaciencia, abrió la puerta… y parpadeó asombrado a la vista de la empapada figura que descubrió en el umbral.
–Liza Benton, ¿qué está usted haciendo aquí?
Capítulo 3
PRECISAMENTE tenía que haberle abierto la puerta él… Liza parpadeó a través de la lluvia que le corría por la cara a la vista de Fausto Danti, que a su vez la estaba fulminando con la mirada.
Ignoraba qué estaba haciendo allí ante ella, pero lo que sí sabía era que se estaba congelando: la ropa empapada se le pegaba a la piel y temblaba visiblemente. Nada más llegar al pueblo de Hartington en tren, le habían dicho que Netherhall estaba a solo cinco minutos a pie desde la estación. En realidad fueron más de quince y, treinta segundos después, ya se había mojado. Así que allí estaba, toda empapada y encarándose con Fausto Danti. Perfecto.
–He venido a ver a Jenna –explicó con la mayor dignidad posible–. Me mandó un mensaje de texto pidiéndome que viniera porque no se sentía bien.
La explicación le sonó absurda. ¿Por qué había reaccionado tan impetuosamente cuando recibió el mensaje? Había agarrado bolso y abrigo y se había plantado en la estación menos de veinte minutos después. Solo en aquel momento, enfrentada a la helada altivez de Fausto Danti, se daba cuenta de lo muy ridícula que debía de parecerle. Jenna solo tenía un resfriado, no era que se estuviera muriendo. ¿Pensaría Danti que había ido allí por él? Se encogió por dentro ante aquella humillante posibilidad.
–Entre, por favor –dijo Fausto al tiempo que se hacía a un lado.
Liza entró chorreando agua en el brillante parquet del vestíbulo. Se sentía completamente en desventaja: mojada, fría, sucia y, sobre todo, nada bienvenida.
–Siento haberme presentado sin avisar. Pero es que Jenna parecía encontrarse fatal y no quería dejarla sola.
–No está sola.
Cualquier otro hombre mínimamente educado, reflexionó Liza, se habría apresurado a ofrecerle un té o algo caliente e invitado a quedarse allí el tiempo que quisiera. Pero él no, claro.
–Está empapada –observó Fausto.
–Está lloviendo.
–¿No ha tomado un taxi?
–No llovía cuando salí de la estación –replicó Liza–. También me dijeron que solo era una caminata de cinco minutos.
–¿Por qué no pasa al despacho? Allí podrá secarse frente al fuego.
Aquella inesperada amabilidad la aplacó un tanto, pero entrar en un despacho con él sería como meterse en la guarida del león sin arma alguna. Además, quería ver a su hermana.
–Estoy aquí para ver a Jenna.
Fausto arqueó las cejas. Una sonrisa levemente burlona se dibujó en sus labios.
–No podrá verla empapada como está. Además, Chaz está con ella en este momento. Seguro que no querrá interrumpir su tête-à-tête.
Liza frunció el ceño. No, no quería interrumpirles, pero el tono de Fausto Danti la hacía sentirse incómoda y a la defensiva. ¿Qué estaba insinuando? ¿Otra clasista referencia a su acusación de que todas ellas eran unas cazafortunas?
–Está bien –dijo antes de seguirlo hasta la cómoda habitación forrada de panales de madera en la que ardía un acogedor fuego de chimenea. Se disponía a acercarse al fuego cuando sintió sus manos sobre sus hombros, con lo que se quedó paralizada. Fue como si una descarga eléctrica la hubiera recorrido de pies a cabeza.
–Su abrigo –murmuró él al cabo de un interminable instante y ella cerró los ojos, mortificada. Fausto Danti solo quería su abrigo. ¿Qué se había esperado? ¿Que le hiciera una insinuación?
–Gracias –musitó mientras se deshacía de la prenda empapada. Cuando se volvió, la imagen de Fausto Danti con su abrigo chorreante en las manos y una expresión de perplejidad en la cara le arrancó una carcajada nerviosa.
–¿Qué es lo que le hace tanta gracia? –enarcó una ceja.
–La imagen que tiene en este momento. Es como… incongruente.
Vio que bajaba la mirada a su abrigo antes de colgarlo del respaldo de una silla. Volvió luego a recorrerla con la mirada y, una vez más, fue consciente Liza de su lamentable estado. Sin la protección de su abrigo, la ropa se le pegaba al cuerpo de manera demasiado reveladora.
–Debería cambiarse –sugirió bruscamente él–. ¿Ha traído alguna ropa?
–No –admitió–. Yo, nosotras… no pensábamos quedarnos esta noche.
Fausto volvió a arquear las cejas.
–Son más de las seis de la tarde. No podrán volverse a Londres esta noche. El último tren salió a las cuatro. Y, en cualquier caso, a Chaz no le gustará nada. Todavía no ha pasado casi tiempo con Jenna.
–Si ella tiene un resfriado…
–Nada que un paracetamol y unos pocos mimos no puedan curar –replicó con un tono tan cínico que le provocó un nuevo escalofrío–. Voy a buscarle alguna ropa –añadió antes de dirigirse hacia la puerta.
–Me valdrá la de Jenna… –protestó, pero él la acalló con la mirada.
–Absurdo. No tienen la misma talla.
Le disgustó que Fausto Danti presumiera de conocer sus tallas. Pero antes de que pudiera formular una nueva protesta, él ya se había marchado cerrando la puerta a su espalda y dejándola sola en la habitación.
Inquieta y nerviosa, se puso a pasear por el despacho, mirando los libros forrados de piel que llenaban las estanterías y luego el tablero de ajedrez que estaba frente al fuego, con una partida a medias. Las negras se encontraban en evidente desventaja.
Seguía estudiando el tablero cuando Fausto volvió con su ropa bajo el brazo.
–¿Juega usted? –le preguntó con un cierto tono escéptico que estimuló en Liza un súbito instinto de contradicción.
–A veces. ¿Y usted? –inquirió a su vez con la mayor inocencia posible.
Vio que asentía, tenso. Un malévolo instinto la impulsó a proponerle:
–Quizá le apetezca jugar una partida conmigo.
–¿No debería cambiarse primero?
–Claro –por supuesto que no se iba a dignar a juzgar al ajedrez con ella. Solo se lo había pedido en plan de broma, lo cual había sido una estupidez.
Toda aquella situación era demasiado extraña, reflexionó triste mientras aceptaba la ropa y Fausto le señalaba un baño al final del pasillo. Poco ambiente de fiesta parecía haber en aquella casa tan vacía.
Encontró sin problemas el baño y gruñó a la vista de la mujer que le devolvió la mirada en el espejo de marco dorado: el pelo hecho un desastre, la nariz y las mejillas rojas de frío y el suéter y los vaqueros pegados al cuerpo como una segunda piel. No la extrañaba que Fausto Danti la hubiera mirado de una forma tan desdeñosa.
Desanimada, se despojó de la ropa empapada y la colgó de un toallero. Dudosa, inspeccionó la ropa que le había proporcionado: un sencillo vestido ajustado, de casimir, color rojo arándano.
Después de ponérselo, se secó el pelo y la cara consciente de que era muy poco lo que podía hacer con su aspecto. Seguía pareciendo una rata medio ahogada, aunque algo menos que antes. Supuso que tampoco importaba demasiado.
Salió del baño y recorrió el pasillo de vuelta al despacho. Empujando la puerta, se asomó dentro. Para su sorpresa, Fausto estaba sentado ante el tablero de ajedrez, con las piezas dispuestas para una nueva partida.
–¿Y bien? –barrió con la mirada su figura, descalza y ataviada con el ajustado vestido rojo, pero no hizo comentario alguno.
Liza se apartó el pelo húmedo de la cara.
–¿Quiere jugar? –preguntó, incrédula.
–Creo recordar que me pidió una partida.
–Sí –se le encogió el estómago de expectación y entusiasmo. No había esperado que él la complaciera, ni sabía tampoco por qué. Pero mientras se sentaba frente al tablero, de repente fue consciente del motivo por el cual había hecho todo el camino hasta Netherwall bajo la lluvia. No había sido para rescatar a su hermana, por mucho que la quisiera. Había sido para verlo a él: al increíblemente atractivo, arrogante y fascinante Fausto Danti.
Fausto estudiaba discretamente a su oponente mientras preparaba su siguiente jugada. Los primeros movimientos los habían hecho en silencio y él había reparado en su previsible uso de la apertura española. Había atacado luego a su caballo en el tercer movimiento. Una táctica básica pero aceptable, lo esperable en un jugador principiante.
El vestido que había descolgado del armario de la hermana de Chaz le sentaba tan bien como había imaginado: subrayaba delicadamente sus curvas y le daba un aspecto tan dulce como apetecible. Su pelo, casi seco del todo por el calor del fuego, se rizaba en provocativos tirabuzones alrededor de su rostro en forma de corazón. Todo en ella era maravillosamente deseable.
–Nunca he estado en una fiesta campestre –le comentó Liza de manera inesperada mientras movía su alfil–, pero entiendo que tiene que haber invitados –alzó la mirada hacia él con ojos risueños–. ¿Dónde está todo el mundo?
–Se han ido todos a Guilford –replicó él mientras avanzaba su caballo–. Se aburrían demasiado aquí, con la lluvia.
–¿Excepto Jenna y Chaz?
–Jenna se quedó por su supuesto resfriado y Chaz por culpa de Jenna.
–¿Supuesto?
–No la he visto aún, así que no puedo juzgar por mí mismo.
–Y, sin embargo, se permite juzgarla –repuso bruscamente mientras movía su reina.
–Yo juzgo solo lo que veo –se apoderó de su reina. Ella no pareció sorprenderse, como si hubiera esperado la jugada–. Es lo que hace todo el mundo, ¿no?
–Alguna gente es más tolerante que otra.
–¿Eso es una crítica?
–Usted parece un cínico –le espetó ella–. Particularmente con Jenna.
–Yo me considero más bien realista.
Soltó una cantarina carcajada que Fausto sintió reverberar en su cuerpo como el repique de una campanilla.
–¿No es eso lo que siempre dicen los cínicos?
–¿Y qué es usted? ¿Una optimista? –le preguntó, escéptico.
–No, la optimista es Jenna. Yo soy la realista. He aprendido a serlo a la fuerza.
Por un instante pareció entristecerse. Fausto sintió curiosidad.
–¿Y dónde aprendió aquella lección?
–La aprendí de la gente como usted –movió su caballo–. Le toca a usted.
Fausto barrió el tablero con una sola mirada y avanzó un peón.
–No creo que me conozca lo suficientemente bien como para que la haya aprendido de mí.
–Ya la llevaba aprendida de antes. En cualquier caso, aprendo rápido.
Alzó la mirada hacia él con un brillo en los ojos y una coqueta sonrisa en los labios. Unos labios que Fausto quiso besar de pronto, urgentemente. El pensamiento no pudo sorprenderlo más. Por un instante, el aire entre ellos pareció cargarse de electricidad, vibrante de tensión sexual. Habría sido tan fácil salvar la distancia que separaba sus bocas…
Pero por supuesto que no iba a hacer tal cosa. Nunca podría considerar una relación seria con Liza Benton. No era el tipo mujer con la que supuestamente debería casarse y había escarmentado una vez antes, cuando se dejó arrastrar por algo tan devorador y volátil como el deseo.
Aunque una simple aventura… la idea resultaba tentadora, pero sabía que no tenía ni el tiempo ni la inclinación necesarios. Una aventura resultaría complicada y lo distraería de sus obligaciones.
Fausto se echó hacia atrás, rompiendo la tensión del momento, mientras ella esbozaba una sonrisa maliciosa que no pudo menos que sorprenderlo.
–Jaque mate –dijo con voz suave.
Fausto se la quedó mirando perplejo antes de bajar la vista al tablero.
–Es imposible… –pero no, no lo era. Ni siquiera se había dado cuenta de la amenaza contra su rey. La incredulidad dio paso a una reacia admiración.
–Me ha distraído usted aposta…
Lisa abrió mucho los ojos con expresión de divertida inocencia.
–En absoluto. Usted simplemente me subestimó como oponente –ladeó la cabeza y lo miró como flirteando… ¿o serían imaginaciones suyas?–. Pero, por supuesto, usted juzga solamente lo que ve.
La tensión regresó, aún más electrizada que antes. Lenta, deliberadamente, Fausto tumbó su rey para reconocer su derrota. El sonido de la pieza de mármol en el tablero de madera resonó alto y fuerte en el silencio de la habitación.
Tenía que besarla. Se inclinó hacia delante, clavando la mirada en su sensual boca. Liza soltó un audible suspiro y lentamente empezó a inclinarse también hacia él. Sus labios estaban tan solo a unos centímetros de distancia…
Fausto podía imaginarse ya la sensación de su boca contra la suya, la sensación de su dulce rendición cuando se entregara a su beso… Vio que entrecerraba los ojos. Se inclinó un centímetro más, y luego otro…
–¡Aquí estáis!
La puerta del despacho se abrió de golpe, haciendo que Fausto y Liza se separaran a la velocidad del rayo. Chaz le lanzó una radiante sonrisa al tiempo que rodeaba con un brazo los hombros de una apesadumbrada Jenna. Fausto forzó una sonrisa de cortesía mientras, por dentro, experimentaba una mezcla de decepción y alivio.
Porque había estado muy cerca. Demasiado.
Capítulo 4
LOS SENTIDOS de Liza seguían alterados cuando logró enfocar la mirada en Chaz Bingham y en su hermana. ¿Había sido real? ¿Fausto Danti había estado a punto de besarla?
Se humedeció los labios con la lengua, como si todavía pudiera sentir la presión de los de él, pese a que no había llegado a tocarla. A sus veintitrés años Liza no había tenido más que un puñado de citas, una de las cuales había terminado en desastre total. Y ninguna había llegado muy lejos, pese a que todavía se resentía del desengaño que se había llevado con su supuesta aventura con Andrew Felton. En cualquier caso, ninguno de aquellos pocos besos había resultado tan abrasador, tan memorable, como el que había estado a punto de recibir de Fausto Danti. Estaba segura de ello.
De todas formas, era imposible que él estuviera interesado en ella. No podía ser. Debía de haberse tratado de una burla.
–¡Liza! –exclamó Jenna en aquel momento, adelantándose hacia ella.
Sintiéndose torpe y rígida, Liza abrazó a su hermana.
–¿Estás bien?
A su lado, Fausto murmuró:
–Solo ha sido un resfriado, ¿verdad?
Jenna soltó una débil carcajada.
–Me temo que he exagerado un poco. Me siento mucho mejor después del paracetamol y de la taza de té que me ha llevado Chaz.
Jenna sonrió y lanzó una mirada adoradora al aludido, que hinchó el pecho como si acabara de escalar el Everest. Liza no pudo evitar volver a mirar a Fausto, cuya inescrutable expresión todavía destilaba su arrogante sospecha sobre el «supuesto» resfriado de Jenna. Se indignó. ¿Cómo podía desagradarle tanto un hombre y, sin embargo, morirse de ganas de besarlo?
–Siento haberte hecho venir –dijo Jenna, mirándola con gesto culpable–, es que me sentía tan deprimida…
–No me extraña nada –murmuró Liza. Ella no podía sentirse más incómoda después de su última equivocación con Fausto, pese a que este no había pronunciado una sola palabra al respecto. Cuando se atrevió a mirarlo de nuevo, parecía tan severo e imperturbable que, de repente, supo que no podía continuar allí ni un momento más–. Bueno, dado que mi presencia aquí ya no parece necesaria –dijo con falso desenfado–, llamaré a un taxi para que me lleve a Guildford.
–Oh, no –protestó Chaz, tal como ella había temido que haría–. Quédate el fin de semana con Jenna.
–No puedo… –empezó Liza. Sabía que insistir en marcharse en aquel momento sería una grosería, pero estaba furiosa y tristemente consciente del elocuente silencio de Fausto, que seguramente pensaría que todo aquello no había sido más que una maniobra de Jenna y suya propia. Dos cazafortunas en acción…
–Claro que puedes quedarte –protestó Chaz antes de volverse hacia Fausto–. ¿O no es así, Danti?
–Liza debe hacer lo que le plazca –replicó con un encogimiento de hombros.
–Entonces está decidido. Te quedas.
–No he traído ropa ni cepillo de dientes –protestó Liza, decidida a hacer un nuevo intento por marcharse.
–Eso no es ningún problema –Chaz hizo un gesto de indiferencia–. En cuanto a la ropa, debes de tener la misma talla que mi hermana Kerry. De hecho, creo que tiene un vestido igualito que ese –sonrió jovial mientras Liza se ruborizaba. De modo que era así como Fausto había encontrado el vestido…
–Gracias, eres muy amable –no se le ocurría otra cosa que decir.
–Te enseñaré nuestra habitación –sugirió Jenna.
–Bueno, cenaremos a las ocho… no falta ya mucho. Os veré luego, entonces –sonrió a las dos y Liza asintió.
–Gracias –repitió antes de volverse, cuidando de no tropezarse con la mirada de Fausto Danti.
Tan pronto como subieron a la habitación, Jenna se lanzó a una entusiasta descripción de las atenciones que Chaz le había prodigado.
–Es tan cariñoso, Liza… No siempre se tiene la oportunidad de conocer a gente tan buena.
–Tú lo eres –repuso Liza con una sonrisa.
Jenna la hizo entrar en una habitación dos veces más grande que el apartamento que compartían en Londres, con enormes ventanales que daban a un gran jardín.
–Hablo en serio. De verdad que es muy buena gente.
–Te creo –Liza rebuscó en la bolsa de aseo de su hermana y empezó a cepillarse el pelo–. Pero entonces… ¿por qué me enviaste ese mensaje de texto?
Jenna esbozó una mueca culpable.
–Lo siento. Me temo que no debí haberlo hecho. Es que me sentía tan abatida… Me dolía mucho la cabeza y todo el mundo, aparte de Chaz, es tan… Bueno, no me gusta ser criticona, pero es que son…
–¿Esnobs?
–Supongo que sí, aunque por fuera todos son muy amables, sobre todo la hermana de Chaz, Kerry. Durante todo el rato se ha estado esforzando por quedar bien conmigo, pero yo tenía la sensación de que en cuanto le diera la espalda, se pondría a criticarme.
–Probablemente lo habrá hecho –observó Liza.
–Pero si ni siquiera la conoces…
–No lo necesito, pero creo que tienes razón. Debería mostrarme más comedida en mis juicios –cosa que tampoco Fausto Danti había hecho. Ganarle al ajedrez había sido uno de los placeres más grandes de su vida, Aunque, en verdad, habría preferido que la hubiese besado…
El pensamiento la dejó consternada. No, por supuesto que ella no habría querido eso. No podía. De hecho, aborrecía a aquel hombre, por muy atraída que se sintiera. De haberla besado, lo habría hecho por jugar con ella o por burlarse, que no movido por un genuino deseo. De eso estaba segura.
–Los conocerás a todos a la hora de la cena, en todo caso –le recordó Jenna.
–¿Tienes algo que pueda llevar? –le preguntó–. Este vestido es de la hermana de Chaz y no me gustaría aparecer con él.
–Yo solo he traído uno –dijo Jenna a manera de disculpa–. Y creo que palidecerá en comparación con la ropa que lucirán los demás. Son millonarios, Liza. Algunos tienen un acento tan pijo que no logro entenderlos…
–Oh, querida. ¿Cómo nos las vamos a arreglar? –se burló Liza, apoyando una mano en la cadera e imitando un aristocrático acento.
Jenna soltó una risita y Liza puso los ojos en blanco.
–Sinceramente, creo que toda esta gente es ridícula. Los raros son ellos –señaló el enorme dormitorio con los suntuosos cortinajes de seda y el ornamentado mobiliario–. ¿Quién vive así hoy día? –no estaba dispuesta a dejarse intimidar por el dinero. Y ciertamente no iba a dejar que Fausto Danti pensara que ella y su hermana eran dos cazafortunas.
–Ellos, evidentemente –Jenna entrecerró los ojos–. Pero… ¿por qué estás tan enfadada? ¿Es que estás pensando en alguien en particular?
Liza no pudo evitar ruborizarse.
–No me gusta Fausto Danti –reconoció mientras se volvía hacia el espejo, para intentar concentrarse en su pelo–. Es un arrogante esnob.
–Un arrogante esnob guapísimo. Cuando entramos Chaz y yo en el despacho, parecía como si fuera a besarte.
–¡No es verdad! –exclamó Liza, aún más acalorada–. Solo estábamos jugando al ajedrez. Le di jaque mate.
–Eso no es ninguna sorpresa. No recuerdo la última vez que has perdido una partida.
–Es un hombre irritante. Sospecho que piensa que las dos estamos aquí en plan cazafortunas o algo parecido.
–¡Cazafortunas! –exclamó Jenna, horrorizada–. ¿Te lo ha dicho?
Liza decidió no mencionar el comentario que le había escuchado de pasada en el bar. Sabía que con ello solo conseguiría alterarla aún más.
–No tuvo necesidad.
–Oh, Liza –Jenna sacudió la cabeza–. A veces pienso que tú eres tan esnob como él, solo que al contrario.
–No lo soy. Simplemente veo a la gente tal como es –y no como alguien como Fausto Danti podía verla. No le gustaba juzgar a la gente y no era ni mucho menos una persona orgullosa. De hecho, no tenía una gran autoestima.
–En cualquier caso, tendremos que reunirnos con ellos en la cena –le recordó Jenna con un suspiro–. Y aunque ahora me siento mejor, me alegro mucho de tenerte conmigo. Va a ser como meterse en la guarida del león.
Lo mismo había sentido Liza con Fausto… Continuó atusándose el pelo hasta que tropezó con la mirada de su hermana en el espejo y sonrió con determinación.
–Yo también me alegro de estar aquí.
Esperaba, sin embargo, que no terminara arrepintiéndose de ello.
Fausto bebió un trago de jerez mientras observaba a los demás invitados reunidos en el salón antes de que los llamaran a cenar. Chaz estaba hablando con Oliver, uno de sus inútiles amigos del colegio, un jugador de cricket con mucho más dinero que cabeza. Kerry, la hermana de Chaz, cuchicheaba con Chelsea, una rica heredera ataviada con un vestido tubo de color dorado. Ambas no dejaban de lanzarle provocativas miradas que él prefería ignorar. ¿Dónde estarían Jenna y Liza? Pasaban tres minutos de las ocho. Se estaban retrasando.
No era que estuviera esperando ansioso su llegada, se recordó. Por supuesto que no. El rato que había pasado con Liza aquella tarde había sido sorprendentemente agradable: desde entonces había estado pensando demasiado en ella y en el beso que había estado a punto de darle. Era, tenía que admitirlo, una clase superior de mujer. Aunque, por desgracia, poco conveniente para un hombre de su posición, con sus responsabilidades y expectativas. Con su pasado.
–¡Jenna! –Chaz se alejó rápidamente de su amigo cuando las hermanas entraron en la habitación. Jenna lucía un vestido negro poco llamativo y Liza seguía llevando el rojo que Fausto le había dado, aunque había encontrado unos zapatos sin tacón y se había recogido el pelo en un moño suelto. Comparadas con las otras mujeres con sus conjuntos de alta costura y sus altos tacones de aguja, las hermanas Benton parecían hasta mal vestidas. Y, sin embargo, él seguía prefiriendo la sencilla elegancia de Liza.
Chaz le había pasado un brazo por los hombros a Jenna mientras la hacía entrar en la habitación. Liza los siguió con la cabeza muy alta y evitando la mirada de Fausto en lo que este sospechaba era un deliberado desplante… algo que lo divirtió e irritó a la vez.
–¡Dios mío! –exclamó Kerry, alzando la voz–. ¿No es ese mi vestido? –soltó una cantarina carcajada.
Liza se ruborizó y levantó aún más la barbilla.
–Me temo que sí –admitió, digna–. Llegué hace un rato sin ropa de recambio y me sorprendió la lluvia.
–Se lo di yo, Kerry –intervino Fausto–. Supuse que no te importaría.
Como no podía negarlo abiertamente, la joven se contentó con arquear las cejas y cruzar con Chelsea una mirada de incredulidad. Chelsea soltó una risita nerviosa y Liza se ruborizó aún más, pero no dijo nada.
–Quizá deberías pensar en regalárselo –sugirió él–. Creo que el color le sienta mejor que a ti.
–Lo dudo –se apresuró a intervenir Liza–. Pero gracias, Kerry, has sido muy amable al prestarle tu ropa a una desconocida.
–¿Desconocida? Aquí ya no hay desconocidos –observó Chaz con tono jovial–, dado que vamos a pasar juntos el resto del fin de semana. Y ahora que ya estamos todos y todas… ¡a comer!
A Fausto la cena se le hizo, tal como había supuesto, interminable e insufrible, a excepción del placer que le proporcionaba mirar a Liza de cuando en cuando. Deliberadamente se había sentado lo más lejos posible de él. ¿Se estaba apartando ella misma del peligro de la tentación o realmente su presencia lo disgustaba tanto?
La conversación durante la cena no pudo aburrirlo más y se mantuvo durante todo el tiempo callado, pese a los obvios intentos de Kerry por flirtear con él. Confiaba en desanimarla con su silencio. En cuanto a Liza… comía en silencio con la mirada baja y, sin embargo, alerta. Fausto tenía la sensación de que lo estaba escuchando todo y que, como él, se aburría soberanamente, un pensamiento que le proporcionó un inesperado placer.
Tras la cena, se retiraron al gran salón de la casa, donde Chaz puso música y Kerry se ocupó en preparar cócteles. Chelsea se estiró en un sofá de la manera más artística posible y Oliver se repantigó en otro mientras se concentraba en su móvil. Jenna estaba conversando con Chaz y Liza se hallaba sentada sola, aparentemente tranquila. Fausto se le acercó.
–¿Qué tal encuentras la compañía? –le preguntó.
Ella alzó la mirada hacia él con una sonrisa en los labios.
–La encuentro tal como es.
–¿Es una insinuación mordaz?
–No. De hecho, la encuentro bastante entretenida. Todos ustedes viven en un mundo propio tan recogido, tan acogedor…
–¿Qué se supone que quiere decir eso?
–Oh, solo que es una manera ciertamente rara de vivir. No parecen tener el tipo de preocupaciones de la mayoría de la gente.
–¿Es una crítica?
–Una simple observación.
–Supongo que tienes razón –reconoció Fausto al cabo de un momento. No sabía si alegrarse o irritarse de que hubiera subrayado de aquella forma sus diferencias.
–Usted, desde luego, no parece estar disfrutando mucho de la velada –observó ella, riendo. ¿Tanto le desagrada el resto del mundo, señor Danti?
–Deberías llamarme Fausto.
–Te he estado llamando Fausto en mi cabeza –reconoció con tono despreocupado–. Pero es que me pareces el tipo de persona que espera que todo el mundo le trate con rígida formalidad.
–No necesito que me hagan la pelota, si es eso a lo que te refieres –replicó–. Pero si quieres tratarme con formalidad, llámame «conde», en lugar de señor.
Lo miró sorprendida, pero en seguida sonrió.
–Claro, por supuesto. ¿Es conde Danti o conde de alguna de otra cosa?
–Conde de Palmerno. Pero, como te dije no hay necesidad. No me gustan las formalidades. Cambiando de tema: ¿Cómo es que eres tan buena al ajedrez?
–No te lo esperabas, ¿eh?
–No –reconoció–. Eres muy buena.
–Mejor que tú, al menos –replicó con los ojos brillantes.
Fausto no pudo evitar soltar una carcajada.
–Quizá deberías concederme una revancha –no había querido hacerle insinuación alguna, ¿o sí? Porque en aquel momento no estaba pensando tanto en la partida como en el beso que había estado a punto de darle.
–¿Seguro que la quieres? –le preguntó ella con tono suave.
No había error posible en el subtexto del temblor de su voz. Se moría de ganas de tocarla.
–Completamente seguro –respondió con voz ronca–. Del todo.
–¿De qué diablos estáis hablando los dos? –los interrumpió Kerry desde la barra de los cócteles–. Os habéis puesto terriblemente serios.
–Estábamos hablando de ajedrez –contestó Liza con tono ligero, aunque la voz le tembló un poco–. Fausto me está pidiendo la revancha después de que yo lo fulminara al ajedrez.
–No me fulminaste…
–¿Ah, no? Pensaste que había perdido mi reina a lo tonto.
–Ven a tomar un cóctel, Fausto –lo invitó Kerry–. Te he preparado uno con ginebra.
–Yo solo bebo whisky y vino –replicó Fausto–. Pero gracias de todas formas.
–Me lo beberé yo, si no te importa –pidió Liza. Con una chispa de desafío en los ojos, se acercó a la barra a buscar la copa. Acto seguido, sin dejar de mirarlo, se la bebió de un trago.
Fausto la contempló con una mezcla de admiración, diversión y un abrumador deseo. No le importaba que fuera una mujer conveniente o no para él. Solo quería quedarse a solas con ella.
–Delicioso –dijo Liza dirigiéndose a Kerry, aunque seguía mirándolo a él.
Fausto casi gruñó por lo bajo ante la invitación de sus ojos. ¿Sería consciente de lo que le estaba haciendo?
–Esa revancha… la quiero ahora.
–Por el amor de Dios, si no es más que una partida de ajedrez –intervino Chaz, riendo.
Kerry lo estaba mirando con ojos entornados.
–¿Por qué no te traes el tablero aquí? –sugirió. Luego, volviéndose hacia la concurrencia–. Podemos jugar todos, hacer un torneo.
–Tú no juegas, Kerry –le recordó Chaz.
La joven se encogió de hombros.
–Bueno, sé mover las piezas…
Fausto dudaba de que Kerry tuviera interés alguno en jugar al ajedrez, pero no estaba dispuesto a discutir.
–Como quieras –consintió, para a continuación dirigirse a Liza–. ¿Me ayudas a traer el tablero y las piezas?
Vio que asentía, ruborizada. Al menos así dispondrían de unos minutos para ellos solos.
Capítulo 5
ABANDONARON el salón y recorrieron en silencio el largo pasillo enmoquetado que conducía al despacho. Liza temió por un momento que Fausto pudiera oír el atronador latido de su corazón.
Ella misma estaba sorprendida de la manera en que se había puesto a flirtear con él, toda confiada. Había algo en la actitud de Fausto que la había estimulado a hacerlo, además de que lo había disfrutado, pese a que había intentado reprimirse. Precisamente porque no había querido cometer el error de la primera vez…
«¿Por qué demonios pensaste que estaba interesado en ti?». Ahuyentó aquella burlona voz para concentrarse en el presente. No creía haber imaginado la subterránea corriente de deseo sexual que había percibido en su última conversación con Fausto. Cada vez que la miraba, podía sentir cómo reverberaba su cuerpo. Tenía la sensación de estar cargada de electricidad, como si las chispas volaran de sus dedos.
Sabía que si Fausto la tocaba, ardería. Y, sin embargo, tenía que hacerlo. Tenía que tocarla. No podría soportar que no lo hiciera. Por mucho que le desagradara como persona…
Finalmente llegaron al despacho y él empujó la puerta para cederle el paso. Al entrar, Liza le rozó el pecho con un hombro, cosa que le arrancó un suspiro: se sintió casi mareada de deseo.
Caminó hacia la mesa del tablero, frente al fuego: el rey de Fausto seguía en su sitio, derribado. En un impulso, se apoderó de la figura y la sopesó entre los dedos. Podía sentir a Fausto a su espalda, una poderosa y abrumadora presencia. Se volvió.
Apenas podía distinguirlo entre las sombras, pero por supuesto que podía sentirlo… La pieza resbaló de sus dedos cuando él alzó una mano para acariciarle una mejilla. Tenía la palma cálida, de tacto áspero. Maravillosa.
Por un instante permanecieron suspendidos en un tenso silencio, Fausto con una mano en su mejilla, abrasándola con la mirada. Pidiéndole permiso. Y ella se lo dio, aceptando su caricia un segundo antes de que él se apoderara de su boca. Por fin la estaba besando.
Y qué beso. Duro y tierno a la vez, exigente y suplicante. Nadie nunca la había besado así. Retrocedió hacia la mesa y él la alzó en vilo para sentarla encima, derribando las piezas mientras profundizaba el beso.
Cerró los puños sobre su blanca camisa y ladeó la cabeza mientras él empezaba a besarle el cuello, deslizando las manos por su cuerpo y ciñéndole las caderas. Soltó un tembloroso suspiro cuando Fausto bajó la boca hasta el escote de pico de su vestido. Ardía allí donde la tocaban sus labios. Sentía todo su cuerpo en llamas.
Hasta que de pronto una voz sonó en el pasillo, con tono irritable:
–¿Fausto? ¿Dónde estás?
Ambos se quedaron helados por una fracción de segundo y, en seguida, Fausto se apartó a la vez que se pasaba una mano por el pelo, esforzándose por dominar su respiración. Liza se apartó también de golpe y derribó el tablero, vergonzosamente consciente del desarreglo de su ropa, de su rostro ruborizado y de sus labios inflamados. Por no hablar de las piezas desperdigadas por el suelo.
–Perdón –dijo Fausto antes de agacharse para dedicarse a recoger las piezas. Apenas unos segundos después se encendió la luz y Kerry apareció en el umbral, con las manos en las caderas.
–¡Vaya! –soltó una falsa y sonora carcajada–. Si no te conociera tan bien, Fausto, yo diría que algo ha estado sucediendo aquí…
–No seas ridícula –replicó él, cortante, mientras Liza se esforzaba por poner la expresión más inocente posible.
Por supuesto que la situación en sí era ridícula porque, efectivamente, algo había estado sucediendo entre ellos, pensó. Seguía vibrando de pies a cabeza. «¡Pero si ni siquiera me gusta!», exclamó para sus adentros.
–Organicemos pues ese torneo –dijo de repente Fausto sin entusiasmo alguno.
Kerry lo miró con ojos entrecerrados mientras Liza desviaba la mirada, deseosa de que todo aquello terminara de una vez. Desgraciadamente, no fue así. Los tres volvieron al salón, donde todo el mundo seguía trasegando sus cócteles. Chaz había puesto una película que nadie parecía estar viendo y la idea de organizar un torneo fue desestimada de inmediato. Fausto se quedó al fondo de la habitación, con las manos en los bolsillos, mientras Liza se reunía con Jenna.
–Creo que me subiré a la habitación –susurró–. Ha sido un día muy largo.
–Oh, pero… –Jenna miró a Chaz.
Liza le palmeó un brazo, tranquilizadora.
–Tú quédate. De verdad que no me importa acostarme temprano –eran casi las once y tenía muchas ganas de meterse en la cama.
Se despidió de todo el mundo ignorando a Fausto, que la miraba ceñudo al pie de la puerta. No tuvo más remedio que pasar por delante de él para salir. Por un instante le pareció que iba a decirle algo, pero no lo hizo.
Subió a la habitación con piernas temblorosas. Sentía todo el cuerpo como si fuera de gelatina. Una vez que se dejó caer en la enorme cama, sintió el doble impulso de reír a carcajadas y estallar en sollozos. ¿Qué acababa de suceder?
Bueno, sabía bien lo que acababa de suceder, por supuesto: Fausto Danti la había besado hasta hacerle perder el sentido. Y aunque en aquel momento tenía un maravilloso recuerdo al que aferrarse, también era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que aquel beso no había significado nada. Fausto la despreciaba. En cuanto a ella, no podía desagradarla más. Un leve flirteo no podía cambiar eso, Y, sin embargo…, la sensación de sus labios en los suyos, sus manos en ella, la salvaje pasión y la sorprendente ternura de su beso…
–Oh, vamos –masculló Liza mientras ahuecaba la almohada–. Contrólate.
No iba a caer enamorada por unos ojos bonitos. No iba a cometer el mismo error que había cometido con Andrew, cuando se había creído sus halagos para terminar haciendo el ridículo. Se había prometido a sí misma que no volvería a pasar por aquello.
Sabía muy bien que Fausto no estaba interesado en ella. Con un gruñido, decidida a sacarse todo aquello de la cabeza, se levantó de la cama. Dobló el vestido de Kerry y se puso una camiseta de Jenna para dormir. El «perdón» que le había soltado Fausto significaba que se había arrepentido de su comportamiento casi inmediatamente. Anhelaba desesperadamente volverse a casa.
Por fin se quedó dormida. Apenas se movió cuando Jenna entró a las pocas horas y se despertó poco después del amanecer, con la sensación de tener un plomo en el estómago. No quería volver a ver a Fausto Danti. Ya sabía que no era una mujer particularmente deseable ni interesante. Por lo que se refería a Jenna, su hermana ardía de entusiasmo después de la velada con Chaz, así como de su promesa de que la invitaría a cenar en cuanto estuvieran de vuelta en Londres.
Para cuando Liza bajó al comedor, vestida con un conjunto de Jenna que le quedaba demasiado grande, estaba muy nerviosa y apenas picó alguna cosa del bufé. Saltaba cada vez alguien decía algo o se acercaba a la puerta. Kerry entró de pronto, bostezando y con aspecto aburrido. Chelsea y Oliver padecían claramente de resaca, mientras que Chaz se mostraba tan animado como siempre.
Liza no se encontraba con ánimos para preguntar por Fausto. Solamente se enteró de la verdad cuando el grupo de invitados se dedicó a planear sus actividades.
–Lástima que Danti tuviera que marcharse esta mañana –dijo Chaz con un cierto tono de tristeza, algo poco habitual en él–. Me había prometido que se quedaría hasta la noche.
–¿Por qué se ha ido tan rápido? –preguntó Kerry haciendo un puchero.
Liza bajó la mirada a su plato. Chaz mencionó algo acerca de que necesitaba trabajar, pero ella, mucho se lo temía, sabía la verdad. Que Fausto Danti se había marchado porque no podía soportar verla.
Fausto entró en la oficina de Danti Inversiones, localizada en un espectacular edificio georgiano con vistas a Mayfair, sin detenerse siquiera para despojarse del abrigo. Lógicamente estaba vacía un domingo por la mañana, lo cual le convenía perfectamente porque deseaba trabajar. Trabajar y olvidarse de la existencia de un tentador duendecillo llamado Liza Benton.
Durante el trayecto de vuelta a Londres, había dispuesto de tiempo más que suficiente para reflexionar sobre lo estúpido que había sido besarla. Con aquella pasión, además. En el instante en que se vio consumido por el deseo, había enloquecido por completo. Solamente después, cuando Kerry lo interrumpió y se quedó mirándolo desconfiada, con Liza absolutamente aturdida y abrumada, había tomado conciencia del error.
Lo último que necesitaba era un rumor de aventura, del tipo que fuera. No quería comportarse de manera deshonesta con Liza, como tampoco deseaba hacerle daño alguno, cosa que temía haber hecho al enviarle una señal completamente equivocada. Y, sin embargo…, se recostó en su sillón, clavada la mirada en la preciosa vista de Mayfair, pero con el pensamiento puesto en una única mujer. Quizá le estuviera atribuyendo a Liza unos tiernos sentimientos hacia él de los que en realidad carecía. El cielo sabía que ya había cometido antes aquel error… con Amy.
Amy… Por un instante volvió a ver sus ojos de mirada risueña, su larga melena dorada, la manera que solía sonreír, bromear y animarlo… como si por una vez la carga de su mundo y de toda la responsabilidad que soportaba no pesara tanto sobre sus hombros. Pensó luego en su expresión cuando lo despachó de su vida, con el cheque de su padre en la mano. Sí, tenía una buena experiencia con las cazafortunas, con lo despiadadas que podían llegar a ser. Ahí estaba Jenna, con el presunto resfriado que había agarrado para atraer la atención de Chaz. Eso, a él al menos, le había parecido llamativamente obvio. La reacción de Liza, ¿habría sido más de lo mismo? ¿Confiarían ambas hermanas en atrapar ricos maridos?
No le gustaba la posibilidad de que Liza fuera una mercenaria y, en el fondo de su ser, tampoco pensaba realmente que lo fuera. Y, sin embargo, la alternativa era suponer que ella bien pudiera sentir algo hacia él… Un pensamiento tan indeseable como inadecuado. Lo que debía hacer era olvidarse completamente del episodio… algo que, de algún modo, se le antojaba imposible. Con una mueca de disgusto, abrió su portátil y se puso a trabajar.
Fausto se las arregló para convencerse de que no había pensado en Liza durante quince días seguidos… o casi. Trabajaba largas horas de manera obsesiva y volvía a su casa de Londres con nada en la cabeza, hambriento de comida y de sueño. Así durante dos semanas seguidas.
De hecho, mantuvo a Liza Benton tan eficazmente fuera de su cabeza que cuando un viernes a primera hora de la tarde se pasó por la editorial de su padrino para saludarlo, según le había prometido… se quedó absolutamente perplejo cuando la vio allí, trabajando.
–¿Qué…? –inquirió ella con un hilo de voz, igualmente perpleja–. ¿Qué estás haciendo aquí?
Era tan dolorosamente bella… Fausto creyó ver una chispa de esperanza en sus ojos, pero la confusión era tan grande que optó por protegerse detrás de una helada reserva.
–He venido a ver a mi padrino, Henry Burgh. No tenía ni idea de que trabajabas aquí.
Algo pasó por la expresión de Liza. A Fausto le pareció que era dolor… pero en seguida se recompuso.
–Yo tampoco sabía que era tu padrino –replicó.
–Henry fue profesor de mi padre en la universidad –explicó con voz decididamente fría–. Estaban muy unidos. Lo conozco desde siempre.
–Ya –se levantó de la silla, esbelta y elegante con una falda de tubo azul marino y una blusa blanco marfil, recogida su exuberante melena en un discreto moño–. Le avisaré de que estás aquí.
Sumido en un frustrado silencio, Fausto la observó atravesar la sala para entrar en el despacho de Henry. Se recordó que no estaba interesado en ella. No eran más que simples conocidos. Estaba estudiando los libros de las estanterías para cuando ella regresó.
–Está hablando por teléfono, pero en seguida te recibirá. Me encargó que te dijera que te pusieras cómodo –señaló los dos sillones tapizados de cuero del rincón, con expresión perfectamente serena y compuesta.
Fausto tardó todavía unos segundos en tomar asiento.
–¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
Liza ya había vuelto a sentarse ante su mesa, concentrada nuevamente en un fajo de documentos.
–Unos dos meses.
–No es mucho tiempo.
–Desde que me mudé a Londres, más o menos.
–Desde Herefordshire, si no recuerdo mal.
–Sí, una pequeña población en medio de la nada –alzó la cabeza para mirarlo, levantando levemente la barbilla, con una chispa en los ojos que definitivamente no era de esperanza.
¿Estaría furiosa con él? Suponía que su repentina marcha de la casa de Chaz podría haberse considerado una grosería. No había sido esa su intención; no exactamente al menos. Simplemente había sentido la necesidad de marcharse de allí. No era que tuviera intención alguna de explicarle a ella sus razones, por supuesto, como tampoco la enorme tentación que había supuesto.
–¿Has estado muy ocupado con tu trabajo? –le preguntó ella al cabo de un rato, con helada cortesía, y Fausto asintió tenso.
–Sí.
–Chaz y Jenna se han estado viendo durante estas últimas semanas. Supongo que lo sabrás.
–Sí, Chaz me comentó que había vuelto a verla –además de anunciarle con entusiasmo lo mucho que le gustaba la joven, ante su hosco silencio.
–Creo que esa relación podría ir en serio –le espetó Liza de pronto, como un desafío.
La miró, reparando en el brillo acerado de sus ojos.
–Estoy seguro de que Chaz lleva camino de enamorarse de ella –reconoció él, fríamente–. Al fin y al cabo, esa es su costumbre.
Liza frunció los labios.
–¿Se enamora muy a menudo?
–Más que yo.
–Ah –se cruzó de brazos–. ¿Es una advertencia?
–No pretendía serlo –dijo, aunque era consciente de que su respuesta no era del todo cierta.
–No te preocupes –le aseguró ella–. No corro ningún peligro de enamorarme de ti.
–No me hacía ninguna ilusión al respecto –replicó, tenso.
–Bueno, es un alivio –murmuró Liza–. Y yo que estaba preocupada de que te hubieras marchado corriendo de Netherhall con el corazón destrozado…
Fausto no supo si sentirse divertido u ofendido por su absurdo comentario.
–Créeme cuando te digo que no fue ese el caso.
–No, claro –repuso ella en voz baja. Por un instante la máscara pareció caerse y una expresión insoportablemente triste desfiló por su rostro, lo cual fue incluso peor que su furia–. En realidad nunca lo pensé.
La puerta del despacho se abrió en aquel momento y apareció Henry, con una enorme sonrisa en su arrugado rostro.
–¡Fausto! ¡Qué alegría verte después de tanto tiempo!
Se levantó del sillón y le estrechó la mano ante la mirada un tanto desconfiada de Liza, que forzó sin embargo una sonrisa cuando el anciano se volvió hacia ella.
–Liza, insisto en que te tomes el resto de la tarde libre. He reservado una mesa en el Dorchester para que tomemos té los tres juntos.
–¿Qué…? –exclamó alarmada–. Oh, Henry, no creo que…
–Insisto firmemente en ello –sonrió, firme, de manera que ella no tuvo más remedio que ceder.
Fausto tampoco se molestó en objetar: bien podría soportar una hora de conversación con Liza. Quizá eso le proporcionara la oportunidad de suavizar las cosas con ella e incluso de disculparse por el beso. Era lo más honesto que podía hacer para dejar atrás aquel asunto… algo que, por lo demás, tampoco resultaba indispensable, dado que dudaba que volvieran a verse.
Y, sin embargo, mientras Henry cerraba el local y salían a la helada tarde otoñal, Fausto fue lo suficientemente sincero como para reconocer que se estaba engañando a sí mismo si pensaba que era esa la única razón por la que había aceptado tomar aquel té con Liza. Porque la verdad era que, simplemente, estaba disfrutando demasiado de la sensación de volver a estar con ella.
Capítulo 6
LIZA SE dirigía al Dorchester junto a Henry y Fausto en un estado de aturdimiento. Aquello era lo último que había esperado. ¡Lo último! Que Fausto se presentara de golpe en su oficina y salieran luego a tomar un té juntos… no sabía si era el colmo de sus sueños o de sus pesadillas.
Ciertamente Fausto había ocupado demasiado sus pensamientos a lo largo de aquellas dos últimas semanas. Había intentado no pensar en absoluto en él, pero había sido inútil.
Aun así, se las había arreglado para convencerse de que la naturaleza de aquel beso había sido simplemente física, nada más. Algo puramente animal por ambas partes. O al menos había creído estar convencida de ello hasta que vio a Fausto entrar por la puerta.
En aquel momento, mirándolo de reojo mientras se dirigían al Dorchester, no pudo menos que evocar la dureza de su pecho, la calidez y suavidad de sus labios… Todo en él la hacía sentirse vibrante de vida. Dos semanas de autodisciplina acababan de salir volando por la ventana.
Henry estaba charlando con Fausto, lo cual le ponía más fácil quedarse atrás sin decir nada. Se quedaría con ellos una hora, no más, y luego se disculparía. Después de aquello, ya nunca tendría que volver a ver a Fausto Danti. ¿Pero por qué aquella perspectiva la deprimía tanto? Llegaron al hotel y un camarero de etiqueta los guio hasta un saloncito privado contiguo al comedor, con un lujoso servicio de té ya dispuesto. Tomó asiento mientras se esforzaba por dominar sus nervios. Tenía la sensación de que la siguiente hora iba a resultarle insoportable
–Fausto dirige Danti Inversiones desde Milán –le explicó Henry mientras el camarero volvía con una tetera.
Liza miró a Fausto sin saber muy bien cómo comportarse. ¿Pretendería fingir que no se conocían? ¿Por qué ese pensamiento le dolía tanto?
–Liza y yo nos conocimos hace unas semanas –explicó de pronto Fausto con tono suave, como respondiendo a su tácita pregunta–. En una fiesta. Me dio una paliza al ajedrez.
–Yo pensaba en que habíamos quedado en que no –replicó ella en un impulso, arrancándole una leve sonrisa.
–Es lo que fue. Pero todavía me debes la revancha.
Se lo quedó mirando confusa, sin saber si estaba flirteando o no. Su tono era tan desenfadado y su expresión tan agradable… Pero no podía ser. Debía de estar malinterpretando las señales, una vez más.
–Si no te hubieras marchado tan pronto, quizá la habríamos jugado.
–Por desgracia, no tuve otra opción.
¿Qué se suponía que quería decir eso? Desconcertada, alzó su taza mientras Henry los miraba divertido.
–Es maravilloso que os conozcáis, no tenía ni idea. ¿Un sándwich, Liza?
Liza mordisqueó un sándwich de pepino mientras Henry y Fausto se ponían a hablar de sus cosas, agradecida de no tener que contribuir a la conversación. Pero justamente en aquel momento su jefe se volvió hacia ella con una sonrisa.
–¿Has estado alguna vez en Italia, Liza?
–Me temo que no –no había estado en ninguna parte –su infancia había sido la de una feliz familia numerosa, pero el dinero nunca había sobrado, menos aún para viajar–. En realidad nunca he salido del país. Nunca he tenido ni el dinero ni la oportunidad, pero tampoco me ha importado demasiado. Siempre he llevado una vida muy tranquila, la verdad.
–Quizá eso cambie algún día –sugirió Henry y ella esbozó una débil sonrisa.
–Quizá –se permitió mirar la inescrutable expresión de Fausto–, aunque lo dudo.
Afortunadamente, la conversación continuó por otros derroteros. Finalmente, al cabo de una hora, Liza se levantó para disculparse.
–Te agradezco mucho la invitación, Henry, pero Jenna y yo tenemos planes para esta noche y de verdad que tengo que irme. Gracias –miró rápidamente a Fausto–. Un placer volver a verte.
Apenas oyó su murmullo de réplica antes de abandonar apresuradamente el reservado. Un suspiro de alivio escapó de sus labios tan pronto como cerró la puerta a su espalda.
Cuando volvió a su apartamento, encontró a Jenna ya vestida para salir.
–Ponte los zapatos de bailar –le dijo, alegre–. Hemos quedado con Chaz en un bar nuevo del Soho, con música en vivo.
–¿Hemos?
–Sí, porque quiero que nos acompañes. Te he visto un poco deprimida estas dos últimas semanas. Ya es hora de que te diviertas un poco.
–Yo no he estado deprimida –al menos pensaba que lo había disimulado mejor.
Su hermana insistió y, reacia, Liza fue a cambiarse. Dudaba que Fausto estuviera allí: era un consuelo. No le había mencionado nada al respecto durante el té y le había confesado lo poco que había estado viendo a Chaz, así como lo muy ocupado que había estado con su trabajo. En ese frente, al menos, estaba a salvo.
El bar vibraba de gente y de música cuando entró Fausto, cegado por las fuertes luces de neón de un lugar que resultaba demasiado moderno para su propio gusto. No había querido acompañar a Chaz, pero su amigo había insistido tanto después de ver cómo se estaba matando a trabajar que, finalmente, había terminado por ceder.
El hecho de que Liza hubiera mencionado que tenía planes para aquella noche con su hermana, lo que significaba que muy bien pudiera encontrarse ella también allí, no había tenido que ver con su decisión, por supuesto. Se obligó a no buscarla con la mirada mientras se acercaba a la barra y pedía un whisky doble. El té que había tomado con Henry y con Liza había resultado tan insoportable como estimulante.
Se había esforzado todo lo posible por no mirarla y, sin embargo, su mirada se había disparado hacia ella una y otra vez, como una mariposa atraída por una llama. Con su melena recogida en un moño, no había podido evitar admirar la esbeltez y delicadeza de su cuello. Como tampoco imaginarse lo que sería besar aquella nuca…
De alguna manera, había sido incapaz de mantener el hilo de la conversación con Henry. La hora se le había hecho insoportable y, sin embargo, cuando ella se marchó apresurada, había experimentado una profunda sensación de decepción y frustración. Anhelaba arreglar las cosas entre ellos, pero no sabía cómo. Quizá esa noche, si la veía, se le presentara la oportunidad.
–¡Danti! –Chaz le dio una fuerte palmada en el hombro–. ¡Qué bien verte por aquí!
–Pareces muy contento –observó Fausto mientras se apoyaba en la barra y bebía un sorbo de su copa.
–¡Lo estoy! ¿Te acuerdas de Jenna? –le presentó a la hermana de Liza, que le sonrió cortés.
–Claro que sí.
–Jenna me ha dado la brillante idea de celebrar un baile de Navidad en Netherhall al estilo dickensiano, con disfraces y todo. ¿No sería fantástico? Asistirás, ¿verdad? Voy a invitar a todo el mundo, incluida la familia de Jenna.
–¿Toda? –Fausto miró a Jenna, que se ruborizó. La mujer se estaba infiltrando descaradamente en el círculo de Chaz.
–Invitaré también a la tuya –declaró Chaz–. ¿Qué me dices de esa encantadora hermana tuya, Francesca?
–Está en Italia –le informó fríamente.
–Podría tomar un avión…
–Lo dudo.
–Bueno, al menos tú sí asistirás –insistió su amigo.
Fausto asintió con la cabeza, tenso. No sería tan grosero como para negarse aunque se sentía tentado de hacerlo, sobre todo si iba a tener que lidiar con los otros miembros de la familia Benton. Su amigo volvió a darle una palmadita en la espalda antes de alejarse de nuevo con Jenna, dejándolo solo en la barra.
Barrió lentamente a la multitud con la mirada, buscando involuntariamente a Liza. Engañarse carecía de sentido: deseaba verla. El estómago le dio un repentino vuelco cuando la descubrió al fondo del bar, sentada en un taburete. Tenía la cabeza ladeada, con la melena suelta y un brillo de alegría en los ojos mientras charlaba animadamente con alguien. Necesitaba saber con quién, así que estiró el cuello para distinguir a su interlocutor y se quedó helado al reconocer al tipo en cuestión. ¿Jack Wickley? ¿Qué diablos estaba haciendo aquel granuja allí? ¿Y por qué estaba hablando con Liza?
Cerró los dedos con fuerza sobre su vaso y apuró el resto de su whisky. En aquel momento no podía acercarse a Liza. Al menos sin que corriera el riesgo de pegar al tipo… Se volvió hacia el camarero y pidió otro whisky doble.
Transcurrió una interminable hora durante la cual Liza continuó hablando con Wickley hasta que abandonó su rincón y se acercó hasta la barra con su copa de vino vacía. Fausto, que había estado siguiendo todos sus movimientos, advirtió el instante exacto en que lo descubrió: sus ojos se abrieron mucho y pareció vacilar antes de seguir adelante. Vio que se apoyaba en la barra, cerca de él pero evitando mirarlo.
Una mezcla de indignación e incredulidad lo barrió por dentro. ¿En serio iba a ignorarlo?
–Supuse que estarías aquí esta noche –le confesó. Vio que asentía sin más con la cabeza, todavía rehuyendo su mirada–. ¿Te lo estás pasando bien?
–Pues sí –respondió con tono desdeñoso, volviéndose por fin hacia él.
¿Por qué lo estaba mirando de aquella forma, como si lo aborreciera? Aquella tarde se había mostrado un tanto incisiva con él, pero no lo había mirado así.
–Bueno, me alegro de verte. Adiós –recogió su copa y se despidió con tono rotundo.
–Quería hablar contigo.
–¿De qué, exactamente? –le preguntó ella, arqueando las cejas.
–Del beso. No debería haber sucedido.
–Ya.
–Confío en que podremos olvidarlo.
–Yo ya lo he hecho –replicó con ácida sonrisa.
Y, dicho eso, volvió con Jack Wickley, que la esperaba con una engreída sonrisa. Fausto juró por lo bajo. Desde el momento en que puso por primera vez los ojos en Liza no había vuelto a ser él mismo: había actuado a impulsos, había dicho y hecho cosas de las que no dejaba de arrepentirse. Se había comportado de la misma manera que lo había hecho con Amy, o incluso peor, algo absolutamente desastroso. Pero ya estaba bien. Por el bien de su familia y de su propio orgullo, para no hablar de su cordura, había llegado el momento de olvidar definitivamente a Liza Benton.
Capítulo 7
LIZA, DATE prisa o llegaremos tarde.
Liza se miró por última vez en el espejo de la habitación de hotel con un nudo de nervios en el estómago. Su familia se había instalado en un pequeño hotel de las afueras de Harlington para pasar la noche del baile de Navidad de Chaz.
Aquella noche volvería a ver a Fausto y, aunque lo despreciaba, no podía negar que anhelaba verlo una vez más… y, definitivamente, quería ofrecer el mejor aspecto cuando eso ocurriera.
La incomodidad que le provocaba su presencia se había intensificado cerca de un mes atrás, cuando conoció a Jack Wickley. Había estado sentada al fondo del bar saboreando una copa de vino cuando Jack entró con el grupo de amigos de Chaz y, al verla sola, se acercó a hablarle.
Al principio se había mostrado recelosa, pero a los pocos minutos había empezado a relajarse. Jack conocía a Chaz y era un tipo tan encantador como divertido. Un cuarto de hora después de animada charla, sin embargo, se había tensado de pronto. Liza había seguido la dirección de su mirada hasta que descubrió a Fausto Danti fulminándolos con la mirada desde la barra. El corazón se le había subido a la garganta, a la vez que un inequívoco placer había brotado en su pecho como una flor.
–¿Lo conoces? –le había preguntado a Jack, que soltó una carcajada sin humor.
–¿Fausto Danti? Me temo que sí. Crecí con él. Mi padre era el director de la oficina que tenía el suyo en Milán –había esbozado una mueca–. Estuvimos en el mismo internado.
–Oh –lo había mirado indecisa, ya que el hombre no había podido disimular una expresión amarga–. Yo hace muy poco que lo conozco.
–Ya. ¿Y qué piensas de él?
–Supongo que puede llegar a ser un poquito frío –había respondido, sintiéndose un punto desleal por haber hecho un comentario semejante.
–¿Frío? –había parecido como si quisiera decirle mucho más–. Supongo que sí.
–¿Por qué tengo la sensación de que no te cae bien?
Jack había apurado de un trago el resto de su copa para luego encogerse de hombros.
–No me cae bien, es cierto. No quiero influir en tu opinión sobre el hombre, aunque parece que también a ti te desagrada un poco.
–Así es –había reconocido, con lo cual no había podido menos que sentirse aún peor.
–No tanto como a mí, seguro. Fausto me estafó mi herencia. Nuestros padres eran grandes amigos. El mío murió y poco después falleció el suyo. Ambos siempre habían dado por hecho que yo heredaría parte del patrimonio de la empresa y que ocuparía una posición importante en Danti Inversiones. Yo había apostado mi futuro en ello, pero Fausto se opuso a honrar ambos acuerdos, aunque sabía tan bien como yo que su padre había deseado que yo me hiciera cargo de parte de la empresa familiar. Y no solo eso, sino que también fue por ahí hablando mal de mí para que nadie más me contratara.
Liza se lo había quedado mirando horrorizada.
–¿Pero por qué?
–Porque siempre había estado celoso del favoritismo que me profesaba su padre. Ellos dos nunca tuvieron una relación muy estrecha. Y porque es malvado y mezquino, pero seguro que eso podrás descubrirlo por ti misma. De todas maneras, no importa. Es la última persona de la que querría hablar ahora mismo. ¿Otra copa?
Liza había insistido en ir a buscarla sola a la barra, sobre todo porque deseaba ver a Fausto más de cerca, aunque no llegara a hablar con él, para juzgar qué clase de hombre era después de todo lo que Jack le había contado de él. Había flaqueado un tanto cuando sus miradas se encontraron, pero, a pesar de ello, no se había arredrado.
Para su sorpresa, Fausto le había pedido disculpas por el beso, algo que la había aliviado e irritado a la vez. Suponía que solo había querido ser amable, pero… ¿para qué disculparse por un beso, dado lo mucho que evidentemente los dos habían disfrutado? ¿O acaso se había disculpado porque ella no era en absoluto una mujer a la que habría debido besar, para no hablar de salir juntos y casarse?
En cualquier caso, había escogido dar por terminada la conversación. Con las palabras de Jack todavía resonando en sus oídos, se había dado cuenta de que todo lo que le había dicho confirmaba sus primeras impresiones sobre Fausto Danti: que era un hombre absolutamente arrogante y desagradable.
–¿Liza? ¡Vamos!
Inspirando profundamente, se apartó del espejo. La preocupaba que su vestido fuera demasiado atrevido, pero su madre se había llevado a la familia entera de compras a Hereford y todas sus hermanas habían insistido en que le quedaba muy bien. De color carmesí, tenía un corpiño de satén fruncido y una larga falda de campana.
Ya en el vestíbulo del hotel, intentó disimular una reacción de alarma a la vista del vestido de su madre: uno de noche perfectamente convencional, azul marino… solo que de una talla que hacía veinte años que no usaba. Como resultado, recordaba un tubo de pasta dentífrica bien estrujado.
El vestido de Lindsay era todavía más alarmante: una larga y ajustada falda de lamé plateado con sendas aberturas laterales que llegaban hasta la cintura y un top a juego. Mientras las contemplaba, se dio cuenta de que las estaba mirando como lo habría hecho Fausto Danti: con fría desaprobación. ¡A su propia familia! ¿Qué le importaba a ella que el vestido de su madre fuera demasiado ajustado y el de Lindsay demasiado sexy? Ellas pensaban que estaban muy guapas y Liza también. Detestaba la forma en que Fausto se había infiltrado en sus pensamientos para cambiar la manera en que miraba a su familia.
–¡Y ahora al baile! –exclamó Yvonne con gesto majestuoso. Había estado tan encantada de recibir la invitación de Chaz que, desde entonces, no había hablado de otra cosa.
Cuando Liza volvió a casa por Navidad, no había oído hablar más que de vestidos, habitaciones de hotel… y de sus esperanzas de que hasta la última de sus hijas pudiera encontrar a su verdadero amor en el baile de Netherhall. Por lo que se refería a Jenna, al menos, eso era una certidumbre. Chaz y ella prácticamente no se habían separado durante el último mes y Liza nunca había visto a su hermana tan feliz… y tan elegante con su vestido azul hielo que le dejaba los hombros al descubierto. Lindsay no se quedaría a la expectativa, desde luego, pero Liza no se sorprendería de que Marie se pasara la velada entera leyendo en un rincón. En cuanto a ella… su verdadero amor, estaba segura, no existía en ninguna parte.
Mientras seguía a su familia fuera del hotel, se quedó de piedra cuando vio la limusina blanca que había encargado su madre para la ocasión, con servicio de champán y música navideña atronando en los altavoces. Sabía que debería participar de aquel espíritu de diversión, pero una vez más se imaginó la mueca de desdén de Fausto y no pudo menos que encogerse por dentro. ¿Por qué se estaba dejando afectar tanto por él?
–¡Oh! ¿No es precioso? –exclamó Jenna poco después cuando entraban en Netherhall. Un árbol navideño de unos seis metros de altura con bolas azules y plateadas se alzaba entre la doble escalera del vestíbulo principal de la casa. Guirnaldas y ramas de acebo decoraban cada superficie disponible, mientras un cuarteto de cuerda tocaba villancicos en el salón y varios camareros ofrecían a todo el mundo copas de vino caliente. Era todo increíblemente elegante: tanto que Liza no pudo evitar pensar que su familia estaba llamando penosamente la atención.
Pero… ¿a quién le importaba eso? Irguió los hombros mientras contemplaba el atestado salón de baile con una decidida mirada de desafío. No le importaba lo que pensara aquella gente. Estaba decidida a divertirse y a pasárselo bien, sin que le importara lo que la gente pudiera pensar… sobre todo Fausto Danti.
Supo, sin siquiera mirarla, el momento exacto en que Liza entró en el salón de baile. La sintió, como una especie de vibración extraña en el aire, e interrumpió la conversación que estaba manteniendo con un conocido para barrer la habitación con la mirada.
No había vuelto a verla desde la noche del bar, hacía cerca de un mes, y, aunque había estado decidido a dejar de pensar absolutamente en ella, había fracasado del todo. Pero… ¿dónde estaba? Su mirada tropezó con una joven vestida de la forma más absurda posible. Un conjunto ajustado y plateado de dos piezas más apropiado para un club de alterne que para un salón de baile. Con un sobresalto, reconoció en ella a Lindsay, una de las hermanas de Liza. Desvió luego la vista hacia la madre de Liza, que parecía tan entusiasmada como incómoda, embutida como iba en un vestido que le quedaba demasiado apretado. Pero… ¿dónde estaba Liza?
Fue entonces cuando la vio, algo aparte, con una copa de vino caliente en la mano y una expresión ligeramente nostálgica. Y absolutamente hermosa. Lucía un vestido que no tenía nada que ver con los de su madre y su hermana, de color carmesí, estilo princesa. Se había recogido la melena en un elegante moño, con unos tirabuzones sueltos que caían artísticamente sobre sus hombros. Casi sin darse cuenta, empezó a dirigirse hacia ella.
El salón entero parecía haber desaparecido. Solo existía Liza, con sus ojos clavados en él, enormes en su pálido rostro. Las semanas que llevaba sin verla solo habían acentuado su hambre, añadiendo una especie de sabor picante al deseo que tanto se había esforzado por reprimir. Se plantó ante ella, mirándola con silenciosa admiración.
–¿Bailas? –le pidió en voz baja.
Anhelaba bailar con ella: era así de simple. Cuando la vio asentir, le quitó la copa de las manos para entregársela a un camarero y, como si le hubieran dado entrada, el cuarteto inició otra melodía.
La tomó en sus brazos. Su vestido parecía envolverlo mientras se balanceaba ligeramente al ritmo de la música, con una mano apoyada en su hombro y la otra en la de él. No hablaron: las palabras no eran necesarias. A Fausto le bastaba con la sensación de tenerla en sus brazos, apretada la mejilla contra su pelo.
La melodía terminó y empezó otra. Continuaron bailando en silencio. El deseo recorría sus venas, sí, pero también algo más profundo. Se dio cuenta en aquel momento de que le gustaba realmente Liza Benton, más de lo que le había gustado nunca mujer alguna. El pensamiento resultaba de lo más alarmante. No podía quererla tanto, no así. Con tantas cosas como estaban en juego, no podía ceder ni a los sentimientos ni al deseo. Además, su madre esperaba que se casara con alguien de su país a quien su familia conociera de toda la vida, capaz de administrar su patrimonio y de ejercer de esposa modelo de un hombre como él.
La música cesó de pronto y Fausto tardó algunos segundos en apartarse. Ella se lo quedó mirando vacilante y solo entonces se dio cuenta él de que estaba frunciendo el ceño. No había querido que el baile terminara.
–¿Quieres que te traiga otra copa?
–Dado que me quitaste la que antes estaba bebiendo… –sonrió levemente–. Sí, gracias.
El vino caliente fue reemplazado por champán.
–Parece que estás de mejor humor conmigo esta noche –comentó él mientras le entregaba la copa.
–Bueno, estamos en un baile y es casi Navidad –respondió ella tras un silencio–. Estoy de buen humor con todo el mundo.
–Es un alivio escuchar eso.
–Habrás estado muy ocupado trabajando durante este último mes, supongo –al ver que asentía, continuó–: No sé muy bien lo que haces. Eres conde, eso sí lo sé. ¿Tienes algún negocio?
–Sí, Danti Inversiones. Uno de los bancos más antiguos de Italia.
–Ah, sí, recuerdo que lo comentó Henry.
–¿Qué tal está Henry? No he vuelto a verlo desde aquella tarde en Dorchester.
–Muy bien.
–Me alegro.
Ambos se quedaron callados mientras la música volvía a sonar. El hechizo que se había apoderado de ellos durante el baile parecía haberse evaporado. Era mucho lo que quería decirle y, sin embargo, se sentía incapaz.
–Estás muy callado –observó ella de pronto.
–Nunca me han gustado las conversaciones insustanciales.
–Pues a veces pueden ser agradables. ¿Dónde piensas pasar la Navidad?
–En Londres.
–¿Solo?
Se encogió de hombros.
–Mi familia está en Italia.
–¿No quieres verlos?
–Necesito arreglar unos asuntos aquí. La sede de Londres ha estado muy desatendida desde la muerte de mi padre.
–¿No tienes un director? –arqueó las cejas.
–Lo tuve, pero se marchó hace un año. ¿Dónde pasarás tú la Navidad? –no quería hablar de negocios con ella, ni siquiera aludir inadvertidamente a la situación desastrosa de la oficina de Londres, gracias a la ingenuidad y avanzada edad de su difunto padre así como a la maldad de cierta persona en concreto.
–En Herefordshire, con mi familia.
Fausto desvió la mirada para clavarla en Lindsay, que estaba bailando con escandalosa sensualidad y una copa en la mano al otro lado del salón. Liza la miró también. Resultaba obvia la reacción de los que estaban cerca: o se reían de ella o ponían caras de desaprobación.
–Es joven –murmuró con la cara tan colorada como su vestido.
Fausto no pudo menos que apiadarse de ella.
–Tú también lo fuiste, pero dudo que te comportaras así.
–Hablas como un juez –le reprochó ella y añadió, aligerando el tono–: ¿Estás insinuando que ya no lo soy?
–¿Qué edad tienes?
–Veintitrés.
–Yo treinta y seis. Así que si hay algún viejo aquí… –sonrió, esperando disipar aún más la tensión entre ellos y también, simplemente, porque deseaba verla sonreír, cosa que hizo al cabo de un momento.
Estaba a punto de pedirle otro baile cuando una voz los interrumpió.
–¡Liza, aquí estás! Y… oh, el italiano. Donato, ¿verdad?
–Danti –corrigió Fausto mientras se volvía hacia Yvonne Benton con una fría sonrisa–. Encantado de volver a verla.
Capítulo 8
LIZA VIO que su madre miraba a Fausto con descarada curiosidad e intentó no salir corriendo. No supo decir si Fausto se sentía divertido o disgustado por el descarado escrutinio de su madre.
Varias copas de vino caliente y generosas raciones de aperitivos no habían ayudado precisamente a solucionar la cuestión de su vestido. Parecía como si su madre solo tuviera que respirar una vez para hacerlo reventar.
–He conocido a mucha gente interesante aquí –confesó mientras se abanicaba el colorado rostro–. ¡Tantos famosos de las revistas del corazón! ¿Lee usted las revistas del corazón?
–No.
–Pues debería. Si lo hiciera, ¡reconocería a tanta gente! Lindsay me dijo que han venido algunos youtubers, pero no sé si creérmelo. Hay hasta gente con títulos… ¡títulos de la nobleza! ¡Es absolutamente increíble!
Liza deseaba poder encontrar alguna manera de alejar a su madre de Fausto, o al menos conseguir que dejara de hablar tan alto.
–Debo decir también –continuó Yvonne, despreocupada–, que creo que las cosas están evolucionando de manera muy prometedora para Jenna y para Chaz. ¡Muy prometedora!
–Mamá… –lo último que quería Liza era que su madre se pusiera a hablar de campanas de boda. Temía imaginar lo que Fausto pensaría al respecto. No sirvió de nada la punzante mirada que le lanzó.
–Llevan ya meses muy encandilados, ¿verdad? Y, que no lo sepa nadie –una petición ridícula dado lo alto que estaba hablando–, pero el otro día sorprendí a Jenna ojeando catálogos de novias…
–¡Mamá! –Liza sacudió la cabeza. Estaba segura de que Jenna no había hecho tal cosa, pero aunque así hubiera sido, tampoco habría querido proclamarlo a los cuatro vientos.
–¿Dónde está papá? –quiso saber Liza. Seguro que su padre pondría coto a las parrafadas de su mujer. Sabía que las intenciones de su madre eran buenas, pero la conversación estaba resultando humillante.
–Está bailando con Marie –respondió Yvonne–. Ha conseguido sacarla, pero tiene una cara que parece como si se hubiera comido un limón. ¿Por qué no puede divertirse como Lindsay?
Eso hizo que los tres se volvieran para mirar a Lindsay, que bailaba con los brazos en alto como si estuviera en una rave, derramando champán sobre cualquiera que se acercara demasiado.
–Parece que su hija se lo está pasando muy bien –comentó Fausto.
–Eso es algo que siempre ha sabido hacer.
–No lo dudo.
De repente Liza no pudo soportarlo más. Odiaba que su familia estuviera haciendo el ridículo de aquella forma, pero todavía más que le importara tanto. Odiaba que Fausto las estuviera mirando de aquella forma. Y se odiaba a sí misma por el hecho de que la afectara tanto algo que nunca antes le había importado.
–Voy a salir a respirar un poco de aire –dijo y empezó a abrirse paso entre la multitud.
El vestíbulo estaba tan lleno de gente como el salón de baile y se metió en la única habitación que le resultaba ciertamente familiar: el despacho. Estaba sumido en la penumbra, con el tablero de ajedrez al lado de la chimenea apagada. Pensó que allí podría serenarse, pero no fue así, porque en cuanto miró aquel tablero… solo pudo pensar en Fausto. En Fausto besándola con tórrida pasión…
Se apartó del tablero para acercarse al ventanal, que en realidad era una puerta que llevaba a la terraza que rodeaba la parte posterior de la casa. Accionó el picaporte y salió para disfrutar de la noche fría y despejada. Alzó la cabeza para contemplar la luna, en un cielo lleno de estrellas. Desde allí podía escuchar el leve rumor de la música, de las risas y las conversaciones, afortunadamente lejanas. Ansiaba estar sola. Lágrimas de humillación le quemaban los ojos.
¿Por qué estaba llorando? ¿Por el parloteo de su madre, por la manera de bailar de Lindsay? ¿O por la mirada que les había lanzado Fausto, juzgándolas en silencio? O quizá estuviera llorando por ella misma, porque se sentía avergonzada a la vez que desleal. Adoraba a su familia. Es verdad que podían llegar a ser algo exageradas, chabacanas. Eso era algo que siempre había sabido, pero se divertían. ¿Tan malo era eso?. Y toda la culpa era de Fausto…
–Liza.
Su voz, un sordo retumbo en la oscuridad, la sobresaltó. Llegó a preguntarse si se la habría imaginado. Pero no, porque cuando se volvió lo vio dirigirse hacia ella desde la puerta del despacho: una oscura figura de frac, con la luz de la luna bañando sus hermosos rasgos.
–¿Cómo me has encontrado? –le preguntó.
–Te seguí.
–Vine para estar sola –se dio rápidamente la vuelta para quedarse mirando el jardín en sombras.
–Estás temblando.
Era verdad, porque hacía frío y llevaba los brazos desnudos, pero no se molestó en contestar. Se sentía demasiado confusa y aturdida para formular una respuesta coherente.
Entonces escuchó sus pasos y sintió el calor de su chaqueta en la espalda. Fausto apoyó las manos sobre sus hombros, tal y como había hecho antes, y una corriente de anhelo la atravesó de parte a parte.
–No necesitabas hacerlo –le dijo en voz baja y él dejó caer las manos al tiempo que retrocedía un paso.
–Te estabas congelando.
–¿A qué has venido realmente, Fausto?
Era una pregunta que no podía responder. ¿Por qué la había seguido hasta allí? Ni él mismo lo sabía.
–Quería hablar contigo –dijo al fin.
–¿Sobre qué? ¿Sobre mi ridícula madre? ¿Sobre mi extravagante hermana? ¿O sobre tus sospechas acerca de que Jenna es una especie de cazafortunas? Quizá me consideras a mí otra –se encogió de hombros, impaciente–. Oh, no importa. No quiero hablar contigo.
–Yo no he dicho una sola palabra en contra de tu familia.
–¡No necesitabas hacerlo! Te vi arrugando tu aristocrática nariz. Nos consideras a todas seres tan inferiores a ti…
Fausto cerró los puños en un esfuerzo por reprimir su frustración. Tal vez no supiera bien por qué había ido a buscarla, pero desde luego no había sido para hablar de la familia Benton.
–Admito que encuentro el comportamiento de algunos de los miembros de tu familia un tanto… –se interrumpió, intentando ser honesto pero no ofensivo–, cuestionable. Pero eso no tiene nada que ver con mis sentimientos hacia ti.
–¿Ah, sí? ¿Y qué sentimientos son esos?
La pregunta pareció quedar suspendida en el aire, sin respuesta… porque no podía responderla. No tenía sentimiento alguno hacia ella, al menos ninguno que quisiera admitir en voz alta. Ciertamente, mientras estuvieron bailando, no había podido menos que reconocer que sentía algo, contra su voluntad. Pero una relación entre ellos seguía siendo imposible y, aunque una parte de su ser anhelaba tener una aventura con ella, nunca se rebajaría a pedirle tal cosa.
–¿Y bien? –insistió ella antes de lanzar una triste carcajada–. ¿Por qué no me sorprende que no vayas a responderme, o que ni siquiera puedas? ¡Porque no puedes soportar admitir que yo pueda gustarte algo, o que me encuentres mínimamente atractiva!
–Yo…
–Desde el momento en que me conociste, luchaste contra cualquier sentimiento que pudieras tener hacia mí, aunque solamente se tratara de una atracción física. Bueno, pues ya puedes descansar tranquilo, Fausto Danti. ¡Porque yo no albergo absolutamente ningún sentimiento hacia ti!
Se despojó de la chaqueta para arrojársela. Él la recogió, pero en seguida se sorprendió a sí mismo tomándola de los brazos y acercándola hacia sí.
–No… –protestó desesperada, con lágrimas en los ojos.
–¿Seguro que no me deseas? –le preguntó él en voz baja y, con un gemido de rendición, ella se puso de puntillas y lo besó en los labios. El shock de aquel beso fue como si hubiera caído rodando por una colina abajo.
Soltando la chaqueta, la envolvió en sus brazos y la apretó contra su pecho. Podía sentir sus senos presionados contra su torso, su cuerpo tembloroso y esbelto pegado al suyo. Su boca se abrió y la besó con pasión. Una vez más el mundo pareció evaporarse a su alrededor. Las estrellas parecieron brillar con inusitada intensidad con aquel beso que le hizo perder el sentido, abrasando su cuerpo.
Pero entonces Liza se apartó con un jadeo.
–¡No! No… no me beses así cuando… ¡No vuelvas a besarme!
–Liza…
Pero era demasiado tarde. Ya se estaba alejando, dando traspiés, entrando de nuevo en la casa. Fausto se quedó donde estaba, paralizado, mientras se esforzaba por tranquilizar su acelerado corazón. ¿Qué había sucedido? Bueno, había besado a Liza Benton… ¡pero luego ella lo había rechazado! Sacudió la cabeza, incrédulo. Por supuesto que sabía que no debería haberla besado. Y no importaba que ella lo hubiera besado primero.
Maldijo para sus adentros. No podía quitarse a aquella mujer de la cabeza. Pero tenía que hacerlo: eso era obvio. ¡Y ella, obviamente, quería que lo hiciera! Sacudiendo de nuevo la cabeza, entró lentamente en la casa.
En el salón de baile, la fiesta seguía en su apogeo. Esbozó una mueca cuando descubrió a Lindsay Benton, que no había dejado de beber, contorsionándose junto al cuarteto de cuerda. Por lo que a él se refería, la diversión había terminado. Buscó a Chaz con la mirada y lo descubrió junto a la mesa del bufé. Hacia allí se dirigió, decidido a presentarle sus disculpas.
–¡Danti! ¿Dónde te habías metido?
–Por ahí… Pero me marcho ahora mismo.
–¿Qué? Oh, no, viejo amigo, no puedes hacer eso. Ni siquiera son las once.
–Estoy cansado.
–Antes dime una cosa –le pidió Chaz, pasándole un brazo por los hombros–. ¿Qué piensas de Jenna? Ya sabes lo mucho que valoro tu opinión.
Fausto dudó, consciente de que no estaba para nada de humor para una conversación como aquella. Y, sin embargo, no pudo menos que pensar en Jenna ojeando catálogos de novias y mostrándose al mismo tiempo tan recatada y contenida con Chaz. Y en el reprochable comportamiento de Lindsay, el beso de abandono de Liza… para no hablar de su experiencia con Amy: la manera en que había aceptado aquel cheque, la triste sonrisa que le lanzó mientras se marchaba…
Todas aquellas imágenes se anudaron y entremezclaron en su mente, acompañadas de una aguda opresión en el pecho.
–Albergo ciertos recelos –le espetó.
–¿Estás hablando en serio? –Chaz lo miró desanimado.
–Sí. Recelos muy serios. Sobre su familia. Seguro que a ti también te pasa.
–A mí no me importa su familia…
–Y también sobre ella –estaba siendo sincero. Le habían engañado una vez. No dejaría que lo mismo le sucediera a su amigo–. ¿Estás seguro de que ella siente lo mismo por ti? Porque a juzgar por lo que he visto, ella no parece muy… entusiasmada.
–¿De veras piensas eso? –Chaz lo miraba como si acabara de recibir una paliza y Fausto no pudo evitar sentir una punzada de remordimiento. Pero era cierto, razonó. No había visto en Jenna Benton nada que lo moviera a pensar que estaba locamente enamorada de Chaz, o al menos tanto como él lo estaba de ella. Eran demasiadas las señales que indicaban precisamente lo contrario–. Creo que necesitas pensártelo todo muy bien antes. Ella podría significar para ti simplemente la emoción de la persecución, o del momento… Para no hablar de todos los beneficios que tú podrías proporcionarle –quiso pronunciar las palabras con cuidado, pese a que una parte de su ser habría preferido callarse sin más–. Porque, al final, ¿estás completamente seguro de que ella te quiere realmente a ti, Chaz Bingham, y no todo lo que tú podrías ofrecerle?
Las palabras parecieron reverberar entre ellos mientras Chaz lo miraba con expresión desgraciada.
–Yo… hasta ahora nunca lo había visto de esta manera.
–Entonces quizá deberías hacerlo –repuso Fausto antes de darle una palmadita en el hombro y alejarse, mientras se preguntaba si no acababa de hacerle a su amigo el mayor favor del mundo… o la mayor traición de todas.
Capítulo 9
HABRÍA sido una Navidad insoportablemente triste para Liza si no la hubiera pasado en casa con su familia, a la que tanto quería. Se obligó a tomar parte en todas las celebraciones caseras: los villancicos alrededor del piano, los chistes… A pesar de todo, sintió durante todo el tiempo que no era ella misma… y todo por culpa de Fausto Danti.
Lo maldijo por ser tan arrogante, tan frío… tan guapo. No podía sentirse más confusa, sobre todo cuando recordaba las maldades que, según Jack Wickley, había cometido, así como la manera tan increíble que había tenido de besarla. Aquellas dos cosas, juntas, resultaban insoportables. Como resultado, regresó a Londres justo antes de Año Nuevo en el mismo estado de tristeza que al principio.
Jenna también estaba triste. Liza no tardó en averiguar el motivo.
–Chaz me dijo que saldríamos a celebrar juntos el Año Nuevo. Pero no me ha llamado ni me ha puesto un solo mensaje desde el baile de Navidad.
–En todo este tiempo, ¿no has estado en contacto con él? –inquirió Liza, preocupada.
–Hasta ahora siempre he esperado a que me llame él primero.
–¡Mándale un mensaje, Jenna! Estamos en el siglo xxi. Las chicas ya no tenemos que esperar a pie de teléfono hoy día.
–Ya lo sé, pero… –se mordió el labio, triste–. Si él hubiera querido llamarme, lo habría hecho.
–Quizá perdió el teléfono con la agenda… Mira, en cualquier caso, te mereces una respuesta –insistió Liza–. Llevabais dos meses viéndoos varias veces por semana.
Necesitó de unos cuantos días para convencerla, pero al final Jenna se decidió a mandarle un mensaje de texto: Hace tiempo que no nos vemos. ¿Todo bien? La réplica, desgraciadamente breve, le llegó tres días después: Lo siento. He estado ocupado.
–Ya no quiere saber nada de mí –exclamó Jenna con una especie de sollozo. Lanzó el teléfono contra el sofá y se abrazó las rodillas–. Sabía que lo haría.
–Estaba loco por ti. Y lo sigue estando.
Jenna la miró con escepticismo.
–¿Entonces por qué no me ha llamado?
Liza no replicó mientras su cerebro trabajaba a toda velocidad. No se le ocurría ninguna razón por la cual Chaz hubiera cortado de golpe con Jenna. A no ser que… ¿y si había intervenido Fausto? Su desaprobación hacia su familia había resultado obvia. Había negado que Jenna era una cazafortunas, pero aun así… ¿Y si le había dicho algo a Chaz? ¿Podía alguien hacer algo tan bajo?
–Dale algo de tiempo –sugirió con voz débil.
Jenna esbozó una triste sonrisa.
Pasaron la Nochevieja en casa, comiendo helados y maldiciendo a los hombres.
–Yo siempre pensé que había algo entre Fausto Danti y tú –dijo Jenna–. Vuestra relación siempre me pareció bastante intensa.
–¿Intensa? –resopló Liza–. Intensamente desagradable, más bien. Nunca me cayó bien, ni siquiera un poquito.
–Tanta exageración por tu parte me parece sospechosa.
–No, en serio –insistió, cuidándose de no mencionar los dos abrasadores besos que habían compartido–. Descubrí algunas cosas sobre él. Ya sabía que era grosero y arrogante, pero…
–Pero… ¿qué es lo que has descubierto sobre él?
–No merece la pena repetirlo –dijo al cabo de un rato. Experimentaba una extraña resistencia a transmitirle lo que le había contado Jack Wickley. Era improbable que volviera a verlo… Y, sin embargo, algo la impulsaba a permanecer callada.
–Bueno, creo que necesitamos más helado –propuso Jenna con un valiente ensayo de sonrisa antes de dirigirse a la nevera.
Enero se le hizo eterno a Liza: un mes largo, triste y oscuro, durante el cual no hizo otra cosa que ir al trabajo y volver a casa, día tras día. La única distracción fue una visita de Lindsay a mediados de mes: insistió en que salieran las tres, esa vez a una discoteca de Islington. Era poco probable que se encontrara a Fausto Danti en un lugar así y, efectivamente, no se lo encontró.
Para mediados de febrero, su jefe comenzó a preocuparse.
–Parece que has perdido tu chispa –le comentó, irónico, mientras firmaba algunas cartas para que las echara al correo–. Aunque admito que es difícil mostrar buen humor con un tiempo como este.
–No me pasa nada. Estoy bien… –replicó.
Henry le sonrió escéptico. No se lo creía, pero era demasiado respetuoso para decírselo. Días después, sin embargo, sí que le comentó algo.
–¿Sabes? A veces se necesita una perspectiva nueva.
–¿Para qué? –inquirió ella, desconfiada.
–Para recuperar la chispa. Esta semana pensaba ir a mi casa de campo en Norfolk. Irá mi sobrina-nieta con su familia ¿Por qué no me acompañas?
–Oh… –era lo último que había esperado Liza.
–El pronóstico del tiempo es bueno. Te aseguro que los paseos por la playa te dejarán como nueva. No será nada formal: cenas de andar por casa y fish and chips para los pequeños.
Estuvo a punto de negarse, más por costumbre que por otra cosa, cuando recordó que Jenna pensaba pasar aquel fin de semana en Hereford para visitar a algunas antiguas amistades de colegio. ¿Por qué no podía permitirse ella salir de la ciudad y hacer algo diferente?
Por un instante se preguntó si Fausto estaría allí… pero no era probable, ya que en ese caso se lo habría mencionado Henry. Además, seguramente por entonces ya estaría de regreso en Italia.
–De acuerdo –le dijo a Henry con el tono más alegre que pudo forzar–. Eres muy amable. Gracias.
Tres días más tarde tomaba el tren para King’s Lynn y luego el autobús hasta Hunstanton, donde se hallaba la casa de campo de Henry. Él había partido el día anterior, pero ella había preferido salir el viernes a primera hora de la tarde, para no quitarle tiempo de estar a solas con su familia.
–Qué alegría verte –le dijo Henry, cariñoso, cuando la recogió en la estación.
La «casa de campo» resultó ser una mansión de ocho dormitorios con un jardín que comunicaba con una playa privada. Nada más aparcar ante la puerta, Henry señaló con la cabeza un lujoso coche azul marino que acababa de llegar.
–Ah, tenemos un visitante.
«¿Un visitante?», se preguntó Liza, desconfiada.
–¿Aparte de tu familia, quieres decir?
Era una pregunta retórica. Se dijo que podría ser cualquiera, un simple vecino, pero el corazón se le aceleró como si su cuerpo lo supiera. Como si lo supiera su corazón.
Fue Fausto Danti quien se bajó del coche.
Debió haber adivinado que Henry tramaba algo. Fausto mantuvo una expresión perfectamente anodina mientras Henry aparcaba su coche y Liza bajaba lentamente del mismo, muy pálida, rehuyendo su mirada.
Habían transcurrido dos meses desde la última vez que la había visto y parecía un tanto demacrada, como apagada. No estaba menos guapa por ello, por supuesto, pero el cansancio que traslucían sus rasgos le hacía desear reconfortarla, consolarla… un pensamiento de lo más ridículo.
Cuando Henry lo llamó para invitarlo el fin de semana, Fausto no dudó en aceptar. Los dos últimos meses habían sido agotadores: se había sentido cada vez más agobiado de trabajo… y más inquieto. Se había dicho a sí mismo que se había olvidado de Liza Benton, pero todo cambió de golpe en cuanto la vio.
–Fausto –lo saludó Henry, adelantándose para estrecharle la mano–. Me alegro de que hayas venido–. Liza –se volvió hacia ella–, ¿te acuerdas de Fausto Danti?
Estaba muy tensa. Resultaba obvio que no había sabido que él estaría allí.
–Sí, claro –repuso con frialdad antes de pasar de largo para entrar en la casa.
Al ver la sonrisa de Henry, Fausto se preguntó si el anciano percibiría la tensión existente entre ambos o si estaría al tanto de su origen, lo cual podría a su vez constituir el motivo de su invitación. Aquel iba a ser un fin de semana muy largo, pensó sombrío. Y, sin embargo, no podía negar que se alegraba de volver a verla.
Una hora después de su llegada, estaban todos reunidos en el salón ante la chimenea y con sendas copas de jerez. Henry le había presentado a su sobrina-nieta, Alison, y a sus dos hijos pequeños, que en aquel momento estaban jugando a las damas. Liza estaba de pie cerca del fuego, con una expresión pensativa en sus ojos dorados. Se había cambiado la ropa del viaje por un sencillo vestido de lana verde que resaltaba sus curvas.
–Ahora podría exigirte esa revancha –le dijo él, señalando con la cabeza el tablero de ajedrez que estaba montado en un rincón.
Ella soltó una carcajada sin humor y negó con la cabeza.
–Me temo que no estoy en forma.
–La última vez me ganaste con mucha facilidad.
Desvió la mirada sin molestarse en contestarle y Fausto se le acercó. Alison y Henry estaban conversando animadamente, así que dudaba que pudieran oírle.
–No sabía que vendrías –le dijo en voz baja.
–Ni yo que vendrías tú –lo miró desafiante–. Aunque probablemente pensarás que lo he planeado todo.
–Es no es verdad –replicó, sobresaltado.
–¿Te reservas ese juicio solamente para mi hermana, entonces?
–Yo nunca te he juzgado así.
–¿Nunca?
Impelido, como siempre, por su sentido del honor, Fausto respondió:
–Tuve algunas dudas, lo admito, pero eso es todo.
También habría podido añadir que, en aquel momento, las consideraba completamente infundadas. Liza nunca lo había perseguido de la misma manera que lo había hecho Amy. Había sido más bien lo contrario.
–Oh, qué alivio… –murmuró, irónica.
–¿Estás enfadada conmigo porque llegué a pensar en algún momento que podías andar detrás de mi dinero?
Ella resopló y desvió la mirada.
–No me gustas lo bastante como para que me enfade contigo.
–Pues tu tono no suena nada indiferente… ¿Es por eso… o por alguna otra cosa?
–Es por todo –le espetó Liza–. En cualquier caso, ¿por qué te importa tanto? Me dejaste muy claro que no estabas realmente interesado en mí –al ver que se quedaba callado, insistió–. ¿No lo niegas?
–No –respondió al cabo de un momento–. No puedo.
–¿Y eso por qué? –inquirió con voz temblorosa antes de alejarse para simular interesarse por un libro de fotografías de las playas de Norfolk, abierto en una mesa cercana.
Fausto la observó. No quería hacerle daño, pero quizá lo mejor fuera plantearle directamente el caso.
–Tengo treinta y seis años. Necesito casarme.
–¿Y? –se quedó inmóvil, con la mirada todavía fija en los libros.
–Y, cuando lo haga, tendrá que ser con una mujer que cuente con la aprobación de mi familia. Alguien capaz de administrar mi patrimonio familiar a mi lado.
–¡Pero qué arcaico suena eso!
–Admito que puede parecerte un punto de vista anticuado, pero es el único que tengo.
–Y, obviamente, yo no estoy en el juego.
Vacilando de nuevo, decidió que lo mejor era responder con la verdad.
–No.
Liza se volvió de golpe, echando chispas por los ojos.
–¿Es por mi familia, a la que encuentras tan bochornosa? ¿O por mí?
Se la quedó mirando desconsolado, sin saber qué decir. Eran ambas cosas… y ninguna al mismo tiempo. «Por mí», estuvo a punto de decirle, pero la explicación no la sabía ni él mismo.
–Tu silencio es suficiente respuesta –repuso Liza en voz baja antes de pasar de largo a su lado y abandonar el salón.
Volvió a verla durante la cena y, aunque Henry parecía preocupado por ellos, no respondió a sus comentarios. No estaba de humor para explicarle la complicada dinámica existente entre Liza Benton y él.
A la mañana siguiente, cuando bajó al comedor, descubrió que Liza había desayunado temprano y se había marchado. No la encontró por ninguna parte cuando salió a caminar por la playa con la esperanza de que la brisa marina le levantara el ánimo.
Caminaba con la cabeza baja contra el viento, las manos hundidas en los bolsillos. Detestaba el dilema en que se encontraba. No dudaba de Liza: dudaba más bien de sí mismo. El amor era un sentimiento voluble, inconsistente. Sabía que Amy lo había amado… para luego cambiar de idea porque así le había convenido. En el momento, él no se había dado cuenta de ello y tampoco sabía si sería capaz de discernir bien los sentimientos de Liza.
Luego estaba el hecho de que el amor era una emoción ciertamente peligrosa. Ya le habían hecho daño antes y no le gustaría repetir tan lamentable experiencia. Recordarse a sí mismo que Liza no era la mujer adecuada para él le parecía la opción más segura, por muy frustrante que resultara. Y, sin embargo, no podía negar que había llegado a sentir algo muy intenso por ella. Admiraba su fuego, su ingenio, la bondad y sensibilidad que desplegaba con todo el mundo.
No estaba realmente enamorado de ella, decidió con un suspiro de alivio. No la conocía lo suficiente. Pero la intensidad de sus sentimientos no era en absoluto recíproca, algo que resultaba tan humillante como doloroso. Por supuesto que todo ello era para mejor, dado que no podían mantener una relación formal. Y, sin embargo, no deseaba que las cosas terminaran de aquella forma entre ellos…
Alzó la cabeza de la húmeda arena para clavar la mirada en la serena lámina del mar, que brillaba como un espejo bajo el sol. Una intuición lo asaltó de pronto y, al volver la vista, descubrió un punto a lo lejos, una figura sentada en la arena. Ignoraba por qué, pero supo sin duda alguna que era Liza.
Caminó lentamente hacia ella. Liza tenía abrazadas las rodillas, con la cabeza gacha, de manera que no lo vio venir. El viento hacía ondear su melena revuelta. Estaba llorando.
–Liza… –le dijo con voz suave. Vio que tenía los ojos enrojecidos y el rostro bañado en lágrimas.
–¡Por supuesto, tenías que encontrarme así! –soltó con una risa nerviosa antes de volver a apoyar el mentón sobre las rodillas.
–¿Por qué lloras?
–Es igual. En cualquier caso, a ti no te importa.
–Claro que me importa –insistió.
Alzó la mirada hacia él y se apartó la melena de la cara.
–Bueno, si quieres saberlo… estoy llorando por ti.
Capítulo 10
LIZA IGNORABA qué era lo que la había impulsado a ser tan sincera. Quizá fuera por lo cansada que estaba de sentirse tan triste. O por lo difícil que le resultaba luchar contra sus propios sentimientos para seguir empeñándose en despreciar a Fausto, por muchas que fueran las razones lógicas que tuviera para hacerlo.
En cualquier caso, durante los dos últimos meses no había podido sentirse peor, todo gracias a aquel hombre.
–Por mí –repitió él con fría reserva.
–Sí, por ti –soltó una nerviosa carcajada–. ¿Te sientes ofendido, Fausto? ¿Asqueado? ¿O es simplemente normal que una mujer derrame lágrimas por ti?
–Yo nunca querría que alguien llorara por mí –repuso tenso.
–No, claro –se pasó una mano por la cara.
Él se sentó a su lado, apoyando un codo sobre su rodilla. Su cercanía la llenó de un intenso y renovado anhelo.
–Anoche te comportaste como si me odiaras –le dijo al cabo de un momento–. Me parece extraño que estés llorando por alguien a quien odias.
–Ese es el problema. Quiero odiarte. Quiero sacarte de mi cabeza pero, en lugar de ello, lo único que consigo es hacerme daño a mí misma. Otra vez –el corazón le dio un vuelco ante tan descarada confesión. ¿Qué le importaba a él? ¿Por qué se estaba mostrando tan vulnerable? No creía poder soportar su desdén.
Fausto se quedó callado por un momento y ella se aventuró a mirarlo, sentado como estaba a su lado. El corazón se le desgarró porque sabía que estaba a medio camino de enamorarse de él, un pensamiento de lo más aterrador. «No», se dijo frenética. Por fuerza tenía que tratarse de una ilusión, teniendo en cuenta lo poco que se conocían…
–¿Otra vez? –inquirió Fausto.
Liza se encogió de hombros.
–Fue hace mucho tiempo. Es estúpido que todavía me afecte, pero estas cosas nunca se superan del todo.
–Yo nunca he querido que me odiaras –añadió él en voz baja.
–En realidad no te odio.
–¿Pero entonces por qué llorabas? ¿Porque no puedes odiarme?
–Sí. Por no ser capaz de hacerlo, por mucho que lo intento –intentó forzar un tono ligero y un amago de sonrisa.
–Ya –giró en aquel momento la cabeza, de modo que su rostro quedó tan solo a unos centímetros del suyo.
El corazón le dio un vuelco. Si él estaba jugando con ella… la verdad era que no le importaba. Solo quería volver a sentirlo… Sentir aquel deseo abrasador, la maravillosa certidumbre de sentirse deseada.
–Por mucho que lo intento, no puedo odiarte –le confesó de golpe al tiempo que se inclinaba levemente hacia él, anhelante.
–Quizá deberías dejar de intentarlo –murmuró Fausto un instante antes de besarla.
Sus labios eran tan dulces como recordaba. Suave y duro a la vez, su beso tuvo algo de maravillosa demanda y súplica urgente. Cuánto había echado de menos aquella sensación… Una vez más, volvió a sentir que las puertas del cielo se abrían ante ella. No importaba que la sensación no fuera a durar. El momento era lo único importante.
Fausto profundizó el beso y ella tuvo que agarrarse a su chaqueta para mantener el equilibrio. Tenía la sensación de que no podía saciarse de él: anhelaba fundirse completamente con su cuerpo.
Él deslizó entonces una mano por debajo de su abrigo y del suéter… y ella dio un respingo al contacto de su piel desnuda. Fausto se detuvo de pronto, interrumpiendo el beso.
–¿Liza?
–Es solo que tienes la mano tan fría… –soltó una temblorosa carcajada. No podía soportar que se detuviera. Sabía que estallaría por combustión espontánea si lo hacía… o se echaría a llorar de nuevo. En un gesto de atrevimiento, le cubrió la mano con la suya y empezó a guiarla por su cuerpo, subiendo cada vez más.
Vio un fuego en sus ojos cuando su mano se cerró sobre un seno. Fue un contacto tan íntimo y maravilloso como aterrador: no quiso ya que se detuviera. Arqueó el cuerpo mientras lo besaba de nuevo. Y, con un gruñido, Fausto profundizó el beso a la vez que sus manos viajaban libres por su cuerpo, incendiándolo. A esas alturas, toda sensación de frialdad había desaparecido.
El viento soplaba fuerte a su alrededor y Liza se sintió como si estuvieran escondidos en un íntimo nido, un mundo sagrado y personal. Con un rápido movimiento, Fausto se despojó del abrigo y ella deslizó las manos por debajo de su suéter para acariciar los duros músculos de su pecho.
De alguna manera sus ropas quedaron apiladas en un montón mientras sus besos se volvían más urgentes y apasionados, como si el tiempo se les escapara entre los dedos y ambos estuvieran desesperados por retenerlo.
Hundió los dedos en su pelo mientras la boca de Fausto descendía progresivamente, tentándola en lugares escondidos y enloqueciéndola de deseo. Lo aferró de los hombros a la vez que lo urgía a continuar, deseosa y necesitada de más. Y él se lo dio. Liza tuvo la sensación de que su cuerpo estallaba ante cada íntimo contacto… Fue entonces cuando acercó una mano temblorosa al bulto que tensaba sus vaqueros.
Él soltó una risa medio ahogada, con el rostro enterrado en su cuello.
–Deberíamos detenernos.
–No.
Alzó la cabeza para mirarla.
–Si no lo hacemos ahora…
Volvió acariciar su excitación por encima de la tela, sorprendida ella misma de su propio atrevimiento.
–No quiero.
–Liza…
–No quiero detenerme. Por favor, Fausto.
El momento estaba cargado de electricidad, de trascendencia. Fausto yacía encima de ella, apoyado sobre los codos, con el rostro colorado de deseo. Liza le echó los brazos al cuello para acercarlo hacia sí, en vano.
–Dame esto, al menos –susurró–. Aunque sea lo único que me des.
Soltando un juramento en italiano, Fausto cedió al fin. Volvió a besarla y ella se perdió en la sensación. El futuro se disolvió junto con el pasado. Liza no deseaba más que aquellos instantes en toda su gloria, en la arena, bajo el viento helado, con el rugido del mar en los oídos. Se sentía como abrumada, poseída por todo ello, pero sobre todo por él, envuelta como estaba en sus brazos, con su boca sobre la suya, su duro cuerpo presionando contra el suyo… Y, sin embargo, aún no lo sentía lo suficientemente cerca.
Intentó desabrocharle los vaqueros, torpemente. Él cerró una mano sobre la suya.
–¿Estás segura de esto?
–Sí, estoy segura –respondió con un grito medio salvaje y, finalmente, él mismo se desabrochó el pantalón. Ella se despojó lo más rápido que pudo de sus vaqueros, apenas consciente de la húmeda arena bajo su cuerpo, así como de la incongruencia e incomodidad del momento… Solo que nada de todo aquello importaba lo más mínimo.
–Liza… –dijo Fausto con un gruñido, pronunciando su nombre como si fuera una súplica.
Ella lo atrajo hacia sí. Por un segundo él volvió a dudar, justo a punto de que sus cuerpos se fundieran de la manera más íntima posible.
Pero entonces Liza arqueó el cuerpo y, con un gemido sordo y gutural, tanto de rendición como de satisfacción… Fausto se hundió en ella.
Había intentado resistirse. No quería que terminara arrepintiéndose de nada, pero Liza… su cuerpo, ella misma… se reveló imposible de resistir. Fausto enterró el rostro en la dulce curva de su cuello, esperando a que se acostumbrara a sentirlo dentro de sí.
Supo en aquel primer e increíble instante que era virgen, pero la sensación de placer lo invadía todo, como una canción que retumbara en sus oídos.
–¿Estás bien? –le preguntó, con voz estrangulada por la emoción, y ella soltó una carcajada sin aliento.
–Por el amor de Dios, sí… ¡sí!
De pronto, sorprendentemente, él también se estaba riendo… hasta que la risa fue reemplazada por algo muchísimo más dulce mientras encontraba el ritmo y Liza se adaptaba a él. Torpemente al principio, pero luego con gran seguridad y fluidez, hasta que no tardaron en moverse como un solo cuerpo.
Fausto nunca se había sentido tan sintonizado con ninguna mujer, tan satisfecho, tan unido. Era una sensación que trascendía lo físico, incluso lo emocional. Como si fuera algo… sagrado. Aquella unión resultó todavía más completa cuando sus cuerpos chocaron el uno contra el otro en una última nota de placer, como un estridente golpe de platillos, antes de que él rodara a un lado arrastrándola consigo.
Su visión se fue aclarando conforme fue consciente de la fría y húmeda arena bajo su cuerpo. La melena de Liza le hacía cosquillas en la nariz y podía sentir su corazón latiendo contra el suyo como un pájaro atrapado en una jaula. Tenía los vaqueros bajados a la altura de las rodillas, al igual que ella.
No supo quién de los dos se movió primero, pero el caso fue que se separaron. Liza se sentó mientras se esforzaba por subirse el pantalón, con la cabeza baja y la melena escondiendo su rostro. Él hizo lo mismo, bajándose el suéter y abrochándose los vaqueros. Ninguno dijo nada. Conforme se prolongaba el silencio, más y más incómodo empezaba a sentirse Fausto.
Nunca, ni una sola vez había perdido el control de la manera en que lo había hecho con Liza Benton. Ni siquiera con Amy. Dios sabía que había intentando mantener fríos la cabeza y el cuerpo, pero no lo había conseguido. Y allí, en plena playa… ¿Y si Alison los hubiera sorprendido? ¿O Henry?
Pero, aparte de eso, ¿qué había pasado con su honor? Liza era virgen, o lo había sido y, sin embargo, él no había tenido el menor empacho en robarle la virginidad en una playa, con poco romanticismo y aún más escasa ternura. Él no era así. No era el hombre que su padre le había enseñado a ser.
Miró a Liza, que se estaba peinando con los dedos, intentando deshacerse los nudos del pelo. Exteriormente parecía serena y, sin embargo, él no dejaba de percibir una especie de fragilidad en ella, una vulnerabilidad que lo impulsaba a estrecharla de nuevo en sus brazos… Algo que sabía que no debía hacer, que no debía volver a hacer.
–Lo siento –dijo al fin.
–Eso suena tan mal como el «perdón» de aquel día.
Tardó unos instantes en recordar que se refería a lo que le había dicho la primera vez que se besaron. Ella se volvió para mirarlo, con el pelo todavía enredado y los labios enrojecidos por sus besos.
–¿Te arrepientes?
Fausto detectó el desafío en su pregunta. No sabía qué respuesta quería ella que le diera, pero, en cualquier caso, tenía que ser sincera.
–Sí. Nunca habría escogido hacerlo así. E imagino que tú tampoco, sobre todo en tu primera vez. Porque ha sido tu primera vez, ¿verdad?
–Sí –respondió ella, mirando hacia otro lado.
–Entonces lo lamento de verdad.
–¿Es esa la única razón por la que lo lamentas? –le preguntó Liza al cabo de un rato–. ¿Porque no lo hemos hecho en una buena cama, con rosas y velas?
Era una pregunta tan incisiva como peligrosa. Fausto suspiró.
–No.
–Ah.
–Liza, por favor, créeme… Yo nunca tuve la menor intención de hacerte daño.
–No me lo has hecho –le espetó con voz temblorosa–. Por favor, Fausto, no te sientas culpable por lo que a mí respecta… Yo he sido participante activa y consciente. No necesitas arrepentirte de nada.
Y, sin embargo, se arrepentía: de su propia carencia de autocontrol, del deseo que todavía latía en sus venas. Y, sobre todo, de la absoluta certidumbre de que había hecho daño a una mujer a la que admiraba y respetaba y con la cual, de eso estaba seguro, nunca podría casarse.
«¿Pero por qué no?». La pregunta, inesperada, se le antojó de pronto obvia. ¿Por qué no podía casarse con Liza Benton? Estaba claro que ella no sería la primera candidata de la familia, de ningún modo. Su madre se sentiría decepcionada y herida. Su padre jamás habría consentido una elección así.
A Liza le costaría mucho trabajo conseguir encajar en su mundo, tanto allí como en Italia. En Italia mucho más, en tanto que no pertenecía a linaje antiguo alguno de la Lombardía, ni de lejos. Y, sin embargo…, la deseaba. La quería. No estaba enamorado, aún no, lo cual podría constituir una ventaja. Ella nunca sería capaz de hacerle daño. Y, por supuesto, era una mujer encantadora, buena y cariñosa.
Y, solo en aquel momento se dio cuenta de ello, bien podía haberse quedado embarazada de él. No había usado protección. Sorprendentemente, ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
–Deberíamos volver –dijo Liza con un tono que rozaba la desesperación. Se esforzó por levantarse de la arena y Fausto estiró una mano para ayudarla. Ella lo rechazó.
–Liza, por favor.
–Yo… lo siento –soltó un suspiro–. No puedo. Intento mantener una actitud optimista y mundana con todo esto, pero me resulta muy difícil. Sé que no es lo que tú esperas escuchar.
–No se trata de lo que yo quiera escuchar o no. Necesitamos hablar de esto. A fondo.
–Ya lo hemos hecho. Al menos por lo que a mí respecta –se abrochó el abrigo con dedos temblorosos.
–No, no lo hemos hecho –declaró con tono firme–. Para empezar, está el hecho de que no hemos utilizado protección…
Liza soltó una amarga carcajada.
–Claro es eso lo que te preocupa… ¡Cielos, un bebé nacido fuera del matrimonio! Algo bastante común en estos días pero que, para la gente como tú, constituye la peor de las pesadillas.
La irritación batallaba con la piedad. Podía ver lo mucho que estaba sufriendo y, sin embargo, no podía consolarla. Ella no se lo permitiría.
–No es eso lo que quería decir.
–¿Entonces qué es? No, no me lo digas. No creo que pueda soportarlo ahora mismo.
–Liza…
–No, Fausto, por favor. Dejémoslo así –se obligó a mirarlo. Una expresión de valentía y fragilidad a la vez se traslucía en su rostro encantador–. No necesitas arrepentirte de nada. Yo no pienso hacerlo. Lo que ha pasado aquí ha sido… bueno, increíble –soltó una temblorosa carcajada–. La experiencia más maravillosa de mi vida, de hecho, así que… gracias –otra carcajada, en esa ocasión cargada de lágrimas. Se dispuso a pasar de largo ante él, con la cabeza baja.
Fausto intentó agarrarla del brazo, pero ella se desasió bruscamente.
–¡Liza!
Vio que negaba con la cabeza y echaba a correr. Muy a su pesar, se quedó donde estaba, viéndola alejarse.
Capítulo 11
HABÍA pasado las últimas horas encerrada en su habitación y sabía que su insociabilidad estaba rozando la grosería. Afortunadamente, no había visto a nadie cuando regresó a la casa.
Una vez en la habitación, se había quitado la ropa sucia y mojada mientras se esforzaba por no estallar en lágrimas. Ni siquiera sabía por qué sentía aquellas ganas de llorar: era verdad lo que le había dicho a Fausto acerca de que había sido la experiencia más maravillosa de su vida. Quizá fuera esa la causa de sus lágrimas… porque ciertamente no iba a repetirse nunca más.
Había esperado que media hora de ducha caliente a punto de arder la ayudara a recuperarse, pero se había sentido todavía más abatida cuando salió, tan colorada como un cangrejo. Después de ponerse un camisón, se había metido en la cama mientras rebobinaba mentalmente los últimos momentos vividos.
Sabía que se estaba atormentando a sí misma al revivir aquellos momentos tan dulces, así como los últimos, tan dolorosos e incómodos. El pensamiento de tener que verlo durante el resto de aquel fin de semana se le antojaba insoportable. Y, sin embargo, salir corriendo de allí a la primera oportunidad sería una grosería con respecto a Henry, además de que resultaría demasiado reveladora para Fausto. Quería demostrarle que no le importaba.
Una parte de su ser, la más patética, había esperado que, después de hacerle el amor, él la hubiera estrechado en sus brazos y besado tiernamente para confesarle que se había enamorado de ella. Como si… ¿Cuándo aprendería? En realidad, Fausto se había mostrado horrorizado. Se había comportado como si lo hubiera lamentado todo de aquel encuentro. Todo.
Con un gruñido, enterró el rostro en la almohada. Oh, ¿por qué Fausto Danti tenía que provocarle siempre aquella tormenta de sentimientos contradictorios? Cuanto antes terminara aquel fin de semana, mejor. Y, sin embargo, después de aquello, lo más probable era que nunca más volviera a verlo… Gruñó de nuevo.
Por fin, consciente de que necesitaba hacer acto de presencia, se levantó de la cama y se vistió. Esforzándose por presentar su mejor aspecto, se secó bien el pelo y se maquilló antes de bajar. La casa estaba extrañamente silenciosa.
Cuando la vio entrar en el salón, Henry bajó su periódico, sonriente.
–¿Disfrutaste de la playa?
–Sí, es preciosa –murmuró, incapaz de mirarlo a los ojos–. ¿Dónde se ha metido todo el mundo?
–Alison se ha llevado a los pequeños a Hunstanton. Fausto está haciendo unas llamadas de trabajo… pero seguro que dentro de un rato lo tendremos aquí. Quizá te desafíe a esa partida de ajedrez…
Henry arqueó las cejas mientras ella se ruborizaba y murmuraba algo inaudible. Minutos después apareció Fausto.
–Fausto, le estaba diciendo a Liza que deberíais jugar esa partida de revancha –señaló el tablero.
–Si ella quiere, yo estaré encantado –replicó él. Se había duchado después de su interludio en la playa: tenía el pelo todavía húmedo y se había afeitado.
–No es necesario –dijo Liza.
Fausto se volvió hacia ella.
–Nunca me explicaste por qué eres tan buena al ajedrez.
–Mi padre es un maestro. Jugué durante toda mi infancia. Llegué a competir en torneos para jóvenes aficionados.
–No tenía ni idea… ¿Jugamos?
Liza tragó saliva. Lo último que quería era jugar una partida de ajedrez con Fausto Danti. Sería algo demasiado íntimo: después de lo que acababa de ocurrir, cada palabra, cada movimiento suyo estaría cargado de insinuaciones, de recuerdos.
–Eso, jugad esa partida –insistió Henry con una mirada cargada de simpatía.
–Está bien –cedió ella.
Le temblaban los dedos cuando hizo la apertura. Sentía la poderosa presencia de Fausto como un imán. Apenas podía formular un pensamiento coherente, para no hablar de planificar una jugada.
Jugaron en silencio durante unos minutos, con la tensión incrementándose a cada movimiento. Fausto eludía cada una de sus trampas. Cada uno fue perdiendo piezas hasta que de repente el juego se convirtió en algo grande, algo mucho más importante de lo que parecía. Ganar pasó a ser crucial. La derrota sería como acentuar su desastre emocional, algo de lo que nunca se recuperaría.
Empezó a sentir que la partida se les escapaba de las manos, a favor de Fausto. Entonces, en un estúpido error, perdió la dama y se mordió la lengua hasta hacerse casi sangre.
–¿Tablas? –sugirió él.
–No. Juguemos hasta el final.
Fausto terminó ganando en unas pocas jugadas. Liza asintió, tensa.
–Bien jugado. Una buena partida –dijo antes de levantarse temblando de la mesa. Era solo una estúpida partida, se recordó. Y, sin embargo, la sentía como un nuevo recordatorio de que no era la mujer adecuada para Danti, de que nunca lo sería.
–Creo que saldré a respirar un poco de aire.
Abandonó rápidamente el salón. Atravesando la casa, terminó recalando en una preciosa sala decorada con tonos azules y grises. Exhaló un suspiro tembloroso, desesperada por contener las lágrimas. Era ridículo ponerse a llorar por una partida de ajedrez y, sin embargo, sabía que era algo más que eso. Mucho más.
–Liza.
La voz de Fausto le arrancó un gruñido.
–¿Es que no puedes dejarme un minuto en paz?
–No cuando tenemos pendiente una conversación.
Inspirando profundo, se giró hacia él.
–¿Qué?
Se la quedó mirando por un momento antes de cerrar la puerta a su espalda.
–Quiero pedirte algo.
–¿Qué? –se encogió de hombros, abriendo los brazos–. ¿Qué es lo que puedes pedirme tú a mí?
–Que te cases conmigo.
Tan pronto como hubo pronunciado las palabras, Fausto se dio cuenta de lo sinceras que eran… y de lo muy sorprendentes que podían sonar. Había pensado en pedirle matrimonio a Liza desde su interludio en la playa, pero la idea no había cristalizado del todo hasta que la expresó en voz alta.
Liza se lo había quedado mirando con la boca abierta, muda.
–¿Por qué?
Su incredulidad era comprensible, de manera que intentó explicárselo lo más clara y concisamente que pudo.
–En primer lugar, porque siento algo por ti. En segundo, porque compartimos una innegable química. Y tercero, porque entra dentro de lo posible que hayas concebido un hijo mío.
Liza apretó lo labios, con los ojos brillantes.
–¿Por qué tengo la impresión de que la última razón es la más importante?
–Quizá lo sea, pero en cualquier caso mi propuesta va en serio.
–¿Por qué no esperar simplemente un par de semanas, Fausto? Para asegurarte de que me he quedado embarazada, porque es muy probable que no lo esté.
–No tienes manera de saberlo y, sea como sea, dejando a un lado el posible embarazo, sigo queriendo casarme contigo.
Liza sacudió la cabeza. Seguía aturdida por su oferta.
–No puedes querer casarte conmigo.
–Es cierto que he luchado contra ello –reconoció Fausto–. Considerando lo muy diferentes que nuestras vidas, así como las expectativas de mi familia sobre mi boda, no quería sentir nada por ti e hice todo lo posible por evitarte.
–¿De veras? –soltó una carcajada triste.
–Nuestra unión tendría obvias desventajas –continuó él.
–Ah. ¿Y cuáles serían exactamente?
–Soy el conde de Palmerno.
–Yo pensaba que solo era un título simbólico.
–Quizá no eres consciente de mi posición. Y de lo que significaría convertirte en condesa. Los deberes y las responsabilidades.
–¡Oh, estoy segura de que supondría un gran privilegio! –murmuró Liza, irónica–. ¡Pero dado que no tengo ni deseo ni intención alguna de pedírtelo, esta conversación es absurda!
Fausto se la quedó mirando fijamente, perplejo ante su tono entre ofendido y desafiante. Había esperado una reacción de sorpresa, pero… ¿ofendida? ¿Cuando le estaba ofreciendo un verdadero privilegio?
–¿Me… me estás rechazando?
–Pues sí. Tu arrogancia no conoce límites.
–No creo que sea arrogancia ofrecerte todo lo que te ofrezco, especialmente teniendo en cuenta tu propia situación, así como la desventaja que tu familia podría significar para mí…
–¡Mi familia! –casi gritó–. ¿Una desventaja para ti? ¿Solo porque son normales?
–Liza, sabes tan bien como yo que…
–Si me importara tanto el dinero, quizá… –lo interrumpió furiosa–, quizá sí querría que me enumeraras esas posibles desventajas. Pero da la casualidad de que no. Cuando me case con un hombre será por amor… con alguien que también me quiera a mí. A mí como persona, al margen de mi origen o de cómo sea o deje de ser mi familia, o si seré una buena condesa o no.
–Ya te dije que siento algo por ti…
–¡Pero contra tu voluntad! Has luchado contra cualquier sentimiento que hayas albergado por mí. Si consintiera en casarme contigo, ¡sería como arrastrarte al altar a punta de pistola!
–Te aseguro que lo haría por propia voluntad.
–Déjalo ya, Fausto. La respuesta es y será siempre no. Un rotundo e inequívoco no.
No podía creer que Liza le estuviera diciendo todo aquello. De todas las posibilidades que había imaginado, aquella era la única que no le había pasado por la cabeza. Tal vez sí que había sido arrogancia, pero incluso en aquel momento la consideraba justificada.
–¿Puedo saber por qué? –inquirió fríamente.
Por un instante pareció como si fuera a estallar en llanto. Le temblaron los labios y parpadeó rápidamente.
–Porque tú no eres el tipo de hombre con quien yo querría casarme.
–¿Y eso por qué?
–¿Tan difícil te resulta de creer? ¿Es tan alta la opinión que tienes de ti mismo que no puedes imaginar a una mujer rechazándote? Mira, todo lo que has dicho o hecho hasta ahora me ha demostrado que eres un esnob arrogante, grosero y desagradable… ¡y no tengo el menor deseo de pasar un solo minuto más contigo, por no hablar del resto de mi vida!
Fausto la miraba entre furioso y dolido. Sabía que Liza había estado luchando contra sus propios sentimientos, al igual que él, pero que lo despachara fuera de su vida de una manera tan rotunda…
–En todo momento he intentado comportarme de manera honorable…
–Pues entonces tu sentido del honor es muy diferente del mío, así como del de la mayoría de la gente.
Le habían llamado estirado, anticuado y sí, orgulloso, sobre todo por gente que no lo conocía muy bien. En casa, con sus seres queridos, podía sentirse cómodo y relajado, pero la necesidad de mantener una actitud formal y algo distante era algo que había interiorizado desde que era niño. Era un Danti y tenía que dar ejemplo. Y, sin embargo, Liza parecía pensar que era un ejemplo de todo lo malo que había en el mundo.
–No sabía que me tenías en tan baja estima –dijo al cabo de un momento. Por un momento Liza pareció nuevamente a punto de llorar–. ¿Hay algo en particular que te haya hecho pensar tan mal de mí?
–Jack Wickley, por ejemplo.
–¿Jack Wickley? –se la quedó mirando incrédulo–. ¿Me estás acusando, juzgando, basándote en la palabra de Wickley?
–¿Y por qué no? –alzó la barbilla con los ojos brillantes–. ¿Acaso no debería hacerlo?
Fausto no se dignó responder. La idea de que Liza se hubiera creído cada palabra de aquel viscoso gusano resultaba indignante.
–¿Y bien? –insistió ella.
Fausto se limitó a sacudir la cabeza. No se rebajaría a defenderse contra Wickley.
–¿No niegas lo que hiciste? –lo desafió.
–¿Qué es lo que debería negar?
–Que lo despojaste de su herencia y del trabajo que tu propio padre le había prometido, aparte de difundir el rumor de que no era de fiar para que nadie más pudiera contratarlo.
–¿Eso fue lo que te dijo? –inquirió, rabioso
–¿Y tú le creíste?
–¿Qué razón podía tener para dudar de él? –le espetó Liza–. En cualquier caso, no es solamente eso. ¿Qué me dices de Jenna y de Chaz?
–¿Qué pasa con ellos?
–¿Advertiste a Chaz de que no se acercara a Jenna? Yo no quería creerlo, pero recuerdo muy bien cómo nos miraste a todas en aquel baile de Navidad y, después, Chaz se apartó de mi hermana como si tuviera la peste.
–Le aconsejé que procediera con cuidado –reconoció Fausto al cabo de un breve silencio–. Y le confesé que dudaba de los sentimientos de tu hermana hacia él, así como de sus intenciones.
Liza lo fulminó con la mirada, toda ruborizada, cerrando los puños de furia.
–¡No tenías ningún derecho!
–Chaz me pidió mi opinión y yo se la di. Es un hombre adulto, responsable de sus propias decisiones. Yo no le presioné a nada, si es eso lo que estás insinuando.
–¡Tu opinión ya constituía suficiente presión!
–Yo no tengo la culpa de eso.
Se lo quedó mirando echando chispas por los ojos, con expresión dolida y furiosa bajo un velo de lágrimas.
–Te aborrezco. ¡Te aborrezco! ¡Nada hay en el mundo que pueda inducirme a aceptar tu horrible e insincera proposición de matrimonio!
–No temas –repuso Fausto con el tono más helado que había usado nunca–. Porque nada me inducirá tampoco a mí a repetirla –y abandonó la sala lo más rápidamente que pudo.
Incapaz de enfrentarse a Henry y a su familia, subió a su habitación y empezó a hacer el equipaje. No se quedaría ni un momento más bajo el mismo techo que Liza Benton. No podía creer que hubiera acogido su propuesta, hecha honorablemente y de buena fe, con tanta burla y tanto desdén. Y todo por un consejo dado a un buen amigo… y las malditas mentiras de Wickley.
Bajó las escaleras a trompicones, apenas consciente de la mirada que le lanzó Henry desde el salón, y abrió la puerta del saloncito donde había encontrado a Liza antes. Allí seguía ella, derrumbada en una silla, con la cabeza entre las manos. Alzó el rostro, toda llorosa, cuando lo oyó entrar.
–Me llamaste orgulloso… pues bien, no lo soy tanto. Si me resistí a contarte la verdad sobre Jack Wickley fue porque esperaba que supieras la clase de hombre que soy por ti misma, no por lo que te dijera un desconocido en un bar. Jack Wickley era el hijo del director de la oficina de mi padre en Milán, un buen hombre que falleció cuando Jack solo tenía dieciséis años. Mi padre lo tomó bajo su protección, lo llevó a nuestra casa y le financió una educación universitaria, con la promesa de contratarlo una vez que se graduara.
Liza asintió lentamente, con aspecto aturdido. Le dolía verla así, pero Fausto se obligó a continuar:
–Conozco a Jack desde que era niño y nunca me cayó bien. No porque yo sea una persona orgullosa, sino porque me parecía un tipo taimado, calculador. A pesar de todo, yo respeté la voluntad de mi padre y le nombré director de la oficina de Londres, hace ya tres años. Mi padre estaba enfermo e incapaz de dirigir la compañía, mientras que yo estaba absolutamente ocupado con temas familiares. Sin embargo, tras la muerte de mi padre, llegué a enterarme con el tiempo de que Jack había aterrorizado a la plantilla de la empresa, acosado a empleadas y estafado varios cientos de miles de libras.
Liza abrió mucho los ojos, sorprendida.
–Además –continuó él–, descubrí que había intentado seducir a mi hermana Francesca en una fiesta familiar hace dos años, cuando ella solo tenía quince. Seguro que ahora podrás entender mi desagrado por el tipo. No tenía ni idea de que estaba difundiendo esos rumores, así que ahora puedo añadir la calumnia a su listado de pecados –suspiró–. Si dudas de mi versión, puedes hablar con Henry, con Chaz o con cualquiera de mis empleados de Danti Inversiones. La razón por la que estoy en Londres no es otra que la de arreglar el desastre que causó Jack Wickley –se la quedó mirando fijamente, todavía furioso–. En cuanto al asunto de Jenna y de Chaz, es cierto que he tenido mis reservas hacia tu hermana. Quizá eran injustificadas, pero a mí ya me habían engañado una vez antes. Creí amar a una mujer e incluso la llevé a casa para presentarla a mi familia. Sus verdaderas intenciones no tardaron en revelarse –no pensaba contarle más–. Solo le dije a Chaz que llevara cuidado, una precaución que sigo pensando era razonable. Si no lo era y tu hermana alberga sentimientos sinceros hacia Chaz, entonces lo siento. Y ahora… adiós.
Sin esperar su réplica y temiendo lo que pudiera decir o hacer si se quedaba, Fausto abandonó la sala. Presentó sus disculpas a Henry, recogió su equipaje y se marchó de la casa antes de que Liza hubiera tenido tiempo de levantarse siquiera de la silla.
Capítulo 12
LIZA PASÓ los dos meses siguientes en un estado de aturdimiento. Los días pasaban grises y monótonos. Trabajaba, comía, dormía y, afortunadamente, ni Henry ni Jenna la presionaban o preguntaban por qué parecía tan triste.
Quizá estuviera haciendo un buen trabajo a la hora de disimularlo. Salía los fines de semana con Jenna y fue dos veces a Hereford. Lindsay fue a visitarlas una vez y las tres salieron a un club nocturno, pero Liza no bailó y se marchó en cuanto vio a Jack Wickley, precisamente él, entrar por la puerta. La única persona a quien no podía soportar hablar o incluso ver.
Había, por supuesto, otra persona en la que ni siquiera podía soportar pensar, aunque por razones completamente distintas. Desde la petición de matrimonio de Fausto, se había sentido más emocionalmente confusa que nunca. Sus pensamientos vagaban sin cesar en círculos mientras se esforzaba por encontrar un sentido a lo que le había dicho Jack Wickley y a lo que había visto y sentido ella misma. El resultado era un incómodo fermento de incertidumbre, seguido de una avasalladora sensación de desolación.
¿Y si había estado equivocada? ¿Y si, con tal de proteger su corazón y su orgullo, había convertido a Fausto Danti en alguien que nunca había sido? ¿En alguien como Andrew Fenton, indigno de su confianza? Y, sin embargo, Fausto no era Felton, era obvio. Era un hombre orgulloso, sí, pero también honesto.
En cualquier caso, ya era demasiado tarde. Como él mismo le había dicho, no iba a repetir su propuesta. Ella tampoco la habría aceptado, claro. Podía haberse equivocado en sus suposiciones sobre el hombre que era, pero eso no significaba que fuera a casarse con él. Aunque fuera un hombre honesto, seguía teniendo nociones muy anticuadas de la vida. Le había dejado claro, además, que esperaba casarse con alguna aristócrata italiana, de antiguo linaje.
Además, la posibilidad de que se hubiera quedado embarazada se había evaporado a esas alturas. No había nada, absolutamente nada, que pudiera reunirlos de nuevo. Pero, una vez más, intentó decirse que todo aquello no importaba, que no tenía el corazón roto.
A finales de abril, más de dos meses después de aquel fin de semana en Norfolk, Yvonne la llamó para hacerle una propuesta.
–Seguramente, podrás tomarte unas vacaciones y a la abuela se le ha metido en la cabeza hacer un viaje. Sabes bien que no puede ir sola a ninguna parte, de manera que le dije que la acompañarías.
–¿Yo? –Liza adoraba a su abuela, la madre de su padre, una mujer de carácter fuerte, alegre y cariñosa–. Pero si ni siquiera sé si podré tomarme tiempo libre, mamá…
–Claro que podrás y, en cualquier caso, solo será una semana. Yo no podré ir, con los exámenes de Lindsay y Marie todavía en casa. Además, tu abuela no me soporta durante más de diez minutos. Soy demasiado estúpida para ella.
Su madre hablaba con su habitual tono pragmático pero, esa vez, a Liza se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Tú no eres una estúpida, mamá.
–Oh, sí que lo soy. Soy una cabeza de chorlito, pero no me importa. El caso es que la abuela necesita compañía y tú siempre has querido viajar por Europa. Esta es tu oportunidad.
–¿Europa? ¿A dónde quiere ir?
–Una vuelta por Italia. Lo tiene todo reservado. Lo único que tenemos que hacer es comprarte un billete y asegurarnos de que tu pasaporte está en vigor.
Italia. Resultaba ridículo esperar que pudiera tropezarse con Fausto en un país tan grande y, sin embargo, la perspectiva le aceleraba el corazón.
–No sé, mamá…
–Irás –insistió Yvonne con tono firme–. Te sentará bien un cambio de escenario, Liza. Necesitas que algo te levante el ánimo.
Todo se arregló en cuestión de días y, al cabo de unas pocas semanas, Liza, se encontraba a bordo de un avión rumbo a Italia, junto a su abuela. Habían reservado una adorable pensione junto al lago Maggiore.
Todo era tan hermoso… Las buganvillas se enredaban en la reja del pequeño balcón de su habitación, el azul intenso del lago a los lejos, el aire cálido con aromas a tomillo y lavanda…
Su abuela le había informado en el avión que no visitarían el país entero, sino solamente los lagos del norte.
–Siempre había querido verlos –le había explicado–. Como solo tenemos una semana, difícilmente habríamos podido recorrer todo el país.
–Desde luego –había asentido Liza, esperanzada, porque sabía que la propiedad de Fausto se localizaba precisamente en aquella región de los lagos. Aun así, seguía siendo altamente improbable que pudiera encontrarse con él en el lapso de una semana.
–Bueno –dijo Melanie en aquel momento, entrando en la habitación de Liza–. Había pensado que podríamos cenar en el pequeño restaurante que hay calle abajo. Y mañana me gustaría dar una vuelta por una de las propiedades de la zona: algunos de los jardines y salones están abiertos al público. Creo que se trata de una de las fincas más impresionantes de toda Europa.
–Oh. ¿A quién pertenece? –una especie de sentido de inevitabilidad, de destino, se apoderó de ella. Era como si ya conociera la respuesta.
–Al conde de Palmerno. Parece que se trata de un personaje bastante importante.
El día siguiente amaneció luminoso y despejado. Mientras ponía especial cuidado en su aspecto, Liza se esforzaba por aplacar los nervios que se habían instalado en su estómago.
–No vas a verlo –le dijo a su imagen en el espejo, con tono de reproche–. Probablemente ni siquiera estará en Italia. Y si lo está, seguramente se encontrará en Milán, trabajando. Así que deja de preocuparte.
El problema era que, más bien, estaba esperanzada. Fue un trayecto de veinte minutos en taxi hasta la Villa di Palmerno, un precioso recorrido por la costa del lago Maggiore, con villas colgando en las verdes laderas y lanchas a motor surcando las tranquilas y azules aguas.
–¿Por qué estás tan nerviosa? –le preguntó de pronto Melanie, con una carcajada–. Solo vamos a visitar unos jardines…
Minutos después el taxi entraba por el impresionante portón de hierro de la finca. Liza se quedó sin aliento a la vista de las interminables praderas, los inmensos jardines y la casa… oh, la casa.
Contempló maravillada la villa, con sus balcones y balaustradas, sus torrecillas y terrazas. Cerca de veinte ventanas relampaguearon bajo el sol cuando el taxi se detuvo a la entrada de los jardines.
–¿No es magnífico? –exclamó Melanie.
Liza se había quedado sin palabras. Cuando le pidió que se casara con él, Fausto le había pedido también que se convirtiera en la dueña y castellana de aquella mansión. Se encogió de hombros al recordar la fiereza con que lo había rechazado. «Un rotundo e inequívoco no», le había espetado.
Pasearon entre las rosaledas con fuentes de mármol, enrejados de glicinias y lechos de lavanda. Encontraron un enorme jardín de hierbas aromáticas, junto a un huerto de frutales y media docena de invernaderos. Según les informó el jardinero, la propiedad producía toda clase de tomates, melones y demás, incluida una especie de naranjo que el conde había cultivado personalmente.
–¿Qué clase de hombre es el conde? –preguntó Liza con la mayor naturalidad de que fue capaz. Una sonrisa se dibujó en el curtido rostro del hombre.
–Muy bueno, signorina. El mejor. Algunos dicen que es un poquito reservado, pero solo los que no lo conocen bien. Es bueno y generoso.
–Entiendo.
Liza no pudo menos que dolerse del burlón desprecio con que había acogido las palabras de Fausto sobre su familia y su posición. Solamente en aquel momento entendía lo muy razonables que habían sido sus preocupaciones. Fausto era el señor de aquel inmenso lugar, el responsable de centenares, si no miles, de empleados. Tenía una reputación que mantener y, naturalmente, querría a una mujer a su lado que fuera capaz de ayudarlo hombro a hombro con una responsabilidad tan grande.
Y, sin embargo, se había burlado de todo aquello en un ataque de orgullo. Fausto se había merecido que ella se tomara sus preocupaciones en serio, pero ahora era demasiado tarde. La amargura la anegaba por dentro. Perfectamente habría podido arrojarse al suelo del jardín y sollozar desconsolada.
Fausto aparcó su deportivo azul marino frente a la villa. Se alegraba de estar de vuelta, lejos de Londres. Durante los dos últimos meses había estado trabajando dieciséis horas al día, volviendo a su casa de Mayfair solo para comer y dormir. Y pese a ello no había sido capaz de dejar de pensar en Liza.
Con un suspiro, bajó del coche. Quizá las cosas le fueran mejor allí, en la Villa di Palmerno. Al menos estaría lejos de Liza, de la tentación, de su terrible y tempestuoso recuerdo. Fue entonces cuando la vio paseando con los jardines del brazo de una mujer mayor. Durante unos segundos, no pudo dar crédito a sus ojos. ¿Cómo podía estar allí? ¿Era una jugada de su imaginación, una fantasía de su mente febril?
Pero cuando la vio alzar la mirada y desorbitar los ojos de asombro, supo que era ella. Estaba allí, en carne y hueso, en Villa di Palmerno. Maravillado, se dirigió lentamente a su encuentro. Liza se quedó paralizada donde estaba, con expresión recelosa, incluso asustada. Teniendo en cuenta lo ocurrido la última vez que se vieron, Fausto podía entender su incertidumbre y, sin embargo, de pronto, sorprendentemente, todo le pareció absolutamente fácil y sencillo. Ella estaba allí y él la quería allí. Eso era lo único importante.
–Liza –ante su mirada perpleja, tomó sus manos entre las suyas, se las apretó suavemente y le dio un beso en una mejilla.
–Fausto –dijo con voz débil–. No tenía ni idea de que estarías aquí…
–Ni yo de que te encontraría en la villa –repuso con una sonrisa–. ¿Cómo es posible…?
–¿Lo conoces? –inquirió la mujer mayor–. Oh, es evidente que sí –le tendió la mano–. Melanie Benton. La abuela de Liza.
–Fausto Danti, conde de Palmerno. Encantado de conocerla –se la estrechó.
–Lo mismo digo.
La mujer parecía entre intrigada y complacida. Fausto pensó que sin duda se estaría preguntando por la naturaleza de su relación con su nieta… Y él también.
–Mi abuela quería… hacer un recorrido por los lagos –explicó Liza, tartamudeando un poco–. Y yo acepté acompañarla. De verdad que no tenía ni idea de que estarías aquí. Hasta anoche mismo ni siquiera sabía que visitaríamos la villa.
–Es una deliciosa sorpresa –vio que lo mirada recelosa y dubitativa, pero estaba siendo perfectamente sincero. Se alegraba enormemente de verla. Y estaba guapísima con su rizada melena recogida con una cita verde y las gafas de sol apoyadas en la frente. Su vestido veraniego dejaba al descubierto sus hombros bronceados y salpicados de pecas doradas: le entraron ganas de besarlas una a una. Anhelaba besarla, estrecharla en sus brazos, sentir su cuerpo contra el suyo, asegurarle que no le importaba nada de lo que había sucedido antes.
Los dos últimos meses no habían atenuado en absoluto sus sentimientos por Liza Benton; si acaso, los habían intensificado. Y, sin embargo, necesitaba llevar cuidado. Por muy complacido que estuviera de verla, no tenía intención de repetir su propuesta de matrimonio. Con un rechazo tan rotundo tenía bastante. No, procedería con exquisita cautela, tanto por su bien como por el de ella. Se alegraba de que estuviera allí, pero eso era todo.
–Íbamos a marcharnos –dijo Liza, blandiendo su móvil–. Precisamente iba a llamar un taxi.
–¿Ya habéis entrado en la casa?
–No, yo estaba esperando a ver las habitaciones expuestas al público –intervino Melanie–. Pero creo que Liza está un poco cansada.
–¿Por qué no pasáis a verlas? –sugirió Fausto–. Luego podremos tomar un refrigerio en los apartamentos privados.
–No, nosotras… –empezó Liza, pero su abuela ya estaba asintiendo con entusiasmo.
–Es usted muy amable, conde…
–Por favor, llámeme Fausto.
–Fausto –pareció deleitada–. Realmente me gustaría ver esas salas.
Fausto las invitó a entrar en la villa. Su madre estaba de compras en Milán y Francesca visitando a unas amistades. Se alegraba de tener toda la casa para él solo.
–Oh, es precioso –exclamó Melanie cuando entraron en el inmenso vestíbulo, con sus baldosas de mármol negro y blanco y sus tres plantas de altura.
Liza lo miraba todo en silencio, sin hacer comentarios. Fausto no podía dejar de mirarla, deseosa de saber lo que pensaba. Lo que sentía.
–Por aquí –murmuró, atreviéndose a posar una mano en su cintura por un instante para guiarla al salón principal, una habitación de impresionantes proporciones, llena de antigüedades.
Melanie se deshizo en exclamaciones de elogio mientras él les mostraba el comedor, el salón de baile y la biblioteca, pero Liza seguía sin pronunciar una palabra. ¿Qué estaría pensando? Y lo más importante: ¿qué sentía?
Cuando terminaron con las salas públicas, las llevó a un solarium lleno de plantas y flores que daba a una amplia terraza, con vistas a los jardines.
–¡Oh, qué vista! –exclamó Melanie, contemplando a lo lejos el lago Maggiore.
Fausto había encargado que les sirvieran allí unos refrescos. Acababan de sentarse en los cómodos sillones de mimbre del solarium cuando una doncella apareció con una bandeja de limonada fría, un surtido de pastas italianas y una fuente de fruta.
–¡Qué amable! De verdad, conde… Fausto, muchas gracias –se volvió pensativa hacia su nieta–. ¿Se puede saber de qué os conocéis?
Fausto se recostó en su sillón, cruzó una pierna y vio la súbita expresión de alarma de Liza, –Sí, Liza –intervino con voz suave–. ¿Por qué no le explicas a tu abuela cómo nos conocimos?
Capítulo 13
LIZA SE sintió como si hubiera entrado de repente en una increíble realidad paralela. ¿Era posible que estuviera allí en aquel momento, bebiendo limonada y saboreando deliciosas pastas delante de un Fausto perfectamente relajado y de modales encantadores?
Cuando lo vio bajarse de su coche, una parte de su ser ni siquiera se sintió sorprendida. Esa parte había sabido que lo vería allí. Pero lo que no había esperado era que Fausto le diera una bienvenida tan cálida, tan cariñosa… después de su último encuentro.
–Liza, ¿no me lo vas a contar? –insistió su abuela, soltando una carcajada–. ¿Cómo conociste a Fausto?
–Bueno… Fue en un bar, en realidad… Una vez que mamá y Lindsay estaban de visita. Fausto se encontraba allí con un amigo y nos pusimos todos a hablar.
–Sí, y nos volvimos a ver unas cuantas veces más después de aquello, ¿verdad? –los grises ojos de Fausto se clavaron en ella con un burlón brillo de desafío.
Aterrada, se preguntó por qué estaba haciendo aquello. La estaba provocando.
–Sí, unas pocas veces. En una fiesta…
–Y en Norfolk, en la casa de un amigo común. Mi padrino, de hecho. Tuvimos una conversación deliciosa en la playa.
Cuando Liza se aventuró a mirarlo, descubrió un nuevo brillo de inteligencia, en sus ojos. Se ruborizó cuando los recuerdos que tanto se había esforzado por olvidar la asaltaron de golpe.
–Me sorprende que nunca me hubieras dicho una palabra –la reprendió su abuela–. Sobre todo teniendo en cuenta que veníamos aquí.
–Yo, er… no me pareció relevante –sabía que sonaba ridícula, pero no podía evitarlo. Le resultaba imposible aparentar indiferencia. Dudaba que fuera capaz de continuar allí sentada ni un momento más, fingiendo que Fausto y ella no eran más que simples conocidos. Incorporándose, dijo–: Se está haciendo tarde, abuela, y estoy segura de que Fausto estará muy ocupado. Tenemos que irnos –buscó su móvil en el bolso–. Llamaré a un taxi.
–Absurdo –replicó él–. Avisaré a mi chófer. E insisto en que volvamos a vernos para cenar. ¿Mañana por la noche?
Liza se lo quedó mirando anonadada mientras Melanie aceptaba la invitación.
–Eso sería genial, gracias.
–No creo que… –empezó ella, impotente, sabiendo ya que era demasiado tarde. «¿Por qué estás haciendo esto?»: intentó formular la pregunta con los ojos, pero o bien Fausto no la vio, o bien prefirió ignorarla.
–Yo me encargaré de vuestro transporte –dijo para en seguida levantarse ágilmente del sillón.
Melanie se inclinó para comentarle a Liza en voz baja, aprovechando que Fausto abandonaba la habitación:
–Qué hombre tan encantador. Tengo la sensación de que entre vosotros hay algo más que lo que tú estás dispuesta a admitir.
–No hay nada –replicó ella con tono frío. Nada que quisiera comentarle a su abuela, en todo caso.
–El coche estará listo dentro de poco –les informó él a su regreso–. Mientras esperamos, quizá queráis ver los jardines privados.
–¡Estupendo, gracias! –exclamó Melanie antes de que Liza pudiera responder.
Fausto abrió la puerta corredera que llevaba a una amplia terraza de mármol. Liza los siguió en silencio mientras su abuela volvía a deshacerse en elogios. Los jardines privados se disponían en escalones que descendían hasta el lago.
Mientras bajaban, dado que Liza se había quedado rezagada, él la esperó para preguntarle en voz baja:
–Supongo que estarás bien…
–Sí –no confiaba en sí misma lo suficiente como para añadir más. Estaba más guapo que nunca con su traje azul marino. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no tocarlo.
–En marzo hablé con Henry –añadió Fausto en un susurro, para que no pudiera oírlo Melanie–. Quería asegurarme de que no estabas… Ya sabes.
Tardó unos segundos en tomar conciencia de que había querido asegurarse de que no se había quedado embarazada. Tragó saliva.
–Entonces debiste de quedarte bastante tranquilo.
–Sí, por tu bien.
–¿Y no por el tuyo?
–Semejante… eventualidad habría complicado las cosas, sin duda –replicó él tras una breve pausa–. Pero no lo habría lamentado.
Aquello la dejó más confusa que nunca.
–No fue esa la impresión que me diste la última vez que nos vimos.
–Las impresiones que cada uno se llevó del otro no fueron nada favorables –replicó Fausto.
Liza se quedó callada. No conseguía entenderlo. Cuando llegaron al pie del lago, casi habría preferido su habitual actitud, fría y aristocrática. Porque aquello no tenía ningún sentido. Parecía otro hombre.
–Todo esto es tan bonito… –exclamó de nuevo su abuela cuando llegaron a un ancho embarcadero donde estaba atracada una moderna lancha fueraborda.
–Sí que lo es –secundó Liza, porque se sentía obligada a decir algo. El lago azul, las montañas gris verdosas del fondo, la elegante villa con sus jardines… todo aquello era impresionante y le suscitaba un doloroso anhelo que no quería examinar con demasiado detenimiento.
Regresaron a la villa y Liza se aseguró de adelantarse con su abuela para que Fausto no pudiera dirigirle la palabra. Sus veladas referencias al pasado la habían dejado removida por dentro y no sabía cómo reaccionar. ¿Había sido sincero o simplemente se había estado burlando?
Una cosa que tenía clara: los motivos de Fausto nunca eran obvios, quizá ni siquiera para sí mismo. Quizá estuviera luchando una vez más contra su propia atracción hacia ella, precisamente por culpa de su inconveniencia como pareja, algo de lo que tampoco podía culparlo. Porque ella misma se consideraba una mujer muy poco conveniente para un hombre como él.
Minutos después Fausto las escoltaba hasta un lujoso Sedán. Estrechó la mano de Melanie antes de volverse hacia Liza con una sonrisa imposible de interpretar.
–Hasta mañana por la noche.
¿Era una promesa o una amenaza? ¿Qué era lo que quería de ella? Liza se limitó a asentir, sin atreverse siquiera a hablar. Subió al coche y, mientras se alejaba de allí, se obligó a no volver la mirada… pese a que se moría de ganas de hacerlo.
–¿Entonces quién es esa mujer, Fausto?
Una sonrisa burlona se dibujaba en los labios de Francesca cuando entró en el dormitorio de Fausto. Estaba de pie ante el espejo, ajustándose los gemelos de la camisa.
–Una amiga de Londres.
–¿Solo una amiga? ¿Seguro?
–Siempre has sido una romántica, Chessy –comentó, llamándola por su diminutivo. Aunque ella era diecinueve años más joven que él, un inesperado regalo tras el largo periodo de infertilidad de sus padres, siempre habían estado muy unidos. Francesa lo había admirado siempre y él siempre la había mimado.
–Sí, soy una romántica –reconoció–, pero… ¿sabes una cosa? La voz te cambia cuando hablas de ella.
–Eso no es verdad –la miró ceñudo.
–Sí que lo es –replicó, riendo–. Y el hecho de que no te des cuenta y además lo niegues me mueve a pensar que debe de ser una mujer realmente especial para ti.
Fausto decidió no responder. Su hermana siempre estaba viendo corazones atravesados por flechas allí donde no los había. En el caso de Liza Benton, ¿qué era lo que sentía por ella? Desde luego nada tan sencillo como un simple capricho o un ligero afecto, reconoció mientras se apartaba del espejo. Detrás del sincero placer que había experimentado al volver a verla, ¿había habido quizá algo más? En cualquier caso, no se arriesgaría a volver a encajar el humillante rechazo de la primera vez.
–Deberíamos bajar –le dijo a Francesca–. Nuestras invitadas no tardarán en aparecer –su madre estaba en Milán hasta el fin de semana, algo de lo cual se alegraba, ya que sabía que no encontraría a Liza en absoluto adecuada para él.
Una vez en el salón, se puso a pasear de un lado a otro, sintiéndose mucho más inquieto ante la llegada de Liza de lo que se había imaginado. ¿Cómo podrían superar la tensión y la incomodidad que existían entre ellos? Francesca ya se estaba imaginando algo, si la abuela de Liza no lo había hecho ya: parecía una mujer muy perspicaz.
–Creo que ya están aquí –anunció Francesca, entusiasmada.
A Fausto el corazón le dio un vuelco en el pecho, una sensación de lo más irritante. Se irguió mientras Paolo, el mayordomo de la villa, se dirigía a abrir. Instantes después hacía entrar a Liza y a su abuela en el salón reservado para las visitas.
Lo primero que advirtió fue el aspecto tan sofisticado que presentaba Liza. Llevaba un mono de seda verde esmeralda que parecía flotar en torno a su cuerpo y la melena recogida en un elegante moño, del que escapaban algunos rizos que enmarcaban su encantador rostro. Había completado su atuendo con unos largos pendientes y sandalias de tacón. Toda una belleza.
–Gracias por la invitación –le dijo Melanie.
–El placer es mío, se lo aseguro –repuso, aparentemente incapaz de apartar la mirada de Liza. Bajo su escrutinio, un ligero rubor tiñó sus mejillas, lo cual no hizo sino aumentar su encanto. Sintió luego los ojos de Francesca fijos en él y se volvió hacia ella–. Os presento a mi hermana.
Una vez hechas las presentaciones, no tardó Melanie en interesarse por la historia de algunas de las antigüedades y, mientras Fausto le respondía hasta donde sabía, vio, por el rabillo del ojo, que Francesca y Liza se ponían a charlar. Minutos después soltaban una carcajada al unísono. ¿De qué estarían hablando? Se notaba que se habían caído especialmente bien, algo que resultaba tan grato como inquietante…
La cena transcurrió en un ambiente igual de cómodo y mucho más placentero de lo que Fausto había esperado. Liza era una conversadora vivaz y, aunque dirigía principalmente sus comentarios a Melanie o a Francesca, de cuando en cuando le regalaba alguna que otra observación o una discreta sonrisa.
Fausto se ofreció a explicarle a Melanie varios aspectos de la finca sobre los que se había mostrado interesada.
–De hecho, el vino que estamos bebiendo procede de la finca. Tenemos unos viñedos a pocos kilómetros de aquí.
–¿Qué es lo que no tienes? –dijo Liza con un eco de risa en la voz.
«A ti», pensó Fausto de manera automática. Después de la cena, se retiraron al salón a tomar café. Liza acababa de sentarse cuando Francesca se ofreció a enseñarle a Melanie los retratos de la galería superior.
–Antes me ha preguntado por nuestros antepasados, así que permítame que le enseñe sus rostros.
–Oh… –Liza se dispuso a levantarse, pero Francesca la detuvo–. ¿Por qué no te quedas aquí haciendo compañía a Fausto? Seguro que él no querrá volver a ver aquellos mohosos retratos…
Y antes de que Liza pudiera responder, ya se habían marchado las dos. Fausto sonrió perplejo; la técnica de su hermana era demasiado obvia. Miró a Liza, que esbozó una sonrisa irónica antes de echarse a reír.
–¿Estás pensando lo que yo? –le preguntó él mientras le ofrecía un café.
–¿Que a tu hermana le gusta hacer de casamentera?
–Es una romántica. No puede evitarlo.
–¿Sabe acaso… lo nuestro? –le preguntó bruscamente Liza, ya seria–. Me refiero a lo que sucedió entre nosotros.
Fausto bebió un sorbo de café mientras contemplaba su expresión recelosa.
–No. No se lo he contado a nadie.
–No, claro –repuso ella y él arqueó las cejas.
–¿Qué quieres decir?
–Solo que es lógico que quieras que no lo sepa nadie.
–Al igual que no quiero que nadie sepa detalle alguno de mi vida privada. O de la tuya –intentó escrutar su rostro, pero Liza se levantó de su silla para, de espaldas a él, contemplar los jardines con la taza de café en la mano.
–Tu villa, la finca entera, es preciosa.
–Gracias.
–Creo que… no fui consciente de lo que era cuando me hablaste de ella en Inglaterra.
–Supongo que no sería fácil de imaginar.
–Es más que eso, pero… –suspiró–. Ya no importa.
Contempló su figura, alta y esbelta, todavía de espaldas a él. Las sombras se extendían por el salón y el silencio parecía vibrar entre ellos, expectante. Habría sido tan fácil, tan tentador cerrar la distancia que los separaba y deslizar un dedo todo a lo largo de su espalda desnuda, para bajarle luego el único tirante de su mono de seda…
De repente, como si hubiera adivinado sus pensamientos, ella se volvió hacia él. La taza tembló en el plato.
–Debería irme.
–No hay necesidad.
–Es tarde y mañana tenemos que salir temprano. Iremos al lago Como para volver en el mismo día.
–¿Cuántos días tenéis previsto estar en Italia?
–Hasta el miércoles.
–Entonces podréis venir a la fiesta que pensaba dar en mi jardín este fin de semana.
–¿Realmente crees que sería una buena idea, Fausto? –sacudiendo la cabeza, lo miró con expresión triste.
–¿Y por qué no?
–Ya me dejaste claro tus intenciones. Yo no… no necesito saber más. Lo entendí a la primera.
–¿Y cuáles eran esas intenciones? –quiso saber con tono punzante, pero antes de que Liza pudiera replicar, Francesca regresó al salón seguida de Melanie.
–Le estaba diciendo a Liza que su abuela y ella podrían venir a la fiesta que daremos este fin de semana en el jardín…
–¡Oh, sí! Es una tradición que celebramos todos los años, a manera de agradecimiento a nuestros empleados. Es muy divertida. ¡Por favor, venid!
Liza lanzó a Fausto una acusadora mirada antes de contestar a Francesca, con una sonrisa forzada:
–Claro, nos encantaría. Gracias.
Fausto no pudo negar la visceral satisfacción que lo invadió de golpe. Volvería a ver a Liza. ¿Y quién sabía lo que podría llegar a suceder entre ellos para entonces?
Capítulo 14
LIZA APENAS podía creer que estuviera de vuelta en la Villa di Palmerno, esa vez para la fiesta a la que Fausto la había forzado prácticamente a asistir. Una vez más la reluctancia batallaba con el entusiasmo, la esperanza con el miedo.
Qué fácil le resultaría enamorarse de él… Y, sin embargo, solo tenía que mirarlo para saber que no tenía intención alguna de repetirle su propuesta de matrimonio, o de retomar su relación. Aunque no entendía las motivaciones que podía tener Fausto para acercarse a ella, percibía en él las mismas reservas de siempre.
Más allá de su comprensible preocupación por su idoneidad como pareja suya, Liza recordó el críptico comentario que le había hecho en Norfolk acerca de su pasada relación con una mujer. ¿Estaría Fausto protegiendo su corazón, al igual que ella?
Cuando llegaron a la villa, la entrada estaba adornada con guirnaldas de faroles y globos de colores. Francesca las esperaba para darles la bienvenida, vestida con una sencilla blusa blanca y una falda negra.
–No pongas esa cara de sorpresa –le dijo a Liza, riendo–. Voy vestida de camarera. Cada año damos una fiesta para nuestros empleados en la que los Danti nos encargamos de servirles y atenderles. Hasta mi madre participa.
–¿Y Fausto? –preguntó Liza, escéptica. No conseguía imaginárselo en ese papel.
–Oh, sí, él también. La idea fue suya, de hecho. La tradición solo tiene cinco años de antigüedad –esbozó una mueca–. No creo que a mi padre se le hubiera ocurrido nunca, pero le dejó hacer con mucho gusto.
Otro aspecto de Fausto desconocido para ella, pensó Liza. Uno que no se habría imaginado nunca.
–Suena divertido.
–Venid a echar un vistazo –Francesca señaló los jardines, que ya estaban repletos de gente–. Hay un montón de cosas que hacer.
Mientras Liza recorría los jardines con su abuela, se quedó admirada de la cantidad de atracciones que había, con puestos de venta de plantas, juguetes y artesanías. En la pradera había hasta una noria y payasos que regalaban globos a los niños. Y todavía más admiración le provocaban los elogios que escuchaba a cada momento entre los empelados: todo el mundo adoraba a su patrón. Según ellos, era el hombre más generoso del mundo, el mejor, el más maravilloso.
Demasiado maravilloso para ella, pensó desconsolada. Melanie se había encontrado con varias conocidas y Liza aprovechó la ocasión para escabullirse. Por muy adorable que fuera la fiesta, no podía evitar sentirse cada vez más deprimida. A través de la abertura de un seto, entró en un pequeño y recoleto jardín con una fuente en forma de caracola en el centro.
Sentándose en el borde de la fuente, acarició la superficie del agua con los dedos. No debería dolerle tanto de haber descubierto lo muy buena persona que era Fausto Danti: orgulloso, sí, pero generoso y de buen corazón. No era el «esnob arrogante, grosero y desagradable» que le había acusado de ser. Al contrario.
–Pareces Venus surgida de las aguas.
Se tensó inmediatamente al sonido de su voz.
–¿Por qué siempre tienes que encontrarme en lugares secretos? –intentó aligerar el tono, pero le tembló la voz. Se obligó a mirarlo: estaba en la entrada del jardín, vestido con camisa blanca y pantalón negro, al igual que la primera vez que lo vio. Y tan guapo que quitaba el aliento.
–¿Y tú por qué siempre vas a lugares secretos? –le preguntó mientras se acercaba a ella.
–Quería estar sola.
–¿Quieres que me marche?
–No –sabía que se merecía una disculpa, al menos–. Quería verte. Hablar contigo.
–Oh.
–Quería darte las gracias por lo de hoy. Y no solo por hoy. También por la cena de la otra noche… por el aperitivo y por la visita guiada. Has sido muy amable con nosotras.
–No ha sido ninguna molestia.
–Sí, pero… realmente no tenías por qué hacerlo –se obligó a continuar, con un nudo en la garganta–. Sobre todo teniendo en cuenta… lo que pasó la última vez que nos vimos. En Norfolk –se atrevió a mirarlo, pero su rostro no revelaba expresión alguna. «Por supuesto», se dijo. Nunca había sido capaz de interpretarlo. Aunque tal vez fuera mejor así. Porque quizá se habría quedado horrorizada de haber podido descubrir lo que sentía en aquel momento hacia ella. O lo poco que sentía hacia ella…
–El pasado es pasado, Liza. Ya no importa.
–Eres muy generoso –aunque sospechaba, o esperaba al menos, que lo hubiera dicho en serio, aquellas palabras también le dolieron. «El pasado es pasado». Ella solo era una amiga para él, apenas algo más que una conocida. Lo que había sucedido entre ellos había sido demasiado breve, demasiado fugaz.
Fausto dio otro paso hacia ella.
–¿Por qué entonces tienes ese aspecto tan triste?
Liza bajó la cabeza todo lo que pudo para esconder su rostro.
–No estoy triste.
–¿Estás segura?
–Creo que sé lo que siento –repuso con más humor que enfado.
Fausto se la quedó mirando sin saber qué decir o qué hacer. Porque el problema era que él mismo no sabía lo que sentía. Parte de él anhelaba olvidar todos los recuerdos y las preocupaciones estrechando a Liza en sus brazos.
Rodeó la fuente y se sentó al otro lado, frente a ella. A lo lejos se oía el rumor de la fiesta, las risas y la música.
–¿Qué tal te ha ido durante estos últimos meses?
–Bien –respondió, deslizando los dedos por la superficie del agua, sin mirarlo.
–¿Qué tal tu familia?
–Como siempre. Es increíble lo que has hecho aquí –le dijo, aparentemente nada deseosa de hablar de sí misma–. Todo el mundo se deshace en elogios contigo.
–Son buenas personas.
–Tú eres una buena persona… –lo miró por primera vez– Quiero, necesito decírtelo, después de todas aquellas cosas que te llamé en Norfolk. Siento todo lo que te dije.
Su disculpa lo conmovió profundamente.
–Orgulloso es algo que sigo siendo…
–Tienes derecho a serlo, dado todo lo que has conseguido. Eres un patrón modélico. Un maravilloso conde de Palmerno.
Pronunció tan mal el título que Fausto no pudo menos que sonreírse, pese a lo emocionado que estaba.
–Gracias, Liza.
–Yo… espero que no me guardes rencor. Es muy probable que no volvamos a vernos más. Me gustaría que nos separáramos en términos amistosos.
Fausto se quedó callado, incapaz de aceptar la perspectiva que ella acababa de describirle: que no volvieran a verse nunca.
–¿Fausto?
–No hay rencor alguno. Aunque no me gusta hablar en un tono tan rotundo. Esto no tiene por qué ser un adiós.
–Bueno… –se encogió de hombros, forzando una sonrisa–, pero de alguna manera lo es, ¿no? Tú estás de vuelta en Italia. Yo vivo en Inglaterra. Y nuestros mundos no pueden ser más distintos –miró a su alrededor con las sombras alargándose sobre las baldosas mientras el cielo adquiría un color violeta–. En su momento no entendí lo que querías decirme, hasta que vine aquí y vi todo esto. No debí despreciar de aquel modo las preocupaciones que me expusiste. A mi manera, yo también me mostré muy orgullosa.
Fausto apretó los labios, luchando contra el deseo irracional de oponerse a todo lo que ella acababa de decirle. Porque todas las cosas que él había insistido en que importaban, no importaban realmente: no al menos de la manera en que él había pensado y ella estaba insinuando. No importaban sus respectivas posiciones. ¿Cómo había podido decir algo tan estúpido?
–Eso no es verdad –repuso en voz baja.
–Bueno, en cualquier caso ya no importa, ¿no?
Fue más una afirmación que una pregunta y Fausto, incapaz de llevarle la contraria porque no podía hacerle promesa alguna, se levantó.
–Volvamos a la fiesta. Ahora que ya ha oscurecido habrá una cena bufé, seguida de fuegos artificiales. También me gustaría que conocieras a mi madre.
–¿Tu madre? –inquirió alarmada.
–Quiero presentártela –dijo, aunque él mismo ignoraba por qué. Viviana Danti, la condesa viuda, se mostraría fríamente educada con Liza y nada más.
Aunque quizá en eso residiera el porqué. Porque no pensaba dejarse gobernar por su madre, sobre todo en algo como aquello. «¿Pero y por mi padre?», se preguntó. La pregunta reverberó en su alma, porque sabía que su querido padre habría pensado igual que su madre. «El honor lo es todo. Recuerda que tienes una obligación».
Le había prometido a su padre que se casaría con una mujer adecuada, después del desastre con Amy. Una promesa que siempre había tenido intención de guardar… solo que en aquel momento veía las cosas de manera diferente. Liza podía no tener el pedigrí que sus padres habían esperado, pero ciertamente reunía todas las cualidades que habría buscado en una esposa. No era Amy, ni de lejos, y sentía por ella mucho más que lo que había creído sentir por ella quince años atrás.
Y sin embargo…
–¿Fausto? –lo miró indecisa–. No creo que sea una buena idea que me presentes a tu madre.
–Sí lo es –replicó con tono firme–. Venga, volvamos a la fiesta –le tendió la mano y ella la miró como si fuera un objeto extraño. Al cabo de unos segundos que se le hicieron eternos, la aceptó.
Fausto entrelazó los dedos con los suyos y disfrutó de la sensación, tan íntima como un beso. En silencio, como si ninguno de los dos quisiera romper el hechizo del momento, regresaron a la fiesta.
La tarde violeta caía lentamente. Guirnaldas de farolillos chinos decoraban el jardín. En la terraza, iluminada con antorchas, estaba ya dispuesta una inmensa mesa de bufé.
–Ahora tengo que trabajar –le informó, señalando la mesa–. Pero una vez que esté todo el mundo servido, te presentaré a mi madre.
–Vale –dijo Liza, aunque seguía sin parecer muy convencida.
La llevó hasta la mesa y le dio un plato antes de ocupar su puesto al otro lado. No la perdió de vista en ningún momento, mientras trabajaba. Tenía un aspecto tan encantador, con su blusa bordada a juego con sus pantalones azul claro… Casual y elegante a la vez, pensó mientras la veía charlar con los demás invitados. Una deliciosa sensación de calidez empezó a extenderse por su pecho.
Esa sensación no hizo sino incrementarse conforme avanzaba la tarde. No le quitaba la mirada de encima. Su madre apenas había abandonado el salón y Fausto decidió que las presentaciones podían esperar. En cuanto acabó el bufé, fue a reunirse con ella en la balaustrada.
–Siento no haber podido hacerte caso.
–No te preocupes.
–¿Te lo has pasado bien?
–Sí –soltó una risita–. Todo el mundo es muy simpático.
–Tú eres una magnífica compañía.
–Fausto, hoy no haces otra cosa que soltarme cumplidos –otra carcajada–. No sé muy bien qué hacer con ellos.
–Quédate –le dijo en un impulso–. Por favor.
Empezaron los fuegos artificiales. El colorido resplandor bañó su voz de una deliciosa luz que le permitió ver, solo por un instante, su pensativa expresión.
–¿Qué quieres decir?
–Que te quedes aquí esta noche. Conmigo.
Otra cascada de luces explotó en el cielo, seguida de aplausos y risas.
–Mi abuela…
–Ella puede quedarse también. Le prepararé una de las habitaciones de invitados. Seguro que estará cansada. Mejor que se quede aquí.
–¿Y yo? –inquirió Liza, volviéndose para mirarlo con una expresión tal de vulnerabilidad que Fausto ansió una vez más estrecharla en sus brazos.
–Quiero que te quedes. Pero solo si lo quieres tú.
Transcurrió una eternidad mientras estallaban los fuegos artificiales ante la mirada de Liza, que tenía una expresión pensativa y reservada. Finalmente, se volvió de nuevo hacia él.
–Sí –respondió sin más.
Capítulo 15
LIZA LUCHABA contra una sensación de irrealidad mientras contemplaba el espectáculo de fuegos artificiales junto a Fausto, sin hablar. No podía dar crédito a lo que él le había pedido, como tampoco a su propia respuesta. Era lo último que había esperado.
Una noche era lo que Fausto le estaba pidiendo. Solo una noche, no más. Pero en seguida ahuyentó ese pensamiento: no necesitaba recordarse lo muy fugaz que sería aquella noche, que pensaba aprovechar hasta el último instante.
Una vez acabado el espectáculo, los invitados empezaron a retirarse.
–Debo ir a despedirme –le dijo Fausto.
–Sí, yo debería ir a buscar a mi abuela….
–Mi mayordomo, Roberto, te asistirá en todo lo que necesites.
Fausto se alejó para despedirse y ella salió en busca de Melanie. Solo tardó unos minutos en encontrarla entre los invitados que se retiraban, ya que también había estado contemplando los fuegos en la terraza.
Cuando ella le explicó los preparativos para esa noche, Melanie arqueó las cejas, pero se mostró de acuerdo.
–Estoy cansada, la verdad. El conde es muy amable.
Un hombre de aspecto y modales elegantes se materializó de repente en la oscuridad.
–El conde me encargó que les enseñara sus aposentos y les atendiera en todo lo que pudieran necesitar.
–Oh, er… claro –Liza no pudo evitar ruborizarse. Tuvo la sensación de que llevaba sus intenciones, las de Fausto, escritas en la frente. Pero Roberto era la discreción personificada y llevó a Melanie a una suntuosa habitación de invitados situada en la planta superior, para luego guiar a Liza hasta la suya.
–Avise por favor cuando necesite algo –le dijo señalando un botón junto a la puerta y Liza asintió.
El corazón había empezado a atronarle en el pecho tan pronto como entró en la espaciosa habitación, presidida por una gigantesca cama de dosel. ¿Qué estaba haciendo?
La puerta se cerró sigilosamente detrás de Roberto. Paseó nerviosa durante unos minutos por la habitación antes de decidirse a usar la gran ducha del cuarto de baño, así como el albornoz que colgaba de la puerta. Veinte minutos después, recién duchada y envuelta en el grueso albornoz, seguía esperando a que llegara Fausto. ¿Habría cambiado de idea?
Justo en aquel momento se abrió la puerta y Fausto apareció en el umbral, alto, moreno, poderoso. La miró en silencio durante unos segundos y Liza soltó una nerviosa carcajada.
–Temía ya que no vinieras…
–¿En serio? Pues yo no veía la hora de escaparme –repuso con voz ronca, acelerándole aún más el pulso–. Espero que no hayas cambiado de idea.
–No –le tembló la voz y alzó la barbilla–. No –repitió con tomo más firme.
–Bien –entró y cerró la puerta a su espalda.
Liza se sintió al instante como arropada, refugiada en un cálido capullo. Por fin estaban solos. Miró nerviosa a su alrededor, consciente de su desnudez bajo el albornoz.
–Esta habitación es bellísima. Aunque imagino que todas las de esta mansión lo son.
–Lo más bello que hay en esta casa eres tú.
Liza no pudo evitar soltar una carcajada escéptica.
–No hace falta que me ablandes con cumplidos, Fausto. Ya estoy aquí.
Él frunció entonces el ceño.
–¿Es eso lo que piensas que estoy haciendo?
–Bueno… sí.
–Eres preciosa, Liza. Lo supe desde el primer instante en que te vi.
–Yo lo que sé es que estás mintiendo –replicó con tono ligero, pese a que estaba sufriendo por dentro. Después de todos aquellos meses, después de todo lo que había sucedido ente ellos, aquella primera y lejana pulla todavía le dolía.
–¿Qué quieres decir?
–Te oí aquella primera noche, en la barra del bar. «Parece tan sosa y aburrida como la otra, si no más»: ese fue el comentario que hiciste sobre mí –forzó una sonrisa–. Así que no me digas ahora que te quedaste deslumbrado por mi belleza la primera vez que me viste.
–¿Yo dije eso?
–Sí.
–¿Y tú lo oíste?
–Sí.
Fausto suspiró, sacudiendo la cabeza.
–No me extraña ahora que me demostraras tanto disgusto aquella primera vez.
–Fuiste un grosero.
–Sí, lo fui. Estaba cansado y nunca me han gustado esos ambientes, pero aun así no tengo excusa. Lo siento.
Liza se echó a reír y desvió la mirada, desconcertada por la sinceridad de sus palabras.
–No te he dicho eso para arrancarte una disculpa.
–Lo siento de verdad. Nunca debí haber dicho tal cosa. Si lo pensé, fue solo porque quería desentenderme de ti y… no pude, ya desde el principio.
Liza sabía que incluso en aquel momento, después de haberle pedido que se quedara a pasar la noche con él, Fausto estaría pensando en desentenderse de ella en algún momento. Pero, con suerte, no hasta la mañana siguiente.
–No importa –dijo mientras se acercaba al ventanal, abierto al aire de la noche–. Lo pasado, pasado está.
–¿En serio?
–Sí.
–Bien. ¿Te importa si me ducho antes?
«Antes». ¿Antes de qué? Liza reprimió una carcajada histérica.
–No, claro que no –señaló el cuarto de baño, con sus suelos de mármol y su grifería dorada–. Como si fuera tu casa… que lo es.
Fausto esbozó una sonrisa fugaz y desapareció en el baño. Segundos después, Liza oyó el sonido de la ducha. Todo aquello le resultaba tan extraño… y, sin embargo, quería estar allí. Lo anhelaba.
Fausto se secó lentamente ante su imagen empañada en el espejo. Apenas podía creer que Liza estuviera allí, al otro lado de la puerta. Cuando le pidió que se quedara a pasar la noche, lo hizo porque le parecía la cosa más natural y esencial del mundo. Lo único que quería.
Y aunque no se estaba permitiendo pensar demasiado en cualquier posible futuro, la absoluta pertinencia de aquella noche, del hecho de que estuvieran juntos, era algo que anidaba en lo más profundo de su alma. Y con una intensidad que ni siquiera él mismo podía explicarse, como si se tratara de su noche de bodas.
Con la toalla atada a la cintura, abrió la puerta. Liza se giró al oír el ruido y abrió mucho los ojos.
–Oh… –lo miró de arriba abajo, ruborizada.
–Pareces nerviosa –comentó, dando un paso hacia ella.
–Claro que estoy nerviosa. ¿Eres consciente de que la única otra vez que he hecho algo así fue en aquella playa?
–Me preguntaba si había habido alguien más desde entonces.
–¿En estos dos últimos meses? –se lo quedó mirando incrédula–. Por supuesto que no.
–Eres una mujer encantadora. Debes de tener admiradores.
–Trabajo durante todo el día con un octogenario –le recordó ella–. Y la verdad es que no salgo mucho. Así que no, no tengo admiradores.
–Me alegro.
–¿De veras? –lo miró muy seria–. Tú, en cambio, habrás estado con… otras mujeres, entretanto. No es que me importe, por supuesto…
–No.
–¿Ah, no? –parecía sorprendida–. Pero…
–He estado trabajando dieciocho horas al día y apenas he salido por la noche. Y la verdad es que no he deseado a ninguna otra mujer que no fueras tú.
–Fausto…
–¿Por qué no me crees?
–No sé. Porque tú eres tan maravilloso mientras que yo…
–¿Tú qué?
Liza soltó una carcajada.
–Sosa. Aburrida. La hermana que siempre pasa desapercibida, en la que nadie se fija.
Cada palabra parecía hacer vibrar un antiguo dolor y Fausto experimentó una punzada de furia por los imbéciles que la habían desdeñado de aquella forma.
–Tú no eres nada de todo eso, Liza. Nada.
–Yo no soy una mujer maravillosa.
–Lo eres –le tomó una mano–. Eres una mujer absolutamente increíble –se llevó sus cálidos dedos a los labios.
–Tú me haces sentirme increíble. Tú y nadie más.
–Me alegro también de eso.
–Suenas muy posesivo cuando dices esas cosas –dijo con una carcajada nerviosa.
–Me siento muy posesivo –reconoció Fausto y la acercó hacia sí, deseoso y expectante. Sintió el contacto de sus caderas contra las suyas y el calor los incendió a los dos. Podía sentirlo en su cuerpo y en el de ella.
Liza soltó un tembloroso suspiro y, tentativamente, apoyó las manos en su pecho.
–¿Te parece bien? –inquirió, ansiosa–. ¿Puedo tocarte?
–Oh, Liza –gruñó–. Puedes tocarme todo lo que quieras. Por todas partes.
Ella rio mientras bajaba las manos por su pecho hasta el borde de su toalla, para subirlas luego de nuevo.
–¿En serio? –sonrió, incrédula.
–En serio.
Volvió a bajar las manos y se quedó sin aliento cuando tiró del nudo de la toalla y la hizo caer al suelo. Cuando bajó la vista, desorbitó los ojos de una manera casi cómica.
–Oh…
–Espero que no te alarmes demasiado –dijo, irónico.
–No… es solo que no te había visto, antes.
–Ni yo a ti –tiró levemente del cordón de su albornoz–. ¿Puedo? –al ver que ella asentía, deshizo el nudo y el albornoz se abrió, revelando el cuerpo que tanto anhelaba tocar y acariciar.
Con un sinuoso movimiento Liza se despojó del albornoz, que fue a parar al suelo. Alzó la barbilla y lo miró con una expresión desafiante y, sin embargo, vulnerable.
Era tan encantadora… Tenía un cuerpo cremoso y perfecto, esbelto y flexible. Fausto apoyó las manos en su cintura para acercarla aún más hacia sí, sintiendo sus senos contra su pecho. Ella soltó un tembloroso suspiro y cerró los ojos.
–¿Estás bien? –le preguntó en voz baja.
–Sí. Muy bien.
–Me alegro –y entonces, porque no podía esperar más, la besó. Fue un beso todavía más dulce como todos los que le había dado antes. Se le nubló la mente y dejó vagar sus pensamientos en una marea de sensaciones.
Liza le echó los brazos al cuello y el contacto más estrecho de sus cuerpos le arrancó un gruñido. Aquello era una maravillosa tortura.
Tambaleándose levemente, se dirigieron a la cama. Fausto retiró el edredón y Liza se tumbó para esperarlo allí, con su cascada de rizos derramada sobre la blanca almohada. Estirándose junto a ella, enredó un dedo en uno de sus rizos.
–Tu pelo –murmuró–, es precioso.
Liza soltó una de sus incrédulas carcajadas.
–Es demasiado rizado.
–¿Demasiado rizado? ¿Por qué te subestimas tanto?
–No lo sé. Nunca lo había pensado –se encogió de hombros–. Sé que nunca he sido tan guapa como Jenna, ni tan vivaz como Lindsay, ni tan inteligente como Marie.
–¿Marie? No la conozco.
–Creo que te gustaría la que más. Le gusta mucho leer.
–La que más me gusta eres tú –dijo antes de cubrir su cuerpo con el suyo.
Liza soltó un gemido de placer antes de que él le devorara la boca con un beso. Arqueó luego el cuerpo para intensificar el contacto y aquello fue casi demasiado… La besó desde la boca hasta los senos, senos que podía ahora saborear a fondo, como no había sido capaz de hacerlo durante su apresurado encuentro en la playa. No, esa vez se tomaría su tiempo para explorar cada oculto rincón. Su boca fue descendiendo cada vez más.
Bajo sus labios, Liza empezó a retorcerse mientras emitía deliciosos ronroneos de placer, enterrados los dedos en su pelo.
–Fausto –murmuró en una mezcla de súplica y protesta.
–Quiero conocerte bien –musitó.
Liza soltó una temblorosa carcajada cuando sintió en su sexo la caricia de su boca y empezó a convulsionarse.
–Oh, no pensaba que…
–Este no es momento de pensar. Solo de sentir –volvió a acariciarla y ella arqueó dulcemente su cuerpo contra él.
–Fausto…
Habría podido explorar eternamente sus ocultos rincones, pero la dolorosa ansia que ambos sentían necesitaba ser saciada. Tenían toda la noche por delante y él pretendía aprovechar cada minuto. Estiró una mano para alcanzar un preservativo.
–¿Estás preparada? –le preguntó mientras se colocaba sobre ella una vez más, apoyándose sobre los codos.
Liza asintió con la cabeza sobre su hombro, su cuerpo abierto a él.
–Sí… sí.
Fausto se deslizó entonces fluidamente en su interior y ella acudió a su encuentro, glorioso embate tras glorioso embate. Fueron solo unos momentos, pero tuvo la sensación de que su vida entera se resquebrajaba y renacía de nuevo mientras ella lo envolvía en su cuerpo. Porque era allí donde siempre había querido estar.
Todas sus preocupaciones por su posición o por su orgullo, toda la armadura que había forjado para protegerse… desaparecieron en aquel instante. Y nada de todo ello le importó lo más mínimo. Solo la quería a ella. Aquella noche… y para siempre.
Rodó a un lado y quedó tumbado de espaldas con ella en sus brazos, con sus corazones latiendo fuertemente al unísono.
–Esto es solo el principio –le prometió.
Capítulo 16
LIZA SE despertó y parpadeó cegada por la luz del sol, desperezándose sensualmente como una gata. Le dolían lugares del cuerpo que nunca antes le habían dolido, pero la sensación era deliciosa. Una montaña de adorables recuerdos bailaban en su mente. El resplandor de las velas en su broncínea piel. La cabeza de Fausto inclinada sobe su cuerpo. Sus propios dedos enterrados en su oscuro pelo…
Después, cuando se sintió más atrevida, ella le aplicó el mismo tratamiento, igual de sensual. Había explorado hasta el último centímetro de aquel duro y esbelto cuerpo y gozado con el descubrimiento. Así hasta que, en algún momento poco antes del amanecer, se habían quedado dormidos, cada uno en los brazos del otro.
Giró la cabeza, vio a Fausto durmiendo profundamente a su lado… y solo entonces la realidad se impuso. Todo había pasado. Su mágica noche había terminado. Había sido increíble: no se arrepentía de nada. Bueno, de casi nada. Lo amaba. ¿Cómo podía no amarlo, después de todo lo que había aprendido sobre él? ¿Y después de todo lo que había hecho por ella, de la ternura y sensibilidad que le había demostrado? Por supuesto que lo amaba.
Durante unos preciosos segundos, lo miró dormir mientras se imaginaba a sí misma diciéndoselo. Se imaginó su rostro iluminándose de placer y de sorpresa antes de estrecharla en sus brazos para confesarle que él la amaba también… Pero eso no era más que un cuento de hadas. En todas las conversaciones que habían mantenido desde que llegó a Italia, él no había variado su posición. Ella no era la candidata adecuada a convertirse en su esposa, algo que Liza había sentido cada vez más agudamente, tanto más cuanto más tiempo pasaba en la Villa di Palmerno.
Se levantó lentamente de la cama, procurando no molestarlo. Lo mejor que podía hacer era ducharse y marcharse lo antes posible, cortar limpiamente la relación, aunque se muriera de dolor solo de pensarlo. Acababa de llevarse la ropa al baño cuando su móvil vibró con un mensaje de texto. Era de Jenna: ¿Estás despierta? Necesito hablar contigo.
Pulsó el botón de llamada y segundos después escuchaba la voz sin aliento de su hermana.
–¿Liza? Siento haberte despertado tan temprano…
–No pasa nada, pero en Inglaterra solo son las seis. ¿Qué pasa?
–Es Lindsay. Lo descubrimos anoche, ya tarde. No quería molestarte… pero es que no podía esperar más. Mamá está como loca.
Un puño helado se cerró sobre su estómago, –¿Qué es lo que ha pasado?
–No puedo culparla, la verdad. Solo tiene dieciocho años. Y tenía que pasarle esto…
–Jenna, no tengo la menor idea de lo que me estás diciendo.
–Lindsay se fue a pasar el fin de semana a Londres. ¿Recuerdas que era su cumpleaños? El caso es que le dijo a mamá que iba a verme… pero era mentira. La última vez que estuvo aquí conoció a un tipo en un club… que la invitó a una fiesta de famosillos de medio pelo este fin de semana.
–Oh, no… ¿y qué pasó? –inquirió, temerosa.
–No conozco los detalles, ni siquiera estoy segura de querer conocerlos. Parece que se enredó con una celebridad menor de la fiesta… Yo nunca había oído hablar de él, pero mamá sí.
–¿Y?
–Hubo fotos de por medio. Desnudos.
–Oh, no, Lindsay…
–El tipo que estaba con ella, el tal Jack, amenaza ahora con publicarlas en algún tabloide… si no le pagamos.
–¿Jack? –lo supo antes casi de formular la pregunta–: ¿Jack qué?
–Wick… Wick y algo.
–Wickley –Liza cerró los ojos. ¿Cómo podía aquel desgraciado dedicarse ahora a atormentar a su familia? Si hubiera tenido alguna duda sobre la verdad de la versión de Fausto, a esas alturas habría quedado completamente evaporada.
–¿Lo conoces? –preguntó Jenna, sorprendida.
–En realidad, no. Pero no importa. ¿Qué vamos a hacer ahora?
–No lo sé. Mamá está decidida a impedir que se publiquen esas fotos. Creo que tiene miedo de que la expulsen del instituto en pleno periodo de exámenes. Tienen una política de tolerancia cero con esas cosas.
–Y si la expulsan, adiós universidad –concluyó Jenna, triste–. Para no hablar de lo humillada que se sentirá si… –la cabeza le daba vueltas–. Tomaré el primer avión que salga para Londres.
–Pero tus vacaciones…
–Solo me quedaban unos días. Y esto es más importante –además de que tenía la sensación de que sus vacaciones se habían acabado ya, de hecho. Su noche con Fausto sí, al menos–. Te mandaré un mensaje desde el aeropuerto.
Colgó y se vistió rápidamente. Cuando salió del baño, Fausto estaba sentado en la cama, mirándola con una sonrisa soñolienta.
–Liza –dejó de sonreír al ver su agitación–. ¿Qué ha pasado?
–Lindsay –no podía ocultárselo, por mucho que quisiera. Mientras le relataba los sórdidos detalles, no pudo evitar encogerse por dentro. Nunca había estado más claro que ella no era, no podía ser, ni lo sería jamás, una candidata adecuada a esposa suya, pero en aquel momento aquello no podía importarle menos. Tenía que pensar en Lindsay.
–Ese canalla –masculló Fausto–. Nunca se cansará de arruinar vidas.
–Todavía no sé lo que vamos a hacer –le confesó, aturdida–. No podemos permitirnos pagarle. No tenemos tanto dinero. Pero tengo que volver a casa y ayudar. Necesito estar allí por Lindsey, por mi madre…
–Te organizaré un vuelo en avión privado. Será más rápido.
–Oh, no tienes por qué…
–No es nada –la interrumpió–. Por supuesto que lo haré.
–Gracias.
–Me encargaré de ello.
Liza parpadeó asombrada. La voz de Fausto sonaba tan fría… Quizá lo único que quería era sacarla de Italia cuanto antes, fuera de su vida. Ni siquiera la miró mientras se abotonaba la camisa y ella se dio cuenta de que tenía la cabeza en otra parte. Ya la había olvidado.
Quizá estuviera intentando hacer su propio control de daños. Si las fotos de Lindsay salían a la luz y se descubría su asociación con Liza, todo ello podría afectar negativamente a la familia Danti. Si ese era el caso, no podía culparlo por ello, pese a que el descubrimiento la llenaba de tristeza.
Todo pareció desarrollarse a toda velocidad después de aquello. Fausto abandonó el dormitorio sin despedirse ni mirarla siquiera. Para cuando Liza estuvo lista y bajó a la planta baja, no lo vio por ninguna parte… pero a su madre sí. Pese a que nunca antes se habían visto, reconoció a Viviana Danti al instante.
–Confío en que hayas pasado una buena noche –le comentó la mujer con un tono glacial que la dejó paralizada. Acababa de pedirle a Roberto que localizara a su abuela, con la esperanza de salir de allí lo antes posible.
–Sí –reuniendo fuerzas, le tendió la mano–. Creo que no nos han presentado. Soy Liza Benton.
–Sé quién eres –repuso, ignorando su mano.
Liza la retiró, ruborizada.
–La fiesta de ayer fue magnífica –dijo, antes de que el silencio se volviera aún más incómodo.
–Entiendo que has conseguido que mi hijo se encariñe contigo. Por favor, no te hagas ilusiones pensando que eso va a durar.
–Nunca lo pensé –replicó, picada–, pero gracias por dejármelo tan claro.
–Solo pretendo ayudarte, querida –sonrió, fría–. Una chica como tú… es comprensible que conciba esperanzas.
Hasta que Viviana lo dijo en voz alta, Liza nunca había creído concebir tales esperanzas. Se recordó una y otra vez que no había sido así, que había aceptado pasar aquella última noche con Fausto sabiendo perfectamente que todo se quedaría en eso, en una sola noche. Y sin embargo…
Enfrentada a la altiva mirada de Viviana, tomó dolorosa conciencia de que había sido precisamente eso lo que había estado esperando durante todo el tiempo.
–No he concebido ninguna esperanza –mintió lo más fríamente que pudo.
–¿Seguro? Porque ya hemos pasado por esta situación, ¿sabes? Fausto trajo una vez a casa a una chica muy parecida a ti. Amy, la inglesita pobre –se interrumpió–. Solo necesitó una tentadora oferta para marcharse.
Liza se la quedó mirando estupefacta antes de preguntar con un hilo de voz:
–¿Está usted intentando… sobornarme?
–Te estoy ofreciendo un incentivo, a la vez que una advertencia –replicó Viviana–. Creía que mi hijo había dejado atrás aquellas estúpidas fantasías, pero parece que no es así. ¿Cuánto quieres? ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil? –sonrió fríamente.
Liza retrocedió un paso. No la extrañaba que Fausto estuviera tan obsesionado con las cazafortunas. ¿Cuánto le había costado Amy a su madre?
–No pienso aceptar un solo céntimo de usted. Y no se preocupe, porque no pienso volver a ver a Fausto –esa convicción le desgarró el corazón y exhaló un tembloroso suspiro–. Y ahora, si me disculpa, necesito reunirme con mi abuela.
Cuanto antes lograra volver a casa y olvidarse de Fausto, mejor, pensó apenada.
Habían sido unas larguísimas dieciocho horas, pero habían valido la pena. Fausto miró el reloj de su coche: las seis y media de una espléndida tarde primaveral londinense. Le dolía todo el cuerpo. La noche anterior apenas había dormido.
Habló por teléfono con sus empleados para confirmar que Liza había aprovechado su oferta del vuelo privado… solo para descubrir que se había marchado con su abuela en un taxi antes de que Roberto pudiera conseguírselo. La información le provocó una punzada de inquietud, a la que, sin embargo, no dio mayor importancia. Liza había tenido mucha prisa por reunirse con su familia. Entendía su impaciencia. Y, en aquel momento, quien tenía prisa por reunirse con ella era él.
Por desgracia, localizarla no fue tan sencillo como había esperado. No tenía su número de móvil ni conocía su dirección. Solamente conocía su lugar de trabajo pero, a esas horas, era seguro que no estaría allí. Siempre podía llamar a Henry para pedirle la dirección, pero detestaba poner a su padrino, el patrón de Liza, en una situación delicada.
Necesitaba verla. Hablar con ella, abrazarla. Una vez que lo hiciera, se aseguraría de que todo fuera como debería ser. Así que terminó llamando a Chaz.
–Necesito el número de Jenna –le espetó, brusco.
–¿Jenna?
–¿Lo tienes todavía?
–Por supuesto que lo tengo todavía.
Algo en su tono le impulsó a preguntarle, con menos brusquedad:
–¿Por qué dejaste de verla, por cierto?
Chaz se quedó callado por un momento.
–No lo sé –admitió.
–¿Fue por lo que yo te dije?
–Tú me dijiste que me lo pensara bien. Y eso fue lo que hice.
–¿Entonces?
–No lo sé –suspiró–. ¿Quizá porque tenía miedo de que Jenna no sintiera por mí lo mismo que yo sentía por ella? Eso me asustaba, lo mucho que la quería. Supongo que al final me acobardé.
A esas alturas, Fausto sabía demasiado bien lo que seguía a continuación.
–Pero te sientes fatal sin ella. Deberías llamarla, Chaz.
–Han pasado meses…
–¿Y? Discúlpate. Arrástrate ante ella si es necesario.
Chaz soltó una carcajada de incredulidad.
–¿Eres tú, Fausto Danti, quien me está sugiriendo que me arrastre?
–Así es –porque el cielo sabía que quizá él también tendría que hacerlo.
–¿Realmente quieres que la llame?
–Sí, pero déjame que lo haga yo antes.
Jenna se sorprendió de recibir su llamada tanto como Chaz de que le hubiera pedido su número.
–¿Quieres el número de Liza?
–Preferiblemente su dirección. Necesito hablar con ella.
–Está en casa con nosotras, aquí, en Herefordshire.
–¿Me puedes dar la dirección, por favor?
Jenna vaciló.
–Por favor –le pidió con tono suave–. Quiero hablar con ella –se interrumpió mientras las palabras, con la verdad que contenían, crecían en su interior–. Necesito decirle que la quiero.
Jenna le dio la dirección.
Fue un trayecto de tres horas hasta la bonita casa de estilo georgiano enclavada en un pueblecito de la campiña inglesa. Aparcó en la entrada y la contempló con cierta sorpresa: parecía un tanto destartalada y el tejado necesitaba una reparación, pero era encantadora. Acababa de bajar del coche cuando se abrió la puerta y Lindsay apareció en el umbral, con las manos en las caderas.
–Me resultas familiar –le dijo.
–Coincidí contigo y con tus hermanas hace unos meses. Iba con Chaz.
–Ah, sí. ¿Se puede saber a qué has venido?
–A ver a Liza.
–¡Oh! –el chillido que soltó bastó para lastimarle los oídos–. ¡Liza! –gritó.
Fausto entró en la casa. Era tan encantadora por dentro como por fuera, acogedora y hogareña. Como si un sentimiento de amor irradiara de cada rincón como un campo de fuerza.
Liza apareció de pronto, guapísima con un vestido de verano de color verde.
–Fausto –dijo con voz débil–. ¿Qué estás haciendo aquí?
–Necesitaba verte.
–¿Por qué?
–Sí, eso, ¿por qué? –quiso saber Lindsay, indiscreta.
–¿Podemos hablar en privado? –le preguntó a Liza.
–Sí… vamos al jardín –lo guio a través de la casa, pasando por delante de su boquiabierta madre, de una sonriente Jenna y de otra hermana que tenía que ser Marie, la aficionada a la lectura. Un hombre mayor de pelo gris asomó la cabeza fuera de su estudio para retirarla en seguida.
Finalmente Liza lo llevó hasta una pequeña terraza de la parte trasera de la casa, con vistas a un precioso jardín de rosas.
–El orgullo y la alegría de mi padre –dijo Liza, señalando las numerosas rosas–. Nada que ver con tu jardín, por supuesto… Pero todavía no sé por qué estás aquí.
–Quería verte.
–Ya, pero… ¿por qué? ¿Ha sucedido algo?
Ahora que la tenía delante, las palabras parecían habérsele atascado en el pecho. De niño se lo habían enseñado todo sobre el orgullo y el honor, la dignidad y el respeto, pero nada sobre la vulnerabilidad y el amor… que eran lo que estaba experimentando en aquel momento.
–¿Fausto?
–Te quiero –fue una confesión nacida de las entrañas, del corazón–. Te quiero. Deseo pasar el resto de mi vida contigo –fue como abrirse el pecho y regalarle el corazón en una bandeja. Dolió. Pero, para su sorpresa y horror, vio que negaba lentamente la cabeza–. ¿No me crees?
–No es que no te crea –repuso Liza–. Aunque, para serte sincera, tampoco estoy muy segura. De todas formas, eso ya no importa.
–¿Qué? –se la quedó mirando boquiabierto–. ¿Cómo que no importa? Tú misma me dijiste que te reservabas para el amor. Que querías casarte con un hombre que te amara… Bueno, pues yo te amo, Liza. Te amo con todo mi corazón, con mi alma, con mi cuerpo. ¡Con todo! –no podía creer que le estuviera diciendo todo aquello y, sin embargo, ella continuara empeñándose en rechazarlo. Había estado tan seguro… ¿Cómo podía haber sido tan estúpido?
–Sí, eso es cierto, pero Fausto… tú no quieres amarme.
–Luché contra ello, es cierto. Lo hice porque…
–Porque pensabas que no era la mujer adecuada para ti.
–No. Eso quizá fue parte del motivo, una pequeña parte en todo caso. Porque la verdad era que tenía miedo de amarte, de entregarte mi corazón. De salir lastimado.
–Como habías salido lastimado antes.
–Sí, aunque lo que sentí por aquella mujer no fue nada comparado con esto. Con lo nuestro.
–Tu madre me ofreció dinero a cambio de desaparecer de tu vida.
La furia lo recorrió como un relámpago.
–Ya lo hizo una vez antes.
–Sí, me lo dijo. Y también me dijo que… Amy… aceptó el dinero.
A Fausto se le encogió el estómago solo de recordarlo.
–Sí.
–Lo siento. Debió de ser terrible.
–Fue hace mucho tiempo.
–Y, sin embargo, esas cosas todavía tienen el poder de herirnos… –se interrumpió, con la mirada perdida–. Yo tuve una experiencia similar. Me dolió… Oh, es ridículo porque aquello nunca fue a ninguna parte.
–¿Qué sucedió? –quiso saber Fausto.
–Conocí a un chico en la universidad. Creía que estaba interesado en mí. Bueno, se comportaba como si así fuera. Me halagaba, pasaba tiempo conmigo… Pero luego descubrí que su verdadera intención era acercarse a Jenna –suspiró–. Me lo dejó muy claro.
–Lo siento, Liza –ahora entendía su inseguridad, el motivo por el que no podía creer que él pudiera amarla–. Liza, yo te amo de verdad –insistió–. Pase lo que pase entre nosotros, tienes que creerme. Sí, luché contra ello, fue una estupidez. Pero luché y gané. Tú ganaste. Y será la más dulce de las victorias si tú…
–¿Correspondo a ese amor, quieres decir? –una leve sonrisa se dibujó en sus deliciosos labios.
–Sí.
–Te amo –dijo, pero la sensación de triunfo que le provocó su respuesta quedó opacada por sus siguientes palabras–: Sin embargo, ¿cambia eso realmente las cosas, Fausto? Al igual que tú, yo luché contra mi sentimiento de amor por ti. Estaba tan furiosa… y en parte era porque tenía la sensación de que por tu culpa estaba mirando a mi familia de manera diferente, crítica, y detestaba eso. Detestaba la persona en que me estaba convirtiendo.
–Y yo detesto lo que he sido. Pero he cambiado, Liza, te lo juro. Me he enamorado por primera vez en mi vida. De una mujer que no me importa que haya nacido princesa o pobre. No me importa, en serio.
–Le importa a tu madre.
–Las preocupaciones de mi madre no son las mías.
–Y, sin embargo, me dejaste muy claro que no me querías en tu vida, esta última vez.
–¿Cómo? –se la quedó mirando perplejo.
–Te marchaste sin siquiera despedirte.
–Tenía prisa.
–Sí, tenías prisa para hacer tu propio control de daños. Eso lo entiendo.
–¿Mi… qué? ¿Qué se supone que quiere decir eso?
–Lindsay –respondió Liza–. Me di cuenta de que si esas fotografías salían a la luz y se descubría nuestra… relación, tu reputación y la de tu familia se resentirían. Lo siento…
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