Kitabı oxu: «Instituciones divinas. Libros I-III»

Şrift:

BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 136

LACTANCIO

INSTITUCIONES
DIVINAS

LIBROS I-III

INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE

E. SÁNCHEZ SALOR


EDITORIAL GREDOS

Asesores para la sección latina: JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por PEDRO MANUEL SUÁREZ MARTÍNEZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1990.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO246

ISBN 9788424931759.

INTRODUCCIÓN
El autor

Cualquier estudioso moderno al que nos acerquemos y que haya hablado sobre Lactancio nos dirá siempre lo mismo sobre la persona de este controvertido autor cristiano: que se sabe muy poco de su vida. No vamos a solucionar nosotros aquí este problema: en primer lugar, porque no es eso lo que pretendemos, y, en segundo lugar, ello es, en definitiva, secundario; aunque no supiéramos nada de su vida, tendríamos ahí sus obras; y éstas ofrecen suficiente materia para juzgar al pensador y al escritor que hay tras las mismas. Precisamente esta materia es la que ha dado lugar a que, como pensador, haya sido tratado con frecuencia como teólogo plagado de errores, y, como pensador, haya sido unas veces ensalzado como el «Cicerón cristiano» y, otras, haya sido tildado de «mediocre» 1 .

Pero sobre el Lactancio escritor y pensador volveremos después al hablar de su obra. Adelantemos ahora lo poco que se sabe sobre su vida. Nace alrededor del 250 en África, patria de otros ilustres padres de la Iglesia de Occidente, como Minucio Félix, Tertuliano, Cipriano y Arnobio. Cuando Lactancio nombra a sus predecesores en la defensa de la fe cristiana 2 cita precisamente a Minucio Félix, Tertuliano y Cipriano, dejando claro que «son conocidos para mí». ¿Cómo y cuándo conoció Lactancio a estos tres autores y por qué no cita también, entre sus predecesores en la defensa de la fe cristiana, a Arnobio, el cual, según testimonio de Jerónimo 3 , fue maestro de Lactancio y escribió además, como sabemos, una apología de la nueva doctrina? En lo que se refiere al cómo, es evidente que Lactancio los conoció a través de sus obras, las cuales, por otra parte, son de las pocas de autores cristianos que Lactancio cita de primera mano 4 . En lo que se refiere al cuándo, es muy probable que este contacto tuviera lugar incluso antes de que Lactancio se convirtiera al cristianismo y antes de que marchara de África a Nicomedia para ejercer allí su profesión de maestro de la retórica. Si esto es así, los conoció, en un primer momento, no como autores cristianos —o al menos no para aprender de ellos como autores cristianos—, sino como autores de obras de oratoria; sólo después, una vez convertido al cristianismo, Lactancio los considera como predecesores suyos en la defensa de la fe cristiana. Que su contacto con ellos tuvo lugar antes de su conversión al cristianismo parecen insinuarlo los siguientes hechos: en primer lugar, que conoce, entre los autores cristianos, prácticamente sólo a estos tres; si su contacto con ellos hubiese sido como autores cristianos, probablemente habrían entrado en ese contacto algunos autores más, máxime cuando su conversión al cristianismo se produjo cuando ya no estaba en África y no había razones para que no entraran africanos; consiguientemente, hay que pensar que los conoció durante su aprendizaje en África, que los conoció como africanos y como autores africanos de piezas de oratoria; de oratoria cristiana, pero oratoria, al fin y al cabo. En segundo lugar, hay que decir que, cuando Lactancio cita a estos tres autores, los define mediante clichés típicos de la retórica; de Minucio dice que fue un conocido abogado 5 ; de Tertuliano, que fue un hábil conocedor de las lenguas, pero de elocuencia poco fácil, poco elegante y bastante oscura 6 ; de Cipriano, que practicó la oratoria y que escribió en este campo obras admirables 7 ; estos juicios parecen indicar que su primer contacto con ellos fue como autores de piezas oratorias en África. En lo que se refiere al hecho de que no cita a Arnobio entre sus predecesores en la defensa de la fe católica, puede tener fácil explicación; cita a Minucio, a Tertuliano y a Cipriano, pero no a Arnobio, que fue precisamente su maestro de retórica en África; ello parece indicar que, cuando Lactancio escribe sus Institutiones , no conocía todavía al Arnobio cristiano, autor del Aduersus Nationes 8 ; y, como no lo conocía como autor cristiano, no lo cita como tal 9 .

Todo lo que acabamos de decir nos da una idea de su actividad en África, aunque no tenemos datos al respecto. Estudió y practicó la elocuencia propia de la escuela de la época 10 : se trataba, como el propio Lactancio reconoce, de ejercicios consistentes en pleitos fingidos 11 ; el poso de este aprendizaje se refleja constantemente a lo largo de toda la obra, como veremos más adelante. Pero en la obra se reflejan también otros estudios: estudios de lengua, como lo demuestra el hecho de que con frecuencia recurre a argumentos filológicos y etimológicos, además de los retóricos; estudios de historia y de hechos antiguos, como lo demuestran sus constantes citas de autores como Varrón y Evémero. Debió también de distinguirse como defensor del Imperio y de su unidad: de ello hay reflejo en su obra 12 , y ello también, juntamente con su prestigio como profesor, le supondría una llamada por parte de Diocleciano para marchar a Nicomedia, la nueva capital del Imperio, a enseñar retórica.

Con ello entramos en otro capítulo de la biografía de Lactancio: el de su estancia en Nicomedia y su conversión al cristianismo. El testimonio de Jerónimo nos indica que fue enviado —el mismo Lactancio nos dice que fue enviado (accitus) 13 — a Bitinia, juntamente con Flavio, gramático, para enseñar allí retórica. La orden partió del propio emperador Diocleciano. No cabe duda de que en esta decisión de Diocleciano debió de influir su prestigio como estudioso y como defensor del Imperio. Los biógrafos de Lactancio no se atreven a pronunciarse sobre el momento en que Lactancio se convirtió al cristianismo: si antes o después de su salida de África y de su llegada a Nicomedia, en Bitinia. Nosotros creemos que su conversión al cristianismo debió de producirse durante su estancia en Nicomedia, es decir, después de salir de África; ésta es una hipótesis en favor de la cual estarían los siguientes datos: en primer lugar, el hecho de que fuera el propio Diocleciano el que le encargara la enseñanza de la retórica en Nicomedia; no parece lógico que uno de los más duros perseguidores de la fe cristiana diera este encargo a un cristiano; hay que suponer entonces que Lactancio no era todavía cristiano cuando recibió tal encargo. En segundo lugar, el hecho de que no cite a Arnobio como autor cristiano y predecesor suyo en la defensa de la fe; de Arnobio, como ya hemos dicho, sabemos que fue maestro de Lactancio en África, y sabemos también que se convirtió al cristianismo y escribió una obra contra los paganos al final de su vida; si Lactancio hubiese conocido al Arnobio cristiano, lo habría citado sin duda —de la misma forma que cita a Minucio, Tertuliano y Cipriano, africanos y cristianos los tres— como predecesor suyo en la fe; hay que suponer, pues, que cuando se marchó de África, su maestro todavía no era cristiano; y, si el maestro no lo era, es probable que tampoco lo fuera el discípulo. En tercer lugar, está el hecho de su contacto con las comunidades cristianas griegas de Oriente; es muy probable que fuera este contacto el que determinó su conversión al cristianismo en Nicomedia; que hubo ese contacto con las comunidades cristianas de Oriente parece probarlo el hecho de que el único autor cristiano griego utilizado por nuestro autor sea Teófilo de Antioquía: fue probablemente su contacto con los cristianos helenísticos de Nicomedia el que le permitió el acceso a los textos de Teófilo 14 . Por todo ello, creemos que su conversión al cristianismo debió de producirse durante su estancia en Nicomedia, y no durante su estancia en África. De todas formas, sea uno u otro el momento de su conversión, lo cierto es que Lactancio fue uno de aquellos intelectuales, eruditos, oradores, rétores, jurisconsultos, que, en aquella época de profunda crisis religiosa, moral y política, en la que los hombres, proclives al cristianismo, anhelaban una palabra de salvación que garantizara una revelación divina, se entregó a la fe en Cristo y encontró en ella la paz interior que había buscado en la filosofía o en los cultos mistéricos 15 .

De su estancia y actividad en Nicomedia tampoco sabemos prácticamente nada; sólo que, según el testimonio de Jerónimo 16 , se vio sumido en la miseria por falta de discípulos. Lo más probable es que, durante la persecución de Diocleciano, cuyo primer edicto fue promulgado en el 303, fuera privado de su cargo de profesor de retórica 17 ; como consecuencia, se vería privado de su fuente de ingresos.

Siendo ya de edad avanzada, abandonó Nicomedia, al ser llamado por Constantino a la Galia, para que se hiciese cargo de la instrucción literaria del hijo de éste, Crispo 18 .

No sabemos más de su vida, ni la fecha y lugar de su muerte.

La obra

Durante su retiro forzoso a partir del 303 se dedicaría a escribir. La primera obra conocida sería el De opificio Dei , escrita en el 303 ó 304; es un tratado dirigido a su discípulo Demetriano sobre los componentes de la persona humana: el alma y el cuerpo. Alrededor del 305 empezaría su obra más importante, las Diuinae Institutiones , que es la que aquí presentamos. Posteriores a ésta serían el De ira Dei y el De mortibus persecutorum .

LAS «DIUINAE INSTITUTIONES»

Es un tratado en siete libros sobre la doctrina cristiana. La problemática planteada por la obra lactanciana es muy variada: desde el punto de vista del contenido, habría que hablar de su valor teológico y doctrinal; desde el punto de vista de la forma, de su estructura, técnica compositiva, procedimientos de exposición, etc.

1. EL CONTENIDO

Ha sido muy criticado Lactancio al respecto. Ya Jerónimo puso en evidencia las insuficiencias de Lactancio como pensador cristiano: «Ojalá que ese río de elocuencia ciceroniana hubiese podido demostrar nuestra doctrina, de la misma forma que aniquiló la doctrina de otros» 19 . En época moderna ha habido autores que se han encargado de poner de manifiesto las deficiencias del pensamiento doctrinal de Lactancio 20 , insistiendo sobre todo en la influencia judeo-cristiana en el mismo.

No vamos nosotros a insistir aquí en la teología lactanciana. Simplemente intentaremos delimitar qué es lo que se propone Lactancio y qué es lo que consigue.

¿Qué es una Institutio? El término no está recogido en los tratados de retórica antiguos para designar un género literario con un contenido preciso. Pero sí podemos deducir qué es lo que se entiende por institutio o institutiones a partir de los textos en que se utiliza este término para designar una obra, o a partir de aquellos en que de alguna forma se define el contenido del mismo. Efectivamente, el término es empleado con frecuencia para designar algo así como un compendio de preceptos sobre un arte o doctrina, ya sea de oratoria, de métrica, de matemáticas, de leyes, etc. 21 . En los textos en que de alguna forma se define el contenido del término institutio , este término es normalmente identificado con el plural prima argumenta o elementa; esto sucede dos veces en el código de Justiniano 22 . El mismo Lactancio deja claro que instituere es lo que él se propone, es decir, «establecer la sustancia de toda nuestra doctrina» 23 .

Las Institutiones son, pues, un tratado en el que se exponen los principios o elementos de una doctrina. En el caso de Lactancio se trata evidentemente de la doctrina cristiana. Ahora bien, puesto que se trata de una doctrina nueva que cuenta con enemigos, la construcción del edificio de esa doctrina se hace no sólo a base de materiales aptos, sino también sobre el rechazo de los materiales no aptos; esta construcción —basada en el rechazo de los materiales ajenos y en la defensa de los materiales propios— comprende los seis primeros libros; el libro séptimo sería el tejado, como dice el propio Lactancio 24 . Efectivamente, los seis primeros libros se pueden agrupar de dos en dos: cada grupo de dos libros comprende el rechazo de la doctrina enemiga y la afirmación de la doctrina propia en el mismo tema. Los libros I-II se ocupan del rechazo de las religiones paganas y de la defensa del monoteísmo; los libros III-IV, del rechazo de la filosofía o sabiduría paganas y de la defensa de la verdadera sabiduría, que se identifica con la religión cristiana; los libros V-VI se centran en el ataque a los perseguidores, tanto físicos como intelectuales, del rito cristiano y en la defensa de las costumbres cristianas; el libro VII trata de la vida eterna. La obra responde, pues, a un plan perfectamente establecido, que esquemáticamente sería así:

A) La verdadera religión:

1. Rechazo de las falsas religiones: libro I.

2. El origen de esas religiones: libro II.

B) La verdadera sabiduría:

1. Rechazo de la sabiduría pagana: libro III.

2. Defensa de la identidad «verdadera sabiduría = religión cristiana»: libro IV.

C) La verdadera forma de vida:

1. Rechazo de los que atacan la forma de vida de los cristianos: libro V.

2. Defensa de la forma de vida cristiana: libro VI.

D) El premio que espera a los fieles: libro VII.

Éste es el esquema preconcebido por Lactancio. Pero este esquema y su puesta en práctica merecen algunas consideraciones.

En primer lugar, todo ese esquema se reduce a una sola idea: descubrir la verdad. Ésta es la verdadera obsesión de Lactancio, que él mismo no se cansa de repetir en el primer capítulo de la obra: «…con cuánta mayor justicia me puedo entregar yo, como si de un puerto segurísimo se tratara, a la piadosa, verdadera y divina sabiduría…»; «no hay ningún alimento más dulce para el alma que el conocimiento de la verdad. A afirmar y explicar esta verdad he dedicado estos siete libros»; «sólo pretendo instruir a los hombres, es decir, llevarlos desde el error en que están inmersos al camino recto» 25 . Y todo se reduce al conocimiento de la verdad, porque la verdad sólo puede estar en la religión verdadera; es decir, auténtica sabiduría y religión verdadera van necesariamente juntas, de forma que el auténtico sabio aceptará necesariamente la religión cristiana. En esto insiste con frecuencia Lactancio 26 ; por otra parte, no debe de carecer de sentido el hecho de que el centro mismo de la obra, el libro IV, está dedicado al tema de la sabiduría y religión verdaderas. El hecho de que el fin último de la obra sea la búsqueda de la verdad es, creemos, una de las claves desde la que hay que mirar y valorar la obra de Lactancio: su obsesión, en medio de un mundo de profunda crisis espiritual, es la de la búsqueda angustiosa de la verdad por encima de todo; sus errores como teólogo cristiano quedan minimizados desde esta perspectiva. Pero ¿no va a merecer la pena el estudio de la obra de un hombre que, en medio de la angustia espiritual de un mundo en crisis, se esfuerza por buscar la verdad? ¿No merecen perdón sus errores, si acertó en lo fundamental? Él no defiende la religión cristiana a ciegas, sino que la defiende porque ha comprendido que esa religión se identifica con la sabiduría verdadera.

Otra consideración que hay que hacer a la vista del esquema de la obra, expuesto más arriba, es la siguiente: el paralelismo que se observa entre los bloques B y C —paralelismo que se centra en el rechazo y defensa— no se observa en el bloque A. Efectivamente, en el bloque B se rechaza la filosofía pagana y se defiende la sabiduría verdadera; en el bloque C se rechaza la postura de los perseguidores de los cristianos y se defiende la actitud y forma de vida de éstos; sin embargo, en el bloque A solamente encontramos el rechazo de las religiones paganas. La lógica habría exigido un esquema como éste:

A) 1. Rechazo de las falsas religiones: libro I.

2. Defensa de la verdadera: libro II.

B) 1. Rechazo de la falsa sabiduría: libro III.

2. Defensa de la verdadera: libro IV.

C) 1. Rechazo de la actitud de los perseguidores: libro V.

2. Defensa de la actitud cristiana: libro VI.

Sin embargo, en A2, en lugar de defenderse la verdadera religión, se sigue atacando a las religiones paganas 27 . ¿A qué se debe esta ruptura de un esquema que Lactancio tenía sin duda perfectamente concebido? ¿Es una ruptura casual o responde a ese plan? Creemos que no es casual, sino que está perfectamente justificada: en primer lugar, porque la defensa de la religión verdadera, de la religión del Dios de los cristianos, no exige tratamiento aparte; su defensa, de acuerdo con lo que hemos dicho anteriormente, se engloba en la defensa de la verdadera sabiduría, y ésta —la sabiduría verdadera— es defendida en el libro IV; es en el libro IV, pues, donde se defiende a la verdadera religión juntamente con la verdadera sabiduría 28 ; religión y sabiduría van, pues, juntas; así pues, esta ruptura del esquema lógico no es nada más que un reflejo del fin último de la obra: la búsqueda de la verdad; y la verdad se encuentra en la auténtica sabiduría y en la religión verdadera, las cuales son defendidas juntas en el libro IV. En segundo lugar, porque la defensa de la religión verdadera, que propugna la existencia de una Providencia divina que lo programa y rige todo, no merece capítulo aparte porque, en definitiva, esta defensa es la que subyace a lo largo de toda la obra; el mismo Lactancio lo dice al comienzo de ella: «…como necesariamente tendré que hablar de vez en cuando a lo largo de la obra que ahora emprendo de la inteligencia de la divina Providencia, dejaré ahora al lado esta cuestión que está con todas las demás en relación tal que, hablemos del tema que hablemos, tendremos que hacerlo también de la Providencia» 29 . Por otro lado, los capítulos 3-7 del libro primero están dedicados a la defensa del monoteísmo: ellos serían la respuesta a las religiones paganas politeístas. De todas formas, y de acuerdo con lo que acabamos de decir, podría pensarse que la obra, frente a la división tripartita que antes hemos apuntado, tiene una división bipartita: una primera que trataría de la religión y sabiduría, que abarcaría hasta el libro IV inclusive, y una segunda, que trataría de la conducta del hombre auténticamente sabio y religioso, que comprendería los libros V y VI, para terminar con el VII, que trata del premio que espera a los sabios religiosos y de conducta intachable.

Una tercera observación que conviene hacer ante el esquema propuesto es que el libro VII queda aislado. Después de todo lo dicho, ello está perfectamente justificado: es el libro que adorna y completa la obra, ya que en él se habla del premio que espera a quien siga la doctrina anteriormente expuesta en los otros seis libros. El mismo Lactancio es consciente de la importancia del número siete: «Dios acabó el mundo y esta obra admirable de la naturaleza en seis días, según se dice en los antiguos testimonios de las Sagradas Escrituras, y santificó el día séptimo, en el que descansó de sus trabajos. Este día es el sábado, término que en lengua hebrea deriva del número siete; de ahí que el número siete sea perfecto y completo. Efectivamente, siete son los días que, tras repetirse sucesivamente, completan el curso de los años; siete las estrellas que no desaparecen, siete los astros llamados errantes, cuyas dispares carreras y desiguales movimientos determinan, según la creencia popular, los cambios en las cosas y en el tiempo» 30 . No es extraño, pues, que Lactancio haya trabajado en seis libros, para completar y perfeccionar su obra en el séptimo.

Así pues, la obra responde a un esquema perfectamente establecido y coherente. Lo que sucede es que, en el desarrollo del esquema, es donde aparece eso que Jerónimo ya llamó el «torrente de la elocuencia ciceroniana» 31 de Lactancio. No vamos a entrar aquí en los procedimientos compositivos de Lactancio —ello será objeto de otro capítulo de esta introducción—, pero sí conviene recordar el contenido de cada uno de los libros, para comprobar, por una parte, que se sigue el esquema propuesto, y, por otra, que Lactancio va aportando constantemente elementos del gran acervo de su cultura, acumulado en todos sus años de aprendizaje en la retórica y en la cultura, tanto profana como cristiana; este acervo comprende conocimientos de historia, filosofía, bíblicos, libros herméticos y sibilinos, etc. El contenido de cada uno de los libros es el siguiente:

LIBRO I: Las falsas religiones .

1. Introducción general: 1.

2. El monoteísmo:

a) La providencia: 2.

b) Monoteísmo: 3.

— Testimonios de los profetas: 4.

— De los poetas y filósofos: 5.

— De las Sibilas y oráculos: 6-7.

3. Politeísmo: carácter mortal de los dioses: 8.

a) Dioses extranjeros:

— Hércules: 9.

— Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, Mercurio, Líber: 10.

— Júpiter: 11.

— Saturno: 12-13.

— Júpiter y Saturno, según Evémero: 14.

b) Motivos de divinización de los anteriores: 15.

c) Errores y creencias falsas en las religiones paganas: 16-17.

d) Motivos de la divinización: 18.

e) Dioses indígenas de Roma: 18-19.

f) Ritos y misterios de los dioses paganos: 21-22.

g) Cronología de los dioses paganos: 23.

LIBRO II : Sobre el origen del error .

1. Introducción: 1.

2. Motivos del error:

a) Adoración de estatuas: 2-4.

b) Adoración de cosas de la naturaleza: 5-6.

c) ¿Se puede adorar a los dioses por sus prodigios?:

7. (Excursus: Explicación de estos prodigios, que en definitiva están provocados por los demonios: 7-16).

d) En el origen del error están los demonios: 16.

3. Conclusión: 17.

4. Peroración: 18.

5. Transición: 18.

LIBRO III: Sobre la falsa sabiduría .

1. Introducción: 1.

2. Definición de «sabiduría»: 2.

3. La filosofía pagana: 3.

a) Análisis de las escuelas: 4.

— Filosofía naturalista: 5-6.

— Filosofía moral (el sumo bien): 7-13.

— Filosofía lógica: 13.

— Cicerón: 14.

— Séneca: 15.

b) Transición: La filosofía no equivale a sabiduría auténtica: 16.

c) Análisis de los filósofos:

— Epicuro: 17.

— Estoicos y pitagóricos: 18.

— Cicerón y Platón: 19-20.

— Sócrates y el comunismo: 21-22.

— Otros filósofos: 23-24.

d) Conclusión: La filosofía no equivale a sabiduría auténtica: 25.

4. La verdadera sabiduría es el conocimiento de Dios: 26-28.

LIBRO IV: Sobre la sabiduría y religión verdaderas .

1. Cronología: ¿Cuándo empezaron a existir la sabiduría y la religión verdaderas?: 1-3.

2. Unión entre sabiduría y religión: 4.

3. Doctrina de la religión y sabiduría verdaderas:

a) La religión:

— Preparación: autoridad de los profetas: 5.

— Creación del hijo, Cristo: 6-7.

— Primera venida de Cristo: 8-9.

— Segunda venida de Cristo: 10-21.

b) La sabiduría:

— Demostración racional de todo lo anterior: 22-27.

4. Conclusión: 28-30.

LIBRO V: Sobre la justicia .

1. Introducción: Hay que defender ahora el bien, que se identifica con la conducta cristiana: 1-4.

2. El bien:

a) En época de Saturno: 5.

b) Su desaparición con Júpiter: 6.

c) Con Cristo vuelve para los cristianos: 7-9:

— Las persecuciones: 9-13.

— Definición del bien: 14.

— Los paganos defienden otro tipo de bien: 15-18.

— Invitación a los paganos a que defiendan su doctrina con la razón y no con la sangre: 19-20.

— Los verdaderos enemigos son los demonios: 21.

— Formas del bien: la paciencia: 22.

3. Conclusión: Los perseguidores serán castigados: 23.

LIBRO VI: Sobre el culto verdadero .

1. Introducción: 1.

2. Los ritos paganos: 1-2.

3. Los dos caminos: el del bien y el del mal: 3-4.

4. El camino del bien:

a) Definición de virtud: 5.

b) Refutación de la definición de Lucilio: 6.

c) La virtud no es necedad: 7.

d) El verdadero camino, la ley divina: 8.

e) Preceptos de la ley divina:

— Conocer y amar a Dios: 9.

— El humanitarismo: 10-14.

— Moderación en las pasiones: 15-19.

— Buen uso de los sentidos: 20-23.

— El arrepentimiento en caso de pecado: 24.

— El verdadero sacrificio: 25.

LIBRO VII: Sobre la vida feliz .

1. Introducción: 1.

2. Significado del mundo y del hombre:

a) Significado del mundo:

— Interpretación de los filósofos: 2-3.

— Interpretación cristiana: 4.

b) Significado del hombre: 5.

c) Resumen de todo lo anterior: Si no se acepta la interpretación cristiana, nada se entiende (6); interpretaciones erróneas de las distintas escuelas (7).

3. El fin del hombre: la eternidad.

a) Platón y otros filósofos lo intuyeron: 8.

b) Argumentos en favor de la eternidad del alma: 9-10.

c) Refutación de argumentos en contra: 12.

d) Testimonio de los libros herméticos y sibilinos: 13.

4. Cronología de la eternidad:

a) Comenzará con el fin del mundo: 14.

b) Desastres que precederán al fin del mundo: 15-17.

c) Testimonio de los libros herméticos y sibilinos: 18.

d) Derrota del Anticristo: 19.

e) El juicio final: 20.

5. ¿Cómo sufrirán y gozarán las almas?: 21. Testimonios de los poetas y otros: 22-23. Lo que sucederá después del juicio: 24. De nuevo sobre el fin del mundo: 25-26.

6. Conclusión: 27.

Éste es el contenido de la obra. Sobre la forma de introducir y mezclar los temas volveremos más adelante.

2. EL PENSAMIENTO DE LACTANCIO

Es imposible recoger en el espacio de esta introducción el pensamiento de Lactancio; este pensamiento, e incluso cada una de las facetas del mismo, merecería una monografía aparte: el Lactancio apologeta 32 , el Lactancio filósofo 33 , el Lactancio historiador de religiones 34 , el Lactancio moralista 35 , el Lactancio teólogo 36 , etc., son capítulos que han merecido y podrían seguir mereciendo estudios independientes con entidad propia. Por ello, aquí sólo intentamos hacer una semblanza del Lactancio pensador.

Lactancio es, como ya hemos dicho más arriba con palabras de Boella 37 , uno de aquellos intelectuales que, en medio de una profunda crisis religiosa, moral y política, anhelaba una palabra de salvación y de esperanza. Esa palabra de salvación no era ya encontrada por nadie en la vieja religión tradicional; muchos creyeron encontrarla en las nuevas formas de la filosofía de la época; otros, en el cristianismo y en las religiones mistéricas. ¿Dónde buscó Lactancio esa palabra de salvación y esperanza? ¿Dónde la encontró? Sin duda que la buscó por aquellas vías por las que la buscaron otras personas de la época; cada uno de estos intentos dejó una huella indeleble en su espíritu. Efectivamente, la buscó en la filosofía de la época y ésta dejó huellas en él y en su obra: es evidente, por ejemplo, la influencia del estoicismo, a través fundamentalmente de Cicerón y de Séneca. La buscó en los círculos judíos de Oriente, y éstos dejaron también huella en su obra: al ambiente judeocristiano de Oriente se atribuyen algunas de las doctrinas lactancianas, como la de los dos espíritus antagonistas 38 . Esa búsqueda de Lactancio quedó satisfecha cuando llegó a la sabiduría auténtica, que se identifica con la doctrina y conducta cristianas.

No está de sobra insistir aquí en que la aceptación y defensa de la doctrina cristiana por parte de Lactancio se justifica, no por la propia doctrina cristiana en sí misma, sino porque ésta se identifica con la verdadera sabiduría: la preocupación de Lactancio es la de aplicar la filosofía a la fe 39 . Es éste uno de los ingredientes fundamentales del resultado de esa búsqueda de la verdad emprendida por Lactancio. Se le ha acusado de cometer errores en temas propios de la doctrina cristiana; se ha dicho que era poco conocedor de esa doctrina y que por eso comete los errores y cita poco la Biblia; se le ha excusado diciendo que todo esto era lógico, porque es un converso que llegó tarde al cristianismo. Creemos que algunas de estas acusaciones son exageradas: se olvida con frecuencia que uno de los argumentos más poderosos de los autores cristianos en su enfrentamiento con el paganismo consiste en rebatir a éste con sus propias armas; un pagano no aceptaba, a priori , argumentos, por así decir, internos al propio cristianismo, como los basados en la Biblia o en la doctrina de los Padres. Por eso, Lactancio recurre a argumentos aceptados por los paganos: testimonio de los propios paganos, la razón, etc. Ello justificaría la escasez de argumentos tomados de la propia doctrina. En cuanto a los errores de su pensamiento como autor cristiano no serían, por un lado, nada más que el resultado del poso que en él ha dejado la búsqueda de la verdad a través de las corrientes culturales en cuyo contacto estuvo, y, por otro, el reflejo de una época en la que todavía no estaría perfectamente fijada la configuración doctrinal de la nueva religión.

Así pues, el primer ingrediente del resultado de la búsqueda de la verdad es la unión entre religión y sabiduría. Un segundo ingrediente de esa verdad —ingrediente importante también en el pensamiento lactanciano— es su romanidad. La identificación de Lactancio con la idea de romanidad es tal que llegará a identificar el final del mundo con el final de Roma 40 : es decir, para nuestro autor, tras la desaparición del Imperio Romano vendrá el final de todo; y ese final, dice —aunque le horroriza decirlo—, está ya cercano 41 ; sólo cabe la esperanza de que Roma se mantenga, en cuyo caso no parece que haya que temer ningún tipo de desastre: Roma es la ciudad que lo mantiene en pie todo y, por ello, hay que rogar y suplicar al Dios del cielo que, si es posible aplazar sus previsiones y decisiones, no llegue el tirano que acabará con el Imperio Romano 42 . Pero esa romanidad se manifiesta también en otros muchos detalles a lo largo de la obra; entre ellos, podemos citar los siguientes: a) la utilización del adjetivo noster , «nuestro», cuando se refiere a algún autor romano, sobre todo Virgilio: «Marón, el primero de nuestros poetas» 43 ; «a esta opinión se adhiere nuestro poeta» 44 ; «pero nuestros romanos» 45 ; b) el propio Virgilio es calificado como «gran» o «altísimo poeta»: «Incluso el gran poeta» 46 ; «y no sin razón el altísimo poeta dijo» 47 ; de Varrón dice que «más sabio que él no hubo nadie ni siquiera entre los griegos» 48 ; de Cicerón, que «fue no sólo un orador perfecto, sino también filósofo» 49 ; al propio Cicerón se atreve a darle consejos, como lamentando que una mente tan preclara hubiera caído en errores: «¿No ves, Marco Tulio, que, si aceptas esto, sucederá que los vicios entrarán juntamente con las virtudes, por cuanto el mal se pega al bien y termina por dominar en los corazones de los hombres?… Pues bien, Cicerón, si bien estoy de acuerdo contigo en que no deben ser consagrados los vicios, añado que tampoco lo deben ser las virtudes» 50 ; c) su romanidad se manifiesta también en su declarado antihelenismo; así, cuando habla de la costumbre de pronunciar panegíricos en honor de los reyes, dice que es una mala costumbre que nació entre los griegos: «Esta mala costumbre nació entre los griegos, cuya ligereza, aderezada con palabrería, provocó increíblemente gran cantidad de nebulosas mentiras. Efectivamente, en su admiración hacia esos dioses, fueron los primeros que aceptaron sus ritos y los transmitieron a todas partes» 51 ; al hablar del mito de Hércules, dice: «Pero esto quizás sea culpa de los griegos, que siempre tuvieron como grandes las cosas más livianas» 52 .

Así pues, el pensamiento de Lactancio puede resumirse —y no ocultamos aquí los peligros que supone toda definición simplista— de la siguiente forma: es un intelectual que en una época en crisis cree haber encontrado la verdad en la sabiduría que enseña la doctrina cristiana, pero que no olvida en absoluto el bagaje cultural de la ciencia pagana, ni olvida el papel que el Imperio Romano puede desempeñar en la salvación del mundo.

3. LA FORMA

Nos vamos a referir aquí fundamentalmente a cuestiones relativas a la composición literaria.

a) El género literario

Ya hemos dicho más arriba que se trata de una institutio; ahora bien, la institutio, como género literario, no está recogida en los antiguos tratados de retórica; ello ya supone una dificultad para el análisis, por cuanto no conocemos las normas teóricas del género y, consiguientemente, no sabemos si esas normas teóricas, si es que existían, son respetadas en el tratado de Lactancio. Lo único que podemos hacer es analizar, desde la propia obra, las características de la misma.

Desde el punto de vista del contenido, una institutio —al menos eso parecen comprender las Divinae Institutiones de Lactancio— comprendería dos cosas: por una parte, la exposición clara y sistemática de los elementos de la doctrina en cuestión: si es una institutio métrica, los elementos de la doctrina métrica; si es matemática, los de matemáticas, etc.; y, por otra, la refutación de los hechos, argumentos y análisis que van contra esa doctrina. Esto lo hace Lactancio en su obra: expone los principios de la doctrina cristiana, y refuta los hechos —el politeísmo y las persecuciones, tanto morales como físicas— y los argumentos —la filosofía pagana— que se oponen a la doctrina cristiana: de ello ya hemos hablado al exponer el contenido de la obra. Quizás sea cierto que tiene más éxito como refutador de los contrarios que como expositor de la doctrina propia; pero ello no es óbice para comprobar que se intentan las dos cosas. En definitiva, desde el punto de vista de su contenido como género literario, la obra es una mezcla de apología, por una parte, y de tratado teórico, por otra. En lo que se refiere a la parte apologética, Lactancio no es excesivamente original, por cuanto en ella se encuentran los temas y argumentos que encontramos en Minucio, Tertuliano o en cualquier otro apologeta de los primeros siglos del cristianismo; lo más novedoso a este respecto es quizás la introducción de argumentos tomados de Evémero y de los libros herméticos y sibilinos. En lo que se refiere a la parte expositiva de la doctrina cristiana, lo más importante parece ser la introducción del elemento racional; no se trata de un comentario a los documentos bíblicos, ni de una defensa formal de la doctrina, sino de una defensa de la doctrina y conducta cristianas, porque, en pura lógica, ellas son las auténticas: en el libro IV, por ejemplo, tras exponer la doctrina sobre Cristo —su nacimiento, sus milagros, su pasión—, demuestra, en los capítulos 23-26, con argumentos racionales, que todo eso es cierto; se podrían citar multitud de pasajes en los que la defensa de un punto conflictivo de la doctrina o conducta cristianas se hace o se intenta hacer con razonamientos lógicos: así, por ejemplo, en 5, 16, cuando trata de defender a aquel que, en peligro de muerte en un naufragio, no se atreve a quitar una tabla a otro que es más débil que él, lo hace con argumentos basados en la jerarquía de valores y en la identidad entre sabiduría y virtud. Y así se podrían citar más casos.

En definitiva, desde el punto de vista del contenido del género literario, es digno de resaltar el hecho de que Lactancio es el primer autor cristiano que mezcla apología con exposición doctrinal.

Desde el punto de vista de la forma, es difícil distinguir lo que sería propio del estilo personal del autor y de su formación literaria, de lo que es propio del género literario que cultiva. Al aspecto apologético de la obra responderían muchos de los elementos retóricos de la misma; pero de estos elementos retóricos hablaremos más adelante. Al aspecto expositivo-doctrinal responderían el aire sentencioso que aparece con frecuencia 53 , las definiciones, etc. Pero la forma literaria merece capítulo aparte.

b) Técnica compositiva

Lactancio, como dice Jerónimo, es un torrente. Ya dijimos más arriba que la obra tiene, en general, un esquema, un plan, que sin duda fue ideado por el autor; y este esquema es seguido. Ahora bien, a pesar de ello, la lectura de la obra produce la impresión de que todo es improvisación, de que a Lactancio se le van acumulando las ideas y de que las va exponiendo a medida que las saca de ese cúmulo sin ningún orden fijo. De ello son prueba los excursus continuos, las repeticiones y la unión de detalles no estructurados. Pero todo ello no quiere decir que la obra no responda a un plan, como lo demuestra el análisis que más arriba hicimos sobre el contenido de la misma y como lo evidencian también las constantes fórmulas de transición.

Excursus . — Son frecuentísimos en la obra lactanciana, y algunos de ellos muy amplios. Estos excursus hacen incluso a veces difícil la identificación de la estructura de un libro o de un conjunto de capítulos, dando la impresión de improvisación, que ya hemos apuntado.

Tal sucede, por ejemplo, en el libro segundo. En este libro se habla de las causas del error de las religiones paganas; y esas causas son tres: las estatuas son efigies de hombres muertos, los hombres adoran cosas de la naturaleza, y los demonios son los causantes, en definitiva, de los errores de los ritos paganos. Estas tres causas constituirían el esquema del libro segundo; ello está claro porque en el capítulo que sirve de conclusión a este libro, el 17, dice Lactancio textualmente: «He demostrado que las religiones de los dioses son falsas por tres razones: primero…; en segundo lugar…; en tercer lugar». Pues bien, esto, que está tan claro en el capítulo 17, no lo está tanto en el curso de la lectura del libro. Y ello, porque introduce un larguísimo excursus que rompe el hilo conductor de la argumentación: efectivamente, en los capítulos 2-4 habla de las estatuas, que suponen el primer error de las religiones paganas; hasta aquí todo está claro; en los capítulos 5-6 habla de la adoración por parte del hombre de las cosas de la naturaleza, lo cual es el segundo error de las religiones paganas; ello también está claro. Pero a partir de aquí se rompe el hilo conductor: se empieza a hablar de los milagros que se cuentan de las religiones paganas —que los dioses hablan, se vengan, etc.—; esto le da pie para hablar del origen de los prodigios y de su explicación racional; pero ese origen le lleva a hablar del origen de la materia, de la creación del mundo, del diluvio y de lo que vino después. Todo esto comprende seis capítulos (8-13). Se acuerda entonces de que se ha alejado demasiado del tema, y vuelve al origen del mundo, y concretamente al origen y nacimiento de los demonios; y es aquí —después de varios capítulos— donde encontramos la clave: son los demonios los culpables de lo que sucede en los ritos paganos; ellos son la tercera causa del error; pero se ha llegado a ella tras un largo excursus . ¿Quiere ello decir que este libro no responde a un plan preconcebido? No; parece claro que el libro tiene ese plan, como ya hemos dicho: exponer las tres causas del error (estatuas, culto a la naturaleza y demonios). Lo que ha sucedido —creemos— es que Lactancio ha cambiado el hilo de la argumentación sobre la marcha: comienza argumentando que las religiones son falsas porque en ellas se adora a estatuas; sigue argumentando que son falsas porque se adora a cosas de este mundo o de la naturaleza; y aquí da un giro a la argumentación; en lugar de pasar a exponer la tercera causa de falsedad, argumenta mentalmente así: si son falsas por lo negativo, ¿serán verdaderas por lo positivo, como los milagros?; y termina respondiendo que no, porque los responsables de esos prodigios son los demonios; pero, para llegar a los demonios, ha tenido que explicar antes el origen de la materia, la creación del mundo a base de dos elementos —uno positivo y otro negativo—, la creación del hombre —también con dos elementos, uno positivo y otro negativo—; y el tema de la creación del hombre le lleva hasta el diluvio. Y ¿por qué para llegar a los demonios ha tenido que hablar de todo esto? Simplemente porque, de la misma forma que Dios creó el mundo con un elemento malo y otro bueno, y al hombre con un componente bueno y otro malo, así también creó espíritus buenos y espíritus malos; y los espíritus malos son los demonios.

Veamos ahora otros excursus , no tan amplios, pero que aparecen con frecuencia a lo largo de la obra. Su motivación o excusa puede ser muy variada.

Algunos no son nada más que un paréntesis o comentario moral. En medio de una exposición, se hace un aparte para introducir una enseñanza moral. Es evidente que estos excursus tienen una clara explicación dentro del contenido y objetivo de la obra anteriormente expuestos: la obra es apología y exposición doctrinal; pues bien, estas dos partes no están siempre separadas: en medio de la apología, o en medio de la exposición de errores de los paganos, se introducen con frecuencia apartes de tono moralista cristiano. Así, cuando habla de Hércules y de sus hazañas, entre las que incluye la victoria sobre un león y un jabalí, introduce un excursus para hablar de la fortaleza de aquellos que vencen, no a un león, sino a las tentaciones de la ira, del lujo, de la soberbia, etc. 54 . Cuando habla de Júpiter y de la leyenda según la cual éste fue sometido por Cupido, hace un pequeño aparte de contenido moral: «El que carece de virtudes y es dominado por la pasión y los malos placeres, está sometido, no a Cupido, como imaginó el poeta, pero sí a la muerte eterna» 55 ; se trata de una evidente alusión a una idea de la doctrina cristiana; el mismo Lactancio es consciente de que se ha salido del tema, porque inmediatamente después dice: «Pero dejemos la moral y centrémonos en el tema». El capítulo 20 del libro primero está dedicado a la veneración de los dioses indígenas de Roma por parte de los paganos: entre ellos, habla de la introducción de estatuas de Cupidos y Amores en los gimnasios; ¿qué sentido tiene, en un capítulo dedicado a los dioses indígenas de Roma, hablar de dioses griegos, como son Cupido y Eros? El sentido parece ser doble: por una parte, esa alusión tiene la finalidad de introducir un excursus moral sobre la inmoralidad de la juventud romana en los gimnasios; en segundo lugar, esa alusión no sería nada más que un procedimiento de transición: ha hablado de la divinización de la diosa Mente; va a hablar de la divinización de las diosas Piedad, Virtud, Lealtad; para pasar de una a otra se sirve de un texto de Cicerón en el que éste dice que no se debe adorar a vicios como el Amor (Cupido y Eros), sino a virtudes, como la Piedad, etc. 56 ; la alusión de Cicerón a Cupido es la que le da ocasión para el excursus moral. El libro segundo, según hemos dicho más arriba, está dedicado a la exposición de los errores de las religiones paganas; el segundo de esos errores consiste en adorar a cosas que son de este mundo (cap. 5-6); pues bien, esto le da pie para hacer en el capítulo 6 un excursus moral sobre la ambición de riquezas y de lujo.

Otros excursus tienen una finalidad puramente erudita. Vienen a ser algo así como las notas actuales a pie de página. En este sentido hay algunos excursus interesantes y otros que son meros paréntesis. Así, en el capítulo 6 del libro primero, cuando por primera vez habla de los libros herméticos, introduce un excursus sobre el autor de estos libros, Hermes Trismegisto; habla de los cinco Mercurios, del Mercurio llamado Trismegisto («El tres veces máximo»), de sus obras, etc. Un poco más adelante, en el mismo libro y en el mismo capítulo, va a recurrir por primera vez al testimonio de las Sibilas; con ocasión de ello, introduce otro largo excursus sobre las Sibilas: significado del término, identificación de las distintas Sibilas, etc. Son interesantes estos dos excursus , puesto que, al hablar por primera vez de dos de sus fuentes más importantes, Lactancio indica cuáles son esas fuentes y cuál es su autoridad.

Ocasionalmente, aprovecha la oportunidad para introducir excursus que no son otra cosa que la exposición de su pensamiento o de un elemento apologético. Así, cuando habla de las hazañas de Hércules, apoya la veracidad de las mismas en el testimonio de los poetas; ante el temor de que alguien pueda dudar de este testimonio, hace un pequeño excursus crítico defendiendo la autenticidad de este testimonio (1, 9, 9). En el mismo sentido se mueve el largo excursus de 1, 11, 17 ss.: está hablando de los hechos de Júpiter; ante el temor de que alguien pueda decir que eso son figuraciones de los poetas, Lactancio se esfuerza por demostrar que no son figuraciones, sino hechos reales que los poetas tiñen de color poético. En el capítulo 17 del libro tercero habla Lactancio de la doctrina epicúrea; allí se dice que Epicuro se dio cuenta de que los buenos lo pasaban mal y los malos bien; pues bien, en lugar de seguir con el razonamiento epicúreo, introduce un texto de Lucrecio sobre la destrucción de los templos, con un comentario a ese texto; en este excursus se aprovecha también para criticar un texto erróneo de Cicerón. Son frecuentes los excursus en este sentido: el de lamentar los errores de su maestro Cicerón. Da la impresión de que a Lactancio le apena que Cicerón cometiera errores. Así, cuando recoge el texto de Cicerón en el que éste reconoce el duro golpe que le dio la fortuna con la muerte de su hija, Lactancio se queja, en un aparte, de que esto fuera para Cicerón, hombre sabio como era, un golpe de la fortuna (3, 28, 10 ss.). Como exposición de su pensamiento con motivo de cualquier excusa puede considerarse el excursus de 5, 7, 5 ss.; uno de los principios del pensamiento lactanciano es el de la oposición entre el bien y el mal: pues bien, no pierde ocasión de repetirlo; esto da lugar a excursus , puesto que aprovecha cualquier excusa para hacerlo; así, en 5, 7, empieza a hablar de la venida de Cristo al mundo; pero Cristo ha venido sólo para unos pocos; esto le permite volver a hablar del bien y del mal, de la virtud y del vicio. Como apoyo de su propio pensamiento es introducido todo el capítulo 10 del libro quinto, capítulo que es todo él un excursus en medio de un tema completamente distinto: efectivamente, en el capítulo 9 se habla de la maldad de los paganos; en los capítulos 11 y siguientes se sigue hablando de la crueldad de los perseguidores y de las persecuciones; el capítulo 10, sin embargo, está todo él dedicado a la pietas . ¿Qué sentido tiene este capítulo? No es nada más que un excursus para demostrar algo que ya se demostró en los libros I y II: la falsedad del culto a los dioses. Efectivamente, el razonamiento de Lactancio es ahora éste: si los paganos se equivocan en la persecución de Cristo y de los cristianos, también se equivocan en su culto politeísta, en su pietas hacia los dioses; y esto le da pie para hablar de la pietas pagana. En este caso el tema central es la crueldad de los paganos y el excursus su pietas . En el capítulo 18 del libro primero sucede lo contrario: el tema central es su pietas y el excursus la crueldad; efectivamente, se está hablando de los dioses adorados por los paganos, concretamente de Hércules, Ceres, Líber, etc.; y la fortaleza de Hércules le sirve de excusa para hablar de la fortaleza militar de Roma, que la ha convertido en una de las ciudades más crueles de la Antigüedad.

A veces, los excursus no son nada más que un dar rienda suelta a lo que viene a la mente, sin preocupación alguna por la estructuración del pensamiento. Así en 1, 11, al hablar de Júpiter, recuerda que este dios se abstuvo de unirse con Tetis porque había un presagio que decía que el que naciera de aquella mujer sería más grande que su padre; esto le da pie para hablar de Temis, la diosa de los presagios, de las debilidades de los dioses, de sus juramentos, de los juramentos de los hombres en nombre de los dioses, de los hados y de las Parcas; son ideas todas ellas que se van encadenando tumultuosamente en el pensamiento. Situaciones de este tipo son frecuentes en la obra de Lactancio.

En resumen, si bien la obra de Lactancio responde a un esquema general, como ya hemos dicho en el capítulo anterior, lo cierto es que en el desarrollo del esquema el autor se nos presenta con frecuencia como un torrente tumultuoso de ideas que se van acumulando en su mente y que él va exponiendo a medida que se le van ocurriendo: cualquier momento es bueno para introducir una enseñanza, para exponer un pensamiento, para atacar a los enemigos.

Repeticiones . — Otra prueba de la escasa elaboración son las repeticiones. Efectivamente, con frecuencia Lactancio repite algo que ya ha dicho anteriormente; algunas veces, esta repetición es necesaria porque, tras un largo excursus , se hace necesario volver al tema abandonado; pero en otras ocasiones no es nada más que una evidente falta de elaboración y una prueba más de atropellada acumulación de pensamientos.

El libro primero está dedicado, como ya hemos dicho, a la refutación de las religiones paganas. El motivo fundamental del libro es la idea evemerista de que los dioses son hombres antiguos divinizados por los otros hombres en virtud de alguna acción importante; pues bien, tras exponer las «hazañas» de los dioses (9-14), se propone hablar de los motivos de divinización; y comienza a exponer esos motivos en el capítulo 15; pero se acuerda de pronto de otras «hazañas» de los dioses, y dedica los capítulos 16 y 17 a hablar de los apareamientos entre los dioses y diosas y de otros pecados de los dioses; y en el capítulo 18 vuelve a hablar de nuevo de los motivos de divinización. Es una evidente falta de elaboración.

El libro tercero está dedicado a la refutación de la filosofía pagana y tiene dos grandes bloques: en primer lugar, el análisis de las escuelas (4-15) y, en segundo lugar, el análisis de los filósofos (17-24); pues bien, tras cada uno de estos bloques repite un capítulo de contenido idéntico: que la filosofía no equivale a sabiduría auténtica (cap. 16 y 25). Es verdad que en el capítulo 16 se dice que la filosofía no equivale a sabiduría auténtica porque los filósofos no protagonizan acciones buenas, y que en el 25 se dice lo mismo, pero aduciéndose como causa el hecho de que la filosofía no es patrimonio del pueblo, sino de unos pocos. Pero, de todas formas, el tema central de ambos capítulos es el mismo y quizás hubiera respondido a una estructuración mejor su no repetición.

Otras veces las repeticiones son necesarias tras un largo excursus . Dé ahí el uso frecuente en Lactancio de frases del tipo «vuelvo al tema que dejé» o parecidas. También son, en definitiva, prueba de la falta de elaboración del trabajo.

Unión de detalles no estructurados . — «Podría sentirme contento con lo que ya he dicho, pero quedan todavía por decir muchas cosas necesarias para la obra que he planificado. Pues aunque yo, al destruir la propia raíz de las religiones, las haya eliminado a todas, me está, sin embargo, permitido tratar otras cosas». Estas palabras del propio Lactancio, que son el comienzo del capítulo 16 del libro primero, son una prueba de que él mismo es consciente de que se pueden acumular ideas y pensamientos nuevos. Él mismo lo hace en ese capítulo y en el siguiente, donde acumula detalles y más detalles sobre los pecados de los dioses: al hablar de lo absurdo que es que existan diosas, acumula un argumento ab absurdo (si existen diosas y dioses tienen que unirse y, si se unen, tienen que estar naciendo constantemente dioses; luego el mundo tendría que estar lleno de dioses, ya que nacerían, pero no mueren), una cita de Séneca, un acervum (si hay dioses y diosas, es que tienen casas; si tienen casas, tienen ciudades; si tienen ciudades, tienen campos; si tienen campos, aran y cultivan; si aran y cultivan, son hombres), el mismo acervum al revés y un silogismo; y después sigue con otros pecados de las diosas: de Isis, de Ceres, de Deméter, de Juno, de Venus, de Minerva, de Diana.

La lectura de la obra de Lactancio da, en definitiva, esta sensación de acumulación de ideas y de pensamientos. No vamos, pues, a insistir ya más en detalles. Sí vamos a recordar, sin embargo, la composición total de un libro entero, como prueba de que ello es efectivamente así. Hemos escogido el libro quinto. De acuerdo con la estructuración total de la obra, los libros I y II tratan de la verdadera religión, los libros III y IV de la verdadera sabiduría, y los libros V y VI de la verdadera conducta y forma de vida; todo ello, con la particularidad de que los libros I, III y V son el rechazo de las falsas religiones, de la falsa sabiduría y de la falsa conducta, respectivamente. Y, efectivamente, al comienzo del libro V se empieza diciendo que intenta discutir y disputar con los enemigos del nombre cristiano, de la misma forma que al comienzo del libro tercero se había dicho que la discusión iba con los filósofos 57 . El libro quinto, pues, está dirigido en principio a rechazar la conducta de los enemigos de los cristianos: y efectivamente, así empieza el libro, exponiendo la doctrina de dos enemigos: Porfirio y Hierocles. Pero, inmediatamente después, en el capítulo 5, pasa a hablar de la iustitia , para volver en el capítulo 9 a hablar de otros enemigos, los perseguidores; y vuelve en el capítulo 14 a la iustitia , para recordar en el 21 a otros enemigos, que son los auténticos: los demonios; y termina en el capítulo 22 de nuevo con la virtud. Es un libro, pues, en el que se van mezclando los ataques a enemigos y perseguidores con pensamientos sobre la virtud cristiana. El libro se nos transmite con el título De iustitia; también podía llevar el de De falsa iustitia; pensamos incluso que éste sería el título más apropiado, ya que el libro está pensado en una primera instancia como una refutación de los enemigos y perseguidores, y porque de esta forma sería el correlato auténtico de los títulos de los libros I (De falsa religione) y III (De falsa sapientia) . Lo que ha sucedido es que tras ese comienzo y esa intención primera trata frecuentemente de la «justicia verdadera» a lo largo del libro. Es, pues, una mezcla de pensamientos e ideas en un sentido y en otro.

En definitiva, pues, la obra está pensada como una exposición de la doctrina cristiana; pero en esta exposición, perfectamente estructurada en sus líneas generales, se produce una mezcla y una acumulación atropellada de ideas y pensamientos a la hora de descender al detalle. Todo eso no sería nada más que el producto de ese fluuius de elocuencia al que ya aludía Jerónimo.

A pesar de todo ello, y como prueba de que la obra está pensada de acuerdo con un plan, hay que decir que son frecuentes las fórmulas y capítulos de transición que ponen de manifiesto cómo los distintos libros e incluso capítulos se van articulando en el conjunto.

Procedimientos de transición . — Son frecuentes sobre todo entre libro y libro; y ellos son los que ponen de manifiesto lo que acabamos de decir. Así el comienzo del libro II: «Aunque ya en el primer libro he demostrado que las religiones de los dioses son falsas…, sin embargo, para que no quede duda alguna, este segundo libro declarará el propio origen de los errores y explicará todas las causas por las cuales los hombres engañados creyeron en un primer momento en la existencia de los dioses y perseveraron después, con inveterado convencimiento, en las supersticiones indignamente aceptadas». El mismo libro II acaba así: «He terminado, si no me engaño, una considerable y difícil parte de la obra que programé… Ahora tengo delante una lucha mucho más importante y difícil con los filósofos». El capítulo 2 del libro III comienza así: «Ahora, puesto que ya en los dos libros anteriores ha sido demostrada la falsedad de las religiones y se ha puesto de manifiesto el origen de todos los errores, la función de este libro consistirá en demostrar también cuán vana y falsa es la filosofía»; y el mismo libro III termina así: «Y, aunque en los libros anteriores, al refutar las falsas religiones y rechazar la falsa sabiduría, he demostrado dónde está la verdad, sin embargo, el próximo libro demostrará con más claridad en qué consiste la verdadera religión y la verdadera sabiduría». Y así podríamos seguir citando en este mismo sentido los comienzos y finales de los restantes libros.

Las fórmulas de transición no sólo se dan entre libro y libro, sino también entre los distintos temas dentro de un mismo libro. Ello es evidente, por ejemplo, en el libro primero; fórmulas de comienzos y finales de capítulos como las siguientes vienen a corroborarlo: «Aceptado, pues, el principio de explicar la verdad» (2, 1); «empecemos, pues, nuestra obra» (3, 1); «ahora demostraré con testimonios que el poder divino es uno» (3, 24); «pero dejemos a un lado los testimonios de los profetas» (4, 1); «acerquémonos a los autores» (4, 2); «pero dejemos a los poetas y vayamos a los filósofos» (4, 15); «pasemos ahora a los testimonios divinos» (6, 1); «nos queda ahora aducir testimonios más seguros» (6, 6); «pasemos ahora a su padre» (11, 50); «una vez que he interpretado el significado oculto de los poetas…, volvamos» (12, 1); «podría sentirme contento con lo que he dicho, pero quedan todavía por decir muchas cosas necesarias para la obra que he planificado» (16, 1); «consideremos, si parece bien, las desgracias de los infelices dioses» (18, 18); «paso ahora a la religión genuina de los romanos» (20, 1); «hemos hablado de los dioses que son adorados; ahora hay que decir algo de sus ritos y misterios» (21, 1); «ahora, puesto que ya hemos descubierto el origen de las vanas supersticiones, queda conocer también la época en que vivieron aquellos cuya memoria se recuerda» (23, 1). Fórmulas parecidas se encuentran en todos los demás libros. Hemos presentado esta selección de fórmulas de transición para que se pueda comprobar que Lactancio, a pesar de los excursus , de las repeticiones, etc., sigue un plan preconcebido y es consciente de que ese plan se va desarrollando.

c) La retórica

Lactancio había sido maestro de retórica, como ya hemos dicho; no es extraño, pues, que la prosa de nuestro autor esté llena de frecuentes recursos retóricos. De hecho, Lactancio ha sido considerado con frecuencia como el «Cicerón cristiano». De esos recursos retóricos nos vamos a ocupar ahora.

Pero antes de ello conviene hacer algunas consideraciones de carácter general. En el viejo dilema entre contenido y forma, entre lo que se dice y cómo se dice, los autores cristianos han adoptado tradicionalmente el principio de insistir en la necesidad de un contenido verdadero y de olvidar o despreciar la forma. La forma literaria no importa, ya que la verdad resplandece por sí sola sin necesidad de ir adornada de una forma bella. El mismo Lactancio es testimonio de la aceptación de este principio. Al comienzo de la obra, cuando recuerda su anterior profesión de orador (1, 1, 8), opone la profesión de educador o instructor a la de orador: es mucho mejor la primera que la segunda, ya que aquella enseña «el bien vivir» y la segunda se queda sólo en el «bien hablar». El capítulo primero del libro tercero es un manifiesto programático en este sentido: en él vuelve a insistir en el principio cristiano de que la verdad, simple y desnuda, sin adornos formales, es más bella, puesto que ya es suficientemente elegante por sí misma; incluso resulta fea si es embadurnada con adornos formales; por ello la verdad triunfará, aunque no esté elegantemente expuesta. En el mismo libro tercero, capítulo 13, al hablar de la retórica, no tiene inconveniente en reconocer la primacía del contenido sobre la forma: «La sabiduría no está en la lengua, sino en el corazón, y no importa el estilo que se use; se busca, en efecto, el contenido, no la forma».

Ante este principio cristiano, aceptado, como hemos visto, por el propio Lactancio, cabe el planteamiento de las siguientes cuestiones: si lo importante es el contenido y no la forma y si, como consecuencia de ello, se desprecia la retórica clásica, ¿cómo se explica que esa retórica clásica y en general toda la cultura clásica no se arruinaran ante esta postura iconoclasta de los autores cristianos, que en definitiva y paradójicamente fueron los transmisores de la misma? ¿Cómo se explica en concreto que Lactancio, que acepta el principio del desprecio a la forma, escriba con un estilo conscientemente elevado y casi ciceroniano? La respuesta a ambas preguntas es la misma. Los autores cristianos aceptan el principio de que lo importante es el contenido y de que la forma es despreciable; pero esta aceptación es sólo teórica y, en nuestra opinión, se limita a ser más que nada una postura testimonial: los cristianos son conscientes de que ellos son algo diferente —son el tertium genus — a los demás; y una forma de manifestar esa particularidad es la de prescindir programáticamente de uno de los ingredientes fundamentales de la cultura clásica: la retórica. Ello es evidentemente una postura testimonial. Pero puede ser también una postura apologética: de hecho las Sagradas Escrituras y muchos de los escritos de los autores cristianos son de estilo sencillo y humilde. Nada mejor entonces que defender como programa un estilo humilde.

La defensa, pues, del principio de la primacía del contenido y del desprecio a la forma por parte de los autores cristianos es una postura testimonial y apologética. Pero en muchos casos se queda en eso, en postura programática y teórica; de hecho, con frecuencia no la cumplen, ya que en la mayoría de los casos escriben lo mejor que pueden en la medida de sus posibilidades. ¿Cómo se explica esta contradicción? Por dos razones: en primer lugar, porque, a pesar del programa cristiano, un autor que tenga tras de sí una larga tradición cultural y que incluso él mismo haya bebido en esa tradición en sus años de aprendizaje, no puede, a pesar de que se le imponga programáticamente, prescindir de ese bagaje a la hora de escribir; constantemente aflorarán, aunque sea inconscientemente, elementos e ingredientes de todo eso que, teóricamente, está rechazando; la lucha entre teoría y práctica, entre programa y realización, se resuelve en este caso, aunque sea, repetimos, inconscientemente, a favor de la práctica. En segundo lugar, porque —y esto lo reconocen los propios autores cristianos, como Lactancio—, si bien el principio cristiano en cuestión defiende que la verdad por sí sola triunfa, aunque no esté bellamente expuesta, ello no exige que se desprecie la forma y la belleza de estilo; si la verdad triunfa por sí sola, triunfará con más facilidad si es expuesta con un estilo digno. Esto lo reconoce abiertamente Lactancio. Al comienzo del libro primero (1, 1, 10), al recordar su vieja actividad retórica, reconoce: «De todas formas, aquellos ejercicios de pleitos fingidos nos han servido de ayuda en el sentido de que ahora podemos defender con mayor abundancia y facultad la causa de la verdad. Y es que ésta, si bien puede ser defendida, como lo ha sido muchas veces por otros, sin elocuencia, sin embargo debe ser ilustrada y en cierta forma afirmada con claridad y brillantez en las palabras para que, armada con su propia fuerza y adornada con brillante forma, entre con más poderío en las almas». Del capítulo primero del libro tercero ya hemos dicho que es un manifiesto programático sobre el tema del contenido y la forma; en él acepta que la verdad brilla por sí sola sin necesidad de adornos externos; pero, al mismo tiempo, reconoce que la verdad triunfará mejor si es expuesta de una forma digna; sus palabras son lo suficientemente elocuentes: «yo quisiera, si no tener una elocuencia como la de Marco Tulio, que era realmente extraordinaria y admirable, sí al menos alcanzar una capacidad cercana a la elocuencia, para que la verdad se manifieste al fin con la ayuda de las fuerzas de mi ingenio en la misma medida en que ella vale por su propia fuerza y para que, rechazados y derrotados los errores tanto comunes como los de los que son considerados sabios, aportara una luz clarísima al género humano. Y yo quisiera que esto sucediera por dos razones: ya porque los hombres, que creen incluso las mentiras cuando son cautivados por la elegancia del discurso y el atractivo de las palabras, podrían dar más crédito a una verdad elegantemente presentada, ya ciertamente para que los filósofos fueran derrotados por mí, precisamente con sus propias armas, en las cuales suelen complacerse y confiar». En el capítulo segundo del libro quinto Lactancio se queja de que quizás la nueva doctrina ha tenido enemigos porque no ha sido defendida con dignidad: «puesto que faltaron entre nosotros doctores idóneos y cultos que refutaran con vehemencia y agudeza los errores de la gente y que defendieran elegante y abundantemente toda la causa de la verdad, este defecto provocó en algunos la osadía de escribir en contra de la verdad que desconocían» (5, 1, 1); un poco más arriba reconoce que la sabiduría y la verdad necesitan una forma idónea, y recuerda a sus antecesores en la defensa de la fe, Minucio, Tertuliano y Cipriano, cuyos defectos en dicha defensa pone de manifiesto.

En definitiva, pues, la verdad puede triunfar por sí sola, pero triunfa con más facilidad si va adornada de una forma bella. Y es lo que hace o intenta hacer Lactancio: exponerla con la ayuda de todos sus recursos formales y, concretamente, de todos sus recursos retóricos. Es éste el momento de exponer brevemente dichos recursos.

En primer lugar, el período. El largo período ciceroniano, con su perfecto equilibrio entre las partes, ha sido con frecuencia puesto de relieve y admirado por los estudiosos. Lactancio es un evidente seguidor de Cicerón en este sentido. Basta con leer un capítulo de su obra. No vamos a hacer aquí un estudio exhaustivo del período lactanciano, porque no es éste el objetivo de esta introducción. Recordemos, sin embargo, algunos de los más significativos escogidos a salto de mata. Exageradamente largo, pero perfectamente estructurado, es el período de 6, 4, 15:

Y es que, de la misma forma que en este mundo, cuando se entabla un combate con el enemigo, hay primero que sufrir para después descansar, hay que pasar hambre y sed, calor y frío, que dormir, vigilar y pasar peligros en la tierra, para poder después disfrutar, una vez a salvo, de la familia, de la casa, de la hacienda familiar, y de todos los bienes de la paz y de la victoria, pero si prefieres la desidia momentánea al esfuerzo, te estarás proporcionando a ti mismo un gran mal —el adversario en efecto se apoderará de ti al no poner tú resistencia, tus campos serán asolados, tu casa despojada, tu mujer e hijos serán hechos prisioneros y tú mismo muerto o capturado: para que todo esto no suceda, hay que dejar a un lado las comodidades presentes, con el fin de conseguir algo más importante y lejano—, de la misma forma, a lo largo de toda esta vida, puesto que Dios nos reservó un enemigo para que pudiéramos conseguir la virtud, debemos dejar a un lado los placeres del presente, para que el enemigo no nos derrote, debemos vigilar, poner guardias, emprender expediciones militares, derramar hasta la última gota de sangre y soportar con paciencia todas las amarguras y cargas, y todo ello con tanta más diligencia cuanto que nuestro emperador, Dios, estableció para nosotros premios eternos a cambio de los esfuerzos.

La comparación, los paralelismos, las anáforas, las gradaciones, la fácil identificación de las frases parentéticas, etc., hacen que este período, a pesar de su longitud, esté perfectamente estructurado y sea claramente comprensible. Hay otros menos largos, pero que responden igualmente a esquemas perfectamente estructurados y, sobre todo, que evidencian la tendencia de Lactancio a imitar al que, según manifestaciones de él mismo, es el mejor de los escritores antiguos: Cicerón.

El recurso a los diferentes tipos de argumentación aprendidos en las escuelas de retórica es frecuente en Lactancio. Así el recurso al silogismo, del que encontramos abundantes ejemplos en la obra de Lactancio. En muchos de ellos son perfectamente identificables una premisa mayor, una menor y una conclusión. Tal sucede, por ejemplo, en los siguientes:

Todo lo que se divide participa necesariamente de la muerte; como la muerte es algo que está lejos de Dios, porque éste es incorruptible y eterno; luego hay que concluir que el poder divino no puede dividirse (1, 3, 9).

Si no son todos iguales, no son todos dioses, ya que no es el mismo el que sirve que el que manda; es así que, al ser «dios» el nombre del sumo poder, ese dios debe ser incorruptible, perfecto, impasible y no sometido a nada; luego no son dioses aquellos que necesariamente están obligados a obedecer al único y supremo Dios (1, 3, 23).

Dado que todo aquello que existe tuvo que tener principio en algún momento, hay que concluir que, puesto que antes de él no hubo nada, él mismo fue creado a partir de sí mismo antes de todas las cosas (1, 7, 13).

Está claro, pues, que en los primeros tiempos hubo un rey y en los tiempos siguientes hubo otro; en consecuencia, puede suceder que en el futuro haya otro distinto (1, 11, 7).

De los dos sexos, uno es más fuerte y otro más débil: los machos son en efecto más robustos y las hembras más débiles; es así que la debilidad no cabe en un Dios; luego tampoco el sexo femenino (1, 16, 16).

No hay nada más grande que el hombre que aquello que está por encima del hombre; Dios es más grande que el hombre; luego está arriba y no está abajo ni debe ser buscado en las profundidades, sino en el cielo (2, 18, 1).

Y así se podrían seguir citando ejemplos. A veces incluso Lactancio, recordando quizás los ejercicios de la escuela, refuta silogismos de sus contrarios mediante el procedimiento de negar alguna de las premisas. Tal sucede en el ejemplo siguiente:

Y si ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, que son partes del mundo, pueden ser dioses, tampoco puede ser dios el mundo en su totalidad, del cual pretenden demostrar los estoicos que es animado e inteligente y, como consecuencia, dios; en cuya demostración fueron tan versátiles que no dijeron nada que no fuera rechazado por ellos mismos. Argumentan, en efecto, de la siguiente forma: No puede suceder que carezca de sensibilidad lo que engendra a partir de sí mismo seres sensibles; es así que el mundo engendra al hombre, el cual está dotado de sensibilidad; luego el mundo es sensible. Otro argumento: No puede carecer de sensibilidad aquello cuyas partes tengan sensibilidad; luego, como el hombre es sensible, también el mundo, del cual el hombre es parte, tiene sensibilidad. Las premisas mayores son ciertamente verdaderas: es sensible lo que engendra algo dotado de sensibilidad, y tiene sensibilidad aquello, parte del cual está dotado de sensibilidad; pero las premisas menores en las que se apoya la conclusión del silogismo son falsas, porque ni el mundo engendra al hombre ni el hombre es parte del mundo (2, 5, 28-31).

La refutación de los argumentos del contrario negando alguna de las premisas de dichos argumentos es un típico procedimiento escolástico de las escuelas de retórica.

Un tipo de silogismo muy del gusto de las escuelas de retórica era el sorites o acervum . Se trata de un silogismo acumulativo, en el cual, a partir de una concesión, se llega a muchas conclusiones conectadas entre sí. El ejemplo clásico es el que Cicerón presenta en el De finibus (4, 50): «Lo que es bueno, es deseable; lo que es deseable, debe ser buscado; lo que debe ser buscado, es loable; todo lo loable es honesto; luego todo lo bueno es honesto». Otro famoso sorites es aquel mediante el cual Temístocles, general de los atenienses, argumentaba que su hijo Diofanto era el más poderoso de los griegos: «Los atenienses dominan a los griegos; yo, a los atenienses; mi mujer, a mí; mi hijo, a mi mujer; luego mi hijo es el más poderoso de los griegos». Se trata, pues, de una argumentación capciosa, pero puesta en práctica evidentemente en las escuelas de retórica. Y Lactancio recurre de vez en cuando a este tipo de argumentación. Tal sucede en los siguientes ejemplos.

Para demostrar que los dioses son mortales utiliza el siguiente sorites:

Si son dos los sexos de los dioses, hay que concluir que se unen; si se unen, tienen que tener necesariamente casas —y es que no carecen de virtud y de pudor, como para hacer esto en promiscuidad y públicamente, como vemos que hacen los mudos animales—; si tienen casas, hay que concluir que tienen también ciudades…; si tienen ciudades, tendrán también campos. ¿Quién no ve las consecuencias que se siguen? Aran y cultivan los campos, oficio que hacen para alimentarse; luego son mortales (1, 16, 11-12).

Y este mismo sorites es presentado a continuación a la inversa en una especie de juego sutil:

Si no tienen campos, no tienen ciudades; si no tienen ciudades, no tienen casas; si carecen de casas, carecen también de relaciones carnales; si no tienen relaciones carnales, no tienen sexo femenino; ahora bien, sabemos que entre los dioses existen también hembras; luego no son dioses (1, 16, 13-15).

Para demostrar que no son dioses ni la naturaleza ni ninguno de los elementos de la misma recurre a los siguientes sorites:

Si es imposible que las estrellas sean dioses, tampoco lo pueden ser el sol y la luna, por cuanto éstos se diferencian de las luces de los astros no en naturaleza, sino en magnitud. Y si el sol y la luna no son dioses, tampoco lo es el cielo, en el que están contenidos todos ellos. De igual modo, si la tierra que pisamos, removemos y cultivamos para nuestro alimento no es dios, tampoco son dioses los campos ni los montes; y si éstos no son dioses, tampoco el globo terrestre en su conjunto puede parecer un dios. Igualmente, si el agua, que sirve a los seres vivos para beber o para lavarse, no es un dios, tampoco lo serán las fuentes de las que mana el agua; y si no lo son las fuentes, tampoco los ríos que se forman a partir de las fuentes; y si los ríos tampoco son dioses, tampoco lo es el mar, que se alimenta de los arroyos. Y si ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, que son partes del mundo, pueden ser dioses, tampoco puede ser dios el mundo en su totalidad (2, 5, 25-28).

Para demostrar que la materia procede de Dios recurre a éste:

Lo que tiene un cuerpo sólido recibe energía externa; lo que recibe energía externa, es disoluble; lo que es disoluble morirá; lo que muere, tuvo necesariamente principio; lo que tiene principio, tuvo necesariamente un origen, es decir, un creador sensible, providente y hábil artesano (2, 8, 39).

Para demostrar que el fin último del hombre es la contemplación eterna de Dios utiliza este otro:

El mundo fue hecho para que nosotros naciéramos en él; nosotros nacimos para conocer al autor del mundo y Dios nuestro; le conocemos para adorarle; le adoramos para conseguir la inmortalidad como premio por nuestros esfuerzos, ya que el culto a Dios exige grandes esfuerzos; conseguimos el premio de la inmortalidad para servir por siempre, a semejanza de los ángeles, al sumo padre y señor, y convertirnos en el reino eterno de Dios (7, 6, 1).

Aparte del silogismo y del sorites recurre a otros tipos de argumentación de los recomendados en los tratados de retórica. Así, por ejemplo, al dilema, que consiste en rechazar las distintas concesiones que se puedan hacer al adversario; así, para demostrar que es una falacia creer que los dioses pueden alejar los peligros que acechan a los hombres, utiliza el siguiente dilema:

Si el peligro que amenaza puede evitarse, pretenden dar la impresión de que han sido ellos los que, aplacados, lo han alejado; y si no puede evitarse, consiguen que parezca que ha sucedido porque se les ha despreciado (2, 16, 19).

Argumentos del mismo tipo encontramos en 1, 7, 7; 1, 11, 8; 1, 12, 8.

Otro tipo de argumentación que también encontramos en Lactancio y que es igualmente recogido en los tratados de retórica es el entimema, que no es nada más que un silogismo truncado o imperfecto, ya que le falta alguna de las premisas. Son múltiples los ejemplos de entimemas que se pueden encontrar en Lactancio.

Pero Lactancio no sólo toma de la retórica los tipos de argumentación, sino también otros procedimientos retóricos mucho más conocidos, como son los relativos a la parte conocida como elocutio: interrogaciones, exclamaciones, imprecaciones, apóstrofes y toda la amplia gama de figuras de palabra. Pero no vamos a hacer aquí un recorrido estéril por el uso de cada una de estas figuras por parte de Lactancio. Simplemente recordaremos lo que decíamos al principio de este epígrafe: que en la obra de nuestro autor afloran constantemente reminiscencias de su época de profesor de retórica, y que su preocupación por la forma no es nada más que un recuerdo de aquella profesión y un reconocimiento de que la verdad queda mejor expuesta si lo es con una bella forma.

NUESTRA TRADUCCIÓN

En ella seguimos la edición de S. BRANDT , L. Caeli Firmiani Lactantii opera omnia. Pars I, sectio I: Divinae institutiones et epitome divinarum institutionum (= Corpus Scriptorum ecclesiasticorum latinorum , vol. XIX), Viena, 1890.

De este mismo editor tomamos la división en párrafos. Los epígrafes que preceden a cada uno de los capítulos son sin embargo nuestros. La traducción va acompañada de notas aclaratorias en aquellos casos en que hemos considerado necesaria dicha aclaración, y también de notas donde se recogen las fuentes de las que con enorme frecuencia toma Lactancio sus citas e ideas; dichas fuentes se encontraban ya en su mayoría en la citada edición de Brandt.

1 Tal es el calificativo que le da R. PICHON , Lactance. Étude sur le mouvement philosophique et religieux sous le règne de Constantine , París, 1901, pág. VIII.

2 D. I . 5, 1, 22 ss.

3 De vir. ill . 80.

4 Cf. R. M. OGILVIE , The library of Lactantius , Oxford, 1978, págs. 88 ss.

5 Non ignobilis inter causidicos loci fuit, D. I . 5, 1, 22.

6 Fuit omni genere litterarum peritus, sed in eloquendo parum facilis et minus comptus et multum obscurus fuit, D. I . 5, 1, 23.

7 Magnam sibi gloriam ex artis oratoriae professione quaesierat et admodum multa conscripsit in suo genere miranda, D. I . 5, 1, 24.

8 De hecho, Arnobio escribió esta obra siendo ya anciano, alrededor del 305, cuando ya Lactancio no estaba en África.

9 Efectivamente, Lactancio no parece conocer el Aduersus Nationes de Arnobio: cf. OGILVIE , op. cit ., págs. 89-90.

10 Cf. D. I . 1, 1, 8 y 10.

11 Exercitatio illa fictarum litium, D. I . 1, 1, 10.

12 Su valoración del Imperio es tal, que en su opinión, en cuanto desaparezca éste, llegará el fin del mundo; mientras el Imperio se mantenga no hay nada que temer (D. I . 7, 25, 6). Su romanidad se manifiesta en el uso constante del adjetivo noster para referirse a lo romano frente a lo griego y lo bárbaro.

13 D. I . 5, 2´, 2.

14 Cf. OGILVIE , op. cit ., pág. 92.

15 Cf. Lattanzio. Divinae Institutiones; De opificio Dei; De ira Dei (Intr. y trad. U. BOELLA ), Florencia-Padua, 1973, págs. 7-8.

16 De vir. ill . 80.

17 No hay que olvidar que la persecución se inicia en Nicomedia, ciudad de residencia de Lactancio, y que éste fue testigo directo de los antecedentes de la persecución, según se deduce de la narración que hace de la misma en el De mortibus persecutorum 10 ss.

18 HIER ., De vir. ill . 80.

19 Epist . 19, 10: Lactantius quasi quidam fluuius eloquentiae tullianae, utinam tam nostra adfirmare potuisset quam facile aliena destruxit .

20 Cf. V. LOI , Lattanzio nella storia del linguaggio e del pensiero teologico preniceno , Zurich, 1970; «Problema del male e dualismo negli scritti di Lattanzio», AFLC (1961-65), págs. 37-96; «Cristologia e soteriologia nella dottrina di Lattanzio», RSLR (1968), págs. 237-287; «La funzione sociale della iustitia nella polemica antipagana di Lattanzio», en Letterature comparate. Problemi e metodo. Studi in onore di E. Paratore , Bolonia, 1981, págs. 843-852; V. PIZZANI , «Consistenza e limiti degli influssi locali su alcuni aspetti del pensiero teologico di Lattanzio», Augustinianum 19 (1979), págs. 87-102.

21 Cf. QUINT ., Inst ., praef . 1: Libros quos… de arte oratoria scripseram; MAR . VICTOR ., Gramm . (ed. KEIL , VI 206, 1): Ars de metrica institutione; PRISC ., Gramm . (ed. KEIL , II 231, 9): in libro qui est de institutione officiorum; FIRM ., Math . 2, 4, 6: in isto institutionis libro; HIER ., De vir. ill . 73: decem libris arithmeticae institutionis . Y también en plural: GAIUS , Inst, tit.: Gai institutionum commentarii quattuor; LACT ., Inst . 1, 1, 12: Institutionis civilis iuris compositas ediderunt; SULP . VICT ., Rhet. tit .: Sulpicii Victoris institutiones oratoriae .

22 Cod. Iust . 1, 17, 2, 11: prima legum argumenta continebant libri et institutiones uocabantur; 1, 17, 2, 23: Institutionum seu elementorum .

23 D. I . 5, 4, 3.

24 D. I . 7, 1, 1.

25 D. I . 1, 1, 11; 20; 21.

26 Cf., por ejemplo, 1, 1, 25: «Resumo brevemente el principio fundamental de esta ciencia: no se debe aceptar ninguna religión que no vaya acompañada de sabiduría, ni se debe aprobar ninguna sabiduría que no vaya acompañada de religión».

27 El título del libro II es «Sobre el origen del error», y trata de las estatuas de los dioses paganos, del culto a las cosas de la naturaleza y de los demonios.

28 El título del libro IV es, precisamente, «Sobre la sabiduría y la religión verdaderas».

29 D. I . 1, 2, 6.

30 D. I . 7, 14, 7-8.

31 Epist . 58, 10.

32 Cf. V. LOI , «La funzione sociale della iustitia nella polemica antipagana di Lattanzio», Letterature comparate. Problemi e metodo. Studi in onore di E. Paratore , Bolonia, 1981, págs. 843-852; G. MOLIGNONI , «Lattanzio apologeta», Did . (1927), págs. 117-154; J. R. LAURIN , Orientations maîtresses des Apologistes chrétiens de 270 à 361 , Roma, 1954, págs 186-304. El Lactancio apologeta utiliza los mismos argumentos que los demás apologetas, introduciendo, sin embargo, un elemento nuevo: el testimonio de los libros herméticos y sibilinos, y el de Evémero, el autor pagano que había rechȧzado las religiones paganas, porque los dioses no eran nada más que hombres divinizados.

33 Cf. R. PICHON , Lactance. Étude sur le mouvement philosophique et religieux sous le règne de Constantine , París, 1901; A. KURFESS , «Lactantius und Plato», Ph (1922), págs. 381-393; E. RAPISARDA , «La polemica di Lattanzio contro l’epicureismo», MSLC 1 (1947), págs 5-20; I. NICOLOSI , L’influsso di Lucrecio su Lattanzio , Catania, 1946; A. BUFFANO , «Lucrecio in Lattanzio», GIF (1951), págs. 335-349; O. GIGON , «Posidoniana. Ciceroniana. Lactanciana», Romanitas et Christianitas. Studia I. H. Waszink , Amsterdam, 1973, págs. 145-180; V. DOMÍNGUEZ DEL VAL , «El senequismo de Lactancio», Helmantica 23 (1972), págs. 291-323; S. CASEY , «Lactantius’ reaction to pagan philosophy», C and M 32 (1971-80), págs. 203-219.

34 Aquí habría que incluir el tratamiento que Lactancio hace de los libros herméticos, sibilinos, de Varrón, Evémero, etc. Cf. R. PICHON , «Notes sur un vers des Oracles Sibyllins», RPh (1904), pág. 41; P. BATIFFOL , «Les oracles de l’Apollon de Claros cités par Lactance», BSAF (1915), pág. 149; L. ROBERT , «Un oracle gravé à Oinoanda», CRAI (1971), págs. 597-619; J. C. FREDOUILLE , «Lactance historien des religions», en Lactance et son temps (ed. J. FONTAINE -M. PERRIN ), París, 1978, págs. 237-252; R. M. OGILVIE , The library of Lactantius , Oxford, 1978.

35 Cf. V. LOI , «Problema del male e dualismo negli scritti di Lattanzio», AFLC 29 (1961-65), págs. 37-96; V. BUCHHEIT , «Scientia boni et mali bei Laktanz», GB 8 (1979), págs. 243-258.

36 Cf. nota 20.

37 Cf. nota 15.

38 Cf. V. PIZZANI , «Consistenza…» (nota 20);F. W. BUSSEL , The purpose of the world-process and the problem of evil as explained in the Clementine and Lactantian writing in a system of subordinate dualism , Oxford, 1896; V. LOI , «Problema…» (nota 35).

39 Cf. L. ALFONSI , «Cultura classica e cristianesimo. L’impostazione del problema nel proemio delle Divinae Institutione di Lattanzio e nell’Ep. XVI de Paolino di Nola», P and I 8 (1966), págs. 163-176.

40 D. I . 7, 15, 11.

41 Para ello se basa en la teoría de las edades de los imperios; el romano está ya en la vejez y, tras la vejez, viene la muerte.

42 D. I . 7, 25, 6-8.

43 D. I . 1, 5, 11.

44 D. I . 1, 5, 19.

45 D. I . 1, 21, 4.

46 D. I . 2, 4, 4.

47 D. I . 3, 8, 28.

48 D. I . 1, 6, 7.

49 D. I . 1, 15, 16.

50 D. I . 2, 20, 16 ss.

51 D. I . 1, 15, 14.

52 D. I . 1, 18, 7.

53 Cf. R. LACANDIA , «Forme sentenziose in Lattanzio», Vet. Chr . 4 (1967), págs. 73-83.

54 D. I . 1, 9, 5 ss.

55 D. I . 1, 11, 3.

56 CIC ., Leg., frg . 2.

57 Cf. 3, 2, 1.

BIBLIOGRAFÍA

P. ALBAN , «The conscious role of Lactantius», CW 37 (1943-44), págs. 79-81.

L. ALFONSI , «Ovidio nelle Diuinae Institutiones di Lattanzio», VCh 14 (1960), págs. 170-176.

—, «Cultura classica e cristianesimo. L’impostazione del problema nel proemio delle Diuinae institutiones di Lattanzio e nell’Ep. XVI di Paolino di Nola», P and I 8 (1966), págs. 163-176.

—, «Potuit esse verus Dei cultor… (Lattanzio, Div. Inst . VI 24, 13). Sestio, Seneca e i Vangeli», Athenaeum 54 (1976), págs. 175-6.

D. R. S. BAILEY , «Lactantiana», VCh 14 (1960), págs. 165-169.

P. BATIFFOL , «Les oracles de 1’Apollon de Claros cités par Lactance», BSAF (1915), pág. 49.

S. BRANDT , «ZU Laktanz», Ph (1922), págs. 131-142.

V. BUCHHEIT , «Goldene Zeit und Paradies auf Erden (Laktanz, Inst . 5, 5-8)», WJA N. J. 4 (1978), págs. 161-185.

—, «Die Definition der Gerechtigkeit bei Laktanz und seinen Vorgängern», VCh 33 (1979), págs. 356-374.

—, «Scientia boni et mali bei Laktanz», GB 8 (1979), págs. 243-258.

A. BUFFANO , «Lucrezio in Lattanzio», GIF 4 (1951), págs. 335-349.

S. CASEY , «Lactantius reaction to pagan philosophy», C and M 32 (1971-1980), págs. 203-219.

S. COLOMBO , «Lattanzio e S. Agostino», Did (1931), págs. 1-22.

J. DANIÉLOU , «La typologie millénariste de la semaine dans le christianisme primitif», VCh (1948), págs. 1-16.

Divinae Institutiones. Buch 5 , ed. H. HROSA (Humanitas christiana II) , Munich, 1963.

Divinae institutiones. De opificio Dei. De ira Dei , a cura di V. BOELLA (Coll. di class. della filos. crist. V) , Florencia, 1973.

J. DOIGNON , «La scène évangélique du baptême de Jésus commentée par Lactance (Div. inst . 4, 15) et Hilaire de Poitiers (In Matth . 2, 5-6)», en Epektasis. Mélanges patristiques offerts à Jean Daniélou , ed. J. FONTAINE -CH . KANNENGIESSER , París, 1972, págs. 63-73.

—, «Lactance intermédiaire entre Ambroise de Milan et la Consolation de Cicéron?», REL 51 (1973), págs. 208-219.

—, «Le placitum scatologique attribué aux Stoïciens par Lactance (Institutions divines VII, 20). Un exemple de contamination de modèles littéraires», RPh 51 (1977), págs. 43-55.

U. DOMÍNGUEZ DEL VAL , «El senequismo de Lactancio», Helmantica 23 (1972), págs. 291-323.

C. EGGER , «De Caecilio Firmiano Lactantio Cicerone christiano», Latinitas 1 (1953), págs. 38-53.

G. FORTI , «La concezione pedagogica in Lattanzio», Helikon 1 (1981), págs. 622-644.

F. GAREAU , «Bene et vere loqui. Lactance et la conception cicéronienne de l’orateur idéal», REL 55 (1977), págs. 192-202.

O. GIGON , «Posidoniana. Ciceroniana. Lactantiana», Romanitas et Christianitas. Studia I. H. Waszink , edd. W. van Boer-P. G. van der Nat-J. C. M. van Winden, Amsterdam, 1973, págs. 145-180.

H. GLAESENER , «I. L’emploi des modes chez Lact., II. La syntaxe des cas, III. Note additionnelle, IV. Les changements de signification, V. Les néologismes», MB (1900), págs. 26-37.

A. GOULON , «Un jeu de mots chez Lactance (Divinae Institutiones III 8, 10)», REAug . 19 (1973), págs. 39-55.

M. GRIFFIN , «The elder Seneca and Spain», JRS 62 (1972), págs. 1-19.

H. HAGENDAHL , «Methods of citation in post-classical Latin prose», Eranos (1947), págs. 114-128.

Institutions divines, livre V , ed. P. MONAT (Sources Chrétiennes CCIV-CCV), París, 1973.

A. KURFESS , «Lactantius und Plato», Ph (1922), págs. 381-393.

—, «Alte lateinische Sibyllinenverse», ThQ 133 (1953), págs. 80-96.

H. KRUG , «Zum text von Ennius Euhemerus», F and F 24 (1948), págs. 57-59.

R. LACANDIA , «Forme sentenziose in Lattanzio», Vet Chr (1967), págs. 73-83.

Lactance et son temps. Recherches actuelles. Actes du IV Colloque d’études historiques et patristiques. Chantilly, 21-23 Septembre 1976 , edd. J. FONTAINE -M. PERRIN , París, 1978.

Le divine istituzioni , trad. e note di G. MAZZONI , I-II, Siena, 1936-37.

V. LOI , «Problema del male e dualismo negli scritti di Lattanzio», AFLC 29 (1961-65), págs. 37-96.

—, «Per la storia del vocabolo sacramentum. Sacramentum in Lattanzio», VChr 18 (1964), págs. 85-107.

—, «Il concetto di iustitia e i fattori culturali dell’etica di Lattanzio», Salesianum 28 (1966), págs. 583-625.

—, «Cristologia e soteriologia nella dottrina di Lattanzio», RSLR 4 (1968), págs. 237-287.

—, Lattanzio nella storia del linguaggio e del pensiero teologico preniceno , Zurich, 1970.

—, «La funzione sociale della iustitia nella polemica antipagana di Lattanzio», en Letterature comparate. Problemi e metodo. Studi in onore di E. Paratore , Bolonia, 1981, págs. 843-852.

T. MASLOWSKI , «The opponents of Lactantius (Inst . VII 7, 7-13)», CSCA 7 (1974), págs. 187-213.

G. MAZZOLI , «Sul protrettico perduto di Seneca. Les exhortationes», MIL 36 (1977), págs. 7-47.

E. MESSMER , Laktanz und die Dichtung , Munich, 1975.

E. F. MICKA , The problem of divine anger in Arnobius and Lactantius , Washington, 1943.

G. MOLIGNONI , «Lattanzio apologeta», Did (1927), págs. 117-154.

P. MONAT , «Lactance comme témoin du texte de Vergile. Note sur Verg., Georg . 2, 341», AC 43 (1974), págs. 346-354.

—, «Lactance et Cicéron. À propos d’un fragment de l’Hortensius», REL 53 (1975), págs. 248-267.

I. NICOLOSI , L’influsso di Lucrezio su Lattanzio , Catania, 1946.

A. D. NOCK , «The exegesis of Timaeus 28 C», VChr 16 (1962), págs. 79-86.

R. M. OGILVIE , «Lactantius, Div. inst . 6, 18, 15-16», VChr 25 (1971), pág. 56.

—, «Four notes on Lactantius», JThS 26 (1975), págs. 410-412.

—, The library of Lactantius , Oxford, 1978.

M. PERRIN , L’homme antique et chrétien. L’anthropologie de Lactantius , París, 1981.

R. PICHON , Lactance. Étude sur le mouvement philosophique et religieux sous le règne de Constantin , Paris, 1901.

—, «Note sur un vers des Oracles Sibyllins», RPh (1904), pág. 41.

D. PIETRVSINSKY , «Quid Lactantius de ethnicorum philosophia, litteris, eloquentia iudicaverit», Latinitas 12 (1964), págs. 274-279.

U. PIZZANI , «Consistenza e limiti degli influssi locali su alcuni aspetti del pensiero teologico di Lattanzio», Augustinianum 19 (1979), págs. 87-102.

E. RAPISARDA , «L’epicureismo nei primi scrittori cristiani», Anti-quitas 1, 1 (1946), págs. 49-54.

—, «La polemica di Lattanzio contro l’epicureismo», MSLC 1 (1947), págs. 5-20.

L. DE REGIBUS , Lattanzio , Turín, 1928.

L. ROBERT , «Un oracle gravé à Oinoanda», CRAI (1971), págs. 597-619.

P. SINISCALCO , «Ermete Trismegisto, profeta pagano della revelazione cristiana. La fortuna di un passo ermetico (Asclepius 8) nella interpretazione di scrittori cristiani», AAT 101 (1966-67), págs. 83-113.

J. SPEIGL , «Zum Kirchenbegriff des Laktanz», RQA 65 (1970), págs. 15-78.

TH . STANGL , «Ĺactantiana», RhM (1915), págs. 224-252.

O. TESCARI , «De Lactanti Div. Instit . III, 14, 1 sg. adnotatiuncula», GIF 3 (1950).

The divin institutes , trad. de M. F. MC DONALD (The fathers of the Church XLIX), Washington, 1964.

J. TURTURRO , «De nonnullis Ciceronianis in Lact.», CN (1907), págs. 295-304.

E. DELLA VECCHIA , «Conversione di Lattanzio», AIV 86, págs. 653-662.

K. VICHELMSON , Laktanz und die Kosmogonie des spätantiken Synkretismus , Tartu, 1940.

J. WOJTCZAK , De Lactantio Ciceronis aemulo et sectatore , Varsovia, 1969.

INSTITUCIONES DIVINAS

LIBRO I
SOBRE LA RELIGIÓN FALSA

Plan de la obra: sacar del error a los que están en él y llevarlos a la verdad

Ha habido hombres de enorme y extraordinario [1 ] talento que, al entregarse totalmente a la ciencia, dedicaron a la búsqueda afanada de la verdad, olvidando todos los asuntos privados y públicos, todo el esfuerzo que pudieron gastar; y es que pensaban que era mucho más honroso investigar y conocer el significado de las cosas humanas y divinas que entregarse al hacinamiento de riquezas y a la acumulación de honores; con las riquezas y honores, puesto que son frágiles y terrenales [2] y sólo afectan al cuidado corporal, nadie puede llegar a ser mejor, nadie puede llegar a ser más justo. Es cierto que esos hombres merecieron llegar al conocimiento [3] de la verdad, porque desearon conocerla con tanto afán y hasta tal punto, que la antepusieron a todo lo demás —consta, en efecto, que algunos deshicieron su patrimonio [4] y renunciaron a todos los placeres para perseguir, libres y expeditos, única y exclusivamente la virtud; y entre ellos tenía tal valor la fama y la autoridad de la virtud que consideraron que en ella estaba el mejor de los premios—; pero no consiguieron lo que pretendían y perdieron al mismo [5] tiempo su trabajo y su esfuerzo, ya que la verdad, es decir, los secretos del sumo Dios que hizo todas las cosas, no puede ser abarcada por nuestra inteligencia y sentidos. Si no fuera así no habría ninguna diferencia entre Dios y el hombre, ya que el pensamiento humano podría llegar a las decisiones y disposiciones de la majestad eterna de [6] Aquél. Y como no pudo suceder que los designios divinos se abrieran al hombre a través de sus propios esfuerzos, Dios no consintió que el hombre, en su búsqueda de la luz de la sabiduría, permaneciese más tiempo en el error y vagara a través de inextricables tinieblas sin obtener ningún resultado por sus esfuerzos: le abrió al fin los ojos y convirtió en regalo suyo el conocimiento de la verdad, para demostrar que el conocimiento de los hombres es nulo, y enseñar al que vagaba en el error el camino para conseguir la inmortalidad.

[7] Pero como son muy pocos los que hacen uso de este beneficio y regalo del cielo, por cuanto la verdad está envuelta en tinieblas y o bien sirve de desprecio para los sabios, porque éstos exigen que sea defendida por personas idóneas, o bien de odio para los ignorantes, porque la verdad lleva consigo una aspereza que no puede ser tolerada por la naturaleza humana proclive al vicio —efectivamente, dado que las virtudes van mezcladas con sacrificios, mientras que los vicios se basan en el placer, los hombres, molestados por aquéllos y atraídos por éste, se dejan precipitar y abrazan, engañados por la apariencia de la felicidad, males por bienes—, creí conveniente prestar ayuda a los que erraban de esta forma, para que los sabios se dirijan hacia la verdadera sabiduría y los ignorantes hacia la verdadera [8] religión. Esta profesión ha de ser considerada mucho más buena, más útil y más honrosa que aquella profesión de orador en la que, entrenados largo tiempo, enseñábamos a los jóvenes 1 a aguzar, no la virtud, sino abiertamente la malicia; ahora disertaremos con mucha mayor rectitud al hablar de los preceptos del cielo, con los cuales podemos instruir las mentes humanas en el culto de la verdadera majestad; y no presta a los hombres mejores [9] servicios el que ofrece una perfecta elocuencia que el que enseña a vivir con piedad y sin pecado. De ahí que entre los griegos merecieran mayor gloria los filósofos que los oradores. Y es que los primeros eran considerados como maestros del recto vivir, lo cual es, con mucho, lo más importante, ya que «el bien hablar» afecta a unos pocos, pero «el bien vivir» a todos.

De todas formas, aquellos ejercicios de pleitos ficticios 2 [10] nos han servido de mucha ayuda en el sentido de que ahora podemos defender con mayor abundancia y facultad la causa de la verdad. Y es que ésta, si bien puede ser defendida, como lo ha sido muchas veces por muchos, sin elocuencia, sin embargo debe ser ilustrada y en cierta forma afirmada con claridad y brillantez en las palabras para que, armada con su propia fuerza y adornada con brillante forma, entre con más poderío en las almas. Efectivamente, [11] si algunos grandes oradores, veteranos por así decir en su profesión, se entregaron al final de su vida, tras haber recorrido su actividad forense, a la filosofía y consideraron a ésta como el más justo descanso para sus trabajos 3 , a pesar de que en la búsqueda de aquello que no podían encontrar atormentaron hasta tal punto su ánimo que daban la impresión de que, más que el descanso, buscaban el trabajo y ciertamente con más molestias que las que habían soportado en su anterior profesión, ¡con cuánta mayor justicia me puedo entregar yo, como si de un puerto segurísimo se tratara, a la piadosa, verdadera y divina sabiduría, en la cual todo es apto para ser dicho, dulce al ser oído, fácil de ser entendido y honesto al ser comprendido! [12] Y si hubo algunos sabios y jueces que dejaron escritas leyes de derecho civil, con las cuales se pudieron solucionar los pleitos y discusiones de ciudadanos litigadores, ¡con cuánta mayor razón y rectitud podré escribir yo sobre las leyes divinas, en las cuales no se hablará de goteras, ni de encauzamiento de aguas, ni de disputas, sino de la esperanza, de la vida, de la salvación, de la inmortalidad y de Dios, con el fin de adormecer las mortíferas supersticiones y los bajísimos errores!

[17] Dejando, pues, a un lado a los filósofos de este mundo, que no aportan ninguna certidumbre, emprendamos el camino recto. Y es que, si yo pensara que éstos eran guías suficientemente idóneos para llevarnos a una vida recta, yo mismo los seguiría y aconsejaría a otros que los [18] siguieran; pero es que, como no se ponen en absoluto de acuerdo entre ellos y se contradicen incluso a sí mismos muchas veces, está claro que su camino no es directo, por cuanto cada uno se abrió su propio camino a su gusto dejando [19] enorme confusión entre los que buscan la verdad. Nosotros, sin embargo, que hemos recibido el sacramento de la verdadera religión, ya que la verdad nos ha sido revelada desde el cielo y tenemos a Dios como maestro del saber y como guía de la virtud, convocamos al alimento celestial a todos los hombres sin discriminación de sexo ni de edad: [20] y es que no hay ningún alimento más dulce para el alma que el conocimiento de la verdad.

A afirmar y explicar esta verdad he dedicado estos siete libros, a pesar de que este objetivo necesitaría una obra casi infinita e inmensa, hasta el punto de que, si alguien quisiera abarcar y alcanzar totalmente esto, le desbordaría tan gran abundancia de temas que sus palabras no encontrarían medida ni límite en un libro. Pero yo lo resumiré [21] todo brevemente, porque es tan claro y evidente lo que yo voy a aportar que lo que resulta realmente extraño es que siga pareciendo tan oscura la verdad a los hombres, sobre todo a esos que generalmente son llamados sabios; y también porque sólo pretendo instruir a los hombres, es decir, llevarlos desde el error en que están inmersos al camino recto. Y si consigo, como espero, esto, los enviaré [22] a la fuente misma de la doctrina, fértil y abundante, en la cual, tras sacar agua y beberla, aliviarán la sed concebida en sus entrañas y apagarán su fiebre; y todo será ya para ellos fácil, llevadero y claro, siempre que no desdeñen aplicar una paciente labor de lectura y aprendizaje a la recepción de la disciplina de la sabiduría. Y es que muchos, [23] apegados con pertinacia a las vanas supersticiones, se muestran duros ante la manifestación de la verdad, haciendo así, no un buen servicio a las religiones que erróneamente defienden, sino un mal servicio a ellos mismos, ya que, a pesar de tener abierto el camino recto, siguen senderos desviados; abandonan el llano, para deslizarse por precipicios; dejan la luz, para yacer, ciegos y débiles, en las tinieblas. A éstos habría que aconsejarles que no luchen contra [24] ellos mismos y que se decidan por fin a librarse de sus inveterados errores; y esto lo conseguirían sin duda si pensaran alguna vez en la razón de su nacimiento. Y es que [25] la causa de la maldad no es otra que la ignorancia de sí mismos; si conociendo la verdad rompieran con esa ignorancia, sabrían a dónde tienen que dirigir su vida y de qué modo tienen que vivirla.

Resumo brevemente el principio fundamental de esta ciencia: no se debe aceptar ninguna religión que no vaya acompañada de saber, ni se debe aprobar ningún saber que no vaya acompañado de religión 4 .

El primer tema a tratar debería ser el de la Providencia. Pero como es algo que va a salir constantemente a lo largo de la obra, no va a entrar de lleno en él

[2 ] Aceptado, pues, el compromiso de explicar la verdad, no he considerado absolutamente necesario empezar por la cuestión que por naturaleza parece ser la primera: si es la Providencia divina la que rige todas las cosas o es la casualidad la [2] que las ha hecho y gobierna. El inventor de esta idea fue Demócrito, y Epicuro el ratificador; pero ya antes Protágoras, quien puso en duda la existencia de los dioses, y después Diágoras, quien los negó, y algunos otros, que pensaron que no existían los dioses, ¿qué otra cosa hicieron sino que se pensara que no existía ninguna Providencia? Sin embargo, éstos fueron duramente desautorizados por los demás filósofos y sobre todo por los estoicos, que enseñaron que el mundo no pudo ser creado sin una mente divina, ni podría mantenerse [3] si no fuera gobernado por una mente superior 5 . Pero es que incluso Marco Tulio, a pesar de ser un defensor de la doctrina de la Academia 6 , expuso muchos argumentos, y muchas veces, en torno a la Providencia rectora, confirmando de esta forma los argumentos de los estoicos y añadiendo además otros muchos nuevos: esto lo hace en todos sus libros de filosofía y, sobre todo, en aquellos que tratan de la naturaleza de los dioses 7 . Y en verdad que con [4] el testimonio de los pueblos y de las gentes que están en total acuerdo en este tema no era difícil argumentar contra las mentiras de unos pocos con opiniones depravadas 8 . Nadie es, en efecto, tan torpe y de costumbres tan brutas [5] que, al levantar los ojos al cielo, aunque no sepa qué Providencia divina rige todo eso que ve, no entienda, a partir de la propia grandeza, movimiento, disposición, seguridad, utilidad, hermosura y equilibrio de las cosas, que existe alguna Providencia y que no puede suceder que eso que se mantiene con admirable orden no haya sido fabricado por una mente superior. Para mí sería muy fácil ahora [6] desarrollar esta cuestión extensamente, pero, como el tema ha sido ya muy discutido entre los filósofos, como ya hombres agudos y elocuentes han respondido suficientemente a los que niegan la Providencia, y como necesariamente tendré que hablar de vez en cuando a lo largo de la obra que ahora emprendo de la inteligencia de la divina Providencia, dejaré ahora al lado esta cuestión, que está con todas las demás en tal relación que, hablemos del tema que hablemos, tendremos que hacerlo también de la Providencia.

Razonamientos filosóficos en favor de la existencia de un solo Dios y no de muchos

[3 ] Empecemos, pues, nuestra obra con la segunda y subsiguiente cuestión: si el mundo es regido por el poder de un solo Dios o por el de muchos. Nadie, al menos nadie que tenga sentido común y que piense el asunto profundamente, puede entender que no es uno solo el Dios que ha creado todo y que rige lo que ha creado con la misma inteligencia con [2] que lo creó. Efectivamente, ¿qué necesidad hay de pensar en muchos dioses para mantener el gobierno de este mundo? A no ser que pensemos que, si hay muchos, cada uno [3] de ellos tiene menos fuerza y menos poder. Esto es justamente lo que hacen los que pretenden que existen muchos dioses, ya que esos dioses tienen que ser necesariamente débiles, por cuanto cada uno de ellos, sin la ayuda de los otros, no puede mantener el gobierno de una mole tan grande. El Dios, sin embargo, que es la inteligencia eterna, es [4] en todas sus partes un poder perfecto y completo; y, si esto es así, debe ser necesariamente uno solo, ya que el poder o la facultad absoluta tiene en sí misma su propia fuerza; y debe ser considerado como sólido aquello a lo que nada puede faltar, y como perfecto aquello a lo que [5] nada puede añadirse. ¿Quién puede dudar que el rey más poderoso sería aquel que tuviera dominio sobre todo el orbe? Y lo sería con razón, porque sería suyo todo lo que hay en todas partes y porque bajo su único mandato se [6] reunirían las tropas de todos sitios. Pero, si fueran muchos los que se repartieran el orbe, cada uno de ellos tendría sin duda menos recursos y menos fuerzas, ya que cada uno [7] estaría limitado dentro del territorio a él asignado. De la misma forma, también los dioses, si fueran muchos, serían, cada uno de ellos, menos poderosos, ya que los otros tendrían en sí mismos la misma porción de poder. Así pues, la forma perfecta de poder puede estar en aquel del cual depende todo, antes que en aquel del cual depende una parte exigua del todo; y como Dios, si es perfecto —y [8] debe serlo—, no puede ser sino uno solo, de forma que todo esté en él, hay que concluir que las facultades y poderes de los dioses han de ser necesariamente débiles, porque a cada uno de ellos les faltará lo que está en manos de los otros. Así, cuantos más dioses haya, tanto más insignificantes serán.

Y ¿qué decir del hecho de que ese sumo poder y esa [9] fuerza divina no pueden dividirse ni siquiera una sola vez? Y es que todo lo que se divide participa necesariamente de la muerte; y como la muerte es algo que está muy lejos de Dios, porque éste es incorruptible y eterno, hay que concluir que el poder divino no puede dividirse.

Así pues, Dios es uno, porque no puede haber otra [10] cosa que tenga la misma porción de poder que él y porque los que piensan que existen muchos dioses dicen que éstos se reparten entre sí las funciones. De todos estos dioses hablaré en su momento.

Ahora me mantengo en lo que afecta al tema actualmente [11] planteado; si han repartido entre ellos las funciones, volvemos a lo mismo: que ninguno de ellos puede ser suficiente para todas las cosas y, en consecuencia, no será perfecto aquel que, si le faltan los otros, no puede dirigirlo todo. De ahí se deduce que, para gobernar el mundo, es más necesario el poder perfecto de uno solo que la debilidad de muchos. Y quien piense que esta tan enorme mole [12] no puede ser gobernada por uno solo, se equivoca y no entiende cuán grande es la facultad y el poderío de la majestad divina, si piensa que el Dios único que pudo hacer este mundo no puede gobernarlo tras haberlo creado. Pero si medita en la inmensidad de esta obra divina y [13] en que esa inmensidad, a pesar de que antes era la nada, fue creada desde esa nada por el poder y la voluntad de Dios —obra que no puede ser comenzada ni terminada sino por uno solo—, entenderá inmediatamente que es más fácil que sea gobernado por uno solo lo que ha sido [14] creado por uno solo. Quizás algunos dirán que la enorme obra de este mundo no pudo ser creada por uno solo; pues bien, que piense en muchos, que piense en los más poderosos: cualquier magnitud, poder, facultad y majestad que él coloque en muchos, yo lo reduzco todo a uno solo y afirmo que todo ello está en uno solo, en el sentido en que todas estas cualidades están en él en una medida que no puede ser pensada ni expresada.

Pulsuz fraqment bitdi.

19,03 ₼