Kitabı oxu: «Sobre la muerte de los perseguidores»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 46

Asesores para la sección latina: SEBASTIÁN MARINAR (†).
JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ LUIS RAMÍREZ SAHARA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2000.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1982.
ISBN 9788424930714.
INTRODUCCIÓN
Vida y obras de Lactancio
Muy poco es lo que sabemos de la biografía de Lactancio. Ni siquiera conocemos su nombre con total seguridad. Las noticias que sobre él se nos han conservado se reducen a unas indicaciones de San Jerónimo 1 y a los escasos datos sobre su persona que el propio Lactancio nos proporciona en su obra más importante, las Institutiones .
Su nombre parece que era L. Caecilius Firmianus qui et Lactantius 2 . De la noticia de San Jerónimo en el De Viris Illustribus y de la citada inscripción de Cirta se desprende que era africano, de Numidia. Aquí fue discípulo de Arnobio, según el mismo San Jerónimo, pero, debido a algunas discrepancias doctrinales que se reflejan en las obras de ambos y al hecho de que Lactancio no lo mencione jamás en sus obras, se ha deducido que Arnobio debió de limitarse a enseñarle la retórica sin haber ejercido influencia doctrinal alguna sobre él, pese a que en los últimos años de su vida escribió una apología de su discípulo 3 . Parece, sin embargo, que estaba escasamente dotado para la elocuencia, por lo que nunca la practicó en públicó 4 y optó por convertirse en profesor de retórica.
El otro dato importante que sabemos de su vida es que Diocleciano, llevado sin duda por el prestigio de que gozaba, lo llamó, junto con el gramático Flavio, a Nicomedia para que enseñase retórica latina en esta ciudad, que él había convertido en la nueva capital del Imperio. El mismo San Jerónimo, que es quien nos proporciona esta noticia, añade que la escasez de discípulos, debido a que se trataba de una ciudad griega, lo sumió en la penuria, por lo que tuvo que dedicarse a escribir. De su propia obra 5 se desprende que, cuando Diocleciano en febrero del 303 decretó la persecución contra los cristianos, se había convertido ya al cristianismo, pero no sabemos si esta conversión se había producido ya en África o sobrevino en la propia Nicomedia. Parece deducirse de dos pasajes de las Institutiones 6 que durante el reinado de Diocleciano no fue molestado por sus creencias, pues permaneció en Nicomedia por lo menos hasta el 305. Lo que sí parece seguro es que, siendo ya de edad avanzada (in extrema senectute, según San Jerónimo 7 ), Constantino lo llamó a la Galia, seguramente a Tréveris, que era la capital entonces, para que se hiciese cargo de la instrucción literaria de su hijo Crispo 8 . Ninguna otra noticia tenemos sobre su vida. En base a lo preciso de su información sobre algunos hechos narrados en el De mortibus se ha intentado seguir sus pasos por Occidente y Oriente, pero nada se puede afirmar con certeza. Tampoco se sabe con exactitud la fecha en que se hizo cargo de la educación de Crispo, dado que se desconoce la del nacimiento de éste y, por tanto, el momento en que alcanzaría la edad apropiada para recibir dicha instrucción. En cualquier caso no hubo de ser antes del 313 9 . Nada sabemos sobre la fecha y lugar de su muerte.
San Jerónimo nos ha conservado una larga lista de obras atribuidas a Lactancio 10 . Una no despreciable parte de ellas se ha perdido totalmente. Tal es el caso de tres obras de carácter profano, el Symposium o Banquete, el Hodoeporicum o Itinerario, descripción en hexámetros de un viaje de África a Nicomedia, y el Grammaticus . Todas ellas debieron de ser obras de juventud. Asimismo se han perdido varios libros de cartas: cuatro libros dedicados a Probo, dos libros a Severo y otros dos a Demetriano. Todos ellos trataban de temas muy variados, geografía, filosofía, métrica, etcétera, y aunque es de lamentar su pérdida, el juicio que el papa San Dámaso, en carta dirigida a San Jerónimo, da sobre ellos no es demasiado favorable: «te confieso que los libros que hace tiempo me diste de Lactancio no los leo con demasiada gana, primero porque sus muchísimas cartas se prolongan hasta las mil líneas y segundo porque raras veces tratan de nuestra doctrina. De ahí que la prolijidad engendra cansancio en el lector...» 11 . Parece que, al menos los dedicados a Probo y a Severiano, databan de la última etapa de su vida 12 . Igualmente se ha perdido un tratado en dos libros dedicado a Asclepiades, quien había escrito un tratado de Prouidentia dedicado a él 13 .
Las obras dogmáticas que se nos han conservado, además del De mortibus persecutorum, son, por orden cronológico, De opificio Dei, Diuinae institutiones, De ira Dei y el Epitome . La cronología absoluta de estas obras es difícil de establecer. Ésta tiene especial importancia para la mayor y la más importante de ellas, las Institutiones . Se trata de una gran obra en siete libros, donde, en viva polémica contra dos filósofos paganos que habían escrito contra los cristianos al comienzo de la persecución de Diocleciano 14 , intenta demostrar que el politeísmo es indefendible, que todos los sistemas filosóficos son engañosos y que la razón obliga a admitir los dogmas y la moral cristiana. No podemos entrar aquí en la polémica existente sobre la fecha de su composición y, en especial, sobre las dos dedicatorias a Constantino que aparecen al comienzo y al final de la obra 15 . En cualquier caso parece que ésta fue compuesta entre el 305 y el 313 y que las dedicatorias fueron añadidas posteriormente 16 . El Epitome, como indica su nombre, es una reedición abreviada de las Institutiones; el De opificio, un estudio del cuerpo humano como obra de Dios y el De ira, una refutación de los estoicos y epicúreos que negaban la bondad y justicia divinas. En todas está presente la idea central de Lactancio, la Providencia que rige el mundo y todas las acciones humanas; una idea que al principio es en él principalmente filosófica para acabar siendo religiosa en concordancia con la evolución de sus sentimientos, que terminarán por responder a una vivencia ardiente del cristianismo.
Aparte de estas obras de carácter dogmático, se ha conservado también otra escrita en verso y que nada tiene que ver con las anteriores: el De aue Phoenice. Cuenta en ella una célebre leyenda, según la cual esta ave cada mil años viene de Oriente a Fenicia y muere encima de una palmera (recuérdese que palmera en griego es phoînix) . El cadáver del ave se quema espontáneamente y de sus cenizas nace un gusano que, convertido primero en capullo y después en mariposa, lleva los huevos del ave al templo del Sol en Heliópolis (Egipto), donde el ave resucita para retornar nuevamente a Oriente. Se trata de una leyenda que aparece por vez primera en Heródoto, pero pronto adquirió un carácter cristiano como símbolo de la resurrección de Cristo y como tal aparece en Clemente Romano, Tertuliano y en otros escritores cristianos y en el arte paleocristiano. Su atribución a Lactancio aparece ya en Gregorio de Tours y las opiniones están hoy en día divididas.
El «De mortibus persecutorum»
Esta obra fue descubierta en la biblioteca Colbert de París, en 1676, por S. Baluze (Balutius) en un manuscrito proveniente de la biblioteca de la abadía benedictina de Moissac. El manuscrito lleva el encabezamiento Lucii Cecilii incipit liber ad Donatum confessorem de mortibus persecutorum y su descubridor no dudó, desde el primer momento, en hallarse frente al De persecutione, mencionado por San Jerónimo en la lista de las obras de Lactancio. Sin embargo, esta tesis no fue unánimemente aceptada y las opiniones estuvieron divididas durante los siglos XVIII y XIX . A fines de este siglo, S. Brandt, editor de Lactancio en el Corpus de Viena, captó a la mayoría de los especialistas hacia la tesis de la inautenticidad, pero, poco después, R. Pichon, en su gran obra de 1902 sobre Lactancio, llegó a convencer incluso al mismo Brandt de su autenticidad. A partir de este momento esta última tesis, pese a algunas voces discordantes, se ha ido imponiendo de un modo general, siendo ya muy pocos los que dudan de ella, entre los que naturalmente no nos encontramos.
Debido a las características de esta edición no podemos detenernos aquí en el análisis de los argumentos a favor y en contra, tanto de orden interno como externo, que han alimentado esta polémica. Una brillante síntesis puede verse en Moreau 17 . Nos limitaremos a recordar algunos de los argumentos de orden interno que nos ayudarán, de paso, a comprender el contenido de la obra. En el De mortibus aparecen las mismas inquietudes dogmáticas que revelan las restantes obras de Lactancio, en especial, las Institutiones . Como declara Lactancio en el exordio, es la muerte que sufrieron los perseguidores una de las grandes lecciones que enseñan que Dios es uno y que su justicia es vengadora. Esta sola frase es de por sí una buena muestra de lo que era una de las grandes preocupaciones de Lactancio, establecer una relación entre todos sus escritos: así se puede entender el De mortibus como una realización y demostración histórica de la idea de la unidad de Dios desarrollada en los dos primeros libros de las Institutiones y de la idea de la justicia vengadora a la que está consagrado el De ira . No deja de sorprender también que, tanto en las Institutiones como en el De mortibus, se atribuye a los demonios el papel de desencadenantes de la persecución de Diocleciano: la idea se expresa casi con las mismas palabras en las dos obras 18 , con la diferencia de que en ésta se añaden precisiones cronológicas, topográficas e históricas.
Asimismo, tanto ésta como las Institutiones están animadas por un mismo espíritu de conciliación: en las Institutiones, entre la filosofía pagana y la doctrina cristiana (Lactancio intenta buscar puntos de coincidencia entre ambas); aquí, entre la Iglesia y el Estado, entre el poder político y el poder religioso. Mientras que antes en los autores cristianos predominaba el espíritu de intransigencia, Lactancio se esfuerza por introducir el espíritu de conciliación 19 . Estos nuevos planteamientos obedecen, sin duda, a las nuevas circunstancias políticas, pero Lactancio fue un premonitor de la situación que se implantará tras la batalla del Puente Milvio. Esta postura de Lactancio adelantándose a los acontecimientos se explica por su apego y su entusiasmo por la grandeza de Roma, que hizo de él, como más adelante veremos, un defensor de la religión cristiana frente a los emperadores paganos y de la romanidad frente a los emperadores bárbaros. Romanidad y cristianismo encuentran su fusión por vez primera en Lactancio.
Se trata de una obra breve —opúsculo se la suele denominar, sirviéndose de un latinismo de escaso gusto— de 52 capítulos. Se inicia con un capítulo de introducción en el que se hace la dedicación de la obra al confesor Donato, seguramente el mismo a quien dedicó el De ira Dei, que sufrió la persecución de tres gobernadores sucesivos de Bitinia: el prefecto del pretorio Flaccino, Sosiano Hierocles y Prisciliano. Evoca el fin de la persecución por obra de Constantino y Licinio y enuncia el programa de la obra. Tras una breve evocación del destino sufrido por los anteriores emperadores que habían perseguido a los cristianos — Nerón, Domiciano, Decio, Valeriano y Aureliano — (caps. II-VI), entra en una detallada e implacable descripción de la persona, familia y acciones de Diocleciano, Maximiano Hercúleo y Galerio, exponiendo los inicios de la persecución, la abdicación de Diocleciano y Maximiano y el nombramiento de dos nuevos Césares, Severo y Maximino Daya (caps. VII-XIX). Sigue una descripción, igualmente cruel y detallada, de las acciones de Galerio como Augusto, lo que provoca la proclamación de Constancio como emperador en calidad de sucesor de su padre Constantino Cloro, siendo su primera medida de gobierno la devolución a los cristianos de la plena libertad religiosa (caps. XX-XXIV). Seguidamente expone los intrincados acontecimientos políticos de los cuatro años siguientes: reconocimiento de Constantino como César por parte de Galerio, proclamación de Majencio como emperador en Roma, vuelta de su padre Maximiano al poder, derrota y muerte de Severo, fallido intento de Galerio por restablecer su autoridad en Italia, intentona fallida de Maximiano contra Majencio, proclamación de Licinio como Augusto (conferencia de Carnuntum), retirada de Maximiano junto a Constantino a la Galia, y su muerte tras el doble intento fallido de acabar con la vida de éste (caps. XXV-XXX).
Maximiano fue el primero de los emperadores perseguidores en morir. Inmediatamente después, Dios se fijó en Galerio, a quien Lactancio presenta como instigador de la persecución, y éste muere, víctima de una enfermedad repugnante e incurable, cuando se disponía a celebrar los veinte años de su reinado; pero poco antes de morir, arrepentido, publicó un edicto general de libertad de culto para los cristianos (caps. XXXI-XXXV). A la muerte de Galerio, Licinio y Maximino Daya se disputan el control de la mitad oriental del Imperio y llegan a un acuerdo de reparto de dominios. Inmediatamente después, Maximino reanuda la persecución, aunque disimulada por las amenazas de Constantino. Poco después muere Diocleciano y Maximino establece una alianza con Majencio (capítulos XXXVI-XLIII). Constantino invade Roma, derrota a Majencio, ocupa Roma y establece una alianza con Licinio. Se produce el esperado enfrentamiento entre Licinio y Maximino con la derrota de este último. Licinio publica en Oriente un edicto de libertad religiosa Y. poco después, muere Maximino acosado en Tarso. Licinio culmina su acción con la muerte de todos los familiares de los tetrarcas supervivientes aún: entre ellos, Prisca, esposa de Diocleciano, y Valeria, hija de éste y esposa de Galerio (caps. XLIV-LI). Termina la obra con un epílogo que es un canto de alabanza a Dios por haber protegido a su pueblo y haber exterminado a todos sus enemigos (cap. LII).
Fecha de composición
La fecha de la composición del De mortibus es tan incierta como la vida de su autor. Ninguna noticia nos ha quedado al respecto, por lo que es necesario deducirla a partir de argumentos internos de la obra. La fecha post quam nos viene proporcionada por el fin de las persecuciones, es decir, el 313, y más concretamente, por la muerte de Valeria y Prisca, último acontecimiento mencionado, que tuvo lugar quince meses después de la muerte de Maximino Daya, lo que nos lleva al otoño del 314. Otra referencia importante nos viene dada por la afirmación de Lactancio, en el cap. I, de que en el momento de escribir la obra reinaba una paz general en el Imperio, bajo el gobierno de dos emperadores. Aunque es posible que esta referencia de Lactancio pueda hacer alusión únicamente a la paz de la Iglesia subsiguiente a las persecuciones, generalmente se ha interpretado, y así lo hacemos aquí, en un sentido más genérico, como referida a las amistosas relaciones entre Licinio y Constantino, que compartieron el poder desde la muerte de Daya en el verano de 313. Esta situación terminó el 324 con la guerra entre ambos y la derrota y muerte de Licinio. Así pues, es ésta la única fecha ante quam que no admite duda. Pero, aunque el enfrentamiento final entre Constantino y Licinio no se produjo hasta el 324, el 321 se inició una guerra fría entre ambos con una ruptura práctica de relaciones, lo que no cuadraría con la amistad entre ambos que el De mortibus parece reflejar. Por ello, casi unánimemente se ha fijado en el 321 el terminus ante quem . A su vez, el terminus post quem se estableció con casi general unanimidad en el 316, aunque, por consideraciones diferentes. O. Seeck 20 basó su argumentación en la fijación de la muerte de Diocleciano en este año, muerte que narra Lactancio, pero situándola algunos años antes (cap. XLII). En la actualidad se tiende a rechazar la fecha del 316 para la muerte del fundador de la Tetrarquía y a situarla con Lactancio en el 313 o aun antes. Sin embargo, W. Seston y, con él, J. Moreau, fijaron el mismo límite post quem con otro argumento 21 . En el cap. 52, Lactancio alude despectivamente a los cognomina de Iouius y Herculeus, adoptados oficialmente por los emperadores de la Tetrarquía y que Dios había borrado de la tierra. Ahora bien, en el arco de triunfo dedicado en Roma a Constantino por el Senado el 315, Licinio aparece aún representado como Iouius y Maximiano, como Herculeus, lo que cuadraría mal con la alusión de Lactancio. Aprovechando al máximo este argumento, tanto Seston como Moreau propusieron una fecha posterior al 318, partiendo del razonamiento de que se exigiría un intermedio de tiempo razonable para que estas ofensas a la memoria de los tetrarcas pudiesen ser aceptables y apoyándolo con la idea de que Lactancio presenta al final una imagen de Licinio poco favorable, lo que sería una muestra de que las relaciones entre ambos emperadores comenzaban ya a ser tensas. Por otra parte, una fecha posterior al verano del 314 y anterior al verano del 315 en que se hizo la dedicación del arco del triunfo resultaba imposible, porque en octubre del 314 habría tenido lugar la batalla de Cibalae, primer enfrentamiento abierto entre Licinio y Constantino, lo que resultaba incompatible con la paz reinante en esos momentos en todo el Imperio de que habla Lactancio. Así pues, frente a la idea predominante de una fecha comprendida entre el 316-321, sólo quedaron algunas opciones minoritarias. Según ellas, Lactancio habría escrito la obra durante el breve o, quizá, inexistente período comprendido entre la muerte de Valeria, no antes de septiembre del 314, y la ruptura entre Constantino y Licinio que representó la batalla de Cibalae, a más tardar, a finales del mismo mes 22 ; o bien, durante esta guerra entre ambos, pese a las palabras de Lactancio sobre la paz que reinaba en todo el Imperio 23 ; o, por último, los capítulos que narran los sucesos del 314, el L y LI, habría que considerarlos como interpolados posteriormente y, por lo tanto, podría haber sido escrita en el año comprendido entre la derrota de Maximino Daya y la batalla de Cibalae 24 .
Éste era el estado de la cuestión antes de la publicación de la obra de P. Bruun 25 , que propone retrasar la fecha tradicional de la batalla de Cibalae desde el 314 al 316. Sus argumentos han sido casi universalmente aceptados y han alterado totalmente el referido estado de la cuestión. Las consecuencias de esta nueva cronología de la batalla de Cibalae respecto a la datación de la obra de Lactancio no se han hecho esperar: desaparecía el mayor obstáculo para situar su composición inmediatamente después de los sucesos narrados, por lo que J. R. Palanque y T. D. Barnes, entre otros, se han apresurado a sacar la conclusión de situar su datación a finales del 314 o comienzos del 315 26 . Ésta es también nuestra opinión.
Hemos de reconocer que esta datación no resuelve todas las incógnitas que presenta la obra de Lactancio, pero con ello son más los aspectos que quedan aclarados que los que permanecen aún en la sombra. La datación de la muerte de Diocleciano que, frente a la fecha del 316 imperante tradicionalmente en la moderna historiografía, había ido recientemente ganando adeptos para la fecha dada por Lactancio del 312 ó 313, encuentra nueva confirmación. Asimismo, Lactancio queda liberado de la acusación de haber omitido deliberadamente la mención a la guerra entre Licinio y Constantino y del artificio retórico que se le suponía de fingir escribir la obra inmediatamente después de los hechos narrados, es decir, en una fecha más reciente de la que realmente la escribió 27 .
La objeción aducida por Seston y Moreau en contra de una datación en estos años no tiene tampoco mayor consistencia. Según Palanque 28 , la ironía con que Lactancio habla de los cognomina de Iouius y Herculeus asumidos por los emperadores de la Tetrarquía no estaría sólo en contradicción con la supervivencia de estos títulos en el arco de triunfo del 315, sino también con su pervivencia en las emisiones monetarias con la efigie de Maximiano hasta el 320 y, en todo caso, sería una contradicción de menor importancia que la que supone la rehabilitación de la memoria de Maximiano por parte de Constantino después de su dammatio memoriae el 312. Barnes, por su parte, llega más lejos en sus conclusiones. Tras poner de relieve que las monedas oficiales continuaron presentando a Licinio y al mismo Constantino bajo la protección de Júpiter, deduce del cambio de datación de la obra importantes novedades en la interpretación del transfondo ideológico del escrito de Lactancio respecto a la versión difundida por numerosos autores, Moreau principalmente 29 . En seguida hablaremos de ello.
Fuentes
La búsqueda de las fuentes del de Mortibus, la llamada Quellenforschung, ha provocado la agudización del ingenio de numerosos filólogos y especialistas, dado que es un tema estrechamente relacionado con el de la autenticidad de la obra. En esta labor se han distinguido especialmente dos investigadores, H. Silomón, que ha dedicado al tema dos artículos 30 , y H. Roller 31 . Ambos, por caminos diferentes y con conclusiones diversas, han querido ver en el sustrato de la narración de Lactancio, historias previas que éste habría seguido e incorporado en su texto. Según el primero, Lactancio se habría servido para la exposición de la primera parte de su obra, hasta la abdicación de Diocleciano, de una perdida Kaisergeschichte (Historia de los emperadores) que habría sido la misma de que se sirvieron Eutropio, Festo y el Epitome y, para la segunda parte, de otra supuesta obra análoga. Por su parte, para H. Roller, Lactancio habría ido aglutinando dos obras de contenido y origen diferentes: una narración de las persecuciones de origen cristiano y una historia política en que se exponían sobre los diversos emperadores valoraciones dictadas por convicciones conservadoras y aristocráticas. Estos planteamientos han llevado a sus autores a verdaderos malabarismos de erudición filológica cuyos resultados han sido decepcionantes y su eco escaso. Silomón partía, además, del supuesto de que la obra había sido redactada en época de Juliano por un autor cristiano que pretendía disuadir a éste de la persecución que maquinaba contra los cristianos.
Tras estas tentativas se ha impuesto el buen sentido, cuyo punto de partida es la consideración de que la obra está escrita por un contemporáneo de los hechos y en una fecha próxima a éstos. Ésta es la premisa y la conclusión del último especialista que se ha ocupado del tema en profundidad, A. Maddalena 32 , quien llega al extremo de afirmar que, en época de Lactancio, no existía aún ninguna obra escrita sobre la historia de los tetrarcas. Sin llegar a dar por sentado taxativamente este extremo, creemos con Moreau 33 que, existiese o no una o más historias de los tetrarcas, Lactancio no necesitaba recurrir a ellas, le bastaba con su experiencia directa, el testimonio de otros testigos y la consulta de los documentos oficiales.
Esta conclusión se impone con mayor evidencia si, como ya hemos expuesto, hay que adelantar la fecha de la redacción de la obra al 314-315. Partiendo de este hecho y de la constatación de que toda ella deja ver una experiencia viva y un conocimiento directo de los sucesos o, al menos, información de primera mano, la atención ha de centrarse en el aspecto de dónde y cómo Lactancio adquirió estas experiencias. Pero tampoco es éste un tema de fácil solución, dada la escasez de datos biográficos sobre nuestro autor, por lo que las hipótesis son muchas y ninguna goza de mayor base que otras. Lo único cierto es que Lactancio se encontraba en Nicomedia cuando comenzó la gran persecución, en febrero del 303, y, como ya vimos, debió de permanecer aquí al menos por dos años. Por ello y dada la sensación de testigo presencial que ofrecen los pasajes que narran los acontecimientos de Nicomedia, es opinión generalizada que fue testigo no sólo de la abdicación de Diocleciano el primero de mayo del 305, sino también de la publicación en esta ciudad del Edicto de Tolerancia de Galerio el 30 de abril del 311 y de la carta de Licinio, en el mismo sentido, el 13 de junio del 313 34 . Pero por motivos análogos se ha pensado también que debió de ser testigo presencial de los sucesos acaecidos en la Galia el 310 y en Sérdica el 311 35 , y que pudo acompañar a Constantino en la campaña de Italia del 312 36 . Pero todo esto no dejan de ser suposiciones, aunque, como vimos, un pasaje de las Institutiones parece reflejar que antes de abril del 311 estaba escribiendo en territorio de Constantino. Como señala Barnes 37 , la sensación de cosa vivida que proporciona la narración puede provenir, más que de una vivencia directa, de habilidad retórica.
Con excepción, pues, de su permanencia en Nicomedia hasta el 305 por lo menos, la otra noticia biográfica que de él disponemos es la antes mencionada de San Jerónimo de que, ya en su vejez, fue llamado a la Galia por Constantino para encargarse de la formación literaria de su hijo Crispo. Ello nos lleva a plantear la cuestión de hasta qué punto Lactancio pudo ser informado directamente por Constantino sobre los acontecimientos de Occidente del 306 al 310, relatados en los caps. XXVI-XXX, y del 312, en el cap. XLIV. La opinión tradicionalmente dominante ha sido la afirmativa. Sin embargo, creemos que la respuesta no debe de ser tan simple, y el adelantamiento de la fecha de composición de la obra la hace menos verosímil: también en este aspecto el admitir una u otra fecha conlleva respuestas diferentes a este problema. Lo veremos más adelante.
Naturaleza, tesis y trasfondo ideológico
Si hay que encuadrar el De mortibus en alguno de los géneros literarios que conoció la antigüedad, habría que hacerlo dentro del género apologético que había echado hondas raíces dentro de la tradición literaria cristiana. Sin embargo, Lactancio no se restringe a las normas tradicionales del género, sino que crea una obra original, que es un caso único dentro de la producción literaria de la antigüedad. Esta originalidad radica fundamentalmente en que es una obra apologética que se sirve como instrumento de la historia, o, visto desde otra perspectiva, se trata de una historia con una finalidad apologética. Este doble carácter de historia y apología, junto a otros elementos que iremos considerando, son los condicionantes que hay que tener presentes para valorar en su conjunto una obra como ésta.
La apología surgió y se desarrolló, primeramente, en Oriente y en lengua griega como un intento de los primeros escritores cristianos por ofrecer una respuesta racional y no violenta a los ataques de todo tipo que comenzó a sufrir la nueva religión. De Oriente pasó a Occidente con la lengua griega como vehículo de expresión y fue en África, la región de Occidente donde con más rapidez se extendió el cristianismo, donde comenzó a desarrollarse una literatura cristiana en latín, inspirada en los modelos griegos. No fue por ello casual que las primeras manifestaciones de esta literatura tuviesen precisamente un carácter apologético. Aquí nació y se desarrolló la apología latina, y casi todas las grandes figuras de la primera literatura cristiana fueron africanos y apologetas: Tertuliano, Minucio Félix, San Cipriano, Arnobio, etc. Lactancio, pues, no hace sino insertarse en la gran tradición de la apología cristiana de su propia tierra.
La tesis central que Lactancio desarrolla en su obra, no es nueva, sino que había calado ya hondamente en la mentalidad cristiana y había encontrado difusión en los autores cristianos. Su definición aparecía ya, según Eusebio 38 , en Melitón de Sardes. Pero, como ha señalado P. Monceaux 39 , si la tesis no es nueva, fue Lactancio el primero en sacar de ella una obra histórica. En sus obras anteriores se había dedicado a desarrollar el papel de la Providencia en el mundo; aquí se dedica a demostrarlo en la historia de su época: el filósofo se convierte en historiador. La tesis, según Moreau 40 , se podría reducir a esta formulación: todos los emperadores perseguidores han sido malos emperadores, pues sólo un mal emperador puede perseguir la justicia, y todos padecieron una muerte miserable. Dado que toda la obra va orientada a demostrar esta tesis, la información histórica está lógicamente afectada por los condicionantes que ésta presenta.
Creemos que se puede admitir como premisa que la idea de escribir su obra surgió, en Lactancio, de la constatación de que esta tesis, que él había recibido de los escritores cristianos, encontraba su confirmación en los sucesos de su época de que él había sido testigo. Todos los emperadores que habían participado en la persecución iniciada en el 303 habían sufrido una muerte rápida y, más o menos, violenta. Por ello, su objetivo inicial fue el escribir una historia de estos emperadores de la Tetrarquía, Sólo después, y con el fin de confirmar el carácter universal y dogmático de esta tesis, amplió el objetivo inicial de la obra, añadiendo una serie de capítulos que comprenden a todos los emperadores anteriores. Por ello, se pueden distinguir dos partes perfectamente delimitadas en la obra: la primera, desde el cap. II al VI, que abarca a los emperadores anteriores a la Tetrarquía; la segunda, desde el VII hasta el final, que comprende la parte originaria y el meollo de la obra.
Para confirmar su tesis, Lactancio precisa demostrar dos hechos: por un lado, que todos los emperadores perseguidores tuvieron una muerte miserable; por otro, que todos ellos fueron «malos» emperadores. La mayor parte de las deformaciones históricas que la obra contiene se deben a la dificultad para acomodar la teoría y la historia. Pero no son ni Lactancio ni los escritores cristianos que le antecedieron los únicos responsables de ello. Esta teoría no era de origen cristiano, sino pagano, y los cristianos no hicieron sino amoldarla a su propia circunstancia. Ellos se limitaron a añadir al concepto de emperador «malo» un nuevo elemento, el de perseguidor de los cristianos. La noción de emperador «malo» se había ido desarrollando lentamente en la historiografía oficial pagana y, naturalmente, estaba lastrada por los condicionamientos ideológicos a que obedecía esta historiografía. A finales del siglo III estaba ya perfectamente delimitado: emperador «malo» era sinónimo de emperador antisenatorial, tal como recogerá después perfectamente la Historia Augusta . La tarea de Lactancio se encontraba, pues, condicionada por el hecho de que sólo podían entrar en la categoría de emperadores perseguidores los que, según los cánones de la historiografía pagana, eran emperadores antisenatoriales. El segundo elemento de la tesis condiciona la información histórica de Lactancio, en el sentido de hacer cuadrar la condición de mal emperador con el hecho de haber sufrido muerte horrible. Se trata de otro de los rasgos de la semblanza de emperador «malo» elaborada por la historiografía pagana, al que los cristianos añadieron el aspecto de que esta muerte obedecía a un castigo divino por haber perseguido al cristianismo.