Kitabı oxu: «Sobre el fuego»
LARRY BROWN nació en 1951 en Yocona, Mississippi, cerca de Oxford, en pleno condado de Yoknapatawpha, territorio de los indios chickasaw, bajo la sombra cansina e insorteable de William Faulkner. Antes de entrar a formar parte del cuerpo de bomberos, sirvió un par de años en los marines y se ganó la vida como pintor, limpiador de alfombras, leñador y carpintero. En 1990 decidió dedicarse por entero a la literatura. Para entonces ya había escrito alrededor de cien relatos, cinco novelas y una obra de teatro que, en su mayor parte, acabaron en el cubo de la basura. Su obra, galardonada con numerosos premios, es un fiel reflejo del Sur profundo. Un crisol de vidas solitarias caracterizadas por el alcoholismo, la pobreza y la desesperación. Falleció a causa de un ataque al corazón en noviembre de 2004. Bebía, pescaba y odiaba las ciudades. Nunca consiguió un bestseller. No obstante, Harry Crews lo tuvo claro desde el principio (nosotros también): «Escriba lo que escriba, lo leeré».
SOBRE EL FUEGO
SOBRE EL FUEGO
Larry Brown
Traducción Javier Lucini

Título original:
On Fire
Algonguin Books of Chapel Hill, 1994
Primera edición Dirty Works: Noviembre 2019
© Larry Brown, 1993
© 2019 de la traducción: Javier Lucini
© de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Traducción: Javier Lucini (en la línea de riego estuvieron en todo momento Tomás Cobos y Alana Portero, bajo la atenta supervisión de David Portero, miembro del Parque nº8 del Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid, Vallecas. Equipazo).
Diseño de cubierta: Nacho Reig
Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»
Maquetación y correcciones: Marga Suárez
ISBN: 978-84-19288-19-6
Producción del ePub: booqlab
Este libro es para Sam: amigo fiel, leal compañero

Yo no conocía bien a Larry Brown. Coincidimos solo en un par de ocasiones, la primera en un festival de escritores, en Georgia, donde estuvimos varias horas, mano a mano, invitándonos a cervezas. No me acuerdo mucho de lo que hablamos –la cerveza pudo tener algo que ver en esta amnesia–, aunque sí recuerdo haber conversado de pesca y música. Sé que le dije que su obra había sido crucial para dar con mi voz y mis historias, una influencia que jamás ha menguado. Pero hay algo que recuerdo como si hubiese ocurrido ayer: Larry (y arriesgo este exceso de familiaridad por encima de la pretenciosidad académica) me contó que acababa de retirarse del Cuerpo de Bomberos. Cuando comenzó a hablar de la primera vez que oyó una alarma de incendios y fue consciente de que ya no iba a salir en estampida junto a aquellos hombres que habían llegado a convertirse en sus hermanos, detecté en su voz una evidente melancolía.
La reimpresión de Sobre el fuego es motivo de celebración. Aunque el libro no estuviese técnicamente agotado, era bastante difícil de encontrar. Yo cometí la imprudencia de prestar el ejemplar que tenía y ahora lo único que me queda son unas galeradas que encontré hace unos años en una librería de segunda mano. La reimpresión aportará nuevos lectores, pero a quienes admiramos el libro hace años, su renovada disponibilidad nos brindará la posibilidad de releerlo y de plantearnos la pregunta que siempre se hace el lector cuando vuelve a leer un libro después de mucho tiempo: ¿es tan bueno como lo recordaba?
Para mí, Sobre el fuego es aún mejor, en parte porque ahora sé más acerca del oficio de escritor que hace veinte años. Lo que más me impresiona es la unión perfecta que hay entre tema, tono y voz. Su anterior obra, Joe, había revelado a un Larry capaz de escribir con la elocuencia poética que cabría esperar de un autor nacido en el mismo condado de William Faulkner, pero para escribir Sobre el fuego sospecho que lo que Larry aprendió de Ernest Hemingway, un escritor al que admiraba, fue más importante. Como nos cuenta casi al inicio del libro:
«No puedes estar pensando en el sufrimiento de una persona y llevar a cabo tu trabajo del modo más eficiente; si en tu mente la implicación emocional pesa más que el mejor modo de extraer la puerta estrujada del coche que le está comprimiendo el cuerpo, flaco favor le estarás haciendo, y puede que lo mejor sea que te apartes y dejes a otro ocuparse de la herramienta».
A pocos lectores les sorprenderá este comentario, porque en este aspecto un bombero no dista mucho de un cirujano, un paramédico o un agente de policía, pero la particular brillantez de Sobre el fuego reside en el modo en que el tono, la voz y el contenido permiten al lector comprender y «experimentar» al mismo tiempo ese desapego, como en el siguiente pasaje:
«El camión está encajado con el morro hacia abajo junto a un conducto de drenaje bastante elevado, las ruedas traseras casi posadas en el asfalto. La mayor parte de la carga se ha desplazado hacia la cabina aplastando el asiento contra el volante, fragmentando el cristal y atascando las puertas. Son varas de pino, de no más de treinta centímetros de diámetro y una longitud aproximada de metro y medio, iban camino del depósito de madera para pasta de papel, donde las medirían para su posterior venta».
Nos vemos analizando el vehículo siniestrado como un problema puramente técnico: metal, cristal y madera, obstáculos que hay que eliminar. El resto de la escena de dos páginas se centra en la consecución, paso a paso, de tal objetivo. Solo al final se nos hace partícipes de que el conductor está muerto, de que murió a causa de la gravedad de sus heridas. Al igual que en la obra de Hemingway, lo que no se expresa es tan importante como lo expresado. En este ejemplo, lo que hay entre el asiento y el volante resulta mucho más escalofriante cuando se deja a la imaginación del lector.
En las memorias de un bombero uno no puede evitar esperar escenas de tal truculencia, pero en este caso se hayan entrelazadas con capítulos en los que Larry amplía su enfoque para incluir descripciones de los largos interludios en los que no suena la alarma. Tales capítulos son fieles al ritmo cotidiano de la vida de un bombero, y nos permiten ver a Larry en compañía de sus amigos y su familia en momentos más relajados. Pero es precisamente en estos capítulos donde Sobre el fuego pasa a ser tanto el retrato de un hombre comprometido hasta el fondo con su arte, como la descripción del día a día de un bombero. La destreza con la que Larry hace la complicada transición de bombero a escritor –su creciente separación de los hombres con quienes compartió profesión durante dos décadas– es lo que más me impresionó cuando leí el libro por primera vez, y continúa siéndolo. La inevitabilidad de esa ruptura definitiva no lo hace menos conmovedor, y es ahí, más que en cualquier otro momento de Sobre el fuego, donde se hace más patente la voz que oí en la barra de aquel bar de Georgia.
No me sorprendería que algún otro factor haya reforzado el tono melancólico del final. En el momento en que Larry terminó Sobre el fuego, ya había ingresado a jornada completa en el mundo literario. Los escritores tienden a ser una pandilla bastante egocéntrica, poco fiable e irascible. Hay algunos con los que no me gustaría verme atrapado en el interior de una casa en llamas. Si se derrumba parte del techo y una viga me deja inmovilizado contra el suelo, o si me comienza a arder el chaquetón por la espalda, se alegrarán de salir pitando sin pensar ni por un segundo en socorrerme. Hasta puede que alguno me quite el respirador para asegurarse de que no logre salir con vida, con la esperanza de que mi fallecimiento elimine la competencia para futuras reseñas y ventas de ejemplares. Pero Larry Brown no. No, Larry no dudaría en sacarme de allí. Apostaría mi vida por ello, igual que lo harían los hombres con los que salía a enfrentarse al peligro cada vez que sonaba la alarma en el parque.
Hacia el final de Sobre el fuego, Larry relata una anécdota que oyó en cierta ocasión sobre el aspecto andrajoso de William Faulkner, algo que, como apunta la mujer que le refiere la historia, te hacía pensar que aquel hombre no tenía nada. «Pero sí que lo tenía», afirma Larry. Tenía algo que Larry también poseía, y no se trata de una mera cuestión estilística. Faulkner dijo una vez que el único tema del que merecía la pena escribir era «el corazón humano en conflicto consigo mismo». Esa verdad resulta evidente en Sobre el fuego, al igual que en toda la obra de Larry, desde su primer libro, Dar la cara, hasta las escenas de su novela inconclusa, A Miracle of Catfish. En los asuntos del corazón, él siempre nos conduce hasta el núcleo abrasador y nos trae de vuelta, en ocasiones algo escaldados y chamuscados, pero de vuelta al mundo respirable, vivos y alterados para siempre.
Ron Rash
Noviembre 2017

NOTA DEL AUTOR
Entré en el Cuerpo de Bomberos de Oxford, Mississippi, con veintidós años. Fue un gran paso adelante después de haber estado conduciendo camiones y montacargas, corría el año 1973 y no podía imaginarme haciendo otra cosa que no fuese pasarme los siguientes treinta años apagando incendios.
Pero un hombre nunca sabe lo que va a ser de su vida. Ni siquiera se nos promete que vayamos a sobrevivir a la infancia, que no nos veremos forzados a ir a la guerra o que no acabaremos muertos en un coche en cualquier carretera.
Lo de escribir fue una bola con efecto que no vi venir. No creo que se pueda decir nada más inverosímil y que suene más idiota que: «Voy a ser escritor. Voy a aprender a escribir un libro». Pero yo se lo dije un día a un buen amigo mío hará cosa de doce años, estábamos en un prado junto a un estanque al que solíamos ir a pescar, y no se rio. Debió parecerle difícil de creer que yo pudiera conseguir algo así, pero no se rio. Se limitó a escucharme con seriedad y a asentir con la cabeza.
Yo me suponía que lo de escribir sería como aprender a construir una casa, como apilar ladrillos o incluso como apagar un incendio. Tenía esa idea apremiante y creía en ella a pies juntillas. Si escribía mucho y ponía toda la carne en el asador, acabaría aprendiendo. Mi única obligación era alimentar a mi familia mientras trataba de aprender esa otra cosa que se me había metido entre ceja y ceja, lo que suponía seguir trabajando en el Cuerpo de Bomberos, aparte de en todas las demás cosas que tenía que hacer para sacar un dinerillo extra, como cargar ladrillos, mezclar mortero, dar martillazos y cortar madera para la fábrica de pasta de papel con la motosierra. Pero estaba más que dispuesto a hacer todo eso a cambio de poder disponer de la mayor cantidad posible de tardes y fines de semana para escribir. Desde 1980 me dediqué a escribir sin parar, emborroné cientos de páginas, mandé por correo un montón de manuscritos, llegué a publicar un relato cada dos años y, luego, por fin, en 1988, salió a la venta mi primer libro de cuentos. Desde entonces han visto la luz dos novelas y otro libro de relatos.
Dejé el Cuerpo de Bomberos hará unos tres años y han debido pasar ya cuatro desde que me puse a escribir Sobre el fuego. Un libro autobiográfico como este es algo nuevo para mí. Hasta ahora todo han sido relatos, poemas y novelas. Al final se trata de historias, no importa lo largas que sean o la forma que acaben adoptando. Y cualquier libro en proceso es un poco como un amigo que viene y se queda a vivir contigo durante una temporada, se instala en tu casa y en tu mente. Está ahí cuando comes y cuando duermes, cuando te despiertas y cuando sales a cortar el césped, cuando atiendes a los niños y cuando sacas la basura. En el momento en que se está formando en tu cabeza y sobre la página en blanco, y me refiero a la acumulación efectiva del trabajo en sí misma, día tras día y hora tras hora, el libro posee una vida propia y convive contigo durante todo ese período de tiempo.
También fue así con Sobre el fuego. Aunque en esta ocasión con algunas diferencias. Me he pasado años imaginándome cosas para incorporarlas a mi narrativa, a todos los relatos y novelas que he escrito. Sin embargo, en este caso, cada suceso había ocurrido de verdad o estaba ocurriendo mientras lo escribía y trabajaba en el Cuerpo de Bomberos. Por lo general, se trataba de una simple cuestión de recordar situaciones, y eso no me resultaba difícil porque muchas de las cosas que sucedieron a lo largo de aquellos dieciséis años dejaron una huella indeleble en mi memoria. Uno no se olvida tan fácilmente de la muerte y el dolor, ni del miedo. Todos los sucesos estaban ahí, pero tuve que darles un sentido.
Este libro es un intento de explorar lo que sentí durante los años que estuve trabajando en el Cuerpo de Bomberos y de expresar cómo fue vivir aquellos años, la forma en que tuvieron que engranarse dos carreras tan distintas y dejarse espacio mutuamente hasta que, al fin, pude abandonar una de ellas. Hay un montón de material que se ha quedado en el tintero y que podía haber incorporado, pero en todos mis escritos he tratado siempre de meter solo lo que la historia precisaba y dejar el resto fuera. Aquí he intentado hacer lo mismo.
Larry Brown
26 de mayo de 1993
Yocona, Mississippi
Me gusta lo que hago con mis manos y con la manguera. Me gustan los nudos que sé hacer, el ballestrinque para subir equipo hasta una ventana alta, el potente nudo de bolina, que es el único al que le puedes confiar tu vida, el único que sirve para descender en rappel de un edificio. Lo amarras a una chimenea, o a alguna pieza resistente de hierro, y luego pasas la cuerda por la presilla de acero de tu cinturón de seguridad antes de descolgarte por el borde, inclinarte hacia atrás y confiarle tu vida, porque es infalible. Avanzas de espaldas por la fachada, sin ningún temor, sin pensar en ningún momento en lo que pasaría si se deshiciese, porque tal cosa no va a suceder. Tienes que creer en el nudo de bolina antes de creer que puedes hacer rappel.
Me gusta cómo se instalan las luces a un lado de la carretera en un accidente, me gusta la fuerza increíble con que se abren los separadores hidráulicos Hurst, me gusta cómo estrujan los pilares del techo del vehículo, me gusta cómo los puedes forzar por debajo de las bisagras de la puerta para reventar los pernos, dejar que la puerta caiga y asomarte para ver las piernas del accidentado y determinar en qué posición se encuentran.
Me gusta conducir hacia cualquier siniestro, me gusta encender la sirena, ir a toda velocidad, pero con cuidado, por las calles de la ciudad. Me gusta el olor del humo y la sensación de miedo que se apodera de ti al ver que el incendio ya ha llegado al tejado y está lanzando sus lametazos al cielo, porque sabes que estás a punto de ponerte a prueba una vez más, los músculos, el cerebro, el corazón.
Me gustan las botas destrozadas, las punteras despellejadas y quemadas, los guantes arrugados, con vetas de hollín y chamuscados, el chaquetón sucio y los pantalones del uniforme deshilachados.
Me gusta tirarme al suelo y ver el humo por encima de mi cabeza, avanzar a rastras hasta el fuego, la manguera dura como un ladrillo, la goma gastada en el extremo del pulverizador. Me gustan las mangueras de dos pulgadas y media de diámetro y los grandes surtidores de cromo que ningún hombre puede sostener por sí solo, las hachas rojas, las palancas y los picos que usamos para derribar los techos en busca de chisperos, esos pequeños cabrones taimados y escurridizos que no dudarán en reactivarse y arder cuando ya estemos de vuelta en el parque, durmiendo a pierna suelta en nuestras camas, y me gusta también situarme junto al panel de la bomba y ajustar la válvula de escape y oír cómo se abre cuando se cierra una línea, y me gusta saber que estoy perfectamente capacitado para manejar esa pieza de equipo que cuesta doscientos mil dólares, tal y como me han enseñado, para que nadie acabe con el culo achicharrado por mi culpa. Me gusta ir al Ireland’s con mis compañeros cuando acaba el turno, nuestro bar, y me gustan las películas que nos tragamos en el parque y las comidas que nos preparamos y las dianas a las que disparamos con los arcos al caer la tarde, lavar los coches y los camiones en las cocheras y sentarnos en las sillas que sacamos frente a la fachada por la noche y gritarle a los conocidos que pasan por la calle. Estos hombres son como una familia para mí, y con lo único que se me ocurre relacionarlos es con los Marines, donde todo el mundo, negro, blanco, pardo o tostado, lleva el mismo uniforme y detenta el mismo propósito, una suerte de hermandad. Esto es lo mismo.
Soy un hombre adulto pero no peso más de sesenta kilos, y eso cuando voy calado hasta los huesos. Soy prácticamente el hombre más pequeño del departamento, lo que suele ser una desventaja cuando se requieren proezas de fuerza. Pongamos que estás derribando una puerta con un hacha junto a un tipo enorme que mide más de uno noventa y pesa cerca de ciento quince kilos. Lo único que puedes hacer es seguir dándole leña, intentar terminar el trabajo.
Nuestro Cuerpo de Bomberos cuenta con treinta y nueve hombres, tres parques, cuatro autobombas, un camión de escala giratoria que también puede bombear bastante si hace falta, una unidad de rescate, una furgoneta, tres camionetas, dos coches y cinco kilómetros de mangaje. También disponemos de escaleras, hachas, herramientas para forzar entradas, equipo de rappel, cuerdas, correas de seguridad, aparatos de respiración autónoma, surtidores, generadores, una herramienta hidráulica Hurst (los «Separadores de la Vida»), linternas, picos, sierras, cizallas, extintores y no muchas, sino muchísimas herramientas más.
Toda esta equipación es carísima y puede hacerte bastante daño, rebanarte los dedos, cortarte, magullarte o rasparte de una manera que luego resultará muy dolorosa. Digo «luego» por la adrenalina. Cuando tu hijo desembraga el coche y empieza a descender por la colina, tú echas a correr, lo alcanzas y logras detenerlo agarrándolo del parachoques solo gracias a la adrenalina. A un hombre se le vuelca un tractor encima y su hijo lo levanta a pulso. Eso, también, es obra de la adrenalina, la glándula se desata para proporcionarte más fuerza de la que sueles poder desplegar. La adrenalina empieza a bombear cuando salimos disparados hacia los camiones. Al activar el enorme motor de arranque, cuando empieza a revolucionarse y a toser como un dinosaurio recién sacado del sueño, la adrenalina ya está fluyendo a toda máquina. Hace que no sientas el dolor, en realidad no hace que lo ignores, simplemente hace que no lo sientas en ese momento. Yo lo he experimentado en carne propia y he visto cómo le ha sucedido a otros hombres en incendios y accidentes; está ahí para protegerte, para fortalecerte y que no salgas malherido. La adrenalina permite que la gente haga lo que tiene que hacer, lo que quizá no serían capaces de hacer sin su ayuda aunque no les quedase más remedio.
Desastre potencial: quizá sea por eso por lo que no puedo pegar ojo. Hay dos cosas que me aterran por encima de todo: una filtración en una cisterna de gasolina o en un contenedor de propano líquido, estacionario o sobre ruedas, volcado en una zanja o en otro sitio parecido. La ignición, sea cual sea su origen, un cigarrillo, el tubo de escape caliente o el colector de un coche que pasa por la carretera, será lo que te mate, a ti y a toda tu dotación, tus bonitos camiones rojos se irán a hacer puñetas, lo mismo que cualquiera que no corra o no pueda correr. Pero también me aterra el nitrato de amonio, el Malatión, los aviones que se estrellan en el aeropuerto y un montón de cosas más. Accidentes de camino a donde sea. Explosiones de gases de humo con efecto reverso, combustiones espontáneas. También que no echen nada decente en HBO cuando estoy de servicio. Preferimos S y V (sexo y violencia), pero nos conformamos con un buen documental de naturaleza del Discovery Channel si no hay otra cosa. No podemos estar todo el rato de subidón de adrenalina.
Cosas que hay en esta sala: Radio. Micrófono. Escáner. Codificador. Teléfono de avisos. Mesa de centralita. Silla. Revistas Playboy. Mapas. Una foto aérea de un metro y medio cuadrado de la Universidad de Mississippi. Televisor. Reproductor de vídeo. Camisas de uniforme colgadas de la pared. Microondas. Estufa. Nevera. Fregadero. Cafetera. Una campana de cristal para tartas con manchas de glaseado rosa. Un palo de un metro y veinte centímetros con un dedo torcido de plástico atornillado en un extremo, con las inquietantes palabras el dedo escritas con tinta verde. Equipo de limpiabotas. Una mesa y unas cuantas butacas. Fotografías nuestras en acción. Dos banderas plegadas, la de Estados Unidos y la de Mississippi. Corrector líquido. Naipes. Cientos de números de teléfono. Partes de salida. Un sistema de megafonía. Un matamoscas. Un reloj digital que ahora mismo parpadea las 5:51. Unos cuantos tomates. Una cebolla. Un melón. Llaves. Una cinta de vídeo de Top Gun. Periódicos de ayer. Periódicos de antes de ayer. Circulares de Tito Jefe. Tazas de café. Los calcetines sucios de alguien. Una piedra de afilar. Bolígrafos. Tiras cómicas de bomberos.
Ahora estoy medio adormilado, con cincuenta y cinco minutos por delante antes de que termine mi turno. Mis compañeros han estado gimiendo y gruñendo en el dormitorio con los nervios previos al despertar. Soy lo peor de lo peor en lo que se refiere a hablar en sueños. Se puede, y de hecho la gente lo hace, mantener conversaciones conmigo cuando me quedo frito. Tengo fama de hablar sobre John Wayne o de ponerme a vociferar no sé qué locuras, y de despertarme con mis propios gritos. Pienso que debo tener algún trastorno del sueño, pero no creo que necesite ir al médico. Creo que solo me pasa cuando estoy aquí, en el parque. En casa, en mi cama, con Mary Annie, duermo bien. No tengo un teléfono de avisos en mi dormitorio.
Creo que todas estas cosas están conectadas, la adrenalina, el sueño, Mary Annie, el miedo, EL DEDO y ese puñado de tipos apiñados en sus camas y roncando en la oscuridad.
Acabo de salir a recoger el periódico, justo cuando llegan los basureros. Les saludo con la mano, me devuelven el saludo. Su jornada laboral acaba de empezar. La mía acabará dentro de cuarenta y cinco minutos si al teléfono de avisos no le da por ponerse a sonar. Espero que no lo haga. Sería de lo más feliz quedándome aquí leyendo, escribiendo, viendo películas y comiendo. Lo mismo hasta me echaría a dormir un rato. Sería genial.
Miedo. La delgada línea que recorres donde lo que tienes que hacer te conduce a hacerlo en contra de lo que tu sentido común te dice que no tendrías que hacer ni de broma. Un bombero no puede ser un cobarde. Puede ser un montón de cosas, un capullo, un ladrón, un embustero, pero cobarde ni hablar, y puede que tampoco un pederasta, aunque me apuesto un millón de dólares con quien sea a que en alguna parte habrá un bombero pederasta. No hay cabida para un hombre que no pueda con su propio peso, que no sea capaz de cargar su propia manguera. Se le hará el vacío y nadie lo querrá en su turno. He visto hombres reacios a meterse en un edificio en llamas. Alguien así no se ganará tu simpatía, sobre todo si tienes pensado zambullirte en el fuego y resulta que ese tío es el único con el que puedes contar para sacarte. Gracias a Dios en mi equipo no hay nadie que me haga sentir intranquilo. Y así es como tendría que ser. Casi todos los días, nuestra mayor preocupación es qué vamos a comer y qué vamos a ver en HBO. Y así es también como tendría que ser. Nuestro lema es: Un bombero bien descansado es un buen bombero.
El desastre potencial se evitó hace un rato, alrededor de las dos y media. Yo estaba ahí dentro intentando conciliar el sueño, aunque, en realidad, lo que hacía era revolcarme en la oscuridad, cuando sonó el teléfono de avisos. Había una fuga de gas en la avenida Jackson y, al parecer, ya se había escapado una buena cantidad, por lo que, salvo por el camión de escala giratoria y la unidad de rescate, salimos con todo lo que teníamos.
Los dormilones de mis compañeros lo tenían todo bajo control cuando llegué con la furgoneta y me puse en 10-23. Esto significa que estás en la escena del siniestro, inmerso en la misión. Nuestro equipo estaba conectándose a una boca de incendios y ya habían desenrollado una manguera de pulgada y media a lo largo de la calle y colocado el surtidor en modo niebla para dispersar el gas. El procedimiento ordinario. Al parecer, un atontado o una atontada había salido del Forrester’s con una cerveza de más entre pecho y espalda, había reventado la cañería maestra de gas al dar marcha atrás y se había escabullido sin decírselo a nadie. Mala jugada. Resultó que un agente de policía estaba patrullando a una manzana de allí y lo olió.
Si nunca has escuchado de cerca el chillido que emite una tubería de tres cuartos de pulgada al expulsar todo el gas de golpe, lo más probable es que te sorprenda lo estridente que puede llegar a ser. Mientras la rocían con un torrente de niebla, alguien tiene que acercarse hasta la tubería para intentar taponarla por dentro y detener la fuga. Johnny ya lo estaba haciendo cuando llegué. Me puse a su lado y lo alumbré con la linterna. El agua se me colaba por el chaquetón y me empapó la camisa y los cigarrillos. Antes usábamos unas cosas que los muchachos llamaban tapaculos, unos tapones cónicos de goma dura que se encajaban en la tubería con ayuda de un martillo. Ahora tenemos unos tapones de goma expansibles con un mango largo que insertas hasta el fondo y luego giras con una tuerca de mariposa hasta que la tubería queda completamente sellada. Lo que menos quieres es encajar uno de esos tapones y que no quede bien ajustado. Porque saldrá disparado como una bala y te sacará un ojo. Todo esto sucede mientras estás agachado, preguntándote si el gas se habrá extendido lo suficiente como para hallar una fuente de ignición. Es de lo más enervante, pero tienes que cumplir con tu deber.
Salió bien. Sellamos la fuga, llamamos a la compañía de gas y al final no se prendió nada. Lo único es que olía como un pedo de dos mil toneladas. Volvimos a enrollar la manguera y regresamos al parque. Al llegar me fui derecho a la cama y me pasé un buen rato revolcándome en la oscuridad hasta que, al final, decidí que, dado que no podía dormir, lo mejor sería levantarme y ponerme a escribir. Además, los ronquidos me estaban volviendo loco.
Un sábado por la tarde estaba preparando unas costillas y bebiéndome una cervecita, disfrutando de la sencillez de la vida, sin apuros. Las costillas se estaban sancochando en un poco de agua, poniéndose tiernas, cuando empezara a anochecer las pasaría al fuego, en la parrilla, con unos buenos brochazos de salsa barbacoa: un pequeño festín en familia. Lo mismo también nos pondríamos una película, ya veríamos. Es una de las cosas que nos tomamos muy en serio por aquí: lo de cocinar algo en el jardín, en la parrilla, luego ponernos una buena película mientras zampamos y, al acabar, tirarnos por el salón, como quien dice, para terminar de verla y, a continuación, ¿quién sabe?, ponernos otra. Por lo general, me tomo varias cervezas bien fresquitas en el proceso. A las costillas les quedaban todavía su buen par de horas y había cerveza de sobra. Perfecto.
El teléfono sonó y mis planes se trastornaron. Era el operador del Parque nº1, se había desatado un incendio en la Facultad de Derecho de Ole Miss y se precisaban todos los efectivos. Era lo que denominamos un Código Rojo.
Interrumpí la cocción de las costillas, pero me llevé una cerveza. Pensé que si el incendio no era muy grave, una cerveza me sentaría como Dios en el camino de vuelta. Me puse al volante de mi pequeña camioneta a una velocidad a la que no suelo ir, a más de cien por hora. Vivo a unos quince kilómetros de Oxford, así que no tardé en llegar.
Uno nunca sabe con qué va a encontrarse, la única certeza es que si es grave vas a acabar sucio, exhausto y, lo más probable, tosiendo o vomitando, puede incluso que hasta quemado, con las orejas ligeramente chamuscadas. Conocía el edificio, pero solo había estado una vez en la primera planta y otra en la biblioteca, que estaba en la segunda. El incendio al que íbamos a enfrentarnos aquella noche estaba en la quinta planta, la última.
Me detuve junto al Parque nº1 y fui a por mi equipación después de dejar la camioneta en las cocheras, donde había un montón de botas de cuero desperdigadas por el suelo, tal y como las habían dejado mis compañeros al quitárselas para salir en estampida. Los pantalones del uniforme estaban en el estante inferior, plegados y ya metidos en las botas de goma, de tal forma que lo único que tenías que hacer era meter los pies, tirar hacia arriba, abrochártelos, coger el chaquetón y el casco, subirte al camión y salir rodando por la puerta. No quedaba ni una sola pieza de equipo en la base, nuestro gran camión bomba diésel, la furgoneta y el camión de escala giratoria con capacidad de acceso a una décima planta. El operador salió un momento de la centralita para decirme que teníamos entre manos un incendio de los «de verdad», pero que aún no sabían la gravedad. Crucé la ciudad a toda pastilla sin preocuparme de multas, porque ya sabía donde iban a estar todos los policías.
Al entrar en el solar del aparcamiento, estaban poniendo en marcha el camión escala. Se dejaba ver un poco de humo en la parte superior del edificio. Vi a nuestros chicos en acción, de rodillas, colocándose los autorespiradores. Me puse el chaquetón, cogí los guantes con una mano y el casco con la otra, y corrí a informar al capataz de que ya había llegado y estaba listo para cumplir con mi cometido. A nuestro alrededor no dejaban de llegar los compañeros que estaban fuera de servicio. Habían llamado a todos.
Era una estructura de cinco plantas con una fachada de hormigón con ventanas de dos metros o dos metros y medio de largo por algo más de metro y medio de alto. Ninguna diseñada para abrirse, no tenían bisagras ni tiradores, y eran de cristal templado, con un grosor de entre seis y trece milímetros. Salvo por la primera y la última planta, el edificio no contaba con vías de evacuación. No tenía sistema de riego, pues se consideraba un edificio ignífugo, pero sí disponía de bocas de agua contra incendios, con sus insulsas mangueras.
Me enteré de que la alarma del interior del edificio había estado sonando un buen rato, pero que la gente la había ignorado olímpicamente. Habían seguido tan campantes, cada cual a lo suyo. Me dijeron que me pusiera el autorespirador y subiera con mis compañeros por la caja de la escalera hasta la última planta, para luego ir descendiendo y dar con el foco del incendio. Me puse el aparato, localicé a mis compañeros y nos pusimos en marcha. Íbamos todos con linternas.
El aparato pesa entre quince y veinte kilos. Te proporciona alrededor de veinte minutos de aire si estás tendido boca arriba, respirando por la máscara; eso siempre que no estés haciendo un esfuerzo. Cuando solo te quedan cinco minutos de aire, empieza a sonar fuerte e insistente una campanita instalada en la bombona, activada por la presión decreciente del aire. La experiencia te enseña a no ponerte la máscara hasta que estás a punto de entrar en la atmósfera dañina. Funcionan igual que las de un equipo de buceo, pero la máscara y la boquilla conforman una sola pieza, por lo que la máscara te cubre toda la cara. Se les denomina ERA, equipo de respiración autónoma. Puedes penetrar en una atmósfera tóxica y actuar a temperaturas altísimas si el resto de tu cuerpo lo soporta. Su principal propósito es evitar que el bombero respire humo.
Ya nos faltaba aire cuando llegamos a la última planta. En cuanto entramos en la sala nos vimos envueltos en una densa humareda negra. Era lo bastante grave para ponerse las máscaras. La inspección inicial solo reveló humo y visibilidad casi nula. La cosa era bastante peor de lo que parecía desde fuera, sin duda. Me empecé a preocupar al ver que era imposible distinguir los haces de las linternas de mis compañeros en cuanto se alejaban más de un metro. Reuní a todos y les dije que volviésemos a salir. No quería que nadie se separase y se perdiese en el humo. Aún no nos había dado tiempo a subir las cuerdas de seguridad ni nada parecido. Seguía siendo muy pronto. No se habían tomado decisiones tácticas. Volvimos a bajar a por bombonas nuevas y a por más hombres. Para entonces, ya era muy consciente de que iba a tardar bastante en volver a mis cervezas y mis costillas.
Informé de lo que nos habíamos encontrado arriba: condiciones adversas, humo denso, visibilidad nula, ni rastro de llamas por el momento. La escalera del camión ya estaba operativa y habían ido llegando más hombres que no estaban de guardia. La mayoría de los de mi turno ya se encontraban allí, incluyendo a mi jefe, que se puso a cargo de la escalera. Mis dos compañeros de servicio acababan de llegar y se estaban equipando para subir. Me hice con otra bombona, me subí a la plataforma de la escalera y me elevaron hasta el tejado. La cornisa que se proyectaba desde la quinta planta era bastante ancha, puede que de unos tres metros y medio. El capitán del turno de guardia salió a la cornisa y el resto nos dirigimos al tejado. Mi jefe nos dejó y volvió a bajar a por más hombres y equipo. Seguiría haciendo viajes, arriba y abajo, cinco plantas, transportando gente y material durante las siguientes horas.
Había que ventilar el fuego, esto es, provocar alguna clase de abertura en el edificio que permitiese reducir la acumulación de calor y humo y mejorase las condiciones de visibilidad, de tal forma que pudiésemos localizar el fuego y atacar. Pasó mucho tiempo antes de que tal cosa ocurriese.
Iniciamos una nueva búsqueda en la quinta planta. Daba la impresión de que nos encontrábamos en un vestíbulo, un gran rectángulo con numerosas puertas de despachos. Lo que no sabíamos era que el fuego estaba en el mismísimo centro del edificio, en una zona común que solo tenía dos accesos. Perdimos una enorme cantidad de tiempo buscando el fuego en los despachos periféricos, fiándonos de las sensaciones y el tacto en un espacio absolutamente negro a nuestros ojos, un espacio en el que el calor resultaba cada vez más insoportable. Nos enfrentábamos a un incendio de los de verdad, la cosa empeoraba por segundos y aún no lo habíamos localizado, aunque seguíamos buscando con la mayor diligencia posible. Las campanas empezaron a sonar en los tanques y me di cuenta de que cabía la posibilidad de que algunos nos desorientásemos en medio del humo, que nos quedásemos sin aire, que nos tuviésemos que quitar las máscaras y que no consiguiésemos regresar a salvo al aire fresco. Salimos para hacer recuento y, acto seguido, volvimos al tejado.
Nos habían hecho llegar una sierra circular con motor de gasolina por si decidíamos hacer un agujero, pero el tejado estaba hecho de grava sobre tela asfáltica y hormigón. Había que pensar en otra cosa, y rápido. El humo tenía que encontrar urgentemente una vía de escape, antes de que el incendio fuese a más en el interior del edificio, antes de que se intensificase el calor. Las ventanas fueron lo único que se nos ocurrió.
Había subido más gente, con mangueras, surtidores, sogas y más equipos de respiración autónoma. Me acerqué a la escalera e informé al jefe de las condiciones, le dije que se trataba sin duda de un incendio de los de verdad y que estaba yendo a peor, que íbamos a tener que romper algunas ventanas de la quinta planta. Me escuchó, asintió y bajó en busca de las herramientas.
No sé lo que pasó entonces. Adrenalina. El siguiente suceso importante fue la llegada de dos hombres con un hacha y una barreta. Me subí a la plataforma de la escalera y descendí con ellos a la cornisa de la quinta planta, por la que avanzamos hasta la ventana de la esquina, un panel enorme de cristal oscuro con toda la pinta de ser carísimo. Abajo se habían convocado cientos de mirones. Luces rojas y azules parpadeaban por todas partes. La escalera iba a todo meter y habían tendido las mangueras desde las autobombas al edificio, para que pudiésemos impulsar la presión del agua desde las bocas de agua contra incendios del interior. Respiré hondo y balanceé la pesada barreta con todas mis fuerzas para reventar la ventana. Rebotó.
Apoyé bien los pies, me apreté la correa del casco, giré la punta de la herramienta hacia el cristal y puse todo mi empeño en hacerlo añicos. Rebotó.
No soy muy de béisbol, nunca lo he sido. Pero a la tercera proyecté la barreta desde muy atrás agarrándola firmemente con ambas manos como si fuese un bate de béisbol, impacté todo su peso contra el centro de la ventana y por fin cedió en grandes trozos dentados. Nos vimos inmediatamente envueltos en el fragor de una densa humareda negra, que se abalanzó sobre nosotros con tal virulencia que tuvimos que apartarnos y tratar de abrirnos paso por la siguiente ventana. La gente, abajo, chillaba.
Al final, acabamos rompiendo nueve ventanas de ese lado de la fachada, una detrás de otra, avanzando por la cornisa, estrellando la barreta, desprendiendo los bordes afilados de los marcos. Habían destacado más hombres a la cornisa y establecimos las vías de entrada y salida: accedimos por una ventana del centro de la fachada a la silla de escritorio de un decano de la Facultad de Derecho tapizada con muy buen gusto, y por encima de su mesa y sus papeles hasta dejarnos caer al suelo para intentar dar con el fuego. Creo que derribamos varias cosas. Se estableció un puesto de mando avanzado en la cornisa, el capitán iba transmitiendo por walkie-talkie las necesidades de hombres y equipamiento al jefe adjunto, que dirigía las operaciones en tierra desde el aparcamiento.
Esa incursión al interior del edificio la hice sin máscara, porque el humo se estaba levantando un poco, aunque la temperatura parecía haber aumentado. Supe que era porque el fuego estaba recibiendo un nuevo suministro de oxígeno, pero eso es algo con lo que hay que lidiar cuando se ventila. Si puedes continuar ahí dentro, ponerse la máscara es tontería.
Nuestras bombas estaban alimentando las bocas del interior del edificio, habíamos extraído la pequeña manguera de su soporte y la habíamos extendido. Pensamos que teníamos el fuego justo delante y nos disponíamos a abrirnos paso a rastras hasta dar con él para combatirlo. Pero no pudimos accionar la válvula. Lo intentamos una y otra vez, incluso la amartillamos con llaves inglesas, pero no hubo manera de abrirlas. Mandamos a un compañero al exterior en busca de una llave Stilson y por fin logramos que cediera, pero la manguera salió disparada del enganche a causa de la tremenda presión que estaban insuflando por la tubería nuestros operadores desde la bomba.
Nos llevó un buen rato apagarla, sacar la manguera reventada y poner la nuestra con nuestros surtidores. Cuando lo logramos, nos pusimos bombonas nuevas y cruzamos en grupo el pasillo, pegados al suelo. Ya lo teníamos localizado, estaba allí atrás, en aquella sala.
A pesar de ir tan agachados, el aire nos quemaba las orejas. Íbamos a gatas y resbalando en el agua, hasta que entramos por la puerta al lugar donde el fuego se estaba alimentando y creciendo. No creo que se pueda estar en un sitio más especial, en compañía de otros hombres en mitad de un edificio en llamas donde lo único que oyes, a duras penas, es lo que hablas con ellos, mientras el resplandor del fuego ilumina sus máscaras, todos jadeantes, tirando de la manguera e intentando empequeñecerse y concentrarse al máximo para llevar a cabo la tarea. Hay ocasiones en que uno rebasa el punto de extenuación en apenas unos minutos.
Lo único que acertábamos a distinguir era una luz roja infernal frente a nosotros, en algún lugar inconcreto. Pero podíamos oír la maldita cosa. Todo a nuestro alrededor estaba carbonizado, el agua por la que nos arrastrábamos estaba negra y ardía, y el único olor discernible era el del humo. Mis compañeros sostenían el surtidor y yo iba con la mano sobre el hombro del que tenía delante mientras avanzábamos, poco a poco, rociándolo todo. Resbalamos sobre las baldosas hasta llegar a la moqueta, entonces pudimos acercarnos al fuego, a aquel calor horrible que atravesaba nuestros chaquetones y los guantes, y que podíamos sentir en las rodillas, hincadas sobre el agua ardiente. Comenzó a sonar la campana de una bombona y yo dije a gritos que saliese de allí quien quiera que fuese el que se estaba quedando sin aire. Alguien se marchó y vino otro de la fila a reemplazarle. Seguimos avanzando, animándonos a gritos.
Todo se reduce a ir a su encuentro. Hacer algo en tu vida que sea honorable, sin cobardía, y poder vivir en paz contigo mismo, para un bombero se trata del fuego. Tienes que enfrentarte a él y vencerlo para probarte a ti mismo que das la talla. No puedes darle la espalda, por mucho que desees estar al fresco, por mucho que te apetezca respirar aire puro. Tienes que hacer piña con los hombres que te acompañan.
Le dimos una buena tunda a aquel fuego. Contraatacó, se puso a brincar y a esquivar el agua, pero mantuvimos el surtidor abierto en modo bruma y lo fuimos girando en sentido contrario a las agujas del reloj, teniendo en cuenta la rotación y la curvatura de la tierra. El agua se dispersó en gotas minúsculas gracias al surtidor turbo. Las gotitas se convertían en vapor a causa del calor que desprendían las llamas, y el vapor es lo que al final extingue el incendio.
Dimos marcha atrás para tomar aire y llegó más gente para hacerse cargo de los pequeños repuntes y proceder al rescate y la revisión.
En el despacho del decano de la Facultad de Derecho vi a mis compañeros con las arrugas de la cara llenas de hollín, colegas de cerveceo exhaustos, con los chaquetones abiertos, sobre las esquirlas de cristal que cubrían el suelo, y un cigarrillo en la mano. Parloteo y confusión. Me encendí mi propio pitillo, volví a pasar por la bonita mesa de aquel hombre, salí a la cornisa y les dije que lo habíamos reducido.
No es hasta mucho más tarde cuando se asienta el verdadero agotamiento. Mandaron que nos subieran unos Gatorades fríos, nos los hicieron llegar mientras tenía lugar la revisión, mientras seguían subiendo más hombres, hombres frescos, mientras transportaban tanques vacíos de aire de aquí para allá para ir rellenándolos en el compresor del Parque nº1, mientras los hombres se afanaban en el parque llenando los tanques, mientras el operador de la bomba examinaba la temperatura de los calibradores y del motor, mientras los que estaban al mando supervisaban todo desde el exterior y hablaban por walkie-talkie, mientras el operador de la centralita atendía la emisora, mientras el jefe trasladaba la plataforma de la escalera de arriba a abajo, una y otra vez.
Me senté en el suelo, me fumé mi cigarrillo y bebí un poco de Gatorade. Nos mirábamos los unos a los otros y nos limitábamos a sacudir la cabeza.
Más tarde nos dijeron que, cuando rompimos la primera ventana, dio la impresión de que salía un tornado negro del interior del edificio, y que un hombre del departamento de administración de infraestructuras de la universidad comenzó a darse tirones del pelo cuando empezamos a reventar las ventanas, porque costaban cerca de mil quinientos dólares cada una.
Bueno, sí. Pero gracias a eso logramos expulsar el humo. Su edificio ignífugo no se incendió. Y todos seguíamos vivos cuando acabó.
Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh. Fuera de servicio. Qué maravilla. Estoy en pleno proceso de construcción de una terraza techada de tres metros y medio por siete, con ladrillos hechos a mano. Estoy disponiendo los ladrillos en forma de espiga, como en la acera que hay enfrente de la casa de William Faulkner. Llevo con esto cerca de cuatro semanas. Pensé neciamente que no me llevaría más de cinco o seis, y ahora veo que no me va a llevar menos de dieciséis o dieciocho. La veda de las tórtolas se abrirá antes de que me dé tiempo a acabarla.
Sería difícil explicar lo feliz que me siento cuando no estoy de servicio. Los días que libro soy tan feliz que podría tenderme bajo la marquesina del garaje y ponerme a patalear y a soltar alaridos. Pero no lo hago. Dispongo de un cuarto, al otro lado del garaje, y cuando libro me encierro ahí dentro, que es como estar en un mundo aparte, y me pongo a escribir. En ese habitáculo que construí para mi uso exclusivo, puedo deshacerme de esa otra parte de mí y hacer lo que tengo que hacer. O bien puedo hacerle una peineta a la máquina de escribir y ponerme a construir una maldita terraza.
Tengo hijos. Billy Ray, de catorce. Shane, de diez. LeAnne, de siete. Delinah habría cumplido ahora doce. También hubo un aborto, hace ya tiempo. Mary Annie metió el diminuto feto en un bote limpio de margarina y se lo llevó al hospital.
Tampoco es que hayamos sufrido más desgracias que otra gente que conozco.
Al final conseguimos nuestra propia casa. La construimos hace ya tiempo, porque no podíamos seguir viviendo en casa de la madre de Mary Annie. Todo se reducía a mi escritura, allí, al otro lado del camino de entrada, no había manera de escribir. Hace años, cuando su padre, Preston, o Cresta, como lo llamaba todo el mundo, murió, todos opinaron que lo correcto sería que nos mudásemos a vivir con su madre para cuidar de ella y de la abuela Pat; yo escuché a toda esa gente e incluso llegué a creerme que sería lo mejor porque, por aquel entonces, yo era joven e ingenuo y no tenía ni la más remota idea de que lo que en realidad necesita un hombre es formar su propia vida independiente, con su mujer, que ese suele ser el plan, y tuvieron que pasar muchos años y no pocas angustias para que nos diésemos cuenta de que mudarnos a vivir con su madre no había sido, ni por asomo, lo correcto.
Una vez me largué y me quedé cuatro días en casa de un amigo para el que solía trabajar en mis días libres plantando retoños de pinos. Salí una noche a beber y Mary Annie había preparado una cena a la que no me presenté. Más tarde, cuando por fin volví, me calenté el plato y me dirigí al salón; se dijeron cosas. Yo le había asegurado que llegaría a casa a cenar. Ella estaba cabreada porque, en lugar de eso, me había ido a beber. Me pasé de listo y ella apretó su pequeño puño y me dio de lleno en la mandíbula con un gancho de derecha de lo más decente. Aunque no me dolió tanto. Me han golpeado soldados y marineros mucho más fuertes; pero, por supuesto, se me cayó el plato al suelo, comida por todas partes, salsa, todo el percal. Le dije que iba a recoger mis cosas y a meterlas en una maleta, y eso hice. Hubo un breve y descabellado forcejeo con un rifle calibre 22. Me apoderé de todas las balas. Shane era un bebé gordo de cabecita oscura que había nacido enfadado con el mundo y se pasaba toda la noche llorando. Por aquel entonces, nuestras vidas distaban mucho de ser un camino de rosas.
Cuatro días fue todo lo que pude vivir sin ellos. Volví a la quinta noche, me colé por la ventana y desde entonces jamás hemos vuelto a separarnos.
Acabo de estar con mi primo, dando vueltas por ahí en coche, bebiendo cerveza y «haciendo cosas feas», como decía mi madre, en el ocaso. Si ignoras lo que es el ocaso puedes averiguarlo leyendo cualquier libro de James Street. Es un escritor de Mississippi que lleva muerto un montón de tiempo, pero sabía muy bien lo que se siente cuando el sol se pone y aún te queda una hora de luz antes del anochecer. Es el mejor momento para salir a dar vueltas por ahí en coche y escuchar algo de música. Y para atropellar serpientes. En verano, intentamos hacerlo varias veces a la semana. Un hombre necesita un colega con el que poder irse de vez en cuando de parranda.
Si me da por ir a un bar, voy siempre al Ireland’s. Es mi bar. En las noches animadas ves caídas de mujeres borrachas, peleas y amagos de peleas, jovencitas preciosas y mujeres de culos enormes, vaqueros, obreros de la construcción y bomberos. Es posible que haya pasado más tiempo del que debería en los taburetes del Ireland’s. Vivo aquí mismo, en el condado, en la tierra del Gran Cielo. Mi casa está a orillas del lecho de un río y las nubes evocan setas o malvaviscos a última hora de la tarde y se ciernen enormes y blancas para captar tu atención. Contamos con nuestro propio estanque lleno de siluros, y los alimentamos. Billy Ray se encarga de eso.
En sus primeras Navidades, le compramos un carrito rojo. La primera vez que lo llevé, fui demasiado rápido (aún no podía ni andar a gatas), se volteó hacia atrás y cayó de cabeza. Pensé que lo había matado. También estuve casi a punto de matar a Shane. Una noche andaba metiendo leña en casa y se me coló entre las piernas, me agarró y se me puso a parlotear, lo típico. No tenía más de dieciocho meses. Cada leño pesaría alrededor de siete kilos. Y se me cayó uno en su cabeza. No sé cómo no lo mató. Tienes esos bebés, esos pequeños milagros, y entonces un día vas y haces algo estúpido que casi los mata. Piensas: Dios mío, pequeñín, necesitas a alguien mejor que yo para que cuide de ti.
El prado está lleno de vacas. Resulta de lo más placentero sentarse ahí fuera, en la terraza parcialmente acabada, a verlas pastar en la hierba. Es muy motivador. Cuando logras alcanzar esa paz y esa tranquilidad en tu interior, todo es posible. Vamos a pescar al río. Vivimos en armonía con la naturaleza y nos complace estar aquí. Pienso que he emprendido una vida bastante hermosa en este lugar. Paso veinticuatro horas con mis compañeros bomberos, acto seguido vengo a casa y paso cuarenta y ocho horas con mi familia, luego media vuelta y a empezar. Mi vida transcurre en ciclos. No sé qué sería de mí si no fuera así.
Me he saltado un día de servicio, no hay nada mejor cuando puedes hacerlo. Si pudiera me saltaría todos los días de servicio, casi seguro. Me quedaría por aquí tirado, me pasaría todo el tiempo escribiendo y trabajando en mi terraza, si pudiera. Me gustaría tenerla acabada antes de otoño. Solo quitar la tierra a paladas me llevó dos semanas. LeAnne salió un día y me dijo que, ya que estaba, por qué no cavaba un poco más hondo y hacía una piscina. Un día algún chaval le mirará el culo embutido en unos vaqueros y vendrá a buscarla para salir y yo lo arrojaré al suelo de la cocina y le meteré una paliza que no olvidará en su vida.
He estado limpiando mi cuarto de escribir y me las he visto negras con los insectos. Por aquí tenemos una cantidad de arañas que ni te creerías. En los últimos días he asesinado a miles de esas pequeñas hijas de puta sin eclosionar. Esto es como el Paraíso de las Arañas. También es el Paraíso de los Ratones. Creo que es por haber construido la casa en mitad de la pradera. El primer año fue el Paraíso de las Garrapatas, hasta que me hice con un poco de insecticida Dursban y exterminé a millones. Se arrastraban por las ventanas, trepaban desde la moqueta, se aferraban a los muebles. Llegamos a pensar en quemar la casa para deshacernos de ellas. Hizo que nos sintiésemos gente inferior, aunque sabíamos que no era culpa nuestra. Cuando venían visitas no dejábamos de deslizar los ojos por todas partes, tratando de localizar si había alguna avanzando. No queríamos que succionasen a nuestros invitados.
Hace tiempo me peleé con un ratón. Una noche, ya tarde, estaba sentado en el salón, escuchando el estéreo, y vi a un ratón salir corriendo desde el armario al cuarto de baño. Sabía que lo tenía acorralado. Ahí dentro solo tenía una vía de escape. Fui a por la fregona, entré en el cuarto de baño, cerré la puerta y, tal y como esperaba, allí estaba, acorralado, tratando de decidir hacia qué lado correr. Se cobijó debajo del tocador, le di unas cuantas punzadas con la fregona y se lanzó a ocultarse bajo la pila de toallas del rincón. Le metí una buena azotaina a la pila de toallas y el ratón salió a toda pastilla e intentó escalar la pared de la esquina. ¡Y entonces el muy cabroncete se volvió y me plantó cara! Se puso a saltar por los aires, chillando. Yo le lanzaba fregonazos, pero fallaba una y otra vez. Comenzó a entrarme un poco de pánico. Golpeé la alfombrilla a sus espaldas cuando se dirigió al fondo sin dejar de dar saltos y brincos, los dos exaltados, él por conservar su vida, yo por limpiar la casa de bichos. Estaba más que decidido a atraparlo. Se ocultó astutamente detrás de la tapa del inodoro, me metí en la bañera y empecé a azuzarlo con la fregona como si no hubiera mañana, lo aticé a base de bien, se volvió loco y salió disparado de su escondite. Fui tras él hasta la puerta y se volvió a ocultar en la pila de toallas. La sacudí, la sacudí y la volví a sacudir, hasta que al final salió escopetado en busca de un nuevo escondite. Yo pinchaba y clavaba, me puse verdaderamente histérico. Empecé a jadear y me subió la tensión arterial. Huyó de aquel rincón hasta otro y trató de escabullirse al descubierto. Intenté batearlo ¡y volvió a atacarme! Tuve que retroceder y esta vez me subí al tocador. Traté de cargármelo desde allí, pero volvió a precipitarse hacia el fondo del cuarto. Le concedí un poco de tiempo. Reinaba la calma. Ambos estábamos a la espera. Yo sabía que él sabía que estaba a punto de ser aniquilado. No me gustaba nada, pero no podía dejar que se fuese de rositas. Se reproduciría y vendrían muchos más a correr desmadrados por toda la casa. Me puse a husmear por el rincón. Se había vuelto a ocultar detrás de la tapa del inodoro, solo asomaba su naricilla, atento a mis movimientos, a la escucha. Volví a la bañera y empecé a aporrearle. Salió corriendo una vez más hacia la puerta. Tenía unos ojillos negros muy brillantes. El resto de la casa dormía y no tenía ni idea de lo que estaba viviendo en mi intento de asesinar a un ratón. Se zambulló de nuevo en la pila de toallas, volví a sacudirla de lo lindo durante un buen rato y, cuando por fin salió, arrastré aquel bulto del rincón para que no pudiera volver a esconderse en el mismo sitio. Estaba planeando mi estrategia, ya me entendéis. No dejar al enemigo ningún lugar donde guarecerse. Fregado y destrucción. Regresó al rincón por enésima vez y lo flagelé infructuosamente cuando pasó a mi lado y volvió a cobijarse detrás de la tapa del inodoro. Me estaba empezando a cansar de su empecinamiento en no darse por vencido. Entendí que no iba a dejarse matar sin más, que iba a luchar hasta el último momento por su vida. Volví a meterme en la bañera. Me sentía bastante ridículo. Endemoniadamente ridículo. De haber tenido una pistola de aire comprimido le habría disparado, como solía hacer mi padre en la cocina cuando yo era pequeño. Sabía que se estaba revolviendo contra mí por pura desesperación, como cuando un oso planta cara a los perros en la maleza. Hurgué y le pinché un poco más, lo hice huir. Intentó colarse en los armarios, pero eran nuevos y de cierre hermético, así que no pudo hacerlo. Al final, logré meterle un buen fregonazo, salió disparado hacia atrás y cayó al suelo entre sacudidas. Entonces me lancé a por él, dispuesto a hacerle papilla. Siguió tratando de levantarse y huir. Yo no podía entender cómo algo tan pequeño podía tener tanto coraje, y me sentí un poco cobarde. Luchó bastante bien para no ser más que un ratón. Yo ya estaba teniendo serias dificultades para respirar. No me lo podía creer. Casi llegué a pensar que me iba a dar un ataque al corazón. Por un ratoncillo. Cuando dejó de moverse, dejé de golpearlo.
Lo saqué con el recogedor para que los perros o los gatos se lo comieran. Antes le examiné las pelotas. Eran bastante grandes. A saber cuántos ratoncillos había engendrado en mi casa. Ya había visto crías de ratón, unas cosas diminutas, desnudas, lloriqueantes y rosadas, que mi suegra encontró una vez residiendo en su arcón de cedro. Las arrojé al otro lado de la cerca. Supongo que lo pasarían mal.
A este lo lancé bajo la marquesina del garaje y me quedé mirándolo, ahí muerto, con todo su apego a la vida. Me costó superarlo. Me hizo sentir mal durante días.
Era una apacible tarde de verano, a eso de las tres o las cuatro, la fila de coches detenidos junto a la que llevábamos pasando desde hacía más de tres kilómetros producía un sonido constante que arremetía contra las ventanillas del camión de bomberos, y el accidente estaba allí abajo, por fin a la vista, a un kilómetro y medio, a los pies de la pronunciada colina por la que descendíamos a más de cien por hora, sin frenos.
Tito Bunky y yo ya nos habíamos hecho a la idea de que nos íbamos a matar. Yo estaba casi seguro y lo único que me preguntaba era cuántas de las personas que habían acudido en los coches de la Patrulla de Carreteras y las ambulancias estacionadas al pie de la colina donde había tenido lugar el accidente iban a morir también cuando nos los llevásemos por delante. El camión ya pesaba de por sí bastantes toneladas y, además, llevaba unos setecientos cincuenta galones de agua, a tres kilos y medio por galón, aproximadamente, y yo era del todo consciente de que las zapatas de freno se habían «desvanecido» de los tambores a causa del uso continuado y, aunque pisaba el pedal con toda mi alma, el camión no desaceleraba ni un poquito. Allí abajo había multitud de luces rojas y azules parpadeantes y un montón de coches detenidos que se extendían por el otro lado hasta perderse de vista. Había un camión volcado en mitad de la carretera y le dije a Tito que no íbamos a lograrlo. Ahora, al recordarlo, supongo que, más que a él, tendría que haberme dirigido a Jesús.
Como dije hace un momento, era una maravillosa tarde de verano, pero yo jamás he creído en esa gilipollez del «buen día para morir» que soltaban tan alegremente los indios. No quería estrellarme contra aquella dotación de vehículos de emergencia. Pisaba el pedal, pero no me respondía. Cambiaba de marcha y el sonido de los coches detenidos a nuestro lado seguía precipitándose por las ventanillas. Ya habíamos recorrido cerca de treinta y cinco kilómetros, adelantando coches, acaparando la carretera, expulsando a los vehículos hacia los lados, y a mí se me había ido un poco la mano al acelerar, sin saber en qué punto exacto había tenido lugar el accidente, solo que había sido en la Autopista 30. Le dije a Tito que creía que la única opción que nos quedaba era tirar de las válvulas hidráulicas de frenado antes de llegar, siempre que nos quedase algo de caucho en las ruedas. Seguí cambiando de marchas, tratando de desacelerar, hundiendo el pie en el freno. Continuaba sin sentir la menor respuesta hasta que, de repente, el milagro; porque resulta que el pedal tenía debajo algo que lo atascaba y, de pronto, al moverse, comenzamos a frenar, bajé de marcha y, al final, llegamos balanceándonos despreocupadamente al lugar del siniestro, donde aparcamos sin contarle a nadie lo cerca que habían estado de protagonizar un nuevo desastre.
Nunca sabes lo que te vas a encontrar. Te limitas a salir y a lidiar con lo que sea. El profesional eres tú y en eso consiste tu trabajo. Las respuestas están en tu cabeza y en tus manos. En este tipo de llamadas siempre hay una víctima a la que hay que rescatar, a veces una persona triturada y moribunda cuya vida depende de lo que decidas hacer y de cómo lo hagas. Aquel día nos enfrentábamos a un camión volquete que transportaba una carga de cal. Había dado un volantazo para esquivar a un coche que se le venía encima y había volcado. Varias toneladas de cal cubrían la carretera. El remolque estaba de costado, pero el chasis se había retorcido y la cabina estaba patas arriba, con el techo descansando sobre la línea central de la autopista. El conductor había salido disparado por el parabrisas. Su mujer, o su chica, o lo que quiera que fuese, seguía dentro de la cabina, bajo todo aquel hierro y acero.
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