Kitabı oxu: «Barcelona inconclusa»
Laureano Debat

Laureano Debat (Lobería, Argentina, 1981). Se licenció de periodista y comunicador social en la Universidad Nacional de La Plata, donde también trabajó como docente en diferentes talleres de escritura. Llegó a Barcelona en 2009 para cursar el Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra.
Como periodista cultural ha colaborado en los suplementos Radar, de Página 12, y Cultura(s), de La Vanguardia y en la revista Orsai. Ha incursionado, además, en diferentes ámbitos del periodismo: arquitectura, ciencia, política y derechos humanos. También trabajó como productor y locutor de radio, copy publicitario y guionista. Actualmente colabora como cronista de la Revista Ñ de Clarín y Anfibia de Argentina, Altaïr Magazine, Eldiario.es Catalunya Plural y Vice de España y Radioacktiva de Colombia.
Candaya Abierta, 8
BARCELONA INCONCLUSA
© Laureano Debat
Primera edición: septiembre de 2017
© Editorial Candaya S.L.
Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles
08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)
www.candaya.com
facebook.com/edcandaya
Diseño de la colección:
Francesc Fernández
Imagen de la cubierta:
Francesc Fernández
BIC: FA
ISBN: 978-84-15934-89-9
Depósito Legal: B 2376-2018
Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura y Deporte


Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.
Índice
BARCELONA COMO UNA FICCIÓN INCONCLUSA
LA VIDA EN ROUGE
FLYERS A LA PARRILLA
TU NOMBRE ME SABE A HERBALIFE
CASTINGS PARA UN PISO COMPARTIDO
FANÁTICO DE LOS CURSOS
LOS MENDIGOS PERFORMERS
TERRORISMOFOBIA
MARATÓNICA
MASOCRÍTICOS EN BICICLETA
UNA CIUDAD DE MÁQUINAS
EL RAVAL EN SU ESPEJO DE LA RIERA BAIXA
ANUBIS SE VISTE DE ZIGGY STARDUST
MÁS POPULAR QUE JESÚS
LA REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE MI ARMARIO
LA HISPANIDAD AL PALO
SUEÑO CON CHINOS EN EL PATO LOCO
TERRASSING WAY OF LIFE
CHARLES MANSON CORTANDO EL CÉSPED DE LOS JARDINES DE PEDRALBES
EL LABERINTO DE TIGER
LA BOUTIQUE DE LOS FUTURISTAS VINTAGE
AMORES PERROS
CONGRESOTÉRICO
ALGO LE PASA A POBLENOU
NOLLEGIU O EL RETORNO DEL LIBRERO
LA CANCHA EN UNA NAVE INDUSTRIAL
RACING CAMPEÓN EN BARCELONA: 13 AÑOS Y 13 MIL KILÓMETROS DESPUÉS
CIUTAT MERIDIANA TAMBIÉN SE DIVIERTE
BARRIO DE PASTILLAS
LOS NIÑOS INDIES DE SANT ANDREU
MAMÁ, QUIERO IR AL ESPACIO
DESDE EL SPAM. LA CÁSCARA DEL MOBILE WORLD CONGRESS
BARCELONA CIUDAD ABIERTA
BARCELONA COMO UNA FICCIÓN INCONCLUSA
Los mapas, tan exactos con su escala. Tan solventes en hacernos creer que sabemos dónde estamos. Como pésimo lector de mapas, dudo tener alguna certeza posible mientras piso el suelo de Barcelona. Camino por barrios que despiertan más preguntas que respuestas, que alimentan obsesiones. Que dan sentido, en definitiva, a una cierta escritura.
Todavía circulan en mi retina algunas de las primeras imágenes de la ciudad, como instantáneas de la sospecha de estar habitando una ficción: los edificios goteados, las tiendas de moda dentro de murallas medievales, los barrios tecnológicos sobre despojos de fábricas abandonadas, una adolescente con hábitos musulmanes y un piercing rosa furioso en la nariz, el bronceado naranja de un turista danés sacándose fotos en las Ramblas con músicos bolivianos vestidos de indios siuoxs norteamericanos.
A partir de esta textura inconexa, el modelo de mi cartografía personal sobre Barcelona se fue acercando bastante a la Guía Psicogeográfica de París, de Guy Debord: un plano anárquico de flechas que apuntan hacia múltiples direcciones, en donde reina el desorden y la desorientación. Vivir y transitar la ciudad al margen de los mapas ya no sólo por ser un mal lector de mapas, sino también porque la propia ciudad es un desorden, a pesar de que la nomenclatura matemática de barrios, los tarros clasificadores de residuos o la puntualidad limpiadora de las calles traten de ordenarla.
Entendí enseguida que ordenar Barcelona era imposible, que reinaba el caos y que su movimiento era permanente. Y en esa inquietud se fue dibujando mi propio mapa de la ciudad, un mapa inconcluso hecho de experiencia vivida, sensaciones, memoria y sueños. Un mapa caótico trazado a pulso en caminatas por la ciudad.
Dice Luis Martín-Santos en Tiempo de silencio que “cuando uno llega a una ciudad piensa que esa ciudad lo está esperando”, planteando un dilema permanente del inmigrante, esa falsa ilusión que no podemos evitar sentir. Sabemos que nunca es verdad pero igual necesitamos creer que ese sitio nos necesita, aun con la conciencia de que somos absolutamente prescindibles y que la ciudad seguirá moviéndose con o sin nosotros.
Lo mismo que sucede con la escritura. Necesitamos concebir nuestros textos como imprescindibles y necesarios, sabiendo que seguirán el rumbo musiliano de “una recta que avanza titubeando en la nada”, el mismo camino del viajero errante que se desprende de su yo en cada paseo o en cada escrito. Que va mutando en su encuentro dialéctico con la propia ciudad que lo transforma. Y que lo convierte en otro.
Ni utopía ni distopía
Quizás la exposición de arte contemporáneo que más me ha marcado en todos estos años que llevo en Barcelona haya sido “Atopía: Arte y Ciudad en el Siglo XXI”, organizada por el CCCB entre el 25 de febrero y el 24 de marzo de 2010. Presentaban allí una selección de obras de artistas de todo el mundo que trabajaban desde la atopía urbana, desde la incomodidad y la atomización, bajo la óptica del individuo solitario enfrentándose a la gran ciudad. Los comisarios Iván de la Nuez y Josep Ramoneda marcaban el contexto en el catálogo de la exposición: “Cuando la ciudad concreta pierde sus contornos y da lugar a la ciudad abstracta”. O lo que es lo mismo: cuando se pierden los límites entre realidad y ficción tanto en la configuración de una ciudad como en la propia experiencia urbana.
El artista hongkonés Stanley Wong (más conocido por su seudónimo de Anothermountainman) presentó la serie Lanwei, unas fotografías con montaje en las que se veían individuos solitarios habitando edificios en ruinas. Seres derrotados y deprimidos usando unos pocos muebles que parecían haber sobrevivido a una devastación. Restos de edificios inacabados, burbuja inmobiliaria distópica y fondos de rascacielos interminables y anónimos. No había objetos a los que aferrarse ni con la emoción ni con el recuerdo y los sujetos parecían víctimas de algún tipo de sueño o quimera inconclusa. No existía un pasado concreto sino la evocación de un pasado difuso encarnado en las ruinas.
El reverso de la obra de Wong eran las fotos de la anglo-norteamericana Carey Young, de la serie “Body Techniques”. La propia artista posaba sobre terrenos sin edificar o sobre edificios que estaban siendo construidos o que fueron abandonados y en cuyo fondo había, también, otros edificios más grandes. Como modelo, Carey Young se adaptaba de manera ergonómica a su entorno: era el individuo adaptándose a la ciudad y no la ciudad al individuo. La artista trataba de representar dos posibilidades en una ciudad, a partir de la metáfora arquitectónica de una periferia sin edificar y de un centro plenamente edificado: el individuo puede permanecer en el desierto urbano o puede adaptarse al entorno construido. Bajo una aparente frialdad en las escenas, ahora la presencia humana adquiría calidez, tal vez por sus formas corporales que recordaban instantáneas de danza contemporánea. Se veía sensualidad y desapego, un escenario aséptico y despojado que requería que observásemos con mucha atención la escena representada. La artista nos hacía dudar hasta de nuestras propias percepciones.
Si Juan José Millás en su crónica “Viaje a Japón” (Vidas al límite, Seix Barral, 2012) se pone de novio con los edificios del barrio Otomesando en Tokio y en la obra de Wong vemos a los habitantes como esposos agobiados por demasiados años de matrimonio, en la de Young descubrimos una relación de amantes furtivos que discurre en una escala que va desde lo fatal hasta lo intrascendente, pasando por todos los estadios intermedios.
Aunque no es tanto la analogía amorosa lo que me interesa, sino más bien cómo se compaginan estas dos maneras de enfocar la atopía urbana respecto a mi mirada sobre Barcelona.
Podemos pensar la ciudad desde dos posiciones distintas. La optimista, que rescata su belleza diseñada, su vida cultural y su incomparable marco geográfico. Y la pesimista, que añora la ciudad canalla de los 80, que deplora los cambios urbanos y las nuevas ordenanzas cívicas, que reniega de los barrios medievales convertidos en parques temáticos.
Yo intento ubicarme en medio de estos dos puntos y en ambos al mismo tiempo. Tanto uno como otro conviven no sólo en mi manera de ver y de vivir la ciudad sino, fundamentalmente, de escribir sobre ella. Esta dialéctica de amor-odio es lo que da lugar a la “ciudad abstracta”, a la ciudad-ficción. En ese diálogo permanente es donde encuentro el material para la escritura, nunca para tomar postura ni tampoco para trascender la dicotomía, sino para que sea el lector quien decida si se ubica más o menos cerca de cualquiera de los extremos del amor o del odio a Barcelona.
Lo que se juega en esta búsqueda de la escritura sobre la ciudad es el hecho de adaptarse o no adaptarse. Adaptarse en las “Body Techniques” de Carey Young, no adaptarse en la serie Lanwei de Wong. Pero esta adaptación o no adaptación se da de una manera compleja en cada caso y ambos postulados remiten a muchas significaciones.
Yo veo a Barcelona, por momentos, en clave de Lanwei: me cuesta adaptarme, me veo habitando ruinas y lugares anónimos que no sé bien qué son y que no alcanzo a comprender. Pero prefiero abandonar la postura pasiva de los sujetos retratados por Wong y tomar la actitud del cazador, según el concepto de Martín Caparrós: la de un tipo solitario que viaja para escribir y que escribe para viajar (pudiendo reemplazarse en este esquema la palabra “viajar” por “caminar”, “habitar”, “mirar” o “vivir”). Y ahí es cuando me acerco más a las “Body Techniques”: me adapto a la ciudad, juego con ella, bailo, sigo caminando. Utilizando la escala de Millás, me pongo de novio, me divorcio, me acuesto por una noche, entro en toda la gama posible de relaciones amorosas y no amorosas con la ciudad.
Los nervios de la ciudad
Precisamente lo que me cautiva de Barcelona, más que nada, es esa eterna contradicción en que la se mueve de forma permanente. Enrique Vila-Matas, en su prólogo a Desde la ciudad nerviosa (Alfaguara, 2004) habla de Barcelona como una ciudad nerviosa que tiene “una tendencia alarmante a sentirse eternamente insatisfecha de sí misma; es una ciudad muy atractiva, muy dinámica, pero enormemente mutante, no vive jamás en paz consigo misma, es la Madame Bovary de las ciudades de este mundo”.
Esa imposibilidad de paz que la ciudad tiene consigo misma contagia a sus habitantes y a la experiencia que se tiene sobre ella. Esa histeria con la que la ciudad amanece todos los días y que deriva en imprevistas mutaciones. Es por esto que hay muchas Barcelonas, porque es la propia ciudad la que admite e incuba diferentes fisonomías para calmar su eterna insatisfacción, la que crea múltiples máscaras y la que alimenta tantas versiones sobre ella misma que surgen de la propia experiencia de quienes la habitan.
Por eso he optado por la crónica para escribir sobre la ciudad híbrida, porque es el género que las grandes ciudades se han inventado para narrarse y explicarse a sí mismas. El género mutante para hablar de la ciudad mutante que hace que mutemos con ella, los dos a la par, individuo y ciudad.
Como el más híbrido de los géneros narrativos, la crónica permite múltiples juegos, tiene una voracidad sin límites y está en permanente metamorfosis. Por eso es urbano. Crónica y ciudad se retroalimentan de manera dialéctica a través del trabajo del cronista que, de acuerdo con Norman Mailer, siempre impone una “particular distorsión” a su sentido de la experiencia. Una ficción, un modo particular de entender la realidad y de escribir sobre ella.
El mexicano Juan Villoro, en su artículo “Barcelona como imagen”, dice que “el nerviosismo barcelonés parece controlado por ansiolíticos de diseño”, como si perteneciéramos todos a castas tipo Un mundo feliz de Huxley y tomáramos cápsulas de soma para no pensar ni en pasado ni en futuro, para vivir en un presente extasiado y feliz. Según Villoro, Barcelona sigue siendo bella, pero “la adolescente cuyo principal atractivo era la ignorancia de su propia hermosura se transformó en una top model que trabaja para la mejor agencia”.
Ni Villoro ni Vila-Matas se preocupan por reivindicar la canallada ochentera ni por odiar a la ciudad del turismo ni por exacerbar el optimismo del progreso barcelonés. Su eje se ubica en medio de la dicotomía. Y es en ese punto intermedio en donde me interesa trabajar: en esa condición mutante y andrógina que tiene la ciudad, ese movimiento permanente en el que se encuentra.
Barcelona en el palimpsesto
Para representar el palimpsesto barcelonés, la artista Laura Marte trabajó con los días de recolección de trastos para su vídeo Home Street Home, incorporado en la exposición “Post-it City. Ciudades Ocasionales”, en CentroCentro de Madrid entre el 21 septiembre de 2011 y el 19 febrero de 2012, que recopila un trabajo de investigación iniciado en 2005 por el CCCB y el Arts Santa Mònica de Barcelona.
Una actividad ordenada y pautada en la que prima, paradójicamente, el caos. El reciclaje de muebles y objetos del hogar acaba configurando una especie de teatro vintage en el que homeless, vecinos, okupas, inmigrantes y turistas se mueven como actores. Una sinécdoque de lo que sucede de manera permanente en toda la ciudad, los cambios de escenario en cada esquina y los cruces azarosos que se dan en ese intercambio. La dialéctica entre Ordre i Aventura, como el título del cuarto disco del grupo pop-indie barcelonés Mishima.
El trabajo del cronista y el movimiento de la ciudad tienen una mecánica similar: los dos están definidos por la suma de diferentes textos yuxtapuestos. El cronista se inserta en un universo de escrituras sobre la ciudad que lo precede. Y la ciudad, según los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano (entrevistados por Anaxtu Zabalbeascoa para su artículo “¿Cómo lidiar con lo existente?” del 21 de febrero de 2011 en el blog Del tirador a la ciudad), vive sus cambios “como aquellos libros que narran una historia dentro de otra y, así indefinidamente, la transformación o ampliación de una obra arquitectónica se parece a la inserción de un nuevo capítulo en un texto siempre inacabado”.
En su estudio preliminar a Madrid/Barcelona (1995-2010) (Iberoamericana Editorial Vervuert, 2009), Jorge Carrión escribe: “La ciudad es palimpsesto: pero no es una superposición de estratos quietos, que pueden interpretarse mediante los procedimientos habituales de la filología o de la arqueología; es una construcción móvil, inquieta, que sólo puede ser fotografiada desde la movilidad, desde la inquietud”.
Como un intento de fotografías escritas desde la movilidad y la inquietud nacen las crónicas de Barcelona inconclusa.
LA VIDA EN ROUGE
I
Cuando Sonia descubrió que yo había venido a Barcelona para hacer un Máster de Creación Literaria, se tentó con la idea de una novela sobre su vida. Después, se olvidó. Así era con todo: se ilusionaba como una niña a la misma velocidad que se olvidaba de la ilusión originaria y, enseguida, la reemplazaba por otra.
Yo no me olvidé. No puedo olvidar. Escribí mucho sobre ella y Jimena, sobre mi vida con las dos en un piso compartido y enorme en el Gaixample. Mantuve durante 9 meses una bitácora doméstica en libretas que llenaba desde la soledad de mi habitación, con el sobrio patio de un convento de monjas de clausura a mis pies.
Esa imagen del patio de monjas fue lo primero que me impactó el día que fui a conocer la casa. Una paradoja: lo primero que me llamó la atención estaba fuera. Unos días después de mudarme descubriría que ese primer impacto sería el espejo inverso de otro impacto, interior y doméstico.
Pero ese día, después de la visión casi fantasmal de esa monja anciana regando las plantas de su jardín, volví a la órbita de la casa y comencé a contar. Los primeros objetos me parecían exagerados, numerosos, demasiados: quince toallas blancas colgadas en el tendedero del balcón interior, siete ceniceros en el fregadero de la cocina, cinco habitaciones en una casa en la que seríamos tres personas. Todo parecía digno de estadística.
En el pasillo principal, Sonia abrió un cajón enorme que siempre estaba bajo llave. Y ya no pude seguir contando, tuve que rendirme ante la catarata de cajas y blísteres con pastillas de todos colores. En un movimiento mecánico, muy calculado, escogió un puñado y se lo metió en la boca, empinando una botella de Aquarius.
Una vez acabada la guía doméstica, me tomó del brazo y me acercó su cara para decirme que aquí siempre está todo ordenadito y que aquí no tenía más que pedir lo que yo quiera, cariño, que me sintiera en casa.
En la cocina coordinamos los detalles del día de la mudanza, mientras iba sacando del lavarropas una montaña de bragas y corpiños que desplegaba sobre la mesa. Sus tríceps se marcaban tensos en cada movimiento con el que doblaba la ropa interior y le tomaba el olor a cada prenda, músculos firmes en cada cucharada de atún de lata que iba alternando con el trabajo doméstico.
Lo último que me dijo antes de despedirnos fue que estaban todo el día en la casa, que me mudara a la hora que quisiera. Que si no estaba ella estaba Jimena. Que las dos trabajaban allí.
II
Cualquier discusión con Sonia se resolvía con mucha facilidad, incluso durante los primeros días de convivencia, esos en los que se supone que dos personas deben medirse y tantearse para ver hasta qué grado de intimidad se puede profundizar en una charla. Esas leyes no escritas de la diplomacia de los pisos compartidos. Pero con Sonia se borraban todos los protocolos. Los diálogos con ella siempre eran demasiado naturales, aunque estuviese maquillándose frente al espejo, vestida de mucama y con un tanga rojo embutido en el culo. –¿Te puedo hacer una pregunta?
–No tengo tiempo, mi amor. Está por venir, Walter. Así que te resumo: sí, soy puta. Las dos lo somos. Estás viviendo con dos putas.
–No, mirá, yo no es que tenga inconveniente, es que…
–Entonces nada, cielito. ¿Todo bien?
–Sí, claro. Estoy contento acá. Pero ¿por qué no me lo dijeron?
–Pensamos que te habías dado cuenta, mi amor. Tampoco era tan difícil ¿no?
–Bueno, yo no estoy mucho en casa tampoco y no te había visto así vestida, qué se yo…
–Tranquilo, bebé. Ven que te doy un besito. Muaaaá. ¡Ay, te he dejado la marca! Perdón, perdón. A ver… ya está.
–¿Es para vos el timbre?
–Sí, sí. Es Walter, un VIP. ¡Hasta ahora, cariño! Tú relájate y haz tus cositas. No tienes nada de qué preocuparte con nosotras. Estarás viviendo, a ver, cómo decirlo… ¡la vida en rouge! ¡Voilà!
Y cerró con fuerza la puerta del pasillo, riéndose y dejando la estela impregnada de Poison, su perfume de Christian Dior. Había pasado una semana de la mudanza y todavía seguía sin conocer a Jimena. Hubo noches de gritos de mujeres peleando, portazos, sonidos de tacones lentos y suspiros. Y por la mañana, estelas de perfume mezcladas con alcohol y tabaco, que solo podían ser de ella, de Jimena, porque Sonia no fuma ni bebe.
III
Durante mi segunda semana dentro del camarín de las putas me dispuse a un detallado y solitario reconocimiento del terreno. Soy lento. Me adapto bien, eso sí. Pero soy lento, sobre todo para instalarme. No soy un neurótico del confort, así que tardo días en deshacer maletas y minutos en hacerlas para cualquier viaje.
El cuarto que me asignaron se usaba, también, como trastero. Y siguió siéndolo, en parte, porque el armario guardaba objetos del pasado de las chicas, que mantenían un orden sistemático en toda la casa con excepción de este mueble. Pensaba que poner toda mi ropa en el armario y acomodar mis papeles y libros en el escritorio sería un trámite. Pero no lo fue: tuve que hacerme sitio, previa confección de dos inventarios.
Inventario de objetos del armario:
- 1 par de patines color rosa del tipo roller tamaño niña.
- 4 edredones negros de 2 plazas.
- 5 caballetes de madera.
- 2 cajas de cartón grandes y pesadas rotuladas como “Fotografías” y encintadas con muchas vueltas.
- 2 pares de medias del tipo soquetes de color lila con flores estampadas.
Inventario de objetos del escritorio:
- 1 oso de peluche blanco con el logo “I Love NY” colgado en el cuello.
- 1 cuaderno con hojas arrancadas y dibujos de niño con motivos de soles, personas, casas y árboles.
- 1 monitor de ordenador Hewlett Packard y 1 impresora Epson sin enchufes ni cables.
- 14 lápices de colores apenas usados.
- 3 botes vacíos de crema antiarrugas.
Dejé todo tal cual, apilado a un costado, y me hice un lugar para poner la ropa. Revisé mi cama de dos plazas y media, con su cabecera imitación de cama antigua, saltando en el colchón sin escuchar el mínimo ruido, a pesar de que los caños se movían en cada salto, amenazando con derrumbar toda la estructura. No podía explicar semejante incoherencia de la física, hasta que descubrí unos soportes en forma de L unidos a los cuatro vértices, un refuerzo adosado para evitar el ruido.
Podía imaginarme a Sonia atada a la cabecera con unas esposas o aferrada con sus brazos duros fingiendo orgasmos increíbles. Me encantaba mi cama y me prometí hacer todo lo posible para sacarle el máximo provecho durante mi estadía. Pero al mes siguiente la cambiarían por otra, luego por otra y otras más. Nunca supieron explicarme a qué se debía esta rotación permanente de las camas.
La casa estaba dividida en dos partes. La cocina era la frontera, territorio neutral compartido. Hacia el lado de la calle, vivían Sonia y Jimena, con sus tres habitaciones y un largo y oscuro pasillo que comunicaba con el portal de entrada. Hacia el lado del convento, mi rincón: una habitación con balcón interno frente a otra habitación que Sonia llamaba “El Escritorio” y que siempre estaba cerrado con llave. En medio de las dos, un hall muy iluminado por el pulmón de manzana con un televisor de 50 pulgadas, una Play Station y un sofá negro de dos plazas.
No había un solo cuadro en toda la casa. Las paredes siempre se mantuvieron blancas, impecables. La casa entera parecía un territorio de paso y de nadie.
IV
Recién a los 15 días de entrar en el piso pude conocer a Jimena. Desde mi habitación escuchaba el televisor encendido en la cocina, un talk show con una voz chillona que no me permitía seguir acostado. En un extremo del sofá del hall alguien había dejado mi ropa lavada, planchada, doblada y perfumada. En la otra punta, la perra shih tzu dormía despatarrada y boca arriba. Me levanté, le acaricié la barriga y se estremeció. Parecía estar en un sueño profundo, pero de repente abrió los ojos y salió corriendo hacia la puerta de entrada.
Adiós, cariño, adiós, que vaya bien, nos vemos prontito, chaucito, chaucito, muuuua, jeje, adiós, adiós. ¡Ay, pero bienvenido, corazón!
Jimena me dio dos besos sonoros, fumando y riéndose en cortas y silenciosas muecas. La colilla de su cigarrillo se iba embadurnando de rouge entre pitada y pitada. Le quería agradecer lo de la ropa pero antes de que pudiera decirle algo me aclaró que fue Sonia y que la próxima vez lo haría ella, que no me preocupara.
Cuando quise decirle que no hacía falta, desapareció del plano. Y reapareció en la cocina, abriendo una lata fría de cerveza para calmar la sed de las 10 de la mañana, despeinada y con ojeras, bebiendo sorbos largos y golosos. Se sentó en una silla y comenzó un zapping vertiginoso, deteniéndose en un canal de música. Me ofreció un café, algo para comer, un cigarrillo y un chicle. Apagó mal el cigarrillo en el cenicero y la estela del humo comenzó a subir espesa y serpenteante. Apoyó su cabeza en un brazo, suspiró y volvió a reírse. Con la mano del otro brazo se acomodó las medias de encaje y pidió disculpas para irse a la cama tras el tercer bostezo, porque aún no se había acostado y esto, a sus 56 años, cariño, no es muy saludable.
V
Hola. Me llamo Anna, soy una preciosa mujer, de esas chicas que cuando las ves pasar dejas volar la imaginación y quieres quitarle la ropa con pasión. ¿Para qué imaginar más? Aquí tienes a tu chica soñada. Además, conmigo gozarás de mi encantadora personalidad, llena de dulzura, simpatía y un trato cariñoso.
Todo empezaba en ciertas webs de anuncios, en las pestañas de Sexo, Chicas o Acompañantes. Había que pagar bastante para rankear en los primeros puestos. Sonia destacaba, entendía que la imagen era importante y por eso tuvo el detalle de contratar a un fotógrafo para un set privado en su habitación. En el anuncio, Sonia miraba a cámara, con sus tetas operadas y el labio inferior sugerente. No sé si era seductora, pero llamaba la atención. Y creo que con eso bastaba para que los clientes mordieran el anzuelo.
En la intimidad me involucro con ternura y pasión. Una gran amante para caballeros ardientes. Decide aceptar mi reto y prepárate para vivir momentos excitantes. Serás recibido en mi confortable apartamento, muy discreto y acogedor, ubicado en el centro. Mis fotos son absolutamente reales. Estaré encantada de conocerte, por lo que me puedes llamar y te informaré de mi disponibilidad, tarifas y servicios.
Sonaban sus móviles, las chicas soltaban la oferta con absoluta simpatía y el cliente aceptaba o no. Los precios nunca se negociaban, no había posibilidad alguna de regateo. Si aceptaban, se acordaba la hora del encuentro y el cliente recibía las coordenadas de la esquina en la que estaba el piso. Una vez allí, el cliente tenía que volver a llamar al mismo número y, sólo en ese momento, se le daba el número del edificio y del departamento. La contraseña eran tres timbres y la tarifa venía con dos extras: una bebida (Coca-Cola, tónica, ron con cola, whisky, gin tonic, cerveza o whiscola) y una ducha caliente (las chicas se reservaban el derecho a decidir si antes o después, dependiendo del grado de higiene del cliente).
Para los vecinos, Sonia y Jimena regentaban una agencia matrimonial. Así lo demostraba el cartel de un sensual angelito tallado en la puerta con un enorme corazón enflechado. El alquiler se pagaba con puntualidad y todos contentos, nadie preguntaba. La vida del edificio seguía su curso, sin alteraciones ni conflictos.
“No se atienden moros, bajo ningún punto de vista”, decía Sonia, justificando su negativa en que le daban mal rollo, sobre todo los marroquíes. Tampoco le gustaban las salidas, sólo trabajaba en casa y de día. Jimena, en cambio, vibraba en la noche, esperaba ansiosa las invitaciones a Luz de Gas o al Trainning Pedralbes y luego al hotel, pero siempre tenía su casa como segunda opción.
El horario de atención en la casa era de 9 de la mañana a 7 de la tarde. Los sábados se reservaban para algún cliente VIP o alguna otra interesante transacción a tiempo completo, pero si no, no se trabajaba. El domingo, descanso absoluto.
VI
A un mes de mi llegada, las chicas me trataban como si fuera de la familia. Cenábamos juntos, salíamos a caminar y pronto organizarían mi fiesta de cumpleaños, con pizzas caseras, globos y una torta de chocolate. Nunca supe por qué decidieron alquilarme una habitación por una suma de dinero que Sonia podía ganar en tan sólo 2 horas de sexo. Protección, complicidad, compañía, mera presencia masculina en un piso tan femenino. Nunca supieron decírmelo con certeza.
Tal vez esa omisión haya reforzado el vínculo familiar que establecimos entre los tres, como si hubiera sido así siempre, de manera natural. Y quizás alimentara, también, la escritura de la novela sobre mi vida con ellas.
Los nueve meses que pasé en esa casa están escritos en libretas apiladas en un armario, listas para convertirse en esa novela que Sonia, hace tan sólo unos meses, recordó haber deseado, cuando le escribí un e-mail para comentárselo. Lejos de Barcelona y de la prostitución, ahora vive entre Mendoza y Santiago de Chile, cruzando con frecuencia la Cordillera de los Andes, que fue su cuna y donde pasó su adolescencia. Y que ahora ha redescubierto como un refugio, después de su larga aventura barcelonesa.
FLYERS A LA PARRILLA
Nunca agacharse. La actitud sumisa nunca impone respeto, conduce al rechazo. Siempre recto. Espalda recta. Los brazos relajados, sueltos y amables. Elongación de hombros, tríceps y bíceps, pasos básicos en la antesala de la actividad aeróbica. Practicar la sonrisa, nunca muy cómplice, nunca muy distante. Sonrisa templada y sutil, amigable sólo hasta cierto punto. Rotación de cintura y muñecas para aceitar los engranajes. Cuádriceps y gemelos, al final. Los auriculares puestos. El bolso colgado en bandolera. Llave a la puerta. El Eixample a mis pies.
Salgo de casa silbando Chemical Brothers, me voy acercando al Gaixample. Cruzo lindas panaderías, restaurantes de moda, chaflanes con camionetas de carga y perros pequeños atados con correa. Aragó parte en dos la Plaça Letamendi. Giro a la izquierda y miro mi último mensaje de texto: Te dejo los panfletos en una bolsa negra al lado de un árbol, frente al restaurante. Ahí está la bolsa. Se ve desde la esquina. Negra y amorfa, entre el frenesí de automóviles y peatones que la ignoran. Desato el doble nudo, deposito la carga en mi bolso y sigo caminando. Me detengo en la tienda Desigual y arrojo la bolsa al tarro de residuos. Doy una mirada rasante y panorámica por el Passeig de Gràcia. El semáforo se pone verde. Tengo que cruzar.
El medio es el mensaje. Yo soy el medio. No hablo, sólo reparto. Reparto el mensaje. Yo soy el medio que habilita el mensaje. Sin filtro ni operaciones. Sin conciencia. Soy un agente de las brasas. Un apático militante de la carne argentina. El mensaje es un trozo de papel cuadrado impreso en blanco y negro que promete buenos precios en entrecot, vacío, entraña y otros derivados de la vaca, aceptables para la cultura ibérica y turística en general. El mensaje: A classical Argentinian restaurant where you can enjoy with family, friends or fellow workers, wonderful lunches and dinners, from Monday to Saturday, with the most delicious meats imported daily from Argentina.
Nadie sabe quién soy, qué haré ni dónde me detendré mientras cruzo anónimo por Aragó, entre la masa de paseantes silenciosos. Una masa que se disuelve al cruzar, en la vereda de enfrente. Gotas de agua que se pierden, que viajan juntas en un chorro diluido en un océano. Yo me disuelvo en la entrada de la Casa Batlló, entre los dos hormigueros turísticos que se forman ahí todos los días: el de los que hacen fila para entrar y el del amontonamiento de cámaras que la fotografían desde afuera. Me miro los pies. Están firmes sobre las pulidas baldosas de corales que Gaudí diseñó en exclusiva para el Passeig de Gràcia. Doy una mirada rasante por todos los edificios que hay alrededor. En uno de ellos estará Mónica, fumando hiperquinética y observando mis movimientos.
El concepto de flâneur prescribía movimiento. Sin desplazamiento no había flâneur. ¿Cómo observar pensando si uno no se mueve? ¿Sobre qué ciudad se reflexiona en la quietud? El dandy intelectual recorría las calles de París del siglo XIX y escribía sobre sus personajes y sus atmósferas. Yo también quiero ser un flâneur. Pero de acá, en esta esquina del Passeig de Gràcia, que también es del siglo XIX. Sólo que tengo un inconveniente: estoy estático, no me muevo. Los personajes y las atmósferas vienen a mí, de golpe. Yo no los busco. Ellos son los que pasan y pasean. Aunque también es cierto que en la etimología de la palabra está “silla” y “holgazán”. Por eso, veré el mundo que me circunda con cierta curiosidad perezosa. Retomaré la leyenda de los primeros flâneurs y miraré lo me que traiga la marea. En vez de pasear tranquilo como un dandy, seré yo el paseado. Seré yo el recorrido por los paseantes.
Empezar es fácil. No hacen falta muchos aspavientos ni prolegómenos. Se saca un manojo de papeles y se empiezan a repartir, sin olvidarse nunca de mirar a los ojos y sonreír. Nada más. Y no perder el ritmo, nunca. Porque pasa mucha gente todo el tiempo. Nunca dejan de pasar y hay que aprovechar las dos horas del mediodía, que son las más flojas para la cocina. De 12 h a 14 h. La gente nunca sabe bien a dónde puede ir a comer. Yo les enseño un camino, les doy una alternativa, les muestro la luz de las brasas. Nuevo mensaje de texto: ¡¡¡Nene!!! No te pongas muy en la esquina, esperalos más en frente a la Casa Batlló. Por si tenés que hablar con ellos es más fácil. Los agarrás mejor. ¿Entendés? Mónica está atenta a todo. Qué suerte tenerla con nosotros.
Soy un hombre libre. O eso creo. El flâneur prescribía la libertad, aunque también el ser ocioso. Y yo estoy trabajando. No para los registros de Hacienda, pero estoy trabajando. Balzac hablaba de “la gastronomía del ojo”, la exquisitez visual como parte fundamental de todo flâneur. Una parrilla es gastronomía. Tengo el mensaje de las brasas. Y tengo el ojo. Y devoción por la multitud y el anonimato, por mezclarme en esta masa ingente y desproporcionada que crece y crece sobre la vereda. ¡Gracias, Baudelaire!: “Su pasión y su profesión han de ser una sola carne con la multitud. Para el flâneur perfecto, para el espectador apasionado, es una alegría inmensa establecer un hogar en el corazón de la multitud, en medio del flujo y reflujo del movimiento, en medio del fugitivo y lo infinito”. Walter Benjamin me da el último impulso, decretando la muerte del flâneur con el triunfo del capitalismo y de la sociedad de consumo, viéndolo ya no como un apasionado observateur parisino sino como otro signo más de la alienación urbana. Un burgués diletante que surge, al igual que el fenómeno turístico, con este capitalismo de consumo y esta vida moderna. ¡Perfecto!
Kafka decía que en el cine nunca es la mirada la que escoge las imágenes, sino que son ellas las que escogen la mirada. Desorbitado por la velocidad de la secuencia, mareado, necesitaba pausas, ese detenimiento que sólo puede brindar la fotografía. Para Víctor Fournel la experiencia del flâneur era como “una fotografía en movimiento de la experiencia urbana”. Y, qué novedad, después de Kafka todos nos sentimos cucarachas o anónimos K ante la multitud. Y como soy yo el paseado y no el paseante, el visitado y no el visitante, la secuencia ininterrumpida de caminantes me irán escogiendo a mí para que yo pueda diseccionarlos y clasificarlos, para que pueda tomar fotografías mentales entre flyer y flyer, entre el tedio del trabajo manual cronometrado y el mareo de la velocidad de una masa hiperquinética de personas.
Todos se mueven, menos yo. Todos pasan llevando en bolsas sus pequeños trozos del paseo: ropa, cápsulas de Nespresso, juguetitos de Vinçon o joyas. Soy un observateur subocupado que intenta capturar a los paseantes y ubicarlos en ciertas tipologías, por la manera que tienen de acceder (o no) a mi mensaje de la carne. El flyer será la focalización. La punta de muchos icebergs. El punto de muchas partidas.
¿Esto como se llama? Respondo. ¿Es Gaudí? Afirmo. La mujer tiene más de 60 y habla un castellano rudimentario. Ante el descubrimiento saca su cámara y comienza a tomar algunas fotos. Ni siquiera se toma 10 segundos para mirar algún detalle de la Casa Batlló. La primera visión que tendrá de la atracción, desde ahora y para siempre, será a través del visor de su Nikon. Sus cuatro amigas hacen lo mismo. Toman sus cámaras como pueden, haciendo malabares con sus bolsas de regalos, sus mapas y sus grandes carteras. Vasile las mira con su fría risa de moldavo, las mejillas coloradas, transpirado, fumando en la puerta de la empresa de catering que funciona al lado de la casa diseñada por Gaudí. Vasile siempre se acuesta a las 5 de la mañana. Mis charlas con él son sus monólogos sobre las juergas que pasa con los pinches de cocina, contratando prostitutas de varios países. Ahí va todo su sueldo, aunque debería ahorrar más, dice, porque quiere traer a su mujer de Moldavia y no sabe cuándo podrá hacerlo. Vasile fuma y habla, con la sonrisa dibujada en su cara cuadrada y maciza, que le empequeñece aún más los ojos. Mi teléfono móvil me avisa que tengo otro mensaje de Mónica: Nene. A ver si te ponés las pilas y te ponés a repartir. Estaría bueno ¿no?
Hay dos primeras tipologías claves para entender a los caminantes del Passeig de Gràcia. Una es el sibarita, generalmente un hombre, de traje o bien vestido, con su Smartphone en una mano y una bolsa pequeña de algo acabado de comprar en la misma mano, lo que engrandece su gran palma de macho alfa. El sibarita nunca camina encorvado, va derecho por el mundo y ante la amenaza del flyer nunca pierde la calma ni detiene su marcha. Simplemente dice “ya la conozco” con risa autosuficiente y te da un golpecito imperceptible en el hombro con su mano libre.
El otro es el mundano, muy cercano al sibarita, incluso similar y tal vez derivado de éste, salvo que se distingue del primero por su manera de acercarse al flyer. No se sabe si la conoce o no, porque niega el flyer sin hablar, guiñando tenuemente un ojo y frunciendo la boca como diciendo no puedo, por más que quiera, no me vas a ofrecer nada mejor de lo que ya tengo, ese papel no me va a deslumbrar ni a cambiar mi existencia.Sibaritas y mundanos son caminantes que el Passeig de Gràcia reclama, necesita y fabrica. La avenida de la burguesía catalana pujante, el emblema de la ciudad europea se mantiene vivo, sobre todo, gracias a ellos.
Se acercan las dos de la tarde. Hasta las 19 h no tendré ningún mensaje más de Mónica. Eso es lo bueno de acabar la mitad de la jornada del día de hoy. Lo malo es tener que volver a la parrilla a entregar el sobrante, marcar tarjeta simbólica y escuchar a Raúl, su esposo, diciendo que Mónica no está muy convencida, que me tengo que esforzar más, que necesitamos a alguien con la camiseta puesta y que si sigo así Mónica me va a echar a la mierda. Mónica manda. Raúl comunica.
Dejo los flyers en el mostrador de la parrilla, intercambio unos chistes escatológicos con el uruguayo que cocina y salgo por Aragó oliendo a humo de vaca a la parrilla. Siempre me pregunto si algún otro repartidor de flyers hará lo mismo que yo, en otra esquina de Barcelona. Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que todos mis datos son recabados sobre el terreno. Nada de estudios o informes o manuales. He conseguido, incluso, ciertas estadísticas. El Efecto Carro Ganador, por ejemplo, es muy gráfico para entender algunos comportamientos del caminante. Cuando una turba cruza por Aragó después de un semáforo verde, si el de adelante acepta, todos aceptan. El Efecto Carro Ganador siempre funciona. No hay error. Basta con que una sola persona de los primeros lugares acepte para que todos la imiten. Todos acatan la onda verde. No es lo mismo si el primero que acepta es alguno del medio, ahí el optimismo en masa se difumina y las garantías de éxito son nulas. También hay tendencias. Ciertos tipos de personajes un tanto tópicos que responden al flyer según su vestimenta o aspecto. ¿Por qué? Quién sabe. Pero lo cierto es que los hippies, los hípsters y los japoneses nunca aceptan. Y que los musculosos de anabolizantes aceptan siempre.
Vuelvo a mi casa por Enric Granados. Las calles que la cruzan justo después de Aragó ilustran las conquistas del viejo reino homónimo: València, Mallorca, Provença, Rosselló y Còrsega. Camino a casa, todas las conquistas, una por una. Camino a casa, el esplendor de la corona. De regreso al trabajo, a las 19 h, cuando cae el sol, las conquistas se pierden, en orden decreciente, una por una: Còrsega, Rosselló, Provença, Mallorca y València. Hasta llegar a Aragó y volver a abrir la puerta del restaurante.
Mónica es una rubia teñida de Bahía Blanca. Habla con voz nasal y hasta parece una mujer guapa. Es muy raro que te mire a los ojos, quizás porque siempre está hablando por el móvil o con alguien sobre algo que implique dinero, inversión, construcción y otros derivados de la economía. Me entrega un montoncito de flyers. Noto sus dedos fríos y su mirada, esta vez sí, directa a mis ojos. Inquisidora. Y sonriente.
Si el sibarita y el mundano tenían un punto en común o uno era una versión del otro, hay dos tipos que son claramente antagónicos. Hablo del interferente y del sintonía. En el interferente entran los padres de familia anglosajones o escandinavos, que caminan veloces, controlando de cerca a sus hijos que van como patitos en fila. Estos padres van siempre con cara de estar pensando en algo más, en algo que está sólo un poco más allá de las farolas, las tiendas y los automóviles de la avenida. Por eso la interferencia: el flyer lo saca de su letargo intelectual de curtido buen viajero. Y eso no puede ser. La otra cara de la moneda es el sintonía, el que agrupa a la familia árabe tipo, en su amplio y heterogéneo conjunto. El padre de familia árabe camina muy lento, cargando su panza maciza con absoluta despreocupación. Sus hijos se le cruzan, van y vienen, se pegan y se gritan. Y él, imperturbable, con su mujer detrás en silencio. El flyer no sólo no le molesta sino que se detiene al recibirlo, lo estudia sin apuros y agradece con una palmada en el hombro.
Otra vez en mi puesto para completar la jornada. Recorro con la vista la fachada de la Casa Batlló. Nunca puedo dejar de mirarla. Las ventanas cavernosas, las columnas como huesos, el confeti psicodélico. Y los mitos sobre su interpretación. Hay quienes hablan de un arlequín que arroja papel picado sobre los balcones, rememorando el carnaval. Y están los más épicos que hablan de un homenaje a la leyenda de Sant Jordi: arriba está el dragón, los balcones serían las calaveras de los hombres que se comió el animal, las columnas los huesos, aunque una de ellas, en su parte superior, termina en una flor. Y lo que antes se veía como confeti, desde esta perspectiva sería la sangre del héroe catalanizado. La polémica sigue viva y aumenta el mito sobre el Gaudí que algunos consideran místico, otros católico, otros masón.
Lo que sí es seguro y no admite discusión alguna en este rincón de Barcelona es que los cabezas de familia son un objetivo básico para la captura de clientes. El flyer placebo es el indicado para los padres que llevan el carrito de bebé a cuestas. Es fijo: hombre con carro siempre acepta, sin excepción. Ese pequeño cuadrado de papel le sirve de distracción (fugaz, momentánea) en su marcha monótona, a sus ojos apesadumbrados de padre primerizo con nostalgia de esos veintipocos años que nunca volverán.
A veces, sobre la marcha, la táctica se acomoda y apunta a los niños. A esos que te miran por ser algo un poco diferente de toda esa monotonía incomprensible de maniquíes calvos y palacetes modernistas que sus padres les obligan a ver. Cuando el niño recibe el flyer, su hermano inicia una corta estampida para tener el suyo, acercándose corriendo tan celoso a reclamar igualdad de oportunidades.
Una última tipología es la del flyer marcial, el que determina una disciplinada espera de todos los integrantes de la familia. Funciona así: ante el intento de alcanzarlos con el trocito de papel, todos esperan unos segundos mirando al padre de familia. Es él quien debe tomar la sabia decisión de aceptarlo o no. Si lo toma, ahora sí, todos se acercan a la órbita del sensei para compartir su observación silenciosa. Si no lo toma, la familia espera las explicaciones pertinentes en un pequeño debate, pequeñísimo, que dura los pocos metros que me separan de la Casa Batlló.
Alzo la vista: tantas oficinas desconocidas, tantos edificios ocupados por los descendientes de los burgueses ricos que se quedaron, aquellos que no huyeron hasta la montaña cuando el Eixample se masificó de clase media. Me gustaría saber dónde está Mónica. La imagino riendo con sus comisuras de Nosferatu parafinado, mirándome a mí desde arriba, diminuto, tratando de localizar en vano su refugio. Puteo a Cerdà por haber diseñado el Passeig de Gràcia tan amplio, tan abrumador.
Cerca de las 20 h, cuando ya queda poca gente en la esquina, me aburro más que de costumbre y camino un poco, sólo un poco, lo suficiente para no salir del radio visual de Mónica. Llego hasta la Casa Ametller con pasos lentos y me detengo en el diseño de Puig i Cadafalch. La fachada irregular, dos mitades diferentes, la huella de los palacetes medievales belgas en esta rémora de la casa de Hansel y Gretel en honor al empresario chocolatero. Y las esculturas: Sant Jordi rodeado de animales mitológicos de toda índole, hasta un mono que me saca una foto con su cámara de principios del siglo XX. Miro las baldosas de corales. Siguen impecables. Sólo algunas colillas de cigarrillos. Y nada más. ¿Dónde van los flyers cuando mueren? A las papeleras, siempre. Es de mal gusto verlos muertos, hechos unas bolitas amorfas sobre el piso del Passeig de Gràcia. Por eso la esquina tiene buena provisión de cementerios de flyers, tarros de hierro que guardan un acervo de huellas digitales.
TU NOMBRE ME SABE A HERBALIFE
La electrónica mezclada con reggaetón funciona siempre, la contundencia de los graves sampleados con dosis de calorcito caribeño. El optimismo y la energía unidos al triunfo en el paraíso terrenal. El tum-tum-tum de los que miran para adelante. Como Mark Hughes, que corre sobre el escenario como un pastor evangelista, mientras sus ovejas disfrazadas de verde le van chocando la mano.
Las imágenes pasan a toda velocidad. Jugadores del Barça. Congresos multitudinarios. Atletas. Jugadores del Inter. Gargantas que beben de un grueso tarro de plástico. Fisicoculturistas. Camiones de transporte. Todo con el mismo sello: tres hojas verdes encerradas en un círculo negro, sobre el rótulo de un sueño llamado Herbalife.
Un sueño que comenzó Mark Hughes y que lo convirtió en un gurú mundial de la vida sana. Al parecer, la utopía nació después de que su madre muriera por su adicción a las pastillas para adelgazar. Mark no quiso que a nadie más en el mundo le pasara lo mismo. Por eso, contrató al gerente de marketing de Disney. Y se hizo millonario creando una red descentralizada y global de vendedores de polvos nutritivos y energéticos que se diluyen en agua. Una verde telaraña que se expande de manera viral por todo el planeta, profetizando el Evangelio Nutricional del Siglo XXI.
Antes de sentarme a ver el vídeo, yo estaba parado en la puerta de una oficina insólita del barrio de Sants. Una puerta de vidrio pintada íntegramente de verde oscuro y un cartel escrito en Word que decía “Centro de bienestar”.
A escasos metros, una unidad móvil de los Mossos d’Esquadra vigilaba de cerca a un grupo de cubanos y portorriqueños que posaban como Latin Kings, sacando el culo para afuera, con gorras violetas, zapatillas brillantes y miradas Daddy Yankee. El olor rancio de la comida de los bares invadía la calle angosta y mis compañeros de entrevista laboral hacían cola para entrar: un cuarentón con chinelas blancas y un aro enorme dorado en su oreja izquierda, un árabe sexagenario, una chica guapa. La melange que seguía creciendo y yo que fumaba apoyado en una columna de luz, con un saco que compré por 5€ en la tienda de ropa usada Humana.
Antes del vídeo, entonces, nos hicieron pasar a una sala de espera pequeña, nos preguntaron nuestros nombres y nos sonrieron. Todos. Sin excepción. Serían unos veinte legionarios de traje con sus logos estampados en las solapas. Una vez repuestos del frenesí audiovisual, escuchamos a los ponentes.
La primera en hablar es Ornella, que se metió en Herbalife porque era una chica anoréxica y bulímica con mucho acné en la cara. Y de consumidora se pasó a vendedora. Ahora gana un promedio de (silencio de suspense) ¡1500 euros al mes! Y no conforme con el relato de su pasado, nos obliga a ver en el proyector algunas fotos de su trágica adolescencia, con todas las características antes mencionadas ahora expuestas ante la obviedad de las imágenes. Una gordita ojerosa con bigote de Cantinflas y un enorme oso de peluche rosa que serviría de mudo confidente a sus traumas de nena deprimida. Una gordita que se convirtió en esta bella morena de traje a la que le brilla su negra melena y que disfrutamos en vivo y en directo.
Y ahora: ¡Jordi, por favor! La platea femenina está que arde. Jordi es muy guapo y muy fuerte, tan varonil. Un solo pago de 120€ y ya consiguió su licencia para trabajar de manera libre en 73 países. Nos pregunta qué desayunamos y todas las respuestas lo dejan sin aliento. Comemos mal, Jordi. Comemos basura. Pero por suerte, Jordi tiene el desayuno ideal: un mejunje espeso que puede combinarse en seis sabores diferentes.
Tenemos una tarea, dice Jordi. Educar. Y debemos empezar por nosotros para predicar con el ejemplo. Además, ahora, con el contrato que se ha firmado con el Barça, esto tiende a expandirse cada vez más en territorio catalán. ¡Así que las posibilidades de éxito están más que garantizadas! Un solo pago de 120€ y ya tienes tu bolso, productos para un mes de nutrición, manuales y merchandising. El final es previsible: pantalla dividida en dos. A la izquierda, el joven yonqui y sedentario, con barba de tres días y panza al tono. A la derecha, el Jordi emprendedor, afeitado y reluciente. Y más aplausos para el Jordi en tres dimensiones.
Sigue Gerard. Y otra vez lo mismo. Joven gordo looser sin esperanzas con problemas de salud. Para entrar al Planeta Herbalife es fundamental el golpe bajo: de un pasado tortuoso hacia un futuro soñado. Así comenzó el gurú, con el cadáver materno. Así comenzó Gerard que ahora tiene ¡más de 30 vendedores a su cargo! ¡Y en tan solo 2 años! Aplausos generales.
Gerard nos pide calma y serenidad, porque en la última charla había gente que se paraba y gritaba enloquecida. Así que tenemos que controlar nuestra efusión. No hay fotos de Gerard, lo que me entristece porque ya me estaba gustando esta performance escatológica de stand-up con vídeo.
Ahora le toca a José, un boliviano veterano cuya disertación va desde Macroeconomía hasta Nutrición, pasando por Geopolítica, Historia del Siglo XX y Filosofía. Dice que desde que Herbalife promociona al Inter, el equipo italiano ha ganado tres escudettos y que si la revolución en los 80 fueron los ordenadores y en los 90 internet y la telefonía móvil, en el nuevo milenio la palabra clave es el “bienestar”. José gana promedio de 1400 euros al mes en sólo ¡tres meses de estar en la empresa! Aplausos totales. Más fuertes que los anteriores.
Unos veinte legionarios de traje hacen fila detrás de las sillas de plástico que ocupamos los futuros entrevistados. De ahí van saliendo de a uno. Ellos son los que inician los aplausos, siempre. ¡Pero aún hay más sobre José! Vuelven las fotos y la evidencia del cambio: de un gordo barbudo con cara de culo a un atlético aimara con sonrisa de Herbalife. Dice que tiene motivos suficientes para sonreír, porque este trabajo le permitió vivir en Barcelona a pesar de la crisis, tramitar los papeles y evitar la pobreza y la inseguridad de su país sudamericano. José está contento, adaptado y feliz. ¡Y todo gracias a Herbalife!
Porque en Herbalife, con su Manual del Marketing Multi-Propósitos, el legionario no sólo se considera vendedor sino también dueño de un negocio propio. Un negocio que no tiene rutas prefijadas. Un negocio que abarca todo el mundo. Con Herbalife, el mundo es tuyo. Desde Barcelona puedes vender a Taiwán o a Groenlandia. Da igual, mientras vendas. Entonces, ante un tablón de madera, los legionarios exponen lo más selecto de su catálogo: el batido clásico para los deportistas con la foto de Messi tragándoselo todo, la nueva sopa de tomate gourmet, el cóctel de salvado con hierbas ideal para el desayuno y las pastillas del tratamiento reductor con té verde y té negro.
Degustamos. Tragamos todos los líquidos, mientras los legionarios nos sonríen y nos dicen que, si fuera por ellos, vivirían sólo de estos productos y que serían tan felices. ¡Lástima que hay que comer! Bromean. ¡Hombre, aquí también hay lugar para las bromas! Y se ríen. Porque Herbalife predica la nutrición responsable y acepta el mal menor de tener que deglutir alimentos sólidos.
Mientras seguimos tragando potajes, el árabe es arrinconado por dos legionarias guapísimas. El del aro gigante está tratando de ligar con la chica que estaba sentada a su lado, pero Gerard lo marca muy de cerca. El bello Jordi es arrinconado por tres futuras legionarias jovencitas que quedaron encantadas con su discurso y quieren más información. Y justo antes de que empiece a entrarme el pánico, vuelve la música sobre las imágenes de Mark Hugues corriendo de felicidad por el escenario.
Mis ojos se cruzan con unos grandes lamparones negros. Ornella. ¡Bella Ornella! Milagro de la industria de la nutrición en sobre. ¿Me han inoculado nuevas paranoias, Ornella? Dime la verdad, Ornella. Me voy a morir ¿no es cierto? ¿Y todo por comer mal? Pero le puedo ganar a la mortalidad, si tú me ayudas. ¿Verdad que puedo? Vivir más y mejor, gracias a ustedes. Fumo, Ornella. Me encanta fumar. Fumo mucho. Bebo café y tengo gastritis. Reflujos por el esófago, Ornella. ¿Necesito Herbalife de por vida?
Pero como variado. Me encanta comer. Me encantan la fruta y la verdura. Desde que llegué de Argentina casi ni pruebo la carne ¿sabes? ¿Necesito Herbalife de por vida, Ornella? ¿Quién sacó las plantas de la tierra y las metió en esos laboratorios algodonados? ¿Tú lo sabes? Me han quitado los nutrientes ¡joder! Me los han quitado. ¿Tú me los devolverás, Ornella? ¿Tú asesinarías por mí a los saqueadores que entraron a mi pirámide alimentaria y se robaron todos los tesoros del faraón de los nutrientes? ¿Verdad que sí lo harías, bella Ornella?
Un vendedor puede manejar a más vendedores. Por cada cliente que consiga ese vendedor, el encargado gana dinero. Todo es ganancia. No hay pérdida. Yo te veo emprendedor. Te veo decidido y valiente. Eres guapo. Tienes buena presencia. Estás predestinado a trabajar con nosotros. Sólo tienes que animarte. Mirar hacia adelante. Esto es el futuro. Y el pago lo puedes hacer ahora mismo, si quieres. ¡Y ya comienzas con nosotros! Salimos muchas veces de cañas. ¡Venga, hombre! ¡Que será divertido!
Me entrega su tarjeta. Leo “Ornella Barbini” sobre un dibujo circular con tres hojas verdes. Su título es de “distribuidora independiente”. Las webs de referencia hablan de un Centro de Bienestar y de Tudesayunoideal. Ni rastro del nombre Herbalife, como si escribirlo fuese una obviedad.
CASTINGS PARA UN PISO COMPARTIDO
Almudena y María son amigas. Se conocieron en un máster de algo que incluía business y también marketing. Les encantaría vivir con gente como ellas, que gusten de la diversión sin abusar y que tengan la preciada virtud del “don de gentes”. Almudena y María se sientan en la terraza, una al lado de la otra. Almudena apunta, María pregunta. Almudena hizo Derecho y Administración de Empresas, pero ahora se dedica a la danza porque dice que ahí ha encontrado su razón de ser. María es licenciada en Comunicación Audiovisual y ahora trabaja en un estanco, aunque, para serme franca, tampoco le gusta mucho lo que estudió.
Almudena y María hoy tienen la agenda completa, irán cuatro personas más a ver el piso. Yo me fumo un cigarrillo y hablo de mí. Almudena apunta todo, sin descartar nada. Me promete que buscará en Wikipedia donde queda Lobería. Subraya con trazo fuerte que tengo vendada mi mano por una lastimadura que me hice abriendo la heladera. ¡Mala jugada! Y muchas gracias, ha sido un placer, vosotros los argentinos nos caéis bien, sois muy cachondos, cualquier cosa te llamamos y hasta pronto.
De haberlo sabido antes, quizás me hubiera preparado algún speech o me hubiera puesto el perfume que reservo para salir de fiesta. Hasta incluso puede que usara la ropa más cara que tengo. Pero nunca imaginé que la odisea de ver pisos para compartir iba a terminar convirtiéndose en una variante intermedia entre el casting actoral y las entrevistas de trabajo.
Encima es verano. Hay que tener mucho cuidado con Barcelona en verano. Hay que tocarla con suavidad y delicadeza porque al mínimo movimiento brusco empieza a transpirar y a expulsar fluidos. Aunque nunca renuncia a su coquetería, la ciudad huele bastante en verano. El olor no sale en las fotos, pero huele fatal. Los bloques para la basura y las cloacas colapsadas se maridan en un tufo omnipresente. En esta atmósfera pesada, bajo por Príncep d’Astúries a las 11 de la mañana, cabizbajo por haberla pifiado con Almudena y María.
La siguiente parada es Francesc Macià. Toco el timbre y me atiende Natalia, una chica peruana que se acerca a los 40. Su casa se cae a pedazos. La habitación que alquila es pequeña, húmeda y con un ventanuco insignificante. Pero estamos en el sueño de Sant Gervasi y merece la pena vivir aquí aunque no te puedas duchar demasiado tiempo porque ha subido el agua, ni tampoco tener la luz encendida hasta las tantas y la gente que venga deba ser poca y controlada. ¿Tú te drogas? Porque no me gustan los drogadictos, desde ahora te lo aclaro. ¿Vale? Ni tampoco los que están de fiesta todo el día. ¿Vale? Soy así, me gusta vivir así y al que le guste bien y al que no a tomar por saco. Me ha costado mucho llegar a donde llegué y así son las cosas conmigo. Su tremenda verborrea me ahorra el trabajo de presentarme. Lo único que me deja emitir es un número de teléfono falso para que me llame en caso de que se haya quedado contenta con mi cara.
Llegando al mediodía, Barcelona se convierte en un enorme animal acalorado al que parece molestarle que la gente le camine por el lomo. Una fiera que respira en un descanso sobresaltado y eléctrico, con un ojo abierto, como duermen todos los animales. Me uno a la marea que sale vomitada de los portales de los edificios y todos juntos hacemos transpirar al animal, que expulsa su sudor vaporoso hasta envolvernos y hacernos sentir que está incómodo, pegajoso y muy molesto.
Se acerca la hora de comer y Roger parece estar juntando toda la gula posible. Me atiende en su piso de Les Corts fumándose un porro, dándome la mano como si fuéramos negros del Bronx y presentándome la vivienda en claves antinómicas. Las paredes se caen a pedazos, pero la cocina es grande. La habitación es pequeña, pero está iluminada. Vivirás con tres fumetas, pero que trabajan y son limpios. Toda la casa, hasta el más pequeño rincón, es un desorden trabajado de meses y meses, indescriptible y muy poco fotogénico. Ni siquiera hay detalles de cosas sueltas, porque todo son capas superpuestas de cosas y más cosas. Me avisará por e-mail pronto a ver qué tal. En casa de Roger, aunque no se cuiden los protocolos en las presentaciones oficiales, también hay que pasar por el filtro del casting.
Sigo camino hacia una nueva visita bajo el calor despiadado. Aunque el barrio de Gràcia siempre es un alivio, porque también ha sufrido los machaques de la burbuja inmobiliaria y sus altos edificios embutidos en calles muy estrechas proveen de buenas sombras al caminante.
Voy a encontrarme con Icar, que acaba de salir de su trabajo. Icar vive en el piso donde antes vivía con su familia. Ahora lo maneja él, alquila las habitaciones y paga los impuestos. Ya es todo un hombrecito de gafas, un informático que no titubea jamás cuando habla, como todos los informáticos. Su piso reformado es grande y luminoso. Mi habitación reformada, además de ser grande y luminosa, tiene balcón. Es perfecta. Pero en la casa no hay comedor. O no he visto bien. No, no hay comedor, me confirma Icar con su vocecita nasal. ¿Qué clase de casa no tiene comedor? Pues la de Icar, que ha hecho un cerramiento para quedárselo él bajo llave, junto con la habitación donde lo engendraron sus padres.
Por la tarde pruebo con el Eixample. Camino hasta Roger de Flor para encontrarme con Marcelo. Por teléfono sonaba catalán, pero ahora que lo veo me doy cuenta de que es chino. Un chino con acento catalán que maneja una cadena de restaurantes chinos distribuidos por toda la ciudad. Un chino simpático y charlatán. También tiene su habitación al fondo y bajo llave, con un enorme salón que se alcanza a ver por una de las ventanas entreabiertas. Dice que no está casi nunca en el piso, que va de aquí para allá todo el tiempo. Que sólo viene cuando trae alguna de sus amiguitas porque así es la vida, hay que pasárselo bien y follárselas a todas porque eso es lo único que les gusta a las mujeres. Que se las follen, reafirma.
Confiesa tener un defecto que, quizás, no a todo el mundo pueda sentarle bien. ¿Somodiza serpientes? ¿Bebe pintura al látex? No. Le gusta que se hagan las cosas como él dice. Es un perfeccionista, un sibarita y un hombre de mundo. Le gusta de todo, lo mejor. No importa cuánto valga. Y quiere alquilar habitaciones a gente que mantenga ese espíritu. No tanto que lo profese, sino más bien que lo respete y acate. Por algún lado tenía que salir la marcialidad maoísta. Se ríe todo el tiempo y los ojitos rasgados le hacen una mueca extraña que se prolonga hasta las orejas, como si tuviera puesto un antifaz.
La odisea se acaba en Horta-Guinardó. Pablo y Laia viven juntos y buscan a una tercera persona. No son pareja. Son amigos. Pablo tiene esa típica cara de bueno que va perfecta para una publicidad de aspirinas o de muebles para el hogar. Laia es de Vic, morena, guapa y simpática. Me encanta Laia. Y el piso les sienta muy bien a los dos, como si se hubieran criado ahí. Luz, balcón y terraza. El paraíso de cualquier piso compartido. Será por eso que su agenda está que arde.
Me sientan en el comedor junto a un chico italiano lleno de granos y una asturiana raquítica con pozos en la cara. Paso los dedos por mi rostro y descubro que, a esta altura del día, soy la síntesis perfecta de mis dos competidores: ya me salieron algunos granitos y mis ojeras ahora son pozos ciegos.
Comienza el casting. Vamos presentando por turnos nuestras cualidades y nuestras estupendas vidas. Pablo y Laia ponen atención desmesurada a cada cosa que decimos, pero no apuntan nada. Todo lo retienen en su memoria, como los psiquiatras experimentados. “Nos caíste muy bien, pero al final nos hemos decantado por otra persona que creemos que encaja mejor en nuestro piso”, fue la respuesta por e-mail que recibí esa noche de la bella Laia, mientras daba largos tragos a una Xibeca helada y me probaba camisas y corbatas para el día siguiente.
FANÁTICO DE LOS CURSOS
Un viernes de lluvia constante, intensa, demasiado hinchapelotas. Las 15.30 h que ya piden fin de semana y que vienen con viento y frío en las Ramblas que, como siempre y pese al clima, están repletas. La sordidez climática en una calle que ya de por sí es sórdida.
La Biblioteca Andreu Nin está cerrada hasta las 16 h. Solo y sin paraguas, tengo que dar vueltas por los baños públicos que están justo en frente, saludar a los yonkis recostados bajo el cajero de La Caixa y observar el soliloquio de una mujer sin dientes y vestida de hippie que no para de hablar para sí misma con los ojos cerrados. Y el tránsito de guiris, que ante este espectáculo carnavalesco, apuran su marcha, con temor, asco, paranoia y todas las sensaciones que quieren evitarse en un fin de semana turístico. Las mismas que solemos manifestar también nosotros ante el desfile de 40 adolescentes noruegos con sus caras macizas repletas de granos y emitiendo bufidos de vikingos vírgenes en los pasillos del metro.
En unos breves instantes, las puertas del establecimiento se abrirán con puntualidad burocrática y cuatro personas que nunca más en la vida volveremos a cruzarnos hemos acordado permanecer ahí dentro durante cuatro horas para aprender a hacer un videocurrículum. Yo no sabía que el curso se transformaría, más que nada, en un repaso rápido por el Windows XP, que es el que aún tienen en la Biblioteca. Es que mis dos compañeras no tenían mucha idea de cómo maximizar o minimizar una ventana, por ejemplo. Sí, yo también me pregunté qué hacían ahí, pero ahí estaban.
Una mujer rusa, seria, recia, el pelo corto teñido de zanahoria y su cuenta de Badoo abierta en múltiples ventanas de diálogo. Cuando llega el momento de meternos con el Movie Maker, ese programa de Microsoft para editar vídeo, la rusa abandona por completo el contrato porque no se entera de nada y se concentra en las barbaridades que le escriben los sexagenarios calientes de Badoo. A cada rato, saca de su bolso un diccionario de bolsillo ruso-español. Alcanzo a ver que busca en la “CH” pero que no encuentra la palabra, así que teclea en Google: “chorra”.
No puedo evitar mirarla porque su ordenador está justo en dirección a nuestra profesora, una chica que quizás tenga mi edad, de gafas, el pelo lacio largo y esa simpatía que fuera de aquí, seguramente, hasta sería genuina y bella, pero que dentro de esta sala, rodeada de ordenadores con Windows XP, la tornan forzada.
O sea, la chica no tiene ganas de estar aquí, el público no es lo que se esperaba y sabe que esto va a ser una pérdida de tiempo. Pero tiene que cumplir su horario porque para eso le malpagan, entonces saca un paquete de chicles y mastica uno con la boca semiabierta, con esa actitud de empleada de Zara cuando le preguntás por un pantalón y te dice “si no hay ahí, no hay”.
Parecía que estaban rodando una película rumana de los 90, esas post-Ceaucescu en las que el país entero aparece reflejado como un montaje y sus habitantes como actores tan malos que no sabes si reírte de ellos o tenerles pena. Completaba el cuadro otra mujer que debía de estar llegando a los 80 años, con un gorra negra en la cabeza, muy simpática y muy proactiva. Muchas ganas de aprender, pero su velocidad no guardaba simetría con el espíritu del curso. Y no es que yo sea una lumbrera: si también hubiera habido aquí alguien de 18 años, cualquier ser humano con esa edad, me hubiera hecho quedar a mí también como una tortuga informática.
Salgo de esa sala con un link muy completo y detallado con consejos, ejemplos, aplicaciones y todo el resto de motivaciones necesarias para ir a mi casa y, por lo menos, pensar en la alternativa de un videocurrículum. El link estuvo ahí disponible y presente en todo momento, tan tentador para copiarlo y huir de ese lugar durante la pausa para el café. Pero no lo hice, aguanté y me quedé. Completé las cuatro horas porque sospecho que soy adicto a este tipo de relaciones sociales: un fanático de los cursos.
Fanático de los cursos
Desde que llegué a Barcelona soy fanático de los cursos. En Argentina era asiduo, pero no fan. Ser fan es ir a ver a tu equipo de fútbol cada vez que juega de local, mirar tres veces cada película de tu director favorito, seguir a tu escritor fetiche a cada charla que vaya a hablar de lo que sea.
Y ésta es la ciudad de los cursos. Como si Barcelona ya no fuese la ciudad de tantas cosas, también es la de los cursos. La villa es pequeña pero admite muchas capas.
Me apunto a cualquier cosa que crea que pueda servirme para algo: mejorar mi perfil profesional, pasar el tiempo, matar la curiosidad. Y si son gratis, mejor. Hace muy poco completé un curso de Community Manager online, con vídeos, interacción, contactos en redes sociales, todo eso. Como no consigo trabajo fijo de periodista y parece ser que la salida laboral es gestionar las redes sociales de las empresas, hice el curso. Desde mi casa, tomando mates. Aprendí mucho y tengo muchas tareas pendientes, pero sigo prefiriendo lo presencial a lo virtual. Es verdad que en lo virtual no sólo te marcas tu propio ritmo sino que evitas situaciones como las narradas en lo del videocurrículum. Pero hay algo que me da la presencia que no me lo da lo virtual. Un nervio físico, un aura magnética.
Como todo adicto a los cursos, Barcelona Activa es mi religión y, el Cibernàrium, mi templo. Cada vez que puedo, me apunto a cualquier cosa: programacióm html, diseño de videojuegos, cómo aprovechar las aplicaciones de Facebook. Lo que sea.
Y cada vez que voy, siempre tengo una curiosidad voraz por saber quiénes son mis compañeros, de dónde vienen, cómo se visten y qué rostros tienen. Sólo mirarlos, nada más, pues es raro que me ponga a hablar con alguien. Mirarlos como miro en la cola del supermercado los productos que han comprado los de delante y que van pasando por la cinta transportadora, tratando de averiguar quiénes son a través de su relación con la pirámide alimenticia.
Fui muy devoto también de los cursos de catalán en el Consorci per a la Normalització Lingüística. Hice dos, intensivos. Cada clase era la fotografía perfecta del sueño de ciudad cosmopolita libre de conflictos: negros, mulatos, chinos, musulmanes, gays, lesbianas, anarquistas, sádicos, todos parlant en català. Nunca me olvidaré de ese mexicano que trabajaba como árbitro de fútbol y que, en cada clase, elegía a una compañera diferente para ofrecerse a acompañarla hasta el metro, sin distinguir edad, procedencia o condición civil.
Podría pensarse que voy a los cursos a coger. Pero no, voy a aprender. El motivo que me impulsa es puramente pedagógico. Después vienen las curiosidades secundarias y todo eso, pero no hay una pulsión sexual que motive mi fanatismo. Y no digo que alguna vez no lo haya intentado, pero debo confesar que nunca conseguí sexo ni durante ni después de hacer un curso. Y sé que es un ámbito en el que se coge relativamente fácil.
He cogido en la facultad, en mis trabajos, con vecinas de mis edificios, en una visita guiada, en la calle, en bares y hasta en un taller de teatro para enfermos mentales. Pero nunca la puse haciendo un curso. Lo más cerca que estuve de ponerla no fue como alumno, sino como profesor de un curso. Porque sí, una semana de hace muchos años recorrí algunas escuelas públicas catalanas dando un curso de edición de vídeo con… Movie Maker. ¡El mismo programa que me enseñaron a usar hace una semana, otra vez!
Pero no hubo penetración aquella vez, sólo unos besitos. Los mismos que le doy al Movie Maker cuando me lo encuentro cada cinco años, ya sea en una escuela católica del Maresme o en una biblioteca pública bajo una lluvia pálida del final de un invierno.
LOS MENDIGOS PERFORMERS
El magnetismo de las Ramblas se funda en que todo lo que pase por ellas tiene que convertirse en espectáculo. Hace siglos transportaban los residuos fluviales de la montaña hacia el mar. Hoy el flujo pasa por una feria de varietés para turistas, uno pegado al otro, todos conviviendo a lo largo de la pasarela: los timadores albaneses con los tres vasos, las estatuas vivientes, el que hace jueguitos con la camiseta de Messi y los mendigos. Sobre todo ellos, los mendigos, los nuevos mitos performáticos.
La primera performance que se vio en esta calle fue la del pintor y escritor catalán Santiago Rusiñol. En los años 20, Rusiñol se paraba ahí y cambiaba 4 pesetas por 1 duro (1 duro equivalía a 5). Lo hacía para reírse simbólicamente del valor impuesto por el dinero. Aún hoy, la frase “1 duro a 4 pesetas” sirve para definir algún asunto aparentemente turbio o tramposo. Rusiñol sabía muy bien que en la ciudad en la que nadie se mira debía esforzarse mucho para conseguir llamar la atención.
En las Ramblas se juntan el hambre con las ganas de comer para fabricar mendigos freaks que parecen personajes abandonados a su suerte por Samson, el dueño del circo de la serie Carnivale. O aquellos clientes del creador de pordioseros del Callejón de los Milagros de Mahfuz. La gente cruza Plaça Catalunya y enseguida se topa con el paseo que conduce al mar. Un desfile atestado. ¡Y comienza el show!
A un metro de un kiosco de revistas y souvenirs se arrodilla un tipo muy bien trajeado. Los ojos cerrados hacia el cielo, los brazos en posición de plegaria. Está silencioso e inmóvil, con un tarro de latón al costado, sin el cual la gente lo tomaría por loco y no por mendigo. De todas formas, lo miran y se ríen, como si miraran a un loco desprovisto de latón. Las monedas caen y suenan, sonrientes.
La estatua viviente de Troll Rojo descansa fumándose un cigarrillo, mientras se rasca el culo como puede, metiendo la mano entre el armazón de su disfraz. De a ratos, observa de soslayo a su desigual competidor: un filipino bajito disfrazado de Abominable Hombre de las Nieves. Parece salido de una fiesta de disfraces que acabó hace un mes. Corretea a los turistas imitándolos como puede. Es un imitador de los imitadores de personas. Un imitador de clowns del teatro espontáneo. Su pobre desparpajo saca más risas que su talento, muchas más risas que monedas. La gente se divierte mucho en las Ramblas.
Los grupos caminan como si se deslizaran. No hay reverberación de tacos, todo sonido parece absorbido por la vereda gastada. Hasta los gritos. Los ruidos conviven en una ópera posmoderna, musicalizada con los soplidos de una flauta dulce que un anciano intenta convertir en notas, mientras la solapa de su chaqueta militar le va dando ventosas cachetadas. A su lado, un joven rubio tirando a albino, con gafas y cara de no saber muy bien dónde se encuentra, levanta una pancarta que dice “necesito dinero para comer caviar y beber champagne”. El mismo cartón, en el reverso, dice “necesito dinero porque mi mujer me pega y porque cobro poco”.
Todo se torna muy fotogénico en las Ramblas. No hay turistas papparazzi. Nadie tiene el decoro de esconder sus tomas. Sólo se dispara, se captura y se guarda. Una buena foto puede ser la del imitador de Ronaldinho o la de la estatua viviente Faraón o la de ese chico al que le salen deformidades por la espalda como estalactitas o ese sujeto con el rostro quemado que se tira agua en la cara de manera intermitente y que muestra sus falanges mordidas por las llamas, mientras mueve esas dos bolitas oscuras y líquidas que ya no pueden mirar a nadie.
Bajando más, en dirección al mar, una mujer árabe camina muy agachada, casi en 90 grados. Lleva su mano derecha tiznada, arrugada y erguida. Es lo único firme de ese cuerpo desvencijado, cubierto de harapos negros y de burka. Ni siquiera muestra sus ojos, prefiere hundirlos en su lento temblor. Hay otra mujer sentada en el suelo que hilvana frases incomprensibles y se ríe y tira las monedas que consigue hacia arriba como si jugara con ellas.
Llegando al mar, na-moneda-sis-plaaaa es lo único que grita un tipo arrodillado, exponiendo su argumento: una pelota cartilaginosa en lugar de una mano, lisa y rosada, en la que sobresale un dedo diminuto. Llegando al mar, una postal navideña atemporal, sin luces y con mucho alcohol: un borracho tambaleante con un disfraz sucio de Papá Noel que no pide sino abraza unas monedas, ofreciendo a cambio ininteligibles rumbas catalanas. Frente al puerto viejo, la estatua de Cristóbal Colón dando la espalda a todo el espectáculo.
Pulsuz fraqment bitdi.