Kitabı oxu: «De la investigación al libro»

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Índice de contenido

PRESENTACIÓN DE LA BIBLIOTECA DEL EDITOR

PRÓLOGO

LOS LIBROS Y EL DICTAMEN EDITORIAL

Introducción: el dictamen y el proceso editorial

Las expectativas del nacimiento

Un manuscrito bajo el brazo o un proyecto sobre el papel

Un contrato en el horizonte

Los casos especiales

Los elementos en juego: la evaluación del manuscrito

Selección y funciones del lector editorial

Los elementos básicos del dictamen

Otros elementos

El momento decisivo: la decisión sobre el manuscrito

La entrega del dictamen

La decisión final

La diplomacia editorial

Bibliografía

LA EDICIÓN ANOTADA: UNA RED DE TEXTOS ESPECIALIZADOS

La dimensión genética

La dimensión textual

La dimensión hermenéutica

Bibliografía

LA INVESTIGACIÓN ESPECIALIZADA Y LAS REVISTAS ACADÉMICAS

Introducción

El terreno: para una cartografía de las revistas especializadas

Qué es la investigación

Qué es una revista especializada

Las condiciones de trabajo en México

La lectura: estrategias para tener acceso a las revistas especializadas (en calidad de lector)

Cómo localizar un texto

Las revistas especializadas nacionales

Las revistas especializadas extranjeras

La escritura: estrategias para tener acceso a las revistas especializadas (en calidad de colaborador)

El poder intelectual en México (un atisbo)

Cómo localizar la publicación adecuada

Los criterios editoriales básicos

La edición: algunas experiencias y propuestas editoriales

Cómo se crea una revista especializada

Qué es una revista gremial

A salvar la memoria tipográfica

Bibliografía

SOBRE EL INFINITO PLACER DE LEER DICCIONARIOS

La vida como lector de fragmentos

La vocación de leer diccionarios

Diccionarios sobre los diccionarios y otros libros

Diccionarios sobre el lenguaje en general

Juegos de palabras

Diccionarios de uso del idioma

Diccionarios de expresiones extranjeras

Diccionarios sobre escritores

Diccionarios de literatura

Diccionarios especializados en literatura

Diccionarios de lingüística y semiótica

Diccionarios sobre estudios culturales

Diccionarios de ciencia

Diccionarios de cine

Mis primeros 100 diccionarios

Bibliografía

AVENTURAS DE UN TURISTA BIBLIOGRÁFICO

Turismo bibliográfico en Europa

Turismo bibliográfico en Estados Unidos y Canadá

Turismo bibliográfico en Latinoamérica

Turismo bibliográfico en la ciudad de México

Librerías especializadas en cine

Librerías virtuales

La vida en las bibliotecas

Las bibliotecas universitarias

Las grandes bibliotecas públicas

Las bibliotecas personales

Un caso particular

Otras bibliotecas

Regreso a casa

EL ARTE DE ESCRIBIR RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

LA ENSEÑANZA UNIVERSITARIA COMO PROMOCIÓN DE LA LECTURA ESPECIALIZADA

El profesor universitario como lector

Donde las comparaciones son ilustrativas

Un caso paradigmático: la investigación literaria

Apoyar el trabajo universitario de promoción

Promoción de los promotores

LAS REDES DE INFORMACIÓN ACADÉMICA

Investigación

Docencia

Difusión de la cultura

DE LA LUJURIA BIBLIOGRÁFICA A LA EXPLORACIÓN AUDIOVISUAL

Antecedentes académicos

Horizonte de expectativas

Conclusión

APÉNDICES

DECÁLOGO DEL AUTOR DE MANUSCRITOS ESPECIALIZADOS

ELEMENTOS PARA LA ELABORACIÓN DE UN DICTAMEN

Descripción general

Valoración de la obra

Dictamen editorial (o evaluación)

CÓMO EVALUAR UN DICTAMEN

AVISO LEGAL

PRESENTACIÓN DE LA BIBLIOTECA DEL EDITOR

Durante los últimos años el fenómeno de la comunicación ha llamado poderosamente la atención de la más diversa gama de especialistas. A los tratados de poética se suman ahora los de cibernética y, de hecho, no hay área de conocimiento desinteresada en ese fenómeno o ajena a él. Sin embargo, aun en la generación de las más elaboradas innovaciones tecnológicas de la comunicación, el libro prevalece como instrumento sustancial del progreso multidimensional del hombre y, en más de un caso, como medio y fin de ese avance.

No es para menos. El libro crea una situación ideal de diálogo. Escritor y lector comparten esa vital experiencia. El libro es conocimiento. Es reciprocidad, posibilidad de libre y fundamental intercambio.

Así, si el libro implica esa doble dimensión, la del conocimiento y la de la reciprocidad, las cuestiones que conciernen a su diseño, producción, divulgación y adquisición imponen una urgente deliberación social para defenderlo y promoverlo como fundamento de convivencia y progreso social e intelectual.

Ámbito natural de la creación y recreación del libro es el universitario. Por ello, la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, a partir de 1987 inició la publicación de la BIBLIOTECA DEL EDITOR, colección en la que los escritores, editores, impresores, libreros, bibliófilos y lectores, así como toda persona vinculada con ese medio secular de transmisión y diálogo de ideas e imágenes, encuentran foro para dar libre cauce a sus experiencias en los diversos campos de la actividad editorial.

La BIBLIOTECA DEL EDITOR se integra con textos relacionados con la cultura del libro, desde la historia del lenguaje escrito, hasta los múltiples pasos que conforman el proceso de su diseño, elaboración y difusión y, desde luego, el fenómeno mismo de su lectura. Temas estos enfocados desde la óptica histórica, filosófica, política, científica, técnica y social. Los diversos títulos que se incorporan a esta colección tienen como propósito crear un espacio de reflexión y renovación de y para toda aquella persona interesada en el desarrollo y enriquecimiento de la cultura escrita.

La defensa activa del libro como tarea cultural decisiva y como base de una sociedad que dialogue y se reconozca más a sí misma, son valores fundamentales con los cuales la BIBLIOTECA DEL EDITOR se encuentra comprometida.


PRÓLOGO

La investigación universitaria es tal vez la actividad que contribuye de manera más exhaustiva y sistemática al entendimiento del mundo, y a mejorar la calidad de vida de quienes lo habitamos. Para su existencia misma, el conocimiento producido por la investigación requiere del debate permanente, y para ello son necesarias diversas estrategias de difusión, lo mismo especializada que de divulgación. Y una de las formas más características de esta difusión es la palabra escrita, especialmente en forma de libros, revistas y fotocopias, los cuales tienen características necesariamente diferentes de la captura, transmisión y reproducción de la palabra y las imágenes por medios exclusivamente electrónicos.

Es sorprendente que todavía exista una atención relativamente escasa dirigida al estudio de estos problemas en los medios universitarios del país.

La formación de editores requiere el apoyo de investigadores dedicados a estudiar la articulación entre los procesos de producción del conocimiento y la palabra impresa. En los textos que siguen ofrezco el resultado de investigaciones de naturaleza básicamente documental, efectuada en bibliotecas, hemerotecas y archivos, con el apoyo de diversas bases de datos y redes de correo electrónico.

De acuerdo con la información disponible en tales fuentes, durante los últimos diez años se han empezado a producir en lengua española trabajos de carácter general sobre las áreas del oficio editorial tan estratégicas como el dictamen de manuscritos (aquí abordado desde la perspectiva del autor), las ediciones anotadas (desde la perspectiva de la teoría textual), y las revistas especializadas de humanidades (aquí estudiadas desde la perspectiva del autor, el editor y el lector, respectivamente). Estos ensayos constituyen la parte medular de este libro, y tienen una intención formativa e informativa acerca de tales procesos editoriales.

En los otros textos comento brevemente algunas de las relaciones que existen entre la investigación y la palabra impresa. De entre los múltiples aspectos posibles, he comentado aquellos que conozco mejor: la enorme riqueza y diversidad de los diccionarios especializados; el placer de explorar las librerías y las bibliotecas que un lector descubre cuando visita por primera vez una ciudad; la función estratégica de los profesores universitarios en la difusión de la palabra impresa; la utilidad de diseminar la información sobre las actividades profesionales de los investigadores; la utilidad de las fuentes documentales en la investigación fronteriza, la presencia de los libros en el cine contemporáneo, y algunos criterios utilizados para la escritura y evaluación de reseñas de libros especializados (las recensiones técnicas).

Quiero señalar que tengo la suerte de haber experimentado de primera mano las características propias de cada uno de estos campos, no sólo como investigador, sino también como traductor, corrector, reseñista y dictaminador de textos que han sido el resultado de investigaciones universitarias, en el ámbito que me resulta más familiar: las ciencias sociales y las humanidades.

Con la publicación de estos materiales pretendo contribuir a la revaloración de las condiciones de trabajo de quienes realizan uno de los oficios más nobles en la historia de la civilización.

LOS LIBROS Y EL DICTAMEN EDITORIAL


Introducción: el dictamen y el proceso editorial

El dictamen editorial es el resultado del proceso mediante el cual un lector especializado en determinada materia lee un manuscrito con el fin de recomendar o no su publicación a la editorial que solicitó su evaluación.

Cuando un lector común y corriente toma en sus manos un libro, difícilmente piensa en el proceso editorial que ha hecho posible su creación y publicación. En este proceso, el dictamen es un elemento determinante, pues de él depende el prestigio de toda casa editora.

Ante la todavía escasa presencia de materiales escritos en lengua española acerca de este proceso, estas notas pretenden ser útiles a los autores (o autores potenciales) que en algún momento han sometido o habrían de someter sus manuscritos al proceso de dictamen editorial.1

Aquí se intenta responder a las preguntas: ¿Qué elementos considera un editor-dictaminador para su evaluación? ¿Qué criterios aplica para evaluar estos elementos? ¿Qué características tiene el proceso de dictaminación? ¿Cómo se toma la decisión final?

Podemos imaginar a un autor que, después de varios años de incontables esfuerzos, decide preparar su manuscrito para presentarlo ante una (o varias) editoriales. La cantidad de decisiones que están en juego determinarán el destino de su texto: desde la presentación física del manuscrito (su claridad, organización y limpieza) hasta las condiciones económicas de la casa editora, que pueden llegar a afectar su política editorial y, por lo tanto, el dictamen sobre el manuscrito.

En México hay poco más de 500 empresas editoriales, con políticas editoriales, recursos y condiciones de producción diferentes entre sí. Sin embargo, en lo esencial toda casa editorial cuenta con un proceso de dictamen del que depende su decisión de publicar. Aquí seguiré el orden que existe en las editoriales más grandes, especialmente en lo relativo al libro universitario. Por supuesto, al referirme al “libro universitario” no solamente pienso en el libro editado por las universidades (como la UNAM, la UAM, la UAP y la UAG) en México, en las docenas de universidades norteamericanas y europeas que cuentan con sus propios departamentos editoriales (como Princeton, Oxford y Presses Universitaires de France), sino también en el libro editado por las grandes casas editoriales, que cuentan con mayor tradición, prestigio y experiencia, lo mismo en México (FCE, Siglo XXI, era,) que en Argentina (Sudamericana, Losada, Emecé, Corregidor) y en España (Cátedra, Castalia, Gredos, Barral).

Hace aún pocos años, una editorial como Doubleday recibía cada año alrededor de 10 000 manuscritos no solicitados, de los cuales se publicaban sólo tres o cuatro. Actualmente, el trabajo de selección preliminar está a cargo de agentes literarios (profesión que en México es aún incipiente). Con el fin de no “privizar” (como lo opuesto a “publicar”) un libro, conviene conocer en detalle el proceso normal de dictaminación editorial.

De hecho, la importancia de las publicaciones en el área de las ciencias sociales y las humanidades es muy notoria. Hoy en día, en México alrededor de 50 por ciento de la producción editorial pertenece a las áreas de ciencias sociales y las humanidades, especialmente la literatura (24.3 por ciento). El resto se distribuye, mayoritariamente, entre los libros de texto (15 por ciento).2

Tan sólo en la UNAM, más de 93 por ciento de la producción editorial pertenece al área de ciencias sociales y humanidades.3

De ahí que en este trabajo me refiera básicamente a los libros de estas áreas (ciencias sociales y humanidades), si bien todo lo dicho en relación con su proceso de dictaminación es, en términos generales, aplicable también a cualquier otro tipo de libros, dentro y fuera del ámbito editorial universitario.

La cantidad de manuscritos que un editor debe dar a dictaminar varía de una editorial a otra. En la UNAM se publican en números redondos 1200 títulos al año, de los cuales al rededor de mil son primeras ediciones.4 ¿Cuál es el proceso que permite mantener la calidad y el prestigio editorial de una empresa de tales proporciones?

Antes de ofrecer una respuesta a esta pregunta, es necesario detenerse un momento a establecer algunas distinciones funcionales y lexicales en torno al término “editor”, en oposición a la función del término de “dictaminador” o “lector editorial”.

En general, podemos encontrar las siguientes acepciones del término “editor” (como un individuo, un equipo de trabajo o una instancia institucional), según las diversas funciones de aquel a quien se da este nombre:

1. Crear proyectos editoriales.

2. Costear y posibilitar el proceso editorial (o alguna de sus partes): de la creación de un proyecto editorial a la difusión y distribución del producto acabado (publishing house).

3. Seleccionar al dictaminador o a los integrantes de la comisión dictaminadora editorial (publisher).

4. Establecer contrato editorial con el autor (chief editor).

5. Buscar y localizar manuscritos y otros materiales para ser publicados (“sabueso editorial”, a la cacería de textos o de autores) (acquisitions editor).

6. Seleccionar manuscritos (función del dictaminador: aplicar criterios de calidad o económicos, o el balance entre ambos).

7. Pulir manuscritos (estructura y extensión; corrección de estilo).

Las funciones 4, 5, 6 y 7 pueden ser realizadas por un individuo o por un departamento técnico o comité editorial, coordinado por el editor en jefe (chief editor).

8. Elaborar materiales de estudio que acompañan una edición crítica; fijación del texto, glosarios, recopilación de trabajos de análisis académico, notas al pie, estudio de materiales genéticos, estudios de intertextualidad, problemas de traducción, bibliografía comentada y elaboración de otros materiales ecdóticos.

9. Decidir y marcar las características tipográficas de un manuscrito (formato, tipo y tamaño de letra, interlineado, etcétera).

10. Imprimir un manuscrito.

Algunas de estas funciones pueden ser realizadas por un mismo individuo, y algunas han recibido un término específico en otras lenguas. El dictaminador (función 6) suele llamarse “lector”, lo mismo en inglés que en francés, alemán y holandés: publisher reader, lecteur (dans une maison d’editions), Verlagslektor o adviseur (van de uitgever).5 Sin embargo, aunque en lengua española se utiliza el término “editor” para referirse a muy distintas funciones, se ha vuelto ya relativamente convencional utilizar el término “dictaminador” para referirse a quien “evalúa un manuscrito para un editor”.

A su vez, la función de dictaminador puede ser cubierta por el acquisitions editor, quien logra localizar manuscritos o autores que puedan desarrollar en forma de libro un proyecto editorial (función 5), o por el agente literario que lee el manuscrito o parte de él y que decide rechazarlo o adoptarlo, con el fin de ofrecerlo a una o varias editoriales, hasta encontrar un editor adecuado.

Al distinguir las funciones del editor y del dictaminador, se podría afirmar que el dictaminador selecciona manuscritos, mientras que el editor selecciona dictaminadores.6

Por ello, el director técnico o jefe de producción editorial es, por definición, un experto en expertos, capaz de evaluar la capacidad de éstos para evaluar manuscritos.

Veamos ahora, en términos generales, cuáles son los elementos principales del proceso de evaluación editorial de un manuscrito, desde su entrega (o la concepción de un proyecto editorial que requiere que un autor lo materialice) hasta el momento en que éste ha sido dictaminado, y la editorial decide su publicación o su devolución al autor.

Las expectativas del nacimiento
Un manuscrito bajo el brazo o un proyecto sobre el papel

En términos generales, puede hablarse de dos procesos para la adquisición de manuscritos: o bien éstos son enviados o presentados directamente a la editorial por los autores, de manera espontánea, o bien la editorial, de acuerdo con un determinado mercado editorial y su propia política de edición, busca los autores que podrán satisfacer estas necesidades.

Una variante del primer caso la constituye el proceso en el cual el autor presenta ante el editor potencial un proyecto de trabajo. En este caso, el proyecto puede incluir una primera versión de lo que será la introducción general del libro (su originalidad o utilidad), el esquema detallado del contenido y la relación de los materiales que formarán parte de él. Un ejemplo de este tipo de proyectos es la creación de una antología comentada de textos sobre un tema específico, que puede contener materiales traducidos de otra lengua.

Algunas editoriales cuentan con un “editor de adquisiciones”, cuya función consiste en localizar manuscritos o autores potenciales que convengan a la “línea” o “política” editorial de la casa editora. Acerca de la complejidad de este trabajo, un “editor de adquisiciones” comentó lo siguiente:

A lo largo del día uso una gran diversidad de sombreros: en algún momento soy comprador, y al momento siguiente puedo ser negociante, vendedor, escritor, editor, el hombre de las decisiones. Apruebo, rechazo, confío y trabajo con cada uno de los departamentos de mi editorial: ventas, arte, corrección, producción, publicidad, derechos subsidiarios, promoción. Siempre estoy buscando nuevos libros para poderlos comprar.7

En todos los casos, el editor (es decir su dictaminador o la comisión dictaminadora) debe decidir la pertinencia del texto para la editorial, de acuerdo con la existencia de determinadas colecciones dentro de su catálogo. En general, el dictaminador suele ser el propio director de la colección, o bien alguien designado por éste y elegido por poseer un mayor grado de especialización sobre la materia del manuscrito.

Algunos textos, debido a la calidad reconocida de sus autores o a la recomendación de algún especialista, pueden rebasar los lineamientos de una determinada serie. Estos manuscritos, fuera de serie, son los casos excepcionales en los que –debido a su calidad– difícilmente serían rechazados por cualquier editorial universitaria. Es un hecho aceptado el que “nadie rechaza un texto espléndido”.8

Un editor (o su dictaminador) debe ser capaz de evaluar el texto que tiene ante sí, pero también el texto potencial que puede sugerir de un manuscrito. Ésta suele ser una de las principales funciones del agente literario, como intermediario entre el autor y su editor en potencia.

Frecuentemente, cuando el director editorial recibe un manuscrito, efectúa una primera lectura, de “sondeo” (llamada, en jerga editorial screening reading),9 con el fin de determinar si tiene caso someter el material a una lectura más detenida a cargo del lector especializado.

En este punto podríamos recordar que el mecanismo actual de evaluación editorial es el producto de un proceso que ha sufrido modificaciones importantes a lo largo de la historia. Así, por ejemplo, mientras los autores de los grifos, estelas y códices eran objeto de escrutinio riguroso por parte del estamento sacerdotal, la existencia de distintas versiones de un mismo documento, especialmente en el caso de palimpsestos bíblicos, tiene como consecuencia que el dictamen a posteriori para la publicación de estas versiones (o de ediciones que incluyen todas las variantes) conlleve, necesariamente, connotaciones de naturaleza polémica, relacionadas con lo que, para determinadas instancias institucionales, es la lectura o interpretación “correcta”.10

Se trata, como lo saben muy bien los sociólogos de la cultura, de un problema de poder. El ejercicio de este poder, sin embargo, no siempre tiene carácter mágico-religioso, y en el caso del dictamen universitario el único criterio válido es la calidad y el valor de los materiales. Este valor, por cierto, puede ser exclusivamente académico (por ejemplo en los textos que son producto de la investigación), didáctico (en las guías de curso, antologías y traducciones, etcétera) o documental (en los textos de creación literaria, testimonios, etcétera). En el dictamen de textos universitarios el poder se convierte en un privilegio: como acto de decisión, el proceso de dictaminación significa el poder de difundir materiales que, de otro modo, permanecerían desconocidos, y la responsabilidad de su empleo o interpretación pertenece únicamente a los lectores.

Un principio de cortesía editorial recomienda a los autores no realizar envíos simultáneos a varias editoriales. Sin embargo, ésta es una práctica que conviene respetar en proporción directa al grado de especialización del material o al prestigio de la empresa editorial.

Un contrato en el horizonte

No todos los manuscritos que recibe un editor para ser sometidos a dictamen se le presentan terminados. En muchos casos, se trata sólo de un proyecto, que deberá ser evaluado y apoyado hasta completarse.

Pero existen también editores con proyectos editoriales en busca de un autor. En ocasiones, la editorial busca un autor reconocido con el fin de que éste escriba un prólogo para un libro que está en proceso de ser publicado. Éste es el caso de algunas traducciones, de libros colectivos, de la edición de libros antiguos (especialmente cuando son reproducciones facsímiles del original) o cuando la opinión de un autor reconocido es interesante para los lectores.

En todos estos casos, el proceso de dictamen es diferente del proceso que sigue un manuscrito presentado motu proprio por un autor independiente. Sin embargo, conviene establecer una distinción aplicable a cualquier proceso de adquisición de manuscritos: existen procesos de evaluación en los que pesa más el criterio del editor (el cual exige hacer modificaciones al texto) y otros en los que el único criterio que cuenta es la calidad del texto, de tal manera que este último no es sometido a modificaciones de fondo, sino únicamente a la revisión de elementos formales, como la extensión, la organización o el estilo, con el fin de volverlo más accesible y claro, o de lectura menos pesada o especializada.

En términos generales, muchas editoriales universitarias se guían por este último principio, pues éste es, en última instancia, un criterio de calidad, en oposición a un criterio de mercado. En otras palabras, si en toda editorial las decisiones de publicación dependen de los criterios económicos y de contenido, en las universidades el primero está sometido a las prioridades del segundo.

Es un hecho bien sabido que en las universidades estatales, por ley, las partidas presupuestales para ediciones son intransferibles, y que deben ser aprovechadas cada año con el fin de ser recibidas en la misma proporción el año siguiente. Sin embargo, existe una tendencia surgida en años recientes, a no gastar este presupuesto, sino invertirlo en promocionar ciertos títulos con el fin de ocupar algunos mercados, de tal manera que con su venta se puedan editar libros importantes que de otra manera serían incosteables.

También puede ser que la empresa editorial tome la iniciativa de publicar un título que no ha sido enviado directamente por el autor para ser dictaminado. Se trata de las reediciones y la reimpresión de obras muy valiosas o de difícil acceso. La decisión editorial en estos casos depende del estudio de la curva de ventas, o bien del dictamen enviado ex profeso por los propios lectores o, cuando se trata de instituciones universitarias, por las propias comisiones editoriales de las facultades y escuelas. En otros casos, suele haber acuerdos entre editoriales, en los que alguna de ellas cede los derechos, y el dictamen de publicación está implícito en el interés de ambas editoriales por que la obra sea reeditada o reimpresa.

El proceso por medio del cual un editor en busca de libros llega a hacerse de los autores que necesita, es múltiple: éstos se encuentran entre los autores previamente publicados, entre los autores que son amigos de los autores, y entre los autores que son amigos de la casa editorial, así como entre las asociaciones de escritores e investigadores y en aquellos individuos entre los que el editor cree poder encontrar a un buen autor en potencia.11

Así, por ejemplo, 60 por ciento de los títulos publicados por Harvard University Press fueron escritos por los profesores o por ex miembros o ex alumnos de la misma universidad.12 En general, los autores de libros ya publicados suelen impulsar el envío de manuscritos por parte de sus colegas, así como de sus estudiantes y colaboradores, entre los académicos más jóvenes.

En general, el periodo concedido a un autor por parte de una editorial para entregar un manuscrito es el resultado de un acuerdo mutuo.

Sin embargo, existen experiencias como la del departamento editorial de la Universidad de Cambridge, en la que el profesor J. S. Reid se presentó en las oficinas editoriales en 1923 con su casi terminada edición de la obra De Finibus de Cicerón, temeroso de haber llegado un poco tarde. De hecho, en los archivos editoriales constaba que había acordado emprender este trabajo en al año 1879.13

En contraste, el riesgo que corre un autor que voluntariamente ofrece su manuscrito a un editor indiferente es el riesgo de perder unas horas en una actividad por lo demás azarosa.14

Los casos especiales

En las páginas anteriores se han hecho comentarios sobre algunos elementos que pueden afectar el proceso de dictaminación de manuscritos escritos por un solo autor, y que generalmente son el resultado de una investigación o de un determinado periodo de creación. Entre los materiales que escapan a esta categorización y cuyos procesos de dictaminación tienen características propias, pueden mencionarse las traducciones, las antologías, los libros colectivos, las iconografías, las ediciones críticas, las bibliografías, las reproducciones facsimilares, las memorias y las ediciones variorum de textos antiguos (es decir, aquellas en las que el texto de un autor clásico está precedido por las apreciaciones críticas de varios especialistas, cada uno de los cuales analiza la obra desde distintas perspectivas metodológicas).15

En lo que respecta a las traducciones, la fundamentación del dictamen es responsabilidad de quien la propone, y su evaluación depende directamente del director de la colección a la que pertenecerá la obra. Por esta razón, cada caso se considera por separado, aplicando los criterios propios de cada colección. La importancia editorial de las traducciones fue señalada por Daniel Cosío Villegas al crear el Fondo de Cultura Económica, pues en ese momento (1934) 80 por ciento de la producción editorial sobre economía se encontraba escrita en inglés.16

El principal problema al dictaminar las antologías es el pago de los múltiples derechos de autor. Cuando las obras originales son universitarias suele haber un límite para reproducir fragmentos de las obras sin que ello requiera el pago de derechos a la casa editorial.17 En ocasiones el pago de derechos es tan alto que requiere publicar la obra en coedición con otra casa editorial, y el dictamen definitivo dependerá de este acuerdo.

Los libros colectivos requieren de un proceso de edición de los materiales que les dé coherencia y unidad, razón por la cual siguen un proceso de dictaminación distinto, por ejemplo, al de las actas o memorias de congresos o seminarios académicos (en cuyo caso el criterio determinante es la extensión de los materiales y su originalidad o aportación para el conocimiento de la materia).

Es evidente que la edición de partituras está a cargo de músicos, y las ediciones anotadas dependen del director de la colección, mientras que las reproducciones facsimilares son dictaminadas directamente por los investigadores especializados en el área.18

Las ediciones críticas, en especial las ediciones variorum (de hecho, el tipo de edición más completo de una obra), requieren, para su diseño y dictaminación, de un equipo igualmente especializado. Estas ediciones suelen incluir elementos tales como el estudio de las variantes (entre distintas versiones o ediciones del mismo texto), la “fijación” del texto “definitivo” según criterios comparativos, uno o varios estudios sobre el autor, diversos (y por lo general extensos) estudios críticos, bibliografía crítica comentada, notas, glosarios, reproducciones facsimilares y una versión “diplomática” del texto (es decir, en tipografía distinta a la de la edición original o edition princeps, pero sin alterar el texto).

Como puede apreciarse, este tipo de edición requiere de un proceso de dictaminación necesariamente colectivo, y es el tipo de publicación más característicamente universitario, principalmente en las áreas de ciencias sociales y humanidades (y muy especialmente en el campo de la filología), si bien no son publicadas exclusivamente por las universidades.19

Una vez terminado el manuscrito, cuando ya ha sido revisado y corregido por el autor y éste decide entregarlo al editor, el director de la colección correspondiente lo envía a un lector especializado, con el fin de recibir su dictamen. Veamos ahora qué elementos de evaluación y decisión entran en juego a partir de este momento.

Los elementos en juego: la evaluación del manuscrito
Selección y funciones del lector editorial

Antes de conocer en detalle los elementos propios del dictamen editorial conviene conocer cuáles son las condiciones de trabajo del dictaminador. En primer lugar, debe señalarse que el lector editorial puede ser interno (generalmente es el director de cada colección) o externo (un especialista conocido por la instancia editorial o un investigador reconocido que forma parte de alguna institución universitaria).20

Todo texto suele ser sometido a un número non de lectores (generalmente uno, tres o, excepcionalmente, cinco), pues ello evita el empate en la decisión editorial. En otros casos es suficiente el dictamen del director de la colección, pues es el responsable de la misma. De hecho, el criterio para constituir el comité editorial de cada dependencia editora ha sido especificado en términos formales.21

Las editoriales universitarias requieren de un lector o lectores que emiten básicamente dos tipos de juicios: en relación con la importancia y rigurosidad de la contribución académica del manuscrito, y en relación con los grupos de lectores para los cuales el libro podría ser valioso.22

Algunas editoriales dan a sus dictaminadores formularios que éstos habrán de llenar, en los cuales solicitan información específica acerca de obras similares a la que se somete al dictamen, sugerencias acerca de quién podría estar al cuidado de la edición, cantidad aproximada de lectores potenciales y otras evaluaciones similares. Generalmente, el editor requiere que el dictaminador formule por escrito una fundamentación convincente de su opinión como lector especializado.

Todo lo anterior suele ocupar el espacio de una o muchas páginas, y en su redacción el dictaminador puede invertir varios días o incluso varias semanas, en las cuales el manuscrito recibe una de las lecturas profesionales más cuidadosas en su proceso editorial.

El dictaminador de un manuscrito universitario, por definición, es alguien con experiencia profesional óptima en el campo que dictamina: por ello, generalmente es un profesor, investigador, escritor o editor de tiempo completo, que accede a leer críticamente un manuscrito por curiosidad intelectual, y cuya lectura consumirá un tiempo que no será retribuido de manera proporcional a la retribución de sus otras actividades profesionales.

El dictamen, y en general el trabajo de edición de libros, exige una poco frecuente combinación de aptitudes. Se requiere de cierta experiencia literaria, y de conocimiento tanto de los temas en los que la editorial se especializa como del horizonte académico y editorial del campo específico en el que se inscribe cada manuscrito.23

El dictaminador, de manera similar al editor, debe experimentar una especie de adicción a los libros: debe ser un bibliófilo altamente especializado, pues de su decisión no sólo depende un autor y su manuscrito, sino el prestigio editorial y la confianza de los lectores eventuales.24

En promedio, un dictaminador recibe un pago similar en las editoriales mexicanas al de las extranjeras: alrededor de 20 a 50 dólares. Esta actividad –por la misma cantidad– es realizada de manera particular por los más de 650 agentes literarios que trabajan en forma independiente en los Estados Unidos. Estos agentes rechazan 90 por ciento de los manuscritos, proporción similar a la que rechazan las editoriales privadas en México.25

En la ciudad de México, el directorio telefónico registra 80 “agencias de publicaciones”, de las cuales casi 25 por ciento aparecen bajo el nombre de un particular. En las editoriales universitarias francesa, el director de cada colección recibe dos por ciento del precio de venta de cada ejemplar vendido.26

Los lectores externos son autores de la misma editorial, a quienes se dan a leer los manuscritos no solicitados, y efectúan el servicio de lectura sin recibir remuneración por ello, como parte de la relación amistosa entre ellos y la editorial. En general, la remuneración de los lectores existe “en función inversa a la cercanía que éste tiene con la casa editorial”.27

Al llegar a este punto, podemos preguntarnos, ¿cuáles son los elementos concretos que constituyen un dictamen editorial? Aunque ello varía de acuerdo con las características del manuscrito, la disciplina del dictaminador y las necesidades del editor, es posible hablar de algunos elementos básicos.

Los elementos básicos del dictamen

Antes que nada, es necesario distinguir los distintos tipos de dictamen: el dictamen del manuscrito mismo, el dictamen de los costos y el dictamen del mercado potencial, es decir, de la cantidad y número de lectores probables. El último de estos dictámenes suele formar parte del primero, al menos de manera implícita. En las editoriales universitarias, el dictamen de costos –como ya se dijo– suele someterse al dictamen académico, por lo que el criterio comercial se vuelve relativamente irrelevante, lo cual, a su vez, permite al editor centrar su atención en las necesidades del texto, no del mercado. El elemento determinante de todo proceso de dictaminación es la política editorial, pues de ella y de su continuidad dependen el prestigio y la permanencia de todo proyecto editorial. Esta política determina, a su vez, la naturaleza del material que será aceptado para su publicación, así como su rigor y originalidad, y los tópicos que pueden ser cubiertos. En las editoriales universitarias, cada colección nace con los lineamientos de su propia política editorial, entre los cuales se cuentan los objetivos, el tipo de lectores al que se dirigen y su nivel de especialización, las materias que serán incorporadas y otros elementos.

Cuando llega a cambiar la persona que se dedica al cuidado de cada colección, la comisión editorial se hace responsable de redactar la historia de la colección hasta ese momento, los problemas a los que se ha enfrentado y las propuestas del actual director. Estos lineamientos de la política editorial de cada colección universitaria se entregan a cada dictaminador en el momento de solicitar su colaboración.28 Sólo en casos excepcionales se llegan a aplicar criterios no contemplados por la política editorial, como ocurre con la cancelación de ediciones demasiado costosas o la publicación de materiales fuera de serie o publicados como consecuencia de compromisos institucionales.

En todo dictamen están en juego elementos de tipo técnico y de contenido. Los elementos pueden ser problemas de redacción, de traducción, de estilo, de impresión, etcétera. Pero indudablemente influyen, además de estos criterios técnicos y académicos, elementos ideológicos y económicos. Como ya se ha señalado, estos últimos le competen al departamento administrativo que trabaja de manera independiente del departamento técnico de la casa editorial.

Algunos dictaminadores, además de la evaluación acerca de la calidad intrínseca del manuscrito, incluyen en su dictamen información acerca del autor, el origen y las condiciones de producción de la obra, la coherencia, actualidad y calidad del material textual, su metodología, estilo, presentación, bibliografía y otros materiales para-textuales como las ilustraciones, notas, índices y glosario.

En síntesis, un dictaminador puede tener en mente tres preocupaciones principales al leer un manuscrito: su calidad literaria, su valor tópico y las posibilidades futuras de un autor.

En el caso de una editorial universitaria, una vez más, el criterio del contenido suele ser el determinante en última instancia, y los otros elementos completan o refuerzan esta evaluación.

Un lector ideal –al que todo dictaminador aspira llegar a ser, al que todo editor espera encontrar, y al que todo autor quisiera conocer– debe poseer honestidad intelectual, claridad en sus juicios, confiabilidad, curiosidad, entusiasmo, imaginación y la capacidad para prever un libro potencial a partir de un manuscrito o de un proyecto, “como un escultor puede prever una escultura a partir de un bloque de mármol”.29

Otros elementos

Además de los elementos considerados hasta este momento, básicamente relativos al contenido y la calidad del manuscrito en la evaluación y el proceso de edición posterior, existen también varios elementos importantes relativos a la organización, la extensión, la presentación y el estilo. Todos ellos pueden ser indicadores importantes del cuidado que ha puesto el autor en su trabajo y serán determinantes en el momento de la lectura.

La organización del manuscrito condiciona la manera como será leído. Jane Isay, quien por muchos años fue editora ejecutiva de Yale University Press,30 ofrece las siguientes recomendaciones a los autores de manuscritos universitarios:

 Organizar un libro de tal modo que lo más interesante está al principio, y lo más específico, al final.

 Nunca en un trabajo de investigación académica hacer creer que se trata de una novela de misterio, dejando las conclusiones para el capítulo final.

 Los capítulos sobre metodología deben quedar como apéndices (lo menos general debe quedar al final).

 Diseñar los títulos y subtítulos de cada capítulo para guiar al lector y facilitar la comprensión del texto.

 Las ilustraciones –gráficas o numéricas– deben agilizar la lectura, no entorpecerla.

 Toda información que pueda ser expresada en palabras en el mismo espacio que ocuparía en números debe ser dicha con palabras.

 Las notas deben ir al final del libro o al pie de página, nunca al final de cada capítulo, a menos que se trate de una recopilación.

 El contenido de las notas depende de las necesidades del libro, pero generalmente deben servir para citar las fuentes.

 Si las notas contienen el núcleo de una argumentación o una observación interesante, deberán ser consideradas para incluirse en el texto (excepto al ofrecer una información que para muchos lectores puede ser familiar).

 Las notas “defensivas” (con las que el autor trata de mostrar que ha leído todos los libros y ha considerado todos los problemas) deben ser eliminadas.

 El inicio y el final de un libro académico son elementos cruciales.

 El inicio debe ser escrito después de todo lo demás, y señalar precisamente qué trata y qué no trata de lograr el libro.

 El inicio de cada capítulo tiene un carácter similar, aunque debería evitarse la actitud defensiva de reseñar la literatura sobre el tema que se va a tratar, pues ello detiene el flujo de la argumentación.

 El cierre del capítulo conlleva otro arte: debe lograr un alto grado de interés y crear un puente hacia lo que sigue, animando al lector a dirigirse hacia el próximo capítulo.

 El capítulo final es la última oportunidad para el autor de convencer y estimular al lector: este elemento del libro puede adoptar un estilo distinto del resto: puede tener un tono polémico, lírico o interrogativo.

Todo lo anterior, concluye la autora, deberá ser discutido entre autor y editor antes de que el manuscrito esté terminado.

Existen, por otra parte, libros distintos con necesidades de organización diferentes. Cuando se trata, por ejemplo, de una recopilación de artículos, es necesario estudiar cuidadosamente su orden: la capitulación, la coherencia, la agrupación por temas, el prólogo explicativo, los posibles cambios en el título de cada trabajo, la paginación, los índices, la extensión, el enfoque y los tonos de los materiales, la homologación de las referencias, la incorporación o exclusión de trabajos, etcétera.

Un ejemplo de modificación importante en la extensión de un texto lo constituyen las tesis doctorales, que al ser convertidas en libros y al eliminar materiales “defensivos”, pueden reducirse hasta en 50 por ciento de su volumen original.31

En cuanto a la presentación, todos los editores recomiendan a sus autores entregar una copia legible con interlineados limpios (sin correcciones), a doble espacio, en hojas tamaño carta, engargolados (de tal manera que no exista el riesgo de que se traspapelen en el momento de su lectura), numerados del uno en adelante, en la esquina superior derecha, a partir de la hoja que hace las veces de carátula, donde se consigna el título y el nombre del autor.

Las notas, por lo general, se entregan por separado, es decir, no en la misma hoja del texto, pues se componen en una tipografía diferente.32

Por último, el estilo debe ser, idealmente, lúcido, fluido, creativo, brillante, emotivo, comprometido, entretenido y apasionado.33

Al respecto, el escritor Morris West ha dicho, en The Writer, lo siguiente: “Escribir es como hacer el amor. Tienes que practicar para hacerlo bien. Como el mejor acto amoroso, tiene que hacerse en privado y con gran consideración hacia tu compañero en la empresa, que en este caso es el lector”.34

Debe hacerse notar que este consejo escrito por un autor de best sellers también es pertinente para la escritura de libros académicos, pues éstos deben ser claros, legibles y bien organizados.

Sobra decir que la creación literaria y filosófica está exenta de esta necesidad, precisamente en la medida en que el autor –y sólo él– así lo decide.

En poesía, es el lector quien deberá aprender a leer el texto específico que está leyendo. Sin embargo, tales problemas exceden con mucho el objeto de este capítulo.

El momento decisivo: la decisión sobre el manuscrito
La entrega del dictamen

Una vez concluida la lectura cuidadosa del manuscrito, el dictaminador redacta su informe, que puede tener una extensión variable, desde una sola frase hasta muchas páginas.35

La entrega de este reporte con frecuencia toma entre tres y seis semanas, y en ocasiones más tiempo. Según la extensión y la naturaleza del manuscrito, algunas editoriales llegan a pagar honorarios que multiplican la cantidad convencional por un dictamen. 36

De acuerdo con una práctica común, la identidad del lector editorial se mantiene siempre desconocida para el autor, a menos que el lector autorice su conocimiento.

En toda empresa editorial, la decisión de publicar sólo puede tomarse si se anexa el dictamen favorable de al menos un experto.

Algunas editoriales acostumbran enviar un ejemplar de cortesía al lector externo, una vez que el libro ha salido de la imprenta.

A continuación se reproduce la opinión de Eleanor Harman, editora asistente de University of Toronto Press, publicada en el libro colectivo The University as Publisher, en 1961, acerca de la imparcialidad del trabajo de dictaminación en las editoriales universitarias norteamericanas:

De acuerdo con nuestra experiencia, los académicos pueden ser groseros con sus esposas, golpear a sus hijos y patear a sus perros (hasta donde nosotros sabemos), pero siempre conservan su integridad académica. El académico puede estar prejuiciado, pero siempre es honesto y no recomendará un manuscrito que no considere que merece publicarse. El hecho de que ocasionalmente pueda estar equivocado no tiene tanta importancia.37

La decisión final

En principio, la decisión editorial de publicar un manuscrito se apoya en el dictamen, arbitraje, evaluación o lectura editorial que he comentado en las páginas anteriores, y también en la llamada “toma de decisión” editorial, que es la aplicación de una técnica llamada comercialización, marketing, mercadotecnia o mercadología:

La toma de decisión editorial consiste en reunir toda la información relacionada con el proyecto de edición, en lo que respecta al mercado potencial, los pronósticos de venta, la estimación del precio de venta, el cálculo del monto de las inversiones y su recuperación, la técnica de edición que será utilizada para la producción y la elección de la publicidad.38

Como puede desprenderse de lo dicho anteriormente, en las editoriales universitarias, lo mismo que en las editoriales más reconocidas y prestigiosas del país y del extranjero, la decisión final de publicar un libro se toma en función de una tradición editorial propia (la llamada “política editorial”) y de la confianza depositada en los asesores literarios, pero no en función de un estudio profundo del mercado editorial o de un programado interés comercial39

En algunas ocasiones la decisión final es tomada por el editor en jefe (o jefe del departamento técnico). En otras, por un comité editorial formado por individuos que representan varias áreas de la editorial.

Delores K. Schriner, en su estudio doctoral sobre la interacción profesional entre autores y editores, concluye señalando que la decisión final depende de cuatro tipos de conocimiento por parte de los editores:

a. conocimiento del lector

b. conocimiento del tópico

c. conocimiento del lenguaje y

d. conocimiento de la profesión editorial40

Una vez que se ha decidido publicar un manuscrito, el editor se hace cargo de elaborar el contrato de edición. El contrato académico ofrece las regalías que usualmente ofrecen los editores comerciales. También establece una fecha para la entrega del manuscrito, cuando éste aún no ha sido terminado, especifica los derechos de impresión del editor, garantiza la publicación y cubre muchos detalles relativos a la forma del manuscrito, el derecho del autor a recibir ejemplares sin costo y con descuento, las alteraciones del manuscrito durante la lectura de las pruebas, las ediciones revisadas, los derechos de autor, las opciones para obras futuras y otros puntos más.41 Por lo demás, el editor se encarga de tomar las decisiones técnicas relativas a la producción del libro, como son el formato, el tiraje, la futura promoción y distribución, etcétera.

En ocasiones el autor es responsable de la lectura de las galeras y las pruebas de imprenta de su libro, así como de la elaboración del índice (para lo cual comúnmente se entregan las pruebas numeradas al autor, y se espera que entregue el índice en un par de semanas).42

Varios meses después de su primer encuentro (curiosamente, en un periodo aproximado de entre seis y 12 meses, es decir, un promedio de nueve meses), es usualmente el editor quien presenta al académico el primer ejemplar de su libro.

La diplomacia editorial

Un libro es el producto de la intervención de muchos elementos. Es el resultado de una combinación individual de un autor, un contenido, un editor, una oportunidad, un diseño, un precio, un formato, una casa editorial y la competencia de otros libros dentro y fuera de la misma casa.43

Sin embargo, no todos los manuscritos que llegan a una casa editora se convierten en libros. El comité de prensa, consejo editorial, comisión de publicaciones o departamento de difusión de una universidad tienen la responsabilidad de tomar esta decisión en el caso de los manuscritos sometidos al dictamen editorial universitario.

Aunque en todos los casos la decisión recae, tanto como es posible, en los méritos académicos del manuscrito, con relativa frecuencia el consejo editorial tomará la decisión de no publicar un manuscrito que, por lo demás, es académicamente satisfactorio, debido a que no coincide con la línea editorial de una determinada colección. Aquellos autores que se encuentran en esta categoría son invitados a negociar su manuscrito con otra editorial cuya línea sea más próxima al contenido del texto, con lo cual éste gozará de mejores canales de distribución y promoción.

Podemos concluir este recorrido por los laberintos de la dictaminación editorial recordando, a modo de contraste irónico, que un escritor tan reconocido como Jack London llegó a tener más de 600 cartas de rechazo en las paredes de su casa, mientras que Zelda no se habría de convertir en la esposa de Scott Fitzgerald sin que antes éste lograra vender al menos uno de sus relatos, por lo que, en las paredes de lo que sería su recámara nupcial se acumularon docenas de cartas de rechazo. Y por su parte, el escritor norteamericano William Saroyan llegó a reunir, a lo largo de toda su vida de escritor, cerca de siete mil cartas de rechazo editorial.44

Por todo esto, si el lector de estas líneas tiene un manuscrito bajo el brazo, un proyecto sobre el papel o un contrato en el horizonte, pero aún no conoce el resultado de su dictamen, puede prepararse leyendo estas líneas de Italo Calvino, contenidas en su novela Si una noche de invierno un viajero:

¿Ha venido usted por el manuscrito? Está en lectura, no, me equivocaba, ha sido leído con interés. ¡Claro que me acuerdo!, notable materia lingüística, sufrida denuncia. ¿No ha recibido la carta? Sin embargo, sentimos tener que anunciarle, en la carta está explicado todo, hace ya tiempo que la hemos enviado, el correo tarda siempre, la recibirá sin duda, los programas editoriales demasiado recargados, la coyuntura nada favorable. ¿Ve cómo la ha recibido? ¿Y qué más decía? Agradeciéndole que nos la haya dado a leer, con toda urgencia le devolveremos... Ah, ¿usted venía para retirar el manuscrito? No, no lo hemos encontrado, tenga un poco de paciencia, ya aparecerá, no tenga miedo, aquí nunca se pierde nada. Precisamente ahora hemos encontrado manuscritos que estábamos buscando desde hace diez años. Oh, no dentro de diez años, el suyo lo encontraremos incluso antes, al menos eso esperamos, tenemos tantos manuscritos, pilas así de altas, si quiere se las enseñamos, ya comprendo que usted quiere el suyo, no otro, faltaría más, quería decir que tenemos ahí tantos manuscritos que no nos importan nada, imagínese si íbamos a tirar el suyo que tanto nos interesa, no, no para publicarlo, nos interesa para devolvérselo.45

1 Entre los trabajos más útiles relativos al proceso editorial universitario, se encuentran los de Gene R. Hawes, To Advance Knowledge. A Handbook on American University Press Publishing, Nueva York, American University Press Services, 1967; la serie de ensayos compilados por Weldon A. Kefauver, Scholars and Their Publishers, Nueva York, Modern Language Association Publishers, 1977, 59 pp., y la tesis doctoral (inédita) de Delores K. Schriner, “Editors at Work: A Study of the Revission Process of Profesional Editor”, Wayne State University, Dissertation Abstracts International [julio,1986 47 (1): 163A].[regresar]

2 Según la versión colectiva sobre la industria del libro en México, publicada en Diálogos, núm. 116, marzo-abril, 1984, p. 108.[regresar]

3 Esto se desprende del análisis del Índice temático de publicaciones, publicado por la Dirección General de Fomento Editorial de la unam. Por su parte, el FCE publica aproximadamente 460 títulos al año, de los cuales la mayoría corresponde a las humanidades, y aproximadamente 10 por ciento son de literatura.[regresar]

4 Información proporcionada al autor por la Dirección de Publicaciones y Fomento Editorial de la unam. El fce dictamina alrededor de 500 títulos nuevos al año, de los cuales 20 por ciento son de autores mexicanos.[regresar]

5 De los numerosos diccionarios de términos editoriales y bibliográficos, los más útiles para los fines de este trabajo son el holandés (tetralingüe) de F. J. Wijnekus, Elsevier’s Dictionary of the Printing and Allied Industries in Four Languages (English, French, German, Ducth), Amsterdam, Elsevier Publishing Co., 1967, y el de Henry Jacob, A Pocket Dictionary of Publishing Terms, Londres, MacDonald and Jane’s, 1976.[regresar]

6 Ésta es la opinión de M. Lincoln Schuster, creador de la editorial Simon and Schuster: “An editor selects editor”. Cf. M. Lincoln Schuster, “An Open Letter to a Would-Be-Editor”, en Gerald Gross (comp.), Editors on Editing, Nueva York, Harper and Row Publishers, 1985, pp. 33-37.[regresar]

7 Pat Goblitz “On Being a Senior Acquisitions Editor”, en Gerald Gross (comp.), op. cit., pp. 129-142: “I wear a lot of hats in the course of a working day: I am a buyer, negotiator, seller, writer, editor, decision-maker. I approve, reject, confer: I work with every department within my publishing house: sales, art, copyediting, production, publicity, advertising, subsidiary rights. I am always looking for new books to buy…”[regresar]

8 La declaración del editor de Rutgers University Press, William Sloane, citado en Gene R. Hawes, op. cit., p. 68.[regresar]

9 Ibid., p. 64. [regresar]

10 Las consecuencias de este proceso en el surgimiento y desarrollo de las teorías modernas de interpretación literaria, han sido estudiadas con lucidez por Frank Kermode en The Genesis of Secrecy. On the Interpretations of Narrative, Cambridge y Londres, Harvard University Press, 1979.[regresar]

11 Jean Karl, “Editor, Author and Manuscript”, en Chandler B. Grannis (ed.), What Happens in Book Publishing, Nueva York y Londres, Columbia University Press, segunda edición, 1967, pp. 292-296.[regresar]

12 Gene R. Hawes, op. cit., p. 60. [regresar]

13 El ejemplo es mencionado en el libro de Gene R. Hawes, op. cit., p. 136. [regresar]

14 Un caso ejemplar es relatado por Augusto Monterroso en La letra e. Fragmentos de un diario, México, era, 1987, p. 23.[regresar]

15 Según Christopher Kleinhenz, en su artículo “The Nature of an Edition” , en C. Kleinhenz (comp.), Medieval Manuscripts and Textual Criticism, Chapel Hill, North Carolina University Press, 1976, 273-283, hay tres tipos de ediciones críticas: general, especializada y variorum. Cada una se distingue de las otras por la extensión del aparato crítico (notas, estudio introductorio, bibliografía, índices, glosario, etc.) y por la naturaleza de la información que acompaña al texto. La edición crítica general está dirigida a todo público; la edición crítica especializada está dirigida a un tipo específico de lectores, generalmente estudiantes universitarios; la edición variorum (cum notis variorum) contiene virtualmente todo lo pertinente a la vida de la obra, y muy especialmente varios estudios introductorios que anteceden a la presentación de la obra en el mismo volumen, y generalmente escritos desde varias perspectivas teóricas. En lengua española contamos ya con el proyecto editorial de la UNESCO, dedicado a las Obras completas de Miguel Ángel Asturias (del cual han aparecido cuatro de los 23 títulos programados, bajo el sello editorial del Fondo de Cultura Económica). En lengua inglesa, desde hace muchos años existe una larga tradición en la edición variorum de las obras dramáticas de William Shakespeare (editada por Modern Language Association, M. L. A.), en los Estados Unidos.[regresar]

16 El comentario es registrado por él mismo en el “Octavo tramo” de sus Memorias, incluido en la antología preparada por Gabriel Zaid, Daniel Cosío Villegas. Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985, pp. 168-177. [regresar]

17 El límite suele ser de unas pocas líneas. Al respecto, puede consultarse el trabajo de Ramón Neme Sastré sobre derechos de autor, De la autoría y sus derechos, México, SEP, Conafe, 1988.[regresar]

18 Lo mismo ocurre con las ediciones llamadas “diplomáticas” de textos antiguos, generalmente dirigidos a los paleógrafos. Cf. Christopher Kleinhenz¸ op. cit., p. 273; Henry Jacob, op. cit., p. 21.[regresar]

19 El dictamen de ediciones “críticas” es muy especializado, pues estas ediciones deben incluir un registro de todas las enmiendas al texto realizadas por el editor, un registro de todas las variantes, una discusión de las lecturas que involucran problemas específicos, y la indicación de todos aquellos elementos tipográficos, que deben ser reproducidos o eliminados por todo aquel que cite fragmentos del texto. En estas ediciones, la principal responsabilidad del editor es establecer el texto. En la tradición iniciada por Paul Maas, W. W. Grez y Fredson Bowers, existe una abundante bibliografía de la llamada “crítica textual” acerca de problemas como la intención del autor, la relación entre juicio crítico y el análisis bibliográfico, el tratamiento de la puntuación, los problemas de la modernización del idioma, la naturaleza del aparato crítico y la identificación de las variantes. En México contamos ya con algunas ediciones críticas como la de Samuel Gordon para los “Esquemas para una oda tropical” de Carlos Pellicer (1987) y el proyecto de la Biblioteca Novohispana del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, cuyas normas editoriales han sido diseñadas por Luis Astey (1985), así como el proyecto internacional de la unesco para la elaboración de ediciones críticas de escritores hispanoamericanos contemporáneos. Para una bibliografía especializada sobre el tema, conviene consultar el documento de la Modern Language Association, The Center for Scholarly Editions: “An introductory statement”, en pmla Publications of the Modern Language Association of America, col. 92, núm. 4, septiembre 1977, pp. 583-597, y el trabajo de Elisa Ruiz, “Crítica textual. Edición de textos”, en J. M. Díez Borque (comp.), Métodos de estudio de la obra literaria, Madrid, Taurus, (Persiles, 150), 1985, pp. 67-120.[regresar]

20 Gene R. Hawes, op. cit., p. 65.[regresar]

21Cf. las “Disposiciones Generales a las que se sujetarán los procesos editorial y de distribución de las publicaciones de la unam”, publicado en Gaceta unam, 4 de septiembre de 1986, p. 10.[regresar]

22 Gene R. Hawes, op. cit., p. 65.[regresar]

23 Pierre Lagarde, “Les mécanismes de la prise de decision”, en La politique de l’edition du livre en Argentine, Toulouse-le-Mirail, série A, t. XV, 1980, p. 39.[regresar]

24 Pat Goblits, op. cit., p. 65. [regresar]

25 Los datos son ofrecidos por Michael Larsen en su Literary Agents. How to Get and Work with the Right One for You, Cincinati, Ohio, Writer’s Digest Book, 1986, p. 24.[regresar]

26 André Vachon, “Etude du manuscrit”, en L’Edition Universitaire en France, Quebec, Les Presses de l’Université Laval, 1967, pp. 54-55.[regresar]

27 Ésta es la Ley del Pago de Dictamen, enunciada por el director de una editorial científica en Francia, citada por André Vachon, ibid., p. 55.[regresar]

28 Ésta es, al menos, la tradición editorial universitaria en la Coordinación de Humanidades de la UNAM.[regresar]

29 Michael Larsen, op. cit., pp. 21-22. [regresar]

30 Jane Isay inició su carrera en 1963, como dictaminadora en Harcourt Brace Jovanovich. A partir de 1964 trabajó como dictaminadora durante 15 años en Yale University Press, donde llegó a ser editora ejecutiva, y trabajó después en Basic Books para llegar a la vicepresidencia de Harper and Row, donde estableció una división de edición electrónica. Sus sugerencias dirigidas a autores de libros académicos fueron publicadas en 1986 bajo el título de “Editing Scholars and Scholarship”, y aparecen en el libro colectivo compilado por Gerald Gross, Editors on Editing, Nueva York, Harper and Row Publishers, 1985, pp. 239-246.[regresar]

31 Gene R. Hawes, op. cit., p. 69.[regresar]

32 En estas observaciones coinciden, entre otros especialistas, Michael Larsen, Gene R. Hawes y David Kefauver.[regresar]

33 Estas características son señaladas por Michael Larsen en el capítulo “Develope your Craft” de su libro, op. cit., p. 115.[regresar]

34 Cit. por Michael Larsen, idem.: “Writing is like making love. You have to practice to be good at it. Like the best lovemaking, it has to be done in private and with great consideration for your partner in the enterprise, who is in this case the reader”.[regresar]

35 John Farrar, “How Manuscripts are Judged”, en Chandler B. Grannis (ed.), What Happens in Book Publishing, Nueva York y Londres, Columbia University Press, segunda edición, 1967, pp. 40-44. [regresar]

36 Gene R. Hawes, op. cit., p. 65.[regresar]

37 Cit. por Gene R. Hawes, op. cit., p. 66. “In our experience, academia men may be rude to their wives, beat their children, and kick their dogs (for all we know), but they do maintain their academic integrity. The academic may often be prejudiced, but he is always honest, and he will not recommend manuscript he does not think merits publication. That he may occasionally be mistaken is not as important.” [regresar]

38 Pierre Lagarde, op. cit., p. 84. “Réunir des informations relatives au projet de l’edition en évaluant le marché potentiel, les pronostics de vente, l’estimation du prix de vente, le calcul des investissements et leur récupération, la technique qui va étre utilisé pour la production et le choix de la publicité”. [regresar]

39 Para un estudio del caso argentino, cf. ibid., p. 87 y ss.[regresar]

40 Delores K. Schriner: “Editors at Work: A Study of the Revision Processes of Professional Editors”, Ph. D. Wayne State University, 1985, en DAI, vol. 47, julio de 1986, p. 163-a.[regresar]

41 Cit. por Gene R. Hawes, op. cit., p. 147.[regresar]

42 Estos plazos son mencionados por varios autores, entre ellos Gene R. Hawes, op. cit., p. 138.[regresar]

43 Michael Larsen, op. cit., p. 54.[regresar]

44 Estos casos extremos son mencionados por Michael Larsen, en la selección “Rejection as a Way of Life” (El rechazo como una forma de vida) de su libro, op. cit., pp. 8-10. [regresar]

45 Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero, Bruguera, Barcelona (Narradores de Hoy, 26), 1980, 225 pp. (esp. pp. 93-100, ). Traducción de Esther Benítez.[regresar]

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