Kitabı oxu: «Luna azul»

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LUNA AZUL

LEE CHILD

Traducción de Aldo Giacometti


Índice

  Cubierta

  Portada

  Dedicatoria

  Uno

  Dos

  Tres

  Cuatro

  Cinco

  Seis

  Siete

  Ocho

  Nueve

  Diez

  Once

  Doce

  Trece

  Catorce

  Quince

  Dieciséis

  Diecisiete

  Dieciocho

  Diecinueve

  Veinte

  Veintiuno

  Veintidós

  Veintitrés

  Veinticuatro

  Veinticinco

  Veintiséis

  Veintisiete

  Veintiocho

  Veintinueve

  Treinta

  Treinta y uno

  Treinta y dos

  Treinta y tres

  Treinta y cuatro

  Treinta y cinco

  Treinta y seis

  Treinta y siete

  Treinta y ocho

  Treinta y nueve

  Cuarenta

  Cuarenta y uno

  Cuarenta y dos

  Cuarenta y tres

  Cuarenta y cuatro

  Cuarenta y cinco

  Cuarenta y seis

  Cuarenta y siete

  Cuarenta y ocho

  Cuarenta y nueve

  Cincuenta

  Cincuenta y uno

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  Sobre el autor

  Créditos

Para Jane y Ruth.

Mi tribu.

UNO

En un mapa de Estados Unidos la ciudad parecía pequeña. Era solo un punto diminuto y amable, cerca de una ruta roja semejante a un hilo que atravesaba un centímetro de papel por lo demás vacío. Pero de cerca y estando ahí tenía medio millón de habitantes. Cubría más de doscientos cincuenta kilómetros cuadrados. Tenía cerca de ciento cincuenta mil hogares. Tenía más de ochocientas hectáreas de zonas verdes. Gastaba quinientos mil millones de dólares por año, y recaudaba casi la misma cantidad mediante impuestos y cargas y facturas. Era lo suficientemente grande como para que el departamento de policía tuviera mil doscientos efectivos.

Y era lo suficientemente grande como para que el crimen organizado estuviera repartido de dos maneras distintas. El oeste de la ciudad lo controlaban ucranianos. El este lo controlaban albaneses. La línea de demarcación estaba tan manipulada como la de un distrito electoral. Nominalmente seguía la calle Center, que iba de norte a sur y dividía la ciudad a la mitad, pero hacía zig y zag y entraba y salía para incluir o excluir cuadras específicas y partes de vecindarios específicos, donde se sintiera que precedentes históricos justificasen circunstancias especiales. Las negociaciones habían sido tensas. Había habido guerras territoriales menores. Había habido algunas situaciones desagradables. Pero finalmente se había llegado a un acuerdo. El arreglo parecía funcionar. Cada lado se mantenía fuera del camino del otro. Durante mucho tiempo no había habido un contacto significativo entre ellos.

Hasta una mañana de mayo. El jefe ucraniano estacionó en un garaje sobre la calle Center y caminó hacia el este dentro del territorio albanés. Solo. Tenía cincuenta años y su contextura física era como la de una estatua de bronce de un viejo héroe, alto, duro y sólido. Se llamaba a sí mismo Gregory, que era lo más cerca que los americanos podían llegar de la pronunciación de su nombre de pila. Iba desarmado, y para demostrarlo tenía puestos un pantalón ajustado y una remera ajustada. Nada en los bolsillos. Nada escondido. Dobló a la izquierda y a la derecha, metiéndose adentro, dirigiéndose hacia una cuadra de una calle trasera, donde sabía que los albaneses dirigían sus negocios desde una serie de oficinas en la parte de atrás de una maderería.

Lo siguieron durante todo el camino, desde su primer paso del otro lado de la línea. Se anticiparon con llamadas, por lo que para cuando llegó lo enfrentaron seis figuras silenciosas, todos parados quietos en el semicírculo entre la vereda y el portón de la maderería. Como piezas de ajedrez en una formación defensiva. Se detuvo y mantuvo los brazos apartados de los lados. Se giró despacio, 360 grados completos, los brazos todavía abiertos. Pantalón ajustado, remera ajustada. Ningún bulto. Ninguna protuberancia. Ningún cuchillo. Ningún arma de fuego. Desarmado, frente a seis tipos que sin duda no lo estaban. Pero no estaba preocupado. Atacarlo a él sin haber sido provocados era un paso que los albaneses no iban a dar. Lo sabía. Se tenían que observar las cortesías. Los modales eran los modales.

Una de las seis figuras silenciosas dio un paso adelante. En parte una maniobra de bloqueo, en parte dispuesto a escuchar.

Gregory dijo:

—Necesito hablar con Dino.

Dino era el jefe albanés.

—¿Por qué? —dijo el tipo.

—Tengo información.

—¿Sobre qué?

—Algo que tiene que saber.

—Te puedo dar un número de teléfono.

—Es algo que se tiene que decir cara a cara.

—¿Se tiene que decir ahora mismo?

—Sí, ahora mismo.

El tipo por un momento no dijo nada, y después se dio vuelta y pasó agachado por la puerta baja de un portón metálico de enrollar. Los otros cinco tipos ajustaron la formación, para reemplazar la presencia del que se había ido. Gregory esperó. Los cinco tipos lo miraban, en parte cautelosos, en parte fascinados. Era un acontecimiento único. Una vez en la vida. Como avistar un unicornio. El jefe del otro bando. Ahí mismo. Las negociaciones previas habían tenido lugar en territorio neutral, en un campo de golf bien alejado de la ciudad, del otro lado de la autopista.

Gregory esperó. Cinco minutos largos después el tipo salió por la puerta baja. La dejó abierta. Hizo un gesto. Gregory avanzó y se agachó y entró. Olió pino fresco y escuchó el chirrido de una sierra.

—Tenemos que registrarte para ver que no tienes un micrófono —dijo el tipo.

Gregory asintió y se sacó la remera. Su torso era macizo y duro y estaba tapado de pelo. Ningún micrófono. El tipo chequeó las costuras de la remera y se la devolvió. Gregory se la puso y se pasó los dedos por el pelo.

—Por acá —dijo el tipo.

Condujo a Gregory bien al interior del galpón de chapa acanalada. Los otros cinco tipos los seguían. Llegaron a una puerta lisa de metal. Del otro lado de la puerta había un espacio sin ventanas dispuesto como una sala de reuniones. Habían juntado cabecera con cabecera cuatro mesas laminadas, como una barrera. En una silla en el centro del otro lado estaba Dino. Era uno o dos años más joven que Gregory, y cuatro o cinco centímetros más bajo, pero más ancho. Tenía el pelo negro, y una cicatriz de cuchillo en la parte izquierda de la cara, más corta arriba de la ceja y más larga del pómulo al mentón, como un signo de exclamación de apertura.

El tipo que había hablado corrió para atrás una silla para Gregory enfrente de Dino, y después hizo el recorrido alrededor y se sentó a la derecha de Dino, como un fiel lugarteniente. Los otros cinco se separaron en tres y dos y se sentaron a los costados de ellos. Gregory quedó solo de su lado de la mesa, frente a siete caras inexpresivas. Al principio nadie habló. Después finalmente Dino preguntó:

—¿A qué le debo este enorme placer?

Los modales eran los modales.

—La ciudad está a punto de tener un nuevo comisario general de policía —dijo Gregory.

—Lo sabemos —dijo Dino.

—Ascendido desde adentro.

—Lo sabemos —dijo otra vez Dino.

—Prometió tomar medidas severas, contra ustedes y contra nosotros.

—Lo sabemos —dijo Dino, por tercera vez.

—Tenemos un espía en su oficina.

Dino no dijo nada. Eso no lo sabía.

Gregory dijo:

—Nuestro espía encontró un archivo secreto en un disco rígido externo escondido en un cajón.

—¿Qué archivo?

—Su plan de operaciones para acabar con nosotros.

—¿Que es cuál?

—No tiene muchos detalles —dijo Gregory—. En partes es extremadamente incompleto. Pero no hay de qué preocuparse. Porque día a día y semana a semana está completando más y más piezas del rompecabezas. Porque está recibiendo un flujo constante de información interna.

—¿De dónde?

—Nuestro espía buscó mucho y por todos lados y encontró otro archivo.

—¿Qué otro archivo?

—Era una lista.

—¿Una lista de qué?

—Los informantes secretos de más confianza del departamento de policía —dijo Gregory.

—¿Y?

—Había cuatro nombres en la lista.

—¿Y?

—Dos eran hombres míos —dijo Gregory.

Nadie habló.

Finalmente Dino preguntó:

—¿Qué hiciste con ellos?

—Estoy seguro de que te lo puedes imaginar.

Otra vez nadie habló.

Entonces Dino preguntó:

—¿Por qué me estás contando esto? ¿Qué tiene que ver esto conmigo?

—Los otros dos nombres de la lista son hombres tuyos.

Silencio.

—Estamos en un mismo aprieto —dijo Gregory.

—¿Quiénes son? —preguntó Dino.

Gregory dijo los nombres.

—¿Por qué me estás contando de ellos? —dijo Dino.

—Porque tenemos un trato —dijo Gregory—. Soy un hombre de palabra.

—Si yo caigo tú te beneficias enormemente. Quedarías a cargo de toda la ciudad.

—Me beneficio solo en los papeles —dijo Gregory—. De repente me doy cuenta de que debería estar contento con el statu quo. ¿Dónde encontraría la cantidad suficiente de hombres honestos para que se encarguen de tus negocios? Aparentemente ni siquiera puedo encontrar los suficientes como para que estén a cargo de los míos.

—Y aparentemente yo tampoco.

—Así que nos pelearemos otro día. Hoy vamos a respetar el acuerdo. Lamento haberte traído noticias vergonzosas. Pero también me estoy avergonzando a mí mismo. Enfrente tuyo. Espero que eso sirva de algo. Estamos en el mismo aprieto.

Dino asintió. No dijo nada.

—Tengo una pregunta —dijo Gregory.

—Entonces hazla —dijo Dino.

—¿Me habrías dicho, como yo te dije, si el espía hubiese sido tuyo, y no mío?

Dino se quedó en silencio un rato muy largo.

Después dijo:

—Sí, y por los mismos motivos. Tenemos un trato. Y si los dos tenemos nombres en la lista, entonces ninguno de nosotros debería sentirse en un aprieto por quedar un poco en ridículo.

Gregory asintió y se puso de pie.

El que era la mano derecha de Dino se puso de pie para acompañarlo hasta la salida.

—¿Estamos seguros ahora? —preguntó Dino.

—Por mi parte sí —dijo Gregory—. Lo puedo garantizar. Desde las seis en punto de esta mañana. Tenemos un tipo en el crematorio de la ciudad. Nos debe dinero. No tuvo problemas en encender el fuego un poco más temprano hoy.

Dino asintió y no dijo nada.

—¿Estamos seguros por tu parte? —preguntó Gregory.

—Lo estaremos —dijo Dino—. Para hoy a la noche. Tenemos un tipo en la planta fragmentadora de coches. También nos debe dinero.

La mano derecha de Dino acompañó a Gregory hasta la salida, por el galpón profundo hasta la puerta baja en el portón metálico de enrollar, y afuera a la brillante y soleada mañana de mayo.

En ese mismo momento Jack Reacher estaba a cien kilómetros de distancia, en un autobús Greyhound, por la autopista interestatal. Estaba en el lado izquierdo del vehículo, hacia la parte de atrás, en el asiento de la ventanilla arriba del eje. No había nadie al lado de él. En total había otros veintinueve pasajeros. La mezcla de siempre. Nada especial. Salvo por una situación particular, que era moderadamente interesante. Del otro lado del pasillo y una fila adelante había un tipo dormido con la cabeza colgando. Tenía el pelo canoso y necesitado de un corte, y la piel suelta y gris, como si hubiera perdido mucho peso. Podría haber tenido setenta años. Tenía puesta una chaqueta corta azul con cierre. Alguna clase de algodón grueso. Quizás impermeable. El extremo más abultado de un sobre gordo le sobresalía del bolsillo.

Era una clase de sobre que Reacher reconocía. Había visto antes artículos similares. A veces, si el cajero automático estaba roto, entraba a la sucursal de un banco y con su tarjeta el cajero le daba dinero en efectivo, directo del otro lado del mostrador. El cajero le preguntaba cuánto quería, y él pensaba, bueno, si la fiabilidad de los cajeros automáticos estaba en declive, entonces quizás tenía que sacar un fajo decente, para estar más seguro, y pedía dos o tres veces más de lo que normalmente sacaba. Una cantidad grande. Con lo cual el cajero le preguntaba si lo quería en un sobre. A veces Reacher decía que sí, sin ninguna razón en particular, y recibía su fajo en un sobre exactamente igual al que sobresalía del bolsillo del tipo dormido. El mismo papel grueso, el mismo tamaño, las mismas proporciones, mismo bulto, mismo peso. Unos cientos de dólares, o unos miles, dependiendo de la mezcla de billetes.

Reacher no era el único que lo había visto. El tipo que estaba justo enfrente también lo había visto. Estaba claro. Le estaba prestando mucha atención. Miraba al otro lado y abajo, al otro lado y abajo, una y otra vez. Era un tipo delgado con pelo grasiento y una barbita fina en el mentón. Veintipico, con campera de jean. No mucho más que un niño. Mirando, pensando, planeando. Pasándose la lengua por los labios.

El autobús siguió avanzando. Reacher se turnaba mirando por la ventana y mirando el sobre, y mirando al tipo que miraba el sobre.

Gregory salió del garaje de la calle Center y condujo de regreso a territorio seguro ucraniano. Sus oficinas estaban en la parte de atrás de una empresa de taxis, enfrente de una casa de empeño, al lado de un negocio de fianzas, todo lo cual le pertenecía. Estacionó y fue para adentro. Sus hombres más importantes lo estaban esperando allí. Cuatro de ellos, todos parecidos entre sí, y parecidos a él. No emparentados en el sentido de familia tradicional, pero eran de las mismas ciudades y pueblos y prisiones allá en el viejo país, lo que era probablemente incluso mejor.

Todos lo miraron. Cuatro caras, ocho ojos abiertos, pero una sola pregunta.

Que él respondió.

—Éxito total —dijo—. Dino se creyó todo el cuento. Ese sí que es un pobre bruto, déjenme decirles. Le podría haber vendido el puente de Brooklyn. Los dos tipos que mencioné son historia. Se va a tomar un día para reorganizarse. La oportunidad llama, amigos. Tenemos alrededor de veinticuatro horas. Su flanco está del todo abierto.

—Típico de albanés —dijo el que era su mano derecha.

—¿A dónde enviaste a los dos nuestros?

—A las Bahamas. Un tipo del negocio de los casinos nos debe plata. Tiene un lindo hotel.

Los carteles federales verdes al costado de la autopista indicaban que se acercaba una ciudad. La primera parada del día. Reacher miraba cómo el tipo de la barbita planeaba su jugada. Había dos interrogantes. ¿El tipo del dinero tenía pensado bajar allí? Y si no, ¿se despertaría de todos modos, con la frenada y el giro y la sacudida?

Reacher miraba. El autobús tomó la salida. Una estatal de cuatro carriles lo llevó hacia el sur, a través de tierra llana húmeda de lluvia reciente. El andar era tranquilo. Los neumáticos siseaban. El tipo del dinero seguía dormido. El tipo de la barbita en el mentón lo seguía mirando. Reacher supuso que ya tenía un plan. Se preguntaba cuán bueno sería ese plan. La jugada inteligente sería sacarle el sobre como un carterista más o menos rápido, esconderlo bien, y después apuntar a bajarse del autobús tan pronto como se detuviera. Incluso si el tipo se despertaba cerca de la terminal, al principio iba a estar confundido. Quizás ni siquiera notaría que el sobre ya no estaba. No de inmediato. E incluso cuando lo hiciera, ¿por qué iba a sacar conclusiones enseguida? Pensaría que el sobre se le había caído. Pasaría un minuto mirando sobre el asiento, y debajo del asiento, y debajo del asiento de adelante, porque lo podría haber pateado durmiendo. Solo después de todo eso empezaría a mirar alrededor, inquisitivamente. Momento para el cual el autobús estaría detenido y habría gente poniéndose de pie y bajando y subiendo. El pasillo estaría atascado. Un tipo se podía escabullir, ningún problema. Esa era la jugada inteligente.

¿El tipo lo sabía?

Reacher nunca lo descubrió.

El tipo del dinero se despertó demasiado pronto.

El autobús aminoró la marcha, y después con sonido de frenos se detuvo en un semáforo, y la cabeza del tipo se sacudió hacia arriba, y pestañeó, y se tocó el bolsillo, y empujó el sobre más adentro, donde nadie podía verlo.

Reacher se apoyó en el respaldo del asiento.

El tipo de la barbita se apoyó en el respaldo del asiento.

El autobús siguió avanzando. Había campos a ambos lados, espolvoreados de verde pálido por la primavera. Después aparecieron los primeros terrenos comerciales, para equipamiento de campo, y automóviles domésticos, todo desplegado sobre enormes superficies, con cientos de máquinas relucientes alineadas debajo de banderas y banderines. Después aparecieron parques empresariales, y un supermercado gigante de las afueras de la ciudad. Después apareció la ciudad misma. Los cuatro carriles se redujeron a dos. En línea recta había edificios más altos. Pero el autobús se desvió a la izquierda y siguió por afuera, manteniendo una distancia amable de los distritos de altos ingresos, hasta que un kilómetro después llegó a la terminal. La primera parada del día. Reacher se quedó en su asiento. Su pasaje era válido hasta el final del recorrido.

El tipo del dinero se puso de pie.

Como que se asintió a sí mismo, y se subió los pantalones, y tiró para abajo de la chaqueta. Todas las cosas que hace un viejo cuando está por bajar de un autobús.

Pasó del asiento al pasillo y avanzó despacio. Ningún bolso. Solo él. Pelo canoso, chaqueta azul, un bolsillo lleno, un bolsillo vacío.

El tipo de la barbita en el mentón tuvo un nuevo plan.

Le vino de repente. Reacher prácticamente pudo ver los engranajes girando en la parte de atrás de su cabeza. Salieron tres cerezas en fila. Una secuencia de conclusiones basada en una cadena de suposiciones. Las terminales de autobuses nunca estaban en la parte linda de la ciudad. Las puertas de salida darían a calles baratas, las partes de atrás de otros edificios, quizás terrenos baldíos, quizás estacionamiento con parquímetro. Habría esquinas ciegas y veredas vacías. Habría alguien de veintipico contra alguien de setenta y pico. Un golpe desde atrás. Un robo simple. Pasaba todo el tiempo. ¿Cuán difícil podía ser?

El tipo con la barbita en el mentón saltó del asiento y avanzó de prisa por el pasillo, siguiendo al tipo con el dinero a dos metros de distancia.

Reacher se puso de pie y los siguió a los dos.

DOS

El tipo del dinero sabía a dónde estaba yendo. Eso estaba claro. No miró alrededor para orientarse. Simplemente salió por la puerta de la terminal y dobló hacia el este y empezó a caminar. Sin dudar. Pero también sin ningún tipo de velocidad. Caminaba despacio y con dificultad. Se lo veía un poco inestable. Tenía los hombros caídos. Se lo veía viejo y cansado y exhausto y desanimado. No tenía entusiasmo. Se lo veía como si estuviera de camino entre dos puntos con la misma falta total de atractivo.

El tipo de la barbita en el mentón lo seguía a más o menos seis pasos de distancia, quedándose detrás, manteniendo el paso lento, conteniéndose. Lo que parecía difícil. Era un individuo delgado, de piernas largas, todo realzado de emoción y expectativa. Quería ir y hacerlo. Pero el terreno no era el correcto. Demasiado llano y abierto. Las veredas eran anchas. Más adelante había un cruce de dos calles de doble mano, con tres autos esperando en el semáforo. Tres conductores, aburridos, mirando alrededor. Quizás pasajeros. Todos testigos potenciales. Mejor esperar.

El tipo del dinero se detuvo junto al cordón. Esperando para cruzar. Apuntando justo enfrente. Donde había edificios más viejos, con calles más angostas en el medio. Más anchas que callejones, pero al resguardo del sol, y cercadas a ambos lados por paredones feos de dos o tres pisos de alto.

Un mejor terreno.

La luz del semáforo cambió. El tipo del dinero cruzó la calle avanzando con dificultad, obedientemente, como resignado. El tipo de la barbita en el mentón lo siguió a seis pasos de distancia. Reacher achicó el trecho que lo separaba de él. Sentía que el momento estaba por llegar. El muchacho no iba a esperar toda la vida. No iba a dejar que lo perfecto fuera enemigo de lo bueno. Dos cuadras más adentro iba a estar bien.

Siguieron caminando, en fila, separados, abstraídos. La primera cuadra era apropiada hacia delante y hacia los costados, pero detrás de ellos todavía se sentía muy abierta, por lo que el tipo de la barbita se quedó atrás, hasta que el tipo del dinero cruzó la calle transversal y estuvo ya en la otra cuadra. Que parecía adecuadamente discreta. Estaba en sombras a ambos extremos. Había un par de locales tapiados, y un diner abandonado hacía tiempo, y un asesor de impuestos con las vidrieras polvorientas.

Perfecto.

Momento de decidir.

Reacher supuso que el muchacho lo iba a hacer ahí mismo, y supuso que el arranque iba a estar precedido por una mirada nerviosa todo alrededor, incluyendo hacia atrás, por lo que se mantuvo fuera de vista a la vuelta de la esquina de la calle transversal, un segundo, dos, tres, lo cual estimó que era lo suficiente como para todas las miradas que podría necesitar una persona. Después salió y vio al muchacho de la barbita ya achicando la distancia hacia delante, apresurándose, vaciando la brecha de seis pasos con una zancada larga y ansiosa. A Reacher no le gustaba correr, pero en esa ocasión tuvo que hacerlo.

Llegó demasiado tarde. El tipo de la barbita le dio un empujón al tipo con el dinero, que cayó hacia delante dando un golpe pesado y desparejo, manos, rodillas, cabeza, y el tipo de la barbita se abalanzó con un movimiento diestro y parejo, hacia el bolsillo todavía en movimiento, y afuera de vuelta con el sobre. Que fue cuando Reacher llegó, corriendo de manera torpe, un metro noventa y cinco de hueso y músculo y ciento quince kilos de masa en movimiento, contra un muchacho delgado que justo entonces se estaba incorporando después de haberse agachado. Reacher se estrelló contra él con un giro y una bajada de hombro, y el tipo voló por el aire como un maniquí para pruebas de choques, y aterrizó deslizándose en un largo enredo de extremidades, mitad en la vereda, mitad en la cuneta. El cuerpo se detuvo y el muchacho quedó quieto.

Reacher se acercó y le sacó el sobre. No estaba sellado. Nunca lo estaban. Le echó una mirada. El fajo era de más o menos dos centímetros de grueso. Un billete de cien dólares arriba, un billete de cien dólares abajo. Hojeó el fajo pasando el dedo. También un billete de cien en cada una de las otras posiciones posibles. Miles y miles de dólares. Podían ser quince. Podían ser veinte mil.

Dio un vistazo hacia atrás. La cabeza del viejo estaba levantada. Estaba mirando alrededor, aterrorizado. Tenía un corte en la cara. De la caída. O quizás le sangraba la nariz. Reacher levantó el sobre. El viejo lo miró. Trató de ponerse de pie, pero no pudo.

Reacher se acercó caminando.

—¿Se rompió algo? —dijo.

—¿Qué sucedió? —dijo el tipo.

—¿Se puede mover?

—Creo que sí.

—OK, dese vuelta.

—¿Aquí?

—Boca arriba —dijo Reacher—. Después podemos hacer que se siente.

—¿Qué sucedió?

—Primero necesito chequear que usted esté bien. Podría tener que llamar a la ambulancia. ¿Tiene un teléfono?

—Nada de ambulancia —dijo el tipo—. Nada de doctores.

Tomó aire y apretó los dientes, y se retorció y se sacudió hasta que quedó boca arriba, como alguien en la cama teniendo una pesadilla.

Exhaló.

—¿Dónde duele? —dijo Reacher.

—En todas partes.

—¿Algo normal, o peor?

—Estimo que algo normal.

—Está bien entonces.

Reacher puso la mano por debajo de la espalda del tipo, con la palma hacia arriba, en la parte alta, entre los omóplatos, y lo dobló hacia delante hasta dejarlo sentado, y lo giró, y lo movió, hasta que quedó sentado en el cordón con los pies en la calle, lo cual sería más cómodo, pensó Reacher.

—Mi mamá siempre me decía que no jugara en la cuneta —dijo el tipo.

—La mía también —dijo Reacher—. Pero ahora no estamos jugando.

Le dio el sobre. El tipo lo agarró y lo apretó por todos lados, entre los dedos y el pulgar, como confirmando que fuera real. Reacher se sentó al lado de él. El tipo miró dentro del sobre.

—¿Qué sucedió? —dijo otra vez. Señaló—: ¿Ese tipo me asaltó?

Unos seis metros a la derecha el tipo con la barbita en el mentón estaba boca abajo e inmóvil.

—Lo siguió desde el autobús —dijo Reacher—. Vio el sobre en su bolsillo.

—¿Usted también estaba en el autobús?

Reacher asintió.

—Salí de la terminal detrás de ustedes —dijo.

El tipo volvió a guardar el sobre en el bolsillo.

—Le agradezco desde lo más profundo de mi corazón —dijo—. No tiene idea. Más de lo que puedo llegar a decir.

—No hay de qué —dijo Reacher.

—Me salvó la vida.

—Fue un placer.

—Siento que le debería ofrecer una recompensa.

—No es necesario.

—De todos modos no puedo —dijo el tipo. Se tocó el bolsillo—. Esto es un pago que tengo que hacer. Es muy importante. Lo necesito todo. Lo lamento. Pido disculpas. Me siento mal.

—No se sienta mal —dijo Reacher.

Unos seis metros a la derecha el muchacho de la barbita hizo fuerza con los brazos hasta quedar apoyado en manos y rodillas.

—Nada de policía —dijo el tipo del dinero.

El muchacho miró hacia atrás. Estaba aturdido y tembloroso, pero ya estaba seis metros más allá. ¿Debería ir a buscarlo?

—¿Por qué nada de policía? —dijo Reacher.

—Cuando ven mucho dinero en efectivo hacen preguntas.

—¿Preguntas que no quiere responder?

—De todos modos no puedo —dijo otra vez el tipo.

El muchacho de la barbita se fue a toda prisa. Se puso de pie tambaleándose y se dio a la fuga, débil y golpeado y flojo y descoordinado, pero igual muy rápido. Reacher lo dejó ir. Para un solo día ya había corrido demasiado.

—Me tengo que ir ahora —dijo el tipo del dinero.

Tenía raspones en la mejilla y en la frente, y sangre en el labio de arriba, de la nariz, que había recibido un buen impacto.

—¿Está seguro de que está bien? —preguntó Reacher.

—Mejor que lo esté —dijo el tipo—. No tengo mucho tiempo.

—Déjeme ver cómo se pone de pie.

El tipo no pudo. O había perdido su fuerza central o sus rodillas no estaban bien, o ambas cosas. Difícil de saber. Reacher lo ayudó a quedar de pie. El tipo quedó quieto en la cuneta, mirando hacia el otro lado de la calle, encorvado y torcido. Se dio vuelta, con mucha dificultad, moviendo los pies en el lugar.

No pudo subir a la vereda. Puso el pie en posición, pero la fuerza propulsora necesaria para alzarse quince centímetros era demasiada carga para su rodilla. Debía estar lastimada y dolorida. La tela del pantalón estaba casi rajada, justo donde estaría la rótula.

Reacher se ubicó detrás de él y ahuecó las manos por debajo de sus codos, y tiró hacia arriba, y el tipo subió ingrávido, como un hombre en la luna.

—¿Puede caminar? —preguntó Reacher.

El tipo intentó. Podía dar pasos cortos, delicados y precisos, pero gimoteaba y resoplaba, corto y agudo, cada vez que el peso recaía sobre su pierna derecha.

—¿Cuán lejos tiene que ir? —preguntó Reacher.

El tipo miró todo alrededor, calibrando. Asegurándose de dónde estaba.

—Tres cuadras más —dijo—. Del otro lado de la calle.

—Muchos cordones —dijo Reacher—. Mucho bajar y subir.

—Los caminaré.

—Muéstreme —dijo Reacher.

El tipo empezó a caminar, dirigiéndose hacia el este como antes, arrastrándose de manera lenta, con las manos un poco hacia afuera, como para mantener el equilibrio. El gimoteo y el resoplido se oían alto y claro. Quizás estaba empeorando.

—Necesita un bastón —dijo Reacher.

—Necesito muchas cosas —dijo el tipo.

Reacher se acomodó junto a él, a la derecha, y le envolvió el codo, y tomó el peso del tipo en la palma de la mano. Mecánicamente lo mismo que un palo o un bastón o una muleta. Una fuerza ascendente, básicamente a través del hombro del tipo. Física newtoniana.

—Intente ahora —dijo Reacher.

—No puede venir conmigo.

—¿Por qué no?

—Ya hizo suficiente por mí —dijo el tipo.

—Ese no es el motivo. Habría dicho que realmente no me podía pedir eso. Algo ambiguo y amable. Pero en cambio fue mucho más enfático. Dijo que no puedo ir con usted. ¿Por qué? ¿Adónde está yendo?

—No le puedo decir.

—No puede llegar ahí sin mí.

El tipo inhaló y exhaló, y sus labios se movían, como si estuviera ensayando algo que decir. Levantó la mano y tocó el raspón de la frente, después la mejilla, después la nariz. Más gimoteo.

—Ayúdeme a llegar hasta la cuadra a la que tengo que ir —dijo—, y a cruzar la calle. Después dese la vuelta y vuelva a su casa. Ese es el favor más grande que me podría hacer. Lo digo en serio. Estaría agradecido. Ya estoy agradecido. Espero que entienda.

—No entiendo —dijo Reacher.

—No tengo permitido ir con nadie.

—¿Quién lo dice?

—No le puedo decir.

—Suponga que de cualquier manera yo iba en esa misma dirección. Usted podría irse y cruzar la puerta y yo podría seguir de largo.

17,80 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
15 noyabr 2024
Həcm:
391 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9789874941954
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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