Kitabı oxu: «Luna azul»
LUNA AZUL
LEE CHILD
Traducción de Aldo Giacometti

Índice
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
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Sobre el autor
Créditos
Para Jane y Ruth.
Mi tribu.
UNO
En un mapa de Estados Unidos la ciudad parecía pequeña. Era solo un punto diminuto y amable, cerca de una ruta roja semejante a un hilo que atravesaba un centímetro de papel por lo demás vacío. Pero de cerca y estando ahí tenía medio millón de habitantes. Cubría más de doscientos cincuenta kilómetros cuadrados. Tenía cerca de ciento cincuenta mil hogares. Tenía más de ochocientas hectáreas de zonas verdes. Gastaba quinientos mil millones de dólares por año, y recaudaba casi la misma cantidad mediante impuestos y cargas y facturas. Era lo suficientemente grande como para que el departamento de policía tuviera mil doscientos efectivos.
Y era lo suficientemente grande como para que el crimen organizado estuviera repartido de dos maneras distintas. El oeste de la ciudad lo controlaban ucranianos. El este lo controlaban albaneses. La línea de demarcación estaba tan manipulada como la de un distrito electoral. Nominalmente seguía la calle Center, que iba de norte a sur y dividía la ciudad a la mitad, pero hacía zig y zag y entraba y salía para incluir o excluir cuadras específicas y partes de vecindarios específicos, donde se sintiera que precedentes históricos justificasen circunstancias especiales. Las negociaciones habían sido tensas. Había habido guerras territoriales menores. Había habido algunas situaciones desagradables. Pero finalmente se había llegado a un acuerdo. El arreglo parecía funcionar. Cada lado se mantenía fuera del camino del otro. Durante mucho tiempo no había habido un contacto significativo entre ellos.
Hasta una mañana de mayo. El jefe ucraniano estacionó en un garaje sobre la calle Center y caminó hacia el este dentro del territorio albanés. Solo. Tenía cincuenta años y su contextura física era como la de una estatua de bronce de un viejo héroe, alto, duro y sólido. Se llamaba a sí mismo Gregory, que era lo más cerca que los americanos podían llegar de la pronunciación de su nombre de pila. Iba desarmado, y para demostrarlo tenía puestos un pantalón ajustado y una remera ajustada. Nada en los bolsillos. Nada escondido. Dobló a la izquierda y a la derecha, metiéndose adentro, dirigiéndose hacia una cuadra de una calle trasera, donde sabía que los albaneses dirigían sus negocios desde una serie de oficinas en la parte de atrás de una maderería.
Lo siguieron durante todo el camino, desde su primer paso del otro lado de la línea. Se anticiparon con llamadas, por lo que para cuando llegó lo enfrentaron seis figuras silenciosas, todos parados quietos en el semicírculo entre la vereda y el portón de la maderería. Como piezas de ajedrez en una formación defensiva. Se detuvo y mantuvo los brazos apartados de los lados. Se giró despacio, 360 grados completos, los brazos todavía abiertos. Pantalón ajustado, remera ajustada. Ningún bulto. Ninguna protuberancia. Ningún cuchillo. Ningún arma de fuego. Desarmado, frente a seis tipos que sin duda no lo estaban. Pero no estaba preocupado. Atacarlo a él sin haber sido provocados era un paso que los albaneses no iban a dar. Lo sabía. Se tenían que observar las cortesías. Los modales eran los modales.
Una de las seis figuras silenciosas dio un paso adelante. En parte una maniobra de bloqueo, en parte dispuesto a escuchar.
Gregory dijo:
—Necesito hablar con Dino.
Dino era el jefe albanés.
—¿Por qué? —dijo el tipo.
—Tengo información.
—¿Sobre qué?
—Algo que tiene que saber.
—Te puedo dar un número de teléfono.
—Es algo que se tiene que decir cara a cara.
—¿Se tiene que decir ahora mismo?
—Sí, ahora mismo.
El tipo por un momento no dijo nada, y después se dio vuelta y pasó agachado por la puerta baja de un portón metálico de enrollar. Los otros cinco tipos ajustaron la formación, para reemplazar la presencia del que se había ido. Gregory esperó. Los cinco tipos lo miraban, en parte cautelosos, en parte fascinados. Era un acontecimiento único. Una vez en la vida. Como avistar un unicornio. El jefe del otro bando. Ahí mismo. Las negociaciones previas habían tenido lugar en territorio neutral, en un campo de golf bien alejado de la ciudad, del otro lado de la autopista.
Gregory esperó. Cinco minutos largos después el tipo salió por la puerta baja. La dejó abierta. Hizo un gesto. Gregory avanzó y se agachó y entró. Olió pino fresco y escuchó el chirrido de una sierra.
—Tenemos que registrarte para ver que no tienes un micrófono —dijo el tipo.
Gregory asintió y se sacó la remera. Su torso era macizo y duro y estaba tapado de pelo. Ningún micrófono. El tipo chequeó las costuras de la remera y se la devolvió. Gregory se la puso y se pasó los dedos por el pelo.
—Por acá —dijo el tipo.
Condujo a Gregory bien al interior del galpón de chapa acanalada. Los otros cinco tipos los seguían. Llegaron a una puerta lisa de metal. Del otro lado de la puerta había un espacio sin ventanas dispuesto como una sala de reuniones. Habían juntado cabecera con cabecera cuatro mesas laminadas, como una barrera. En una silla en el centro del otro lado estaba Dino. Era uno o dos años más joven que Gregory, y cuatro o cinco centímetros más bajo, pero más ancho. Tenía el pelo negro, y una cicatriz de cuchillo en la parte izquierda de la cara, más corta arriba de la ceja y más larga del pómulo al mentón, como un signo de exclamación de apertura.
El tipo que había hablado corrió para atrás una silla para Gregory enfrente de Dino, y después hizo el recorrido alrededor y se sentó a la derecha de Dino, como un fiel lugarteniente. Los otros cinco se separaron en tres y dos y se sentaron a los costados de ellos. Gregory quedó solo de su lado de la mesa, frente a siete caras inexpresivas. Al principio nadie habló. Después finalmente Dino preguntó:
—¿A qué le debo este enorme placer?
Los modales eran los modales.
—La ciudad está a punto de tener un nuevo comisario general de policía —dijo Gregory.
—Lo sabemos —dijo Dino.
—Ascendido desde adentro.
—Lo sabemos —dijo otra vez Dino.
—Prometió tomar medidas severas, contra ustedes y contra nosotros.
—Lo sabemos —dijo Dino, por tercera vez.
—Tenemos un espía en su oficina.
Dino no dijo nada. Eso no lo sabía.
Gregory dijo:
—Nuestro espía encontró un archivo secreto en un disco rígido externo escondido en un cajón.
—¿Qué archivo?
—Su plan de operaciones para acabar con nosotros.
—¿Que es cuál?
—No tiene muchos detalles —dijo Gregory—. En partes es extremadamente incompleto. Pero no hay de qué preocuparse. Porque día a día y semana a semana está completando más y más piezas del rompecabezas. Porque está recibiendo un flujo constante de información interna.
—¿De dónde?
—Nuestro espía buscó mucho y por todos lados y encontró otro archivo.
—¿Qué otro archivo?
—Era una lista.
—¿Una lista de qué?
—Los informantes secretos de más confianza del departamento de policía —dijo Gregory.
—¿Y?
—Había cuatro nombres en la lista.
—¿Y?
—Dos eran hombres míos —dijo Gregory.
Nadie habló.
Finalmente Dino preguntó:
—¿Qué hiciste con ellos?
—Estoy seguro de que te lo puedes imaginar.
Otra vez nadie habló.
Entonces Dino preguntó:
—¿Por qué me estás contando esto? ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
—Los otros dos nombres de la lista son hombres tuyos.
Silencio.
—Estamos en un mismo aprieto —dijo Gregory.
—¿Quiénes son? —preguntó Dino.
Gregory dijo los nombres.
—¿Por qué me estás contando de ellos? —dijo Dino.
—Porque tenemos un trato —dijo Gregory—. Soy un hombre de palabra.
—Si yo caigo tú te beneficias enormemente. Quedarías a cargo de toda la ciudad.
—Me beneficio solo en los papeles —dijo Gregory—. De repente me doy cuenta de que debería estar contento con el statu quo. ¿Dónde encontraría la cantidad suficiente de hombres honestos para que se encarguen de tus negocios? Aparentemente ni siquiera puedo encontrar los suficientes como para que estén a cargo de los míos.
—Y aparentemente yo tampoco.
—Así que nos pelearemos otro día. Hoy vamos a respetar el acuerdo. Lamento haberte traído noticias vergonzosas. Pero también me estoy avergonzando a mí mismo. Enfrente tuyo. Espero que eso sirva de algo. Estamos en el mismo aprieto.
Dino asintió. No dijo nada.
—Tengo una pregunta —dijo Gregory.
—Entonces hazla —dijo Dino.
—¿Me habrías dicho, como yo te dije, si el espía hubiese sido tuyo, y no mío?
Dino se quedó en silencio un rato muy largo.
Después dijo:
—Sí, y por los mismos motivos. Tenemos un trato. Y si los dos tenemos nombres en la lista, entonces ninguno de nosotros debería sentirse en un aprieto por quedar un poco en ridículo.
Gregory asintió y se puso de pie.
El que era la mano derecha de Dino se puso de pie para acompañarlo hasta la salida.
—¿Estamos seguros ahora? —preguntó Dino.
—Por mi parte sí —dijo Gregory—. Lo puedo garantizar. Desde las seis en punto de esta mañana. Tenemos un tipo en el crematorio de la ciudad. Nos debe dinero. No tuvo problemas en encender el fuego un poco más temprano hoy.
Dino asintió y no dijo nada.
—¿Estamos seguros por tu parte? —preguntó Gregory.
—Lo estaremos —dijo Dino—. Para hoy a la noche. Tenemos un tipo en la planta fragmentadora de coches. También nos debe dinero.
La mano derecha de Dino acompañó a Gregory hasta la salida, por el galpón profundo hasta la puerta baja en el portón metálico de enrollar, y afuera a la brillante y soleada mañana de mayo.
En ese mismo momento Jack Reacher estaba a cien kilómetros de distancia, en un autobús Greyhound, por la autopista interestatal. Estaba en el lado izquierdo del vehículo, hacia la parte de atrás, en el asiento de la ventanilla arriba del eje. No había nadie al lado de él. En total había otros veintinueve pasajeros. La mezcla de siempre. Nada especial. Salvo por una situación particular, que era moderadamente interesante. Del otro lado del pasillo y una fila adelante había un tipo dormido con la cabeza colgando. Tenía el pelo canoso y necesitado de un corte, y la piel suelta y gris, como si hubiera perdido mucho peso. Podría haber tenido setenta años. Tenía puesta una chaqueta corta azul con cierre. Alguna clase de algodón grueso. Quizás impermeable. El extremo más abultado de un sobre gordo le sobresalía del bolsillo.
Era una clase de sobre que Reacher reconocía. Había visto antes artículos similares. A veces, si el cajero automático estaba roto, entraba a la sucursal de un banco y con su tarjeta el cajero le daba dinero en efectivo, directo del otro lado del mostrador. El cajero le preguntaba cuánto quería, y él pensaba, bueno, si la fiabilidad de los cajeros automáticos estaba en declive, entonces quizás tenía que sacar un fajo decente, para estar más seguro, y pedía dos o tres veces más de lo que normalmente sacaba. Una cantidad grande. Con lo cual el cajero le preguntaba si lo quería en un sobre. A veces Reacher decía que sí, sin ninguna razón en particular, y recibía su fajo en un sobre exactamente igual al que sobresalía del bolsillo del tipo dormido. El mismo papel grueso, el mismo tamaño, las mismas proporciones, mismo bulto, mismo peso. Unos cientos de dólares, o unos miles, dependiendo de la mezcla de billetes.
Reacher no era el único que lo había visto. El tipo que estaba justo enfrente también lo había visto. Estaba claro. Le estaba prestando mucha atención. Miraba al otro lado y abajo, al otro lado y abajo, una y otra vez. Era un tipo delgado con pelo grasiento y una barbita fina en el mentón. Veintipico, con campera de jean. No mucho más que un niño. Mirando, pensando, planeando. Pasándose la lengua por los labios.
El autobús siguió avanzando. Reacher se turnaba mirando por la ventana y mirando el sobre, y mirando al tipo que miraba el sobre.
Gregory salió del garaje de la calle Center y condujo de regreso a territorio seguro ucraniano. Sus oficinas estaban en la parte de atrás de una empresa de taxis, enfrente de una casa de empeño, al lado de un negocio de fianzas, todo lo cual le pertenecía. Estacionó y fue para adentro. Sus hombres más importantes lo estaban esperando allí. Cuatro de ellos, todos parecidos entre sí, y parecidos a él. No emparentados en el sentido de familia tradicional, pero eran de las mismas ciudades y pueblos y prisiones allá en el viejo país, lo que era probablemente incluso mejor.
Todos lo miraron. Cuatro caras, ocho ojos abiertos, pero una sola pregunta.
Que él respondió.
—Éxito total —dijo—. Dino se creyó todo el cuento. Ese sí que es un pobre bruto, déjenme decirles. Le podría haber vendido el puente de Brooklyn. Los dos tipos que mencioné son historia. Se va a tomar un día para reorganizarse. La oportunidad llama, amigos. Tenemos alrededor de veinticuatro horas. Su flanco está del todo abierto.
—Típico de albanés —dijo el que era su mano derecha.
—¿A dónde enviaste a los dos nuestros?
—A las Bahamas. Un tipo del negocio de los casinos nos debe plata. Tiene un lindo hotel.
Los carteles federales verdes al costado de la autopista indicaban que se acercaba una ciudad. La primera parada del día. Reacher miraba cómo el tipo de la barbita planeaba su jugada. Había dos interrogantes. ¿El tipo del dinero tenía pensado bajar allí? Y si no, ¿se despertaría de todos modos, con la frenada y el giro y la sacudida?
Reacher miraba. El autobús tomó la salida. Una estatal de cuatro carriles lo llevó hacia el sur, a través de tierra llana húmeda de lluvia reciente. El andar era tranquilo. Los neumáticos siseaban. El tipo del dinero seguía dormido. El tipo de la barbita en el mentón lo seguía mirando. Reacher supuso que ya tenía un plan. Se preguntaba cuán bueno sería ese plan. La jugada inteligente sería sacarle el sobre como un carterista más o menos rápido, esconderlo bien, y después apuntar a bajarse del autobús tan pronto como se detuviera. Incluso si el tipo se despertaba cerca de la terminal, al principio iba a estar confundido. Quizás ni siquiera notaría que el sobre ya no estaba. No de inmediato. E incluso cuando lo hiciera, ¿por qué iba a sacar conclusiones enseguida? Pensaría que el sobre se le había caído. Pasaría un minuto mirando sobre el asiento, y debajo del asiento, y debajo del asiento de adelante, porque lo podría haber pateado durmiendo. Solo después de todo eso empezaría a mirar alrededor, inquisitivamente. Momento para el cual el autobús estaría detenido y habría gente poniéndose de pie y bajando y subiendo. El pasillo estaría atascado. Un tipo se podía escabullir, ningún problema. Esa era la jugada inteligente.
¿El tipo lo sabía?
Reacher nunca lo descubrió.
El tipo del dinero se despertó demasiado pronto.
El autobús aminoró la marcha, y después con sonido de frenos se detuvo en un semáforo, y la cabeza del tipo se sacudió hacia arriba, y pestañeó, y se tocó el bolsillo, y empujó el sobre más adentro, donde nadie podía verlo.
Reacher se apoyó en el respaldo del asiento.
El tipo de la barbita se apoyó en el respaldo del asiento.
El autobús siguió avanzando. Había campos a ambos lados, espolvoreados de verde pálido por la primavera. Después aparecieron los primeros terrenos comerciales, para equipamiento de campo, y automóviles domésticos, todo desplegado sobre enormes superficies, con cientos de máquinas relucientes alineadas debajo de banderas y banderines. Después aparecieron parques empresariales, y un supermercado gigante de las afueras de la ciudad. Después apareció la ciudad misma. Los cuatro carriles se redujeron a dos. En línea recta había edificios más altos. Pero el autobús se desvió a la izquierda y siguió por afuera, manteniendo una distancia amable de los distritos de altos ingresos, hasta que un kilómetro después llegó a la terminal. La primera parada del día. Reacher se quedó en su asiento. Su pasaje era válido hasta el final del recorrido.
El tipo del dinero se puso de pie.
Como que se asintió a sí mismo, y se subió los pantalones, y tiró para abajo de la chaqueta. Todas las cosas que hace un viejo cuando está por bajar de un autobús.
Pasó del asiento al pasillo y avanzó despacio. Ningún bolso. Solo él. Pelo canoso, chaqueta azul, un bolsillo lleno, un bolsillo vacío.
El tipo de la barbita en el mentón tuvo un nuevo plan.
Le vino de repente. Reacher prácticamente pudo ver los engranajes girando en la parte de atrás de su cabeza. Salieron tres cerezas en fila. Una secuencia de conclusiones basada en una cadena de suposiciones. Las terminales de autobuses nunca estaban en la parte linda de la ciudad. Las puertas de salida darían a calles baratas, las partes de atrás de otros edificios, quizás terrenos baldíos, quizás estacionamiento con parquímetro. Habría esquinas ciegas y veredas vacías. Habría alguien de veintipico contra alguien de setenta y pico. Un golpe desde atrás. Un robo simple. Pasaba todo el tiempo. ¿Cuán difícil podía ser?
El tipo con la barbita en el mentón saltó del asiento y avanzó de prisa por el pasillo, siguiendo al tipo con el dinero a dos metros de distancia.
Reacher se puso de pie y los siguió a los dos.
DOS
El tipo del dinero sabía a dónde estaba yendo. Eso estaba claro. No miró alrededor para orientarse. Simplemente salió por la puerta de la terminal y dobló hacia el este y empezó a caminar. Sin dudar. Pero también sin ningún tipo de velocidad. Caminaba despacio y con dificultad. Se lo veía un poco inestable. Tenía los hombros caídos. Se lo veía viejo y cansado y exhausto y desanimado. No tenía entusiasmo. Se lo veía como si estuviera de camino entre dos puntos con la misma falta total de atractivo.
El tipo de la barbita en el mentón lo seguía a más o menos seis pasos de distancia, quedándose detrás, manteniendo el paso lento, conteniéndose. Lo que parecía difícil. Era un individuo delgado, de piernas largas, todo realzado de emoción y expectativa. Quería ir y hacerlo. Pero el terreno no era el correcto. Demasiado llano y abierto. Las veredas eran anchas. Más adelante había un cruce de dos calles de doble mano, con tres autos esperando en el semáforo. Tres conductores, aburridos, mirando alrededor. Quizás pasajeros. Todos testigos potenciales. Mejor esperar.
El tipo del dinero se detuvo junto al cordón. Esperando para cruzar. Apuntando justo enfrente. Donde había edificios más viejos, con calles más angostas en el medio. Más anchas que callejones, pero al resguardo del sol, y cercadas a ambos lados por paredones feos de dos o tres pisos de alto.
Un mejor terreno.
La luz del semáforo cambió. El tipo del dinero cruzó la calle avanzando con dificultad, obedientemente, como resignado. El tipo de la barbita en el mentón lo siguió a seis pasos de distancia. Reacher achicó el trecho que lo separaba de él. Sentía que el momento estaba por llegar. El muchacho no iba a esperar toda la vida. No iba a dejar que lo perfecto fuera enemigo de lo bueno. Dos cuadras más adentro iba a estar bien.
Siguieron caminando, en fila, separados, abstraídos. La primera cuadra era apropiada hacia delante y hacia los costados, pero detrás de ellos todavía se sentía muy abierta, por lo que el tipo de la barbita se quedó atrás, hasta que el tipo del dinero cruzó la calle transversal y estuvo ya en la otra cuadra. Que parecía adecuadamente discreta. Estaba en sombras a ambos extremos. Había un par de locales tapiados, y un diner abandonado hacía tiempo, y un asesor de impuestos con las vidrieras polvorientas.
Perfecto.
Momento de decidir.
Reacher supuso que el muchacho lo iba a hacer ahí mismo, y supuso que el arranque iba a estar precedido por una mirada nerviosa todo alrededor, incluyendo hacia atrás, por lo que se mantuvo fuera de vista a la vuelta de la esquina de la calle transversal, un segundo, dos, tres, lo cual estimó que era lo suficiente como para todas las miradas que podría necesitar una persona. Después salió y vio al muchacho de la barbita ya achicando la distancia hacia delante, apresurándose, vaciando la brecha de seis pasos con una zancada larga y ansiosa. A Reacher no le gustaba correr, pero en esa ocasión tuvo que hacerlo.
Llegó demasiado tarde. El tipo de la barbita le dio un empujón al tipo con el dinero, que cayó hacia delante dando un golpe pesado y desparejo, manos, rodillas, cabeza, y el tipo de la barbita se abalanzó con un movimiento diestro y parejo, hacia el bolsillo todavía en movimiento, y afuera de vuelta con el sobre. Que fue cuando Reacher llegó, corriendo de manera torpe, un metro noventa y cinco de hueso y músculo y ciento quince kilos de masa en movimiento, contra un muchacho delgado que justo entonces se estaba incorporando después de haberse agachado. Reacher se estrelló contra él con un giro y una bajada de hombro, y el tipo voló por el aire como un maniquí para pruebas de choques, y aterrizó deslizándose en un largo enredo de extremidades, mitad en la vereda, mitad en la cuneta. El cuerpo se detuvo y el muchacho quedó quieto.
Reacher se acercó y le sacó el sobre. No estaba sellado. Nunca lo estaban. Le echó una mirada. El fajo era de más o menos dos centímetros de grueso. Un billete de cien dólares arriba, un billete de cien dólares abajo. Hojeó el fajo pasando el dedo. También un billete de cien en cada una de las otras posiciones posibles. Miles y miles de dólares. Podían ser quince. Podían ser veinte mil.
Dio un vistazo hacia atrás. La cabeza del viejo estaba levantada. Estaba mirando alrededor, aterrorizado. Tenía un corte en la cara. De la caída. O quizás le sangraba la nariz. Reacher levantó el sobre. El viejo lo miró. Trató de ponerse de pie, pero no pudo.
Reacher se acercó caminando.
—¿Se rompió algo? —dijo.
—¿Qué sucedió? —dijo el tipo.
—¿Se puede mover?
—Creo que sí.
—OK, dese vuelta.
—¿Aquí?
—Boca arriba —dijo Reacher—. Después podemos hacer que se siente.
—¿Qué sucedió?
—Primero necesito chequear que usted esté bien. Podría tener que llamar a la ambulancia. ¿Tiene un teléfono?
—Nada de ambulancia —dijo el tipo—. Nada de doctores.
Tomó aire y apretó los dientes, y se retorció y se sacudió hasta que quedó boca arriba, como alguien en la cama teniendo una pesadilla.
Exhaló.
—¿Dónde duele? —dijo Reacher.
—En todas partes.
—¿Algo normal, o peor?
—Estimo que algo normal.
—Está bien entonces.
Reacher puso la mano por debajo de la espalda del tipo, con la palma hacia arriba, en la parte alta, entre los omóplatos, y lo dobló hacia delante hasta dejarlo sentado, y lo giró, y lo movió, hasta que quedó sentado en el cordón con los pies en la calle, lo cual sería más cómodo, pensó Reacher.
—Mi mamá siempre me decía que no jugara en la cuneta —dijo el tipo.
—La mía también —dijo Reacher—. Pero ahora no estamos jugando.
Le dio el sobre. El tipo lo agarró y lo apretó por todos lados, entre los dedos y el pulgar, como confirmando que fuera real. Reacher se sentó al lado de él. El tipo miró dentro del sobre.
—¿Qué sucedió? —dijo otra vez. Señaló—: ¿Ese tipo me asaltó?
Unos seis metros a la derecha el tipo con la barbita en el mentón estaba boca abajo e inmóvil.
—Lo siguió desde el autobús —dijo Reacher—. Vio el sobre en su bolsillo.
—¿Usted también estaba en el autobús?
Reacher asintió.
—Salí de la terminal detrás de ustedes —dijo.
El tipo volvió a guardar el sobre en el bolsillo.
—Le agradezco desde lo más profundo de mi corazón —dijo—. No tiene idea. Más de lo que puedo llegar a decir.
—No hay de qué —dijo Reacher.
—Me salvó la vida.
—Fue un placer.
—Siento que le debería ofrecer una recompensa.
—No es necesario.
—De todos modos no puedo —dijo el tipo. Se tocó el bolsillo—. Esto es un pago que tengo que hacer. Es muy importante. Lo necesito todo. Lo lamento. Pido disculpas. Me siento mal.
—No se sienta mal —dijo Reacher.
Unos seis metros a la derecha el muchacho de la barbita hizo fuerza con los brazos hasta quedar apoyado en manos y rodillas.
—Nada de policía —dijo el tipo del dinero.
El muchacho miró hacia atrás. Estaba aturdido y tembloroso, pero ya estaba seis metros más allá. ¿Debería ir a buscarlo?
—¿Por qué nada de policía? —dijo Reacher.
—Cuando ven mucho dinero en efectivo hacen preguntas.
—¿Preguntas que no quiere responder?
—De todos modos no puedo —dijo otra vez el tipo.
El muchacho de la barbita se fue a toda prisa. Se puso de pie tambaleándose y se dio a la fuga, débil y golpeado y flojo y descoordinado, pero igual muy rápido. Reacher lo dejó ir. Para un solo día ya había corrido demasiado.
—Me tengo que ir ahora —dijo el tipo del dinero.
Tenía raspones en la mejilla y en la frente, y sangre en el labio de arriba, de la nariz, que había recibido un buen impacto.
—¿Está seguro de que está bien? —preguntó Reacher.
—Mejor que lo esté —dijo el tipo—. No tengo mucho tiempo.
—Déjeme ver cómo se pone de pie.
El tipo no pudo. O había perdido su fuerza central o sus rodillas no estaban bien, o ambas cosas. Difícil de saber. Reacher lo ayudó a quedar de pie. El tipo quedó quieto en la cuneta, mirando hacia el otro lado de la calle, encorvado y torcido. Se dio vuelta, con mucha dificultad, moviendo los pies en el lugar.
No pudo subir a la vereda. Puso el pie en posición, pero la fuerza propulsora necesaria para alzarse quince centímetros era demasiada carga para su rodilla. Debía estar lastimada y dolorida. La tela del pantalón estaba casi rajada, justo donde estaría la rótula.
Reacher se ubicó detrás de él y ahuecó las manos por debajo de sus codos, y tiró hacia arriba, y el tipo subió ingrávido, como un hombre en la luna.
—¿Puede caminar? —preguntó Reacher.
El tipo intentó. Podía dar pasos cortos, delicados y precisos, pero gimoteaba y resoplaba, corto y agudo, cada vez que el peso recaía sobre su pierna derecha.
—¿Cuán lejos tiene que ir? —preguntó Reacher.
El tipo miró todo alrededor, calibrando. Asegurándose de dónde estaba.
—Tres cuadras más —dijo—. Del otro lado de la calle.
—Muchos cordones —dijo Reacher—. Mucho bajar y subir.
—Los caminaré.
—Muéstreme —dijo Reacher.
El tipo empezó a caminar, dirigiéndose hacia el este como antes, arrastrándose de manera lenta, con las manos un poco hacia afuera, como para mantener el equilibrio. El gimoteo y el resoplido se oían alto y claro. Quizás estaba empeorando.
—Necesita un bastón —dijo Reacher.
—Necesito muchas cosas —dijo el tipo.
Reacher se acomodó junto a él, a la derecha, y le envolvió el codo, y tomó el peso del tipo en la palma de la mano. Mecánicamente lo mismo que un palo o un bastón o una muleta. Una fuerza ascendente, básicamente a través del hombro del tipo. Física newtoniana.
—Intente ahora —dijo Reacher.
—No puede venir conmigo.
—¿Por qué no?
—Ya hizo suficiente por mí —dijo el tipo.
—Ese no es el motivo. Habría dicho que realmente no me podía pedir eso. Algo ambiguo y amable. Pero en cambio fue mucho más enfático. Dijo que no puedo ir con usted. ¿Por qué? ¿Adónde está yendo?
—No le puedo decir.
—No puede llegar ahí sin mí.
El tipo inhaló y exhaló, y sus labios se movían, como si estuviera ensayando algo que decir. Levantó la mano y tocó el raspón de la frente, después la mejilla, después la nariz. Más gimoteo.
—Ayúdeme a llegar hasta la cuadra a la que tengo que ir —dijo—, y a cruzar la calle. Después dese la vuelta y vuelva a su casa. Ese es el favor más grande que me podría hacer. Lo digo en serio. Estaría agradecido. Ya estoy agradecido. Espero que entienda.
—No entiendo —dijo Reacher.
—No tengo permitido ir con nadie.
—¿Quién lo dice?
—No le puedo decir.
—Suponga que de cualquier manera yo iba en esa misma dirección. Usted podría irse y cruzar la puerta y yo podría seguir de largo.
—Usted sabría adónde fui.
—Ya sé adónde va.
—¿Cómo puede saberlo?
Reacher había visto todo tipo de ciudades, por todo Estados Unidos, este, oeste, norte, sur, todo tipo de dimensiones y épocas y condiciones actuales. Conocía sus ritmos y sus gramáticas. Conocía la historia horneada en esos ladrillos. La cuadra en la que estaba era uno de otros cien mil lugares como ese al este del Mississippi. Oficinas administrativas de mayoristas de la industria textil, algún minorista especializado, alguna industria liviana, algunos abogados y agentes de transportes y agentes de bienes raíces y agentes de viajes. Quizás algunos cuartos de alquiler en los patios traseros. Todos en su pico en términos de actividad a fines del siglo XIX y principios del XX. Ahora desmoronados y corroídos y vaciados por el tiempo. De ahí los locales tapiados y el diner abandonado ya hacía tiempo. Pero algunos lugares resistían más que otros. Algunos lugares resistían más que todos. Algunas costumbres y algunos apetitos eran tercos.
—A tres cuadras de acá hacia el este, y cruzando la calle —dijo Reacher—. El bar. Ahí es adonde usted está yendo.
El tipo no dijo nada.
—Para efectuar un pago —dijo Reacher—. En un bar, antes del almuerzo. Por lo tanto a alguna clase de usurero local. Esa es mi suposición. Quince o veinte mil dólares. Usted está en problemas. Creo que vendió su auto. Consiguió el mejor precio en efectivo fuera de la ciudad. Quizás un coleccionista. Una persona común y corriente como usted, puede haber sido un auto antiguo. Fue hasta allá en el auto y volvió en autobús. Pasando por el banco del comprador. El cajero puso el efectivo en un sobre.
—¿Quién es usted?
—Un bar es un lugar público. Me da sed, igual que a cualquiera. Quizás tienen café. Me sentaré en otra mesa. Puede hacer de cuenta que no me conoce. Va a volver a necesitar ayuda para salir. Esa rodilla se va a endurecer un poco.
—¿Quién es usted? —dijo otra vez el tipo.
—Mi nombre es Jack Reacher. Fui policía militar. Me entrenaron para detectar cosas.
—Era un Chevy Caprice. Antiguo. Todo original. En perfectas condiciones. Muy pocos kilómetros.
—No sé nada de autos.
—A la gente ahora le gustan los Caprice viejos.
—¿Cuánto le pagaron?
—Veintidós quinientos.
Reacher asintió. Más de lo que pensaba. Billetes bien nuevos, todos apretados.
—¿Lo debe todo? —dijo.
—Hasta las doce en punto —dijo el tipo—. Después de eso es más.
—Entonces va a ser mejor que vayamos yendo. Este podría llegar a ser un proceso relativamente lento.
—Gracias —dijo el tipo—. Mi nombre es Aaron Shevick. Estoy para siempre en deuda con usted.
—La amabilidad de los extraños —dijo Reacher—. Hace girar el mundo. Alguien escribió una obra de teatro al respecto.
—Tennessee Williams —dijo Shevick—. Un tranvía llamado deseo.
—Uno de los cuales ahora mismo nos vendría bien. Tres cuadras por cinco centavos sería una ganga.
Empezaron a caminar, Reacher dando pasos lentos y cortos, Shevick saltando y picando y dando tumbos, todo torcido a causa de la física newtoniana.
TRES
El bar estaba en la planta baja de un edificio de ladrillos viejo y simple en el medio de la cuadra. Tenía una puerta marrón maltrecha en el centro, con ventanas mugrientas a ambos lados. Por encima de la puerta había un nombre irlandés parpadeando en neón verde, y harpas y tréboles de neón semimuertos y otras figuras polvorientas en las ventanas, todas promocionando marcas de cerveza, algunas de las cuales Reacher reconoció, y algunas de las cuales no. Ayudó a Shevick en el cordón del otro lado, y cruzando la calle, y arriba en el cordón de enfrente, hasta la puerta. La hora en su cabeza marcaba veinte para las doce.
—Yo entro primero —dijo—. Después entra usted. Funciona mejor de esa manera. Como si nunca nos hubiéramos conocido. ¿OK?
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Shevick.
—Un par de minutos —dijo Reacher—. Recupere el aliento.
—OK.
Reacher tiró de la puerta y entró. La luz era tenue y el aire olía a cerveza derramada y desinfectante. El lugar tenía un tamaño decente. No cavernoso, pero tampoco solo un local al frente. Había largas filas de mesas para cuatro a ambos lados de un paso central desgastado que llevaba a la barra, que estaba dispuesta en forma de cuadrado, en la esquina de atrás a la izquierda del salón. Detrás de la barra había un tipo gordo con una barba de cuatro días y un repasador colgando del hombro, como un identificador de su oficio. Había cuatro clientes, cada uno de ellos solo en una mesa aparte, cada uno de ellos encorvado y extraviado, con el mismo aspecto viejo y cansado y exhausto y desanimado que Shevick. Dos de ellos meciendo botellitas de cerveza, y dos de ellos meciendo vasos medio vacíos, de manera defensiva, como si esperaran que se los arrebataran en cualquier momento.
Ninguno de ellos tenía aspecto de usurero. Quizás el barman era el que hacía el negocio. Un agente, o un mediador, o un intermediario. Reacher se acercó y le pidió café. El tipo dijo que no tenía, lo cual fue una decepción, pero no una sorpresa. El tono del tipo fue amable, pero Reacher tuvo la sensación de que podría no haber sido así si el tipo no hubiera estado hablando con un forastero desconocido de la talla de Reacher y apariencia implacable. Alguien común y corriente podría haber recibido una respuesta sarcástica.
En vez de café Reacher recibió una botella de cerveza nacional, fría y húmeda y rociada, con un volcán de espuma haciendo erupción por arriba. Dejó sobre la barra un dólar de su cambio, y fue hasta la mesa para cuatro vacía más próxima, que resultó estar en el rincón de atrás de mano derecha, lo cual estaba bien, porque significaba que se podía sentar con la espalda hacia el ángulo, y ver todo el salón a la vez.
—Ahí no —dijo el barman en voz alta.
—¿Por qué no? —respondió Reacher.
—Reservado.
Los otros cuatro clientes miraron hacia allí, y después miraron hacia otro lado.
Reacher volvió y sacó su dólar de la barra. Ningún por favor, ningún gracias, ninguna propina. Cruzó en diagonal hasta la mesa de adelante del otro lado, debajo de la ventana mugrienta. Misma geometría, pero al revés. Tenía un rincón detrás de sí, y podía ver todo el salón. Le dio un trago a la cerveza, que fue mayormente espuma, y entonces entró Shevick, rengueando. Miró hacia delante a la mesa vacía en el rincón del otro lado de mano derecha, y se detuvo sorprendido. Miró todo alrededor del salón. Al barman, a los cuatro clientes solitarios, a Reacher, y después otra vez a la mesa del rincón. Seguía vacía.
Shevick empezó a avanzar cojeando hacia allí, pero se detuvo a mitad de camino. Cambió de dirección. Rengueó hacia la barra. Habló con el barman. Reacher estaba demasiado lejos como para oír lo que decía, pero supuso que era una pregunta. Podía haber sido ¿dónde está tal y tal? Definitivamente incluyó una mirada a la mesa para cuatro vacía en el rincón de atrás. Pareció recibir una respuesta sarcástica. Podía haber sido ¿qué soy yo, adivino? Shevick se retiró de allí y dio un paso en tierra de nadie. Donde podría pensar en qué hacer a continuación.
El reloj en la cabeza de Reacher marcaba las doce menos cuarto.
Shevick rengueó hasta la mesa vacía, y se quedó quieto un momento, indeciso. Después se sentó, enfrente del rincón, como en la silla de la visita frente a un escritorio, no en la silla ejecutiva detrás del escritorio. Se posó en el borde del asiento, con la espalda bien recta, a medias dado vuelta, mirando la puerta, como preparado para ponerse de pie de inmediato amablemente no bien entrara el tipo con el que se tenía que encontrar.
No entró nadie. El bar siguió en silencio. Tragos agradecidos, respiraciones húmedas, el chillido del repasador del barman sobre un vidrio. Shevick miraba fijo la puerta. El tiempo pasaba.
Reacher se puso de pie y caminó hasta la barra. Hasta la parte más próxima a la mesa de Shevick. Apoyó los codos y se mostró expectante, como alguien con un nuevo pedido. El barman le dio la espalda y de repente quedó ocupado en una tarea urgente bien lejos en el rincón del otro lado. Como diciendo si no hay propina no te atiendo. Lo que Reacher había predicho. Y querido. Para tener cierto grado de privacidad.
—¿Qué? —susurró.
—No está aquí —susurró Shevick en respuesta.
—¿Generalmente está?
—Siempre —susurró Shevick—. Está todo el día sentado en esta mesa.
—¿Cuántas veces hiciste esto?
—Tres.
El barman seguía ocupado, bien lejos.
—Dentro de cinco minutos les voy a deber veintitrés quinientos, no veintidós quinientos —susurró Shevick.
—¿El cargo por demora son mil dólares?
—Por día.
—No es tu culpa —susurró Reacher—. No si el tipo no aparece.
—Esta no es gente razonable.
Shevick miraba fijo la puerta. El barman terminó con su tarea imaginaria y recorrió la distancia diagonal desde la parte de atrás del bar hasta el frente, con el mentón en alto, hostil, como posiblemente dispuesto a considerar un pedido, pero con muy pocas probabilidades de satisfacerlo.
Se detuvo a un metro de Reacher y esperó.
—¿Qué? —dijo Reacher.
—¿Quieres algo? —dijo el tipo.
—Ya no. Quería hacerte caminar hasta allá ida y vuelta. Me diste la impresión de que te podía venir bien hacer ejercicio. Pero ahora ya lo hiciste, así que estoy bien. Gracias igual.
El tipo se lo quedó mirando. Analizando su situación. Que no era genial. Quizás tenía un bate o un arma debajo del mostrador, pero nunca iba a llegar hasta ahí. Reacher estaba a tan solo un brazo de distancia. Su respuesta iba a tener que ser verbal. Lo cual iba a ser un desafío. Eso estaba claro. Al final lo salvó su teléfono de pared. Sonó a sus espaldas. Una campanilla anticuada. Un repiqueteo largo y apagado y triste, y después otro.
El barman se alejó hacia allí y atendió la llamada. El teléfono era un diseño clásico, con un auricular grande de plástico y un cable enrulado tan estirado que llegaba hasta el piso. El barman escuchó y colgó. Apuntó el mentón en dirección a Shevick, todo el trayecto hasta la mesa del rincón de atrás.
—Regresa esta noche a la seis en punto —dijo en voz alta.
—¿Qué? —dijo Shevick.
—Me escuchaste.
El barman se alejó caminando, hacia otra tarea imaginaria.
Reacher se sentó en la mesa de Shevick.
—¿A qué se refería con que vuelva a las seis en punto? —dijo Shevick.
—Supongo que el tipo al que estás esperando se retrasó. Llamó, para que sepas en qué situación te encuentras.
—Pero no lo sé —dijo Shevick—. ¿Qué pasa con mi plazo de las doce en punto?
—No es tu culpa —volvió a decir Reacher—. Fue el tipo el que no vino, no tú.
—Va a decir que les debo mil más.
—No si no apareció. Lo cual todos saben que fue así. El barman lo atendió en el teléfono. Es un testigo. Tú estabas aquí y el otro tipo no.
—No puedo conseguir otros mil dólares —dijo Shevick—. Simplemente no los tengo.
—Yo diría que el aplazamiento te da una licencia. Es una inferencia clara. Como un término implícito en un contrato. Tú estabas ofreciendo moneda de curso legal en el lugar indicado a la hora indicada. Ellos no aparecieron para aceptarla. Es como una suerte de principio de hecho. Un abogado lo podría explicar.
—Nada de abogados —dijo Shevick.
—¿Te preocupan también los abogados?
—No me puedo permitir uno. Sobre todo si tengo que encontrar otros mil dólares.
—No va a ser así. No pueden tener todo a la vez. Tú estuviste aquí a horario. Ellos no.
—Esta no es gente razonable.
El barman los miró desde lejos con rabia.
El reloj en la cabeza de Reacher dio las doce del mediodía exactas.
—No podemos esperar aquí seis horas —dijo.
—Mi esposa va a estar preocupada —dijo Shevick—. Debería ir a casa y verla. Y después volver.
—¿Dónde vives?
—Más o menos a un kilómetro y medio de aquí.
—Puedo ir caminando contigo, si quieres.
Shevick hizo una larga pausa.
Después dijo:
—No, de verdad no podría pedirte que hicieras eso. Ya hiciste por mí lo suficiente.
—Eso fue ambiguo y amable, sin ninguna duda.
—Quiero decir que no debo incomodarte más. Estoy seguro de que tienes cosas que hacer.
—Por lo general evito tener cosas que hacer. Claramente una reacción contra el régimen literal en mi vida, de más joven. El resultado es que no tengo ningún lugar particular al cual ir, y todo el tiempo del mundo para llegar allí. No me molesta hacer un desvío de un kilómetro y medio.
—No, no podría pedirte que hicieras eso.
—El régimen que mencioné fue, como dije, en la Policía Militar, donde, como también dije, nos entrenaron para notar cosas. No solo pistas físicas, sino cosas sobre cómo es la gente. Cómo se comportan y en qué creen. La naturaleza humana, y etcétera. La mayoría eran estupideces, pero algunas tenían sentido. Ahora mismo le tienes que hacer frente a una caminata de un kilómetro y medio por un vecindario en las calles traseras, con más de veinte mil dólares en el bolsillo, lo que te hace sentir raro, porque no se supone que todavía los tengas, y si los pierdes es un desastre total, y hoy ya te asaltaron una vez, por lo que lo cierto es que en definitiva la caminata te asusta, y sabes que yo podría ayudar con esa sensación, y además estás herido por el ataque, y por lo tanto no te mueves bien, y sabes que puedo ayudar también con eso, por lo que en definitiva me deberías estar rogando que te acompañara a tu casa.
Shevick no dijo nada.
—Pero eres un caballero —dijo Reacher—. Me querías dar una recompensa. Ahora si te acompaño a tu casa y conozco a tu esposa, crees que lo mínimo que deberías hacer es invitarme a almorzar. Pero no hay almuerzo. Te sientes avergonzado. Pero no deberías. Lo entiendo. Estás en problemas con un prestamista. Hace un par de meses que no almuerzas. Tienes el aspecto de haber bajado diez kilos. Te cuelga la piel. Así que vamos a buscar unos sándwiches de camino. Paga el Tío Sam. De allí viene mi dinero. Tus impuestos en pleno funcionamiento. Vamos a disfrutar conversando un poco, y después te acompaño de vuelta hasta acá. Le pagas al tipo al que le debes, y yo sigo mi camino.
—Gracias —dijo Shevick—. En serio.
—No hay de qué —dijo Reacher—. En serio.
—¿Hacia dónde te diriges?
—Hacia otro lugar. A menudo depende del tiempo. Me gusta el clima cálido. Me ahorra comprarme abrigo.
El barman miró de vuelta con rabia, todavía desde lejos.
—Vamos —dijo Reacher—. Una persona podría morirse de sed en este bar.
CUATRO
El hombre que se tenía que encontrar con Aaron Shevick en la mesa del rincón de atrás del bar era un albanés de cuarenta años de apellido Fisnik. Era uno de los dos hombres que había mencionado esa mañana Gregory, el jefe ucraniano. Por consiguiente había recibido en su casa una llamada de Dino, diciéndole que pasara por la maderería antes de empezar su día laboral en el bar. El tono de voz de Dino no reveló nada inapropiado. De hecho, en todo caso había sonado alegre y entusiasta, como si le esperaran elogios y reconocimiento. Quizás nuevas oportunidades, o una bonificación, o las dos cosas. Quizás un ascenso, o una mejor posición en la organización.
No fue así. Fisnik pasó agachado por la puerta baja en el portón de enrollar, y olió pino fresco, y oyó el chirrido de una sierra, y se dirigió hacia las oficinas del fondo, sintiéndose bastante bien en general. Un minuto después lo sujetaron con duct tape a una silla de madera, y de repente el pino olía a ataúdes, y la sierra sonaba a sufrimiento. Primero le agujerearon las rodillas con una DeWalt inalámbrica con una mecha para pared de un cuarto de pulgada. Después siguieron. No les dijo nada, porque no tenía nada para decir. Su silencio fue interpretado como una confesión estoica. Así era la cultura de ellos. Por su fortaleza se ganó un poco de admiración resentida, pero no la suficiente como para detener el taladro. Murió más o menos al mismo tiempo en que Reacher y Shevick finalmente se fueron del bar.
La primera mitad de la caminata de un kilómetro y medio fue por entre cuadras abandonadas iguales a la cuadra en la que estaba el bar, pero después la vista se abrió a lo que alguna vez pudo haber sido un conjunto de tierras de pastoreo de cinco hectáreas cada una, hasta que los soldados volvieron a casa al terminar la Segunda Guerra Mundial, momento en el cual se removieron las tierras de pastoreo y se construyeron hileras rectas de casas pequeñas, todas de una sola planta, algunas con más de un nivel, dependiendo de las ondulaciones de los terrenos. Setenta años después a todas les habían vuelto a hacer varias veces los techos, sin que hubiera dos exactamente iguales, y algunas tenían ampliaciones y agregados y revestimiento exterior nuevo de vinilo, y algunas tenían el césped bien cortado y otras jardines silvestres, pero por lo demás el fantasma de la uniformidad mezquina de posguerra todavía marchaba a lo largo de todo el complejo, con lotes pequeños y calles angostas y veredas angostas y giros apretados en ángulo recto, todos medidos para el radio de giro máximo de Fords y Chevys y Studebakers y Plymouths de 1948.
Reacher y Shevick en el camino hicieron una parada en una estación de servicio. Compraron tres sándwiches de pollo y tres paquetes de patatas fritas y tres latas de gaseosa. Reacher cargaba la bolsa en la derecha y ayudaba a Shevick con la izquierda. Renguearon y reptaron a través del laberinto. La casa de Shevick resultó estar bien adentro, en una calle sin salida que tenía al fondo un mezquino espacio para dar la vuelta apenas más ancho que la calle misma. Como la ampolla en el extremo de un termómetro de los de antes. La casa estaba a la izquierda, detrás de una cerca blanca de madera por la que sobresalían los pimpollos de unas rosas tempranas. La casa era más bien pequeña y de una sola planta, los mismos huesos y los mismos metros cuadrados que todas las demás casas, con tejado asfáltico y revestimiento exterior blanco brillante. Se la veía bien cuidada, pero no de manera reciente. Las ventanas estaban polvorientas y el césped estaba crecido.
Reacher y Shevick renguearon por un sendero de cemento apenas lo suficientemente ancho como para que fueran lado a lado. Shevick sacó una llave, pero antes de que la pudiera poner en la cerradura la puerta se abrió frente a ellos. Una mujer estaba de pie allí. La señora Shevick, sin lugar a dudas. Había un vínculo obvio entre ellos. Ella era gris y encorvada y recientemente delgada igual que él, también de alrededor de setenta años, pero la cabeza de ella estaba en alto y sus ojos estaban firmes. Las llamas todavía ardían. Miraba fijo el rostro de su marido. Un raspón en la frente, un raspón en la mejilla, una costra de sangre en el labio.
—Me caí —dijo Shevick—. Me tropecé con el cordón. Me golpeé la rodilla. Eso es lo peor de todo. Este caballero fue lo suficientemente amable como para ayudarme.
La mirada de la mujer pasó a Reacher por un segundo, confundida, y luego de vuelta a su marido.
—Mejor que te limpiemos —dijo ella.
Dio un paso hacia atrás y Shevick entró al recibidor.
Su mujer empezó a preguntarle “¿Le…”, pero luego se detuvo, quizás avergonzada frente a un extraño. Sin dudas quería decir: ¿le pagaste al tipo? Pero algunas cuestiones eran privadas.
—Es complicado —dijo Shevick.
Durante un momento se hizo silencio.
Reacher alzó la bolsa con la comida.
—Trajimos el almuerzo —dijo—. Pensamos que podía ser difícil salir a la tienda, dadas las circunstancias.
La señora Shevick lo volvió a mirar, todavía confundida. Y después un poco herida. Abatida. Avergonzada.
—Lo sabe, Maria —dijo Shevick—. Fue detective en el Ejército y vio lo que me pasaba.
—¿Le contaste?
—Se dio cuenta. Tiene mucho entrenamiento.
—¿Qué es complicado? —preguntó ella—. ¿Qué sucedió? ¿Quién te pegó? ¿Fue este hombre?
—¿Qué hombre?
Ella miró directo a Reacher.
—Este hombre con el almuerzo —dijo ella—. ¿Es uno de ellos?
—No —dijo Shevick—. En lo más mínimo. No tiene nada que ver con ellos.
—¿Entonces por qué te sigue? ¿O escolta? Es como un guardia de prisión.
—Cuando estaba… —empezó a decir Shevick, y después se detuvo y lo cambió por—: Cuando me tropecé y me caí, él estaba pasando, y me ayudó a ponerme de pie. Entonces me di cuenta de que no podía caminar, así que me ayudó. No me está siguiendo. O escoltando. Está acá porque yo estoy acá. No puedes tener a uno sin el otro. No ahora mismo. Porque me lastimé la rodilla. Tan simple como eso.
—Dijiste que era complicado, no simple.
—Deberíamos ir adentro —dijo Shevick.
Su esposa se quedó quieta durante un momento, y después se dio vuelta y ellos entraron y la siguieron. Por dentro la casa era igual que como lucía por fuera. Vieja, bien mantenida, pero no de manera reciente. Las habitaciones eran pequeñas y los pasillos eran angostos. Se detuvieron en el living, que tenía un sofá de dos plazas y dos sillones, y tomas de corriente y cables pero no televisor.
—¿Qué es complicado? —dijo la señora Shevick.
—Fisnik no apareció —dijo Shevick—. Normalmente está ahí todo el día. Pero hoy no. Lo único que sucedió fue que nos pasaron un mensaje telefónico para que volviéramos a las seis en punto.
—¿Y dónde está el dinero ahora?
—Todavía lo tengo.
—¿Dónde?
—En el bolsillo.
—Fisnik va a decir que les debemos otros mil dólares.
—Este caballero piensa que no puede decir eso.
La mujer volvió a mirar a Reacher, y después de vuelta a su marido, y dijo:
—Deberíamos ir a limpiarte. —Después volvió a mirar a Reacher y señaló hacia la cocina y dijo—: Por favor ponga la comida en la heladera.
Que estaba más o menos vacía. Reacher llegó hasta allí y abrió la puerta y se encontró con un espacio bien fregado sin mucho adentro, salvo botellas usadas de cosas que podrían haber estado allí desde hacía seis meses. Puso la bolsa en el estante del medio y volvió al living a esperar. En las paredes había fotos familiares, agrupadas y reunidas como en una revista. Por encima de todo había tres marcos ornamentados con imágenes blanco y negro que se habían vuelto cobrizas por el tiempo. En la primera se veía literalmente a un soldado de pie frente a la casa, con lo que Reacher supuso era su nueva novia junto a él. El tipo estaba en un uniforme caqui nuevo. Un soldado raso. Probablemente demasiado joven como para haber peleado en la Segunda Guerra Mundial. Probablemente había hecho después un servicio de tres años en Alemania. Probablemente lo habían llamado de vuelta para Corea. La mujer estaba con un vestido floreado que le caía inflado hasta las pantorrillas. Ambos estaban sonriendo. El revestimiento exterior detrás de ellos brillaba al sol. La tierra a sus pies no tenía césped.
En la segunda foto se veía a sus pies ya un césped de un año, y un bebé en sus brazos. Mismas sonrisas, mismo revestimiento exterior brillante. El flamante padre estaba sin uniforme y con un par de pantalones tiro alto de fibra sintética y una camisa blanca de manga corta. La flamante madre había cambiado el vestido floreado por un suéter liviano y pantalón pescador. El bebé estaba mayormente envuelto en un chal, salvo la cara, que se veía pálida e indefinida.
En la tercera foto se los veía a los tres más o menos ocho años después. Detrás de ellos las plantas junto a los cimientos cubrían la mitad del revestimiento exterior. El pasto a sus pies era abundante y fuerte. El tipo era ocho años menos huesudo, un poco más grueso de cintura, un poco más pesado de hombros. Tenía el cabello engominado hacia atrás, y ya un poco lo estaba perdiendo. La mujer estaba más linda que antes, pero cansada, en todos los sentidos en los que lo estaban las mujeres en fotos de los años cincuenta.
La niña de ocho años parada delante de ellos era casi con seguridad Maria Shevick. Algo en la forma de su cara y en la franqueza de su mirada. Ella había crecido, ellos habían envejecido, ellos habían muerto, ella había heredado la casa. Esa era la suposición de Reacher. Que el siguiente grupo de fotos demostró correcta. Ahora en colores Kodak desteñidos, pero en el mismo lugar. La misma parcela de césped. La misma porción de pared. El mismo tipo de tradición. En la primera se veía a la señora Shevick con quizás veinte años de edad, junto a un señor Shevick mucho más erguido y mucho más esbelto, también con alrededor de veinte años de edad, sus rostros agudos y jóvenes y angulosos por las sombras, sus sonrisas amplias y felices.
En la segunda de la nueva secuencia se veía a la misma pareja con un bebé en brazos. Crecía a saltos y brincos, de izquierda a derecha cruzando la siguiente fila de abajo, hasta ser una bebé más grande, después una niña de alrededor de cuatro años, después seis, después ocho, mientras que arriba de ella los Shevick circulaban por peinados de la década de 1970, altos y tupidos, por encima de musculosas y mangas acampanadas.
En la siguiente fila de abajo se veía a la misma niña convertirse en una adolescente, después en una graduada del colegio secundario, después en una joven mujer. Después una mujer que envejecía a medida que las Kodak eran más nuevas. Debía estar cerca de los cincuenta años ahora, asumió Reacher. Como fuera que se llamara esa generación. Los primeros hijos de los primeros boomers. De alguna manera se tenía que llamar. Todas las demás generaciones tenían un nombre.
—Aquí está usted —dijo la señora Shevick, detrás de él.
—Estaba admirando sus fotos —dijo él.
—Sí —dijo ella.
—Tienen una hija.
—Sí —dijo ella otra vez.
Entonces entró Shevick. Ya no tenía más la sangre en el labio. Sus raspones brillaban con alguna poción amarilla. Tenía el pelo peinado.
—Comamos —dijo.
Había una pequeña mesa en la cocina, contorneada con bordes de aluminio, y una superficie laminada ahora apagada y descolorida por décadas de tiempo y de pasarle el trapo, pero en algún momento brillante y centelleante y atómica. Había un juego de tres sillas de plástico. Quizás todo comprado hacía mucho cuando Maria Shevick era una niñita. Para sus primeras comidas de niña grande. Cuchillo y tenedor y por favor y gracias. Ahora muchos años después les dijo a Reacher y a su marido que se sentaran, y puso los sándwiches que estaban en la bolsa en platos de porcelana, y los snacks en boles de porcelana, y las gaseosas en vasos de vidrio opaco. Llevó servilletas de tela. Se sentó. Miró a Reacher.
—Debe pensar que somos muy tontos —dijo ella—. Para habernos metido en esta situación.
—Realmente no —dijo Reacher—. Muy desafortunados, quizás. O que están muy desesperados. Estoy seguro de que esta situación es un último recurso. Vendieron el televisor. Más muchas otras cosas, sin duda. Asumo que hipotecaron la casa. Pero no alcanzó. Tuvieron que encontrar arreglos alternativos.
—Sí —dijo ella.
—Estoy seguro de que hubo buenas razones.
—Sí —dijo ella otra vez.
Y no dijo más nada. Ella y su marido comían despacio, de a un pequeño mordisco por vez, una patata frita, un trago de gaseosa. Como saboreando la novedad. O preocupándose por la indigestión. La cocina estaba en silencio. Ningún ruido de auto, ningún sonido de la calle, ninguna conmoción. En las paredes había viejos azulejos de metro, y empapelado donde no los había, con flores, como el vestido de la madre de la señora Shevick, en la primera fotografía, pero más pálido y delineado de manera menos clara. El piso era de linóleo, picado hacía mucho por tacones aguja, ahora restregado hasta estar casi otra vez liso. Los electrodomésticos habían sido cambiados, quizás allá cuando Nixon era presidente. Pero Reacher se figuró que las mesadas eran las originales. Eran de laminado amarillo pálido, con líneas finas y ondulantes que parecían latidos en una máquina de hospital.
La señora Shevick terminó su sándwich. Acabó su gaseosa. Juntó los últimos fragmentos de sus patatas fritas con la punta de un dedo humedecida. Presionó la servilleta contra sus labios. Miró a Reacher.
—Gracias —dijo ella.
—De nada —dijo él.
—Usted cree que Fisnik no puede pedirnos otros mil dólares.
—En el sentido de que no debería. Supongo que eso es distinto de que no lo va a hacer.
—Yo creo que vamos a tener que pagar.
—No tengo problema en ir a conversarlo con él. De parte de ustedes. Si quieren. Podría mencionar unas cuantas razones.
—Y estoy segura de que sería convincente. Pero mi marido me contó que usted está solo de paso. Mañana no estará aquí. Nosotros sí. Probablemente sea más seguro pagar.
—No lo tenemos —dijo Aaron Shevick.
Su esposa no respondió. Hizo girar los anillos que tenía en el dedo. Quizás de manera inconsciente. Tenía una pequeña alianza de oro, y un diamante de compromiso al lado. Estaba pensando en la casa de empeño, supuso Reacher. Probablemente cerca de la terminal de autobuses, en una calle barata. Pero iba a necesitar más que una alianza y un solitario pequeño, para conseguir mil dólares. Quizás todavía tenía las cosas de su madre, guardadas en un cajón. Quizás había habido herencias casuales, de viejas tías y tíos, prendedores y dijes y relojes por jubilación.
—Nos ocuparemos de eso a su debido tiempo —dijo ella—. Quizás sea razonable. Quizás no lo pida.
—Esta no es gente razonable —dijo su marido.
—¿Tienes pruebas de eso? —le preguntó Reacher.
—Solo circunstanciales —dijo Shevick—. Fisnik me explicó las distintas sanciones, bien al principio. Tenía fotos en el teléfono, y un video breve. Me hicieron mirarlo. En consecuencia, nunca nos retrasamos con ningún pago. Hasta ahora.
—¿Pensaron en hacer la denuncia a la policía?
—Claro que lo pensamos. Pero fue un contrato al que entramos de manera voluntaria. Les pedimos dinero prestado. Aceptamos sus condiciones. Una de las cuales era nada de policía. Me hicieron ver el castigo, en el teléfono de Fisnik. En total pensamos que era demasiado arriesgado.
—Probablemente sensato —dijo Reacher, aunque no lo decía en serio. Se figuró que lo que Fisnik necesitaba era un puñetazo en la garganta, no respeto contractual. Quizás seguido de estrellarle la cara contra la mesa, allá en el rincón del fondo. Pero por otro lado Reacher ni tenía setenta años ni estaba encorvado ni hambriento. Probablemente sensato.
—A las seis en punto vamos a saber en qué situación nos encontramos —dijo la señora Shevick.
Evitaron el tema el resto de la tarde. Una suerte de acuerdo tácito. En lugar de eso intercambiaron biografías, como conversación amable normal. La señora Shevick había en efecto heredado la casa de sus padres, que la habían comprado mediante la GI Bill, la Ley del Soldado, sin haberla visto de antemano, envueltos en la loca fiebre de tierras de posguerra de la clase media. Ella había nacido un año después, como el césped que se veía en la foto, y había crecido allí, y después sus padres murieron y conoció a su marido todo en el mismo año. Él era operador de máquinas industriales, muy calificado, criado cerca de allí. Una ocupación esencial, por lo que no fue reclutado para ir a Vietnam. Tuvieron una hija en el primer año, lo mismo que los padres de ella, y la hija creció allí, la segunda generación en hacerlo. Le fue bien en la escuela, y consiguió un trabajo. No se casó nunca, ningún nieto, qué se le va hacer. Reacher notó que el tono de ellos cambiaba mientras la historia se iba acercando al presente. Se volvía más desolado, y ahogado, como si hubiera cosas que no podían decir.
El reloj en su cabeza dio las cinco. Un kilómetro y medio él lo recorría en quince minutos, la mayor parte de las personas en veinte, pero al paso de Shevick iban a demorar cerca de una hora entera.
—Es hora —dijo—. Vamos.
CINCO
Una vez más Reacher ayudó a Shevick a bajar el cordón más alejado, y a cruzar la calle, y a subir el cordón más próximo, y a cruzar la vereda hasta la puerta. Una vez más él entró primero. Por la misma razón. Un tipo desconocido que entra inmediatamente antes que un objetivo estaba diez veces menos conectado inconscientemente que un tipo desconocido que entra inmediatamente después. La naturaleza humana. En su mayoría estupideces, pero a veces tenían sentido.
Detrás de la barra estaba el mismo tipo gordo. Ahora había otros nueve clientes. Dos pares, y cinco solitarios en mesas separadas. Uno de los solitarios había estado en el mismo lugar seis horas antes. Otra era una mujer de alrededor de ochenta años. Estaba meciendo un vaso lleno de un líquido transparente. Probablemente no agua.
Había un tipo en la mesa para cuatro en el rincón de atrás al fondo.
Era un pedazo de hombre grandote, quizás cuarenta años, tan pálido que parecía luminiscente en la penumbra. Tenía ojos pálidos, y pestañas pálidas, y cejas pálidas. Tenía el pelo del color de las barbas de maíz, rapado tan corto que brillaba. Tenía muñecas blancas y gruesas, apoyadas en el borde de la mesa, y manos blancas y grandes, reposando sobre un libro de contabilidad grande y negro. Tenía puesto un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra de seda. Tenía un tatuaje que le asomaba por el cuello de la camisa. Algún tipo de escritura. Un alfabeto extranjero. No ruso. Otra cosa.
Reacher se sentó sin hacer ningún pedido. Un minuto después Shevick entró rengueando. Una vez más miró hacia delante a la mesa en el rincón de atrás al fondo. Una vez más se detuvo sorprendido. Se movió de lado arrastrando los pies y se sentó en una mesa para cuatro vacía al lado de la de Reacher.
—Ese no es Fisnik —susurró.
—¿Estás seguro?
—Fisnik tiene piel oscura y pelo negro.
—¿Viste alguna vez antes a este tipo?
—Nunca. Siempre estaba Fisnik.
—Quizás no se siente bien. Quizás la llamada telefónica tuvo que ver con eso. Tenía que encontrar a alguien que lo reemplazara, y no podía, no antes de las seis.
—Quizás.
Reacher no dijo nada.
—¿Qué? —susurró Shevick.
—¿Estás seguro de que nunca viste antes a este tipo?
—¿Por qué?
—Porque si es así él tampoco nunca te vio. Lo único que tiene es una entrada en un libro.
—¿Qué estás queriendo decir?
—Yo podría ser tú. Podría ir a pagarle a este tipo en tu lugar, y acomodar todos los detalles.
—¿Te refieres a si pide más?
—Podría intentar persuadirlo. La mayoría de la gente al final hace lo correcto. Esa ha sido mi experiencia.
Ahora Shevick no dijo nada.
—Necesitaría estar seguro de algo —dijo Reacher—. Si no, voy a parecer estúpido.
—¿Seguro de qué?
—¿Acá termina? ¿Veintidós quinientos y se acabó?
—Eso es lo que les debemos.
—Dame el sobre —dijo Reacher.
—Es una locura.
—Tuviste un día duro. Sácate un peso de encima.
—Lo que Maria dijo era correcto. Mañana no vas a estar acá.
—No los voy a dejar con un problema. El tipo o va a estar de acuerdo o no. Si no está de acuerdo, ustedes no van a estar en una peor situación. Pero es tu decisión. De las dos maneras para mí está bien. No estoy buscando problemas. Me gusta una vida tranquila. Dicho esto, te podrías ahorrar la caminata de acá hasta allá ida y vuelta. Esa rodilla todavía parece estar bastante mal.
Shevick se quedó quieto en la silla y no dijo nada durante un largo rato. Después le dio a Reacher el sobre. Lo sacó del bolsillo y lo deslizó hacia él, bajo y furtivo. Reacher lo agarró. Dos centímetros de grueso. Pesado. Se lo guardó en el bolsillo.
—Espera aquí.
Se puso de pie y caminó hacia el rincón de atrás al fondo. Se consideraba un hombre moderno, nacido en el siglo XX, viviendo en el XXI, pero sabía también que tenía en su cabeza una especie de portal bien abierto, un agujero de gusano al pasado primitivo de la humanidad, donde durante millones de años cualquier cosa viviente podía ser un depredador, o un rival, y por lo tanto tenía que ser evaluado, y juzgado, de manera instantánea, y precisa. ¿Quién era el animal superior? ¿Quién se iba a someter?
Lo que veía en la mesa del fondo iba a ser un desafío. Llegado el caso. Si los asuntos se trasladaban de lo verbal a lo físico. No un desafío colosal. En algún lugar entre grande y pequeño. El tipo técnicamente estaría menos calificado, casi con seguridad, a no ser que hubiese servido también en el Ejército de Estados Unidos, que enseñaba el combate más sucio del mundo, aunque nunca lo fuera a admitir en público. Contra eso el tipo era grandote, y varios años más joven, y parecía tener bastante calle. Tenía aspecto de que no se iba a asustar fácil. Tenía aspecto de estar acostumbrado a ganar. La parte arcaica del cerebro de Reacher asimiló toda la información subliminal y encendió una advertencia amarilla, pero no hizo que dejara de avanzar. Frente a él el tipo de la mesa también lo miró, durante todo el trayecto, aparentemente haciendo sus propios cálculos atávicos. ¿Quién era el animal superior? El tipo parecía bastante confiado. Como si le gustaran sus probabilidades.
Reacher se sentó donde Shevick se había posado seis horas antes. La silla de la visita. De cerca el tipo en la silla del ejecutivo podría haber sido un poco más viejo de lo que parecía a primera vista. Cuarenta y algo. Quizás a medio camino hacia los cincuenta. Bastante mayor. Un hombre sustancial, cronológicamente, pero la impresión densa se veía debilitada por su palidez fantasmal. Eso era lo más notable que tenía. Más el tatuaje. Era inexperto y desparejo. Tinta de cárcel. Probablemente no una cárcel americana.
El tipo tomó el libro de contabilidad y lo abrió y lo sostuvo vertical contra su borde de la mesa. Lo miró de cerca, con dificultad, como un tipo con las cartas demasiado cerca del pecho.
—¿Cuál es tu nombre? —dijo.
—¿Cuál es el tuyo? —dijo Reacher.
—El mío no importa.
—¿Dónde está Fisnik?
—A Fisnik lo acaban de reemplazar. El asunto que tuvieras con él ahora lo tienes conmigo.
—Necesito más que eso —dijo Reacher—. Esta es una transacción importante. Es un tema financiero serio. Fisnik me prestó dinero, y yo se lo tengo que devolver.
—Te lo acabo de decir, el asunto que tuvieras con él ahora lo tienes conmigo. Los clientes de Fisnik ahora son mis clientes. Si le debías dinero a Fisnik ahora me lo debes a mí. No es astrofísica. ¿Cuál es tu nombre?
—Aaron Shevick —dijo Reacher.
El tipo bajó la vista hacia el libro.
Asintió.
—¿Es el último pago? —dijo.
—¿Va a haber recibo? —preguntó Reacher.
—¿Fisnik te daba recibos?
—Tú no eres Fisnik. Ni siquiera sé tu nombre.
—Mi nombre no importa.
—A mí me importa. Necesito saber a quién le estoy pagando.
El tipo se dio un golpecito con el dedo, blanco como un hueso, contra el costado de su reluciente cabeza.
—Tu recibo está acá adentro —dijo—. Eso es todo lo que necesitas saber.
—Mañana Fisnik me podría venir a buscar.
—Ya te lo dije dos veces, ayer eras de Fisnik, hoy eres mío. Mañana seguirás siendo mío. Fisnik es historia. Fisnik ya no está. Las cosas cambian. ¿Cuánto debes?
—No lo sé —dijo Reacher—. Dependía de Fisnik para que me lo dijera. Él tenía una fórmula.
—¿Qué fórmula?
—Para las tasas y los intereses y los adicionales. Redondeado en la centena que quedara más cerca, más otros quinientos por cargos administrativos. Esa era su regla. Nunca la pude calcular bien. No quería que él pensara que le estaba intentado pagar de menos. Prefería pagarle lo que me dijera. Más seguro así.
—¿Cuánto crees que debería ser?
—¿Esta vez?
—Como último pago.
—Tampoco querría que tú pensaras que te estoy intentando pagar de menos. No si heredaste el negocio de Fisnik. Asumo que aplican las mismas condiciones.
—Dime las dos cosas —dijo el tipo—. Lo que calculas tú, y después lo que crees que calcularía la fórmula de Fisnik. Quizás te descuento un poco. Quizás partimos la diferencia. Como una oferta de presentación.
—Yo calculo ochocientos dólares —dijo Reacher—. Pero Fisnik probablemente calcularía mil cuatrocientos. Como te dije. Redondeado en la centena que quede más cerca, más quinientos por cargos.
El tipo bajó la vista hacia el libro.
Asintió, despacio, juicioso, en total acuerdo.
—Pero sin descuento —dijo—. Decidí que no. Me voy a quedar con todos los mil cuatrocientos.
Cerró el libro y lo apoyó plano sobre la mesa.
Reacher se puso la mano en el bolsillo y el pulgar en el sobre y sacó catorce billetes de atrás del fajo de Shevick. Se los dio. El tipo pálido los volvió a contar con dedos rápidos y entrenados, los dobló una vez, y se los guardó en el bolsillo.
—¿Estamos bien ahora? —preguntó Reacher.
—Pagado en su totalidad —dijo el tipo.
—¿Recibo?
El tipo se volvió a dar un golpecito en el costado de la cabeza.
—Ahora vete —dijo—. Hasta la próxima vez.
—¿La próxima vez de qué? —dijo Reacher.
—Que necesites un préstamo.
—Espero no necesitarlo.
—Los perdedores como tú siempre lo necesitan. Sabes dónde encontrarme.
Reacher hizo una pausa.
—Sí —dijo—. Lo sé. Cuenta con eso.
Se quedó donde estaba un rato largo, y después se levantó de la silla del visitante y se alejó caminando, despacio, con la mirada al frente, todo el trayecto hasta el otro lado de la puerta y a la vereda.
Un minuto después Shevick rengueó detrás de él.
—Tenemos que hablar —dijo Reacher.
SEIS
Shevick todavía tenía un teléfono celular. Dijo que no lo había vendido porque era uno viejo con tapa que no valía prácticamente nada, y todavía lo usaba porque dar de baja el plan le habría costado más que mantenerlo. Además de que había momentos en los que realmente lo necesitaba. Reacher le dijo que este era uno de esos momentos. Le dijo que llamara un taxi. Shevick le dijo que no se podía permitir un taxi. Reacher le dijo que sí podía, solo por esta vez.
El taxi que vino era un viejo Crown Vic destartalado, con una capa gruesa de pintura color cáscara de naranja, con un foco de auto de policía en el pilar del conductor y una luz de taxi amarrada al techo. No un vehículo atractivo, visualmente. Pero andaba bien. Se movió con pesadez y gimoteando el kilómetro y medio hasta la casa de Shevick y se detuvo afuera. Reacher ayudó a Shevick por el sendero angosto de cemento hasta la puerta. Una vez más se abrió antes de que pudiera poner la llave en la cerradura. La señora Shevick lo miró fijo. Tenía en la cara preguntas mudas. ¿Un taxi? ¿Por la rodilla? ¿Entonces por qué el hombre grandote también regresó?
Y sobre todo: ¿Debemos otros mil dólares?
—Es complicado otra vez —dijo Shevick.
Volvieron a la cocina. El horno estaba frío. Ninguna cena. Ya habían comido una vez ese día. Todos se sentaron a la mesa. Shevick contó su parte de la historia. Fisnik no estaba. Había en cambio un sustituto. Un extraño pálido siniestro con un libro grande negro. Entonces Reacher se ofreció como intermediario.
La señora Shevick pasó su mirada a Reacher.
Que dijo:
—Estoy bastante seguro de que era ucraniano. Tenía en el cuello un tatuaje de cárcel. Alfabeto cirílico, definitivamente.
—No creo que Fisnik fuera ucraniano —dijo la señora Shevick—. Fisnik es un apellido albanés. Lo busqué en la biblioteca.
—Dijo que Fisnik había sido reemplazado. Dijo que el asunto que quien fuera tuviese con Fisnik ahora lo tenía con él. Dijo que los clientes de Fisnik ahora eran sus clientes. Dijo que si le debías dinero a Fisnik ahora se lo debías a él. Aclaró el mismo punto muchas veces. Dijo que no era astrofísica.
—¿Pidió otros mil dólares?
—Sostuvo el libro abierto tan cerca del pecho que resultaba incómodo. Al principio no estuve seguro de por qué. Asumí que no quería que yo viera lo que decía ahí. Me preguntó mi nombre, y dije Aaron Shevick. Bajó la vista al libro y asintió. Lo cual me pareció raro.
—¿Por qué?
—¿Qué probabilidades había de que tuviera el libro abierto en la página de la S? Una en veintiséis. Posible, pero improbable. Así que empecé a pensar que estaba escondiendo el libro no porque no quisiera que yo viese lo que decía ahí, sino porque no quería que yo viera lo que no decía ahí. Porque ahí no decía nada. Estaba en blanco. Esa fue mi suposición. Después él lo demostró. Me preguntó cuánto debía. Él no lo sabía. No tenía la información previa de Fisnik. No era el viejo libro de contabilidad de Fisnik. Era un libro nuevo en blanco.
—¿Y todo eso qué significa?
—Significa que no fue una reorganización rutinaria interna. No mandaron a Fisnik al banco y pusieron a un bateador de emergencia. Fue una usurpación hostil desde afuera. Ahora hay una gerencia completamente nueva. Repasé las palabras del tipo. Su uso del lenguaje. Lo dejó claro. Alguien distinto se está metiendo en ese negocio.
—Esperen —dijo la señora Shevick—. Lo escuché en la radio. La semana pasada, creo. Va a haber un comisario general de policía nuevo. Dice que en la ciudad hay bandas rivales de ucranianos y albaneses.
Reacher asintió.
—Ahí está —dijo—. Los ucranianos están interviniendo en parte de los negocios albaneses. Ahora les toca tratar con gente nueva.
—¿Pidieron los mil dólares extra?
—Están mirando hacia delante, no hacia el pasado. Están dispuestos a no darles mayor importancia a los viejos préstamos de Fisnik. Todos o en parte. Porque así les toca. No tienen opción. No saben lo que debe cada uno. No tienen la información. ¿Y además para qué les irían a dar importancia? No era el dinero de ellos. Quieren sus clientes. Eso es todo. Para el futuro. Quieren cubrir sus necesidades durante los próximos años.
—¿Le pagó al hombre?
—Preguntó cuánto debía y yo me arriesgué y le dije mil cuatrocientos dólares. Miró la página en blanco y asintió solemnemente y coincidió. Así que le pagué mil cuatrocientos dólares. Momento en el cual dijo que me podía ir y confirmó que el préstamo estaba pagado en su totalidad.
—¿Dónde está el resto del dinero?
—Acá mismo —dijo Reacher. Sacó el sobre del bolsillo. Apenas más delgado de lo que era antes. Todavía había en el sobre doscientos once billetes. Veintiún mil cien dólares. Lo puso en la mesa, en el medio, equidistante. Shevick y su esposa lo miraron fijo y no dijeron nada.
Reacher dijo:
—Este es un universo arbitrario. Una vez cada luna azul las cosas salen bien. Como ahora. Alguien inició una guerra y ustedes son el opuesto exacto de daño colateral.
—No si Fisnik aparece la semana que viene queriendo todo esto más otros siete mil dólares.
—No va a suceder —dijo Reacher—. Fisnik fue reemplazado. Algo que viniendo de un gángster ucraniano con tinta de cárcel en el cuello casi seguro significa que Fisnik está muerto. O incapacitado de alguna otra manera. No va a aparecer la semana que viene. Ni ninguna semana. Y ustedes están en orden con los tipos nuevos. Eso dijeron. Están fuera de peligro.
Durante un largo rato se quedaron en silencio.
La señora Shevick miró a Reacher.
—Gracias —dijo.
Entonces sonó el teléfono de Shevick. Se fue rengueando hasta el pasillo y atendió la llamada. Reacher oyó un leve graznido plástico desde el auricular. Una voz de hombre, le pareció. No pudo entender lo que decían. Un flujo largo de información. Oyó cómo respondía Shevick, alto y claro, a tres metros de distancia, balbuceando un consentimiento que sonó agotado y poco sorprendido, y así y todo decepcionado. Después Shevick formuló lo que fue inconfundiblemente una pregunta.
—¿Cuánto? —dijo.
Respondió el leve graznido plástico.
Shevick cerró el teléfono. Se quedó quieto por un momento, y luego regresó a la cocina rengueando y se volvió a sentar a la mesa. Cruzó las manos delante de sí. Miró el sobre. No una mirada fija, tampoco contemplativa. Más bien agridulce. Equidistante. A la misma distancia de todas esas maneras de mirar.
—Necesitan otros cuarenta mil dólares —dijo.
Su esposa cerró los ojos y apretó las manos contra la cara.
—¿Quién los necesita? —dijo Reacher.
—Fisnik no —dijo Shevick—. Tampoco los ucranianos. Ninguno de ellos. Este es el otro lado del asunto completamente. La razón por la cual tuvimos que pedir el dinero prestado.
—¿Los están chantajeando?
—No, nada de eso. Ojalá fuera así de simple. Lo único que puedo decir es que hay unas facturas que tenemos que pagar. Una acaba de vencer. Ahora tenemos que encontrar otros cuarenta mil dólares. —Le volvió a echar un vistazo al sobre—. De los cuales una parte ya la tenemos, gracias a ti. —Hizo el cálculo mentalmente—. Técnicamente tenemos que conseguir otros dieciocho mil novecientos dólares.
—¿Para cuándo?
—Mañana a la mañana.
—¿Pueden conseguirlos?
—No podríamos conseguir ni dieciocho centavos.
—¿Por qué tan pronto?
—Algunas cosas no pueden esperar.
—¿Qué van a hacer?
Shevick no respondió.
Su esposa se sacó las manos de la cara.
—Los vamos a pedir prestados —dijo—. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
—¿A quién se los van a pedir?
—Al hombre con el tatuaje de cárcel —dijo—. ¿Qué opción tenemos? En todos los demás lugares no tenemos más crédito.
—¿Los van a poder devolver?
—Nos ocuparemos de eso a su debido tiempo.
Ninguno habló.
Reacher dijo:
—Lamento no poder ayudarlos más.
La señora Shevick lo miró.
—Sí puede —dijo.
—¿Puedo?
—De hecho lo va a tener que hacer.
—¿Sí?
—El hombre con el tatuaje de cárcel cree que usted es Aaron Shevick. Va a tener que ir a pedir el dinero por nosotros.
SIETE
Lo discutieron durante otros treinta minutos. Reacher y los Shevick, de un lado y del otro. Algunos hechos quedaron establecidos al principio. Los puntos fijos. Las cuestiones no negociables. Necesitaban el dinero sí o sí. Sin duda posible. Sin discusión posible. Lo necesitaban para la mañana siguiente sí o sí. Sin ningún margen. Sin ninguna flexibilidad.
De ninguna manera iban a decir por qué.
Ahorros ya no les quedaban. La casa ya no era de ellos. Habían ingresado recientemente en un acuerdo hipotecario para personas mayores, por medio del cual se les permitía vivir allí por el resto de sus vidas, pero el título de propiedad ya había pasado a manos del banco. La abultada suma que habían recibido ya la habían gastado. No se podía recaudar más. Sus tarjetas de crédito estaban en rojo y habían sido canceladas. Habían pedido dinero usando como garantía sus cheques del Seguro Social. Habían cobrado sus seguros de vida y habían dado de baja su teléfono de línea. Ahora que el auto no estaba más habían vendido todas las cosas de valor. Lo único que les quedaba eran objetos personales. Entre sus propias cosas y las de la familia tenían cinco alianzas de nueve quilates, tres pequeños anillos de diamantes y un reloj pulsera enchapado en oro con una rajadura en el cristal. Reacher se figuró que en el día más feliz de su vida el prestamista más bondadoso del mundo les podría haber dado doscientos dólares. No más que eso. Quizás menos de cien en un mal día. Ni siquiera una gota en un balde de agua.
Dijeron que habían usado por primera vez a Fisnik cinco semanas antes. El nombre les había llegado de un vecino. Como parte de un chisme, no como una recomendación. Una especie de escándalo. Una historia indiscreta acerca del primo de la esposa del sobrino de otro vecino consiguiendo plata prestada de un gángster en un bar. Llamado Fisnik, imagínense. Shevick había reducido el radio de búsqueda basándose en detalles y en rumores, y había empezado revisando cada bar en el área prevista, uno por uno, ruborizado, avergonzado, observado, preguntándole a cada barman si conocía a un tipo llamado Fisnik, hasta que en su cuarta parada un hombre gordo de modales sarcásticos sacudió su dedo hacia la mesa del rincón.
—¿Cómo fue? —preguntó Reacher.
—Muy fácil —dijo Shevick—. Me acerqué a la mesa, y me quedé ahí, mientras él me inspeccionaba, y después me indicó que me sentara, y eso hice. Supongo que al principio di unas cuantas vueltas, hasta que en un momento simplemente le dije, mira, necesito un préstamo, y entiendo que tú prestas dinero. Me preguntó cuánto, y le dije. Me explicó los términos del contrato. Me mostró las fotos. Miré el video. Le di mi número de cuenta. Veinte minutos después el dinero estaba en mi banco. Lo transfirieron desde algún lugar imposible de rastrear vía una empresa en Delaware.
—Me imaginé una bolsa de dinero en efectivo —dijo Reacher.
—Nosotros lo tenemos que devolver en efectivo.
Reacher asintió.
—Dos cosas en una —dijo—. Las dos al mismo tiempo. Usura y lavado de dinero. Transfieren electrones sucios y a cambio reciben efectivo limpio de las calles. Más una buena tasa de interés encima. La mayor parte del lavado de dinero incluye perder un porcentaje, no ganar un porcentaje. Supongo que esos muchachos no eran tontos.
—No en nuestra experiencia.
—¿Crees que los ucranianos van a ser mejores o peores?
—Peores, imagino. La ley de la selva parece que ya lo está demostrando.
—¿Entonces cómo les van a devolver el dinero?
—De eso nos ocuparemos mañana.
—No les queda nada para vender.
—Algo puede llegar a aparecer.
—En sus sueños.
—No, en la realidad. Estamos esperando algo. Tenemos motivos para creer que va a venir muy pronto. Tenemos que mantenernos firmes hasta que llegue.
De ninguna manera dirían qué era lo que estaban esperando.
Veinte minutos más tarde Reacher bajó el cordón más alejado libre de cargas, y cruzó la calle en cuatro zancadas rápidas, y subió el cordón más próximo, y tiró de la puerta del bar. Adentro parecía estar más iluminado que antes, porque afuera estaba más oscuro, y estaba apenas más ruidoso, porque había más personas, incluyendo a un grupo de cinco hombres apretujados alrededor de una mesa para cuatro, todos rememorando alguna cosa u otra.
El tipo pálido estaba todavía en el rincón de atrás al fondo.
Reacher caminó hacia él. El tipo pálido lo miró durante todo el trayecto. Reacher se moderó un poco. Había que respetar las convenciones. Prestamista y prestatario. Caminó con lo que él consideraba que era su andar amigable, pura locomoción desinhibida, ninguna amenaza para nadie. Se sentó en la misma silla que había usado antes.
El tipo pálido dijo:
—Aaron Shevick, ¿no?
—Sí —dijo Reacher.
—¿Qué te trae de vuelta tan pronto?
—Necesito un préstamo.
—¿Ya? Acabas de cancelar una deuda.
—Surgió algo.
—Te dije —dijo el tipo—. Los perdedores como tú siempre regresan.
—Lo recuerdo —dijo Reacher.
—¿Cuánto quieres?
—Dieciocho mil novecientos dólares —dijo Reacher.
El tipo pálido negó con la cabeza.
—No puedo —dijo.
—¿Por qué no?
—Es un salto importante de los ochocientos de la última vez.
—Mil cuatrocientos.
—Seiscientos de eso fueron tasas y cargos. El capital eran solo ochocientos dólares.
—Eso fue entonces. Esto es ahora. Es lo que necesito.
—¿Lo vas a poder pagar?
—Siempre pude —dijo Reacher—. Pregúntale a Fisnik.
—Fisnik es historia —dijo el tipo pálido.
Nada más.
Reacher esperó.
Después el tipo pálido dijo:
—Quizás haya una manera de que te ayude. Aunque tienes que entender que voy a estar asumiendo un riesgo, que va a tener que estar reflejado en el precio. ¿Te sientes cómodo con esa situación?
—Supongo —dijo Reacher.
—Y debo decirte que soy más bien una persona de números redondos. No puedo darte dieciocho novecientos. Vamos a tener que hacer veinte. De ahí voy a sacar mil cien como tasa administrativa. Vas a recibir el monto exacto que necesitas. ¿Quieres escuchar las tasas de interés?
—Supongo —volvió a decir Reacher.
—Las cosas siguieron su curso desde los tiempos de Fisnik. Ahora estamos en una era de innovaciones. Operamos con lo que se conoce como tarifa dinámica. Ajustamos la tasa para arriba o para abajo, dependiendo de la oferta y la demanda y cosas por el estilo, pero también dependiendo de lo que pensamos del prestatario. ¿Será fiable? ¿Podemos confiar en él? Cuestiones como esas.
—¿Y yo dónde estoy? —preguntó Reacher—. ¿Arriba o abajo?
—Voy a empezar poniéndote bien arriba en la cima de todo. Donde están los peores riesgos. Lo cierto es que no me caes muy bien, Aaron Shevick. No estoy teniendo una buena sensación. Te llevas veinte esta noche, me traes veinticinco, dentro de una semana a partir de hoy. Después de eso, los intereses siguen a veinticinco por ciento por semana o parte de una semana, más un cargo por mora de mil dólares por día, o parte de un día. Después del primer plazo, todos los montos se vuelven pagaderos en su totalidad inmediatamente se los reclame. Una negativa o una incapacidad de pago bajo reclamo te pueden dejar expuesto a cosas desagradables de diferentes tipos. Tienes que entender eso por anticipado. Necesito escucharte decirlo, con tus propias palabras. No es el tipo de cosa que se puede escribir y firmar. Tengo fotos para que veas.
—Grandioso —dijo Reacher.
El tipo pulsó un poco su teléfono, menús, álbumes, presentaciones, y lo entregó de costado, como un paisaje, no un retrato, lo cual fue apropiado, porque todos los sujetos de todas las imágenes estaban acostados. En su mayoría estaban amarrados con duct tape a una cama de hierro, en una habitación con paredes encaladas grises por el tiempo y la humedad. A algunos les arrancaban los ojos con una cuchara, y a algunos les habían hecho cortes con una sierra eléctrica, cada vez más profundos, y a algunos los habían quemado con una plancha, y a algunos los habían agujereado con herramientas eléctricas inalámbricas, que aparecían en las fotos como una prueba, amarillas y negras, pesadas en la parte de arriba y bamboleantes, con las mechas dos tercios enterradas en carne blanda.
Bastante feo.
Pero no lo peor que Reacher hubiera visto.
Aunque quizás sí lo peor que hubiera visto todo junto en un solo teléfono.
Lo entregó de vuelta. El tipo pulsó un poco otra vez por los menús, hasta que llegó adonde quería. Asuntos serios ahora.
—¿Entiendes los términos del contrato? —dijo.
—Sí —dijo Reacher.
—¿Los aceptas?
—Sí —dijo Reacher.
—¿Número de cuenta?
Reacher le pasó los números de Shevick. El tipo los ingresó, ahí mismo en el teléfono, y después pulsó un rectángulo verde grande en la parte abajo de la pantalla. El botón de ir.
—El dinero va a estar en tu banco en veinte minutos —dijo.
Después pulsó para pasar más menús, y de repente alzó el teléfono en función de cámara, y le sacó una foto a Reacher.
—Gracias, señor Shevick —dijo—. Un placer hacer negocios. Lo veré otra vez exactamente en una semana.
Después se dio un golpecito en su cabeza hirsuta con su dedo blanco hueso, el mismo gesto que antes. Algo acerca de recordar. Alguna clase de insinuación amenazadora.
Como quieras, pensó Reacher.
Se puso de pie y se alejó caminando, cruzó la puerta, salió a la oscuridad. Había un auto junto al cordón. Un Lincoln negro, con el motor en marcha a la espera, y el conductor a la espera al volante, recostado en su asiento, la cabeza contra el respaldo, codos bien separados, rodillas bien separadas, como los choferes de todas partes, tomándose un descanso.
Había un segundo tipo, afuera del auto, apoyado contra el guardabarros de atrás. Estaba vestido igual que el conductor. Y que el tipo adentro del bar. Traje negro, camisa blanca, corbata negra de seda. Como un uniforme. Tenía las rodillas cruzadas, y los brazos cruzados. Estaba esperando. Tenía el aspecto que tendría el tipo de la mesa del rincón, después de más o menos un mes al sol. Blanco, no luminiscente. Tenía pelo pálido rapado casi al ras del cuero cabelludo, y la nariz rota, y tejido de cicatrices en las cejas. No un gran peleador, pensó Reacher. Obviamente le pegaron mucho.
—¿Eres Shevick? —dijo el tipo.
—¿Quién pregunta? —dijo Reacher.
—La gente que te acaba de prestar dinero.
—Suena como a que ya sabes quién soy.
—Te vamos a llevar a tu casa en auto.
—¿Supongamos que no quiero que me lleven? —dijo Reacher.
—Es parte del trato —dijo el tipo.
—¿Qué trato?
—Necesitamos saber dónde vives.
—¿Por qué?
—Para reasegurarnos.
—Búsquenme.
—Ya lo hicimos.
—¿Y?
—No estás en la guía. No tienes ninguna propiedad a tu nombre.
Reacher asintió. Los Shevick habían dado de baja su teléfono de línea. El título de la casa ya había pasado a manos del banco.
—Así que tenemos que hacer una visita personal —dijo el tipo.
Reacher no dijo nada.
—¿Hay una señora Shevick? —preguntó el tipo.
—¿Por qué?
—Quizás también la podríamos visitar un poco a ella, mientras miramos dónde viven. Nos gusta tener a nuestros clientes cerca. Nos gusta conocer a la familia. Nos resulta provechoso. Ahora sube al auto.
Reacher negó con la cabeza.
—No estás entendiendo —dijo el tipo—. Esto no es una elección. Es parte del trato. Te prestamos dinero.
—Tu amigo blanco leche de adentro me explicó el contrato. Repasó todos los términos, con un detalle considerable. La tasa administrativa, la tarifa dinámica, las sanciones. En cierto momento incluso se sirvió de ayuda visual. Después de lo cual preguntó si yo aceptaba los términos del contrato, y yo dije que sí, así que en ese momento el trato estaba cerrado. No pueden empezar a agregar cosas después, como llevarme a casa y conocer a la familia. Tendría que haber aceptado eso por anticipado. Un contrato es una cosa de dos. Sujeto a negociación y consentimiento. No se puede hacer de manera unilateral. Es un principio básico.
—Te crees inteligente.
—Tengo esa esperanza —dijo Reacher—. A veces me preocupa ser solo un pedante.
—¿Qué?
—Me puedes ofrecer llevarme, pero no puedes insistir en que acepte.
—¿Qué?
—Me oíste.
—OK. Te estoy ofreciendo llevarte. Última oportunidad. Sube al auto.
—Por favor.
El tipo hizo una pausa muy, muy larga. Dijo:
—Por favor sube al auto.
—OK —dijo Reacher—. Dado que lo pediste de manera tan amable.
OCHO
Más o menos la manera más segura de transportar un rehén indócil en un auto particular era hacerlo conducir sin el cinturón de seguridad puesto. Los tipos del Lincoln no hicieron eso. Optaron en cambio por una segunda mejor opción convencional. Pusieron a Reacher atrás, detrás del asiento delantero vacío del acompañante, con nada frente a él para atacar. El tipo que había hablado se subió al lado de él, de la otra parte, detrás del conductor, y se sentó medio de costado, atento.
—¿Adónde? —dijo.
—Da la vuelta —dijo Reacher.
El conductor giró en U a través del ancho de la calle, rebotando hacia arriba con la rueda delantera derecha en el cordón más alejado, y bajando el cordón de vuelta con una bofetada.
—Sigue derecho cinco cuadras —dijo Reacher.
El conductor hizo avanzar el auto. Era una versión más pequeña del primer tipo. No tan pálido. Caucásico, seguro, pero no deslumbrante. Tenía el mismo pelo cortado al ras, dorado y brillante. Tenía una cicatriz de cuchillo en el dorso de la mano izquierda. Probablemente una herida defensiva. Por el puño derecho de la camisa le sobresalía un tatuaje desteñido y de trazos muy delgados. Tenía orejas grandes y rosas, que le salían para afuera de los costados de la cabeza.
Los neumáticos golpetearon sobre asfalto roto y pedazos de empedrado. Después de las cinco cuadras derecho llegaron al semáforo con dos calles de doble mano. Donde Shevick había esperado para cruzar. Salieron del viejo mundo y se introdujeron en el nuevo. Terreno llano y abierto. Cemento y gravilla. Veredas anchas. Todo tenía un aspecto distinto en la oscuridad. La terminal de autobuses estaba más adelante.
—Derecho —dijo Reacher.
El conductor cruzó la luz verde. Pasaron la terminal. La recorrieron alrededor, una distancia amable detrás de los distritos de altos ingresos. Un kilómetro después llegaron adonde el autobús había salido de la carretera principal.
—Ve hacia la derecha —dijo Reacher—. Afuera hacia la autopista.
Vio que la calle de dos carriles para entrar a la ciudad se llamaba Center. Después se ensanchaba a cuatro carriles y tenía como nombre el número de una ruta estatal. Después venía el supermercado gigante. Los parques empresariales estaban más adelante.
—¿Adónde carajo estamos yendo? —dijo el tipo que iba atrás—. Nadie vive en esta zona.
—A mí me gusta —dijo Reacher.
La carretera era lisa y pareja. Los neumáticos siseaban. Delante de ellos no había tráfico. Quizás algo detrás. Reacher no lo sabía. No se podía arriesgar a mirar.
—Díganme de vuelta por qué quieren conocer a mi esposa —dijo.
—Nos parece conveniente —dijo el tipo de atrás.
—¿De qué manera?
—Le devuelves un préstamo a un banco porque te preocupa el puntaje de crédito y tu buen nombre y tu reputación en la comunidad. Pero para ti todo eso ya no existe. Estás en la mierda. ¿Qué es lo que te preocupa ahora? ¿Qué es lo que va a hacer que nos devuelvas el dinero?
Pasaron los parques empresariales. Seguía sin haber tráfico. El concesionario de autos estaba más adelante a lo lejos. Un alambrado, filas de siluetas oscuras, banderines que brillaban grises a la luz de la luna.
—Suena como una amenaza —dijo Reacher.
—Las hijas también sirven.
Seguía sin haber tráfico.
Reacher le pegó al tipo en la cara. De la nada. Una explosión de músculo repentina y violenta. Sin ningún aviso. Un mazazo, con toda la velocidad y torsión que podía reunir en el reducido espacio disponible. La cabeza del tipo golpeó hacia atrás contra el marco de la ventanilla. Una rociada de sangre de la nariz salpicó el vidrio.
Reacher recargó y le pegó al conductor. La misma clase de fuerza. La misma clase de resultado. Inclinándose sobre el asiento, un gancho apaleando recto la oreja del tipo, la cabeza del tipo golpeando hacia el costado, rebotando contra el vidrio, derecho a un segundo golpe recto a la misma oreja, y un tercer golpe, que apagó las luces. El tipo cayó sobre el volante.
Reacher se apretujó en el espacio de atrás para los pies.
Un segundo después el auto chocó contra el alambrado del concesionario a sesenta kilómetros por hora. Reacher oyó una explosión descomunal y un chillido de banshee y los airbags estallaron y su cuerpo se aplastó contra la parte de atrás del asiento que tenía enfrente, que cedió y colapsó contra el airbag que ahora se desinflaba adelante, justo cuando el auto se estrellaba contra el primer vehículo en venta, en la punta más cercana de la larga hilera debajo de las banderas y los banderines. El Lincoln lo chocó fuerte, de frente contra su flanco resplandeciente, y el parabrisas del Lincoln se hizo añicos y la parte de atrás se elevó por el aire, y se reventó de vuelta contra el suelo, y el motor se detuvo, y el auto quedó quieto y mudo, todo salvo por un siseo de vapor alto y furioso debajo del capot destrozado.
Reacher se desenrolló y trepó otra vez al asiento. Había recibido todos los estremecedores impactos en la parte alta de la espalda. Se sentía con el aspecto que había tenido Shevick en la vereda. Conmocionado. Todo dolorido. ¿Algo normal, o peor? Estimó que algo normal. Movió la cabeza, el cuello, los hombros, las piernas. Nada roto. Nada desgarrado. No tan mal.
No se podía decir lo mismo de los otros dos tipos. El conductor se había estrellado la cara contra el airbag, y después la parte de atrás de la cabeza contra el otro tipo, que había salido disparado hacia delante desde el compartimento de atrás como una lanza, directo hacia el parabrisas hecho añicos, donde todavía estaba, doblado desde la cadera sobre el capot estrujado, boca abajo. Sus pies eran lo que estaba más cerca. No se movía. Tampoco el conductor.
Reacher abrió la puerta a la fuerza contra el chirrido del metal deformado, y se arrastró hacia afuera, y cerró la puerta a la fuerza al salir. No había tráfico detrás de ellos. Nada tampoco más adelante, salvo luces delanteras titilantes y tenues, quizás a dos kilómetros de distancia. Viniendo hacia ellos. Poco más de un minuto a cien kilómetros por hora. El vehículo que había chocado el Lincoln era una furgoneta. Una Ford. Tenía todo el lateral abollado hacia dentro. Doblado como una banana. Tenía un cartel en el parabrisas que decía Sin Accidentes. El Lincoln estaba totalmente estropeado. Estaba plegado como un acordeón, todo hasta el parabrisas. Como un aviso de seguridad vial en un diario. Salvo por el tipo tendido arriba.
Las luces delanteras más adelante se estaban acercando. Y ahora de regreso hacia la ciudad había más. El alambrado del concesionario había quedado abierto como en un dibujo animado. Los jirones enrulados de alambre se curvaron prolijamente hacia los lados. Como si la estela los hubiese hecho retroceder. El espacio abierto tenía más de dos metros de ancho. Básicamente toda una sección se había salido. Reacher se preguntó si el alambrado tendría sensores de movimiento. Conectados a una alarma silenciosa. Conectada al departamento de policía. Quizás un requisito del seguro. Sin duda adentro había muchas cosas para robar.
Hora de partir.
Reacher pasó por el hueco en el alambrado, agarrotado y dolorido, golpeado y maltrecho, pero funcionando. Se mantuvo alejado de la carretera. Avanzó a los tropezones siguiéndola en paralelo, cruzando campos y terrenos baldíos, quince metros más allá, fuera del alcance lateral de las luces delanteras, mientras los autos pasaban a la distancia, algunos despacio, algunos rápido. Quizás policías. Quizás no. Rodeó el primer parque empresarial por la parte de atrás, y el segundo, y después cambió el ángulo y se dirigió hacia el playón de estacionamiento del supermercado gigante, apuntando a atravesarlo a pie y retomar la carretera principal donde tenía la salida.
Gregory recibió la noticia más o menos de manera inmediata, de un empleado que estaba limpiando en la sala de emergencias. Parte de la red ucraniana. El tipo se tomó una pausa para fumar y llamó directo. Dos de los hombres de Gregory, recién llegados en camillas. Luces y sirenas. Uno mal, otro peor. Los dos probablemente iban a morir. Se hablaba de un accidente automovilístico afuera de la concesionaria Ford.
Gregory llamó a sus cabecillas, y diez minutos después estaban todos reunidos, alrededor de una mesa en la sala trasera de la empresa de taxis. Su mano derecha dijo:
—Lo único que sabemos con seguridad es que hoy más temprano dos de los nuestros fueron al bar para hacer la corroboración de domicilio de uno de los clientes anteriores del negocio de créditos de los albaneses.
—¿Cuánto tarda una corroboración de domicilio? —dijo Gregory—. Deberían haber terminado hace rato. Esto tiene que ser algo totalmente distinto. Obviamente es algo aparte. No puede haber sido la corroboración de domicilio. Porque ¿quién vive allá donde está la concesionaria Ford? Nadie. Por lo que dejaron al tipo en su casa y anotaron la dirección, quizás sacaron una foto, y después se dirigieron hacia la concesionaria Ford. Debe haber habido un motivo. ¿Y por qué chocaron?
—Quizás los persiguieron en esa dirección. O los llevaron hasta ahí engañados. Después chocaron y se salieron de la carretera. Es bastante solitario ahí de noche.
—¿Crees que fue Dino?
—Tienes que preguntar: ¿por qué esos dos en particular? Quizás los siguieron desde la puerta del bar. Lo cual sería apropiado. Porque quizás Dino está queriendo decir algo con esto. Le robamos su negocio. Esperábamos algún tipo de reacción, después de todo.
—Después de que se diera cuenta.
—Quizás ya se dio cuenta.
—¿Cuánto más va a querer decir?
—Quizás esto es todo —dijo el tipo—. Dos hombres por dos hombres. Nosotros nos quedamos con el negocio de préstamos. Se estaría rindiendo con honor. Es un hombre realista. No tiene demasiadas opciones. No puede empezar una guerra, con los policías vigilando.
Gregory no dijo nada. La sala quedó en silencio. Ningún tipo de sonido, salvo un parloteo apagado del radio de los taxis en la oficina de adelante. A través de la puerta cerrada. Solo ruido de fondo. Nadie le prestó ninguna atención. Si lo hubieran hecho, habrían escuchado a un conductor que llamaba para decir que había dejado a una señora mayor en el supermercado, y que iba a usar el tiempo en el que ella hacía las compras para ganar algún dólar extra llevando a un pasajero a su casa, hasta las viejas casas tipo al este del centro de la ciudad. El tipo estaba a pie, pero tenía un aspecto razonablemente civilizado y tenía dinero en efectivo. Quizás se le había averiado el auto. Eran seis kilómetros de ida y seis kilómetros de vuelta. Iba a haber terminado incluso antes de que la señora mayor saliera del sector de panadería. Sin daño no hay falta.
En ese momento Dino estaba recibiendo una instantánea mucho más incompleta y temprana de una parte de las noticias. Se había demorado una hora en recorrer la cadena hasta arriba. No incluía nada del accidente automovilístico. La mayor parte del día se había pasado en deshacerse de Fisnik y su mencionado cómplice. La reorganización había quedado para muy tarde. Casi una idea de último momento. Habían enviado un reemplazo al bar, para retomar el negocio de Fisnik. El tipo al que eligieron había llegado allí un poco después de las ocho de la noche. Inmediatamente había visto matones ucranianos en la calle. Custodiando el lugar. Un Lincoln Town Car, y dos hombres. Había ido a escondidas hasta la puerta contra incendios de atrás del bar, y había echado un vistazo dentro a escondidas. En la mesa de Fisnik en el rincón de atrás al fondo había un ucraniano, hablando con un tipo grandote, con aspecto desaliñado y pobre. Obviamente un cliente.
En ese punto el reemplazo elegido se reagrupó y se retiró. El tipo al que le dijo llamó a otro tipo. Que llamó a otro tipo. Y así. Porque las malas noticias viajaban despacio. Una hora después Dino escuchó al respecto. Llamó a sus cabecillas, a la maderería.
Dijo:
—Hay dos escenarios posibles. O la cuestión de la lista del comisario general de policía era verdad, y de manera oportunista y desleal usaron el desorden para meterse en nuestro negocio de préstamos de dinero, o no era verdad, y esto fue algo planeado desde el principio, y de hecho nos engañaron para que les despejáramos el camino.
—Supongo que tenemos que tener la esperanza de que sea la primera —dijo su mano derecha.
Dino se quedó en silencio por un largo rato.
Luego dijo:
—Me temo que tenemos que hacer de cuenta que fue la primera. No tenemos otra alternativa. No podemos empezar una guerra. No ahora. Vamos a tener que dejar que se queden con el negocio de préstamo de dinero. No tenemos una manera práctica de recuperarlo. Pero lo vamos a entregar con honor. Tiene que ser dos por dos. No nos podemos permitir hacer menos. Maten a dos de sus hombres, y así quedamos a mano.
—¿Cuáles dos? —preguntó su mano derecha.
—No me importa —dijo Dino.
Después cambió de parecer.
—No, elíjanlos con cuidado —dijo—. Tratemos de encontrar una ventaja.
NUEVE
Reacher bajó del taxi en la casa de los Shevick y recorrió el sendero angosto de cemento. La puerta se abrió antes de que pudiera tocar el timbre. Shevick estaba allí de pie, con la luz detrás de él y el teléfono en la mano.
—La transferencia del dinero llegó hace una hora —dijo—. Gracias.
—De nada —dijo Reacher.
—Llegas tarde. Pensamos que quizás no regresabas.
—Tuve que hacer un pequeño desvío.
—¿Adónde?
—Entremos —dijo Reacher—. Tenemos que hablar.
Esta vez usaron el living. Las fotos en la pared, la televisión amputada. Los Shevick ocuparon los sillones y Reacher se sentó en el sofá.
Dijo:
—Fue bastante parecido a como fue entre tú y Fisnik. Salvo que el tipo me sacó una foto. Lo que podría ser algo bueno, al final. Tu nombre, mi cara. Un poco de confusión nunca hace daño. Pero si yo hubiera sido un cliente de verdad, no me habría gustado. Ni un poco. Habría sido como un dedo huesudo tocándome el hombro. Me habría hecho sentir vulnerable. Después salí y había más. Dos tipos, que me querían llevar a casa, para ver dónde vivía, y con quién vivía. Mi esposa, si tenía. Lo que era otro dedo huesudo. Quizás toda una mano huesuda.
—¿Qué pasó?
—Entre los tres negociamos un arreglo distinto. Para nada relacionado ni con tu nombre ni con tu dirección. De hecho bastante confuso en cuanto a lo que sucedió exactamente. Yo quería algo de misterio alrededor. Sus jefes van a creer que hay un mensaje, pero no van a estar seguros de parte de quién. Van a pensar que los albaneses, lo más probable. No tú, desde luego.
—¿Qué les sucedió a los hombres?
—Fueron parte del mensaje. Como diciendo esto es América. No envíes a un imbécil que en su última aparición salió séptimo en las peleas de fondo de algún club de lucha en un sótano de Kiev. Al menos tómatelo en serio. Muestra un poco de respeto.
—Vieron tu cara.
—No la van a recordar. Tuvieron un accidente. Quedaron todos estropeados. Van a perder una o dos horas de la memoria. Amnesia retrógrada, le llaman. Bastante común, después de un trauma físico. Es decir, si no mueren antes.
—¿Entonces está todo bien?
—No realmente —dijo Reacher.
—¿Qué más?
—Esta no es gente razonable.
—Lo sabemos.
—¿Cómo les van a devolver el dinero?
No respondieron.
—Necesitan veinticinco mil dólares, en una semana a partir de ahora. No se pueden retrasar. También me mostraron fotos. Las de Fisnik no pueden haber sido peores. Necesitan alguna clase de plan.
—Una semana es mucho tiempo —dijo Shevick.
—No realmente —dijo Reacher otra vez.
—Podría llegar a suceder algo bueno —dijo la señora Shevick.
Nada más.
Reacher dijo:
—De verdad me tienen que decir qué es lo que están esperando.
Tenía que ver con su hija, inevitablemente. La mirada de la señora Shevick deambuló por las fotos de la pared mientras contaba la historia. Su hija se llamaba Margaret, abreviado a Meg desde la infancia. Había sido una niña brillante y feliz, llena de encanto y energía. Le encantaban los otros niños. Le encantaba el jardín de infantes. Le encantaba la escuela primaria. Le encantaba leer y escribir y dibujar. Sonreía y parloteaba todo el tiempo. Podía convencer a cualquiera de que hiciera cualquier cosa. Le podría haber vendido hielo a los esquimales, dijo su madre.
También le encantó la escuela secundaria, en todas sus etapas. Era popular. Les caía bien a todos. Montaba obras de teatro y cantaba en el coro y corría en el equipo de atletismo y nadaba. Se recibió, pero no fue a la universidad. Era buena en los estudios, pero esa no era su principal fortaleza. Tenía el don de gentes. Necesitaba ir de acá para allá, sonriendo, charlando, encantando a las personas, haciéndolas hacer lo que ella quería, para ser sinceros. Le gustaba tener un propósito.
Consiguió un empleo básico como vocera empresarial, y rebotó por toda la ciudad de una oficina de relaciones públicas a otra, haciendo para establecimientos locales cualquier cosa para la que tuvieran presupuesto. Trabajaba duro, y consiguió reconocimiento, y la ascendieron, y para cuando tenía treinta años ganaba más dinero del que su papá jamás hubiera hecho como maquinista. Diez años después, a los cuarenta, le seguía yendo bien, pero sentía que su trayectoria se había ralentizado. Su aceleración se había embotado. Podía ver el techo por encima de ella. Se sentaba en su escritorio y pensaba: ¿esto es todo?
Decidió que no. Quería un último gran logro. Más grande que grande. Estaba en el lugar equivocado, lo sabía. Se iba a tener que mudar. San Francisco, probablemente, donde estaba el dinero de la tecnología. Donde se necesitaban personas para explicar las cosas complicadas. Antes o después iba a tener que ir allí. O a Nueva York. Pero no se decidía. El tiempo pasó. Entonces, asombrosamente, San Francisco fue a ella. Por así decir. Más tarde supo que había un juego perpetuamente en curso, alimentado por personas de bienes raíces y contadores del sector de tecnología, en el que el premio era prever de manera correcta cuál sería el Silicon Valley que viniera después del siguiente. Con el objetivo de entrar antes. Por algún motivo su ciudad natal cumplía con todos los requisitos secretos. En plena revitalización, la clase correcta de personas, los edificios correctos, y energía eléctrica, y velocidad de internet. Los primeros exploradores ya andaban husmeando.
Meg consiguió que un amigo de un amigo la presentara a un tipo que conocía a un tipo, que arregló una entrevista con el fundador de un nuevo emprendimiento. Se encontraron en una cafetería del centro de la ciudad. Tenía veinticinco años y acababa de bajar del avión que lo había traído de California. Una especie de genio de las computadoras nacido en el extranjero. Con algo nuevo que tenía que ver con software médico y aplicaciones en los teléfonos de la gente. La señora Shevick admitió que nunca había estado del todo segura de qué era el producto, salvo que sabía que era la clase de cosa que hace rica a la gente.
A Meg le ofrecieron el trabajo. Vicepresidenta superior de Comunicaciones y Asuntos Locales. Era una empresa emergente primeriza con la tinta fresca, por lo que el salario no era grandioso. No mucho más de lo que ya estaba ganando. Pero había un paquete entero gigante de beneficios. Acciones, un plan de jubilación astronómico, un plan de salud de los mejores, una cupé europea para manejar. Más cosas raras de San Francisco como pizza gratis y golosinas y masajes. Le gustaba todo. Pero por lejos las acciones eran lo más importante. Un día podía ser multimillonaria. Literalmente. Así era como sucedían estas cosas.
Al principio anduvo bastante bien. Meg hizo un gran trabajo haciendo que los tambores no dejaran de redoblar, y dos o tres veces durante el primer año pareció que podían llegar a la cima. Pero no fue así. No precisamente. El segundo año fue lo mismo. Todavía brillante y glamoroso e innovador y la próxima gran cosa, pero no pasó nada. El tercer año fue peor. Los inversores se pusieron nerviosos. El caudal de dinero que ingresaba se redujo mucho. Pero no flaquearon. Alquilaron dos pisos de su edificio. No más pizza ni golosinas. A las camillas de masajes las plegaron y las guardaron. Trabajaron más duro que nunca, lado a lado en espacios reducidos, todavía decididos, todavía seguros.
Entonces a Meg le dio cáncer.
O, más exactamente, descubrió que tenía cáncer desde hacía aproximadamente seis meses. Había estado demasiado ocupada como para ir al médico. Pensaba que el peso que estaba perdiendo era porque estaba trabajando demasiado duro. Pero no. Era un mal diagnóstico. Era un cáncer agresivo, y estaba bastante desarrollado. El único rayo de esperanza era un puñado de tratamientos nuevos. Eran caros y exóticos, pero las pruebas habían sido prometedoras. Parecían funcionar. Su tasa de éxito estaba aumentando. No había otra opción, dijeron los doctores. Se despejaron las agendas y a Meg le dieron turno para la primera sesión a la mañana siguiente.
Que fue cuando empezaron los problemas.
—Algo fallaba en su cobertura —dijo la señora Shevick—. No podían ingresar su número de cuenta. Se estaba preparando para quimioterapia, y había gente que entraba y salía preguntándole su nombre completo y la fecha de nacimiento y el número del Seguro Social. Fue una pesadilla. Estaban al teléfono con la aseguradora, y nadie sabía qué era lo que estaba pasando. Podían ver su historial y sabían que ella era cliente. Pero el código no autorizaba. Hacía aparecer un mensaje de error. Decían que era un problema del sistema. Nada importante. Decían que al día siguiente estaría solucionado. Pero el hospital decía que no podíamos esperar. Nos hicieron firmar un formulario. Decía que nosotros pagaríamos los gastos si la aseguradora no respondía. Decían que era solo un formalismo. Decían que hay problemas de sistemas todo el tiempo. Decían que todo se iba a arreglar.
—Imagino que no fue así —dijo Reacher.
—Llegó el fin de semana, lo que eran dos sesiones más, y después ya era lunes, y entonces nos enteramos.
—¿Se enteraron de qué? —preguntó Reacher, aunque tuvo la sensación de que lo podía adivinar.
La señora Shevick negó con la cabeza y suspiró y agitó la mano frente a su cara, como si no pudiera formar las palabras. Como si ya hubiera terminado de hablar. Su marido se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, y siguió el relato.
—El tercer año —dijo—. Cuando los inversores se pusieron nerviosos. Era incluso peor de lo que sabían. Era peor de lo que todos sabían. Había cosas que el jefe no contaba. A nadie, incluida Meg. Detrás de bastidores todo se estaba viniendo abajo. No estaba pagando las cuentas. Ni un centavo. No renovó el plan de salud de la empresa. No pagó la prima. Simplemente lo ignoró. El número de Meg no ingresaba porque la póliza estaba cancelada. En su cuarto día de tratamiento nos enteramos de que no estaba asegurada.
—No era su culpa —dijo Reacher—. Sin ninguna duda. Fue una especie de fraude o incumplimiento del contrato. Tiene que haber un remedio.
—Hay dos —dijo Shevick—. Uno es un fondo de responsabilidad objetiva del gobierno, y el otro es un fondo de responsabilidad objetiva de la industria de seguros, los dos creados por este motivo en particular. Naturalmente fuimos directo hacia allí. De inmediato se pusieron a trabajar en cómo repartirse las responsabilidades, y apenas eso esté decidido van a reintegrarnos todo lo que gastamos hasta el día de hoy, y después se van a encargar de todo lo demás de ahí en adelante. Estamos esperando una decisión en cualquier momento.
—Pero no pueden detener el tratamiento de Meg.
—Necesita mucho. Dos o tres sesiones por día. Quimioterapia, radioterapia, cuidado y alimentación, escaneos de todo tipo, cuestiones de laboratorio de todo tipo. No puede acceder a beneficios públicos. Técnicamente todavía está en relación de dependencia, técnicamente con un buen salario. A ningún medio le interesa el caso. ¿Cuál es la historia? Hija necesita algo, sus padres están dispuestos a pagar. ¿Cuál es el gancho? Quizás no deberíamos haber firmado ese papel. Quizás se habrían abierto otras puertas. Pero lo firmamos. Ya es demasiado tarde. Obviamente el hospital quiere que le paguen. Esto no es algo de la sala de emergencias. No se lo puede dar por perdido. Las máquinas cuestan un millón de dólares. Tienen que comprar cristales físicos de material radiactivo de verdad. Quieren el dinero por adelantado. Es lo que sucede en casos como este. Pago inmediato. Antes del pago no hay nada. No podemos hacer nada al respecto. Lo único que podemos hacer es aguantar hasta que aparezca alguien. Podría suceder mañana a la mañana. Tenemos siete oportunidades antes de que la semana termine.
—Necesitan un abogado —dijo Reacher.
—No nos lo podemos permitir.
—Probablemente hay un principio importante ahí en algún lugar. Probablemente podrían conseguir alguien que no les cobre.
—Ya tenemos tres de esos —dijo Shevick—. Están trabajando por el costado del interés público. Un grupo de muchachos. Son más pobres que nosotros.
—Siete oportunidades antes de que termine la semana —dijo Reacher—. Suena como una canción de música country.
—Es lo que tenemos.
—Supongo que casi califica como plan.
—Gracias.
—¿Tienen un plan B?
—No como tal.
—Podrían intentar no hacerse ver demasiado. Yo me voy a haber ido hace rato. La foto que sacaron no les va a servir.
—¿Te vas a haber ido?
—No me puedo quedar una semana en ningún lado.
—Tienen nuestro apellido. Estoy seguro de que nos pueden rastrear. Todavía debe haber papeles viejos dando vueltas. Un nivel por debajo de la guía telefónica.
—Cuéntenme de los abogados.
—Están trabajando gratis —dijo Shevick—. ¿Cuán buenos pueden ser?
—Suena como otra canción de música country.
Shevick no respondió. La señora Shevick alzó la mirada.
—Son tres —dijo—. Tres hombres jóvenes agradables. De un proyecto pro bono. Haciendo lo correcto. Buenas intenciones, estoy segura. Pero la ley se mueve lento.
—El plan B podría ser la policía —dijo Reacher—. De acá a una semana, si lo otro todavía no sucedió, podrían ir a la comisaría y contarles la historia.
—¿Cuánto nos protegerían? —preguntó Shevick.
—Supongo que no mucho —dijo Reacher.
—¿Y por cuánto tiempo?
—No mucho —dijo Reacher otra vez.
—Estaríamos quemando las naves —dijo la señora Shevick—. Si lo otro todavía no sucedió, entonces nosotros a esa gente la necesitamos más que nunca. ¿A quién más le podemos ir a pedir cuando llegue la próxima factura? Ir a la policía nos dejaría sin acceso a nada.
—OK —dijo Reacher—. Nada de policía. Siete oportunidades. Lamento lo de Meg. De verdad. De verdad espero que salga bien de todo esto.
Se puso de pie, y se sintió grande en el pequeño espacio cuadrado.
—¿Te vas? —dijo Shevick.
Reacher asintió.
—Voy a ir a un hotel en la ciudad —dijo—. Quizás me doy una vuelta por la mañana. Para despedirme, antes de ponerme en marcha. Si no lo hago, fue un placer conocerlos. Les deseo la mejor de las suertes con sus problemas.
Los dejó allí, sentados en silencio en la sala medio vacía. Fue solo hasta la puerta de adelante y salió, y recorrió el sendero angosto de cemento hasta la calle, y más allá pasando junto a autos estacionados y casas silenciosas y oscuras, y cuando llegó a la calle principal dobló hacia la ciudad.
DIEZ
En el lado oeste de la calle Center había una manzana específica que tenía en una cuadra dos restaurantes uno al lado del otro, y un tercer restaurante en el lado norte de la misma manzana, y un cuarto restaurante en el lado sur, y un quinto atrás, que daba a la calle siguiente. Los cinco trabajaban bien. Estaban siempre concurridos. Siempre animados. Siempre se hablaba de esos restaurantes. Eran el circuito gourmet de la ciudad, ahí mismo, todos juntos. A los transportes de mercadería y a los servicios de blanquería les encantaba. Una parada, cinco clientes. Las entregas eran fáciles.
Lo mismo las recolecciones. Era una manzana ucraniana, dado que estaba al oeste de Center. Pasaban a buscar el dinero por protección puntuales como un reloj. Una parada, cinco clientes. Les encantaba. Pasaban al final del día, cuando las cajas estaban llenas. Antes de que le pagaran a cualquier otro. Entraban al local, siempre dos tipos, siempre juntos, trajes oscuros y corbatas negras de seda y caras pálidas e inexpresivas. Nunca se decía nada. Técnicamente habría sido difícil demostrar la ilegalidad. De hecho nunca se había dicho nada, ni siquiera al principio, muchos años antes, salvo por una opinión estética subjetiva, y después un murmullo preocupado y solidario. Qué lindo que es el restaurante. Sería una lástima que le pasara algo. Una conversación educada. Después de la cual se ofreció un billete de cien dólares, pero fue recibido diciendo que no con la cabeza, hasta que se agregó otro billete de cien, que fue recibido con un asentimiento. Después del primer encuentro el dinero por lo general se lo dejaban en un sobre, por lo general en el atril de recepción. Por lo general se lo entregaban sin decir nada. Técnicamente una actividad voluntaria. No se había efectuado ninguna demanda abierta. No se había solicitado ninguna oferta. Mil dólares por un paseo alrededor de la manzana. Casi legal. Un buen trabajo si lo podías conseguir. Naturalmente había muchos interesados en obtenerlo. Naturalmente lo ganaban los peces gordos. Los lugartenientes más antiguos, en busca de una vida tranquila.
Ese día en particular no la tuvieron.
Habían estacionado el auto sobre la calle Center, y habían empezado con los dos locales de ahí, que daban al frente, y después se habían movido por la manzana en el sentido contrario a las agujas del reloj, haciendo su tercera parada en el lado norte, y la cuarta en la calle trasera, y la quinta en el lado sur. Después de lo cual siguieron caminando, con la intención de doblar en la última esquina, y así completar el cuadrado, y llegar de vuelta al auto.
Todo lo cual hicieron. Sin notar un par de cosas importantes. Más adelante en la cuadra siguiente había una grúa, mirando hacia el otro lado, estacionada, pero en marcha y con las luces de reversa encendidas. Y más o menos a la misma altura de la grúa, en la otra vereda, había un hombre de piloto negro, caminando de prisa hacia ellos. ¿Qué significaba? No se lo preguntaron. Eran lugartenientes con antigüedad, en busca de una vida tranquila.
Se separaron alrededor del capot del auto, el acompañante yendo para un lado y el conductor yendo para el otro. Abrieron las puertas, no exactamente sincronizados, pero cerca. Miraron a su alrededor, todavía de pie, una última vez, mentones arriba, por si alguien dudaba de a quién le pertenecía la manzana.
No se dieron cuenta de que la grúa se empezaba a mover, despacio, marcha atrás, directo hacia ellos. No se dieron cuenta de que el hombre de piloto bajaba de la otra vereda, en diagonal, directo hacia ellos.
Se deslizaron en sus asientos, traseros, rodillas, pies, pero antes de que pudieran cerrar las puertas una silueta se había desprendido de las sombras de un lado, y el hombre del piloto había llegado por el otro, los dos con pistolas semiautomáticas pequeñas calibre 22 en la mano, las dos pistolas con silenciadores robustos atornillados a los cañones, que sonaron blat blat blat mientras les disparaban múltiples cartuchos de cerca a las cabezas sentadas, que estaban ahí mismo a la altura de la cintura. Los dos tipos del auto cayeron hacia delante y hacia adentro, en dirección contraria a las armas. Las cabezas destrozadas chocaron entre sí, cerca del reloj del tablero, como si estuviesen peleando por el espacio.
Después cerraron las puertas de un golpe. La grúa dio marcha atrás. La silueta en las sombras y el hombre del piloto se acercaron corriendo a la grúa. El conductor se bajó de un salto. Juntos se encargaron de enganchar el auto a la camioneta. Los tres se subieron a la grúa. Se alejaron, despacio y tranquilo. Algo cotidiano. Un vehículo averiado, poco digno, remolcado al revés por las calles sobre sus ruedas delanteras, con la parte de atrás arriba en el aire. Por encima de la línea de la ventanilla no había nada visible. La gravedad se estaba encargando de eso. Para entonces los dos tipos estarían apiñados en los espacios para los pies. Blandos y flojos. El rigor estaba todavía a unas horas de distancia.
Fueron derecho hacia la planta fragmentadora. Desengancharon el auto y lo dejaron en un lugar del terreno empapado de aceite. Se acercó una retroexcavadora. En vez de cucharón tenía un montacargas delantero gigante. Levantó el auto y lo llevó hasta la trituradora. Lo dejó sobre un piso de acero en una caja de tres lados no mucho más grande que el auto. Se alejó de ahí marcha atrás. El cuarto lado de la caja subió y quedó en posición. La parte de arriba bajó.
Los motores rugieron y las hidráulicas resonaron y los lados de la caja aplastaron hacia adentro, implacablemente, chirriando, crujiendo, raspando, rompiendo, ciento cincuenta toneladas de fuerza detrás de cada uno de los lados. Después se detuvieron, y volvieron ruidosamente adonde habían comenzado, y un pistón sacó hacia afuera un cubo de metal aplastado de más o menos un metro de lado. Durante un momento quedó sobre una parrilla de hierro pesado. Para que drenaran los líquidos. Gasolina y aceite y líquido para frenos y lo que hubiera en el aire acondicionado. Más otros líquidos, en esta oportunidad. Después vino una hermana de la primera retroexcavadora. En vez de montacargas adelante tenía una garra. Recogió el cubo y se lo llevó y lo apiló en un muro de otros cien cubos.
Recién entonces el hombre del piloto llamó a Dino. Éxito total. Dos por dos. Estaban igualados. Habían intercambiado efectivamente el negocio de préstamo de dinero por el circuito gourmet. Lo cual en el corto plazo era una pérdida, pero quizás en el largo plazo una ganancia. Era un pie en la puerta. Era una zona de aterrizaje que se podría primero defender, y después expandir. Por encima de todo era una prueba de que se podía volver a trazar el mapa.
Dino se fue a dormir contento.
A Reacher le había alegrado el taxi de la suerte en el estacionamiento del supermercado. En parte por el tiempo que se había ahorrado. Había asumido que los Shevick iban a estar inquietos. Y en parte por el esfuerzo que se había ahorrado, especialmente en ese momento, golpeado y maltrecho. Pero no lo había ayudado en nada. Lo había dejado duro. Su caminata de vuelta a la ciudad fue difícil.
Su sentido de la orientación le dijo que la mejor ruta era la que ya conocía. De vuelta pasar por el bar, pasar por la terminal de autobuses y seguir hasta la calle Center, donde estarían todas las cadenas hoteleras juntas, quizás un poco al sur, todo en una o dos manzanas. Conocía las ciudades. Caminó más rápido de lo que quería, y le prestó atención a su postura, cabeza erguida, hombros hacia atrás, brazos sueltos, espalda derecha, localizando todos los dolores y padecimientos, combatiéndolos, expulsándolos, sin ceder nada.
No había nadie en la calle afuera del bar. Ningún auto estacionado, ningún matón insolente. Reacher retrocedió y miró por la ventana mugrienta. Del otro lado de las harpas y los tréboles polvorientos. El tipo pálido todavía estaba en el rincón de atrás. Todavía luminiscente. Estaba solo. Ningún cliente desgraciado, en la mala.
Reacher retomó la marcha, soltándose más, caminando mejor. Salió de las manzanas viejas en el cruce de las dos calles de doble mano, y siguió caminando y pasó por la terminal de autobuses, mirando el cielo arriba en busca del brillo del neón. En busca de edificios altos con nombres encendidos. Que podían ser bancos o compañías de seguro o televisión local. U hoteles. O todo lo anterior. Había en total seis. Seis torres, erguidas con orgullo. El conglomerado del centro de la ciudad. Una declaración audaz.
La mayor parte del brillo estaba en su mitad izquierda, que era al sur del oeste. Decidió cortar la esquina e ir directo hacia allí. Dobló una vez a la izquierda y cruzó la calle Center, en una vía pública que en esencia no era mejor que la calle del bar, pero en la que se había invertido mucho dinero, y estaba muy bien arreglada. Las luces de la calle funcionaban. El ladrillo estaba limpio. No había ninguna tienda tapiada. La mayoría eran oficinas de una u otra clase. No necesariamente emprendimientos comerciales. Mayormente causas dignas. Servicios municipales y cosas así. Un consejero familiar. La sede central local de un partido político. Todas estaban oscuras, salvo una. Cruzando la calle, en la esquina más alejada de la cuadra. Estaba muy iluminada. La habían reconstruido como un viejo escaparate tradicional. Tenía un cartel en la vidriera. Impreso en el vidrio, con letras grandes, en un estilo anticuado, como las máquinas de escribir del Cuerpo de Marines de cuando Reacher era joven. El cartel decía: Proyecto Pro Bono.
Son tres, había dicho la señora Shevick.
Tres hombres jóvenes agradables.
Del otro lado de la vidriera había un espacio de trabajo en madera de tonos claros, atiborrado de carpetas y papeles anticuados blanco y caqui. Había tres tipos sentados en escritorios. Jóvenes, definitivamente. Reacher no podía saber si eran agradables. No estaba preparado para arriesgar una opinión. Estaban todos vestidos iguales, con pantalones chinos marrones y camisas azules con botones en el cuello.
Reacher cruzó la calle. De cerca vio lo que eran presumiblemente sus nombres, impresos en el vidrio de la puerta. El mismo estilo de máquina de escribir, pero más pequeño. Los nombres eran Julian Harvey Wood, Gino Vettoretto e Isaac Mehay-Byford. Lo que a Reacher le pareció que eran demasiados nombres, para solo tres tipos. Todos tenían muchas letras después de los nombres. Toda clase de doctorados. Uno de Derecho en Stanford, otro de Harvard, otro de Yale.
Tiró de la puerta y entró.
ONCE
Los tres levantaron la vista, sorprendidos. Uno era moreno, otro era rubio, y otro estaba en el medio. Todos parecían tener poco menos de treinta años. Todos parecían cansados. Trabajo duro, hasta tarde, pizza y café. Como volver a hacer la carrera de Derecho.
El moreno dijo:
—¿En qué lo podemos ayudar?
—¿Tú cuál eres? —dijo Reacher—. ¿Julian, Gino o Isaac?
—Gino.
—Encantado de conocerte, Gino —dijo Reacher—. ¿Existe la posibilidad de que conozcan a una pareja de personas mayores de apellido Shevick?
—¿Por qué?
—Acabo de pasar algo de tiempo con ellos. Me contaron acerca de sus problemas. Me dijeron que tenían tres abogados de un proyecto pro bono. Querría saber si son ustedes. De hecho asumo que sí. Me pregunto cuántos proyectos pro bono puede financiar una ciudad como esta.
—Si son nuestros clientes —dijo el rubio—, entonces obviamente no podemos discutir su caso.
—¿Tú cuál eres?
—Julian.
El que no era ni moreno ni rubio dijo:
—Y yo soy Isaac.
—Yo soy Reacher. Encantado de conocerlos. ¿Los Shevick son sus clientes?
—Sí —dijo Gino—. Por lo que no podemos hablar de ellos.
—Hagan como si fuera un ejemplo hipotético. En un caso como el de ellos, ¿podría llegar a suceder que uno de los dos fondos de responsabilidad objetiva pague dentro de los próximos siete días?
—De verdad no deberíamos hablar del tema —dijo Isaac.
—Solo de manera teórica —dijo Reacher—. Como una representación abstracta.
—Es complicado —dijo Julian.
—¿Qué es lo que lo complica?
—Me refiero a que teóricamente un caso como ese comenzaría de manera simple, pero después se complicaría mucho si miembros de la familia intervinieran para actuar como garantes. Un movimiento en esa dirección bajaría de categoría la urgencia. Literalmente. La urgencia pasaría a tener una categoría menor. Los fondos de responsabilidad objetiva se ocupan de decenas de miles de casos. Quizás cientos de miles. Si están seguros de que un paciente está recibiendo los cuidados igual, le asignan un código distinto. Como una categoría más baja. No exactamente en el último lugar, más como en segundo plano. Mientras que los asuntos más urgentes se tratan primero.
—Por lo que los Shevick cometieron un error al firmar el papel.
—No podemos hablar de los Shevick —dijo Gino—. Hay cuestiones de confidencialidad.
—Teóricamente —dijo Reacher—. Hipotéticamente. ¿Sería un error para padres hipotéticos firmar el papel?
—Por supuesto que sí —dijo Isaac—. Piénsalo desde el punto de vista de un burócrata. El paciente está recibiendo su tratamiento. Al burócrata no le interesa cómo. Lo único que sabe es que para él no hay una responsabilidad civil negativa. Por lo que se puede tomar su tiempo. Los padres hipotéticos se tendrían que haber mantenido firmes y haber dicho que no. Se deberían haber negado a firmar.
—Estimo que no se pudieron obligar a hacer eso.
—Estoy de acuerdo, habría sido duro, dadas las circunstancias. Pero habría funcionado. El burócrata se habría visto obligado a sacar la chequera. Ahí mismo. No habría tenido otra opción.
—Es una cuestión de educación —dijo Gino—. La gente tiene que conocer sus derechos antes de tiempo. No es algo que se pueda hacer en ese mismo momento. Es tu hijo, acostado en una camilla. Demasiadas emociones.
—¿Va a pasar algo en los próximos siete días? —preguntó Reacher.
Ninguno respondió.
Lo cual a Reacher le pareció de por sí una respuesta.
Finalmente Julian dijo:
—El problema es que ahora tienen tiempo para discutirlo. El fondo del gobierno es dinero de los contribuyentes. La legislación no es muy popular. Por lo tanto el gobierno querrá que pague el fondo de seguro. El fondo de seguro es dinero de accionistas. Los bonus dependen de su rendimiento. Por lo tanto el fondo de seguro lo va a hacer volver al gobierno, una y otra vez, todo el tiempo que necesite.
—¿Para que pase qué?
—Para que el paciente muera —dijo Isaac—. Ese es el gran premio para el fondo de seguro. Porque a partir de ahí estamos en una discusión totalmente distinta. La relación contractual sustituta era entre el fondo de responsabilidad objetiva y la persona fallecida. ¿Qué hay ahí para reintegrar? La persona fallecida no gastó ningún dinero. Su cuidado se financió gracias a la generosidad de sus parientes. Algo que sucede todo el tiempo. Donaciones médicas entre miembros de la familia son tan comunes que el fisco las clasifica bajo una categoría aparte. Pero no es como comprar acciones de una empresa. Uno no se beneficia con una eventual subida. Hay una pista en el nombre. Es una donación. Es un regalo, libremente otorgado. No se reintegra. Es una cuestión de principio legal. Los precedentes no son claros. Podría llegar hasta la Corte Suprema.
—¿Por lo que nada en los próximos siete días?
—Nos alegraríamos si pasara algo en los próximos siete años.
—Están muy comprometidos con usureros.
—Al burócrata no le importa cómo.
—¿A ustedes les importa?
—Nuestros clientes no nos van a dejar acercarnos para nada a sus asuntos financieros —dijo Julian.
Reacher asintió.
Dijo:
—No quieren que ustedes les quemen las naves.
—Exactamente esas fueron sus palabras —dijo Gino—. Dicen que atacar a los usureros los dejaría sin ningún tipo de acceso a dinero en el futuro, en caso de que lo necesiten, lo que la experiencia les dice que probablemente así sea.
—¿Tienen algún otro tipo de solución legal en algún lugar? —preguntó Reacher.
—Hipotéticamente —dijo Julian—. La estrategia obvia sería hacer una demanda civil contra el empleador deudor. No habría manera de que falle. Pero obviamente nunca se adopta en un caso como este, porque la misma causa ya va a haber expuesto al demandado como estafador, dejándolo así en bancarrota, dejando así al demandante exitoso sin bienes de ningún tipo de los cuales poder cobrarse.
—¿Ninguna otra cosa que puedan hacer?
—Le presentamos a la corte una demanda a su favor —dijo Gino—. Pero dejaron de leer donde dice que ella igual está recibiendo tratamiento.
—OK —dijo Reacher—. Esperemos lo mejor. Alguien me acaba de decir que una semana es mucho tiempo. Gracias por su ayuda. Se agradece enormemente.
Se retiró y empujó la puerta y salió a la calle. Se detuvo en la esquina para ajustar su dirección. Una a la derecha y una a la izquierda, pensó. Con eso debería estar bien.
Escuchó que la puerta se volvía a abrir detrás de él. Escuchó pasos en la vereda. Se dio vuelta y vio que Isaac caminaba hacia donde él estaba. El que no era ni moreno ni rubio. Medía un metro setenta y cinco, quizás, y era macizo como un elefante marino. Llevaba los pantalones con botamanga.
—Soy Isaac, ¿te acuerdas? —dijo.
—Isaac Mehay-Byford —dijo Reacher—. J. D. por la Facultad de Derecho de Stanford. Una universidad difícil. Felicitaciones. Pero deduzco que originalmente eres de la otra costa.
—Boston —dijo—. Mi papá era policía allá. Me recuerdas a él, un poco. Él también notaba cosas.
—Ahora me estás haciendo sentir viejo.
—¿Eres policía?
—Fui policía —dijo Reacher—. Érase una vez. En el Ejército. ¿Eso cuenta?
—Podría ser —dijo Isaac—. Me podrías dar algún consejo.
—¿Acerca de qué?
—¿Cómo conociste a los Shevick?
—Lo ayudé a él con una situación esta mañana. Se lastimó la rodilla. Lo acompañé a su casa. Me contaron la historia.
—Su esposa me llama de vez en cuando. No tienen muchos amigos. Sé lo que están haciendo para conseguir dinero. Antes o después se van a quedar sin margen.
—Creo que eso ya sucedió —dijo Reacher—. O va a suceder, en siete días.
—Yo tengo una teoría personal disparatada —dijo Isaac.
—¿Acerca de qué?
—O quizás solo me estoy engañando a mí mismo.
—¿Acerca de qué? —preguntó Reacher otra vez.
—Acerca de lo último que dijo Julian. Sobre la demanda civil, contra el empleador. No tiene sentido demandarlo porque los bienes no tienen ningún valor. Por lo general es un buen consejo. Es un buen consejo también en este caso, estoy seguro. Salvo porque de hecho no estoy seguro.
—¿Por qué no?
—El tipo fue famoso durante un rato acá. Todo el mundo hablaba de él. Irónicamente Meg Shevick hizo un gran trabajo con las relaciones públicas. Mucha mitología sobre el sector de tecnología, muchas cuestiones sobre el emprendedor joven, mucho sobre el giro de inmigración positivo, sobre cómo llegó al país sin nada y cómo había triunfado. Pero yo también escuché cosas negativas. Acá y allá, fragmentos, chismes, comentarios, todo desconectado. Todo de oídas y sin confirmar, además, pero dicho por personas que deberían saber. Me obsesioné de manera extraña intentado resolver cómo encajaban todas esas piezas, detrás de la imagen pública. Parecía haber tres temas principales. No pensaba más que en sí mismo, era moralmente objetable y parecía tener mucho más dinero del que debería. Mi teoría personal disparatada era que si unías los tres puntos de la única manera en que se podían unir, entonces lógicamente te veías forzado a sacar la conclusión de que se estaba llevando la mejor parte. Lo cual habría sido fácil para una persona moralmente objetable. En ese momento había un tsunami de efectivo. Era una locura. Creo que era irresistible. Creo que levantó millones de dólares del dinero de los inversores y se los guardó abajo del colchón.
—Lo que explicaría por qué la empresa se hundió tan rápido —dijo Reacher—. No tenía reservas. Se las habían robado. La hoja de balance era un desastre.
—El punto es que el dinero podría seguir estando ahí —dijo Isaac—. O la mayoría. O una parte. Todavía debajo de su colchón. En cuyo caso la demanda civil valdría la pena. Contra él personalmente. No contra la empresa.
Reacher no dijo nada.
Isaac dijo:
—El abogado en mí me dice que es una posibilidad de cien a uno. Pero me molestaría mucho ver hundirse a los Shevick sin chequearla. Pero no sé cómo hacerlo. Acerca de eso necesito consejo. Un estudio de abogados de verdad contrataría a un investigador privado. Localizarían al tipo y revisarían sus documentos. Dos días después lo sabríamos con seguridad. Pero el proyecto no tiene el presupuesto. Y a nosotros no nos pagan lo suficiente como para que juntemos plata entre nosotros para eso.
—¿Por qué necesitarían localizar al tipo? ¿Desapareció?
—Sabemos que sigue en la ciudad. Pero está escondido. Dudo de si lo podría encontrar yo mismo. Es muy inteligente, y si estoy en lo correcto además es muy rico. No es una buena combinación. Aumenta las probabilidades.
—¿Cómo se llama?
—Maxim Trulenko —dijo Isaac—. Es ucraniano.
DOCE
Gregory escuchó los primeros rumores sobre lo sucedido en el circuito gourmet una hora después de los acontecimientos. Su contador llamó para decir que su informe de cada noche se iba a retrasar porque aún estaba esperando a dos recaudadores específicos que todavía no se habían presentado. Gregory preguntó cuáles dos, y el contador le dijo los tipos que hacían los cinco restaurantes. Al principio Gregory no le dio importancia. Eran adultos.
Después su mano derecha lo llamó para decirle que los mismos dos recaudadores hacía un tiempo que no atendían el teléfono, y que el auto de ellos no estaba donde debería estar, así que por consiguiente se había avisado a la flota de taxis, con una descripción del auto, que por una vez había dado una respuesta instantánea. Dos conductores distintos dijeron exactamente lo mismo. Hacía un rato habían visto que a un auto igual a ese se lo llevaba una grúa. Las ruedas de atrás levantadas del suelo, detrás de una grúa de tamaño mediano. Tres siluetas en la cabina de la camioneta. Al principio Gregory no le dio importancia. Los autos se averían.
Después preguntó:
—¿Pero por qué eso haría que no atiendan el teléfono?
Oyó en su cabeza la voz de Dino. Tenemos un tipo en la planta fragmentadora de coches. También nos debe dinero. En voz alta dijo:
—Está haciendo que sea cuatro por dos. No dos por dos. Se debe haber vuelto loco.
—La manzana de los restaurantes vale menos que el negocio de préstamo de dinero —dijo el tipo—. Quizás ese es el mensaje.
—¿Qué?, ¿ahora es contador público?
—No se puede permitir parecer débil.
—Tampoco yo. Cuatro por dos es mierda. Haz que corra la voz. Quiero dos más de los suyos para mañana a la mañana. Esta vez que sea decorativo.
Reacher dobló una vez a la derecha y una vez a la izquierda y salió a un triángulo sólido de tres hoteles de muchos pisos, todas cadenas nacionales de rango medio, dos al este de la calle Center y uno al oeste. Eligió uno al azar, y gastó cinco minutos enteros de su vida en el mostrador de recepción, usando su pasaporte como su documento con foto y su tarjeta de débito como su método de pago preferido, y después firmando con su nombre dos veces, en dos lugares distintos, en dos renglones distintos, por dos motivos distintos. Había entrado al Pentágono de manera más fácil, en los viejos tiempos.
Tomó del lobby un mapa de la ciudad y subió a su habitación, que era un lugar insulso y simple sin nada para elogiarlo, pero tenía una cama y un baño, que era todo lo que necesitaba. Se sentó en la cama a mirar el mapa. La ciudad tenía forma de pera, reticulada con calles y avenidas, tirando hacia arriba en lo más alto en dirección a la distante autopista. La concesionaria Ford y la maquinaria agrícola estarían justo en la punta, donde estaría el tallo. Los hoteles estaban justo en el medio de la parte gorda. El distrito financiero. Había una galería de arte y un museo. La urbanización con la casa de los Shevick estaba a mitad de camino hacia el límite este. En el mapa parecía una huella de un pulgar diminuta y cuadrada.
¿Dónde elegiría esconderse alguien muy rico y muy inteligente?
En ningún lugar. Esa fue la conclusión de Reacher. La ciudad era grande, pero no lo suficientemente grande. El tipo había sido famoso. Había contratado a una vicepresidenta superior para las comunicaciones. Todos hablaban de él. Presumiblemente su foto había aparecido en el diario todo el tiempo. ¿Podría una persona así convertirse de la noche a la mañana en un ermitaño instantáneo? Imposible. El tipo tenía que comer, como mínimo. Tenía que salir y comprar comida, o hacer que se la llevaran. De las dos maneras habría gente que lo vería. Lo reconocerían. Hablarían. Una semana después habría excursiones turísticas a su casa.
A menos que los que le llevasen la comida no hablaran.
La población de Ucrania era de alrededor de cuarenta y cinco millones de personas. Algunas de esas personas habían migrado a Estados Unidos. No había ningún motivo para creer que todos se conocían entre sí. No había ningún motivo para asumir una conexión. Pero en una ciudad de ese tamaño una conexión era la única manera de esconderse que tenía una persona. La única garantía de éxito era que te escondiera y protegiera y abasteciera una fuerza vigilante y leal. Como un agente secreto en una casa segura. Mirando deseosamente por la ventana, mientras mensajeros discretos iban y venían.
Siete oportunidades antes de que termine la semana, pensó.
Plegó el mapa y lo metió en el bolsillo trasero. Bajó hasta el lobby y salió a la calle. Tenía hambre. No había comido desde el almuerzo con los Shevick. Un sándwich de ensalada de pollo, una bolsa de patatas fritas y una lata de gaseosa. No mucho, y hacía mucho tiempo. Dobló y caminó por la calle Center, y en una cuadra y media se dio cuenta de que en términos de servicio de comida la mayoría de los lugares estaban cerrados. Era ya tarde de noche.
Lo que estaba bien. No quería la mayoría de los lugares.
Caminó hacia al norte por Center, hacia donde en el ojo de su mente la parte gorda de la pera empezaba a adelgazarse, y después volvió hacia el sur y se sentó en el banco de una parada de autobús y observó las fluctuaciones frente a él. Era un ejercicio en cámara lenta. Mayormente el lugar estaba vacío. Entre vehículos había huecos largos y silenciosos. Iban y venían peatones, a menudo en grupos de cuatro o cinco, que basándose en edad y aspecto eran a veces los últimos clientes de restaurantes terminando y yendo a casa, y a veces los primeros en llegar elegantemente tarde a los locales que estuvieran recientemente de moda. Que parecían estar divididos más o menos cincuenta y cincuenta al este y al oeste de Center, a juzgar por la deriva general. Que era de hecho más que una deriva. Acarreaba cierta energía. Cierta atracción.
También yendo en una dirección u otra estaba el solitario ocasional. Un hombre, siempre, algunos mirando hacia abajo la vereda, algunos mirando fijamente al frente, como si les avergonzara que los vieran. Todos ansiosos por llegar adonde estuvieran yendo.
Reacher dejó el banco de la parada de autobús y empezó a seguir la deriva hacia el este. Más adelante vio a un cuarteto glamoroso entrar por una puerta a la derecha. Cuando llegó ahí vio un bar decorado como para parecer una prisión federal. Los bartenders tenían puestos mamelucos naranjas. El único miembro del personal que no tenía disfraz era un grandote sentado en una banqueta del lado de adentro de la puerta. Tenía puesto un pantalón negro y una camisa negra. Tenía pelo negro. Albanés, sin duda alguna. Reacher conocía esa parte del mundo. Había pasado tiempo allí. El tipo parecía un inmigrante reciente. Tenía en la cara una mirada engreída. Tenía poder, y lo disfrutaba.
Reacher siguió adelante. Doblando una esquina siguió a un hombre furtivo pero determinado y lo vio entrar por una puerta sin identificar, justo cuando salía otro hombre, con la cara toda roja y feliz. Apuestas, pensó Reacher. No prostitución. Conocía la diferencia. Había sido policía militar durante trece años. Supuso que el tipo que entraba pensaba que estaba a punto de recuperar lo que había perdido el día anterior, y que el que salía acababa de ganar lo bastante como para pagar sus deudas, con resto suficiente como para un ramo de flores y una cena para dos. A no ser que el destino se viera más favorecido siguiendo la racha ganadora. Era una decisión difícil. Casi un dilema moral. ¿Y qué iba a hacer?
Reacher observaba.
El tipo optó por flores y cena.
Reacher siguió adelante.
Las recolecciones albanesas tendían a hacerse de noche más tarde, porque la escena de ellos tendía a empezar más tarde, lo que significaba que las cajas se llenaban más tarde. El método de ellos era completamente distinto al del otro lado de la calle Center. No entraban. Ninguna presencia amenazadora. Ningún traje oscuro. Ninguna corbata negra de seda. Se quedaban en el auto. Se les había pedido que no incomodaran a las diferentes clientelas de los diferentes establecimientos a los que les prestaban servicio. Se los podía confundir con policías o agentes de alguna otra clase. Malo para los negocios. No le convenía a nadie. En lugar de eso un recadero salía con el sobre, lo entregaba por la ventanilla del auto y se volvía a meter adentro. Miles de dólares, por una vuelta alrededor de la manzana. Un buen trabajo si lo podías conseguir.
Dos cuadras al este y una cuadra al norte del club de apuestas Reacher había visto un trío de establecimientos uno al lado del otro todos propiedad de la misma familia. Primero un bar, después una tienda veinticuatro horas, y en tercer lugar una licorería. Esas contribuciones las recolectaba una pareja veterana, matones retirados los dos, muy respetados los dos. Iban de puerta en puerta con ritmo experto. Había más o menos diez metros de una a otra. Uno manejaba y el otro iba sentado detrás de él. Preferían tener método. La ventanilla de atrás del otro lado iba cinco centímetros abierta. Pasaban el sobre a un vacío. No había contacto. Nada demasiado cercano. Después se apretaba el pedal apenas, y una sacudida perezosa a través de la caja de cambios propulsaba el auto diez metros, hasta la puerta siguiente donde pasaban el sobre a un vacío. Y así sucesivamente, salvo que esa noche en la tercera parada fuera de la licorería no fue un sobre. Fue un silenciador negro y grueso en la punta de un arma.
TRECE
El arma era un subfusil Heckler & Koch MP5, y evidentemente estaba en modo de tres disparos, porque eso fue lo que recibió el tipo que iba sentado atrás, apuntados a ciegas pero de manera inteligente, apenas hacia atrás, cosiendo de abajo al medio, esperando encontrar piernas y brazos y quizás el pecho. Mientras tanto el conductor estaba recibiendo más de lo mismo desde el otro lado, pero mayormente en la cabeza, a través del vidrio hecho añicos, de otro H&K, danzando en su dirección desde la vereda de enfrente.
Después de lo cual abrieron las puertas con fuerza, casi simétricamente, el tipo de la otra vereda empujando al conductor al asiento vacío de al lado, y ocupando su lugar, mientras que el tipo de la licorería se apiñó atrás. Cerraron de un golpe las puertas y el auto arrancó, con todos los asientos llenos, los ocupantes acomodados en diagonal, dos tipos bastante satisfechos, más uno muerto y otro muriéndose.
Para entonces Reacher estaba a dos cuadras del otro lado de la calle Center. Había resuelto cómo era la línea de demarcación entre el territorio albanés y el ucraniano. Había encontrado exactamente lo que estaba buscando. Estaba en un bar con mesas redondas pequeñas de cabaret y un escenario al fondo. En el escenario había un trío de guitarra, bajo y batería, y en las mesas había menús de bocadillos nocturnos. Había una máquina de espresso atrás de la barra. Había un tipo en una banqueta del lado de adentro de la puerta. Traje negro, camisa blanca, corbata negra, piel blanca, pelo rubio. Ucraniano, seguro.
Todo bien, pensó Reacher. Todo lo que necesitaba, y nada que no necesitara.
Eligió una mesa del otro lado del salón, más o menos en la mitad, y se sentó de espaldas a la pared. En el rabillo izquierdo del ojo estaba el tipo de la banqueta, y en el rabillo derecho estaba la banda. Eran bastante buenos. Estaban tocando covers de blues en un estilo jazz de los años 1950. Tonos suaves y redondos de la guitarra, no demasiado fuerte, golpes leñosos del bajo, escobillas escabulléndose sobre el redoblante. Sin voces. La mayor parte del público bebía vino. Algunos tenían pizzas más o menos del tamaño de un platillo de té. Reacher miró el menú. Se las llamaba tamaño individual. Sin nada o con pepperoni. Nueve dólares.
Se acercó una camarera. La música de los años 1950 le quedaba bien. Era menuda y algo andrógina, quizás llegando a los treinta años, prolija y esbelta y vestida toda de negro, con pelo oscuro corto y ojos vivaces y una sonrisa tímida pero contagiosa. Podría haber estado en una película blanco y negro de las de antes, con jazz en la banda de sonido. Probablemente la pícara hermana menor de alguien. Peligrosamente avanzada. Probablemente quería usar pantalones para ir a la oficina.
A Reacher le gustó.
Ella dijo:
—¿Qué le puedo traer?
Reacher pidió dos vasos de agua, dos espressos dobles y dos pizzas con pepperoni.
—¿Espera a alguien? —preguntó ella.
—Me preocupa la desnutrición —dijo él.
Ella sonrió y se fue y la banda empezó una versión melancólica del viejo tema “Killing Floor” de Howlin’ Wolf. La guitarra hizo la línea de la voz, con una cascada de notas perladas que explicaban cómo él debería haberla dejado, desde su segunda vez, y haberse ido a México. Por la puerta seguía entrando gente, siempre dos o más juntos, nunca solos. Todos hacían una pequeña pausa, como antes había hecho Reacher, obedientemente, para el escrutinio del hombre de seguridad. Los miraba uno por uno, de arriba abajo y a los ojos, y los hacía pasar con un movimiento milimétrico de la cabeza, hacia la diversión más allá de su hombro. Pasaban caminando por al lado de él y él cruzaba los brazos y se echaba hacia atrás en la banqueta.
Dos canciones después la camarera le trajo la comida. Acomodó todo. Él dijo gracias. Ella dijo de nada. Él dijo:
—¿El tipo que está en la puerta alguna vez no deja entrar a alguien?
—Depende de quiénes sean —dijo ella.
—¿A quiénes no deja entrar?
—Policías. Aunque hace años que no vienen policías acá.
—¿Por qué policías?
—No son nunca una buena idea. Pase lo que pase, si cambia el viento, de repente es soborno o corrupción o tienden trampas o alguna otra cosa resonante. Por eso los policías tienen sus propios bares.
—Por lo tanto hace años que deja entrar a todos. Ahora me pregunto para qué está ahí, exactamente.
—¿Por qué preguntas?
—Soy curioso —dijo Reacher.
—¿Eres policía?
—Lo próximo que me vas a decir es que me parezco a tu padre.
Ella sonrió.
—Es mucho más bajo —dijo ella.
Se dio vuelta con una última mirada, que no fue un guiño, pero que estuvo cerca. Después ya no estaba. La banda seguía tocando. El tipo de la puerta contaba, asumió Reacher. Era un cuco en nido ajeno. Lo más probable era que el dinero por protección se calculara en base a un porcentaje. El tipo contaba la cantidad de personas así el dueño no podía falsear los números. Además quizás ofrecía una presencia de seguridad nominal. Para endulzar el acuerdo. Así todos se sentían mejor.
La camarera volvió antes de que Reacher hubiera terminado. Traía la cuenta en un portatarjetas de vinilo negro. Estaba por terminar su turno. Él redondeó la cuenta y agregó diez de propina y pagó en efectivo. Ella se fue. Él terminó su comida pero se quedó un momento en la mesa, observando al tipo de la puerta. Después se puso de pie y caminó hacia él. No había otra manera de salir del restaurante. Adentro por la puerta, afuera por la puerta.
Se detuvo a la altura de la banqueta.
Dijo:
—Tengo un mensaje urgente para Maxim Trulenko. Necesito que encuentres una manera de hacérselo llegar. Voy a estar aquí mañana, a la misma hora.
Después siguió caminando, afuera por la puerta, a la calle. A su derecha a seis metros de distancia la camarera salió por la puerta que era solo para el personal. Exactamente en el mismo momento. Algo que él no había esperado.
Ella se detuvo en la vereda.
Menuda, algo andrógina, terminando su turno.
—Hola —dijo ella.
—Gracias de vuelta por atenderme —dijo él—, y espero que disfrutes del resto de la noche.
Él estaba contando el tiempo mentalmente.
—Tú también —dijo ella—, y gracias por la propina generosa.
Ella se quedó a más o menos dos metros de distancia, un poco tensa, un poco inclinada hacia delante. Todo tipo de lenguaje corporal en marcha.
—Trato de pensar qué tipo de propina me gustaría, si yo fuese camarera —dijo él.
—Esa es una imagen que nunca voy a poder borrar de mi mente.
Él estaba contando el tiempo mentalmente porque estaba por suceder una cosa de dos. Nada o algo. Quizás nada, porque quizás el nombre Maxim Trulenko no significaba nada para ellos. O quizás algo, porque quizás el nombre Trulenko estaba en lo más alto de la lista de sus clientes VIP.
El tiempo diría.
La camarera preguntó:
—¿Qué eres entonces, si no eres un policía?
—Ahora mismo estoy entre trabajos.
Si el nombre de Trulenko estaba en una lista, el protocolo probable era que el tipo de la puerta llamara o mandara un texto para avisar, inmediatamente, y después, ya fuera por una orden en una respuesta inmediata o porque fuese igual parte del protocolo, él saldría para detener y demorar, como pudiera, al menos lo suficiente como para tomar una foto con su teléfono, con suerte lo suficiente como para que llegara una unidad de vigilancia. O una unidad de asalto. Sin duda tenían muchos vehículos. Y un área no demasiado grande para patrullar. La mitad de una ciudad con forma de pera.
—Lamento tu situación —dijo la camarera—. Espero que encuentres algo pronto.
—Gracias —dijo Reacher.
Al tipo adentro le tomaría quizás cuarenta segundos realizar la llamada, o mandar y recibir mensajes, y después prepararse, y respirar hondo, y salir por la puerta detrás de ellos. En cuyo caso estaba justo por suceder.
Si era algo.
Quizás no era nada.
La camarera preguntó:
—¿Qué tipo de trabajo te gusta?
El tipo salió por la puerta detrás de ellos.
Reacher se movió hacia el cordón y se dio vuelta, para formar un triángulo alargado, con la camarera ahora a su izquierda, y el tipo a la derecha, y espacio vacío detrás.
El tipo miró a Reacher, pero le habló a la camarera.
—Desaparece, muchacha —dijo.
Reacher la miró. Ella le dijo algo solo moviendo los labios. Podría haber sido: Mira adónde voy. Después ella desapareció. No literalmente. Se dio vuelta y cruzó la calle a paso rápido, y Reacher miró por encima del hombro dos veces, brevemente, sin mucha distancia entre una y otra vez, como cuadros en un video, el primero de los cuales la mostraba a ella ya a media cuadra de distancia, avanzando hacia el norte por la otra vereda, y en el segundo de los cuales ella ya no estaba. Por una entrada, por lo tanto. Hacia el final de la cuadra.
El tipo a su derecha dijo:
—Voy a necesitar tu nombre, antes de ponerte en contacto con Max Trulenko. Y quizás antes me vas a tener que explicar bien cómo fue que lo conociste, solo para que se quede tranquilo.
—¿Cuándo podríamos hacer eso? —preguntó Reacher.
—Lo podríamos hacer ahora mismo —dijo el tipo—. Ven adentro. Yo te invito un café.
Detener y demorar, pensó Reacher. Hasta que llegara la unidad de asalto. Miró a izquierda y derecha a lo largo de la calle. Ningunas luces delanteras. No todavía.
—Gracias, pero acabo de cenar —dijo—. Ya estoy bien. Volveré mañana. Alrededor de la misma hora.
El tipo sacó su teléfono.
—Le podría mandar tu foto —dijo—. Como un primer paso. Eso sería más rápido.
—No, gracias —dijo Reacher.
—Necesito que me digas cómo conoces a Max.
—Todos conocen a Max. Durante un rato acá fue famoso.
—Dime el mensaje que tienes para él.
—Solo para sus oídos —dijo Reacher.
El tipo no respondió. Reacher chequeó la calle. Ambas direcciones. No venía nada. No todavía.
El tipo dijo:
—No deberíamos empezar con el pie izquierdo. Cualquier amigo de Max es amigo mío. Pero si conoces a Max, obviamente sabes que tenemos que verificar. Tú no querrías que hiciéramos menos por él.
Reacher chequeó la calle. Ahora venía algo. Había un par de haces de luces delanteras que doblaban corcoveando y rebotando por la esquina noroeste de la manzana, a una mayor velocidad de la que podía aguantar cómodamente la suspensión delantera. Barrieron y se hundieron y se acomodaron derechos y después se elevaron alto cuando la parte de atrás del auto se apretó hacia abajo por la fuerte aceleración.
Derecho hacia ellos.
—Te veré otra vez —dijo Reacher—. Espero.
Se dio vuelta y cruzó la calle y fue hacia el norte, alejándose del auto. Y vio un segundo auto que doblaba por la esquina noroeste de la manzana. Los haces de luz de los faros delanteros rebotando de la misma manera. Desde el otro lado. Fuerte aceleración. Derecho hacia él. Probablemente dos tipos en cada auto. Buenos números, y el tiempo de respuesta era rápido. Estaban en Alerta Roja. Por lo tanto Trulenko era importante. Por lo tanto sus normas serían más que nada las que ellos quisieran que fueran.
Ahí mismo Reacher era la carne en un sándwich de luz brillante.
Mira adónde voy.
Una entrada, hacia el final de la cuadra.
Se dio vuelta, escondiéndose de la luz, y vio una entrada después de otra, destacándose por entre las filosas sombras en movimiento. La mayor parte de las puertas eran de comercios minoristas, en los que dentro solo había una penumbra gris polvorienta, como las tiendas cerradas en cualquier parte, y algunas de las puertas eran más sencillas y hechas más tenazmente de madera, presumiblemente para alojamientos privados arriba, pero ninguna estaba abierta, ni siquiera un tentador centímetro, y ninguna tenía un borde de luz alrededor. Se movió hacia el norte, porque la camarera había ido hacia el norte, y las sombras dejaban ver más puertas, una por una, pero estaban todas iguales a las anteriores, mudas y grises y tercamente cerradas.
Los autos se acercaban. Las luces se volvían más brillantes. Reacher dejó de prestarles atención a las entradas. Asumió que había escuchado mal. O leído mal los labios de ella. A esa altura su mente empezó a girar alrededor de distintos escenarios que incluían a dos tipos que llegaban desde el sur y dos que llegaban desde el norte, sin duda los cuatro armados, aunque probablemente no con escopetas, demasiado cerca del centro de la ciudad, por lo que solo con armas cortas, posiblemente silenciadas, dependiendo de su arreglo de facto con el departamento de policía local. Como diciendo: no asusten a los votantes. Pero contra cualquier instinto hacia la precaución estaría la extrema reticencia de defraudar a sus jefes.
Los autos se detuvieron.
Reacher quedó clavado justo en el medio.
La regla número uno, grabada en piedra desde que era un niñito, por aquella época en la que por primera vez se dio cuenta de que podía o estar asustado o asustar, era correr hacia el peligro, no en la dirección contraria. Que ahí mismo le ofrecía la opción de adelante o atrás. Eligió adelante. Al norte, hacia donde siempre había estado yendo. Ninguna pausa en su andar. Ninguna inversión del impulso. Más rápido y más fuerte. Resplandor frente a él y resplandor detrás de él. Siguió avanzando. De manera instintiva, pero también una buena táctica. Tan buena como podía ser, dadas las pésimas circunstancias. En el sentido de hacer lo mejor de una muy mala mano. Estaba al menos distorsionando la escena. Lo que los intelectuales llamarían alterar el espacio de la batalla. Los tipos que estaban adelante sentirían cada vez más presión a medida que él se acercara. Los de atrás tendrían que disparar de más lejos. Las dos cosas afectarían la eficiencia. Básicamente por debajo del cincuenta por ciento, con un poco de suerte. Porque a los de atrás les preocuparía el fuego amigo. Sus compañeros de más adelante estaban justo al lado del objetivo.
Los de atrás podían llegar a retirarse voluntariamente de la pelea.
Hacer lo mejor de una muy mala mano.
Reacher se movió de prisa hacia delante.
Oyó que se abrían puertas de autos.
A su izquierda, mientras avanzaba, vio puertas de comercios minoristas saltando dentro y fuera de las sombras de las luces delanteras, una por una, todas mezquinas y bien cerradas. Hasta que una no lo estaba. Porque no era una entrada. Era un callejón. A su derecha el cordón de la calle seguía normalmente, pero a su izquierda había un hueco sombrío de dos metros y medio entre edificios, pavimentado de la misma manera que la vereda municipal. Un paso peatonal de algún tipo. Público. ¿Que llevaba adónde? No le importó. Estaba oscuro. Estaba garantizado que iba a salir a algún lugar mucho mejor que una calle vacía toda iluminada por cuatro faros delanteros de dos autos que estaban frente a frente.
Se metió en el callejón.
Oyó pasos que lo empezaban a seguir.
Avanzó de prisa. Después de recorrer la distancia de fondo de un edificio el callejón se volvía del ancho de una calle angosta. Todavía oscura. Los pasos detrás de él se seguían acercando. Se mantuvo cerca de los edificios, donde las sombras eran más densas.
Más adelante en la oscuridad se abrió una puerta.
Una mano lo agarró del brazo y lo tiró hacia dentro.
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