Kitabı oxu: «Mañana no estás»
MAÑANA NO ESTÁS
Lee Child
Traducción de Aldo Giacometti

“El mejor escritor de thrillers del momento.”
The New York Times
“Si eres fanático de los thrillers y no estás leyendo las novelas de Reacher, entonces no eres fanático de los thrillers.”
Chicago Tribune
“Jack Reacher es uno de los mejores personajes de thrillers en actividad hoy en día.”
Newsweek
“Cada época tiene el héroe que se merece. En un mundo hipercomunicado y vigilado hasta la náusea,
Reacher quiere ser nadie.”
Los Inrockuptibles
“Child tiene una imaginación fértil y una responsabilidad que lo lleva a trabajar duramente en el plano informativo de cada título.”
El País
“La prosa de Child retrata atmósferas norteamericanas de policías, militares, mafiosos o granujas con la crudeza entrañable de un cuadro de Edward Hopper.”
La Nación
“Child combina la sagacidad propia del policial inglés clásico con la podredumbre y la nocturnidad ominosa del policial negro norteamericano.”
Artezeta
“Reacher aparece y la trama se gatilla, empiezan a oírse los engranajes de la anécdota, como si el protagonista viniera a instalar el policial donde hasta entonces no había nada.”
Otra Parte
“Jack Reacher es el James Bond de la actualidad, un héroe del que nunca tenemos suficiente.”
Ken Follett
“Es Lee Child, ¡cómo no habrías de leerlo!”
Karin Slaughter
“Estoy leyendo y disfrutando muchísimo las novelas de Jack Reacher.”
George Martin
“Un menú estupendo que además tiene un latido británico, disimulado pero esencial.”
Elvio E. Gandolfo
“Reacher es una figura que recuerda a Lucky Luke, que siempre camina hacia un nuevo crepúsculo, a la espera de que surja un nuevo caso.”
Antonio Lozano
Índice
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco
Sesenta y seis
Sesenta y siete
Sesenta y ocho
Sesenta y nueve
Setenta
Setenta y uno
Setenta y dos
Setenta y tres
Setenta y cuatro
Setenta y cinco
Setenta y seis
Setenta y siete
Setenta y ocho
Setenta y nueve
Ochenta
Ochenta y uno
Ochenta y dos
Ochenta y tres
Ochenta y cuatro
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Sobre el autor
Créditos
Para mis cuñadas Leslie y Sally,
dos mujeres de inusual encanto y calidad
UNO
Los terroristas suicidas son fáciles de identificar. Emiten señales delatoras de todo tipo. Más que nada porque están nerviosos. Por definición todos son primerizos.
La contrainteligencia israelí redactó el manual de defensa. Nos dijeron qué es lo que tenemos que buscar. Usaron la observación pragmática y el conocimiento psicológico y con eso elaboraron una lista de indicadores de comportamiento. Yo aprendí la lista de un capitán del Ejército israelí hace veinte años. Él tenía una confianza plena en la lista. Por lo cual yo también tenía una confianza plena en la lista, debido a que en ese momento yo cumplía un período de servicio de tres semanas, mayormente a más o menos un metro de su hombro, en el mismo Israel, en Jerusalén, en la Ribera Occidental, en el Líbano, a veces en Siria, a veces en Jordania, en autobuses, en tiendas, en aceras atestadas. Mantenía los ojos en movimiento y la mente recorriendo libre los puntos de la lista.
Veinte años después todavía me sé la lista. Y mis ojos todavía se mueven. Pura costumbre. De otro grupo de tipos aprendí otro mantra: Mira, no veas, escucha, no oigas. Cuanto más te comprometes, más sobrevives.
La lista tiene doce puntos si estás frente a un sospechoso masculino. Once, si estás mirando a una mujer. La diferencia es un buen afeitado. Los hombres terroristas se quitan la barba. Les ayuda a mezclarse. Les vuelve menos sospechosos. El resultado es una piel más pálida en la mitad inferior de la cara. Ninguna exposición reciente al sol.
Pero yo no estaba interesado en los afeitados.
Estaba ocupándome de la lista de once puntos.
Estaba mirando a una mujer.
Estaba viajando en metro, en Nueva York. La línea 6, el ramal local de la avenida Lexington, en dirección al Uptown, a las dos de la mañana. Me había subido en la estación Bleecker Street por el extremo sur del andén a un vagón que estaba vacío salvo por cinco personas. Los vagones del metro resultan pequeños e íntimos cuando están llenos. Cuando están vacíos resultan vastos y cavernosos y solitarios. De noche sus luces resultan más cálidas y más brillantes, pese a que son las mismas luces que se usan de día. Son las únicas luces que hay. Yo estaba despatarrado en un asiento para dos personas al norte de las puertas del fondo hacia el lado de las vías. Los otros cinco pasajeros estaban todos al sur con respecto a mí en los asientos largos tipo banco, de perfil, vistos de costado, lejos unos de otros, con la mirada perdida a través del ancho del vagón, tres a la izquierda y dos a la derecha.
El número del vagón era el 7622. Una vez viajé ocho estaciones en la línea 6 al lado de un loco que hablaba del vagón en el que estábamos con el mismo tipo de entusiasmo que la mayoría de los hombres le dedican a los deportes o a las mujeres. Por eso sabía que el vagón 7622 era un modelo R142A, el más nuevo del sistema de Nueva York, construido por Kawasaki en Kobe, Japón, traído en barco, transportado en camión hasta los depósitos de la calle 207, montado a las vías por grúas, remolcado hasta la calle 180 y testeado. Sabía que podía andar trescientos mil kilómetros sin que se le prestara mayor atención. Sabía que el sistema de anuncios automatizado daba instrucciones con voz de hombre e información con voz de mujer, que se decía que era de casualidad pero que en realidad era porque los jefes de transporte creían que esa división del trabajo era psicológicamente convincente. Sabía que las voces venían de Bloomberg TV, pero años antes de que Mike fuera alcalde. Sabía que había seiscientos R142A rodando en las vías y que cada uno estaba una fracción por debajo de los dieciséis metros de largo y tenía un poco menos de tres metros de ancho. Sabía que la unidad sin cabina como esa en la que habíamos estado entonces y yo estaba ahora había sido diseñada para transportar un máximo de cuarenta personas sentadas y hasta 148 de pie. El loco había sido preciso en todos esos datos. Podía ver por mí mismo que los asientos del vagón eran de plástico azul, del mismo tono que un cielo de final de verano o un uniforme de la Fuerza Aérea británica. Podía ver que los paneles de las paredes estaban moldeados en fibra de vidrio antigrafiti. Podía ver las franjas gemelas de anuncios alejándose de mí donde los paneles de las paredes se juntaban con el techo. Podía ver pequeños pósters alegres pregonando con descaro programas de televisión y clases de idiomas y títulos de universidades fáciles y oportunidades de obtener grandes ganancias.
Podía ver un aviso policial que me aconsejaba: Si ve algo, diga algo.
La pasajera que estaba más cerca de mí era una mujer hispana. Estaba del otro lado del vagón, a mi izquierda, antes de la primera puerta, sola en un conjunto de asientos para ocho personas, lejos del centro. Era menuda, estaría entre los treinta y los cincuenta años, y parecía tener mucho calor y estar muy cansada. Agarrada de la muñeca tenía una bolsa de supermercado gastada y miraba hacia delante al lugar vacío del lado opuesto con ojos demasiado agotados como para estar viendo algo.
El que la seguía era un hombre al otro lado, quizás un metro y medio más lejos. Iba solo en su propio conjunto de asientos para ocho personas. Podría haber sido de la península balcánica, o del mar Negro. Pelo oscuro, piel arrugada. Era fibroso, estaba desgastado por el trabajo y el clima. Tenía los pies plantados en el suelo y estaba reclinado hacia delante con los codos en las rodillas. No dormido, pero casi. En animación suspendida, haciendo tiempo, meciéndose con los movimientos del tren. Estaba alrededor de los cincuenta años, con ropa demasiado juvenil para él. Pantalones vaqueros anchos que le llegaban solo hasta las pantorrillas y una camiseta enorme de la NBA con el nombre de un jugador que no reconocí.
La tercera era una mujer que podría haber sido de África Occidental. Estaba a la izquierda, al sur de las puertas del centro. Cansada, inerte, con la piel negra desteñida y gris por la fatiga y las luces. Tenía puesto un vestido batik muy colorido en combinación con un cuadrado de tela atado en la cabeza. Iba con los ojos cerrados. Conozco Nueva York razonablemente bien. Me considero a mí mismo como un ciudadano del mundo y a Nueva York como la capital del mundo, por lo que puedo entender la ciudad igual que un británico conoce Londres o un francés París. Estoy familiarizado con sus costumbres pero no las conozco de cerca. Pero era una suposición fácil que cualquier conjunto de tres personas como estas ya sentadas en un tren nocturno de la línea 6 más allá de Bleecker en dirección norte eran empleados de limpieza de oficinas yendo a casa después del turno de noche en los alrededores de City Hall, o trabajadores de restaurantes provenientes de Chinatown o Little Italy. Iban probablemente a Hunts Point en el Bronx, o quizás seguían hasta el final del recorrido en Pelham Bay, listos para un descanso breve y errático antes de más días largos.
Los pasajeros cuarto y quinto eran diferentes.
El quinto era un hombre. Quizás era de mi edad, y estaba instalado en una posición de cuarenta y cinco grados en el asiento para dos personas opuesto al mío en diagonal, totalmente del otro lado y al fondo del vagón. Estaba vestido de manera casual pero no barata. Pantalones chinos y un polo. Estaba despierto. Tenía los ojos fijos en algún lugar enfrente de él. El foco cambiaba y se reducía constantemente, como si estuviera alerta y especulando. Me hicieron pensar en los ojos de un jugador de béisbol. Tenían una cierta sagacidad perspicaz y calculadora.
Pero era a la pasajera número cuatro a la que yo miraba.
Si ve algo, diga algo.
Estaba sentada en el lado derecho del vagón, sola en el más alejado de los conjuntos de asientos para ocho personas, del otro lado y más o menos a mitad de camino entre la exhausta mujer de África Occidental y el hombre con los ojos de jugador de béisbol. Era blanca y estaría entre los cuarenta y los cincuenta años. Era sencilla. Tenía el pelo negro, con un corte pulcro pero no estiloso, y con un tono oscuro demasiado uniforme como para ser natural. Estaba vestida toda de negro. La podía ver bastante bien. El tipo que estaba más cerca de mí del lado derecho seguía reclinado hacia delante y el hueco en forma de V entre su espalda inclinada y la pared del vagón hacía que mi línea de visión no estuviera interrumpida salvo por un bosque de barras de agarre hechas de acero inoxidable.
No una vista perfecta, pero lo suficientemente buena como para hacer sonar todas las alarmas de la lista de once puntos. Los apartados de la lista se encendieron como cerezas en una máquina tragaperras.
Según la contrainteligencia israelí yo estaba mirando a una terrorista suicida.
DOS
Descarté el pensamiento de inmediato. No por una cuestión de perfil racial. Las mujeres blancas son tan aptas para la locura como cualquier otra persona. Descarté el pensamiento por una cuestión de implausibilidad táctica. El momento del día estaba mal. El metro de Nueva York supondría un buen objetivo para un atentado suicida. La línea 6 sería tan buena como cualquier otra y mejor que la mayoría. Tiene una estación debajo de la terminal Grand Central. A las ocho de la mañana, a las seis de la tarde, un vagón lleno, cuarenta sentados, 148 de pie, esperar hasta que las puertas se abran hacia los andenes repletos, apretar el botón. Cien muertos, un par de cientos de heridos de gravedad, pánico, daño en la infraestructura, posiblemente incendio, un centro de transporte de los más importantes cerrado por días o semanas y en el que quizás ya no se vuelva a confiar nunca más. Una anotación significativa, para personas cuyas cabezas trabajan de maneras que no podemos entender bien.
Pero no a las dos de la mañana.
No en un vagón en el que viajan apenas seis personas. No cuando los andenes de metro de Grand Central solo tendrían basura flotando de acá para allá y vasos desechables vacíos y un par de sin techo viejos sobre los bancos.
El tren se detuvo en Astor Place. Las puertas se abrieron con un silbido. No se subió nadie. No se bajó nadie. Las puertas se cerraron de vuelta con un golpe y los motores chirriaron y el tren siguió.
Los puntos de la lista seguían encendidos.
El primero era uno obvio sin mucha ciencia: vestimenta inapropiada. A estas alturas los cinturones con explosivos están tan evolucionados como los guantes de béisbol. Coge un pedazo de tela resistente de un metro por medio metro, dóblalo una vez longitudinalmente y tienes un bolsillo continuo de veinticinco centímetros de profundidad. Ajústalo alrededor del terrorista y cóselo por la espalda. Los cierres y las hebillas pueden llevar a reconsideraciones. Inserta una estacada de cartuchos de dinamita todo alrededor del bolsillo, cabléalos, rellena los huecos con clavos o rodamientos, cose la parte de arriba para que quede cerrada, añade unas correas para que sostengan el peso desde los hombros. Del todo efectivo, pero del todo abultado. La única manera práctica de esconderlo, una prenda de vestir una talla por encima de lo adecuado, como una parka de invierno acolchada. Nunca apropiada para el Medio Oriente, y plausible en Nueva York quizás tres meses de doce.
Pero era septiembre, y hacía tanto calor como si fuera verano, y bajo tierra diez grados más. Yo estaba en camiseta. La pasajera número cuatro tenía puesto un abrigo de plumas North Face, negro, grueso, brillante, un poco demasiado grande y cerrado hasta la barbilla.
Si ve algo, diga algo.
Pasé de largo el segundo de los once puntos. No inmediatamente aplicable. El segundo punto es: un andar robótico. Significativo en un puesto de control o en un mercado repleto de gente o afuera de una iglesia o de una mezquita, pero irrelevante para un sospechoso sentado en el transporte público. Los terroristas suicidas caminan de manera robótica no porque estén abrumados de éxtasis por pensar en la inminente inmolación sino porque están cargando veinte kilos extra de peso desacostumbrado, que se les está clavando en los hombros a través de las correas, y porque están drogados. El atractivo de la inmolación tiene sus limitaciones. La mayoría de los terroristas suicidas son gente simple intimidada, con una barrita de pasta de opio crudo entre la mejilla y la encía. Esto lo sabemos porque los cinturones de dinamita explotan con una onda de presión característica en forma de donut que enrolla hacia arriba el torso en una fracción de nanosegundo y hace que la cabeza salga volando limpia de los hombros. La cabeza humana no está atornillada. Solo permanece ahí por la gravedad, de alguna manera agarrada por piel y músculos y tendones y ligamentos, pero esos insustanciales sostenes biológicos no hacen mucho contra la fuerza de una violenta explosión química. Mi mentor israelí me dijo que la manera más fácil de determinar si un ataque con bombas al aire libre fue llevado a cabo por un terrorista suicida y no por un coche o un paquete bomba es registrar en un radio de veinte o treinta metros y buscar una cabeza humana cercenada, que probablemente esté extrañamente intacta e indemne, hasta el punto de conservar el pedazo de opio dentro de la mejilla.
El tren se detuvo en Union Square. No se subió nadie. No se bajó nadie. Desde el andén sopló hacia dentro aire caliente y luchó contra el aire acondicionado del interior. Después las puertas se cerraron de nuevo y el tren siguió.
Los puntos tres a seis son variaciones sobre un tema subjetivo: irritabilidad, sudor, tics y comportamiento nervioso. Aunque en mi opinión el sudor puede ser ocasionado tanto por el sobrecalentamiento físico como por los nervios. El vestuario inapropiado, y la dinamita. La dinamita es serrín empapado con nitroglicerina y moldeado en forma de bastón corto. El serrín es un buen aislante térmico. Por lo cual el sudor viene de fábrica. Pero la irritabilidad y los tics y el comportamiento nervioso son indicadores valiosos. Estas personas están en los últimos y raros momentos de su vida, ansiosas, asustadas por el dolor, atontadas con narcóticos. Son irracionales por definición. Creyendo o creyendo a medias o en verdad no creyendo para nada en el paraíso y ríos de leche y miel y pastos abundantes y vírgenes, movidas por presiones ideológicas o por las expectativas de sus pares y sus familias, de repente demasiado metidas y sin la posibilidad de echarse atrás. Hablar de manera valiente en encuentros clandestinos es una cosa. La acción es otra. De ahí el pánico reprimido, con todas sus señales visibles.
La pasajera número cuatro las dejaba ver todas. Tenía el aspecto exacto de una mujer dirigiéndose hacia el final de su vida, de manera tan cierta y segura como que el tren se dirigía hacia el final del recorrido.
Por lo tanto el punto siete: la respiración.
Estaba jadeando, bajo y en control. Inhala, exhala, inhala, exhala. Como una técnica para vencer el dolor del parto, o como el resultado de un shock horroroso, o como una última y desesperada barrera para contener gritos de espanto y miedo y terror.
Inhala, exhala, inhala, exhala.
Punto ocho: los terroristas suicidas que están por entrar en acción tienen la mirada rígidamente clavada hacia el frente. Nadie sabe por qué, pero testigos oculares que han sobrevivido y la evidencia grabada han sido del todo consistentes en sus testimonios. Los terroristas a punto de inmolarse miran recto hacia el frente. Quizás llevaron su compromiso hasta el punto problemático y temen una intervención. Quizás como los perros y los niños sienten que si no están viendo a nadie entonces nadie los está viendo. Quizás un último remanente de conciencia hace que no puedan mirar a la gente a la que están por destruir. Nadie sabe por qué, pero todos lo hacen.
La pasajera número cuatro lo estaba haciendo. Eso estaba claro. Estaba mirando fijo enfrente a la ventana vacía del lado opuesto de manera tan intensa que parecía estar por desintegrar el cristal.
Puntos uno a ocho, corroborados. Me moví en el asiento pasando mi peso hacia la parte delantera.
Luego me detuve. La idea era tácticamente absurda. La hora estaba mal.
Luego volví a mirar. Y me volví a mover. Porque los puntos nueve, diez y once también estaban todos presentes y correctos, y eran los puntos más importantes de todos.