Kitabı oxu: «Tiempo pasado»

Şrift:

TIEMPO PASADO

Lee Child

Traducción de Aldo Giacometti


Índice

  Cubierta

  Portada

  Uno

  Dos

  Tres

  Cuatro

  Cinco

  Seis

  Siete

  Ocho

  Nueve

  Diez

  Once

  Doce

  Trece

  Catorce

  Quince

  Dieciséis

  Diecisiete

  Dieciocho

  Diecinueve

  Veinte

  Veintiuno

  Veintidós

  Veintitrés

  Veinticuatro

  Veinticinco

  Veintiséis

  Veintisiete

  Veintiocho

  Veintinueve

  Treinta

  Treinta y uno

  Treinta y dos

  Treinta y tres

  Treinta y cuatro

  Treinta y cinco

  Treinta y seis

  Treinta y siete

  Treinta y ocho

  Treinta y nueve

  Cuarenta

  Cuarenta y uno

  Cuarenta y dos

  Cuarenta y tres

  Cuarenta y cuatro

  Cuarenta y cinco

  Sobre el autor

  Créditos

In memoriam

John Reginald Grant, 1924-2016

Norman Steven Shiren, 1925-2017

Audrey Grant, 1926-2017

Uno

Jack Reacher tomó el último sol del verano en una ciudad pequeña en la costa de Maine y después, como las aves arriba en el cielo, empezó su larga migración hacia el sur. Pero no siguiendo la costa, pensó. No como los turpiales y los azulejos y los mosqueros y las reinitas y los colibríes de garganta roja. En vez de eso se decidió por una ruta diagonal, sur y oeste, desde el ángulo superior derecho del país hasta el rincón de abajo a la izquierda, quizás pasando por Syracuse, y Cincinnati, y Saint Louis, y Oklahoma City, y Albuquerque, y todo recto hasta San Diego. Que para alguien del Ejército como Reacher estaba un poco llena de gente de la Marina, pero que era más allá de eso un buen lugar para empezar el invierno.

Iba a ser un viaje épico, y uno que hacía años no hacía.

Tenía muchas ganas de emprender ese viaje.

No llegó lejos.

Caminó alejándose de la costa dos kilómetros más o menos y llegó hasta una carretera del condado y sacó su dedo pulgar. Era un hombre alto, apenas algo menos de dos metros con zapatos, de constitución maciza, todo hueso y músculos, no particularmente agraciado, nunca muy bien vestido, por lo general un poco despeinado. No una propuesta terriblemente atractiva. Como siempre la mayoría de los conductores disminuían la velocidad y echaban un vistazo y seguían de largo. El primer coche preparado para arriesgarse a recogerlo llegó después de cuarenta minutos. Era un Subaru familiar de hacía un año, conducido por un tipo de mediana edad, delgado, con pantalones chinos y una camisa caqui nueva. Lo viste su esposa, pensó Reacher. El tipo tenía anillo de boda. Pero debajo de las buenas telas había un cuerpo de trabajador. Un cuello ancho y nudillos grandes y rojos. El un tanto sorprendido y algo reticente jefe de algo, pensó Reacher. El tipo de persona que empieza haciendo agujeros para clavar postes y termina teniendo una empresa de vallados.

Lo que resultó ser una buena suposición. En la primera conversación quedó demostrado que el tipo había empezado con nada a su nombre más allá del martillo de su padre, y había terminado siendo el propietario de una empresa de construcción, responsable de cuarenta empleados, y de las esperanzas y sueños de una buena cantidad de clientes. Terminó su historia con un pequeño gesto facial, en parte modestia yanqui, en parte genuina perplejidad. Como diciendo: ¿cómo pasó eso? Atención al detalle, pensó Reacher. Este era un tipo muy organizado, lleno de nociones y curas y máximas y convicciones de hierro, una de las cuales era que al final del verano era mejor mantenerse alejado tanto de la Ruta Uno como de la I-95, y de hecho salir sin más de Maine tan rápido como fuera posible, lo que quería decir en poco tiempo y por un camino alternativo, por la Ruta Dos, directo al oeste hacia New Hampshire. Hasta un lugar justo al sur de Berlín, donde el tipo conocía un montón de rutas secundarias que lo llevarían hasta Boston más rápido que cualquier otro camino. Que era hacia donde el tipo estaba yendo, para una reunión por unas encimeras de mármol. Reacher estaba contento. Nada en contra respecto a Boston como lugar de partida. Nada de nada. Desde ahí era un tramo recto hasta Syracuse. Después de lo cual Cincinnati era fácil, vía Rochester y Buffalo y Cleveland. Quizás incluso vía Akron, Ohio. Reacher había estado en lugares peores. Mayormente de servicio.

No llegaron a Boston.

El tipo recibió una llamada al móvil, después de cincuenta y pico minutos yendo hacia el sur por las ya mencionadas carreteras secundarias. Que eran exactamente como se las promocionaba. Reacher tuvo que admitir que el plan del tipo era consistente. No había nada de tráfico. Ningún embotellamiento, ningún retraso. Avanzaban con ahínco, a cien kilómetros por hora, sin ningún problema. Hasta que sonó el teléfono. Estaba conectado a la radio del coche, y apareció un nombre en la pantalla de navegación, con una foto muy pequeña como ayuda visual, en este caso de un hombre con la cara roja, un casco de seguridad en la cabeza y un sujetapapeles en la mano. Cierto tipo de encargado en alguna obra. El tipo al volante tocó un botón y el sonido del teléfono llenó el coche, desde todos los altavoces, como sonido envolvente.

El tipo al volante le habló al salpicadero del parabrisas y dijo:

—Mejor que sean buenas noticias.

No lo eran. Era algo relacionado con un inspector de obras de la municipalidad y el conducto de metal dentro de la chimenea de un hogar en un recibidor, que estaba correctamente aislada, tal como decía el código, salvo que no se lo podía demostrar de manera visual sin tirar abajo la mampostería, que a esa altura ya era de tres pisos, casi terminada, con los albañiles ya contratados para un trabajo nuevo la semana siguiente, o sin arrancar la carpintería a medida de madera de nogal en el comedor del otro lado de la chimenea, o la carpintería del armario de arriba, que era palisandro y más complicado aún, pero el inspector estaba obcecado con eso y necesitaba verlo él mismo.

El tipo al volante le dirigió una mirada rápida a Reacher y dijo:

—¿Qué inspector es?

El tipo en el teléfono dijo:

—El nuevo.

—¿Sabe que va a recibir un pavo por el Día de Acción de Gracias?

—Le dije que aquí estamos todos del mismo lado.

El tipo al volante le volvió a dirigir una mirada rápida a Reacher, como buscando autorización, o pidiendo disculpas, o ambas cosas, y después volvió a mirar hacia el frente y dijo:

—¿Le ofreciste dinero?

—Quinientos. No los quiso.

Entonces se perdió la señal de móvil. El sonido empezó a salir entrecortado, como un robot ahogándose en una piscina, y después quedó mudo. La pantalla decía que estaba buscando.

El coche siguió avanzando.

Reacher dijo:

—¿Por qué alguien querría una chimenea en un recibidor?

—Es acogedor como bienvenida —dijo el tipo al volante.

—Yo creo que históricamente estaba diseñado para repeler. Era defensivo. Como la fogata ardiendo en la entrada de la caverna. Estaba pensado para mantener alejados a los depredadores.

—Tengo que volver —dijo el tipo—. Lo siento.

Disminuyó la velocidad y frenó en la gravilla. Solo, en las carreteras secundarias. Ningún otro coche. La pantalla decía que todavía estaba buscando señal.

—Voy a tener que dejarte aquí —dijo el tipo—. ¿Está bien?

—No hay problema —dijo Reacher—. Me llevaste parte del recorrido. Te lo agradezco mucho.

—No hay de qué.

—¿De quién es el armario de palisandro?

—De él.

—Haz un agujero grande y que el inspector revise. Después le das al cliente cinco razones de sentido común por las que debería instalar una caja fuerte de pared. Porque este es un tipo que quiere una caja fuerte de pared. Quizás todavía no lo sabe, pero un tipo que quiere una chimenea en el recibidor quiere una caja fuerte de pared en el armario del dormitorio. No cabe duda. La naturaleza humana. Vas a sacar algo. Le puedes cobrar a él el tiempo que lleva hacer el agujero.

—¿Estás en el negocio?

—Fui policía militar.

—Mmh —dijo el tipo.

Reacher abrió la puerta y bajó, y volvió a cerrar la puerta, y se alejó caminando lo suficiente como para darle espacio al tipo para que diera la vuelta con el Subaru, de arcén de grava a arcén de grava, todo a lo ancho de la carretera, y después se volviera a ir por donde había venido. Todo lo cual el tipo hizo, con un breve gesto que Reacher tomó como un apenado ademán de buena suerte. Después se volvió cada vez más y más pequeño en la distancia, y Reacher se dio vuelta y siguió caminando, al sur, hacia donde se dirigía. Donde fuera le gustaba mantener el impulso. La carretera en la que estaba era de dos carriles, lo suficientemente ancha, bien mantenida, con curvas aquí y allá, con un poco de subidas y bajadas. Pero ningún problema para un coche moderno. El Subaru había estado yendo a cien. Igual no había tráfico. De ningún tipo. No venía nada, de ninguno de los dos lados. Silencio total. Solo un suspiro de viento en los árboles, y el tenue zumbido del calor que subía del asfalto.

Reacher siguió caminando.

Tres kilómetros más adelante la carretera por la que iba se desviaba un poco hacia la izquierda, y una nueva carretera de igual tamaño y aspecto se abría hacia la derecha. No exactamente una curva. Más como una elección equitativa. Un cruce clásico en forma de Y. Mover apenas el volante a la izquierda, o mover apenas el volante a la derecha. Tu decisión. Ambas opciones se perdían de vista entre árboles que de tan imponentes en algunos lugares formaban un túnel.

Había un cartel.

Una flecha inclinada hacia la izquierda decía “Portsmouth”, y una flecha inclinada hacia la derecha decía “Laconia”. Pero la opción de la derecha estaba escrita en letra más pequeña, y tenía una flecha más pequeña, como si Laconia fuera menos importante que Portsmouth. Un mero desvío, a pesar de que la ruta era del mismo tamaño.

Laconia, New Hampshire.

Un nombre que Reacher conocía. Lo había visto en históricos papeles familiares de todo tipo, y lo había oído mencionar de vez en cuando. Era el lugar de nacimiento de su difunto padre, y donde había sido criado, hasta que a los diecisiete años se escapó para unirse a los Marines. Esa era la vaga leyenda familiar. De qué había escapado no había sido especificado. Pero nunca regresó. Ni una vez. Reacher mismo había nacido más de quince años después, momento para el cual Laconia ya era un detalle muerto del pasado lejano, tan remoto como el Territorio de Dakota, donde se decía que algún ancestro anterior había trabajado y vivido. Nadie de la familia fue nunca a ninguno de los dos lugares. Ninguna visita. Los abuelos murieron jóvenes y rara vez se los mencionaba. Aparentemente no había tías o tíos o primos o ninguna otra clase de parientes lejanos. Lo que era estadísticamente poco probable, y sugería algún tipo de ruptura. Pero nadie más allá de su padre tenía alguna información verdadera, y nadie nunca hizo un verdadero intento para que él les diera alguna información. Ciertas cosas no se hablaban en las familias marines. Mucho después como capitán del Ejército a Joe, el hermano de Reacher, lo destinaron al norte y dijo algo acerca de quizás intentar encontrar la vieja casa familiar, pero nunca salió nada de eso. Probablemente Reacher mismo había dicho algo así, de vez en cuando. Tampoco había estado nunca allí.

Izquierda o derecha. Su decisión.

Portsmouth era mejor. Tenía autopistas y tráfico y autobuses. Era un tramo recto hasta Boston. San Diego reclamaba. El noreste estaba a punto de ponerse frío.

¿Pero qué importaba un día más?

Se dirigió a la derecha, y eligió la bifurcación en la carretera que llevaba a Laconia.

En ese mismo momento del final de la tarde, a casi cincuenta kilómetros de distancia, yendo hacia el sur por otra carretera secundaria iba un Honda Civic en no muy buen estado, conducido por un hombre de veinticinco años llamado Shorty Fleck. Al lado de él en el asiento del acompañante iba una mujer de veinticinco años llamada Patty Sundstrom. Eran novio y novia, ambos nacidos y criados en Saint Leonard, que era un pequeño y distante pueblo en New Brunswick, Canadá. No pasaba mucho allí. La noticia más importante en la memoria reciente del pueblo era de hacía diez años, cuando un camión que transportaba doce millones de abejas volcó en una curva. El periódico local informó con orgullo que el accidente era el primero de esas características en New Brunswick. Patty trabajaba en un aserradero. Era la nieta de un tipo de Minnesota que se había escabullido hacia el norte cincuenta años atrás, para evitar ir a Vietnam. Shorty tenía unas tierras en las que producía patatas. Su familia había vivido en Canadá desde siempre. Y él no era particularmente bajito. Quizás en algún momento lo había sido, de niño. Pero ahora él suponía que era lo que cualquier persona que lo viese llamaría un tipo promedio.

Estaban tratando de ir sin ninguna parada de Saint Leonard a Nueva York. Lo que se lo mirase como se lo mirase era un viaje duro. Pero ellos veían una gran ventaja en hacerlo. Tenían algo para vender en la ciudad, y ahorrarse una noche en un hotel iba a maximizar la ganancia. Habían planeado la ruta, haciendo una vuelta hacia el oeste pare evitar a los veraneantes que desde las playas se dirigían a sus hogares, usando las carreteras secundarias, el dedo aplastado de Patty en el mapa, su mirada recorriendo el horizonte en busca de curvas y carteles. Lo habían medido en el papel, y supusieron que era algo viable.

Salvo que habían salido más tarde de lo que les habría gustado, debido un poco a la desorganización general, pero en mayor medida a que a la envejecida batería del Honda no le gustaban las recientemente frescas temperaturas otoñales que soplaban desde la Isla del Príncipe Eduardo. El retraso los dejó en una larga fila en la frontera de Estados Unidos, y después el Honda empezó a recalentarse, y necesitó que se lo tratara con cuidado por debajo de los ochenta kilómetros por hora durante un rato largo.

Estaban cansados.

Y hambrientos, y sedientos, y con ganas de ir al baño, e iban retrasados, y por detrás de lo planificado. Y frustrados. El Honda estaba recalentándose otra vez. La aguja estaba rozando lo rojo. Había como un chirrido debajo del capot. Quizás faltaba aceite. No había manera de saberlo. Todas las luces del tablero habían estado encendidas continuamente durante los últimos dos años y medio.

—¿Qué hay más adelante? —preguntó Shorty.

—Nada —dijo Patty.

Su dedo estaba sobre una zigzagueante línea roja, con la indicación de un número de tres dígitos, y a la que se la veía correr de norte a sur a través de una forma dentada sombreada verde pálido. Un área forestal. Que coincidía con lo que estaba afuera de la ventana. Los árboles se amontonaban, quietos y oscuros, cargados con las pesadas hojas del final del verano. El mapa mostraba aquí y allá diminutas líneas rojas como de telaraña, como las venas en la pierna de una señora vieja, que eran presumiblemente todos caminos hacia algún lugar, pero ninguno grande. Ninguno con probabilidades de tener un mecánico o un taller o agua para el radiador. La mejor opción estaba a unos treinta minutos, por unos caminos al este del sur, un pueblo con su nombre impreso no tan pequeño y en seminegrita, lo que quería decir que tenía que haber al menos una estación de servicio. Se llamaba Laconia.

—¿Podemos hacer treinta kilómetros más? —dijo ella.

Ahora la aguja estaba hundida en el rojo.

—Quizás —dijo Shorty—. Si caminamos los últimos veintinueve.

Disminuyó la velocidad y siguió avanzando con un hilo de gasolina, lo que generaba menos calor nuevo en el motor, pero lo que también hacía que corriera menos aire por las aletas del radiador, por lo que el calor viejo no se podía ir tan rápido, por lo que en el corto plazo la aguja de la temperatura siguió subiendo. Patty arrastró la punta de su dedo hacia delante por el mapa, siguiendo el paso con lo que ella consideraba su velocidad estimada. Un poco más allá a la derecha había una vena como de telaraña. Un camino estrecho, que daba vueltas cruzando la tinta verde hacia algún lugar a más o menos tres centímetros. Sin el ruido del viento de su ventana que cerraba mal podía oír los ruidos del motor. Traqueteando, golpeando, rechinando. Empeorando.

Entonces más adelante a la derecha vio la entrada a un camino estrecho. La vena como de telaraña, puntual. Pero más como un túnel que un camino. Estaba oscuro adentro. Los árboles se cerraban arriba. En la entrada sobre un poste torcido por las heladas había un cartel, que tenía atornilladas unas letras de plástico ornamentadas, y una flecha que apuntaba hacia el túnel. Las letras formaban la palabra “Motel”.

—¿Deberíamos? —preguntó ella.

Respondió el coche. La aguja de la temperatura estaba clavada en el tope. Shorty podía sentir el calor en las espinillas. Todo lo que estaba por debajo del capot se estaba asando. Por un segundo se preguntó qué podría pasar si en cambio seguían de largo. La gente hablaba de motores que explotaban y se derretían. Que eran formas de hablar, por supuesto. No iba a haber charcos de metal derretido. No iba a explotar nada. Simplemente se iba a morir, de manera pacífica. O se iba a parar. Iba a seguir rodando amablemente hasta detenerse.

Pero en el medio de la nada, sin ningún tipo de tráfico y sin señal de móvil.

—No tenemos opción —dijo, y frenó y siguió y dobló hacia el túnel. De cerca vieron que las letras de plástico del letrero habían sido pintadas de dorado, con pincel fino y mano firme, como una promesa, como si el motel fuera un lugar de categoría. Había un segundo letrero, idéntico, que miraba hacia los conductores que venían del otro lado.

—¿Vale? —dijo Shorty.

El aire se sentía frío en el túnel. Fácil quince grados menos que en la carretera principal. Las hojas caídas del otoño anterior y el barro del invierno anterior estaban todos apisonados en los costados.

—¿Vale? —volvió a preguntar Shorty.

Pasaron por encima de un cable que cruzaba el camino de lado a lado. Una cosa gruesa de goma, no mucho más pequeña que una manguera de jardín. Como las que tenían en las estaciones de servicio, para hacer sonar un timbre adentro, para que el empleado salga a ayudarte.

Patty no respondió.

—¿Cuán malo puede ser? —dijo Shorty—. Figura en el mapa.

—El camino está marcado.

—El letrero era bonito.

—Sí —dijo Patty—. Coincido.

Siguieron conduciendo.

Dos

Los árboles enfriaron y refrescaron el aire, por lo que Reacher se sintió a gusto manteniendo un ritmo constante de seis kilómetros por hora, que para su largo de piernas eran exactamente ochenta y ocho pulsaciones por minuto, que era exactamente el tempo de una buena cantidad de la mejor música, por lo que era un tiempo que se pasaba de manera agradable. Hizo treinta minutos, tres kilómetros, siete temas clásicos en su cabeza, y entonces escuchó detrás de sí sonidos verdaderos, y se dio vuelta y vio que una vieja pick-up se acercaba hacia él moviéndose de un lado para el otro, como si cada una de las ruedas quisiera ir en una dirección distinta.

Reacher le hizo señas con el pulgar.

La camioneta se detuvo. Un tipo viejo con una barba larga y blanca se estiró adentro hacia el costado y bajó la ventanilla del pasajero.

—Voy a Laconia —dijo.

—Yo también —dijo Reacher.

—Vale.

Reacher se subió, y volvió a levantar la ventanilla. El viejo arrancó y recuperó la tambaleante marcha.

—Supongo que esta es la parte en la que me dice que necesito neumáticos nuevos —dijo.

—Es una posibilidad —dijo Reacher.

—Pero a mi edad intento evitar gastar grandes sumas de capital. ¿Para qué invertir en el futuro? ¿Tengo algún futuro?

—Ese argumento es más circular que sus neumáticos.

—De hecho el chasis está torcido. Tuve un choque.

—¿Cuándo?

—Hace cerca de veintitrés años.

—Entonces esto ahora es normal para usted.

—Me mantiene despierto.

—¿Cómo sabe hacia dónde tiene que dirigir el volante?

—Te acostumbras. Como navegar a vela. ¿Por qué va a Laconia?

—Pasaba por aquí —dijo Reacher—. Mi padre nació ahí. Quiero verla.

—¿Cuál es su apellido?

—Reacher.

El tipo viejo negó con la cabeza. Y dijo:

—Nunca conocí a nadie en Laconia que se llamara Reacher.

La razón de la bifurcación previa en forma de Y en la carretera resultó ser un lago, lo suficientemente ancho como para hacer que los conductores norte-sur tuvieran que elegir un lado, orilla derecha y orilla izquierda. Reacher y el viejo se zarandearon y se sacudieron a lo largo de la orilla derecha, lo que era mecánicamente estresante, pero visualmente bello, porque la vista era deslumbrante y el sol estaba a menos de una hora de ponerse. Después vino Laconia misma. Era un lugar más grande de lo que Reacher esperaba. Quince o veinte mil personas. Una capital de condado. Sólida y próspera. Había edificios de ladrillo y prolijas calles antiguas. El sol bajo y rojo hacía parecer que estaban en una vieja película.

La zarandeante pick-up se tambaleó hasta quedar detenida en una esquina céntrica. El viejo dijo:

—Laconia.

—¿Cuánto cambió? —dijo Reacher.

—Por aquí, no mucho.

—Crecí pensando que era más pequeña.

—La mayoría de las personas recuerdan que las cosas eran más grandes.

Reacher le agradeció al tipo el viaje, y se bajó, y vio cómo la camioneta se alejaba chirriando, cada neumático insistiendo en que los otros tres estaban equivocados. Después se dio la vuelta y caminó unas manzanas al azar, dándose una idea de qué podía haber dónde, en particular dos destinos específicos para empezar con la búsqueda al día siguiente, y dos para atención inmediata esa misma tarde, el primero un lugar para comer, y el segundo un lugar para dormir.

Ambas cosas estaban disponibles, un poco al estilo de un centro histórico. Comida saludable, ningún lugar medía más que el ancho de dos mesas. Ningún motel en la ciudad, pero sí muchas hosterías y muchos bed and breakfast. Comió en un estrecho bistró, porque una camarera le sonrió por la ventana, después de un momento de incomodidad cuando ella le trajo el pedido. Que era una especie de ensalada que tenía carne, que era la opción del menú que pensó que sería la más nutritiva. Pero cuando llegó era diminuta. Después pidió una segunda vez, y un plato más grande. Al principio la camarera no entendió bien. Pensó que había algo mal con el primer pedido. O con el tamaño del plato. O ambas cosas. Después entendió. Tenía hambre. Quería dos raciones. Le preguntó si necesitaba algo más. Pidió una taza más grande para el café.

Más tarde deshizo su recorrido hacia unos alojamientos que había visto, en una calle lateral cerca de las oficinas de la municipalidad. Había lugar en la hostería. Las vacaciones habían terminado. Pagó una buena suma por lo que el empleado llamó una suite, pero que él llamó una habitación con un sofá y un exceso de estampados de flores y almohadas de plumas. Removió de la cama una docena y puso sus pantalones debajo del colchón para plancharlos. Después se dio una larga ducha caliente, y se metió debajo de las sábanas, y se durmió.

El túnel a través de los árboles resultó tener más de tres kilómetros de largo. Patty Sundstrom siguió las curvas con el dedo en el mapa. Debajo de las ruedas del Honda había un asfalto ya gris y con baches, la superficie final ya del todo deteriorada en algunos lugares por la escorrentía, dejando unos agujeros poco profundos del tamaño de mesas de billar, algunos puro cemento, algunos rellenos con grava, algunos llenos de una pasta de hojas podridas todavía húmedas de la primavera, porque por encima el frondoso follaje era espeso y continuo, excepto por un lugar de veintipico metros en el que no crecían árboles. Había una franja rosa brillante de cielo abierto. Quizás una estrecha veta de tierra distinta, o un repentino escarpe subterráneo de piedra maciza, o una rareza hidráulica sin agua bajo la superficie, o con demasiada. Después el filo de cielo quedó a su espalda. Estaban otra vez en el túnel. Shorty Fleck estaba yendo despacio, para evitar los golpes y cuidar el motor. Se preguntó si debería encender las luces.

Después el follaje se adelgazó por segunda vez, con la promesa de más por venir, como si un gran claro estuviera en camino, como si estuvieran llegando a algún lugar. Lo que vieron fue que delante del camino salía de los árboles y recorría en línea recta una hectárea de descampado, y la delgada cinta gris de repente desnuda y expuesta a la última luz del día. Su destino era un grupo de tres considerables construcciones de madera, dispuestas una después de otra en una curva circular hacia la derecha, quizás cincuenta metros entre la primera y la última. Las tres estaban pintadas de rojo mate, con molduras blanco brillante. Recortadas contra el pasto verde se veían como clásicas estructuras de Nueva Inglaterra.

El edificio que estaba más cerca era un motel. Como una imagen en un libro infantil. Como para aprender el ABC. M de Motel. Era largo y bajo, hecho con tablones rojo mate, con un techo a dos aguas con tejas gris pizarra, y un letrero de neón rojo que decía “Oficina” en la primera ventana, y después una puerta con contraventana para el almacén, y después un patrón que se repetía, de una ventana ancha con una unidad exterior de aire acondicionado y dos sillas de jardín de plástico debajo, y una puerta con un número, y otra ventana ancha con la misma unidad exterior y las mismas sillas, y otra puerta con número, y así, todo hasta el final. Había en total doce habitaciones, todas en línea. Pero no había ningún coche aparcado en la puerta de ninguna. Daba la impresión de que no había ninguna alquilada.

—¿Bien? —dijo Shorty.

Patty no respondió. Shorty detuvo el coche. A cierta distancia, a la derecha, vieron que el segundo edificio era más corto de un extremo al otro, pero mucho más alto y profundo del frente al fondo. Una especie de granero. Pero no para animales. La rampa de cemento estaba notablemente limpia. No había ninguna boñiga, para decirlo de manera directa. Era una especie de taller. Afuera delante había nueve quads. Como motos normales, pero con cuatro neumáticos gruesos en vez de dos lisos. Estaban alineados en tres filas de tres, con precisión milimétrica.

—Quizás son Honda —dijo Patty—. Quizás esta gente sabe cómo arreglar el coche.

Al final de la hilera el tercer edificio era una casa normal, de construcción sencilla pero tamaño generoso, rodeada por una galería con mecedoras.

Shorty avanzó con el coche, y se volvió a detener. El asfalto estaba por acabarse. Diez metros antes del aparcamiento vacío del motel. Estaba por bajar dando un golpe a una superficie mantenida por su propio dueño que su ojo experto de productor de patatas le dijo que estaba conformada por partes iguales de grava, barro, hierbajos secos y verdes. Vio al menos cinco especies que él hubiese preferido no tener en su propia tierra.

El final del asfalto daba la sensación de un umbral. De una decisión.

—¿Bien? —volvió a decir.

—Está vacío —dijo Patty—. No hay ningún huésped. ¿No es extraño esto?

—La temporada terminó.

—¿Así tan de repente?

—Siempre se están quejando de eso.

—Es el medio de la nada.

—Es un lugar para una escapada. Sin movimiento, sin barullo.

Patty se quedó un rato en silencio. Después dijo:

—Supongo que tiene buena pinta.

—Yo creo que es esto o nada —dijo Shorty.

Patty recorrió la estructura del motel de izquierda a derecha, las proporciones simples, el techo sólido, los tablones duros, la pintura reciente. Se había realizado el mantenimiento necesario, pero nada llamativo. Era un edificio honesto. Podría haber estado en Canadá.

—Echemos un vistazo —dijo.

Bajaron del asfalto dando un golpe y traquetearon sobre la superficie despareja y estacionaron afuera de la oficina. Shorty pensó un segundo y apagó el motor. Más seguro que dejarlo encendido. En caso de metal derretido y explosiones. Si no volvía a arrancar, mala suerte. Ya estaba lo suficientemente cerca de donde necesitaba estar. Podían pedir la habitación uno, de ser necesario. Tenían una maleta enorme, llena de lo que pensaban vender. Se podía quedar en el coche. Aparte de eso no tenían mucho más que cargar.

Salieron del coche y entraron a la oficina. Había un tipo detrás del mostrador de recepción. Tenía más o menos la misma edad que Shorty, y que Patty, promediando los veinte, quizás uno o dos años más. Tenía pelo corto y rubio, prolijamente peinado, y un buen bronceado, y ojos azules, y dientes blancos, y una sonrisa siempre dispuesta. Pero parecía un poco fuera de contexto. Al principio Shorty lo tomó como una cosa de verano que había visto en Canadá, donde a un chico bien educado lo mandan a hacer un trabajo tonto en el campo, para completar su currículum, o para expandir sus horizontes, o encontrarse a sí mismo, o algo así. Pero este tipo era cinco años demasiado viejo como para eso. Y detrás de su saludo tenía un aire de propietario. Estaba diciendo bienvenidos, sin duda, pero a mi casa. Como si el lugar fuera suyo.

17,80 ₼