Kitabı oxu: «El diván de Becca»

Şrift:

Primera edición: junio, 2015

Corrección morfosintáctica y estilística:

Editorial Vanir

Del diseño de la cubierta: ©Editorial Vanir, 2021

Del texto: Lena Valenti, 2021

www.editorialvanir.com

De esta edición: Editorial Vanir, 2021

Editorial Vanir

www.editorialvanir.com

valenbailon@editorialvanir.com

Barcelona

ISBN: -978-84-17932-29-9

Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.

Esta historia va dedicada a todas esas personas

que me han enseñado que valiente no es quien no tiene miedo.

Valiente es el que teme y a pesar de eso sigue adelante.

También se la dedico a mis amigas «Supremas»,

a las que a algunas de ellas no veo tanto como quisiera pero siguen estando en mi corazón siempre: a Noelia, Miriam,

Lorena, Dunia, Fina, Tere, Mireia, Cristina y Anabel.

Gracias por enseñarme cosas, por las risas, los desfases, las locuras, los llantos, por enfadaros conmigo a veces,

y por quererme tanto como yo os quiero a vosotras.

Somos «Beccarias» de la vida, y espero que lo sigamos siendo siempre.

¡Os ailoviu mucho!

Índice

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Detrás del cristal del confesionario de Gran Hermano, el rostro histriónico de la mujer de Frankenstein me devuelve la mirada. Debo aclarar que esa mujer en realidad es un hombre musculoso y parecido a Hugh Jackman y se llama Lolo. Pero se siente muy mujer, reconoce abiertamente su condición de gay y, aunque no lo reconociera, también se sabría: mi queridísimo Lolo tiene pluma suficiente como para rellenar mil almohadas. Como Lolo es un hombre muy dramático, sabía que iba a elegir ese personaje. Pero ha habido un error en el envío de la peluca: pedimos la cabellera de Elisabeth Lavenza (nombre que se le dio a la novia de Frankenstein de 1935), pero en vez de eso, nos adjuntaron la de Marge Simpson.

Es decir, competencia de la agencia de atrezzo: nivel cigoto. Mi sobrino de cinco años sería más competente al respecto, y seguramente me debatiría el nivel valorándolo como un pokémon. Me diría con su vocecilla: «Tita, este es nivel Magikarp claramente». En su opinión, ser un Magikarp, al parecer, es para cortarse las venas. Y lo suele argumentar diciéndome que es inútil en combate y que solo sirve para salpicar.

Me llamo Becca Ferrer. Soy psicóloga, nacida en Barcelona. Y, como ya habréis adivinado, trabajo en la plantilla de terapeutas de este famoso reality, que ya va por su decimocuarta edición.

Estamos en Halloween, en pleno directo, y como tal, la prueba semanal se centra en este día. Pero algo ha salido realmente mal, hasta el punto de que me encuentro en la tesitura de calmar a uno de los concursantes de Guadalix de la Sierra, porque sé que, si no lo consigo, Lolo puede hacer algo por lo que sería expulsado. Y aunque no tengo la culpa de esta situación, me siento muy responsable de mis chicos.

Estas cosas siempre me despiertan la ansiedad.

En principio, la prueba iba a ser muy divertida. Queríamos invitar de nuevo al payaso enano para que les lanzara tartas a la cara, y, por otra parte, los Cazafantasmas iban a entrar a la casa para capturar uno a uno a todos los concursantes y avivar el nerviosismo de los Hermanos.

Todo iba sobre ruedas, la música del Exorcista no dejaba de reverberar en las paredes de la casa más famosa de la televisión. El equipo de psicólogos y cámaras del programa no dejábamos de reírnos ante las ocurrencias de los participantes. Habíamos visto de todo: gritos, carreras por los pasillos, resbalones, histeria colectiva, chistes malos producto del miedo…

Pero se la hemos jugado a Lolo. No hay otra explicación. Y eso lo ha decidido el Súper. Aunque estoy convencida de que ni siquiera él se imaginaba que el desenlace iba a ser este.

Para poneros en antecedentes, os voy a explicar un poco cómo es mi trabajo.

Formo parte de un gabinete de psicólogos que Zeppelin ha contratado para hacer la criba de los concursantes de GH (además de otros programas, aunque yo solo trabajo en este).

Después de hacer varias selecciones, empezamos a trabajar con las novecientas personas seleccionadas, aunque anteriormente eran diez mil. Diez mil espartanos en cola, algunos normales, otros muy frikis, y otros Legionarias y Yoyas en potencia. Entre ellos se encuentran siempre los perfiles que tanto nos gustan: la oveja negra, el pacificador, el alborotador, el pasota, el conflictivo, el espiritual, el estratega… A estos novecientos les realizamos una serie de cuestionarios. Descartamos a los que tienen determinadas patologías, y después les pasamos filtros de personalidad e inteligencia, hasta que nos quedamos con solo sesenta personas a las que les hacemos una entrevista clínica sobre inteligencia emocional muy completa. Eso reduce la selección a veinticuatro personas.

Con la criba considerablemente reducida, decidimos pasar un día, tanto el psicólogo como el redactor, con cada uno de estos veinticuatro aspirantes para observarlos de primera mano y ver otros rasgos de su personalidad así como posibles estrategias que puedan poner en práctica para afrontar otras situaciones como las que se encontrarán en la casa.

Veinticuatro informes después, nos quedamos solo con doce. Los definitivos afortunados para concursar en Gran Hermano.

Detrás de los cristales de la casa hay tres psicólogos clínicos que se hacen cargo cada uno de cuatro concursantes. Lolo es uno de los que yo tengo a mi cargo. Y me duele en el alma verlo ahí de esta manera, tan aterrorizado, con las pupilas dilatadas y la peluca lila torcida como la torre de Pisa.

Me la han jugado, y lo sé. Lo sé tanto como diría Julio Iglesias en su famosísimo meme.

Y ¿sabéis por qué? No, claro que no lo sabéis.

Porque, aunque yo no entrevisté a Lolo ni lo analicé, todos vimos las pruebas de cámara de los concursantes. Era un tipo divertido, graciosísimo y muy extrovertido, además de increíblemente inteligente. Pero Lolo tenía una pequeña tara, una fobia llamada «Ex». En la prueba de cámara, Lolo dijo claramente que lo único que no encajaba bien y lo desequilibraba era ver a su ex; por esta razón, después de su fallida relación, Lolo se había ido a vivir a otra comunidad, para no encontrarse furtivamente con él.

Pero el Súper había decidido invitar al ex al programa, disfrazado de Cazafantasmas. Maldito Súper. Federico es un morboso; ese es su nombre, por cierto. Suele hacer estas cosas, y nosotros siempre le decimos que es bajo su responsabilidad.

Para él, sin embargo, su responsabilidad es la audiencia, y el índice de share, y adora las situaciones límites que hacen que los indicadores se disparen.

Federico sabe que yo también las adoro. Una de las reglas de la selección de la criba es dar con personas estables mentalmente, extrovertidas y dinámicas pero que además sean muy emotivas para que, suceda lo que suceda en la casa, les afecte mucho, pero no hasta el punto de traumatizarlas.

Lolo está a un paso de rebasar esa línea. Y yo debo impedirlo. Federico acaba de lanzarme el guante, porque le gusta desafiarme. Debo demostrarle que puedo controlar a Lolo antes de que haga una locura, como abandonar el programa por propia voluntad. Lolo no puede afrontar la multa por abandonar. Ni él ni nadie medianamente normal. ¿Quién tiene doce mil euros en el banco para desprenderse de ellos así como así?

Me concentro y observo a mi concursante favorito.

La novia de Frankenstein me devuelve la mirada. Tiene el pelo lila manchado de nata y una cereza deslizándose por el lado izquierdo. También tiene nata en la mejilla y en la barbilla. El payaso enano le había dado de lleno. Pero cuando Lolo vio que entraban los Cazafantasmas y divisó a su ex entre ellos, se fue corriendo del salón en dirección al confesionario, al grito de «¡Me cago en mis muertos!», con tan mala suerte que se había resbalado y se había dado un leñazo en el pasillo. Leñazo que habían visto más de cinco millones de personas.

—Hola, Elisabeth Simpson —lo saludo queriendo sacarle una sonrisa, pero no lo consigo.

—No me toquéis los cojones —dice, tajante, mirando a todas partes, buscando un rostro en el que poder volcar toda su ira. Se le ha corrido parte del maquillaje. En otras circunstancias eso sería divertido y cómico. Ahora no—. ¿Qué mierda hace Rodrigo vestido de bombero? ¿Qué hace aquí?

—No va de bombero —le corrijo—. Va de Cazafantasmas.

—¿Cazafantasmas? ¡Ese hombre solo caza rabos y mariposones! ¡Es un perro infiel! —exclama moviendo enérgicamente las manos—. Yo… Yo no puedo estar aquí. —De repente, toda la seguridad que Lolo tiene se desdibuja en el puchero que asoma a sus labios y a su barbilla—. Sácame de aquí, te lo ruego… Esto es demasiado para mí. —Se cubre el rostro con las manos y adquiere una pose derrotada sobre el sillón rojo de las verdades. Yo percibo su pena, y su pena me aflige. Una de las razones por las que entiendo muy bien a mis pacientes es porque tengo muy desarrollada la destreza básica de la comunicación interpersonal. Mi ser rebosa empatía. Por si no lo sabéis, «empatía» viene del griego empatheia y significa ‘sentir adentro’.

Y es un arma de doble filo. Con el tiempo he aprendido a observar esas emociones como ajenas a mi persona, como si yo fuera una observadora, aunque las sienta muy adentro, tanto como la palabra indica. Y eso me ayuda a comprender a los que vienen a mí. Entiendo por lo que están pasando y siento lo que ellos sienten.

Igual que ahora siento claramente el dolor y el miedo de Lolo. Teme hacer el ridículo delante de Rodrigo, teme volver a mirarle, y amarle de nuevo aunque no lo merezca. Le da pavor darse cuenta de que no lo ha superado, aunque yo creo que sí. Y le aterroriza seguir viendo vacío en los ojos de su ex, como si lo que tuvieron no hubiera sido importante, y en lugar de todo el amor que él le profesó, solo encontrara nada.

—Lolo, ¿estás ahí? —le pregunto.

Lolo sigue con el rostro cubierto por sus manos, en silencio, negando con la cabeza.

—No.

—Sí estás ahí. —Hago una pausa—. Lolo, si no sales, tus compañeros y tú perderéis la prueba semanal. Los Cazafantasmas tienen diez minutos para coger a cada uno de tus compañeros y encerrarlos en el granero. Si lo consiguen en esos diez minutos, perderéis la prueba. No puedes huir.

—No voy a salir —continuó en modo de negación—. Me quiero ir. Me siento traicionado por el programa… Traerme a Rodrigo es lo peor que habéis podido hacer.

Y era verdad. Era una puñalada por la espalda que solo Federico podía atreverse a asestar. Mis compañeros me miran esperando que yo obre la magia y lo retenga. Todos creen en mí y saben que puedo hacerlo. Yo no estoy tan segura, pero me encanta la sensación de tener el poder para ayudar a Lolo y hacerle un clic en la cabeza.

—¿Por qué no me cuentas qué pasó?

—¿Cómo?

—Dime por qué odias a Rodrigo… y qué es lo que te da miedo de él. Si lo dices en voz alta, el miedo se achica.

—¿Qué quieres que te diga? —Se descubrió el rostro. Sus ojos negros lanzaban rayos y centellas—. ¿Que esa perra de ahí afuera se acostó con mi mejor amigo? ¿Que a día de hoy aún siguen juntos? ¿Que ambos se rieron de mí y me hicieron sentir como una mierda? En un zarpazo de gata me quedé sin amigo y sin novio. —Chasquea sus dedos—. Así, ¡plas! Verlo me supera. Me supera mucho…

—¿Por qué le das poder para estar todavía en tu vida y en tu cabeza? Él te dejó ir, te cambió por otro. Eres tú el que te aferras a él.

—No está en mi cabeza. Está aún en mi corazón —se excusa queriendo transmitirme su aflicción. Si el corazón está de por medio, todo es mucho más serio y sensible, ¿verdad? Pero a Lolo no le hacen falta las sensiblerías. Lolo necesita un bofetón.

—No, Lolo. Son los residuos de sus recuerdos los que están en tu cabeza. De tu corazón lo expulsaste cuando lo rompió.

—Remarco esto último con contundencia porque lo creo a pie juntillas—. A ver, ¿qué te gustaría hacerle?

—Quiero retorcerle el pescuezo.

—Prueba otra vez —dije imprimiendo una risa en mi voz, como el famoso gag de la bofetada y las rimas sórdidas. Necesitaba que él viera que esa conversación no era agresiva. Que solo quería ayudarle.

—Lo que de verdad me gustaría es mirarle a la cara y no sentir nada. Ser capaz de sonreírle y verlo como el mierda que es, no como el hombre que me rompió el corazón. Me encantaría… —Su rostro adquiere un rictus ensoñador y decidido, como si él mismo se viera haciendo realidad lo que pensaba—. Joder, me encantaría sacarlo de mi vida como una manguera saca la mugre de los coches, o las hojas muertas del jardín.

—Bien. Y ¿qué te detiene?

—¿Qué?

—Que por qué no lo haces.

Veo la sorpresa de Lolo ante mi pregunta; más bien, la sorpresa de todos los demás que me miran como si estuviese loca.

—¿Cómo dices?

—Joder, Lolo, lo que oyes. —Sé que no debo hablar así en esta franja televisiva. La prueba semanal se emite en directo. Pero creo que Lolo me atiende mejor si le hablo sin tapujos. Hay personas que necesitan tacto, otras que no quieren que te involucres demasiado para no violar su intimidad. Pero Lolo y sus ojos negros me ruegan que lo ayude desesperadamente—. Este programa, mi bella Elisabeth, te da unas herramientas para poder solucionar y meditar sobre tus cuentas pendientes en el exterior, no es solo una cápsula en la que el tiempo y el espacio desaparecen sin más. Puedes aprovecharlo en tu beneficio. Si lo que quieres es eso, si lo que necesitas hacer para expiar los demonios que Rodrigo te ha dejado es sacarlo de tu vida a base de manguerazos, te digo que en el jardín dispones de una manguera kilométrica. ¿Por qué no la utilizas como terapia de choque?

—¿Quieres que… lo moje?

—No. Yo no quiero nada de eso. Pero es lo que quieres tú. Creo que puede ser un catalizador para ti. Puedes limpiarte tú mismo. Nuestra mierda es solo nuestra. O tomas la decisión ahora, Lolo, o en dos minutos se acaba el tiempo. Y tu ex y sus amigos están metiendo a todos los Grandes Hermanos en el granero. No te queda tiempo.

Lolo mira a todas partes, en todas las direcciones. Puedo escuchar la batalla que libra en su interior. Los soldados de «voy a hacerlo» luchan a muerte contra los soldados de «no puedo hacerlo».

—¡Lola! —le grito en femenino. Él se siente muy mujer, ¿no? Tal vez si espoleo esa parte, el resultado sea más inmediato. Ya sabéis…, por eso de que las mujeres somos mucho más vengativas que los hombres. Bien. Él fija la mirada en el cristal y por fin veo que lo tengo en mis manos—. No puedes permitir que ningún hombre te deje por otro. Nunca. Le diste toda tu vida a Rodrigo, y acabaste muy mal. Hoy ha llegado el momento de enterrar el sufrimiento, los miedos y la depresión. ¡Mueve tu culo, coge ahora mismo la manguera y rocíale con tanta fuerza que salga despedido de la casa! ¡Sácalo de tu vida!

—¿De verdad?

—Hazlo.

—Pero…

—Hazlo.

—¿Eso es legal? —Empieza a levantarse del sillón. Las ganas y la emoción le pueden.

Su mirada ha adquirido un brillo de decisión, y también apocalíptico. Empiezo a dudar de si es buena idea o no.

—Hazlo y demuéstrale quién tiene la manguera más larga y más potente. —Lo acabo de soltar y ya me estoy arrepintiendo. Mis compañeros se ríen. Lolo frunce el ceño, pero una curva ascendente se dibuja en sus labios, como la de un pitbull. Está sonriendo. Y lo mejor: lo va a hacer.

Lo que graban las cámaras a continuación, cuando Elisabeth Lavenza con una sobredosis de hormonas y batidos, y unos brazos como piernas, sale corriendo al jardín en busca de la manguera, sé que va a hacer historia.

Hay personas que tienen un halo de celebridad a su alrededor. Lolo es una de esas personas. Sé que cuando salga de este programa, le lloverán las ofertas para trabajar en televisión. Y sé que lo que está haciendo va a ser trending topic en todas partes. Paso a narraros lo que sucede a continuación. Lolo y su peluca lila de Marge aparecen detrás del payaso enano, que está preparado para lanzar una nueva tarta y acojonar a otra concursante, Patricia la pija, oculta detrás del sofá.

Lolo agarra al payaso por la cinturilla de los pantalones, al grito de «¡Ven aquí, Willow!», lo levanta y lo mete dentro del baúl del comedor, que hace las funciones de puf. ¡Lo ha encerrado ahí! No me lo puedo creer. El enano se llama Alfredo, y es claustrofóbico.

—Pero… ¡¿qué coño hace?! —me pregunta Rafael, el jefe de psicólogos clínicos.

Yo encojo los hombros con una sonrisa de oreja a oreja.

—Se está vengando —contesto, nerviosa.

En ese momento, mientras Lolo sale corriendo hasta el jardín a por la manguera, con su vestido blanco y algo siniestro ondeando al viento, los cuatro Cazafantasmas lo divisan y deciden ir a por él.

La cámara enfoca a Rodrigo. El tipo se lo está pasando de maravilla, y disfruta con la idea de saber que su presencia allí todavía afecta a su ex.

Es un vanidoso. ¿Por qué lo sé? Porque no hay que analizar a las personas para ver que a algunas el egocentrismo les sale por las orejas. Como a Rodrigo.

En ese momento me siento como una cheerleader. Mi hooligan interior está deletreando las iniciales de Lolo, dando saltitos y vitoreándolo. Pero mi fachada de psicóloga clínica no transmite nada de eso. Tengo que permanecer seria, como si analizase fríamente la situación. Me subo las gafas de ver Gucci de pasta negra (que, por cierto, no necesito, pero me gusta cómo me quedan) y carraspeo como si lo tuviera todo controlado.

No sé qué va a pasar. Rafael permanece de brazos cruzados, mirándome de reojo. Aunque en realidad nadie se atreve a apartar los ojos de la imagen hipnótica que nos devuelve el monitor. Lolo ha puesto en marcha la manguera a la máxima potencia.

—¿Alguien me puede decir por qué tenemos una manguera de potencia antiincendios en el jardín? —susurra Rafael, estupefacto al ver cómo el chorro de agua impacta en los Cazafantasmas y los lanza, literalmente, por los suelos.

—Ni idea —contesto. Rafael tiene razón: esa manguera no es normal. Me entra la risa.

Lolo se ríe como un loco, sujetando con sus increíbles brazos musculados la manguera. Se ceba con Rodrigo. Lo hace a conciencia.

—¡Toma, guarra! ¡Fantasma! —le grita a Rodrigo—. ¡Gusanaaa!

«¿Gusana?», me vuelvo a reír.

—¡Yo tengo la manguera más larga! —exclama Lolo. Corrección: Lolo no es Elisabeth Lavenza. Es Carrie, joder.

Su ex tiene el pelo rubio empapado y pegado a la cara. El chorro impacta con tanta fuerza en los cuerpos de los Cazafantasmas que los impulsa resbalando por el suelo hasta la puerta de salida, donde permanecen atontados por la potencia del agua. Y el jardín de Gran Hermano, por unos segundos interminables y de estrellato televisivo, se convierte en un campo de concentración.

Los demás concursantes que aún no han sido cazados, se colocan a espaldas de Lolo, partiéndose de la risa y señalando a los Cazafantasmas.

—¡Vete! ¡Olvida mis ojos, mi cara, mis labios! —Se equivoca con la letra—. ¡Y pega la vuelta! —Lolo canta eufórico. El chorro mueve a Rodrigo como un rodillo—. ¡Llevamos cuatro días a base de yogures! ¡Por mis ovarios que ganamos la prueba semanal! —añade.

La cámara enfoca el rostro triunfador de Lolo. Y sé, por la increíble sonrisa que lucen sus labios y por la seguridad de sus ojos negros, que el manguerazo le ha servido como terapia. Y que, al menos, le he ayudado para que dejara de sufrir y de huir de Rodrigo.

Y eso me emociona y me hace sentir bien. No hay nada más gratificante que ayudar a los demás.

También sé que ese vídeo, lo que ha sucedido esa noche, con el payaso enano, al que llamarán Willow el resto de las ediciones GH, y los manguerazos vengativos de Elisabeth Simpson, pasará a la historia de la cadena, y de los índices de audiencia.

Y es maravilloso.

Lo de Lolo ha desencadenado algo.

No sé el qué. Solo sé que mi jefe, Federico, el Súper, ha pedido verse conmigo en la calle Guadiana, en Guadalix; allí resido en una casa de alquiler con mi compañera psicóloga de GH, Nerea. Cuando nuestro turno acaba, solo nos quedan fuerzas para desplazarnos hasta allí e hibernar, hasta el día siguiente. Observar a cuatro personas de perfiles distintos durante medio día, y estudiar sus conductas, puede ser agotador.

Esta no ha sido la única vez que he tratado con un concursante de este modo. Es decir, lo de Lolo no es un caso aislado. Sé que mis métodos son extraños, sé que no soy una psicóloga al uso. Pero la mayoría de los psicólogos no tienen empatía, se rigen por unos datos y unos test y con eso ayudan con mayor o menor éxito a sus pacientes. Pero yo no puedo ser así, porque siento y padezco como ellos, percibo lo que ellos y comprendo a la perfección cuáles son los mecanismos que sus mentes ajustan para sobrellevar determinadas situaciones. Esa es mi herramienta más fiable. Si sé cómo se sienten, si recibo sus ondas y me afectan por igual, sabré cómo puedo echarles una mano desde el exterior. Pero para ello tengo que romper con sus esquemas y chocar de frente contra sus miedos y preocupaciones.

La terapia con Lolo ha generado el hashtag #Loloylagusana, convertido ya en trending topic. Estoy conduciendo mi Mini amarillo, con techo negro, cristales tintados y dos franjas negras en el capó. Antes tenía el Mini antiguo, pero lo vendí a un coleccionista. No sabía que iban tan buscados y que la gente los compraba por tanto dinero. Me saqué una gran suma de dinero y a continuación compré el nuevo modelo, además de algunas virguerías propias de una mujer de mi edad. Y no. No son liposucciones ni tetas nuevas. Tengo veintiocho años, por Dios.

Por ahora, mi cuerpo me lo curro yo; esto quiere decir, cualquier menú que empiece por Mac o acabe por King al mediodía, y piña y pollo a la plancha por la noche, por eso de equilibrar, ya me entendéis. Mi amiga Nerea se ríe de mí y de mis dietas. Y yo digo que cada uno engorda y adelgaza como quiere. Mi cuerpo no es un yoyó, mido uno sesenta y cinco, y peso sesenta kilos desde hace unos cuantos años. Creo que me lo puedo permitir. Y si no pudiera, lo haría igual. Comer es un placer.

No soy un palo, estoy bien y me siento a gusto. Mis pechos siguen apuntando al norte en vez de al sur, y si me pongo un vestido no parezco un chorizo embutido. Eso ya es bueno.

Me miro en el retrovisor y, cuando lo hago, veo el Mercedes de Federico aparcar detrás de mí. Es demasiado puntual.

Me repaso las pestañas con kohl, y mis ojos azules me devuelven la mirada. Intento arreglarme el amasijo de rizos caoba como puedo. Mi cabeza es como una broma de mal gusto, ¿sabéis? Tengo el pelo como si fuera Medusa. Los rizos largos se me disparan por todas partes, son intratables. Cuando veo un anuncio de L’Oréal en la tele, con esas modelos riéndose orgullosas de sus melenas lacias (a fuerza de unas cuantas horas de peluquería, ¿a quién quieren engañar?) y dicen lo de «Porque yo lo valgo», me apetece arrancarles la cabellera en plan indio. Bueno, no tan drástico, pero sí que cogería una maquinilla de afeitar y…

El claxon del Mercedes me saca de mis divagaciones. Os lo advierto. Divago. Y mucho.

Es increíble cómo algo se puede convertir en viral. Han hecho un hashtag incluso de #loquelesaledelaollaalapsicologadeGH. Un hashtag sobre mí. Increíble.

No sé cómo sentirme al respecto, la verdad. Sé que mi manera de interactuar con los concursantes es diferente. Muchos de mis colegas me dirían: «No puedes hacer eso», «No puedes involucrarte tanto»…

Lo que pasa es que soy una persona que no hace caso de lo que dicen los demás y, seguramente, ese último hashtag es muy acertado, porque siempre hago lo que me sale de la olla; siempre con conciencia, claro.

Bueno. Veamos qué quiere Fede.

Salgo del coche y me humedezco los labios con cacao. Son rosados, ni gruesos ni finos, pero tienen una forma muy bonita. Reviso mi indumentaria. A los jefes hay que darles buena impresión. Siempre intento ir bien vestida al trabajo. Aunque los psicólogos no salgamos por pantalla, me gusta sentirme bien conmigo misma. Si la imagen que me devuelve el espejo me agrada, me siento más segura, capaz de poder mirar a los ojos a mi jefe y decirle: «Lolo tenía derecho a su venganza melodramática. No me juzgues».

Mi look es como el de Paula Echevarría, ni tan mona ni tan estupenda, aclaro, pero, al menos, sí bien vestida, con ese toque trend, chic, fashion, o lo que sea, que es lo mismo que decir: no sé vestirme, mi capacidad para combinar es igual que la de Agatha Ruiz de la Prada en un mal día, y como soy capaz de ir como un payaso, miro el blog de mi amiga Pau y siempre acierto. Y es que es verdad. Parafraseando al personaje de una serie histórica de televisión: «Qué mona va siempre esta chica». Por eso no me complico.

Hoy llevo unos tejanos Guess ajustados, una blusa roja medio metida por la cinturilla del pantalón y unas botas marrones con tacón. De acuerdo, mi pelo es de un rojo oscuro, y la blusa igual no queda demasiado bien. Pero a mí me gusta. Y chitón.

No me quito las gafas de ver, porque me hacen interesante y Paula también se las pone a veces. Aunque Federico sabe perfectamente que no las necesito.

Este hombre es un alto ejecutivo de Zeppelin y podría ser mi padre. Se parece un poco a Flavio Briatore. Toma todas las decisiones que un alto ejecutivo puede tomar, sean las que sean. Su pelo canoso es rizado, pero lo lleva tan engominado que parece que un camello le haya dado un lametón en la cabeza. Su americana es cara, lo mismo que el maletín negro que sujeta con la mano derecha; pero ninguno de esos dos complementos son más caros que el sello de mafioso que luce en el dedo corazón y que asegura que es el anillo de boda. Porque conozco a su despampanante mujer, sino diría que se casó con M. A. Barracus.

—Buenas noches, Becca.

Deben de ser las once y media. Para que Federico quisiera verme, algo he tenido que hacer muy mal. Pero como ya os he dicho, lo de Lolo no ha sido un caso aislado. La he liado otras veces.

—Buenas noches, señor Federico.

Él me mira de arriba abajo y sonríe de un modo que me pone nerviosa. Pero no nerviosa mojabragas, no os confundáis, sino nerviosa me hago caquita.

—Te he dicho que me llames Fede, Becca.

—Por ahora no, gracias. Esperaré a ver qué me tiene que decir y después tal vez le tutee.

Él asiente con una risa sardónica y busca la entrada de la casa. Las farolas de la calle alumbran los pórticos de los adosados, y alguna mariposa nocturna revolotea alrededor de sus halos. Nerea y yo vivimos en uno de esos.

Nerea vino del País Vasco, y yo de Barcelona. Ambas coincidimos para vivir juntas la aventura de Gran Hermano. No sé si mi compañera estará durmiendo o no. Lo más probable es que esté enganchada al canal GH, controlando a sus chicos.

—Me hubiera gustado hablar contigo de esto en un lugar más apropiado —dice Fede, que me precede hasta la puerta blanca de la entrada.

Meto la mano en el bolso Marc Jacobs, una de las chucherías que me compré con la venta del Mini antiguo, y busco las llaves de la casa. ¿Me lo parece o me tiemblan los dedos? Si me despidiera sería una mierda, la verdad. A ver, no es que no tenga donde caerme muerta. En Barcelona tengo una consulta y un loft precioso —y pagado hasta el último céntimo— en el barrio de Sant Andreu. Pero Gran Hermano es una buena oportunidad para conseguir contactos. No quisiera desaprovecharla por mis atrevidos consejos a los concursantes, y la cara de Fede tiene toda la pinta de ejecutivo gruñón con la hoja de despido en el maletín.

Entro en la casa, enciendo la luz y está todo en silencio. Nerea me ha dejado una nota sobre la mesa de la entrada. «Me he ido a cenar con Pedro. Llegaré tarde. Un beso.»

Dejo la nota sobre la mesa y siento un aguijonazo de envidia. Nerea y Pedro se gustan mucho, y se han conocido tras los cristales del reality. Yo tengo a mi novio en Estados Unidos, y no puedo disfrutar de él.

Si, además, Fede me echa, seré una desgraciada total. Espero tener helado de nueces con macadamia en el congelador. Mientras dejo el bolso en el perchero y me recojo el pelo en un moño alto y mal hecho, le pregunto:

—¿Quiere tomar algo?

—Un café bien cargado.

Nos vamos hasta el isla de la cocina blanca y granate. Allí Fede se sienta en el taburete de diseño de color rojo y apoya los codos en la encimera impoluta que hay en el centro de la estancia.

No os voy a engañar: este chalet, en Barcelona, costaría un pastizal. Estamos hablando de una casa de unos doscientos metros cuadrados, con jardín, piscina y todos los lujos que la gente rica se puede permitir. Pero una casa de estas características perdida en el monte, pierde valor. Aun así, los contactos de Zeppelin (Fede) han conseguido que Nerea y yo vivamos aquí de gorra.

Mientras busco dos vasos estilizados para servir el café, y la Nespresso se pone en funcionamiento, escucho cómo Fede abre el maletín y saca un portátil Mac Air plateado. Lo abre, toquetea un poco su interface, hasta que da con lo que busca.

—Siéntate a mi lado, Becca —dice sin dobles intenciones—.

Quiero mostrarte algo.

Yo me acerco hasta mi taburete con los dos vasos de café recién servidos. Son de vainilla. Espero que al Súper no le moleste.

Tengo la garganta seca.

Fede abre el QuickTime y me enseña un vídeo perfectamente montado de mis intervenciones en lo que llevamos de programa. Y al lado, unos índices de audiencia con unos puntales hiperaltos.

—¿De qué va todo esto? —pregunto, confusa.

2

Él no me contesta ipso facto, claro. Es un superjefe y, como tal, le encanta la tensión y el misterio. Y a mí me están entrando ganas de ir al baño. Pero me mantengo impasible y estoica a su lado, mientras mis ojos contemplan todo el vídeo.

Lo que veo son varias anécdotas del confesionario, y mi voz de fondo. Me asombro de lo tranquila que sueno en televisión, cuando lo que en realidad me sucede en esos momentos es que estoy recibiendo la avalancha de sentimientos de los concursantes, y mi cabeza intenta racionalizar y entenderlos para poder servir de ayuda.

Sentado en el taburete, Federico se está descojonando, hasta tal punto que se le saltan las lágrimas. Me quito las gafas y las coloco en el canalillo de mi blusa roja. No entiendo qué le hace tanta gracia. Y no para, el tío.

Después de varios cortes en los que solo salen los Hermanos escuchando mi voz, llega una nueva secuencia. Carlos, el más joven de los participantes, con el pelo rubio desteñido y piercings en la cara, aparece en la pantalla, con el rostro pálido y temblores. Es punk.

Recuerdo ese momento a la perfección. Eran las seis de la tarde.

—Mira esto, Becca —dice Federico al tiempo que se limpia el rostro de lágrimas—. Es buenísimo.

Yo hago una mueca de incredulidad. Pienso que si su intención es reñirme o, en el peor de los casos, despedirme, no debería reírse de ese modo, o al final el momento perderá todo su suspense. Doy un sorbo largo a mi café y presto atención.

—¡Necesito un cigarro ya! —grita Carlos con las ojeras muy marcadas.

—No os queda nicotina, Carlos. No tenéis dinero para tabaco y vas a tener que aguantar toda la semana así.

—¿Que tengo que aguantar toda la semana, dices? —repite; parece estar a punto de abalanzarse contra el cristal—. Lo estoy pasando realmente mal. Me tiembla el cuerpo y tengo palpitaciones.

—Es ansiedad. La falta de nicotina te provoca ansiedad. Es como un mono.

—He intentado hacerme un puro de césped con el canuto del rollo de papel higiénico. Creo que es más que mono lo que tengo —aclara pasándose las manos por el pelo, tirando de él sin escatimar fuerzas.

—Carlos… —intento que me escuche. La abstinencia a cualquier droga es un suplicio físico.

—Quiero fumar.

—No hay tabaco…

—Quiero fumar…

—Tienes que prepararte una estrategia para pelear contra tu ansiedad. No es bueno estar así.

—¡No quiero estrategias! ¡Quiero un puto cigarro!

—¡Carlos! —grito de repente. Él se queda muy quieto, asombrado por el tono—. ¡Métete el dedo en la oreja!

A mi lado, Federico está doblado de la risa. Yo lo miro a él y a la pantalla del Mac alternativamente. ¿Por qué se ríe? Intenté ayudar a Carlos como mejor sabía.

—¿Que me meta el dedo en la oreja?

—¡Sí! ¡Corre! ¡Corre! ¡Hazlo!

El punk levanta una mano, con una cara totalmente cómica y poco crédula. Introduce el índice en el oído y se queda con la vista fija en el cristal. Arquea las cejas negras y se humedece los labios.

—¿Hola? —pregunta en esa posición.

—¡Dime cinco marcas de leche! ¡Deprisa!

Tres arrugas de estupefacción aparecen en el entrecejo de Carlos. Casi pega la cara al cristal como una mano loca.

—¿Cinco…?

—¡Carlos! ¡Haz lo que te digo!

—Asturiana, Celta, Pascual… —El tipo se queda pensando un rato—. Hacendado… ¿Hacendado es una marca?

—Sí. Venga, te falta una.

—Nestlé.

Carlos sonríe, orgulloso por haber contestado con diligencia. Yo me quedo callada unos segundos y recuerdo por qué: le pregunté a Rafael si Nestlé era una marca de leche también. Después de comprobar que Carlos había acertado, continué con él.

—¿Me dais un paquete de tabaco por haberlo adivinado? —pregunta Carlos con voz de ángel y sonrisa picarona.

—No, Carlos. Mírate las manos.

Carlos pone cara de hastío y levanta la mano libre. Extiende sus dedos y arquea las cejas llenas de piercings.

—¿Lo notas? —Quiero que él vea el efecto que esa irrupción en sus pensamientos obsesivos ha provocado en su sistema nervioso.

—No tiemblan —dice él.

—Exacto. ¿Qué tal van las palpitaciones?

Se lleva esa misma mano al pecho y respira más tranquilo.

—Ya no las tengo.

—Bien. Carlos, tu ansiedad se dispara cuantos más pensamientos repetitivos tienes. Has entrado al confesionario a punto de tener una crisis porque no has dejado de pensar en tu falta de tabaco, retroalimentando tu histeria. El programa no os va a dar tabaco si antes no os lo ganáis en una prueba, y mucho menos lo hará porque no sepas controlar tus impulsos. Tus pataletas serán peores para ti. ¿Es eso lo que quieres?

—No, joder. Solo quiero que se me pase esto…

—Te puedo ayudar a cortar ese flujo de pensamientos negativos. Cuando esto te pase, tienes que hacer algo que rompa el círculo vicioso. Métete el dedo en la oreja y anima a tus compañeros a que te pregunten marcas de cualquier cosa. Te ayudará a focalizar en algo distinto.

—Pero es absurdo.

—Puede, pero funciona. Tienes que hacer terapia de choque a tu mente. Sorprenderla.

Carlos asiente, no muy convencido. Se da media vuelta, preparado para abandonar el sillón rojo.

—Carlos.

—¿Sí?

—Ya puedes quitarte el dedo de la oreja.

—No, no —contesta—. Me tranquiliza.

La puerta blanca del confesionario se cierra y, al mismo tiempo, Federico cierra la tapa del portátil.

—Y… Fin. —Con esas palabras acompaña su acción.

—¿Fin? Fin ¿de qué? ¿De contrato? —digo esperando lo peor.

—Sí. Exacto.

—¿En serio? —El alma se me cae a los pies. Pero ya me lo imaginaba. Visto por televisión, todo lo que hago parece extraño y demasiado loco—. Si es por mis métodos… Puedo hacerlo todo más convencional.

—Es precisamente por tus métodos. —Federico echa mano de su maletín de la muerte y el despido, y saca más gráficos—.

¿Ves estos picos? —dice señalando.

—Sí. —Están en azul y sobrepasan una franja media y roja—.

¿Son tus picos de hipertensión mientras me escuchabas?

—No digas estupideces. Son los índices de audiencia que registramos cada vez que emiten las sesiones del confesionario contigo.

—Y… —un rizo rebelde se me escapa del moño y cae lánguido sobre mi rostro. Lo retiro rápidamente—, ¿eso es muy malo?

Federico me mira como si hubiera nacido ayer.

—A ver, niña, despierta… ¿Desde cuándo es malo que seamos líderes de audiencia?

—Claro. Desde nunca.

—Me importa un bledo cómo lo seamos. Simplemente, queremos liderar la programación, ¿entiendes? Y tú nos ayudas con tus extrañas aportaciones un tanto lunáticas.

—Mmm, ya… No sé si me gusta cómo lo dices.

—Becca. —Fede toma su café con delicadeza y lo menea arriba abajo según habla—. Tal vez no seas consciente de lo que está pasando contigo, pero en las redes sociales solo hablan de ti. El Gato asegura que el mejor fichaje de GH en años has sido tú. Tus intervenciones salen continuamente en Zona Zapping. ¡La psicóloga de GH es trending topic en España! —exclama, emocionado, con una sonrisa.

—Son solo fenómenos pasajeros. —Intento rebajar su extraña euforia. Creo que está sacando las cosas de madre—. Es meramente anecdótico.

—No lo es —concluye Federico—. No seas tan humilde.

—No lo soy. Pero, sinceramente —me levanto del taburete, abrumada—, no creo que debas darle mayor importancia de la que tiene.

—Pero se la doy. —Federico se levanta conmigo—. Yo y todos los directivos de Zeppelin. Y también la productora de la competencia, que está interesada en ti…

—¿Que otra productora está interesada en mí? —Abro los ojos como platos—. ¿Cuál? ¿Desde cuándo se interesan en mí?

¡Yo no soy nadie!

—Trending topic en España desde hace dos semanas…

—¿Dos? —No sabía que habían sido tantos días. Nerea me obligó a crearme una cuenta de Twitter. De hecho, no sé muy bien cómo van las redes sociales. Pero mi colega me dijo que la creara para que estuviera al día de lo que decían de mí. El caso es que no me quita el sueño lo que digan o dejen de decir, y hasta hace un par de días no la creé. Pero, al parecer, han dicho muchas cosas. Por supuesto, también tengo detractores, compañeros de profesión que deploran mis métodos. Y es normal. Porque mis métodos rompen con los suyos. Y ¿sabéis qué? Funcionan. He hecho un mix y he creado mi propio método.

—Querida, sí eres alguien. Y se interesan en ti desde que tú sola revientas los índices, guapa. Y… —levanta el índice para silenciarme—, ni lo sueñes. No pienso decirte quién va detrás de ti sin que antes escuches nuestra propuesta. Quiero asegurarme de que te vas a quedar con nosotros y de que tengo la primera opción.

—Esto raya lo absurdo…

—De eso nada —asegura, muy seguro de sí mismo. Fede puede estarlo perfectamente; con ese anillo de mafioso, cualquiera…—. Eres doctorada en Psicología Clínica, especialista en fobias y coach de PNL.

Sí. Todo eso soy yo. Fede lo sabe muy bien. Me licencié en la Universidad de Barcelona y decidí especializarme en el tratamiento de fobias, esos miedos, desorbitados o no, que nos golpean y que pueden llegar a condicionar nuestra vida diaria. Puede que, debido a mi especie de don empático, sea capaz de comprender mejor a los pacientes y adivinar incluso aquello que no me cuentan. Leo perfectamente el lenguaje corporal.

En mi consulta, ubicada en una amplia oficina de la avenida Diagonal, es lo que trato con mis pacientes. Y he llegado a tener en cartera a gente famosa cuyos nombres, por privacidad y ética profesional, jamás revelaré.

—Eres un diamante por pulir, Becca. Y quiero hacer un programa a tu medida.

Un momento. Creo que no he escuchado bien. ¿Ha dicho un programa a mi medida? ¿Un programa de televisión?

—¿Cómo has dicho? —Me siento de nuevo en el taburete, que aún está caliente.

—Becca, tienes gancho. Tienes mucho sentido del humor. Y por alguna razón, la gente, sin conocerte, te adora y se ríe contigo. Si sales en televisión y te ven, acabarán enamorados de ti. —Mira mis rizos, y yo me imagino que en realidad solo visualiza cabezas de crías de vencejo saliendo de él—. Créeme, causarás sensación. Eres un gran producto.

—¿Quieres que me sienta como un tampón? No soy un producto. Soy una persona, Federico.

—Me encantas porque ni siquiera ves el potencial que tienes… ¿Tú te has visto? —Esta vez sí me repasa de arriba abajo, como haría un sexagenario con una veinteañera.

—Cada mañana, cuando me miro al espejo.

Me considero una chica del montón. Y cuando digo que me considero una chica del montón, lo digo de verdad. Es decir, que no creo que de mí se pueda conseguir más que una melena rizada y curiosa y unos grandes ojos azules. Tengo una boca grande que en ocasiones me parece un buzón. Los labios demasiado gruesos, y cuando me río me salen unos hoyuelos extraños en la comisura de los labios, tirando hacia el mentón. Federico dice que hago reír a la gente, y la verdad es que no lo hago a propósito. Pero los hoyuelos significan poder para hacer reír a los demás. Se supone que, si una situación es tensa, tengo la capacidad para destensarla con un comentario o un chiste malo. Y me viene de perlas para encargarme de la gente ansiosa por las fobias. Curioso, ¿no?

Pero continuemos con mi cuerpo. No soy explosiva. Al menos, no creo serlo. Tengo un cuerpo tirando a normal. No tengo demasiado pecho y creo que mis caderas son de vaquero, perfectas para unas cartucheras en potencia que tarde o temprano me saldrán. De hecho, si no fuera por el kickboxing, tendría el culo como Nanny McPhee. Lo mejor de mí son mis hombros, y mis piernas.

Pero no vivo obsesionada con mi cuerpo; quiero decir que me consiento mucho con la comida. Es más, cuando Fede se vaya, voy a engullir el Ben & Jerry’s como la gorda de espíritu que me considero que soy.

—Becca —esta vez, Federico cambia el tono paternalista por el de magnate—, creo que una persona con toques de genio como tú debería tener su propio programa. No quiero que te me escapes, ni que te eches a perder detrás de unos cristales opacos que nadie ve. No puedes ser solo una voz. Por eso mi propuesta va a ser suculenta. Este es tu programa. —De golpe, despliega un cartel imaginario frente a mí y arquea las cejas—. El diván de Becca.

—¿El diván de Becca?

—Un reality sobre las fobias más inverosímiles y extremas. Tú serás como una especie de Encantador de perros o de Super Nanny, como quieras verlo. Tratarás a los pacientes afectados por esas fobias y los ayudarás a superar sus traumas valiéndote del coaching o de lo que decidas utilizar.

—¿Los grabarás en mi consulta de Barcelona? —pregunto, todavía sin comprender de qué va la cosa. ¿Se supone que van a venir a mi consulta y grabarán las sesiones en directo?

—No. Mejor aún. Viajarás y visitarás a tus pacientes. Te acompañarán un cámara y un especialista de sonido. Tú decidirás todo: las preguntas a hacer, tus planos, los de tus pacientes, lo que debes hacer para ayudarles. No importa si debes pasar una semana o un mes con cada uno de ellos. Sea lo que sea, Becca, no escatimaremos en gastos, te lo aseguro. Lo que nos pidas, te lo daremos.

Juro que nunca, jamás, he tenido un ataque de pánico, pero reconozco los síntomas a la perfección, y estoy convencida de que empiezo a tener uno.

—Tendrás un asistente de moda. —A continuación, saca un sobre del dichoso maletín y lo desliza por la encimera de la isla hasta dejarlo entre mis manos—. En cada programa podrás elegir, entre las marcas promotoras, lo que desees ponerte. Ropa, zapatos, peluquería… Lo que necesites para lucir esa melena de leona en todo su esplendor.

—¿En serio? —Eso sí que me parece fascinante—. ¿Has dicho «melena de leona»? —rectifico.

—No se me dan bien las comparaciones —se disculpa torpemente—. Mira, te quiero sí o sí. Esta es mi oferta económica.

—Golpea el sobre con el dedo corazón—. Piénsalo durante esta noche. Medítalo con la almohada o con quien tú quieras. Llama a David, cuéntaselo. —Fede, como buen Súper, comandante del programa y de Zeppelin, conoce todos los detalles de la vida personal y profesional de las personas que trabajan para él. Debe hacerlo, porque meter a alguien en la estructura de una cadena no es moco de pavo—. Si me dices que sí, nos reuniremos para ultimar todos los flecos.

—Federico, ¿haces esto por un trending topic? ¡Es de locos!

—No sé cómo controlar el rumbo que puede adquirir mi vida a partir de esta noche y necesito comprender por qué ven tan claro algo que yo jamás me he planteado.

—¿Por un trending topic? —Fede niega con la cabeza y resopla, incrédulo—. Becca, si ya eres famosa sin que te vean, imagínate lo que pasará cuando lo hagan. Tú tienes encanto, y yo detecto un filón en cuanto lo veo.

—¿Encanto? Encanto tiene Blanca Suárez o Úrsula Corberó. No yo.

—Date esta oportunidad y verás. —Fede me guiña el ojo mientras abre la puerta de mi casa. Me ha lanzado una bomba y ahora se dispone a marcharse.

Miedo me da abrir ese sobre. Cuando lo haga, mi vida cambiará.

—¡Espera un momento! Si digo que sí, ¿cuándo empezaría?

—¡Lo antes posible! —grita desde la calle.

Escucho el portazo, con todas las palabras y propuestas de Fede flotando alrededor de mi cabeza como pajaritos.

Me doy cuenta de que estoy sola, como la isla de la cocina, ante una decisión que puede darme la oportunidad que buscaba. Lanzarme de cabeza, o bien otorgarme una popularidad que, a la larga, puede ser perjudicial para mi carrera.

Tomo el sobre entre mis dedos y lo abro.

Es un jodido cheque en blanco. Federico quiere que yo ponga la cifra. Madre mía… Un escalofrío nervioso recorre mi columna vertebral y me froto la nuca.

Necesito hacer una sola llamada para tranquilizarme y escuchar la única voz serena y cuerda que da sentido a mi mundo.

Si llamo a David, él me aclarará las ideas.

Voy a hacer un FaceTime con él, a sabiendas de que no son horas.

Pero David siempre está para mí. Me sonreirá comprensivo y me dirá: «¿Qué te pasa, mi cabecita loca?».

David es, sin lugar a dudas, el hombre de mi vida. Llevamos juntos cinco años. Nos conocimos en la Ciudad Condal; él trabajaba como asesor financiero de una empresa americana con sede en la Diagonal, y a mí me contrataron para que hiciera coaching a los trabajadores y les enseñara a relajar tensiones y a sobrellevar la presión del agresivo mercado económico.

Cuando entré en la sala de reuniones, me encontré con una mesa repleta de tiburones trajeados que acarreaban con la responsabilidad de cuidar y ampliar grandes cuentas internacionales con tantos ceros que yo jamás vería en mi vida.

No superaban los treinta años. Yo entonces tenía veintitrés.

No me fijé en él nada más entrar; de hecho, no me di cuenta de que existía hasta que, después de hablar largo y tendido sobre técnicas de PNL (programación neurolingüística) para templar los nervios, levantó la mano para hacer un repaso global de todo lo que yo había explicado (que no era poco) y, a continuación, preguntarme por la ubicación de mi consulta privada en Barcelona.

En realidad, cuando David empezó a enumerarme todas las acciones de PNL que yo había referido, con esa voz suave y a la vez masculina, me quedé un poco colgada de él. Un hombre que escuchaba con tanta atención era una mina de oro para mí. Y a medida que hablaba, me fijé en su pelo rubio y liso, y en las ondas adorables que le hacía en el cogote. Sus ojos marrones me miraban con una picardía sutil, como si me desnudaran casi pidiéndome permiso. Y me gustó.

Me gustó el tacto y el respeto que los demás cerdos salidos no me mostraban, y que se esmeraban más en ver de qué color llevaba las bragas que en prestar atención a mis indicaciones.

Con el tiempo, David y yo nos fuimos viendo. Vino a mi consulta, por supuesto. Estaba muy interesado en el coaching para empresarios. Y doy fe que las dos primeras sesiones conmigo atendía muy concentrado a lo que decía. Pero en la tercera no dejó de mirarme los labios. Y, claro, no os voy a mentir: pasó lo que tenía que pasar.

Nos enganchamos.

Aún recuerdo perfectamente aquel momento. El beso que nos dimos al despedirnos fue increíble. Pausado, muy meditado en nuestras fantasías. Fuego lento. Caliente y húmedo a la vez, pero no demasiado duro como para arrasar con las brasas, sino con el ritmo adecuado para mantener la llama.

Me gustan esos besos. Siento que me dejo llevar y que bailo con él, como si solo nosotros pudiésemos escuchar la melodía. Me devuelven a la tierra con suavidad, mecida por la seguridad de sus labios.

Me han besado de muchas maneras.

Tuve un ligue que me besaba en plan reggaeton, ya sabéis:

«Mamasita, dame más gasolina…». En fin, muy deprimente. Luego, uno que lo hacía en plan Mojinos Escocíos, del tipo:

«Ojú, que buena tá… Chiquilla tan tienna… Te voy a comé tó el buyuyu». ¿Perdón? «Estoy más quemao que el senisero de un bingo». Sin comentarios. Y después, una noche loca de cuya borrachera no quiero acordarme, tuve la desgracia de encontrarme con el Mojino Escocío con un cruce de Eros Ramazzotti. Esta especie se encuentra por Ibiza, os aviso. «Yo quiero una madona, que caliente la mia pizza y poco a poco se la coma… Por eso lloro en la mia cama, porque dicen que el que no llora no mama». ¿Hola? ¿Eres imbécil?

Pero no hablemos de mis bochornosos patinazos ligueros, porque, obviamente, no tuvieron futuro.

David, en cambio, me besó en silencio y de un modo apasionado. Él no me cantaba, gracias a Dios. Pero no le hizo falta: yo escuchaba las campanas de boda de fondo, y eso que no pienso casarme jamás.

Y la primera vez que hicimos el amor… Sonrío como una tonta.

Estábamos hechos el uno para el otro, sin ánimo de parecer pedante y demasiado romántica. Pero estar en su cama era como sentirse en casa, territorio seguro y protector. Me encantó cómo me tocó, con reverencia y, al mismo tiempo, sabiendo exactamente qué tenía que hacer y cómo hacerlo.

Recuerdo sus manos sobre mi piel, el modo en que me quitó la ropa, con lentitud, sin dejar de mirarme a los ojos. Su modo de acariciarme los pezones (que tengo ultrasensibles) y de besarlos. La manera que tuvo de colocarse entre mis piernas y después de prepararme concienzudamente, penetrarme, para no salir de allí hasta que no consiguiera que me corriese dos veces seguidas. Y no paró en toda la noche.

Y yo… Yo me enamoré sin más. Con la comodidad de saber que si me lanzaba al vacío, él siempre me cogería.

Y así ha hecho.

Cinco años después, sigo queriéndolo como el primer día. Y no llevo bien su ausencia. Nada bien. David trabaja ahora en Estados Unidos como agente de la empresa franquicia para la que trabajaba en Barcelona. Es una pieza clave en los negocios internacionales, y cada vez tiene más responsabilidades y menos tiempo.

Hace dos años que trabaja allí. Nosotros intentamos pasar temporadas juntos aquí y allí y procuramos hacer coincidir nuestras vacaciones. No nos vemos tanto como quisiéramos, y menos ahora que yo trabajo en GH, pero lo importante es que sigamos queriéndonos ver como al principio. Mantenemos una relación a distancia, pero tenemos plena confianza el uno en el otro. Además, yo soy incapaz de querer a otro que no sea él. Y a él le pasa lo mismo.

El ansia por llamarle y verle a través de la pantalla del portátil hace que se me acelere el corazón como una tonta. ¿Qué dirá cuando sepa que me han ofrecido un reality como protagonista? Se alegrará, seguro. Sus éxitos son los míos. Y los míos, los suyos.

En la pantalla de mi Mac aparece la ventana oscura del FaceTime. Tres señales de llamada y, si todo va bien y David está disponible, me contestará.

La pantalla se abre y me muestra su rostro, aseado e impoluto, como siempre, tan bien parecido que verlo hace que se me iluminen los ojos.

David también sonríe sinceramente a mi reflejo y me saluda como siempre he esperado que haga:

—¿Qué te pasa, cabecita loca?

—Hola, rubio. ¿Estás solo? —le contesto yo, coqueteando y bromeando a la vez.

David asiente y se frota los ojos. No hace mucho que se ha levantado. Se habrá dado su ducha matutina y ahora está preparado para desayunar y, después, ir al trabajo.

—Hola, pelirroja. ¿Cómo estás? ¿Qué te cuentas?

—Bien. —Toco la pantalla del ordenador con mis dedos y me abraza la melancolía—. Ains… Es verte y sonreír. Te echo mucho de menos.

David sonríe y me devuelve el gesto, aunque sus ojos no parecen verme del todo.

—Yo también a ti.

Intento no hacer caso a su reacción vacía y extraña. Debe de estar agotado por trabajar tanto. Pobrecillo, se desloma.

—David, tengo algo que contarte. Y es alucinante —le digo, emocionada.

Eso despierta su interés.

—¿Ah, sí? ¿Qué es? ¿Te vienes a Estados Unidos a vivir?

—No. Pero Zeppelin me ha ofrecido un reality para mí sola. Él frunce el ceño.

—¿Qué?

—Los índices de audiencia cuando hablo con los concursantes en el confesionario se disparan, y Federico cree que tiene que apostar por mí. Se llamará El diván de Becca y viajaré por toda España haciendo de coach, tratando fobias extremas y adicciones, ayudando a la gente.

Sé que estoy sonriendo feliz como una perdiz una vez se lo he contado a él. Y al oírlo de mi boca en voz alta, me doy cuenta de que es una increíble realidad. No puedo estar más emocionada. Pero David no parece tan eufórico como yo. Eso me desinfla como un globo, y no gradualmente. Parece que David haya clavado un alfiler en mi burbuja de complacencia y la haya reventado de golpe. No sé por qué, pero está muy raro.

—¿No te parece tan alucinante como a mí, David?

—Es alucinante, Becca —resopla, algo confuso y agotado. Está muy agobiado. Parece que tenga ganas de decirme algo, pero mide demasiado las palabras, como siempre. Él es de los comedidos. No le gusta montar espectáculos, ni fuera de su casa ni tampoco en la intimidad. Tiene una estricta educación.

—¿Qué te pasa, cariño? Sabes que me lo puedes contar todo.

—Es que, Becca… —Levanta la mirada y la centra en el monitor. Y lo que me dicen sus ojos no me gusta nada—. Si ya es difícil que nos veamos desde que trabajas en Gran Hermano, si además te han ofrecido esto ahora… No vamos a poder vernos. Llevamos dos meses sin estar juntos. Si aceptas el programa, vas a ser muy popular, estarás muy ocupada…

—¿Cómo? Espera un momento —lo interrumpo, sorprendida—. Tomaré vuelos exprés, como siempre hago, para…

—Gastas demasiado, Becca.

—Es mi dinero y lo gasto como quiero, David, y…

—Empiezo a estar cansado de esto. Nuestra relación no debería ser así. No quiero que sea así. —Se frota los labios con los dedos.

Está tan preocupado que mi primer impulso es el de ir a consolarlo, aunque parezca que tenga intención de dejarme. No lo puedo soportar. Ya me empieza a doler, y aún no ha sido claro conmigo.

—¿Cansado? ¿De qué hablas? ¿De qué estás cansado, David?

—De esto. —Mueve las manos hacia el monitor—. De tener que vernos así. Quiero poder tocar a mi novia siempre que quiera. El otro día —prosigue, nervioso e incómodo—, me costó pensar en ti como en mi pareja.

—¿Qué dices, David?

—Becca —resopló, rendido—. Pareces más una amiga que tengo por internet que la mujer que está conmigo. Tenemos una relación más de colegueo que de otra cosa. Y yo… Yo ya no quiero esto. Pensé que, con el tiempo, tú te vendrías a Estados Unidos a vivir conmigo. Podrías trabajar aquí como terapeuta. En este país están todos tarados, y por cada bebé que nace adjudican a un psicólogo de por vida.

Tengo una imagen mental de lo que es mi felicidad con David. Es como un marco con una fotografía. Ahora, el cristal se está resquebrajando y desdibujando su cara junto a la mía.

—Mi carrera está aquí. Por ahora no me puedo ir —contesto, acongojada. Tengo la extraña manía de permitir que las emociones se reflejen siempre en mi voz—. Te respeté cuando dijiste que te ibas a trabajar fuera. Lo acepté. Yo también esperaba que regresaras a Barcelona como directivo con tu propia empresa bajo el brazo. Te lo ofrecieron y lo rechazaste. Y yo estuve a tu lado, apoyándote en tu decisión, aunque deseaba que volvieras. —Voy a echarme a llorar. Ya no veo por culpa de las lágrimas—. Pero, igualmente, yo puedo seguir con esto. —No quiero ser consciente de lo que David está tratando de decirme—. Soy yo la que coge aviones para vernos, no tú. —Nunca le había echado en cara esto—. Al principio sí que viajabas, pero con el tiempo te has acomodado. Y desde hace un año soy yo la que coge los vuelos.

—Becca… —susurra, algo afectado—. No quiero que cojas más vuelos para venir a verme. Es injusto para ti y para mí. Yo quiero tener una vida más normal. Y tú deberías desear tenerla.

—Pero mi vida me gusta como está. ¿Has conocido a otra?

—No. No hay otra persona —replica, ofendido.

Y es verdad. David jamás me mentiría al respecto. Pero eso hace que me frustre más, porque me está dejando sin la necesidad de haber tenido un desliz de esos que te rompen los esquemas cuando menos te lo esperas.

—Te he sido fiel en estos cinco años. No he necesitado estar con nadie más.

—¿Y ahora sí? —le recrimino—. Por eso me dejas, ¿no es así? Porque quieres una novia de verdad.

Su silencio es tan elocuente que no me cabe la menor duda sobre sus necesidades. David se siente solo, y quiere tener una pareja real a su lado. Yo, en cambio, siempre he creído en mi relación con él como algo más místico y espiritual, irrompible y auténtico. No necesitamos estar pegados el uno al otro para demostrarnos lo mucho que nos queremos. Tarde o temprano íbamos a estar juntos. Solo hacía falta aguantar un poco más.

Pero si él, sorprendentemente, necesita otro tipo de relación…

¿Cómo lo puedo retener? Dios, me siento tan traicionada.

Él no lo sabe. O tal vez sí. La cuestión es que está rompiendo mi corazón en pedazos. Y me duele mucho.

—Tengo que irme a trabajar, Becca… —intenta disculparse—. ¿Quieres que hablemos de esto en otro momento?

Encima va a ponerme esa voz condescendiente de: «En realidad, soy un buen tipo».

—No. No hay nada más que hablar. —Me limpio las lágrimas de un manotazo—. Lo tienes muy claro.

—Me ha costado mucho decirte esto.

—Sí, ya veo. Tanto, que has esperado a que fuese yo quien contactara contigo. Porque desde hace unos días no sé nada de ti. Ahora ya sé por qué, cobarde. —Si fuera un dragón, echaría fuego por la boca.

—No tienes que insultarme. A mí me duele acabar con esto tanto como a ti.

—Lo dudo.

—No quiero perder el contacto contigo.

—Olvídate de eso. No soy tu amiga en ese sentido. Ni tampoco tu terapeuta.

—Pero yo te quiero mucho —se apresura a decirme, como si no quisiera que mi imagen se esfumara de la pantalla, que es justo lo que va a pasar—. No quiero que nos dejemos de hablar.

Sonrío sin ganas y niego con la cabeza.

—Por ahora eso es inviable para mí. Me has dejado y necesito tiempo para recuperarme. No me llames, no me escribas, más o menos como has venido haciendo este último mes. —Joder.

¿Por qué no me he dado cuenta de eso antes?—. Necesito espacio, y estar en la zona «amigos» me va a destrozar. Así que, por ahora, no. Un beso, David, cuídate. —Cierro la pantalla del FaceTime y, después, bajo la tapa del portátil.

Estoy en shock.

Un poco perdida, la verdad. Sé que me va a costar mucho asumir esta ruptura. De hecho, todavía no puedo creer lo que ha pasado.

Me quedo sentada en el taburete, con la mirada perdida y las mejillas húmedas de mis lágrimas.

Soy una mujer muy normal, en realidad. Demasiado emotiva y, en según qué situaciones, nada fuerte. Y esta es una de esas situaciones que me superan. Por eso, apoyo los codos en la mesa de la isla y cubro mi rostro con las manos.

Necesito llorar a gusto. Y es justo lo que hago, y lo que sé que haré durante días.

Pero tengo que preparar mi estrategia y solo tengo clara una cosa. Cuando esta noche tan oscura acabe, para que no me obsesione con mi desgracia y mi corazón hecho añicos, tengo que hacer algo que rompa con mi rutina cotidiana. Algo que ningún tipo de automatismo haga que me relaje y permita que me flagele con recuerdos melancólicos e hirientes de David y yo cuando éramos felices. Que ha sido siempre.

¿Veis? Necesito pensar en algo que ocupe mi mente al doscientos por cien. Porque está claro que cuando te dejan, solo recuerdas las cosas buenas, y eso hace imposible desengancharse de tu ex.

Sorbo por la nariz, tan hecha polvo que respirar me duele.

Tomo el sobre con el cheque en blanco entre mis dedos y acerco las páginas con los índices de audiencia de Gran Hermano. Federico ha adjuntado una hoja de proyecto de El diván de Becca, con la estructura del programa y las bases de su funcionamiento, además del target al que irá dirigido y posibles anuncios publicitarios que yo misma deberé realizar.

Tal vez El diván de Becca, un programa que aspira a ser de gran ayuda para mucha gente, sea también mi chaleco salvavidas. Tal vez sea yo quien necesite ese diván, ahora más que nunca.

Y tal vez, cuando David me vea por cable, sea él quien lo necesite porque la culpa por haberme abandonado y el consiguiente arrepentimiento no le dejen dormir.

3

@mariavidilla #alapsicologadeGHselevalaolla Decirle a mi novio que se meta el dedo en la oreja y me diga cinco marcas de tabaco para que olvide su fobia a las montañas rusas, y que me diga que me lo meta yo en el culo ;))))

Como os podéis imaginar, al día siguiente de mi ruptura, y bajo los efectos todavía de la valeriana, del Ben & Jerry’s y de un par de enantyums para el dolor de cabeza, me dirijo con toda la caraja por la madrileña avenida de Manoteras para encontrarme con Federico. Ahí es donde está el edificio de la productora Zeppelin.

Cuando entro en su oficina, después de dejar atrás numerosas plantas y largos pasillos, abro la puerta, le hago un Casper a su secretaria (esto es, hacer como si no existiera) y le digo a Fede:

—Acepto el desafío. Quiero El diván de Becca para mí.

Fede, impecable como siempre, bajo miles de euros de tela y miles de kilos de poder, en vez de alegrarse, se levanta de su sillón de jefazo, cierra la puerta de su despacho y me agarra por los hombros para estudiarme con patente preocupación.

—Becca, tienes un aspecto de pena. ¿Estás drogada?

—¡No! Pero creo que el enantyum no me ha sentado bien del todo… He tenido una mala noche.

—¿Qué te ha pasado? ¿Qué haces así vestida? Es como si te hubieras inventado un look entre Lady Gaga y Courtney Love. O peor, entre Paz Padilla y Alaska. —Me mira de arriba abajo—. Eres como una cantante de grunge pasando por una etapa pop.

Lo sé. Tengo el pelo completamente encrespado y me sostengo los rizos delanteros con mis gafas de montura negra y de pasta, como si fuera una diadema. Voy vestida con tejanos negros y una levita larga y oscura que me llega por debajo de las nalgas. Debajo solo llevo una blusa blanca, y en los pies, unas botas con plataforma de color beige Celine, que combino con un bolso de la misma firma, de color rojo. Sí, hoy solo he visto medio look de Paula Echevarría, ¿vale? El otro medio lo he improvisado. Ya os he dicho que no sé combinar demasiado bien.

—Nada, Súper. Asuntos personales que, por otra parte, te vendrán de maravilla para que acepte el proyecto. Así que no hurgues en la herida.

—Pues, sea lo que sea, entonces me alegro.

—Insensible —le digo, hastiada. Me llevo la mano a la frente. La cabeza me va a estallar y noto la lengua pastosa y medio dormida. ¿Cuántos enantyums me tomé? He dicho dos como el que dice que cuando llueve te mojas, pero bien podrían haber sido cuatro.

—¿Has revisado el dossier que te facilité? —Fede sigue sin quitarme los ojos de encima. Receloso, toma asiento de nuevo, tras su escritorio y su inmenso ordenador Mac con el que se oculta de miradas ajenas y un tanto nubladas como la mía—.

¿Te parece bien el proyecto?

—Sí. Asegúrame que tendré todo el control sobre mis pacientes y que seré yo quien decida en todo momento qué hacer y cómo hacerlo.

—Así será. —Entrelaza los dedos y la comisura de sus labios se levanta soberbia—. Tú tienes mucha más creatividad que cualquiera de nosotros. Tus decisiones seguro que serán las correctas.

—Bien. Quiero agua. Fede frunce el ceño.

—¿Agua? No comprendo. Tendrás lo que quieras y como quieras…

—No. No. Quiero agua ahora. —Parece que me haya comido un estropajo—. Por favor —añado.

Mientras Fede me sirve agua de su dispensador personal en un vaso de plástico, me pregunta:

—¿Qué tipo de crack dices que te has tomado?

—¡No me he tomado nada de eso! —Cojo el vaso como una mujer sedienta y desesperada—. Yo no tomo drogas, por el amor de Dios. Es solo que se me fue la mano con los ibuprofenos… No he dormido nada. Estoy agotada.

—¿Nervios por tu decisión?

—Digamos que ha sido un poco de todo. Mi novio me ha dejado por FaceTime. —¡Ale! ¡Ya está! ¡Ya lo he dicho! Apuro el vaso de agua de golpe—. Malditas tecnologías. ¿Hay algo más humillante que eso?

—Mi tercera esposa me pidió el divorcio por Whatsapp —reconoce sin ninguna vergüenza.

Parpadeo atónita. Vale, sí hay algo peor.

—Tú ganas. Olvida la pregunta.

—¿Te encuentras bien?

—¿Bien…? —Hago un mohín y muevo la cabeza de un lado al otro—. ¿En una escala del menos diez al menos cinco?

Federico carraspea.

—Bien, vas a tomarte dos semanas de vacaciones —dice, tajante—. Ibas a hacerlo de todas formas, porque es lo que exige una de las cláusulas. Te quiero fresca y a tope. Si me das el sí y firmas el contrato ahora mismo, en tres semanas empezaremos a grabar el programa. Mientras tanto, nosotros lo prepararemos todo. Las acciones de publicidad, el tipo de lanzamiento que queremos hacer y el llamamiento a todos tus futuros pacientes que quieran que tú los trates. Haremos un casting exprés y nos pondremos cuanto antes. Tu éxito hay que aprovecharlo ya. Cuando tengamos hecha la última criba, te encargarás de elegir a quién decides tratar. No será fácil.

—Lo sé. Pero estoy preparada. De hecho, necesito volcarme en las desgracias de los demás lo antes posible. Mi vida no es demasiado buena ahora mismo.

—Perfecto. Cuando hayas elegido a tus pacientes, tendrás que decidir quiénes serán los primeros en recibir tus atenciones. Iremos caso a caso, paso a paso. Solucionarás primero uno y después otro. El diván de Becca se emitirá los martes por la noche en prime time. Con tu paso en GH se ha creado un hashtag que es trending topic en España, el de #alapsicologadeGHselevalaolla. Con tu programa crearemos dos hashtags: #eldivandeBecca y #Beccarias.

—¿Beccarias? —Sonrío. Me gusta el juego de letras que han hecho con mi nombre.

—Sí. Ambos hashtags se utilizarán para hablar del programa. El de Beccarias será más selectivo. Solo lo utilizarán aquellas que se sientan identificadas contigo. Crearás tendencia. Pero esta vez no serás la psicóloga de Gran Hermano —explica, emocionado—. Serás Becca, a secas.

—¿No puedo seguir mientras tanto en Gran Hermano?

—No. Estás fuera de la plantilla en el momento en que aceptas el diván.

—Vaya. ¿Y mis concursantes? ¿Cómo me despediré de ellos? Notarán que no soy yo la que está al otro lado del cristal.

—Nosotros nos encargaremos de todo, no te preocupes. Estás dejando un proyecto para meterte en otro mucho más importante. Desconecta de GH y busca la esencia para el diván.

¿Estás nerviosa?

—Aún no. El enantyum es muy bueno —contesto sin pensármelo mucho.

—Genial. ¿Tienes alguna pastillita para mí?

Me echo a reír y eso hace que recuerde cómo me reía con David. Estoy hundida. Necesito trabajar ya.

—Disfruta tus días de descanso. Le comunicaremos la buena nueva a Rafael, el jefe de psicólogos, y ellos ya se organizarán. Siempre lo hacen. Aunque me da que no va a gustarle un pelo. —Sonríe divertido—. Tómate unas vacaciones, Becca; las tienes completamente pagadas.

Me iría a Estados Unidos y pasaría dos semanas con David, si no fuera porque hace unas horas que me ha dejado. ¡Zopenco! ¡Seré desgraciada!

—Creo que volveré a casa.

—Perfecto. Ve a tu tierra, a Barcelona. Relájate. Haz que te mimen y te cuiden, y cuando sea el momento, regresa con las pilas cargadas porque el ritmo de El diván de Becca va a ser endiablado.

Me hace gracia cómo los de Madrid llaman a Barcelona «mi tierra». Menos mal que los nacionalismos y demás zarandajas me interesan menos que un moco.

—Genial.

—Lo será. —Fede entrecierra los párpados—. Eh… ¿Y qué hay del sobre? ¿Tienes el cheque en blanco?

—Sí.

—¿Y bien?

—Ya no está en blanco.

—Me alegro.

—Esa cantidad es la que quiero mensualmente. Después habrá que negociar los porcentajes en derecho de imagen y publicidad…

Federico toma el sobre y lo abre con cautela.

—Has estado estudiando. Muy bien.

—O eso, o me cortaba las venas regodeándome en mi depresión.

—¿Cuánto me pides a cambio de cambiarte la vida? —dice en voz alta.

Entre nosotros, le he pedido mucho. Más que nada porque un nuevo proyecto es todo un riesgo, y en este en particular expongo no solo mi imagen, sino también mis tablas como profesional. Podría quedarme sin consulta y sin cartera de clientes. La popularidad es un arma de doble filo. Si me arriesgo, al menos me cubro las espaldas.

Lo mejor es que Fede arquea las cejas y asiente como si no le doliera la cantidad que he escrito en el talón.

Y me asusta la increíble confianza que parece tener en mí y en mi diván.

Espero devolvérsela con un pelotazo mediático.

—¡Cariño! ¡A mis brazos!

Al otro lado de la puerta está mi madre, Valentina, con la misma pose que el Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Me mira compasiva, y al mismo tiempo sé que sus mimos y sus atenciones me harán bien. Es justo lo que necesito. Que me digan lo guapa que soy, lo buena que soy y lo imbécil, descerebrado y mitja merda que ha sido David al dejarme así.

Voy a pasar esas semanas en su casa, y espero recargar las pilas por completo.

Mi madre tiene el pelo como yo, pero menos rizado. Luce algún que otro mechón blanco, a lo Cruella De Vil (sin matar dálmatas para hacerse abrigos a topos), pero se ha hecho muy amiga de los tintes. Sus ojos verdes son enormes y siempre lleva las gafas de ver colgando del cuello. Si se las pone, se le resbalan por el puente de la nariz, y es de las que mira de soslayo, por encima de la montura, en plan: «Are you talking to me?». Es muy graciosa.

A sus sesenta y dos años, todavía se siente joven, por eso sigue conservando su melena y no se la corta como si hubiera pasado por Auschwitz, como hacen todas las mujeres del mundo (menos las de Hollywood) a partir de los cincuenta.

¿Por qué hacen eso? Es como si dijeran: «Se acabó la feminidad. Bienvenida, vejez. Ya no hay sexo (porque, seamos sinceros, cuando ya se es abuela sexagenaria, una no folla. Las abuelas no follan, ¿vale?). El pelo de las piernas me lo dejo largo y el de la cabeza, corto, porque, total, mi marido no va a curiosear por abajo, y si cambio lo de arriba, ni se va a dar cuenta». Mi hermana y yo le hemos prohibido a mi madre que se corte el pelo. Ella dice que es un rollo arreglárselo, porque aunque se peine la melena, las arrugas en la cara y el pellejo del cuello van a seguir ahí.

Pero mi madre es tonta. No hay mujer más bonita que ella. Sus arrugas se explican por la cantidad de veces que ha reído, excepto la del entrecejo. La del entrecejo es por mi padre. Él ha sido su fuente de disgustos, y nosotras, su fuente de alegrías.

Ellos están divorciados. Mi padre, Jorgito, es un canalla simpático, de esos que envejecen a lo Don Johnson y que son incapaces de mantener el pajarito en la jaula. Se pierde por una mujer, sea como sea: con pelo corto, pelos en las piernas, más gordita o menos gordita. Si tienes tetas y vagina y eres mayor de edad, huye de Jorgito, porque donde pone el ojo pone el pito. Mi madre se divorció de él por sus continuas infidelidades: tenía una doble vida, el hombre. Se fue a vivir con una carnicera, con todas las connotaciones semánticas que acarrea esa palabra. Porque la carni lo dejó en los huesos. Nosotras creíamos que lo estaba envenenando para quedarse con todo su dinero, y por eso le animamos a que la dejara, y al cabo de los años eso hizo.

Después decidió no casarse con nadie más, porque el papeleo era un engorro.

Y a continuación de la carnicera, se juntó con una lunática que vivía en un pueblo de Girona, perdido en la montaña. El colegio del pueblo solo tenía cinco niños, con eso lo digo todo, y su hijo pequeño de siete años era Hitler hasta las cejas de crack; es decir, un soberano dictador al que conocí e intenté ahogar un día con una servilleta mientras mi padre y su novia, solo ocho años mayor que yo, se besuqueaban en la mesa y yo fingía no ver que la guarra le estaba tocando la tranca. El padre de esa mujer era sudamericano, doctor de no sé qué. Y mi padre le tenía que llamar «Lisensiado».

Sí. Como lo leéis. Lisensiado. Hemos hecho muchas bromas al respecto.

Pero lo de la lunática tampoco acabó bien.

Como mi padre era cada vez más mayor, tuvo un largo recorrido de novias bolivianas, venezolanas y colombianas. Al parecer, les gustan mucho los hombres mayores. Pero todo es de respetar, ¿no?

Y ahora… Ahora está con una peruana llamada María Sonsoles. Y hasta aquí puedo leer.

Yo solo sé que quiero que mi madre me dé un abrazo de oso, me acaricie el nido de pájaros que tengo por pelo y me diga lo de siempre: «Mi niña, ese tipo no te merece. Le partiremos las piernas. Todo saldrá bien».

Parezco un perro apaleado. Tengo los hombros gachos y la mirada cabizbaja. Soy como Casper en el castillo, pululando sin ninguna gracia.

El piso de mi madre es grande y luminoso. Tiene cuatro habitaciones y una terraza que parece un jardín. Me gusta estar allí, tumbada en la hamaca, con una manta por encima y una taza de té verde con menta en las manos. Oigo el sonido que origina la vida en la calle y me encanta sentarme allí por la tarde y oler el aroma de los gofres recién hechos de la churrería de abajo.

Tenemos una cacatúa amarilla y preciosa. Se llama Edurne y a veces entra en un bucle, como ahora, y repite hasta la saciedad:

«Jorgito maricón». Está claro que se lo enseñó mi madre. En ocasiones lo combina con: «Sonsoles y Jorgito, que se vayan a la mierda un poquito». Eso también se lo enseñó ella. Mi madre tiene una gran habilidad para las rimas a lo Gloria Fuertes, que en paz descanse.

Van pasando los días (ya van tres desde que llegué a Barcelona) y poco a poco, muy poco a poco, empiezo a sentirme mejor. Aun así, no dejo de llorar por las noches. Ni tampoco durante el día. ¿A quién quiero engañar?

Maldita sea. Es tan duro que te dejen… Y lo peor de todo es que no soy de esas que se dan cuenta de que quieren a su pareja cuando la dejan. Yo ya sabía que estaba enamorada de David. Lo quería mucho. Pero el que me haya hecho esto me hace pensar en si algún día voy a dejar de sentir este vacío. Sí, soy ridícula. El cretino me ha dejado por FaceTime, y yo sigo aquí con mi segunda caja de kleenex, comiendo como un pajarito desde hace dos días.

Creo que voy a comprar una caja de diazepam.

Hogar, dulce hogar.

Mi habitación sigue como siempre, excepto por la tabla de planchar y la bicicleta estática. Mi madre ha decidido colocarlas aquí para ahorrar espacio. O, calla… Tal vez se trata de una indirecta; tal vez cree que debo adelgazar y tiene demasiada ropa por planchar y necesita que le echen una mano.

Los cojines y la colcha de Desigual huelen a jabón de Marsella. Sonrío; sigue usando el mismo suavizante de siempre.

Mi madre es fiel. Cuando elige algo, lo hace para siempre y ya no lo cambia. Puede que sea por este motivo por el que no se ha vuelto a casar, ni tampoco a tener novio.

Creo que yo soy igual. Elegí a David, y lo hice por muchas razones. Puede que porque me gustaba cómo me sonreía, por el modo que tenía de mirarme cuando hablaba. Era como si creara una burbuja atemporal en la que solo estábamos él y yo.

Joder, David ponía todos sus sentidos. Ponía todos sus sentidos en todo.

Aun así, el modo en que me ha dejado…, sin alma, sin cariño, me parece mentira. Hemos creado un mundo juntos. ¿Cómo puede darle carpetazo a eso? Vale. De acuerdo. Últimamente no nos veíamos demasiado. Pero hablábamos todas las semanas, y lo hacíamos más de lo que algunas parejas que sí están juntas lo hacen en un mes.

¿Habéis pensado en eso? Por alguna razón, llega un momento en que las parejas ya no tienen nada que decirse. Comen en silencio, cada uno ve sus series favoritas por separado, no hacen nada juntos y deciden, como si se les acabara la magia, que todo aquello que antes les unía, ahora ya no les une. Unos lo llaman monotonía. En mi opinión, lo que fuera que les unió, no era amor. Pero solo es mi opinión. Si ha llegado un punto en que aborreces a la persona que tienes al lado y nada de ella te llama la atención, es que se te ha caído la venda de los ojos y ahora te das cuenta de que elegiste muy mal. Unos toman la decisión de dejarlo. Otros siguen juntos toda la vida. Infelices, sí. Pero juntos.

Yo nunca me cansé de David.

Parece que él sí. Pero yo no. Para que veáis: soy coach y psicóloga. Sin embargo, eso no garantiza que comprenda las actitudes y los comportamientos de todo el mundo. Aunque sí creía que David era transparente para mí. Y sí confiaba en que él me querría toda la vida. Porque yo sí lo haré.

Supongo que hay muchos modos de querer. Muchas intensidades.

Y David no está en la mía.

—¿Eso me convierte en una perdedora, mamá? —le pregunto cuando entra con más ropa para planchar y la deja en el armario. ¿De dónde sacará tanta?

Mi madre me encuentra hecha un ovillo en la cama, abrazando a mi Popple. ¿Habéis tenido un Popple alguna vez? ¿Esos peluches que no sabías si era un Gremlin o un oso, y podías hacerlo bicho bola? Yo sí. Y es mi peluche favorito de todos los tiempos. Es lila, tiene la panza y las orejas rosas, el pelo blanco y los ojos muy azules.

—¿El qué, vida? —responde mirándome un poco triste por verme en ese estado.

—Que yo siga queriendo tanto a un hombre que me ha abandonado.

Mi madre se encoge de hombros y deja ir el aire lentamente por la nariz.

—Deja que el tiempo pase, Becca. Nunca vas a olvidar. Pero el tiempo pone arena de por medio y hace que todo sea más llevadero. Que no duela tanto.

—No me has contestado.

—Eso no te convierte en perdedora —dice, segura de sus palabras—. No nos convierte en perdedoras a ninguna que hayamos querido de verdad —añade, y con ello deja claro lo mucho que sigue queriendo al bandido de mi padre, a pesar de que le rompiera el corazón—. Eso nos convierte en humanas.

Lo dicho: la humanidad es una mierda.

Mi madre Valentina es especialista en sopa de pollo para el alma.

Mi hermana Carla hace una sangría de tequila que ya quisiera Nati Abascal.

Y mi sobrino Iván tiene el mejor don de todos: hacerme reír como una cosaca.

Pero la Vane, mi amiga «la Vane», es mi mejor antidepresivo. Suena ordinario y choni, lo sé. Y no tengo nada de eso, que conste. Es más, nada me gusta menos que la ordinariez tipo Gandía Shore. Pero entre las mujeres importantes de mi vida tenemos apodos moranquistas, gracias a su serie Omaíta.

En este caso, la Vane no se llama Vanesa. Su nombre es Elisabet. Pero ella me llama Debo, como la Debo, y mi hermana Carla es la Jessi. Somos la Debo, la Vane y la Jessi. Y mi madre Valentina, tan fina ella, es Omaíta. Nuestras conversaciones antiestrés vienen a ser así:

—Omaíta, ¿qué hay pa’ comé? —le pregunto siempre con un tono chonil perfecto.

—Loj calloj del Joshua —contesta mi madre en su papel—.

Dile a la Vane que llame al Joshua pa’rriba.

«El Joshua» no existe, pero forma parte de una escenificación que seguimos al pie de la letra. No os diré en qué derivan nuestras conversaciones cuando estamos borrachas, en parte porque ni yo misma las recuerdo.

¿Por qué os hablo de la Vane? Porque mi Elisabet viene a verme esta misma noche. Es viernes, y vamos a salir. A la fiesta se ha añadido también mi hermana.

Carla es completamente distinta a mí. Es guapa a rabiar, tiene el pelo negro y liso como las plumas de un cuervo, un brillante en la nariz y los ojos superverdes como mi madre. Es dos años mayor que yo y está divorciada de Fran, su ex marido.

No nos sorprendió su divorcio. Es más, creo que mi madre y yo lo deseábamos con todas nuestras fuerzas. Porque ese Fran era un facineroso redomado, un gandul que soñaba con que las grandes webs de juegos de rol le pagaran una mensualidad de esas estratosféricas. Os juro que no os podéis imaginar cuánto llegan a pagar a los buenos jugadores, de cabeza cuadrada, obesos y con gafas de culo de vaso, la mayoría. Fran no era así. Era un guapetón lleno de tatuajes que prefería pasar el tiempo con el mando de la Play que compartir minutos con su hijo y su mujer. Nunca fue un número uno en los videojuegos, ni tampoco con su hijo.

Carla es la mami del niño más maravilloso de la Tierra: Iván, cinco años, especialista en Pokémon y filósofo a tiempo completo.

Hablar con mi sobrino es reducir las complicaciones de la vida a cero. Por eso me aterra y me fascina al mismo tiempo, porque hace que me sienta una friki gris sin chispa vital. Y eso lo digo yo, y no Optimus Prime.

—¿Tita, echas de menos al tito David?

Cuando él nació, yo empezaba a salir con David; por eso lo considera su tío. A Iván no le puedo mentir. De hecho, no lo suelo hacer. Lo tengo sentado sobre mis piernas. Estoy arreglada para cenar e irme de fiesta. Mientras tanto, él abre una baraja de Pokémon y va sacando una a una las cartas.

—Mucho —contesto en voz baja para que no me oigan mi hermana y mi madre desde la cocina. Están hartas de mi autocompasión.

—¿Por qué no se lo dices?

Para él, todo es así de fácil; de hecho, para un niño, todo lo es. Si te duele algo, lo dices; si quieres algo, lo dices; si echas de menos a alguien hasta la extenuación, se lo dices. Pero los adultos tenemos más reservas y prejuicios. No nos gusta ser rechazados.

—¿Le volveré a ver?

Iván no vio mucho a David. Pero cuando coincidían, parecía que eran amigos de toda la vida. Mi ex conectaba muy bien con él.

—No lo sé.

—Pues entonces, ¿puedo quedármelo?

—¿Cómo dices?

—¿Puedo quedarme a David? ¿Puedo dárselo a mamá y que él haga de mi padre?

—¿De verdad tienes cinco años? —le pregunto, estupefacta.

—Los tiene —dice mi hermana, recostada en el sofá. Ha aparecido por encima de mi hombro y tiene una copa de sangría de tequila en la mano, con varios trozos de melocotón y naranja; además, le ha añadido una rodajita de limón—. Lo siento, chavalote. David no es mi tipo. Mamá es más de Jason Momoa, no de Ken.

—¡Eh! ¡David no es un Ken!

—Oh, por favor, Becca. —Pone los ojos en blanco. Lo hace muy bien, de tal modo que parece hasta coqueto. Yo intento hacer eso y se me enganchan siempre los párpados, como si me estuviera dando una embolia—. David te preguntaba qué te ibas a poner para ir los dos conjuntados con los mismos colores —responde arqueando sus perfectas cejas negras—. Y se hacía la manicura, joder.

Mi hermana es una auténtica beldad. Un poco zorra, sí. Pero una auténtica beldad. Pero eso ya lo he dicho, ¿verdad? Se pinta los ojos de un modo que los hace aún más grandes de lo que en realidad los tiene. Y viste como una gótica pija: taconazos rojos, ropa negra, labios rosados, maquillaje perfecto y perfume muy, muy caro… Es abogada familiar.

Después de estar con el miserable de Fran, se endureció, y ahora es una auténtica devorahombres. No pierde el tiempo echando de menos a nadie. Aunque sí tiene un amor en su vida, su hijo, y no lo cambia por nada. De hecho, ella misma se representó a sí misma en su divorcio por la custodia de Iván. Y debo reconocer que, porque debíamos mantener las formas en el juzgado, que si no mi madre y yo le habríamos hecho la ola allí mismo.

—¿Quién es Ken? —pregunta Iván, entretenido con sus cartas.

—La novia de Barbie —contesta Carla.

—Ah, muy bien —dice Iván. Doy gracias por su ignorancia.

—Y ¿adónde decís que me sacáis? —Quiero desviar el tema de mi relación fallida con David, y de todos sus supuestos defectos. Para mí era perfecto.

—No sé. Donde sea que hagan una buena farra guarra. Necesito alimentar a este. —¡Y va la tía y se señala el conejo delante de Iván! Claro que el niño ni se ha dado cuenta.

—¿Este? ¿Es un tío? —pregunto, horrorizada.

—No. —Niega con la cabeza y sonríe—. Es un predador. Dios. Lo que hay que oír…

En ese momento llaman a la puerta. Yo me levanto del sofá y dejo a Iván entretenido con su madre y su vagina trituradora. Sé todo lo que va a pasarme cuando vea el rostro que hay al otro lado. Un rostro níveo y terso, con unos ojos negros espectaculares y tan rubia que parece nórdica. Yo siempre creí que las rubias naturales de ojos negros no existían, hasta que conocí a Elisabet.

Cuando ella aparece tras la puerta, sonríe y me mira de arriba abajo. Luego empieza a dar saltos de canguro con sobrepeso, es decir: rápidos y no muy altos. Yo hago lo mismo, porque Eli siempre me contagia su alegría.

Después abre los brazos al grito de:

—¡Debo, tía!

—¡Vane!

En cuanto me ve la cara, inclina la cabeza a un lado y se muerde el labio inferior.

—Oh, Debo… No llores.

—No son lágrimas, es desintoxicación interna —le explico.

Me abrazo a ella con todas las ganas. Nuestros reencuentros siempre son escandalosos, como una fiesta de chicas entripadas. Pero esta vez dejo de dar saltos y el peso de mi alma apaleada hace que clave los talones en el rellano de mi casa.

Eli deja de decir chorradas, que en otro momento me provocarían un ataque de risa, y solo me sostiene.

Me sostiene y me calma. Y permite que siga llorando.

Ella me entiende. Es mi mejor amiga. Sabe cómo me siento. Me abrazo a ella esperando que su energía me bañe, y deseando que esta sea la última vez que derrame lágrimas por David.

4

@marialavasectomia #alapsicologadeGHselevalaolla La voz de esa mujer es como Simon Dice. Todos la obedecen. Voy a pedirle que le diga a mi suegra que se vaya de una puta vez de mi casa.

#satansereencarnoensuegra

Después de que saliéramos de casa de mi madre con cuatro vasos de sangría de tequila por cabeza y un principio de cogorza como un piano, no se nos ocurre otra cosa que ir a cenar a Barcelona. En taxi.

Al bajar del taxi se me ha salido un zapato, pero lo he recogido con clase, un amago de croqueta y un cabezazo contra la puerta. Bien, Becca, bien.

Vamos divinas. Eli me ha obligado a quitarme la falda escocesa y las botas militares y me ha vestido de arriba abajo. Ahora llevo unos pantalones de pitillo negros, unos zapatos Guess con taconazo que imita la piel de serpiente, una blusa con transparencias y una americana no muy larga, que me da un toque informal y seductor a la vez. Me han obligado a llevar el pelo suelto y me he pintado como una Bratz.

Pero si yo voy de esta guisa, las otras dos llaman mucho más la atención. Mi hermana lleva un vestido corto rojo, con un escotazo de infarto en el pechamen, zapatos negros de plataforma y una cazadora, también negra, no muy gruesa por encima. Va de mala malota.

Eli va parecido. Ambas tienen gustos similares en cuestión de ropa. Solo les varía el color y el corte del vestido, que el de Eli es de tono verde Rondel.

Tres mujeres que superan la tasa de alcoholemia permitida y que reservan en el Mamarosa Beach vaticinan una noche épica. Cocina italiana, vistas a la playa, ubicado bajo el hotel W, decorado con flores cálidas y colores pastel, iluminados con tonos fucsias e íntimos… O eso creo, porque el mareo que llevo es de escándalo.

Y ahí estamos, las tres Marías con el don de convertir el agua en vino, hablando de nuestras cosas. Cada una apechugando sus problemas con el alcohol.

A mí me dan ataques de risa, compaginados con lloreras de vértigo.

A mi hermana Carla el beber le da flojera; tanto, que se le abren las piernas solas.

Y a mi amiga Elisabet le da por la verborrea desenfrenada. Por cierto, no os lo he dicho, pero Eli es psicóloga. Somos inseparables desde que hicimos la carrera juntas en la universidad. Eli se especializó en Psicología de Pareja.

Pues bien, cuando va borracha, le da por interrogar a todos los hombres y mujeres que se le acercan para que le cuenten sus problemas conyugales. Sus preguntas son: «¿Folláis bien? ¿Os tocáis a menudo? ¿Os decís las cosas a la cara? ¿Folláis bien?». Eli tiene una teoría, dice que el amor se muere en la cama. Cuando el deseo y el sexo se convierten en algo insustancial y dejamos de preocuparnos por satisfacer al otro, ahí empieza la decadencia.

Por eso solo hace preguntas sobre el fornicio.

—¿Follabais bien tú y David? —pregunta sin soltar la copa ni jarta de vino.

Ahí está. Es que no falla.

Carla se muere de la risa ante la pregunta y echa el cuello hacia atrás, en un gesto seductor, mirando de reojo. Yo lo advierto y me giro con la torpeza de la embriaguez, sin disimulo. Dos mesas más a la izquierda, un tipo muy atractivo la mira y sonríe.

¡Oh! ¡Será guaaarraaa! Ya está ligando, la tía. Pero ¡si no le ha dado tiempo ni a sentarse! Como la vara zahorí que busca agua, los ojos de Carla cazan hombres.

Por mi parte, hace rato que intento leer la carta, pero las letras no quieren estarse quietas. Mamonas.

—Mi sexo con David, bien, gracias —contesto. El movimiento de mirar de un lado al otro provoca que me maree más.

—¿Eso quiere decir que, si te ponías sexy, David iba hacia ti como el gorrino a la bellota? —Eli clava los codos en la mesa. El izquierdo se le resbala, pero se recupera rápido. Es toda una profesional.

—No hagas eso, Vane. No me psicoanalices. Nos prometimos que no lo haríamos.

—Está claro que mentisteis como bellacas —apunta Carla guiñándole un ojo al desconocido.

—¿Le hacían chiribitas los ojos cuando te miraba? —continúa Eli—. ¿Había pasión?

—Pasión. ¡Ja! —exclama Carla.

—Tú no tienes derecho a opinar —le suelto a mi hermana—. No todas tenemos al monstruo de las galletas entre las piernas.

—Eso quiere decir que el sexo…

—¡Nos iba bien, vale! Me encantaba cómo me hacía el amor. Teníamos una vida sexual sana. Como cualquier pareja…

—¿Y mi copa de vino? Se la quito a Carla. Tiene la manía de robarme mis copas porque le da pereza llenarse la suya de nuevo.

—¡Meeec! ¡Error! —interrumpe Eli, que levanta la mano para llamar al camarero—. Si dices «como cualquier pareja» es que estabais acabados. Te sorprendería lo poco que follan las parejas durante el noviazgo, y después de casados es ya como una película de terror. Hay mucha gente infeliz por ese motivo.

—No nos podíamos ver demasiado… —Me doy cuenta de que estoy excusando mi falta de cama. Pero creo que es la verdad. Mi motivo para ello era tener una relación a distancia.

—Y cuando os veíais, ¿no os pasabais más tiempo en la cama que fuera de ella? —vuelve a preguntarme—. ¿No recuperabais el tiempo perdido en plan: «Náufrago: he vuelto de la isla»?

—Sí recuperaban el tiempo —contesta Carla por mí—.

Viendo series, yendo a comer o leyendo, ¿no, hermanita?

—¡No todo se limita al sexo! ¡Vosotras dos estáis más salidas que el pico de una plancha!

Nos miramos las tres a la vez, como si brindáramos, pero sin las copas. La tensión se palpa en el ambiente. La réplica no tardará en llegar.

—Que el palo de un churrero —dice Eli sonriendo de oreja a oreja, orgullosa de sí misma.

—Que una lesbiana ciega en una pescadería —añade Carla. Eli y yo nos echamos a reír con una exclamación de asco.

—Vale, ¡la pole para Carla! —Eli acepta la derrota—. ¡Asquerosa, pero pole!

Entre las tres siempre hemos jugado a «a ver quién la dice más gorda». Mi hermana Carla siempre gana. Siempre gana en casi todo: en los juzgados, en las apuestas, en el póquer… Y en las borracheras. Bebe más que el fregadero de Villarriba.

—¡Una pareja no es solo folleteo, no es solo pasión! —insisto—. ¡Son más cosas! ¿Y la complicidad? ¿Y el poder hablar de todo? ¿Y el contar con el otro pase lo que pase? ¿Y el saber lo que el otro está pensando sin necesidad de hablar? Al principio hay amor y deseo, pero después queda siempre el cariño y se convierte en tu mejor amigo.

Eli agranda los ojos negros de bruja que tiene, y mi hermana Carla sonríe maliciosa.

—¿Ves? —le dice Carla a Eli—. Te lo dije. Estaba con el Padre David. Ese chico tenía libido cero. Hablar, hablar, hablar… Una relación no es el confesionario de Gran Hermano.

Eli me agarra la mano al tiempo que niega con la cabeza de un modo melodramático y que a mí me pone en el dilema de partirme de la risa o llorar como una Magdalena. ¿De verdad estoy tan mal? ¿De verdad lo mío no era normal?

—Becca, cari… —Su pelo rubio largo es liso y perfecto, se ha hecho reflejos más claros y se ha cortado el flequillo recto. Qué guapa es mi amiga—. La complicidad y todo lo que mencionas, también la tienes con tus amigas. Con nosotras. La pareja…, la pareja como tal —repite para dar más fuerza a su consejo— se mueve por otra inercia. La del instinto animal, la del deseo, la de machohembra… ¿Comprendes? Hay una jerarquía, unos pasos a seguir. Soy tu hombre, yo tu mujer…

—¿Eres mi hombre? —pregunto mientras se me escapa la risa.

—Ya sabes lo que te quiero decir. En tu fuero interno —me señala y me da un golpecito en la nariz— lo sabes. Ahora es muy doloroso. El recuerdo pesa demasiado y arde. Todo se vuelve cuesta arriba y parece que sin él no puedes vivir. Te quieres cortar las venas, hundir la cabeza en una bañera de hielo, bañarte con medusas mortales como haría Will Smith; o, en su defecto, zamparte todos los trankimazines del botiquín de tu madre, que aún conserva de su divorcio con Jorgito.

—Gracias por ser tan gráfica.

—De nada.

—¿Me vas a dar hora en tu consulta?

—No. Nunca.

—Menos mal.

—Pero, al menos, acepta la verdad: un hombre que no se deja llevar por sus instintos no es un hombre. Es Buda. Y Buda no folla. Buda y las abuelas están en la misma categoría. ¿Comprendes? David podía hacerte sentir bien y segura, en territorio conocido para ti. No tenías que tomar riesgos ni apostar tu corazón.

—No. Porque yo ya lo quería y me sentía bien queriéndolo.

—Me defiendo a mí misma, y también a él. No me gusta que hablen mal de David.

—Sí, de una manera muy racional, Becca —objeta.

—El amor no tiene por qué ser descocado y una maldita montaña rusa. También puede ser un paseo plácido y contemplativo.

—El amor es una jodida locura —interviene Carla—. Enamorarse es como volar. No me vengas con paseos. Si no te has enamorado así, al menos una vez, entonces no has vivido.

—Tú te enamoras de cualquiera que te dice guapa y te invita a una copa —replico a mi hermana.

—Tu hermana y tú sois dos casos opuestos. Pero tiene razón, una pareja y el amor que resida en ella tampoco tiene que ser como hacer ganchillo —contesta Eli a mi réplica—. No comprendo cómo una mujer que lleva tan al límite a sus pacientes y que es tan desinhibida y tan genial con ellos, en su vida personal es tan… correcta y cómoda.

—Territorio Becca —añade Carla, que se acomoda en la silla tapizada de rosa con motivos blancos—. Sin riesgos. Un misterio por resolver.

—La cuestión —dice Eli jugueteando con el pie de su copa— es que tienes que superar lo de David, y tomarte tu nuevo proyecto como una manera de afrontar tu corazón roto. Además, estoy convencida de que, en cuanto él te vea por televisión, con tus ojazos, tu melenón y tus ocurrencias, se va a dar de cabezazos contra la pared por ser tan gilipollas y haberte dejado.

—¿Crees que volverá? —pregunto, paposa perdida. Mis babas y yo damos pena.

—Vive tu vida, Becca, sin pensar en si volverá o no —me suelta mi hermana con impaciencia—. El mundo está lleno de hombres. Llenito. ¿Cómo vas a dejarte hundir solo por uno? Tú lo que necesitas es un tío que te ponga a cuatro patas, te tire del pelo y al día siguiente te regale flores, te lleve a un restaurante y te haga masajes en los pies. Que te folle como a una guarra y te trate y te adore como a una reina.

—¿Christian Grey?

—Christian Grey… —Eli pone los ojos en blanco—. ¿Sabéis cuántos divorcios ha habido por culpa de ese hombre de ficción? Tengo en mi consulta a un montón de hombres venidos a menos porque sus mujeres solo les pidieron no sé qué de Charlie Tango…

—¿En serio? —digo, asombrada.

—La gente está loca, lo cual me va bien y sigo teniendo trabajo. —Mira su iPhone para comprobar si tiene algún correo de algún cliente. Después lo vuelve a dejar encima de la mesa.

—Joder, no. —Carla mira a su alrededor—. No tiene por qué ser millonario. No hablo de tíos imposibles. El mundo es una selva. —Abre los brazos como si pudiera abarcar con ellos toda Barcelona—. El hombre se divide, mayoritariamente, entre metrosexuales, yoguis, dandis, caballeros, canallas y folladores natos. De los metrosexuales quédate solo con el diez por ciento, porque el noventa restante son gais. Los yoguis no se acuestan con mujeres, solo lo hacen con Dios y con el aire, así que esos no te interesan, hermanita. Los dandis y los caballeros están muy bien para que te traten educadamente y siempre con consideración; por eso en la cama te preguntarán: «¿Podemos practicar el coito al estilo misionero?». A mí, personalmente —se lleva una mano al escote—, si me dicen eso, no me sale responder: «Prefiero que te deleites con el tacto de mi vulva», cuando lo que quiero de verdad es decirle una obscenidad propia de un camionero, en plan: «Cómeme la concha, mijito». Por eso, dandis y caballeros no me interesan tampoco. Y a ti, Becca, tampoco deberían interesarte. Después están los canallas y folladores. Esos, mijitas —debo aclararos que entre nosotras utilizamos muchos apodos: lisensiadas, mijitas, letradas, la niña Eli, la niña Becca, la niña Carla… Esas grandes telenovelas, ¡cuánto daño nos han hecho!—, son los que te cabrearán, te harán rabiar y te harán llorar, para después sacudirte en la cama y darte el mejor polvo, el más pervertido que hayas tenido de todos los tiempos. A la mañana siguiente, tendrás el corazón roto, de acuerdo, y una nota, un tanto cani, que te diga: «¡Hasta siempre, nena!». Eso es una gran putada. Y más tarde te darás cuenta de que el truhán se habrá llevado parte de tu dinero de la cartera. Menudo cabrón, ¿verdad? Pero ¿qué más da? Tú solo estarás preocupada para buscar loción calmante para el buyuyu, y una crema para los pezones, que parecerán ubres. Y eso, mijitas, es maravilloso.

No nos estábamos dando cuenta de lo alto que nos reíamos ante las ocurrencias de Carla, cuando alguien carraspea detrás de mí. Es el camarero que viene a tomar nota. Yo he sido incapaz de leer lo que ponía en la carta, pero gracias a Eli sé salir del paso. Ella pide por todas.

—Nos pondrá burrata…

—Burraca me pone un rato —dice Carla como la golfa letrada que es.

—Burrata y chitarrucci all’astice —continúa Eli.

—De acuerdo —asiente el camarero al tiempo que apunta en su lector—. Ensalada de tomate fresco y rúcula, y los espaguetis con bogavante y salsa de marisco y tomate. ¿Quieren más vino?

—¿Qué decís, lisensiadas? —Eli nos pregunta abiertamente—. ¿Cómo va nuestra cirrosis?

Sinceramente, creo que si sigo bebiendo, la noche acabará realmente mal y oleré como el edificio de Anís del Mono. Pero me da igual. Me lo estoy pasando bien.

—Sí, por favor. Más vino —añado.

Eli cierra la carta y me sonríe cómplice. Después recoge las nuestras y se las ofrece al camarero, mulato, vestido de blanco… Muy atractivo.

—¿Y usted? —le pregunta Eli.

—¿Yo, señorita?

—¿Folla bien?

Y, claro, después de la cena, nos hemos dado una vuelta por la Villa Olímpica a ver si se nos baja un poco el mareo. La noche es espléndida, no hay mucha marea, la brisa no es demasiado fría y la luna brilla como… Ah, no. Es una farola.

La cuestión es que el cielo está despejado, y se ven algunas estrellas enormes. Aunque bien podría ser mi estigmatismo agravado por el alcohol. Tengo el necesario como para ver los carteles de la autopista justo cuando los tengo encima (doy unos volantazos que ya quisiera Fernando Alonso), pero no el suficiente como para llevar gafas. Que no necesito.

Y sin saber cómo ni por qué, las tres hemos acabado en la Villa Olímpica.

Bueno, lo cierto es que hemos venido siguiendo a un grupo de tíos buenorros. Mi hermana Carla los ha estado acosando cual paleta salido. Si fuera al revés, estaríamos hablando de cerdos inmundos y machistas. Pues mi hermana y Eli, que no puede parar de reírse, son unas cerdas inmundas. Yo lo sería si pudiera hablar, pero me cuesta un poquito… Esto es una vergüenza.

Los seguimos hasta una discoteca que hay debajo del hotel Arts. Lo distingo por lo alto que es y por los cristales azules. No sé cómo se llama esa discoteca, solo sé que hay mucha gente haciendo cola, hombres y mujeres. Pero Eli parece conocer al de seguridad y, cuando se ven, se saludan efusivamente. El gorila nos deja entrar y los de la cola nos odian como lo haría la mismísima Angela Channing, con inquina.

Dicen que los hombres borrachos entran en una especie de espejismo en el que ven a todas las mujeres bellas. O sea, a todas. No importa que tengas bigote, que seas una gorda calva, que midas dos metros, que llegues a relinchar con tu cara de caballo o que estornudes con una nariz que ni Rossy de Palma. Eso explicaría algunos casos extremos de ligues veraniegos…

Estos armarios deben de estar peor que nosotras, porque solo les tiran los tejos a las que son así.

Me dejo llevar por la música y la gente se vuelve loca. Y entonces nos ponen una canción que nos convierte en cheerleaders. «Amar sin ser amada», de Thalia.

Carla y Eli me cogen de las manos y tiran de mí hasta que me suben al podio, donde hay gente que no está bailando, solo otean el horizonte. No lo entiendo: un podio no es una torre vigía, es una plataforma para bailar y desmelenarse.

Empujamos a tres tipos que estaban luciendo palmito.

Uno grita:

—¡Hijas de perra! Pero no importa.

Thalia y yo nos hacemos íntimas amigas. Nos comprendemos.

Las tres nos movemos y nos desgarramos la garganta con la letra de la canción.

—¡Amar sin ser amada, es una puñalada! ¡No vuelvo a equivocarme más! ¡Nunca más! —Movemos brazos, piernas, caderas, desinhibidas por completo. Lo curioso es que nos vitorean—.

¡Amar sin ser amada, y quedar abandonada! ¡No pienso someterme más a otro amor! ¡Que no pueda devolver todo lo que yo le doy, todo lo que le confié! ¡Nunca más! ¡Volveré!

Amar sin ser amada… Pienso al ritmo en que me contoneo.

Dejó mi alma quebrada, pero al fin podré aprender.

Entregué mi corazón sin condiciones y recibí una enorme desilusión.

Un tío se me pone detrás. Lleva una camiseta de rayas azules y blancas al estilo marinero, y está moreno de solárium. Me habla en griego, creo. Tiene una cara muy atractiva. Yo de griego solo sé jroña que jroña… Por eso prefiero sonreír y no abrir la boca. Me sigue el ritmo y se mueve muy bien. Cuando me coge de las caderas y pega su pelvis a mi trasero, sonrío. A este le gusto, ¿no?

Sin embargo, en un momento, nos echan del podio con unos culetazos. El griego me ha dado la espalda y me ha empujado con su trasero. ¡Oh! Le lanzo una mirada viperina. ¡Qué traidor! Él me sonríe y me lanza un beso.

Yo hago que lo cojo y lo suelto, como quien deja en libertad a una mosca.

—¡Bebamos! —grita Carla, y nos lleva a remolque hasta la barra.

Después de Thalia, una gran entendedora de corazones rotos, ponen más canciones que no recuerdo. Hasta que llega el turno de Chayanne y Yandel. Chayanne me encanta.

Te quiero como no quise antes.

Te quiero porque eres natural.

Porque no hay que tocarte con guantes…

Y es entonces cuando, por primera vez, abro bien los ojos dentro del globo que llevo y me doy cuenta de que ahí la gente baila raro. Se contonean demasiado, tanto hombres como mujeres.

Me mareo.

Alzo los brazos por encima de mi cabeza y me muevo como buenamente puedo. Creo que voy descoordinada, pero no importa.

A David le gustaba bailar salsa. De ahí no lo podías sacar, no se atrevía a bailar otra cosa, por miedo a hacer el ridículo. Yo aprendí con él y juntos éramos las estrellas de las bodas de sus amigos y de los bautizos de los hijos de estos.

Me está dando el bajón.

—… humanos a Marte… mira… pasar —tarareo. Necesito hacer algo para tragarme la congoja.

Eli y Carla bailan delante de mí e intentan que reaccione; me cogen de las manos y forman un corrillo ridículo como si sonara «el corro de la patata». Lo hacen para que no sucumba a la pena. Y de pronto las dos me abrazan y yo quedo hundida en sus cuerpos.

—¿Quién nesesita a los houmbres, cariño? —me pregunta Eli.

Yo. Yo, joder. Yo necesito a David.

—Sí, eso —dice Carla cerrando los ojos y apoyando su mejilla en mi cabeza. Entiendo que haga eso. Es como una jodida almohada—. Mi hermanita guapa… Cuánto te quiero.

—Y yo a vosotras, tías.

Eli está a punto de resbalar por el suelo, las rodillas ya no la aguantan.

Somos unas dementes.

—¿Nos podemos unir al abrazo? —nos preguntan dos chicas que salen de repente entre la multitud.

—¡Clauro que sí! —grita Carla, y abre su ala izquierda para acoger a esas dos chicas como si fueran poyuelos—. ¡Hermanación!

Cuando los hombres se emborrachan, ven a las mujeres feas muy hermosas. Eso está claro. Pero cuando las mujeres nos emborrachamos, a mí me pasa que veo a todo el mundo bueno, y creo que son mis mejores amigos.

Y así estamos las cinco. Abrazadas como un equipo de rugby, en medio de una sala a reventar de gente que se mueve como si fueran serpientes.

¿Es mi impresión o me están tocando un pecho? Frunzo el ceño. Me da gustillo, no lo voy a negar. Pero somos cinco mujeres, ¿quién cojones me está tocando las tetas? Tal vez solo ha sido mi imaginación… ¡Uy, no! ¡Me acaban de magrear el culo! Pero ¡¿qué está pasando?!

—No me toquéis, que estoy necesitada y me ponéis tonta —digo todavía con el moco colgando.

—Yo no soy —contesta mi hermana.

—Yo tampoco —dice Eli. Blanco y en botella.

—¡Eh! —Me giro y miro a mis dos nuevas mejores amigas.

Las chicas se sonríen y una de ellas, que se parece a Justin Bieber pero en mujer, alza la comisura del labio y me da un repaso que deja los magreos y las miraditas de Sancho Gracia a Yvonne Reyes en un mero juego de niños.

—¿Me acompañas al baño? —me pregunta Justina la libidinosa—. Bailas muy bien.

—Gracias —respondo.

—No, no puede. No se mueve de aquí —contestan mi hermana y mi verdadera mejor amiga, saliendo al paso, muertas de la risa.

Justina se encoge de hombros y se va con su amiga a otra parte.

—¿Qué coño ha shido eso? —pregunto, estupefacta.

—Me pariece que estamos en una fiesta de gais y lesbianas.

—Carla arquea las cejas con inocencia. Es un gesto que hace para que la disculpen.

—¿Qué diecish?

Miro a mi alrededor y entonces el mundo se abre ante mí como en otra dimensión. Y tengo una revelación. Sí, está claro. Hemos seguido a los tíos buenorros, que entran en la categoría de metrosexuales, y como bien decía mi sis, el noventa por ciento son gais. Estos lo son. Las calvas enanas y gordas son hombres hipermusculados, afeitados al cero. Las tachencas con cara de caballo son transformistas, y las que tienen el mentón más grande que Gastón de La Bella y la Bestia son recién operadas y se están hormonando.

Nosotras no les interesábamos. Pero sí a las L World, que se han reunido todas para hacer un brunch en esa discoteca.

—¿Me has traídou a una fieshta gay para animaurme? —pregunto en borracho.

—Me han perdido los músculos de Popeye de esos… —asegura Carla alzando las manos—. No lo saubía. Aquí todas soumos inocenties hasta que se demuiestre lo controurio… —Mi hermana debe de hablar un borracho rumano o algo así.

—Vale —asumo sin darle demasiada importancia—. Teingo que ir al baño.

—¡¿Con eisa?! —grita Eli al borde del shock.

—No, peirra. Tengo pis.

—Te acompañamos.

Carla me coge del brazo, pero yo necesito estar sola. Sentarme en la taza del váter y meditar todo lo que me permita mi cerebro embotado. La verdad es que quiero irme de aquí. Este no es mi sitio. Me encuentro mal y estoy fuera de lugar.

—No. —Clavo los talones e insto a mi hermana a que me obedezca—. Pide algo paura bebé. Pide agua —le ordeno con una mirada letal—. Mucha agua… Teingo que rebajar el nivel de vino y tequila en mi saingre.

Consigo zafarme de ellas y las dejo bailando como locas. Mi hermana se ha puesto una servilleta blanca de la barra entre los pechotes y le está haciendo el «¿culo o codo?» a Eli.

Olé mi Carla. Ahí, dándolo todo.

Mientras tanto, yo me abro paso entre la comunidad gay a codazos y maldigo a los hombres por ser tan increíblemente guapos y bien parecidos, y que ni uno se fije en mí.

El mundo está muy mal repartido. Un tío vestido solo con una pajarita negra y un bóxer del mismo color, parecido a Cristiano Ronaldo, pasa por mi lado con una caja apoyada en el hombro llena de vasos vacíos. Incluso el recogevasos está buenísimo.

Quiero llorar. Llorar por todo.

Llego al baño de señoras y hay una cola interminable con una gran variedad de estilo de chicas, desde las guapas tipo modelo hasta las versiones más masculinas y camioneras. Algunas me están mirando.

Salgo de ahí porque en realidad no tengo pis, solo quería desconectar y estar sola. Pero no se puede estar sola en una discoteca abarrotada de gente.

Decido vagar sin rumbo. Ya no escucho la música.

He intentado hacerme la fuerte con las chicas, pero estoy a punto de derrumbarme.

Sé que para ellas David no era suficiente para mí, y apenas comprendían nuestra historia. No entendían que pudiera mantener una relación a distancia, sin vernos, sin tocarnos… Pero podía. Porque, para mí, David era el hombre que quería en mi vida. Era el que yo había elegido. Y ni en mis peores pesadillas creí que la distancia haría que lo nuestro se enfriara de ese modo y se cortara tan repentinamente.

Aún no me he hecho a la idea. No sé cuánto tiempo tardaré en sanar mi decepción, pero espero no tardar mucho, porque necesito afrontar El diván de Becca con toda mi energía y buen hacer. Con el alma magullada, no soy capaz.

Saco el móvil y mando al mundo a paseo. Voy a llamar a mi ex.

—Venga, pelirroja. —Un tío con el pelo como un gallo quirico, todo de punta y oxigenado, me coge de la muñeca y me pone una pulsera fosforescente—. Te toca entrar en la Caja del Amor.

—¿En dónde? —digo, perdida, limpiándome las lágrimas. Suena una sirena discordante que provoca el éxtasis del público. El chico me arrastra y yo no tengo fuerzas para detenerlo.

Me lleva hasta una especie de escenario en el que hay una caja rectangular de cristal opaco.

—A la Caja del Amor Libre —me dice.

—¿La Caja del Amor Libre? —Se me pasa un poco la caraja y reacciono como puedo—. A la única caja a la que voy a ir es a mi cama. Suértame.

—No puedes, mona. —Me guiña un ojo pintado con kohl y sonríe diabólicamente—. La Caja del Amor Libre es Dios, y Él te ha elegido.

—¿Que me ha elegido? ¿Tú eires shu mensajero?

—Uy, cómo vas… Sí.

—Y un huevo.

—Prefiero dos.

Subimos al escenario y junto a mí hay nueve personas más. Cinco hombres a los que no veo demasiado bien y cuatro mujeres que parecen hombres. Adivino que la única hetero soy yo. Entre los hombres hay uno que me mira como si detectara que a mí no me va ese rollo. Y sonríe, el muy canalla. A los demás ni los veo porque nos han puesto de espaldas estratégicamente para que nadie se identifique.

—¿Dónde van los gallos y las gallinas? —Mi raptor tiene un micro en la mano y está interactuando con el público.

—¡Al granero! —contestan todos.

—Quien se quite la venda de los ojos es expulsado del local, ¿entendido?

Y así, sin más, me cubren los ojos con una cinta negra y nos meten a mí y al resto de los rehenes en esa caja extraña y tan oscura que parece la nada, al ritmo de «Viva el amor» de Paola y Chiara.

Fantástico. Estoy en un maldito cuarto oscuro. ¿Algo más?

Intento encontrar una salida dentro de ese cajón negro. Palpo los cristales buscando el picaporte. Esto no me puede estar pasando. ¿Acaso Eli y Carla no han visto que me metían aquí con un montón de gente? ¡Tienen que sacarme!

—¡Dejad que shalga! —grito.

Las chicas me quieren tocar, yo no paro de dar bofetadas a manos y dedos demasiado largos. Los hombres también, pero en cuanto ven que soy una mujer, me dejan libre. Tengo que agenciarme una esquina, hacerme un ovillo o golpear tres veces los talones de mis zapatos, como haría Dorothy con sus escarpines rojos para que la llevaran de vuelta a casa. Pero mis tacones no son mágicos ni tampoco bermellones.

—¡Un poco de orden, por favor! —grita uno de los «chico busca chico»—. Somos cinco hombres y cinco mujeres y ya he tocado ocho tetas. ¿Dónde estáis, guapos?

Yo me río de su mala suerte, y en ese momento alguien me coge del pelo y lo acaricia con pericia, como si sus dedos fueran las púas de un peine.

El gesto me pone en alerta y el vello se me eriza.

El desconocido se pega a mi espalda y hace que retroceda con lentitud hasta una de las esquinas de aquel cuadrilátero de sexo. Sus manos se afianzan en mis caderas y siento cómo presiona sus dedos en mi carne. Parece tener fuerza. Los hombres que han entrado ahí están musculados y la mayoría son altísimos.

—Uh… Soy una mujé. No te gushto.

—Y yo un hombre.

—No quieuro estar aquí. Suéltame. No me van los gaysh, ni tampoco soy lesbiana —aclaro intentando liberarme.

—Ya somos dos. No te muevas.

Su voz es tan ronca y grave que tengo la sensación de estar hablando con un guerrero como los de las películas. Me quedo sin palabras.

—¿No eires gay?

—No.

—¿Y qué haces aquí?

—¿Y qué haces tú aquí? —replica él.

—Mis amigash y yo nos hemos equivocado de discoteca. No sabíamos que había una fieshta de ambiente. ¿Tú también te has peirdido?

—Yo no. Mi mejor amigo está de despedida de soltero. Y no he podido negarme a celebrarlo con él y sus amigos. Estaría mal.

¿Es alto? Por curiosidad, apoyo la cabeza hacia atrás, a ver si encuentro nariz, mentón o pecho. Y encuentro un pecho ancho. Sus manos me acercan más a él de tal modo que estamos totalmente acoplados. Desprende calor y huele a hierbabuena. Me encantan los perfumes de hombre mentolados y limpios.

—No te separes. Estos tienen un radar para los rabos y cuelan la mano por donde sea.

Sonrío.

—Yo estoy expueishta. —Me cubro los pechos con los brazos, abrazándome como si tuviera frío.

—Qué discotecas más liberales tenéis en Barcelona —murmura casi en mi oído. Me da la vuelta y hace que mis senos se aplasten contra su abdomen, y que me clave lo que sea que tiene entre las piernas en mi ombligo—. Si te doy la vuelta es para que solo puedan alcanzarte el culo —aclara.

—Qué caballeeero —digo, sarcástica—. Todo un detalle.

—Gracias.

—¿No ereish de aquí?

—No. ¿Tú eres catalana?

—Sí. Nací en Barcelona. Pero no vivo aquí. Ahora eshtoy trabajando en Maidrid y he venido a pasar un par de semanas con mi madre.

—Ajá.

Espero que él me explique de dónde es y en qué trabaja, pero no está mucho por la labor. Es preguntón, pero no habla de sí mismo.

—¿Cuánto dura eishto? —pregunto para cambiar de tema.

—Cuando acabe la canción nos podremos ir. Nos sacarán por la puerta de atrás y no sabremos con quién hemos estado. La Caja del Amor no permite que nos veamos las caras. Me lo ha explicado mi amigo.

Él habla sobre mi sien, dirigiendo su voz a mi oído. El desgarro de su voz hace que vibre mi sangre y despierta mis sentidos adormecidos. Nunca sabré con quién he estado. Nunca le veré el rostro a mi salvador en la Caja del Amor.

Eso hace que provoque más mi curiosidad.

—¿Cómo te llamas?

—Rebiecca. Pero me llaman Becca. ¿Y tú?

—Yo me llamo Gael.

Gael. Su nombre me gusta. Es bonito y a la vez masculino.

—Un placer, misteriosa Becca.

—Igualmente.

Nos quedamos en silencio el tiempo suficiente para que sea plenamente consciente de que, por primera vez, después de cinco años, estoy en brazos de otro hombre. Un perfecto desconocido. La realidad se abre ante mí de nuevo, como el telón que da paso a una obra de teatro. La letra de la música traspasa mi piel y me doy cuenta de que me gustaría bailar agarrada a ese misterioso galán. «Ven, acércate aquí conmigo. Jugaremos juntos el destino… Tócame y quiéreme. Y defiende nuestra realidad. ¡Viva el amor! Per sempre la nostra speranza. ¡Viva el amor! Non voglio piu questa tristezza.»

—¿Tu novio no se enfadará si sabe que has estado en un cuarto oscuro?

Pongo los ojos en blanco y me apoyo más en su pecho, cómoda y extrañamente relajada. Debe de ser la bebida.

—Si le impoirta o no, da igual. Me ha abandonado. Vive en Estados Unidos y me ha dejado por FaceTime. ¿No te parece in… increíble?

—Menuda rata. ¿Hace mucho?

—No hace ni una semana.

Un hombre con voz rasgada. Ancho y duro como el granito. Alto y que usa perfume con toques de hierbabuena. Recuérdalo, Becca.

—Vaya. Lo siento.

—Sí. Y yo. Su eteirnidad y sus promesas duraron sholo cinco años.

—Quéjate a Cupido, lo hace mucha gente.

—¿Cómo?

—A Cupido. Tal vez confundiera tu media naranja con medio limón.

—No sé…

Cierro y abro los dedos de las manos, apoyadas en su pecho. Quisiera poder tocarlo. Quisiera al menos poder recordar, con los lectores de mis yemas, cómo es ese salvador que me ha protegido del acoso del cuarto oscuro, y que ni siquiera da un paso para aprovecharse de mí. Eso lo hace más mágico y especial, porque aunque no se va a propasar, siento su erección contra mi estómago. Está muy empalmado y no se me echa encima. Tiene mucho autocontrol.

—¿Eires metrosexual?

—¿Cómo?

—Permítieme un momeinto.

Sin pedirle permiso y en uno de mis arranques inexplicables y demasiado impulsivos, alzo mis manos y tomo su rostro. Tiene las facciones varoniles y una estructura ósea firme. Tiene el pelo largo y liso, y parece que lo lleva recogido en una coleta. Paso los pulgares por sus cejas, bien alineadas y espesas. La izquierda tiene un surco profundo que la cruza horizontalmente. Es una cicatriz.

—¿Qué estás haciendo?

No puedo evitar fijarme en que su voz muestra pequeños dejes de inseguridad, como si le pusiera nervioso que le toque.

—¿Qué te pasó?

—¿Cuándo?

—En la ceja. La tienes partida.

Parecía tener los puntos todavía. No hacía mucho de su accidente, fuera cual fuese.

—Nada. Un resbalón. No. No fue un resbalón.

Cuando una persona se siente nerviosa o amenazada, su voz experimenta una serie de cambios, las cuerdas vocales se tensan y alteran el tono de voz debido a la rigidez. Así me doy cuenta de que estoy invadiendo su intimidad y de que él no quiere hablar de eso, por eso me miente.

Lo dejo pasar y sigo con mi pequeña inspección. Paso los dedos por sus ojos, cubiertos por la venda. Parecen grandes, con pestañas largas y tupidas como las de una mujer.

—¿Shegüiro que eres un hombre?

—¿Tú qué crees, catalana?

—Ya no sé qué creer. Aquí hay de todo.

—Sí. Soy un hombre.

—Bien. —Sus pómulos son altos, su nariz recta y no demasiado grande. Las mejillas pinchan, señal de la barba de varios días que lleva y que no se ha afeitado. Efectivamente, es un hombre—. Y no ereish metrosexual.

—No sé qué es eso. Lo que sí sé es que te tomas demasiadas libertades.

—Solo quieuro ver cómo ereish.

—Ya es suficiente.

Me agarra de las muñecas, no demasiado fuerte, pero con decisión.

—Perdón. No te gusta que te tioquen, ¿veeerrrdad?

Él calla, y yo me quiero dar de cabezazos por ser tan entrometida y no poder dejar mi psicología a un lado. Está claro que no le gusta que le toquen. Es esquivo y serio. Me empieza a doler la cabeza y el estómago se me remueve.

—Oh, Diosh. —Apoyo la cabeza en su pecho y cierro los ojos—. Ay, Señor… Señor… No te muevas.

—No lo hago. Te encuentras mal. —Me pone la mano en la nuca. Ese tipo tiene tacto, aunque sea cortante y parco en palabras—. Hoy te has pasado de la raya bebiendo, ¿eh, rizos?

—No me lo recuerdes… —Se ha dado cuenta de cómo es mi melena.

—¿Vas a vomitar? No lo hagas.

—¿Pour qué? ¿Me vas a besar?

—No. Pero es la única camiseta que me he traído para esta noche. No quiero volver como un apestado.

—Uf, no te prometo nada. —Hago soberanos esfuerzos por tragarme el infierno que sube por mi esófago—. Oye, la canción ya va a acabar…

—Sí, y cuando acabe, nos iremos cada uno por nuestro lado. Nos sacarán por separado para que no veamos quiénes han compartido el cuarto con nosotros.

Y este momento se perderá en el tiempo, como si nunca hubiese existido. Una pena. Porque no me ha dado pie a nada. Le iba a pedir que se esperara a que diera con Eli y Carla, pero va a ser que no. Que el tipo solo me utiliza de escudo antitocamientos y que no quiere saber nada más de mí. Admito que no me hace ni puta gracia, y no entiendo de dónde sale este carácter, porque lo cierto es que estoy en fase de superación de mi corazón roto, enamorada de mi ex, y no sé qué quiero de alguien como Gael. Pero es así. Que él me quiera despachar así de deprisa, me toca un poco las bowlings.

¿Alguna vez habéis querido besar a un desconocido borde y alto, con los ojos cubiertos por una venda? Yo sí. Ahora mismo.

¿Y por qué? ¡¿A quién le importa?! ¡Estoy borracha!

¿Y si me lanzo? ¡Que yo me lanzo, eh! ¿Y si le cojo la cara y le planto un beso en todos los morros y le digo cosas guarras? Sí, no voy a engañar a nadie. Soy incapaz de hacerlo. No soy nada echada para adelante, Carla se llevó todo el código genético golfil, y yo, en cambio, me quedé con el código genético inseguro respecto a los hombres. Porque, a ver, si yo me lanzo y no encuentro su boca, y no porque esté a oscuras sino porque él me hace la cobra, ¿qué? Tú te ríes y yo me muero de la vergüenza. Tierra trágame. Aunque en mi estado de supina embriaguez, ¿acaso me importará?

A la mierda. Lo voy a intentar.

Sin embargo, debo de ser la mujer más inoportuna del planeta, porque cuando voy a hacerlo, él me vuelve a coger de las muñecas para detenerme.

—He dicho que no hagas eso —me recuerda con un tono de voz duro.

Y entonces suena la sirena. La canción ha acabado, y el tiempo en el cuarto oscuro también.

Nos van sacando como si aullara una alarma de incendio, a toda leche. Arrancan a Gael de mis brazos y yo me sostengo en el cristal opaco, caliente aún por el contacto de su espalda. Me siento como si estuviera en un campo de concentración, esperando a recibir un manguerazo de agua, o mi momento para ser ejecutada. Extrañamente sola. Sin él.

Llega mi turno.

—¿Qué tal ha ido, pelirroja? —me pregunta mi secuestrador.

—Mal. Muy mal.

—Venga, guapa. Ya estás fuera. Libre como una polluela.

Me quita la venda de los ojos y a mí todo me parece igual de oscuro. El gallo quirico me dice no sé qué de buscar en la web las imágenes del cuarto oscuro no sé cuándo… Yo le ignoro. Hasta que entre la multitud localizo a Carla y Eli, que están buscándome como desesperadas. Corremos las tres al encuentro. Yo creo que corro, pero no es así, es que todo se mueve a mi alrededor muy deprisa. Ellas vienen hacia mí preocupadas, pero me importa un carajo cómo estén, porque me encuentro verdaderamente mal.

—¿Becca? ¡¿Te han hecho algo?! ¡¿Lo has hecho tú?! —Eli me sostiene para que no me caiga.

—No… Apartaos.

Y entonces lo echo todo, hasta lo que comí en mi comunión. Y no me detuve.

No me detuve ni siquiera cuando llegué a casa y mi hermana me dejó en la cama, con un cubo azul de plástico al lado.

No hizo falta que me dijera nada más. Lo íbamos a compartir como un par de gorrinas.

5

@elumbraldePaco #alapsicologadeGHselevalaolla #eldivandeBecca Ya vemos los anuncios del programa hecho a medida para la voz en off más famosa de la televisión. Por fin veremos a la psicóloga del pueblo.

¿Orco o elfa? #seabrelaporra

Hay muchos modos de sobrevivir a una resaca.

La mía ha sido un auténtico despropósito, hasta el punto de creer que tenía hepatitis Z, o la que sea que es la peor de todas las que hay.

Hoy domingo, después de veinticuatro horas y varios gelocatiles, ya puedo hablar como una persona normal, no solo con:

«Ajá… Mmm… No. Déjame». Ese es el vocabulario posborrachera más usado por todos. Sin olvidarnos de «¡Apaga la luz, me cago en Dios!».

Por supuesto, estuve todo el sábado en la cama, incapaz de hacer otra cosa que no fuera estar tirada en el sofá con mi madre, mi hermana y mi sobrino, viendo las tres partes de Transformers. Obviamente, no pude ver ni la primera.

He pasado por todas las fases resacosas, y después de ducharme por la mañana y desayunar churros con chocolate que ha traído mi adorable madre, ya me siento en disposición de analizar lo que pasó la noche de la borrachera.

Estoy ligeramente confundida y tengo lagunas. No sé qué pasó en el cuarto oscuro. ¿Hubo realmente un cuarto oscuro? Solo recuerdo a un tío que cuidaba de mí y que tenía el pelo largo y una cicatriz en la ceja… Aunque pude haberlo soñado.

—No lo soñaste. Hubo un cuarto oscuro —me repite mi hermana, que lleva esas zapatillas de castor que hacen que me cuestione si realmente alguna vez ha sido una niña inocente y no la golfa que hoy es.

Solo sé que un hombre me ocultó de las manos de los demás, y que olía muy bien.

¿Cómo se llamaba? ¿Gargamel? ¿Gabriel? Eso me frustra. Me da rabia no acordarme de él. No voy a beber nunca más. Seguro que habré quemado más neuronas de lo que está legalmente permitido.

Y no me lo puedo permitir.

—Ni Eli ni yo vimos cómo te subían al cuarto oscuro. Ni tampoco cómo te secuestraban —se defiende Carla, que está mojando un churro en el chocolate. Eso es lo que a ella le va. Mojar churros—. No vimos nada, hasta que saliste en la pantalla de plasma.

—¿Qué? —Levanto la mirada de mi taza—. ¿De qué pantalla hablas?

—Sí, mujer. Había una pantalla enorme en la pared. Ahí salía la imagen de la gente que estaba en el cuarto oscuro. Solo lo ponían unos segundos al entrar y después unos segundos al salir.

—¿Qué es un cuarto oscuro, mamá? —pregunta mi avispado sobrino.

—Un cuarto sin luz, cielo —responde Carla para salir del paso.

—¿Me lo dices en serio? —¿Había cámaras grabando?—.

¿Eso está permitido?

—Solo vimos el final. Eli y yo alzamos la vista y te vimos allí, con las manos pegadas al cristal y una venda en los ojos, como si rezaras a todas las divinidades a la vez. —Sonríe y niega con la cabeza—. Era como ver las secuencias nocturnas de las habitaciones de Gran Hermano, cuando hacen enredoning.

—Edredoning.

—Eso. Estabas muy graciosa.

—¿Y no viste al tipo que estaba conmigo?

—No. ¿Al misterioso hetero?

—A ese. —Eso también lo recuerdo. Era hetero.

—Ya te digo que llegamos justo a tiempo de localizarte antes de que empezaras a salpicar a todo ser vivo como la niña del Exorcista. —Inclina la cabeza a un lado y sus ojos verdes se tornan lascivos—. Pero ojalá lo hubiera visto, porque parece que es un buen remedio para que olvides a David. Ya sabes lo de que un clavo…

—Ya sé. —Miro de reojo a mi sobri, inmerso en su mundo Pokémon.

—La tita evolucionó a Hack —suelta el niño—. El pokémon que vomita líquido verde.

Yo lo di por bueno. Aunque en realidad vomité rojo, por la sangría y el vino…

La amnesia es buena para eso. Es buena para olvidar y para no caer en el error de sentir vergüenza de ti misma. No hay recuerdos; no hay vergüenza.

Tengo la noche casi en blanco desde nuestra entrada en la discoteca hasta que llegué a casa. Solo conservo en mi disco duro retazos de una voz grave, y del tacto de una barba de pocos días. Nada más.

—No voy a olvidar a David —anuncio—. No sé hacerlo. No quiero hacerlo. He llegado a la conclusión de que volverá. Algún día me llamará o me escribirá…

—Si hace eso, le corto las pelotas. Si David quiere volver contigo y quiere pedirte perdón, lo más normal y educado es que se rasque el bolsillo y coja un avión cagando leches hasta donde sea que tú te encuentres para arrastrarse de rodillas. ¿Me has oído? —Y me señala con el dedo índice—. No aceptes menos. Un poco de dignidad no te vendría mal…

—Solo digo que no voy a olvidar a una persona que ha compartido mi vida durante cinco maravillosos años. No puedo olvidar cuando todavía quiero. Es emocionalmente imposible.

—Aprenderás o, de lo contrario, no podrás avanzar —me asegura Carla mientras se levanta de la mesa para aclarar la taza de chocolate en el fregadero y dejar su plato del desayuno—. Ahora, quiero que muevas el culo y te levantes de tu miseria personal.

Odio cuando se pone en plan terapeuta. Es buena, la condenada.

—¿Por qué?

—Me tomo libre esta semana para estar contigo. Eli ha pedido unos días también. —Se limpia las manos con el trapo de cocina de cuadros rojos y blancos que cuelga de la puerta del horno, y apoya su culazo sexy en el mármol de la cocina—. Vamos a aprovechar estos días que te quedan en Barcelona para ayudarte a cargar pilas y hacer que dejes de pensar en tu ex. —Me mira de arriba abajo, y yo oculto debajo de la silla mis zapatillas lilas de pelo de oso mojado—. Vas a ser la estrella de un programa de televisión; hay que hablar de estilismo, practicar sonrisas, miradas, frases hechas… Todas esas cosas tan superficiales que a ti tanto te aburren y a mí tanto me encantan.

A veces, mientras doy gracias a la vida por tener la familia que tengo, me pregunto por qué mi hermana, en vez de Derecho, no estudió Marketing y Publicidad.

Sé que sacaría oro de debajo de las piedras.

Me encanta ir de compras, pero me gusta mucho más comprar para los demás.

Y esta semana de desfase y descontrol, es justo lo que he hecho.

Mi hermana sabe perfectamente que saqué una pasta por el Mini antiguo, y ha decidido hacerme ojitos en todas partes: en la Illa Diagonal, en el centro comercial de Pedralbes, en Passeig de Gràcia, en las Ramblas, en la Maquinista… En todos los lados. Y, claro, en todos le ha caído algo, porque soy débil y la quiero, y si me llora, pues la malcrío, como si fuera su madre. Eli es una compradora compulsiva. No hay nadie que compre más que ella, y es una picona. ¿Que tú te compras un par de zapatos monísimos? Ella se compra dos. Uno de esos días, decidimos no comprar nada porque siempre acabábamos llevando las bolsas de Eli a lo Julia Roberts (cuando se reforma y deja de ser una pilingui) por Rodeo Drive.

Y eso cansa.

En fin, vernos por Barcelona en plena acción es un espectáculo.

Después de las sesiones consumistas, nos parábamos para tomar un green smoothie. A mí no me preguntéis, porque no sé nada ni de moda ni de tendencias, eso lo sabe solo mi Pau y mis amigas, pero, por lo visto, ahora todas las que quieren tener el look fashion a lo Sexo en Nueva York se toman un batido verde que parece potado de clorofila. Ya no llevan cafés Starbucks; ahora llevan sopas frías de verdura en la mano.

¿Qué es el green smoothie? Pues es un batido verde lleno de vitaminas y muy rico que dicen que ayuda a la regeneración celular y es superantioxidante. Lo han puesto de moda las actrices de Hollywood, cómo no. Las mismas que prefieren el bisturí al lápiz, que por las noches se pegan una juerga de padre y muy señor mío, que beben más que los famosos peces del villancico y que esnifan todo tipo de polvo, incluso el de las hadas. Eso sí, a la mañana siguiente se beben el zumo de moco, y oiga, aquí no ha pasado nada.

Dice Eli que es fácil de hacer: un pepino, una pera, un limón, unas cuantas hojas de hierbabuena y un tercio de las espinacas que te vienen en un paquete de la nevera de cualquier supermercado. Lo metes todo en la batidora, le añades un cazo de agua, y ¡ale! Todo para dentro y, al parecer, te conviertes en un ser luminoso, sano y casi inmortal.

Yo digo que no es solo fácil de hacer, sino que te sale mucho más barato que comprártelo en cualquier otro sitio. Tal vez me anime y los haga. O tal vez… Tal vez decida seguir con mis frapuccinos de vainilla o de mango. Que sí, que también son muy caros. Pero es que… están tan ricos.

Un día fuimos al cine las tres juntas.

No nos preguntéis por qué, pero al final nos decidimos por Los Mercenarios 3; no quería ver ninguna peli pastelosa ni lacrimógena.

Y nos moríamos de la risa. No por la trama de la película y sus toques de humor, sino porque nos dimos cuenta de que los hombres tampoco saben envejecer.

Ocultas tras una montaña de palomitas de medio kilo y unos maltesers, no prestamos demasiada atención al argumento, pero sí a la boca cada vez más torcida de Silvester, que a la que se descuide, el labio le roza la rodilla.

A Silvester le acompaña todo un equipo de octogenarios (la mayoría) con miedo a las canas y a las arrugas, y ganas de lanzar petardos y dar hostias. Y todos están operados. El cirujano de Mel Gibson ha sido el Joker, me juego lo que queráis. Aparece Antonio Banderas por ahí, que parece un niño somalí entre tanto hombre hormonado, pero que es el mejor actor de todos y hace locuazmente su papel de asesino.

Y es la primera película de acción en la que Jet Li, un maestro de las artes marciales, se limita a estar sentado en una silla disparando con una metralleta. Que Jet Li haga eso… No se lo perdonaré jamás.

Lo mejor de la película: Dolph Lundgren. Sigue siendo atractivo. Muy mal actor, pero aún se conserva bien.

Otro día hicimos una pijamada en casa. Y alquilamos otra película que se titulaba Magic Mike. Allí estábamos todas, incluida mi madre, que le gusta más un critiqueo filmográfico que un lápiz a un tonto. Claro que yo tengo que decir que se suponía que íbamos a disfrutar de una buena película, no solo de esos cuerpos de hombres haciendo desnudos semiintegrales. Sin embargo descubrimos una peli sin ritmo, con diálogos escalofriantemente malos, en la que se permitieron incluir al hermano feo de los Calatrava como stripboy.

Aún recuerdo la cara de mi madre, cuando lo ve aparecer tan grande y fuerte, con el pelo largo y greñoso, con los conocimientos justos de baile moderno del pastor del pueblo.

—¡Anda! —exclamó—. ¿Y el trol también baila? —resopló mientras bebía del gintonic que nos habíamos preparado—. Yo voy a un local de striptease masculino y se me aparece eso, y busco cruces y agua bendita por donde sea.

Y tenía razón, la mujer. ¿Quién se iba a creer que contrataban a un hombre así para un show de chicas?

Por lo demás, Channing Tatum baila de maravilla. Y Matt Bomer tiene unos planos que parece una princesita, pero no por eso me deja de gustar.

Después de la película, divagamos sobre las cosas importantes de la vida (chicos) mientras nos hacíamos la manicura y la pedicura, a las dos de la madrugada.

No recuerdo cuándo nos dormimos, pero dejamos la tele encendida, y fue mi pequeño superhéroe, Iván, quien tuvo que levantarse de su camita para apagarla.

Estos días con ellas me están sentando de maravilla.

Cada vez pienso menos en David, pero sueño todos los días con él. Sé que es muy normal, porque aunque pretenda estar fuerte, mi cabeza no puede borrar su recuerdo, y sigo soñando con él como si estuviéramos todavía juntos. Es doloroso despertarse y darse cuenta de que lo que un día fue, hoy ya no es. Algunas veces sueño que él se pone a llorar y me pide que volvamos, y yo lloro con él y nos abrazamos. Pero cuando amanezco, el sueño es efímero y lacerante como un cuchillo, porque sé que ya no estamos juntos.

Sufro por él cinco minutos cada mañana. Me pregunto cómo está, si me echa de menos, si piensa en llamarme, si se acuerda de las promesas que ha dejado por el camino, de cuando hacíamos el amor y de toda nuestra complicidad… Son cinco minutos eternos en los que lo paso realmente mal. Pero luego tengo que reaccionar. Me pellizco las mejillas con fuerza y salto de la cama, esperando que cada día lo eche en falta menos que el anterior.

Me he parado a pensar en la opinión que tienen Carla y Eli de mi historia con David. Tal vez tengan razón. Puede que me haya relajado con él y que en el último año haya aceptado una relación así porque es cómoda. Y eso ¿en qué lugar me deja?

Meditaré sobre ello más adelante. Ahora no. Todo es muy reciente. Por otra parte, Carla y Eli han criticado mi relación con mi ex, y en cambio ellas no son ningún ejemplo de estabilidad ni coherencia.

Mi hermana se casó con un mongo que prefería toquetear los botones del mando de la Play que los botones de mi hermana. Y no tiene novio conocido, pero sí romances a mansalva. Carla es como una mantis: cuando ya tiene al hombre enamorado y extasiado después de la cópula, le arranca la cabeza.

Y Eli no está centrada y no sabe lo que quiere. Un mes dice que le gusta uno, y al mes siguiente le gusta otro. Hace con los chicos igual que con los accesorios: busca, compara y si encuentra algo mejor, compra. Pero lo hace siempre. No tiene freno. Así que, cada poco compra a alguien nuevo.

Conclusión: que ellas critiquen a David y a nuestra relación me calma. Al fin y al cabo, ninguna se libra de su propio historial.

Y llegó el día.

Dos semanas después, me encuentro en Barcelona Sants, en el Ave dirección Madrid, para empezar con mi nueva aventura profesional. El diván de Becca me espera. Como siempre, en el andén me despido de mi madre entre lágrimas. Me dice que me quiere y yo le digo que también.

—Sé fuerte —me susurra al oído—. Si necesitas hablar porque te entra la ansiedad o la melancolía, llámame. Pero no le llames a él.

—Sí, mamá.

No la puedo soltar. Sus abrazos me llenan de una energía que no puedo explicar.

Miro hacia abajo porque Iván no deja de tirarme del pantalón. Mi sobrino me da un pokémon, y teniendo en cuenta lo importantes que son para él, es todo un detalle y una prueba de amor.

—Es la Amor Ball, la pelota del amor —me dice mi morenísimo sobrino—. Sirve para capturar pokémons hombres. Se la puedes dar a David cuando lo veas. Solo tengo una —me asegura con los ojitos negros más bondadosos que haya visto en mi vida.

Le acaricio el pelo y le doy un abrazo, intentando no comérmelo. Es tan amoroso… Tan especial.

Me guardo la pelota del amor en el bolsillo de los tejanos. Es como una canica gigante. Blanca y rosa, y tiene un corazón en medio. He decidido que se va a convertir en mi tesoro más preciado.

—Te quiero, enano.

—Y yo a ti, tita.

Después, en cuanto me levanto, Carla y Eli me hunden entre sus brazos.

—Escúchame bien, hermanita —me dice Carla—. Vas a ser famosa. Yo voy a ser famosa también. Deja el podio Ferrer bien alto.

Me echo a reír. Carla sería una celebrity única y excepcional. Podría dar mucho juego. Pero sé que lo último que desea ella es ser el centro de atención de nadie, aunque su fuerza y su energía provoquen que se formen corrillos a su alrededor solo para contemplarla.

—Lo haré —contesto.

—Becca —me dice Eli—. Eres la mejor y no hay nadie como tú. No olvides eso jamás.

Yo niego con la cabeza, emocionada por ser tan afortunada de tener a personas que me quieran y me valoren tanto.

Subo al Ave rápidamente para que no me vean llorar. Cojo mi maleta de mano LV y mi cartera a conjunto, y me coloco las gafas de sol. En realidad, no me gusta que nadie me vea llorar, sea conocido o desconocido.

Regreso a Madrid para afrontar mi nueva etapa, soltera, sin compromiso y preparada para demostrar todo mi potencial y los métodos que tengo para ayudar a la gente.

Aunque a mi corazón roto nadie lo haya podido ayudar de verdad. Solo el tiempo.

Pulsuz fraqment bitdi.

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25 aprel 2025
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9788417932299
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