Kitabı oxu: «La decisión de Becca»

Şrift:

Primera edición: septiembre, 2015

Corrección morfosintáctica y estilística:

Editorial Vanir

Del diseño de la cubierta: ©Editorial Vanir, 2021

Del texto: Lena Valenti, 2021

www.editorialvanir.com

De esta edición: Editorial Vanir, 2021

Editorial Vanir

www.editorialvanir.com

valenbailon@editorialvanir.com

Barcelona

ISBN: 978-84-17932-33-6

Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.

La tercera dedicatoria va para Emi Lope, mi editora, que ha llenado de energía positiva este proyecto.

¡Gracias por tu ilusión y tus ganas!

Y por último, toda esta historia de Becca al completo,

te la dedico a ti. Tú. Sí, tú, que has comprado este libro en digital o en papel. Gracias por confiar en mi trabajo y apoyarme.

La literatura necesita muchos lectores como tú.

¡Un besazo y sed felices!

Índice

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@eldivandeBecca #Beccarias Sé lo que siente Genio. Yo fui a un concurso de feos y me dijeron que no aceptaban profesionales @loquehayqueoir

¿Alguna vez os habéis tragado un trozo de hielo?

No me refiero a un cacho machacado previamente con vuestros dientes, sino ¿una porción del tamaño de una nuez que se haya deslizado de golpe a través de vuestro esófago? La sensación que recorre mi cuerpo ahora es parecida a la experiencia de engullir medio Polo Norte. Tengo frío, estoy destemplada, extrañamente dolorida en el centro del pecho, y un nudo de nervios replegados en la boca de mi estómago no permite que coma nada desde que he llegado a Tenerife.

El vuelo en el avión ha sido como una pesadilla borrosa de la que quería despertarme, sin éxito. Por un momento, unas felices horas de dicha mundana y corriente, creí que mi acosador me había dejado en paz; con la fulminante aparición de Rodrigo pensé que ya habían desenmascarado a mi perseguidor, y que por fin lo iban a meter en la cárcel. Mi paz mental se reinstauraría, me centraría exclusivamente en El diván y en mi carrera profesional, y comprendería poco a poco los mecanismos que han hecho que yo, la más controladora en temas de amor, haya perdido las riendas, la cabeza y parte del corazón por un hombre como Axel.

Sin embargo, mis objetivos han sido violentamente modificados. Otra vez.

Vendetta está vivito y coleando, y lo de Rodrigo ha sido un episodio psicópata y vengativo de un hombre despechado que no ha podido con la vergüenza de ser humillado en un programa de televisión, y ha focalizado toda su ira en mí, sin comprender que lo que le sucede es la consecuencia de sus actos.

Sigo sin conocer a mi acosador. Él sigue libre. Y yo estoy sola, en las Islas que colindan con África, y sin mi guardaespaldas personal.

Sin Axel.

La desazón que me recorre se refleja en la expresión de mi cara.

A Axel se le acaba de morir el padre, y no me ha dicho nada. No me ha llamado para explicármelo y decirme: «Oye, mira, no subo al avión porque mi padre acaba de fallecer. Ya, si eso, ve tirando tú, que luego te alcanzo», por ejemplo. En lugar de eso, ha mantenido el silencio, y me ha dejado en compañía de Roberto, un guaperas podrido de pasta y adicto al sexo en grupo, un tipo al que odia y que sabe que no tendrá reparos en seguir lanzándome puyas sexuales.

Pero ¿cómo puedo culpar a Axel de no pensar en mí? No debo ser tan egoísta, me avergüenza pensar de esta manera. Y por otro lado, nada me enfurece y me decepciona más que…, que una noticia como esta no la haya querido compartir conmigo. ¡Su padre ha muerto, por Dios! ¡Habría pedido que me bajaran del avión! Lo habría hecho por él, sin importarme si al día siguiente los de la MTV se sentían decepcionados conmigo al ver que no había nada preparado y que no estaba lista para grabar.

No lo comprendo. Sé que Axel es introvertido, más hermético que las bolsas zip de los congelados. Pero no puedo equivocarme cuando digo que creo que hay algo muy especial entre nosotros. Él mismo lo ha confirmado. Pero ¿cómo voy a creerle cuando se comporta así?

Lo conozco desde… Bueno, lo conozco desde la Caja del Amor, e incluso allí, sin saber que era él, ya saltaron chispas entre nosotros. Pero el tiempo nos ha ido pelando como a un plátano hasta descubrir nuestro tierno interior, y debo de tener algo muy atrofiado para equivocarme con él y con mis sentimientos.

Y por todas esas cosas apasionadas que me dice, él tiene que sentir lo mismo. Es imposible que no sienta nada por mí.

Hace no mucho tiempo, cuando tenía una pareja estable y mi vida era un poco más aburrida y monótona que la que tengo ahora, siempre pensé que el amor debía trabajarse día a día, y que los flechazos instantáneos, esos que te anudan a una persona de por vida, existían solo en mentes demasiado románticas, soñadoras y pasionales como las de Carla y Eli.

¿Y quién iba a creer en eso, cuando nuestro día a día y la mayoría de las parejas que nos rodean no reflejan ni una sombra de felicidad o bienestar en sus caras? Sin ir más lejos, solo en la calle donde vive mi madre, ha habido cuatro divorcios. Cuatro. Todos conocidos de mi madre. Si a eso le añadimos que el panadero de enfrente le hace el salto a su mujer con la que le compra las barras de pan italiano, y que el dueño del café de la esquina, que tiene sesenta años —no el café, sino él—, tiene a una nena de veinte como pareja, ¿en qué tipo de amor verdadero hay que creer? ¿De qué amor me hablaban Eli y Carla? ¿De qué amor me hablaban las películas y las novelas románticas? ¿De uno que no existe?

Mis Supremas siempre me han hablado de la necesidad de vivir una historia de amor desgarradora y lacerante, que tan buen punto te tiene riendo y dibujando corazones en cristales empañados, como te tiene llorando y desquiciada en fase Alguien voló sobre el nido del cuco. Yo era de las que pensaban que no hacía falta llegar a esos extremos de descontrol y vulnerabilidad. Y sé el porqué de cerrarme en banda a esa experiencia. Porque no me gusta sufrir y llorar. Supongo que a nadie le agrada. Pero yo decidí no pasar por eso más de la cuenta.

Y ahora, cuando cuento con más de cinco lustros sobre mis hombros, me psicoanalizo con frialdad y me doy cuenta de que me fui por la vertiente más segura, y elegí el camino fácil, el de David. Un hombre que siempre me trataría bien, y con el que me llevaría de maravilla toda mi vida; es decir, un gran compañero con el que caminar al lado.

Pero ese amor no era amor. Era un dulce de sacarina. Me iba bien, me mantenía en mi línea, no había bajones ni picos.

No como con Axel. Que es un postre de azúcar moreno, hipercalórico, que dispara mis triglicéridos y mi colesterol para que me obstruya las arterias. Y es verdad, es que es así, es un amor que hace daño al corazón. Lo expande y lo encoge a cada latido, y me deja sin argumentos y sin palabras. En mis días más tormentosos me llena de impotencia y frustración, pero en los momentos en los que él cede y me enseña esas partes ocultas que no muestra a nadie más, me convierto en un ser henchido de felicidad, y a veces, rebosante de luz, como si yo fuera un interruptor y él, el dedo que me enciende.

Ya no me cuesta admitirlo. Estoy enamorada de Axel.

Y me gustaría apostar por él, aunque pierda por el camino. Necesito que él confíe en mí y aprenda a contar conmigo. Tengo paciencia, sé tratar con personas así… Bueno, no exactamente como Axel, pero sé que si yo a él le gusto la mitad de lo que me gusta él a mí, si empieza a tener los mismos sentimientos locos y maravillosamente incongruentes que yo tengo hacia él, habrá un momento en el que yo sea su primera opción. No tendrá que esconderse, no tendrá que huir. Solo me buscará y yo seré su ancla para que se desahogue. Y deseo eso, o de lo contrario, no será fácil para mí continuar con él. Necesito confianza plena. Y Axel tiene problemas con eso.

Pero tengo aguante. Soy más pesada que un teleoperador llamando a la hora de la siesta. No me voy a rendir.

El diván ha hecho terapia conmigo para descubrirme a mí misma como una auténtica inconsciente en lo que a Axel se refiere. Y me vale. No voy a buscar más razones ni explicaciones a este despertar al amor que estoy viviendo con él.

Es así. Y ya está. Que se atenga a las consecuencias; si no, que nunca me hubiera arrinconado en la Caja del Amor. Que nunca se hubiera agarrado a mi pelo. Mi pelo es un problema enorme y rojo, y lo ha sido toda la vida.

Todo esto es culpa suya.

Por eso, cuanto más reconozco lo loca que estoy por él, más me entristece que siga manteniendo su corazón, sus miedos y sus sentimientos a buen recaudo, celosamente encerrados bajo llave.

Se me empañan los ojos, y me los froto con el antebrazo.

Hace un calor de mil demonios. Estamos en Tenerife, en el taxi que nos va a dejar en la casa que hemos alquilado. Hemos decidido que no iremos de hoteles, porque la caravana es difícil de aparcar y llamamos mucho la atención, y con mis antecedentes de persecuciones y demás, cuanto menos nos dejemos ver, mejor.

Voy en manga larga, con tejanos, deportivas y una camiseta de algodón de color negro, como una nórdica albina, porque no me ha dado tiempo de coger la maleta de verano que tengo en la caravana. Así que, con mi pelo rojo y mis mejillas a conjunto, parezco un desorientado Minimoy recién salido de una sauna. Roberto va a mi lado, mirando el paisaje a través de la ventanilla. Lleva una camiseta negra de manga corta y unos tejanos oscuros. Calza unas Converse blancas.

No le veo los ojos, porque los tiene cubiertos con unas Gucci que le ocultan las cejas y parte de los pómulos. Antes he intentado gastarle una broma cuando le he dicho si iba a bucear con ellas. Ha tenido la gentileza de sonreír, pero no me ha contestado; supongo que se ha dado cuenta de que no tengo demasiada gracia y que estoy mal, realmente mal.

Me ha sorprendido que no haya querido meterse conmigo, después del chantaje al que le he sometido para que acceda a hacer la terapia.

Roberto es de esos hombres que detestan perder el poder. Y lo cierto es que, después de amenazarle con la publicación de sus vídeos y sus grabaciones de voz como material audiovisual de uno de los próximos programas de El diván, no ha tenido más remedio que aceptar mi soborno de continuar con la terapia de choque, o su reputación y su índice de popularidad dentro de la noche madrileña caerían en picado.

Y no le interesa, obvio.

Cuando una ha pasado por una experiencia traumática como yo, y vuelve al lugar de los hechos, las alarmas de nuestra mente se disparan. Los índices de adrenalina suben y es muy probable que me dé un ataque de pánico.

Pero nada de eso sucede conmigo. Sospecho que es porque estoy especializada en ansiedades y fobias y estudio con antelación mis reacciones para que eso no suceda. Sea por el motivo que sea, lo agradezco. Agradezco mucho no perder el control en el taxi, acompañada de Roberto.

Aborto la nueva llamada que le he hecho a Axel y cierro el Whatsapp al ver que no contesta a ninguno de mis mensajes.

La frustración tiene un nombre de mujer: Becca. Axel pide tiempo para mostrarse tal cual es, con todos esos recuerdos turbios y los secretos que le han desgarrado el pasado, y el presente.

Quiero darle ese tiempo. Y se lo voy a dar. Tiendo a preocuparme mucho de las personas que quiero. Y es muy difícil para mí estar enamorada de él y no tener acceso libre a sus cosas, no poder expresarme como quiero por miedo a que salga huyendo, o a presionarlo demasiado. Todo esto es nuevo para mí, porque tampoco sé muy bien cómo comportarme con él. Tengo mis sentimientos en modo ON todo el día.

Y aunque conozco la teoría y me consta qué debería hacer con personas con su perfil (ser todo lo comprensiva que pueda), algo muy poderoso y lleno de luz oscura sacude mi interior. Me ofende y me enrabieto, porque no ha querido hablar conmigo, ni me ha avisado de la muerte de su padre. Se ha esfumado, así, sin más. Y vuelvo a estar un tanto perdida y a expensas de cuándo volveré a verle.

No es justo. No es justo que me trate así. Y además, no creo que me lo merezca. Ahora me siento muy desprotegida sabiendo que Vendetta sigue suelto y que Axel no está conmigo. Quiero volver a sentirme bien y a salvo.

No lo negaré: estoy muy ofuscada.

—Madre mía, qué calor —murmuro despegándome la camiseta del cuerpo—. Aquí se muere una como Juana de Arco.

—No hace tanta. Pero estás histérica desde que te subiste al avión —señala Roberto mirándome a través del retrovisor del taxi. Nunca me había hablado así, a pesar de estar sentados el uno al lado del otro—. ¿Tal vez sudas porque te pongo nerviosa? —Sonríe pomposo.

Puede que a otro tipo de mujer, a una de esas que en su vida han estado con un ejemplar como este, sí les podría poner nerviosa. Pero a mí, que todavía noto entre mis piernas a la bestia de Axel, va a ser que no. Él solo es un príncipe, y Axel es el Rey.

—Sí, mira cómo tiemblo. —Levanto mi mano para que compruebe mi temblor inexistente.

—Y si no es por mí por quien estás así, ¿por qué es?

—La vida… —contesto con amargura—. Que es un cúmulo de absurdos infortunios.

—Déjame adivinar… —Pone cara de pensativo—. ¿Platón?

—¡Sí, qué listo eres! —Sonrío como una falsa—. Platón con tetas y disfrazado de una morena de ojos claros y con mi mismo apellido.

—Ah, joder. La bruja de tu hermana —concluye agriado, removiéndose incómodo en el asiento—. Qué buena está. Una pena que le gusten más las nécoras que los centollos —murmura como si no diera importancia a lo que acaba de decir.

—¿Cómo dices?

—Lo que oyes.

—Y tú ¿cómo lo sabes? —Mi cara seguro que refleja toda mi sorpresa.

—Tiene que ser así para que no se hayan interesado en mí. Creo que Eli y ella… —Hace el símbolo de dos tijeras entrecruzadas con los dedos de las manos—. Ya me entiendes.

—No. No te entiendo. ¿Les gusta el Patching? ¿Juegan a los recortes?

—Venga ya —resopla, incrédulo—. No me tomes el pelo; eres su hermana, tienes que saberlo. No tiene sentido que ninguna de las dos haya querido acostarse conmigo, y lo sabes.

—A ver, Julio Iglesias, a ti tu ego tiene que matarte de asfixia todas las noches, ¿no? Solo puede quedar uno.

Roberto se encoge de hombros, pero detecto una sonrisa divertida por debajo de la nariz.

—¿Quieres que te haga sentir mejor, Becca? Al fin y al cabo, el déspota del jefe de cámara te ha dejado tirada, sola, abandonada… —arquea las cejas rubias—, y conmigo. Tal vez quiere que…

—Cállate ya la boca. Voy a hacerte una terapia de choque —entrecierro los ojos y abro la boca con los dientes apretados, como un dóberman— que Walter Bishop parecerá un santo a mi lado.

—No sé quién es ese tal Walter. —Mira su reloj, tal vez aburrido del trayecto en taxi conmigo—. Pero acepto cualquier tortura que quieras hacerme.

Obvio. Un tío como él no sabría quién es Walter Bishop, el mejor científico de la historia de las series de televisión.

—Además de los gang bangs, ¿también te va el sado, Roberto?

—Me va, si eso te hace sentir mejor… Haría cualquier cosa por borrar de tu frente esas arruguitas de preocupación. —Guiña su espléndido ojo.

Se ha fijado.

Despierto un interés real en Roberto. No sexual. Bueno, eso también. Sin embargo, lo que percibo es que está angustiado por no poder cambiar mi estado anímico. Al final, hasta le caeré bien.

Recapitulemos: Roberto es adicto al sexo, pero no al sexo en sí; es, sobre todo, adicto a las mujeres, a darles placer y lograr que se sientan bien con él. Hay una clara adicción y retroalimentación en esa actitud. Si conmigo no lo logra, se frustra. Que es justo como está ahora. Por eso actúa como un león en una jaula de pájaro y dispara a traición.

—¿Crees que con el sexo se consigue todo? —Yo también sé disparar.

Se acerca a mi oído y susurra:

—Déjame bajarte las bragas, abrirte las piernas y comerte, y verás cómo con el sexo, una buena lengua y un buen orgasmo se consiguen muchas cosas.

—No, gracias —contesto amablemente—. Pero es un detalle que te prestes a hacerme guarradas en un taxi. Es tan bonito que creo que voy a llorar.

—Yo te haría llorar… pero de placer, nena.

—Ya te dije que ni apodos cariñosos, ni motes, ni diminutivos que te hagan creer que soy solo una vagina andante y abierta para ti las veintinueve horas como un colmado paquistaní.

Solo espero que el taxista sea alemán o mandarín, para que no entienda nada de lo que estamos diciendo. Pero por el tic de su ojo derecho, juraría que su cerebro está comprendiendo toda la conversación.

Fantástico.

—¿Disculpe? —interviene el taxista volcando su mirada negra en mí a través del espejo delantero.

—¿Sí? —pregunto. Roberto ha abierto la ventanilla y el aire está sacudiendo mi melena a lo loco.

—¿Es usted la señoriña que sale por televisión?

—Depende —contesto con toda la simpatía que el calor, la asfixia y la angustia me permiten. Me recojo el pelo con una mano—. Hay tantas que salen en la tele, ¿verdad?

—No hay muchas con su pelo —dice señalando su propia cabeza calva—. ¡Menuda mata! ¿Me da un poco?

Entrecierro los ojos.

Serdo. Fantaseo con darle una coz desde el asiento de atrás, traspasar la tela y la estructura del respaldo y golpear su nuca, hasta que tenemos un accidente. Sea como sea, él se come el airbag, sí o sí.

—Entonces, ya lo sabe todo sobre mí —comento con sarcasmo.

—Sí, mujeeer. Usted es la de los fóricos, que se santiguan por todo. —¿En qué idioma me habla? Mí no entender—. Y les hace terpaias.

Vale. Mí no entender… una mierda.

—¿Fóbicos quiere decir? ¿Terapias? —pregunto intentando adivinar lo que dice.

—Esu he dichu. —Sonríe feliz.

El señor no es ni de las Islas. Es gallego, claro está. Tenemos unas lenguas maravillosas en nuestro país, ¿a que sí?

Una vez fui a Cádiz y fue como visitar Rusia, aunque con mejor clima y la gente muchísimo más simpática. Esos gaditanos ¡qué especiales son! Sé que ellos están muy orgullosos de hablar así. Y yo me entretuve mucho intentando descifrar palabras. Quien dice Cádiz, dice Girona o Lleida. El catalán más cerrado que te puedas echar a la cara está en esas dos comarcas, y no hablemos del menorquín. Aunque, bueno, tengo la teoría de que el menorquín tiene que ser una lengua antigua, como el arameo o el sánscrito. Y aun así, aunque hablen raro, me encantan.

A pesar de todo, creo que lo de este hombre no es un problema de que no controla el idioma, es simplemente que le encanta inventarse palabros.

A continuación, veo cómo saca el teléfono móvil y me lo enseña, girando su cabeza en un ángulo imposible, como hacen todos los muñecos inmortales de G. I. Joe.

—¿No le importará que nos hagamos una fotiña?

Un claxon procedente del carril de al lado avisa de que estamos a punto de colisionar lateralmente.

—¡Señor, por el amor de Dios! —exclamo señalando la carretera—. ¡Mire hacia delante!

—Vale, está bien —se excusa con una parsimonia envidiable—. Pero ¿y un seflie, señoriña? Esu sí pudemos hacerlo, ¿eh?

—No, después, señor… —Y señalo histérica un camión de frutas que pasa rozando el taxi—. ¡Mire la carretera! ¡Después!

El taxista levanta el brazo y conduce con la mano izquierda. No me lo puedo creer. El cretino hasta sonríe para quedar bien, y al final hace un selfie.

¡Puto tarado!

Me enseña el resultado para más inri.

Sale su cara partida por la mitad, Roberto de perfil y riéndose como si la situación le encantara, y yo como una salvaje de la selva, con todos los pelos en la cara y la boca desencajada.

No pienso dejar que repita la foto ni siquiera cuando hayamos aparcado.

Puerto de la Cruz

Nos refugiamos tras la fachada de una enorme casa de alquiler con piscina propia, jardín, más de seis habitaciones, y unas vistas envidiables del Puerto. La caravana está a buen recaudo en el aparcamiento privado del porche delantero.

Necesitábamos un lugar así para trabajar tranquilos, sin mirones, sin flashes de móviles y sin: «¡Becca, quiero hablarte de mi marido, que tiene fobia a limpiar!». O «¡Becca, tengo un novio que odia los profilácticos!».

Sin palabras.

Nos hemos instalado inmediatamente. Tengo la necesidad imperiosa de darme una ducha y cambiarme de ropa, y es lo primero que hago. Una vez aseada y con una indumentaria más propia del clima canario, aprovecho para reunirme con Ingrid y Bruno en el salón que goza de unas vistas admirables del Puerto. Roberto se está duchando y tarda más que una mujer, así que es mi momento para liberarme del marcaje al hombre que me está haciendo desde que nos subimos al avión, y centrarme en el problema real y el que más me preocupa ahora.

La ausencia de Axel.

Ingrid y Bruno escuchan con pesar y algo de estupefacción lo que les cuento sobre la muerte del padre del jefe de cámara. La relación entre esta pareja parece haberse congelado. Después de lo que vi en Madrid, y de admirar el carácter que sacó Ingrid para que la dejara en paz, mucho me temo que Bruno tendrá que hacer unos esfuerzos titánicos para recuperarla.

—¿Y cómo está Axel? —me pregunta Ingrid, preocupada. Su pregunta tiene mucho sentido. Yo, que soy la persona más cercana que tiene este hombre, y con la que comparte momentos tan íntimos, debería saber cómo se siente Axel, ¿verdad? Pero no lo sé.

—Fue Fede quien contactó conmigo para decírmelo —contesto sin rodeos. La expresión de Ingrid lo dice todo. Ella también conoce a Axel, y me conoce a mí. Está claro que está de mi parte—. De Axel no sé nada. Le he llamado un montón de veces y no me coge el teléfono.

—Aparecerá tarde o temprano. —Me pone una mano sobre el hombro—. Siempre lo hace.

Ya. ¿Y si no vuelve? No soportaría que no volviese. Madre mía, cómo ha cambiado el cuento para mí.

—Supongo. Hay que darle un tiempo para que se reponga —explico lo más serena posible, ignorando mi creciente ansiedad—. Tiene que pasar el luto para volver a trabajar.

—¿Y qué podemos hacer nosotros? —pregunta ella, sobrecogida.

—En realidad, lo único que nos queda es ponernos a trabajar. —Los miro fijamente.

—Yo me encargaré de todo hasta que él vuelva —dice Bruno mientras trastea una pequeña cámara entre las manos.

Ingrid le dirige una mirada de indiferencia por encima del hombro, y Bruno la advierte, pero decide no darle importancia. La tensión se masca con claridad.

—Mañana madrugaré para localizar planos. Saldrá todo bien, Becca —afirma como un adivino—. Los de Estados Unidos quedarán satisfechos. —Sonríe, y sus ojos negros brillan con determinación, aunque no ocultan sus ojeras. Este tampoco duerme bien, pobre.

—Gracias, Bruno. Espero lo mejor de todos. Es una gran oportunidad para daros a conocer —les explico—, y para ampliar horizontes. A pesar de que nuestro corazón esté con Axel, nuestra cabeza debe estar aquí. El formato de Becca es muy revolucionario y novedoso; si lo hacemos bien, seguro que todos podremos aprovecharnos de ello. Aunque nos cueste, tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos.

Ingrid sonríe ilusionada. Ella está pensando en un puesto de alguna producción norteamericana como maquilladora de efectos especiales, y si los productores tienen contactos y están bien relacionados en el mundillo, verá sus puertas abiertas.

Bruno no sé lo que espera. Creo que ni él sabe lo que quiere. Pero no sé por qué me da que su decisión dependerá de la actitud de la pelicastaña de piernas interminables.

Y yo… Bueno, yo en estos momentos no sé dónde está el norte. En otro momento, como por ejemplo cuando estaba con David y mi objetivo era trabajar en Estados Unidos para estar junto a él, estaría dando brincos por la casa, decidida a aprovechar esta gran oportunidad que me brindaba la vida. Sin embargo, ahora mi objetivo profesional se ha difuminado, y en su lugar solo tengo el inmenso anhelo de ver a Axel y consolarlo.

Solo pienso en él.

—¿Y cuál es el plan hoy, jefa? —pregunta Bruno—. ¿Necesitas algo?

Sí. Necesito muchas cosas, pero Bruno no me las puede dar. No obstante, hay algo que necesito de Bruno. Y en todo caso, Bruno es mucho mejor que Axel para este encargo, porque él no tendrá el instinto de arrancarle la cabeza al rubio. Y yo tengo la necesidad de seguir trabajando en su terapia para no pensar en nada más. Mi trabajo también supone un salvavidas personal, porque me obliga a centrarme en los problemas de los demás en vez de hacerlo en los míos, aunque eso no impida que por las noches, esta en especial, no pueda dormir pensando en él.

—Tengo que hablar con Roberto sobre su adicción y su compulsión —explico algo dubitativa—. ¿Crees…? ¿Crees que podrías grabarlo sin que él se diera cuenta? Necesito que vea con sus propios ojos cómo se comporta en realidad, cómo le vemos los demás. Y tengo que advertirle sobre lo que puede pasar mañana. Es de vital importancia…

Suena el timbre de fuera, que me sobresalta y me interrumpe. Los tres nos miramos extrañados.

—¿Esperamos a alguien? —pregunta Ingrid.

Yo parpadeo algo perdida y el pecho me hace vacío.

—Axel.

No doy tiempo a que contesten.

Tengo el corazón en la garganta. De repente, se me humedecen los ojos. Me va a doler ver a Axel con su fachada dura, ocultando todo el dolor que sé que en realidad siente. Su padre ha muerto, y por muy mal que se llevaran, no deja de ser su padre. Los hijos nos sentimos atados, ya sea por el amor o el resentimiento a nuestros progenitores, a pesar del dolor que nos hayan causado.

Corro como una gacela hasta la puerta de la entrada, y salgo al jardín.

Dos hombres morenos y muy corpulentos sobresalen por encima de la valla colindante de la propiedad. Están hablando haciendo gestos con las manos, señalando cada orientación de la casa.

Mi decepción aumenta y mi esperanza cae en picado cuando reconozco quiénes son.

Gero y André. Los paracaidistas.

Sin embargo, ahora ya sé cuál es la auténtica relación que tienen estos dos con Axel, y todo gracias al cirujano tarado que está tratando a Eugenio.

La guerra une a las personas eternamente.

2

@eldivandeBecca #Beccarias Dicen que de cría tenía muchos tics. Yo digo que la niñez es como estar borracha. Todos recuerdan lo que hacías, menos tú @tictac

—Hola, Becca —me saludan los dos, muy serios—. ¿Cómo estás?

—Bien.

A ellos no les pasa desapercibido el pequeño chichón con corte que me cubro con el pelo. Habrán visto miles de heridas. La mía es como un mal chiste, no es importante.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunto, sorprendida.

André me estudia con atención, y después chasquea con la lengua.

—Axel nos ha llamado para que te cuidemos en su ausencia.

—¿Qué? ¿Cómo que os ha llamado? —Frunzo el ceño—.

¿Cuándo?

—Esta mañana. Nos ha dicho que el indeseable de su padre ha muerto.

Esas palabras son como un jarro de agua fría. Él habla con todos, menos conmigo, al parecer.

—Sabemos que te están acosando, Becca —asume André con responsabilidad—. Nos ha pedido que cuidemos de ti hasta que él llegue.

¿Están de broma? ¿Axel ha tenido tiempo de llamarles a ellos para contarles lo de su padre y a mí no, pero me envía a dos centinelas?

—Ah… —Mis ojos se pierden en la punta de los dedos de mis pies, pintados de verde oscuro. Hay revelaciones que arden. Y esa, el saber que eres el último mono, es una de ellas—. Así que Axel os ha llamado para decíroslo… Nada más supo la terrible noticia… —Apenas me sale la voz.

—Sí. Nada más saber lo de su defunción.

«Bien. Hurga, hurga más en la herida.»

—Vamos a quedarnos por aquí, ¿de acuerdo? —Gero señala su todoterreno aparcado a dos metros de donde ellos están—. Ahora nos encargamos de tu seguridad.

—Ah, claro… Bien —No me siento cómoda con esto.

Lo cierto es que necesito seguridad para mi día a día, al menos hasta que cojamos a Vendetta. Y espero que sea así, antes de que él acabe conmigo. El pensamiento provoca que se me erice la piel, y eso que hace un sol de escándalo.

Parece que los dos ex soldados lo advierten, e intentan tranquilizarme. Lo más curioso es que, aunque cada vez soy más consciente de que alguien quiere hacerme daño, no es mi bienestar lo que ahora ocupa mi mente, sino lo mal que me sienta que Axel se comporte así conmigo.

—No tienes nada que temer —asegura André—. Vigilaremos el perímetro de la casa y te seguiremos a donde vayas.

Me muerdo el labio inferior, y rodeo la muñeca que se me luxó en el accidente de tráfico con mi perseguidor, como si fuera un reflejo de mi mente ante el dolor y el miedo. Estoy contrariada y afligida por la situación.

—¿Cómo… cómo lo habéis notado?

—¿A Axel?

—Sí.

—Estaba bien —contesta Gero como si leyera a través de mí—. Ese cabrón debió morir hace mucho ya. Me alegro de que por fin…

—Gero, joder, no te pases… No es que Axel estuviera dando una fiesta —le recrimina André.

—No pienso retractarme. Tú piensas lo mismo que yo, pero eres más diplomático. —Sonríe picándose con él—. El padre de Axel era un tipo mezquino.

Ellos también están al tanto de la relación traumática que había entre los Montes.

Ahora las palabras que Axel me dirigió la noche anterior me parecen un tanto vacuas: «Eres la persona más mágica que he conocido y todavía no sé si eres real… Hacía mucho que no me sentía así. De hecho, jamás me he sentido como me siento cuando estoy contigo…».

¿Cómo puede ser eso verdad? Pasan las semanas y Axel continúa siendo un rompecabezas para mí. Un libro cerrado a perpetuidad.

Es desesperante y decepcionante, al mismo tiempo, darme cuenta de que no puedo hacer que se abra la única persona que me muero de ganas de ayudar.

«Hay personas como yo que no sabemos dejarnos llevar por la marea», me dijo.

Cierro los ojos y trago la bola de angustia que se atraviesa en mi garganta.

Claro que no. Axel no sabe dejarse llevar por mi marea, porque no confía en mí.

—Será solo por un día. Axel estará aquí antes de lo que esperas.

André percibe mi aflicción, por eso me dice eso.

Pero yo sé que no es verdad. Tienen que enterrar a su padre, la ceremonia y todo lo demás… Es posible que acabe la terapia de Roberto y de la amiga de Fayna antes de que él pueda reunirse con nosotros.

—Al parecer, el padre de Axel era muy querido —ironizo intentando averiguar más cosas.

—Era un hijo de perra que le hizo la vida imposible —explica Gero con rabia—. No te imaginas…

—Gero —vuelve a censurarlo André, obligándole a callar y negando con la cabeza—. No nos corresponde a nosotros contárselo.

Intento sonreír, como si quisiera sacar hierro al asunto, pero la única verdad es que ese hermetismo me sienta como una patada en el estómago.

Ellos no son mis amigos, son los amigos de Axel. Tienen un pacto de silencio, y entre soldados eso es sagrado. No lo van a romper por mí, ni por mis ganas de saber más.

—No quiero que me contéis nada que no queráis. —Me encojo de hombros—. Sabéis más de él de lo que yo podré llegar a saber algún día. Todo lo que rodea a este hombre es muy secreto y… francamente, empiezo a estar agotada.

—Dale tiempo.

—Sí, ya… Tiempo —suelto con disgusto—. Puede que eso sea lo único que no tenga. En fin… —Observo el todoterreno. Es grande, pero dudo que sea cómodo para dormir o para comer—. Aún es pronto para pedir la cena, pero cuando llamemos a algún sitio de comida a domicilio, avisad si queréis algo.

—Claro. Muchas gracias —asiente André, que le da un golpecito a Gero para que entre en el coche con él.

Hay algo en los ojazos morunos de Gero que me indican que él sí querría hablar conmigo. Yo espero a que me diga alguna cosa, a que dé el primer paso, pero finalmente decide seguir a su hermano al interior del coche.

Abatida y decepcionada, doy media vuelta para regresar a la casa.

Axel no habla conmigo, no se abre. Pero respecto a mi delicada situación, sigue cumpliendo su contrato a rajatabla.

Mi seguridad por encima de todo.

Y eso, para mí, ya no será suficiente.

Ha pasado un rato desde que nos hemos instalado en la casa. Mientras pasa el tiempo, mi pena y mi enfado con Axel han subido bastantes enteros, así que apenas me asaltan los remordimientos por lo que voy a hacer en este preciso momento.

Le he llamado, porque estoy muy preocupada por él. Mucho. Pero sigue con el teléfono apagado. Y a cada intento fallido, peor me encuentro.

Así que he citado a Roberto en el pequeño chill out de la piscina. El atardecer cae con parsimonia en la isla, casi con la misma calma con la que viven todos los canarios.

Bruno ha colocado una cámara detrás de la pérgola que tengo a mi espalda, para grabar todo lo que acontezca a partir de ahora.

Roberto, que no es tonto, ya sabe que va a ser grabado, pero no le gustan las cámaras, así que lo haremos de un modo más intimista para que no se sienta tan agredido por el objetivo. Es el único modo que tengo para que él se abra y me cuente de dónde viene su problema.

No me queda más remedio que coger al toro por los cuernos. Porque aunque tenga un acosador persiguiéndome y el hombre que quiero no me tenga en cuenta ni siquiera para avisarme de que su padre ha muerto, continúo siendo una psicoterapeuta, y mi vocación es ayudar.

Estoy estirada en la hamaca, fingiendo un estado relajado que no es real, ignorando el hecho de que tengo a dos ex soldados haciendo un barrido de seguridad por toda la propiedad, solo para que el loco tarado que anda detrás de mí no consiga alcanzarme esta vez.

Las gafas de sol cubren mis palpables ojeras. Aun así, me he maquillado, a riesgo de parecer el Joker en El caballero oscuro, y me he puesto pintalabios, rímel y colorete. No lo he debido de hacer mal, porque Ingrid me ha dado el visto bueno al salir al jardín. Además, me he soltado el pelo, y lo he dejado reposado sobre el cojín blanco de la tumbona de madera, abandonado como el de una ninfa. Por debajo de mi camisa larga estilo Ibiza asoma mi biquini azul oscuro. Estoy descansando la espalda en un inmenso cojín de marajá de color violeta.

No soy ninguna beldad, pese a lo que digan. Pero soy una mujer, y sé el impacto que puede provocar una imagen así, tan pretenciosamente seductora, en un hiperactivo sexual como Roberto. Voy a provocarlo tanto como pueda.

Sobre la mesa redonda de madera que hay entre las tumbonas y los sillones de mimbre, he dejado una botella de Martini dentro de una cubitera, que he encontrado en la despensa de la casa. Además, he preparado dos copas anchas con limón, vacías, esperando a que el vermut las llene, y en un platito cóncavo he dispuesto unas aceitunas.

La excitación viene de la mente, pero conlleva también una sobrecarga emocional. Roberto responde a estos estímulos. Aprovecharé entonces, cuando más excitado esté, para hurgar en el foco de su trastorno adictivo. En lo bueno y en lo malo, no importa a qué extremo sensitivo y emocional se llegue, es en el precipicio donde una persona se muestra tal cual es.

No quiero agredirle, quiero que se dé cuenta de que él no es así, pero se ha hecho así para protegerse.

Roberto llega a la zona de la piscina con esas gafas de mosca como las que usan los famosos. Tiene el pelo rubio recogido en una coleta, y la camisa azul claro tipo lino de cuello Mao está parcialmente abierta hasta medio pecho. No lleva bermudas. Lleva uno de esos shorts ajustados, como el que llevaba Axel el día en que Carla se corrió al ver su foto. Creo que le haré una foto también a este, aunque puede que a mi hermana no le haga la misma ilusión ahora, ya que ha elegido a Eli. Y Eli, oseaaúnnomelopuedocreer, es una mujer. Mi mejor amiga, además.

En fin… Mientras veo cómo camina hasta mí, adopto una pose poco informal, más bien de mujer fatal. Apoyo una de mis piernas sobre la tumbona, que tiene un mullido colchón blanco debajo, y la otra la dejo completamente estirada. Mi buena madre me diría algo así como: «Nena, cierra las piernas». Pero esta vez no le haré caso. No me voy a espatarrar, pero sí voy a insinuar. Me parece escuchar la música de Martini de fondo, pero es solo mi imaginación, vívida y sobreestimulada por hombres buenorros como Roberto.

—Vaya. —Roberto desliza los ojos, picajosos y con algo de desdén, desde mi cabeza hasta mis pies—. Pareces relajada, señorita Becca.

Empieza mi actuación.

Me estiro como una gata remolona y le sonrío con intención de transmitirle comodidad.

—También hay tiempo para la relajación —le digo.

Él me devuelve la sonrisa y se sienta lentamente en la tumbona que hay a mi lado.

—Ya… —Mira a su alrededor, visiblemente en guardia—.

¿Me estás grabando, señorita Becca?

—Puede que sí. Puede que no.

—Puede que sí y puede que no… —repite acomodándose sin dejar de mirarme. Se relame los labios en un gesto absolutamente sexy y provocador—. ¿Sabes? Esas son las opciones que barajo cada noche. ¿Follaré con más de una? Puede que sí y puede que no —se responde a sí mismo.

Lo cierto es que una actitud como la de Roberto, tan machista, tan abusiva, con tan poco respeto por el sexo femenino, debería indignarme. No obstante, en tan poco tiempo, lo he conocido mejor de lo que se cree. Me han bastado unas cuantas horas intensas con él para darme cuenta de que no es tal y como aparenta ser. Sé lo que le ocurre.

Debo ser lista para no acorralarlo antes de tiempo, o de lo contrario, se irá sin más.

—Bien. ¿De qué quieres que hablemos? ¿Vas a hacerme preguntas sobre mi infancia y mis sentimientos? ¿Crees que tendré traumas a lo Grey? —Su tono es de burla.

—La verdad es que no. Quiero hablar contigo. Solo eso. Conocer un poco más de ti y de la razón por la que te has creado este álter ego.

—No es un álter ego —asegura—. Soy yo. Hago lo que me gusta. Mi manera de vivir no es una jodida patología.

—No digo que lo sea —aclaro—. Solo quiero comprender qué es lo que lo convierte en algo tan obsesivo y adictivo para ti.

—Joder —resopla rindiéndose al ver que yo no estoy dispuesta a dejar de insistir—. A ver, dispara.

—¿Siempre tienes sexo en grupo? —le pregunto sin más preámbulos.

—¿Por qué? ¿Acaso estás interesada? —Rota la cabeza hacia mí. Sé muy bien cómo me está mirando a través del cristal de sus gafas.

—Nunca lo he probado. No te puedo decir.

—¿Es una de tus fantasías, señorita Becca? Sé clara.

—¿El qué? ¿Que no dejen ni un orificio de mi cuerpo sin taladrar? No… No lo creo. Pero tengo un profundo respeto por las mujeres que se atreven a hacerlo sin prejuicios ni tabúes. Disfrutar tanto del propio cuerpo como de los cuerpos —lo digo en plural— de muchos hombres a la vez, tiene que ser…

—Liberador.

—Extenuante, quería decir. En serio —resoplo—. No debes de saber a qué lado mirar, ni en qué centrarte… Ni siquiera saber qué pene coger. —Muevo la cabeza a un lado y al otro, y hago aspavientos con las manos—. ¡Qué locura! ¡Qué estrés! Te vienen por la izquierda, por la derecha, y cuando te quieres dar cuenta, una te da en la barbilla.

—¿Una qué? No te dé vergüenza decirlo.

—Una porra.

—Una polla, ¿verdad?

—Sí, eso. Lo que te quiero decir es que, no, gracias. No podría hacerlo.

Roberto sonríe, pero su propósito sigue siendo tentarme.

—Podría mostrártelo. La otra noche en el Chantilly, vi un brillo en tus ojos. Vi interés. —Roberto se incorpora, se sienta sobre la cómoda y toma la botella de Martini de la cubitera.

—¿Un brillo en mis ojos? Por supuesto. Estaba a punto de echarme a llorar de la conmoción.

—No. Dime la verdad. ¿Te excitaste? —Mantiene inmóvil la botella de Martini blanco a medio camino de la copa. Sus ojos paralizan a los míos, aunque ninguno de los dos podamos vernos en realidad—. Quieres que sea sincero contigo. Quieres llegar a mí, ¿verdad?

—Quiero ayudarte.

—Entonces, señorita Becca, sé sincera conmigo también. Es lo justo.

Supongo que hasta cierto punto, el reclamo de Roberto me parece razonable. Me paso la vida psicoanalizando a los demás y ayudándoles a superar sus problemas. Ninguna de esas personas me ha psicoanalizado a mí. En parte porque yo no les dejo, ya que mi relación con mis pacientes debe ser estrictamente profesional.

Pero con Roberto… tengo que hacer una excepción. Me cae bien. Se lo ha ganado.

—Verás, a cualquier mujer que no esté acostumbrada a esos juegos tiene que intimidarle sobremanera darse de bruces con una escena sodomita como la que yo vi. Creo que es comprensible.

—¿Tú crees? —Me llena la copa hasta la mitad, y al mismo tiempo se mete una aceituna en la boca—. ¿Crees que no te gustaría que, mientras estás a horcajadas sobre un hombre completamente erecto, que te está penetrando hasta lo más hondo, por delante, haciéndote disfrutar como nunca, otro se acerque y empiece a mamarte los pezones?

Tomo la copa llena de mi vermut blanco y me obligo a controlar el ligero temblor de mi mano. Sé sobrellevar esta situación. Seguro.

Nunca antes había hablado tan abiertamente de sexo con un hombre adicto a él, pero esto es trabajo, y creo que puedo seguir el juego y estar a la altura.

—¿Tienes la garganta seca, señorita Becca? —pregunta con voz ronca.

—Tengo sed —contesto.

—Sed tendrías después de la gang bang. Después de que todos esos hombres, dedicados a ti —baja el tono de su voz—, te dejen sin líquido en el cuerpo. Piensa en ello. ¿Me vas a negar que no te gustaría que mientras disfrutas de la invasión en tu vagina, y los mordiscos y lametazos en tus pechos, otro hombre te abriese las nalgas y empezase a lamer tu ano?

Dios, Bruno va a tener que editar muchos trozos de este vídeo…

—¿Adónde quieres ir a parar, además de a mi recto?

—No seas hipócrita —dice, algo enfadado—. Te estás excitando con solo imaginártelo. No te hagas la fría.

Uy, no. No puedo perderle, pero tampoco quiero mentirle para llegar al epicentro de todos sus males. Puedo lograrlo sin hacer el papel.

—Veo tus pezones duros a través del biquini —me instiga con acritud—. Y seguro que estás húmeda.

Miro hacia abajo, y domino la necesidad de cubrirme con la camisa blanca. Soy toda una campeona. Una titán.

—Roberto, la imagen que me has presentado no me desagrada del todo —concedo humildemente. Es la verdad. Siento un cosquilleo por la forma que tiene de explicármelo…—. Describes muy bien las sensaciones que una mujer podría tener en una gang bang, pero…

—No he acabado —me interrumpe. Toma un sorbo de su Martini y me mira por encima de la copa—. Hay más.

—Ah, claro. Perdón.

—Mientras te chupan por detrás y te follan por delante, dos hombres más se acercan a ti y te obligan a que los masturbes.

—No daría abasto… Y coordino muy mal.

—A cada uno con una mano diferente.

Me pongo roja como un tomate. Y parezco el topo de la cadena Cuatro.

—Y cuando crees que no puedes aguantar más el placer —prosigue—, cuando notas la punta de mi lengua en el agujero apretado de tu ano…

—Ah, ¿esa es tu lengua? ¿Estás tú en mi gang bang? —le suelto con un hilo de voz. ¿Cuándo se ha colado él en mi fantasía?

¿Esto puede contarse como sexo telefónico pero sin teléfono?

—Sí, claro. Soy yo el que te va a sodomizar. Yo el que te va a dominar y te va a destruir. —Sonríe y compruebo que tiene los colmillos blancos y afilados. Como los vampiros de las novelas románticas.

Algo que nunca he comprendido. ¿Por qué la necesidad de decir que están blancos? Ni que promocionaran los blanqueamientos dentales.

—¿Ese es tu papel en las gang bangs que organizas? —acabo preguntándole, alejándome de las divagaciones de mi mente con déficit de atención cuando a ella le interesa—. Te encargas de…

—Adoro las penetraciones anales. Es como más me gusta follar a una mujer. Por detrás.

—Curioso —murmuro.

—Está todo más… —su expresión cambia a una de puro placer—, apretado. Es puro placer.

Carraspeo y me remuevo incómoda.

—Ya… Y en estas prácticas, ¿nunca lo haces por delante?

—Hace años que no se lo hago a nadie por delante —contesta con un tenue aburrimiento en su tono.

—¿Años?

—Sip.

—¿Por qué?

—Para mí es más satisfactorio. Y soy el mejor en el sexo anal. Es lo que más les gusta a las mujeres. A veces suplican que se la meta de una vez.

—Eres un campeón.

—Sí. Si quieres, te puedo dejar que me pruebes un rato. —Se reacomoda el paquete, que está hinchado. Yo hago como que no lo veo, pero vaya si lo veo—. Aunque contigo —estira su mano y alcanza uno de mis tirabuzones— haría una excepción…

—No… Céntrate. —Le abofeteo la mano, apartándolo como a una mosca—. No quiero un trato especial. Házmelo como a las demás.

—Bien —asume más feliz que una perdiz—. Por detrás, entonces. Primero con dulzura —me explica bajando otro tono, acercándose a mí como el lobo a Caperucita—. Te podría doler la doble penetración, por eso tengo que ayudarte a que te relajes, a que te estires para que pueda meterme dentro de ti por completo. Porque a mí me gusta hasta el fondo.

—Claro. Tú no haces nada a medias.

—Veo que lo vas cogiendo… Y después, cuando ya te has acostumbrado a mí, empezaría a someterte con mi ritmo. Mucho más duro. Y mientras mi compañero te taladra, yo haría lo mismo por detrás, y te agarraría del pelo mientras lo hago, Becca. Mientras gritas, mientras tu ano se contrae alrededor de mi polla… No sabrías en qué sensación centrarte. El placer te iría de delante hacia atrás, como un columpio, y tú lucharías por alcanzar algún tipo de liberación. Pero no te dejaría. Porque puedo notar cuando tu útero se contrae, y aumentaría el ritmo para que lo perdieras y lo recuperaras por el ano. Y cuando lo tuvieras concentrado detrás, sería mi compañero quien te lo arrebataría.

—Vamos, un festival —puntualizo, nerviosa.

—Sí. ¡Y tanto! Te volveríamos loca, señorita Becca. Loca de lujuria, loca de placer —susurra acercándose de nuevo a mí—. Estarías tan dilatada que después podría meterte hasta mi mano. Dios mío. Trago saliva al notar un ligero espasmo en el clítoris. El tío es bueno.

—¿La mano? ¿Como a las vacas? No, por Dios.

—Y llorarías.

—No es para menos.

—Llorarías —continúa, apasionado—, suplicando que te diéramos lo que necesitas.

—¿Y qué necesito?

—Un orgasmo bestial. Y en ese momento… Me quedo en silencio, esperando el final.

—Mis dos compañeros a los que no dejas de masajear y se están hinchando en tus manos, acabarían contigo y se correrían en tu cara y en tu cuerpo.

Abro los ojos de golpe al oír esa asquerosidad. Ni siquiera sabía que los tenía cerrados. Roberto está a pocos centímetros de mi cara, agarrado a mi tumbona, inclinándose hacia delante, como si quisiera echarse encima de mí.

Lo aparto con disgusto y me quedo sentada en la hamaca, reprobándolo con la mirada.

—¡¿En serio?!

Roberto frunce el ceño.

—En serio ¿qué?

—¿En serio se corren en mi cara?

—Sí.

—¡¿Qué dices?! ¡No! ¡Lo has estropeado! —protesto con una carcajada—. Pero ¡qué asco! Odio que hagan eso. A mí no me gusta, vamos —digo poniéndome una mano en el centro del pecho—. Me irrita los ojos. —Y los cierro en un gesto teatral.

—¿Te estás riendo de mí?

Los vuelvo a abrir, consternada, y niego con la cabeza.

—¡No! ¡Para nada! ¡Lo digo en serio! A ninguna mujer le gusta, por favor. Solo a las actrices porno, y porque les pagan por eso. ¿Qué te crees? ¿Que están ahí deseosas de que les pegues las pestañas con tu leche? No —murmuro, divertida, y al instante se me ocurre otra cosa—. Es como lo de tragarse el semen. —Pongo los ojos en blanco—. ¿A quién le gusta?

Roberto está cruzado de brazos, mirándome con interés, como si estuviera entretenido con mi discurso.

—Te podría enumerar a muchas.

—Pues tienen distrofia en las papilas o algo parecido. El semen no sabe bien. Vamos a ver, en el mundo sacan sabores de todo tipo, ¿a que sí? ¿Por qué crees que no han sacado nada con sabor a semen? —A mí me parece una pregunta muy razonable, hasta que la digo en voz alta y descubro lo obscena que es—. Porque sabe mal. Bueno, y como ese día hayas comido espárragos… ni te cuento.

—Vale. Eliminemos de la ecuación lo de que se te corran en la cara.

Admiro la facilidad con la que redirige la conversación.

—Eliminada.

—¿No te atrae la idea de te follen un equipo entero de fútbol?

Las fantasías sexuales y yo tenemos una relación cordial. Eso implica que hasta que llegó Axel, solo me veía haciendo guarradas con Henry Cavill, siempre y cuando me hubiera montado antes una historia de amor en la cabeza. Solo él estaba en mis fantasías. Bueno, y Jason Momoa también.

Lo que quiero decir es que follar por follar… pues no me va. Pero desde la primera vez que me acosté con Axel, la cosa ha cambiado. Pienso mucho en el sexo. Pero no en tríos ni en sexo en grupo. Pienso en hacer lo siguiente al Kamasutra, pero solo con él. Así que esta es mi respuesta a su pregunta:

—¿Sabes cuál es el problema, Roberto?

—No.

—Que soy una mujer muy conectada con mis emociones. Y no sé follar si no hay sentimientos de por medio. Como no pienso enamorarme de once tíos a la vez, ni pienso en entregarme solo para que disfruten de mi cuerpo o solo para que me hagan disfrutar, no barajo la posibilidad de una gang bang, ni de un póquer, un trío, dobles parejas… Lo lamento. No está entre mis fantasías, rubio.

Roberto relaja los hombros e inclina la cabeza a un lado. Su mirada valora mis palabras y la expresión de mi rostro, como si quisiera verificar si soy de verdad, o si lo que digo es cierto.

—Eres muy peculiar, señorita Becca.

—¿Por qué dices eso?

—Las mujeres que he conocido no son como tú.

—Eso dice mucho a mi favor. —Sonrío—. Viendo la desafortunada relación que has tenido con ellas.

—¿Desafortunada? No. Esto nada tiene que ver con la fortuna, sino con la naturaleza.

Lo tengo. Ahí está. Debo aprovechar mi oportunidad.

—No tiene que ver con la naturaleza. No todas las mujeres somos como las que han estado en tu vida, Roberto.

—Deja que lo dude.

—¿No nos tienes ni un mínimo de respeto?

—Creo que servís para lo que servís. Cualquier intento de vinculación con vosotras es complicado y dañino.

Guapo, sí, pero ¡qué hijo de puta!

—No es cierto —protesto—. ¿No me estoy ganando un poco de tu respeto? —Esta vez soy yo la que se sienta en la tumbona y lo mira de frente.

—¿Quieres mi respeto? ¿Por qué? ¿No te basta con que quiera follarte?

—Deja de ser gilipollas —le suelto, incrédula.

—¿Por qué tendría que respetarte?

—Porque no cedo a tus tonterías. Y porque soy la única ahora mismo que te aguanta lo suficiente como para tratarte. Soy tu única oportunidad para que vuelvas a abrirte y a dejar de vivir como lo haces.

—Estoy feliz con mi vida. Tengo todo lo que quiero.

—Todo lo que quieres, pero no todo lo que necesitas.

—De eso me sobra.

—Y una mierda. A mí no me engañas. Hay muchos tipos de fobia, Roberto. Y tú no estás exento de sufrir sus efectos. De hecho, los sufres desde que la última mujer te traicionó. Desde que Bea se fue con Fede.

—Disparas a dar, ¿eh…? —musita sintiéndose atacado. Se levanta dispuesto a dejarme sola.

—Esto es inútil. No soy uno de tus conejillos de Indias. Estoy aquí por obligación, no porque te haya pedido ayuda.

Yo me levanto con él y le agarro del antebrazo.

—Pero la necesitas.

Estoy saltándome muchos protocolos con Roberto. Pero él tampoco es un paciente común. Sé que puedo introducirme a través de esa dura coraza que se ha creado para que todo le rebote, para que nada más vuelva a herirle. Pero las cosas siguen doliéndole, y puedo entrar a través de esas heridas sin cicatrizar. No importa si mis métodos son algo agresivos ahora. Lo único que importa es la terapia de choque y cómo impactar contra esos duros principios que ha adoptado como un todo.

No es tan indiferente como él desearía, tal y como yo imaginaba.

—¿Sabes qué creo? Que eres un cobarde —Le señalo con el índice de la mano que sostiene mi Martini. Entrecierro los ojos y asiento—. Sí, amigo. Estás muerto de miedo. Y yo sé muy bien por qué.

—Tú no sabes una mierda —gruñe con los dientes apretados. Su hermoso rostro se convierte en otro lleno de ira.

No me va a amilanar. Así que levanto la barbilla y sigo disparando.

—Métete tus psicoanálisis por donde te quepan.

—Está bien, pero antes tienes que escuchar mi resumen.

—¿Y si no quiero?

—Se lo debes a Fede —le advierto—. Sabes que si él quiere, puede destruirte con todas las imágenes que tenemos del programa.

Sé que Roberto está luchando contra sí mismo, contra esa necesidad de irse y dejarlo todo atrás. Pero valora mucho su trabajo, lo ama, y no piensa abandonarlo.

—Te escondes en el sexo en grupo porque deseas acercarte a una mujer, para no ser el chivo expiatorio. Por eso las posees acompañado de más hombres, porque así tienes menos posibilidades de que te increpen en caso de que algo salga mal. En las gang bangs te sientes cómodo, tienes la situación controlada, y sabes que las mujeres que frecuentas quieren de ti justo lo que tú estás dispuesto a dar, no más. En ese momento te sientes imprescindible para ellas, sabes que jamás te dejarían de lado. En ese punto en el que su cuerpo y sus necesidades priman por encima de todo lo demás, tú tienes el poder. Te gusta sentirte así, poderoso, porque solo tienes que follar, y nada más. Adoras volverlas locas y que te supliquen.

El rictus de Roberto se vuelve de piedra. Está tan sorprendido por mis palabras que todavía no ha podido reaccionar.

—No hablas con ellas. No las conoces. Cada mujer a la que le ves la espalda y el trasero es una pequeña venganza que te satisface. Las sodomizas por una razón, no solo por lo placentero que pueda llegar a ser, sino porque, por muy burdo que suene, te gusta darles por culo, igual que las mujeres más importantes de tu vida te han dado por culo a ti.

Mi manera de ver las cosas, de actuar, de comprender a los demás, ha cambiado bastante desde que tengo El diván en mis manos. Ta vez sea por la cantidad de sucesos que me han pasado desde que empecé, no lo sé. Pero, sea por lo que sea, ahora soy más osada, más atrevida, más espontánea y cercana. Eso puede acarrear algún que otro problema de extralimitación laboral, pero si me ayuda a abrirle los ojos a mi paciente, no dudaré en cruzar esa línea de lo que es correcto y lo que no. Mi terapia de choque es dura, corta y sorprendente como una bofetada, lo suficientemente seca como para que al paciente no le dé tiempo de levantar sus murallas y de ponerse en guardia. ¿Cómo se saca a alguien de una trinchera? Con un ataque frontal.

—Mis gustos sexuales no son…

—Tus gustos sexuales… No, perdona: tu trastorno sexual obsesivo no tiene que ver con lo que te gusta. Tiene que ver con todo lo que no te gusta. Con todo lo que no te ha gustado que te hicieran.

—Es absurdo lo que dices. —Su voz es inestable, ligeramente temblorosa.

—No lo es, Roberto —le digo esta vez más suavemente—. Necesito que abras los ojos a la verdad. Dices que eres experto en el sexo anal, y que conste que no lo pongo en duda. —Levanto una mano en un gesto de aclaración—. Pero la realidad es que poseer a una mujer por detrás te garantiza dos cosas. La primera: que al no hacerlo por la vagina no implica una necesidad más vinculante y emocional. Para ti, no es hacer el amor. Y la segunda, consecuencia de la primera: no tienes que verles las caras. No tienes por qué conocerlas. Te las tiras y punto, y a otra cosa, mariposa… —Me echo el pelo loco hacia atrás—. Y nunca les haces el amor de frente, porque te aterra ver los rostros de tu madre biológica, de Merche, de Leyre o de Bea… Te mueres de miedo porque la historia se vuelva a repetir. Esa es tu fobia. Y ese es tu problema. —Le clavo mi dedo índice en el pecho—. Pero vivir así es hacerlo a medio gas.

—Cállate —me pide sin fuerzas.

—No pienso callarme. Es mi trabajo y sé que estoy en lo cierto contigo. Y hasta que no salgas de ese caparazón de soberbia y sexo en el que te has metido, te estarás perdiendo la increíble gama de colores que hay ahí fuera. Sabes convivir con el dolor, pero no siempre te harán daño. Las mujeres, las personas en general, pueden hacerte feliz. Aunque tengas que darte muchas oportunidades para ello.

—Estás equivocada —dice sin ninguna convicción ya, con la mirada perdida. Creo que es la primera vez que se ha dado cuenta de por qué hace lo que hace. Y creo que le suena a verdad.

—Tú sabes que no lo estoy. No voy a seguir diciéndote nada más por ahora. No quiero avasallarte demasiado. Pero medita sobre ello esta noche, Roberto —le pido buscando una ligera tregua a su shock. Dejo el Martini en la mesa y le sonrío, agotada también por la energía de mis palabras—. Mañana seguiremos con tu terapia. Por hoy ya es suficiente. —Le pongo una mano en el hombro y se lo aprieto con gentileza.

—¿Y si me niego a seguir con esto? —me dice de sopetón.

Yo lo estudio con atención. Estoy plenamente convencida de que ahora, más que nunca, quiere continuar.

—Será tu decisión —digo, y me encojo de hombros—. No voy a apuntarte con una pistola para obligarte. Pero algo me dice que mañana seguirás aquí.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque sientes curiosidad, rubio. —Le guiño un ojo y me doy media vuelta camino de la casa—. ¿Vienes? —le pregunto desde el marco de la puerta—. Vamos a pedir la cena.

Roberto se frota la nuca, consternado por todo lo que acabo de decirle.

Sigo sus pasos y sonrío a gusto con lo que he hecho, porque, aunque ha sido duro ser tan franca y tan poco diplomática, eso es justo lo que necesitaba Roberto.

Cuando mis pacientes entraban en la consulta de Barcelona, mi primer análisis rápido era estudiar su actitud y su lenguaje corporal para saber qué tipo de trato necesitaba. La experiencia me ha enseñado que hay dos caminos para ayudar a una persona: la mano de seda o la mano dura. Está el que necesita mucho tiento y cuidado para que no se sienta mal y culpable. O el que necesita una paliza para sacarlo de los laureles de la autocomplacencia y la autocompasión en los que se había abandonado.

Roberto ha resultado ser de los segundos.

3

@eldivandeBecca #Beccarias Creo que estoy superando mi ruptura. Ahora mis lágrimas son un uno por ciento sal, y solo el noventa por ciento restante su puta culpa @atraccionfatal

Hemos pedido unos combos de hamburguesas con patatas para cenar. ¡Viva el colesterol y los carbohidratos! Pero ¿sabéis esos días que os importa poco cuidaros? Pues este es el día que tengo hoy. Así que me he metido una doble hamburguesa con queso entre pecho y espalda, que estoy convencida de que seguirá en mi cuerpo hasta el día del Armagedón.

Nos los han traído en menos de media hora. Me hubiera gustado darles yo los menús a mis dos hombres de seguridad, echarle un poco de orfidal en la bebida de André y aprovechar para hablar con Gero sobre Axel. Pero ha sido imposible, porque ellos han dado el visto bueno al repartidor, han pagado y recogido su propia comida para meterse en el coche de nuevo y cenar ahí mismo. No quieren desatender sus labores de vigilancia por nada del mundo.

Ingrid ha tenido que soportar el coqueteo descarado de Roberto. A mi maquilladora no le molesta en absoluto que le estén dorando la píldora; además, creo que le gusta bastante eso de tener a un tipo como él pendiente de ella. A quien no le hace tanta gracia es a Bruno, que está meditando la posibilidad de convertirse en Super Saiyan y empezar a repartir mamporros al rubio.

La verdad es que a mí no me engaña Roberto. Sé muy bien que mis palabras de esta tarde le han tocado bastante, y estoy convencida de que medita sobre ello, aunque quiera disimularlo con todas esas miradas lascivas y veladas dirigidas a Ingrid. Su indiferencia no es real.

Ahora me dirijo a mi habitación. Me he retirado de esa pequeña guerra dialéctica que hay en el salón sobre si el sexo anal provoca almorranas. Sí. Está sucediendo tal cual os lo cuento. Tampoco voy a pensar demasiado en cómo hemos redirigido la conversación hasta ese punto, pero habiendo un tío como Roberto en medio, no debería de extrañarme. Así que me retiro a mi alcoba, sin hacer mucho ruido. Prefiero mediar con mi pequeña depresión a solas.

He vuelto a llamar a Axel, por supuesto. Y nada.

Mi teléfono vibra en el bolsillo delantero del pantalón. Lo cojo entusiasmada pensando que a estas horas solo puede llamarme Axel. Pero no es así. Aunque la llamada me hace la misma ilusión. Es Eugenio, mi adorable chef feo.

—¡¿Eugenio?! —lo saludo con alegría.

—Eeeh…

—¿Cómo es que me estás llamando? Creo recordar que Gabino te dio unas directrices para tu recuperación postoperatoria.

—Hoba, Becca…

—¿Oba? ¿Obí, obá, cada día te quiero má? —Me río. Eugenio también se ríe, aunque hace un ruido extraño. Parece congestionado.

—Gabino eb un sádico. ¿Con quén me has dejado?

Frunzo el ceño y de repente temo por él. Gabino es un tarado, como la mayoría de los genios. Hace su trabajo muy bien, aunque sea difícil en el trato. Con eso debería de bastar.

—¿Zabías que existen los des bod uno en opedaciones de estética?

—¿Qué te ha dado Gabino para el dolor?

—Do lo sé. Vida, be ha obedado la dariz, lad odejas y el labio lepodino, ¡dodo a la ved!

Eugenio se está partiendo de la risa como un loco de los montes, de esos que se ríen de los chistes que les cuentan las cabras. Me contagia su risa y me río con él, mientras acaricio las hojas de una planta que hay en el macetero del pasillo.

—¿Te ha operado todo a la vez? ¿En serio?

—Dí.

—Eugenio, por Dios, deja de reírte —le digo, aunque soy yo quien no puede parar al escuchar sus carcajadas—. No me imagino cuánto tiene que dolerte.

—¡Do! ¡Do be duele dada! Doy dan fediz de habedte codocido, Becca. Dadto… Dadto…

—Ay, Eugenio… La operación te va a cambiar la vida y también te va a ayudar. Yo también me alegro de que nos hayamos conocido. No me imaginaba que Gabino te hiciera una intervención tan completa.

—De he bontado ud espectáculo. Vida… Voy a enviadte un delfie.

—¿Que me vas a enviar un selfie de ti mismo? —Increíble. Recibo una imagen en el Whatsapp. Señor, Eugenio va tan colocado que solo se le ve la parte superior de la cabeza, vendada, con algún que otro pelo rizado y naranja suelto. Y también se ve la almohada de su cama.

—Vale, cariño. Deja de hacerte fotos, ¿de acuerdo?

—Dí.

—¿Por qué has montado un espectáculo, dices?

—Bodque be da fobia lad agujas… Ayed itetó opedadme lad orejas, pero acabé clavádole la aguja a uda de lad enfedmedad…

—¡¿Que has hecho qué?! —grito, consternada.

—Dí. Y hoy no had esperado a que me dedpiete. Me han pichado miedtras dodmía, como da pedícuda de Dandra Bullock.

—Pero, Eugenio, ¡eso es horrible! ¡Es ilegal! ¡Ahora mismo le llamaré y…!

—Do, do, cielo… Bucho bejod adí —afirma seguro de sus palabras—. Bucho… Buuucho bejod… Be daba ansiedad al pensad que dedía que entrad ahí tred vedes… Buuucho bejod…

—¿Señorita Becca?

Una voz de mujer acaba de ocupar la línea por la que hablaba con mi paciente. Me aparto el auricular de la oreja y lo miro con gesto extraño.

—¿Hola? —pregunto.

—Hola. Soy una de las enfermeras a cargo del señor Eugenio. Él está bien, no se preocupe. Las tres operaciones se han realizado con éxito.

—Menos mal —digo, y respiro más tranquila—. Cómo me alegro. ¿Por qué ha dejado de hablar conmigo?

—La medicación para el dolor es muy fuerte. Las operaciones están todas localizadas en la cara y las migrañas son insoportables.

—Pero ¿él está bien?

—Sí, sí. La droga lo ha dormido.

—Ah, entiendo. ¿Sabe cuándo podré verle?

—El alta se la dará el Dr. Tabares. No obstante, todo ha salido muy bien, y si Eugenio hace caso a nuestras recomendaciones, en cinco días podrá irse de la clínica. Insisto en que hable con el Dr. Tabares. Buenas noches, señorita Becca.

—Muchas gracias y… buenas noches.

Cuando cuelgo, al primero al que quiero llamar y contarle lo que acaba de pasar es a Axel, pero tampoco tengo suerte esta vez.

Su teléfono está apagado.

Cómo odio escuchar la voz de la operadora. ¿Es que esa mujer no tiene hogar?

—Becca.

Levanto la cabeza de golpe al escuchar la voz de André. El imponente moreno parece un poco desorientado dentro de la casa.

—¿André? ¿Necesitas algo?

—¿Dónde está el baño? —me pregunta, un poco atribulado.

—Eh… En el pasillo, a mano derecha, hay uno. Pero si quieres, ve al de arriba, es más grande.

André asiente con la cabeza, pero se va al de abajo. No voy a desaprovechar esta oportunidad. Sin la supervisión de André, la lengua de Gero se soltará todo lo que necesito y podré hablar con él sin censura.

Salgo corriendo de la casa, cruzo el jardín cual gacela, piso la parte cementada de la calle y me estampo contra la puerta de copiloto de la furgoneta negra de vigilancia. Gero, que ni se ha inmutado al verme, arquea las cejas, oscuras como la noche, con curiosidad y esa soberbia que tienen todos los madelman. Sonríe y me dice con ese acento canario tan resultón:

—¿Qué se le ofrece, señorita?

Ni siquiera me tomo mi tiempo para coger aire. Debo aprovechar la ocasión y sacar tanta información como pueda.

—¿Has vuelto a saber de Axel?

El canario me mira de arriba abajo y vuelve a sonreír.

—No. Tú tampoco, por lo visto.

—Claro que no. Axel no suele hablar conmigo de sí mismo.

Necesito que me hables de él y de su padre.

—No hay mucho de qué hablar, Becca. —Apoya un brazo sobre el cristal de la ventanilla, que está del todo bajada, y mira al frente con gesto adusto—. Simplemente, ellos no se llevaban bien.

—Ah, no, mijito —digo señalándole con el dedo, a mi estilo Reina de las Maras—. No puedes edulcorarlo ahora. Antes estabas bien dispuesto a hablarme de ello. ¿Acaso André es quien lleva la voz cantante de los dos?

Gero se ríe, el muy granuja.

—Ya entiendo por qué le gustas tanto a Axel.

—Déjame que ponga en duda eso, y más cuando me tengo que enterar por su hermano de la defunción de su padre.

—Axel no es como los demás, Becca. No intentes compararlo con otros hombres, no es de ningún estilo. Él es… diferente.

—¿Por qué?

—Porque no es fácil haber crecido con un hijo de puta que no le quería, como su padre.

Trago saliva y me sereno.

—Háblame de ello, por favor. Necesito entenderlo. Gero niega con la cabeza.

—No puedes… Ni siquiera nosotros comprendemos por todo lo que pudo pasar… Mi hermano y yo crecimos en una familia llena de amor. Y no concebimos lo que le pasó a él, lo que su padre le hizo. Solo puedes prestarle tu hombro para que un día, con cachimbas y bebida, te lo explique…

—¿Así os lo explicó él?

—Sí.

—¿En una noche de hermandad en la República Centroafricana, rodeados de bombas y metralletas? —pregunto, sabiendo perfectamente cuál es la respuesta.

Esta vez despierto un sincero interés en Gero, como si ahora me estuviese viendo de verdad.

—Lo sabes.

—Sí.

—¿Te lo explicó él? —pregunta, asombrado.

—No. MacGyver, alias Gabino Tabares.

—¿El cirujano? ¿Has conocido al cirujano? —exclama con una carcajada—. ¿Y cómo ha sido eso?

—Axel le pidió un favor para uno de mis pacientes.

—No me jodas —susurra, estupefacto—. Entonces es verdad. Le importas mucho. Axel nunca ha pedido favores a nadie.

—Sí. Eso mismo me dijo Gabino.

—¿Y qué más te contó?

—Me contó todo lo de vuestro destacamento. Y lo que hacía Axel allí, en el M.A.M.B.A.

—Vaya…

—Por favor, Gero… A riesgo de parecerte desesperada, que lo estoy —puntualizo—, necesito que viertas algo de luz sobre la figura de Axel. Sobre lo que le pasa…

—No puedo decirte mucho más, Becca.

La indignación que siento ante tanto hermetismo es como cianuro para mi organismo. Me quema y me mata a la vez. Pero respeto su postura.

Estoy a punto de retirarme con las orejas gachas y el rictus abatido, debo de dar tanta pena que Gero parece rectificar en su actitud y, compasivo, añade:

—Lo único que te puedo decir del Temerario es que es mi amigo. Que cualquier actitud que tenga con los demás está más que justificada. Es un compañero sobre el que siempre te podrás apoyar, aunque él jamás se apoye en nadie.

—Sí, eso ya lo sé. Pero quiero ayudarle.

—Antes te he dicho que entiendo por qué le gustas tanto y por qué te ha elegido.

—¿Y por qué crees tú?

—Porque tú no aceptas un no por respuesta. Salta a la vista.

—¿Me estás llamando pesada?

—No. Solo insistente. Y porque no le darás por perdido, a pesar de que intente alejarte de él con todas sus fuerzas. Axel es así. Cuanto más te acercas, más duro se vuelve. Ese es su modo de defenderse.

—Defenderse ¿de qué? —Sé que Axel guarda muchos secretos, que tienen que ver con su identidad y con su pasado, pero ¿qué daño podría hacerle yo?—. Yo nunca le lastimaría a propósito. Gero se encoge de hombros, abre la guantera y saca un paquete de tabaco en el que luce el mensaje subliminal de fumar mata, del tamaño de las letras grandes de la prueba del oculista, esas que indican si estás ciego o no.

—Pero eso es algo que él no sabe. ¿Cómo sabemos cuándo nos van a herir y cuándo no? No lo sabemos. Otorgamos nuestra confianza porque creemos que todo el mundo es bueno. Pero no es así… A Axel le han traicionado muchas veces. Le han hecho cosas imperdonables. ¿Por qué debería confiar en ti?

—Porque… —Me detengo y medito si decir en voz alta o no lo que gritan mis pensamientos. Antes de darme cuenta, ya lo he dicho—: Porque estoy enamorada de él. Y quiero… No —me corrijo—, necesito que confíe en mí.

Impresionada todavía por mi vehemencia, veo cómo los ojos negros de Gero se suavizan y una luz interior titila en su iris.

—Entonces, encárgate de dejárselo claro. No dejes de repetírselo, Becca. Si hay una persona que puede sacarle del agujero en el que está, esa eres tú.

—¿Cómo? No habla conmigo. Mira. —Le muestro mi teléfono con las más de quince llamadas que le he hecho.

—Eso no importa. Encontrarás el modo. Mientras tanto, lo único que puedo decirte sobre él es que los conocimientos de defensa personal y seguridad que posee no se aprenden sobre la marcha en un destacamento. Él ya los había aprendido antes de ingresar en nuestro campamento —murmura llevándose el pitillo aún apagado a los labios.

—¿Qué quieres decir con eso?

Gero enciende el cigarrillo con el mechero, expulsa el humo que tanto asco me da, y fija sus ojos en el horizonte.

—Que antes de entrar en nuestro campamento, Axel ya era un soldado muy bien preparado. Su actitud, sus maniobras, sus amplios conocimientos… Se necesitan años para lograr su nivel. Axel ya era un arma de matar, y uno no nace así: lo aprende.

Gero no puede explicarme nada más porque André acaba de llegar al coche, tocándose la parte delantera de su pantalón militar. Se le habrá enganchado el pitamen. Esa manía que tienen los hombres…

Nos observa como si estuviéramos conspirando, y no lo hacemos, pero casi.

—Becca. ¿Necesitas algo?

—No —contesto aguantando la pose y disimulando—. Le he preguntado a Gero si necesitabais algo más, o si os habías quedado con hambre. También si queríais unas mantas para dormir aquí… —le sugiero—. La noche es fría.

—En nuestro cuatro por cuatro tenemos todo lo que necesitamos.

—Ya veo —asiento fijándome en la consola delantera. De hecho, tiene hasta teléfono por cable y un montón de pantallas con imágenes de la casa, incluso del balcón de mi habitación—. Supongo que ya habíais hecho esto otras veces…

—Supones bien —contesta el más serio de los dos hermanos.

—Pero te agradecería —dice Gero— que mañana por la mañana nos trajeses un termo de café bien calentito. Para despertarnos. Ya sabes…

—Sí, sí. —Aprovecho para alejarme y despedirme de ellos—. Ya sé. —La mirada algo desaprobatoria de André me coarta un poco—. Mañana os traeré algo para desayunar antes de partir hacia Santa Cruz.

—Gracias, Becca. —André se da la vuelta y mira de forma airada a su hermano—. ¿Qué le has contado?

Oigo lo que André le está diciendo. Y también la respuesta de Gero.

Tiene razón. Mientras entro a la casa y subo las escaleras para dirigirme a mi habitación y descansar, concluyo que no me ha dicho nada que yo no supiera. Aunque debo encajar esa nueva información sobre él.

Axel me había contado que estaba cansado de su vida entre cristales y algodones, que estaba tan aburrido que la guerra le pareció un escenario que encajaba con su realidad emocional. Si Axel ya tenía tantos conocimientos sobre el arte de la guerra y la seguridad personal, ¿qué se supone que había hecho antes de entrar en M.A.M.B.A.? Desde luego, nada relacionado con el aburrimiento o una vida demasiado relajada.

¿En qué lugar quedan las palabras que me dedicó?: «De alguna manera…, tú, tu programa…, lo que nos está pasando, lo que estamos viviendo…, me está ayudando a despertar».

A despertar… ¿de qué pesadilla?

Estoy agotada de no descansar, de no dormir, de estar preocupada, de sentirme vacía y de no contar para él.

Esta mañana he amanecido de tal modo, que cuando he bajado a desayunar, Ingrid solo me ha dicho: «Que Dios bendiga los antiojeras, y menos mal que tengo kilos de maquillaje en crema».

Sigo con mi sueño recurrente. Sigo sintiendo que me ahogo y que Axel me salva. Y el recuerdo de sus implorantes palabras pidiendo a Dios o a la vida que aquello no le pasara otra vez, es una señal indeleble de una experiencia real. No es invención mía. Él lo dijo. ¿Qué es lo que Axel no quería volver a vivir?

¿Acaso no pudo salvar a alguien de morir ahogado? Y si fue así, ¿a quién?

¡Tengo tantas preguntas! A cada hora que pasa, los enigmas a su alrededor son cada vez mayores. Lo único que no puedo olvidar es lo que ha pasado: su padre ha muerto, y ni siquiera sé si a él la noticia le ha afectado o no.

Subo a la caravana, que ya está lista para comenzar a grabar. Los norteamericanos nos esperarán en casa de Marina. Hacer el mismo recorrido que hice en coche el día que Vendetta chocó contra mi coche, el día que estuve a punto de morir, no hace que me sienta segura, a pesar de ir en la caravana acompañada de mis amigos, y seguida por el todoterreno de André y Gero.

Roberto tiene los auriculares puestos, aislado del mundo, tal vez pensando en lo que le va a deparar el día y en lo mucho que debe colaborar para que todos salgamos contentos, sobre todo él. Al fin y al cabo, él está inmerso en sus propias batallas mentales, exactamente igual que yo.

Como Ingrid es casi medio psicóloga y también goza de una acusada empatía, me ha agarrado por banda y me ha apartado de mi ofuscación llevándome frente al tocador y poniendo la música de Melendi —Tocado y hundido— más alto.

Está haciendo magia sobre mi cara demacrada. Base, antiojeras, corrector, colorete, lápiz de ojos, sombra, rímel y pintalabios, y de repente vuelvo a ser una super star preparada para ayudar a los demás.

Hablamos de cosas sin demasiada importancia. Banalidades varias que mantienen mi mente ocupada y me alejan del terror que supone cruzar el maldito puente por el que caí. Es como si mi cuerpo lo sintiera, como si percibiera que está sobre él, aunque mis ojos no lo vean. Por eso me tenso y los cierro con fuerza, obligándome a centrarme exclusivamente en mi respiración. La caída fue aparatosa; el dolor, demasiado punzante… El olor a río y a humedad… No. Tengo que alejarme de esa zona. Estoy a punto de sufrir una crisis de ansiedad.

—Déjame ver esas uñas. —La buena de Ingrid toma mis manos algo sudorosas por el pavor, y abre mis dedos, tensos y apretados, con suavidad. Me transmite tranquilidad, el contacto humano siempre lo hace—. ¿De qué color quieres que te las pinte?

Abro un ojo perplejo.

—¿Alguna vez he sabido combinar los colores? —le pregunto.

Ingrid se ríe.

—Tienes razón. No sé cómo se me ocurre preguntarte algo así.

—Puede que sea porque todavía tienes la esperanza de que se me quede algo de todo lo que estoy aprendiendo sobre moda y maquillaje contigo, ¿verdad?

Ingrid se muerde el labio y me mira con dulzura.

—Sí.

—Eres demasiado positiva. En ese aspecto, estoy perdida.

—De ti lo espero todo, Becca —reconoce mirándome con orgullo.

Ha elegido un pintauñas de color bermellón, que no sé si combina demasiado con la ropa que llevo. Tejanos Strech, una camiseta de algodón de manga larga, sutilmente ancha, negra con rayas horizontales blancas. En los pies, unas Converse blancas de doble suela. Hoy visto bastante discreta. Bastante como vestiría yo un día de cada día. Me gusta, me siento cómoda así. Es como si Ingrid decidiera esta ropa porque sabe que con ella me siento más yo. Cuando acaba de pintarme las uñas, toma mis manos y las levanta como si así las viera mejor.

—Ojalá pudiera pintarme las uñas así —reconozco—. Siempre que lo he intentado me veo como un niña en la guardería tratando de colorear una silueta de la plantilla de dibujos.

—Propóntelo, y seguro que serás una experta en pocos días.

—Ay, Ingrid… Tienes demasiada fe en mí —murmuro.

—¿Fe? No es fe —replica, sorprendida—. Fe es creer sin haber visto nada. Pero yo he visto todo lo que haces y el modo que tienes de adaptarte a todas las situaciones, como si fueras un camaleón. Sé lo que te ha pasado estos días. Yo estaría hundida; pero tú, lejos de amilanarte —se vuelve y abre un cajón del tocador de Cenicienta; de él saca un estuche donde pone «RayBan»; cuando lo abre, toma unas gafas de ver, de pasta roja, que me enamoran nada más verlas—, le has echado un par de narices, Becca, y estás aquí otra vez. Con nosotros. Haciendo tu trabajo. —Resopla, incrédula—. Como si le dijeras a tu acosador que no va a poder contigo. —Abre las patillas de las gafas y me sonríe—. Por supuesto que creo en ti.

Cuando me doy cuenta, ya hemos pasado el puente hace rato, y mi adrenalina se ha rebajado considerablemente. Agacho la cabeza, vencida por su cariño, y sonrío agradecida.

Ingrid es sabia. Y está aprendiendo mucho de mis técnicas.

—Gracias —le digo.

—¿Por?

—Por distraerme y hacer que se me pase el miedo.

Ella sonríe e ilumina la caravana con su espontaneidad y su autenticidad.

—¿Ha funcionado?

—Ya lo creo.

—Entre tú y El Mentalista conseguiréis que me diplome.

—Seguro. En serio, Ingrid. Gracias. Sin ti, esto sería mucho más difícil.

—¡Bah! No hay de qué —dice mientras observa mi rostro buscando algo—. ¿Y si volvemos a esas gafas que no necesitas?

—Sacude las lentes delante de mis narices—. Los americanos verán en ti a una intelectual, sensual y arrolladora mujer de melena indomable y pico de oro. Los pondrás cachondos con esto. Los tendrás comiendo de tu mano incluso antes de abrir la boca.

—Sí. Me encanta la idea. Me gustan las gafas —admito sin ambages; me las pongo y me miro al espejo.

Tengo mucho que agradecer a mi maquilladora. No solo que fuera creada por Dios para gobernar mis rizos, sino también que tenga la capacidad de hacerme parecer más guapa de lo que yo me veo. Y también por suministrarme inyecciones de energía y buen rollo.

Tal vez sea esto último lo que hace que me sienta mejor.

Cuando Fayna me dijo que la casa de su amiga Marina estaba un poco retirada en la montaña, no bromeaba. Está en Dos Barrancos.

Al bajarme de la caravana, admiro la casa, que es de estilo canario, y tiene vastas hectáreas a su alrededor, pobladas de huertas y árboles frutales que huelen de maravilla. Dispone de una amplia terraza rojiza, con tumbonas de madera clara, y una piscina enorme rodeada de piedras volcánicas. Estamos a unos cinco kilómetros del centro de Santa Cruz, y aun así parece que nos encontremos en un mundo ecuestre aparte.

En el porche hay aparcado un Land Rover negro de cristales tintados. Hemos llegado puntuales, justo a la hora que quedamos con los americanos y con Fayna. Cuando me acerco al coche, las puertas traseras se abren, y de él sale un japonés muy bajito parecido al de Resacón en las Vegas, y un hombre enorme y calvo, con gafas de sol, y tan obeso que parece que se haya comido a toda su familia.

Visten de manera informal: vaqueros y una camisa de manga corta remetida por la faja de los pantalones. Nunca me ha gustado eso. No sé por qué. Los dos llevan deportivas.

El japonés se ríe, o eso me parece. La expresión de sus ojos me engaña. El otro, que camina a su lado, me repasa de arriba abajo y esboza una amplia sonrisa.

—¿Miss Becca? —me pregunta el bajito—. Soy George Smart. Es un placer conocerla —me dice en inglés americano.

—El placer es mío.

—Este es Tom Giant, mi coproductor.

Les doy la mano a ambos, y me abstengo de soltar un chiste sobre su apellido. La verdad es que lo de Gigante le va que ni pintado.

—Teníamos muchas ganas de verla en acción. Su trabajo —explica George— es realmente bueno y novedoso.

—Muchas gracias. Me alegra que les guste. ¿Han tenido un buen viaje?

—Sí. No me he enterado. Ya sabe —se encoge de hombros—, un par de pastillitas y a dormir…

¿Acaba de cerrar los ojos y silbar?

—Ah, sí. —Me echo a reír—. Los viajes largos son muy pesados. A veces una ayudita…, ¿eh?

—Correcto. Bien. —George da una palmada y mira a su compañero, que sigue sonriente—. Nosotros no queremos robarle tiempo. La seguiremos como una sombra, pero, por favor, haga como si no existiéramos. —Suelta una carcajada—. Necesitamos que trabaje con naturalidad, como hasta ahora lo ha hecho.

—No lo dude. Así será.

—¿Conoce usted a la paciente? —me pregunta Tom.

—No. Sí conozco a su amiga, que ha sido el gancho para que pueda echarle una mano —contesto—. Pero hoy veré por primera vez a Marina, igual que ustedes.

Tom y George se miran y asienten. El japonés extiende el brazo hacia delante y me dice:

—Después de usted.

Voy a tener a los americanos enganchados como lapas. Necesitarán comprobar la fiabilidad del producto que quieren comprar. Tal vez hayan creído que todo es un montaje y que todo está pactado.

Si creen eso, les voy a echar por tierra su teoría.

Tengo un cámara menos, eso sí. Pero Bruno está ante su prueba de fuego, y seguro que lo hará genial.

Confiemos en que así sea. Cruzad los dedos.

4

@solaenVietnam @eldivandeBecca #Beccarias Yo no quiero que él me diga que me ama. Yo quiero que me dé su contraseña de Twitter y Facebook. Eso sí es amor de verdad #lasredessocialesacabarancontodo

—No me digas ni hola. Solo dime quién es el rubio que hay detrás de ti y de dónde carajo los sacas.

Fayna, con su camisa amarilla de flores rosas que hace que me salga glaucoma de golpe, parpadea atónita después de abrir la puerta de la casa de Marina. Sus ojos claros y grandes están clavados en Roberto, hipnotizados por su fuerza animal y esa energía alfa y petulante que la noquea a una.

—¿Te das cuenta de que te está grabando Bruno? —le pregunto entre dientes, arqueando las cejas.

—Bah. —Mi amiga mueve la mano como si apartara un bicho volador de su cara, y sonríe con sinceridad—. Eso lo dirán todas las mujeres de España en cuanto vean este capítulo —espeta al tiempo que abre los brazos para recibirme.

Me abrazo a ella; bueno…, más bien me dejo engullir. Os aseguro que no hay nada mejor que uno de sus abrazos, porque Fay solo tiene luz para dar. Aunque sea una bruta y esté para que la encierren.

—¿Quién es el chino enano? —me pregunta cuando lo ve por encima de mi hombro.

—Es americano —la corrijo en voz baja—. Por favor, Fayna, compórtate. Son los productores que te comenté por teléfono.

Los de Estados Unidos que vienen a ver en directo cómo trabajamos… Tiene que ser todo muy natural.

—Ah, sí. Antes he visto un todoterreno aparcado enfrente de la casa, pero no sabía que eran ellos, pensé que era Ildefonso.

Carraspeo incómoda. Hablar con una persona con tanta espontaneidad y tan poco filtro es como jugar al Monopoly, te puede buscar la ruina en un par de jugadas.

—¿Quién es Ildefonso? —me atrevo a preguntar, y me arrepiento al instante.

—Uno que me ligué hace un par de días y que se ha obsesionado conmigo. Dice que somos almas gemelas, porque él tiene un collar para hablar como Darth Vader, y como yo también tengo uno que me electrocuta, pues pensó que teníamos un mundo en común… Marina tiene una recortada que lanza perdigones. Estaba barajando la posibilidad de dispararles… pensando que era él, claro.

—Madre mía. —Cierro los ojos con estupor y me presiono el puente de la nariz—. Bruno, vas a cortar esto, ¿verdad?

Bruno niega con la cabeza, y sonríe de tal forma que sus dientes blancos destellan.

—Ni hablar.

—Joder —murmuro. Solo pido que los americanos no entiendan ni una palabra de español.

—Bueno, venga. —Fayna nos anima a que pasemos—. Entrad… Marina os está esperando en el salón. ¡Mari! —grita Fayna mirando al techo—. ¡Mi amiga Becca, la de la tele, ya está aquí! —Se da la vuelta mirando a Roberto, y añade—: ¡Y HeMan también!

Marina.

Paciente número X de mi carrera como psicoterapeuta.

Antes de enfrentarme cara a cara con uno de ellos, intento hacerme una imagen mental de cómo pueden ser. Marina está embarazada de ocho meses, pero el miedo atroz que le tiene al parto le está provocando malestar y pone en peligro al bebé debido a sus ataques de pánico.

Cuando veo a Marina, tumbada en el sofá del salón, con las piernas cubiertas por una manta y tres infusiones de algo que huele a valeriana —y no sé qué más— vacías sobre la mesa baja de madera envejecida, me doy cuenta de que es de las primeras veces que no he acertado con mi idea preconcebida.

Pensé que me encontraría con una amapola del campo, dulce y liviana, aterrorizada por sufrir algo de dolor. En vez de eso, me doy de bruces con una chica —muy mona, eso sí— rubia, con el pelo a lo champiñón, ojeras bajo sus ojos grises y gatunos, y la cara algo hinchada por su avanzado estado de gestación. Pero parece fuerte, y transmite elación y algo de arrogancia en su pose.

Lleva una camisa de manga larga enorme, de cuadros rojos y negros, estilo leñador, que cubren por completo su vientre abombado.

Roberto, que camina a mi lado, no se siente nada a gusto con la situación. Sé por qué. Conozco al dedillo su manera de pensar. Las mujeres embarazadas son como una especie aparte para él: nunca las ha tratado, le dan miedo.

Marina me mira y sonríe sin tenerlas todas consigo. Después, echa una ojeada a Roberto, y no sé si me lo invento o no, pero creo que ha siseado como un gato arisco. ¿En serio ha hecho eso?

—Hola, Marina —la saludo afablemente—. Soy Becca. —Le ofrezco la mano—. Encantada de conocerte.

Ella la acepta y asiente con la cabeza.

—Igualmente… —Echa un vistazo a Bruno y se coloca bien el flequillo rubio hacia un lado—. Qué invasivo, ¿no?

—¿La cámara? —digo señalándola con el pulgar—. No te preocupes, con el paso de los minutos te parecerá que no existe.

—Ya… —Marina agarra un cojín y lo abraza contra su barriga, en un gesto de protección. Está asustada, por el bebé y por ella.

—¿Me puedo sentar?

—Adelante. —Con la mano me indica el sofá de dos plazas que tiene al lado, haciendo forma de ele. El tapizado es de muchos colores. Me distrae.

Cuando tomo asiento, oigo una repentina bocina que hace que me levante de golpe.

Ingrid, que acompaña a los americanos, se tapa la boca para no dejar ir una risotada.

Busco el origen de ese estridente pito y entonces diviso un pato amarillo de goma, más pequeño que una pelota de tenis.

—Ups, perdona —dice Marina—. Es el juguete de Mío. Lo deja por todas partes.

—¿Mío? —pregunto tomándolo para dejarlo sobre la mesa.

Me siento de nuevo.

—Sí. Mi gato persa. Ahora estará en el jardín. —Y comienza a buscarlo a través de la ventana que da al jardín—. ¿Tienes gatos?

—No.

—Haces bien —contesta—. Producen toxoplasmosis en las embarazadas.

Entrelazo los dedos de mis manos, y percibo el pavor en sus palabras. Tiene un alto grado de hipocondría. No sé qué demonios ha estado bebiendo, pero esas tazas huelen raro.

—En realidad, los gatos no transmiten la toxoplasmosis en las embarazadas. —Alarga la mano a una de las tazas vacías y la miro por debajo de mis pestañas—. ¿Puedo?

—Claro. Los gatos transmiten esa enfermedad, ya lo creo que sí. Seguro que yo la tengo.

Huelo el culo de la taza. Arrugo las cejas.

—¿Qué es lo que le has echado? —pregunto.

—Marihuana —contesta Roberto sin mirarla.

—Es marihuana medicinal —se defiende Marina—. Y no la echo en la taza. La utilizo en el vaporizador —contesta señalando el pequeño difusor que hay sobre la cómoda blanca del salón.

Lo miro estupefacta. Parece un objeto de decoración de color violeta, en forma de flor.

—¿Cómo puedes hacer eso en tu estado? —pregunta Roberto con tono de censura.

Marina relaja la espalda y se apoya completamente en el respaldo del sofá. Creo que está harta de dar explicaciones.

—Si dejaras las paredes de tu casa, cada maldita mañana y cada maldita noche, con un estucado digno de un cuadro de Pollock, harías lo mismo, créeme.

—¿Qué dices? —replica Roberto.

—¿Quién es esta nenaza? —Marina lo mira de arriba abajo, riéndose de él.

Vaya. Marina tiene un carácter bastante punzante. Puede que eso le vaya bien a Roberto.

—A ver, un momento. —Pongo paz entre ellos, y orden en mi cabeza—. Marina, este es Roberto. Haréis la terapia conjunta.

—Pfff… —bufa—. De acuerdo. ¿Qué le pasa, también está embarazada?

Roberto mira hacia otro lado, ignorándola, y yo pongo los ojos en blanco.

—Vale… —Me limpio el sudor de las manos en los tejanos—. Esto va a salir bien —me repito para tranquilizarme—. Leí no sé dónde que el cannabis vaporizado cesaba las náuseas y los vómitos de las embarazadas. No sé hasta qué punto eso es bueno, pero si te funciona…

—Sí —asiente Marina.

—Segundo, ¿tu gato está al día con las vacunas?

—Por supuesto.

—Entonces, no tienes toxoplasmosis. La toxoplasmosis la transmiten los gatos callejeros que no han recibido cuidados. Seguro que Mío está mejor cuidado que nadie.

—Es mi niño —se reafirma—. Claro que está al día de todo.

—Fabuloso. —Me inclino hacia delante para atraer su atención, y eso provoca que la esquiva Marina fije sus ojos en los míos—. Marina.

—¿Qué?

—¿Me puedes contar cuál es tu miedo? ¿Por qué lo estás pasando tan mal?

—Por esto, Becca. —Y se señala la barriga hinchada—. Porque… me da pavor no vivir para ver a mi bebé. —Se emociona y comienza a temblar.

Su miedo es tan real que hasta lo puedo tocar.

—¿Tienes miedo de morir en el parto?

—Sí. Hay antecedentes familiares. Mi prima —susurra, acongojada— murió en la camilla. Soy igual de estrecha que ella, me puede pasar lo mismo.

Bueno, eso lo complica todo un poco más. En la actualidad, son muy pocas las defunciones por complicaciones en el parto, porque hoy en día todo está muy controlado.

—Lo siento de veras.

—Pasó hace mucho. Murieron los dos. El bebé y ella.

—¿Está tu marido en casa? También me gustaría poder hablar con él…

Marina dibuja un mohín disconforme con los labios.

—¿Marido? No, por favor. Voy a tener a mi bebé sola. —Levanta la barbilla, orgullosa.

—Ah… —Busco a Fayna con la mirada—. No lo sabía.

Fayna sonríe y se encoge de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿In vitro? —le pregunto a Marina.

—Sí. No necesito a los hombres para nada.

Debo respetar su opinión, aunque no la comparta.

—Hablemos de tu miedo al parto… ¿Cuáles son tus sensaciones?

—Mis sensaciones… —Se ríe ácidamente—. Las peores. Odio las inyecciones, la sangre me marea, y la sola idea de que tengan que cortarme me provoca taquicardias… Ojalá pudieran dormirme y sacarme al bebé naturalmente.

Asiento, sin dejar de prestarle atención. No es momento de intervenir, solo de escuchar.

—Podría romperme por dentro, se me pueden desplazar las caderas… O morirme del esfuerzo. Y si me muero, ¿quién va a cuidar de mi bebé?

—Asumo que tu principal miedo es dejar al bebé solo, en vez de la muerte en sí.

—Y el dolor. No llevo bien el dolor. Nada bien. —Niega con la cabeza, vehemente.

—Muchas mujeres pasan por tu situación… ¿Has hablado de ello con tu madre? Ella ha pasado también por esto, si no tú no estarías aquí.

—Mi madre se fue a Holanda a trabajar, y me dejó aquí tirada cuando cumplí la mayoría de edad. Me dijo: «Marina, ahora te toca hacerte cargo de ti misma. Yo ya he cumplido con mi trabajo. Te he criado y te he ayudado a crecer. Ya eres adulta, espabila». Así que hace como catorce años que no nos hablamos.

Algo del relato de Marina llama la atención de Roberto, que ahora está activo, mirándola de reojo, estudiándola de arriba abajo.

—Tuvo que ser duro para ti. —Hay madres despreocupadas.

—Sí, lo fue.

—¿Y tu padre?

—Cuando tenía cinco años, mi padre se metió en una secta de contacto extraterrestre. Está en algún lugar del mundo hablando con el capitán Spock.

Roberto sonríe, igual que yo.

—Has salido adelante tú sola —asumo con mi empatía a flor de piel.

—Sí. Gracias a Dios soy muy inteligente. Mi madre me guardó en una cuenta de ahorros parte del dinero de una indemnización, y con eso estudié y me monté mi propio negocio de catering a domicilio. Y bueno, todo empezó a funcionar económicamente para mí. —Tuerce la cabeza a un lado y cruje el cuello—. Dios, el embarazo me está matando… Tengo la columna y las cervicales fatal.

—Marina, cuando te hiciste la in vitro, ¿sabías que podías reaccionar así?

—No. Jamás. Para mí tener un bebé debía ser algo hermoso, algo maravilloso y único. Siempre he sido autosuficiente, nunca he pedido ayuda a nadie. Sabía que iba a poder sola con esto, y me moría de ganas de vivir esta aventura. —Se pasa las estilizadas manos por el pelo lacio y de corte moderno—. No sé qué fue lo que detonó mi cambio de humor al respecto. No sé en qué punto empecé a actuar así… Siempre he sido fuerte, no una debilucha hipocondríaca con miedo a dar un paso para no ver asomar una cabeza entre las piernas…

—No debes atacarte —le sugiero suavemente—. Todo el mundo está en su derecho de tener sus propias fobias. No somos de piedra.

Ella oscila las pestañas tan rubias como su pelo y continúa hablando con la mirada gacha. Señal de que se siente avergonzada por un comportamiento que intuye lejos de poder controlar.

—Solo sé que me ha superado. No hay minuto del día que no piense en todas las terribles complicaciones que habrá el día del parto. Es agotador… Extenuante. —Deja caer la cabeza hacia atrás y la apoya en el enorme cojín verde que hace las veces de respaldo—. No puedo seguir así.

—Está bien. —Poso mi mano sobre la de ella, fría y temblorosa—. Vamos a trabajar en ello, Marina. Voy a ayudarte.

—¿Cómo? No creo que puedas. Mi cabeza es más fuerte que yo, te lo aseguro.

—No digo que no lo sea. Pero siempre hay estrategias que uno puede usar cuando le atenaza el miedo. Para empezar, te diré que muchas personas sufren tu fobia —le explico y le doy un golpecito en el dorso de su mano—. Se llama tocofobia. Pánico al parto. En griego, tocos es «parto».

—¿Tiene diagnóstico? ¿No es locura? ¿Hay más taradas como yo? —pregunta, estupefacta. Por primera vez, un brillo de esperanza cruza sus ojos. A Marina le gusta saber que no es un bicho raro, que no es la única.

—Sí. Hay mujeres que le temen tanto al parto que no se quedan embarazadas, y algunas incluso lo interrumpen porque el miedo las supera.

—¿Interrumpir? —Horrorizada, se cubre el vientre con una mano y lo acaricia de forma circular—. Jamás haría eso. Mi bebé, pobrecito…

—Te lo digo para que veas que hay casos extremos. No obstante, detrás de una fobia irracional, o de un pánico extremo, siempre hay un motivo, siempre hay una razón. Tengo poco tiempo para desengranar la raíz de tu miedo, pero haré lo posible para ayudarte. Si me dejas, claro.

A pesar de haber ayudado a Fayna, Marina no demuestra tanta confianza en mí para que mi terapia tenga éxito también con ella.

—De acuerdo —asiente—. ¿Y él va a estar con nosotras siempre?

—Sí —le confirmo, y luego sonrío a Roberto.

—¿Y por qué?

—Porque creo que os podéis retroalimentar mutuamente —contesto con tranquilidad. Debo demostrar que lo tengo todo bajo control. Roberto también padece una fobia que superar, aunque él crea que no.

Marina analiza al Adonis rubio con la profesionalidad de alguien que sabe valorar un buen producto para vender a los demás.

—¿Y también hablará? ¿O solo hablaré yo?

Uy. La primera puya. Sí. Ya sé que no es buena idea juntar un hombre que tiene cero confianza en las mujeres con una mujer que no necesita a los hombres para nada, pero siempre hay una primera vez.

—Lo de hablar o no, déjamelo a mí —replico guiñándole un ojo—. Por lo pronto, quiero que los tres juntos hagamos una salida. ¿Cómo llevas la visita a los hospitales, Marina?

Santa Cruz

Nos encontramos en el Hospital Universitario de Nuestra Señora de la Candelaria, en Santa Cruz. Hemos accedido a la planta de Neonatología con el permiso del director del hospital.

Roberto está tan tenso con Marina que se cuida hasta de no rozarla, como si creyera que puede romperla o hacerle daño en algún momento.

Su reacción es muy normal. Nunca ha tratado a una mujer de verdad, en su máximo esplendor, embarazada, con la capacidad de dar vida. Solo utilizaba a las hembras para darles placer, para que le rogaran y le pidieran más, y así sentirse querido e importante; imprescindible. Pero, lejos del sexo, el pobre no sabe cómo actuar con una mujer que ni siquiera lo mira con interés, y que además tiene algo tan titánico entre manos como es un bebé, a pesar del pánico que la pueda sobrepasar. A veces, mientras íbamos en los coches (hemos dejado la caravana aparcada en el porche, para no llamar la atención demasiado en el centro de Santa Cruz), lo he cazado mirándola, estudiándola, valorando las diferencias entre Marina y todas las tipas que se ha beneficiado. Seguro que hay tantas, que lo desconcierta.

Marina, en cambio, no ha estado pendiente de él ni un segundo. ¿Cómo iba a hacerlo, si su pánico a moverse o a ir a un hospital la tiene tan entretenida que no puede pensar en otra cosa? Sufre una crisis de ansiedad aguda, y solo se siente bien y a salvo en su casa. Todo lo que sea salir de ahí, en su estado, es una amenaza contra su vida. Es un tanto agorafóbica, como lo es Eugenio. Me imagino la cantidad de pensamientos que le deben de estar cruzando por la mente: «Quiero huir de aquí. ¿Y si me pongo a correr? Dios, me estoy quedando sin aire. ¿Y si me olvido de respirar? ¿Y si voy al hospital y cojo alguna enfermedad? ¿El Ébola? ¿Ha llegado a las Islas? Mira que estamos al lado de África…». Y así, en un sinfín de «Y sis» inseguros e hipocondríacos que hacen de su vida una aventura al límite.

Sin embargo, siempre he dicho —y seguiré diciendo— que admiro a cada uno de mis pacientes fóbicos, ansiosos, depresivos, obsesivos… Porque siguen adelante. La mente es el músculo que más debe trabajarse y cuidar para llegar un día a comprendernos nosotros mismos. Todos mis pacientes están en el camino de autoencontrarse, pero para ello tienen que perderse más que Adán en el día de la Madre.

He permitido a Fayna que acompañe a su amiga, agarrada a su brazo, como dos abuelitas. Mi loca del collar de perro no deja de señalar a todos los bebés que ve detrás del cristal. Señala a aquellos que tienen gorritos con orejas de animales, y no lo hace porque estén adorables, sino porque quiere esos gorros. Me parto de risa con ella.

Una vez estamos dentro, le pido a Fayna que nos deje a solas. Ella, que es muy protectora con su amiga, accede a regañadientes.

Marina, por su parte, no quiere ni mirar a los bebés, y deseo averiguar por qué.

Roberto, en cambio, se mantiene alejado del cristal de la sala de neonatos, con las manos metidas en los bolsillos, una pierna cruzada sobre la otra, apoyado en la pared de enfrente.

Bruno revolotea a nuestro alrededor con la cámara.

Mantengo el pinganillo bien presionado a mi oído, por si quiere darme alguna indicación especial. Me he acostumbrado ya a la presencia de un objetivo y estoy familiarizada con todo el argot y los procedimientos de una grabación, hasta el punto de que me siento en casa y ya no me incomodan en absoluto.

—Bien. —Agarro a Marina de la mano, que camina arrastrando los pies, y doy un paso al frente.

Veo nuestro reflejo en el cristal que separa la sala de bebés del pasillo de visitantes y observadores. Ella tiene un cutis limpio y claro, aunque eso hace que la sombra debajo de sus hermosos ojos sea más pronunciada. Mi pelo está todo lo ordenado que puede estar, y me gusta cómo me sientan mis gafas de montura roja. Pero quien me conozca de verdad notará que mis ojos azules claros no están luminosos, señal de lo disgustada y triste que me tiene la indiferencia y el apartheid que demuestra Axel por mí. Me centro en los bebés, porque me ayudan a sonreír y a no pensar en el pobre diablo.

Roberto no deja de observar a las parejas que se acercan a ver a sus hijos. Algunas mamis en silla de ruedas acompañadas por sus maridos, emocionados y felices por haber traído una nueva vida al mundo. Una vida de la que son responsables, y a la que deben colmar con muchísimo amor.

—Quiero irme de aquí —me pide Marina—. Empiezo a encontrarme mal.

—Sí, lo sé —asumo, y le ofrezco la seguridad que ella no tiene—. Pero no puedes irte. ¿Sabes por qué te he traído aquí?

—Porque quieres atormentarme.

—No. Lo que quiero es que veas que cada día esta planta se llena de bebés recién nacidos. Que en todos los hospitales del mundo nacen bebés a diario. Que millones de mujeres tienen hijos como si fuera lo más natural de la vida. Porque lo es.

Ella traga saliva y deja caer la mirada a la primera cunita de cristal que tiene enfrente. Pero la aparta rápidamente.

—No seré capaz de tener el bebé, Becca —reconoce, perdida en sus pesadillas.

—Cuando llegue el momento, lo serás.

—Estoy pasando por la peor época de mi vida. Mi cabeza puede más que yo. —Marina abandona toda reserva conmigo, y decide decir la verdad—. Siempre fui una mujer fuerte e independiente. Me reía de las personas que tenían crisis de pánico y cosas de esas… Pero nunca me imaginé que me pasaría a mí, porque me consideraba preparada e inteligente como para no creer en las trampas de mi cabeza. Pero ahora… —Se mira las manos y cierra los dedos formando puños—. Ahora, mira cómo estoy… Aterrada por la posibilidad de parir y víctima de pensamientos absurdos que me afectan como si fueran reales. —Su voz tiembla y se resquebraja.

Levanto una mano y la apoyo en su espalda. Las palabras se graban más en el subconsciente cuando hay contacto de por medio. Yo llamo «ancla» a mi necesidad de tocar a mis pacientes. Desde fuera, nadie podría comprender a ninguno de mis chicos. La gente tilda de locura cualquier cosa que tenga que ver con desórdenes de la mente. Pero la mente es un músculo que enferma por igual, y hay que normalizar los trastornos de nuestra cabeza, como enfermedades comunes. La ansiedad, por ejemplo, es la enfermedad del siglo XXI. Muchos la padecen, y la gran mayoría lo hacen en silencio por vergüenza a reconocer lo que les pasa. Yo jamás me compadecería de Marina por lo que me explica, ni tampoco sería capaz de juzgarla y decir algo como «Se le ha ido la cabeza». Me dedico a esto, y hay que comprender los mecanismos de nuestra mente para aceptar que a veces el exceso de trabajo, la dureza de la vida y la fragilidad de nuestras emociones pueden fastidiar nuestro disco duro.

—¿Sabes? Lo que te pasa no es tan difícil de comprender… Tienes un miedo recurrente a una incapacidad de dar a luz —le explico sin retirar mi mano de su espalda—. Tuviste una prima que murió en el parto, y eso fue traumático para ti.

—Sí.

—Ahí se plantó la primera semilla para que tu miedo floreciera en algún momento. ¿Cuántos años tenías?

—Era joven. Quince.

—Quince… —repito, pensativa—. La edad en la que una chica empieza a ir con chicos y a interesarse por el sexo. ¿Cómo fueron tus relaciones sexuales? ¿Las has disfrutado?

Marina vuelve la cabeza hacia mí, con el gesto traspapelado.

—¿Quieres que hablemos de sexo aquí? —pregunta con aire perdido.

—No, no… Solo necesito datos. Si no quieres contestar, no lo hagas —la animo a que se vuelva a relajar—, pero apuesto a que las relaciones con hombres te dolían, a que nunca te relajaste con ellos, y a que los métodos anticonceptivos que utilizabas te daban grima.

La cara de Marina es un poema. Se inclina hacia mí y me susurra en voz baja, ignorante de la alcachofa que pende sobre nuestras cabezas:

—¿Cómo diantres sabes tú eso? ¿Fayna te ha dicho algo?

—No. La tocofobia se puede dar por muchas razones, Marina. No aparece porque sí. Como te he dicho, todo tiene una raíz. —Arqueo mis cejas y me subo las gafas por el puente de la nariz—. Así que…

—Así que… ¿Qué?

—¿Tengo razón respecto a tus experiencias sexuales?

Ella asiente nerviosa y su cutis blanquecino se tiñe de rojo intenso.

—Nunca… —se cuida de que Roberto no la oiga—, nunca he estado cómoda en la cama con ningún hombre. Tampoco es que haya tenido una experiencia dilatada… Cuando vi que no era lo mío, dejé de practicarlo.

¿Que no era lo suyo? Madre mía, seguro que hasta le ha vuelto a crecer el himen.

No es mi intención avergonzarla, pero no puedo controlar las inseguridades o vergüenzas de las personas con las que trabajo. Es un trago por el que tiene que pasar.

—De acuerdo. —Sonrío de nuevo—. Ahí tienes la segunda semilla. Si te das cuenta, tu aversión al sexo está íntimamente relacionada con tu aparato reproductor y tu vagina. Con total seguridad, en tu mente hay muchos amarres que relacionan tu miedo con lo desagradable que era para ti que alguien hurgara en tu…

—Vale, sí —me corta rápidamente—. Ya lo entiendo.

—Tu padre está jugando a Star Trek en una secta, y te dejó de lado, con lo que tampoco te fías de los hombres lo suficiente como para relajarte. No son amigos tuyos.

—Es cierto. Nunca acabo de relajarme.

—Ya llevamos tres semillas. —Alzo la mano con los tres dedos abiertos—. También creo que tienes alguna cicatriz en el cuerpo, una herida aparatosa en algún lugar… O puede que vieras a alguien hacerse mucho daño.

—Pero ¿quién eres tú? —me pregunta abriendo mucho los ojos, a caballo entre la estupefacción y el respeto.

Me defiendo echándome a reír.

—Me dedico a esto, Marina. Tengo que estudiar a la gente y ver lo que no enseñan —digo mientras me encojo de hombros—. Odias los hospitales y te niegas a que te corten o te hagan una cesárea. Puede que lo veas como un riesgo a tu salud, pero creo que hay algo más… —Carraspeo y la miro de reojo—. ¿Verdad?

—Joder. Me pones los pelos de punta. —Ha claudicado. Entonces se acaricia el vientre, pensativa—. Cuando tenía diez años, mi madre me llevó al hospital porque tenía un dolor muy fuerte en el vientre. Se creían que era el apéndice, y cada dos por tres venía el médico a toqueteármelo para ver si me dolía, en plan: «Te duele? ¿Te duele?». —Imita el gesto de presionar incisivamente con los dedos—. Al final, acabaron por inflamarme el apéndice y me lo tuvieron que extirpar, cuando lo que tenía eran gases. La cicatriz se infectó por culpa de un trozo de gasa que me dejaron dentro, y me puse tan mal que estuve a punto de morir.

—Dios… Menuda torpeza —digo, atónita.

—Sí. Mi madre los denunció por negligencia médica.

—¿Esa es la indemnización que guardó en tu cuenta de ahorros? —Empiezo a atar cabos: con ese dinero pudo estudiar y luego montar su negocio de catering.

—Exacto. Pero no te creas que me lo dejó todo. Ella se llevó gran parte —contesta agriamente.

Como sea, esa es la cuarta semilla.

—Ahí tienes el motivo por tu fobia a los hospitales, las cicatrices y la sangre. Cuatro semillas, y sé que hay más.

—¿Por qué me hablas de semillas?

—Porque han esperado a crecer justo en un momento importante y trascendental de tu vida, para ponerte a prueba. Y hay una quinta… La semilla jefe. Pero de ella hablaremos más tarde. —Tengo ganas de dar saltitos y canturrear: «¡Soy buena, soy buena, soy buena!», pero me aguanto porque soy una profesional—. No quiero que te maltrates por estar así, Marina. Es normal después de todo lo que te ha pasado y has vivido. Quiero que dejes de juzgarte. Esa es mi primera recomendación de hoy.

Sé el esfuerzo que está haciendo por hacerme caso, por tomar mis palabras como verdaderas.

Marina aún no lo cree, pero hemos dado un paso adelante, porque ha podido reconocer todo esto en una sala de Neonatología, en un hospital que ella jamás habría pisado, rodeada de bebés vivos recién nacidos… Su mente empieza a crear nuevas sinapsis y pensamientos. Y puedo trabajar desde ahí. Marina es fuerte, todos mis pacientes lo son, y sé que su necesidad de caminar hacia delante puede más que el miedo que los paraliza.

—¿Nos vamos ya? —me pregunta, más tranquila que cuando ha llegado.

—No. Aún no. Roberto, ¿puedes venir aquí? Marina se tensa y mira al frente.

Él se coloca a mi lado, de modo que yo quedo en medio de ambos. Por Dios, parecen elfos, y yo una hobbit de la Comarca. Son altos y rubios, y bien parecidos. Y yo… En fin, dejémoslo.

—¿Qué quieres?

—¿Te gustan los bebés, Roberto?

—No he cogido uno en mi vida. Pero reciclo para dejarles un mundo mejor y eso…

—¿Nunca has cogido un bebé? —pregunta Marina de repente—. ¿Dónde has vivido todo este tiempo? ¿En el Infierno?

—¿Cómo dices? —Roberto la mira por encima de mi cabeza.

—No sé… ¿No tienes amigos con hijos o sobrinos o…?

¿Nunca has querido coger uno?

Roberto hace una mueca con la boca, como si jamás se lo hubiera planteado.

—Nunca he tenido esa necesidad ni esa curiosidad. Y el círculo de amigos que tengo no… —Sonríe y me mira de soslayo—, no están por la labor de tener hijos.

—¿Y qué tipo de amigos tienes? —insiste en preguntar Marina—. ¿Qué círculo es ese? Todo el mundo conoce gente con bebés.

—Yo no.

Los dos se quedan callados. Espero paciente a poder continuar con mi ejercicio, y entonces Marina mira a Roberto por encima de mi mata de rizos, y le suelta:

—¿No estarás en una secta satánica?

A Roberto la acusación le divierte, a mí no tanto, porque estas cosas me ponen la piel de gallina.

—¿Por qué dices eso? —contesta Roberto con curiosidad.

—No sé. Mi padre tiene la esperanza de contactar con los tripulantes extraterrestres del Enterprise… No digo nada que sea tan disparatado.

—¿Y por qué tengo que ser de una secta satánica?

—No tienes pinta de hacer nada bueno —murmura para sí misma.

—Tal vez no sea bueno —sugiere queriendo tomarle el pelo.

—Puede que no. Venga, va… No me gustan los misterios. Tú ya sabes que tengo un negocio de catering a domicilio y que soy obsesiva a tiempo… —Sacude la cabeza—. Todo el tiempo.

¿A qué te dedicas tú?

—Soy desatascador —contesta con una risa diabólica. La madre que lo trajo.

—¿Desatasca…?

—¡Vale! ¡Alto! —Me interpongo entre ellos como el árbitro de un combate de boxeo. La curiosidad de Marina nos va a llevar por derroteros que no deseo. No creo que sea buena idea que Roberto le diga ahora que desatasca tuberías traseras… Eso rompería, seguramente, la frágil tregua que hay entre los tres—. Ya hablaremos luego de nosotros. Antes tenemos que hacer una última cosa.

Marina es obsesiva con sus pensamientos, y también con sus propósitos. Sé que no cesará hasta que descubra a qué se dedica Roberto. Y, de hecho, yo quiero que hablen entre ellos, pero no en este momento. Ahora los necesito con el ánimo abierto y accesibles.

—¿Qué cosa? —pregunta Roberto. Sus ojos azules arden de perversión.

Es una pose. Todo en él es una pose. Ese pelo, ese aspecto de soberbio por el que las mujeres desfallecen… Cuando se dé de bruces con la verdad, tendrá que dejar el disfraz a un lado.

—Marina, me he dado cuenta de que te refieres a tu hijo como «el bebé» —le digo, y ella se pone en guardia, aunque no retrocede; no piensa ocultarse—. Las mujeres con miedo a morir en el parto intentan despersonalizar al hijo que llevan en su vientre para que el dolor ante una posible pérdida no sea tan devastador. De ese modo intentan desvincularse emocionalmente de ellos.

—No es por eso…

—¿Ah, no? Y entonces ¿por qué es?

—Es porque… Porque no sé qué sexo tiene. El miedo a… a todo esto —mira a su alrededor— ha hecho que sea incapaz de hacerme una ecografía.

—Pero Marina… Entonces ¿cómo sabes si el bebé está bien? —advierto, estupefacta—. Hay muchas pruebas que debieron hacerte, y…

—Lo sé. Pero Fayna conoce a Socorro, una matrona con experiencia de más de treinta años que ha venido a visitarme una vez cada tres semanas, para palparme y ver cómo evoluciona mi embarazo.

No pienso decir ni una palabra sobre el nombre de la matrona.

—Además —prosigue—, como he decidido tener al bebé en mi casa…

—¿En tu casa…?

Esto cada vez se pone más esperpéntico. Hay muchos riesgos que Marina no ha tenido en cuenta. Va a la aventura, sin saber si el bebé que traerá al mundo está bien o no. No sé si eso es responsable ni tampoco creo que yo sea la persona adecuada para hacérselo ver. Mi propósito es que Marina venza su miedo y comprenda a qué es debido, no juzgarla, aunque su comportamiento haya sido más propio de una amish, pero en su caso, rodeada de tecnología que podía haberla ayudado.

—Verás, Becca, a mí la tecnología y toda la instrumentación —indica como si me hubiera leído la mente— hace que me convierta en un bicho bola, ¿comprendes? —Observa por el cristal a uno de los bebés con un gorrito de oso panda, y su grisácea mirada se llena de melancolía—. No sé si el bebé será niño o niña, ni tampoco sé si voy a sobrevivir a ello…

—¡Claro que lo harás! —exclamo agarrándole la mano—. Tú no vas a ser de esa decena de mujeres al año que mueren en la camilla por dificultades en el parto.

—¿Diez? ¡Diez son muchas!

—¿Diez entre decenas de millones de partos? —replico con mi tono más nihilista—. ¿Hablas en serio?

Marina baja la cabeza.

—Quiero tener a mi bebé y cuidar de él —dice, ahora más tranquila—. Pero también puedo ser de esas diez.

—No vas a ser de ese cero coma cero cero uno por ciento.

Estás sana, fuerte… y la matrona te ayudará.

—Ojalá tuviera tu convicción.

—Pero no la tienes, por eso estoy aquí, para que te des cuenta de lo que te pasa.

—¿Y tú? ¿Tú estarás conmigo cuando llegue el momento? Sus pupilas se dilatan. Su mente acaba de trasladarse a ese momento, y le está provocando ansiedad. Le sostengo la mano con suavidad, para hacerle ver que estoy ahí. El solo hecho de que me lo proponga me intimida y, al mismo tiempo, me honra.

Ya he asistido a un parto. El de Carla. Ese día el mentecato de su pareja llegó tarde por culpa de una partida online de Warcraft. Así que entré yo en su lugar. Aguanté como una campeona los gritos, los tacos y las coces que soltaba, la pobre… Y lo hice por amor. Por esa razón, Iván, mi adorable sobrino, mi camello de pokémons y bolas del amor, es casi tan mío como lo es de su madre.

—Marina, no habrá nada que temer —le repito.

Noto que está luchando por creerme. Inspira por la nariz, cediendo a mis últimas palabras, y entonces se lleva las manos a la barrigota.

—¿Estarás a mi lado, por favor? —vuelve a preguntarme.

Si ella me lo propone es porque conmigo se siente más a salvo, más segura, y ese es el puente que quiero construir entre nosotras.

—Sí. Si es lo que deseas, ahí estaré —le aseguro.

—Gracias —me dice con sinceridad—. De verdad.

—Y ahora, lo que hay que hacer es darle una identidad a ese bebé cuanto antes. No puedes seguir llamándolo así.

—Pero… —Estudia la mano posada sobre su protuberante vientre—. Es que no sé lo que va a ser…

—Buscaremos dos nombres, para niño o para niña. La idea es que tu mente cree una imagen positiva del bebé, y que te imagines cómo será contigo, a tu lado, en un futuro…

—Lo veo haciendo una ouija para contactar conmigo.

Roberto frunce el ceño, aunque la ocurrencia vuelve a hacerle sonreír. Y no son de esas sonrisas frías y distantes. Estas son de verdad.

Madre mía, esta chica tiene la idea de la muerte muy arraigada.

—Pues vamos a dejar de ponerte cara de tablero con letras. Tenemos que potenciar otro modo de pensar. Por lo pronto, si fuera niño… —la animo a que imaginemos juntas—, ¿qué nombre le pondrías?

Marina fija la vista al frente, entre la cantidad de cunitas de cristal ocupadas por recién nacidos durmientes. En realidad, nunca se planteó darle una identidad a su hijo o hija, y sé que no lo hizo, no porque no supiera el sexo, sino porque el solo hecho de imaginarse una vida feliz junto a él o ella la destrozaba, ya que estaba absolutamente convencida de que no iba a sobrevivir al parto.

Pero es tan fuerte para una madre admitir semejante cosa, que comprendo que no quiera mostrarse tan sincera conmigo, y menos con una cámara grabando. Ahora bien, a mí no hace falta ni que me engañe ni que me deje de engañar. Soy altamente empática. Reconozco las emociones que la otra persona siente, y sé el motivo real que la obliga a comportarse así. Con todo, su secreto está a salvo conmigo.

—Lo llamaría Airam, si fuera niño —anuncia con una voz que parece un bisbiseo.

—¿Airam? ¿Qué nombre es ese? —pregunta Roberto—. ¿Es un nombre de las Islas?

—Significa «libertad» —explica ella—. Era el nombre de un príncipe guanche.

—¿Y si fuera niña? —insisto.

—Si fuera niña… Idaira. —Sonríe—. Es el nombre de una princesa guanche.

—Idaira… —murmura Roberto, pensativo—. ¿Quieres ponerle un nombre canario a tu hija?

—Sí. ¿Qué pasa? —replica ella a la defensiva—. ¿Le pongo Roberta? A ver, Becca. —Se cuadra y lo señala con el índice—. Yo aún no entiendo qué hace él aquí. Voy a tener un bebé, no necesito un desatascador.

—Bueno —dice Roberto, que parece entretenido y relajado, como si estuviera en su salsa—. Según cómo se mire, pueden ser las mismas cosas.

—De acuerdo. —Vuelvo a colocarme en medio de los dos; bajo el índice de Marina y le suelto una reprimenda a Roberto con mi mirada mortal—. Tenéis muchas más cosas en común de las que os imagináis. Esta noche las averiguaremos. Mientras tanto… —enlazo el brazo con Marina y la retiro del cristal de la sala de neonatos para salir ya del hospital. El trabajo que tenía que hacer con ella y Roberto en la planta de Neonatología ha concluido.

Era preciso que Roberto viera esa cantidad de bebés que van a recibir el cuidado y el amor de sus padres, que no van a ser abandonados como, desgraciadamente, le ocurrió a él.

Y Marina, por su parte, debía familiarizarse con su futuro hijo o hija, y creer en que puede ser una realidad; primero, hablando de ello en el lugar que más miedo le generaba, y segundo, dándole un nombre al bebé, sea del sexo que sea.

5

@testosterman @eldivandeBecca #Beccarias Solo hacéis que llorar. Lloráis por amor, por desamor… Pero el 90% del resto del tiempo no sabéis ni por qué lo hacéis

Madera. Aire. Agua. Tierra. Y fuego.

Siempre he creído en los elementos mágicos y en sus propiedades curativas, tanto para el alma como para el cuerpo y la mente.

Eso no quiere decir que vaya a hacer un hechizo en esta noche de luna llena, ni que haya comprado ancas de rana ni sangre de dragón… Es, simplemente, que creo en el misticismo de estos componentes básicos y esenciales para cualquier reunión nocturna en la playa. Es por esa razón por la que parte de la terapia del día la vamos a hacer en el exterior, en una playa que, por alguna extraña razón, me fascinó la primera vez que la vi: la playa de los amantes. Y no quiero admitir que el besazo de tornillo que Axel me dio cuando lo cacé borracho cantando a las estrellas, tiene algo que ver con mi predilección.

Anochece en las Islas. En el horizonte, el cielo del atardecer se funde con la oscuridad del mar. Y a pocos metros de la orilla de la playa yace una hoguera. Ingrid ha tenido que pedir los permisos pertinentes para hacerla, y nos los han concedido. Lo que no consiga esta chica…

La temperatura desciende al caer la noche en Tenerife. No hasta el punto de ponernos chaquetones, pero sí para colocarnos sudaderas; la mía es negra, con capucha y unos labios de lentejuelas rojas en el pectoral, y en la espalda tiene la cara de Marilyn estampada. De todas las que había, era la que menos le gustaba a Ingrid, y la que más me encantaba a mí.

Marina y Roberto ya se han sentado alrededor del fuego.

Bruno prepara los micros de solapa para mis dos rubios, ya que el grande de alcachofa cogerá mucho ruido exterior debido a la marea y al aire que de vez en cuando se levanta y azota nuestros rostros con alevosía.

Ingrid, por su parte, está acabando de preparar los cuencos de cristal repletos de nubes de chucherías, que iremos quemando una a una con las llamas que prenden la leña, como si fuéramos boyscouts.

Hay una razón para esta escenificación. Cuando entré en la casa de Marina, fui lo suficientemente observadora como para fijar mi atención en un marco en forma de árbol con las ramas peladas colgado de la pared. Cada brote era un recuerdo, una foto de Marina con las personas que han estado alrededor en su vida. Fayna era la que más cromos repetía en su colección particular, señal de la fuerte amistad que las une.

Creí divisar una de su madre, en tono sepia, con una pequeña Marina recién nacida entre sus brazos. La mujer, de pelo negro, a diferencia del bebé, se veía agotada y forzaba una sonrisa. Había muchas fotografías que analizar, pero entre tantos momentos pasados, uno me atrajo más que los demás; uno en el que Marina estaba sola, plenamente satisfecha de sí misma, conforme con quien era y feliz con su vida.

Marina, de niña, con dos trenzas rubias, una sonrisa tan grande como su cabeza, una paleta caída y haciendo con los dedos el símbolo de la victoria. Tal vez nada de esa imagen debería haberme estimulado demasiado, pero lo hizo, porque en ella estaba vestida con un uniforme de girlscout.

Creo saber distinguir una risa auténtica de la que es solo una pose fotogénica, y pondría la mano en ese fuego que ilumina los rostros de mis pacientes a que Marina era realmente libre en esa época, entre excursiones y campamentos; la chica aventurera que nunca debió dejar de ser.

Como necesito que ella se sienta relajada y vuelva a conectar con esas sensaciones confortables, considero que una fogata playera, bajo la luz de las estrellas, puede darle la paz mental que necesita para que se vuelva accesible a mis palabras.

—Oye, Becca, el chino está acabando con todo el mojo picón de esta parte de las Islas —me dice Fayna. Se ha colocado a mi lado, cruzada de brazos como yo—. Cuando el pobre infeliz vaya al baño va a echar fuego igual que un dragón.

Se ha cubierto la cabeza con la capucha de la sudadera amarilla Adidas, y bebe una CocaCola de lata.

—No es chino. Es norteamericano. Y te dije que no le ofrecieras más —le recuerdo.

—Sí, claro, ahora va a resultar que el señor Smart come así por mi culpa. Además, sé que no te gusta que te agobien mientras trabajas. Cuanto más lejos los tengas, mejor obrarás.

Sonrío y niego con la cabeza. A Fayna no le ha hecho falta pasar años a mi lado para conocerme. Ella ha conectado conmigo como un vendaval.

—Gracias por tratarlos tan bien. Estás ayudando mucho. Me sacas mucho trabajo de encima —reconozco.

Es cierto que los norteamericanos no pueden hablar conmigo ni distraer a Marina y a Roberto, pero están presentes en toda la terapia, escudriñando el trabajo de Bruno, estudiando qué tipo de marcos usa, los planos, todo… Además, Fayna, que es bilingüe, les va traduciendo algunas de las frases que les digo. Giant y Smart, a pesar de contemplar varias veces los espasmos que hace cuando el collar le da las descargas, están encantados con ella, y yo me siento muy agradecida por no permitir que se sientan incómodos o excluidos del grupo. Fayna jamás permitiría que una persona se sintiera aislada de los demás, tal vez porque ella ha padecido ese aislamiento durante mucho tiempo, y la mayor parte en silencio, y no quiere que nadie pase por lo mismo.

—De nada, amiga. —Sonríe orgullosa—. Es un placer ayudarte. Además, estás echando una mano a Mari, y no sé cómo pagártelo.

—No tienes que pagarme nada. Es mi trabajo y lo hago con gusto.

—¿Sabes qué percibo? —dice, y con la barbilla señala a mis dos pacientes, que hablan entre ellos, sin mirarse a la cara.

—¿Qué?

—Que estos dos se van a entender muy bien —afirma sin rodeos.

—Apoyo la moción.

—¿Tú también lo crees? —Se vuelve hacia mí y me mira sorprendida.

—Por supuesto. A pesar del miedo reticente que siente Roberto por Marina, y de los recelos que despierta Roberto en ella, son dos personas que tienen muchísimo en común, y que están destinadas a entenderse. Sus vidas son muy paralelas, aunque aún no lo sepan. Pero no pueden ignorar ese detalle.

—Es imposible que hayas hecho esto a propósito —murmura Fayna—. Tú no conocías la historia de Marina. No te la conté.

—Es cierto —asumo ocultando mis manos en los bolsillos de mi sudadera—. La fortuna me ha sonreído con estos dos casos. Y si superamos la terapia de choque de esta noche —vaticino con gesto instigador—, pueden empezar a sanar sus heridas antes de lo previsto. —Que no quiere decir que se sanen por completo, porque eso solo lo puede lograr el tiempo y el trabajo—. Ya ves —le guiño un ojo a mi amiga—, a veces los golpes de suerte también ayudan.

—Entonces, por los golpes de suerte. —Fayna alza la lata de CocaCola y brinda por ellos—. ¿Cuándo me vas a contar lo que te pasa con el diablo de ojos verdes, Becca?

Así, sin más. Fayna hace quiebros cuando habla, y tú solo puedes recuperarte del crujido de tus propios huesos al cambio tan brusco de dirección de la conversación. Antes de poder contestarle, ella prosigue con su investigación carente de tacto y subterfugios.

—Que me doy cuenta de todo, mijita —deja caer una mirada de soslayo sobre mí—, que te sientes más desgraciada que un pájaro con vértigo.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Venga, habla conmigo. Has llegado y te has puesto a trabajar, apenas me has contado nada.

Ya debería saberlo. Fay no se va a cansar.

—Es todo muy largo. —Es lo único que puedo decirle, totalmente desganada.

—A ver, tú y él tenéis una relación, ¿no?

—Ni siquiera sé si vale la pena hablar de ello, porque ahora mismo me encuentro un poco perdida en lo que se refiere a mi lugar en esa relación. No la llamaría así después de que ayer me dejara tirada en el avión sin decirme nada, y yo me tenga que enterar por su hermano de que su padre ha muerto y de que Axel está desaparecido. —Suspiro sometida por las circunstancias—. Justo en el instante en el que vienen los americanos a interesarse por los derechos de El diván, nos falla nuestro jefe de cámara. Estamos todo el equipo esperándolo.

Fayna parpadea desconcertada por la información, al tiempo que se bebe toda la CocaCola que le queda de un trago. Cuando ya no queda ni gota, dibuja una morisqueta con los labios y niega con la cabeza.

—No sé ni qué decirte.

—Gracias.

—El único consejo que puedo darte es que no saques conclusiones hasta que no hayáis hablado.

—No es fácil hablar con Axel.

—Me lo imagino —supone Fayna—. Pero tú eres defensora de causas imposibles. ¿Vas a rendirte ahora con ese demonio que tan tonta te pone? No deberías. Serías una cobarde si lo dejaras ir…

No me gusta escuchar esas palabras. No es que no haya pensado en ello, pero reconocerlas en boca de otra es duro.

No quiero ser cobarde, pero hay actitudes que me obligan a dar pasos atrás. A ver si me explico: estoy muy enamorada de él, nunca he sentido lo que siento desde que él está en mi vida, pero no soy una suicida. Sé que me va a hacer daño. Tiene el poder de hacérmelo.

David también me lo hizo, y mi relación con él fue muy fácil y llana. Con Axel todo es arriesgado, terriblemente ardiente, peligroso en ocasiones y con muchos secretos. Y lo que más me asusta es que, aunque sé todos los contras que hay, me cuesta mucho alejarme de esto y ser objetiva. Sé la teoría, pero no la práctica.

—Solo intento conservar un poco la razón y no cometer demasiadas locuras que luego puedan dejarme en una posición exponencialmente vulnerable —contesto.

—Becca, no hables conmigo como la psicoterapeuta que eres —me regaña—. Puedes aceptar que estás cagada de miedo, que odias no tener el control, y que asumes que estás en manos de Axel lo quieras o no. A todas nos pasa cuando nos enamoramos.

—A mí no, Fay —digo a la defensiva. Claro que no—. No me gusta sufrir gratuitamente.

—Hay amores que no son amables, Becca. —Me observa como si fuera un animal raro para ella—. Te pone a prueba, te machaca, te provoca y te tiene arriba y abajo como un electrocardiograma… Hay amores que no son ni paseos por la playa ni excursiones por el campo; son amores de espeleólogo.

—¿Qué dices? ¿De qué amor hablas?

—Escucha. —Me agarra del brazo y se coloca ante mí—. Esos amores son los que te llevan a las entrañas de uno mismo, hacen que te arrastres como un gusano, y que escales abismos. Te llenan de barro y ponen a prueba tu sentido de la vergüenza, y tu supuesto orgullo o dignidad. Pero ¿sabes qué? Esos son los mejores. —Sonríe iluminada por su sabiduría—. Porque en el amor real no hay dignidad ni orgullo. Se ama y se quiere con todo, a pesar de las consecuencias. A Axel, ese hombre tan enorme y hermoso como introvertido, tienes que amarlo así, de ese modo. O nunca llegará a abrirse.

—Becca, está todo listo.

La voz de Bruno me aleja del embrujo de Fay. El moreno me señala la hoguera y se recoloca los auriculares que le cubren las orejas.

—Cuando quieras, empezamos a grabar.

—Sí —contesto aún aturdida por la charla de mi amiga.

—Ande, vaya —me empuja hablándome de usted y me hace burla—, antes de que le dé una patada en el culo para que espabile. Yo voy con el señor Smart, a controlar esa úlcera estomacal que le va a salir por el picante.

—Fay.

Ella se detiene, con ese rostro tan afable y lleno de vida que hace que tenga ganas de abrazarla y cargarme de energía.

Me sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa. Sabe que la he escuchado y que me hará pensar.

—Gracias.

—No las merecen. Es mi trabajo, ¿no?

Se echa a reír y se da media vuelta para acompañar a los productores americanos en la nueva secuencia de la terapia con Roberto y Marina.

Mientras tanto, sigo a Bruno hasta la hoguera, al tiempo que pienso en su arenga.

Amores de espeleólogo.

¿En serio?

Las llamas calientan mi rostro, parcialmente cubierto por la capucha de mi sudadera. Enfrente, Roberto y Marina, también con jerséis de manga larga, el uno sentado al lado del otro, en un banco bajo de madera que hemos traído de atrezo, esperan expectantes a que sea yo quien rompa el silencio.

Gero y André están sentados varios metros alejados de donde estamos nosotros, vigilándome. Sonrío al imaginar su reacción si les dijera que parecen una pareja de tortolitos.

Las estrellas, firmes testigos de lo que va a suceder, titilan sobre nuestras cabezas a un ritmo discordante. De pequeña creía que si las miraba fijamente, tenían el poder de subyugarme. Y aún lo creo, por eso no me canso de contemplarlas y de poner a prueba mi fortaleza.

Axel brilla tanto como esas estrellas, a veces ciega y otras veces hipnotiza. Y me temo que soy altamente influenciable a su brillantez, o a su ausencia de luz en ocasiones. A pesar del vacío que mi celoso interior retiene desde ayer por la mañana, y más pronunciado ahora por la charla con Fay, debo sobreponerme a mi estado anímico.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunta Roberto.

Me sorprende el cambio de actitud que ha habido en él desde que se ha encontrado con Marina. Ha cortado de raíz su comportamiento chulesco y seductor, y lo ha dejado en punto muerto, como si el respeto que siente por la embarazada sea mucho mayor que sus deseos de follar. Y eso es maravilloso.

—Me gustaría —comienzo a explicarle mientras cojo un pincho y lo clavo por el extremo en una nube— que hablarais entre vosotros. Que os hagáis las preguntas que os queréis hacer delante de mí. Quiero ver cómo os habláis el uno al otro.

—¿Por qué? —pregunta Marina, a la defensiva.

Me encojo de hombros, concentrada en mi labor, quemando ligeramente el dulce rosado.

—Es un ejercicio de la terapia —contesto sin más, ofreciéndole la nube.

Marina la estudia con dudas, y después acepta mi ofrenda, sujetándola por el palo. Se la lleva a la boca cuidando de no quemarse los labios. Sus ojos grises se relajan al contacto con el azúcar, y los cierra abandonada al placer.

—Mmm… Hacía siglos que no comía esto —comenta Marina—. Cuando era pequeña me encantaba.

Le ofrezco otra a Roberto, y también la acepta, como si fuera una tregua.

—¿Conocéis las constelaciones familiares? —Los dos niegan con la cabeza, así que continúo—: En realidad, deberían hacerse con más personas, pero dado que sois dos desconocidos que tenéis vidas bastante parejas, creo que uno se puede poner en el pellejo de otro. Ni siquiera voy a intervenir —les advierto—. Quiero que habléis entre vosotros. Yo solo seré una testigo de vuestra conversación, pero mediaré cuando crea conveniente. Marina, Roberto conoce tus fobias, pero él no te ha hablado de las suyas. ¿Por qué no juegas a adivinar lo que le sucede? Intenta ponerte en su pellejo y averiguar qué problema tiene.

La brisa marina mece el pelo de Roberto, y Marina lo observa penetrantemente.

Roberto hace un gesto de indiferencia, un claro movimiento de defensa.

La joven embarazada muerde la nube y entrecierra los ojos.

—¿Se supone que voy a adivinar lo que le sucede?

—Puede —contesto yo haciéndome la enigmática. Necesito que el ejercicio les llame la atención lo suficiente como para que quieran participar. Para que me alejen y desaparezca ante sus ojos.

—Veo veo —dice Marina, divertida, probando a Roberto.

—¿Qué ves?

—Veo a un hombre cuyo aspecto es importante para él, porque…, tal vez me equivoque…, creo que trabaja con su cuerpo. Míralo: musculoso, atractivo…

—Gracias.

—De nada.

—Continúa —digo yo como una voz en off.

—Creo que su trabajo no le da la felicidad, a pesar de que quiera aparentar lo contrario. Creo que su imagen de… —duda al querer encontrar la palabra— seguridad es una falacia.

—¿En qué supones que trabaja? —pregunto.

Marina mira la nube y después le obsequia con una caída de ojos pilluela.

—Es algo relacionado con las mujeres —contesta dando en el clavo—. Estoy segura. Por el modo que tiene de mirarlas, de hablar a Fayna, de flirtear abiertamente… Para él es como si fuera un trabajo.

—¿Y todo eso lo sabes solo pasando un día conmigo? —pregunta Roberto en tono cortante.

—Roberto, no puedes intervenir —le censuro tajantemente—. Deja que ella diga lo que ve, y al final valoraremos.

Él resopla hastiado, pero permite que Marina siga con su labor de desentrañar su personalidad.

—Se siente bien cuando gusta. Por el modo que ha tenido de bromear con Fayna y de mirarla, creo que es una necesidad vital para él saber que se convierte en el centro del universo de una mujer.

Las constelaciones me encantan. A veces funcionan mal porque la gente se deja llevar por los prejuicios, pero cuando se trata solo de percibir la vida de una persona, sin máscaras, sin farsas, y cuando se está casi en la misma sintonía en la que están ellos dos, se puede llegar a hacer grandes cosas con este ejercicio.

—Pero… nunca da más. Nunca quiere dar más a las mujeres. Solo quiere que lo necesites, para un momento —aclara—. Diría que es stripper, pero con la ropa tan cara que lleva, su reloj de marca y su educación, dudo que se dedique a eso y que pueda mantener un estilo de vida acorde con sus gustos. Tiene que ser algo más… Tiene pinta de empresario, pero parece que le vayan las cosas más sórdidas o elitistas.

Roberto se está incomodando, y ahora la fuerza y el tormento de sus ojos azules recaen sobre la embarazada, que vuelve al ataque con otra nube entre los dedos.

—No sabría decir… Pero lo ubico en mitad de escenas de Sodoma y Gomorra.

Con una mano, cubro la sonrisa de mis labios y espero a ver la reacción de Roberto, que no llega, estupefacto como está por lo que acaba de escuchar de boca de la tinerfeña.

—¿Por qué crees que Roberto hace eso? —le pregunto, interesada.

—Creo que al tipo duro le han hecho mucho daño —apunta— y no está dispuesto a pasar por más dolor. Le gustan las mujeres para su propio placer, pero no quiere tener nada que ver con ellas. Por eso yo le doy miedo. A mí no me tocaría ni con un palo, ¿eh, machote? —suelta a las bravas. Ha tirado a dar—. Con mi bombo le intimido.

—No es por eso —advierte él, muy serio.

—¿Ah, no? ¿Y por qué es? —pregunta Marina, atrevida.

—Es porque estás embarazada de un bebé que no quieres. Y estoy asqueado de madres que como tú abandonan a sus hijos o los dejan solos porque no son capaces de cuidarlos.

Marina traga la nube de golpe y se queda en silencio, cortada por la acusación de Roberto. Cuando la ira asoma a sus ojos, y su rostro se tiñe de rojo, ya nada puede detener sus palabras.

—¡Mira, capullo! ¡Ojito con lo que dices! —grita señalándole con el dedo—. ¡Por supuesto que quiero a mi bebé! ¡Pero tengo miedo!

—No es verdad —continúa Roberto, asombrosamente calmado—. Decidiste tener el bebé sola, pensando que sería un juego, un deseo concedido, un capricho; pero te rajaste en cuanto viste que ese capricho te engordaba el vientre y te cambiaba la vida.

—¡No es cierto! ¡Estoy dispuesta a morir por que mi bebé viva! —exclama, cada vez más alterada.

—¡Deberías decir que estás dispuesta a luchar por ver crecer a tu bebé! ¡Y no rendirte así de fácil! ¡Pero en tu cabeza solo está la idea de dejarle solo! ¡Como todas!

No disfruto de esta lucha encarnizada de emociones. Aun así, me froto las manos cuando compruebo que mi plan sale bien y que estamos tocando justo los puntos a tratar.

—¡Majadero hijo de puta! —grita Marina levantándose del banco y lanzando el palo de la nube a la arena. Mantiene los puños tensos y apretados a cada lado de sus caderas—. ¡Jamás dejaría abandonado a mi bebé! ¡Nunca por propia voluntad! Seguro que tu madre hizo eso contigo, ahora entiendo por qué eres un cínico sátiro —intuye la tinerfeña con saña.

—No te equivocas. Aunque es normal que sepas de lo que hablas, ya que tu madre también te dejó tirada cuando cumpliste la mayoría de edad.

Marina alza la barbilla temblorosa, aguantándose las ganas de llorar.

—Por eso odias a las mujeres. Has debido de tener muchos desengaños.

—No te equivocas, guapa.

—Por eso me odias a mí.

—No te odio.

—Me desprecias —insiste Marina— porque soy la imagen de las personas que has odiado. Soy madre y mujer. Me odias porque te recuerdo a ella. Y la odias por abandonarte —prosigue decidida—. Y seguro que hay alguna mujer que decidió dejarte también…

—Sí. Las mujeres sois una fuente inagotable de sorpresas y decepciones.

—Por eso solo te las follas. No creas ningún otro vínculo con ellas.

Madre mía. Un dardo detrás de otro, y todos dan en el centro de la diana. Debí imaginarme que dos personas tan parecidas se reconocerían mutuamente.

—Solo sexo, ¿a que sí? Es muy aburrido hacerse pajas solo. Y muy de cobardes tratarnos así solo porque has tenido la desgracia de dar con las pocas malas que hay de nuestro género.

—Sí, ya… Y también es muy de cobardes acojonarse y tener pavor a parir por el miedo que te da ser tan mala madre como lo fue tu madre contigo.

—¡Desgraciado!

¡Zasca! Terapia completa. En pocos segundos, el carácter fogoso de ambos —puede que inconscientemente avivado por el fuego— ha explotado. Y se acaban de decir las verdades de sus problemas a la cara.

Bruno ha colocado tres cámaras a nuestro alrededor —una para cada uno de nosotros— y así no se pierda ningún movimiento durante la grabación. Controla las imágenes registradas con un monitor con la pantalla partida en tres. Los ojos le van locos ante la calidad y la intensidad de las secuencias tomadas. Tanto, que se le ve igual de agitado y nervioso que ellos. Cuando las emociones son tan devastadoras, acaban salpicando a todos.

Antes de que se hagan sangre, me levanto y los detengo para calmar los ánimos.

—Está bien. Ya es suficiente —pido, serena—. Callaos los dos. Hemos acabado con el ejercicio.

Marina y Roberto no se miran a la cara. Siguen sentados el uno al lado del otro, agotados por el esfuerzo de la discusión, cabizbajos, asombrados por todo lo que se han dicho a la cara sin apenas conocerse.

En este momento el vínculo se ha creado. El uno se ha convertido en el espejo del otro. Las constelaciones familiares dejan un regusto empático que afecta al ánimo, más aún cuando han sido conexiones tan potentes como esta.

Una vez, mediante una constelación con una pareja, descubrí que la mujer había tenido un aborto y que el marido no lo sabía. Fue un shock.

Uno debe estar preparado para este tipo de actividades, y sin embargo salen siempre mucho mejor las improvisadas, las espontáneas, porque estás expuesto y abierto, y no recelas de lo que sabes que puede pasar.

—¿Estáis bien? —pregunto sabiendo de antemano la respuesta.

—No —contestan los dos a la vez.

—Es normal. No es del agrado de nadie que otro le lea con tanta facilidad —les aseguro, y admiro cómo la luz de las llamas cincela sus rostros tan hermosos—. Cuando nos descubren, nos quedamos desnudos —explico dando vueltas a la nube que tengo pinchada en el palo—. Desnudos de alma y de corazón, desprovistos de coraza. Nuestros miedos, ocultos como vergüenzas, salen a la luz y se exponen al juicio de los demás, aunque no tengan derecho a juzgarnos. Como ahora os ha pasado a vosotros. Tú, Roberto —le miro sin rencores—, has desnudado a Marina, y ella lo ha hecho contigo. Ambos habéis señalado cuáles son vuestros traumas más profundos y cuál es el miedo más clamoroso, esa fobia que os impide mirar hacia delante y que os deja inmóviles ante la vida.

Ha llegado el momento de la verdad. Ahora las sentencias que suelte por mi boca serán imborrables para ellos. Pero no me inventaré nada, todo será verdad. La recuperación total de mis dos pacientes dependerá de cómo encajen la realidad de lo que les voy a decir.

—Marina, tu miedo no es dar a luz —le informo mientras observo el azúcar quemado de la nube.

La tinerfeña tiene todos los sentidos puestos en mí, como si yo tuviera la piedra filosofal en mis manos. Y no la tengo, pero sí puedo hacer alquimia con ella.

—¿Y cuál es mi miedo, Becca?

—El que te ha dicho Roberto. Tienes un miedo atroz a tener a tu bebé, porque estás aterrorizada de convertirte en tu madre. Ese es tu miedo real. Pero para esconderlo, tu mente ha creado muchas fobias. Barreras que no permiten que te relajes con el embarazo, y que a cada momento te crean ansiedad. ¿Miedo a los cortes? ¿Miedo a morir en el parto? —Hago las preguntas con un tono nada creíble—. No, Marina. Tienes miedo a morir tú como persona. Miedo a dejar de ser quien eres para convertirte en el clon despreocupado que fue tu madre. Así que, hasta que no comprendas que tu miedo y tus problemas te vienen de ahí, no podrás seguir tu propio camino, y esos miedos persistirán incluso después de dar a luz. Porque cuando hayas superado el parto, tu mente querrá crear otros miedos más, para mantenerte en guardia. Sin embargo, si entiendes qué te pasa y por qué te pasa, podrás dejar el terror atrás.

Marina ni siquiera oscila las pestañas. Los ojos le brillan por las lágrimas contenidas, hasta que empiezan a derramarse, deslizándose por sus mejillas como un río superado por su propio caudal.

—Odio a mi madre por cómo fue conmigo —susurra Marina, afligida—. Por tratarme como una mera transacción, como un producto que, cuando tuviera la mayoría de edad, dejaría atrás. Ella… Ella nunca compartió nada conmigo. Siempre me llevaba a los sitios, pero nunca se interesaba por lo que hacía. No quería traer a mis amigas a casa porque temía que ellas se dieran cuenta de que mi madre no me quería. —Sorbe por la nariz, y se seca las lágrimas con el puño de la manga—. Y cuando me quedaba a dormir en casa de ellas, fantaseaba con que mi madre era también la de ellas. Como ella dice: me crió, me alimentó y me ayudó a crecer. Pero nunca me dio el cariño que se suponía que debía darme una madre. Jamás. Quiero tener este bebé —añade tocándose la panza, y detiene sus palabras para llorar a gusto. Agacha la cabeza para cubrirse de mí y de Roberto, pero no hay nada de lo que avergonzarse—. Porque tengo mucho amor que dar, un amor que mi madre rechazó. Y estoy deseando formar una familia de verdad. Me avergüenza sufrir tanto por estar embarazada, por culpa de mis miedos absurdos. —Los hombros le tiemblan descontrolados.

—No tienes nada de lo que avergonzarte… —Le digo lo que es para mí una evidencia, y alargo mi mano hasta coger la suya—. Nada en absoluto. Somos víctimas del trato que nos dan las personas que más queremos, de aquellos que son importantes para nosotros. Nos forjan, crean una personalidad, plantan sus semillas en nuestro ser. Tu madre plantó en ti la semilla del miedo y de la inseguridad, Marina.

—Pero no quiero ser como ella —protesta cubriéndose el rostro con la mano que no le aprieto.

—No lo serás —le aseguro—. Tú debes confiar en ello.

—Amo a este bebé, sea lo que sea. —Descubre su rostro y, esta vez, se dirige a Roberto—. Le amo con todo mi corazón, y nunca sería capaz de dejarlo. Él me necesita para que lo cuide, y yo lo necesito a él, para quererlo y para darle todo el amor que se merece, ¿comprendes? Lamento que tu madre te abandonara, Roberto. Pero la mía también lo hizo. Porque a pesar de tenerme, se desvinculó de mí por completo. Eso también es abandono. Y aquí estoy… Queriendo tener un bebé por mi cuenta, muerta de miedo, pensando cosas horribles, pero amándolo con todas mis fuerzas.

Las palabras de Marina afectan a Roberto a unos niveles que no soy capaz de valorar, pero mi empatía se despierta y arraiga en sus emociones. Está avergonzado, está despertando de su letargo, dándose cuenta de su problema.

—Las mujeres de mi vida nunca se quedaron conmigo —explica Roberto, serio al tiempo que alicaído—. Siempre tenían algo mejor que escoger antes que a mí. Por eso luché por crearme una identidad como la que tengo. Quería aparentar poder, despertar deseo, mostrar seguridad y fortaleza, porque quiero ocultar mis carencias. A mí… —Clava sus ojos claros en Marina; su nuez sube y baja al tragar saliva—. A mí tampoco me quisieron mucho. Sufrí y lloré demasiado, y no quiero volver a pasar por esto.

Hago un gesto a Fayna para que se acerque con la bandeja de galletas que he pedido que traiga. Es tarde y no hemos cenado. Hay hambre, y también hay una sorpresa en la bandeja. Será la última ficha que juegue hoy.

Cuando mi amiga se acerca sonriente, Marina y Roberto se afanan en secarse los ojos con diligencia. Ambos tienen reparos a mostrar sus debilidades ante los demás. Roberto se cubre con la capucha de su sudadera azul oscura Tommy, y se abraza los hombros, fastidiado por haberse derrumbado.

Tomo la bandeja de galletas y despido a Fayna, que regresa a su sitio, al lado de Smart y Giant. Les ofrezco galletas a mis dos pacientes, al mismo tiempo que me dispongo a coger una, pero detengo mi mano al ver que cojo la quemada.

—Oh, maldita sea —protesto, enfadada—. Esta galleta está quemada. —Retiro la bandeja de sus zarpas y hago el gesto de tirar las galletas al aire.

—¿Qué haces? —pregunta Marina, que se muere de hambre—. ¡No las tires!

—¿Por qué no? Esta galleta está quemada. Ya no sirven.

—¿Que no sirve el qué? —Roberto me mira como si estuviera loca—. Estoy canino. Anda, trae.

—No. —Vuelvo a alejar la bandeja de ellos, yo en mis trece…—. Ni hablar. Van todas a la basura.

—Solo hay una galleta quemada. No las puedes tirar todas porque una esté quemada —razona Roberto con la intención de arrebatarme la bandeja.

—Sí, sí… Las voy a tirar todas. Porque esta galleta de mantequilla —señalo la galleta chamuscada— pondrá malas a las demás.

—¡No digas tonterías, muchacha! —exclama Marina—. Una no hará que las demás se quemen.

Arqueo mis cejas y pongo cara de satisfecha y de sabionda. Sonrío, me subo las gafas por el puente de la nariz, y asiento conforme. Dejo la bandeja a mis pies.

—Vosotros hacéis lo mismo que iba a hacer yo, solo que aplicado a vuestras vidas. Como tu madre fue mala contigo, Marina, crees que tú también lo harás mal con tu hijo o hija. Eso te bloquea de tal modo que prefieres pensar que te vas a morir antes que vivir una vida plena al lado de tu bebé. Y tú, Roberto, como tu madre te abandonó y tu novia te engañó, crees que todas las mujeres son malvadas y prefieres tratarlas como objetos antes que crear vínculos con alguna que pueda volver a destrozarte. Vosotros dos habéis sido víctimas, pero podéis dejar de serlo. Con vuestros miedos y credos, estáis tirando millones de galletas ricas, solo porque tuvisteis la mala suerte de encontraros con unas pocas quemadas.

Marina y Roberto se miran el uno al otro, comprendiendo a la perfección lo que quiero decir.

—Si queréis superar vuestras fobias, tenéis el poder de lograrlo, cortando de cuajo la raíz de vuestro pavor. Yo no hago magia, no sano a la gente de golpe —digo chasqueando los dedos—; son ellos los que lo consiguen cuando abren su cabeza para entender cómo piensan. Os acabo de señalar vuestro problema, he dado de lleno en la raíz para que comprendáis qué sucede. —Muerdo una de las galletas y les sonrío—. Solo ilumino el camino. La pregunta es: ¿cómo vais a actuar a partir de ahora?

6

@tucaramesuenalosmocos @testosterman @eldivandeBecca #Beccarias ¿De qué estercolero has salido tú, mamarracho? #Hitlereraunamujer

¿Cómo van a actuar a partir de ahora?

Por lo pronto, mañana tendremos que seguir unas pautas. Iremos a comprar ropa para el bebé, porque quiero que Marina salga de su encierro y haga cosas normales, que se familiarice con todas esas actividades que emocionan tanto a las primerizas. Y también llamaremos a Socorro para que le haga un nuevo chequeo. Está de ocho meses y no podemos jugar demasiado con su estrés.

Por otro lado, voy a obligar a Roberto a que forme parte de cada una de las decisiones que tome Marina; quiero que se involucre.

No obstante, sé que hoy he conseguido algo increíble con ella. Fayna también me lo ha señalado. He logrado que durante el día de hoy, con tantas distracciones, tantas charlas, tantas observaciones y demás, Marina no pensara en el miedo que la paraliza. Por momentos ha olvidado incluso que estaba embarazada. Ha podido ir al hospital, ha podido estar en una playa, en un espacio abierto, sin ataques de pánico de por medio.

Y Roberto… Roberto ha creído en el testimonio de Marina. La ve como una mujer especial, como alguien que puede valer la pena, y siente curiosidad por ella. Se reconocen, porque ambos están muy heridos. De repente, él tiene fe. Porque ella no tiene nada que ver con ninguna de las mujeres que ha frecuentado en años. Ella es más… como él.

Es un rara avis. Y creo que él también lo puede ser para ella. Aún no sé bien en qué sentido, pero sí sé, por Fayna, que después de la terapia en la playa, al acompañar a su amiga a su casa, Roberto y Marina se han quedado hablando largo y tendido en el sofá del salón, hasta el punto de que, cuando Fayna se ha ido a dormir a la habitación de invitados, ellos aún hablaban de sus inquietudes, del futuro, del pasado y de su infancia. Y eso es maravilloso, porque cuando reconoces abiertamente la cantidad de mierda que has tenido que tragar en tu vida, de repente todo cobra otro valor, y la presión desaparece, igual que desaparece en mí la ansiedad de tener que peinarme los rizos con el pelo seco. Por eso me he duchado, y ahora me acabo de secar el pelo con el difusor.

Estamos en la casa de alquiler. Después de comernos todas las galletas y cenar unos perritos calientes, ha llegado la hora de retirarse.

Bruno está trabajando con los vídeos, entusiasmado con la calidad de las grabaciones. Ingrid supongo que estará durmiendo ya, o metiéndose en una cámara de criogenización para conseguir ese cutis tan liso que tiene.

El señor Smart y el señor Giant se han ido, por lo visto, muy satisfechos del primer día de terapia, y con unos labios tipo frankfurt gracias al picante que han estado ingiriendo todo el día. Me han dado la enhorabuena por la jornada de trabajo, aunque creo que esperan algo más de mí. No sé qué más quieren. Igual se creen que siempre van a estar pasándome cosas bizarras que grabar… Perros que me atacan, saltos al vacío, collares con descargas, carreras nocturnas… Mi vida no es así. Nunca lo ha sido.

Excepto cuando Axel ha estado a mi lado. Pero en su ausencia, todo es más normal. Más tranquilo. Aburrido hasta que quiero cortarme las venas.

Resoplo y miro mi reflejo en el espejo del amplio baño de mi suite.

—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? —repito en el espejo—. ¿Cómo he permitido que me pase esto con él? ¿Es que acaso no has aprendido nada en tus terapias, Becca? —me recrimino a mí misma—. La gente acaba hecha polvo por sus conflictos emocionales… ¿Así vas a acabar tú? —Uno de mis rizos rojos se posa sobre mi ojo derecho.

Estoy agotada. Tengo presión en la cabeza de tanto como pienso en Axel. ¿Estará bien? No estará haciendo ninguna locura, ¿verdad? Me asaltan los miedos y las dudas, propias de una mujer insegura que no soy, y de repente pienso en lo peor. Con lo autodestructivo que es, me lo imagino empinando el codo en un bar de mala muerte, con una mujer sobre sus piernas, para luego follársela sin pensar en las consecuencias, o en si eso acabaría devastándome o no. ¿Por qué iba a pensar en mí, después de todo?

¿Se creerá el mentecato que enviándome a Gero y a André ya ha cumplido conmigo y con mi seguridad? Eso es lo de menos para mí. Lo que me gustaría es que se hubiera apoyado en mí, que al menos se hubiera puesto en contacto conmigo en estos dos días. Pero en lugar de eso, es como si se lo hubiera tragado la tierra.

Me froto la cara con las manos y salgo ofuscada del baño. Apago la luz y me dirijo con pasos lentos y arrastrados hasta la cama, como un alma en pena.

La parte de arriba de mi pijama es de manga larga, pero la de abajo es tipo short. No hace nada de frío en mi habitación, y pasaría calor si durmiese más abrigada.

Echo un último vistazo al móvil y… Bolita del desierto.

Me cubro con la colcha y cierro los ojos en un vano intento de fingir que tengo sueño, cuando soy como una maldita lechuza hasta las cejas de taurina.

No lo puedo maldecir más. Me siento tan impotente y ninguneada que me entran ganas de llorar.

—Becca.

Doy un salto cual niña de El Exorcista, así… ¡zas!, y fijo mis ojos al frente, a los pies de mi cama.

Parpadeo repetidamente incrédula ante lo que contemplo.

—¿Axel?

Es él. Dios mío, es él de verdad.

Su camisa blanca de manga larga, arremangada sobre sus antebrazos, perfila sus anchos y voluptuosos hombros, sus mangas se amoldan a sus codos, y mantiene esos brazos marcados reposados a cada lado de su cuerpo. No lleva pantalones.

No estoy tan tarada como para pensar que se ha olvidado de ponérselos. Mi cerebro racional llega a la conclusión de que se los ha quitado hace nada. Y es cierto. Sus pantalones de vestir, de color negro, están en el suelo, arrugados, junto a sus zapatos Gucci, cuya hebilla brillante refulge por la luz de la luna que entra por la puerta del balcón.

Venía trajeado, como el que viene de un solemne entierro, y que ahora, después de la angustiosa y desoladora agitación de ver cómo sumergen a alguien en una caja bajo tierra, necesita paz. No obstante, la posición de sus piernas, abiertas, como si estuviera preparado para desenfundar una revólver imaginario, me demuestra que no se siente relajado, sino más bien agitado y nervioso. Puede que inseguro.

Sea como sea, con esa pose puedo visualizarlo mascando tabaco con un sombrero de cowboy en la cabeza.

—¿Cómo…? ¿Por dónde has entrado?

—Por la puerta —contesta—. Estabas en el baño, duchándote, y…

—Ah, ya. —Claro, qué tonta soy. Me siento incómoda porque quisiera decirle muchas cosas y echarle en cara otras, pero las marcas oscuras bajo sus párpados, pronunciadas por la curva de sus tupidas pestañas, me indican que no ha dormido nada en estos dos días—. ¿Cuándo has llegado?

—Ahora mismo, en taxi. He saludado a Gero y a André antes de venir directamente a tu habitación.

—Ah. Y no has tardado en quitarte los pantalones, por lo que veo.

Él no contesta. Solo alza la comisura de su labio, queriendo sonreír, supongo, pero su cariz parece grotesco, nada benévolo.

—Ya veo.

—Les he pedido que sigan ayudándome en tu seguridad mientras estemos aquí.

—¿Crees que quiero hablar de eso ahora? —pregunto, irritada, agarrando el cojín como si quisiera estrangularlo. En un arrebato, se lo lanzo a la cara, pero mi puntería es como la de Cupido completamente borracho, así que pasa un metro por encima de su cabeza.

—Yo no quiero hablar de nada —contesta avasallándome con sus intensas radiografías.

—Ajá.

Joder. Mi conversación es rica, fluida y con muchos matices, ¿eh? Me cubro con la colcha porque no sé qué esperar de esta repentina visita.

Ese gesto no le pasa desapercibido, aunque su rictus permanece inmutable, me atrevería a decir que carente de emoción; y aun así, eso no sería del todo correcto, porque sus ojazos repletos de un verdor que roza lo inhumano están teñidos del color del dolor, un gris boira que empaña su luz. Un gris tormenta. Nos quedamos en silencio, mirándonos; valorando hasta qué punto esta separación nos ha afectado a uno y a otro. A mí mucho, desde luego. ¿Y a él?

Recibo las oleadas de su frustración y de toda la aleación emocional que le sacude. Me azota como si fueran fuertes ráfagas de aire.

Está asustado, enfadado, perdido… Pero lo oculta con una imperturbable frialdad, que en realidad es la gran incapacidad que tiene para hablar de sí mismo y de sus sentimientos. Anhela que lo calmen, y esta noche necesita un puerto seguro al que amarrarse. Me mira como si fuera yo, como si solo me necesitara a mí.

Y me cuesta creerlo después de no haber contado conmigo para nada.

—Aunque no quieras, creo que tenemos que hablar —señalo con voz temblorosa.

Él niega con la cabeza.

—Ahora no.

Me enervo. No sé muy bien cómo tengo que reaccionar ante eso. Después de relegarme al indiferente olvido, no me va a poner normas.

—Entonces ¿cuándo? ¿Cuando le dé la gana al señorito?

—No.

—¿Qué quieres, Axel? —le pregunto con menos dureza de la que me gustaría—. Llevo dos días sin saber nada de ti. Dos. Tu padre se muere y eres incapaz de decírmelo… En vez de eso, me dejas tirada en el avión, con un adicto al sexo y cuando además tengo a un tío acosándome y libre esperando el momento ideal para crujirme… —Sé que esa puya le va a molestar, por eso se la suelto.

—Nunca te dejaría desprotegida. Gero y André hacen muy bien su trabajo y…

—¡Gero y André no son tú! —grito sin control.

El verde de sus ojos se convierte en musgo y me dirige una mirada fulminante que, de creer en los superpoderes, diría que tiene la capacidad de inmovilizar. Pero a mí no. A mí ya nadie me deja de piedra.

—Ahora no, joder —gruñe. Introduce sus manos por debajo de la colcha, hasta que agarra mis pies desnudos por los tobillos. Tira de ellos y me deslizo en cámara lenta por debajo de la colcha, hasta que la corva de mis rodillas reposa en el extremo del colchón. Retira el cobertor y me deja expuesta ante él—. Te he dicho que ahora no.

Se coloca encima de mí, situando una mano a cada lado de mi cabeza, encerrándome entre su cuerpo y el angosto colchón.

Mi respiración empieza a acelerarse. Sus emociones y las mías se trenzan, entretejiéndose las unas con las otras. Percibo su desesperación con intensidad. Me duele. Me duele lo que siente, sea lo que sea. Retiro mi rostro para morder mi labio inferior y controlar mi mueca, señal de que estoy a punto de lloriquear. Y es que no me da la gana ser así de flojucha… Pero lo soy.

No soporto que Axel me afecte de esta manera, y en cambio tampoco lo puedo controlar. Se me humedecen los ojos por él y por mí. No es justo ni tantos secretos ni tanto hermetismo entre dos personas que conectan como nosotros.

Él exhala, liberándose poco a poco de su constricción afectiva, que indica lo poco o nada que ha podido desahogarse en estos días.

Y entonces lo sé. Ya lo entiendo.

Se le ha muerto el padre y no ha dejado ir ni una lágrima, pobre desgraciado.

—Becca… —susurra en mi oído con desazón. Posa su nariz en el lateral de mi garganta y hunde los dedos de su mano izquierda en mi pelo, enredándolos con mis rizos, como si tuviera miedo de arrancarlos por la fuerza de sus emociones.

No dice nada más. Noto sus labios jugando sobre mi piel, y después percibo la punta de su lengua jugando sobre ella.

Cierro los ojos y trago compungida. Dios, ¿es así de fácil?

¿Me tiene solo con un beso? ¿Eso es lo que significa estar loca por alguien? ¿Permitir que sus necesidades pasen por encima de tus propios principios?

Ya ni siquiera lo sé. Lo que me gustaría sería negarme, gritarle y decirle que no puede tratarme de esta manera, y que no soy el último mono. Me ha hecho daño otra vez. No deja de hacerlo. Sé que yo lo permito, sé que al lanzarme en esta aventura con él debo asumir las consecuencias, porque Axel no es un hombre sencillo. Pero aunque asumo mi parte de responsabilidad, me cuesta aceptar que esto vaya a ser así siempre, porque no lo puedo permitir, porque acabaría conmigo. Me dedico a hablar con las personas, soy empática, y sé cuánto oculta Axel. No puedo estar enamorada de alguien así. No podría ser feliz así… ¿A que no? No obstante, Fayna me ha dicho que en el amor verdadero no hay orgullo ni dignidad… Justo como me siento. Como si tuviera que tragarme el daño que me hace, solo porque sé que él está más herido y destrozado de lo que yo lo puedo estar. ¿Se trata de esto? ¿Amarlo hasta sobreponer sus necesidades a las mías?

—Becca… —repite exigiendo atención.

Sus manos se deslizan por mi cuerpo hasta que consiguen bajarme el pantalón corto del pijama y dejarme desnuda para él. Está temblando por la necesidad. En su voz percibo anhelo y mucha ansia por conseguir su objetivo.

—Becca… Te necesito —susurra contra mi mejilla al tiempo que cubre toda mi vagina desnuda con su manaza.

«Te necesito.»

¿Me necesita? Vuelvo la cabeza y lo miro a los ojos, que se muestran febriles y hambrientos por el alimento que yo le pueda dar. Y no sé si son las ganas que tengo de creerle o de pensar que quiere lo mismo de mí que yo de él, pero resulta que entiendo que me necesite, que me necesite de verdad.

Estos dos días separados el uno del otro han abierto su apetito por mí, o por lo que sea que él cree que yo le puedo ofrecer. Pero no importa: se lo voy a dar; principalmente, porque soy una especie de juguete en sus manos, porque se ha grabado tan a fondo en mi ser que no puedo dejar que sufra. Y después lo voy a alimentar, para que entienda que es a mí a quien debe recurrir cuando se sienta perdido y abatido. Porque no puede volver a omitirme de ese modo. Si me quiere a su lado, tendrá que aceptar mis condiciones.

Le tomo el rostro entre las manos y acaricio sus pómulos con los pulgares, mientras el silencio y las parcas palabras dicen más de lo que me gustaría.

—Axel…

Y entonces le beso en los labios con ternura y aceptación.

Sin embargo, enseguida me deja claro que no quiere mimos ahora. Solo fuego. Calor. Algo que lo haga salir de la apatía. Algo que le hierva y le haga herida, solo para volver a sentirse vivo, aunque sea a través del dolor y la pasión.

Él torna el beso en llamas. Me introduce la lengua y la acaricia con la mía, con intensidad, empujando, dibujando círculos.

Me muerde el labio inferior y sujeta mi cara justo en el punto donde a él le va bien para su invasión.

Está desenfrenado, se lo noto en la fuerza que no oculta en sus manos ni en el arrojo de sus movimientos.

Y yo me rindo.

Los empotradores.

Una raza extinguida de hombres, aniquilados por cremas faciales, repeticiones y pesas, colonias caras, rayos uva y una terrible horda de espejos que les llevaron a la aniquilación…

Por suerte, todavía quedan supervivientes con genes salvajes y depredadores, y soy la afortunada de disfrutar de uno de ellos. Rodeo las caderas de Axel con mis piernas, pero él me las baja de golpe, y al mismo tiempo me come la boca sin demora. Sus besos me marean y me extravían en un universo de sabores y sensaciones que me abruman. Su lengua es como un rodillo por mi boca. Yo la intento sujetar con mis dientes, deseo succionarla, pero él no me lo permite, ansioso por llevar el control, por no dar tregua a su dominación.

Porque sí.

Axel ha entrado en mi dormitorio con ganas de marcar terreno, de grabar sus dedos en mi piel, y de demostrarme algo… O tal vez solo quiera demostrarse a sí mismo que aún lleva las riendas en todo lo que tiene que ver con su vida. Y es cierto: en el sexo, él manda. Por mucho que quisiera pelear en la cama con alguien tan poderoso como Axel, yo solo llevaría el timón si él se dejara vencer, o si se rindiera por completo. Algo, desde luego, que no hará, porque está en plan peleón.

Así que permito que me haga lo que quiera. Sus manos me apresan las nalgas desnudas, las aprieta y las masajea hasta que dejo ir un gemido de placer, que él secuestra con su boca.

Le rodeo el cuello con los brazos y me abro para él, porque no conozco otro modo de hacerle ver que estoy ahí para que cuente conmigo, que puedo ser su desahogo, no solo físico sino también emocional.

Le miro a los ojos, que él mantiene cerrados con fuerza. Su beso es largo, me tiene la cabeza cogida de un modo teñido de desesperación, que flagela mi corazón.

Es tan frustrante darme cuenta de que necesita ayuda, de que yo puedo ser su solución, y que él no me utilice para eso…

—Axel…

—Chis.

Hace dos segundos le miraba a la cara. Ahora estoy boca abajo, comiéndome la sábana. Me ha dado la vuelta como si fuese una pechuga de pollo, con el culo en pompa.

—Necesito esto —susurra contra mi nuca, haciéndose hueco entre mis piernas, manteniéndome inmóvil con solo una mano—. Te necesito…

Hay algo que no me está gustando, y sé muy bien lo que es. Axel está desbocado por dentro, sus emociones le han sobrepasado y necesita serenarse. Pero sabe que no puede hacerlo conmigo si le miro directamente a los ojos, porque le leo. Es así de sencillo. Por eso quiere hacérmelo de espaldas, para que yo no le observe y no descubra lo perdido o lo vacío que se siente.

Para su desgracia, yo ya lo sé. Así que no pienso seguir haciendo esto solo para que él se sienta mejor.

—No, Axel. Así no.

Me doy la vuelta como una culebrilla de agua, y ese gesto le sorprende tanto que no sabe cómo actuar. Le tiemblan las manos; está nervioso, ofuscado y necesitado de refugio. Por eso prueba otra vez, para colocarme como él quiere. Pero no se lo permito.

Me quito la camiseta por la cabeza, se la tiro a la cara con rabia y me quedo desnuda delante de él.

Axel respira agitado, agotado por el estrés de los últimos días, por su ansiedad y sus nervios. Yo he estado igual por su culpa. Y me voy a cabrear mucho si cree que va a hacerme lo mismo que me hizo en el hotel en Nou Barris.

—¿Me necesitas, Axel? —Le tomo de la barbilla con decisión y furia, a pesar de que me duele ver lo desorientado que está por mi rebeldía—. Pues si me necesitas, vas a tener que verme la cara. —Le agarro de la corbata negra y floja que rodea su garganta, estiro de ella hasta deshacérsela y luego la tiro al suelo—. Porque me niego a no sentir ni una pizca del dolor que te embarga solo porque no me dejas mirarte a los ojos. Porque tú no quieres que yo esté ahí. —Me dejo llevar por la ira, y mis movimientos se hacen bruscos cuando le abro la camisa de golpe, y los frágiles botones salen volando y caen desperdigados sobre la cama. Yo soy como uno de esos botones en sus manos: frágil y volátil.

Axel entreabre la boca, como si quisiera decirme algo que finalmente muere en la punta de su lengua, apresada por ese dios del Miedo que tanto le mengua. Frunce el ceño y agacha la cabeza.

Lo tengo ante mí, moreno, musculoso, atormentado… e irresistiblemente hermoso. Su tatuaje en latín asoma por entre la tela abierta de la camisa blanca de ejecutivo. Me incorporo y poso mis manos en sus caderas. Lo atraigo, y mi boca queda a la altura de su esternón. Apoyo la frente en él y paso la punta de mis dedos por el tatuaje.

—Déjame ser tu ancla en la tierra, Axel —le ruego, tragándome las palabras que juré que nunca diría a nadie. No rogaría nunca nada. Y aquí estoy, pidiéndole a un hombre que me permita estar a su lado.

Maldito sea este amor que siento por él, que a pesar de saber que nunca se mordería la lengua y que puede hablar por los codos y bromear conmigo como un jodido humorista, también comprende que Axel tiene más oscuros que claros, y que solo ofreciéndole parte de mi luz llegaré a conocer al hombre que quiero y que yace justo ahí, detrás del Misterio.

Respiro hondo, preparándome de manera consciente para un rechazo. Si me dice «Así no quiero hacerlo», o «No quiero anclas, marinera», me dejará tocada y casi hundida, como la canción, o como el juego de Hundir la flota. Y entonces me encogeré como un calcetín en la secadora: triste, solo y desparejado, de esos que abundan por los cajones de mi casa.

Él se separa de mí para bajarse los calzoncillos negros, que le marcan el tremendo paquete que tiene. Cuando por fin se queda desnudo, está tan erecto que la cabeza le llega al ombligo, e incluso lo sobrepasa.

—Ven aquí —me ordena, y sin decir nada más, me agarra de los glúteos.

No es momento de hablar, eso está claro. Pero me vale. Me vale que quiera hacer el amor conmigo así, cara a cara.

Axel tira de mis caderas hasta colocarme de modo que las nalgas se quedan al borde del colchón. Toma mis piernas y sitúa sus manos por debajo de las rodillas, apoyándolas en sus brazos, mientras me abre y se dispone a penetrarme.

Quisiera poder abrazarle, que no me expusiera tanto, que me dejara hacer, que me dejara expresar con mis manos y mis palabras lo mucho que lamento la muerte de su padre. Él me diría que no lo sienta, porque él no lo siente. Y yo no le creería. Tan solo le abrazaría y dejaría que se desahogase.

Pero las cosas con este hombre nunca son como una las espera.

Me preparo para soportar su invasión, que será tan desesperante y dura como lo es su tormento.

Sin embargo, cuando creo que me la va a meter de golpe, noto su boca sobre mi vagina y me pierdo por completo en el tacto de su lengua, y en cómo resbala arriba y abajo, humedeciéndome inmediatamente.

Percibo mi sexo hincharse y palpitar cuando frota ese brote de loco placer y éxtasis, o cuando sumerge su lengua en mi interior, como si fuera su polla. Es una sensación increíble y totalmente mágica. Me está comiendo con mucha determinación; tanta, que me incorporo para verlo con mis propios ojos, a pesar de que el gusto que estoy sintiendo casi me impide moverme. Está tan concentrado en trabajarme, tan concentrado y tan ido, que por un momento creo intuir que le está gustando demasiado. De nuevo los ojos se me llenan de lágrimas por la situación, porque sé que no tiene modo de explicar lo que le sucede, y en vez de desahogarse, de gritar, de romper cosas, de descargar el peso que soporta su alma y su conciencia, en vez de destruir, Axel prefiere volcarse en mí y hacerme el amor, como si yo fuera su salvavidas en un mar bravío.

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Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
25 aprel 2025
Həcm:
471 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9788417932336
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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