Kitabı oxu: «La Orden de Caín»

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Primera edición: octubre 2020

Título: La Orden de Caín

Diseño de la colección: Editorial Vanir

Corrección morfosintáctica y estilística: Editorial Vanir

De la imagen de la cubierta y la contracubierta:

Shutterstock

Del diseño de la cubierta: ©Lena Valenti, 2020

Del texto: ©Lena Valenti, 2020

De esta edición: © Editorial Vanir, 2020

ISBN: 978-84-17932-19-0

Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Epílogo

«Einstein había rechazado la idea de que Dios juega a los dados. Sin embargo, todas las evidencias indican que Dios es un jugador impenitente».

Stephen Hawking

Capítulo 1

Desde la ventana del tren todo parecía normal. Imperturbable.

El traca traca del sonido de las ruedas sobre los raíles la incitaban a meditar más de lo que deseaba. Era una melodía hipnótica que la llevaba a filosofar sobre aspectos de la realidad que les había tocado vivir. Los árboles tan verdes como frondosos permanecían estoicos al paso del tiempo y de las estaciones, porque siempre habían estado ahí. No sabían ni podían no hacerlo. De hecho hacía mucho que ocupaban ese mismo lugar, viendo transcurrir con aburrimiento el mismo tren, una y otra vez.

El cielo, azul con alguna que otra nube tormentosa salpicada, era lo que cubría el lienzo terrenal a diario, y aunque cada día era distinto, continuaba en su sitio. Haciendo lo mismo. Sujetando al sol, la luna, las nubes y las estrellas. Algo tan magnánimo resultaba hasta normal para las personas. Y era bochornoso haber perdido la capacidad de sorprenderse por los destellos de magia de la vida.

Pero Erin lo entendía. Ella se sentía un poco como todos. Aburrida y cansada de lo mismo. Porque había entendido que la vida estaba repleta de elementos estables y duraderos, longevos… Pero todo lo demás era una nota discordante en aquella permanencia divina. Los únicos que estaban ahí de paso eran los humanos. Su ciclo de vida era corto comparado al de los elementos que conformaban el escenario que les tocaba decorar.

Los astros se mantendrían ahí al mirar al cielo.

Los ríos seguirían corriendo.

El mar continuaría siendo infinito.

El universo insondable.

La tierra firme.

Y los campos arados y las siembras recogidas. Porque en lo perenne nada se detenía y todo acababa fructificando.

En cambio, lo caduco transformaba cualquier horizonte. Cuando algo que siempre estaba ahí, dejaba de estarlo, todo se descomponía. Las estampas jamás volvían a ser las mismas.Y si era un pilar el que de verdad se iba, podía hacer caer los cimientos emocionales de una misma y teñir fotos que antiguamente habían sido de colores en sepia o en tonos grises y deprimentes.

Su madre Olga ya no las recibiría con una sonrisa ni con su bizcocho casero cuando fueran de nuevo a la Masía familiar. Ella ya no lo haría porque ya no estaba. Olga había muerto hacía un mes víctima de un terrible incendio que se produjo en la casa de montaña de su mejor amiga, en el sur de Francia, mientras pasaba ahí un fin de semana de mujeres, como ella los solía llamar.

Ambas murieron. Inesperado. Fatídico. Doloroso y trágico.

Un mes después dolía igual que el primer día y su corazón y el de sus hermanas la llorarían eternamente, pero habían decidido emprender juntas un viaje muy especial para hacer cumplir lo que siempre le habían prometido. Sus cenizas debían reposar en Donja Kupcina. Y era una orden inflexible e irrevocable. Y en eso estaban.

Erin nunca había estado en Istria, de hecho era un destino muy desconocido para ella. A excepción de las veces que su madre lo había nombrado por sus recuerdos de niña en Kringa. Donde solía veranear con sus padres, y donde ella ayudaba muy servilmente en la iglesia Parroquial de María Magdalena. Y era allí, por lo arraigada que su madre siempre se había sentido a ese lugar, y porque había sido muy de la Magdalena, donde quería descansar eternamente.

Era curioso advertir que ni ella ni sus hermanas habían salido creyentes. Ni siquiera eran católicas, ya que no se habían bautizado. Pero Olga nunca las obligó a creer ni a rezar… Siempre les dijo que cuando crecieran, y si llegaba el momento, ellas decidirían a quién venerar y a quién invocar.

Erin miró su propio reflejo en la ventana. Estaba triste, como todas. Sus ojos grandes y marrón chocolate le devolvían una mirada acuosa y nostálgica enmarcada por la estructura de sus gafas negras. En su libretita de apuntes para escribir su nueva novela ocupaba un par de hojas con una lluvia de ideas sobre lo que quería contar. Pero no estaba de humor para seguir indagando ni estimulando la glándula de su creatividad. Por eso se había detenido, para no pensar y disfrutar del maravilloso paisaje en tren con el que Croacia la abrazaba. No se consideraba muy buena describiendo o narrando. Su fuerte eran los diálogos y las tramas. Pero podía hacer un esfuerzo y dejarse abrigar por la imagen cincelada y en movimiento que sus ojos intentaban fotografiar. Sin duda, aquella parte del territorio croata era muy exuberante. De entre el verde de los árboles que rodeaban el raíl se asomaban los tonos turquesas y celestes, diamantinos, de las costas que los circundaban. Era rico en colores llenos de vida y, a pesar de ser octubre, la luz imperante la obligaba a imaginar que era verano. Pero no lo era.

Su tejano azul claro, su levita de punto negra, fina y larga hasta los tobillos, su chal rosado que rodeaba su garganta como una bufanda, y sus sneakers negras altas le recordaban que el otoño golpeaba a Europa con más frío que de costumbre, y que ese verde de las montañas quedaba espurreado por el ocre de la estación del ocaso. Si lo mirabas en conjunto, la uniformidad del espesor de los bosques no te dejaba observar la individualidad de cada platanero, abeto y picea que guarnecían la maravillosa ruta en ese vagón. Pero cuando te concentrabas en uno, como hacía Erin en ese momento, advertías el cambio: los árboles empezaban a quedarse desnudos. Un poco como ellas.

Si las mirabas una a una, podías darte cuenta de que más allá de sus aspectos había un dolor producto de la despedida de su madre. Y era una aflicción que, por mucho que lo quisieran ocultar, las desvestía.

Erin suspiró y volvió a concentrarse en su reflejo. Llevaba el pelo suelto y hacía poco que se había hecho mechas más claras, que contrastaban con su negro natural, para suavizar sus rasgos, que de por sí eran gatunos. Tenía la piel un tono más oscura que la de sus hermanas, unos labios ni muy grandes ni muy pequeños, pero cuando sonreía, según decían los que la querían, se iluminaba el mundo, y las preocupaciones desaparecían por la concavidad de los hoyuelos que se dibujaban en sus mejillas. Con veinticinco años era la mayor de las hermanas. Se llevaban uno de diferencia cada una. Y eran cuatro. Sí, su madre no perdió el tiempo.

Pero es que eran todas tan distintas… y, sin embargo, se parecían a su manera. Tal vez era el aire, el porte, la actitud… pero siempre que estaban juntas, a pesar de ser muy diferentes, todo el mundo decía lo mismo: «¿Sois hermanas?».

Con veinticuatro años la seguía muy de cerquita Alba. Ella tenía el pelo caoba, largo como ella, y liso. Sus ojos ámbar eran los más rasgados, de largas pestañas, tenía el rostro ligeramente pecoso, no en exceso, los labios rosados y era muy sexi y bonita. Pero a Erin todas sus hermanas se lo parecían. Y poseía un cuerpo atlético y trabajado. Tenía miles de seguidores en Instagram solo por ser como era y subir sus entrenamientos en el gimnasio. Se ganaba la vida con los sponsors. A Erin le parecía increíble que se la ganase tan bien solo con un perfil de Instagram. Porque Alba vivía a todo trapo y por todo lo alto, como ella nunca había ocultado.

La medalla de bronce era para Cami. Veintitrés espléndidos años y un futuro lleno de posibilidades como chef. Rubia, con la melena lisa y reflejos que, de tan claros, parecían blancos. Su mirada poseía el color del whisky rociado por el sol. Un amarillo oscuro impresionante. Siempre le decían que tenía ojos de tigresa, aunque ella se consideraba más bien una gatita. De pómulos altos y labios gruesos, Cami era, posiblemente, la más dulce y compasiva de las cuatro. Y también la más bajita.

Y con el diploma bajo el brazo, llegaba con toda la fuerza de su impertinencia, Astrid. Voluble, atrevida y poderosa a pesar de su juventud, tenía un cerebro voraz y lleno de ideas para los negocios, y a su corta edad, había vendido una empresa de dropshipping por medio millón. Y era incansable. Siempre quería más. Tenía el pelo espeso y castaño, con un flequillo largo que le llegaba por encima de sus ojos verdosos. Y nunca se despegaba de su ordenador ni de sus auriculares inalámbricos. Estaba casi siempre trabajando.

Erin las miró una a una y se sintió orgullosa de ellas, pero también deprimida y miserable. Siendo escritora era, de largo, la que una vida menos ostentosa llevaba, porque para ser sinceros, la escritura le daba para cubrir gastos y sobrevivir y gracias. Porque era una escritora de encargo. Una mal llamada «negra» literaria que escribía libros para otros por una cantidad acordada con la editorial.

Erin siempre pensó en ella misma con las típicas ínfulas de cualquier escritor. Ser la nueva J.K Rowling, o un nuevo Stephen King o Ken Follet, o una renovada Agatha Christie o, incluso, para ser más atrevidos, la reencarnación de Michael Ende… No importaba el género, porque podía escribir lo que le diera la gana, tal era su talento. Pero en vez de eso vendía su capacidad para escribir historias para hacer ricos a otros. Se prostituía.

Y esa era una de las cosas que su madre siempre le echó en cara. ¿De qué servía tener un don como el de ella si lo vendía a gente que no lo merecía y no lo usaba también en su provecho? Y tenía mucha razón. Ese viaje de despedida debía plantar en ella una semilla para escribir con su nombre sus propias historias. Quería que fuera su empujón definitivo.

—Diez letras —dijo Alba en voz alta mirando la pantalla de su móvil—. «Hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta».

Astrid ni siquiera lo había escuchado, porque tenía la música muy alta con el tema de Spirit in the Sky de Keiino reventándole los tímpanos.

Cami modificó su soñadora expresión a una más pensativa.

—Casualidad.

Alba negó con la cabeza.

—Raro sería que lo acertase a la primera —asumió Cami sin dar importancia a su errata.

Después, Alba le echó un vistazo expectante a Erin.

—Sé que lo sabes —aseguró resistiéndose a escuchar la respuesta.

—Claro que lo sé —contestó Erin medio sonriendo. Nadie era mejor que ella jugando a los crucigramas.

—Qué asco das —murmuró con tono de humor—. Por eso no juego contigo. Pero espera, no me lo digas aún. Ayúdame con esta, a ver si puedo cuadrar la que tengo aquí arriba y me da otra letra —señaló con el dedo la pantalla de su teléfono—. «Sembrar un terreno».

Cami iba a contestar, pero Alba la detuvo.

—Y no es sembrar —le aclaró satisfecha al ver el modo en que Cami cerraba la boca.

—Es sementar —contestó Erin mirándolas muy entretenida. Las tenía a ambas en frente, y a Astrid a su lado, mirando unos gráficos de venta de su ordenador.

Alba recontó las letras, las escribió con su teclado y apretó el puño.

—Sí. Qué buena soy.

Erin se echó a reír y negó con la cabeza y Cami puso los ojos en blanco.

—No lo has adivinado tú. Ha sido Erin.

—¿Quién lo ha escrito? ¿Yo verdad? Pues eso —le explicó como una niña pequeña—. Ahora, hermana mayor, dime la otra palabra de diez letras.

—Un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta es una serendipia. Y es una de mis palabras favoritas. —Erin se pasó los dedos por la parte superior de la melena y se quitó las gafas de ver.

—Es bonito pensar que vas a por una cosa y te traes otra —murmuró Cami mirando por la ventana.

—Eso le pasó una vez a Alba —recordó Astrid cerrando el portátil de golpe y guardándolo en su bolso. Miró a su hermana con una burla mientras se quitaba los AirPods y añadió—: Iba a quedar una noche con un rubio y volvió a casa de madrugada con un negro.

Erin se empezó a reír y Alba dijo entre dientes:

—Reventada.

—Bienvenida a La Tierra, Astrid —la saludó Erin finalmente.

—Gracias —le siguió el juego—. ¿Has ideado algún bestseller en mi ausencia? —Astrid apoyó su cabeza en el hombro de Erin y se abrazó como si quisiera echarse una cabezadita.

—No te has ido tanto tiempo… —murmuró Erin—. Ni se te ocurra dormir ahora —recriminó moviendo su hombro arriba y abajo.

—Solo un ratito —Astrid bostezó.

—No. Has tenido todo el trayecto para hacerlo y queda media hora para que lleguemos. Además, me prometiste que no trabajarías de más y que este viaje sería para las cuatro y para disfrutar del pasado de mamá.

—Sí… —canturreó—. No te preocupes, solo quería dejar preparada una estrategia de venta para cuando volvamos. No haré nada más. Palabrita.

Erin adoraba a su hermana pequeña, pero era una embaucadora nata. Sabía perfectamente que tendría que llamarle la atención en más de una ocasión.

—¿Y tú, rubita mía? —Astrid abrió un ojo y miró a su hermana Cami—. ¿Ya tienes una Estrella Michelín?

—Tiempo al tiempo —Cami sonrió y le guiñó un ojo.

—Yo lanzaré tu negocio —le prometió—. Se te conocerá por tus platos pero serás la chef más buenorra del mundo.

—Cuento con ello —Cami le siguió el juego.

Alba observó a Erin y entornó los ojos. La típica expresión de las hermanas mayores al oír las ocurrencias de las pequeñas.

Aunque no se llevasen casi nada.

—Venga, chicas —las animó Alba acudiendo de nuevo al juego—. Con diez letras. Manifestación de una verdad secreta u oculta.

—Descubrimiento —dijo Astrid sin mucho interés.

—Menos mal que ganas dinero con otras cosas… —la regañó Alba con tono jocoso—. Son diez letras, no catorce.

Astrid bizqueó. Cami alzó un dedo.

—Exposición.

Alba revisó y negó con la cabeza.

Las tres hermanas alargaron la intriga todo lo que pudieron, sin contar con Erin, hasta que al final tuvieron que ceder a la sabiduría de la mayor.

—¿Erin?

Ella apoyó la cabeza sobre la de Astrid, se humedeció los labios y contestó:

—Cuando se devela una verdad secreta u oculta es una revelación.

Alba chequeó y acto seguido murmuró.

—Qué jodidamente buena es. Y pensar que no hay ni un maldito libro con tu autoría —espetó enfadada.

Erin sonrió de oreja a oreja y se encogió de hombros. Esperaba que eso cambiase más pronto que tarde. Y deseaba que ese viaje la ayudase a liberarse y a escribir y contar las historias que realmente anhelaba contar.

Decían que quien lee viaja a todas partes. Erin quería que ese viaje le diera el valor y las ideas suficientes para publicar su primer libro.

Croacia

Dubrovnik

Viggo solía beber el whisky sin hielo. Seco, sin la compañía de otro licores que suavizaran su sabor y sin excesivas florituras. ¿Por qué edulcorar algo que era tan fuerte?

Sentado en la barra de aquella taberna, encorvado sobre su copa, y vestido con ropa oscura, intentaba aislarse de cualquier palabra o conversación que lo envolviera. Su pelo espeso y liso, que le llegaba por los hombros, llamaba la atención por su color plata, una tonalidad que no podía corresponder a un hombre de unos treinta y cinco años, como él tenía. De complexión fuerte y espalda grande, cualquiera que lo viera pensaría que se había teñido por fuerzas mayores como la moda o un estilismo muy personal. Pero siempre lo había tenido así y Viggo podía ser muchas cosas menos un fashion victim. Sus rasgos serios y su expresión severa se pronunciaban más por el color inverosímil de sus ojos, de un matiz magenta y tormentoso, protegidos por unas cejas curvadas y perfectas, en forma de ala de pájaro que combinaban con el excéntrico color de su pelo. Sus labios gruesos y rosados, insuflaban armonía y atraían, a pesar de esa diminuta cicatriz en el labio superior que lo mutilaba con una imperfecta perfección.

Sí. Viggo era un imán de atracción, una escultural anomalía en todo aquel recinto en el que prodigaban hombres que eran copias unos de otros. Pero era un vórtice de oscuridad que nadie podía intuir, y menos las chicas que revoloteaban ante él y meneaban el trasero bailando, solo para que dejara caer su atípica mirada en ellas. Para que las deseara. Para que las oliera.

Viggo alzó la mano y tomó un sorbo lento del whisky mientras miraba a esas hembras a través del espejo que había tras la barra del pub. Las croatas eran mujeres muy guapas pero no llevaban bien los efectos del alcohol. Hablaban entre ellas y lo miraban y cuchicheaban de nuevo… La mirada lánguida y con los párpados ligeramente caídos de Viggo se deslizó por sus cuerpos, especialmente por el de la más atrevida, una pelirroja con pechos grandes y culo enorme. En otro momento se la habría llevado al baño y habría hecho con ella lo que hubiese querido y a ella le habría encantado.

Pero no era una buena idea. No en ese instante ni en ese lugar. Hacía mucho tiempo que no se dejaba llevar por esos instintos.

Se sentía inquieto y expectante, sabedor de que algo iba a cambiar. Los animales presagiaban el peligro y el cambio de energía antes de que este se manifestase. Él también.

Dejó el vaso sobre la mesa, aburrido de ver a esas chicas y se pasó la lengua por los dientes superiores, rectos y blancos. Observó penetrantemente el líquido parduzco hasta que escuchó un ligero pitido en el oído derecho, y percibió algo. Una energía que era imposible de calificar o definir. Sus sentidos se afinaron, y en el interior del vaso, el brebaje destilado dibujó una onda, producto de una vibración intangible para cualquiera, aunque no para él. Sus sentidos eran tan agudos que observó cómo esa onda se extendía hasta las botellas expuestas detrás del barman, que llegaron a tintinear por el remezón resultante sobre los estantes metálicos adosados a la pared. Fue una oleada imperceptible para cualquiera de los ahí presentes, distraídos y concentrados en su realidad más mundana y superficial.

Para Viggo Blodox, en cambio, fue como un pistoletazo de salida.

¿Podía ser que…? ¿Era posible?

Tomó su iPhone negro e hizo una llamada con tono tan serio como su rictus. La voz que contestó al otro lado de la línea era masculina y ronca:

—No es posible. ¿A qué se debe esta inesperada sorpresa?

Ni un «hola», ni un «¿cómo estás?»…

Viggo se dio la vuelta y apoyó las caderas sobre la barra sin dejar de sujetar su teléfono.

—Está pasando —contestó sin más.

La pelirroja se acercó más a su cuerpo pensando que él le estaba prestando atención por fin. Pero nada más lejos de la realidad. Y al otro lado de la línea el silencio era tan tenso y se alargó tanto que parecía que hablaba con el vacío. Pero Viggo comprendía su reacción, aunque no tenía todo el tiempo del mundo.

—¿Estás absolutamente seguro?

—Has estado soñando con el pequeño sembrador. Como yo. Todos lo hemos hecho. Niégalo si no es así —le ordenó Viggo.

Se oyó una larga exhalación y una maldición proferida entre dientes.

—Joder…

—Sí —reafirmó.

—Te ha dicho que estemos atentos.

—Sí. ¿Dónde demonios están tus huesos ahora, Blodox?

—En Croacia —la pelirroja se aproximó más a él hasta empezar a rozar su trasero con su entrepierna, meneando las caderas—. En Dubrovnik.

Otro silencio, este más corto que el anterior.

—Croacia… ¿Qué mierda haces en Croacia?

—Pues, como ves, sigo los augurios. Y yo estoy aquí —contestó Viggo mirando fijamente la nuca que la mujer descubría para él—. Vosotros deberíais estar aquí también. Avisa a los demás. ¿Sigues en contacto con todos?

—Sí. El único que desertó fuiste tú.

En ese tono aún había resquemor y muy poca comprensión.

—Bien, porque esto, a diferencia de mi vida, Daven —replicó Viggo—, sí concierne a la Orden. Es probable que sea lo más importante que haya en nuestra existencia desde que despertamos. Espabilad porque el cerco acaba de abrirse y sabéis lo que va a pasar a continuación…

—Sangre.

—Exacto.

—En breve nos vemos.

Daven colgó sin un «adiós», ni un «hasta luego». Frío, cortante y conciso como había sido su conversación. Viggo guardó su móvil en su abrigo corto negro, que le llegaba por el muslo, con las solapas del cuello levantadas y el cierre de botones y apartó a la mujer de su entrepierna, con un ademán educado pero muy severo.

—Oye, guapo… ¿no quieres invitarme a una copa?

Viggo ni siquiera parpadeó. Ella lucía embriagada y con los ojos rojos y el rímel un poco corrido. Sería hermosa más al natural y no pintada como una puerta. Y las tetas estaban a punto de salirse de su escote.

—No. No quiero invitarte a una copa.

—¿Y quieres invitarme a… —le acarició la barbilla con su indice— tu casa, tal vez?

Viggo la tomó de la muñeca suavemente y tironeó levemente de su cuerpo para acercar sus labios a su oído.

—No te voy a invitar a mi casa —con el mismo tono aburrido le ordenó—: Ahora ve al baño, bájate las bragas —usó su tono natural e hipnótico para someter la mente de esa hembra—, ábrete bien de piernas y acaríciate tantas veces como desees hasta que tu deseo haya desaparecido. Y luego vuelve con tus amigas. No te acordarás de mí después.

Apartó de nuevo a la chica, pero esta iba tan borracha que trastabilló, aunque no cayó al suelo. Lo miró con los labios entreabiertos y las mejillas sonrosadas. Parecía mucho más caliente que antes. Pero su orden surtió efecto. La joven desaparecía entre la multitud en dirección al baño.

Viggo se fue de ahí rápidamente, dejando el olor a alcohol y la música excesivamente alta tras él, con el Take you dancing de Jason Derulo que lo acompañó a cada paso hasta la calle y un objetivo entre ceja y ceja: seguir aquello que había atravesado el cerco antes de que se cruzara en su camino hombres mucho menos agradables de lo que podía llegar a ser él.

El baile acababa de empezar.

Capítulo 2

Kanfanar, Croacia

Quedaban diez minutos para llegar. Erin no podía dejar de mirar el paisaje que el trayecto en tren cincelaba de esa península en forma de corazón. Con razón aquel lugar había inspirado a tantos escritores, como Julio Verne, para crear sus espléndidas obras literarias dotadas de paisajes fantásticos y playas con cantidad de calas insondables que disfrutaban de una comunión mágica con el Mar Adriático. Istria no era propiedad solo de un país. Obviamente, las grandes bellezas eran codiciadas por muchos y por ello a Istria la poseían tres países más. Una parte, la Norte, se compartía con Eslovenia, otra pequeña parcela era de Italia, y por supuesto, todo lo demás estaba atada a Croacia. Rovinj justamente se encontraba en el puerto pesquero, en la Costa Oeste. Pero no irían allí hasta el día siguiente. Eran las diez de la noche y querían cenar tranquilas y descansar en un hotel que estuviera a tiro de piedra de esa estación. Por eso se hospedarían por esa noche en Villa Valentina a cuatrocientos metros de la estación.

Haber hecho ese viaje en tren con sus hermanas desde España había sido, al principio, un tanto complicado, por la logística, claro. Pero les había dado unos días para visitar partes de Europa que no conocían. Por sus trabajos y sus distintas ocupaciones, tomarse esas dos semanas de vacaciones fueron difíciles de cuadrar. Pero la muerte de su madre no merecía ninguna excusa. De todas las fuerzas posibles, esa era la mayor. Así que ahí estaban, en la última parada de su viaje.

El tren se había detenido finalmente. En nada abrirían las compuertas. Erin estaba parapetada la primera, admirando el exterior de la andana de Kanfanar con ojos analíticos. La verdad era que, después del espléndido paisaje que les había acompañado durante todo el trayecto, Kanfanar parecía ser el más inhóspito de Croacia. La estación era un edificio de dos plantas que recordaba a las películas del Oeste. De ladrillo blanco y desgastado, ventanas con marcos verdes de madera y tejados de ladrillo rojizo, parecía abandonado un poco a su suerte.

—Y las cuatro chicas bajaron del tren y se encontraron con un recibimiento hostil —recitó Alba añadiendo teatralidad a sus gestos, mientras apoyaba la barbilla en el hombro de Erin—. Fueron las únicas cuyo trayecto se detenía en la apartada y triste estación de Kanfanar, un lugar que incluso los fantasmas habían olvidado visitar.

Erin alzó la comisura del labio y contestó:

—Si hasta tienes más talento que yo.

Alba se colocó su gorrito de lana de una marca que ni siquiera Erin conocía, pero que seguro era carísima, y añadió:

—Pídeme ayuda cuando la necesites —continuó bromeando.

—Lo haré —contestó—. Espero que el señor de la Villa nos esté esperando con el coche tal y como acordamos.

—Seguro que sí. Hasta ahora Astrid lo ha preparado todo a pedir de boca. Es muy controladora nuestra pequeña.

Ambas hermanas miraron a las dos más pequeñas que se metían la una con la otra como si fueran crías. Astrid le pellizcaba las nalgas a Cami en cuanto se daba la vuelta y se moría de la risa al ver cómo la otra daba saltitos y gritaba molesta.

Cuando las puertas se abrieron, las cuatro bajaron una tras otra, con sus maletas a cuestas. Y casi fueron las únicas en pisar aquel lugar. También era el destino de un hombre y de una mujer de dos vagones más hacia delante.

Erin observó las mesas blancas con sillas negras dispuestas más allá de la cubierta del tejado que formaban parte de la cafetería de la estación, que obviamente estaba vacía. En uno de los bancos verdes, una mujer mayor vestida con ropas oscuras masticaba algo de un modo muy enérgico, posiblemente por la dentadura que le bailaba demasiado.

—Joder —silbó Astrid observando el panorama—. El fin del mundo.

—Anda, mira —dijo Cami con su aspecto dulce y risueño iluminado por la apática cafetería—. Seguro que ahí hacen cosas caseras…

—Ni se te ocurra pedir nada ahí —replicó Erin—. A saber qué cocinan… podrían ser cadáveres.

—Tu cabeza está enferma —contestó Cami sonriente.

—Además, tenemos la cena lista en la Villa. Salgamos de aquí que debe haber un coche esperándonos afuera.

—Sí, por favor, tengo hambre —Alba alzó la mano y se tocó el vientre plano.

—Pero si tú no comes —espetó Astrid con una mezcla de amor y odio—. Solo haces sentadillas.

—Deberías hacerlas, querida —insinuó Alba observando el perfil de su hermana pequeña—. Tienes que hacer más culo.

—¿Quieres culo? Yo te doy del mío —Cami se palmeó el trasero.

—Ni hablar. Tu culo es sagrado, perfecto y natural —aclaró Astrid—. Además, quiero que siga siendo así para que continúes alimentándome con esas magdalenas increíbles que haces. ¿Cuántas visualizaciones tienes ya en YouTube?

—¡Yo qué sé! —contesta sonriente—. No las cuento.

Erin fue la primera en empezar a caminar hacia la salida de la estación. Pero antes de eso iría un momento al baño. Tenía la sensación de que se había roto el frasquito de su perfume y quería asegurarse de que no era así. Además, se orinaba desde hacía rato, pero no quería volver a entrar al baño del tren porque olía muy mal y le daba un poco de asco.

—Id tirando —sugirió Erin abrigándose un poquito y cruzándose la parte delantera de su tres cuartos. Refrescaba a esas horas de la noche—. El señor de nuestra Villa tendrá un cartelito con nuestro apellido. Así que buscad al único señor que tenga una hoja con «Bonnet» escrito en negro y sin faltas de ortografía. Voy a mear.

—Te esperamos —dijo Alba.

—No. No hace falta. Id tirando, por favor, que el hombre se quede tranquilo ya al vernos.

—Perfecto. No tardes —contestó la del pelo caoba—. Vamos.

Mientras las tres se dirigían a la puerta de salida del edificio, Erin se desvió hacia la puerta de mano derecha y rezó por que el baño estuviera decente y limpio. Que no oliese mal, al menos.

No esperaba nada del otro mundo, porque la estación no lo era, así que no se sorprendió al encontrar un baño funcional con un par de lavamanos, un espejo de cristal agrietado por las esquinas, y una puerta abierta que quería decir que estaba libre, y que funcionaba, dado que la otra estaba cerrada y había un cartel de prohibido pasar.

Erin metió la maleta como pudo dentro del lavabo, y se dio prisa en orinar lo más rápido posible y sin sentarse en el retrete. Cuando salió, al menos tenía la vejiga más liberada, pero cuando vio su reflejo en el espejo se dio cuenta de que el poco rímel que llevaba se le había corrido y que le faltaba un poco de cacao en los labios. Se maquillaría, pero antes se aseguraría que su perfume Chanel no se había roto. Era de las pocas cosas en las que disfrutaba gastarse dinero: en los perfumes, en las libretas para hacer lluvias de ideas y en sus teclados para sus iPads. Ese era su único vicio y capricho.

Abrió la maleta en el suelo, que al menos no estaba sucio, y vio que el perfume seguía en su compartimento, entero. Pero se le había salido el tapón y eso había hecho que el vaporizador se activase de vez en cuando, por eso olía tanto a bergamota, rosa, cedro y sándalo. Gracias a su documentación para una de sus novelas «ordenadas» por la editorial tuvo que investigar sobre perfumes y descubrió que un solo perfume podía tener tres aromas diferentes. El de salida, el corazón y el de fondo. Había aprendido a olerlos. Su Chanel N.19 tenía muchas notas que ya sabía diferenciar. Siempre había sido muy buena de olfato, aunque la artista de la cocina era Cami. Su hermana muchas veces le decía que ojalá lo tuviera tan fino como ella. A lo que le contestaba que ojalá ella pudiera llegar a tanta gente como hacía Cami con su canal.

Erin cubrió el frasco con el tapón, cerró la maleta con la cremallera y cuando se levantó y miró al espejo otra vez, dio un grito ahogado y rápidamente se sujetó el pecho con una mano.

Al otro lado, la anciana que estaba sentada afuera, la miraba con sus ojos achicados por el tiempo y un rostro enjuto marcado por las arrugas. Era como la típica abuela de pueblo, con la espada visiblemente curvada, con su pelo blanco recogido en la nuca, sus zapatillas de tela negra en los pies, falda que le llegaba por debajo de las rodillas, y un cardinal azul oscuro.

—Qué susto me ha dado… por Dios —dijo cogiendo aire de nuevo.

La señora seguía mirándola, así que Erin procedió a lavarse las manos con rapidez, porque se sentía incómoda con la inspección. Esa mujer olía muy mal. Muy fuerte.

Erin procedió a enjabonarse rápido y a mirar hacia abajo, pero cuando volvió la mirada al frente de nuevo, tenía a la mujer pegada a la espalda.

—Oiga, señora… ¿qué hac…?

La anciana abrió su mano y le mostró un polvo blanquecino. Erin no sabía qué quería que viese. Pero la anciana no pretendía enseñarle nada. Simplemente sopló el polvo con fuerza y este rodeó el rostro de la joven como en una nube. Erin lo inhaló, dado que la había tomado por sorpresa, y sus efectos fueron inmediatos. Sintió que se le iba el mundo de vista, que el suelo ya no la sujetaba, y que perdía la fuerza para mantenerse en pie.

Cayó al suelo y se golpeó el rostro de muy mala manera. Pero ni siquiera lo sintió. ¿Se le había dormido el cuerpo? ¡Ni siquiera podía hablar!

La señora se agachó para observar su rostro y le pasó uno de sus viejos dedos por la mejilla para susurrar:

—Morate se procistiti. Hay que purificarse.

«No entiendo el croata. Y le huele la boca a ajo».

Los ojos de Erin se llenaron de lágrimas. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no podía gritar? Sus hermanas tenían que venir y ayudarla.

A continuación entraron dos hombres con botas militares. No atinaba a verlos. Y ni siquiera sabía por dónde habían entrado. ¿Qué…? ¿Pero qué hacían ahí? La cargaron sobre el hombro de uno de ellos y la sacaron de ese lugar. Erin se estaba quedando sin conocimiento. ¡La estaban secuestrando! ¿Por qué? ¡Ella no era nadie!

Lo último con lo que se quedó su retina fue con una explosión. No sabría dónde se originó, porque ya ni oía ni veía bien. No sabía si fue dentro de la estación, o afuera… sus hermanas estaban ahí... ¡sus hermanas no podían resultar heridas!

¡¿Y qué iban a hacer con ella?! ¡¿Dónde la llevaban?!

Erin no sabía rezar. Pero rogaba por que alguien la ayudase. Estaba bocabajo sobre el hombro de un desconocido. Se la llevaban. ¡La estaban metiendo en una furgoneta!

Kanfanar resultaba ser una maldita pesadilla de la que no sabía si iba a salir con vida. Ni siquiera sabía si sus hermanas estaban bien. ¿Qué demonios había sido esa explosión?

—Spavati. Duerme —la vieja le pasó los dedos por los ojos y se los cerró.

Erin se quedó dormida en medio de una exhalación. Ya no supo ni pudo ver nada más, solo entregarse al abrazo de la oscuridad inconsciente.

Dvigrad

Erin abrió los ojos para darse cuenta de que no se podía mover porque estaba atada de pies y de manos. El mareo no la dejaba pensar con claridad, y su mente seguía aletargada por lo que fuera que había inhalado. Abrió los dedos de las manos y los cerró de nuevo para tocar suavemente la superficie en la que estaba estirada. Era piedra. Una piedra rugosa, trabajada con torpeza.

Movió la cabeza a un lado y al otro y observó atónita que había dos personas cuyos rostros estaban ocultos por holgadas capuchas que formaban parte de unas capas largas hasta los tobillos. Se les asomaban las facciones. Eran un hombre y una mujer. Inexpresivos, no movían un solo músculo de su cara mientras la miraban.

Dios… necesitaba pensar con claridad y que la bruma de la confusión se disipara. ¿Estaba al aire libre? Sí, lo estaba. Las nubes grisáceas y lluviosas bailoteaban sobre el oscuro techo estelar en el que no se divisaba ni luna ni estrellas. Iba a llover.

—Je li spremna? ¿Está lista?

Una voz surgió de la oscuridad. Solo una pequeña lámpara de gas iluminaba aquel tétrico cónclave. Ellos hablaban en croata y Erin no comprendía absolutamente nada. Estaba temblando, presa de la ansiedad y del frío por sus extremidades entumecidas.

—¿Qué estáis haciendo? Sacadme de aquí… —pidió llorando—. Esto ha debido de ser una confusión. No sé qué queréis de mí…

—Chist.

Dos dedos fríos tocaron su frente y le hicieron la señal de la cruz. Era una tercera persona. Otro hombre. Posiblemente, el propietario de esa voz de ultratumba. El contacto la puso tan nerviosa que empezó a sollozar descontroladamente.

—Miran, miran…

—¡No! ¡Socorro! ¡Socorro! —la voz no le salía con la fuerza que deseaba así que nadie la podría oír. De entre los árboles que rodeaban aquel lugar tres pájaros oscuros y negros emprendieron el vuelo huyendo de allí, como si supieran lo que iba a pasar y no quisieran verlo. El estómago se le removió, le subió a la garganta, tosió y giró la cabeza para vomitar y manchar la capa negra de la mujer que estaba a su derecha.

No le hizo ninguna gracia, y murmuró algo en croata. Erin supuso que estaba pidiéndole al que le había hecho la cruz, que claramente llevaba la voz cantante, que agilizara los trámites.

No hacía falta ser un lince para darse cuenta de lo que iba a pasar. O la iban a violar, o le iban a extraer algún órgano para venderlo en el mercado negro o la iban a matar.

Las tres variantes eran espeluznantes pero una era definitiva, porque a las dos primeras podía sobrevivir, pero a la tercera no.

Ellos seguían hablando y Erin solo podía pensar en sus hermanas, en si estaban bien. Recordaba la explosión que había tenido lugar en la estación… ¿y si ellas habían muerto? ¿Y si estaban heridas? Nunca se imaginó que por cumplir el deseo de su madre ellas fueran a encontrar la muerte.

—Por favor, por favor —suplicó mirando al cielo—. Quiero vivir. No quiero morir… —las lágrimas empapaban sus sienes y hundían sus preciosos ojos grandes y oscuros bajo su mar cristalino. ¿Qué podía hacer? ¿Sería así como iba a acabar todo para ella? ¿Qué había hecho en su vida además de escribir para otros y permitir que sus obras llevasen otro nombre? Se había traicionado a sí misma, se había vendido, y le humillaba darse cuenta de que ahí, en esa especie de altar de piedra que se clavaba en su columna y en sus nalgas de forma desagradable, iban a segar su vida de un modo tan cobarde. No le permitían defenderse, ni tan siquiera correr para intentar huir y darle una oportunidad y alargar el juego. No. La ataban y la mostraban como una pieza de caza. Tenían mucha prisa.

Era un jodido sacrificio. Un ritual. No era un asesinato cualquiera.

La mente creativa y con necesidad de documentarse de Erin empezó a absorber datos de todo lo que la rodeaba, a pesar del miedo, más allá de la supervivencia y de los estremecimientos, su cabeza aún quería recopilar datos. Una era escritora hasta el día de su muerte.

Se encontraban en el interior de unas ruinas deterioradas y erosionadas por la implacable ley del tiempo. Los muros blanquecinos estaban cubiertos por la vegetación que luchaba incansable por recuperar su lugar perdido más allá de murallas y almenas, y torres de defensa. ¿Era una ciudad antigua? ¿Un castillo? ¿Era un manido campanario lo que veía a los lejos? Se trataba de un pueblo abandonado.

Sobre su cabeza las nubes se agolpaban formando oscuras aglomeraciones en movimiento, y un relámpago iluminó el cielo.

La mujer y el hombre encapuchados colocaron las palmas de las manos bocarriba y alzaron el rostro hacia la tormenta venidera.

En ese momento Erin vio al tercer individuo. La miraba con cariño. Jodido, hijo de perra. La miraba con compasión pero no ocultaba el resplandeciente objeto que sostenía su mano derecha. Era una daga cuya hoja dibujaba ondas y profundas curvas. Parecía un maldito cura con esa indumentaria eclesiástica. Era un hombre joven, demasiado para vestir así, con sotana negra y el alzacuello blanco. Sus ojos eran azules y ojerosos y su pelo negro tenía dos bandas de canas en los laterales, por encima de las orejas. Y aun así, su gesto sombrío reflejaba misericordia.

Erin no perdía de vista la hoja de aquella insólita daga.

—¿Qué vas a hacer con eso? ¡Suéltame! —le rogó intentando liberarse de los duros amarres que inmovilizaban sus tobillos y sus muñecas.

—Chist… Spavati zauvijek, bogomil. Dormirás para siempre.

—No sé hablar tu idioma. Hablo castellano e inglés. Hablo inglés —le explicó con la voz entrecortada—. Por favor, esto debe de ser un error…

El cura cubrió los ojos de Erin con su mano libre. Esta intentó liberarse porque quería mirar al hombre que, de un modo tan injustificado y cruel, iba a enviarla a otro lugar.

—Ucini to —le ordenó a la mujer.

Esta procedió a romper la ropa de Erin, y a descubrirla de torso para arriba.

—¡¿Qué?! ¡No! ¡No! —protestaba Erin atragantándose con sus lágrimas y su ansiedad—. ¡Eres un cura, maldito cerdo! ¡¿A qué tipo de dios le rezas tú?! ¡Él no te da libertad para hacer estas cosas y acabar impune!

Él sonrió levemente como si la hubiese comprendido, pero no detuvo su propósito. Al contrario. Sujetó bien a Erin apretando la palma de su mano contra sus ojos, manteniendo recta su cabeza y dirigió la punta de la daga entre sus costillas.

Erin dejó ir un grito ahogado y movió las piernas con brío cuando percibió cómo el objeto afilado atravesaba sus costillas hasta la empuñadura. De repente, el dolor fue tan intenso que ya no podía respirar y se removió como una culebra, hasta hacerse cortes en las muñecas por tensar tanto la cuerda que la amarraba. Notaba cómo se le llenaba el pulmón de sangre, porque lo había atravesado. La hoja salió de su carne, pero lejos de cesar la tortura, volvió a internarse, esta vez por debajo de la clavícula. Erin aún seguía gritando. Le vino a la mente un toro. Una matanza con banderillas, espadas y lanzas… igual.

El puñal volvió a internarse en su estómago y lo hizo repetidas veces más hasta que el hombre retiró la mano y vio la mirada ida y lacrimosa de Erin, que ya estaba abatida, casi muerta. En el rostro impío y maligno del hombre las gotas de sangre salpicadas del cuerpo de Erin le bañaban la frente, la boca, la nariz y las mejillas. Incluso la ropa de los encapuchados estaba estucada y lo poco que se veía de sus facciones también se había salpicado.

El hombre cogió aire, dado que el esfuerzo por las repetidas puñaladas violentas lo había agotado. Sujetó el puñal por la empuñadura con ambas manos y lo levantó por encima de su cabeza. Un nuevo relámpago iluminó el cielo y empezó a llover.

Dejó caer el puñal con fuerza para que se clavase en el corazón de Erin y acabar ya con su agonía, dado que aún seguía viva. Pero algo lo detuvo.

Un dolor terrible atravesó su pecho. Miró hacia abajo y observó atónito cómo una mano más morena marcada con pequeñas cicatrices y símbolos tatuados en sus dedos, impregnada en su propia sangre, sujetaba bizarramente su corazón. Lo presionó hasta hacerlo reventar.

La mano lo había atravesado por la espalda y había salido por el pecho. No le dio tiempo a pensar nada más, porque ya estaba muerto.

A su lado, la mujer encapuchada había corrido la misma suerte.

Y allí, con vida, solo quedaba el otro hombre que, al otro lado de aquella mesa de piedra de sacrificio, señalaba con mano temblorosa al individuo que aplastaba los corazones de sus colegas con expresión terrorífica en su rostro.

—Strigoi! —gritó dando pasos hacia atrás. Su rictus había palidecido más de la cuenta y estaba tan aterrado que se había meado encima.

Pero no pudo ir muy lejos de las ruinas. No pudo escapar.

El hombre que se había encargado de sus dos compañeros, estaba ahora frente a él, desafiando las leyes de la física. Lo agarró por el cuello y con una sola mano le partió la tráquea.

Capítulo 3

Viggo Blodox permanecía acuclillado ante su nueva víctima. Aquella noche no tenía planeado pasárselo así de bien, pero ahí estaba, acabando con la miserable existencia de tres asesinos. Descubrió el rostro del cómplice del intento de asesinato de la humana. Cada vez los reclutaban más jóvenes. Era otro chaval. Como la mujer. No tendrían más de veinte años. Pero como se castigaban tanto el cuerpo con las autoflagelaciones y las correas propias de la mortificación corporal aparentaban ser mayores de lo que eran. Para asegurarse de que tenía razón, levantó la capa que cubría sus piernas, rompió parte del pantalón y expuso la correa metálica cuyos clavos atravesaban la carne de su muslo provocándole hematomas, cicatrices y gangrena. Eso les infectaba la sangre y alteraba su comportamiento. El cilicio de esos extremistas era enfermizo.

Habían actuado muy rápido al percibir la rotura del cerco. Tenían personas desperdigadas por todas partes y poseían sus propios métodos oscuros para ser eficientes.

Blodox escuchó el frágil y desesperado latido del corazón de la presa que había caído en manos de esos verdugos.

Se acercó lentamente a ella. Se había asegurado de que no había nadie más en las proximidades de aquellos derruidos muros. Desde que en Dubrovnik sintió el círculo de éter romperse, se había sentido impelido a perseguir el origen de la fuga. Llegó a Istria y la energía lo llevó hasta Kanfanar, donde los bomberos apagaban el fuego provocado por una explosión en la estación y las ambulancias socorrían a los heridos. Pero no pudo quedarse a investigar porque no podía dejar de oler la persistente e incómoda fragancia a mercaptano que dejaba la presencia del mal.

Si eso era obra de ellos, no debían estar muy lejos. El hedor lo llevó hasta las ruinas de Dvigrad y allí no pudo llegar a tiempo para evitar que esa mujer fuese salvajemente apuñalada hasta casi su muerte, pero le evitó la estocada definitiva.

Ellos creyeron que ella había roto el cerco, por eso la debían eliminar. Porque la temían y porque no debía existir nadie vivo con la capacidad de poner en peligro sus leyes. Porque la existencia de una mujer así podía cambiar las reglas del juego. Lo cambiaba todo para Viggo y los suyos. Pero debía entender por qué y cómo había llegado a parar a ese lugar. ¿Con qué objetivo?

El olor de la deliciosa sangre de esa hembra lo golpeó con tanta fuerza que tuvo que detenerse unos segundos antes de alcanzar la piedra ritual en la que ella seguía desangrándose y cuyo líquido rubí salpicaba el suelo y chorreaba desde la plataforma superior de un modo obsceno.

Al final, se mantuvo fuerte y consiguió colocarse a su lado. Tenía los ojos abiertos y el cuerpo aún estaba caliente. Ella respiraba con pequeños espasmos, su caja torácica con profundas incisiones sangrantes subía y bajaba, señal de que luchaba por agarrarse a la vida, pero se le estaba escapando de entre los dedos.

Erin se sujetaba a la brizna de vida que aún le quedaba, a sabiendas de que era frágil y de que se podía romper en cualquier parpadeo que le hiciera cerrar los ojos para siempre.

Sentía tanto dolor que ya no lo sentía. Su cuerpo era una cuna de laceraciones y cortes, órganos triturados y deshechos y músculos desgarrados, de los cuales solo emanaba sangre y también mucha rabia y frustración. Y lloraba incluso sin pretenderlo, no por el dolor, sino por darse cuenta de que respirar y pedir a su corazón que siguiese bombeando en esas condiciones era una quimera. Le quedaba poco en esta vida. Se reuniría con su madre, tal vez. Aunque prefería quedarse en este plano para vengar su muerte y asegurarse de que sus hermanas estaban bien.

¿Y qué importaba lo que ella quisiera? Ya estaba hecho. Era el fin. La lluvia limpiaba su rostro lleno de su propia sangre y se llevaba sus lágrimas. Las gotas le entraban en la boca, pero no conseguía tragar. Ya no podía. Se estaba ahogando con sus propios fluidos.

Qué lamentable era morir así. No solo por la terrible tortura de su cuerpo. Era triste porque estaba sola, sin su familia. Como su madre Olga, que había muerto en un incendio aunque iba acompañada de su amiga. Pero murió lejos de ellas.

La agonía abrazaba sus pulmones y tensaba sus músculos, y la muerte empezaba a mecerla, arrancándole el poco control que ella creía tener sobre la vida. Y de repente, en el ocaso ya de su existencia, su cuerpo se reveló y luchó como un pez fuera del agua para robar aire. Eran sus últimos coletazos.

Fue en aquel instante cuando dejó de mirar el cielo y la lluvia caer sobre ella, porque un rostro salido del más allá ocupaba toda su visión.

Era irreal. Ni siquiera tenía facciones típicas de galanes de novela romántica, era el colmo de la gallardía y también de la exuberancia y rara belleza que solo algunos podían poseer sin parecer afeminados o retocados por bisturí.

Y pensó que no estaba tan mal morir frente a un ángel de ojos de color rosado, pelo blanco y grisáceo, largo y húmedo por la lluvia, y un mentón que podía encajar cualquier golpe. Morir frente a un ejemplar masculino así era mejor que hacerlo frente a los asesinos que habían usado su cuerpo para afilar la hoja de una daga. Y olía a algo que no sabía definir, porque se mezclaba con el olor de su propia sangre y todo la confundía. Pero su aroma estaba ahí.

Él la miraba como un animal que estudiaba el tipo de especie que se debía comer, para averiguar si era comestible o no, básicamente. Esa era la impresión que le daba.

Y porque Erin sabía que nada sería peor que lo que ya le habían hecho esperó que él, fuera quien fuese, tuviera clemencia.

—A... ayú... ayúdame —dijo con el gorgoteo de la sangre emanar de su garganta.

Blodox no era un hombre inseguro ni dubitativo. Hacía lo que se tenía que hacer, comportase lo que comportase. Sin embargo, la presencia moribunda de esa chica lo aturdía.

Era la aguja en el pajar y la manzana del Edén. Todo en uno. Ella era la única excepción y advertencia que tuvieron en su transformación. Y estaba ahí, ante él.

Su cuerpo era hermoso, de formas curvas, y montes y huecos donde debía haberlos. Tenía un pelo largo y abundante del color de la noche, y aquellos ojos podían deshacer glaciares. Y poseía una cara hermosa y evocadora, aunque ahora estuviera manchada de sangre y de lágrimas. Su corazón seguía bombeando.

Erin expulsó sangre por la boca y entonces como si reaccionase al encontrarse aún con vida lo miró. Tenía fuerzas suficientes como para hacerlo. Su fuerza le asombró.

—A… ayú… ayúdame —lo miró implorante. Sin miedo.

Viggo tragó saliva pero su expresión permaneció impertérrita. Su voz se coló por debajo de la piel y erizó su vello. Sus ojos de ese color tan especial y luminoso se clavaron en los de ella. La chica hablaba la lengua de los conquistadores. Y él las sabía hablar todas.

Observó las tremendas heridas de su cuerpo y escuchó a sus órganos malheridos. Así que procedió a ayudarla como mejor sabía. La colocó de lado y posó su mano abierta sobre su espalda. Tenía los pulmones completamente encharcados y se estaba ahogando. Presionó la mano entre sus omóplatos y Erin vomitó sangre por el impulso de Viggo, ni siquiera fue por el movimiento de sus propios músculos, algunos sementados por las puñaladas. Su corazón continuaba bombeando, aunque lo hacía muy lentamente y las hemorragias seguían ahí.

Solo podía detenerlas de una manera.

—Vivirás —le dijo él hablando en español sin problemas.

Erin parpadeó una última vez, asombrada por respirar un poco mejor, aunque ya notaba cómo se volvían a encharcar sus alveólos. Cerró los ojos porque ya no podía lidiar con el sufrimiento.

Viggo la tomó por la nuca y la incorporó un poco para darle el único elixir que podía ofrecerle para que no muriese y se recuperase de esas heridas mortales provocadas por dagas santas. Él pasó el pulgar por la comisura de sus ojos y recogió una lágrima perlada con sangre. La observó con extrañeza. De manera inconsciente se la llevó a la boca y el sabor explotó en sus papilas gustativas y lo dejó medio noqueado y sediento de más. Sin embargo, la sangre no le iba a hacer perder la cabeza. Llevaba mucho sabiendo controlarse. Aún embriagado y saboreando a Erin, Viggo dijo:

—No sé quién eres. No sé por qué estás aquí ni lo que esto puede suponer para mí y los míos, pero como quiero descubrirlo, vivirás —repitió.

Viggo se acercó la muñeca a la boca y sus colmillos se alargaron un centímetro más de lo habitual. Los clavó en su propia carne y acercó sus heridas a la boca de ella, que estaba entreabierta.

—Bebe —le ordenó, impeliendo a sus músculos de deglución a que se movieran.

La obligó a beber y esperó a que su sangre le llenase el esófago y cayese en su estómago. Desde ahí trabajaría para mantenerla estable. La mantuvo así durante largos minutos en los que Viggo no pudo apartar sus ojos ni un segundo de ella. Era un ser magnético y misterioso para él.

Cuando consideró que tenía suficiente, la tomó en brazos y la cargó cubriéndola parcialmente con parte de su levita de tres cuartos negra, que hizo la función del ala de un cuervo protegiendo a su cría.

Blodox oteó el alrededor y observó sin inmutarse que la escena había quedado decorada como el escenario de una película gore. Pero él tenía muy claro que no iba a limpiar nada de ahí. Esa mujer necesitaba cuidados, y además, los acólitos no tardarían mucho en borrar cualquier escena de ese crimen fallido.

Se impulsó en los talones, olió el pelo de Erin porque le fue imposible no hacerlo, y se fue de allí tal y como vino: volando.

Strigoi, así le había llamado el acólito. Significaba «vampiro». Y tenía razón. Lo era.

Él era el auténtico vampiro. No el original, porque nadie estaba preparado para saber la verdad, pero sí uno de los puros. Viggo Blodox era un bebedor se sangre desde hacía tanto que hasta recordarlo era agotador. De esos que negaba la ciencia, y que los libros de historia ridiculizaban y, si los nombraban, lo hacían erróneamente. Pero él y unos cuantos más eran los mismos que la Legión del Amanecer perseguía con la misma vehemencia con la que cazaba a las brujas.

Tenía muy claro lo que debía hacer con esa mujer. Se la llevaría porque, peligrosa o no, había jurado proteger a todos aquellos que caían bajo los verdugos portadores de banderas eclesiásticas, en nombre de un dios que no era el suyo. A esa mujer la habían torturado y asesinado con un rito de magia negra y con un puñal santo. Querían que su alma no reencarnase. Sin embargo, él lo había evitado.

La observó. Su larga melena lisa azotaba su rostro y la esencia de sus hebras lo perfumaban. Joder, tendría su olor pegado a la nariz durante días. Y aún no sabía qué hacer con ella. Pero debía alejarla de ahí y colocarla en lugar seguro hasta que entendiera por qué había sido el objetivo, porque Viggo era incapaz de advertir qué había de especial en ella o qué poder podía tener, además del de poseer un rostro hermoso y lleno de hechizo que no había pasado inadvertido para él.

Se detuvo entre las nubes y observó a través de ellas. Estaba justo encima de la estación de Kanfanar. Los bomberos sofocaban el fuego. Viggo inhaló y detectó entre el humo y las cenizas el paralisium, el polvo de la parálisis, muy utilizado entre los acólitos para someter a sus presas. Las ambulancias iban y venían. Habían muerto todos los que estaban en la estación, menos tres mujeres. Él las escuchó mientras eran atendidas por los servicios médicos y la policía de Istria les hacía preguntas en un malo inglés. Una de ellas decía:

—Nuestra hermana está ahí. —Lloraba tanto que le costaba comprenderla—. ¡Le he dicho que está ahí!

—Están barriendo toda la zona, señorita. No han encontrado su cuerpo —contestaba el agente que les tomaba declaración—. Cuando tengamos más noticias se lo haremos saber.

—¡Y una mierda! —gritó otra más vehemente—. ¡Puede que esté con vida! ¡No hable de ella como si estuviese muerta!

—Me han dicho que estaba en el baño cuando pasó todo. Y en el baño no hay nadie y es lo único que se mantiene en pie de toda la estación.

—¡Claro que estaba ahí! Cami, ven —pareció ordenar a alguien—. Deja de llorar cariño. ¿No tienen un tranquilizante para ella?

—Voy a vomitar, Alba —susurró entre hipidos.

—Tranquila… —la calmó.

—Ahora se lo traerán. Disculpe —contestó él manteniendo la calma—. Seguiremos buscando a su hermana, se lo aseguro. ¿Tenía algo de valor con ella?

—Solo entró con su maleta. Solo con eso. Se lo ruego —suplicó desesperada—… No puede haber desaparecido. Es imposible. Estábamos aquí esperándola cuando empezaron las dos explosiones.

—¿Y ustedes dónde estaban para no resultar heridas?

—¡Mire nuestras caras, miope! ¿Le parece que no hemos salido heridas?

—Alba, está bien.

—No, Astrid. ¡Es que parece mentira! ¡Hay cuerpos deshechos de los trabajadores de este lugar y ni rastro de Erin! ¡¿Cómo es posible?! ¡Y encima nos trata como si nos estuviéramos inventando que Erin estaba aquí… !

—De acuerdo. De acuerdo, te entiendo. Estamos todas igual. Pero no vamos a solucionar nada hablándole mal. Agente —la tercera chica llamada Astrid inhaló profundamente—. Estábamos parapetadas detrás del coche que nos ha venido a buscar. Esto nos ha salvado. Los cristales nos han dañado y el golpe contra el suelo también, pero no es nada grave. Hay gente que ha perdido la vida aquí.

—Solo hay un superviviente, señorita. Hay una anciana sin cabeza en la estación. Los trabajadores están todos muertos y el único superviviente es un guardia que ha perdido una pierna que afirma que nadie había entrado en el baño. Solo quiero contrastar las informaciones. Hago mi trabajo.

—Le voy a dar los billetes del tren para que vea que éramos cuatro y que ahora somos tres… Mi hermana ha desaparecido en medio de lo que parece haber sido un atentado. Esa es la única verdad. Agradecería que hiciese su trabajo y que dejase de cuestionar nuestras palabras.

Viggo dejó de escuchar las acusaciones de esas mujeres que hablaban inglés con el agente y que no podían ocultar sus ganas de matarlo.

Eran las tres hermanas de Erin. Erin. Así se llamaba la chica que tenía sujeta contra su pecho, y estaba en tan mal estado que hasta dudaba de que su sangre la pudiese sanar.

Sabía que el superviviente, el guardia, estaba manipulado por los acólitos, y que la anciana, para variar, era un títere entregado en sacrificio. La oscuridad tenía sus propios juegos y sus propios rituales y Viggo los conocía todos a la perfección.

Pero entre toda esa información que acababa de recabar, había un detalle que le llamaba la atención poderosamente. Había una maleta que cargaba Erin. Y ya no estaba. Viggo decidió que debía encontrarla antes que nadie. Tal vez allí hallase la respuesta que estaba buscando.

Descendió sin que nadie lo viera con Erin en brazos y, sin soltarla, procedió a buscar la maleta a la velocidad que hacía que no fuese detectado por el ojo humano.

No fue difícil dar con ella. Solo tenía que seguir su olfato. La ropa de su maleta olía a ella y Viggo solo tuvo que rastrearla.

La onda de la explosión la había hecho volar hasta fuera de las inmediaciones de la estación, así que la halló entre los arbustos del campo que rodeaban los raíles desnudos sobre la tierra. Oculta entre matorrales secos y protegidos por una pequeña arboleda, la maleta de Erin, una Samsonite gigante y negra se moría de la risa sola y abandonada. Se había picado por las esquinas, pero continuaba cerrada.

La estudió con sus ojos violetas analíticos. No era normal que el baño no hubiese sufrido daños colaterales ni que la maleta estuviese entera. Pero no iba a averiguar ese acertijo en ese momento. Tenía que salir de ahí sin que los perros rastreadores ni los agentes le vieran.

Viggo no tuvo que hacer ningún esfuerzo para cargar la maleta con un dedo y seguir sujetando a Erin para emprender el vuelo.

Cuando se perdió por las nubes que seguían portando lluvia, pensó que Erin dejaba atrás a tres hermanas que la querían mucho.

Pero por el bien de ellas y de Erin, lo mejor era que no se volvieran a ver nunca más.

No iban a exponerse más de lo necesario.

Capítulo 4

Villa Sherezade

Viggo descendió sobre el imponente balcón de aquella casa que compró décadas atrás. Mientras lo hacía, diseñó un dibujo rúnico con los dedos de su mano derecha, y alrededor del condominio se forjó un círculo de color amarillento que desapareció en un parpadeo. Todo debía protegerse.

Croacia le gustaba, sobre todo Dubrovnik. Y aquella era una de sus muchas mansiones, pero la única con un toque arábico. El edificio era de paredes lisas y blancas, con terrazas en sus diferentes plantas y una cúpula central azulada en la que recaía toda la atención. La rodeaba un jardín pulido y armonioso estucado con palmeras estratégicas moteadas por aquí y por allá. Y estaba justo a unos metros del mar, levantada sobre un muro de piedra para que las tormentas y el oleaje no se colaran en su propiedad. Y nunca lo hacían.

Cuando abrió las puertas de una de las terrazas y entró en una de sus cinco impresionantes suites, se apresuró a dejar a Erin sobre la cama, de estructura sobria, con columnas y cortinas transparentes que evitaban a los mosquitos. En esa casa ya había suficiente con un chupasangres como él, no necesitaba más.

Las hemorragias de la joven habían cesado y podía escuchar cómo los órganos y la carne se cerraban de dentro hacia afuera, pero necesitarían toda la noche para cicatrizar. Y después… lo que vendría después de haberle dado su sangre, ya se vería. Viggo todavía estaba replanteándose de qué manera le afectaría la aparición de esa mujer a él y a los suyos. ¿Para bien o para mal? Lo importante era tenerla cerca para controlarla. Pero en ese momento, solo importaba que ella descansase para que su transfusión hiciese el resto.

La desvistió procurando despegar los trazos de tela que se le habían pegado a las heridas. Al abrirlas, de estas brotaba sangre nuevamente, aunque volvían a cerrarse en respuesta al poder curativo y recuperador hemoglobínico de su propio plasma. Una vez la desnudó, se quedó mirando su cuerpo. Admirándolo, mejor dicho. Erin era una chica muy bonita y su sangre no dejaba de cantarle, como una sirena a un marinero. Le retiró las largas hebras del rostro y apreció sus elegantes facciones, leonadas en los ojos, y terriblemente sensuales de nariz para abajo. Una mujer morena con un aura que exudaba atracción. Mientras pensaba en ello, rodeaba dos de sus dedos en su mechón, como si quisiera hacerle tirabuzones. Hasta que se dio cuenta de ello, y lo desenroscó rápidamente. Se apartó del cuerpo torturado de esa hembra y la estudió como el salvaje animal que era. Ni siquiera había encendido la luz de la habitación. No hacía falta, porque la claridad lapislázuli de la noche tormentosa bañaba sus extremidades y le otorgaba el aire de una princesa guerrera sacrificada en pos de los dioses.

Viggo se pasó la lengua por uno de sus colmillos, y tras frotarse la boca con el dorso de la mano, se dio media vuelta y el movimiento hizo que la trescuartos ondease tras él como la capa de un rey. Tenía que salir de ahí. Estaba intranquilo y ella olía demasiado bien. Volvería y la velaría cuando se recuperase del efecto que provocaba en él. Viggo estaba muy acostumbrado a prohibirse a sí mismo y a controlarse, no era nada nuevo.

También lo haría con ella. Porque ceder a sus instintos siempre lo había llevado a la autodestrucción y al caos. Y no había esperado tanto tiempo a la aparición de esa «anomalía» con cuerpo de mujer para perder las riendas. Llevaba una eternidad buscando una razón de ser más allá del pago por su inmortalidad y cumplir a rajatabla con sus quehaceres.

Su respuesta estaba ahí tumbada, luchando por su vida. Viggo le daría la oportunidad de vivir.

Por él. Y por ella.

Abrió los ojos al notar un suave aleteo a su alrededor. Estaba en una pradera en medio de algún lugar que desconocía. A cielo abierto y campo ligeramente cubierto por algunos árboles que no sabría identificar y, entre un par de manzanos. Una mariposa se había aposentado sobre su mano derecha. Estaba tumbada sobre un mullido césped, bañado por el sol que además le calentaba la piel. Iba vestida de blanco y se sentía abatida.

Con sus ojos negros ya abiertos con toda su curiosidad, oteó el horizonte en busca de algún cartel que le indicase dónde se encontraba, o alguna persona que la pudiese ayudar. Pero allí no había nadie. Solo paz, sosiego y naturaleza.

No obstante, todo eso estaba equivocado. Ella no debía estar ahí. Mesó su melena con sus manos y después palpó su tórax en busca de heridas. Porque recordaba lo que le había sucedido. Por eso no lograba encajar esa visión de sí misma en aquel plácido lugar. Hasta que oyó una voz de niño. Erin se levantó y caminó con sus pies descalzos hacia el origen de aquella vocecita.

—Eso es... cuidado —decía el niño acuclillado, mirando hacia abajo, entre los matorrales.

Tenía el pelo rubio, largo, sin ser melena, y rizado, acompañado de un perfil dulce y sereno. No llevaba ropa, excepto por una especie de calzoncillo marrón oscuro. ¿Cuántos años tendría? ¿Cinco? ¿Seis?

—¿Hola? —Erin se acercó al muchacho no sin recelo. ¿Por qué estaba ella ahí en compañía de un crío semidesnudo?

—Mira, ven, Erin —contestó el niño girando el rostro hacia ella con gesto noble y risueño.

A Erin no le sorprendió tanto que conociera su nombre, como la extraña tonalidad de sus ojos, del color del sol del atardecer.

Él volvió a mirar a lo que fuera que tenía entre las piernas y lo acariciaba con las manos con suavidad y mucho tiento.

—¿Por qué me conoces? —preguntó ella arrodillándose al lado del niño con total confianza. Como si lo conociera de toda la vida. Pero no era así. Era la primera vez que lo veía, aunque ciertamente, su aspecto le era familiar.

Él sonrió y mostró a Erin aquello de lo que estaba cuidando retirando la broza que afloraba desde aquella tierra bendecida por la fertilidad. Era una chinchilla. Una chinchilla que tenía una aparatosa herida en el vientre. Y estaba muriendo.

Erin amaba a los animales y no toleraba que sufrieran. Por eso al verla malherida se apiadó de ella.

—Pobrecita —murmuró con tristeza—. ¿Qué le ha pasado?

El niño tomó a la chinchilla marrón de patas blancas entre sus manitas, y la acunó contra su pecho.

—El carnicero le ha hecho daño —contestó.

—¿El carnicero?

El pequeño rubio asintió sin más. Frotaba el lomo del animal para calmarlo en su último aliento de vida. A pesar del extravío de ubicuidad de Erin no estaba todo lo asustada que tenía que estar.

—Está muriendo —musitó ella con lágrimas en los ojos. Ella sabía lo que era luchar por la vida.

Él la miró comprensivo y contestó:

—Claro que está muriendo. El defecto de la existencia es la muerte.

Aquello golpeó con fuerza la conciencia de Erin, porque no podía comprender cómo un ser tan pequeño pudiera hablar con tanta sabiduría.

—Me estoy poniendo muy nerviosa. —Se levantó del suelo y el niño hizo lo mismo—. ¿Quién eres?

—Eso no importa.

—Claro que importa.

—¿Sí? ¿Quién eres tú?

—Ya lo sabes. Me llamo Erin.

—¿Ves? Tu nombre no me dice nada. ¿Qué te iba a decir el mío? —se echó a reír.

Ella frunció el ceño.

—¿Te burlas de mí?

—No más de lo que lo hace tu mundo.

Ella se frotó el pelo y volvió a echar un vistazo alrededor. Aquel lugar era un paraíso. Un paraíso en la tierra. Un vergel nunca antes visto y que ni siquiera ella, con su capacidad de descripción y de palabra podía llegar a retratar.

—Este es un lugar imperfecto. No lo mires como si fuera inenarrable.

—¿Por qué dices eso?

—Porque hay muerte —le mostró a la chinchilla—. Como en tu mundo. Un mundo de muerte y enfermedad no es bueno. Es un purgatorio.

—Ya... ¿quién demonios eres?

—Soy el sembrador —contestó como si fuera obvio. La miró de arriba abajo—. ¿Ha sido muy malo?

—¿El qué?

—Lo que te han hecho. Son unos infelices salvajes. —Volvió a reír acariciando a la chinchilla entre las orejas.

—Estoy muerta. ¿Es eso? —Se sujetó el vientre asustada—. Me mataron y ahora estoy en el Más Allá.

Él dejó ir una risita divertida.

—Memeces. Esto no es el Más Allá.

—¿Y qué es?

—Es otra cosa. Otro lugar, oculto entre mundos. Otra cárcel más en la que encerrar revelaciones y secretos.

—¿Por qué estoy aquí?

—Porque todos los que tienen mi marca tienen que venir a conocerme.

—¿Tu marca?

—Sí. Ya la tienes. Está correteando en tu interior. —Detuvo sus ojos anaranjados en el estómago de Erin—. Estás en transición. En un limbo en el que deberás elegir tu nueva naturaleza.

—¿Qué?

—¿Recibirás a la serpiente? —preguntó con la ilusión de alguien de su edad.

—No entiendo nada. ¿Qué serpiente? ¡Me... me mataron! Me apuñalaron no sé cuántas veces, y después... —Se quedó pensativa y acudió a su mente la mirada magenta clara de aquel desconocido—. Solo le vi a él. Y él… —se sujetó la cabeza—. No recuerdo nada más. —Resopló frustrada mirándose el cuerpo—. Ya no tengo heridas.

—Estás en otro plano. Es normal que no las tengas.

El niño dejó a la chinchilla en el suelo, y para sorpresa de Erin, esta empezó a corretear y a campar libre por el prado.

—Procura que el cazador no vuelva a encontrarte —sugirió él alzando la voz en dirección al pequeño animal que lo miraba agradecido para después desaparecer entre las flores.

—¡Estaba moribunda! —exclamó Erin asustada alejándose del crío dando pasos hacia atrás—. Oh, Dios… tengo que salir de aquí.

—¿Dios? —se echó a reír.

—¿Cómo salgo?

—No hagas eso —le pidió él—. No huyas.

—¡Estaba muriendo y ahora ese animal corre como si nada! ¡¿Qué le has hecho?! ¡¿Quién diantres eres?!

—No te asustes. Eres tú la que has venido a conocerme. Yo solo tengo que dar la aprobación.

—¿Que me tienes que dar la aprobación? ¿De qué?

—Sí. Estás en nuestro equipo ahora. Nada es tan malo como parece y la realidad en la que vives es mucho, muchísimo más de lo que ves. Cuando te muerda la serpiente lo descubrirás.

—Quiero ir con mis hermanas —dijo desesperada—. Ese es mi único equipo.

—Tus hermanas, ¿eh? —La miró de arriba abajo—. Sois un conjunto curioso de mujeres… —por el modo en que lo decía parecía que las conocía—. Tranquila. Ellas están vivas.

—Y yo no —asumió con la barbilla temblorosa—. ¿Es eso?

—Para ir con ellas hay un peaje que pagar, Erin.

De repente, el escenario cambió súbitamente, y se encontraron ambos bajo el imponente manzano. Erin no lograba entender o discernir esa realidad en la que su conciencia parecía levitar, seguramente, a las puertas de su adiós a la vida. ¿Era ahí donde la gente en su lecho de muerte iba?

—No pienses en esas cosas —pidió él leyéndole la mente—. Viva o muerta… sigues sin estar despierta. Mira, la vida existe de muchas maneras. Este es un universo con muchas imperfecciones y hay demasiadas realidades camufladas. El Bien, el Mal: los ángeles, los demonios. La luz, la oscuridad. La vida, la muerte. No solo hay un estado en el que ser y permanecer. Ni todo es blanco o negro. En medio hay una vasta colección de colores...

—No entiendo por dónde vas. ¿Qué eres? ¿Un ángel? ¿Un pequeño dios?

Eso hizo reír mucho al crío.

—¿Un pequeño dios? —se quedó pensativo—. Todos los dioses que conoces son en realidad pequeños. Pero eso es conocimiento avanzado para ti. Ahora mismo no estás capacitada para entender qué o quién soy. Lo que sí sé es que llevas mi marca. Pero para aceptar mis dones deberás dejar que la mamba negra te muerda. O te perderás y Él se apoderará de ti para siempre.

—¿Él? ¿Quién? No entiendo nada…

—Si aceptas a la serpiente, comprenderás todo. Toma. —Alzó su mano y la hundió entre las ramas del manzano hasta extraer una manzana roja y de aspecto delicioso—. Seguro que tienes hambre.

Erin vio el fruto que había extraído del árbol. No sabía que estaba tan famélica hasta que su estómago rugió. Erin arrebató la manzana rápidamente de sus manos. Su color rojo la hipnotizó. Parecía un bocado suculento, se le aguó la boca y acarició la lisa piel con su pulgar. Roja… qué hermosa era.

—No comértela sería un pecado. —El muchacho sonrió y se cruzó de brazos ante ella.

—¿Por qué tengo que morderla? —La estudió minuciosamente.

—Porque quieres. Te estoy dando la oportunidad de despertar, Erin. Te doy a elegir entre morder esta manzana o morder el polvo. Y si haces lo segundo, nunca más verás a tus hermanas. Yo te estoy liberando de cualquier prisión en la que hayas vivido.

—¿Y por qué haces eso? ¿Haces esto con todos los que se mueren?

Él la miró asombrado.

—No, por supuesto que no. Solo con los que llevan mi marca. Ya te lo he dicho.

Lo miró con recelo, con la manzana todavía entera en su mano.

—¿Qué quieres a cambio?

—Eso ya lo descubrirás. No te será difícil, eres una chica muy lista.

—No tanto —dijo quitándose presión.

—La mente de un escritor es lo más cercano que hay al poder de un creador. Seguro que atarás cabos. Lo dejo en tus manos.

—Eso es algo que dice mucho mi editor —se burló.

—Los míos llevan demasiado esperándoos. No lo demores más. Ha llegado el momento. Muerde la manzana —le ordenó con gesto severo.

Erin se vio obedeciendo el imperativo del pequeño. Hundió sus paletas en el fruto crujiente y húmedo y disfrutó del increíble y fresco sabor. Nunca había saboreado una manzana así, tan deliciosa y suculenta.

La tragó y experimentó una sensación de frío y calor en el estómago que la puso a tiritar de inmediato.

Cayó súbitamente al suelo y la manzana mordida rodó por el suelo hasta detenerse frente a los pies desnudos de aquel mocoso sabiondo de aspecto angelical e inquisidor.

—No me mires así. Yo no soy el malo —dijo recogiendo la manzana para morderla él.

Erin empezó a convulsionar. Puso los ojos en blanco, y el escenario en el que se hallaba se fue desdibujando poco a poco, hasta que se volvió todo oscuro.

Le habían apagado la luz de golpe.

Estaba sentado en el sillón orejero tapizado de color rojo. Lo había colocado frente a la cama, para ver cómo esa mujer pasaba la noche.

Y la pasaba tan mal, que sus gritos y su agonía le agujereaban la piel como si fueran agujas. Viggo sabía lo que implicaba darle su sangre, pero el dolor de Erin le afectaba. Quería estar ahí para que no se sintiera sola, para ofrecerle una compañía moral y presencial que ella no iba a percibir. Y porque… le gustaba mirarla. Esa era la verdad.

Había empezado viéndola desde el sillón a unos cuantos metros de la cama. Pero con cada berrido y cada lamento, acababa arrastrándolo por la moqueta hasta ubicarse a su lado, con las rodillas pegadas a la estructura de madera y el cuerpo inclinado sobre su torso, como un paraguas que la protegía de una tormenta. No era la tormenta del exterior la que la dañaba. Los truenos, el granizo, los relámpagos y los huracanes se hallaban en su interior, dando bandazos y destrozando todo lo que genéticamente una vez había sido, para reconstruirlo y crear algo que ella no podría imaginar.

Era un jodido perro guardián. Así se sentía.

—¡Mis hermanas! ¡Quiero ir con ellas! —balbuceaba Erin con la cabeza dando bandazos de un lado al otro. No podía abrir los ojos. Estuviera donde estuviese, era un lugar del que no podría salir hasta que amaneciese. Su cuerpo despertaría cuando dejase de luchar. Y esa belleza era muy peleona.

Empezó a temblar. Empezó a temblar tanto que Viggo se removió inquieto. De un modo inexplicable él también se estremecía, como si lo que le sucediera a ella también le sucediese a él. Y ni siquiera lo pensó. El impulso y la necesidad fueron superiores a él. Se levantó y se quedó de pie frente a ella. Se descalzó y a continuación se estiró a su lado. No se iba a desvestir. Ella sentiría su cuerpo un poco frío, porque sus temperaturas corporales todavía diferían.

La atrajo hacia él y la cubrió con sus brazos. Después retiró la colcha y le tapó las piernas desnudas. Erin aún tiritaba. Y sus heridas todavía estaban cicatrizando.

Viggo olió su pelo y rodeó su cuerpo fuertemente hasta que ella apoyó la mejilla sobre su pecho. Él permaneció inmóvil mirando al techo. Tieso como un palo. Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza porque la ingle le incomodaba, así que tuvo que pellizcarse la pretina del pantalón y reacomodarse. ¿Cuánto hacía que no tenía una erección así? ¡¿Qué mierda estaba pasándole?!

Para tranquilizarse y sosegar también a Erin echó mano de una nana que hacía siglos que no cantaba.

Bya, bya, barnet

Mamma nøster garnet.

Pappa går til Langebro,

kjøper barnet nye sko.

Nye sko og spenner.

Så sover barnet lenger.

Calla, calla, niñito,

Mamá está ovillando el hilo.

Papá a Puentelargo va

Zapatos nuevos al niño va a comprar,

Zapatos nuevos con hebillas,

Entonces el niño más tiempo dormirá.

La melodía y la letra acariciaban sus dientes como una lima metálica, por todo lo que eso comportaba y por los recuerdos que abría. Pero no dolía tanto como esperaba. Tararearla no era como comer clavos. Era más bien como masticar un limón. Al menos, lo hidrataba.

Le acariciaba el pelo con las manos y mecía a esa chica suavemente.

No se detuvo ni siquiera cuando Erin, después de largas horas de agonía, se durmió.

Capítulo 5

A la mañana siguiente

Amaneció con ese extraño olor a flores, manzana y vida silvestre pegado a la nariz. Los rayos del sol se colaban a través de las cortinas de láminas de las ventanas. El dolor general había desaparecido, pero la atacaban miles de pinchazos eléctricos subcutáneos que bailaban por sus extremidades para recordarle que seguía sanando, como la reminiscencia en forma de suave lluvia que dejaba la poderosa violencia que todo arrasaba de un huracán.

Tenía el cuerpo como si le hubiese pasado un camión por encima y percibía cómo su temperatura basal subía y bajaba como un yoyó.

Pero por desagradable que fueran esas sensaciones, todo aquello solo podía significar una cosa: estaba viva. Viva después de haber sido secuestrada, atrozmente apuñalada y sacrificada en un país desconocido. Pero continuaba respirando. Milagrosamente, seguía ahí.

Erin no olvidaba ningún detalle de lo sucedido. Es más, se acordaría siempre del rostro de sus verdugos.

Abrió los ojos y se encontró sola en una cama gigante, que formaba parte del mobiliario de una habitación excepcional que debía pertenecer a alguien de alta cuna. Seguro. Sus ojos siempre observadores y analíticos se detenían en cualquier detalle que pudieran describir. Cuando se incorporó sobre el colchón, los huesos le crujieron. Parecía que no se había movido en años. ¿Cuánto hacía que estaba ahí?

Levantó la sábana, y confirmó estupefacta que estaba en ropa interior y que, aunque la tela de sus prendas íntimas se había empapado en sangre seca, su piel no tenía ni una gota rubí, como si la hubiesen limpiado a conciencia. Entonces hizo un barrido visual de la habitación. Las persianas estaban semibajadas y las cortinas azul oscuro teñían la blanca luz diurna que entraba del exterior. Se encontraba en la costa.

Allí olía a mar. Y a dinero. Apestaba a dinero. El mobiliario que decoraba la habitación parecía pertenecer a algún miembro de familia de sangre azul, o a un multimillonario que se había formado en decoración de interiores. La habitación tenía hasta chimenea, y cualquier objeto o detalle en ella emanaba la soberbia y el gusto cuidado de quien sabía comprar para embellecer y enaltecer. Incluso las sábanas que ocultaban las extremidades inferiores de su cuerpo decían: «ni con tu sueldo de un año me compras».

Pero lo que la dejó sin palabras fue el sillón orejero que había pegado al lado derecho de la cama. Mejor dicho, el hombre que sentado con una pierna cruzada sobre la otra, con su envergadura ocupaba todo el espacio con la intimidante amenaza que poseería un sicario del infierno, rodeado de su aura altanera y la calma de un depredador.

Y esos ojos rosados ya los había visto antes... La impresión al volverlos a ver fue la misma que la primera. Erin se quedó bloqueada, con la piel erizada por un estremecimiento invisible.

El desconocido no parpadeó. Continuaba con su mirada fija en ella. Con la expresión sosegada, la atención intensa y la tranquilidad de alguien que siempre lleva el control.

Ella, en cambio, parpadeó una vez. Procesando todo lo que le había ocurrido hasta entonces, poniendo orden a la ristra de ideas y pensamientos que cruzaban su maltrecha cabeza a velocidad de vértigo.

Parpadeó otra vez. ¿Sus hermanas estaban bien? ¿Qué le había dicho el niño del sueño? ¿Había sido un sueño?

Una vez más sus pestañas titilaron. Él. Ese hombre frente a ella. Él la sacó de ahí. Él fue lo último que vio antes de quedarse inconsciente. Y le hizo algo... le dio algo...

Estaba segurísima.

Al cuarto parpadeo, su conciencia se activó, así como su adrenalina, y rodó rápidamente por la cama hasta caer al suelo. El trompazo fue seco y sonoro. Necesitaba salir de ahí corriendo. Estaba asustada. No comprendía nada. ¿Seguía en peligro?

Corrió a gatas hasta la esquina de la habitación donde había algo parecido a un paragüero de suelo. Lo agarró con las dos manos, y lo izó por encima de su cabeza estudiando su entorno de manera histérica y desquiciada.

—¡¿Quién eres?! —le gritó al apuesto desconocido de pelo blanco. Joder, le recordaba al de The Witcher mezclado con un espartano.

Él no se inmutó. Apoyó su barbilla en su puño cerrado e izó una de sus cejas de un tono menos claro que su pelo. La estaba analizando y parecía ligeramente divertido.

—Cálmate. No te voy a hacer nada.

—¿Que no me vas a hacer nada? —¡¿Y esa voz tan sexi y varonil?! ¿Qué brujería era esa?—. ¡¿Dónde estoy?! ¡¿Tú me has traído hasta aquí?! —el paragüero de mimbre se sacudía entre sus cimbreantes dedos—. ¡¿Por qué estoy desnuda?!

Él suspiró como si estuviera agotado. Se levantó y cuando lo hizo, Erin pensó que era alto como un jugador de baloncesto, pero perfectamente compensado. Era muy hermoso. Ella sabía reconocer la belleza, estaba cansada de describir personajes excelsos y encantadores a niveles físicos. Este era el mejor ejemplar, sin duda, de un modo especial y excéntrico. Jamás hubiera descrito a un protagonista con pelo algo más largo de media melena, cuidadosamente escalado, blanco y ojos de ese color casi asalmonado. No tenía idea de lo bien que quedaba esa combinación en una cara de rasgos perfectos y masculinos como esa. No había nada en él que chirriase o que no armonizara. Y su tono de piel... parecía bronceado por el sol.

Vestía para matar. A Erin le encantaban los hombres con estilo. Este lo era de un modo peligroso. Y ella estaba en ropa interior. Y él vería todas sus imperfecciones.

Algo en todo eso no era correcto.

—¿Te respondo en orden? —Se metió las manos en los bolsillos delanteros del pantalón de pinzas tipo capoeira que combinaba con unas botas militares muy elegantes—. ¿Sin filtros?

—¿Qué quiere decir eso? Quiero que me respondas y me digas la verdad.

—¿Sea la que sea?

—Ayer me apuñalaron —contestó con la voz rota y frágil—. Una señora mayor me sopló un polvo en el baño de la estación, me quedé paralizada y después me llevaron a un lugar donde tres personas hicieron un ritual conmigo y uno de ellos me apuñaló hasta que... —Tragó saliva y se aclaró la garganta—… Morí. Pero te recuerdo a ti, cuando cerré los ojos... y ahora estoy en este lugar... —Analizó su alrededor asustada—. Quiero la verdad.

—Me rogaste que te ayudara.

Ella recordó ese instante y asintió.

—Sí.

—Y eso he hecho.

—¿Qué es lo que has hecho? ¿Por qué estoy en ropa interior? —Se miró el vientre desnudo y los muslos cuya piel se erizaba porque no podía dejar de hacerlo cada vez que ese hombre hablaba. Ese tono se colaba bajo su piel. Hablaba un español muy claro y conciso, pero no creía que ese fuera su idioma natal.

Él se quedó en silencio, valorando cómo estaba de preparada Erin para escuchar la verdad. Pero no era hombre de ir con paños calientes. Además, tampoco había mucho tiempo para ayudarla a comprender lo que le estaba pasando. Así que decidió ser franco.

—Me llamo Viggo. Sigues en Croacia. En Dubrovnik.

—¿En Dubrovnik? ¿Qué hago en Dubrovnik? Estaba en Kanfanar la última vez.

—Ayer por la noche unos acólitos de la Legión del Amanecer, provocaron un atentado en la estación de Kanfanar con el objetivo de secuestrarte y no dejar testigos.

—¿Por qué querrían secuestrarme?

Viggo también se hacía la misma pregunta, pero rehusó contestar.

—Lo lograron. Te llevaron con ellos e intentaron sacrificarte. Te asestaron siete puñaladas que alcanzaron órganos vitales de tu cuerpo. Una por cada pecado. Estabas a punto de morir, hasta que llegué yo —se crujió los dedos de la mano derecha—. Me encargué de ellos, y cuando llegué a ti estabas a unos segundos de morir desangrada. Lo evité —explicó estoico sin mover un solo músculo de su cuerpo.

Erin recordó la explosión, y las puñaladas... pero todo lo demás le sonaba a cuento chino. Y le parecía que era una pesadilla irreal. ¿Por qué habían querido hacerle todo eso? ¿Y si no era verdad? ¿Y si era todo una manipulación?

—No me lo creo. Recuerdo lo que me dices pero me cuesta creer que haya pasado realmente.

—Créeme. Pasó.

—Pudiste drogarme. Me has inoculado burundanga en algún momento en el asqueroso café del tren, y después me has podido inducir estos pensamientos sobre algo que no pasó. Se llama manipulación psicológica, la usan los militares.

—¿Por qué iba a querer hacerte eso? —preguntó descolocado y divertido.

—Para violarme. ¿Es eso? ¿Pasó eso? ¿Por eso estoy medio desnuda? ¡¿Eres un maldito violador?! —le lanzó el paragüero.

Viggo no necesitó moverse. No le iba a dar. La chica tenía muy mala puntería. Ya la mejoraría si, al final, acababa abrazando la transición. El objeto rebotó contra la pared y cayó al suelo tristemente. Ahora aún tenía facultades mediocres y humanas.

—Erin, ayer estuviste a punto de morir. Lo sabes. Te acuerdas perfectamente. Te recogí en el altar central de piedra de las ruinas. Fueron a por ti, por el mismo motivo por el que yo te encontré. Estabas destrozada. Yo te salvé. Mira tu cuerpo. No tienes heridas ya, solo marcas rosadas casi cicatrizadas. No es ninguna mentira.

—¿Comercias con órganos? —Erin se abrazó a sí misma mientras frotaba esas marcas aún tiernas con la yema de los dedos. Le dolían—. ¿Me has extraído alguno?

Viggo achicó su mirada y continuó con esa medio sonrisa indolente a la par que sensual.

—Eres rápida y muy creativa en tus argumentos. ¿A qué te dedicas, mujer? ¿Guionista?

—¿Mujer? ¿De qué siglo has salido tú? —lo miró horrorizada—. Soy escritora.

—Debí suponerlo —musitó congratulado y después continuó con su aclaración de lo ocurrido—. No niegues lo evidente. Pareces una mujer inteligente y cabal. ¿Te acuerdas de cómo rasgaba tu piel el cuchillo? La agonía, el dolor... Claro que sí. Lo recuerdas. Sabes que no miento. Es imposible inocular esas ideas, como bien dices.

Ella se mordió el interior de la mejilla. Se sentía desorientada y extraviada. Estaba viva pero, la única verdad era que no debería de estarlo. Tenía impresa en la memoria la incómoda e impotente sensación de la vida escurriéndosele entre los dedos.

Se frotó la cara y después cubrió su rostro con ambas manos, para arrancar a llorar desconsoladamente. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué seguía viva después de todo eso?

A Viggo la estampa de esa chica rompiéndose ante él le afectó y le hizo sentirse incómodo. Le picaban los dedos porque quería abrazarla, como había hecho mientras dormía. Si hasta tenía su olor pegado a sus fosas nasales.

—No lo entiendo... ¿por qué me ha pasado esto? ¿Por qué sigo aquí? Debería estar en un contenedor de cadáveres.

Viggo se compadeció de ella. No quería avasallarla. Necesitaba entender quién era y por qué había sido capaz de romper un cerco de éter si no parecía tener ninguna capacidad especial. Tenía que descubrirlo todo sobre ella y lograr que no estuviera a la defensiva. Que no le temiera. Viggo olía el miedo a leguas y Erin sentía pavor ante su cercanía.

—Son las dos del mediodía —explicó él suavemente—. Has estado durmiendo desde que te cargué en brazos en las ruinas. Creo que es bueno que te cambies. Recogí tu maleta. —La señaló con un gesto de su barbilla. Estaba al lado de la puerta—. Puedes tomarte una ducha y vestirte. Te refrescarás y te sentirás mejor. Te esperaré abajo para que hablemos. Tienes que entender lo que te ha pasado.

—Quiero hablar con mis hermanas. Quiero saber si están bi...

—No. Aún no. Es peligroso.

—¿Por qué no? —volvió a llorar abatida.

—Porque no —contestó sin más—. Tienes que seguir mis reglas. La ducha te sentará bien y te serenará. Hazlo. Baja a comer algo después y hablaremos de lo que necesites.

—¡No me fío de ti! ¡No sé quién eres! —le increpó.

—No lo sabes —murmuró mirándola de reojo—. Pero lo sabrás. No es a mí a quien debes temer. Al menos, no por ahora —aclaró dirigiéndose a la puerta con andares sosegados y seguros.

—Quiero que me dejes ir —reclamó por última vez.

—No.

—Entonces... ¡¿me tienes aquí secuestrada?! —Buscó algo para lanzarle y encontró un hermoso candelabro de piedra sobre la repisa de la chimenea.

—Estás encerrada por tu propio bien, Erin —Viggo abrió la puerta y, tal y como la cerró, escuchó el impacto del candelabro en la madera. Tampoco le había dado. No hacía diana—. Nadie más te va a apuñalar. Aquí no te va a pasar nada malo.

—Pero ¡tengo que ir a por mis hermanas!

—No.

—¡Voy a llamar a la policía! —la oyó gritar—. ¡¿Me oyes?!

—No puedes hacer nada. Aquí no hay teléfonos.

—¡¿Quién demonios vive en una casa sin teléfonos?!

—Yo.

Él sonrió levemente, orgulloso y se dirigió a la planta inferior bajando las escaleras y silbando. Cuando se dio cuenta de lo que hacía, cesó el siseo. Hacía siglos que no silbaba y no canturreaba. ¿Qué le pasaba?

Erin se traía un carácter aguerrido e inconsciente. Estaba en inferioridad de condiciones y se había atrevido a lanzarle un paragüero y un candelabro. Además, no se había vuelto loca ni había perdido los nervios ante todo lo que estaba viviendo.

Sí, parecía estar hecha de otra pasta. Y si seguía así se ganaría su respeto.

Algo que hacía mucho que ninguna mujer conseguía.

Una vez abajo, en la calma del amplio salón, su móvil empezó a sonar y él lo atendió rápidamente. Era Daven.

—¿Y bien? ¿Es verdad? ¿Has encontrado a la anomalía que ha roto el cerco?

—Sí —Viggo miró hacia las puertas de cristal que daban al exterior, al mar bravo, sin salir afuera—. Es una mujer. —No cualquier mujer. Era una llamativamente preciosa.

—No me jodas. Las palabras de La Primera eran ciertas. —Su tono parecía ridículamente aprobatorio—. ¿Qué vas a hacer con ella? Hay que eliminarla, Viggo. Sabes lo que comportará su existencia. Nada bueno para nosotros.

Viggo caminó hasta la amplia terraza principal y circular que hacía de techo de la entrada. Meditaba sobre las palabras de Daven.

—La profecía es clara —recordó Daven—. Dice que seremos cazados y obligados a someternos. Que nos haría débiles. Y que sabríamos que la anomalía ha llegado porque se rompería un cerco divino. Que lo sentiríamos en nuestro interior porque la rotura de éter era inconfundible. No podemos permitir que alguien así siga viva. ¿Qué has hecho con ella? —le urgió a responder—. Espero que esté bien enterrada.

—Está conmigo. En mi casa.

—¿Bajo tierra?

—No.

—¿Muerta?

—No.

—¿Qué? —sonaba incrédulo e impaciente—. ¿Viva?

—Sí.

—¿Qué vas a hacer con ella? Espero que hagas lo más inteligente para todos.

Viggo observó el vuelo de dos gaviotas en el horizonte marino.

—A mí no me asustan las profecías. Y hace mucho que dejé de actuar como un asesino.

—No me vengas con esas... ¿Dónde está?

—Te lo he dicho. Conmigo. A salvo.

—¿Dónde está tu casa?

—No te lo voy a decir. No quiero que pierdas los nervios.

—¿Te estás oyendo? Mantenerla con vida es exponernos a todos. Llevamos siglos torturándonos con la aparición de la anomalía, deseando ser nosotros quienes acabemos con ella para que los acólitos no la usen como arma contra nosotros.

—Los acólitos la han sacrificado y la han apuñalado hasta casi matarla, Daven.

—¿Qué quieres decir? —parecía desubicado.

—Llegaron antes, pero no para llevársela y reclutarla. Ellos no la querían con vida. La querían matar. ¿Qué crees que quiere decir eso?

Al otro lado de la línea, los pensamientos silenciosos ocuparon unos segundos hasta que Daven contestó:

—Joder... ellos también la temen, entonces.

—Exacto. ¿Por qué iba a querer matar yo a alguien que ellos no quieren mantener con vida? ¿No la convierte eso en una camarada? Los enemigos de mis enemigos son mis amigos —recitó—. Le tienen miedo. Y tenemos que descubrir por qué. Usaron un puñal ritual... no querían ni que se reencarnase su alma.

—Pero no entiendo... La Primera lo dijo muy claro: los acólitos la usarían contra nosotros. Sería su arma principal para intentar doblegarnos y hacernos caer.

—Pues algo debe haber mal en nuestra interpretación... porque la terrible vehemencia con la que la apuñalaron denotaba pavor y terror hacia ella. Y los acólitos reclutan a los que pueden controlar y a los que suman a su causa. Si esta era su principal arma, desde luego no la han tratado bien.

Daven resopló y chasqueó con la lengua.

—No entiendo nada. No me gusta esto... ¿y ahora cómo está? ¿Está bien o le queda poco de vida?

Viggo se quería morder la lengua.

—Se está recuperando de sus heridas.

—¿De las heridas de un puñal ritual? Es imposible. Te retuerce los órganos. Ningún humano podría... —enmudeció de golpe—. A no ser que... dime que no lo has hecho.

—Le he ofrecido mi sangre.

—Mierda, Viggo. ¿En qué leches estás pensando?

—Nada que te deba incumbir.

—Claro que me incumbe, no digas memeces. Dime que no la has mordido. Sabes lo que ha pasado todas las veces que nos hemos dejado llevar en la antigüedad. Es una cagada.

—No. No la he mordido.

—Bueno, no todo está perdido entonces. Mira, luego hablaremos. A la noche reúnete con nosotros. Estamos ya en Croacia. ¿Dónde podemos encontrarnos?

—Te llamaré una hora antes y te lo diré.

Viggo no quería a nadie merodeando cerca de sus propiedades. Por eso se había ido de Edimburgo. Porque la cercanía con la Orden le agotaba y quería cambiar de estilo de vida y que lo dejaran tranquilo. Alejarse de ellos le había dado más claridad mental, y lo había convertido en un lobo solitario en todos los sentidos.

—Está bien. Esperaremos tu llamada y nos presentaremos donde digas.

—Nos veremos, pues, al atardecer. Pero Daven.

—Qué.

—Ella está bajo mi protección. ¿Entiendes?

Se escuchó una risita.

—¿Por qué meas tan pronto? Ahora me da curiosidad. Eso hace que tenga más ganas de conocerla.

—Hablo en serio.

—Sé que hablas en serio. Hace centenarios que no compartes tu sangre con nadie. Lo sabemos. Que lo hayas hecho con esa humana que supone un peligro para todos es incomprensible. Te aplaudiría si no fuera porque de todos los miles de millones de mujeres que pueblan este infierno, estás protegiendo a la única que está destinada a destruirnos. Lo has vuelto a clavar —se burló de él abiertamente.

—Sí, ya —contestó alejándose de la vista del mar para servirse una copa de whisky de la mesita bar de cristal ubicada al lado del sofá esquinero. Caminó sobre la alfombra persa que hacía aguas y se sentó en la esquina del mobiliario. Estudió el fondo del vaso y añadió—: luego hablamos.

Daven colgó sin despedirse.

Viggo sabía que su decisión iba a contrariar a la Orden. Pero si había alguien que podía decidir algo así, era él. Por rango. Por experiencia. Y porque era la hora.

Se bebió el whisky de un hidalgo. Ojalá el problema que se avecinaba con Erin y todo lo que comportaba su no muerte también se solucionase de un trago.

Capítulo 6

Se miraba en el espejo.

Erin no podía dejar de observar la mirada que devolvía el reflejo. Como si allí consiguiese evocar y recordar cada detalle desde que se internó en el baño de la estación de Kanfanar.

La imagen desnuda frente a ella era su cuerpo, sin duda, marcado por esa líneas rosas y desiguales que con el paso de los minutos remitían.

Erin tenía tantas preguntas que hacer a ese hombre... Viggo. Le gustaba su nombre. Su apariencia intimidante la desconcertaba pero no iba a negar que era muy atractivo y difícil de no mirar. Sin embargo, algo en todo aquello la trastornaba y le ponía los pelos de punta.

El color de sus ojos, su estilo, su manera de hablar, su voz... Aquel lugar sobrio decía poco de él, excepto que tenía gustos caros.

Observó el corte que le cruzaba la cadera y pasó una uña por encima. Su carne se había pegado. La habían cosido como a una muñeca de trapo, pero allí no había ni agujas ni hilos. Nada.

—¿Cómo es posible? —se preguntó mirándose fijamente a su propio rostro.

Ella había sido una ávida lectora y siempre que llevaba a cabo alguna de sus historias se documentaba ferozmente sobre todos los temas a tratar. Sin embargo, sus novelas eran la mayoría romántica y sentimentales, contemporáneas y actuales, pero sin toques de fantasía. Aunque los libros que más le gustaba leer eran los que hablaban de mitos y leyendas, dioses y seres fantásticos... porque su sueño oculto siempre fue escribir una saga romántica paranormal, pero su editora estaba más por la labor de que escribiera novelas románticas eróticas que Erin consideraba ya reventadas. Y aun así, su editora siempre repetía lo mismo: «el sexo siempre aseguraba lectoras». Erin dudaba de verdad que esa editora supiera lo que se cocía en el mundo literario y que de verdad conociera a todas esas lectoras consumidoras que compraban esos libros. Ella no creía que estuvieran tan salidas como para solo valorar si se follaba o no, porque para eso ya tenían las páginas porno gratuitas. Para eso debían leer en diagonal y buscar solo los polvos literarios. Y no estaba de acuerdo en valorar que las ávidas y compulsivas lectoras se quedaran solo con eso. Ellas leían muchas novelas al año, no leían sexo. Por eso Erin quería escribir una buena novela con seres sobrenaturales, una trama fascinante y una narrativa evocadora y estimulante para ellas, pero nunca tuvo el valor para salirse del cauce editorial preestablecido, ya que los servicios para los que la contrataban eran los más comunes y le pagaban el suficiente dinero como para poder vivir.

Con todo y con eso, tenía todo aquel conocimiento en su cabeza y sin explotar y deseaba poder plasmarlo alguna vez en papel. Y ahora, después de lo vivido y de lo traumático de lo sucedido, se encontraba viva y con todo tipo de elucubraciones mentales que su conocimiento le había dado. Científicamente y dogmáticamente hablando: ¿qué explicación podía dar al hecho de haber sobrevivido al ataque de ayer? ¿Por qué no había muerto desangrada? ¿Por qué sanaba tan rápido?

Erin no se sorprendía al no tener ninguna respuesta fehaciente a esa pregunta. Porque biológicamente y científicamente no había respuesta a aquello. No la había. Sus cortes, sus hendiduras y desgarros llevarían horas para mantenerla en cirugía. Habría muerto en una cama de hospital, en medio de la operación. Y si hubiese sobrevivido a la atención médica, necesitaría dos o tres meses de rehabilitación, y permanecería ingresada con terribles secuelas postraumáticas. Los órganos vitales dañados podrían fallar sistemáticamente y eso complicaría su sanación.

Pero no. Nada de eso había sucedido. Estaba de pie en un baño de lujo. Se acababa de duchar. Y sus heridas se habían cerrado. Había soñado con un ángel de ojos anaranjados que le había dado una manzana. Y compartía ese lugar con un gigante exótico y hermoso cuyo aspecto y nombre le sonaba a tierras norteñas y heladas.

Las respuestas que encontraba a su misteriosa sanación iban por derroteros prohibidos y paganos, y por el sendero del ocultismo y la magia. Se le ocurrían muchas explicaciones verosímiles en libros de ficción y fantasía. Pero increíbles y poco probables en ensayos para la ciencia y la vida real.

Erin se dio media vuelta y dio la espalda a su reflejo. Se estaba volviendo loca, pensó mientras miraba la maleta abierta a sus pies. La Samsonite había aguantado el impacto de la explosión. Buena compra, porque era resistente. De ella sacó unas braguitas, y un sostén de color blanco, un tejano deshilachado, y una sudadera ancha y larga con la mano de Mickey Mouse mostrando el dedo corazón. No era apropiada. Pero nada lo era en ese momento. Se calzó unas Steve Madden deportivas de color blanco, se maquilló levemente y secó su larga melena con el secador, que le haría parecer una leona. Sus hermanas, como siempre, le dirían que se comprase ropa más bonita y femenina. Pero ella no veía ningún motivo para hacerlo. Prefería la comodidad al emperifollamiento. Solo aceptaba maquillarse de vez en cuando y cuando le apetecía, no por obligación. Un poco de antiojeras, línea de ojos, cacao y listos. Ella siempre se defendía diciendo que la belleza debía ser natural y que una debía mostrarse como tal para no ir vendiendo cosas que luego no eran. Lo resumía como «marcarte un Ali Express». Porque creías que te llevabas una cosa a casa y amanecías con otra.

Cuando se sintió lista y preparada para enfrentar a Viggo, salió del baño, no sin antes cerciorarse de que las cenizas de su madre Olga seguían en su lugar, en el interior de la maleta. Después de eso se puso su perfume de Chanel. Oler bien siempre daba más seguridad.

Y acto seguido, mordiéndose un poco la uña del pulgar, como hacía cuando estaba muy nerviosa, salió de la alcoba y se dirigió al salón.

Menudo casoplón. Allí cada elemento decorativo debía valer una fortuna. Desde las figuras que parecían vigilar las plantas desde cada una de sus esquinas, hasta los cuadros, que parecían obras de arte originales. Era un lugar muy grande para una sola persona. ¿Vivía Viggo ahí solo?

Descendió las escaleras de caracol de mármol blanco y baranda ornamental negra y se encontró con un hall gigante y tres arcos de piedra blanca, con cenefas, los cuales cada uno daba a un ambiente. El central era el salón. Lo sabía porque podía ver a Viggo sentado en la esquina de la larguísima mesa de roble, vacía y solitaria, aunque llena de comida.

El estómago le rugió al ver tal manjar. Tras él, la costa croata cobraba vida con el movimiento de sus olas, y las rocas y la poca arena de sus playas contrastaban mágicamente con el azul infinito de su océano.

Él alzó la mirada y no parpadeó al detenerla en ella. Sus pupilas se movieron de abajo arriba por su cuerpo, y volvió a hacer ese gesto de casi sonreír pero sin llegar a hacerlo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que ese hombre se burlaba de ella o que había algo en su persona que le hacía mucha gracia. Y Erin no llevaba bien los juicios ni los prejuicios.

Nunca había tenido esa impresión con ningún hombre. Siempre había recibido miradas aprobatorias, porque había tenido la gran suerte de que el material genético de su familia era bueno, y las cuatro hermanas tenían su atractivo a su modo. Pero esa manera de mirar de Viggo alcanzaba otra cota. Era como si traspasase su piel y pudiese asomarse a su interior.

Él había encendido unas velas para la comida, cuyos candelabros metálicos tenían unas inscripciones que se asemejaban a las runas. Era muy detallista.

—Espero que no quieras lanzar estos candelabros también —dijo Viggo sin moverse—. Podrías prender la casa.

Erin carraspeó, y vio que el cubierto de ella estaba justo al lado izquierdo de Viggo. Muy cerquita. Por Dios, ese hombre era como una estatua, no se movía mucho. Tampoco hacía falta porque era muy intimidante y sus ojos ya tenían mucha vida y se movían por él.

—Antes de sentarme contigo quiero aclarar algo.

—Te escucho. —La miraba tan fijamente que parecía absurdo.

—Quiero asegurarme de que mis hermanas están bien. Quiero hablar con ellas. Deben estar muy preocupadas. Y ni siquiera sé si han sufrido algún daño o si han llamado ya a la policía para que me busquen.

Viggo tomó una servilleta blanca de la mesa, la abrió, la espoleó y se la colocó sobre los muslos y después contestó sin mirarla:

—No puedes.

Ella cerró los dedos de sus manos y se clavó las uñas en las palmas.

—¿Por qué no? Me estás tratando como si fuera una rehén.

—No lo eres. Te estoy tratando como a una testigo protegida.

—Me quiero ir de aquí —reclamó con voz llorosa.

Él negó con la cabeza pero su voz rota le afectó. Y odiaba sentirse afectado por ella. Apretó la mandíbula y al final cedió.

—Podrás irte, cuando estés plenamente recuperada. Tus hermanas están bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Vino a buscarlas un coche del propietario de la Villa que habíais alquilado. La explosión no les alcanzó. Estaban en la otra acera y habían quedado resguardadas detrás del todoterreno. Están bien.

—¿Por qué tengo que creerte?

—Porque no tienes más remedio —contestó con su perfeccionada actitud fría y descortés durante siglos.

Ella le lanzó una mirada reprobatoria.

—Eres un déspota y poco acogedor.

Él aceptó el reproche. Debía serlo. Aún estaba indeciso con ella y con lo que hacer con ella.

—Tienes tres hermanas, ¿verdad?

—Sí —sorbió por la nariz más tranquila.

—Tú eres la mayor.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Por el modo que tenían de hablar de ti…

—¿Cómo sabes tú…? ¿Acaso las escuchaste? ¿Estabas cerca de ellas cuando todo pasó?

Viggo la cortó con un gesto de su mano.

—Te digo lo que oí y lo que sé. Están bien. No puedo decirte más.

—Quiero poder verlas. Quiero llamarlas.

—Todo a su momento. —Él resopló y su intensa mirada quimérica se suavizó—. Por favor. —La silla a su lado se movió sola y se arrastró por el suelo.

Erin abrió la boca de par en par. ¡Acababa de moverla sin tocarla!

No, pava. La había arrastrado con el pie. Su nivel de fantasía empezaba a escapársele de las manos.

—Bonita sudadera —celebró Viggo.

—Gracias.

—Dice mucho.

—Oh. —Miró hacia abajo y pasó las manos por el dibujo serigrafiado. Venía a decir «que te jodan»—. Bueno, no te sientas ofendido. No va dirigido a ti.

—No, solo va dirigido a quien te mira.

Eso le hizo gracia. Pero no estaba de humor para seguirle el juego en ese momento.

—¿Para quién es toda esta comida? —preguntó armándose de valor.

—No sabía qué era lo que te gustaba. He pedido un poco de todo. —Sus ojos la miraban de reojo, pero sus manos estaban entrelazadas sobre la mesa. Las tenía muy grandes.

—Mi hermana estaría encantada de probar todo esto... —susurró sentándose a su lado.

—Come —le ordenó.

El imperativo no le pasó desapercibido.

—No sé si puedo comer —señaló ella posando su mano derecha sobre el centro de su estómago—. Tengo hambre, pero al mismo tiempo no me encuentro bien.

—Te duele porque el puñal te cortó los intestinos. Te los sesgó. Es normal. Pero eso está solucionándose. Tienes que comer —Viggo le llenó el plato con fruta, arroz con guiso y pan.

A ella le impresionó oír ese dato biológico con tanta evidencia. Era imposible que un intestino se uniese por arte de magia. Imposible que sanara en pocas horas... Y estaba muerta de miedo porque eso confirmaba que algo desconocido estaba trabajando en su interior.

—No creo que pueda comer. De verdad no tengo hambre —dijo cabizbaja.

Él observó toda la comida ahí dispuesta para ella con pena, porque no iba a probar bocado. Pero al menos debía beber algo. Su cuerpo estaba sanando y acostumbrándose a su nuevo material genético, su nueva sangre, que se adosaba a sus células como pegamento. Así que le llenó la copa con zumo de manzana roja.

—Debes beber, al menos. Tienes que acostumbrarlo.

—No quiero beber —dijo arisca—. No he venido aquí a comer contigo. Quiero explicaciones. ¿Por qué sigo viva? ¿Qué eres...? —dijo cada vez más intranquila.

Eso llamó la atención de Viggo, que alzó las perfectas y espesas cejas con asombro.

—¿Qué soy?

—Sí.

—Es un avance que consideres que no soy como tú. Me facilitas mucho las cosas.

—No te conozco. No tengo confianza contigo. Me pones nerviosa. Así que, por favor, pónmelo un poco fácil y ayúdame a entender lo que me está pasando. —Sus ojos se habían aguado y eso pareció afectar a Viggo.

—¿Tienes la mente abierta? —Dejó la jarra de zumo de manzana sobre la mesa y se acomodó en la silla señorial de estilo isabelina.

—Soy novelista. Mi mente está abierta de par en par.

Que esa mujer lo mirase con tanta valentía y los ojos húmedos le tocaba una fibra sensible que no recordaba haberla tenido por nada y por nadie antes. Y cuánto más la miraba, más bonita le parecía. Observó la copa llena de zumo de manzana que Erin no pretendía tocar.

—Da al menos dos sorbos y te lo contaré todo. Hazme caso, solo quiero ayudarte. El jugo te ayudará a limpiar y a que te sientas un poco mejor.

Estaba claro que a ella le parecía ridículo tener que negociar con él con algo así para escuchar su información. Puso los ojos en blanco, tomó la copa y bebió dos pequeños sorbos lentamente.

—Explícamelo todo.

—Pregúntame lo que quieras y te responderé.

—¿Qué me pasó ayer? Dijiste algo de unos acólitos de no sé qué Legión. ¿Por qué vinieron a por mí? ¿Fue por algo casual?

—No.

—¿Por qué entonces? No sé qué cuentas pendientes podrían tener conmigo. Soy insignificante y anónima.

Él negó con vehemencia.

—No puede ser... Tú deberías saber por qué te han hecho eso.

—No lo sé.

—No eres insignificante como dices, Erin. Tener a acólitos tras tus pasos es algo muy malo. Me sorprende que no tengas idea de lo que eres.

—A mí también —contestó con el mismo tono que él.

—Me gustaría saber a qué viniste a Croacia —preguntó con mucho interés.

—Vinimos a hacer un viaje familiar, mis hermanas y yo. A cumplir una promesa a mamá.

—¿A tu madre…?

—Mi madre murió hace poco. Siempre nos dijo que quería que dejásemos sus cenizas en Croacia, porque ella pasó veranos aquí de pequeña —explicó aún con muchas reservas—. Y a eso vinimos.

Viggo se quedó pensativo, apuntando mentalmente toda esa información.

—Entiendo… ¿Cómo murió?

—En un incendio en el sur de Francia. Pasaba unos días con su amiga y algo en la cocina se prendió. Murieron las dos.

Él elevó sus cejas con sorpresa. Tenía una expresión conspiradora que a Erin no se le iba a pasar por alto.

—Es terrible. Lo lamento.

—Y yo. Ya te he dicho lo que hemos venido a hacer aquí. No sé nada más. No puedo darte más datos que tengan relevancia con lo que me hicieron porque no tengo ni idea. Estoy más perdida que una aguja en un pajar y todo a lo que atiende mi raciocinio es a que ha debido de ser un error.

—Los acólitos no cometen errores. No de ese tipo.

Ella se encogió de hombros como si no supiera qué más decir.

—Ahora sé sincero conmigo. Dime qué está pasando.

Él mantuvo el suspense unos segundos más, hasta que contestó:

—¿Qué pensarías si te dijera que el mundo está regido por fuerzas y seres que la sociedad cree leyendas?

La pequeña garganta de Erin se movió al tragar saliva.

—Que es una creencia apta, poco ortodoxa. Pero como cualquier otra. ¿De qué tipo de fuerzas y seres hablamos? —quería adquirir un tono liviano y superficial, pero el temblor en sus cuerdas vocales la traicionaba.

Viggo dejó caer su cabeza a un lado y la observó con entretenimiento.

Ella se removió incómoda en su silla.

—¿Qué es un acólito? —quiso saber antes.

—Uno de los activos de la Legión del Amanecer. Se dedican a mantener el primer orden religioso establecido y trabajan para una de las instituciones más antiguas de la historia que persigue a la herejía.

Erin frunció el ceño al comprender a lo que se refería.

—¿Herejía? ¿Me hablas de la Inquisición?

Viggo sabía que era una mujer inteligente. Le agradaba que comprendiera los términos y que sacara conclusiones con tanta facilidad.

Él asintió con un movimiento de su cabeza.

—La Inquisición dejó de existir. La abolieron hasta cuatro veces, creo recordar.

—No desapareció. Es como el virus de la gripe. Existe y existirá siempre, aunque mutará en nuevas cepas. Los acólitos persiguen a todos aquellos que puedan ser una amenaza para sus estamentos y su dios.

—¿Su Dios?

—Son fervientes seguidores de Él y de la Ley que implanta. La Inquisición creó la Legión del Amanecer, un brazo ejecutor formado por entidades que no serías capaz de imaginar. Los acólitos son el escalón más bajo de su pirámide. Son seguidores, feligreses iniciados en artes oscuras bajo su praxis. Suelen hacer el trabajo sucio para que los altos mandos no tengan que aparecer. Entre todos se encargan de abolir cualquier semilla de cambio que ponga en jaque el orden que ellos han establecido desde milenios. Su núcleo duro está concentrado en las entrañas del Vaticano.

—¿El Vaticano? —casi se reía—. Me suena a conspiración. El Vaticano, los Iluminati… Es imposible —El rostro de Viggo no estaba de broma. No parecía mentir en absoluto—. Si lo que dices es cierto, ¿por qué nadie sabe…? —se calló de golpe al comprender lo estúpido de su pregunta.

—¿Por qué crees?

—Ya, obvio… si es secreto y es oculto no debe saberse.

A Viggo le satisfizo su respuesta.

—Para proteger ese núcleo duro de cualquier ataque crearon un cerco mágico de miles de kilómetros cuyo centro es la sede central de la Iglesia Católica. Ese núcleo oscuro está bajo tierra.

—¿Un cerco?

—Lo llamamos el «cerco de éter». Es una protección de liturgia mágica.

Erin sacudió la cabeza y tomó una larga inspiración.

—¿Demasiada información? —preguntó Viggo con interés.

—Para nada.

—¿Creíble?

Erin resopló y recogió con la punta del dedo anular la lágrima libertina que le caía por la comisura del ojo. No podía evitar no hacerlo. La emoción y el pavor la sacudían.

—No sé ni qué decirte. Pero tampoco creo que pueda negar nada. Siento cómo mis órganos se vuelven a unir por dentro. Recuerdo cada maldita puñalada y mi último pensamiento antes de creer que iba a morir. Y ahora estoy aquí. Respiro. No hay nada más increíble que esto. Estoy viva y más perdida que nunca. Pero no tengo una mentalidad estrecha. —Se presionó el tabique nasal y animó a Viggo con un gesto a que continuase—. Puedo escuchar cualquier teoría. Estoy muy acostumbrada a documentarme, a descubrir información y a leer.

—Pero esto no es una leyenda ni una idea a desarrollar, Erin —aseveró él—. Esto es un hecho real. No es una invención. Y eso es lo que tu cabeza va a tener que asimilar.

—Eso también puedo analizarlo —aclaró—. Por ejemplo: has dicho que los acólitos son iniciados en artes oscuras... pero que son el eslabón más débil de la Legión de la Inquisición. Hacen el trabajo sucio.

—Sí. Así es. Son como barrenderos. Son personas que siguen órdenes.

—Entiendo... ¿y quiénes son los eslabones más fuertes, los que están por encima de ellos?

Viggo negó con la cabeza.

—Es complicado. En realidad no quieres saberlo.

—¿Tú qué sabes lo que quiero saber? Lo quiero todo. ¿Por qué fueron a por mí?

—Solo una entidad antigua y poderosa, caracterizada por la pureza de sangre, puede romper un cerco así —continuó explicando—. El cerco cubre un diámetro muy extenso y llega hasta Croacia por el lado derecho. De algún modo, en cuanto lo cruzaste en tu viaje en tren, este se activó. La magia litúrgica en él advirtió a los acólitos, que son un gran número esparcido por todo el mundo, especialmente en toda la tierra que rodea a Italia. Y en cuanto te detectaron, no lo pensaron dos veces y fueron a por ti.

—Pero ¿qué pureza de sangre? Soy hija de mi madre y de mi padre. Completamente normal. ¿Qué les he hecho yo? Ni yo ni mis hermanas tenemos nada que ver con ellos. Ni siquiera vamos en contra de la Iglesia. No tenemos religión. ¡Somos ateas! ¡Esto ha debido ser una equivocación!

Viggo tampoco sabía por qué era especial. Pero lo era, no había duda.

—No lo sé, Erin. Pero te iban a quitar de en medio. A ti, no a tus hermanas. Sea lo que sea lo veían en ti. Lo percibían en ti.

—Es una locura... no lo entiendo. —Erin se quedó pensativa sorbiendo el zumo de manzana de nuevo. La acidez actuaba en su estómago y le dolía. No sabía por qué tenía que beber si no le apetecía, pero Viggo se lo había ordenado—. ¿Y por qué viniste a por mí? ¿Cómo sabías tú que me iban a matar? ¿Y por qué lo evitaste? —sus ojos oscuros brillaban con interés.

—En realidad, fui a por ti pensando en encontrarte yo antes de que ellos lo hicieran. Percibí la rotura del círculo de éter y corrí a averiguar quién había provocado ese desequilibrio.

—¿Por qué? ¿Con qué objetivo?

—Porque un desequilibrio puede descompensar todo. Sabía que quién rompiera el cerco podía ser una espada de Damocles en manos incorrectas. Y prefería cauterizarla yo antes de que te encontraran. Pero llegué tarde. Y tampoco comprendí por qué ellos te estaban haciendo eso. Así que actué por sentido común.

Erin se levantó de golpe de la silla y esta cayó al suelo con un ruido estrepitoso.

—¡¿Quiere decir eso que tú también me quieres matar?! ¡Por eso querías llegar antes! —exclamó con los nervios a flor de piel. Había cogido el cuchillo de untar mantequilla, como si se quisiera defender de él.

—Suelta eso —ordenó Viggo sin inmutarse—. Si te quisiera muerta, ya lo estarías. Por favor, toma asiento de nuevo. —Señaló estirando el brazo para recoger la silla y colocarla de pie.

Erin miró la silla y después a Viggo, y comprendió que de nada le serviría luchar, dado que ese hombre sería capaz de partirla en dos con un chasquido de sus dedos. Finalmente se deslizó hasta sentarse. Debía asumir el control de sus propios nervios.

—De acuerdo... —se dijo para tranquilizarse—. ¿Por qué captas el círculo ese de éter? —preguntó intentando serenarse—. ¿Cómo me encontraste? Si no eres un acólito, ¿cómo lo haces?

—Durante siglos, nuestro principal enemigo ha sido la Inquisición. Ellos siempre han intentado dar caza a nuestra Orden. A todos los que ponemos en duda su principal dogma religioso. Por eso decidí mantenerte viva. Si eres enemiga de ellos, puedes ser amiga nuestra.

—¿Amiga?

—Sí. Amiga. —Le hizo un escaneado con sus ojos.

Erin sintió que la piel le hormigueaba por donde la miraba. Carraspeó de nuevo.

—¿Por qué estáis enemistados?

—Porque somos contrarios. Buscamos cosas distintas y creemos en distintas entidades. Ellos tienen sus métodos y nosotros tenemos el nuestro. Y en medio están los peones que ellos usan a su antojo para que su orden mundial siga evolucionando.

—Humph… ¿los ciudadanos de a pie somos juguetes para ellos?

—Sí.

—¿Y para vosotros también lo somos?

—Nosotros solo queremos daros una oportunidad. No estamos aquí para doblegarnos ante nadie y nuestra misión principal es evitar que los acólitos sigan haciendo lo que hacen.

—¿Y también hacéis magia? ¿También matáis y asesináis? —preguntó con tono incriminatorio.

Viggo se echó el pelo hacia atrás y buscó la respuesta más adecuada.

—Nuestro… —buscó el nombre adecuado— poder es diferente. Nuestra magia nos define y nos otorga unas capacidades. No hacemos rituales. No somos como ellos. Pero sí percibimos actividades mágicas de todo tipo y sí vamos en su contra. Deberías beber más zumo.

—No quiero más —contestó ella apartando de su vista la copa medio llena—. ¿Y qué hiciste cuando me encontraste?

—Los maté.

Ella volvió a tragar compulsivamente.

—¿Y conmigo? ¿Qué hiciste conmigo para que ahora esté así?

—Solo me aseguré de que siguieras con vida. Te necesito viva, Erin, porque quiero averiguar por qué has roto la liturgia mágica de la Inquisición.

Ella también quería saber eso, pero toda aquella conversación les llevaba a la pregunta más trascendental y más definitiva. Por fin había llegado al punto que más le urgía saber.

—¿Cómo te aseguraste de que me pusiera bien? ¿Cómo me llevaste de Kanfanar hasta Dubrovnik? —se tomó un momento para hacerle la última pregunta y la más significativa—: ¿Qué demonios eres, Viggo?

El estilizado y al mismo tiempo musculoso hombre tomó una botella de vino muy tinto, casi granate, y se llenó una copa balón con ella. Erin observó bien el líquido y olió el punto alcohólico afrutado. Era extraño. El vino se llamaba Peccata Minuta.

—Como te he dicho —contestó él—, somos enemigos de la Inquisición.

—No te he preguntado eso.

—Sé lo que me has preguntado. —Sus ojos rosados titilaron escondiendo una advertencia velada.

—No soy estúpida. Algo muy extraño hay. Debería estar bajo tierra o ingresada en el hospital, posiblemente en coma inducido, hasta poder recuperarme de todas las heridas en un tiempo estimado de unos tres meses. Y, sin embargo, estoy aquí. Puedo con cualquier cosa que me digas.

—¿Puedes? ¿Estás segura? Porque todo va a cambiar para ti y tendrás que decidir cuál va a ser tu naturaleza.

—Puedo. Soy muy resistente —aseguró con voz temblorosa—. Qué eres y qué me has hecho, eso es lo que exijo que me digas. ¿Por qué, a pesar de estar viva, tengo la sensación de que me estoy muriendo?

Capítulo 7

Viggo nunca se había sentido tan acorralado como en ese momento. Esa chica misteriosa lo estaba poniendo entre la espada y la pared. ¿Cuándo había hablado él sobre lo que era? Jamás. Para él, la Orden era sagrada y debía respetarse, aunque por decisión propia viviese alejado de ella. Y ahora se encontraba en esa delicada tesitura. Él había sanado a Erin y le había dado su sangre con todo lo que eso comportaba. Ella jamás volvería a ser la misma y de su última decisión en un par de días más, saldría su verdadera naturaleza. No debería tener ninguna deferencia, porque ella era potencialmente peligrosa para los suyos de un modo que no comprendía. Pero sentía la necesidad de no obligarla a nada. De darle esa oportunidad, al menos, de conocer lo que sucedía en su cuerpo y lo que estaba por pasar.

—¿Piensas contestarme? Sé que algo malo está pasando en mí… —susurró llevándose las dos manos al centro del estómago—. ¿Qué me has hecho? —exigió saber.

—No es una excusa, pero lo he hecho para salvarte.

—Dímelo.

Los enormes ojos negros de Erin lo apremiaban. Mierda, esa mujer era muy guapa y tenía un efecto en él contraproducente.

—Como te he dicho, los acólitos usan la magia negra para sus fines. Y su objetivo es controlar la naturaleza humana y mantenerla en la realidad que ellos quieren. Y cuando emerge alguien con capacidades extrañas, lo eliminan o los anulan para siempre. En el mundo en el que vivimos, quieren simplificarlo todo afirmando que hay dos tipos de magia —tomó dos copas más, vacías, y las colocó a cada lado de la suya llena de vino—, la una antagónica de la otra. La magia negra, la oscuridad —explicó señalando la de la izquierda—. Y la magia blanca, que sería la positiva, la luz. —Señaló la copa vacía de la derecha—. Eso te obliga siempre a posicionarte. Los acólitos defienden y exigen que el ser humano siempre se rija por la luz, que sean buenos, que piensen como ellos, y para ellos debes tener un comportamiento y unas creencias arraigadas según leyes que son los mismos principios éticos del judaísmo y el cristianismo. Si sigues estas reglas, eres de ellos y perteneces a ellos, a esa imagen bondadosa y sumisa que quieren del ser humano. ¿Y cómo lo consiguen? Con guante blanco, de manera subliminal y con psicología blanda, en casi todos los casos. Excepto con esas personas que podían medirse con ellos y que se salían del molde. A ellos siempre prefirieron doblegarlos con la magia negra. Y a lo largo de la historia han sido muchos los caídos en manos acólitas. Para ellos, o eres de los suyos y como ellos quieren que seas, o no lo eres. Y si no lo eres, si no sigues sus reglas, te vas fuera. —Con el dedo índice empujó la copa derecha y la hizo caer sobre la mesa, sin romperse—. La Inquisición exterminó a millones de personas muy evolucionadas y avanzadas a su tiempo, con increíbles dones, Erin, cuando entonces en la tierra había otro tipo de magia y la ciencia no la negaba por puro interés. Y la Inquisición persiguió y mató para otorgarle todo el poder a una sola religión, a un solo dios y a una creencia. Se llama unificación cultural. Seguían un plan. Y ese plan está en pie desde el día uno de la germinación humana. Pero en un crisol imperfecto como es esta tierra, pueden reproducirse muchos tipos de gérmenes y bacterias. Ellos lo saben y hacen todo lo que pueden por aniquilarla. Hay otra magia muy poderosa. Yo no vengo de aquí —volvió a señalar la copa de la izquierda que simbolizaba la magia negra—, ni tampoco de aquí —señaló la copa caída que simbolizaba la blanca—. Yo… vengo de aquí —pasó los dedos por la parte superior de su copa balón—. Una magia llamada: magia roja. Nosotros somos la fuente original de esa magia.

—¿Magia roja?

—Magia de sangre. Nuestro poder está en nuestra hemoglobina, en nuestro plasma. Es lo que somos. —Tomó la copa de vino y se la llevó a los labios—. Si la ofrecemos, ofrecemos nuestros dones.

—¿Qué dones?

—Dones de cicatrización y también de longevidad. Si, en cambio, la bebemos, nos alimentamos, obvio, y obtenemos más poder. Somos los primeros y estamos registrados en muchos momentos de la historia. Conocemos el lenguaje más antiguo y ancestral y los símbolos ocultos de poder. A lo largo del tiempo, siempre han hablado de nosotros. Pero han hablado mal —rememoró—, porque todo aquello que supone una amenaza para las leyes establecidas, debe ser ridiculizado y marcado, y los acólitos y los altos estamentos inquisitivos son muy perspicaces en sus voluntades. Trabajan para eso constantemente, para desmentir y para confundir. Yo… te di mi sangre para que sanaras. Eso es todo.

Erin se humedeció los labios carnosos y escondió sus manos debajo de la mesa.

—Dices que tu magia es la magia de sangre. Que tienes poderes —enumeró acongojada—, mataste a mis tres captores sin aparente dificultad, captaste el círculo de éter, y dices que das sangre y la bebes… para alimentarte —negó con la cabeza y la agachó para ocultar su rostro—. Me la diste. Bebí de ti. Y ahora sigo viva gracias a eso. Dime lo que eres en voz alta.

Necesitaba oírlo. No quería volverse loca, pero su situación era irreversible e irrevocable. Ahora debía saber la verdad o no saberla. Creer o no creer.

—Creo que lo sabes —convino inseguro al ver las lágrimas que caían del rostro de Erin.

—¡Dímelo! —exigió saber dando un golpe fuerte sobre la mesa, sacando la mano izquierda. Estaba temblando, dado que temía lo que suponía que iba a escuchar. Y era irreal. Y una locura. Pero iba a pasar.

Viggo accedió. Desde su transformación, solo una vez, una, reconoció a la persona que creía indicada quién era y qué era él. No salió bien. Y ahora, debía reconocerlo a esa mujer que se suponía iba a cazarlos uno a uno. El conflicto estaba servido.

—Soy un strigoi. Ese fue el primer nombre humano y cultural que nos dieron. Pero nuestro nombre original es ero. Significa el que va a la guerra, a luchar.

—¿Y en mi lengua?

Viggo dejó caer sus ojos hacia la hermosa garganta de Erin y contestó:

—En tu lengua significa vampiro.

Viggo no lo vio venir por lo totalmente inesperado de la acción. Estaba tan preocupado en el abatimiento de Erin que no contó con una reacción así. Probablemente, Erin tampoco, pero la necesidad de huir fue superior a sus fuerzas y a la de comprender la realidad que el telón abría ante ella.

Se levantó de golpe de la mesa y, sujetando un cuchillo afilado que había colocado Viggo protocolariamente sobre su plato, le cortó en el cuello. Fue una incisión profunda, pero Erin no se iba a quedar mirándola. Él había caído de espaldas al suelo, con la silla pegada al trasero, y era su oportunidad para correr por esa casa y encontrar una salida.

¿Un vampiro? ¿Un vampiro de verdad? ¡¿Qué cojones?!

Erin entró en una habitación que parecía una biblioteca y salió de ahí para entrar en otra que era una especie de cine…

—¡¿Dónde está la puerta?! —se gritaba a sí misma—. ¡Tengo que salir de aquí!

Viggo era un vampiro. El vampiro odiaba el sol. ¿No decía eso la tradición popular? No la podría seguir. No se atrevería a salir a por ella.

Después de chocarse contra una estatua de una Venus y romperla a pedazos contra el suelo hasta caer con ella, se levantó y al final encontró la puerta de salida y zarandeándola la acabó abriendo. ¿Por qué ese hombre tenía tantas estatuas? Estaba tan nerviosa que se sentía torpe. Los dedos le temblaban. Y los dientes le castañeteaban.

Salió al exterior y descubrió que el sol le molestaba mucho a los ojos y que la piel le picaba, pero no lo suficiente como para echarse atrás. Un enorme jardín se abría ante ella y, más allá de las verjas de seguridad, solo había una pequeña playa privada y el mar. Solo eso. Se iría de allí aunque fuera nadando. Corrió campo a través emocionada al comprobar que la salida estaba cada vez más cerca, hasta que ¡pum! Algo increíblemente duro, como un muro de hormigón, le detuvo el paso e hizo que saliera rebotada hacia atrás hasta caer de culo sobre el césped.

Viggo estaba ante ella con aspecto furioso, pero comedido.

El sol le daba en la piel y parecía no afectarle. Desde esa posición, vestido como estaba, con su exótica apariencia y ese color de piel bronceada, era una locura visual, un espectáculo para cualquier admiradora de la belleza. Pero su estampa en ese escenario no le cuadraba nada. Era mediodía. ¡¿Por qué podía salir?!

—¡Eres un vampiro! ¡¿Eres un puto vampiro caribeño?! ¡¿Por qué sales bajo la luz del sol?!

Él frunció el ceño y estudió el cuerpo de Erin, buscando alguna lesión reciente. Parecía incómodo.

—Salgo porque puedo salir, estúpida.

—¿Estúpida? ¡Gilipollas!

Viggo la agarró de la muñeca y la levantó con un leve tirón.

—¡Au! —Erin se quejó por cómo la agarraba. Chocó de nuevo contra su pecho—. ¡Suéltame! ¡No eres un vampiro! ¡Te da el sol! ¡Me estás engañando y voy a buscar a la policía!

—Te has cortado —le dijo tan tranquilamente, ignorando su perorata. Tenía un trozo de cerámica clavada en el antebrazo y le regalimaba la sangre—. Eres torpe.

—¡Te da el sol! —repitió en bucle—. ¡¿Por qué no te quemas?!

—Descubrirás que todo lo que se dice de nosotros es mentira. Al menos, de los originales —contestó retirando el trozo incrustado en la piel con movimientos controlados y seguros.

En cuanto Erin vio el chorro de sangre que salía disparado hacia la camisa de Viggo, exclamó:

—¡Joder! ¡Joder! —abrió los ojos como platos.

—Has cometido una imprudencia. Creo que te has sesgado levemente una arteria.

—Claro, ya... ¡No hay venas en el cuerpo y me corto la...! Pues… pues me estoy mareando. Creo que...

Erin bizqueó y a punto estuvo de caer al suelo, pero Viggo la cogió en brazos de nuevo. La miró como si no supiera qué hacer con ella, como si fuera una niña a la que regañar.

Erin sentía la boca seca.

—No puede ser verdad. No eres un vampiro.

Viggo la observó durante largos segundos y parpadeó una sola vez.

—Podemos salir bajo la luz del sol. Pero eso debilita nuestros poderes. No somos tan poderosos durante el día, porque somos hijos de la noche y controlamos mejor nuestro entorno cuando es la luna la que rige en el cielo. Está en nuestra naturaleza. —Taponó la herida del brazo de la joven con su mano y la sujetó con su brazo libre. Era muy fuerte. Empezó a caminar hacia la casa—. Nosotros no ardemos de día, eso solo lo hacen las larvas y los lémures.

Erin negó de un lado al otro y sacudió los pies como si quisiera liberarse, pero era imposible escapar de esa cárcel de carne y huesos. Era puro granito.

—No sé qué son larvas y lémures, por el amor de Dios. Si fueras un vampiro de verdad...

—Olvida todo lo que sabes sobre vampiros. Todo. Toda esa información está alterada. La Inquisición se ocupó de falsificarla durante siglos. Y después nos usó para sus fines.

Erin cerró los ojos con fuerza cuando advirtió algo que la dejó helada. Había herido a Viggo en la garganta. Su herida ya no estaba. Se había cerrado.

—Te corté —dijo con voz débil—. Te corté aquí —acarició la piel de su cuello pero Viggo retiró la cabeza rápidamente, como si le hubieran quemado.

—No me toques —contestó muy hosco.

Ella dejó caer la mano del brazo que no estaba herido. No le gustaba que lo tocara. Entendido.

—No es posible.

—Bienvenida al mundo en el que todo lo es. —Sonrió y desde donde se encontraba, a unos veinte metros de la entrada de la casa, dio un salto hasta el balcón semicircular de la planta superior. Un salto que solo un ser sobrenatural como él podía realizar.

Erin se agarró fuertemente a su cuello, su estómago se quedó vacío y cuando Viggo cayó sobre sus pies, Erin no pudo aguantar lo que fuera que venía de sus entrañas y vomitó retirando el rostro para crear un charco rojo al lado de las botas de Viggo.

—Oh, por favor —murmujeó ella al ver que vomitaba sangre—. ¿Qué es esto? —preguntó asustada y asqueada, volviendo a vomitar.

Él esperó a que dejase de arrojar.

—Tranquila —le dijo entrando a la habitación por la terraza. La cama tenía manchas de sangre seca de la noche anterior. Cubrió la bajera con el cubrecama, le pareció sucio dejarla de nuevo ahí, y colocó a Erin encima con delicadeza.

—¿Por qué me sucede esto?

—Es el jugo de manzana. Te hace una limpieza hepática —la observó intentando bromear con ella, aunque no era momento.

—Es por tu sangre, ¿verdad?

Viggo se sentó en la cama, a su lado.

—No. Mi sangre está absorbida por tu sistema. Ya está en ti. Lo que has vomitado es la sangre que generaron las heridas abiertas en tu estómago. Tu propia sangre, Erin. Solo estás limpiando los intestinos.

Ella miró hacia todos lados, no sabía qué decir. Después observó la terraza abierta. Había dado un salto tan gigantesco que no era físicamente explicable a no ser que las leyes de la gravedad nada tuvieran que hacer con él.

¿Era verdad entonces? Viggo era un vampiro.

Erin se cubrió el rostro contra las rodillas y se rodeó las tibias con los antebrazos, aunque uno estuviera sujeto por la mano de ese hombre. Empezó a llorar tan desconsoladamente y con tanta fuerza, que él se estremeció y se sintió mal por ser el culpable de su pena y de su desesperación. Ella no sabía que, en realidad, él tenía que controlarla por lo que pudiera ser para ellos. La había marcado con su sangre. Ahora le pertenecía más a él que a cualquier acólito o cualquier miembro de la Orden. Lo que Erin decidiera ser después de todo, ya no estaba en sus manos. Porque Viggo lo tenía más que decidido. Y no sabía cuándo había tomado esa decisión. Pero era irrevocable. Ella no debía saberlo.

—Sigues viva. No estés triste. —Viggo la intentó relajar con su voz. Podía hacerlo usando una cadencia determinada.

—¿Qué tipo de vi-vida es e-esta, por el amor de Dios? —ella seguía sin levantar la cabeza—. ¿Qué es lo que va a provocar tu sangre en mí? ¿Y si... y si tienes alguna enfermedad? ¿Y si... me convierto en una chupasangres loca? No podré volver a ver a mis hermanas porque querré más a sus yugulares que a ellas. Es... es terrib... —Erin alzó el rostro al oír una risa ronca de Viggo—. ¿Te estás burlando de mí, cretino?

—No —contestó aún sonriente—. Es solo que eres ocurrente y piensas en cosas que no suelen pensar los demás en tu situación.

Ella sorbió de nuevo por la nariz.

—No tiene ni pizca de gracia.

—No. Claro que no. —Se esforzaba por dejar de tener esa mueca ascendente en los labios, pero no dejaba de taponar la herida de su antebrazo.

—¿Tienes enfermedades?

—Los vampiros somos inmunes a cualquier enfermedad. Es así porque nuestra sangre fue portadora de todo y ahora tiene anticuerpos contra cualquier cepa, sea vieja o nueva.

—¿Me estás diciendo que sois portadores de todo? ¿Estoy enferma? ¿Ahora estoy infectada con vuestra sangre?

—Sí, es una manera de decirlo. Si hay algo que inventó la Inquisición fue identificarnos con los murciélagos y hacer creer a los demás que nos convertíamos en ellos. Porque el murciélago es portador de miles de enfermedades y por eso es tan resistente, y su mordisco es muy infeccioso. Nuestra sangre es la cuna y la clave de todo. Ahora mismo —Viggo tomó su antebrazo y lo acercó a él. Retiró los dedos de la herida y comprobó complacido cómo la hemorragia había cesado y la carne se estaba cerrando—, tu cuerpo está luchando contra todos esos virus y enfrentándose a los anticuerpos de los que también eres portadora. Hasta que la lucha se detenga.

—¿Y qué sucede cuando se detiene?

—Que todo cambia. Te vas a transformar.

Ella observó la piel resquebrajada. Se estaba unificando de nuevo. Era una locura.

—¿Tengo opción de no hacerlo? ¿De no transformarme?

La pregunta lo cogió con el pie cambiado, así que mintió.

—No.

—Voy a transformarme sí o sí.

—Afirmativo.

Estaba desolada y muy poco convencida de su destino. Encontraría la manera de no llegar a eso. Se negaba a vivir una vida en la que consumir sangre y muerte.

—Tú has sido mi convertidor, ¿no?

Él frunció el ceño obtusamente. Aún no la había convertido, pero la convertiría. Erin iba a estar con él, es decir, con ellos, fuera lo que fuese. Era su modo de guardarse las espaldas y de proteger a todos. Era una anomalía. Una posible cazadora.

—Sí.

—¿Podrías matarme antes de convertirme en algo que no quiero ser?

—¿Cómo dices?

—Quiero que me mates.

—Dices eso solo porque tienes grabado a fuego el estereotipo que te han vendido socialmente y religiosamente del vampiro. Si nos conocieras, no pensarías así. Verías que hay cosas ciertas, pero otras no.

—No me interesa. Mi humanidad es sagrada. No quiero dejar de ser yo. Cuando sea el momento, quiero que pongas fin a mi vida. No quiero que mis hermanas me vean así jamás.

—¿Es que tengo mal aspecto?

—No. No tienes mal aspecto —era un demonio terriblemente atractivo y arrebatador. Pero los animales más venenosos del planeta también eran atrayentes y estéticamente vistosos—. Pero estoy convencida de que nunca más volviste a ser tú después de transformarte. ¿A cuántos has mordido? ¿A cuántos has transformado? ¿Cuánta sangre has ingerido? Hace siglos que eres más animal que humano. Y no quiero eso. Prefiero morir antes.

Viggo sacudió la cabeza. Escuchaba perplejo la seguridad con la que Erin rechazaba la posibilidad de volver a vivir de otro modo. Le ofendió el modo en que menospreció su naturaleza. Era cierto. Había hecho cosas muy mal, pero también había aprendido a no volverlas a hacer.

Ella quería morir, como si no importase haberla mantenido con vida.

Además, era una inconsciente y una atrevida, al decirle a él, a la cara, y con tan poco respeto, que lo consideraba poco menos que escoria.

—No estoy interesada en pertenecer a ninguna guerra entre acólitos inquisidores y vampiros originales. Que si magia negra, magia blanca, magia roja... magia cobalto y violeta... su Puta madre. —Se presionó los ojos con las yemas de los dedos. No le gustaba pronunciar dicterios, pero no lo podía evitar—. Quiero acabar con esto lo antes posible. No quiero ser un vampiro.

—¿Y ya está? —Viggo no se lo podía creer—. ¿No quieres saber por qué rompiste el círculo de éter? ¿No quieres ir más allá? ¿Qué tipo de escritora eres tú que te niegas a investigar?

—Una cabal, que no quiere estar condenada a vivir una vida que no eligió.

—¿Vas a dejar solas a tus hermanas en esto?

—No mentes a mis hermanas. No quiero que sufran. Nunca me acercaría a ellas siendo lo que eres tú —su voz se quebró—. ¿No lo entiendes? No están preparadas para creer en esto. Y no tengo ni idea de por qué crees que yo tengo algo que ver con el éter. Pero es un error. Ya has visto que no tengo nada especial. Tú eres un ser mágico capaz de captar esencias y energías especiales. No hay nada de eso en mí.

—Puede. Pero hasta que no lo confirmemos, no te irás de aquí ni harás ninguna locura. Es mi decisión.

—¡¿Qué?! ¡¿No me estás oyendo?! ¡No soy lo que creéis que soy! ¡Tengo derecho a decidir! Me mataré antes que convertirme en lo que eres tú.

—No. En mi casa y con mi sangre en tu sistema, no tienes ningún derecho y no te vas a quitar la vida.

—¡¿A qué te refieres?! ¡Eres como ellos!

Viggo abrió un cajón de la mesita de noche y, para sorpresa de Erin, sacó unas cuerdas gruesas de color negro.

—Me refiero a que tengo que mantenerte a salvo. Pero de ti misma. Cometerías un error si refutas esta oportunidad.

—¡No es una oportunidad! ¡Es una condena! ¡¿Qué haces?! —Erin no comprendía qué hacían unas cuerdas así en esos cajones. ¿Es que le gustaba atar en la cama?

Viggo se tumbó encima de ella y la inmovilizó con una facilidad que le dio hasta vergüenza. Ella era una cobaya en manos de un león.

Le colocó las manos por encima de la cabeza, le pasó las cuerdas más cortas por las muñecas y las afianzó al cabecero. Después hizo lo mismo con sus tobillos atándolos a los barrotes inferiores.

—¡Suéltame, maldito!

—No.

Él se quedó abierto de piernas sobre las caderas de la mujer. Sobre ella, sin sentarse encima.

Debía procurar que Erin no se autolesionara intentando morir, antes de convertirse. Viggo no quería eso. La quería mejor con ellos que contra ellos. Y muerta no les servía de nada.

Ella quería sacárselo de encima y movía las caderas arriba y abajo.

—¡¿Por qué me has atado?! —Cuando se enfadaba, la cara se le enrojecía y los ojos le brillaban airados— ¡Que me sueltes!

—Cálmate. Te he atado porque... —Viggo pasó sus ojos por su torso y se la imaginó desnuda. Sacudió la cabeza, pero la idea no se desvanecía. Erin tenía el poder de distraerlo y atraerlo. Hasta que detuvo sus ojos en un punto específico más abajo de su rostro—. Mierda. Tienes una... tienes el cuello manchado.

Sus ojos rosas se oscurecieron gradualmente, hasta convertirse en un tono rubí que a Erin le puso el pelo de punta.

Estaba muy nerviosa. Que un vampiro mencionara la palabra cuello era como si a un perro le dijeras «salchicha». Mal asunto.

—Detente. No me mires así. Eh, Viggo... —Hubiera deseado chasquear los dedos para distraerlo. Pero pronto se dio cuenta de que era imposible. Estaba obsesionado con esas manchas—. ¿Qué estás haciendo? —su voz sonó muy baja.

Él desvió sus ojos de otro mundo y otro infierno hacia su rostro. Apretó la mandíbula. Si ella estaba tensa, él se iba a partir en dos en cualquier momento.

Erin tenía un chorro de sangre en el lateral de su cuello. De su propia sangre.

Él era un vampiro. Uno abstemio durante décadas. Aunque estaba decidido a romper su abstinencia más temprano que tarde con ella. ¿Qué más daba saborearla antes?

Su piel parecía tan suave, su garganta tan elegante, y su sangre poseía tanta vida... Vida mezclada con la suya. Vida y muerte granate y caliente.

Poco a poco se fue inclinando hacia su rostro y más abajo, hacia su garganta.

—Has sido muy considerado hasta este momento, Viggo. No vayas a meter la pata ahora. Atarme en la cama y... ay, Dios... —murmuró cerrando los ojos—, frotar tu nariz así contra mi cuello, creo que pondría en entredicho tu caballerosidad.

—Pero olvidas algo, Erin —incluso su voz había cambiado. Su rostro permanecía oculto entre su cuello y el inicio del trapecio. Él era muchas cosas que ella no sabía—. Eres lista. A ver si sabes qué es.

A Erin el corazón le iba muy rápido. ¿Qué... qué era eso? La voz de ese hombre ya no sonaba igual. Incluso había un tono de mofa y de condescendencia que no le gustaba. La sangre corría a toda velocidad por sus venas y la entrepierna le estaba palpitando al ritmo del corazón. Ella se pasó la lengua por los labios resecos y miró al techo como si rezase.

—Sí sé qué es. Que no eres un caballero. Eres un vampiro.

Él sonrió contra su piel y de repente abrió su boca para succionarla.

Ella dio gracias por tener las zapatillas atadas, porque los dedos de sus pies se habían curvado y de no ser porque estaban bien sujetas, habrían salido volando. Como propulsadas por un muelle.

Capítulo 8

—Por favor... —Erin se tensó. Tiró de muñecas y tobillos pensando que podía liberarse. Pero era imposible. La había maniatado bien.

Su cuerpo reaccionó a ese primer lametazo largo.

Viggo lo sabía. Notaba cómo sus hormonas se activaban a su contacto. No era inmune, ninguna mujer u hombre lo era ante la seducción de uno como él.

Era un caramelo para él. Una frutilla prohibida. Erin era todo lo que le atraía y todo lo que no debía permitirse. Pero en cuanto su sangre tocó su lengua, aunque fuera sangre que ya no estaba caliente, las células de todo su cuerpo despertaron, se alborotaron ante el delicioso manjar que ella le ofrecía. Pasó la lengua por la sangre que manchaba su cuello tantas veces como necesitó para dejarlo limpio y sin restos rojos. Y después, solo por el disfrute de hacerlo, abrió los labios y succionó su carótida sin morderla.

Erin no se lo podía creer. ¿La iba a morder? ¿Le estaba haciendo un chupetón? Se estaba excitando. Con el roce de sus labios, con las caricias largas y húmedas de su lengua, y con sus succiones. Y se estaba dejando llevar, perdiendo la noción del espacio y del tiempo para sumirse en el agujero negro que proponía Viggo. Pero entonces percibió el roce de algo puntiagudo. Eran los colmillos.

Él le había atado los tobillos manteniendo las piernas abiertas, por eso coló su duro muslo entre ellas hasta presionarlo contra su hendidura.

Erin se calentaba con el sorprendente roce de su boca y su lengua y el vaivén de su muslo contra su intimidad.

Pero entonces, los colmillos le pellizcaron. Fue sutil, pero lo suficientemente certero como para advertir lo que él quería hacerle.

El miedo rompió el hechizo. No se iba a dejar morder. Era un vampiro. ¡Un jodido vampiro! Y en eso se convertiría ella si no ponía remedio.

—¡No! —exclamó con todas sus fuerzas, saliendo a flote de la marea de placer que él había activado en su cuerpo.

Viggo también escuchó su grito más allá de la bruma de su deseo. Y cuando fue consciente de lo que estaba pasando, su cuerpo se impulsó hacia el techo. Agazapado como un felino, de manera inversa, su pelo blanco caía hacia abajo.

Sus facciones eran las mismas pero sus ojos se habían vuelto completamente rojos y unas venitas extrañas se abrían y se cerraban alrededor de la cuenca del ojo. Y con todo y con eso, Erin no sentía miedo ni podía decir que no era hermoso, porque lo era. Era fantástico. Pero era un vampiro. Un monstruo conocido por el humano y etiquetado como leyenda urbana. No existían.

Mentira. Erin acababa de descubrir que era real. El vampirismo estaba activo. Viggo era la prueba. Y ella, cuando su cuerpo hiciese el cambio, también lo sería.

Él respiraba nervioso y agitado. Sus colmillos puntiagudos asomaban entre sus terribles y sensuales labios. Sus ojos eran dos puntos rojos que marcaban como un láser.

La sangre de esa mujer lo iba a perder. Era adictiva.

Cuando retomó el control de sí mismo, Viggo se dejó caer hasta el suelo. Cayó de pie, como los gatos. Pero no se acercó de nuevo a la cama. Procuró mantenerse lejos del cuerpo de esa chica. Se la quería beber. Se la quería comer a bocados.

—Tu rostro… —susurró ella.

Viggo retiró la cara y se tomó dos segundos para que la bestia se relajase y no se reflejase en su cara. Cuando volvió a encararla, sus ojos volvían a ser rosados y ya no había venas en movimiento por sus cuencas.

—¿Eso es lo que me pasará a mí? ¿Eso seré?

—Sí —sus colmillos se retrajeron y acabaron ocultos tras su labio superior.

Ella asintió rendida.

—¿Cuándo? ¿Cuánto me queda?

Se encogió de hombros. Pero en el fondo lo sabía, porque él decidiría en qué momento ella iba a empezar la transición. No lo había hecho aún porque antes debía contactar con su Orden, que la conocieran y que entre todos averiguasen por qué Erin era capaz de romper un cerco de Éter.

—Un amanecer, dos… depende.

—¿De qué?

«De cuándo te muerda», pensó.

—Cada cuerpo es distinto —mintió.

Ella entrecerró sus ojos negros.

—Me estás ocultando algo y me estás mintiendo. Soy escritora, observamos tanto como respiramos. Soy experta en leer lenguaje corporal.

—Lo que tú digas.

—¿Y por qué no me dejas elegir? —le preguntó afectada, a punto de echarse a llorar.

—Porque seas lo que seas, siempre es mejor que estés con nosotros.

—Entonces, déjame pedirte un último favor antes de que deje de ser yo…

—No vas a dejar de ser...

—Viggo, solo te pido esto. Me has salvado, y debo agradecértelo, pero la vida que me ofreces me va a cambiar para siempre. Va a ser como una muerte para mí. Así que, por favor, otórgame una última voluntad.

Él apretó los puños y los dientes. Era mala idea alargar su conversión. De algún modo, tenía necesidad de que Erin fuera uno de los suyos, no solo para mantener a salvo a su clan, sino porque era lo mejor para ella. Dejaría de ser vulnerable. Ahora aún lo era.

Pero estaba demostrando ser valiente y tener mucha fortaleza mental. La respetaba y podía agradarla y concederle ese deseo.

—¿Qué necesitas?

—Quiero encontrarme con mis hermanas y hacer lo que vinimos a hacer aquí juntas. Después desapareceré de sus vidas y… me pondré en tus manos. ¿Hay trato?

—No es buena idea que las vuelvas a ver. La Legión se habrá enterado de lo que ha pasado al no tener noticias de sus acólitos… estarán buscándote. La noticia de la explosión de Kanfanar está en todos los canales.

—Mis hermanas estarán en peligro, entonces. Hay que avisarlas y hacer que se vayan de aquí.

—Por ahora no. Solo te querían a ti. Pero si no encuentran tu cuerpo, harán lo que sea por llamar tu atención. Pueden usarlas en tu contra.

—Necesitarán protección —reclamó suplicante—. Por favor… tengo que verlas. Supongo que no tienes familia porque te los comiste a todos… —Viggo se paralizó ante esa puya—. Pero yo sí tengo todavía. Te lo suplico. Ayúdame a encontrarme con ellas. Quiero que me recuerden viva y que después no me vuelvan a ver más. Déjame enterrar con ellas las cenizas de mi madre.

Él dejó ir el aire por la nariz. Iba a hacer todo lo que no tenía que hacer, y todo porque la opinión de Erin hacia él le importaba. Cuando no debía hacerlo.

—¿Qué excusa pondrías para explicar tu desaparición? Si tus hermanas son la mitad de obcecadas y curiosas que tú, no se van a creer nada.

—Tú déjamelas a mí. Soy novelista. Construyo tramas mentales a todas horas. Sabré apañármelas. ¿Entonces?

Viggo continuó en silencio. Impertérrito.

—Hasta que nos veamos con ellas, prométeme que harás lo que yo te diga. Tienes que obedecerme.

—Lo haré si tú me das tu palabra de que me veré con ellas.

Viggo dejó caer la cabeza afirmativamente.

—De acuerdo. ¿No intentarás autolesionarte?

—No. ¿Y tú no me morderás?

—No.

—¿Tenemos un trato?

—Sí.

Los dos mentían. Los dos lo sabían. Pero debían continuar fingiendo.

—Lo sellaría con un apretón de manos, pero me has atado —añadió con tono venenoso—. Y no acepto mordiscos a cambio.

Viggo alzó la comisura del labio, pero no contestó.

—¿Trato o no? Quiero oírtelo decir.

—Trato —contestó él dándose media vuelta para abandonar la habitación—. Ahora ten un poco más de aprecio por tu vida y deja de actuar como una suicida. En unas horas te vendré a buscar.

—¿Para qué?

Viggo abrió la puerta de la habitación y contestó:

—Sí tengo familia. Esta noche los conocerás.

Después de eso desapareció de la visión de Erin.

Erin se quedó boquiabierta.

¿A quién iba a conocer esa noche? ¿Iba a salir con él en calidad de rehén o de futuro no miembro del séquito familiar?

No iba a ceder. Encontraría el modo de matarse antes. Sea como fuere, debía tener paciencia.

Ni Viggo ni los acólitos saldrían ganando.

Ella quería regresar a su vida, y como no iba a volver de ninguna de las maneras, no iba a aceptar otra que implicase beber sangre de nada ni de nadie.

Seguía respirando, pero había muchas maneras de morir.

Para Erin las horas pasaron lentamente. Se encontraba mal, se quejaba pero no podía moverse. Viggo la había estado oyendo, pero no podía hacer nada por ayudarla, porque el cambio era el que era. El choque séptico era inevitable.

Imparable y doloroso, hasta preparar todo su adn y toda su naturaleza para recibir el detonante que lo cambiaría todo.

Él ya había llamado a Daven y había quedado con él en Kringa, una localidad de Istria. Esta noche su clan conocería a Erin y juzgaría lo que había decidido hacer con ella, pero no cambiarían nada. Porque su decisión era irrevocable. Esa mujer, fuera lo que fuese, iba a ser de los suyos. La guerra que se libraba en La Tierra entre la Legión de la Inquisición y su orden, era muy antigua. Pero era sabido entre ellos que todo cambiaría al romperse el cerco de éter.

Y ella lo había destrozado.

Viggo llenó la jarra de zumo de manzana que recién había exprimido. Se la daría a beber a Erin. Su hígado debía continuar trabajando para eliminar toxinas y era lo mejor para la transición. La manzana era sagrada por algo. Estaba seguro de que le apetecería.

Se encontraba en la cocina. La luz del atardecer teñía los muebles blancos y modernos de un color anaranjado. Se había cambiado, dado que Erin le había estropeado la camisa al agredirlo con el cuchillo. Llevaba unos pantalones oscuros, sus botas y un jersey negro de cuello alto.

Admiraba su valentía. Era una guerrera. Inconsciente y obtusa. Pero no se rendía. Él nunca pactaba nada, pero por deferencia y reconocimiento a su arrojo, había decidido ofrecerle ese amparo.

Subió las escaleras y le dio otra vuelta a la información que poseía de ella.

Eran cuatro hermanas. Erin era la mayor. Su madre había muerto en un incendio en el sur de Francia hacía poco y habían hecho ese viaje para enterrar sus cenizas en Croacia, al parecer, un lugar querido e importante en la infancia de la matriarca.

No había nada más. La sangre de Erin le cantaba. Le había cantado una canción, una nana recurrente en los que eran como él. Una canción tan original que le devolvía sensaciones pasadas. Una vez, bestemoren, que era una increíble adivina, su abuela, vaticinó algo en su lecho de muerte. Le dijo: «Tu mujer no será de este mundo. Ese amor no será para ti. Hay reservado algo más. Ella te hará cantar nanas. ¿Cuánto estás dispuesto a esperar?». En su transformación, le dijeron que los que eran como él jamás podrían encontrar el amor y ser correspondidos. Porque ellos mismos ya no eran de este mundo, lo habían rechazado todo sobre él, y el tipo de amor que era terrenal y humano también les había sido vetado.

Pero al probar a Erin, incluso de ese modo superficial, todas esas afirmaciones habían volado por los aires. En sus siglos de inmortal nada le había costado tanto como alejarse de ella y de esa cama. Su piel le llenaba la boca de un sabor increado que aún paladeaba. Se le hacía la boca agua y Viggo estaba muy nervioso al respecto.

Y no solo eso: su visión empezaba a adquirir tonalidades vivas e intensas como nunca antes.

¿Qué locura estaba experimentando?

Cuando entró en la habitación, el rostro de Erin había palidecido un poco y estaba ojeroso. No había vuelto a vomitar. Y se había dormido.

Viggo dejó la jarra de zumo de manzana en la mesita de noche y acercó su rostro al de ella para observarla solo una vez más. Debía despertarla porque tenían una cita en Kringa. Pero antes de que ella abriese los ojos de nuevo, se cercioraría de algo en lo que no había dejado de pensar.

Como no quería parecer un poco pervertido se apartó rápidamente de ella y buscó su maleta.

La encontró abierta en una esquina de la habitación. Viggo se acuclilló ante la Samsonite y dejó sus manos muertas entre sus piernas abiertas. La mirada analítica se perdió entre la ropa que, a pesar de los tumbos que había dado dicha maleta, seguía todo en su lugar, pulcramente doblano y ordenado. Su ropa olía a ella... Y era ropa cómoda y bastante funcional. Erin parecía ser una mujer muy práctica y poco dada a la ostentación . De hecho, no había ni unos tacones ahí. Pero la realidad era que no le hacían falta. Porque era una mujer llamativa y sexi tal y como era.

Entonces la vio. Vio la urna. Era pequeña, de no más de quince centímetros de largo por ocho de ancho. De cerámica negra con cenefas doradas que imitaban mimosas serigrafiadas. Viggo no sabía si tocar la urna cineraria o no hacerlo, porque sentía respeto hacia los muertos de los demás, y porque había algo reverencial en aquel depósito cerrado. Algo místico. Algo privado.

Sea como fuere, Viggo quería comprender por qué los acólitos habían ido a por ella. Por qué a por ella y no a por ninguna de sus hermanas. Y lo único que Erin tenía en su poder que no tenían las demás, eran las cenizas de su madre.

Viggo se levantó con sus ojos rosados aún fijos en la maleta, meditando sobre los acontecimientos que iban a venir.

Le estaba dando una oportunidad a Erin. Podría haber acelerado su transformación mordiéndola y bebiendo como quería, pero no lo hacía. Porque estaba siendo misericordioso con ella y sus necesidades vitales. Y no debía serlo, por quien era. Pero no lo podía evitar.

Le estaba permitiendo que supiera lo que es él y que conociera su mundo y su realidad llevándola con él a Kringa para conocer a miembros de su clan, de su Orden.

Y le iba a conceder el último deseo de poder reunirse y despedirse con sus hermanas y enterrar las cenizas de su madre juntas. Y mientras él se armaba de paciencia y valor, tenía que asegurarse de que nada más sucedía a su alrededor y de que nadie más la acechaba. En algún momento, la Legión de Dios actuaría para continuar buscándola. La querían muerta. Y él le había devuelto a la vida. Pero desconocía la valía real de esa mujer en toda esa historia. Sin embargo, era consciente del valor que podía tener para él.

Viggo se acercó a la cama de nuevo y se la quedó mirando fijamente mientras ella aún seguía durmiendo, atada de pies y manos y, recibiendo los aguijonazos del cambio en su sangre y en su metabolismo. Se sentó sobre el colchón y le pasó los dedos por la increíble melena espesa y brillante que poseía.

—Todo acabará pronto —le susurró.

Sí. Para ella el sufrimiento acabaría pronto. Pero para él, su Orden y la Legión, todo iba a dar un vuelco.

Solo había que descubrir si era para bien o para mal.

Erin dormía, pero no profundamente. Era imposible hacerlo cuando la sangre le hervía y la piel le quemaba.

Cuando abrió los ojos, sintió la boca seca y la mirada vidriosa. Seguía atada a esa cama. Lo que Viggo le había inoculado con su sangre, avanzaba imparable en su interior. Podía experimentar cómo ella cambiaba desde dentro, como si sus órganos y su circulación tuvieran que readaptarse a una nueva naturaleza.

Resopló y se acongojó al ser víctima de todo aquello. ¿De verdad le estaba pasando? ¿De verdad existían los vampiros? ¿Cómo podía ser que la Inquisición siguiera activa, que bajo el Vaticano hubiese una sede que representaba el sector radical y oscuramente mágico de la Iglesia y cuál era el propósito real de la Legión? ¿En qué mundo estaba viviendo en realidad?

Un siseo extraño la sacó de sus pensamientos. Era un sonido animal, que ella conocía. Y sonaba cada vez más cerca, acercándose a los pies de la cama.

Erin se tensó y esperó a ver si sus vaticinios eran ciertos. Las puertas del balcón estaban abiertas de par en par, y podría escapar de no ser porque estaba maniatada.

El siseo se intensificó. Y entonces apareció a los pies de la cama, reptando por ella, una cabeza gigante de serpiente negra. Sus ojos eran rojizos y su bifurcada lengua tenía un color carne matizado con rosa palo.

—¡Joder! ¡Joder!

Erin empezó a sacudirse para liberarse, pero no podía. La serpiente se arrastró por la cama, enorme como una anaconda y muy ágil. Muchísimo más grande que una anaconda, seguro.

—¡No! ¡Viggo! ¡Viggo! —empezó a gritar.

El reptil rodeó sus piernas, sus escamas negras brillaban y su rostro parecía sonreírle mientras la miraba. Como la serpiente de El libro de la Selva.

Poco a poco rodeó todo su cuerpo, sin constreñirla, pero apoderándose de ella y de todos sus movimientos. Erin gritaba con todas sus fuerzas.

—Acepta el mordisco de la serpiente. Y te liberarás para siempre.

Erin torció la cabeza hacia la dirección de esa voz de niño. Era él. El pequeño rubio con el que soñó la noche anterior.

—Ayúdame —le pidió—. Libérame tú.

El crío negó con la cabeza, pero le sonreía con afabilidad. A ella se la iba a tragar una anaconda y el muchacho se divertía ante la idea.

—Solo el mordisco te libera, Erin.

Cuando volvió a mirar a la serpiente, esta tenía la cabeza a un palmo de su cara. Abrió la mandíbula y de la parte frontal de la boca se asomaron dos colmillos largos y puntiagudos.

—¡No! ¡Noooooooo!

Erin se despertó de golpe, gritando hasta que le dolió la garganta. Sus cuerdas vocales se lastimaron. Acabó tosiendo y girando la cabeza hacia su lado derecho.

Y allí, sentado con esa calma que le ponía nerviosa, se encontró a Viggo, que le acariciaba el pelo de un modo que ella consideraba inaudito en alguien como él. Era un vampiro, no una abuelita cuidadora de polluelos. Pero no había duda, la preocupación teñía sus ojos. Ojos que no podía negar que eran hermosos y cautivadores.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Había una serpiente —contestó ella—. Una serpiente negra y gigante.

Él la escuchaba con atención, y parecía que aquella historia no le era desconocida.

—Y un niño rubio.

—¿Un niño rubio? —eso sí le causó asombro.

—Sí... ya soñé con él ayer.

—¿Qué soñaste? ¿Qué te dijo?

—Me dio una manzana —contestó.

Viggo movió sus ojos hacia la jarra de jugo de manzana.

—Entiendo.

—Y hoy me ha dicho que debo dejarme morder por la serpiente. Solo así me liberaré.

Viggo carraspeó y asintió con la cabeza. Pero no podía dejar de acariciarle el pelo.

Y Erin sentía esa caricia por todo el cuerpo. Se estaba volviendo una esquizofrénica, con un humor bipolar que la perturbaba... Porque él le daba miedo pero también la atraía. Era una atracción a la que no podía ponerle nombre. Porque nunca había sentido nada igual.

—Solo ha sido un sueño.

—No —ella negó con la cabeza—. No ha sido solo un sueño. Tú sabes por qué me pasa esto.

Viggo hizo un mohín como si no supiera encontrar las palabras correctas para darle una explicación coherente.

—Tu cuerpo está experimentando cambios. Tu mente intenta adaptarse a ellos emitiendo todo tipo de arquetipos.

—El niño dice que se llama... —Erin intentó pronunciar su nombre, pero por alguna razón que no entendía, no lograba vocalizarlo—. Se llama... —cerró los ojos asustada—. Genial, me parece que me está dando un ictus.

La comisura derecha de la boca de Viggo se elevó levemente. Era divertida. Y una dramas.

—Me lo dijo ayer noche. Me dijo su nombre... ¿por qué no lo puedo pronunciar?

—No te pasa nada malo. Tranquila.

Viggo se levantó de la cama y dejó de acariciarle el pelo. Erin sintió ese abandono como una pérdida terrible, y una pelota de ansiedad se concentró en su pecho. Por Dios, estaba enferma.

—Tú sabes quién es —le echó en cara.

Sí. Claro que sabía quién era. Pero contárselo sin que ella se hubiese convertido, sería peligroso. Hablar de ello estaba vetado entre personas no marcadas. De lo contrario, la Legión tendría información sobre sus orígenes. Y nadie debía saberlo. El sembrador solo permitía que se hablase de él entre miembros de su Orden. Solo permitía que hablaran de él y mencionaran su apodo a aquellos que habían aceptado su marca. A Viggo no dejaba de sorprenderle que se personara astralmente ante Erin. ¿Por qué? Solo los originales lo conocían. Todo era un misterio.

—Si quieres saber más, deberás aceptar sus condiciones.

—¿Debo dejar que me muerda la serpiente? —espetó valientemente.

—Entiendo que te incomode no saber más. Siendo escritora, debe ser una tortura para ti no poseer toda la información.

—No es por ser escritora —le aclaró—. Es porque soy una mujer a la que le han destrozado la vida en un abrir y cerrar de ojos. Y no estoy de humor para acertijos.

—En este caso —Viggo tomó la jarra de zumo y le llenó el vaso de cristal ubicado a su lado—. No son intrigas. Es por tu bien y por el bien de nuestra orden. Es complicado de entender... y de explicar. Solo se puede experimentar a través del mordisco de la mamba negra.

—Estáis locos sí creéis que voy a dejarme morder por una serpiente. Es de enfermos.

Viggo le dirigió una mirada penetrante e inquisidora.

—No tendrás más remedio. Es un pacto vinculante.

—¿Qué tipo de vampiros sois vosotros? —le increpó—. Manzanas, agricultores, serpientes... No entiendo nada. ¿Dónde están los vampiros de Transilvania? ¿Los clásicos? —Erin exhaló y se dejó caer sobre el colchón, relajada con la mirada fija en el techo.

—Tenemos un pacto, Erin —le recordó Viggo amenazador—. Estoy siendo educado y comprensivo. Mañana te llevaré con tus hermanas y enterraréis las cenizas de tu madre donde digáis. Después aceptarás lo que te está pasando y permitirás que la segunda oportunidad que le han dado a tu existencia se apodere de tu cuerpo. No te arrepentirás. Yo te llevo hasta tus hermanas. Y tú te rindes a tu nueva naturaleza.

—¿Y si no lo hago? —insinuó bravucona.

—Si no lo haces podría ser mucho peor para ti... —dejó ir el aire entre los dientes. Se acercó a ella y liberó sus pies—. Ni se te ocurra patearme —le advirtió.

—Tranquilo, no tengo fuerzas ni para parpadear.

Viggo empezó a desatar la cuerda de sus muñecas. Ambos se miraron fijamente a los ojos mientras procedía a deshacer el nudo.

—Nada es tan malo como parece, Erin. Solo tienes que aprender a ver las cosas con otro prisma. Tu negación viene a causa de todo lo que la cultura popular ha inculcado sobre nosotros. Pero no tienen ni idea. Ni se lo imaginan. No saben ni en qué mundo viven ni en qué realidad permanecen encerrados. Todo lo que leas y aprendas de la educación cultural e histórica que implantaron desde siempre en la sociedad, todo está mal. La realidad supera a la ficción siempre. No lo olvides.

—Escribo novelas. Créeme que sé que la realidad supera a la ficción con creces. —Estaba hipnotizada por el color de sus ojos, por su forma rasgada y grande, por lo limpios y puros que se veían.

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Litresdə buraxılış tarixi:
25 aprel 2025
Həcm:
430 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788417932190
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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