Kitabı oxu: «El anhelo de Dios y la fuerza de los pequeños»
Leonardo Boff
El anhelo de Dios
y la fuerza de los pequeños
Reflexiones teológicas sobre ecología, justicia social y el papel actual de la mujer

Título original: A saudade de Deus A força dos pequenos
Traducción: Óscar Madrigal Muñiz
Diseño de portada: Paola Álvarez Baldit
Diagramación: Carla Quevedo Yenque
© 2020 Ediciones Dabar, S.A. de C.V. Mirador, 42
Col. El Mirador
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ISBN: 978-607-6121-87-0
Impreso y hecho en México.
CONTENIDO
PREFACIO
PRIMERA PARTE: TEOLOGÍA PÚBLICA: FE Y POLÍTICA
1. Desplazamiento del cristianismo, del centro a la periferia
2. La propuesta de liberación del cristianismo
3. A partir de los pequeños: la nueva Teología de la Liberación
4. Una crucifixión sin fin
6. Proteger a los hermanitos invisibles, que están debajo de la tierra
SEGUNDA PARTE: LOS POBRES DESAFÍAN AL MUNDO Y A LA CULTURA
1. Los principios de una ética mundial mínima
2. La dignidad de la Madre Tierra, titular de derechos
3. El poder, sus usos y sus abusos
4. La gentileza como virtud y como paradigma
5. Los pobres desafían el statu quo
6. La violencia en la sociedad y en la naturaleza: un enigma desafiante
TERCERA PARTE: LA MISIÓN DE LAS MUJERES: GARANTIZAR LA VIDA
1. Lo femenino es primero, por encima de lo masculino
2. El Génesis replanteado: la deconstrucción del matriarcado por el patriarcado
3. Sugerencias para lograr el equilibrio entre los géneros
4.Dios: Padre maternal y Madre paternal
5. Las mujeres han despertado la dimensión anima en Jesús
6. Cuando en la Iglesia se celebraba el placer sexual
CONCLUSIÓN: EL CAMINO HACIA DELANTE
OBRAS MENCIONADAS EN ESTE LIBRO
PREFACIO
¿Qué lugar ocupamos en el conjunto de la creación?
Cada uno de nosotros tiene la edad del universo, es decir, unos 13,700 millones de años. Nos hallábamos todos, de manera virtual, en aquel puntito, más pequeño que la cabeza de un alfiler, pero repleto de energía, de materia y de información. Entonces tuvo lugar la gran explosión (el big bang), que dio lugar a las grandes estrellas rojas; dentro de ellas —como si de un horno se tratara— se formaron, a lo largo de millones de años, todos los elementos físico-químicos que conforman a todos los seres del universo, y también a nuestro ser.
Tras permanecer quietas durante miles de años, las estrellas explotaron y esparcieron sus elementos en todas direcciones. Así surgieron las galaxias, los conglomerados de galaxias, las estrellas, los planetas y nuestra amada Tierra, así como también el polvo cósmico, que sigue poblando los espacios siderales.
Somos hijos e hijas de las estrellas y del polvo cósmico. Somos, asimismo, parte de la Tierra viva que, en un momento avanzado de su evolución y de su cada vez más elaborada complejidad, llegó a sentir, a amar y a venerar. Es por nosotros que la Tierra y el universo piensan y sienten que forman parte de un gran Todo. Y nosotros podemos desarrollar conciencia de tal pertenencia.
¿Qué lugar ocupamos dentro de ese Todo? ¿Cuál es nuestro sitio en el proceso de la cosmogénesis? ¿Cómo nos ubicamos dentro de la Madre Tierra, cuya existencia alcanza ya los 4,300 millones de años? ¿Y dentro de la historia humana, que comenzó hace siete u ocho millones de años? ¿Cómo somos hoy, con tan solo cien mil años de existencia?
Todavía no nos ha sido dado responder a estas preguntas. Quizá recibamos la respuesta a través de la gran revelación que ocurre cuando damos el paso alquímico al otro lado de la vida. Ahí, espero, todo quedará claro y manifiesto. Dado que todos estamos umbilicalmente interrelacionados y formamos parte de la inmensa cadena de los seres y el entramado de la vida, nos sorprenderá conocer cuál es la posición que ocupamos en la grandiosa corriente del ser y la existencia. Caeremos —así lo creo yo— en los brazos de Dios Padre y Madre, de amor infinito e insondable bondad, dando fin a nuestro anhelo de Dios, y entregándonos a un abrazo amoroso que no conoce fin.
Todos están invitados a convivir en la Casa preparada desde la eternidad. Morir es ser llamados a encontrar y ocupar nuestro lugar en ese Hogar celestial. Pero hay ciertas condiciones para llegar a él.
Quienes necesiten misericordia debido a las iniquidades que cometieron, tendrán que pasar por la clínica purificadora de Dios, una especie de spa regenerador, hasta quedar completamente limpios. Solo entonces se abrirán las puertas de la Casa, y podrán ocupar su lugar en el designio del Misterio.
Aquellos que se dejaron guiar por el bien y por el amor, recibirán un abrazo infinito de paz y entrarán en la Casa que, sin duda alguna, es el Reino eterno de la Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Cada cual debe recorrer su propio camino por este pequeño y hermoso planeta Tierra. A continuación me permito dar testimonio de algunos pasos de mi recorrido personal.
Siendo un pequeño de pocos meses de nacido, estuve condenado morir. De acuerdo con el relato que mi madre y mis tías siempre repetían, sufría de macaquinho, expresión popular del portugués brasileño que hace referencia a la anemia profunda. Vomitaba todo lo que ingería, de manera que la gente comentaba en dialecto veneciano: Poareto, va morir, es decir: “Pobrecillo, morirá”.
Mi madre, desesperada y a escondidas de mi padre, que no creía en hechicerías, acudió a una bruja, la vieja Campanhola. Después de hacer sus rezos, la mujer le dijo: “Dele un baño con estas hierbas; cuando termine de hacer el pan, espere a que el horno se entibie y meta a su hijito en él”. Y eso fue lo que hizo Regina, mi madre: me puso sobre la pala que utilizaba para meter y sacar el pan, y con ella me introdujo en el horno. Y allí me dejó, por un buen rato.
Se produjo entonces una transformación. Tan pronto como me sacaron del horno empecé, según contaban, a buscar el seno para sorber la leche materna. Después, mi madre masticaba en su boca trocitos de alimentos más sustanciosos y me los daba. Comencé a comer y me puse fuerte. Sobreviví. Aquí estoy, oficialmente anciano, con más de ochenta años.
A lo largo de mi vida sorteé diversos peligros que pudieron terminar con ella: un DC-10 en llamas, rumbo a Nueva York; un accidente automovilístico contra un caballo muerto en la carretera, con múltiples fracturas como resultado; un enorme clavo que cayó en mi frente cuando estudiaba en la universidad de Múnich, y que seguramente me habría matado de aterrizar de lleno en mi cabeza. En otra ocasión, durante un invierno en los Alpes, caí en un profundo valle; al ver cómo me hundía cada vez más, enfundado en mi hábito marrón, los campesinos bávaros me sacaron con una larga cuerda. Y muchos otros.
Recuerdo que, al agradecer la concesión del título de doctor honoris causa en política por la universidad de Turín, de manos del notable filósofo de la democracia y los derechos humanos, Norberto Bobbio, comencé así mi discurso:
Vengo de la piedra astillada, de la profundidad de la historia, de un lugar deshabitado, montañoso y cubierto de bosques vírgenes. Mis abuelos italianos y mi familia toda desbrozaron aquellas tierras inexploradas, sembradas de abetos hasta donde se perdía la vista; era Concórdia, en los límites del estado de Santa Catarina, en el sur de Brasil.
Ellos tuvieron que luchar mucho para sobrevivir, defendiéndose de los ocelotes y otros animales salvajes. Muchos murieron por falta de médico. Después, fui ascendiendo en la escala de la evolución: los once hermanos pudimos estudiar, cursando la universidad en otras ciudades lejanas. Yo tuve oportunidad de formarme en Alemania. Ahora estoy aquí, para mi sorpresa y sin mérito especial, en esta famosa universidad.
Bobbio me pidió que hablara de cómo interpretamos la realidad de los pobres los teólogos de la liberación, toda vez que el eje central de este tipo de teología reside, precisamente, en la opción no exclusiva por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y su liberación.
Expliqué a los presentes que nosotros, teólogos y teólogas, e inclusive muchos obispos, estamos profundamente convencidos de que los pobres son portadores de una fuerza histórica capaz de influir en la gestación de otro tipo de sociedad, más incluyente y con más justicia social.
De cara a los pobres, señalé, el asistencialismo clásico o la mera caridad resultan insuficientes, porque no rompen su dependencia. Cuando se les concientiza y se les organiza, ellos pueden ser sujetos de su propia liberación. No creemos ya que nuestro trabajo sea para los pobres; por el contrario, insistimos en caminar con los pobres —siendo ellos los protagonistas y quienes tienen ese carisma—, en vivir como los pobres, soportando solidariamente todo tipo de limitaciones, incluso hambres. Esto es lo que han hecho los agentes de pastoral, los religiosos y religiosas, los sacerdotes, los teólogos y teólogas, y hasta obispos como don Pedro Casaldáliga y don Tomás Balduino, entre otros.
Percibí un gran interés entre los profesores presentes, una verdadera sorpresa ante la contribución que la Teología de la Liberación hace a la comprensión de los pobres y a su capacidad transformadora.
Para abreviar el relato de mi recorrido existencial, que ya fue largo, diré que he trabajado mucho durante mi vida. Di cursos por todos los rincones de Brasil y en el extranjero. Trabajé con recolectores de material reciclable, en favelas, en entornos pobres y en las comunidades eclesiales de base. Me adentré en lugares inhóspitos, atravesé el desierto azotado por la sequía, y recorrí los grandes ríos de la Amazonia. Hasta fui a prisión por apoyar a los pobres que ocupaban un terreno abandonado, cuyo propietario vivía en otro estado, a más de mil kilómetros de allí. Además, fui editor de dos revistas, una cultural y otra teológica, y responsable de las publicaciones religiosas de la centenaria Editora Vozes, de Petrópolis.
Dividí mi existencia en tres actividades: dar clases de teología sistemática y ecuménica; dictar incontables conferencias y cursos en los más diversos lugares y países, y abocarme a la investigación y la elaboración de textos, unos más teóricos y otros más espirituales y pastorales. Debo decir que, en toda mi vida, nunca pude tomarme descansos, porque quien escribe siempre está retrasado. Cada pequeño espacio de tiempo es empleado para cumplir los plazos prometidos.
Publiqué cerca de cien libros, cubriendo varias áreas del pensamiento, de la teología, de la filosofía, de la ética, de la espiritualidad, de la ecología… Incluso hice algunas incursiones en la literatura.
Con apenas 27 letras, resulta complicado formar palabras, construir frases y, finalmente, escribir un libro con la intrépida pretensión de mejorar este mundo y lograr que tenga algunas de las características anheladas por Jesús; un Reino en donde prevalezca el amor por encima del odio, la solidaridad por encima de la competencia, y el cuidado de la Casa Común por encima de su devastación, resaltando siempre la importancia de alimentar permanentemente el anhelo de Dios.
Cuando me preguntan a qué me dedico, respondo:
Soy un trabajador como cualquier otro, como un carpintero o un electricista. La única diferencia es que mis herramientas son muy precarias: únicamente 27 letras. Y sigo siendo un activista cultural a favor de un humanismo integral, generoso, espiritual y amigo de la vida, inspirado en el Hombre de Nazaret y en el Pobre de Asís.
“¿Y qué pretende hacer con tantas letras?” Yo respondo:
Tan solo reflexionar sobre las más grandes preocupaciones de los seres humanos, a la luz de Dios y de su Palabra; despertar el águila escondida en cada individuo, que quiere volar alto y se rehúsa a ser una gallina que se arrastra por el suelo, incapaz de levantar el vuelo. Procuro siempre, casi de manera instintiva, llegar al corazón de las personas, para inspirarles anhelo de Dios, compasión por el injusto sufrimiento de los pobres y de la naturaleza devastada, y por la exhausta Madre Tierra. Que nunca abandonen el permanente esfuerzo por mejorar la realidad, comenzando por sí mismos. Que, independientemente de la condición moral en que cada cual se encuentre, nos sintamos siempre bajo la mirada divina —más compasiva de lo que creemos—, y percibamos que estamos en la palma de la mano de Dios Padre y Madre, de infinita bondad y misericordia.
¿Han valido la pena tantos trabajos y esfuerzos, caminar en medio del pueblo, discurrir entre personas más sabias que yo, y permanecer sentado muchas horas ante la computadora, luchando por plasmar los conceptos correctos y las palabras adecuadas? A esto respondo como el poeta Fernando Pessoa: “Todo vale la pena si el alma no es pequeña”.
Me he esforzado porque no fuera pequeña. Cedo a Dios la última palabra para juzgar si fue o no lo suficientemente grande. Ahora, transcurrida la existencia, oficialmente viejo, pienso en el pasado y tengo la mente enfocada hacia la eternidad.
¿Qué lugar ocupo en el conjunto de los seres? No lo sé. Tengo curiosidad de cuándo ocurrirá el Gran Encuentro. Lo único que sé es que adopté como lema de mi peregrinación por este mundo aquello que escuché de boca de mi padre y vi realizado en su vida: “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.
Por lo demás, que sea lo que Dios quiera.
Petrópolis Pascua de 2019
PRIMERA PARTE
TEOLOGÍA PÚBLICA: FE Y POLÍTICA
1. Desplazamiento del cristianismo, del centro a la periferia
El cristianismo nació en Medio Oriente, en Palestina. Luego se difundió por el mundo, comenzando por Asia Menor, después Europa, África del Norte, la India e incluso China. Más tarde llegaría a América, con la colonización.
La expresión romano-católica del cristianismo (porque tiene distintas expresiones en Iglesias como la ortodoxa, la siriaca, la etíope y la maronita, entre otras), alcanzó su mayor fuerza y densidad en Europa. A partir de allí, siguiendo la ruta de los colonizadores, fue llevado a África y a América.
En América Latina se convirtió en uno de los factores más decisivos para la conformación de las identidades nacionales y la cohesión social. Aquí se dio una especie de fusión con las culturas indígenas originarias y con las culturas afro trasplantadas a Abya Yala (nombre indígena original de Latinoamérica), que enriqueció a toda la Iglesia. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta Iglesia colonial dejó de ser reflejo del modelo europeo, para transformarse en una fuente propia, con su liturgia, sus hábitos, sus formas de organizarse y de elaborar su teología particular.
Esta Iglesia-fuente adquirió tal vigor, que dio a luz al primer Papa surgido de la periferia del mundo, de Argentina: el papa Jorge Bergoglio, autodenominado Francisco. Bergoglio está confiriendo un estilo nuevo a toda la Iglesia. Vale la pena señalar algunos puntos relevantes, pues dotan al cristianismo de un nuevo rostro y un sorprendente interés.
El primero de ellos es la revolución ocurrida en la figura del papado, experimentada de forma personal por el propio papa Francisco. Ya no es el papa imperial con todos los símbolos heredados de los emperadores romanos paganos. Francisco se presenta como una persona sencilla, emanada del pueblo. Su primer saludo a los fieles fue: buona sera, es decir, buenas noches. Enseguida, se presentó como obispo de Roma, llamado a dirigir la Iglesia —presente en el mundo entero— con amor, y no solo con la autoridad que le compete.
Antes de dar la bendición oficial, pidió que el pueblo lo bendijera a él. Para vivir no eligió un palacio —pues eso hubiera entristecido a Francisco de Asís—, sino una casa de huéspedes, Santa Marta. Y come con el resto de sus residentes.
El segundo punto importante es que Francisco anuncia el Evangelio como alegría, como superabundancia de sentido de la existencia, y menos como un conjunto de doctrinas o disciplinas que deben asimilarse. No se trata de llevar a Cristo al mundo secularizado, porque él, en su carácter de resucitado, ya está ahí. En consecuencia, lo importante es descubrir su presencia en él, a través de la sed de espiritualidad y el anhelo de Dios evidentes en todas partes.
El tercer punto relevante es que el Papa ubica el eje de su actividad en tres polos: el encuentro con Cristo vivo, el amor apasionado a los pobres y el cuidado de la Madre Tierra. El centro es Cristo, no el Papa. El encuentro vivo con Cristo está por encima de la doctrina y la disciplina.
En lugar de denunciar el pecado del mundo y en el mundo, anuncia sin cesar la misericordia y la revolución de la ternura, como acostumbra proclamar en sus discursos.
El amor a los pobres quedó patente en su primera alocución oficial: “cómo me gustaría que la Iglesia fuera una Iglesia de los pobres”. Fue al encuentro de los refugiados de África que arribaban a la isla Lampedusa, en el sur de Italia. Allí expresó duras palabras contra cierto tipo de civilización moderna, que perdió el sentido de la solidaridad y ya no sabe llorar el sufrimiento de sus semejantes.
Disparó la alerta ecológica con su encíclica Laudato Si’. Sobre el cuidado de la Casa Común (2015), dirigida a toda la humanidad. En ella evidenció una clara conciencia de los riesgos que corren el sistema-vida y el sistema-Tierra. Debido a ello, lleva su discurso ecológico más allá del ambientalismo, para proponer una ecología integral que englobe lo ambiental, lo político-social, lo mental y lo espiritual.
Francisco ha expresado enfáticamente que debemos hacer una revolución ecológica radical, uniendo el grito de los pobres con el clamor de la Tierra. Nos invita a sentir como nuestro el dolor de la naturaleza, puesto que todos estamos interrelacionados y formamos parte de una red. Su convocatoria es a “alimentar una pasión por el cuidado del mundo… una mística que nos anime […], nos impulse, nos motive, aliente y dé sentido a la acción personal y comunitaria” (n. 216).
El cuarto punto significativo tiene que ver con el hecho de que Francisco no pugna por una Iglesia como castillo de puertas cerradas, rodeado de enemigos por todos lados, sino más bien por una especie de hospital de campaña que acoge a todos sin distinción, sin prestar atención a la extracción de clase, al color o a la religión. Otra de sus expresiones recurrentes es Iglesia en salida, en referencia a una Iglesia en permanente apertura a los demás, particularmente a las periferias existenciales extendidas por el mundo entero. Una Iglesia que debe dar aliento, infundir esperanza y mostrar un Cristo que vino a enseñarnos a vivir como hermanos y hermanas, en el amor, en la igualdad, en la justicia, abiertos al Padre, que tiene características de Madre de misericordia y de bondad.
En resumen, Francisco muestra una clara conciencia de que el Evangelio se opone a los potentados de este mundo, que acumulan riquezas materiales hasta el absurdo, dejando en una enorme miseria a buena parte de la humanidad. Vivimos en un sistema que gira en torno al dinero, que sacrifica a los pobres y saquea los bienes y servicios de la naturaleza. Contra todos ellos, el Papa expresa las más duras palabras. Dialoga con todas las tradiciones, dejando de lado antiguas polémicas. Por ejemplo, entre los participantes en el rito del lavatorio de pies del Jueves Santo de 2019, estuvo una niña musulmana.
El Papa quiere ecuménicamente a todas las Iglesias, con sus diferencias, pero unidas para servir al mundo, en particular a los más desamparados. En este sentido, refuerza el conocido ecumenismo de la misión.
Desde nuestro punto de vista, con este Papa “venido del fin del mundo” se da por terminada una Iglesia occidental e inicia una Iglesia universal, congruente con la fase planetaria de la humanidad. Su reto es encarnarse en las diversas culturas y construir un nuevo rostro a partir de ellas mismas y de la riqueza inagotable del Evangelio.
Por mi parte, aventuro la hipótesis de que este Papa, llegado desde fuera del aparato administrativo de la curia vaticana y de la antigua cristiandad europea, será germen de una nueva genealogía de pontífices provenientes de la periferia, en donde el cristianismo es vivo y creativo.
Únicamente 24 por ciento de los católicos vive en Europa; 62 por ciento reside en América, y el resto se halla en África y Asia. El futuro de la Iglesia romano-católica —incluso desde una perspectiva numérica— está jugándose en los países periféricos que, hasta hace poco tiempo, llamábamos Tercer o Cuarto Mundo. El cristianismo de las naciones europeas da muestras de cansancio histórico; casi diría que parece estar viviendo una lenta e inevitable agonía. Difícilmente surgirá de ahí algo nuevo e innovador.
En otras partes del mundo, la experiencia cristiana está creciendo y enriqueciéndose con nuevos y sorprendentes hechos. Es ahí en donde está el porvenir. Por lo tanto, es justo que de ahí salgan los futuros Papas que animarán la fe de los católicos y demás cristianos, y despertarán la conciencia de la humanidad respecto de su responsabilidad con el futuro de la Casa Común y de nuestra propia civilización.
2. La propuesta de liberación del cristianismo
Conocemos las peripecias que ha atravesado el cristianismo oficial a lo largo de la historia, casi siempre relacionadas con los poderes establecidos, algunos autoritarios (como en el caso de los reyes y príncipes europeos) y, entre nosotros, incluso regímenes dictatoriales (como el de Pinochet en Chile, o el de Videla en Argentina), pero rara vez con los gobiernos democráticos y populares.
En este contexto, no son pocos los que sinceramente se preguntan: En realidad el cristianismo es capaz de ser una fuerza liberadora de los oprimidos de la historia? Existe la posibilidad de que emerja un cristianismo de liberación, inspirado en la práctica liberadora de Jesús de Nazaret? ¿Cuál sería su propuesta fundamental?
Con razón, se argumenta: acaso este cristianismo no es heredero de un preso político que fue perseguido, calumniado, considerado un subversivo político, encarcelado, torturado y sentenciado a la cruz debido a su liberalidad frente a las tradiciones religiosas opresoras, y por haber privilegiado claramente a quienes estaban al margen del sistema imperante, a los oprimidos y sufrientes de este mundo? Esta pregunta resulta inquietante, y deja a las casi siempre poderosas instituciones eclesiásticas con una mala conciencia.
Sin embargo, podemos hacer referencia a figuras y movimientos ejemplares que dieron importancia a los pobres, como el pauperismo del siglo xiii, dentro del cual surgirían las personalidades de san Francisco de Asís, Santo Domingo, los Siete Florentinos, los Siervos de María, etcétera. Más tarde emergerían san Camilo de Lelis, san Juan Bosco, la Madre Teresa de Calcuta, la Hermana Dulce, san Óscar Arnulfo Romero, don Hélder Cãmara, la religiosa Dorothy Stang, y tantos más del pasado y del presente.
A pesar de esta legión de personajes notables en el amor desinteresado y valiente hacia quienes carecen de nombre y de voz, que vivieron el sueño libertario de Jesús hasta el punto de sacrificar, algunos de ellos, sus propias vidas, la imagen que proyecta el Cristianismo en el panorama general de las consideraciones políticas, es la de una gran institución jerárquica, con poder centralizado, monárquica, conservadora en lo moral y ambigua en lo político, muchas veces comprometida social, económica y políticamente con los poderosos.
En tiempos recientes, gracias a figuras como san Juan XXIII (“el Papa bueno”) y Francisco, y a una Iglesia con preferencia por los pobres pero abierta a todos, gracias a una perspectiva de liberación y a una ecología integral, esta imagen se está transformando para adquirir un perfil más inspirador y confiable. Tal aspecto se reveló a partir de la periferia del mundo, de América Latina y de África, pero también de los países centroeuropeos y de Estados Unidos. Es importante reconocer la irradiación universal proyectada por el papa Francisco, emergido del Gran Sur, y del caldo cultural de la Teología de la Liberación latinoamericana.
2.1. El cristianismo como movimiento y como institución
En un intento por dar una forma más sistemática a nuestras reflexiones, podemos afirmar que el cristianismo puede verse desde dos perspectivas distintas.
Por un lado, es una gran institución llamada Iglesia (o Iglesias), que se organiza de manera jerárquica en torno al poder sagrado, y que tiene al Papa, en el caso de la Iglesia romano-católica, como cabeza del clero (obispos, sacerdotes) y líder de la masa de los fieles.
La otra perspectiva ve al cristianismo como el camino de Jesús, como el movimiento encabezado por él, o como el seguimiento del Jesús histórico.
a) El cristianismo original: más movimiento que institución
Este movimiento de Jesús, como se le presenta sobre todo en los Hechos de los Apóstoles, no se refiere a una doctrina; más bien, implica un cierto modo de ser y de dar sentido a la vida. No se constituye como una institución, sino como un movimiento caracterizado por un conjunto de valores, actitudes, sueños y utopías que dan un rumbo altamente estimulante a la existencia. Más que una religión, es una espiritualidad o un camino espiritual.
Los valores mencionados se revelan, fundamentalmente, en el amor, la compasión, la sensibilidad respecto de los sufrientes de este mundo, la solidaridad, la aceptación de las diferencias y la apertura a lo Sagrado y a lo Trascendente, sin que ello signifique necesariamente la adhesión a una determinada confesión religiosa, aunque puede ocurrir así. Esta es una perspectiva humanista. Son muchos los que, por admiración a Jesús, la asumen, ya sea dentro o fuera de alguna adscripción religiosa.
b) La práctica liberadora del carpintero de Nazaret
La Teología de la Liberación solo puede ser adecuadamente entendida como una forma de seguimiento del Jesús histórico y de los acontecimientos de su existencia.
Jesús fue un profeta ambulante, gran narrador de historias, de las cuales extraía sabias enseñanzas. Carpintero de origen, en un momento dado de su vida sintió un fuerte llamado de Dios a salir a pregonar una gran esperanza: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,14). El Reino representa la gran utopía de una revolución total, que comienza en los seres humanos llamados a vivir el amor incondicional, el perdón, la compasión por los débiles y hechos invisibles, y a una radical apertura a Dios, a las relaciones sociales y a un significado más pleno del universo.
En un día sábado, Jesús entra en una sinagoga y anuncia su proyecto, inspirado en un texto del profeta Isaías: “llevar buenas nuevas a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos, a los ciegos que pronto van a ver, y despedir libres a los oprimidos” (Lc 4,18). Y pone en práctica lo que anuncia; aquí se hace presente la dimensión social del Reino: cura a los enfermos, sacia a la muchedumbre hambrienta con la multiplicación de los peces, consuela a quienes sufren, resucita muertos y libera a la gente del peso de costumbres opresoras… todo en nombre del sentido común y del amor. En una palabra: “pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos” (Hch 10,39; Mc 7,37). Además, pone de manifiesto su poder sobre las fuerzas de la naturaleza, como cuando apacigua la tempestad en el lago Genesaret.
En Jesús de Nazaret identificamos dos pasiones: por Dios y por los pobres. Jesús nos presenta una imagen de Dios totalmente distanciada de la tradición. Su Dios no es el del castigo, sino el de la misericordia, hasta el punto de proponer que amemos a nuestros enemigos (Lc 6,35). Por otro lado, anuncia con toda claridad que vino a salvar especialmente a quienes se sentían perdidos, y nos habla de Dios con un tono de intimidad, llamándolo Abba, papito querido. Quien se refiere a Dios como Padre, solo puede ser su Hijo amado.
Ese Dios-Abba libera al pueblo de la carga de tradiciones que lo oprimían y dejaban abiertas las puertas al fariseísmo y la hipocresía. Se trata de un Padre con características de madre, como la gallina que cuida a sus polluelos y acoge al hijo pródigo que estaba perdido y regresó (Lc 15,11-32).
La otra pasión de Jesús son los pobres y los que han sido lanzados a la marginalidad. Respecto de ellos, dice: “Felices ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios… Felices los que tienen hambre, los que lloran, los que son odiados, los que sufren insultos” (cf. Lc 6,20-26). Hace que los cojos caminen y los ciegos vean, limpia a los leprosos y resucita a los muertos, como Lázaro, la hija de Jairo y otros. Se acerca a una prostituta como María Magdalena, defiende a una adúltera amenazada con la lapidación, habla con una mujer extranjera como la samaritana, todo lo cual estaba prohibido en la época. Se toma la libertad de abandonar las tradiciones y dejar de lado las leyes consagradas, siempre en nombre del amor al prójimo y del Dios de la misericordia. Toda su práctica puede resumirse en esta frase: “Todo el que el Padre me ha dado vendrá a mí, y yo no rechazaré al que venga a mí” (Jn 6,37).
Por último, cabe preguntarnos: ¿Cuál fue la intención original de Jesús? ¿Qué es lo que quería, en última instancia, cuando anduvo entre nosotros? Él responde a estos cuestionamientos a través de una oración: el Padrenuestro. En ella hay dos movimientos: el impulso hacia lo alto, hacia el Padre nuestro, su voluntad y su proyecto, el Reino; y el impulso hacia abajo: el pan nuestro, el perdón y la victoria sobre el mal.
Pongamos atención: Jesús no dice Padre mío, sino Padre nuestro; no dice pan mío, sino pan nuestro. Más que al individuo (yo), se dirige a la colectividad (nosotros). Su intención original fue que conjugáramos esos dos movimientos: Padre nuestro con pan nuestro; el cielo con la tierra; la trascendencia con la inmanencia.
Únicamente quien mantiene unidos el Padre nuestro y el pan nuestro puede decir Amén y sentirse parte de la herencia de Jesús. Si no unimos estas dos realidades fundamentales, los dos anhelos del ser humano —el insaciable por Dios-Padre y el concreto por el pan—, estaremos lejos del Jesús verdadero, de aquel que recorrió las pedregosas calles de Palestina, enseñándonos a vivir y a convivir.
Es importante hacer hincapié en el destino trágico de Jesús: como consecuencia de su desapego de las tradiciones, de su preferencia por los pobres y sufrientes, y de su nueva visión de Dios-Abba, se ve sujeto a todo tipo de difamaciones, persecuciones y amenazas de muerte. Se le interponen entonces dos procesos, uno político, ante las autoridades romanas, y el otro religioso, ante las autoridades judías. Condenado, fue torturado y, por último, recibió el castigo que se daba a los rebeldes y a los subversivos: la crucifixión.
A diferencia de lo que suele decirse, el Padre no quiso la muerte de Cristo. De ser así, quedaría destruida la imagen de Dios-Papito querido que Jesús nos transmitió. Lo que al Padre le interesaba, eso sí, era su fidelidad, la persistencia de su mensaje, aun cuando eso implicara su aniquilación. La muerte le fue impuesta como consecuencia de su mensaje y de su práctica, intolerables para las autoridades de su tiempo.
La resurrección es algo más que la mera reanimación de un cadáver. Implica el florecimiento pleno de todas las virtualidades escondidas en su interior (y en el nuestro). Por tal razón, san Pablo lo califica como el “nuevo Adán” (1 Co 15,45), la nueva humanidad que venía gestándose lentamente pero que, con la resurrección, vio la luz. Esta nueva humanidad fue anticipada por el resucitado, pues no creció hierba sobre su sepultura. La resurrección es una revolución en la evolución y una insurrección contra la justicia de los hombres, que mata únicamente a quien se limitó a pregonar y hacer el bien.
2.2. Los padres fundadores de la Teología de la Liberación
Las experiencias de Jesús, vivo, libertador, condenado, torturado, asesinado, sepultado y resucitado, constituyen la fuente de donde nace la Teología de la Liberación.
En un primer momento, la Teología de la Liberación surgió de un choque existencial: el encuentro del Crucificado en los millones de hermanos y hermanas también crucificados, pobres, negros y negras, indígenas, quilombolas,1* desempleados, hambrientos, enfermos y caídos en los caminos de la vida. La teología vio en todos ellos una reiteración de la crucifixión de Jesús.
Así pues, lo que ocurrió fue una experiencia espiritual primigenia: ver al Crucificado en los crucificados de la historia. La reacción inmediata es la cólera sagrada: “¡No se puede tratar así a los hijos y las hijas de Dios! Esta deshumanización es inaceptable. Tenemos que hacer lo que sea necesario para bajarlos de la cruz”.
En ese “lo que sea necesario” no podemos incluir el asistencialismo piadoso ni el paternalismo solidario. La estrategia es generosa pero, a fin de cuentas, ineficaz, porque los mantiene a expensas de la caridad de los demás.
El pobre nunca es simplemente pobre; piensa, inventa caminos de supervivencia y sabe. Únicamente los ignorantes creen que los pobres son ignorantes. Por el contrario, tienen oculta una fuerza histórica de liberación. Para ponerla en práctica, es imprescindible que se hagan conscientes de que su pobreza no es algo natural ni deseado por Dios, sino el resultado de un conjunto de relaciones político-económico-culturales que los llevan a la miseria y a la opresión, de las cuales deben buscar su emancipación.
Tal emancipación ocurrirá únicamente si, una vez concientizados, los oprimidos crean sus movimientos, sus organizaciones y articulaciones para ganar fuerza (empoderarse) e impulsar una práctica liberadora, de la cual son ellos los protagonistas principales. Solo es verdadera la emancipación que es dirigida y lograda por los propios oprimidos, convertidos en sujetos de su práctica transformadora.
Aquí entra en juego la inspiración de Jesús, el liberador. Marx no fue el padre ni el inspirador de la Teología de la Liberación. Fueron Jesús, la tradición profética y el ejemplo de los apóstoles, entre quienes, en un principio “nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común… y lo repartían según las necesidades de cada uno” (cf. Hch 4,32-35).
Como la enorme mayoría de los oprimidos son cristianos, al comenzar a leer los textos evangélicos se dieron cuenta de que Jesús fue uno de ellos, un pobre como ellos, que tomó la opción por los pobres, que actuó siempre con la idea de superar todas las discriminaciones y liberar del sufrimiento al ser humano. Y lo hizo anunciando que este es el proyecto del Padre bueno, llamado Reino de Dios.
Ese Reino comienza ya, aquí, en la historia, pues está hecho de amor, de justicia, de solidaridad y de apertura al Dios que abomina toda opresión y se presenta como Dios de la vida, “el apasionado amante de la vida” (Sab 11,24). Los pobres son llamados a construir, aquí y ahora, esos bienes del Reino de Dios, practicando la solidaridad entre ellos, e incluso instaurando una política y un gobierno que den centralidad a los desvalidos y maltratados, y generen proyectos sociales que atiendan sus carencias básicas.
2.3. Del asistencialismo al proceso de liberación
Esta visión inspirada en Jesús liberador dio pábulo al surgimiento de prácticas que ya no fueran asistencialistas y paternalistas, sino efectivamente liberadoras, a través de un sinnúmero de movimientos sociales creados por los mismos pobres. Nacidos de la fe, y muchos de ellos en el seno de las Iglesias, tuvieron un efecto no solamente religioso, al generar cristianos participativos, sino también político, al gestar ciudadanos conscientes y empeñados en la conquista y cristalización de sus derechos, en el marco de una sociedad diferente, inclusiva, justa y solidaria.
Esos pobres, concientizados y organizados, conquistaron para su causa a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y también a laicos y seglares. Lograron que asumieran como propias sus luchas justas, humanitarias e inspiradas en la práctica liberadora de Jesús. Al mismo tiempo, se percataron de que el Jesús histórico estaba en la línea de los profetas bíblicos del Antiguo Testamento (llamado también Primer Testamento), los cuales denunciaron la opresión de los pobres, de los campesinos y de las viudas, y anunciaron su liberación, base de la justicia, del derecho y de la paz.
De este pensamiento teológico y social surgió la Teología de la Liberación, primero como práctica pastoral e histórica, y más tarde como reflexión espiritual y teológica.
Siempre es importante subrayar que el eje central y decisivo de la Teología de la Liberación es la opción por los pobres, contra la pobreza y por la justicia social. Sin esta centralidad en los pobres y contra su miseria, no se puede hablar de Teología de la Liberación. Se trata del punctus stantis et cadentis de este tipo de teología, es decir, su punto decisivo y definidor.
Esta opción estaba ya presente en la Conferencia de los Obispos Latinoamericanos (CELAM) efectuada en Medellín (1968). Fue su bautismo. Sin embargo, tuvo que esperar su confirmación hasta la Conferencia de los Obispos Latinoamericanos celebrada en Puebla (1979).
La Iglesia tuvo siempre especial cuidado de sus pobres, pues ellos forman parte de la esencia del Evangelio (cf. Gál 2,10) pero, de acuerdo con el estado de conciencia de la época, su atención tomaba los derroteros de la caridad, sin analizar ni pretender transformar las estructuras sociales y políticas que no dejan de producir y perpetuar la pobreza. A partir de la Iglesia de la liberación y su Teología de la Liberación, se avanzó en el reconocimiento de que la miseria es resultado de la injusticia social estructural. Así, la pobreza exige una transformación estructural, que se desarrolla mediante la fuerza histórica de los propios pobres, víctimas del sistema que los hace tales. Pudieron entonces contar con el apoyo de las Iglesias y de todos aquellos que asumieron la opción no exclusiva, sino preferencial, por los pobres y por su liberación. No hay una verdadera opción por los pobres si no existe amor a ellos, a su mundo, a su cultura y a su forma de dirigirse a Dios.
Esta Teología de la Liberación no es una disciplina más; por el contrario, es un modo distinto de hacer teología. De hecho, creó un método: ver, juzgar, actuar y celebrar, heredado de la Acción Católica. Ver la realidad conflictiva que castiga a las grandes mayorías. Juzgar las causas que producen tal pobreza e injusticia, y denunciarlas, a la luz de la fe, como un pecado social y estructural. Actuar de manera organizada, ya sea en la Iglesia o en la sociedad, para dar lugar a una liberación concreta. Celebrar las conquistas alcanzadas como un adelanto del Reino de Dios, posible dentro de la historia.
En vista de que hay muchas formas de opresión, existen también numerosos caminos de liberación. En consecuencia, surgieron distintas tendencias de este tipo de teología: una Teología de la Liberación de los trabajadores explotados, de los indígenas que ven amenazada su existencia, de los negros tradicionalmente humillados y condenados a las periferias, de las mujeres oprimidas durante siglos por la cultura patriarcal y machista dominante en todo el mundo, y de aquellos que tienen una condición sexual diferente, englobados en la comunidad LGBT. Allí donde hay un clamor de los oprimidos, se hace presente un Dios que renuncia a su trascendencia y dice: “he descendido para liberarlos de las manos de los opresores” (Ex 3,8).
2.4. Un paso adelante en la liberación: liberar a la Tierra
En los años recientes, debido a los grandes trastornos climáticos y a los efectos dañinos del sistema industrial que explota en demasía la naturaleza, los cristianos se dieron cuenta de que la Madre Tierra está siendo devastada, hasta el punto en que las bases físico-químicas y ecológicas que sustentan la vida están seriamente amenazadas. Nuestro planeta es el gran pobre, la víctima de la ambición de acumular bienes materiales. En consecuencia, por mera coherencia, hay que incluir a la Madre Tierra dentro de la opción por los pobres, como la víctima suprema que grita y clama por su liberación. Ella también debe ser bajada de la cruz y ser resucitada.
Quien universalizó esta opción fue el papa Francisco, en su encíclica de 2015, Laudato Si’. Sobre el cuidado de la Casa Común. En ella nos ofreció una ecología de la liberación integral, más que meramente ambiental, al cubrir las dimensiones social, política, cultural, mental y espiritual. Francisco mostró que todas las cosas están inter-retro-relacionadas bajo el arco iris de la gracia divina, la mayoría oprimida, reclamando una liberación integral (cf. L. Boff, Ecologia: grito da Terra – grito dos pobres, Dabar, 2011).2*
Nacida en América Latina, la Teología de la Liberación se difundió por todo el mundo, donde los cristianos y las Iglesias se han percatado de que la liberación forma parte del seguimiento de Jesús y del Evangelio. Por su alto sentido ético y espiritual, la Teología de la Liberación se ganó la credibilidad en las Iglesias. Hoy se trata, posiblemente, de la teología más activa, creativa y desafiante de la conciencia universal de los cristianos y de la gen te sensible al sufrimiento humano, que dejó atrás la indiferencia y adoptó la causa de la liberación de los oprimidos.
En última instancia, lo que cuenta de verdad no es la Teología de la Liberación, sino la liberación concreta de los pobres y oprimidos, que es el gran sueño humanitario. Para quienes profesan la fe cristiana, esta corriente teológica forma parte del designio de Dios respecto de la ternura hacia los humildes, la aspiración de Jesús por un Reino de justicia, solidaridad y amor incondicional. La libertad, que estaba presa y ahora queremos rescatar, constituye el bien más preciado del Reino de Dios, que está ya en medio de nosotros y crecerá hasta la consumación de nuestra historia.
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