Kitabı oxu: «Desiguales»
Leonardo Gasparini
DESIGUALES
Una guía para pensar la desigualdad económica

Hay pocos temas tan actuales y urgentes como la desigualdad. Está en el centro del debate económico y político de nuestras sociedades, y caracteriza el perfil de la Argentina y del resto de América Latina. Al mismo tiempo, es terreno fértil para debates ideológicos, que suelen proponer diagnósticos sesgados y soluciones ingenuas o voluntaristas. Como en cualquier otro ámbito, el enfoque más honesto es el que aborda esta discusión apoyándose en hechos, en datos y en argumentos claros.
Esto es exactamente lo que hace Leonardo Gasparini en este ensayo excepcional. Basado en resultados de investigaciones recientes, discute el concepto de desigualdad, las formas de medir las disparidades económicas, sus causas y consecuencias, su historia. Examina la evidencia y el debate de la política sobre este fenómeno, el papel del Estado, la importancia de la educación, los desafíos frente al cambio tecnológico, señalando las discrepancias y también los consensos. En las antípodas de los discursos demagógicos, Desiguales, por su precisión y su contundencia, por su análisis matizado, es el libro indispensable para ayudar a pensar este problema acuciante, de cuya solución depende el bienestar de las sociedades en el siglo XXI.
Gasparini, Leonardo
Desiguales : una guía para pensar la desigualdad económica / Leonardo Gasparini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-674-9
1. Ensayo Sociológico. I. Título.
CDD 305.51
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición: marzo de 2022
Edición en formato digital: marzo de 2022
© Leonardo Gasparini, 2022
© de la presente edición Edhasa, 2022
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ISBN 978-987-628-674-9
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Epígrafe
Dedicatoria
Prefacio Agradecimientos
Capítulo 1. Desigualdades aceptables e inaceptables Pobreza y desigualdad Los efectos nocivos de la desigualdad Desigualdad y crecimiento Hablemos de fútbol De la desigualdad a la pobreza Desigualdad e inequidad Desigualdades aceptables Igualdad de oportunidades Alternativas justas Todo tiene un límite Desigualdad y progreso I Desigualdad y progreso II En resumen
Capítulo 2. Midiendo diferencias ¿Desigualdad de qué? ¿Y la riqueza? ¿Desigualdad entre quiénes? Capital vs. trabajo La distribución personal Las encuestas ¿Dónde están los multimillonarios? En defensa de las encuestas Diseccionado una distribución La desigualdad en un número Clases
Capítulo 3. La región más desigual del mundo ¿La región más desigual? El exceso de desigualdad Desigual también en oportunidades ¿Y los países desarrollados? Estamos mal pero ¿vamos bien? Más allá del ingreso El resto del libro
Capítulo 4. Los orígenes de la desigualdad Desigualdad en animales Un Edén igualitario La mayor revolución de la historia Una historia de desigualdades Desigualdad entre naciones América Latina
Capítulo 5. La carrera entre la educación y la tecnología Brechas por calificación Oferta y demanda La carrera entre la tecnología y la educación Robots vs. humanos Progreso tecnológico y desigualdad Desigualdad educativa Escolarización Una educación de calidad Un círculo vicioso ¿Cómo hacer la revolución educativa? Educación temprana En resumen
Capítulo 6. Políticas, normas, genes y más ¿Maximizar el mínimo? La unión hace la fuerza Culpando a la informalidad Mujeres trabajando Normas sociales Un poco de rock’n roll Normas sociales y supermanagers Capital social y segregación Productividad Explotación y plusvalía Big five Una perspectiva inquietante
Capítulo 7. El capital Las formas del capital Capital y desigualdad La dinámica del capital Tasa de interés y acumulación de riqueza La carrera entre r y g “Combatiendo al capital” 1: reducir su retorno “Combatiendo al capital” 2: reducir su desigualdad Reforma agraria Capital para todos Lo que se hereda… Fomentando el capital El crédito Los microcréditos “Combatiendo al capital” 3: el socialismo Una cuestión de incentivos No solo incentivos
Capítulo 8. El Estado de Bienestar ¿Egoísta yo? Remesas El Estado de Bienestar La evolución del gasto público “No se nota” Educación Salud Seguridad social El nuevo pilar de la protección social Los efectos ¿Por qué no antes? ¿Por qué no más? ¿Y los desincentivos laborales?
Capítulo 9. Progresivamente progresivos La lección del poll tax Progresividad El camino de lo complejo Tamaño Estructura Impuestos indirectos Impuestos directos Evasión El mejor impuesto es el que se recauda La incidencia de impuestos y gastos El faro de los países desarrollados Progresivamente progresivos
Capítulo 10. El papel de la demografía Ingresos y fecundidad Fecundidad y desigualdad Política demográfica Instrumentos Anticoncepción y aborto Fecundidad y desigualdad de género Timing del embarazo Emparejamiento Migraciones Perfil etario El bono demográfico
Capítulo 11. Macro determinantes ¿Alcanza con crecer? El sube y baja del ciclo económico No todo el que busca encuentra La inflación como impuesto regresivo Efecto Olivera-Tanzi Cambio, cambio Tiempos difíciles No enfermarse
Capítulo 12. Estructura Estructuralismo Contenido factorial Una estructura cambiante ¿Vivir con lo nuestro? Precios e ingresos Otros mecanismos La globalización al banquillo La transición Apoyando la transformación Viento de cola (o de frente) Condiciones externas
Capítulo 13. Preferencias y política Preferencias distributivas Intereses ¿Qué lugar ocupas en la distribución? El túnel de Hirschman ¿Hermandad latinoamericana? Altruismo Desigualdad objetiva y percibida ¿Cómo funciona el mundo? La biología Información Política y economía Democracia En conclusión
Capítulo 14. En resumen Evolución, revolución, inacción Cuatro objetivos Un camino largo y sinuoso
Referencias bibliográficas
Sobre el autor
La desigualdad está en el centro del debate económico y político de nuestras sociedades. Las discusiones sobre temas distributivos, genuinamente afectadas por valores e ideologías, resultan más productivas cuando se apoyan en hechos, en datos y en argumentos claros. Este libro, basado en resultados de investigaciones recientes, discute el concepto de desigualdad, las formas de medir las disparidades económicas, sus causas y consecuencias, y examina la evidencia y el debate de política sobre este fenómeno que, como pocos, caracteriza el perfil de las sociedades de América Latina.
El asunto de la distribución de la riqueza es demasiado importante como para dejarlo solo en manos de los economistas, los sociólogos, los historiadores y los filósofos.
Thomas Piketty
A mi abuela
Prefacio
En todas las sociedades del mundo, desde las antiguas a las modernas, el ingreso, la riqueza y las oportunidades económicas están distribuidos de manera desigual. La desigualdad es una característica distintiva de las formas de organización humana, al menos desde el surgimiento de la agricultura hace más de diez mil años. Tan antigua es la desigualdad económica como la rebeldía frente a su existencia. A lo largo de la historia las brechas injustificadas en el ingreso y la riqueza han despertado descontentos sociales y alimentado revoluciones y transformaciones políticas.
Esas reacciones son entendibles: la aversión a la desigualdad está grabada en nuestros cerebros. De hecho, los científicos han identificado un área de la corteza prefrontal que pareciera estar estrechamente vinculada a nuestros juicios de valor sobre la desigualdad. Más allá del efecto que a lo largo de nuestras vidas tendrán las experiencias y el ambiente que nos rodea, venimos programados de fábrica para reaccionar contra las desigualdades que percibimos injustas.
La desigualdad no es una característica más de la organización de las sociedades humanas. Se trata de un rasgo sobresaliente y controversial. Los temas distributivos brotan de casi todas las discusiones políticas y económicas y generan opiniones, muchas veces encendidas, aun en personas que se muestran indiferentes o se reconocen iletradas frente a otros asuntos. Esas opiniones provienen en parte de nuestras preferencias, condicionadas por la genética y modeladas por la cultura y la historia personal, y en parte de nuestros intereses, determinados por la posición social que ocupamos. La postura que alguien toma sobre la desigualdad, sus opiniones respecto de sus causas y su posición frente a las políticas para reducirla revelan con bastante precisión sus valores y su ideología. La famosa distinción política entre derecha e izquierda está en gran parte marcada por la postura frente a este fenómeno. Insisto: son pocos los temas que atraviesan todas las discusiones sociales y políticas como lo hace la desigualdad; pocos los temas que son a la vez tan centrales y tan controversiales. La pobreza, por ejemplo, es un tema al menos tan relevante, pero despierta muchas menos controversias: el objetivo de pobreza cero podría ser suscripto por todo el espectro político, mientras que un acuerdo semejante en temas distributivos sería impensado. La meta número 1 de los famosos Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, firmados por todos los líderes mundiales en 1990 y en 2015, es muy clara: erradicar la pobreza en todas sus formas en el mundo. La meta sobre desigualdad queda relegada al número 10 y su enunciado es mucho más ambiguo.
Las diferencias de opinión sobre temas distributivos tienen un componente irreductible. Cada persona sostiene una idea de justicia y un paradigma de sociedad diferente, y en función de esos ideales evalúa las distintas situaciones y políticas del mundo real a su manera. Es importante entonces reconocer desde el inicio una premisa: la desigualdad es un tema opinable que depende genuinamente de juicios de valor, de posturas ideológicas y de subjetividades, por lo que resulta ilusorio pretender un acuerdo total. Aun después de un debate transparente y racional, y dejando de lado intereses particulares, es muy probable que persistan diferencias al evaluar una situación o una política en términos de su equidad distributiva.
Pero reconocer subjetividades no implica admitir que cualquier opinión es válida: los pareceres deben construirse sobre una realidad objetiva que hay que intentar conocer con la mayor rigurosidad posible. El intercambio de posturas sin procurar conciliar el lenguaje, especificar los conceptos e identificar los rasgos de la realidad sobre la que se opina es un ejercicio retórico improductivo. Es posible que algunas discrepancias se moderen y los consensos se vuelvan más factibles si cada bando comprende el lenguaje del otro y se comparte evidencia acerca de los hechos básicos.
El objetivo de este libro es contribuir a un debate más racional e informado sobre la desigualdad económica en América Latina, acercando al lector un conjunto de conceptos, ideas, argumentos, hipótesis, datos y resultados de investigaciones recientes sobre la desigualdad en la región. El libro comparte la convicción de que los esfuerzos por ser más precisos en las definiciones y los conceptos, por desarrollar mejores mediciones de los fenómenos y por entender mejor los intrincados mecanismos de la realidad no eliminan las divergencias de opinión e intereses, pero contribuyen a discusiones más transparentes y productivas.
Este libro está lejos de ser exhaustivo y recoge solo una muestra de un campo de estudio en el que convergen especialistas de muchas disciplinas. De hecho, al ser escrito por un economista especializado en evidencia empírica cuantitativa, tiene ciertas limitaciones obvias; en particular, son escasas (aunque no inexistentes) las referencias a la literatura sociológica, a los resultados cualitativos y a los estudios de casos. Estas falencias son producto en parte de las limitaciones del autor, pero el descargo no es desestimable: la enorme complejidad de los temas sociales hace que sea muy difícil proveer una mirada abarcativa; las distintas disciplinas por lo general hacen aportes profundizando en ciertas áreas, enfoques y metodologías, y necesariamente descuidando otras. Este libro debe ser visto entonces como una contribución desde la Economía al conocimiento y debate de un problema muy complejo —la desigualdad— sobre el que otras disciplinas también realizan aportes valiosos.
Este libro está escrito en un tono informal; lo más informal que me ha salido luego de treinta años dedicados al rigor de la academia. Ese tono exige deshacerse de muchos recursos típicos de un trabajo científico: referencias, ecuaciones, definiciones, estadísticas, gráficos, notas al pie de página. Habrá seguramente lectores exigentes que extrañen esas rigurosidades. Para ellos, y para el resto de los lectores curiosos, el libro está acompañado por un sitio web donde se documenta lo que en el texto se afirma a la ligera.*
El libro comienza en el capítulo 1 (Desigualdades aceptables e inaceptables) con algunas preguntas básicas: ¿qué es la desigualdad?, ¿por qué nos preocupa? Se trata de interrogantes que en la superficie parecen de respuesta simple, pero basta notar la cantidad de filósofos y científicos sociales que han escrito sobre el tema para reconocer la dificultad conceptual detrás de esas preguntas.
La etapa que sigue a la discusión conceptual es la de medición. Conocer cuál es el nivel de desigualdad de un país, monitorear sus cambios en el tiempo y compararlos con los de otras sociedades es parte fundamental del diagnóstico y de cualquier estrategia para atacar el problema. El capítulo 2 (Midiendo diferencias) describe las fuentes de información y metodologías disponibles para medir la desigualdad económica, y alerta sobre sus limitaciones. Más allá de la metodología empleada, en todas las mediciones mundiales hay un hecho que resalta: la desigualdad en América Latina es elevada comparada con casi todas las regiones del mundo. El capítulo 3 (La región más desigual del mundo) pasa revista a la evidencia, tanto actual como histórica, sobre las desigualdades económicas en Latinoamérica y las ubica en el contexto internacional.
¿De dónde proviene la alta desigualdad en América Latina? Responder esta pregunta compleja nos remite a una cuestión precedente de mayor dificultad: ¿Por qué hay desigualdad en las sociedades humanas? El capítulo 4 (Los orígenes de la desigualdad) está lejos de abarcar el debate milenario sobre sus causas, del que participan disciplinas tan distintas como la biología, la antropología, la historia y la filosofía, pero propone algunas ventanas por las que el lector curioso puede espiar argumentos y evidencia.
Esquemáticamente, el ingreso de las personas puede dividirse en tres categorías según la fuente que lo genera: los ingresos laborales, los ingresos del capital y las transferencias. Los capítulos 5 y 6 comienzan por examinar las diferencias en los ingresos laborales entre las personas. No hay escasez de hipótesis para explicar las anchas brechas en términos de salarios, ocupación y calidad del empleo entre trabajadores. El capítulo 5 (La carrera entre la educación y la tecnología) y el capítulo 6 (Políticas, normas, genes y más) repasan el papel de la educación, la tecnología, los sindicatos, las políticas laborales, el capital social, el talento, el desempleo, la explotación, la genética y las normas sociales, entre varios otros.
El capital siempre ha ocupado un lugar central en las discusiones distributivas. Los economistas clásicos, como Smith y Ricardo, Marx y sus seguidores, y la reciente ola encabezada por Piketty, han señalado a la distribución de la propiedad del capital y su tasa de ganancia como determinantes fundamentales de la distribución del ingreso. El capítulo 7 (El capital) repasa algunos de estos debates y los ilustra con la (escasa) evidencia existente para América Latina.
En contraste con otros tiempos históricos donde la caridad y las transferencias familiares predominaban, en la actualidad el Estado es el principal actor en la escena redistributiva. El capítulo 8 (El Estado de Bienestar) repasa las distintas formas que toman las transferencias estatales en las sociedades modernas. El capítulo incluye una discusión sobre algunas políticas sociales con alto impacto redistributivo en América Latina: los programas de transferencias de dinero y la provisión pública de bienes y servicios, como educación y salud.
Para financiar las transferencias y los subsidios los gobiernos deben cobrar impuestos. La manera cómo lo hacen afecta la distribución del ingreso. De hecho, entre las recetas usuales para reducir la desigualdad siempre está presente la de aumentar la progresividad del sistema tributario. El capítulo 9 (Progresivamente progresivos) incluye una discusión de los esfuerzos y las dificultades de los países de América Latina para hacer a la política impositiva gradualmente más progresiva.
Los temas que involucran factores demográficos, y en particular aquellos vinculados con la fecundidad y las migraciones, despiertan muchas sensibilidades que predisponen al malentendido. El capítulo 10 (El papel de la demografía) propone una discusión abierta, basada en evidencia empírica. Los factores demográficos no pueden obviarse en un debate amplio y honesto sobre los determinantes de la distribución del ingreso.
El desempeño macroeconómico de un país —su crecimiento en el largo plazo, sus fluctuaciones coyunturales, sus niveles de empleo e inflación, sus crisis— son determinantes muy importantes de los ingresos de la población y en consecuencia de los niveles y patrones de la desigualdad. El capítulo 11 (Macro determinantes) examina estos vínculos, comenzando por una controversia perenne: ¿el crecimiento económico contribuye a la reducción de la desigualdad?
“La alta desigualdad en América Latina es producto de su estructura económica” es una proposición habitual, siempre afirmada con seriedad y convicción: irrefutable. Pero “estructura económica” puede hacer referencia a fenómenos muy distintos. El capítulo 12 (Estructura) pone el foco en la acepción más frecuente entre los economistas: la vinculada a la composición sectorial de la producción. Las transformaciones de esa estructura tienen ganadores y perdedores, y por lo tanto repercusiones distributivas. Los impactos suelen ser complejos, multidireccionales, diferentes en el corto y largo plazo, y difíciles de desentrañar: una combinación perfecta para el debate.
En un sistema democrático las políticas implementadas responden en parte a la voluntad de los votantes. ¿Cuáles son los factores que moldean nuestras preferencias por políticas más o menos redistributivas? ¿En qué medida esas preferencias están afectadas por nuestros intereses, por nuestra genética, por nuestra historia, por nuestra percepción de la realidad? ¿Cuál es el papel de la política en mediar esas preferencias en decisiones y acciones públicas concretas? El capítulo 13 (Preferencias y política) incluye una pequeña muestra del extenso campo de estudio sobre estos temas.
Finalmente, el capítulo 14 (En resumen) cierra el libro con una breve síntesis y algunas reflexiones personales. Espero que el lector perezoso no se vea tentado a saltear los capítulos y dirigirse ya mismo a ese resumen final. En todo caso, queda ese capítulo 14 como un atajo, una vía de salida rápida para quienes el libro se les vuelva fatigoso.
Agradecimientos
Son dos los principales ámbitos que dieron origen a este libro. El primero es el CEDLAS, el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP): ahí es donde investigo la desigualdad económica y otros temas sociales desde hace veinte años. El segundo ámbito son las aulas de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP, donde he enseñado cursos sobre estos temas a muchas generaciones de alumnos. El primer agradecimiento entonces es para todas las personas que han sido parte del CEDLAS, y todas las que han participado de mis cursos en la Licenciatura en Economía, la Maestría en Economía y la Maestría en Finanzas Públicas de la UNLP. A ellas se agregan varias camadas de estudiantes en la Universidad T. Di Tella y en la Universidad de San Andrés. Son muchos como para listarlos a todos, así que cada uno que lea este párrafo siéntase mencionado y muy agradecido.
Algunos tuvieron un papel más activo con relación a este libro, estimulando el proyecto, proponiendo temas, leyendo manuscritos. Menciono, con la seguridad de ser injusto con los que no recuerdo ahora, a Ana Pacheco, Andrés César, Bruno Pintor, Carolina García Domench, Catrihel Greppi, Florencia Pinto, Germán Reyes, Guillermo Falcone, Ivana Benzaquén, Javier Basile, Joaquín Serrano, Jorge Puig, Julián Martínez Correa, Julián Pedrazzi, Laura Carella, Leonardo Peñaloza-Pacheco, Lisandro Lofeudo, Luciana Galeano, Lucía Ramírez, Luis Laguinge, Manuela Cerimelo, Mariela Pistorio, y en especial a Cristian Bonavida y Jessica Bracco, quienes me acompañaron con entusiasmo y eficiencia en el trabajoso proceso de recortar y editar la última versión del manuscrito.
Muchos amigos y colegas (y su intersección) me alentaron a que escribiera un libro como este (pero mejor). Les agradezco su estímulo, que hizo posible que el libro existiera, y sus discusiones y comentarios, que hicieron posible que mejorara. Incluyo a Ricardo Bebczuk, Guillermo Cruces, Walter Sosa Escudero, Sebastián Campanario, Agustín Lódola, María Laura Alzúa, Facundo Crosta, María Edo, Carlos Pagni, Eduardo Amadeo, Leopoldo Tornarolli, Santiago Garganta, Martín Tetaz, Martín Cicowiez, Inés Berniell, Pablo Gluzmann, Martín Guzmán, Mariana Marchionni, Guido Neidhöfer, Pablo Gerchunoff, Juan Carlos de Pablo, Juan José Cruces y Santiago Levy. Un especial agradecimiento a Fernando Fagnani de Edhasa por la confianza para llevar adelante el proyecto.
El agradecimiento final es a mi familia más cercana (a Mariana, a mis hijos Santiago y María, y a mis padres Zulma y Carlos), por su apoyo, comprensión y paciencia incondicional.
La Plata, 11 de noviembre de 2021
* El sitio web del libro está en www.cedlas.econo.unlp.edu.ar
Capítulo 1
Desigualdades aceptables e inaceptables
La primera igualdad es la equidad.
Victor Hugo, Les Miserables
Desigualdad: demasiado de algo bueno.
Alan Krueger
Pocos términos ocupan un lugar tan central en el debate económico y político como el de “desigualdad”. Es difícil que esta palabra no figure en un discurso o arenga política; invariablemente, en casi cualquier discusión pública se invoca la idea de equidad y la necesidad de reducir las disparidades económicas. La desigualdad figura año tras año entre las principales preocupaciones de la opinión pública en todas las encuestas y sondeos. Esta preocupación no es nueva: la rebelión contra las muestras de excesiva desigualdad económica ha sido central en casi todas las revoluciones y cambios sociales a lo largo de la historia.
El concepto de “desigualdad económica’’ es simple de entender: alude a diferencias entre personas o grupos en el ingreso, la riqueza y el acceso a oportunidades económicas. La idea de desigualdad es, además, tangible: la experiencia cotidiana nos enfrenta a situaciones diarias donde la desigualdad económica resulta palpable, evidente. Las brechas se manifiestan en el ingreso y la riqueza, pero también en el acceso a la educación, la vivienda, la salud, el empleo, y se extienden a cada rincón de la vida cotidiana: en promedio, las personas de ingresos más bajos tienen menos horas de ocio para pasar con sus hijos, participan menos de la vida política, están más afectadas por el problema de la inseguridad, se enferman con más frecuencia, se mueren antes.
La desigualdad no es una rareza de algunas sociedades modernas, sino que es una característica distintiva de las formas de organización humana. Los antropólogos discuten aún los orígenes de la desigualdad económica, pero acuerdan en que las comunidades humanas son desiguales al menos desde el surgimiento de la agricultura y el sedentarismo, hace más de diez mil años. Casi no hay ejemplos en la historia de sociedades igualitarias, donde primen los valores de la cooperación, el altruismo y la armonía. En cambio, la desigualdad económica y social, la concentración política y con frecuencia la violencia han sido moneda corriente en todas las civilizaciones pasadas. Todas las maravillas arquitectónicas que hoy admiramos —las pirámides egipcias, las ruinas mayas, Machu Picchu, la Gran Muralla china, los grandes palacios y catedrales europeos— son obras grandiosas construidas a partir de un orden económico y político muy desigual. Este dato no implica que la desigualdad sea un fenómeno inmutable, imposible de resolver, pero deja muy en claro que eliminarla no debe ser tarea sencilla. La contundencia de la evidencia, actual e histórica, sugiere que existe alguna tendencia humana profunda hacia organizaciones sociales desiguales.
Pobreza y desigualdad
Distinto es el caso de la pobreza: mientras que las desigualdades están tan presentes en la actualidad como en muchas sociedades antiguas, el desarrollo económico y tecnológico ha permitido avances, al menos contra las manifestaciones más extremas de la pobreza. Sin duda, millones de personas en el mundo aún viven en situaciones muy precarias y muchas mueren de hambre, lo que convierte a la pobreza extrema en una vergüenza para nuestras sociedades, pero la magnitud del drama es menor en comparación al pasado histórico.
Es tiempo de detenerse en algunas precisiones básicas. Pese a que los términos “pobreza” y “desigualdad” aluden ambos a problemas sociales y es común que aparezcan juntos en discursos y documentos, son conceptualmente distintos. Mientras que la idea de desigualdad implica la comparación de alguna variable entre personas o grupos, la idea más extendida (no la única) de pobreza involucra una comparación contra algún umbral o valor fijo. Si el ingreso es distinto entre dos personas se dice que hay desigualdad, mientras que si el ingreso de alguna de ellas (o de ambas) es inferior al umbral de la línea de pobreza, se afirma que hay pobreza. Es posible que en una sociedad la desigualdad sea alta y la pobreza baja, como ocurre en Estados Unidos, un país en el que poca gente sufre carencias materiales extremas pero donde las brechas de ingreso son muy anchas. También es posible que la desigualdad sea baja y la pobreza alta, como en algunos países poco desarrollados de Asia y África, donde casi toda la población sufre carencias semejantes.
A diferencia de la desigualdad, la pobreza es un problema que no ofrece demasiadas complicaciones conceptuales: la consideración de la pobreza como un mal social es hoy en día casi universal. Con la posible excepción de grupos muy conservadores o reaccionarios, en la actualidad todos justificamos y promovemos acciones, ya sea públicas o privadas, para aliviar las situaciones de carencia material extrema. En los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, aceptados por todos los países, la meta número uno para 2030 es “poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo” y la número dos es “hambre cero”. Ni la desocupación, ni el medio ambiente, ni la igualdad de género, ni la desigualdad ocupan ese lugar central, al menos en la retórica pública. El objetivo de bajar la pobreza es claro, urgente e incontrovertible.
En contraste, el argumento de la desigualdad como un mal social es mucho más discutido. Después de todo, ¿cuál es el problema con que dos personas tengan ingresos distintos? En particular, ¿cuál es el problema si ninguna de ellas sufre privaciones? ¿En qué sentido las desigualdades económicas nos resultan socialmente preocupantes? En la superficie, estas preguntas podrían parecer de respuesta obvia, pero basta notar la cantidad de filósofos y científicos sociales que han escrito y debatido sobre el tema —Platón, Rousseau, Marx, Rawls, Sen, por citar unos pocos— para reconocer su dificultad conceptual. Reflexionar sobre estas preguntas no es un mero ejercicio intelectual: las respuestas tienen implicancias directas y profundas sobre la necesidad de hacer o no políticas redistributivas, sobre su intensidad y sobre el papel del Estado, es decir sobre las cuestiones más centrales del debate en política y economía.
Comencemos por ordenar la discusión. Existen dos razones fundamentales por las que preocuparse por la desigualdad: la primera es moral y la segunda instrumental. Nos preocupa la desigualdad como un problema ético y también nos preocupa por sus efectos nocivos sobre otros factores que valoramos, como la estabilidad institucional, la seguridad o el crecimiento económico. Comencemos explorando estos motivos instrumentales.
Los efectos nocivos de la desigualdad
Imaginemos una sociedad ideal. Seguramente compartamos con los lectores algunas características generales: sería una sociedad integrada, con bajos niveles de conflicto y sin violencia, donde haya confianza en el prójimo, instituciones estables y pleno funcionamiento de la democracia. Pues bien, todas esas características están negativamente afectadas por el nivel de desigualdad económica. Numerosos estudios de distintas disciplinas sugieren que cuando las brechas de ingreso, riqueza y oportunidades económicas son muy amplias, las sociedades se segregan en grupos que se alienan en sus propias realidades, y en consecuencia la confianza en el prójimo se reduce, las instituciones políticas se vuelven más inestables y los conflictos se hacen más frecuentes y violentos. Algunas de las voces más autorizadas en temas distributivos —el premio Nobel Angus Deaton, Anthony Atkinson o el más mediático Thomas Piketty— han advertido que el aumento de la desigualdad económica en los países desarrollados podría comprometer el propio funcionamiento de la democracia: en un contexto de grandes disparidades de riqueza el sistema político es más fácilmente capturado o influenciado por los grupos económicamente más poderosos y los mecanismos básicos de la democracia dejan de actuar con normalidad.
El problema es potencialmente más grave en países con niveles de desigualdad más altos y sistemas democráticos más frágiles, como los latinoamericanos. En un estudio realizado en el CEDLAS de la Universidad Nacional de La Plata, encontramos que en América Latina la volatilidad en las instituciones políticas, la fragilidad en el cumplimiento de las leyes y el conflicto social están estrechamente asociados a la desigualdad y la polarización económica. El efecto desestabilizador de las grandes desigualdades no es solo una amenaza posible; es un fenómeno que se ha repetido muchas veces en la historia. Noah Webster nos recuerda que “Las causas que destruyeron las antiguas repúblicas fueron numerosas; pero en Roma, una de las causas principales fue la enorme desigualdad de fortunas”.
Las consecuencias disfuncionales de la desigualdad no se agotan en la inestabilidad institucional y se extienden a otros aspectos de la vida civil. Muchos estudios, por ejemplo, sugieren que la desigualdad incentiva los comportamientos delictivos y violentos. En un reciente trabajo para América Latina, Ernesto Schargrodsky y Lucía Freira encuentran que los niveles de crimen están estrechamente asociados al grado de desigualdad económica. Un elemento clave en esta conexión es el sentimiento de injusticia que genera la desigualdad: si las diferencias económicas son percibidas como inequitativas, la aceptación de las normas sociales se debilita y los comportamientos disruptivos y desafiantes se vuelven más frecuentes.
Desigualdad y crecimiento
Muchos afirman que la elevada desigualdad es perjudicial también para el crecimiento económico. En su excelente libro sobre los orígenes de la prosperidad, Daron Acemoglu y James Robinson aseguran que la clave está en el tipo de instituciones que se desarrollan y prevalecen en un país: extractivas o inclusivas. Las primeras están diseñadas para extraer rentas y riquezas del resto de la sociedad con el fin de beneficiar a una élite. Uno de sus ejemplos nos toca de cerca: las instituciones que implantó la conquista española en América Latina —encomienda, mita, repartimiento— se diseñaron con el objeto de extraer toda la renta posible de los recursos naturales y del trabajo de los pueblos indígenas. Las economías segmentadas resultantes en cada territorio hispanoamericano generaron riquezas para la Corona española, los conquistadores y sus descendientes, pero no contribuyeron a sentar las bases para un desarrollo inclusivo. El mismo argumento se aplica a las instituciones diseñadas por Portugal en la ocupación del actual Brasil y por otras potencias europeas en el Caribe: Inglaterra en Jamaica, Francia en Haití, los Países Bajos en Surinam.
La relación entre desigualdad y crecimiento no se remite solo a la historia. Hay argumentos que subrayan los efectos nocivos que la desigualdad puede tener sobre el crecimiento a través de las distorsiones en la asignación de recursos y en las oportunidades de inversión, ya sea en capital físico o humano. La desigualdad de ingresos o riqueza puede implicar que quienes ocupen ciertas posiciones, realicen ciertas tareas o se embarquen en ciertos emprendimientos no sean los más aptos, los más capacitados y eficientes, sino simplemente aquellos que tuvieron la oportunidad económica de hacerlo. No son necesariamente los mejores los que acceden a ser médicos, ingenieros, jueces, artistas, científicos y gobernantes, sino los que tuvieron la oportunidad económica de sortear todos los escollos para llegar a esas posiciones. Seguramente este libro podría haber sido mejor escrito por alguien que jamás tuvo la oportunidad de hacerlo.
Hablemos de fútbol
El caso del fútbol masculino es ilustrativo. A diferencia de la mayoría del resto de las actividades, es relativamente fácil detectar el talento deportivo a temprana edad. Adicionalmente, si esa presunción se concreta y el niño talentoso se convierte en un futbolista exitoso, la retribución económica es enorme. Como consecuencia de estas dos condiciones, existe una extraordinaria red de búsqueda de talentos que incluye tanto canales formales como informales. Es muy difícil que un potencial gran futbolista en América Latina no sea descubierto a tiempo. Alguien lo ve jugar en un potrero y le avisa al club de barrio, que lo convence de acercarse y al poco tiempo ya lo están mirando de clubes más importantes de la ciudad y su nombre empieza a circular en la lista de ojeadores profesionales que le arreglan una prueba en un club nacional importante. Esa gigantesca red de búsqueda de talentos que brinda oportunidades a casi toda la población por igual tiene sus frutos: hay una enorme cantidad de jugadores latinoamericanos exitosos. Larga es la lista de estrellas del fútbol que tuvieron una infancia humilde en distintos países de América Latina y que fueron descubiertos a tiempo. Sin ese trabajo extenso y continuo de brindar oportunidades a los talentosos no tendríamos ninguna chance de competir de igual a igual con las selecciones de países más poblados y económicamente más poderosos.
Pero ¿quién hace el mismo trabajo masivo de búsqueda de los futuros cracks de la ciencia, de las nuevas estrellas de la ingeniería, de los genios del arte? La manifiesta desigualdad de oportunidades hace que en estos casos la búsqueda funcione de forma relativamente eficiente solo en el subgrupo económicamente más acomodado de la población; en contraste, los talentos en los estratos más pobres terminan no aflorando, se desperdician. Ciertamente, en ocasiones alguien se filtra a costa de un gigantesco esfuerzo e inusual talento, pero para la gran mayoría las barreras son demasiado altas. Está claro que el desperdicio de esos talentos tiene que tener consecuencias. En fútbol sería una selección nacional sin chances en las competencias internacionales; en economía las consecuencias son menor crecimiento, menor desarrollo y menor bienestar.
De la desigualdad a la pobreza
Hemos insistido en que la pobreza y la desigualdad son dos fenómenos relacionados, pero conceptualmente distintos. También acordamos sin mayores controversias que la pobreza es un mal social, mientras que ubicar a la desigualdad en esa categoría requiere de un mayor esfuerzo argumental. Estamos, de hecho, desarrollando un primer argumento en ese sentido: la desigualdad tiene consecuencias nocivas sobre otros fenómenos como la cohesión social, la seguridad, la estabilidad y el crecimiento. Agreguemos a esta lista la conexión entre desigualdad y pobreza.
Un ejemplo simple puede ser útil para entender este vínculo. Supongamos una sociedad compuesta por dos personas, Andrea y Belén, que obtienen ingresos de 300 y 1.200 pesos, respectivamente. Asumamos que esa brecha está enteramente justificada por sus diferencias en méritos: Belén es probadamente más talentosa, esforzada, responsable, creativa y perseverante que Andrea, y en consecuencia logra alcanzar un ingreso superior. Es posible que en este escenario particular la desigualdad no nos resulte éticamente preocupante. Ahora bien, asumamos que la línea de pobreza es de 400 pesos. En ese caso Andrea sufre de privaciones materiales, ya que su ingreso es solo de 300 pesos: con esos recursos no alcanza a satisfacer sus necesidades básicas, padece hambre y sus condiciones de vivienda son precarias. Aunque no nos resulte objetable per se, la estructura desigual de ingresos está asociada a una situación de pobreza. Si, por ejemplo, los ingresos fueran 500 y 1.000, en lugar de 300 y 1.200, entonces Andrea no sufriría privaciones. Una forma de combatir el fenómeno éticamente condenable de la pobreza es a través de políticas que modifiquen la estructura de remuneraciones; en este ejemplo, políticas que transfieran ingresos de Belén a Andrea, aun cuando el proceso que genera esa estructura inicial de ingresos no nos parezca éticamente objetable. Cierto nivel elevado de desigualdad, aunque quizás justificable, no es compatible con un objetivo social superior: la ausencia de pobreza.
Las razones discutidas hasta ahora tienen un elemento en común: nos molesta la desigualdad por sus consecuencias, por sus implicancias sobre otros fenómenos como el crecimiento, la inseguridad o la pobreza. Pero existe una razón más profunda para preocuparse por las brechas económicas: la desigualdad puede ser un mal en sí mismo, independientemente de que tenga o no consecuencias sobre otros factores. Pero ¿qué hay de intrínsecamente malo en la desigualdad?
Desigualdad e inequidad
La desigualdad económica nos preocupa cuando pensamos que es injusta, cuando es signo de inequidad. Pero ciertamente no toda desigualdad es inequitativa. Aunque etimológicamente las dos palabras provengan del latino Aequitas, la diosa del comercio justo y de los comerciantes honestos en la mitología romana, desigualdad e inequidad no son sinónimos.
Desigualdad es un término descriptivo: que el ingreso de una persona sea igual o no al ingreso de otra persona es un hecho de la realidad, objetivo, factible de comprobar sin involucrar ningún juicio de valor. En contraste, inequidad es un concepto normativo. Para evaluar a una situación de desigualdad de ingresos como justa o injusta es necesario tomar una posición ética que, o bien desestime las diferencias de ingreso por juzgarlas justificadas, o bien las considere moralmente cuestionables.
Lógicamente esta posición ética es subjetiva: depende de juicios de valor personales. Pero, afortunadamente, las normas éticas no difieren tanto entre las personas, al menos a cierto nivel básico. En las sociedades modernas las diferencias de ingresos que se explican solo por esfuerzo o talento no generan mayores controversias; en cambio las que provienen de una marcada desigualdad de oportunidades o de situaciones de discriminación o corrupción son motivo de preocupación. Si una persona A tiene características personales (talento, disposición al esfuerzo, perseverancia) semejantes a otra persona B, pero no puede acceder a la misma posición económica por falta de oportunidades o por discriminación, entonces la situación de desigualdad resultante entre A y B será evaluada como injusta.
No es difícil pensar en situaciones del mundo real en las que una persona disfruta de un nivel de vida muy superior al de otra como consecuencia solo de la suerte de haber nacido en un hogar afluente o de pertenecer a algún grupo de poder, o peor, como resultado de involucrarse en conductas de violencia o corrupción. En esos casos la desigualdad es ciertamente inequitativa: molesta nuestro sentido de justicia. ¿Cómo no rebelarse ante el contraste, muchas veces visible en cualquier ciudad grande latinoamericana, entre la mansión amurallada del hijo de algún magnate con fortuna de dudoso origen y el hacinamiento a pocas cuadras de personas que ni siquiera tuvieron la oportunidad de terminar la escuela secundaria? Esas brechas son difíciles de justificar: la desigualdad, en tanto evoque esas situaciones, es un fenómeno inaceptable.
Pero no todas las desigualdades económicas tienen ese origen.
Desigualdades aceptables
Supongamos dos hermanos mellizos que fueron criados en la misma familia, con las mismas oportunidades. Uno de ellos elige esforzarse, primero en el estudio y luego en el trabajo, resignando horas a otras actividades para progresar económicamente; el otro, en cambio, elige una vida menos sacrificada, abandonando antes el estudio y trabajando solo lo necesario. Como resultado de estas elecciones, el primer hermano tiene un ingreso más alto y posiblemente pase el resto de su vida en una posición económica más acomodada. Claramente, existe desigualdad económica entre estos dos hermanos, pero ¿es en este caso la desigualdad objetiva un signo de inequidad, que merece acciones reparadoras? Seguramente para muchos de los lectores la respuesta sea negativa. Más aún, muchos argumentarán que la desigualdad del ejemplo es deseable: es justo que si los dos hermanos se esfuerzan distinto, sus premios económicos difieran.
El ejemplo de los mellizos es extremo, pero ilustra un punto importante: dado que el ingreso, la riqueza y otras variables económicas son en parte consecuencia de decisiones personales sobre esfuerzo, sacrificio y toma de riesgos, las diferencias que resultan de estas elecciones no son necesariamente injustas y, en consecuencia, no es evidente que deban ser motivo de preocupación ni de políticas compensatorias. Es posible que parte de la desigualdad económica en una sociedad no sea injusta. Desigualdad e inequidad no son sinónimos: una situación puede ser desigual y equitativa a la vez.
Pocas dudas caben de que Messi es uno de los jugadores de fútbol más grandes de todos los tiempos (a mi juicio, el más grande, pero no quiero perder lectores por discusiones futbolísticas). Múltiples balones de oro y otros galardones lo distinguen nítidamente por sobre el resto de sus colegas actuales y sobre los del pasado. La presencia o no de Messi en un partido afecta la concurrencia al Camp Nou, el estadio del FC Barcelona donde juega el delantero argentino, e incide sensiblemente sobre la audiencia televisiva mundial del partido.* A nadie extraña que los ingresos de Messi sean altos. Lo que es más importante para la discusión de este capítulo: a pocos les molesta que los ingresos de Messi sean más altos que los de otros delanteros en otros equipos del mundo. La razón de la aceptación de esta desigualdad de ingresos manifiesta entre futbolistas proviene de la evaluación de sus causas. En el caso de Messi, la causa es una objetiva diferencia de talento para jugar al fútbol comparado con sus colegas. En general, todos tendemos a aceptar como justas diferencias en premios que respondan con claridad a méritos comprobables, independientemente de donde estos provengan, incluso de ventajas genéticas completamente ajenas a la voluntad o el esfuerzo de las personas.
Igualdad de oportunidades
La discusión anterior pone de manifiesto un principio importante: no parece adecuado comparar solo resultados económicos, como el ingreso, sin evaluar las circunstancias en las que estos se generan. La idea más popular que rescata este principio es la de igualdad de oportunidades. Hay igualdad de oportunidades cuando todas las personas enfrentan las mismas opciones de elección. En ese escenario las diferencias económicas son necesariamente producto de las diferencias en el esfuerzo, en las capacidades innatas, en las elecciones de caminos distintos, pero no consecuencia de la existencia de alternativas y restricciones diferentes. Alcanzar la completa igualdad de oportunidades no es una tarea trivial: exige poner en un mismo plano de partida a todas las personas, de modo que solo el esfuerzo, el talento y las preferencias sean las que definan los ingresos. Si eso ocurre, las desigualdades resultantes podrían ser consideradas aceptables, y en consecuencia no serían motivo de preocupación social ni requerirían políticas redistributivas. En un contexto de igualdad de oportunidades, la desigualdad de ingresos es compatible con la equidad social.
En el mundo real parte de las diferencias de ingresos entre las personas efectivamente provienen de diferencias en talentos, capacidades innatas, disposición al esfuerzo, preferencias, aversión al riesgo y otros factores meritorios, y por lo tanto esas desigualdades tienden a ser juzgadas como socialmente aceptables. Pero una parte sustancial de las brechas de ingreso y riqueza del mundo actual tiene otros orígenes. Son las desigualdades generadas por diferencias en oportunidades, o lo que los investigadores llaman circunstancias. Las circunstancias son un conjunto de factores que afectan el ingreso sobre los que la persona no tiene o no ha tenido control. Por ejemplo, el acceso a la educación forma parte de las circunstancias. Algunos niños asisten a escuelas de élite, otros lo hacen en establecimientos sobrepoblados de baja calidad, mientras que otros ni siquiera pueden terminar la escuela primaria. La educación a la que tiene acceso cada joven no es elegida, sino que es parte de sus circunstancias: está determinada por variables como el ingreso de sus padres, la oferta escolar, el ambiente social, la localización geográfica y otros factores sobre los cuales un joven no tiene ningún control.
Otros ejemplos de variables de circunstancia son el grupo étnico, el género, las herencias recibidas, el capital social, el lugar de residencia. Una joven mulata nacida en un hogar pobre en el sertão de Brasil, sin tierra y con pocos años de educación formal, tiene una perspectiva de ingresos enormemente inferior a la de un joven blanco proveniente de una familia rica de San Pablo con acceso a una educación superior de élite. El talento y el esfuerzo seguramente afectarán los resultados económicos de estos dos jóvenes, pero gran parte de la brecha de ingresos que los separará cuando sean adultos se explica por esos factores de circunstancia que ninguno eligió y sobre los cuales ninguno ha tenido control. Estas son las diferencias de ingreso que muchos consideran socialmente inaceptables, que son motivo de preocupación y requieren políticas redistributivas compensatorias.
El concepto de igualdad de oportunidades es relativamente poco controversial; en cambio, el debate se intensifica a la hora de acordar cuáles son los factores aceptables e inaceptables que en el mundo real determinan los resultados económicos. Personas más identificadas con una ideología de derecha tienden a pensar que los resultados económicos provienen mayormente del esfuerzo, las decisiones voluntarias, la toma de riesgos y el talento. En ese escenario, buena parte de las brechas de ingreso son aceptables y no requieren políticas compensatorias, las cuales, además de ineficientes, son consideradas injustas por favorecer a quienes menos se esfuerzan. En contraste, personas con ideas de izquierda en general piensan que los resultados económicos dependen principalmente de factores que una persona no puede alterar porque ocurrieron cuando era niño (bajo nivel educativo, deficiente alimentación, ambiente familiar y social difícil), y también de factores fuera de su control que limitan sus decisiones presentes (discriminación, desempleo involuntario). En ese contexto, las diferencias de ingresos son vistas como inequitativas y, en consecuencia, merecedoras de acciones compensatorias.
En resumen: en el núcleo de muchas de las discrepancias ideológicas, en el pasado y en la actualidad, están las diferentes percepciones que las personas tienen acerca de cuáles son los principales factores que determinan las brechas económicas en el mundo real.
Alternativas justas
La igualdad de oportunidades es esencial para construir una sociedad equitativa. Pero no es suficiente: también es necesario que sean justas las alternativas entre las cuales las personas son libres de elegir.
Supongamos que hay dos opciones para Martín y José, dos jóvenes en las afueras de San Salvador, la capital de El Salvador: una es el trabajo duro y sacrificado como peón en la construcción, con ingresos apenas de subsistencia; otra es involucrarse en el narcotráfico y la corrupción, con perspectivas económicas más auspiciosas. Las dos opciones están abiertas para Martín y José: hay completa igualdad de oportunidades. Si Martín sigue la primera opción y José la segunda y se materializan sus ingresos esperados, ¿debemos considerar a la brecha de ingresos resultante como justa, ya que es el resultado de personas eligiendo libremente en igualdad de condiciones?
Este ejemplo pone de manifiesto que la idea de equidad social es compleja: no solo exige que todos tengamos que entrar al juego en igualdad de condiciones, sino que el propio juego debe ser justo. No alcanza con que todas las personas tengan las mismas posibilidades de generar ingresos: el proceso generador de ingresos debe ser moralmente aceptable. Es aceptable un sistema en el que se premie el talento, el esfuerzo, la educación y la productividad, pero no uno donde los ingresos se generen en función de la corrupción o el ejercicio de la violencia.
Todo tiene un límite
Hemos discutido antes el caso de Messi: su talento comprobado puede justificar un ingreso más alto que el de otros jugadores de fútbol y que el de trabajadores en otros rubros. Ante este ejemplo, la gran mayoría de las personas no tiene inconvenientes morales en aceptar que exista una brecha económica. Las discrepancias emergen al evaluar el tamaño de esa brecha.
La revista Forbes estimó que en 2019, antes de la pandemia del COVID-19, Messi embolsó unos 113 millones de euros anuales, es decir, unas 72.543 veces el salario mínimo de algún trabajador formal en Argentina. Si hubiera seguido el camino de muchos de sus vecinos en su Rosario natal, Messi habría necesitado 6.045 años de trabajo ininterrumpido para alcanzar la suma que gana en un mes. Sí, leyeron bien: 6.045 años. Para muchos estas brechas son exorbitantes, ofensivas del sentido de justicia social.**
Este caso es interesante porque se cumplen las dos condiciones básicas que discutimos antes para clasificar a una situación como justa. En primer lugar, la remuneración de un futbolista está en directa relación con su talento y su esfuerzo: Messi está ahí exclusivamente por su capacidad innata y por su enorme sacrificio; ni la violencia, ni la corrupción, ni el engaño, ni ningún otro factor negativo lo llevó a obtener esos ingresos. En segundo lugar, la igualdad de oportunidades en el caso del fútbol es casi total. Lo discutimos antes: prácticamente cualquier joven latinoamericano tiene hoy la oportunidad de ser Messi y ganar la fortuna del delantero argentino (si tuviera su talento, claro está). Sin embargo, pese a que se cumplen estas dos condiciones —salarios que premian el mérito e igualdad de oportunidades—, las diferencias de ingresos en la realidad pueden resultar moralmente chocantes. A muchos hay algo que nos incomoda de un sistema que genera brechas tan gigantescas, aun teniendo en cuenta el escenario ideal del ejemplo.
En síntesis, si bien en general todos tendemos a aceptar diferencias en ingresos que surgen de fuentes aceptables, como el talento comprobado, no nos parece justo convalidar cualquier brecha. Aceptamos que una persona gane más que otra si es más talentosa o se esfuerza más, pero rechazamos que la diferencia de ingresos sea demasiado pronunciada. Es posible que muchos de nosotros convalidemos ingresos altos, e incluso muy altos, de empresarios exitosos que han dedicado mucho tiempo y esfuerzo a sus emprendimientos, pero no toleramos que esas diferencias superen ciertos límites. Esos límites son necesariamente subjetivos: dependen de los juicios de valor y de las percepciones de cada persona.
Desigualdad y progreso I
La discusión que hemos tenido nos lleva a una conclusión: muchas desigualdades son éticamente condenables, y social y económicamente disfuncionales. Pero no todas tienen ese carácter. De hecho, cierto grado de desigualdad es un combustible indispensable para el progreso.
Pablo es un joven que está planeando poner un puesto de reparación de teléfonos celulares inteligentes en el barrio Maranta, en Bogotá; para ello necesita dejar de reunirse con sus amigos todas las tardes e invertir tiempo y esfuerzo en familiarizarse con los nuevos modelos, pedir prestado dinero para el alquiler del local, pensar cómo promocionar el nuevo servicio en el barrio. Lo mueve una de las fuerzas que ha empujado a todos los emprendedores del mundo: el progreso económico. Pablo hace el esfuerzo con la perspectiva de que su negocio sea un éxito y le permita vivir más holgadamente, con suerte en algún momento hacerse rico. Si una norma anunciara de repente igualdad total en los ingresos, si independientemente de sus esfuerzos o ideas su nivel de vida fuera semejante al de sus amigos del barrio, los incentivos para emprender el nuevo negocio se reducirían fuertemente. Quizás igualmente se embarque en el proyecto por diversión u otras razones, pero ante los primeros contratiempos posiblemente lo abandone o desatienda.
Es una historia tan simple como repetida: la igualdad forzada destruye los incentivos al esfuerzo, a la capacitación, a la inventiva, y finalmente termina trabando el progreso. La lista de intentos fracasados por construir sociedades despreocupadas de los incentivos materiales es larga. La evidencia, que repasaremos en otros capítulos del libro, es contundente: ciertos niveles y tipos de desigualdad son indispensables para mantener vivos los incentivos que motorizan el progreso económico.
Pero no toda desigualdad tiene esos efectos.
Desigualdad y progreso II
La desigualdad económica que podría ser justificable como estímulo y a la vez resultado del progreso es aquella que surge de factores virtuosos como el esfuerzo, la creatividad o la inversión en educación y entrenamiento, pero naturalmente no la que es producto de la corrupción, la discriminación, el abuso de poder, la violencia o la explotación. Estas acciones generan desigualdad, pero no tienen ningún efecto estimulante sobre el progreso. Acemoglu y Robinson argumentan que las economías basadas en estas instituciones terminan estancándose inevitablemente y cristalizando niveles de desigualdad muy altos. En cambio, bajo instituciones inclusivas y democráticas el progreso es más factible y las desigualdades resultantes menores, más tolerables y más fáciles de aliviar. En síntesis, la desigualdad tiene un vínculo importante con el progreso, pero no cualquier desigualdad; hay desigualdades que solo llevan al atraso.
Hay otro punto que pone un límite al argumento que vincula los incentivos al progreso con la desigualdad. Thomas Piketty ilustra el argumento con el caso de Bill Gates, uno de los protagonistas centrales de la reciente revolución tecnológica. Más allá de su talento innato y tantos otros factores que se conjugan en una historia exitosa, los incentivos al progreso económico fueron vitales para estimular a pleno la genialidad de Gates y sus socios. El resultado fue una extraordinaria combinación de progreso y desigualdad. Gates fue un pilar en la difusión de las computadoras, que revolucionaron la economía y la vida cotidiana de las personas en todo el mundo, mientras que al mismo tiempo amasaba una fortuna que lo ubicó en pocos años como el hombre más rico del planeta. La objeción de Piketty empieza en este punto. No es necesario “exagerar” en esos incentivos. Es entendible que la sociedad premie el talento y es justificable que incentive el esfuerzo, el ingenio, la dedicación y hasta la suerte con recompensas económicas, pero resulta injustificable la magnitud de esas recompensas: injustificable desde el punto de vista de la equidad, pero también desde el punto de vista de los incentivos. Gates no necesitaba aspirar a una fortuna de 130 mil millones de dólares para desatar su talento creador; Neymar no escatimaría su esfuerzo si su ingreso fuera inferior a los actuales 37 millones de euros anuales que gana. La estructura de incentivos en las sociedades modernas cumple un rol importante para el esfuerzo y el progreso, pero muchas veces genera desigualdades exageradas, éticamente intolerables y sin ningún sentido económico.
Un último punto referido al combo progreso-desigualdad. Como hemos discutido, limitar la desigualdad en la estructura de remuneraciones puede debilitar algunos incentivos y finalmente desacelerar el progreso económico. Ahora bien, reconocer la existencia de este desincentivo no nos obliga a tomar ninguna postura específica. Con total legitimidad podemos preferir un sistema con mínimas diferencias de ingresos, aun siendo conscientes de las probables consecuencias en términos de progreso más lento. Es completamente válido ponderar con fuerza las virtudes de la igualdad y estar preparado para pagar los costos de esa decisión. Lo que no es legítimo es tomar esa posición desconociendo o descartando los argumentos y la abundante evidencia que vincula la desigualdad con los incentivos y el progreso.
Sin llegar al extremo de pretender total igualdad, todas las sociedades actuales de hecho toman decisiones en las que se limita el potencial productivo de la economía con el objetivo de alcanzar una distribución del ingreso más equitativa. Gravar la producción con una suba de impuestos y usar lo recaudado para financiar una expansión del sistema asistencial para adultos mayores vulnerables no genera incentivos positivos para el crecimiento económico. El impuesto posiblemente reduzca los incentivos para producir, mientras que el beneficio a los adultos mayores vulnerables difícilmente se traduzca en un aumento de la producción, la inversión o la innovación. Esta combinación de política retrasa el progreso, pero muchos no dudarían en apoyarla: estamos dispuestos a crecer más lento, a demorar nuestro progreso material para que hoy se haga algo de justicia con un grupo de personas desfavorecidas. La equidad es un objetivo importante, a menudo tan importante como el objetivo del progreso.
En resumen
El estudio de la desigualdad —su medición, sus determinantes, las políticas dirigidas a reducirla— constituye un área de enorme relevancia en las ciencias sociales, y un campo en el que, como pocos, se cruzan la investigación objetiva, los juicios de valor y las ideologías. Casi indefectiblemente toda discusión distributiva tiene implícita una posición sobre lo aceptable o no de las diferencias económicas entre las personas, sus causas y la necesidad de realizar esfuerzos compensadores para reducirlas.
Hay desigualdades que no son necesariamente injustas, que surgen del premio al esfuerzo, la dedicación y el talento. Más aún, la existencia de compensaciones distintas es un poderoso motor para el progreso económico y social. Pero muchas de las desigualdades del mundo real no pertenecen a ese grupo: son el resultado de oportunidades distintas, de discriminación, de abusos de poder, de violencia y corrupción. La desigualdad es un fenómeno social complejo, multidimensional, elusivo. Como tal, admite matices e interpretaciones y no es recomendable enfrentarlo con posturas ideológicas rígidas, ni atarse a ejemplos o representaciones únicas. Los ingresos entre las personas son distintos por múltiples razones. Algunas de ellas nos pueden parecer aceptables y otras no. No es razonable citar un ejemplo del primer tipo para desestimar la relevancia de los problemas distributivos y de toda política redistributiva. Tampoco es razonable citar un ejemplo del segundo tipo para argumentar que toda desigualdad es condenable y justificar cualquier política redistributiva.
Finalmente, la desigualdad es un fenómeno de la realidad, y por lo tanto es importante combinar la reflexión con datos, hechos, estadísticas: con evidencia. ¿Cuán alta es la desigualdad?, ¿cómo ha evolucionado en el tiempo?, ¿cuáles han sido los factores que la han moldeado?, ¿qué políticas han tenido algún efecto y cuáles han fracasado? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta única y toda la evidencia es debatible, pero no es poco lo que ha avanzado el conocimiento sobre estos temas. Aprender sobre los hechos, las deficiencias en la información, las interpretaciones y las hipótesis es fundamental para participar activamente en un debate más informado y en consecuencia más productivo. Vamos, entonces, a los hechos.
* Mientras reviso este capítulo, en agosto de 2021, me entero que el Barcelona no le renovará el contrato a Messi. Decido dejar el párrafo como está; mezcla de incredulidad y de homenaje a las dos décadas maravillosas en que “Messi” y “Barcelona” eran dos palabras inseparables.
** No para todos: en una carta abierta publicada en noviembre de 2017 en el diario español El País, el cantautor catalán Joan Manuel Serrat (uno de mis máximos ídolos musicales), de conocidas preferencias políticas de izquierda, le pidió al presidente de Barcelona por la continuidad de Lionel Messi afirmando: “Nunca se me ocurriría discutirle el salario al jugador que mejor se lo gana y se lo hace ganar al equipo”.
Capítulo 2
Midiendo diferencias
Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.
George Orwell, Rebelión en la granja.
Sin fuentes, métodos y conceptos definidos con precisión, es posible ver todo y lo contrario.
Thomas Piketty
La descripción de un fenómeno social tan complejo como la desigualdad económica requiere de muchas herramientas complementarias. En este libro enfatizamos las cuantitativas: nos interesa medir la desigualdad. Es posible que algunos lectores empiecen a sentirse incómodos: ¿reducir un fenómeno social complejo con estadísticas?, ¿resumir la justicia distributiva en números? Parte de esa incomodidad está justificada. Una afirmación típica de un estudio cuantitativo podría ser la siguiente: “en cierto período en un determinado país el ingreso real del 10% más pobre de la población se redujo en un 8%”. Traducido a la realidad, esta proposición implica que millones de personas vulnerables, con nombre y apellido, con necesidades urgentes y concretas, tienen ahora una vida más sufrida y aún más sacrificada que antes; que pueden comprar menos alimentos y menos remedios para sus hijos, que tienen que postergar algún arreglo urgente de su vivienda, que deben trabajar más horas extra y volver más tarde a casa.
Thomas Piketty nos recuerda que los escritores pueden describir esos sufrimientos de una forma más vívida y concreta que las estadísticas.
“Estos y otros novelistas describieron los efectos de la desigualdad con una verosimilitud y un poder evocador que ningún análisis estadístico o teórico puede igualar”.
Piketty tiene en mente las novelas de Austin y Balzac o el famoso Tale of two cities de Dickens, pero abundan los escritores latinoamericanos que han retratado las injusticias sociales en nuestra región. A modo de ejemplo nombro a dos, en posiciones opuestas del arco político: el uruguayo Eduardo Galeano y su mítico Las venas abiertas de América Latina, que reseña con crudeza una larga serie de situaciones de explotación a lo largo de la historia, y el peruano Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, que recrea los levantamientos de Canudos por parte de paupérrimos campesinos en el nordeste brasileño, dominado por ricos terratenientes.*
Como reacción a las dificultades de las mediciones cuantitativas para reflejar una realidad compleja, hay quienes prefieren concentrar sus esfuerzos en estudios cualitativos focalizados en unas pocas familias con realidades y sufrimientos concretos. Esta es ciertamente una alternativa posible, pero de ningún modo invalida la aproximación cuantitativa. Las estadísticas, y solo las estadísticas, nos permiten conocer cuán extendido está un fenómeno en toda la población de un país, en una región o aun en el mundo entero; nos permiten relacionar grandes reformas o shocks económicos globales con sus consecuencias generales en la población y simular los posibles impactos de alguna política amplia sobre un gran número de personas: todas tareas imposibles de llevar adelante con observaciones de unas pocas personas en algún barrio particular. Existe una disyuntiva entre el acercamiento a la persona y la generalidad de los resultados: el uso de las estadísticas implica inclinarse por el segundo camino, sin desconocer la validez del primero.
Este libro sigue la tradición cuantitativa y usa extensamente estadísticas para ilustrar la magnitud de las desigualdades. En particular, este capítulo introduce algunos de los instrumentos estadísticos más usuales y los ilustra con ejemplos para América Latina. Se trata de un capítulo más bien técnico, con pocas discusiones de fondo. Mi recomendación al lector no especializado es que haga el esfuerzo de transitar estas páginas: la recompensa es una caja de herramientas que le va a permitir estar mejor preparado para involucrarse con mayor conocimiento en el debate distributivo. Hecho este comentario, el lector apurado o aquel que se aburra en el recorrido puede saltear el capítulo sin que ello implique un obstáculo insalvable para el resto del libro. Por último, los lectores con conocimientos de análisis distributivo empírico están eximidos de leer estas páginas sin castigo alguno.
¿Desigualdad de qué?
En el capítulo anterior argumentamos que, para muchos, el concepto de equidad social está más vinculado a la igualdad de oportunidades que a la igualdad de ingresos. De hecho, si las oportunidades fueran de verdad parejas, cierto nivel moderado de desigualdad de ingresos sería perfectamente compatible con la idea de plena equidad distributiva. Desafortunadamente, medir y comparar oportunidades no es nada sencillo. Pese a que se han producido avances, el aparato analítico y estadístico que existe hoy para evaluar la igualdad de oportunidades es frágil, incompleto y fragmentado. Por esa razón los investigadores, los gobiernos, los organismos internacionales y la prensa usualmente sitúan a las medidas de desigualdad del ingreso en el centro de las discusiones sobre inequidad económica, aun reconociendo sus falencias y limitaciones conceptuales. La medición de la inequidad económica es un área donde lo posible le gana a lo perfecto. Nos gustaría medir y debatir sobre desigualdad de oportunidades, pero por ahora en gran parte terminamos discutiendo sobre las medidas de desigualdad de ingresos.**
Por fortuna, existe una relación más o menos estrecha entre las dos. Un país donde las desigualdades de oportunidades son profundas es seguramente un país donde las brechas de ingreso son anchas. El ingreso puede tomarse entonces como una variable que aproxima la idea de oportunidades. Como toda aproximación, no es perfecta, pero nos sirve para hacernos una idea cercana de la magnitud del fenómeno que idealmente quisiéramos medir.
¿Y la riqueza?
La riqueza es una alternativa al ingreso para ocupar el centro del análisis distributivo. De hecho, una de las manifestaciones más tangibles de desigualdad es el contraste entre las grandes fortunas de algunos pocos y la escasa o nula propiedad de activos de la mayor parte de la sociedad. El estudio de la desigualdad en la riqueza es importante por varias razones. En primer lugar, es ilustrativo de la acumulación de desigualdades pasadas. La riqueza surge de la acumulación de ahorros a lo largo del tiempo, en ocasiones de mucho tiempo. Varias de las grandes fortunas en América Latina se gestaron a partir del reparto de tierras arrebatadas a los pueblos indígenas, primero por los colonizadores europeos y más tarde por élites criollas. Otras fortunas surgieron del trabajo industrioso de varias generaciones dentro de una familia; otras por el azar de un miembro particularmente exitoso. Pensemos en cuantas generaciones de familiares podrán vivir de la riqueza acumulada por un futbolista exitoso en Europa. Según la Rich List, una publicación anual que estima la riqueza de los jugadores, Neymar, el crack brasileño, tenía en 2020 una riqueza superior a los 185 millones de euros con tan solo veintiocho años. Si dejara de jugar al fútbol, sus hijos, nietos y bisnietos podrían vivir sin trabajar gastando 20.000 dólares mensuales y dejando a la futura generación una riqueza de 40 millones de euros.*** El ejemplo ilustra la potencial desigualdad futura, de ingresos y de oportunidades, que está implícita en las grandes riquezas. La desigualdad en la riqueza también capta otras dimensiones que el ingreso solo incorpora parcialmente. En muchas sociedades la riqueza otorga estatus y poder político, y con ellos un conjunto de ventajas que no necesariamente las provee un ingreso alto.
Desafortunadamente no es mucho lo que se conoce sobre la riqueza en Latinoamérica. En particular, mientras que casi todas las encuestas de hogares relevan el ingreso de las personas, son muy escasas las encuestas con información suficiente para estimar la riqueza. Los investigadores apelan entonces a fuentes administrativas, en especial a las declaraciones juradas de los impuestos al patrimonio, pero aun así la información es incompleta, ya que es frecuente que los contribuyentes escondan activos a través de paraísos fiscales y otros mecanismos. Adicionalmente, los gobiernos no son proclives a hacer pública la información sobre estos impuestos. Como consecuencia, los estudios empíricos sobre riqueza en América Latina aún son pocos y con resultados parciales e incompletos. Es de esperar que en algunos años un libro como este no tenga que dejar a la distribución de la riqueza un espacio tan limitado.
¿Desigualdad entre quiénes?
Hasta acá nos hicimos la pregunta ¿desigualdad de qué? Supongamos que acordamos focalizarnos en el ingreso y medir las desigualdades en esa variable. Pero ahora viene una segunda pregunta, tanto o más importante: ¿desigualdad entre quiénes? ¿Entre quiénes son las desigualdades de ingreso que nos molestan, que queremos ubicar en el centro del análisis? En el debate actual se distinguen tres enfoques frente a estas preguntas, con tradiciones diferentes y apoyados en fuentes de datos alternativas: (1) el enfoque de ricos vs. resto, (2) el de capital vs. trabajo y (3) el de la distribución personal. Antes de examinarlos con más detalle, una advertencia inicial: pese a que ponen el foco en fenómenos diferentes, no son enfoques necesariamente opuestos y de hecho con frecuencia se complementan.
El enfoque de ricos vs. resto (conocido en inglés como el análisis de top incomes) pone el foco de la preocupación, medición y análisis de la desigualdad en los ingresos muy altos, en las grandes fortunas. La desigualdad que se estudia es entre dos grupos: los millonarios y el resto de la población. Superada la dificultad inicial de definir “rico” o “millonario” con alguna decisión arbitraria, por ejemplo aludir al 1% más afluente, la forma de medir desigualdad es inmediata: una sociedad es más desigual cuanto más grande es la participación de ese grupo en el ingreso o la riqueza total, cuanto más grande es la “porción de la torta” en manos de ese segmento pequeño pero muy privilegiado. Oxfam, la popular ONG con base en Gran Bretaña, advierte que en poco tiempo el 1% más rico del mundo acumulará el 50% de la riqueza total. En América Latina, Oxfam estima que el 10% más rico ya es propietario de más del 70% de la riqueza total. Recientemente, en el Foro Mundial de Davos se informó que la cantidad de personas que se necesitan para igualar la riqueza de la mitad más pobre es de apenas ocho supermillonarios: ya pueden viajar todos en una camioneta. Hoy, el que la manejaría es Jeff Bezos, dueño de Amazon, con una fortuna de 190 mil millones de dólares. Bezos tendría entre sus acompañantes a un latinoamericano: el mexicano Carlos Slim.
La concentración del ingreso, aunque menor que la de riqueza, es también grande. En Estados Unidos el 1% más afluente ha aumentado su participación en el total de ingresos hasta alcanzar casi el 20%, lo que motivó una reacción cuyo eslogan más conocido es elocuente: “We are the 99%”. En nuestra región las estimaciones son más frágiles pero sugieren desigualdades semejantes. En Argentina, por ejemplo, Facundo Alvaredo estima que la participación del 1% más rico en el ingreso nacional era del 17%.
El atractivo del enfoque de ricos vs. resto es claro: los grandes ingresos, las grandes fortunas son manifestaciones evidentes de desigualdad. Para muchos, las diferencias entre los millonarios y el resto de la población son chocantes, obscenas, inaceptables. Para una persona de clase media (seguramente la enorme mayoría de los que están leyendo este texto) se trata además de una visión confortable: la desigualdad relevante es entre el minúsculo grupo de los ricos, del que no se forma parte, y el resto de la población, al que se pertenece, ignorando toda diferencia al interior de ese gigantesco grupo. La posición no solo es cómoda en términos de pensar la realidad, sino conveniente: en este esquema las políticas redistributivas solo deberían afectar a los más ricos y beneficiar a todo el resto.
Este enfoque tiene una debilidad obvia: simplifica demasiado la realidad. Las sociedades no están conformadas por dos grupos homogéneos —los millonarios y el resto— sino por una enorme diversidad de situaciones. Las disparidades son grandes en el 1% más rico y también en el 99% restante. Ese 99% incluye, por ejemplo, familias de profesionales con educación superior que viven holgadamente en casas amplias, vacacionan seguido en el exterior, cenan en restaurantes y mandan a sus hijos a escuelas y universidades privadas, junto con familias que comen salteado lo que ellos y sus hijos, que nunca terminarán la secundaria, recogen de la basura. Claramente, el “somos el 99%” es una simplificación exagerada.
Capital vs. trabajo
El segundo enfoque, el de capital vs. trabajo, también implica una fuerte simplificación. También en este caso la sociedad se divide en dos, pero el foco no está, al menos directamente, en el ingreso o la riqueza, sino más bien en el papel que cada persona ocupa en el proceso productivo. La desigualdad relevante según este enfoque es entre los dueños del capital y los trabajadores, por lo que la desigualdad debe ser monitoreada midiendo la participación del capital (o del trabajo) en el ingreso nacional. Para ello, la fuente de información más adecuada es el sistema de Cuentas Nacionales, que estima el total del ingreso nacional y lo divide (cuando resulta posible) en las retribuciones de los distintos factores de producción.
Si bien el foco de la desigualdad en la dicotomía capital-trabajo forma parte de la tradición marxista, con anterioridad los economistas clásicos también acentuaban la relevancia de la distribución entre estos factores de producción —la llamada distribución funcional del ingreso—. Es famosa la máxima de David Ricardo, uno de los padres fundadores de la Economía: “La determinación de las leyes que rigen la distribución es el problema primordial de la Economía Política”. En los escritos de Ricardo, a principios del siglo XIX, está claro que la distribución relevante era aquella entre capitalistas, terratenientes y trabajadores.
Como en el caso de ricos vs. resto, la dicotomía capital vs. trabajo es inicialmente muy atractiva. Los dueños del capital y la tierra son indudablemente más ricos que quienes obtienen ingresos de su trabajo. Algunos argumentan que la división capital-trabajo no es solo una buena simplificación descriptiva de la realidad, sino que además pone el foco sobre la causa profunda de esa desigualdad: la propiedad privada que otorga a los capitalistas la oportunidad de explotar a los trabajadores. Si la inequidad social es ante todo desigualdad entre grupos diferenciados por su acceso a los medios de producción, es claro que la distribución funcional debe ocupar un papel central en el análisis.
En el momento y lugar en que fue propuesta —Europa del siglo XIX— la esquematización de la sociedad en capitalistas (que incluye terratenientes) y trabajadores parecía ser una simplificación adecuada. Sin embargo, con el tiempo las sociedades modernas se han ido complejizando, por lo que esa caracterización en solo dos grupos hoy parece una simplificación exagerada. Si lo único que explicara la desigualdad en una sociedad fuera la dicotomía capital-trabajo, a este libro le sobrarían muchos capítulos.
Pero ¿en qué sentido las sociedades se han ido complejizando desde el siglo XIX para que la dicotomía capital vs. trabajo no sea hoy una caracterización suficiente de la distribución del ingreso? Un elemento central ha sido la creciente relevancia del capital humano como factor de producción. Hoy en día la educación, junto con ciertos talentos, son fuentes fundamentales de ingreso y ascenso social. Buena parte de las personas en la cima de la distribución personal del ingreso son trabajadores asalariados: gerentes de empresas, profesionales en cargos altos, artistas y deportistas profesionales exitosos. Todos ellos obtienen sus ingresos no del capital o de la propiedad de la tierra, sino de usar su trabajo y su capital humano producto de su educación, entrenamiento, capacitación y ciertos talentos. El trabajo asalariado les permite ingresos altísimos que los ubica en los percentiles superiores de la distribución. Tony Atkinson, Thomas Piketty y Emmanuel Saez reportan que en varios países desarrollados los salarios ya se han convertido en la principal fuente de ingresos para el 1% más rico de la población. En un trabajo reciente, Matthew Smith, Danny Yagan, Owen Zidar y Eric Zwick concluyen que la mayor parte de los ingresos en el top 1% en Estados Unidos proviene de salarios o de la retribución al capital humano en forma de ingresos empresariales.
La creciente relevancia del capital humano ha permitido también el surgimiento en las sociedades modernas de una “clase media”, cuyos ingresos están basados en el trabajo calificado. Muchas de estas personas son trabajadores pero no tienen una relación de subordinación ante un capitalista: son profesionales independientes, empleados públicos, emprendedores, cuentapropistas. En estas sociedades complejas la idea de “trabajador” pierde entonces representatividad. La tradicional imagen de un trabajador ha sido la de un operario no calificado en una gran fábrica de alguna poderosa firma de la industria manufacturera. En América Latina solo un 10% de los trabajadores responden a ese estereotipo; el resto incluye una variadísima gama: desde el gerente millonario de una gran empresa multinacional al trabajador informal que junta cartones en las calles de cualquier ciudad latinoamericana; todos son trabajadores. La categoría única “trabajador” en este contexto pierde bastante relevancia.
Aunque en menor magnitud, lo mismo ocurre con el capital. Está muy claro que en la actualidad el capital y la tierra están concentrados en relativamente pocas manos, pero comparado con los tiempos de Marx y Ricardo la propiedad de estos factores se ha ido difundiendo de a poco hacia los estratos medios de la población, aun en sociedades muy desiguales como las latinoamericanas. Hoy en día muchas familias de clase media/alta tienen una colocación financiera que les da intereses, alguna propiedad de la que reciben alquileres, dejan como herencia algún inmueble y algunos ahorros. Muchos, de hecho, obtienen sus ingresos de algún emprendimiento modesto en el que invierten capital y emplean trabajadores: son pequeños capitalistas.
En síntesis, simplificar las complejas economías modernas con la dicotomía entre trabajadores (pobres) y capitalistas (ricos) es exagerado. Por supuesto, continúa siendo cierto que el capital y la tierra están más concentrados en los estratos altos de ingresos, y que un determinante importante de la desigualdad global en una sociedad es la propiedad del capital, junto con la relación entre la tasa de ganancia y el salario real (más sobre esto en el capítulo 7). Pero centrar el foco solo en la dicotomía capital-trabajo implica perdernos muchos fenómenos potencialmente relevantes que moldean la desigualdad en una sociedad moderna.
La distribución personal
Frente a la dicotomía millonarios-resto del primer enfoque y la de capitalistas-trabajadores del segundo, el tercer enfoque parte de una propuesta más amplia: analizar la distribución del ingreso entre todas las personas que componen una sociedad. Se trata del enfoque de la distribución personal. En teoría este enfoque tiene una clara ventaja respecto a los dos anteriores: no fuerza una caracterización dicotómica, exageradamente simplificada de las sociedades modernas, sino que propone una mirada abarcativa. Quizás más importante: pone en evidencia que el debate de la redistribución nos afecta a todos. Pero ¿dónde obtener datos de los ingresos individuales de toda la población, como requiere este enfoque?
Imaginemos una economía totalmente formalizada en la que toda transacción económica quede inmediatamente registrada. Imaginemos que todos los ingresos de todas las personas quedan asentados en tiempo real en una gran base de datos nacional. El salario de un empleado, el alquiler de una vivienda, los dividendos de una empresa, el jornal de un trabajador temporario, la valorización de las acciones, el beneficio de un plan social: todos los ingresos. Esta base de datos es ideal para estudiar desigualdad ya que incluye cada uno de los ingresos efectivos de toda la población, de todas las fuentes, en cada momento del tiempo. Lamentablemente, esa base de datos no existe.
No existe aún, al menos en América Latina y en la mayoría de los países del mundo. Pero de a poco ese escenario se va acercando. De hecho, hay países escandinavos que han comenzado a medir desigualdad sobre registros administrativos, aprovechando el altísimo grado de formalización de sus economías, en la que muy pocos pueden escaparse del ojo del Gran Hermano. No es el caso de nuestra región, donde una alta proporción de la población tiene ingresos que no dejan ningún registro. En México el 64% de los trabajadores tienen ingresos informales que no figuran en ninguna base de datos administrativa; en Colombia ese valor asciende al 66% y en Honduras, al 81%. Aún estamos muy lejos de poder estudiar la distribución del ingreso en América Latina con información de registros administrativos comprehensivos. Ante esta dificultad informativa, aparece en escena la herramienta estrella de la estadística.
Las encuestas
Las encuestas de hogares son entrevistas a una muestra representativa de la población en la que se obtiene información sobre cada hogar y todos sus miembros. Hoy todos los países de América Latina tienen encuestas nacionales de hogares que proveen datos básicos para el estudio de la pobreza, la desigualdad y otros temas sociales: la EPH en Argentina, la PNAD en Brasil, la CASEN en Chile, la ENIGH en México. Estas encuestas preguntan, entre otros temas, sobre las características de la vivienda, la educación de cada miembro, su situación laboral y sus ingresos. En el cuestionario se incluyen numerosas preguntas que buscan reproducir el ingreso familiar indagando sobre todas sus fuentes: salarios, ingresos del trabajo independiente, ingresos de capital, rentas, remesas, transferencias del Estado. Las encuestas de hogares son enormemente valiosas para caracterizar la distribución del ingreso en una sociedad. Pero tienen un talón de Aquiles.
Imagine el lector que el encuestador llega a su vivienda y comienza a hacerle preguntas sobre la conformación de su familia, su educación y la de sus hijos. Hasta ahí, usted tranquilo. Luego, comienza a indagar acerca de su trabajo y se pone cada vez más curioso: horas trabajadas, tipo de empleo, beneficios sociales. Usted se empieza a impacientar cuando la entrevista llega a su clímax: el encuestador descarga una catarata de preguntas para intentar averiguar su ingreso, su verdadero ingreso. Antes le ha recordado que la encuesta está protegida por el secreto estadístico, que se quede tranquilo que nadie va a divulgar sus respuestas. Pero usted duda. Y ante la duda y el apuro de la entrevista reporta un número algo menor para el ingreso de su ocupación principal, se olvida de incluir aquel plazo fijo que le da unos intereses cada tres meses y prefiere callar las ganancias de esas acciones que por suerte se valorizaron en los últimos días. La subdeclaración de ingresos es un problema endémico en las encuestas de hogares, en América Latina y en el mundo.
¿Dónde están los multimillonarios?
Un problema adicional con las encuestas es la casi total ausencia de los grandes multimillonarios, terratenientes o poderosos empresarios. En la encuesta de hogares de Brasil el ingreso mayor corresponde a cerca de 80.000 dólares por mes, en México es de 45.000 y en Argentina “apenas” 20.000. Estos son ciertamente ingresos altos, pero por debajo de lo que es sabido ganan algunos CEO de empresas, profesionales, artistas y deportistas de élite, y seguramente por debajo de las ganancias mensuales de grandes hacendados, dueños de empresas exitosas y familias con grandes capitales. Nora Lustig, de la Universidad de Tulane, hace algunos cálculos ilustrativos. La compañía de mercado de capitales Merrill Lynch estimó que en América Latina había unas 4.400 personas con riqueza neta superior a 30 millones de dólares. En promedio para ese grupo la riqueza era de unos 500 millones, que invertida a una tasa conservadora del 1,5% anual implica ingresos de capital mensuales de 600.000 dólares: muy lejos de los ingresos máximos relevados en las encuestas.
La ausencia de personas muy ricas en las encuestas puede ser la consecuencia natural del muestreo aleatorio, típico de las encuestas: existen en proporción tan pocos millonarios que la probabilidad de seleccionar aleatoriamente uno en toda la población es muy baja. Pero existe otra razón: si por casualidad el muestreo escoge una familia muy rica, la probabilidad de que esta rechace contestar la encuesta es alta. La omisión del grupo de las personas muy ricas implica una subestimación significativa de la magnitud de la desigualdad. Para el caso de Argentina, Facundo Alvaredo estima que la participación del 1% más rico en el ingreso nacional sería del 17%, cuando las encuestas de hogares capturan una participación del orden del 6%. Un estudio para Brasil encuentra que la participación del percentil más rico sube del 11% al 24% cuando se incluye información de ingresos de fuentes tributarias. En Chile el aumento es del 15 al 21%. En un estudio reciente para Colombia, Facundo Alvaredo y Juliana Londoño Vélez complementan datos de la encuesta de hogares con información tributaria con el objeto de incluir ingresos más verosímiles para el 1% más rico: esa adición genera un aumento considerable de la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, de 55 a 61. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo interpretar las estadísticas provenientes de encuestas sabiendo que están sesgadas, que subestiman el verdadero nivel de desigualdad?
En defensa de las encuestas
Hay varios argumentos a favor del uso de las encuestas de hogares. Ninguno es definitivo, pero sumados proveen una defensa razonable. El primer argumento es simple: sabemos de las limitaciones de las encuestas, pero es hoy casi la única información que tenemos a disposición en todos los países de América Latina. Es esto o prácticamente renunciar a la evidencia empírica sobre temas distributivos. La segunda línea de defensa señala que sabemos cuál es la dirección en la que las encuestas sesgan nuestra estimación de la desigualdad real (la subestiman) y además tenemos una idea aproximada de la magnitud en que lo hacen. Una medida imperfecta, pero con un sesgo conocido, es finalmente una medida útil. El tercer argumento recuerda que las encuestas de hogares son razonablemente representativas de prácticamente toda la población. Si bien lo que no pueden captar (el grupo de los multimillonarios) es importante, no puede minimizarse el valor de tener información sobre las brechas de ingreso entre casi la totalidad de la sociedad. Finalmente, se argumenta que en muchos casos lo relevante para el análisis son las comparaciones de la desigualdad (en un mismo país en el tiempo, o entre países) y no el nivel de la misma. Hay evidencia, aunque no generalizada, que sugiere que en muchos casos los resultados de las comparaciones estimados solo con datos de encuestas son semejantes a los que surgen cuando es posible complementar con datos administrativos y tributarios para aliviar el problema de la subdeclaración.
Diseccionado una distribución
Ya es tiempo de mostrar algunos resultados. Por los motivos que discutimos en las páginas anteriores vamos a concentrarnos en la distribución del ingreso usando información de las encuestas de hogares.**** Más tarde, cuando notemos las limitaciones de las encuestas, sumaremos otras fuentes de información complementarias. Como en la enorme mayoría de los estudios distributivos, nos focalizamos en el ingreso per cápita familiar, es decir, el total de ingresos del hogar dividido por el número de personas en ese hogar. Cuando en la prensa leemos una noticia sobre las brechas entre pobres y ricos, la mayoría de las veces se refiere a brechas en términos del ingreso per cápita familiar de cada grupo.
Sigamos el procedimiento habitual: ordenar a las personas de acuerdo a su ingreso (per cápita familiar) y luego agruparlas en diez estratos o deciles: el primer decil incluye al 10% de menores ingresos y el último decil al 10% de mayores ingresos. Cuando dividamos a la población en cinco grupos semejantes tendremos quintiles y si lo hacemos en cien grupos, percentiles. Veamos algunos valores para Argentina. En el año 2019 un argentino en el decil 1 tenía un ingreso per cápita familiar mensual de $2.627, un valor que no alcanzaba para comprar una canasta básica de alimentos. Una persona del decil 2 tenía un ingreso per cápita de $5.204: algo menos del doble que su compatriota en el decil 1, pero todavía un monto insuficiente para escaparle a una vida de privaciones. Los ingresos van creciendo gradualmente a medida que ascendemos en la escalera; en el decil 5 alcanzan algo más de $10.000 y en el 9 llegan a $30.000. El salto se magnifica en el decil más alto: el ingreso per cápita promedio supera los $58.000. Cuando miramos para atrás en la escalera de ingresos, el decil 1 ha quedado muy lejos: la brecha con el decil superior es de 22 veces.
22 es solo un número, difícil de traducir a la realidad. Hagamos un ejercicio de introspección y pensemos que nuestro ingreso aumenta 22 veces. Esto implica que tenemos la posibilidad de aumentar 22 veces nuestro nivel de vida, alquilar un departamento 22 veces más caro que el que alquilamos, pagar vacaciones 22 veces más costosas, ahorrar 22 veces más. Todo a la vez. Imaginemos ahora la situación opuesta: dividimos nuestro ingreso en 22 porciones y nos quedamos solo con una. Si ganábamos $1.000 por mes, ahora solo serán $45. El cambio en este caso es mucho más radical y difícil de imaginar. La vida en el primer decil es seguramente algo que ninguno de los lectores de este libro ha experimentado jamás.
Pero en la realidad las diferencias son aun mayores. Cada decil agrupa un gran número de personas, con ingresos diferentes. Si dividimos a la población ahora en cien percentiles, en lugar de diez deciles, las brechas se magnifican. En Argentina en 2019 la brecha entre el percentil 100 y el 1 era de 369 veces, y la brecha entre las personas con ingreso per cápita más alto y más bajo era de 13.682 veces: ¿22 nos parecía un número grande?
La desigualdad en un número
Los seres humanos no tenemos capacidad para procesar mucha información a la vez: necesitamos resumirla, simplificarla. La ciencia avanza a fuerza de modelos, abstracciones e índices que resumen información de un mundo enormemente complejo. La distribución del ingreso de Colombia es una larguísima lista de 50 millones de números: los valores del ingreso familiar per cápita de cada colombiano. Podemos simplificar esa lista imposible de aprehender en algún gráfico, pero mejor si pudiéramos resumir ciertos aspectos de esa distribución en un solo número: un número que resuma el nivel de desigualdad en Colombia.
Tomemos un indicador que ya usamos: la distancia proporcional de ingreso (la “brecha”) entre los extremos de la distribución, por ejemplo entre el decil 1 y el 10. A partir de información de su encuesta nacional de hogares, en Colombia en 2019 esa brecha era de 31. El problema con este indicador tan sencillo es que ignora cualquier movimiento de ingresos que no involucre los extremos. Imaginemos que un cambio económico favorece a familias de ingresos medio-altos ubicados en el decil 9 a expensas de familias de bajos ingresos en el decil 2. El indicador de brecha es insensible a este cambio distributivo al focalizarse solo en los deciles 1 y 10, y por lo tanto no registra ningún cambio luego de esa política claramente regresiva.
El ejemplo deja en claro que un índice de desigualdad ideal debe tener en cuenta a toda la población, no solo a quienes están en el primer y en el último escalón de ingresos. El indicador sí podría dar más relevancia a los estratos extremos, pero no parece aconsejable que ignore por completo al resto. Durante más de un siglo los economistas y los estadísticos han desarrollado una enorme cantidad de índices de desigualdad que compiten por posicionarse como el elegido a la hora de las mediciones prácticas. Esa carrera parece haberla ganado un estadístico, demógrafo y sociólogo italiano nacido a fines del siglo XIX. Corrado Gini propuso un indicador, que luego se bautizaría con su apellido, en un artículo publicado en italiano en 1912, pero que recién alcanzó la fama al publicarse en inglés en el Economic Journal en 1921. El coeficiente de Gini mide la proporción en que una sociedad se aleja de una situación perfectamente igualitaria. Un Gini de 0 refleja perfecta igualdad, y uno de 100 total desigualdad. En el mundo real los coeficientes de Gini varían generalmente entre 20 y 60. Por ejemplo, el coeficiente de Gini del ingreso per cápita familiar de Colombia en 2019 fue de 51,2, un valor mayor que el 50,3 de un año antes.
Clases
Una manera atractiva de simplificar la realidad social consiste en dividir a las personas en estratos o clases. La forma más popular es hacerlo en tres grupos: los pobres, la clase media y los ricos. El concepto es tangible e intuitivo; estas palabras inmediatamente desencadenan en nuestro cerebro imágenes e ideas que no surgen con tanta facilidad ante la mención de deciles o percentiles.
En la práctica, sin embargo, implementar una división en clases no resulta nada sencillo. ¿Dónde fijar el umbral que separa a la población pobre del resto?, ¿qué nivel de ingreso hace que una persona sea rica y no de clase media? Estas son preguntas imposibles de responder objetivamente, sin acudir a alguna arbitrariedad, a alguna convención social.
Mientras escribo estas líneas, en septiembre de 2020, en Argentina la línea de la pobreza oficial es de $ 6.081 mensuales. Naturalmente, una persona con un peso más que ese umbral ($ 6.082) no tiene ninguna ventaja en ningún aspecto relevante en comparación a otra cuyo ingreso es un peso inferior a la línea de la pobreza ($ 6.080). Esos escasos dos pesos no implican ninguna diferencia significativa en su capacidad de compra o en sus oportunidades de acceso a bienes y servicios. Y, sin embargo, las dos personas quedan ubicadas en categorías muy diferentes: oficialmente una es pobre y la otra no. El problema, naturalmente, no está en el valor de $6.081 que hoy utiliza Argentina para su línea de pobreza; cualquier otro valor generaría el mismo inconveniente. El problema central es que el ingreso es una variable continua: los ingresos van creciendo progresivamente a medida que nos vamos moviendo en la escalera distributiva. La diferencia entre dos escalones contiguos es casi imperceptible, pero cuando nos movimos muchos escalones y miramos hacia atrás las diferencias son grandes. En la realidad entonces no existen tres grupos claramente diferenciados de personas, con ingresos muy parecidos entre ellos y muy diferentes con los del otro grupo. Fijar los límites entre las tres “clases” es un ejercicio arbitrario: una convención social.
Ocurre lo mismo en muchos otros órdenes de la vida. Pensemos por ejemplo en la edad y pretendamos dividir a las personas en jóvenes, adultos y mayores. Aunque todos entendemos esos tres conceptos, es imposible que encontremos razones objetivas para fijar líneas de edad rigurosas que separen a esos tres grupos. Lo mismo ocurre con muchas variables continuas que encontramos útil categorizar. ¿Cuál es la temperatura en la que “deja de hacer frío”? ¿Cuál es la distancia a partir de la cual algo está “lejos”? El hecho de que no podamos definir objetivamente los conceptos de joven, o de frío, o de lejos, y que usemos definiciones distintas dependiendo del contexto, no significa que no sean categorías útiles para la vida diaria y para el avance del conocimiento. Lo mismo ocurre con los conceptos de pobreza, clase media o riqueza, y en general con toda división de la población en clases. Es absolutamente imposible definir objetivamente estos conceptos, pero aun así en muchas circunstancias es útil adoptar alguna convención social arbitraria para utilizarlos en el debate.
Suficiente para este repaso de instrumentos y problemas de medición. Echemos un vistazo ahora a la evidencia sobre desigualdad en América Latina.
* Más cercano en el tiempo, sumo a uno de mis escritores favoritos, Martín Caparrós, con El hambre.
** En la práctica muchos países calculan la desigualdad no sobre el ingreso sino sobre otra variable monetaria: el gasto de consumo. En América Latina el enfoque más extendido es medir desigualdades de ingreso.
*** El cálculo asume que cada uno tiene dos hijos, y que la riqueza se invierte para no perder el valor real, pero sin generar intereses reales.
**** Las encuestas de hogares no son homogéneas entre países de la región, y ni siquiera en un país a través del tiempo, por lo que el tema de la comparabilidad de los resultados es de gran relevancia. En este libro seguimos la metodología del proyecto SEDLAC (CEDLAS-UNLP y Banco Mundial) y hacemos todos los esfuerzos posibles para hacer las estadísticas comparables, utilizando similares definiciones de variables y aplicando métodos consistentes de procesamiento de los datos.
Capítulo 3
La región más desigual del mundo
… el hecho familiar de que la desigualdad en América Latina es considerablemente más alta que en el resto del mundo.
Klaus Deininger y Lyn Squire
“América Latina es la región más desigual del mundo.” La frase no puede faltar en un reporte académico o de prensa sobre el tema; sintetiza la gravedad del problema en la región y atrapa la atención del lector o el oyente. Muchos la hemos usado con ese fin en estudios y conferencias. A la luz de la nueva evidencia disponible quizás la proposición no sea estrictamente cierta, aunque no esté muy lejos de la verdad: los países de América Latina están entre los más desiguales del mundo, posiblemente superados solo por algunos de África al sur del Sahara. Más allá de su posición exacta en el ranking internacional, es claro que una caracterización de las sociedades latinoamericanas estaría incompleta sin una mención a su alto grado de desigualdad económica. Veamos entonces cuán desigual es América Latina comparada con el resto del mundo.
Un comentario antes de empezar: comparar la desigualdad entre países y regiones exige datos de los ingresos de la población de todas, o casi todas las naciones del mundo. Por ejemplo, en un reciente trabajo del CEDLAS construimos indicadores de desigualdad a partir de las respuestas a encuestas de hogares de más de cuatro millones de personas en más de cien países. Esos datos nos ayudan a tener una idea aproximada del nivel de desigualdad en las sociedades en las que viven las más de seis mil millones de personas del mundo en desarrollo. Este es un propósito ambicioso, difícil de alcanzar por otro método: un ejemplo de que, aun reconociendo sus limitaciones, en ciertas áreas las estadísticas tienen algunas ventajas sobre otras formas del conocimiento.
¿La región más desigual?
En un famoso estudio a mediados de los 90 Klaus Deininger y Lyn Squire afirmaban que sus datos confirmaban el “hecho conocido de que la desigualdad en América Latina es considerablemente más alta que en el resto del mundo”. Pero ese y otros estudios semejantes tenían dos problemas. En primer lugar, en América Latina por lo general se calcula la desigualdad de ingresos, mientras que en la mayoría del resto de los países en desarrollo se estima la desigualdad en el gasto de consumo. Cuando ajustamos los cálculos por esta diferencia metodológica las distancias con el resto del mundo se acortan: América Latina ya no parece tan desproporcionadamente desigual respecto de otras regiones.
El segundo problema de los estudios de décadas pasadas es que, por falta de información confiable, se ignoraba lo que ocurría en África al sur del Sahara. Ante la falta de datos la teoría reemplazaba a la evidencia. Y la teoría sostenía que los países muy pobres seguramente eran poco desiguales ya que la falta de recursos dejaba a las élites ricas muy poco para extraer, y además no generaba un contexto propicio para que algunos invirtieran en capital humano y florecieran los emprendimientos productivos rentables y los trabajos calificados bien pagos. Pero esas predicciones estaban erradas, al menos en muchos países de África: las mediciones recientes revelan niveles de desigualdad inéditos. El coeficiente de Gini del consumo de Sudáfrica es 63,4; el de Botsuana, 60,5; el de la República Centroafricana, 56,2. Haití es el único país americano con niveles comparables y aun así es significativamente inferior: 52,3. Los países de América Latina tienen todos coeficientes de Gini del consumo inferiores a 50. En un estudio con Jessica Bracco, Luciana Galeano y Mariela Pistorio estimamos que el promedio del coeficiente de Gini del consumo para los países de África subsahariana en 2015 fue 43,8; superior al promedio en América Latina (40,1), el segundo en el ranking. En ese estudio, enfocado en el mundo en desarrollo, encontramos que el grupo de países de desigualdad muy alta está casi enteramente compuesto por países de África subsahariana, a excepción de Haití. La mayoría de los países de América Latina están ubicados en el grupo de desigualdad alta. En el tercer estrato, el de desigualdad media, se ubican casi todos los países de Asia y los del Norte de África. Por último, el grupo de baja desigualdad está integrado en su totalidad por economías en desarrollo de Europa del Este y Asia Central.
En síntesis, América Latina es a todas luces una región de países muy desiguales, quizás solo menos desiguales que varios de África al sur del Sahara. Naturalmente, el hecho de no ocupar por poco margen el primer lugar en la escalera mundial de la desigualdad no debe ser ningún consuelo ni motivo de conformidad. Menos aún cuando hay otras comparaciones preocupantes. Veamos.
El exceso de desigualdad
Por distintos motivos, el grado de desigualdad de un país tiene alguna relación con su nivel de desarrollo económico. La relación, por supuesto, no es determinística, como nada lo es en ciencias sociales, pero la evidencia parece sugerir que, en promedio, el desarrollo de un país contribuye a que la desigualdad de ingresos caiga. El desarrollo implica generalmente expansión de la educación, el surgimiento de una “clase media” amplia, la reducción de brechas de género y territoriales, y un Estado con más instrumentos para hacer política redistributiva. Más allá de las razones, lo cierto es que en promedio la desigualdad en la distribución del ingreso medida por las encuestas de hogares tiende a caer con el grado de desarrollo del país. La Figura 1 es una ilustración de este fenómeno.
Figura 1: El exceso de desigualdad de América Latina

Fuente: Elaboración propia con datos de PovcalNet (Banco Mundial). Nota: El eje horizontal mide el logaritmo del ingreso bruto nacional per cápita ajustado por paridad de poder de compra. El eje vertical mide el coeficiente de Gini de la distribución del consumo per cápita (circa 2015). Los países de América Latina están marcados con triángulos negros.
La figura nos revela también algo inquietante: los países de América Latina, marcados con triángulos, están todos por arriba de la línea punteada que grafica la relación promedio entre desarrollo y desigualdad. Cada uno de los países de nuestra región tiene un nivel de desigualdad que es mayor al que sería esperable de acuerdo a su grado de desarrollo económico: las sociedades latinoamericanas sufren de “exceso de desigualdad”.
Tomemos el caso de Argentina. Entre los países con similares niveles de ingreso nacional per cápita, los únicos con desigualdad mayor a Argentina son otros países de América Latina; Chile, México y Panamá. En contraste, en todos los países de grado de desarrollo similar a Argentina que no pertenecen a Latinoamérica —Bielorrusia, Bulgaria, Croacia, Hungría, Rumania y Turquía— el coeficiente de Gini es menor. Este “exceso de desigualdad” gatilla uno de los interrogantes más interesantes del debate académico y político sobre temas distributivos en nuestra región: ¿por qué América Latina es más desigual que otras regiones del mundo?; ¿de dónde proviene ese exceso de desigualdad? Paciencia: este es un capítulo sobre los hechos, no las explicaciones. Aún quedan muchos capítulos en los que tratar estas cuestiones.
Desigual también en oportunidades
América Latina es también una región muy desigual en el contexto internacional si en lugar de medir brechas de ingreso o consumo, medimos brechas de oportunidades. Como argumentamos en los dos capítulos anteriores, evaluar igualdad de oportunidades tiene algunas ventajas conceptuales pero muchas desventajas prácticas. Eso explica que los estudios sobre ese tema sean todavía escasos, controvertidos, metodológicamente más frágiles.
Esa situación lentamente está cambiando gracias al esfuerzo de muchos investigadores que han comenzado a medir desigualdad de oportunidades con esquemas conceptuales más robustos y comparables. EqualChances.org es hoy en día la base de datos sobre igualdad de oportunidades y movilidad social más ambiciosa del mundo. La base está creciendo rápidamente: al momento de escribir este párrafo ya contaba con medidas de desigualdad de oportunidades de 47 países, construidas sobre datos de 124 encuestas nacionales. Aún hay pocas estimaciones para África subsahariana y algunas regiones de Asia, pero el mapa mundial de la desigualdad de oportunidades va lentamente tomando forma. En ese mapa los países de América Latina están pintados con un color intenso: el que revela un alto grado de desigualdad de oportunidades. De hecho, en la muestra de países con estudios comparables, los de mayor desigualdad son casi todos latinoamericanos: Guatemala, Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia.
No es casual que nuestra región esté situada en los escalones más altos de la desigualdad de ingresos y también de oportunidades, ya que hay una relación de retroalimentación entre ambas: una situación de mayores brechas de ingresos entre los padres está asociada a más desigualdad de oportunidades entre los hijos, que a su vez se cristaliza en mayor desigualdad de ingresos cuando estos se vuelven adultos: un círculo vicioso.
¿Y los países desarrollados?
Pese a que este es un libro sobre América Latina, una región en el llamado “mundo en desarrollo”, no está de más echar un vistazo a lo que pasa en los países más ricos, los del Primer Mundo. La evidencia con datos de encuestas de hogares es concluyente: la desigualdad en este grupo es menor que en los países en desarrollo y específicamente bastante menor que en América Latina. Tomemos por ejemplo datos del Luxembourg Income Study, un ambicioso proyecto que comprende información de 36 países, incluidos seis de América Latina. Los coeficientes de Gini de esos seis países latinoamericanos ocupan un rango que va desde 43,9 en Uruguay a 50,6 en Colombia. El rango de los países ricos no se superpone: va desde 22,8 en Dinamarca a 37 en Estados Unidos. De acuerdo a esta base de datos, el país más desigual entre los industrializados, Estados Unidos, tiene un Gini inferior al país menos desigual entre los latinoamericanos, Uruguay.
En parte, la relativa baja desigualdad en los países desarrollados es consecuencia de un sistema impositivo más progresivo y un Estado de Bienestar más extendido. Es la deliberada intervención estatal haciendo política redistributiva la que alivia la desigualdad de mercado. Los países en desarrollo también hacen política fiscal redistributiva mediante impuestos y gasto público social pero, generalmente su intensidad y su carácter progresivo es menor. Un reciente estudio del BID encuentra que mientras que en los países industrializados de la OCDE la combinación de impuestos y transferencias reduce el coeficiente de Gini en 38%, en América Latina la reducción es muy inferior: apenas 5%. Esperemos hasta el capítulo 9 para extender esta discusión.
Los países desarrollados tienen ventajas informativas sobre el resto: no solo realizan encuestas de hogares, sino que al ser economías muy formalizadas pueden también estudiar la desigualdad de ingresos con datos de declaraciones impositivas. A partir de fuentes tributarias de dieciocho países desarrollados, el Chartbook of Economic Inequality reporta que en promedio la participación del 1% más rico en el ingreso nacional es de alrededor del 10%. Hay diferencias importantes entre países. En Holanda la participación es del 6,3%, y en Suecia del 7,2%, mientras que en Estados Unidos es del 18,4%. Este valor, de hecho, es superior al estimado en algunos países de América Latina como Argentina y Uruguay. Algunos sostienen que si se pudieran medir bien todas las fuentes de ingreso, la participación del 1% más rico en el ingreso nacional sería más alta en Estados Unidos que en la mayoría de las economías de América Latina.
Habrá que esperar para tener el panorama más claro: las comparaciones de desigualdad con datos impositivos entre los países industrializados y los de América Latina todavía son escasas y frágiles. Brasil es hasta ahora el único país latinoamericano incluido en el promocionado World Inequality Report, que combina información de encuestas de hogares con registros impositivos y Cuentas Nacionales. En 2016 la participación del 10% más rico en Brasil fue del 55%, un valor mayor al de todos los países desarrollados incluidos en el informe, que no superaban el 50% (37% en Europa, 47% en Estados Unidos y Canadá).
Estamos mal pero ¿vamos bien?
Un controvertido ex-presidente argentino reclamaba que no se debía juzgar la situación actual, sino la dirección del cambio. Para aquietar las quejas afirmaba que “estamos mal, pero vamos bien”. Parece claro que estamos mal en términos de desigualdad en América Latina, pero ¿vamos bien? ¿Es posible que nuestra visión negativa del alto nivel de desigualdad de la región sea menos pesimista porque de a poco esas desigualdades se están reduciendo?
Por algún tiempo ese fue el caso. Durante la década del 2000 la desigualdad de ingresos se redujo en América Latina. Cayó en todos los países, con independencia de la orientación política de sus gobiernos. Las razones son múltiples: rebote de crisis anteriores, excepcionales condiciones internacionales, políticas laborales activas, expansión de programas sociales. Vamos a analizar estas razones a lo largo del libro. Ciertamente, la caída de la desigualdad en esa década no fue espectacular, pero contrasta con el aumento en las dos décadas anteriores. La Figura 2 le pone números a este fenómeno: el promedio del coeficiente de Gini del ingreso entre los países de América Latina creció de 50 en 1980 a 52,8 en 2002. En la siguiente década la caída fue significativa: en 2012 el Gini había descendido unos seis puntos, alcanzando el valor de 47, y en 2014 estaba en 46,4.
Figura 2: Coeficiente de Gini del ingreso per cápita familiar.
América Latina

Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de SEDLAC (CEDLAS y Banco Mundial).
Nota: Promedio no ponderado de dieciséis países latinoamericanos. Las estimaciones para 2020 son aún preliminares.
Pero esa “primavera” pasó rápido: la caída de la desigualdad de ingresos se desaceleró o directamente se detuvo en todos los países en la década siguiente. El coeficiente de Gini estimado promedio para la región en el año 2020 era muy semejante al de una década atrás: la década del 2010 ha sido una “década perdida” en términos de mejoras distributivas. Y por supuesto, el comienzo de la nueva década no ha sido auspicioso. Todas las estimaciones, aún preliminares al momento de escribir estas líneas, sugieren un significativo aumento de la desigualdad en la región como consecuencia del impacto asimétrico de la pandemia del COVID-19.
En resumen, si bien hubo acción en la película de la desigualdad en América Latina —acción que vamos a contar y analizar en el resto del libro— la foto hoy no es muy distinta de la de algunas décadas atrás: América Latina sigue siendo una región muy desigual, sigue ubicada en los peldaños altos de la escalera de la desigualdad mundial, sigue teniendo “exceso de desigualdad”.
Más allá del ingreso
Hasta acá ilustramos las desigualdades socioeconómicas sobre la base de una variable monetaria: el ingreso. El ingreso (o consumo) de una familia es una variable conveniente que resume de forma aproximada el nivel de vida de los miembros de ese hogar. Pero, naturalmente, el ingreso no puede captar todos los aspectos de la vida de las personas. Documentar todas las desigualdades socioeconómicas en América Latina es una tarea enciclopédica; esta sección ilustra la magnitud de las brechas con algunos pocos ejemplos de dos sectores clave para el desarrollo humano: la educación y la salud.
La gran mayoría de los países de América Latina ha avanzado exitosamente hacia el objetivo de escolarización primaria universal. No hay muchas diferencias en ese aspecto: casi todos los niños latinoamericanos, pobres o ricos, hoy van a la escuela. Pero las semejanzas acaban ahí. Las brechas empiezan a abrirse en el nivel medio de educación. Muchos jóvenes de familias pobres no empiezan la secundaria, varios dejan en el camino, muy pocos empiezan un programa terciario, casi ninguno termina la universidad. En Bolivia solo el 35% de los jóvenes del decil más pobre terminan la secundaria; el porcentaje asciende al 80% en el decil más rico. La brecha es más grande en México (23% en el decil 1 y 77% en el 10) y mayor aún en Honduras (10% y 68%, respectivamente). En El Salvador cerca del 45% de los jóvenes de familias en el decil superior de ingresos asisten al nivel terciario de educación; el porcentaje cae al 2% en el decil más pobre. La brecha se magnifica en Paraguay y más aún en Brasil.
Las brechas no se acaban en el acceso a la educación. Entre quienes logran asistir a la escuela, colegio o universidad las diferencias se expresan en otra dimensión: la calidad. Los jóvenes latinoamericanos del decil más rico asisten en su mayoría a escuelas privadas dotadas de más recursos, profesores mejor pagos, computadoras, mejor infraestructura. En contraste, los jóvenes de contextos vulnerables van a escuelas públicas en zonas marginales de las ciudades o en áreas rurales alejadas, donde pese al esfuerzo diario de maestros y profesores cuentan con menos infraestructura, menos material, a menudo menos días de clase. Las diferencias se extienden a una dimensión intangible pero esencial: el capital social. En las escuelas secundarias de jóvenes de familias acomodadas el “ambiente” predispone a graduarse y continuar los estudios en un nivel superior, o bien insertarse en un trabajo formal. Todos los padres han seguido ese camino: la motivación (o la presión) para los hijos es fuerte. Y también están disponibles los medios económicos, los contactos personales y las redes de información para progresar en esa dirección. Nada de esto existe en las escuelas del primer decil: ningún padre fue a la universidad, ningún compañero tiene información de cómo acceder a una beca, no hay en el barrio contactos para aplicar a un empleo formal.
Las desigualdades sociales se expresan también, a menudo con crudeza, en un área sensible: la salud. La mayor prevalencia de enfermedades graves evitables, la menor esperanza de vida y la mayor tasa de mortalidad infantil en hogares carenciados son hechos frente a los que pocos pueden no sensibilizarse. La evidencia sobre desigualdades en salud en nuestra región es amplia y contundente. En el caso de Honduras, mientras que el 66% de los adultos del quintil más alto que manifestaron sentir alguna dolencia consultaron a un profesional, el porcentaje cae al 29% entre los adultos del quintil más pobre. Un estudio revela un resultado interesante: más de un 10% de los adultos del quintil de mayores ingresos visitaron a un médico, aun cuando declaran no haberse sentido enfermos; ese comportamiento es casi inexistente entre los pobres. En Paraguay los porcentajes de asistencia al médico son 45% en el quintil más pobre y 74% en el más rico. La mención a la falta de recursos económicos para no ir al médico es más del doble entre aquellos del primer quintil. La evidencia revela también que en toda América Latina el tiempo requerido para llegar a un centro de salud es mucho mayor entre las personas con carencias monetarias, y también lo es el tiempo de espera en el establecimiento, lo que desalienta la frecuencia de las visitas. En Guatemala una persona pobre necesita invertir 20% más de tiempo para acceder a un médico que alguien del quintil más rico; en El Salvador la brecha asciende al 30% y en Panamá supera el 100%. Estos son apenas unos ejemplos; las desigualdades en salud se extienden en todas direcciones: las familias más pobres tienen menos chances de tener un seguro de salud y de acceder a una clínica privada, más probabilidad de tener enfermedades crónicas, de vivir con alguna discapacidad motora, de morirse antes.
Y naturalmente las desigualdades no se agotan en el ingreso, el consumo, la educación y la salud. Las desigualdades se manifiestan por todos lados. Las familias más pobres pasan más tiempo en el transporte público, más tiempo buscando ofertas, más tiempo esperando que las atiendan en alguna oficina pública. La igualdad política se acaba en el voto: las personas pobres tienen menos influencia en las discusiones públicas y decisiones políticas, menos contactos en la justicia, menos conocidos en las burocracias estatales. Esta asimetría implica, por ejemplo, que a iguales condiciones tengan menos chances de conseguir un trabajo en el sector público, menos posibilidades de lograr algún beneficio administrativo, más chances de ir presas por un mismo delito. Las personas pobres tienen una probabilidad mucho más alta de vivir cerca de un basural, de ser mordidas por perros callejeros, de ser robadas en la calle, de ser golpeadas en sus casas. Algunas no tienen electricidad, muchas no cuentan con agua potable en su vivienda; algunas no tienen ni siquiera vivienda. Los servicios de saneamiento, el acceso al gas o el pavimento se van volviendo rarezas apenas uno se aparta algunas cuadras de los barrios más acomodados. En las casas de las familias pobres no hay computadoras (por suerte sí celulares), quizás ningún libro. No hay activos con los que sentirse seguros si ocurre un shock negativo; si alguien se enferma, si la cosecha no funciona, si las changas vienen flojas. Las privaciones se repiten en el mercado laboral: las personas pobres acceden a trabajos precarios, inestables, de bajos salarios y sin beneficios sociales, o directamente están desempleadas. Obviamente, y pese a algún grado de mitigación que provee el acostumbramiento, este abrumador conjunto de privaciones objetivas se traduce en un estado emocional de descontento, de frustración, de pesar. Las encuestas y estudios experimentales que buscan captar el grado de bienestar subjetivo de las personas no dejan dudas: las personas más pobres son, en promedio, menos felices.
En síntesis, las desigualdades se manifiestan en múltiples áreas. El ingreso es un resumen imperfecto de una realidad compleja y multidimensional. Pero no debemos cometer el error común de desestimar las estadísticas sobre brechas de ingresos. Con todos sus defectos y limitaciones, los indicadores de desigualdad de ingresos proveen la manera más simple, tangible y comprensible de resumir las brechas socioeconómicas en el mundo real. Sigamos hablando entonces en el resto del libro sobre desigualdad de ingresos como una simplificación: un atajo al conjunto de desigualdades socioeconómicas que nos llevaría varios libros poder documentar.
El resto del libro
Existe una ilusión frecuente en los discursos, en los debates, en las presentaciones académicas. El orador hace un diagnóstico pormenorizado de la situación social, listando cuidadosamente las desigualdades económicas, dando cifras, brindando ejemplos, compartiendo relatos, mostrando imágenes. No hace falta mucho esfuerzo para lograr su objetivo, para dar evidencia de lo evidente: el mundo actual está repleto de desigualdades, muchas de ellas injustas, inexcusables, algunas directamente escandalosas. Pero acá es donde ocurre algo extraño: el diagnóstico de la situación genera la ilusión de la comprensión plena de sus determinantes, de sus causas profundas, y más aún: de su solución. Tanto es así que a menudo la presentación incluye solo el diagnóstico: la crudeza de la situación pareciera tener implicancias obvias sobre sus razones y sobre las políticas para revertirla. Desafortunadamente, el mundo no es tan simple. El diagnóstico, por más acertado que sea, solo nos dice que tenemos un problema. Por qué ocurre y cómo evitarlo son dos preguntas de una complejidad de órdenes de magnitud mayor.
Los próximos diez capítulos parten de un diagnóstico claro: la desigualdad en las sociedades actuales, y en particular en las latinoamericanas, ha sido y es preocupantemente alta. Esta observación desencadena algunos interrogantes básicos: ¿Cuáles son las razones de este fenómeno? ¿Hay formas de aliviarlo? Los siguientes capítulos hacen un largo recorrido por los argumentos y la evidencia reciente sobre estas preguntas tan fundamentales.
Capítulo 4
Los orígenes de la desigualdad
Nadie, creo, vio jamás una manada de búfalos, de los cuales unos pocos eran gordos y la gran mayoría flacos.
Henry George
…notamos tanta desigualdad entre los animales de una misma especie como entre los hombres.
René Descartes
Este capítulo se propone una tarea imposible. Identificar las razones de la desigualdad en la distribución del ingreso en una sociedad es una tarea ciclópea, imposible de concretar con algún grado de precisión. Para comprender la magnitud de la empresa reduzcamos el problema a su mínima expresión y empecemos pensando en nuestro caso personal. ¿De dónde proviene nuestro ingreso, nuestra capacidad económica actual?
El ejercicio de introspección no es fácil. Nuestro bienestar económico presente es el resultado de una enorme cantidad de factores: nuestro nivel educativo, nuestra capacidad de trabajo, nuestro talento, nuestros contactos, nuestra suerte, nuestras preferencias por el tipo de empleo, nuestra disposición o no a involucrarnos en actividades corruptas, nuestra riqueza heredada, nuestra habilidad para invertirla, nuestra salud, nuestra edad. Es también producto del salario vigente, del poder de los sindicatos que nos representan para negociarlo, de la productividad en la actividad laboral que realizamos, del precio que podemos cobrar por lo que vendemos si nos dedicamos a algún negocio, de la tasa de retorno a algún activo si disponemos de capital para invertir. Nuestra capacidad económica también es consecuencia de la política fiscal y redistributiva del gobierno, que define los impuestos que pagamos, las transferencias que recibimos, y los bienes y servicios que nos provee el Estado gratuitamente o a precios subsidiados. Muchas de estas variables a su vez dependen de la situación general del país, de su grado de desarrollo, de su inserción internacional, de los términos de intercambio en el comercio, de su situación macroeconómica y fiscal. Y la productividad, de la cual dependen en parte nuestros ingresos, está afectada por la tecnología, por las maquinarias disponibles, por la inversión que permite la incorporación de nuevas técnicas, por las políticas que alientan o desalientan la inversión, por el acceso al crédito.
Nuestro ingreso está determinado en parte por la geografía: nosotros en otro país tendríamos un ingreso distinto. Y en gran parte esa diferencia de ingresos entre naciones está explicada por el pasado: nuestro ingreso está casi trivialmente determinado por la historia. La actual distribución del ingreso está fuertemente condicionada por factores que se fueron moldeando con el tiempo: la distribución de la tierra, las oportunidades educativas, las políticas públicas y tantas otras.
Nuestro ingreso está determinado por la biología y la física: nuestro genoma, esa particular forma en la que se acomodaron las bases nitrogenadas en el ADN de nuestra primera célula, afecta sin duda nuestro talento, nuestras habilidades cognitivas, nuestras capacidades sociales, nuestro carácter, nuestra disposición al trabajo y el esfuerzo, todos factores que tienen influencia sobre nuestra capacidad económica.
Indiscutiblemente, nuestro ingreso está determinado también por un sinnúmero de factores sociales: por las motivaciones que recibimos de chicos, por los ejemplos que enfrentamos, por los modelos que tuvimos cerca, por los grupos de los que nos tocó ser parte, por la forma como fuimos estimulados, o protegidos, o valorados, o discriminados, o estigmatizados, o agredidos.
Y por supuesto nuestra vida, y por ende nuestro ingreso, están afectados por el azar. El azar que nos abre una oportunidad inesperada o que nos castiga con un accidente inoportuno, la suerte de haber estado en el lugar justo, la desgracia de haber llegado un segundo tarde.
Es posible seguir agregando factores, pero el punto es claro: no es fácil determinar con precisión cuáles son las causas profundas de nuestro ingreso actual. Ahora bien, lo que pretendemos en este capítulo y los siguientes es mucho más ambicioso: queremos saber cuáles son las razones que explican las diferencias de ingreso entre dos personas, y luego entre las millones que viven en un país, y entre las miles de millones que habitan el mundo. Y no solo eso, sino que queremos entender los cambios de esas diferencias en el tiempo. Es una tarea imposible.
No, no abandonen la lectura. Esta confesión de fracaso no es propia de este libro o de este tema. Así son las ciencias sociales: tratan temas complejos, multicausales y cambiantes. Si bien difícilmente podamos conocer con precisión todas las razones detrás de la desigualdad, la Economía, y en general las ciencias sociales, nos ayudan a pensar este fenómeno complejo. Nos ayudan a articular las hipótesis con más claridad, a establecer su verosimilitud, a distinguir su relevancia y a evaluar su consistencia con los hechos de la realidad. Vamos a comenzar entonces nuestro largo tour de varios capítulos por los factores que las ciencias sociales han identificado como más relevantes para entender la desigualdad económica. La propuesta es empezar con una mirada amplia, que trascienda las sociedades humanas modernas. Comencemos, de hecho, por los animales.
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