Kitabı oxu: «Discursos I. Autobiografía»
DISCURSOS
I
AUTOBIOGRAFÍA
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 290
LIBANIO
DISCURSOS
I
AUTOBIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
ANTONIO MELERO BELLIDO

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por PALOMA ORTIZ GARCÍA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO374
ISBN 9788424933104.
INTRODUCCIÓN
I. LA VIDA DE LIBANIO 1
Libanio nació en el año 314 d. C, dos años, por tanto, después de la derrota de Magencio y la conversión de Constantino al cristianismo. Su familia pertenecía a la clase dirigente de Antioquía, si bien su padre perdió sus propiedades, dejándola, a su muerte, en una situación comprometida. Libanio encontró, sin embargo, un segundo padre en su tío materno, Fasganio, que no sólo asistió a la viuda en el cuidado y educación de los huérfanos, sino que hasta su muerte fue uno de los más devotos admiradores del orador. Aun así el círculo familiar de Libanio desempeñó un papel principal en la vida municipal de Antioquía. El orador, orgulloso de su origen y del poder e influencia de sus antepasados y parientes, eligió, por obra de una vocación muy temprana, la carrera de las letras, renunciando a las posibilidades que se le ofrecían en la administración imperial o en el consejo —la boulḗ— de Antioquía. Siguió, pues, el cami no de las letras griegas, para convertirse en un sofista, que en la época valía tanto por «orador» como por «profesor de retórica». Libanio considera necesario narrar con todo detalle el descubrimiento de esta vocación literaria, que acabaría en auténtica pasión, cuando apenas contaba quince años. Durante cinco años se consagró con ahínco, con la ayuda de un grammatistḗs, un maestro de primeras letras, al estudio de los clásicos griegos —los oradores, Aristófanes, Platón—, cuyas obras aprendía de memoria 2 . A los veintidós años, en el 336, sintió la necesidad de ir a estudiar a Atenas, centro entonces de la cultura griega. Con ello emprendía un camino sin retorno en la elección de su modo de vida. De allí volverá a Antioquía ya convertido en un sofista. Para subvenir a los gastos de su estancia en Atenas, su madre se vio obligada a vender las propiedades de la familia. Desde el año 336 al 340 permaneció en Atenas. La descripción de su etapa de estudiante en la ciudad de Teseo nos ofrece un vívido retrato de la vida académica de la época, con las encarnizadas y, a veces, brutales rivalidades entre escuelas, lo que le procuró algunos sinsabores. Al final de su estancia, sus capacidades intelectuales le habían procurado ya una cierta fama y recibió la oferta de ser nombrado profesor de la ciudad. Su nombramiento le atrajo inmediatamente los celos de los profesores rivales, que no pararon en sus maquinaciones y acosos hasta conseguir su renuncia en 340, año en que abandonó la ciudad. Después fue profesor durante tres años en Constantinopla, hasta que las insidias de sus enemigos, aliados con el procónsul, le obligaron a abandonar la ciudad para salvar la vida. Posteriormente aceptó una invitación del consejo de Nicea para establecerse en la ciudad como sofista. Poco permaneció en esta ciudad, ya que inmediatamente aceptó la invitación de Nicomedia, donde permaneció algún tiempo. Su estancia en Nicomedia, desde el 344 al 349, con una bien ganada fama ya de rétor excelente, parece haber sido uno de los períodos más felices de su vida, a juzgar por el cariño y la emoción con que se refiere en la Autobiografía a la ciudad y a sus habitantes. Fue en esta ciudad donde el futuro emperador Juliano entró en contacto con los escritos de Libanio, al que admiró sin límites y cuya enseñanza —no directa, ya que el trato con un pagano le estaba aún vedado— fue determinante para su obra literaria y de gobierno 3 .
En el año 349, y como resultado, sobre todo, del éxito obtenido con sus panegíricos dirigidos a los emperadores Constancio y Constante, fue llamado a Constantinopla, donde fue nombrado sofista oficial con un sueldo imperial. No permaneció mucho en la corte. Pronto empezó a maniobrar para obtener permiso del emperador a fin de dejar la ciudad. En el verano del 353 consiguió el ansiado permiso para pasar las vacaciones en su ciudad natal, Antioquía, a la que no había vuelto desde su partida. El relato del regreso a la ciudad es uno de los pasajes más emotivos y, quizás, sinceros de toda la Autobiografía. Aún así, debió volver a Constantinopla para iniciar las clases del nuevo curso. Pero a comienzos del año 354 lo encontramos de nuevo en Antioquía. El abandono de la cátedra imperial para establecerse definitivamente en Antioquía no debió de ser fácil. Libanio no es muy explícito sobre este punto. Adujo, sin duda, razones de mala salud; pero debemos imaginárnoslo también moviendo todas sus influencias y desplegando una frenética actividad epistolar para conseguir, de un lado, el ansiado permiso del emperador para abandonar Constantinopla y, de otro, influencias en Antioquía para ser nombrado sofista oficial y conseguir alumnos para su escuela. En 355 lo encontramos definitivamente instalado en su ciudad natal, que no abandonará ya nunca más. En esta época se inician las cartas que nos han llegado y que tanta información nos proporcionan sobre la vida de una ciudad en el Bajo Imperio.
No llegó Libanio a Antioquía en un buen momento político. El emperador Constancio estaba en Occidente ocupado en reprimir el intento del usurpador Magnencio. El gobierno de la pars Orientis había sido confiado al sobrino de Constancio, el César Galo, que lo ejercía de forma despótica y brutal. Galo estuvo implicado en el linchamiento del consular de Siria y permitió que los soldados mataran al prefecto pretoriano del Este Moncio. Pero, sobre todo, Galo chocó con el consejo de Antioquía, un punto este al que Libanio era particularmente sensible. El poder municipal entró a lo largo del siglo IV en claro declive ante la creciente centralización de la administración imperial. Libanio, miembro de familia curial, veía en ello no sólo una disminución efectiva de la autonomía municipal, sino también un signo más del debilitamiento de la cultura griega, una de cuyas instituciones centrales, la pólis, él creía aún reconocer en el autogobierno municipal 4 . Por ello, debió de considerar doblemente brutal la crisis que enfrentó a Galo con el consejo de Antioquía. Éste había fracasado en las medidas adoptadas para hacer frente a la hambruna. Galo no dudó en apresar a los miembros del consejo y en amenazar con la pena de muerte a sus miembros más sobresalientes. La crisis se resolvió con la destitución, primero, y la ejecución, después, de Galo. Pero el episodio puso una vez más en evidencia el progresivo declive de Antioquía, económicamente asfixiada por las guerras con Persia y las campañas de Mesopotamia 5 .
Conocemos muy detalladamente los primeros diez años de Libanio en Antioquía (del 354 al 364) gracias no sólo a su Autobiografía, sino, sobre todo, a sus cartas. El momento más brillante para Libanio fue el período del 354-64, que coincidió, en parte, con el reinado de Juliano como emperador —desde el 362— y la estancia de éste en la ciudad. En estos años Libanio creyó acariciar uno de los sueños de su vida, la resurrección del paganismo —lo que hay que entender, sobre todo, como la reactivación de la cultura griega—por intermediación de Juliano. Así se expresa exultante en la Autobiografía (caps. 119-32) sobre la realización de ese sueño: el resurgimiento de los viejos cultos —que él mismo reconoce que sólo, en algunos casos, los viejos recordaban—, la práctica de la adivinación, el florecimiento de la oratoria. Un sueño que duró muy poco. Pronto tuvo serios roces con el emperador, a causa de las diferencias de éste con el consejo de Antioquía —y, otra vez, por las dificultades creadas por la falta de abastecimiento— y por la creciente difusión del cristianismo entre sus conciudadanos.
A partir del año 356 las cartas de Libanio dejaron de publicarse. No nos ha llegado ninguna del período, prueba de las precauciones que el orador tomó frente a las maniobras de sus enemigos en la corte de los sucesores de Juliano, Joviano y Valente. Dependemos, en lo esencial, de los datos que nos da el propio Libanio en la Autobiografía: estancia de Valente en Antioquía (entre 370-77), motivada, quizás, por nuevas campañas contra Persia; el oscuro asunto de Teodoro, que acarreó un aluvión de denuncias y condenas por prácticas mágicas y de adivinación, y del que el propio Libanio escapó a duras penas. En el año 378 Valente murió en la batalla de Adrianópolis. No mucho después Libanio compuso un discurso (XXIV) dirigido a Teodosio en el que sostenía la tesis de que la derrota de Adrianópolis era un castigo de los dioses por haber quedado impunes los asesinos de Juliano. A partir del año 388 volvemos a tener cartas del orador, que nos permiten reconstruir mejor los últimos años de su vida.
Como la composición de la Autobiografía, tal como veremos, no es ya orgánicamente unitaria para este período, lo que leemos en ella es, más bien, una lista de acontecimientos que podemos conocer mejor gracias a las cartas y los discursos. En 382 debió de intervenir ante el comes Orientis Filagrio en defensa de los panaderos. En 383-384 recibió el nombramiento de prefecto pretoriano a título honorífico, lo que le procuró poder e influencia suficiente como para componer discursos con pretensiones de crítica y reforma social. En esta línea se inscriben los discursos escritos entre 384-385, durante el mandato de Icario como comes Orientis, con quien Libanio mantuvo una relación tornadiza. Otro tanto cabe decir de su relación con Cinegio, con quien mantuvo contactos corteses durante su estancia en Antioquía camino de Egipto, pero cuya política de destrucción de los templos paganos resultaba odiosa a Libanio. En general el reinado de Teodosio fue más benéfico para Libanio. Aunque cristiano, al punto que en 391-392 prohibió absolutamente los cultos paganos, Teodosio supo, sin embargo, aceptar los consejos de políticos e intelectuales paganos, amigos muchos de ellos de Libanio, al que acabó distinguiendo, como hemos visto, en el año 383 con el título de prefecto pretoriano honorario.
Uno de los episodios que más impresionaron a Libanio fue la Revuelta de las Estatuas del año 387. Un edicto imperial, exigiendo más impuestos a la población de Antioquía, desencadenó una revuelta que alcanzó el clímax con la destrucción de los retratos y esculturas que representaban a los miembros de la familia imperial. La ciudad entera se hizo rea del desacato, aguardando, despavorida, el castigo del emperador. Libanio hizo lo posible para dulcificar las consecuencias del acontecimiento. En abril del 388 el pagano Taciano sucedió al cristiano Cinegio como prefecto pretoriano, cargo en el que permaneció hasta el 392. Entre tanto, había perdido a su íntimo amigo, Olimpio. Todavía en 391 debió asistir al funeral de la mujer con la que había vivido muchos años y en 392 al de su amado hijo Cimón.
Pero, por esta fecha, Libanio estaba ya al borde de la muerte, como se desprende de las cartas de la época. Y, poco después, probablemente en el año 393, murió, tras unos últimos años infelices, en los que su querida ciudad había visto mermada su independencia, su otrora influyente familia había sido reducida a un papel insignificante y la autoridad moral y capacidad de mediación ante los poderosos que tuviera en otros tiempos, desatendidas o rechazadas.
También ensombreció su última vejez la situación de su hijo ilegítimo Cimón. Tuvo que hacer frente a las conspiraciones para desposeerlo de las propiedades que, con tantos trabajos, había conseguido legarle y, finalmente, como hemos visto, asistir a su muerte. En estos últimos años debió soportar ataques contra sus asistentes y defenderse, incluso, contra arteras acusaciones de traición. Sufría, además, de agudos ataques de gota. Y, sobre todo, tuvo que presenciar el triunfo del latín y del derecho romano sobre las «letras griegas», que él, continuando una tradición que se remontaba a Isócrates, había defendido como el modelo ideal de educación del ciudadano.
La imagen que Libanio da de sí mismo está muy lejos de ser atractiva para una sensibilidad moderna; y, sin em bargo, Libanio se siente afortunado de su larga vida como profesor, a pesar de las muchas enfermedades, reales o ficticias, que no le abandonaron jamás. A la temprana edad de veinte años sufrió un misterioso accidente, con ocasión de una tormenta, que le provocó dolores de cabeza intermitentes hasta los cincuenta años aproximadamente. No podemos decir más al respecto, si bien no falta quien cree ver en estos misteriosos achaques una pose de rétor influido por el modelo de vida valetudinaria del admirado e imitado Elio Arístides. Algunas de las enfermedades de que se queja entre los años 354 y 357 fueron más imaginarias que reales, un pretexto para obtener el permiso de abandonar Constantinopla y establecerse definitivamente en su amada Antioquía. Pero, aunque no falte una buena dosis de afectación en la mención de sus males físicos, su salud se fue deteriorando, sin duda, con el paso del tiempo. A partir del 364 comenzó a sufrir fuertes ataques de gota, que lo mantenían imposibilitado, a veces, durante largos períodos. Junto con la gota sus viejos dolores de cabeza se fueron agravando con vértigos, depresiones y crisis nerviosas que le ocasionaban ataques de pánico por el miedo a caerse y lo mantenían inmóvil en su casa. El componente neurótico, por decirlo en términos psiquiátricos, parece claro, si se tiene en cuenta que muchos de esos síntomas tan alarmantes mejoraron o desaparecieron cuando Libanio creyó descubrir que se debían al mal de ojo que sus enemigos le habían causado. Muy debilitado ya al final de su octogenaria vida y ciego desde el año 391, continuó sus trabajos de profesor y de orador hasta su muerte, acaecida probablemente en el año 393.
Con su mala salud de hierro, Libanio adaptó su vida a las exigencias de su trabajo: una vida tranquila, dedicada enfervorecida y, a veces, enfebrecidamente a la enseñanza y al estudio, lejos de toda actividad práctica, aunque en situaciones extremas, como la crisis de los panaderos (caps. 208-209), no vaciló en intervenir enérgicamente ante el comes Orientis, Filagrio, en defensa de quienes consideraba víctimas de una violencia injusta. A pesar de su origen noble, de la nobleza provinciana de Siria, jamás desempeñó cargo público alguno, gozando, eso sí, de las exenciones de las cargas curiales que su puesto de sofista oficial le procuraba. Como intelectual sensible, no podía soportar la vista de la sangre ni de la violencia, que le provocaban repugnancia física. Este apocamiento ante las manifestaciones de violencia física se convertía en auténtica agresividad, cuando sentía menoscabado su prestigio y dignidad. Hasta el mismo Juliano, su amigo y protector, hubo de soportar algunas críticas suyas (caps. 121-24). Un carácter sensible, inestable, ávido de elogios y afilado para la crítica de los enemigos, deseoso de reconocimiento público; suspicaz hasta la paranoia, cuando creía ser objeto de una conspiración o de un desaire 6 , pero también indulgente con sus adversarios (caps. 63, 64, 114, 115).
La vida de Libanio en fechas
314: Nace en Antioquía, en el seno de una familia curial, en el reinado de Licinio como emperador de Oriente, dos años después de la derrota de Magencio y la conversión de Constantino.
324: Huérfano de padre cuando contaba 10-11 años. Constantino, único emperador, funda Constantinopla y hace del cristianismo la religión oficial del estado.
328: Súbita y definitiva dedicación a la Retórica.
336-340: Estudios en Atenas. Muere Constantino (337) y sus hijos se dividen el imperio. Libanio queda sujeto a la autoridad de Constancio.
340-342: Sofista particular en Constantinopla. Éxitos y asechanzas de sus rivales.
342-343: Revueltas en Constantinopla (luchas entre arrianos y partidarios del credo de Nicea). Libanio es acusado de participar en las intrigas, cuando cuenta 28 años, y es expulsado de Constantinopla. Recibe una invitación, que acepta, para abrir una escuela en Nicea.
344-349: Sofista oficial de Nicomedia. Encuentro con el futuro emperador Juliano. Elogio de los emperadores Constancio y Constante, su primer discurso conservado (348). Los años de Nicomedia los recordará como los más felices de su vida.
349-353: Segunda estancia en Constantinopla, adonde es llamado por el emperador, seguramente por la fama que le proporcionaron los Panegíricos de los emperadores Constancio y Constante. Es nombrado sofista oficial con un sueldo del emperador. Disgustado con el ambiente de la capital, intenta regresar a Antioquía, que visita, emocionado, tras una ausencia de diecisiete años, en el verano del 353.
354: A los 40 años se establece definitivamente en Antioquía. Boda concertada con una prima que muere antes de la boda. Libanio toma una concubina de origen servil. Enfrentamiento con el César Galo, quien gobernaba en Oriente por ausencia de su tío Constancio, ocupado en Occidente con la usurpación de Magnencio. Galo había encontrado resistencia en el consejo de Antioquía a aceptar sus medidas para hacer frente a la hambruna. Ejecución de Galo.
362-363: Estancia del emperador Juliano en Antioquía, durante la cual forma parte del círculo íntimo del emperador. Restauración de cultos y fiestas paganas. Nuevos roces del emperador con la curia de Antioquía.
363-364: Muerte de Juliano durante la campaña de Persia. Joviano emperador. Intento de asesinato de Libanio. Muerte de Joviano. A partir del 365 no conservamos cartas de Libanio: toda la información sobre su vida depende de los pocos datos que él mismo nos da en la Autobiografía.
364-378: Reinado de Valente en Oriente (Valentiniano y Graciano en Occidente). Dificultades de Libanio con la justicia. Muerte de Valente en lucha contra los godos en la batalla de Adrianópolis.
379: Comienza el reinado de Teodosio. Discursos del sofista al emperador, con el que no se encontrará nunca personalmente, para aconsejarle o salir en defensa de su ciudad.
383-384: Recibe el título honorífico de prefecto pretoriano.
387: Revuelta en Antioquía, la famosa Revuelta de las Estatuas, en la que los retratos y estatuas de la familia imperial fueron destruidos. Composición de tres discursos dirigidos al emperador para apaciguar su cólera contra su ciudad.
391: Muerte de su compañera y de su hijo Cimón (o Arabio) así como de su íntimo amigo Olimpio.
393: A los 80 años, terminada ya su Autobiografía, Libanio le añade una conclusión, inacabada, en opinión de P. Petit.
404: En esta fecha todavía recuerda Sinesio a un viejo de 90 años, que se ha querido identificar con Libanio.
II. LA OBRA DE LIBANIO
1. El entorno político y cultural
Muchas de las reacciones que se nos antojan intempestivas o desmesuradas en nuestro autor tenían como origen una especie de malestar con su siglo, un siglo que marcó el fin de una época y de una cultura con la que tanto se identi fícaba. Porque Libanio vivió prácticamente todo el siglo IV d. C, un siglo de enormes cambios, que se abrió con una cierta restauración de la estabilidad del Imperio Romano, gracias a las reformas de Diocleciano y Constantino, y se cerró con la entrada de los visigodos, lo que suele considerarse uno de los acontecimientos que marcaron el fin de la Antigüedad.
Libanio pertenecía a la clase dirigente de Antioquía. Sus ideas y actitudes políticas son, en muchos aspectos, las de la clase social a la que pertenecía: la aristocracia municipal terrateniente. No obstante, en su obra trasciende una simpatía por la gente humilde, comerciantes y campesinos, que brotaba, sin duda, de su carácter compasivo, pero a la que no era ajena su propia profesión. Como orador y sofista, Libanio mantuvo una cierta distancia hacia su propia clase y, una vez establecido en Antioquía oficialmente, su cargo le aseguraba inmunidad de las obligaciones y liturgias curiales, lo que, sin duda, lo alejaba de los intereses de las clases elevadas.
Por otro lado, Libanio era un artista. Su dedicación a los lógoi, a la elocuencia y a la enseñanza, la vivió con todo el apasionamiento propio de un temperamento artístico. La imagen que obtenemos de la lectura de la Autobiografía es la de un hombre que gustaba y buscaba los aplausos de una audiencia numerosa, que no rechazaba las alabanzas y que era sumamente sensible, cuando no suspicaz, a la crítica. Sus enfermedades, reales e imaginarias, debieron de agriar su carácter, si bien algunos de sus achaques parecen inventados sobre el modelo de su admirado Elio Arístides, modelo que influyó decisivamente en su conducta.
Pero, aunque nominalmente sofista, hay una gran diferencia entre Libanio y Elio Arístides, la que media entre dos épocas muy diversas. Elio Arístides es un representante ex celso de la llamada Segunda Sofística, un artista de la palabra que, como los sofistas de los siglos V y IV a. C, viajaban de ciudad en ciudad y de festival en festival demostrando, en sus declamaciones públicas, la excelencia de su arte oratoria. Libanio fue, sobre todo, un profesor 7 , un mediador entre sus alumnos y ese ideal de formación humana que denominamos paideía. Pero, a diferencia de los sofistas u oradores de la Grecia clásica, Libanio depende en gran medida de sus alumnos, cuyo éxito contribuía a mantener y a aumentar su propio prestigio, tal como él mismo explica en el Disc. LXII. Y necesita también defenderse de la competencia de otros sofistas e incluso justificar y elogiar su propia profesión.
Su profesión de sofista le obligaba también a intervenir en los asuntos públicos de Antioquía. Ya hemos mencionado cómo la actitud política de Libanio le llevó a adoptar una posición personal enfrentada a la evolución general del Imperio en su tiempo. Para Libanio, tal como modélicamente estudió Petit en su monografía sobre Libanio y Antioquía 8 , la ciudad era la única forma de politeía, es decir, de convivencia civil y civilizada. Y el emperador, a diferencia de lo que defendían otros escritores de la época como Temistio, no era ni un dios ni una encarnación de la ley, sino simplemente el magistrado supremo sometido a los principios de la piedad, la equidad, la justicia y, desde luego, de la ley. Su modelo de príncipe fue Juliano, quien, a su vez, aspiraba a reproducir el talante y los principios de Marco Aurelio: un príncipe liberal y filantrópico 9 . La misión del Imperio, pues, no debía ser otra, en su opinión, que la de garantizar la seguridad y prosperidad de las ciudades que formaban parte del mismo. En realidad, en su tiempo, estas ciudades no eran más que simples unidades administrativas y sus curiales funcionarios gratuitos del estado, sometidos a las onerosas cargas que el servicio al estado les imponía 10 . Libanio no dudó, pues, nunca en salir en defensa de su ciudad y de sus compatriotas. Intervino en defensa de éstos ante el César Galo (cap. 97); ante el propio Juliano, quien también encontró serias dificultades en su relación con los antioquenos. A éste dirige Libanio su discurso XV intercediendo por sus compatriotas, a los que no deja sin embargo de amonestar por su conducta en el discurso XVI. Y con ocasión de la Revuelta de las Estatuas en el año 387, ya bajo el reinado de Teodosio, hubo de intervenir ante el propio emperador (Disc. XIX y XX), ante los inspectores destacados a la ciudad para investigar los hechos (Disc. XXI y XXII) y ante sus propios ciudadanos para afearles su abandono en masa de la ciudad (Disc. XXIII). Esta función de mediador fue oficialmente reconocida con su nombramiento como prefecto honorario de la ciudad, que le otorgaba una gran in fluencia tanto ante la curia como sobre las autoridades provinciales e incluso la corte. Y, poseído de la responsabilidad e importancia de su función, Libanio no dudó incluso en enfrentarse a las autoridades imperiales, en defensa de su ciudad. Ésta es la actitud que aparece en muchas de sus cartas y discursos dirigidos a los dos magistrados bajo cuya autoridad caía la administración de Antioquía: el comes Orientis o vicario general de Oriente y el consularis o gobernador de Siria. Los discursos XXVII, XXVIII y XXIX atacan al comes Icario por su conducta brutalmente represiva con los curiales en el asunto de los panaderos. Otros discursos están dirigidos a censurar la actitud de determinados gobernadores, como Tisámeno (Disc. XXXIII), Luciano (Disc. LVI), Eustatio (Disc. LIV), Severo (Disc. LVII) o Florencio (Disc. XLVI), todos ellos escritos entre 388 y 392, en tiempos ya de Teodosio, cuando la aspiración máxima se había visto ya reducida a la de soportar la tutela de unos administradores comedidos y justos.
Libanio compuso también numerosas declamaciones públicas, pero casi todas ellas fueron pronunciadas en Antioquía, su ciudad. Y el siglo IV era ya muy distinto desde el punto de vista religioso. El estado, desde Constantino, era ya oficialmente cristiano. Había todavía muchos paganos, pero la mayor parte de los cultos y festividades habían dejado de celebrarse y las ciudades no tenían ya medios para organizar grandes fiestas o construir o restaurar templos y altares. De modo que faltaba ya la ocasión para los grandes discursos epidícticos. Libanio vivía, sobre todo, de un puesto y de un sueldo oficiales.
La enseñanza, por otro lado, de la retórica en el siglo IV se había vuelto, por decirlo en términos modernos, muy especializada. Nada interesaba ya la vieja disputa entre Filosofía y Retórica como modelos y formas de vida y de educa ción. Esta polémica que nace en el siglo IV a. C. está aún viva en Elio Arístides, pero ausente por completo de la obra de Libanio. No es que falten filósofos en la época. Sinesio, por ejemplo, lo fue al igual que Jámblico. Lo que falta en la obra de Libanio son los temas filosóficos del momento: la interpretación de los sueños, la alegoría política, la adscripción consciente y sistemática a un determinado sistema o doctrina filosófica, la distinción entre diferentes niveles de pensamiento. La Filosofía se vuelve en Libanio una especie de paradigma de vida moral y austera, próximo al ideal del santo cristiano. Era, sin duda, una tendencia general de la época.
Para Libanio su profesión tenía exigencias irrenunciables. La primera de ellas ser el mejor orador de su tiempo, como dos siglos atrás lo habían sido Polemón o Elio Arístides. A este fin se orientaba su inmensa cultura literaria, conseguida gracias al estudio y aprendizaje de memoria —de su inagotable memoria— de los clásicos griegos: Hornero, Platón, los oradores, los cómicos, pero también Heródoto, Tucídides, en suma, toda la gran literatura griega hasta época helenística 11 . Esta filiación literaria determinó también su punto de vista político. En un imperio dividido, Libanio no se siente antioqueno, a pesar del apasionado amor que sentía por su ciudad, sino griego, habitante de una ciudad, de una pólis para la que hubiera deseado una autonomía como la que definía a las ciudades griegas de época clásica. El signo de los tiempos era muy contrario a sus aspiraciones: la administración del imperio se fue haciendo cada vez más severa y centralizada y, ante ello, Libanio se convirtió en una especie de resistente intelectual, orgulloso no sólo de su glo rioso pasado cultural griego, sino incluso de ignorar, al igual que su amado tío Fasganio, el latín 12 .
Pero no bastaba con ser un virtuoso de la palabra. Ésta había de ser también palabra moral, éticamente orientada. Y Libanio siente el deber de convertirse en una especie de valedor de la justicia en defensa de los humildes y menesterosos. Con ello continuaba una larga tradición de Retórica política y éticamente comprometida que se inaugura ya con Gorgias y encuentra una formulación muy explícita en Isócrates. Pero es que, además, en una época en la que el poder imperial se había vuelto abiertamente despótico y la administración de la justicia no garantizaba los derechos de los justiciables, sobre todo si eran de humilde condición, la palabra del sofista, como intercesor, moderador, intermediario y también censor de los abusos y arbitrariedades, adquiere un valor enorme 13 .
Ciertamente Libanio conoce bien la teoría política helenística, pero no defiende ninguna postura coherente. Se sirve de ella como argumento para sus discursos. Así, por ejemplo, aunque en el Panegírico a Juliano asegura que fue una divinidad la que movió a los soldados a elegirlo emperador, Libanio está muy lejos de pensar que el emperador sea una especie de virrey de dios en la tierra. De hecho, en este aspecto, Libanio concibe a la autoridad civil como algo más próximo al magistrado de la pólis clásica que al monarca helenístico. Por nacimiento, familia, vocación y educación, para Libanio la instancia ideal y legítima de gobierno es el consejo de la ciudad. Libanio es, antes que ciudadano romano, ciudadano de Antioquía. Y no deja de recordar que los emperadores impiden el autogobierno de la ciudad. De hecho muestra muy poco interés en su obra por las cuestiones del Imperio, ni siquiera por la amenaza ya insistente de los bárbaros. Ni un sólo emperador es mencionado por su nombre. Y el hecho de que una de las dos capitales del Imperio fuera Constantinopla no disminuía el peligro de romanización del helenismo.
Libanio ha de hacer frente a otros rivales: la cultura latina y el derecho, por un lado, y el pujante cristianismo, muy hostil todavía hacia el legado cultural de Grecia. Libanio, como hemos visto, desprecia el latín, la lengua en que se ejercía todavía la administración en la parte oriental del Imperio, y se lamenta de que los jóvenes se inclinen por el estudio del latín y del derecho. Al Imperio y cultura romanos Libanio sí tenía un sistema educativo que oponer. El ideal educativo de Libanio nace de una profunda convicción, la del poder de la cultura clásica griega, lo que él llamaba los lógoi, para informar la vida pública, inculcando en los ciudadanos cualidades morales y conocimientos prácticos que hicieran de la vida humana una vida civilizada, digna de ser vivida. Libanio desprecia la ignorancia y brutalidad de los militares, la falta de cultura literaria de notarios y abogados que sólo conocen la taquigrafía y lamenta la creciente demanda de lengua latina y derecho romano surgida desde el momento en que los emperadores prefieren esa formación para los funcionarios a la cultura literaria que los lógoi proporcionaban.