Kitabı oxu: «Bajo mi piel»

Şrift:


Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes

son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia

y no deben considerarse reales. Cualquier parecido con hechos, localizaciones,

organizaciones o personajes, vivos o muertos, es pura coincidencia.

Título original inglés: Under my Skin.

Autora: Lisa Unger.

© Lisa Unger, 2018.

© de la traducción: Ana Herrera Ferrer, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: noviembre de 2019.

REF.: ODBO642

ISBN: 978-84-9187-537-6

PREIMPRESIÓN · GAMA, SL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida

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CONTENIDO

PRÓLOGO

PRIMERA PARTE. Hipnagogia

2

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SEGUNDA PARTE. Despierta

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SEIS MESES DESPUÉS

34

AGRADECIMIENTOS

PARA CONNIE, DONNA Y PAT, FIELES LECTORAS

QUE SE HAN CONVERTIDO EN AMIGAS.

VUESTRO APOYO SIGNIFICA MÁS DE LO QUE IMAGINÁIS.

PRÓLOGO

A mí me gusta. Mucho.

Pero...

Siempre hay un pero, ¿verdad?

Él habla y yo tendría que escucharlo. Pero no lo escucho. ¿Se da cuenta él de que estoy dispersa, distraída? Lo dudo. Él no parece especialmente observador, tiene ese aire que adopta la gente ahora, como si estuvieran exhibiéndose, como si el momento fuese «visto», en lugar de «vivido». Mira a su alrededor mientras habla. Levanta la vista hacia las pantallas de los televisores del bar, que están todos enmudecidos, todos ofreciendo diferentes acontecimientos deportivos. Al teléfono que está a su lado, oscuro. Luego, me mira a mí, y de nuevo mira hacia la mesa escandalosa que tenemos al lado, gente tomando algo después del trabajo, supongo, por los trajes ya algo arrugados y los ojos rojos.

Me empapo en sus detalles: su pelo negro como la tinta, muy espeso (cualquier chica mataría por tener un pelo así); la barba de varios días que le sombrea la mandíbula, solo lo suficiente: sexi, no descuidada, con estilo, no con falta de aseo; su cuerpo tonificado en el gimnasio. Bajo los pliegues de su camisa Oxford color lavanda, los abdominales marcados, los hombros redondos, bien trabajados.

Si tuviera una cámara en la mano, no un smartphone sino una cámara de verdad, digamos una Hasselblad X1D de sistema compacto con objetivos intercambiables, ergonómica, ligera, al estilo antiguo, con las tripas de alta tecnología, lo miraría a través de la lente e intentaría averiguar el momento en que se revelase a sí mismo, en que los músculos de su rostro se relajasen y su máscara cayese, aunque fuera solo por un milisegundo. Y entonces lo vería. El hombre que es «de verdad», cuando sale del escenario en el que se imagina que está.

Ya sabía que era guapo, que tenía estilo, que estaba en forma, antes de que accediéramos a vernos. Su perfil me decía todo eso. Trabaja en finanzas (claro, cómo no). Su libro favorito es la autobiografía de Steve Jobs (¿cómo podía ser de otra manera?). Pero ¿qué hay bajo su piel, bajo esa capa exterior cuidadosamente arreglada? ¿Bajo la máscara que se pone cada mañana... qué hay? La cámara siempre lo ve todo.

Él pasa los dedos por el borde barnizado de la mesa que nos separa, luego los une por las puntas. He leído en alguna parte que es el gesto de alguien que está muy seguro de sí mismo y de sus opiniones. Coincide. Él parece muy seguro de sí mismo, como les suele pasar a esas personas que saben muy pocas cosas.

Se ríe, con una falsa modestia, de algo que acaba de decir él mismo. Sus palabras aún están suspendidas en el aire, dice que es un adicto al trabajo. Qué alivio que solo estemos tomando una copa y no cenando. No tiene sentido perder el tiempo si la cosa no funciona, escribió. ¿Quién no estaría de acuerdo? Qué adulto. Qué razonable.

Nunca pensé que funcionaría. No podía funcionar. Porque «la cosa» no tiene nada que ver con el aspecto que tiene él. No se trata de sus ojos, negros, con pestañas gruesas, entornados. O del arco de su boca, plena, atractiva. (Aunque podría besarlo, de todos modos. Quizá algo más. Depende). La atracción y el deseo no tienen nada que ver con lo físico: es algo químico, un rollo mental. Y mi cabeza..., bueno, digamos que ahora mismo no está muy fina.

Una mujer se ríe demasiado fuerte, realmente es como un cacareo, áspero, discordante. Me sobresalta, me dispara la adrenalina por todo el cuerpo. Examino a la multitud. Realmente, no debería estar aquí.

—¿Nos da tiempo a tomar otra? —pregunta. Sus dientes. Qué blancos son... Perfectamente alineados. Nada en la naturaleza es tan impecable. Ortodoncia. Blanqueamiento.

El borde del vaso, frío como el hielo, bajo las yemas de mis dedos. Me lo he bebido rápido, demasiado rápido. Me he prometido a mí misma que no bebería, y menos con todo lo que está pasando. Ha sido un día muy largo, una semana larguísima. Un «año» larguísimo. El peso de todas esas cosas me está lastrando, chafando.

Tardo demasiado en responder y él frunce el ceño, un poquito nada más, mirando su teléfono. Tendría que irme. Es una locura.

—Claro —digo, por el contrario—. Una más.

Él sonríe de nuevo, cree que es buena señal.

Realmente solo quiero irme a casa, recogerme el pelo, ponerme unos pantalones de chándal, meterme en la cama. Pero no es una opción. En cuanto salga de aquí, volveré al rompecabezas que es mi vida.

—Grey Goose y soda —dice a la camarera, cuando ha conseguido que le atienda. Recuerda lo que yo bebo. Es una nimiedad, pero pocas personas prestan atención a los detalles, en estos tiempos—. Y Blanton’s con hielo.

Bourbon solo, muy masculino.

—¿Hablo demasiado? —me pregunta. Parece encantadoramente avergonzado. ¿Estará fingiendo?—. Ya me lo habían dicho antes. Mi última novia, Kim, decía que parloteo mucho cuando me pongo nervioso.

Es la segunda vez que la menciona, a su «última novia, Kim». ¿Por qué?, me pregunto yo. ¿Todavía queda un rescoldo? ¿O simplemente intenta venderse en plan «alguien que ha tenido una relación»? Y eso de «última novia»... Suscita esta cuestión: ¿cuántas más habrá habido? Quizá le estoy dando demasiadas vueltas. A veces, lo hago.

—No, en absoluto.

«Soy un buscador. Quiero explorar el mundo. ¿Tú no? Me encanta aprender, cocinar, viajar. Me pierdo en un buen libro».

Eso es lo que decía en su perfil. En la foto sonreía, casi reía, con el pelo revuelto por el viento. Era una buena foto, podría haber sido de una revista incluso... Algo que resulta siempre sospechoso. Los fotógrafos conocen todos los trucos para captar la belleza, los ángulos adecuados, la luz idónea, la magia de los filtros. La verdad es que la mayoría de la gente no está «tan buena» en persona. Hasta la gente guapa de verdad tiene algún defecto: no está retocada con aerógrafo, o bellamente despeinada por el viento, con los ojos brillantes. Tienen arrugas en torno a los ojos y la boca, la nariz imperceptiblemente torcida, una cicatriz apenas visible, de la varicela o de una caída de una bici de pequeño. La gente real, auténtica, tiene una pequeña mancha del almuerzo en la corbata, quizá le cuelga algo de la nariz o tiene algo entre los dientes, alguna zona de la piel reseca, o debe comprarse urgentemente unos zapatos nuevos. Esas imperfecciones nos hacen ser lo que somos, reflejan la verdad de nuestras vidas.

Pero hay que decir que él casi es tan guapo como la foto de su perfil. Aunque hay algo que no encaja. ¿Qué será?

No hay nada especial en mi propia foto de perfil, nada que pueda resultar engañoso, solo una foto que me tomó mi amiga Layla, que ha sido la que lo ha organizado todo. Por supuesto, es una fotógrafa con mucho talento, mi amiga más antigua, y sabe muy bien cómo sacarme. Pero no ha puesto ningún filtro ni hay trampas de Photoshop. Lo que se ve es lo que hay. Más o menos.

—¿Y tú? —me pregunta.

La camarera sirve las bebidas en nuestra mesa alta. Lleva las orejas llenas de aritos de plata, y otro en el labio. Es carnosa, pero guapa, con unos ojos de un verde precioso, que le dan un aspecto sobrenatural. Apuesto a que lee muchas novelas de fantasía adolescente. Crepúsculo. Harry Potter. Los juegos del hambre.

—Gracias, cari —le dice él. Acorta la palabra y la pronuncia con deje, aunque sé que nació y se crio en Nueva Jersey. Ella le sonríe, se sonroja un poco. Él es un encantador en un mar de serpientes.

Noto que él tiene una forma especial de mirar a las mujeres, una mirada cálida, una sonrisa amplia. Parece que lo ha decidido así conscientemente. Que es una técnica. Sabe que a las mujeres nos gusta que nos miren, que se fijen en nosotras los ojos masculinos. Hace que nos sintamos guapas, especiales, en un mundo en el que es muy raro sentir cualquiera de las dos cosas. Ella le sonríe entonces, sus pestañas aletean rápidamente. Le gusta. Apostaría cualquier cosa; ella lo mira de vez en cuando mientras recorre la barra de un lado a otro, entre las otras mesas altas que está sirviendo también. Aunque yo me marchara del local, estoy segura de que alguien se iría a casa con él. Los chicos guapos, encantadores, que desprenden el aroma del dinero, raramente se quedan solos.

—¿Qué quieres saber? —le pregunto, cuando se vuelve hacia mí.

Él da un sorbo de su bourbon, mira por encima de su vaso, travieso.

—En tu perfil decías que eras corredora...

¿Había puesto Layla eso en mi perfil? Layla... Esto de la cita... Todo había sido idea de ella. «Es hora de salir por ahí, chica». Sinceramente, no recuerdo lo que pusimos en el perfil.

—Sí, salgo a correr —digo—. Bueno, la verdad es que salía antes. No se puede decir que sea corredora.

—¿Cuál es la diferencia?

—Pues que corro... por ejercicio, porque me gusta, porque me calma. Pero eso no me define. No tengo ningún grupo, ni me apunto a carreras, ni viajo para hacer maratones ni nada de eso.

¿Estoy divagando?

Finalmente:

—Sí, corro, pero no soy una corredora. Y de todos modos últimamente lo hago más dentro, en el gimnasio.

Él asiente lentamente, una pantomima del hombre detallista, que sabe escuchar, mirando su vaso.

Casi le hablo de Jack entonces. Siempre lo tengo en la punta de la lengua.

«Mataron a mi marido el año pasado —quiero decir—. Lo atacaron cuando salió a correr por Riverside Park, a las cinco de la mañana. Alguien... le dio una paliza mortal. Su crimen todavía está sin resolver. Yo tendría que haber ido con él. Quizá si hubiese ido... En fin. El caso es que ya no disfruto lo de correr como antes».

Pero él habla ahora de que empezó a correr en el instituto, que corría también en la universidad, que todavía corre, que viaja para hacer maratones, que está pensando en participar en un triatlón en México el año que viene, pero que su trabajo en finanzas... tiene unos horarios taaaan locos...

Kim tiene razón, pienso. Habla demasiado. Y no solo cuando está nervioso. Porque ahora no está nervioso, en absoluto.

Son sus uñas. Perfectas. De hecho, lleva una manicura profesional. Con unos cuadrados perfectamente recortados y brillantes en el extremo de esos dedos gruesos. Vuelve a juntar las yemas otra vez encima de la mesa, entre nosotros. Ese es el «pero». Vanidad. Es vanidoso, gasta muchísimo tiempo en sí mismo. El gimnasio, la ropa, la piel, el pelo, las uñas. Para esta noche, todo eso está bien. Pero a largo plazo, cuando llega el momento de dejar de preocuparse por uno mismo y empezar a pensar en otra persona, no va a ser capaz de hacerlo. La lente lo habría visto de inmediato.

¿Debería mencionar mi ataque de nervios, el que tuve cuando murió Jack? ¿Los días de mi vida que desaparecieron sin más? Probablemente no, ¿verdad?

El recinto está mucho más lleno ahora y es más ruidoso. Es uno de esos bares deportivos del Upper East Side, con enormes pantallas en todos los rincones que retransmiten partidos de todo el país, de todo el mundo. Está lleno de gente que ha terminado su jornada laboral, hombres que en realidad todavía son niños, con su primer trabajo, recién salidos de la facultad; chicas de cuerpo muy prieto, con el pelo teñido, engominado y trenzado, los pechos altos, que no tienen ni idea de lo que les depararán los próximos diez años, cuántas decepciones tendrán, grandes y pequeñas.

Es jueves, mañana empieza el fin de semana, así que la energía está por las nubes, y resuenan voces estentóreas. Nuestra camarera va a un lado y a otro, balanceando diestramente bandejas con vasos altos que entrechocan, espumosas jarras de cerveza, vasos de chupito con un líquido ámbar. ¿Chupitos? ¿De verdad? ¿La gente todavía toma eso?

En el fondo de mi cabeza resuena un zumbido de ansiedad al ir examinando la multitud, y me vuelvo a mirar más allá de los grandes ventanales, a la calle. «Alguien me está siguiendo —casi lo digo, pero no—. He tenido algunos problemas para dormir, algunos sueños inquietantes que podrían ser recuerdos, y a decir verdad, mi vida es un desastre, ahora mismo». Pero no digo nada de eso. Él sigue hablando, esta vez del trabajo, un jefe que no le gusta.

Todos están muy cerca, las risas, la animación, los cuerpos que empiezan a apretarse, las corbatas que se aflojan, el pelo que se suelta. Lo dejé elegir el sitio de nuestra cita. Yo habría escogido un lugar más tranquilo en el centro, en el West Village o Tribeca, un lugar relajado, sereno, oscuro, donde se pudiera hablar en tono bajo, intimar, llegar a conocer a alguien.

Nota para mí misma: no les dejes que elijan, aunque la verdad es que sus elecciones también dicen mucho de ellos. De hecho, todo este rollo de las citas quizá no sea para mí, en absoluto.

—Tengo que levantarme mañana muy temprano —digo, en el siguiente paréntesis entre cosas que él comenta de sí mismo. Prácticamente está chillando, para que pueda oírlo en medio de todo aquel jaleo. Tendría que salir de aquí de inmediato. Gran error.

Entonces la veo. Una mirada despiadada, de decepción y furia. Desaparece al cabo de un milisegundo, reemplazada por una sonrisa muy ensayada.

—Ah —dice. Se mira el reloj, un Fitbit, claro—. Sí, lo siento, yo también.

—Ha sido estupendo —digo.

Él recoge la cuenta, que la camarera ha debido de dejarle delante en algún momento.

Yo saco la cartera.

—Pagamos a medias —digo. Prefiero pagar yo o pagar a medias en estos casos; me gusta sentir que el terreno está bien equilibrado bajo mis pies.

—No —responde él. Su tono se ha vuelto un poco monótono—. Ya lo tengo.

No son solo las uñas. Es un toque de arrogancia, algo frío, por debajo del flirteo. Ahora lo veo relucir, ahora que él sabe que no va a conseguir aquello para lo que ha venido. O quizá no sea ninguna de esas cosas. Quizá no haya nada malo en él, en absoluto. Lo más probable es que haya algo malo en mí.

O lo más probable de todo es que lo que pasa es que no es Jack.

«Hasta que no dejes atrás a tu marido, nadie más dará la talla». Eso es lo que me dijo mi psiquiatra.

«Lo estoy intentando. Salgo con gente».

«Quedar con ellos solo para tirárselos no es salir con alguien».

¿Es eso lo que estoy haciendo? ¿Perdiendo el tiempo con hombres que acaban por revelarse a sí mismos como «no Jack»? No serán nunca tan divertidos como era él, ni sabrán cómo frotarme los hombros. No saldrán corriendo a cualquier hora a buscar algo que necesito, sin que se lo pida. «Ya te lo traigo». No se reirán como él, ni se pondrán serios cuando están concentrados como él. No se morderán las mejillas por dentro cuando algo les molesta. No se parecerán a él, no olerán como él. No serán Jack.

«Hasta un día —dice la doctora Nash—, que habrá alguien a quien amará por otros motivos, nuevos. Y se construirá una nueva vida». No me molesto en decirle que eso no va a pasar. De hecho, hay muchas cosas que no me molesto en contarle a la doctora Nash.

En la calle, aunque le tiendo la mano, él prueba a darme un beso. Yo dejo que sus labios toquen los míos, pero luego me aparto un poco, porque algo me repele. Él se echa hacia atrás también. La situación es extraña. No hay calor alguno. Nada. No tendría que sentirme decepcionada. Ya sospechaba, sabía, que «la cosa» no funcionaba. Pero pensaba que quizá si hubiera habido algo de calor, algo de chispa física, no necesitaría las pastillas para dormir esta noche. Quizás iríamos a su casa, y eso me proporcionaría una tregua para ordenar de nuevo las piezas de mi vida fracturada.

Ahora debo decidir adónde ir esta noche: de vuelta a un apartamento que se supone que comparto con mi marido, pero donde ahora vivo sola, y ya no me siento segura, de vuelta al ático de Layla, o quizás a un hotel.

Un coche de policía pasa velozmente por Lexington. «Uuuuuh, uuuuuh».

—Quizá podamos salir a correr este fin de semana... —Él todavía lo intenta, aunque no puedo imaginar por qué—. Probar los caminos que suben por el parque Van Cortlandt... Son cortos, pero muy bonitos... Te sientes como si estuvieras a kilómetros de distancia de la ciudad.

—Qué bien —contesto yo.

A menos que haya alguien agazapado entre las sombras, y nadie oiga tus gritos de ayuda.

—¿Te mando un mensaje?

Nunca me mandará ese mensaje, claro.

—Sí, estupendo.

Aunque me envíe un mensaje, no lo responderé. O lo iré retrasando hasta que él lo pille. Es así de fácil este rollo de las citas en la época de la tecnología. Puedes dejar a alguien colgado fuera de tu vida hasta que se aleje flotando, confuso. Ghosting, creo que lo llaman los millenials.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —me pregunta.

—No —respondo yo—. Estoy bien. Gracias.

Me siento débil de repente. Son más de las nueve, y esos dos vodkas con soda dan vueltas por mi estómago vacío, por no mencionar los otros productos químicos que flotan también en mi corriente sanguínea. No he comido nada desde... ¿desde cuándo?

—¿Estás bien? —me pregunta él. Su preocupación me parece exagerada, su tono casi burlón. Hay otras personas en la calle, una pareja que se ríe, con intimidad, muy cerca, un chico con sus auriculares, un vagabundo sentado en el soportal.

—Sí, estoy bien —vuelvo a decir, un poco a la defensiva. No he bebido tanto...

Pero entonces noto que él me rodea con el brazo, demasiado apretado, y me inclino hacia él sin darme cuenta. Intento apartarme, pero él no me deja. Es fuerte, y no puedo soltarme el brazo.

—Eh... —exclamo.

—Eh... —repite, imitándome, pero muy mal—. Sí, estás bien.

«Pues claro que estoy bien», quiero soltarle. Pero las palabras no salen de mi boca. Solo noto un cansancio terrible, hasta los huesos, una sensación tambaleante, confusa, vaga. Algo no va bien. El mundo empieza a oscurecerse por los bordes. Oh, no. Ahora no.

—Está bien —dice él, riendo. Su voz suena distante y extraña—. Solo que ha tomado una copa de más, supongo.

¿Con quién habla?

—¡Suéltame! —consigo decir, mi voz como un siseo furioso.

Él se ríe, con una risa sonora y rara.

—Tranquila, cariño.

Me mueve demasiado rápido por la calle arriba, me aprieta demasiado fuerte. Yo voy dando tumbos, y él casi no hace nada para evitar que me caiga.

—¿Qué narices estás haciendo? —le pregunto.

El miedo se me agarra a la garganta. No puedo esperar a soltarme de este tío. Él me empuja hacia una calle lateral; no hay nadie por allí, por los alrededores.

—Eh. —Una voz detrás de nosotros. Él se da la vuelta, llevándome consigo. Hay otra persona allí de pie. Me parece lejanamente familiar, mientras el mundo se da la vuelta. En algún lugar de mi interior suena una alarma. Lleva puesta una capucha oscura, su cara no resulta visible.

«Es él».

Es muy grande, mucho más grande que... ¿Cómo se llama? Reg, o algo así. ¿Rex? El hombre grande nos bloquea el paso en la acera.

—Eh, de verdad, tío —dice Rick. Sí, Rick, eso es—. Apártate. Lo tengo todo controlado.

Pero el mundo se desvanece muy deprisa, se vuelve blando y borroso, se inclina. Se ve un relámpago, un movimiento rápido. Luego, un grito casi femenino, un río de sangre. Rojo oscuro sobre lavanda.

Luego, unos brazos que me sujetan.

Me caigo.

Nada.

PRIMERA PARTE

Hipnagogia

Entre los sueños de la noche y los del día

no hay tanta diferencia.

CARL JUNG, Símbolos de transformación

1

—Creo que alguien me sigue.

Casi me lo callo, pero hacia el final de la sesión se me escapa.

La doctora Nash arruga la frente, preocupada.

—Ah, ¿sí?

Su consulta es un salón muy acogedor, lleno de muebles grandes y cojines muy mullidos. Hay estantes repletos de libros y cuadros, y muchos objetos de adorno, pequeños elementos artísticos traídos de sus viajes. Es exactamente el tipo de consulta que te gustaría que tuviera una psiquiatra. Cálido, envolvente. Me hundo más en mi rincón habitual de su confortable sofá, inclinándome sobre el apoyabrazos tapizado. Resisto la urgencia de acurrucarme formando un ovillo y de cubrirme con la manta de cachemir que está echada cuidadosamente sobre el respaldo. Un grupo de velas falsas parpadea en la mesa de centro; ella ha preparado un poco de té cuando he llegado. Sigue delante de mí, intacto.

—La otra noche, cuando salí del gimnasio, había alguien de pie, al otro lado de la calle. Creo que lo he vuelto a ver esta mañana en un banco del parque, junto a mi oficina.

Solo con pensarlo me invade un aleteo de intranquilidad.

La doctora se remueve en su silla de cuero de Eames. Está demasiado bien hecha para crujir bajo su peso. Es una mujer muy menuda. El cuero solo susurra contra la tela de sus pantalones. La luz de la tarde entra a raudales, iluminándole el pelo y un lado de la cara. Hay largas pausas en nuestra conversación en las que ella elige sus palabras, dejando que las mías hagan eco. Ahora, por ejemplo, hay una, mientras me observa.

—¿Está segura de que es el mismo hombre? —pregunta, finalmente.

Una fría brisa de octubre se cuela por la ventana abierta, y el ruido de la calle sube desde los nueve pisos que hay debajo. Un cuerno, el traqueteo de una tapa de alcantarilla agitándose bajo el peso de los vehículos que circulan, el gañido de algún perrito pequeño. Me imagino un yorkie con un jerseicito, tirando de una correa muy fina.

—No —reconozco.

—Pero lo bastante segura como para sentirse intranquila.

Ya lamento haberlo mencionado. Sí que vi a alguien, un hombre con una capucha negra, zapatillas deportivas, pantalones vaqueros desgastados. Se quedó de pie en un portal oscuro, al otro lado de la calle, cuando salí del gimnasio, el martes. Luego, el jueves, cuando iba a mi oficina, con el expreso cuádruple que tomo cada día en la mano, lo volví a ver de nuevo. Noté que sus ojos se clavaban en mí, los detalles de su rostro oculto en la sombra oscura de aquella capucha.

No le di importancia. Siempre hay montones de hombres vestidos con vaqueros y capucha en esta ciudad. Cualquier chica te lo puede decir: siempre tienen los ojos clavados en ti, te hacen comentarios no deseados, ruidos no deseados, aproximaciones no deseadas. Pero después me parece que lo volví a ver una vez más el fin de semana, cuando regresaba a casa desde el mercadillo artesanal. Aun así, es difícil estar segura.

—Bueno. —Doy marcha atrás—. Quizá no fuera el mismo hombre.

No tendría que haber dicho nada. No quiero que piense que estoy recayendo, que voy hacia otra crisis. Cuando te pasa algo así, las personas que se preocupan por ti están llenas de una energía especial, como si estuvieran esperando siempre algo que indicase que va a ocurrir de nuevo. Y lo entiendo: no quieren pasar por alto las señales por segunda vez y correr el riesgo de perderte de nuevo, quizá para siempre. Incluso yo recelo. Me sentí fatal por aquel agujero en mi memoria, aquella temporada en que tomé vacaciones de la realidad, la confusión de los días que rodearon al asesinato de Jack.

Bueno. Intento no pensar en eso. Es una de las cosas que estoy intentando «superar». Eso es lo que se supone que haces cuando ocurre lo peor y todavía sigues en pie. Todo el mundo te lo deja muy claro: se supone que tienes que «seguir adelante».

—Probablemente no será nada —digo, echando una mirada furtiva a mi reloj. Mi smartphone, mi correa, como solía llamarlo Jack, está apagado y metido en el bolso, siguiendo las normas de la consulta de la doctora Nash. «Aquí nos encontramos libres de distracciones e intentamos estar presentes en un mundo que conspira contra ese hecho», me ha dicho más de una vez.

La doctora Nash me contempla, apartando con gracia un mechón despistado de su encantadora melena corta entre canosa y rubia. Detrás de ella se ve una foto de su familia: su marido canoso, con la mandíbula cuadrada, sus hijos mayores ya, ambos con los mismos rasgos delicados y la mirada inteligente. Todos están en una terraza que da a un anochecer en la playa, sonriendo, con las caras juntas. «Somos perfectos —parecen decir—. Ricos y guapísimos, sin una sola mancha de oscuridad en nuestras vidas». Aparto la vista.

—He notado que no lleva los anillos —dice ella.

Yo me miro la mano izquierda. El dedo tiene una ligera marca por los anillos de boda y de compromiso, pero está desnudo.

—¿Cuándo tomó esa decisión?

Se me hincharon las manos la otra noche y me quité los anillos y los dejé en la bandeja que tengo al lado de la cama. No me los he vuelto a poner. Se lo digo así. Jack murió hace casi un año. Ya no estoy casada. Es hora de dejar de llevar esas joyas, ¿no? Aunque la visión de mi mano desnuda me oprime dolorosamente el corazón, ya es hora.

—¿Fue antes o después de empezar a ver la figura encapuchada?

La doctora Nash es maestra en preguntas mordaces.

—Ya veo dónde quiere ir a parar con esto.

—Solo pregunto.

Sonrío un poco.

—Usted nunca se limita a preguntar, doctora Nash.

Nos caemos bien. A veces, últimamente, nuestras sesiones se convierten en conversaciones... cosa que ella dice que es una señal de que la necesito menos. Una cosa buena, según ella. El progreso en el camino de la curación, la nueva normalidad, como lo llama ella.

—¿Qué tal duerme? —pregunta, dejando a un lado la otra pregunta.

Llevo el frasco de pastillas casi vacío en el bolso. La última vez le pedí más, me hizo una receta, pero me bajó la dosis. «Me gustaría que intentara dejarlas». Sinceramente, no ha ido bien. Mis sueños son demasiado vivos. Descanso menos, estoy más nerviosa, más inquieta durante el día.

—Iba a pedirle que me lo rellenara.

—¿Qué tal va con la dosis más baja?

Me encojo de hombros, fingiendo despreocupación. No quiero parecer frágil ante ella ni ante nadie. Aunque la verdad es que lo soy, muchísimo.

—Sueño mucho más. Quizá descanso menos.

—Pero no se está tomando más de la cuenta, ¿verdad?

Pues sí. También estoy haciendo otras cosas que no debería hacer. Como tomármelas con alcohol, por ejemplo.

—No —miento.

Ella asiente con delicadeza, mirándome de esa manera que te miran los psiquiatras.

—Lleva once meses tomándolas. Me gustaría ir bajando hasta la dosis mínima, con vistas a que las deje del todo. ¿No querría probarlo?

Yo dudo. Ese sueño químico es el mejor lugar de mi vida, ahora mismo. Pero no digo tal cosa. Sonaría siniestro. Por el contrario, accedo.

—Muy bien —dice ella—. Si tiene cualquier problema, recetamos la dosis que está tomando ahora. ¿Y esos sueños? Volvamos al diario de sueños que llevaba cuando murió Jack. Es una parte importante de nuestras vidas, el mundo onírico. Tal y como hemos comentado, podemos aprender mucho de nosotros mismos en ese mundo. ¿Todavía lo tiene junto a la cama?

—Sí.

Ella me tiende un trocito de papel.

—Bien —dice ella. Yo miro la hoja con sus garabatos de doctora—. Creo que por hoy ya hemos terminado.

Siempre me coge un poco por sorpresa el final de una sesión, el recordatorio repentino de que por muy íntimamente que me desnude en esas sesiones, la nuestra es una relación profesional. Si dejara de pagarle, esas charlas con la doctora Nash acabarían de una manera menos ceremoniosa.

—Poppy... Si lo ve otra vez, llámeme.

Una sirena desde la calle, abajo, llega hasta nosotras como un quejido distante y fantasmal. Ese sonido, tan frecuente entre el estruendo de la ciudad, siempre me hace pensar en Jack. Una hora más tarde de que saliera aquella mañana, los vehículos de emergencias aullaban por la avenida, bajo nuestra ventana. Tendría que haber habido alguna premonición, alguna advertencia oscura, pero no la hubo.

Un resfriado persistente me había impedido salir con él, como habría hecho normalmente.

«Podrías haber muerto aquella mañana también», dice Layla, cuando hablamos de eso, una y otra vez.

«O a lo mejor no habría pasado nada. A lo mejor habríamos corrido en una dirección distinta. O a lo mejor podríamos haber luchado contra el atacante, juntos».

O a lo mejor, o a lo mejor, o a lo mejor... y así sucesivamente. Infinitas posibilidades, mil formas de que Jack pudiera estar todavía conmigo. Que él se hubiese quedado dormido, que un semáforo le hubiera hecho cruzar por otra calle, que yo estuviera allí y me torciera el tobillo, y hubiésemos tenido que regresar a casa. Doy vueltas a todas esas posibilidades en mis momentos más negros, en sueños, cuando debería estar prestando atención, en las reuniones. Tantísimos caminos que podíamos haber tomado, pero que no tomamos.

—No me lo estoy imaginando. —Parece que sale de la nada.

La doctora Nash inclina la cabeza.

—No he dicho que fuera así.

Me inclino y recojo mi bolso, me pongo de pie a la vez que ella.

—Y cierre las puertas. Tenga mucho cuidado —añade.

—Parece usted mi madre.

Ella se ríe.

—Podemos hablar de eso en la próxima sesión.

—Muy graciosa.

Voy andando hacia el metro, ya que tengo que volver al centro de la ciudad para una reunión a las dos. Probablemente llegue tarde... Una vez más. La ciudad es un desastre, un embotellamiento de tráfico constante, trenes con retraso. Pienso en coger un taxi o un coche de Uber, pero a veces es peor incluso, porque hay que ir serpenteando por calles atestadas, atrapada en una ratonera, hasta que empiezo a pensar si no sería más rápido bajarme e ir andando. Toda la ciudad parece conspirar contra la puntualidad.

Le envío un mensaje a mi ayudante, Ben. «Llego tarde», tecleo rápidamente, y me meto debajo de la calle. Es lunes al mediodía, así que no está tan repleto como podría estar. Aunque el día es agradable, el andén está tan caliente como un horno y huele a meados. Mi nivel de estrés empieza a subir.

Jack quería que nos fuésemos de Manhattan; había llegado a odiarlo. «Todo lo que me gustaba de este sitio ha desaparecido. Es solo una isla para los ricos». Soñaba con una propiedad antigua en el norte, un poco de terreno, árboles, caminos por los que andar. Algo que pudiéramos renovar, hacer nuestro. Ansiaba desconectar de las prisas, los deseos, las codicias, los esfuerzos, al menos los fines de semana. Quería algo de tiempo detrás de la cámara. No pudo conseguir nada de todo eso.

De hecho, estábamos haciendo cajas cuando murió para trasladarnos del apartamento de una sola habitación en el Upper West Side que habíamos compartido durante cinco años. Pero en lugar de mudarnos fuera de la ciudad, nos íbamos a The Tate, un rascacielos de lujo en Chelsea, una brillante torre de apartamentos con ventanales que iban del techo al suelo, y que ofrecía unas vistas asombrosas, altos techos, suelos de madera, cocinas abiertas muy elegantes, piscina y gimnasio y personal de conserjería las veinticuatro horas, todos los días del año. Era yo. Era yo la que quería aquello; él se limitó a aceptar.

A él le gustaba nuestra casa, cómoda y oscura, en la Noventa y siete, con vistas al edificio de enfrente, con radiadores que hacían ruido y ratones en nuestra cocina ridículamente anticuada, y el viejo portero, Richie, que llevaba toda la vida trabajando allí y a veces cuando llegábamos estaba dormido. A él le encantaban nuestros vecinos, locos y llenos de colorido: Merlinda, la médium que atendía a los clientes en su apartamento; Chuck (o Chica), contable de día, drag queen de noche, que cantaba y tenía la voz más bonita que he oído jamás; Bruce, Linda y Chloe, ellos profesores de un colegio público y su adorable y talentosa hija, nuestros vecinos de la puerta de al lado, que siempre nos invitaban a comer el domingo.

Y ahora vivo en un espacio precioso y desnudo que da al bajo Manhattan, yo sola. Ni siquiera sé quién vive en el piso de al lado. Los pasillos son como túneles grises, llenos de puertas que raramente se abren. En mi apartamento, los muebles están bien colocados, la cama está en el dormitorio, el sofá en el salón, pero la mayor parte de las cajas siguen sin abrir todavía. Decir que echo de menos a mi marido, a mis estrambóticos vecinos, aquel viejo y oscuro apartamento, nuestra vida... Bueno, ¿cómo expresarlo? No hay palabras que puedan describir adecuadamente este abismo de desesperación con las paredes resbaladizas. Baste con decir que parece que no puedo acostumbrarme a mi nueva vida sin Jack.

«Lo siento —le digo—. Ojalá te hubiese escuchado».

La doctora Nash afirma que está bien que hable con él, siempre que sea consciente de que él no me contesta.

El tiempo pasa despacio, y cada vez estoy más inquieta y más enfadada. Baja más gente aún por las escaleras. El andén se va llenando de cuerpos, el aire se espesa, debido a la impaciencia. Pero el tren sigue sin llegar todavía. Me inclino por encima del borde del andén para ver si capto el brillo de los faros que se aproximan. Pero no.

Miro el reloj. Decididamente, ya no llego a tiempo. Unas gotitas de sudor descienden por mi espalda. Una mirada a mi teléfono móvil me revela que no tengo señal.

Cuando finalmente llega el tren rechinando a la estación, ya está repleto. Espero junto a la puerta, dejando que salga el flujo de gente. No hay garantías de que el próximo convoy esté menos atestado, y me espera una reunión. Así que me abro camino con los hombros, dirigiéndome hacia la puerta que conecta a un vagón con otro, y encuentro un espacio con un poco de aire para respirar. Los vagones se llenan.

«Apártate de las puertas que se cierran».

Las puertas se cierran, se abren otra vez y se acaban cerrando definitivamente. El tren da una sacudida hacia delante, se detiene, desplazando a todo el mundo, y luego se pone en marcha otra vez. Cierro los ojos, intento respirar. El espacio abarrotado se cierra ya. No estoy demasiado a gusto en espacios cerrados, algo que resulta muy incómodo para una persona que vive en una ciudad. Ha empeorado desde que murió Jack: los dedos del pánico me agarran fuerte, mucho más que antes. Apoyo la cabeza contra el cristal rayado y empañado. «Respira. Solo respira. Imagínate que estás en un sendero en el bosque, con muchísimo espacio, esos árboles altos y verdes dando oxígeno y sombra. Un pájaro canta, el sonido del viento en las hojas...». Es la medicación que me recomendó la doctora Nash para lidiar con la ansiedad entre la multitud o en cualquier sitio. A veces me funciona.

Pero cuando abro los ojos otra vez, él está ahí. El hombre encapuchado, apretado entre la multitud, en el otro vagón, una estatua entre el amasijo de pasajeros que se agitan y se revuelven. Sus ojos están ocultos por la sombra de la capucha, pero los noto. ¿Será el mismo hombre? El corazón me da un brinco, siento la ventosa del miedo en la base de la garganta.

La realidad se fragmenta, una fisura divide mi conciencia. Durante un momento rápido e intenso estoy de vuelta en mi dormitorio. El espacio junto a mí, en el colchón excesivamente grande, está frío, cuando debería estar caliente. Las sábanas están echadas hacia atrás. Jack se ha ido a correr sin mí, dejándome dormir.

—¿Jack?

Y estoy otra vez de vuelta, el tren todavía traqueteando, ruidoso. Me quedo asombrada, sin aliento: ¿qué ha sido eso? Una especie de recuerdo muy vívido, un ensueño... Vale. No es la primera vez que me pasa, pero este ha sido el más vívido. La mujer que está a mi lado me dirige una mirada de soslayo, luego aparta la vista.

Tranquilízate, Poppy. El desconocido... sigue ahí. ¿Me estará vigilando?

A lo mejor es simplemente un hombre que va a trabajar, sumido en sus pensamientos sobre su casa o su trabajo o lo que sea que pensamos cuando vamos en transporte público, viajando entre los lugares que forman nuestra vida. Quizá ni me vea, en absoluto. Por un momento me quedo mirándolo.

Y entonces, sin pensar, paso entre las puertas y llego a la tambaleante plataforma de metal que se encuentra entre los vagones. Es algo que jamás hay que hacer en el metro, pienso, mientras intento conservar el equilibrio y me agarro bien para cruzar al otro lado, entre el chirrido metálico que roza con el cemento, el gemido del metal contra el metal, las chispas que saltan, y luego llego a la otra puerta, a la relativa quietud del siguiente vagón.

Él se aleja, abriéndose camino entre la multitud. Yo lo sigo.

—¿Qué coño pasa?

—¡Vigile!

—¡Venga!

Los pasajeros molestos me arrojan miradas furibundas y se apartan de mala gana de mi camino cuando yo voy tras él, el negro de su capucha como una especie de aleta que nada entre el mar de personas.

Al llegar a la siguiente estación, él desaparece por la puerta que está en el extremo más alejado del vagón. Intentando seguirle, me encuentro atrapada entre el flujo de gente que sale y me empuja fuera del tren, hacia el andén. Finalmente, consigo liberarme de la multitud, corro por el andén, buscando la figura encapuchada entre altos y bajos, jóvenes y viejos, mochilas, maletas, trajes, chaquetas ligeras, gorras de béisbol... ¿Dónde está?

Quiero ver su cara, necesito verla, aunque no puedo decir muy bien por qué. Vagamente, me doy cuenta de que mi conducta no es demasiado inteligente. No es sensata.

«No vayas detrás de los problemas —solía decir mi madre—. Que te encontrarán muy rápido».

Entonces se cierran las puertas y es demasiado tarde para volver a subir al tren. Mierda. Mi teléfono se queja, encontrando un lugar con cobertura bajo tierra de los pocos que hay.

Un texto de Ben: «¿Cuándo llegas? Esperamos un poco, y si no hacemos otra convocatoria. Supongo que estás en el metro».

Hasta que el tren vuelve a marcharse no veo al desconocido, a bordo, de pie ante el cristal de la puerta. Sigue mirando, o al menos eso parece, con la cara oscurecida por la negrura de la capucha. Ando, manteniendo el mismo paso del convoy, que se mueve despacio, durante un minuto, levanto el teléfono y tomo rápidamente un par de fotos. Casi puedo ver su cara. Y al momento, él desaparece.

2

Llego a la oficina reventada, sudorosa, muy nerviosa, demasiado tarde para la reunión. En el baño, después de mojarme las muñecas con agua fría, me paso los dedos temblorosos por el pelo oscuro y miro mi reflejo en el espejo.

«¡Venga, cálmate!».

Mi cara tiene un color gris enfermizo bajo los feos fluorescentes. Me pongo un poco de maquillaje en las ojeras eternas que rodean mis ojos, renuevo el pintalabios y el colorete. Algo mejor, pero la chica del espejo sigue siendo una versión fatigada y demacrada de la persona que era antes.

Rebuscando en mi bolso, encuentro el botecito de pastillas que Layla me ha dado. El frasquito color ámbar está desnudo, no tiene etiqueta. «Para los nervios», me dijo ella. Dudo solo un segundo, luego me meto una pastilla en la boca y me la trago con agua del grifo, y después intento hacer unas respiraciones que me centren. La doctora Nash no está al tanto de que tomo estas pastillas sin autorización, una de las muchas cosas que le oculto. ¿Qué sentido tiene ocultar las cosas a la persona que se supone que te está ayudando?

Al pasar junto al escritorio de Ben, él se levanta y me tiende una pila de mensajes.

—Están esperando —dice, andando a mi lado—. Te veo perfecta.

—Estupendo. —Mi sonrisa me parece tan forzada y falsa como debe ser—. El metro es un desastre.

—¿Todo bien?

Me examina a través de sus gafas gruesas, de montura oscura, y se acaricia su barba de hípster. Es un ayudante de primera: intento promocionarlo, pero él no quiere irse. Mis clientes lo adoran: está encima de todos sus contratos, sigue sus pagos, ayuda con las solicitudes de becas y residencias. El año pasado ha sido más agente para todos ellos que yo misma. Con toda probabilidad yo podría irme y él hacerse cargo de todo. Resulta tentadora la idea de marcharme, de desaparecer: otra vida, otro yo.

—Sí —respondo, sin mucha convicción. Ben me mira con el ceño fruncido, mientras yo entro en la sala de reuniones.

—Su trabajo —está diciendo Maura— es asombroso.

—¿El trabajo de quién? —pregunto, tomando asiento a la cabeza de la mesa de conferencias—. Lamento llegar tarde.

Todos los ojos se vuelven hacia mí. Cuando Jack vivía, podía ir y venir sin que se fijaran en mí. Era él quien manejaba las reuniones, yo no era más que el número dos: primordial para llevar la oficina, pero no el jefe magnético y energético de las reuniones. Él aportaba luz y entusiasmo al oficio, a los negocios, en todas las reuniones. Yo no soy el jefe que era él, me doy cuenta, pero hago lo que puedo. Ahora los demás me miran: respetuosos, amables, esperanzados.

Jack eligió todo lo que hay en esta habitación, desde la larga y lisa mesa de conferencias hasta las sillas giratorias de cuero blanco, la enorme pantalla plana en la pared. Su foto de un sendero inca que fue publicada en Travel + Leisure está ampliada hasta convertirla en un lienzo enorme. La tomó desde el campamento que había encima de la línea de nubes: unas tiendas naranja florecen entre la niebla blanca, mientras las nubes se alejan en un paisaje de color jade y azul real, la parte profunda del valle muy oscura, y el cielo brillante.

—Alvaro —contesta Maura—. Ha cogido ese trabajo de Nat Geo para fotografiar los okapis que viven en la selva tropical de Ituri, y ayer mismo regresó.

Las fotos aparecen en la pantalla: unos verdes magníficos, de lujo, y un negro profundo, una carretera de barro rojo que serpentea y desaparece entre una selva espesa; una niña, con los ojos oscuros, mirando, está de pie junto a la orilla de un río con una falda de hierbas, su expresión entre inocente y burlona. Un camión azul y blanco circula precariamente por encima de un puente oscilante de tablillas de madera.

Maura se pasa una mano con una cuidada manicura por el pelo negro, que lleva recogido en una coleta en la nuca. Es joven pero sus ojos almendrados revelan un alma vieja. Con la piel aceitunada, de una delicadeza casi de ave, es una agente muy activa, orgullosamente protectora de sus clientes. Se preocupa por ellos como una gallina de sus polluelos.

—Los colores, los movimientos, la energía —digo—. Son maravillosas.

El tronco de un árbol, ahuecado y retorcido, y las ramas que suben hacia una oscuridad de un verde casi negro. Las fotos de los okapis, un animal que en parte tiene rayas, como una cebra, pero está emparentado con las jirafas, son increíbles: una madre amamantando a su cría, un macho joven escondido entre la hierba alta, un pequeño rebaño bajo una luna llena.

—Lo son —afirma Maura. Su sonrisa es amplia y orgullosa—. Es increíble.

Me pregunto, no por primera vez, si habrá algo entre Maura y Alvaro. No es buena idea que una agente se enamore del fotógrafo al que representa. De hecho, no es buena idea que nadie se enamore de un fotógrafo. El mundo sin filtrar nunca da la talla, comparado con lo que él ve a través de su lente. Alvaro Solare, el mejor amigo de Jack y primer cliente de la firma, es el típico fotógrafo sin destino fijo, siempre persiguiendo el próximo disparo, que será perfecto. Cosa que significa que el resto del mundo puede irse al infierno. Ha ido dejando una estela de mujeres con el corazón roto. Yo preferiría que Maura no fuera una de ellas. Pero en realidad no es asunto mío.

El resto de mis agentes explican el estado de los encargos de sus clientes. Nuestra firma, Lang and Lang, mía y de Jack, representa a fotógrafos. Somos una agencia pequeña, pero de mucho éxito, con algunos de los nombres más importantes de la moda, de los documentales y de las noticias en nuestra nómina.

Lo que empezó como una pequeña empresa en nuestro apartamento ha crecido y se ha convertido en una agencia con una serie de despachos en el edificio Flatiron. Jack, amable y sosegado, era un mediador natural. Cuando Alvaro estaba discutiendo con la sección de viajes de The New York Times, Jack intercedió y lo resolvió tomando unas copas con el editor de fotografía, antiguo amigo suyo. Alvaro pagó a Jack el quince por ciento como muestra de agradecimiento. Una cosa llevó a otra y al cabo de un año Jack rechazaba encargos de fotografía y representaba a más amigos suyos, entre ellos yo.

Así que después de años de trabajar incansablemente como fotógrafos de viajes, ganándonos la vida a duras penas, cambiamos nuestra vida de aventuras por una empresa dedicada a proteger los derechos de las personas que se ganan la vida con una cámara en las manos. Alvaro pensaba que era un error, que estábamos desperdiciando nuestro talento y nuestras vidas. Y nunca perdía la oportunidad de decírnoslo. Pero nosotros creíamos que ya era hora de establecernos, de fundar una familia. Pero las cosas no salieron así.

Casi no escucho a los demás agentes ir desgranando problemas y éxitos. Comento, hago sugerencias, me ofrezco a hacer una llamada a algún contacto mío en Departures. Pero en gran medida sigo todavía en aquel metro, persiguiendo al hombre de la capucha.

Me pregunto si alguien se da cuenta de que soy un fantasma en mi propia vida.

Transcurre otra media hora antes de que pueda volver a mi despacho y revise las fotos borrosas e inútiles que he tomado con mi smartphone. La luz era mala, demasiado movimiento. Esa forma oscura es solo un borrón, un espacio negro entre los viajeros desenfocados que lo rodean. Con el pulgar y el índice amplío la imagen de la pantalla, pero parece mucho más amorfa aún, como suele ocurrir con las imágenes de baja calidad.

Empiezo a dudar de mí misma, de que esté en contacto con la realidad. ¿Qué es lo que vi, después de todo? Solo a un hombre con una capucha, que quizá miraba en mi dirección o quizá no.

Ni siquiera veo a Ben hasta que está sentado frente a mí, al otro lado de mi escritorio. Tiene una expresión en la cara que no me gusta, preocupación, algo más.

—¿Qué ocurre?

Se echa hacia atrás y cruza las piernas.

—¿Cuándo me lo ibas a contar?

—¿Contarte qué?

—Que estás saliendo con alguien.

Niego con la cabeza, no queriendo entrar en detalles.

—No estoy saliendo con nadie.

—¿Entonces quién es Rick? —Me pasa un mensaje por encima de la mesa. Otro más del montón que acabo de empezar a mirar ahora mismo. Soy de la vieja escuela, me gusta recibir mensajes de papel y tirarlos cuando he devuelto las llamadas, he escrito unas notas o los he guardado como recordatorios.

—No es nadie —contesto.

Yo no diría que estoy saliendo, la verdad. Hay una bola de cristal con nieve en mi escritorio, una pequeña granja rodeada de árboles. Jack me la regaló una Navidad. «Así será nuestra casa en el campo. Tranquila. Lejos del chismorreo». Le doy la vuelta y veo arremolinarse la nieve en torno a las ramas negras.

—He visto tu perfil online —dice Ben. Me mira por encima de las gafas, un gesto que cree que le hace parecer sabio, mundano. En realidad, no es así. Es demasiado joven para ser ninguna de esas cosas.

Dejando la bola de cristal, me echo hacia atrás en mi silla y frunzo el ceño.

—¿Qué estás haciendo en una página de citas online, un joven tan guapo como tú? Debes de tenerlas como moscas.

Él levanta las cejas con un aire falsamente cándido.

—Eso es lo que hacemos nosotros, los millenials. Así es como va la cosa. Tinder, OKCupid, Match.com. El amor es algo que se coge al vuelo. —Y hace un movimiento con la mano.

—Así que no es solo para viejos, ¿eh? —Miro entre las hojitas de papel—. Divorciados, solteronas, viudas.

Viuda. Odio esa palabra; evoca velos negros y gemidos de dolor. Me define por la pérdida de mi marido, como si yo fuera menos, una vez él se ha ido. Por supuesto... es así. Lamento haberla dicho en cuanto sale de mi boca. La palabra queda suspendida en el aire entre nosotros. Cuando levanto la vista de mis mensajes, Ben me mira con ojos pensativos. Otro joven con el alma vieja; parece que tenemos unos cuantos en esta pequeña empresa.

—Si quieres que te diga la verdad, no fue idea mía.

—Déjame que lo adivine. —Se inclina hacia delante, apoya los codos en las rodillas.

—Fue Layla, que vino a casa. Bebimos vino. Lo siguiente que recuerdo es que estoy de vuelta en el mundo de las citas.

No creo que se pueda llamar exactamente «salir» a lo que estoy haciendo. En los viejos tiempos solíamos llamarlo acostarse con tíos. ¿Una relación? ¿Un novio? No. Yo no quiero esas cosas. Todavía no. Quizá no lo quiera nunca. Pero, guau, qué bien sienta que te toquen. No comparto esto con Ben, que está masajeándose con premeditación esa barba hípster suya de la que está tan orgulloso. Ojalá se la afeitara. Es casi ofensiva, aunque no puedo decir exactamente por qué.

—Eso es bueno —dice al final, levantándose—. Y Rick parece un tío majo. Y está muy bueno. Parece que tiene dinero...

—¿Lo has estado investigando? —pregunto, falsamente indignada.

—Eh... —dice, abriendo mucho los ojos— ... pues sí.

Sonrío ante mi joven amigo, mi ayudante, que está en un puesto que ya se le ha quedado pequeño, pero que aun así le sigue gustando. Si tiene novia, o novio, o lo que sea, nunca lo dice. Abro mi correo. Me espera un número imposible de mensajes.

—Dos llamadas el mismo día —afirma Ben, dirigiéndose hacia la puerta—. Me gusta su confianza. Un hombre que sabe lo que quiere.

—¿Confianza o arrogancia? —pregunto—. ¿O desesperación?

—Llamémosle... —Acariciándose la barba, busca la palabra adecuada—. Asertividad.

—Mándale un e-mail, ¿quieres? Dile que tomamos unas copas el jueves.

—¿Firmo yo o firmas tú?

—¿Quedaría muy raro que lo firmaras tú?

—Rarísimo, la verdad —dice, y luego se lo piensa—. Bueno... más bien pretencioso. Que te llamara mi gente... ¿Quieres ser de ese tipo de personas?

—Bien... pues de mi parte.

Ben frecuentemente manda mensajes desde mi dirección. Nada importante, solo quedar a una hora determinada, respuestas rápidas a diversas preguntas.

—¿Dónde?

Me encojo de hombros.

—Me da igual. Que elija él.

Ben duda un minuto en la puerta, su silueta larguirucha en el rabillo de mi ojo. Luego, se va y me quedo sola con esa imagen que me mira desde mi smartphone. Cierro la aplicación de fotos y dejo el dispositivo, entorno los ojos y cojo aliento varias veces. Es lo que tienes que hacer cuando estás intentando salir adelante, suavizar los límites del pánico, la tristeza, la ira o lo que sea que te invada: centrarte en la respiración. Respira, te dicen.

No sé de qué era esa pastilla, pero la verdad es que ha suavizado un poco los límites. Me siento más ligera y menos temblorosa.

Pero, sinceramente, estoy asustada; el miedo me hace cosquillas en la garganta. Hay un ruido continuo de ansiedad en el fondo de mi mente. No es solo el hombre de las sombras, en el tren. Y eso que da miedo, desde luego. Si realmente alguien me sigue, entonces sí, es raro, y da mucho miedo. Pero lo que produce más miedo, dado mi historial, es que no me siga nadie.

Acabo el día, trabajo hasta tarde, dejando a un lado todo lo demás. Hay que revisar unos contratos, responder unos correos, una disputa entre un fotógrafo de moda y una modelo que se supone que acudió a una sesión y luego fue expulsada de ella porque él la rechazó; otra disputa entre un fotógrafo de documentales que había enviado las fotos a una revista de viajes, tenía que recibir el pago a través de un sistema kafkiano, y noventa días después todavía no le habían pagado. Trabajar es sencillo, es como una burbuja que te protege y deja fuera el caos de la vida.

Cuando levanto la vista de mi escritorio son más de las siete y todos los demás despachos están oscuros. El frigorífico de nuestra sala de descanso zumba un poco, un sonido familiar, extrañamente reconfortante. La mitad de las luces del pasillo están apagadas, dejando el espacio oscuro y sombreado. Sé que Ben ha sido el último en irse, y que ha cerrado al salir, recordándome que ponga la alarma cuando por fin me vaya a casa.

Mientras estoy cogiendo mi bolso, suena un teléfono en uno de los despachos. Rebota a la línea principal y lo cojo. No hay número de identificación del que llama, pero veo que viene de la extensión de Maura. Quizá sea Alvaro; solía llamar tarde preguntando por Jack. Nos hemos distanciado algo desde la muerte de Jack, pero la verdad es que nunca fuimos amigos íntimos. De hecho, a pesar de su excepcional talento y su amistad íntima con Jack, siempre le he considerado un auténtico gilipollas. Espero por el bien de Maura que ella no se haya enamorado de él.

—Lang and Lang.

Solo se oye ruido estático en la línea.

—¿Diga? —Una extraña urgencia me impulsa hacia delante en mi asiento.

Hay una voz, pero con tantas interferencias que apenas la distingo. Me quedo un rato más escuchando. Suena música. Una trompeta. Esa voz, que es ronca y profunda, habla rápidamente, ininteligible, a través del ruido estático. ¿Es familiar?

«Poppy». Creo que ha dicho mi nombre. Algo en esa voz me pone los nervios de punta.

—Sí, soy Poppy. Lo siento... No le oigo bien.

Pego el oído al teléfono, me tapo el otro para oír mejor. Pero la conexión se corta entonces, y una enorme decepción me agarrota el estómago. Espero, pensando que el teléfono sonará otra vez, pero no sucede.

Con una sensación insistente de intranquilidad, me aparto del teléfono. Esa voz... Mi nombre en la línea... ¿Era mi nombre?

Recojo mi bolso y doy una vuelta por el despacho, asegurándome de que las luces están apagadas y las puertas bien cerradas. Es un espacio pequeño, solo somos cinco. Las paredes son de cristal, de modo que hay pocos sitios en toda la oficina que no se puedan ver desde el sitio donde estoy de pie. Pero aun así me siento incómoda, como si me vigilaran. Cierro la puerta detrás de mí, me dirijo hacia el ascensor.

—Trabajando hasta tarde —me dice Sam, el guardia de seguridad nocturno que está en su mostrador. Lleva un libro de bolsillo muy desgastado en las manos. Jack y él hablaban siempre de libros, compartían el amor por la ciencia y la historia. Echo un vistazo al título: El futuro de nuestra mente, de Michio Kaku.

—¿Una lectura ligera?

—El cerebro —dice él, dándose unos golpecitos en el cráneo cubierto con una gorra. Tiene ojeras oscuras bajo los ojos, una mirada de una profundidad extraña. Un insomne que trabaja por la noche, un veterano que luchó durante dos reemplazos en Irak—. Es el misterio supremo. Sabemos menos de él que del espacio exterior.

Jack habría sabido qué decirle; probablemente Jack habría leído lo mismo que estaba leyendo Sam. Hablaban siempre diez minutos mientras yo seguía atareada respondiendo correos en mi smartphone. Pero ahora me limito a asentir, consciente de la triste mirada que él me dedica. La mayoría de la gente me mira así, ahora, al menos a veces. La viuda.

—Cuídese mucho —dice al final, mientras me dirijo hacia la puerta. Hay gravedad en sus palabras, pero cuando me vuelvo, ya está otra vez enfrascado en su lectura.

En la calle, las sombras llenan los portales y se encharcan en torno a los coches aparcados. Pero no hay ningún hombre encapuchado, solo una pareja joven que camina, con las manos cogidas, inclinándose el uno hacia el otro, una anciana con un carrito de la compra, un niño delgaducho que va andando y escribiendo un texto en el móvil. Un taxi amarillo rápidamente se detiene junto a la acera. A salvo en su interior, me vuelvo para mirar atrás una vez más.

Quizás algo se mueva en las sombras, al otro lado de la calle... Pero es difícil asegurarlo.

3

En lugar de irme a casa me dirijo hacia donde vive Layla, después de enviarle un mensaje de texto para que sepa que voy. No pasan cinco segundos antes de su respuesta. En estos tiempos, siempre me espera para cenar, hecho que me hace sentir una combinación de agradecimiento y culpabilidad.

«Vamos a cenar pastel de carne. Receta de la abuela».

No sé de quién será la abuela de la que habla. ¿La mía, la suya o la de Mac? Ciertamente, en mi familia no había ninguna receta famosa de pastel de carne. La parentela de Layla no era exactamente de esas de «reunión dominical en torno a la mesa», y la mayoría murió hace mucho. Mac proviene de un largo linaje de unos por ciento: el pastel de carne no estaba en su menú. Quizá simplemente haya sido una ironía.

«¡Vale! —tecleo—. ¿De quién es la abuela?».

El teléfono suena de nuevo, pero ahora el texto no es de Layla.

«Espero que estés bien —dice—. Me gustaría volverte a ver. Pero sin agobios. ¿Solo para una copa?».

El nombre del teléfono me obliga a hacer una pausa. De todas mis citas recientes, este es el único que me ha dejado huella. Intento no pensar en la noche que compartimos, pero regresa a mí con escenas algo borrosas. Su contacto... amable, pero urgente. Su risa, fácil, profunda. Unos rizos rubios, como los de Jack. Algo más bajo la superficie... ¿Qué era exactamente? Hay una ligera emoción en mi respiración, pero rápidamente la rechazo. No. No estoy preparada aún para algo más de lo que ya compartimos. Y se lo he dicho. Brevemente, pienso en responder. Sería otra noche fácil, una escotilla de emergencia para salir de mi vida.

El texto de Layla me distrae: «No, solo era irónico. He sacado la receta de internet... como todo lo demás».

Dudo un momento más, recordando cómo era tocarle, y luego borro su mensaje sin responderle.

Lo sé. Frío.

El edificio de Layla en Central Park West es gris y regio, con un patio privado para el acceso de vehículos al interior, mucho brillo, vestíbulos de mármol que atiende un pequeño ejército de porteros muy bien uniformados. Es como un cuento de hadas, un castillo de los superricos. Cuando entro, el techo altísimo del vestíbulo me empequeñece. El aroma a flores frescas recién cortadas y el brillo de la araña del techo crean un efecto como de salón de baile. Óleos abstractos de un piso de altura, sofás modulares de cuero blanco, una escultura de metal retorcido... Existen vestíbulos de museos menos lujosos.

«La gente de verdad no vive en casas como esta», diría Jack. Él había visto demasiado mundo a través de su cámara, gente viviendo en la pobreza, niños muriéndose de hambre, ciudades arrasadas por la guerra, la naturaleza diezmada por la codicia empresarial. La riqueza obscena lo ofendía. A mí... no tanto. Navego entre distintos mundos, tan cómoda en un sencillo albergue como en el Ritz. Vivamos en la opulencia o en la pobreza, por debajo de la piel las personas somos todas iguales. Todo el mundo sufre. Todo el mundo lucha. Simplemente, desde fuera parece distinto.

Mis tacones resuenan en el mármol con un ruido rítmico que rebota en las paredes. Se supone que Sting vive aquí. Robert De Niro vive aquí. (Aunque nunca los he visto). Esos misteriosos multimillonarios rusos de los que siempre se oye hablar viven aquí. Mis queridos amigos Layla y Mac van Santen viven aquí con sus hijos adolescentes, Izzy y Slade.

Todavía no entiendo «del todo» lo que hace Mac. Finanzas, por supuesto. Dirige un fondo de inversión... pero ¿qué significa eso en realidad? Tampoco sé cómo, en los últimos diez años, se ha hecho tan escandalosa y ridículamente rico. Tiene algo que ver con «ventas al descubierto» y la crisis de las obligaciones hipotecarias de 2007. De repente, se trasladaron desde el loft espectacular de Tribeca al ático de Central Park West. Empezaron a hacer viajes de verano al extranjero de un mes. Tienen un chófer familiar, Carmelo. Avión privado en un aeropuerto de Long Island.

Layla y yo nos reímos un poco, de vez en cuando, con algo de tristeza, de lo mucho que han cambiado las cosas desde que éramos niñas las dos. De que su madre tuviera dos trabajos. De que mis padres le compraran el vestido del baile de graduación, porque su familia no se lo podía permitir, o de que sus padres se pelearan en la cocina porque no podían pagar las facturas. De que mi padre y yo fuéramos en coche a su casa a recogerla, cuando ella no podía aguantar más los gritos y otras cosas. Sus padres ya han muerto los dos, habiendo llevado unas vidas breves, infelices y nada saludables. Pero Layla todavía conserva las cicatrices que todo eso dejó en ella, literal y figuradamente.

El portero, sin sonreír, pero cortés, me conoce y me hace una seña para que avance sin siquiera preocuparse de avisar.

—Buenas noches, señora Lang.

El aroma floral del vestíbulo me persigue hacia el ascensor con espejos. Subo al piso veintiocho como si estuviera en una nube, sedosa y silenciosa, y salgo al vestíbulo privado.

Abro la puerta del ático de Layla y me saluda el sonido de Izzy praticando el violín en la habitación que hay al fondo del vestíbulo. No sé qué pieza está tocando, porque resulta irreconocible. El simple tamaño de ese espacio, las gruesas paredes, impide que el sonido resulte insoportable, como sin duda fueron para mis padres mis primeros ensayos instrumentales. Yo tocaba el clarinete, luego la flauta. Recuerdo que me animaban, aunque algo tensos, y el alivio palpable que sintieron cuando descubrí que mi pasión era la actividad artística de la fotografía, totalmente silenciosa.

Digamos, sencillamente, que Izzy no es ningún prodigio musical tampoco; me pregunto si alguien se lo habrá dicho, o si se lo dirán alguna vez. Practica con entusiasmo, sin embargo, atacando las mismas frases musicales una y otra vez. Si fuera un asunto de simple voluntad, podría mejorar. Siempre obtiene excelentes resultados, como su padre, muy centrada, infatigable, estudiante modelo.

Slade, su hermano menor, está en la isla de la cocina conectado a FaceTime, con un amigo en el iPad, mientras juegan a un extraño juego de construir mundos en un portátil. Al parecer, para esa interacción se requieren dos pantallas. Le doy un beso en la cabeza y me recompensa chocando los cinco y esbozando una sonrisa radiante. Slade se parece más a Layla, o a Layla como era antes. Alegre, relajado, distraído y artístico.

Layla está en los fogones, y en la mesa veo flores frescas, manteles de tela, una cubertería brillante de platino. Solo hay cuatro servicios, cosa que indica que Mac no va a venir a casa a cenar. Lo habitual.

—Por favor, deja eso ya y avisa a tu hermana para que venga a cenar —le dice Layla a Slade, mientras viene a darme un abrazo.

—¡Izzy! —aúlla Slade, haciéndonos reír a las dos después del susto—. ¡La cena!

—Yo también podría haber hecho eso —dice Layla, dándole una palmada en el hombro—. Dile a Brock que tienes que dejarlo. Adiós, Brock.

—Adiós, señora Van Santen. —Llega la voz incorpórea desde el iPad.

—¿Has acabado los deberes? —pregunta a Slade, cuando ha cerrado el portátil.

Él la mira con sus ojos avellana como los de Mac, con el ceño fruncido e inseguro. Es una belleza, con los ojos enormes y un mohín en los labios, y el pelo espeso, rizado, de un rubio casi blanco. Catorce años y ya mide más que Layla y que yo.

—No puedes jugar más hasta que hayamos terminado —le ordena Layla—. Y ahora ve a buscar a tu hermana. Está claro que no nos oye.

Más chirridos detrás de la puerta de Izzy, como para remarcar esa afirmación. Slade se dirige hacia esa dirección tan despacio como un oso perezoso, llama a la puerta y luego desaparece dentro de la habitación de Izzy.

—El profesor de violín sigue diciéndome que ella promete —afirma Layla, volviendo a los fogones—. ¿Estoy loca? A mí me parece que suena horrible, ¿no?

—¡Te he oído! —chilla Izzy, al aparecer. Nadie habla en tono normal en la casa de los Van Santen—. ¡Claro que suena horrible! Es obvio. ¡Fue idea tuya, mamá!

Layla pone los ojos en blanco mientras Izzy me coge por detrás y me besa en la mejilla. Tiene el pelo como oro hilado, huele a lilas. Está delgada y ágil, pero no es una floja. La he visto con sus amigas del hockey comerse el peso de su propio cuerpo en pizza.

—Sálvame de todo esto, tía Poppy —dice—. ¿Puedo irme a vivir contigo?

—Ya lo sé, cariño —respondo, apretándola fuerte. Antes se sentaba en mi regazo, daba patadas con sus piernecitas regordetas y se echaba a reír, mientras yo le cambiaba los pañales y cogía fuertemente su diminuta mano entre la mía al cruzar la calle. ¿Hay algún niño más querido que los hijos de las personas a las que amas, especialmente cuando no tienes hijos propios?

—¿Cómo soportas estas condiciones? Es horrible.

—Mamá, por favor... —dice Izzy. Va hacia su madre, coge una zanahoria de la ensalada y empieza a masticar—. Es que, sencillamente, la música no es lo mío.

—Te irá bien, cariño —dice Layla, con soltura. Aparta un mechón de pelo de los ojos de Izzy—. Hacer algo que no se te da de fábula inmediatamente. Esforzarte por algo.

—Eso es... ridículo.

La adolescente, tan parecida a su madre, rubia y con unos ojos increíbles de un verde intenso, me dirige una mirada suplicante.

—¿No es ridículo?

Aromas deliciosos salen del horno y se elevan, haciendo que me ruja el estómago. Yo antes también cocinaba. A Jack y a mí nos encantaba meternos en la cocina. Últimamente, cuando no estoy aquí, sobrevivo a base de una dieta de combinaciones del bufé de ensaladas y quizá comida china para llevar, cuando me siento algo ambiciosa. Ayudo a Izzy a llevar el agua.

En la mesa, dejo que el caos me inunde: Izzy empieza a hablar de no sé qué drama de una chica rebelde, Slade suplica añadir un club robótico a sus horarios ya apretados. Toda la pesadez y la extrañeza del día que he llevado desaparecen al momento.

Pero interiormente vivo una vida de altibajos. Pienso: esta es la vida que Jack y yo podríamos haber llevado; quizá no tan increíblemente ricos, pero sí los niños parloteando, la comida, los fogones, el trabajo doméstico. El descontrol feliz que rodea todo esto podría haber sido nuestro. Y entonces surge la rabia: nos han robado todo esto. Miro el agua en mi vaso. A continuación, me invade la desesperación, con el estómago encogido: ¿qué me espera cuando me vaya de aquí? Un apartamento oscuro, vacío de él, de la vida que estábamos construyendo.

Layla me coge la mano. Los niños me miran.

—¿Poppy? —dice ella, bajito—. ¿Adónde te has ido?

—No, a ningún sitio —respondo—. Lo siento.

Suena un móvil y obliga a Layla a levantarse de la mesa. Oigo el ruido electrónico cuando ella responde.

—Espera, no me lo digas —pronuncia—. Que vas a llegar tarde. Que no te espere despierta.

Su tono es suave, pero tiene un punto cortante.

—Ahora mismo hay mucho en juego. —Mac en un altavoz, al parecer. No, en FaceTime. Ella regresa a la mesa con su iPad, se sienta de nuevo a mi lado. Incluso en la pantalla veo las ojeras en la cara de él. Se frota la cabeza calva, con la corbata suelta y el botón superior de la camisa desabrochado—. Ya lo sabes, cariño.

Layla se ablanda, sonríe a la pantalla.

—Lo sé. Es que te echo de menos.

—Hola, Mac —saludo yo.

—Hola, papá —saludan los niños a coro.

—Eh, chicos.

—Poppy es mi marido, ahora —dice Layla. Me echa una sonrisa—. Está en tu sitio.

—Espero que seáis muy felices juntas —dice Mac, con una ligera risa—. Poppy, buena suerte.

Yo le lanzo un beso.

—Izzy, cariño, ¿qué tal te ha ido el examen de cálculo? —pregunta.

Layla le pasa el iPad.

—Tengo confianza —afirma ella, tapándose la boca, porque todavía está masticando. Estos niños son todo confianza, sin preocupaciones. ¿Cuándo ha ocurrido semejante cosa? ¿Qué fue de la angustia adolescente? Yo me pasaba toda la noche echada en la cama, preocupada... por las notas, por el drama de alguna amiga, por «todo».

—¿Has comprobado los problemas? —le pregunta él.

Mastica un poco más.

—Sí —responde ella—. Lo he hecho, papá.

Izzy le tiende el iPad a Slade.

—Papá, es la última semana para apuntarse a robótica...

—¿Qué ha dicho tu madre?

—Dice que no, hasta que no salgan las notas. —Slade arroja una mirada de soslayo a su madre, que ella ignora.

—Pues ya está decidido.

¿Es la fatiga lo que hace que su voz suene así, monótona, distante? O lo agobiante que es todo esto: trabajo y familia, matrimonio, todo muy bonito desde fuera, agotador desde dentro.

Slade, todavía sin inmutarse, se lanza a explicarle que cuando pueda probar que sus notas son buenas, será demasiado tarde. Le dan vueltas a lo mismo durante unos minutos.

—Hacer de padre por FaceTime —susurra Layla. No me gusta tampoco su tono, indiferente, ni ese rictus triste que veo en su cara. Todo esto es nuevo—. Hace furor.

—¿Estás bien?

Ella esboza una sonrisa, pero mira su plato.

—Sí —afirma, intentando parecer animada—. Sí, claro. Es solo que... estoy cansada.

Sorprendo a Izzy mirándonos con el ceño fruncido de preocupación.

—Papá me ha dado permiso para que pueda apuntarme a robótica y luego borrarme si las notas no son buenas... —dice Slade.

Layla mira la pantalla, enfadada. Pero el iPad está oscuro, Mac ha desaparecido.

—Tu padre y yo lo discutiremos más tarde y te comunicaremos nuestra decisión mañana.

—La robótica es el futuro, mamá.

Layla deja el tenedor y mira a Slade muy seria.

—Pregúntamelo otra vez y la respuesta será que no.

Todo el mundo conoce ese tono; Slade se queda callado y fija la atención en su plato. El tono maternal, que significa que has alcanzado el límite de su paciencia y estás a punto de cagarla del todo. Me sirvo un poco de pastel de carne. No sé de dónde ha sacado la receta, pero está muy bueno. Ya me he comido todo lo que tenía en el plato. No me había dado cuenta del hambre que tenía. Layla apenas ha tocado el suyo. Supongo que por eso usa una talla treinta y cuatro.

—Está bien —dice, pronunciándolo como si fuera una triste derrota.

Izzy se levanta, arrastrando la silla para que se oiga, y se lleva su plato.

—He prometido llamar a Abbey.

El estado de ánimo ha cambiado, el parloteo feliz ha muerto y se ha impuesto el silencio.

Layla y yo nos sentamos en el sofá blanco de su salón: todo es bajo y blando, la chimenea de gas está encendida, los libros de fotografía colocados en la mesa de centro de madera reciclada, una botella de pinot abierta entre las dos. Quiero hablarle del hombre de la capucha, pero no lo hago. Le entraría el pánico, querría ponerse a solucionarlo, y no necesito eso, ahora no.

Somos amigas desde octavo curso. Pero «amigas» es una palabra muy tibia, ¿no? Una palabra comodín, que puede significar cualquier grado de confianza. ¿Cómo llamas a alguien que ha compartido tu vida entera, que parece conocerte mejor que tú misma, que acepta todos tus errores y debilidades simplemente como imperfecciones en el tejido de lo que tú eres? La persona a la que puedes llamar a cualquier hora. Que puede aparecer en tu casa a media noche con un cadáver en el maletero de su auto, y tú la ayudarías a enterrarlo. O viceversa. Esa es Layla.

—Mac trabaja hasta tarde —dejo caer.

Ella levanta las cejas.

—Así es Mac. Es lo único que hace. Trabajar.

Ella parece vestir la opulencia que nos rodea, meterse en ella como en un vestido de seda. Las telas caras rodean su cuerpo; las uñas de los pies, con su manicura, son bonitas, son como cuadraditos de un blanco rosado. Su piel reluce prácticamente, debido a los tratamientos regulares. Sería fácil pensar que provenía de una familia rica, que esto es lo que ha conocido siempre. Pero yo recuerdo cómo creció. Las huellas de dedos en su brazo, por una de las «malas noches» de su padre. Que mi madre solía ponerme comida de más en la fiambrera, por si Layla aparecía en el colegio sin nada, y sin dinero para comprarla. No hablamos ya de aquello, de los malos tratos, del abandono. Es historia pasada, dice Layla.

—Es más fácil, creo —continúa ella, mirando su copa—. Para él. Estar en el trabajo que aquí con nosotros. En casa hay mucho desorden, sabes. Mucho ruido, emociones, altibajos... La familia, la vida. Los números en cambio se colocan en unas columnas ordenadas. Los vas sumando y todo cuadra.

Cuando Jack y yo pusimos en marcha la agencia, Mac nos ayudó con los temas financieros.

Una noche, vino a nuestro apartamento después del trabajo y se sentó en la mesa de nuestra cocina, llena de hojas de cálculo y documentos. Layla y yo nos aburrimos y nos apartamos de la mesa. Pero los chicos se quedaron hasta tarde hablando de planes de pensiones y salarios, impuestos trimestrales, costes de seguros.

Layla y yo abrimos una botella de vino, nos echamos en el sofá escuchando sus voces, bajas y serias.

—¿Estáis seguros de que es esto lo que queréis? —me preguntó ella aquella noche.

—¿La agencia?

—Sí —contestó ella—. ¿No lo echarás de menos? ¿Los encargos, los viajes, ya sabes... la emoción de todo eso?

Había algo extraño en su tono.

—¿Lo echas de menos tú? —le pregunté.

Ella se encogió de hombros.

—Estoy muy ocupada con los niños —respondió—. Pero sí, la verdad, a veces.

Me sorprendió aquello. Nunca se me ocurrió que Layla no fuera totalmente feliz.

Sus comentarios en Facebook y sus fotos en Instagram eran una cascada feliz de bonitas fotos de los niños, viajes familiares, idílicos desayunos de domingo, paseos por el parque. Layla y Mac enamorados, ricos, con dos niños preciosos y llenos de talento. «Fakebook —solía llamarlo Jack—. Un tablero de anuncios de nuestros momentos más bonitos, y todo lo demás escondido».

—Supongo que todos tomamos decisiones —dijo ella al final, con un tono neutro, inapelable—. Quiero decir que somos muy afortunados. Me siento... agradecida.

—Mac adora a los niños —dice ahora—. Siempre está disponible para ellos. Nunca se ha perdido una actuación suya, una fiesta... Ellos lo llaman, él responde.

—Y a ti te quiere.

Eso sí que lo sabía. Aunque Mac puede ser algo seco y no es un conversador demasiado ingenioso que digamos, a veces incluso un poco ausente, su cara se ilumina cuando Layla habla. La mira con ojos de amor auténtico. Personalmente, creo que él está en el espectro autista, es un genio de los números, pero quizá tenga problemas con todo lo demás. No es una combinación inusual. Pero desde la muerte de Jack, Mac ha pasado muchas tardes en la oficina conmigo, enseñándome todo aquello que antes manejaba Jack. Es paciente, amable, me explica y me vuelve a explicar las cosas todas las veces que sea necesario sin impacientarse. Siempre me ha ayudado, igual que Layla. Estas personas... son mi familia.

Layla se frota la parte de atrás del hombro, parece que va a decir algo, pero se lo calla al final y solo esboza una débil sonrisa.

—Ya lo sé —comenta—. Claro que sí. Son diecisiete años.

Toma un sorbo de su copa de vino, las luces detrás de ella chispean, en un mar de oscuridad. A la luz del día, la habitación da a Central Park, una enorme extensión de verdor, o de colores otoñales, o de blanco.

—Vale. No podemos cambiarnos los unos a los otros. La mayoría de los que estamos casados, lo sabemos.

Jack y yo acabábamos de celebrar nuestro octavo aniversario de boda cuando él murió, así que no digo nada. Pero no recuerdo haberlo querido cambiar nunca.

—Lo siento —se disculpa ella, sentándose hacia delante y con aire afligido—. Vaya tonterías que digo a veces.

Levanto una mano.

—No andes pisando huevos. No lo hagas.

—Pero entonces ¿qué es lo que te pasa? —pregunta—. Hay algo... Así que no me mientas.

—No, nada —miento.

Ella no se lo cree, pero no insiste, aunque me sigue mirando con intensidad.

—Hoy he visto a la doctora Nash —la informo, solo para rellenar el silencio con algo—. Quiere que deje las pastillas para dormir.

—¿Por qué? —pregunta Layla, sirviéndonos otra copa de vino. No la detengo, aunque ya he bebido bastante, y me he tomado las pastillas antes. Es nuestra segunda botella—. Que les den. Toma lo que necesites para dormir. Este año ha sido bastante duro. Tú dile...

Dejo de escucharla. Siempre tiene algo que decir, siempre es la luchadora, la que se mantiene firme, la que reclama. No sé por qué motivo la recuerdo de repente discutiendo con uno de sus amigos del instituto. Estábamos en el aparcamiento, después de un partido de fútbol. Ella le dio en la cabeza con el bolso. «¡Cabrón!», le chilló, mientras todos los observábamos. Yo la saqué de allí a rastras, ella seguía gritando. La cara que puso él, como si nunca hubiera experimentado la ira. Quizá no lo hubiera hecho. Layla después lloró en mi coche. ¿Qué fue lo que la molestó tanto aquella noche? Ni siquiera me acuerdo... ni quién era el chico, ni quién más estaba allí. Solo los focos brillantes iluminando el campo, algunas chicas riendo, el olor de la hierba cortada y la voz de Layla perforando la oscuridad.

—Poppy —dice ella.

—¿Qué?

Pone su mirada maternal, la que dedica a sus hijos cuando no la escuchan.

—Te he preguntado si te ha quitado las pastillas.

—Ha bajado la dosis.

—Y...

—Mis sueños. —Mis imágenes soñadas de Jack de anoche se mezclan con la sombra en el metro, la extraña ilusión a plena luz del día que he experimentado en el tren—. Son más vívidos. No tengo la sensación de haber descansado.

—Dile que te vuelva a subir la dosis —recomienda ella, enfadada—. Necesitas descansar, Poppy.

—Pero quiero librarme de ellas. —Las palabras suenan débiles incluso a mis propios oídos. ¿Realmente quiero hacer eso?—. No quiero tomar pastillas para dormir el resto de mi vida.

—¿Por qué no? Es mejor vivir con química. Muchísimas personas están medicadas toda su vida. —Levanta su copa como para ratificar su punto de vista.

No sé si lo dice en serio o en broma. Lo que es seguro es que estoy más embotada, mentalmente más pesada. No he cogido una cámara entre mis manos desde que murió Jack, ni he sacado ninguna foto en serio. La verdad es que ni siquiera siento la necesidad de hacerlo. ¿Será por el dolor? ¿Por las drogas? ¿Por alguna combinación de ambas cosas? Dejo la copa en la mesa, donde brilla, acusadora. ¿Cuántas me he tomado? ¿No es raro que no lo sepa?

Ella abandona el tema. Hablamos un poco más, cotilleos de la empresa, que creo que Maura y Alvaro quizá puedan estar liados. Me parece que algo cruza por la cara de Layla al mencionar el nombre de Alvaro, pero desaparece al instante. Ella me dice que ha empezado a hacer fotos de nuevo. Layla tiene buen ojo para los retratos. Se manifiestan ante su cámara, le revelan todos sus secretos. Sus temas favoritos en los años recientes, como es natural, han sido sus hijos. Todavía mantiene abierta su web, su cuenta de Instagram es seguida por una cantidad importante de personas. Tiene auténtico talento, más del que yo he tenido jamás.

—No te preocupes —dice—. Ya no hago más fotos bonitas de mis preciosos hijos. Cuando Slade e Izzy se van al colegio, yo vuelvo a hacer lo que hacía antes. Buscar eso... Ya lo sabes, el momento perfecto.

—Enséñamelo —la apremio, curiosa.

—Ya te lo enseñaré. —Aparta la vista. No es propio de ella mostrarse tímida—. Es que estoy oxidada. He pasado tantos años con los niños... Quizás haya perdido el buen ojo. El talento que tenía, que no sé si era mucho o poco, quizá se haya marchitado y haya muerto.

—Lo dudo mucho —respondo—. Ten paciencia. Quizás ahora veas las cosas de una forma distinta.

Ella se remueve en el sofá, dobla las piernas bajo su cuerpo. Algo en su manera de sentarse parece incómodo, como si estuviera dolorida. Demasiado kickboxing. Se frota de nuevo el hombro.

—La vida te hace eso, supongo.

Me mira demasiado rato, con demasiada tristeza. Yo aparto la vista.

—Debería irme a casa. —Y ocurre esto. Estoy bien donde estoy, y de repente, necesito estar a solas, como si ya no pudiera seguir manteniendo unidas mis piezas.

—Quédate aquí —me ofrece. Pero he pasado demasiadas noches en la habitación de invitados. Esta noche tengo que pensar. La vida de Layla es como una burbuja. Cuando estoy aquí, todo lo demás se difumina... El mundo real parece vago e insustancial.

Me levanto, cojo mis cosas, empiezo a salir antes de que ella intente convencerme de que me quede. Me mira un momento, parece que está a punto de decirme algo. Pero cuando se levanta también, no me detiene.

—Espera un segundo —me ordena, y sale corriendo por el vestíbulo. Vuelve al cabo de un momento, mientras me pongo el abrigo—. Llévate estas —dice, poniéndome un bote de pastillas en la mano—. Son mías. Creo que es la dosis que tenías en un principio.

Observo el bote.

—¿Y tú no las necesitas?

—Puedo conseguir más.

—¿Cómo? —pregunto—. La doctora Nash me mira como si fuera una yonqui.

Layla sonríe.

—Tengo mis trucos.

No debería cogerlas. Debería devolvérselas y preguntarle de qué demonios está hablando. ¿De dónde saca todas estas pastillas? ¿Y por qué? Pero no lo hago. Agradecida, me las meto en el bolsillo, prometiéndome a mí misma que no me las tomaré. A menos que... A menos que sea absolutamente necesario.

—¿Estás segura de que no quieres hablarlo? —me pregunta—. ¿Lo que sea que te esté pasando? Aquí me tienes cuando no te encuentres bien. Siempre. No te olvides.

Resulta tentador volver dentro y hablar con Layla, dejar que se ocupe, como hace siempre. «Esto es lo que tenemos que hacer...».

—Estoy bien —digo, por el contrario.

4

El Lincoln Town Car me espera en el aparcamiento. Cuando me ve, el chófer de Layla, Carmelo, alto y fuerte como un armario, sale rápidamente y corre a abrir la portezuela antes de que llegue yo, sonríe victorioso y la abre. Lleva el pelo rubio y largo atado en una coleta tirante, tiene los ojos del color de los vaqueros desvaídos y una mandíbula como una roca.

—Yo he llegado primero, señorita Poppy —dice.

—Esta vez sí —afirmo, deslizándome en el interior de cuero blanco, y él cierra la puerta.

Es una competición que tenemos: yo encuentro ridículo esperar junto a la puerta mientras él da toda la vuelta para abrirla. Y él considera que abrir la puerta es una parte fundamental de su trabajo, y una terrible negligencia en el cumplimiento del deber si la abro yo y me siento sin que me haya visto él primero. Es una de esas raras personas que se preocupa por los pequeños detalles de su profesión. No debería meterme con él. Pero es muy amable y muy divertido, y disfrutamos de nuestro pequeño jueguecito.

—¿A casa? —me pregunta.

—A casa —respondo yo, aunque en realidad no tengo casa. Tengo un sitio donde vivo, pero no es mi casa.

La ciudad pasa a toda velocidad, luces y gente, limusinas, coches viejos, taxis, ciclistas. Me siento ligera, por el vino y las pastillas. Dejo que mi cabeza se apoye en el respaldo, que parece abrazarme. El hombre de la capucha es solo un recuerdo distante. El coche está tranquilo, excepto la música de jazz que se oye bajito en la radio; dejo que se me cierren los ojos. A veces, Carmelo y yo comentamos cosas de su madre, que se está haciendo mayor, o de su hijo pequeño, Leo. Pero él raramente me habla a menos que yo lo haga primero, a no ser que tenga que hacerme una pregunta. Es otra de las normas de su trabajo: desaparecer, estar solo cuando necesitas que esté. Al abrir los ojos, veo los suyos en el espejo retrovisor, mirándome.

—¿Un día largo? —me pregunta.

—Sí —afirmo—. ¿Y usted?

—Lo normal —responde, encogiéndose de hombros. Lleva a los niños al colegio, a Mac al trabajo, lleva y trae a Layla durante sus ocupados días, espera a Mac por las noches, lleva a clientes (y amigos) por la ciudad. Su jornada laboral acaba cuando termina la de Mac, a menudo no antes de medianoche, o incluso más tarde. Carmelo siempre llevaba a los hombres cuando salían juntos, Jack, Alvaro y Mac. Los llevaba de bar en bar, quizás incluso a alguna timba privada, en el club de Mac, quién sabe adónde más.

«¿Qué podría contarnos Carmelo de nuestros maridos?», decía Layla, pensativa.

«¿Estás de broma? —replicaba yo—. Nunca nos contará nada».

—Pero la ciudad, últimamente... está fatal.

—¿Ha pensado alguna vez en irse?

—No —contesta él—. Nacido y criado aquí, ya sabe.

Aparca junto a la acera y me quedo mirando un segundo, con el corazón desbocado.

—Carmelo...

Él se vuelve a mirarme interrogante, luego observa la calle. Sus ojos se abren mucho cuando se da cuenta.

—Oh, no —se lamenta, y se tapa la boca con un gesto un poco femenino, consternado—. Señorita Poppy... Lo siento muchísimo.

Me ha llevado a mi antiguo apartamento, aquel en el Upper West Side donde viví con Jack, no lejos del de Layla. Una pareja que no reconozco sube las escaleras, riendo, con bolsas de comestibles. Ella es menuda y viste vaqueros, una chaqueta negra ligera. Él es más alto, corpulento, con una mata de pelo color negro tinta. Jóvenes, con estilo. Podríamos ser nosotros. «Éramos» nosotros.

—No importa —digo, conteniendo un torrente brutal de dolor y de ira, no contra él, sino contra «todo».

Él se aparta de la acera rápidamente, pasando por delante de otro coche y llevándose la furiosa reprimenda de un claxon.

—No sé en qué estaba pensando —se lamenta, con la voz llena de remordimiento—. Lo siento muchísimo.

—No importa —repito de nuevo, intentando tranquilizar la voz—. Es fácil equivocarse.

Miro hacia atrás, a mi antigua calle, pero él dobla la esquina y se dirige al centro. Ya ha desaparecido. Quiero volver; quiero irme lo más lejos posible. Desearía que él se marchase con el coche lejos, muy lejos, que nunca llegásemos a nuestro destino, que yo pudiera desaparecer en el espacio que hay entre la vida de Layla y lo que queda de la mía, para siempre.

De vuelta en casa, abro otra botella de vino, me sirvo una copa y miro a mi alrededor. El inevitable dolor al ver mi antiguo edificio ha disminuido un poco. Y experimento un breve parpadeo en el cual me siento vagamente inspirada para decorar, para instalarme, como me dice la doctora Nash, que sigue animándome a que lo haga. Al menos desembalar las cajas amontonadas por todas partes.

Pero el momento de inspiración pasa tan rápido como había venido, y me encuentro reclinada en el sofá. Enciendo el televisor, cierro los ojos y escucho las noticias locales: un robo a mano armada en el Bronx, el metro de la Segunda Avenida que está casi terminado, un niño que había desaparecido y lo han encontrado. La voz medida y calculada del presentador de las noticias me alivia; mi conciencia va a la deriva.

—¿Jack?

La cama a mi lado está fría, las sábanas echadas a un lado. El reloj de la cómoda anuncia que son las 3:32 de la mañana. Me levanto, agarrándome aún al sueño, que me llama hacia él.

—Jack.

Voy andando descalza por el suelo de madera. Lo encuentro en el salón, con el portátil abierto.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunto, sentándome junto a él en el sofá.

Él saca un brazo y me rodea, me atrae. Me encanta cómo huele, esa mezcla de jabón y... ¿qué? Simplemente él, su piel. No usa colonia. Llevaría las mismas tres camisas y vaqueros toda la semana, si yo no le comprara ropa. No siempre se afeita, lleva el pelo algo largo, un montón de rizos de un rubio plateado. Usa unas gafas con montura negra, en lugar de molestarse en ponerse lentes de contacto.

—Solo estaba poniéndome al día con los correos.

Tiene el correo abierto, pero también está abierto el buscador de la web, con una ventana oculta.

—¿Qué miras? —le pregunto, en broma—. ¿Porno?

—Sí —asegura—. Vengo aquí a mirar porno mientras mi bella esposa duerme en la habitación contigua.

Yo me acerco más a él, lo rodeo con mis brazos.

—El porno es más fácil, ¿no? —intento razonar—. ¿No es eso lo que dicen? El porno nunca se cansa, nunca dice que no. No tienes que satisfacer al porno.

—Vale —dice él. Me inclino a coger el portátil y abro el buscador antes de que él pueda detenerme. Una mujer muy guapa, con los ojos oscuros, me mira desde allí. Pero no es porno, es solo un artículo, una noticia que estaba leyendo él. Una fotoperiodista ha recibido una paliza mortal en su apartamento del East Village, se sospecha que fue un robo que salió mal, le sustrajeron todo el equipo.

—¿Quién es? —le pregunto.

Él mueve la cabeza, transcurre un momento antes de que responda.

—Alguien a quien conocía.

Echo un vistazo al artículo.

—¿Y la han asesinado?

Él asiente, silencioso.

Noto una punzada de urgencia.

—Jack, dime quién es, y por qué estás leyendo esto en medio de la noche.

Él no responde, su mirada fija al frente.

—Jack —vuelvo a repetir—. ¿Quién es ella?

Me despierto de repente sobre la tiesa tela de mi sofá, desorientada, buscándole. El sueño permanece, se agarra a mis células. «¿Quién es ella?». Mi propia voz resuena en mis oídos. Estoy enredada en ese extraño tejido de lo real, lo recordado y lo imaginado. El olor de Jack, la sensación de su brazo, permanece aún, mientras las formas y las sombras del apartamento que él no ha visto nunca se van asentando en mi conciencia.

Busco el sueño, la cara de la mujer en la pantalla, el artículo. «Alguien a quien conocía». Pero todo está confuso, no tiene sentido. ¿Un sueño? ¿Un recuerdo? ¿Un híbrido extraño?

El sofá que tengo debajo es duro, nada blando y hundido como el que teníamos en nuestra antigua casa. Este lo compré online porque pensé que tenía unas líneas elegantes y mucho estilo; cuando llegó resultó que era duro y gris, como una losa de cemento. No tuve la energía suficiente para devolverlo.

La televisión está encendida, el sonido tan bajo que apenas resulta audible. Imágenes del radar que indican el tiempo que hará mañana forman remolinos rojos y anaranjados, se está incubando una tormenta, hace un calor que no es propio de la estación.

Poco a poco, Jack y el sueño empiezan a desvanecerse. Quiero agarrarlo, pero es arena entre mis dedos.

No es nada nuevo. Desde su muerte, yo sueño vívida y urgentemente con mi marido: abrazos, hacer el amor, su regreso de un sitio u otro, quizá del supermercado, o de un viaje de negocios. La alegría de su regreso a casa reconforta mi corazón. En esos momentos, aunque son retorcidos y extraños, lugares alterados, fragmentos de cosas que ocurrieron y no ocurrieron, son tan desesperadamente reales que a menudo me despierto pensando que mi vida real, aquella en la que Jack me fue arrebatado, es la verdadera pesadilla.

Y entonces, cuando me despierto, ahí está la bofetada dura y fría de la realidad: él ya no está. Y esa pérdida me duele como si fuera nueva. Cada momento. Cómo temo esa sensación cuando me lo vuelven a quitar otra vez, cuando el peso del dolor y la pérdida caen sobre mí una vez más, crudos y en carne viva, y su peso terrible me quita todo el aire del pecho.

Me limpio las lágrimas. Ni siquiera sabía que estaba llorando. Busco el mando a distancia y dejo que nuestras fotos almacenadas aparezcan en la pantalla. Fotos de nuestros viajes que van sucediéndose, un paseo bajo un dosel boscoso en Costa Rica, los tubos de lava en Islandia, un selfie que nos tomamos mientras nos besábamos en los Cliffs de Moher. Las imágenes inmóviles de la chica que era yo, del hombre que era él. Los dos desaparecidos. Muchas noches, después del trabajo, esto es lo que hago. Me echo aquí y contemplo cómo nuestras numerosas fotos van pasando silenciosamente por la pantalla.

«Las cosas mejorarán —me ha dicho la doctora Nash—. Con el tiempo, el peso de todo esto será menor».

«No, no lo es», quiero decirle, pero no digo nada. «¿Cómo podría serlo?».

Fuera de mis altas ventanas, la ciudad resplandece.

Me levanto, saco el nuevo medicamento con una dosis inferior de mi bolso, me sirvo un vaso de agua. Cuando estoy a punto de tomarme la pastilla, hago una pausa. Ahí está, en la palma de mi mano, azul y seductora.

¿Y si dejara de tomarlas? ¿Qué ocurriría? Debería investigar un poco. Jack no aprobaría toda la cantidad de medicamentos que he estado tomando, eso lo sé. Él no se tomaba ni un Tylenol para el dolor de cabeza.

O bien...

Recuerdo la dosis más elevada que me ha entregado Layla; las saco del bolsillo de mi abrigo, oyendo su voz, siempre tan segura: «Tómatelas cuando necesites dormir». Pienso en las otras pastillas que he ingerido hoy. ¿Cuántas? ¿De qué eran? ¿Cuánto vino he bebido?

Para ser totalmente sinceros, no es una gran batalla interna. «Necesito» la absoluta negrura de un sueño sin sueños, la vida de sueños que tanto valora la doctora Nash se puede ir a la mierda. Necesito un respiro del dolor, de mis pensamientos, de mí misma. Saco una de las pastillas de dosis alta. Luego, otra. Me las trago las dos. Solo esta noche.

Con las imágenes rondando mi cerebro somnoliento, entro en el dormitorio. En la mesilla, el diario de sueños descansa junto a mi cama. Llevo un tiempo sin escribir en él, pero el consejo de hoy de la doctora Nash todavía está fresco en mi mente. «Podemos aprender mucho de nosotros mismos con todo eso». Lo abro y escribo lo que recuerdo, pero la verdad es que se ha desvanecido hasta quedar casi en nada. Escribo: una mujer de ojos oscuros en la pantalla. ¿Quién es?

El bolígrafo me pesa en la mano.

No hay mueble alguno en el dormitorio excepto un lecho de plataforma bajo y blanco, cubierto por la nube que es el nórdico de plumón, y unas enormes y blandas almohadas. Cierro los ojos y dejo que el diario y el bolígrafo caigan a un lado, apartando todo pensamiento de Jack y el desconocido que da sombra a mi vida, Layla, la doctora Nash. Espero ese maravilloso sueño químico.

5

La superficie que tengo debajo es fría y dura, en mi cabeza suena una sirena de dolor. Las náuseas me agarrotan el estómago y la garganta. Me duele el hombro, que está retorcido debajo de mi cuerpo. Un hedor fuerte y desagradable me invade. No quiero abrir los ojos, los cierro más fuerte en lugar de abrirlos.

¿Dónde estoy? Debería saberlo.

Abro los ojos solo un poquito, atisbando entre la niebla de mis pestañas. Plateado y blanco, un suelo de baldosas asqueroso, unos pies que pasan, tacones altos, zapatillas de deporte, zapatos planos. Rozaduras, voces. Música que retumba fuera, alguien que se ríe demasiado fuerte, borrachera o drogas.

—¡No me jodas! —chilla una voz.

Me incorporo. Estoy en un cubículo de un lavabo público, enroscada en torno a una taza de váter. Ese hedor... es orina. Estoy en el suelo de un baño, en una discoteca, por lo que parece. El corazón me late a toda velocidad, noto el aliento entrecortado. Me miro el cuerpo. Llevo un vestido que no reconozco, ajustado y rojo, unos zapatos de tiras con tacón.

Vale, vale, vale, me digo a mí misma. Piensa un poco. Piensa. ¿Qué es lo último que recuerdas?

El funeral de Jack bajo un cielo cruelmente bello, apoyándome pesadamente en Mac, su fuerte brazo en torno a mi cintura es prácticamente lo único que me mantiene en pie. Layla que me sujeta la otra mano. Mac me susurra al oído: «Vale, Poppy. Vamos a pasar por esto. Todos juntos. Aguanta. Sé fuerte. Él lo habría querido». Nuestro antiguo apartamento lleno de amigos, ojos húmedos, voces susurrantes; la madre de Jack, con la cara como la ceniza, con una bandeja llena de bocadillos temblando en su mano. Layla que se la quita y la deja en la mesa. Mi madre charlando con Alvaro, flirteando con él como si no fuera el funeral de su yerno. Todavía oigo su risa ronca, tan inadecuada que atrae las miradas. Yo deseando por enésima vez que mi padre estuviera todavía vivo. Papá, por favor. Te necesito. Qué tontería. Una mujer adulta que todavía necesita a su padre. Esas son las últimas cosas que recuerdo. ¿Dónde estoy ahora? ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Me pongo de pie, tambaleándome, las paredes dan vueltas. Alguien llama con fuerza a la puerta del cubículo.

—Un minuto —digo, con la voz ronca y extraña. Ni siquiera parezco yo.

Quienquiera que sea encuentra otro cubículo, cierra la puerta de golpe. La puerta de fuera se abre, entran voces y música, llenando todo el recinto. Luego, se vuelve a hacer el silencio.

Hay un bolso a mi lado, un bolso de noche negro y brillante. Aunque no lo reconozco, lo cojo y lo abro. Mi móvil, muerto. Quinientos dólares en efectivo. Una polvera, que abro con las manos temblorosas.

La mujer del espejo es un desastre, el pelo largo y negro todo enmarañado, el rímel corrido por la cara, con tristes lágrimas de payaso, pálida, los ojos azules muy abiertos por el pánico. Me siento en el váter y con un poco de papel y mi propia saliva me limpio la cara. La cosa queda pasable, me peino con los dedos y me arreglo un poco con el maquillaje que llevo en el bolso. En el pequeño y tembloroso espejo casi acabo pareciendo normal otra vez. Excepto por el hecho de que no tengo ni idea de dónde estoy, ni cómo he llegado aquí.

Vale. Ya te ocuparás de eso más tarde. Respira. Respira. Respira. Solo tengo que volver a casa. En cuanto esté a salvo conseguiré recordarlo todo. Llamaré a Layla. Lo arreglaremos. Ella sabrá qué hacer.

Salgo tambaleante por la puerta del cubículo, encaramada a unos tacones demasiado altos. Dos mujeres, una negra, otra blanca, que se están maquillando ante el espejo, me miran y luego se miran la una a la otra. Las dos se echan a reír.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta una de ellas, aunque se ve que realmente no le importa. Se pinta los labios de un rojo chillón.

—Tienes que coger un Uber y volver a casita, chica —dice la otra, frunciendo el ceño con desaprobación. Lleva el pelo teñido de un color rubio platino, y los labios son de un deslumbrante color frambuesa. Noto un relámpago de ira, pero la vergüenza que me invade me impide responderle.

Sus risas me siguen mientras salgo por la puerta, hasta que quedan ahogadas por el intenso techno beat. Los cuerpos se amontonan en la pista de baile, y yo me abro camino entre la multitud, preguntándome dónde estará la salida. Pero por el contrario me encuentro ante la barra, tomando asiento. Descanso allí un minuto, con las piernas inestables y la cabeza dándome vueltas.

La camarera viene y se inclina hacia mí. Me da un vaso de agua helada. Grabada en el cristal, con una escritura muy ornamentada, una sola palabra: Morpheus.

—Tu novio lleva mucho tiempo esperándote —me dice, mientras yo doy un trago largo—. Si pensabas que lo habías perdido, pues no es así.

Miro en la dirección hacia la que señalan sus ojos, que son de color violeta, misteriosos y extraños. Lentes de contacto. Lleva tatuajes en el brazo: un dragón, una torre, una mujer bailando. Los observo, atraída por las líneas y los colores. No puedo concentrarme mucho rato en nada.

—Él te ve.

¿Quién es? Tiene el pelo rubio y largo echado hacia atrás, la mandíbula firme y unos ojos misteriosos que no se ajustan a ningún color: ámbar, verde, azul acerado. Se levanta y se acerca, se inclina hacia mí.

—Pensaba que te habías ido. —Su voz en mi oído provoca un escalofrío que me recorre la columna.

Da la vuelta a mi alrededor y me atrae hacia él. El calor que hay entre nosotros es eléctrico. Él me pasa un brazo en torno a la espalda, el otro por el cuello, y se echa sobre mí como si no estuviéramos en una discoteca atestada, sino únicamente los dos. Su atracción es magnética, irresistible. Y entonces estamos solos, el mundo entero desaparece, la música se desvanece mientras él me besa con un beso largo y profundo. Yo estoy encendida de deseo, un dolor muy profundo en mi interior. Resulta violento lo mucho que lo deseo.

Jack. Jack.

Pero no es Jack.

—¿Quién es Jack? —quiere saber él—. No importa. Yo seré Jack, sea quien sea. Seré quien tú quieras que sea.

Y entonces, como por arte de magia, estamos en su coche, o al menos él va conduciendo. No sé de quién es el coche en realidad. Pero es muy bonito, de cuero, con faros azules y relucientes, suena música suave en los altavoces Bose. Todo huele a limpio y a nuevo. Los edificios de la ciudad se reflejan en el retrovisor, haces de luces blancas y rojas pasan a nuestro alrededor.

—¿Adónde vamos? —pregunto yo, sin reconocer apenas mi propia voz.

—¿No lo recuerdas? —me pregunta él, amablemente.

—No —respondo, con un pánico en aumento—. Lo siento. No recuerdo nada.

Él me mira con una sonrisa extraña y sigue conduciendo.

6

«Lo siento. No recuerdo nada».

Las palabras hurgan en mi sueño, adquieren urgencia, se hacen más intensas, hasta que el sonido de mi propio grito de terror me despierta.

Me incorporo de repente, con el aliento pesado, la camiseta empapada de sudor. Estoy en mi cama, las sábanas tiradas por el suelo. Un débil sol matutino de martes por la mañana entra por las persianas, iluminando mi ropa de anoche que está en un montón desordenado en el suelo.

Los detalles del sueño ya se desvanecen. ¿Qué tipo de coche? ¿Qué discoteca? Es importante recordar; debo indagar en ese sitio.

El café empieza a caer en la cafetera con temporizador que está programada para las seis, y su aroma se expande por el apartamento. La ciudad está despierta y llena de cláxones y sirenas distantes, y con el ruido incesante del tráfico. Poco a poco, mi respiración se va normalizando, y los detalles triviales de la vigilia empiezan a borrar mi urgencia. El sueño, el pánico de recordarlo, retrocede, deslizándose con cada segundo que pasa como una serpiente entre las hojas de hierba altas de mi vigilia.

«El sueño es el lugar donde tu mente se organiza, donde tu subconsciente se resuelve y se expresa a sí mismo. En tiempos de mucho estrés, los sueños pueden convertirse en otra vida completa», dice la doctora Nash. Una vida terrorífica, inconexa, que no comprendo.

Busco mi diario de sueños y empiezo a escribir, intentando capturar lo que recuerdo.

«Morfeo, ¿una discoteca?

Paredes de baldosas blancas y negras, ¿besar a un hombre sin cara?

Él me lleva a algún sitio en su coche, un BMW quizá. Tengo miedo. Pero ¿estoy aliviada también? ¿Quién era él? ¿Adónde me llevaba? ¿Por qué me iba yo con él?

¿Vestido rojo?

Deseo potente. Jack. Pensaba que era Jack, pero no lo era».

Las impresiones son dispersas, en realidad absurdas, a la luz del día. Mientras escribo, la luz del sol brilla más y empieza a llenar la habitación a través de las altas ventanas. Brilla demasiado. Debe de ser tarde para ir a trabajar.

Acabo de escribir y reviso las páginas anteriores, buscando si hay otro sueño parecido a este. Leyendo lo que escribí anoche, antes de tomar las pastillas, veo que son los garabatos de una persona loca, chiflada, inestable:

«Jack, ordenador, ¿mirando porno? ¿Quién es ella?».

Otra frase que ni siquiera recuerdo haber apuntado: «¿Él me estaba ocultando algo?».

Me fijo en la tinta negra que se derrama en la página de un blanco hueso. Hay un pequeño tartamudeo de pánico, como si hubiera descubierto que un desconocido ha estado escribiendo en mi diario de sueños. Pero no, la escritura es mía, sin lugar a dudas.

Vuelvo atrás, hacia anotaciones anteriores. Una página está llena con una espiral negra. Empieza con un solo punto en medio del papel y va girando, cada vez más y más amplia, hasta que llena toda la hoja. Está trazada con una intensidad frenética, apretando tanto con el bolígrafo que la tinta se filtra hacia la página que está debajo. Hay una diminuta figura negra que parece estar cayendo sin parar en ese abismo.

«Nadie te habla de la rabia —había escrito yo—. Podría caer dentro de mi rabia y desaparecer para siempre. ¿Cómo ha podido él hacerme esto? ¿Cómo ha podido dejarme así? ¿Quién le ha hecho eso a él? ¿A nosotros? ¿Por qué no pueden encontrar al asesino de mi marido?».

De nuevo, esa sensación: una desconocida escribiendo en mi diario de sueños.

Pero no.

Esa rabia es en realidad un agujero negro que aspira y devora el universo. Recuerdo que tuve un sueño terrible, muy real, en el que encontraba al hombre que me arrebató a Jack. Yo lo perseguía por las calles, finalmente llegaba hasta él y lo abatía, lanzándome hacia él. Lo golpeaba sin parar, violentamente, con todas mis fuerzas. Era tan vívido que notaba sus huesos crujir bajo mis nudillos, notaba en la boca el sabor de su sangre que me salpicaba. Yo seguía, y seguía, y mi satisfacción no hacía más que aumentar. Confesé todo eso entre lágrimas a la doctora Nash.

—La ira, dosificada, puede ser saludable, Poppy —dijo—. Es sano dirigir tu rabia hacia el asesino de tu marido, no debes guardártela. La rabia suprimida se convierte en desesperación y depresión.

—¿Cómo puede ser saludable soñar con matar a alguien, imaginarlo tan claramente? ¿Disfrutarlo?

—Hay oscuridad en todos nosotros —respondió ella, muy serena—. Es parte de la vida.

Cierro el diario de sueños con fuerza; no quiero volver a ese lugar. Esa rabia dentro de mí es espantosa. No quiero saber con quién soñé anoche, dónde estaba. Quizá sea mejor dejar que esas cosas se desvanezcan. Después de todo, si se supone que debes recordar tus sueños, si significan algo... ¿por qué se escapan a tanta velocidad? ¿Por qué nunca tienen sentido en realidad?

La ducha caliente se lleva todo lo que quedaba de aquello. Apenas puedo agarrarme a un solo detalle. Pero hay una canción sonando dentro de mi cabeza, algo gangoso e hipnótico.

«He visto esa cara antes».

Las imágenes vuelven a la superficie espontáneamente cuando me dirijo al despacho: recuerdo al hombre del bar, las luces azules del interior del coche. Es una intrusión molesta, inquietante, esos sueños son demasiado vívidos y perturbadores. No he descansado nada; estoy tan nerviosa y llena de náuseas como si hubiera empalmado toda la noche.

Me planteo una pregunta que debería estar haciéndome más a menudo: ¿Cuántas píldoras tomé anoche? Y ¿cuánto vino bebí?

No el suficiente, aparentemente. No el suficiente para conseguir el olvido total. Con muchos nervios y consciente de lo que tengo a mi alrededor, examino mi entorno en busca del hombre de la capucha. Aunque el día es luminoso, distingo muchas sombras que me rodean, y sigo mirando como una paranoica. Hay un grupo de trabajadores de la construcción, todos vestidos con vaqueros, con las capuchas por encima de los cascos. Uno de ellos se fija en mí, hace un ruido vulgar de besuqueo con la boca. Paso a su lado deprisa, no miro atrás.

Finalmente, en el despacho, en mi escritorio, noto que me invade el alivio. Todavía es temprano, al menos una hora antes de que llegue nadie. Cojo el teléfono.

—Eh, hola —responde Layla—. No me volviste a llamar anoche.

Esa voz. Es como un salvavidas. Es tan sólida. Tan real.

—¿Me llamaste? —pregunto, confusa.

—Sí —contesta—. Solo quería comprobar que estabas bien. No me gustó cómo te vi cuando te fuiste.

Consultando los mensajes de mi teléfono, veo su llamada y un texto que dejó después de las once.

—Ah... lo siento. —¿Cómo he podido olvidarme de eso?

—En serio. ¿Qué está pasando?

Layla es la primera en preocuparse por mí. Fue la primera en pensar que quizás algo no fuese bien, un día o dos antes de mi «crisis nerviosa» o «brote psicótico» o como quiera que se llame hoy en día. La doctora Nash se refiere a este episodio como mi «fuga». «Piense en ello como unas pequeñas vacaciones que se toma su psique cuando tiene demasiadas cosas que controlar. Es como un apagón, una sobrecarga de circuitos. El dolor es un evento neurológico». Y Layla fue la que hizo que me diera cuenta de ello.

Le hablo del sueño, al menos de los fragmentos que todavía recuerdo.

Ella se queda callada un rato demasiado largo. Creo que la he perdido.

—¿Layla?

—Poppy —dice ella—. Quizá deberías llamar al detective Grayson.

Me sorprende que ella saque a colación al detective que estuvo a cargo de la investigación del asesinato de Jack. Una investigación que ha ido desapareciendo hasta quedar prácticamente en nada. Ha pasado casi un año desde que mataron a Jack, y todas las pistas se han enfriado. No hay sospechosos. No hay información nueva. Pero Grayson sigue en el caso, comprobándolo regularmente, siempre me devuelve las llamadas cuando pregunto por los progresos. Antes ansiaba justicia para Jack, por todo lo que habíamos perdido. Aquello me reconcomía, me mantenía despierta muchas noches. Pero con la ayuda de la doctora Nash, he dejado un poco que esa idea se apagara. ¿Qué justicia puede haber para algo así? No importa el precio que se pague, el reloj no puede retroceder. Así que la pregunta sigue ahí, como una piedra sin digerir en mi estómago. ¿Quién mató a Jack?

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con todo esto Grayson?

Otro momento en el que ella se calla y deja escapar un fuerte suspiro. Puedo oír el ruido de la calle, de modo que probablemente se estará apoyando en la ventana del baño, con un cigarrillo, para que los niños no lo huelan cuando regresen a casa del colegio. Se supone que lo ha dejado; obviamente, el chicle de nicotina no lo ha suprimido del todo. No pienso echarle la bronca por ello. ¿Quién soy yo para meterme con ella, precisamente yo, que me he vuelto una pastillera?

—Simplemente pensaba... —dice ella por fin, con cuidado—. Los días que no puedes recordar. Quizá lo que soñaste anoche. Quiero decir que quizá no fuera un sueño del todo... Quizá fuera un recuerdo.

Sus palabras tocan una tecla extraña, causan un desagradable cosquilleo en mi piel.

—¿Por qué dices eso?

—Cariño —dice. Exhala con fuerza—. Cuando te encontré, llevabas un vestido rojo.

Ben entra, cantando. Lleva puestos los auriculares, está claro que no me ve. Canta a voz en grito acompañando a Katy Perry, que dice que esa es la parte de él que nunca nunca le quitarás. Entra en mi despacho para dar la luz que yo me había olvidado de encender, y sus ojos se centran en mi persona. Se sonroja y me dedica una amplia sonrisa, inclina la cabeza. Yo me reiría si no notara todavía todo mi cuerpo como si fuera una terminación nerviosa, bullendo por la tensión.

—Quizás... estés recordando cosas —dice Layla, al ver que me quedo callada.

—La doctora Nash creía que probablemente no lo haría, que es muy posible que haya perdido esos días para siempre.

Fue dos días después del funeral cuando desaparecí. Cuatro días más tarde, me desperté en un hospital, sin recordar nada. Incluso los días anteriores a la muerte de Jack y el funeral están neblinosos y confusos. En parte, pienso que es una suerte haber olvidado los peores momentos de mi vida; no estoy segura de querer que vuelvan. La doctora Nash ha sugerido tal cosa, que mis recuerdos no han vuelto porque yo no los deseo.

Recuerdo el día que lo mataron en fragmentos feos e inconexos, estar sentada en la comisaría de policía, aturdida ante el millón de preguntas amables del detective Grayson. ¿Tenía él problemas en el trabajo? ¿Tenía enemigos? ¿Teníamos problemas de dinero? ¿Aventuras? ¿Habíamos sido infieles cualquiera de los dos? Horas y horas de preguntas que yo me esforzaba por responder, destrozada por el dolor y atónita, atrapada en una situación angustiosa e irreal. Hubo largos ratos en los cuales rogaba al universo que simplemente me dejara despertar. Esto tiene que ser una pesadilla. La cara seria de Grayson, las paredes grises, las luces de los fluorescentes parpadeantes, todos los recuerdos de las películas y series de terror. Esa no era mi vida. No podía serlo. ¿Dónde está Jack? ¿Por qué no puede hacer que desaparezca todo esto?

Finalmente, apareció mi madre con el abogado de la familia y me llevaron a casa. Recuerdo haber entrado en mi apartamento... en «nuestro» apartamento, caer en la cama que compartíamos. Las sábanas todavía tenían su olor. Recuerdo haber gemido desesperada, boca abajo en mi colchón.

—Tómate esto, cariño.

Mi madre me obligó a sentarme, me dio una de sus pastillas de Valium y un vaso de agua. Ni siquiera dudé, me lo bebí todo. Al cabo de un rato cayó una deliciosa y oscura cortina de sueño.

Durante un tiempo, sé que el detective Grayson sospechó de mí. Al fin y al cabo, yo lo iba a heredar todo al morir Jack: el dinero del seguro de vida, el negocio, nuestros bienes. Pero supongo que en un determinado momento se dio cuenta de que para mí todo era ceniza, sin mi marido. Luego, se convirtió en mi aliado. «Si recuerda algo, aunque sea una tontería, llámeme».

El caso lo incordiaba. Siempre. Un crimen de un desconocido es como una anomalía. La muerte de un corredor por una paliza llegó a los titulares de los periódicos. Los parques de la ciudad son como el patio trasero de Manhattan; la gente quería respuestas, y yo también. Jack era un hombre fuerte, grande, rápido, sabía moverse en la calle. Había viajado por todo el mundo como fotoperiodista, se había sumergido en la Gran Barrera de Coral para buscar tiburones blancos, había recorrido el Camino Inca, estuvo asignado con unos soldados en Afganistán, intentó coronar el Everest. Nunca nunca me pareció normal que él muriera como una víctima al azar, durante su carrera matutina. Llevaba encima un móvil y cinco dólares. Un año más tarde, su caso sigue sin resolverse.

—Pero puede que la doctora Nash esté equivocada —sugiere Layla—. Quizá signifique algo.

Me toca a mí el turno de quedarme en silencio.

—Nos vemos esta noche —continúa Layla—. Buscamos soluciones, comemos, lo hablamos todo. Mientras tanto, llama a la doctora Nash y al detective Grayson.

Layla, la reina de los planes, de las listas, de las columnas de «pros» y «contras», de las ideas que podían arreglar las cosas que estaban mal. Ella convierte el caos en orden, y que el cielo ayude a la persona que intente detenerla.

—Vale. —Suelto el aliento que no me había dado cuenta de que estaba reteniendo—. Es un buen plan.

Recuerdo aquel momento en el bar, a aquel hombre otra vez. ¿Quién era? ¿Alguien real? ¿Alguien a quien conozco?

—Estás bien, ¿no? —me pregunta Layla—. ¿Estás... firme?

—Sí —miento, una vez más—. Estoy bien.

El detective Grayson accede a reunirse conmigo en Washington Square Park para comer. Así que, en torno al mediodía, salgo. La fresca mañana de otoño se ha ido fundiendo hasta convertirse en una tarde agradable, y cojo un taxi para no tener que preocuparme siquiera del hombre de la capucha.

La normalidad de la mañana (correos, el teléfono sonando, conversaciones sobre cosas comprensibles, como contratos y transferencias bancarias) ha ido eliminando el caos del día anterior y de anoche, mis pesadillas se han ido adonde les corresponde, esas imágenes granulosas e incoherentes se han desvanecido en la niebla del olvido y el sueño. No tengo la urgencia de mirar por encima de mi hombro a cada momento, mientras camino por debajo del arco de triunfo de Washington Square, y voy hacia el parque. Mi pecho no está tenso, el aliento sale y entra más fácilmente. El dolor y el trauma, me recuerdo a mí misma, no son experiencias lineales. Hay días buenos y días malos, momentos sumidos en la desesperación, momentos de luz y momentos de esperanza. Mi nuevo mantra: estoy bien, estoy bien.

Grayson está sentado en un banco a la sombra, junto a un puesto de perritos calientes, al lado de los hombres mayores que juegan al ajedrez. Sujeta un bocadillo de un palmo de largo en la mano, cubierto de salsa, cebolla, mostaza, kétchup y no sé cuántas cosas más. Parece desafiar la gravedad cuando se lo lleva hacia la boca. Y al lado, sin arrepentimiento alguno, tiene una lata de Pepsi. Ninguna de las personas que conozco soñaría siquiera con beberse un refresco, al menos no en público. Es una de las cosas que me gusta de él, sus hábitos alimentarios. Me recuerda a Jack. Jack y yo volvíamos a casa tras una cena, que había consistido en diminutas ensaladas y ahi poké, con un cliente, un fotógrafo delgadísimo y muy en forma, que se retiraba temprano para poder levantarse a las seis y asistir a una clase de yoga, y Jack hacía que parásemos en Two Guys Pizza, donde compraba dos trozos.

«Dios, ¿cuándo dejó de comer la gente?», se quejaba.

Me pido un perrito caliente igual de guarro, y ocupo mi sitio junto a Grayson. Él gruñe un saludo, con la boca llena. Tiene el mismo aspecto que de costumbre, como si se acabara de levantar de la cama, el pelo oscuro revuelto, una sombra de barba. Lleva traje, pero este necesita un viaje a la tintorería urgentemente, la corbata está suelta, la camisa ha visto mejores tiempos. Aun así, hay en él algo viril, quizá sea la sobaquera visible cuando levanta el brazo, la insignia de detective sujeta al cinturón.

Las hojas por encima de nosotros tienen atrevidos colores, naranja, rojo, oro, pero ya han empezado a caer y a volverse marrones. Temo el invierno que se aproxima, las vacaciones en las que imagino que iré de casa de Layla a casa de mi madre, como un fantasma. La gente me dedicará miradas trágicas y susurrará con lástima a mis espaldas.

Jack y yo teníamos nuestros propios rituales. Poníamos el árbol el fin de semana después de Acción de Gracias, dábamos una fiesta muy grande para todos nuestros amigos. En Nochebuena íbamos a casa de mi madre, donde ella presumía del hombre con el que estaba saliendo en aquel momento, bebía demasiado, intentaba pelearse conmigo... y esto último, sinceramente, creo que es la única forma que tiene de conectar. Pasábamos el día de Navidad en casa, con la madre de Jack, Sarah. Planeábamos aquella comida durante meses, y luego nos pasábamos todo el día en pijama, cocinando, viendo películas, jugando al Scrabble. Era mi día favorito del año.

El año pasado, solo unos meses después de perderlo, ni siquiera pude levantarme de la cama. Las vacaciones pasaron en un doliente borrón, con el teléfono sonando y sonando sin parar. Layla y Mac, mi madre que vino a intentar obligarme a salir de la cama.

Fue Mac quien al final consiguió que me levantara y me convenció de que fuera a pasar la comida de Navidad con ellos.

—Somos tu familia —dijo, abriendo las persianas—. Tienes que estar con nosotros. Ya sé que hace daño, pero no hay otra forma de salir de esto. Demostrar a los niños que no vas a dejar que esto te aplaste. Demostrarles que no vamos a perderte a ti también.

Culpa. Funciona siempre. Me ofreció la mano, yo la acepté, salí de la cama y me empujó hacia el baño. Al abrir la ducha oí que llamaba a Layla, con la voz llena de alivio.

—Tengo a nuestra chica. Va a venir.

Parece que fue ayer, o hace cien años.

—Es raro que me llamara —dice Grayson ahora. Es propenso a despatarrarse, así que dejo mucho espacio entre los dos.

—Ah, ¿sí? —Muerdo un trozo de perrito caliente enorme y churretoso, intentando no derramármelo todo en la blusa. La mostaza amarilla y la seda blanca no son buenas amigas. En realidad, la seda blanca no es amiga de nadie ni de nada. Llevarla es como desafiar al universo: venga, adelante, trae lo que sea (café, kétchup, tinta), puedo contigo.

—A lo mejor tengo algo. —Hace ese gesto habitual suyo, como un cabeceo—. Quizá. Pero a lo mejor no es nada.

Hay un expediente debajo de la lata de Pepsi.

—Han cogido a un tío este fin de semana por robo a mano armada —explica, cuando yo me quedo callada.

Espero hasta que devora el perrito en tres grandes bocados. Es impresionante. Se limpia la boca con deleite, quizá para aumentar el suspense.

—Cogieron al culpable con las manos en la masa, más o menos. Un par de chicos de uniforme lo agarraron cuando salía de un colmado en el East Village. Creo que sacó doscientos pavos de allí, como mucho. Bueno, el caso es que les dijo a los agentes que le arrestaron que sabía algo de un asesinato en Riverside Park, hace un año, así que me llamaron a mí.

Todo mi cuerpo se pone tenso; pierdo el apetito. Dejo el perrito caliente en su bolsa de papel junto a mí, intentando no pensar en aquel oscuro día, no dejar que el bombardeo de imágenes me asalte. Pero es como una inundación, los agentes de uniforme en mi vestíbulo, el frío mármol cuando me caí al suelo, la sala de interrogatorios gris. Detalles extraños, como un teléfono que sonaba y nadie cogía, el olor a palomitas de maíz quemadas, en algún lugar de la comisaría.

—Lo siento —dice él. Se frota la barba que le cubre la mandíbula—. Sabía que iba a ser duro.

Me mira con una especie de guiño curioso. Es cálido, pero también cómplice. Los ojos castaño oscuro, bastante amables, con unas pestañas muy espesas, como de chica. Lo observa todo, lo archiva todo: momentos, detalles, gestos, cosas dichas, cosas no dichas. Hay algo triste en su mirada, y algo penetrante también. Me pregunto si podría captarlo. Si tuviera una cámara en la mano, podría capturar todo lo que dicen sus ojos. A veces, no hay bastante luz; a veces, hay demasiada. Algunas personas, sencillamente, no se dejan captar. No te lo permiten.

—Estoy bien —miento, una vez más. Es la mentira más fácil, porque es lo que la gente quiere oír. Que puedes cuidarte sola, que no tienen que preocuparse. Porque en un sentido real, la verdad es que no pueden ayudarte. La mayor parte del tiempo debemos arreglárnoslas solos.

Arroja la bolsa de papel y las servilletas en una papelera cercana, y coge el expediente. Parece pequeño en sus grandes manos. Lo coge por el borde con el pulgar, lo abre.

—Bueno, el caso es que el tipo ese conoce a un tío que asegura que es asesino a sueldo. Por mil pavos mata a quien quieras, con sus propias manos.

Las palabras suenan tan raras y ridículas... Casi me echo a reír como la gente que se ríe en los funerales, cuando hay un exceso de tensión.

—Mi hombre, el del asalto a mano armada, llamémosle Johnny para que quede más claro, es un poco juerguista, de modo que sus recuerdos están algo... confusos. Johnny dice que conoció a ese asesino a sueldo en un bar, y que el tío empezó a fanfarronear. La situación me produce un sano escepticismo, naturalmente. Pero tengo que admitir que algunos detalles cuadran. Como, por ejemplo, sabía que Jack solo llevaba cinco dólares encima, que el asaltante destrozó el teléfono de Jack hasta hacerlo pedazos. Detalles pequeños que no salieron en las noticias.

—Entonces... —digo yo, sintiéndome temblorosa y extraña. Esos pocos bocados de perrito caliente no me han sentado nada bien—. ¿Tiene un nombre? ¿Está en sus ficheros? ¿Han visto si coincide el ADN?

El detective niega con la cabeza, se inclina hacia delante.

—No tengo nombres. Johnny no sabía cómo se llamaba aquel hombre, fue lo bastante listo para no preguntárselo. Pero dio una descripción a nuestro dibujante. Coincide con la persona que vieron algunos testigos huir del parque, la mañana que Jack fue asesinado.

Me gusta que use a menudo el nombre de Jack, que no lo llame «su marido», o «la víctima». Me da la sensación así de que conocía a Jack, que quizás hubieran podido ser amigos. El detective es exactamente el tipo de hombre que le gustaba a Jack: listo, sin tonterías, práctico.

Grayson me tiende el expediente y yo lo abro. El dibujo a lápiz en blanco y negro me devuelve la mirada, amenazador. Con la cabeza afeitada, los ojos muy hundidos, la nariz ancha, la frente amplia. Hay algo en él, algo que mi cerebro casi alcanza, pero que se me escapa al final. Es como cuando intento hacer un esfuerzo para recordar aquellos días que faltan. No hay «nada» en realidad, solo una oscuridad dolorosa, absorbente.

—¿Algo?

Niego.

—Nada. No lo conozco.

—Johnny dice que era un hombre alto, casi dos metros, más de cien kilos. Musculoso, cuello grueso, manos grandes.

Está esa tirantez familiar en mi pecho, esa sensación de que mis vías aéreas se han encogido un poco al pensar que él anda por ahí fuera. Me imagino a Jack tirado en el sendero. Veo hojas húmedas y sangre, su mano agarrotada en el suelo. «Lo siento mucho. Tendría que haber ido contigo».

—Tenía que ser muy grandote, ¿no? —Mi voz sale entrecortada—. Para poder con Jack.

El detective Grayson me pone una mano en el antebrazo, con naturalidad, estabilizándome.

—Es algo —dice, en voz baja—. Lo primero desde hace tiempo.

—Un asesino a sueldo. —Las palabras suenan muy extrañas en mi boca—. Mil dólares. Matar a alguien.

—El atraco al azar —dice él— nunca tuvo mucho sentido.

—Pero ¿quién iba a contratar a alguien para que matara a Jack?

Él da un sorbo de su Pepsi.

—Dígamelo usted.

—Nadie —respondo yo. Se me queda atascado en la garganta y toso un poco—. Todo el mundo quería a Jack.

Grayson endereza los hombros, que normalmente lleva siempre caídos, se mueve un poco, como si estuviera intentando librarse de una tortícolis. Noto que se ha dejado un trozo del pan del perrito caliente, que lo tiene agarrado en la mano. Lo arroja y un montón de palomas arrullan, con las plumas rosas, verdes y grises resplandecientes al sol.

—Voy a consultar todos mis archivos otra vez esta noche —manifiesta—. A ver si esta nueva información arroja luz sobre algo antiguo. Encontraremos a ese tipo. Y cuando lo hagamos, quizá pueda respondernos a esta pregunta.

«Encontraremos a ese tipo».

—Pero ¿cómo van a encontrarlo?

—Iremos al sitio donde Johnny dice que lo conoció —explica Grayson—. Tienen el dibujo detrás de la barra. La patrulla de esa zona está sobre aviso.

Me parece imposible encontrar a alguien de esa manera, solo esperando que regrese a un sitio donde ya estuvo. Y de todos modos, pienso: ¿qué importará, aunque lo cojan? Jack no va a volver. Aunque cojan al tipo que lo hizo, quienquiera que sea, y lo manden a la silla eléctrica. ¿Qué arreglará eso? No cambiará nada.

Imagino un juicio que sigue y sigue, una condena, o quizá no. Años y años de apelaciones, repletos de rabia, sufrimiento, dolor. A Jack no le habría gustado. «Pasa página —me habría dicho, seguramente—. Todos tenemos que morir de alguna manera, algún día. No dejes que esto consuma lo que te queda de vida».

—Pero usted me ha llamado... —dice Grayson. Coge el expediente, que está abierto en mi regazo, y lo cierra, lo pone debajo de su pierna. Me alegro de que esa cara haya desaparecido—. Bueno... ¿qué ocurre?

Casi le hablo de mi sueño, el sueño de la discoteca, que quizá, solo quizá, pueda ser un recuerdo. Por eso lo he llamado, por la sugerencia de Layla de que pudiera ser un recuerdo. Pero él es tan pragmático, y las imágenes parecen tan extrañas y sin sentido ahora, especialmente a la luz de lo que acaba de decirme... No quiero contarle la parte en la que me beso con un hombre desconocido. Aunque sea un sueño, es vergonzoso y sórdido, ¿no? También me avergüenzan, sin duda, esos días perdidos. Me imaginaba a mí misma más fuerte, no la persona que se hace pedazos frente a la tragedia.

Pero sí que soy esa persona, sí que me hago pedazos.

Por el contrario, le hablo del hombre encapuchado, y que creo que me están siguiendo.

Él se mete las manos en los bolsillos de los pantalones, escucha cuando le hablo del encuentro en el metro.

—¿Un tío grandote? —pregunta, mirando de nuevo hacia abajo y abriendo el expediente—. ¿De casi dos metros, corpulento?

—Sí, eso creo. —Más alto que Grayson, y más ancho también.

—¿Está segura? —Hace una pausa y mira hacia el cielo, que refleja un color azul intenso a través de las hojas rojas, doradas y anaranjadas que tenemos encima, sobre el gris del edificio—. De lo que vio.

Conoce mi historial.

—Pues no del todo —reconozco—. No.

—¿No ha podido ver su cara?

—La capucha.

—Sí —afirma, dibujando lentamente la palabra. Mueve la cabeza a un lado y a otro, se pasa una mano por el pelo, pensando—. Pero la cara ¿quedaba completamente tapada por la capucha? No me parece normal. Se suele ver «algo».

Meneo la cabeza, buscando en mi memoria.

—No.

Entonces recuerdo las fotos en mi móvil, busco entre las instantáneas y le enseño la más clara, que no es clara en absoluto.

Él coge el aparato y entorna los ojos al mirarlo.

—Es difícil distinguir la cara, tiene razón. Mándemela por e-mail —dice—. Haré que mis chicos trabajen en ella con su magia. Quizá consigamos algo.

Me devuelve el teléfono. Rápidamente envío la imagen a su dirección de correo. Nos quedamos allí sentados un momento, ambos perdidos en nuestros pensamientos.

—Bueno, mire —dice, dejando caer una mano en mi brazo—. La próxima vez que lo vea, llámeme inmediatamente. Quédese donde está si puede, y si es seguro. Llegaré allí en seguida, o enviaré a alguien.

—De acuerdo —accedo.

Hablamos un rato más. Me promete que seguirá esta pista con todas sus energías. Debe de tener otros casos, otras prioridades, pero cuando estoy con él, siempre me hace creer que Jack es la cosa más importante que tiene entre manos. Él ha convencido a sus superiores de que no cierren el caso, de que no lo manden al archivo de los casos sin resolver, aunque ha insinuado que recibe presiones para hacerlo. Ha pasado casi un año.

—Esta es información nueva —dice—. Tengo un buen presentimiento.

Yo también. Pero ¿por qué me siento peor, en lugar de mejor?

—No voy a dejar esto —concluye él—. Eso se lo prometo.

Aunque en realidad no voy adecuadamente vestida, con mis tacones y mi falda estrecha, subo andando por la Quinta Avenida. Noto la cabeza excitada, las ideas me dan vueltas en ella. El detective Grayson, asesinos a sueldo, que quizá por mil dólares alguien acabase con la vida de mi marido. Mil dólares. Y si eso es verdad, ¿es el hombre que mató a Jack el mismo hombre encapuchado que me sigue ahora? Trago saliva, porque tengo un nudo de miedo y de ira atascado en la garganta.

Dejo que la corriente de la ciudad me arrastre. Su energía bombea y se mueve; no se detiene por ningún motivo, nunca, ni siquiera por la muerte de la persona más importante de tu vida. Sigue vibrando, empujando, un flujo que no te deja otra elección que seguirlo.

A la luz, busco en mi bolso y encuentro el botecito color ámbar que me dio Layla, no las pastillas para dormir, sino las pastillas que dijo que eran para los nervios. Me trago una pastillita blanca a palo seco. No tengo ni idea de lo que es. Realmente no me importa, mientras acalle la sirena de ansiedad que suena en mi cabeza.

Entonces me pongo los auriculares y escucho mi preferida, una lista de reproducción de David Bowie. Sigo andando, dirigiéndome hacia la oficina. Estoy llegando, empiezo a sentirme más ligera, menos abatida, cuando la música se detiene y empieza a sonar el teléfono. La doctora Nash me devuelve la llamada.

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
Həcm:
401 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9788491875376
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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