Kitabı oxu: «Los chicos rubios»

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Urquiza, Lisandro N. C.

Los chicos rubios / Lisandro N. C. Urquiza. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2021.

(Biblioteca de autor)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8449-21-0

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas. I. Título.

CDD A863.9283

© 2021, Lisandro N. C. Urquiza

Ilustraciones de interior y cubierta: Natalia Cañás

Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.

Todos los derechos reservados


© 2021, Editorial Bärenhaus S.R.L.

Publicado bajo el sello Bärenhaus

Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.

www.editorialbarenhaus.com

ISBN 978-987-8449-21-0

1º edición: diciembre de 2021

1º edición digital: noviembre de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

SOBRE ESTE LIBRO

Esta es la historia de Sebastián, un padre que se muda a un pequeño y pintoresco pueblo llamado “Aldea del Norte, un barrio, NO un pueblo”, junto a su hijo adolescente Aurek.

Ambos comparten similitudes en cuanto a lo físico, siendo la más llamativa portar una cabellera de color rubio y ojos de color casi amarillos. Además de eso, ambos tienen una forma muy peculiar de comunicarse, logrando por momentos diálogos tan bizarros como interesantes.

Si bien la historia se centra en la relación padre-hijo de los protagonistas, crearán lazos con la gente del lugar que simpáticamente los bautizó como “Los chicos rubios”, y allí cada uno tendrá sus vivencias. Sebastián será quien lleve adelante el estandarte de ser el héroe de esta historia, al descubrir que Olegario, su mejor amigo en el pueblo, está enamorado de él.

Esto hará que el joven papá tenga que lidiar contra sus furibundos padres y con la mamá de Aurek, quien regresa después de muchos años. Pero, sin lugar a dudas, la batalla más difícil de todas será la que deberá afrontar contra sí mismo.

SOBRE LISANDRO N. C. URQUIZA

Lisandro N. C. Urquiza nació en Gualeguaychú, Entre Ríos. Siendo aún un niño, su familia se mudó a Buenos Aires por razones laborales.

Su educación secundaria fue comercial con orientación en Lengua y Literatura. Más tarde se graduó en la Universidad Nacional de Luján como Licenciado en Administración.

Con el paso de los años, y trabajando tiempo completo en una empresa financiera, comenzó a transitar en la literatura. Publicó en 2018 su primera novela Los chicos rubios. En 2019, la continuación, Oleg y Los chicos rubios y, en 2020, El viaje de Tomás y Mateo (Bärenhaus), una historia independiente de las anteriores pero con escenarios y personajes comunes. Actualmente se encuentra trabajando en Tomás y Mateo, una nueva vida, de próxima publicación en este Sello Editorial.

La saga continuará con: Nano, el tropillero; Dionisio y el Rey; Aurek y los aldeanos; Nano entre girasoles; Los diarios de Max; El pintor de la playa y Mi vida en un carnaval.

Para 2024 tiene proyectado publicar el policial romántico “Vicente Tömmey”, y en 2025 “Lando, el sanador”.

ÍNDICE

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Sobre este libro

  Sobre Lisandro N. C. Urquiza

  Introducción

  Capítulo 1. Un nuevo hogar

  Capítulo 2. Los chicos rubios

  Capítulo 3. La presentación en sociedad de Los chicos rubios

  Capítulo 4. Olegario - Un vals - Una apuesta

  Capítulo 5. Una taza de café Pecas en las mejillas Where is the love

  Capítulo 6. Conociendo la “Aldea”

  Capítulo 7. Croissants y café con leche Los matecitos de Sebastián Mi primer amigo

  Capítulo 8. Haciendo una rutina

  Capítulo 9. La laguna

  Capítulo 10. Un brindis por Los chicos rubios Algo se sintió diferente

  Capítulo 11. Primer día de trabajo

  Capítulo 12. Tomás y Mateo Sebastián y Olegario

  Capítulo 13. Salida con amigos Aurek viste a la moda

  Capítulo 14. Sebastián y el brillo de una supernova

  Capítulo 15. Las entradas al concierto Una charla inconclusa

  Capítulo 16. El recital

  Capítulo 17. Un beso Un pacto

  Capítulo 18. La cabaña de Olegario Una fotografía Rendición

  Capítulo 19. No puedo dejar de amarte. Lo que siempre soñé…

  Capítulo 20. Olegario y los dos mosqueteros

  Capítulo 21. Visitas inesperadas

  Capítulo 22. Mi vida en Aldea del Norte, un barrio no un pueblo

  Capítulo 23. Alana Wes y la guitarra de la discordia

  Capítulo 24. Decepciones

  Capítulo 25. Cuando te enamorás del alma de alguien

  Capítulo 26. Aurek se convierte en Cupido

  Capítulo 27. Una bici que me lleve a todos lados (o al menos hasta la laguna)

  Capítulo 28. ¿Querés ser mi novio? El tercer chico rubio

  Capítulo 29. La pareja del momento

  Capítulo 30. El reality show Las metáforas de Oleg

  Capítulo 31. La familia de Marisa

  Capítulo 32. La vida te da sorpresas… Olegario también

  Capítulo 33. Los inquisidores

  Capítulo 34. Confesiones en televisión Oleg y Los chicos rubios

  Capítulo 35. El viaje a Río

  Capítulo 36. Os meninos loiros

  Capítulo 37. Malentendido

  Capítulo 38. En algún lugar bajo el arcoíris

  Capítulo 39. Felicidad Elisa, la bicicleta y un pantalón

  Capítulo 40. La primera Navidad de Los chicos rubios y Olegario

  Capítulo 41. El viaje de Tomás, Mateo… y Luciano

  Capítulo 42. Familia

  Capítulo 43. Epílogo

  Bonus track. La canción de Los chicos rubios

  Playlist del libro

  Glosario de Argentinismos

INTRODUCCIÓN

Los chicos rubios es una novela donde sus personajes tienen como propósito moral de vida “Ser Felices”.

El amor, la diversidad y la razón, los estandartes.

El éxito productivo, como actividad.

El corazón, el motor que los moviliza y les da la fuerza que necesitan para salir adelante.

Sebastián, un hombre de treinta y siete años, es el protagonista principal de la obra, y quien a través de sus diálogos y de su forma de ser inmadura (en comparación a su hijo adolescente), mostrará a los lectores el derrotero de ambos al llegar a un pueblo de provincia y cómo su vida cambia, en particular la del joven papá, al conocer a Olegario: el hombre que se volverá su amigo y compañero de aventuras, aunque el destino probablemente lo convierta en algo más…

Esto supondrá para los protagonistas, animarse a aceptar un cambio en sus vidas, en especial a Sebastián quien deberá reinventarse y convertirse en un apoteótico héroe de su propia película.

La historia de este libro gravita en torno a la muy buena relación padre e hijo que se da entre “Sebas y Auri”, y como van construyendo lazos con el resto de la comunidad; el simpático barrio que les da el nombre Los chicos rubios y donde uno de los elementos que pondrá a prueba a Sebastián y a su hijo, será la aceptación (o no) de Olegario: el nuevo amigo quien se perfila como el futuro sentimental del “chico rubio” mayor.

Esta novela pretende ser una historia que muestra otras realidades con las cuales convivimos en el día a día y que afortunadamente se van haciendo más visibles, en la medida que cada vez son más las personas que se aceptan como son y se animan a salir a la luz.

Así como los girasoles no temen quemarse cuando el sol está en su punto más alto, sino por el contrario, es cuando más plenos se muestran.

Una de las primeras preguntas que me hizo la gente que supo de esta aventura que estaba retratando fue: ¿Estás escribiendo una historia gay o como le dicen ahora, lgbtq+?

Al reflexionar sobre lo que respondería, lo primero que me vino a la mente fue aclarar que era una historia como cualquiera de las que suceden a cada minuto, en cualquier rincón del mundo, con la particularidad que implica el saber que alguien de tu mismo sexo te ama y vos estás descubriendo que te pasa con esa persona.

Por otro lado, una vez que el libro se publicó, me encontré con las opiniones de escritores que ya tenían un recorrido en historias como las que les presento. Uno de ellos, un querido colega español me aconsejó:

Lisandro, hay que encargarse de que se sepa que es una historia lgbtq+, porque si no va a ser muy difícil visibilizar.

Y es en ese espíritu que opté porque cada uno la llame como quiera, lo más importante es mostrar de que se trata la visibilidad de la diversidad y el amor entre las personas.

Me atrevo a decir que este libro busca ser una inspiración a la liberación de los prejuicios, de los convencionalismos y las ilusiones superfluas. Es una ficción que pretende ser un puente, para naturalizar cosas que a esta altura de la historia de la humanidad deberían ser naturales. Y no importa si solo unos pocos llegan a comprender la realidad completa de la “estatura humana” y que el resto la traicione.

Son esos pocos los que mueven al mundo y le dan su sentido a la vida, y a ellos dedico mis escritos.

Por último, y sin quitar relevancia al espíritu de la obra, para todos los curiosos que me preguntaron por qué el nombre del libro, les respondo diciéndoles que la melena amarilla, el amor por la música y los libros es una de las pocas semejanzas que compartimos… aunque también confieso que escribir esta novela me ha significado ganarme algunas canas, las cuales afortunadamente aún se confunden dentro de mi enmarañada cabellera.

Confío que nadie dirá que personajes y escenarios como los que he retratado aquí no existen, sin embargo que este libro se haya escrito y publicado es mi prueba de que existen.

Dedicado a todos aquellos que se animan a un acto de rebeldía tan valiente como lo es enamorarse.

Aquí vemos el mundo como podría ser.

Amor es amor.

Bienvenidos.

Lisandro N. C. Urquiza

Noviembre de 2021

CAPÍTULO 1
UN NUEVO HOGAR

El auto se detuvo en la salida de la autopista, justo donde un puente cruzaba en forma perpendicular a la misma. No había cartel o señal alguna que indicara si Sebastián estaba en la ruta correcta. El navegador del vehículo indicaba que se encontraban cerca de su destino y solo marcaba un camino “no asfaltado” como única alternativa viable, por lo que el hombre decidió adentrarse en la aventura.

—¿Estaremos bien? —preguntó su hijo Aurek. Viajaba sentado en el lugar del copiloto y llevaba un mapa desplegado en las manos.

—No lo sé, la gallega del gps se quedó callada y no hay otras indicaciones más que el camino en color gris que deberíamos tomar. ¿Qué dice tu mapa?

—A ver... —dijo el joven que estaba más concentrado en cantar el estribillo de una canción de los Smash Mouth que sonaba en la radio.

—¿Y bien? —preguntó Sebastián.

Mientras aguardaba la respuesta, se quedó con la mirada fija en un punto del paisaje. Pensó en esa nueva vida que estaba por empezar y la ansiedad junto a los nervios lo invadieron. Trató de restarle importancia.

Cuando volvió a la realidad y mientras su joven hijo continuaba dando vueltas el mapa para orientarse, Sebastián aprovechó el descuido para tocar el tablero de la radio y cambiar de estación. Sintonizó una radio de frecuencia modulada. El tema “Dos días en la vida” sonaba en su estribillo y el joven papá no dudó tararear la letra y golpetear con sus manos en el volante, generando que su hijo le dedicara una mirada de sorpresa.

—¿Qué te pasa que me mirás así? ¡Es un tema clásico! —Sebastián exclamó como si estuviera en un concierto—. ¡Y además, aplica perfectamente al momento, estamos en el medio de la nada, sin saber para dónde ir, igual que en la película de Thelma y Louise!

—Papá —dijo Aurek que en líneas generales terminaba siendo más maduro que su padre—, no estamos en el medio de la nada para empezar. Hicimos cuarenta kilómetros desde la Capital Federal por la autopista y ahora estamos en un desvío, no es tan grave.

—¡Ya lo sé, pero suena lindo pensar que estamos en medio del desierto, perdidos y que un sheriff con setenta alguaciles aparecerán para tratar de detenernos! —el papá movía las manos como si estuviera viviendo la película.

—Ahí vamos de nuevo —suspiró el joven—. Sacó un papel mal doblado del bolsillo posterior de su pantalón jean, y se puso a cotejarlo con lo que decía lo que intentaba ser una hoja con las indicaciones del lugar al que viajaban.

—¿Ese es el planito que hizo Elisa?

—El mismo —respondió Aurek.

Mientras discutían sobre los detalles cartográficos, Sebastián se quitó las gafas de sol que le daban la imagen de ser un piloto de un avión de guerra, más que un hombre de treinta y siete años que viajaba con su hijo de dieciséis, hacia el lugar que se convertiría en su hogar por los próximos años.


Aurek apoyó el rudimentario mapa sobre el volante de madera del viejo Ford Mustang GT 390, que su padre había heredado de su abuelo. Usando como mesa el tablero del vehículo, ambos se pusieron a examinar el mapa, hecho por la mejor amiga de Sebastián y hermana del dueño de la propiedad, el día en que se reunieron para firmar el contrato de alquiler.

Luego de analizarlo como si se tratara del plan de ataque de un submarino nuclear, y de compararlo con lo que les indicaba el navegador del vehículo, los chicos concluyeron que lo mejor era tomar el camino sugerido por Elisa.

—¡Bueno Auri, tomemos ese camino! —Sebastián levantó su mano y señaló hacia el horizonte, como si fuera el capitán de un navío que divisaba tierra.

Puso primera marcha en la caja de cambios de su auto clásico, y el potente motor del vehículo verde oliva rugió como un león aprestándose a correr a su presa. Ajustó sus gafas aviadoras y subió el volumen de la radio donde ahora sonaba la canción “En la ciudad de la furia”.

Así, padre e hijo salieron rumbo a su destino.


Desde la bifurcación donde se habían detenido doblaron a la izquierda, cruzaron sobre un puente y allí comenzaron a transitar por un camino de una mano y otra opuesta como sentido de circulación.

En la medida que fueron avanzando, su derrotero se fue poblando de eucaliptos a ambos lados, que los acompañaron todo el trayecto hasta llegar al barrio donde se encontraba la casa que habían rentado por el plazo de tres años.

El ambiente poco a poco cambió por completo.

El aire fresco que entraba por la ventanilla del vehículo estaba aromatizado por las hojas de los árboles y otras especies los hicieron sentir como si estuvieran entrando a otro mundo. Ya no estaba la pesadez del aire de la ciudad ni la locura de los coches en la autopista; en cuestión de minutos todo se redujo a un silencio que solo era interrumpido por la música a alto volumen de los chicos y por el sonido de pájaros que sobrevolaban el lugar.

—¿Por qué me apagás la radio? —preguntó Sebastián.

—Escuchá —dijo su hijo.

—No escucho nada, salvo el motor del auto.

—Por eso te digo, sentí que profundo es el silencio, solamente se escuchan algunos que otros pájaros.

—Guau, parecés un maestro zen —ironizó el papá.

Un sonido de aves que pasaban a vuelo rasante sobre las partes más llanas del lugar dieron un toque acriollado al paisaje, que de por sí daba la sensación de ser algún bosque europeo.

—Ese sonido, ¿serán teros?

—Parecen —dijo Sebastián— ¡De todas formas, no me bajaría por nada del mundo para verificar si lo son!

—¡Ah! ¿Todavía te dura el miedo por los teros, viejo? Aurek lanzó una carcajada.

—¿Miedo a qué?

—¡Al tero de tu tío Eldo!

Sebastián ladeó su cara a ambos lados.

—¡Bicho de mierda! —graznó—, yo solo había salido a conocer el patio del tío, y ni me imaginé que un tero que tenía de mascota te picaba peor que un escorpión...

Así Sebastián recordó la visita a la casa del anciano hermano de su padre, donde tuvo la desgracia de cruzarse con un pájaro que el dueño de casa había domesticado como si fuera un perro, y como tal cumplía la función de ser el guardián del hogar y corría a picotazos a los que desconocía, honor que había tenido el papá de Aurek en su momento.

—A propósito, ¿de dónde sacó ese nombre tu tío?

—No era nombre, era un sobrenombre —dijo Sebastián.

—¿Sobrenombre? Y yo que pensé que estaba jodido con el mío.

—El pobre viejo se llamaba Eneo, pero se hacía llamar Eldo —respondió Sebastián conteniendo la risa.

—¿Me estás jodiendo, papá?

—No hijo —El hombre estalló en una carcajada que lo hizo apoyar su cabeza sobre el volante.

—¿Se llamaba así y se puso ese sobrenombre? ¡Es un crack! —exclamó Aurek contagiándose la carcajada de su padre.

—Como ves, no sos la oveja negra de la familia; hay nombres más jodidos que el tuyo, mi pequeño retoño de pelo amarillo —Sebastián con una risa le revolvió la enmarañada cabellera a su hijo, quien trataba de zafarse del molesto amor de su padre.

—Lo que no llego a sacar es ese olorcito —dijo Aurek—. ¡Es como el olor que tenés vos después que te bañas!

—¡Yo sé, yo sé! ¡Son flores de azahar de limoneros y de naranjos! Debe haber algunos frutales o cítricos por la zona, y ese otro olor creo que es como de glicinas, si no me falla el olfato.

—¿Cómo las que hay en la casa del abuelo?

—Algo así —dijo Sebastián.

El paisaje, la tranquilidad y los olores fueron sorprendiendo a los visitantes, tal como se lo había advertido Mateo que les sucedería cuando visitaran el lugar por primera vez.

El encanto fue aumentando hasta que luego de transitar un par de kilómetros por el camino bordeado de naturaleza llegaron al cartel de bienvenida del barrio. Se apreciaba que era de madera tallada, similar al quebracho colorado, y recibía a los visitantes con la leyenda:

Aldea del Norte, esto es un barrio y NO un pueblo.

Se detuvieron al costado del camino para tomarle una fotografía al simpático letrero que a la vez contrastaba con el paisaje, salido de una postal de algún lugar de los Alpes suizos.

—¿Qué estás mirando, pá? —preguntó Aurek

—Estoy mirando a ver si aparece La novicia rebelde —su padre sonreía mirando el paisaje que los rodeaba.

—¡Qué boludo! Vení, acércate que quiero que nos saquemos una selfie con el cartel de fondo.

—¡Dale! —su padre se acomodó la abultada y casi rastafari cabellera.

Al verla a simple vista parecía como si un panal de abejas le hubiera caído en la cabeza, volcándole litros de miel que resplandecían con el sol que le daba de lleno.

—¿Así estoy bien? —preguntó mientras se peinaba con los dedos.

—¡Sí, pá! Esta foto va a ser tendencia en mis redes —dijo Aurek haciendo varias tomas, una de las cuales terminó posteada en una de las redes sociales del joven, mostrando a todos sus contactos el lugar que se convertiría en su hogar.

Una pareja de personas mayores, vestidos con ropa deportiva, se acercaron caminando por un sendero al costado de camino. Los chicos los habían cruzado un rato antes.

“Buenas tardes, ¿Están perdidos o de visita?”, preguntaron.

—¡Lo primero! —Se apresuró a responder Sebastián—. En realidad estamos mudándonos y nos detuvimos a sacarle una foto al cartel de bienvenida. Es una obra de arte y la frase es muy simpática.

—¿Ah, vio que lindo? —respondió la mujer, que siempre tenía el mismo repertorio para todos aquellos que llegaban al barrio—. Lo talló un artesano del barrio, Don Eustaquio.

—Me causó gracia la leyenda del cartel —mencionó Sebastián.

—¿Cuál leyenda?

—Que es un barrio y no un pueblo.

—Ah, eso es porque vienen muchos porteños o turistas que llegan perdidos y creen que esto un pueblo y empiezan a quejarse de que no hay asfalto, policía, supermercados grandes, etcétera.

—Entiendo —aceptó Sebastián—. Pero es un lugar muy bonito por lo poco que pude apreciar.

—Y muy seguro ¿A quién vienen a visitar joven? —preguntó la señora.

—En realidad nos estamos mudando, alquilamos la casa de Tomás Prado. Somos amigos de la familia de su esposo, Mateo.

—¡Ah sí! —dijo el hombre que caminaba junto a la mujer—, vas a lo de Tommy. Nos avisó que vendrían nuevos inquilinos a la casa.

—¿Sabrían indicarme cómo llegar? —pidió Sebastián.

—Sí claro, la casa está a unas cinco cuadras derecho por esta principal y después doblás a la izquierda dos cuadras. Te vas a dar cuenta porque tiene un cartel con el nombre.

—¿Con qué nombre?

—Con el nombre de él, ¡hombre! ¿Cuál más? —exclamó el anciano como si fuera un tenor de la ópera—. Acá cada casa tiene el nombre de sus dueños, es una forma más fácil de identificarnos, además somos un barrio de pocas casas y todos nos conocemos. Lo que sí ahora habrá que cambiarle el cartel, digo, para poner el nombre de sus nuevos moradores —concluyó mirando a su esposa, quien asintió con la cabeza.

Sebastián y Aurek se miraron y sonrieron pícaramente, algo que el matrimonio mayor no tomó muy bien. Al notar la actitud de los ancianos, Sebastián se disculpó.

—Perdónennos, pasa que siempre vivimos en departamento y nunca imaginamos que en un pueblo las casas tenían el nombre de sus propietarios.

—Lo imaginé —dijo el señor—. Ustedes tienen pinta de gente de ciudad. Lo mismo le pasó a Mateo la primera vez que visitó el lugar. Y a propósito, esto no es un pueblo, es un barrio... —agregó en tono solemne.

Lo cierto era que si bien los pobladores le decían barrio, era un pequeño pueblo que hacía unas décadas había sido refundado por personas que se querían alejar del ruido de las urbes sin tampoco dejar de tener un rápido acceso a las comodidades y servicios que brindaban las ciudades que se encontraban a su alrededor.

Para el caso, la más cercana estaba a unos cinco kilómetros de “Aldea” —como la llamaban los moradores— donde se encontraba toda la concentración del movimiento de la zona, y lugar al que los vecinos del barrio llamaban “la ciudad”. Era habitual escucharles decir: “vamos a la ciudad a hacer trámites”, cuando en realidad significaba viajar unos pocos kilómetros por la autopista.

Aldea del Norte era también un punto turístico.

Una serie de bosques se habían formado años atrás, cuando uno de los primeros habitantes de la zona se encargó de plantar cientos de especies arbóreas. Esto lo convirtió en una suerte de “pulmón verde” que atraía turistas y visitantes de fin de semana a relajarse y disfrutar del aire puro, además del ojo de agua que se encontraba casi donde se terminaba el barrio y que los habitantes llamaban “La laguna”.

—A propósito, me llamo Sebastián y él es mi hijo Aurek. “¡Mucho gusto!”, dijo el matrimonio al unísono.

—Yo soy Elsa y él es mi marido Cacho —la atenta mujer señaló al señor que estaba a su lado.

—Yo pensé que sería Steve Mac Queen el que bajaba de ese auto, parece el de la película Bullit —exclamó Cacho mirando azorado el vehículo verde oscuro que parecía una joyita de colección.

—¡Ah, esta es la saeta verde! —Sebastián se pasó una mano por la nuca y la otra la llevó al bolsillo trasero de su jean roído—. Es un autito que tenía guardado mi abuelo en su garaje, y poco antes de morir me lo regaló así que lo cuido como si fuera mi segundo hijo.

—Se nota, porque lo tenés impecable. ¿Motor V8? —preguntó Cacho.

—Sí, con 320 caballos de velocidad.

—¡Un caño! —exclamó el hombre, metiendo su calva cabeza por la ventanilla del vehículo.

—¡Cacho, por favor controlate! —bramó su esposa.

—Sí, sí. Pasa que no se ven autos como este por acá...

—¡Qué pelo hermoso que tienen chicos! —dijo Elsa cambiando de tema—. En mi peluquería raramente veo un color tan rubio y con un color así como ese —La mujer tocaba con su mano derecha un mechón del pelo de Sebastián y con la izquierda otro de la blonda cabellera de Aurek.

—Es un gusto conocerlos, ya se los había dicho antes, pero creo que el auto y nuestro cabello acapararon su atención —repuso Sebastián mientras intentaba zafar de los dedos de la mujer que a manera de peine jugaban con el pelo color miel de los recién llegados.

—¡Qué nombre raro tenés! —exclamó de golpe Cacho mirando al hijo de Sebastián.

—¡Y que jovencitos que son! ¡Cuando los vi pensé que eran hermanos, me hizo acordar a Tommy y su hermano Juanse cuando vivían en el pueblo!

Y si bien parecía una obviedad, no cabía duda de que eran padre e hijo, pues Aurek era una copia de su padre, y a pesar de ser de dos generaciones distintas, al verlos juntos uno podía fácilmente confundirse y pensar que eran hermanos.

Sebastián, con sus treinta y siete años encima, era un hombre promedio de un metro ochenta, de contextura delgada y algo musculada.

Su piel, era de un color entre blanco y rosado muy pálido y sus ojos de un color verde muy, muy claros —casi llegando al color amarillo en el círculo cromático—, lo que daba la impresión de que si uno lo llegaba a cruzar de noche, pensaría que era un vampiro o el demonio de algún programa de televisión. El pelo, tal como lo había observado Elsa, era rubio, casi como el color de la jalea real, el cual al contacto con el sol desparramaba destellos dorados en todos los sentidos. La llamativa cabellera era una mata espesa que definía la personalidad de este hombre, vestido con pantalones blue jean rasgados y algo ajustados, una remera blanca y zapatillas de la misma tonalidad.

Aurek por su parte vestía ropa más bien holgada: una remera en color oscuro de su grupo musical favorito sobre la que llevaba una camperita con capucha, un jean algo gastado y zapatillas converse de color negro.

Salvo por la diferencia edad, y por el hecho de que “Auri” era un poco más bajo y que llevaba el pelo tan largo como podía manejar, eran dos clones con gustos musicales diferentes.

—Nos suele pasar lo de confundirnos y lo que la gente dice al saber mi nombre.

—¿Qué origen tiene tu nombre, querido? —preguntó Cacho rascándose la cabeza.

—Tiene origen polaco —respondió el joven.

—¿Saben hablar en polaco? —Cacho se veía curioso.

—Dzien dobry —dijo Sebastián.

—¿Qué significa? —preguntó Elsa.

—Buenos días —respondió Sebastián—. Y también está Do widzenia, que significa “Hasta luego”.

—¿Y no entiendo? —preguntó Cacho.

—¡Nie rozumiem! —exclamó orgullosamente Aurek.

—¿Pero se puede poner un nombre así? —preguntó con curiosidad la mujer.

—En realidad, nací por causa del destino en Polonia —dijo el muchacho.

“¿Y cómo terminaron en Buenos Aires?”, preguntó el matrimonio mirándolos como si fueran una rareza.

Sebastián tomó aire como si fuera a examinarlo un médico, y con un tono que era mezcla de reflexión y alegría les contó acerca del natalicio de su “pichón”.

—Por aquel entonces, su mamá, quien es cantante de una banda; se encontraba de gira dando un recital cerca de Varsovia. Aún le faltaba casi un mes y monedas para nacer, pero el pequeño decidió venir al mundo en Europa, justo un día antes de nuestro regreso a Argentina.

—Y vos también sos cantante, ¿querido? —Elsa frunció el entrecejo y se cruzó de brazos esperando la respuesta.

—¡Oh, no! En ese tiempo yo estudiaba y tenía el tiempo y el dinero para acompañar a Alana en sus giras. Pero luego del nacimiento de Auri, y de haberme recibido me dediqué a trabajar en mi profesión como kinesiólogo, o como algunas personas llaman también, como fisioterapeuta.

—¡Ah! ¡Ya entendí! ¿Vas a trabajar en el hospital que está en la ciudad cerca de acá?

—Sí Elsa, empiezo el lunes que viene.

—Volvamos al tema del nombre de tu nene que no me quedó muy en claro —preguntó con curiosidad Cacho, rascándose la cabeza con una vara de eucalipto que portaba como arma de defensa para alejar a los perros que se les arrimaban con intenciones poco amigables.

—Les cuento la historia: cuando este pichón de mamut nació —comenzó diciendo Sebastián, abrazando a su hijo tan querido quien se reía—, tenía el pelo bien amarillo y las enfermeras lo llamaban Aurek, que es una variante de Aurel, nombre que significa “niño de pelo rubio”. Si bien era raro, nos gustó por lo que significaba y por el amor con que esas mujeres que ayudaron a su mamá a traerlo al mundo lo “bautizaron”. Así, que luego de hablarlo con su madre decidimos ponerle ese nombre.

—¡Qué lindo! —dijo la mujer agarrándole uno de los cachetes de la mejilla a Aurek—. ¿Y tenés un segundo nombre?

—Sí, pero prefiero manejarme con el primero.

—¿Cuál será? Igual tenés un nombre lindo, cortito y al pie.

—Sí, será lindo, pero no es fácil llevarlo —dijo el muchacho.

—Peor estoy yo pibe —dijo Cacho.

—¿Por?

—¡Porque me pusieron de nombre Fulgencio Toribio, por eso me puse de sobrenombre “Cacho”! —El hombre soltó una risotada.

—Bueno, no me siento entonces tan solo en esa batalla. A mí suelen decirme “Auri”, pero no sé si es peor el nombre o el sobrenombre.

Elsa sonrió y el sonido del cronómetro que traía colgando del cuello le recordó que debía continuar la caminata.

—Bueno, si necesitan algo, háganlo saber. Las llaves de la casa las tiene Elena, la vecina de al lado de la casa; y los esperamos esta noche en el salón de la Sociedad de Fomento que hay reunión y de paso los presentaremos en sociedad. ¡Un gusto de conocerlos!

—¡Genial! —dijo Sebastián sonriendo.

“¡Do widzenia!”, exclamó el matrimonio mientras se alejaba.

“¡Nie mówie po polsku!1”, respondieron los rubios, riendo.

Y mientras el matrimonio entrado en años continuaba la marcha como dos granaderos, los recién llegados quedaron mirándolos.

—Auri, esto va a ser muy interesante… —Sebastián miraba a la pareja que se alejaba traspasando el cartel de bienvenida.

—Sí que lo va a ser... —afirmó su hijo.

—¿Así se habrá sentido la Doctora Quinn cuando llegó al oeste? —Sebastián regresaba al auto junto a su hijo.

—¡Ahí vamos de nuevo con las series de televisión! —exclamó Aurek.

—¡Es cultura también nene! No me respondiste la pregunta —Sebastián solía ponerse serio cuando se trataba de algo tan dramático como algunos de los antiguos programas de teve que solía mirar junto a su por entonces bebé.

—Seguramente que sí papá. En tu caso podrías llamarte

“Doctor Lynch, el hombre que cura” —bromeó el joven.

—Ya te dije que no soy doctor, soy kinesiólogo.

—Pero la gente igual te dice doctor. Entonces te cambiaría el nombre a “Sebastián, el fisioterapeuta que te saca las contracturas” —soltó Aurek con una risotada.

—Ese me gusta más, creo que voy a considerar tu sugerencia, solo que no sé si conseguiré que me hagan un cartel de madera con tan largo nombre.

—¿Hablás en serio? ¿Después del letrero que acabamos de ver te quedan dudas? —demandó Aurek mientras se colocaba el cinturón de seguridad.

—Es verdad, observación muy pelotuda la mía. ¿Estás listo?

—¡Listo! —gritó Aurek levantando los brazos como si estuviera en la bajada de una montaña rusa.

En la radio del feroz vehículo comenzaron a sonar los acordes metaleros de “You Give Love A Bad Name”, interpretados por la banda de Bon Jovi, la favorita de Sebastián, quien no dudó en subir el volumen al máximo y emprender la marcha hacia lo que se convertiría en su hogar por unos años.

Como si estuviera tocando la batería, Aurek golpeteaba con sus manos el tablero de madera del auto en tanto que su padre rockeaba la canción emulando a su ídolo. Así, con música que retumbó en todos los rincones del bucólico poblado, llegaron los dos hombres de cabellera del color de la miel y ojos como piedras de citrino.

1 Significa “No hablamos polaco”.

CAPÍTULO 2
LOS CHICOS RUBIOS

—¡Hola! ¿Hay alguien aquí? —preguntó Sebastián golpeando la puerta de una casa de madera, pintada en color azul.

—¡Sí, ya voy! —se escuchó una voz de mujer que respondió desde el interior de la vivienda.

—No hay apuro —respondió Sebastián mirando a su alrededor.

Mientras esperaba, Sebastián contempló la pintoresca casa, una especie de cabaña de madera pintada en un color cerúleo, que estaba flanqueada por dos ventanales de madera en color blanco sucio, resguardados por celosías en un tono turquesa.

Bajo los mismos, unos pintorescos maceteros de madera natural exhibían a manera de cascada, plantas de geranio en cuyas guías explotaban flores en color fucsia, blanco y rojo. Y al igual que todas las cabañas del barrio, tenía su respectivo cartel en madera tallada que identificaba a los moradores: “Casa de Elena y familia”.

Al cabo de unos minutos, una mujer que tendría unos sesenta y tanto de años, quien portaba una vaporosa cabellera rubia abrió la puerta de la casa.

—¡Hola! ¿Vos sos el nuevo vecino?

—Así es, soy Sebastián, un gusto.

—El gusto es mío querido, soy Elena —dijo la mujer dándole un beso en la mejilla —¿Venís por las llaves?

—Sí, me dijeron que las tenía usted.

—Sí, esperame que las traigo.

Mientras aguardaba, Sebastián se quedó en la vereda y se puso a mirar a su alrededor. Todo ese entorno le era nuevo, puesto que era un animal de ciudad y se sentía totalmente fuera de su ambiente.

—Acá están —La mujer apareció blandiendo un juego de llaves.

Detrás de ella, apareció ladrando un can golden retriever, de pelaje tan claro como el del cabello de su dueña.

—¡Qué lindo perro! —exclamó Sebastián al ver el animal.

—¡Perra! —gritó su dueña—. Se llama Tippie.

—Ese nombre me suena… ¿como Tippie Hedren? —Sebastián se rascó su enmarañada cabellera.

—¡Sí! Veo que has visto las películas de Alfred Hitchcock —se apresuró a decir Elena en tanto invitaba a Sebastián a dirigirse a la casa donde se mudaría.

—Sí, me acuerdo del nombre de la actriz porque protagonizaba la película Los pájaros. ¿Por eso le puso el nombre a su perra?

—Ya te contaré la historia, pero por lo pronto soy fanática de las películas de ese hombre —dijo su vecina, mientras subía por la escalinata que daba al pórtico de entrada a la casa—. ¿Venís solo?

—No. Vengo con mi hijo, pero lo perdí en la esquina de la plaza, cuando vio a unos chicos cantando baladas y un repertorio musical bastante variado.

—Ah sí, se juntan ahí después del colegio y los fines de semana; a veces los turistas que visitan el barrio les dejan algún que otro billete de propina —la mujer hablaba mientras metía la llave en la cerradura de la puerta de calle.


La casa a pesar del tiempo que llevaba deshabitada, se encontraba en condiciones impecables. Si bien había un poco de olor a encierro, al ir abriendo las ventanas y las puertas del lugar, Sebastián se encontró con un verdadero hogar y recordó las palabras de Mateo, quien se había casado con Tommy, el dueño de esa casa y que ahora vivían en Italia, cuando le describió la sensación que tuvo cuando entró a la casa por primera vez:

Lo que más me impresionó cuando conocí “Aldea”, fueron las edificaciones que iba observando, si bien no eran iguales, mantenían un estilo donde predominaban la madera y el vidrio. Las construcciones emergían entre frondosas arboledas que ya no se limitaban solamente a eucaliptos, sino que ahora sumaba robles añosos y pinos antiquísimos.

En el suelo, como un manto mágicamente colorido, se podían observar macizos de flores de distintos colores, como cyclámenes en colores blancos y rosados, algunas violetas africanas y fresias. El aroma de estas me acompañó en la entrada al pueblo. Como si ya no fuera suficiente espectáculo de la naturaleza, en los jardines anteriores de algunas casas, una explosión de azaleas rosadas que comenzaban a florecer te daban la bienvenida.

Si no fuera porque me encontraba en mi auto y el navegador marcaba que estaba en Buenos Aires, hubiera pensado que estaba en algún otro lugar, ya sea del sur del país o del norte de Europa.

Otra curiosidad que me llamó la atención fue ver en una determinada esquina a algún joven tocando la guitarra acompañado de otros chicos y chicas tocando una armónica, una pandereta y distintos instrumentos de aire que le daban una atmósfera más acogedora al territorio, combinando distintos ritmos que iban del rock romántico, pasando por la bossa nova, algunas baladas y terminando en una suerte de indie— folk americano. Cuando me detuve por un segundo a observarlos y escucharlos, los jóvenes lejos de intimidarse invitaban a los visitantes ocasionales del lugar a que se unieran al coro.

Continué la marcha según las indicaciones que había recibido hasta llegar a una casa que era una especie de chalet y cabaña combinados —hecho de madera pintada de blanco— con el techo de tejuelas de color pizarra y también con un jardín delantero repleto de plantas con flores que explotaban de un color blanco purísimo. Entre el jardín y la vereda propiamente dicha de la casa, un cartel de madera blanca, colgaba de un poste del mismo color indicando de quien era esa cabaña: “Casa de Tomás”, cartel que seguramente tendrás que cambiar, salvo que te interese dejarlo así, concluía el recuerdo del relato de su amigo Mateo.

La voz de la vecina que estaba abriendo las ventanas sacó de su ensimismamiento a Sebastián. Mientras recibía las indicaciones de la mujer, quien le pasaba la información de donde estaban los interruptores, las llaves de paso, las térmicas, etc., continuó mirando a su alrededor y no podía dejar de asombrarse del exquisito lugar que su querido amigo le había rentado.

El interior del lugar contrastaba perfectamente con lo que había en el exterior: una amplia estancia que empezaba con un living que funcionaba como recibidor, con paredes blancas y techos de madera natural con profundas vetas que se sostenían sobre fuertes vigas del mismo material. En un extremo, y casi contra una ventana, se hallaba un escritorio de madera recuperada, que junto con un sillón de oficina y unos estantes con papeles y libros formaban un estudio de trabajo que en su momento el dueño de casa había montado para trabajar desde allí.

Un viejo equipo de música descansaba sobre un cajón de madera que seguramente supo albergar algún tipo de mercancías en la antigüedad, y ahora se había reconvertido en un mueble de apoyo. El resto del mobiliario que se podía apreciar a simple vista era una combinación de moderna rusticidad con algunos objetos recuperados en ventas de remate. Las combinaciones de colores claros con algunos toques de tonalidades azules, le daban al ambiente de la casa un estilo costero.

No se trataba una vivienda grande ni ostentosa, pero era definitivamente el hogar de una persona que siente amor por sus cosas.

—¿Estás bien? —le preguntó la mujer, viendo que el recién llegado se había quedado en silencio.

—Sí… es que no puedo creer el estado increíble en que está la casa, Mateo me dijo que la habían dejado con todo el mobiliario y que usemos lo que quisiéramos, pero nunca me imaginé algo tan exquisito como lo que estoy viendo —La expresión de Sebastián era de sorpresa.

De grata sorpresa.

—Eso fue obra de Tommy, él es el dueño original de la cabaña —recordó Elena con una sonrisa—. Él se mudó acá cuando tenía veinte años. La decoró y la ambientó a su gusto y el primer día que Mateo visitó la casa, se quedó con la misma expresión en la cara que vos —La mujer terminó de abrir las ventanas y se quedó un momento en silencio.

—Justo estaba recordando eso... —suspiró Sebastián, quien conocía muy por encima la historia de los anteriores habitantes de la vivienda: dos hombres llamados Tomás y Mateo.

Elena de pronto volvió a la realidad y lo invitó a Sebastián a recorrer el resto de la “cabaña de Tomás”.

—Vení que ahora te muestro la habitación principal y las dependencias —dijo con un gesto.

Caminaron unos metros y Sebastián la segunda sensación de estar en un de lugar mágico: se encontró con un amplio dormitorio de paredes grises en un tono muy claro. Una confortable y amplia cama, flanqueada por dos alfombras de lana en color crudo eran los protagonistas del espacio que a manera de escenario, se destacaban un cálido piso de pinotea, pintado de blanco. A su lado, las mesitas de luz eran dos piezas desiguales, rescatadas del galpón de antigüedades del barrio, y prolijamente recicladas. Sobre las mismas se encontraban dos lámparas de aspecto industrial que oficiaban de veladores y a un lado, un placard en madera blanca, ocupaba una de las paredes de la habitación. Frente a la cama, dos amplios ventanales calaban una pared revestida íntegramente en madera sobre la que se apoyaba un banquito hecho de lenga y revestido con algún tipo de piel.

En el ángulo opuesto de la habitación se encontraba un cálido rincón de lectura: un sillón de color suela al que Elena como si fuera una decoradora llamó egg. Una banqueta para apoyar los pies hicieron que Sebastián no pudiera resistirse a probarlo y se acomodara como si estuviera en una biblioteca.

El esquema de la habitación se completaba con un baño donde el protagonista era un gran espejo originario de Bali.

—¿Cómo sé que ese espejo viene de Indonesia? —preguntó el hombre frunciendo el entrecejo.

La mirada intransigente de su ahora vecina fueron la respuesta al rubio papá que sin decir nada y metiendo las manos en los bolsillos siguió recorriendo el lugar.

El estilo se repetía en la habitación de huéspedes y terminaba con la cocina. Allí, iluminada por cuatro ventanales que dejaban ver un bosquecito, y con una mesa de campo, un mueble trinchante y una serie de tarros y sifones antiguos, sobresalía con la apariencia de una antigua cocina de campo.

Por una puerta de madera y vidrio se accedía al patio, que inicialmente era una pérgola que daba paso a un colorido jardín silvestre, al igual que el resto de las cabañas del poblado.

—Bueno, esta es la casa, espero que la disfrutes, ya que está llena de buenos momentos —declamó la vecina tomando un portarretrato que descansaba sobre un mueble.

—¡Qué linda foto esa! —Sebastián sonrió con la fotografía que contenía el marco.

Allí se veían tres personas: dos hombres y un niño, los tres sonriendo.

—Esta foto se la sacaron Tomás y Mateo el día que adoptaron a Luciano —Elena sonrió y meneó la cabeza a los lados.

—Sí, conozco algo de la historia —dijo Sebastián con una sonrisa tierna—. ¿Luciano era el nieto del vendedor de diarios del barrio que había quedado huérfano, verdad?

—Así es —Elena le hizo una caricia al cuadro que sostenía y lo depositó nuevamente donde estaba—. Lo adoptaron como sus padres, luego los chicos se casaron y al poco tiempo se fueron a Europa por trabajo. ¿De dónde los conocés a Tommy y Mateo?

—Soy amigo de Elisa, la hermana de Mateo, ella fue quien me pasó el contacto.

—Entiendo, ¿vas a trabajar por la zona?

—Sí, del Sanatorio de la ciudad me contrataron para trabajar por dos años y quizás pueda instalar un consultorio acá; por eso cuando me enteré de esta propiedad y sobre todo que venía de alguien conocido, no dudé en alquilarla.

—¿Sos médico?

—No, soy kinesiólogo —respondió Sebastián orgullosamente.

—¡Qué bueno tener un médico cerca! —celebró la vecina—. A propósito ¿no traen elementos de mudanza? —Elena miró hacia la vereda y solo vio el auto.

—Pocas cosas, la mayoría las traemos en el auto, de todas formas la casa está amoblada —Sebastián torció levemente sus labios, y su tono sonó apagado.

—¿Pero no tenés muebles o cosas así? —quiso saber la curiosa mujer,

—La verdad que no. Todo lo que tenía, cuando me separé hace mucho tiempo ahora es propiedad de la mamá de mi hijo —comenzó diciendo en el mismo tono de voz. Sebastián se llevó las manos a los bolsillos traseros del pantalón y bajó la mirada. Pateó algo en el suelo y levantó nuevamente su rostro—. Siempre que nos hemos mudado vivimos en departamentos de alquiler, y la verdad que con mis ingresos, apenas me alcanza para mantenerme a mí y a mi hijo.

La vecina miró hacia el suelo y su rostro mostró preocupación.

—Ah, entiendo... —dijo cruzándose de brazos.

—No se ponga mal, Elena. Lo más valioso lo tengo conmigo —Sebastián miró en dirección hacia donde venía su hijo, corriendo con las mejillas coloradas.

El adolescente se detuvo frente a ellos.

—¡Hola! —saludó mientras se reponía de la carrera. Apoyó sus manos sobre las rodillas y tomó aire. La cara colorada, el pelo alborotado y la evidente agitación de Aurek fue su carta de presentación.

—¡Qué chico tan lindo! —Elena le apretó las mejillas, lo cual ya era moneda corriente para el adolescente— ¡Ay, sos igual a tu papá! —gritó cuando dio cuenta del parecido en los dos hombres que tenía frente a sí.

—Sí, es verdad —dijo el joven tratando de zafarse de las manos de la mujer.

—Ella es Elena, nuestra vecina —dijo Sebastián.

—Un gusto, yo soy Aurek, pero me dicen Auri.

—¿Cómo dijiste? —la mujer acomodó sus lentes que casi le caen al escuchar el nombre del joven.

—Me dicen Auri.

—¡No! Tu nombre.

—Mi nombre es Aurek.

—¿De dónde salió?

—Es un nombre polaco, hace referencia a Los chicos rubios.

—¡Ah! —dijo la mujer sin entender nada—, en fin, ustedes los que vienen de la ciudad son muy extraños...

—Eso es cierto —replicó el muchacho.

Elena se quedó observando a Aurek y Sebastián, como si los estuviera analizando para hacerles un retrato. Frunció el entrecejo, apretó los labios a su derecha y entrecerró los ojos.

—A ustedes a partir de ahora los voy a llamar “Los chicos rubios” —dijo seriamente.

Sebastián soltó una sonrisa, y la mujer continuó hablando.

—Sería un buen nombre para ponerle a la casa, digo ya que tendrán que cambiar el cartel de la entrada.

—Es un buen nombre ese —Sebastián soltó una carcajada, algo que la pintoresca vecina no tomó muy bien.

—Bueno, los dejo que se acomoden y cualquier cosa que necesiten estoy al lado; en la puerta de la heladera está mi número de teléfono y recuerden que esta noche tenemos reunión en la Sociedad de Fomento.

—De acuerdo Elena, no faltaremos.

Mientras la mujer se alejaba, Aurek y Sebastián cruzaron miradas.

—¿Qué es eso de la reunión? —preguntó el menor de Los chicos rubios.

—Nuestra presentación en sociedad o algo así —dijo Sebastián meneando la cabeza. El hombre sacó una coleta que llevaba en su muñeca y se ató el pelo—. Auri, ayudame a bajar los bolsos del auto y te sigo contando...

Padre e hijo comenzaron a bajar las cosas que formaban parte de su patrimonio que no eran más que bolsos con ropa, algunos elementos ortopédicos del trabajo de Sebastián, efectos personales, y un pequeño charango que junto a su bicicleta y a su padre eran el más preciado tesoro de Aurek.

Entretanto se terminaban de acomodar, el teléfono de Sebastián sonó.

—¡Hola, Eli! —Sebastián sonrió al responder a la videollamada que le hacía su amiga.

—¡Hola amicci! ¿Cómo estás? ¿Ya te instalaste? —quiso saber Elisa del otro lado de la pantalla.

—Estamos en eso —Sebastián movió el teléfono y le mostró como estaba el interior de la casa—. ¿Ves algo de lo que estoy enfocando?

—¡Sí, se ve bien!

Aurek se asomó al teléfono de su papá.

—¡Hola, Eli! —saludó agitando una mano.

—¡Hola, Auri! ¡Qué grande que estás! ¿Te gusta tu nueva casa?

—Sí, es muy linda y el barrio también me gustó.

—Me alegra oírlo.

Sebastián siguió recorriendo la cabaña como si fuera un camarógrafo.

—La verdad Eli, que la casa está impecable, está muy bien mantenida y exquisitamente decorada.

—Ah, eso fue mérito de Tomás, puesto que la casa es de él —Elisa suspiró—. Tommy se fue a vivir a los veinte años al pueblo, cuando sus papás lo echaron por su condición sexual al pobrecito —El tono de voz de Elisa sonó triste.

—Algo me contó brevemente —mencionó el rubio papá con cierta curiosidad —lo que no entendí bien fue la historia de cómo tu hermano terminó casándose con Tomás y viviendo acá.

—Ah, es una historia digna de un cuento de hadas —dijo Elisa más repuesta— seguramente cuando vaya a visitarte te la contaré, o si hablás con ellos les podés preguntar, pero resumiendo Mateo conoció a Tomás en un viaje a Europa.

—¿Sí? —preguntó Sebastián.

—Sí. Mateo había ido por negocios de la empresa y Tomás por turismo, y por esas vueltas de la vida se conocieron en la zona de Notre Dame a mediados, cerca de donde hubo un intento de atentado que por suerte no fue.

—¡Qué historia! —exclamó Sebastián. El hombre se había sentado en la escalinata de entrada a la casa, mientras su hijo iba y venía con las cosas que bajaba del auto.

—El hecho es que en medio de todo ese revuelo, sin saber nada el uno del otro, se conocieron y desde entonces están juntos. Tommy vivía en la casa donde vivís ahora, y en su momento Mateo viajaba mucho a quedarse con él hasta que finalmente se casaron.

—¿Y me contaron que adoptaron un niño?

—Sí, en el medio de toda su historia, conocieron a Luciano, un nene que quedó huérfano de su abuelo el cual, estando muy enfermo, les pidió a los chicos que se hicieran cargo del pequeño si él llegaba a irse.

—Y ahora está en Italia con ellos… —dijo Sebastián.

—Sí, luego de casarse y adoptar al nene, Mateo se asoció con un italiano amigo de nuestra familia y dado el volumen de los negocios que hacían y que viajaba frecuentemente, obligó a que se fuera allá. Pero por lo pronto llevan una vida relinda.

—Que hermosa la historia Eli, es loco que habiendo sido amigo tuyo desde chico no la conociera del todo…

—Suele pasar, andamos todos a las corridas últimamente. Bueno, yo te llamaba para saber si estaban bien y si necesitaban algo.

—Por lo pronto estamos bien, yo empiezo en mi nuevo trabajo la semana que viene así que me quedan unos días para adaptarme, conocer el lugar y hacer sociales.

—¡Buenísimo! Y cuando estés instalado, te vamos a visitar con Pablo y las nenas.

—Sí, me gustaría mucho verlos. Y si hablás con Mateo, avisale que está todo bien por acá.

—Hablando de eso, me dijo que cualquier cosa que necesites, le mandes un mensaje y él te llama vía Skype.

—Seguramente lo llamaré por alguna cosita, pero bueno, por lo pronto acá está todo bien.

—¡Me alegro mucho! Vas a ver cómo te va a cambiar la vida ese lugar, si no fíjate en Mateo el milagro que hizo...

—Lo hizo no solo el lugar, sino la persona que conoció... —dijo Sebastián pensativo.

—Quién te dice que allí no te pasa lo mismo —Elisa sonrió.

Sebastián ladeó la cabeza a la derecha.

—¿Conocer una persona?

—Sí, obvio zonzo. ¡Capaz que hasta terminás conociendo un flaco copado como mi hermano! —soltó la muchacha con una carcajada.

—Sos loca. A propósito de conocer gente, esta noche tenemos la presentación en sociedad con Aurek…

—¿La qué?

—La presentación en la Sociedad de Fomento del barrio, ¿podés creer?

—Ah sí, Mateo pasó por eso también —exclamó Elisa con una risotada—. Le dicen presentación, pero en realidad es una especie de careo que les hacen a los que recién llegan. Te averiguan vida y milagros, así que estén preparados vos y Auri. De todas formas, y hablando ahora en serio, quien te dice que en el barrio no conocés a alguien que te cambie la vida como a mi hermano.

—Mirá Eli, si termino con una historia tan linda como la de Mateo, no me importa si es un hombre o una mujer —declamó Sebastián con una sonrisa, sin imaginarse el peso que en el futuro tendrían esas palabras.

—Es verdad —dijo la mujer en tono reflexivo—. Bueno corazón, que sigas bien y les mando un beso grande a vos y Auri.

—¡Te mando un beso! —gritó Aurek, llevando una caja llena de libros.

—¡Otro! —exclamó la hermana gemela de Mateo.

Mientras desconectaba su teléfono de la llamada, Sebastián se quedó observando a su hijo.

—¿Adónde vas a poner todos esos libros?

—¡Esperame que baje la caja y te digo! —exclamó Aurek tomando un poco de aire.

—¡Guau! ¡Acá hay libros que te leía cuando eras chico, y estos son de mi época de adolescente! —suspiró Sebastián mientras observaba algunos de los libros clásicos que más amaba: La isla del tesoro, Sandokán, Sherlock Holmes, El poema del Cid y así varios títulos que iba repasando mientras sacaba los ejemplares de la caja que había depositado su hijo en el piso.

—Este lo volvería a leer —dijo Aurek, tomando el ejemplar de La rebelión de Atlas que su padre le había regalado tiempo atrás.

—Es uno de mis favoritos también, Auri.

—¿Y este? —dijo en relación a un libro algo ajado y con las tapas de cartón visiblemente deterioradas.

—Islas en el golfo, es un libro de Hemingway que cuando seas más grande te recomiendo lo leas.

Así, con cada libro, y luego con cada objeto que sacaban de las pocas cajas que formaban su equipaje de mudanza, padre e hijo fueron rememorando distintos momentos de su vida.

Algunos felices, otros no tanto; pero siempre con un amor y un respeto tan profundo que como un hilo invisible unía entre sí a los “chicos rubios”.

CAPÍTULO 3
LA PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD DE LOS CHICOS RUBIOS

Sebastián y Aurek salieron de su nuevo hogar, caminando por las amplias veredas cuyos canteros estallaban con los colores de las azaleas.

El destino de la caminata era la Sociedad de Fomento del barrio, no del pueblo, como negaban sus moradores, donde serían presentados en sociedad.

—¿Desde cuándo las personas se presentan en un lugar? ¿Acaso estamos en la época victoriana? —preguntó Aurek, quien manos en sus bolsillos pateaba las hojas secas de las veredas.

—En realidad es lo correcto —dijo Sebastián—, y teniendo en cuenta que es un poblado muy pequeño, no lo veo mal. Además me permitirá conocer a la gente, que sepan lo que hago y vean que no somos dos demonios.

—Es cierto papá, sobre todo si nos cruzan de noche por la calle, ¡Es bueno que sepan que no le vamos a chupar la sangre! —Aurek solía bromear con el color casi amarillo de sus ojos que según sus propias palabras lo hacían ver como un vampiro.

—Esperemos que Buffy, la cazavampiros no viva en este pueblo —Sebastián fingió mirar alrededor de donde transitaban.

—No lo creo, viejo ¡Ya nos habría liquidado de ser así! —bromeó Aurek.

Llegaron a una especie de granero gigante hecho de madera, cuya fachada estaba pintada en un color azul muy oscuro con los parantes de madera en color verde y blanco que terminaba en una forma de ojiva.


Sebastián y Aurek se detuvieron un momento en la entrada, se miraron, se encogieron de hombros y tomaron aire hondamente. Los chicos rubios, como ya les decían en el pueblo, hicieron su ingreso al recinto, el cual era un gran salón donde la mayoría de los ciudadanos se encontraban allí reunidos.

Cacho, el presidente de la Sociedad de Fomento se encontraba con su esposa Elsa al frente del auditorio, parados sobre un cajón de madera que hacía de escenario. Con un saludo recibieron a los nuevos vecinos.

—¡Tomen asiento! —exclamó Elsa señalándoles dos lugares libres, entre las hileras de sillas dispuestas como si fuera una iglesia. Prácticamente quedaban muy pocos lugares libres.

Sebastián y Aurek se sentaron, y miraron a su alrededor, donde decenas de rostros desconocidos los observaban.

—Vamos a las órdenes del día; antes de empezar con lo de costumbre —dijo el presidente—. Quiero que le demos una cálida bienvenida a nuestros nuevos vecinos Sebastián y su hijo Malek.

—¡Aurek! —corrigió el joven.

—Bueno, eso —dijo Cacho.

Los nuevos habitantes se pusieron de pie y con su mano hicieron un saludo general, con un poco de timidez por cierto. Cuando estaban por sentarse nuevamente la mujer del presidente les dijo desde su púlpito:

—Cuéntennos un poco de ustedes, así el barrio los conoce.

—Bueno… —Sebastián metió sus manos en los bolsillos traseros de su blue jean—, yo soy Sebastián y él es mi hijo Aurek.

—¿Y ese nombre, de dónde salió? —preguntó sorprendido un hombre delgado con cara de pescado recién sacado del agua.

—Significa rubio en polaco —se adelantó a decir Elsa.

—¿Y por qué polaco? —preguntó más atrás una señora algo excedida de peso que tenía sus mejillas coloradas por intentar abrir un paquete de galletitas.

—Porque el chico nació en Polonia —respondió Cacho.

—¿Y por qué nació en Polonia? —dijo otro joven que tenía cara de dormido, pero se había despertado con el debate.

—¡Uste´callese, desorejau! —exclamó un anciano blanco en canas, quien tenía la apariencia de ser hombre de campo.

—¡Cálmese, Don Pampero! —exclamó Cacho.

—Si quieren les cuento —interrumpió Sebastián. El muchacho se sentía como sapo de otro pozo en medio de tanto debate sin sentido.

—Por favor —dijo el presidente agarrándose la cara.

—Aurek nació en Polonia debido a que su madre, que por ese entonces era mi novia, estaba embarazada de poco más de siete meses. En ese tiempo yo la acompañaba a ella en una gira con la banda de rock donde era corista.

—¿Y sigue cantando? —preguntó la señora que comía las galletitas.

—¿Quién?

—¡La mamá corista del nene! —exclamó la mujer llevándose tres galletitas juntas a la boca.

—¡Pero si será ambombada, m´hija! —exclamó Don Pampero sacando un rebenque de su bombacha bataraza—. ¿No escuchó que el gurí le está hablando de la madre cantora? —agregó el hombre quien con su ponchito al hombro y una boina en la mano, parecía salido de un dibujo de Florencio Molina Campos.

—Sí, ahora ella es una de las cantantes principales —asintió Sebastián, aguantando la tentación de risa que tenía.

—Seguí contando lo del nacimiento de tu hijo —indicó Cacho, cuya frente había empezado a transpirar.

—Sí claro. Nuestro plan con Alana, su mamá, era que no bien dieran el último recital, del cual faltaba una sola fecha, regresaríamos a Buenos Aires para el nacimiento de nuestro hijo.

—Pero, como no los quería dejar tranquilos, me adelanté —dijo Aurek con una sonrisa, contagiando al auditorio que celebró su broma.

—¡Si, haciendo lío desde bebé! —exclamó Sebastián con una risotada—. El hecho es que mientras hacíamos un tour por el este, al pasar por la zona de Varsovia, el niño decidió nacer. En la clínica donde nació, y las enfermeras y los médicos del lugar le decían “Aurek”, que significa de pelo rubio lindo.

—Bueno, vos también te podrías haber llamado así —dijo la señora que hurgaba en su paquete de galletitas.

—Sí, si hubiera nacido en Polonia, tal vez… y bueno, a su mamá y a mí nos gustó ese nombre y así decidimos llamarlo.

—¿Y qué pasó después? —preguntó el señor con cara de pescado.

—Cuando volvimos, vivimos por unos años en la Ciudad de Buenos Aires. Luego, por cuestiones laborales, siempre relacionadas con el mundo de la música, Alana debió comenzar a viajar y eso fue todo un desgaste para nuestro matrimonio. Finalmente decidimos separarnos pues la relación a distancia no funcionaba y sobre todo por lo particular de nuestras vidas.

—¿Tu mamá es la baladista Alana Wes? —preguntó una de las jóvenes, quien sostenía una pandereta adornada con cintas de raso de todos colores… y era una de las muchachas con las que Aurek había estado cantando en la plaza horas antes.

—Sí, y con su banda viaja casi once de los doce meses del año —respondió el joven.

—¡Cool! —gritó la chica. Las cintas de la pandereta que agitaba se mezclaban con su cabellera larga, tanto que le pasaba la cintura. Era ondulada y tan pero tan clara que prácticamente rozaba el color blanco.

—Sí, de ahí creo que heredé la pasión por la música —Aurek se sonrojó y metió las manos en los bolsillos.

Miró al suelo y pateó algo invisible. Levantó la mirada y la cruzó con la de la chica.

—¿Tocás algún instrumento? —preguntó otro joven con el pelo colorado y poblado de rulos.

Él también tocaba en la banda que se reunía en la plaza del pueblo, todos adolescentes de la edad de Aurek.

—Sí, la guitarra y a veces le doy a un charango que me regaló mi abuelo.

—¡Mató! —exclamó el chico de pelo enrulado—¡Ya tenemos completa la banda!

El joven chocó sus palmas en alto con la chica pandereta.

Aurek asintió en calidad de estar de acuerdo y le cedió la palabra a su padre.

—Para no aburrirlos —dijo Sebastián a los habitantes del pueblo que escuchaban el relato como si fuera una obra de teatro—, su mamá, luego de separarnos, en una de las giras conoció a un hombre, con el cual hoy tiene una nueva vida.

—¿Y ahí fue que decidiste venir acá? —preguntó Elena, con su perra Tippie al lado.

—Algo así. Yo trabajaba en un sanatorio en Buenos Aires, el cual últimamente tenía muchos problemas financieros y sabía que era cuestión de tiempo para que cerrara; así que al llegarme la oferta de una vacante para trabajar en el hospital de la ciudad que está cerca de acá; decidí aceptarla —Sebastián se oía entusiasmado con el relato, y sin darse cuenta fue contagiando al resto del auditorio—. Cuando Eli, la hermana de Mateo me comentó que se rentaba la casa que había sido de él y de Tomás no dudé en alquilarla.

—¡Ay sí! Una pareja adorable esos dos chicos, cómo se extrañan —exclamó una mujer al fondo de todo.

—Sí, hablé con ellos, solo que nunca llegué a venir a ver el lugar —dijo Sebastián.

—¿Y lo alquilaste así sin verlo? —preguntó el señor con cara de pez salido del agua.

—Sí, en realidad, la hermana de Mateo es amiga mía de toda la vida, ella me mostró fotos del lugar y de la casa, además de ofrecerme la posibilidad de alquilarla amoblada y a un precio que no existe; lo cual para nuestro caso es ideal.

—¿Por qué? ¿No tienen muebles? —preguntó Elsa.

—Mmmmm, en parte sí y no.

—¿Cómo es eso? —preguntó la mujer.

—Todo lo que había en la casa donde vivíamos había sido comprado a lo largo de los años, y el arreglo fue que Alana se quedaba con todo y yo sería el tutor de Auri.

—¡Qué terrible! —dijo la señora de las galletitas que ahora desenvolvía un alfajor— ¡No sé qué haría sin mis cosas! —agregó sorprendida y emocionada por lo que se estaba llevando a la boca.

—¡Lo que más le preocupa a uste´, es no quedarse sin alfajores ni galletas suizas! —gritó don Pampero sacudiendo su gorra y saltando sobre sus alpargatas, como si estuviera jineteando un caballo.

El acento y la tonada de paisano de campo del hombre, sumado a que no hablaba, sino que gritaba para hablar, hacía más cómica y bizarra la presentación. A pesar de ello, Los chicos rubios la estaban pasando bien y eso se notaba en sus caras… coloradas de contener algunas risotadas.

—En realidad, todo lo que es importante para mí lo tengo acá —Sebastián pasó su mano por la enmarañada cabellera de su hijo, que lo miró alegremente.

—Somos como dos hermanos, que hermanos, ¡mejores amigos! —dijo Aurek.

—¡Sí, pero los hilos te atan a mí, Pinocho! —exclamó su padre.

—Hasta los dieciocho años —dijo el joven.

—¡Hasta que yo me muera! —se le escuchó gritar a Sebastián con una risotada.

—¡Hablando de muertos, supongo que ya saben que la semana que viene tenemos que ir al velorio del “finau” Orellano Maipu! —interrumpió una vez más con sus gritos el paisano de pelo canoso.

—¿El dueño de la ferretería de la ciudad?

—El mismo, sí señor…—respondió Pampero.

—¿Murió Orellano? —Cacho se llevó las manos a la cara con visible horror.

—¡No, pero la bruja aquella le vaticinó que el jueves que viene se va a morir! —exclamó don Pampero señalando a una particular dama vestida con una amplia pollera celeste, una camisa floreada y un pañuelo que le cubría la cabeza, conocida en el barrio como “Madame Teresa”.

—¡Yo no soy bruja, soy una profesional adivina, viejo chúcaro! —exclamó la mujer de turbante.

Sebastián no aguantó la risa y explotó en una carcajada, la cual contagió a su hijo.

—¿Y ustedes de que se ríen? —preguntó ofendido el paisano, que ya se aprestaba a sacar nuevamente el rebenque de su cintura.

—De nada, Don —dijo Sebastián— ¿Pero, como va a hacer una invitación para el velorio de alguien que no se ha muerto?

—¡Ah, porque las predicciones de la Teresa son cien por cien efectivas, como el desinfectante! —respondió el cómico y malhumorado hombre de campo.

—A ver, a ver, no nos vayamos de tema —interrumpió Elsa—. Sebastián, querido, ¿vos eras doctor, verdad?

—No soy doctor, soy kinesiólogo. Así que cuando me instale y logre poner un consultorio los invitaré a visitarme,

no es que quiero que ustedes se enfermen, ¡lo aclaro por las dudas! —celebró mientras sus vecinos reían.

—Y yo seguiré yendo al colegio en Capital hasta que termine este año —dijo Aurek.

—Hay una combi que transporta a la gente que viaja al centro y a la tarde los trae, para en la plaza del barrio; yo después te paso los datos —dijo Elena, acariciando la cabeza de su perra.

—¡Gracias! —dijo Aurek muy amablemente.

—Bueno, sean bienvenidos entonces —Cacho golpeó sobre “su estrado” con un diario que tenía enrollado; como si fuera un juez con su martillo.

—¡Cuando vayan a nuestro negocio, la primera compra de pasteles es gratis! —dijo una chica que era repostera. La muchacha tenía un pañuelo rosado en la cabeza, y se encontraba sentada al lado de otra joven con el mismo aspecto.

—Seguro que le gustaron los rubios —dijo por lo bajo Elena a una mujer ubicada a su derecha, quien era manicurista en la peluquería de Elsa.

—¡Que no te quepa la menor duda! —opinó—. Lo mismo hicieron cuando Mateo llegó al barrio, ¿te acordás?

—Como no acordarme, se lo querían comer con cuchillo y tenedor al morocho —bromeó ácidamente Elena.

—¡Yo les doy un pase gratis por el abono del primer mes en “El rincón enfierrado”! —gritó un joven cuyos músculos explotaban por una remera blanca ajustada al cuerpo, quien era el dueño del gimnasio local.

—Y yo también les doy la primera consulta gratis cuando vengan a visitarme —dijo la mujer cuyos grandes aros que bailaban colgando de sus orejas, junto al pañuelo multicolor que cubría su cabeza, le daban un aspecto gitano.

—¿Usted es? —preguntó Sebastián.

—¡Es la bruja ´el barrio! —gritó don Pampero desde su lugar, como si estuviera gritando un sapucay en una peña folclórica.

Sebastián y su hijo abrieron sus azafranados ojos como dos búhos que son encandilados en la ruta por las luces de un vehículo. Se miraron y se dedicaron una sonrisa que implícitamente decía cuanto estaban disfrutando de ese circo tan ridículamente alegre.

—¡No soy bruja, y cállese un poco, viejo bruto! —exclamó la mujer.

—Ta bien... —respondió el anciano de pelo blanco que se acomodaba el ponchito en el hombro, como si fuera el loro mascota de un pirata.

—Soy Madame Teresa, la adivina del barrio —continuó diciendo con aires de divismo la mujer.

—Ah, mucho gusto —dijo Sebastián mirando a su hijo de reojo— cuando tenga mi consultorio instalado acá, la primera visita que me hagan será sin cargo también.

La gente empezó a festejar y a aplaudir y de esta forma, oficialmente los “chicos rubios” pasaron a formar parte del barrio —NO un pueblo— “Aldea del Norte”.

CAPÍTULO 4
OLEGARIO - UN VALS - UNA APUESTA

Al terminar la sesión en la Sociedad de Fomento, Sebastián y su hijo decidieron hacer un tour nocturno por el lugar y buscar dónde cenar, ya que salvo los mates que habían compartido con algún vecino, no tenían ningún otro alimento en su cuerpo.

—A ver, me recomendaron todos estos boliches —dijo Sebastián. Sacó del bolsillo trasero de su pantalón un papel donde tenía anotado los restaurantes y lugares de comida que le habían sugerido—. Hay un polo gastronómico en las calles que lindan con la plaza.

—¿Y qué tenemos? —preguntó su hijo.

—A ver, hay una parrilla que me dijeron que era descomunal y que es de Oscar.

—Parrilla, interesante. ¿Qué más?

—Hay un bistró de estilo francés que está en la esquina sur, y cuyo dueño se llama Olegario.

—Se dice “Olegariooó”, acentuando el sonido en la ó —pronunció Aurek hundiendo sus mejillas.

Su padre ladeó la cabeza.

—¿Desde cuándo sabes francés? —preguntó.

—Desde que tenemos dos idiomas en el colegio.

—¿Cómo yo no lo sabía?

—Porque la vez que fuiste a la reunión con la profesora de francés te quedaste dormido en el salón.

—¡Ah sí! La mujer dragón —dijo su padre riéndose— sigamos, hay un restaurante de sushi más adelante.

—Polémico el sushi, yo paso —exclamó Aurek.

—Después hay uno muy bueno de comida peruana que es de un chico que se llama Teo, otro de pizzas que se llama Luigi´s, otro que hace hamburguesas y algunos más. Está bueno que haya tanta variedad.

—Sí, debe ser por los turistas que vienen de visita a este lugar —sentenció Aurek—. Los chicos de la banda me contaron que vienen personas de la capital o de otros lados a hacer turismo rural o ecológico.

—Tampoco hay tanto campo como para hacer turismo…

—Sí, pero vienen a pasar el día, a comer, ver antigüedades, pasear por el bosque y a los que les gusta pescar o el agua, van a la laguna.

—¿Una laguna, acá? No creo. ¿Y qué es eso de que hay un bosque? —preguntó sorprendido su padre.

Aurek inhaló profundamente, movió para ambos lados con la cabeza, infló sus mejillas y soltó con fuerza el aire. Se cruzó de brazos y miró a su padre.

—¿Acaso no ves que todo el pueblo es un bosque?—graznó.

—Bueno, ni que fuera tan evidente —se defendió Sebastián.

—¿Lo decís por los cientos de robles, pinos, y eucaliptos que están en el camino que llega al pueblo o por los que hay detrás de nuestra casa o los que están entre las cabañas?

—¿Hay cabañas?

—¡Todas las casas que forman el barrio son cabañas, papá! —Aurek se había fastidiado.

—¡Ya lo sé, pero quería hacerte enojar! —exclamó su padre con una risotada.

—Muy gracioso —masculló su hijo.

—Es el primer enojo de Auri en su nuevo hogar, lo anotaré en mi cuaderno de recuerdos —Sebastián continuaba hablando mientras guardaba nuevamente el papel como si fuera el mapa de un tesoro.

Mientras continuaban caminando y debatiendo acerca de las alternativas para cenar, llegaron al “polo gastronómico” donde se encontraron con que parte de los negocios ya estaban cerrados. Si bien eran casi las diez de la noche, al ser día de semana la mayoría de los negocios estaban cerrados.

—Debimos haber venido antes de la reunión —dijo Sebastián al encontrarse con el desolador panorama.

—¿A las ocho de la noche? —¡Nunca cenamos a esa hora!

—Cierto, en realidad no cenamos nunca antes de las once.

—¡Mirá papá, allá hay luces y se ve a alguien! —Aurek señaló un local en la esquina sur, frente a la plaza.

—¡Vamos a ver si conseguimos algo! —Su padre lo tomó del brazo como si fueran en busca de un tesoro.

El local en cuestión era el bistró de estilo francés que tenían en su lista. Estaba ubicado estratégicamente en una ochava, equipado con mesitas y faroles en la vereda que junto con la fachada daban la sensación de estar en un lugar de Francia.

Allí se encontraba un hombre de aproximadamente treinta y tantos años, casi tan alto como Sebastián, de pelo algo ondulado y enmarañado, quien a simple vista daba el aspecto de ser un modelo salido de una publicidad. Tenía un delantal atado a la cintura, en color negro y blanco a rayas; y sobre su cabeza, una especie de boina de color gris sostenía su castaña cabellera.

—¡Hola, buenas noches! —se adelantó a decir Sebastián— ¿Estamos a tiempo de comprar algo?

—Buenas noches —dijo el hombre. Su voz era grave y presentaba un marcado acento francés. Apenas levantó la mirada de la mesa que limpiaba y miró a Los chicos rubios como si fueran dos duendes salidos del bosque— ¿Comprar para llevar o para cenar acá?

—¿Una cosa excluye a la otra? —preguntó Aurek.

—Sí, eso mismo —asintió Sebastián.

—Depende, si cenan y pagan estarían cenando y no comprando para llevar.

—¿Y si pagamos y no compramos? —preguntó

Sebastián.

—Estarían regalando su dinero, lo cual sería tonto —respondió con seriedad el hombre que daba la impresión de estar en pose para una fotografía continuamente.

—¡Ah, muy inteligente! —exclamó Sebastián—, ahora tendremos que pagar y comprar o pagar y cenar.

—¡Muy bien pensado, viejo! —dijo Aurek chocando su palma con la del papá.

—Pasen y siéntense. En un momento los atiendo —graznó el muchacho de acento francés.

—¿Ya estaban por cerrar? —quiso saber Sebastián.

—En un rato, pero dado que me visitan los prominentes nuevos vecinos, haré una excepción.

El hombre terminó de limpiar la mesa con un lienzo blanco, se lo colocó sobre el hombro, y se atusó el pelo hacia atrás. Extendió la mano derecha hacia Sebastián y se presentó.

—Soy Oleg —dijo.

—¡Es un gusto conocerte, Oleg! Yo soy Sebas y él mi hijo Auri —respondió Sebastián estrechándole la mano.

—Un gusto de conocerlos.

—Oleg… ¿es un nombre francés? —Quiso saber Aurek mientras le daba la diestra.

—No, no lo es.

—¿Portugués, tal vez? —ironizó Sebastián.

—Tampoco.

—¿Es...? —estaba por preguntar Aurek cuando Olegario lo interrumpió.

—Es un nombre común de acá —interrumpió el exasperado hombre a padre e hijo que se divertían con hacerlo rabiar.

—No lo había escuchado nunca —dijo Aurek.

—Yo tampoco —agregó su padre

—Es porque es un sobrenombre...

—A ver, dejame adivinar —dijo Sebastián.

—Ahorrate el discurso, viene de Olegario —se apresuró a decir, evitando someterse a un nuevo interrogatorio de Los chicos rubios, quienes sin embargo le habían caído en gracia.

“¡Qué mala onda tiene este flaco!”, dijeron por lo bajo el equipo de melena amarilla, a lo que una chica que entraba al restaurante, festejó con una sonrisa.

Una vez dentro del local, la muchacha se presentó como Patricia, y otro joven que atendía las mesas se presentó como Andreé. En el mismo había sólo dos ocupadas así que Sebastián y su hijo no tuvieron problema en conseguir lugar. Sin embargo, el tenaz Sebastián desde atrás como si fuera un boy scout pidiendo una colecta siguió interrogando al dueño del bistró.

—¡Olegario es un gran nombre, es muy poderoso!

—¿Conocés el nombre?

—¡Por supuesto! Uno de sus grandes exponentes fue el escritor y poeta Olegario V. de Andrade! —exclamó el padre de Aurek, mientras el adolescente buscaba un lugar para sentarse.

—Nunca imaginé que alguien conociera mi nombre.

—Ah, por supuesto. Olegario es un nombre de origen germánico el cual invoca fuerza e invulnerabilidad a través de la lanza, pues se asocia a los guerreros —continuó diciendo Sebastián como si fuera un erudito.

—Y Olegario De Andrade fue un gran poeta, si bien también fue periodista y político —acotó el joven Aurek sentado al lado de una pequeña mesa.

—¡Asombroso! —exclamó algo molesto el hombre de acento francés—. Nunca imaginé que supieran tanto respecto a un nombre tan poco común; aunque algo conocía sobre el poeta entrerriano...

—En realidad... —dijo Sebastián con miedo...

—¿En realidad qué? —preguntó con cara de pocas pulgas el chef del lugar, que buscaba de mal talante las cartas con los menús.

—Andrade no era entrerriano, en realidad nació en el sur de Brasil, y luego se radicó con su familia en Gualeguaychú, donde se crio hasta la adolescencia...

—¡Sin embargo, la canción dice “Cuna de oro de Olegario V. de Andrade”! —exclamó el dueño del local.

—¿Cómo? —preguntó Sebastián.

Y como una actuación que ninguno de los presentes esperaba, Olegario comenzó a entonar el “Vals a Gualeguaychú”, donde en una de sus estrofas, hace mención al poeta que más allá del lugar donde nació, la provincia de Entre Ríos había adoptado como uno de sus hijos predilectos.

Si algo le faltaba al espectáculo que se estaba dando era el acompañamiento, el cual lo dio Aurek reproduciendo la canción —vía YouTube en su celular a todo volumen— para que le diera el compás musical ternario, al improvisado cantante que parecía un tenor en la ópera.

Y para no perder la costumbre, el más joven de Los chicos rubios decidió tocar con sus manos sobre la mesa, dándole suaves golpes como si fuera un bombo, que se acomodaban a la melodía que el dueño del local interpretaba. Sebastián y la simpática joven sumaban sus palmas a la pintoresca interpretación de un tema puramente argentino, que lo interpretaba un hombre con acento francés.

—¡Bravo, bravo! —gritó Sebastián silbando con sus dedos índices en la boca.

—¡Otra, otra! —vitoreó la joven, mientras el cantante hacía una genuflexión como si estuviera en el escenario del teatro Colón.

Una vez terminado el show, Olegario continuó con lo que estaba haciendo, y mientras acomodaba unos vasos, no pudo evitar decir con cierta ironía:

—Para ser que son rubios, están bastante informados...

—¡Ah bueno! ¡Nos sacamos las caretas! —exclamó Sebastián, iniciando una vez más otro debate.

—¡Ya sabemos los que pensás de nosotros! —gritó Aurek.

—No es tan difícil conocer las historias de los personajes de la Argentina, siempre y cuando les prestes un poco de atención —Sebastián hablaba sin parar.

—¡El viejo tiene razón! —exclamó Aurek. El adolescente había tomado de otra mesa un menú y lo ojeaba mientras escuchaba el debate entre su padre y Oleg.

Sebastián se quitó un pañuelo que llevaba en el cuello, lo hizo un bollo y como si fuera un misil se lo arrojó a su hijo, quien riendo, se atajó la cara con la carta del restaurante.

—Chicos, chicos; todo bien, pero con el debido respeto, ¿porqué no se acomodan y me dicen qué quieren cenar?

—¡Está bien, está bien señor tolerancia! —exclamó Sebastián, mientras Aurek trataba de callarlo tapándole la boca.

—Disculpalo a mi pequeño hijo adolescente, siempre que sale me hace pasar vergüenza —exclamó sonrojado mientras su padre explotaba en una carcajada.

—¡Te queremos, Oleg! —Sebastián rio y fue a sentarse junto a su hijo.

Olegario se arrimó a la barra donde la chica de la caja le musitó algo y el hombre de acento francés sacó un billete de su bolsillo que le entregó.

—Acá tenés, Patti.

—¡Jajaja, al fin perdiste una apuesta! —dijo Patricia, la encargada del local.

Andreé se acercó a Los chicos rubios, les dio una cálida bienvenida y les entregó el menú.

El dueño del lugar se acomodó detrás de la barra observando detenidamente a sus visitantes. Patricia se acercó y muy sutilmente le habló:

—Que pelo tan lindo tienen esos dos, ¿no te parece?

—Sí —dijo Olegario frunciendo el ceño—. Ahora gozame porque tenías razón, ya te pagué la apuesta, ¿qué más querés?

—Nada, solo quería tener una mejor visión desde acá —dijo la muchacha —¿No te parece que es lindo el papá del nene...?

—Sí, la verdad que sí. Me llama mucho la atención el color de ojos que tienen…

—Es verdad, jefe —Patricia ladeó su cabeza y se quedó con la mirada clavada en el papá y su hijo que no dejaban de discutir sobre que cenarían—. A decir verdad, no son ni del color de un limón amarillo pero tampoco de una lima.

—Y la verdad que el pelo que tienen, es de envidiar. En ninguno de los desfiles que he participado he visto que un hombre tenga un cabello como ese —Olegario señaló a Los chicos rubios y su colaboradora le bajó el brazo de un golpe.

—¡No señales que se van a dar cuenta de que estamos hablando de ellos! —exclamó Patti.

—¿Te creés que no saben que hablamos de ellos? —dijo Olegario sonriendo—. Si es el primer día en el pueblo, el único tema de discusión serán ellos.

—Por lo que supe que contaron en la Sociedad, vienen solos...

—¿Y? —preguntó extrañado el chef.

—Que sería un buen candidato para vos, mi querido.

—¡Ya empezaste, cada vez que alguien soltero aparece me querés emparejar enseguida!

—No es eso, es que no me gusta verte solo —dijo la joven.

—Pero yo no lo sufro, Patti. Además fue por decisión propia, como lo será el día que conozca a alguien.

—Está bien, no te voy a joder más con ese tema. Pero fuera de broma, me parece que este chico con su hijo van a romper corazones en la “Aldea” y alrededores, no sé por qué me da esa impresión. Patricia sonrió y le dio un beso en la mejilla a su jefe, quien se quedó apostado sobre el mostrador mirando a sus singulares clientes.

CAPÍTULO 5
UNA TAZA DE CAFÉ
PECAS EN LAS MEJILLAS
WHERE IS THE LOVE

El menú tenía muchas variedades en sándwiches, ensaladas, y comidas livianas todas de estilo francés. Lo mismo la carta de postres y las bebidas que se podían tomar. La ventaja de la carta del lugar era que algunas comidas ya se encontraban preparadas y exhibidas en un mostrador heladera con tapa de vidrio sobre la que los nuevos vecinos se apoyaron como si fueran dos niños en una chocolatería.

—Chicos, ahora que terminaron de hablar de nosotros —dijo Sebastián con una risotada—, ¿Qué nos sugieren?

—Sí, ¿Qué nos aconsejás Oleg? —dijo Aurek emulando un acento francés muy mal pronunciado.

—Bueno, no sé lo que les gusta —dijo el chef—, pero en primer lugar, no hace falta que hablen con acento francés —agregó con cara de pocos amigos, una vez más.

—Mmmm, yo le veo buena pinta a ese sándwich de jamón crudo, queso, lechuga y tomates deshidratados.

—¡Buena elección vejete! Yo le voy a entrar a lo mismo.

—¿Lo quieren tostar? —preguntó Andreé.

“¡Sí por favor!”, respondieron Los chicos rubios aplaudiendo.

—Bien, ahora se los preparo, pidan las bebidas y el postre.

“¡Gracias totales!”, fue la singular respuesta de los clientes.

Volvieron a su mesa y al cabo de un rato, el joven mozo les trajo su pedido, que dicho sea de paso se veía exquisito. Poco rato después, y ya terminando su cena, el local se encontraba vacío, salvo por Los chicos rubios y el dueño del lugar que acomodaba algunas sillas.

Aurek se puso de pie y le pidió permiso a su padre para ir hasta el otro extremo de la plaza donde se habían instalado los chicos de la banda de música.

—Ok, pero cuando me voy de acá te paso a buscar, mañana hay que levantarse temprano para el colegio, ¿estamos?

—Sí pá —respondió Aurek—, ¡Oleg, muchas gracias por la cena! —dijo despidiéndose.

—¡Por nada Auri! —respondió el dueño del bistró.

Sebastián se puso de pie, y se acercó hasta la barra con los platos de postre vacíos.

—No era necesario traer los platos, yo después los levantaba, pero gracias —dijo Olegario.

Normalmente, una vez que se habían retirado los cocineros, los mozos y Patricia, el muchacho solía revisar y controlar los números del día de su negocio, sobre todo para que al día siguiente operara sin problemas.

—Ni hablar, ya demasiada molestia te tomaste al dejar abierto el local para nosotros —se disculpó Sebastián.

—Es lo mínimo que podía hacer —dijo el muchacho quitándose el delantal y la boina que le cubría parte de la salvaje cabellera —¿Me acompañarías con un café?

—Me encantaría, pero no quisiera quitarte tiempo.

—Para nada, además es un honor para mí que hayan tenido su primera cena acá.

—Te acepto el café, entonces.

Sebastián se sentó en una de las banquetas de madera con patas de acero que se encontraban contra la moderna barra que asemejaba un bar europeo, a la espera de la prometedora infusión.

—Muy bien, esperaba oír eso —dijo el dueño del bistró. Se dio vuelta y sus manos se perdieron en una moderna máquina que soltaba vapor y emanaba un exquisito aroma a café.

Mientras Olegario hacía esto, Sebastián lo observó con detenimiento, dado que cuando se quitó el delantal, le dio la sensación de que “Oleg” se había convertido en otra persona.

El agraciado chef era un hombre de casi un metro noventa de altura, Sebastián medía un metro ochenta aproximadamente así que estimó su altura en función de que le llevaba una cabeza. Vestía un pantalón jean negro algo desgastado y roto en las rodillas. Una remera del mismo color dejaba ver un prominente pecho que se marcaba junto a los profusos huesos del esternón. Su calzado, eran una especie de zapatillas de cuero blancas que resplandecían tanto como la dentadura del cortés muchacho. Tenía la apariencia de ser un modelo debido a su proporcionada y algo musculada delgadez, sumado a su apariencia de deidad griega.

Cuando se quitó el sombrero, reveló una mata enmarañada y áspera que no llegaba a tocarle los hombros, pero la llevaba como peinada al descuido, con la apariencia de estar en continuo movimiento. Su mirada daba la sensación de no estar prestando atención, ya que sus ojos, de color marrón y algo rasgados, eran el punto focal de una mirada impactante, que al contrario de Medusa que convertía a las personas en piedra solo con mirarla, el joven de cabellera castaña encantaba a cualquiera que se cruzara en su camino.

Un leve bronceado resaltaba unas pecas diseminadas en las mejillas, donde una nariz de trazo delicadísimo encajaba a la perfección en un rostro de mandíbulas cuadradas que exhibía una barba de pocos días. Sus pestañas eran arqueadas y profusas, lo mismo que las cejas que cubrían sus ojos, anchas y espesas. A pesar de la hermosura que se veía en ese espécimen, tenía un cierto gesto de seriedad que podía llegar a interpretarse como antipatía, pero que Sebastián sabía cómo derrumbar con su sentido del humor y con sus bromas estúpidas o sin sentido.

—¿Terminaste de escanearme? —preguntó mientras le servía un humeante tazón cafetero a su rubio invitado.

—Todavía no —dijo riéndose Sebastián—, es que tu cara me es conocida, y además no dejo de admirar las bondades que hace la naturaleza en algunas personas.

—¡Ah bueno! —Olegario sonrió— ¿Todo eso?

—¿Sos francés, Oleg?

—No, soy argentino...

—¿Y porqué el acento?

—¡Ah! Se me pegó cuando me radiqué en París.

—¿París? —Sebastián se veía curioso.

—Sí, trabajé como modelo por casi diez años, pero siempre tuve el sueño de regresar y tener mi propio restaurante acá.

—¡Impresionante tu historia, Oleg! Contame un poco más, ¡please! —suplicó Sebastián.

Olegario ahuecó las manos y sujetó con ambas la taza. La sopló y le dio un sorbo. Comenzó a sentirse cómodo con su acompañante, y como si fueran amigos de toda la vida se fue soltando.

—Yo nací en la ciudad, a unos kilómetros de acá, y a los dieciocho años comencé a trabajar en una agencia de modelos, donde hice una carrera que hasta hoy mantengo. Eso me permite ahorrar y poder financiar otros proyectos como este, y si bien paso el mayor tiempo en Buenos Aires, continúo viajando para participar de desfiles o de campañas.

—¡Ahora entiendo! ¡Tu cara me era conocida de algún lado, ahora lo entiendo!

—¿Ah sí?

—¡Sí! Una vez vi una foto tuya en una publicidad en el aeropuerto, donde estás sobre unas rocas con una chica.

Olegario rio.

—Puede ser, hice muchas publicidades gráficas sobre todo, pero lo que siempre me gustó fue cocinar y la gastronomía así que entretanto trabajaba en Europa, fui capacitándome en alta cocina con la idea de hacer algo por mi cuenta el día de mañana.

—Qué bueno que seas tan emprendedor, ¿allá hiciste algo relacionado con la gastronomía?

—Sí, con otros dos socios creamos nuestro primer bistró, del cual este es muy parecido —Oleg hacía referencia a su pintoresco y refinado local, el que había instalado hacía muy pocos años en Aldea del Norte—. Desde entonces, el lugar se convirtió en punto de referencia para personas locales y visitantes, quienes no solo realizaban turismo recreativo, sino gourmet.

—¡Bien por vos, te felicito! —exclamó Sebastián levantando su taza como si hiciera un brindis— este café es exquisito, ¿algún blend en particular?

—Es una mezcla especial que hago acá, con una variedad de café que es de origen brasilero y tiene un sabor dulce, afrutado y un sabor medio, igual que su cuerpo.

—¡Guau! No sabía que todo eso se podía apreciar en un café, con razón está tan rico.

—Me alegro de que te haya gustado —Olegario sonrió como hacía mucho no lo hacía— y a propósito, bienvenido al barrio. Vos y tu hijo han revolucionado la Aldea.

—Gracias por la bienvenida, no me imaginé que causáramos revuelo.

—Sí, generalmente pasa con los recién llegados pero ustedes han sido por lejos la excepción a la regla. ¡Lástima que perdí la apuesta! —se lamentó.

Sebastián alzó una de sus cejas y entrecerró los ojos.

—¿Eran los billetes que le diste a Patti?

—Sí, apostamos que después de que se fueron Mateo y Tommy del barrio… —Olegario se mordió los labios y se quedó en silencio.

—¿Después, qué? —quiso saber el curioso Sebastián.

—…No llegaría otro hombre lindo y copado a vivir acá; y evidentemente perdí…—Olegario hundió su mirada en el tazón que sostenía y Sebastián sonrió, bajando la mirada.

—Bueno —dijo en un susurro—, supongo que Aurek fue el responsable, suele ocurrir con ese muchachito de melena amarilla.

—Sí, por ese muchachito pero… yo lo dije por el padre —Olegario esbozó una sonrisa que a Sebastián lo hizo sonrojar.

Se quedaron por un momento cruzándose miradas. Un rubor había comenzado a subirle a Sebastián desde el cuello hasta coparle toda la extensión de su rostro, al punto de estar tan colorado como las frutillas que decoraban las tartas en el mostrador.

Reaccionó de pronto.

—¡Bueno, mirá quien habla, me viene a decir eso el top model francés!

—Ya te dije que no soy francés.

—Pero el acento te vende.

—El acento me da un poco más de encanto con la clientela... —dijo Olegario fingiendo darse aires de importancia.

—¡Como si necesitaras tener más encanto! —ironizó Sebastián— ¡Por Dios! ¡Que queda para los hombres como yo!

—¿Hombres como vos? Ah, por favor, no te hagas el humilde que tenés lo tuyo… Cualquiera quisiera estar en tu lugar.

—¡Bah, qué pavada! —se quejó Sebastián mirando hacia el suelo.

—¿Y eso? —Olegario dejó su taza sobre la mesa.

—No creo que alguien quisiera estar en el lugar de un hombre que apenas tiene dónde caerse muerto, pasando por trabajos cuyo salario a duras penas te ayudan a pagar un alquiler —el tono de Sebastián se fue apagando—, y eso sin contar mis éxitos en relaciones personales... en verdad no es un gran negocio estar en mi lugar —Por primera vez desde su llegada al pueblo, el rubio papá sonaba triste.

—¿Por qué decís eso, Sebas? Digo, un hombre con una presencia arrolladora, con un hijo genial, no es alguien que pasaría desapercibido; y me parece que sos una persona a la que cualquiera quisiera tener cerca.

—No lo sé Oleg, estoy bastante oxidado.

—¿Oxidado? —preguntó Olegario riéndose.

—A esta altura de mi vida, creo que ya no tengo mucho más para dar o para esperar... y mucho menos si se trata de salir con alguien.

—¿Por? ¿Malas experiencias?

—No me malentiendas, no he salido con muchas personas, de hecho después de separarme de la mamá de Auri prácticamente me aboqué a criar al nene y a trabajar.

—Pero supongo que oportunidades de salir con otra gente no te habrán faltado. Lo digo, pues sos joven y tenés facha.

Sebastián esbozó una sonrisa sincera. Su mirada triste y apagada tuvo de repente un destello que le devolvió algún tipo de esperanza, aunque todavía no sabía de qué. Solo se sentía bien el que de pronto un hombre de su misma generación lo estuviera escuchando.

—La verdad Oleg, es que las veces que salí con alguien, me pasó que cuando se enteraban de que yo era padre soltero, salían corriendo. Tengo varias historias de este tipo para contarte pero no te quiero aburrir, lo cierto es que a esta altura de mi vida, si se da de conocer alguien, bienvenido sea.

—¿O sea que dentro de tus sueños, no lo tenés como prioridad a tener alguien al lado tuyo?

—No lo sé, hoy la única prioridad que tengo es que Auri pueda terminar sus estudios y perseguir sus sueños —dijo Sebastián mientras revolvía la borra de café, que había quedado prisionera en el fondo de su taza.

—Bueno, quizás después que te asientes acá, puedas empezar a pensar un poco más en vos...

—Es probable, qué sé yo... —Sebastián se había relajado, de pronto sintió que el peso que cargaba sobre su espalda se había alivianado—. La verdad que... —dijo como en un susurro y se quedó callado.

—¿Qué Sebas?

—No quiero sonar que soy un sujeto que tira pálidas, pero a veces siento que ya la vida no tiene más para darme ni yo a ella, es decir, fuera de Auri que es lo más lindo que tengo y lo que me da fuerzas para seguir, no creo que ya el mundo tenga mucho más para ofrecerme...

—Sonás como alguien con pocas esperanzas, no parecés el hombre que hace un rato entró alegremente con su hijo.

—Es que como vos decís, la gente ve lo de afuera, lo que uno muestra pero con el paso del tiempo, creo que me fui acostumbrando a la idea de que lo que yo soñaba o ansiaba tener en mi vida, al final de cuentas, termina siendo solo un deseo que queda ahí.

—¿Y que soñabas? —inquirió una vez más el chef.

Sebastián levantó la cabeza y miró hacia el techo, como si quisiera buscar alguna estrella a la cual pedirle un deseo—. Me hubiera gustado tener alguien al lado que me acompañara, poder tener un proyecto en común con esa persona; armar un hogar con todo lo que implica, pero bueno; no todo salió como esperaba.

—Pero tenés un hogar con un hijo hermoso...

—Sí si, eso está fuera de discusión, de hecho Auri es lo que me mantiene en mi eje cuando siento ganas de gritar o salir corriendo y tomarme un cohete a la luna.

—Bueno, ahora podés contar con un oído para escucharte cuando tengas ese impulso... —Oleg lo miraba con una sonrisa que dejaba ver dientes blancos, perfectamente unidos en línea como si se los hubieran tallado sobre un bloque de hielo.

—Gracias, Oleg... ¿Y vos? ¿Qué onda?

—¡Ah! —Olegario respondió casi con el mismo suspiro que minutos antes había soltado Sebastián—. En Europa estuve casi cinco años en pareja, y bueno, por distintas cuestiones se terminó. La relación se fue desgastando, y eso sumado a que yo quería volver a Argentina hicieron que finalmente nos separásemos.

—¿Y acá no conociste a nadie en este tiempo?

—Salí con alguna que otra persona, pero no me llegaron a cerrar...

—Sí, no es fácil conocer gente copada hoy —acotó el rubio mirando su taza.

—Y mucho menos cuando sos gay.

Sebastián levantó su mirada y miró con sorpresa a Olegario.

—Nunca lo habría imaginado.

—¿Qué no imaginaste? ¿Qué fuera gay? Espero no te moleste —Olegario se puso a la defensiva.

—¡Oh no, no! No era eso lo que quise expresar, aunque debo decirte que no parecés un hombre gay... —Sebastián sonaba avergonzado.

—¿Porqué pensaste eso? ¿Porque no camino meneando las caderas o no tengo el cuerpo depilado o porque no entro dentro del estereotipo de la sociedad?

—Esperá, espera Oleg, por favor —se disculpó Sebastián—. En primer lugar, no me hubiera imaginado que fuese más difícil conocer alguien siendo gay ¡Y en particular, no pensé que lo fueras pues tenés la hombría y virilidad que muchos hombres heteros no tenemos! —concluyó con una carcajada.

—Disculpame —dijo Olegario, quien ahora se sentía avergonzado.

—Perdoname vos, me fui al carajo mal.

—¿Sabés que pasa Sebas? Creo que me tienen mal las noticias de estos días...

—Ah, vi las noticias en la televisión. ¿Lo decís por el grupo ese de pelotudos que golpeó salvajemente a un flaco que estaba con su novio desayunando, porque era gay?

—Sí, la verdad que no puedo creer que sigan pasando esas cosas —la voz de Olegario se fue apagando.

—Y van a seguir pasando lamentablemente, pero es nuestra responsabilidad educar y concientizar a las personas que las diferencias deben unirnos, debemos saber tolerar y aceptar la diversidad, al menos es lo que le he inculcado a Auri.

—Ojalá muchas personas pensaran como vos...

—Mirá Oleg —dijo con seguridad Sebastián—. Por cada pelotudo que uno se cruza en la calle, hay diez personas copadas, así que no hay por qué preocuparse, solo no hay que bajar los brazos.

—Es un lindo pensamiento —Olegario volvió a sonreír, estaba sorprendido por la personalidad del rubio.

—De todas formas, lo que quería decirte era que alguien que parece una especie de semidiós bajado del Monte Olimpo no debería tener problemas para conocer a alguien.

—¡Dejate de joder! —exclamó Olegario con una carcajada—. Te puede servir si es solamente una salida o una cama; lo encontrás en cualquier lado a cualquier hora, pero yo busco algo más —concluyó con una expresión seria, que a Sebastián por un momento lo intimidó.

Un extraño sentimiento lo embargó de repente, la sensación inicial que tuvo de comodidad al confesarse con su nuevo amigo, ahora se había convertido en algo desconocido. Trató de reconocer esa nueva sensación pero no lo logró. Volvió a la conversación la cual trató de desdramatizar.

—Bueno, tenés la experiencia de Mateo y Tomás. Mirá que linda familia terminaron armando.

—Es verdad, me gustaría poder armar algo así un día.

—¿Y qué te lo impide?

—No sé, me siento un poco identificado con lo que te pasa a vos, y no es fácil llegar a conocer a alguien que te quiera por lo que sos, sé que suena algo cursi y pelotudo, pero...

—A mí no me parece que sea así, al contrario, creo que es muy noble de tu parte, y si hubiera más personas que pensaran y sintieran de esa forma, el mundo sería un lugar mejor y habría menos personas solas —se adelantó a decir Sebastián.

—Sí, puede ser, me pasa que lo que ven los demás es la “cáscara”, lo que dejo ver de mi exterior; y el hecho de las gráficas y publicidades que hice le dan a las personas la fantasía de que uno es una especie de ser de otro mundo, y ni se detienen a preguntarte que te pasa.

—¡Eso es terrible, a mí me pasa todo el tiempo! —bromeó Sebastián.

Olegario entrecerró sus ojos, su mirada se “achinó” más que nunca y observó a su compañero.

—Mirándote con detenimiento, vos también serías un buen prospecto para modelar. Tu físico y la altura son ideales.

—Bueno, es lo mejor que he escuchado en todo el día.

Los dos hombres conversaron un rato más, y ya terminando la velada, Sebastián pagó la cuenta, que Olegario no quiso cobrar, y se despidieron fraternalmente.

Ya fuera del restaurante, Sebastián se detuvo un momento en la vereda. La canción “Where is the love”, desde la usina musical inundaba con su melodía toda la zona de la plaza y los alrededores. Como si estuviera hechizado, se apoyó contra una de las farolas y no pudo resistirse a tararear el estribillo:

Cause people got me, got me questioning

¿Where is the love? Where is the love,

¡the love!

Where is the love, the love, the love...

Entretanto Sebastián cantaba y miraba hacia el cielo, presidido por una luna llena rodeada de estrellas, Olegario salió disparado como un misil del interior de su local y lo interceptó, sacándolo de “su trance musical”

—¿Qué pasó? —dijo un tanto sobresaltado— ¡Ya sé!, el billete que te di era falso, ¡pero lo acabo de sacar del cajero automático! —exclamó indignado.

—El billete estaba bien, no te asustes y dejá de hablar un poco —dijo Olegario—. Te preparé esto —agregó entregándole una bolsa de papel madera que en letras negras rezaba Olegario Bistró, la mejor gastronomía en Aldea del Norte.

Adentro de la misma había unos croissants, saquitos de té, un frasquito con el blend de café que habían saboreado un rato antes, azúcar, edulcorantes y algunas servilletas de su local.

—¿Y esto? —preguntó Sebastián.

—Es para que tengan algo rico para desayunar mañana.

—Sos muy gentil, no sé qué decir... —balbuceó.

En todo el tiempo que Sebastián había vivido en la ciudad nunca tuvo ocasiones donde alguien se preocupara tan desinteresadamente, y el gesto de Olegario lo abrumó.

—Imaginé que como Auri y vos están recién llegados al pueblo no deben tener aún suficientes provisiones.

—La verdad que tenés razón, no tenía nada para desayunar mañana... sos más atento que yo, Oleg. Muchas, pero muchas gracias —Sebastián comenzó a tartamudear casi al borde de la emoción.

Le dio un abrazo sincero que Olegario nunca se vio venir y aunque fue un lapso, la intensidad del mismo lo estremeció. Y como si fuera una cortina musical puesta a propósito, el estribillo de la canción explotaba en su momento cúlmine, lo que les dio a ambos una suerte de escenario para cruzar miradas de agradecimiento mutuo, sin pronunciar signo vocal alguno.

—Bueno... me voy a cerrar el local, después me contás si te gustó —dijo Olegario rompiendo el clima y alejándose hacia su negocio.

—Seguramente que me va a gustar... ¡nuevamente gracias!

CAPÍTULO 6
CONOCIENDO LA “ALDEA”

Mientras se dirigía a buscar a su hijo, Sebastián pensaba en la genial actitud de su nuevo amigo de acento francés; lo había conmovido profundamente su preocupación por él y por su hijo y eso lo hizo esbozar una sonrisa.

—¿De qué te reís? —preguntó Aurek al verlo llegar.

—De nada, pasa que Olegario cuando salía me dio esto para que tengamos algo para desayunar mañana.

—¡Que buena onda!

—Sí, pensé lo mismo. ¿Y hablando de eso, qué onda acá? —preguntó Sebastián viendo como los chicos de la banda tocaban, mientras la joven de la pandereta miraba a Aurek como un gatito mira un tazón con leche.

—Ya terminan de tocar y mañana voy a venir con mi charango.

—Sí, y a revolear la pandereta… —bromeó su padre por lo bajo.

—¿Qué decís?

—Ah, no me digas que no te diste cuenta de cómo te mira la chica de pelo blanco…

—¿Lo decís por Marisa?

—¡Ah, veo que ya hasta sabés el nombre! ¡Sí, te mira como el coyote al correcaminos cuando lo tiene cerca!

—¡Basta, papá! —bufó Aurek.

—Está bien, está bien, vamos a casa —dijo Sebastián levantando los brazos—, yo me voy adelantando y te dejo que te despidas de los chicos.


Aurek alcanzó a su padre, quien iba cruzando muy despacio lo poco que faltaba de la plaza. Mientras caminaban deslizó su brazo por la nuca de su papá.

—¿Estás bien? —quiso saber.

—Si, ¿Por qué lo preguntás?

—Porque estás muy callado.

—Debe ser que estoy un poco cansado, muchas emociones para un solo día —dijo Sebastián.

—¿Qué pasó allí adentro?

—¿Dónde?

—En el bistró, cuando me fui.

—¡Ah, nada! Oleg me invitó a tomar café y hablamos un poco de nuestras historias.

—¿Pero de que hablaron? Porque es raro que ahora no estés mirando a ese gato como se pelea con aquel perro en la esquina, o peor aún, que no opines sobre el hombre con cara de pez de la reunión o de la adivina con el turbante en la cabeza —Aurek sonreía, abrazado de la espalda de su papá. Intuía que algo le ocurría.

—Hablamos de todo un poco, pero nada nuevo, supongo que la buena onda que tuvo con ese gesto, no me lo esperaba —Sebastián detuvo la marcha y su mirada lucía perdida.

—Entiendo —Aurek se veía asombrado por el comportamiento de su padre.

Pasó un lapso que no fue ni un segundo, cuando Sebastián volvió al planeta y mirando a su hijo exclamó:

—¿Qué te parece hacer? ¿Dejamos que se sigan peleando o vamos y pateamos al perro y le tiramos agua fría al gato?

—¡Ese es mi papá! —exclamó Aurek levantando los brazos.

—Pensé que Darth Vader era tu padre —Sebastián imitó la voz del personaje de la Guerra de las Galaxias, y haciendo un sonido gutural agregó —: “I am your father”

—¡Si te dejás crecer el pelo, vas a terminar haciéndote los peinados de la princesa Leia, papá! —fue la inmediata respuesta de Aurek con una carcajada.

—¡Qué pendejo atrevido! —se quejó Sebastián, tirándole de uno de los mechones a su hijo.

Habiendo retomado la marcha, Los chicos rubios continuaron el tour por el barrio, como si estuvieran de visita en algún país extranjero.

—Hablando de otro tema, tengo información top secret —Aurek fingía ser un agente secreto.

—Quiero saberlo todo —Sebastián puso actitud de James Bond.

—Preguntame, a ver, ¿qué querés saber del barrio...? —Lo desafió su hijo.

—A ver... —dijo Sebastián— ¿Qué es ese edificio de allá? —preguntó en referencia a una especie de estación de trenes de estilo inglés remodelada.

—Es la biblioteca.

—No parece una biblioteca.

—¿Cómo debería ser para vos una biblioteca? —preguntó Aurek ladeando la cabeza y tratando de comprender, una vez más, que pasaba por el cerebro de su padre.

—No sé, distinta… ¡no como eso! —exclamó su papá señalando con el dedo índice hacia el edificio.

—Ustedes los adultos tienen una visión muy limitada del mundo, papá. Sucede que antiguamente esa era la oficina del tren que pasaba por acá. Y cuando en los ´90 el tren dejó de pasar, a los edificios que eran propiedad del ferrocarril los reconvirtieron para darles otros usos, en este caso, una biblioteca.

—¡Ah! ¿Y qué más hay?

—Bueno, en aquella parte de la plaza hay un palomar que nunca tuvo palomas, y la estatua que está a su lado nadie sabe de quién es, pero allí está. Algunos dicen que la robaron de otro pueblo, pero es una leyenda —declamó Aurek mientras su padre empezaba a pensar realmente que en cualquier momento el conejo blanco, el sombrerero o la mismísima Alicia pasarían frente a él.

—¿Y qué hay de ese reloj? —preguntó.

—Ese es el reloj que no da la hora —dijo Aurek seriamente.

—¿Cómo que no da la hora?

—Cuando lo pusieron por primera vez, olvidaron que atrás llevaba un mecanismo, y como lo habían pegado con cemento a la pared, ya no lo pudieron sacar más. Pero esa no es la única atracción.

—¿Ah no?

—No. Mirá, aquella es la fuente de aguas danzantes que no es una fuente de aguas danzantes.

—¿Y eso por qué? —preguntó Sebastián.

—Porque no tiene agua, ¿por qué va a ser? —respondió su hijo.

—Entiendo, ¿y esa música? —preguntó al escuchar que las melodías de “Can´t falling in love” bañaban el ambiente y le daban un toque lúdico y divertido al ambiente.

—Viene de aquella usina de música, ¿la ves? —Aurek señaló una especie de cabina telefónica gigante donde su compañero de banda, “rulos”, oficiaba de DJ.

La música inundaba vía Bluetooth, unos pequeños parlantes que pendían de las farolas del barrio. Esta especie de cortina musical hacía más ameno el lugar. Era habitual a esa hora ver grupos de jóvenes que se congregaban en la usina, para ver como mezclaba temas el joven músico, y ahora amigo de Aurek.

—¿Y eso de allá? ¿Es una casa también? Es bastante grande —continuó interrogando Sebastián a su hijo como si le tomara un examen.

—¡Oh no, esa es una iglesia!

—¿De qué religión? No parece una iglesia.

—Como es el único edificio en el barrio, lo utiliza toda la comunidad, el sacerdote local hizo un convenio con los representantes religiosos de la zona y se reparten los días.

—¿Cómo que se reparten?

—Sí, los domingos por la mañana, lo usan los católicos; por la tarde, los evangélicos; los lunes, los budistas; los martes, los judíos, los miércoles es de los musulmanes, el jueves de los ortodoxos y el viernes de los irreligiosos. El sábado, no hay religión.

—Esperá un poco ¿los irreligiosos? —Sebastián rio.

—Son los que no practican ningún culto y que suelen juntarse con otros practicantes de la “no creencia” —Aurek hablaba muy seriamente y su papá lo miró inquisitivamente.

—¿Me estás jodiendo? —No pudo evitar reírse.

—Para nada —respondió su hijo como si fuera un experto en creencias— ¿Continuamos con el paseo?

La caminata continuó por las calles que se encontraban iluminadas como si fuera Navidad. Tanto los árboles como las farolas que se erigían a una distancia equidistante, estaban cubiertas por tiras de luces diminutas. En las calles circulaban automóviles conducidos por turistas que salían de los últimos negocios que quedaban abiertos. Otros se iban rumbo a la ciudad, que se encontraba a pocos kilómetros de allí y era el lugar donde se encontraban los hoteles y lugares con mayor capacidad para recibir personas.

En el barrio la única posada que había era un complejo de cabañas que se llamaba: “Posada del Roble Caído”, cuyo nombre era en homenaje a un árbol que era patrimonio del barrio y que llevaba más de cincuenta años en el suelo.


En tanto continuaban marchando como si condujeran un contingente de turistas, los rubios seguían hablando del paisaje y lo que veían. En un punto de su caminata, Sebastián se detuvo a leer un cartel, hecho en madera como todos los que se veían en el barrio, y se sorprendió al ver en el mismo el dibujo de una flecha, que indicaba un camino a seguir, y la leyenda:

“A la estancia ´e don Pampero, avise si va a entr´a”

Como tratando de interpretar lo que decía, Sebastián torcía la cabeza, buscando entender el mensaje.

—¡A la estancia de Don Pampero, avise si va a entrar! —exclamó Aurek imitando la voz ruda y el acento del hombre de campo, quien por su tonada y forma de hablar, evidentemente era oriundo de la zona del litoral argentino.

Un auto viejo que pasaba por el camino se detuvo, y una voz conocida les habló desde el interior:

—¡Ni se les ocurra ir para allá! —exclamó el presidente de la Sociedad de Fomento.

—¡Cacho! —dijo Sebastián.

—¡Ese viejo es más chúcaro que la mierda! —siguió clamando el hombre desde su auto, en tanto su esposa sentada como copiloto asentía.

—Solo mirábamos el cartel, y nos causó gracia.

—Sí, lo puso para advertir a la gente que no vayan a hincharle las pelotas.

—¿Y por qué irían a verlo? —preguntó Aurek.

—Porque algunos turistas cuando ven el cartel piensan que es una estancia turística y van a conocerla...

—¿Y? —preguntó Sebastián.

—¡Que no es ninguna estancia, es un rancho piojoso que se cae a pedazos! —dijo Elsa incorporándose a la conversación.

—No me imaginé que tuviéramos vecinos “de campo” acá...

—En realidad, está a un par de kilómetros de acá el ranchito, pero lo que pasa es que tiene mucho campo alrededor, el viejo con la ayuda de unos peones aún lo trabaja —continuó diciendo Elsa.

—Bueno, chicos, los dejamos que sigan su recorrido, nosotros nos vamos para casa —dijo Cacho, poniendo en marcha su auto.

—¡Buenas noches! —respondieron los rubios.

Aurek y su padre se quedaron un momento más sacándose una selfie con el cartel.

—Evidentemente, habrá que visitar el campo de Don Pampero —dijo Sebastián.

—¿Estás crazy viejo? ¡El “gaucho” nos va a cagar a escopetazos si nos ve llegar!

—Jaja, lo decía en broma. Aunque debo decirte que muero por conocer el rancho, solo por curiosidad...

—¡Lo voy a llenar ´e plomo, desorejau! —gritó Aurek imitando al paisano, mientras que retomaban el paso rumbo a su cabaña.

CAPÍTULO 7
CROISSANTS Y CAFÉ CON LECHE LOS MATECITOS DE SEBASTIÁN MI PRIMER AMIGO

—Esto está exquisito —dijo Aurek mientras le daba una mordida a uno de los croissants que su padre había colocado en la tostadora. Era de mañana y los chicos se aprestaban a desayunar.

—Sí, es verdad, están muy buenos —Sebastián le sirvió un tazón de café con leche a su hijo mientras él se preparaba unos mates.

—Bueno, ya tengo las cosas listas papá; me voy a tomar la combi.

—¡Esperame Auri que te acompaño hasta la parada!

—¡Pero es muy temprano, viejo! Además, hasta el lunes próximo no trabajás, ¿Por qué no aprovechás a dormir un rato más?

—¿Y perderme a mi pequeño niño subirse a la combi en su primer viaje a la ciudad?

—¡Ah, sos imposible! Está bien. Vamos —gruñó Aurek.

—¡Sí! —Sebastián agarró el mate, llenó el termo con agua caliente y lo colocó debajo de su brazo.

—¿Vas a caminar con ese equipo encima?

—¡Sí, por supuesto! Solo tomé dos mates, así que mientras voy con vos aprovecho para ir tomando algunos matecitos.


Los chicos rubios caminaban rumbo a la plaza, la maña na estaba algo fresca, aunque el sol que empezaba a asomarse, muy tímidamente comenzaba a calentar el aire. Sebastián caminaba tomando unos mates y su hijo bufaba.

—No estamos en Uruguay para que andes con el termo bajo el brazo, papá —gruñó.

—Ya lo sé. ¿Desde cuándo sos tan prejuicioso? —preguntó su padre riéndose.

—No es prejuicio, es que es una nueva vida y no quiero que los vecinos piensen que somos raros.

—¡Ja! ¿A qué vecino te referís? ¿A la mujer de turbante, al hombre pez o a nuestra vecina que le pone nombres de personajes de películas de Hitchcock a sus mascotas?

—Me cagaste —Aurek estalló en una carcajada.

—Tomate un mate —le ofreció su padre.

—Mejor no papá.

—¿Por?

—Porque no quiero tomar encima del café con leche, y además la combi tarda casi una hora hasta la capital y no hace ninguna parada para ir al baño...

—Creeme que te entiendo, heredaste de mí la vejiga de un pajarito! —Sebastián rio.

Más allá de la broma, notó que su hijo se veía algo tenso. El rubio papá bajó los decibeles y le preguntó casi como en una confesión:

—¿Te molesta que hayamos venido tan lejos?

Aurek miró a su papá y sonrió. Era la sonrisa que se le escapaba cuando entendía que a Sebastián le preocupaba su bienestar. El adolescente era la arteria que cubría el corazón de su papá, y conocía del esfuerzo que el rubio inmaduro hacía por darle la mejor vida posible, y era algo que agradecía todos los días.

—No viejo, no estamos tan lejos de la civilización después de todo. Son cuarenta kilómetros que hay hasta la Capital, así que no es tanto.

—Me da la impresión que estás molesto, Auri... ¿De verdad no te jode hacer este viaje todos los días?

—No, nada que ver. Aprovecharé para dormir o leer; además son solo tres meses hasta que terminen las clases.

Estaban a pocos metros de la parada del transporte escolar. Sebastián se detuvo un momento y miró a Aurek. Sus ojos brillaban. A veces le costaba procesar que su chiquito pensara como todo un hombre, que entendiera como era la vida y que a pesar de todo, nunca se quejara o pusiera objeción alguna. Como cada vez que pasaba esto, su corazón comenzaba a galopar y los ojos se le humedecían. Sabiendo que estaba a punto de quebrarse, solo pudo pronunciar una frase.

—Gracias por comprender.

Aurek rodeó con sus brazos a su padre, y este le besó la coronilla.

—Lo importante es que estemos juntos, papá, lo demás no importa.

—Te quiero Auri —dijo Sebastián sin dejar de besarle el pelo.

—Yo también. ¡Pero ahora soltame que me están mirando todos!

—¡Mi hijo me quiere! —gritó Sebastián con una carcajada, mirando a la gente que se acercaba a tomar el transporte con destino a la Capital.

—¡Chau pá! —dijo el muchacho de melena dorada mientras subía al vehículo.

La pequeña camioneta blanca dio la vuelta a la plaza y tomó el camino de salida del barrio que desembocaba en la autopista. Sebastián se quedó mirándola hasta que se perdió en el horizonte, mientras tomaba un mate. En esa observación vio una cara conocida. El hombre que la noche anterior le había obsequiado un desayuno, y su amistad, se encontraba en su negocio, sacando unas mesitas a la vereda. Sin dudarlo cruzó la calle y se aproximó hasta él.

—¡Buen día Oleg!

—¡Ah! ¡Buen día, Sebastián! ¿Cómo estás?

—Bien, vine a acompañar a Auri a tomar la combi. ¿Querés un mate?

—¡Uy, sí! —exclamó Olegario aceptando el mate de manos de Sebastián—. A esta hora es lo mejor que me puede pasar, vamos adentro que acá hace frío —agregó mientras sorbía la bombilla de la pequeña calabaza revestida en cuero.

Entraron al local que aún estaba vacío y Oleg le devolvió el mate vacío.

—También quería agradecerte por el desayuno, los croissants estaban exquisitos. Los calenté en la tostadora y a Auri le encantaron.

—¿Y a vos?

—A mí también —respondió Sebastián.

—Me alegro. Que rico está este mate, ¿qué tiene?

—¡Ah! Es una yerba nueva que tiene hierbas del litoral y lemongrass.

—Con razón tiene un gustito a limón —respondió Olegario.

Sebastián detuvo su mirada y observó el local que poco a poco empezaba a tomar vida de la mano de su nuevo amigo.

—¿A esta hora arrancás?

—No, en realidad arranco más temprano, solo que a esta hora abrimos el local.

—¿Más temprano? —preguntó sorprendido Sebastián.

—Sí, me levanto, salgo a correr, luego voy a entrenar al rincón, vuelvo a casa; me baño y me vengo para acá.

—¿El rincón?

—Sí, el gimnasio.

—¡Ah! Ya me acuerdo ¡El rincón enfierrado! —Sebastián rio— ¿Y cuándo desayunás?

—¿Me estás cargando? Yo desayuno acá.

—Cierto. Bueno, te doy un mate más para no dejarte rengo y me voy.

—¿Ya? Quedate un rato más y desayunamos juntos. Andreé, Patti y los cocineros no vienen hasta dentro de una hora así que no me vendría mal compañía mientras hago algunas cosas acá.

—Siendo así. Sebastián se sentó sobre unas banquetas altas y apoyó sobre la barra el termo y el mate, que iba y venía de su mano a la de su amigo chef.


Luego de casi una hora que permaneció en el bistró de su amigo, el celular de Sebastián sonó avisando que había llegado un mensaje y eso lo devolvió a su rutina.

El WhatsApp enviado por Aurek decía: ya llegué.

—Bueno Oleg, ni cuenta me había dado de la hora; vos vas a empezar con el movimiento acá así que me estoy yendo —Sebastián se calzó el termo bajo el brazo, y con la misma mano levantó el mate en carácter de despedida.

—¿Qué vas a hacer hoy? —quiso saber Olegario.

—Por lo pronto, quiero desarmar los bolsos con la ropa y acomodarlos; después seguramente iré a caminar y conocer el barrio y después quizás me anote en el rincón.

—Ese es todo un plan.

—Sí, quiero llevar una vida sana y ordenada, y dado que hasta la semana que viene no empiezo en el hospital, aprovecharé para ambientarme y contagiarme del ambiente de pueblo.

—Cuidado. No te contagies mucho del espíritu de acá —dijo seriamente Olegario.

—¿Por?

—Porque no me gustaría que cambiaras tu forma de ser. Sos alguien distinto al resto de las personas y eso te hace especial.

Sebastián se quedó mirando a su interlocutor, y a diferencia de la noche anterior, ahora ya no se sentía incómodo o intimidado.

Se sintió en familia.

Se sintió valorado por ese hombre de apariencia perfecta que le había prestado el oído desinteresadamente.

Sintió que era algo para alguien, después de mucho tiempo.

—Es la primera vez que alguien me dice eso; Oleg. Trataré de no cambiar entonces —respondió con la misma seriedad.

—Tampoco te pongas tan serio, che... —bromeó Olegario.

A Sebastián se le escapó una risa.

—¿De qué te reís?

—Me causa gracia escuchar a alguien decir ¡che! con acento parisino...

—¿Ahora te estás burlando? —Olegario le arrojó el repasador que tenía en su hombro.

—¡No, no! ¡Para nada, franchute! —exclamó Sebastián atajándose con las manos, con una tentación de risa que contagió a su compañero.

Cuando se calmaron, un último diálogo caló fuerte en los dos hombres.

—¿Sabés algo, Oleg?

—¿No, qué?

—Sos el primer amigo que hice acá en la Aldea.

—¿Ah sí?

—Sí.

—Bueno, me siento honrado entonces. Puedo decir entonces que sos el segundo rubio más rubio amigo que tengo en el barrio...

—¿Y cómo es eso?

—El primer amigo que tuve acá fue Tommy, y ahora vos.

—¡Sí! ¡Ya podemos armar nuestra propia logia Delta Nu! —rio Sebastián.

—Que aparato que sos...

Sin darse cuenta, el dueño del bistró francés había tomado un vaso de vidrio al que le había estado pasando poco más de cien veces un paño de algodón que estaba sobre la barra.

—Bueno, me voy a ir porque si no a ese vaso lo vas en convertir en arena de tanto pasarle ese trapo. No te quito más tiempo, ¡chaucito! —exclamó Sebastián saliendo del local.

—¡Au revoir! ¡Y gracias por la compañía! —se despidió Olegario.

—Gracias a vos por escucharme, anoche y ahora; en verdad sos muy copado...

—¡Ah! ¡Veo que ya no me decís más que tengo mala onda ni nada de eso! —respondió con una risa el hombre de pelo castaño.

—¡Adiós Oleg! —Sebastián cerró la puerta al salir y le dedicó una última sonrisa tan blanca como el azúcar de los recipientes que se hallaban sobre las mesas del restaurante.

Cruzó la plaza, y caminando a un paso lento pero firme, fue observando los negocios. Al llegar a una especie de pequeño centro comercial se detuvo a ver las vidrieras de los negocios que mantenían el mismo estilo que las casas de madera, solo que pintados en distintos colores, entre los que se destacaba una pastelería. Allí se encontraban las dos chicas de pañuelo rosa en la cabeza que había conocido la noche anterior en la Sociedad de Fomento. Con ceñidos delantales del mismo color que sus pañuelos, se movían como si fueran robots coordinados para complementarse. Incluso parecían estar suspendidas en el aire detrás del mostrador que exhibía sus mercancías.

Al lado de la pastelería había una librería digna de cualquier ciudad importante, y casi llegando a una esquina había un pequeño bar semejante a una cantina irlandesa, que funcionaba como punto de encuentro. En el extremo opuesto, el famoso puesto de diarios del difunto Don Manuel, había sido renovado por sus nuevos dueños, manteniendo el estilo que el abuelo de Luciano había sabido darle.

Negocios de ropa se intercalaban con tiendas de regalos, la estafeta postal, un mercado de verduras orgánicas, una carnicería, y más allá una panadería.

Continuó caminando, y a poco más de cuadra y media de llegar a su casa, se detuvo en un pequeño bosquecito, el cual era un lugar de descanso parecido a una plaza. Se sentó un momento sobre un tronco caído que había sido tallado para darle forma de banco, y desde allí observó como el pueblo que no era un pueblo, se movía en cámara lenta.

Su mirada se detuvo frente a un árbol que le habían dicho que tenía más de cien años al que miró como si fuera un gigante dialogando con un elfo. Levantó su mirada a la copa del roble y suspiró:

“¿Me acostumbraré a vivir aquí?”.

CAPÍTULO 8
HACIENDO UNA RUTINA

Una vez que Sebastián se había encargado de las tareas domésticas de la casa, separó su ropa deportiva con la intención de salir a correr y de paso anotarse en el gimnasio “El rincón enfierrado”.

Un short de correr negro, zapatillas de running, medias invisibles blancas, una remera en color gris con letras blancas y una muñequera de toalla completaban el outfit con el que Sebastián salió a trotar por las calles del barrio.

—¡Buen día! —lo saludó la primera persona que cruzó en la calle.

—¡Buenos días! —respondió Sebastián.

—¡Buen día, chico rubio! —gritó una joven que corría con en sentido contrario al de Sebastián.

—¡Buen día! —devolvió el saludo el hombre de pelo amarillo.

Así, cada persona que cruzaba lo saludaba y él les retribuía el gesto. Esto lo hacía sentirse bien pues más allá de ser un recién llegado, las personas lo habían recibido a él y a su hijo como si los conocieran de toda la vida.

Al llegar donde se encontraba el gimnasio, se detuvo a observarlo un tanto impresionado: era una especie de galpón de madera con la forma de un cubo y de no ser por la enorme marquesina que tenía enfrente con la leyenda “El rincón enfierrado Gym”, podría haber pasado por un depósito, un granero o un corral de animales.

—Bien, aquí voy —dijo con un suspiro.

—¡Viniste man! —gritó con una sonrisa el joven musculoso que había conocido en la reunión y que lo recibió a Sebastián con un abrazo que por poco le hace explotar los pulmones.

—Sí, vine; y si no me muero aplastado contra vos, tengo ganas de entrenar.

—¡Ese es un hombre con sentido del humor! Vení que te muestro el lugar. ¿Y el pequeño Sebas junior? No cabe duda que es tu hijo, ¡es idéntico!

—Está en el colegio —respondió Sebastián, un tanto molesto porque el profe no dejaba de tocarlo como si tanteara los neumáticos de un auto.

Mauricio era así con todos sus alumnos. Se lo veía como un tipo muy relajado pero exigente a la hora de entrenar. Era un joven de unos treinta años, pero que debido a su físico aparentaba ser más chico. Era casi de la misma altura que Sebastián, y a diferencia de él, su pelo era bien negro y rizado, formando una melena prominente que el deportista mantenía continuamente mojada. De ojos grandes y nariz respingada, exhibía como si fuera un Titán sus bíceps, pectorales y todo aquel grupo muscular que dejaba traslucir con sus ajustadísimas remeras y calzas deportivas, que contrastaban con su calzado y un llamativo reloj que hacía las veces de cronómetro.

Como todo un coach profesional que era, —de hecho además de ser instructor daba clases de educación física en el colegio del barrio— tomó una lapicera, una suerte de carpeta de madera dura sobre la que apoyó una ficha y como si fuera un doctor comenzó a preguntarle a su nuevo alumno la información personal:

—¿Nombre?

—Sebastián

—¿Sebastián qué? Nombre y apellido completo por favor.

—¿Es necesario todo el nombre completo? —preguntó ofuscado el hombre de pelo amarillo.

—Sí —respondió el coach con la misma seriedad.

—Está bien: Sebastián Gervasio Lynch.

—¡Parece el nombre de un prócer! —bromeó Mauricio.

—Por eso no me gusta decirlo, siempre se burlan —Sebastián se cruzó de brazos.

—¿Edad?

—Treinta y siete.

—¿En serio?

—Sí.

—¡Me estás jodiendo!

—¡No! Es la verdad.

—Bueno, confío en tu palabra.

—¡Gracias por la buena onda de todas formas, profe!

Mauricio seguía tomando nota de toda la información del rubio papá, algo que algunos curiosos vecinos trataban de escuchar estirando su oído y haciendo callar a quienes hacían ruidos.

—¿Estado civil?

—Abandonado —bromeó Sebastián.

—¡Buena onda! —exclamó Mauricio—. Pongo entonces soltero. —¿Altura?

—Un metro ochenta y tres.

—¿Peso?

—Setenta y siete kilos, más o menos.

—¿Más o menos? —preguntó el joven.

—No lo sé, hace mucho que no me peso.

—A ver, vamos allá que hay una balanza —Mauricio señaló una puerta que daba a lo que parecía un cubículo.

—¿Qué es esto? —preguntó con curiosidad el rubio al ver que ese consultorio estaba vacío.

—Es la sala de masajes, o era hasta que dejó de venir la masajista —Mauricio no prestó atención al detalle de su alumno que observaba pensativo todo ese espacio—. A ver, subite a la balanza... sí, tenías razón, setenta y siete clavados. Vamos a poner setenta y seis por la ropa que traés puesta.

—De acuerdo —dijo Sebastián.

—¿Has hecho o hacés deportes?

—Sí, cuando estaba en la Capital iba a un gimnasio y salía a correr o los sábados nos juntamos con amigos a jugar fútbol, aunque hace mucho que no nos juntamos...

—Bien. ¿Tenés alguna alergia o alguna enfermedad?

—No que yo sepa

—Bueno, esto lo guardo para el archivo y lo que sí te voy a pedir es un apto médico, que teniendo en cuenta que empezás el lunes a trabajar en el hospital te lo harán allí.

—Sí claro, de todas formas para tu tranquilidad haré una rutina tranquila hasta tener eso. Y de paso haré lo mismo con Auri que vendrá a entrenar por las tardes.

—Buenísimo. Ahora armemos la rutina y bienvenido al “Rincón Enfierrado”.

—¿Profe, te puedo hacer una pregunta antes?

—Si, por supuesto —respondió el entrenador.

—¿Qué es eso del rincón enfierrado? Me da un poquito de miedo...

—¡Te asustaste, rubio! —exclamó Mauricio soltando una carcajada—, cuando instalé el gimnasio, le quise dar un nombre que lo identificara. Lo de “enfierrado” es por los fierros, pero en relación a las mancuernas, discos, etc.

—Ah... —se lo oyó suspirar a Sebastián— ahora me quedo más tranquilo.

—A todos los que vienen por primera vez al barrio les pasa lo mismo. Bueno, ¿Qué te parece si empezamos?

—Cuando vos digas, enfierrado.

De esta forma, Sebastián empezó oficialmente su rutina en el gimnasio que le permitió conocer a parte de la población que gustaba de llevar una vida sana o tonificar su cuerpo.

Además, mucha de la gente con la que hablaba, al enterarse de su profesión le hacía alguna que otra consulta y eso también le permitió ir armando una red de futuros clientes para el día que instalara su consultorio.


Sebastián estaba terminando su rutina, cuando el entrenador se acercó a conversar.

—Profe, ¿hay algún lugar copado para andar en bici o correr acá?

—Sí, Sebas. Te voy a hacer un mapita de los mejores senderos, pero el mejor está llegando a la laguna. Es exclusivamente aeróbico y es ideal para bicicletear o hacer running.

Sebastián se secó la cara con una toalla.

—¿Laguna? Pensé que era una joda cuando decían que este lugar tenía una laguna.

—Es que por eso vienen tantos turistas a pasar el día; solo que en esta época muy pocos van para allá.

—Qué interesante —dijo Sebastián—. ¿Y además de agua, qué hay para hacer allí?

—Hay botes para salir a dar un paseo o pescar; salen de unos pequeños muelles que dan a las casas de ahí.

—¿Allí también hay casas?

—Sí, es la zona más linda y exclusiva del barrio.

—Pensé que todas las casas y la gente acá eran iguales.

—Y es así, solo que las propiedades de la zona de la laguna son un poco más exclusivas y alejadas de la comunidad. Viven allí algunas personas de la ciudad que le escapan al quilombo y algún que otro vecino prominente de acá.

—Qué bueno, seguramente iré a visitarla y llevaré a Auri a que la conozca.

—Mirá, si vas de noche, en esta estación del año que es fresco, te conviene ir en el auto, pero en primavera o verano es ideal para caminar, se pone muy copado de noche.

—Buen dato.

—Ahora hagamos estiramiento y listo por hoy.

—Lo que vos digas, enfierrado —dijo Sebastián haciendo una venia con la mano.

CAPÍTULO 9
LA LAGUNA

Siguiendo el consejo de Mauricio, Sebastián salió del gimnasio y, viendo que todavía faltaban dos horas para que su hijo llegara, decidió ir a conocer la laguna, aprovechando además que el día estaba templado debido al sol que brillaba con toda su majestuosidad.

En su mente recorrió el mapa que su profe le había armado y al cabo de media hora se encontraba sobre el sendero que se abría entre hileras de robles, que como si fueran gigantes, custodiaban el paso de todos aquellos que disfrutaban del aire límpido de ese lugar.

En el trayecto cruzó a varias personas del barrio caminando hasta que finalmente llegó hasta otro sendero que cruzaba perpendicularmente, que lo hizo detenerse ante la magnificencia de un ojo de agua tan azul que lo dejó estupefacto.

Como si estuviera en un cuento, allí pudo apreciar lo que se asemejaba a una postal del sur argentino o de algún lugar parecido por la belleza y el esplendor de la naturaleza en estado puro.

—Esto no puede ser verdad —dijo Sebastián mirando el paisaje.

—¿Qué no puede ser verdad? —le contestó una voz que enseguida reconoció.

—¡Oleg!

—¡Qué hacés Sebas! ¿Trotando un poco?

—Sí, fui al gimnasio y Mauricio me contó de este lugar pero hasta que no lo vi con mis ojos no pensé que existiría.

—¿Viste que lindo es?

—¡Estoy fascinado!

La imagen mostraba un espejo de agua muy sereno, sobre el que se calaban una serie de pequeños muelles y que lo comunicaban con casas del mismo estilo que las del barrio, aunque un poco más grandes y más modernas.

Algunas aves que pasaban a vuelo rasante picoteando el agua marcaban el movimiento del cuadro que Sebastián estaba contemplando absorto.

—¡Reaccioná! —Olegario soltó una carcajada.

—Es que esto es realmente impresionante.

—Vení que te hago un recorrido —lo invitó a continuar el sendero que ahora rodeaba a la laguna.

—¿Y vos que hacés acá? —preguntó Sebastián mientras caminaban.

—A esta hora suelo andar por acá.

—Bien, cortás el día. —algo así —respondió Olegario.

Los dos hombres caminaban rodeando la laguna, donde Olegario le contaba la historia de cómo se había formado la misma y cómo esa zona era la más buscada por los turistas, sobre todo en épocas de calor.

—No imaginé que a los turistas que venían los dejaban meterse acá —dijo Sebastián.

—En realidad está controlado el acceso.

—¿Controlado? ¿De qué forma?

—Hay un cupo de acceso de personas a la “Aldea”. Para poder ingresar a esta zona, solo una cantidad mínima de gente puede venir, previa reserva con bastante anticipación.

—Entiendo, de esta forma preservan el ecosistema y la tranquilidad del lugar.

—Exacto, además de no molestar a la gente que vive aquí —Olegario se detuvo frente a una de las casas. La misma era una especie de cabaña gigante, hecha íntegramente de madera, con un techo de pizarra negra, y con enormes ventanales y paños de vidrio que la hacían ver como una obra maestra de la ingeniería.

—Qué casa tan linda, debe ser impresionante adentro —dijo Sebastián.

—¿Querés conocerla?

—¿Cómo?

—Te pregunto si querés conocerla.

—Sí, me gustaría —respondió Sebastián, acostumbrado a estar en un departamento de dos por dos en la Capital.

—Bueno, vení que te la muestro —dijo Olegario sacando una llave de su bolsillo.

—¿Vos vivís acá Oleg?

—Sí Sebas. En realidad tengo un departamento en la ciudad donde paso la mayor parte del tiempo; pero ahora que se acercan los días lindos, suelo venir acá.

Subieron una escalinata de madera clara que daba a un pórtico del mismo material. Las madera de colores claros se repetían en toda la fachada, por donde una serie de grandes vantanales de metal y vidrio eran los encargados de llevar luz natural a la estancia. Olegario abrió la puerta e invitó a entrar a Sebastián.

—¡Guau, alto rancho! —exclamó sonriendo Sebastián.

—Me alegro de que te guste —respondió Olegario sonriendo de la misma forma— ¿Te sirvo algo?

—Eh, sí; si puede ser un poco de agua fresca, te lo agradeceré.

—¿No querés algún jugo u otra cosa?

—No, la verdad que tengo que continuar después la marcha a casa así que solo agua.

El hall de entrada le dio la bienvenida con un cálido piso de roble de Eslavonia, a cuyos lados, una pared en tono gris claro y otra revestida con listones de roble, eran iluminadas por tenues lámparas de luces empotradas. Las mismas, resaltaban con un haz de luz una consola de chapa blanca y un jarrón de cerámica del mismo color que junto a dos cuencos de madera componían la sencilla decoración del recibidor.

Seguidamente, y caminando hacia la cocina, los amigos transitaron el comedor que era la contracara del living con el que compartía el ambiente. El mismo era una especie de salón gigante con piso de madera de listones de roble, sobre el que se apoyaba una mesa imponente hecha del mismo material, que estaba custodiada por sillas tapizadas en cuero gris.

A su lado se hallaba una biblioteca empotrada que solamente tenía algún cuadro y dos o tres adornos en color blanco. Dos lámparas colgantes con pantallas de lino gris iluminaban la mesa y convivían con una serie de spots direccionables en el techo.

Dos portamacetas metalizados, que contenían plantas de hojas verdes, daban un poco de vida al minimalista ambiente, donde altos ventanales protegidos por cortinas de gasa blanca, tamizaban la luz y otorgaban privacidad.

Sebastián se atrevió a correr uno de los paños de la cortina y se encontró con una majestuosa vista a la laguna, que partía desde el pequeño muelle que nacía en la vereda de la casa de Olegario y se perdía unos metros más adelante en el agua.

—Esto es impresionante Oleg, te felicito.

—¿Te gusta?

—Sí, el lugar tiene muy buen gusto y es acogedor, y la vista es magnífica.

Algo similar ocurría en la cocina, pintada íntegramente de blanco; siendo el ambiente que más equipado estaba. Ollas antiguas, delantales, utensilios y cajones que contenían frutas y verduras fueron algunas de las cosas que Sebastián pudo observar.

Una serie de artefactos de última generación se mezclaban con aberturas de demolición prolijamente lavadas y conectaban el interior con el exterior, dando paso a una amplia terraza de madera, la cual desde un extremo tenía vista al profuso bosque de robles y del otro tenía la magnífica la laguna.

Allí, en épocas de verano, Oleg solía juntarse los fines de semana o cuando la ocasión lo ameritaba con sus amigos, donde hacían asados y distintos cortes de carne, en una portentosa parrilla ubicada en un extremo de la terraza; a cuyo lado se hallaba un horno de barro, que cumplía las funciones de horno pizzero o de pan.

—Creo que esta cocina tiene tu espíritu, mi amigo —dijo Sebastián mientras Olegario sacaba una botella de vidrio verde que contenía agua mineral.

—¿Vos decís?

—Sí, todo lo que hay acá grita tu nombre, creo que es un resumen de tu personalidad, de las cosas que te gustan y que te hacen sentir bien.

—¿A ver? Quiero saber cómo llegaste a esa conclusión —dijo el chef, modelo y empresario, sacando dos vasos de vidrio labrado de un mueble de campo.

—Empezando por las dimensiones del ambiente, es evidente que la cocina es el lugar de la casa que más te gusta y donde más tiempo te agrada pasar.

—Es cierto —Olegario le entregó un vaso de agua que transpiraba de frío.

—Y la combinación de todo lo que es aparatos modernos, junto a lo viejo como esos cajones de madera que se ve que eran de gaseosas y ahora los usás para guardar verduras, me dan la impresión de que sos alguien sencillo, que no se complica.

—¡Apa! —exclamó Olegario—. Además de kinesiólogo resultaste un poco psicólogo.

—¡Oh no!, digo solo la lectura de mi observación.

—¿Y qué más ves acá?

—Veo que la terraza con esa linda mesa y sillas de exterior, y la parrilla que se ve la usás a menudo, dicen que te gusta mucho compartir con tus amigos, que sos cultor de la amistad. ¿Me equivoco? —Sebastián le dio un sorbo a su vaso.

—No, para nada. Y ahora que ya me conocés un poco más, una noche de estas podemos hacer algo. Un asado, pizzas, no sé…

—Yo me ofrezco a amasarte unas pizzas, y las hacemos en ese horno de barro que tenés afuera y que tiene una pinta bárbara.

—Buena idea.

—Es todo lo que te puedo ofrecer, pues para el asado mucha mano no me doy, excepto para prender el fuego —dijo Sebastián riéndose.

—Bueno, vamos que te muestro el resto de la casa —dijo Olegario, caminando con su vaso en la mano, gesto que imitó Sebastián.

Un llamado a su teléfono lo detuvo. Olegario sacó el celular del pantalón y su expresión cambió completamente.

—¡Hola! Sí Andreé, te escucho, hablá despacio. ¿Qué? ¿Y ella, cómo está? Bueno, voy para allá ya mismo.

—¿Pasó algo? —preguntó Sebastián.

—Sí, parece que Patti quiso sacar algo de la despensa, se cayó y parece que se lastimó la muñeca, así que voy al local para llevarla al dispensario de primeros auxilios.

—Voy con vos. Quizás pueda ayudar en algo.

— Bien, gracias, Sebas.

Olegario tomó las llaves de su auto, y junto a Sebastián salió como un cohete recién disparado rumbo al bistró.


—¿Cómo estás Patti? —preguntó Olegario al llegar a su negocio.

—Bien, Oleg, no es para tanto —Patricia tenía una bolsa de hielo en la muñeca y Andreé se la sostenía.

—¿Puedo verla? —Sebastián le tomó suavemente la mano que mostraba la muñeca de la joven con una creciente hinchazón.

—¿Qué te pasó?

—Me subí a la escalera para bajar la caja de edulcorante y perdí el equilibrio, y cuando iba cayendo me alcancé a apoyar con la mano.

—¡Maldita vida sana! —exclamó Sebastián con una sonrisa—. ¿Te duele si hago esto? —preguntó mientras le doblaba la mano.

—No.

—¿Y si hago esto? —le rotó la muñeca hacia un lado.

—¡Ay, la puta madre, ahí si me duele! —se quejó la joven.

—Lo imaginé por la hinchazón. Tenés un esguince —dijo Sebastián.

—¿Y eso es malo?

—Es mejor que quebrarse, pero por unos días vas a tener que estar quieta, tomando calmantes y luego seguramente habrá que hacer recuperación. Vamos que te llevo al dispensario —dijo Sebastián.

—No Sebas, ya estás haciendo demasiado, y es mi responsabilidad —se apresuró a decir Olegario.

Sebastián miró a su amigo y haciendo caso omiso continúo con su tarea.

—Dejame a mí, yo me voy a entender mejor con el médico que la atienda, y vos acá vas a ser de más ayuda para Andreé y los cocineros.

Olegario asintió.

—Supongo que tenés razón, llevate mi auto y teneme al tanto de todo. Patti, avísame cualquier cosa que necesites, estás en buenas manos.

—Lo sé Oleg, quedate tranquilo que te aviso —dijo la joven dándole un beso en la mejilla a su jefe.


Pasó poco más de una hora cuando Sebastián regresó al bistró, el cual tenía una importante cantidad de público. Olegario y Andreé se veían ajetreados en el salón, mientras que los cocineros trataban de sacar lo más rápido posible los pedidos, muchas veces llevando ellos mismos los platos a las mesas.

—¿Y, Sebas? ¿Cómo está Patti? —preguntó Olegario.

—Está bien, se hizo un esguince y la muñeca se le hinchó bastante más. Le dieron un medicamento, tiene que ponerse hielo y por dos semanas no podrá esforzar la mano, por lo que la mandaron a su casa y le hicieron este certificado.

—Lamento que esté así, más tarde la voy a llamar.

—Sí, ahora no te lo recomiendo porque con la dosis que le dieron seguramente ya estará durmiendo, me tomé la libertad de llevarla a su casa. En un par de días habrá que empezar rehabilitación y como es tarea de un kinesiólogo ya arreglé con ella para que vaya a casa por la tardecita, luego que yo vuelva del sanatorio.

Olegario lo miró y le dedicó una mirada de agradecimiento. Se acercó al rubio y lo abrazó.

—Gracias, Sebastián, en verdad sos un gran tipo.

—¡No es para tanto! Es lo menos que podía hacer. ¿Y cómo están ustedes acá? Se los ve bastante atareados.

—Sí, parece a propósito —dijo Andreé haciendo equilibrio con una bandeja—, ni bien se fueron ustedes empezó a caer gente.

Y el lugar en verdad desbordaba de público, lo cual no era normal para un día de semana a esa hora, sin embargo, Olegario tenía un equipo de gente competente trabajando para él, a lo que se sumaba que era un muy buen líder y un gran compañero con el que los empleados podían contar para lo que fuera. En medio de la charla y del ruido de platos sobre bandejas, una cabellera tan rubia como la de Sebastián apareció en el umbral de la puerta.

—¡Hola, chicos! —saludó Aurek al entrar.

—¡Hola, Auri! —dijo su padre yendo a su encuentro. Le dio un beso en el pelo —¿Qué hacés acá?

—Bajé de la combi y te vi —respondió su hijo mirando con asombro a su papá.

—¿Por qué me mirás así?

—¿Esa es la ropa deportiva? ¿Todavía estás entrenando?

—¡No, es una larga historia! —dijo su padre—. La versión resumida es que Patti se esguinzó y por unos días no viene —mientras hablaban se corrían para darle paso a Oleg y Andreé que iban y venían, puesto que al accidente de la encargada, además se sumaba que otro de los mozos estaba de vacaciones.

—¿No querés que te dé una mano acá? —le preguntó Sebastián cuando en uno de sus viajes Olegario pasó por al lado de él.

—No Sebas, ya hiciste bastante. A propósito, ¿qué te debo?

—¿De qué hablás?

—Tuviste gastos me imagino, o tu tiempo, no sé.

—Nada, en absoluto; olvidate.

—¿Qué te parece si te ayudo con algo, al menos hasta que tengas todas las mesas atendidas? —le preguntó Aurek, mirando a su padre que asentía dado que seguía entrando gente al lugar.

—Es una buena oferta, Oleg —dijo Sebastián—. Auri trabajó el verano pasado en el restó de un amigo, cubriendo las licencias por vacaciones de la gente, así que conoce bastante el movimiento.

—¿En serio? —preguntó Olegario—. ¿Te animarías?

—Por mi parte no tengo problema —dijo Sebastián.

—¡Bueno, prometo liberarlo temprano, Sebas! —Oleg inspiró profundamente y soltó el aire como si se quitara un peso de encima.

—Mañana es el día del maestro y no tengo clases papá; así que tampoco tengo que levantarme temprano.

—Está bien, bueno, chicos, que les sea leve. Oleg, acá te dejo las llaves del auto y Auri, no hagas cagadas —Sebastián le dio un beso a su hijo y caminó hacia la salida.

—¡Calmate viejo! —exclamó Aurek mientras se calzaba el delantal que había dejado Patti. Luego fue al encuentro de Andreé quien le explicaría el movimiento del lugar.

Sebastián salió del local con su andar derecho y su paso largo y moderado rumbo a su casa; con la intención de bañarse y continuar con sus tareas hogareñas cuando Olegario, saliendo detrás de él lo detuvo. Lo sujetó del brazo.

—Esperá, esperá un poco.

—¡Esto ya parece una rutina ensayada o un déjà vu! Hoy ya tengo provisiones así que no me vayas a dar un desayuno como el que me diste anoche, por favor —Sebastián rio.

—Solo quiero darte las gracias por todo —Olegario dijo esto con una mirada tan sincera y profunda que Sebastián, se sintió intimidado, una vez más.

—Por nada, y en todo lo que pueda ayudarte, contá conmigo —Lo abrazó tiernamente.

Pero no fue cualquier abrazo. Esta vez tuvo un significado distinto.

Cuando se soltaron se miraron fijamente.

Ambos se veían abrumados.

Se sentían diferentes.

No sabían que estaba pasando.

—¡Bueno, no me mires de esa forma que voy a terminar partiéndote la boca de un beso! —bromeó Sebastián.

—Que boludo —dijo Olegario en voz baja. Un rubor que había nacido en el cuello se extendió por todo el rostro—. Cuando terminemos acá, lo llevo a tu casa a Auri.

—Te lo voy a agradecer, y avísame cuando estén por salir así los espero.

—De acuerdo —respondió el chef regresando a su local.

Sebastián cruzó la calle y al llegar a la vereda de la plaza pateó unas hojas secas. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos de su campera deportiva, en medio de la tarde que ya empezaba a caer. Desde detrás de la puerta de vidrio —al igual que la mañana que Sebastián desayunó con él— el dueño del bistró lo observó alejarse, hundido en vaya a saber que pensamientos que volaban dentro de su cabeza, hasta que Andreé llamándolo, lo volvió a la tierra.

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