Kitabı oxu: «Mientras todo transcurre»
Primera edición: julio de 2021
© Copyright de la obra: Lola Martínez Lorenzo
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-123754-4-2
Código ISBN digital: 978-84-123754-5-9
Depósito legal: B-8425-2021
Corrección literaria: Teresa Ponce
Maquetación: Celia Valero
Imagen de portada: Lola Martínez Lorenzo
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»
A la vida, que no siempre es justa
Índice
PRIMERA PARTE
I. Klaus y la angustia
II. Los sueños reincidentes
III. La misión de Ángela
IV. Desafío a la memoria
V. La cotidianidad y los sueños
VI. Revelación
VII. Desalojo inminente
VIII. Y también la vida
IX. La suerte está echada
X. Sobre la tumba
XI. El compromiso de José
XII. La madame de Badajoz
XIII. Se casan
XIV. Parte Juan Corví
XV. Confusión y desorden
XVI. Aparece Crisanda María
XVII. La debilidad vence
XVIII. El éxodo de José
XIX. Las confesiones
SEGUNDA PARTE
XX. Aparece Águeda
XXI. Nuevo destino
XXII. La memoria de Silvana
XXIII. Víctor y Águeda se encuentran
XXIV. La realidad no se detiene
Prólogo
No eran los personajes más relevantes, como tales, de esta historia, pero sí imprescindibles. Su misión, determinante para sacar a las almas de su deambular penoso. Concluida, se fundió como la niebla dando paso a un amor primitivo, de esos a primera vista. El destino había unido a Águeda y Víctor después de vivir por separado una extraordinaria experiencia, en unos momentos cuando la vida brotaba con ilusiones de juventud. Lo que en un principio no empañó el arrebato de su pasión, apareció pronto minando el temple del inmaduro Víctor. Ahora, transcurrido el tiempo de semblanzas, tenían la ocasión de reconducir sus vidas.
Primera parte
I
Klaus y la angustia
Tras la ventana, frente al descuidado jardín que le separaba del mundo, Klaus permanecía impasible presa de su obsesiva inquietud.
Instalado en su vaga esperanza, aceptaba con poca sumisión la inexistente posibilidad de huir de aquella población alemana, en plena guerra que le era ajena. Un enérgico gemido desde el dormitorio lo sacó del enajenamiento, volvió a escudriñar las manidas hojas del calendario del año 1941, casi un año sin renovar, donde ya no cabían anotaciones inútiles, antes de entrar con desgana en la habitación donde Anna permanecía en la cama como siempre; como desde hacía un año por estas fechas, a raíz del trágico suceso cuyas graves secuelas la retenían encamada y presa de una depresión permanente. Anna ya no podía cobijarse en aquella quimera. Frustrado el embarazo, enferma y hundida anímicamente, su intención de atarle para siempre había fracasado. Ya no existía el compromiso que pudiera retenerle a pesar de las crudas circunstancias que latían afuera y que parecía ignorar al resguardo de aquella casa a la que solo llegaban los ruidos de los bombardeos y de las sirenas. Por retenerle, Anna se había hecho el firme propósito de no levantarse jamás, pero la infección derivó en complicaciones graves y sus maquinaciones cobraron una fuerza real. Klaus vagaba por aquella casa como un muerto, convencido de que Anna era capaz de todo por conseguir sus fines. No podría liberarse de toda la angustia que arrastraba desde que supo que la documentación, que ella misma le había conseguido y que le permitiría moverse sin ser detenido por su condición de judío, la guardaba Ángela, la única hermana de Anna, en su casa.
Klaus, plantado como un pasmarote frente a los turbios cristales, cobijado de los peligros, hacía y deshacía planes absurdos que caducaban como el día, sin más horizonte que la pared del jardín.
La resistencia era la venganza de Anna. Solo le quedaba ese placer, verle preso a su merced. Retenerle sería ya el único objetivo de su vida. Desde esa cama como una tumba, cada vez más apelmazada; perseverando en la perenne obstinación y el aguante más acérrimo, controlaba sus movimientos.
Sobre la mesa del regio despacho, una carta iniciada; una misiva para cuando estuviera muerta. La impaciencia empujaba a Klaus a llevarla a término como si de ello dependiera el plazo vital, pero ella permanecía viva a pesar de las complicaciones. Cada mañana un ronquido asemejado a una protesta anunciaba otra jornada de hastío. Los lamentos y amenazas de Anna, otro día, volvían a hacer trizas la esperanza de cambio. Su obstinada persistencia tenía más fuerza que todo el cansancio y tedio que él arrastraba.
Después de haber puesto en orden las cuentas de la familia, Klaus usaba el despacho a hurtadillas gracias a que la cerradura estaba rota; era una forma de conservar un ápice de su maltrecha dignidad. El mobiliario decía mucho de la clase perfeccionista y fría del hombre que lo había usado en otro tiempo. Detalles como la esvástica dentro de un círculo blanco sobre fondo rojo, y un principio nazi, enmarcado sobre la mesa. En el otro extremo dos fotografías del Führer. En una de ellas, en la que aparecía con el brazo extendido al frente, una frase manuscrita: «Vino a salvar al pueblo del mal»; en la otra se le veía en la tribuna en pleno discurso en olor de multitudes. Otras en las que el general aparecía marcial y en actitud grave o en compañía de otros militares de su rango ocupaban uno de los estantes de la librería, donde los libros más pequeños permitían su ubicación. En ese espacio al que solo él tenía derecho, ni una foto de temática familiar; como si el mundo del general se redujera a su pasión por Hitler y dedicación absoluta al régimen. Un espacio que siempre fue prohibido a su esposa y sus hijas, y que a su muerte Ángela se encargó de preservar.
Sobre la cama, cubierta tan solo por aquel camisón, arrugado y pardo, húmedo por el sudor, Anna ofrecía un aspecto de abandono y desgana. Klaus no quiso acercarse —ni siquiera hizo un esfuerzo como gesto de compasión— más allá del marco de la puerta. ¿Cómo podría yacer con aquel desecho de mujer? Esa sensación de asco pudo más que cualquier propósito que Klaus hubiera podido hacerse y que ya no era capaz de mantener. Ella, sin claudicar en su empeño de someterle, reclamaba a cada momento su presencia pidiéndole que se tumbara a su lado. Imperativamente al principio; sucumbiendo tras desfallecer ante su propia indefensión, lo pedía con más ponderación después. Él esquivaba siempre que podía su caprichoso requerimiento, seguro de que, si cedía a su exigencia, después vendrían sus asquerosas caricias que ya no toleraba, como tampoco su fétido aliento insufrible.
Toda la aspiración de Anna era obtener de Klaus cariño y atenciones; aunque le sentía cada día más distante, no valoraba la alternativa de echarle. Aquel hombre inconveniente con el que se tropezó por casualidad y al que no se resignaba a perder significó materializar la ilusión de tener un hombre en su vida. No sabía si aún seguía amándole, si alguna vez lo había amado, pero eso ya no era relevante.
Klaus se sentía preso del cerco insoportable que conformaban aquellas paredes habitadas únicamente por la desidia de unas vidas condenadas a la amargura de una resistencia vacía. Que ella hubiera ocultado su origen judío y le protegiera no podía darle un derecho vitalicio sobre su persona, pensaba desesperado. Pero así era y seguiría siendo mientras tuviera fuerzas para arañar a la vida ganando días a la muerte. Los únicos y mezquinos intereses de Anna se limitaban a conseguir su sometimiento bajo el control férreo de Ángela, su hermana.
La vida de Klaus antes de que su mundo se redujera a aquellas paredes la presidía el olvido. Ni siquiera guardaba en sus recuerdos una voz ni una sonrisa, ni un olor, ni un mal sentimiento. Nada era su pasado, borrado desde el día del accidente en la librería. Nada seguía siendo su vida instalado en un presente que soportaba como una condena en el más absoluto hastío. Aun así, debía agradecer a las dos hermanas el cobijo que le aislaba del peligro, de cuya magnitud ni siquiera era consciente. Antes de los incidentes Klaus, un hombre tranquilo sin mucha ambición, llevaba las cuentas de dos negocios de alimentación que funcionaban muy bien, hasta que una mañana se sorprendió con una pintada en uno de los establecimientos en la que ponía «no compren aquí, son judíos». Ya se habían dado altercados, pero le puso en guardia que despidieran a su hermano, maestro en una escuela pública donde era muy apreciado. Después vinieron las detenciones de amigos. No había esperado a que llegaran a su casa cuando entraron los soldados en su edificio pidiendo la documentación a los vecinos. No tenía que velar por nadie, nada le ataba. Un impulso le animó. Salió por la ventana y empezó a correr.
Mientras intentaba librarse del sentimiento de culpa que a veces atenazaba su conciencia, Klaus permanecía erguido ante la ventana que le separaba y protegía del ceniciento y agitado mundo que discurría tras el muro del arruinado jardín. Un resplandor que rompió la oscuridad le alertó. ¿Qué era esa figura tan próxima? ¿Se estaría volviendo loco entre aquellas paredes? Aquella sombra recortada por la luz de la luna, poblando el jardín despoblado, caminaba impenitente en círculo; se detuvo y enfiló en línea recta hacia la ventana. El aterrador rostro, rozando el cristal al otro lado, tenía ese toque frío, esa mirada inquisidora y escalofriante que solo la muerte es capaz de otorgar. Klaus dio un paso atrás y se abrazó a sí mismo tratando de atajar al corazón y los deseos irrefrenables de gritar. La sombra desapareció entre las brumas; el jardín volvía a convertirse en un espacio de tinieblas donde se detenía la vida.
—Klaus, ¿no duermes? ¡Ven! —gritó Anna desde su cama, que era su presidio, como aquella sala de rincones oscuros lo era para él—. ¡Klaus, contesta! Sé que estás despierto. ¿Por qué no duermes? —Klaus se había tapado los oídos como gesto de liberación inútil ante las reiteradas llamadas de Anna.
Todo volvía a ser lo mismo. Aquella aparición escalofriante no consiguió alterar la monotonía. Todo seguía detenido, amarrado a un destino descarnadamente cierto.
—¡Porque te sueño! —respondió con sorna y asco, ante la expiación a que era sometido.
Se arrepintió de inmediato; el hastío de Anna debía ser tanto o más que el suyo propio, reconoció. Un sentimiento de indulgencia le despertó una sensación de culpabilidad. Recapacitó y consideró que un poco de caridad por su parte no estaría de más. Empezaba a vencerle aquella maldita situación insoportable. «¡¿Por qué no se muere?!», pensó casi en voz alta.
Confuso por la presencia al otro lado de la ventana, Klaus sucumbió a la llamada de Anna y no solo por caridad. Volvió a sentir algo que nada tenía que ver con la compasión. Ni él mismo entendía aquellos brotes de ternura inexplicables que creía soterrados. Cuando la conveniencia era más fuerte que la inapetencia, surgían como un sentimiento marchito que hacía soportable el momento. La cordura todavía le permitía aquellos gestos; la percepción de gratitud era su autodefensa, le ayudaba a sobrellevar las insufribles situaciones.
—Ya no hace falta, me he orinado en el suelo, ¡maldito! —dijo Anna con ira, para acabar sucumbiendo en un llanto apático—. Mi hermana tiene razón, ¿para qué te necesito?
Esto último lo dijo con un tono de claudicación, como vencida, despertando en Klaus un sentimiento de lástima que le hacía odiarse aún más. Pero inmediatamente recomponía su actitud soberbia que no le permitía bajar la guardia y continuaba insultándole furiosa.
—No te preocupes, Anna. Lo limpiaré, lo limpiaré ahora mismo —dijo intentando buscar su mirada para mostrarle una ternura sincera tan surrealista como el patético momento.
—Tengo frío. No puedo dormir. Me siento muy sola, ¿por qué no me acompañas?
Su tono imperativo había desaparecido. Mostraba una vulnerabilidad inusual; aunque siempre imperó la dura e impertérrita naturaleza cerril, ahora flaqueaba. Imploraba compasión, gesto impropio en ella. Había aprendido desde niña a controlar sus sentimientos, sus debilidades. Desde la más tierna infancia tuvo un buen preceptor, su padre; después, su hermana Ángela, tres años mayor, avezada en la misma doctrina, más fría e implacable. Impermeable a sentimientos inapropiados, nunca se dejó llevar por la compasión ni anidó en ella la ternura ni otro tipo de afecto que no fuese el estrictamente conveniente.
—Espera un poco, en unos minutos vuelvo —contestó Klaus con evidente poco interés por complacerla, con la esperanza de encontrarla después dormida.
Desapareció el llanto de forma tajante y su rostro contrariado se tornó severo y frío. Anna no podía permitirse claudicar ante las pasiones; no podía caer y abandonarse a sus propias miserias. Sus gestos, cada vez más duros, iban cobrando fuerza conforme su cólera aumentaba, dejando atrás unos momentos de debilidad en los que no se podía permitir caer. No existía tal proceder en el dogma de conducta que su padre les inculcó como la más ortodoxa de las actitudes ante la vida. Un militar de carrera ascendente desde el nombramiento del nuevo canciller; consecuente con su cargo en aquella Alemania que hervía, secundando y apoyando la incipiente monstruosidad que empezaba a perfilarse, hasta que la muerte repentina le sorprendió.
La ternura, la dulzura de su madre, nunca les llegó. No tuvo ocasión para hacerse un hueco entre los firmes fundamentos inquisitorios; no cabían los sentimentalismos en esa casa donde todo fue metódico, donde imperaba rigurosamente la marcialidad y la disciplina. La madre, una mujer sana cuya alegría natural se fue apagando, murió joven dejando el campo libre. Aquellas niñas crecieron sin el más mínimo accidente que enturbiara el propósito del severo y soberbio general, su padre. Se educaron bajo férreos y estrictos métodos donde no cabía la tolerancia ni condescendencia alguna fuera de las más rectas y precisas reglas de conducta intachable, tan necesaria —como a menudo repetía el general— para conducirse por la vida con derecho a respeto. El más mínimo gesto de feminidad, él lo convertía en frivolidad y escándalo.
—Estás impaciente por verme muerta, ¿verdad? Pero antes claudicarás tú —le dijo Anna inclinada sobre el lateral de la cama, vomitándole una retahíla de frases hirientes mientras, como un perro a cuatro patas, Klaus limpiaba los orines que su falta de oportuno auxilio precipitó.
Klaus, sumiso, habiéndosele despertado cierto sentimiento de culpa, miró tímidamente hacia arriba con recelo temiendo encontrar su colérica mirada que no podría sostener. Solo acertó a murmurar con recato:
—Lo siento, Anna, sabes que…
Sin dejarle terminar la frase, la extenuada mujer gruñó con apatía y se dejó caer en el centro del lecho húmedo, agotada, que no vencida, emitiendo un resoplido. Klaus, que hubiese deseado que le tragase la tierra antes que tener que soportar de nuevo los reproches de su mirada, salió en silencio buscando la liberación de la sala, su cárcel.
A la mañana siguiente Klaus acudió servil con el frugal desayuno. Otra vez obtuvo su perdón. Otra vez la extraña indulgencia casual de Anna le favorecía. De nuevo sería condescendiente y ocultaría a su hermana sus faltas. Aún alimentaba su ilusión y temía que Ángela le echara aprovechando la más mínima queja.
¿Para qué sustentar aquella presencia fútil que solo reportaba gastos?, argumentaba Ángela deseando deshacerse de aquel parásito. En vano todos los intentos de disuadir a su hermana de su acérrimo empeño de protección. Anna se aferraba a la única ilusión y le defendía ante ella; aún albergaba esperanzas.
Cada día, a las cinco y diez en punto de la tarde, Ángela acudía con su infalible puntualidad. El objetivo de su regular visita, además de recoger la ropa sucia de Anna, de la que ella se ocupaba, era comprobar si todo iba bien; si él seguía atento y pendiente a los requerimientos de su hermana, que se pudría en aquella cama sin ánimo alguno para salir de la rutina insoportable a la que se había aferrado como único asidero, soportando la vida. No era su salud la preocupación primordial de Ángela; se trataba de estar a la altura de un proceder correcto lo que la movía, pensaba Klaus, convencido de que solo atendía escrupulosamente una misión de espionaje: corroborar que un día más él estaba pendiente, como un guardián, estoicamente atento a sus necesidades y caprichos. Ángela, depositaria de su documentación falsa, solo se la devolvería el día que su hermana lo autorizara y ella misma lo estimase conveniente ―o sea, nunca, pensaba Klaus, desesperado―. Tras los exactos quince minutos de rigor, Ángela salía de nuevo por la puerta del dormitorio taconeando los once exactos pasos de siempre, ni uno más ni uno menos, hasta la sala donde él permanecía atento a la improbable novedad. Como todos los días, hacía una leve pausa a modo de despedida con la misma frialdad, con el mismo escueto saludo de todas las tardes, y se marchaba sin esperar respuesta ni comentario alguno por parte de Klaus. Como cada día, hasta el siguiente, que volvería de nuevo con su agria presencia y su aspecto rígido y arisco; su pétrea mirada despectiva; su actitud de insoportable altivez y desprecio que no se molestaba en disimular; sin la más mínima conmiseración ante la desesperada situación de Klaus.
Ángela tenía una bonita figura que sabía lucir a pesar de la sobriedad en el atuendo. Su rostro anguloso, donde prevalecía la marcada barbilla, no dejaba protagonismo a sus duros ojos hostiles, al contrario que en su hermana. Aunque no destacaban demasiado, los ojos de Anna eran despiertos y vivaces; en ocasiones irradiaban cierta calidez, que, como un gesto equívoco, controlaba haciéndola desaparecer como si se tratara de un desliz al que no debía sucumbir.
Al principio, las visitas o inspecciones de cada tarde fueron un entretenimiento esperado para Klaus; se rompía la monotonía de todas las horas de encierro. Pronto aquel extraordinario movimiento engrosó la lista de los movimientos habituales que sin el menor estímulo ni esperanza motivaran sus días; un momento rutinario dentro del soporífero tedio interminable de cada jornada.
Ángela colocó bolas desinfectantes por los rincones del dormitorio. Cuando lo hizo en la sala donde Klaus dormía, comía, soñaba, lloraba —últimamente, mucho—, él permaneció sentado, impasible, con la cara entre las manos saboreando la novedad del movimiento. Ella le miraba cada vez que colocaba una, con actitud recriminatoria, tal vez reprochándole la falta de higiene que imperaba en la casa. Al marcharse, esta vez no fueron los once ininterrumpidos pasos que, como siempre, él esperaba adormecido por la musicalidad del usual compás. Esa tarde Ángela volvió sobre sus pasos y dijo algo a su hermana que él escuchó, pero no logró entender. No tuvo lugar la escueta despedida, tal vez para recuperar aquellos instantes, pensó Klaus con desconsuelo ante el desdén. No despertaba ni un atisbo de consideración en ella. Aunque falsa, la mínima atención era necesaria para no sumirle en la más absoluta humillación. Ángela siempre le odió. Tan solo le soportaba por respeto a la memoria de su padre, al que había prometido que no permitiría que su hermana pequeña, la más débil, se hundiera nunca en las tentaciones y miserias del desorden.
Klaus se había convertido en un parásito, así le consideraba Ángela desde hacía tiempo. Al principio, cuando se hubo instalado en la casa, las ayudó con los documentos que su padre había dejado sin resolver debido a su muerte inesperada. Klaus, que no recordaba nada de su vida anterior, demostró ser un buen gestor. Tal vez fuese contable, se le daban bien las cuentas y las gestiones administrativas; se desenvolvía perfectamente entre aquellos papeles que para las hermanas eran como un puzle. Solucionó en la sombra todos los asuntos de arrendamientos y otras gestiones pendientes dejándoles todo claro y resuelto. Ángela no consiguió convencer a su hermana para echarle. El exterior se recrudecía para los judíos y ocultarle era la forma de agradecerle su trabajo, argumentaba Anna conformándola con plazos que encubrían sus razones.
El sonido estridente del portazo de Ángela, al que Klaus nunca se acostumbraría, volvió a recordarle su condición de reo, reafirmándole en su tortuosa y doliente existencia. Sin otro entretenimiento, Klaus volvió a caer en el vicio de imaginar lo que sucedía tras la ventana. Más allá del abandonado y sombrío jardín, amenazaba con desmoronarse un edificio ruinoso perjudicado por los bombardeos, del que solo podía vislumbrarse la parte más dañada, cuyos escombros casi rozaban la balaustrada. A escasos dos pasos de esta, mostraba un abandono sin disculpa el pequeño promontorio de tierra torpemente aglutinada, bajo el que, a pocos centímetros del suelo, cubiertos de hojas y soledad, reposaban los restos del malogrado feto. Tan solo un difuso círculo de piedras colocadas arbitrariamente, con el propósito de perfeccionarlo después y que siempre fue aplazando, diferenciaba torpemente el lugar exacto donde enterró, la noche aciaga en medio de la confusión, aquel bulto que realmente le importaba muy poco y del que solo deseaba deshacerse. Empujado por el apremio y la estupefacción, había depositado aquellos restos sin un gesto de aflicción. ¿Cómo hubiese sido el curso de su propia vida de haber sobrevivido? Klaus se hacía estas conjeturas sin sentimiento alguno. Instalado en la desidia y tedio más absolutos, la fuerza de la costumbre acabó por normalizar lo que en un momento determinado había dejado para ultimar más adelante. El olor de la podredumbre había hecho saltar la valla a un perro hambriento que husmeó el trozo de tierra removido. Antes de descubrir el escaso bocado, Klaus tuvo el arrojo de espantarlo y reforzar el débil promontorio. Cada día, desde la ventana, miraba aquel rincón sombrío y los pesimismos acuciaban con más fuerza su mente confusa. Le costaba admitir que fuese un ser humano, su propio hijo —ni siquiera hubo reparado en aquellos momentos si era niño o niña; otro de los motivos de recriminación de Anna—, lo que se guarecía inerte bajo una fina capa de tierra a escasos centímetros del suelo. Con el tiempo le vendría bien considerarlo así; tendría algo serio, tangible, que custodiar; un punto cierto donde posar la vista, sin que despertara en él sentimiento fraternal alguno. El abandono de aquel rinconcito funesto desprovisto de inscripción alguna apenas removía su acomodada desazón.
Sin ser consciente de la dimensión que habían tomado los acontecimientos, no era valorado el acomodo que le separaba del peligro en aquella casa protegida de toda incursión. Liberarse, salir del confinamiento amparado por la seguridad de la nueva identidad, ocupaba su mente.
La vida no le esperaba, pero Klaus reptaba tras ella como un moribundo intentando arañar al tiempo. Aunque fuera cargado de sombras y de miedos, necesitaba dar sentido a sus días. A veces la conciencia le martilleaba ante el descarado desdén que mostraba hacia Anna. ¿Qué me cuesta ser un poco amable?, pensaba, a pesar de los insultos a los que últimamente encontraba justificación y del evidente desprecio reiterado que le profesaba Ángela.
—Anna, ¿estás despierta? ¿Quieres que hablemos? —dijo entrando en la habitación con actitud y voluntad conciliadora.
Anna lo miró con menosprecio. Su mirada era afilada, recelosa, aunque podría adivinarse un trasfondo de súplica que cada vez disimulaba menos. Sin apartar los ojos de la intranquila expectación que mostraba Klaus, rasgó su camisón por el escote dejando ver dos senos secos en reposo. Él la miró con desconcierto unos segundos, después fue directo hacia la cómoda para buscar otro camisón. Estos gestos, cuando menos, descorteses, exasperaban aún más el ánimo de Anna, que se retorcía literalmente en aquella cama a la que no dejaba de invitarle noche tras noche, apelando tristemente a un deseo ilusorio como único recurso para paliar el hastío al que ambos estaban sometidos.
Klaus intentaba recordar, pero cuando las imágenes someras y escurridizas acudían a su mente, con la misma facilidad y premura se esfumaban para siempre en el limbo de las cosas que no existen. Le asaltaba a menudo la imagen de aquella silueta fantasmal a través de la ventana. La imagen de aquel hombre con la cabeza partida por el golpe que él mismo le había propinado aunque no lo recordara, mirándole fijamente desde el otro lado del cristal.
Un instinto le llevó a revisar aquellos extraños papeles que guardaba como una incógnita de su pasado. Ello le hizo recordar aquel rostro, aquella mirada, aquella situación; aquel suceso absurdo que dio lugar a unas drásticas y nefastas consecuencias. Aquel hombre había irrumpido frente a él con una especie de machete amenazándole claramente. Klaus no podía recordar desde dónde, ni por qué, el desconocido se había dirigido directo hacia él con la mirada fija, sentenciadora. El acto reflejo más lógico fue propinarle un golpe en la cabeza con lo que llevaba en la mano, un objeto contundente que usó como arma fatídica, recordó con nitidez. Confuso, se creyó ahora salvado de la peligrosa circunstancia exterior. Se jactó por primera vez de estar bajo el cobijo de aquella seguridad dañina.
Klaus no lo recordó, pero, después de propinarle el golpe, había podido comprobar con estupefacción cómo se retiraba sigilosamente una serpiente, a su espalda. La intención de aquel hombre había sido evitar el ataque de la serpiente surgida de entre la leña, sin reparar en la impresión ni efectos que podría provocar el hecho de sacar su navaja en actitud defensiva. Él era el fantasma que ahora le asediaba tras la ventana impidiendo ser olvidado, y del que no podía recordar qué les unía ni por qué, acuciándole con sus reiteradas apariciones fantasmales. La mirada limpia y desconcertada de la víctima se había clavado en él, tras el certero golpe, presumiendo Klaus adivinar en ella el perdón, convencido de que el desconocido, en sus últimos momentos de consciencia, había tenido ocasión de entender la confusión que le llevó a actuar de una forma irreparablemente mortal. Pero esos pensamientos, los últimos que atormentaron la conciencia de aquel hombre, no fueron eximir de culpa a su indeliberado asesino. El desconocido, del que Klaus, ahora, no tenía la certeza de si lo era o no, había ido perdiendo la vida sin dejar de clavar en los suyos sus ojos tristes. Klaus se incautó de cuanto contenían sus bolsillos, que era muy poco: la documentación, un pañuelo sucio de bolsillo, unas monedas extranjeras, un currusco de pan duro y una nota casi ilegible por las dobleces y el trasiego. La intención no fue robarle, sino dificultar las pesquisas cuando se hallase el cadáver; que no fuera posible identificarle y nadie dedicase el más mínimo esfuerzo por buscar al asesino. Esa reflexión, bajo la presión del momento, dejó pronto de tener sentido. Lo lógico sería que con toda aquella confusión nadie reparase en el cadáver, pero, aun con todos los atenuantes que pudiesen disculpar el hecho, él no dejó de sentirse un asesino, sensación de la que pronto se deshizo. Supo, a través de la documentación incautada de su bolsillo, que el hombre era español, tenía treinta y cuatro años, se llamaba José y era hijo de Hilario y Agustina. Pensó en deshacerse de la documentación, que bien pudiese comprometerle; era mucho más conveniente ir ligero de papeles que pudieran perjudicarle, pero le acometió la desazón, la culpa de hacer desaparecer a una persona a todos los efectos. Como mínimo debía conservar sus credenciales; era lo único que prevalecería como memoria de aquel hombre con derecho a la vida que él segó tan fútilmente.
Este nefasto pasaje, recordado tras las apariciones a través de la ventana, dio sentido a la documentación que había guardado como un enigma, seguro de que no era la suya propia, perdida probablemente en el trasiego de la huida. Klaus, ante el estímulo y la esperanza que le producía relacionar aquellos documentos y la imagen espectral, acertó a evocar fugaces imágenes escurridizas en medio de una atmósfera con claro ambiente de sobresalto, donde el menor movimiento le ponía en guardia. Nada más. No pudo acordarse de qué significó o hubiera significado en su vida aquel hombre de no haber resultado tan fatal el desafortunado tropiezo.
Su memoria, anulada tras el fuerte golpe recibido en la librería, no alcanzó más dimensión. Intentó no pensar para no atormentarse por aquella muerte absurda que le convertía en asesino, pero el espectro, el cadáver que se le aparecía una y otra vez, lejos de suscitarle terror o enojo, le reportaba un confortable sentimiento de esperanza al proporcionarle una puerta a su pasado. Le alentaba que alguna imagen, un olor, una música o una sensación le abriera la capacidad más allá de los recursos de su mente; que otros recuerdos le ayudaran a salir de la angustia de la no memoria.
La inquietante imagen a través del cristal, relacionada con aquellos papeles que rescató de sus bolsillos, era el primer eslabón para recuperar su vida exterior antes de su confinamiento. Recuperar ese pasaje de su vida antes de que Anna les rescatara a Karina y a él en la librería suscitó un aliciente que le empujaba a buscar otras señales. Estaba seguro de que, si pudiera recorrer los alrededores, pisar las calles, contemplar los edificios…, con toda seguridad acudirían a su mente otros recuerdos que le llevarían a reconstruir su pasado, su vida. Llevó a la sala la pila de periódicos, bien ordenados por fechas, del despacho del general y se pasaba parte del tiempo ojeándolos en busca de pistas.