Kitabı oxu: «Fidel Castro»

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Loris Zanatta

Fidel Castro

El último “rey católico”


Conocemos la historia y la leyenda en torno a ella: desde mediados del siglo XX, la figura de Fidel Castro ha sido central en América Latina. Sus largos discursos se volvieron célebres, eran el evangelio de la lucha. La Revolución cubana fue un faro que guio a la izquierda de la región. En plena Guerra Fría, con el enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados Unidos, un régimen comunista a unos cientos de kilómetros de Miami era una afrenta difícil de tolerar. Un auténtico ícono marxista.

Pero acaso esto sea un muy aceptado y cómodo malentendido. Una revisión estricta del corpus ideológico de Fidel Castro, de su formación, de su vida, su universo moral y de sus escritos, tan cargados de ascética religiosidad, revela otra cosa: la base de su pensamiento es un catolicismo acendrado, fruto de la reaccionaria herencia hispánica de su familia, y de la decisiva educación de los jesuitas. Es sobre suelo, que será decisivo hasta su muerte, donde se asienta el marxismo. Eso explica mejor lo que combate y desprecia: la modernidad liberal, la democracia representativa, las libertades individuales, la economía de mercado. Y por sobre todas las cosas, Estados Unidos, quintaesencia de estos valores de raíz protestante que se extendieron a los países de Occidente.

En análisis brillante y exhaustivo, que es la vez una biografía de Fidel Castro y un ensayo histórico sobre Cuba y su influencia en América Latina, Loris Zanatta demuestra cómo se fusionaron en ese ideario el populismo latino de raigambre antiliberal, el comunismo y la utopía cristiana, y de qué manera signaron la vida de los cubanos bajo un estado totalitario y una economía de subsistencia. Al final de su vida, la prosperidad que la revolución habría de traer fue reemplazada por alabanzas a la pobreza evangélica y a la unión de católicos y musulmanes contra el pecado capitalista.

Zanatta, Loris

Fidel Castro : el último Rey Católico / Loris Zanatta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Diego Bigongiari.

ISBN 978-987-628-595-7

1. Biografías. I. Bigongiari, Diego, trad. II. Título.

CDD 920.71

Título original: Fidel Castro. L’ultimo “re cattolico”

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Primera edición: diciembre de 2020

Edición en formato digital: diciembre de 2020

© Loris Zanatta, 2020

© 2020, Gius. Laterza & Figli, All rights reserved

© de la traducción Diego Bigongiari, 2020

© de la presente edición Edhasa, 2020

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ISBN 978-987-628-595-7

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Introducción

  I. El español 1. El hijo 2. Oriente 3. Escuela y Dolores 4. Jesuita 5. Guerra y muerte 6. Yankee no 7. Politiquería 8. Universidad 9. Grau 10. Cayo Confites 11. Comunistas y ortodoxos 12. Martí 13. Bogotá 14. Prío 15. Batista 16. Causa y familia 17. Subversión 18. Chibás 19. ¿Colonia? 20. Golpe Notas

  II. El revolucionario 1. Doble vía 2. El fin de la juventud 3. Voluntad 4. Armas y política 5. Moncada 6. El obispo 7. La historia me absolverá 8. Equívocos 9. Isla de Pinos 10. El honor de Mirta 11. Enemigos por la piel 12. Amnistía 13. México 14. Dinero 15. Patria 16. Canossa, Texas 17. Granma 18. San Matthews 19. Drôle de guerre 20. Mito y realidad 21. Celia 22. Guerra santa 23. Fidelito 24. Gato y ratón 25. Dos guerras 23. Religión busca iglesia 27. Huelga 28. Gorros de piel en el Trópico 29. Dominus 30. Jaque mate 31. Cuba, 1958 32. Colapso Notas

  III. El redentor 1. Procesión 2. Milagros 3. Gobierno y poder 4. Constitución 5. Justicia y venganza 6. Enemigo búscase 7. Venezuela 8. Cuarenta y cinco días 9. Iglesia 10. Enemigos, enemigos, enemigos 11. Economía 12. Nixon 13. Tercera posición 14. Sudamérica 15. Reforma agraria 16. ¡Orden! 17. Urrutia 19. El ejército de la fe 20. Matos 21. Camilo 22. Sanciones 23. CTC 24. La Virgen 25. Biblia 26. Soviéticos 27. Coubre 28. Guerra civil 29. Prensa 30. Los hechos precipitarán 31. Revolución permanente 32. OEA y ONU 33. Ojos por doquier 34. Racismo 35. Iglesia en la cruz 36. Escambray 37. Diletante 38. Santurrón 39. El Estado totalitario 40. Escuelas 41. Trabajo 42. Seguridad 43. Cultura 44. Familia 45. Alfabetizar 46. Culto 47. Exiliados 48. Viva la guerra 49. Girón 50. El plan de Dios 51. Terror 52. El partido 53. Tres P 54. Casa quizá casa 55. Súbditos 56. Desarrollo 57. Vengar a Girón 58. Libreta 59. Marxista 60. Recesión 61. Muera Sansón 62. Mandarines 63. Contraorden 64. Misiles 65. Coexistencia pacífica 66. Octubre Notas

  IV. El sacerdote 1. Juntar los pedazos 2. Cabeza caliente 3. Depurar 4. Reforma de la reforma 5. Never ending story 6. Argel 7. Concilio 8. Moscú en primavera 9. Doctores 10. Psiquiatría negra 11. Dallas, 1963 12. A las armas 13. Flora 14. Dalia y Celia 15. Cuartel 16. Intelectuales 17. Negros a medias 18. Mujeres 19. Catequismo 20. Marxismo 21. Iglesia y partido 22. La historia terminará 23. Diez millones 24. Bovinos 25. Fe y riqueza 26. Casa hazlo tú mismo 27. Administrar 28. Medallas 29. Pirámide 30. Libertad 33. El año de la economía 32. Planes especiales 33. Mi tierra 34. Johnson 35. Quien siembra vientos... 36. UMAP 37. El oficio más antiguo 38. Rey campesino 39. Fabricar técnicos 40. Vivir en Cuba 41. Embargo o bloqueo 42. El Che 43. África oscura 44. Brézhnev 45. Santo Domingo 46. Escalation 47. Fideísmo 48. Escuelas en el campo 49. Quién se va, quién se queda 50. Tricontinental 51. Intriga china 52. Visiones 53. Olas 54. Vietnam 55. Consenso 56. Megáfono 57. Comunismo 58. Bolivia 59. Mito 60. Temporal 61. Sesenta y ocho 62. Microfracción 63. Ofensiva revolucionaria 64. El Hombre Nuevo 65. Praga 66. Zhdánov en Cuba 68. Sí nuke 69. Ciencia y progreso 70. Agua 71. Vuelos pindáricos 72. Hijo pródigo 73. Perú 74. Chile 75. Zafra Notas

  V. El guerrero 1. Liturgia de la palabra 2. Cardenal 3. Caballo 4. Libertad vigilada 5. Trabajar cansa 6. Nixon/2 7. Luna y miel 8. Gattopardo 9. Niña bonita 10. Espiar 11. Desviacionismo 12. Cuba de aquí, Cuba de allá 13. Jerarquía 14. La buena escuela 15. Allende 16. Cum grano salis 17. Rey de América 18. Fuerzas armadas 10. Casa todavía casa 20. Pobres e iguales 21. Vivir en Cuba 22. El beso de Judas 23. Fascismo 24. De Cuba al mundo 25. Compañeros 26. La nueva economía 27. Estado y partido 28. El oro por la patria 29. La moneda 30. No alineado 31. Ecologista por casualidad 32. Gotas de mercado 33. La historia soy yo 34. Potencia médica 35. Ilusiones perdidas 36. Dime con quién andas 37. Kissinger 38. Europa Felix 39. Angola 40. Por gracia recibida 41. Revolución en la revolución 42. Congreso y Constitución 43. Droga y dineros 44. En la cumbre 45. Guerra verdadera 46. Viento contrario 47. Vietnam, África 48. Cuerno de África 49. Internacionalistas 50. ¿Disenso? 51. Terror contra 52. Poder popular 53. Carter 54. Napoleón en Luanda 55. Hielo y deshielo 56. Llegará un día 57. Ex cathedra 58. Escaramuzas 59. Turistas por casualidad 60. Sandinistas 61. Des-alineado Notas

  VI. El mantenido 1. Púlpito 2. Mariel 3. Exiliados de por vida 4. Maldita Kabul 5. Atardeceres africanos 6. Go west 7. Contra Carter 8. Istmo 9. Vida aparte 10. Grietas 11. Pozo sin fondo 12. Economía drogada 13. Un pueblo sano 14. Un pueblo instruido 15. Un pueblo culto 16. Un pueblo de oro 17. MC 18. Chernóbil 19. Un pueblo disciplinado 20. Un pueblo puro 21. Retorno al futuro 22. Apartheid 23. Reagan 24. Adiós Istmo 25. Granada 26. Democracia burguesa 27. Deuda 28. Azúcar 29. Morir o escapar 30. Apocalipsis 31. Sida 32. Cárceles 33. Cangamba 34. Des-iguales 35. Caballo de regreso 36. Rectificar la rectificación 37. Fe 38. Gorbachov 39. Reagan bis 40. Si vis pacem 41. Cuito Cuanavale 42. Dólares 43. Está loco 44. Paredón Notas

  VII. El sobreviviente 1. Optimismo 2. Vade retro 3. Independencia 4. Sin muro 5. Extranjeros 6. Pirro pero feliz 7. Derrotas 8. Niños útiles 9. Salud enferma 10. Monarca absoluto 11. Panlatino de regreso 12. Washington consensus 13. Período especial 14. Plan alimentario 15. Hambre 16. A la escuela 17. La casa de los sueños 18. Viva China 19. ¡Y viva el papa! 20. Semper idem 21. Enfermo imaginario 22. Antisocial, ¿quién? 23. Excusas 24. Fuera de aquí 25. Burdel 26. Pecar, expiar 27. Ciencia 28. Peligro salvado 29. Cómo será 30. Clinton 31. Bancarrota 32. Quinto Congreso 33. Chávez Notas

  VIII. El profeta 1. Maduro 2. Resaca 3. Papa en Cuba 4. Rescate 5. Aislado no estaré 6. Estudiar cansa 7. Salud precaria 8. Nonatos 9. Identidad 10. Nadie se vuelve chino 11. La casta 12. Misioneros 13. Elián 14. Cosas jamás vistas 15. Rey y papa 16. Id y convertid 17. Transición 18. Venganza 19. Olimpíadas en Cuba 20. George W. Bush 21. Terrorismo 22. Primavera negra 23. Periodismo a la carta 24. Batalla de ideas 25. ¿Está lúcido? 26. Clima de infierno 27. Los mejores apóstoles 28. Orden cristiano 29. Trabajo ficticio 30. Ola rosada 31. Cultísimos 32. Sobre los espejos 33. Profeta por casualidad 34. Enemigo amigo 35. Papá Noel 36. ALBA 37. Y sin embargo se muere 38. Perlas de la corona 39. Comunidad orgánica 40. Varones, blancos, hispánicos 41. Verdad 42. Penas y gloria 43. Virtud 44. Viva la pobreza 45. Dios 46. Inquisición 47. Reflexiones 48. Tras bambalinas 49. Resaca/2 50. Perro que ladra 51. Eternidad 52. La política es religión 53. Santo enseguida 54. La vida continúa Notas

  Conclusiones

  Siglas y abreviaturas

  Bibliografía

  Índice onomástico

  Sobre la autora

Introducción

Fidel Castro quedará en la historia: no hay duda. Porque a su manera fue un personaje titánico. En el sentido que la impronta que deja es más profunda que aquella que permitía presagiar el lugar y la época en que vivió. Quedará en la historia, entonces, porque trasciende al tiempo y al espacio en que le tocó vivir. Es aquello que caracteriza a los Grandes, cualquiera sea el juicio. De ahí el enorme desafío de escribir la biografía: no se trata sólo de recorrer su larga y densa vida, sino de afrontar a través de ella los grandes nudos de la historia contemporánea, sin excluir ninguno. El emprendimiento hace temblar el pulso, pero para un historiador es fascinante.

Como si ello no bastara para tornar arduo el camino, otras dificultades lo obstaculizan. Dos, entre todas. La primera es que Castro no se limitó a vivirla, a su vida; la narró infinitas veces de mil modos: discursos, memorias, entrevistas, libros. Vivió la historia y vivió para la historia: fue por lo tanto el primer historiador de sí mismo. Y tan asiduo y persuasivo fue en dicha obra que todas las biografías terminan de una manera u otra por morder su anzuelo, por reproducir la imagen de sí que él creó. Como Ulises con el canto de las Sirenas, intentaré por lo tanto resistir; no olvidaré que es el objeto de mi estudio, no el ventrílocuo que habla a través de mí: cada uno en su lugar, a la debida distancia.

La segunda dificultad está en las fuentes: la materia prima del historiador. Parecen muchas, casi infinitas: bibliotecas enteras. Pero en realidad son pocas y a menudo, poco confiables. A través de los años se han acumulado fuentes diplomáticas, memorias, correspondencias, estudios de todo género. En apariencia no falta nada. Salvo la cosa más importante: el acceso a las fuentes cubanas, a las cartas de Fidel Castro, un tabú. Sólo de vez en cuando, cuando el gobierno cubano tiene motivos para confiar en el investigador y para creer que sus escritos lo pondrán en buena luz, sale algún documento de las salas secretas. Ello hace que el biógrafo de Castro se vea forzado a componer un inmenso puzzle uniendo infinitas piezas de materiales varios. El riesgo y la tentación es la de colmar los vacíos recurriendo a quien ya dijo y explicó todo: Castro. No es una casualidad. De hecho su imponente mole de palabras será la principal fuente de esta biografía: es justo y no hay modo de evitarlo.

Para complicar más las cosas hay un ulterior elemento: pocos personajes como Castro y pocos eventos como la Revolución cubana han creado y crean divisiones. Ello significa que cada singular evento de su vida fue objeto de luchas furibundas y que existan múltiples versiones de cada uno, por lo general contrapuestas. La vida de Castro, en breve, es un campo de batalla. Mejor por lo tanto ser claros: esta biografía no pretende desatar los muchos nudos irresueltos, o revelar secretos capaces de dirimir antiguas disputas. Un poco porque sería arbitrario, ya que faltan las fuentes para hacerlo, pero sobre todo porque no es lo que se ambiciona. Quien sueña scoop, no los encontrará aquí.

Y ya que se trata de ambiciones, hay otra a la cual renuncio gustoso: la objetividad, o la presunción de tal cosa. No porque no le tenga respeto y no intente cultivarla: mi empeño en tal sentido será riguroso. Pero porque por objetividad a menudo se entendió, en los escritos sobre Castro, un farisaico equilibrio entre lo que hizo de bueno y lo que hizo de malo, con dosis diferentes según los casos. Es un método que no me interesa. Lo que me interesa es comprender al personaje y su impronta en el conjunto: en suma, la naturaleza histórica del fenómeno. Será luego el lector, en base a sus gustos, valores y creencias, quien separará, si lo considerará necesario, bien y mal, justo y equivocado. Más que de objetividad, es cuestión de honestidad intelectual. A tal fin, no tengo dificultad en advertir al lector que no amo a la figura de Castro y que la amo aun menos tras haberle dedicado años de estudio. Pero atención: todo argumento es un espejeo y sé que si muchos encuentran en esta biografía óptimos motivos para serle hostiles, otros los hallarán para atizar la admiración. Al hacerlo, espero, ambos se verán forzados a considerar aspectos que antes no habían considerado respecto a lo que él representó. Este es, al menos, el auspicio.

¿Pero para qué sirve una nueva biografía de Fidel Castro que no revela aspectos secretos, alguien se preguntará a este punto? ¡Hay ya tantas! La respuesta está en el título: el último rey católico. No es una fórmula efectista para sorprender o entrampar, ni un spot comercial para vender: es la clave de lectura del libro, una clave de la cual garantizo la originalidad si bien de ella existan fragmentos dispersos en muchos escritos anteriores. Sé que muchos torcerán la nariz. Ya veo castristas enfurecidos: ¿cómo acoplar el ícono marxista-leninista a la herencia hispánica y católica? Y también anticastristas: hemos combatido toda la vida al comunismo de Castro y hételo ahora transfigurado en un monarca católico. No es serio.

Quisiera tranquilizar a ambos: Castro fue un comunista, un marxista-leninista. Él se definió así y no hay motivo para cambiarle la identidad que eligió. Pero el historiador no se limita a referir la historia como la cuentan sus protagonistas: sería un cronista. Frente a una figura tan imponente que impuso a todos un movimiento de simpatía o rechazo, no puede sino preguntarse por qué. Si una figura histórica asume tales connotaciones es porque encarna, a menudo idealizado, un ideal universal con el cual muchos se identifican y que muchos otros desprecian. Se dirá que en Castro tal ideal es precisamente el comunismo. Pero ¿qué comunismo? ¿De qué materiales intelectuales y espirituales está hecho el comunismo de un hombre que creció inmerso en un mundo plasmado por la catolicidad hispánica? ¿Qué visión del mundo tendrá, qué sistema de valores, cuál será el horizonte al que aspira?

La historia no repite nunca igual a sí misma, pero tampoco es jamás del todo nueva: se hace con los ingredientes que deja en dote el pasado. ¿Por qué maravillarse de que el comunismo de Castro, su universo moral y su sistema social estén embebidos de aquel antiguo legado? No es extraño que el monarca comunista del siglo XX sea heredero ideal de los monarcas católicos del pasado: creció en una isla que fue España durante siglos, en un ambiente familiar y social hispánico y católico. Tampoco lo es su reacción despreciativa a la difusión, en Cuba y en América Latina, de los valores y las prácticas del liberalismo anglosajón y protestante: el nacionalismo católico, antiliberal y anticapitalista, es un trazo común de la entera tradición populista latinoamericana, en la cual Fidel se inscribe a pleno título.

Cierto: Fidel injertó tal herencia en el tronco del nacionalismo cubano de José Martí y tradujo sus principios adaptándolos a la doctrina marxista, doctrina que en una óptica cristiana resultaba natural entender como la parábola del pueblo elegido, redimido del pecado siguiendo al Mesías que lo conducía a la salvación. Pero los pilares éticos y materiales del antiliberalismo castrista son aquellos de la cristiandad hispánica. El primero es la fusión entre política y religión: tarea del Estado, para Fidel Castro, es convertir a los ciudadanos a la única verdadera fe, a la ideología del régimen, a través de una catequesis capilar; el Estado es el primer apóstol. El segundo pilar es la impermeabilidad al pluralismo: nación y pueblo son para él organismos vivientes, cuyo estado natural es la unanimidad y la armonía; incluyen a todos y a todos asignan funciones pero el disenso y el conflicto son patologías que los minan: hay por lo tanto que extirparlos. El tercer pilar es el corporativismo: la sociedad castrista, como aquella cristiana de la colonia, está formada por cuerpos, las organizaciones de masas en las cuales está encuadrado cada cubano; el individuo sólo tiene los derechos que le confiere la pertenencia a un cuerpo, de otro modo queda excluido. Es un orden social donde el individuo está sometido a la colectividad sobre la cual vela la Iglesia, o sea el partido, garante de la ortodoxia y la unidad de la fe. Y sobre ello el rey, Castro, investido de los poderes temporales y espirituales. Pero es inútil colocar al carro delante de los bueyes: esta propuesta tomará forma página tras página. El lector podrá hacerle caso si la considera adecuada, o bien podrá pasarla por alto y leer el libro por lo que es: la historia de una vida fuera de lo común.

Para terminar, aclaro algunas elecciones. La primera es la de privilegiar el Castro público sobre el privado. No pretendo negar relevancia a la vida familiar, que trataré en la medida en que servirá a comprender algunos nódulos de su vida y de su psique. Pero además de haber sido narrada muchas veces, para él fue secundaria respecto a la misión histórica de la que se consideraba investido. La segunda es tratar en modo balanceado las varias fases de la vida de Castro. No es tan sencillo ya que sobre la revolución y sobre la primera fase del castrismo existe una literatura inagotable. Y ya que aquellos eventos han alimentado el mito de Castro, los biógrafos han tendido a sobredimensionarlos respecto al resto. El panorama general lo sufrió y el conjunto fue distorsionado: en el fondo, la guerrilla en la Sierra Maestra duró apenas dos años contra los cuarenta y nueve en los que Castro gobernó Cuba. A cada cosa su justo peso, tal será la regla. Hay luego una cuestión de método: dado que no hay pasaje de la historia personal, cubana y mundial sobre la que Castro no haya dado su versión, será mi tarea evaluarla a la luz del tiempo transcurrido y de los hechos conocidos. Palabras y hechos: esta será la brújula que, en lo posible, utilizaré. Una advertencia: en el texto me referiré a Castro con su nombre de bautismo, Fidel. Es una cuestión práctica para no confundirlo con el hermano Raúl. Y otra: algunas palabras clave retornan a lo largo de todo el texto: no son repeticiones sino subrayados, boyas para orientarse en el viaje. Finalmente: aquí y allá el lector se encontrará con anotaciones cáusticas o veladas ironías: no lo tome a mal conmigo pero con Fidel, notará, es imposible resistir a la tentación.

I. El español

Fidel Castro nació en Birán: Cuba, Oriente, campo. Era el 13 de agosto de 1926. Hoy su casa natal es un museo: bienvenidos a este lugar “histórico y sagrado” dicen las guías, donde nació el “hijo de una mujer muy pobre” y “un padre español también él pobre”. La gruta de Betlem. Sobre su infancia hay datos ciertos y otros menos. Se sabe que era el tercero de siete hermanos y que el padre era un campesino gallego que devino gran terrateniente. Y que antes de conocer a la madre de Fidel había estado casado y había tenido dos hijos. El resto es objeto de controversias: cuándo llegó el padre a Cuba, cómo conoció a la madre, qué métodos empleó para enriquecerse, qué carácter tenía. Tanto da. Lo que importa es lo que plasmó al pequeño Fidel: la campiña, asociada al padre; la religión, a la madre: el Oriente, la Cuba más tradicional y atrasada.1

1. El hijo

“Tuve la suerte de ser hijo y no nieto de un terrateniente”, confesó Fidel. Así evitó crecer “entre niños ricos de un barrio elegante”; si lo hubiera hecho nunca se habría hecho comunista, dijo. El campo es entonces el cofre de valores que proyectó a Fidel hacia el comunismo, la ciudad el lugar donde esos valores se corrompen. De allí el odio que nutrió por ella y por la burguesía. Marx aborrecía la “idiotez de la vida rural” pero Fidel la amaba como trinchera de antiguas virtudes cristianas.2

El campo era el fondo sobre el cual se recortaba la figura del padre, Ángel, de edad ya avanzada cuando nació. ¿Quién sabe cómo era? Fidel lo describió primero como un rico propietario que explotaba a los trabajadores y evadía los impuestos; ya anciano ajustó el tiro: era un “inmigrante de origen gallego y familia de campesinos pobres, casi analfabeto”, que “hablaba con cualquiera que le preguntara algo”. Cerró así el círculo: entre sí y el padre, el Oriente cubano y la Galicia de los ancestros, el comunismo y la pobreza de los orígenes. En las humildes raíces del padre estaban los anticuerpos contra la fuerza corruptora del dinero y le debía gratitud.3

La impronta hispánica del padre le quedó calcada encima: rudeza, austeridad, autoritarismo. La Cuba afroamericana, en cambio, le era extraña: música, danza, sensualidad no eran cosa suya. Fidel era el más gallego de los cubanos. Su visita al pueblo del padre en 1992 se transmutó así en viaje del corazón. Castro es ejemplo de hispanidad, sentenció Manuel Fraga Iribarne, el exministro de Franco.4

También Lina Ruz, la madre de Fidel, era del campo, pobre y analfabeta. Además de tener un fuerte temple y capacidad de gestión, se distinguía por su religiosidad: rezaba y hacía rezar a los hijos cada día. Era ella quien cuidaba la vida religiosa de la finca. Por otra parte, precisó Fidel, “vengo de una nación religiosa” donde católico es el fundamento de la moral social y católico el sistema de valores que se absorbe en la escuela y la familia.5

Dados el ambiente y la época, no asombra que el matrimonio tardío de los padres, cuando ya tenían siete hijos, expusiera a Fidel a situaciones embarazosas y tensiones. Ni que en torno a su bautismo, que sucedió a los nueve años, reine el misterio; el retraso debió quemarle, si recordó siempre que los compañeros de escuela se burlaban llamándolo “judío”. La explicación más plausible es que Fidel no podía ser bautizado hasta que el padre estuviera casado con su primera esposa. Ello lo transformaba en un hijo ilegítimo, un estatus doloroso en aquel mundo. Curioso: como Eva Perón, con quien Fidel comparte el potente deseo de redención. Queda el hecho que fue víctima de un principio clave de la cristiandad hispánica: la pureza de raza, la fusión entre fe y nación. Se vengará blandiéndola a su manera.6

2. Oriente

Santiago de Cuba está a La Habana como la provincia a la metrópolis. El Oriente fue el primer filtro entre él y el mundo y forjó su universo moral. ¿Qué vio en ello? Siguiendo a Fidel, era pobre pero igualitario: los niños haitianos que correteaban semidesnudos por la finca del padre no lo llamaban “judío” ni él se daba aires por ser hijo del dueño. Tanta pureza era sin embargo amenazada por el vicio: los trabajadores se jugaban el salario apostando en riñas de gallos. Y por los poderosos: los dirigentes de la United Fruit Company vivían en lujosas residencias. ¿Por qué no deducir que pecado y modernidad coincidían?7

Movido por ansia moral más que por espíritu analítico, Fidel lo dedujo: en Oriente, como en todas partes, el mal asediaba al bien. Siempre vio al mundo a través de tal sistema maniqueo, una visión ético-religiosa. El Oriente era su cuna ideal: allí reinaba la cubanía, vago sentimiento cuyo trazo clave era el “todo o nada”, el “patria o muerte” que Fidel erigirá en karma. Sus recuerdos evocan escenarios apocalípticos: el “mar de pobreza”, hombres sin techo ni instrucción que mendigaban un trabajo al padre. Un tercio de los niños moría de enfermedades varias, dijo. Incluso los hijos de los burgueses sufrían el hambre. ¿Era así? En parte sí, en parte no. Pero Fidel empleó el termómetro de su infancia en la más atrasada campaña cubana para medir la entera realidad de la isla. Describir el apocalipsis sirvió para justificar la redención, que durante toda la vida llamó Revolución.8

3. Escuela y Dolores

Los primeros pasos de Fidel en la escuela fueron traumáticos. Era pequeño y fue duro dejar la casa y los padres para marchar a Santiago. La pareja que lo hospedó era poco afectuosa y venal, explicó. Se sentía a disgusto, era un campesino en la ciudad: lo describió como un via crucis de hambre y soledad. Algo lo turbó, visto que las hermanas mayores no se lamentaron. Es el primer indicio de un arma que Fidel usó en abundancia: el victimismo, actuar como víctima para obtener reparaciones, usar la vulnerabilidad como fuerza. “Desde que era muy pequeño sufrí injusticias y prejuicios”, recordaba ochenta años después.9

Con los vástagos de la burguesía oriental, a los que se cruzó en el Colegio La Salle, fue odio a primera vista: a las burlas reaccionó con violencia. Maduró un espíritu de competencia fuera de lo común: Fidel sólo quiere vencer, dirá Gabriel García Márquez; la derrota era un golpe moral insostenible. Y sed de venganza: vengativo fue toda la vida. Se rebelaba al sufrimiento causado por un mundo extraño que lo rechazaba. En los años del La Salle se templó su carácter, su sensibilidad se exasperó; transmutó la exclusión en desafío, revancha, choque. A aquel mundo comenzó a oponer, idealizado, el de los niños pobres entre los que había crecido. Inició entonces la transformación del sufrimiento individual en misión social, le gustó pensar como adulto. Hasta que el padre pensó en poner fin a sus riñas con compañeros y maestros llevándolo de nuevo a casa. Fidel explotó: ¡era la víctima, no el culpable! Amenazó con incendiar la casa paterna y ganó: volvió a Santiago, esta vez al prestigioso colegio jesuita de Dolores. Era 1938.10

Con los jesuitas entró al colegio y ellos se volvieron su familia; a Birán iba sólo en verano. Pero atención: como Norberto Fuentes hace decir a su Fidel imaginario, “mis biógrafos pretenden descubrir las razones de la revolución en mi infancia”. Por ahora tenemos sólo un niño despierto, emotivo, inestable, que durante doce años creció con historia sacra, catequismo, misa cotidiana, ejercicios espirituales.11

4. Jesuita

Desde entonces, la vida de Fidel fue escandida por los tiempos de la vida religiosa de aquellos jesuitas españoles. Convento y cuartel, disciplina militar y rigor moral: así era aquel mundo austero, severo, masculino. Se halló a su gusto: por tradición, espíritu y organización militar, notó, los jesuitas están en sintonía con el carácter español. Lo opuesto del mundo de sus compañeros: ricos, burgueses, refinados. Era suficiente. Siempre fue fiel a las virtudes del sacerdote-guerrero que aprendió de ellos, al culto de la cruz y la espada: espíritu de sacrificio, coraje, perseverancia, sentido del honor fueron brújulas de su vida. Eran fascistas, tronó más de una vez. Dejaron en él una marca indeleble: para él como para ellos, la historia era una cadena de pecado, culpa, castigo, expiación, renacimiento. Eran dogmáticos, dijo, pero estaba feliz de haber estudiado con los jesuitas; como ellos, erigirá en dogma su fe.12

La mente se me abrió, dice el Fidel de Fuentes, al descubrir el celo misionario de los jesuitas. “Dios existe por lo tanto obedezco”, decían: ¡él también era un buscador de lo absoluto! De ellos, el verdadero Fidel aprendió la potencia del martirio, la indiferencia hacia los bienes materiales. Los jesuitas eran modelos: el espíritu los guiaba, el desinterés era su misión educativa, todas virtudes que depositó en el revolucionario. No era un estudiante excelso, pero devoraba y memorizaba libros; no amaba lavarse ni se preocupaba por la estética: marcaba así la distancia respecto a los muchachos burgueses. Se construyó un halo hierático: nada de bromas ni frases audaces; era púdico, moralista. Raúl era su sombra. Una cosa impactó a todos: la escuela parecía suya, decidía, establecía, ordenaba. Había nacido para comandar y lo hacía él solo.13

En 1942, Fidel se transfirió al colegio de Belén en La Habana: jesuita y exclusivo como el Dolores. Su padre podía permitírselo. Era un jesuita en potencia, pero para todos seguía siendo un guajiro, un campesino oriental. Padre Llorente lo recordó raptado por el espíritu de la Compañía: la vez que cayó a un río, Fidel se zambulló para salvarlo y pretendió que todos agradecieran a Dios por el milagro. Se sentía un instrumento de la bondad de Dios y así continuó a sentirse: “Usted sabrá que hubo un Fidel santo antes que yo”, confiará. Estos rasgos no sustituyeron sino que se sumaron a aquellos de la infancia: los compañeros lo recordaban competitivo, dominante, violento; un líder más temido que amado, con una gang pero pocos amigos. Su rendimiento escolástico mejoró y cuando se diplomó en 1945, los religiosos lo alabaron: era un óptimo miembro de la congregación, escribieron. No erraba quien, años después, notó: Fidel es antes que nada jesuita, después revolucionario, finalmente marxista.14

5. Guerra y muerte

El joven Fidel estaba fascinado por la guerra: siguió las de Etiopía y España, la guerra mundial. Se enamoró de los espartanos, tan rudos y austeros. La historia sacra era una mina, el Antiguo Testamento está lleno de guerras, recordaba: mi pasión por las artes militares nació de las lecturas bíblicas. Amar y usar las armas fue natural: en la tierra de su padre cazaba y andaba armado. Y admiraba a los condottieri: sea los héroes del pasado, Napoleón, Aníbal, Alejandro Magno; sea los enemigos de la civilización burguesa, que adorando al Becerro de Oro demolía el orden moral cristiano. Compañeros y religiosos lo recuerdan citando a José Antonio Primo de Rivera y Benito Mussolini, circular con el Mein Kampf. Se ejercitaba en el arte de la oratoria: soldado, religioso y predicador.15

También el deporte era una guerra: la victoria, la única opción; la derrota, una humillación. Nada debía rasguñar el honor del combatiente, la pureza del héroe, la santidad del mártir, la virilidad del macho. Sucedió que reaccionara a una derrota entrando en el aula con una pistola o lanzando el bate de béisbol contra un adversario. Cuando el equipo de baloncesto del colegio desafió a una escuela protestante, Fidel se batió como un león: a cada enceste se persignaba, recuerda padre Llorente, como si luchara contra el hereje. También en las excursiones quería ser el primero. De tal tensión emotiva pagaron la cuenta algunos animalitos: seccionaba lagartijas y se vanagloriaba. El vicio le quedó: ¿violencia reprimida? Fe, guerra, victoria, sacrificio: no maravilla que Fidel estuviera obsesionado por la muerte. Cada acto o discurso tuvo esa marca: la muerte heroica del mártir, la muerte del enemigo infiel eran el premio de la política. Que para él siguió siendo una costilla de la religión, la arena del conflicto entre salvación y dañación. Puesto que vivió noventa años, se puede decir que el instinto de muerte prolongó su vida mientras caían a su alrededor amigos y enemigos.16

6. Yankee no

El odio de Fidel hacia los Estados Unidos viene de lejos. ¿Será que en ellos, tan potentes, veía al padre que arrancaba a la débil madre Cuba y la tomaba para sí? Hay quien lo sostiene: humillarlos se tornó el medio para vengarse de los sufrimientos de la infancia. Quién sabe. Ciertamente hay otras razones. Alguien lo recordó celebrar en los sitios donde el ejército español había frenado la ofensiva estadounidense en 1898. ¿Quería vengar a su padre, que allí militó? Más tangible es el fastidio hacia los raros yanquis que poblaron su juventud: los empleados de la United Fruit, figuras del mundo burgués que lo excluía. Muchos años después los acusaba de haber quemado los bosques de maderas valiosas que habían servido para construir el Escorial: oponía así el templo de la monarquía católica hispánica a la avidez estadounidense, todo un símbolo. Pero el odio estaba mezclado con algo más: competencia, como siempre, y ansia de consideración. Así se explica la curiosa carta que envió al presidente Roosevelt cuando tenía apenas doce años.17

Pero a las raíces del odio hay que buscarlas más hondo. Todo, en su mundo, era extraño y hostil al ethos liberal estadounidense: la ética campesina del padre, la religiosidad de la madre, la furia antiliberal de los jesuitas. En la campiña oriental en la que creció había pocos vestigios de la brillante modernidad de los Estados Unidos que fascinaba a los habaneros. En esto, la historia de Fidel es típica del nacionalismo latino que en aquellos años creció impetuoso evocando las raíces hispánicas. Tal era el esquema que absorbió de los jesuitas: el protestantismo anglosajón era egoísta, materialista, individualista; el catolicismo hispánico altruista, espiritualista, solidario. ¿Era más pobre? Sí, pero moralmente superior. En tal clave comenzó a interpretar también al padre de la patria, José Martí. Tales eran las ideas del Convivio creado por el jesuita De Castro, en el cual participó: la América hispánica debía unirse contra los anglosajones, la misma idea que en breve inspiró al coronel Perón. El Diario de la Marina, antiguo periódico conservador, lo citó: en el colegio de Belén el joven Castro había alabado al fascismo; años después llevó consigo a la Sierra la obra de José Antonio, padre del falangismo español. Los comunistas cubanos estaban lejos: su editorial publicaba Superman y cómics estadounidenses, ídolos de los niños cubanos.18

7. Politiquería

En el léxico de Fidel es recurrente una palabra: politiquería. Cuando yo era niño se compraban los votos, mi padre lo hacía. La politiquería era política inmoral. Que así fuera en el Oriente rural es indudable: paternalismo y clientelismo eran la norma. No tan así en La Habana, en especial tras la aprobación de la Constitución de 1940: a las viejas prácticas se añadieron otras modernas y democráticas. No para Fidel: politiquería era y politiquería permanecía. Negociados, compromisos, alianzas, los rituales de la política parlamentaria y de partido eran para él inmorales; de la política tenía una idea abstracta, inmaculada.19

Durante toda su vida, Fidel describió la vida política cubana antes de su llegada con una sola tinta: todo era corrupción, en todas partes primaba el sargento político al servicio de los lugareños notables, los partidos estaban “dominados por oligarquías”. Más que un severo crítico de la política, Fidel era su censor moral, un antipolítico. Su esquema maniqueo expresaba la misma hostilidad hacia la política que las corrientes antiparlamentarias agitaban en otras partes. Si toda la clase política es corrupta, venal y vendida, no bastaba con enmendar. Había que expiar; nada de reformas: revolución. Moralizar fue su misión desde la juventud; para moralizar la política, acabará por eliminarla. Era obvio, como él mismo lo admitió, que no tuviera un mentor político: su escuela política fue la religión.20

8. Universidad

Fidel hablaba tanto que le aconsejaron inscribirse en Derecho. Lo hizo en septiembre de 1945. El padre lo premió: un Ford Cabrio, una joya. No es que tuviera vocación de abogado pero era la carrera más indicada para hacer política: apenas inscripto, se candidateó a las elecciones estudiantiles. Lo que todos aspiraban era guiar la FEU, la Federación de Estudiantes Universitarios. Fidel se entregó de cuerpo y alma: envió una carta a cada estudiante pidiendo su voto, lo que no era usual.21

De los años universitarios Fidel habló poco y sus recuerdos se dan a puños con los de sus compañeros. No fui yo quien tuvo ambiciones, contó: tenerlas no era moral. Me plegué al pedido de los dirigentes de la facultad. “La inmensa mayoría de los estudiantes”, me siguió. Pero hete la politiquería cortarle las alas: fui boicoteado, corrí mil peligros, la mafia gubernamental quería matarme; me arriesgué a “perder la vida a los veinte años” por mi “espíritu rebelde”. Me encontré llorando en una playa, pero no me plegué: desafié a la muerte, me protegió la fuerza moral de los estudiantes, entendí que dignidad, moral y verdad jamás serán derrotadas. El joven Fidel narrado por el Fidel adulto posee los valores transmitidos por los jesuitas: desinterés, altruismo, coraje, vocación para el martirio. Víctima de los potentes, cultiva el idealismo; es David que, amado por el pueblo, combate a Goliat.22

¿Así fueron las cosas? Quién sabe: apenas llegó al poder, Fidel selló los archivos: el pasado era leyenda, no historia. ¿Usó su pistola?, le preguntaron. Es una larga historia, cortó por lo sano. Para muchos esa arma Fidel la usó y más de una vez, cuando pensó que le serviría para escalar la cima de la FEU. Y más que el gobierno, lo que frenó su carrera fue el fanatismo: era extremista, solitario, autoritario. Una cabeza caliente, se decía, sin aliados.23

La universidad de La Habana era un lugar peligroso. Y ya que era la única en toda Cuba y allí se formaba la clase dirigente, era un berenjenal político. Lástima que se hacía política con armas en la mano. Se comprende: la dictadura de Machado y los movimientos de 1933 con su estela de frustración y violencia aún estaban frescos. Las bandas más fuertes que se disputaban el poder eran el MSR de Rolando Masferrer y la UIR de Emilio Tró. La UIR era el receptáculo de los estudiantes salidos de los colegios católicos pero a lo que ambas aspiraban eran al poder y fondos públicos. ¿Fidel? Varios testigos lo juran: para escalar en la FEU disparó a un enemigo del presidente, miembro del MSR. La UIR se la juró y él primero huyó, luego se pasó a sus rangos vendiendo a los viejos compañeros. Desde entonces fue implicado en varios hechos sangrientos pero salió indemne por falta de pruebas.24

¿Verdadero? ¿Falso? Fidel sobrevoló a los hechos y los testimonios son hostiles. Una cosa sin embargo es cierta: Fidel participó en la guerra entre bandas. La democracia cubana era frágil: él no estaba entre los interesados en mejorarla, quería redimir a Cuba. Al tiempo admitió: “obcecado con las ideas propias, me parecía que todo el que no pensaba igual que yo era un enemigo de la patria”. Una monja lo oyó decir: seré presidente. ¿Cómo? Con la fuerza: la violencia era el mejor medio para alcanzar el fin.25

9. Grau

En 1944 los cubanos eligieron presidente a Ramón Grau San Martín: pertenecía al Partido Auténtico, reformista, popular entre la clase media, promotor de la Constitución democrática de 1940. Fidel fue lapidario: era el peor, sólo le interesaba robar. Las credenciales revolucionarias de Grau, jefe de la revolución nacionalista de 1933, “confundían” a los cubanos. Fidel lo combatió de inmediato. Con sincera indignación pero involuntaria ironía, muchos decenios después le imputó no haber respetado el Estado de derecho.26

Fidel se encontró con Grau una vez, junto a otros estudiantes. Enardecido, quería tirarlo por el balcón y proclamar la revolución. Estás loco, le dijeron. Tiempo antes había propuesto asaltar un palco colmado de autoridades; tiempo después, disparar al presidente desde las ventanas de una casa. Estaba obsesionado por la violencia redentora. Era un socialista utópico, confió: hambriento de poder, pobre de conciencia. Yo creía saber lo que había que hacer y quería hacerlo. Estos rasgos no los perdió nunca.27

Su nombre llegó a los diarios: guiaba protestas siempre más violentas; acusó de corrupción al candidato a alcalde; imputó a Grau el plan de perpetuarse en el poder: cómico, con el sino del después; encerró a un ministro en un aula. Tenía veinte años, estaba volviéndose famoso. Intuía que los medios de prensa eran la clave del éxito. Pero en el plano político falló: hizo de todo para conquistar la FEU y no lo logró: un bello revés para quien sólo sabía vencer. Desahogó la rabia hablando como jesuita: los dirigentes de la FEU eran “mercaderes” que por apoltronarse traicionaban la sangre de los mártires. Desde entonces se volvió más radical y violento. Si bien solía invocar a la muerte por la causa, buscó protección para evitarla: se la garantizó la UIR, colmada de estudiantes católicos.28

10. Cayo Confites

El de 1947 fue el año de Cayo Confites. En ese islote se reunieron doce mil voluntarios decididos a liberar a Santo Domingo de la tiranía de Rafael Trujillo: ¿podía faltar Fidel? La ocasión era excelente: para dejar La Habana donde corría peligro; combatir una guerra de verdad; además era una óptima vitrina para ganarse fama de revolucionario. ¿Cómo fue? Castro repitió su versión tantas veces que creó un mito: idealista y altruista, vio su pureza destrozada contra el cinismo de los enemigos, de los que se sustrajo desafiando a la muerte. Yo era el benjamín de la tropa, refirió, pero el gobierno nos traicionó y bloqueó la expedición. Para evitar la humillante rendición, él se arrojó al agua en la noche y alcanzó la orilla nadando entre los tiburones. Al fin regresó a La Habana: “resucité”, dijo, “resucité muchas veces”.29

Pero Fidel dice y omite, explica y distorsiona. No dice que la expedición era financiada por el ministro al que más acusaba de corrupción, ni que el gobierno la canceló para prevenir la guerra con el país vecino: ya todos estaban al corriente. Él mismo extrajo la lección de que el secreto y la disciplina eran claves de toda insurrección. Sobre el coraje hizo bordado: quería morir como héroe pero pactó su seguridad con Masferrer; debía hacerlo para salvarse la vida, callarlo para proteger su fama. Acerca de la intrépida nadada entre los tiburones ofreció varias versiones. Para los amigos de la época fue un show; huyó en una chalupa y apenas desembarcó hizo que su padre le enviara caballos.30

Como sea, Fidel guio la carga contra Grau. En los choques, la policía mató a un estudiante. Tuvo así el primer mártir con el cual caldear corazones y agitar plazas. Pomposa pero potente, su retórica fue una fusilada: nosotros velamos a los muertos, en el Palacio beben champagne. Muchos estudiantes lo siguieron mientras guiaba el funeral: asesino, le gritó a Grau. Fue entonces, en noviembre de 1947, que su foto llegó a Bohemia: la consagración. Había convencido a algunos compañeros a llevar a La Habana la Demajagua, reliquia de las guerras de independencia. El sentido era claro: custodios de esa sagrada campana, los estudiantes eran los herederos de los padres de la patria; no el gobierno de Grau, que había que derrocar. Poco importaba que fuera el presidente electo: para Fidel no había gobiernos constitucionales o no sino gobiernos morales o inmorales y de la moralidad, él era el juez. En la foto, Fidel arengaba a la muchedumbre desde un automóvil descubierto sobre el cual destacaba la campana. Tenía innata sensibilidad por el poder de las imágenes y de los gestos: en el tren hacia la capital, los compañeros se pasaban la campana que él, con modestia, no reclamó jamás. Fue cuando encontraron prensa y muchedumbre esperándolos que la pretendió y ¿quién podía negársela a ese punto?31

11. Comunistas y ortodoxos

Por origen y evolución, el joven Fidel no estaba en sintonía con los comunistas. Cuando todavía estudiaba en Belén, había atacado una propuesta de ley de ellos, que castigaba a las escuelas privadas. La prensa del partido lo llamó “pichoncito de los jesuitas”. Sobre una cosa, sin embargo, estaban más cerca de lo que imaginaban: Fidel odiaba burguesía y capitalismo como los jesuitas entre los que había crecido, el terreno estaba abonado. ¿Pero cuándo se volvió comunista? Los caminos se cruzaron en la universidad. No estaba descontado: Fidel era un privilegiado crecido entre curas franquistas y los pistoleros que frecuentaba eran rabiosos anticomunistas. Pero algún comunista quedó hechizado: carisma, radicalismo revolucionario, moralismo integral eran su tarjeta de visita. Le sucedió a Alfredo Guerra y un pequeño círculo: lo introdujeron a los clásicos del marxismo.32

Fueron una revelación, antecámara de la conversión. Pero era lógico que los filtrara a través de los valores y las ideas católicas adquiridas. Por como era y por la revancha que cobijaba, sintió por ellos un interés más práctico que intelectual. De todos modos no se aproximó al PSP, el partido comunista cubano: la disciplina de un partido no se conjugaba con su vehemencia milenarista, y para los del PSP, seguía siendo un gánster poco confiable. Sin embargo, nuevos temas de carácter social comenzaron a aparearse a su caballo de batalla: la corrupción. ¿No confirmaban la decadencia moral de la élite? Con el PSP al que adhirió Raúl, Fidel fue desconfiado. Admiraba la fe y la organización; abundan leyendas sobre el encuentro con Fabio Grobart, un polaco enviado a Cuba por el Comintern en los años 20. Pero él se imaginaba jefe de una Iglesia, no devoto de una Iglesia ajena. Como lo confió: sería comunista si pudiera ser Stalin. Sobre todo, como joven crecido en un ambiente católico y rural, comprendía que decirse comunista desafiaba el sentido común, exponía a la impopularidad. No por casualidad los comunistas latinoamericanos eran todas partes huérfanos de pueblo. Mejor quedarse lejos.33

En cambio, Fidel adhirió de inmediato al Partido Ortodoxo, fundado en mayo de 1947: ambicionaba a moralizar a Cuba combatiendo fechorías y politiquería, música para él. La adhesión a un partido no expresaba en todo caso confianza en el sistema democrático: era la ganzúa para socavarlo. Adoraba al líder, Eddy Chibás, vehemente orador, conocido censor radiofónico de la corrupción política: honor contra dinero, decía. Pero no era un amor correspondido: a Chibás, anticomunista hostil a la violencia, no le gustaba ese joven pendenciero y ambicioso. Ello no inhibió a Fidel: intentó llevar a la juventud del partido hacia la insurrección; como él, esos jóvenes venían de los colegios católicos y de la UIR.34

12. Martí

En la universidad Fidel descubrió las mujeres, el amor, el sexo. Los primeros pasos, parece, fueron inciertos; quizá por ello se mostraba viril exhibiendo, según la costumbre difundida en Cuba, desprecio por los homosexuales. En tanto el joven jesuita devenía marxista sin dejar de ser jesuita. Figura clave de tal pasaje fue José Martí, por antonomasia el padre de la patria. Podía citar largos párrafos de memoria. ¿Por qué él? ¿Que su adoración compensara el dolor por la “invisibilidad” a los ojos del padre? Puede ser. Pero más relevante es que a través de Martí cubanizó su bagaje hispánico. ¡El Apóstol, como Martí era llamado, había dado la vida para emancipar a Cuba de España! No sólo encarnaba los valores que los jesuitas le habían transmitido: desinterés, fe, martirio; además los ponía al servicio de la patria. Causa a la cual Fidel se avocó, como buen hijo de inmigrante que se integraba en la patria de adopción madurando un nacionalismo exacerbado. Gracias a Martí, cubanizó el odio por los Estados Unidos: de legado hispánico, devino expresión de nacionalismo cubano. ¿Acaso Martí no les había imputado amenazar el espíritu de los pueblos latinos? ¿No había escrito que era mejor “morir de pie que vivir de rodillas”? Tal romanticismo redentor inflamaba a Fidel, que lo adoptó como su Biblia.35

No es raro que Fidel llenara la barrica del nacionalismo cubano con el vino añejado en aquella de la cristiandad hispánica: las naciones tienen mártires y héroes, “forman una especie de religión”, observó. Fue un pasaje que completó la “revelación” marxista, como él la definió. No quedaba más que crear un Martí marxista: fue lo que hizo. El viaje del falangismo de los años 30 al comunismo de los 50 fue común a muchos católicos latinos; el enemigo era el mismo: el liberalismo laico. Y similares eran las bases éticas cristianas. Stalin y Cristo tronaban sobre las paredes de mi casa, recordó Guillermo Cabrera Infante. El comunismo evocaba una cristiandad secular. Con el tiempo, Fidel comprendió el sentido de tal viaje: halló en Martí “un contenido ético cristiano”, el mismo del nuevo testamento. Siguiéndolo, se llegaba al socialismo. Martí unía Cristo a Marx y ambos a Fidel: también nosotros queremos multiplicar panes y peces, pagar salarios iguales a todos, echar a los mercaderes del templo. Era una forzadura, que su visión providencial de la historia hallaba natural.36

13. Bogotá

A fines de 1947, el balance de Fidel era deprimente. La FEU era un espejismo, Trujillo seguía en el poder y Grau también; sus estudios iban mal, no había dado exámenes y no se inscribió al tercer año: perdió el estatus de estudiante. Junto con la popularidad habían crecido los enemigos: mejor recuperar el aliento, volver a Birán. El padre estalló: ¿qué quería hacer cuando fuera grande?, ¿estudiar en Harvard? Lo habría ayudado en tanto se decidiera. Nada: Fidel regresó a La Habana donde 1948 comenzó con la explosión: fue asesinado Manolo Castro, el peor enemigo, y todos pensaron que había sido él. Parece que fue el autor intelectual y no material, pero ya que el muerto era un pescado grande, la fama de Fidel creció. Y con la fama los riesgos: los compañeros de Manolo querían vengarlo. Cuando se presentó la ocasión de abandonar el país, tomó la pelota al vuelo.37

Sin embargo, el viaje de Fidel a Bogotá no fue casual. Por La Habana había pasado un emisario del gobierno argentino con la maleta llena de promesas y de obsequios: su país quería formar un frente panlatino y católico contra los Estados Unidos liberales y protestantes. Fidel había hablado a la delegación argentina en nombre de la UIR, cuna de los católicos: tan vehemente fue su antiimperialismo que agradó a los comunistas. Dado que en abril de 1948 se fundaba en Colombia la Organización de los Estados Americanos, Juan Perón quería crear desorden. Contactó así a la FEU y la FEU a Fidel, a quien le pareció un sueño poder cruzar espadas con los Estados Unidos. Las ideas de Perón no eran un problema: católico, hispanista, antiliberal como él. Así se organizó, en paralelo al vértice, una protesta estudiantil. La pagó Perón.38

En Bogotá, Fidel se metió en problemas: lanzó volantes sobre las cabezas de las autoridades en un teatro. Propaganda panlatina, peronista. Lo arrestaron. Años después aún estaba indignado: arrojar volantes no es un crimen en ninguna parte; ¡en Cuba ya gobernaba él y guay a intentarlo! En ese momento estalló el Bogotazo. En Colombia brillaba el astro de Jorge Eliécer Gaitán: emulaba a Perón, tenía ideas afines a Fidel, era el hombre que habría de redimir a las masas desheredadas. Fidel se encontró con él y lo habría vuelto a encontrar si no lo hubieran matado en una esquina callejera. Una revuelta espontánea puso a la ciudad durante dos días a hierro y fuego. Una tragedia sobre cuyos culpables nunca se hizo luz. Salvo para Fidel, que siempre culpó a “la oligarquía colombiana”.39

Muchas veces volvió sobre lo que hizo en Bogotá: vi explotar la ciudad “y me enrolé con el pueblo”, dijo; su pueblo era todo el pueblo, el pueblo de Dios. Pero aquel pueblo no tenía un guía, “parecían hormigas” con heladeras o pianos sobre las espaldas, destruyeron todo. Era lógico deducir que el pueblo necesitaba de un líder y de fe, tal fue la enseñanza que extrajo. Por primera cosa me armé, contó. Luego combatí hasta el final. Traté de convencer a la policía local que respetara a los enemigos. Una duda lo aquejó: pensó en su familia, “habría muerto allí, ignoto”. Pero valía la pena: aquel pueblo era como el mío, su causa era justa; decidí “sacrificarme”; no busqué pretextos, me salvé “por pura casualidad”. Hasta que volvió la paz y todos aplaudieron al “cubano”, es decir, a él.40

Altruismo, desinterés, coraje, generosidad, desprecio de la muerte: así Fidel se retrataba, a costas de contradecirse más de una vez; quería elevarse a modelo de santidad cristiana: era el sacerdote que redimía al pueblo, el soldado que lo liberaba de la esclavitud. Había que acostumbrarse: la relación de Fidel con el pasado no es inocente. Deseaba una imagen coherente con sus preceptos morales, que la historia lo recordara por aquello que habría querido ser más que por lo que había sido. Pero sobre aquellos hechos existen versiones menos indulgentes: hay quien recuerda el ansia por ponerse en muestra, por incrementar la violencia, por guiar el asalto al palacio presidencial; hay quien ironiza sobre su coraje: se refugió en la embajada y fue salvado por funcionarios del Estado que denigraba. Alfredo Guevara nutría dudas: Fidel era un aventurero.41

14. Prío

El 13 de junio de 1948 fue electo Carlos Prío Socarrás. El Partido Ortodoxo fue derrotado. Fidel había hecho campaña en el Oriente: mi discurso en Santiago, exageró, fue el más grande en la historia de la ciudad. Profetizó la sonora derrota de los auténticos: se equivocó grueso. Prío era auténtico como Grau y de inmediato fue objeto de su odio. Gran parte de los cubanos no veía las cosas como él: la economía crecía, el gobierno era popular. Fue un régimen cruel y antiobrero, repetiría luego: pero si es indudable que se manchó de escándalos, la violencia que afligió al país fue culpa de muchos, Fidel incluido. Era un gobierno constitucional que garantizó las libertades civiles de las cuales Fidel usufructuó en abundancia.42

Las elecciones cubanas no eran las más transparentes del mundo; ni tampoco las más corruptas, en especial en los centros urbanos donde la opinión pública era instruida, las instituciones representativas, la prensa pluralista. Para Fidel era politiquería y basta: se tornó aun más agresivo. ¡Prío protegía a las bandas asesinas! Evocó a Émile Zola: ¡yo acuso! Era siempre vida o muerte: estoy pronto a pagar el precio de acusar al presidente por “nuestra tragedia nacional”. No pagó ningún precio: publicaba sus acusaciones en la prensa. ¿El gobierno protegía a la bandas? Fidel era parte de ellas. La democracia era una cáscara de nuez entre las olas. En aquella época había adquirido “constancia, tenacidad y también astucia” revolucionaria, recordó. ¿Que quería decir? Que un fin elevado justifica cualquier medio: violencia, disimulo. Su lucha invocaba democracia y Constitución, jamás el socialismo: asustaba demasiado.43

15. Batista

Fidel era niño cuando Fulgencio Batista tomó por primera vez el poder, en 1933. Militar profesional, también Batista era oriental pero provenía de una familia humilde: era mulato. Sargento nacionalista, anticipó temas caros a Fidel: quiero emancipar a Cuba del estado colonial, juró. Adoptó reformas económicas y sociales reivindicadas por la breve revolución popular de aquel año.44

Cuando tenía catorce años, a Fidel le pidieron que adhiriera al movimiento político de Batista. Se lo propuso Rafael Díaz-Balart, miembro de una familia influyente. Somos todos orientales, le dijo. No alcanzó. Batista era entonces candidato de un frente popular al cual adherían los comunistas: “celoso protector de la libertad patria”, escribía su periódico, es “ídolo del pueblo”. No terminó así: Mirta, con la que Fidel se casó en 1948, era hermana de Rafael, su amigo. Batista les regaló mil dólares: qué burla, pensando en el futuro. Ella lo impuso a su padre, que se había hecho una pésima idea de él; las nupcias se realizaron como su estatus exigía. La ruptura definitiva de Fidel con Batista aún no se había consumado: los unía el odio por los auténticos. Pero a medida que Fidel descubrió el marxismo y adhirió a la cruzada moral de los ortodoxos, su vida y la de Rafael se dividieron: las alabanzas del cuñado para que sostuviera a Batista no surtieron efecto.45

16. Causa y familia

¿Hay espacio para la familia en la vida de un hombre devoto de una causa sagrada, convencido de tener una misión? ¿Tienen mujer e hijos los redentores? Los sacerdotes católicos no. Fidel cultivaba siempre menos a la familia. Era austero. Lo mantenía su padre. Eran preguntas que estaban en el aire cuando, en 1948, se casó con Mirta: en la iglesia, en Banes, feudo de los batistianos a los que estaba ligada la familia de ella. La fiesta fue en Club Americano, con la élite local. El viejo Ángel no concurrió, pero fue generoso: le dio un jugoso cheque. Quién sabe si Fidel no sentaría cabeza. ¡Acababan de imputarle otro homicidio! Los novios se fueron de luna de miel: en Miami compraron un Lincoln y remontaron la costa hasta Nueva York, donde se quedaron tres meses. Fidel pensó en quedarse a estudiar.46

De los Estados Unidos, recordó, le había impactado la segregación racial en Florida. Nada más. A un amigo le confió sin embargo también el shock cuando vio parejas que se besaban en los prados de Princeton: su sentido del pudor no lo toleraba. Por un lado los Estados Unidos le parecieron demasiado desiguales y por otro, demasiado libres. La verdad es que sobre ellos ya tenía una idea formada: no le importaba entenderlos, notó Mirta, sino juzgarlos. Estaba en el vientre del monstruo descripto por Martí: Cuba era la víctima. Siempre lo vio así: vio lo que ya pensaba. Al regreso parecía otro, en particular cuando nació Fidelito en octubre de 1949. Se lanzó a los estudios para concluir la carrera: inteligente y tenaz como era, lo logró en modo brillante; luego abrió un estudio legal con dos socios. Un redentor nato ¿podía entonces hacer una vida normal? ¿Mujer, hijo, trabajo? Duró poco, casi nada. La sirena política lo tentaba, el deber lo llamaba: “las cosas precipitaban”, había necesidad de él.47

La familia vivía en un pequeño departamento en alquiler. El mayor problema fue enseguida la peculiar relación de Fidel con el dinero: estaba tan acostumbrado a ser mantenido por su padre que no había madurado el sentido de su valor. Lo necesitaba como cualquiera, pero sentía por él desprecio moral. Podía permitírselo. Cuando el padre, irritado, cerraba la bolsa, lo pedía prestado. No siempre lo devolvía. El estudio legal nunca fue un verdadero trabajo ni produjo ningún rédito. Fue un instrumento al servicio de su misión. Pronto Mirta constató que Fidel no podía renunciar a la vocación: a la vida, prefería la historia; a las personas, el pueblo; a la familia, la humanidad. De ahí los litigios: debía candidatearse por el Partido Ortodoxo, un día habría tenido el poder, repetía. Acabó teniendo más tiempo y dinero para la causa que para su mujer e hijo. Peor: dado que Mirta venía del mundo al que combatía, le prohibía pedir la ayuda que él no le aseguraba. ¿Qué habría sido de su honor de revolucionario?48

La armonía de la pareja se quebró: Mirta tenía dificultad para alimentar a Fidelito, Fidel tenía otras cosas que hacer, sus hermanas suplían. Tuvo un hijo fuera del matrimonio: el primero de una serie, con los profilácticos tenía problemas. Lo reconoció, luego pidió a las mujeres de la familia que se ocuparan de él. Años más tarde contó que ya no dependía más de su padre: estaba casado y no habría sido admisible. Pero ajustaba el pasado para hacerlo coherente con su universo moral. Más sincero, admitió que habría podido obtener una beca y tener así un rédito, pero la historia lo llamaba. Mirta recordó el trajinar de personas, incluidos militantes comunistas, que llenaban su departamento.49

17. Subversión

El nuevo Fidel era más reflexivo pero no menos violento que el viejo. La violencia era el instrumento predilecto: violentas fueron las protestas contra el eventual envío de tropas a Corea, por el aumento de la tarifa de los ómnibus, porque unos marines borrachos habían orinado sobre la estatua de José Martí. Pero ahora tenía una estrategia. Antes que nada, intentó reconstruir su virginidad liberándose de la fama de pistolero. Lo hizo denunciando el pacto de Prío con las bandas armadas: paz en cambio de cargos. Luego desposó la campaña de moralización lanzada por Chibás. Finalmente siguió socavando el orden constitucional en cuyo seno actuaba, intentando empujar hacia la acción subversiva a la FEU y la juventud ortodoxa. No sorprende que su nombre fuera acoplado a cada crimen político.50

De tal estrategia era parte clave su asidua presencia en la radio y en la prensa. Aquí y allá se intuían las frescas lecturas marxistas, pero su prédica estaba tan impregnada de moralismo católico que no generaba sospechas. Aunque movilizara jóvenes comunistas y ortodoxos, su radicalismo era el típico del nacionalismo hispanizante. Pero éxitos no hubo. Al contrario: hizo públicos los nombres de los pistoleros asumidos por el gobierno, ganándose las loas de la prensa; pero se expuso a la venganza de los amigos de otros tiempos, decididos a hacerle pagar la delación. Las cosas se pusieron tan mal que huyó a Nueva York durante tres meses, sobre los cuales calló siempre. Mirta, en tanto, tuvo que pedir ayuda a su hermano.51

Fidel decía que habría sido presidente, pero sus tentativos de acceder a cargos electivos relevantes habían naufragado. Apenas pudo lo reintentó: en junio de 1950 había elecciones legislativas: ¿el partido lo habría candidateado? Luego estaban las elecciones universitarias: para poder participar se inscribió en Ciencias Sociales. El retorno al campo de juego fue digno de su fama: se unió a los obreros contra la mecanización de la fábrica de fósforos; usó el estudio legal, el único trabajo jamás hecho, para defender familias pobres desalojadas. Se lo imponía su sentido de justicia ¡y la cruzada contra Prío!52

18. Chibás

La vía electoral no era para Fidel: los ortodoxos no lo postularon, en la universidad fue derrotado. Peor: triunfaron los auténticos. No creía en las elecciones y El 18 Brumario de Luis Bonaparte de Marx lo convenció aún más. Pero eran el trampolín mientras hubiera democracia, por lo tanto daba codazos para hacerse un lugar cerca de Chibás, cuya estrella estaba en ascenso. Mientras tanto soplaba sobre el fuego de la subversión: las urnas no debían ser la tumba de la redención. En Cienfuegos intentó guiar el asalto al palacio municipal y terminó arrestado. Puso así a prueba la fuerza del victimismo: en el proceso se defendió a sí mismo y se proclamó víctima del gobierno. No importaba que hubiera sido un fiasco, que los estudiantes no lo siguieran y que en su cuerpo no hubiera rastros de los golpes que denunció: intuía que las emociones pueden más que los hechos, las percepciones más que la realidad, que una derrota bien gestionada puede transmutarse en victoria. Para hacer triunfar a mi verdad, confió, estoy dispuesto a hacerme romper la cabeza. Le bastó con hacerse amigo del director de Alerta, el primer diario que le abrió las puertas junto con un par de radios.53

Por quién latía el corazón de Fidel, estaba claro: aplaudió a los “partisanos de la paz”, enemigos del Occidente liberal apreciados por Moscú y por tantos católicos; imputó a Washington la guerra de Corea. Pero intentaba no exponerse demasiado: el Partido Ortodoxo era anticomunista y si quería escalar la cima, ¡prudencia! Por eso no tomó bien la adhesión de Raúl al PSP. Hasta que el 5 de agosto de 1951 un golpe de escena sacudió a Cuba: Chibás, herido en su honor por no poder probar ciertas denuncias, se disparó y agonizó varios días. Para muchos, su muerte fue el inicio del fin: bloqueó el recambio constitucional, despejó el camino a Batista antes y luego, a la revolución. Entre él y Fidel había más desconfianza que intimidad. Pero, consciente de que Cuba estaba con el aliento en suspenso, Fidel no se separó del cabezal de su lecho y de los anotadores de los periodistas.54

En el funeral intentó usar el ataúd como ariete contra el gobierno: propuso dirigir a la masa hacia el palacio presidencial, declaró. Aquella era la vía correcta para tomar el poder. El sucesor de Chibás no quiso saber nada. Fidel había leído a Lenin y a Curzio Malaparte, cultor del primer fascismo, que había escrito un célebre texto sobre la técnica del golpe de Estado.55

19. ¿Colonia?

Con la conversión al marxismo, el maniqueísmo espiritual de Fidel se transpuso en el social; el esquema permanecía binario, pero aplicado a actores concretos: pobres y ricos, obreros y capitalistas, Cuba e Imperio. “Partía de la nada con las simples nociones del bien y el mal.” En el centro de su mundo se destacaba Cuba, cordero sacrificial pasado del dominio español al yanqui, la eterna colonia en busca de redención. ¿Era así? ¿O de una parte construía el todo? No importa: el mito triunfa siempre sobre la historia, Fidel lo había aprendido de la Biblia.56

El corazón pulsante de su narración era el azúcar: cruz y delicia de Cuba, emblema del dominio imperial. Pero el cultivo de la caña vivía grandes transformaciones. Era habitual oír que el sistema productivo debía diferenciarse. Así el gobierno y los bancos comenzar a erogar más créditos a los sectores no azucareros. La imagen del yanqui dueño de las tierras se desteñía: el 71% de los ingenios azucareros y el 56% de la producción estaban en manos cubanas.57

La relación con los Estados Unidos en Cuba era fuente de acaloradas diatribas. ¿Era una oportunidad o una cadena? La proximidad de la mayor potencia mundial daba impulso a la modernización; eran un reflejo de ello los indicadores sociales y económicos, que lo mostraban como el país más avanzado de la región. Pero ello agudizaba las distancias entre ciudad y campaña, occidente y oriente, ricos y pobres: la distancia entre las clases se hace más profunda, notó en 1951 una misión del BIRD. El frágil sistema democrático de Cuba, ¿estaba pronto para afrontar tales desafíos?58

Eran desafíos conocidos: la cuestión social no preocupaba sólo al partido comunista o a Fidel. También los gobiernos auténticos eran sensibles a ello, si bien su acción reformista no bastaba. Los católicos en 1951 le dedicaron al tema una importante semana de estudios y peroraron una “solución cristiana” muy similar a aquella a la que Fidel aludía en sus escritos, no por casualidad. La Constitución de 1940 preveía la eliminación del latifundio improductivo. Fidel siempre pintó a la Cuba de esa época como un infierno, pero si lo era para algunos, a muchos otros ofrecía oportunidades. Un compañero suyo recordó después la infancia en Santa Clara: su padre había llegado pobre desde Polonia y había creado un pequeño imperio que daba trabajo a doscientas personas; vivían en un bonito barrio pacífico, era judío, nunca había sufrido discriminaciones.59

20. Golpe

Las elecciones presidenciales de 1952 se acercaban, las sombras sobre el futuro se hacían más densas: Prío no había logrado comprar la paz cooptando a las bandas; el pistolerismo arreciaba; la muerte de Chibás, la única alternativa popular y democrática, había abierto una vorágine; la ola democrática de posguerra en la región dejaba paso a la resaca autoritaria. Batista estaba ansioso: todo se movía a su favor.60

Para Fidel, las elecciones eran el primer paso: en el Parlamento habría luchado por un programa radical, dijo años después; “nadie habría podido impedirlo”. Pero el partido lo marginaba: corría voz de que era comunista. Su recuerdo calca el consabido esquema: idealista y puro, había comprendido que Batista tramaba el golpe; lo denunció al partido, el cual, sin embargo, vendido a las oligarquías, no lo escuchó. Profeta desoído, le tocaba a él salvar a Cuba. En realidad, el partido no lo consideraba confiable ni coherente con sus ideales. Logró de todos modos hacerse incluir en dos distritos electorales donde los ortodoxos eran débiles y su elección, improbable.61

Fue entonces, mientras el anillo se cerraba en torno a la democracia cubana, que Fidel fue junto con su cuñado Rafael a visitar a Batista: el primero era torpe, no dabas nada por él, recordó Alfredo J. Sadulé, que era el brazo derecho de Batista. Ignoraba que los había borrado de la historia. Suena absurdo, pero no lo es tanto: los ortodoxos lo mantenían en el margen, Batista lo cortejaba; los unía el sueño de voltear a Prío. Pero todo quedó en nada: ¿qué unía a un militar cínico y caráibico y a un redentor hispánico y moralista? Un testigo recuerda que Fidel husmeó en la biblioteca de Batista y preguntó: ¿cómo es posible que falte Malaparte?62

Corazón de la cruzada de Fidel contra Prío era la acusación de corrupción, extendida a toda la clase política. Se presentaba como huérfano de Chibás, en cuyas exequias hizo de todo para aparecer como su heredero. Desde la radio y en Alerta lanzaba vehementes acusaciones contra el gobierno. Ética y honor: sus caballos de batalla. Se improvisó investigador para revelar los tráficos del presidente: enriquecimiento, peculado, sobornos. Sentenció: “Acuso al Presidente Prío de traicionar los altos intereses de la nación”. Fueron truenos sobre el ya turbulento ambiente político. Más que política, su denuncia era moral: de un lado estaba la “corrupción y la miseria moral” del “régimen imperante”; del otro el pueblo inocente y vejado. ¿Tenía pruebas? Un poco sí, un poco no. Pero su técnica era poderosa. Era perentorio: lo que afirmo “es rigurosamente exacto”, escribía; ubicado el imputado en la defensiva, comenzaba la andanada de golpes: Prío ha “prostituido” su cargo, “vulnerado” las leyes y así. En fin, la estocada: “lo emplazo” a dar cuenta de los hechos; el honor de la prueba no era cosa suya en los tribunales, sino del acusado en público. Entre tanto, Fidel mostró el lujo en el que vivía Prío: Alerta publicó en primera plana las fotos tomadas por Fidel en su finca. ¿Había algo más inmoral que la riqueza? Condena moral y condena judicial eran una sola cosa: el Estado de derecho liberal era del todo extraño a Fidel.63

Fidel no soltó más a la presa. Prío comandaba “la peor tribu de malversadores”; reforzó la dosis: llevaba “el país a la ruina”. Si prueban que miento, “callaré por el resto de mi vida”: la carta del honor impresionaba a los cubanos. Seis días antes del golpe, lanzó la bomba más potente: envió un reporte al Tribunal de Cuentas, una denuncia moral más que penal; invocó la ley, pero también la sangre. El tono era apocalíptico: a los magistrados les pidió que pusieran fin a “ese chorro de oro que alimenta al chorro de sangre fratricida”. Evocada la sangre, descripta Cuba como “una tierra de Caínes feroces”, desenvainó la espada justiciera: para vengar a Chibás, hago morder el fango al régimen. No quedaba más que citar a Martí: “¡Para ti, patria, la sangre de las heridas de este mundo, y la sonrisa de los mártires al caer!”. ¿Llevaba agua al molino de los golpistas? Luego Fidel dijo que en esa época estaba volviéndose marxista, pero contenido y léxico evocaban los del nacionalismo católico.64

Fue exactamente entonces, el 10 de marzo de 1952, que un golpe derrocó a Prío y a la democracia cubana. Batista se escudó con los mismos temas de Fidel: corrupción, violencia, caos. Prometió orden y honestidad. Dos preguntas se imponen. ¿Contribuyó Fidel, con su campaña, a cavar la fosa de Prío? Seguro. El golpe, del que tenía noticias, ¿era lo que deseaba? Imposible demostrarlo, pero probable. Así fuera o no, el golpe le calzó como anillo al dedo: no sólo tuvo vía libre para desplegar su furia redentora sin los estorbos de la democracia, sino que pudo hacerlo invocando su defensa. En sentido estricto, la Revolución cubana comenzó entonces.65

Notas

1 F. Betto, Fidel Castro. La mia fede, Turín, Paoline, 1986, p. 60; V. Botín, Raúl Castro: la pulga que cabalgó al tigre, Barcelona, Ariel, 2010, p. 27; J. Castro, I miei fratelli Fidel e Raúl, Roma, Fazi, 2010, p. 36.

2 FC, 3/2/1999; FC, 22/1/2008.

3 FC, 14/5/2017.

4 L. Coltman, The Real Fidel Castro, New Haven-Londres, Yale U.P., 2003, pp. 2, 286; I. Ramonet, Fidel Castro. Biografía a dos voces, México, De Bolsillo, 2009, p. 36.

5 J. Castro, op. cit., p. 61; I. Uría, Iglesia y Revolución en Cuba, Madrid, Encuentro, 2011, p. 66; F. Betto, op. cit., pp. 60, 101; S. Raffy, Castro, el desleal, Madrid, Aguilar, 2006, p. 24.

6 A.L. Bardach, Sin Fidel, Nueva York, Vintage Español, 2012, p. 91; N. Fuentes, The Autobiography of Fidel Castro, Nueva York, Norton & Company, 2010, p. 49; I. Ramonet, op. cit., p. 36

7 FC, 14/5/2017.

8 FC, 4/3/2009; FC, 13/5/2002; FC, 1/6/2002; I. Ramonet, op. cit., p. 48; A.B. Acosta, La balada de los suicidas, Miami, Eriginal Books, 2013, p. 39.

9 J. Castro, op. cit., p. 77; FC, 17/7/2008.

10 S. Walker, Fidel Castro’s Childhood, Kibworth Beauchamp, Matador, 2012, pp. 32, 91; Ramonet, op. cit., p. 62; Coltman, op. cit., p. 7.

11 Fuentes, op. cit., p. 16; Raffy, op. cit., p. 599.

12 Walker, op. cit., pp. xi, 44; Betto, op. cit., pp. 79, 101; Ramonet, op. cit., p. 52; FC, 3/7/98.

13 Fuentes, op. cit., p. 54; Betto, op. cit., pp. 90, 101: p. Symmes, The Boys from Dolores, Nueva York, Pantheon Books, 2007, pp. 287-289; L. Conte Agüero, Mis memorias, CreateSpace, Miami, 2014, p. 12.

14 Bardach, op. cit., p. 44; FC, 5/8/2010; Betto, op. cit., pp. 60, 101; E. Ros, Fidel Castro y el gatillo alegre, Miami, Universal, 2003, p. 43; Symmes, op. cit., p. 32; Coltman, op. cit., p. 9; S. González, The Secret Fidel Castro, Intelibooks 2001, p. 113; Walker, op. cit., pp. 67, 103; E. Guede, Cuba. La revolución que no fue, Miami, Eriginal Books, 2013, p. 441.

15 Walker, op. cit., pp. , 30, 44; Ramonet, op. cit., p. 48; J. Castro, op. cit., p. 46; Raffy, op. cit., p. 218; Betto, op. cit., p. 101; A. Ammar, Cuba Nostra, París, Plon, 2005, p. 24.

16 Coltman, op. cit., p. 9; V. Skierka, Fidel Castro, Cambridge, Polity Press, 2004, p. 15; Symmes, op. cit., 81.

17 FC, 8/9/2000; 1/6/2002; 5/8/2010; Symmes, op. cit., pp. 65-70; Fuentes, op. cit., p. 74; J.A. Rodríguez Menier, Cuba por dentro. El Minint, Miami, Universal, 1994, p. 23; S. Walker, op. cit., pp. 7, 58, 94; González, op. cit., p. 226.

18 González, op. cit., p. 275, p. Ginori, Memorias cubanas, v. 1, Miami, Createspace, 2016, p. 42.

19 C.D. Ameringer, The Cuban Democratic Experience, Gainesville, University Press of Florida, 2000.

20 FC, 1/6/2002; Betto, op. cit., p. 101.

21 Guede, op. cit., p. 678; Coltman, op. cit., p. 18.

22 FC, 5/8/2010; J. Castro, op. cit., p. 79; Ros, op. cit., p. 46.

23 Fuentes, op. cit., p. 76; Ramonet, op. cit., p. 99; Raffy, op. cit., p. 58.

24 Conte Agüero, op. cit., p. 18; Fuentes, op. cit., p. 76; J. Castro, op. cit., p. 82; Ros, op. cit., p. 69.

25 FC, 11/5/1959; C. Ameringer, The Cuban Democratic Experience, pp. 29-31; S. Balfour, Fidel Castro. Una biografía política, Barcelona, Península, 2009, p. 34.

26 FC, 21/10/2002; FC, 5/8/2010.

27 FC, 27/12/2007; Skierka, op. cit., p. 24; B. Latell, Castro’s Secrets, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2012, p. 46.

28 Coltman, op. cit., pp. 22-27; Ros, op. cit., p. 69.

29 FC, 3/7/2008; J. Castro, op. cit., p. 83; Ramonet, op. cit., p. 105.

30 FC, 30/3/2005; Ros, op. cit., pp. 126-136; Conte Agüero, op. cit., p. 29.

31 Symmes, op. cit., p. 197; Ameringer, op. cit., pp. 51-55; M. García Díaz, En Cuba no hay primavera, Miami, Alexandria Library, 2014, p. 46; M. Mencía, “Fidel Castro en la revista Bohemia”, en Cubarte, 8/2/2014.

32 González, op. cit., p. 237; Ramonet, op. cit., p. 99; R. Rojas, La máquina del olvido. Mito, historia y poder en Cuba, Ciudad de México, Taurus, 2012, p. 139; Walker, op. cit., p. 78; Fuentes, op. cit., p. 107.

33 Coltman, op. cit., pp. 35-38.

34 FC, 5/8/2010; J. Castro, op. cit., p. 83; Balfour, op. cit., p. 46; Ameringer, op. cit., pp. 44-45; I. Ehrlich, Eduardo Chibás: The Incorrigible Man of Cuban Politics, Lanham, Rowman & Littlefield, 2017.

35 FC, 27/12/2007; Walker, op. cit., pp. 72, 103.

36 Betto, op. cit., p. 119; Ramonet, op. cit., pp. 106, 162; E. Oltuski, Vida clandestina, Nueva York, Wiley, 2002, p. 43; A. Torreguitart Ruiz, Caino contro Fidel, Guillermo Caberera Infante, uno scrittore tra due isole, trad. it., Piombino, Il Foglio, 2014, p. 62.

37 Ros, op. cit., p. 136; Symmes, op. cit., p. 128; J. Castro, op. cit., p. 85; González, op. cit., p. 111; Ameringer, op. cit., p. 68; LATELL, op. cit., p. 44; Ros, op. cit., p. 137; Conte Agüero, op. cit., p. 23.

38 Fuentes, op. cit., p. 137.

39 FC, 6/11/2009.

40 FC, 30/3/2005; C. Franqui, I miei anni con Fidel, Milán, SugarCo, 1981, p. 153.

41 FC, 9/7/2008; FC, 17/7/2008; Fuentes, op. cit., p. 147; Ros, op. cit., p. 184.

42 FC, 21/10/2002; Ameringer, op. cit., p. 64; Coltman, op. cit., p. 46.

43 FC, 17/7/2008; Botín, op. cit., p. 53.

44 Balfour, op. cit., p. 32; R. Whitney, State and Revolution in Cuba, Chapell Hill, The University of North Carolina Press, 2001; F. Argote-Freyre, Fulgencio Batista, Rutgers U.P., New Brunswick, 2006.

45 Uría, op. cit., p. 83; E. Ros, op. cit., p. 234; Skierka, op. cit., p. 29; S. Raffy, op. cit., p. 81.

46 FC, 7/7/2007; J. Castro, op. cit., pp. 82-86, Ros, op. cit., p. 196.

47 FC, 8/9/2000; González, op. cit., p. 218; Fuentes, op. cit., p. 153.

48 J. Castro, op. cit., p. 97; Raffy, op. cit., p. 86.

49 J. Castro, op. cit., pp. 92-100; Betto, op. cit., p. 119.

50 J. Lee Anderson, Che. Una vita rivoluzionaria, trad. it., Milán, Baldini&Castoldi, 2005, p. 237; Ameringer, op. cit., p. 82.

51 J.A. Blanco, R. Rojas, U. de Aragon; El otro paredón. Asesinatos de la reputación en Cuba, Miami, Eriginal Books, 2011, p. 52.

52 Coltman, op. cit., p. 51; Ros, op. cit., p. 272.

53 García Díaz, op. cit., p. 46.

54 Guede, op. cit., p. 132; Conte Agüero, op. cit., p. 36; Botín, op. cit., p. 56.

55 FC, 25/8/2007; Ameringer, op. cit., p. 155; Ramonet, op. cit., p. 94.

56 FC, 18/5/2008.

57 M. Pérez-Stable, La revolución cubana. Orígenes, desarrollo y legado, Madrid, Colibrí, 1998, p. 43.

58 A. de la Fuente, “Race and Inequality in Cuba”, en Journal of Contemporary History, v. 30, n° 1, 1995, pp. 131-168.

59 Uria, op. cit., p. 123; Oltuski, op. cit., p. 9.

60 Ameringer, op. cit., p. 152.

61 FC, 28/8/2007; Ros, op. cit., p. 302.

62 A. Sierra Madero et al., “‘El 10 de marzo fue una herencia’: Entrevista al Capitán Alfredo Sadulé”, en Cuban Studies, v. 44, 2016, pp. 367-383.

63 FC, en Alerta, 28/1/1952; S. Díaz-Briquets, J. Pérez-López, Corruption in Cuba. Castro and Beyond, Austin, University Of Texas Press, 2006; Ameringer, op. cit., pp. 176-178.

64 FC, en Alerta, 11/2/1952; 4/3/1952; Guede, op. cit., p. 680.

65 Ramonet, op. cit., p. 94.

II. El revolucionario

La Revolución cubana, se suele decir, comenzó el 26 de julio de 1953 con el asalto al Moncada, el cuartel de Santiago de Cuba. Pero si ello ocurrió, fue porque antes fue el golpe de Batista. Si no hubiera sucedido, Fidel habría tenido dificultades para socavar el orden en el que no creía, ya que habría sido un orden legítimo. O bien habría sido elegido un gobierno ortodoxo, contra el cual no habría podido invocar la insurrección: ¿quién lo habría seguido? No puede excluirse que su ansia redentora se estrellara contra el sistema democrático.1

O quizá no. De todos modos no importa: el golpe le preparó a Fidel la mesa tal como deseaba. Iniciaba la guerra entre el paladín de la justicia y el demonio usurpador. Ya no había en el campo mil voces, actores, instituciones. Rotos los diques del orden constitucional, no había motivo para dejarse encadenar por los rituales de la democracia: había llegado la hora de la sangre, su hora.

1. Doble vía

El golpe, dijo Fidel, no había sido contra Prío sino contra el pueblo. ¿Qué entendía con la palabra “pueblo”? Tenía de él una típica noción cristiana, paternalista y pedagógica: una comunidad “sana y modesta” cuya conciencia debía ser formada por un guía, un sacerdote que convertía, un soldado que combatía. ¿Y con la palabra “democracia”? ¿Aludía a aquella liberal? ¿A aquella orgánica de Perón o de Franco? ¿A las “democracias populares” comunistas? Pronto para decirlo. Lo cierto es que era evidente que el pueblo al que aludía no era aquel de la Constitución: era la plaza, la masa unánime. Es verdad: desde entonces invocó elecciones libres. Pero después se ufanaría de haber disimulado sus objetivos.2

No por casualidad, Fidel se distinguió enseguida de los otros grupos nacidos para combatir al régimen. Los jóvenes reunidos por el profesor García Bárcena confiaban en los militares para volver a la democracia. Fidel no quiso saber nada: quería una verdadera revolución, ni militares, ni burgueses. El profesor acabó en la cárcel, los derechos civiles fueron suspendidos: tanto mejor para Fidel, una razón más para lanzar la revuelta armada.3

Inició entonces su juego sutil: para empuñar la bandera de la democracia, debía cultivar a los partidos; para hacer la revolución, lograr que fallaran e imponer la lucha armada. Por lo tanto, mientras invocaba la Constitución, reclutó su ejército. En los tiempos del golpe tenía una visión revolucionaria y la idea de cómo realizarla, dijo años después. El modo le resultaba claro: no quería hacer la revolución para lograr el poder, sino tomar el poder para hacer la revolución; “usaba las vías legales”, explicó, para tomar “el poder por la vía revolucionara”. Más claro, imposible.4

La doble vía democrática y revolucionaria nació enseguida. Fidel se lanzó contra Batista haciendo gala de lealtad constitucional. Bien que habiendo usado toda arma contra el orden legítimo, se irguió en su férreo defensor: “Nos estábamos acostumbrando a vivir dentro de la constitución, doce años llevábamos sin grandes tropiezos”, escribió. Nunca lo había admitido, ni volvería a hacerlo jamás. Con los dirigentes ortodoxos, en tanto, cantó loas a las armas. Desde entonces, Batista ocupó en su retórica el rol antes de Grau y Prío: el mal, el demonio; hay que odiarlo sin matices, decía a Mirta; la historia lo recordará como la peste. Y la historia le importaba: como nom de guerre eligió Alejandro: Magno, obvio. Si Batista era el dragón, él era San Jorge. “Es la hora de los sacrificios y de la lucha”; decía Martí: “Morir por la patria es vivir”. O héroes o mártires.5

2. El fin de la juventud

Con el orden constitucional, cayó también el matrimonio de Fidel. Mística revolucionaria y familia eran incompatibles. Lo encontramos en calzoncillos sobre el diván, leía un libro, refirió un amigo que pasó a encontrarlo. Pero Mirta les pidió un préstamo: la leche para el niño. Así no podía durar. Tanto más que Fidel no se resistía a las mujeres burguesas encandiladas por el rebelde: así fue con Naty Revuelta, mujer de un cirujano; desde 1953 la frecuentó asiduamente. Ella le dio las llaves de un apartamento para escapar de sus perseguidores.6

El golpe no ayudó: la familia de Mirta entró en el gobierno y Fidel la intimó a mantener lejos de casa a los familiares, eran enemigos. La actividad conspirativa lo absorbió y la familia se desmoronó: en la casa le cortaron la luz e incautaron muebles; ocurrió que tuviera dinero pero lo negara para las necesidades del hijo: era para la revolución. ¿Era una forma insana de narcisismo? No para él: se avocaba al bien de otros, decía.7

La devoción a la causa era totalitaria: devoraba afectos, los sentimientos eran debilidades. Fidel lo descubrió cuando un amigo informó a la policía de sus actividades: aprendí, dijo, que nunca hay que confiar en nadie; el revolucionario no tiene amigos. Verdaderos amigos, en efecto, no tuvo nunca. La familia devino un acodo de la causa: si hacía falta dinero estaba Ramón, el hermano mayor.8

3. Voluntad

Fuentes, que lo conocía bien, hace decir al Fidel imaginario de su autobiografía aquello que el verdadero Fidel no dijo nunca, pero era verdad: nosotros comenzamos a matar. Si hubiéramos esperado las condiciones objetivas para la revolución, se habría desarrollado el capitalismo. La revolución fue obra de la voluntad. Y fue así: al inicio la dictadura de Batista fue blanda, la vida en Cuba continuó como antes, toleró incluso algunas libertades civiles. Por lo tanto urgía un acto que obligara al régimen a reaccionar y a los cubanos a tomar partido: el Moncada. Yo ya era marxista, sostuvo luego Fidel; pero no actuó en base a los dictámenes del materialismo histórico. Actuó como soldado cristiano: la fe hace la historia, no la razón, ese fue el sentido. Quien le era cercano lo recuerda bien: no tenía nada del marxista.9

Las redes anchas del régimen le permitieron denunciarlo en los tribunales y acusar de pasividad a los partidos desde un nuevo diario, El Acusador, título que lo decía todo sobre el pedestal moral desde el cual predicaba. Ambicionaba a emplazarse, hierático y solitario, a la cabeza de la lucha contra Batista. La revolución de Batista no era fuente de derecho porque no era tal, dijo. Pero una revolución que hubiera introducido “una nueva concepción del Estado”, la suya, habría “generado derecho”.10

Democracia y Constitución eran hojas de parra. ¿Batista y Prío? Iguales; todo era el mal, él era el bien. ¡Acusó a Prío de haber censurado a la prensa desde la cual lo había insultado! A Batista no le perdonaba los pecados: tus mentiras te condenan. Dada la perdición, a “Cuba le queda una vía”: la inmolación, la heroica rebelión nutrida por la sangre derramada. ¿Los dirigentes ortodoxos, que pedían moderación? “Cobardes” que “apartan a la juventud del sacrificio”.11

El léxico no había cambiado: espíritu contra materia, ideales contra riqueza, muerte y regeneración; al culto de héroes, virilidad y juventud lo adornaba el odio por la pequeña burguesía, numerosa en la capital. Era un nacional-católico, animado por el vitalismo antiburgués típico de las juventudes fascistas. Celebró el centenario de Martí con un desfile militar entre antorchas encendidas: todos pensaron en la falange. Quien lo conocía bien advirtió: si él debiera triunfar, adiós a la democracia.12

4. Armas y política

Fidel luchaba en dos frentes: contra Batista, que se consolidaba alternando represión y promesas de elecciones. Y contra los partidos en busca de soluciones políticas, divididos por las aperturas del régimen. Tenía ideas claras acerca de cómo erosionar los planes de ambos: llevando la violencia a las calles, polarizando el clima. A Batista eso no le disgustaba y lo aprovechó para sustraerse a las elecciones prometidas. Fidel y Batista se usaban uno al otro contra la vieja política.13

Por lo tanto, cuanto más Cuba se polarizaba, tanto más Fidel se aproximaba al centro de la escena; si luego había algún muerto, nadie como él sabía aprovechar del mártir: sucedió y él guio la procesión al cementerio. La prensa fue megáfono, en particular Bohemia: el semanario de Miguel Ángel Quevedo le abrió las puertas de una inmensa platea. Fidel escribía bien, tenía gran olfato para los símbolos y las emociones. Crucificó a Batista por el asalto al atelier de un escultor. ¿La razón? Habían sido destruidos unos bustos de Martí y de la Virgen de la Caridad, símbolos de la patria. ¿Lo había urdido él mismo? Así se dijo. ¿El mensaje? Batista era antipatriótico.14

A mediados de 1953, Fidel se convenció de que urgía actuar: los partidos tradicionales habían dado pasos hacia un frente único. Dijeron no a las elecciones de Batista, pero también a la violencia para abatirlo. Si hubieran tenido éxito, la lucha armada hubiera acabado en una vía muerta. ¿Cómo hacerlos descarrilar? Tomando la Bastilla, el Moncada, confió a Naty: imponiendo a todos las armas.15

¿Quiénes eran los apóstoles reclutados para asaltar el Moncada? Reunió unos mil doscientos, refirió. Jóvenes trabajadores, él era el único revolucionario profesional: lo mantenían. Muchos gallegos, notó. Pocos afrocubanos, a diferencia de los soldados conscriptos que estaban en el cuartel. Venían de la juventud ortodoxa, nacionalistas católicos atraídos por el comunismo. Los dividió en un comité civil y otro militar del cual ocupaba el vértice. Sobre lo que debían hacer, reinaba el secreto.16

Hacia Fidel nutrían la fidelidad del creyente. Les enseñó la biografía de Marx: como si fuera la vida de un santo, sabía el impacto que tenían esas vidas sobre los jóvenes. Fue fácil convertirlos al marxismo, explicó, convencerlos que era coherente con los valores cristianos. Impuso costumbres puritanas y austeras, la regla militar y conventual que bien conocía. Melba Hernández, una militante, lo definió como una experiencia religiosa. ¿Es sano?, preguntaba Fidel de cada uno. Entendía: puro, sin vicios: quería “inculcarles normas de conducta”. Tan devotos eran que, cuando los reunió la noche anterior al Moncada, sólo cinco se rehusaron; sin embargo sabían que podían morir.17

5. Moncada

¿Qué piensa de un ataque al Moncada?, preguntó Fidel al profesor Portell Vilá. Sería suicida, respondió el experto. Pero no cambió de idea. ¿Por qué? Según algunos porque se consideraba más experto que todos, o tenía confianza ciega en la fuerza de la fe. Pero se diría que a Fidel no le importaba la improbable victoria que provocara la improbable sublevación popular: el desastre militar era el precio del triunfo político. ¿Habría habido muertos? Mejor. La redención cuesta sangre, los mártires tendrán la gloria. Aquel “sacrificio”, dijo, salvó el honor de la nación. Fue un “revés”, admitió, pero una “victoria moral”. ¿Quién recordaba las decenas de muertos?18

Del Moncada se sabe todo: fue el primer acto de la revolución, el 26 de julio de 1953. La versión de Fidel es la oficial, pero las hay para todos los gustos: minuciosas investigaciones, narraciones polémicas, dichos populares. El más impiadoso: Fidel “llegó tarde, no entró, se marchó temprano”.19

Fidel siempre declaró que habría vuelto a hacer todo del mismo modo: curioso, habiendo fallado. Culpa de la inexperiencia y de “la casualidad”, dijo. Su versión devino Escritura. Pero es tan tambaleante y apologética que hace dudar. “Me había tomado la tarea más riesgosa”: conducía el primer automóvil, el fusil en la mano izquierda, la pistola en la mano derecha, textual. ¿Por eso chocó e hizo saltar el efecto sorpresa? Pero no huyó: dejé el auto a un compañero, quedé solo, “era indiferente a la muerte”.20

La idea era que con las armas sustraídas al Moncada habría lanzado la insurrección, el pueblo lo habría seguido, estaba seguro. Yo era marxista, dijo. ¿Muchos militantes eran católicos? Irrelevante. Luchar contra “la explotación del hombre por el hombre” iba bien para todos; yo lo había sufrido, exageró. El manifiesto para leer en caso de éxito evocaba típicos temas del nacionalismo latino, embebido de moral cristiana: regeneración moral y justicia social, no lucha de clases y socializaciones. Sin embargo, admitió que si la revolución hubiera triunfado, habría sido precoz, no habríamos tenido la protección soviética. Como todo en su vida, también la derrota fue providencial.21

Otras versiones dicen que fue una desbandada y que Fidel huyó cuando sus hombres aún estaban atrapados en el cuartel; no llegó primero, ni disparó un tiro, dijeron algunos testigos. ¿Y el plan militar? Era tan débil que no podía creer en el éxito, lo que le importaba era el efecto político. Tomar con ciento veinte hombres un cuartel de mil soldados exigía ayuda desde el interior: había dicho que la tenía, pero no se los vio. ¿Había mentido para conseguir reclutas? No se sabe. Sin embargo, tenía sentido: si era el primer paso hacia la revolución, el líder no podía perecer. Se comprende que dijera que sentía “sobre la conciencia el enorme peso” de haber comprometido a esos jóvenes en una empresa tan azarosa. ¿Arrepentido? No, su sangre había servido a la causa, el fin justificaba los medios.22

El Moncada cambió el curso de la historia cubana. Dado que en el asalto habían muerto veintidós muchachos, la mayor parte soldados, prevaleció el horror hacia los asaltantes. Pero apenas se supo que el ejército había masacrado y vejado a sesenta y un rebeldes capturados, la rabia golpeó al régimen: criminal y autolesivo, le había servido a Fidel una victoriosa derrota. Fortalecido por todos aquellos mártires, su popularidad subió a las nubes.23

6. El obispo

¿Cómo logró Fidel fugarse del Moncada? ¿Cómo evitó correr la suerte de los compañeros? ¡Era el primero en la lista de los militares sedientos de venganza! En medio del infierno, él y Raúl salieron sin rasguños. Su relato es tan edificante y elogioso de sí mismo que no se sostiene: huyó junto con dos rebeldes hacia los montes sobre Santiago; hallada una cabaña, nos dormimos agotados; fue entonces que una patrulla nos encontró. La guiaba un ángel, el subteniente afrocubano Pedro Sarría, que impidió a la tropa que lo mataran y lo bendijo: “No se matan las ideas, dijo para sí mismo” el oficial, narró Fidel. Otras veces cambió versión: no lo murmuró ¡sino que lo “gritó con formidable energía”! A tal punto se enamoró de tal historia que cada vez la fue condimentando con nuevos detalles.24

Pruebas y testimonios cuentan otra historia: Fidel salvó el pellejo por las relaciones sociales de su familia. La primera que pidió ayuda fue Mirta: Fidel estaba prófugo y el régimen no hacía prisioneros; su padre era ministro y su hermano poco menos; recurrió también al cardenal Arteaga. Pero decisiva fue la familia Castro. Ángel se deshizo en lágrimas cuando supo que Fidel había corrompido al amado Raúl, pero la madre corrió a Santiago y buscó a Pérez Serantes: arzobispo, amigo de familia, gallego. Este contactó al jefe militar de la provincia, de quien obtuvo que se ahorrara la vida de Fidel. Y como desconfiaba, escribió una carta pastoral para hacer público el compromiso de clemencia. Un campesino fue a avisarle que Fidel quería entregarse a él, pero cuando fue a buscarlo ya estaba en manos de Sarría.25

Fundiendo historia y leyenda para hacer del evento una etapa de su vida sagrada para enseñar al pueblo, Fidel canceló al verdadero salvador, Pérez Serantes, y exaltó a Sarría. Era lo que le convenía: el primero era un príncipe de la Iglesia, el segundo un humilde soldado. Pero el arzobispo había sido decisivo, al punto que Bohemia le dedicó la tapa. Dudaba de Fidel: tenía fama de joven violento, pero para todos era el católico vástago de una familia católica.26

¿Y Batista? Quién sabe cuántas veces se habrá arrepentido de haberle perdonado la vida a Fidel. Le gusta la buena vida, dijo, no durará. Se le escapó la vocación, lo subestimó. En todo caso para Fidel aquel arresto quedó como algo embarazoso, trató de justificarlo de mil maneras. Se había rendido pero juzgaba a la rendición una debilidad moral, era vergüenza, carencia de virilidad; no se la perdonaba a nadie, figurarse a sí mismo. No por casualidad sus enemigos se lo imputaron y él negó siempre, desafiando a la evidencia: “Nunca me rendí al ejército”.27

7. La historia me absolverá

En la cárcel por los hechos del Moncada, Fidel no se sentía derrotado: le esperaba una dura condena, pero la partida recién estaba comenzando. Se había ubicado en el centro de la escena nacional: todos debían tenerlo en cuenta, también el PSP que lo acusó de insurreccionalismo pequeñoburgués, se encontró sobrepasado por su estrategia militar. La solución electoral se alejaba: ¿cómo negociar con los carniceros que habían masacrado a prisioneros inermes? A Fidel no le iba mal como parecía.28

El proceso fue más que decente, considerando que en Cuba había una dictadura. Sólo uno de los tres jueces era fan de Batista; la defensa ejerció sus derechos. La arenga de Fidel, La historia me absolverá, duró horas: nunca fue interrumpido. Fue condenado a quince años de cárcel, ni siquiera tantos. Pesaron quizá las presiones de quienes deseaban paz en Cuba: la oposición, la Iglesia, los Estados Unidos.

Fue el discurso más famoso de Fidel. Para muchos encarna al Fidel demócrata, muerto al nacer por los enemigos que lo empujaron hacia el comunismo. Es una interpretación sin fundamentos. El contexto es conocido: Fidel quería la insurrección, boicotear soluciones electorales, tomar la guía de la oposición. A tal fin debía mostrarse fiel a la Constitución, cosa que en la arenga hizo con pasión. Pero sus planes y sus ideas eran hostiles a los principios democráticos de la Carta. Lo que ambicionaba era un “nuevo orden”, hijo del éxito militar.29

La historia del texto tiene aspectos legendarios: ¿es aquel que Fidel pronunció en el proceso? ¿Es él el autor? En el juicio no le fue permitido leer y por prodigiosa que fuera su memoria, es imposible que en su celda reprodujera literalmente el discurso. La leyenda quiere que lo escribió con una pequeña pluma embebida de jugo de limón entre las líneas de las cartas. Para algunos fue obra de Jorge Mañach, filósofo amigo: las doctas citas lo hacen pensar. Probable que Fidel lo escribiera y Mañach le añadiera de su pluma. Un amigo estalló en carcajadas cuando le preguntaron si quien lo escribió había sido el propio Fidel. Un misterio.30

¿El contenido? Quien no hubiera conocido a Fidel, habría deducido que era un demócrata pronto a morir por la Constitución. Lamentó los abusos jurídicos sufridos: el Estado de derecho era su estrella polar. Era David “indefenso, desarmado, aislado y calumniado” contra Goliat que le negaba “los derechos más elementales”. Se batía por “el derecho de los hombres a ser libres”. ¡Viva la separación de poderes! ¿El viejo régimen? Gracias a la Constitución “todos podían reunirse, asociarse, hablar y escribir con plena libertad”. ¿Posible que hablara de aquello que había combatido? ¿Sobre lo que había escrito exactamente lo contrario? Difícil no pensar que Fidel estaba actuando un rol.

Luego pasó a los hechos. Exhibió orgullo, solemnidad, virilidad; ¡era un guerrero y un sacerdote! No se había rendido a las armas, ¡no era un cobarde! Lo habían vencido el hambre y la sed. ¿Se había visto alguna vez “tanto valor y tanta grandeza”? Fingió: habría podido desencadenar al pueblo, pero quise evitar el baño de sangre. Era un héroe magnánimo: los cubanos debían estar agradecidos, especialmente los soldados: no era su intención luchar contra ellos, dijo buscando seducirlos y separarlos de Batista. Finalmente invocó al pueblo. ¿Qué pueblo? La “gran masa irredenta”, engañada y traicionada, pronta a dar “hasta la última gota de sangre”; un pueblo mítico, entendido moralmente, el pueblo de Dios.

En términos sociales, aquel pueblo estaba formado por desocupados, braceros, obreros, pequeños comerciantes y agricultores, docentes, jóvenes profesionales; era un pueblo nuevo, el pueblo elegido opuesto a los “políticos de profesión”. Fidel exhibía así su patente de ajenidad de la política: no era el líder entre los líderes, sino el profeta que irradiaba carisma. ¿El programa? Lo bastante vago como para no asustar: volver a la Constitución. Acompañado por una oscura apostilla: “Un gobierno aclamado por la masa de combatientes recibiría todas las atribuciones necesarias para proceder a la implantación efectiva de la voluntad popular y de la verdadera justicia”. ¿O sea? Sobre el constitucionalismo de Fidel incumbían pesadas sombras. Prometía luego la tierra a quien la trabajaba y la indemnización de los propietarios, participación de los trabajadores en los réditos de las empresas, confiscación de los bienes mal habidos, vagas nacionalizaciones y reformas varias. Del marxista, ni siquiera el fantasma.

Destacaban en cambio hispanismo católico y matriz campesina: Cuba es un país rural, la ciudad depende de un “campesinado saludable y vigoroso”, dijo. El Estado debía orientarla, darle escuelas y hospitales. Una reforma escolar debía preparar a la vida campesina, extirpar el “egoísmo”, “la maldición de Dios”. No serán “estupideces” como “libertad de empresa, garantía de las inversiones, ley de la oferta y la demanda” las que resolverán los problemas: era un típico anticapitalista católico. Expiados los pecados, Cuba habría desplegado las velas rumbo a la salvación. Prometió de todo: industrias, desecación de pantanales, casas para todos, electricidad en todas partes, plena ocupación. ¿Cómo? Explicó: cuando no se robe más, habrá dinero para todos, no habrá más cubanos pobres. ¿Posible? Bastaba distribuir los panes y los peces y el país habría florecido. El desarrollo era un problema moral.

Invocadas la inocencia del pueblo y la corrupción de la élite, indicada la vía de la redención, quedaba incitar a los cubanos a la lucha. Para ello servían los mártires: Fidel no se ahorró detalles sobre los vejámenes cometidos con los suyos en el Moncada; les habían arrancado los ojos, pero no se habían lamentado. Así era el héroe cubano: corajudo, viril, humilde. Martirio y redención: ¿podía faltar Martí? Comienza, muriendo, la vida, había escrito. Contra el despotismo la resistencia es legítima, gritó: así era para Santo Tomás y Juan de Mariana, jesuita español del siglo XVI; es “lícito el asesinato” del tirano que usurpa el poder. Y Batista, aclaró, era más que un tirano: era un “demonio”. Fue la arenga de un fogoso jesuita.

La razón nos asiste porque “somos cubanos”, agregó. Pretendió así imponer un monopolio moral sobre la nacionalidad: los revolucionarios eran cubanos, los otros no. La nación no era un pacto político, sino un organismo natural dotado de alma, la cubanidad, que él encarnaba en nombre del pueblo; su pueblo, traicionado por quien, exponiéndolo al liberalismo estadounidense, dejaba de ser cubano. Como todos los populistas latinoamericanos, Fidel combatía la eterna lucha entre espiritualismo latino y materialismo anglosajón, organicismo católico e individualismo protestante, una guerra de religión.

“Condenadme, fue el cierre: no importa, la historia me absolverá”: palabras similares a aquellas de los jerarcas nazis en Núremberg. Estaba convencido, y siempre lo estuvo, que la historia responde a leyes y a un fin preciso. Para algunos, tal fin era el progreso. Pero el historicismo de Fidel no era científico, tenía otros orígenes: suponía que la historia respondía a un diseño divino cuyo fin es la salvación del hombre. De allí su función providencial en la historia: redimir a la humanidad del pecado.31

8. Equívocos

En su arenga, Fidel mencionó a Thomas Paine y Franklin D. Roosevelt, comparó a Lincoln y Martí. ¿Basta para asimilarlo al New Deal e incluirlo en el reformismo democrático? Para nada: el reformismo rooseveltiano es coherente con el constitucionalismo liberal de los Estados Unidos; Fidel es del todo extraño a aquel universo ideal y no es un reformista: es un redentor. Recordando la arenga, declaró que ya admiraba a Lenin y definió a Stalin “un militante honesto y devoto”: lástima sus “graves errores”.32

Por otra parte, Fidel citó también a Montesquieu, Locke y la Constitución de Filadelfia: pero nada hace pensar que los conociera y apreciara; en el futuro se los tomaría en broma. Y ningún pensador socialista comparece entre tantos citados en la arenga. ¿Cómo explicarlo? Con la mano de Mañach, anticomunista radical, o de otros como él. Y con la necesidad de adaptar los medios a los fines: debía pasar por constitucionalista si quería imponerse como guía de la oposición. Devota de la causa, Haydée Santamaría explicó cómo eran las cosas: el alma de su hermano, muerto en el Moncada, vivía en Fidel, dijo; el racionalismo iluminista no tenía nada que ver.

Fidel luego intentó justificar la ausencia de referencias al socialismo: hubieran sido imprudentes, Cuba no estaba pronta. Exaltaba así su agudeza táctica. Otras veces pretendió que hubiera en su arenga un ataque implícito al capitalismo: las ideas socialistas estaban, pero los cubanos no le hicieron caso. Finalmente se superó: en la arenga, donde defendía la propiedad privada, “están los elementos básicos de una futura revolución socialista”. ¿Qué decir? Fidel manipulaba el pasado para tornarlo coherente con su ideal. Como las vidas de los santos, en la suya no había contradicciones.33

9. Isla de Pinos

Fidel descontó su condena en la Isla de Pinos, donde se reencontró con sus compañeros. La prisión es batalla, repetía. Fue más que nada un convento donde estudiar y poner a prueba la fe. Fue el animador y el sacerdote: el rigor y la disciplina carcelarias le hicieron revivir la atmósfera de los jesuitas, dijo. Uno de ellos, Ángel Gaztelu, iba a celebrar la misa: eran buenos católicos, recordó. Fidel no era la excepción: “Dios es la idea suprema del bien y la justicia”, escribió al padre de un joven asesinado.34

Ello no hace pensar en malas condiciones de detención. Sin embargo, cuenta Fidel, tras la protesta con la que reaccionó a una visita de Batista, le impusieron el aislamiento: “enterrado vivo” durante diecinueve meses. Indulgía en el victimismo: estuvo aislado durante cuatro meses y por lo demás no la pasó tan mal. Lo prueban sus cartas: se complacía de las comidas, de las mañanas al sol. Podía escribir, escuchar la radio, recibir visitas. Me cuidan, escribió.35

Escribo “con la sangre de los compañeros muertos”: así se dirigía a Conte Agüero, ortodoxo anticomunista. Le resultaba útil: era el locutor radiofónico más escuchado de la isla. Con los íntimos era franco: quiero revolucionar a Cuba de la cabeza a los pies, escribía. ¿Alguien me odiará, incluida mi familia y los compañeros de escuela? Valía la pena. Las heridas de la infancia aún le dolían. Así veía a Cuba: una pequeña banda de privilegiados por un lado, el pueblo virtuoso del otro lado. El léxico era el de un falangista católico.36

Golpeaba a las puertas de los dirigentes ortodoxos, aquellos a los que había acusado de traicionar los valores del partido. Era un dar vuelta la cara. Para convencerlos, recordó a las “masas del partido” que “rogaban de rodillas sobre el prado” cuando agonizaba Chibás. Quería que lo siguieran en la vía de la redención: Cuba es un Huerto de los Olivos donde “debemos sudar sangre” por “un mañana distinto”, escribió. Había que quemar la hipótesis de una solución política; los negociados entre los partidos le causaban “accesos de rabia”: la política era guerra moral entre bien y mal, paraíso e infierno.37

¿Qué deseaba Fidel? Cuando lo pusieron en aislamiento, pidió una campaña de protesta “contra mi insólita posición”. Era ilegal, se lamentó. Sólo la prensa podía doblegar al ministro del Interior, aquel “afeminado al último grado de degeneración sexual”, escribió. Pidió a Conte Agüero que en la radio contara cada día la duración de su martirio. Y la ganó: Bohemia lo entrevistó y publicó destacadas sus palabras. Batista seguía subestimándolo.38

Pero urgía salir de la cárcel: adiós revolución, de lo contrario. Y sólo el Partido Ortodoxo, con su presión, podía forzar al régimen a liberarlo. Fue lo que le pidió al partido haciendo profesión de fe democrática: debía levantar una ola de solidaridad con los detenidos del Moncada. Fidel usaba su viejo partido, al que despreciaba, para lograr la libertad de enterrarlo. Con los más fieles, no se andaba con vueltas: sonrisas para todos, advirtió; “Ya habrá luego tiempo para aplastar todas juntas a las cucarachas”. En la espera leyó Lenin y Marx, se entusiasmó por Robespierre y Napoleón, se aburrió con Kant y Freud: así le escribió a Naty. Y estudió “la psicología de las masas”. Sobre el hábito católico se cosió el de marxista.39

10. El honor de Mirta

Mientras estaba preso, el matrimonio de Fidel acabó con un estallido. Su corazón no palpitaba más por Mirta, lo hacía por Naty Revuelta, a quien lo unía la complicidad política. Es fácil imaginar la humillación de Mirta cuando recibió una carta destinada a Naty. Pero dejando de lado los paños de marido mujeriego, Fidel vistió en un instante aquellos de la víctima cuando oyó en la radio una noticia que lo dejó helado: Mirta había obtenido un salario estatal. El mundo se le cayó encima: ¡era lo que solía denunciar! Su fama de revolucionario integérrimo peligraba. Se sintió traicionado y ensuciado. Trató de aplacar los “odios mortales” que tenía en su pecho; meditó venganza contra el cuñado, a quien atribuía la conjura; por fortuna “tengo el corazón de acero”, escribió. Dudo que un hombre “haya sufrido como yo he sufrido en estos días”: tanto valía para él “el honor”. Debía “devolver la ofensa”.

Mirta sabía, dijeron algunos; no, era un obsequio del hermano, según otros; Fidel era responsable, pensaron muchos: no se había ocupado de ella; ¡alguien debía hacerlo! Mirta estaba destruida por la culpa y Fidel no le perdonó haber puesto en peligro su misión histórica. Los tribunales le habrían quitado a su hijo, pero pidió el divorcio: el “deber hacia la patria” importaba más que los sentimientos; seré el vencedor moral, escribió. Cuando salió de la cárcel se sacó las ganas o consumó la venganza: dejó embarazada a Naty primero y luego a María Laborde. La idea de que Fidelito creciera entre los odiados enemigos lo hacía enloquecer: lo habría recuperado.40

11. Enemigos por la piel

La suerte de Fidel estaba colgada de la de Batista. La esperanza de una amnistía estaba atada a los tiempos electorales del dictador. Batista quería legitimar su poder y dividir a la oposición. Para lograrlo, convocó a elecciones en noviembre de 1954: debía mostrarse magnánimo. La clemencia hacia los rebeldes del Moncada le pareció un justo precio: agudizaba la ruptura entre radicales y moderados. En realidad corrió solo: fue una victoria de Pirro.41

Fidel hacía caja: los litigios entre los partidos y la farsa electoral lo favorecían. Cuando el Senado debatió la ley de amnistía, olfateó la ocasión: la quería sin renunciar a las armas; debía ser una victoria, no una concesión; también los fariseos, explicó, preguntaron “a Cristo si debían pagar el tributo al César” para desacreditarlo sea delante suyo que frente al pueblo; en los hechos, Cristo era él. Atormentó a todos con cartas para que se batieran por la amnistía: no soy un agitador, juró, soy responsable. Llegó hasta Goar Mestre, rey de la televisión. La CIA aconsejó liberarlo: era un católico, un dique contra los comunistas.42

Fue entonces que Rafael Díaz-Balart, el hermano de Mirta, pronunció en el Parlamento un discurso premonitorio. Lo conocía como pocos: concediendo la amnistía a Castro, advirtió, no tendremos la paz; aspira al poder total; la democracia le es extraña. Si triunfara, crearía un régimen totalitario; es un fascista psicópata, continuó. Y ya que el fascismo se terminó, encontraría en el comunismo la ideología con la cual justificar sus crímenes. Fidel traerá lutos, sangre, violencia y miseria, concluyó.43

12. Amnistía

Aprobada la amnistía, el 15 de mayo de 1955 Fidel dejó la cárcel. Quien pensara que se había amansado, se ilusionaba. “Reforzado por el sacrificio” se sentía más fuerte que nunca. Ahora, anunció, “podré predicar con el ejemplo”: “soy pobre”, no aspiro a nada, estoy desarmado, soy incapaz de odiar. Martí, cuyo pensamiento me guía, predicaba el amor, como Cristo. Derramaba retórica, actuaba como pastor de almas, sus secuaces percibían en él algo de místico.44

Era tiempo de organizar su ejército clandestino: el Movimiento 26 de Julio, M26, así se llamaba, debía devenir un “haz indestructible”. ¿Las claves? Tres: ideología, disciplina, guía; se inspiraba en Napoleón; Perón decía lo mismo. Fundó un poderoso aparato de propaganda. A quien hubiera creado facciones, lo habría “destruido en modo implacable”. Moncada, mártires, prisión: su mito brillaba, muchos jóvenes estaban prontos a seguirlo: sabotajes, incendios y atentados se volvieron pan cotidiano.45

¿Era pensable que Fidel respetara los compromisos con los ortodoxos y aquellos que se habían batido por su liberación? En lo sucesivo los borró de la historia: fui liberado por la “presión del pueblo”, dijo. Se aprestaba a poner en acto los planes para tomar el poder elaborados en la cárcel. Volvió a bombardear desde las páginas de la prensa. ¿El coronel Chaviano, carnicero del Moncada, lo definía como un criminal? Él era como Nerón, rebatió: había justificado la masacre de los cristianos acusándolos del incendio de Roma.46

No obstante, pronto tuvo que hacer cuentas con la realidad: Batista quería su cabeza, y tenía cierto consenso: cuando vio una manifestación que vitoreaba al dictador se salió de las casillas: ¡no podía ser el pueblo! Muchos opositores, además, apostaban a las urnas, no a las armas. Se hizo el duro y desafió a Batista: no temo por mi vida, tronó. Pero ya pensaba marcharse de Cuba.47

La escena política estaba atestada. Los partidos todavía tenían sus cosas para decir y otros jóvenes amenazaban oscurecer su estrella: José Antonio Echeverría, fundador del DR, el Directorio Revolucionario, era el más carismático. Fidel corría el riesgo de ser una voz entre muchas. Debía imponer su esquema: yo o Batista, para eso servía la violencia. ¿El régimen reprimía? Mejor. Se irguió en paladín de la prensa libre y de los obreros en huelga: “Estaremos siempre con los pobres de este mundo”, dijo evocando al Evangelio. Se hizo la víctima: el gobierno me impide dirigirme al pueblo. Mientras fuera él quien conducía el baile: si el que ponía bombas o hacía atentados era el DR, católico y anticomunista, expresaba “repulsa del terrorismo”. Pero el M26 no era para menos.48

13. México

Me quedaré “a pesar de los riesgos”, pondré el pecho “frente a la bala homicida”, había jurado. Pero cuando el aire se tornó pesado, Fidel dejó Cuba. ¿Cómo no pasar por vil? Exhibió desprecio moral: he oído esbirros insultar a las madres, ¡cuánta decadencia moral! No era él que dejaba Cuba, sino Cuba que no lo merecía. Aquí “ya no se puede vivir”: es hora “de partir o de morir”. Partió. Recibí amenazas, el teléfono está interceptado, explicó. “¡Si yo dijera al pueblo de Cuba lo que tuve que sufrir mientras estaba preso e indefenso!” Para el victimismo era imbatible. No visitó a su padre enfermo, ni volvió a verlo nunca más.49

Ahora que la represión arreciaba, Fidel pudo sostener haber sido obligado a “la vía subversiva” que ya había elegido. Se reunió con sus hombres en Ciudad de México, donde creó un cenáculo conventual: los círculos de estudio eran marxistas leninistas, pero entre los libros de texto estaba la Biblia. Predicaba, arengaba, persuadía; mantenía largos monólogos. Velaba sobre la vida de los compañeros: era padre, sacerdote, guía. Púdico y moralista, imponía reglas estrictas: compró un traje de baño enterizo a una joven que se bañó en bikini.50

En México organizó, reclutó, indoctrinó. Tenía claro qué hacer y cómo hacerlo: lo había planificado. Tras hablar toda una noche, Ernesto Guevara adhirió al M26: halló que Fidel era inteligente, corajudo, seguro de sí mismo. Encontró a Alberto Bayo, militar republicano español, hombre experto: no comprendía cómo Fidel quisiera crear un ejército sin hombres ni dinero, pero fue seducido y aceptó adiestrarlos. Dondequiera que hubiera exiliados cubanos, Fidel reclutó. Su misión era su obsesión. Incluso con las muchachas no hablaba de otra cosa. En tanto, en la isla crecía una red de apóstoles que divulgaba sus escritos.51

La disciplina era el primer mandamiento de su ejército, pocas decenas de hombres: la fe los unía. Fidel anotaba cada detalle de cada soldado. Había redactado un rígido reglamento; convento y cuartel. Agotado por los ejercicios, un recluta levantó bandera blanca. Los Castro lo condenaron a muerte; Bayo le salvó la vida y observó: ¡cuánto rigor fanático! Melba Hernández habló mal de Fidel: se salvó porque era mujer. A un compañero le fue peor.52

¿El objetivo? Liberar Cuba, la tierra prometida. En 1956 “seremos libres o mártires” prometió: era un voto, fruto de sus dotes proféticas. Redactó el primer Manifiesto a los cubanos; invocaba reformas nacionalistas como las de Cárdenas en México, una huelga general, improbables insurrecciones; a propósito del socialismo, ninguna mención. Su lenguaje era explícito: él, Cuba y el pueblo eran un solo haz.53

Obvio que la actividad de aquellos cubanos armados no pasó desapercibida a las autoridades mexicanas y que las autoridades cubanas intentaran ponerle fin. Fidel y los suyos tuvieron por lo tanto problemas: sufrieron atentados y pasaron un mes en la cárcel. ¿Son comunistas?, les preguntó la policía. Fidel negó, para “desinformar al enemigo”, explicó. Pero Cárdenas tenía olfato: reconoció en él al típico nacionalista latino y lo sacó de los problemas. Guevara estaba seguro: Fidel no era comunista. Cuando la prensa escribió que lo era, explotó: “Basta de mentiras”. Quien me conoce, se defendió, sabe cuán “absurda” es esa calumnia.54

14. Dinero

Fidel despreciaba el dinero: no “hace la felicidad”, decía. Nunca se había tenido que preocupar por ello. Al salir de la cárcel le habían ofrecido un trabajo: lo rechazó indignado, tenía bien otras cosas que hacer. Pero hacer la revolución costaba, hacía falta dinero. “No aceptaremos ayuda de malversadores”, juró. Después: “Sé lo que es el hambre de un hijo teniendo el dinero de la patria en el bolsillo”. Pero su precariedad económica no era fruto de la injusticia, sino de sus elecciones de vida.55

Buscó ayuda: parece que la pidió a Perón, que fue derrocado en esos días. Se dirigió entonces a los cubanos en los Estados Unidos. Fue a Miami y Nueva York a perorar la causa: ¿cómo es posible, gritó, que tantos cubanos dejen un país potencialmente rico? Qué ironía, con el sino del después. Algo recolectó, pero engañaba al anunciar diez mil afiliados al M26 y mentía sin pudor declarando que en Cuba tenía cien mil hombres en armas. Nuestro movimiento tiene virtudes franciscanas, decía: se sabe que “vivimos pobremente”. Por eso seremos ayudados: estaba seguro. ¿Cómo? Quién sabe. A nadie, escuchando el léxico religioso, le vino a la mente el comunismo. Bohemia escribió que el M26 guiaba la “lucha antimarxista”. Fidel aplaudió.56

De ello las jugosas ayudas recibidas por furibundos anticomunistas: Justo Carrillo, fundador de la Agrupación Montecristi, estaba vinculado a los bancos y lo ayudó mucho. Quién sabe si esos banqueros eran los “malversadores” de los cuales Fidel decía no querer dinero. No los nombró jamás; habló sólo de “humildes manos” que aportaban pequeñas cuotas. Aquellos notables se suicidaron: alguno en sentido metafórico y otros, más tarde, literal.57

15. Patria

En Cuba la vida continuaba. Mientras Fidel se marchaba, regresó Prío: decidido a batirse por la democracia, colmó de manifestantes una plaza. En la prensa crecían las críticas a Fidel. Violencia y fanatismo salieron a flote. Un político apuntó el dedo: “La patria no es de Fidel”; pretendía encarnar a la totalidad de los cubanos, observó; si hubiera llegado al poder habría querido ser Dios y César juntos. Fidel se enfureció y escribió réplicas cargadas de odio.58

Tenía cola de paja: vivía las críticas como afrentas personales; con las respuestas quería demoler al adversario. Era la víctima, ¿cómo osaban criticarlo? ¿Por qué la tienen conmigo? Por mi fe incorruptible: mi única lealtad es hacia “la verdad que predico y practico”; por lo tanto elijo el sacrificio. Sacerdote y guerrero, como siempre: los críticos “clavan el puñal en la espalda del combatiente”, son “enemigos disfrazados”, pagados por el enemigo. Querían “empujar a la juventud hacia la politiquería”, sustrayéndola de la heroica lucha. La Cuba poco antes descripta como un oasis de libertad era de pronto un país prostituido. ¿El resultado? “Con nosotros” quien quiere cambiarlo, “con la dictadura” quien no lo quiere; en el medio, nada. Los políticos eran el obstáculo para remover. Invocando un pueblo puro contra la élite inmoral, echaba sal en las heridas de la representación política para socavar la democracia representativa.

Como todos los populismos latinos, se inspiraba en el imaginario orgánico católico contra el liberal. Invocaba el Evangelio: “basta de mercaderes en el templo de la patria”; veía a Cuba como un cuerpo enfermo del cual “extirpar el cáncer”. Miseria, desocupación, emigración, todo era debido a la politiquería. Sin políticos, Cuba se habría redimido, sería “uno de los países más prósperos de América”: nada de emigrados, desocupados, hambrientos. ¿Cómo no agradar a la población embebida de religiosidad y extraña a la complejidad de la política? Finalmente el anuncio: suena ya la “campana del juicio universal”.59

El misticismo se casaba con el tacticismo: empíreo ideal y cocina política eran vasos comunicantes. Para que la vía armada triunfara, debía fallar la vía política. Su pesadilla devino la Sociedad de Amigos de la República. Creada por un grupo de notables, su plan de transición democrática encendió esperanzas. Olfateando el riesgo, Fidel desencadenó la violencia. Fingió serle extraño: no puedo justificarla; luego lo hizo. “Las muchedumbres son destructivas, pero altamente morales”, dijo citando a Gustave Le Bon. Bendijo así el asalto de los militantes a la dirigencia del Partido Ortodoxo. Compañeros míos, explicó, han caído en la empresa: otros mártires para exhibir. El mejor aliado de Fidel era la violencia del régimen. El M26 buscaba provocarla; no hacía falta: Batista no esperaba otra cosa. En 1956, entre voces de divisiones en el ejército y choques en las plazas, abusó. La vía política quedó moribunda.60

16. Canossa, Texas*

Pero otro escenario preocupaba a Fidel: un golpe militar. Caída la dictadura, adiós a la polarización. En el mundo hispánico no era raro que una crisis se disolviera de tal modo, ni lo eran los líderes militares populares y nacionalistas: los populismos latinos solían nacer en los cuarteles. Fidel, por lo tanto, era respetuoso con los militares: podían ser apetitosos aliados; cortejaba a los oficiales cuyo corazón latía con el pueblo.61

Cuando en abril de 1956 falló el golpe del coronel Barquín, Fidel suspiró aliviado. Era estimado y gozaba de simpatías en Washington pero demandaba democracia; si hubiera triunfado, la ola revolucionaria habría refluido. Batista purgó al ejército, con lo que Fidel capitalizó los rencores. Mandó también al exilio a Prío, acusándolo de tramar. Fidel estaba feliz: sin Prío en Cuba, el movimiento revolucionario está en nuestras manos, notó. Tan dura fue la represión de los insurrectos que incluso varios auténticos se plegaron a la vía armada. Música para Fidel.62

Volver a Cuba se estaba tornando urgente, para dirigir la lucha contra el régimen. Pero antes tenía que unir, tranquilizar, persuadir: los métodos violentos del M26 causaban inquietud. Bohemia le ofreció la ocasión. El M26, explicó Fidel, quiere “recuperar la libertad”, abrir “una era de verdadera justicia” para los “más sufridos”. ¿Quién lo obstaculizaba? Las “camarillas políticas”. Era una convocatoria bastante emotiva como para agradar y vaga para no asustar. Quería tranquilizar, dispensaba sentido común. El M26, juró, era de los humildes, desde los humildes, para los humildes. La visita que le hizo Echeverría, líder del DR, contribuyó a serenar las almas; era anticomunista. Y Fidel llevaba en el cuello una medalla religiosa.63

Había otro motivo para regresar pronto: el gobierno mexicano lo había intimado a dejar el país. Pero el dinero no alcanzaba nunca. ¿Qué hacer? ¿Por casualidad Prío, exiliado en Texas, no era rico? ¿No quería él también voltear a Batista? Lo había acusado de todo cuando era presidente, pero el fin justificaba los medios: después de haber usado a Batista contra Prío, ¿por qué no usar a Prío contra Batista? Hételo entonces en Texas: fingió estar arrepentido de haberlo ofendido y obtuvo una gruesa suma. Fue con ese dinero que compró el Granma, el yate con el que desembarcó en Cuba.64

Comenzaron los preparativos para el desembarco. Para que tuviera éxito, era necesario que fuera recibido por insurrecciones. Fidel lo habló con Frank País, carismático líder oriental del M26. País dijo que hacía falta tiempo, pero Fidel ya había dado su palabra: durante 1956, una cuestión de honor. Por lo tanto había que preparar el ambiente. Cuando Bohemia se negó a publicarle un escrito a tal fin, temiendo la represión, Fidel se enfureció: “Cuestión de vida o muerte”. Estoy seguro, escribió, que “aquello que propongo es lo que conviene a todos los cubanos sin excepción”; Cuba era una comunidad de fieles, unánime en torno a su sacerdote armado de cruz y espada. Life y Time le dedicaron la tapa: se erguía viril sobre un caballo.65

17. Granma

El 1956 llegaba a su final, el Granma era una bañera, la expedición no estaba pronta. Pero era hora de partir. En la isla los militantes estaban prestos a insurgir; entre los más activos estaba la hija de un doctor, Celia Sánchez. Mujer inteligente y dinámica, era movilizada por un espíritu religioso; militante católica, se ocupaba de los problemas sociales y culturales de los campesinos. Era previsible que Fidel desembarcara en Oriente: alejado de los centros del poder, tenía una Sierra donde instalar una guerra irregular, era su mundo. Alguno dudaba: Huber Matos, un maestro, recordaba la derrota del Moncada; ¿el desembarco habría sido organizado mejor?66

Matos tenía razón: tras una travesía tragicómica, el Granma tocó tierra con retraso y en el lugar equivocado. Un desastre: País se había alzado para nada y había perdido tres hombres, militantes católicos. En el momento del desembarco, la embarcación encalló y el ejército pudo individuarla: capturó o mató a cuarenta y seis hombres. Como estratega militar, Fidel había fallado otra vez. ¡Pero lo que importaba era el factor moral! Había sido tonto anunciar urbi et orbi el desembarco, pero había creado un clima épico en torno a la empresa. Sobre aquel naufragio se creó un mito: los sobrevivientes eran los apóstoles, los caídos mártires. Narró que los que se salvaron eran doce: no era verdad, pero era impactante. Se corrió la voz de que había llegado el Mesías.67

Tal fue la desbandada que Fidel fue dado por muerto: la madre se dirigió al cardenal Arteaga; Batista anunció su desaparición. Pésima idea y peor figura: Fidel resurgió y se gritó el milagro. Pasó feos momentos, pero cuando se reencontró con los compañeros era el Fidel de siempre: como si no hubiera sido él quien los había metido en problemas, los reprendió por haber perdido las armas. A la fuga hacia la Sierra pensó Celia, madre primorosa y virgen protectora. Pasaron por las tierras de un viejo compañero suyo de escuela: quienquiera lo hubiera conocido, recordó, imaginaba lo que habría hecho con el poder.68

18. San Matthews

Fidel se salvó huyendo por los campos. Años después, dijo que apenas tras el desembarco “no hubo un minuto de tregua” en la “guerra a muerte” contra la tiranía. Pero el inicio de la guerra fue poca cosa: eran un puñado de hombres. Guevara se lamentaba de la inactividad.69

La primera Navidad de Fidel en Cuba fue sangrienta, pero no para él: la guerra contra Batista era en La Habana. Los estudiantes lanzaron bombas, la policía disparó. Los partidos, impotentes, condenaron. De su guerra campesina no había rastros. Debía ambientarse en la Sierra: para lograrlo se valió de lo que había: figuras populares, a veces turbias por sus antecedentes criminales. Después debía reforzarse y dar un golpe: atormentó a los compañeros de la ciudad con pedidos de hombres y ayuda.70

¿Cómo imponerse en el centro de la escena? ¿Cómo convencer a los cubanos y al mundo que le prestaran atención? Si la guerra era moral más que militar, pensó Fidel, un golpe teatral habría surtido más efecto que mil bombas. Tenía fe en la causa y la fe mueve montañas. La percepción de la realidad contaba más que la propia realidad: hacía falta un periodista famoso que fuera a la Sierra a entrevistarlo.71

La ocasión no se hizo esperar: ¿había algo más goloso para la opinión pública estadounidense que la historia de un revolucionario latino que desafiaba a una brutal dictadura? El New York Times envió a Cuba a Herbert Matthews: fue él quien “descubrió” a Fidel. Sus artículos cambiaron el curso de la revolución: generaron simpatía hacia Fidel en los Estados Unidos e informaron a la isla, donde la prensa pudo reproducir fragmentos.

Matthews fue una mano santa: no sólo porque le dio un peso que entonces no tenía sino además porque acreditó su idealismo democrático. Fidel lo convirtió, como convirtió a tantos otros. No se limitó a decir al mundo aquello que Fidel quería que dijera, además se tornó activista de su causa en el Departamento de Estado y en la prensa estadounidense, que trató a Fidel como a Robin Hood. Matthews pintó a Cuba como a él se la había pintado Fidel: él contra Batista, borró a todo otro actor, ahuyentó sospechas, convenció a los burgueses a volcar óbolos en las cajas del M26.72

19. Drôle de guerre

Para tomar el mando de la guerra contra Batista, Fidel debía imponer la primacía de la Sierra sobre la capital. Aquella devino la prioridad. Por lo tanto comenzó a atacar pequeños puestos militares: no tenían relevancia, pero demostraban la presencia de los rebeldes y desmentían a Batista, que los daba por liquidados. Fiel al principio de que el factor moral era decisivo, impuso una regla: respetar a los prisioneros; habría ganado así prestigio. Sabiendo que no debían temer la tortura, los enemigos no habrían luchado a muerte: la victoria militar pasaba por la superioridad moral. Lo mismo con los campesinos: había que retribuirles la comida que consumían. Eran evangelizadores, no una manada de brutos. Algunos testimonios refieren episodios cruentos en contraste con ese cuadrito. Pero Fidel se enorgulleció de ello toda la vida.73

Al inicio, los campesinos no mostraron entusiasmo por esos barbudos: su presencia los exponía a las represalias del ejército. La guerra estaba lejana, en las ciudades: allí se arriesgaba la vida, no en las cumbres desde las cuales Fidel lanzaba proclamas. Urgía restablecer las jerarquías: por lo tanto reunió al M26 en la Sierra y pretendió más hombres para su guerrilla. País no estaba convencido, pero Fidel ganó la partida: fue la primera victoria de la Sierra sobre la ciudad, de Fidel contra quien osara desafiarlo. Cuando llegaron, los reclutas quedaron petrificados: esperaban un ejército, se encontraron con cuatro gatos. Ahora comienza la guerra, anunció Fidel. Su optimismo era contagioso.74

En la capital, entre tanto, Echeverría y el DR intentaron el gran golpe: el 13 de marzo de 1957 asaltaron el palacio presidencial; murieron cuarenta y cinco personas, pero no Batista. Fidel lo juzgó “un inútil baño de sangre”; sabía de lo que hablaba. Pero para su estrategia fue otro regalo: el frente urbano perdió prestigio y Echeverría, un jefe carismático, fue abatido. Fidel invitó a los sobrevivientes a unirse a él: los militantes del DR no lo amaban, pero habían quedado huérfanos. La guerra oscurecía a la política. Era lo que deseaba: el M26 mató a ocho policías; Batista hizo una carnicería. Los castristas son peligrosos comunistas, gritó. ¿Cómo creerle? ¡Estaba tan desacreditado! Incluso los más moderados lo desmintieron: Fidel no es comunista.75

20. Mito y realidad

Con los hombres enviados por País, tomó forma un ejército. El futuro general Colomé Ibarra, llegado a la Sierra en marzo de 1957, vio soldados “sucios, hambrientos, descalzos”; se combatía poco, se marchaba mucho. La comida escaseaba, Fidel estaba irritado, pero todo iba por el camino correcto: el mito levitaba, Batista estaba aislado, los políticos impotentes. Tras el fallido asalto al Palacio, la sangre corrió a raudales y los partidos invocaron elecciones: la última playa. El M26 no quería saber nada e intensificó las acciones armadas. Trabajando al hierro caliente, Fidel recibió a otros periodistas; soy anticomunista, juró a la CBS; suspendí la guerra para seguir a los yankees en la radio. Uno de ellos se convirtió y creó un comité del cual luego de arrepintió: Fair Play for Cuba; a él adhirió Lee Oswald, el asesino de Kennedy. Alfredo Sánchez Bella, diplomático español, lo advirtió: el mito que están creando se volverá contra ustedes; de hispánicos católicos sabía algo.76

Para obligar a Batista a reconocer que él era el enemigo, urgía atacar: en marzo de 1957 los rebeldes atacaron el cuartel de El Uvero. Fue una escaramuza con aspectos cómicos: por poco los disparos de Fidel no cayeron sobre sus compañeros, que gritaron asustados. Así alertados, los asediados reaccionaron y mataron a seis rebeldes. En términos militares había sido un fiasco: lo admitió. Pero fue el habitual éxito moral: dio el golpe, turbó los sueños de Batista, convenció a los dirigentes políticos a buscar un entendimiento con él. Tenía doscientos hombres, pero las redes de la partida política en sus manos.77

¿La prueba? Hasta él subieron entonces Raúl Chibás y Felipe Pazos y todos juntos firmaron el Manifiesto de la Sierra Maestra: el primero era presidente ortodoxo, el segundo un economista reconocido. El llamado a la unidad de acción certificó la confiabilidad de Fidel. Aspiraban a restaurar la democracia y creían en la economía de mercado: no se les cruzó por la cabeza que su anfitrión tuviera otra cosa en la mente. Aquel Manifiesto se volvió la Biblia de los revolucionarios urbanos. Quien le creaba problemas a Fidel era Frank País, que le envió una carta que le desagradó: le informaba que había confiado a unos intelectuales la tarea de escribir el programa de la revolución. Es fácil imaginar que Fidel se puso furioso: ¡lo tenía él, el programa! ¿Habrían chocado? Quién sabe: la policía mató a País, víctima de un soplón. De un solo golpe Fidel se liberó de un problema y logró un mártir, obtuvo tantas ventajas que alguno sospechó que él lo había vendido. Desde entonces, ordenó, dinero, hombres y armas eran todos para la Sierra. Me avergüenzo, decía, de estar en los montes mientras en la ciudad los militantes arriesgan el pellejo; pero él tenía que derrocar a Batista: sólo así mañana habría tenido todo el poder. Por eso no apoyó a los insurrectos de la base de Cienfuegos, que fueron exterminados. Algún aliado comenzó a temer su caudillismo, pero él los tranquilizó: no aspiro a cargos.78

21. Celia

Celia Sánchez es una figura clave de la Revolución cubana: en un evento tan embebido de religiosidad, no sorprende que destaque una figura femenina. Cuando conoció a Fidel, ya había hecho mucho por él. Se tornó indispensable. Para muchos rebeldes, casi niños, se volvió una suerte de madre. Era la vice de Fidel, su Eva Perón: daba órdenes y refería, se ocupaba de los detalles; mediadora entre Dios y los fieles, para muchos el jefe era ella.79

Celia era mayor que Fidel y se ocupó de él con dedicación absoluta. Se ha especulado sobre su homosexualidad y sobre la relación entre ambos. Por cierto fue la mujer más importante en el universo masculino que gravitaba en torno a Fidel. En junio de 1957, Celia corría peligro en Manzanillo: la policía andaba tras ella. Pero no sólo por eso subió a la Sierra: has dejado un gran vacío, le escribió Fidel; la presencia de una mujer hace a los hombres más educados y orgullosos. No podía faltar el dulce perfil de María al flanco del redentor. Era ella la que daba las medallas de la virgen a los soldados. Fidel le pedía de todo. Ella protestaba, pero luego cumplía. A veces se irritaba: le molestaba que mandara a morir a militantes por decisiones aventuradas. Lo hizo siempre: eran peones de un diseño superior, mártires para invocar al día siguiente. Sucedió con País: Celia se conmovió con la carta que Fidel escribió en su memoria, pero se quedó helada cuando lo oyó usar ese texto tan íntimo en la radio para invocar a la lucha.80

En Manzanillo, Fidel la atormentaba con cartas: hacía falta dinero. No hago más que enviártelo, decía ella: yo vivo con el dinero de mi padre, le recriminaba, tú con el del M26. No amaba obtenerlo con la fuerza, pero luego admitía: la gente entiende sólo el terrorismo. Celia era la única que podía permitirse imputarle a Fidel el liderazgo arbitrario, la tolerancia por los robos a los campesinos, los caprichos erigidos en ley.81

22. Guerra santa

¿La religión? Táctica, disimulo, repitió varias veces Fidel. Negaba la evidencia: su marxismo estaba tan imbricado de elementos cristianos que no se sostenía sin ellos. No sólo Celia, pero gran parte de los militantes y guerrilleros eran creyentes y practicantes. Para quien arriesgaba la vida en la ciudad, donde murieron quince hombres por cada caído en la Sierra, era importante. No por casualidad Fidel quiso un capellán para sus hombres y así llegó el padre Guillermo Sardiñas: bautizó infinidad de niños de los que Fidel fue el padrino y Celia la madrina. Los campesinos aceptaron así la presencia de los rebeldes. Pronto llegaron otros dos: el obispo de Santiago les concedió el permiso. Sardiñas era simpático, recordó Fidel, que le confirió el grado de comandante, el más alto. ¿Por qué asombrarse? Fidel combatía una guerra santa para devolver a Cuba a sus raíces, cortadas por la élite atraída por una potencia protestante.82

Era una convocatoria potente. Cómo habría sido la Cuba redimida, no lo aclaró. Alguna duda tuvo Echeverría: al regreso de una visita en la Sierra, había dicho que urgía liberar a Cuba antes que lo hiciera Fidel. ¿Por eso arriesgó todo y murió en el intento? A la tropa, Fidel parecía divino. Tenía poder de vida y muerte: los soldados lo adoraban, observó Matthews; en el campamento se respiraba aire monacal, refirió Chibás. El futuro general Cintra recordó la emoción frente a él; circulaban leyendas, se decía que era adivino. Castigaba espías, impartía ejemplos, inspiraba temor; sus estallidos de ira eran tremendos: humillaba a los subordinados; hizo fusilar a un campesino menor de edad y analfabeto por haber robado leche condensada; a otro por haber vendido billetes de la lotería; dijo que había que eliminar a un recluta al que se le había escapado un tiro: lograron aplacarlo. Castigó desertores, derrotistas, insubordinados; simuló fusilamientos. Confió los tribunales a Humberto Sorí Marín, un ex auténtico: debía volverse cómplice, extorsionable; no sólo elegía a la víctima sino también al carnicero. Fidel era la ira de Dios. Años después admitió que algunos rebeldes habían robado casas: debí fusilar a una decena, dijo, haciéndose un descuento. La prensa publicó la foto de hombre atado a un árbol en la Sierra: muerto con un tiro de gracia. Pero todos llevaban medallas de la Virgen; Fidel era como nosotros, recuerdan los soldados.83

23. Fidelito

De su vida privada, sólo una sombra lo preocupaba: la de Fidelito. Saber que estaba en Miami con la madre y la familia de ella lo hacía enloquecer. Luego supo que ella había vuelto a casarse: fue todavía peor. Qué pesó más: ¿el afecto paterno o el deseo de venganza? El hecho es que cuando estaba en México, resolvió el problema su manera: secuestró al hijo y no lo restituyó tras una visita. Era obvio que no podía cuidarlo: lo dejó con las mujeres que tenía en torno. Antes de embarcar en el Granma hizo un testamento: dejaba a Fidelito con la pareja que había ayudado, ¡con tal que no volviera con la madre! En los otros hijos suyos, con otras mujeres, no pensó. No era cuestión privada, estaba de por medio la historia. De niño, Fidelito se había transformado en un símbolo: estableció que no debía volver a Cuba hasta que no fuera liberada. El problema no se planteó: Fidel no murió y Fidelito fue de nuevo secuestrado: por la familia de Mirta. El niño era una presa política.84

En la Sierra, su familia se redujo a Raúl y Celia. Era el destino: había desposado a la causa, no había espacio para afectos privados. El pueblo debía saber que sólo él existía en su corazón. La finca familiar fue, como otras, objetivo de los incendios del M26: la madre no lo agradeció. Los lazos familiares se volvieron políticos: Enma, la hermana favorita, recolectó fondos para él; un amigo del padre donó una gruesa suma rogándole que trajera la democracia a Cuba. Poco más.85

24. Gato y ratón

Entre Fidel y los Estados Unidos se desarrolló un juego intrincado. Debía convencerlos de que era demócrata y anticomunista: para alejarlos de Batista. Pero debía también explicar a los militantes que la revolución era contra los yanquis. Sabíamos que Fidel era comunista, habíamos avisado a Washington, fue durante años el lamento de los funcionarios de Batista: ¡pero no movieron un dedo! Más que comunista, Fidel era un típico antiliberal latino, nacionalista y católico. Al punto que al crear un instituto cultural en América Latina, la CIA lo sumó a la lista de los políticos que había que sostener.86

La pagarán, escribió Fidel cuando las bombas de Batista fabricadas en los Estados Unidos cayeron sobre una casa de campesinos. Combatirlos se volvió entonces mi destino, explicó; fue entonces, glosaron los biógrafos, que se volvió contra ellos. Falso: el odio por los Estados Unidos tenía raíces más remotas que aquellas comunistas, era hijo natural del antiliberalismo católico. Lo había demostrado en los discursos para el M26 durante el exilio mexicano. El Departamento de Estado lo intuyó pero su problema era Batista, no Fidel: se estaba transformando en un aliado incómodo. Cuando desembarcó en Cuba, el embajador estadounidense tenía algunas ideas sobre él: era “fanático y peligroso”. ¿Recibía ayuda de los comunistas? Tal vez. Pero comunista no era. Un periodista que llegó a la Sierra refirió: es egocéntrico e irritable, no comunista. ¿Que temer? El M26 no tenía peso, la economía crecía, Batista era popular, notó el embajador.87

Bien pronto, sin embargo, en Washington comprendieron que el viento cambiaba: Batista, anotó la CIA en abril de 1957, “se ha debilitado”, el régimen está “en peligro”. Entre los enemigos, Fidel “es el principal”. ¿Pero quién era? Guiaba un movimiento “reformista” de rasgos “originales”, informó la CIA. No tenían la menor idea. Tomaron informaciones en Oriente: un cura lo recordaba bien, era un buen muchacho católico; los viejos docentes lo confirmaron. Si era católico, pensó la CIA, no podía ser comunista: con poca agudeza, visto que las asociaciones católicas estaban incubando racimos de comunistas. El embajador español tenía informaciones similares: Fidel era católico y católicos eran sus secuaces. Estando así las cosas, el nuevo embajador de Washington, Earl Smith, llegado en julio de 1957, fue poco tierno con Batista, en particular tras haber asistido a los funerales de País: una procesión religiosa devenida protesta política. En la duda, la CIA había tomado contactos con el M26. ¿Lo financió? Tal vez. Si lo hizo, ayudó precisamente a País, que era protestante y admirador de los Estados Unidos. Pero fue muerto.88

Sin embargo, Smith se convenció de que algo no cuadraba en Fidel. Había sabido que no sólo Guevara sino también Raúl Castro era comunista y admirador de Stalin. Ambos presionaban a Fidel para que se aliara con el PSP y atacara a Washington. Fidel frenaba, pero con los íntimos era claro: el momento más difícil vendrá después de la victoria, cuando enfrentaremos al enemigo más potente, los Estados Unidos. Desde la Sierra, Radio Rebelde lo dejaba entender: “Fidel, Fidel, qué tiene Fidel / que los americanos no pueden con él”, decía el refrán; ya era David contra Goliat.

Pero el disimulo era su pan y sobre su ideología reinaba el misterio: es un agente comunista, decían algunos; un buen jesuita, corregían otros. Todos tenían razón, pero sonaba raro. El cónsul en Santiago recogió noticias: radical, liberal, bueno para nada; todo y su contrario. Smith pidió elecciones libres, pero Batista seguía derecho por su camino. Aunque de una cosa se convenció pronto: Fidel nunca habría respetado los compromisos internacionales del país ni garantizado el Estado de derecho; con él, los Estados Unidos no iban a poder ir de acuerdo.89

Por consiguiente la Casa Blanca debía buscar una tercera vía entre Batista y Fidel. O que se lo propusiera, dado que nunca convenció al Congreso y a la prensa de que Fidel tenía un lado oscuro. ¿Había tiempo? ¿Espacio? Nada de ambas cosas. Empujado por la simpatía recogida en la patria y en el exterior, notó la diplomacia estadounidense, Fidel había puesto a Batista de espaldas al muro. Y él, reprimiendo, bloqueaba la vía a las soluciones políticas. Para Washington era tiempo de aligerar lastre: en marzo de 1958 impuso el embargo sobre la provisión de armas a Cuba. Es como ceder el país a Fidel, observó Smith.90

25. Dos guerras

Fidel combatía dos guerras: una abierta, contra Batista; la otra oculta, contra los aliados. Quería voltear al régimen: de ahí la urgencia de acumular fuerza militar, pero también de hacerlo solo y de resultas, cortar las alas a otros líderes. Para el primer fin trabajó en su patria y en el exterior: pretendió siempre más armas y hombres de los militantes urbanos; golpeó a las puertas venezolanas donde la dictadura estaba cayendo. El otro fin lo alcanzó de diversos modos. Antes que nada empleó violencia contra quien todavía se batía por la vía electoral. Cuando Carlos Márquez Sterling se dijo dispuesto a participar en elecciones si eran vigiladas por observadores internacionales, Fidel hizo asaltar las sedes de su partido: no quería observadores extranjeros, que minaban la soberanía nacional, gritó indignado, él, que usaba a la prensa extranjera para la causa. Si hubiera habido elecciones y Márquez las hubiera ganado, admitió luego, adiós revolución. Después Fidel excomulgó a Pazos. Sabía de sus ambiciones presidenciales, por lo que cuando supo que en Miami había firmado un pacto con siete partidos comprometiéndose a disolver al ejército rebelde en el ejército regular tras la caída del régimen, bajó el pulgar: ¿cómo privarse del ejército con el cual planeaba edificar el nuevo orden? Para enterrar la maniobra, postuló a la futura presidencia a Manuel Urrutia, juez que se había batido contra Batista: al reparo de su respetabilidad, era inatacable.91

Fidel buscaba entre tanto aliados para gobernar el país tras el triunfo. Hacían falta cuadros competentes, disciplinados, organizados: sólo un partido los tenía y era revolucionario, el PSP. Los comunistas habían rechazado la vía armada pero ahora que daba frutos, cambiaron de parecer: en octubre de 1957 uno de sus dirigentes subió a la Sierra y fue el inicio de una nueva historia. Para Fidel fue un triunfo. ¿Mahoma, él, no había ido a la montaña? La montaña ahora venía hacia él. Tenían ideales en común, pero en caso de victoria habría sido él quien construyera el socialismo en Cuba así como él lo entendía y no el partido: poco materialismo científico, mucha catolicidad hispánica.92

Las piezas del rompecabezas estaban encastrándose: Fidel era la única alternativa a Batista. Pero haber vencido tantas batallas políticas no era haber vencido la guerra: faltaban algunas piezas. Aquella que era clave, era obvia: la guerrilla debía bajar de la Sierra. Pero de hacerlo no se hablaba: en sus laderas estaba el ejército. Hacían falta armas. Fue entonces, en enero de 1958, que se presentó la ocasión: en Caracas, donde Fidel era un ídolo de la juventud que como él combatía desde hacía años a una dictadura, cayó el régimen; se formó una junta militar decidida a restablecer la democracia; era obvio que desearan lo mismo para Cuba. ¿Por qué no ayudar a Fidel? Así se enviaron varias toneladas de armas con un puente aéreo entre febrero y diciembre de 1958. En marzo llegaron otras desde Costa Rica: armas para la democracia, especificó el presidente Figueres convencido por un sacerdote, el padre Benjamín Núñez: tenía confianza en Fidel. Cuando llegaron, Fidel enloqueció de alegría: amaba las armas, las probó todas, testeó los explosivos desventrando animales de granja. Ahora venceremos la guerra, decía. No recibimos armas desde el extranjero, dijo más tarde. Era falso.93

23. Religión busca iglesia

En 1954, el 72,5% de los cubanos se definía católico; el 83,5% veneraba a la virgen. De un estudio de las asociaciones católicas, resultaba que su influencia disminuía descendiendo en la escalera social. La mayor parte del clero estaba conformado por religiosos españoles: en Cuba había una vasta demanda religiosa pero no una Iglesia nacional capaz de satisfacerla. Nacionalismo y religión, puntales del antiliberalismo hispánico, aún no se habían encontrado, quizá por lo prolongada que fue la colonia. Ello creaba terreno fértil para un movimiento nacionalista de inspiración religiosa capaz de satisfacer la devoción de las clases populares. Era aquello que Fidel hacía en el plano político. Por lo tanto la Iglesia lo sostenía y por lo tanto, cuando usurpó su rol, no pudo resistirle: era extranjera y ausente fuera de los centros urbanos; los mismos, vaya casualidad, que Fidel detestaba. La vía de una nueva religión política, como lo devino el castrismo, estaba allanada: ambicionaba a unir pueblo y nación en una nueva fe, no tan distinta de aquella antigua, pero suya.

En el castrismo, por tanto, la Iglesia depositó las esperanzas de restaurar las raíces cristianas de Cuba, expuestas a los vientos seculares que soplaban desde ultramar. Smith se convenció que la jerarquía católica sostenía a Fidel: era quizá excesivo en relación a los obispos, pero no en relación a los laicos católicos y parte del clero. Fue un religioso quien estableció contactos entre la diplomacia estadounidense y el M26; en Santiago había sacerdotes convencidos de que Fidel habría redimido a la isla. ¡Qué comunista, si ellos habían bendecido sus imágenes sacras! Para los jóvenes de la Acción Católica, los rebeldes eran “mártires del ideal patriótico”. En La Habana se reunían en la parroquia del padre Boza Masvidal. Varios militantes católicos fueron muertos y la tensión creció entre los obispos y Batista. Los jesuitas denunciaban los males sociales con palabras gratas a Fidel.94

En el Vaticano lo veían de otro modo: temían que el comunismo se instalara en Cuba, se esperaba que los Estados Unidos hicieran algo. Pero en la isla se alzaban voces de signo opuesto: Fidel era un vástago de los jesuitas, decían; nunca había renegado de la fe y su programa no tenía nada de comunista. El 90% de los cubanos es católico, escribió un órgano del M26, y el 90% de los cubanos está con Fidel. Como en otras partes de América Latina, el espectro del comunismo no provenía de las estepas asiáticas sino del vientre de la cristiandad. En Roma lo sabían: Fidel era una bomba que estallaba en su seno.95

27. Huelga

Surgido en el Oriente rural, cabalgado por los estudiantes, el movimiento de Fidel no era proletario; era, para emplear la terminología de la época, pequeñoburgués. Para Guevara, Fidel era un líder de la burguesía de izquierda. Los obreros desconfiaban de él; para algunos era una especie de fascista: tenían una tradición reformista y Batista los había atraído con una política generosa. La tasa de sindicalización era alta y la cuota de los salarios sobre el producto era la más alta de América Latina. La legislación laboral no era el infierno descripto por Fidel: despedir no era fácil, los tribunales del trabajo velaban, la estrategia de los gobiernos era cooptar a los obreros, no excluirlos. El salario real había crecido bastante desde los años 40 y la protección social se había extendido. El tremendo capitalismo que Fidel odiaba, en Cuba tenía los rasgos típicos del paternalismo cristiano. Por lo tanto los obreros cubanos no estaban ansiosos de hacer la revolución.96

El campo, en cambio, estaba en el corazón de Fidel. Para conquistar a los campesinos, introdujo una reforma agraria en la Sierra. Deseaban la propiedad de la tierra, él lo sabía, por lo que no hizo mención del socialismo: la reforma la escribió Sorí Marín, anticomunista radical. Se basó en el principio de distribuir la tierra a quien la trabajaba, sobre la extensión de la propiedad privada. ¿Ven?, se oyó. No hay motivo para temer a Fidel.97

Consciente de que tenía que lanzar la ofensiva, Fidel preparó la acción que debía poner de rodillas a la dictadura: la huelga general, premisa de la insurrección general. Recomendó comprometer a todos, incluidos los comunistas. Pero los dirigentes del frente urbano se negaron: para ellos el PSP era humo en los ojos. Fidel se encaminó así a la huelga de abril sin un aliado clave y en un terreno desfavorable. Se comprende la rabia: creen poder hacer lo que les parece, se lamentó. Fracasada la huelga, su monarquía devino absoluta.98

Durante la huelga, mientras despachaba hombres a cumplir peligrosas operaciones, él se quedó en el cuartel general en la Sierra. Celia lo había hecho confortable: vinos, coñac y tabaco esperaban a los pocos huéspedes a quienes era concedido entrar en aquel lugar legendario; tenía un cocinero que había llegado al propósito desde la ciudad. Para la ocasión, instruyó que se contactaran agencias de prensa, mundo económico y embajadas para que fueran donde Batista a pedirle que dimitiera: “como católico”, notó Fidel, era deber del dictador evitar el baño de sangre durante la Semana Santa, fecha elegida para la protesta.99

Iniciada la huelga, Fidel expresó que pronto habría entrado en La Habana. Pero anduvo mal: la adhesión fue escasa, la represión brutal, decenas los muertos. Un desastre. ¿Había un culpable? Ciertamente no él, sino los dirigentes urbanos. Enfurecido, los convocó a la Sierra: los sometió a críticas impiadosas, echó a tres de la dirección: la derrota era una vergüenza para expiar. Pero seguía siendo optimista: quien lo conoció en aquel entonces, recordó que con él “lo imposible se volvía posible”; era “un hombre superior”. Ni siquiera Huber Matos se le resistía. Fidel había creído en la huelga general pero luego lo renegó: firmé la convocatoria pero no era favorable, dijo al tiempo. Desde entonces, nadie más desafió su primacía.100

Pero Fidel sabía transformar los reveses en victorias. A los pocos días sus hombres tuvieron una conferencia de prensa clandestina para la NBC: nada grave había sucedido, la revolución era más fuerte que nunca fue el mensaje; un golpe de maestro, si bien debía mostrarse tan moderado que dejaba desconcertados a los militantes. Luego se preocupó de restablecer la moral en las tropas, hablándoles desde Radio Rebelde. “He marchado sin descanso días y noches” para “hablar al pueblo”, dijo evocando el via crucis. Lanzó un anzuelo a los militares: los nuestros son “fusiles idealistas”, “nunca hemos fusilado prisioneros”. Contó de un niño cuyas piernas habían sido arrancadas por una bomba: “sin llorar llamó a la abuelita” para decirle, mientras moría, que la había querido mucho. ¿Era verdad? ¿Era una historia creada a propósito? El niño sirvió para anunciar la erección de un monumento a los “inocentes caídos”. Pintado el mal, prometió la redención: era un Dios vengativo, maniqueo y barroco.101

28. Gorros de piel en el Trópico

¿Cuándo aparecieron los soviéticos? Abundan las leyendas. Es probable que hubiera contactos durante el exilio mexicano, pero no hay que exagerarlos: para comprender a Fidel la vía soviética es tentadora, pero engañosa. Mientras estaba por zarpar con el Granma recibió emisarios del PSP, el brazo de Moscú: no existen condiciones objetivas para la revolución, le dijeron, únete a la resistencia civil. Pero para Fidel era cuestión de fe, no de condiciones objetivas. Para los soviéticos era un hereje. Y el breve deshielo tras la muerte de Stalin les había abierto las puertas de Cuba: comerciaban con Batista.102

Con el tiempo, soviéticos y PSP comenzaron a cambiar de idea: Fidel estaba loco y era pequeñoburgués, pero en su locura debía haber un sentido si se imponía a todos. El giro fue la huelga de abril: Fidel se convenció de que los necesitaba y ellos a él. Pero era necesario liberarlo del ala anticomunista del M26. Algunos comunistas tomaron las armas y el PSP adhirió. Con él, estableció fusionar en un único frente al M26 y el PSP. Fidel aclaró enseguida los roles: eran los comunistas quienes reconocían su liderazgo, no él el de ellos.103

29. Dominus

Los meses finales de la guerra, cuando los rebeldes rechazaron la ofensiva del ejército y se lanzaron hacia La Habana, están envueltos en un aura sagrada: el nuevo régimen erigió aquellos hechos en mito fundacional. Pero el clamor es excesivo: en el plano militar, los rebeldes emitieron el soplo suficiente para disolver un ejército en desguace; en el plano político, soltaron el golpe que mandó a la lona a un púgil ya atontado. La envergadura militar de la revolución fue poca cosa. El genio de Fidel fue político: baste decir que quienes condujeron el último asalto a Batista fueron en su mayoría orgullosos anticomunistas que soñaban el retorno al régimen constitucional. Fue el caso de los rebeldes de la Sierra del Escambray en el centro del país, vinculados al DR.

Fracasada la huelga, urgía una ofensiva militar: Fidel lo tenía claro. Ascendido en el vértice de mayo a comandante en jefe del entero movimiento revolucionario, impuso su voluntad; los otros partidos la ratificaron. ¿Temían su caudillismo? Ahora tenían un rey, que dictó las reglas: bienvenida la unidad, en tanto sostengan la vía armada. Para aceitar el acuerdo, evitó mencionar la flamante alianza con los comunistas y anunciar medidas radicales: cada cosa a su tiempo. Auténticos y ortodoxos, ahora ya a la merced de Fidel, aceptaron a su candidato Manuel Urrutia como futuro presidente cubano. Con los pocos que se obstinaban en perseguir la vía electoral, fue amenazante: no lo aceptaré. Márquez Sterling, que había sido su docente y lo recordaba como un joven desequilibrado, prometió elecciones libres en caso de victoria en aquellas convocadas por Batista. Los hombres de Fidel intentaron matarlo.104

En tanto, sin embargo, había que defenderse: aplastada la huelga, Batista se aprontaba a la ofensiva final. Así lo creía. Fin de Fidel, la había llamado. Para resistir, Fidel contaba sobre el factor moral. Sabía que el ejército, sin el sostén estadounidense, estaba cansado de defender a un régimen desacreditado contra una guerrilla popular. Por lo tanto apuntó a la frustración. Caso típico fue el mayor Quevedo: había sido compañero suyo de estudios, lo contactó. Fue tan convincente que se pasó a su lado: como tantos, acabará en el exilio maldiciéndolo. Cuando liberó a los prisioneros con la mediación de la Cruz Roja, sedujo a todos. ¿Ven? Batista mata, Fidel tiene espíritu humanitario: todos pensaron aquello que él quería que pensaran.105

En junio, el ejército atacó sin lograr romper el frente. Tras setenta días de lucha teníamos novecientos hombres, dijo Fidel; la columna de Guevara, ciento cuarenta; la de Cienfuegos, noventa. ¿Posible que alcanzaran contra el ejército regular? La verdad es que fue posible porque el régimen ya no se mantenía de pie. Fue entonces que se produjo el primer choque con Washington: Fidel cortó los servicios a la base de Guantánamo y Raúl secuestró a cuarenta y nueve estadounidenses. ¿Para qué? Para algunos, Fidel golpeó cuando las bombas fabricadas en los Estados Unidos destruyeron casas matando a inocentes. ¿Pero por qué justo entonces, cuando los Estados Unidos estaban dejando caer a Batista? Él gritó al complot: era una maniobra de Batista y de Smith para justificar la intervención militar de los Estados Unidos. Inverosímil. Fidel puso a prueba el guion que desde entonces siempre utilizó contra Washington: a la protesta respondió que las amenazas eran inútiles contra “hombres dispuestos a morir en defensa del pueblo”. La Casa Blanca tuvo la primera ocasión para aprender: cuanto más atacara a Fidel, tanto más habría hecho su juego. Su fama de redentor se nutría de la invocación moral del pobre contra el rico.106

En realidad, desde Radio Rebelde, Fidel ya había apuntado el dedo contra los Estados Unidos: eran el sostén de los dictadores, enemigos de los “sinceros demócratas”. Eisenhower se indignó. La decisión de apuntar a Washington tenía cierta lógica: ahora Fidel estaba solo en el comando, podía ser menos prudente y tenía un nuevo aliado, el PSP, detrás del cual se recortaba Moscú. Eran los primeros pasos de Fidel dentro de la Guerra Fría, en busca de la protección que sabía que necesitaría contra los Estados Unidos. Pero la razón principal era que amenazaban su triunfo: insistían en buscar una tercera vía entre él y el régimen, debían ser acusados de ser los padres ocultos de la dictadura, los cubanos debían odiarlos. No por ello renunció a seducir a la opinión pública estadounidense, a introducir una cuña entre ella y la Casa Blanca. Una cosa, dijo, son “las intrigas de ciertos individuos”, otra los Estados Unidos con los que deseaba relaciones amigables. Funcionó: para liberar a los rehenes, Eisenhower negoció. Ya se había convencido que Fidel era un peligro pero ¿qué alternativas había?107

30. Jaque mate

La ofensiva fracasó: los rebeldes resistían, los soldados desertaban, el gobierno estaba aislado. ¿Para qué morir por Batista? Fidel meditaba el asalto final, reinaba aire de victoria: la Sierra se llenó de curiosos, las cajas de los rebeldes de dinero. Olfateando el riesgo de caer junto con Batista, varios oficiales abandonaron la nave. También Fidel olfateaba un riesgo, el último: un militar respetado, apreciado por Washington, capaz de guiar la transición política. ¡Le habría quitado la presa de las manos! Por eso temía la eventual liberación de Ramón Barquín, héroe del intento de golpe de 1956.108

La mítica batalla de Santa Clara fotografió la desbandada del ejército: los oficiales al mando de un tren con trescientos soldados se dejaron comprar por los rebeldes tras unos pocos disparos. M26 y PSP ahora luchaban juntos, si bien entre ellos reinaba la tensión. Divergían incluso sobre la oportunidad de asaltar bancos para aprovisionarse; no es el caso, dijo Fidel, pero por razones prácticas: los cubanos tienen mentalidad burguesa y lo tomarían a mal. Obvio que las elecciones presidenciales convocadas en noviembre se realizaron en un clima de fin de reinado: en Oriente, el M26 las impidió casi en todas partes. A pesar de todo votó el 39% de los que tenían derecho: no pocos, considerando que Fidel ordenó matar a los candidatos y quemar las urnas. Sucedió de todo: los castristas incluso secuestraron un avión que se estrelló: “los sabotajes son así, le toca a quien le toca”, dijo Fidel. ¿Había margen para una solución electoral? Improbable. De todos modos Batista arrastró consigo al abismo al entero país al reclamar la victoria de su candidato: el último regalo para Fidel.109

La meta estaba próxima, pero la última parte del camino era insidiosa. ¿Qué habrías hecho, le preguntaron a Fidel, si una junta militar hubiera tomado el poder? Habría usado las armas: las pidió a Praga; Moscú dio su aprobación, señal de la aproximación en curso. Pero fue en el plano político que conjuró el riesgo: el 7 de diciembre convocó a Urrutia y le hizo formar gobierno; era el único legítimo, guay en discutirlo. Su autonomía era nula: Fidel acogió a los delegados sobre un catre desfondado, estaban sentados en círculo a su alrededor. Primero lanzó invectivas contra los críticos, luego presentó uno a uno a los ministros de Urrutia. Se produjo algún disenso, pero lo acalló. Explicó su rol: yo estaré en las calles, juzgaré al gobierno con el pueblo; tomaba el poder pero mantenía libres sus manos; Urrutia era prisionero. A los compañeros explicó, divertido: tranquilos, no hicimos la revolución para dársela a Urrutia.110

Cuba estaba en fibrilación. Pensar en frenar el tren de la revolución, lanzado a toda velocidad, con un golpe de Estado era una alucinación. No quedaba más que dejar caer el telón sobre Batista. Había que convencer al ejército que lo hiciera: Fidel llamó al general Cantillo, la guerra estaba perdida. Director del encuentro fue un jesuita. El acuerdo fue que Cantillo detuviera la guerra e impidiera a Batista la fuga; ¡ojo con encontrarse con Smith! Si hubiera violado el acuerdo, Fidel habría atacado a Santiago. Luego fue con sus hombres al santuario de la Virgen del Cobre, la patrona de Cuba.111

En La Habana, en tanto, Smith fue a ver a Batista. Quería convencerlo de que dimitiera; quién sabe si no se podía todavía detener a Fidel. Fue puesto en la puerta: no tolero semejantes injerencias, dijo el dictador. Nunca había amado a los Estados Unidos. Cuando volvió a pensarlo, poco después, Smith fue lacónico: es tarde. No tenía más dudas sobre Fidel: los comunistas estaban por tomar Cuba. Cantillo llegó a la capital y violó los acuerdos: dejó huir a Batista y se encontró con Smith. Fidel se enfureció pero no tuvo que asaltar Santiago: el ejército se rindió sin disparar, el clero salió como garante. Predicó a la tropa: ¡uniremos los ejércitos, eliminaremos el latifundio, nos volveremos una potencia industrial! ¿Cómo disentir? Iniciaba 1959: los rebeldes estaban entrando en La Habana entre festejantes muchedumbres.112

31. Cuba, 1958

¿Cómo era Cuba cuando Fidel tomó el poder? Hay versiones para todos los gustos, pero una cosa es segura: él hablaba con convicción pero escaso conocimiento. Por otra parte, le interesaba agudizar los conflictos; era un redentor, no un científico social. Exageraba las carencias inflando datos: sobre el analfabetismo, la influencia económica de los Estados Unidos y mucho más. Pero juraba no mentir jamás: su mentira predilecta, repetida al infinito. Habrá sido su formación católica, quién sabe: mentir era pecado, no cuadraba con la imagen de sí mismo, por lo tanto mentía pero lo negaba. El perfil que Fidel pintaba de Cuba era el de un país hundido en las tinieblas: un artificio de todas las revoluciones, que se yerguen así como un pasaje de la oscuridad a la luz, de un antes a un después de Cristo. El 40% de los cubanos es analfabeto, dijo; el 90%, semianalfabeto; los desocupados más de un millón: imágenes dantescas.113

Cuba no era un cuadro en blanco y negro sino en colores; no era el paraíso ni tampoco el infierno; no era estática sino en fermentación. Tenía una tradición reformista favorable a reducir la dependencia del azúcar y de los Estados Unidos; aspiraba a una estructura productiva más adecuada a distribuir mejor la riqueza. Había signos alentadores: el sector no azucarero avanzaba a ritmos sostenidos y su propiedad era en gran parte cubana. El país importaba menos bienes de consumo y más bienes de capital que en otros tiempos. La campaña seguía siendo Cenicienta, pero también allí había inversiones. ¿Quién sabe si Cuba estaba por dar el salto? El hecho es que se registraba un despegue de las inversiones, escasa inflación, activo comercial, difusión de los medios de comunicación, reducidas tasas de mortalidad, creciente rol del Estado y el capital humano: una vasta clase media bien instruida.114

En 1958, un estudio ubicó a Cuba en el trigésimo primer lugar en el mundo por su desarrollo; en América Latina estaba en los vértices. Su rédito medio era igual al italiano, superior al japonés, el doble que el español. El peso cubano estaba estable desde hacía veinte años. Mayor productor de azúcar del mundo, era el más productivo por hectárea y la mecanización progresaba. El 4% del producto era para la educación; tenía más camas de hospital y construía más casas por habitante que en cualquier otra época; la mortalidad infantil era inferior a aquella de varios países europeos: el 32,5 por mil, no el 80 como afirmaba Fidel. Cuba era el cuarto país del mundo en televisores pro capite, redes radiofónicas y entradas de cine vendidas.115

También en el frente político el panorama era movido. Batista era detestado por los cubanos, pero sus preferencias eran heterogéneas. Buena parte de las clases medias urbanas nutría nostalgia de los años de libertades civiles, de la prensa y el Parlamento libres. ¿Había habido gobiernos decepcionantes? Verdad. Pero la democracia permitía cambiarlos. De allí su lucha contra la dictadura. En la Cuba rural y oriental, sin embargo, la democracia era un ritual extraño y con frecuencia vacuo. Era un mundo embebido de religiosidad africana e hispánica, sensible a la llegada de un Mesías que lo redimiera de los sufrimientos.116

El problema era el abismo entre la ciudad y el campo, occidente y oriente, capital y provincias. Baste un dato: los analfabetas eran el 11,6% en la ciudad, el 41,8% en el campo. Los médicos, numerosos en la ciudad, faltaban en muchas zonas rurales, donde hambre y parásitos eran frecuentes. Luego había lastres estructurales: la industria azucarera era tan potente que frenaba la diferenciación económica. De ello, la bomba de tiempo del trabajo estacional; la desocupación superaba el 20% cuando no era época de zafra. Lo que tornaba explosiva la situación no eran el atraso y la pobreza evocados por Fidel, sino el delicado tránsito en acto: parte de Cuba estaba en rápida modernización, la otra completamente detenida. Las redes sociales del pasado se erosionaban, las nuevas no eran aún lo bastante incluyentes. ¿Cuba marchaba en la dirección justa? Quizá. La revolución no le dio tiempo.117

Como oriental, Fidel generalizaba las taras de la Cuba rural creando una imagen distorsionada del país; como religioso, no las veía como residuos nocivos para enmendar, sino como pecados sociales para redimir con la espada. Típico el caso del latifundismo: tanto insistió que impuso como verdad aquello que lo era sólo a medias; Cuba era un enorme latifundio, repetía. Transponía a todo el país su experiencia: si bien la propiedad de la tierra estaba concentrada, su explotación mucho menos; los productores de caña eran en su mayoría colonos o arrendatarios, que serán penalizados por su reforma agraria. Los temas sociales no eran el corazón de su mensaje: como en toda otra cosa, pasaban por el filtro de su ansia de redención moral. La potencia de su relato estaba en el imaginario religioso que evocaba; en el llamado a la salvación ética de la esclavitud para el pueblo elegido, de los humildes respecto a los potentes, de los puros respecto a los pecadores.118

32. Colapso

Entre trescientos aniquilamos a un ejército de diez mil hombres, amaba decir Fidel. ¿Posible? No. La principal causa de la caída de Batista fue el colapso del régimen: pieza por pieza fue perdiendo sus apoyos y los unió a todos en contra suyo. No sólo Fidel contribuyó a separarlos, sino que conquistó antes la confianza y luego la conducción: una obra maestra. Batista guiaba una dictadura, no un régimen totalitario; una dictadura sujeta a presiones de su potente aliado. Ello no la hacía menos opresiva, pero sí menos poderosa. Amnistió a Fidel y le permitió usar a la prensa; los magistrados conservaban cierta autonomía.119

La clase dirigente se ilusionó con que Fidel sacaría las castañas del fuego. La alta sociedad oriental lo apoyaba: era católico, hijo de un terrateniente. Muchas empresas estadounidenses contribuyeron con sus óbolos para el M26. La prensa independiente colaboró con entusiasmo. La Iglesia aun más. Los partidos se unieron al coro, cavándose la fosa: lo legitimaron y él se los sacó de encima en la primera ocasión, seducidos y abandonados. Finalmente se derrumbó el ejército: el golpe fatal fue el embargo de Washington sobre las armas.120

Fidel logró imponer su esquema ideal: hay dos Cubas, repetía; una que imita valores extraños a sus raíces, otra que los encarna pero es oprimida. El bien debía expulsar al mal, la nación al enemigo: la espada debía dirimir el conflicto. Vencida la guerra, su Cuba habría sido la única; libre de la hipoteca del protestantismo anglosajón, el patrimonio moral de la cristiandad hispánica habría vuelto a florecer. Tenían razón los jóvenes orientales: qué comunista, Fidel es cubano al cien por cien. De ahí tanta devoción. Pero si Cuba era una y era la suya, adiós democracia y pluralismo.121

El 31 de diciembre de 1959 la historia dio vuelta la página: mientras Batista huía, Fuentes coloca a su Fidel a la mesa. Mientras cena, oye unos disparos: un capitán bebió demasiado y festeja así la revolución. Justo aquello que no desea ver: ordena que lo arresten, mañana lo fusilará. Luego termina la cena. ¿Verdadero? ¿Verosímil? De escenas similares está llena la biografía de Fidel: pocos meses después cubrió de improperios al cadáver de un compañero destrozado por la hélice de un avión: ¡qué estúpido terminar así! ¡Cuánto tiempo perdido! ¿Era tan cínico el hombre que estaba por entrar en la historia? ¡La moral era su escudo y su lanza! ¿Entonces? El dilema es sólo aparente: tan elevados eran sus fines morales que para alcanzarlos consideraba lícitos los medios más inmorales; la nobleza de los primeros, en sus ojos ennoblecía a los segundos.122

Notas

1 FC, 25/11/1955; Pérez Stable, op. cit., p. 97; Betto, op. cit., p. 125.

2 Ameringer, op. cit., pp. 183-190.

3 Guede, op. cit., p. 139; Raffy, op. cit., p. 106; C. Ameringer, “The Auténtico Party and the Political Opposition in Cuba”, en The Hispanic American Historical Review, v. 65, n° 2, 1985, pp. 327-351; Oltusky, op. cit., p. 23; Botín, op. cit., p. 58.

4 Rojas, op. cit., p. 57; Betto, op. cit., p. 125; Ramonet, op. cit., p. 99.

5 FC, 25/8/2007; J. Castro, op. cit., p. 104.

6 Ros, op. cit., p. 302.

7 J. Castro, op. cit., p. 103.

8 Ramonet, op. cit., p. 92; M. Márquez-Sterling, Cuba, 1952-1959, Kleiopatria D.P., Wintergreen 2009, p. 47.

9 Fuentes, op. cit., p. 116; Franqui, op. cit., p. 155.

10 FC, 24/3/1952.

11 FC, 25/8/2007; FC en El Acusador, 16/8/1952.

12 FC en El Acusador, 16/4/1952; Walker, op. cit., p. 92; Márquez-Sterling, op. cit., p. 36.

13 Ameringer, op. cit., 1985, p. 331.

14 Mencía, op. cit., p. 113; FC in Bohemia, 8/2/1953; Conte Agüero, op. cit., p. 58.

15 Coltman, op. cit., p. 72.

16 Betto, op. cit., p. 125; D. Spence, Antiracism in Cuba. The Unfinished Revolution, Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2016, p. 40; D. Stryker, Cuba 1964, Createspace Independent, Miami, 2013, p. 259.

17 Ramonet, op. cit., pp. 99, 114; Fuentes, op. cit., p. 172.

18 FC, 26/7/1961; 20/11/1995

19 K. Arocha, Abajo quién tu sabes. Humor político en el socialismo real, Miami, Alexandria Library, 2014, p. 57, Fuentes, op. cit., p. 172.

20 FC, 26/7/1966; 9/2/2009; Conte Agüero, op. cit., p. 60.

21 R. Suárez, Un insurreccional en dos épocas. Ed. Ciencias Sociales, La Habana 2001; Betto, op. cit., p. 118.

22 FC, 26/7/2005; Ammar, op. cit., p. 313; Uría, op. cit., p. 136.

23 Ginori, op. cit., p. 31; Guede, op. cit., pp. 144-154; Oltuski, op. cit., p. 51.

24 FC, 29/5/1955; 28/5/2007; Symmes, op. cit., p. 101; Ramonet, op. cit., p. 114.

25 J.R. Martínez, Del verde de las palmas al rojo de la traición. Memorias de la revolución de Fidel Castro en Cuba, Bloomington, Palibrio, 2013, p. 13; Uría, op. cit., p. 136; J. Castro, op. cit., p. 109.

26 Betto, op. cit., p. 142.

27 FC, 29/5/1955; Sierra, op. cit., p. 379; Ramonet, op. cit., p. 114.

28 Ameringer, op. cit., 1985, p. 340.

29 Blanco, Rojas, de Aragon, op. cit., p. 52.

30 J. Castro, op. cit., p. 118; Ammar, op. cit., p. 314.

31 F. Castro, La historia me absolverá, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1981.

32 FC, 22/1/2008; G. Grandin, The Last Colonial Massacre, Chicago U.P., Chicago 2004, p. XII; S. Farber, The Origins of the Cuban Revolution reconsidered, The University of North Carolina Press, Chapel Hill 2006.

33 FC, 26/7/2003; 22/1/2008; Ramonet, op. cit., p. 175.

34 E. Cardenal, En Cuba, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1972, p. 95; L. Conte Agüero, The Prison Letters of Fidel Castro, Nueva York, Nation Books, 2007, p. 153.

35 Anderson, op. cit., pp. 239-247; Betto, op. cit., p. 151.

36 Walker, op. cit., p. 100.

37 Conte Agüero, op. cit., 2007, pp. 116, 122.

38 Coltman, op. cit., p. 99.

39 Franqui, op. cit., p. 156.

40 Castro, op. cit., p. 118; Coltman, op. cit., p. 100.

41 Ameringer, op. cit., 1985, p. 342; Márquez-Sterling, op. cit., p. 59.

42 Conte Agüero, op. cit., 2007, pp. 156, 166.

43 Mencía, op. cit., p. 130; E. Padron, Balseros. El Hombre Nuevo de Fidel Castro, Miami, Createspace, 2004, p. 62.

44 FC, 29/5/1955.

45 Ameringer, op. cit., 1985, p. 342; R. Espinosa, en Granma, 13/8/2006.

46 FC, 29/5/1955; 30/5/1955I. Ramonet, op. cit., p. 227.

47 FC, 7/6/1955.

48 FC, 8/6/1955; 11/6/55; 15/6/55; Anderson, op. cit., pp. 230-232; M. De Paz, Zona rebelde. La diplomacia española ante la revolución cubana (1957-1960), Tenerife, Gobierno de Canarias, 1997.

49 FC, 17/6/1955.

50 FC, 15/6/1955; 29/5/1955; 30/5/1955; E. Oltuski, Pescando recuerdos, México, Besa, 2005, p. 137; Franqui, op. cit., p. 157.

51 Botin, op. cit., p. 84; Oltuski, op. cit., 2005, pp. 60, 78.

52 Anderson, op. cit., pp. 257-260; J. Castro, op. cit., p. 144; WC, Mexican Federal Security Directorate, 24/6/1956.

53 Fuentes, op. cit., p. 213.

54 FC, 9/7/1956; 8/3/2003; Ramonet, op. cit., p. 188; C.M. White, Creating a Third World. Mexico, Cuba and the United States during the Castro Era, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2007, pp. 2, 44; E. Krauze, La presidencia imperial, Barcelona, Tusquets, 1997, p. 225.

55 FC, 14/2/1959.

56 FC, 8/6/1955; 20/11/1955; 25/12/1955; Navarro, op. cit., p. 30.

57 FC, 5/3/1956; Suárez, op. cit., pp. 80-85.

58 Ameringer, op. cit., 1985, p. 344.

59 FC, 20/11/1955; 25/12/1955.

60 FC, 5/5/1956; Márquez-Sterling, op. cit., p. 73; J.R. Ibarra Guitart, El fracaso de los moderados en Cuba, Editora Política, La Habana 2000; R. Rojas, op. cit., p. 140.

61 FC, 15/5/1956.

62 Conte Agüero, op. cit., 2007, p. 88; Márquez-Sterling, op. cit., p. 78.

63 FC, 1/4/1956; 30/3/2005; Anderson, op. cit., p. 261; Oltuski, op. cit., 2005, p. 96; Balfour, op. cit., p. 70.

64 Raffy, op. cit., pp. 171-179; C. Peñaloza, El Imperio de Fidel. Petróleo e injerencia cubana en Venezuela, Miami, Alexandria Library, 2012.

65 Anderson, op. cit., pp. 271-272; D. Sorensen, Turbulent Decade Remembered. Scenes of Latin American Sixties, Stanford, Stanford U.P., 2007, pp. 17, 39.

66 N. Stout, One Day in December, Nueva York, Monthly Review Press, 2013, p. 70; H. Matos, Et la nuit est tombée. De la révolution victorieuse aux bagnes cubains, París, Les Belles Lettres, 2006, p. 51.

67 Uria, op. cit., p. 186; De Paz, op. cit., p. 26; Franqui, op. cit., p. 158.

68 Symmes, op. cit., p. 290.

69 FC, 2/12/2005; Stout, op. cit., p. 108.

70 Fuentes, op. cit., p. 101; F. Vecino, en Granma, 13/8/2006.

71 Anderson, op. cit., p. 311.

72 Márquez-Sterling, op. cit., p. 78.

73 A. De Palma, The Man Who Invented Fidel, Public Affairs, Nueva York, 2007; Anderson, op. cit., p. 302.

74 Coltman, op. cit., pp. 115-119; Stout, op. cit., p. 137; D. Monsetny, en Granma, 13/8/2006.

75 FC, 1/6/2012; Guede, op. cit., pp. 178, 440.

76 J. Quintas, en Granma, 13/8/2006; A. Colomé Ibarra, en Granma, 13/8/2006; Anderson, op. cit., pp. 335-337.

77 FC, 15/2/2002; 1/6/2012; Stout, op. cit., p. 186.

78 Suárez, op. cit., pp. 30-38; Anderson, op. cit., pp. 372, 388.

79 Stout, op. cit., pp. 108, 137, 270.

80 Stout, op. cit., pp. 190-222; De Paz, op. cit., p. 43.

81 L. Cintra, en Granma, 13/8/2006; Benigno (D. Alarcón Ramírez), Memorias de un soldado cubano, Barcelona, Tusquets, 2009, p. 37.

82 Guede, op. cit., pp. 220, 683; Betto, op. cit., p. 152; Uría, op. cit., p. 220.

83 Martínez, op. cit., p. 46; Anderson, op. cit., pp. 288, 366, 395; Benigno, op. cit., pp. 33, 48; H. Ferrer; en Granma, 13/8/2006; Ramonet, op. cit., p. 224; Matos, op. cit., p. 89.

84 Coltman, op. cit., p. 110.

85 J. Castro, op. cit., pp. 170-172.

86 J. Franco, The Decline and Fall of the Lettered City. Latin America in the Cold War, Cambridge, Harvard U.P., 2002, p. 32.

87 FC, 4/6/2008; T. Szulc, Fidel: A Critical Portrait, Nueva York, Morrow 1986, pp. 330-359, FRUS, Memorandum of Conversation, Department of State, 6/12/1956, 17/2/1957; Skierka, op. cit., p. 91.

88 FRUS, National Intelligence Estimate, 23/4/1957; De Paz, op. cit., pp. 36-41; Stout, op. cit., p. 200.

89 FRUS, La Habana a Washington, 7/12/1957, 19/12/1957; F. Olivera, en Granma, 13/8/2006; Pérez Cabrera, op. cit., p. 33.

90 FRUS, Santiago de Cuba a Washington, 21/2/1958.

91 Peñaloza, op. cit., p. 199; Suárez, op. cit., pp. 110-115; Márquez-Sterling, op. cit., pp. 129-133.

92 Farber, op. cit., p. 156; Anderson, op. cit., p. 407.

93 Anderson, op. cit., pp. 416-421; Peñaloza, op. cit., p. 239; Matos, op. cit., pp. 79, 89.

94 FRUS, La Habana a Washington, 11/3/1958.

95 Uría, op. cit., p. 224.

96 J. Salazar-Carrillo, A. Nodarse-León, Cuba. From Economic Take-Off to Collapse under Castro, New Brunswick, Transaction, 2015, p. 16.

97 J. Álvarez, Transformations in Cuban Agriculture After 1959, EDIS document FE481, 2004, online en edis.ifas.ufl.edu, pp. 18-25.

98 Anderson, op. cit., p. 435; Guede, op. cit., p. 242; Oltuski, op. cit., 2005, p. 148.

99 Suárez, op. cit., p. 180; Stout, op. cit., p. 292.

100 Ramonet, op. cit., p. 205; Pérez Cabrera, op. cit., p. 171; Matos, op. cit., p. 135.

101 FC, 14/4/1958; Franqui, op. cit., p. 155.

102 FC, 15/2/2002; Anderson, op. cit., p. 275.

103 WC, Cuban Communist Party Official Lazaro Peña Report, 3/12/1958.

104 FRUS, La Habana a Washington, 22/10/1958; Blanco, Rojas, de Aragón., op. cit., pp. 54-55.

105 Guede, op. cit., p. 158; Matos, op. cit., p. 122.

106 FC, 30/3/2002; Ramonet, op. cit., p. 205; Macaulay, “The Cuban Rebel Army”, en The Hispanic American Historical Review, v. 58, n° 2, mayo de 1978, pp. 284-295; Anderson, op. cit., p. 460; De Paz, op. cit., pp. 76, 90.

107 FC, 14/4/1958; A. Fursenko, T. Naftali, “One Hell of a Gamble”. Krushchev, Castro, Kennedy, and the Cuban Missile Crisis, 1958-1964, Londres, John Murray, 1997, p. 7.

108 Ramonet, op. cit., p. 157; Suárez, op. cit., pp. 185-191.

109 Benigno, op. cit., p. 53.

110 Farber, op. cit., p. 145; Fursenko, Naftali, op. cit., p. 12.

111 Matos, op. cit., pp. 274-293.

112 Sierra, op. cit., p. 183; Fuentes, op. cit., p. 271; Ramonet, op. cit., p. 207.

113 FC, 1/4/1956; 26/7/2003.

114 Pérez Stable, op. cit., p. 52; M. Lazo, Dagger in the Heart, Chicago, Funk & Wagnalls, 1968.

115 S. Ullmann, M.H. Spooner, Cuban Health Care. Utopian Dreams, Fragile Future, Plymouth, Lexington Books, 2014; J.L. Comas, L.O. González, Cuba: medicina y revolución. Radiografía de un mito, Miami, Eriginal Books, 2014; Salazar et al., op. cit., p. 16.

116 Guede, op. cit., p. 21.

117 Pérez Stable, op. cit., pp. 60-63; C. Mesa-Lago, “Balance Económico-Social de 50 años de Revolución en Cuba”, en América Latina Hoy, n° 52, agosto de 2009, pp. 41-61.

118 B. González Arenas, “El azúcar, entre el esplendor y la decadencia”, en Diario de Cuba, 27/1/2017.

119 Betto, op. cit., p. 188; Márquez-Sterling, op. cit., pp. 108, 176.

120 T. Gjelten, Bacardi and the Long Fight for Cuba, Nueva York, Viking, 2008, p. 118; Uría, op. cit., pp. 194, 207; Symmes, op. cit., p. 144.

121 FRUS, Santiago de Cuba a Washington, 21/2/1958.

122 Fuentes, op. cit., p. 273.

* La expresión “ir a Canossa” es más frecuente en italiano que en español. Hace referencia a la humillación, peregrinación o penitencia en 1077 del emperador Enrique IV frente al papa Gregorio VII en el castillo de Canossa. Ver más en Wikipedia. [N. del T.]

III. El redentor

La noche de Año Nuevo de 1959, Batista huyó: adiós Cuba. En la isla había excitación. ¿El futuro? ¡Democracia! Todos la invocaban desde hacía años. Era única cosa cierta; estaba equivocada. Fácil equivocarse: “sólo un gobierno inmoral” niega a los ciudadanos la libertad de votar, dijo Fidel. En las calles, el pueblo aplaudía a los salvadores. Fidel tenía treinta y tres años, la edad de Cristo: ¿una casualidad? La barba era un símbolo; prohibió que se la cortaran. Son los doce apóstoles, se decía. ¿Podía ser comunista? ¡Pero no!, garantizó Pérez Serantes: ¡se abría una página de “significado cristiano”! Tenía a Fidel a su lado.1

Fue como el día del juicio; ibas a las casas y estaba la foto de Fidel: es mi Cristo, decían. Para los jesuitas era “brillante, violento, un poco loco”, de buena instrucción religiosa. Era mesiánico: seremos libres por primera vez en cuatro siglos, prometió; “redimiremos al país” liberándolo “de todos los males”. Quien lo temía, tenía esperanzas en la democracia: le pondrá las riendas. ¿Pero quién le pone las riendas a Dios?2

1. Procesión

Napoleón, César, Cristo: Fidel los evocó entrando a La Habana el 8 de enero. Alguno citó la Marcha sobre Roma. Desde el Jeep, bendecía a la muchedumbre ansiosa de verlo, tocarlo, besarlo. La procesión duró una semana a lo largo de la isla; los rebeldes llevaban crucifijos e imágenes de la Virgen. El Oriente religioso cayó sobre el Occidente secular; el pueblo cristiano sobre los mercaderes del templo.3

La procesión había partido desde Santiago: había que proclamar el triunfo en el corazón del Oriente. Los militares lo buscaron sin éxito; no hablo con quien no existe, los liquidó. Nadie debía cederle el poder; lo había tomado él, era todo suyo. En esa semana Fidel fundó la estética, la retórica, la sintaxis de la nueva era, todas embebidas de referencias evangélicas apreciadas por los cubanos: éramos doce, no “perdimos la fe”; hemos atravesado el desierto, hemos llegado.4

Cuba era el infierno: todos los gobiernos sirvieron a los ricos; todos los políticos son ladrones; el pasado es negro. Inventó números: ¡veinte mil cubanos muertos! La Cruz Roja contó tres mil, sólo unos treinta rebeldes. No importaba la realidad sino el relato: cuanto más oscura la noche, más brillante el día. Prometió el reino: queremos “el régimen social perfecto”. Gracias a los mártires, “la muerte se ha transformado en vida”. Nada más de odio, reinará la libertad; respetaremos el pensamiento ajeno; los últimos serán los primeros. Luego alabanzas nacionalistas: los cubanos “tienen derecho a un gran destino”. ¿Demagogia? Guay: “Haremos, no prometeremos”. “Venimos a que el pueblo nos hable a nosotros”; el pueblo era la plaza, todos, ninguno en particular.5

Todo era elección moral entre el bien y el mal, humildes y potentes, pobres y ricos, Cuba e Imperio; quería unir a los cubanos en una comunidad unánime, unida por la fe; al pueblo de la Constitución, heterogéneo, quería sustituirlo con el pueblo de Dios: su pueblo. Cuba era su Iglesia; los cubanos, sus fieles a los cuales unirse en comunión. Un ministro lo describió, cautivado: cuando habla Fidel, “el pueblo tiene un solo rostro”, él la voz, el pueblo el cuerpo. Si arriba de la comunidad política estaba la comunidad de la fe, él tenía un aura divina; no provocaba consenso sino devoción. Su pueblo no era todo el pueblo; pero para él era el “pueblo entero”. ¿Los demás? El no-pueblo.6

2. Milagros

La procesión culminó en La Habana, postrada a sus pies. En la oceánica manifestación, unas palomas se posaron sobre los hombros de Fidel. ¿Un milagro? Los rebeldes las usaban para intercambiar mensajes; Fidel las usó para manipular un símbolo: para muchos fue una señal de Dios. Lo había dicho y repetido: no quiero cargos. No me interesa “el poder”, para mí es “sacrificio”. Altruismo, desinterés: virtudes cristianas. Hablaba de sí en tercera persona: “Somos inmunes a la ambición y la vanidad”. Por lo tanto no tomó la guía del gobierno pero se quedó con el poder. Mientras los ministros se reunían en palacio, su gabinete paralelo lo hacía en una residencia junto al mar. Él presentó a Urrutia, el desconocido; él explicó lo que habría hecho. Pero se burló: le dejé todo. En público lo alababa, en privado lo denigraba.7

Sin cargos, seré “tan pobre o más pobre que antes”, dijo. Predicó austeridad. No para él: como los reyes católicos, el reino era su patrimonio. Se instaló en el mejor hotel y en lo de Celia, en el barrio más bello, además de la residencia marítima. Nada de obligaciones administrativas ni responsabilidades. ¿Una urgencia? Libraba un cheque. ¿Quieren el acueducto? Mañana lo tendrán. El dinero era del pueblo, por lo tanto suyo; así lo había hecho con el de su padre. Y como él, Celia: modificaba sentencias, asignaba casas, donaba tractores. Para sus proyectos no faltaba dinero. ¿Quería distraerse? Un avión militar la transportaba.8

3. Gobierno y poder

Debíamos gobernar, recordó Fidel, pero sólo sabíamos hacer la guerra. Urrutia debía tranquilizar a todos: la revolución era democrática. Lo mismo el primer ministro, José Miró Cardona, abogado conservador. Fidel guardó para sí las fuerzas armadas. Con los íntimos, aprontó las reformas para transformar a Cuba. Pero el problema más delicado era otro: entre los revolucionarios había comunistas y anticomunistas, DR y M26. Con los primeros nombramientos, crecieron las tensiones: ¡los comunistas se quedan con todo!9

La ambigüedad de Fidel había unido, ahora dividía: ¿con quién estaba? El DR reaccionó: había luchado pero era excluido; los comunistas habían hecho poco pero eran premiados. Ocupó edificios públicos, acumuló armas. Pero Fidel era Dios, cuidado con desafiarlo. Amenazó: los peores enemigos son los propios revolucionarios; los hay de “muchos tipos”. Fue claro: debemos estar “todos en una única formación”, la suya. ¿El DR juntaba armas? ¿“Armas para qué”? No queremos “derramar sangre”. Luego anunció: si me pasara algo, mi sucesor será Raúl. ¿En qué, si no tenía cargos? La plaza gritó “sííí”. El M26 torció la nariz: Raúl era comunista. El DR debió plegarse.10

¿Qué orden tenía en mente Fidel? Odiaba el parlamentarismo, la separación de poderes, el pluripartidismo. Quería imponer el principio de la unanimidad del pueblo. Era coherente que ello condujera al partido único y la ideología de Estado. No tenía necesidad de inspirarse en el modelo soviético: la comunidad orgánica era el ideal del populismo latino, ya apreciada por Cárdenas y Perón; una comunidad basada en las corporaciones, como en la cristiandad colonial. Pensaba en “formas orgánicas de gobierno”; los miembros, unidos, formaban el cuerpo de la patria. Plasmar, homogeneizar, educar al pueblo en una fe; organizarlo en grupos profesionales, territoriales, de género, de edad: era la sociedad ideal de los maestros jesuitas; el Estado católico de Franco se autodefinía “democracia orgánica”.11

Así organizada, Cuba habría pulsado al ritmo de un organismo viviente: cada uno cumpliendo su función, todos remando en la misma dirección. ¿Quien no lo hiciera? Reeducado, expulsado, eliminado: el bien de la comunidad valía el sacrificio del individuo. Cabeza del organismo: Fidel. Jefe político porque velaba sobre la unidad del pueblo; jefe religioso porque custodiaba su fe: humano y divino. Si uno era el pueblo, una era su voz: la voz de Fidel. No sirve “hacer una elección cada día”, decía: basta una manifestación para saber qué piensa el pueblo. ¿Él hablaba, la muchedumbre aprobaba? Poco mal: “Somos un solo pueblo, pensamos todos igual”; nos une “la misma fe”, somos “una sola persona”. Los cubanos formaban un “haz”, dijo; una Iglesia, una comunidad de fe. Si el pueblo derrapaba, le gritaba: “¿Son obedientes o no?”, preguntó irritado a una plaza desatenta.12

4. Constitución

¿Y la Constitución? Fidel había jurado restaurarla. Aquella de 1940. Si un gobierno anda mal, se lo cambia en las elecciones, dijo; los gobiernos democráticos gobiernan por “un período limitado”. Pero tenía otra cosa en la cabeza: el pueblo, entidad espiritual y moral, no jurídica y política. Lanzaba violentas admoniciones: “La revolución no se hace con la ley”; “Las leyes de la revolución son principios morales”. Su moral era la ley. La Constitución se disipó en el horizonte. Suspendidos los partidos, disuelto el Congreso, purgados los tribunales, devino en rey absoluto.13

Sobre las elecciones creó una capa de niebla: las haremos, decía. Pero luego: “Tenemos el apoyo unánime”, ¿conviene dividirse en partidos? ¿Asamblea constituyente? Causaría tensiones. ¿Parlamento? Frenaría las leyes. ¿Jueces? Sólo de “mentalidad revolucionaria”. Llamaba división al pluralismo; unánime era palabra clave. ¿Era popular Fidel? Mucho. ¿Les gustaba a todos? No. Pero su pueblo era para él todo el pueblo. Y si todo el pueblo nos sostiene, ¿para qué hacer elecciones? ¿Para qué permitir a pocos otros hacer un partido, publicar, manifestar? ¡No queremos la “democracia burguesa”! No tendrás otro Dios aparte de mí; Dios era él. Así expulsada, ¿el disenso habría tomado las armas? ¡Mejor! La amada guerra era lo ideal para aplastarlos.14

Pocos protestaban: pluralismo, Estado de derecho, respeto de minorías y derechos individuales eran cosas para pocos. La democracia, para los más, como en el imaginario católico era un concepto social, no político. No era un sistema de poderes balanceado, sino un orden que distribuía riqueza: una autocracia que lo hubiera hecho, les habría parecido la mejor democracia. Es lo que pensaba Fidel.

5. Justicia y venganza

Cuando venzamos, no deberemos caer en la tentación de la venganza: Fidel lo había dicho a menudo. Castigaremos a los criminales con la ley en la mano. Las cosas fueron de otro modo. ¿Hay espías?, preguntó Fidel. La masa en coro: paredón, al muro. Los juzgamos y los fusilamos, dijo divertido; la sentencia ya estaba escrita. Hubo ejecuciones sumarias. Padre Chabebe se enfureció: ¡no hay pena de muerte en Cuba! Luego fueron creados los tribunales revolucionarios: los procesos eran farsas. En la red de la represión cayó de todo. Parecían autos de fe de la Inquisición: se realizaban en lugares públicos y los transmitía en directo la televisión, entre la muchedumbre que gritaba.15

A quien le dijo que la “pedagogía del paredón” era escandalosa y que habían sido fusilados inocentes, Fidel respondió que eran excesos fortuitos; los fines justificaban a los medios. O se enfureció: “La Biblia dice que el peor crimen es aquel de Caín” y los batistianos habían matado a los hermanos; las Escrituras eran su ley. A veces fue tajante: ¿piden pruebas? “Tonterías”. Era él quien quería los procesos en la plaza: para expiar. Una vez perdió los estribos y reveló la trampa: ¿el tribunal quiere liberar a un esbirro? Fusilaré a los jueces. Pero ciertas escenas fueron tan horribles que se resignó a no mostrarlas. El proceso culminante fue a ciertos pilotos acusados de bombardeos: el juez, revolucionario y católico, los absolvió; no había pruebas. Fidel hizo revocar la sentencia. Juzgados de nuevo, fueron condenados. Contra aquel juez desencadenó el infierno, hasta que fue encontrado muerto; suicida para el gobierno, suicidado para sus amigos.16

A muchos les agradó aquel circo. ¿Ven?, dijo a la prensa. El pueblo es unánime. Pero desde el exterior llovieron críticas. Para combatirlas, escenificó una inmensa manifestación. “El más noble y sensible” pueblo del mundo era calumniado; frente a trescientos ochenta periodistas lamentó ser víctima de las agencias de prensa. ¿Los procesos son justos?, preguntó a la plaza. Un bosque de manos se alzó. Sabía manipular a las muchedumbres. Citó a Le Bon: “La gente está pronta a morir por quien le da una orden”; conocía a Goebbels: una mentira repetida mil veces se torna verdad; en fin, la Biblia: “Quien a hierro mata, a hierro muere”.17

6. Enemigo búscase

No será como en 1895, dijo Fidel, los estadounidenses no tomarán todo. Ya tenía a los Estados Unidos en el punto de mira: intimó a las misiones militares a que hicieran su equipaje. En marzo tuvo los primeros contactos secretos con militares soviéticos. Con los fusilamientos, se jugó a la opinión pública estadounidense: ¿por qué actuaba así? Un senador denunció el baño de sangre; Fidel saltó: no es asunto vuestro; si nos invaden, “200.000 marines morirán”. Fue una bomba: ¡no había ningún conflicto! ¿Quería desencadenarlo él?18

Se lanzó contra la prensa de los Estados Unidos: lo había idolatrado, ahora criticaba los fusilamientos. Deseaba el choque, le servía para justificar las medidas que tenía en mente, era útil a su popularidad. “Siempre hay necesidad de un enemigo para mantener el entusiasmo”, dijo. Atacándonos, unirán al pueblo. ¡Vengan, invádannos!, provocó. La mejor defensa era el ataque: en tal modo no encarnaba más sólo a la pequeña Cuba sino a todos aquellos que odiaban a los Estados Unidos. Un lindo dilema para Washington: ¿cómo tratar con quien les lanzaba una cruzada?19

Las críticas de los Estados Unidos eran “una de las campañas más canallescas que se hayan hecho jamás contra una sociedad humana”; las objeciones a los procesos, “acusaciones al pueblo cubano de ser criminal”. Estaba en juego la “soberanía del país”. Eligió algunos congresistas estadounidenses y los invitó a asistir a los procesos: ¿por qué no sembrar cizaña entre gobierno y Congreso? Dos mordieron el anzuelo: Fidel los quiso a su lado cuando preguntó a la multitud si quería “matar a los esbirros”; ambos pasaron por idiotas útiles. Vinieron “a darnos la razón”, dijo. La Casa Blanca meditaba acerca de qué hacer. Por ahora, le apremiaba la estabilidad de Cuba.20

Conmigo triunfa la nación, perdono a sus enemigos decía Fidel: lo mandaba la providencia. Quería el monopolio de la identidad nacional, el derecho de expulsar a los herejes. En él culminaba el destino de la patria. Redimiéndola la sustraía a la historia y la proyectaba hacia la salvación. La historia era objeto de culto: historia sacra, apologética. Desde el primer español hasta hoy sufrimos “explotación, opresión, violencia, ilegalidad, vicio, corrupción”. Acabado el dominio español, había comenzado el de los Estados Unidos: él estaba por dar a los cubanos la patria que nunca habían tenido. No decía algo falso cuando declaró: “No soy comunista, lo digo en serio; pero tampoco me vendo a los Estados Unidos”. Era un nacionalista latino, impregnado de valores católicos.21

7. Venezuela

Estaba ansioso por sembrar el verbo: se comprende que Fidel visitara Venezuela poco después del triunfo. Fue un baño de masas pero el encuentro con Rómulo Betancourt, electo poco antes presidente, fue gélido: no le gustaba Fidel, había hecho arriesgados paralelos entre la Sierra cubana y la venezolana, ¿qué quería? Mucho menos le agradó que se reuniera con los comunistas locales: era un acto hostil. Cuando recibió el pedido de ayuda para desalojar a Trujillo con la fuerza, se petrificó: Fidel era una mina vagante, pretendía la revolución panlatina. En privado le confió: nosotros hacemos, no decimos. Frente a los jóvenes se presentó el guerrillero, un sacerdote enemigo de las comodidades burguesas. Lo asediaron por un autógrafo.22

Apuntó el dedo contra los “eternos enemigos de los pueblos de América”: los Estados Unidos. Pero Venezuela había tenido elecciones, deseaba buenas relaciones con Washington. Cantar loas a las revoluciones armadas era una provocación. Obvio que evocara a Bolívar y la unidad de los pueblos latinos. ¿Sobre qué fundarla? Somos pueblos “de igual raza, lengua, sensibilidad”; “todos pensamos del mismo modo”; la unanimidad, como siempre. Su panlatinismo evocaba la civilización hispánica, cuna de la cristiandad americana. Finalmente habló al Congreso: ¡el incendiario se fingió bombero! Prometió elecciones, elogió a la democracia venezolana. Me han dado textos antiparlamentarios, dijo: Malaparte, la biografía de Stalin; pero yo no albergo ideas semejantes. Betancourt comprendió el escaso valor de las palabras en la boca de Fidel.

8. Cuarenta y cinco días

El equilibrio entre presidencia y gobierno duró cuarenta y cinco días. “Yo no soy el gobierno”, había dicho Fidel, al gobierno digo “aquello que el pueblo necesita”. Tenía el poder pero fungía como jefe de la oposición. Era uno y trino, jugaba un rol pero también los otros; era todo, nunca una parte. Reclamó la reforma agraria: “Toda la moral se concentra en el hombre humilde”, dijo con la Biblia en la mano. Estamos por “morir de hambre” dramatizó. Justificaba así una reforma a medida de la tragedia: apocalipsis y redención. Ya que reinaba el caos, amenazó: las revoluciones han empleado “el terror contra los intereses consolidados”.23

El hecho es que resurgía el pluralismo: había quien lo criticaba en los diarios, quien invocaba la ley, quien hacía huelga. Para Fidel, cultor de la unanimidad, era intolerable. Los problemas “surgen porque hay libertad”, dijo. Hasta que estalló la crisis: el primer ministro, cuando comprendió que no tenía poderes, dimitió en febrero; Fidel tomó su lugar. Soy un humilde cubano, dijo; luego fue a la televisión y explicó que había que reformar todo, desde la economía hasta la moral. Bohemia fotografió a su madre rezando. ¿Ven? Es la prueba de que somos humanistas cristianos, comentó el hijo. Pero anunció la pena de muerte para delitos contra la revolución: “quien no se adapta, desaparece”, es biología, advirtió.24

El cargo no lo cambió: las instituciones debían plegarse a él, no viceversa. Llegaba tarde a las reuniones, los funcionarios se enteraban de las decisiones en la prensa. No logro decirle que el país está a la deriva, confió un ministro. Cuando aparecía predicaba sacrificio, trabajo, sufrimiento. Prometió el Edén: “Estoy seguro, dijo, que en pocos años elevaremos nuestro tenor de vida sobre aquel de Estados Unidos y Rusia”. ¡Tendremos treinta millones de habitantes! Tenía seis. Y una vaga idea del mundo. Quien lo vio, refirió que estaba alterado. Pero tanta era su fe que creía en lo que decía y tanta era la fe de los cubanos en él, que también ellos lo creían.25

9. Iglesia

Si para todos Fidel era un buen católico, imaginemos para la Iglesia. El episcopado lo acogió como otras iglesias habían acogido a Mussolini, Perón, Franco. Pérez Serantes lo llamó caudillo; escribió que la Divina Providencia había escrito la palabra “triunfo” en el cielo de Cuba. La Acción Católica cantó himnos a los barbudos, los incitó a “remover, limpiar, resanar”. Los jesuitas estaban entusiasmados. El franquista Sánchez Bella fue impactado por la “voluntad, fanatismo, tenacidad” de Fidel.26

¿Qué se esperaba la Iglesia? Simple: la restauración cristiana. Como Fidel, la Iglesia imputaba a la élite haber descristianizado a la isla. Bastaba orientar a la revolución: Dios estaba de su parte. También Fidel quería un orden cristiano, pero distinto al de los obispos. Alguna duda surgió con los fusilamientos: el clero recibió cartas desgarradoras, la Santa Sede se irritó; no se esperaban una carnicería.27

Luego Fidel canceló los títulos universitarios de los últimos tres años: quien había estudiado mientras él combatía, debía ser castigado. Los obispos no lo podían creer: era un golpe a las escuelas católicas. Raúl mientras tanto abolió la doctrina católica en los cuarteles; los nuevos manuales eran marxistas. Pérez Serantes estaba confuso: ¿Fidel fundaba una nueva religión? Al embajador español le vino a la mente Perón. El régimen comenzó a apuntar hacia la Iglesia.28

Las tensiones dividían más a la Iglesia que al gobierno. Varios sacerdotes tomaron partido por Fidel frente a los obispos: sus reformas son cristianas, ¿por qué las critican? Cuando él reaccionó acusando a la Iglesia de estar con los potentes, aplaudieron. Fidel cruzó el Rubicón el 6 de marzo: las “pasiones religiosas” son un instrumento de la contrarrevolución, dijo. Estaba escrito en su unanimismo: atacaba a quien no se plegaba. Dijo que “la religión no tiene nada que ver con la política”. Pero no porque quisiera separar las dos esferas: para reunirlas en sus manos. Rey católico, ¡que nadie invocara una religión de la cual él no fuera pontífice!29

10. Enemigos, enemigos, enemigos

Aquí están los “primeros enemigos” dijo el 11 de marzo a la plaza: tiempo de comenzar los puñetazos. Fidel, pueblo, patria, revolución eran todo una sola cosa. Amigo, enemigo: hay “dos clases de leyes: la ley justa y la ley injusta”; la llegada de Cristo, él, separaba las aguas. ¿Cómo criticar a quien prometía trabajo, tierra, casas, escuelas? Hacerlo era “egoísmo”. “Estamos preparando un mundo para el cubano como nunca se soñó”: él resolvía por ellos. Se jactó de “hacer el bien a millones de compatriotas”. Mi premio será “más adelante”. ¿Éxtasis místico? ¿Furia milenarista? Tenía confianza en el terror, recordó Franqui: era capaz de todo. Los demócratas estaban confundidos: estaban perdiendo todo, mientras Fidel aporreaba a la clase media, su base social. Rabia y resistencia aumentaban. Él echó sal en las heridas: sólo los reaccionarios critican a una revolución que hace “la patria grande”. Gobernar no implicaba acuerdos, sino guerra a la herejía. Pronunciaba discursos uno tras otro: debo “orientar al pueblo”. ¿La Constitución? El gobierno “es el poder constituyente”; ¡un golpe! ¿Qué es la democracia? El gobierno de la mayoría, nada de minorías. La multitud gritaba: ¡elecciones no! ¿Era algo espontáneo? Difícil. El pueblo unánime está contra las elecciones, sostuvo. Pero que nadie temiera: no me quedaré cinco años. De hecho, fueron cincuenta.30

Fidel citaba a Lincoln, que le era del todo extraño: la política para él no era un delicado equilibrio de poderes para conjurar la tiranía, sino un diabólico artificio que dividía a un pueblo nacido unánime. Su repertorio era de todo otro tipo: “Cristo fue el primero de los revolucionarios”, dijo; fue él quien sostuvo que el rico no entrará en el reino de los cielos; los revolucionarios eran como los primeros cristianos: ricos y pobres, mal y bien eran los polos de su mundo. Olvidada la Constitución, lanzó la purga: en el lugar de los anteriores funcionarios, impuso cuadros “idealistas” y devotos. Alguien habló de giro totalitario y él se irritó, pero totalitaria era la idea del pueblo unánime. Tan unido es el pueblo, dijo, que no hay conflictos de clases, sólo entre cubanos y no cubanos. El organicismo católico, no el clasismo, era su equipaje: el pueblo es “un organismo amenazado de muerte”; Cuba un cuerpo para “operar” a fin de salvarlo; la masa, “materia viva”.31

11. Economía

Para Fidel nada, en mayor medida que la economía, era una cuestión moral. De ella sabía poco, pero tenía convicciones férreas. No concebía los intereses bancarios: ¡el Antiguo Testamento los prohibía! Si así era, desarrollar a Cuba era fácil: bastaba sustituir la inmoralidad capitalista con la moralidad socialista. Por lo tanto sus primeras medidas tuvieron fines morales: redujo el precio de los servicios públicos, aumentó los salarios, bajó los alquileres. Popularidad y consumo se beneficiaron. ¿Eran sostenibles? No era su lógica.

La coherencia era aleatoria: denunció la hipertrofia del Estado pero lo acrecentó; prometió tierra a los campesinos pero la socializó. Su estrella polar era el odio por la empresa, el mercado, el capital. El pivote de todo debía ser el Estado: era necesario hacer de él una máquina eficiente. ¿Cómo? Con personal “idealista”. Y si las leyes de la economía eran aquellas morales, sus preceptos eran dogmas: era rey y sacerdote. ¿El Banco Nacional pretendía autonomía? ¿Cuestión de sostener la moneda? ¿De solvencia del país? Se enfureció: no me doblegaré ante las finanzas. Lo tomó bajo su control.32

También la prosperidad dependía de la fe: absorbida la nueva conciencia, los trabajadores producirán más. Contra quien resistía, saltaba el castigo de Dios: ¿Texaco paga bajos salarios? “El pueblo” la castigará. ¿Cerró una fábrica sin compradores? Que sea “generosa”, de otro modo “no seremos generosos” con ella. ¿Amenazas y extorsiones beneficiaban a la economía? Para Fidel sí. He hablado con Fidel y comprendí que Cuba se hundirá, dijo el congresista Powell: le expliqué que el crecimiento no durará y se echó a reír; “A la economía la entienden también los niños” ha dicho. Si todos trabajaran, pensaba, el producto sería cuatro veces superior.33

Tras haber garantizado respeto por la propiedad privada, lo negó. No importaba la coherencia sino la fe en él. Sus recetas eran rústicas; pensaba en la riqueza como una suma algebraica: cuantos más brazos, más producto. Ordenó: por cada cinco obreros, las empresas deben tomar uno nuevo. Era cuestión de “amor por los propios semejantes”. El mercado era inmoral: en octubre de 1960 nacionalizó cuatrocientas empresas; el Estado se adueñó de una enorme riqueza. ¿Quién la habría administrado? A menudo unos veinteañeros: antes decidía, después pensaba en cómo poner en acto lo que había decidido. El caos aumentaba, en los transportes reinaba la anarquía. Pronto se encontró en el bochorno: había prometido “un plus” pero tuvo que dar marcha atrás.34

12. Nixon

En Washington no sabían qué hacer: hemos sido conciliadores, Fidel nos trata como enemigos. Él jugaba al ataque y en abril fue a Nueva York: quería explicar, seducir. La Casa Blanca pidió a la CIA un plan contra el régimen si las cosas se hubieran precipitado, pero prefería la mano tendida. Eisenhower, disgustado por las filmaciones de las ejecuciones, pidió a Richard Nixon que lo recibiera. Años después, Fidel leyó en público un párrafo del reporte de Nixon sobre aquel encuentro; estaba orgulloso. Fidel, decía, tiene “las cualidades indefinibles que lo tornan líder de hombres”. Pero el vicepresidente había sido lacónico: la popularidad no da derecho a conculcar las libertades; si arrestan a las once, procesan a las doce y fusilan a las catorce, no se lamenten de las críticas. Pero el pueblo está conmigo, rebatió Fidel. También estaba con Hitler, remarcó gélido Nixon. Fidel nos odia, concluyó.35

Los enemigos del gobierno estadounidense lo amaban; en Princeton, los estudiantes lo acogieron como a un héroe. No todos: “Destruirá a la economía”, dijo un joven que lo escuchaba. En Central Park habló a los hispánicos: la revolución es “humanista”, gritó, se basa en la “fe”. A los senadores explicó que era católico y quería reformas: “Nuestro honor nos prohíbe mentir”. Un hombre la CIA le habló: Fidel y el comunismo son el diablo y el agua bendita, dedujo. El viaje fue “hipocresía calculada”, dijo alguien que estaba allí. No pidió préstamos: fue una señal.36

13. Tercera posición

No fueron los Estados Unidos quienes empujaron a Fidel a los brazos soviéticos: él mismo lo dijo repetidas veces. Heredero de la cristiandad hispánica, imputaba al liberalismo las fracturas morales del mundo: los Estados Unidos eran protestantes y lo predicaban, por ello los odiaba. Al universalismo liberal opuso el universalismo antiliberal del acervo católico. ¿Y quién lo encarnaba entonces mejor que el comunismo? ¿No era acaso una herejía cristiana? Lo fue para él y millones de católicos. Si ello torna lógica la alianza con los soviéticos, marca también sus límites. El comunismo cristiano de Fidel era un fenómeno hispánico y latino y tal permaneció. Un compañero lo visitó y vio dos libros: uno de Marx, nuevo; el otro eran los discursos de Perón, bien ajado. De los Estados Unidos odiaba su dominio sobre Cuba, pero aun más sus valores. Su triunfo cortó las alas a su ambición de difundirlos en el hemisferio. Curioso, pero le tocó a Goliat defenderse de David.37

Tal fue el humus invocado por Fidel antes de abrir el paraguas soviético: tenemos nuestra ideología y ningún motivo para “unirnos a uno de los dos bandos” mundiales, dijo; su ideal era la tercera posición peronista: panlatina, católica, antiliberal, antiprotestante. Se explica así el choque con los demócratas latinoamericanos. Ocurrió cuando recibió a José Figueres: invitado a no traicionar a la democracia, Fidel lo acalló y lo encasilló en la “reacción”. Fue entonces que el PSP envió a Moscú un emisario para garantizar a propósito de Fidel: estamos volviéndonos el pilar del régimen, refirió. Fidel estaba seguro del enfrentamiento con Washington y solicitaba la ayuda socialista. Pero su sueño natural siguió siendo la tercera posición. Homenajeando a los amigos de la revolución, evocó a las deidades del nacionalismo panlatino: ningún marxista, un exfalangista y, obviamente, Perón. ¡Pensar que estaba exiliado en la República Dominicana, con Trujillo!38

14. Sudamérica

Luego Fidel fue a Sudamérica. Cuba estaba en el caos y el largo viaje con un séquito de cincuenta personas desconcertó. Carlos Lacerda, el brasilero más anticomunista, se enamoró: estimaba a Salazar y lo encontró de la familia. En Buenos Aires habló en un vértice panamericano. El subdesarrollo amenaza a las democracias representativas, dijo, como si le importara su suerte. Con los delegados estadounidenses fue cortés; pidió con garbo recursos para los organismos de crédito.39

En Uruguay celebró la democracia; nunca privaré a alguien de sus derechos o censuraré un pensamiento. ¿A quién creerle? ¿Al fanático que predicaba en Cuba? ¿O al calmo reformista escuchado en el exterior? Sólo el primero hacía que los hechos siguieran a sus palabras. Al regreso, vio a una masa desfilar por un cura expulsado: ¡el pueblo no era tan unánime! Se consoló con su plaza: un millón, se alegró; doscientos mil tal vez. Alardeó de sus triunfos en el exterior: ¡he hablado a cien millones de personas, dijo! Intentó ahuyentar fantasmas: “No haremos jamás una dictadura”. Pero queremos justicia social: quien protesta es egoísta. Ni capitalistas ni comunistas: lo que somos nace “de las vísceras de nuestra tierra”: peronista, panlatino y católico. ¿He mentido alguna vez? ¡Si fuera comunista lo diría!40

15. Reforma agraria

Fidel no amaba a La Habana: “Cosmopolita, llena de lujos”; la temía: empollaba resistencia. Despreciaba “las comodidades de la ciudad” de las cuales gozaba. El patriotismo “estoico” de los guajiros era mejor que aquel “impuro” de los habaneros; son “buenos y generosos”; sus mujeres, “humildes y simples”. En marzo habló de revolución campesina: los militantes urbanos se cayeron de las nubes. Quería desencadenar a las campiñas contra La Habana, redimirla. Y cancelar las elecciones. Pero debía ser “el pueblo” el que las rechazara. Nació así el show del 9 de abril de 1959. ¿Quieren elecciones? Ninguna mano alzada. Los que quieren votar, dijo, deben estar jugando a la canasta. Se oyó una voz de disenso y él tronó: “El pueblo se los llevará a todos”.41

La reforma agraria fue mucho más que una ley sobre la tierra: el guajiro encarnaba la cubanidad, era lógico que fuera el beneficiario ideal. Pero lo que tenía sentido en Oriente, donde el latifundio estaba más difundido, ¿lo tenía en otras partes, donde lo estaba menos? Fidel estaba seguro: sin latifundio, Cuba florecerá. ¿Cómo hacerlo? ¿De una vez o gradualmente? ¿Por imposición o negociando? La moral no se discute: pondrán el grito en el cielo, seguiremos derecho. O con él, o contra: la reforma elevará el tenor de vida de los campesinos seis veces.42

Preparó la reforma con su gobierno en las sombras; cuando la vio, el ministro Sorí Marín dimitió: extremista, dijo; era lo que quería Fidel. Para substraerla a cualquier otro, la confió al instituto para la reforma agraria, INRA, que acumuló grandes poderes. Pocos objetaron: hacía falta una reforma contra el latifundio, sobre ello había acuerdo. A la cabeza del INRA emplazó a un comunista. Muchos militantes del M26 torcieron la nariz; el DR se sintió traicionado.43

Los símbolos eran su pan: proclamó la reforma desde la Sierra. Era incómodo y costoso, pero lo deseaba. La ley no colectivizó, pero fue un paso en tal sentido: impulsó la creación de cooperativas que en la práctica eran empresas estatales. Impuso un techo generoso a la extensión de las parcelas privadas, pero ya no eran privadas: estaba prohibido venderlas. La indemnización fue en bonos estatales pagaderos a veinte años: nadie los cobró nunca. Cada uno tendrá su parte de tierra “en propiedad” había prometido: no fue así.44

Fidel hablaba del campo como de un oasis donde reinaban paz, fe y austeridad. Los campesinos eran ángeles laboriosos en poblados ordenados; se dividían trabajo, herramientas, maquinarias. Como en el Edén, las cosechas abundaban. Habría producido más por la fe: el individuo es egoísmo; la empresa, explotación; la propiedad, pecado. Lo dijo: no daremos tierras a nadie, ¡que el campesino pierda la estúpida pasión por la propiedad privada!45

Producción y disciplina no se resentirán, había garantizado. Pero imperó el caos. Faltaban cuadros técnicos, instituciones adecuadas, censos confiables. Exacciones, violencias, robos; la reforma causó pánico; la producción sufrió. La guerra civil comenzó así. Fidel mantuvo el rumbo: el Estado dirá qué y cuánto sembrar. Se sentía fuerte, la reforma era bien vista: muchos propietarios hicieron donaciones, la Iglesia la alabó. A los propietarios estadounidenses les tocó lo peor: perdieron todo y sufrieron abusos. A Washington no le agradó.46

16. ¡Orden!

Menos mitines, dijo Fidel: urge “ordenar las cosas”. Siguió haciéndolos en cantidad. Crecieron los choques, explotaron bombas; la protesta devino insurrección. En junio fue la primera defección importante: Pedro Luis Díaz Lanz, jefe de la fuerza aérea, huyó a los Estados Unidos y denunció la influencia comunista; es obra de Fidel, dijo. Fidel lo cubrió de epítetos y tronó: “La revolución es una; o con o contra”. Pretendió disciplina: basta con el “desorden y la anarquía”; en nombre de la “cruz” que llevaba, del “destino” que le tocaba. Denunciaba en todas partes el espectro de la “contrarrevolución”. ¡La nación es un todo! Por lo tanto cada disenso era traición; el organismo debía expulsarlo para curarse. La revolución “aplasta” a quien la obstaculiza.47

El asalto final a los demócratas estaba en el aire: anunció la marcha hacia La Habana de los campesinos orientales el 26 de julio; el oriente rural y religioso descendía sobre el occidente urbano y secular: la “más grandiosa manifestación” de la historia americana. Levante la mano, pidió a la multitud, quien quiere la pena de muerte para “los terroristas contrarrevolucionarios”: ¡ovación! Estaba feliz: el 99,5% de los cubanos no son individuos, sino pueblo. Fingía: Bohemia calculó que el 78,3% estaba con él, pero el 38% pedía elecciones. Sobre ellas cayó el telón: “No perderemos tiempo” con la política. Cuando haya orden, el pueblo será consultado: ¿cómo?48

17. Urrutia

“Estoy seguro” que con el presidente Urrutia “no habrá nunca problemas”, había dicho: el 17 de julio lo echó. Urrutia era útil mientras tomaba el poder absoluto, pero no toleraba la influencia comunista y así Fidel se liberó de él. ¿Cómo? Perón enseñaba: dimitió, para que “el pueblo” lo reclamara. Fidel dimitió, gritó la prensa. Fue a la televisión y acusó a Urrutia: es un enemigo, ama el lujo, ¡inmoral! Movilizó al ejército y convocó a la huelga general: en media hora ya estaba de nuevo a cargo. Urrutia huyó sin poderse defender: otro golpe. Lo sustituyó con Osvaldo Dorticós, un devoto.49

Dado que el golpe debía parecer un acto de expiación, Dorticós se recortó su salario e hizo caridad. Un humorista gráfico ridiculizó el gesto y Fidel lo fulminó: un cañonazo para matar a una mosca. Poco después, el 26 de julio, los campesinos lo coronaron. No todo era inédito: ya había visto La Habana, dijo un guajiro, “me llevó Batista”. Adiós a la máscara, dijeron muchos: Fidel es comunista. Aquel día triunfaron su vanidad y teatralidad barroca: “el pueblo” debía devolverle el cetro; él, con actitud modesta, se remitió a su voluntad: soy “un ciudadano igual que ustedes”, dijo. Como en la democracia griega, gritó, el pueblo en la plaza pública “discute y decide sobre su destino”; pero él estaba en el palco, la muchedumbre abajo; él hacía las preguntas, la muchedumbre aclamaba; él había decidido, la muchedumbre aprobaba; no era un debate sino una liturgia. Fidel la oficiaba. “Pericles cubano”, ironizó alguien.50

Frente a los problemas en la tierra, el profeta escruta el cielo: faltan herramientas para trabajar la tierra, pero seremos “la primera agricultura del mundo”. El primer paso fue más largo que cualquier pierna: la ciénaga de Zapata se volverá tierra cultivable. ¿Mussolini no había bonificado los pantanos italianos? Arrancaré la tierra al mar: ¿no lo habían hecho los holandeses? Los agrónomos advirtieron: nada de proyectos grandiosos. Pero él quería horizontes épicos para el pueblo elegido. Así, redobló la dosis: haremos una autopista entre La Habana y la ciénaga. Absurdo. El plan murió entre mil despilfarros.51

¿Por qué importamos alimentos? Los produciremos nosotros: tal devino el objetivo. ¡Qué dirán los enemigos cuando nos vean crecer al 15% anual! ¡Tendremos el cuádruple de bovinos! ¡Seremos los primeros del mundo en la pesca fluvial! ¡Tendremos el mejor establecimiento termal! Quería ser el primero, impresionar a los Estados Unidos. ¿Profecías de un místico o delirios de un demagogo? El tiempo, caballeroso, lo dirá. Entre tanto, los cubanos retiraban sus ahorros de los bancos. Qué tontos, dijo: bastará cambiar el “color de los billetes”. Para redimirlos, puso a Guevara en el Banco Nacional; de economía estaba en ayunas, pero en moralismo no le era menos. Ya había decidido terminar con la economía de mercado y gobernar con los mandamientos.52

19. El ejército de la fe

¿Cuándo se volvió comunista Fidel? Pregunta inútil: lo fue siempre, a su manera; no lo fue jamás, en el modo marxista. Siempre fue jesuita y comunista. Más bien la cuestión es cuándo y cuánto se abrazó a los comunistas en la patria, a los soviéticos afuera, a la ideología comunista. El PSP tenía cuadros y organización, los soviéticos potencia militar y económica, la ideología comunista era la más afín a la cristiana. ¿Por qué un pueblo religioso no debería haber desposado a la religión comunista, como él? Lo tenía en la cabeza desde hacía tiempo: había leído a Thomas Carlyle sobre el rol de los grandes hombres en la historia; autor apreciado por Hitler y por el jesuita inspirador de Eva Perón. Años después explicó: al principio fuimos prudentes; luego, con el poder, impusimos la unanimidad política y espiritual para hacer una nación donde “todos son uno”. Pilar del nuevo orden era el ejército. Se movía así en el surco de la tradición hispánica: la espada al servicio de la cruz, la nueva religión predicada en los cuarteles. A los oficiales impuso escalar el Turquino, la cumbre más alta de Cuba, para demostrar virilidad, coraje, tenacidad. Hay que formar a veinte mil jóvenes, con o sin el consentimiento de las familias.53

Para ser el héroe que deseaba Fidel, cada cubano debía ser soldado: la idea de imponer la instrucción militar a los jóvenes anticipó el choque con los Estados Unidos. Más que la defensa, importaba la formación moral: qué espectáculo, dijo, “decenas de miles de niños en un polígono militar agitando banderas cubanas”. Creó la milicia en cada fábrica y escuela. Gozó viendo a los estudiantes marchar “en formación marcial”. Democracia es aquella que “da fusiles a la mayoría”, dijo. Allí donde los trabajadores no entraban en la milicia, envió a los soldados a ocupar la empresa. De paso, usó a la enorme masa de jóvenes en armas para tapar las fallas de un sistema productivo desbandado.54

20. Matos

Huber Matos nunca le había gustado: era popular, no adoraba al jefe. “Era de derecha”, lo liquidó más adelante: ¡pero lo había nombrado comandante! ¿Por qué el conflicto de octubre de 1959? Gobernador de Camagüey, Matos se negó a gobernar con el PSP. Caído Urrutia, los temores se volvieron certidumbres: solicitó un vértice del M26 y Fidel dijo no. Él dimitió: el dado estaba echado. Matos le escribió: la influencia comunista viola la revolución; aquellos que la denunciaron han sido echados; me voy antes de serlo también yo; finalmente la estocada: “Los grandes hombres declinan cuando dejan de ser justos”. Fidel se enfureció y ordenó a Camilo Cienfuegos que lo arrestara. No por casualidad: para descubrirlo si estaba con Matos, para comprometerlo en caso contrario, quebró la potencial asociación entre dos héroes populares. Camilo obedeció. Obligué a Matos a rendirse sólo con la fuerza moral, narró luego Fidel. Fábulas: Camilo lo desarmó y él no opuso resistencia.55

Aprovechó la ocasión para liberarse de él, de los infieles, de los tibios. La revolución era una cebolla de la cual, capa tras capa, quedaba el núcleo. Movilizó a su pueblo: ¿los traidores merecen el paredón?, preguntó aludiendo a Matos. Feroz, la muchedumbre aprobó en coro. Pero renunció a fusilarlo, para no hacer de él un mártir. Debió procesarlo, tras haber demolido su figura con redes unificadas. Lo acusó incluso de “hablar, hablar, hablar”: ¡justo él! Encontrar abogado y testigos de descargo fue duro: sufrieron amenazas e insultos en la sala; aterrorizados, algunos cambiaron su versión. Fidel había elegido a los miembros del tribunal y el veredicto ya estaba escrito: Matos fue condenado a veinte años por haber denunciado el plegamiento comunista de la revolución, ¡aquello de lo cual después Fidel se enorgulleció! Fue de los primeros en ser tragados por la cárcel y el silencio.56

21. Camilo

¿Cómo murió Camilo Cienfuegos? ¿El avión cayó y la muerte fue accidental? ¿O fue sacrificado en el altar de la causa? La duda permanece. Le gustaba exagerar. Tela política no tenía, pero era muy amado. Para algunos, amaba a los Estados Unidos; para otros, sólo a Fidel. Él lo trataba como a un niño inconsciente, pero podía marginarlo. Su muerte lo liberó del dilema y le dio otro mártir. El cui prodest no prueba nada, pero insinúa sospechas.57

Camilo desapareció tras haber arrestado a Matos; obedeció a Fidel, ¿pero qué hubiera hecho en el juicio? En La Habana se dijo que se habían peleado, que había sido muerto, que Guevara nutría sospechas. Fidel imputó la tragedia al mal tiempo cuando todavía se estaba a oscuras: la cosa no pasó inobservada. Paralizó a Cuba durante días en la búsqueda de los restos, incluso donde no podían estar: ¿mala conciencia? Las extrañas muertes ligadas al evento agudizaron el misterio. Los compañeros de Camilo cayeron en desgracia: inculparon a los hermanos Castro. Otro misterio irresuelto.58

22. Sanciones

Washington no tenía más dudas sobre la hostilidad de Fidel. Sobre su ideología, sí. Él pensaba en golpear. ¿Nos sancionarán? Haremos sacrificios: decidía por todos. Cuando Díaz Lanz lanzó volantes sobre la capital, Fidel dijo que eran bombas y acusó a Estados Unidos. Las víctimas que exhibió cayeron en realidad por la artillería antiaérea accionada contra la incursión. Quería el choque: sobre cada herida, echaba sal. El 26 de octubre volvió al ataque, más violento y amenazante que nunca: todo esto acabará “con la victoria o con la muerte”. Declaró guerra a los Estados Unidos: los provocó, se hizo la víctima; quieren cortarnos la cuota de azúcar. Tenía un objetivo: reabrir los tribunales revolucionarios. ¿Lo quieren?, preguntó a los suyos. Paredón, respondió el griterío. Fue un ritual falangista, colmado de desprecio por los “cobardes que no hacen la historia”, que concluyó con el desafío a la muerte.59

Si negociar era inútil, pensaron en Washington, urgían represalias; los Estados Unidos no podían parecer débiles. La CIA estaba pronta a todo, también a eliminarlo. Eisenhower no todavía. ¿Comprendían que el choque era lo que Fidel buscaba? ¿Que le habrían puesto en mano armas aun más potentes que aquellas que tenía? Tal vez. ¿Había una manera de no morder el anzuelo?60

23. CTC

¿Los obreros cubanos sostenían a la revolución? Claro. ¿Estaban prontos a morir por Fidel? Depende. Para conquistarlos, empleó zanahoria y bastón. Les advirtió: la huelga no debe causar “daños al pueblo”. Quien era una parte, los obreros, debían subordinarse al todo, la revolución. A cambio ofreció ventajas salariales. Mientras estuviera claro: no era el aspecto económico lo que importaba, sino el moral. ¿Pero cómo hacerles digerir el sindicato de Estado? ¿Renunciar a la autonomía? Hacía falta un golpe de mano.61

En septiembre preparó el terreno: “las ideas del pasado” hay que “extirparlas”, dijo; en la comunidad orgánica, cada órgano tiene una función: los trabajadores deben ser más productivos, “aumentar las horas de trabajo”. No hay más obreros y patrones: “sólo la nación”. El Estado pensará en todo. Pero el voto de los obreros fue letal: los comunistas sufrieron una sonora paliza. Pidió formar un “ejército disciplinado” pero la platea silbó: no eran guajiros que lo adoraban. Su objetivo era unir a los sindicalistas del M26 y del PSP. Pero tres mil de los tres mil doscientos delegados al Congreso eran del M26 y no querían compartir el poder con pocos comunistas.62

En el discurso de clausura, Fidel los dejó helados: la CTC debía ser unánime. Había llevado consigo a su claque. Agredió a los delegados: ¡qué espectáculo vergonzoso! ¡Han ofendido al primer ministro! O sea él. Hacen falta dirigentes revolucionarios. Haré “limpieza completa”. Ahora que se vote: ¿quieren a Salvador como secretario de la CTC? El plebiscito no dejó alternativa: las manos se alzaron. Salvador no era comunista, pero los comunistas tuvieron vía libre, el voto obrero fue dado vuelta. Fue el primer paso: cumplida su función, Salvador saltó como un tapón y terminó en la cárcel. Ya no hacían falta más sindicalistas, sino soldados que aplicaran las decisiones del gobierno. La fiesta se acabó, explicó apenas tuvo en sus manos a la CTC: hay que ahorrar e invertir; “De un bien material se goza un instante; de uno moral, siempre”: la paz eterna consolaba de los dolores terrenales. A medida que crezcamos, prometió magnánimo Fidel, “daremos al pueblo” su parte. Lo importante es guiar “a quienes todavía no comprenden”; convertir.63

24. La Virgen

El último obstáculo frente a Fidel era la Iglesia: en noviembre celebró un congreso para la Virgen del Cobre; fue imponente. Contra la Iglesia se habían estrellado muchos, entre ellos Perón; él la derrotó. Para muchos cubanos, él encarnó más que ella valores, lenguaje, utopía católica; fe en Fidel y fe en Dios combinaban. Él era rey y sacerdote, castigaba y protegía; su imaginario organicista era familiar y tranquilizador en aquella sociedad hispánica impregnada de ello. Fidel desafió a la Iglesia a ver quién era más cristiano: era su mundo, jugaba de local; quien opone fe religiosa y revolucionaria juega con fuego, dijo: no hay contradicción. Fue un conflicto entre católicos sobre la naturaleza de un régimen cristiano. Para Fidel, la cristiandad era la suya: “revolucionarias eran las prédicas de Cristo”. La Iglesia era un factor de división del “pueblo que actúa al unísono”.64

Doblegar a la Iglesia no fue un chiste: ¡la inmensa multitud que congregó gritaba eslóganes anticomunistas! Pero Fidel quiso estar: tenía en la mano una carta preciosa, el nacionalismo. La Iglesia cubana era demasiado española. Y Fidel era mucho más nacional-católico que la propia Iglesia: encarnaba Dios y Patria. Si luego olfateaba peligros, golpeaba. Con los militantes católicos arrestó primero, fusiló después. Pero atención, dijo a los suyos: no maten al clero, cuidado con repetir los errores de los revolucionarios españoles y mexicanos. Los párrocos eran incrédulos: ¿el rey católico contra la Iglesia?65

El enfrentamiento estalló: dejar la revolución era herejía. “Sacerdotes de la traición” llamó a los curas en fuga. Se irguió en pontífice: si la religión es “justa y noble”, la revolución es la cosa más religiosa del mundo. Quien criticaba era “escriba y fariseo”: palabras de Cristo. Fidel quería que la Iglesia desempeñara la función que él le asignaba en la comunidad de fe cubana. Tuve problemas con la Iglesia, no con los católicos, fue la explicación: la misma de Perón.

25. Biblia

Para Fidel, su advenimiento era la culminación de la historia cubana. Releyó el pasado en tal clave: se adueñó de Frank País; era un conocido demócrata, pero él lo señaló como ejemplo contra las desviaciones. Lo explicó citando a la Biblia: como la verdadera madre que frente al rey Salomón dejó al hijo en manos de la otra abusiva para no cortarlo en dos, quien amaba la revolución defendía su unidad. Repitió el guion con Cienfuegos: los disidentes lo invocaban contra él, él lo hizo santo. Los mártires son útiles, dijo. Y mártir por excelencia era Martí: él era el Mesías llegado para coronar su obra.66

La Biblia guiaba a Fidel en todo. Su mundo estaba poblado de ricos y pobres; los últimos del Evangelio eran el bien, los ricos el mal. Los odiaba con un odio ético más que social. Odiaba el póquer, el rock and roll, los perfumes que olían a cosmopolitismo: el verdadero cristiano era el pequeño guajiro “nacido en un pesebre como Jesús”. La desigualdad social nutría la utopía cristiana: el pobre era custodio de la cristiandad asediada por la modernidad, los liberales, protestantes, anglosajones: “ser pobre es un honor”, predicaba él, que pobre no había sido nunca. Cuando pasó a la vulgata marxista, siguió invocando al “hermano pobre”. No era ideología: era fe; decía querer la prosperidad pero combatía la riqueza, no la pobreza. Si alguien salía de la miseria, lo castigaba sin piedad. Los primeros que odió fueron los boteros, taxistas privados: hacían negocios, eran “un grupo antisocial”, los hizo desaparecer.67

26. Soviéticos

Para Fidel, aliarse con Moscú no era espontáneo: ¡era un nacionalista panlatino! Sin embargo, la orilla soviética contra los Estados Unidos era lógica. Pero los soviéticos eran protectores, no modelos. Si recurrió a Moscú fue porque estaba decidido a chocar con los Estados Unidos: tenía que aprontarse. En octubre recibió a Aleksandr Alexeyev, el primer emisario soviético en la isla: en secreto, ya que antes de revelar la verdad a los cubanos hacía falta una larga catequesis. A Alexeyev le resultó extraño aquel hombre que citaba a Lenin y tenía a la Virgen colgada en la pared.68

En febrero de 1960 llegó Anastas Mikoyan, un pez grande: este año “deberemos derramar sangre”, advirtió Fidel explicando su presencia. La visita no fue un rayo en cielo azul, sino planificada para golpear a los Estados Unidos. En Washington, el Congreso se puso rígido: ¿por qué pagamos precios preferenciales por el azúcar a quien se alía con nuestros enemigos? Fidel busca una reacción violenta, observaron muchos. La escalation había comenzado. Desde entonces, las puertas del mundo socialista se abrieron: muchos jóvenes partieron rumbo a Praga para devenir artilleros o pilotos de combate. Fidel idealizaba la calidad de la tecnología soviética. Y de todos modos deseaba romper con Washington. Se lo dijo a Mikoyan: no temo la invasión, sino las sanciones; ¿están dispuestos a arrojarnos el salvavidas? Kruschev aprobó: garantizó créditos, petróleo, armas y compró azúcar. Sobre Fidel no tenía dudas: ¡no era socialista!69

Fidel comprendió que, irguiéndose como deseada presa de la Guerra Fría para unos y para otros, se ubicaba en el centro de la política mundial y podía irradiar a todos su fe. Repitió el juego entre Pekín y Moscú: aprovechó de sus conflictos para alzar el precio de su alianza; Mao le donó armas. ¿Castro puede volverse comunista?, preguntó. Quién sabe lo que Fidel sabía de él: le pidió agrónomos mientras en las campiñas chinas su política causaba decenas de millones de muertos de hambre. Nunca lo mencionó: “Mao tiene grandes méritos”, repitió.70

27. Coubre

Mikoyan había partido hacía poco cuando en el puerto de La Habana dos explosiones destrozaron a un barco belga que descargaba armas, el Coubre, causando muertos y heridos. Fidel acusó a los Estados Unidos. Dado que apreciaba tanto los símbolos y el evento evocaba el hundimiento del Maine en 1898, algunos sospecharon de él: quería el casus belli. Otros pensaron en un accidente. Nadie probó nada. Entonces le creí a Fidel, dijo Benigno, su subordinado; tras pasar años con él, no le creo más. Quién sabe. Tan directo fue el ataque que Eisenhower reaccionó: negada la responsabilidad, amenazó con cortar la cuota de azúcar cubano y autorizó a la CIA a actuar. Fidel confiscó otras propiedades estadounidenses: ¿aquello que deseaba?71

En los funerales, Fidel azuzó a la plaza, evocó escenarios apocalípticos: ¡podemos enfrentar “hongos atómicos”! Comenzó a cerrar los mitines con el grito de “patria o muerte”, su ite missa est. Ahora sí que era libre de abrazar a Kruschev. Nacionalizaré todo, le hizo saber. Solicitó expertos para pilotear la transición al socialismo; Moscú abrió una misión militar y llovieron armas. Sabía que sus pasos lo elevaban en el escenario global y pidió ayuda en todas partes del mundo. Sin embargo, invocó la defensa del “espíritu nacional”: lo que lo guiaba no era el Coubre, sino el odio por la civilización liberal a la que imputaba corromperlo. Cualquier cosa hubiera hecho Washington, habría sido inútil.72

28. Guerra civil

Si la pluralidad de la revolución democrática debía ser constringida en la unanimidad de aquella socialista, había que poner en la cuenta a la guerra civil. La reacción a Fidel era heterogénea: estaban los batistianos fugados a Miami, las clases penalizadas por sus medidas, aquellos que habían combatido por la democracia y se sentían traicionados, los grupos rurales castigados por la reforma agraria, los purgados del ejército, las escuelas, los sindicatos, los militantes católicos. Tenían poco o nada en común, pero Fidel los reunió en un haz: gusanos. Les daba una semblanza animal como los españoles a los judíos poco convertidos: marranos. Deshumanizados, los aplastaba sin remordimiento.73

De los enemigos quería extirpar las ideas: la delgada pátina de liberalismo que existía en Cuba. Pero mientras que muchos habaneros votaron con los pies y se fueron al exilio, el descontento rural no disminuyó. “Lucha contra los bandidos” la llamó Fidel; para ellos fue legítima defensa. Comenzó una guerra atroz: nacida en los montes, se extendió por todo el país y duró años. En la Sierra del Escambray fue instantánea: Félix Torres, el jefe político de la región, arrestó, expropió, requisó. Algunos propietarios se sublevaron: mataron a los exactores, se fueron a la montaña. Quien tenía el poder, tomaba todo; quien lo perdía, tomaba las armas. A ellos se unieron campesinos, estudiantes, soldados. Llegaron a ser alrededor de cuatro mil, muchos más que los soldados de Fidel en la Sierra. Unos tres mil murieron en combates y fusilamientos, además de quinientos soldados. La guerra costó más vidas que aquella contra Batista, notó Fidel.74

A principios de 1960 la guerra civil se difundió desde Pinar del Río al oriente. Es una agresión externa, decía Fidel. Pero el conflicto era intestino y los vuelos desde Florida, todavía esporádicos. Se jugaba sucio. No fue la CIA la que encendió el fuego. Como dijo un oficial: “Yo los capturo, Torres los hace sublevarse”. Hasta que Eisenhower autorizó a la CIA a adiestrar a los exiliados cubanos: ahora Fidel tenía el enemigo que denunciaba desde hacía tiempo.75

29. Prensa

“Habrá libertad de prensa”, proclamó Fidel: sólo las dictaduras la niegan. Pero no la hubo. Hojeaba los diarios: la tolerancia a las críticas era nula. Si el pueblo era uno, una era la voz que había que hacerle escuchar, la voz de Dios. Cuando entró a La Habana, la prensa lo exaltó: firmó una dedicatoria a Bohemia, “mi baluarte”; el Diario de la Marina celebró su inspiración cristiana. Duró poco: el primer blanco fue ZigZag, una revista satírica. Ya que publicó una viñeta que no le gustó, la fulminó desde el atril: que sean “castigados los calumniadores” y ZigZag murió pronto.76

Estranguló a la prensa lanzándole en contra los sindicatos y escatimándole el papel. Los periodistas mercenarios no tienen derecho a escribir, amenazó; los nombró exponiéndolos a la furia de la plaza. Después apuntó contra aquellos que lo habían idolatrado: debían servir a la catequesis revolucionaria. Cuando se elevó el tono de las críticas, preparó el asalto. “Con la patria o contra”, dijo; la patria era él. Incitó a la plaza a atacar: el Diario de la Marina fue cerrado por la fuerza. Bohemia también. Quevedo, su director, dejó Cuba: tiempo después se mató. La escuela de periodismo fue ocupada a mano armada. Ha llegado la hora “de la unanimidad totalitaria”, escribió un excompañero de Fidel: se pretende que todos repitamos la misma mentira.77

Con la prensa extranjera fue violento: los amigos se volvieron enemigos; “se han puesto de acuerdo” contra nosotros, dijo. Jules Dubois le había rendido preciosos favores pero denunció los abusos y él lo eligió como enemigo jurado. El New York Times recitó el mea culpa: lo hemos ayudado, nos da palazos. Para combatirlos creó Prensa Latina, una agencia oficial. Se inspiraba en Perón, tanto que para dirigirla eligió a un argentino, Jorge R. Masetti: otro nacionalista católico desembarcado en orillas socialistas. Creado el monopolio, se lamentó de la “tragedia de los Estados Unidos” que negaban una información verdadera. Tanto más que a la prensa, apuntó a la radio y la televisión: Cuba estaba entre las primeras del mundo. Tomó todas las estaciones y las reunió en una cadena: la llamó FIDEL.78

30. Los hechos precipitarán

A mediados de 1960, Fidel advirtió: “Los hechos precipitarán”. Raro: en esos días los cubanos confiaron a los compañeros búlgaros que las provocaciones estadounidenses habían disminuido. Pero él insistía: el enfrentamiento sucederá. Los Estados Unidos todavía tenían intereses en Cuba, pero él había decidido que pronto habría tomado todo. Washington, a su vez, estaba decidida a golpear. En espera de la rendición de cuentas, continuó agitando el paño rojo: “Se adueñaron de nuestros sacrificios”; nos juzgan inferiores; de allí la antipatía mundial por su “crueldad”. Pero “les iremos quitando centavo a centavo”; “Iremos suspendiendo todas las importaciones norteamericanas en Cuba”; ¡los amenazó con un embargo!79

Lo decía en serio: cuando llegó el petróleo soviético, las compañías estadounidenses se negaron a refinarlo; él las nacionalizó; los Estados Unidos cortaron la cuota de azúcar cubano; él decretó la confiscación de todos sus bienes. Como estaba previsto. Estaba feliz. Mató dos pájaros de un tiro: obligó a los Estados Unidos a actuar y a la Unión Soviética a defenderlo. El 9 de julio entró en escena Kruschev: estamos prontos a “cualquier cosa”. Atáquennos, provocó Fidel: “No harán más que seguir engrandeciendo el prestigio de la revolución”.80

Eisenhower estaba aturdido: Cuba cortejaba a Moscú y quería prender fuego a América Latina; debía actuar. ¿Estaba bien o caía en una trampa? Los aliados le dijeron que no cayera, pero a él le tocaba deshacer la madeja. Allen Dulles, director de la CIA, sabía de los comunistas en el régimen, pero sobre Fidel dudaba: ¿era rehén de ellos? Para nada: tenía en mano el timón y piloteaba a Cuba hacia la orilla de Moscú sin amainar la bandera panlatina. Lo aclaró el 26 de julio: insinuó ambiciones sobre “nuestro gran continente”; invocó los valores comunes, hispánicos y católicos, premisa para convertir a los Andes en la Sierra Maestra sudamericana.81

El secretario de Estado estadounidense razonaba como un político: si Fidel se separa de Moscú y renuncia a exportar la revolución, nos entenderemos. Pero su misión era redimir, la guerra a los Estados Unidos el corolario; justo entonces llegaron a Cuba doce barcos soviéticos cargados de armas. Sólo cuando Fidel cortó todos los hilos, Eisenhower se convenció que había que promover la revuelta de los cubanos. El primer cargamento de armas para los insurgentes fue en septiembre de 1960. En tanto, la CIA adiestraba a ochenta y cinco exiliados en Guatemala. En los dos años sucesivos, los atentados y sabotajes en la isla fueron millares.82

31. Revolución permanente

Las gestas de Fidel sembraron vocaciones y Cuba devino lugar de peregrinaje. Él se ocupó de exportar la buena nueva. Primer objetivo era Trujillo: gente así “hay que exterminarla”, dijo. Alguien notó que era una locura embarcarse en aventuras, pero él estaba decidido: la revolución, como la religión, no tiene fronteras. “No interferimos con otras naciones”, proclamó. Mientras lo decía, en Panamá fue frustrado el golpe de un joven nacionalista al cual había prestado ayuda: el primero de varios fracasos. Costa Rica interceptó armas y hombres: los enviaba Cuba para combatir a Somoza. En la República Dominicana desembarcaron doscientos hombres, Trujillo los aniquiló. La misma suerte corrieron en Haití los cubanos llegados para matar a Duvalier. Fidel negó responsabilidad, pero su mano se advertía. En la OEA creció la tensión.83

Él no se arrepintió: “Veinte hombres prontos a la lucha en un país oprimido son invencibles”. ¿Nos haremos con enemigos? Mejor. Comenzó a reclutar y adiestrar guerrilleros, a organizar expediciones. A fines de 1959, puso a cargo a Manuel Piñero, alias Barbarroja, y le dio ingentes medios. La fractura que se creó en el continente era pan para sus dientes: el bien y el mal en conflicto, Cuba era el cruce de caminos y él, el centro de la escena americana.84

Fidel quería incendiar América Latina pero el objetivo mayor era Venezuela: rico y aliado estratégico de los Estados Unidos. Los partidos comunistas de la región no se pusieron contentos: la reacción de las fuerzas armadas a la vía armada la habrían pagado ellos. ¿Y por qué armar a peronistas o a Julião en Brasil, extraños a la familia socialista? A mediados de 1960, la catequesis armada tenía estructura institucional y copiosa financiación. Fidel reunió un congreso latinoamericano de la juventud: costó mucho, pero era una inversión; eran los futuros apóstoles. Sonó a la carga: el mal es el imperialismo, Cuba el ejemplo. Leyó el decreto de expropiación de los bienes estadounidenses; con él estaba el coronel Arbenz, un símbolo. Los indemnizaremos con bonos del Estado a cincuenta años y una tasa del 2% pagada con el azúcar que les venderemos, dijo con desprecio a los Estados Unidos. Traducido: ninguna indemnización.85

Para aquellos jóvenes, el comunismo era cristiano como para sus padres lo había sido el fascismo; el liberalismo era materialismo, egoísmo, vicio; el comunismo, espiritualidad, altruismo, virtud. Se sentían amenazados por la secularización, en el comunismo veían una utopía cristiana. Los Estados Unidos son plutócratas, Cuba proletaria: Fidel repitió el mantra de Mussolini, Perón y otros. Viva la revolución de América, concluyó; los yanquis perderán porque son inferiores a la Unión Soviética. El incendio se extendió: la política devino guerra, la sangre corrió como ríos, frágiles democracias cayeron como bolos. El fin justificó los medios. ¿Los caídos? “Cruzados de una causa redentora, apóstoles de la verdad”.86

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