Kitabı oxu: «Fenitschka / Un desvío»

Escritora y psicoanalista rusa, nació en San Petersburgo en 1861. A los 17 años comenzó sus estudios de teología, filosofía, religión y literatura. Luego viajó a Zurich para asistir a la universidad; Suiza era el único país de habla germana donde las mujeres podían cursar una carrera universitaria. En 1885 publicó su primer libro: En la lucha por Dios, con el seudónimo de Henry Lou. Su obra incluye poesía, quince novelas, una autobiografía —Mirada retrospectiva, publicada de forma póstuma en 1951— y diversos ensayos, entre ellos Personajes femeninos de Henrik Ibsen (1892), Friedrich Nietzsche en sus obras (1894) y Rainer Maria Rilke (1928). Como psicoanalista, participó del Círculo de Psicoanalistas de Viena, ejerció su práctica en Alemania y escribió numerosos artículos sobre el narcisismo y la sexualidad femenina, destacándose El erotismo (1910). Murió en Gotinga, Alemania, en 1937. Al poco tiempo, la Gestapo confiscó y quemó su biblioteca.



Andreas-Salomé, Lou
Fenitschka. Un desvío / Lou Andreas-Salomé; editado por María Magdalena; Nicolás Cerruti. - 2ª edición. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Las Furias, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de Micaela van Muylem.
ISBN 978-987-47774-9-2
1. Narrativa Rusa. 2. Literatura. 3. Novelas Biográficas. I. María Magdalena, ed. II. Nicolás Cerruti, ed. III. Micaela van Muylem, trad. IV. Título.
CDD 891.73

Primera edición en español: Editorial Icaria, 1982.

The translation of this work was supported by a grant from the Goethe-Institut. La traducción de esta obra fue apoyada con una subvención del Goethe-Institut.
EDICIÓN María Magdalena / Nicolás Cerruti
DISEÑO Romina Luppino
ISBN 978-987-47774-9-2
Conversión a formato digital: Libresque
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Fenitschka
Un desvío
Acerca de este libro
Las Furias editora

Era septiembre, la época más tranquila de la vida parisina. El mundo elegante estaba veraneando en la costa, el tórrido calor ahuyentaba incluso a las grandes masas de extranjeros. Sin embargo, en las pesadas noches se reunía una muchedumbre tan grande en los bulevares que podrían competir con la temporada alta de cualquier otra ciudad.
Max Werner estaba paseando por el Boulevard St. Michel ya pasada la medianoche, cuando se encontró con un pequeño grupo de conocidos. Habían asistido al teatro con amigos que estaban de paso y ahora querían mostrarles a las damas y los caballeros algo de «la noche parisina», más precisamente, algún característico café nocturno del Quartier Latin, y luego, al alba, cuando la ciudad durmiese, observar el interesante trajín en las Halles a la hora en que la plaza aún desolada empezaba a cobrar vida a medida que llegaban los mercaderes del campo e iban acomodando sus productos.
Tras algunas dudas y vacilaciones por parte de las damas decidieron ir al Café Darcourt, que a esta hora ya estaba repleto de grisettes1 y estudiantes del quartier, y ocuparon varias mesitas de mármol sobre la vereda, en medio de los transeúntes, junto a unos grandes ventanales abiertos y muy iluminados.
Max Werner terminó sentado junto a una joven rusa, era la primera vez que la veía, y no logró oír su largo nombre cuando los presentaron, pero los demás la llamaban simplemente «Fenia» o «Fenitschka». Su sencillo vestido negro, que le otorgaba un aire de monja, cubría su figura de mediana estatura, nada llamativa, de manera casi cómicamente impropia en París; al parecer era una vestimenta muy popular entre las estudiantes de Zúrich. La muchacha no le causó ninguna impresión en particular. Sin embargo, la observó de cerca porque en el fondo todas las mujeres le despertaban cierto interés, si no como hombre, como ser humano; se había doctorado un año atrás y ansiaba ahora aprender en el mundo real la psicología práctica antes de enseñarla desde una cátedra, algo que por el momento no le parecía un futuro demasiado atractivo.
De Fenia sólo le llamaron la atención los lúcidos ojos marrones, que observaban con una particular franqueza y claridad cada objeto, y a cada persona como un objeto, y los rasgos eslavos de ese rostro con la nariz corta: una de las narices preferidas de Max Werner, puesto que dejaban suficiente lugar para un beso, algo que una nariz ciertamente debe de hacer.
Sin embargo, ese rostro pálido por el trabajo, marcado por la disciplina intelectual, no invitaba de ninguna manera a ser besado.
Al comienzo apenas intercambiaron palabra ya que, en el interior del local, del otro lado de la ventana junto a la que estaban sentados, se desarrolló una escena que despertó la atención de todos los presentes. En una mesa, dos parejitas comenzaron a charlar entre bromas y chistes y acabaron en una terrible discusión.
Una de las dos muchachas, menos bella y ya algo marchita que, sin embargo, poseía un rostro de un indestructible encanto parisino, finalmente fue colmada con una catarata de horribles insultos por parte de la otra pareja, sin que su acompañante la defendiera en lo más mínimo. Al contrario, a cada nuevo ataque este se sumó con gritos a las brutales carcajadas de los otros dos, y las risas pronto se extendieron a las mesas contiguas; junto a acalorados hombres ya algo ebrios, las coquetas compañeras del ser maltratado celebraban con malicia a la competidora.
A través del aire pesado y sofocante del local, lleno de humo de tabaco y el vaho de las personas, el gas de las lámparas y las bebidas, resonaron fuerte las voces hasta la mesa de afuera, donde se habían callado todos. En los rostros de las damas se dibujó una clara compasión, pero también asco, rabia y cierta inquietud por presenciar semejante escena; una de ellas se ajustó temerosa el velo que le cubría el rostro. Nadie estaba tan conmovido por lo que veía como Fenia.
Desde el comienzo había mirado a su alrededor con un interés objetivo, observando con gran serenidad todo detalle que le llamaba la atención. Sin embargo, ahora la había invadido una simpatía tan intensa que al final –evidentemente sin pensarlo, incapaz de permanecer pasiva– se puso despacio de pie y extendió una mano en dirección a quienes ocasionaban el alboroto, como si tuviera que intervenir o acallarlos. En ese mismo instante fue consciente de su gesto espontáneo, se contuvo y se ruborizó mucho, lo cual le otorgó un aspecto tierno e infantil, y un tanto desamparado.
Estando de pie, su mirada se encontró con la de la grisette que, en su desconcierto y abandono, había comenzado a llorar; grandes lágrimas le corrían por las mejillas maquilladas y acaloradas, y le temblaban los labios. Bajo la prolongada, singular mirada que intercambió con Fenia, la expresión llorosa se transformó; en los ojos de Fenia pareció sentir una ayuda, una caricia, un consuelo, algo que suspendió la soledad de esa criatura pisoteada. Desde la mesa se vio con claridad el cambio de ánimo en sus facciones, dado que estaba sentada de frente a la ventana. Agradecimiento, sorpresa, reflexión y una sordera momentánea ante todo ese entorno ruidoso y las injurias le secaron las lágrimas, y casi no prestó atención cuando la pareja a su lado se dispuso a irse, y tampoco cuando su acompañante tomó la raída galera del gancho en la pared.
El hombre le dio un torpe empujón con el codo y le pidió que se apurara.
Ella sacudió la cabeza y respondió unas palabras en argot parisino, que afuera no se alcanzaron a entender, pero que estuvieron acompañadas de un evidente gesto de desprecio y rechazo. Él reaccionó con una expresión de sorpresa, que provocó nuevas carcajadas. Sin embargo, las risas esta vez estaban dirigidas a él, al rechazado, que abandonó furioso el local.
La muchacha tomó su gastado abrigo de seda del respaldo de la silla, se lo echó sobre los hombros y dirigió una mirada enorgullecida y luminosa a Fenia, que se había quedado inmóvil; una figura extrañamente seria y conmovida en medio de las damas cubiertas con sus velos y las damiselas con sus vestidos llamativos y sus risas.
Un instante después, su protegida salió por la puerta y pasó junto a la mesa. De repente ocurrió algo completamente inesperado: la muchacha se detuvo ante Fenia, y entreabrió los labios para hablarle y, en un impulso de tal naturalidad que tenía un encanto irresistible, le extendió ambas manos.
Fenia las tomó y las estrechó resuelta. Estuvieron así unos instantes sonriéndose como hermanas, mientras todos los que estaban sentados a su alrededor las miraban con sorpresa, intrigados y divertidos. Luego la muchacha se alejó con una inclinación de la cabeza dirigida a los demás y desapareció en la muchedumbre.
El grupo se rio de la pequeña escena, se divirtieron a costa del «éxito» que había tenido Fenia y le hicieron no pocas bromas. Ella, por su parte, siguió callada.
Una de las damas interpretó erróneamente su expresión seria y comentó:
–Sí, chérie, ¡qué amistad tan indeseable e incómoda! Esa mujer le podría llegar a traer problemas si se la encuentra en la calle y la saluda de forma tan íntima, para sorpresa de quien quizá la acompañe.
–No se preocupe –replicó rápido Max Werner– le apuesto que esa muchacha pasará a su lado sin saludarla, si es que alguna vez se cruzan. En otra parte del mundo quizá la perseguiría con agradecimiento, la mujer francesa consideraría una mala gratitud ponerla a usted en un compromiso. Es el tacto francés, el tacto de una cultura antigua que poco a poco se filtró en todas las capas de un pueblo y lo caracteriza con esa inteligencia casi intuitiva.
–Pero a mí me gustaría volver a verla –dijo Fenia en voz baja.
–¿Para hacer qué?
–No lo sé, pero me abrumó que esta muchacha haya sido expuesta tanto por los hombres como por sus mismas compañeras, como si vivieran en territorio enemigo. Nunca vi tanto desprecio cínico como en las expresiones de esos hombres, ni tanta malicia como en las miradas de esas muchachas. Y este es un local en donde en cierta manera están en casa, entre ellas. ¡Imagínense qué podría llegar a ocurrir en otro lugar! Ay, me imagino lo que una chica como esta anhela un contacto amable, simplemente humano.
–Es cierto, suelen agradecerlo mucho. He podido comprobarlo un par de veces.
–¿Usted? –Fenia, interesadísima, clavó sus ojos marrones en él. Era todo oídos.
–¿Por qué no?
–Me imagino que esas muchachas desconfían de cualquier hombre, porque ¿acaso no deberían presuponer que quieren todo menos su confianza?
¡Caramba! pensó Max Werner mirando con mayor detenimiento a Fenia. Era sorprendente el grado de despreocupación con el que hablaba de temas tan delicados con un hombre extraño, acá, en París, en la noche, en este café, y con una expresión en el rostro como si hablaran de escarabajos exóticos.
¿Serán de verdad escarabajos tan exóticos para ella las grisettes, los muchachos, los cafés nocturnos y las aventuras amorosas?
–Estoy seguro de que esa presuposición no reduciría en absoluto la confianza que tienen en los hombres –le respondió entretanto a Fenia–, puesto que el querer recibir algo de ellas como… como mujeres, además de su simpatía como persona para ellas es algo natural. Lo opuesto podría llegar a herir su orgullo y no elevaría en nada la concepción que tienen de sí mismas. –Miró a su alrededor al decir esto para ver si alguien en el grupo, que ya había pasado a otros temas de conversación, alcanzaba a oír sus palabras, y se inclinó en dirección a Fenia para poder continuar en un tono de voz más bajo–. Y no es tan sorprendente, como le parece a usted –comentó–, no se olvide que para estas criaturas esto es un intercambio muy común, tan corriente y habitual que en él expresan todo de manera espontánea, incluso las emociones que no pertenecen a las manifestaciones sensuales, como son la amistad, el agradecimiento o la simpatía. Es algo que se ha convertido en su forma de lenguaje.
Aparentemente, tampoco le molestó a Fenia la cercanía tan íntima en la que le dijo esto y que, a la vez, los aislaba de los demás; bajó la cabeza y parecía estar reflexionando.
Tras una breve pausa le preguntó animada:
–¿Usted cree entonces que estas chicas también tienen sentimientos puros de camaradería hacia los hombres y sólo… sólo los expresan, digamos, mal? Me cuesta imaginármelo. Por más que sea su lenguaje más habitual, en el que expresan todo, cada persona tiene denominaciones diferentes para objetos completamente diferentes.
–¿Eso cree? Por mi parte, considero más bien que en nuestros círculos se puede hacer una observación muy similar. Nuestras muchachas y mujeres están tan habituadas a un trato muy convencional con los hombres, despojado a tal punto de sensualidad, que incluso en esa lengua expresan aquello que no es tan abstracto. Hay muchachas que creen que sólo comparten con un hombre intereses espirituales y afinidades mientras que –a menudo en forma inconsciente– no desean más que su amor, su conquista. Para una pequeña grisette la compasión humana por parte de un hombre es lo más escaso, en cierta medida, algo excluido; para las damas de nuestra sociedad lo excluido es el vivir el goce plenamente, sin miramientos.
Lamentablemente, apenas Max Werner concluyó este discurso, el grupo se dispuso a partir. Entre las sillas que se corrían y las frases superpuestas una de las damas tomó del brazo a Fenia y le cortó la respuesta. La posterior conversación entre todos carecía por completo de interés.
De todos modos, siguió con el grupo a través de las calles nocturnas, y en el Chien qui fume participó de la obligatoria cena de sopa de cebollas y ostras; al rayar el alba observó con los demás a través de los amplios ventanales espejados del restaurante la magnífica entrada de mercadería en las Halles. Y allí, al menos se enteró de algunos datos de la vida de Fenia, gracias a un periodista ruso que conoció a sus padres. Nació en Moscú, pero ya de muy joven acompañó a su padre enfermo, un médico militar jubilado, al sur de Alemania y a Suiza, donde inició sus estudios universitarios; tras la muerte del padre continuó estudiando y se pudo mantener gracias a un sinfín de trabajos como el dictado de clases particulares y traducciones de todo tipo. En Zúrich al parecer estudió con muchos hombres que eran sus amigos, uno de ellos incluso la había acompañado aquí a París en las vacaciones de otoño, pero luego había partido a Rusia.
¿Era esa la causa de su aspecto tan fraternal, su aire tan asexuado, por el cual se comportaba como si sólo hubieran hermanos en el mundo? ¿No sería más probable que este comportamiento infinitamente despreocupado fuera una mera capa que ocultaba una vida muy liberal? Ya debía conocer bastante del mundo y de la gente, mucho más que las muchachas tan protegidas de nuestros círculos.
Los ojos y los pensamientos regresaban una y otra vez a ella, y abrigó la sospecha de que se estaba ocultando tras una máscara muy inteligente y bien lograda. ¿No escondía algo muy frívolo detrás de ese traje de monja que casi destacaba entre los demás vestidos? Detrás de ese rostro franco e inteligente ¿no había algo sensual y ardiente que sólo engañaría a un tonto? ¿Era sólo su fantasía la que le jugaba una mala pasada, o acaso Fenia no le recordaba la delgadez y simplicidad estilizada de las figuras prerrafaelistas, aquellas que quieren parecer castas, pero están rodeadas de misteriosas flores delatoras, de colores ardientes, que provocan una extraña embriaguez?
En todo caso, Fenia le generaba cierta excitación, todo eso lo atraía mucho pese al rechazo que en ese entonces le solían provocar las mujeres universitarias o cultas, e interpretó la sensación casi como prueba de que Fenia sólo aparentaba pertenecer a esa clase.
Al salir del restaurante alguien propuso culminar la larga excursión nocturna con un paseo al Bois de Boulogne, pero un coro de bostezos protestó contra esa propuesta. Además, no se veía ningún coche de alquiler cerca. Finalmente resolvieron regresar a pie, cada caballero acompañando a una de las damas, y Max Werner logró cumplir su deber escoltando a Fenia.
El sol ya atravesaba la neblina matutina inundando a París con ese temprano reflejo rojizo que provocaba el aire húmedo a orillas del Sena.
–¡Es tan maravilloso! –exclamó Fenia y se detuvo en medio de la calle, pero agregó enseguida, prosaica–: ¡Ay si pudiera tomarme una buena taza de café ahora! Entonces no necesitaría acostarme a dormir, y el día no estaría perdido.
–No parece tener sueño, sino estar espléndidamente despejada –observó él mirándola–. Al parecer no le cuesta saltearse una noche de descanso.
Fenia asintió.
–Estoy acostumbrada –dijo– prefiero concentrarme de noche en los libros, cuando todo alrededor está en silencio.
–Suena a un completo disparate en boca de una jovencita –respondió molesto, porque le causó profundo rechazo–. Tal como me ve, yo acabo de dejar los estudios y los libros como si se tratara de la peor de las servidumbres y usted, una mujer, se subyuga por voluntad propia.
Fenia alzó la vista sorprendida.
–¿Por qué debería de ser un yugo aquello que amplía nuestro horizonte, que nos abre la vida, nos hace independientes? No, si existe algo en este mundo que se asemeja a una liberación, es el estudio intelectual.
«¡Será posible que en este camino a casa, en medio de la calle, bajo la neblina del alba, se ponga a discutir acerca del valor que tiene el estudio intelectual en la vida!» pensó él casi amargado y replicó con énfasis su más firme convicción:
–¡Señorita, usted está muy errada! ¡Es, por el contrario, lo más restrictivo y limitante que existe en el mundo! Y si lo pensamos bien, hasta es evidente. La ciencia ignora la realidad y la vida, con todos sus colores, su plenitud, su contradictoria diversidad. De todo ello sólo es capaz de percibir un delgado y pálido contorno. Cuanto más puros, más estrictos y seguros sean sus métodos de reconocimiento, tanto más consciente y grande es la renuncia a la comprensión plena, real, de las piezas más pequeñas de la vida. Por eso el científico a su servicio está sometido a una estricta autodisciplina, a una mera existencia de escritorio de gran palidez espiritual.
Mientras hablaba, iba pensando al mismo tiempo que el camino al hotel de Fenia era muy corto y, por si acaso, tomó un desvío, aunque el cielo se estaba cubriendo. Ella tampoco pareció notar nada, ni el cielo enturbiado ni el desvío.
–Para nosotras, las mujeres, para nosotras que sólo hace poco podemos estudiar, esto no es así como lo describe usted, de ninguna manera –le respondió, totalmente enfrascada en el asunto–, para nosotras no significa ni ascetismo, ni una existencia de escritorio. ¡Cómo sería posible! Si gracias a ello estamos justamente entrando de lleno en la batalla por nuestra libertad, por nuestros derechos, ¡de lleno en la vida! Quien de nosotras se dedica al estudio, no lo hace sólo con la mente, con la inteligencia, sino con el deseo, ¡con todo el ser! No conquista el saber, sino un pedazo de vida repleto de emociones. Lo que usted dice de la ciencia suena como si se tratara de una actividad exclusiva para ancianos, para personas caducas. Pero quizá ustedes sean los decrépitos. ¡Entre nosotras, la ciencia entusiasma a las fuertes, las jóvenes, las más vitales!
–Sí, claro, pero ¿sabe usted qué demostraría eso, si realmente fuera así? –preguntó indignado, observando a la vez con cierta complacencia amorosa la encantadora línea que su cabellera castaña formaba en las sienes–. Demostraría que su sexo está atrasado, que vive donde nosotros hemos estado hace siglos. Más o menos donde acabábamos en la hoguera por cada hallazgo científico o, al menos, en descrédito público. En ese entonces, la vida dedicada a la ciencia templó espíritus, e implicó a toda la existencia en las cuestiones abstractas del conocimiento. Pero mientras la cosa siga así, tampoco será posible una cultura intelectual más refinada; la cultura de hoy, que flota por encima de las cosas, y de la cual las mujeres cuando estudian no tienen noción alguna.
–¿Y cuando no estudian? –le preguntó Fenia en tono burlón.
–Entonces sí. Se enteran de algunas cosas a través del hombre.
–Disculpe ¿dónde estamos? –interrumpió Fenia, y se detuvo.
–¡No se enoje! En el fragor de la discusión nos alejamos de la ruta más directa a casa. Pero sé que aquí debe haber un local abierto en que puede tomar un café –agregó rápido y la hizo avanzar unos pasos más–, no podía ignorar su intenso deseo de un café.
El sencillo establecimiento delante del que estaban parados efectivamente estaba abriendo, pero aún no recibían a clientes tan madrugadores. La escoba que barría las baldosas en el interior levantaba inmensas nubes de polvo, y las sillas todavía se encontraban depositadas sobre las mesas, como lo estuvieron toda la noche.
–Creo que mi hotel está bastante lejos –dijo Fenia pensativa– ¿no habrá un coche…?
–Su hotel está un poco lejos, es cierto –la interrumpió rápido–, pero si usted… no puedo tolerar que se pierda el tan anhelado café. Ahora debe tener más sed que antes. Conozco un lugar en que podrá beber uno excelente, incluso a esta hora temprana.
–¿Dónde? ¿Muy cerca?
–Muy cerca. A menos de diez casas. Estamos lejos de su hotel, pero muy cerca del mío. Y mis hoteleros están preparados para hacer café a las horas más extrañas. Y desde allí le pido un coche.
–En el mío el comedor no abre tan temprano –dijo Fenia algo sorprendida–, pero si es así, podemos ir a su hotel.
Su sencilla complacencia casi lo irritó. La noche compartida había convertido su particular enamoramiento en una excitación nerviosa. ¿Qué ocurriría si no la llevaba al comedor? ¿Cómo podría saberlo ella? Era muy probable que aún no estuviera abierto, pero su cuarto estaba justo al lado.
Lo invadió cierta ira contenida, la incertidumbre acerca de esta muchacha lo torturaba. ¿Era posible que fuera tan complaciente con un joven absolutamente extraño, que confiara tan ingenua, o era todo pura astucia? ¿Acaso se estaba burlado de él para sus adentros? ¿O de qué estrella lejana había caído para venir a parar al empedrado parisino?
¡Ay! ¡Todavía era tan joven! Solía estimar muy mal a las mujeres, sobre todo por miedo a que lo tomaran por tonto e ingenuo. Y en lo que respectaba a las mujeres que estudiaban, contra las que sentía tanto rechazo, debía ser sincero y confesar que en realidad no las conocía, las mujeres con quienes intimaba no pertenecían en absoluto a esa especie.
Condujo a Fenia al hotel en que se estaba hospedando, le indicó que subiera por los peldaños de la entrada y, en el amplio pasillo, le abrió la puerta a su cuarto, junto al comedor.
No era su dormitorio, sino un cuarto trasero grande, luminoso, amoblado como un salón, que solía utilizar cuando limpiaban su habitación. En cuanto entraron, comenzó a lloriquear y a rascar la puerta del cuarto adyacente el perrito blanco que le había regateado a una vieja vendedora ambulante; el perrito estaba emocionado por el anhelado regreso de su dueño. Max Werner lo hizo entrar y este se acercó moviendo la cola y ladrando a Fenia y a él juntos, como si formaran una pareja.
Fenia se detuvo vacilando, sin comprender bien dónde se encontraba. Se inclinó instintivamente al perro, que entretanto ya se había sentado junto a ellos y los observaba satisfecho, pero se levantó con la misma velocidad y quiso decir algo cuando se encontró con la mirada de Max Werner.
La había hecho pasar sin una intención clara. Pero estando así en ese cuarto, en ese completo aislamiento, a solas con él, en ese hotel adormecido en cuyos pasillos aún reinaba un silencio tal que permitía oír el trino de un gorrión en el patio a través de las persianas entrecerradas, allí, cuando Fenia alzó la mirada, lo vio inclinado sobre ella temblando de excitación, tan cerca de su rostro y a punto de rodearla con los brazos.
No gritó. Sólo se echó atrás con un movimiento brusco, se agachó rápido para alzar el paraguas que se la había caído al saludar al perro, y se dirigió a la puerta.
–¡Qué lástima! –exclamó. Se le escapó, casi con pesar, pero a la vez con un tono de extraordinaria sorpresa.
Durante un instante él quedó perplejo.
Luego se alzó en él una repentina rabia, un impulso ciego, furioso, de no ceder a la voluntad de ella por nada y, sin saber bien lo que quería, se precipitó hacia la puerta, quitó la llave, la giró desde adentro y se la guardó en el bolsillo.
Fenia se había quedado helada. Estaba muy pálida. Su mirada erró por el cuarto, en dirección a la ventana del patio, donde chillaba el gorrión, y se fijó luego en el botón de la campanilla eléctrica.
Pero ¿podía llamar al camarero a esta hora, para que la encuentre con un extraño en esta habitación? Y saltar sin más al patio tampoco era posible.
Le dirigió los ojos profundamente asustados, grandes e interrogantes, como si le preguntara qué debía hacer. Durante un instante todo su cuerpo expresó cierto desamparo y pedía auxilio a gritos, como una niña perdida en el bosque. Pero sólo por un instante. Luego triunfó otro sentimiento. Su mirada recorrió a Max Werner de la cabeza a los pies, y sus labios se torcieron en una expresión indecible y elocuente de asco y desprecio.
La mano de Max Werner se dirigió al bolsillo y, sin que Fenia le hubiera dado la orden, sin hacerle caso al maleducado que estaba allí parado como un tonto y torpe, sonrojado como un escolar, extrajo la llave. Sin embargo, cuando la mano le entregó a Fenia la llave, este maleducado acompañó el gesto involuntario con un murmullo:
–Yo… recién, cuando cerré la puerta, usted me interpretó mal… no es que yo quisiera… no, nada de eso… Yo sólo quería que no se fuera en ese estado… furiosa y enojada conmigo.
La extraña lógica de estas palabras no parecían convencerla. Su semblante seguía con la misma expresión, casi desfigurada, como si tuviera una oruga en la garganta que iba ascendiendo despacio.
Fenia tomó la llave y salió por la puerta, muy rápido, sin decir palabra.
Y él salió detrás de ella. Y detrás de él, el perro.
No se puso ni el sombrero, se le habría escapado en el tiempo que lo tomaba de la mesa. Se sentía completamente incapaz de dejarla ir así… para siempre… sin una palabra… prefería perseguirla, sí, eso quería, como un caniche enamorado… locamente enamorado en ese instante.
Muy cerca del hotel había un par de coches. Las cubiertas de cuero estaban cerradas, una lluvia suave comenzó a caer del cielo. Bajo el monótono gris de la luz matinal pasaron apurados unos vendedores de diarios y un aprendiz de panadero medio dormido. Se oía el traqueteo de una carreta de verduras que avanzaba por la calle.
Antes de que Fenia lograra despertar a uno de los cocheros en el pescante y subiera al carruaje, ya habían llegado al lugar Max Werner y el perro, este último, sin dejar de ladrar alterado.
–¡Escúcheme! –le dijo sin aliento a Fenia y le ayudó a meterse debajo de la cubierta–. Escúcheme, le pido, míreme. No, no me mire –se corrigió pensando en su aspecto desarreglado, su cabeza sin sombrero–, pero ¡fíjese, estoy fuera de mí, por mi propia enorme estupidez! Dígame que me perdona, diga una palabra, no se vaya así, corriendo, digo, en coche… –Ya no tenía idea de lo que estaba diciendo.
El cochero se había bajado lentamente del pescante para desenganchar el balde de comida al caballo, le quitó la manta y la dobló circunspecto.
Fenia entretanto se asomó por debajo de la cubierta, se había acomodado como una delicada gatita y miró con ojos grandes y serios a Max Werner.
–¿Perdonarlo? –repitió–. Le digo más: no hay nada que perdonar. Yo fui tan tonta como usted, lo seguí sin conocerlo ni a usted ni a su comedor. Esa fue una gran estupidez, así que estamos a mano, porque usted sólo fue tan tonto porque no me conocía. Los dos tenemos la misma disculpa por no haber sabido mejor qué hacer. Porque a pesar de haber tenido contacto con muchos hombres, sabe, siempre tuve la suerte de que fueron los hombres más decentes del mundo. Sí, es cierto, usted es el primer hombre indecente al que yo… –dejó de hablar, como si se hubiera asustado ella misma de las ofensivas palabras con que terminaba su largo discurso. El cochero se había subido al pescante, el caballo arrancó y Fenia se escondió sonrojada en la oscuridad de la cubierta mientras se alejaba el carro.
Max Werner se quedó parado a la vera del camino, con la cara sombría y se llevó mecánicamente la mano a la cabeza para saludar con el sombrero… que no tenía puesto.
Los siguientes días sintió el fuerte impulso de buscarla o escribirle a Fenia, pero dudó una y otra vez y finalmente no lo hizo. Se animó sólo después de mucho tiempo, cuando ya recordaba con humor su burrada, pero para ese entonces Fenia –su nombre completo era Fiona Ivanovna Betyagin– ya había partido a Zúrich.
Parecía ser la intención del destino que se reencontraran cuando ambos ya no pensaran más en ello.
Pasó un año. Tras su regreso de París, Max Werner se quedó en su Austria natal, donde lo retenía un amor que le quitaba bastante las ganas de viajar. Un día recibió una carta de su única hermana, que había pasado el último mes en la estancia de una amiga que se casó y se fue a vivir a Rusia: le anunciaba su compromiso con un barón de provincia que tenía tierras cerca de Smolensk, y le enviaba un saludo de parte de Fiona Ivanovna Betyagin, pariente de su futuro esposo, que había estudiado en el extranjero y se había doctorado hacía poco.
En pleno invierno, a mediados de enero, Max Werner viajó a la provincia rusa para la boda de su hermana. Allí, en la finca de unos amigos, en donde se alojaban una enorme cantidad de invitados extranjeros, volvió a encontrar a Fenia en medio del alboroto de los preparativos para la fiesta.
Cuando la vio por primera vez casi no la reconoció, aunque no podría haber definido en qué radicaba el sorprendente cambio respecto de la impresión que tuvo de ella en París.
Fenia estaba sentada en una postura distendida, la mano derecha en el regazo, en un gesto negligente con la palma hacia arriba, y con un aire festivo y solemne gracias al blanco reluciente de su vestido de seda. Hablaba alegre y reía, pero al mismo tiempo tenía un aspecto distraído, como si los pensamientos estuvieran en un lugar absolutamente distinto.
Su figura parecía haberse desarrollado alcanzando su plenitud, en los movimientos había algo blando, redondo, que no estaba antes y que le otorgaba una belleza armónica. Fenia estaba más hermosa de lo que era de esperar.
Sí, estaba más hermosa, pero a Max Werner no le generó el mismo inquietante atractivo, parecía haber desaparecido la contradicción, lo misterioso de la extraña estudiante que en ese entonces le provocó a la vez atracción y rechazo, ahora que la mujer que había buscado tan intranquilo en ella, afloró por completo.
Eso sintió, pese a la sincera alegría con que Fenia le dio la bienvenida. En él saludó enseguida a su nuevo pariente y ambos rieron de la pálida «historia de amor» parisina compartida, demasiado breve.
Fenia lo sentó a su lado en el banquete de la boda y, junto con muchas otras parejas, bebieron para ofrecerse el fraternal tuteo, que luego nunca se aplicaba del todo. A Max Werner le llamó la atención la gran seriedad con que Fenia se esforzaba por explicarle cada uno de los detalles y significados de la ceremonia ortodoxa que le siguió a la protestante. Aunque le interesaran los diferentes rituales, no pudo reprimir el comentario algo hereje acerca de lo superfluo de esas prácticas.
–¿Superfluo? –respondió sorprendida Fenia, pero agregó de inmediato–. Por supuesto, lo es para un extranjero obligado a participar de ellas. Para mí es maravilloso poder volver a sumergirme en el olor a incienso y el canto y los recuerdos de la infancia. Es que estuve muchos años lejos… Y sólo ahora me siento en casa, aquí donde me rodea esto que me es tan familiar… Rusia también tiene una gran ventaja en comparación con otros países: podemos estar seguros de encontrar todo en el mismo lugar en que lo dejamos. No existe ese apuro por ir de progreso en progreso. Año tras año todo sigue igual.
A Max Werner ese elogio a la patria le hizo mucha gracia.
–¡Vaya motivo para venerar a la madre patria! –acotó divertido– pero en este caso en particular usted no piensa… vos ya no pensás igual que cuando eras una niña. Estas extensas ceremonias nupciales están totalmente despojadas de su sentido más profundo.
Fenia sacudió la cabeza.
–¡Para nada! Todo lo contrario, si le quitamos la forma exterior, ¿cuál es el sentido más profundo? Sería algo así: ahí hay dos personas, que se juntan para siempre, quizás porque se aman, pero no sólo por causa de su enamoramiento personal, sino para una tarea común, digamos, al servicio de algo superior, tercero, por lo cual se unen para siempre. De lo contrario esa indisolubilidad no tiene objeto. No, quieren trascender lo personal, meramente emocional, da igual si lo llamamos Dios, lo sagrado de la familia, o la eternidad de la unión matrimonial. En cualquier caso, es algo diferente, también algo que tiene un valor tan diferente, que el amor entre los sexos.
–¡Dios mío, Fenia Ivanovna! –dijo Max Werner consternadísimo– ¡usted realmente es capaz de arruinarle a cualquiera el deseo de casarse! Me recorre un escalofrío por la espalda. Por suerte se equivoca. Toda esta historia al menos no es indisoluble. Nos queda la esperanza del divorcio.
Fenia se encogió de hombros.
–Puede ser… en su país. En ese caso la forma ya no expresa plenamente el contenido. Y carece de la correspondiente belleza y festividad. Me puedo imaginar que entonces se anden casando sin pensarlo. Nosotros, en cambio, antes de hacerlo nos ponemos de rodillas, como si hiciéramos todo lo contrario y renunciáramos a nuestros derechos personales de sentir placer, en un monasterio.
Para Max Werner seguían siendo agradables y estimulantes la disputas con Fenia, pese a que las opiniones no dejaban de chocar como en París. Pero al igual que su aspecto, también en sus ideas Fenia le parecía ahora más femenina que antes, y quizá esa circunstancia provocó que en las breves semanas de convivencia casi ininterrumpida trabaran una profunda amistad.
La natural fraternidad de su trato que había observado con ojos desconfiados, en esta tierra extranjera se le hicieron infinitamente simpáticos, y pronto descubrió en su comportamiento franco y su confianza sincera un rasgo propio de las muchachas y mujeres eslavas. Fenia se diferenciaba poco de las demás, y menos que menos por haber llevado tanto tiempo una vida de estudiante. La manifestación de su forma de ser natural era mucho más fuerte que todo lo aprendido.
Llegó un punto en que Max Werner incluso le demostró la máxima prueba de confianza, insinuando el motivo por el cual se sentía tan atado a su tierra y que lo llamaba de regreso. Fenia se enteró que estaba secretamente comprometido desde hacía un año.
Se lo confesó un espléndido día de invierno durante una larga excursión en trineo por los bosques cubiertos de nieve que realizaron todos los invitados de la finca. Fenia y su amigo alemán acabaron sentados en un salaski bajo, de dos asientos, que avanzaba como una flecha sobre la dura superficie de nieve helada acompañado del sonido de cascabeles de los pequeños y ágiles caballos.
Tras la confesión de Max Werner, Fenia observó con vivo interés:
–¿Un amor realmente «secreto»? ¿Es decir, que de verdad nadie, ni siquiera los más cercanos, intuyen algo? Debe ser muy difícil.
–Lo es. Y lo es el doble, porque Irmgard como buena alemana del norte no se toma la vida justamente a la ligera. Cualquier gesto clandestino le genera un horror que le dura días enteros. Es de la pequeña nobleza de Alemania del Norte, y creció con antiguas y sólidas tradiciones familiares.
–¿Y cómo se conocieron? –preguntó Fenia–. Porque usted, querido, a nosotras las chicas nos genera más bien una impresión de vida muy frívola.
–¡Pero por favor! No siempre soy como en París. Para Irmgard al comienzo fui una suerte de salida y salvación del ambiente conservador de su hogar. Así comenzó todo.
–¿Y por eso su novia lo considera un modelo de virtudes? –preguntó Fenia burlona.
–Oh no, por el contrario, me cree mucho peor de lo que soy. Suele ocurrir. Pero eso no la asusta. Su amor es el de una reina, otorga sin pedir nada a cambio. Es la forma más obstinada de orgullo que existe entre las muchachas.
–Pero si no es más que una mascarada para una enorme sumisión –interrumpió Fenia vivaz–. ¡Ay! ¡Es tan alemán! Pero entonces ella estará haciendo muchos sacrificios, ¿usted no se siente mal por eso?
Max Werner hizo una mueca avergonzada y pícara debajo de la capucha de piel prestada.
–¡Confieso que no! –respondió con desaliento–. En ese control de sí misma y en esa orgullosa sumisión hay algo fascinante. Y creo que intensifica el amor mutuo.
Fenia guardó silencio durante algunos minutos. Parecía estar dándole vueltas una idea. De pronto expresó:
–Así y todo, a pesar de todas las dificultades ¿ella no quiere casarse con usted?
Max Werner pareció tan sorprendido que Fenia comenzó a reír.
–¿No casarse conmigo…? Pero, ¿cómo? Si sólo se trata de… en realidad es que todavía no estoy en condiciones –respondió, perplejo por esa interpretación tan inesperada–. Por supuesto que ella querría casarse lo antes posible… Pero yo me gasté la pequeña fortuna que tenía en viajar y estudiar, antes de poder hacerlo necesitaría tener una cátedra.
Fenia se quedó pensativa. Tenía el rostro inclinado hacia abajo, como si estuviera escuchando atenta los cascabeles de los caballos que tiraban del trineo. Sin embargo, debían ser reflexiones placenteras las que pasaban por su cabeza, porque en esa postura recogida parecía feliz, y en su rostro encendido por el frío se dibujó una sonrisa.
Después de las últimas festividades de la boda, Max Werner viajó con Fenia a San Petersburgo, quería recorrer la ciudad antes de regresar a Alemania. Fenia se instaló en un departamento amoblado en la avenida Nevski a fin de prepararse con toda calma para las tareas docentes que le esperaban. A él lo presentó enseguida a su único pariente en la ciudad: un tío, el esposo de una hermana fallecida de la madre, porque en la casa se hablaba alemán y se cultivaban intereses por Alemania. El tío era de nobleza báltica, almirante al servicio de Rusia, y con sus tres hijas llevaba una vida social muy abierta a invitados.
Sin embargo, Max dedicó la mayor parte de los primeros días de estadía a un recorrido intenso de la capital. En una oportunidad, después de haber permanecido en los salones de arte del Hermitage tanto tiempo como se lo permitió la escasa luz invernal, sintió la necesidad de dar un largo paseo por la Nevski, de la cual usualmente sólo se frecuenta un tramo determinado, entre el almirantazgo y el ferrocarril de Moscú. Más allá de la estación ya no es más la avenida de los elegantes paseos de la tarde; la amplia y rectísima calle, enmarcada por iglesias y palacios, después de hacer una curva pronunciada de repente muta por completo su carácter. En lugar de los distinguidos ventanales de las grandes tiendas se ven negocios de medio pelo y bazares baratos cuyas arcadas bajas se extienden a lo largo de la vereda; en lugar de los hoteles europeos, hay tabernas de segunda o de tercera y fondas de aguardiente con carteles chillones por encima de la puerta. Cada vez se hacen menos los refinados trineos deslizándose por la nieve apisonada de reflejos azules, cada vez son más populares las vestimentas de la gente que pasa, hasta que por fin, a lo lejos, con el resplandor intenso que la luz invernal otorga a las cúpulas doradas, reluce el monasterio Alejandro Nevski.
Un buen trecho antes del monasterio la calle tiene un carácter casi aldeano y adquiere un aspecto de cierto modo espiritual. Construcciones revocadas de blanco con cruces doradas o aureolas en forma de rayos sobre el portal, instituciones de beneficencia, capillitas y asilos beatos se erigen entre viviendas pequeñas y bajas, que también parece que se atreven a vestir sólo de blanco. Por encima, se asoma la impresionante ciudad celestial, blanca y dorada, con los muros del claustro, cúpulas e iglesias, contra un cielo invernal de azul pálido… Todo ello envuelto por el humo de incienso saliendo de sus santuarios, y rodeado de tiendas consagradas que venden rosarios, velas y coronas de flores; en el aire resuenan las campanadas y los corales: una indescriptible sinfonía de blanco y oro en medio de este paisaje nevado bajo los últimos rayos de sol. Y detrás, los amplios jardines del monasterio en profunda paz invernal.
Max Werner estaba por ingresar en el jardín cuando vio para su sorpresa a Fenia; estaba de espaldas a él, junto a la entrada, reclinada contra las rejas doradas.
–Fenia Ivanovna, ¿está pensando en entrar al convento? –le preguntó por encima del hombro.
Ella se dio vuelta extrañada, pero no se asustó, y le dijo, al salir de la puerta:
–Vine a visitar el monasterio. Ahora voy a la casa de mi tío, hoy es el día de visita, como sabe. Voy a cenar con él. ¿Tiene algún plan? Si no, acompáñeme, después de todo es un invitado permanente a la mesa.
–Con mucho gusto, Fenia, aunque sólo fuera por acompañarla a usted. ¿Quiere que vayamos a pie, con este agradable tiempo siberiano?
Ella asintió, y cubriéndose el rostro con el manguito de piel de castor para protegerse del cortante viento, miró atenta en todas direcciones. Luego avanzó un tiempo muy callada junto a su acompañante.
–¿Cómo se le ocurrió venir justamente aquí? –preguntó de repente–esta zona de la Nevski la visita tan poca gente, uno podría estar casi seguro de que…
–¿No es mucho más justificado si le pregunto lo mismo a usted? –respondió bromeando–, no es exactamente un paseo para una joven dama sin compañía. La creí sumida en los más profundos estudios y, muy respetuoso, no la visité sólo por eso; desde París me la imagino obsesionada por el trabajo, en cambio, aquí la encuentro paseando.
–Sí, paseando es la palabra correcta –dijo ella en un tono alegre– ¿sabe qué? Se acabó el trabajo tan dedicado. Ahora estoy en un tiempo de transición, de espera ¿no es cierto? Hasta asumir el cargo prometido. ¡Y no sabe cuánto lo disfruto! Ya era hora, después de tanto esfuerzo. Ahora me la paso en cama: me siento una verdadera convaleciente, la vida es muy distinta, más pasiva, atenta, más perceptiva. No estoy ni despierta ni dormida.
–¡Soñando! –completó él al azar.
Fenia le echó una rápida mirada, luego calló.
–Podríamos decir que cambiamos los roles, entonces –opinó Werner– porque en este año yo sí que he estado muy aplicado… Me pregunto cómo se sentirá cuando ejerza la difícil tarea docente después de este tiempo de espera, ¿no le teme?
Fenia rio.
–En este momento no puedo pensar tan lejos… Pero será tremendo, porque en realidad siempre me atrajo mucho.
Luego volvió a callar, una vez más, con la mirada reflexiva, como si estuviera pensando en algo no dicho. Entretanto llegaron a la parte más animada de la Nevski, donde la multitud los separaba a cada paso y, de todos modos, se habría dificultado la conversación.
Detrás del Puente de la Policía se estaba poniendo el sol. Largas sombras oscuras se extendían sobre la nieve creando la particular penumbra del invierno nórdico en que, en pleno día, no se distinguen bien las cosas y, sin embargo, causa sorpresa cuando en algunas vidrieras ya se encienden las primeras luces.
La vida y actividad en la reluciente avenida era perfecta para el ambiente a esa hora, puesto que pese a todo el gentío en el paisaje no había ruidos, ni nada demasiado abigarrado ni llamativo, reinaba en cambio una discreta y sobria elegancia: la carrera prácticamente insonora de los trineos al pasar, un movimiento que a veces tenía algo fantasmagórico; la ropa oscura, uniforme, de las damas cubiertas de pieles que avanzaban a paso lento, sin apuro, casi ceremoniosas; el silencio sepulcral de las calles laterales todas nevadas, en las que el mundo parecía detenerse de pronto; todo ello provocaba una suerte de poesía onírica muy diferente del ruido de otras grandes ciudades. Incluso las esquinas y contornos duros de las casas se habían suavizado y desdibujado gracias a la escarcha y las capas de hielo brillante. Y en el aire frío y límpido se iba acallando todo sonido; como cantos lejanos se iban disolviendo las voces de la gente y las campanillas de los trineos, con una claridad particular y delicada.
Frente a la catedral de Kazán, Fenia se detuvo a mirar una vidriera muy iluminada. Se quitó el velo y lo echó hacia atrás, por encima del gorro de piel, y contempló las novedades de la galería de arte de Pasetti. Delante de todo había tres ilustraciones mediocres, pero muy populares, del Demonio de Lermontoff: el demonio seduciendo a Tamara, la entrega de ella, y la muerte de la muchacha provocada por él.
Fenia señaló con su manguito:
–Al alto cielo quiero elevarme,
y descender a las profundidades del océano,
¡todo lo terrenal te lo entrego!
Sólo ámame, ¡ámame! –citó sonriendo y siguió caminando.
–¿Qué es? –preguntó Max Werner.
–Una traducción improvisada –respondió ella–, así habla el malvado demonio después de ahuyentar al ángel de Tamara. Esta imagen la encontrará en todas las casas, en fotografías, estatuas de yeso, la recuerdo muy bien de mi infancia, nosotros en casa también teníamos una. Es encantador volver a verla.
–Imágenes muy apropiadas para una jovencita, ¿acaso no se imaginó usted también el amor como algo demoníaco? La lucha con el ángel, una infernal felicidad, fuegos artificiales, el fin del mundo.
Fenia respondió, riendo:
–¿Yo? Oh, no, yo me lo imagino totalmente… absolutamente diferente.
En las grandes esferas de vidrio blanco que colgaban en lo alto por encima de la calle se encendió de repente la luz eléctrica e inundó de golpe las calles en penumbra con su brillo lunar.
Cuando el rostro de Fenia emergió con inesperada claridad junto a Max Werner, a este la mirada de alegría infantil y la sonrisa le pareció muy diferente del rostro reflexivo de mujer que vio en los jardines del convento, bajo los últimos rayos de sol. Su expresión cambiaba tanto que casi parecía alterar su forma; pero nunca tenía el aspecto de una doctora diplomada, todo lo contrario.
–Me daría mucha curiosidad saber cuál es su opinión sobre el amor, si la evaluaran en esa materia, y no en filología o historia.
–¿Mi opinión? Oh, es muy simple. Simple y sano. Seguramente no lo compararía con cosas ni demoníacas ni románticas, sino con el pan bendecido con el que saciamos a diario el hambre, con la corriente de aire fresco a la que abrimos todos los días nuestras ventanas. En pocas palabras: con lo más importante, bello y natural, a lo que debemos todo y de lo que menos hablamos con grandilocuentes frases.
–¡No está nada mal! Pero también esperará algo más de él: que sea el acontecimiento más importante en su vida, ¿no lo cree? Eso, sobre todo, el acontecimiento.
Fenia sacudió la cabeza:
–No, no. Creo que así se perdería lo más valioso que nos brinda.
–Y en su opinión ¿qué es lo más valioso que le puede brindar el amor? –preguntó Werner sonriendo.
Dobló en dirección al almirantazgo y el movimiento le impidió a Max Werner verle la cara.
–Paz –dijo ella en voz baja.
«Paz» pensó él inseguro y la siguió a través del amplio edificio, recargado de elementos dorados, en que el almirante Baron Michael Ravenius ocupaba un ala lateral. Le era difícil imaginar a Irmgard dándole esa misma respuesta, se preguntó si acaso las muchachas rusas eran más flemáticas, o más prosaicas. ¿O será que Fenia hablaba como habla del color una persona ciega? Quizá su temperamento tenía aquí su punto ciego.
Arriba, en el salón de recepción del almirante, aún estaba en pleno vigor el día de visita. A la dama de compañía y las dos hijas mayores todavía las rodeaban una docena de uniformes relucientes y oscuros vestidos, enfrascados todos en esa conversación en apariencia animada, pero tan aburrida y tediosa para la cual se prestaban especialmente bien la elegancia convencional y pulida de la lengua francesa. Era muy entretenido observar el impecable mecanismo de los saludos, conversaciones y despedidas de toda esa marea de gente, cada persona permanecía allí unos quince minutos, para ser acompañada luego por la segunda hija a través de una serie de salones hasta llegar al recibidor en donde las esperaban dos criados vestidos de uniforme de marina.
Esta actividad se extendió una hora más, con la regularidad y precisión de un mecanismo de relojería. Cuando partió el último invitado, el barón Ravenius, un hombre mayor muy delgado, con manos y pies de extrema aristocracia, y un cabello y barba grises ya muy ralos, con un gesto de anticuada elegancia le ofreció el brazo a su sobrina Fenia, para conducirla a la mesa del almuerzo, y le presentó con delicadeza la silla. Max Werner los siguió junto con la hija mayor, Nadezhda, comprometida con un agregado diplomático de la embajada alemana. Les siguieron la dama de compañía y las otras dos hijas, de las cuales la menor aún iba a la escuela, y cerraba el desfile la galga persa que, con su pelo plateado, tan larga, delgada y elegante, poseía una innegable similitud con su dueño.
Durante la comida, lo habitual era esperar a que iniciara la conversación el anfitrión. En esta oportunidad, después de terminada la sopa, dijo lo siguiente:
–Se dice a menudo que en la colectividad alemana y, en general, en cualquier colectividad extranjera, gustan mucho los chismes. Claro que, por más grande que sea, fuera de su país cualquier comunidad adquiere fácilmente el carácter de una pequeña aldea, por lo que es más fácil caer en una difamación allí y no en otro lugar. ¿Cómo ha sido tu experiencia en otras tierras, Fenia?
–Debo decir, tío Misha, que en eso no pensé demasiado –le respondió Fenia–, es posible que hayan circulado muchos chismes sobre mí, por el hecho de que no me interesé en absoluto por las apariencias, pero siempre conté con suficiente protección de verdaderos amigos que no permitieron que eso me llegara a los oídos.
–Es cierto que con tu estilo de vida has estado muy expuesta –observó el barón–, y con un grado de despreocupación que no acabo por comprender. Pero admito que supiste alcanzar de manera admirable tus objetivos. Todo mi respeto, también por la seriedad con la que viviste tu juventud.
Todos aguardaron con cierta intriga el remate de la conversación, porque cada vez que el barón, con su solemne formalismo, realizaba tales rodeos y se detenía en todo tipo de generalizaciones geográficas o sociales, solía tener la intención de anunciar algo en particular. Seguramente no era gratuita la referencia al vicio del chisme en las colectividades extranjeras y su manifestación tan ostensiva de sus respetos por Fenia delante de las hijas. Pero no llegó nada «especial» durante la comida. Tan sólo después de que se levantara la mesa y las dos hijas menores se retiraran con la dama de compañía, los demás se pusieron cómodos en un pequeño salón junto al comedor para fumar un cigarrillo y tomar una taza de café, el viejo barón de repente se dirigió a Fenia con las siguientes palabras:
–Hija, como ves, estoy bastante intranquilo, y realmente dudaba si comunicarte esta cuestión, pero quiero aprovechar aquí la presencia del señor Werner, quien quizá pueda aconsejarnos.
Fenia se había acomodado en un sillón y tenía los pies apoyados contra el lomo plateado de Rusalca, que descansaba delante, con el espigado hocico sobre las patas delanteras y agitando ligeramente la cola.
–Pero ¿qué ocurre, tío Mishka? –preguntó Fenia curiosa.
–Hija, decime: ¿tenés enemigos? Sabés que puede ser un honor tener enemigos… ¿Conocés a alguna persona que quisiera difamarte?
Lo miró sorprendida con una sonrisa.
–¡¿Yo?! Te aseguro que no. ¿Acaso encontraron alguien tan malvado?
–Esto se está poniendo interesante –acotó Max Werner y se puso de pie–. Al final quizá tenga que luchar contra un dragón siberiano para defender a Fenia.
Pero el tío no compartió ese espíritu animado; su semblante seguía tan ceremonioso y preocupado como antes.
–Les pido que se tomen en serio el asunto –dijo con ambas manos apoyadas en los posabrazos del sillón–, Fenia: ¡dejá de una vez de jugar con la perra! Es una difamación espantosa de la que estoy hablando. Hay alguien que sostiene que te ha visto a altas horas de la noche en una calle apartada, con un hombre.
–¿Y quién dice semejante cosa? –respondió Fenia.
–Eso es precisamente lo que quiero averiguar: la fuente primaria –respondió inquieto el tío–. A mí la noticia de esta difamación me llegó a través de un viejo y muy buen amigo de la casa, que está tan preocupado por el asunto como yo.
–Dios mío, ¡cómo podés tomártelo tan tranquila! –murmuró Nadezhda, que estaba sentada al lado de Fenia, sorbiendo despacio su café–. A mí me alteró por completo la noticia. ¡Qué malintencionado es el mundo! Me devané los sesos pensando en ello, casi me da jaqueca… Mañana seguramente también la tendrás vos.
–Yo no me devanaré los sesos. Hasta mañana lo habré arrojado todo muy lejos, ¡lejos de mí! –dijo Fenia, con el rostro encendido.
Max Werner la miró.
La cabeza descansaba en el respaldo, los párpados estaban tan bajos que casi le cubrían toda la mirada. La mueca en los labios era mínima pero muy elocuente, como si se hubieran acercado demasiado a una bebida que le repugnara.
De golpe, la expresión de esos labios llenos y rojos le trajeron algo a la memoria a Max Werner: la experiencia en la habitación del hotel en París; y gracias a dicha circunstancia, Fenia para él estaba envuelta en un halo de incuestionable y gélida pureza.
¿Cuántas veces en su vida de estudiante en el extranjero se habrá sentido despreciada por personas que, a causa de conocimientos banales, malinterpretaban su libertad y se dejaban engañar por las apariencias?
–Quizá la cuestión acaba siendo nada más que un desafortunado malentendido –dijo Max Werner–. ¿Sería posible comprobar lo que llevaba puesto la dama en cuestión?
El viejo Ravenius alzó la mirada.
–¡Por supuesto! La vestimenta coincide. Abrigo largo, piel de zorro, y gorra, manguito y cuello de piel de castor.
–Por supuesto, eso es muy grave. En París o Berlín o Viena esa vestimenta podría ser válida para identificar a una dama. Pero ¿aquí? Aquí es muy fácil confundirlas. Están todas cubiertas de la misma manera, a lo sumo hay una variación entre tres o cuatro tipos de piel. Cualquier dama debe estar preparada para encontrarse con un par de dobles.
–Eso es muy cierto –asintió alegre el barón–. ¡Es lo primero que debería señalarse! Quizá sea esa toda la base del chisme. ¡Y no olvidemos los gruesos velos que se usan aquí! Algunos ni siquiera son un velo, sino un delicado tejido de lana de Orenburgo con el que nuestras damas se cubren los rostros, como blancas telarañas cuando hace mucho frío, sobre todo, por la noche… Es imposible reconocer a alguien así.
–Querido tío Mishka –lo interrumpió Fenia–, por favor, no le hagas caso a esa historia. ¡No lo quiero! Para mí es terrible y totalmente inusual que otros se preocupen por mi reputación. Si ella es de cristal, pues ¡yo no lo soy!
El barón se puso de pie y acarició con sus largos dedos fríos las mejillas de Fenia.
–No hables así –le reprochó sus palabras–, sabés que tu buen padre te ha criado de un modo que yo no querría ni toleraría para mis hijas. ¡Pero le has hecho honor! Y aunque no seas hija, sos una querida integrante de la familia para quien responderé siempre y en todo. C’est convenu. N’en parlons plus.
El anciano le hablaba con tanta llaneza y distinción que Fenia le plantó un beso a la mano cariñosa de su tío. Pero sus palabras bienintencionadas le dibujaron una pequeña arruga en la serena frente. Al parecer, el hecho de que alguien quisiera responder por ella, que quisiera asumir una responsabilidad y tomar medidas para protegerla o defenderla sólo le causaba incomodidad. No quería la protección de la familia, y seguro le parecía tan ridículo como molesto ser tratada de repente como una frágil pieza de cristal.
Max Werner se imaginó sin quererlo a Irmgard en la misma situación y se dio cuenta que ya la sola idea de que le arruinaran su reputación la haría sufrir muchísimo. ¿Realmente ella tenía tanto más temor a la gente y una fuerza anímica tan inferior a Fenia? No, la conocía demasiado bien para eso. Pero aquello que elogiaba y criticaba la moral pública, hasta cierto punto también lo elogiaba y criticaba Irmgard. Cuando entraba en conflicto con el modo de vida prescrito también entraba en conflicto consigo misma. Por ello, en medio del éxtasis de un beso, el miedo la hacía temblar, como si las paredes tuvieran oídos. De allí provenía la sensación de que el amor era tanto el genio de su vida como así también el omnipotente demonio tentador, capaz de espantar al ángel. Irmgard no esperaba «paz» en el amor, como Fenia.
La conversación en el rincón había enmudecido, los pensamientos transportaron a Max Werner muy lejos del círculo en que se encontraba y Fenia, acompañada de la perra, se acercó a una ventana alta hacia la que estaba orientado el sillón de él. Ella alzó ligeramente las manos, tomó las pesadas cortinas de damasco rojo oscuro que cubrían la ventana y las separó un poco, para poder mirar afuera.
Max Werner observó la singular belleza de la línea de su espalda en esa postura, con los brazos alzados y la cabeza inclinada, y su mirada quedó fija en ella. Seguía teniendo la misma predilección por los vestidos oscuros, de caída simple, y seguía llevando el pelo castaño recogido en dos trenzas que formaban una corona alrededor de la cabeza.
De repente se imaginó cómo esa postura, algo forzada, podía relajarse un poco, pasar a ser más pasiva, creyó ver ante sus ojos cómo Fenia cerraba la cortina, se cubría el rostro y hundía cada vez más la cabeza hacia adelante entre los pesados pliegues rojos, curvando la espalda, redondeando los hombros, hasta que toda la figura parecía recogida y el rostro, cubierto por la cortina, estaría llorando.
Era una fantasía compulsiva, que no había sido despertada por una impresión anímica sino más bien por una necesidad estética de hacer confluir así las líneas, falseando obstinadamente la realidad.
Esa visión imaginaria tuvo sin embargo un efecto que le llegó al alma, emparentado con algo de ese encanto contradictorio que Fenia había tenido para él al principio.
Se pasó las manos por los ojos, que comenzaron a dolerle, estaba nervioso. En medio del silencio, Nadezhda, por su conciencia tan adoctrinada que le indicaba que siempre es conveniente hacer algún tipo de conversación, comentó:
–Esta noche el tiempo afuera debe estar hermoso.
Fenia se dio vuelta rápido. Se quedó inmóvil, con los brazos extendidos, las cortinas detrás como dos pesadas alas, era la encarnación de salud despreocupada y sonriente alegría. Y exclamó con voz clara:
–¡Tío Mischa! Por favor, ¡tomemos una troika grande y vamos a dar una vuelta!
1. Se les decía Grisettes a las costureras de París, dado que su uniforme era de color gris. Con el tiempo esta denominación pasó a referirse a las prostitutas. [N. de les editores].
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