Kitabı oxu: «¿Te va a sustituir un algoritmo?»


Título:
¿Te va a sustituir un algoritmo? El futuro del trabajo en España
© Lucía Velasco, 2021
De esta edición:
© Turner Publicaciones SL, 2021
Diego de León, 30
28006 Madrid
www.turnerlibros.com
Primera edición: noviembre de 2021
Ilustración de cubierta:
Carácter cúbico (detalle) © iStock
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ISBN: 978-84-18895-05-0
eISBN: 978-84-18895-81-4
DL: M-27681-2021
Impreso en España
La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:
turner@turnerlibros.com
ÍNDICE
prefacio. La promesa del futuro
i ¿De qué hablamos cuando hablamos de digitalización?
ii El mercado laboral global está cambiando
iii La pandemia
iv El nuevo mercado laboral
v Los derechos laborales del futuro
vi ¿Qué debería estudiar?
vii El futuro del trabajo para las mujeres
viii Caja de herramientas para gobernantes
Y llegamos al final
prefacio
La promesa del futuro
Te levantas y consultas tus redes sociales. Miras el tiempo en el móvil para decidir la ropa que te pones. En enero de 2021 había 42,54 millones de internautas en España.1 Hay más móviles que personas. Las noticias las lees en la tableta. Si eres de radio, igual la escuchas a la carta mientras desayunas o te pones un podcast de tu programa favorito. Antes de la pandemia probablemente buscaras en alguna aplicación de mapas el transporte público o la ruta más corta para llegar a tu trabajo. En el mundo pandémico, si estudias te conectarás a la plataforma de clases, y si trabajas, tu día será una sucesión de videoconferencias. Llegarás incluso a tener agotamiento por zooms. Si por desgracia estás en un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo) o en el paro, pedirás tu subsidio por la web oficial de turno. Te habrás vacunado pidiendo cita online. Igual encargas algo de comer por una aplicación o haces la compra. Tu día incluye gestiones con el banco, pagar alguna multa, reservar para cenar en un restaurante o en la peluquería. Si tu hijo se encuentra mal puede que hagas uso de la telemedicina. A lo largo de las horas que estés despierta consultarás Instagram, Youtube, LinkedIn o Facebook, que en total suman más de sesenta millones de usuarios en España. Puede que te conectes a alguna aplicación de fitness por la tarde y si no te cuelgas en Whatsapp seguramente te dé tiempo a ver algún contenido en cualquiera de las plataformas que hay en el mercado (HBO, Netflix, Filmin…). Cuando Luna estudiaba periodismo todavía no existía Gmail ni Youtube ni Twitter y ahora no se imagina lo que sería un día sin ellos. La tecnología está cada vez más presente en nuestras vidas, es indudable. Y lo que parecía algo trivial está provocando un cambio profundo.
En un minuto de internet ocurren muchas cosas. Se envían, navegan y reciben millones de mensajes, correos electrónicos y fotos. Solo en Instagram hay veinte millones de personas. Se consumen cientos de miles de horas de contenidos. Una parte importante de nuestra vida ya se desarrolla en esa red. De hecho, en España casi un cuarto de la población pasa entre dos y cuatro horas diarias conectada a través de sus teléfonos inteligentes.2 Hay dos millones que lo hacen más de ocho horas. Pensemos que hace tres décadas apenas usábamos ordenadores. Ahora todo está digitalizado, todo está conectado a la red, todo se ha hecho móvil. Y claro, esto ha creado extraordinarias oportunidades para innovar, para llegar a los consumidores de todo el mundo. Ya no hay forma de vivir de espaldas a la realidad digital.
Estamos en un momento crítico. Tan importante como fue la era atómica. No lo digo yo, lo dice Naciones Unidas.3 Este cambio profundo del que hablamos lleva sucediendo bastantes años, aunque, como siempre, no nos damos cuenta de los cambios mientras pasan. Lo que al principio fueron unas pocas herramientas para mejorar la comunicación global han acabado siendo el elemento central de nuestro desarrollo tecnológico, afectando a nuestra economía y por supuesto, a nuestra sociedad. Estos grandes movimientos que se están produciendo, de manera similar a las placas tectónicas, en algún momento nos harán sentir que el suelo se mueve bajo nuestros pies. Y para en- tonces debemos tener un plan.
Da igual dónde hayas nacido, porque el sistema está pensado para que tengas una oportunidad. Tendrás que estudiar y esforzarte, eso sí. Probablemente más que otros que partan de situaciones familiares con más privilegios, pero podríais llegar al mismo sitio. Los primeros años en el mercado laboral tendrás trabajos peor pagados y te tocará empezar desde abajo, pero irás progresando y podrás llegar, si quieres, hasta lo más alto de lo que sea que hayas elegido. La educación y el trabajo nos igualan para que podamos conseguir aquello que nos propongamos. No hay nada que te impida llegar. Este es el pacto.
Esa historia que se va interiorizando a medida que uno crece ha sido más o menos real en los países con economías desarrolladas hasta la gran crisis de 2008. A partir de ahí la cosa cambió. Por aquel entonces Luna estaba estudiando periodismo. Sabía que solo con la carrera no era suficiente porque nadie miraba un curriculum vitae (CV) que no tuviera un máster. Somos un país con demasiados estudios universitarios y hay que buscar la forma de diferenciarse. Convenció a sus padres para seguir yendo a clase durante otro año y hacerse el máster de turno, previo paso por caja. Su madre es funcionaria del cuerpo administrativo y su padre se dedica al sector inmobiliario. Luna tiene dos hermanos más pequeños. No fue un tiempo fácil para la familia. Cada vez los sueldos dan para menos y mantener a una estudiante de veintipico años suponía hacer sacrificios. Aun así, los hacían porque sabían que pronto despegaría, entraría a trabajar en alguna empresa y a partir de ahí le esperaba una carrera profesional lineal que le permitiría ir construyendo su vida.
Desgraciadamente no fue así. España durante los diez años posteriores a aquella crisis no ha levantado la cabeza y esa generación que nació a lo largo de los ochenta ya no conocería lo que es la estabilidad. Pero no son solo ellos los que ven cómo el suelo del mercado laboral se mueve bajo sus pies. Las cosas están cambiando de manera sigilosa desde hace tiempo y la pan- demia no ha hecho más que acelerarlas.
Antes de que el coronavirus generara un shock en todos los ámbitos de nuestras vidas, la economía mundial sufría fuertes turbulencias que auguraban un cambio relevante en el mercado de trabajo. Las previsiones de crecimiento eran frágiles. Los países con economías más maduras no terminaban de encontrar una fórmula para recuperar un pasado con más y mejor empleo. Había ya tensiones sociales por la creciente desigualdad. Aumentaban las protestas de una ciudadanía cada vez más consciente de las grietas del sistema. Cada día de la semana se manifestaba un colectivo diferente pidiendo que no se desmantelara su parte del Estado del bienestar. Al mismo tiempo, la política se polarizaba y aparecían los partidos populistas que prometían soluciones fáciles a los problemas ordinarios de la sociedad. Los niveles de incertidumbre eran ya, en aquel momento, elevados. España lideraba el consumo de ansiolíticos y antidepresivos.4
las cuatro d, los cambios vienen por varios frentes
Aunque la pandemia llegará a su fin más pronto que tarde, no volveremos a la antigua normalidad. Seguiremos sometidos a una serie de megafuerzas que condicionan el desarrollo de sociedades occidentales como la nuestra. Son los motores de cambio. Las podemos resumir en cuatro D: demografía, descarbonización, desglobalización y digitalización.
La demografía es una ciencia a la que prestamos menos atención de la que deberíamos, especialmente aquí, pero nuestra pensión sí nos preocupa y ambas están muy relacionadas. Europa es el continente más envejecido del mundo, lo que significa que va a haber muchas personas recibiendo una pensión, necesitando atención sanitaria y dependiendo del sistema. Para mantener este nivel de gasto público va a ser necesario recaudar en consecuencia. No hay suficientes jóvenes, ni tienen empleos de calidad para que sus cotizaciones paguen las pensiones de sus abuelos. Esto va a provocar que las economías se abran a la inmigración, que primordialmente será africana por cercanía y porque su población se va a duplicar. Hace falta mano de obra y hacen falta personas que coticen. La clave es comprender que del tipo de mercado laboral que se tenga dependerá lo que se pueda recaudar en impuestos. Es decir, si los salarios no evolucionan al alza y el empleo se sigue precarizando será difícil pagar las pensiones con estos mismos salarios. ¿De dónde saldrán los impuestos entonces?
Seguro que el nombre de Greta Thunberg nos conecta con el activismo climático y con la revolución de los jóvenes que en 2019 se lanzaron a las calles para exigir que nos tomáramos en se- rio el futuro al que les estábamos abocando. No es ninguna broma. El cambio climático es la mayor amenaza para la salud mundial en el siglo xxi. La Unión Europea (UE, en adelante) se ha puesto manos a la obra y con el Green New Deal pretende descarbonizar la economía para que sea neutra en términos climáticos de cara al año 2050. En España somos especialmente vulnerables a la amenaza climática porque, entre otras cosas, impacta en los sectores de los que dependemos: turismo, agricultura y ganadería. Adaptarnos a esta nueva realidad y descarbonizar nuestras economías va a implicar una transformación en los sectores más tradicionales y en los empleos, que cambiarán por otros más verdes. Aquellos que trabajaban en la minería o en la industria petroquímica tendrán que ir formándose en biocombustibles o en energías renovables. Los mecánicos deberán aprender electrónica para poder arreglar coches eléctricos, y así tantos otros.
Por un lado, la globalización hace tiempo que se está ralentizando. Aunque hay poca evidencia per se, indicadores como el nivel de inversión, los flujos comerciales o el tamaño de las cadenas de valor nos avisan de una progresiva desglobalización. Varios factores han influido en ello. Por un lado, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China de la era Trump, pero también el Brexit o el debilitamiento de la Organización Internacional del Comercio avanzaban una necesidad de reducir la dependencia exterior porque las normas no estaban claras y el tiempo de la paz arancelaria parecía terminarse. Nadie quiere que otro país tenga poder sobre él. En un mundo en el que aumenta la polarización, donde neodictadores toman el control de países, las alianzas son inciertas y la cooperación internacional está ausente, parece evidente apostar por reducir la interdependencia económica.
Por otro lado, están las cadenas de suministros globales, alejadas de los países donde se comercializan los productos y vulnerables a distintos shocks (comercial, climático o pandémico) que han puesto en jaque a los países con bienes de primera necesidad durante este tiempo. Seguro que recordamos durante la pandemia cómo algunos Estados interceptaban cargamen- tos de respiradores o mascarillas, al más puro estilo de las películas de piratas. Otro ejemplo es la industria de los semiconductores. Se trata de un bien estratégico en las economías más avanzadas porque se usa para casi todo: desde los coches hasta los electrodomésticos. La escasez de semiconductores se está produciendo porque hay más demanda de productos electrónicos, pero también por la guerra comercial entre China y Estados Unidos, y está obligando a las empresas automovilísticas a dejar de fabricar en todo el mundo. Hay una gran parte del planeta que está sintiendo mucha incomodidad con esa globalización que llevó a depender de la voluntad de Oriente y ahora se vuelve en contra. De hecho, China ha impuesto un boicot digital a H&M porque no están dispuestos a abastecerse de algodón procedente de Sinkiang, donde el Partido Comunista encierra a la minoría de los uigures obligándolos a realizar trabajos forzados en las plantaciones, según numerosas denuncias internacionales.
Los problemas de seguridad nacional y de salud pública han proporcionado nuevas razones para esa desglobalización que recuerda a una especie de proteccionismo moderno, especialmente en lo que respecta a los temas vitales: equipos médicos y alimentos, por ejemplo, haciendo hincapié en la importancia del abastecimiento nacional. Europa ya ha comenzado a hablar de la autonomía estratégica y empieza a escucharse un creciente discurso a favor de lo “de aquí” como medida para mejorar las condiciones salariales nacionales y reducir la desigualdad que tenemos en nuestras propias calles.
Pero si hay algo que está marcando este siglo es la cuarta D: la digitalización. Nunca nuestra dependencia global de la tecnología había afectado a todos los aspectos de la vida. Desde la educación hasta la sanidad. El teletrabajo, la formación online, el comercio electrónico o la telemedicina han aumentado en los países más avanzados que conforman el grupo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Lo mismo ha sucedido con la adopción de herramientas digitales en las empresas. La digitalización no solo contribuye a la productividad y la eficiencia, sino también a un desarrollo socioeconómico más amplio y justo. Debemos saber entender su importancia.
La penetración de la inteligencia artificial es imparable. La fuerza de trabajo se está automatizando con mayor rapidez de la esperada. Hay estimaciones que hablan de ochenta y cinco millones de empleos desplazados en los próximos cinco años. No todo son malas noticias, también se crearán nuevos. Noventa y siete millones concretamente. Esto supone un cambio profundo. ¿Qué pasará si tu trabajo es uno de los que están en la estadística de los “desplazados”?
Estas son las nuevas fuerzas que están transformando el mundo del trabajo: digitalización, descarbonización, desglobalización y demografía. Asistimos a cuatro transiciones que impactarán de lleno en la vida de las personas porque van a transformar el eje clave en el desarrollo de nuestra identidad individual y colectiva: el trabajo. Por eso mismo se necesita una acción decisiva que nos permita aprovechar el momento en nuestro favor.
1 KEMP, Simon (2021): Digital 2021: Spain, Datareportal (web). Disponible en https://datareportal.com/reports/digital-2021-spain?rq=spain [consultado el 30/09/21]
2 Datos de España de una encuenta online de la AIMC del 20 de octubre al 13 de diciembre de 2020; 24.401 encuestados de catorce años o más y usuarios de smartphones.
3 Naciones Unidas (2018): “Estrategia del secretario general de Naciones Unidas” [informe]. Disponible en https://www.un.org/en/newtechnologies/images/pdf/SGs-Strategy-on-New-Technologies-ES.pdf [consultado el 30/09/21].
4 Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (2020): “Informe 2019”, Naciones Unidas. Disponible en https://www.incb.org/documents/Publications/AnnualReports/AR2019/Annual_Report/Spanish_ebook_AR2019.pdf [consultado el 30/09/21].
i
¿De qué hablamos cuando hablamos de digitalización?
Cuando Luna estudió periodismo y su correspondiente máster, creyó hacer una apuesta que le daría estabilidad para toda la vida. Con una madre funcionaria, en su casa siempre le habían inculcado la importancia del trabajo seguro. A lo largo de los años no han sido pocas las veces que se ha preguntado cuáles fueron las razones que le llevaron a tomar aquella decisión. Recordaba las conversaciones interiores que tenía antes de marcar la casilla que te hacía elegir tu futuro.
La información es un pilar fundamental de la democracia. No puede dejar de existir. Muchos son los que llaman a los medios de comunicación el cuarto poder. Siempre harán falta profesionales que nos cuenten lo que está pasando. Todos los periodistas más mayores que conozco tienen buenos sueldos. Además, es una profesión muy alejada de la automatización esa que dicen que va a pasar en las fábricas, ¿verdad?
Lo que es verdad es que empezó haciendo unas prácticas después del máster en el periódico que lo patrocinaba. Al tiempo le ofrecieron un contrato con un salario bajo. Al poco, le dijeron que para continuar debía darse de alta como autónoma. Falsa autónoma más bien. El periodismo ya empezaba a notar los efectos de la digitalización en sus primeros años. A esto se le añadía una la crisis económica larga, con drásticos recortes en publicidad, que provocaron que el periódico se viera obligado a hacer un ERE (Expediente de Regulación de Empleo). De ahí saltó a uno de los diarios “digitales” –que no publicaban en papel y que se nutrían en sus orígenes principalmente mediante colaboraciones–. Eran los únicos que crecían y que contrataban gente. Siguió siendo autónoma y siguió ganando poco. Escribe sobre varios temas, pero habitualmente le toca economía, industria y, ahora bastante, digitalización. Está de moda. Además, como su periódico es digital y siempre está en la pelea por sobrevivir, hace un poco de todo. Ahora están probando un programa de inteligencia artificial que se ha hecho popular en Reuters para escribir noticias. Según el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo,1 los medios ven a la inteligencia artificial como la tecnología más poderosa para el periodismo en los próximos años.
Como muchos jóvenes, se siente a menudo harta y frustrada con la falta de avance en su vida. Para colmo ahora hay veces que a sus preocupaciones habituales se le añade la pregunta del millón: ¿acabaré siendo sustituida por un algoritmo?
Sustituir es una palabra muy grande. Aunque es lógico e incluso conveniente hacerse esta pregunta. Nadie tiene la bola de cristal, pero seguramente las máquinas harán algunas de las tareas que Luna o que muchas de nosotras hacemos. Empezaremos a relacionarnos con ellas en el entorno laboral, de la misma manera que llevan años relacionándose los operarios de las fábricas con los robots. Estoy convencida de que habéis visto fotos de cómo son las cadenas de montaje de los automóviles o de cómo pequeños robots mueven palés en los almacenes de los grandes centros logísticos. Lo que pasa es que la incorporación de la tecnología a la oficina no se verá tanto, será por así decirlo, “menos aparatosa”.
No va a ser una convivencia complicada, no vais a tener que daros los buenos días o pelearos por la silla, porque eso que llamamos “las máquinas” no se ven, son principalmente programas informáticos. Las películas han hecho mucho daño a nuestro imaginario robótico. Los sistemas se irán incorporando a nuestros trabajos de forma progresiva, pero también, imparable. Según el Foro Económico Mundial (FEM), se prevé que en 2025 los humanos y las máquinas dediquen el mismo tiempo a las tareas en el trabajo. Dependiendo del tipo de trabajo que tengas, las máquinas podrán hacer una determinada parte de tus funciones diarias, que será mayor cuanto más rutinarias y simples sean estas.
Si lo vemos con perspectiva, es probable que hagan las tareas que menos nos gusten o las más duras. ¡Habrá que empezar a pensar en cómo ocuparemos el tiempo que nos liberan! Bien gestionado es una oportunidad para vivir mejor, para que millones de personas que están alejadas de los grandes núcleos urbanos tengan acceso a las mismas oportunidades profesionales o para mejorar las condiciones laborales. El trabajo es un eje fundamental para casi todas nosotras, es ese sitio en el que pasamos gran parte de las horas de nuestro día y, por tanto, de nuestra existencia. El 30% aproximadamente. Lo que sí me interesa que interioricemos es que la incorporación de la tecnología no será para todos igual, ni se hará a la misma velocidad, por eso, voy a dedicar todo un capítulo a interpretar lo que está pasando y cómo podemos prepararnos para ello.
estamos en un momento crítico
La digitalización y la tecnología provocan transformaciones en muchos ámbitos. Y lo hacen con intención de ser positivas, vienen con la esperanza de inmensos beneficios para mejorar a la humanidad. Cuando nos cuentan cómo será el futuro transformado por la inteligencia artificial, nos hablan de los genomas editados para prevenir enfermedades, los vehículos autónomos que reduzcan la contaminación y optimicen el tráfico, las monedas sin Estado y los viajes espaciales privados para cambiar de aires. Es indudable que existe un enorme potencial para el bienestar humano. ¿Os imagináis cuántas espaldas sanas habría si tuviéramos robots que levantaran todos los pesos que millones de trabajadores levantan cada día?, ¿o cuidadoras de mayores que se sirvieran de máquinas para dejar de subir a pulso a los ancianos cuando los tienen que duchar? ¿Cómo sería la vida de un taxista si tuviera una flota de coches autónomos y no tuviera que conducir horas y horas? Sin embargo, nada de lo anterior está exento de incertidumbre. Y eso nos genera ansiedad. También miedo. La automatización, la inteligencia artificial y la robótica prometen un mayor crecimiento económico, pero también pueden incrementar la desigualdad en y entre las naciones.
muchas vidas laborales
Es probable que la madre de Luna, que es administrativa, vea en el futuro casi todas sus tareas realizadas por una máquina. Le pasará a ella y a muchas otras personas que tienen poca cualificación profesional. Ella podría terminar siendo expulsada del mercado laboral o en su caso, como es funcionaria, condenada al ostracismo hasta que se jubile. Y si por si acaso estáis pensando –ojalá tuviera yo un trabajo en el que me pagaran por no hacer nada– os recomiendo el libro de David Graeber Trabajos de Mierda, donde explica lo desalentador que es. Esto es algo que podría sucederle a millones de personas si no se actúa a tiempo. ¿A cuántas? Depende de a quién se consulte.
La cantidad de puestos de trabajo afectados puede estar entre el 12% y el 47%, según los expertos a los que se escuche. El siguiente gráfico resume las conclusiones de los estudios más fiables al respecto.
Podrías ser la madre de Luna o podrías ser una de muchas otras que verán completamente alteradas sus condiciones laborales, convirtiéndose en trabajadores en remoto que hacen tareas de gig workers o microtareas, sin un empleo fijo ni posibilidad de decidir con tranquilidad su futuro. ¿Habéis oído hablar del crowdworking? Es el más puro de todos los mercados. Lanzas una tarea a un montón de personas dadas de alta en una determinada plataforma –que no en la seguridad social–, ellas compiten por hacerlo lo más rápido y lo más barato posible (pensemos en que quieres etiquetar imágenes para una investigación que estás haciendo o que quieres transcribir una entrevista de un programa de radio. Lo mandas a esta plataforma y habrá una carrera para que uno de esos trabajadores, que tienen que estar siempre conectados y atentos, responda lo antes posible para llevarse el gig).

Proporción de trabajos con riesgo de automatización en España. Fuente: Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia del Gobierno de España (coord.) (2021): “España 2050. Fundamentos y propuestas para una Estrategia Nacional de Largo Plazo”, Madrid, Ministerio de la Presidencia, p. 303
la digitalización es un ‘must’
Lo que es evidente es que la digitalización es necesaria. Y las empresas lo tienen claro. A nivel mundial, entre 2020 y 2024, las inversiones directas en transformación digital van a alcanzar cifras que rondan los ocho mil millones de euros.2 Un ejemplo que todos conocemos es ZARA, que ha apostado por la digitalización y ha impulsado su tienda virtual como alternativa a la tradicional. Es decir, ha evolucionado su negocio de la tienda física al comercio en línea 24/7. Haber estado trabajando este ámbito desde hace años les ha permitido mantener gran parte de sus ventas durante la pandemia cuando sus tiendas estuvieron cerradas y no despedir así a la plantilla. ¿Cómo hacerlo bien? Para tener una buena tienda online no solo hace falta crear una web, sino digitalizar los procesos para, por ejemplo, conocer mejor a tus clientes. En el caso del departamento de diseño de ZARA, se sigue lo que compran los clientes para hacer nuevos diseños que se parezcan a los que más éxito tienen. Así, se puede diseñar, producir y entregar productos con mayor probabilidad de ser comprados, lo que reduce el almacenamiento y la obsolescencia de las prendas.
En general todos los sectores van a tener que acelerar su digitalización adoptando tecnología para subir datos a la nube, usar más herramientas para la colaboración, apoyar sus decisiones en datos o implantar la tan temida automatización de procesos. Va a pasar.
BBVA es otro ejemplo de empresa tradicional que comenzó a digitalizarse impulsando la interacción con los clientes a través de una aplicación móvil que ha llegado a convertirse en la número uno del sector bancario porque usa inteligencia artificial para ofrecer mejores soluciones a sus clientes. Tienes a una persona al otro lado de la aplicación que está a tu disposición durante el horario laboral y la mayoría de los trámites los haces directamente tú porque es muy intuitiva. Se han automatizado los procesos que antes te hacía una persona en la ventanilla del banco. Como contraposición no ves a la persona casi nunca, ni vas a la oficina y, por supuesto, necesitas habilidades digitales para navegar en este espacio de banco virtual.
Algunos lo llaman la cuarta revolución industrial o revolución digital. Da igual el nombre. Es necesario entender lo que implica. Es un proceso tan dinámico que hace que modifiquemos nuestros hábitos de consumo y a la vez modifica la economía, el mercado de trabajo y la sociedad en su conjunto. De hecho, se podría decir que desdibuja las líneas entre las personas y la tecnología; fusiona mundo físico, digital y biológico.
aceleración digital
Cada vez se usan más las tecnologías digitales. Hablamos de la nube, de algoritmos, automatización, robótica, o dataficación, pero sobre todo de la adopción de la inteligencia artificial.3
La inteligencia artificial4 es una de las tecnologías basadas en datos más populares y de mayor crecimiento que se utilizan en todo el mundo. Según la consultora Gartner, el número de empresas que aplican la inteligencia artificial creció el 270% en los últimos cuatro años. El mercado es muy apetecible porque promete grandes beneficios. Por hacernos una idea, en 2019 su tamaño era de veintisiete mil millones de dólares. Se prevé que alcance los doscientos setenta mil millones en 2027, lo que supone un aumento de casi diez veces en solo ocho años. Como hay una batalla por personalizarlo todo para ganar clientes, las empresas están incorporando masivamente estos sistemas y así ser más competitivas.
No es algo del futuro, la inteligencia artificial ya está presente en nuestras vidas. A veces hace cosas que hacían persona como, por ejemplo, cuando hablamos con chatbots de atención al cliente; otras veces, se ocupa de lo que antes no hacíamos porque no existía –recomendarte una peli–. En realidad, está por todos lados: los asistentes virtuales, la domótica, los mapas que te dicen el estado del tráfico o la sugerencia de una canción. Quiero decir con esto que también ha traído a nuestras vidas nuevos usos sin por ello sustituir a nadie. Incluso ha generado nuevos trabajos como por ejemplo el de la persona que genera las listas de Spotify que después el algoritmo te recomienda. Sabemos que va a seguir creciendo porque nueve de cada diez empresas tienen previsto invertir en esta tecnología. Parece ser que es muy rentable porque la mitad de los negocios que la han incorporado, han sido más productivos. Es tal el éxito que está teniendo que va a revolucionar los entornos laborales por completo. Recordemos que, dicho de manera muy simple, la inteligencia artificial es “la capacidad de un ordenador de hacer tareas que antes hacían seres inteligentes”. Y que hasta donde yo sé esos seres inteligentes somos nosotros, los humanos. Tengo que reconocer que me ha despistado un poco el concepto.
¿Habéis pasado por un Decathlon recientemente? Cuando vas a la caja solo tienes que dejar lo que vayas a comprar encima de un contendor y te dice cuánto es. Sin moverlo. Gracias a unos chips pequeños, como pegatinas, que van en la ropa, se conectan con el receptor y listo. Seguramente la cajera esté ahora recibiendo a los clientes o solucionando dudas. Este es un ejemplo de cómo la automatización de una tarea hace que una persona, en este caso, una cajera, vea desplazado su trabajo porque hay una máquina que hace esa función. No está en la calle, está haciendo otras funciones. Digo cajeras porque según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España, más del 80% son mujeres.
No son pocas las tecnologías que ya permiten sustituir el trabajo humano mejorando la eficiencia y la precisión de los procesos. Esto pasa en las tiendas, pero también pasa en muchos servicios de atención telefónica donde acabamos gritándole al teléfono porque la máquina no deja de repetir “Lo siento pero no le he entendido”. ¿Te suena? Antes, ahí había una persona. Una mujer probablemente. También pasa en los gimnasios low cost donde ahora te da las clases un profesor en una pantalla en lugar de un monitor de carne y hueso. Dicen que algún día llegarán los camiones autónomos y los camioneros dejarán de poner su vida en peligro conduciendo miles de kilómetros. Lo veremos.
Y estarás replicándome que las cajeras y las telefonistas están ahora sin trabajo. Pero estos son ejemplos donde la persona ha sido o podrá ser desplazada de su trabajo, pero no obligatoriamente despedida. Creo que es útil entender este matiz de cara a nuestras angustias tecnológicas. Es decir, nuestro trabajo cambia, pero no necesariamente va a peor. Lo que hay que hacer es garantizar que esa persona trabajadora tiene una alternativa cuando sus tareas cambien y que cuenta con las habilidades digitales necesarias para desenvolverse en este nuevo mundo híbrido en vez de verse expulsada del mercado laboral con difícil reciclaje.
Es verdad que la digitalización y sobre todo la automatización van a afectar a las tareas repetitivas y básicas. Pero no solo. Como toda revolución, implica cierto grado de incomodidad y reajuste ante el cambio. Así pasó en las revoluciones industriales anteriores. Sin embargo, a diferencia de estas, creo que ahora tenemos la oportunidad de mitigar el sufrimiento social que supusieron las otras grandes transformaciones tecnológicas. Y no podemos ignorar que no lo estamos haciendo bien.
La automatización seguirá avanzando y cada vez serán más las tareas que se vean afectadas. También serán más complejas porque las máquinas cada vez hacen más cosas. ¿Os imaginabais que un programa como Google Translate podría sustituir a traductores?, ¿o que habría una máquina que hiciera diagnósticos médicos acertando más veces que un médico y sin cansarse? Así seguirá pasando en casi todos los ámbitos de nuestra vida. Llegará un robot barato y las hará. Va a pasar.
Conocemos tres grandes transformaciones que trae la tecnología y que debemos tener en cuenta por su impacto: en primer lugar, la automatización de procesos, que hace que muchas de las tareas simples y repetitivas que hacemos los humanos ahora las pueda hacer una máquina. Como las cajeras de la tienda de deportes. En segundo lugar, el boom de las plataformas digitales que sustituyen la interacción física por la virtual y no siempre con personas al otro lado. Aquí están los que pedalean con mochilas llenas de comida por nuestras calles, el alquiler de casas en Airbnb o la compra en un marketplace como Amazon. En tercer lugar, la digitalización masiva de procesos, bienes y servicios que da lugar a nuevos modelos de negocio y de organización laboral. El programa informático que están probando en el periódico para hacer noticias y que a Luna le impide no temer por su futuro.
Sabemos que, a lo largo de la historia, las innovaciones tecnológicas han revolucionado los métodos de producción, aumentando la productividad y, en general, el bienestar. Solo hay que imaginarse cuando se descubre la máquina de vapor y la fuerza manual es sustituida por máquinas. Aquello supuso un verdadero cambio en la vida de muchas personas que, de hecho, dejaron el campo y se fueron a la ciudad. Se podía producir más y se podía producir mejor. Igual pasó con la electricidad o internet. Fueron cambios que, simplificando mucho, sumando lo bueno y restando lo malo, han dado un saldo positivo. No obstante, deberíamos aspirar a reducir el coste social que suele conllevar la introducción de bruscos cambios en el sistema sin una planificación. La historia nos invita a pensar que es probable que ocurra lo mismo con la nueva oleada de tecnología en la que vivimos. Esta vez tiene forma de robotización, uso masivo de datos, machine learning e inteligencia artificial, pero es la misma idea. Por eso debería interesarnos cómo impacta la digitalización en el mundo laboral, porque como en tantas otras ocasiones, nos va a afectar. No por igual, pero sí en general. Y añado que, por primera vez, podemos estar preparados.
ansiedad tecnológica y tecnofobia
En el diseño de nuestro Estado del bienestar y nuestro contrato social no había tecnología, y los lugares de trabajo eran prácticamente tres: fábrica, campo o empresa. El sistema se basaba en la localización física y el modelo era básicamente trabajar para el sector público o para la empresa con sus diferentes modalidades contractuales: indefinido, temporal o a tiempo parcial, todas ellas con limitaciones claras que buscaban garantizar que las personas trabajadoras tenían acceso a trabajos de por vida.
La vida de los padres de Luna fue así. Su padre entró a trabajar en una promotora inmobiliaria y lleva en ella más de veinte años. Su familia es de un pueblo de Extremadura y le tocó empezar a trabajar pronto en la obra, que era lo que había. A los años decidió irse a Madrid a probar suerte y consiguió trabajo en la cafetería de un ministerio en el que estuvo casi quince años y donde conoció a la madre de Luna. Después, ya pensando en la familia, decidió cambiar y le contrataron en una empresa del sector de la construcción. Un grupo muy conocido en España. Siempre cuenta que las ha visto de todos los colores. La época dorada del euro, del boom y también la de la crisis, cuando se despidió a mucha gente.
También la más reciente de la digitalización. Le cuesta mucho. A él se le dan bien las personas. Cuando trabajaba en la cafetería estaba todo el día dándole conversación a la clientela. Por eso acabó siendo después uno de los mejores en la promotora. Es de la vieja escuela, de las comidas donde se cierran los tratos y de conocer a la gente, de patearse los sitios y de saber detalles de la vida de las personas con las que trata. Ahora su día a día ha cambiado. Tiene que hacer muchas cosas en la web porque la mayoría de los clientes entran a través de un portal donde están anunciados sus pisos. Va todo muy rápido. Le llega una petición de información y tiene que agendar la visita lo antes posible en una aplicación interna para optimizar los procesos de alquiler y venta. No estamos para perder oportunidades. No lo lleva bien, se siente torpe y además no entiende por qué tiene que ir todo tan rápido: contestar, concertar las visitas, actualizar fotos, mirar los precios de la competencia, ver si salen bien en términos de posicionamiento online, si está vendiendo menos que sus compañeros o no, decidir si necesita meter más publicidad para que sus casas tengan más visibilidad… Siente que está en una competición y que cada vez se tiene que poner más grande el tamaño de la letra del móvil porque se está quedando ciego de tanto mirarlo. Le llegan correos, whatsapps y notificaciones de la web que es incapaz de gestionar al mismo tiempo. Antes eran un equipo, cada uno hacía lo suyo y la parte administrativa la llevaba una compañera. Prácticamente se han convertido sin querer en inmobiliarias individuales. Hace tiempo que con la aplicación y el resto de herramientas de marketing online se prescindió de la ayuda administrativa, se redujo a la mitad el personal y los que quedaron asumieron individualmente muchas más funciones además de un portafolio completo de principio a fin. Ha notado mucho el cambio en los últimos cinco años, aunque se consuela pensando que ya le queda poco para jubilarse. Gracias a una carrera estable en la que ha llegado a ser responsable territorial de la promotora, ha podido tener una familia de tres hijos, una casa comprada en Madrid, dos coches y un apartamento cerca de Torrevieja, donde hicieron una promoción y le salió prácticamente a precio de coste. Después de cuarenta años cotizados sabe que va a tener la pensión íntegra.
Este era el plan inicial del que hablábamos antes. El Estado redistribuía para reducir la desigualdad a cambio de impuestos provenientes de una parte de los salarios. Sector público y privado darían formación educativa y profesional, se crearían empleos dignos con salarios que permitirían progresar. Los que tuvieran mala fortuna o se hicieran mayores serían protegidos mediante los subsidios, las pensiones y la sanidad. No habría pobreza. Los números salían si las personas trabajaban de media una serie de años, con un salario mínimo que previsiblemente se incrementaría con el tiempo. Todo más o menos estaba pensado. Hasta que llega la digitalización y hace que se tambaleen los cimientos de aquel diseño del siglo pasado. Nos lo cambia prácticamente todo. Y se ven afectadas: productividad, competencia, fiscalidad, educación y, por supuesto, trabajo.
A muchas personas les preocupa. En febrero de 2021, la consultora PwC encargó una encuesta en la que participaron más de treinta mil personas representativas de todos los estados laborales posibles y de dieciocho países.5 ¿Conclusión? Casi el 40% cree que su trabajo quedará obsoleto en cinco años y a seis de cada diez les preocupa que las máquinas les sustituyan. Es lo que muchos llaman “ansiedad tecnológica”. El miedo a un futuro digital donde no hay espacio para las personas. Después de un tiempo crítico con gran impacto en el mundo del trabajo, y en el que ciento catorce millones de personas han perdido su empleo, es normal que las preocupaciones se hagan más presentes.
Cuando Luna se pregunta “¿me va a sustituir un algoritmo?”, está sintiendo sin saberlo esa tecnofobia. No sabe cómo debería actuar ante una realidad amenazante con la que convive desde que empezó a trabajar. Quiere probar cómo pueden ayudar los algoritmos a hacer mejor su trabajo, a dedicarle más tiempo al trabajo de fondo y a los contenidos de calidad, pero no sabe si eso tendrá consecuencias negativas para algunos compañeros. Cada vez las redacciones son más pequeñas.
La realidad de Luna la viven miles de personas. Más que una respuesta individual, requiere de un plan común. Dar respuesta a los temores que tanta incertidumbre están generando debe ser el punto de partida para aquellos a los que hemos encargado gestionar nuestro presente y prepararnos para el futuro.
menos mal que estamos en europa
Como en anteriores revoluciones, los beneficios que se supone que traerá la digitalización, no son automáticos. Tenemos que hacer todo un proceso de conversión primero. Hay que adaptar nuestros mercados laborales, la educación o la formación, además de los sistemas de protección social para garantizar que la transición sea mutuamente beneficiosa. Los Gobiernos nacionales tienen un papel crucial que desempeñar, garantizando que las condiciones con las que parten los trabajadores permitan aprovechar las oportunidades. Necesitamos ordenadores, buena conexión, saber usar la tecnología e inglés para entenderla. Tenemos que prepararnos a fondo y rápido. Por desgracia, en España ha faltado una conciencia común sobre el impacto que la digitalización va a tener y eso nos hace salir desde más atrás que el resto.
No todos los territorios viven igual la digitalización, no todos tienen la capacidad de decidir el tipo de transición digital que quieren. De hecho, hay algunos que deciden mantener unas condiciones laborales tan precarias que les sigue compensando contratar en lugar de usar la tecnología. Es lo que pasa principalmente en la industria textil del Sudeste Asiático, donde por ahora sale más a cuenta pagar noventa euros al mes que automatizar partes de la cadena de producción de ropa. Lo creamos o no, hay lugares del mundo donde las personas son más baratas que las máquinas. Tengamos en cuenta que digitalizar una industria no es solo incorporar máquinas, también es promover la economía digital y la inclusión financiera, por ejemplo, mediante la incorporación de pago de salarios electrónicos a monederos personales.6 Y hablando de inclusión financiera, seguramente aquí no podamos entender lo importante que es para el empoderamiento de la mujer en los países en los que no tienen derechos y están sometidas al control patriarcal del dinero. Por suerte, nosotros en Europa sí tenemos los medios para aprovechar las oportunidades y la determinación de garantizar la inclusión y los derechos fundamentales.
Por situarnos en el punto en el que estamos, en 2019 se nombró una nueva Comisión Europea, que, simplificando, es el equivalente a nuestro Gobierno en Europa. Su presidenta, Ursula von der Leyen, ha puesto la transición digital como una de sus prioridades estratégicas, junto con la ecológica; ambas son los pilares de la estrategia europea de crecimiento que determinará nuestros años venideros. Tras la pandemia, nos hemos dado cuenta de que la digitalización es un aspecto además estratégico a nivel geopolítico. No solo tenemos que adaptarnos y avanzar, sino que también tenemos que reforzar la soberanía digital para garantizar que tenemos autonomía para depender cada vez menos de otros países en estos temas tan importantes. Un ejemplo de lo que sería la soberanía digital ha sido la polémica europea por usar tecnología 5G creada por europeos. A Luna le tocó escribir en el periódico sobre este tema precisamente cuando Estados Unidos dijo que Huawei podría ser utilizado por China para espiar, a través de su tecnología 5G, y después Reino Unido decidió prohibirla directamente.
La tecnología tiene muchas formas de ser desarrollada y nosotros queremos una que promueva nuestros valores, respetando las libertades, incluyendo la protección de datos, la privacidad o la seguridad. Es verdad que esta carrera nos pilla algo atrasados y todo el mundo lo sabe: los fuertes son Estados Unidos y China. Por diferentes razones el Viejo Continente ya venía rezagado en lo digital y ponerse al día no es fácil. Cuando uno se plantea un reto de esta magnitud hay que entender que no solo se trata de cómo usar tecnología y sus reglas, sino que ha de analizarse desde una perspectiva holística: datos, ciberseguridad, derechos digitales, competencias digitales, competitividad empresarial, estrategia industrial digital y, sobre todo, estar muy atentos a que no se agranden más las brechas de nuestro sistema.
Dicho esto, la cosa ha avanzado bastante y la Comisión Europea ha creado la Brújula Digital con ambiciones digitales concretas para 2030. ¿En qué nos vamos a centrar a nivel europeo? Principalmente en una regulación sobre plataformas y en las condiciones laborales de las personas que trabajen en ellas; en desarrollar la economía de los datos con una estrategia europea de datos y una ley de gobernanza de datos; en aumentar la inversión en inteligencia artificial; en el desarrollo de computación en nube, tecnologías cuánticas e informática de alto rendimiento; además de una conexión rápida y una ciberseguridad a la altura.
La digitalización de la economía es un tema multifacético con grandes implicaciones para todos. Trae beneficios sí, pero hay que saber hacerlo. Con las estrategias adecuadas, puede conducir a más y mejor empleo, pero para ello es necesario que la ciudadanía tenga las habilidades digitales que demanda el mercado. No hay que tenerle miedo. La transición conlleva una adaptación forzosa y tenemos que asumir que algunas tareas desaparecerán o cambiarán. Hemos visto cómo le sucedía a la compañera del padre de Luna que hacía toda la parte administrativa.
Para no acabar teniendo un país de personas desempleadas y sin competencias para encontrar un nuevo empleo, tenemos que anticiparnos al cambio y darles la oportunidad para que se puedan ir formando. Solo así podremos tener éxito en la era digital. Se deben tener en cuenta muchos aspectos en este cambio de mentalidad. Tenemos que pensar en nuevas formas de organización, en que las condiciones laborales han cambiado o en la importancia de la conciliación. La tecnología debe ser accesible en toda la economía y todos los territorios. Nuestro país además necesita enfoques específicos para que las pymes, que suponen más del 90% del tejido productivo, puedan aprovechar esta oleada digital. ¿Creéis que alguien ha enseñado al padre de Luna algo sobre apps, marketing digital, SEO, gestión de agenda o multitasking? ¿Alguien se ha preocupado de formar a la administrativa-recepcionista-teleoperadora-secretaria que llevaba diez años en la inmobiliaria, para que encontrara trabajo en un mundo donde su labor está prácticamente automatizada? ¿Cómo se espera que hagan frente a estos cambios?
1 NEWMAN, Nic (2021): “Periodismo, medios y tecnología: tendencias y predicciones para 2021”, Reuters Institute for the Study of Journalism. Disponible en https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/periodismo-medios-y-tecnologia-tendencias-y-predicciones-para-2021 [consultado el 30/09/21].
2 MLITZ, Kimberly (2021): Global digital transformation spending, 2017-2024, Statista (web). Disponible en https://www.statista.com/statistics/870924/worldwide-digital-transformation-market-size/ [consultado el 30/09/21].
3 Kenneth Cukier y Viktor Mayer-Schöenberger introdujeron el término dataficación, que es la transformación de la acción social en datos cuantificados en línea, lo que permite el seguimiento en tiempo real y el análisis predictivo. En pocas palabras, se trata de tomar un proceso/actividad que antes era invisible y convertirlo en datos, que pueden ser supervisados, rastreados, analizados y optimizados.
4 LIN, Jin (2020): 10 Artificial Intelligence Statistics You Need To Know in 2021, Oberlo (blog). Disponible en https://www.oberlo.com/blog/artificial-intelligence-statistics [consultado el 30/09/21].
5 Alemania, Australia, Canadá, China, Francia, la India, Japón, Kuwait, Malasia, Países Bajos, Polonia, Qatar, Arabia Saudí, Singapur, Sudáfrica, España, Emiratos Árabes Unidos y Reino Unido.
6 Según el Banco Mundial, la inclusión financiera significa, para personas físicas y empresas, tener acceso a productos financieros útiles y asequibles que satisfagan sus necesidades –transacciones, pagos, ahorros, crédito y seguro– prestados de manera responsable y sostenible.
ii
El mercado laboral global está cambiando
La pandemia no ha hecho más que acelerar una serie de perturbaciones que estaba experimentando el mundo del trabajo y en las que la tecnología tiene mucho que ver. Con el despliegue masivo de internet, la mejora de la velocidad de conexión, el avance tecnológico en cuanto a procesamiento de datos y de dispositivos, podemos decir que a partir de 2010 hubo un verdadero salto cualitativo en este terreno. Empezamos a vivir mucho más en el mundo online, incluso a diseñar negocios pensados por y para esa dimensión. Es el tiempo de las pantallas led, de las impresoras 3D, del grafeno, de la geolocalización de Google Maps o del bluetooth. Hay toda una generación que crece sintiendo que estamos ante un territorio inexplorado en el que se puede emprender sin temor. La digitalización no es solo la automatización de tareas, sino que también trae consigo nuevos modelos de negocio y nuevas realidades laborales. Irrumpen las plataformas, que convierten en obsoletos muchos de los modelos de negocio existentes. Pensemos en Uber o en Cabify, que apenas tienen una década de edad y que han traído una propuesta completamente novedosa (contratar viajes inmediatamente a través de una aplicación móvil teniendo toda la información del viaje en sí, incluido su precio) y una nueva realidad para las personas que trabajan en ese sector. ¿Algún conductor se imaginaba hace diez años que estaría recibiendo indicaciones de un algoritmo? Pensemos en Coursera, la plataforma educativa. Los microcursos y la educación online han hecho que se repiense el modelo de formación actual, especialmente la de los cursos de especialización. Os diré que la economía de las plataformas está siendo una de las mayores disrupciones en el mundo del trabajo que podamos recordar.
Sabemos que ya en el siglo pasado las cosas empezaron a cambiar. Con la globalización se deslocalizó gran parte de la producción industrial que tenían en su territorio los países como el nuestro. Estados Unidos se quedó sin parte de sus fábricas al igual que muchos otros, que se las llevaron al otro lado del planeta, donde los salarios eran más baratos y las regulaciones menos exigentes. Salía más rentable traerte los productos hechos desde allí que hacerlos aquí. Con la llegada de la era del diseño, y con Apple liderándola, se conservaron las fases de diseño de alto valor añadido y el resto de las tareas de producción y ensamblaje se enviaron entre otros sitios a China por ejemplo. Se vivió un doble golpe al trabajador medio: por un lado, una oleada de desindustrialización y, por el otro, la incorporación de los robots a las fábricas que se quedaron. Por tanto, aunque hubiera una fábrica en tu territorio, no necesariamente contrataría a más personas. Al contrario, cada vez necesitaría menos, porque un operario asistido por máquinas sería mucho más productivo y haría el trabajo de varias personas. Comenzó a darse lo que se conoce como la polarización laboral.
La distribución de los puestos de trabajo es una de las características más importantes de un mercado laboral. Cuando el empleo en una economía se caracteriza por trabajos bien pagados y estables, se tienen más facilidades para construir un proyecto vital y, en general, las personas son más felices. A principios de siglo, varios autores con los que he coincidido en grupos de trabajo asesorando a la Comisión Europea (Goos, Manning, Autor, Levy, Murnane y unos cuantos más) empezaron a investigar lo que había estado pasando con los empleos durante los últimos veinte/treinta años. Los países que estudiaron principalmente fueron Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Suecia o Canadá. Todos fueron demostrando que la proporción de empleos con los sueldos más altos había aumentado. También la proporción de empleos con los sueldos más bajos. Se estaba polarizando el mercado laboral. Había más personas en trabajos poco cualificados y mal remunerados, al mismo tiempo que también había más trabajos de alta cualificación. Lo que iba menguando era ese centro donde debía estar la clase media y con ella, el ascensor social. El lugar que debían ocupar Luna y, en general, todos los jóvenes nacidos a partir de los ochenta, en su carrera. Como prácticamente se terminó el empleo industrial y no se generaron nuevos espacios laborales equivalentes, se produjo un vaciamiento del espacio para trabajar. Las oportunidades laborales se concentraron en las grandes ciudades. Por un lado, estaban los trabajos de mayor cualificación, alta gestión, innovación, tecnología o en el sector financiero y, por otro, se empezaron a crear más empleos precarios en el sector servicios. Al mismo tiempo surge la economía de las plataformas que genera un mercado laboral secundario, fuera del radar regulatorio y, por tanto, sin normas.
El vaciamiento de ese centro es muy preocupante y afecta a elementos que son claves de nuestro contrato social. Por un lado, aquellos con un nivel de estudios medio ahora tienen peores empleos porque hay un efecto empuje hacia abajo y se han perdido en muchos casos elementos de protección como son los contratos indefinidos, la representación sindical y los subsidios. Como los nuevos empleos que se generan para las personas con poca cualificación son de falso autónomo, contratos de pocas horas y sin protección; aquellos que quieren contratar con calidad ven difícil mantener el coste que le supone pagar los impuestos para que esos trabajadores estén cubiertos por contratos indefinidos. Es un círculo vicioso: como la competencia contrata peor, pueden ofrecer precios más bajos y para bajarlos tienes que contratar peor.
Como hemos venido explicando, debido a las cuatro D (demografía, desglobalización, descarbonización y digitalización) el mercado laboral está cambiando y lo vivimos cada día. El tío de Luna trabajaba en una fábrica de coches en Valencia. Durante muchos años se dedicó a la pintura en la cadena de producción. Después llegaron los brazos mecánicos y en los trabajos manuales típicos de la industria se empezó a tener menos lugar para los humanos. Le cambiaron de puesto para controlar el acabado de la pintura, pero la verdad es que había poco que controlar porque las máquinas no fallaban. A eso se añadía que no era el único que estaba en esta situación porque más compañeros habían sido desplazados por esas patas de araña metálicas y supervisarlas no requería más de una persona. Aquella situación tenía complicada salida porque no podía ser recolocado en la sección de vehículo eléctrico por falta de conocimientos. El resto de la producción estaba en otros países más baratos y finalmente la empresa optó por hacer un ajuste de plantilla a nivel europeo para amortizar aquellos puestos. Le dieron un dinero para que se volviera a su casa y las gracias por treinta años de trabajo en los que no recordaba haber faltado un día.
La historia del tío de Luna es la de muchos hombres que trabajaban en las fábricas cuando la globalización y la tecnología irrumpieron en nuestras vidas. Como muchos otros, entró en una depresión al verse inútil y sin tener que ir a ningún lado por las mañanas. No podía evitar levantarse a las seis como llevaba haciendo toda su vida y le costaba dormir por las noches porque el sueño no le llegaba y su cabeza no callaba. Tuvo que empezar a tomar pastillas y su mujer, viendo que aquello lo llevaba por un camino oscuro, decidió que debían dejar atrás los recuerdos de tantos años. Siendo realistas, ambos sabían que no iba a encontrar trabajo en su sector y que allí no se iba a abrir ninguna oportunidad en el corto plazo para un perfil como el suyo. Ellos eran una familia de las de antes y ella no trabajaba fuera de casa porque con el trabajo de él vivían todos. Esa circunstancia le permitió empezar a empaquetar con determinación una noche de desvelo. A los dos días estaban en Extremadura.
Hicieron lo que se hacía antes: pedir favores para ver si alguien conocía a alguien que diera trabajo. Tuvieron suerte. Un familiar hizo que le contrataran en la finca de un marqués para manejar unas máquinas en el campo, aprovechando que había trabajado en la automoción. Le pusieron como condición hacerse unos cursos para darle el trabajo y eso le tuvo muy estresado porque no recordaba que nunca hubiera tenido que estudiar como tal. Estuvo un tiempo en aquella especie de tractor gigante, pero con la pandemia la cosa empeoró en la finca, que ya venía de pasar penurias por asuntos del agua. El dueño pidió un ERTE aprovechando el escudo social que había lanzado el Gobierno, pero todos saben que no saldrán de él. Al tío de Luna le volvieron los males de madrugar y no tener a donde ir. De no estar cansado por la noche y, sobre todo, de sentirse perdido en un mundo en el que siente que no encaja.
Vive con mucha angustia porque ha pasado de tener un trabajo para toda la vida a no saber ni cómo se prepara un CV para buscar. Siente que quedan pocos trabajos que pueda hacer porque se le da fatal lo de los cacharros, como él los llama. No es capaz de hacer ni una gestión con el banco y siempre se ha puesto muy nervioso cuando iba al ayuntamiento y le decían que el trámite ahora era por la web. No tenía competencias digitales. Nunca hasta la pandemia había hecho una videollamada y en su casa no tenían ordenador ni él ni su mujer. Los chavales habían compartido uno hasta que la cosa se había puesto imposible, que fue cuando el pequeño empezó teleco. El nuevo lo pagaron a plazos con la tarjeta de El Corte Inglés durante un año. Ya le pareció por aquel entonces que había demasiado cacharro en casa.
Además de la deslocalización, la precarización y la polarización del mercado laboral que venía sucediendo, tenemos nuevos elementos de desestabilización. Por un lado, vemos que la crisis económica destruye empleo. Por otro, la digitalización de determinados procesos y servicios aumenta la productividad y reduce la necesidad de mano de obra. Según el FEM, el 43% de las empresas van a reducir su plantilla debido a la integración de la tecnología. Se espera que el ritmo de adopción de la tecnología no decaiga. Se destruye empleo y se crea menos empleo. Las empresas se han puesto las pilas con la digitalización porque saben que no es una opción y precisamente por eso, prescindirán de aquellos que aporten menos valor al proceso y contratarán a especialistas tecnológicos para poder aprovechar todo ese potencial. Las previsiones apuntan a que las empresas van a reducir su número de empleados porque se va a subcontratar más y se van a incorporar más perfiles tecnológicos. A nivel agregado se creará más empleo, pero hay que comprender las transformaciones que se van a producir en él para estar en el lado de los ganadores de oportunidades. Lo que es importante entender es que aunque el número de puestos de trabajo destruidos previsiblemente será superado por el número de “puestos de trabajo del mañana” creados, a diferencia de años anteriores la creación de empleo se está ralentizando mientras la destrucción de puestos de trabajo se acelera. Las estimaciones hablan de ochenta y cinco millones de puestos de trabajo desplazados por un cambio en la división del trabajo entre humanos y máquinas, mientras que pueden surgir noventa y siete millones; esto va a pasar en los próximos cuatro años.
Pero no todo es tecnología. También la situación geopolítica o el cambio climático harán que una parte importante de las empresas cambien sus ubicaciones, sus cadenas de valor y el tamaño de su plantilla alterando el mapa del empleo en cada país. En ausencia de esfuerzos proactivos, es probable que la desigualdad se incremente por el doble impacto de la tecnología y la recesión pandémica. Sabemos que en la primera fase de contracción económica que provocaron los confinamientos, se vieron más afectados los puestos de trabajo con salarios más bajos, las mujeres y los más jóvenes. Si se compara el impacto de la crisis de 2008 y el de la COVID-19, este último es mucho más significativo y tiene más probabilidades de profundizar las desigualdades entre las personas con niveles educativos más bajos.
Para hacernos una idea podemos mirar el siguiente gráfico donde aparecen los datos de seguimiento de las tendencias de empleo en Estados Unidos entre 2007 y 2018. Como vemos, casi 2,6 millones de puestos de trabajo fueron desplazados en una década. ¿Qué roles están siendo automatizados? Teleoperadores, administrativos, archiveros, carteros y otros empleos que dependen de tecnologías o procesos de trabajo que se están volviendo rápidamente obsoletos. ¿Cuántos de ellos son mujeres? Hablaremos más adelante del futuro del trabajo para las mujeres.
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