Kitabı oxu: «Escuchar a los niños»

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LIBRERÍAS:
THEMA: MKMT: Psicoterapia
BISAC: PSY007000. Psicología / Psicología clínica
TEMAS: Psicoterapia infantil/Psicoterapia sistémica /Psicoterapia trauma infantil/
Título original: Ascoltare i Bambini. Psicoterapia delle infanzie negate
Copyright © 2017 Luigi Cancrini
Originalmente publicado en italiano en Milán por Raffaello Cortina Editore
Imagen de cubierta: iStock.com/SBDIGIT
Copyright de la presente edición en español:
© 2021 EDITORIAL ELEFTHERIA, S.L.
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EDITORIAL ELEFTHERIA, S.L.
Sitges, Barcelona, España
www.editorialeleftheria.com
Primera edición: Abril de 2021
Diseño de cubierta: Juan Mauricio Restrepo
Maquetación: M.I. Maquetación, S. L.
ISBN (papel): 978-84-122674-1-9
ISBN (ebook): 978-84-122674-2-6
DL: B 5675-2021
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Índice
Escuchar a los niños
Prólogo (Jorge Barudy)
Prefacio (Clara Mucci)
Introducción (Luigi Cancrini)
CAPÍTULO I
Los niños a los que nos referimos
De Lorna Smith Benjamin a la infancia infeliz
Las etapas de desarrollo en las que se experimenta la situación traumática
La madre
Los dos requisitos fundamentales de un tratamiento eficaz
Ilusión número uno: Protegerlo es suficiente
Ilusión número dos: La psicoterapia por sí sola es suficiente
Las situaciones en las que se han llevado a cabo estas terapias
CAPÍTULO II
El caso Hillary
El comienzo de la mejora
La nostalgia de la madre
La mejora se consolida
El embarazo de la terapeuta
El encuentro con la pareja adoptiva y el «tierno» ecuerdo de la pulsera
La «madre mar» y la «madre playa»
Preparación de la reunión de adopción (el acoplamiento)
El grupo SASB de Lorna Smith Benjamin y el trabajo terapéutico realizado con Hillary
Observaciones finales
CAPÍTULO III
El caso de Diego
La historia según los servicios sociales
La historia del educador y la entrada en la comunidad
Primer mes en la comunidad
El diagnóstico SASB
Después de seis meses en la comunidad
La psicoterapia en la época de la AT: La familia existe y debe ser respetada
La conclusión de la AT: La decepción los profesionales y la importancia de la supervisión
Una sesión en la que nos despedimos
¿Es un trabajo terapéutico muy diferente al que haces con un adulto?
La separación de una madre que te ama
Diego, Luisa y Anika: Hacia una etapa TLP
Observaciones finales sobre la adopción de niños pre-TLP
Intervención terapéutica familiar en situaciones de angustia pre-TLP
CAPÍTULO IV
El caso de Michele
El ingreso
Michael en la comunidad
La madre se va
Después de un año
El conflicto de lealtad
Comportamiento femenino y juegos de violencia (1 año después de entrar en la comunidad)
La terapeuta está esperando un bebé y Michele comienza la «revelación» del abuso (18 y 19 meses después de entrar en la comunidad)
El permiso por maternidad
La reanudación de las sesiones (26 meses después de entrar en la comunidad)
El trauma sexual
Un camino de integración (29 meses después de entrar en la comunidad)
5 meses después: el recuerdo de su madre (34 meses después de entrar en la comunidad)
El encuentro con la familia adoptiva y la «difícil» separación de la comunidad (3 años después de entrar en la comunidad)
Integración familiar y tiempo para el perdón
Observaciones finales
CAPÍTULO V
El caso de Ruggero y Ludwig
El caso de Ruggero
El diagnóstico sasb
El proceso de la terapia
El diseño familiar y el juego de superhéroes
La evaluación del juego
El camino de la adopción
Observaciones finales
El caso de Ludwig
Una infancia infeliz del tipo paranoide
Entre los 10 y los 20 años: la música como el centro de un mundo de fantasía
La «novela familiar» de Ludwig
Carl, Johanna y el desarrollo delirante
Consideraciones psicopatológicas
Una breve nota sobre la «creatividad»
CAPÍTULO VI
El caso de Pamela
El cuadro clínico inicial: la hipótesis diagnóstica
El diagnóstico SASB
La separación de la niña de su madre
El encuentro con el padre
El futuro de Pamela
Indicios de psicopatología
Lo que pasó después
Observaciones finales
CAPÍTILO VII
Las cosas más importantes que hemos aprendido
Experiencias traumáticas y trabajo terapéutico
Una situación psicopatológica bien definida
La cuestión particular del coeficiente intelectual (CI) y las dificultades cognitivas
La organización de la intervención: Acoger a los niños maltratados de la mejor manera posible
Infancia infeliz y adopción
Breves comentarios finales
Notas
A Francesca, esposa y extraordinaria compañera de viaje,
de Palermo en adelante, en esta aventura ahora muy larga
con los niños menos afortunados.
PRÓLOGO
El prólogo de este libro es el resultado de un encuentro, mejor dicho, de un reencuentro. Digo reencuentro porque la vida me dio la oportunidad de encontrarme por primera vez con Luigi Cancrini, hace justamente 23 años, en un contexto similar a aquél en el que se produjo nuestro reencuentro hace poco más de un año. El encuentro y la oportunidad de conocerlo personalmente se lo debo a la invitación a compartir una comida con él que me hizo una mujer, Pia Bosch, una psicóloga catalana que en ese momento era concejala del Ayuntamiento de Gerona, una importante y bella ciudad de Cataluña. Pia Bosch tenía la responsabilidad en ese entonces, entre otras tareas, de las políticas servicios sociales del Ayuntamiento de la ciudad, en particular de la atención a la infancia y a sus familias. Había tenido la excelente idea de fichar a Luigi para acompañar y supervisar a los profesionales de un programa, de prevención y tratamiento de los malos tratos infantiles, en una de las zonas más pobres y marginadas de la ciudad.
En este primer encuentro en Gerona y durante la comida, recuerdo haber descubierto nuestra experiencia común de haber compartido la amistad con otro de los grandes hombres de la psiquiatría italiana, Franco Basaglia.1 Me di cuenta de que la invitación tenía una finalidad: solicitarme que continuara el trabajo que Luigi Cancrini había comenzado como supervisor del ese equipo, era mejor saber retirarse de esas tareas antes de fusionarse o ser fusionados con los equipos a los que acompañamos. A cualquiera fuera el responsable de esa encerrona, alrededor de un menú de la nueva cocina catalana y de un vino excelente, no terminaré de agradecerle esa gran oportunidad de confirmar la calidad humana y la sabiduría del profesor Cancrini. A esto hay que sumar que para mí y para mi esposa y compañera de trabajo, la psicóloga Maryorie Dantagnan, se abrió una puerta para concretar un proyecto que podía hacerse realidad: el de cambiar nuestro lugar de vida, Bélgica. Es una ciudad que me había dado mucho, pues me acogió como refugiado político en el momento en el que la solidaridad europea existía. Pero a pesar de mis empeños, después de 25 años nunca pude adaptarme a sus nubes permanentes que cubrían un cielo que siempre estaba como a punto de caerse.
Lo más importante fue que el encuentro que Pia Bosch había organizado me dio la oportunidad de abrazar por primera vez a este gran hombre, a quien, sin que él lo supiera, yo ya conocía y admiraba por la lectura de dos de sus escritos que ya estaban traducidos en español: La psicoterapia, gramática y sintaxis editado por Paidós en 1987 y La caja de Pandora, manual de psiquiatría y psicopatología editada por esta misma editorial el año 1996. Mi interés por leer La psicoterapia, gramática y sintaxis tuvo que ver con la curiosidad que despertó en mí su título, en un momento en el que intentaba completar la formación que había adquirido en el máster de Psicoterapia Humanista, cuyo exponente principal es Carl Rogers, psicólogo estadounidense, ampliamente conocido por su modelo de psicoterapia centrado en la persona. Yo me había formado como psicoterapeuta de esta orientación, en paralelo a mi formación como neuropsiquiatra, en la cual me había dado cuenta de los límites de esta especialidad para ofrecer un tratamiento menos asistencial y más personalizado a las personas que sufren trastornos mentales. Esta frustración también se explica porque ya en ese momento habíamos creado un colectivo de atención terapéutica para víctimas de la tortura latinoamericanas que encontraban refugio en Bélgica.
Ambas formaciones las pude realizar en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, a partir del año 1975, gracias a una beca que en esa época el Estado belga otorgaba a los exiliados chilenos de la dictadura de Pinochet. Tanto mi familia como yo mismo pudimos conocer lo que era una Europa solidaria muy lejana a la actual, enrarecida vergonzosamente por los diferentes Gobiernos –alguno autoproclamado como progresista– por el rechazo, la discriminación y la violación permanente del derecho de asilo de cientos de miles de familias refugiadas, donde los niños y niñas son los afectados menos visibles, pero los más dañados. La lectura atenta del libro La psicoterapia, gramática y sintaxis me permitió fortalecer la idea de la importancia de la calidad de las relaciones psicoterapéuticas y de la calidad humana del terapeuta en los modelos teóricos que la sustentaban y que eran múltiples, a veces con postulados teóricos en conflicto. Además, el contenido de este libro supuso mi primer contacto y mi adhesión entusiasta con el enfoque familiar sistémico, que muestra mi diploma obtenido en el Centre de Formation et de Recherche en Systèmique (CEFORES) del Centre Chapelle-aux-Champs, de la Universidad Católica de Lauvain donde luego ejercí como docente-formador durante quince años.
Lo fundamental de la lectura de esta obra fue la posibilidad de conocer al autor, que fue emergiendo a medida que avanzaba en la lectura. Al terminar de leer su obra, me lo representé como un erudito que conocía en profundidad los diferentes temas que abordaba. Un gran profesional de la salud mental, comprometido socialmente y con una vocación genuina para contribuir a la búsqueda de una metodología terapéutica integral que respondiera a los intereses reales de las personas que sufren, en particular las afectadas por la violencia institucional de los manicomios y las instituciones psiquiátricas y la injusticia de las desigualdades sociales.
Esto fortaleció la identidad profesional que yo me estaba construyendo, la de llegar a ser un profesional de la salud mental formado para alcanzar mi finalidad existencial, que era usar el conocimiento para aliviar el sufrimiento de quienes –como yo– habían sobrevivido a la violencia represiva y conocían el dolor del desarraigo de los exiliados, ofreciéndoles apoyo tanto a ellos como a sus familias.
Como consecuencia de lectura de esta obra, transforme al autor en un amigo –no en un amigo imaginario– sin su consentimiento y sin informarle, dándole además el título que usábamos en nuestra semántica política: compañero.
Nuestros encuentros me permitieron oficializar esta amistad constatando que cada uno tiene sus modelos teóricos preferidos, resultado de recorridos diferentes. Pero también que compartimos el mismo proyecto social y político: contribuir a cambiar este modelo de sociedad, dominado por la ideología de mercado, y a nivel microscópico, contribuir a desarrollar, apoyar y comunicar las prácticas de equipos de salud mental que centran sus intervenciones en mejorar el bienestar de las personas, cualesquiera que sean sus trastornos, sus orígenes, su género o su estatuto social.
Más tarde, y poco después de nuestro primer encuentro, pude leer con mucho interés un tercer libro: Océano borderline: Viaje por una patología inexplorada, editado también por Paidós el año 2007. Reconociendo que algunos de sus referentes teóricos de la corriente psicoanalítica no son los míos, la lectura de este libro me permitió sentirle aún más compañero, porque aunque en su obra no lo explicita, yo percibí que en él había una clara postura política de denuncia de los poderes ideológicos y académicos, del mercadeo de las farmacéuticas que están detrás de las publicaciones y de la imposición de los manuales DSM. Para mí, son parte de la violencia ideológica aún imperante en el modelo de la psiquiatría dominante, la que reduce a las personas que sufren síndromes o enfermedades mentales.
Los manuales DSM son el instrumento que legitima esta reducción del sufrimiento humano a etiquetas diagnósticas, sin tomar en cuenta lo que la revolución neurocientífica y la epigenética nos han aportado estas últimas décadas –gracias a las nuevas tecnologías–, que no dejan ninguna duda de que la salud mental es el resultado de la interacción entre el material genético de cada persona y las condiciones de vida o el entorno en el que a cada ser humano le toca desarrollarse. Esto, si es válido en general, es especialmente importante para las niñas y niños, quienes cuanto más pequeños son, más vulnerables y dependientes del entorno resultan, ya sea familiar, institucional o social. Para mí, lo más criticable de los DSM es la invención del trastorno de estrés postraumático, TEPT, que aparece por primera vez en el DSM-III en 1980 para tratar de definir la sintomatología de quienes regresaban psicológicamente dañados de gravedad por el trauma de la guerra de Vietnam. Esa denominación centra su origen en los afectados y no en los responsables de las guerras que enviaron a millones de jóvenes al horror. Además, otro fallo –quizás menor– relacionado con el primero, es que en ninguna parte distingue entre el trauma producido por el ser humano (violencia, maltrato, violación, abuso) y el trauma de una catástrofe natural. Y lo que es más grave aún, aunque indica un solapamiento entre los síntomas del TEPT y los de diferentes trastornos de la personalidad, el comité científico de este manual DSM nunca ha reconocido las consecuencias destructivas y patológicas de los traumas por malos tratos. Estos malos tratos pueden ser por acción, cuando se trata de agresiones físicas, psicológicas o por abusos sexuales. Pero también pueden serlo por omisión, como los diferentes tipos de negligencia, en particular las carencias afectivas y el abandono, que la mayoría de las veces son acumulativos o se producen repetidamente durante años en el silencio de las familias o en otros sistemas significativos, como el abuso sexual infantil cometido por sacerdotes, incluyendo obispos.
Los editores de los DSM hicieron oídos sordos a las peticiones de prestigiosos autores e investigadores, como Bessel van der Kolk y Judith Herman, que solicitaron repetidamente el reconocimiento de los traumas complejos o TEPT complejo. A pesar de las negativas, van der Kolk pidió de nuevo en 2011 que se incorporara el trastorno de los traumas del desarrollo, resultado de los malos tratos en la infancia y la exposición de niños y niñas a contextos de violencia. Esta petición, apoyada por un grupo de reputados investigadores e investigadoras, de que se reconociese que el abuso y el maltrato infantil es un fenómeno patológico recibió esta breve respuesta de la junta de la APA (Asociación Americana de Psicología), directamente implicada en la estafa de la imposición de los DSM a nivel mundial: «La noción de que las experiencias adversas en el desarrollo conducen a un trastorno evolutivo sustancial es más una intuición clínica que una prueba de investigación» (van der Kolk, B. 2014).
Cuando los responsables de este instrumento niegan la relación entre los traumas infantiles y los diferentes síndromes psicopatológicos por una «falta una evidencia científica», cierran las puertas a la posibilidad de que sobre todo los profesionales de la salud mental con un pensamiento perezoso puedan aceptar que los malos tratos infantiles o las infancias infelices son parte importante de las causas de los trastornos mentales que describen, así como de otros múltiples problemas de salud. Esta toma de posición, que ha sido siempre política y económica, es desmentida radicalmente por la investigación epidemiológica realizada a partir de una muestra de 18 000 sujetos en los EE. UU, conocida con el nombre de ACE (Experiencias infantiles adversas) (Felitti et al., 1998), que prueba que muchas enfermedades (cardiovasculares, inmunitarias, metabólicas, hepáticas, renales), junto con la depresión, el consumo de alcohol y drogas y el suicidio se desarrollan con mayor frecuencia y gravedad en los niños que han sufrido graves traumas personales y familiares, donde los malos tratos en la infancia juegan un papel fundamental.
El reencuentro con Luigi Cancrini, que explica que sea yo el que escriba este prólogo, se produjo en febrero del 2020, antes que nuestra vida cotidiana se oscureciera con la visita inesperada de la pandemia provocada por el COVID. Fue en una comida organizada de nuevo por otra gran mujer, la psicóloga Dimitra Doumpioti, fundadora y directora de Hestia, Centro Internacional de Psicoterapia en Barcelona, supervisora –entre otras actividades– del Centro Studi di Terapia Familiare e Relazionale de Roma, creado y dirigido por el profesor Luigi Cancrini, quien a su vez es docente en su curso de posgrado en Terapia Relacional Sistémica en Barcelona.
La comida esta vez fue en Barcelona y duró menos tiempo. Eso ya lo sabía de antemano, me lo había advertido Dimitra insistiendo en que llegara puntual, porque, aunque lo intentemos, los sudamericanos estamos «epigenéticamente» condicionados a llegar con cierto retraso. En el transcurrir de la comida compartimos con Luigi Cancrini lo que había sido nuestra vida en los 20 años que no nos habíamos visto. Coincidimos de nuevo en la indignación y la tristeza que nos provoca la alienación consumista y la violencia subliminal impuesta en la actualidad por el sistema neoliberal globalizado, que hace creer a una gran parte de la población, incluyendo a miembros de partidos políticos que se dicen progresistas, que el mesías que está entre nosotros ya no es un hijo de un dios, sino las creencias impuestas por los mercados financieros o, mejor dicho, como yo lo denomino: «el fascismo financiero».
Nos consolamos mutuamente como «dos viejos compañeros», pensando que no todo estaba perdido y que nuestras prácticas profesionales y nuestro activismo por denunciar y actuar defendiendo los derechos humanos, en particular de los niños y las niñas, era lo que nos tocaba en ese momento. Ambos coincidimos en que aportar desde nuestra profesión con nuestras intervenciones concretas como psiquiatras y terapeutas para poder aliviar los sufrimientos de los daños originados por el maltrato infantil era uno de los frentes en el que políticamente podíamos seguir siendo coherentes con nuestras respectivas trayectorias de activistas sociales.
Ambos nos sentimos parte de ese movimiento social que hace visible el dolor y el sufrimiento de la infancia e investiga para aportar la mejor metodología terapéutica para hacer frente a los múltiples daños de la infancia afectada por la violencia y los malos tratos producidos por el mundo adulto no sólo a nivel familiar, sino también a nivel institucional y social. Ambos coincidimos en que, además, teníamos el privilegio de formar y acompañar profesionales y equipos formados en su mayoría por mujeres, que se caracterizaban por su valentía y su capacidad para ofrecer relaciones terapéuticas a los niños y niñas basadas en el afecto, la empatía y la mentalización terapéutica.
Recuerdo el cariño y el entusiasmo con el que Luigi me explicó en esa reunión el contenido de su último libro, Escuchar a los niños, que estaba en la etapa de traducción. Lo que no me quedó claro fue quién propuso que sería yo el que escribiría el prólogo de esta versión en castellano. Cómo salí de esa comida con esta tarea debajo del brazo fue un misterio, hasta que el autor aclaró posteriormente en un correo que fue él quien me lo había pedido en ese encuentro.
Meses después, cuando recibí el manuscrito y comencé su lectura, tomé consciencia del enorme desafío que significaba. Si bien compartíamos el compromiso ético-político por la infancia negada, y ambos estábamos junto con nuestros equipos intentando proponer modelos comprensivos para explicar el daño provocado por los malos tratos y los contextos de violencia producidos por los adultos en los diferentes sistemas de pertenencia, teníamos diferencias en la elección de los paradigmas explicativos, como se verá posteriormente. Sobre todo en lo que se refiere a la compresión del desarrollo de la mente infantil, lo que me supuso un esfuerzo para acercarme a las explicaciones del daño y la nomenclatura usada para nombrar la psicopatología de cada niño y niña presentada en este libro y comprender las bases del modelo de lo que había que hacer, para crear una psicoterapia de la infancia negada o, como el autor también denomina, infancia infeliz.
Desde que conocí en la lectura de Océano borderline la denominación que usa Luigi Cancrini para referirse a la infancia afectada por los malos tratos, intenté establecer un puente con lo que en nuestro trabajo denominamos «la infancia traumatizada por malos tratos por acción u omisión provocada por los adultos, siendo la más grave la provocada por los progenitores en el seno de las familias».
La lectura del este libro que prologo creo que pude acercarme un poco más al verdadero sentido de su concepto, de «infancia infeliz». Lo entendí, primero con riesgo de equivocarme, como una forma de proteger a los progenitores de ser señalados como los únicos responsables de los malos tratos de sus hijos e hijas. Al haber leído este libro, tengo más elementos de juicio, lo que me permite el atrevimiento de concluir que con esa nomenclatura el autor estaba refiriéndose con sus términos y su sabiduría a los mismos fenómenos que son los ingredientes de nuestro paradigma: De las competencias y las incompetencias parentales (Barudy, J. Dantagnan M., 2009). Con este paradigma –resultado de varios años de investigación– pudimos mostrar que los progenitores que dañan a los niños lo hacen porque ni sus familias de origen ni el sistema social les ha aportado las mínimas condiciones de vida bien tratantes en su infancia temprana.
Ésta es la razón principal por la que no pudieron desarrollar su potencialidad neurobiológica, inscrita en la genética de los seres humanos en cuanto que animales sociales, y que conduce a la configuración y al funcionamiento de un cerebro social. Esto es, un órgano que pertenece al sistema nervioso que es, entre otras múltiples funciones, responsable del desarrollo en los progenitores de capacidades fundamentales que ellos no pudieron desarrollar. Nos referimos a la capacidad de cómo reconocer y responder a las necesidades de apego de sus crías, a la empatía necesaria para descodificar sus comunicaciones preverbales, sus necesidades de cuidados físicos, afecto y estimulación, así como del desarrollo de una capacidad de mentalización sana, «capacidad de interpretar el comportamiento propio o el de otros a través de la atribución de estados mentales», que es lo que protege a los hijos e hijas, entre otras experiencias negativas, de ser objeto de la proyección de los traumas infantiles no resueltos de sus progenitores.
A esto se agrega que estos progenitores en la mayoría de los casos crecieron en familias donde no conocieron modelos de crianza saludables, o como me lo expresó un niño de ocho años: «Mis padres no saben cuidarme ni educarme porque no aprendieron a hacerlo, porque nadie los cuidó ni educó a ellos». Antes de resignificar el concepto de infancia infeliz, me preocupaba que pudiera reforzar la puntuación arbitraria que existe aún en la cultura, que plantea que cuando los niños o niñas no son felices, o se portan mal, es porque son ellos los que tienen un problema. Todavía es minoritario el grupo de adultos, incluyendo a profesionales de la infancia, que tienen claro que muchos problemas que presentan los niños o niñas, incluyendo sus trastornos, no son porque ellos sean el problema, sino que lo que manifiestan es consecuencia de los problemas o los daños provocados por la incompetencia de los adultos de crear entornos saludables para todos ellos.
Ya con la elección del título del libro que tengo el honor de prologar, Escuchar a los niños: Psicoterapia de la infancia negada, el autor implícitamente denuncia lo anterior, al mismo tiempo que propone el estudio de cinco casos de niños y niñas que presentan intervenciones que superan la negación del sufrimiento infantil cuya responsabilidad recae en esa parte de mundo adulto que sigue ninguneando a la infancia. Entre estos adultos que son significativos para los niños y niñas se incluyen los profesionales de la infancia que por ignorancia, desidia o traumas no resueltos participan producir sufrimiento o, en los casos más graves, los revictimizan, minimizando y negando el sufrimiento infantil. Por lo tanto, son también responsables del Dolor invisible de la infancia (Barudy, J. 1988).
En las dramáticas historias de Hillary, Diego, Michele, Ruggero y Ludwig, que son los personajes centrales de este libro, encontramos casos de infancia negada, los tres subsistemas que producen y mantienen el sufrimiento traumático de millones de niños y niñas.
El primer subsistema es el de los afectados: los niños y niñas cuyo sufrimiento y dolor traumático es inimaginable, impensable, negado. Y lo más grave son los seres humanos que ejercen como profesionales de la infancia que no han conocido nada parecido en su niñez y que no se pueden poner en el lugar de los niños y niñas que sí lo han vivido y lo viven en la actualidad. Se trata de niños y niñas que desde su vida intrauterina tienen que desviar sus recursos para desarrollarse sanamente para resistir al daño que les producen los adultos que, paradojalmente, tendrían que cuidarlos y protegerlos. Son niños y niñas que no nacen con estrella sino estrellados, y como son inmaduros, no tienen otra alternativa para sobrevivir que apegarse a los que les hacen daño adaptando sus estilos de apego para sobrevivir y evitar el abandono o el aniquilamiento.
Esta lectura no coincide totalmente con los modelos explicativos preferidos de Luigi Cancrini, porque sus autores de referencia para explicar los trastornos de los niños y niñas que son los principales sujetos de este libro pertenecen la escuela psicoanalítica freudiana o neofreudiana. Las explicaciones basadas en los conflictos intrapsíquicos están, para mi gusto, demasiado presentes. Hubiera preferido que en sus referencias psicoanalíticas estuviera más presente el paradigma del apego elaborado a partir los trabajos de John Bolbwy2 y de las mujeres extraordinarias que enriquecieron esa teoría: M. Ainsworth (1978) y M. Main (1995).