Kitabı oxu: «Chile: los dilemas de una crisis»


CHILE: LOS DILEMAS DE UNA CRISIS Autor: Luis A. Riveros Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, 56-224153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Primera edición: junio, 2021. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Registro de Propiedad Intelectual: N°2021-A-2946
ISBN: Nº 9789563385274
eISBN:Nº 9789563385281
AGRADECIMIENTOS
Agradezco a Estrategia y a don Víctor Manuel Ojeda, el espacio que me ha brindado a lo largo de muchos años para insertar mi opinión en columnas publicadas de modo semanal.
Agradezco también a El Mercurio, medio que ha dado acogida a mis opiniones de manera destacada.
Muchos colegas universitarios y del mundo de la educación me han proporcionado comentarios sobre mis distintas elaboraciones en la materia incorporada en este libro; quiero agradecerles sin necesariamente comprometerlos; Juan P. Cárdenas; Rolando Carrasco; Enrique Goncalvez; Patricio Cueto; Orlando Inostroza; Marco Moreno; Mario Parada; Víctor Sánchez; Manuel Santander; Jorge Salgado (+); Fernando Vicencio; Sergio Villegas.
Varios de los trabajos incluidos fueron presentados y discutidos en seminarios en los que participaron destacados políticos: agradezco por ello a Andrés Allamand, Sergio Bitar, Mario Desbordes, Camilo Escalona, José M. Insulza, Ricardo Lagos y Gutemberg Martínez. También a todos los colegas y amigos que me han proporcionado valiosos y fraternales comentarios, que ayudaron a enriquecer los puntos de vista que se sostienen en los distintos capítulos. Destaco mi gratitud a Víctor Petermann, con quien pude compartir muchas discusiones sobre temas que aquí se incluyen, y de quien recibí siempre estimulantes comentarios.
Un agradecimiento muy especial a Carlos Cantero, quien tuvo la generosidad de escribir el prólogo para este trabajo, luego de productivas conversaciones.
Agradezco, finalmente, a mis estudiantes, quienes siempre han sido generosos y desinteresados colaboradores en las materias que aquí se incluyen y que responden en buen número a sus propias inquietudes.
Por cierto, a nadie hago responsable, sino a mí mismo, por los contenidos, opiniones y enfoques de los temas incluidos en los diversos capítulos de este libro.
EL AUTOR
PRÓLOGO
Se trata de un texto que aborda las distintas etapas que han caracterizado la crisis de la sociedad chilena. Todo esto en coherencia con la crisis de alcance global que en la reciente década marcó el derrotero de la situación actual. Tempranamente Luis Riveros, junto a otros actores en el ámbito nacional, dieron la alarma del peligro que se cernía sobre el país, por un sistema que mostró severas fracturas éticas, una tendencia a la concentración de la riqueza, que exacerbó el individualismo, la competencia, el abuso y la impunidad.
Este libro pone de relieve las múltiples señales y advertencias de la juventud, la ciudadanía y los grupos más radicalizados, que no fueron atendidas por la élite económica y política. Se articuló una institucionalidad autocomplaciente, se instrumentalizaron los medios de comunicación masiva, lo que ha estado acompañado del silenciamiento y/o pasividad de intelectuales. Los actores de las políticas públicas, en uno y otro lado, no escucharon las advertencias ciudadanas, en sus filas se alejó cualquier expresión de pensamiento crítico, la élite solo quería obsecuentes y funcionarios que siguieran órdenes, los medios de comunicación fieles al neuromarketing transformaron toda expresión en farándula y espectáculo, en sus noticias y programación cotidiana, sin voluntad de profundizar en nada. Esa es la razón por la cual se han observado realidades paralelas, completamente opuestas y contradictorias, una idílica en la élite social y política, otra distinta y negativa en la ciudadanía. Fruto de aquello, la autoridad perdió el control de la calle, ampliamente sobrepasada. Todo esto cobra particular importancia de cara al desafío constituyente que determinará en futuro del país por décadas.
La paradoja de la crisis chilena es su excepcionalidad. A diferencia de la inestabilidad social y política que habitualmente observamos en América Latina, por el fracaso de los modelos en la generación de riqueza, es decir, por escasez y pobreza, inestabilidad política y debilitamiento de la democracia. En el caso de Chile, la crisis y el colapso social es por abundancia, es decir, por un modelo altamente exitoso en la generación de riqueza, que no redistribuyó adecuadamente los beneficios del progreso, debilitando los bienes públicos, generando altos niveles de endeudamiento, promoviendo una visión minimalista de la dignidad de las personas y debilitando el sentido de comunidad. La crisis del modelo se debió a sus elementos éticos endógenos. Una élite que mostró una mentalidad individualista, una exacerbada competencia sin la adecuada colaboración, una concentración de la riqueza exagerada y la ruptura de los bienes públicos lo que dañó el sentido de comunidad.
El debilitamiento de los bienes públicos en la sociedad, la falta de sintonía de la élite (política, social, cultural, espiritual, entre otras) con el clamor ciudadano, el gatopardismo y doble estándar del quehacer político y las instituciones públicas, terminó con una grave crisis de legitimidad de la política, lo que promovió el descrédito de los políticos. El resumen de la percepción ciudadana en torno al tema es algo así como: ¿Para qué se quiere políticos, si estos no cautelan los bienes públicos ni el bien común y parecen amancebados con el bien privado? Lo que ha generado un grave cuestionamiento a la legitimidad y la legalidad de la política y los políticos.
Esta crisis ha dado lugar a un cuestionamiento de las bases de nuestra institucionalidad, al punto que la ciudadanía aprobó la generación de un cuerpo constituyente. Por primera vez en Chile, el pueblo elige democráticamente a los miembros de la Convención Constituyente, que deberá dar origen a la nueva carta fundamental de la república. Sin embargo, un proceso nuevo y complejo ha estado sometido a bloqueos de unos pocos y la improvisación y falta de oportunidad en su regulación por parte del Congreso, lo que ha dado lugar a una implementación desprolija que pone en riesgo la legitimidad y legalidad del proceso. Eso es lo que se observa en la sociedad chilena. Múltiples males le acechan: incompetencia, soberbia, ignorancia, corrupción, violencia, narcotráfico, demagogia. A eso se suma, además, que en el contexto global es evidente la crisis multilateral que afecta las instituciones, mostrando ineptitud, falta de oportunidad y pertinencia, lo que ha generado cuestionamientos a la institucionalidad: OEA, BID, ONU, entre otras.
La base de la crisis (global y nacional) es ética y valórica, de allí derivan todos los males del sistema, impactando en lo económico, social, político, cultural y espiritual. El modelo neoliberal ha sido tironeado hacia un materialismo radical, la élite abusó hasta poner en riesgo la gallina de los huevos de oro. Ahora se requiere un cambio estructural, una revisión de los principios y valores que han sustentado la institucionalidad público-privada del país.
Hay múltiples aspectos estructurales que deben ser puestos en cuestión, la madre de las batallas estará en cautelar el equilibrio entre los bienes públicos y privados, desde donde surgirá el bien común; equilibrar un modelo que exalta la competencia promoviendo espacios de colaboración; compensar adecuadamente el individualismo con el sentido de comunidad; el egocentrismo con una visión eco-céntrica; las raíces patriarcales caracterizadas por la dominación y la competencia, en armonía con los valores de la cultura matríztica que promueve la colaboración, el cuidado y respeto mutuo. Otros elementos emergentes a considerar son el medio ambiente, los bienes públicos, la sociedad digital, y los peligros que encarnan los narcodelitos, el nihilismo o debilitamiento y opacidad valórica.
La ruptura del equilibrio en el ethos demanda definiciones en la ética, desafío que a su vez replica en la carta fundamental; además, se requiere un cambio en la emocionalidad desde la desconfianza hacia la confianza y la colaboración, para consolidar una relación de comunidad. Se requiere definir un modelo que promueva una adecuada gobernabilidad, que equilibre adecuadamente el desarrollo económico, la equidad social y la estabilidad política. Para que esto sea viable se debe promover un equilibrado desarrollo material y espiritual de las personas. Hasta ahora se dio primacía a lo material y se desatendió el desarrollo espiritual, en su amplia acepción definida en la declaración de los Derechos Humanos de Naciones Unidas.
La revolución en las tecnologías de información y comunicación parece estar en el centro del proceso, pero es solo el medio que altera las dimensiones témporo-espaciales, cambiando las formas relacionales en la sociedad: centralidad, conectividad, accesibilidad y proximidad. Este cambio es autoconstitutivo, alterando las relaciones en las personas, las organizaciones, las empresas y los territorios. Lo verdaderamente sustantivo es que ha desencadenado una revolución ontológica, que implica profundos cambios en la forma de ser y estar en el mundo que emerge con la sociedad digital. Este desafío requiere un profundo cambio cultural, la implementación de políticas públicas para promover la adaptabilidad a la sociedad digital, un nuevo marco ético que sirva de contención al nihilismo y a la emergencia de los nuevos desafíos derivados de la Sociedad de la Singularidad, que representa la convergencia de la inteligencia humana y la artificial y la invasión del ser humano en su biología y subjetividad, con los portentosos desafíos éticos y regulatorios que ello implica.
Debemos ser capaces de imaginar el mundo que emerge, delinear sus límites en función de los principios y valores del humanismo. Esto exige superar el corto plazo, la miopía y ceguera instrumental, demanda que la élite política asuma sus obligaciones con los bienes públicos. Se requiere una mirada de largo plazo, mejoras en el sistema educativo, promover pensamiento crítico y la capacidad de reflexión, elevar el nivel de los contenidos en los medios de comunicación, superar el permanente y cotidiano bombardeo de información basura, el hedonismo y la lógica de neuromarketing, que domina la gestión de las audiencias masivas, idiotizando a nuestra gente.
La conflictividad que observamos está íntimamente ligada a la legalidad, legitimidad, institucionalidad, desigualdad, liderazgo, sentido de comunidad y la épica que puede inspirar hacia la unidad o la confrontación. El conflicto es la tensión, desacuerdo u oposición entre personas o cosas; derivada de una rivalidad prolongada entre dos o más instancias. La conflictividad es la cualidad de lo conflictivo, son las condiciones y tendencias que dan lugar a los conflictos, la evolución que se da entre un momento y otro tiempo-espacio, la evolución de dos períodos. En los estudios de percepción ciudadana en Chile, la conflictividad se asocia con: la crisis política, el descrédito y deslegitimidad de la actividad; la inestabilidad y debilitada gobernanza; las movilizaciones sociales; crisis económica caracterizada por el desempleo y sobre endeudamiento; pobreza y desigualdades, agravada por las migraciones, la emergencia de racismo; cambio climático y biodiversidad; brecha digital y marginación; las faltas a la probidad; el narco-delito; el desprecio al mérito en un contexto de impunidad; además de la eventualidad natural.
Por décadas el Estado chileno ha sido incapaz de “procesar el conflicto”, que reventó con la explosión ciudadana del 18 de octubre del 2019. La situación sigue agravándose, en muchos lugares el Estado se ha desvanecido; la institucionalidad dejó de operar en plenitud; la sociedad civil tomó un rol de rebeldía; emergió un segmento de anarquistas juveniles; se despliegan sin contención los soldados del narco; emerge un segmento de lumpen protagonizando saqueos, violencia e incendios; desapareció el liderazgo político; opinólogos y farándula forman la opinión pública.
Para que Chile retome la senda de progreso y desarrollo, se requiere un LIDERAZGO ECO-ÉTICO-RELACIONAL, es deseable que cada sector político asuma públicamente sus vergüenzas, pida perdón y reconstruya las confianzas. Que el mundo de la economía la asuma como tal (grave crisis), superando el desbordado culto a lo financiero; sus contabilidades deben incluir los activos y pasivos ambientales, culturales, morales y emocionales. Que los referentes espirituales, religiosos, éticos, filosóficos e iniciáticos asuman su rol y liderazgo en la sociedad, que entreguen sus luces y bendiciones donde reinan las tinieblas y la oscuridad, asumiendo el verbo y la acción.
Esta conflictividad está asociada al liderazgo político y social, que de momento en Chile está transversalmente debilitado. Mientras más altas las expectativas de la gente y más bajas las respuestas de la autoridad, se exacerba la conflictividad. Por otro lado, mientras más críticos los problemas sociopolíticos y más inoportunas e ineficientes las respuestas, se agudizará el conflicto. El conflicto parece perpetuarse, no logra ser canalizado por los conductores políticos, sus liderazgos están cada vez más debilitados.
La crisis ética no está superada, más bien se encuentra en estado de latencia y no se ha dicho la última palabra. Ello dependerá de la pertinencia y voluntad para interpretar adecuadamente a la ciudadanía, de cara al trabajo de redacción de la nueva Carta Fundamental. Ello exige a las minorías actuar con sabiduría, ecuanimidad y respeto al bien común, por su parte la élite económica tendrá una palabra importante en este desafío y se espera que entienda la necesidad de romper el proceso de concentración de la riqueza y actuar con mayor equidad social, territorial y de respeto por el medio ambiente.
Uno somos todos y todos somos uno, principio que asegura estabilidad. Debemos asegurar normas y condiciones iguales y dignas para todos, asegurando que como es arriba es abajo, para que los de abajo reflejen la dignidad de los de arriba. No es difícil, solo requiere voluntad, todo es mental, las ideas y el lenguaje crean la realidad, por eso debemos promover procesos de ampliación y elevación de conciencia. Ello exige promover pensamiento crítico, mejoras sustantivas en la educación, para tener en el país seres bien formados en plenitud y armonía. Tengamos esperanzas en el destino de nuestro país.
Este libro del profesor Luis A. Riveros, es oportuno, pertinente y servirá para orientar la reflexión ciudadana en momentos que Chile aborda importantes desafíos que determinarán la historia del país por varias décadas, son ideas con profundidad, que resultan estimulantes y orientadoras, guardan complejidad, pero están expresadas en un lenguaje simple y directo, lo que permite el acceso de un amplio espectro de personas. Saludamos este esfuerzo del ciudadano Riveros, que siempre se muestra atento, comprometido y activo con el devenir del país y comprometido a colaborar en la gestación de un mejor futuro para nuestro pueblo. Es valioso su aporte en las ideas, y más aún su orientación en los principios y valores permanentes que están en las raíces de nuestra historia. Se agradece su aporte trascendente que, en medio de tanta tiniebla y oscuridad, de la desorientación y el desorden, trae luz para orientar el derrotero en la construcción de la unidad y un destino común. Chile requiere de la luz de sus hijos más preclaros para reencontrar el camino, construir la confianza y consolidar la unidad que nos permita retomar la senda de progreso, desarrollo y equidad desde un enfoque eco, ético, sistémico y relacional.
CARLOS CANTERO OJEDA
Geógrafo
Doctor en Sociología
Exsenador de la República
PRESENTACIÓN
Este libro contiene un conjunto de trabajos y publicaciones realizadas por el autor durante la última década, en los que se trata de los conflictos sociales y políticos que se fueron severamente agudizando en ese período. Los contenidos de esta colección de trabajos demuestran que los signos que existieron a lo largo de los últimos años permitían anticipar con bastante certeza el desenlace que los mismos experimentaron a fines del año 2019, y que la dirigencia e institucionalidad política, incluidos los poderes del Estado, prefirieron ignorar de modo sistemático. Fuimos muchos quienes advertimos que los desarrollos sociales de las últimas décadas terminarían en un grave conflicto si no se establecían las correcciones que se precisaban para otorgar mayor equidad e inclusión al modelo de desarrollo económico. Se prefirió el camino de ignorar las inquietudes que se manifestaban de muy distintas maneras, y seguir adelante con la sola contabilización de los éxitos que materializaban el crecimiento económico y la modernización de la economía. Se hicieron esfuerzos en materia de subsidios directos y disminución de la pobreza, pero poco se avanzó en el terreno de disminuir efectivamente las brutales diferencias no solo en niveles de ingreso, sino también en las oportunidades que de manera efectiva los distintos segmentos sociales recibían por parte del sistema. Poco pareció importar el retraso en la educación pública, la poca calidad de la educación en general y la segregación que miles de chilenos experimentaban en materia de acceso a educación de calidad. En un clima de aumentadas y las más de las veces insostenibles expectativas, destacadas especialmente en el caso de los grupos medios, la acumulación de tensiones fue enorme y explotó de manera impensada y sin una contraparte de propuestas remediales.
Esta obra trata de testimoniar las discusiones que se mantuvieron por años lejos de la actividad política, marcada esta última por consideraciones de estricto corto plazo, sin una visión sustantiva de futuro. Más que rescatar el valor de las ideas postuladas y francamente desechadas en las últimas décadas, el libro trata de sugerir que pensar de una manera distinta hacia el futuro puede traer enormes beneficios y progreso a la sociedad chilena. En efecto, se abren oportunidades para construir una mejor sociedad hacia el futuro, sin tener que retroceder en aquello que Chile ha hecho muy bien en materia de progreso material, estabilidad económica y mirada social. La consideración de esos retos, sin embargo, requiere que los actores políticos eleven el nivel de las ideas y las miradas prospectivas. Es necesario un debate político que reponga las ideas en reemplazo de los slogans, las calificaciones del estamento político en reemplazo de las puras acciones mediales, y rescate la idea de representatividad que permita avanzar en una modernización efectiva de la democracia. El debate de ideas debe cobrar la vigencia que tuvo en el pasado republicano, permitiendo contrastar modelos de país y visiones de sociedad, más allá de mensajes triviales, dominados por slogans y usualmente lejanos a lo factible. En ese sentido, los contenidos de este libro proveen la cartografía que permite observar los obstáculos en terreno, las distancias a recorrer y un objetivo de ideal a conseguir.
El primer capítulo aborda los antecedentes que gestaron el panorama social durante la década que precedió a la explosión social del año 2019, mostrando los argumentos similares que primaron en el debate de las dos primeras décadas del siglo XX en materia de inconformismo y baja respuesta del estamento político. Aquí se enumeran siete desafíos para la sociedad chilena en materia social, política y económica, los cuales continúan siendo vigentes a la luz de la próxima discusión constitucional. El segundo capítulo, escrito el año 2012, hace énfasis en que las manifestaciones estudiantiles del año 2011 entregaron el mensaje de lo que era necesario en cuanto a un cambio en el estilo de democracia, haciendo imprescindible revisar la institucionalidad de la república. El tercer capítulo corresponde a un escrito del año 2016, en el que se plantea y analiza la crisis institucional que dominaba en ese entonces al país y que lo sigue dominando en la actualidad, y argumenta que un gobierno de unidad debiera focalizarse en la mejora sustantiva de la enseñanza, para formar al nuevo ciudadano y brindar una educación de calidad, consonante con los objetivos de desarrollo e inclusión. El cuarto capítulo incluye una serie de columnas de opinión que el autor publicó durante el año 2019 en relación con el acumulado de problemas desatendidos o malamente enfocados en el terreno social y político. El capítulo quinto reproduce un documento de noviembre del año 2019, en pleno apogeo de las manifestaciones iniciadas en octubre del año 2019 en que se analiza el tema del conflicto verificado a partir de mediados de octubre y que se ha ido prolongando en manifestaciones de todo tipo a lo largo del país ya durante más de un año. El capítulo sexto incluye columnas de opinión del autor, escritas durante el año 2020, que reflejan su visión en materia del conflicto social, de las violentas manifestaciones ocurridas y del crucial tema de la crisis política e institucional que vive Chile. El último capítulo incluye algunas reflexiones sobre la proyección futura de la problemática que vive Chile en el marco de la discusión constitucional que se está iniciando.
Este libro es precedido por una columna que el autor escribió el año 2016, en el que se advertía la existencia de agudas tensiones que desembocarían en una significativa protesta social. Allí no solo se advierte la presencia de una crecida insatisfacción ciudadana, sino que se postula la necesidad de impulsar reformas en siete ámbitos significativos para el desarrollo futuro del país. Esta era una mirada desde la academia sobre Chile y sus desafíos, la cual sostuvo puntos de vista sistemáticamente desatendidos en la política pública y en las propuestas de los distintos conglomerados políticos. Lo que vivimos a partir de fines del año 2019 es parte de un proceso antecedido por muchas manifestaciones de inconformismo que tienen lugar a pesar del enorme, aunque mal distribuido, éxito de Chile en el plano económico. Ese desatendido sentimiento de inconformidad continúa siendo objeto de desconsideración, por un lado, o de simple aprovechamiento político, por otro. El epílogo del libro se presenta a través de una columna de febrero de 2021 en que sostiene la necesidad de defender la democracia frente a los embates que desde muchos flancos ponen en amenaza la estabilidad, el orden y el logro de una verdadera justicia social.
Santiago de Chile, marzo de 2021
PROLEGÓMENO
MI MIRADA, MI VISIÓN DE HACE CUATRO AÑOS
El 5 de agosto del año 2016, Estrategia publicó la columna que aquí se presenta. Es decir, hace más de tres años ya se había advertido sobre una grave crisis en ciernes, tanto política como social. Pero, simplemente, este tipo de planteamientos no fueron, en modo alguno, atendidos en los debates llevados a cabo por los estamentos políticos, incluyendo el período de la última campaña presidencial. Esa crisis anunciada en el 2016 explotó en octubre del 2019, cumpliendo con los vaticinios formulados en ese entonces. Lo grave de este hecho, es que evidencia que las opiniones independientes, de académicos u observadores de la realidad nacional, no son siquiera consideradas en los ámbitos en que se toman las decisiones. Otra realidad tendríamos ahora de haberse atendido oportunamente lo planteado hace tres años, y muchos dolores de nuestra actual sociedad habrían sido evitados.
UN NUEVO PACTO SOCIAL
“Es la juventud que, sin más ley de servicio obligatorio que la escrita en su alma ansiosa del bien y amante de la Patria, se alista bajo las banderas que representan una gran causa nacional”.
Enrique Mac Iver
Son días de desasosiego e incertidumbre. Una crisis política e institucional se ha cernido sobre Chile y no se avizoran caminos de salida en tanto la mirada prevaleciente sea la del corto plazo y la ciudadanía permanezca ajena. Como hace un siglo, radica el problema en una cierta crisis moral entroncada con un limitado accionar público y una escasa disposición política para abordar las cuestiones centrales. A comienzos del siglo XX se anhelaba mirar al país más allá del transitorio esplendor del salitre, hacia un desarrollo para asegurar un mejor futuro para la niñez y la juventud: reforma de la Constitución, creación de oportunidades educacionales, protección al trabajador y sus derechos, instauración de políticas de Estado para un necesario bienestar social. Solo en la década del veinte, y a raíz de un nuevo liderazgo, se comenzó a escuchar el clamor que venía de todas partes y que tenía como protagonistas principales a los trabajadores y a los estudiantes.
En forma similar existe hoy una protesta que se generaliza, ya no como una expresión de rebeldía e insatisfacción generada por grupos obedientes a ciertos intereses políticos sino como expresión de un amplio descontento ciudadano. El mismo emana de la insatisfacción juvenil, de una clase media que se siente desprotegida, de regiones apartadas del centro donde se toman las decisiones, y de los más pobres, víctimas de una distribución del ingreso contrastante con los “éxitos económicos”. También cunde desaliento porque no se ha logrado definir satisfactoriamente las políticas educativas y porque se arriesga la sustentabilidad del crecimiento por no protegerse suficientemente el medio ambiente. Por doquier existe un reclamo que no es adecuadamente atendido por políticos, partidos y las distintas coaliciones, mal catalogados todos en la escala del aprecio ciudadano, y arrastrando tras sí a las propias instituciones de la república. Esta decepción lleva a la ciudadanía a excluirse de necesarias decisiones y así se colabora a profundizar la crisis.
El país precisa un acuerdo nacional que trascienda a los conglomerados políticos vigentes, y que funde su mirada en el largo plazo, ofreciendo una propuesta hacia una ciudadanía que espera con desconcierto y sin un imprescindible liderazgo para abordar un cambio sobre la base de un nuevo pacto social. Tal acuerdo nacional debe contener al menos siete ámbitos sobre los que es necesario tener acuerdo para transformarlo en orientaciones para la nueva administración de Gobierno, cuya responsabilidad debiera estar en encauzarlo hacia su efectiva concreción.
Modelo económico para el largo plazo, que defina las bases esenciales de la estrategia de desarrollo de Chile haciendo primar el interés social y perfilando la solución a graves problemas como pensiones y salud pública.
Descentralización efectiva del país, para que las decisiones radiquen en regiones especialmente en materia de inversión y desarrollo.
Educación como eje central de la política pública para recuperar una educación pública que, a todo nivel, instaure el necesario referente en los objetivos de equidad y calidad haciendo de la educación la fuente del mayor capital social.
Internacionalización e integración económica, especialmente en Latinoamérica, que promueva los diferentes ámbitos productivos y regionales, para internacionalizar la PYME y para que los beneficios del crecimiento económico y la diversificación y expansión del comercio sean un factor de equidad y progreso.
Un Estado activo, que lidere el desarrollo económico, que tenga iniciativa responsable para estimular el crecimiento y facilitar la estabilidad económica, sin abandonar su responsabilidad primaria en política social abarcando pensiones, salud y seguridad, en investigación científica y tecnológica, y en la promoción de la innovación y el emprendimiento, y en el financiamiento activo de la educación.
Protección del medio ambiente, logrando un equilibrio que sea al mismo tiempo garante de un crecimiento sostenible y de una matriz energética suficiente.
Construcción de un nuevo escenario político, con una efectiva refundación de los partidos en un pacto en pro del país del futuro, implicando también una nueva Constitución Política generada con efectiva participación.
Chile debe ser capaz de lograr un acuerdo a través de un diálogo más allá de las contiendas electorales. Necesita un nuevo pacto social que convoque a la ciudadanía a participar, y que así aísle a los promotores del caos y a quienes ven en la política solo un medio de financiamiento. Un acuerdo que debe comenzar a producirse desde ya, para que provea las bases de desenvolvimiento del futuro gobierno, asentado en buenas prácticas ciudadanas y en un abierto compromiso nacional y público.
CAPÍTULO I LA CRISIS REPUBLICANA: PRELUDIOS DE SU EXPLOSIÓN 1
En este trabajo, del año 2012, se mencionan los fundamentos de la crisis que afecta al país y que se va profundizando día a día. Se mencionan siete retos que es indispensable abordar para evitar una crisis mayor. Dentro de esos retos se mencionan: consensuar una estrategia nacional de desarrollo, introducir cambios en la institucionalidad, descentralizar al país para dar mayor énfasis a las regiones, introducir mejoras indispensables en la educación para la productividad, la equidad y la buena ciudadanía, impulsar una adecuada internacionalización, promover un Estado activo y eficiente y desarrollar políticas de cuidado ambiental y definición sobre la matriz energética.
I. 1 INTRODUCCIÓN
“Me parece que no somos felices…”, escribía hace poco más de cien años don Enrique Mac Iver, reflexionando sobre la crisis que por entonces vivía Chile, cuando primaba el descontento y se manifestaba un profundo malestar ciudadano. Radicaba el problema en una crisis moral entroncada con una escasez de iniciativas para proveer los servicios públicos que permitieran servir adecuadamente los requerimientos de la población. “El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”, postulaba admonitorio. Y, en efecto, pocos años más tarde se profundizaría aquella protesta, marcando la cúspide de un reclamo social que afligía al país desde inicios de siglo y que tenía también mucho que ver con la necesidad de transformar la institucionalidad vigente. Los problemas se abordaron tardíamente, al costo de conflictos y enfrentamientos que podrían haberse minimizado si tal situación se hubiese enfrentado ante sus primeros síntomas. Sin embargo, no existió la disposición de los políticos para abordar cuestiones que eran entonces centrales: reforma de la Constitución, creación de mayores oportunidades educacionales, protección al trabajador y sus derechos, instauración de políticas de Estado sobre el necesario bienestar social. Se anhelaba mirar al país más allá del transitorio esplendor del salitre, hacia una industria capaz de sustituirlo y de asegurar así un mejor futuro para la niñez y la juventud. Los políticos simplemente no escucharon el clamor que venía de todas partes y que tenía como protagonistas principales a los trabajadores y a los estudiantes.
Llama poderosamente la atención cuánto se parece aquel inicio del siglo XX con estos años de principios del siglo XXI. Hoy el país disfruta de los buenos resultados de las exportaciones de cobre, que alimentan con notorio esplendor nuestras arcas fiscales. Y también el país ha logrado desarrollar una infraestructura vial y comunicacional moderna y efectiva, que le pone a la cabeza de muchos otros países subdesarrollados. El ingreso per cápita se ha triplicado en pocos años y domina un ambiente de expansión económica y estabilidad de precios que hace a muchos mirar distante hacia atrás días de pobreza, desequilibrios económicos y notoria escasez. La cobertura de la educación alcanza hoy cifras comparables a los países más avanzados, la salud se moderniza crecientemente y las inversiones pronostican un mayor desarrollo de los servicios y de muchas industrias beneficiosas al crecimiento del país. Se nos distingue internacionalmente entre los países con mayor estabilidad macroeconómica, mejor ambiente para la inversión y también dentro de aquellos donde campea una destacada competitividad económica. Todos esos logros se sitúan dentro de una generación, la cual ha tenido la oportunidad de ver el salto social y económico que nunca nuestros antecesores pudieron apreciar. Y, al parecer, ¡no somos felices!
Efectivamente, la protesta se ha venido generalizando, ya no como una expresión política de rebeldía y de insatisfacción puntual generada por algunos grupos obedientes a ciertos intereses políticos. Prima el descontento en tantos ámbitos como áreas de relevancia pueden concebirse en el campo económico y social. Nuestra juventud reclama acerca del futuro que le acecha, destaca lo poco representativo del sistema político actual y subraya su desaliento por la calidad de la educación a todo nivel. La clase media se siente desprotegida, obligada a pagar por todo y, sin embargo, carente de los medios necesarios puesto que los salarios y su evolución no están acordes a sus propias expectativas y necesidades. Hay un reclamo fuerte y creciente que proviene de las regiones del país, que ven que la mayor parte de las decisiones benefician principalmente al centro, donde radica también el mayor volumen de electores, manteniendo a muchas de ellas relegadas a un pasado que el país en su conjunto desea superar. Hay descontento porque la distribución del ingreso está entre las peores del mundo, lo que sorprende en un país con tan buenos resultados económicos generales, que permite así la coexistencia de dos realidades: la del éxito y la modernidad y aquella de la miseria y el retraso. También hay insatisfacción porque hemos dañado suficientemente el medio ambiente y se arriesga la sustentabilidad del crecimiento, predominando criterios estrechos y faltantes en esta materia. Por doquier existe un reclamo que no es adecuadamente atendido por los políticos, los partidos y las distintas coaliciones, los cuales están catalogados en los últimos niveles en la escala de aprecio ciudadano, al igual que el propio Parlamento y el Gobierno de la República.
I. 2 ESTAMOS EN MEDIO DE UNA CRISIS
Muchos dicen que a pesar de todo eso, Chile no está en medio de una crisis. Eso puede ser cierto, como lo era cuando escribió su carta a Chile don Enrique Mac-Iver. Pero lo incontestable es que el país está encaminado hacia una crisis que su dirigencia parece no desear reconocer ni enfrentar, la cual quizás ni siquiera percibe adecuadamente, enfrascada como está en asuntos de más corto plazo y regida más bien por una lógica electoral y no por una nacional y trascendente. En la situación presente es donde debiese intervenir la actividad política con voluntad de dirigir e influir, no solo con la limitada ambición de ser seguidora de la protesta y poder así incrementar el capital electoral de cada grupo, sino para darle un sentido transformador al sentimiento ciudadano. Lograr la paz social requiere dar cauce a la intranquilidad existente, con vocación de comprometer las salidas necesarias a través de adecuadas reformas, no solamente en el afán de dar conformidad precaria a una ciudadanía que reclama sus derechos y que volverá a levantar su protesta acrecentada si lo medular no es atendido. Es aquí donde deben surgir los liderazgos capaces de encauzar los sentimientos de insatisfacción que dominan a nuestros compatriotas, para dirigirlos a un programa de cambios que logre accionar sobre los aspectos más fundamentales de aquellos que la ciudadanía anhela: cambio institucional para tener una democracia más directa y efectiva; un plan nacional de desarrollo para lograr un consenso que domine el camino hacia el futuro; una efectiva descentralización hacia las regiones del país; una educación que termine con la mediocridad y comprometa de verdad un cambio profundo para así lograr modificar la precaria situación distributiva; una estrategia de internacionalización que asegure el crecimiento y se base en la necesaria integración nacional; una política tributaria y una definición de Estado que efectivamente puedan permitir los bienes públicos que reclaman los chilenos para acceder a una distribución más justa del ingreso; una política cierta de protección medioambiental que sea también capaz de garantizar la energía que Chile requiere para su desarrollo.
Es posible que otros aspectos puedan ser incorporados en esta matriz de aspiraciones nacionales que debe ser atendida. Sin duda se concordará en que los aspectos enumerados están dentro de los más esenciales, debiendo revestir el carácter de preeminencia para atacar de modo solvente la crisis que está explotando en forma evidente. Es posible que distintos actores puedan establecer diferentes prioridades entre los aspectos mencionados, pero es indudable que el país necesita avanzar en forma simultánea atacando varios de ellos para así lograr la estabilidad social y económica que precisa como forma de garantizar un necesario crecimiento que se encamine efectivamente hacia un desarrollo con rostro humano. La cuestión fundamental radica en la necesidad de abordar estos problemas en forma oportuna, decidida y visionaria, ya que de ello depende el futuro de Chile.
I. 3 LAS CAUSAS DE LA CRISIS
En sus días don Enrique Mac-Iver atribuyó a una crisis moral la causa última de la insatisfacción ciudadana, debido a que el Estado y sus organismos habían dejado de cumplir en forma cabal con sus responsabilidades. La estagnación y degradación del país se vinculaba, en su opinión, al ambiente de corruptela reinante, situación que le llevaba a una sola conclusión: “…falta gobierno, no tenemos administración”.
No podríamos objetivamente replicar el diagnóstico de Mac-Iver para los días presentes. Sin embargo, es procedente indicar que la crisis moral de aquellos inicios del siglo XX tiene que ver hoy en día con la crisis de la actividad política nacional. Los partidos han dejado de ser centros de pensamiento y factores de impulso a la acción cívica; las coaliciones de partidos son más unas organizaciones de tipo electoral que grandes avenidas de reflexión y propuestas sobre la realidad social que se supone deberían entender y atender. Como resultado, los poderes del Estado, Legislativo y Ejecutivo, están más bien atenidos a puras cuestiones de corto plazo, sin atender con eficacia las tareas que demanda la construcción del país del mañana y que requiere de una política pública pensada en sus efectos en décadas adelante y no mirando un horizonte de solo meses. Nuestra actual crisis moral se debe al decaimiento de la política como arte de gobernar, a su precaria visión sobre los cambios necesarios para que Chile logre un desarrollo efectivo, a su desgastada ponencia frente a las diferentes visiones sobre el Chile que queremos. En gran medida, esto tiene que ver con un necesario cambio cultural en el hacer político, pero mucho también se relaciona con la institucionalidad con que contamos, la cual limita la competencia de distintos actores políticos, coarta las posibilidades de elección ciudadana, y pone a la efectividad de la democracia representativa como algo más bien inalcanzable para un pueblo que no está tampoco –y por efecto de lo obrado a través de décadas de descuido de la educación– haciendo mérito a la necesaria vigencia de las virtudes cívicas republicanas.
La juventud ha expresado no temer protestar frente a este estado de cosas. Como en los días de Mac-Iver. “Es la juventud que, sin más ley de servicio obligatorio que la escrita en su alma ansiosa del bien y amante de la Patria, se alista bajo las banderas que representan una gran causa nacional”. Es necesario un despertar del país, comprometiendo un camino de salida que aborde los temas que reclama la ciudadanía y que se reflejan en siete grandes e inevitables retos que enfrenta Chile. Para eso es necesario avanzar en la definición de nuevos liderazgos políticos capaces de transformar el ambiente actual y de postular un camino nuevo, lejos del populismo, de la inacción y de la cómoda forma de hacer política escuchando la protesta, sumándose a sus muchos ribetes pero no accionando ningún cambio sustantivo que, aunque costoso hoy, pueda indicar un camino de salida para el Chile del mañana.
I. 4 LOS RETOS FUNDAMENTALES
Como se ha dicho, hay ámbitos muy precisos que pueden identificarse para aludir a las causas de la crisis que se profundiza día a día en nuestra patria. Es necesario atacarlos por medio de un pronunciamiento del estamento político, especialmente porque los retos existentes se constituyen en ámbitos relacionados y no corresponden a una dimensión o causa singular o exclusiva. Hay que mirar el bosque en el sentido de avizorar la compleja realidad que se enfrenta, la interrelación entre diversos problemas, para poder así esgrimir una estrategia adecuada y constituir propuestas sensibles ante una ciudadanía que espera impaciente. Ese es el principal propósito de estas líneas, que se inspiran en lo escuchado a distintos líderes ciudadanos en sus personales visiones y aprensiones. Líneas que pretenden solamente describir la magnitud de nuestros problemas, enumerándolos y estableciendo criterios centrales para abordarlos de modo efectivo.
PRIMER RETO: Consensuar una estrategia nacional de desarrollo
El país no cuenta con una estrategia formalmente definida para avanzar en la próxima década en los campos más relevantes del quehacer económico y social. Los lineamientos que el país propicia en torno al desarrollo son de tipo muy general y no establecen aquellas definiciones apropiadas que se necesitan frente a diversos posibles nuevos escenarios y la interacción entre distintos problemas. Hoy en día cualquier institución debe contar con una mirada a futuro que fundamente su acción estratégica y que, sobre escenarios posibles según las oportunidades existentes, consolide sus fortalezas y apunte a la eliminación de sus debilidades. Chile no posee esa mirada de futuro y de conjunto porque nuestra clase política no ha sido capaz de generar ese consenso. No se cuenta, por ejemplo, con una estrategia de diversificación productiva para enfrentar posibles escenarios adversos en materia de exportaciones. Tampoco hay un plan de acción sobre la necesaria incorporación de mayor valor agregado a la producción, lo cual necesita de una suficiente inversión en ciencia y tecnología no inferior a 1.2 puntos del PIB anual (muy por encima de los actuales 0.3 puntos) y sobre la base de instituciones universitarias y centros de investigación privados. No cuenta tampoco con una estrategia que aborde apropiadamente la realidad social y regional que el país debe modificar en la misma medida en que progresa en sus resultados económicos generales.
El plan de desarrollo nacional no debe ser de tipo indicativo ni uno impuesto desde el Estado hacia la sociedad. Lo que postulamos es la necesidad de establecer lineamientos para el desarrollo nacional que impliquen el logro de un consenso nacional y que partan de un diagnóstico acerca del medio mundial y regional en que Chile se mueve. El plan debe contener, asimismo, una estrategia para el desarrollo del recurso humano, una visión sobre el tipo de sociedad que se anhela construir y una definición respecto de la acción que debe llevar a cabo el Estado en materia social, económica, financiera y regional, especialmente en lo educacional.
Las discusiones puramente ideológicas son poco pertinentes en esta materia. Muchos pensarán que la idea de “plan” es la que existía a mediados del siglo pasado, cuando este se consideraba una herramienta “dirigista” de la economía y la sociedad. Ya hemos dicho que nuestro concepto de “plan” se refiere a la existencia de un consenso sobre el futuro que queremos construir para el país y que debe estar constituido por un gran acuerdo nacional. Plan que debe responder a orientaciones y políticas de Estado y no solamente de gobierno, permitiendo con ello que exista una continuidad en las políticas más allá de sucesivas administraciones, debiendo renovarse quinquenalmente en sus diagnósticos y lineamientos. La estrategia contenida en el plan debe consignar la realidad en que se mueve la economía chilena y que modela sus oportunidades, poniendo a prueba sus fortalezas y permitiendo superar sus debilidades. Además, dicho plan debe orientarse por la firme definición de que la nuestra es una economía mixta, donde la iniciativa privada es libre para desarrollar la empresa y los modelos de negocio que sean propicios, acotado ello al superior interés nacional en términos del impacto social de su hacer y en cuanto a la necesidad de que la política pública establezca las orientaciones necesarias para lograr un desarrollo acorde a los grandes objetivos nacionales. Muchas naciones experimentan hoy con modelos de índole pragmática en que el Estado tiene una labor de control y de orientación y la empresa privada es libre de jugar el rol que desee, sujeta a las restricciones que impone el bien común a través de las políticas del Estado.
La “ausencia” de Estado, hoy como antes, genera incertidumbre y desconfianza y provoca reclamos válidos e insistentes por parte de la ciudadanía. El desarrollo del Estado, por otra parte, y como lo prueba la experiencia de muchos países, nosotros incluidos durante la segunda mitad del siglo XX, no puede tampoco convertirse en un freno para la iniciativa privada que es capaz de generar actividad económica y poner los recursos de inversión necesarios para ello. La cuestión consiste en adecuar el funcionamiento de un Estado activo en materia de política pública transparente y efectiva, con el de una empresa privada que tenga la posibilidad de desarrollo con los incentivos adecuados pero sujetos a reglas basadas en la búsqueda del bien común. El plan que debe buscar Chile debe reflejar un consenso respecto de aquella compleja relación, cuyo fruto será el desarrollo equitativo y estable que la sociedad chilena anhela.
SEGUNDO RETO: Cambio en la institucionalidad
Es evidente que el término de la transición política chilena demanda un cambio en la institucionalidad vigente en al menos los cuatro aspectos siguientes: sistema electoral binominal, régimen presidencialista, rol del Estado en educación y en materia social en general, y estatuto de concesiones para la explotación de recursos naturales. El cambio en el sistema electoral debe orientarse a edificar un modo de tipo proporcional pero capaz de evitar una atomización de partidos. El régimen presidencialista debe ser revisado para balancearlo mejor con el poder del Parlamento, otorgando a este último iniciativa legal en aspectos definidos que no vulneren la necesaria disciplina fiscal. La educación y otras políticas sociales como salud primaria y seguridad social básica, el Estado debe asumirlas como responsabilidades preferentes dado su carácter de bien público y estratégico nacional, pero sin con ello eliminar la iniciativa privada sujeta a los objetivos nacionales prioritarios. Finalmente, el estatuto de concesiones debe ser modificado para que la contrapartida efectiva sean los recursos tributarios necesarios para consolidar el desarrollo futuro del país y donde el agua sea reconocida como recurso estratégico del Estado.
Los jóvenes reclaman por un nuevo marco institucional del país, ya que ellos no están dominados por los temores del pasado que naturalmente despierta el salirnos de la Constitución vigente. La revisión de la Carta Fundamental debe estar inspirada en la necesidad de diseñar una democracia directa en muchos aspectos decisivos para el país, permitiendo iniciativa legal a los propios ciudadanos y consultando un proceso de referéndum para algunas decisiones vitales de Estado. Esa “democracia 2.0” debe diseñarse cuidadosamente y las experiencias que han ocurrido a nivel de muchas comunas del país que han consultado a sus habitantes sobre los proyectos que anhelan, han arrojado una experiencia mayormente positiva. El país podría también impulsar consultas directas para abordar problemas de singular trascendencia, imponiendo la necesidad de una mayor educación de la ciudadanía, hoy acostumbrada a un ritmo de propaganda política medial y mayormente superficial con motivo de las elecciones de autoridades representativas.
Una asamblea constituyente elegida en forma directa debe establecer los criterios para este nuevo diseño constitucional, permitiendo la participación ciudadana en este decisivo debate. Esa asamblea será garante del cambio necesario, al ser las propuestas elevadas al propio Congreso Nacional para que tenga lugar su estudio y promulgación como nueva Constitución de la República de Chile. Pero la asamblea debe tener el mérito de ser un organismo representativo de la comunidad nacional, capaz de expresar la diversidad de visiones sobre el país que se anhela. Muchos la temen como si ella fuese a ser una entidad “peligrosa” o “inadecuada”, cuando en verdad se trata de una instancia representativa de la ciudadanía y sus anhelos. Indudablemente, no se trata de excluir al Congreso Nacional de su responsabilidad en cuanto a las modificaciones constitucionales, pero sí ha de tratarse de que se escuche a la ciudadanía y que sea el peso de su opinión el que efectivamente domine en las decisiones que el país urgentemente requiere en esta materia.
TERCER RETO: Descentralización por la vía del énfasis regional
El país no debe perder su esencial característica de constituir un Estado unitario, fortaleza indiscutible en el mundo globalizado actual. Sin embargo, Chile necesita también un desarrollo más equilibrado en materia económica, social y política con relación a su estructura geopolítica, especialmente cuando por años ha dominado un crecimiento no armónico en esta perspectiva. Una adecuada descentralización de las decisiones y las políticas de gasto público debe permitir distribuir mejor el resultado económico nacional en términos de las prioridades regionales. Este es también un camino importante para atacar la desigualdad social y económica, que se asocia íntimamente a la desigualdad prevaleciente entre regiones.
Desde el punto de vista político las regiones precisan mayor autonomía para determinar sus proyectos de inversión prioritarios y el uso específico de sus recursos en materia administrativa, además del régimen de incentivos que deben crear para atraer la inversión privada. El programa nacional de inversión se debe coordinar con las prioridades regionales de manera que la integración del país siga siendo un objetivo primordial en el marco de una mayor autonomía regional. Resulta esencial que las regiones decidan sobre sus proyectos de inversión contando con un adecuado filtro para conservar prioritariamente el espíritu del interés nacional pero, a la vez, impidiendo que tales decisiones se tomen únicamente en la capital del país.
Las regiones deben contar con autonomía para elegir a sus autoridades en un régimen que considere la plena compatibilización del poder político regional con el central, materia que requiere también de la definición de adecuadas normas constitucionales. El programa de regionalización del país debe poner especial énfasis en el diseño de la política educativa, para que ella se adapte a la realidad regional de manera adecuada aunque compatible con las orientaciones nacionales. Este aspecto es de fundamental importancia con vistas al apoyo que requiere la educación superior, especialmente la técnica, como factor de impulso regional.
CUARTO RETO: Educación de calidad para la productividad, la equidad y la buena ciudadanía
Chile cuenta con una educación retrasada e ineficiente que solo promueve la mantención o incremento de los actuales estándares de desigualdad social y económica. Ha logrado elevar significativamente las tasas de cobertura pero su calidad es pobre, haciendo de esto un factor que genera una innegable debilidad nacional. Es además inequitativa debido a las enormes brechas que caracterizan a sus resultados de acuerdo a los niveles socio-económicos que atiende, haciéndola un factor que mantiene o acrecienta la deteriorada distribución del ingreso nacional en lugar de ser un vehículo de integración y movilidad social. Por su carácter de bien público de naturaleza estratégica, la educación debe ser una tarea prioritaria del Estado por medio tanto de la provisión directa como de la existencia de una adecuada regulación.
Cuatro aspectos es necesario considerar en un programa de recuperación de la educación chilena, considerando que ella no solo debe orientarse a formar individuos “productores” sino también ciudadanos e individuos educados en los valores del humanismo:
1) una mejor gestión que considere la asignación de recursos estatales sobre la base de resultados y que termine con el sistema de municipalización de la educación pública, radicándola en corporaciones educacionales de tipo público;
2) disponer los recursos docentes, tecnológicos y de infraestructura necesarios para mejorar la educación pública, incrementar la subvención escolar, aumentar la cobertura de la educación preescolar y de la educación técnica media y superior, financiar adecuadamente a las universidades del Estado e incrementar significativamente la inversión en investigación científica y tecnológica, todo ello sujeto a que el Estado no podrá financiar a instituciones que lucren o que no rindan cuenta pública de sus resultados;
3) la educación debe mejorar su eficacia con una profunda revisión de los contenidos que se entregan desde el nivel preescolar a la media y con relación a la duración de los estudios en el caso de la educación superior, mejorando las reglas de supervisión y control con una Superintendencia independiente y brindando especial énfasis a la formación cívica y valórica que debe caracterizar a la ciudadanía del Chile futuro, y
4) definir una política de Estado en materia de formación de profesores, implicando la creación de una Escuela Nacional de Educación que marque los estándares que el Estado chileno ha de requerir para un aspecto tan vital de la seguridad nacional.
Para llevar adelante este ambicioso programa de recuperación de la educación chilena el país necesita otorgarle hacia el largo plazo al menos tres puntos adicionales de su producto interno. Solo así y al cabo de una década el país podrá contar con una educación que alcance los trascendentes objetivos nacionales mencionados: mayor equidad social, mayor productividad laboral y mejor formación ciudadana y valórica de la juventud.
QUINTO RETO: Una economía internacionalizada con crecimiento sostenido
El país ha venido desarrollando, sin haberse nunca suscrito un plan específico ni un acuerdo político determinado, una política de promoción del comercio internacional basado en acuerdos bi o multilaterales con otros países. Esto ha permitido una acentuada expansión y diversificación del comercio exterior que resulta en un significativo mecanismo de seguridad ante las crisis de tipo regional y en mayor bienestar de la población chilena. Lo alcanzado prueba que un consenso transversal es posible en materias de trascendencia intertemporal y de amplia cobertura en materia de política de desarrollo.
Se debe insistir en este camino, pero en lo interno se necesita dar lugar a políticas de estímulo efectivas a la PYME para que este sector sea el protagonista de una segunda etapa del crecimiento exportador. Este objetivo es concordante con el afán descentralizador y su éxito requiere de una acción decidida de los organismos del Estado para construir un esquema de incentivos y de apoyo al desarrollo de este sector, especialmente por la vía de la gestión y del traspaso de tecnología y conocimiento aplicado. Un país internacionalizado, con más turismo, con una cultura internacional incentivada desde una nueva educación y con una economía diversificada y competitiva cuenta con factores de primer orden para conseguir crecimiento económico alto y estable. Pero este deberá darse en el contexto de un país integrado en que los beneficios del comercio se hagan tangibles no solo para ciertos enclaves productivos sino para todo el país y sus regiones en general. Chile debe consolidar su estrategia económica basada en la apertura al resto del mundo y en la iniciativa privada, pero reforzando el rol social que debe estar asociado a la misma y el de un Estado activo que, con pragmatismo y visión de futuro, debe regular y alentar un desarrollo industrial efectivo y eficiente.
Es evidente que sin crecimiento económico todos los objetivos que el país se proponga en distintos campos pueden resultar en un notorio fracaso. Sin crecimiento no puede favorecerse una estrategia de mejoramiento en la calidad de los empleos ni puede auspiciarse una política de elevación de la productividad laboral y los salarios, y tampoco llevarse a cabo plenamente las acciones destinadas a mejorar la distribución del ingreso. Sin crecimiento el país es menos atractivo para la inversión y es, por lo tanto, predecible que la tasa de expansión del producto se debilite por ese efecto de segunda instancia. Promover el crecimiento es indudablemente promover la mantención de una política de apertura comercial y financiera, pero es también la necesidad de una política de Estado destinada a consolidar el desarrollo del sector de medianas y pequeñas empresas productivas y de servicios.
Un país con crecimiento sano no es aquel en que la actividad se concentre en un sector de grandes conglomerados que invaden todos los campos económicos y productivos, sino un país donde exista una adecuada diseminación del crecimiento a través de una estructura industrial. Por eso una adecuada política de inserción internacional debe promover una integración del país desde el punto de vista de los diferentes ámbitos productivos y regionales, para que los beneficios del crecimiento económico y la diversificación y expansión del comercio sean un factor de equidad y progreso.
SEXTO RETO: Un Estado activo con financiamiento adecuado
El Estado chileno debe asumir roles que ha venido abandonando o minimizando en las últimas décadas, creando una profunda debilidad en el desarrollo nacional bajo un pretendido “rol subsidiario”. El área social, por ejemplo, especialmente en educación, salud y previsión, necesita de una acción decidida que sea capaz de incluir a todos los chilenos y exprese el sentimiento de que el éxito económico del país va más allá de titulares que el chileno medio aprecia pero que en términos concretos no disfruta ya que los resultados se concentran en un mínimo de la población nacional. El Estado chileno necesita ejercer una labor decidida en materia de redistribución de los recursos asociados al progreso económico. Asimismo, debe regular eficazmente para impedir que el libre mercado y el libre juego de intereses vulneren el bienestar de las personas, como ocurre con la colusión de empresas comerciales, la poca transparencia de empresas de servicios y la indebida oferta de educación o salud que no cumple con los mínimos estándares de calidad. Chile necesita un Estado que intervenga con pragmatismo en la actividad económica, sea factor decisivo en materia de redistribución del ingreso, introduzca señales sobre orientaciones futuras en base al plan de país, regule adecuadamente el hacer económico, sea un factor decisivo en materia de transferencia tecnológica al sector de nuevas empresas y PYMES, y provea la adecuada información al ciudadano y que abra paso al sector privado en todo aquello que redunde en posibles mejores resultados. Un Estado que sea garante de estabilidad social, económica y política y que, por tanto, sea determinante para atraer la inversión extranjera bajo las condiciones que establezca la nación chilena y en condiciones de estabilidad social y política.
El Estado chileno requiere de una reforma integral para ser más efectivo en el alcance de su tarea y en la aplicación de la política pública, pero también precisa de más recursos para atender prioridades innegables especialmente en el campo social. Es cierto que el crecimiento proporciona más recursos, pero también es cierto que las necesidades en educación, salud y previsión son cada vez mayores en la medida que envejece nuestra población, prevalece una inadecuada distribución del ingreso y se necesita financiar nuevos y significativos objetivos nacionales. Una reforma que rinda siete puntos más del Producto Interno Bruto para entregar tres a educación, dos a salud y dos a previsión social como objetivos de mediano plazo es viable y garante de la estabilidad social que Chile necesita para crecer.
No queremos un Estado agigantado que solo sirva de botín para los que triunfan en las sucesivas elecciones de autoridades. Queremos un Estado eficiente y eficaz en su tarea de orientación para el largo plazo, de redistribución y regionalización efectiva y de adecuada regulación en materias definidas cuidadosamente en la política pública. Un Estado con mirada estratégica que responda ante las necesidades que levanta el desarrollo y en que la respuesta del mercado es incompleta o inexistente. Chile tiene derecho a aspirar a un Estado capaz de ser garante de un desarrollo estable y sostenido.
SÉPTIMO RETO: El cuidado ambiental y la matriz energética
El futuro de Chile y de su economía se liga profundamente a la necesidad de mantener mejores estándares en materia ambiental. Los esfuerzos hechos hasta ahora deben redoblarse, en especial para reducir el deterioro ambiental asociado a los procesos productivos y al desenvolvimiento de la vida urbana, debiendo reducir el nivel de contaminación que afecta a las grandes ciudades del país. En particular, la estrategia ambiental debe cuidar la sostenibilidad del desarrollo económico chileno para que no se consuman en el presente todos los recursos que pertenecen también a los chilenos del futuro. Nuevos recursos naturales como el litio deben ser explorados y explotados por el Estado con mecanismos de concesiones que permitan la alianza con empresas privadas.
Asimismo, el país debe definir una política energética que considere la huella de carbono para privilegiar el cuidado del medio ambiente. En esta debe incentivarse la eficiencia energética y el uso de una matriz energética que produce energía eléctrica considerando fuentes de energía renovables no convencionales, como la fotovoltaica, la eólica y la hidráulica. Por otra parte, el uso de hidrógeno verde en reemplazo de los combustibles fósiles, debe impulsarse y apoyarse. Para esto el Estado debe tener un rol primordial, en que la evaluación de impacto ambiental considere producción y transmisión como parte integrante del mismo proyecto y en enfrentar con tiempo suficiente las necesidades de inversiones que se requieren en producción, para satisfacer el consumo de energía eléctrica que se proyectan para los próximos diez años móviles.
I. 5 CONSIDERACIONES FINALES
Las ideas que se esbozan más arriba no son excluyentes de otras propuestas en ámbitos diferentes o de distintas concepciones en torno a las soluciones esbozadas. El punto de fondo es que el reclamo ciudadano tiene que ver con estas prioridades no atendidas suficientemente, exigiendo de las autoridades políticas un pronunciamiento y una acción concordante. Más que un programa de componentes fijos y predeterminados, las áreas anteriormente mencionadas pretenden abrir un debate que sirva para adoptar las soluciones que la sociedad demanda y que sean parte del plan que necesita el país para mirar con optimismo su futuro.
Como se ha dicho, la problemática tras el conflicto social que se está alimentando radica en la falta de pronunciamiento respecto de estos y otros problemas vitales de la sociedad chilena. La crisis moral que vemos en curso y que se manifiesta en la protesta ciudadana, se asocia precisamente a ese déficit de análisis y propuesta por parte de los poderes del Estado y del estamento político de nuestra sociedad. Hoy más que nunca es necesario anticiparse a una crisis de la cual el país no saldrá sino en medio de conflicto y divisiones, y por eso es tan importante que el pronunciamiento ocurra antes como un medio de reducir el costo de un trance asociado en forma importante a la ausencia de determinaciones.
Sin duda alguna el tema pasa por un liderazgo capaz de conducir estas propuestas de manera convincente y efectiva, canalizando la inquietud ciudadana y promoviendo una visión integral de país. Sin ese liderazgo el programa necesario no podrá ser abordado íntegramente y las propuestas se diluirán en acciones con mirada de corto plazo, pero manteniendo sin solución la salida de largo plazo. Será este el campo propicio para planteamientos populistas que, como se ha comprobado en muchas otras realidades, alimentan expectativas, pero no concretan soluciones. El problema mayor en Chile para combatir la probabilidad creciente asociada a este mal es que el liderazgo necesario debe crear y construir los acuerdos y consensos necesarios en torno al país que queremos. En esto todos los chilenos tenemos la palabra.
1 Este artículo fue publicado en julio del año 2012 en el volumen Pensando a Chile del año 2030. Notas de un Ciclo de Conferencias. En la conferencia en que se presentó participaron connotados dirigentes políticos como Ricardo Lagos, Andrés Allamand, Marco Enríquez O., Lautaro Carmona y José M. Insulza.
CAPÍTULO II RENOVAR UNA SOCIEDAD AGOTADA
Este texto fue publicado como artículo en la revista Le Monde Diplomatique en abril del año 2012, poco después de las manifestaciones estudiantiles denominadas “la revolución pingüina”.
II. 1 CHILE ES VÍCTIMA DE SU PASADO
Nuestro país ha experimentado en los últimos años un significativo proceso de transición política agudamente marcado por los traumas del pasado y la incertidumbre de los días por venir. Los últimos cincuenta años de historia proyectan hacia nuestro presente las profundas y latentes heridas que dejó entre nosotros la polarización ideológica y las repercusiones de la guerra fría. Pero, además, nuestro presente se ve también afectado por nuestro pasado de desigualdad social y de contraposición ideológica, evidenciando traumas tan antiguos como aquellos mostrados en Lircay en 1830, la Guerra Civil de 1891, los episodios de la cuestión social y reforma constitucional de 1925, entre muchos otros reveladores de agudos y no resueltos antagonismos. El rompimiento institucional de 1973 y los legados de la dictadura militar han sido mucho más persistentes en nuestra institucionalidad y en la reafirmación de nuestra democracia que lo que habríamos querido y previsto. Subsisten los viejos debates y dilemas, y el alma nacional, aunque no nos guste reconocerlo, no ha logrado del todo producir ese necesario reencuentro en torno al país del futuro que necesitamos edificar. Desde 1990, y a pesar de todos los visibles logros y empeños, se ha instalado la persistencia de las instituciones y formas de gobernar asociados a temas “intocables” y a las prevenciones establecidas en una institucionalidad “legada”, sin permitir una efectiva democratización de las decisiones y de las instituciones. A esto se ha sumado el sinsabor del cambio ocurrido en la política, que ha devenido de una larga tradición de conducción y compromisos a un terreno más de acomodos y respuestas cortoplacistas ante los problemas del país, los cuales, por su parte, siguen arrastrando las mismas viejas problemáticas que nos han dominado en el pasado. Somos una sociedad agotada que requiere remozar visiones y estructuras.
II. 2 LA MIRADA JOVEN NOS HA DESPERTADO
Los jóvenes nos han recordado, con generalizado apoyo, que la transición definida en torno a la recuperación de la democracia formal ha culminado, y que se ha iniciado una nueva etapa que requiere decisiones y respuestas distintas.
Son las generaciones que no crecieron bajo el temor que despertaba el legado del período militar y no comparten los viejos traumas de nuestra herencia política de los últimos cincuenta años. Tampoco sienten el compromiso con la vieja forma de hacer política, con su antigua institucionalidad y sus anquilosadas posturas acerca de lo que es o no posible. Los jóvenes nos han dicho que no temen y que creen que cambiar todo es posible, atendiendo los viejos problemas de nuestra sociedad y enfrentando aquellos nuevos derivados de la creciente globalización y desarrollo de la tecnología comunicacional. Demandas frente a las cuales no ha existido, como era de esperar, una clara conducción y un firme argumento por parte de la política tradicional.
El reclamo es indiscutiblemente válido: los viejos problemas siguen presentes, como la inequitativa distribución del ingreso, el olvido de la educación y la salud y de los asuntos públicos en general, el abandono de las regiones del país, la existencia de un modelo social y económico que protege el interés privado más que el interés público y el propósito de integración nacional que tanto nos ocupó en el pasado. Nos han dicho los jóvenes que la mirada debe cambiar, y que la transición basada en los resabios del pasado político reciente ya terminó. Nos han dicho que aspiran a una democracia participativa, en lugar de la vieja democracia representativa. Con ello, nos han demandado un cambio institucional que no hemos sido capaces de encauzar como sociedad, previendo los traumas que podrán inevitablemente ocurrir. Nos piden enfrentar el agotamiento de nuestra sociedad y sus instituciones.
II. 3 UNA NUEVA CONSTITUCIÓN PARA EL CHILE DE HOY
Es el momento de pensar la nueva Constitución Política para que en torno a este cambio exista un debate ordenado sobre la sociedad que queremos. Un debate efectivamente participativo y con una conducción digna del legado que ambicionamos para la Nación del futuro. Una Constitución que refleje efectivamente las demandas ciudadanas, que genere la institucionalidad necesaria para atender esas problemáticas y acoger las futuras, y que también provea los mecanismos participativos necesarios para una democracia moderna, debe ser producto de una Asamblea Constituyente. Ya no puede ser más resultado solo de comisiones en la materia ni menos asunto exclusivo de los actores políticos tradicionales en sus cargos y representaciones. Una Asamblea Constituyente donde exista el debate necesario para dar forma jurídica a las ambiciones de cambio contenidas en la Nación, que enfoque los problemas con un criterio de país, y que proponga a un plebiscito nacional un proyecto, una idea, una forma específica para nuestra futura institucionalidad.
Muchos son los temas que deben estar hoy día en discusión. Naturalmente uno de tipo central se refiere al tipo de Estado que ambicionamos los chilenos para el desarrollo del futuro. Si acaso uno netamente subsidiario al hacer privado, o un Estado con mandato para intervenir proactivamente para ser la base estratégica de un desarrollo con solidaridad social. Y también, y por lo mismo, deben estar en discusión las políticas de concesiones al sector privado y la retribución que por ello se debe a Chile. Del mismo modo debe estar presente la forma de gobierno en cuanto a la preeminencia del poder presidencial, o si acaso del Congreso Nacional, para resolver de una vez un dilema que durante un siglo o más ha sido objeto de controversia. Pero, asimismo, y de un modo central, la pregunta es cuáles serán los mecanismos para que las consultas al pueblo de Chile sean la norma en vistas a decisiones cruciales que tienen que ver con el futuro. En fin, los derechos de las minorías, los principios en que debe basarse la igualdad entre regiones, la prioridad de la educación como atención preferente del Estado, y la necesidad de tener una mirada estratégica como Nación en el contexto de una ingente globalización, son también temas que deben ocupar un debate que resuelva con compromiso y visión.
II. 4 NUESTRA PERSPECTIVA DE DESARROLLO
Muchos han especulado sobre las perspectivas de desarrollo que tiene Chile en función de su actual ingreso per cápita y expectativas de crecimiento. Poco se menciona respecto del hecho fundamental que el desarrollo conlleva cuestiones que van mucho más allá del ingreso per cápita, y que se extiende a consideraciones distributivas, sociales en general, como asimismo medioambientales, en lo que nuestro país aparece en evidente desmedro. Figurar entre los quince países más desiguales del mundo, por ejemplo, no constituye precisamente un logro que nos ayude a estar entre las economías desarrolladas. Por lo demás, el logro de un alto nivel de ingreso requiere estabilidad política y social sustentada en el acceso de toda la población a servicios públicos de calidad, como educación y salud, además de mecanismos participativos suficientes para que la ciudadanía tenga efectivo derecho a expresión en los asuntos más fundamentales. Estamos también lejos de esto, especialmente porque contamos con un sistema político insuficiente para brindar esa participación, y un débil acceso a los servicios públicos por la preeminencia de un Estado subsidiario y el severo desfinanciamiento de las instituciones públicas. Por eso existe un reclamo generalizado que no brinda precisamente la estabilidad que requiere la inversión y el crecimiento, y que terminará llevando el desarrollo económico chileno a una segunda frustración, nuevamente por la preeminencia de las desigualdades y asimetrías sociales y económicas.
II. 5 APOSTEMOS AL FUTURO
Es evidente que estamos ante la necesidad de tomar decisiones de fondo en materia política, social y económica. La señal que espera el ciudadano es justamente una preocupación real del estamento político acerca de los problemas que le afectan y que tienen que ver con acceso a los servicios públicos, mayor protección por parte del Estado y sus instituciones, mayor participación en las decisiones cruciales del país. En suma, el país busca una organización más solidaria, equitativa y que promueva efectivamente la libertad para opinar. Son los viejos postulados, que una y otra vez se vuelcan sobre nosotros como una urgente necesidad de modernidad, justicia y progreso para superar el agotamiento de nuestra institucionalidad social. Se trata de seguir conquistando libertad, igualdad y fraternidad.
Libertad para garantizar participación y opinión de todos en las decisiones sobre los asuntos cruciales que afecten el futuro de nuestra sociedad. Igualdad para avanzar hacia la creación de similares oportunidades para todos, en que no se discrimine a los más pobres, a las regiones apartadas, a las minorías de todo tipo. Fraternidad, para ser un país que avance hacia la solidaridad como mecanismo efectivamente integrador.
Ambicionamos un Chile en que la tolerancia vuelva a ser el eje que permita avanzar en discusiones difíciles y decisiones complejas. Una nueva Constitución, un orden económico que ponga énfasis en la solidaridad para progresar en un país integrado, un orden social que sea inclusivo, no discriminatorio y con activa participación del Estado, y un orden político que permita avanzar desde una democracia representativa a una participativa, constituyen el marco para abordar proactivamente los sueños jóvenes. Ese será el camino para superar el agotamiento que muestra nuestra institucionalidad social.
II. 6 LA CRISIS: OPORTUNIDAD PARA LA REPÚBLICA
Este artículo se escribió en coautoría con Carlos Cantero, y se publicó en la página editorial de El Mercurio en junio del año 2016.
Chile sufre una grave crisis. Unos la vinculan solo al ámbito político; otros la reconocemos en otras dimensiones: valórica, social, institucional, de confianza. Hay quienes enfatizan el desorden, la violencia, la falta de liderazgos e ideas innovadoras. Otros ponen el foco en las opciones políticas tradicionales para enfrentarla. Para todos, sin embargo, resulta claro que vivimos una crisis política e institucional sin precedentes, marcada por la lejanía de los actores políticos de las inquietudes ciudadanas y la pérdida de fundamentales valores republicanos. Las respuestas de los partidos políticos y sus desgastadas alianzas han sido insuficientes para frenar el descontento y desilusión que proyecta la actual crisis moral de la República. Necesitamos un proceso de refundación republicana.
Mientras el ciudadano reclama cambios, la política tradicional insiste en dar más de lo mismo, anclada en un modelo que atenta contra el sentido de comunidad y promueve un enfoque reduccionista del ser humano. Frente a este escenario surge un imperativo ético que moviliza a la ciudadanía y a todos quienes compartimos los valores del humanismo, de respeto democrático, de tolerancia y preocupación por el bien común. Chile ha llegado a un punto crítico: la ciudadanía expresa contundente repudio al presente estado de cosas: las instituciones y la institucionalidad flaquean; política y políticos están sumidos en agudo descrédito; la democracia está huérfana de electores y de participación; la representatividad y legitimidad de nuestros representantes es crítica. La juventud vive una crisis de confianza asentada en una ausente formación ciudadana a la que nunca se le dio acceso, y a mecanismos de participación que nunca han abierto campo para el libre juego de las ideas.
Una propuesta social-democrática-ciudadana-republicana-laica se plantea desde una perspectiva política transversal para recoger la inquietud ciudadana y proyectarla hacia el futuro de Chile. Una visión que se encamina a recuperar los valores republicanos, a refundar la República, basada en ideas con vocación de desarrollo específicas a nuestra realidad, comprometida con lo público y los bienes públicos. Un postulado que propicia servicios públicos para atender a los chilenos y no para humillarlos; con vocación de movilidad social ascendente; con instituciones republicanas comprometidas con esos bienes públicos compatibles con el respeto y la promoción de la iniciativa y los bienes privados. Principios que abogan por políticas públicas e instituciones que potencien los proyectos estructurales del siglo XXI; con seguridad ciudadana y calidad de vida para todas y todos. Una visión movilizada en torno al principio de la solidaridad, sosteniendo la libertad como principio orientador y que se anima a sustituir la pura competencia que agobia a nuestra gente, por una competitividad basada en la colaboración y asociatividad. Ideas que estimulan una vocación de comunidad que comparte bienes (públicos) garantizados por el Estado y que propician un impulso a la fraternidad entre las personas, fundada en la integración social, cultural y económica. Postulados que se dirigen a terminar con el proceso de segregación que vive el país y en que la valoración del mérito vuelva a constituirse en mecanismo de movilidad y ascenso, superando la cultura de corrupción y promoviendo el respeto y la tolerancia fundados en relaciones de confianza.
Un ideario ciudadano plasmado en acción destinada al rescate de valores republicanos hoy postergados, que permita recuperar la vocación de servicio público y una administración del Estado moderna, honesta, al servicio de las personas. Este postulado republicano constituye una gran oportunidad para enfrentar la aguda crisis presente y pone el énfasis primero en la formación ciudadana y en la educación. Ideario que convoca a una ciudadanía con compromiso y vocación de servicio público, con sanidad cívica, inspirado en principios y valores universales, unido por fuertes lazos de respeto y fraternidad y que invita a dar un giro en materia política. Un grupo ciudadano que surge, se articula y organiza para enfrentar el desafío refundacional de los valores de la República, con clara voluntad de cambio en el escenario político, social, cultural, económico y territorial. Más allá de partidos y coaliciones, este es un llamado amplio a Chile para restaurar los principios republicanos que hemos ido olvidando y diluyendo, y propiciar un debate sobre la oportunidad que se presenta de superar la crisis con una visión de Chile unido.
Nada es más poderoso que una idea a la que le ha llegado su hora. Llamamos a compartir nuestro amor a Chile, el respeto, solidaridad y fraternidad por los hombres y mujeres de nuestro país. A defender el sentido de integración nacional que debemos recuperar para efectivamente construir un país descentralizado en la unidad, socialmente integrado y económicamente justo. Este es nuestro desafío en la urgencia de la hora presente. Llamamos a todas y todos, para salvar la res pública, para refundar lo público, para proyectar la NUEVA REPÚBLICA que Chile demanda.
CAPÍTULO III LA CRISIS POLÍTICA E INSTITUCIONAL DE LA REPÚBLICA
LA VIGENCIA DEL “GOBERNAR ES SIEMPRE EDUCAR”
Este trabajo, publicado en febrero de 2016, a inicios del segundo mandato de Michelle Bachelet, postula que Chile estaba ya en ese entonces atravesando “por una crisis política e institucional sin precedentes en la historia reciente”. Advierte sobre las connotaciones de dicha crisis, se refiere a sus causas y enarbola el argumento de que es necesaria una visión republicana en educación, que resulta ser vital para poder abordarla.
III. 1 INTRODUCCIÓN
Chile atraviesa por una crisis política e institucional sin precedentes en la historia reciente. Muchos la atribuyen al cumplimiento insatisfactorio de las tareas por parte del Gobierno, como asimismo del Parlamento y de la Justicia. Pero también hay una parte importante de nuestros problemas asociada al propio diseño institucional, que mantiene vigentes ciertos desbalances entre poderes del Estado y que no favorece la calidad del accionar político como lo decisivo en el orden social. Otros van aún más allá, y señalan que esta crisis se deriva de cambios fundamentales en los patrones de conducta de los chilenos, que hoy día ponen de manifiesto una severa dislocación social. Se señala que, por un parte, prevalecen demandas ciudadanas crecientes y difíciles de conformar en un sentido realista y de modo satisfactorio en plazos breves y con los recursos necesarios. Por otro lado, se ha desarrollado una cierta cultura política cuyo sistema relacional impide un real acercamiento a los problemas profundos de nuestra sociedad, carece de credibilidad suficiente y es limitado para buscar soluciones concordadas. Ciertamente es el ciudadano, el habitante promedio de nuestra nación, el que ha cambiado en sus percepciones y valoraciones; ha sido educado distinto, se ha hecho más individualista y utilitario, transformándose en un activo demandante de derechos, como de bienes y servicios, pero un pasivo oferente de deberes hacia el resto de la sociedad. Existe, a la vez, una pérdida del sentido de la moralidad del servicio público, esto es el de cumplir adecuadamente con los requerimientos de una sociedad en tránsito y con amplias demandas económicas y sociales. Todos estos elementos constituyen una trama compleja que nos han conducido a una crisis de serias proporciones.
III. 2 UNA CRISIS INSTITUCIONAL
La crisis institucional se asocia al descrédito y falta de eficacia política de los poderes del Estado que están llamados a encauzar y ordenar las ansias ciudadanas de una manera satisfactoria y con visión de nación y de futuro. Las instituciones no están respondiendo adecuadamente a sus responsabilidades, y el cumplimiento de las tareas de administración de gobierno y de construcción legislativa se lleva a cabo con grandes defectos y en medio de ingentes críticas de la ciudadanía. La crisis política ha venido causando aquello en la misma medida en que ha dado paso al descrédito de sus actores y mantenido una irrelevancia de principios y propuestas en los partidos y conglomerados, haciendo de la elección popular un simple proceso de marketing, con ausencia de ideas de fondo. Todo ello se ha favorecido por una ciudadanía que no observa el ejercicio del poder como algo superior, necesario, decisivo y estrictamente ciudadano, sino como un instrumento para lograr reivindicaciones de corto plazo. Esto ha favorecido el desarrollo de una forma de hacer política con visión restringida de país y de futuro, y promovido un accionar por parte de quienes participan en política en que están ausentes los principios y las ideas, aunque sí una activa difusión de tipo publicitario, una inspiración esencialmente electoral, y la práctica de un desarrollo de controversias que rayan en el límite de lo aceptable.
Nos caracterizan muchos déficits en cuanto a mejorar nuestra institucionalidad, elevar la formación de las nuevas generaciones y rediseñar el marco relacional que debe darse en una sociedad cada vez más diversa y compleja. Para enfrentar esos déficits, los poderes del Estado desempeñan hoy un papel limitado, careciendo de un norte, de una propuesta en la línea de un ánimo concreto de cambio en materia institucional. El diálogo entre los poderes del Estado se hace a menudo áspero y contradictorio, mientras prevalece una calificación ciudadana muy negativa sobre actores políticos, partidos, coaliciones de los mismos, autoridades e instituciones públicas a todo nivel. No es todo esto fruto de una circunstancia o de una cierta coyuntura que podría enmendarse por acuerdos o decisiones cupulares, aunque indudablemente ello podría colaborar a enmendar ciertas tendencias en la medida en que se contenga en una agenda convincente. El problema de fondo es que la crisis que vivimos obedece a temas más estructurales que se vinculan al cambio en el chileno, al diseño institucional y a la consecuente desatención de valores republicanos fundamentales para la vida de la nación y para el correcto ejercicio de las tareas de Estado. Se trata de una situación que se proyecta dinámicamente: el deterioro en nuestra formación valórica y ciudadana lleva a la pérdida de valores republicanos esenciales e inherentes a nuestra personalidad como nación, lo cual se ve luego respaldado por una cierta forma de hacer política y la existencia de una institucionalidad inadecuada. Todo esto hace de la nuestra una significativa crisis institucional. La necesidad de abordarla hace necesario atacar esos tres frentes en forma decidida: la formación de nuestra ciudadanía en lo valórico y republicano, la decidida reposición de los principios que dieron forma a la vida republicana, y la corrección de nuestra institucionalidad y formas de hacer política.
Es necesario que la sociedad chilena emprenda un debate profundo sobre este problema para establecer los medios necesarios que permitan reponer los valores republicanos pospuestos o diluidos. Tal debate requiere una conducción basada en ideas y propuestas con mirada de república y de largo plazo, y nuestros políticos parecen estar inhabilitados para ello por su baja credibilidad y ausencia de receptividad ciudadana en estas materias. También se requiere debate y propuesta para reponer una educación que enfatice una formación humana, valórica y ciudadana que hoy día no existe o se encuentra notoriamente subvaluada en el marco de una educación que prioriza solamente la instrucción disciplinaria. En este sentido, las iniciativas sobre educación e información ciudadana que se están emprendiendo debiesen focalizarse en un sentido más amplio de lo que se considera prioritario actualmente, que es la reforma a nuestra Constitución. La necesidad de remozar nuestra institucionalidad para mejorar el hacer de los poderes del Estado y su mejor coordinación, no tendrá resultados decisivos en cuanto a la crisis que vivimos si no cambiamos el alma del ciudadano chileno, identificándolo con los valores que se han perdido y que constituyen la esencia de la nación. Es bueno meditar sobre ello, y sobre las serias connotaciones de la grave crisis presente, para sostener caminos de salida, impulsar el mejor accionar de nuestra institucionalidad, para para dar cabida a la visión sobre el marco humano que se ha perdido.
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