Kitabı oxu: «Historia e historiadores»

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HISTORIA E HISTORIADORES

Luis Felipe Valencia Tamayo


ISBN: 978-84-15930-68-6

© Luis Felipe Valencia Tamayo, 2015

© Punto de Vista Editores, 2015

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ÍNDICE

EL AUTOR

INTRODUCCIÓN

EL PASADO EN CUESTIÓN

CONCIENCIA DEL PASADO, INCONSCIENCIA DEL FUTURO

MIRANDO LA SOMBRA DE LA OBJETIVIDAD

BIBLIOGRAFÍA

El autor

Luis Felipe Valencia Tamayo (Manizales, Colombia) es profesor de Literatura y Humanidades en la Universidad de Manizales. Historia e historiadores es su primer libro de ensayo. Precisamente la reflexión sobre la narración y las formas en las que se puede ver el pasado ha sido uno de los terrenos en los que más ha destacado en su quehacer intelectual. Combina frecuentemente la escritura de obras de ficción con la indagación en ensayos y artículos acerca de los elementos que componen el estudio tanto de la literatura, como de la historia, el cine, el arte, la filosofía, la sociedad y el mundo contemporáneo. Sus cursos universitarios permiten a numerosos jóvenes periodistas e investigadores apropiarse de conceptos y reflexiones que les permiten ser profesionales mucho más responsables y rigurosos. Dirige un programa de radio sobre cultura contemporánea y libros en la radio universitaria UMRadio y asiste la formación de jóvenes hábiles con la pluma con un semillero de escritura creativa, también desde la Universidad de Manizales. Ha obtenido diversos reconocimientos por su obra de ficción, entre los que se pueden destacar los premios de Cuento La Monstrua de Literatura Fantástica (Vavelia, Guadalajara-México, 2007), El Camino de los Mitos (Evohé, Madrid–España, 2007 y 2010) y Ciudad de Barrancabermeja (Alcaldía de Barrancabermeja-Colombia, 2012), así como el Premio de Ensayo sobre arte Alenarte (Revista Alenarte, Madrid-España, 2008), y ha sido finalista de los certámenes literarios Palabra sin Fronteras (Bruma Ediciones, Córdoba-Argentina, 2012) y Narrativa Breve Canal de Literatura (Murcia-España, 2012). Tiene en preparación su primera novela y colabora activamente en la publicación de artículos, cuentos y reseñas literarias en diversos suplementos y revistas culturales.

INTRODUCCIÓN

En el avance del presente siglo y del llamado nuevo milenio, asistimos a una de las más dinámicas situaciones en los estudios históricos. Entre las muchas características de lo que hoy la disciplina vive, se mantienen latentes la revisión del pasado y el examen constante de las obras clásicas y de las fuentes como premisas fundamentales con las cuales los historiadores se motivan a actuar en su disciplina. Hay por supuesto una suerte de intenciones que son difíciles de sondear a cabalidad, y aunque se parte del hecho de que se realiza un honesto trabajo, no es extraño que todavía se atribuyan a historiadores y a historias acusaciones que indican engaños, inexactitudes, faltas de claridad y, lo que puede sonar aún más pecaminoso, ausencia de objetividad. Como nunca antes, nuestra generación es testigo de encendidos debates en torno a la profesión del historiador, sus intenciones, sus presupuestos sociales y políticos, su raza, su sexo, lo que pretende defender y lo que oculta al decir ciertas cosas en lugar de otras. Revisar el pasado ahora, que es un lugar común de todos los amantes de la historia, es entrar en una palestra en la que se ponen de relieve situaciones, épocas y personajes que antes no tuvieron cabida y que se resistieron durante muchos años a la idea de que tenían un relato interesante que pudiera ser contado, una anécdota que favoreciera otras explicaciones de la realidad, en últimas, una versión de la historia que ofrecer. Y todo ello no hace más que invitar a nuevas reflexiones en torno al panorama de la disciplina; a su carácter influyente en la educación; a su forma de conectar con pueblos y héroes cada vez más lejanos pero, de todas maneras, vigentes como antepasados de la humanidad; a los intereses de quienes narran, y a las herramientas con las que estos se arman para emprender el camino de sus objetivos. Nos hemos alejado de la leyenda de la historia como un territorio en el que los debates se daban sobre asuntos que solo representaban banalidades porque la religión o la ciencia ya habían mostrado el verdadero camino de sus propósitos y hemos, no solo retornado, sino despertado a la verdadera problemática de unos estudios que, a pesar de radicales diferencias y, a la vez, amén de ellas, se han diversificado profundamente.

Las personas que hoy nos sentimos atraídas por la historia tenemos más de un lugar desde el cual presenciar el espectáculo. La palabra espectáculo, es cierto, no está lejos de caracterizar lo que la disciplina es en la actualidad. Son diversas y hasta contrarias las opiniones que pueden tenerse no solo del ejercicio del historiador sino también de la idea de la historia y, como cuestión de interés público y cultural, termina habiendo para todos los gustos. Lejos de los dictámenes clásicos, decimonónicos casi todos, acerca de los contenidos de las obras de historia, la disciplina vive hoy en la abundancia de las disparidades. En primer lugar, el libro y el manual han dejado de ser los únicos puentes que se tienden sobre el pasado. El cine, los documentales, los canales de la televisión por cable que asumen la historia como su agenda, Internet, revisan los acontecimientos y hasta los anecdotarios de las personalidades de acuerdo con otros métodos y bajo la sombra de cuantiosas inversiones en producción. Podemos documentarnos en torno a cualquier tema, como por ejemplo la historia de las frituras, las papas con sabor a pollo y las crispetas en los Estados Unidos, por medio de un ameno espacio televisivo de menos de una hora. Si a alguien le interesa, es seguro que otro puede hacer la investigación y sacarla en televisión. No es extraño que entre las series y miniseries, de lengua inglesa sobre todo, se nos narre una versión actualizada y cinematográfica del pasado de los pueblos y se caracterice para la posteridad una nueva fisonomía de los hombres y mujeres que mayor interés pueden despertarnos. Todo esto porque, muy amigable con la narración, la historia también puede ser un guion digno de resolverse en la trama de una película.

En segundo lugar, como lo que el libro de historia y el manual dicen a los fanáticos de la disciplina no es nunca suficiente y contamos hoy con recursos apenas si soñados en otras épocas, vivimos el apogeo de las publicaciones periódicas, las revistas en la red, los reclamos y cuestionamientos en foros tanto eruditos como semiprofesionales. Respiramos, además, los vientos de un género literario como la novela histórica que trae novedosos y también interesantes vistazos sobre el pasado. Día a día se publican en el mundo una gran cantidad de obras que tienen lejanos tiempos como asunto, muchas ya no solo con el interés académico o profesional sobre la historia, sino también en tono familiar y entretenido, como las poco discretas presunciones de los novelistas en torno a la Edad Media y los hombres del Renacimiento. Ya no queda tiempo para leer todo lo que se dice y dirá sobre un tema cualquiera que nos intrigue. Alguien que se siente tentado a hacerlo tendrá que disponer de más vidas que un gato. La Historia, esa que Hegel y toda una generación de idealistas veneraban como territorio del Absoluto, está hoy expuesta en cientos de manifestaciones de diversa índole. Hegel hubiera dicho que ello era también una forma más del desenvolvimiento del Espíritu. Cabe librarnos anticipadamente del problema hegeliano porque no es nuestra intención hablar en tan engolados términos de la filosofía de la historia. Es preferible dejar la historia, con minúscula, como una disciplina que asume con gusto y cada día sus propias victorias y derrotas frente al pasado; puede tratarse de la derrota ideológica o espiritual, como se quiera, en contraste con las victorias que alimentan el interés de los historiadores por comprender a su manera una parcela de la humanidad y llevar sus investigaciones a un público no menos avezado. Aunque si logran o no librarse de ideologías, de tendencias o de intereses ya no propiamente profesionales es un asunto que debe examinarse con cuidado.

Se resalta, en todo caso, este hecho, porque aún en nuestras facultades de Filosofía se miran con más que simple frugalidad las reflexiones en torno a la historia. Como si el tiempo se hubiera detenido en las argumentaciones hegeliano-marxistas, los atisbos más incautos echados sobre la filosofía de la historia conllevan inmediatamente preguntas por el fin de la historia, el desenvolvimiento de las ideologías, el papel de las clases sociales, la lucha de clases, en fin, toda una sarta de conceptos que hacen presa a esta disciplina de unas ya poco reconocidas características particulares, rasgos que, aunque populares, solo ofrecen el pasado de la propia filosofía de la historia. Si así fueran las cosas, tendríamos la querida disciplina como un capítulo más —si no un peón— del idealismo hegeliano o del materialismo histórico marxista. Pero el paso del tiempo, el mismo desesperanzador desarrollo de la historia en las manos de quienes han sido heraldos de aquellas versiones de ella y el aumento de las reflexiones críticas han mostrado que el siglo XXI se inició con nuevas disposiciones mentales, conceptuales y argumentativas a la hora de hablar de la filosofía de la historia. A lo largo del siglo XX también algunos historiadores de izquierda despertaron a los reales debates en torno a la disciplina que les daba pábulo. E. P Thompson, E. Hobsbawm, son solo dos de los nombres más importantes que dieron un viro en la forma en que se actualizó la crítica radical en torno al papel de los historiadores y sus obras. Polémicos, como muchas de sus buenas obras, sus textos fomentaban un espíritu distinto en torno a las clásicas ideas de la filosofía de la historia. Con todos los retos que ha representado hacerlo en una época en la que los ideales se disipan y se recogen los testimonios de sus víctimas, aparecieron historiadores que respaldaron con la crítica, el debate y la reflexión una invocación de sus antiguos sueños.

Sin embargo, grandes obras del siglo XX que continuaron sosteniendo la idea de un plan en la historia, que reconocían un grupo de leyes que debía ser descubierto por los historiadores, fueron examinadas bajo la mirada supremamente crítica de las recientes generaciones de estudiosos. El Estudio de la historia, de Arnold Toynbee, y La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, obras mayores en la historiografía de principios del siglo XX y que se permitían el impulso de los trascendentales requisitos de los teóricos del siglo XIX, han sido llevadas al juicio de los nuevos historiadores. El telón ha caído, como la cortina, como el muro, y nuestras facultades gustan de mantenerlo puesto con irrefrenable ímpetu hablando solo de la filosofía de la historia de Hegel y la dialéctica marxista como las obras que mayor sustento han dado a las disquisiciones en torno a la disciplina hoy tan versátil. Mucha agua ha corrido bajo el puente y lo que se mostraba antes seco hay que verlo hoy mojado. Algunos pueden incluso sentir rabia, que no es más que el dolor del abandono, cuando se dice que mirando la historia no se ha descubierto ni su plan, ni sus leyes, ni aquel entramado que tan alentador fue en otras épocas. En otras palabras, no se ha visto la Historia, pero empezamos a reconocer la difícil tarea de tomar el aliento de las muchas historias que han aparecido alrededor de ella. Aunque confundidos con las presentes manifestaciones, después de notables vicisitudes, y ante las incertidumbres que despiertan las nuevas posibilidades de hablar del pasado, la desolación del gran relato, la gran Historia, nos ha dejado ver las múltiples formas que adopta todo lo que ha dejado de ser. ¿Quiere usted hablar ahora del progreso? Cree su historia. ¿Quiere hablar de la decadencia? Cree su historia, a despecho de que se ciernan sobre su interés las duras sospechas de querer ser un historiador dulcemente tendencioso.

Hubo un tiempo, es cierto, en que cada cual iba presentando su versión del pasado a la luz de requisitos casi institucionales: un dogma de fe, una idea de la ciencia, una idea de la vida, en fin, para construir una idea de la Historia. Pero durante el siglo XX todas las instituciones han sido sometidas a un remezón que ha alentado no solo notables discusiones sino obstinadas incertidumbres. A la par de la diversificación de las publicaciones y el amparo de las clásicas lecturas históricas en la televisión y el cine, la historia enfrenta una etapa de crisis de la que se espera salga, si no más madura, por lo menos más concreta en sus propósitos. Tras las incursiones en los más oscuros terrenos del pensamiento del siglo XX, se la enlistó por una temporada en las filas de las disciplinas científicas queriendo hacer de ella una nueva herramienta de presentación del mundo. Nadie discute los nobles objetivos que han sostenido los hacedores de ciencia, pero sí se discute, y mucho, la determinación de hacer a la historia una más de sus profesiones insertándola en el camino de los designios científicos. Y si tales dudas se tienen en torno a los programas de acercamiento y formas de trabajar sobre la historia, nada raro es que muchos desesperen de la profesión en que se han formado y asuman la crisis con alguna lamentable decisión, si no es que se devuelven a las versiones clásicas o se dirigen al camino de la posmodernidad más radical negando toda posibilidad de conocimiento al estudio del pasado. Una de las primeras impresiones que debemos mantener en pie, entonces, es la de una historia que se ramifica y produce como obra de sus deudos una gran cantidad de trabajos en forma y fondo completamente dispares y, a la vez, una disciplina que en su misma dinámica aparición se ve inmersa en un buen número de asuntos por esclarecer.

Abandonado el gran relato y el interés por explicar los hechos y los acontecimientos históricos en aras de una versión in extenso de la vida del hombre, los problemas de la filosofía de la historia son hoy completamente distintos de los problemas que llegaron a plantear filósofos e historiadores tanto del siglo XIX como de la primera mitad del siglo XX. De hecho es en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial en la que se empiezan a publicar obras de un tono distinto, ni más faltaba: crítico, sobre las fórmulas con las cuales se había trazado una idea de la historia que comprometía incluso el porvenir. No debe olvidarse que en aquel periodo se está generando un profundo interés sobre la obra de Toynbee, pero los reales llamados de atención sobre la historia los generan textos como los de Collingwood y Popper, a la sazón penetrantes reflexiones críticas en torno a la realidad política y social de Europa impregnada de singulares prejuicios por las versiones que cada estadista socorría y quería llevar a cabo. No había que dar muchas vueltas para que la realidad dejara de ser tan contundente: la historia debía revisarse en sus propósitos, prácticas, métodos, lo que se traduce en qué hacen en verdad los historiadores, cómo investigan, cómo escriben y cómo el público se encuentra con ellos. Se pasó de pensar en la ontología de la historia —por usar un término también en desuso— a pensar en la práctica de una disciplina que, como todas las experiencias humanas, tiene muchos problemas teóricos que resolver. Si miramos bien el asunto, no se ha dejado de hacer historia un solo día, y desde que los primeros escritores griegos tuvieron ganas y tiempo para realizarla no se ha parado de escribir a pesar de que no sean claras las condiciones de trabajo en las que un escrito de historia se desarrolla. Las últimas décadas han sido las que preguntan por el enfoque, el empleo de la lengua, el uso y abuso de las metáforas, el estilo por el que se escriben las historias y en ello se ha encontrado el nuevo desarrollo de una filosofía que puede resultar fascinante en sus debates.

Sin embargo, no basta el notable incremento en las reflexiones teóricas que cuestionan todos los asuntos que rodean la vida de los historiadores. A la hora de abordar la realidad chocamos instantáneamente con las ideas que durante tanto tiempo han mantenido a la historia como un gran relato que palpita detrás de todos los hechos. Digo instantáneamente porque basta la vida cotidiana para que nos demos cuenta que no es fácil deshacerse de las sombras de las versiones trascendentes. Frente a lo inexplicable y absurdo de la vida del hombre, es mucho más sencillo sostener, por ejemplo, que Dios quiere así las cosas a tratar de dar una explicación racional. Si se desatan guerras y la muerte ronda en los campos de batalla, es mucho más fácil sostener que se hace a favor de una meta mucho más importante que la misma vida, llámese esa meta libertad, democracia o hasta civilización, todo esto como contrapartida de aterradores ideales como la esclavitud, el totalitarismo o la barbarie. Queda la sensación de que podemos retraernos académicamente, teóricamente, de los acontecimientos que definen las obras de los historiadores, para actuar, como profesionales, en aras de los principios de una disciplina que se libera de los megarrelatos a partir de los cuales se ha dado explicación a los acontecimientos; pero, inmediatamente caemos en la cuenta de que no es suficiente tal ejercicio si en la realidad y en las comunidades humanas la historia y las explicaciones de los hechos se siguen amparando en una dirección, sea esta religiosa o política. Uno podría pensar que la gente debería ser más propensa a las explicaciones racionales de sus actos, que a lo mejor debe preferir escuchar que lo que va a pasar no está determinado o que las explicaciones que se dan de todos los acontecimientos son tan solo plausibles; no obstante, en la práctica los grupos humanos siempre han preferido mantener su confianza en certezas irracionales, sean voces del más allá que se aprovechan de algún buen hombre u horóscopos y signos del zodíaco que proyectan el acontecer de cada día.

El contraste resulta, más que llamativo, azaroso, ya que pone en consideración las metas de los historiadores, a la hora de dar las explicaciones, con lo que los hombres, los grandes protagonistas de la historia, hacen en el transcurso de sus vidas. Y jugadas así las cartas es justo resaltar el hecho de que detrás de esos mismos protagonistas se esconden razones oscuras y misteriosas para realizar los actos. Como territorio de todos los elementos de la acción humana, la historia no ha sido ajena al trato con hombres enamorados que hacen lo que hacen porque su corazón así lo dicta; brujos que asesoran los movimientos de los campos de batalla y amantes que en un otoñal fin de semana definen el contorno de los pueblos. No es lo mismo en este sentido hablar de la historia de la ciencia que de la historia de la humanidad, aunque aquella no carezca tampoco de algunos datos sobradamente anecdóticos. Pensemos en los hechos luctuosos estadounidenses del 11 de septiembre de 2001. Material para la historia a la disposición de los disciplinados investigadores habrá por mucho tiempo sobre el asunto. Hay quienes resaltan que detrás de todo no hay más que intereses económicos, petroleros o, cuando más, geográficos, y muestran un grupo de pruebas que favorecen sus apreciaciones; hay quienes construyen el relato del acontecimiento a partir de la idea misma de religión y Dios que hay detrás de los involucrados; así sucesivamente, lo que se hace es ir completando un abanico de posibilidades para las cuales cada historiador irá tomando partido de acuerdo con lo razonables que puedan ser las fuentes esbozadas. La pregunta que aparece es, entonces, ¿qué tan razonables pueden ser si las actuaciones de los hombres no son, como se puede exagerar, del todo racionales?

El espacio de estas disertaciones en torno a la filosofía de la historia va, pues, medido por distintos horizontes reflexivos que esperan despertar algunas ideas en los lectores. Tal vez es lo que honestamente puedo esperar, además de las críticas que, sobra decir, también pueden ser buenas ideas. La historia, una disciplina que inicia el siglo XXI con grandiosos desafíos en el panorama, sin hacer pausas en su repertorio de aventuras, se revisa con mayor celo a sí misma; y los historiadores, las figuras que hacen las notas marginales de la gran aventura que es la vida del hombre, han tenido que asumir también su oficio con la propiedad que lo hace un filósofo, preguntándose, dudando, en otras palabras: tratando de resolver el misterio que cada época y cada generación de hombres dejan en su paso. El reconocimiento de tales dudas labra un camino de reflexiones inquietantes en torno a lo que dicen los historiadores y las formas con las cuales narran el pasado. Claro que en medio de las reflexiones están los historiadores natos que toman las dudas teóricas como asuntos irrelevantes que deben resolver los filósofos, también están los pensadores que asumen que los historiadores no tienen competencia para comprender cómo es que se efectúa el encuentro con la historia y, por último, aparece recientemente un grupo de historiadores que se determinan no solo a obrar en su disciplina sino a dar algún indicio sobre cómo es que trabajan.

Allí donde se graban las dos fechas claras, las del nacimiento y la muerte, las del principio y el fin, lo que queda es un texto por hacerse y una madeja de cuestiones no muy sencillas de resolver. No es justo diezmar las fuerzas en estos intentos por esclarecer las condiciones de la investigación, escritura y producción de textos históricos cuando todo lo que rodea la disciplina ya sobrepasa el simple vistazo. El debate sigue abierto y se enriquece notablemente con el diálogo que sostienen disciplinas y profesionales dispuestos a poner sus herramientas discursivas a la orden de la explicación de lo que se esconde detrás de las historias y la comprensión que nosotros podemos tener del pasado.

EL PASADO EN CUESTIÓN

I

Cuando finalizaba el año 1999, hombres y mujeres de todo el mundo fueron tentados a pensar que se cerraba una etapa en la historia de la humanidad y que el fin de la vida sobre el planeta sería una realidad apenas se cumpliera la última hora del 31 de diciembre. El teatro del mundo bajaba el telón de oriente a occidente cada sesenta minutos. No voy a llamar a nadie a engaños: en las puertas del siglo XXI solo unos pocos se dejaron tentar por tal advenimiento del fin, nueva versión histórica del clásico acontecimiento que llamamos milenarismo. Algunos dijeron que el fin vendría de la mano del caos informático que arrastraba el hecho de pasar del 99 al 00 en el contador de los sistemas operativos de las más grandes y letales instituciones del mundo. Tal desbarajuste ocasionaría el desenlace de la historia o, por lo menos, dejaría a la vuelta de la esquina las escenas de novelas de ciencia-ficción en las que solo algunos sobrevivirían al acabose del planeta y tendrían que emprender un nuevo camino sobre las ruinas de la civilización. Ese modo de presentación del gran desenlace se llamó Teotwawki, acrónimo que reúne la expresión The End Of The World As We Knowk It, copia a la vez del título de una buena canción de los años 80 del grupo norteamericano R.E.M.

Lo que ocurrió no fue otra cosa que una muestra más de la sombra apocalíptica que se cierne sobre los hombres cuando se acerca el final de los ciclos que marcan los calendarios. En muchos países, sobre todo en los latinoamericanos, no es extraño que los finales de cada año se cierren con riegos, mantras, invocaciones, confesiones masivas; y que sea muy importante el deseo de transformación para que con el año que se espera también cambien las cosas que no salieron bien, los estilos de vida que degeneraron la existencia y las vueltas del azar que no permitieron ni un éxito. Si eso ocurre con el paso de cada año, ¿qué podría decirse del final de los siglos y de los milenios? Todo lo que allí se contiene no es más que una mirada altamente popular de la historia como territorio de encuentro entre divinidades y hombres. Cada generación de hombres siente que puede ser la última desde que concibe la historia de tal manera. El fin de los tiempos lo es en la mentalidad de cada época y por diferentes motivos: no es sencillo imaginar que pueda venir un siglo posterior dadas las condiciones de vida que llevan los hombres en su época, cada cual tan particular y a la vez tan semejante. Juan y los evangelistas no alcanzaban a imaginar que el fin de los tiempos del que había hablado el Maestro llegara después de sus propias muertes; durante la Edad Media el Juicio Final fue tal vez uno de los elementos definitivos para asumir con mayor empeño la exploración evangélica de todos los pueblos conocidos. Hay textos que testimonian los acontecimientos milenaristas del año 999 como los hay de cada fin de siglo, y en todos lo que resulta familiar es que el hombre no pueda admitir una idea de la historia donde los hechos se examinen por sí solos, sino en relación con un orden definitivo, sea este completamente divino o singularmente humano.

Así, en términos distintos al plan sagrado, en los últimos años toma fuerza la idea de que el fin de la historia del planeta se acerca: el hombre ha acabado con su propia morada y a no ser que se dispongan las medidas pertinentes para frenar el ritmo vertiginoso del calentamiento global y todas sus consecuencias, el libro de la historia del hombre sobre la tierra se cerrará. Aparecen y seguirán apareciendo obras de ficción en las que la figura de un grupo de sobrevivientes perspicaces, como Noé y su tripulación, asumirá los retos que impondrá una vez más la naturaleza. Sería como empezar de cero después del Apocalipsis. Sobre la frente de los hombres el fin de los tiempos y como nota a pie de página la frase que reza “esta vez es en serio” con la firma de la comunidad científica.

En cierta manera, las visiones del Apocalipsis no se alejan de la historia y cada cual va contando la suya a su modo. Pero detrás de ello lo que se observa es la interesante forma de percibir la esencia de los acontecimientos humanos. Por mucho tiempo se ha considerado al historiador como el hombre que hace la reseña de lo que los hombres hacen y padecen, pero esta idea se limita tan solo a los historiadores vulgares. Un buen historiador, que es otro personaje, no es quien realiza el relato sino más bien quien, contando el hecho, logra insertarlo en un plan y a la vez lo interpreta en relación con ese plan. Los buenos historiadores definen los acontecimientos y los correlacionan. Hablar de grandes historiadores es entrar en diálogo acerca de hombres que confiaron su forma de ver el pasado a una gran versión de la realidad humana. Doy en llamar a esa gran versión la Historia. Los relatos sencillos no satisfacen a no ser que vengan con una gran idea general que los socorra. Hesíodo en sus mágicas obras habló de las edades que definían el alejamiento de los dioses y de los hombres, a la par que insistía en la decadencia que había detrás de cada acontecimiento humano. Heródoto y Tucídides, cada cual a su manera, recrearon las guerras del pueblo griego con una inevitable carga afectiva que explica por qué las cosas fueron como fueron. Con el paso del tiempo, los historiadores más afamados conservaron intacta su intención de contar e interpretar para definir con ello no solo el pasado sino también el futuro. Polibio, Bossuet, incluso Gibbon, Spengler y Toynbee, indagan sobre las ruinas para precisar con ellas el plan, el destino o las leyes que rigen la Historia.

El caso tiene sus mejores manifestaciones durante los siglos que nos preceden recientemente, pues, dando testimonio de un gran conocimiento del pasado, las propuestas en torno a la concepción de la historia emprendieron sus más agitados debates. ¿Puede de verdad la historia decirnos algo acerca del futuro?, ¿cuál es la naturaleza de un hecho histórico?, ¿es la historia una ciencia?, ¿es más bien una rama de la literatura?, ¿desde qué puntos de vista se cuenta el pasado? son solo un ramillete de interrogantes que han azuzado el espíritu de la filosofía y la historia sobre todo desde el siglo XVIII. A partir de entonces se ha considerado no solo la latente invocación a un gran relato del mundo que comprenda todos los acontecimientos sino que se ha puesto en cuestión el pasado y sus versiones para animar la discusión en torno a la verdadera historia de la historia. La filosofía de la historia dejó de ser una disciplina que se contentaba con las orientaciones metafísicas de los historiadores y las interpretaciones sobre los acontecimientos que se desprendían de esas orientaciones para, poniéndose el overol, intervenir en todos los intrincados momentos de la investigación, la reflexión y la escritura del pasado. Heredera de la modernidad, la nueva idea de la filosofía de la historia cuestiona los presupuestos, las condiciones del conocimiento y los valores intelectuales que tienen los historiadores. Pese a que aún podemos dar testimonio de las acendradas relaciones entre la historia y la mística del Apocalipsis, también se puede decir que estas relaciones en la disciplina ya no se asumen con la misma candidez.

II

En su estudio de la historia, Edward H. Carr habla de dos instancias de la historia aunque con cierta variación en el tono. Para él, en pocas palabras, la historia que es socorrida por un gran relato que organiza los eventos es una versión “mística”; mas, de otro lado, la idea de historia que asume que como no existe tal relato mayúsculo entonces la historia no tiene sentido, es una versión “cínica”. Por mi parte, no veo clara necesidad de encontrarle el sentido pleno al relato histórico solo porque queda mal decir que no hay tal sentido. No obstante, por ahora solo resumo las dos ideas anteriores en los siguientes términos: por un tiempo la filosofía de la historia preguntaba por el qué de la vida del hombre, fuera esta individual o colectiva; de otro tiempo para acá, tal pregunta por el qué se ha mostrado como una cuestión metafísica y se pasó a la pregunta por el cómo. Se dejó a un lado lo que los hombres son o deberían ser a partir de los acontecimientos que los rodean, para preguntarse más bien por el oficio de los historiadores. Una filosofía de la historia indaga al hombre y su destino; la otra, al historiador y su oficio.

El esfuerzo que quería llevar a la historia por el camino de las reflexiones genuinas inmediatamente la enlistó en las filas de las ciencias naturales. La modernidad, primero, y la Ilustración, después, socorrieron la idea de que el progreso era la mejor lección que podían dar las disciplinas realmente serias. Las matemáticas, por mucho tiempo suspendidas, la física, la astronomía, incluso la química, representaban los buenos resultados que daba un examen juicioso —no tendencioso, si se quiere— de la naturaleza. La filosofía, a la zaga, mostraba en no muy clara prosa por qué tales avances eran posibles y cómo el conocimiento del hombre estaba hecho para asumir los retos de la difícil comprensión natural. El capítulo de la filosofía al que hacemos mención se llena de teorías del conocimiento, las mismas a las que se les rinde homenaje en los cursos de filosofía y en las cátedras de epistemología. Sin embargo, la historia era la ciencia que aún no se aventuraba a ser ciencia aunque muchos la animaran. No todos, hay que decirlo, porque Descartes incluso fue uno de los primeros en condenarla porque no son claros los elementos que componen los juicios históricos. A pesar de este reclamo, el deseo era mantener entre las buenas ciencias a la querida historia, como lo manifestaba Gibbon en su gran versión del pasado romano.

Pocas veces alguien había cuestionado la forma en la que se estudiaba el pasado. Si hacemos un listado de historiadores clásicos, desde Grecia hasta finales del siglo XVII, lo único que podemos decir es que todos creían, de buena fe, que estaban contando la mejor versión de la historia. Heródoto y Tucídides, cada uno a su manera, representan dos formas de asumir que se están registrando por escrito acontecimientos muy importantes de la vida de sus épocas. No reparaban ni en sus prejuicios, ni en las condiciones que como observadores tenían de los hechos que denominaban históricos. Así, palabras más palabras menos, fueron también los tratamientos que se dieron de la historia en el mismo avance de la historia de la humanidad. Solo hasta hace muy poco comenzaron a ponerse a prueba los relatos de la historia, mas un nuevo relato socorría también la lección que se estaba tomando del ejercicio realizado por los historiadores clásicos, medievales y renacentistas.

La disciplina debía, entonces, librarse de las malezas que le había dejado el paso por la medievalidad y acogerse a las nuevas formas de representación del mundo dispuestas en las banderas del progreso que enarbolaban preclaros hombres de ciencia y cultura. Cada disciplina fue encontrando a su medida lo que debía hacer para evidenciar la idea del mundo que se quería desarrollar. Sin duda, podemos encontrar acuerdos sobre los objetivos de trabajo que unen a los científicos en lo que ha constituido a la física y a la astronomía en los tres últimos siglos, pero no resultó tan sencillo mostrar el mismo panorama para la historia. ¿Cómo darle validez científica a esta disciplina?, fue la pregunta que se cernió sobre las cabezas de quienes admiraban con cierta envidia las muestras de evolución en la comprensión del universo que manifestaban aquellas otras ciencias. No bastaba con desestimar los dogmas medievales ni con simplemente decir que la época estaba dando frutos para todos los gustos, incluso para los historiadores. La historia parecía ser científica porque así se quería y porque estaba en un tiempo que así lo permitía; si no estaban claras las bases sobre las que se asentaba este pensamiento, no importaba, el tiempo iría dando las mejores respuestas: el progreso no reparaba en gastos. Lo más seguro era que el pensador de la Ilustración se convenciera a sí mismo de que todo estaba dado para que su loable oficio de historiador fuera también científico y para que los lectores también se convencieran de que así era. Las preguntas incómodas, la condena de Descartes, se dejaron a la deriva. El mejor ejemplo de ello fue la monumental obra de Gibbon, maravillosa, es cierto, pero no puede llamarse científica solo porque así lo deseó él a despecho de la calidad de obras de historia hechas por predecesores no menos avezados.

La sugestión consistía en asumir el papel de un hombre de avanzada que no está regido por los prejuicios y cuyas intenciones no están mediadas por las creencias de los supersticiosos de la Antigüedad o la Edad Media. No solo Gibbon, también Voltaire asumió el papel con gusto. Pero el noble ideal del ilustrado se veía ensombrecido por la misma entonación de sus historias en el horizonte del progreso. Algunos de los más preclaros filósofos se ocuparon también de los asuntos históricos solo con el ánimo de interpretar el credo del ascenso de la vieja disciplina a los terrenos de la ciencia. Hegel y Marx, en lenguas continentales, dieron también pábulo a una objetivación de la mirada sobre el pasado sustentada en el ánimo científico de sus ampulosas disertaciones. Y aunque unos y otros, de acuerdo con sus credos, lograron interpretar a cabalidad los intereses del discernimiento científico para, como una varita mágica, darle su propia carta de presentación a la historia, no fue sencillo socavar las perturbadoras preguntas que empezaron a asomarse desde las filas románticas. Lo que ocurre en plena discusión entre ilustrados y románticos es sobradamente interesante. Fue como si estos reclamaran la propiedad de una disciplina que resultaba embarazosa para aquellos. De hecho, durante buena parte del siglo XVIII y del XIX, los románticos asumieron con agrado el desarrollo de teorías en torno a la historia y las formas en las que ella se presentaba, desconociendo cualquier noción de porvenir que se le ofreciera a la disciplina en otros toldos. Algunos filósofos ilustrados se contentaron con la situación y dejaron que la historia asumiera su papel entre las humanidades.

Aquellos que no lo hicieron, mantuvieron incólume su ideal de descubrir las leyes de la historia, así como lo había hecho Newton con la física. Pero algo, sobre el papel, dejaba buen recaudo entre los historiadores que se formaban para ser profesionales en su disciplina y ya no tanto doctrinarios de una filosofía. Ilustrados y románticos equilibraron la indagación del pasado en la precisión de la información y la verdad acerca de los acontecimientos. Los historiadores no podían esperar que se definiera el trazo que el progreso de otras ciencias les pintaba; los historiadores tenían que trabajar, y para hacerlo se recogieron sus herramientas de trabajo y se aplicaron a la formulación de difíciles preguntas al pasado en torno a las nociones de hecho histórico, fuentes e investigación. Si la historia quería mostrarse como una ciencia, debía primero ponerse a la tarea de trabajar en su propio horizonte y con los instrumentos que estaban a su alcance. Ese fue el paso que dio Leopold von Ranke.

III

Ranke no era un historiador cuando arribó con pie derecho a la disciplina. Se trataba de un gran lector y filólogo que estaba convencido de que detrás de todas las historias se escondían bastantes imprecisiones. Partía con la invocación de realizar un trabajo que constituyera también un prolegómeno a todas las aventuras de los historiadores con la premisa de llegar a la esencia de las cosas. La anécdota detrás de la historia le muestra impresionado por una obra del escritor romántico de novelas históricas Walter Scott, y por el hecho de que hubiera particularmente en una, Quentin Durward, tantos errores acerca del pasado. Es natural que alguien muy entendido descubra ciertas imprecisiones en obras que quieren poner como trasfondo de sus escenas algunos acontecimientos históricos o ciertas épocas del pasado; es tan natural como que el profesor de historia haga repetir la lección a sus estudiantes cuando estos se equivocan ingenuamente en la designación de hechos, lugares y fechas; pero lo difícil es tratar de entender exactamente de qué se trata cuando se habla de una verdadera imprecisión en la historia. Eso fue lo que inquietó a Ranke cuando leía a Scott. ¿Desde qué punto de vista asumía que él, como lector, estaba en lo cierto, y que Scott, como notable novelista, estaba errado? ¿Había alguna forma de establecer la verdad y la precisión de aquello que se nos dice sobre el pasado?

El historiador debía apuntar a esclarecer estos puntos para que no se le deshiciera su propia costura de la historia. A la mano, Ranke tenía una disciplina que inmediatamente se convirtió en auxiliar de la investigación histórica: la filología. El refugio del pasado es la escritura; de hecho, la historia lo es porque hay escritura; entonces lo que se debe cuestionar no es el plan divino, ni lo que piensan los ilustrados en torno a la razón y el progreso, lo que se debe cuestionar es el texto histórico, las fuentes que han servido de sostén para las ideas que tienen los pueblos de sí mismos, las crónicas, los relatos de viaje, los fragmentos de cartas de amantes y hasta los chismorreos en que se han basado durante mucho tiempo los historiadores para decirnos que las cosas fueron de una forma más que de otra. Surgen inmediatamente las preguntas más honestas en torno a los documentos que se dejan como testimonio del pasado y, así, el ejercicio del historiador ya no es el del intérprete perspicaz sino el del gran crítico de fuentes. A estas alturas resulta oportuno llamar la atención sobre lo que los historiadores hacen al respecto.

En principio, es fácil imaginar a un historiador consagrando días y noches al examen minucioso de archivos para, en el cotejo que hace de ellos, ir extrayendo las más prudentes conclusiones sobre las épocas que estudia. No solo Ranke, sino también figuras espléndidas del trabajo historiográfico del siglo XX, como Carr y Namier, ampliaron sus publicaciones a partir de ciertas épocas de la historia para las que encontraron nuevos detalles en esa delicada labor. En medio de todo, las dudas aparecen y no fue de extrañar que muchos de esos días los historiadores palidecieran ante la confusión en que se asentaban las fuentes. Adam Schaff, por ejemplo, tiene como apéndice a su obra Historia y verdad, el registro de las singulares contradicciones en las que caen los historiadores testigos de la Revolución Francesa. Y si esto vale para un caso extraordinario como la gran Revolución, ¿qué podríamos decir de los momentos más ordinarios? Un historiador y su biblioteca se convierten en un laberinto, y no hay Ariadna que ilumine la salida. Ranke propuso para el ejercicio una solución altamente llamativa y, más interesante aún, de gran acogida entre las comunidades de historiadores profesionales y académicos. De hecho, el término historiador profesional se puede entender como referido a alguien que ha sido formado en las propuestas rankeanas; además, la profundización académica de cátedras y seminarios también se entiende como una implementación de los ejercicios filológicos sobre los que el historiador alemán llamó la atención. Se trata, en pocas palabras, de una disposición intelectual en la que el historiador entra en diálogo con las ideas de los testigos, con las narraciones de todos los textos recogidos, para asumir el empeño de señalar y, sobre todo, seleccionar un hilo narrativo que permita darle mayor solidez a los simples testimonios legados por el pasado.

El trabajo, simplemente esbozado en estos términos, produce en nosotros la escena de un historiador que intenta parecerse a un hombre en el laboratorio recogiendo y determinando las muestras, ya no de elementos, sino de datos. Y aunque la analogía puede dar alguna seguridad de que el trabajo del historiador resulte a la vez familiarizado con el trabajo de un científico, lo cierto es que manejar datos sobre acontecimientos y hechos no es lo mismo que manejar hidrógeno y oxígeno. Cuando entramos en contacto con la historia lo único que uno puede esperar es que quien escribe lo haga con honestidad, porque no de otra forma puede figurarse el lector que los experimentos que realiza el historiador salgan todos como resultado de fórmulas bien empleadas. Ranke supo que la crítica de fuentes respaldaba un trabajo juicioso sobre el pasado, pero la selección de los hechos y un hilo conductor para hacerlos comprensibles radicaban en un espontáneo arrebato de la intuición, Anschauung. El meritorio trabajo de Ranke pone en el banquillo los artículos y los textos que, realizadas las mejores críticas, resultan sospechosos de falsedad o, cuando menos, de sesgo; mas no puede librarse del hecho de que los historiadores se ven de nuevo complicados en su profesión para asumir el relato de lo que creen ha salido bien una vez realizado el minucioso examen de las fuentes.

Ranke se presentaba como un genial historiador, imbuido de las tendencias románticas alemanas y del respeto por la naturaleza del pasado como real indicador de lo que se manifiesta en el presente. Su imagen también inspiraba el respeto de miles de hombres atraídos por los estudios históricos y por la comprensión política de las naciones europeas. Dejó inconclusa una historia del mundo en el momento de su muerte, y eso que llevaba ya diecisiete volúmenes; además en su larga vida escribió más de setenta obras en torno a la historia de Europa; ni los papas se salvaron de ser sometidos al encanto de su pluma. Aunque creyente, su devoción no hizo que evaluara el pasado por el presente sino que legitimara con su ejemplo la idea de reconocer el pasado en sus propias palabras. No creía en naciones elegidas ni en versiones superiores de la historia porque, para él, Dios todo lo veía igual, y, así las cosas, el historiador también debía ser completamente imparcial: la obra del historiador era en sí misma una obra que explicaba cómo veía Dios el mundo. Ir a las cosas mismas (“Wie es eigentlich gewesen”) o, en una revisión reciente de historiadores como Peter Novick o Richard J. Evans, cómo fueron aquellas “en esencia”, fue la máxima rankeana que se puso en el nuevo frontispicio del ejercicio de la historia, y el examen que realiza la filosofía es el que trata de señalar el modo en que se da tal viaje a las esencias.

No extrañó que las propuestas rankeanas que fundaron las escuelas alemanas de historia finalizando el siglo XIX tuvieran tan buena recepción y animaran, en varias lenguas, el debate sobre el estatuto científico de la historia. Sin embargo, como lo refiere el historiador Peter Novick, fueron los historiadores norteamericanos quienes mejor recaudo sacaron de las discusiones alemanas. Es usual que por temporadas se considere a ciertas universidades y personalidades adscritos a ellas como los verdaderos ejemplos de lo que significa una disciplina, y, con la historia, los modelos fueron las universidades alemanas que habían sembrado en sus programas las semillas del trabajo rankeano. Grandes grupos de estudiantes viajaron a Alemania a hacerse profesionales en esa profesión de tono científico que dejaba las esperanzas del pasado americano a los métodos de investigación alemana. La sensación que causó el ejemplar ejercicio de la historia hizo que muchos vieran en el trayecto una búsqueda científica de falsedades. Los historiadores comenzaron a establecer ciertos cánones en sus propias investigaciones dejando a las fuentes más confiables como fuentes primarias de la investigación y, a otras, quizás más ligeras, quizás más ordinarias, se les dejaba como fuentes secundarias. Tras la discriminación quedaban también los documentos que se salían de las dos especificaciones ya fuera por apócrifos o porque en medio de una apabullante mayoría de testimonios adversos no se encontraba modo de defenderlos.

Al paso del tiempo, también siguió la concesión de nuevos permisos para que disciplinas ajenas a la historia hicieran su ingreso y prestaran apoyo a los propósitos específicos de comprensión plena del pasado. Como todas quisieron dar su visión de las cosas, también aumentaron los problemas. La antropología, la arqueología, la psicología, la geología, entre otras, mostraron las nuevas posibilidades de indagación y también los difíciles enredos que debía asumir el historiador, una vez más, tan solo para relatar lo que realmente ocurrió. Los buenos resultados de algunos fueron acicate para que la historia se asumiera como una tarea científica, a despecho de las condenas de varios filósofos y no menos historiadores. Sin embargo, la claridad con que se vio el despuntar de una ciencia fue oscurecida tras los primeros atisbos de guerra en los primeros años del siglo XX.

IV

Cuando los acontecimientos en Europa mostraron sus primeras víctimas pareció que todos los esfuerzos y realizaciones de la modernidad y la Ilustración permitieran ver sus sombras. La ciencia y los desarrollos tecnológicos se dejaron de tener como las claras muestras del progreso del hombre, a la par, se renovaron las disposiciones que leían en los avances técnicos las futuras calamidades humanas, y, como colofón, se dio un remezón a la idea de que la historia en verdad fuera pareja a las demás disciplinas científicas, evitando sobre todo los malos entendidos que generaba reivindicar las explicaciones del pasado que anunciaban la demencia de la guerra. Si la historia trabajaba como ciencia una de las suposiciones con las que se le veía era que debió haber previsto la guerra mucho antes de que se convirtiera en la noticia que inauguró el siglo XX. Las ciencias podían determinar el trayecto de los planetas y sin mucha prosa podían también predecir una buena suerte de acontecimientos químicos y físicos porque contaban con las leyes necesarias para desenmascarar lo que la naturaleza esconde como norma. Si la historia aspiraba a ser una ciencia se le pedía que hiciera algo parecido. No se trataba tanto de que los historiadores se comportaran como profetas del Antiguo Testamento, pero sí al menos que lograran mostrar a un público necesitado de explicaciones las leyes que se esconden tras la trama de acontecimientos humanos. Se renovaron, así, los deseos de mirar la historia como el gran relato que lo podía explicar todo, mientras muchos historiadores aún guardaban la esperanza de que los acontecimientos fueran como ciertos fenómenos naturales para los que la ciencia, a pesar de contar con todos los recursos, no tenía forma de predicción, como los terremotos. A lo mucho, lo que hicieron algunos profesionales fue basar los acontecimientos históricos en estadísticas que hacían ver más bellas sus intuiciones.

Tratar de precisar lo que en verdad rodea un hecho histórico parece, a simple vista, algo sencillo. Alguien cuenta lo que vio con profunda honestidad y recrea el pasado a partir de una versión en la que ese alguien confía. Sin embargo, la misma recreación no es más que una imagen que las palabras dibujan en la mente. A diferencia de un experimento químico, que puede ser recreado en todos los laboratorios para indicar la validez o invalidez del ejercicio, un relato histórico se abre a un mundo distinto de posibilidades en la mente de los lectores. Carr, parafraseando a Heráclito, ha dicho que ningún historiador escribe la misma historia dos veces. La claridad y profundidad son, por supuesto, elementos indispensables en el desarrollo del discurso; no obstante, ellas no garantizan que se comprenda a cabalidad lo que se está recreando porque siempre quedan dudas por resolver. La historia sería más sencilla si no hubiera hombres, si no estuviera sometida al misterio de las alcobas que no se visitan y las conversaciones que no se oyen; la historia sería más sencilla si los hombres no maquinaran lo que hacen y llevaran incluso a la tumba los fundamentos que los llevaron a realizar o a padecer ciertos hechos. Tocado por el hombre, cualquier acontecimiento puede ser mucho más misterioso de lo que se piensa. Incluso historias que parecen mucho más claras en su desarrollo, distintas a la historia universal del hombre, como la historia de la ciencia o la historia de la música, pueden ser susceptibles de cuestiones que repercutirían notablemente en la comprensión de lo que han sido los científicos y los artistas.

Poco antes de los fatídicos hechos de la Primera Guerra Mundial, Wilhelm Dilthey había aproximado una visión que guardaba un lugar para estos problemas. Inauguraba una exploración de la historia que desconfiaba de la objetividad que historiadores del siglo XIX tenían en las páginas iniciales de sus agendas. Si el viaje a la esencia de las cosas pareció llevar los linderos de la historia a una disciplina científica en camino de establecerse, la falta de unas leyes claras que dieran pie y fueran eficaces en la comprensión de la vida de los pueblos y de los hombres, además de la escasa disposición de diversos historiadores para ponerse de acuerdo en cuanto a detalles y acontecimientos, minó la concepción científica de la historia y llevó más bien a la disciplina a hacer parte de otro enfoque que Dilthey dio en llamar el de las ciencias del espíritu. Incluso la ciencia se veía atormentada por el desaire que sobre el pasado estaban haciendo teorías que no respaldaban las verdades absolutas sino las particularidades de los sujetos que observan. Fue como si se reafirmara el credo de un autor del Siglo de Oro español que creía que las cosas son de acuerdo al color del cristal con que se las mire. El debate en torno a la realidad, la verdad, el observador y sus prejuicios, fue alentado en todas las ramas del conocimiento humano. Incluso la música comienza a mostrar sus descortesías con la tradición, lo que hizo que, por ejemplo, hubiera estado a punto de ser linchado el compositor ruso Stravisnki cuando presentó por primera vez su extraña obra La consagración de la primavera. Cualquiera que piense en los inicios del siglo XX y en las grandes figuras de la ciencia y la matemática, como Einstein o Poincaré, y del arte, como Stravinski, Joyce o Beckett, inmediatamente se da cuenta de que todo se pone a prueba y que los criterios con los que se anunció durante tanto tiempo un grupo de disciplinas llenas de claridad estaban siendo socavados por un pensamiento que asumía de lleno la relatividad de las miradas.

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22 oktyabr 2025
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9788415930686
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