Kitabı oxu: «Génesis del ideario franquista o la descerebración de España»
Génesis del ideario franquista
O LA DESCEREBRACIÓN DE ESPAÑA
GÉNESIS
DEL IDEARIO FRANQUISTA
O LA DESCEREBRACIÓN DE ESPAÑA
Luis Negró Acedo
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Luis Negró Acedo, 2014
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2014
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Ilustración de la cubierta: Edificio Central del CSIC (Madrid)
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Pau Viciano
ISBN: 978-84-370-9534-9
ÍNDICE
PRÓLOGO, Francisco Espinosa Maestre
INTRODUCCIÓN
I. DEMOLICIÓN DE UNA IDEA DE LA CULTURA Y DE LA CIENCIA 23
1. Asalto a la institución libre de enseñanza
2. Marcelino Menéndez Pelayo, referencia cultural privilegiada
II. EL PENSAMIENTO NACIONALSINDICALISTA
ESCORIAL, REVISTA DE CULTURA Y LETRAS
1. Editorial
2. El hombre y la sociedad
3. Lectura de la Historia
4. Principios filosóficos de referencia
5. Colaboradores liberales
6. Los valores sociales del nacionalsindicalismo
III. ELABORACIÓN DEL IDEARIO FRANQUISTA
ESTRUCTURACIÓN DE LA REVISTA DE ESTUDIOS POLÍTICOS
1. Sistema de ideas
2. Forma de Estado
La falange en la nueva definición del estado
3. Del nacionalsindicalismo al nacionalcatolicismo
4. Modelo ideológico del hombre nacionalcatólico
5. Tratamiento de la guerra civil
6. Antiliberalismo
7. Del Imperio a la Hispanidad
8. Visón de la cultura
9. El tomismo como filosofía de referencia
IV. EL TRIUNFO DEL NACIONALCATOLICISMO
LA REVISTA ARBOR, ALTAVOZ DEL CATOLICISMO TRIDENTINO
1. Discurso de la iglesia
2. Discurso filosófico
3. Modelos y contramodelos
4. Hispanidad e iberismo
5. Interpretación de la historia
6. España sin problema
V. COROLARIO
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE DE NOMBRES
PRÓLOGO
Ciertos sectores mediáticos, políticos y académicos llevan tiempo intentando desterrar de los análisis teóricos sobre nuestra historia reciente la palabra fascismo. Se acepta sin problema la existencia del fenómeno en la Europa de entreguerras, pero se tiene sumo cuidado en sacar a España de ese contexto. Como mucho se admite que en la inmediata posguerra el régimen resultante de la guerra civil, influido sin duda por Alemania e Italia, se facistizó. Hasta ahora, cuando buscábamos los orígenes de esta teoría, tomábamos por referencia al sociólogo Juan José Linz, que fue quien a comienzos de los años sesenta y desde eeuu, donde vivía, estableció que una cosa son los regímenes totalitarios como la Alemania nazi o la urss, y otra muy diferente los sistemas autoritarios como el español. Según Linz, el franquismo, a diferencia de los regímenes aludidos, nunca intentó imponer una ideología dominante, de ahí que, aun siendo autoritario, pudiese evolucionar hacia un sistema democrático. También mantuvo que incluso en sus peores momentos el régimen tuvo sus destellos liberales. Como era de suponer el franquismo acogió con gusto estas ideas y las divulgó. La Transición mantuvo este equívoco y los medios de comunicación, empezando por El País, las publicitaron, de forma que no resulta extraño que «contra la aparente dominación absoluta del fascismo en la posguerra», haya quien defienda «la subsistencia de la tradición liberal».1 O que se haya convertido en habitual la alusión a los «falangistas liberales», como si pudiera existir tal cosa.
Si el sistema resultante del golpe militar del 18 de julio y de la guerra civil consecuencia de su parcial fracaso no había sido fascista ni totalitario, ¿por qué no considerar que fue la propia evolución del régimen la que derivó hacia una supuesta situación predemocrática que sería la clave de la transición? Esto explicaría el éxito del proceso y daría sentido a acuerdos preconstitucionales de largo alcance como la Ley Electoral, el Concordato y la Ley de Amnistía; otros, como el pacto de silencio, serían tácitos. De esta forma, no solo era el futuro sino también el pasado el que quedaba atado y bien atado. Así se entiende que la derecha interpretara el movimiento en pro de la memoria histórica surgido a fines de los noventa como una ruptura del pacto de no mirar atrás, de no remover el pasado o, como se pudo leer no hace mucho en algún medio, de «no manipular la historia».2 En cualquier caso, la guerra de memorias de estos años acabó al gusto de la derecha permanente: con una Ley de Memoria que dejó de lado lo fundamental, una escandalosa maniobra para expulsar al juez Garzón de la carrera judicial, y una descarada y creciente negativa de los centros de poder controlados por el pp a acatar incluso la tímida normativa aprobada por la mencionada ley acerca de la eliminación de vestigios franquistas.
Es en este contexto, en un país en el que una derecha que nunca ha roto con el franquismo acaba de recuperar el poder en plena marea neoliberal y con el capitalismo a toda máquina, en el que surge un trabajo como el de Luis Negró Acedo, profesor de Literatura Española en la Universidad de Caen, sobre los orígenes del ideario franquista. Para él se trata de volver a un territorio ya conocido desde que realizara su tesis sobre la literatura en los primeros tiempos del franquismo, parte de la cual vio la luz hace unos años.3 Ahora aplica su mirada crítica sobre la cultura y el pensamiento político de un período muy concreto, de 1939 a 1945, años que han sido borrados del discurso dominante –no se olvide que ahí están los terribles años del hambre, quizás el peor método de terror usado por el fascismo español contra los vencidos– y de las biografías de muchos personajes que alcanzaron su cenit en la etapa final de la dictadura y en los años siguientes. Tampoco el autor es ajeno a este blanqueo biográfico y a los avatares de cierta gente en la Transición, ya que a ello dedicó un magnífico trabajo sobre el diario de referencia en esos años titulado El diario El País y la cultura de las élites durante la transición (Madrid, foca, 2006). Sirva como ejemplo de esta práctica por parte de algunos miembros del mundo académico la biografía que el ya mencionado Jordi Gracia, profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona, dedicó a uno de los principales elementos de Falange bajo el título La vida rescatada de Dionisio Ridruejo (Anagrama, Barcelona, 2008). La particularidad de este trabajo es que solo rescata la vida del líder falangista desde 1942, con lo cual nos priva de conocer su vida anterior, especialmente durante la República, el golpe militar y la guerra, y los años clave que van de 1939 a 1942.4
Luis Negró concentra su investigación en el análisis de tres revistas: Escorial, Revista de Estudios Políticos y Arbor. Para ello comienza por explicar las causas del desierto cultural del que se partió una vez que los vencedores dieron por concluida la destrucción de la Institución Libre de Enseñanza, cuya obra (la Junta de Ampliación de Estudios, el Centro de Estudios Históricos, la Residencia de Estudiantes, etc.) y patrimonio pasaron íntegramente al Opus Dei a través del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Paralelamente se acometió una purga sin precedentes del profesorado desde primaria a la universidad que acabó con la diversidad ideológica natural en cualquier colectivo humano, poniendo todo en manos del personal más conservador y reaccionario. Resulta evidente que lo que deseaba el sector católico y especialmente el Opus Dei era apropiarse de esa «poderosa fuerza secreta» que fue la Institución.
El repaso a Escorial pone en evidencia el carácter abiertamente fascista de sus colaboradores y la larga vida de muchos de los tópicos creados entonces. Personajes clave de la revista fueron Dionisio Ridruejo, director general de Propaganda entre 1938 y 1941, y Pedro Laín Entralgo. Respecto al primero, por más que luego cambiara, Negró nos pone en la pista de que su alejamiento del régimen en 1942 fue más por falta de fascismo que por falta de liberalismo. En Escorial pueden leerse las ocurrencias, por llamarlas de alguna manera, además de los citados, de Eugenio Montes, Alfonso García Valdecasas, Juan José López Ibor, Antonio Tovar, José Antonio Maravall, Gonzalo Torrente, Javier Conde... Estamos ante un selecto grupo representativo del fascismo español, partidarios del Estado totalitario y admiradores de Hitler. Un miembro del psoe como Ignacio Sotelo mantuvo a comienzos de los ochenta un pequeño debate con el historiador Herbert Southworth en el que afirmó, refiriéndose a Ridruejo y Tovar, que quien no hubiese comprendido que en esos años se podía ser fascista, inteligente y honrado es que no había entendido nada. Y todo porque Southworth había dicho que no entendía tanta loa a los fascistas mencionados y tanto olvido de honrados antifascistas como Juan Negrín.
Las referencias de los colaboradores de Escorial son Trento y Menéndez Pelayo; su misión, por mucho que la adornen, no era otra que justificar el franquismo de las formas más peregrinas. Los textos seleccionados por el autor muestran que la ideología de Falange era mera retórica dictada por las circunstancias de cada momento. También hubo colaboradores liberales pero todos tuvieron en cuenta la ideología de la revista. Ahí se fijan los tópicos históricos que tanto han durado, tales como la negación de la Ilustración (siglo XVIII) y del liberalismo (siglo XIX), y la exaltación de la España imperial (de los Reyes Católicos a Felipe II), de la que Franco vendría a ser continuador. Este uso de la historia se prolongará durante décadas. Del siglo XIX, por ejemplo, solo se salvarán la llamada Guerra de la Independencia, Fernando VII y la Restauración; el resto, las Cortes de Cádiz, el Trienio, las desamortizaciones, la Gloriosa y la Primera República, será borrado de los programas de enseñanza, como podemos atestiguar incluso quienes cursamos estudios de historia en la universidad de los años setenta. Tiene su explicación, ya que como nos recuerda Luis Negró, según uno de los colaboradores de la revista, hay hechos históricos que han de quedar fuera de la historia por motivos de orden público u orden ético.
Al igual que Escorial la Revista de Estudios Políticos, dirigida por García Valdecasas, quedó también bajo control de FET-JONS. El autor expone los contenidos y analiza su orientación ideológica, abierta a los diferentes grupos que apoyaban la dictadura. Parte de los colaboradores son los mismos de Escorial. De especial interés resulta el análisis que se realiza de los cambios que la realidad política europea va imponiendo al ritmo de la Segunda Guerra Mundial, cuyo punto de inflexión sería 1942 con el inicio de la decadencia nazi. Palabras que significaron una cosa, deben significar a partir de entonces otra o incluso lo contrario. Sería el caso de la palabra totalitario. Este ejercicio de cinismo político va en paralelo al abandono del fascismo y a la exaltación del catolicismo como elemento central de la sociedad y del Estado. Resulta asombroso comprobar, a medida que los fascismos se hunden, el esfuerzo que conocidos catedráticos de universidad se toman para demostrar que España no es lo que parece, sino la vanguardia de lo que ha de venir: una democracia y un Estado de Derecho. Estos cambios acarrean una redefinición general de ideas y conceptos que Luis Negró expone con singular agudeza, no exenta de cierta ironía en ocasiones. Son numerosos los textos que moverían a la risa si no fuera porque sabemos el contexto social, económico y político en que tal cúmulo de sandeces fueron escritas.
Está bien trazado el paso del Nacional Sindicalismo al Nacional Catolicismo y la insistencia en presentar a España como «reserva espiritual de Occidente» y modelo y solución para Europa. La presencia de los colaboradores católicos va en aumento y los efluvios fascistas van disipándose poco a poco. Al mismo tiempo, como la inicial «voluntad de Imperio» ha quedado en nada, el Franquismo vuelve sus ojos a Hispanoamérica en medio de una verborrea plúmbea sobre la Hispanidad que llega a convertirse en discurso habitual durante años. Negró capta las huellas del miedo que se apodera de la élite dirigente con el final de la guerra mundial. El régimen se queda sin sus apoyos nazi-fascistas y tiene que atender a dos frentes: el exterior, con la condena de la onu, y el interior, con la urgencia de ciertos sectores favorables a Franco en que se garantice el retorno a la monarquía. Esto se plasmará en la Ley de Sucesión de 1947.
El autor estudia finalmente la revista Arbor, controlada por el Opus Dei y que verá la luz en 1944. Aquí entramos en el terreno del catolicismo integrista, con nombres como el ministro beato Ibáñez Martín, en cuyas manos se pone nada menos que la educación del país; el fraile López Ortiz y el sacerdote opusino José María Albareda, al que se coloca al frente del CSIC. Entre los colaboradores algunos de las revistas anteriores y numerosos curas.
La evolución ideológica de 1939 a 1945 queda claramente trazada por Luis Negró, que insiste con razón en que no estamos simplemente ante unas revistas orientadas hacia las élites franquistas que apenas ejercían influencia fuera de esos círculos. No, se trata de reflejar la deriva ideológica del franquismo inicial y de sus principales colaboradores, catedráticos bajo cuya influencia se formaron varias generaciones de universitarios y que, con la elección de algunos de sus colaboradores mediante cooptación, dejaron marcado el camino a seguir para otras cuantas promociones.
Y volviendo al principio, el trabajo desvela de dónde surgieron las ideas de Linz. Este, nacido en 1926, se formó en Falange, donde destacó, y con Javier Conde; de hecho llegó a colaborar en la Revista de Estudios Políticos. Es difícil no acordarse de él cuando se leen las asombrosas cabriolas mentales de la intelectualidad franquista para demostrar que España no había sido ni era un país totalitario. Luego demostrará haber aprendido la lección. La lectura del trabajo de Luis Negró alerta, como él mismo advierte, sobre la permanencia de algunas de las ideas y conceptos creados en aquella etapa en la España actual. Herencia de esas ideas son el desprecio por la política –terrible la frase de Franco: «Más sincera es la voluntad de un pueblo cuando lucha que cuando vota»–; la visión tópica y maniquea de nuestro pasado histórico, que se resiste a desaparecer, y la posición de la Iglesia española, con sus privilegios intocados y con tal omnipresencia en el espacio público y civil que cada día parece añorar más los tiempos del nacionalcatolicismo.
Hacía falta adentrarse en aquella etapa negra y recordarnos qué ideas sustentaron el primer franquismo y quienes fueron los encargados de crearlas y exponerlas. Sobre todo teniendo en cuenta que con ellas y con sus responsables se formó buena parte del personal que ocupará los centros de poder a partir de la Transición. Quizás esto explique algunas de las particularidades de nuestra democracia. De aquí el innegable interés del trabajo de Luis Negró.
FRANCISCO ESPINOSA MAESTRE
1 Jordi Gracia, La resistencia silenciosa, Barcelona, Anagrama, 2004, p. 23.
2 La Gaceta, 9 de noviembre de 2011.
3 L. Negró Acedo, Discurso literario y discurso político del franquismo. La literatura como soporte y correa de transmisión de los postulados ideológicos de la dictadura (1936-1966), Madrid, foca, 2008.
4 Véase también L. Negró Acedo, «Dionisio Ridruejo: del fascismo a la democracia y de la democracia al panteón. O del buen uso de la historia», Pasajes, 34, invierno 2010-2011, pp. 111-126.
INTRODUCCIÓN
En el prólogo de La filosofía española en América, José Luis Abellán escribe que los pensadores españoles de los años 1920-1930 «estaban cambiando el panorama cultural de España», y se pregunta «¿qué hubiera pasado si no se hubiesen visto obligados a salir violentamente del país para no poder volver a integrarse en el mismo?»; la respuesta es inmediata: se trata, dice, de una «de las preguntas a las que no podemos ni queremos contestar».1 Se puede pensar que el verbo querer tiene solo la función de reforzar la imposibilidad de hacerlo, porque la primera parte de la proposición ha estipulado ya la inviabilidad de tal tarea. Por el contrario, a lo que sí queremos y podemos contestar es a las preguntas ¿cuál fue la andadura del pensamiento en España?, ¿cuáles fueron y cómo se desarrollaron y expresaron las ideas en el país, en el vacío que había causado el violento corte de la guerra civil?
Los estudios sobre la cultura española durante el franquismo suelen señalar, como punto de partida, el desierto cultural en el que se instaló el nuevo régimen; desierto de ninguna forma accidental o provocado por una catástrofe natural, sino, precisamente, resultado del violento asalto al poder que ese régimen había perpetrado, de la brutal destrucción no solo de todo lo que la Segunda República había representado para el país, sino de todo lo que, en la esfera de las ideas, estaba empezando a adquirir una cierta madurez. El hecho fue tanto más catastrófico cuanto que, entre el último tercio del siglo XIX y 1939, España había vivido uno de los períodos culturales más brillantes de su historia. Había que remontarse a los siglos XVI-XVII, al período conocido como la edad de oro, para encontrar una producción cultural del mismo calibre. La literatura, la filosofía, la pintura, el teatro, el cine o el debate a través de periódicos y revistas de las más variadas tendencias, tanto estéticas como ideológicas, se había situado en unas cotas nunca alcanzadas ni antes ni después de esos años, a pesar incluso de los siete años de la dictadura del general Primo de Rivera (1923-1930). Tal afirmación es difícilmente rebatible a la vista del número y la calidad de intelectuales y artistas que tuvieron que salir de España durante y al finalizar la guerra civil para poner a salvo sus vidas o su libertad, porque se habían puesto al lado de la República. Todo ello es sobradamente conocido, y no es nuestra intención aquí volver sobre el recorrido y las obras de esos hombres, tratados ya en numerosos estudios a partir de los años 1960, y en particular después de la muerte del dictador.2 Lo que sí nos interesa es ver más de cerca ese denominado desierto que, a nuestro parecer, ha sido más o menos voluntariamente deformado o desenfocado, cuando no interesadamente transformado en estudios y comentarios sobre ese período de la historia cultural de España. Para comprender lo que se piensa hoy en España, hay que examinar con cierto detenimiento el basamento sobre el que se apoyan, en mayor o menor medida, si no las ideas, sí la manera de pensar, de afrontar y de expresar esas ideas. Guste o no guste, esa forma de entender y de expresarse se ha fraguado durante los cuarenta años de una dictadura que persiguió por todos los medios, de preferencia violentos, cualquier actitud o idea que no entrara en sus moldes, y nadie puede salir indemne de ese largo atraso cultural, de censura de todo lo que no fuera pensar como quería el dictador y los grupos sociales que lo apoyaban, es decir no pensar. Tanto más cuanto que la enseñanza, a todos los niveles, estaba en manos de esos grupos. A partir de la escuela primaria y hasta la universidad, maestros y profesores iban a hacer grandes esfuerzos para apartar las mentes de sus alumnos todo lo que se saliera de esos moldes, elaborando un discurso del saber del que la actitud crítica estaba absolutamente desterrada.
Desde el final de la dictadura, y sobre todo durante la transición, una gran mayoría de los estudiosos de la cultura española a partir de la guerra civil presentaron una visión del «desierto cultural» de la postguerra que puede calificarse al menos de confusa, cuando no de claramente interesada para limar asperezas con vistas a un paso «sin rupturas», que era la dirección que las clases dominantes tomaron para pasar de la dictadura a la democracia. Para efectuar así ese paso, había no solamente que silenciar bastantes desmanes del franquismo, sino «reinterpretarlos» –puede leerse tergiversarlos– según la obligatoria actitud del paso de uno a otro sistema sin rupturas; y entre esos hechos estaban los de la cultura; o mejor, los de la destrucción de la cultura que emprendió, concienzuda y violentamente el franquismo. Pero el silencio y la tergiversación, que, en su momento, fueron aceptados por las oposiciones políticas o intelectuales, como único medio para hacerse visible ante el país y poder más tarde conquistar el poder, sin perjuicio de volver después sobre el pasado, se ha ido convirtiendo para los medios de difusión de ideas, en la versión oficial y considerada como inmutable de los hechos.
Esa versión, a la que hemos tenido que enfrentarnos en repetidas ocasiones cuando hemos tratado de analizar esa época de la cultura española, nos ha llevado a pensar que sería saludable sacar a la luz el contenido de eso que se ha dado en llamar el desierto cultural de la postguerra civil en España. Los estudios existentes sobre el proceso de desculturación que emprendió el franquismo una vez destruida la Segunda República, encaminados a sacar a la luz las diferentes corrientes que formaban el conglomerado ideológico del franquismo, han llegado a distinguir los diversos componentes sociales y culturales de los grupos que compartieron el poder durante la dictadura. Actualmente, se conocen bien las líneas generales de evolución ideológica del régimen impuesto a los españoles por el general Franco, que pueden resumirse en escasos puntos fundamentales, diferentemente calificados según iba evolucionando el mundo occidental en el que estaba inmerso. Nuestra intención es examinar el contenido del discurso franquista, ahora en el ámbito de las ideas, como en otro lugar hicimos con el de la producción novelística.3 Se tratará, pues, de analizar los soportes más importantes en los cuales aparecen expresadas las ideas que debían guiar la sociedad que el franquismo quería controlar, de precisar cómo se expresan en ellos esas ideas y cuál es su contenido concreto. Si logramos con ello esclarecer lo que hay tras conceptos como nacionalsindicalismo o nacionalcatolicismo, ampliamente empleados en los libros que estudian el franquismo en sus comienzos, sin pararse mucho en definir con exactitud o en desentrañar lo que esos conceptos contienen, habremos contribuido por un lado a deshacer algunos equívocos, interesados o no, que de forma cada vez más insidiosa suelen servir para referirse a la historia reciente de España, y por otro a ayudar a los estudiantes que, en universidades españolas y extranjeras, afrontan ese período de la historia de España sin saber demasiado bien qué quieren decir esos términos. Lo que para los que vivimos un período importante de la vida bajo el franquismo era evidente, o lo es para los que se especializan en la historia política o cultural de ese período, no lo es para los que, afortunadamente para ellos, no lo vivieron y quieren saber sin llegar a la especialización, o deben saber para poder comprender cómo es posible que, en noviembre 2010, en una visita a España, el papa Benedicto XVI no parezca encontrar objeción para declarar que está preocupado por «el laicismo agresivo» que existe en España; y para que las cosas queden claras, vincule tal afirmación con lo que él llama el anticlericalismo de la Segunda República.4
Los estudios sobre el franquismo han convertido en casi una regla metodológica la división de la dictadura en los diferentes períodos temporales que corresponden, no a los cambios en la orientación política del régimen, sino a su adaptación a la marcha de la historia en Occidente, lo que permite una mejor comprensión de las aparentes variaciones del discurso del poder sin que este cambiara fundamentalmente nada en su línea política. Así, del apoyo claro a las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial, se pasará a un discurso pseudoliberal para acercarse a las democracias que habían vencido a Alemania e Italia en 1945. En su libro Pensamiento español 1939-1973,5 Elías Díaz sigue más o menos ese esquema para estudiar la evolución de las ideas hasta principios de los años 1970, incluyendo en él las producciones culturales del exilio republicano. El presente estudio quedará circunscrito al período 1939-1945; en primer lugar porque no se tratará del pensamiento español, sino del pensamiento o de las ideas franquistas, tal como aparecen expresadas en los órganos culturales puestos en circulación, y, por supuesto, controlados por el Estado; además, porque consideramos que si se puede hablar del pensamiento del franquismo, este se fraguó en esos años; los valores a los que continuamente se refirió el poder y los hombres e instituciones en los que se apoyaba, los esquemas mentales e incluso la retórica empleada para expresarlos, desembarazada de algunos tics claramente fascistas de los primeros tiempos, fueron siempre los mismos hasta la muerte del dictador. La verdadera tarea de pensar en España, lo que podríamos calificar, con propiedad, de ideas, se situaron siempre fuera y en contra del espacio oficial, y hasta mediados de los años 1960 no empezaron a poder expresarse más o menos públicamente y más o menos tímidamente. Es muy revelador que el único libro producido y publicado en España entre 1940 y 1945, señalado como importante por Elías Díaz, en el estudio a que nos hemos referido, sea la Historia de la filosofía (1941), de Julián Marías, filósofo católico situado al margen del entramado oficial –con el que colaborará ocasionalmente–, y que una de las características de ese libro, fuera, según el autor, que para elaborarlo tuvo que pensar.6
En la escuela, en la Universidad, y en la producción cultural sostenida por el poder o que se desarrollaba en su círculo, las ideas, hasta la muerte del dictador, siguieron siendo fundamentalmente las elaboradas en los años que van del final de la Guerra Civil a la terminación de la Segunda Guerra Mundial. Bastaría recorrer las intervenciones y discursos del dictador a lo largo de los años, para darse cuenta de la repetición ad nauseam de los mismos principios, que flotan en un mar de retórica sin relación con ninguna realidad o ni siquiera con ninguna lógica que no fuera la de la retórica misma que los estructuraba. Los dos párrafos que siguen, pertenecientes a dos discursos del general Franco, pueden servir de ilustración de nuestro propósito. El primero pertenece al comienzo de la dictadura, el segundo, al último del dictador, algo más de un mes antes de su muerte:
Salamanca, junio de 1938.
Proclamamos al mundo nuestra verdad, y éste no quiso o no pudo oírla, apagadas nuestras voces por el rugido fiero e inhumano de los Frentes Populares, de los agentes comunistas y de los ofuscados demócratas que han ayudado a los rojos de España, no tanto por amor a su causa, cuanto por odio a nuestro pueblo: Frente a nuestras verdades de la guerra y a la verdad de nuestra política social y de nuestra justicia, prevalecieron las falsas apelaciones a la democracia y los toques a rebato de las Internacionales.7
Madrid, 1 de octubre de 1975.
Gracias por vuestra adhesión y por la serena y viril manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las agresiones de que han sido objeto varias de nuestras representaciones y establecimientos españoles en Europa que nos demuestran una vez más, lo que podemos esperar de determinados países corrompidos que aclara perfectamente su política constante contra nuestros intereses. [...].Todo obedece a una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece.8
En esos principios debía quedar enmarcada la producción intelectual aspirante a ser reconocida oficialmente de una forma o de otra. La salida del rectorado de las universidades de Madrid y Salamanca de Pedro Laín Entralgo y Antonio Tovar, en 1956, por haberse apartado ligeramente de la línea del poder, son muestras lo suficientemente significativas de ello; tanto más cuanto que ni los dos hombres, ni su obra, eran lo que se pudiera llamar intelectuales enfrentados al sistema; todo lo contrario, habían contribuido a su elaboración. Casi diez años después, el franquismo daría otra muestra de lo que debían ser las ideas en España, de cómo se debía pensar: en 1965, serían apartados de sus cátedras de la universidad de Madrid José Luis López Aranguren, Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo, estos ya más claramente opuestos a la dictadura. Y, por si no quedara claro, el texto de un intelectual del franquismo, catedrático de la Universidad de Madrid, escrito en 1974, apenas un año antes de la disolución de la dictadura, despejaría cualquier duda al respecto. En el prólogo del tomo IX de Las mejores novelas contemporáneas, 1935-1939, colección editada por Planeta, el catedrático de la Universidad de Madrid, Joaquín Entrambasaguas, escribe:
[...] los tradicionalistas, aquellos héroes del pensamiento español, en perpetua y noble guerra desde tantos años antes –vida y luz del claudicante y pródigo siglo XIX, que siguió a 1808 frente al repugnante liberalismo de izquierdas y derechas; con los [...] monárquicos [...] y con aquellos muchachos de Acción Católica [...] [y] otras agrupaciones animadas del mismo espíritu salvador de Dios y de España [...] que habían de constituir el fermento del Movimiento Nacional y hacerlo triunfar bajo la égida del Caudillo Francisco Franco.9
Así, en el ámbito político, las ideas debían apartarse del liberalismo que había producido el siglo XIX; el texto anterior es solo una muestra de lo que el régimen repitió durante cuarenta años, por boca o pluma de todos sus representantes, empezando por el primero de ellos. España, decía Franco, se ha «separado de los patrones políticos estilo liberal, tan siglo XIX», ya que «el fracaso experimental reiterado descartaba las soluciones de constitucionalismo habituales a partir del [ese] siglo».10 La filosofía, por su parte, no debía apartarse del dogma católico, lo que la alejaba de todo el pensamiento moderno producido en Occidente desde el siglo XVII, es decir desde el concilio de Trento, que era el referente absoluto de la Iglesia católica durante el franquismo, y que, siendo el catolicismo el horizonte insuperable del régimen (parafraseando a Sartre), era también el límite que el pensamiento debía tener siempre presente.
Intentaremos trazar aquí un panorama, lo más amplio posible, de las ideas que van a querer rellenar el vacío producido por el derrumbamiento de la Segunda República y el exilio de sus representantes intelectuales más conspicuos, del pensamiento que va tratar de poblar el desierto cultural producido por la llegada al poder de una dictadura de origen fascista. Buscaremos ese pensamiento en los principales soportes en que se expresó, y en algunas de las obras de los intelectuales más representativos de lo que se llamó el nacionalsindicalismo, es decir el fascismo español, y del nacionalcatolicismo: la Acción Católica y el Opus Dei. Y esos soportes son: la revista Escorial, órgano del grupo de intelectuales falangistas que tuvo en sus manos el Servicio Nacional de Propaganda; la Revista de Estudios Políticos, órgano del Instituto de Estudios Políticos, controlado también por FET y de las JONS, y la revista Arbor, portavoz del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en manos de la facción autoritaria del catolicismo español, Asociación Católica de Propagandistas (acndp) y Opus Dei.
1 José Luis Abellán, Filosofía española en América (1936-1966), Madrid, Ediciones Guadarrama, 1967, p. 15.
2 Ver, por ejemplo, José Luis Abellán, Filosofía española en América (1936-1966), antes citado, o los seis volúmenes de El exilio español de 1939, Madrid, Taurus, 19746-1978, obra dirigida por el mismo José Luis Abellán, por solo citar algunas.
3 Cf. Luis Negró Acedo, Discurso literario..., op. cit.
4 El País, 6 de noviembre de 2010.
5 Elías Díaz, Pensamiento español 1939-1973, Madrid, Editorial Cuadernos para el Diálogo, 1974.
6 Julián Marías, Una vida presente. Memorias 1, Madrid, Alianza Editorial, 1988-1989, pp. 298-299.
7 Discursos y mensajes del jefe del Estado, <http://www.generalisimofranco.com>.
8 Este discurso puede encontrarse en la Hemeroteca Internet de los diarios abc o Van-guardia, por ejemplo.
9 Joaquín Entrambasaguas, prólogo a Las mejores novelas contemporáneas (1935-1939), tomo IX, Barcelona, Editorial Planeta, 1974, p. XIV.
10 Francisco Franco, Discursos del 31 de diciembre de 1951 y de 1958.
I. DEMOLICIÓN DE UNA IDEA DE LA CULTURA Y DE LA CIENCIA
Antes de entrar a analizar las ideas en las que empezó a asentarse el franquismo, nos parece imprescindible mostrar los métodos que, como obligatorio preámbulo a la elaboración de esas ideas, emplearon los hombres del régimen para borrar, sería más apropiado decir aniquilar, las ideas que habían sostenido la Segunda República y que, a su vez, esta había intentado llevar a la práctica e incluso, en algunos casos, institucionalizar.
Nos referiremos en particular a la Institución Libre de Enseñanza, ya que representó, tanto desde el punto de vista de las ideas como desde el de la práctica de la enseñanza, una de las instituciones más representativas de la Segunda República, que siempre proclamó la educación de los españoles como una de sus prioridades, y por ello la más odiada en los medios intelectuales conservadores. Los furibundos ataques a la Institución y a sus hombres que llevaron a cabo los medios reaccionarios, ya durante la República y, sobre todo, cuando se acabó la guerra civil, ayudan a comprender mejor los métodos de persecución de la dictadura de todo lo que no estuviera, de cerca o de lejos, de acuerdo con sus principios, al mismo tiempo que ponen de manifiesto las ideas en que se apoyan estos métodos; ideas que se expresan con brutal simplicidad en esos ataques, y que luego aparecerán desarrolladas, envueltas en una retórica apropiada, en las producciones culturales franquistas.
1. ASALTO A LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA
La Institución Libre de Enseñanza aparece en 1876, creada por Francisco Giner de los Ríos, después de haber sido excluido de su cátedra en la Universidad de Madrid, por haberse negado a someterse a lo dispuesto en el Decreto del 26 de febrero de 1875 sobre disciplina académica. En aplicación de dicho decreto, una circular del ministro de Fomento, Manuel de Orovio, recomienda a los rectores de las universidades que eviten la enseñanza de doctrinas religiosas que no sean las del Estado. La recién estrenada Restauración monárquica en la persona de Alfonso XII, y el gobierno de Cánovas del Castillo, cabeza del partido liberal-conservador, artífice de la restauración, justificaba esta decisión arguyendo que,
cuando la mayoría y casi totalidad de los españoles es católica y el Estado es católico, la enseñanza oficial debe obedecer a este principio, sujetándose a todas sus consecuencias. Partiendo de esta base, el Gobierno no puede consentir que en las cátedras sostenidas por el Estado se explique contra un dogma que es la verdad social de nuestra patria.1
No solo Giner, sino otros catedráticos como Emilio Castelar, Nicolás Salmerón (presidentes estos de la Primera República) o Gumersindo Azcárate, que pertenecían o habían pertenecido al círculo de los entonces llamados krausistas, serían excluidos de sus cátedras y reflexionarían con Giner sobre la creación de la Institución, cuya finalidad debía ser la de «armonizar la libertad que reclama la investigación científica y la función del profesor, con la tutela que ejerce el Estado»2 sobre la educación, sustrayéndola a esa tutela.
La Institución, que en principio estaba destinada a los estudios universitarios, se dedicó luego principalmente a los estudios secundarios y primarios y fue adquiriendo cada vez más influencia en los medios liberales, abiertos no solamente a las ideas que venían de Europa, sino a sus métodos de enseñanza, como las excursiones didácticas, la observación directa de la naturaleza, etc. A principios del siglo XX, la Institución afirmará su influencia en las elites del país, y logrará introducirse en los organismos e instituciones estatales. De lado ya las ideas de Krause, alrededor de las cuales se habían ido formando los hombres que habían fundado la Institución, su tarea iba a centrarse, en el primer tercio del siglo XX, en la formación de las elites liberales llamadas a dirigir el país y a modernizarlo. En 1907, un real decreto crea la Junta de Ampliación de Estudios, que será considerada como la heredera del espíritu de la Institución. En la primera mitad de 1910, la Junta va a promover la creación de dos organismos que tendrán también una importancia capital en el ámbito de la ciencia, de la educación y de la cultura del país: en marzo aparece el Centro de Estudios Históricos, y en mayo la Residencia de Estudiantes. La labor de los institucionistas se completará durante la Segunda República con la creación, en 1931, de las Misiones Pedagógicas, encargadas de la difusión de la cultura por los lugares más retirados e incultos de España. Las misiones fueron obra de Manuel Bartolomé de Cossío, ligado a la Institución Libre de Enseñanza desde sus comienzos en 1876, primero como alumno y luego como profesor, y serían completadas por La Barraca, la compañía de teatro dirigida por Federico García Lorca, creada también en 1931, siendo ministro de Instrucción Pública Fernando de los Ríos, sobrino del fundador de la Institución y educado en ella.
El desarrollo de las ciencias, del pensamiento y, en general de la cultura llevado a cabo por los institucionistas en la España del primer tercio del siglo XX, era y es lo suficientemente conocido como para que no tengamos que volver sobre ello. Y no solamente en los medios intelectuales o especializados, sino en el gran público; basta decir que el primer director de la Junta de Ampliación de Estudios fue Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina 1906; y todo el mundo sabe que Federico García Lorca, Luis Buñuel y Salvador Dalí, tres artistas universales, fueron pensionistas la Residencia de Estudiantes, creada también por los institucionistas.
Toda esa labor, comenzada a finales del siglo XIX, alcanzaría una suerte de esplendor con la Segunda República, cuyos dirigentes, algunos de ellos institucionistas, la facilitarían y apoyarían. El resultado de la guerra civil va a acabar brutalmente con todo ello; los directores, profesores y colaboradores que no murieron en la contienda o fueron encarcelados, estuvieron obligados a exiliarse o fueron apartados de toda actividad si se quedaron en España. Los organismos e instituciones, así como sus locales, pasaron a depender del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo que Franco puso en manos del Opus Dei. Las ideas que los institucionistas querían poner en práctica estaban en las antípodas de lo que el franquismo pretendía imponer, y por ello serían perseguidas y denigradas como le serían todas las opiniones políticas, religiosas o sindicales que no estuvieran en la línea del régimen salido de la guerra civil. Así, el ámbito de la educación, en manos de una clase media cultivada y en su mayoría liberal, en la que se habían extendido fácilmente las ideas de los institucionistas, será el blanco privilegiado de un régimen cuya tarea principal era arrancar de raíz toda idea que apartara al país de lo que para ese régimen eran sus esencias, es decir el catolicismo como único y obligatorio marco ideológico. Según el Estado salido de la guerra civil, contra esas esencias se habían levantado, desde el siglo XIX, los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, y la Segunda República había intentado destruirlas instaurando el laicismo a todos los niveles del Estado, en particular en la enseñanza. Una de las primeras tareas del nuevo Estado sería revisar la educación, desde la primaria hasta la universidad para, anulando todo lo que había hecho la República en ese ámbito, adaptarla a los nuevos principios. El Boletín Oficial del Estado del 11 de noviembre de 1936 no permitía ninguna duda al respecto.
Se trata –decía– de impulsar una revisión total y profunda en el personal de Instrucción Pública, trámite previo a una organización radical y definitiva de la enseñanza, extirpando así de raíz esas falsas doctrinas que con sus apóstoles han sido los principales factores de la trágica situación a que fue llevada nuestra Patria.3
A partir de este decreto se crearían comisiones de depuración para todos los niveles de la enseñanza, encargadas de examinar los expedientes de maestros, profesores y catedráticos de todas las ciudades y pueblos de España, y de proceder a su apartamiento de la docencia si procedía. La Comisión de Cultura y Enseñanza, encargada de esta depuración, estaba presidida por José María Pemán, y bajo ella se ampararían una serie de comisiones, entre la cuales se encontraba la Comisión A, que es la nos interesa aquí particularmente. Esta comisión, encargada del personal universitario, se establecería «en Zaragoza, con el catedrático de aquella Universidad Antonio de Gregorio Rocasolano de presidente y el catedrático de la Universidad de Madrid Cándido Ángel González-Palencia Cabello de secretario».4
Pero los encargados de la depuración debieron pensar que la educación llevada a cabo por los organismos del Institución Libre de Enseñanza había dejado en la sociedad rasgos demasiado difusos y fuertes para poder suprimirlos solamente con la represión de los profesores que la pusieron en práctica. En 1940, aparece el libro Una poderosa fuerza secreta. La Institución Libre de Enseñanza,5 compuesto por artículos de la pluma de catedráticos de universidades e institutos de segunda enseñanza, en el cual se intenta desprestigiar, por todos los medios posibles, a los hombres y a los organismos creados o inspirados por los institucionistas. Desde el insulto personal a la acusación de sectarismo y de corrupción, se vierte sobre ellos –habría que decir se vomita– todo el odio que esos profesores sentían, desde hacía tiempo, por las ideas defendidas y llevadas a la práctica por los herederos de la Institución Libre de Enseñanza.
El análisis de tal libro nos parece doblemente interesante en el contexto del presente estudio. Por una parte, es una expresión, bastante brutal y directa, del radicalismo de la dictadura contra todo lo que se saliera del marco de sus ideas, y por otra, muestra, con una claridad meridiana porque desprovista de la retórica en que se envolverán en los soportes que analizaremos a continuación, las ideas de base en que el franquismo se apoyó durante cuarenta años.
Para que la tarea de demolición alcanzara su fin, para que no quedara ningún rastro sin denigrar, había que comenzar por el principio; el primer artículo, firmado por Miguel Artigas, director general de Bibliotecas y Archivos, director de la Biblioteca Nacional y académico, hace una síntesis del origen, las ideas y la historia de la Institución. El marco es, pues, el siglo XIX, pero, antes, el autor recuerda donde hay que buscar, y encontrar, lo que él, y con él el franquismo, ha decidido que son las esencias de España, a las que hay que volver para «reconquistar» el país: «La unidad de creencias de España, que, como otras, era previa e indispensable en los últimos años del siglo XV y XVI, para llegar a la unidad nacional».6
He aquí la idea matriz alrededor de la cual girará todo el entramado ideológico del franquismo: España, la verdadera España es la de los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II. Todo lo que vino después es o bien decadencia, con los llamados Austrias Menores del siglo XVII, o bien disolución de esas esencias con la monarquía borbónica y, sobre todo, con los Ilustrados. El siglo XIX será la desembocadura de todos esos males, como aclara Artigas: «en las famosas cortes de Cádiz se manifestó un modelo ostensible y elocuente que si se había ganado la guerra, el espíritu de la revolución había a su vez ganado no pequeña parte de los hombres que representaban la Nación». Ese es el mal por excelencia según el texto, el espíritu de la Revolución francesa del que va a derivarse el liberalismo, el nuevo sistema político que se fue imponiendo, con pasos hacia atrás y hacia adelante, durante ese siglo en toda Europa, incluso si en España la clase portadora de ese sistema de ideas, la burguesía, nunca fue lo suficientemente sólida o fuerte para llegar a implantarlo con todas sus consecuencias.
Sin embargo, los avances del liberalismo harían posible la aparición de un grupo de intelectuales, todos ellos vinculados a la Universidad de Madrid, que, agrupados alrededor de Julián Sanz del Río, desarrollarían las ideas del filósofo idealista alemán Karl Christian Friedrich Krause. Julián Sanz del Río trae esas ideas de sus estudios en Alemania y en Bélgica, e intenta ponerlas en práctica en el contexto de la España de mediados del siglo XIX, desde su cátedra de Filosofía del Derecho en la Universidad de Madrid. Refiriéndose a ello, Artigas dice: «el krausismo, poco brillante, y opaco en comparación con los de Hegel y Kant [...], tuvo Sanz del Río y tuvieron sus discípulos, la desdicha de exponerlo en un lenguaje abstruso y bárbaro». Y algunas líneas más adelante, la filosofía de Krause es calificada de «indigesta». No es este el lugar de analizar las ideas de Krause, de abrir una polémica sobre la validez o invalidez de la filosofía krausista, ni de calibrar su comparación con los mucho más conocidos Hegel y Kant; lo que queremos señalar es la agresiva descalificación del autor del artículo de una filosofía, sin otro argumento que su descalificación, que se extiende a la incapacidad de expresarla de sus adeptos. Aunque si seguimos leyendo vamos a encontrar el porqué de la nocividad de tal filosofía. «Este sistema –se lee– más que como contenido filosófico, tuvo importancia porque en torno suyo [...] se agruparon los disidentes, los que no aceptaban el Catolicismo como creencia y como norma de vida».
Nos topamos aquí con el núcleo del que se nutre no solamente todo el razonamiento del autor del texto, sino, como tendremos ocasión de ver, todas las ideas que elabora el franquismo. La conducta, las ideas y su aplicación, los actos o los proyectos de los hombres y de los grupos sociales no son buenas o malas por la mayor o menor coherencia de su contenido, por su rigor lógico o por sus resultados en la sociedad o en la realidad, sino con relación al catolicismo; a nadie le está permitido apartarse de él so pena de condena absoluta, de descalificación sin contemplaciones. Para los hombres que escriben estos artículos, hay que temer esa condena por encima de todo. Volvemos aquí a la pena de excomunión que empleaba la Iglesia católica para deshacerse de todo lo que le estorbaba apartándolo de la comunidad, y, si no bastaba, encarcelándolo o suprimiéndolo en la hoguera. El franquismo reproduce el sistema «excomulgando» a los hombres que no quieren adaptarse a sus esquemas ideológicos, perfectamente enmarcados en el catolicismo más ortodoxo, desterrando, encarcelando o fusilando a los que se muestren demasiado reacios a sus principios.
Condenados por sus ideas, los krausistas van a serlo por su actuación para llevarlas a la práctica en la enseñanza, lo que justificará la persecución no solo de las ideas sino de los hombres de la Institución, en el momento en que se escribe el artículo. Artigas recorre, de forma apresurada e interesada, algunos acontecimientos históricos del siglo XIX, diciendo que «en 1865 se formó expediente a Sanz del Río y a alguno de sus discípulos, entre ellos a Giner de los Ríos». En realidad los acontecimientos que los llevarían a esos expedientes y a ser apartados de las cátedras comenzarían en 1867, cuando contestando a una campaña promovida por progresistas y demócratas exiliados contra la monarquía española, las autoridades académicas firmaron un texto que les fue dirigido por el Ministerio de Fomento «reiterando el testimonio solemne de su adhesión a los principios fundamentales de esta monarquía secular y a la persona excelsa de V. M., protectora de las ciencias y de las artes».7 Muchos profesores, entre los cuales se encontraban los krausistas, se negaron a firmar y se les abrió expediente. A esos hechos se refiere Artigas, añadiendo: «pero vino la revolución del 68, volvieron a sus cátedras, y entonces se legalizó la más amplia libertad de enseñanza, y, es claro, en nombre de ella se persiguió a las doctrinas que sus contrarios profesaban». Evitando entrar en las polémicas y luchas que se desencadenaron con el triunfo de la revolución de 1868, diremos que, en la nueva situación, los krausistas ocuparon puestos relevantes en la administración de la educación, y que, desde ellos, intentaron reformarla basándose en particular en un principio para ellos fundamental: la libertad de cátedra. Se legisló sobre esa libertad, así como sobre la libertad de enseñanza, referida a los establecimientos docentes no costeados ni administrados por el Estado, lo que también favorecía a los colegios religiosos. De todas formas, la reforma no daría muchos frutos y esa pretendida persecución de las doctrinas de sus contrarios, a la que alude Artigas, no debió ser muy efectiva, ya que, inmediatamente, se levantaron públicamente voces para contestar la citada legislación, que en algunas universidades no fue aplicada. Desde la Universidad de Barcelona, un escrito, fechado en enero de 1869, proclama que «la libertad de la ciencia y la independencia de su magisterio..., jamás debería convertirse en salvoconducto para enseñar errores, y la misma libertad debe quedar subordinada a las leyes eternas de Dios». Y en la de Granada, el Claustro de profesores escribe, ese mismo mes, que la enseñanza debe asentarse «sobre la moral y la religión, principio fundamental de todo progreso y cultura».8
Avanzando en el tiempo, después de haber descalificado a Sanz del Río, a su filosofía y, a pesar de lo que se afirma en el artículo, a sus no muy afortunados intentos de puesta en práctica, Artigas va a atacar al más notable y conocido de sus discípulos, que no podía dejar de desacreditar individualmente, por ser el fundador de la Institución Libre de Enseñanza: Francisco Giner de los Ríos, hombre calificado siempre de nefasto por su «desprecio o poco aprecio a la cultura tradicional», es decir a la cultura basada en el catolicismo.
Contra la «influencia difusa» que esas ideas estaban teniendo en la sociedad española, se había levantado el que para el franquismo será una suerte de gigante intelectual capaz de demostrar con su sabiduría esas ideas; una especie de genio benéfico, como en los cuentos, que sirve además de escudo, o de muralla defensiva contra todo lo que no sea el catolicismo: Marcelino Menéndez y Pelayo, a la obra «ingente» del cual, según Artigas, «es preciso volver ahora [1940] para tomar pie y alientos en la presente cruzada patriótica» (tendremos ocasión de volver sobre tal obra).
El texto sigue constatando la influencia de los institucionistas en la sociedad española, quienes, según el autor, «con sutiles y engañadoras artes han hecho cundir un indiferentismo religioso que ha asfixiado el pensamiento español, con ciencia importada sin espíritu español ni católico». Aquí la acusación roza el ámbito de la brujería –sutiles y engañadoras artes–, lo que se ajusta bien a los métodos inquisitoriales que empleaba el franquismo contra sus enemigos. Y el artículo termina con «casi habían ahogado el alma España. Que ahora anhela respirar aires que la tonifiquen». Para combatir esa influencia difusa y suprimir todo lo que pueda suponer un obstáculo a la respiración de la que habla Artigas, se escriben las alrededor de 250 páginas de los 19 artículos que siguen, cuya agresividad y despropósito está en relación directa con la dificultad de erradicarla, porque ha llegado a lo más profundo de la cultura.9
Delimitado así el ámbito en que se estructura y desarrolla el institucionismo, cada uno de los trabajos que siguen va a tomar un aspecto o una parcela de ese ámbito para intentar, más que destruirlo, porque el resultado de la guerra civil ya ha acabado con sus organismos y sus hombres, desacreditarlos ante los grupos sociales cultivados del país, en particular en la universidad, ya que la mayoría de los firmantes de los artículos son catedráticos y profesores. Entre ellos encontramos al presidente y al secretario de la Comisión de Depuración universitaria establecida en Zaragoza: los catedráticos Antonio de Gregorio Rocasolano, y Cándido Ángel González-Palencia Cabello.
Rocasolano, vicepresidente, además, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, colabora con dos artículos; el primero, «La Táctica de la Institución»,10 es en realidad el preludio del segundo. Como para Artigas, para Rocasolano la labor de la Institución estaba «dirigida a desarticular nuestra propia cultura, atacándola en su base religiosa», y ello, dice, desde el Ministerio de Instrucción Pública, creado a principios del siglo XX, donde los institucionistas se habían introducido y desde donde regían la educación, aplicando una política partidista. En la pluma de un hombre encargado de dirigir la depuración de los profesores universitarios que no pensaran como quería la dictadura que había resultado de la guerra civil, la congruencia de tal afirmación es difícilmente aceptable; pero nos encontramos ante un sistema de ideas en el que lo primordial no es pensar o expresarse con la más mínima coherencia, o dentro de las normas básicas de la honestidad intelectual; la solidez de las afirmaciones no necesita ningún tipo de prueba, están refrendadas por la «verdad suprema de la religión católica»: todo lo que no está dentro de esa verdad es error, luego el ataque a ese error se hace forzosamente desde la verdad. Rocasolano continúa por ese camino, adentrándose ahora en la acusación de corrupción. Durante la República, escribe, la Institución «llegó a ser la entidad que, sin responsabilidad legal de gestión, disponía de todos los resortes de mando de la enseñanza», lo que le permitía, para el reclutamiento de profesores, realizar «oposiciones vergonzosas [...] con apariencia de legalidad», distribuir entre sus partidarios «cargos en congresos científicos, relaciones culturales, etcétera», y todo ello, «abonado copiosamente por el Presupuesto Nacional». Y a grandes males grandes remedios, parece decirnos el autor: «tales actuaciones hubieran producido males irreparables a nuestra Patria, si no se realiza el Gloriosos Levantamiento militar, salvador de España».
Pero eso es el pasado, para el futuro el autor propone que la influencia difusa de la Institución se combata impidiendo que «las Logias masónicas no puedan actuar sobre el Ministerio de Instrucción Pública», haciendo que los hombres como él opongan «a la funesta táctica internacionalista de la Institución una labor cultural de honda raíz española», al «servicio de Dios» y de «la España inmortal», «alejada de toda política de partido». La última afirmación nos pone una vez más ante un lenguaje cuyo referente no es el que aparentemente designa, ya que Rocasolano pretende ignorar con él una evidencia, a saber: que su texto se inscribe en un contexto en el que la política del partido fascista español, la Falange, al menos nominalmente, es el patrón por el que todo se mide. Más allá de la condena a la Institución por internacionalismo o laicismo, hay una acusación aquí cuyo alcance supera la mera condena discursiva o textual; los institucionistas son calificados de masones, calificación que aparecerá una y otra vez en los textos que componen el libro. Ahora bien, acusar a alguien de masón en la España de 1940 es pedir que se le aplique la ley contra la masonería y el comunismo, promulgada el 2 de marzo de ese año, que castigaba a los masones y comunistas con penas de cárcel, con la obligación de efectuar, en los dos meses a partir de su promulgación, «una declaración-retracción ante el gobierno, para que la administración investigue si ha habido o no excusa absolutoria para la persona que la presente. En caso negativo, se la apartará definitivamente de cargo o función pública».11 La intención es clara: no solamente hay que separar a los profesores institucionistas de sus cátedras, hay que meterlos en la cárcel, o bien desacreditarlos ante sus posibles alumnos haciendo que se retracten de sus ideas.
El segundo artículo de Rocasolano, «La investigación científica acaparada y estropeada»,12 nos va a llevar al verdadero referente de su hiperbólico y contundente discurso. Aquí no será la educación en general, sino, como el título indica, de la investigación científica, y la acusación se dirigirá particularmente a la Junta de Ampliación de Estudios, acusada asimismo de disponer del erario público para sus fines, como hemos visto anteriormente. Lo que es en este texto significativo, es que va a desvelar los verdaderos motivos de esas encendidas acusaciones. La cita es un poco larga pero explica perfectamente lo que subyace bajo el discurso de la religión y de la España eterna: envidias y odios personales.
Mi laboratorio de Investigaciones no tenía todavía existencia oficial hace unos veinte años, pero de hecho existía desde 1902, practicando una labor modesta, pero propia. Un día se vio agasajado con la visita del señor Castillejo, secretario y animador de la Junta para Ampliación de Estudios; conversamos un rato y le hablé de los temas que por entonces estudiaba, y me decía que los jóvenes que quisieran hacer estudios de Bioquímica en el Extranjero debían estar previamente un curso en mi laboratorio, y así después aprovecharían mejor las enseñanzas que podían recibir fuera de España.
Quedé encantado de la comprensión del señor Castillejo; pero apenas había transcurrido un año después de aquella visita cuando vi claramente que me había engañado, o que él se habría engañado si me supuso adherido a su obra.
En efecto; el catedrático de Agricultura del Instituto de Toledo, señor Sancho Adellac, conocía mis trabajos, poco tiempo antes publicados (1915-1916), sobre la acción fertilizante del manganeso; él mismo había hecho algunos estudios en campos de experimentación sobre el mismo tema, y para poder ampliar las conclusiones de mis trabajos de laboratorio, el profesor Sancho Adellac solicitó de la Junta, no una pensión, sino la consideración de pensionado, para continuar, durante un curso, sus trabajos en Zaragoza, reforzando su petición con una interesante publicación que sobre el mismo tema había realizado. La contestación de la Junta fue contundente: «No se concede porque sería sentar un mal precedente», afirmando, además, en una conversación el señor Castillejo que no tenía noticias ni de mis trabajos ni de mi laboratorio. Hay que reconocer que, tanto en el manejo de la publicidad como en el del silencio –arma más terrible que la oposición-–, los institucionistas son maestros.
La aportación de este catedrático a la destrucción de la labor de la Institución libre de Enseñanza, y en particular de la Junta de Ampliación de Estudios sería ampliamente reconocida por el franquismo, que, en 1946, bautizaría con su nombre una de las creaciones más significativas de esta junta en el ámbito de la ciencia: el Instituto Nacional de Física y Química, inaugurado el 6 de febrero de 1932. Desde 1946, el instituto se denomina Instituto de Química y Física Rocasolano.
El Instituto de Física y Química, conocido popularmente como el Instituto Rockefeller, por haberse construido con fondos de la asociación de ese nombre, en la llamada por Juan Ramón Jiménez la Colina de los Chopos, muy cerca de Residencia de Estudiantes (al final de la calle Serrano de Madrid), es el blanco de otro de los artículos de este libro, firmado por Luis Bermejo,13 catedrático y ex rector de la Universidad de Madrid, vocal de la Comisión de depuración, quién después de acusar la Institución de ser una agrupación de tipo masónico (aquí la acusación no es directa, pero está insinuada), proclama que hay que recuperar el Instituto para «exaltar el patriotismo», para llevar a la juventud por los «senderos de la Verdad y del Bien», así, con mayúscula.
En esa perspectiva de acusación a la Institución y a sus hombre de masones, extranjerizantes y, por ende, antipatrióticos, descreídos, anticatólicos, corrompidos y sectarios, de haber sido los inspiradores de la Segunda República y así pues, de ser responsables de la tragedia que para España ha representado la guerra civil, se situarán todos los artículos del libro, que pasarán revista a los organismos, instituciones o departamentos ministeriales dirigidos o, según los acusadores, inspirados por ellos.
En «La formación del profesorado», Miguel Allué,14 catedrático y director del Instituto de Zaragoza, según el cual la República puso en manos de la Institución la instrucción pública, la acusa de reclutar solo a profesores de segunda enseñanza que estuvieran de acuerdo con sus ideas con el fin de laicizarla completamente, cosa que, según él, «no se concibe en una nación católica» como España. Miguel Sancho Izquierdo, catedrático de la Universidad de Zaragoza, en su artículo «La provisión de las cátedras»,15 la acusa de lo mismo que el anterior, ahora en lo referente a las oposiciones y creación de cátedras, añadiendo que su proceder era «masónico y tortuoso». Seguirá el anatema contra «El instituto-escuela»,16 firmado por el catedrático Benjamín Temprano; «La residencia de Estudiantes»,17 de Carlos Riba, catedrático decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, significativo porque dice, refiriéndose al libro que nos ocupa, que «estas páginas pliegos de cargo, [están] redactadas sin pasión ni odio», para añadir que la labor de la Institución en la Residencia, «pagada con el dinero del Estado, [sirvió] para desnacionalizar la mente y el corazón de nuestra juventud escolar y para hundir a España en el caos de los sin Dios y sin Patria, del que solo hay otro ejemplo en el mundo: Rusia» (habría que preguntarse qué significan para el catedrático «pasión» y «odio»). Continuarán los cargos del catedrático, también de la Universidad de Zaragoza, Domingo Miral, contra los cursos de verano18 en la Universidad de Santander, acaparadores, según el autor, de todos los fondos del Ministerio, cuando una parte de estos estaba destinada a la Residencia de Jaca, es decir a un organismo que dependía de la Universidad de Zaragoza. De la envidiosa rivalidad entre universidades, el artículo pasa a la acusación ad hominem, tratando al historiador Américo Castro de «hombre cerril, indiscreto, fanático y soberbio». Ningún rincón de la labor de real o atribuida a la Institución quedará por explorar y denigrar en la pluma de ese grupo de catedráticos de universidad, de institutos de segunda enseñanza, de maestros, etc.: la Escuela Superior de Magisterio,19 acusada por José Talayero, maestro nacional, de «infectar la masa»; el Centro de Estudios Históricos, acusado por Ángel González Palencia, catedrático de la Universidad Central y académico de la Lengua, secretario de la Comisión de Depuración, de «silenciar las publicaciones de personas de derechas»; la Escuela de Criminología,20 a la que el profesor José Guillart y López Goicoechea, miembro del Consejo Superior de Protección de Menores, achaca la aplicación de «política revolucionaria y antiespañola»; Romualdo de Toledo,21 director general de Primera Enseñanza, que arremete contra el Patronato de Misiones Pedagógicas y contra La Barraca, «altavoz espléndidamente remunerado para las herejías y extravagancias de García Lorca». La enseñanza del arte por la Institución será abordada por Juan Contrera,22 catedrático de universidad y marqués de Lozoya, cuyo nombre veremos aparecer en todas las publicaciones que nos ocuparán en los capítulos siguientes, para quien tal enseñanza intentaba «interpretar con un criterio laico el arte español», contra lo cual se realizó «el viril levantamiento del Ejército y la juventud española». La «nefasta» labor de la Institución en la política, en las Cortes y durante la guerra civil no se dejarán de lado: Hernán de Castilla,23 otra vez Romualdo de Toledo,24 y un catedrático de universidad que firma X.Y.Z.25 se encargarán de ello.
Después de esta somera enumeración, queremos examinar con cierta atención dos artículos del libro, porque, a nuestro parecer, en ellos aparecen, con toda claridad, las características generales de esta colección de textos.
El primero se titula «La Institución Libre y la Prensa», está firmado «por uno que estuvo allí»,26 y empieza con una contundente afirmación, a la que como ya nos hemos habituado a estas alturas, no se aporta ninguna prueba: «Todos y cada uno de los periódicos republicanos y de extrema izquierda liberal de los primeros años de la Restauración fueron tribuna de la Institución Libre de Enseñanza». La amalgama ideológica en la que se mueve el autor no parece perturbarlo; lo que a él le interesa es acusar a la Institución, a través de esas publicaciones, de ser «responsable de los sangrientos desórdenes de las turbas en el breve período de la I Republica». Después, pasando por tres periódicos liberales madrileños: El Imparcial, El Liberal y El Heraldo de Madrid, según el autor en manos de los hombres de la Institución, vamos a llegar al que al autor le interesa realmente atacar, a una de las tribunas de prensa más importantes de la burguesía liberal, entre la Primera Guerra Mundial y la guerra civil española: El Sol. Fundado en 1917 por el industrial Nicolás María Urgoiti, cuyo nombre aparecerá en importantes empresas liberales, como Unión Radio, la cadena de emisoras más importantes de la anteguerra civil, el periódico publicó artículos de prácticamente todos los escritores importantes de la España de la época: liberales como José Ortega y Gasset, pero también futuros falangistas importantes como José María Alfaro o Pedro Mourlane Michelena. Mas al autor, «que estuvo allí», no le interesan los matices; El Sol es para él «la obra maestra –el Olimpo– de la Institución Libre de Enseñanza». En cuanto a su situación en el espectro sociopolítico «ningún periódico –se lee– más capitalista que El Sol. Tenía todos los vicios, los modos del capitalismo». La definición no deja lugar a dudas, pero ello no impide al anónimo autor, afirmar con la misma contundencia unas líneas más abajo: «El Sol fue el primer periódico izquierdista que atacó a la Iglesia [...], el más eficaz instrumento de la revolución española, causa de la espantosa guerra civil española». ¿Sabe el autor de qué está hablando? Da la impresión que no. Una de las justificaciones de la rebelión contra la república era la evocación de una revolución comunista, y una revolución social era lo que pretendían llevar a cabo los anarquistas durante la guerra civil; ¿qué relación puede tener con esas revoluciones el capitalismo, que es contra quien van dirigidas? La coherencia no parece ser una preocupación mayor del firmante del artículo; lo que le interesa es llegar a la conclusión de que si el periódico es el responsable de la guerra civil, y «fue muy prontamente manejado por los elementos más significados de [la] Institución», los responsables de la República y de la guerra son los institucionistas. El artículo acaba concediendo, sin embargo, una calidad a El Sol, afirmando que fue «la más selecta tribuna de la Institución Libre de Enseñanza», inmediatamente corregida añadiendo que fue el mayor «propagandista de la revolución».
¿Nos encontramos ante la biliosa reacción de alguien que trabajó en El Sol y fue excluido por alguna razón que aquí no se aclara? Puede ser posible que, como el catedrático Rocasola sintió sus trabajos de investigación menospreciados por la Institución, el «que estuvo allí» exprese aquí su rencor por un asunto personal. Fuere como fuese, el artículo nos parece una expresión clara del odio –ideológico o personal– que impregna todas las páginas de este libro, revestido de una retórica que no recula ante ninguna acusación, por muy incoherente que sea la argumentación empleada para apoyarla, lo que stricto sensu, tiene muy poco que ver con lo que se entiende en Occidente por pensamiento. El hecho es tanto más evidente, cuanto que se trata de hombres cuyo oficio es, precisamente, el de pensar.
El segundo artículo, «Origen, ideas de la Institución Libre de Enseñanza»,27 es significativo en primer lugar porque es el más extenso de la colección, 92 páginas y, además, porque su autor era uno de los hombres más importantes del grupo de católicos que desempeñaría un papel fundamental en el franquismo: presidente de la Asociación Española de Propagandistas.28 Fernando Martín Sánchez Juliá retoma, ampliándolo, lo que ya había escrito Miguel Artigas en el primer artículo que hemos comentado. La novedad, si así puede llamarse, es que, después de enumerar desde el comienzo del artículo todos los males de los antecedentes de la Institución: el krausismo, escuela filosófica que se convirtió en una secta y más tarde en una «organización eficacísima de protecciones mutuas», cuya enseñanza estaba dirigida a la «descristianización de España», para acabar dando bases a los «directores de la revolución que trajo la República»; después de dibujar claramente la figura del fundador de la escuela, Sanz del Río, calificado de hipócrita, descreído y heterodoxo, dotado de «un diabólico sectarismo proselitista», que desprecia a los españoles por atrasados, a quién, con eclesiástica magnanimidad, desea el autor «¡Que Dios haya perdonado!», Sánchez Juliá apoya cada una de sus descalificaciones en largas citas de Menéndez Pelayo –de ahí la amplitud del texto–, procedentes, en particular, de su Historia de los heterodoxos españoles, en la que Menéndez Pelayo dedica un amplio apartado en el capítulo iii del libro VIII al krausismo. Como Artigas, el autor del presenta artículo toma aquí a Menéndez Pelayo no como el sumo contradictor de todo lo que no fuera católico en España, sino como aquel de cuya pluma saliera la verdad absoluta, siendo, por lo tanto, inútil insertar su discurso en el contexto histórico en que se produce. Añade, sin embargo, algunos detalles que «completan» los ataques de don Marcelino contra los krausistas, porque este los ignorara o porque fueran posteriores a su muerte. Así, para que la calificación de masones de los institucionistas adquiera todo su peso, leemos en este artículo: «Acaso Menéndez Pelayo no tenía el dato seguro de que Krause había pertenecido a la masonería. Pero fue así: Krause entró en la masonería en 1806». El dato es de una puntillosa exactitud, y la filiación de maestro a discípulos debe caer por su propio peso.
En el párrafo dedicado a lo que él llama la descristianización del magisterio, Sánchez Juliá dice algo que aclara la inquina y la agresividad de sus ataques contra la Institución. Refiriéndose a El Debate, portavoz antes de la guerra civil de Acción Católica, dice que el periódico había ya dado la voz de alarma, desde la segunda década del siglo XX, sobre el peligro que representaban las Casas del Pueblo para los maestros: «¡Alerta católicos, que aún es tiempo! –decía el periódico– Los maestros, hoy por hoy, son nuestros;29 pero ¿quién sabe si pasadas media docena de años podremos decir tanto?» Así pues, no se trataba de un debate de ideas para convencer a los ciudadanos encargados de la enseñanza sobre la justeza, coherencia o ventajas para los enseñados de las ideas católicas, se trataba de una propiedad, y como pretender lo contrario era atentar contra los principios en que se asentaba la sociedad, para defenderla era lícito recurrir a la violencia.
Con el franquismo todos los profesores, a todos los niveles debían ser forzosamente católicos. A medida que se acerca el final, el artículo va tomando la forma de uno de los discursos con que el general Franco solía dirigirse a los españoles: «Hemos visto al paso de esta historia surgir y crecer los organismos constitutivos del plan de diabólica grandeza cuyo fin era la conquista de las mentes de España para arrancar de ellas el pensamiento español, católico, universalista, satisfecho y hasta orgullosos de su propia gloria histórica, para sustituirlo por ideas laicas y extranjerizas».
La colección de artículos termina con uno de los dos firmados por Ángel González Palencia, catedrático y académico, secretario de la Comisión de Depuración universitaria, titulado «La herencia de la Institución Libre de Enseñanza».30 Nos encontramos con el mismo tipo de acusaciones y descalificaciones que abundan en todas las páginas anteriores, pero aquí la condena debe ser absoluta; lo que representa la Institución debe ser totalmente destruido, servir de ejemplo de maldad para las generaciones venideras:
La casa matriz [de la Institución], la escuela de niños que en la calle Martínez Campos era el núcleo fundamental de la secta, habrá de sufrir la suerte de todos aquellos que han servido al Frente Popular y a la Revolución Marxista. Como en los días gloriosos del imperio, podría arrasarse la edificación, sembrar de sal el solar y poner un cartel que recordase a las generaciones futuras la traición de los dueños de aquella casa para con la Patria inmortal.
Aunque al ángel exterminador no olvida sus intereses y no se resigna a perder todos los bienes materiales que la herencia puede proporcionar, por lo que el libro termina así: «Pero existen ciertos organismos, principalmente la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, con todos sus anejos [...], que no deben desaparecer [...]. Así volverán a servir a la nación, que los paga».
2. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO, REFERENCIA CULTURAL PRIVILEGIADA
Podría pensarse que el lugar de un libro como el que acabamos de examinar, machacona repetición de acusaciones a los institucionistas, en particular a su sistema de enseñanza y, de paso, al régimen político que lo puso en práctica, insultos ad hominem, hiperbólicas y tajantes afirmaciones sin ningún tipo de prueba que las apoye o justifique, no es un estudio sobre el pensamiento de un país durante una época histórica determinada, pero, a nuestro parecer, en el tema que nos ocupa es altamente significativo desde varios puntos de vista. En primer lugar, los autores de los artículos se encuentran entre los actores principales de la intelligentsia del país, es decir los que van a dirigir, en la mayoría de los casos desde sus cátedras, el pensamiento de la juventud; además, y esto es lo que nos parece más importante, porque en él aparecen algunas de las ideas de base del discurso ideológico de la dictadura, que luego se conocerá como el nacionalcatolicismo.
La primera de ellas era que sus enemigos lo eran porque eran enemigos de la España eterna, es decir del catolicismo, fuera del cual el país no era concebible. La otra, de primera importancia, era la condena del liberalismo como sistema político, anatematizado por la Iglesia católica desde su nacimiento con la Revolución francesa, porque con él o en él, durante el siglo XIX, se habían desarrollado las corrientes de pensamiento que, en el mundo occidental, ponían en tela de juicio su autoridad, la impugnaban y la combatían, llegando incluso a negar la existencia del Dios que había presidido y justificado su poder. El franquismo no solamente condenaría el liberalismo, sino que lo suprimiría casi por completo de la enseñanza de la historia, prácticamente a todos los niveles; de la «gloriosa Guerra de la Independencia», se pasaría de puntilla por los primeros años de la Restauración, para llegar a la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, que había acabado con el «corrompido régimen» de la monarquía constitucional, para terminar en el «final feliz» del Glorioso Movimiento Nacional, siempre con mayúsculas. La esencia de España se encontraba en los siglos XV y XVI, con los Reyes Católicos y los Austrias Mayores, que habían llevado a su apogeo el imperio, y a ellos había que recurrir, no solo para buscar inspiración, sino para retomar «lo que se había perdido» en los siglos siguientes. Fingiendo poder saltar por encima de la historia, el franquismo se presentaba como el heredero y continuador directo del «espíritu» de aquel período histórico, y anatematizaba todo lo que los siglos siguientes al «apogeo de la unidad de la Patria» habían dejado periclitar primero y luego vuelto la espalda a partir del siglo. El resultado de todo ello, pasando por la Revolución francesa, había sido el catastrófico siglo XIX, condenable por antonomasia por ser el precedente directo de la época en que este discurso se forjaba. Pero no toda la historia del siglo XIX era condenable; había figuras en ella que sí se adaptaban al discurso ideológico del franquismo, por haber adoptado y defendido posturas claramente antiliberales; figuras que van a ser los apoyos del pensamiento franquista, presentadas fuera de todo contexto histórico, flotando a contracorriente en ese siglo como oráculos de verdad absoluta.
La más importante de ellas, la que servirá de guía y de referencia a todo el pensamiento franquista, en el amplio ámbito de la de la historia de la filosofía, de las ideas estéticas y de la crítica literaria, todo ello en el marco de la más estricta ortodoxia católica, será Marcelino Menéndez y Pelayo. En el libro del que acabamos de ocuparnos, uno de los primeros y más agresivos ejemplos del discurso nacionalcatólico, su nombre y sus textos son citado 85 veces, es decir, prácticamente en una de cada dos páginas. Sus autores reproducirán, retrocediendo 60 años, las mismas polémicas que los textos de Menéndez Pelayo habían suscitado en los ásperos debates ideológicos de principios de la Restauración, con la diferencia de que, a finales del siglo XIX, a los sectores de la burguesía y la clase media opuesta a la implantación de un verdadero liberalismo en España, contestaban los sectores de la sociedad portavoces de ese liberalismo, y, en los años cuarenta del siglo XX, estos últimos habían sido aniquilados en una guerra civil, sustituyendo así el debate por un monólogo que pretendía justificar tal aniquilación.
La figura del polígrafo santanderino, para emplear una de las expresiones con que lo evocaba la retórica del franquismo, es lo suficientemente conocida como para que no tengamos que ocuparnos de ella detalladamente; nos limitaremos, pues, a evocar algunas de sus ideas fundamentales, que servirán de corolario a las páginas anteriores y ayudarán a comprender las que siguen.
El primer texto que aquí nos interesa de él es, según el propio autor, el primero de cierta importancia que dio a la imprenta:31 La ciencia española. El libro se abre con una carta a Gumersindo Lavarde en la que se lee lo siguiente:
En una serie de artículos que, con el título de «El Self Government y la Monarquía doctrinaria», está publicando en la acreditada Revista de España su tocayo de usted D. Gumersindo Azcárate, escritor docto, en la escuela Krausista soberanamente estimado, he leído con asombro y mal humor (como sin duda le habrá acontecido a usted) el párrafo a continuación transcrito: «Según que, por ejemplo, el Estado ampare o niegue la libertad de la ciencia, así la energía de un pueblo mostrará más o menos su peculiar genialidad en este orden, y podrá hasta darse el caso de que se ahogue casi por completo su actividad, como ha sucedido en España durante tres siglos».32
Con una erudición y documentación abrumadoras, don Marcelino va a contradecir a Azcárate, uno de los miembros más representativos del krausismo y de la Institución Libre de Enseñanza, invocando todo lo que el pensamiento español había producido en esos tres siglos (XVI, XVII y XVIII), que desde Ramon Llull (al final de la Edad Media) va a alcanzar su plenitud en el siglo XVI, con Luis Vives, Sebastián Fox Morcillo, etc. Menéndez Pelayo va a acusar a Azcárate, y más generalmente a los krausistas, de despreciar el pensamiento español sin conocerlo, sin haberlo leído, de preferir los pensadores extranjeros, franceses y alemanes en particular, «siquiera sean antiguos desvaríos remozados o trivialidades de todos sabidas, que los principios fecundos y luminosos»33 de los pensadores españoles. Se inicia así una lucha ideológica que se extenderá hasta la vuelta del siglo y que atravesará toda la producción intelectual, de Joaquín Costa a José Ortega y Gasset pasando por Miguel de Unamuno, cuyo pensamiento irá del krausismo a la postura contraria. En el libro que acabamos de analizar sobre la Institución Libre de Enseñanza, los autores de los artículos dan por resuelta la polémica, con la para ellos evidente razón que asistía a los continuadores y defensores de las ideas de Menéndez y Pelayo.
El otro texto del polígrafo que trataremos aquí, tácita o explícitamente referenciado siempre por el franquismo, fue el que le dio y le sigue dando más fama; nos referimos a Historia de los heterodoxos españoles, cuyos tres volúmenes vieron la luz entre 1880 y 1882. Elaborado desde un punto de vista «español y católico»,34 la notable extensión del corpus tratado lo ha hecho referencia de investigadores de todos los horizontes políticos. Uno de sus capítulos, como ya hemos indicado, contiene una crítica sin concesiones de los heterodoxos krausistas, pero no entraremos en ese contenido, que volvería a sacar a la luz una polémica a estas alturas absolutamente inútil; nos interesa aquí solamente señalar las ideas que alimentan tal historia, expresadas sin ambigüedad desde la introducción; unas ideas que ayudarán a comprender no solamente el libro sobre la Institución Libre de Enseñanza con que hemos empezado este estudio, sino los análisis posteriores.
Don Marcelino empieza lamentándose de que en España haya libertad de cultos, «contra la voluntad del país», para continuar proclamando sin ninguna ambigüedad sus creencias: «Católico soy, y como católico afirmo la Providencia, la revelación, el libre albedrío, la ley moral, bases de toda historia»; tal afirmación da por supuesto que no hay otra moral que la católica. Todo lo que se aparte de esa fe y de esa moral caerá en el error y será condenado y combatido como tal, con el «fanatismo [y la] intolerancia» que, según Menéndez Pelayo, son propios del pueblo español: «¿hubiera podido existir la Inquisición si el principio que dio vida a aquel popularísimo tribunal no hubiese encarnado desde muy antiguo en la conciencia del pueblo español?». Como consecuencia de ello, «el dogma católico es propio de nuestra cultura –dice don Marcelino–, y católicos son nuestra filosofía, nuestro arte y todos las manifestaciones del principio civilizador». Así, siempre girando alrededor de ese núcleo –de esa verdad absoluta– debía seguir girando la historia de España según Menéndez Pelayo; pero la historia del mundo sufre variaciones irreversibles, como sucede en Europa en el siglo XVIII, que van a acabar en la Revolución francesa, y esas transformaciones van a dar al traste con esa pretendida verdad. Menéndez Pelayo deplora que «el influjo francés traído por el cambio de dinastía» haya introducido en España, a través de los ilustrados, el jansenismo, el enciclopedismo y las sociedades secretas, puertas abiertas, estos dos últimos, al liberalismo que va a comenzar a implantarse en España a partir de las Constitución de las Cortes de Cádiz, en 1812.
Casi treinta años después de su muerte, sesenta después de la publicación de estos textos, una parte de la sociedad española, capitaneada por unos militares, va a intentar desterrar todo lo que Menéndez Pelayo deplora, encerrando al país en una dictadura implacable y dejándolo al margen de las ideas occidentales durante cuarenta años. Las clases dirigentes del nuevo sistema tomarán a Marcelino Menéndez Pelayo como guía intelectual privilegiado; sus textos se convertirán en una suerte de nuevo evangelio. Se trata de una voluntad expresa, que aparece explícitamente en el franquismo desde el comienzo de su andadura. El primer ministro de Educación Nacional del primer gobierno de Franco, Pedro Sáinz Rodríguez, piensa que Menéndez Pelayo, «de forma lapidaria e insuperable, expresa [...] conceptos permanentes y eternos que podemos elevar a la categoría de norma eficaz para la educación de nuestro pueblo», y su Ministerio publica una antología de fragmentos de sus obras, que exponen «sus ideas sobre la enseñanza, la educación religiosa, etc.». El ministro prevé la publicación de las obras completas, así como de folletos monográficos de don Marcelino, cuyos contenidos apoyarán y aclararán las líneas ideológicas del nuevo Estado: «El Concilio de Trento», «Las Cortes de Cádiz», «El enciclopedismo en España»...35 Esta apropiación de la figura de Menéndez y Pelayo por el franquismo no se limitaría a los honores académicos, sino a hacerlo una suerte de símbolo cultural del nuevo Estado, rindiéndole honores militar-fascistas como correspondía a la época. Sáinz Rodríguez cuenta en sus memorias:
Durante el tiempo que fui ministro [fui una vez a Santander] y cuando llegué allí había tropas de lanceros rindiéndome honores. Pasé revista [...] acompañado de un oficial; cuando terminó esta ceremonia, le rogué al jefe que, mientras yo leía en la Biblioteca Menéndez Pelayo el decreto referente al Instituto de España y su Función, cuatro soldados le diesen guardia de honor al monumento a Menéndez Pelayo que se encuentra en el jardín de la biblioteca, delante de la escalera de acceso a la misma. [...]. Terminada la lectura y leída el acta de la sesión por el secretario de la Sociedad Menéndez Pelayo, Luis de Escalante, descendimos al jardín de la biblioteca para depositar una corona de laurel ante la estatua de don Marcelino, a la cual daba guardia una sección de estudiantes del seu.36
Sáinz Rodríguez no llegaría a publicar las obras completas de don Marcelino, como pretendía, mientras fue ministro de Educación; sería el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo dirigido por la facción católico integrista del franquismo, quien las publicara, en 65 volúmenes, a partir de 1940.
El magisterio de Marcelino Menéndez y Pelayo no será auspiciado solamente por los grupos católicos que formaban parte de las facciones del franquismo, elaboradores del discurso nacionalcatólico; la facción denominada nacionalsindicalista lo hará también suyo, y se extenderá mucho más allá del período 1939-1945 que aquí nos ocupa. Dos de los hombres más significativos del fascismo español no escatimarán sus alabanzas al santanderino. En su libro Literatura española contemporánea, Gonzalo Torrente Ballester, en el apartado dedicado a Menéndez y Pelayo, escondiéndose tras una cita de Pedro Laín Entralgo, escribe: Menéndez Pelayo «enseñó a los españoles a mirar la verdad de su pasado [...]; predicó a los españoles el imperativo de la unidad»; a lo que añade su propia opinión: estas palabras «bastan para que cualquier juicio sereno le discierna la elevada jerarquía, la especial consideración de que su nombre goza».37
En enero de 1956, siendo rector de la Universidad de Madrid Pedro Laín Entralgo, se hace un homenaje a don Marcelino en el primer centenario de su nacimiento, y se edita un cuadernillo con 5 textos a él dedicados.38 En el primero de ellos, José María Sánchez Muniaín, miembro de Acción Católica y propagandista activo, lo define como un español sin doblez, «caritativo con los equivocados y pecadores».39 Alfonso García Valdecasas, uno de los fundadores de Falange española, pasado luego a la facción monárquica, escribe: «la obra de Menéndez Pelayo se reveló para muchos como luz de encendida esperanza en el futuro de España y como fecundo acervo de valores permanentes de la cultura española».40 Para el matemático Julio Rey Pastor, Marcelino Menéndez y Pelayo es un «caballero rezagado de la cruzada multisecular contra el Islam y tardío retoño de la casta que produjo conquistadores de mundos bajo el signo de la cruz».41 Laín Entralgo, con una retórica muy de la época, escribe: «Esta que aquí veréis, sea sin manquedad y famosa toda, es el alma de don Marcelino Menéndez y Pelayo, español de pro. [...] viva y preocupada ante sus creencias y sus problemas: España, su fe religiosa, la época entre bonancible y tormentosa en que le tocó vivir».42 El texto que completa el cuadernito, aunque se sitúa en la línea del elogio correspondiente al acontecimiento, intenta evadirse del ámbito de valores fundamentales del franquismo en que los otros se sitúan plenamente; se trata de un texto de Dámaso Alonso centrado en la faceta de crítico literario de don Marcelino, más particularmente en la recepción por éste de la figura de Lope de Vega. Traza primero un paralelismo entre los dos: «Uno y otro –aún mozalbetes– entran de sopetón en la más cruda luz de la fama, rodeados de la vocinglería del escándalo: el uno, Lope, un escándalo de infame origen; el otro, el joven Marcelino, la ruidosa polémica voluntariamente provocada con el intento más generoso: la defensa de la ciencia española». La comparación parece un tanto forzada en el contexto en que se produce, y Dámaso da otra vuelta a la tuerca añadiendo: «Es sabido que Menéndez Pelayo había escrito en la carpeta donde guardaba sus poesías: En arte soy pagano hasta los huesos/... pese a quien pese».43 Dámaso Alonso era un hombre emparentado con la Institución Libre de Enseñanza, había colaborado en publicaciones republicanas y era reputado como un liberal, aunque su nombre aparecerá asiduamente en las publicaciones franquistas; pero eso lo veremos con más detalle en el capítulo siguiente.
1 Citado por Vicente Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Fundación Albéniz, 2010, p. 279.
2 Ibid., p. 403.
3 Citado por Jaume Claret Miranda, El atroz desmoche (La destrucción de la Universidad española por el franquismo), 1936-1945, Barcelona, Crítica, 2006, pp. 61-63.
4 Ibid. Véase también, Luis Enrique Otero Carvajal (dir.), La destrucción de la ciencia en España. Depuración Universitaria en el franquismo, Madrid, Editorial Complutense, 2006.
5 VV. AA. Una poderosa fuerza secreta. La Institución Libre de Enseñanza, San Sebastián, Editorial Española, 1940, <http://www.filosofia.org/bol/bib/nb052.htm>.
6 Miguel Artigas, «A modo de compendio: Menéndez Pelayo y la Institución Libre de enseñanza», pp. 25-30.
7 Citado por Vicente Cacho Viu, La Institución..., op. cit., pp. 152 y ss.
8 Ibid., pp. 207-208.
9 José Antonio Expósito, doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense y especialista de Juan Ramón Jiménez, dice a este respecto: «Con Arte menor quiso jrj culminar una trilogía formada por Las hojas verdes y Baladas de primavera que presenta unas características formales y temáticas similares [...]. El germen de estos versos hay que buscarlo en el pensamiento krausista imbuido por hombres como Giner o Cossío que le orientaron decididamente con su trato y su ejemplo vivo hacia el interés y la valoración ética y estética del arte popular», El País, 19 de febrero de 2011.
10 Antonio Gregorio Rocasolano, «La Táctica de la institución», pp. 125-130.
11 Fernando Díaz Plaja, La España franquista en sus documentos, Barcelona, Plaza y Janés, 1976, pp. 39-43.
12 Antonio Gregorio Rocasolano, «La investigación científica acaparada y estropeada», pp. 149-160.
13 Luis Bermejo, «El Instituto Rokefeller», pp. 197-202.
14 Miguel Allué, «La formación del profesorado», pp. 131-136.
15 Miguel Sancho Izquierdo, «La provisión de las cátedras», pp. 137-146.
16 Benjamín Temprano, «El instituto-escuela», pp. 161-165.
17 Carlos Riba, «La residencia de Estudiantes», pp. 167-179.
18 Domingo Miral, «Los cursos de verano», pp. 181-185.
19 José Talayero, «La escuela superior de magisterio», pp. 187-189.
20 José Guillart y López Goicoechea, «La escuela de criminología», pp. 203-211.
21 Romualdo de Toledo, «Otros organismos creados por la República», pp. 213-217.
22 Juan Contreras, «La Institución Libre de Enseñanza y el Arte», pp. 221-226.
23 Hernán de Castilla, «La Institución libre y la política», pp. 241-251.
24 Romualdo de Toledo, «La Institución Libre de Enseñanza y las Cortes», pp. 253-257.
25 X.Y.Z., «La Institución y la guerra», pp. 259-269.
26 «La Institución Libre y la Prensa», pp. 227-240.
27 Fernando Martín-Sánchez Juliá, «Origen, ideas de la Institución Libre de Enseñanza», pp. 31-122.
28 Eclesia Digital, órgano oficioso del episcopado español, publicaba el 30 de julio de 2010 la nota siguiente: En la presentación de la Causa de Beatificación de Fernando Martín-Sánchez, se destaca su cristiana aceptación de su enfermedad y su compromiso público. La Asociación Católica de Propagandistas (acdp) presenta en Santander la Causa de Beatificación del que fue el segundo de sus presidentes, Fernando Martín-Sánchez. En el marco del curso de verano «Intelectuales en la Historia de la acdp», que ha sido clausurado hoy, 30 de julio en Santander.
29 La cursiva es nuestra.
30 Ángel González Palencia, «La herencia de la Institución Libre de Enseñanza», pp. 273-276.
31 Advertencia preliminar a la 3.ª edición (1887).
32 Marcelino Menéndez Pelayo, La ciencia española (polémica, indicaciones, proyectos), Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1880, pp. 3-4.
33 Ibid.
34 Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, Librería Católica San José, 1880, p. 19 (las referencias siguientes al texto, entrecomilladas, pertenecen todas al prólogo de esta edición; pp. 19 y ss.).
35 Pedro Sáinz Rodríguez, Testimonios y recuerdos, Barcelona, Planeta, 1978, pp. 256-264.
36 Ibid., pp. 268-269.
37 Gonzalo Torrente Ballester, Literatura española contemporánea, Madrid, Afrodisio Aguado, 1949, p. 103.
38 Homenaje a don Marcelino Menéndez y Pelayo en el primer centenario de su nacimiento, Madrid, Publicaciones de la Universidad de Madrid, 1956.
39 Ibid., pp. 39-40.
40 Ibid., pp. 71-72.
41 Ibid., p. 85.
42 Ibid., pp. 119.
43 Ibid., pp. 47-53.
II. EL PENSAMIENTO NACIONALSINDICALISTA
Hemos visto en el capítulo anterior una de las campañas de denigración más significativas de las que lanzaba el franquismo para acabar con todo lo que podía quedar de las ideas o iniciativas del entramado intelectual de la Segunda República; destruidas estas, para consolidarse y autojustificarse, la dictadura debía llenar al mismo tiempo el vacío que se había producido en el mundo de las ideas con el resultado de la guerra civil. Muertos, exiliados o reducidos al silencio la inmensa mayoría de artistas, pensadores y científicos de primera magnitud que se habían puesto al lado de la República, el franquismo debía poblar el desierto en que había convertido la vida intelectual del país. El nuevo Estado lo haría en primer lugar partiendo de un discurso ideológico destinado a enmascarar los verdaderos motivos de la rebelión contra la legalidad republicana: según el Boletín Oficial del 24 de diciembre de 1936, «una de las armas más eficaces puestas en juego por los enemigos de la Patria ha sido la difusión de literatura pornográfica y disolvente [...] donde se desarrolló el cultivo de las ideas revolucionarias». Esta rotunda e inapelable afirmación abría y justificaba el primer decreto que los rebeldes promulgaron para controlar todos los medios de difusión de ideas. Su primer artículo, al mismo tiempo concreto y lo suficientemente impreciso como para permitir la intervención de la autoridad gubernamental cuando fuera necesario, prohibía «la reproducción, el comercio y la circulación de libros, periódicos, folletos y toda clase de impresos y grabados pornográficos, de literatura socialista, comunista, libertaria y, en general, disolvente». No sería el único, como prueba la promulgación, en el Boletín Oficial del 16 de septiembre de 1937, de otro decreto sobre depuración de bibliotecas, que no solamente estaba destinado a destruir algunas obras y a vedar el acceso a otras que pudieran constituir «un peligro para los lectores habituales», sino también a controlar a aquellos investigadores que por necesidades profesionales hubieran podido estar obligados a consultarlos; para ello, debían pedir un «permiso especial a la Comisión de Cultura», que lo concedería «previo asesoramiento de la autoridad competente».1 Inútil añadir, que, en el ambiente de sospecha y de delación generalizado con respecto a los no adictos a las ideas del nuevo régimen, tal permiso solo debía ser pedido por gente sobre las que no pesaba ninguna sospecha de desafección a la dictadura.
Este era el contexto en el que se produciría la cultura y se desarrollarían las ideas en España durante el franquismo, en particular durante la inmediata postguerra que es el período que aquí nos interesa. Hay que señalar que si se evoca esta legislación no es, evidentemente, con el objetivo de indicar las dificultades de los hombres que producían o difundían las ideas de la nueva dictadura, ya que dichos hombres, directores o miembros de organismos o soportes de difusión pertenecían en su mayoría, de una forma o de otra, a los censores y expurgadores de bibliotecas. Dionisio Ridruejo, una de las figuras más significativas de la intelectualidad de los primeros años del franquismo, director general del Departamento de Propaganda entre 1938 y 1941, es muy claro a este respecto: el organismo, dice, estaba encargado de «publicar ciertas obras [y] ejercer la censura»,2 aunque añada, quizás con ánimo de redimirse de alguna manera, que, desde su puesto de director del departamento, «no podía aflojarla ni dirigirla. Una junta superior, más o menos secreta y con abundante participación eclesiástica, establecía normas y confeccionaba listas y exclusiones».3 A pesar de que algunos estudiosos del período la hayan tomado en sentido literal, calificando a Ridruejo y a los que con él participaron en las empresas intelectuales en los primeros años del franquismo de liberales ya entonces, habría que tomar esta declaración con la debida prudencia, porque Ridruejo la hace muchos años después, ya desde la perspectiva de su enfrentamiento con el franquismo. En ese análisis a posteriori entraría igualmente la importancia dada a la censura que sufrieron dos novelas claramente fascistas: La fiel infantería, de Rafael García Serrano y Javier Mariño, de Gonzalo Torrrente Ballester, hechos aislados a los que se le suele dar un relieve que en realidad no tuvieron, y que la forma en que se realizó el paso de la dictadura a la democracia en España continúa desvirtuando, como muestra la nota de Torrente Ballester a la edición de 1985 de Javier Mariño, cuyo texto, además, está manipulado para borrar de él la ideología fascista del personaje principal, y con ello la del autor.4
El nuevo Estado que se establece en Madrid a partir de abril de 1939, según el Fuero del Trabajo, ley fundamental promulgada en 1938, «es instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». Las ideas que difundirán los nuevos órganos, estatales o paraestatales, que pretenden estructurar la vida intelectual serán las elaboradas por el partido único, que el franquismo ha hecho el eje del nuevo poder, al menos nominalmente. Los modelos de esta forma de Estado son, evidentemente, la Italia fascista y la Alemania nazi, que han ayudado a Franco a conquistar el poder con una guerra civil. Así pues, será el partido fascista español, denominado, a partir de 1937, FET y de las JONS, del que Franco se ha autodesignado jefe supremo, la principal fuente de ideas de los primeros años de la postguerra civil.
Ya durante la guerra, algunos jóvenes intelectuales falangistas habían estado al frente de publicaciones culturales en el territorio ocupado por los rebeldes; por ejemplo, la revista Jerarquía, en Pamplona, de la que se publicaron 4 números entre 1937 y 1938, o Vértice, Revista Nacional de la Falange, que, fundada en 1937 en San Sebastián, seguiría publicándose hasta 1946. Ese sería también en caso de la revista Destino, fundada en Burgos el 1937, cuyo nombre se inspiró en la frase que los españoles oirían a lo largo de los años sin saber lo que quería decir: «España es una unidad de destino en lo universal». Destino se editaría luego en Barcelona, donde pronto derivaría hacia posiciones más o menos liberales. Terminada ya la guerra, en el ámbito cultural de la ideología fascista, van a ir apareciendo una serie de publicaciones periódicas, como la quincenal La Estafeta Literaria o la mensual Garcilaso, entre otras. Como existen numerosos análisis en artículos, libros o estudios universitarios sobre la literatura o los autores que aparecían en esas publicaciones, nos centraremos aquí en las ideas que en ellas se elaboran y se difunden, en particular en dos de ellas: Escorial y la Revista de Estudios Políticos, que empiezan a aparecer en 1940 y 1941 respectivamente. Como las dos son ampliamente representativas no solamente de las ideas del fascismo con que el régimen empieza su andadura, sino de su evolución en los años cruciales que van de 1940 a 1945, y que, aunque se mueven en el mismo ámbito ideológico no pretenden hacerlo al mismo nivel, nos ocuparemos en el presente capítulo de la primera de ellas, dejando la segunda para el siguiente.
En sus memorias, Dionisio Ridruejo escribe lo siguiente refiriéndose a Escorial: «Hacia final de 1940 abandoné la Dirección de Propaganda y fundé –asociado a Pedro Laín Entralgo– la revista Escorial. Como secretarios de la revista figuraban el poeta Luis Rosales, que en la preguerra pertenecía al equipo de Cruz y Raya, y Antonio Marichalar, liberal de tradición que procedía del grupo de la Revista de Occidente».5 La publicación empezó siendo mensual y aparecerá, con interrupciones, hasta febrero de 1950, cambiando dos veces de dirección; a Ridruejo le sucedería José María Alfaro y a este Pedro Mournale Michelena, cuyas firmas aparecerán en sus páginas desde el principio.
Se han hecho innumerables comentarios sobre esta revista en todo tipo de estudio, y, en general, dichos comentarios acaban señalando su liberalismo, con más o menos restricciones, con argumentos que no van mucho más allá de consideraciones de tipo general, y que a menudo parten de las apreciaciones de sus fundadores en un tiempo en que se habían convertido ya al liberalismo. La ambigua frase siguiente puede ser un ejemplo muy significativo de ese tipo de apreciación: «No es una revista monolítica: ni toda ella es fascista, ni toda ella es liberal, aunque sus fundadores sí fueron fascistas que acabaron siendo liberales».6 El estudio de la cultura del franquismo venía efectuándose en una perspectiva que podríamos llamar conciliadora, desde los últimos años del régimen. En lo que se refiere en particular a la revista Escorial y a sus mentores falangistas, se había incluso elaborado el oxímoron falangistas liberales, profusamente empleado y manoseado luego. Ya en 1971, José Carlos Mainer, uno de los pioneros en estudiar la producción cultural falangista de la postguerra, decía que Escorial era «una revista liberal, casi prototípica».7 El concepto sería tomado por Elías Díaz, quien, en su estudio sobre el pensamiento español antes citado, lo emplearía ampliamente en el capítulo dedicado al pensamiento español de la inmediata postguerra civil, uno de cuyos apartados se titula precisamente «Los inicios de una recuperación: la revista Escorial y el falangismo liberal».8 ¿Error de óptica debido a que casi todos los nombres que se encontraban a la cabeza de la revista Escorial y de las publicaciones relacionadas con ella habían ido apartándose de sus posiciones ideológicas iniciales para acercarse cada vez más al liberalismo? ¿O se trata de una deliberada voluntad de maquillar la realidad para que la solución de paso sin ruptura de la dictadura a la democracia pareciera más natural? ¿Confundieron los estudiosos de las producciones culturales de los intelectuales falangistas en los años 1940, sus posiciones de llegada con las de partida? Las opciones liberales de Ridruejo o Laín, para solo citar a los más famosos, eran sobradamente conocidas desde los años sesenta, y el primero llega a señalar en sus memorias, sin mucho fundamento, tanto su «fondo liberal» desde su juventud, como el de algunos de sus compañeros de ideología en sus años fascistas.9 El artículo de Santos Juliá ¿Falange liberal o intelectuales fascistas?,10 podría ayudar a deshacer este equívoco, pero el oxímoron parece seguir siendo punto de referencia obligado para cualquier estudio o noticia sobre la revista y sus mentores.11
Siguiendo en esa voluntad de difuminar las rupturas bruscas en la historia de España del siglo XX, va a señalarse otra «continuidad», ahora hacia atrás, señalando el parentesco de la revista Escorial, con la publicación de anteguerra Cruz y Raya (1933-1936), dirigida por José Bergamín. El vínculo es vagamente indicado por Dionisio Ridruejo en sus memorias, señalando que el secretario de la revista, Luis Rosales, procedía de Cruz y Raya. Refiriéndose a esta, José Carlos Mainer dice que se trata de «una revista que ofrece más de una involuntaria concomitancia con Escorial».12 Sería difícil pensar en una concomitancia voluntaria por parte de la revista de Bergamín con una revista que no existía, pero esta observación se sitúa en la misma línea que la que hace Andrés Trapiello quien, después de haber afirmado, dándolo por sentado sin presentar ninguna referencia, que Cruz y Raya era una revista pagada por los jesuitas, señala que Bergamín, en su revista, fue el primero que «legitimó literariamente [...] a aquellos que fueron entonces sus amigos, lo llamados señoritos falangistas».13 Efectivamente, muchas de las firmas que aparecen en Escorial lo habían hecho regularmente en Cruz y Raya, pero si esta era una publicación católica, como el manifiesto editorial que encabeza el primer número, del 15 de abril de 1933, no deja de repetirlo, y como lo sería ortodoxamente Escorial, el contexto intelectual en el que aparecen y se desarrollan es radicalmente diferente. Al margen del alcance del retórico subtítulo de la revista de Bergamín: «Revista de afirmación y negación», se declaraba desde manifiesto editorial ser de «colaboración abierta, libre, independiente»,14 declaración que no es un principio abstracto como muestran los nombres de algunos de sus colaboradores, durante los tres años de su existencia: al lado de «los señoritos falangistas» aludidos por Trapiello, que encontraremos en Escorial, vemos las firmas de Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Pablo Neruda o María Zambrano, y, evidentemente, su director, por solo citar los nombres más conocidos; todos ellos desterrados después de la guerra civil, cuando no muertos como Miguel Hernández. Por el contrario, Escorial afirmará sus principios y sus ideas con la absoluta arrogancia y contundencia de que nadie va a ponerlas en tela de juicio, mucho menos a contrarrestarlas afirmando lo contrario, so pena de ostracismo, prisión o incluso muerte. Hay que subrayar la magna diferencia, porque impide cualquier intento de filiación, por otra parte negada desde las páginas de Escorial, donde se establece una clara diferencia entre la línea ortodoxa proclamada por ella y las «versiones liberalizadoras de lo católico con un expresivo nombre: maritanismo político; o, más a la española, crucirayismo, en memoria de la revista que entre nosotros las promulgó»,15 de las cuales no deja de advertir la peligrosidad.
ESCORIAL, REVISTA DE CULTURA Y LETRAS16
El primer número aparece en noviembre de 1940, con una serie de apartados que sufrirán algunas variaciones, mínimas, con el paso de los años: «Editorial», donde se expresarán las ideas que, en el proyecto de los fundadores, deben guiar la publicación; «Ensayo», apartado dedicado a ideas de fondo sobre la historia, la filosofía, la religión (católica), la sociedad, etc., que no tardará en cambiar su nombre por el de «Estudios»; habrá después una amplia sección llamada «Poesía» donde aparecerán textos en verso y en prosa de escritores españoles y extranjeros, al principio vinculados con el fascismo, luego más abierto a otras corrientes, sobre todo poéticas, nunca críticas; el apartado siguiente, «La obra del espíritu», está compuesto por artículos, más o menos largos, que no difieren mucho de los incluidos en «Ensayos» y que quizás por eso no tardará en desaparecer; el último apartado empieza llamándose «Notas», y en él se incluyen crónicas de Falange, agrupadas bajo el epígrafe «Hechos de Falange», noticias sobre la vida cultural y reseñas críticas de libros; este último apartado se convertirá en «Notas y libros» y de él desaparecerán pronto hechos de Falange y las noticias de la vida cultural.
No nos ocuparemos aquí del apartado «Poesía», que incluye solamente textos literarios, en prosa o en verso, porque son ya numerosos los estudios de todo tipo que han analizado desde diferentes puntos de vista el contenido literario de la publicación. Tampoco trataremos los textos que versan directamente sobre temas religiosos, porque estos se atienen sin excepción a la más estricta ortodoxia católica, casi siempre en las plumas de doctos eclesiásticos (hemos contado, sin agotar la nómina, dos benedictinos, un agustino, un carmelita descalzo, un claretiano y un franciscano), y nos parece inútil analizar afirmaciones presentadas como artículos de fe; por otra parte, tendremos ocasión de volver sobre el tema del contenido religiosos de este tipo de publicación en otro capítulo de este estudio.
1. EDITORIAL
El editorial encabeza la revista sin interrupción entre noviembre de 1940 y julio de 1942, mes en el que Dionisio Ridruejo, su director, de vuelta de Rusia, donde había luchado a las órdenes de Hitler con la División Azul, envía una carta a Franco para comunicarle su desacuerdo con el régimen, porque no es «la dictadura nacional servida por un movimiento único, creadora y revolucionaria»17 que los falangistas habían pensado. Poco después, presentará la dimisión de todos sus cargos en FET y de las JONS, aunque seguirá dirigiendo la revista hasta octubre de ese año: el último editorial aparecerá en el número de ese mes de octubre. Con una extensión que oscila entre 5 y 7 páginas, el editorial girará alrededor de cuatro temas principales: actitud falangista con respecto a España, la Segunda Guerra Mundial, Hispanoamérica y los textos de José Antonio Primo de Rivera.
Este apartado será el más claro exponente, por una parte, de las ideas fundamento de la revista, y por otra de la retórica que las expresa; retórica, repetimos, que se reproducirá ya sin referente –si es que alguna vez lo tuvo–, y con algunas variaciones, a lo largo de todo el franquismo, aunque el poder y la influencia de Falange como partido periclite o se cambie su nombre, FET y de las JONS, por el de Movimiento.
Hay que prestar una atención particular al primero de ellos, porque no solo presenta explícitamente las líneas ideológicas de la revista, sino que es uno de los textos que aparece más a menudo como referencia-apoyo de la atribución del calificativo liberal, tanto a los fundadores como a la publicación. Generalmente, dichas referencias se basan en frases sacadas del contexto textual e histórico en que se producen, incorporando además, en sus conclusiones, lo que, mucho tiempo después, los promotores de la revista dijeron querer hacer con ella. Un ejemplo claro de ello es lo que dice Dionisio Ridruejo en sus memorias, escribiendo que Escorial representaba «una mano tendida», «en el clima de intolerancia intelectual desencadenado tras la guerra».18 Mainer citará estas palabras en su primer estudio sobre la revista,19 y en el diario El País, que se convierte en una suerte de portavoz de la vía democrática durante la Transición, en un artículo aparecido el 27 de julio de 1976, titulado Cuarenta años de páramo cultural, se puede leer: «A estas alturas del siglo continúa en pie, y bien vivo, el punto cuarto del manifiesto de la fallecida revista Escorial. Rezaba así: “Traer al ámbito nacional los aires del mundo tan escasamente respirados por pulmones españoles, y respirados, sobre todo, a través del filtros tan aprovechados, parciales y poco escrupulosos”. Esto se escribía en 1940».20 La cita pone indudablemente como ejemplo de abertura de espíritu a los falangistas autores del texto. Mas para comprender lo que decía exactamente ese editorial, basta tomar algunas de sus frases más significativas y restituirlas al contexto textual e histórico en que se escriben.21
«Ante todo –dice el editorial– hemos de declarar con sinceridad que nacemos con la voluntad de ofrecer a la Revolución española y a su misión en el mundo un arma y un vehículo más, sea modesto o valiosos». Y, podemos preguntarnos, ¿qué es esa Revolución española, con mayúscula, que se pretende servir? Los españoles de 1940 podían verlo a diario: miseria, consejos de guerra, cárceles, ejecuciones... Pero los directores de la revista no lo entienden así; para ellos, la «Revolución es rehacer la comunidad española, rehacer la comunidad de la patria», los medios empleados para rehacer esa comunidad, es decir, suprimir de una forma o de otra a todo el que no esté de acuerdo con este principio, no parecen tener mucha importancia; se trata aquí, como vamos a ver en las líneas que siguen, de comunidad intelectual, y para los autores del texto parece que las «tareas del espíritu» no tienen nada que ver con las faenas de eliminación sistemática de los enemigos. Pero ni el contexto posbélico ni la exaltación ideológica de los falangistas que escriben el texto permiten pasar por alto la alusión a esos enemigos, y el texto continúa:
Ahora bien, tan ambiciosos propósito veda a nuestra Revolución y al Movimiento que la conduce y encarna partir de una posición lateral y partidista en ninguno de los planos en que la revolución ha de cumplirse. La consigna de antipartidismo, o sea la de la integración de los valores, la de la unidad viva es la primera consigna falangista.
El lector de estas frases no puede por menos que sentir, como mínimo, un total desconcierto. ¿Qué sentido tienen palabras como «partidista» y «antipartidismo» en la pluma de hombres que pertenecen a la jerarquía de un partido político cuya meta, desde su creación, es conquistar el Estado por la violencia, y suprimir a todos los demás partidos, y que, aunque no lo ha conseguido totalmente, es el «partido único», el único que puede expresar su ideas como válidas y verdaderas? En un segunda lectura más atenta se puede pensar que la «consigna de antipartidismo» evocada se refiere a los otros partidos, a las otras ideologías, porque, de lo contrario, no tiene sentido. Son ellos pues, los hombres que querrían pertenecer a otros partidos, profesar otras ideas, los que no deben ser partidistas, es decir los que deben renunciar a sus ideas. El texto va a ser claro a ese respecto:
Nosotros, en cambio, convocamos aquí, bajo la norma segura y generosa de la nueva generación, a todos los valores españoles que no hayan dimitido por entero de tal condición, hayan servido en este o en el otro grupo –no decimos, claro está, hayan servido o no de auxiliares del crimen– y tengan este u otro residuo íntimo de intención.
¿Cuál es el significado exacto de no haber dimitido de la condición de españoles en la pluma de hombres que calificaban a todos los intelectuales que se habían puesto al lado de la República de la anti-España?, como se puede leer en el editorial del número 6 de la revista: «La batalla se planteó entre lo antinacional y lo nacional, entre la anti-España y el genio perenne de España».22 Y lo que es aún más siniestro en la España de 1940: la denominación auxiliar del crimen podía aplicarse de forma indiscriminada; para eso se había promulgado, contra el más elemental principio jurídico, la retroactiva Ley de Responsabilidad Política, en febrero de 1939. Esta ley permitía «legalmente» traducir ante tribunales, compuestos por militares y falangistas, o formar un consejo de guerra a cualquiera que hubiera defendido al régimen legal.23 Dejando aparte el hecho de que el llamamiento se hacía desde una posición que no admite ningún tipo de puesta en tela de juicio de sus afirmaciones, en las antípodas de cualquier liberalismo, entendido este en el sentido que le dan los comentaristas posteriores, el número de los intelectuales que podían responder a esa llamada no debía ser muy numeroso. Volveremos a ello más adelante. Siguiendo con el texto, terminaremos con la última intención de los fundadores de Escorial: «Y, por último, traer al ámbito nacional [...] los aires del mundo, tan escasamente respirados por pulmones españoles, respirados sobre todo a través de filtros aprovechados, parciales y poco escrupulosos». Esta frase era citada en 1975 como prueba de abertura de espíritu. Ahora bien, para comprender el alcance de esta afirmación hay que tener presente que solo unos meses después de ser publicada, el director de la revista, posiblemente uno de los autores del texto, sería uno de los inspiradores y promotores de la División Azul, cuerpo de ejército español compuesto por voluntarios, en la que lucharía con la Wehrmacht en Rusia, y que, en su diario de campaña, escribiría sobre Hitler: «Creo que este hombre genial, al que sinceramente admiro puede hacer todo el bien y todo el mal que jamás le haya sido dado hacer a un hombre».24 Leyendo lo cual, los aires del mundo a los que se alude se hacen irrespirables.
A pesar de todo ello, hubo entre los lectores quien no vio con buenos ojos esta pretendida apertura, porque, en el segundo número, el editorial se ve obligado a precisar que la revista reivindica su voluntad de «recoger todas las posibilidades de auténtica expresión cultural o literaria que pueda vivir políticamente en la comunidad española».25 Una vez más, el margen es estrecho, ya que en la España de 1940 solo podía vivir políticamente lo que estaba en la órbita ideológica del régimen.
Para acallar quizás a los que se habían quejado de la proclamada apertura, en este segundo número se incluye un texto sin firma, titulado Los límites del arrepentimiento, en el que el equipo director advierte a los que pretenderían acogerse a su generosidad de que no se dejará engañar por los arrepentimientos fingidos, porque él sabe muy bien distinguir quien se arrepentirá fingidamente de sus antiguos errores para poder ser acogidos en sus páginas. Los directores de la publicación se dirigen así a los posibles defraudadores: «Sabemos que es bueno para el decoro del nuevo templo usar los sillares robustos que tengan solidez antigua y las imágenes consagradas por el tiempo. Pero –este es el justo límite de nuestra depuración– queremos que de verdad esos sillares sean sólidos para esas imágenes auténticas y nobles».26 Aparte de que es perfectamente coherente que los dirigentes culturales de esa nueva España lo que quieran construir sea un templo –habría que añadir católico–, si se pudiera poner en duda la arrogancia del ofrecimiento de colaboración del primer número, el término arrepentimiento usado este texto despeja totalmente el horizonte. ¿De qué había que arrepentirse ante estos hombres erigidos en jueces por la fuerza de las armas, que se arrogaban un derecho designado como «nuestra depuración»?27
Después del manifiesto del primer número, desde el número dos los falangistas se van a apresurar a definir su visión de la historia de España, con respecto a la cual, no solamente hay que tomar posición, sino actuar para conducirla en adelante en el sentido que se desprende de esa visión: «la entereza con que habrá de ser fundacional nuestra voluntad histórica frente a esa España del dolor y de la esperanza». Y el comienzo de la España del dolor se indica inmediatamente: la «coyuntura europea que la derrotó en el siglo XVII».28 Así pues, a partir del año cero que es para estos hombres el comienzo del franquismo, España solo se reconocerá en el periodo histórico que acaba en la paz de Westfalia (1648), en la injusticia que representaba, para estos hombres, esa paz que marca el comienzo del declinar de la nación hasta entonces primera potencia de Occidente. La historia de España no se inscribe para los falangistas en el devenir histórico de Europa, en el que entran a formar parte una serie de factores difícilmente reductibles a conceptos unívocos y mucho menos morales, como la relación de fuerzas en presencia, los intereses económicos, los errores políticos de la dinastía de Habsburgo... Todo ello es anegado y sumergido en la huera retórica de vaguedades como, «voluntad de imperio», «por el imperio hacia Dios», etc.
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