Kitabı oxu: «En el nombre de Padre»

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LUIS SALVAGO (Valencia, 1964) es suboficial del Ejército del Aire y licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valencia. Fue finalista del Premio Azorín 2017 con su obra Lloverá en septiembre, también finalista del Premio Nadal 2018 con Bârân, y ganador del Premio de Novela Cátedra Vargas Llosa 2019 con En el nombre de Padre.

Para él, lectura y escritura son dos lados de un triángulo que se cierra con una búsqueda: la necesidad de conocer el verdadero origen de una historia, sus desencadenantes, y el modo en que la subjetividad de cada narrador cambia su significado.

En esta novela, Luis Salvago relata la génesis de la guerra civil española desde el deseo obsesivo de un padre que pretende imponer a su hijo la lógica de sus convicciones.

POCO ANTES DEL COMIENZO DE LA GUERRA CIVIL, un joven de Tánger es destinado a una compañía disciplinaria encargada de los fusilamientos en Cabo Juby, en el protectorado español en el norte de África.

La novela narra las condiciones de vida y personales del protagonista hasta finales del año 1939. A la dureza del desierto africano y al horror de la tarea que tiene encomendada, se suma una batalla personal por liberarse de la impronta del padre, que lo devolverá a revivir su pasado porque, como dice el autor: «una generación espera que la generación que la sucede resuelva aquello que quedó pendiente de una generación anterior».

La idea política se explora en estas páginas «no como una actitud oficial frente a los poderes sociales o del Estado, sino como una extensión más de la propia personalidad y, por tanto, de la condición humana».

En el nombre de Padre es una conmovedora historia sobre aquellos que lucharon en el bando equivocado, y para quienes el resultado de la guerra fue siempre una derrota.

En el nombre de Padre

COLECCIÓN

Las Hespérides

LUIS SALVAGO

En el nombre de Padre

Premio de Novela Vargas Llosa 2019


Este libro fue ganador del XXIV Premio de Novela Vargas Llosa, concedido en diciembre de 2019 por la Cátedra Vargas Llosa, la Universidad de Murcia y la Fundación Mediterráneo.

© De los textos: Luis Salvago

Madrid, 2020

Edita: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-17118-78-5

Diseño de cubierta: La Huerta Grande

Producción del ePub: booqlab

A Agustín, mi padre, mi inspiración.

A Lili, mi madre, mi latido.

A María José, Raquel, Lucía. Ellas son todo.

Sin embargo, nosotros amamos el desierto.

Si al principio solo hay vacío y silencio, es porque

no se entrega a amantes ocasionales.

Antoine de Saint-Exupéry, Tierra de los hombres

La primera vez que fusilé a un hombre olvidé lavarme los dientes. Me sentía incómodo, sucio, me costó tanto concentrarme que a punto estuve de errar el tiro. Cuando se lo dije a mi amigo Sebastián, me acusó de insensible, de inmoral y de tener un alma de hielo. Su acusación, debo reconocer, me molestó. Creo que, en el fondo, lo que le alarmó no fue mi indiferencia, sino que por más que buscó no encontró un solo resto de culpa. Le dije, aunque no me lo preguntó, que mi dedo, el arma y la bala eran herramientas de las que un juez se servía para impartir justicia, y que no eran más responsables de la muerte de un hombre que las palabras con las que una ley dictaba sentencia.

Adopté la costumbre de lavarme los dientes nada más levantarme y, cierto día, después de muchos fusilamientos, comenzada la guerra y frente al espejo, encontré a otro hombre. Ese hombre se preguntó por qué no sentía culpa, por qué sus disparos nunca fallaban y por qué la muerte le resultaba indiferente. Ahora, si tuviera la oportunidad de volver a hablar con Sebastián, le pediría que me perdonase y, al mismo tiempo, le pediría comprensión, porque los cuentos con los que mi padre me dormía encerraban siempre una moraleja terrible y porque cargó a su hijo con sus propias ambiciones. Le pediría también que no buscase culpa, porque no era culpa lo que sentía. Lo que sentía era vergüenza.

I

Padre tenía un traje para los domingos. Era de un pálido color ceniza, con una americana de botones cruzados, corbata de seda, un pañuelo en forma de pico, también de seda, doblado y planchado por Madre a la medida perfecta para que encajara en el bolsillo del pecho. Tenía también unos zapatos Oxford que compró en el Protectorado francés, tan viejos y gastados que por los agujeros de las suelas se le veía el calcetín. Ese traje, que ya de niño me parecía triste y poco acorde con el carácter distendido de Padre, era el que solía llevar cuando Madre insistía en que fuéramos a misa y también en las cenas de Navidad. Fue el traje con el que se casó y el que utilizó en el bautizo de mis hermanos. Nunca se vistió de otra manera para las grandes ocasiones: los mismos zapatos, los gemelos de oro que le regaló mi abuelo y la misma corbata de seda negra con un enorme nudo Windsor que destacaba poderoso sobre el fondo blanco de su camisa. Su elegancia, aunque monótona, solo se veía alterada por una cicatriz oscura y discontinua —el rastro indeleble de una rencilla— que nacía en el lóbulo de su oreja derecha, cruzaba la boca y moría en el lado izquierdo del mentón, como la marca de un matasellos. Desde mi punto de vista, esa cicatriz, consecuencia del golpe de una cadena de bicicleta, no desmerecía en absoluto su aspecto. Más bien al contrario, le daba un cierto aire de respetabilidad.

Un día señalado del calendario dejamos de ir a misa. Era Semana Santa. Lo recuerdo porque en esas fechas Madre nos hacía callar con un dedo en los labios si nos veía reír, o gritar, o escuchaba el repicar de las tabas en el suelo cuando jugábamos en el patio. El Señor ha muerto, decía. Los trajes y vestidos de las grandes ocasiones se quedaron desde ese momento en el remoto fondo de los armarios y nunca más volvieron a salir.

La razón fue una corbata de color rojo intenso que estrenó para la misa de Jueves Santo, de la que no quiso explicar su origen y que resaltaba sobre su inmaculada camisa como una nube solitaria en el cielo. Lo cierto es que nadie le preguntó. Ni siquiera Madre. Todos, incluidos mis hermanos, pudimos imaginar de dónde debía de proceder. Se hablaba en el barrio de una mujer, una judía de Casablanca de la que se decía que a menudo había sido vista en el taller de mi padre o mi padre había sido visto con ella en algún café del Zoco Chico, o los dos a la vez habían sido vistos arrancando palmitos en los palmerales de la playa Merkala. Esa forma pasiva empleaba la gente: Habían sido vistos, porque todos sabían de esos encuentros pero nadie se reconocía testigo.

Esa mañana en la que el sol de Tánger hacía brillar el polvo de los cristales del salón, permanecimos vestidos dentro de la casa como si en algún momento hubiéramos de salir. Deambulamos cabizbajos por las habitaciones, sin cruzar la mirada, hasta que se hizo la hora de comer. Nos sentamos alrededor de la mesa y comimos en absoluto silencio. Padre salió al patio a regar las hortensias. Mi hermano pequeño, que se negaba a tomarse la sopa hasta que no dejaba de humear, se levantó a encender la radio. Una voz carraspeó. El noticiero de Radio Nacional de España informó de las consecuencias de la insurrección de diciembre: setenta y cinco muertos, descarrilamiento de trenes, iglesias incendiadas, sabotajes, cortes de líneas telegráficas, la declaración del Estado de Guerra. Padre, que no parecía prestar atención a la radio, levantó la cabeza para mirar a mi hermano.

—¡Apágala, hijo! —pidió en voz alta, sin darse cuenta de que el agua le mojaba los zapatos.

Por la noche Madre hizo la cena. De nuevo el sonido de la masticación, de los cubiertos en la loza, de los tacones y la tos obstinada de mi hermano pequeño, se adueñaron de la casa. Cuando terminamos de cenar Madre fregó los platos, fregó el suelo y volvió al comedor. Allí, por más de una hora, se quedó escuchando a solas la emisora de Radio Nacional y, cuando por fin se acostó, la casa se sumió en un extraño silencio, como de un indefinido presagio. Mi hermano tosió, se calló, y cuando volvió a toser, el gorgoteo de su garganta pareció iniciar un concierto de estrépitos: una persiana que se alzaba, cajones que se abrían, puertas que se cerraban, perchas deslizadas a un lado y al otro, los cierres de una maleta, murmullos, quejas, reproches del uno, reproches del otro y una palabra que escapaba de la habitación y revoloteaba como un pájaro hasta la puerta de la calle.

—¡Masón!

Desde la ventana lo vi alejarse por la calle Italia: la barbilla alzada, el paso firme, la maleta de piel de vaca —que siempre llevaba en sus viajes— colgando de una mano. Al acercarse al final de la calle, y mucho antes de doblar la esquina, se detuvo y se volvió para mirar atrás. Los clientes del mercado nocturno pasaban por su lado y sus cuerpos escuálidos apenas salvaban la anchura de sus imponentes hombros. Una luz difusa proyectaba una sombra bajo el ala de su sombrero, y a pesar de que era imposible escucharle en medio de la algarabía, se dirigió a mí como si en ese trozo de calle no existiéramos nadie más que él y yo. Pronunció dos o tres palabras que no escuché con claridad. No sé si dijo “hasta pronto”, o “despídeme de Madre”, o acaso me habló en árabe, como muchas veces hacía aunque yo no siempre le entendiera, porque me pareció escuchar “fi qalbi”, que significa “en el corazón”. Pero no tenía sentido. De modo que concluí que había dicho “feliz cumpleaños”, porque caí en la cuenta de que a la semana siguiente cumpliría veinte años. «Nos veremos», grité más fuerte. Se acomodó el sombrero, y en ese juego de luces alcancé a ver la línea de sus labios formando la curva de una sonrisa. Luego se dio la vuelta y caminó calle arriba.

Lo último que vi de él fue su sombrero: una mancha oscura que descollaba por encima de una multitud de cabezas.

II

La repentina ausencia de mi padre se manifestó al instante como una extraña enfermedad cuyos síntomas tenían en común el signo de una pérdida. El semblante de Madre se descompuso al punto de que sus rasgos faciales parecieron perder su equilibrio natural. Perdió las ganas de hablar, perdió el ritmo de sus pasos y perdió su costumbre de mudarse de ropa a diario. A los pocos días se compró un vestido de pequeñas flores oscuras, con el borde a la altura de las rodillas y ceñido por un lazo negro abrochado a la espalda. Lo usó como un uniforme, lavándolo por la noche si era necesario para vestirlo a la mañana siguiente.

He de hacer aquí un inciso: Madre era una mujer coqueta. Tenía un vestido de Chanel, un único vestido que compró en el Boulevard Pasteur a la distinguida señora de un diplomático. Era largo, de tacto suave, con un escote que muchos habrían calificado de atrevido y que ella exhibía con un gusto exquisito, enmarcando su cuello con un collar de níveas perlas falsas.

Fue precisamente la tela de ese vestido la que empleó para hacerse un delantal.

Creo que, de repente, el mundo entero le pareció un lugar sucio, que las paredes de la casa, el suelo, los cristales, los muebles e incluso los pequeños objetos que la rodeaban los imaginaba impregnados de un líquido untuoso que era imprescindible eliminar, porque sin mediar una pausa se entregó a una limpieza frenética, a un sacudir de polvo, a un batir de escoba y estropajos que llenó la casa de ruidos de desagües y un penetrante olor a lejía. Mis hermanos mostraban en su rostro un estupor disimulado, un desconcierto que se alargó durante varios meses y que, de alguna manera, mi hermano más pequeño agravó con una simple pregunta: «Madre, ¿qué es lo que pasó con los mineros?». Ella miró a la radio. Se acercó. Limpió con un trapo que llevaba en la mano un polvo inexistente. La encendió y puso la emisora de Radio Nacional.

A partir de entonces, como si la pregunta de mi hermano hubiera invocado la presencia de una doble personalidad que hasta ese momento permaneciera escondida, Madre alteró un punto más su sorprendente cambio de conducta. Dejó la radio encendida de la mañana a la noche. A la hora de la comida y de la cena escuchábamos las noticias, los domingos los discursos políticos, en escasas ocasiones música. En poco tiempo, ese aparato de madera barnizada y dial rojo, conectado a la pared por un cordón trenzado, se erigió en la voz de nuestras conciencias, una suerte de alma que ocupaba un incomprensible vacío y cuyo silencio nocturno hacía aflorar un sentimiento de desamparo que solo extinguía la luz del amanecer.

No podría decir con exactitud cuándo el dinero comenzó a faltar. Si atendiera a los detalles diría que en verdad los platos estaban cada vez más vacíos, que mucho era verdura, especialmente acelga y patata, y mucho caldo, que la carne solía ser de pollo, si es que la había, y que el pescado procedía del fondo de las cajas que se vendían en la lonja a un precio inferior, tan pequeño y desfigurado que muchas veces se quedaba sin comer. En realidad, hacía ya tiempo que faltaba el dinero. Eso dejó entrever Madre cuando se dispuso a abrir una carta que recogió por la mañana en la oficina postal. Se sentó en la butaca, muy cerca de la radio. Con un gesto cargado de teatralidad soltó una de las pinzas de chapa con las que sujetaba el pelo, introdujo la punta por un extremo de la carta y la abrió. Nuestro silencio acompañó el tiempo de su lectura y, cuando al fin acabó, noté que su rostro se congestionaba, se fruncía, se deshacía en una hilera de expresiones dispares, como si buscara entre ellas justo la que deseaba mostrar. Los ángulos del papel temblaron. Sus ojos se humedecieron y dos lágrimas se precipitaron por la curvatura de sus pómulos. Creo que fue esa la primera vez que la vi llorar. Debía de avergonzarle y acaso adivinara mi pensamiento, porque buscó rápidamente el borde del delantal —su delantal de Chanel— y se enjugó.

—El tío Amancio ha muerto —dijo—. Ya no enviará más dinero.

—¿Cómo fue? —pregunté.

—Lo cogieron los anarquistas y lo ejecutaron en la plaza del pueblo. Le raparon la cabeza al cero. Tenía una hermosa cabellera rubia —dijo, como si ese pequeño detalle añadiese mayor dramatismo—, le dieron ricino y lo dejaron en cueros a la vista de la gente. Pobre. Tenía dignidad, mucha dignidad. Lo ahorcaron con un cable de la luz. Pobre —repitió.

Esa palabra de condolencia: pobre, se añadió a su vocabulario como una muletilla a la que recurría, unida a un suspiro, cuando terminaba la faena doméstica y se sentaba, cuando desayunaba, cuando se acostaba y otras muchas veces sin aparente razón. La pronunciaba a menudo, a pesar de que tiempo después ya no mencionaba al tío Amancio. La explicación, sospecho, era que la palabra dejó de referirse a él para hacerlo a ella misma.

Del relato sobre la muerte del tío Amancio no fue la manera de morir lo que más me impresionó, sino esa expresión de en cueros, expresión que de modo instantáneo aparecía en su boca si dejábamos la puerta del baño abierta cuando nos duchábamos o nos poníamos el pijama, o nos sorprendía ante el espejo. En cueros, en boca de Madre, llevaba implícito un signo de vergüenza, debido posiblemente a una sólida conciencia del pecado original. A Padre no le gustaba que nos reconviniera por ese motivo. Protestaba. Supongo que tanto su fe como sus asistencias a misa formaban parte de una misma impostura, porque ni siquiera para santiguarse conseguía hacer correctamente el signo de la cruz. Era cierto que protestaba, e incluso que a veces aparentaba ponerse de nuestro lado, pero sus protestas eran pequeñas, apenas audibles, como expresadas para librarse de la carga de una culpa.

Padre viajaba con mucha frecuencia. No sabíamos a ciencia cierta cuál era la razón, ni consentía que le preguntásemos. Los días previos Madre adoptaba una actitud silenciosa y melancólica. Una humedad constante brillaba en sus párpados, se le caían las cosas de las manos, suspiraba. Padre tenía a su disposición una maleta donde guardaba tanta ropa que necesitaba atarla con una cuerda de cáñamo para que los broches no cedieran. Entre esas ropas se contaban dos uniformes: pantalón oscuro, camisa azul celeste y corbata roja. Debajo de ellos, dentro de su caja de latón, escondía una pistola automática Astra 400 en cuyas dos cachas se leían, superpuestas, las letras R y E, de República Española. Nunca se olvidaba de esa pistola si tenía intención de pasar largo tiempo fuera de casa. De hecho, se tomaba su tiempo para reunir las piezas, montarlas e incluso hacer alguna salida al campo para entrenar la puntería. Esa pistola no era importante para él únicamente por la sensación de seguridad que le proporcionaba, sino porque simbolizaba esa otra vida que, fuera de la casa, discurría paralela.

Siempre que volvía de un viaje, Padre ocupaba el taller de costura de mi madre, desmontaba el arma y disponía ordenadamente las piezas sobre la mesa de patrones. Luego, con meticulosidad, limpiaba con queroseno o gasolina la corredera, el muelle recuperador, el armazón y el resto de las pequeñas piezas que, una a una, impregnaba de aceite y guardaba por separado, excepto la aguja percutora, que escondía en algún recóndito lugar de su habitación. Mientras lo hacía se encendía un cigarrillo y fumaba con deleite, sin importarle que el combustible pudiera prender ni que Madre le reconviniera por la plétora de olores que invadía la casa. Todo junto: la limpieza de la pistola, el cigarrillo, más una botella de coñac —se negaba a llamarle brandy, a pesar de que se lo traían de Jerez— y una copa de cristal de Bohemia que extraía de la vitrina, formaban parte de un ritual establecido que podía llevarle más de dos horas.

Nunca nos hablaba de la pistola, ni explicó por qué razón la tenía o por qué la escondía con las piezas dispersas. Por otra parte, no le importaba que lo observáramos mientras la limpiaba. Cuando éramos niños a menudo nos aseguraba que él no era el dueño, que aquel objeto, en realidad, pertenecía al infierno y que él únicamente se encargaba de custodiarlo. Decía también, ya con gesto serio, que si se diera el caso de que alguna vez nos sorprendiera hurgando en sus cajones en busca de las piezas, él mismo terminaría de montarla y nos demostraría en carne propia por qué su verdadero dueño vivía en el infierno. Esa amenaza, que acompañaba con un pronunciado arqueamiento de las cejas, funcionaba con tal efectividad que el mero hecho de observar a Madre abriendo los cajones de la cómoda para ordenar la ropa interior me provocaba un inevitable estremecimiento.

Solo en una ocasión aquella amenaza no funcionó. Ese día cumplía dieciséis años y, acaso por un error de interpretación propio de la edad o porque el trabajo de reunir las piezas como en un rompecabezas representaba un desafío, entré en su habitación y abrí los cuatro cajones de la mesita de noche y la cómoda de la ropa interior. El armazón, la corredera, el cañón, el muelle, el retenedor del cañón, el cargador. Fui montando las piezas una a una, respetando rigurosamente el mismo orden que él empleaba, hasta que solo faltó la aguja percutora. Sin aguja percutora, un arma de fuego no servía para nada. Me encaramé a una silla para buscar en el techo del armario, luego por debajo, entre las patas, en el quicio de la puerta, en los recovecos de la lámpara de bronce. Tampoco tuve suerte bajo el colchón, a pesar de que varias veces pasé los dedos por el marco y los muelles del somier.

Ya aburrido, me disponía a salir de debajo de la cama cuando los pies de Padre se interpusieron en mi camino. Mirándolo desde abajo, su cuerpo se inscribía en una masa de sombra que lo proyectaba en todas direcciones. Tenía los puños apretados y, bajo la luz resbaladiza, su poderosa mandíbula se recortaba contra la blancura de la pared. Se agachó y alargó una mano hacia mí.

—Colócala —dijo ofreciéndome la aguja.

Me quedé frente a él, cuerpo a cuerpo, agarrando la pistola con una mano floja. Desmonté la corredera para insertar la aguja. Mis dedos temblaban tanto que pensé que en cualquier momento el arma caería al suelo.

—Quería saber qué se siente —dije mientras él prestaba atención a mis movimientos y acaso se sorprendiera de mi habilidad para encajar las piezas, adquirida por medio de un aprendizaje furtivo.

Cuando terminé, se volvió para buscar algo dentro del armario y vino hacia mí con la mano cerrada. Tomó la pistola, sacó el cargador e introdujo dos cartuchos de nueve milímetros. Sus dedos mostraban el conocimiento de las formas del arma, de la exacta ubicación de sus piezas, de la fuerza justa que debía emplear para manejarlas. Luego tiró de la corredera hacia atrás y ¡plas!, la soltó. Un cartucho se alojó en la recámara. Se separó entonces un par de pasos, levantó la mano despacio y tensó el brazo, muy recto, apuntando a mi pecho. Ahí tenía a mi padre: grande, firme como una estatua, las zapatillas de andar por casa con las taloneras aplastadas. Aún basculaba levemente la lámpara, lanzando trémulas sombras en las paredes.

—¿Qué sientes? —preguntó.

Sus músculos recorrían la arquitectura de la mandíbula, la redondez de sus brazos. Sin dejar de mirarme introdujo el dedo en el arco y lo apoyó en el gatillo.

—Dime, ¿qué sientes? —repitió.

Pensé que bromeaba, que se lanzaba un farol como muchas otras veces había hecho solo para impresionarme. Las noticias de la radio se escuchaban con tanta claridad que hubiera podido bajar la boca del cañón suavemente con la mano y decirle algo así como «¿qué te parece lo que dice el Lenin español?, ¿debe la clase obrera tomar el poder político?», y seguramente hubiera desistido y se habría entregado a sus peroratas, que tanto le gustaban. Pero me sentía incapaz de mover un dedo.

Entonces disparó, ¡pum! El grito de Madre voló por encima de la voz del Lenin español. La escuché apresurarse por el pasillo, haciendo preguntas. Apareció al poco en la puerta, mirando más allá de mi espalda, con la boca abierta.

No, Padre no bromeaba: el remate del cabecero de la cama estaba abierto como una naranja.

—Queda otra —dijo mirando a la pistola—, pero no hace falta dispararla, ¿verdad?

—No.

Le dio la vuelta al arma, extrajo el cartucho que quedaba en el cargador y, mostrándomelo entre dos dedos, dijo: «Con uno de estos un día matarás a un hombre». Luego, con cierta solemnidad, lo depositó en la palma de mi mano y cerró mis dedos.

—Eres un loco —susurraba Madre entre dientes—. Eres un loco.

En otras circunstancias hubiera pensado que el propósito de mi padre, en aquel instante, era inculcarme el temor a las armas, protegerme de su peligro haciéndome pasar por una experiencia traumática para dejar una huella que nunca olvidara.

Pero no podía estar más equivocado.

Lo que Padre intentó aquella vez no fue aleccionarme, sino hacerme sentir el obsceno poder que emana de un arma de fuego.

Mi suposición cobró la forma de una certeza poco tiempo después.

En la habitación de mis padres había una puerta oculta detrás de una cortina. Madre decía que era un trastero y que no guardaba nada digno de interés. Pero desde el asunto de la pistola, lejos de olvidarme, no había día que no pensara en su contenido, acaso porque en ocasiones me asaltaba la idea de que no conocía a mi padre, o porque la huella que había dejado era más bien un resquemor. De modo que a menudo, cuando estaba a solas en la casa, probaba a abrirla, convencido de que en algún momento cedería. Tiraba de la puerta, empujaba, forzaba la manilla y, un día, se abrió. Tuve sensaciones contrapuestas, por una parte fascinación, por otra una suerte de incomodidad. La luz de la habitación penetró en el interior y reveló su contenido. En la pared, dispuestas para su uso, se ordenaba un surtido de armas de variado tamaño. Bajo ellas, escrito a mano, se leían nombres, tal como si cada una de esas armas hubiera sido bautizada y dispusiera de una personalidad propia.

Supe entonces que había algo que Padre parecía amar más allá de sus hijos, más allá de las mujeres y más allá de sus propias ideas, ese amor escapaba a todas las dimensiones y a todas las realidades humanas. Padre amaba las armas de fuego, las amaba desaforadamente. Para él, esos objetos fríos e inanimados trascendían el mundo terrenal para acercarse al mundo de los dioses. Solo así, dándoles la categoría de instrumento divino, podía entender que tuvieran el poder de decidir entre la vida y la muerte.

Cualquiera que hubiera echado un vistazo a su colección de armas habría pensado que su afición era un simple entretenimiento, la expresión material de una persona aficionada a la caza o a la vida militar. Habría pensado, tal vez, que Padre era capaz de encontrar la belleza en una manufactura de metal pavonado, en la variedad de sus formas, en la madera hábilmente repujada o en el nácar incrustado en la empuñadura y que, efectivamente, solo un alma sensible podía encontrar belleza en un objeto frío e inerte sin finalidad estética. Pero no. No era así. No era en las armas en sí mismas donde Padre encontraba la belleza. La belleza estaba más lejos de esa idea, estaba en la precisión del disparo, estaba en el calibre de la herida o incluso en la duración de la agonía, estaba justamente en la razón para la cual habían sido concebidas.

En realidad, no eran armas lo que Padre coleccionaba, sino muertes. Pero eso lo sabría mucho más tarde.

III

Si soy sincero, debo decir que mi padre no abandonó su casa como un hombre derrotado. Un diluvio de improperios lo acompañó desde la puerta de su habitación hasta el espejo del baño. Se tomó su tiempo en centrarse el nudo de la corbata, sin dejar de escuchar a Madre, y luego salir con un aire de satisfacción, tal como si aquellos insultos no fueran dirigidos a él, sino al hombre que dejaba atrás.

Al contemplar cómo desaparecía al llegar al cruce de la calle Italia con el Paseo Doctor Cenarro, pensé que Padre, en realidad, había formado dos familias: una con su mujer y todos sus hijos, y otra a solas conmigo. Es posible que mi madre no lo apreciara y asumiera esa diferencia de trato como algo natural. Tenía bastante con reunirnos a la hora de comer y cenar, a pesar de que nunca sabía a ciencia cierta si su marido vendría o tendría que guardar su ración en la despensa. El hecho es que los recuerdos que conservo se dividen exactamente de la misma manera: dos familias separadas que cuando entraban en la casa se convertían en una sola.

No se esforzaba Padre en disimular esa distinción, ni siquiera con mis hermanos. La afinidad —no me atrevo a usar otra palabra— que sentía por mí, sin embargo, no tenía por objeto participar de mi infancia, vivirla como lo hacen esos padres que se entregan a los juegos de sus hijos, convencidos de que ese tiempo nunca volverá. La idea de Padre era que esa infancia transcurriera lo más pronto posible, disfrazarla de un juego sin ser un juego, moldearla a su gusto para que no fuera un “tiempo desaprovechado”.

Siendo así, no tengo recuerdos claros de haber jugado con él, excepto cuando íbamos a coger navajas. Algún sábado, a primera hora de la mañana, paseábamos por la orilla de la playa Merkala, buscando las burbujas que dejaban al retirarse el agua. Entonces echábamos sal en el orificio y al poco, asfixiadas, sus lenguas blancas emergían sobre la arena. Al principio me divertía. Hacíamos un fajo con un cordel y las llevábamos a casa. Madre les retiraba la arena y las cocinaba. Era el plato principal del día. Pero yo me negaba a comer. Ponía mil excusas. Padre se enfadaba, decía que no había razón para desaprovechar la comida. No me atreví a decirle que me producía náuseas la visión de esas lenguas flojas que colgaban lánguidas manchadas de ajo y perejil. Se dio cuenta por sí mismo, y como consecuencia de ese descubrimiento dejamos de ir a la playa a pescar navajas.

Ahora pienso que Padre, más que el placer del juego, buscaba que por medio de ese ejercicio didáctico yo asociase la muerte del animal con la gratificación de su sabor. Pero la única navaja que conseguí masticar acabó regurgitada sobre mis pantalones y decidí en secreto no volver a probarlas.

A punto de cumplir dieciséis años me llevó de visita al Almirante Churruca. Había atracado esa misma mañana en el puerto de Tánger y, cuando me lo propuso, recuerdo que la idea me entusiasmó. Padre estaba tan deseoso de que disfrutara de la experiencia, que me dejó total libertad mientras él conversaba con el Capitán. Recorrimos la cubierta de proa a popa, subimos al puente de mando, a las piezas de artillería. Nos sentamos a contemplar el trabajo de los marineros cuando cargaban el combustible y aprovisionaban las bodegas con munición. Fue inolvidable, como fue inolvidable un retazo de conversación que alcancé a oír: «Mi hijo servirá en el Ejército cuando tenga la edad». Como para olvidar.

En otras ocasiones Padre parecía cumplir a rajatabla esa idea de “jugar sin jugar”, y me llevaba al Café Fuentes, en el Zoco Chico, y me sentaba cerca de su mesa solo para que estuviera a su lado. «Es mi talismán», decía a sus amigos cuando repartía las cartas. Era suficiente ese comentario para que yo permaneciera inmóvil durante horas, con tal de que se sintiera satisfecho.

Mucho más le satisfacía que lo acompañara a practicar el tiro en Cabo Espartel, en una zona arbustiva y áspera que daba por un lado al mar y por el otro a un monte sembrado de roca caliza. La experiencia no empezaba allí mismo, sino en el momento en que decidía qué armas iba a llevar. Era para él un ritual metódico, en el que se tomaba su tiempo para escoger entre dos o tres fusiles o pistolas del mismo o parecido calibre para establecer entre ellos una comparación. Le gustaba calibrar su puntería, la potencia de fuego en el diámetro del impacto, el tiempo de carga de la munición. Me fascinaba cuando las sostenía en el aire a media altura, mirando a lo lejos con gesto de concentración, como si tuviera el poder de averiguar su peso exacto.

No había, sin embargo, nada que se pudiera comparar a la caza. Suponía para él la ocasión de llevar a efecto el propósito de un arma y no le importaba abandonar por uno o dos días el trabajo cuando llegaba la temporada del arruí. Viajábamos entonces a Chaouen, en las estribaciones del Rif. Muchas veces dormíamos al raso, para cazar las cabras de madrugada, cuando aún estaban adormecidas. Si había suerte volvíamos en el autobús de línea con una cabeza dentro de un saco de patatas, porque era la cornamenta lo único a lo que encontraba provecho, aunque acabara siempre como un trofeo regalado a un amigo. El animal, desollado, lo dejaba colgado de la rama de un árbol y también lo regalaba si encontraba a algún rifeño que aprovechara su carne. De todo se deshacía mi padre, de modo que de esos fatigosos viajes poco más quedaba que el momento vivido y el barro de la ropa.

En otro orden de cosas, Padre tenía el convencimiento de que yo estaba predestinado a hacer algo grande y único, algo que estaba por encima de las posibilidades del resto de la humanidad; estaba tan convencido de ello que cuando encontraba una ocasión para recordármelo se expresaba como si hubiera tenido el privilegio de una revelación. En mi opinión, creo que su certeza procedía de un deseo impreciso y vago, cuyo verdadero objeto, esencialmente, no era yo, sino el hombre que en un futuro podía llegar a ser. Sea como fuere, si le preguntaba a qué se refería cuando hablaba de esa manera y cómo estaba tan seguro de esa premonición, él decía que solo el tiempo me daría la respuesta.

El día que cumplí diecinueve años yo era, digamos, un huérfano de padre. Y acaso en su honor acudí temprano a la École Française de Boxe. Fue Padre quien me inició en el boxeo. Él también lo practicó durante mucho tiempo, antes de que sus largos viajes le impidieran asistir a los entrenamientos con la necesaria regularidad. Decía del boxeo que era un arte poco reconocida, que no se merecía su mala reputación, y que esta se debía probablemente a que los burgueses lo consideraban un deporte de pendencieros y un entretenimiento propio de espíritus violentos. Me gusta el boxeo, aunque en ocasiones me pregunte si es porque cumplo el deseo de Padre o porque, precisamente, soy un espíritu violento.

Una semana antes apareció en el gimnasio sin avisar. En los primeros años me acompañaba sin falta al entrenamiento. Repasábamos los golpes básicos, los juegos de pies, los movimientos de defensa. Me enseñaba incluso a estudiar la mirada del adversario para adivinar sus intenciones. «Los ojos te dicen lo que la boca calla», decía. Daba por hecho que me gustaba, aunque nunca me lo preguntó, y creo que si hubiera tenido que elegir entre el boxeo o la enseñanza en el Lycée sin duda me hubiera obligado a abandonar los estudios.

Esa última vez que entrenó conmigo me esperaba subido al cuadrilátero. Tenía el pecho empapado de sudor. «Sube», dijo indicándome la escalerilla con un abultado guante.

«El directo es certero, hijo, como un disparo. Si eres rápido puedes lanzar tres directos sin darle tiempo al adversario a que averigüe por dónde le vas a entrar». Mientras calentábamos se ocupaba de recordarme los golpes, las técnicas básicas, la posición de la cadera, los tipos de mirada. Me extrañó que lo hiciera, a esas alturas, pero actué con la naturalidad que esperaba de mí. «El uppercut es mi golpe preferido. Es un gancho desde abajo, potente, dirigido a la mandíbula o al plexo solar, consume mucha energía y solo debe lanzarse cuando se está seguro de que el fallo es imposible». Nuestros pies bailaban, lanzábamos golpes al aire, próximos a la cara, a las costillas. Sentía una euforia líquida. La cicatriz de su rostro dividía los ojos con una diagonal, le daba un aspecto amenazador. Se me hacía difícil reconocerlo, tan entregado como estaba. Parecía sentirse en otro lugar y frente a otro hombre, tal como si estuviera en un sueño delimitado por las cuerdas del cuadrilátero. «El boxeo ordena los pensamientos, te libra de los más perniciosos. Esos escapan con el primer sudor. El crochet es un golpe lateral. Alcanza la cabeza, o los riñones, y puede repetirse una y otra vez». Sus puños estaban cada vez más cerca; podía sentir incluso el flujo de aire que producían al pasar cerca de mis oídos. Nos habíamos alejado del centro del ring. Me empujaba hacia un rincón. «Está bien», advertí. «Mira a los ojos. El miedo se lee en los ojos», dijo en un jadeo. Me soltó entonces un directo, o un uppercut, o un crochet. Imposible averiguarlo. Caí sobre las cuerdas. La cabeza entera me retumbaba. «Ya está bien», dije. Me incorporé. Padre me observaba. Sus brazos colgaban lánguidos. La boca entreabierta. «Perdona», dijo.

Ese día de mi diecinueve cumpleaños no me subí al cuadrilátero. Pasé la mañana dando golpes al saco, sin apenas descanso más que para un trago de agua o secarme el sudor con la toalla. De vez en cuando echaba una mirada a mi alrededor. Conocía a todos los aficionados, sus nombres completos, sus ocupaciones, el barrio donde residían. En general, a Padre no le importaba demasiado con quién me relacionaba, excepto que fueran militares, o policías, o hubieran mostrado una simpatía política que no fuera de su aprobación. Solo cuando perdí la amistad de Efrén supe que esa libertad que se tomaba no era algo que yo debiera permitir.

Si pienso en él construyo la imagen de un hombre con una maleta, un sombrero y una sonrisa sobre una cicatriz.

IV

De entre todas las complicaciones que surgieron con la desaparición de mi padre, existía una que nadie podía imaginar. Tenía que ver con un apelativo, y dado que los apelativos identifican a la gente en lugares en donde todos se conocen, como era Tánger, Padre dejó de ser conocido como Emilio, el mecánico para llamarse Emilio, el de la judía. Ese cambio tenía dos connotaciones: una, que se había marchado con una mujer, y dos, que la mujer era judía. Era aquí, justamente, donde estaba la complicación: Mariza, la mujer de la que me enamoré, era también judía.

La conocí por puro azar, en la biblioteca del Lycée Regnault, lugar de una penumbra boscosa, con amplias paredes forradas de libros de lomo oscuro que se ensombrecían en las esquinas. Las lámparas del techo, tal vez para protegerlos, estaban siempre apagadas, de modo que la única iluminación procedía de las pequeñas lámparas que había sobre las mesas y que atraían alrededor de sus cercos a los estudiantes como polillas a un punto de luz.

Pertenecíamos a un Club de lectura para jóvenes, auspiciado por el Protectorado francés. Nos sentábamos a una misma mesa para leer a Baudelaire, a Victor Hugo, a Honoré de Balzac, a Zola, aunque ella prefería los novelistas contemporáneos, como Mauriac, Antoine de Saint Exupéry y, por encima de ellos, Louis-Ferdinand Céline y su Viaje al fin de la noche, obra que consideraba insuperable, y de la que decía que su escritura, más que leerse, se oía.

Además de por Céline o Exupéry, Mariza sentía fascinación por los mitos griegos. Los citaba a menudo, poniéndolos de ejemplo y usándolos como una medida universal. Los tenía tan asumidos que los había incorporado a su lenguaje cotidiano con asombrosa naturalidad. De modo que cuando decía “me he quedado de piedra”, pensaba en la gorgona Medusa. Si había “vivido una odisea”, pensaba en Ulises, y si “entraba en pánico”, reconocía que en su pensamiento recreaba al dios Pan soplando un caramillo. Años después Mariza descubriría que Céline, aquel escritor al que tanto admiraba por el frescor de su lenguaje y su prosa atrevida, acusaba al pueblo judío de incitar a la guerra.

Decía de mí que era un “redicho”. Y tenía razón, porque a consecuencia de la lectura me gustaba emplear cultismos y sentía predilección por el uso de adjetivos complicados. Tenía, además, la influencia de Padre, quien sin haber estudiado demasiado, o justamente por ello, se esforzaba en hablar con un lenguaje elevado, aunque en muchas ocasiones su falta de vocabulario lo llevara a equívocos.

Nunca fuimos más allá de ese juego de juventud comparando obras, escritores, estilos, verosimilitudes, como expertos críticos de respetable opinión, hasta que un día advertí un sorprendente cambio en ella, algo que en ese momento califiqué como “una metamorfosis”. El Club de lectura y el estudio fueron quedando relegados a un segundo puesto, de modo que prevalecía Mariza ante cualquier otra razón para acudir a la biblioteca. Busqué los momentos para coincidir, me interesé por los libros que ella leía y me habitué a presentarme con la suficiente antelación para colocar un libro abierto en su asiento y que nadie más lo ocupara. Aprendí a reconocer el sonido de sus pasos al aproximarse, y si escuchaba el crujido de la puerta de entrada, prestaba atención para retirar apresuradamente los libros antes de que me descubriera. En ocasiones me aclaraba la garganta y aquello servía de excusa para contemplarla por un ínfimo instante. Ya no podía observarla como siempre: el perfil de su rostro había perdido la redondez de la infancia, sus hombros aparecían torneados bajo la blusa y el colgante de oro que acostumbraba a llevar se escondía en el hueco de sus pechos.

Desconocía si ella era consciente de ese despertar, si del mismo modo advertía en mí algún cambio, o si yo era el único que había cambiado y ya no podía mirarla como antes. Nuestros temas de conversación también cambiaron, más en el fondo que en la forma. Si hablábamos de una novela, ya no interesaba tanto el estilo o la pureza del lenguaje como las razones que habían impulsado al autor a escribirla. No interesaba tanto la ficción de la historia como la verdad que encerraba. Cuando uno argumentaba, el otro replicaba, o matizaba, o le daba la vuelta para que pareciera otra cosa. Charlábamos mientras recorríamos los caminos de tierra del parque del hospital, los alrededores de la sinagoga de Nahon, el Zoco Chico. Si nuestras conversaciones se volvían demasiado sesudas, podíamos llegar sin darnos cuenta hasta el mismo borde de la playa Merkala.

Sin embargo, sabíamos que nuestra relación se sostenía por una fragilidad. Una tarde de verano, sentados bajo las palmeras del Hospital Español, sentí el impulso de contar lo sucedido. Le hablé de Padre, recalcándole el hecho puntual de que se había marchado con una judía. Creí decirlo con cuidado, a sabiendas de que ella también era judía, pero se tomó a mal mis palabras y, después de sacudirse de la falda unas migajas imaginarias, se levantó, recogió sus libros y se perdió entre las hileras de plantas que cerraban la parte trasera del hospital.

Dejé que se alejase una cierta distancia, con la intención de que su enfado se aplacara. Al poco fui tras ella y observé en su apresurada huida el gracioso oscilar de sus hombros perfectamente acompasados con el ritmo de los pies: punta izquierda adelante, hombro derecho adelante, punta derecha atrás, hombro izquierdo atrás. Al andar sus pantorrillas rozaban el borde de la falda y los hombres a los que adelantaba la seguían con ojos de perplejidad. La alcancé a medio camino de su casa, casi a punto de doblar la esquina con la Avenue d’Angleterre.

Tenía Mariza ese orgullo de la gente que se sabe aparte y creo que en ese evitar obstáculos se esforzaba por suprimirlo, porque sus enfados consistían en una efervescencia y un rápido diluir. Su técnica se basaba, me confesó cierta vez, en buscar escenas que la apaciguasen, como una polilla revoloteando alrededor de una luz o una forma geométrica que le pareciera complicada. Nada había que la molestase, excepto aquello que escapaba a su control, como cuando le decía que mi padre quería que me alistase en el Ejército al tener la edad. Cruzaba entonces los brazos y posaba la mirada aquí y allá, en busca, supongo, de una polilla, pero no había polilla ni forma geométrica que la hiciera sentirse mejor.

Cuando me sintió cerca cambió su ritmo frenético por un deambular pausado, cruzó sus dedos con los míos y me habló de un escritor que había visitado el Lycée, un piloto de Latécoère, destinado como jefe de escala en un aeródromo del Sáhara español, refiriéndose a Exupéry. En realidad no venía a cuento, pero creo que fue un benévolo intento para recobrar la naturalidad de nuestra conversación.

La dejé cerca de su casa, a la hora de la cena. Por primera vez, no logré que Mariza se despidiera con una sonrisa. Dijo un adiós entre dientes y, como si sus pasos fueran refrenados por una fuerza inversa que tirase de ella, desapareció por detrás de los altos pretiles de la Sinagoga de Nahon.

Cuando regresé a casa, una turba de vecinos se arremolinaba en torno a la puerta. No había mercado ni festejos, ni había razón alguna para congregar a la gente a esas horas de la noche. Más lejos, un grupo de mujeres se reunía cerca de la calzada, muy juntas, el pañuelo de cabeza sujeto por una mano, para que nadie leyera sus labios. Hablaban en voz alta y se quedaron calladas cuando me vieron llegar. Por un momento pensé que Padre había regresado de Casablanca. Lo imaginé en casa vestido de traje, limpio, afeitado, su nueva mujer cogida del brazo, porque si volvía no era para retractarse. Padre nunca se retractaba. Sentí que la sangre fluía más rápido, que generaba calor. Por un instante, dudé si entrar o salir corriendo en sentido contrario. Recordé de pronto a Federico y lo imaginé asfixiado, con la piel azul y la boca abierta como los sapos. Mohamed, el ayudante de mi padre, también estaba allí. «Salam alaikum», dijo, con una curva entre las cejas, sin añadir una palabra. La casa también estaba llena de conocidos. Mis hermanos dormitaban acurrucados en un rincón del comedor, aún no se habían puesto el pijama. Olía a comida, alguien hacía la cena. Madre no estaba en la cocina, estaba en el hospital. «Un accidente», dijo Fátima, la mora, moviendo sopa en un puchero, «un camión de ganado».

V

“El hombre es un ser libre por Naturaleza y cualquier imposición, por sensata que pueda parecer, no pasa de ser la consecuencia de una mala interpretación del orden social”, había escrito Padre en una página en blanco entre la portada y la primera lámina de su álbum.

Era un hombre inteligente —expresarse de esa manera requiere inteligencia y sensibilidad—, y si no estudió demasiado no fue porque no pudiera dar más de sí, sino porque había construido una filosofía propia que cumplía a rajatabla y que regía todos y cada uno de sus actos, todos sus pensamientos y todos sus deseos. Estaba lleno de peculiaridades, entre ellas utilizar la escena de una pintura famosa para emplearla como una metáfora aleccionadora. Y en eso era inigualable: con facilidad traía a colación el título de un cuadro que, asombrosamente, encajaba a la perfección con su propósito.

Ese álbum era una colección de postales a color sobre marco de paspartú que guardaba en el estante más elevado del mueble del salón; un regalo que, según contaba, le había comprado mi abuelo en una tienda de Oviedo —mi abuelo convivió un tiempo con nosotros—. Si Padre estaba en casa —lo cual, andando el tiempo, se convirtió en una extrañeza—, lo sorprendía a menudo sentado de espaldas a la puerta, la luz de la lámpara brillando en la tonsura de su cabeza, absorto en el álbum abierto sobre las rodillas. Me reconfortaba encontrarle en ese estado, lejos del fragor del trabajo, de las pasiones políticas y las preocupaciones de la casa. Cuando pasaba las hojas de papel cebolla, humedecía sus dedos y asía la esquina con la delicadeza de un cirujano. Con ese gesto, más que pasar una página, acariciaba un recuerdo con la punta de los dedos. Y, sin duda, en ese recuerdo existía alguien a quien Padre debía su ser.

No tengo memoria de cuándo murió el abuelo. Tampoco tengo una idea exacta de su fisonomía, de la estatura, el color de los ojos, su forma de andar. Si hago un esfuerzo por recordar, la imagen convocada es la de un hombre destruido.

Recuerdo los rasgos cavados en su rostro, la prominencia de los pómulos, su piel sin brillo, tan oscura que parecía que el polvo de la hulla se hubiera infiltrado poco a poco en ella para darle el aspecto de un esbozo hecho al carboncillo, el esbozo de un hombre. Cuando le pedí a mi padre que me hablara de él, poco tiempo después de que me percatara de que lo estaba olvidando, abrió el álbum, lo hojeó y se detuvo en una lámina con la imagen de La balsa de la Medusa. Como yo era aún demasiado joven, aquellas imágenes de los cuerpos desnudos y blancos agarrándose a los troncos me estremecieron. Me contó que trabajaba en un pozo minero cuya boca de entrada se abría a un desnudo desfiladero. Para que pudiera tener mejor idea de cómo fue su vida, Padre explicó que «la mayoría de los días el abuelo entraba en la mina antes de que amaneciera y cuando salía, si era invierno, se encontraba con la misma oscuridad con la que había entrado, de modo que su paisaje no tenía amanecer».

«Tenía los ojos muy blancos y muy abiertos», explicó, «como si en todo momento buscara un resquicio de luz. Cuando crecí fue necesario que yo también trabajara, a pesar de las reticencias de mi madre. Pero eran tiempos en que se crecía demasiado rápido y había que comer. Juntos descendíamos en la jaula y juntos salíamos de ella. Pronto me apunté al Sindicato Minero y pronto empecé a no perdonar a mi padre. No perdonaba su sometimiento, su silencio, la ausencia de una protesta. No perdonaba la estirilidad —así decía: estirilidad— de sus días ni su absoluta resignación a una condena a la oscuridad. Una mañana que recorríamos el desfiladero camino al pozo lo acusé de cobarde. Yo esperaba que se defendiera, que hiciera una réplica aunque fuera pequeña, que mostrase un atisbo de orgullo, pero se mantuvo en silencio hasta que entramos en la jaula. Eres un cobarde, repetí, esta vez delante de los compañeros que descendían con nosotros. Sus ojos, sin embargo, se entretenían en las cambiantes formas de la roca, en la largura de los barrotes, en el mango del pico que apoyaba al hombro. Llegamos al fondo del todo y los compañeros, conforme salían de la jaula, se repartieron por la galería para continuar con la labor del día anterior. Cuando yo me dispuse a hacer lo mismo mi padre me frenó poniéndome una mano en el pecho. Agarró el pico por el hierro y levantándolo con las dos manos me golpeó con el mango. Nadie lo vio y, si no fue así, nadie se atrevió a abrir la boca. El aire era un eco de golpes de pico, de material que caía, de chirridos de poleas y roces de raíl. El dolor en el hombro me dejó tendido en el suelo casi sin respiración, pero había otra herida, aún más profunda, aún más ominosa, que nunca cicatrizaría. Desde entonces, ya no quise acudir a la mina en el mismo turno que mi padre, no por una cuestión de orgullo, sino porque hice de ese rencor una razón para la lucha. Solo una vez, cuando nos encontramos en un cambio de turno en la boca de la mina y aún no había disipado mi rabia, le advertí de que llegaría un día en que se daría cuenta de que había pasado su vida como un siervo, que nadie se acordaría de él cuando sufriera una desgracia y que, en ese momento, recordaría mis palabras».

Padre dejó de ser minero cuando el abuelo enfermó de fibrosis. Para entonces ya había aprendido mecánica trabajando como aprendiz en un taller de automóviles de la capital. Es de suponer que si no hubiera sido por la enfermedad del abuelo habría abandonado la minería con cualquier otra excusa. Así, Padre había determinado seguir los dictados de su propia filosofía y comenzó a leer libros de política, en un intento por dar autoridad académica a los mismos principios que defendía. Leía mucho. Leía teoría política, leía a Marx, a Engels, a Proudhon, leía libros de teología y leía de vez en cuando novelas de viajes. Se trasladó a Tánger con la idea, decía, de iniciar una nueva vida plena de libertad. Fue allí donde abrió su propio taller.

Para ayudarle en el trabajo contrató a un moro de más o menos su misma edad llamado Mohamed —a todos los moros los llamaba Mohamed—, con la intención de que sus hijos no siguieran sus mismos pasos. Aquel lugar, es necesario añadir, no era solamente un taller. Dos veces al mes —el primer y el tercer viernes— Padre se reunía en un cuarto interior, cerrado con llave, que había llenado de sillones viejos, una mesa pequeña y rectangular y un gran lienzo negro donde se entrelazaban unos enigmáticos símbolos pintados en color dorado. Si se le preguntaba para qué servía ese cuarto contestaba con algo que nada tenía que ver, como que le dolía la espalda o necesitaba ir al baño. «Son asuntos delicados», accedía a decir cuando se le insistía. Si Madre estaba presente, fruncía los labios y cerraba los ojos como si hubiera mordido un limón. Sin duda, ella debía de saber quiénes eran esas personas que se reunían en la Sala, como denominaba Padre a ese cuartucho con la idea, supongo, de darle cierto aire de solemnidad.

Uno de los clientes más asiduos del taller era un médico del Hospital Español. Tenía un Mercedes viejo y humeante, del que se negaba a prescindir. Padre le hacía apaños: le cambiaba el aceite, reapretaba las tuercas, lo limpiaba, de suerte que parecía como revivificado, y el médico, satisfecho, pagaba a gusto por no tener que librarse de él. El caso es que un tercer viernes de mes el coche del médico visitó el taller y Padre me pidió que le echara una mano a Mohamed, porque él tenía que “hacer unas diligencias” que no podía eludir. Para cumplir con esas “diligencias” se vestía con el traje de los domingos y se perfumaba con no sé qué colonia que recordaba el olor de las castañas asadas. La tarde de ese viernes era día de reunión. Un corro de gente se acumulaba cerca de la entrada mientras Mohamed y yo trabajábamos en el Mercedes. Padre llegó un par de horas después, con el pelo repeinado como un colegial y un olor dulzón. «Ve acabando con eso», me dijo al verme con las manos en el motor. Y ya fuera porque conservaba un resto de euforia o porque la “diligencia” le hacía ver el mundo de otra manera, añadió: «Es hora de asumir responsabilidades». Cogió la llave de la Sala, camuflada en un tablero con las formas dibujadas de las herramientas, y abrió la puerta. «Pasen, señores», dijo a la gente que esperaba fuera, y de seguido fueron entrando en fila de a uno. El último, un hombre vestido de uniforme militar, de mentón prominente y ojos pequeños, lanzó un cigarrillo al rincón de las estopas usadas. «Cierre», escuché decir a mi padre desde dentro, pero el hombre se quedó a medio entrar, sujetando el picaporte. Miraba la colilla y me miraba a mí. La estopa comenzó a humear. «Cierre», volvió a decir. Mohamed tenía la cabeza metida en el motor. Me limpié las manos. El humo se hizo más denso, ya llegaba al techo. En poco tiempo se prendería. Sin embargo, el militar permanecía de pie en el mismo sitio. «Qué mala idea», dije, como si no fuera dirigido a él. Fui hasta el rincón y pisé la estopa, «qué mala idea», repetí, y escuché que la puerta se cerraba.

«Engranje roto», la voz de Mohamed sonó como un eco desde los entresijos del motor. «Engranje roto». Nada trascendía de la Sala; si algún murmullo traspasaba la puerta, pronto se ahogaba con el fragor de las caballerías en la grava o el canturreo del muecín en un minarete.

Unos minutos después, la voz grave de mi padre resonó en el garaje. «Vamos», dijo.

Al entrar noté un aire cálido que emergía del interior. Padre cerró la puerta detrás de mí, hizo girar la llave, y me encontré de pronto en un foco de miradas, enfrentado a unos hombres de rostro serio, tan aproximados en su fisonomía que si no vistieran de distinta forma hubiera dicho que eran la misma persona. Unos lo hacían de traje, otros de uniforme, monos de trabajo, ropa de calle. Me sentí abrumado, no solo por el peso de las miradas, sino porque esa puerta había abierto un mundo oculto que en modo alguno asociaba a Padre. Me senté en uno de los sillones. Hablaban del Gobierno, de los fascistas, de Rusia, de camaradas, de revolución. Había en todas esas voces la misma profusión de palabras que reconocía en el lenguaje de Padre. Nada hacía pensar que mi presencia los incomodara. Citaban a Lenin, a Kropotkin, a Durruti. «Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo», recitó alguien en alto, a propósito de Bakunin; muchos aplaudieron. Escuchaba, y veía en ellos a mi padre discurseando en las jornadas de caza, en los paseos por la playa, o en las sobremesas después de la cena si ese día Madre se encerraba en el atelier, que así llamaba al cuarto de costura.

Se hacía difícil entenderles, porque era como empezar un libro abriéndolo por la mitad, pero nada me parecía nuevo y habría tomado parte en algún momento si Padre no considerase que había escuchado lo suficiente. Me abrió la puerta y me pidió que ayudara a Mohamed. «Muy bien, hijo», se apresuró a decir antes de dejarme fuera de la Sala.

Apareció al cabo del rato, seguido por esos hombres que desfilaban a su espalda y se despedían de él con un golpe de mano en un hombro. Sonreía satisfecho mientras los veía alejarse y me contemplaba en silencio frente a Mohamed, con el cuerpo doblado sobre el motor del Mercedes.

—León, no digas nada de esto a tu madre. No digas que has entrado —advirtió mientras se aseguraba de que la puerta quedaba bien cerrada y colgaba la llave en el tablero, en la silueta de una herramienta.

Me dejó descolocado, esa advertencia, porque unida a la escena que acababa de presenciar significaba que existían partes de su vida que yo desconocía. No pareció sentirse incómodo por obligarme a mentir a Madre. Se limpió las manos con una estopa, escupió en un rincón y se inclinó bajo el capó del coche donde trabajaba Mohamed. «¿Cómo va eso?», preguntó. «Engranje roto», respondió Mohamed. «Engranaje», corrigió Padre.

Durante varios días no hablamos de esa reunión. Cualquier pregunta al respecto me resultaba embarazosa, inconveniente, o no existía un momento propicio para hacerla. Así debía de ser también para él, porque le ayudaba en el taller por las tardes, íbamos juntos a comprar al zoco, me sentaba a su lado cuando jugaba a las cartas en el Fuentes, leíamos, paseábamos, y nunca me preguntó por lo que allí se había hablado, si estaba o no de acuerdo, si la experiencia me había parecido interesante. Creo que nos obligamos a representar una falsa naturalidad. Sin embargo, el silencio era de por sí una declaración sin palabras. Cuanto más callábamos más convencido estaba de que esas personas, de alguna manera, estaban relacionadas con los repentinos viajes que Padre realizaba a Madrid, a Barcelona, a Rusia, Europa; lugares de los que siempre regresaba imbuido de una oscura felicidad.

—¿Recuerdas Los fusilamientos de Goya? —me preguntó a los pocos días de la reunión en la Sala, con la intención, tal vez, de romper ese silencio.

Íbamos de camino a casa, de vuelta del Gran Zoco. Frente a nosotros se alzaba el minarete de Sidi Bou Abib, con sus ladrillos rojos y sus agudos rombos de azulejos policromados. Lo recuerdo porque Padre llevaba colgados de las manos dos conejos blancos que habíamos comprado en un puesto de carne, y esa pregunta en ese momento había sonado extraña. Era habitual en él esa forma de iniciar una conversación: añadir un misterioso prólogo con la finalidad de dar más empaque a lo que de inmediato iba a contar.

«Hace dos meses, en Oviedo, presencié el fusilamiento de dos sacerdotes. Les hicieron el paseíllo junto a un jornalero acusado de derechista. Son los peores, estos», añadió, «no puede entenderse que un trabajador sea un derechista. Fueron detenidos por un control de milicianos, les registraron las maletas y les hallaron las sotanas. ¿Te imaginas qué caras?», dijo, mientras nos acercábamos a casa y empezaba a sentirme incómodo. Contaba sus experiencias con el mismo apasionamiento con el que yo escuchaba y se adueñaba de mi atención de tal forma que me sustraía del presente hasta el punto de perder la noción del tiempo y el espacio. A Madre no le gustaba que yo le escuchara; torcía el gesto, hacía aspavientos en un espantar de moscas, mascullaba palabras ininteligibles entre las que colaba algunas que se entendían con claridad, las mismas siempre: Judas, o proselitista, o insensato y, especialmente, una que pronunciaba a medias, con los dientes apretados, como si la refrenara en la lengua; decía: masón, y yo, que no conocía esa palabra, interpretaba cabrón, acaso porque el uso de ese insulto va ligado a una contracción de los labios y un cerrar de ojos como de asco repentino. Mi incomodidad, por tanto, se debía a que me preocupaba que al llegar a casa Madre nos sorprendiera en esa conversación.

Mi hermana dio palmas desde el fondo del pasillo, porque nunca había visto conejos blancos, y les acarició las orejas, y la cabeza, y la cola, mientras Padre los dejaba en el suelo de la galería, atados de las patas traseras. «Dales de comer», decía mi hermana, y Padre afilaba el cuchillo con la piedra de amolar. «¿Sabes por qué esa ejecución me pareció, digamos… instructiva?», continuó, sin reparar en que Natalia aún estaba en la cocina, acariciando el sedoso pelo de los conejos con sus pequeños dedos, «porque nunca había visto a un hombre desnudo, y hablo en términos absolutos, me refiero a la desnudez de la carne y la desnudez del alma. Te puede parecer irrilevante, pero no, no es irrilevante. Los dejamos… se quedaron», corrigió sobre la marcha, «en cueros, sin la ropa de calle, sin las sotanas, ni las casullas, que los milicianos se habían puesto, estola incluida, y bailaban y hacían gilipolleces delante de ellos, con los fusiles en la mano». Padre se interrumpió y se agachó para coger uno de los conejos. Mi hermana daba palmas, entusiasmada. «Dale de comer», insistió, viéndolo sacudirse. Padre, que lo agarraba de las patas traseras, levantó la otra mano, cerró el puño y ¡pam!, un sonido seco en la nuca aquietó al conejo. ¡Pam! Los nudillos golpearon de nuevo. El animal oscilaba como el péndulo de un reloj. Mi hermana se había tapado la boca y sus ojos, muy abiertos, brillaron de una súbita humedad. «Padre, debiste haber esperado», dije, y él continuó como si el hilo de su conversación nunca se hubiera roto. «¿Sabes qué hicieron? Rezar. Juntaron las manos y rezaron, con la polla al aire», matizó mientras reía. «Cómo lloraban, los cabrones. Lloraban porque tenían el alma desnuda, porque apelaban a un vacío, ¿entiendes?, a un vacío. Lloraban de miedo».

Cuando comprobó que el animal había muerto, lo dejó colgado de un gancho de la pared, buscó con la punta del cuchillo en la piel de la barriga y la abrió de una estocada. Luego metió la mano para sacar las vísceras, envueltas en una grisácea membrana gris, cayeron a un barreño y un olor acre y rancio se extendió por la cocina. «El derechista era otra cosa; no sé si era creyente o no lo era, estaba en pelotas, pero al menos no lloraba. Solo decía: «Respeto, por favor», y repetía: «Respeto, por favor», y sus ojos estaban tan blancos y tan abiertos que me recordaban a los de ese hombre del cuadro de Goya, el que está en el centro de la escena con los brazos en alto. Cuando pedía respeto los alzaba de la misma manera, así», decía imitando el gesto del personaje, con las manos pringosas, «pero en la guerra, lo primero que se pierde, hijo, es el respeto. Así que se acabó pronto con ese asunto. Los fusilaron en una oquedad del terreno, a los tres. Tuvo su paradoja ese ajusticiamiento; los milicianos no se habían molestado en quitarse los hábitos, los mismos hábitos con los que los curas reclaman piedad al mundo».

Padre terminó con el segundo conejo al mismo tiempo que finalizaba su narración, y como si recordara que aún tenía algo que decirme y no se le debía olvidar, dijo:

—Por cierto, hace tiempo que estás en edad militar.

—Sí.

—¿Cuándo vamos a ir a la Oficina de Reclutamiento?

—No lo he decidido.

—Conozco a gente. Uno de ellos trabaja en el Alto Comisionado; lo viste el otro día, en el taller, estaba dentro de la sala de reuniones. Se llama Salazar. Teniente Salazar.

—Un militar.

—Sí.

—Ya hablamos, Padre —dije, como dando largas, porque una y otra vez me insistía en que debía participar en la defensa de la República, que cualquier buen ciudadano estaba obligado a hacerlo y que no había excusa que dispensara de tal obligación.

Sin embargo, yo pensaba en Mariza, y en Madre, y en esos conejos de cuyos hocicos desnudos colgaba una brillante gota de color rubí.

Y pensé también en mi hermana, en la inutilidad de sus lágrimas.

VI

Si echo atrás en el tiempo, justo a las semanas previas a su marcha, no diría que Padre pareciera triste, o distante, o apático. Más bien al contrario, una suerte de euforia lo llevaba hasta los cafés del Zoco Chico, donde jugaba a las cartas, a los dados o al dominó, y se gastaba los cuartos en una vidente que, al decir de los moros, era certera en sus vaticinios. Mi padre no escondía esas visitas, ni las justificaba ante mi madre. Sin embargo, sus mismos amigos le advertían de que esa facultad de adivinar el futuro se limitaba exclusivamente a los infortunios, de modo que si no existía un silencio, la visita a la adivina resultaba siempre una muy mala noticia.

A Madre no le gustaba que hiciera tales cosas. Cuando Padre volvía del juego y se dirigía al baño antes de acostarse, salía de la cocina siguiendo su estela y venteaba el aire del pasillo, esperando encontrar un olor de vino, o de colonia, o de algún almizcle de piedra de los que usan las moras para lavarse. Los alcoholes y las esencias aromáticas, vinieran de donde vinieran, eran para Madre la prueba irrefutable de un pecado que habría de corregir. Noche tras noche se repetía la misma escena: Padre entraba rápido y Madre iba detrás, pero por mucho que se esforzaba en pillarle en un renuncio, los vapores del queroseno, de la gasolina o de la grasa suprimían por completo la posibilidad de detectar cualquier otro olor.

No me pasaba desapercibido, y creo que a Madre tampoco, que antes de esa época de disipación Padre siempre se mudaba de ropa en el taller y entraba en casa dejando poco más que un ligero efluvio de combustible flotando tras él. Durante esos días de asombroso cambio de hábitos, si se le hubiera acercado una cerilla ardiendo, sin duda su mono de trabajo se habría prendido en una llamarada instantánea.

El hecho de que a mi padre le atrajera conocer su futuro, desde mi punto de vista, no era tanto por la mora que le ofrecía tales servicios —y en esto habría de pasar el tiempo para poderlo confirmar—, sino por la imperiosa necesidad que tenía de no equivocarse en la elección de su nueva mujer.

Lo que verdaderamente desconocía es que esa mora vidente no era otra que la misma señora que limpiaba la casa de Efrén.

Pero lo que importaba, y tal vez a ello se debiera esa extraña euforia, era que las visitas de mi padre a la vidente resultaban siempre extremadamente silenciosas, sin más intercambio de palabras que un saludo y una despedida. A consecuencia de ello, Padre se sentía pletórico, convencido como estaba de la benevolencia de su futuro.

En uno de esos días, al igual que en otras ocasiones desde hacía un tiempo, lo acompañé al campo de tiro. Íbamos en motocicleta, una FN de 350 centímetros cúbicos, de tercera mano, que había ganado a un francés en una partida de cartas. Como era habitual, fuimos sin horario fijo y sin haber hecho preparativos con la debida antelación. Padre detestaba enseñar. Lo consideraba una pérdida de tiempo y no tenía paciencia para soportar la ignorancia del aprendiz. Cuando contrató a Mohamed lo obligó a permanecer a su lado mientras trabajaba, sin hacer preguntas, a menos que le insistiera tanto que no le quedara más remedio que esforzarse en explicar. Sin embargo, disponía de toda la paciencia del mundo para enseñarme a mí. Se desvivía, y me consta que lo hacía superando un gran obstáculo. Le he visto morderse el labio inferior hasta hacerse sangre cuando necesitaba que me repitiera alguna explicación, pero siempre estaba dispuesto a responder cualquier pregunta que le hiciera.

Salimos del taller con prisa, sin que mi padre se tomara su tiempo en cambiarse de ropa ni limpiarse la grasa de los brazos. Cabo Espartel, el lugar a donde nos dirigíamos, era una zona recóndita y agreste, alejada de la medina y alejada de las concentraciones de gente. El campo de tiro asomaba a pocos metros del camino como un calvero escondido entre los árboles bajos, torcidos por el persistente viento del mar. Nada más llegar, aparcó bajo una higuera y me pidió el fusil que yo había cargado durante el viaje. Colocó el estuche sobre una piedra de gran tamaño, se crujió los dedos a la manera de los pianistas y abrió la tapa con la misma solemnidad con la que se abre el estuche de una joya: despacio, en silencio, procurando guardar el equilibrio sobre la piedra donde lo apoyaba. El movimiento ágil de sus manos denotaba que llevaba a cabo un plan cuidadosamente estudiado, cuya finalidad, entendí, era mostrarme el valor de un arma.

Para llevar a cabo su plan había escogido la hora del día en la que el sol comienza a hundirse en el horizonte y la luz proyectada se desliza paralela al suelo formando figuras de sombras. Sospecho que mi padre había buscado deliberadamente ese efecto.

—Máuser 1893 —dijo mirando al fusil—. Calibre de siete milímetros. Se le puede calar la bayoneta.

Manteniéndose de pie, apoyó la culata en la entrepierna y acarició suavemente la parte externa del cañón, despacio, como si acariciara la espalda desnuda de una mujer. Deslizó los dedos por el guardamanos, rodeó el arco guardamonte, paseó el índice por la curva del gatillo, hasta llegar al final, a la cantonera metálica. Luego lo sostuvo en el aire, perpendicular a su cuerpo. Tenía en la cara una mancha de grasa que se le cruzaba con la cicatriz y le daba un aspecto divertido. Su mirada, fijada en el arma, recorría su fisonomía de acero, las junturas de sus articulaciones, su rectilínea proyección en el espacio. No existía discontinuidad material entre mi padre y su fusil. Ni espacios. Ni aire. La relación entre ambos era tan absoluta que si no supiera que estaba en sus cabales hubiera dicho que atribuía a ese objeto inerte una cualidad cercana a lo humano.

Mientras tanto, en nuestra inmediatez no se oía más que el chasqueante piar de las tarabillas, el ruido de las tardías cigarras que esperaban el relevo de los grillos y los balidos de algún rebaño que pastaba a poca distancia de nosotros. Si un cabrero de los que frecuentaban la zona o algún pescador de los que a diario se apostaban en las rocas de la orilla hubiera decidido volver a casa a esa hora, sin duda habría dicho al ver a Padre adorando el arma que allí había un par de locos y que nuestras intenciones no podían ser más que perversas.

—Tómalo en tus manos —dijo al tiempo que me lo ofrecía y separaba sus piernas mirando hacia mí—. Sin munición pesa unos cuatro quilos. Si disparas en posición elevada retira el pie derecho veintiocho centímetros hacia atrás. Así.

Había dado tanta significación a esa arma que cuando la cogí no pude menos que esforzarme en mostrar una fingida gravedad. Apoyé la culata entre el hombro y el cuello, busqué el punto de equilibrio y apunté a una empalizada de troncos colocada en dirección al mar. Luego encajé el punto de mira en la muesca del alza, el cañón en el nacimiento de una rama seca. Contuve la respiración, para que el disparo me sorprendiera.

¡Pam!

Padre rio. A carcajadas. Como pocas veces le escuché reír.

—Déjamelo un momento.

Se agachó y sacó de la funda un cargador de cinco cartuchos. Se levantó, quitó el seguro, echó el cerrojo hacia atrás y dejó el arma cargada con un cartucho en la recámara. Me la entregó de nuevo y se alejó hacia la empalizada. Separó uno de los troncos y le apoyó dos ramas a modo de brazos, colocó una piedra en lo alto, con un penacho de agujas de pino encima, y cuando llegó a mi altura dijo:

—Ese tipo de ahí delante es un fascista.

—¿Un fascista?

—Ha violado a tu madre. Ha cogido a tu hermano pequeño de un tobillo y lo ha golpeado contra una pared, luego ha dibujado el escudo de la Falange con su sangre. Te está mirando y se ríe, porque te considera un cobarde, está convencido de que no tienes huevos para disparar.

Su expresión era seria, la articulación de su mandíbula se marcaba en el rostro. De nuevo, apoyé la culata en el hombro. Eché el pie derecho veintiocho centímetros hacia atrás —aseguraba, sin dar ninguna razón, que esa era la distancia justa—. Encajé el punto de mira en el alza. Miré a la piedra. Sus oquedades dibujaban el rostro de un hombre. Los ojos profundos, la boca ligeramente inclinada, como el esbozo de una sonrisa. Contuve la respiración. Oprimí el gatillo despacio, venciendo la resistencia del muelle.

¡Pam!

La piedra, rozada por un costado, giró sobre sí misma antes de caer. Padre se acercó a mí con una sonrisa de satisfacción.

—Excelente. Excelente —repitió. Pasó su brazo por encima de mis hombros, aproximó su rostro al mío. Me sentí incómodo—. Tenemos que volver —dijo—. Más veces. Las que hagan falta. Buscaré tiempo para hacerlo. Tú harás algo grande, chico, algo muy grande.

Estaba pletórico. Mientras hablaba, empuñaba el arma abrazándola fuertemente con las manos, le acarició un costado, le limpió la tierra adherida a la cantonera.

—Mira —dijo.

Entre las higueras, un rebaño de cabras comía de los frutos caídos. Se llevó el índice a los labios.

—¡Chist!

Cargó el arma despacio. Se colocó de rodillas. Apuntó. Una cabra negra y grande, con ubres prominentes, lo observaba desde las sombras con su ojo horizontal.

—Padre —dije en un murmullo.

—Calla. Mira.

La cabra rumiaba los higos, sacudía el pellejo de los costados para espantar a las moscas. Dos pequeños chivos aparecieron un poco más atrás.

¡Pam!

Miré a los ojos de Padre. La cicatriz que cruzaba su rostro ya no me parecía divertida.

VII

Madre fue operada en el Hospital Español el mismo día del accidente. La velé esa primera noche, sentado en una silla de madera a los pies de la cama. Su respiración inconstante arrastraba la mía y en ese silencio oscuro, que de vez en cuando rompía un quejido o una voz que llegaba de otra habitación, vi emerger los objetos con la luz del amanecer. Las baldosas de la pared se pintaron de blanco, y el techo, y la mesita de noche, la ropa de la cama, y Madre, despojada su piel del rubor de la sangre, pálida como un cadáver.

—¿Cómo estás? —pregunté al ver que sus párpados temblaban con un rayo de sol.

Jugó con la lengua dentro de la boca y con una vocecilla rota explicó que volvía de una casa del barrio francés cuando se dio cuenta de que unos moros la seguían. «Tenían la tez oscura y el aspecto enjuto y descuidado de los hombres de las montañas», dijo de ellos. Llevaba un saco de ropa para coser y el peso no le permitía ir más aprisa. Entró en el zoco para confundirse con la gente y salió por una puerta lateral. Pero esos hombres adivinaron por dónde saldría. Entonces la abordaron. Ella se resistió, pero le arrancaron la ropa de las manos y cayó al camino de tierra. La rueda de un camión que llevaba animales para el mercado pasó por encima de sus piernas. «Pude oler», precisó, «el olor de los orines del ganado derramado sobre mí».

A partir de esa explicación, una vez que ya estaba todo dicho, cerró los ojos y se volvió a dormir.

Una semana después de la operación apenas se apreciaba signo alguno de mejoría. Continuaba pálida, inmóvil, como en un permanente desmayo. Cuando pregunté al médico, me dijo en tono de confidencia que Madre se había negado a recibir una transfusión sanguínea y que había alegado una cuestión de fe.

—¿A qué viene eso? ¿Qué fe? —le pregunté.

Pero ella no quiso darme ninguna explicación. Hizo un mohín con la boca, agarró la manta por el embozo, se colocó de espaldas mirando a la pared y, lanzando un suspiro, dijo: «Pobre».

Sin duda, Madre persistía en su intento de borrar el pasado, porque el presente, para ella, no era más que el producto de una ilusión. Me convencí de que si algún día Madre salía del hospital por su propio pie, no debería agradecérselo únicamente a su asombrosa capacidad de supervivencia, sino a que su rencor era tan sólido, tan resistente a la erosión del tiempo, que le otorgaba el admirable poder de mantenerla con vida.

Madre no aceptaba las normas del hospital, ni le parecía bien que yo la ayudara, ni cumplía como debía las indicaciones del cirujano. A los pocos días de encamamiento descubrió que disfrutaba de una inigualable ocasión para mostrar su disconformidad con el mundo entero. De la mañana a la noche podía pasar sin despegar los labios si no era para comer, o beber, o repetir con insistencia la palabra pobre porque algún recóndito pensamiento la había impulsado a pronunciarla a media voz. Mientras tanto, yo me ocupaba de la casa, de mis hermanos, de la tos del pequeño; me pasaba por el taller, a pesar de que a ella le importaba un comino lo que sucediera con el negocio de Padre y menos aún con Mohamed. Cuando venía sor Cristina a lavarla me obligaba a salir de la habitación, porque no se le pasaba por la cabeza que un hijo la viera en cueros. A menudo pedía que la lavaran. Imagino que era una manera de sentir lo mismo que sentía cuando fregaba la casa con lejía o limpiaba los cristales; echaba de menos esa esencia de olores que depuraba el mundo. Después de varias semanas en el hospital había hecho de su higiene personal una cuestión imperativa. De modo que de vez en cuando la asaltaba una súbita sensación de inmundicia y, literalmente, ponía el grito en el cielo para llamar a sor Cristina.

Cierto día en que yo estaba presente, se dirigió a la monja de esa manera cuando reconoció el sonido de sus hábitos en el pasillo de su habitación. Inopinadamente, sor Cristina se negó a obedecerla y la reconvino por haber ofendido a Dios con su negativa a recibir una transfusión de sangre. «Dios te ha castigado», se atrevió a decir, sumiéndola en una crisis de fe. Le dije entonces a Madre que me permitiera lavarla, que, aunque hombre, era su hijo, mayor de edad, y que ya conocía mujer. Me miró como si no me reconociera, se cubrió hasta la nariz con la sábana y exclamó:

—Pobre.

Ciertamente, su vida estaba desarticulada como el armazón de un edificio que se venía abajo.

VIII

Cuando le dieron el alta, un taxi conducido por un moro nos llevó a Madre y a mí a casa. En el camino, a través de la ventana, sus ojos de aceite absorbían la luz difusa de las calles estrechas, de la densidad de sus sombras y la radiante luminosidad de las altas azoteas. Con una mano se agarraba a un asidero del techo, con la otra sujetaba un abanico de encaje negro. Se había arreglado con un vestido sencillo, de minúsculas palmeras negras y blancas —posiblemente el descarte de fondo de armario de alguna clienta—, unos zapatos negros sin tacón y, como detalle, un semanario de plata, ya oscurecida, que colgaba lacio de su fina muñeca. Tan menudo y frágil, su cuerpo se mecía solidario a los vaivenes del automóvil.

—Mucho tiempo encerrada, ¿verdad, Madre? —pregunté.

Miró su reflejo en el cristal, miró el abanico, lo abrió y dijo:

—Hace calor.

La pulsera tintineaba al ritmo de su muñeca: ¡chas, chas!, ¡chas, chas! Posiblemente lunes se entrechocara con martes, o martes con miércoles o jueves, que estaba más lejos, y este con domingo. Ahorraba palabras, Madre; a sus ojos el mundo era superfluo, indiferente, ilusorio.

La ayudé a salir del coche, se apoyó en los bastones y saqué del portaequipaje la cesta con los enseres del hospital. Mis hermanos la besaron cuando llegamos a casa, excepto Federico, que tuvo un acceso de tos justo en ese momento. Me dio los bastones para que se los guardara y, trabajosamente, se sentó en la butaca junto a la radio.

—Mira la cesta —dijo mientras encendía la radio y buscaba arriba y abajo en el dial. Solo cuando encontró Radio Nacional se reclinó en el respaldo y dijo en un susurro:

—Pobre.

Su cuarto tenía una ventana que daba a un patio de luces, por donde discurrían los desagües de toda la casa. Allí tenía una cuerda atada a las paredes que usaba para colgar su ropa interior. La lavaba aparte, en una tabla de ropa, de modo que no la viéramos cuando la enjuagaba, o la secaba, y mucho menos, por supuesto, cuando la llevara puesta. Sin embargo, desde la ventana del baño, si se inclinaba un poco el cuerpo hacia un lado, se alcanzaba a ver toda esa ropa de tela fina, encajes y lazos de color que compraba en una famosa lencería del barrio francés.

Madre estaba obnubilada por la pretendida distinción de los franceses. Admiraba su ropa, su música, la totalidad de su arte, las inflexiones del idioma, del que decía que «en él los insultos son realmente halagadores». De ahí ese vestido de Chanel, su objeto más preciado, tanto que su destrucción, creo suponer, representó para ella el paradigma de su caída en desgracia.

Era sorprendente que Madre me pidiera vaciar su cesta, porque lo primero que aparecieron fueron unas bragas blancas, altas, de tela recia y lisa, un par de sostenes, su bata de trabajo, un paquete de medicamentos, más bragas, pañuelos —innecesarios, dada su admirable renuencia a mostrar lágrimas— y un puñado de revistas con el dibujo de una torre, intituladas La Atalaya.

En ellas, escrita aquí y allá, se reconocía la letra grande y redonda de Madre, intercalándose como notas de sabiduría que repetían el texto, dejándolo dentro de un círculo o señalando a Jehová, al Nuevo Testamento y a todas las ideas que consideraba dignas por encima de las demás. No tendría mayor importancia el hallazgo si no recordara a Madre sentada en el banco de la iglesia con el misal en las manos y la toca de encaje negro. Sin embargo, encontraba razones para su indulgencia: ¿quién podría permanecer impasible mientras contempla cómo se desvanecen todas las referencias que constituyen una vida?

Sentado en el borde de la cama pasaba las páginas, creyendo encontrar en el pulso de esas notas un misterio de Madre. La voz atiplada del locutor se filtraba desde el salón y envuelta en ella, como un susurro, la voz de Madre decía: «Tienes ahí mi cesta, con mi ropa interior, mis vergüenzas escondidas, y tienes La Atalaya, mis pensamientos escritos a mano. Ahora ya sabes todo de mí».

A final de esa misma tarde en la que Madre volvió a casa, me senté a escuchar la radio. Entraba por la ventana un aire dulce que traía aromas del mercado: de comida, de especias, del cuero de los curtidores. Madre trajinaba en la habitación de la costura, el atelier. Se escuchaba el repicar sobre el parqué con un sonido hueco y subterráneo. Esos bastones de bambú, en apariencia inofensivos, poseían la extraña virtud de extender su presencia hasta el punto más remoto de la casa —más tarde comprobaríamos que con ellos Madre se apoderaba del espacio, del tiempo y de los pensamientos de todos los que vivíamos con ella—. Sus piernas, enflaquecidas y cubiertas de una piel apergaminada, habían quedado tan deterioradas y tan carentes de vigor que a duras penas la mantenían en pie sin la ayuda de ellos.

No tardaría en volver, puesto que allí solo había espacio para un tablero donde extendía sus patrones de costura y, tarde o temprano, la debilidad de sus piernas la obligaría a descansar. Mi hermana canturreaba, sentada a la mesa del comedor con su libreta y sus tablas de multiplicar. De vez en cuando, la tos de mi hermano prorrumpía y nos dejaba suspendidos en una espera, excepto a Madre, que se ocupaba de sus quehaceres y se comportaba como si esa tos no fuera con ella, como si no la escuchara. Esa actitud de indiferencia, más parecida a un castigo, obedecía probablemente a un vano intento por defenderse de una realidad que se le hacía insoportable. Cuando llegó al salón se sentó quejumbrosamente en la butaca, cambió la emisora con música —que yo había sintonizado— y sacó de su bolsa de labores un acerico y una camisa azul celeste en la que tenía a medio bordar una estrella roja en el borde del bolsillo, con una aguja ensartada.

Un político hablaba en la radio: …decirle a la clase obrera que debe prepararse… Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista.

Madre asentía con los labios apretados y basculaba la cabeza sin perder de vista su trabajo. Parecía seguir la cadencia de esa voz con la punta de la aguja; alzaba la voz el diputado y ella clavaba. La aminoraba y ella levantaba la mano para estirar del hilo.

—¿Qué esperas de la Revolución? —le pregunté.

Como quiera que esa pregunta la cogiera desprevenida, por atrevida o por inoportuna, dejó en suspenso la aguja a mitad de camino, como si pinchara el aire, y alzando la barbilla dijo:

—La Revolución nos salvará.

—Nos salvará —repetí.

—Sí, nos salvará.

—¿De qué nos salvará?

Madre, que no era persona insensible a los dobles sentidos, captó mi escepticismo. Arrugó la frente y continuó con el relleno de una punta de la estrella. Mi hermano tosía, una tos detrás de otra, y nosotros íbamos como subidos a ella. Mientras tanto, las noticias de la radio informaban de una huelga en una fábrica de Valencia, del incendio de una iglesia, de un falangista acusado de asesinato.

—Sinvergüenzas —masculló moviendo la cabeza a los lados sin perder de vista la puntada.

—Mi hermano tiene la tosferina —dije para que no tomara los derroteros de la política—. En todo ese tiempo en que has estado en el hospital no ha dejado de toser; deberíamos llamar al médico.

Pinchó la aguja en el acerico y con las dos manos estiró del bordado para desfruncir la tela.

—Tiene cinco puntas —dijo—, como los cinco continentes, como los cinco dedos del proletario.

IX

Padre estuvo preso.

Me he preguntado muchas veces por qué no me contó tal cosa, si no hubiera sido mejor ponerme al tanto de lo sucedido en el momento justo y no cuando la casualidad le había forzado a confesarlo. Fue en 1932, justo el año en el que Madre quedó embarazada de Federico.

La casualidad ocurrió pocos meses antes de que Padre se marchara, una tarde en que lo acompañé al Café Fuentes a jugar a las cartas. Un hombre solitario, acodado sobre la barra, apuraba un vaso de vino. «Bienvenido», dijo. Padre no se sintió aludido, echó un vistazo al fondo y, como viera que sus amigos aún no habían llegado, nos sentamos a la mesa y pidió al camarero una botella de tinto y una baraja española. Padre carraspeó. «No tardarán», dijo al tiempo que el camarero le traía las cartas y las contaba. El hombre hizo sonar la rueda de un chisquero. Se encendió un cigarro, salió a la calle, miró a los transeúntes. Después de dar dos caladas exclamó: «Mierda». Tiró el cigarrillo al suelo, nos miró y vino lanzado hacia nosotros. «Hola, Matarife», dijo arrastrando una silla. Se sentó frente a mi padre, le quitó el vaso y se sirvió vino. Vestía un traje muy gastado, con agujeros en las coderas y unos zapatos con las taloneras raídas que una y otra vez sacaba por debajo de la mesa en un acceso de manía. La barba le cubría gran parte de la cara, salpicada de calveros de tiña por donde asomaba una piel sonrosada. Parecía el desgraciado uno más de tantos otros occidentales que menudeaban por el Zoco Chico, saltando como pulgas de un bar a otro con la ropa manchada de vino; nada tenía de extraordinario y, sin embargo, en la forma en que me miraba parecía que me conociera.

Desde luego, no le gustó a Padre esa presencia inoportuna. Se reclinó en el respaldo, como siempre hacía cuando necesitaba ver las cosas desde una mejor perspectiva. Su silla crujió al soportar el peso de su cuerpo.

—¿Cómo por aquí? —le preguntó.

Al sonreír, la barba se plegó sobre sus labios.

—Siempre estoy por aquí. Vivo aquí. Toma, chaval —dijo ofreciéndome su vaso—. Bebe. Tu padre y yo somos antiguos amigos. Amigos de los buenos. ¿Cierto?

—Sí, amigos —concedió Padre.

—Recuerdo a tu hijo, de la Sala. Vaya ojos puso cuando nos vio —dijo al tiempo que dejaba escapar una risa y sus ojos se quedaban bajo el ángulo de las cejas—. ¿Cómo vas, camarada?

Así me llamó: “Camarada”; y no debió de gustarle a Padre esa palabra, porque frunció los labios y arrimó la barbilla al pecho, mirando los rayajos de la mesa como si no hubiera oído.

—Nos hicimos amigos en Villa Cisneros —dijo—. No he visto lugar más infecto que ese. Un puñado de fascistas, vamos, los militares de ese cuartel, por mucho que la bandera fuera la tricolor, incluido el Chato, un loco como tú. Más honorable hubiera sido escapar por nosotros mismos que ser liberados por el Gobierno.

—Pero nos liberaron. Y nos recibieron como héroes, en Barcelona —replicó Padre—. Deberías estar orgulloso.

Torció la cara el barbudo, molesto al parecer, porque no debía de coincidir con esa apreciación. Dio un largo trago de vino y miró a la concurrencia, pendiente de nuestra mesa.

—A ti se te olvida por qué nos encarcelaron. No conoces las acusaciones, te importa una mierda. Toda tu vida dando tumbos sin saber para qué…, Matarife —dijo alargando el final de la frase para que quedase bien prendida.

Padre se distraía siguiendo con una uña llena de grasa la forma de una estrella de David grabada en la mesa. Alguien debió de entretenerse en esa maldad de horadar la madera con la punta de un cuchillo. Mis ojos seguían ese dedo mientras el hombre hablaba, sin callar un instante.

—Pero al menos fue un sueño que duró más de una noche. Recuerdas, ¿verdad? Dejamos al tren sin raíles, arrancamos los cables del telégrafo, del teléfono, tomamos las armas; pero nadie resultó herido. En esos cinco días, por una vez, vivimos el sueño de la Revolución: el trabajo voluntario, la vigilancia de las milicias, el dinero abolido... ¿Puede haber mayor significación de libertad? Dime…

El dedo recorría una y otra vez la estrella, primero un triángulo, luego el otro, luego el contorno, vértice a vértice. Disipaba Padre, a buen seguro, una rabia que no deseaba expresar.

—Tal vez —dijo al fin, sin levantar la vista.

—Tú estabas en otras. Tu padre era también minero, como ellos, decías. Pensabas más en la revancha que en la liberación de esos hombres. Querías volar el cuartel con la dinamita de los mineros, o entrar a saco con los fusiles. Solo la sangre te consuela, ¿eh, Matarife?

El dedo ya no acertaba a seguir la línea. Lo mantenía en el aire, temblando. Le llené un vaso que cogí de otra mesa. Su mirada estaba lejos de nosotros, en otro tiempo, reviviendo acaso aquellos momentos.

—“Comunismo libertario”, así llamábamos a nuestro sistema político. Qué ingenuos —dijo, y sacó un pie por el lado de la mesa, con el zapato colgando—. Un figura, el Durruti, y los hermanos Ascaso, y tú, con tu fusil allá donde ibas. Está muy bien eso de arrastrar a la gente a cumplir los ideales. Para eso están. Pero al fin y al cabo tú luego te hubieras largado, como has hecho siempre, y los mineros, y los obreros del textil, esos no pueden escapar, esos recogen tu cosecha. Porque tú vives siempre en un mundo de ideales. El pan de los hijos, un lugar digno para vivir, el apego a la tierra, todas esas cosas te las traen al pairo. Tú prefieres, ya te digo, vivir bajo la amenaza de la muerte.

En esto mi padre se echó sobre la mesa y lo agarró de la pechera. Lo sacudió como a un muñeco, furiosamente, y le lanzó el fondo del vaso a la ropa. Era fácil para él, tan ancho de hombros.

—Lárgate —le dijo. Y lo soltó a plomo sobre la mesa.

Luego miró a la concurrencia, muchos conocidos, que en poco tiempo ya atestaban el bar. Padre tenía un alto sentido de la vergüenza, nada merecía la atención de la gente si no era para celebrar un éxito. Nos levantamos a la par y el barbudo se quedó contrahecho sobre la silla. El tinto resbalaba por su mentón y le empapaba de un rojo vivo la camisa.

Cuando salimos del café, mi padre se metió las manos en los bolsillos, agachó la vista y caminó en silencio. El pelo de su barba asomaba blanco y gris. Sus mejillas temblequeaban. Se hacía mayor. En el trayecto a casa no me miró a los ojos ni me dirigió la palabra. No podía decirle que yo ya sabía de su prisión.

Fue en la primavera de ese año cuando llegó a casa una carta sin remite. Madre sufría de alergia desde mediados de marzo a fines de julio. En esa época los ojos le lloraban, estornudaba, se sonaba a menudo la nariz. No aprecié, por tanto, su nerviosismo hasta que un día, cuando preparaba la mesa para la cena, vi sus dedos romos. Desde que recibió la carta se arañaba las uñas de una mano con las de la otra mano, se asomaba con frecuencia a la ventana que daba a la calle. Alguna noche la oí gemir.

Pocos días después, supe por Efrén que mi padre había sido deportado junto a cien anarquistas de la CNT y un puñado de comunistas a la prisión militar de Villa Cisneros. Se les acusaba de crímenes contra la República. Cuando me decidí a preguntarle por el contenido de la carta, Madre evitó pronunciar las palabras prisión, militar, deportado. Dijo únicamente que estaba realizando unas “diligencias” muy importantes que le requerían mucho tiempo. Pero ella no dejó de arañarse las manos.

En los seis meses que le faltaban para dar a luz, Madre, acaso porque una parte de ella se culpaba de esa ausencia o porque quiso dedicar a su marido un último y definitivo gesto de amor, se negó rotundamente a salir de casa hasta llevar a término su embarazo. Para ello, encargó más trabajo de costura del que podía asumir, dejó sobre mis hombros la responsabilidad de atender el taller y buscó la ayuda de Fátima, una mora obesa y muy habladora, que se encargaría de llevar a buen término esa gestación solitaria a la que el destino la había abocado.

No parecieron aquellos momentos felices; los cuarenta y nueve años que Madre cumplía ese mismo mes no eran los catorce con los que tuvo su primer hijo, aunque naciera muerto. Las piernas no tardaron en hinchársele, y el puente de la nariz, y las manos, a pesar de que cada noche las masajeaba con aceite de romero y subía a la azotea porque la mora le decía que la luz de la luna preparaba el cuerpo de las mujeres para el parto. Ella, que encontraba en su vestido de Chanel la vara de medir de su propia elegancia, descubrió una mañana al salir del baño que la imagen devuelta por el espejo no era la misma que conocía: veía su piel cedida, blanquecina, marcada por las formas de su anatomía, como la muda abandonada de un animal. Por la puerta a medio abrir escapaba a ras de suelo un tenue vapor y un gemido acallado, sigiloso, con la consistencia de un rezo.

Siendo así las cosas, la espera y el alumbramiento de Federico, más que ser un motivo de alegría, debieron de tener el significado de una ausencia. Desde aquella primera carta se estableció una suerte de contacto confidencial que partía de Madre, seguía por Fátima, pasaba por Mohamed y acababa por fin en esa sala hermética con puerta de chapa, ubicada en el taller de automóviles y a la que mi madre culpaba de muchos de sus males. Era, por supuesto, una suposición, pero solo así podía entenderse que Madre nunca preguntase por él, ni me enviara al Comisionado ni a ningún otro lugar donde pudieran darme alguna información sobre mi padre.

El día en que se puso de parto me pidió que me marchase de casa. «Eres un hombre adulto», dijo, «mejor bájate a la calle y espera por si el médico». Fátima ya calentaba agua en la cocina y llenaba el suelo alrededor de la cama de trapos y toallas. Se movía rápido, con inusitada ligereza, ensombreciendo el pasillo con su cuerpo cada vez que iba o venía. «No me voy a ningún sitio», dije, aprovechando que Fátima cerraba la puerta de la habitación.

Cuando al poco tiempo salió le pregunté: ¿ya? Pero Fátima era mujer muy apegada a sus costumbres y guardaba un empecinado silencio sin detener su marcha. Solo cuando me interponía en su camino echaba entonces atrás la cabeza y decía: «Todo bien, todo bien».

Permanecí en el pasillo un buen rato. La voz de la mora se escuchaba como un canturreo suave, que se interrumpía con las quejas cada vez más insistentes de Madre. Podía imaginar en esos instantes qué pensamientos la cercaban, los pretextos de su soledad, el inoportuno embarazo, el dolor innecesario. No podía nacer ese niño con un aura de felicidad, porque ya se encargaba ella de cercenarla desde su misma raíz.

Fátima aparecía en el pasillo con las toallas empapadas de sangre y por más que le preguntaba me decía lo mismo: «Todo bien, todo bien». Pero no podía ir nada bien, porque había demasiadas toallas, y trapos de la cocina, incluso ropa de Madre que aún se reconocía embebida en la sangre.

—Madre, llamo al médico —grité.

Pero aún tuvo energías para hablarme arisca y me respondió que ni se me ocurriera, que traicionaba a mi padre y la traicionaba a ella. Me hablaba como si yo tuviera en mi cabeza la situación de mi padre. El caso es que Madre se sumió en un silencio convaleciente que duró una semana y Fátima tuvo que buscar a una madre de leche, porque, aunque consciente, apartaba al niño con una mano floja cada vez que se lo acercaba a la cama.

—Ya tiene la vida, con eso queda —decía.

X

Entre los muchos alumnos de la École de Boxe, Efrén era el único español de mi edad que estudiaba en el Lycée. Esa simple coincidencia, atendiendo a un orden lógico, debió de haber sido suficiente motivo para propiciar nuestra amistad. Sin embargo no fue así, porque sobre ese orden lógico se imponía un hecho singular que algunos creyentes calificaban como milagro y otros, los menos fervorosos, responsabilizaban al capricho de la casualidad. En cualquier caso, ese hecho, milagroso o no, consistía en que en los sorteos de emparejamiento previos a las veladas de boxeo resultaba que las más de las veces Efrén y yo nos encontrábamos frente a frente entre las cuerdas del ring.

Tras varias coincidencias se probó a cambiar el sistema de sorteo, se abandonaron los nombres escritos en papel extraídos de dos cajas por dos letras secretas que identificaban a los púgiles y que un niño hacía coincidir en la pizarra según su inocente criterio. Así y todo, maravillosamente, la letra secreta de Efrén y la mía se revelaban ante los ojos de los presentes cuando el niño leía en alto los nombres escritos en pequeños trozos de papel.

Muchos daban por hecho que entre él y yo existía una animadversión manifiesta, consecuencia posiblemente de algún escabroso suceso que nadie podía aclarar, y que esas coincidencias no eran más que burdos intentos de dirimir nuestras diferencias en un cuadrilátero. Sin embargo, pasaban por alto estas personas que, en ocasiones, los desencuentros no surgen de la realidad que contemplan, sino de los mismos ojos que miran.

Así, nunca hubo entre Efrén y yo malentendido alguno que por milagro o por pura casualidad favoreciese esa coincidencia. Subíamos al ring porque había que hacerlo, peleábamos, perdíamos, ganábamos y no podría decir que en esos habituales enfrentamientos alguno de los dos se dejara llevar por un expreso deseo de destruir al contrincante. Muy al contrario, como si el Destino nos hubiera puesto a prueba desde el mismo principio, de esa supuesta enemistad nació un vínculo que solo los prejuicios de Padre pudieron alguna vez romper.

Efrén era hijo del Director del Hospital Español, un hombre muy conocido en Tánger, no solo por dirigir un hospital que tan eficazmente había ayudado a los heridos de la guerra del Rif o de las escaramuzas con los saharauis, sino porque, al parecer, no se molestaba en ocultar sus diferencias políticas con la República, de la que solía decir, atendiendo a su militancia en círculos filantrópicos de la ciudad, que era poco más o menos una “madre desnaturalizada”.

En una ocasión en que debatíamos sobre este punto a Padre le faltó tiempo para tachar a ese hombre de fascista, de incongruente y desafecto, sin mostrar pudor alguno por sus propias acciones que, al fin y al cabo, tenían como objetivo la desaparición de la República.

Siendo así las cosas, desde el mismo momento en que Padre tuvo constancia de las inclinaciones políticas de la familia de Efrén —y eso fue al poco de conocernos— dio inicio a un constante asedio destinado a destruir una amistad que consideraba altamente perniciosa. Padre sabía que no podía ir de frente, porque sus justificaciones me habrían parecido demasiado vagas, de modo que una tarde, en el salón de mi casa, sacó a relucir su álbum de láminas para pedirme opinión sobre una obra de Caravaggio.

—Amor vincit omnia —pronunció con sonora afectación—. El amor todo lo vence.

No era la primera vez que veía ese cuadro. Aun sin saber demasiado de pintura, su falta de formalidad con respecto a la mayoría de las obras del álbum atrajo mi atención desde el primer momento en que lo vi.

—¿Qué te parece? ¿No opinas que para ser una obra maestra resulta obscena? —preguntó, y como viera que callaba puso en mi boca las palabras que le hubiera gustado escuchar—. A pesar de ser el cuerpo de un chico en la pubertad, la extrema desnudez, la intencionada exhibición de su anatomía, la expresión del rostro, pícara, como incitando a cometer una imprudencia, hablan realmente de la catadura moral de su autor, ¿no es cierto?

—No estoy seguro.

—Observa: la mesa y el suelo están llenos de objetos que representan a la música, a la arquitectura, a las armas, pero ya con el título tienes suficiente para juzgar: El amor todo lo vence; es una invitación a una relación ilícita, ¿entiendes? Caravaggio fue acusado de sodomía, de relacionarse con sus modelos, fue además un asesino.

—¿Asesino?

—No hay más que atender a los detalles de la pintura para hacerte una idea de la personalidad del autor. No es nada nuevo; desconfía de los hombres que muestran su cuerpo y reclaman amistad cuando no existe ninguna razón para ella.

—¿Qué es lo que quieres decir? —pregunté.

Mientras hablábamos, Madre revoloteaba de la cocina a las habitaciones y de las habitaciones al comedor. La conversación que manteníamos Padre y yo sobre la trascendencia de una pintura y su comparación con la realidad le era indiferente, pero sus reiterados paseos, como si siempre olvidara algo por hacer en el otro rincón de la casa, hacían pensar que existía un interés mayor del esperado. Estaba seguro de que, de haberse dejado llevar por su instinto, Madre habría entrado en el salón y habría calificado la pintura de impúdica, por mostrar a un hombre en cueros.

Más allá de esa circunstancia, me avergonzaba que Madre me escuchara hablar de esa manera, aunque a Padre no le importara, porque desde hacía un tiempo, que coincidiría con su vuelta de Villa Cisneros y el nacimiento de mi hermano pequeño, se movían por la casa como dos satélites erráticos: siempre girando cada uno en su órbita pero sin llegar a tocarse. Aun así, estaban de acuerdo en lo esencial y, si era imprescindible, mostraban de inmediato su absoluta sintonía.

Desconozco si en este caso Padre estaba al tanto de esta circunstancia, si precisamente había calculado que Madre estuviera presente para que ejerciera una presión añadida.

—Quiero decir que un cuadro no habla solamente del pasado, del momento en el que se pintó; un cuadro muestra las debilidades intemporales del hombre, porque no hay nada nuevo bajo el sol. Dime, ¿qué crees que insinúa Caravaggio?

—No estoy seguro —dije.

Pero yo sí estaba seguro y sabía lo que quería decir, porque conocía a Padre tanto como él me conocía a mí. Sin embargo, él tenía la ventaja del respeto que yo le debía y esa circunstancia me colocaba en una situación vulnerable. Por otra parte, se me hacía difícil aceptar que la intención de Padre llegara al punto de subvertir sus propios principios, de modo que solo pude contestarle como él esperaba.

—Padre, de todos esos cuadros de tu álbum de láminas ese es el de mayor significado, el de mayor profundidad humana, el que, a diferencia de todos los demás, expresa con mayor exactitud la verdad del alma humana. No creo que exista otro pintor, aparte de Caravaggio, capaz de alcanzar esa Naturaleza del alma —dije añadiéndole la grandilocuencia de Victor Hugo, porque había acabado de leer Los miserables y aún daban vueltas en mi cabeza sus expresiones y su modo de hablar.

Sus manos mantenían la lámina a medio cerrar, titubeó, volvió a abrirla y se quedó prendido de ella, buscando acaso las virtudes que acababa de mencionar. Con un dedo acarició el extremo del ala que apoyaba sobre un muslo del chico, como si su intención fuera sentir la leve textura de la pluma.

—Ese es mi cuadro preferido del álbum —dije.

Pero, inevitablemente y aunque en esos momentos yo no lo advirtiera, la semilla de la duda ya había echado raíces.

Para llevar a cabo esa separación que Padre deseaba, era necesaria una razón lo suficientemente poderosa como para darle la solidez de un rencor perpetuo, de un obstáculo tan difícil de esquivar que ni siquiera el tiempo pudiera erosionar.

Esa razón fue una mujer.

Fue en el Lycée, un día en que se celebraba la firma del Tratado de Fez. Nos habíamos vestido para la ocasión con los mejores trajes que podíamos tener. Padre me dejó prestado su traje de color ceniza, su camisa y sus zapatos. Lo hizo mostrando una gran disposición, advirtiéndome al mismo tiempo de que las ocasiones especiales debían aprovecharse como un recién nacido aprovecha la primera bocanada de aire. Supuse que para él aquella era una oportunidad perfecta para que yo conociera a una mujer y alejar así los demonios de sus sospechas.

Efrén ya me había hablado anteriormente de Mariza, de cuánto le llamaba la atención la especial relación que mantenía con la literatura, de su conocimiento de los grandes escritores franceses, de su condición de mujer tan alejada de lo habitual en cuanto a la desenvoltura en el trato y de sus singulares temas de conversación. La descripción que hizo de ella, de su cuerpo y personalidad, fueron tan apasionadas que, sin ninguna duda, esa mujer estaba abocada a convertirse en el objeto de su deseo. No sé si Efrén, verdaderamente, tenía conocimiento de la afinidad que existía entre Mariza y yo, de nuestras coincidencias, nuestra inconfesada simpatía o si me equivocaba y su modo de comportarse respondía, más bien, a una premeditada intención de construir una excusa para acercarse a ella. Incluso con esa duda, el valor que aún atribuía a la amistad de Efrén me hizo retroceder, dejarle la vía libre para que tuviera la oportunidad, si así tenía que ser, de conseguir aquello que deseaba. Si es cierto que entre las personas existe una avenencia, un entendimiento predefinido que de modo inevitable se impone sobre cualquier otra fuerza, intentar lo contrario no podía ser más que dar una oportunidad al fracaso.

Esa misma noche, Mariza y Efrén entablaron una conversación de la que me aparté al poco de iniciarse, convencido como estaba de que no tenía sentido intervenir. Desde el ventanal, orientado al norte del Boulevard Pasteur, se contemplaba una luna fulgurante, tan baja en el horizonte que parecía formar parte de la ciudad. El minarete de Sidi Bou Abib devolvía la luz plateada de sus azulejos. Ante esa panorámica nocturna, cargada de una belleza casi irreal, me sentí de pronto incómodo, como si todos los asistentes se hubieran fijado en que la chaqueta rebasaba la anchura de mis hombros, que las suelas de mis zapatos estaban gastadas, agujereadas, y mi presencia, por tanto, estuviera fuera de lugar. Observaba a Mariza entregada en su conversación con Efrén y recordé todas las virtudes que, según él, la convertían en un ser diferente de todos los demás. Sus piernas torneadas, el modo en que la falda caía de sus caderas, la cintura sobre la que abrochaba una cinta de color azul. El pelo, negro y rizado, recogido con una pinza de caña. Podía escuchar el timbre grave y recóndito de su voz expresándose en un francés académico, la sonoridad de su risa jugando en su garganta, las continuas irrupciones de Efrén para llamar su atención. Era inevitable preguntarse si ella era consciente de las intenciones de mi amigo, si la desenvoltura que mostraba respondía a su naturaleza o, tal vez, su comportamiento se debía a un artificio, una secreta conspiración cuyo objetivo no era otro que despertar mi interés por ella. Un gramófono sonaba en algún punto de la sala, con música francesa, y sus notas parecían formar parte de esa conjura que yo había fabricado. Deseé irme, escapar de ese lugar donde todo el mundo podía observar los agujeros de mis zapatos, escapar de mi ensoñación, de la música, de la imagen de Efrén que, al contrario que yo, parecía sentirse cómodo en su traje y sus zapatos, confiado en que Mariza entendería sus intenciones. Me deslicé a través de la sala buscando las paredes para evitar un encuentro. Un cuadro hizo que me detuviera en mi huida, una reproducción de La libertad guiando al pueblo. Padre me habló una vez de él, no podría recordar cuándo. Me explicó que la libertad era la figura de la mujer en el centro del cuadro, con los pechos descubiertos. Lleva en su mano derecha la bandera de Francia y en la izquierda un fusil con la bayoneta calada. La figura avanza hacia el espectador, animándolo a incorporarse a ella. Al mismo tiempo dirige su mirada a las masas que la acompañan: proletarios, militares, soldados, un niño que empuña un arma en cada mano. Al pie de la imagen hay muertos. Uno de ellos con los pantalones bajados. El fondo de la escena se desvanece entre la humareda de la pólvora y el polvo que levanta el movimiento de la gente. Bajé las escaleras y salí a la luz de esa luna, que desde el ventanal parecía formar parte de un decorado y en la calle revelaba las formas de la suciedad del suelo.

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9788417118785
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