Kitabı oxu: «No nos han vencido»

Şrift:

Contents

1  INTRODUCCIÓN

2  PRÓLOGO

3  Los hijos son del mundo

4  Heridas en el mundo jurídico

5  Las dos caras del sistema judicial Justicia hegemónica y Dictadura Otra Justicia es posible

6  Un nuevo acuerdo democrático Las fuerzas La ex SIDE

7  El desafío de ser artífices de nuestro destino

8  Desintegración productiva y orgía financiera. Las consecuencias económicas de la última Dictadura cívico-militar Referencias bibliográficas

9  La economía política de la Dictadura Geopolítica del establishment financiero global Populismo financiero Pesada herencia

10  Clarín: la cara viva de la Dictadura

11  Consecuencias de la Dictadura en medios: el caso Clarín

12  El Estado como herramienta para generar derechos o el Estado como estructura represiva

13  Sobre el consentimiento como legado de la Dictadura I II III IV V

14  Esa lengua es mía

15  La lucha docente como parte de la lucha del pueblo

16  Movimientos de mujeres y su actuación antidictadura

17  Memoria, Verdad y Justicia desde la intersección

18  Algo de eso hay

19  Epílogo

Landmarks

1  Cover



No nos han vencido : análisis y reflexiones a 45 años del golpe cívico militar / Hebe de Bonafini ... [et al.] ; compilado por Luis Zarranz. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2021.

Libro digital, EPUB - (Historia urgente / 83)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8303-42-0

1. Dictadura Militar. 2. Derechos Humanos. 3. Golpe de Estado de 1976. I. Bonafini, Hebe de. II. Zarranz, Luis, comp.

CDD 320.0982

Edición: Constanza Brunet

Coordinación: Víctor Sabanes

Corrección: Brenda Wainer

Diseño gráfico de tapa e interiores: Hugo Pérez

Fotografía de tapa: Archivo de la Asociación Madres de Plaza de Mayo

©2021 Luis Zarranz

©2021 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

marea@editorialmarea.com.ar

www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-8303-42-0

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723.

Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

A las y los 30.000, siempre presentes.

INTRODUCCIÓN

24 de marzo de 1976

La fecha está marcada con rojo doliente en el almanaque del pueblo y de la historia como la bisagra que abre el período más nefasto de la vida política de nuestro país.

Pocas fechas tienen un significante tan profundamente doloroso en nuestra memoria colectiva. En ese sentido, el 24 de marzo de 1976 no es una fecha: es una herida profunda, cuyas consecuencias definitivas, en diferentes aspectos, son imposibles de dimensionar.

No debe haber otro hecho en la historia argentina, en estos tiempos en los que tanto se habla de “grietas”, que exponga con mayor claridad el verdadero tajo social, entre víctimas y victimarios, desaparecidos y desaparecedores.

Aquel día, cuando la Dictadura militar tomó por asalto el poder, con apoyo, respaldo y participación de los grandes grupos empresariales, la jerarquía eclesiástica y los medios de comunicación hegemónicos, había un propósito claro, implementado a través del ejercicio del terror: modificar de manera radical la estructura del país –sus formas de articulación–, a partir del aniquilamiento de un grupo relevante de la sociedad y para el establecimiento de nuevas relaciones sociales, modelos de producción y acumulación, sujetos y dinámicas.

Es decir, un genocidio.

La intención de cambiar la sociedad no tuvo mucho misterio, en virtud de que estaba explícito en la denominación que la Dictadura escogió para sí: Proceso de Reorganización Nacional.

El saldo de ese objetivo está claro: 30.000 desaparecidos/as, exiliado/as, robo y apropiación de niños/as como botín de guerra, pero también miseria planificada, apertura indiscriminada de la economía, endeudamiento y nuevas formas de organización social producto de la irradiación del terror. Para llevarlo a cabo fue necesaria –en tanto componente indisoluble del genocidio– la propia negación del extermino, con la activa participación de los medios de comunicación.

Dado que, también, una de las configuracionesdel genocidio es que sus efectos continúan más allá del tiempo que duran las acciones que lo colocan en esa dimensión, resulta importante analizar y reflexionar sobre algunas de esas consecuencias, 45 años después de esa fecha y tras el periodo democrático más exten-so de la historia argentina.

Pero ¿qué significa pensar en los efectos de la Dictadura?

Implica detenerse sobre aquellas marcas que persisten en el cuerpo social como un indeleble y, a la vez, apreciar y poner en valor los desafíos de una construcción democrática que garantice y promueva más y más derechos para todos y todas.

Además –y por sobre todo– representa reconocerse en el legado de las Madres de Plaza de Mayo que, como ningún otro sujeto político, fueron quienes enfrentaron a esa Dictadura genocida, con coraje, constancia y creatividad. Gracias al pañuelo blanco y al movimiento de denuncia surgido en aquellos años, protagonistas centrales del proceso de “Memoria, Verdad y Justicia”, se logró que diversos perpetradores hayan sido –y estén siendo– juzgados, lo que convirtió a la Argentina en una referencia mundial en materia de derechos humanos.

Por supuesto que nada hubiese sido posible sin la voluntad política que, durante los Gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, colocó al Estado en sintonía con el reclamo de la inmensa mayoría de la sociedad que cada 24 de marzo, ya convertido en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, sale a la calle para repudiar el golpe.

Pensar los efectos de la Dictadura es, también, apreciar sus continuidades, la democracia tutelada por los poderes fácticos y por el discurso de los medios de comunicación dominantes –con Clarín a la cabeza– que permanentemente pretenden condicionar la vida social y sus configuraciones de sentido, a partir de aparentes acuerdos. Como si entre la vaca y el carnicero pudiera haber consenso alguno.

Pero, además, cuando hablamos de “pensar” no lo hacemos evocando la figura de una persona, en soledad, que se exprime la cabeza para hallar propuestas y respuestas, como exhibe la iconografía clásica, sino que estamos concibiendo esa acción desde un lugar colectivo, en diálogo con otres, y no meramente como una acción reflexiva y pasiva, sino como una construcción social. Ese también es un legado de las Madres que este libro pretende recoger: pensar haciendo, en movimiento, con los pies, como un diálogo permanente.

Por eso mismo, para construir estas páginas hemos convocado a diversos/as especialistas para, a partir de sus miradas desde sus temáticas específicas –Economía, Derecho, Política, Seguridad, Educación, Periodismo, Cultura, Géneros y Diversidades, y Humor, entre otras– poder pensar colectivamente no solo sobre los efectos del genocidio en el entramado social, sino para valorar las políticas públicas que intentan contrarrestarlo y para abordar los desafíos de la construcción política en este tiempo histórico, más de cuatro décadas después de esa etapa execrable.

Pero no se trata solo de especialistas, como si fueran asépticos observadores de una realidad ajena, sino que cada uno y cada una de ellos y ellas interviene activamente para transformar la realidad. Se trata, entonces, de compañeros y compañeras que dedican sus horas, sus días –su vida– a la construcción de un mundo mejor, como lo soñaron y lo pusieron en marcha las y los 30.000.

El propósito de este libro apunta en esa dirección: a brindar herramientas para el análisis y la acción política, a partir de aquellas configuraciones de la Dictadura cívico-militar que aún persisten y necesitamos transformar. Es decir que, aunque ponga su mirada en el pasado, aborda debates del presente e, incluso, aunque parezca imposible, se atreve a narrar hechos del futuro.

Porque, así como en sentido inverso a la lógica, las Madres sostienen que fueron sus hijos quienes las parieron a ellas, también podemos afirmar que del futuro no sabemos nada: si mañana los inviernos seguirán siendo fríos; si habrá o no nuevas pandemias; si los diarios en papel seguirán existiendo, pero con certeza, sí podremos decir que un jueves cualquiera, a las 15:30 horas, habrá alguien en Plaza de Mayo junto con los pañuelos blancos y los/as 30.000 para decir todo lo que eso nos permite decir: que no nos han vencido.

Luis Zarranz

Buenos Aires, marzo de 2021

PRÓLOGO

Por María Sucarrat1

Pasaron 45 años. Todavía convivimos a diario con el horror del genocidio. Probablemente no sean los últimos estertores del mal contra el que luchamos durante todos estos años. El mal que estaba agazapado poquito antes del 24 de marzo de 1976, y que fue liberado como un huracán potente en cada uno de los rincones del país, sigue escondido en algún lugar acaso tomando fuerzas. Y ese mal, ese monstruo, nunca está solo. Siempre tiene guardianes. Como los genocidas tienen los suyos. El terror sigue latente. Y nuestro deber es siempre ubicarlo, conocerlo, luchar para que no vuelva a la escena. Es por eso que existen los actos, las rondas, las marchas del 24 de marzo. Es por eso que existe este libro.

Las estadísticas ayudan a entender. En su Informe Estadístico sobre el Estado de las Causas por Delitos de Lesa Humanidad en Argentina, que contiene el diagnóstico anual de 2020, la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad señala que fueron dictadas 250 sentencias desde 2006 en las que resultaron condenadas 1013 personas y absueltas, 164. Pero en 2020, el año de la pandemia y, por consiguiente, de la emergencia sanitaria, disminuyó el total de sentencias dictadas: de 22 en 2019 pasaron a 9. Además, de las 863 personas detenidas se consolidó el arresto domiciliario como la modalidad de encierro predominante. Unos 638 genocidas están en sus casas. Solo 225, en prisión. Y eso no es todo: existen 373 causas en las que aún no se dictó sentencia: 18 están en etapa de debate; 75 están elevadas a juicio y solo 2 de ellas tienen fecha de inicio para este año. El resto, unas 280, están en instrucción. Son 276 las personas condenadas con al menos una sentencia firme, y 24 las absueltas. En los 14 años de procesos, murieron 904, 692 antes de obtener sentencia y 212 luego del dictado de su condena o absolución. En todo el país hubo 29 prófugos. La Procuraduría, en su informe, sostiene además que el promedio de tiempo que insume la confirmación de una sentencia con el fallo de la Corte Suprema es de 5 años y 2 meses, los niveles más bajos registrados desde 2015.

“Cuando estaba en el campo de concentración tenía siempre el mismo sueño: soñaba que regresaba, que volvía con mi familia y les contaba, pero no me escuchaban […] Era comparable al sueño de Tántalo, en el que este casi come, llega a acercar el alimento a la boca pero no logra morderlo. Es el sueño de una necesidad primaria, la necesidad de comer y ver. Así era la necesidad de contar”, decía Primo Levi. Y es justamente esa necesidad de contar lo que ya se ha contado muchas veces, pero que es necesario contar muchas más, la que hizo nacer a este libro.

De todas las voces, Luis Zarranz convocó a aquellas que entienden que, aunque no está todo dicho, “No nos han vencido”. Así para Hebe de Bonafini “las consecuencias de la Dictadura no fueron ni son personales y todavía pueden verse, 45 años después”. Zaffaroni explica por qué el entrenamiento de esos años sangrientos dejó su huella y quedó en el mundo judicial un hábito de silencio, de no compromiso, de negación de la realidad social. Alejandra Gils Carbó se detiene en el cambio estructural de la economía y en las secuelas que quedaron cuando al fin se pudo recuperar la democracia, en 1983. “La matriz burocrática y autoritaria del Poder Judicial está latente”, dice y apuesta a que otra Justicia es posible. Cristina Caamaño explica con nitidez cómo el diseño de nuevas políticas públicas y el uso de nuevas herramientas se propone desterrar para siempre las prácticas y los conceptos heredados de la Doctrina de Seguridad Nacional. Andrés Larroque trae a la memoria la idea de “los fantasmas que resurgieron de aquel país del mal a partir de 2015”. En el mismo sentido, Sergio Chouza pone la mirada en los puntos de comparación entre la Dictadura y el macrismo respecto del ciclo de sobre-endeudamiento externo. Andrés Asiain analiza la pesada herencia que dejó José Alfredo Martínez de Hoz, la misma que hoy impide un proyecto político que resuelva las problemáticas sociales de las mayorías. Clarín y Papel Prensa es siempre tema de Víctor Hugo Morales. “La cara viva de la Dictadura” es el título de su texto. Quizás el concepto más claro para comprender cómo “el engendro monstruoso de la Dictadura de 1976” llega hasta nuestros días y convive con argentinos y argentinas. Y Ari Lijalad es terminante: “La Dictadura no fue posible sin Clarín”. Daniel Catalano e Iván Wrobel recuerdan que las trabajadoras y los trabajadores estatales debieron esperar 40 años para alcanzar la reparación de aquellos y aquellas que fueron torturados y asesinados por el Estado. Alejandro Kaufman alerta sobre el consentimiento como legado de la Dictadura: “El volumen social decisivo de lo que hizo posible el genocidio, además de todo lo ya sabido y evidente, fue una omisión, un silencio, el abstenerse de preguntar”. Marcelo Figueras, en clave “Pedro Bengoa”, repasa la política cultural de la Dictadura y con Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo), Sonia Alesso se detiene en la lucha docente. Dora Barrancos describe y reflexiona acerca de la cartografía del movimiento de mujeres y de su admirable actuación antidictadura y Lucía Portos analiza el concepto de Memoria, Verdad y Justicia desde la intersección. Emanuel Rodríguez regala 6 escenas preciosas. En todas, finalmente, el humor no salva “pero algo de eso hay”.

45 años después del inicio de la etapa más cruenta de la historia argentina, esas mismas voces dan testimonio, recuerdan y también advierten que las marcas a fuego están allí. Y que, aunque muchos y muchas tratan de cerrar heridas, de no mirar para atrás, de inventar una vida de reconciliación, lo cierto es que, sin Memoria, sin Verdad y sin Justicia, no será posible.

1 Periodista y escritora.

Los hijos son del mundo

Por Hebe de Bonafini2

El 24 de marzo, me acuerdo que escuchábamos la radio, que los chicos iban y venían y que estaban afligidos. Yo les decía: “Bueno, chicos, esperemos a ver qué pasa”.

—No, mamá, esto es gravísimo. Tenemos que cambiar compañeros de lugar, ya las cosas están graves.

Ya veníamos de López Rega, ya desaparecían compañeros, pero siempre decíamos que a nosotros no nos iba a pasar, hasta que nos pasó. Es como el cáncer: uno habla del cáncer como “ay, pobre, le agarró”, pero nunca pensás que te puede pasar a vos.

Y nos pasó.

Pero las consecuencias de la Dictadura no fueron ni son personales, son sociales y todavía pueden verse, 45 años después. Una de las principales es la raíz que dejó imbricada, porque los macristas que vinieron después, fueron parecidos a los milicos.

La raíz que dejó la Dictadura hizo que, una vez terminada, las Madres viviéramos muchas situaciones violentas. Por ejemplo, Alfonsín parecía bueno, pero lo que nos hizo a nosotras fue terrible. La gente ni sabe: primero nos quisieron sacar de la Plaza con un montón de tipos vestidos con boinas blancas, el primer jueves de la democracia. Vinieron a sacarnos, diciendo “basta de Plaza”. Eso es violencia. Después, fueron los que escribieron “Madres de terroristas” en las paredes de nuestras casas. Todo eso fue en la época de Alfonsín, no de la Dictadura.

Después vino Menem, que era tan hijo de su buena madre, que en 45 días entró 11 veces a la Casa de las Madres y nos robó de todo: archivos, fotos, cosas valiosas que estaban en las vitrinas. O sea que los dirigentes de lo que se suele llamar “democracia” o que “fueron elegidos por el voto”, también nos persiguieron. La Dictadura es la violencia, la desaparición, la muerte en masa, el exilio, los presos políticos. Pero los otros no dejaron de dar sus golpes duros.

Los únicos Gobiernos que nos trataron como corresponde fueron los de Néstor y Cristina Kirchner. Para las Madres, fueron los compañeros de nuestros hijos. Haberse reconocido como tal fue una de las cosas más fuertes que hizo Néstor, además de haber impulsado los juicios y de habernos dado todo lo que nos dio, su amor y su vida; para nosotras, el regalo más grande fue que dijera que éramos sus madres y que nuestros hijos eran sus compañeros. Esa fue la mejor reivindicación y la más importante, la mejor de todas.

Los demás Gobiernos, pareciese que tuvieran una misma impronta que la Dictadura. Cortamos el árbol, pero vuelve a crecer, a veces más fuerte, a veces menos, pero siempre con la misma raíz: mucha violencia para el pueblo, hambre, desocupación.

La lucha individual también es una consecuencia de la Dictadura: que cada uno se ocupe de lo suyo, como implicó la reparación económica que las Madres de la Asociación rechazamos terminantemente. Es una forma de violencia. Son todas cosas que son consecuencia de la Dictadura. Es como un río que se contamina: nunca se termina de sacar la basura.

Por eso, me parece que el propósito del golpe fue diezmar a los revolucionarios, porque eran muchos y hacían un trabajo muy serio. Hubo 30.000 desaparecidos, y más también; más de 15.000 asesinados en las calles; dos millones en el exilio y 9.000 presos políticos. La sociedad argentina les debe un reconocimiento mayor, pero es algo muy complicado porque han sido muy denostados, hasta por los políticos de los mismos partidos en los que militaban.

Nuestras hijas y nuestros hijos no necesitan monumentos ni placas, sino que en las escuelas esté lo que hicieron como parte de la historia, y esa parte no está. Ni siquiera está la de las Madres, con todo lo que hicimos. Hemos hecho historia por muchos lugares.

Nosotras siempre decimos que nuestros hijos nos parieron en la lucha y, desde que empezamos, no paramos nunca. Las Madres somos como un huracán, como una vez me dijeron en Brasil. No nos para nadie, no paramos de hacer, de inventar, de inventarnos, de pensar, de crear, de hacer cosas nuevas todo el tiempo.

Ellos nos enseñan todo el tiempo. De mis hijos aprendí la solidaridad y la entrega a una causa. Esas son las dos cosas más fuertes, que me hicieron cambiar la vida totalmente porque yo creía que si daba la ropa que quedaba, eso era solidaridad, y mi hijo me dijo: “No, mamá. Eso hacen los ricos. Dar lo que les sobra, lo que ya no usan más. La solidaridad es dar algo que a uno le cuesta dar, compartir lo poco que uno tiene”. Eso es lo que me hizo cambiar inmediatamente… y ya no tuve más vida personal. Para mí no existió nada más que esto. Me entregué por completo. No hubo otra vida, igual a como hacían los chicos, porque yo les preguntaba: “El domingo, ¿no vienen a comer?”. Y me decían: “Comemos todos los días con vos, mamá. Los domingos tenemos que hacer muchas cosas”. Era una manera de vida de mucha entrega y de tomar a la política como sentido de la vida. Me decían: “Mirá, mamá, la política tiene que ser parte de la vida de uno, no es un ratito. Es desde que te levantás. Cuando creas que no hacés política, que comprás un kilo de manzanas y otra señora compra una sola manzana, eso es política. Ella no tiene para comprar lo que vos tenés, por razones políticas”.

Son cosas muy fuertes que te van metiendo en el cuerpo y que las Madres intentamos poner en práctica todos los días, desde la época de la Dictadura. Desde entonces, hubo que luchar muchísimo. Por ejemplo, la Armada Argentina secuestró, torturó y tiró vivas al mar a nuestras tres mejores compañeras. Fue un golpe muy duro para desarticular a las Madres y fue muy difícil volver a empezar y volver a convencerlas de que había que seguir yendo a la Plaza y que no podíamos entregar el movimiento así.

Empezamos a pensar en dejar algo escrito para que quedara constancia de que las Madres habíamos existido. Por eso, armamos la Asociación ante un escribano público, para dejarlo escrito para el futuro porque veíamos que la cosa venía mal y podíamos desaparecer muchos, y el movimiento se iba a desarticular. Los años 78 y 79 fueron muy difíciles, de mucha represión, de persecución, de espionaje, intentaron secuestrarnos. La pasamos mal. Los yanquis nos decían “tienen a sus primeras mártires” y nosotras no podíamos creer que estuviera pasando eso. Empezaron a ir a nuestras casas y a robarnos. Algunas Madres no se daban cuentan y decían: “Me llevaron todo, la frazada, la heladera”. Y después de todo, agregaban: “Sí, me faltan dos hijos”. Y yo les decía: “Madres, lo único que nos faltan son los hijos. Porque si no, sus hijos son igual a una heladera, una manta o un televisor. No, lo único que me falta de mi casa son mis hijos. Lo demás se repone”. Costó mucho. Fue muy difícil, como una educación constante.

Pero me da mucho orgullo que hayamos podido sostener la Plaza cada jueves y lograr la socialización de la maternidad: son las dos cosas que me dan más satisfacción, porque fueron las más difíciles. La Plaza porque, a muchas, hubo que convencerlas para seguir yendo. Hay algunas que se dicen “Madres”, pero nunca pisaron la Plaza: son madres de desaparecidos, pero no Madres de Plaza de Mayo, que es otra cosa. La socialización de la maternidad también fue muy difícil porque decirle a una madre que no saque más la foto del hijo, que no hable más del caso personal, no es muy fácil y eso nos costó casi dos años. Algunas llevaban la foto en la cartera y cuando llegaba un periodista sacaba la foto del hijo.

Lo pudimos hacer. Y pudimos vencer a los milicos. Por eso, tal vez, hay quienes dicen que, si no fuera por las Madres, la Dictadura hubiera seguido mucho más tiempo. Hace poco, dos años, más o menos, vino un compañero que estuvo preso en Rawson, que vive allá. Estuvo preso en el momento en que en Rawson no había nada. Era una cárcel muy impiadosa. Me contó que cuando ellos se enteraron de que las Madres marchábamos en la Plaza, para el mes de junio de 1977, les agarró como un ataque de felicidad, golpeaban las paredes, los techos, gritaban, lloraban. Ahí se dieron cuenta de que no querían morir en la cárcel. Lloraba cuando me lo contaba y me hacía llorar a mí. Si sirvió para eso, ya está: es una victoria.

Hay dos cosas que me dijeron sobre las Madres y no las creía. Una vez, un profesor dijo: “Ustedes van a estar en todos los diccionarios del mundo”. Y ya estamos en muchos. Y, en otra oportunidad, un alemán me dijo: “Ustedes van a hacer como esa historia en la que alguien puso una semilla de almendro debajo de una piedra y todos se empezaron a reír, porque no creían que pudiera crecer. Y creció”. Son cosas que me anunciaron y que, de alguna manera, están pasando.

Todo esto lo tomamos con orgullo porque lo vivimos en nombre de nuestros hijos. Por eso, hace un tiempo que las Madres decimos que no somos un organismo de derechos humanos, sino una organización política que defiende la vida del otro, por encima de todo, como nos enseñaron nuestros hijos. Y así lo vamos a seguir haciendo.

Ser Madres de revolucionarios es el orgullo más grande que tenemos. La maternidad es la parte más hermosa de la vida: crear un ser dentro de uno, poder parirlo, acariciarlo, darle la libertad. Siempre digo que cuando se corta el cordón umbilical es ahí donde uno le da la libertad al hijo. El hijo no es de uno, es del mundo. Para mí, la maternidad es un don preciado y agradezco haber tenido tres maravillosos hijos, yo hubiera querido tener muchos más. Siempre fui de la idea de tener seis, siete, ocho hijos. Mi marido decía: “Vos estás loca, lo que trabajamos para tres, si tenemos seis o siete vamos a envejecer trabajando”. Y yo le respondía: “¿No viste que donde comen dos, comen tres? “No, donde comen tres no comen seis”, me decía. Así que paramos en tres. Pero luego, parimos 30.000 y después, millones: somos Madres de todo el que lucha por el otro.

2 Presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo.

13,84 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
15 noyabr 2024
Həcm:
141 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9789878303420
Tərtibçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı: