Kitabı oxu: «Las hipnopómpicas»

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© Texto original: Luisa Miñana

© Edición de Kaótica Libros

© Imagen de cubierta: Stewart Marsden (Adobe Stock)

© Diseño: Kaótica Libros

Colección Ucronía, 2

Editado en España

Primera edición: Limbo errante: 2017

Primera edición en Kaótica Libros: julio, 2021

Depósito Legal: M-19590-2021

eISBN: 978-84-124055-2-1

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LAS HIPNOPÓMPICAS

TERRITORIO POPPINS

Luisa Miñana


LA MEMORIA COMO FORTALEZA

«Somos volcanes. Cuando nosotras las mujeres ofrecemos nuestra experiencia como nuestra verdad, como la verdad humana, cambian todos los mapas. Aparecen nuevas montañas».

Ursula K. Le Guin

Seguramente ya lo sepas: no estás ante un libro común. Para comenzar con su lectura debes saber que te vas a embarcar en una experiencia transmedia por un territorio desconocido para ti, el Territorio Poppins. Serán los puzles, las imágenes, las bandas sonoras y el radioteatro quienes te hagan transitar por las historias familiares y personales de tres mujeres habitantes de diferentes tiempos y escenarios.

Los personajes que te vas a encontrar se transforman, mutan, y van de una fecha a otra a través de un mapa hipnopómpico en el que recrean su historia. Eres tú, querido lectorespectador, el que debe ir descubriendo de qué manera todo está conectado, por qué lugares has de transitar para llegar al final de la experiencia Poppins. Para ello tendrás que descubrir qué sucesos forman parte de lo que llamamos realidad y, por supuesto, cuáles de ellos son sencillamente ficciones creadas en el estado de vigilia cuasi-permanente de nuestra protagonista. Y es que, ¿no es acaso también la vigilia una realidad verdadera en sí misma? Si es precisamente ese estado el que permite que todos estén conectados, que atraviesen el papel y las pantallas, que vayan más allá, es posible que la brecha entre lo que llamamos realidad y el mundo ficcional no esté tan abierta como nos han hecho creer.

Pero no nos llamemos a engaño, Las hipnopómpicas es mucho más que un experimento basado en un juego de espejos y sorprendentes recreaciones narrativas que entretendrán a los lectores ávidos de algo diferente, no es una novela-fuego de artificio; nos encontramos ante una narración que defiende el poder de la memoria como fortaleza en el tiempo; que acoge y da lustre a las pequeñas intrahistorias que forman una Historia común que casi nunca fue como nos la contaron. Este libro es un homenaje a todas las mujeres de nuestra vida, a las que nos sostuvieron y nos mantienen interconectadas en diferentes escenarios, universos y tiempos.

Las editoras

«Lo que podía haber sido y lo que ha sido apuntan a un solo fin, que está siempre presente».

T.S. Eliot

«En esta baja existencia, el caballero se llamaba Gil, nombre que en su sentir había tenido desde la cuna, y se hallaba dotado de gran fuerza muscular. De sus supuestos padres, que padres había de tener, vivos o difuntos, nada o poco sabía, ni de ello se curaba. La subconciencia o conciencia elemental estaba en él como escondida y agazapada en lo recóndito del ser, hasta que el curso de la vida la descubriera y alentara de nuevo. Así lo dicen los estudiosos que examinan estas cosas enrevesadas de la física y la psiquis, y así lo reproduce el narrador sin meterse a discernir lo cierto de lo dudoso».

Benito Pérez Galdós

«Se han colocado en las cabinas de los teléfonos públicos unas cajas con huchas para emplear monedas en vez de fichas, una facilidad para el cliente y una tentación para los cacos de la que hacen cumplido uso, pues con la misma llave se abren todas las cajas de España, como si el diseño se lo hubiesen encargado a Mary Poppins, que vive en otro mundo».

Julián Ruiz Marín

Crónica de Zaragoza, año por año.

CONTENIDO

LA MEMORIA COMO FORTALEZA

THEATRELAND PROUST

GOOGLE STREET

QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN

LUCES DE LA CIUDAD

EFECTO GOMA

PATRICK ON

UN JERSEY DE OCHOS

LA CONFABULACIÓN DE LOS ROVER

2 DE JULIO DE 1970

LA VILLA

TERRITORIO ROVER (A TRAVÉS DE GOOGLE)

LA LEY DEL DESIERTO

EL SONIDO DE LA CARCOMA (THE BEATLE DEATH CLOCK)

SALDO MIGRATORIO

PUNTO DE FUGA

AGUJERO DE GUSANO

SI TE AMO, MORIRÁS

LA POPPINS

PARÍS, ESPAÑA

OJALÁ A MI MADRE LE HUBIERA GUSTADO EL CINE

EL PRISIONERO

LA BARRACA

NO MIRES A LOS OJOS DE LA GENTE

ROSE MARY TAYLOR POPPINS

EL GÉNERO HUMANO NO PUEDE SOPORTAR TANTA REALIDAD

PUENTE DE AMÉRICA

YA ME GUSTARÍA A MÍ HABLAR DE SEXO EN INTERNET

12 A 1

DIGAN LO QUE DIGAN

WHAT IS TRUTH

CARTA AL PADRE (DESAPARECIDO)

EL RACIONAMIENTO

PORTMEIRION

EINSTEIN

LAS PRISIONERAS

TORMENTA SOLAR

PATRICK OFF

TERRITORIO POPPINS

LA NIEVE

COSAS BLANQUÍSIMAS

ÍNDICE DE VIAJES HIPNOPÓMPICOS

BIOGRAFÍAS CRUZADAS

ACONTECIMIENTOS HISTÓRICOS

BIOGRAFÍA

THEATRELAND PROUST


09:00

Longtemps me he acostado tarde, he dormido poco y mal. En realidad, esto ha sucedido durante toda mi vida. No me importaría si no fuera porque la mayoría de la gente prefiere creer que la realidad equivale a tener los ojos abiertos, y tal convención me convierte en alguien un tanto raro. Quiero decir que la mayoría de las personas conciben solamente como real lo que nos ocurre en estado de vigilia. Que conste que les comprendo. Pero hay muchas formas de vivir. Y no es cierto que sean más verdad los presuntamente autónomos objetos llamados reales, de los que estamos rodeados cuando estamos despiertos, que el miedo experimentado durante una pesadilla, o el extremado goce sexual soñado, o la generosa liberación de por fin dejarse caer al vacío durante kilómetros y ya está; o la escena que te obsesiona, representada milimétricamente en sueños, con perfección total, mientras en sueños eres consciente de que ese tu gran papel lo estás bordando en sueños, que esa escena te ha salido muy bien, en el tono que llevas buscando hace días, precisamente ahora que estás dormida, y en sueños predices que serás incapaz de reproducirla cuando cambies de estado, maldito disco duro de la vida lleno de particiones.

Creo que nunca he experimentado la presunta dicotomía entre sueño y realidad, incluso antes de saberme hipnopómpica. Pienso que seguramente ha sido así gracias al gran conejo amarillo. El gran conejo amarillo de ojos rojos que vi junto a mi cama de niña de tres años, en aquella habitación infantil del piso con lavadero de piedra de la Avenida Felipe II en Barcelona. Todas las niñas ven en algún momento al gran conejo amarillo de ojos rojos. No era un gran conejo amarillo amenazador, aunque yo me asusté. Mucho. Me asusté al ver su hocico pegado a mi frente, y su ojo rojo tras un monóculo dorado. Me asusté y chillé empujada por ese pánico, profundo y pasajero como un terremoto, propio de los niños. Cuando eres niño casi todo se percibe en primer plano. Mientras mi madre acudía, sobresaltada y en aceleración constante hacia mi cama, el conejo saltó por la ventana. No le dije nada a ella. Guardé el monóculo bajo las sábanas y me limité a gritarle que tenía miedo. Lo cual no era mentira, aunque no representara todo lo sucedido. Con tan solo tres años ya intuí que mi madre no me creería nunca, que nadie seguramente me creería nunca. Que nadie creería que el conejo amarillo de ojos rojos atravesó, sin romperlo, el cristal de la ventana de aquel primer piso de la casa donde pasé los años de mi primera infancia, porque no podía exponerse a que mi madre lo descubriese. Luego he aprendido que hay materia que atraviesa la materia. No lo volví a ver. Ni en sueños. Posiblemente su voluntad de existencia no superó mi escasa valentía, no remontó mi ignorancia de entonces para reconocerlo como objeto independiente de mi pensamiento que era, aunque hubiese sido generado por él. Todavía no me sabía hipnopómpica. A continuación olvidé al conejo. Los niños olvidan con facilidad. Lo olvidé y unos años de infantil eternidad después volví a recordarlo, cuando en el cine más cercano –el cine Victoria– a la casa de la Avenida Felipe II vi Mary Poppins, la película. En sesión doble (qué gran felicidad flotar durante aquellas sesiones dobles). Lo volví a olvidar longtemps. Hasta Patrick McGoohan. Hasta Swann. Por el camino de. Hasta Albertina, la prisionera. Estoy convencida de que Proust era hipnopómpico. Como yo. Me llamo Helia. Helia Álvarez. Y soy actriz, aunque en esta época me dedico mayormente a los monólogos. Y ahora, cuando puedo, a escribir. Monólogos. Escribo con el objeto de dejar de ser otras y a veces otros (estoy cansada) y tener un sitio donde reconocerme por dentro y por fuera. Por eso, les necesito, señores lectores. Y porque estoy acostumbrada a trabajar con público, claro (pura contradicción soy, como todos). La escritura no se ciñe a dos únicas dimensiones aparentes. No es único el gesto de escribir. La escritura no empieza y no termina en el texto. Sé que, acaso por costumbre o deformación profesional, escribo con ademanes de representación, en tono de representación. Piccadilly Circus, son las nueve de la mañana. He quedado con Patrick en la St. James Tavern a eso de las siete de la tarde, para cenar. Tengo un tiempo en blanco por delante. En realidad tengo una gran cantidad de información intuida y esperándome dentro de mi portátil, sobre esta mesa de esta cafetería londinense, lista para ser reordenada, interpretada por mí y transformada. Por toda esa información yo ya he transitado. Tengo muchas horas por delante hoy, mientras aguardo a Patrick. He venido a Londres a encontrarme con Patrick. No sé si llego desde Barcelona, o desde Zaragoza, o desde este mismo lugar londinense, donde estuve hace treinta años, o desde uno de mis sueños hipnopómpicos, de tiempos y espacios intercambiables. Piccadilly es el lugar idóneo para este ejercicio de representación, el centro de Theatreland, que es tanto como hablar del centro de la gestualidad universal, el agujero de gusano que conduce a cualquier sitio, posible o no. Así que sean, pues, todos bienvenidos. Especialmente usted, en este instante mi lector/espectador más importante. Reciba todo mi agradecimiento por quedarse estas horas conmigo, con nosotros: todas las personas que han tenido alguna importancia en mi vida y que, irremediablemente, habrán de aparecer. Advierto, estimado lector, que el tiempo hipnopómpico es un tiempo de infinitos dobles fondos; unos minutos pueden ser días o años, o al contrario reducirse a un suspiro. Escribir es situarse en ese tiempo. Reconozco que no es fácil aceptar, de principio, que alguien pueda escribir tanto en tan poco tiempo y acerca de tantas cosas, francamente. Pero yo voy hacerlo. Lo voy a hacer corriendo graves riesgos, pues he de abandonarme para ello, si quiero conseguirlo, a la hipnopompia casi al cien por cien. Es un reto peligroso. Como los viajes al espacio exterior, será seguramente un camino sin retorno. Por eso, estimado lector, déjeme que lo repita, me reconforta mucho su compañía. No tengo en verdad a nadie más.

GOOGLE STREET


09:15

Esta mañana, antes de coger el metro para venir a Piccadilly, he buscado en Google Maps para refrescar en mi memoria el lugar donde está exactamente St. James Tavern, un pub en el que sirven cosas ligeras para comer, y al que íbamos a menudo Patrick y yo durante el tiempo que estuvimos en Londres, hace prácticamente treinta años. Entra y sale mucha gente todo el tiempo del local, pero ese tráfico, si encuentras una esquina protegida, no incomoda demasiado para leer y escribir. Es justamente lo que necesito para este largo día de espera, un poco de compañía intermitente e indefinida, un cierto bullicio de fondo; eso y su atenta mirada, lector, con la que cuento y de cuya empatía no dudo. St. James Tavern me ha parecido el sitio perfecto, regresión temporal incluida. Se encuentra en la esquina de Great Windmill Street con Shaftesbury Avenue, y no abre hasta las doce del mediodía, a la hora del almuerzo. Pero yo quería llegar temprano a Piccadilly. Quiero que este día, hasta que me encuentre con Patrick, sea un día de espera verdadera. Esperar en el centro del mundo (para mí, Piccadilly lo es) se convierte en una espera absoluta. Es conveniente que alguna vez en la vida hagamos algo de manera total y absoluta. El centro del mundo, el centro abarrotado del mundo, es el mejor lugar donde ocultarse hasta que llegue Patrick a nuestra cita, como sea que Patrick llegue y con lo que traiga. Puesto que St. James Tavern no abrirá hasta el mediodía, he buscado otro bar donde tomar un par de cafés mientras tanto. No podía dejar a la improvisación estas elecciones. Para mí es importante el espacio: compréndanme, soy actriz. Pero, aun estando habituada a las situaciones teatralmente inverosímiles, me siento extraña en esta tarea de esperar a alguien que en realidad viene desde el pasado (seguro que alguna vez, lector, también le ha sucedido esto: esperar a alguien que llega con todo tu pasado en sus manos; que viene además para casi no quedarse, o más bien con la intención de marcharse, eso sí, anclando en ti una huella puñeteramente definitiva). Es lo que sucederá cuando Patrick venga y luego muera.

Instalada ya en esta mesa del Caffé Nero de Piccadilly Street, conecto mi ordenador y me sumerjo en Google Street; realizo de nuevo el corto trayecto que antes he recorrido a pie desde el metro, doy una vuelta por los alrededores y vuelvo a entrar en este local, y me siento a la mesa donde ahora ya escribo. Autorealidad aumentada. Reconozco mi adicción a Google Street. Una vez que con los años (y también gracias a la aceptación de mi inexcusable herencia genética, con la que he terminado por llevarme bien casi en todos sus aspectos) he asimilado mi específica condición de hipnopómpica, puedo permitirme sin remordimientos ciertos lujos y algunos caprichos –siempre bastante razonables (no soy persona de excesos)–. En Google Street me siento cómoda, supongo que por el asunto de la ubicuidad. Los hipnopómpicos somos ubicuos en tiempo y en espacio. Bueno, en mi caso, y por fortuna (mi cerebro es muy limitado, no sabe todavía desenvolverse en estado de extrañamiento extremo), la ubicuidad solamente se manifiesta en los momentos del tránsito. Tránsito: lo digo así para que, a usted, lector, le resulte más comprensible la sensación. Pero no se trata estrictamente de un tránsito ese estado hipnopómpico que vacila entre el sueño y la vigilia, mezclándolo todo, también las conjugaciones del tiempo y a menudo los lugares. Como si dobláramos y desdobláramos un pañuelo, truco mágico. Decir tránsito viene bien como concepto reconocible, que todos de alguna manera entendemos, es cierto, aunque la ciencia lo vaya volviendo obsoleto. En fin, siempre he sido hipnopómpica, aunque al principio no lo sabía. Sin embargo, quizás no siempre fui exactamente Helia. Ese es mi nombre desde hace ya unos cuantos años, pero no nací con él. Bueno, no sé realmente con qué nombre nací o si ni siquiera tenía nombre al nacer. Quería decir que Helia no es el nombre bajo el que he vivido una gran parte de la vida. A Helia la tuve que extraer desde donde estaba oculta, un lugar o tiempo que no puedo definir exactamente, una dimensión en la que Helia se hallaba como desconfigurada, informe y confundida con otros materiales; he tenido que pelear con esa dimensión, como enseñaba Miguel Ángel que debía hacer el escultor con los bloques de mármol. O sea, que no he sido siempre Helia, aunque Helia haya existido siempre. De hecho la he reconocido asomada a una ventana de un edificio de la Avenida Felipe II de Barcelona. Tecleo la dirección exacta. Google Street es una alfombra mágica: vuelo por la avenida a ras de suelo, luego más alto, luego bajo otra vez a media altura y corro hacia la plaza Virrei Amat, hacia la infancia. Veo esa infancia tras una ventana por la que han transcurrido décadas. Si atravieso la ventana –materia que atraviesa la materia– veré a la Helia que entonces no lo era todavía manifiestamente porque no podía, pero que ya estaba allí, con vocación de ser, dentro de mí. Sin embargo, no me atrevo a tanto y me quedo mirando desde afuera fijamente la ventana de mi cuarto infantil. Una ventana que pertenece a un territorio propio, aunque ahora se abra a una calle que ya no reconozco en su actual aspecto. Una calle a la que para llegar debo arriesgarme a traspasar transiciones en blanco, viñetas huecas: veo su transformación desde las imágenes antiguas que recuerdo hasta las actuales, o casi actuales (en todo caso me sirve), en Google Street, pero no veo su transcurso, debo saltar sobre un vacío, paradójicamente no puedo recorrer un tránsito que ocurrió. Pero el transcurso es, sin embargo, lo importante. Es el viaje, la mutación. Aunque lo que busco ahora no está en Google Street. Google Street no transita hacia atrás. Google Street me trae a un espacio que hubiera podido ser posible para mí en el tiempo actual, y que si embargo es un espacio que no ha sido. Es una extraña melancolía. La nostalgia de lo que fue posible. Pero no deseo esa otra realidad. El viaje que debo completar es una interrogación y sus respuestas, como todo viaje lo es. De niña deseaba fervientemente que fuera cierta la posibilidad de saltar de mundo en mundo, de época en época, a través de las fotografías (vivir dentro de cientos de películas posibles). Mi deseo inocente, –al parecer un plagio inconsciente del viejo H.G.Wells–, debía estar químicamente motivado por mi naturaleza hipnopómpica, aunque entonces no me lo podía ni imaginar. Una inclinación natural la juzgo hoy sin embargo, una ventaja –un riesgo, también: es la contrapartida, siempre la hay, es lógico–. Mi naturaleza hipnopómpica me ha permitido al cabo de décadas encontrar a Helia, que estaba en su mundo dentro de mí y también dentro de quienes me han amado o me han detestado (nunca dentro de quienes me han olvidado): las emociones atraviesan personas. La he encontrado como en una película –no sé si hipnopómpica o no– de los hechos, los que fueron y los que hubieran podido ser, pues lo que no ha ocurrido tuvo tanta importancia para nosotros (o más) que aquello que vivimos. La nostalgia de lo que no ha sido es la más cruel y peligrosa de las nostalgias. No hay magdalena capaz de volver presente lo no ocurrido. Por eso no soy adicta a las magdalenas –ni al dulce en general– y sí a Google Street, que por lo menos permite viajar hacia afuera y es ácido. Aunque tampoco Google Street solucione mi problema. Y por eso es por lo que escribo, mientras aguardo a Patrick. Esta vez le espero yo. Escribo para volver al lugar donde encontré a Albertina la primera vez. Alguno (usted, lector) dirá: claro, a la infancia. Bueno. Bien.

QUIERO SER UN BOTE DE COLÓN


09:35

quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión-quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión

ah

ah

ah

ah

ahahahahahahahahah

A comienzos de los años ochenta esta canción quería decir exactamente lo que dice. La cantaban Alaska y los Pegamoides, que venían de ser Kaka de Luxe y luego fueron Alaska y Dinarama. Hay colgado en Youtube un video magníficamente generacional del programa La Edad de Oro.

Me emborraché la noche de la muerte del abuelo Basilio (que luego ha sido no-abuelo), y canté esta canción hasta vomitar. Mi madre no la soportaba. Seguramente a mí tampoco me soportaba. Yo solía cantarla a gritos, histéricamente, y chillaba aún más, a propósito, si ella estaba en casa. Es una canción emblemática, un faraónico corte de mangas, una canción que subvertía nuestra impotencia, la convertía en energía poderosa. Cuando volvimos a casa de madrugada, la noche que murió el abuelo Basilio –ahora, muchos años después, ya menos no-abuelo para mí, aunque nunca ya mi abuelo, (sé, querido lector, que esto del abuelo Basilio no se comprende fácil, sobre todo si es usted un lector acostumbrado a leer según las reglas de la perspectiva de la imprenta y ha comenzado por el principio; es lógico que se pregunte ahora de qué le estoy hablando y le pido disculpas y le ruego pues un poco de esfuerzo extra y paciencia)– me puse a cantar la canción y Albertina la cantaba conmigo con fuerza insomne en la madrugada. Las dos, ella y yo, cogidas del brazo insistiendo: quiero ser un bote de cooooolón, y mi madre indignada montó un escándalo casi de las mismas proporciones al que habían organizado unas horas antes Milans del Bosch y Tejero, con sus tanques y sus guardias civiles. ¡Qué sola estaba siempre mi madre entonces! Siempre. ¡Qué sola! Luego me puse a llorar: fuertemente y mucho rato; no podía parar. Albertina me dijo que ni aun para encarar la muerte traía buena cosa emborracharse. Ella no lloraba. No la había yo visto llorar aún. Nunca aún. Hasta hace poco no entendí que la diferencia entre mi madre y Albertina estaba en la forma tan distinta en que cada una de ellas había sido joven. La diferencia entre ellas estaba en que lo que fue silencio puro en Albertina (rabia acallada) era en mi madre, una generación después, miedo, acomodada obediencia (que se transformaba en intolerancia activa; en otro momento hablaremos de esta actitud, de la autocastración y sus manifestaciones, o sea cosas que se hacían a causa de la castración colectiva, en los años de la dictadura de Franco).

¿Cómo soportar semejante transición y sus causas?

LUCES DE LA CIUDAD


09:45

La cola de gente que parte desde las taquillas del Teatro Circo desciende San Miguel abajo, sobrepasando Blancas. Estrenan Luces de la ciudad. Es 27 de abril, lunes. También será lunes el 27 de abril de 1959, el día de mi nacimiento. Me empeño en no mezclarme demasiado con los acontecimientos que son de otros y a los que asisto mientras duran los procesos hipnopómpicos. Me esfuerzo en no parecer excesivamente un personaje de novela. Pero hay convergencias en el tiempo. Hay puntos de conexión, ondas en los espejos y en algunas corrientes de aire. Helia Álvarez nace el 27 abril de 1959. Aunque entonces no fuera Helia, sí era yo. Albertina lleva un fular con los colores de la bandera republicana mientras espera en la fila del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. La bandera lo es oficialmente de España desde ese mismo día, decreto en la Gaceta mediante. Se han confeccionado y vendido en los días anteriores muchos fulares iguales al de Albertina, fulares tricolores. Las combinaciones tricolores siempre fueron revolucionarias. Está en la naturaleza asimétrica del tres. Esto es una tontería que se me ocurre (mezclar la revolución con la naturaleza de lo trino), pero es que la fila del Teatro Circo no avanza y algo he de pensar. También pienso que pasaron menos años entre 1931 y 1959 que entre 1975 y 2012. Y sé bien por qué digo lo de la menor cantidad de tiempo transcurrido. 1931, el año de la Revolución y 1959, cuando yo nazco, se parecen humanamente más entre sí que 1975, el año en que Franco murió en su cama de hospital, y 2012, cuando escribo. Hay que tener en cuenta que he recorrido, de una forma (hipnopómpicamente) u otra forma (convencionalmente, digamos, día a día) ambos segmentos temporales. Que incluso como ahora, aburrida en la fila que no avanza nada del Teatro Circo, para entrar al estreno de Luces de la ciudad, aúno en mí los dos transcursos, protagonista que soy y espectadora profundamente implicada, en un mismo perfil que cambia y muta. Según. Albertina sigue también en la fila del Teatro Circo esperando para entrar a ver Luces de la ciudad, con su fular tricolor al cuello, y sigue ahí, mirando intensamente al anarquista León Ponce, su compañero, y lo mira precisamente porque yo sé que estaba allí mirándolo. Ahora mismo la veo. No estoy loca. Puedo ser hipnopómpica, pero no estoy loca (al menos no todavía). La historia son ondas en continuo flujo. Hoy sé que no fue justo para la gente de mi generación tener que retroceder tanto para coger impulso en nuestras vidas. Hablo de nuestros años de la adolescencia en la década de los setenta del siglo XX. Retroceder en mi caso hasta la misma puerta del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. Nadie lo haría ya. Hoy ya no. Yo no podría hacerlo ya, Albertina, no podría ser tan generosa. Por eso entiendo ahora (y no antes) tu elección. 1975 y los años siguientes parían corazones como Eras en cada concierto y mucha gente crédula, todavía. Entonces uno, un individuo quiero decir, una persona, nunca terminaba en sí mismo, y comprender hacia fuera era un acto y una actitud fundamentales. Ya no, hoy en día ya no. No cultivo nostalgias. Simplemente han cambiado las cosas y los términos de las cosas que hacen que uno se sienta bien.

Estoy en la fila del Teatro Circo o no, depende de mi pensamiento. Depende de la sensibilidad. En la gran entrada del Teatro Circo, que sin embargo es un cine, el cartel de la película con el busto extraño de Chaplin (hongo y clavel no combinan), su gesto forzado y tenso entre la devoción y la vergüenza, también seguramente de fastidio por tener que soportar las impertinencias de la novata Virgina Cherrill.

La verdad es que siempre hemos ejercido la escritura y desarrollado el lenguaje pegando imágenes de una u otra forma. Pienso que decimos «de una u otra forma» como diciendo de «cualquier manera». Y sin embargo, la forma en que hagamos algo es determinante respecto a lo que hagamos. También cuando construimos nuestras referencias y cuando nuestras referencias aparecen aquí y allá en nuestros textos. Y no porque alguien pueda llamarnos imitadores o plagiadores: este es un concepto muy simple, absolutamente mercantil. No es un término de pensamiento, ni ético tampoco. Imitar nunca fue malo, tomar modelos y repronunciarlos fue práctica común, e incluso exigida, antes de que todo lo inundara el valor de uso del mercado, que necesita la originalidad y su deterioro posterior para justificar el valor de compra-venta.

A Albertina el cartel de Charlot tampoco le produce ternura. Más bien le causa desconfianza. Es de naturaleza distanciada Albertina. Sabe que lo excepcional requiere demasiada energía y que esta se gasta pronto. León Ponce le pasa el brazo sobre los hombros. Es un ademán protector, también confiado, también libre. Estoy junto a ellos. León Ponce no me verá nunca. Albertina me vio desde el primer momento y me sonríe sin que se le note, cómplice. Todo esto que ocurre, le dice a León, parece una película. Hace días que la gente está en la calle a todas horas, en los cafés, en los locales de las organizaciones. Reunidos siempre. Juntos a todas horas. Demasiada energía sin control, piensa Albertina, aunque no sabe de dónde le viene semejante reparo, ni por qué piensa en la energía. En la jornada de proclamación de la República anduvo con León y los demás compañeros de aquí para allá por la ciudad. Todos estaban contentos y bastante histéricos, muy nerviosos. Muchos querían ya acabar con la República recién proclamada e implantar la utopía asamblearia. Cuánta prisa, pensó Albertina, mientras el cenetista León le entregaba a Venancio Sarría, socialista, la bandera republicana que este izó en lo alto de la Delegación del Gobierno, pasadas ya las diez de la noche. Luego León Ponce le había propuesto que se fueran a vivir juntos. León decía que todos tenían la obligación de acelerar ahora la historia para recuperar tanto tiempo perdido. Albertina amaba el entusiasmo de León. Pero le hubiera gustado casarse, una pequeña ceremonia civil sin más. No lo dijo. Nunca. A nadie. Le hubiera gustado que, por lo menos, León le hubiera propuesto lo de vivir juntos unas horas antes, después de hacer el amor en su pensión. Pero no lo dijo. La veo un poco triste y algo cansada. Pienso que las mujeres siempre dudamos, y también pienso que el gesto de Charlot en el cartel le da repelús.

EFECTO GOMA


10:15

El recuerdo es flexible. Imita un proceso de ida y vuelta, pero ni va ni vuelve. Recordar no es revivir. Es simplemente vivir. Una variación, una vibración diferente cada vez de algo tan inexistente como lo vivido. El recuerdo es flexible como la goma del juego, pero nunca recupera su forma de partida. Recordar es vivir otra vida. La vida se estira y encoge, vibra, y si vibra a gran intensidad puede desaparecer. Con el juego de la goma aprendí a hacer, con los pies y un pedazo de materia fina y delgada, elástica, diferentes figuras y acrobacias.

No hay recuerdos vacíos. La memoria es elástica. La memoria va modificando las condiciones de todo lo acontecido y nos modifica. Si recordamos, cambiamos. Somos materia elástica. Sostenida sobre otros. El juego de la goma era geométricamente contradictorio: forma momentáneamente definida (rectángulo o líneas paralelas) que soporta otras formas que al moverse generan posibilidades. Otra vida. Atarse y desatarse. Vida y memoria. 1964. Cromos y paz en el colegio. Vida y color (25 años, de paz, una eternidad). Cromos. Me explico:

En el colmado familiar descubrí los polos de chocolate. El colmado estaba en la calle Mallorca de Barcelona. Mi padre abrió esa tienda poco antes de casarse con mi madre en Zaragoza. La familia de mi padre había emigrado desde su pueblo a Barcelona. Mi no-abuelo Basilio, el padre de mi madre, que fue toda su vida tendero, le ayudó a montar el colmado. Para el no-abuelo Basilio un colmado era el centro de mando de la vida del barrio. El no-abuelo Basilio mantuvo largamente el suyo en el barrio de San José de Zaragoza con gran convencimiento, sobreponiéndose y adaptándose bastante bien a todas a las innovaciones. Y mi madre fue su mano derecha desde que nos instaláramos en Zaragoza, fue quien sostuvo y renovó la vocación de pequeño tendero de Basilio hasta su muerte. Por el contrario, mi padre abrió su colmado como sin querer, solo por prosperar. Los hombres de la familia de mi padre habían trabajado en el Borne, muy duro, muy sin saber; las mujeres cosían, casi siempre de noche, casi siempre sin apenas luz. También abrió su colmado mi padre porque fue la condición que le puso el no-abuelo Basilio para acceder a que mi madre se casara y se fuera a vivir con él a Barcelona. A ella sí que le gustaba el colmado, el orden de las cosas del colmado. Le gustaba, más que nada, el mundo, ordenado según productos y marcas, de su colmado en una esquina de la calle Mallorca (una de las mejores zonas de la ciudad).

A jugar a la goma aprendí allí, en la calle Mallorca, con niñas de una clase social muy por arriba de la mía, aunque yo entonces no calibraba las consecuencias de aquella impostada confraternización. Ellas me enseñaban su juego recién descubierto en las horas del recreo, en el colegio, al que yo entraba por la puerta lateral de las niñas con beca. Me enseñaban a jugar desde su posición de privilegio, y yo lo sabía porque mi padre me lo había explicado: que no quiso aceptar las recomendaciones que tenía el no-abuelo Basilio para que yo pudiera entrar por la puerta principal, pero que no me preocupara, que no pasaba nada, que luego adentro todo era igual para todas las niñas. Pero no era igual. Por la tarde, al cerrar el colmado, regresábamos al barrio, a nuestra casa. Yo veía el rectángulo de la goma estirado hacia el infinito sobre las vías del tranvía –ambas líneas superpuestas, goma y vía–, sin romperse: transformación. Me asomaba a través de la ventanilla-guillotina de los viejos tranvías que venían al barrio. Para no marearme. Siempre que volvía a casa desde el mar o desde la calle Mallorca en el tranvía me mareaba. Si venía desde otros lugares, no. Solo desde el mar y desde la calle Mallorca, desde el colmado con productos para gente bien, de otro mundo que nunca sería el mío, a pesar de mi temprana afición al Nescafé, un lujo entonces que pude permitirme por ser hija de tendero de la calle Mallorca. Imaginar que las vías del tranvía eran los elásticos paralelos del juego de la goma estirándose y estirándose me ayudaba a no marearme: dimensión no abarcable. Los hipnopómpicos mantenemos mejor el equilibrio si no hacemos pie, al revés que la mayoría de la gente. Aunque entonces yo no podía relacionar todo esto. Yo creía que la goma era un juego de chicas bien. Pero era igual de cutre que todos los demás. Igual de triste que jugar al Festival de Eurovisión en la acera de la Avenida Felipe II. En 1964, en la calle Mallorca las niñas jugaban solo dentro de sus casas amplísimas, pero la calle Mallorca también olía a rancio y a Nescafé. La goma y el Nescafé eran las únicas cosas de la vida del Ensanche que me llevaba al barrio. Y los cromos de Vida y Color. Paz, 25 años. Vida.

Helia, me recuerda Albertina, los hipnopómpicos, ya se sabe, mezclamos los caminos de los sueños y de la realidad; para nosotros solo tiene sentido la mutación. ¿Por qué le das tantas vueltas?

Le doy tantas vueltas precisamente por la mutación, Albertina. Y porque soy actriz. Y porque vivo todavía imperfectamente en la hipnopompia. No te lo creerás, Albertina, pero el juego de la goma me salvó muchas veces y me facilitó un estatus preponderante entre mis nuevas amigas, cuando aterricé (es metafórico) en Zaragoza, porque en Zaragoza (interna España interior) no había goma, no había elasticidad, no había juego. No había elasticidad tampoco –o sea empatía con la vida– en casi nadie, ni siquiera de puertas para adentro, en cada cual. Ejército de sufridores, síndrome de Estocolmo. No hay peor enfermo que el que desconoce que lo está. Pero en el juego de la goma yo no tenía rival, ni en la calle Mallorca ni en Zaragoza, ni en la España interior ni sobre las olas del mar.

PATRICK ON


10:35

Tener un novio inglés era lo más.

Contextualicen, por favor, esta aseveración en las coordenadas espacio-temporales correspondientes –cronotopía, me gustaría decir (añade volumen al sentido) si no estuviera fuera de lugar en este registro tan conversacional que hemos acordado usted, paciente lector, y yo–: latitud, 41° 39' Norte; longitud, 0°52' Oeste; primeros años de la década de los 80, siglo XX. 1.000 desérticos kilómetros cuadrados de extensión. En ese duro territorio solo era posible moverse de bar en bar, en invierno debido al frío, en verano por el calor extremo. De bar en bar, o también precariamente de trabajo en trabajo, impelidos por la urgencia de tomarnos en serio a nosotros mismos, acorralados por la inflación galopante, por la carestía especulativa y política del petróleo, por la Historia, por nuestra propia dignidad, críticamente concienciados de la necesidad de no tirar la toalla, costase lo que costase. Incluso si costaba la cordura. Incluso si a alguno además de la cordura, le costaba la vida. La vida, insisto, y no exagero. Parecía que teníamos más de lo que realmente la ciudad podía darnos. Casi nada. La ciudad parecía algo solo si solamente te fijabas en el interiorismo renovado de los bares. Concreto más: parecía que la ciudad tenía bastantes nutrientes con que alimentar la urgencia de la juventud. Pero realmente no había prácticamente de nada. Ni paisaje casi. Ni siquiera teníamos un río, aunque existiera, porque por entonces era como si el río no estuviera, no sabíamos de la vida faraónica que puede crecer en torno a un río. Éramos solamente hijos del desierto, de la ley del desierto que invadía la ciudad –Radio Futura, qué gran metáfora–, pensando esto desde hoy, 22 de julio de 2012, futuro desierto/desierto futuro. Cualquier cosa que entonces deseáramos estaba como muy cerca en Madrid, a más de 300 kilómetros, o en Barcelona, a otros trescientos kilómetros. Era de lo que hablábamos en los bares los prisioneros del desierto. Y de Londres o Nueva York. Hablábamos como si supiéramos mogollón de cosas. Y ya decíamos mogollón, claro. Sobre todo, en los bares. Y sobre todo cuando aparecía alguien de fuera. Mogollón era lo más. Por ejemplo, mi novio inglés molaba mogollón. Patrick. Lo decía todo el mundo. Pero lo decían como si no lo dijeran. O sea, lo decían como si estuviéramos en cualquier pub del mismísimo Chelsea (hablo del Chelsea de los años 70 y comienzos de los 80, entiéndase, el barrio irreverente y punk) y no en la Tía Petaca, BV 80, Bohemios o El Central, por ejemplo (la transición cultural nos teletransportó de golpe de la taberna revival a los locales fashion, es lo que tienen los territorios desérticos de los países totalitarios). De todas formas, Patrick no era punk. Más bien era, yo diría, como un intelectual del rock. El rock ampliamente considerado, pudiéramos apostillar. Y divertido. Era alto. Más bien pelirrojo. Y no abrumaba con el sexo: entonces esto, en un país en el que todo el mundo hablaba sin parar de follar (había que decir follar) y sus derivados, me pareció un alivio, la verdad; me hacía sentir paradójicamente libre. Patrick quiso venir a España porque su abuelo había sido brigadista republicano durante la Guerra Civil. Estas cosas, como lo de tener interés en comprender de qué manera afectaba el pasado a nuestro presente, o sea tener interés en la Historia, aún sucedían en los años 80. Los hechos importantes mantenían su significado durante un par de generaciones por lo menos. Europa era todavía bastante decimonónica y la gente necesitaba cerrar círculos. Como si un círculo cerrado no fuera algo absolutamente imaginario. En fin, el brigadista inglés y abuelo de Patrick desapareció en la Batalla del Ebro. Era poeta, pues había publicado ya un libro y la familia conservaba muchos poemas inéditos. No encontraron su cuerpo. Desapareció, contaron durante décadas allí en Inglaterra, combatiendo en la Guerra Civil española. «Como el Corto Maltés», exclamé sonriéndole a Patrick (no pude evitarlo). «No exactamente», sonrió él también (sonreíamos mucho los jóvenes de entonces, a pesar de todo): «mi abuela, que era periodista –me explicó, y yo añadía asombro a la admiración– e igualmente inglesa y que, por cierto, –sonrió ampliamente– había estado en Zaragoza al principio de la guerra –¿de verdad?, me encandilaba yo– descubrió poco después de desaparecer en el frente el abuelo que estaba embarazada y regresó entonces a Inglaterra, con todos aquellos textos suyos». Esto me contaba Patrick, sin contarme nada más. «Yo no soy poeta, pero soy actor», ironizaba tontamente Patrick. «Ya…», me reí con ganas, como yo estudio en la Escuela, teatreros los dos, grité alborozada, y recuerdo que le besé mucho y mucho tiempo, mesándole el cabello rojo, como en las películas. Era casi feliz con Patrick, aunque todos los días tenía que pellizcarme para creer en su existencia. Patrick era mucho mejor a mi juicio que Robin Tripp, un inglés moderno y con chispa, nada machista, al que había yo en mi adolescencia llegado a conocer durante un tiempo: el que duró la emisión de la serie Un hombre en casa (Man about the house). Hace años que no le veo, a Patrick. Bueno, no es verdad, lo he visto muchas veces en mi territorio hipnopómpico: siempre con el mismo aspecto que cuando le conocí. Entonces, cuando conocí a Patrick, yo no sabía nada de León Ponce, pero él, Patrick, ya lo sabía todo al respecto. Eso me hizo sentirme un tanto defraudada luego, cuando supe que él sabía y que me había mantenido en la ignorancia hasta que pudiera yo conocer a Rose Mary Taylor, su abuela, la periodista. Da igual. Ni los sueños donde he seguido viendo a Patrick ni su relativo engaño del comienzo de nuestra relación cuentan ahora, porque Patrick se muere y yo estoy en Londres, en Piccadilly, frente a mi ordenador, preparándome mientras escribo y escribo para el reencuentro y para la despedida nuevamente. A menudo pienso que Patrick nunca existió. Que era otro. Como Albertina. Como mi historia. Como yo misma, quiero decir.

UN JERSEY DE OCHOS


10:55

Si sigo leyendo en Internet información sobre la viruela y viendo fotos de personas infectadas llenas de abultamientos lunares a punto de la purulencia, acabaré vomitando el café con leche que me acabo de tomar. Me ha preguntado la camarera si no iba a querer nada de comer para acompañar. He estado tentada. La repostería inglesa me parece siempre visualmente muy atractiva. Menos mal que enseguida he sido consciente de que cuando la pruebo nunca es, sin embargo, de mi gusto, y me resulta o demasiado dulce o demasiado sosa. También le he dicho a la camarera que prefería esperar a almorzar ya luego, un poco más tarde, en St. James Tavern. No se ha molestado por esta observación; o si lo ha hecho, no se le ha notado nada. Me ha sonreído, incluso. Yo creo que le da igual. No puedo evitar echar frecuentes ojeadas hacia fuera, a Picadilly Street, un planeta alucinante para mi provinciana mirada europea acostumbrada a una pequeña ciudad del sur. Yo también he sonreído a mi vez a la camarera, al tiempo que inclinaba la pantalla para ocultarle las terribles fotografías de infectados de viruela. Hay que evitar alarmar gratuitamente a los demás, hay que colaborar en mantener la intensa calma de esta mañana de domingo en Londres. La camarera me pregunta si he venido a los Juegos Olímpicos. Le contesto que muy posiblemente permanezca en la ciudad mientras se celebren los Juegos, pero que no sé si asistiré en directo a ninguna competición. «Casi no quedan entradas, al menos para las pruebas más importantes», apostilla. «Ya, he decidido el viaje un poco improvisadamente», cierro la conversación con un gesto amable, pero conclusivo, que viene a decir bueno se acabó, tú a lo tuyo, yo a lo mío.

¿Cómo he llegado a la viruela? Quería explicar, amigo lector, que cuando recibí la llamada de Patrick la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de un jersey de ochos, blanco, que yo tenía y que llevé mucho en los años universitarios. Un jersey gordo y enorme, que prácticamente hacía las veces de abrigo en los días de invierno, si no eran demasiado fríos. Durante un par de cursos estuvieron de moda los jersey de ochos, recios y largos como vestidos, anchos. Los llevábamos con bufanda de varias vueltas y guantes de colores. Puse ese jersey en mi maleta cuando vinimos con Patrick a Inglaterra, al principio de nuestra relación, y lo utilicé bastante mientras estuvimos en Portmeirion. Me resultaba cómodo y acogedor. Ese jersey me protegía del frío como un iglú. Me protegía del frío y de otras amenazas ante las que todavía no había aprendido a defenderme, excepto escondiéndome dentro de iglús como mi jersey blanco de ochos, una verdadera envoltura física que evitaba exponer al mundo todos mis contornos. Protección e identidad, claro. Claro. Vestíamos siempre esos jersey durante las manifestaciones; nos permitían movernos delante de la policía mejor que los abrigos. También eran más prácticos para ir de vinos, para entrar y salir en la rueda de los bares de la zona de San Juan de la Cruz. En ocasiones podíamos hacer ambas cosas a la vez, manifestarnos e ir de vinos, y no había en ello frivolidad. Si usted es un lector joven no sabrá quizás que las manifestaciones, que ahora en 2012, recorridos ya algunos dolorosos años de crisis económica brutal y feudalizante, son tan habituales, ya lo eran cuando yo empecé a llevar mi jersey blanco y gordo de ochos, casi tan largo como un vestido corto. Lo tejieron a medias Albertina y mi madre –yo diría que no hicieron juntas muchas más cosas que tejer ese jersey–. Reconozco que me gustó que ambas se ofrecieran a tejerlo al alimón. Nunca he sido demasiado inclinada a las sagas familiares, ni he cultivado realmente sentimientos de pertenencia incondicional a la mía propia: dada nuestra historia, hubiera sido un propósito inverosímil. Pero creo firmemente que un hilo eléctrico invisible recorre las generaciones una tras otra, y que ese hilo a veces emite un destello, siempre intenso, aunque sea brevísimo y a menudo anacrónico. Las mujeres tejiendo en el salón de nuestra casa constituyen para mí uno de esos contradictorios y paradójicos destellos. Admito que es una sensación absurda por mi parte. Pero la vida colecciona cosas y hechos absurdos, a menudo trágicamente absurdos. Seguramente forman parte de las indescifrables –al menos por ahora– transiciones cuánticas, esas que parecen regir el caos de nuestras vidas, nuestra naturaleza tan altamente cruel y contradictoria, como toda la naturaleza lo es. De alguna manera el equilibrio cuántico de mi jersey blanco de ochos, mi iglú, estalló en Portmeirion, tontamente. El amor de Patrick nunca fue un amor al uso. El amor de Patrick era un camino minado. La viruela. No es una metáfora, la viruela, paciente lector –o lectora– (bien, incluyo aquí la apelación al dimorfismo sexual del posible lector o lectora, y espero que todos comprendan que cada vez que me dirija a uno o una de ustedes tendré siempre en cuenta que efectivamente puede ser usted hombre o mujer, según, o incluso hombre y mujer al mismo tiempo; espero que con esta aclaración, hecha ahora como podría hacerla en otro momento o secuencia de pantalla –según el soporte elegido–, se me exima de cualquier descalificación en este sentido; pero lo cierto es que solo utilizaré el genérico «lector»; no voy a lastrar mis pequeñas narraciones con la pesadez continuada de la diferenciación y quedaré muy agradecida por la comprensión de las personas más suspicaces en este asunto). No, no es una metáfora la viruela. Decía. Mi madre y Albertina tejieron mi jersey durante el mes de octubre de 1978. Ellas querían que fuera parecido al de una amiga, que era tricolor y muy espectacular. Pero yo insistí en algo más radical, como el blanco absoluto. El día que discutíamos sobre los colores de la lana del jersey, hablaban en el telediario del mediodía sobre las deliberaciones en las Cortes Constituyentes del texto de la Constitución Española, al que darían visto bueno a finales de ese mes. También hablaban de la muerte en Inglaterra de una mujer, que había tenido lugar en septiembre, a causa de la viruela. En Inglaterra, fíjate, decía Albertina, yo pensaba que la viruela ya solo se daba en países pobres (siempre acaba resurgiendo la identificación enfermedad y pobreza). Mi madre nos recordó que yo era portadora de algunas leves señales de la viruela: te hizo reacción la vacuna, nos dimos un susto grande, pero al final no fue nada. Entonces mi madre todavía se acordaba de las cosas. Respondí que yo había oído que se pensaba que la viruela se iba a dar prontamente por erradicada. Y de hecho así fue. Recordando todo esto que he contado, he ido a Google a reunir algunos datos en torno a la enfermedad terrorífica, por simple curiosidad. No por hacer metáforas. He leído que Janet Parker, una fotógrafa de Birminghan, fue la última víctima mundial registrada a causa de la viruela. Se infectó por accidente, al parecer por una falta de seguridad en un laboratorio que manipulaba virus de la viruela –Variola virus, se llama el bicho–, y que estaba junto a su estudio. Las dos últimas víctimas de la viruela fueron accidentales, por problemas en los laboratorios, no por contagio entre humanos, o sea que a efectos reales no cuentan. La viruela mató durante siglos de manera cruel y bastante repulsiva a millones y millones de seres humanos, incapaces de evitar el contagio piel a piel, fluido a fluido, la propagación de un virus excesivamente complicado para ser combatido con profilaxis. De hecho, según he leído, las vacunas eran siempre inestables (experiencia propia) y fueron conseguidas empíricamente, y no porque se hubiera llegado a descifrar la naturaleza esquiva del virus. Leo que la viruela se declaró oficialmente erradicada en 1980. Erradicada gracias a la vacunación mundial. Solo el virus acabó con el virus. Dos únicos laboratorios conservan en el mundo muestras hoy en día del microscópico demonio. La razón de su conservación es precisamente esta del desconocimiento de su comportamiento. No sabemos cómo es el mal que solo podemos combatir con el mal. O, al menos, eso dicen. Tampoco sabemos cómo es la muerte, una batalla perdida. Entiendo que Patrick, a pesar de sus recursos de hombre de teatro, necesite un poco de apoyo. ¿Y a quién le iba a pedir complicidad y empatía sino a mí? ¿A quién se la pediría yo sino a ti, Albertina, y también a ti, Rose Mary? El jersey de ochos también era un disfraz, o mejor, una máscara, una forma de estar que tenía el poder de generar una forma de ser. No era un número. Era una forma de libertad.

LA CONFABULACIÓN DE LOS ROVER


11:20

Dejé de ser niña a la edad de seis años. Esa es una realidad consolidada y corroborada por todo cuanto ha sucedido después en mi vida. Otra realidad es este bucle de error cíclico que reproduce sin interrupción la cualidad expectante del tiempo de mis seis años. Una cualidad de carácter muy superior a cualquiera que haya adquirido con posterioridad. Esa espiral paralela es por tanto para mí algo irrenunciable: como la energía de un generador auxiliar. Cuando tenía seis años, y a la vista de que mis rasgos hipnopómpicos comenzaban a revelarse en mí y de que yo mostraba cada vez más consciencia de ellos, se produjo a mi alrededor una obstinada confabulación para lograr amputarlos. Mi madre los consideraba un tremendo peligro. La hipnopompia no constituye una herencia genética inevitable ni directa; como es en mi caso, puede ser retrospectiva. De hecho, mi madre siempre ha estado muy ajena a la hipnopompia, ella se ha movido en una única dimensión, definida por algo así como un alto sentido del deber. El sentido del deber nunca interroga por las razones más allá de lo mínimo necesario para interpretar el entorno bajo una apariencia armónica y suficiente para la vida. También, por supuesto, era hipnopómpica Rose Mary Taylor Poppins. Sin embargo, a mi madre nunca le ha gustado el cine.

Cuando yo tenía seis años la nave tripulada Gemini 5 circunvaló la tierra 120 veces y la Gemini 7, 206. Las cápsulas Gemini tenían un espacio habitable de igual volumen que el que ocupaban los asientos delanteros en un Volkswagen Escarabajo. Lo contaban en los telediarios. Cuando yo tenía seis años los telediarios empezaban con una imagen planetaria de la Tierra, y yo empecé a preguntar todas las tardes, después de la siesta, si cuando yo fuera mayor podría ser a la vez cantante pop y astronauta. Aunque ahora ya estoy algo cansada, siempre me gustó ser varias (personas) y hacer varias cosas (todas muy bien). Lo del pop lo decía por los Beatles. Yo tenía seis años cuando vinieron a Madrid y Barcelona (que no eran entonces exactamente España). Por cierto: hoy es 3 de julio (el mismo día de mes en que los Beatles tocaron en Barcelona). Por eso hoy es 3 de julio y estoy en Londres y dentro de unas horas Rafa Nadal perderá la final del torneo de Wimbledon ante Djokovic, pues estamos en 2011, aunque también en 2012 y es 22 de julio o el aún futuro 22 de septiembre, el día en que habrá muerto Patrick –un día es el día y todos los días que han cobrado significado relevante (el tiempo entre ellos apenas cuenta, no transcurre el tiempo interior)– y continúo en Londres, y luego seguiré esperando (un poco más) hasta que llegue Patrick. Aunque esperar no es el verbo adecuado: ya se sabe que vivir es aquello que se hace en tanto que uno espera hacer lo que desea. Ya no deseo a Patrick. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Fue por amor, no tengo duda, que mi madre intentó cercenar mis veleidades hipnopómpicas. Las intuyó apoderandose de mí cuando yo tenía seis años, como digo. Pop y astronauta eran dimensiones no visibles en la vida plana de España. Cuando yo tenía seis años, mi madre me dijo que los Beatles y los astronautas eran solo cosa de la televisión, algo irreal según ella. Nunca me preguntó qué quería ser de mayor. Yo creo que no podía imaginarme como una persona. Dejó que los globos Rover llegarán hasta mi habitación y que ocuparan mi camino hasta el colegio. Los globos Rover, vigilantes amenazadores que no dudarían en darme una lección si me desviaba hipnopómpicamente en algún momento del camino estricto y correcto. Los globos Rover no son una invención de los guionistas de la serie El Prisionero. Los globos Rover estaban ya, cuando yo tenía seis años, en los telediarios de TVE. Y en el colegio. Y en la familia. Eran blanquísimos, como los sepulcros. Y muchos años después Albertina me confesó que ella llevaba viéndolos toda la vida. Por eso, me dijo la noche que murió el abuelo Basilio, que le gustaba cantar conmigo quiero seerrr un bote de cooolónnnn…

2 DE JULIO DE 1970


11:50

Llegamos hasta la Plaza de España en el 40, un tranvía que en mi barrio daba la vuelta de nuevo hacia el centro de la ciudad aprovechando el vacío circular de un antiguo lavadero. Hacía sol. Albertina me agarraba de la mano con exageración, pero alcancé en un tirón inapelable a coger una de las treinta mil banderitas nacionales que se agitaron aquella mañana, en manos de los niños sobre todo (según describen las hemerotecas, aunque yo, que era niña, las viera tremolando numerosas con su fuerza insignificante muy por encima de mi cabeza). No me acuerdo de si hacía o no mucho calor, aunque el mes de julio suele comenzar abrasando sin piedad en Zaragoza. Realmente había mucha gente llenando las aceras del centro de la ciudad, pero conseguimos alcanzar la calle Alfonso y nos quedamos muy quietas, esperando. De lo acaecido a mi alrededor aquella mañana ya no conservo muchos más recuerdos. Para resituarme no he tenido más remedio que recurrir a las hemerotecas on line del ABC y de La Vanguardia; crónicas largas, concienzudas y babosamente descriptivas en número y condición sobre los miles de tractores que flanquearon la carretera desde el aeropuerto, sobre los honores rendidos, repiques de campanas, jotas, artillería y bandadas de palomas azuzadas para que surcasen el cielo una y otra vez. Pero yo, en mi propia memoria, solo consigo recuperar mi angustiosa sensación de parálisis, la incapacidad para moverme, para gritar, mi estupefacción, un desconcierto que muchas veces he comparado mentalmente con algunos de mis episodios hipnopómpicos más tenebrosos, que de todo ha habido en esta extraña condición que forma parte de mí. Sé que en algún momento perdí en aquella mañana el contacto conmigo misma. Nunca se lo conté a nadie. Oigo a Albertina que vuelve a decirme: «nunca lo contaste, ¿por qué?». No tuve ni tengo la respuesta. Cosas de las que no se hablaba. Pienso a continuación –cuando ya dejo de escuchar el martilleo de la pregunta insistente de Albertina– que esto seguramente ya no se entiende. No se entiende la existencia de cosas de las que nunca, nunca, se habla. Nunca. Hablamos mucho y de todo hoy en día. Se puede explicitar cualquier mensaje. No hay reglas y siempre existe alguien en alguna parte, en el móvil, en un chat, en el correo electrónico, en la televisión, en el autobús, en cualquier parte surge alguien apropiado con quien hablar de algo de lo que no podemos hablar con nadie más. Pero a lo que yo me refiero es a callar algo que nunca contarás absolutamente a nadie. Porque hay cosas de las que no se habla, nos enseñaron. A esa tremenda soledad yo me refiero. Albertina tuerce el gesto con ira y con pena y me reprocha mi silencio, solo roto hoy y solo con ella, se lamenta, cuando ella ya no puede escucharme realmente, pues aunque me escuche solo puede devolverme el hilo de mi propio razonamiento. «No te culpes», le digo. «Es que yo te llevé –insiste– ¿cómo no imaginé que dentro de aquel enjambre histérico de abducidos con síndrome de Estocolmo abundaría mucho hijo de puta?». «Esto –le interrumpo– es un anacronismo», le digo, porque el síndrome de Estocolmo entonces todavía no se diagnosticaba, aunque existiera. Albertina no responde a mi ironía inoportuna, le duele mucho, cuando le cuento, ahora sí se lo cuento, aunque no sé bien si puede escucharme, que aquel hijo de puta se arrimó contra mi cuerpo en transformación de niña de once años, avanzó su mano bajo mi vestido de verano y se abrió paso entre mis piernas, mientras él se tocaba y toda la multitud vitoreaba a Franco cuando apareció en el balcón del Ayuntamiento gesticulando como un playmobil –ni un solo músculo mueve el muñeco diabólico, sin mover ni un dedo su poder destructor abre vórtices de extrema congelación (no respires, no camines) en la negra radiografía del paisaje muerto (pero yo no tenía ni idea), silencio bajo los vítores–. Ni mirar pude al otro, al títere asqueroso que manoseaba entre mis piernas. Durante un buen rato no me moví. No hablé. No entendía bien. Entonces de muchas cosas no te explicaban nada, no se hablaba de muchas cosas, insisto. En algún momento conseguí desplazarme hacia la calzada y me abracé, atónita y muda, a Albertina. Yo también muda, Albertina. Como tú. Muda, muda como tú, toda la vida. Ahora lo sé, como un día supe que no habías sido lo que parecías. Y como más tarde entendí por qué quisiste asistir aquel 2 de julio de 1970 a la inolvidable recepción que la ciudad brindó al glorioso caudillo Franco bajo miles de temblorosas banderitas infantiles.

Y al igual que ahora te digo, estando como estoy perfectamente despierta, que me alegro de haber callado y no haber añadido a la tuya, que ya es mía, más humillación.

LA VILLA


12:25

Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.

—Me hablabas de ese pueblo —me dice Albertina— como si se tratara de una ciudad encantada.

A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz, no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta.

—Te hablaba de La Villa —contesto— el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.

—No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.

—Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia. Tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión –ya que hablamos de una– o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.

—El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.

—Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.

—¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.

—En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.

—Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…

—Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick MacGoohan, se llamaba el actor.

—Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…

—Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.

—Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no creas.

—Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.

—Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.

—Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de situaciones injustas. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió convencerse de que la realidad impuesta era la única posible, optó por la ignorancia. Déjame sola, ahora. Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.

—Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a Disney World que a El Prisionero.

Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí –Saint James Tavern–, yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía MacGoohan, Patrick (también): y no lo decía de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenómenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá en un futuro. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.

Verá, lector, casi al mismo tiempo que soñé los hechos (que son reales y no) de esta novela (que también es otra cosa) recordé, reubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número Seis, que era un hombre libre, estaban monitorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida, Albertina. ¿Estás ahí, Albertina?

—Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno solo hace cada día lo que puede.

—Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.

—Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.

—Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número Uno de la España de Franco hubiera sido que el Número Seis (o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número Seis, Número…, Número…). Pero todos los Números Seis de España acabaron pareciéndose a Número Uno, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick MacGoohan, Número Seis, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.

—Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.

—Pues es verdad.

TERRITORIO ROVER (A TRAVÉS DE GOOGLE)


12:50

Rover: se trata de un guardián automatizado, un globo traslúcido de unos tres metros de diámetro que persigue a los fugitivos como un extraño leucocito. Puede matarlos o dejarlos inconscientes pegándose a sus caras hasta la asfixia (J. Redal, Sitio de Ciencia Ficción, 2/3/97).

Buscar. Encontrar distancia con la propia historia a través de la historia común. Comprender la propia historia. Prender la dinamita, reventar el muro invisible que rodea la villa. Estoy cansada, Albertina Mary Taylor Rose Poppins, el Prisionero.

Territorio Rover. Play.

Rover estadios Alcatraz de fútbol. En Daraa ha habido tantos arrestos arbitrarios en días recientes que el ejército y las fuerzas de seguridad están usando escuelas y estadios de fútbol como centros penitenciarios improvisados, aseguró Ammar Qurabi, presidente de la Organización Nacional de Derechos Humanos en Siria (CNN, 9/5/11).

Pero la victoria en sí no deja por ello, nunca, de constituir la razón suprema del devenir histórico (La Vanguardia, 1/5/64). El 21 de junio de 1964 España se enfrentó a la URSS en el estadio Santiago Bernabéu, en la final de la Eurocopa. El encuentro comenzó con un gol de Chus Pereda en el minuto 6, que dos más tarde fue contrarrestado con otro de Kushainov. El partido transcurrió con empate hasta el minuto 84 cuando, de un perfecto testarazo, Marcelino batió al meta ruso tras un centro a media altura de Pereda desde la banda derecha. Antes de pasar el balón, el propio Pereda se zafó de un defensor ruso gracias a un precioso regate de cola de vaca, del que los aficionados patrios no pudimos disfrutar hasta el año 2008. Es entonces cuando en España tuvimos acceso a la retransmisión que realizó la televisión soviética. El nodo, el único medio por el que en España se podían ver aquellas imágenes, había perdido el momento exacto del centro y antes del histórico gol de Marcelino montó un pase de Amancio que para nada se correspondía con aquella jugada (Marca.es, 11/2/14).

Todo sistema social se apoya en mentiras. Estos mitos tienen una clara función cohesionadora y permiten la convivencia. El verdadero riesgo reside en convertir ficciones en realidades (C. Gil de Gómez, La Voz de Asturias, 23/5/16).

Territorio Rover.

Del “España es diferente” de 1948 al primer millón de turistas en 1951, los 30 millones de 1975 y los casi 65 de 2014, el sector turístico ha fijado en buena medida la identidad de España (A. Fernández Rubio, El País, 23/11/15).

El propio Bejerot expone que este síndrome es más común en personas que han sido víctimas de algún tipo de abuso, como rehenes, miembros de sectas, niños abusados psíquicamente, víctimas de incesto o prisioneros de guerra o campos de concentración. La cooperación entre el rehén o víctima y el autor se debe en gran parte a que ambos comparten el objetivo común de salir ilesos del incidente. El nulo control sobre la situación por parte del secuestrado le lleva, al parecer, a intentar cumplir los deseos de sus captores que, por otro lado, se presentan como los únicos que pueden evitar una trágica escalada de los hechos. De esta manera, se produce una identificación de la víctima con las motivaciones del autor del delito y un agradecimiento al captor que, en ocasiones, lleva a situaciones extremas (Muy interesante, 23/8/73).

Muy cansada, Helia Poppins, estoy, perdida quizás. Dónde. Buscar. Rover. Territorio. Construido con pedazos de otros edificios únicos y magníficos derribados, territorio junto al mar, muros invisibles y Rover y cámaras que transmiten lo que sueñas. Sonríe a Rover. Mejor.

Rover Territorio Matriz. Leo.

Tanto en Matrix como en La caverna, los prisioneros no saben que son prisioneros ni desconfían de la existencia de otra realidad más allá de aquella en la que viven. Un día, sin embargo, uno de ellos es liberado de sus grilletes y sale al mundo exterior y, bajo la luz del sol, contempla las cosas como realmente son, el mundo de las ideas. En vez de egoístamente permanecer afuera, el prisionero regresa para contar lo que ha visto, pero su gesto de bondad es visto con desconfianza y resistencia, creyendo que es fruto de la locura (escuelapedia.com).

No, Helia, no es la locura. Léeme los labios. No, hay ojos que leen también. Léeme el pensamiento. No, hay formas de dibujarlo sobre la gran pantalla de la plaza, donde la banda toca sin parar. Los hipnopómpicos podemos convertir en mapas o territorios verdaderos cuanto leemos, oímos o vemos, incluso soñamos. La música que la banda toca sin cesar inunda las calles y las casas a través de los altavoces y los equipos neuro-estereofónicos. Rover.

La localización de La Villa es desconocida. La Villa tiene un periódico diario llamado el Tally Ho y un logotipo con la forma de un velocípedo con toldo. El lugar está bajo el control del Número Dos. «Unidades de trabajo» o «créditos» sirven como moneda en sus tiendas, y se lleva la cuenta perforando agujeros en una tarjeta de crédito. Por toda la Villa, la música suena de fondo, en su mayoría alternando entre música de banda de desfile y canciones de cuna, interrumpida periódicamente por anuncios públicos. Los medios de comunicación y la señalización incorporan de forma persistente temas de navegación y vacacionales (Wikipedia).

Territorio Rover. El Prisionero.

Territorio Isla Rover del Diablo: Una vez que el infierno de aquellas épocas se desvaneció, la isla más grande y más accesible se está promoviendo como un lugar agradable para los pasajeros de cruceros para estirar las piernas entre las paredes de piedra erosionada y palmeras, mientras que mentalmente añaden otra marca a su lista de destinos exóticos visitados en su vida. Aunque han pasado más de sesenta años desde que esta prisión estuvo activa y se cometieron algunos hechos de violencia inusitados, muchas de las atracciones turísticas de la isla están relacionadas con esa historia que, por morbo o curiosidad histórica, se pueden recorrer y que consiste en diversas instalaciones donde habitaban los reclusos. Es probable que sea hora de dejar que este lugar reinvente su imagen y pase de la penitenciaría a paraíso exótico, pues tiene grandes condiciones para valerse de un turismo de crucero y de playa muy bien acompañado de la exuberancia de la región (dondeviajar.republica.com, 27/8/11).

Para llegar al desierto (y su ley) desde Región se necesita casi un día de coche. Rover. No volverá, no vendrá Patrick Rover, pequeña Helia. Territorio Poppins (ver).

Pulsuz fraqment bitdi.

18,91 ₼
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Həcm:
212 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9788412405521
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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