Kitabı oxu: «La sal y el Estado colombiano»
LA SAL Y EL ESTADO COLOMBIANO
LA SAL Y EL ESTADO COLOMBIANO
Sociedad local y monopolio regional en Boyacá (1821-1900)
Joshua M. Rosenthal
Traducido por
Mariana Serrano Zalamea


Reservados todos los derechos
© Pontificia Universidad Javeriana
© Joshua M. Rosenthal
Este libro fue el ganador de la convocatoria Becas para traducir y publicar obras escritas en lenguas diferentes al español sobre temas colombianos de la segunda fase de la Convocatoria de Estímulos 2019 del Ministerio de Cultura.
Título original: Salt and the Colombian State: Local Society and Regional Monopoly in Boyacá, 1821-1900
Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 2012

Primera edición en español:
Bogotá, D. C., febrero de 2020
ISBN (impreso): 978-958-781-450-7
ISBN (digital): 978-958-781-451-4
DOI: https://doi.org/10.11144/
Javeriana.9789587814514
Hecho en Colombia
Made in Colombia
Editorial Pontificia Universidad Javeriana
Carrera 7.a n.° 37-25, oficina 13-01
Teléfono: 320 83 20 ext. 4205
www.javeriana.edu.co/editorial
Bogotá, D. C.
Traducción:
Mariana Serrano Zalamea
Corrección de estilo:
Álvaro David Urrea Ramírez
Diagramación y cubierta:
Carmen Villegas
Imagen de cubierta:
Cocuy: Mapa del Cantón. Archivo General
de la Nación, Mapas y Planos, Mapoteca n.o 4, ref. 94 A
Conversión ePub:
Lápiz Blanco S.A.S.

Pontificia Universidad Javeriana, vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto 1297 del 30 de mayo de 1964. Reconocimiento de personería jurídica: Resolución 73 del 12 de diciembre de 1933 del Ministerio de Gobierno.
Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S. J.
Catalogación en la publicación
Rosenthal, Joshua M., autor
La sal y el Estado colombiano : sociedad local y monopolio regional en Boyacá (1821-1900) / Joshua M. Rosenthal ; traducción, Mariana Serrano Zalamea ; prólogo, Renzo Ramírez Bacca. -- Primera edición. -- Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020.
232 páginas : ilustraciones, mapas y tablas ; 24 cm
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN : 978-958-781-450-7
Título original: Salt and the Colombian State: Local Society and Regional Monopoly in Boyacá , 1821-1900
1. Salinas - Historia - Boyacá (Colombia) –Siglo XIX 2. Industria de la sal - Historia - Boyacá (Colombia) - Siglo XIX 3. Monopolios - Política gubernamental - Historia - Colombia - Siglo XIX 4. Colombia - Historiografía - Siglo XIX I. Serrano Zalamea, Mariana, traductora II. Ramírez Bacca, Renzo, prologuista III. Pontificia Universidad Javeriana
CDD 338.27632 edición 23
inp 11/02/2020
Prohibida la reproducción total o parcial de este material, sin autorización por escrito de la Pontificia Universidad Javeriana. Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no comprometen a la Pontificia Universidad Javeriana.
Contenido
Figuras
Tablas
Agradecimientos
Nota sobre las fuentes
Prólogo
Renzo Ramírez Bacca
La sal y el Estado colombiano
Un monopolio de la sal
El Estado
Boyacá y Colombia
Cambio y comunidad en La Salina
Una institución local
El declive económico de La Salina
La comunidad después de 1836
La producción de sal para el Ministerio
Introducción
Cocinando sal
Loza, leña, tierra y mano de obra
Conclusión
Los monopolios del Ministerio y del mercado
Introducción
Un “monopolio” local
Contrabando
Conclusión
La Salina y la historia de Colombia hasta 1857
Introducción
La República temprana y la Guerra de los Supremos
La Salina a mediados de siglo
Conclusión
La Salina, Boyacá y Colombia después de 1857
La Salina y el federalismo
La rebelión en Boyacá, 1871
Sal, liberalismo y desarrollo
La guerra de los Mil Días: La Salina se pierde de vista
El significado de La Salina en el siglo XIX
Referencias
Archivos y colecciones
Periódicos
Memorias
Otras fuentes primarias publicadas
Fuentes secundarias
FIGURAS
FIGURA 1. Salina de Chita, 1806
FIGURA 2. La cordillera Oriental hasta 1856
FIGURA 3. Cocuy: Mapa del cantón, 1825
FIGURA 4. Instrucciones para ensamblar un sartén comprado en Liverpool en 1881
FIGURA 5. “Planes para el Puente Zapo, 1865”
FIGURA 6. “Planes para el Puente Zapo, 1880”
FIGURA 7. “Antiguo Virreinato de la Nueva Granada, hoy Estados Unidos de Colombia y República del Ecuador”
Tablas
TABLA 1. Población en departamentos seleccionados y en Colombia, 1810-1905
TABLA 2. Contribuciones especiales de 1823
TABLA 3. Profesiones por cantón en Boyacá en 1845
TABLA 4. Estimaciones demográficas de La Salina
TABLA 5. Los aportes de 1823 y la población en 1835
TABLA 6. Ganado en La Salina y en pueblos comparables, un cantón de El Cocuy, 1859
TABLA 7. Recaudación de impuestos en La Salina
TABLA 8. Promedio de envíos y ventas mensuales de sal producida en La Salina (en kilogramos)
TABLA 9. Sal vendida antes y después de la introducción de la producción abierta (en kilogramos)
TABLA 10. Precios y tamaños de las cerámicas en Múneque y en Agua Blanca
TABLA 11. Rentas nacionales, 1827-1851 (en pesos)
TABLA 12. Rentas nacionales, 1851-1909 (en pesos)
TABLA 13. Producción media y beneficios en diferentes salinas del Ministerio, 1855-1897
TABLA 14. Compras de sal en La Salina, mayo de 1843
TABLA 15. Solicitudes de compra de sal, julio 4 de 1874(en kilogramos)
TABLA 16. Tamaños de las solicitudes de compra, 1843 y 1874
TABLA 17. Pedidos y ventas en La Salina, julio y agosto de 1874 (en kilogramos)
TABLA 18. Rentas nacionales, 1905-1909 (en pesos)
Agradecimientos
Con sentimientos de gratitud presento la edición en español de este estudio sobre la historia de La Salina de Chita. Al preparar el manuscrito para la traducción, solo realicé algunas revisiones menores a la edición en inglés, que fue publicada en 2012. La mayoría de estos cambios supuso la corrección de los errores encontrados en el original. En unos cuantos apartados, estas modificaciones se hicieron como respuesta a provechosas críticas hechas en las reseñas publicadas. Expreso mi gratitud a aquellos que se tomaron el tiempo de leer el trabajo y de ofrecer comentarios sesudos. Desafortunadamente, no logré hacerles seguimiento o responder adecuadamente a esas útiles sugerencias. También suprimí varios pasajes que contenían descripciones elementales sobre la historia de Colombia que eran necesarias para los lectores anglófonos.
Cuando asumí este proyecto tuve enormes deudas. Desde la investigación de archivo inicial que comenzó en 1994, hasta la disertación doctoral finalizada en 2001 –que luego derivó en el libro publicado en 2012– recibí la ayuda y el apoyo de muchas personas. Espero haber agradecido a todos los académicos, colegas, amigos, bibliotecarios y archivistas de Colombia y Estados Unidos que me brindaron su apoyo generoso y su asesoría durante este proceso. Para evitar la reiteración, y con el temor de omitir tantos e importantes nombres de aquellos que colaboraron conmigo durante los últimos años, no mencionaré a los cientos de personas sin las cuales no habría podido escribir este trabajo. Ellos saben quiénes son y espero que entiendan cuán agradecido estoy por su apoyo y contribución. Muchos de los aspectos rescatables de este trabajo reflejan su apoyo y sugerencias. Por mi parte, asumo la responsabilidad de todos los errores presentes en este libro.
Algunas instituciones fueron importantes por el apoyo que le proporcionaron a este proyecto: la Western Connecticut State University, especialmente el Departamento de Historia; el Comité de la Gran Colombia del Seminario sobre Historia Latinoamericana (CLAH, por sus siglas en inglés); la sección de Colombia de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, por sus siglas en inglés); el Centro de Estudios Latinoamericanos David Rockefeller de la Universidad de Harvard; la Asociación de Colombianistas; el Archivo General de la Nación; la Biblioteca Luis Ángel Arango; y la Biblioteca Nacional. También quiero agradecerles a Edwin López Rivera y a Salomón Kalmanovitz, quienes me invitaron a formar parte de un proyecto de historia fiscal durante el federalismo que me permitió revisar de nuevo la historia boyacense y sus fuentes. Igualmente, quiero extender mis agradecimientos a todas las personas vinculadas al programa de Historia de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC). Esta universidad fue un lugar de acogida intelectual mientras llevaba a cabo mi investigación inicial y ha sido muy placentero renovar mi vínculo con su programa. Estoy en deuda con Javier Guerrero Barón, Isidro Vanegas y muchos otros que hicieron posible esta edición.
Finalmente, quiero agradecer el apoyo inquebrantable de Samara, Zeke y Amber.
Este libro fue posible gracias a la Beca para traducir y publicar obras escritas en lenguas diferentes al español sobre temas colombianos de la segunda fase de la Convocatoria de Estímulos 2019 del Ministerio de Cultura y al equipo de la Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
Nota sobre las fuentes
En el proceso de escritura de este trabajo usé las citaciones y las referencias bibliográficas que cumplen con los estándares de la academia y las practicas historiográficas de los materiales colombianos más importantes, pero los lectores cuidadosos podrían encontrar algunos pasajes en los que puedo quedarme corto en esta empresa. Las citaciones de los documentos del Archivo General de la Nación de Colombia (AGN) incluyen el número de folio sin información adicional. Con frecuencia, estos legajos contienen varias páginas para cada número, lo que vuelve impreciso tal sistema. Aquellos que utilicen esas notas como una guía deberán encontrar el número preciso del folio y trabajar sobre las páginas que le siguen. Adicionalmente, las citaciones reflejan la catalogación usada a mediados de los años noventa. En la medida en que los Fondos de Gobernaciones y las Gobernaciones varias han sido traspasados al sistema de microfilms, sería necesario consultar el índice para determinar la ubicación de los volúmenes provinciales en el fondo más amplio. Creería que las guías antiguas aún están disponibles en el AGN. Finalmente, a menudo fue difícil, e incluso imposible, discernir la autoría cuando se trató la correspondencia de La Salina, objeto de mi investigación, pues mucha de esta fue copiada y reenviada. Esto derivó en que mi reconstrucción de los hechos está referida a correos oficiales, más que a individuos particulares. Confío en que esta falla no haya generado inexactitudes históricas, pero es necesario reconocerla y esperar que los lectores la excusen.
Prólogo
La sal es un producto de uso ancestral en el altiplano cundiboyacense, es la base de la dieta alimenticia de sus pobladores y es un elemento importante de intercambio comercial. No por otra razón, la problemática sobre su explotación y monopolio es recurrente para el análisis histórico regional, en particular cuando este producto es visto como un factor económico que le interesa al Estado republicano colombiano, en su intención de controlar su comercio; de hecho, esta es una práctica heredada del Virreinato de la Nueva Granada.
Esa intencionalidad monopolista estatal, que representó el 10 % de los ingresos federales durante el siglo XIX y, por ende, contribuyó a la construcción del naciente fisco republicano, es el objeto de interés de Joshua M. Rosenthal en el presente libro1. Este autor enfoca su investigación en La Salina de Chita, ubicada en el otrora Cantón de El Cocuy y actualmente en la provincia de Casanare. El “pueblo de la sal” –como lo conocieron los primeros avanzados ibéricos, y que luego se convirtió en la encomienda de Chita– era una localidad con una población cercana a los 1000 habitantes. Esta salina es abordada por el autor desde los referentes hispánicos iniciales, pero en función de ver cómo su producción constituyó un ingreso importante para el fisco nacional y cómo se administró, además de otros recursos complementarios de la época, como la cerámica, la madera, la tierra y la mano de obra.
La perspectiva institucional –caracterizada por un Estado débil– en torno al control de la fabricación de la sal y la respuesta de ese entorno local y sus resultados son considerados por Rosenthal a partir de la política fiscal propiamente dicha y de su implementación. Además, este autor considera las respuestas regionales y locales frente a dicho control y el contexto de la política nacional en el que interactúan ministros, empleados, empresarios, contratistas, habitantes locales, comunidades y trabajadores migrantes.
Rosenthal analiza esa intervención del naciente Estado republicano en el ámbito local en el que, de hecho, la explotación de sal fue su atractivo principal. Sin embargo, esta intervención no siempre fue exitosa, por el contrario, el acercamiento y la relación entre los agentes estatales y las prácticas locales fue frustrante. En especial, por un interés que buscaba gestar un verdadero proceso industrial que llevara la modernidad económica a La Salina.
Hay que destacar que, después de los ingresos por los conceptos de aduana y tabaco, las salinas fueron el tercer renglón de rentas del Estado, por lo menos hasta mediados del siglo XIX. Una vez estuvo en condiciones de monopolio estatal, la sal ocupó el segundo renglón, después de los ingresos por aduanas, durante la segunda mitad del siglo XIX. Esto sin desconocer la discusión en torno al papel monopolista del Estado y el potencial de los conflictos entre los estados federados, que por esta época se dirimían. Este papel siempre fue discutido por los intentos de regulación del mercado y las consideraciones críticas del entorno local, que terminaron en una dicotomía extrema entre los que estaban a favor de la administración y los que no, considerados inmorales o criminales. En palabras de Rosenthal, “el discurso de la primacía del Estado fue en sí mismo un intento fallido de construcción del Estado”, que en la práctica se usaba para la compra del producto y para aumentar su precio oficial en el mercado regional.
Hay que señalar que La Salina ocupaba el tercer renglón regional en ventas de sal, después de Zipaquirá y Nemocón. El producto de esta localidad era de los más requeridos y, en consecuencia, también lo eran su fabricación y venta ilegal. No por otra razón, en este libro se ofrece el estudio de un contexto en el que converge la ya mencionada monopolización en la producción y el comercio del Estado, la especulación inflacionaria de los comerciantes, y el contrabando con un producto a menor precio, contra los cuales el Estado se muestra ineficiente.
Rosenthal ubica a La Salina en el contexto de la historia política colombiana, partiendo de la Gran Colombia, la República Temprana y la Guerra de los Supremos, o Guerra de los Conventos (1839-1841), en la que estuvieron involucrados boyacenses y casanareños, y, por ende, los pobladores de La Salina. Esa guerra implicó actualizar los planes de la administración directa, en un escenario en el que los contratistas de sal fueron figuras y políticos notables, según los cambios políticos y las rebeliones de mediados y de la segunda mitad del siglo XIX.
La importancia fiscal y el monopolio de la sal, desde el nivel central, aclara el porqué de las contradicciones bipartidistas, los cambios político-administrativos, las revueltas regionales, el liberalismo radical, la Regeneración y la Guerra de los Mil días (1898-1902), eventos que se van a ver reflejados en el ámbito local. Este libro es un esfuerzo de su autor por colocar el ámbito local en el contexto de lo nacional, pero, en especial, en los grandes hitos de la historiografía decimonónica colombiana. Recordemos que en los albores del siglo XX el papel del Estado, a través del Ministerio de Finanzas, comienza a decaer y su importancia se opaca. Las redes de influencia y contratación encuentran nuevos canales y, por ende, su acervo documental decrece, a la luz crítica del historiador.
Rosenthal finaliza su monografía resaltando la innegable importancia de La Salina de Chita en la historia nacional y regional, a partir del papel liderado por el Estado y su intencionalidad monopolista evidenciada a lo largo del siglo XIX. Lo anterior, a modo de síntesis y conclusión. Es evidente que la decadencia de la sal estaría relacionada con otros fenómenos de modernización y tecnologización provenientes de EE. UU. o Europa, lo cual transformaría el mercado, al tiempo que su sobrevivencia se daría en el vaivén de la adaptación de los modos de su producción y comercialización.
El autor se apoya en un buen y valioso acervo documental primario proveniente del Archivo General de la Nación, además de reportes y memorias oficiales del Ministerio de Hacienda y Fomento, relatos de viajeros y periódicos, y de investigaciones previas, como las de Anuar Hernán Peña Díaz, Martín Javier Plazas Pérez y José de Jesús Fuentes Cómbita, entre otros autores y fuentes secundarias clásicas que le permiten reconstruir el contexto histórico nacional.
RENZO RAMÍREZ BACCA
Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín
Figura 1. Salina de Chita, 1806
Fuente: Ignacio Caicedo. AGN, Mapas y Planos, Mapoteca n.o 4, ref. 130 A.
Notas
1 La versión en inglés se titula Salt and the Colombian State: Local Society and Regional Monopoly in Boyaca, 1821-1900 y fue publicada por la University of Pittsburgh Press en 2012.
La sal y el Estado colombiano
En 1806, cuando Ignacio Caicedo dibujó un boceto de La Salina de Chita, ubicada en el occidente de Colombia, no se preocupó por representar a este pueblo, pues eso no era de su interés. En su calidad de administrador que supervisaba la venta de sal, controlada por el monopolio real, a Caicedo le preocupaba, sobre todo, documentar la producción de la sal, más que describir cualquier otro aspecto relacionado con la vida local. Actualmente conservado en la Mapoteca del Archivo General de la Nación (AGN), su boceto refleja algo de la topografía del valle circundante, que antes había sido cortado por las aguas torrenciales del río Casanare al crear un paisaje que iba desde las tierras altas de Boyacá hasta las llanuras del Casanare. Caicedo ubicó a la iglesia en ruinas y otros edificios en el trasfondo, y resaltó los elementos relacionados con la producción de la sal en el centro. Aquí y allá, dibujó a las mulas a veces cargadas y jaladas por los muleros, o pastando con libertad. Había pilas de maderos más altas que una persona, y hombres cortando y cargando madera. Bajo el refugio de un cobertizo abierto, una figura se inclinaba hacia un horno en donde la salmuera se cocinaba lentamente en las tortas de sal características de la región. En otro punto, la gente se agachaba sobre un pozo alimentado por una vertiente, siendo esta la razón inicial por la que los primeros pobladores se establecieron en este lugar aislado. Algunas vertientes similares salpican el altiplano cundiboyacense que se extiende al nordeste de Bogotá. Muchas de ellas fueron usadas para producir sal antes de que los españoles llegaran a América, pero pocas eran tan naturalmente ricas como La Salina de Chita o aquellas cercanas a la vereda de Córdoba. Para Caicedo y sus sucesores republicanos, esta abundancia natural era al mismo tiempo estimulante y frustrante. Cuando Caicedo observó la producción de sal en La Salina, imaginó más lo que debería ser que lo que era en realidad.1
Alexander von Humboldt había visitado las grandes salinas de Zipaquirá en 1801 y luego publicó una descripción de los trabajos, complementada con recomendaciones para realizar mejoras. Esto generó un esfuerzo concertado para aumentar la eficiencia y la rentabilidad de la producción de sal en la Nueva Granada. El informe de Caicedo dirigido al virrey tenía un tono similar. En él, Caicedo elaboró varias propuestas para mejorar los trabajos, pero la más ambiciosa era aquella dibujada con líneas punteadas: un muro más alto que una persona y lo suficientemente ancho como para caminar sobre él sería construido en las orillas del río Casanare. La adición propuesta protegería a las vertientes de la creciente del río durante los cuatro meses de la estación lluviosa, cuando el Casanare desbordado arrasa con los brotes de la estación seca, lo que dificultaba o incluso hacía imposible la producción de sal. Un muro resolvería este problema y permitiría la continuidad de su producción a lo largo del año, lo que generaría más ingresos para el tesoro real. De esta manera, Caicedo proponía que el Estado incrementara su presencia material en este lugar apartado.
En las décadas siguientes, los sucesores de Caicedo en el Ministerio de Hacienda republicano hicieron propuestas similares hasta que, algunos años más tarde, su visión a futuro se cumplió. En 1836, el Ministerio supervisó la construcción de un muro como el que Caicedo había proyectado. Inclusive, el Ministerio costeó las mejoras en las carreteras locales, la construcción de un almacén y nuevos hornos para cocinar la sal. La meta era crear una industria rentable que funcionara todo el año. En 1837, un funcionario entusiasta escribió que “en la parroquia de La Salina de Chita del Canton del Cocuy hay una mina de Sal de la propiedad del Estado la que sin duda alguna vale un millón de pesos”.2 En sentido estricto, su cálculo era correcto. En esa época, La Salina enviaba más de un millón de pesos al Ministerio, pero tomaba mucho más tiempo del que cualquiera hubiera previsto. Además, los funcionarios del Ministerio estimaban que una suma que excedía con creces el millón de pesos había sido usada para financiar la producción de sal o para sostener las tareas administrativas relacionadas con esta.
A pesar de estas frustraciones, los administradores crearon una burocracia en La Salina que amplió la intervención del Estado en la industria de la sal, organizó la compra de tierras y supervisó otros proyectos de construcción. El involucramiento del Ministerio en la industria insertó al pueblo de La Salina en los ritmos variados de la economía nacional y de la historia política a lo largo del siglo. Un informe emitido después de la guerra de los Mil Días (1899-1902) que describía al pueblo en 1904 subrayaba que las únicas cosas que aún permanecían allí eran aquellas que eran muy difíciles de destruir o las que no valían nada.3 La visión de Caicedo había sido hecha realidad, y luego destruida.
Un monopolio de la sal
Teniendo en cuenta que la historia de La Salina arroja más preguntas sobre la concreción del Estado que sobre su dimensión teórica, su abordaje supone una perspectiva que encuentra los fundamentos de la historia en la realidad de la vida material, más que en las abstracciones. La producción de sal del mundo preindustrial se adapta bien a una investigación práctica sobre la construcción del Estado, pues lugares como La Salina han sido los epicentros del poder estatal a lo largo de la historia de la humanidad. Marcando un contraste con su estatus contemporáneo como un producto barato y abundante, la sal era un artículo valioso en el mundo preindustrial, lo que la convertía en un objeto atractivo para la tributación. La sal –o, más precisamente, los monopolios ejercidos sobre su producción y su venta– era un elemento importante en la historia global de los Estados y de la construcción del Estado. El comercio y los monopolios de la sal fueron cruciales en la Mesoamérica precolombina, en la China imperial y en la modernidad temprana de Francia, para citar unos pocos ejemplos. Al analizar la historia global de la sal, S. A. M. Adshead plantea que “las administraciones de la sal pertenecen a la adolescencia o a la senectud del poder central”.4 Según esta clasificación, la supervivencia del monopolio durante décadas reflejaba tanto las prácticas seniles de la España imperial como la inmadurez republicana. En otras palabras, el planteamiento de Adshead predice continuidades, que ciertamente fue lo que sucedió.
Cuando otros países hispanoamericanos republicanos se apartaron de los impuestos de la sal, en Colombia el Gobierno mantuvo el control del monopolio sobre su producción. En algunas partes del país, el monopolio sobrevivió a las reformas neogranadinas de mediados del siglo XIX y al liberalismo económico del federalismo. Si bien varios factores contribuyeron a la pervivencia de este modelo, el monopolio permaneció porque generaba ingresos que el Gobierno nacional necesitaba desesperadamente. Década tras década, la crítica aguda de las élites nacionales y el resentimiento extendido generado por la tributación no fueron suficientes para superar la realidad fiscal. Desde la década de 1820 hasta 1900, los beneficios que el Ministerio obtenía por la producción de sal representaban cerca del 10 % de la renta de la Hacienda, y así lo fue de manera consistente. Las aduanas producían mayores rentas que el monopolio sobre la sal, pero el consumo fluctuaba cada año. La estabilidad inherente a las ventas de la sal aumentó el valor del monopolio. Por ejemplo, el Gobierno podía emitir pagarés redimibles por sal como garantía para los préstamos en tiempos de guerra.5 Principalmente, esta renta era producida por un puñado de salinas dispersas a lo largo del altiplano oriental de Colombia.
La salina más importante era la de Zipaquirá, donde la Hacienda supervisaba la venta, en promedio, de más de 8 millones de kilogramos de sal al año. Fue en Zipaquirá donde los comuneros, que se rebelaron en parte para protestar en contra de los nuevos monopolios fiscales, acamparon cuando sus líderes contemplaron la posibilidad de apoderarse de una Bogotá indefensa en 1781. Humboldt visitó las salinas cuando recorrió la Nueva Granada, y actualmente muchos visitantes lo imitan cuando van a la nueva Catedral de Sal erigida en la profundidad de los vastos depósitos subterráneos de sal. Aunque la historia republicana de Zipaquirá está por escribirse, logra, aun así, opacar a la de La Salina.
El cuidadoso estudio realizado por Anuar Hernán Peña Díaz, Sal, sudor y fisco: el proceso de institucionalización del monopolio de la sal en las salinas de Chámeza, Recetor y Pajarito, 1588-1950, contiene alguna información sobre las salinas de los alrededores de Zipaquirá. En este trabajo, Peña Díaz plantea que las salinas dirigidas por el Ministerio en Chámeza, Recetor y Pajarito proporcionaban una perspectiva ventajosa para examinar los vínculos institucionales entre Bogotá y Casanare. En particular, recalca el papel que jugaba el monopolio en el proceso de centralización institucional. En este trabajo, yo amplío el planteamiento de Peña Díaz en el sentido de que analizo cómo la naturaleza institucional del monopolio fue un elemento importante para la construcción del Estado en mayor escala durante el siglo XIX en Colombia.
El siglo XIX estuvo marcado por disyuntivas y contradicciones. Las promesas radicales de igualdad que estaban implícitas en la Independencia y en las posteriores olas de cambio chocaron con los esfuerzos de aquellos que se sentían responsables de gobernar esa sociedad desregulada y económicamente subdesarrollada. El monopolio de la sal era un modelo de este conflicto. Un Estado poderoso y rico no habría mantenido el monopolio. Otros gobiernos hispanoamericanos, que generalmente no eran más ricos ni poderosos, pusieron fin a sus monopolios de la sal con mayor celeridad. El fracaso de la Hacienda en liberarse de este anacronismo fiscal era un símbolo de sus limitaciones y de su incapacidad para implementar reformas fundamentales que tantas élites consideraban necesarias para el progreso. Incluso, el monopolio de la sal no solo sobrevivió, sino que también creció. Su crecimiento exigió la creación de una burocracia institucional que personificaba el papel contradictorio que desempeñaba el Estado en el siglo XIX. La razón de ser de la burocracia consistía en proporcionarle al Estado las rentas necesarias, aunque su ineficiencia y corrupción dificultaban la ejecución de esta función. Al mismo tiempo, la burocracia era un elemento fundamental para el crecimiento del Estado, particularmente en el ámbito de la recopilación de información. Los informes sobre la producción de la sal y las políticas relacionadas llenaban las páginas de los periódicos oficiales y de otras publicaciones gubernamentales, siendo parte de la discusión pública sobre el papel adecuado del Estado.6
La historia de la producción de sal, del esfuerzo de la Hacienda por controlarla y de las respuestas locales en La Salina recorre tres narraciones entrelazadas entre sí. La primera se relaciona con la forma en que la implementación de la política fiscal moldeaba la vida en La Salina, la segunda se centra en las respuestas regionales frente al control estatal del monopolio, y la tercera es un recuento cronológico de las políticas nacionales en La Salina y en Boyacá. Cada uno de estos relatos se basa en el mismo elenco de personajes, que incluye a los siguientes actores: la Hacienda, sus secretarios y empleados en Boyacá, los empresarios, los contratistas locales, los residentes de La Salina, los trabajadores migrantes y las comunidades en Tundama. Estos tres relatos juntos presentan la historia de la acción estatal durante el siglo XIX y de la debilidad del Estado como fuerzas que configuran la historia de Colombia, aunque difirieran de lo que se esperaba de los arquitectos del mismo.
El Estado
En su carácter de análisis de la construcción del Estado, este trabajo contribuye a la literatura que busca ir más allá de la evaluación de su formación en términos de éxito o fracaso. La conceptualización de la formación del Estado relacionada con esta dicotomía inevitablemente conduce a una contradicción en la que, en palabras de Fernando López-Álvez, Latinoamérica es concebida como una región tanto de “Estados débiles con burocracias mal entrenadas”, como de “instituciones centralistas y corporativistas”.7 De hecho, estas contradicciones no lo eran en realidad, sino que eran más bien dos facetas del Estado republicano. Como lo plantea Stacy Hunt, “pocos Estados, si acaso alguno, cumplen con el tipo ideal de Weber en términos absolutos. Al observarlos desde este mito ahistórico, el ‘fracaso’ de los Estados es la regla y no la excepción”.8 La historia de La Salina demuestra que el afán de Hunt de reconciliar las aparentes contradicciones se aplica por igual al dilema descrito por López-Álvez. La institución centralista del monopolio de la sal se caracterizaba por su burocracia mal entrenada y el Estado institucional presente en La Salina no era ni un éxito ni un fracaso. Sin embargo, era un actor histórico significativo.
Las herramientas para analizar al Estado de esta manera fueron expuestas por Oscar Oszlak en “The Historical Formation of the State in Latin America: Some Theoretical and Methodological Guidelines for its Study” (La formación histórica del Estado en América Latina: algunas guías teóricas y metodológicas para su análisis). En este ensayo, Oszlak plantea una metodología que distingue entre el Estado en términos abstractos, que es la entidad que busca el monopolio legítimo del uso de la fuerza y la autoridad correspondiente, y el Estado material e institucional, que es una serie interconectada de edificios, burocracias, rutas de correos y otras cosas materiales cotidianas: “El aparato del Estado se manifiesta como un actor social multifacético y complejo, en el sentido de que sus diversas unidades y arenas de decisión y acción expresan una presencia difusa y, a veces, ambigua en la red de relaciones sociales”.9 Me inquieta particularmente la tercera de las cuatro etapas de investigación propuestas por Oszlak, que documenta el grado en el cual el Estado desarrolla las instituciones públicas con “(a) una reconocida capacidad de extraer, con regularidad [,] recursos de la sociedad; (b) un cierto grado de profesionalización de sus funcionarios; y (c) un control centralizado en cierta medida sobre sus múltiples actividades”.10
Los historiadores tienden a asumir al Estado como un elemento que solo debe tenerse en cuenta como un eje analítico de un tema más amplio, algo que debe tratarse antes de pasar a otros asuntos, comúnmente relacionados con la cultura política.11 Durante varias décadas, los análisis que han enfatizado el trabajo, las especificidades de clase social y varias versiones de la teoría de la dependencia han cedido terreno intelectual a los análisis del discurso y de la identidad, y las contribuciones populares a la política, la formación nacional y la cultura política. Aunque este viraje ha producido una rica comprensión de Latinoamérica como un lugar que tiene una historia política dinámica, no ha aportado una apreciación equilibrada sobre el Estado como un actor histórico ni sobre su construcción como una fuerza histórica.12
El enfoque sobre el Estado, incluso sobre uno aún inacabado, permite adquirir una mirada refrescante sobre la república temprana de Colombia. Más específicamente, la política fiscal, comúnmente analizada en términos de su historia económica, proporciona una rica fuente para observar el contacto entre el Estado institucional y la sociedad.13 Así, la realidad material de la sal y la institución que se desarrolló en torno del monopolio de la misma brindan una base concreta para una discusión que, de otra manera, sería excesivamente teórica.14 Por ejemplo, el Estado colombiano desplegaba notables continuidades pese a las numerosas fluctuaciones políticas. Esta continuidad se hacía manifiesta con mayor claridad a través de la presencia material del Estado institucional dedicado a administrar el monopolio de la sal. La conceptualización de la construcción del Estado como un proceso institucional, que se lleva a cabo mientras se elabora el trazado de su presencia material, proporciona una metodología para moldear de nuevo al Estado como una fuerza histórica importante durante el siglo XIX en Hispanoamérica.15
La competencia entre los agentes estatales y otros actores era una realidad cotidiana centrada en las recompensas económicas tangibles. Esta competencia tenía lugar en espacios cuidadosamente demarcados y definidos por el Estado institucional como elementos vitales de su infraestructura. Tan pronto las élites se dieron cuenta de que los actores subordinados aprovechaban los nuevos espacios y discursos políticos para promover sus propios intereses, el Ministerio descubrió que los espacios institucionales del monopolio de la sal –los lugares de producción, venta y transporte– se habían transformado en escenarios de resistencia popular. Al igual que en el escenario político, era más fácil definir un espacio que controlar lo que allí sucedía. Pero estos momentos de confrontación demuestran con mayor claridad la utilidad de evitar la catalogación de éxito o de fracaso cuando se trata de la construcción del Estado, pues revelan los diversos roles estatales como una entidad en donde se entreveran el ejercicio del poder y sus instituciones. De esta manera, aunque la bifurcación que propone Oszlak en términos de un Estado abstracto y uno material sea una herramienta útil para el análisis, esta distinción no opera en la vida real. En la experiencia de las personas que vivían en La Salina, el Estado institucional no era una abstracción, sino una práctica diaria. La cuestión de la legitimidad del Estado, tan proclive al análisis teórico en la academia, era un asunto de beneficios y de precios que los compradores pagaban por la sal.
Boyacá y Colombia
El papel del Estado en Colombia debe analizarse a partir del contexto más amplio de la literatura sobre el siglo XIX referida a los partidos políticos, las guerras civiles, el regionalismo y, más recientemente, la etnicidad.16 En términos de un evento histórico particular que definiría el siglo, como sucedió con el gobierno de Juan Manuel de Rosas en Argentina o la Revolución mexicana, la incipiente República de Colombia se definía por el regionalismo fruto de su topografía fragmentada, constituyéndose en un factor que desafiaba la construcción del Estado y la conceptualización académica sobre su formación.17
Sin embargo, el énfasis sobre los monopolios fiscales proporciona un método para delimitar el alcance del Estado institucional. La burocracia ministerial era un archipiélago diseminado a lo largo del desafiante territorio colombiano, constituido en juntas regionales, oficinas, contratistas, subcontratistas y centros de acopio unidos de manera precaria por rutas de correo y caminos de herradura.18 La red que unía las partes de este archipiélago estaba diseñada para pasar instrucciones desde el centro a la periferia, mientras llevaba información y registros en la otra dirección; estas islas de la burocracia estatal también eran supuestos puntos a través de los cuales el Estado irradiaba su autoridad y control. Sin embargo, en la práctica, estas islas recurrentemente se convertían en puntos focales que desafiaban la autoridad estatal.
La Salina era un lugar como el descrito arriba, y la correspondencia constante que escribían los empleados de la Hacienda permite documentar dos dinámicas importantes. En primer lugar, los beneficios de la renta de la sal debían estimular la actividad comercial, pero el monopolio exigía que se ejerciera un control estatal sobre la mayor cantidad de recursos locales posible y de una manera tan agresivamente antiliberal, que terminaba limitando los mercados.19 En segundo lugar, las élites, bien fueran críticos o empleados ministeriales, buscaban promover simultáneamente el progreso, tanto moral como económico, de manera combinada. En La Salina, estas dinámicas se entrelazaban comúnmente, lo que aumentaba las espectativas y las frustaciones.
Esta historia habría sobresalido en cualquier región, pero el hecho de que hubiera tenido como escenario a Boyacá, una de las regiones colombianas más pobladas, le da aún más relevancia. La historiografía boyacense no se ha desarrollado mucho, siendo este un factor que debe tenerse en cuenta cuando se intenta avanzar sobre el análisis de la heterogeneidad interna de Boyacá y el papel que desempeña en la política nacional. Pese a que la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja ha publicado estudios regionales bien documentados e investigados, la mayoría basados en las fuentes del Archivo Regional de Boyacá, aún se requiere trabajo para que la historiografía boyacense equipare los niveles que existen en otras regiones.20 A menudo, Boyacá es retratada como una región que recibió la historia en lugar de generarla, en un marcado contraste con Antioquia, Cauca, Santander o el Caribe, pero su tamaño en sí mismo implica que nunca pueda estar ausente por completo de otros asuntos nacionales (tabla 1). Una aproximación a La Salina ilumina la historia de Boyacá, y una aproximación a Boyacá ilumina la historia de Colombia en su totalidad.
Tabla 1. Población en departamentos seleccionados y en Colombia, 1810-1905

Fuente: Jorge Orlando Melo, “La evolución económica de Colombia, 1830-1930”, en Manual de historia de Colombia, 4.a ed., ed. Jaime Jaramillo Uribe, 3 vols. (Bogotá: Tercer Mundo, 1992), 2:138.
Nota: esta tabla no incluye a Bolivar, Tolima, Magdalena o Panamá, la cual se separó de Colombia en 1905.
En este sentido, este trabajo es un intento por incorporar la historiografía regional de Boyacá a la historia nacional. Como sucede con otras regiones, Boyacá era una amalgama de microrregiones y las ideas sobre la identidad regional fueron una construcción social. Desde una perspectiva nacional, con frecuencia Boyacá quedaba agrupada con Cundinamarca y Santander como la cordillera Oriental.21 Durante el siglo XIX, algunas veces Boyacá formaba pareja con Santander como “el Norte”.22 Aunque las tres provincias compartían un número de tratados y se vinculaban entre sí por el comercio interregional, al ser examinadas de cerca, la noción de que la cordillera Oriental conformaba una única región pierde gran parte de su significado, al igual que la idea de que Boyacá en sí misma era internamente homogénea.23
Además de la complejidad de estos asuntos, las fronteras políticas de la región fueron alteradas varias veces durante el siglo XIX. Después de la Independencia, el área era la provincia de Tunja. A mediados del siglo, en la medida en que proliferaron una serie de provincias más pequeñas, Boyacá estaba compuesta por la provincia de Tunja y por la provincia de Tundama. En 1857, el Estado de Boyacá se conformó a partir de la unificación de Tunja, Tundama, Casanare, y los cantones de Chiquinquirá y Moniquirá, a partir de la antigua provincia de Vélez (figura 2).24 A lo largo de este trabajo se usarán las designaciones de Boyacá y Tundama.
FIGURA 2. La cordillera Oriental hasta 1856
Fuente: elaboración propia.
A una altitud de 1500 metros por encima del nivel del mar, La Salina estaba ubicada más abajo que la mayoría de las poblaciones boyacenses, que se concentran entre los 1900 y los 3000 metros. Hoy se ubica justo en la frontera entre Boyacá y Casanare. Durante los años en que se realizó este estudio, estaba asentada en Boyacá, mientras que en la actualidad está en una pequeña porción de Casanare acuñada entre Boyacá y Arauca. Situada en el límite de lo que era entonces una frontera abierta, La Salina y su historia recibían la influencia de la proximidad de Casanare, particularmente de la ganadería, y la promesa perenne de los llanos como un lugar de naturaleza y de personas indómitas. Para los arquitectos principiantes de la Hacienda, Casanare resultaba de la unión entre la enfermedad y un desierto indómito que no valía la pena dominar bajo la eterna promesa de una naturaleza pródiga. Con el mismo nivel de importancia, el comercio y la política unían a La Salina con la cordillera, los cantones y los distritos de Santa Rosa, Sogamoso, El Cocuy y Soatá, que conformaban Tundama, y Santander, creado en 1857 a partir de la unificación de Socorro, Soto, Pamplona, García Rovira y algunas partes de Vélez.25 El comercio de la sal estableció conexiones directas entre La Salina y algunas partes de Santander, específicamente García Rovira, que era un abastecedor clave. Adicionalmente, los vínculos institucionales conectaban La Salina con Tunja y Bogotá.
El resultado fue una historia definida, en parte, por las intersecciones complejas y por las fuerzas contradictorias de estas tres orientaciones: la local, la regional y la nacional. Al reconocerse estas tres dimensiones, se corrige la tendencia de ver a Tunja y sus alrededores como representativos de la totalidad de Boyacá.26 En la academia, en la literatura y en la cultura popular, el Boyacá monolítico es retratado como la cuna de un campesinado que, aunque era pasivo en términos generales, se volvía violento cuando recibía provocaciones –una proeza que solo el clero conservador de la región podía lograr–.27 Aunque existieran algunas bases que sustentaban este estereotipo, fusionar a Tunja y sus alrededores con la totalidad de Boyacá opacaba la realidad de la diversidad interna y de la rivalidad intraprovincial. Este análisis homogeneizante de Boyacá encajaba con la visión de que la totalidad de esta región había alcanzado su cúspide en el siglo XVII, para luego comenzar un declive de 400 años.28
Esta concepción tiene una larga estirpe. Germán Colmenares inicia su análisis sobre la Tunja colonial explicando el grado de dificultad que supone transmitir la importancia y el esplendor de la ciudad en sus primeros años.29 El viajero francés Gaspard-Théodore Mollien visitó la ciudad y en su recuento, realizado en 1823, planteaba que esta gloria se había desvanecido hacía tiempo:
Tunja, antes de que llegaran a estas regiones los conquistadores españoles, era ya una ciudad muy principal, tan importante en Cundinamarca como Cuzco, en el Perú […]. Hoy no es más que una ciudad muerta. Tunja carece de atractivos; no hay gente, no goza de Buena temperatura, no tiene aguas abundantes y buenas; en una palabra, allí no hay nada de nada.30
Algunas décadas después, Manuel Ancízar compartió una afirmación más elaborada, aunque igualmente pesimista: “¿Qué le ha quedado, pues, a Tunja, ciudad sin artes, sin agricultura, sin comercio propiamente dichos?”. Luego elaboraba esta miraba:
Tunja es para el granadino un objeto de respeto, monumento de la conquista y sus consecuencias, que es la edad media de nuestro pais, y una especie de osario de las antiguas ideas de Castilla esculpidas y conmemoradas en las lápidas de complicados blasones puestas sobre las portadas de las casas, o viviendo todavia dentro de los conventos, es decir, fuera del siglo y extrañas a todo comercio humano con el cual ha cesado de armonizar: mansión de hidalgos a quienes la revolución republicana cogió de improviso, y la aplaudieron sin echar de ver que les traía el final politico de los privilegios y el término social de las ejecutorias.31
En sus Memorias de 1831, José Ignacio de Márquez escribió en términos generales acerca de los perjuicios económicos generados por las importaciones baratas de textiles, y daba el ejemplo de la ruina de la cordillera Oriental:
En efecto, esta esecsiva libertad ha hecho bajar considerablemente el precio de aquellos jeneros, y los nuestros no han podido competir con ellos. Así es que no tienen espendio, y los pueblos se han visto en la dura necesidad de abandonar sus fábricas, de donde ha resultado igualmente la baratía, ó mas bien el casi ningun consumo de las materias primeras con perjuicio de la agricultura, y de la cria de Ganado lanar. Si hay algunos que duda de esta verdad no tiene mas que recorrer las industriosas provincias del Soccoro, Tunja, Bogotá y Pamplona, ántes bastante productoras y hoy abandonadas y pobres.32
En 1830, el intendente de Tunja se refería a la situación y presentaba un ambicioso plan para revitalizar la manufactura. También citaba la ausencia de industria en torno a Tunja, señalaba que el único vínculo económico estaba ligado a la agricultura o al papel de la ciudad como capital y mencionaba, particularmente, los salarios que les pagaban a los funcionarios del Gobierno. Él proponía que este apoyara el establecimiento de una fábrica que produjera ropa de lana, para estimular la manufactura, la crianza de ovejas y otras mercancías.33 Soban no recibió ningún apoyo para su propuesta.
La principal actividad de la región era la agricultura, sobre todo aquella dedicada a los cultivos de consumo local, aunque también había algo de cría de animales. Adicionalmente, el ganado de Casanare era llevado a Bogotá, en donde era engordado después del arduo viaje desde los llanos, y se lo preparaba para su eventual consumo en Santander o Cundinamarca. La sal era un elemento clave en esa industria. En un estudio sobre la industria boyacense, Agustín Codazzi mencionaba la producción de calzado, sombreros, miel, cera, productos de caña de azúcar (sobre todo aguardiente) en las áreas de altitud baja, cerámicas –incluidos los azulejos–, madera preparada y objetos de metal que eran producidos por unas pocas docenas de herreros.34 Su optimismo sobre las posibilidades de la economía regional no le impidió hacer descripciones con toda franqueza, como la afirmación de que en cuanto a las “manufacturas” de Miraflores, en el Valle de Tenza, “propiamente hablando no las hay. Todo en este cantón está por crear. Apenas tejen cien piezas anuales de lienzo de algodón, exportando la mitad, que representa un valor de 300 pesos”.35
La Salina, en el cantón de El Cocuy, se destacaba. Un impuesto especial sobre la riqueza individual, establecido en 1821, pero solo cobrado en Boyacá hasta 1823, es un punto de referencia para comparar la economía de El Cocuy con el resto de Boyacá. Por cantón, Sogamoso tenía el promedio más alto de pago en la contribución, seguido de El Cocuy, Santa Rosa y Garagoa, con Soatá y Tenza cayendo por debajo de la tasa provincial (tabla 2).36
Tabla 2. Contribuciones especiales de 1823

Fuente: los valores poblacionales en esta y en las tablas siguientes provienen del censo de 1835.
Nota: la legislación fue aprobada en 1821, pero los cobros tuvieron lugar solo en 1823.
a Las cifras de la población solo incluyen los distritos que estaban reportados en la recaudación de impuestos, no la totalidad de la población de Boyacá.
b En pesos.
c Por individuo, en pesos y en reales.
Un análisis por distrito realizado en 1845 agrega información a este perfil sobre el trabajo en cada cantón. Los Cantones del Centro, Santa Rosa, Sogamoso y Tenza, tenían crisis ocupacionales acordes a los centros comerciales y de producción artesanal (tabla 3).
Tabla 3. Profesiones por cantón en Boyacá en 1845


Fuente: AGN, SR, Gobernación de Tunja, leg. 30, fols, 469-568, octubre-noviembre de 1845; 88 respuestas al cuestionario titulado “Cuadro que manifiesta que prod. de la agricultura, ganaderia, industria, minas en el distrito de […]”.
El Cocuy era uno de los cantones en Tundama y sus zonas montañosas habitables estaban densamente pobladas (figura 3). Los pueblos de El Cocuy se ubicaban a más de 2000 metros por encima del nivel del mar, excepto Espino y La Salina, que estaban a 1994 y 1439 metros, respectivamente.37 Codazzi describía el clima en el cantón de El Cocuy como frío y sano y en muchas partes templado; aunque La Salina era más caliente por su menor altitud, se consideraba que, aun así, su clima era saludable. Las bases económicas de El Cocuy eran los cultivos típicos de la zona de montaña: papas, maíz y fríjoles. En los municipios de El Cocuy, Chita, Güicán y Chiscas, abundaban las ovejas y las cabras. La industria local incluía la producción en pequeña escala de textiles y dos forjas. El cantón comerciaba con sus vecinos, los indígenas tunebo del oriente de Boyacá y Santander, y con la distante Bogotá. Se traían los productos manufacturados de Santander o de Bogotá, los productos agrícolas de los climas más calientes y el ganado de Casanare. El trigo, los textiles artesanales y la sal también se exportaban. Nada de esto era indicio de una economía fuerte, pero Codazzi era optimista sobre el futuro del cantón.
Manuel Ancízar, quien viajó con la Comisión Corográfica, también era optimista sobre El Cocuy como parte de Tundama, un área madura con un potencial de “163 000 habitantes, de los cuales el mayor número es de blancos y bien conformados, y el resto de indios pacientes, vigorosos, en quienes la rutina parece hacer los oficios del alma, y la humildad ser el compendio de todas sus virtudes”.38 Ancízar, incluso, se refería con optimismo a Chita, pueblo vecino de La Salina y del cual se desprende su nombre oficial, y que varias veces a lo largo del siglo fue descrito como “problemático”. Sus alabanzas, sin embargo, las hacía en los términos raciales de la época:
El distrito entero cuenta poco más de 7900 vecinos blancos, robustos y firmes de mejillas firmemente iluminadas, consagrados a la agricultura en pequeño y a la cría de ovejas, que suministran la excelente lana de que los naturales fabrican bayetas y ruanas muy durables y de buen tejido. El pueblo, como todos los antiguos que fueron de indios se resiente de su origen, y lo demuestra en el desarreglo de las calles y pésima disposición de las casas; pero en cambio las gentes son de índole sana y trato sencillo, virtudes que, unidas al amor al trabajo, constituyen una población moralmente inmejorable, aunque ajena a las superficialidades de la ponderada cultura de otras naciones.39
En este sentido, El Cocuy se asemejaba a los cantones de Santander y tenía un potencial similar. Sin embargo, tal desarrollo se sustentaba en un futuro cada vez más lejano. De hecho, durante todo el siglo XIX la producción de sal de La Salina fue la industria más importante del cantón. En este mundo pauperizado, lleno de promesas y decepciones, se desarrolló la historia de la sal y del Estado.
Figura 3. Cocuy: Mapa del cantón, 1825
Fuente: Mapas y planos, Mapoteca n.o 4, ref. 94 A.
Notas
1 Para algunas notas adicionales de Caicedo, véase el Archivo General de la Nación de Colombia (AGN), Sección Colonial (SC), Fondo Salinas, legajo (de aquí en adelante abreviado como leg.) 7, fols. 297-301, septiembre a diciembre de 1806. Los esfuerzos de Caicedo coinciden con el esfuerzo de la Expedición Real Botánica dirigida por José Celestino Mutis en 1783, véase Jorge Orlando Melo “La idea del progreso en el siglo XIX, ilusiones y desencantos, 1780-1930”, en Revista de Estudios Colombianos, 36 (2010): 16-29.
2“Informe relacionado a los datos estadísticos”, AGN, Sección Repúbica (SR), Gobernación de Tunja, leg. 23, fol. 41, enero de 1837.
3 Calvo, “Informe del administrador de las salinas de Chita y Múneque”, en Memoria de Hacienda de 1904, sección 2, ii.
4 S. A. M. Adshead, Salt and Civilization (Nueva York: St. Martin’s, 1992), 178. Sobre el Estado y los monopolios de la sal, véase Kwan Man Bun, The Salt Merchants of Tianjin: State-Making and Civil Society in (Honolulu: University of Hawai‘i Press, 2001). También véase Mark Kurlansky, Salt: A World History (Nueva York: Walker, 2002).
5 Esta tradición se remonta al nacimiento de la República y perduró durante décadas. Sobre la práctica del Gobierno de cubrir sus deudas domésticas a través de la emisión de pagarés redimibles por sal en las salinas de Cundinamarca, véase Luis Fernando López Garavito, Historia de la Hacienda y el Tesoro en Colombia, 1821-1900 (Bogotá: Banco de la República, 1992), 20-21. Para un ejemplo posterior, véase Anuar Hernán Peña Díaz, Sal, sudor y fisco: el proceso de institucionalización del monopolio de la sal en las Salinas de Chámeza, Recetor y Pajarito, 1588-1950 (Bucaramanga: División de Publicaciones UIS/Universidad Industrial de Santander, 2008), 212, 226.
6 Para esta discusión abordo las Memorias de Hacienda, que fueron publicadas como volúmenes y gacetas oficiales seriadas, como una presentación novedosa de la acción estatal en la esfera pública. Sobre esto, véase Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflection on the Origin and Spread of Nationalism (Nueva York: Verso, 2006). Sobre el desarrollo de la esfera pública en Colombia antes de la Independencia, véase Víctor Uribe-Urán, “Birth of a Public Sphere in Latin America during the Age of Revolution”, Comparative Studies in Society and History 42, n.o 2 (abril 2000): 425-457. Sobre la historia de los esfuerzos realizados por las “élites modernizantes” para aumentar la “capacidad cognitiva” del Estado, véase el capítulo 2 de Lawrence Whitehead, Latin America: A New Interpretation (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2006). En cuanto a los trabajos que utilizan memorias, véase Malcolm Deas, “The Fiscal Problems of Nineteenth-Century Colombia”, Journal of Latin American Studies 14, n.o 2 (noviembre 1982): 287-328. Sobre el Ministerio de Finanzas en Colombia, véase Luis Fernando López Garavito, Origen y fundamentos de la hacienda y la economía colombianas (Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 2000). Una serie de estudios son útiles para entender el papel de los ministerios de finanzas: Paul Gootenberg, Imagining Development: Economic Ideas in Peru’s “Fictitious Prosperity” of Guano, 1840-1880 (Berkeley: University of California Press, 1993); Barbara A. Tenenbaum, The Politics of Penury: Debts and Taxes in Mexico, 1821-1856 (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1986); José María Dalence, Bosquejo estadístico de Bolivia (La Paz: Universidad Boliviana/Universidad Mayor de San Andrés, 1975); Linda Alexander Rodríguez, The Search for Public Policy: Regional Politics and Government Finances in Ecuador, 1830-1940 (Berkeley: University of California Press, 1985); y Javier Tantalean Arbulu, Política económico-financiera y la formación del Estado: siglo XIX (Lima: Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación, 1983). Sobre los antecesores de las memorias coloniales, véase Gabriel Girlado Jaramillo, Relaciones de mando de los Virreyes de la Nueva Granada: memorias económicas, Archivo de la Economía Nacional, vol. 13 (Bogotá: Banco de la República, 1954). En relación con los ejemplos venezolanos, véanse tres trabajos editados por Tomás Enrique Carrillo Batalla: Hemerografía económica del siglo XIX (Caracas: Biblioteca de Academia de Nacional de la Historia, 2002), El pensamiento económico de Francisco Aranda (Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1993) y El pensamiento económico de Santos Michelena (Caracas: Academia Nacional de Ciencias Económicas, 1993).
7 Fernando López-Álvez, State Formation and Democracy in Latin America, 1810-1900 (Durham: Duke University Press, 2000), 24-25.
8 Stacey Hunt, “Languages of Stateness: A Study of Space and El Pueblo in the Colombian State”, Latin American Research Review 41, n.o 3 (2006): 90. Por supuesto, los desafíos para la estabilidad, que fueron una parte fundamental de la historia de Colombia en varios momentos durante el siglo XX, alimentaron la tendencia de concebir al Estado en términos de su fracaso; véase, por ejemplo, Harvey F. Kline, “Colombia: Lawlessness, Drug Trafficking, and Carving Up the State”, en State Failure and State Weakness in a Time of Terror, ed. Robert I. Rotberg (Washington D. C.: Brookings Institution Press, 2003), 161-182.
9 Oscar Oszlak, “The Historical Formation of the State in Latin America: Some Theoretical and Methodological Guidelines for its Study”, Latin American Research Review 16, n.o 2 (1981): 3-32 (cita, 12). Algunos trabajos recientes que pueden ser útiles para contextualizar al Estado dentro de un contexto político incluyen los de Jeffrey D. Needell, The Party of Order:The Conservatives, the State, and Slavery in the Brazilian Monarchy, 1831-1871 (Stanford: Stanford University Press, 2006) y Roger A. Kittleson, The Practice of Politics in Postcolonial Brazil: Porto Allegre, 1845-1895 (Pittsburgh, Pensilvania: University of Pittsburgh Press, 2005). El libro de Peter B. Evans, Dietrich Rueschemeyer y Theda Skocpol, eds., Bringing the State Back In (Cambridge: Cambridge University Press, 1985) sigue siendo un referente para examinar al Estado en las últimas décadas.
10 Oszlak, “Historical Formation”, 7. Estoy a favor de estudiar la construcción del Estado, más que su formación, pues la primera describe la labor involucrada en el proceso, mientras que la idea de la formación del Estado implica, sin exactitud, un proceso orgánico. Para un resumen amplio de los múltiples procesos involucrados, véase Nils Jacobsen y Cristóbal Aljovín de Losada, “State- and Nation-Building Projects and Their Limitations”, en Political Cultures in the Andes 1750-1950, ed. Jacobsen y de Losada (Durham: Duke University Press, 2005), 69-73. Sobre el Estado, véase Charles Tilly, Coercion, Capital, and European States, A.D. 990-1990 (Cambridge, Massachusetts: Basil Blackwell, 1990); también véase Tilly, “Reflections on the History of European State-Making”; Gabriel Ardant, “Financial Policy and Economic Infrastructure of Modern States and Nations”; y Rudolph Braun, “Taxation, Sociopolitical Structure, and State-Building: Great Britain and Brandenburg-Prussia”, en The Formation of National States in Western Europe, ed. Charles Tilly (Princeton: Princeton University Press, 1975), 3-83, 164-242, 243-327. Otro trabajo significativo es el de Philip Corrigan y Derek Sayer, The Great Arch: English State Formation as Cultural Revolution (Oxford: Basil Blackwell, 1985); también véase Corrigan, “State Formation” y Sayer, “Everyday Forms of State Formation: Some Dissident Remarks on ‘Hegemony’”, en Everyday Forms of State Formation: Revolution and Negotiation of Rule in modern México, ed. Gilbert M. Joseph y Daniel Nugent (Durham: Duke University Press, 1994), xvii-xix, 367-378.
11 Sobre algunos aspectos generales de este proceso y sobre el valor de la longue durée cuando se trata de analizar la formación del Estado, véase Richard Bonney, ed., The Rise of the Fiscal State in Europe, 1200-1815 (Oxford: Oxford University Press, 1999). Algunos provechosos análisis sobre el Estado en América Latina son: Jeremy Adelman, Republic of Capital: Buenos Aires and the Legal Transformation of the Atlantic World (Stanford: Stanford University Press, 1999); David Rock, State Building and Political Movements in Argentina, 1860-1916 (Stanford: Stanford University Press, 2002); Miguel Centeno, Blood and Debt: War and the Nation-State in Latin America (University Park: Pennsylvania State University Press, 2002); Robert Holden, Armies without Nations: Public Violence and State Formation in Central America, 1821-1960 (Nueva York: Oxford University Press, 2004); y Robert G. Williams, States and Social Evolution: Coffee and the Rise of National Governments in Central America (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1994).
12 Sobre la cultura política y las diferencias académicas que se desprenden de esta, véase Nils Jacobsen y Cristóbal Aljovín de Losada, “The Long and Short of It: A Pragmatic Perspective on Political Cultures, Especially for the Modern History of the Andes”, en Political Cultures in the Andes, 1750-1950, eds. Nils Jacobsen y Cristóbal Aljovín de Losada (Durham: Duke University Press, 2005), 1-24. También véase Lara Putnam, Sarah C. Chambers y Sueann Caulfield, Honor, Status, and Law in Modern Latin America (Durham: Duke University Press, 2005); Florencia Mallon, Peasant and Nation: The Making of Postcolonial Mexico and Peru (Berkeley: University of California Press, 1995); y Ulrich Muecke, Political Culture in Nineteenth-Century Peru: The Rise of the Partido Civil, trad. Katya Andrusz (Pittsburgh, Pensilvania: University of Pittsburgh Press, 1998).
13 Sobre este tema, véase Fernando López-Alvez, “The Trans-Atlantic Bridge: Mirrors, Charles Tilly, and State Formation in the River Plate”, en The Other Mirror: Grand Theory Through the Lens of Latin America, eds. Miguel Ángel Centeno y Fernando López-Alvez (Princeton: Princeton University Press, 2001), 153-176.
14 El trabajo de Pablo Piccato sobre el honor en la esfera pública durante el Porfiriato en México incluye información acerca de cómo los debates sobre las finanzas públicas, particularmente la deuda inglesa, formaban parte de una historia más amplia; véase Pablo Piccato, The Tyranny of Opinion: Honor in the Construction of the Mexican Public Sphere (Durham: Duke University Press, 2010). Sobre Colombia en este contexto, véase David Bushnell, The Santander Regime in Gran Colombia (Westport, Connecticut: Greenwood, 1970); Christine Hunefeldt, “Reinventing Old Power: State, Tribute, and Indians in Puno”, Fronteras 4, n.o 4 (1999): 11-53; Fernando Botero Herrera, Estado, nación y provincia de Antioquia: guerras civiles e invención de la región 1829-1863 (Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2003); y Alfonso Múnera, ed., Ensayos costeños: de la Colonia a la República: 1770-1890 (Bogotá: Colcultura, 1994).
15 Respecto de los trabajos que analizan tales interacciones, véanse Hillel David Soifer, “The Sources of Infrastrucutral Power: Evidence from Nineteenth-Century Chilean Education”, Latin American Research Review 44, n.o 2 (2009): 158-180; Hillel David Soifer, “Authority over Distance: Explaining Variation in State Infrastructural Power in Latin America” (disertación doctoral, Universidad de Harvard, 2006); Lina Del Castillo, “The Science of Nation Building: A History of Geographic Sciences in Colombia, 1821-1921” (disertación doctoral, Universidad de Miami, 2007); y Meri Linnea Clark, “Education for a Moral Republic: Schools, Reforms, and Conflict in Colombia, 1780-1845” (disertación doctoral, Universidad de Princeton, 2003). También véase Jeremy Adelman, “Unfinished States: Historical Perspectives on the Andes”, en State and Society in Conflict: Comparative Perspectives on Andean Crises, eds. Paul W. Drake y Eric Hershberg (Pittsburgh, Pensilvania: University of Pittsburgh Press, 2006); y Cecilia Méndez, The Plebeian Republic: The Huanta Rebellion and the Making of the Peruvian State, 1820-1850 (Durham: Duke University Press, 2005).
16 Véanse Nancy P. Appelbaum, Muddied Waters: Race, Region, and Local History in Colombia, 1846-1948 (Durham: Duke University Press, 2003); James E. Sanders, Contentious Republican: Popular Politics, Race, and Class in Nineteenth-Century Colombia (Durham: Duke University Press, 2004); Aline Helg, Liberty and Equality in Caribbean Colombia, 1770-1835 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2004); Marixa Lasso, Myths of Harmony: Race and Republicanism during the Age of Revolution, Colombia 1795-1831 (Pittsburgh, Pensilvania: University of Pittsburgh Press, 2007). También véase Brooke Larson, Trials of Nation Making: Liberalism, Race, and Ethnicity in the Andes, 1810-1910 (Nueva York: Cambridge University Press, 2004).
17 Para un panorama amplio sobre estos temas y sobre la política, véase Fernán E. González, “A Propósito de ‘Las palabras de la guerra’: los comienzos conflictivos de la construcción del estado nación y las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX”, Estudios Políticos 24 (julio-diciembre, 2004): 37-70. Para una discusión sobre este subdesarrollo, véase Botero Herrera, Estado, nación y provincia de Antioquia: guerras civiles e invención de la región 1829-1863 (Medellín: Hombre Nuevo Editores, 2003).
18 Sobre las aduanas como manifestaciones aisladas del Estado, véase Jane Rausch, Colombia: Territorial Rule and the Llanos Frontier (Gainesville: University Press of Florida, 1999), 133.
19 Marco Palacios describe el proceso en el cual “la libertad contractual nominal, celebrada por el liberalismo, terminó suscribiendo las obligaciones feudales” (Palacios, Between Legitimacy and Violence: A History of Colombia, 1875-2002, trad. Richard Stoller [Durham: Duke University Press, 2006], 13). El proceso en La Salina se destaca por su intensidad y por los detalles de los que disponemos.
20 Véase, para una información básica, Gustavo Humberto Rodríguez R., Boyacenses en la historia de Colombia, bocetos biográficos (Bogotá: Jurídicas Wilches, 1994) y Javier Ocampo López, Historia del pueblo boyacense: de los orígenes paleoindígenas y míticos a la culminación de la independencia (Tunja: Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, 1983).
21 Anthony McFarlane utiliza esta definición en Colombia before Independence: Economy, Society and Politics under Bourbon Rule (Cambridge: Cambridge University Press, 1993), 40. Marco Palacios también usa esta manera de agrupar mencionando “cuatro grandes regiones económicas –Antioquia, la costa Caribe, la región centro-oriental, y el suroeste” (Between Legitimacy and Violence, 5). Aquileo Parra, el ministro de finanzas en 1873, utilizaba este agrupamiento en una discusión sobre desarrollo económico, al referirse al “comercio interior de los tres estados” (Memoria de Hacienda y Fomento de 1873, 74-83).
22 Por ejemplo, véase el decreto que restablecía el Departamento Militar del Norte que comprendía a Santander y Boyacá (Gaceta Oficial, 30 de septiembre, 1859).
23 Por ejemplo, la cordillera en ambas partes de la frontera de Boyacá y Cundinamarca es, prácticamente, geográfica, demográfica y económicamente imperceptible; véase Manuel Ancízar, Peregrinación de Alpha, 2 vols. (Bogotá: Fondo de promoción de la cultura del Banco Popular, 1984), 2:65. William McGreevy informa que el costo por kilómetro del envío de carga entre Bogotá y Tunja era uno de los más baratos en Colombia durante el siglo XIX; véase McGreevy, An Economic History of Colombia 1845-1930 (Cambridge: Cambridge University Press, 1971), 43-45. Sobre la diversidad interna de Boyacá, véase la división en doce regiones planteada por Orlando Fals Borda, El hombre y la tierra en Boyacá: bases socio-históricas para una reforma agraria (Bogotá: Ediciones Documentos Colombianos, 1957), 9-14, 148-160. Para un trabajo que utiliza un contexto regional más amplio, véase Luis Javier Ortiz Mesa, Fusiles y plegarias: guerra de guerrillas en Cundinamarca, Boyacá y Santander, 1876-1877 (Medellín: Universidad Nacional de Colombia, 2004).
24 La adición de una delgada franja que unía a Boyacá con el Magdalena, una extensión de partes agregadas de Vélez, tuvieron lugar más tarde; véase Pinto, “División política”. Sobre los intentos de fomentar el asentamiento en el occidente de Boyacá, véase Aristides Ramos Peñuela, “Colonos, empresarios y vagos: experiencias fronterizas en el Carare en la primera mitad del siglo XIX”, Fronteras 2, n.o 2 (1998): 65-92. Además de la complejidad de conceptualizar la región política, en varios momentos Casanare formó parte y fue regido por el gobierno situado en Tunja (1821-1832, 1857-1868, 1889-1892 y 1911-1975), mientras que en otros momentos fue gobernado directamente por Bogotá, Jane Rausch, The Llanos Frontier in Colombian History 1830-1930 (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1993), 297.
25 Sobre los cantones de la república temprana, véase Richard Stoller, “Liberalism and Conflict in Socorro” (disertación doctoral, Universidad de Duke, 1991).
26 En su ensayo sobre el Estado colonial, Magnus Mörner también hace una pequeña distinción entre la ciudad de Tunja y la provincia de Tunja; véase Mörner, Region and State in Latin America’s Past (Baltimore, Maryland: John Hopkins University Press, 1993), 24-29.
27 Algunos ejemplos son las novelas de Eduardo Caballero Calderón, Siervo sin tierra (Madrid: Ediciones Rodas, 1973); y El Cristo de espaldas (Nueva York: Macmillan, 1967).
28 El declive de la industria textil era el centro de esta decadencia. Para el argumento de que el declive comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII, véase Alfonso Múnera, El fracaso de la nación: región, clase y raza en el Caribe colombiano (1717-1821) (Bogotá: Banco de la República/El Áncora Editores, 1998), 35. Para el argumento de que el declive fue posterior a la Independencia, véase Luis Corsi Otálora, Boyacá: Atlántida andina (Tunja: Academia Boyacense de Historia, 2005); y Hermes Tovar Pinzón, “La lenta ruptura con el pasado colonial (1810-1850)”, en Historia económica de Colombia, ed. José Antonio Ocampo (Bogotá: Siglo XIX, 1987), 87-118; y Maurice Philip Brungardt, “Tithe Production and Patterns of Economic Change in Central Colombia, 1764-1883” (disertación doctoral, Universidad de Texas, 1974).
29 Germán Colmenares, La provincia de Tunja en el Nuevo Reino de Granada: ensayo de historia social (1539-1800) (Tunja: Publicaciones de la Academia Boyacense de Historia, 1984), 9.
30 Gaspard-Théodore Mollien, Viaje por la República de Colombia en 1832, intro. Carlos José Reyes (Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1992), 117.
31 Ancízar, Peregrinación de Alpha, 2:56-57. Para una discusión sobre las visiones de la élite y la etnicidad en la cordillera Oriental, véase a Frank Safford, “Race, Integration, and Progress: Elite Attitudes and the Indian in Colombia, 1750-1870”, Hispanic American Historical Review 71, n.o 1 (Febrero 1991): 1-33; y Glenn Thomas Curry, “The Disappearance of the Resguardos Indígenas of Cundinamarca, Colombia, 1800-1863” (disertación doctoral, Universidad Vanderbilt, 1981). Frank Safford considera que “especialmente, Colombia hizo un pequeño progreso económico en la primera mitad del siglo de la Independencia” y que “la gente de [Boyacá] era la más pobre de Colombia” (Safford, “Commerce and Enterprise in Central Colombia” [disertación doctoral, Universidad de Columbia, 1965], 28). Para un panorama amplio, véase Inés Pinto Escobar, Progreso, industrialización y utopía en Boyacá: el caso de la Siderúrgica de Samacá (Tunja: Publicaciones de del Magíster en Historia, UPTC, 1997).
32 José Ignacio de Márquez, “Exposición del Secretario de Hacienda a la Convención sobre los Negocios del Departamento”, en Memoria de Hacienda y del Tesoro y de la Nueva Granada y Colombia, siglo XIX, eds. Adolfo Meisel y María Teresa Ramírez (Bogotá: Banco de la República, 1831), 7. En 1833, el periódico El Constitucional de Boyacá se quejaba de que los textiles importados habían perjudicado la manufactura textilera regional, que había florecido en el pasado. El Constitucional de Boyacá, enero 27, 1833.
33 AGN, SR, Ministerio de Hacienda, leg. 254, fols. 445-446, julio de 1830. Soban planeaba vender participaciones en la compañía para financiar la compra de maquinaria y para traer asesores técnicos de los Estados Unidos y de Europa. También buscaba la protección de un mercado doméstico, pero la nota al margen de su propuesta, que era una forma común de comunicación interna, citaba a la Constitución para explicar que la rama del Ejecutivo era muy débil en esta materia. Sobre algunas garantías similares para proteger la industria doméstica, véase Safford, “Commerce and Enterprise”, 149. Sobre ciertas medidas parecidas, véase David Sowell, The Early Colombian Labor Movement: Artisans and Politics in Bogotá, 1832-1919 (Filadelfia: Temple University Press, 1992), 18.
34 Agustín Codazzi, “Estado de Boyacá”, en Geografía física y política de la Confederacíon Granadina, eds. Camilo A. Domínguez Ossa, Augusto J. Gómez López y Guido Barona B., vol III (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia/Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 2003). Luis Ospina Vásquez también menciona las cerámicas en Sogamoso en Industria y protección en Colombia, 1810-1930, 4.a ed. (Medellin: FAES, 1987), 259.
35 Codazzi, Geografía física y política, 3:176.
36 David Bushnell establece la tasa comenzando en 1 % y decreciendo a 0,033 %, al mismo tiempo que la riqueza individual aumentaba; véase Bushnell, The Santander Regime in Gran Colombia (Westport, Connecticut: Greenwood, 1970), 81-83. Estos datos muestran un rango que iniciaba en 0,5 %, gravados de las fortunas más pequeñas con una leve disminución en el porcentaje en que el patrimonio aumentaba. Para un listado que detalla las contribuciones individuales por municipalidad, véase AGN, SR, Intendencia de Boyacá, leg. 2, fols. 454-632, junio-agosto de 1823.
37 Codazzi, Geografía física y política, 3:259, 45. Ibid., 3:224.
38 Ancízar, Peregrinación de Alpha, 2:49; véanse sus comentarios sobre el mestizaje racial en 1:228 y 2:105.
39 Ibid., 1:248.
Cambio y comunidad en La Salina
En último análisis, el gobierno republicano, por su naturaleza al ménos no es un ente distinto de la sociedad, ni destructor como a veces sucesde en otras formas políticas, de la fortuna I la libertad de los ciudadanos: e un mera organizacion que tiene por objeto hacer en comun de un modo arreglado I económico, ciertos consumes imprescindibles para los indiviuos particulares, un medio de satisfacer major ciertas necesidades inherentes a la naturaleza humana en todos los estados posibles de la sociedad.
SALVADOR CAMACHO ROLDÁN, Memoria de Hacienda y Fomento de 1871, vii
Las personas producían sal en el lugar que se convertiría en La Salina de Chita mucho antes de que los españoles llegaran y le dieran al pueblo este nombre. Los habitantes precolombinos eran los Lache, un grupo indígena que formaba parte del sistema de gobierno llamado la Confederación del Cocuy. Aunque se conoce relativamente poco sobre estos pobladores, relacionados con los muiscas hablantes de chibcha situados en el occidente, se sabe que ellos impresionaron a los españoles del siglo XVI por considerarlos como uno de los grupos indígenas menos civilizados de la región.1
Las descripciones de los Lache se centraron en su aceptación grupal de la homosexualidad, en una aparente adoración de las sombras y las rocas, y en su participación en el ritual llamado “muma”, que consistía, supuestamente, en golpearse los unos a los otros.2 La sal era uno de los pocos productos con los que los Lache3 comerciaban. El comercio de la sal en las zonas montañosas colombianas durante la conquista española tuvo cierta importancia, aunque el papel protagónico en esta obra de teatro fue ocupado por la sal extraída de Zipaquirá. Entre 1536 y 1537, se llevó a cabo la expedición liderada por el conquistador Jiménez de Quesada, quien, mientras transitaba por el Magdalena, se encontró con comerciantes provenientes de la montaña que tenían dos tortas de sal de Zipaquirá.4 Los españoles reconocieron esta sal como un signo de una cultura más sofisticada en relación con aquellas que se habían hallado en el valle del Magdalena y, por extensión, una sociedad que merecía la pena de ser conquistada. Quesada dejó el valle y siguió la ruta del comercio de la sal, regresando a las tierras cordilleranas que más tarde serían el corazón del virreinato de la Nueva Granada.
Con el tiempo, La Salina se incorporó a ese mundo. Inicialmente, los españoles bautizaron al pueblo como “el pueblo de la sal”. Más tarde, cuando lo incorporaron a la encomienda de Chita, el nombre fue modificado a La Salina de Chita.5 Como súbditos de la Corona española, los habitantes indígenas de La Salina pagaban parte de su tributo real en sal.6 Aparentemente, esta obligación no era una carga excesiva. Las listas de los tributos del siglo XVII documentan un pequeño, pero notorio, incremento en la población local, de 51 hogares en 1602 a 58 en 1636 y a 77 en 1690.7 Este crecimiento moderado muestra cómo la sal estableció que la historia de La Salina se apartara de las tendencias generales en Colombia y a lo largo de América, donde el colapso de la población indígena fue casi universal. La fabricación de la sal le permitió a La Salina retener a su población, debido a que la residencia legal como indios incluía el acceso a la producción de sal.8
Existen pocos indicios de que la Corona hubiera buscado algún tipo de intervención o control sobre la elaboración de la sal en el siglo XVII, aunque un funcionario mencionó la vertiente que era usada para hacer la sal que los comerciantes vendían en Pamplona.9 Hay dos referencias a La Salina en el archivo de ese siglo. Las dos registran disputas entre el encomendero y los pobladores indígenas.10 El Gobierno real permaneció como una fuerza distante hasta cuando las reformas Borbónicas del siglo XVIII, que rehicieron la relación entre los gobernantes y los gobernados a lo largo de la América Hispánica, establecieron un contacto más próximo entre La Salina y el Estado colonial.
Las reformas comenzaron en la Nueva Granada con el primer intento por establecer un nuevo virreinato en 1723, aunque la medida solo tuvo cierto éxito hasta 1739. Transcurrirían algunas décadas para que se reformaran la tributación y la tenencia corporativa de la tierra y para así dar comienzo a ciertas transformaciones en la vida de la Nueva Granada.11 En la cordillera Oriental, el mayor impacto resultó de la implementación de los monopolios, incluido el de la sal, y la reorganización de la alcabala.12 En las tres décadas posteriores a la introducción de esos impuestos, el monopolio del tabaco era la renta más lucrativa del tesoro real, seguido de la alcabala, los aranceles de aduana y el monopolio sobre el estanco de aguardiente.13
Los registros del siglo XVIII muestran un contacto creciente entre los residentes de La Salina y los representantes del Estado colonial, aunque a menudo la evidencia proviene de denuncias de abusos cometidos por parte de los vecinos a los indios locales o indígenas.14 En 1774, los indios de La Salina elevaron una demanda en contra de Salvador García por abigeato. Cuatro años más tarde, José María Campuzano y Lanza, un corregidor de Tunja, informó: “Que por cuanto en la declaracion tomada a los naturales de aquel pueblo resultaba que Don Manuel Guarín, administrador o superintendente de la Salina que se hallaba en aquel pueblo causaba grandes extorsiones a los indios y los maltrataba con azotes y golpes”.15 Guarín fue destituido de La Salina y se le ordenó pagar los daños. Sin embargo, Campuzano no estaba ahí para proteger a la comunidad indígena de La Salina, sino para desalojarla. Él era uno de los funcionarios de la Corona encargados de apartarlos de sus resguardos para que otros reclamaran la tierra y le dieran un mejor uso. Los intentos previos a estos desalojos fueron tentativos, e involucraron a menos de una docena de comunidades. Pero, en la década de 1770, bajo el mando del virrey Francisco Antonio Moreno y Escandón, la campaña se volvió incisiva: se desalojaron 60 comunidades que fueron reasentadas en tan solo 27 resguardos.16 La población indígena de La Salina se disminuyó, lo que la convirtió en un blanco obvio para la reubicación, sobre todo porque el pueblo tenía una población de 302 personas no indígenas.17
Una vez desalojados de sus tierras, los 153 indígenas legalmente reconocidos que vivían en La Salina fueron trasladados al resguardo vecino de Chita. Campuzano describió ese evento, revelando que, en el proceso de los dos siglos posteriores a la conquista, aún perduraban algunos elementos de la cultura Lache:
Y por cuanto tiempo de la formación de la lista se presenciarón al señor juez porción de indios, mozos, reservados por quebraduras en el vientre dimanados de los terribles golpes que se dan en el brutal, gentilicio y supersticioso juego que en sus festividades usan con el nombre de la Muma, prohibe y extingue para en lo sucesivo tan pernicioso abuso, imponiendo como impone a los contraventores la pena de cien azotes y quince dias de prisión.18
Los informes sobre el reasentamiento no contienen referencias a la elaboración de sal o a las vertientes. Campuzano afirmaba que el resguardo valía menos que otros en la región, a lo sumo 1200 pesos, precio que incluía el derecho a explotar las vertientes. Al final, la comunidad vecinal solo pagó 1000 pesos por el resguardo y los privilegios de administrarlo. Este era un precio impresionantemente bajo, si se parte de la base de una industria que produciría más beneficios que cualquiera otra en el oriente de Boyacá durante el siguiente siglo, pero los herederos de estos vecinos compradores no pudieron reclamar gran parte de esa riqueza. El control colectivo de la producción de la sal sería efímero.
Campuzano reconoció que la comunidad indígena estaba poco dispuesta a dejar sus viviendas, pero
y sin embargo de la natural repugnancia que interiormente tendrán de dejar su pueblo, donde les resulten mayores utilidades, en lo espiritual y temporal, pues su mayor bien no consiste en complacerles en lo que por capricho apetecen, sino en obligarlos a lo que según razón y justicia les es más provechoso y de menos gravamen a la Real Hacienda, no siendo justo que se pensione en pagar estipendio a un doctrinero y edificar iglesia, como allí se necesita, por tan corto número de indios.19
Amaya Roldán, un cura párroco e historiador local de Chita, tiene una perspectiva diferente:
A los indios se les repartieron tierras en los resguardos [de Chita], pero tan pocas e insuficientes, que a la vuelta de algunos meses, apremiados por la necesidad y la nostalgia, se volvieron a la Salina, pero ya los blancos estaban en posesión de ella y no los dejaron entrar. Resignados los naturales con la suerte que les cabía, se retiraron a las inmediaciones de la Salina, por los lados de Rudigoque, en donde para no morir de hambre, se dedicaron a la fabricación de “cacharros” que vendían a los blancos para la elaboración de la sal.20
No es claro por qué la población indígena de La Salina disminuyó en el siglo XVIII después de su lento crecimiento en el siglo XVII, aunque el declive puede estar vinculado al crecimiento de la población vecina y al aumento del proceso de mestizaje iniciado en la cordillera Oriental. En un artículo sobre el resguardo de Chita durante las postrimerías del siglo XVIII, Alba Luz Bonilla de Pico documentó la naturaleza multifacética de los asentamientos de los vecinos en un pueblo indígena legalmente reconocido.21 A pesar de que esta dinámica podría haber funcionado de distinta manera en La Salina, las mismas fuerzas caóticas estaban en juego. La Salina había dejado de ser un pueblo de indios antes del desalojo de la comunidad indígena en 1778, pero con ese reasentamiento se formalizó legalmente la transformación, y los vecinos obtuvieron el control sobre las tierras del antiguo resguardo. Los vecinos mantendrían el control sobre la elaboración de la sal solo durante dos generaciones, antes de que también ellos fueran dejados de lado.
Los reasentamientos fueron parte de un programa más vasto de reformas que afectaron la sociedad durante el Virreinato y establecieron las estructuras que respaldaron la política fiscal republicana. En el momento de su implementación, la reacción en contra de los nuevos aranceles destinados al comercio y a los monopolios resultó ser muy explosiva. En 1781, en la provincia de Socorro, las protestas en contra del monopolio sobre el licor y las nuevas medidas para controlar la producción de tabaco derivaron en una serie de revueltas que para mediados de ese año se convirtieron en un único movimiento: la rebelión de los comuneros.22 Vista desde una perspectiva continental, esta rebelión se vio opacada por los eventos cercanos y simultáneos de las rebeliones de Tupac Amaru y Tupac Katari en el virreinato del Perú, que fueron más grandes, más destructivas y más amenazantes tanto para el control español como para los fundamentos del orden social de la América Hispánica. Pero la rebelión de los comuneros también fue un gran desafío y sus fuerzas fueron incontenibles en Colombia. En la medida en que la revuelta se extendió a las afueras de Socorro, alcanzando otras regiones, los rebeldes elaboraron sus protestas en contra del monopolio del tabaco. Entre la amplia lista de condiciones que los rebeldes circularon había un llamado a la abolición de otros monopolios y a que se les devolvieran los resguardos a las comunidades indígenas desposeídas.23
Finalmente, los comuneros desplegaron un ejército de 20 000 personas: 10 000 provenientes de Socorro y de las otras provincias del actual Santander, 6000 aliados de Boyacá y 4000 indios. Inicialmente, el Gobierno solo pudo reunir a una pequeña fuerza opositora, que fue derrotada por los comuneros en Vélez. Después de esta victoria, los comuneros marcharon hacia Bogotá, sin ninguna oposición. Como casi cualquier ejército que se dirigiera a Bogotá desde Santander o Boyacá, ellos siguieron la ruta que atravesaba Zipaquirá. Los rebeldes acamparon allí, disfrutando de los recursos de las salinas y de la expectativa de una breve marcha sobre el terreno del altiplano hacia la capital indefensa. Luego, con el dominio sobre Bogotá, los líderes pusieron fin a la campaña. Una de las razones fue que el arzobispo de Bogotá, Antonio Caballero y Góngora, había capitulado ante una lista de demandas por parte de los rebeldes. Otra de las razones fue que los líderes de los comuneros temían los disturbios y la inestabilidad social que se habían desatado, así como los inevitables ajustes de cuentas que sobrevendrían. El momento de crisis pasó, aunque no sin algunos conflictos residuales. En 1772, el arzobispo fue designado virrey de la Nueva Granada. Aunque él garantizó un perdón general, sus promesas de satisfacer las demandas de los rebeldes finalmente resultaron vacías. Los resguardos nunca retornaron a los pobladores originarios, y Caballero y Góngora restableció los monopolios y los aranceles que motivaron la protesta, sin contar con una oposición seria. No es claro cómo la rebelión afectó a La Salina. Las listas de oficiales del ejército de los comuneros mencionaron a un capitán de La Salina y a otro de Chita, para señalar que los pobladores regionales se habían unido al ejército.24 Pese a que los intereses de la gente de La Salina y sus alrededores podían haber estado ligados a las reivindicaciones de los comuneros, en particular aquellos que involucraban a los ejidos y otros aranceles, los combates tuvieron lugar en el otro lado de Boyacá.
Después de la rebelión, las Reformas borbónicas continuaron reconstruyendo la vida en La Salina. Asumiendo un papel más activo en el control de la producción de la sal en relación con el que tenía antes de 1781, el Tesoro Real aplicó un tributo de un peso sobre cada carga (10 arrobas o 125 kilogramos) de la sal vendida.25 En torno de esta práctica, las arcas reales implementaron lo que más tarde se llamaría el “antiguo sistema”. En este acuerdo, Laso de Vega sirvió como el arrendador, recaudando el impuesto y supervisando otros asuntos.26 Los cosecheros producían sal de manera independiente y, de manera significativa, mantenían el libre acceso a todos los recursos necesarios para la producción. El sistema de producción era, en esencia, el descrito por Caicedo en 1806, aunque se habían tomado los primeros pasos encaminados a la administración estatal directa. El impacto de estas transformaciones se hizo evidente en la primera década del siglo XIX. En uno de los casos, los vecinos de La Salina contrataron a Nicolás Llanos para representar sus intereses. Entre sus esfuerzos por representarlos estaba la petición de elevar a La Salina al estatus de una parroquia independiente.27
Ignacio Caicedo asumió su cargo como el administrador del tesoro en 1804. Él había trabajado en Zipaquirá y se le ordenó que informara sobre las condiciones en La Salina. Además, conocía las propuestas de Humboldt para mejorar las condiciones en las grandes salinas. Sin duda, Caicedo estaba pensando en la compleja organización de Zipaquirá y las necesidades de mejoras estructurales en la medida en que consideraba rústica la naturaleza de La Salina. Su correspondencia documentaba los trabajos de la industria y catalogaba una serie de medidas que consideraba necesarias para mejorar la administración de las salinas.28 Además de proponer el muro, Caicedo pidió más guardias: explicó que el administrador no podía dirigir las ventas y, además, asegurar el control sobre toda la sal producida. Como en la mayoría de las propuestas, la solución sugerida en términos de más vigilancia era una extensión de la presencia burocrática del Estado. Como de costumbre, él también adujo que el costo de emplear más guardias redundaría en el aumento de ganancias para las arcas del tesoro.
Caicedo fue el primero en registrar la pobreza local y en vincularla con la producción de sal. Él adujo que la mayoría de los habitantes de La Salina eran pobres y sufrían en el invierno, cuando la industria decaía. También señaló algunos problemas derivados de los nuevos forasteros recién llegados que buscaban la repartición de los recursos para producir sal. Finalmente, mencionó que la corrupción era un problema de la administración, aunque no proporcionó detalles al respecto. Cada uno de estos aspectos serían destacados en la correspondencia emitida desde La Salina durante el siguiente siglo. Prácticamente, cada funcionario nacional que trabajaba en el pueblo contribuía a una letanía inagotable de quejas sobre el estado del muro, la pobreza local, la necesidad de más vigilancia, el fraude y los problemas con la gente que provenía de afuera. Los comentarios de Caicedo fueron únicos solo por su novedad, mientras que aquellos de sus sucesores republicanos fueron reiterativos.
La historia de La Salina y del monopolio de la sal quedó semioculta durante la etapa de la Independencia. Antonio Nariño, el heraldo de la independencia colombiana, incluyó la convocatoria de una reforma fiscal que, en teoría, podría haber afectado el monopolio de la sal antes de las guerras de independencia, pero este punto quedó a un lado por las narrativas heroicas del patriotismo y la batalla.29 Poco después de que Caicedo hiciera su bosquejo sobre La Salina, España se adentró en una crisis política que introdujo algunos de los más grandes cambios al Imperio desde su creación en las décadas posteriores a la llegada de Colón a América. Existen muy pocos registros sobre La Salina durante la época de la Independencia. Su única posible notoriedad se deriva de la historia que dice que Bolívar consideró usarla como una ruta cuando planeaba la campaña de los llanos al altiplano en 1819.30 Sin embargo, debido a que el pueblo estaba ocupado por las fuerzas realistas, Bolívar optó por pasar por los valles de Pisba y Tasco, otros dos corredores que unían los llanos con la cordillera.31 Esta campaña culminó en la Batalla de Boyacá, un triunfo que le dio a los patriotas el control sobre Venezuela y Colombia, y preparó el escenario para el Congreso de Angostura en 1819.
En este punto, la incipiente política fiscal de la nueva nación vacilaba entre los esfuerzos por abolir los ingresos coloniales, tales como los tributos pagados por los indios, y retraerse de este tipo de reformas ambiciosas. En 1819, Alejandro Osorio escribió un informe, una temprana Memoria de Hacienda, que describía el precario estado de las finanzas gubernamentales. La principal característica de este sistema era la voluntad de explotar cualquier fuente de ingresos, lo que Osorio justificaba explicando que Bolívar había determinado que, si bien las personas luchaban por su libertad, no podían permitirse abolir los impuestos existentes o pretender el disfrute de todos los beneficios de esa libertad.32 Su informe tocaba la organización del monopolio de la sal e incluía una descripción halagadora de la reorganización de Zipaquirá por parte de Bolívar y la exoneración de La Salina de cualquier contribución especial, con la mira de promover el desarrollo que se había visto afectado bajo el dominio español.33 Este era un pequeño gesto que reconocía las necesidades de la comunidad sobre la urgencia fiscal inmediata del Gobierno. Ningún régimen posterior hizo tal gesto. La única referencia a los efectos de esas medidas fue una nota sobre la reorganización de Zipaquirá bajo la administración de Cristóbal Vergara, que registraba un aumento en las ganancias mensuales de alrededor de 5000 pesos a 16 000 pesos.34
Al año siguiente, los delegados se reunieron en el Congreso de Cúcuta y aprobaron La Ley Fundamental de Colombia que establecía la nueva nación. La organización del Ministerio de Hacienda fue una parte importante de este proceso.35 El notable patriota y el primer vicepresidente José María del Castillo y Rada estableció y dirigió la Hacienda. En su informe inaugural de 1823, este vicepresidente hizo una evaluación sombría de la renta de la sal: “En el ramo de salinas existe una grande oscuridad; todavía no consta en la secretaria de mi departamento el modo con que se administra ó maneja en todas las provincias de la república. Hay proyectos aislados, y pretensiones de elaborar nuevas salinas. En estas materias, como casi en todas las de hacienda, nada puede hacerse acertadamente en detalle”.36
Esta confusión no evitó las nuevas propuestas centradas en la sal. En 1823, el Congreso buscó sin éxito arrendarle las Salinas de Zipaquirá a un contratista privado como medio para pagar la deuda externa de la naciente nación.37 Ese año el Congreso pasó una legislación que reivindicaba el mismo control sobre la sal que había detentado su predecesor colonial, una reivindicación que se materializó en La Salina. Por primera vez, hubo referencias a una dependencia donde los administradores supervisaban la venta de la sal. Sin embargo, los habitantes, a quienes se les pagaba dos pesos por cada carga de sal que les entregaban a los funcionarios del Ministerio, mantuvieron el control sobre la producción diaria.38 El compromiso en el centro del antiguo sistema perduró, aunque surgieron propuestas en el sentido de que el ministerio también debería asumir el control sobre la producción.39
El primer administrador republicano registrado fue Pedro Ignacio Valderrama, un terrateniente local y el habitante más acaudalado del pueblo. En la correspondencia enviada en 1825, Valderrama planteaba argumentos en contra de la propuesta de que el Ministerio asumiera el control sobre la producción de sal, explicando que los habitantes no aceptarían que los precios establecidos para la leña y la loza se fijaran en Bogotá.40 Si Valderrama era precavido en sus predicciones, era porque se estaba anticipando a lo que sus clientes y él harían para defender el control que tenían sobre estas industrias de suministro en caso de que el ministerio ejerciera un control directo sobre la producción. Su propuesta alternativa, que fue ignorada, consistía en que el Ministerio le diera al administrador, es decir al propio Valderrama, más dinero en efectivo para comprar y vender sal a los precios del mercado. Valderrama fue destituido de su puesto en 1826, como parte del esfuerzo por encontrar empresarios que firmaran contratos de alquiler por diez años, aunque, probablemente, su clara determinación en mantener la primacía local contribuyó a este cambio. Él continuó siendo una figura importante en La Salina, pues durante los siguientes años dominó la producción de cerámica y de madera. El Ministerio esperaba que, al tener empresarios con alquileres de diez años, se podría fomentar una producción orientada al mercado y se allanaría el camino para la abolición definitiva del monopolio.
Al arrendador le tomó dos años llegar a la Salina. En 1828, Antonio Malo, una poderosa figura de Tunja con vínculos políticos nacionales, firmó un contrato con la Hacienda.41 Los planes de Malo le hicieron eco a Caicedo y se anticiparon a los cambios durante las dos décadas siguientes. Mientras Valderrama había intentado mantener La Salina aislada y bajo su control personal, Malo impulsó e incrementó la infraestructura institucional y buscó ampliar el perfil del pueblo dentro la red fiscal nacional. Tuvo algunos éxitos, pero no pudo alterar quién controlaba la producción de la sal. El Ministerio negó el permiso para algunas de sus mejoras, aduciendo que una mayor producción de sal por parte de La Salina podría interferir en el mercado legalmente protegido de Zipaquirá.42 Durante ese mismo periodo, el Ministerio buscó ejercer un mayor control sobre el mercado de la sal, mediante la reintroducción de la práctica colonial de emitir guías para los compradores de sal. Las guías pretendían reducir el contrabando y contribuir al control regional de la distribución por parte de los funcionarios, un punto importante en La Salina, en donde el suministro de sal para las fincas de Casanare era una prioridad.43 El contrato de alquiler de Melo se cumplió por un periodo de ocho años, que abarcaron la disolución de la Gran Colombia, la dictadura de Bolívar y la creación de la República de la Nueva Granada.
Es evidente que las continuidades inherentes a la agitación política y a la administración de la sal tuvieron poco impacto sobre el monopolio, que se vio aislado de las vicisitudes políticas por el sistema de alquiler. El 22 de abril de 1836, el último año del periodo del presidente Santander, el Congreso pasó una ley que incrementó la autoridad de la Hacienda sobre la producción de la sal. Bajo su administración directa, un elaborador se hizo cargo de la producción en lugar de un arrendador, y vendió la sal a la administración a un precio fijado por un contrato, que luego vendió la sal al público bajo un precio establecido en Bogotá.44 Legalmente, había una diferencia significativa entre la producción con un arrendador y la producción con un elaborador. Un contrato de alquiler estipulaba que un arrendador pagaba un precio establecido mensualmente a la Hacienda y a menudo establecía límites a la producción, de tal manera que, teóricamente, los inquilinos más exitosos tendrían límites sobre sus posibles ganancias. Más aún, la Hacienda no se involucró en la producción y sus vigilantes no fueron acusados de erradicar el contrabando.45 El nuevo sistema estipulaba niveles de producción con multas por no cumplir con los niveles mínimos, y con bonificaciones por producir por encima de ciertos niveles. En La Salina 125 000 kilogramos al mes eran la producción estándar más frecuente estipulada en el contrato.46 La Hacienda usaba elaboradores cuando tenía la capacidad o la inclinación de verse directamente involucrada en los asuntos cotidianos, cuando el Estado institucional se sentía energético y expansivo. El Ministerio buscaba un inquilino cuando no podía administrar las obras o cuando las políticas de la época requerían que el Gobierno nacional redujera su presencia. El establecimiento de una administración directa en 1836 indicó que el Estado de la Nueva Granada había juzgado necesario, apropiado y factible un contacto cercano con La Salina.
Una institución local
La administración directa moldeó la vida en La Salina. Aunque tomó tiempo poner en funcionamiento todo el aparato institucional, los principales elementos se instalaron en 1836. El contrato de alquiler expiró en la medianoche del 9 de junio.47 Ignacio Morales, un bogotano acaudalado, quien ya estaba subcontratado por Antonio Malo, fue el primer elaborador de La Salina.48 A las seis de la mañana del 10 de junio, Vicente Azuenaga, representante del Gobierno Supremo; Antonio Pompeyo, actuando en nombre de Morales; el alcalde, Justo Olguín, y otro número de personas se reunieron en una ceremonia pública que determinaba la asunción del control de la Hacienda.49 El personal administrativo, que consistía en un administrador que dirigía la oficina y un almacenista que supervisaba las ventas públicas y recibía la sal, comenzó a trabajar el 14 de junio.50
Los administradores y los guardias recibían sus salarios y un porcentaje de los beneficios obtenidos por la venta de la sal. Los hombres que detentaban estos puestos establecieron fianzas para protegerse de la corrupción cuando asumieran sus cargos, siendo el administrador quien pagaba y ganaba más.51 Dadas estas condiciones, los objetivos y las funciones de los empleados de la Hacienda diferían muy poco de las de los elaboradores, aunque esta semejanza y los posibles conflictos de interés entre los empleados se evidenciaban muy poco en la correspondencia oficial. Los puestos en la administración eran asumidos por personas que podían aportar un depósito; estos, a menudo, eran individuos que habían trabajado en Zipaquirá o habían servido en el ejército. Para obtener ese tipo de puestos, también era importante que la persona contara con conexiones influyentes que respondieran por su condición patriótica y moral.52 Este sistema exacerbaba las tensiones locales en la medida en que las citas del Ministerio pasaban por alto las redes de influencia y oportunidad que se movían en la cordillera Oriental. Unos pocos hombres de La Salina o de la región circundante tenían el patrimonio o las conexiones para detentar las posiciones más importantes después de 1836.
La novedad de la administración directa y su aplicación concreta en La Salina se hizo patente en una de las primeras tareas emprendidas por la administración: la planificación de la construcción de un depósito para almacenar la sal. Aunque existían problemas con el almacenamiento de la sal antes de la administración directa, después de junio de 1836 los empleados manifestaron su sorpresa cuando supieron que se requerían cerca de seis edificios para almacenar la sal y, más aún, que los propietarios locales se mostraban reacios a alquilarlos debido a que temían no recibir compensaciones por la corrosión que generaba la sal.53 El primer elaborador se quejaba de que los empleados de la administración acosaban a los residentes en su afán por garantizar el espacio. Su reclamo iba al punto de aseverar que los empleados expulsaban a los “ciudadanos” de sus casas, y especulaba con dramatismo que el paso siguiente sería que la administración convertiría las iglesias en depósitos de sal.54
Cuando el alquiler de un edificio para el almacén resultaba complicado, el Ministerio recurría a construirlo, edificando el Estado de forma literal. Algunos planos de 1839 ilustran un gran edificio con varios cuartos en torno de un patio: tres depósitos (dos de ellos medían once por seis metros y, el otro, dieciséis por seis y medio metros), un cuarto para las ventas, otro para los guardias y una forja. El plano también preveía calles pavimentadas alrededor de la edificación y un alojamiento para los compradores de fuera del pueblo.55 Nunca se construyó algo de esta naturaleza. El almacén, así como el resto de la infraestructura en La Salina, a menudo estaba en malas condiciones.56 A veces era tal su deterioro que corría el riesgo de venirse abajo, y en una ocasión una buena parte colapsó.57 En otra ocasión, el edificio estaba tan destruido que, según los empleados, la gente se robaba la sal directamente de los depósitos.58 Otro funcionario señalaba que el depósito dejaba filtrar la lluvia, y objetaba que se los considerara almacenes.59
La otra expresión de la administración directa del Estado era el piquete –un grupo pequeño de soldados– del resguardo. Varias unidades de guardias fueron encargadas de proteger la integridad de las rentas del Ministerio de Finanzas en el inicio de la República, hecho que recuerda que la misión de reivindicar el monopolio sobre el uso de la fuerza coincidió con los triunfos económicos inmediatos. En los días que siguieron a la Independencia, las Salinas eran vigiladas por una única unidad asentada en Zipaquirá. Estos hombres estaban encargados de patrullar la sal y su producción en Cundinamarca y Boyacá, lo que significaba una tarea casi imposible.60 En 1845, como respuesta al aumento de importancia de La Salina, la Hacienda estableció el “piquete de resguardo de las Salinas de Boyacá”, que operaba bajo el mando de la Junta de Hacienda de Boyacá. Estos guardias tenían el encargo de garantizar la seguridad de los caminos locales y de los puentes, para proteger y prevenir el ingreso al pueblo de los contrabandistas o de los delincuentes y para actuar como una fuerza de seguridad que servía para múltiples propósitos. A veces, los guardias también cercaban los pequeños manantiales para prevenir su explotación ilegal.61 Durante las dos décadas siguientes, los administradores respaldaron la solicitud de más guardias realizada por Caicedo en 1806. Para finales de la década de 1840, más de una docena de guardias fue asignada a la unidad de Boyacá.62 Para la década de 1860, después de veinte años de disturbios durante los cuales las salinas se convirtieron en notorios objetivos militares, el Gobierno comenzó a establecer tropas regulares en La Salina. Simultáneamente, la Hacienda expandió la unidad de vigilancia hasta tener más de 20 hombres. Desde ese momento, el número de guardias rara vez decayó por debajo de 20.63
Al igual que con cualquier otro elemento de la presencia del Ministerio, los guardias traían consigo problemas específicos. Por ejemplo, la unidad operaba bajo una estructura de mando autónoma. Los tenientes asignados a La Salina se reportaban directamente con su comandante, quien a veces estaba en La Salina y otras en Sogamoso o Santa Rosa, debilitando la autoridad del administrador.64 Otros problemas se desprendían de la composición de las unidades y del eterno dilema de no saber si contratar a los habitantes regionales como guardias, pues los oficiales opinaban que estos serían más proclives a participar en actividades de contrabando y de usura, que aquellos que provenían de afuera.65 Muchos de los informes sobre el piquete se originaban en sus fallas o defectos –informes en el sentido de que estaban cumpliendo con su deber, siendo innecesarios–, de tal forma que la impresión que se tiene es la de un grupo de hombres armados pobremente que eran mal pagos y que cargaban con una tarea difícil e impopular.66 Frecuentemente, había quejas sobre los guardias por estar bebiendo, robando e involucrándose en prácticas de contrabando.67 Algunas veces, estas faltas derivaban en destituciones. De manera más infrecuente, pero notoria, se reportaban crímenes que no tenían nada que ver con la industria de la sal. Estos iban desde asaltar o atacar a los lugareños, hasta violaciones sexuales y asesinatos.68 Por lo que puedo deducir, los habitantes rechazaban a los guardias y algunas veces actuaban en consecuencia. En un caso, un guardia fue asesinado.69
La mediación entre los lugareños y los guardias era difícil. Un administrador informó que había tenido que ordenarles a los guardias que durmieran en la fábrica, en parte para garantizar la seguridad del edificio, pero también para protegerlos del odio de los habitantes. Uno de ellos respondió que no era “tan pendejo” como para obedecer esa orden y se fue.70 Otros informes describen las peleas entre los guardias.71 El piquete era un arma de doble filo para el Ministerio: contribuía a la atmósfera extendida de inestabilidad alrededor del pueblo, pero, como cualquier otro elemento de la industria, era visto, simbólica y prácticamente, como algo indispensable para el negocio de controlar la producción y el comercio de la sal. Los manantiales debían ser cercados, la venta de la sal debía ser controlada por los empleados del Ministerio y la mayoría de la zona debería ser vigilada y resguardada por agentes armados del Estado.
Al tiempo con la gente que asumió puestos formales en el Ministerio, llegó otro grupo importante: los empresarios que sucedieron a Antonio Malo. Los que sobresalieron más, aunque no fueran los más comunes y corrientes, eran los Espinosa. Tanto Bonifacio Espinosa como su hijo Honorato Espinosa eran contratistas de La Salina. Los otros hijos de Bonifacio también trabajaban en La Salina y uno de ellos, Bernardo Espinosa, tenía un cargo en el Ministerio de Finanzas y publicaba un periódico en Bogotá.72 En un marcado contraste con los otros elaboradores que estuvieron en La Salina, pareciera que los Espinosa nunca habían arrendado o habían sido propietarios de las tierras boscosas alrededor del pueblo, lo cual era un elemento fundamental para aprovecharse de los beneficios de un contrato. Al trabajar sin tener un control sobre estos bosques, los Espinosa usaron sus contactos, su experticia y su crueldad para alcanzar el nivel de éxito que solo unos pocos lograron en La Salina.
Bonifacio Espinosa llegó a La Salina con un contrato para regular el correo entre La Salina y El Cocuy tan pronto comenzó la administración directa, en 1836.73 Él también trabajó en el almacén en 1836 y 1837 hasta ser reemplazado por Juan Nepomuceno Solano, cuya propia carrera incluyó escandalosas y creíbles acusaciones de corrupción y cargos por haberse fugado con dineros públicos durante la Rebelión.74 Después de esto, Espinosa desapareció durante un largo tiempo de los informes de La Salina hasta 1845, cuando asumió un contrato de producción. En 1847, el Ministerio de Finanzas garantizó una extensión de su contrato, que debía durar hasta 1852, aunque este fue revocado en 1850.
Parte del problema parece haber sido la manera en la que Espinosa trataba a las personas. En 1846, el administrador escribió que, aunque Espinosa administraba bien a sus trabajadores, él nunca respondía a las consultas de la administración.75 Los dos años siguientes se inundaron de anotaciones parecidas: Espinosa no cumplía con sus obligaciones contractuales de poner en funcionamiento los manantiales inactivos o de llevar a cabo arreglos menores; les daba instrucciones a sus trabajadores para que llevaran la sal al almacén, pero no ayudaba a trasladarla al depósito después del pesaje; e incumplió el pago de un préstamo por 6000 pesos.76 En 1847, el cabildo escribió y comunicó una serie de reclamos, insistiendo en que los incumplimientos de Espinosa en los pagos por la madera podrían llevar a que los trabajadores se fueran del pueblo.77 Dos años más tarde, el administrador informó que Espinosa aún no había pagado los 6000 pesos que adeudaba por el préstamo, que la sal que producía era de baja calidad y que los trabajadores se quejaban de su mal trato.78
El Ministerio revocó el contrato de Espinosa, aduciendo, principalmente, que requería mejores términos por parte del elaborador, pero las quejas también incidieron en su demisión. Luego, se hizo una convocatoria pública para los licitantes. Mariano Sáenz de Santamaría ganó el contrato, pues presentó una mejor oferta que los otros, incluida la realizada por Honorato Espinosa y sus hermanos.79 No es claro si el comportamiento de Bonifacio Espinosa en La Salina pesó en contra de la oferta hecha por su hijo, o si lo fue el hecho de que Santamaría acordara producir más sal por menos dinero que cualquiera de sus competidores. Santamaría también prometió, de una manera poco realista, ampliar la infraestructura industrial en La Salina y trasladar el almacén a Chita, un proyecto que requería mejorar la carretera entre los dos pueblos para que la administración pudiera trasportar 100 000 kilogramos de sal desde La Salina hasta la zona montañosa cada mes. Probablemente, Santamaría incumpliría este acuerdo irreal, además de los problemas que debía enfrentar que no tenían nada que ver con los términos del contrato. Poco después de ser anunciado el nuevo contrato, se produjo un incendio sospechoso en el bosque maderero cercano a la fábrica, afectando este recurso que era vital para la producción. No sería exagerado pensar que uno de los Espinosa haya sido el responsable indirecto de este evento. Santamaría incumplió su contrato en un lapso de poco menos de un año. Para marzo de 1852, la Gaceta publicó de nuevo una noticia que anunciaba que el Ministerio estaba aceptando nuevas ofertas de producción.80
Honorato envió una propuesta en 1856 y, junto con su hermano Bernardo, remitió otra en 1858, pero ninguna de las dos fueron aceptadas.81 Durante esta década de caos administrativo en la que ninguno de los Espinosa detentó una posición de peso en La Salina, la Compañía Reyes y Niño empezó a sobresalir. A finales de la década de 1860, cuando la Hacienda logró poner algo de orden en la administración, finalmente Honorato Espinosa asumió el cargo de contratista.82 Su desempeño replicó el de su padre. Prosiguió un flujo constante de quejas, particularmente de parte de los lugareños, quienes se sentían constantemente maltratados por él. Algunos detalles de sus prácticas se verán a continuación; el punto que nos interesa aquí es que él tuvo éxito después de que varios contratistas fracasaron. De una manera no lograda por ningún otro individuo, familia o compañía, los Espinosa fueron capaces de fijar los términos para esta industria. Otros contratistas llegaron y se fueron, algunas veces siendo exitosos y otras fracasando en el complicado negocio de la producción de sal. Los Espinosa, que llegaron en el momento en que se estableció la administración directa, casi siempre fueron exitosos.
El declive económico de La Salina
A menudo, los empleados del Ministerio informaban que La Salina se encontraba despoblada y que sus únicos ocupantes eran los trabajadores migrantes y los contrabandistas. Ellos manifestaban esta percepción cuando surgían problemas que tenían que ver con la producción y las ventas. Los oficiales regionales reproducían estas quejas. En 1843, un oficial de El Cocuy escribió que La Salina solo tenía 20 residentes permanentes, el resto solo eran transitorios que iban a trabajar o a comerciar.83 Contradiciendo estos comentarios, la mayoría de los estimativos establecen que su población se acercaba a las 1000 personas (tabla 4). Aunque esto no fuera un dato excepcional, sí evidenciaba una lenta tasa de crecimiento, inclusive para Boyacá, que era una de las regiones del país que crecía con mayor lentitud.84
En su informe estadístico de 1875, Aníbal Galindo reportaba que entre 1851 y 1875 la población boyacense había aumentado en un 29 %. Durante el mismo periodo, la población de La Salina había crecido menos del 9 %, de 1150 a 1252 habitantes, siendo la más baja en la región.85 El menor número refleja una población voluble, más que un estancamiento, pues los habitantes eran más proclives a irse que a establecerse. También aparecían frecuentes referencias a la migración hacia afuera, sobre todo cuando se aludía a la disminución de la mano de obra. Por ejemplo, cuando Bonifacio Espinosa advertía que limitar el acceso comunitario a la madera forzaría a que los habitantes se fueran, ello era reflejo de su preocupación por encontrar trabajadores, más que de su solidaridad con sus problemas y preocupaciones.86
Tabla 4. Estimaciones demográficas de La Salina

Fuentes: a Tovar Pinzón y Tovar Mora, Convocatoria al poder del número, 383.
b Contraloría General de la República de Colombia, Geografía económica de Colombia, 3:125, 130, 145, 150 (la figura de 1835 y 1843 se repite para el año 1848 en AGN, Archivo Anexo, caja 23, carpeta 5, 1848).
c Agustín Codazzi, Geografía Física y política, 3:306.
d Oficina de Estadística Nacional de Colombia, Anuario de estadística de Colombia 1875, 33.
e AGN, SR, Gobernación de Tundama, leg. 5, fol. 849, marzo de 1855.
f AGN, SR, Salinas de Boyacá, leg. 10, fol. 375, noviembre de 1869.
g El Boyacense, junio 17, 1881, 6845-6847.
Los salarios bajos y el temor al reclutamiento militar eran mencionados como factores que estimulaban la migración durante la segunda mitad del siglo. En 1874, un oficial explicaba que los trabajadores se habían ido para Casanare, pues el alto precio del café había redundado en el aumento salarial y ello había ocasionado un recorte en La Salina.87 En 1891, otro empleado informaba que los trabajadores estaban migrando masivamente hacia Casanare para evadir el reclutamiento.88 Simultáneamente, la perspectiva salarial o la obtención de alguna ganancia del comercio de la sal atraía gente de la región. Probablemente, muchos de ellos trabajaban allí durante cortos periodos o durante una temporada, pero algunos, efectivamente, se establecían en La Salina. Cuando el administrador Santiago Izquierdo escribió en 1881, se mostró esperanzado de que una nueva ola de migrantes fijaría las bases para un asentamiento permanente.89 Al mismo tiempo, el pueblo también habría servido de conducto para la migración desde la cordillera hacia los llanos, como una estación de paso para ganar dinero antes del traslado.
Además de los reparos sobre el total de la población, había otros más concretos en el sentido de que La Salina estaba perdiendo a sus pobladores más respetables. Este grupo, socioeconómicamente por encima de los trabajadores, pero por debajo de las élites y de los contratistas con conexiones políticas, se redujo después de 1836. El cabildo escribió una queja sobre Bonifacio Espinosa en 1847, en la que se describía una variedad de adversidades desde su llegada. Una preocupación específica era la partida de los líderes “Jesús Urrea, Rafael Estaba, José María Álvarez, Vicente Salinas, Nepomuceno Valderrama, Joaquín Murillo, Sixto Olguín, Juan de la Cruz Heras, Eustaquio Rincón, Espíritu Santo Vargas, Justa Franco and Juana Sandoval”, que no toleraban el acoso de Espinosa.90 Un informe de un alcalde dos décadas más tarde describía la falta que hacían este tipo de pobladores, y decía que los habitantes eran tan pobres que, si a duras penas podían mantenerse a sí mismos, mucho menos podrían hacerlo con una escuela u otras instituciones locales.91 Aunque estos recuentos sostenían que la “gente de calidad” se había ido de La Salina, otros informes públicos mencionaban otros actores locales influyentes que calmaban o exaltaban al pueblo. No es claro si tales actores provenían de las familias locales establecidas o de advenedizos que recientemente habían conquistado riqueza e influencia.
En cambio, el declive económico de La Salina sí saltaba a la luz con total claridad. Para los estándares de Boyacá, este era un pueblo que contaba con algunos medios en la Independencia. La contribución económica de 1823 establece un punto de referencia para medir el posterior declive durante ocho décadas. Bajo esta tributación, 59 habitantes de La Salina pagaron un total de 204 pesos en impuestos. El pago promedio de 3,5 pesos era más alto que el promedio de 2,7 pesos, tanto de la provincia de Boyacá como del cantón de El Cocuy.92 Este promedio alto se debía, en parte, a la fortuna personal de Pedro Ignacio Valderrama, cuya propiedad en La Salina estaba avaluada en 12 000 pesos.93 Pero existían otros 58 habitantes lo suficientemente acaudalados como para pagar impuestos. La proporción entre el número de habitantes que tributaban y el total de la población muestra que el porcentaje de personas que tenían un patrimonio que ameritaba pagar impuestos era más grande en La Salina que en cualquier otro pueblo boyacense (tabla 5).
Tabla 5. Los aportes de 1823 y la población en 1835


Fuente: AGN, SR, Intendencia de Boyacá, leg. 2, fols. 454-632, junio-agosto de 1823; Agustín Codazzi, Geografía física y política, 3:306, censo de 1835.
a La población de La Salina pudo haber estado más cerca de los 900 que de los 637 habitantes –la cifra más baja del siglo–, pero, en cualquier caso, La Salina devolvió una suma percápita sustancial para este impuesto. Yo uso la última y la más baja cifra, debido a que la población del pueblo disminuía usualmente durante los periodos extendidos de guerra.
Casi un décimo de los habitantes de La Salina tenía un patrimonio que ameritaba que pagaran impuestos. Aunque no existe información detallada, los individuos que pertenecían a este grupo sin duda se ganaban la vida con los trabajos relacionados con la producción o el comercio de sal, pues no existían muchas más opciones. Un estudio de 1816 sobre la industria local informaba que La Salina, con una población de 900 habitantes, tenía 190 casas, 20 caballos y 60 vacas, aunque no había ni cabras ni ovejas, ni tampoco cultivos de maíz o de trigo.94 Cualquier persona adinerada obtenía su ganancia a través de la sal: produciéndola, comercializándola, o trabajando en alguna de las industrias que sustentaban su producción.
Varios informes y peticiones fechadas después de 1836 documentan una competencia creciente por los recursos y el consiguiente impacto sobre la vida local. En un caso concreto, tan pronto la administración directa fue implementada, los vecinos de La Salina –los hijos y los nietos del grupo que había adquirido los derechos de los antiguos resguardos en 1778– comenzaron una disputa con Pedro Ignacio Valderrama sobre las tierras ejidales del pueblo. En 1836, Valderrama, que controlaba la tierra en la vereda de Rodrigoque, compró la mayoría del antiguo resguardo de su comadre Trinidad Alarcón.95 Los vecinos le ofrecieron al Gobierno “la gracia y cesion […] sobre la propiedad y derecho que tienen vijente sobre este terreno que fue resguardo de indijenas que han poseido por el espacio de más cincuenta años”. Ellos explicaron que habían hecho esta oferta porque no podían darse el lujo de demandar a Valderrama, quien se había enriquecido ilegalmente controlando esas tierras. Ellos solo pedían “permiso de cortar las maderas de construcción, y [que] se les permit[ier]a hacer sus cortas labranzas”, prohibidas por Valderrama. Valderrama y Alarcón eran “monopolistas”, cuyas únicas prácticas eran las “de devorar y consumir á este vecindario que los ha elevado á un alto grado de riqueza”.96 No existe ningún registro de que hubiera respuesta para tal oferta, y tres de los peticionarios estaban entre quienes se fueron en 1847. La época en que se hizo esta solicitud no habría podido ser peor. La propuesta fue enviada en el momento en el que el Gobierno actuaba en contra del tipo de propiedad de tierras comunitarias que estos habitantes querían preservar a través del repartimiento del resguardo. En la cordillera Oriental, los resguardos que habían sobrevivido a la campaña de reasentamiento colonial estaban en la mira. Tanto el Gobierno nacional como el provincial estaban detrás de este esfuerzo.97 La solicitud iba en contra del espíritu de la época y de su intento por mantener el acceso a la tierra y a los recursos, que eran los elementos fundamentales para preservarse de la pobreza y que estaban condenados por la misma lógica que había derivado en la administración directa de las salinas.
La correspondencia escrita por Diego Davidson, el primer administrador empleado por Ignacio Morales, documenta tanto el declive en el nivel local de vida como la manera en que los administradores foráneos percibían del lugar. En 1836, Davidson afirmaba que la administración directa estimulaba la economía local, que los nuevos proyectos de construcción habían generado empleos y que el aumento de precios de los alimentos beneficiaba a los lugareños.98 Esta última aseveración solo habría podido ser verdadera si los habitantes de La Salina hubieran cultivado sus propios alimentos o vendido sus productos locales, pero ellos dependían de los comerciantes de insumos.99 En 1839, una carta dirigida al Ministerio del Interior planteaba que “el distrito parr. de la Salinas de Chita nada produce por si, y ni una sola mano humano lo cultiva: todos los viveres van alli de fuera y por consiguiente no se consiguen sino por precios muy subidos y aunque la poblacion de la Salinas está en el dia reducida a los empleados de la admon. y elaboradores de la Sal”.100
Una serie de informes confirma que la monoeconomía de La Salina poco hacía por la mayoría de su población.101 Las cifras provinciales de las primicias de 1843 establecían la contribución de La Salina en 40 pesos, la menor entre todos los pueblos de la provincia.102 El reporte sobre la ganadería de Agustín Codazzi realizado en 1850 decía que esta era prácticamente inexistente y que solo había cinco mulas en La Salina, un número casi inconcebible si tenemos en cuenta la importancia de estos animales para el transporte de la sal (tabla 6).
Tabla 6. Ganado en La Salina y en pueblos comparables, un cantón de El Cocuy, 1859

Fuente: Codazzi, Geografía física y política, 3:306.
En un informe especial de la Memoria de 1859, Vicente Gómez explicaba que “En La Salina no hai agricultura”.103 No se mencionaba a La Salina en el informe estadístico sobre la producción agrícola elaborado por Aníbal Galindo en 1875, lo que hace pensar que no había nada que valiera la pena resaltar.104 Un análisis sobre la ganadería en 1883 demostraba que la tendencia se mantenía, pues solo había 36 vacas y 50 mulas en La Salina –no había caballos, ovejas, cabras o cerdos– por un valor total de 3750 pesos, una cantidad superada por la totalidad, exceptuando 3 de los 40 pueblos analizados.105
Varios factores habrían contribuido a esta pobreza. Manuel Ancízar informaba que “el jornalero vegeta mal vestido con harapos, encorvado bajo el peso de las haces de leña, único trabajo permitido, y por la noche descansa en una mala choza, donde no puede encender fuego sino con tasa y medida, porque de proveerse de leña abundante se estima como indicio de elaboración clandestina de sal”.106 Cuando el Ministerio de Finanzas compró los bosques de la Iglesia en la década de 1840, acogió el ejemplo de Valderrama, limitando el acceso a estos y prohibiendo la agricultura.
El administrador que estaba en el momento de la compra escribió que al arrendatario propietario de ganado se le debería permitir el uso de su parcela, pero que el que tuviera una pequeña finca debería ser expulsado después de la cosecha. Él planteaba que cualquier actividad que interfiriera con la reforestación de los bosques debería ser prohibida.107 Un oficial provincial explicaba que “por las circunstancias de estar tan pobres los vecinos que no alcanzan sino a mantenerse escasa i miserablemente: porque no tienen ninguna propiedad, pues el único comercio conocido en este Distrito es el que el gov. tiene establecido sobre la Salina, i el que no madruga a cargar leña, no almuerza”.108 Por supuesto, los salarios obtenidos por cargar madera eran relativamente bajos comparados con el alto costo de vida en La Salina:
Los víveres en esta se han escaseado tanto i se han puesto tan caros, que el infeliz jornalero apenas tiene con el trabajo de una semana para satisfacer sus necesidades en dos o tres dias, i como el Elaborador no puede aumentarles el jornal [...] estos se han ido a otros puntos donde la vida no es tan cara, dejando sin brazos una empresa que no puede sostenerse de otro modo. 109
Los registros posteriores del siglo XIX de las tasas impositivas muestran que estas no eran anecdóticas (tabla 7). Para 1869, los impuestos contributivos de La Salina estaban ligeramente por debajo del promedio regional, y para 1898 el declive era más evidente.
Tabla 7. Recaudación de impuestos en La Salina

Fuente: Memoria de Presidente de Boyacá de 1869, 50-51; Memoria de Ministerio de Gobierno 1989, “Cuadros”.
Nota: para esta tabla usé los pueblos de las tablas anteriores. Las fronteras del cantón que contiene La Salina fueron redibujadas entre estos dos gravámenes. En 1989, era el Cantón del norte, mientras que en 1898 era un área ligéramente diferente llamada el Cantón de Gutiérrez. He incluído los pueblos que pertenecían al cantón reconocido en la época de la evaluación en los promedios.
En la medida en que no existen cifras sobre la distribución del ingreso, el porcentaje de los habitantes de La Salina con suficiente patrimonio para tributar era mucho más bajo que en la década de 1820. En el lapso de 75 años, La Salina había pasado de ser un pueblo en donde algo de la riqueza de sus extraordinarios recursos circulaba entre la población, a convertirse en uno de los más pobres en un departamento de Boyacá también pauperizado.
Esta misma dinámica transformó a Zipaquirá y a Chámeza. Hasta el siglo XVII Zipaquirá había sido un próspero pueblo de indios con una población estable, pero, para finales del siglo XVIII, esa comunidad indígena se había visto forzada a arrendar parcelas del resguardo y, pese a ello, seguía teniendo problemas para pagar sus impuestos.110 Eventualmente, inclusive el pueblo no podía costear la madera y la cerámica necesarias para la producción.111 Así, aunque la comunidad de Zipaquirá tuviera el acceso legal a la fuente de la gran riqueza, el aumento de la mano dura por parte del tesoro real y otros factores contribuyeron a que la propiedad comunal y su administración se volvieran insostenibles. Al igual que en La Salina, la comunidad indígena fue desplazada de su resguardo durante la campaña de reasentamiento de 1778 y fue establecida en el resguardo de Nemocón, un pequeño pueblo cercano que producía sal.112
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