Kitabı oxu: «El puerto de Dénia y el destierro morisco (1609-1610)»

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EL PUERTO DE DÉNIA Y EL DESTIERRO MORISCO (1609-1610)

Manuel Lomas Cortés

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta obra ha obtenido la IX Beca d’Investigació de l’Ajuntament de Dénia (2005) con un jurado integrado por Pau Reig i Pérez, Vicent Ramon Baldaquí Escandell, Salvador Salort i Vives, Joseba Rodríguez Aizpeolea y Rosa Seser Pérez.


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto­químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per­miso previo de la editorial.

© Del texto: Manuel Lomas Cortés, 2009

© De esta edición: Ajuntament de Dénia y Universitat de València, 2009

Coordinación editorial: Maite Simón

Corrección: Pau Viciano

Realización ePub: produccioneditorial.com

Cubierta:

Ilustración: Vicent Mestre, Embarque de los moriscos en el puerto de Denia (1612-1613).

Col. Bancaja

Fotografía: Juan García Rosell

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-7320-0

A Elodia Sanchis Siscar

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

INTRODUCCIÓN

I. LA VILLA DE DÉNIA Y LOS PREPARATIVOS DE LA EXPULSIÓN

1. VILLA, PUERTO Y PARTIDO

1.1 Dénia a comienzos del siglo XVII

1.2 La elección de Dénia como puerto de embarque

1.3 El distrito morisco de Dénia

2. LA JUNTA DE VALENCIA Y LA FINALIZACIÓN DE LOS PREPARATIVOS EN DÉNIA

2.1 La llegada de los mandos y el inicio de las reuniones

2.2 Reunión y despliegue de las escuadras

2.3 Don Cristóbal Sedeño

2.4 La elección de los comisarios

II. EL EMBARQUE DE LOS MORISCOS

1. PRIMEROS PASOS DE LA EXPULSIÓN

1.1 El edicto de expulsión

1.2 El desembarco del tercio de Nápoles y la ocupación del territorio

2. EL EMBARQUE INAUGURAL

2.1 Don Carlos de Borja y los moriscos del estado de Gandia

2.2 Reunión y partida

2.3 ¿Transporte real o flete privado?

2.4 La salida de la escuadra real

2.5 El abandono de las aljamas

2.6 Finalización y recuento del primer embarque

3. LA SEGUNDA EMBARCACIÓN

3.1 Los moriscos del seis por ciento

3.2 El traslado de la escuadra de España

3.3 La barcada del marqués de Santa Cruz

3.4 El aumento de los contratos de flete

4. LA BARCADA DE NOVIEMBRE

4.1 Tercer embarque en las galeras de Nápoles

4.2 Progresión de los mercantes

III. LA REBELIÓN DE LAGUAR

1. EL INICIO DE LA REVUELTA

1.1 Pánico en las aljamas

1.2 ¿Rebelión o rumor?

1.3 Avisos de Guadalest

1.4 El alzamiento de Xaló y Laguar

2. PRIMEROS PASOS PARA LA SOLUCIÓN DEL CONFLICTO

2.1 El problema de las competencias militares

2.2 La movilización de la Milicia Efectiva

2.3 Reorganización defensiva de la villa y distrito de Dénia

2.4 Consideraciones previas a la salida de don Agustín

3. LA CAMPAÑA DE LA SIERRA

3.1 Desplazamiento de la rebelión de Guadalest

3.2 El socorro de Murla

3.3 Despliegue militar y primeros intentos de negociación

3.4 La extinción de los focos rebeldes de Tàrbena y La Serella

3.5 La llegada de don Sancho y la destrucción del aparato logístico rebelde

3.6 Las primeras capitulaciones de rendición

4. LA DERROTA DE LOS REBELDES

4.1 Distribución de las tropas reales

4.2 El rebato de la Milicia

4.3 Disposición de las fuerzas rebeldes y la toma del castillo de Las Azabaras

4.4 El asalto de la sierra y la batalla por el llano de Garga

4.5 La rendición

4.6 El embarque de los rebelados

IV. DINERO, PERTRECHOS Y SOLDADOS

1. LA FINANCIACIÓN DE LAS GALERAS Y EL CONCIERTO DE FLETES REALES

1.1 Primeras partidas

1.2 Situación económica de la escuadra hasta el primer embarque

1.3 Abastecimiento de las galeras durante el embarque de los moriscos

1.4 El concierto de fletes

2 EL SOCORRO DEL TERCIO DE NÁPOLES Y LAS CONSIGNACIONES ESPECÍFICAS

2.1 Prevenciones para la paga del ejército

2.2 Suministro de pertrechos y socorros durante la rebelión de Laguar

2.3 Las asignaciones de la Milicia Efectiva

V. PRESENCIA MORISCA TRAS LA EXPULSIÓN

1. LA CLAUSURA OFICIAL

1.1 La invernada de la escuadra y la actividad militar en el puerto de Dénia durante la campaña de 1610

1.2 Los esclavos

1.3 Festejos y reconocimientos

2. EL PERFECCIONAMIENTO DE LA EXPULSIÓN

2.1 La pervivencia de niños y mujeres

2.2 Los manifestados

2.3 La salida del seis por ciento

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

APÉNDICE

INTRODUCCIÓN

A partir de septiembre de 1609, y a lo largo de prácticamente un año, la villa de Dénia se vio comprometida por los acontecimientos derivados del inicio de la expulsión de los moriscos. Este proceso, que seguramente conforma junto a la Tregua de los Doce Años los dos sucesos políticos más destacados del reinado de Felipe III, gozó de gran reconocimiento entre sus contemporáneos.[1] La aparición de crónicas y relatos sobre el destierro morisco fue constante a partir de aquellos años y hasta la finalización del reinado, y aunque más tarde esta producción decaería, han abundado desde entonces los estudios que han abordado en mayor o menor medida la cuestión. Desde los escritos revisionistas del XVIII, centrados en buscar un origen para la crisis económica, pasando por el nuevo auge decinonómico o los primeros estudios científicos de mediados del XX, la expulsión ha tenido una suerte diversa, pero adoleciendo siempre del mismo problema. La falta de una explicación general, centrada en el análisis de los diferentes aspectos constitutivos del proceso, siempre se ha perdido en favor del estudio de elementos concretos, ya fueran biografías personales, el desarrollo político de los acontecimientos o el recuento aproximado de los expulsados. Esta circunstancia ha estado sin duda motivada por el enorme volumen de documentación y las numerosas implicaciones del proceso, que siempre han complicado en exceso la determinación a realizar un estudio completo. El análisis exhaustivo de las diferentes expulsiones ejecutadas contra los moriscos entre 1609 y 1614 todavía está lejos de materializarse, pero en todo caso es posible realizar ejercicios de aproximación a una explicación general, a partir del estudio de segmentos temporales concretos localizados sobre regiones bien determinadas.

Este intento de definición es la base sobre la que planteamos la elaboración del presente estudio, que se centra en analizar el desarrollo de la expulsión en el ámbito concreto del distrito morisco de Dénia, uno de los tres en que fue dividido el territorio valenciano como paso previo al inicio del destierro. La significación de este espacio es especialmente revelante. El embarque que sirvió como viaje inaugural se dio a través de su puerto, que acabó por convertirse, tras sucesivos traslados, en la principal plataforma de salida de moriscos en volumen de personas. Auténtico referente de la acción política y la gestión de los embarques, el puerto de Dénia adquirió desde el primer momento un papel protagonista en la expulsión, aupado primero por los intereses del duque de Lerma y sancionado más tarde por el propio desarrollo de los acontecimientos. La rebelión que tuvo lugar en sus límites, y la larga permanencia del tercio y las galeras de Nápoles, son otros elementos a tener en cuenta, y que acaban por perfilar un mosaico rico en matices y posibilidades. La toma de decisión, los diferentes factores que intervinieron en ella, el formidable teatro de preparativos que se siguió, las deliberaciones previas, los embarques, los hechos de la rebelión y los problemas administrativos derivados, son algunos de los procesos que probaremos a caracterizar, tomando siempre como sujeto e hilo conductor la villa de Dénia y su distrito, sin dejar en todo caso de observar la evolución general de la expulsión como marco fundamental para un mejor conocimiento de los factores que incidieron en ella.

La expulsión de los moriscos fue un proyecto elaborado y ejecutado bajo el estricto control de los consejos centrales de Felipe III, hecho que repercute en gran medida en el origen de las fuentes documentales que todavía hoy se conservan para su estudio. No debe por tanto extrañarnos la casi total ausencia de noticias relacionadas con la expulsión que aterosan los fondos del Archivo Municipal de Dénia. La buena sintonía entre las autorizades municipales y los mandos militares asentados en la villa evitó las disputas, y ello se traslada negativamente a unos registros donde sólo emergen contados datos que hacen referencia a pequeñas trifulcas por el control de algunas parcelas de poder. Algo muy similar ocurre al profundizar en el estudio de las series del Archivo del Reino de Valencia. Unas pocas noticias, por lo demás dispersas, nos hablan de comisiones encargadas a los alguaciles reales en el distrito, de pequeños gastos y de alguna queja sorda, que difícilmente se pueden articular sin contar con la estructura que aporta la documentación del Archivo General de Simancas, en este sentido muy rica y abundante.

El cuerpo central de nuestro discurso está elaborado a partir de los fondos de dos de las secciones principales de este último archivo, esto es, las de Estado y Guerra Antigua. En las primeras se encuentra un gran volumen de correspondencia original remitida por los principales encargados del proceso, y los acuerdos a los que llegó el Consejo de Estado de acuerdo con los informes que contenían. Estas referencias son claves no sólo para delimitar un marco general, sino también para aclarar todo tipo de cuestiones. Esta información ha sido en gran parte utilizada en los estudios que hasta el momento se han hecho de la expulsión, pero tiene una grave carencia derivada de las competencias originales del Consejo. La administración y gestión financiera de la expulsión, así como el mantenimiento de los tercios y las escuadras reales, no dependía de este organismo, sino del Consejo de Guerra. La consulta de estos fondos, en relación a la expulsión, no se había llevado a cabo hasta el momento, pese a que tienden a dilucidar y poner en relación una parte muy significativa de datos inconexos contenidos en Estado. El discurso se enriquece así gracias a la complementariedad de ambas secciones, pero el aspecto económico de muchas cuestiones planteadas por el Consejo de Guerra genera igualmente una gran cantidad de dudas si no se profundiza en las derivaciones administrativas de la expulsión, esto es, en la gestión del dinero. Recientemente catalogadas, todavía sobreviven en el Archivo General de Simancas las cuentas del destierro. Elaboradas por el pagador Diego Ferroche y conservadas en los fondos de la Contaduría Mayor de Cuentas, estas relaciones contienen una gran cantidad de información derivada del pago de libranzas, que nos permiten ampliar todavía más la visión que hasta hoy teníamos de los embarques y la rebelión morisca. Clave para entender el pago del ejército y sus problemas derivados, estas cuentas aportan luz sobre aspectos desconocidos de la expulsión, aunque para conseguir perfilar por completo esta materia –y en el caso concreto del distrito de Dénia–, se ha hecho imprescindible el estudio en los archivos italianos.

Las tropas y galeras que se encargaron que ejecutar el destierro morisco en el partido de Dénia provenían del Reino de Nápoles. Su administración y mantenimiento no dependía de los consejos centrales, sino de las instituciones propias de aquel virreinato. Por este motivo el estudio en profundidad de estas unidades pasaba por la consulta de los fondos del Archivio di Stato di Napoli. En él se conservan los registros de la Regia Camera della Sommaria –organismo del cual dependía la administración militar napolitana–, pero la destrucción parcial del archivo en 1943 ha dejado en todo muy pocas opciones de trabajo.[2] Dentro de la Scrivania de Razione, fundamental para el estudio de los salarios, la serie de órdenes reales del ramo militar ha desaparecido hasta 1619, y lo mismo ocurre con los registros contables, que no se inician hasta 1623. Por fortuna el primer legajo correspondiente a los billetes originales emitidos por el virrey comienza en 1609. Parcialmente quemado, este lelajo y los sucesivos aportan noticias valiosas sobre los problemas que a nivel administrativo planteó la larga estancia del Tercio y la escuadra en Dénia, aunque no permiten un estudio en profundidad.

El Archivo de la Corona de Aragón también contituye una pieza clave para el estudio específico de la expulsión a través del puerto de Dénia. Esto se debe a la adquisición de un legajo que contiene la documentación privada de don Cristóbal Sedeño que, como gobernador y procurador general del marquesado, sirvió el oficio de comisario de embarque durante los traslados. Perteneciente a la serie de Adquisiciones, depósitos y donaciones menores, este legajo contiene una gran cantidad de información, sin la que se hubiera hecho imposible perfilar la realidad de la expulsión en este ámbito. Su valiosísima lista alternativa de embarques, pero no sólo ella, aporta datos de primer orden que ayudan al estudio crítico de otras fuentes y completan las noticias que se tenían hasta el momento. La función que este legajo cumple para el análisis de la vertiente naval del destierro es en gran parte asumida, en sus aspectos terretres, por la magnífica crónica que legó Gaspar de Escolano. Nunca reivindicada como se merece, esta obra sigue siendo fundamental para el conocimiento de los hechos acaecidos durante la rebelión de Laguar. Su comparación con los datos contenidos en la documentación oficial evidencia una gran honestidad y exactitud a la hora de recoger y anotar estos acontecimientos, por lo que su estudio tiene un gran peso en una parte determinada de este estudio, que también recoge datos fragmentarios del Archivo Histórico Nacional –relativos a algunas parcelas concretas de la administración ordinaria del reino– y el Archivo Ducal de Medinaceli –sobre todo basados en la gestión patrimonial que el duque de Lerma ejerció durante la expulsión sobre el marquesado de Dénia–.

Este trabajo ha sido realizado en el marco del IX Premio de Investigación del Ayuntamiento de Dénia concedido en abril de 2005. El esquema original presentado a concurso se titulaba La expulsión de los moriscos en la Marina Alta, y pretendía analizar este proceso en los límites exactos de Dénia y su comarca. Esta idea dio paso a la necesidad de estudio de todo el distrito morisco que se englobaba en este territorio, por motivos de lógica histórica y documental. En cualquier caso conserva en gran medida el trazado y división de capítulos contemplado inicialmente. Su elaboración ha sido también facilitada por otras ayudas institucionales. La concesión de una beca de investigación predoctoral adscrita al Departamento de Historia Moderna de la Universitat de València para el período 2004-2008, entidad que, junto al Dipartamento Discipline Storiche «Ettore Lepore» de Nápoles, me facilitó los recursos para la estancia en Italia, ha supuesto un impulso clave para la elaboración de este proyecto, así como también los importantes recursos recibidos del proyecto de investigación del Ministerio de Educación y Ciencia «El Reino de Valencia en el marco de una Monarquía Compuesta: un modelo de gobierno y sociedad desde una perspectiva comparada», (Código HUM 2005-05354) financiado con fondos FEDER. Sin todas ellas este trabajo no hubiera podido llevarse a cabo.

Fondos de Archivo

AGS Archivo General de Simancas

Es. Sección Estado. Legajos 213, 214, 215, 216, 217, 218, 219, 220, 224, 225, 227, 228-1, 228-2, 243, 246, 1434, 1889, 1932, 1298, 1105, 1163, 1886, 2638b, 2639.

Ga. Guerra antigua. Legajos 714, 721, 725, 726, 727, 738, 739, 742, 743.

CMC. Contaduría Mayor de Cuentas, 1.ª época, 1840.

MPD. Mapas, planos, Dibujos, VII.

AMD Archivo Municipal de Dénia

ADM Archivo Ducal de Medinaceli

AH Archivo Histórico, 55, 56, 57, 256.

AHN Archivo Histórico Nacional Consejos, 2402E.

ASN Archivio di Stato di Napoli

SV-VO. Segretaria dei vicerè. Viglieti originali. 1, 3.

ACA Archivo de la Corona de Aragón

DV. Diversos Varia 30, volumen 5.

ARV Archivo del Reino de Valencia

Cancillería, 1363.

Cartas a los virreyes, carpeta 110.

Mestre Racional, Comptes d’administració, 216.

[1] En palabras de Fray Juan de Salazar, la expulsión sería la única empresa por la Felipe III fue digno de «eterna alabanza y su nombre de perpetua memoria», Política Española (Madrid), 1997 (1.ª ed. Madrid, 1619), p. 35.

[2] Jole Mazzoleni: Le fonti documentarie e bibliografiche dal sec. X al XX (Convertate presso l’Archivio di Stato di Napoli), 2 tomos, Nápoles, 1978, tomo I, pp. 105-108 y 245-246. La magnitud de la pérdida sufrida se puede evaluar consultando el catálogo anterior al desastre. Francesco Trinchera: Degli archivii napolitani, Nápoles, 1995 (1.ª ed. Nápoles, 1872).

I. LA VILLA DE DÉNIA Y LOS PREPARATIVOS DE LA EXPULSIÓN

La expulsión de los moriscos, que tan profundo significado habría de tener para la villa de Dénia y su puerto, fue una decisión política que tanto en su gestación como en su posterior organización, tuvo múltiples implicaciones que afectaron a la mayoría de los territorios que conformaban las posesiones de la Monarquía Hispánica en espacio europeo a la altura de 1609. La política de paces con Francia e Inglaterra, la reorientación de la política hispánica del norte de Europa hacia en Mediterráneo, la falta de resultados por los que atravesaba la Corona en política exterior y, sobre todo, la cercanía del acuerdo en Flandes, eran factores que en forma de presión influían sobre la monarquía y la empujaban a tomar una decisión que calmara los ánimos, atenuara las críticas y permitiera alcanzar los objetivos ideológicos marcados desde el comienzo del reinado. Lo cierto es que con el inicio de las conversaciones de paz en Flandes la monarquía se hallaba ante un grave problema político. La dificultad para articular un discurso que justificara política e ideológicamente este acuerdo se presentaba complicada y se unía al desgaste que, los sucesivos fracasos militares, provocaban a su prestigio.[1] Hacía falta encontrar una respuesta a las críticas que venían sucediéndose, y que al mismo tiempo reportara un gran éxito que pudiera ser explotado políticamente. La tregua en el norte parecía abrir una nueva etapa en la que, superadas las cargas políticas heredadas del reinado anterior, por primera vez se tenía la oportunidad de construir una estrategia distinta, un ideario diferente nacido de una nueva monarquía que tenía sus propias prioridades y necesidades.[2] En un momento en que el gobierno impuesto por el duque de Lerma comenzaba a dar sus primeros signos de debilidad,[3] la expulsión de los moriscos nacería como la gran apuesta de aquella nueva política, desafío peligroso que tenía muchos signos de una huida hacia adelante.

El viejo problema de la pervicencia de los moriscos en el territorio hispánico[4] volvió a cargarse así de contenido,[5] en un momento de especial trascendencia política. Aceptado el expediente del destierro, cabía diseñar una estrategia que permitiera afrontar con solvencia el proyecto, para el cual acabó por decidirse la participación de todas las fuerzas militares disponibles en la península Ibérica y el espacio mediterráneo. Esta y otras decisiones serían perfiladas en la importante sesión del Consejo de Estado celebrada el 4 de abril de 1609, fecha en la que curiosamente sería firmada en Flandes la tregua con los rebeldes holandeses. En esta reunión se sentarían las bases del fuerte carácter ideológico con el que nacía el proyecto de expulsión. La más importante de las empresas llevada a cabo por la única monarquía que era verdadera garante de la Cristiandad –según se afirmaba en el acta de su resolución final–, o el proyecto que debía dejar en nada la conquista de Argel, según palabras del comendador mayor de León, son expresiones que nos hablan de la necesidad perentoria de la monarquía por lograr una gran victoria, y de los primeros pasos de una elaboración propagandística que debía cifrar en la expulsión el mayor triunfo nunca conseguido por la Corona. La expulsión era pues la gran respuesta ideológica, el primer acto de una nueva orientación política que había de reportar nuevo prestigio y reputación a la monarquía, y más allá de todo eso la apuesta personal de un monarca, Felipe III, y su valido, el duque de Lerma. Ahora bien, decidido que la expulsión comenzaría por Valencia, y que debía llevarse a cabo antes de finalizar aquel año, no había tiempo que perder. Con los principales proyectos de la monarquía para 1609 ya en marcha, y prácticamente a boca del verano, los preparativos de la expulsión tendrían que trastocar necesariamente los planes trazados hasta el momento, y reorganizar la estrategia global que ya se había marcado para aquella campaña. De acuerdo con esta resolución y durante la primavera de aquel mismo año, fueron cursadas órdenes de movilización en Lombardía, Liguria, Nápoles y Sicilia, obligando así a una revisión de las estrategias militares en el espacio italiano que afectó a los diferentes proyectos y campañas que se ejecutaban en aquellos territorios.[6] Algo muy similar ocurriría en Portugal y Castilla,[7] donde de forma paralela serían reunidas y desplegadas la totalidad de las fuerzas navales encargadas de la vigilancia del tráfico marítimo y la seguridad de las costas peninsulares.

De esta forma y con gran secreto, la gran mayoría de los peones de la monarquía en el Mediterráneo se afanaron en cercar sigilosamente el Reino de Valencia a lo largo de los meses de verano, mientras en la Corte todavía se debatía la estrategia que se iba a adoptar para la expulsión. Todos aquellos preparativos se habían ordenado sobre una base estratégica muy precaria, donde los únicos principios que habían quedado bien fijados eran la necesidad de reunir el mayor número posible de recursos, y que la expulsión se iniciara por Valencia. Pero aparte de este esquema tan básico, a mediados de abril todavía no se había comenzado a concretar lo que en aquel momento no era más que un conjunto más o menos coherente de propuestas. De este modo y si verdaderamente se quería propiciar la expulsión en los plazos que se habían marcado, quedaba una ardua tarea por delante. El trabajo consistía en materializar en propuestas concretas todas aquellas sugerencias que habían sido recogidas por el Consejo de Estado, con el fin de elaborar un proyecto que señalara fechas concretas, las formas de financiación, el reparto de responsabilidades o la estrategia general que debían seguir aquellos que fueran designados para ocuparse de la expulsión. Pero toda esta tarea no recayó directamente sobre el Consejo de Estado –que al parecer sólo se ocupó de realizar un seguimiento de las decisiones que se tomaban–, sino sobre el duque de Lerma. Ayudado por los diferentes secretarios de Estado y Guerra, el valido se encargó de repartir las primeras órdenes y negociar personalmente la adquisición de fondos a través del comisario general de la Cruzada.[8] La principal dificultad estribaba en conseguir coordinar de manera satisfactoria el enorme entramado administrativo en el que ya se estaba convirtiendo la expulsión. Que todas las fuerzas estuvieran reunidas en las fechas señaladas y que pudieran aportar su ayuda al proceso de expulsión, era un objetivo que cada vez se veía más difícil de alcanzar, sobre todo después de recibir las primeras noticias de Italia, que auguraban importantes retrasos en la llegada de las escuadras. En cualquier caso el duque continuó con los preparativos según los planes previstos, y así entre abril y mayo se dio la orden para que todos aquellos oficiales que sirvieran cargos en las las armadas y no estuviesen en sus puestos lo hicieran inmediatamente. Las designaciones del marqués de Villafranca como responsable de la organización naval, y de don Agustín Mexía como jefe de las operaciones en tierra se sucederían de inmediato.

Con los monarcas trasladados a Segovia, entre finales de julio y primeros de agosto se darían los últimos pasos de la fase de preparación de la expulsión. Lejos de las miradas indiscretas y el bullicio de Madrid, Felipe III y el duque de Lerma celebraron una última serie de reuniones previas a la salida de los mandos. En ellas se decidió finalmente la inclusión –dentro del organigrama de la expulsión– de don Luis Carillo, marqués de Caracena y virrey de Valencia, y del arzobispo don Juan de Ribera, que junto al marqués de Villafranca y don Agustín Mexía se integrarían en la denominada Junta de Valencia, organismo elegido para decidir sobre el terreno la administración diaria de la expulsión. Acto seguido serían redactadas sendas cartas con instrucciones precisas para cada uno de los mandos militares y civiles de la operación, que fueron firmadas por el rey el 4 de agosto. El duque de Lerma todavía celebraría nuevas reuniones con Agustín Mexía, pero las grandes decisiones estaban ya tomadas. Lo cierto es que hasta ese momento se había conseguido disimular a la Corte el proyecto de expulsión,[9] aunque la salida casi conjunta hacia Valencia de Villafranca y Mexía acabaría por levantar las primeras sospechas, todavía no bien dirigidas.

Que la posición política del duque de Lerma dentro de la Corte podía depender en buena medida del éxito de la expulsión, es un factor que habría de ponerse en consideración en próximas investigaciones, pero por encima de este elemento también existía una motivación de tipo personal. Antes de ser duque de Lerma don Francisco de Sandoval y Rojas había ostentado el marquesado de Dénia como primero de sus títulos, y en la designación del puerto de esta villa para la expulsión jugaban elementos tales como la significación y el prestigio personal que éste poseía en la Corte. Pero más allá de estas cuestiones, lo cierto era que el puerto de Dénia ofrecía una serie de características que hacían de él un enclave fundamental para el éxito de la expulsión. La seguridad de su fondeadero y la proximidad geográfica a las regiones más densamente pobladas por los moriscos eran razones de peso, y que junto a la influencia del duque acabaron por decidir la inclusión de la villa en el proceso. De este modo cuando Agustín Mexía llegó a Valencia traía ya asignado a Dénia un distrito específico de poblaciones moriscas, las cuales deberían ser embarcadas y transportadas al norte de África a través de aquel puerto. Pero antes de ejecutar las órdenes del rey, quedaba todavía un duro trabajo por delante. Con la llegada de Mexía se daría inicio en Valencia a las reuniones de una junta integrada por el propio maestre de campo, el virrey y el arzobispo Ribera. En su agenda quedaban por tratar aspectos fundamentales de los preparativos, como eran la cuestión de los niños, el control de la nobleza, el reparto de las escuadras y la elección de la fecha en que debía darse comienzo a la expulsión. De entre todas ellas, los retrasos en el despliegue naval se convertirían en el mayor de los problemas para la Junta, que tendrían como gran escenario el puerto de Dénia. La tardanza en recoger al marqués de Villafranca en un primer momento, y más tarde la falta de noticias sobre la llegada de la escuadra de galeras de Nápoles a la villa, harían que Dénia centrase gran parte del discurso político. Debido más al nerviosismo que a un verdadero retraso, tras conocer esta noticia la Junta de Valencia procedería a dar los últimos retoques de esta primera fase del proceso. La entrega de despachos al comisario de embarque don Cristóbal Sedeño, y la designación y salida de los oficiales encargados de transportar a los moriscos hasta el puerto de de Dénia, capitalizarían así la atención en los días previos al inicio de la expulsión.

1. VILLA, PUERTO Y PARTIDO

La elección de Dénia como puerto de embarque para la expulsión de los moriscos tuvo sin duda un factor fundamental en la influencia ejercida por el duque de Lerma. Bajo el gobierno del que fuera quinto marqués, esta villa había experimentado un importante desarrollo, fundamentado en la tendencia alcista y expansiva de todo el Reino de Valencia, pero más particularmente gracias al patronato desempeñado por el Duque. Una vez situado como el primero de los ministros de Felipe III, la influencia del valido sobre el monarca quedaría patente en las diferentes visitas y honores que este último otorgaría a Dénia, y que fueron utilizadas por Lerma de forma indirecta para hacer gala y demostración del favor real con el que ahora contaba. Por esta razón no es de extrañar la inclusión de Dénia como puerto de embarque de los moriscos. Pero fuera de esta consideración sin duda esencial, lo cierto es que el puerto de Dénia contaba con una serie de características poco comunes en la costa valenciana que hacían de él uno de los pocos enclaves en los que realmente se podían ejecutar con garantías los planes que la monarquía estaba trazando. De este modo y antes de la salida de los mandos militares hacia Valencia, este puerto ya había sido seleccionado de manera definitiva para la expulsión, así como también delimitado el distrito morisco que se debía embarcar en él hacia Berbería