Kitabı oxu: «El hijo rechazado»

manuel peyrou
el hijo
rechazado
Edición al cuidado de Héctor M. Monacci

| Peyrou, ManuelEl hijo rechazado / Manuel Peyrou. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-656-41. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.CDD A863 |
© de foto de tapa, Héctor Monacci Schuster
© de dibujo en solapa, Gentileza Sucesión Hermenegildo Sábat
© de diseño de tapa, Osvaldo Gallese
© 2020. Libros del Zorzal
Buenos Aires, Argentina
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Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
Índice
Libro primero
Capítulo primero | 5
Capítulo segundo | 27
Libro segundo
Capítulo primero | 69
Capítulo segundo | 104
Libro tercero
Capítulo único | 139
Libro primero
Capítulo primero
i
Se detuvo en el ángulo noroeste de la esquina de Perú y avenida de Mayo y observó las paredes de un edificio desocupado desde meses atrás. Estaban cubiertas de carteles de propaganda política, gremial, artística. Se interesó por una briosa declaración estudiantil, que reclamaba más fondos para educación y menos para las fuerzas armadas; curiosamente omitía referirse al déficit de los ferrocarriles, que muchos economistas consideraban más gravoso para el país que cualquier otro gasto. “Los comunistas se infiltran en todas partes”, pensó Horacio Vergara, mientras leía. Notó que un caballero de edad hacía lo mismo, y hablaba solo. Exhibía un aire intelectual, una frente despejada, una poderosa nariz y un bigote entrecano, bien poblado. Había una evidente incongruencia entre su traje raído y arrugado, de saco demasiado largo, y la pretensión de añeja elegancia que emanaba de su bastón, de su aludo sombrero y de sus guantes, que llevaba con temblorosa soltura. De pronto se sintió observado, abandonó el soliloquio y se dirigió a Horacio:
–¿Lo ha notado usted? –dijo–. Ahora la gente no solicita ni pide. Exige o emplaza. Se ha magnificado el énfasis, aunque el resultado sea el mismo de antes. Se exige mucho para después aceptar algo menos de lo solicitado; se rechaza formalmente, para después conceder algo. El estilo del regateo ha contagiado a intelectuales, políticos y obreros. De todos modos, es una lástima que este tramo de la calle Perú, tan próximo a Florida, esté afeado por todos estos carteles. Yo espero que se construya algún edificio o se instalen aquí casas comerciales, para que mejore el aspecto de estas paredes.
Horacio miró al caballero y notó que su traje tenía un ligero tinte percudido.
–¿Le interesa el aspecto estético de esta ciudad? –preguntó.
–Sí. Pero especialmente esta esquina.
–¿Qué tiene de particular esta esquina? –preguntó Horacio.
–Yo creo que es la más interesante de la avenida de Mayo –repuso el anciano–. Tiene tradición.
–Me parece que esa es una característica de toda la avenida de Mayo.
–Sí. Pero esta esquina es especialmente tradicional. Aquí –agregó, señalando con la punta del bastón las paredes llenas de carteles–, en una casa de música, grabó Gardel sus primeros discos, que no fueron de tangos sino de estilos criollos.
A Horacio le interesaba vivamente la conversación del anciano, pero observó:
–La grabación de un estilo criollo no es suficiente para dar carácter a un lugar.
El caballero giró el rostro, apoyó el bastón en el suelo y dijo:
–Por supuesto –admitió con mucha cortesía–. Esta esquina es para mí especialmente evocadora, pero existen muchos otros motivos para que la avenida sea lo que es. Su apertura fue uno de los hechos que contribuyeron a trasformar la gran aldea en gran ciudad. La casa de gobierno estaba frente a una plaza cerrada. Con la avenida se le dio perspectiva y la iniciativa del gran intendente Torcuato de Alvear se completó años después con la construcción del palacio del Congreso en el otro tramo. –El anciano se retorció una de las guías del amplio bigote, sonrió levemente a Horacio y continuó–: Por otra parte, el proyecto y su ejecución corresponden a una época de realizaciones efectivas y no de promesas fastuosas y fallidas y discursos engañadores. La avenida que ahora vemos… yo vengo todas las mañanas, ¿sabe?, para darme una suerte de baño de juventud… bien: la avenida que ahora vemos, digo, es testimonio de un espíritu idealista y a la vez dinámico. La prueba de ello es la importancia que se le dio a la inauguración y el deseo de hacerlo un nueve de julio.
–¿Un nueve de julio?
–Sí. El nueve de julio de 1894.
–¿Usted ha leído algo sobre eso? –preguntó Vergara.
–Sí –respondió el anciano. Luego, como si adivinara el pensamiento de su interlocutor, agregó–: Sí. Soy viejo, muy viejo, y me gusta leer las colecciones de los diarios de otras épocas. Sobre todo, del tiempo en que yo era niño. Recuerdo haber leído que el día dos de julio de aquel año se derrumbó el último edificio. Ocho cuadras ya tenían su pavimento de madera, pero las otras cinco estaban aún con el suelo removido y llenas de escombros. Pero se trabajó febrilmente y el día 9 esas cuadras estaban transitables y con el alumbrado a gas. Claro que no hubo tiempo de plantar los árboles y las aceras eran provisorias. Pero la multitud recorrió alborozada la nueva obra y elogió a los empleados y obreros que hicieron posible la inauguración en el día fijado.
La presencia y las palabras del extraño caballero causaban una ligera inquietud a Horacio, como la que habría sentido si de pronto se hubiera encontrado frente a un personaje de otro mundo.
Como arrepentido de haber hablado, el anciano se alisó rápidamente el ala del sombrero, levantándola del lado derecho, se despidió y se perdió entre la multitud que llenaba la calle. “Quién puede ser”, pensó Vergara, “parece el símbolo de algo que se ha perdido”. Miró el reloj pulsera; faltaba aún un rato largo para la hora de su cita de los sábados con Bonfanti Lastra en el Richmond. Un sol blanco llenaba la calle; aunque había empezado marzo, el calor continuaba.
Cuando llegó a la Diagonal seguía pensando en el anciano de los bigotes. “Este viejo, con su chambergo a la D’Artagnan, vive en el pasado. Pero no hay que burlarse de eso. Tampoco hay que exagerar. Yo, por ejemplo, cuando me traslado al pasado es para quejarme del presente. ¿Pero qué espíritu dinámico o creador hay en esta actitud? Tendríamos que sentir el pasado como algo vivo, pero también el futuro como algo que ya existe, porque lo estamos creando. Creo que ésta es la fórmula verdadera. Alguien dijo algo sobre los horarios, no me acuerdo quién. Yo creo que los horarios de ferrocarriles son poéticos, porque prueban que el futuro está vivito y coleando, agazapado en alguna parte, listo para deslumbrarnos, aunque ahora los trenes lleguen con atraso”.
Subió a la vereda, para mirar la vidriera de una zapatería, y luego volvió a la calle; su marcha era entorpecida por el mar de gente. Llegó al Richmond y buscó a Bonfanti Lastra en una de las mesas del fondo.
–Tengo una cantidad de cosas que contarte –dijo, mientras se sentaba.
–¿Y el libro? –preguntó el juez.
–Muy bien. El Fondo me concedió ochenta mil. Y el miércoles entregué los originales a la imprenta.
–¿Te dan un crédito?
Se pasó ambas palmas sobre las mejillas antes de responder.
–Sí. Me dan un crédito y tengo que devolverlo. Y para devolverlo tengo que tener dinero. Aquí viene la segunda parte de lo que te quería contar. Ayer me llamó Pérez…
–¿Pérez?
–Sí –dijo Vergara–. Te hablé mucho de él. El secretario de Tulio, el secretario perfecto, ¿te acordás? Ese que se retaba a sí mismo en el espejo.
–Sí. Me hablaste. ¿Pero qué tiene que ver con el dinero que necesitás?
–El señor Pérez está trabajando con un tal Teodoro Buzzi, un magnate de la televisión y del periodismo. Tiene un canal, creo que el 30, tres revistas para mujeres, que son las que rinden, y es presidente de un banco…
El juez Bonfanti Lastra se llevó hacia atrás los cabellos grises y ondulados y dijo, con su tono grave:
–No te vayas a meter en un lío como el de Graciano…
–No –repuso vivamente Horacio–. Esto no tiene nada que ver con la política. Se trata, parece, de asesorar por un tiempo a los que hacen los libretos, o a los que aceptan los libretos, corregir errores y dar ideas para levantar el nivel de las trasmisiones. Parece que hay mucha competencia y según me dijo ayer Pérez, ese señor Buzzi necesita un refuerzo. Yo necesito ochenta mil pesos, para devolver al Fondo. Trabajo unos meses, ahorro y cancelo la deuda. Total, ahora que me aumentaron puedo mantenerme con el sueldo de Freepress.
Bonfanti permaneció un instante en silencio; bebió un trago de su cóctel y dejó la copa.
–¿Y Malena? –preguntó.
–Bien. Ahora en el empleo cumple horario, ¿comprendés? No sea que por ahí llegue una denuncia y la despidan. El sueldo no es grande, pero es una ayuda para mí. Lo gasta todo en ropa.
Los dos amigos tomaron un cóctel más, conversaron, y en un momento dado Bonfanti sacó la cartera para pagar.
–Tengo que almorzar con Quico. ¿Querés venir?
–No. Malena me espera con un pescadito al vino tinto con salsa de hongos. –En la cartera de Juancho había visto unos papeles que parecían entradas para el cine y preguntó–: ¿Qué vas a ver hoy?
Bonfanti guardó la cartera y repuso:
–Vamos al Rex, pero no me acuerdo qué dan. Las mandé sacar ayer con el ordenanza. –Se quedó un instante como dudando y agregó–: Hay algo raro, sabés. Es la primera vez que Ermelinda me pregunta adónde voy con María del Carmen.
Horacio arqueó las cejas.
–¿Te preguntó?
–Sí. Ayer por la mañana. Y a la tarde, cuando nos vimos me dijo que había mandado al marido a sacar dos plateas para ellos. Horacio se acarició el mentón y dijo:
–Quiere saber cómo es María del Carmen…
–Me dijo que tenía ganas de verme a mí… aunque fuera de lejos… Porque como los sábados nunca me ve.
–Es un pretexto. Insisto en que quiere saber cómo es tu mujer. Ellas son muy curiosas de esas cosas…
Bonfanti lo miró con sus ojos plácidos, verdosos, ligeramente hundidos bajo las cejas pobladas.
–¿Nada más?
–Mirá… –dijo Horacio– puede querer saber una punta de cosas. Una de ellas es averiguar si María del Carmen puede ser rival para ella.
–Yo le he asegurado que no me gusta…
–Sí. Pero quiere saber si es verdad que es tan poco atrayente como vos le contás. Quizá te ha notado distraído en algún momento y ha pensado que has perdido el interés en ella. Viendo cómo es María del Carmen espera saber que por ahí no hay peligro y recuperar su confianza en sí misma.
–Creo por ahí puede andar la cosa –dijo el juez Bonfanti Lastra–. Muchas veces la he notado ligeramente ansiosa. Como buscando una confirmación de mis sentimientos…
–Además, cuando la volviste a ver, después de tu exilio, no fue por iniciativa tuya. Por lo menos, así me lo contaste…
–Es verdad. Ella me llamó con un pretexto…
Horacio reflexionó un instante.
–Ese puede ser un motivo de duda para ella –dijo–, agregado a la idea de que tu interés ha decrecido con el tiempo. –Siguió pensando y luego agregó, cambiando de tono–: Pero es seguro que el motivo principal es otro.
–¿Otro? –repitió el juez enarcando las cejas.
–Sí. Ella quiere saber cómo se comporta María del Carmen con vos, qué grado de confianza o de intimidad puede inferir de esa conversación. Porque la Dulcera te quiere y, como teme a la soledad –porque sus hijas se van a casar–, espera mitigar algún día esa soledad con vos. Para lo cual algún día iniciará el ataque final…
–¿El ataque final?
–Sí. Ermelinda está harta de su marido. Si esta noche observa que ustedes se conducen como extraños o con total indiferencia, pensará que tiene posibilidades de convencerte algún día de que te separes y que te cases con ella.
–¡Es un disparate! –exclamó el juez Bonfanti Lastra, pero en seguida se quedó en silencio.
ii
El señor Pérez estaba en el centro del vasto y claro recinto, vestido de correcto azul, y avanzó hacia Vergara con la larga y delgada cabeza inclinada hacia un costado, como ocultando su emoción.
–¡Don Horacio! –dijo, conmovido, mientras con sus dos manos tomaba la derecha de Vergara–. ¡Cuánto gusto! –Lo tomó levemente del brazo y lo condujo hacia dos sillones de cuero verde oscuro, muy bajos, que enfrentaban una mesa ratona con revistas.
–Yo también me alegro de verlo –alcanzó a responder Horacio, pero quizá el señor Pérez no lo oyó, porque con diligencia, pero moviéndose sin ruido, como de costumbre, ya estaba evolucionando hacia un escritorio y en seguida volvía con un cenicero y un paquete de cigarrillos americanos.
–Si usted tiene tiempo podemos charlar un buen rato –dijo, mientras se sentaba y abría el paquete.
La proximidad del señor Pérez, que se esforzaba como siempre por ser atento, la luz de la fría mañana, que entraba por las amplias ventanas, y hasta la forma de la habitación recordaron a Horacio los meses pasados en la oficina de su amigo Tulio Graciano, de cuyo asesinato se había cumplido ya más de un año.
–¿Supo algo de Amelia? –preguntó, acordándose de la hermana de su amigo.
–La veo de vez en cuando –repuso el señor Pérez, acercando presuroso el encendedor al cigarrillo de Horacio–. Ella me pregunta siempre por usted. –Hizo una pausa, emitió un contenido suspiro y dijo–: ¡Pobre Lito! –Sacó del bolsillo superior del saco un gran pañuelo blanco y se lo pasó levemente sobre los ojos.– ¡Cómo lo he llorado! –Horacio también había llorado la muerte de su amigo de la infancia, pero aún estaba viva en su pecho la sensación de haber sido engañado o utilizado fríamente por Graciano–. No es para menos –continuó el señor Pérez, guardando el pañuelo–, cuando se ha pasado una vida cerca de alguien…
Horacio preguntó, con asombro:
–¿Pero usted no entró en la oficina más o menos al mismo tiempo que yo?
El señor Pérez contestó con acento triste y evocativo:
–Yo conocía a Lito desde chico. –Los pequeños ojos le brillaron cuando agregó–: Me acuerdo de los domingos de Villa Devoto, cuando usted iba a estudiar con él…
–¿Usted se acuerda? –dijo Vergara, muy interesado. Una parte de su vida, desconocida para él, se perfilaba en la penumbra del tiempo–. ¡Pero si yo nunca lo vi!
–Yo era el hijo del jardinero –repuso el señor Pérez con suavidad–. Lo veía a usted llegar y salir los domingos, cuando iba a estudiar con Lito.
Desde el pasado llegaron recuerdos precisos.
–¡Pero el jardinero era italiano!
El señor Pérez rió con entera corrección. Luego, objetivamente, dijo:
–Por alguna razón existe la creencia de que un jardinero tiene que ser italiano. Usted veía a mi padre fumar en el jardín e imaginó que era de esa nacionalidad.
Horacio reflexionó un instante y dijo:
–Es verdad. No recuerdo que nadie me haya dicho la nacionalidad de su padre. Sin embargo, yo pensé sin ningún motivo, o por algún motivo tonto, que era italiano. –Luego pensó en otro detalle extraño y dijo–: Y nadie me dijo que usted estuviera en la casa…
–No había ninguna razón. Yo pertenecía al servicio; vivíamos en dos piezas del fondo. Pero Lito jugaba conmigo muchas tardes y aprendí a estimarlo…
–Yo también lo estimaba y admiraba. En realidad es el amigo que más admiré en aquella época. Me parecía que tenía un gran porvenir en la política. Hasta que…
En la voz de Horacio había amargura.
–Hasta que Lito se convirtió en un bandido… –completó inesperadamente el señor Pérez. Se quedó mirando a Horacio con toda seriedad. Vergara pensó que podía haber un reproche indirecto en esas curiosas palabras; pero no podía contrariar sus propias convicciones.
–En un bandido, sí; es una de las cosas que más me ha desilusionado en mi vida…
–A mí también… –dijo el señor Pérez, retomando el tono objetivo–. Pero he pensado mucho en él, y en los motivos que tuvo para cambiar.
Horacio se sintió más aliviado.
–Me gustaría que me dijera su opinión.
El señor Pérez miró hacia la puerta, luego levantó el brazo y observó la hora en el reloj pulsera.
–El señor Buzzi ya no viene –dijo–. Podemos seguir charlando. –Miró hacia el techo con su rostro flaco y alargado. Suspiró y continuó con el mismo tono–: En Lito, a mi entender, había dos personalidades. Era capaz del bien y del mal al mismo tiempo. Tenía una gran ambición política y quería cumplirla de cualquier modo.
–Pero sustrajo al país miles de millones…
–No para él –corrigió el señor Pérez–; para conquistar el poder. Esa era su parte despreciable, la ambición incontrolada. Pero al mismo tiempo tenía otras condiciones, que yo recuerdo. –Reflexionó un instante y agregó–: Tenía, como le dije, una doble personalidad, algo así como la de ese periodista norteamericano de que usted me habló…
–Sí… me acuerdo…
–… o como la de ese argentino con quien usted me dijo que había trabajado, capaz de cualquier negocio sucio y al mismo tiempo, capaz de generosidades sin límite. –Nuevamente calló, miró a la ventana y luego dijo–: Hace un rato le dije que era un bandido. En realidad, repetía un concepto generalizado. Pero muchas veces he pensado que una sola buena acción de Lito lo levantaba por encima de esa caterva de hombres honestos pero fríos de que estamos rodeados.
El señor Pérez parecía haber dicho lo suficiente. Calló y volvió a mirar la ventana; su nariz larga, delgada y roja se recortó en la luz. Después de un rato, Horacio dijo:
–Todo ese dinero, esos miles de millones, ¿en dónde están?
El señor Pérez giró el rostro.
–Me imagino que todo quedó en poder del señor Frascati y de sus testaferros.
Un teléfono empezó a sonar, en un lugar a un tiempo oculto y próximo. El señor Pérez se levantó, caminó hacia el escritorio, se sentó, y de un aparato invisible para Horacio levantó el tubo a tiempo que giraba con el sillón y daba la espalda a Vergara. La conversación, que por parte del señor Pérez se componía exclusivamente de monosílabos, continuó un buen rato. Horacio contuvo sus deseos de incorporarse y despedirse; cuando el señor Pérez terminó de hablar, Vergara se levantó y dijo:
–Bueno… vendré mañana.
–Un momentito, don Horacio –dijo el señor Pérez–. Justamente hablábamos de usted.
–¿De mí?
–Sí. Era el señor Buzzi. Le pide que lo disculpe. Está en el consultorio del médico y en seguida tiene reunión en el Banco Agrícola. Pero ordenó que le ratifique su ofrecimiento. Por favor, sentémonos un instante más.
Horacio se sentó, pero dijo:
–Tengo que encontrarme con alguien…
–En seguida se va, don Horacio. El señor Buzzi me indicó que sus honorarios serían cuarenta mil… Por supuesto, si usted está de acuerdo.
–No está mal. Pero no sé lo que tengo que hacer. Y ya le dije que yo cumplo horario en Freepress por la tarde…
El señor Pérez sonrió con una sombra de complicidad.
–Oh… usted contará con entera libertad. Puede venir un rato por la mañana. Eso sí; el señor Buzzi me indicó que me adelantara a pedirle algo.
–Sí, diga…
–Que tenga la bondad de ver esta noche la trasmisión de Asamblea 30, por nuestro canal. El señor Buzzi quiere hablar sobre eso con usted mañana o pasado.
En el momento en que Horacio se incorporaba nuevamente se oyó en el vestíbulo un taconeo femenino, muy duro y aplomado, y apareció en la puerta una mujer arrogante, de cuerpo bien formado; en su rostro armónico, tostado, brillaron dos grandes ojos limpios y vivaces.
–¡Buenos días! –dijo con voz clara.
–Buenos días, buenos días… dichosos los ojos… –dijo el señor Pérez iniciando sus complicadas zalemas. Ella lo dejó hablar, con una sonrisa, y apenas el señor Pérez hizo una pausa preguntó, con mucha amabilidad:
–¿Llegó Tebé?
“Las iniciales de Teodoro Buzzi”, pensó Vergara. “Tebé es un magnate de la tv. Y esta persona tiene los pómulos como se debe, y una mejilla muy dulce”.
–No. No creo que venga –repuso el señor Pérez, restregándose las manos.
–Entonces voy a hablar por teléfono –dijo ella y avanzó con resolución hacia el escritorio.
Horacio aprovechó para despedirse.
–Bueno, mañana hablaremos.
–Yo lo acompaño, don Horacio –dijo el señor Pérez. Salieron al vestíbulo y el señor Pérez llamó el ascensor.
–¿Es la señora de Buzzi? –preguntó Vergara a tiempo que entraba en el ascensor. El señor Pérez lo miró con alarma y repuso:
–No, don Horacio. Es la señorita Harrington.
iii
El señor Teodoro Buzzi dijo dos o tres frases cortantes, casi agrias, en el teléfono, agregó que no iría a almorzar, dejó el tubo y modificó en un instante su aire de fastidio.
–Pérez me dijo que usted es muy rápido…
Estaban en el piso de la calle San Martín, frente al muro de la Catedral, donde Horacio se había encontrado con Pérez dos días antes, pero en una oficina pequeña, que Teodoro Buzzi llamaba humorísticamente “El Comando”, porque de ella salían las múltiples órdenes y resoluciones para las numerosas empresas donde poseía intereses. Por la ventana entraba el sol, que marcaba ahora la nariz corta y recta de Buzzi y delineaba sus labios no gruesos pero firmes; la luz caía en el escritorio sobre el cual se apoyaba Buzzi y luego iría bajando hacia el piso a medida que avanzara la mañana; por la tarde habría que encender las lámparas. Buzzi era ligeramente más alto que Vergara –lo que no es mucho decir–, de cabello corto, cutis blanco y aire nervioso. Se vestía como un hombre de negocios de Buenos Aires, es decir, con lujo, pero con evidente impersonalidad. Cuando se reía su nariz parecía achicarse y levantarse, como si bruscamente olfateara algo, y su boca grande se estiraba con cierto efecto de caricatura. Horacio se acarició el mentón y dijo:
–Sí. Dicen que soy rápido.
Los ojos pardos de Buzzi lo observaron con atención.
–Bueno –corrigió–, me han hablado de rapidez mental…
–Eso… –vaciló Vergara, con modestia.
–Y es lo que me hace falta –continuó Buzzi sin detenerse casi–: un hombre rápido y de sentido crítico. A propósito: ¿qué le pareció la audición Asamblea 30?
–La vi anoche. Es regular. Regular para abajo. Sólo una minoría reducida puede interesarse en esas discusiones políticas entre gremialistas audaces y semianalfabetos, que se comen las eses, y diputados solemnes y confusos, que no se comen nada porque hablan hasta por los codos –se detuvo y reflexionó–. La gente aquí es política, pero pone su espíritu político en cosas apolíticas.
Teodoro Buzzi demostró interés y sus cejas se arquearon levemente.
–Vea… No me parece mal, pero…
Estaban frente a un escritorio pequeño, de madera oscura. Teodoro Buzzi se hamacaba, en un sillón de resorte; del otro lado, Horacio, en una silla recta, apoyaba sus codos en el mueble.
–Se lo voy a explicar más claramente –dijo Vergara–. Aquí la gente es fanática de ciertos partidos políticos, pero casi siempre su militancia es una mezcla de pasión y de interés. Mejor dicho, el interés lleva a la pasión. ¿Usted cree que si Perón no hubiera aumentado efectivamente los sueldos a partir de 1946 y, al mismo tiempo, estimulado el odio hacia los ricos habría tantos peronistas?
–No… claro…
–Ahora bien. Lo que quiero aclarar es que quizá el único fanatismo, la única pasión realmente desinteresada para la gran masa del pueblo es la pasión deportiva. Los clubs de fútbol no les dan nada a sus partidarios, salvo la oportunidad de liberar su agresividad y sus más bajos instintos durante los domingos. Y eso queda latente durante la semana. De modo que a mí me parece que se pierde el tiempo haciendo audiciones políticas. Si un candidato cuenta lo que va a hacer cuando sea elegido, el televidente, con una simple vuelta, pone “La viuda alegre” o cualquier otra cosa más interesante.
El señor Buzzi reflexionó:
–Posiblemente usted tiene razón. Pero nosotros actuamos ahora como agentes de publicidad y nuestro cliente, por razones especiales, quiere reportajes políticos.
Vergara se apoyó en el respaldo y repuso:
–Podríamos proponerle un término medio. Hacer hablar a personajes populares sobre temas sociales y políticos. Así, aunque a la gente le aburran esos temas, los seguirá porque están en la boca de sus ídolos.
El señor Buzzi sonrió.
–¿Usted cree que un jugador de fútbol va a poder hablar de política?
–No se preocupe. Lo que al público le interesa especialmente es ver a sus ídolos. Y yo les enseñaré algunas respuestas irónicas a las preguntas formuladas por el locutor o por mí. Aparte de que se puede llamar a corredores de automóviles o a cualquier otro tipo de deportistas que tengan un nivel mental ligeramente más elevado que el de los jugadores de fútbol.
Teodoro Buzzi parecía satisfecho.
–Perfectamente. Usted se ocupa de eso –miró un papel con anotaciones que tenía sobre el escritorio y dijo–: Y ahora le voy a hablar de otra cosa. La señora de Bugni, ¿sabe?, la mujer del fabricante de lavarropas, ha descubierto que tiene vocación por la pintura. Yo creo que es más bien mala, pero si la publicitamos podemos ganar dinero con eso y además satisfacer a Bugni, que anuncia sus lavarropas en tres revistas nuestras…
–Esos lavarropas, entre paréntesis, son malos. Yo tengo uno y se descompone a cada momento…
El señor Buzzi era un triunfador a cualquier precio y, como tal, recelaba de los que criticaban a sus colegas.
–Son cosas… claro… a nosotros lo que nos interesa es la publicidad.
Horacio comprendió y repuso:
–Bueno. Para hacer creer a la gente que la señora de Bugni es una pintora existen varios medios –reflexionó, mientras con su ademán habitual se pasaba las palmas de las manos por las mejillas–. Por lo pronto se ofrece un cóctel a los críticos con abundancia de whisky inglés; se pone una mesita con anotadores con tapas de cuero y lapiceras de oro para cada uno, por si quieren tomar notas. Por supuesto: se deja que se lleven esas lapiceras –se dio un golpe en la frente–. ¡Ya está! Se insiste en que los cuadros están estrictamente fuera de comercio y que se reservan para una exposición en el exterior. Esto les llama la atención. Luego, la señora de Bugni se va a Nueva York con cuatro o cinco cuadros y hace una exposición. Como tiene mucho dinero, se hace comprar un cuadro por alguien, al que previamente ha adelantado el dinero. Luego se consigue que una agencia noticiosa envíe la novedad a Buenos Aires y no nos queda más que empezar a cobrar los cheques.
–¡Ah, muy bien! Empieza a cobrar la señora de Bugni y nosotros la comisión. Me parece un poco arriesgado pero me gusta.
El teléfono interno empezó a sonar. Teodoro Buzzi levantó el tubo y oyó la voz de Pérez.
–Perdón, señor Buzzi… pero me pareció importante informarle. En este momento hablan de la compañía de aviación para avisar que el señor Teixeira de Pinto Branco llega mañana…
–Gracias, Pérez –el señor Buzzi colgó y miró a Vergara–. Vamos a tener un trabajo interesante. Llega Teixeira de Pinto Branco, el magnate del café. Aparte de ser uno de los hombres más ricos de América es doctor en psicología y escribió un libro sobre las distintas características de los pueblos sudamericanos.
–Podemos hacerle un reportaje. Preguntarle qué piensa del porteño…
–Va a instalar una cadena de casas de café. Si conseguimos la publicidad hacemos un buen negocio y embromamos a los que andan detrás de esa cuenta. Lo del reportaje puede contribuir –repuso el señor Buzzi.
Esta vez sonó el teléfono general y Buzzi atendió. Vergara observó que sus rasgos se dulcificaban al oír una voz; habló de ciertas entrevistas y de pronto tapó el auricular con la palma de la mano y miró a Vergara.
–Luego hablamos –dijo Horacio, levantándose.
–Sí, sí. ¡Gracias! –repuso Buzzi y volvió a acercar el teléfono.
“Es un hombre nervioso”, pensó Vergara mientras marchaba hacia el escritorio de Pérez. “Hoy habló en tono agrio que no iba a almorzar; seguramente era con su casa. Ahora contesta el teléfono todo derretido”.
iv
Esa mañana Teodoro Buzzi no fue a su oficina. Como todos los miércoles, desde tres meses atrás, tenía cita con el psicoanalista a las diez; salió a las once y diez. Antes de subir a su automóvil miró el cielo: parecía hecho de seda celeste, labrada con tenues sombras de nubes alargadas que rayaban el espacio de norte a sur. Hacía frío pero decidió aprovechar la momentánea calma que los consejos del doctor López Bonnet le habían infundido. Era como capitalizar la hora de descanso, confesiones y explicaciones que le costaban varios miles de pesos. Decidió dar unas vueltas por Palermo en el Valiant; allí, a pesar del invierno y del frío, encontraría aún muchos árboles con hojas, vería rostros tranquilos, niños jugando. Dio varias vueltas, se detuvo en un lugar soleado y después de un rato volvió a poner en marcha el motor; pasó por detrás del lago, llegó a la avenida del Libertador y se detuvo en una confitería; había amplios ventanales y se podía contemplar el paisaje.
–¿Señor? –dijo el mozo.
–Un té con limón.
No quería tomar alcohol, que lo obligaría a dormir la siesta: para su estilo de vida, había ya holgado bastante esa mañana. La perspectiva amplia, los automóviles que corrían veloces en uno y otro sentido lo distrajeron. A las doce y diez salió y subió a su automóvil. Marchó seis o siete cuadras hacia el este; su departamento estaba en esa misma avenida (su sueño de varios años) pero él estacionaba siempre en la calle lateral. Giró y detuvo el coche. Cuando entró en el amplio living, con enormes ventanas hacia el norte, la mucama estaba haciendo algo en las cortinas; era una santiagueña delgada, cobriza, de nariz chata y ojos sonrientes.