Kitabı oxu: «Sodoma y Gomorra»

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Título original francés: À la recherche du temps perdu IV. Sodome et Gomorrhe.

© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO629

ISBN: 978-84-9056-184-3

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Cita

Primera parte

Segunda parte

Capítulo primero

Capítulo segundo

Capítulo tercero

Capítulo cuarto

Nota

Primera aparición de los hombres-mujer, descendientes

de los habitantes de Sodoma que se libraron del fuego

del cielo.

Gomorra será de la mujer y Sodoma del hombre.

ALFRED DE VIGNY

PRIMERA PARTE

Sabido es que, antes de ir aquel día — aquel en que se celebraba la velada de la princesa de Guermantes— a hacer la visita al duque y la duquesa que acabo de contar, había yo espiado su regreso y, mientras acechaba, había hecho un descubrimiento, relativo en particular al Sr. de Charlus, pero tan importante en sí mismo, que he aplazado hasta ahora — hasta el momento de poder concederle el lugar y el espacio deseados— su relato. Como he dicho, había abandonado el maravilloso punto de observación, tan confortablemente acondicionado en lo alto de la casa, desde el que se abarcan las accidentadas pendientes por las que se sube hasta el palacete de Bréquigny, alegremente decoradas a la italiana por el rosado campanario del cobertizo perteneciente al marqués de Frécourt. Cuando había pensado que el duque y la duquesa estaban a punto de regresar, me había parecido más práctico apostarme en la escalera. Añoraba un poco mi estancia en las alturas, pero a aquella hora, la de después de almorzar, tenía menos motivos para ello, pues no habría visto, como por la mañana, los minúsculos personajes de cuadros en que se convertían con la distancia los lacayos del palacete de Bréquigny y de Tresmes, haciendo el lento ascenso de la abrupta cuesta, con un plumero en la mano, entre las amplias hojas de mica transparentes que tan gratas destacaban sobre los contrafuertes rojos. A falta de la contemplación del geólogo, tenía al menos la del botánico y miraba por los postigos de la escalera el pequeño arbusto de la duquesa y la preciosa planta expuestos en el patio con la insistencia con la que se hace salir a los jóvenes casaderos y me preguntaba si el improbable insecto vendría — gracias a un azar providencial— a visitar el pistilo ofrecido y desamparado. Como la curiosidad me animaba cada vez más, bajé hasta la ventana de la planta baja, abierta también y cuyos postigos estaban entornados. Oía claramente a Jupien, que se preparaba para marcharse y no podía descubrirme, inmóvil como permanecí detrás de mi persiana, hasta el momento en que me hice a un lado bruscamente para que no me viera el Sr. de Charlus, quien cruzaba despacio — camino de la casa de la Sra. de Villeparisis— el patio, barrigudo, envejecido por la luz del día, canoso. Había sido necesaria una indisposición de la Sra. de Villeparisis, consecuencia de la enfermedad del marqués de Fierbois, con quien estaba enemistado a muerte, para que el Sr. de Charlus hiciese una visita, quizá por primera vez en su vida, a aquella hora, pues con aquella singularidad de los Guermantes — quienes, en lugar de ajustarse a la vida mundana, la modificaban conforme a sus costumbres personales (no mundanas, creían ellos, y dignas, por consiguiente, de que se humillara delante de ellos esa cosa sin valor, la mundanidad: así, la Sra. de Marsantes no recibía un día determinado de la semana, sino todas las mañanas, a sus amigas de diez a doce)— el barón, que reservaba ese tiempo para la lectura, la búsqueda de figuritas antiguas, etcétera, siempre hacía las visitas entre las cuatro y las seis de la tarde. A las seis iba al Jockey o a pasearse por el Bois. Al cabo de un instante, hice un nuevo movimiento de retroceso para no ser visto por Jupien; faltaba poco para que éste se marchara a su oficina, de la que no volvía hasta la hora de cenar e incluso no siempre desde que su sobrina se había ido, hacía una semana, con sus aprendizas al campo, a casa de una clienta, para acabarle un vestido. Después, al darme cuenta de que nadie podía verme, decidí no preocuparme más por miedo a perderme — de producirse el milagro— la llegada casi imposible de esperar — con tantos obstáculos de distancia, riesgos contrarios, peligros— del insecto enviado desde tan lejos como embajador a la virgen, quien desde hacía tanto tiempo prolongaba su espera. Yo sabía que ésta no era más pasiva que en la flor macho, cuyos estambres se habían vuelto espontáneamente para que el insecto pudiera recibirla con mayor facilidad; del mismo modo, la flor hembra que estaba allí, arquearía, coqueta, sus «estilos» — si llegaba el insecto— y, para que pudiera penetrarla mejor, recorrería imperceptiblemente — como una jovencita hipócrita, pero ardiente— la mitad del camino. Las leyes del mundo vegetal están regidas, a su vez, por leyes más altas. La visita de un insecto — es decir, la aportación de la semilla de otra flor — suele ser necesaria para fecundar una flor, porque la autofecundación, la fecundación de la flor por sí misma, como los matrimonios repetidos dentro de una misma familia, entrañaría la degeneración y la esterilidad, mientras que el cruce llevado a cabo por los insectos da a las generaciones siguientes de la misma especie un vigor desconocido por sus antepasados. Sin embargo, esa expansión puede ser excesiva, la especie puede desarrollarse desmesuradamente; entonces, así como una antitoxina defiende contra la enfermedad, el tiroides regula nuestro peso, la derrota acude a castigar el orgullo y la fatiga el placer y así como el sueño descansa, a su vez, de la fatiga, así también un acto excepcional de autofecundación acude en el momento más oportuno a aplicar su vuelta de tuerca, su frenazo, hace volver a la norma la flor que se había salido exageradamente de ella. Mis reflexiones habían seguido una pendiente que más adelante describiré y ya había sacado de la aparente astucia de las flores una consecuencia sobre toda una parte inconsciente de la obra literaria, cuando vi al Sr. de Charlus volver a salir de casa de la marquesa. Sólo habían pasado unos minutos desde su entrada. Tal vez se hubiera enterado — por su vieja pariente misma o por un simple sirviente— de la gran mejora o, mejor dicho, de la curación completa de lo que había sido un simple malestar para la Sra. de Villeparisis. En aquel momento, en el que no se creía observado por nadie, con los párpados bajados para protegerse del sol, el Sr. de Charlus había relajado en su rostro la tensión, había amortiguado la vitalidad facticia que alimentaban en él la animación de la charla y la fuerza de la voluntad. Pálido como un mármol y de nariz grande como era, sus facciones finas ya no recibían con una mirada voluntaria un significado diferente que alterara la belleza de su modelado; ya era tan sólo un Guermantes, parecía ya esculpido — él, Palamède XV— en la capilla de Combray, pero aquellos rasgos generales de toda una familia cobraban en el rostro del Sr. de Charlus una finura más espiritualizada, más dulce sobre todo. Yo lamentaba por él que habitualmente adulterara con tantas violencias, extravagancias desagradables, chismorreos, dureza, susceptibilidad y arrogancia, ocultase bajo una brutalidad artificial la bondad que en el momento en que salía de la casa de la Sra. de Villeparisis veía yo desplegarse, tan ingenua, en su rostro. Con los ojos entornados para protegerse del sol, casi parecía sonreír y aprecié en su rostro — visto así, en reposo y como al natural— una expresión tan afectuosa, tan desarmada, que no pude por menos de pensar en lo mucho que se habría enfadado el Sr. de Charlus, si hubiese sabido que era observado, pues a lo que me recordaba aquel hombre — que tan prendado estaba y tanto presumía de su virilidad, a quien todo el mundo le parecía odiosamente afeminado— era — por tener pasajeramente sus facciones, su sonrisa— a una mujer.

Iba yo a moverme una vez más para que no pudiera verme, pero no tuve tiempo ni lo necesité. ¿Qué vi? Frente a frente, en aquel patio en el que no se habían encontrado, seguro, nunca, pues el Sr. de Charlus sólo acudía al palacete de Guermantes por la tarde, en las horas en que Jupien estaba en su oficina, el barón, tras haber abierto de par en par sus ojos entornados, miraba con una atención extraordinaria al antiguo chalequero en el umbral de su tienda, mientras éste, clavado de súbito al suelo delante del Sr. de Charlus, arraigado como una planta, contemplaba con expresión maravillada la opulencia del envejecido barón, pero, al haber cambiado la actitud del Sr. de Charlus, la de Jupien cobró — cosa más asombrosa aún— armonía, como conforme a las leyes de un arte secreto, con ella. El barón, quien ahora intentaba disimular la impresión que había sentido, pero, pese a su indiferencia afectada, parecía alejarse con pesar, iba, venía, ponía la mirada perdida del modo que, a su juicio, mejor hacía resaltar la belleza de sus pupilas, adoptaba una expresión fatua, descuidada, ridícula. Ahora bien, Jupien, tras perder al instante la expresión humilde y bondadosa que yo había visto siempre en él, había alzado — en perfecta simetría con el barón— la cabeza, infundía a su talla un porte favorecedor, se apoyaba con impertinencia grotesca el puño en la cadera, hacía sobresalir su trasero, adoptaba poses con la coquetería propia de la orquídea ante un abejorro que hubiera llegado providencialmente. No sabía yo que pudiera tener un aspecto tan antipático, pero también ignoraba que fuese capaz de desempeñar de improviso su papel en aquella escena como de los dos mudos, que parecía — pese a encontrarse por primera vez delante del Sr. de Charlus— haber ensayado mucho: sólo alcanzamos espontáneamente esa perfección cuando nos encontramos en el extranjero a un compatriota, con el cual el entendimiento es automático, pues el trujamán es idéntico, aun sin haberlo visto nunca.

Por lo demás, aquella escena no era positivamente cómica, estaba marcada por una rareza o, si se quiere, una naturalidad cuya belleza iba en aumento. En vano adoptaba el Sr. de Charlus una expresión indiferente, bajaba, discreto, los párpados, de vez en cuando volvía a alzarlos y lanzaba entonces a Jupien una mirada atenta, pero, siempre que el Sr. de Charlus miraba a Jupien (seguramente porque pensaba que semejante escena no podía prolongarse indefinidamente en aquel lugar, ya fuera por razones que se entenderán más adelante o por ese sentimiento de la brevedad de todas las cosas en virtud del cual queremos que todo disparo dé en el blanco y que vuelve tan emocionante el espectáculo de cualquier amor), se las arreglaba para que su mirada fuera acompañada de una palabra, por lo que resultaba infinitamente desemejante de las miradas habitualmente dirigidas a una persona conocida o que desconocemos; miraba a Jupien con la fijeza particular de quien va a decirnos: «Perdone mi indiscreción, pero lleva usted un largo hilo blanco colgando de la espalda», o: «No creo equivocarme, debe de ser usted también de Zúrich: me parece haberlo visto a menudo en el mercado de antigüedades». Tal parecía, cada dos minutos, la misma pregunta intensamente formulada a Jupien en la mirada del Sr. de Charlus, como esas frases interrogativas de Beethoven, indefinidamente repetidas, a intervalos iguales, y destinadas a introducir — con un lujo exagerado de preparaciones— un nuevo motivo, un cambio de tono, un «retorno», pero precisamente la belleza de las miradas del Sr. de Charlus y de Jupien se debía, al contrario, a que su fin no parecía ser, al menos provisionalmente, el de conducir a algo. Era la primera vez que yo veía manifestar aquella belleza al barón y a Jupien. En los ojos de uno y otro, el que acababa de alzarse no era el cielo de Zúrich, sino el de alguna ciudadela oriental, cuyo nombre no había yo adivinado aún. Fuera cual fuese el motivo que contuviera todavía al Sr. de Charlus y al chalequero, su acuerdo parecía hecho y aquellas miradas inútiles no ser sino preludios rituales, semejantes a las fiestas que se celebran antes de una boda ya decidida. Parecían, más cerca aún de la naturaleza — y la multiplicidad de esas comparaciones es, a su vez, tanto más natural cuanto que un mismo hombre, si lo examinamos durante unos minutos, parece sucesivamente un hombre, un hombre-pájaro o un hombre-insecto, etcétera— , dos pájaros, el macho y la hembra, el primero de los cuales intentaba aproximarse, mientras que la segunda — Jupien— ya no respondía con señal alguna a aquella maniobra, sino que miraba a su nuevo amigo sin asombro, con una fijeza distraída — considerada seguramente más turbadora y la única útil, en vista de que el macho había dado los primeros pasos— y se contentaba con alisarse las plumas. Al final, ya no pareció bastarle la indiferencia de Jupien; de aquella certidumbre de haber conquistado a hacerse perseguir y desear sólo había un paso y Jupien, tras decidirse a marcharse a su trabajo, salió por la puerta cochera. Sin embargo, hasta después de haber vuelto dos o tres veces la cabeza no se escapó a la calle, adonde el barón, temblando ante la posibilidad de perderle la pista ( silbando ligeramente con expresión fanfarrona, no sin gritar un «adiós» al portero, que, medio borracho y entretenido con unos invitados en su trascocina, ni siquiera lo oyó) , se lanzó con ímpetu para alcanzarlo. En el mismo instante en que el Sr. de Charlus había cruzado la puerta silbando como un gran abejorro, otro, uno de verdad, entraba en el patio. A saber si no sería el esperado desde hacía tanto por la orquídea, que acudía a llevarle el polen, tan escaso y sin el cual permanecería virgen, pero me distraje y dejé de seguir los retozos del insecto, pues, al cabo de unos minutos, Jupien, al volver — tal vez para coger un paquete que después se llevó consigo y que, con la emoción que le había causado la aparición del Sr. de Charlus, había olvidado, tal vez simplemente por una razón más natural— , seguido del barón, solicitó más mi atención. Éste, decidido a precipitar un desenlace, pidió fuego al chalequero, pero observó al instante: «Le pido fuego, pero veo que he olvidado los puros». Las leyes de la hospitalidad pudieron más que las normas de la coquetería. «Entre, se le dará todo lo que desee», dijo el chalequero, en cuyo rostro el desdén dejó paso a la alegría. La puerta de la tienda volvió a cerrarse tras ellos y ya no pude oír nada más. Había yo perdido de vista al abejorro, no sabía si era el insecto que necesitaba la orquídea, pero ya no dudaba de la milagrosa posibilidad — para un insecto muy escaso y una flor cautiva— de conjugarse, mientras que el Sr. de Charlus, que llevaba años acudiendo a aquella casa sólo a las horas en que Jupien no estaba en ella, se había encontrado — en virtud del azar de una indisposición de la Sra. de Villeparisis, simple comparación de los azares providenciales, sean cuales fueren, y sin la menor pretensión científica de equiparar ciertas leyes de la botánica con lo que a veces recibe el más que inadecuado nombre de homosexualidad— al chalequero y con él la buena fortuna reservada a los hombres del tipo del barón por una de esas personas que pueden ser incluso — como veremos— infinitamente más jóvenes que Jupien y más hermosas, el hombre predestinado para que aquéllos disfruten de la voluptuosidad que les corresponde en esta Tierra: aquel a quien sólo gustan los señores mayores.

Por lo demás, lo que acabo de decir aquí es lo que no iba yo a comprender hasta unos minutos después, pues esas propiedades de invisibilidad se adhieren con fuerza a la realidad hasta que una circunstancia la despoja de ellas. En todo caso, me sentía muy contrariado, de momento, por no haber oído la conversación del antiguo chalequero y el barón. Entonces me fijé en la tienda por alquilar, separada de la de Jupien sólo por un tabique extraordinariamente delgado. Para dirigirme a ella, me bastaba volver a subir a nuestro piso, ir a la cocina, bajar por la escalera de servicio hasta los sótanos, seguirlos por el interior durante toda la anchura del patio y — una vez que hubiera llegado al lugar del subsuelo en el que el ebanista guardaba, hacía sólo unos meses, sus artesonados y Jupien pensaba guardar el carbón— subir los escasos peldaños que conducían al interior de la tienda. Así haría todo mi camino a cubierto y nadie me vería. Era el medio más prudente. No fue el que adopté, sino que, bordeando las paredes, rodeé el patio al aire libre procurando no ser visto. Si no lo fui, creo que se lo debo más al azar que a mi prudencia y veo tres posibles razones, suponiendo que haya alguna, para adoptar aquella decisión tan imprudente, cuando el camino por el sótano era tan seguro: lo primero, mi impaciencia; después, un obscuro recuerdo de la escena de Montjouvain, que contemplé oculto delante de la ventana de la Srta. Vinteuil. En realidad, las cosas de esa clase que presencié tuvieron siempre, en su escenificación, el carácter más imprudente y menos verosímil, como si semejantes revelaciones debieran ser la recompensa tan sólo de un acto plagado de riesgos, aunque en parte clandestino. Por último, apenas me atrevo a confesar — por su carácter infantil— la tercera razón, que fue — creo yo— inconscientemente determinante. Desde que, para seguir — y ver desmentidos— los principios militares de Saint-Loup, había seguido con mucho detenimiento la guerra de los boers, me había sentido movido a releer relatos antiguos de exploraciones, de viajes. Dichos relatos me habían apasionado y los aplicaba en la vida corriente para infundirme más valor. Cuando los ataques me habían obligado a permanecer varios días y noches seguidos no sólo sin dormir, sino también sin tumbarme, sin beber y sin comer, en el momento en que la extenuación y el padecimiento llegaban a ser tales, que no me imaginaba librándome de ellos nunca, pensaba en determinado viajero, arrojado a la playa por el mar, envenenado por hierbas malsanas, temblando de fiebre con su ropa empapada por las aguas y que, sin embargo, se sentía mejor al cabo de dos días, volvía a ponerse en marcha sin rumbo fijo en busca de algunos habitantes que tal vez fueran antropófagos. Su ejemplo me tonificaba, me devolvía la esperanza y sentía vergüenza de haber tenido un momento de desánimo. Al pensar en los boers, quienes, teniendo enfrente ejércitos ingleses, no temían exponerse al momento en que, antes de encontrar otra espesura, debían atravesar zonas de campo liso, pensaba: «Estaría bonito que yo, que acabo de afrontar varios duelos sin miedo por el caso Dreyfus, fuera más pusilánime cuando el teatro de operaciones es simplemente nuestro propio patio y el único acero que debo temer es el de la mirada de los vecinos, atentos a sus otros quehaceres, en vez de mirar al patio».

Pero, cuando estuve en la tienda, procurando hacer crujir lo menos posible el suelo, al darme cuenta de que el más ligero ruido en la tienda de Jupien se oía desde la mía, pensé en lo imprudentes que habían sido Jupien y el Sr. de Charlus y en cómo les había sonreído la suerte.

No me atrevía a moverme. El palafrenero de los Guermantes, aprovechando su ausencia seguramente, había trasladado a la tienda en la que me encontraba una escalera guardada hasta entonces en la cochera y, si me hubiese subido a ella, habría podido abrir el tragaluz y oír, como si hubiese estado en la propia casa de Jupien, pero temía hacer ruido. Por lo demás, era inútil. No tuve siquiera que lamentar haber llegado al cabo de tan sólo unos minutos a mi tienda, pues, por lo que oí — simples sonidos inarticulados— en los primeros momentos en la de Jupien, supongo que pronunciaron pocas palabras. Cierto es que aquellos sonidos eran tan violentos, que, si no hubieran ido seguidos — siempre una octava más alta — por una queja paralela, habría podido creer que una persona degollaba a otra junto a mí y después el asesino y su víctima resucitada tomaban un baño para borrar las huellas del crimen. Más adelante saqué la conclusión de que tan ruidoso como el sufrimiento es el placer, sobre todo cuando se le suman — a falta del miedo a tener hijos, cosa que no podía suceder en aquel caso, pese al ejemplo poco convincente de la Leyenda dorada— preocupaciones inmediatas de limpieza. Por fin, al cabo de media hora más o menos — durante la cual me había alzado a paso de lobo por la escalera para ver por el tragaluz, que no abrí— , entablaron una conversación. Jupien rechazaba con firmeza el dinero que el Sr. de Charlus quería darle.

Después el Sr. de Charlus dio un paso fuera de la tienda.

«¿Por qué lleva la barbilla afeitada así?», preguntó Jupien en tono mimoso. «¡Queda tan bien una barba hermosa!». «¡Uf! ¡Es asqueroso!», respondió el barón. Sin embargo, se demoraba aún en el umbral y pedía a Jupien informaciones sobre el barrio. «¿Sabe usted algo del vendedor de castañas de la esquina, no el de la izquierda, que es un horror, sino por el lado de los pares, un mozo muy alto y muy moreno? Y el farmacéutico de enfrente tiene a un ciclista muy amable, que va a entregar sus medicamentos». Aquellas preguntas ofendieron seguramente a Jupien, pues, tras erguirse como una gran coqueta traicionada, respondió: «Ya veo que tiene usted un corazón de alcachofa». Aquel reproche, proferido en tono dolorido, glacial y amanerado, tocó seguramente alguna cuerda sensible del Sr. de Charlus, quien, para borrar la mala impresión que su curiosidad había causado, dirigió a Jupien, en voz demasiado baja para que yo distinguiera bien las palabras, un ruego que requería seguramente la prolongación de su estancia en la tienda y que emocionó lo bastante al chalequero para anular su dolor, pues contempló el rostro del barón, grueso y congestionado bajo el pelo gris, con la expresión de felicidad de alguien cuyo amor propio acaban de halagar profundamente y, tras decidirse a conceder al Sr. de Charlus lo que éste acababa de pedirle y hacer comentarios carentes de distinción, como: «¡Hay que ver qué trasero más grande tiene usted!», Jupien dijo al barón con expresión risueña, emocionada, agradecida y suficiente: «¡Sí, anda, chavalote!».

«Si insisto sobre lo del conductor del tranvía», prosiguió el Sr. de Charlus con tenacidad, «es porque, aparte de todo lo demás, podría presentar cierto interés para el regreso. En efecto, a veces, como el califa que recorría Bagdad con la apariencia de un simple mercader, condesciendo a seguir a alguna personita curiosa cuya silueta me haya agradado». En aquel momento pensé lo mismo que había pensado sobre Bergotte. Si alguna vez hubiera tenido que responder ante un tribunal, no habría empleado frases idóneas para convencer a los jueces, sino frases bergotescas que su temperamento literario particular le sugería naturalmente y cuyo empleo le daba placer. Paralelamente, el Sr. de Charlus utilizaba con el chalequero el mismo lenguaje que con personas mundanas de su círculo, exagerando incluso sus tics, ya fuera porque la timidez contra la que se esforzaba por luchar lo moviese a mostrar un orgullo excesivo o porque, al impedirle dominarse — pues ante alguien que no es de nuestro medio nos sentimos más azorados— , lo obligara a descubrir, a desnudar, su naturaleza, que era, en efecto, orgullosa y un poco loca, como decía la Sra. de Guermantes. «Para no perderle la pista», prosiguió, «monto como un profesorcillo, como un joven y apuesto médico, en el mismo tranvía que la personita, de la que hablamos en femenino simplemente para observar la regla (como cuando se dice refiriéndose a un príncipe: “¿Ya no está enfermo Su Alteza?”). Si cambia de tranvía, tomo, junto con los microbios de la peste tal vez, esa cosa increíble llamada “correspondencia”, un número, y que, aunque me lo entreguen a mí, ¡no siempre es el número uno! Cambio así hasta tres, cuatro veces, de “coche”. A veces acabo a las once de la noche en la estación de Orleáns, ¡y hay que volver! ¡Y si sólo fuera aún la estación de Orleáns! Pero una vez, por ejemplo, al no haber podido entablar conversación antes, fui hasta la propia Orleáns, en uno de esos horribles vagones en los que, entre triángulos de labores llamadas de “red”, la única vista es la fotografía de las principales obras maestras arquitectónicas del trayecto. Sólo había un sitio libre, tenía delante de mí, de monumento histórico, una “vista” de la catedral de Orleáns, la más fea de Francia, y tan cansina de contemplar así, contra mi voluntad, como si me hubieran obligado a mirar fijamente sus torres en la bola de cristal de esos portaplumas ópticos que dan oftalmías. Me apeé en Aubrais al mismo tiempo que mi personita, ¡a quien esperaba — ¡ay!— su familia (cuando yo le suponía todos los defectos, menos el de tener una familia) en el andén! El único consuelo que tuve, mientras esperaba el tren que me devolvería a París, fue la casa de Diana de Poitiers. Por mucho que encantara a uno de mis antepasados reales, habría yo preferido una belleza más viva. Por eso, para remediar el aburrimiento de esos regresos solo, me gustaría mucho conocer a un muchacho de los coches-cama, un conductor de ómnibus. Por lo demás, no debe chocarle a usted», concluyó el barón, «se trata de una cuestión de estilo. En el caso de los jóvenes de la alta sociedad, por ejemplo, no deseo posesión física alguna, pero no me quedo tranquilo hasta haberles tocado — no me refiero a hacerlo materialmente— la cuerda sensible. Una vez que, en lugar de dejar sin respuesta mis cartas, un joven no cesa ya de escribirme y está a mi disposición moral, me calmo o al menos me calmaría, si no me asaltara pronto el interés por otro. Es bastante curioso, ¿verdad? A propósito de jóvenes de la alta sociedad, ¿conoce usted a alguno, entre los que vienen aquí?». «No, nene. ¡Ah, sí! Uno moreno, muy alto, con monóculo, que no deja de reírse y volverse». «No sé a quién se refiere usted». Jupien completó el retrato, el Sr. de Charlus no lograba averiguar de quién se trataba, porque ignoraba que el antiguo chalequero era una de esas personas — más numerosas de lo que se cree— que no recuerdan el color del pelo de sus conocidos, pero, para mí, que conocía ese defecto de Jupien y substituí «moreno» por «rubio», el retrato me pareció corresponder exactamente al duque de Châtellerault. «Volviendo a las personas que no son de las clases populares», prosiguió el barón, «en este momento me tiene sorbido el seso un extraño hombrecillo, un pequeño burgués inteligente que muestra para conmigo una descortesía prodigiosa. No tiene la menor idea del prodigioso personaje que soy yo y del microscópico vibrión que representa él. Al fin y al cabo, ¿qué importa? Ese pobre asno puede rebuznar cuanto quiera ante mi augusta túnica de obispo». «¡Obispo!», exclamó Jupien, que no había entendido nada de las últimas frases que acababa de pronunciar el Sr. de Charlus, pero a quien la palabra «obispo» dejó estupefacto. «Pero eso no cuadra con la religión», dijo. «Tengo tres papas en mi familia», respondió el Sr. de Charlus, «y el derecho a revestirme de rojo en virtud de un título cardenalicio, pues la sobrina del cardenal, tío abuelo mío, aportó a mi abuelo el título de duque. Veo que las metáforas lo dejan a usted sordo y la historia de Francia indiferente. Por lo demás», añadió, tal vez menos a modo de conclusión que de advertencia, «esa atracción que ejercen sobre mí los jóvenes que me rehúyen — por miedo, claro está, pues sólo el respeto les cierra la boca para decirme que me quieren— les exige un rango social eminente. Aun así, su fingida indiferencia puede producir el efecto directamente contrario. Tontamente prolongada, me asquea. Por poner un ejemplo de una clase que le resultará más familiar: cuando repararon mi palacete, para no poner celosas a todas las duquesas que se disputaban el honor de poder decirme que me habían alojado, fui a pasar unos días en un “hotel”, como se suele decir. Uno de los camareros de piso era conocido mío, le indiqué a un curioso “botones” que cerraba las portezuelas y que se mostró refractario a mis propuestas. Al final, para demostrarle que mis intenciones eran puras, le ofrecí, exasperado, una suma ridículamente elevada por subir sólo cinco minutos a hablar conmigo en mi habitación. En vano lo esperé. Le cogí entonces tal asco, que salía por la puerta de servicio para no ver el palmito de aquel briboncillo despreciable. Después me enteré de que no había recibido ninguna de mis cartas, interceptadas por el camarero de piso, quien sentía envidia, la primera, por el portero de día, que era virtuoso, la segunda, por el portero de noche, al que gustaba el botones y se acostaba con él en el momento en que Diana se levantaba, la tercera. Ahora bien, no por ello dejó de persistir mi asco y, aunque me trajeran al botones como simple caza en un plato de plata, lo rechazaría con un vómito, pero lo malo es que hemos hablado de cosas serias y ahora se acabó entre nosotros lo que yo esperaba. Si bien podría usted prestarme grandes servicios, mediar, pero no, ya sólo de pensarlo, me vuelve en parte el vigor y siento que no es algo acabado».

Desde el comienzo de aquella escena, el Sr. de Charlus había experimentado una revolución — para mis ojos abiertos como platos— tan completa, tan inmediata, como si lo hubieran tocado con una varita mágica. Hasta entonces, como yo no había comprendido, no había visto. El vicio — se habla así por comodidad lingüística— de cada cual lo acompaña al modo de ese genio que era invisible para los hombres, mientras ignoraban su presencia. La bondad, la trapacería, el nombre, las relaciones mundanas no se dejan descubrir y se llevan ocultas. El propio Ulises no reconoció al principio a Atenea, pero los dioses son perceptibles de inmediato a los dioses, el semejante en seguida al semejante, así lo había sido aún el Sr. de Charlus a Jupien. Hasta entonces me había yo encontrado ante el Sr. de Charlus del mismo modo que un hombre distraído, quien, ante una mujer encinta cuyo talle agrandado no ha notado, se obstina, mientras ella le repite sonriendo: «Sí, estoy un poco cansada en este momento», en preguntarle indiscretamente: «¿Qué le ocurre?». Pero, si le dicen: «Está embarazada», advierte de pronto el vientre y ya no verá otra cosa. La razón es la que abre los ojos; un error disipado nos da un sentido más.

Las personas que no gustan de citar como ejemplos de esa ley a los señores de Charlus conocidos suyos, de los que durante mucho tiempo no habían sospechado, hasta el día en que en la superficie unida del individuo igual a los otros han aparecido — trazados con una tinta hasta entonces invisible— los caracteres que componen la palabra cara a los antiguos griegos, basta con que recuerden — para persuadirse de que el mundo que las rodea se les aparece al principio desnudo, despojado de mil adornos que ofrece a otros más instruidos— cuántas veces en la vida han estado a punto de meter la pata. Nada en el rostro privado de caracteres de tal o cual hombre podía hacerles suponer que era precisamente el hermano o el novio o el amante de una mujer de la que iban a decir: «¡Qué bicho!». Pero entonces, una palabra que les susurra un vecino detiene, por fortuna, en sus labios el vocablo fatal. Al instante aparecen — como un Mane, Tecel, Fares— estas palabras: es el novio o el hermano o el amante de la mujer a la que no conviene llamar «bicho» delante de él y esa simple idea nueva acarreará toda una reagrupación, la retirada o el avance de la fracción de las ideas, ya completas, que teníamos sobre el resto de la familia. Por mucho que en el Sr. de Charlus se acoplara otra persona, que lo diferenciaba del resto de los hombres, como en el centauro el caballo, por mucho que esa persona formase un bloque con el barón, yo nunca lo había advertido. Ahora lo abstracto se había materializado, la persona, por fin entendida, había perdido al instante su capacidad para permanecer invisible y la transmutación del Sr. de Charlus en una persona nueva era tan completa, que no sólo los contrastes de su rostro, de su voz, sino también los propios altibajos de sus relaciones conmigo, todo lo que había parecido hasta entonces incoherente a mi entendimiento resultaba — retrospectivamente— inteligible, se mostraba evidente, así como una frase que, mientras había permanecido descompuesta en letras dispuestas al azar, no ofrecía sentido alguno, expresa — si se substituyen los caracteres en el orden necesario— un pensamiento que no podremos olvidar nunca más.

Además, entonces entendía yo por qué antes, cuando lo había visto salir de la casa de la Sra. de Villeparisis, había podido parecerme que el Sr. de Charlus se asemejaba a una mujer: ¡es que lo era! Pertenecía a la raza de esas personas, menos contradictorias de lo que parecen, cuyo ideal es viril precisamente porque su temperamento es femenino y que en la vida sólo en apariencia son iguales a los demás hombres: mientras que cada cual lleva inscrita en sus ojos, por los que ve todas las cosas del universo, una silueta grabada en la faceta de la pupila, para ellos no es la de una ninfa, sino la de un efebo. Se trata de una raza sobre la que pesa una maldición y que debe vivir con la mentira y el perjurio, puesto que su deseo, lo que representa para toda persona la mayor dulzura de la vida, está considerado, como sabe, punible y vergonzoso, inconfesable; que debe renegar de su Dios, ya que, aun siendo cristiana, cuando comparece ante un tribunal como acusada, tiene que defenderse, delante de Cristo y en su nombre, como de una calumnia de lo que es su vida misma; hijos sin madre, a la que están obligados a mentir incluso en el momento de cerrarle los ojos; amigos sin amistades, pese a todas las que su encanto, con frecuencia reconocido, inspira y que su corazón, a menudo bueno, sentiría; pero, ¿se pueden llamar amistades esas relaciones que tan sólo vegetan gracias a una mentira y de las que el primer impulso de confianza y sinceridad, si sintieran la tentación de abandonarse a ellas, provocaría su rechazo con asco, salvo que se encuentren ante una mentalidad imparcial, o incluso simpática, pero que, extraviada, en ese caso, respecto de ellos por una psicología convencional, derivará del vicio confesado el propio afecto que les resulta más ajeno, así como ciertos jueces suponen y excusan con mayor facilidad el asesinato en los invertidos y la traición entre los judíos por razones resultantes del pecado original y de la fatalidad de la raza? Por último — al menos según la primera teoría que esbocé entonces al respecto, que veremos modificarse más adelante y con arreglo a la cual les habría resultado de lo más enojoso, si esa contradicción no hubiera quedado oculta a sus ojos por obra de la propia ilusión gracias a la cual veían y vivían— , amantes a los que está casi vedada la posibilidad de ese amor cuya esperanza les infunde la fuerza para soportar tantos riesgos y soledades, ya que quedan prendados precisamente de un hombre que nada tiene de mujer, de un hombre que no es un invertido y, por tanto, no puede amarlos, de modo que su deseo permanecería por siempre jamás insaciable, si el dinero no les brindara hombres de verdad y si la imaginación no acabase haciéndolos tomar por hombres de verdad a los invertidos con los que se han prostituido. Sin otro honor que el más precario, sin otra libertad que la provisional hasta el descubrimiento del crimen, sin otra situación que la más inestable, como el poeta celebrado la víspera en todos los salones, aplaudido en todos los teatros de Londres y expulsado, el día siguiente, de todos los pisos alquilados, sin poder encontrar una almohada en la que descansar la cabeza, girando la muela como Sansón y diciendo como él:

Los dos sexos morirán cada cual por su lado,

excluidos incluso — exceptuados los afortunadísimos días en que el mayor número se agrupa en torno a la víctima, como los judíos en torno a Dreyfus— de la simpatía — y a veces de la sociedad— de sus semejantes, a quienes inspiran asco, al ver lo que son, reflejado en un espejo que, por no halagarlos más, revela todas las taras que no habían querido advertir en sí mismos y gracias al cual comprenden que lo que llamaban su amor — y a lo que, jugando con la palabra, habían sumado, por sentido social, todo lo que la poesía, la pintura, la música, la caballería, el ascetismo han podido sumar al amor— no procede de un ideal de belleza por ellos elegido, sino de una enfermedad incurable, evitándose unos a otros, también como los judíos — salvo algunos que sólo quieren frecuentar a los de su raza y tienen siempre en los labios las palabras rituales y los chistes consagrados— , buscando a quienes son lo más opuesto a ellos, que nada quieren saber con ellos, perdonando sus desaires, embriagándose con sus amabilidades, pero tan reunidos con los de su condición por el ostracismo que padecen, el oprobio en el que han caído, al haber acabado adquiriendo — en virtud de una persecución semejante a la de Israel— los caracteres físicos y morales de una raza, a veces hermosos, con frecuencia horribles, encontrando — pese a todas las burlas con que el más mezclado, mejor asimilado a la raza adversa, es relativamente, en apariencia, el menos invertido, aplasta al que ha seguido siéndolo más— un alivio en la frecuentación de sus semejantes e incluso un apoyo en su existencia, de tal modo que, aun negando que sean una raza, cuyo nombre es la peor injuria, a quienes logran ocultar su pertenencia a ella con gusto los desenmascaran — no tanto para perjudicarlos, cosa que no detestan, cuanto para disculparse— y van incluso a buscar — como un médico la apendicitis— la inversión incluso en la Historia y se complacen en recordar que Sócrates fue uno de ellos, como los israelitas dicen que Jesús era judío, sin pensar en que, cuando la homosexualidad era la norma, no había anormales ni tampoco anticristianos antes de Cristo, que sólo el oprobio crea el crimen, porque sólo ha dejado subsistir a quienes eran refractarios a toda predicación, a todo ejemplo, a todo castigo, en virtud de una disposición innata tan especial, que repugna más a los otros hombres — aunque pueda ir acompañada de grandes cualidades morales— que ciertos vicios que las contradicen, como el robo, la crueldad, la mala fe, mejor entendidos y, por tanto, más excusados por el común de los hombres, formando una masonería mucho más extendida, más eficaz y de la que se sospecha menos que de la de las logias, pues se basa en una identidad de gustos, necesidades, hábitos, peligros, aprendizaje, saber, tráfico, glosario y en la cual los propios miembros que desean no conocerse se reconocen al instante por signos naturales o convencionales, involuntarios o deseados, que indican al mendigo, al cerrar la portezuela a un gran señor, que se trata de uno de sus semejantes, al padre que lo es el novio de su hija, quien quería curarse, confesarse, defenderse, que lo son el médico, el sacerdote, el abogado a quienes ha recurrido, obligados, todos ellos, a proteger su secreto, pero compartiendo un secreto de los otros que el resto de la Humanidad no sospecha y gracias al cual a ellos las novelas de aventuras más inverosímiles les parecen verdaderas, pues en esa vida novelesca, anacrónica, el embajador es amigo del forzado, el príncipe — con cierta libertad de conducta que brinda la educación aristocrática y de la que carecería un pusilánime pequeño burgués— se va — al salir de la casa de la duquesa— a entrevistarse con un golfo, sector réprobo de la colectividad humana, pero importante, sospechado donde no está, desplegado, insolente, impune donde no lo adivinan, que cuenta con adherentes por doquier, en las clases populares, en el ejército, en el templo, en el presidio, en el trono, que, por último, vive — al menos un gran número de ellos— en la intimidad cariñosa y peligrosa con los hombres de la otra raza, provocándolos, jugando con ellos a hablar de su vicio como si no fuese el suyo, juego que resulta facilitado por la ceguera o la falsedad de los demás, que puede prolongarse durante años hasta el día del escándalo, en el que esos dominadores son devorados, hasta entonces obligados a ocultar su vida, a apartar sus miradas de donde les gustaría clavarlas, a clavarlas en aquello de lo que les gustaría apartarse, a cambiar el género de muchos adjetivos de su vocabulario, coacción social ligera al compararla con la interior que su vicio — o lo que así se denomina impropiamente— les impone no ya para con otros, sino para consigo mismos y de modo que a ellos mismos no les parezca un vicio, pero algunos — más prácticos, más apresurados, sin tiempo para ir a buscarse la vida y renunciar a simplificarla y a ganar el tiempo que puede resultar de la cooperación— se han creado dos sociedades, la segunda de las cuales está compuesta exclusivamente por personas iguales a ellos.

Es algo que llama la atención en los que son pobres y procedentes de provincias, sin relaciones, sin otra cosa que la ambición de ser un día médicos o abogados célebres, con una mentalidad aún vacía de opiniones, un cuerpo desprovisto de modales y que piensan adornar rápidamente, así como comprarían para su cuartito del Barrio Latino muebles como los que observaran y calcasen en casa de quienes ya han triunfado en la profesión útil y seria en la que desean situarse y llegar a ser ilustres; en ésos, su gusto especial, heredado, sin que lo sepan — como las aptitudes para el dibujo, para la música, como una propensión a la ceguera— tal vez sea la única originalidad vivaz, despótica... y que determinada noche los obliga a faltar a determinada reunión útil para su carrera con personas cuyas formas de hablar, pensar, vestirse, peinarse adoptan, por cierto. En su barrio, donde sólo frecuentan, por lo demás, a condiscípulos, a profesores o a algún compatriota, ya bien instalado y protector, no han tardado en descubrir a otros jóvenes a los que el mismo gusto particular los aproxima a ellos, así como en una ciudad pequeña traban amistad un profesor de bachillerato y un notario, porque los dos gustan de la música de cámara o de los marfiles de la Edad Media; aplicando al objeto de su distracción el mismo instinto utilitario, el mismo espíritu profesional que los guía en su carrera, vuelven a encontrarlos en sesiones en las que un profano es tan poco admitido como en las que congregan a aficionados a las tabaqueras antiguas, a las estampas japonesas, a las flores poco comunes y en las que — gracias al placer de instruirse, a la utilidad de los intercambios y al miedo a las competencias— reinan a la vez, como en un mercado de filatélicos, el conocimiento especializado de los expertos y las feroces rivalidades de los coleccionistas. Por lo demás, en el café en el que tienen reservada una mesa nadie sabe qué es — si la de una sociedad de pesca, de secretarios de redacción o de oriundos del Indre— esa reunión, pues sus modales son sumamente correctos y su expresión reservada y fría y no se atreven a mirar, salvo a hurtadillas, a los jóvenes de moda, a los jóvenes «leones» que, unos metros más allá, arman alboroto con sus amantes y de entre los cuales quienes los admiraban sin atreverse a alzar la vista tardarán veinte años en enterarse — cuando unos estén a punto de entrar en una academia y los otros sean antiguos miembros de un círculo— de que el más seductor, ahora un Charlus grueso y entrecano, era, en realidad, igual a ellos, pero en otra parte, en otro círculo, bajo otros símbolos exteriores, con signos desconocidos, cuya diferencia los indujo a error. Pero las agrupaciones son más o menos avanzadas y, así como la «Unión de las izquierdas» difiere de la «Federación socialista» y determinada sociedad de música mendelssohniana, a su vez, de la Schola Cantorum, algunas noches hay, en otra mesa, extremistas que dejan pasar un brazalete bajo su manguito, a veces un collar en el ensanche de su cuello, obligando, con sus insistentes miradas, sus risitas, sus carcajadas, sus caricias entre sí, a un grupo de colegiales a huir a toda prisa y son servidos — con una cortesía bajo la que se incuba la indignación— por un camarero que, como en las noches en que sirven a partidarios de Dreyfus, tendría mucho gusto en ir a buscar a la policía, si no tuviera la ventaja de embolsarse las propinas.

A esas organizaciones profesionales contrapone la inteligencia el gusto de los solitarios y sin demasiados artificios, por una parte, ya que con ello no hace sino imitar a los propios solitarios, a juicio de los cuales nada difiere más del vicio organizado que lo que les parece a ellos un amor incomprendido, con cierto artificio, no obstante, pues esas diferentes clases corresponden — tanto como a tipos fisiológicos diversos— a momentos sucesivos de una evolución patológica o simplemente social y, en efecto, es muy raro que un día u otro no sea a esas organizaciones a las que vayan a sumirse, a veces por simple hastío, por comodidad (como acaban quienes más se han opuesto a ello instalando en su casa el teléfono, recibiendo a los Iéna o comprando en Potin). Por lo demás, suelen ser bastante mal recibidos en ellas, pues la falta de experiencia, la saturación por el ensueño a que están reducidos les han marcado con más intensidad — en su vida relativamente pura— los caracteres particulares de afeminamiento que los profesionales han procurado borrar y hay que reconocer que en algunos de esos recién llegados la mujer no está sólo interiormente unida al hombre, sino también horriblemente visible, agitados como están, con un espasmo de histeria, por una risa aguda que les convulsiona las rodillas y las manos, al parecerse al común de los hombres más que esos monos de ojos melancólicos y ojerosos y pies prensiles que se ponen un smoking y llevan una corbata negra, con lo que esos nuevos adherentes son considerados — por parte de quienes son, sin embargo, menos castos— una frecuentación comprometedora y su admisión difícil; aun así, los aceptan y entonces se benefician de esas grandes facilidades mediante las cuales el comercio, las grandes empresas han transformado la vida de los individuos, han puesto a su alcance productos hasta entonces demasiado onerosos e incluso difíciles de encontrar y que ahora los inundan con la plétora de lo que por sí solos no habían podido descubrir en las mayores multitudes, pero, incluso con esos innumerables derivativos, la coacción social es aún demasiado dura para algunos, que figuran sobre todo entre aquellos en quienes no se ha ejercido la coacción mental y consideran más rara incluso de lo que es su clase de amor. Dejemos de lado de momento a aquellos que — como el carácter excepcional de su inclinación los hace creerse superiores a ellas— desprecian a las mujeres, consideran la homosexualidad el privilegio de los grandes genios y de las épocas gloriosas y, cuando intentan compartir su gusto, lo hacen menos con aquellos que les parecen estar predispuestos al respecto — como hace el morfinómano con la morfina— que con aquellos que les parecen dignos de ello, por celo de apostolado, así como otros predican el sionismo, el rechazo del servicio militar, el saint-simonismo, el vegetarianismo y la anarquía. Algunos, si se los sorprende por la mañana, aún acostados, muestran una admirable cara de mujer, pues la expresión es general y simboliza todo el sexo; el propio pelo la afirma; su inflexión es tan femenina, cae, suelto, tan naturalmente en trenzas sobre la mejilla, que nos asombra que la joven, la niña — Galatea despertándose apenas en el inconsciente de ese cuerpo de hombre en el que está encerrada— , haya podido — por sí sola, tan ingeniosamente, sin haberlo aprendido de nadie— aprovechar las menores salidas de su prisión, encontrar lo necesario para su vida. Seguramente el joven que tiene esa cara deliciosa no dice: «Soy una mujer». Aun cuando viva — por tantas razones posibles— con una mujer, puede negarle que él lo sea, jurarle que nunca ha tenido relaciones con hombres. Si ella lo contempla como acabamos de mostrarlo — acostado en una cama, en pijama, con los brazos desnudos y el cuello desnudo bajo el pelo negro— , el pijama ha pasado a ser una blusa de mujer; la cara, la de una preciosa española. La amante queda espantada con esas confidencias hechas a sus miradas, más verdaderas de lo que podrían serlo las palabras, los propios actos, y que, por lo demás, estos últimos no podrían dejar de confirmar, si no lo han hecho ya, pues todas las personas persiguen su placer y, si esa persona no es demasiado viciosa, lo busca en un sexo opuesto al suyo. Ahora bien, para el invertido el vicio no empieza cuando entabla relaciones, pues puede haber demasiadas razones que las impongan, sino cuando goza con mujeres. El joven a quien acabamos de intentar representar era tan evidentemente una mujer, que las mujeres que lo miraban con deseo estaban condenadas — a no ser que tuvieran ese gusto particular— a la misma decepción que las engañadas en las comedias de Shakespeare por una joven disfrazada que se hace pasar por un adolescente. El engaño es igual, el invertido lo sabe incluso, adivina la desilusión que, una vez quitado el disfraz, experimentará la mujer y nota hasta qué punto ese error sobre el sexo es un venero de poesía fantasista. Por lo demás, de nada sirve que no confiese ni siquiera a su exigente amante — si ésta no es de las de Gomorra— : «Soy una mujer», pues, ¡con qué ardides, qué agilidad, qué obstinación de planta trepadora busca la mujer inconsciente y visible el órgano masculino! Basta con mirar esa cabellera rizada sobre la oreja blanca para comprender que, si ese joven se escurre por la noche de entre los dedos de sus padres, a su pesar — de ellos y de él— , no será para ir a encontrarse con mujeres. Ya puede su amante castigarlo, encerrarlo, que el día siguiente el hombre-mujer habrá encontrado el medio de unirse a un hombre, como la enredadera de campanillas arroja sus zarcillos allí donde se encuentre un pico o un rastrillo. ¿Por qué, al admirar en el rostro de ese hombre delicadezas que nos conmueven, una gracia, una naturalidad en la amabilidad que los hombres no tienen, habría de afligirnos saber que dicho joven busca a boxeadores? Son aspectos diferentes de una misma realidad e incluso el que nos repugna es el más conmovedor, más que todas las delicadezas, pues representa un admirable esfuerzo inconsciente de la naturaleza: el reconocimiento del sexo por sí mismo, pese a sus engaños, resulta ser el intento inconfesado de evadirse hacia lo que un error inicial de la sociedad ha colocado lejos de él. A unos, los que han tenido la infancia más tímida seguramente, apenas les importa la clase material de placer que reciben, con tal de que puedan atribuirlo a un rostro masculino, mientras que otros, por tener sentidos más fogosos seguramente, dan a su placer material localizaciones imperiosas. Éstos tal vez escandalizarían con sus confesiones al común de los mortales. Tal vez vivan menos exclusivamente bajo el satélite de Saturno, pues para ellos las mujeres no están enteramente excluidas como para los primeros, para quienes las mujeres no existirían sin la conversación, la coquetería, los amores cerebrales, pero los segundos buscan a las que gustan de las mujeres, pueden procurarles un joven, aumentar el placer que sienten al encontrarse con él; más aún, pueden, igualmente, recibir con ellas el mismo placer que con un hombre. A eso se debe que, en el caso de quienes gustan de los primeros, sólo sientan celos del placer que podrían recibir de un hombre, el único que les parece una traición, ya que no participan del amor a las mujeres, sólo lo han practicado como hábito y para reservarse la posibilidad del matrimonio, por no ser apenas capaces de imaginar el placer que puede dar, no pueden soportar que aquel a quien aman lo saboree, mientras que los segundos inspiran con frecuencia celos por sus amores con mujeres, pues en las relaciones que tienen con ellas desempeñan para la mujer que gusta de las mujeres el papel de otra mujer y la mujer les ofrece al mismo tiempo lo que encuentran en el hombre, más o menos, hasta el punto de que el amigo celoso sufre al sentir a aquel a quien ama atado a la que para él es casi un hombre, al tiempo que lo siente casi escapársele, porque, para esas mujeres, es algo que no conoce, como una clase de mujer. No hablemos tampoco de esos jóvenes locos que por una forma de niñería, para hacer rabiar a sus amigos, escandalizar a sus parientes, se empeñan en cierto modo en elegir ropa que parece vestidos de mujer, ponerse carmín y pintarse los ojos de negro; dejémoslos de lado, pues a ellos es a los que volveremos a ver, cuando hayan cargado demasiado cruelmente el peso de su afectación, dedicando toda una vida a intentar en vano reparar con vestimenta severa, protestante, el daño que se hicieron cuando se sentían embargados por el mismo demonio que incita a mujeres jóvenes del Faubourg Saint-Germain a vivir de forma escandalosa, a romper con todos los usos, a escarnecer a su familia, hasta el día en que con perseverancia y sin éxito se ponen a remontar la pendiente que les había parecido tan divertida o, mejor dicho, que no habían podido por menos de descender. Dejemos, por último, para más adelante a los que han concertado un pacto con Gomorra. Hablaremos de ellos cuando el Sr. de Charlus los conozca. Dejemos a todos los — de una variedad o de otra— que aparecerán, a su vez, y, para acabar esta primera relación, digamos unas palabras exclusivamente de aquellos de los que habíamos empezado a hablar antes: los solitarios. Por considerar su vicio más excepcional de lo que es, se fueron a vivir solos desde el día en que lo descubrieron, después de haber cargado con él durante mucho tiempo sin conocerlo, más tiempo simplemente que otros, pues nadie sabe de entrada que es invertido o poeta o esnob o malvado. Determinado colegial que aprendía versos de amor o miraba imágenes obscenas, si se apretaba entonces contra un compañero, se imaginaba simplemente que comunicaba con él en un mismo deseo de la mujer. ¿Cómo iba a creer que no es igual a todos, cuando reconoce la substancia de lo que siente al leer a Mme. de Lafayette, Racine, Baudelaire, Walter Scott, cuando, en realidad, es aún demasiado poco capaz de observarse a sí mismo para darse cuenta de lo que añade de su cosecha y de que, si bien el sentimiento es el mismo, el objeto difiere, de que a quien desea es a Rob-Roy y no a Diana Vernon? Para muchos, en virtud de una prudencia defensiva del instinto que precede a la visión más clara de la inteligencia, el espejo y las paredes de su habitación desaparecen bajo cromos que representan a actrices, hacen versos como éstos:

Sólo amo a Chloé en el mundo,

Es divina, es rubia y

De amor mi corazón se inunda.

¿Acaso hay que atribuir por ello al comienzo de esas vidas un gusto que no se volvería a ver en ellos más adelante, como esos bucles rubios de los niños que después se volverán morenos? ¿Quién sabe si las fotografías de mujeres no serán un comienzo de hipocresía, un comienzo también de horror para los demás invertidos? Pero los solitarios son precisamente aquellos a quienes la hipocresía resulta dolorosa. Tal vez el ejemplo de los judíos, de una colonia diferente, no sea siquiera lo bastante fuerte para explicar la poca mella que en ellos hace la educación y con qué arte llegan a volver tal vez no a algo tan simplemente atroz como el suicidio — al que los locos, por muchas precauciones que se tomen, vuelven y, tras ser salvados del río al que se han arrojado, se envenenan, se procuran un revólver, etcétera— , sino a una vida que los hombres de la otra raza no sólo no comprenden, no imaginan, cuyos placeres necesarios detestan, sino que, además, su frecuente peligro y la vergüenza permanente los horrorizarían. Para describirlos, tal vez haya que pensar — ya que no en los animales que no se pueden domesticar, en los cachorros de león supuestamente domesticados, pero que siguen siendo leones— al menos en los negros, a los que la cómoda vida de los blancos desespera y prefieren los riesgos de la vida salvaje y sus incomprensibles gozos. Llegado el día en que se han visto incapaces a la vez de mentir a los demás y a sí mismos, se van a vivir al campo para huir — por horror de la monstruosidad o miedo de la tentación— de sus semejantes y — por vergüenza— del resto de la Humanidad. Al no haber llegado nunca a la verdadera madurez, sumidos en la melancolía, de vez en cuando, un domingo sin Luna, van a dar un paseo por un camino hasta un cruce, donde — sin que se hayan dicho ni palabra— ha ido a esperarlos uno de sus amigos de la infancia que vive en un castillo cercano y reanudan los juegos de antaño, sobre la hierba, se ven uno en casa del otro, charlan de cualquier cosa, sin aludir a lo que ha ocurrido, exactamente como si no hubieran hecho nada y no fuesen a volver a hacer nada, salvo un poco de frialdad, ironía, irritabilidad y rencor, a veces odio, en sus relaciones. Después el vecino parte para un duro viaje a caballo y emprende, en mula, una ascensión de los picos, duerme en la nieve; su amigo, que identifica su propio vicio con una debilidad de temperamento, la vida hogareña y tímida, comprende que el vicio no podrá seguir viviendo en su amigo emancipado, a tantos miles de metros sobre el nivel del mar y, en efecto, el otro se casa. Sin embargo, el abandonado no se cura (pese a los casos en que, como veremos, la inversión tiene cura). Exige recibir él mismo por la mañana en su cocina la nata fresca del muchacho lechero y, en las noches en que los deseos lo agitan demasiado, se extravía hasta devolver a su camino a un borracho, hasta arreglar la blusa de un ciego. Seguramente la vida de algunos invertidos parece a veces cambiar, su vicio — como se suele decir— deja de aparecer en sus hábitos, pero nada se pierde: una joya oculta vuelve a aparecer; cuando la cantidad de orina de un enfermo disminuye, está bien que transpire más, pero no por ello deja de ser necesario que haya excreción. Un día ese homosexual pierde a un joven primo y por su inconsolable dolor se comprende que en ese amor — casto tal vez y encaminado más a conservar la estima que a obtener la posesión— se habían transmutado los deseos, así como en un presupuesto, sin cambiar en nada el total, se transfieren ciertos gastos a otro ejercicio. Como ocurre con los enfermos cuyas indisposiciones habituales hace desaparecer por un tiempo un ataque de urticaria, el amor puro de un joven pariente parece haber substituido momentáneamente, por metástasis, en el invertido hábitos que volverán a ocupar un día u otro el lugar del mal supletorio y curado.

Sin embargo, el vecino casado del solitario ha vuelto; ante la belleza de la joven esposa y la ternura que su marido le manifiesta, el día en que el amigo se ve obligado a invitarlos a cenar, se avergüenza del pasado. Como ella está ya en estado interesante, debe regresar a casa temprano y deja al marido; éste, llegada la hora de volver a casa, pide a su amigo que lo acompañe por un trecho y éste en un principio nada sospecha, pero en el cruce se ve derribado sobre la hierba, sin decir palabra, por el alpinista que pronto será padre y se reanudan los encuentros hasta el día en que va a instalarse no lejos de allí un primo de la joven esposa, con quien ahora se pasea siempre el marido y, si el abandonado va a verlo e intenta aproximarse a él, éste lo rechaza, furibundo, indignado por que el otro no haya tenido el tacto de presentir el asco que en adelante inspirará. Sin embargo, en cierta ocasión se presenta un desconocido enviado por el vecino infiel, pero el abandonado, demasiado ocupado, no puede recibirlo y hasta más adelante no comprende el fin con que había acudido el extraño.

Entonces el solitario languidece solo. Sólo tiene el placer de ir a la estación balnearia cercana a pedir una información a determinado empleado ferroviario, pero éste ha ascendido y ha sido destinado a la otra punta de Francia; el solitario ya no podrá ir a preguntarle el horario de los trenes, el precio de los billetes de primera y, antes de volver a soñar a su torre, como Grisélidis, se entretiene en la playa, como una extraña Andrómeda a la que ningún argonauta acudirá a liberar, como una medusa estéril que perecerá en la arena, o se queda, perezoso, en el andén, antes de la partida del tren, lanzando a la muchedumbre de viajeros una mirada que parecerá indiferente, desdeñosa o distraída a los de otra raza, pero que, como el resplandor con el que se adornan ciertos insectos para atraer a los de su misma especie o como el néctar que ofrecen ciertas flores para atraer a los insectos que las fecundarán, no engañaría al aficionado — casi inencontrable— a un placer demasiado singular, demasiado difícil de situar, que se le ofrece, al colega con quien nuestro especialista podría hablar la lengua insólita; a lo sumo, algún andrajoso del andén aparentará interesarse por esta última, pero sólo a cambio de un beneficio material, como quienes en el Colegio de Francia, en la sala en la que el profesor de sánscrito habla sin auditorio, van a seguir la clase, tan sólo para entrar en calor. ¡Medusa! ¡Orquídea! Cuando me limitaba a seguir mi instinto, la medusa me repugnaba en Balbec, pero, si sabía observarla, como Michelet, desde el punto de vista de la historia natural y estética, veía una deliciosa arracada de lapislázuli. ¿Acaso no son, con el terciopelo transparente de sus pétalos, como las orquídeas malva del mar? Como tantas criaturas de los reinos animal y vegetal, como la planta que produciría la vainilla, pero, por estar su órgano masculino separado por un tabique del femenino, permanece estéril, si los colibríes o ciertas abejas pequeñas no transportan el polen de unos a otros o si el hombre no los fecunda artificialmente, el Sr. de Charlus — y aquí debemos entender la palabra «fecundación» en su sentido moral, ya que en sentido físico la unión de un varón con otro varón es estéril, pero no es indiferente que un individuo pueda encontrar el único placer que esté en condiciones de saborear y «que en este mundo toda alma» pueda dar a alguien «su música, su llama o su perfume»— era de esos hombres a quienes se puede calificar de excepcionales, porque la satisfacción, tan fácil en otros, de sus necesidades sexuales, por numerosas que sean, depende de la coincidencia de demasiadas condiciones y demasiado difíciles de satisfacer. Para hombres como el Sr. de Charlus — y a reserva de los expedientes que irán apareciendo poco a poco y que ya se han podido presentir, exigidos por la necesidad de placer que se resigna a semiconsentimientos— , el amor mutuo — aparte de las dificultades enormes, a veces insuperables, que encuentra en el común de las personas— les añade otras tan especiales, que lo que siempre es muy escaso para todo el mundo se vuelve en ellos casi imposible y, si se produce para ellos un encuentro en verdad feliz o que la naturaleza les hace parecer tal, su gozo, mucho más que el del enamorado normal, resulta extraordinario, seleccionado, profundamente necesario. El odio de los Capuleto y los Montesco no era nada en comparación con los impedimentos de toda clase superados, las eliminaciones especiales que la naturaleza ha habido de hacer experimentar a los azares, ya poco comunes, que acompañan el amor, antes de que un antiguo chalequero, quien se proponía salir buenamente hacia su oficina, titubee, cautivado, ante un quincuagenario barrigudo. Ese Romeo y esa Julieta pueden creer con razón que su amor no es el capricho de un instante, sino una auténtica predestinación preparada por las armonías de su temperamento, no sólo por su temperamento propio, sino también por el de sus ascendientes, por su más lejana herencia, de tal modo, que la persona que se une a ellos les pertenece antes del nacimiento, los ha atraído mediante una fuerza comparable a la que dirige los mundos en los que hemos pasado nuestras vidas anteriores. El Sr. de Charlus me había distraído y no había podido fijarme en si el abejorro traía a la orquídea el polen que ésta esperaba desde hacía tanto tiempo y sólo tenía la posibilidad de recibir gracias a un azar tan improbable, que se podía calificarlo de milagro en cierto modo, pero el que acababa yo de presenciar era también un milagro, casi de la misma clase y no menos maravilloso. En cuanto vi aquel encuentro desde ese punto de vista, todo en él me pareció marcado por la belleza. Los ardides más extraordinarios que la naturaleza ha inventado para obligar a los insectos a velar por la fecundación de las flores, que, sin ellos, no podrían recibirla, porque la flor macho está demasiado alejada en ellas de la flor hembra, o el que — en el caso de que sea el viento el que deba encargarse del transporte del polen— lo vuelve más fácil de desprender de la flor macho, mucho más fácil de recoger de paso por la flor hembra, al suprimir la secreción del néctar, que ha dejado de ser útil, al no haber insectos que atraer, e incluso el brillo de las corolas que los atraen, y el que — a fin de que la flor esté reservada para el polen que necesita y que sólo puede fructificar en ella— la hace segregar un líquido que la inmuniza contra los otros pólenes, no me parecían más maravillosos que la existencia de la subvariedad de invertidos destinada a garantizar los placeres del amor al invertido que envejece: los hombres que no se sienten atraídos por todos los hombres, sino — en virtud de un fenómeno de correspondencia y armonía comparable con los que regulan la fecundación de las flores heteroestiladas triformes, como el Lythrum salicaria— sólo por los hombres mucho mayores que ellos. De esa subvariedad acababa de ofrecerme Jupien un ejemplo — si bien menos pasmoso que otros— que cualquier herborizador humano, cualquier botánico moral, podrá observar, pese a su rareza, brindado por un joven débil que esperaba las insinuaciones de un quincuagenario robusto y barrigudo y permanecía tan indiferente a las de otros jóvenes como estériles permanecen las flores hermafroditas, de estilo corto, de la Primula veris, mientras que acogen con alegría el polen de las Primula veris, de estilo largo. En cuanto al caso, por lo demás, del Sr. de Charlus, más adelante me di cuenta de que para él había diversas clases de conjunciones, algunas de las cuales — por su multiplicidad, su instantaneidad apenas visible y sobre todo la falta de contacto entre los dos actores— recordaban más aún a esas flores fecundadas en un jardín por el polen de una flor vecina que nunca tocarán. En efecto, había ciertas personas con quienes le bastaba hacerlas venir a su casa, mantenerlas unas horas bajo el dominio de su palabra, para que su deseo, excitado en algún encuentro, quedara saciado. Mediante simples palabras, se hacía la conjunción tan sencillamente como puede producirse en los infusorios. A veces, como seguramente le había ocurrido conmigo la noche en que me había convocado después de la cena en la casa de los Guermantes, la satisfacción se daba gracias a una violenta reconvención que el barón arrojaba al rostro del visitante, como ciertas flores, gracias a un resorte, rocían a distancia el insecto inconscientemente cómplice y desconcertado. El Sr. de Charlus, convertido de dominado en dominador, se sentía purificado de su inquietud y calmado y despedía al visitante que había dejado al instante de parecerle deseable. Por último, como la propia inversión se debe a que el invertido, al aproximarse demasiado a la mujer, no puede tener relaciones útiles con ella, está vinculada con una ley más alta en virtud de la cual tantas flores hermafroditas permanecen infecundas, es decir, con la esterilidad de la autofecundación. Cierto es que los invertidos en busca de un varón se contentan a menudo con uno tan afeminado como ellos, pero basta con que no pertenezcan al sexo femenino, del que llevan dentro de sí un embrión que no pueden utilizar, cosa que sucede a tantas flores — e incluso a ciertos animales— hermafroditas, como el caracol, que no pueden ser fecundados por sí mismos, pero sí por otros hermafroditas. A ese respecto los invertidos, que gustan de vincularse con el antiguo Oriente o la edad de oro de Grecia, se remontarían aún más atrás, a las épocas de ensayo en las que no existían ni las flores dioicas ni los animales unisexuados, a ese hermafroditismo inicial cuyo rastro parecen conservar algunos rudimentos de órganos masculinos en la anatomía de la mujer y de órganos femeninos en la del hombre. La mímica, al principio incomprensible para mí, de Jupien y del Sr. de Charlus me parecía tan curiosa como esos gestos tentadores dirigidos a los insectos, según Darwin, por las llamadas flores compuestas, que elevan los semiflósculos de sus cabezuelas para que se vean desde más lejos, como cierta heteroestilada que vuelve sus estambres y los curva para abrir camino a los insectos o les ofrece una ablución y comparable incluso, pura y simplemente, a los perfumes del néctar, el brillo de las corolas, que atraían en aquel momento a insectos en el patio. A partir de aquel día, el Sr. de Charlus iba a cambiar la hora de sus visitas a la Sra. de Villeparisis, no porque no pudiera ver a Jupien en otro lugar y con mayor comodidad, sino porque seguramente el sol de la tarde y las flores del arbusto estaban — como para mí— vinculados a su recuerdo. Por lo demás, no se contentó con recomendar los Jupien a la Sra. de Villeparisis, a la duquesa de Guermantes, a toda una brillante clientela que fue tanto más asidua para con la joven bordadora cuanto que las pocas señoras que se resistieron o simplemente se retrasaron fueron objeto de represalias terribles por parte del barón, ya fuera para que sirviesen de ejemplo o porque habían despertado su furia y se habían alzado contra sus empresas de dominación. Volvió el local de Jupien cada vez más lucrativo hasta que tomó definitivamente a éste como secretario y lo situó en las condiciones que veremos más adelante. «¡Ah! Ese Jupien sí que es un hombre feliz», decía Françoise, quien tenía tendencia a disminuir o exagerar las bondades, según que las recibiera ella u otros. Por lo demás, en aquel caso no necesitaba exagerar ni sentía, por lo demás, envidia, pues apreciaba sinceramente a Jupien. «¡Ah! Es un hombre tan bueno el barón», añadía, «tan estupendo, tan devoto, ¡tan como Dios manda! Si yo tuviera una hija por casar y fuera del mundo rico, se la entregaría al barón con los ojos cerrados». «Pero, Françoise», decía mi madre con dulzura, «iba a tener muchos maridos esa hija. Recuerde que ya se la ha prometido a Jupien». «¡Ah, caramba!», respondía Françoise. «Es que ése también es alguien que haría muy feliz a una mujer. Ya puede haber ricos y pobres miserables, nada tiene que ver con el carácter. El barón y Jupien son lo que se dice el mismo tipo de personas».

Por lo demás, yo exageraba mucho entonces, ante aquella primera revelación, el carácter electivo de una conjunción tan seleccionada. Cierto es que cada uno de los hombres iguales al Sr. de Charlus es un ser extraordinario, ya que, si bien no hace concesiones a las posibilidades de la vida, busca esencialmente el amor de un hombre de la otra raza, es decir, un hombre que guste de las mujeres (y que, por consiguiente, no podrá amarlo); al contrario de lo que creía en el patio, en el que acababa yo de ver a Jupien girar en torno al Sr. de Charlus como la orquídea insinuándose al abejorro, esas personas excepcionales a las que compadecemos son multitud, como veremos a lo largo de esta obra, por una razón que no se revelará hasta el final y ellas mismas se quejan de ser demasiado numerosas, en realidad, pues los dos ángeles que fueron colocados a las puertas de Sodoma para saber si sus habitantes habían hecho — como dice el Génesis— enteramente esas cosas cuyo clamor había subido hasta el Eterno habían sido elegidos — y no podemos por menos de alegrarnos de ello— muy mal por el Señor, quien debería haber confiado esa tarea a un sodomista. A éste las excusas: «Padre de seis hijos, tengo dos queridas, etcétera», no le habrían hecho bajar, benévolo, la espada flameante y suavizar las sanciones. Habría respondido: «Sí y tu mujer sufre las torturas de los celos, pero, incluso cuando no has elegido a esas mujeres en Gomorra, pasas las noches con un pastor de Hebrón». E inmediatamente lo habría hecho volver sobre sus pasos hacia la ciudad que iba a destruir la lluvia de fuego y azufre. Al contrario, dejaron huir a todos los sodomistas vergonzosos, aun cuando, al divisar a un muchacho, apartaran la cara, como la mujer de Lot, sin por ello quedar convertidos como ella en estatuas de sal. De modo que tuvieron una numerosa posteridad en quienes ese gesto siguió siendo habitual, como el de las mujeres disolutas que, aparentando mirar los zapatos exhibidos en un escaparate, vuelven la cabeza para mirar a un estudiante. Esos descendientes de los sodomistas, tan numerosos, que no se puede aplicarles el otro versículo del Génesis: «Si alguien puede contar el polvo de la tierra, podrá contar también esa posteridad», se han establecido en toda la Tierra, han tenido acceso a todas las profesiones y entran tan fácilmente en los clubes más cerrados, que, cuando un sodomista no es admitido en ellos, las bolas negras son en su mayoría las de sodomistas, quienes, por haber heredado la mentira que permitió a sus antepasados abandonar la ciudad maldita, procuran, sin embargo, incriminar la sodomía. Es posible que regresen a ella un día. Cierto es que en todos los países constituyen una colonia oriental, culta, musical, maldiciente, con cualidades encantadoras y defectos insoportables. Los veremos más detenidamente a lo largo de las páginas siguientes, pero hemos querido prevenir provisionalmente el funesto error consistente en crear — así como se ha creado un movimiento sionista— un movimiento sodomista y reconstruir una Sodoma. Ahora bien, nada más llegar, los sodomistas abandonarían la ciudad para no parecer ser de ella, tomarían a una mujer, mantendrían a queridas en otras ciudades, en las que encontrarían, por lo demás, todas las distracciones convenientes. Irían a Sodoma sólo los días de suprema necesidad, cuando su ciudad estuviera vacía, en los momentos en que el hambre hace salir al lobo del bosque, es decir, que todo sería, en una palabra, como en Londres, Berlín, Roma, Petrogrado o París.

En todo caso, aquel día, antes de mi visita a la duquesa, yo no llegaba tan lejos con el pensamiento y estaba desconsolado por haberme perdido tal vez — al prestar atención a la conjunción Jupien-Charlus— la fecundación de la flor por el abejorro.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

El Sr. de Charlus en la alta sociedad. — Un médico. —

Faz característica de la Sra. de Vaugoubert. — Sra. de Arpajon, el surtidor de Hubert Robert y la alegría del

gran duque Vladimir. — Sra. de Amoncourt, Sra. de Citri, Sra. de Saint-Euverte, etcétera. — Curiosa conversación entre Swann y el príncipe de Guermantes. — Albertine

al teléfono. — Visitas en espera de mi segunda y última estancia en Balbec. — Llegada a Balbec. — Celos

de Albertine. — Las intermitencias del corazón.

Como no tenía prisa por llegar a aquella velada de los Guermantes a la que no estaba seguro de haber sido invitado, permanecí ocioso fuera, pero el día estival no parecía tener más prisa que yo en moverse. Aunque eran más de las nueve, seguía siendo él quien en la plaza de la Concordia daba aspecto de turrón rosado al obelisco de Luxor. Después modificó su matiz y lo convirtió en una materia metálica, por lo que el obelisco no sólo se volvió más precioso, sino que, además, pareció más delgado y flexible. Te imaginabas poder torcer, haber ya falseado ligeramente tal vez, esa joya. Ahora la Luna estaba en el cielo como un cuarto de naranja delicadamente pelado, aunque un poco mellado, pero más adelante iba a estar hecha del oro más resistente. Acurrucada y solita detrás de ella, una pobre estrellita iba a servir de única compañía a la Luna solitaria, mientras ésta, al tiempo que protegía — más audaz y adelantándose— a su amiga, blandiría como un arma irresistible, como un símbolo oriental, su amplia y maravillosa medialuna de oro.

Delante del palacete de la princesa de Guermantes, me encontré al duque de Châtellerault; ya no recordaba que media hora antes me perseguía aún el miedo — que, por lo demás, pronto iba a apoderarse de mí otra vez— a acudir sin haber sido invitado. Nos inquietamos y a veces mucho después del momento del peligro, olvidado gracias a la distracción, es cuando recordamos nuestra inquietud. Saludé al joven duque y entré en el palacete, pero aquí debo señalar antes una circunstancia mínima, que permitirá comprender un hecho que veremos en seguida.

Había alguien que, aquella noche como las anteriores, pensaba mucho en el duque de Châtellerault, sin sospechar, por lo demás, quién era: era el ujier — llamado en aquella época «el ladrador»— de la Sra. de Guermantes. El Sr. de Châtellerault, lejos de ser uno de los íntimos — como era uno de los primos— de la princesa, era recibido en su salón por primera vez. Sus padres, enemistados con ella desde hacía diez años, se habían reconciliado quince días antes y, obligados a estar ausentes de París aquella noche, habían encargado a su hijo que los representara. Ahora bien, unos días antes, el ujier de la princesa se había encontrado en los Campos Elíseos con un joven que le había parecido encantador, pero cuya identidad no había podido determinar. No es que el joven no se hubiera mostrado tan amable como generoso. Todos los favores que el ujier debía conceder — según se había imaginado— a un señor tan joven los había recibido, al contrario, pero el Sr. de Châtellerault era tan cobarde como imprudente; estaba tanto más decidido a no revelar su identidad cuanto que ignoraba con quién se las había; si lo hubiera sabido, habría sentido un miedo mayor, aunque infundado. Se había limitado a fingir que era inglés y, a todas las preguntas apasionadas del ujier, deseoso de volver a ver a quien debía tanto placer y larguezas, el duque se había limitado a responder, a lo largo de toda la avenida Gabriel: «I do not speak French».

Aunque el duque de Guermantes aparentara — por el origen materno de su primo— ver, pese a todo, un poquito de Courvoisier en el salón de la princesa de Guermantes-Baviera, por lo general se juzgaba el espíritu de iniciativa y la superioridad intelectual de aquella señora conforme a una innovación que no se veía en ningún otro sitio de su medio. En casa de la princesa de Guermantes los asientos se encontraban dispuestos de tal modo, que después de la cena — y cualquiera que fuese la importancia de la fiesta que fuera a seguir— se formaban pequeños grupos, los cuales, en caso necesario, se daban la espalda. Entonces la princesa indicaba su sentido social yendo a sentarse, como por preferencia, en uno de ellos. Por lo demás, no temía elegir y atraer a un miembro de otro grupo. Si, por ejemplo, había comentado al Sr. Detaille, quien había asentido, naturalmente, la belleza del cuello de la Sra. de Villemur, a la que, por estar situada en otro grupo, se veía de espaldas, la princesa no vacilaba en elevar la voz: «Señora de Villemur, el Sr. Detaille, como gran pintor que es, está admirando su cuello». La Sra. de Villemur lo entendía como una invitación directa a conversar; con la destreza que aporta la costumbre de montar a caballo, hacía girar lentamente su silla en un arco de tres cuartos de círculo y, sin molestar nada a sus vecinos, miraba casi de frente a la princesa. «¿No conoce usted al Sr. Detaille?», preguntaba la señora de la casa, a quien la hábil y púdica conversión de su invitada no bastaba. «A él no, pero sí sus obras», respondía la Sra. de Villemur, con expresión respetuosa e incitante y una oportunidad que muchos envidiaban, mientras dirigía al célebre pintor, para cuya presentación oficial no había servido la interpelación, un saludo imperceptible. «Venga, señor Detaille», decía la princesa, «voy a presentarle a la Sra. de Villemur». Entonces ésta mostraba el mismo ingenio para hacer un sitio al autor de El sueño que antes para volverse hacia él y la princesa adelantaba una silla para sí misma; en efecto, había interpelado a la Sra. de Villemur tan sólo para tener un pretexto con el que abandonar al primer grupo, con el que había pasado los diez minutos de rigor, y conceder un lapso igual de presencia al segundo. En tres cuartos de hora, todos los grupos habían recibido su visita, que parecía haber estado guiada todas las veces por el azar y las predilecciones, si bien tenía por objeto sobre todo poner de relieve con qué naturalidad «sabe recibir una gran señora», pero ahora empezaban a llegar los invitados de la velada y la señora de la casa se había sentado — derecha y orgullosa, con su majestad casi real y los ojos llameantes por su propia incandescencia— no lejos de la entrada, entre dos altezas sin belleza y la embajadora de España.

Yo hacía cola detrás de algunos invitados que habían llegado antes que yo. Tenía delante de mí a la princesa, cuya belleza no es lo único seguramente que me hace — entre tantas otras— recordar aquella fiesta, pero aquel rostro de la señora de la casa era tan perfecto, estaba estampado como una medalla tan bella, que ha conservado para mí una virtud conmemorativa. La princesa tenía la costumbre de decir a sus invitados, cuando se los encontraba unos días antes de sus veladas: «Vendrá usted, ¿verdad?», como si tuviera un gran deseo de charlar con ellos, pero, como no tenía nada de que hablar, al contrario, con ellos, en cuanto llegaban ante ella, se contentaba con interrumpir un momento, sin levantarse, su vana conversación con las dos altezas y la embajadora y dar las gracias diciendo: «Es usted muy amable por haber venido», no porque le pareciera que el invitado había dado muestras de amabilidad al acudir, sino para aumentar aún más la suya; después, volviendo a arrojarlo al instante al río, añadía: «Encontrará usted al Sr. de Guermantes en la entrada a los jardines», de modo que los invitados partían de visita y la dejaban tranquila. A algunos ni siquiera les decía nada, sino que se contentaba con mostrarles sus admirables ojos de ónice, como si hubieran acudido sólo a una exposición de piedras preciosas.

La primera persona que pasó por delante de mí fue el duque de Châtellerault.

Antes de responder a todas las sonrisas, a todos los saludos con la mano que le llegaban del salón, no había visto al ujier, pero éste lo había reconocido desde el primer instante. Al cabo de un momento iba a enterarse de aquella identidad que tanto deseaba conocer. Al preguntar a su «inglés» de la antevíspera qué nombre debía anunciar, el ujier no estaba sólo emocionado: se consideraba indiscreto, indelicado. Le parecía que iba a revelar a todo el mundo — que, sin embargo, nada sospecharía— un secreto que se consideraba culpable de descubrir así y exponer públicamente. Al oír la respuesta del invitado: «El duque de Châtellerault», se sintió turbado con tal orgullo, que se quedó un instante mudo. El duque lo miró, lo reconoció, se vio perdido, mientras el sirviente, que se había repuesto y conocía bastante bien su armorial para completar por sí solo una apelación demasiado modesta, gritaba con la energía profesional que se aterciopelaba con una ternura íntima: «¡Su Alteza Monseñor el duque de Châtellerault!». Pero ahora me tocaba a mí el turno de ser anunciado. Absorto en la contemplación de la señora de la casa, que aún no me había visto, yo no había pensado en las terribles funciones para mí — aunque de modo distinto que para el Sr. de Châtellerault— de aquel ujier vestido de negro como un verdugo, rodeado de un grupo de lacayos con libreas de lo más risueñas, sólidos mozos listos para apoderarse de un intruso y ponerlo en la puerta. El ujier me preguntó mi nombre, se lo dije tan maquinalmente como el condenado a muerte se deja atar al tajo. Al instante, alzó majestuosamente la cabeza y, antes de que hubiera yo podido rogarle que me anunciara a media voz para no herir mi amor propio, si no estaba invitado, y el de la princesa de Guermantes, si lo estaba, gritó las sílabas inquietantes con una fuerza capaz de estremecer la bóveda del palacete.

El ilustre Huxley — aquel cuyo sobrino ocupa actualmente un lugar preponderante en el mundo de la literatura inglesa— cuenta que una de sus enfermas ya no se atrevía a ir a las reuniones de sociedad, porque con frecuencia veía — en el asiento mismo que le indicaban con gesto cortés— a un señor anciano. Estaba completamente segura de que ora el gesto invitante ora la presencia del señor anciano era una alucinación, pues no le habrían designado un sillón ya ocupado, y, cuando Huxley, para curarla, la obligó a volver a la velada, la enferma tuvo un instante de penosa vacilación, en el que se preguntaba si la amable seña que le hacían era la cosa real o si, para obedecer a una visión inexistente, iba a sentarse en público sobre las rodillas de un señor en carne y hueso. Su breve incertidumbre fue cruel, menos tal vez que la mía. A partir del momento en que percibí el fragor de mi nombre, como el ruido previo a un posible cataclismo, hube de avanzar — para defender, en todo caso, mi buena fe y como si no estuviera atormentado por duda alguna— hacia la princesa con expresión resuelta.

Me vio de pronto cuando estaba a unos pasos de ella y, en lugar de permanecer sentada como con los otros invitados, se levantó — cosa que no me permitió seguir dudando de haber sido víctima de una maquinación— y vino hacia mí. Un segundo después, pude lanzar el suspiro de alivio de la enferma de Huxley, cuando, tras haber decidido sentarse en el sillón, lo encontró libre y comprendió que el señor anciano era la alucinación. La princesa acababa de ofrecerme la mano sonriendo. Se quedó unos instantes de pie, con la gracia particular de la estancia de Malherbe que acaba así:

Y para honrarlos levantarse los ángeles.

Se disculpó de que la duquesa no hubiera llegado aún, como si yo fuese a aburrirme sin ella. Para hacerme aquel saludo, ejecutó en torno a mí, al tiempo que me tenía cogido de la mano, un giro lleno de gracia, en cuyo torbellino me sentí transportado. Casi me esperaba que me entregara entonces, como una conductora de cotillón, un báculo con puño de marfil o un reloj de pulsera. A decir verdad, no me dio nada de eso y — como si, en lugar de bailar el boston, hubiera escuchado un sacrosanto cuarteto de Beethoven cuyos sublimes acentos hubiese temido turbar— detuvo ahí la conversación o, mejor dicho, no la inició y, radiante aún de haberme visto entrar, se limitó a comunicarme el lugar en el que se encontraba el príncipe.

Me alejé de ella y no me atreví a acercarme otra vez, pues sentí que no tenía absolutamente nada que decirme y que, con su inmensa buena voluntad, aquella mujer maravillosamente alta y bella, noble como lo eran tantas grandes señoras que subieron tan orgullosas al patíbulo, sólo habría podido — salvo atreverse a ofrecerme agua de melisa— repetirme lo que ya me había dicho dos veces: «Encontrará usted al príncipe en el jardín». Ahora bien, acercarme al príncipe era sentir renacer de otra forma mis dudas.

En todo caso, había que encontrar a alguien que me presentara. Se oía — dominando todas las conversaciones— el inagotable cotorreo del Sr. de Charlus, que charlaba con Su Excelencia el duque de Sidonia, a quien acababa de conocer. De profesión a profesión se adivina y de vicio a vicio también. El Sr. de Charlus y el Sr. de Sidonia se lo habían olido mutuamente: el de ser — en los dos casos— monologuistas en sociedad, hasta el punto de no poder soportar interrupción alguna. Por haber considerado en seguida que el problema carecía de remedio, como dice un célebre soneto, habían adoptado la determinación — no de callarse, sino— de hablar cada cual sin hacer caso de lo que dijera el otro. Así se había creado ese ruido confuso, producido en las comedias de Molière por varias personas que dicen, estando juntas, cosas diferentes. El barón, con su estentórea voz, estaba seguro, por lo demás, de llevar ventaja, de cubrir la débil voz del Sr. de Sidonia, sin por ello desanimarlo, pues, cuando el Sr. de Charlus recuperaba el aliento por un instante, el susurro del grande de España, que había proseguido, imperturbable, su discurso, llenaba el intervalo. Me habría gustado pedir al Sr. de Charlus que me presentara al príncipe de Guermantes, pero temía — con demasiada razón— que se enfadase conmigo. Yo había actuado para con él del modo más ingrato, al hacer caso omiso por segunda vez de sus ofrecimientos y no darle señales de vida desde la noche en que tan afectuosamente me había acompañado a casa y, sin embargo, no tenía yo como excusa anticipada la escena que acababa de ver, aquella misma tarde, entre Jupien y él. No sospechaba nada semejante. Cierto es que poco antes, como mis padres me reprochaban mi pereza y que no me hubiera molestado aún en escribir una nota al Sr. de Charlus, yo les había reprochado violentamente que quisieran hacerme aceptar proposiciones deshonestas, pero sólo la cólera y el deseo de encontrar la frase que podía resultarles más desagradable me habían dictado aquella respuesta mendaz. En realidad, no había imaginado yo nada sensual — ni sentimental siquiera— tras los ofrecimientos del barón. Se lo había dicho a mis padres como una simple locura, pero a veces el futuro vive en nosotros sin que lo sepamos y nuestras palabras, que creen mentir, designan una realidad próxima.

El Sr. de Charlus me habría perdonado seguramente mi falta de agradecimiento, pero lo que lo exasperaba era que mi presencia aquella noche en casa de la princesa de Guermantes, como desde hacía un tiempo, en la de su prima, parecía una burla de la declaración solemne: «En esos salones sólo se entra por mediación mía». Yo no había seguido — falta grave, crimen tal vez inexpiable— la vía jerárquica. El Sr. de Charlus sabía perfectamente que los truenos que blandía contra quienes no se plegaban a sus órdenes o aquellos a quienes había cogido odio empezaban, según muchos, a parecer — por mucha rabia con que los lanzara— de cartón y carecían ya de la fuerza para expulsar a nadie de sitio alguno, pero tal vez creyera que su amenguado poder, aun siendo grande, permanecía intacto ante novicios como yo. Por eso, no consideré oportuno precisamente pedirle un favor en una fiesta en la que mi simple presencia parecía un irónico mentís de sus pretensiones.

En aquel momento me detuvo un hombre bastante vulgar, el profesor E***. Le había sorprendido verme en casa de los Guermantes. No menos sorprendido me sentía yo de encontrármelo allí, pues nunca se había visto — ni se vio después— en casa de la princesa a un personaje de su clase. Acababa de curar al príncipe, a quien ya habían administrado los sacramentos, de una neumonía infecciosa y al agradecimiento muy particular que sentía por él la Sra. de Guermantes se debía que hubieran quebrantado los usos y lo hubiesen invitado. Como no conocía absolutamente a nadie en aquellos salones y no podía errar indefinidamente por ellos solo como un ministro de la muerte, había sentido — tras reconocerme y por primera vez en su vida— la necesidad de decirme una infinidad de cosas, lo que le permitía despistar, y ésa era una de las razones por las que se había dirigido hacia mí. Había otra. Atribuía mucha importancia a no equivocarse nunca de diagnóstico. Ahora bien, su correo era tan numeroso, que no siempre se acordaba del todo — cuando sólo había visto una vez al enfermo— si la enfermedad había seguido, en efecto, el curso que le había asignado. Tal vez no haya olvidado el lector que, cuando el ataque de mi abuela, yo la había llevado a su casa, la tarde en que habían de coserle a él tantas condecoraciones. Con el tiempo que había transcurrido, ya no recordaba la esquela de defunción que le habíamos enviado en su momento. «Su señora abuela murió, ¿verdad?», me dijo con una voz en la que una certidumbre casi total calmaba una ligera aprensión. «¡Ah! ¡En efecto! Por lo demás, desde el primer instante en que la vi mi pronóstico fue totalmente pesimista, lo recuerdo muy bien».

Así fue como el profesor E*** se enteró o volvió a enterarse de la muerte de mi abuela y — debo decirlo, en su alabanza, que es la del cuerpo médico entero— sin manifestar — sin sentir tal vez— satisfacción. Los errores de los médicos son innumerables. Por lo general, pecan de optimistas en cuanto al régimen y de pesimistas en cuanto al desenlace. «¿Vino? En cantidad moderada, no puede hacerle daño, es, a fin de cuentas, un tonificante... ¿El placer físico? Al fin y al cabo, es una función. Se lo permito sin abusar, entiéndame bien. El exceso en todo es un defecto». ¡Qué tentación entonces para el enfermo de renunciar a esos dos resurrectores, el agua y la castidad! En cambio, si se tiene algo en el corazón, albúmina, etcétera, no le queda a uno mucho tiempo. De buena gana se atribuyen trastornos graves, pero funcionales, a un cáncer imaginado. Resulta inútil continuar visitas que no podrán detener un mal ineluctable. Si el enfermo abandonado a sí mismo se impone entonces un régimen implacable y después se cura o al menos sobrevive, el médico, al saludarlo en la avenida de la Ópera, cuando lo creía desde hacía mucho en el Père-Lachaise, verá en el de alzar el sombrero un gesto de insolencia burlona. Un inocente paseo delante de sus narices y barbas no causaría más cólera al Presidente de la Audiencia Penal que, dos años antes, pronunció una condena a muerte contra un bobo que no parece temer nada. Los médicos — no se trata de todos, desde luego, y no omitimos, mentalmente, excepciones admirables— se sienten en general más descontentos, más irritados, con la invalidación de su veredicto que contentos de su ejecución. Eso explica que el profesor E*** — aparte de la satisfacción intelectual que seguramente sintiese al ver que no se había equivocado— supiera limitarse a hablarme tristemente de la desgracia que nos había afectado. No deseaba abreviar la conversación, que le permitía despistar y le brindaba una razón para quedarse. Me habló del gran calor que hacía aquellos días, pero, aunque fuera culto y hubiese podido expresarse en buen francés, me dijo: «¿No sufre usted con esta hipertermia?». Es que la medicina ha logrado algunos pequeños avances en sus conocimientos desde Molière, pero ninguno en su vocabulario. Mi interlocutor añadió: «Lo que se debe hacer es evitar las sudaciones que causa, sobre todo en los salones recalentados, un tiempo semejante. Puede usted remediarlo, cuando vuelva a casa y tenga ganas de beber, mediante el calor» (lo que significaba, evidentemente, bebidas calientes).

Por la forma como había muerto mi abuela, aquel asunto me interesaba y había leído recientemente en un libro de un gran científico que la transpiración era perjudicial para los riñones, al hacer pasar por la piel lo que debe salir por otro conducto. Deploraba aquellos tiempos de canícula en los que mi abuela había muerto y distaba poco de incriminarlos. No hablé de ello al doctor E***, pero él mismo me dijo: «La ventaja de estos tiempos muy calurosos, en los que la transpiración es muy abundante, es que alivian el riñón». La medicina no es una ciencia exacta.

El profesor E***, aferrado a mí, sólo deseaba una cosa: no separarse de mí. Pero yo acababa de divisar al marqués de Vaugoubert haciendo grandes reverencias de derecha a izquierda a la princesa de Guermantes, después de haber retrocedido un paso. Me lo había presentado hacía poco el marqués de Norpois y yo esperaba encontrar en él a alguien que pudiera presentarme al señor de la casa. Las proporciones de esta obra no me permiten explicar aquí de resultas de qué incidentes de juventud era el Sr. de Vaugoubert uno de los pocos hombres de mundo — tal vez el único— que mantenía las llamadas en Sodoma «confidencias» con el Sr. de Charlus, pero, si bien nuestro ministro ante el rey Teodosio tenía algunos de los mismos defectos que el barón, era sólo en estado de muy pálido reflejo. Presentaba en forma infinitamente suavizada, sentimental y boba aquellas alternancias de simpatía y odio por las que el deseo de fascinar y después el miedo — igualmente imaginario— a verse — ya que no despreciado— al menos descubierto hacía pasar al barón. Sin embargo, el Sr. de Vaugoubert experimentaba dichas alternancias, que volvían ridículas una castidad, un «platonismo» — a los que, como gran ambicioso que era, había sacrificado, desde la época de las oposiciones, todo placer— y sobre todo su nulidad intelectual, pero, mientras que el Sr. de Charlus clamaba las alabanzas inmoderadas con una elocuencia en verdad brillante y la sazonaba con las más finas, las más mordaces, bromas, que dejaban a un hombre marcado para siempre, el Sr. de Vaugoubert expresaba la simpatía, al contrario, con la trivialidad de un hombre de última fila, un hombre de la alta sociedad, un funcionario, y las quejas — generalmente puros productos de la imaginación, como en el caso del barón— mediante una malevolencia sin tregua, pero sin ingenio y que chocaba tanto más cuanto que solía estar en contradicción con afirmaciones hechas por el ministro seis meses antes y tal vez repetidas de nuevo al cabo de un tiempo: regularidad en el cambio que atribuía una poesía casi astronómica a las diversas fases de la vida del Sr. de Vaugoubert, aunque sin ello nadie menos que él recordaba a un astro.

Las buenas noches que me dio nada tenían que ver con las que me habría dado el Sr. de Charlus. El Sr. de Vaugoubert daba a aquellas buenas noches — además de los mil melindres que consideraba propios de la alta sociedad y la diplomacia— un aire desenvuelto, fogoso, sonriente para parecer, por una parte, encantado de la vida — cuando, en realidad, rumiaba para sus adentros los sinsabores de una carrera sin ascenso y amenazada con la jubilación— y, por otra, joven, viril y encantador, cuando, en realidad, veía — y ya no se atrevía a ir a mirar en el espejo— las arrugas fijarse en los alrededores de un rostro que le habría gustado conservar colmo de seducciones. No es que hubiera deseado conquistas efectivas, cuya sola idea le daba miedo por el qué dirán, los escándalos, los chantajes. Tras haber pasado de un libertinaje casi infantil a la continencia absoluta a partir del día en que había pensado en el Quai d’Orsay y se había propuesto hacer una gran carrera, tenía el aspecto de una fiera enjaulada, lanzando en todas direcciones unas miradas que expresaban el miedo, la apetencia y la estupidez. La suya era tal, que no pensaba en que los golfos de su adolescencia ya no eran unos chiquillos y, cuando un vendedor de periódicos le gritaba en sus narices: «La Presse!», más que de deseo se estremecía de espanto, por creerse reconocido y descubierto.

Pero, a falta de los placeres sacrificados a la ingratitud del Quai d’Orsay, el Sr. de Vaugoubert tenía — y por eso habría deseado gustar aún— bruscos impulsos del corazón. Sólo Dios sabe con cuántas cartas abrumaba al ministerio, qué ardides personales desplegaba, cuántas veces recurría al crédito de la Sra. de Vaugoubert — a la que, por su corpulencia, su alcurnia, su aspecto masculino y sobre todo la mediocridad de su marido, se consideraba dotada de capacidades eminentes y encargada de desempeñar las verdaderas funciones de ministro plenipotenciario— para hacer entrar sin razón válida alguna a un joven carente del menor mérito en el personal de la legación. Cierto es que unos meses, unos años después, por poco que el insignificante agregado pareciera haber dado, sin la menor mala intención, señales de frialdad a su jefe, éste, creyéndose despreciado o traicionado, ponía el mismo ardor histérico en castigarlo que en el pasado en satisfacerlo. Removía Cielo y Tierra para que lo substituyeran y el director de Asuntos Políticos recibía diariamente una carta: «¿A qué espera usted para librarme de ese barbián? Hágalo entrar en vereda un poco: por su bien. Lo que necesita es pasar un poco las de Caín». Por eso, el cargo de agregado ante el rey Teodosio era poco agradable, pero, en todo lo demás, el Sr. de Vaugoubert era — gracias a su perfecto sentido común de hombre de mundo— uno de los mejores agentes del Gobierno francés en el extranjero. Cuando un hombre supuestamente superior, jacobino, que sabía de todo, lo substituyó más adelante, no tardó en estallar la guerra entre Francia y el país en el que reinaba aquel rey.

Al Sr. de Vaugoubert, como al Sr. de Charlus, no le gustaba ser el primero en saludar. Uno y otro preferían «responder», pues temían siempre cotilleos que aquel a quien, de lo contrario, hubieran ofrecido la mano hubiese podido oír sobre ellos desde la última vez en que se habían visto. En mi caso, el Sr. de Vaugoubert no tuvo que plantearse esa cuestión, pues había yo ido el primero, en efecto, a saludarlo, aunque sólo fuera por la diferencia de edad. Me respondió con expresión maravillada y encantada, mientras sus dos ojos seguían agitándose, como si a cada lado hubiera habido alfalfa y estuviese prohibido pacerla. Pensé que era conveniente solicitarle que me presentara a la Sra. de Vaugoubert, antes que al príncipe, a quien dejé para después. La idea de ponerme en relación con su esposa pareció colmarlo de gozo tanto por él como por ella y me condujo con paso resuelto hacia la marquesa. Tras llegar ante ella y designarme con la mano y los ojos, con todas las señales posibles de la consideración, se quedó mudo y se retiró al cabo de unos segundos, con expresión vivaracha, y me dejó solo con su mujer. Ésta me había ofrecido la mano al instante, pero sin saber a quién se dirigía aquella muestra de amabilidad, pues comprendí que el Sr. de Vaugoubert había olvidado cómo me llamaba, tal vez no me hubiese reconocido siquiera y, no queriendo, por cortesía, confesármelo, había hecho de la presentación una simple pantomima, conque no había yo adelantado nada: ¿cómo lograr que me presentara al señor de la casa una señora que desconocía mi nombre? Además, me veía obligado a hablar unos instantes con la Sra. de Vaugoubert, cosa que me aburría desde dos puntos de vista. No deseaba eternizarme en aquella fiesta, pues Albertine, a quien había regalado una localidad de palco para Fedra, había quedado en venir a verme un poco antes de medianoche. Cierto es que yo en modo alguno estaba prendado de ella; al recibirla aquella noche, obedecía a un deseo totalmente sensual, aunque estuviéramos en aquella época tórrida del año en que la sensualidad liberada visita de mejor grado los órganos del gusto, busca sobre todo el frescor. Más que del beso de una muchacha, tiene sed de naranjada, de un baño o incluso de contemplar esa Luna pelada y jugosa que saciaba la sed del cielo, pero, aun así, yo pensaba librarme junto a Albertine — quien me recordaba, por lo demás, el frescor de la ola— de las penas que no dejarían de infundirme muchos rostros encantadores (pues la princesa daba una velada tanto de muchachas como de señoras). Por otra parte, el de la imponente Sra. de Vaugoubert, borbónico y taciturno, no presentaba el menor atractivo.

En el ministerio decían, sin la menor malicia, que en ese matrimonio el marido llevaba las faldas y la mujer los pantalones. Ahora bien, había más verdad en ello de lo que se pensaba. La Sra. de Vaugoubert era un hombre. Que hubiera sido siempre así o hubiese llegado a ser lo que yo veía poco importa, pues en uno y otro caso se trata de uno de los milagros más conmovedores de la naturaleza y que hacen — sobre todo el segundo— asemejarse el reino humano al de las flores. En la primera hipótesis — si la futura Sra. de Vaugoubert había sido siempre tan excesivamente hombruna— , la naturaleza, mediante un ardid diabólico y benéfico, da a la muchacha el engañoso aspecto de un hombre y el adolescente al que no gustan las mujeres y quiere curarse encuentra con alegría ese subterfugio de descubrir una novia que le representa un mozo de carga. En el caso contrario, si la mujer no tiene al principio los caracteres masculinos, los va adquiriendo poco a poco para gustar a su marido, aun inconscientemente, mediante esa clase de mimetismo por el cual ciertas flores cobran el aspecto de los insectos a los que quieren atraer. El pesar de no ser amada, de no ser hombre, la viriliza. Aun aparte del caso que nos ocupa, ¿quién no ha observado hasta qué punto acaban las parejas más normales pareciéndose, a veces intercambiando incluso sus cualidades? Un antiguo canciller alemán, el príncipe de Bülow, se había casado con una italiana. A la larga, en Pincio, notaron hasta qué punto el esposo germánico había adquirido finura italiana y la princesa italiana rudeza alemana. Para salir hasta un punto excéntrico de las leyes que trazamos, todo el mundo conoce a un eminente diplomático francés cuyo origen sólo era recordado por su nombre, uno de los más ilustres de Oriente. Al madurar, al envejecer, se reveló en él el oriental que nunca habían sospechado y, al verlo, se lamenta la ausencia del fez, que lo complementaría.

Volviendo a costumbres muy ignoradas del embajador cuya silueta ancestralmente engrosada acabamos de evocar, la Sra. de Vaugoubert realizaba el tipo adquirido o predestinado cuya imagen inmortal es la Princesa Palatina, siempre con traje de montar y que, tras adquirir más que la virilidad de su marido y hacer suyos los defectos de los hombres a quienes no gustan las mujeres, denuncia en sus cartas de comadre las relaciones que mantienen entre sí todos los grandes señores de la corte de Luis XIV. Una de las causas que contribuyen aún más al aspecto masculino de mujeres como la Sra. de Vaugoubert es la de que el abandono en que las deja su marido, la vergüenza que por ello sienten, van marchitando poco a poco todo lo propio de la mujer. Acaban adquiriendo las cualidades y los defectos de que carece el marido. A medida que él va haciéndose más frívolo, más afeminado, más indiscreto, ellas se vuelven como la efigie sin encanto de las virtudes que el esposo debería practicar.

Rastros de oprobio, aburrimiento, indignación, deslustraban el rostro, de facciones regulares, de la Sra. de Vaugoubert. Yo notaba — ¡ay!— que me miraba con interés y curiosidad como a uno de esos jóvenes que gustaban al Sr. de Vaugoubert y que tanto le habría gustado a ella ser, ahora que su marido, al envejecer, prefería la juventud. Me miraba con la atención de esas personas de provincias que en un catálogo de almacén de novedades copian el traje de chaqueta que tan bien sienta a la hermosa persona dibujada (en realidad, la misma en todas las páginas, pero multiplicada ilusoriamente en criaturas diferentes gracias a la diferencia de las poses y la variedad del vestuario). La propensión vegetal que impulsaba hacia mí a la Sra. de Vaugoubert era tan fuerte, que llegó hasta el extremo de agarrarme del brazo para que la llevara a beber un vaso de naranjada, pero me desprendí alegando que aún no me habían presentado al señor de la casa y pronto debía marcharme.

La distancia que me separaba de la entrada de los jardines donde aquél estaba charlando con algunas personas no era demasiada, pero me daba más miedo que si, para franquearla, hubiera hecho falta exponerse a un fuego continuo.

Muchas mujeres que podrían — me parecía— haberme presentado estaban en el jardín, donde, aun fingiendo una admiración exaltada, no sabían qué hacer, en verdad. Las fiestas de esa clase son en general anticipadas. Apenas tienen realidad hasta el día siguiente, en el que ocupan la atención de las personas que no fueron invitadas. Si un escritor verdadero, desprovisto del necio amor propio de tantos hombres de letras, ve, al leer el artículo de un crítico que siempre le ha manifestado la mayor admiración, citados los nombres de autores mediocres, pero no el suyo, no tiene tiempo para detenerse a pensar en algo que podría ser para él un motivo de asombro: sus libros lo reclaman. Pero una mujer de la alta sociedad nada tiene que hacer y, al ver en Le Figaro: «Ayer el príncipe y la princesa de Guermantes ofrecieron una gran velada, etcétera», exclama: «¡Cómo! Hace tres días hablé una hora con Marie-Gilbert, ¡y no me dijo nada!», y se calienta la cabeza para saber qué ha podido hacer a los Guermantes. Conviene decir que, en lo relativo a las fiestas de la princesa, el asombro era a veces tan grande en los invitados como en quienes no lo eran, pues estallaban en el momento en que menos se las esperaba y recurrían a personas a quienes la Sra. de Guermantes había olvidado durante años. Y casi todas las personas de mundo son tan insignificantes, que cada uno de sus semejantes sólo tiene en cuenta, para juzgarlas, su amabilidad: si lo invitan, las adora; si lo excluyen, las detesta. Para estos últimos, si, en efecto, la princesa, aun cuando fueran amigos, no los convidaba, con frecuencia se debía a su miedo a disgustar a «Palamède», quien los había excomulgado. Por eso, podía yo estar seguro de que no había hablado de mí al Sr. de Charlus; de lo contrario, no habría estado yo allí. Ahora se había acodado delante del jardín, junto al embajador de Alemania, en la barandilla de la gran escalera que conducía de vuelta al palacete, de modo, que los invitados — pese a las tres o cuatro admiradoras que se habían agrupado en torno al barón y casi lo ocultaban— se veían obligados a ir a saludarlo. Respondía llamándolos por su nombre y se oía sucesivamente: «Buenas noches, señor du Dazay; buenas noches, señora de La Tour du Pin-Verclause; buenas noches, señora de la Tour du Pin-Gouvernet; buenas noches, Pin-Verclause; buenas noches, Philibert; buenas noches, mi querida embajadora, etcétera». Emitía, así, un chillido continuo, interrumpido por recomendaciones benévolas o preguntas — cuya respuesta no escuchaba— que el Sr. de Charlus formulaba en tono sosegado, facticio, para manifestar indiferencia, y benigno: «Procure que no coja frío la pequeña, los jardines siempre están húmedos. Buenas noches, señora de Brantes. Buenas noches, señora de Mecklembourg. ¿Ha venido la joven? ¿Se ha puesto su arrebatador vestido rosa? Buenas noches, Saint-Géran». Cierto es que había orgullo en aquella actitud. El Sr. de Charlus sabía que, por ser un Guermantes, ocupaba un lugar preponderante en aquella fiesta, pero no había sólo orgullo y aquella propia palabra de «fiesta» evocaba, al hombre de dones estéticos, el sentido lujoso, curioso, que puede tener, si no se ofrece la fiesta en casa de gente de mundo, sino en un cuadro de Carpaccio o Veronese. Es más probable incluso que el príncipe alemán que era el Sr. de Charlus se imaginara más bien la fiesta que se celebra en «Tannhüser» y a sí mismo como el Margrave, quien tiene, a la entrada de la Warburg, buenas palabras condescendientes para cada uno de los invitados, mientras su desfile en el castillo o en el parque es saludado con la larga frase, cien veces repetida, de la famosa «Marcha».

Sin embargo, tenía que decidirme. Reconocía perfectamente bajo los árboles a mujeres con quienes mantenía yo una mayor o menor amistad, pero parecían transformadas, porque estaban en casa de la princesa y no de su sobrina y no las veía sentadas delante de un plato de Sajonia, sino bajo las ramas de un castaño. La elegancia del medio nada tenía que ver. Aunque hubiera sido infinitamente menor que en casa de «Oriane», yo habría experimentado la misma turbación. Si se apaga la electricidad en nuestro salón y debemos substituirla por lámparas de aceite, todo nos parece cambiado. Me sacó de mi incertidumbre la Sra. de Souvré. «Buenas noches», me dijo, al tiempo que venía hacia mí. «¿Hace mucho que no ha visto usted a la duquesa de Guermantes?». Era insuperable para dar a esa clase de frases una entonación encaminada a demostrar que no las pronunciaba por pura estupidez, como las personas que, por no saber de qué hablar, nos abordan mil veces citando una relación común, con frecuencia muy vaga. En cambio, tenía un fino hilo conductor de la mirada que significaba: «No crea que no lo he reconocido. Usted es el joven a quien vi en casa de la duquesa de Guermantes. Lo recuerdo muy bien». Por desgracia, la protección que me brindaba aquella frase de apariencia estúpida e intención delicada era extraordinariamente frágil y se disipó, en cuanto quise utilizarla. La Sra. de Souvré tenía el arte — si de lo que se trataba era de apoyar una solicitud ante alguien poderoso— de parecer a la vez — a ojos del solicitante— recomendarlo y — a ojos del alto personaje— no hacerlo, por lo que ese gesto de doble sentido le brindaba un crédito de gratitud para con este último, sin crearle débito alguno para con el otro. Alentado por la buena disposición de aquella señora, le pedí que me presentara al Sr. de Guermantes y ella aprovechó un momento en que las miradas del señor de la casa no estaban dirigidas a nosotros, me cogió, maternal, de los hombros y, sonriendo al rostro desviado del príncipe, que no podía verla, me empujó hacia él con un movimiento supuestamente protector y voluntariamente ineficaz, que me dejó plantado casi en mi punto de partida. Así es la cobardía de la alta sociedad.

La de una señora que vino a saludarme llamándome por mi nombre fue mucho mayor aún. Yo intentaba recordar el suyo, mientras le hablaba; recordaba muy bien haber cenado con ella, recordaba palabras que ella había dicho, pero mi atención, dirigida a la región interior donde se encontraban los recuerdos de ella, no podía descubrir su nombre. Sin embargo, estaba allí. Mi pensamiento había entablado como un juego para captar sus contornos, la letra por la que comenzaba, y aclararlo por fin entero. Era un esfuerzo inútil, yo sentía aproximadamente su masa, su peso, pero en cuanto a sus formas — al confrontarlas con el tenebroso cautivo acurrucado en la noche interior— me decía: «No es eso». Cierto es que mi entendimiento habría podido crear los nombres más difíciles. Por desgracia, no debía crear, sino reproducir. Toda acción mental es fácil, si no está sometida a la realidad. En aquel caso estaba obligado a someterme. Por fin el nombre vino de repente y por entero: «Señora de Arpajon». Yerro al decir que vino, pues no se me apareció — creo— con una propulsión de sí mismo. Tampoco creo que los ligeros y numerosos recuerdos relativos a aquella señora, que revoloteaban entre su nombre y yo y a los que no cesaba yo de pedir que me ayudaran — mediante exhortaciones como ésta: «Pero, bueno, si es esa señora, amiga de la Sra. de Souvré, que siente una admiración por Victor Hugo tan ingenua, mezclada con tanto espanto y horror»— , sirviesen en modo alguno para sacarlo a flote. En ese gran «escondite» que se juega en la memoria, cuando queremos encontrar un nombre, no hay una serie de aproximaciones graduales. No se ve nada y después, de pronto, aparece el nombre exacto y muy diferente de lo que creíamos adivinar. No ha sido él el que ha venido hasta nosotros. No, creo más bien que, a medida que vivimos, pasamos el tiempo alejándonos de la zona en que un nombre es distinto y, mediante un ejercicio de mi voluntad y mi atención, que aumentaba la agudeza de mi mirada interior, atravesé de pronto la semiobscuridad y vi claro. En todo caso, si hay transiciones entre el olvido y el recuerdo, son inconscientes, pues los nombres de etapa por los que pasamos, antes de encontrar el verdadero, son, por su parte, falsos y no nos acercan nada a él. Ni siquiera son — hablando con propiedad— otra cosa con frecuencia que simples consonantes, ausentes en el nombre recuperado. Por lo demás, ese trabajo mental, al pasar de la nada a la realidad, es tan misterioso, que esas consonantes falsas tal vez sean, al fin y al cabo, cables previos, torpemente tendidos para ayudarnos a aferrarnos al nombre exacto. «Todo esto», dirá el lector, «no nos dice nada sobre la falta de amabilidad de esa señora, pero, puesto que se ha detenido usted tanto, déjeme, señor autor, hacerle perder un minuto más para asombrarme de que, joven como era usted — o su protagonista, si no es usted— , tuviese ya tan poca memoria y no pudiera recordar el nombre de una señora a quien conocía muy bien». En efecto, es muy asombroso, señor lector, y más triste de lo que usted cree, cuando sentimos el anuncio del momento en que los nombres y las palabras desaparecerán de la zona clara del pensamiento y habrá que renunciar, por siempre jamás, a nombrar para nosotros mismos a quienes mejor hemos conocido. Es asombroso, en efecto, que sea necesario ese esfuerzo ya en la juventud para recuperar nombres que conocemos bien, pero, si esa deficiencia sólo se produjera en el caso de los nombres apenas conocidos, naturalmente olvidados y de los que no quisiéramos tomarnos la molestia de recordar, no carecería de ventajas. «¿Cuáles? Hágame el favor». Pues, mire usted, es que sólo el mal hace observar y aprender y permite descomponer los mecanismos que, de lo contrario, no conoceríamos. Un hombre que todas las noches cae como un fardo en su cama y ya deja de vivir hasta el momento de despertarse y levantarse, ¿pensará alguna vez en hacer — ya que no grandes descubrimientos— al menos pequeñas observaciones sobre el sueño? Apenas sabe si duerme. Un poco de insomnio no resulta inútil para apreciar el sueño, proyectar alguna luz en esa noche. Una memoria sin fallos no es un potente estímulo para estudiar los fenómenos de la memoria. «Bueno, a ver, ¿le presentará la Sra. de Arpajon al príncipe?». No, pero cállese y déjeme reanudar mi relato.

La Sra. de Arpajon fue más cobarde aún que la Sra. de Souvré, pero su cobardía tenía más excusas. Sabía que siempre había tenido poco poder en la sociedad. Dicho poder había resultado, además, debilitado por la relación que había mantenido con el duque de Guermantes; el abandono de éste le asestó el último golpe. El mal humor que le causó mi petición de presentarme al príncipe provocó en ella un silencio, con el que aparentó, ingenua, no haber oído lo que yo había dicho. No se dio cuenta siquiera de que la cólera la hacía fruncir las cejas. Tal vez se diese cuenta, al contrario, y no le preocupara la contradicción y la utilizó para la lección de discreción que podía darme sin demasiada grosería: quiero decir una lección muda y que no por ello era menos elocuente.

Por lo demás, la Sra. de Arpajon estaba muy contrariada, pues muchas miradas se habían alzado hacia un balcón Renacimiento en cuyo ángulo — en lugar de las estatuas monumentales que con tanta frecuencia se le habían aplicado en aquella época— se asomaba — no menos escultural que ellas— la magnífica duquesa de Surgis-le-Duc, la que acababa de suceder a la Sra. de Arpajon en el corazón de Basin de Guermantes. Bajo el ligero tul blanco que la protegía del fresco nocturno, se veía — ágil— su cuerpo con vuelos de Victoria. Yo ya sólo podía recurrir al Sr. de Charlus, quien había entrado en un cuarto de abajo con acceso al jardín. Como fingía estar absorto en una partida de whist simulada, gracias a lo cual no parecía ver a nadie, tuve todo el tiempo necesario para admirar la voluntaria y artística sencillez de su frac que — mediante detalles mínimos que sólo un modisto habría distinguido— parecía una «Armonía» en blanco y negro de Whistler: en blanco, negro y rojo más bien, pues el Sr. de Charlus llevaba — colgada de un amplio cordón de la chorrera del traje— la cruz de esmalte blanco, negro y rojo de caballero de la orden religiosa de Malta. En aquel momento interrumpió la partida del barón la Sra. de Gallardon, que acompañaba a su sobrino, el vizconde de Courvoisier, joven de rostro hermoso y expresión impertinente: «Primo», dijo la Sra. de Gallardon, «permíteme presentarte a mi sobrino Adalbert. Mira, Adalbert, aquí tienes al famoso tío Palamède del que tanto oyes hablar». «Buenas noches, señora de Gallardon», respondió el Sr. de Charlus y, sin siquiera mirar al joven, añadió: «Buenas noches, señor mío», con expresión huraña y voz tan violentamente descortés, que todo el mundo quedó estupefacto. Tal vez el Sr. de Charlus, sabedor de que la Sra. de Gallardon abrigaba dudas sobre sus costumbres y no había podido resistir en cierta ocasión el placer de aludir a ellas, deseaba salir al paso de todo lo que ella habría podido florear sobre una acogida amable a su sobrino y al tiempo hacer una clamorosa profesión de indiferencia para con los jóvenes; tal vez le hubiera parecido que el citado Adalbert no había respondido a su tía con expresión suficientemente respetuosa; tal vez, deseoso de tirar los tejos más adelante a un primo tan agradable, quisiera contar con la ventaja de una agresión previa, como los soberanos que, antes de emprender una acción diplomática, la apoyan con una acción militar.

No era tan difícil como yo creía que el Sr. de Charlus accediera a mi solicitud de presentarme. Por una parte, durante los veinte últimos años, aquel don Quijote se había batido contra tantos molinos de viento — con frecuencia parientes que, según afirmaba, se habían portado mal con él— , había prohibido tan a menudo «como persona imposible de recibir» que lo invitaran en casa de tales o cuales Guermantes, que éstos empezaban a tener miedo de enemistarse con todas las personas a las que querían, de privarse hasta su muerte de la frecuentación de ciertos recién llegados por los que sentían curiosidad, por amoldarse a los rencores tonantes, pero inexplicados, de un cuñado o primo al que le habría gustado que por él abandonaran a la esposa, al hermano, a los hijos. El Sr. de Charlus, más inteligente que los demás Guermantes, se daba cuenta de que ya sólo tenían en cuenta sus exclusivas una de cada dos veces y — anticipándose al futuro, temiendo que un día se privaran de él— había empezado a ceder terreno, a reducir — como se suele decir— sus pretensiones. Además, si bien tenía la facultad de dar durante meses, años, una vida idéntica a una persona detestada — no habría tolerado que se dirigiera a ésta una invitación y habría preferido batirse como un mozo de cuerda con una reina, pues ya no contaba para él la calidad de lo que le pusiera obstáculos— , tenía estallidos de cólera demasiado frecuentes para que no fuesen fragmentarios. «¡Será imbécil! ¡Será bribón y malintencionado! Voy a ponerlo en su lugar, barrerlo hasta las alcantarillas, donde, lamentablemente, no resultará inofensivo para la salubridad urbana», vociferaba incluso a solas en su casa, al leer una carta que consideraba irreverente o al recordar unas palabras que le habían transmitido, pero una nueva cólera contra un segundo imbécil disipaba la otra y, por poco que el primero se mostrara deferente, la crisis ocasionada por él quedaba olvidada, por no haber durado bastante para crear un fondo de odio y consolidarlo. Por eso, tal vez habría yo logrado — pese a su mal humor contra mí— mi propósito, cuando le pedí que me presentara al príncipe, si no hubiera tenido la desafortunada idea de añadir por escrúpulo y para que no pudiese atribuirme la indelicadeza de haber entrado a la buena de Dios contando con él para quedarme: «Ya sabe usted que los conozco muy bien; la princesa ha estado muy amable conmigo». «Pues entonces, si los conoce, ¿para qué necesita que se los presente?», me respondió con tono canino y, tras darme la espalda, reanudó su partida fingida con el nuncio, el embajador de Alemania y un personaje a quien yo no conocía.

Entonces, desde el fondo de aquellos jardines, en los que en tiempos el duque de Aiguillon hacía criar animales raros, llegó hasta mí, por las puertas abiertas de par en par, el sonido de alguien que olfateaba tantas elegancias y no quería perderse nada. El sonido se acercó, yo me dirigí por si acaso en su dirección y oí las palabras «buenas noches» susurradas a mi oído por el Sr. de Bréauté — no como el sonido mellado y como de chatarra de un cuchillo al afilarlo, menos aún como el grito de un jabato devastador de tierras cultivadas, sino— como la voz de un posible salvador. El Sr. de Bréauté era menos poderoso que la Sra. de Souvré, pero también adolecía mucho menos de falta de servicialidad, tenía una relación más cómoda con el príncipe que la Sra. de Arpajon y tal vez se hiciera ilusiones sobre mi situación en el medio de los Guermantes o tal vez la conociese mejor que yo, pero los primeros segundos me costó un poco captar su atención, pues, con las vivarachas papilas nasales, las ventanas de la nariz dilatadas, miraba de frente en todas direcciones, desorbitando curiosamente su monóculo, como si se hubiera encontrado ante quinientas obras maestras, pero, tras oír mi solicitud, la acogió con satisfacción, me llevó hasta donde estaba el príncipe y me presentó con expresión golosa, protocolaria y vulgar, como si le hubiera pasado — recomendándoselas— un plato de pastas. Así como la acogida del duque de Guermantes era, cuando quería, amable, colmada de camaradería, cordial y familiar, la del príncipe me pareció en la misma medida escueta, solemne, altiva. Apenas me sonrió, me llamó gravemente: «Señor». Yo había oído con frecuencia al duque burlarse de la altanería de su primo, pero, ante las primeras palabras que me dijo y que por su frialdad y seriedad representaban el más absoluto contraste con el lenguaje de Basin, comprendí en seguida que el hombre profundamente desdeñoso era el duque, quien te hablaba desde la primera visita «de igual a igual», y que — de los dos primos— el que era en verdad sencillo era el príncipe. Vi en su reserva un sentimiento mayor: no diré de igualdad, pues era algo inconcebible para él, pero sí de la consideración que se puede conceder a un inferior, como ocurre en todos los medios profundamente jerarquizados: en Palacio, por ejemplo, en una facultad, donde un fiscal del Tribunal Supremo o un «decano» conscientes de su alto cargo ocultan tal vez más sencillez real y, cuando se los conoce mejor, más bondad, sencillez verdadera, cordialidad, con su altivez tradicional, que otros más modernos con la afectación de la camaradería bromista. «¿Piensa usted seguir la carrera de su padre?», me dijo con expresión distante, pero interesada. Respondí someramente a su pregunta, por comprender que sólo la había formulado por cortesía, y me alejé para dejarle acoger a los recién llegados.

Divisé a Swann, quise hablar con él, pero en aquel momento vi que el príncipe de Guermantes, en lugar de recibir in situ las buenas noches del marido de Odette, se lo había llevado consigo al instante, con la fuerza de una bomba aspiradora, al fondo del jardín, pero, según me dijeron ciertas personas, «para ponerlo en la puerta».

Aun distraído en las reuniones de sociedad, hasta el punto de no enterarme sino dos días después, por los periódicos, de que una orquesta checa había tocado toda la noche y de que, de minuto a minuto, se habían sucedido las luces de Bengala, recuperé cierta facultad de atención ante la idea de ir a ver el célebre surtidor de Hubert Robert.

En un claro rodeado por hermosos árboles, varios de los cuales eran tan antiguos como él, plantado aparte, se lo veía de lejos, esbelto, inmóvil, endurecido, dejando agitar por la brisa sólo la parte más baja de su pálido y trémulo penacho. El siglo XVIII había depurado la elegancia de sus líneas, pero, al fijar el estilo del chorro, parecía haber detenido su vida; a esa distancia daba la impresión del arte más que la sensación del agua. La propia nube húmeda que se amontonaba perpetuamente en su cima conservaba el carácter de la época, como los que en el cielo se juntan en torno al palacio de Versalles, pero de cerca se advertía que, aun respetando, como las piedras de un palacio antiguo, el dibujo previamente trazado, eran aguas siempre nuevas que, al lanzarse con el deseo de obedecer las órdenes antiguas del arquitecto, no las cumplían exactamente sino pareciendo violarlas, pues sólo sus mil saltos dispersos podían dar a distancia la impresión de un único impulso. Éste se veía en realidad interrumpido con tanta frecuencia como la dispersión de la caída, mientras que de lejos me había parecido indesviable, denso, de una continuidad sin laguna. Desde un poco más cerca, se veía que dicha continuidad, en apariencia totalmente lineal, estaba asegurada en todos los puntos de la ascensión del chorro, por todos los puntos por donde debería haberse roto, por la entrada en línea, por la reanudación lateral, de un chorro paralelo que subía más alto que el primero y se veía, a su vez, a mayor altura, pero ya fatigosa para él, relevado por un tercero. De cerca, gotas sin fuerza recaían de la columna de agua cruzándose al pasar con sus hermanas que subían, y a veces — rasgadas, atrapadas en un remolino del aire agitado por ese brote sin tregua— flotaban antes de verse volcadas en el estanque. Contrariaban con sus vacilaciones, con su trayecto en sentido inverso, y difuminaban con su difuso vapor la rectitud y la tensión de ese tallo, elevando por encima de él una nube oblonga compuesta de mil gotitas, pero en apariencia pintada de marrón dorado e inmutable, que subía — infrangible, inmóvil, esbelta y rápida— a juntarse con las nubes del cielo. Por desgracia, una ráfaga de viento bastaba para enviarla de través a la tierra; a veces incluso un simple chorro desobediente divergía y, si no se hubiera mantenido a distancia respetuosa, habría mojado hasta los tuétanos a la muchedumbre imprudente y contemplativa.

Uno de esos pequeños accidentes, que tan sólo se producían en el momento en que se elevaba la brisa, fue bastante desagradable. Habían hecho creer a la Sra. de Arpajon que el duque de Guermantes — quien, en realidad, aún no había llegado— estaba con la Sra. de Surgis en las galerías de mármol rosado a las que se llegaba por la doble columnata, excavada en el interior, erigida a partir del brocal del estanque. Ahora bien, en el momento en que la Sra. de Arpajon iba a internarse por una de las columnatas, un fuerte golpe de brisa caliente torció el chorro e inundó tan completamente a la hermosa señora, que, al chorrear el agua por su escote al interior de su vestido, quedó tan empapada como si la hubieran sumergido en un baño. Entonces, no lejos de ella, un gruñido íntimo resonó lo bastante fuerte para resultar audible a todo un ejército y, sin embargo, prolongado en períodos, como si no se dirigiera al conjunto, sino sucesivamente a cada parte de las tropas; era el gran duque Vladimir, que se reía con todas las ganas, al ver la inmersión de la Sra. de Arpajon, una de las cosas más alegres — le gustaba decir más adelante— que había presenciado en su vida. Como algunas personas caritativas hicieron ver al moscovita que tal vez fueran de rigor unas palabras de condolencia por su parte y agradaran a aquella mujer que, a pesar de haber cumplido ya los cuarenta y al tiempo que se secaba con su chal, sin pedir ayuda a nadie, salía del apuro, con toda el agua que mojaba, maliciosa, el pretil del pilón, el gran duque, quien tenía buen corazón, consideró que debía obedecer y, apenas calmados los últimos fragores militares de la risa, se oyó un nuevo gruñido más violento aún que el otro. «¡Bravo, vieja!», exclamó dando palmadas, como en el teatro. La Sra. de Arpajon no apreció que elogiaran su destreza a expensas de su juventud y, como alguien le dijo, con voz ensordecida por el ruido del agua, vencido, sin embargo, por el trueno de Monseñor: «Creo que Su Alteza Imperial le ha dicho algo», respondió: «¡No! Ha sido a la Sra. de Souvré».

Crucé los jardines y volví a subir la escalera, donde la ausencia del príncipe, desaparecido, tras apartarse con Swann, engrosaba en torno al Sr. de Charlus la multitud de invitados, así como, cuando Luis XIV no estaba en Versalles, había más afluencia en casa de su señor hermano. Al pasar, me detuvo el barón, mientras detrás de mí dos señoras y un joven se acercaban a saludarlo.

«Es agradable verlo aquí», me dijo, al tiempo que me ofrecía la mano. «Buenas noches, señora de La Tremoïlle, buenas noches, mi querida Herminie». Pero seguramente el recuerdo de lo que me había dicho sobre su papel de jefe en el palacete de los Guermantes le infundía el deseo de parecer experimentar — respecto de lo que le disgustaba, pero no había podido impedir— una satisfacción a la que su impertinencia de gran señor y su dispersión de histérico atribuyeron inmediatamente una forma de ironía excesiva: «Es agradable», prosiguió, «pero es sobre todo muy gracioso». Y se puso a lanzar unas carcajadas que parecieron a la vez manifestar su alegría y la impotencia en que se veía el habla humana para expresarla, mientras ciertas personas, sabedoras de lo difícil de acceso y a la vez propenso a las «salidas» insolentes que era, se acercaban con curiosidad y, con una prisa casi indecente, ponían pies en polvorosa. «Vamos, no se enfade», me dijo, al tiempo que me tocaba suavemente el hombro, «ya sabe usted que lo aprecio mucho. Buenas noches, Antioche; buenas noches, Louis-René. ¿Ha ido a ver el surtidor?», me preguntó en tono más afirmativo que interrogativo. «Es muy bonito, ¿verdad? Es maravilloso. Podría estar aún mejor, naturalmente, suprimiendo ciertas cosas y entonces no habría nada igual en Francia, pero, tal como es, figura ya entre lo mejor. Bréauté le dirá que fue un error poner los farolillos, para intentar hacer olvidar que fue él quien tuvo esa idea absurda, pero sólo logró, en una palabra, afearlo muy poco. Resulta mucho más difícil desfigurar una obra maestra que crearla. Por lo demás, ya sospechábamos que Bréauté no estaba a la altura de Hubert Robert».

Yo seguí a la fila de visitantes que entraban en el palacete. «¿Hace mucho que ha visto usted a mi deliciosa prima Oriane?», me preguntó la princesa, quien había abandonado hacía poco su sillón en la entrada y regresaba conmigo a los salones. «Va a venir esta noche, la he visto esta tarde», añadió la señora de la casa. «Me lo ha prometido. Por cierto, que, según veo, el jueves va usted a cenar con nosotras dos en casa de la reina de Italia, en la embajada. Van a estar todas las altezas posibles, va a ser muy intimidante». En modo alguno podían intimidar a la princesa de Guermantes, en cuyos salones tanto abundaban y que decía: «Mis Cobourg, tan majos ellos», como podría haber dicho: «Mis perritos». Por eso, la Sra. de Guermantes dijo: «Va a ser muy intimidante», por simple tontería, que en la alta sociedad puede más que la vanidad. Sobre su propia genealogía sabía menos que un agregado de Historia. Por lo que se refería a sus relaciones, le interesaba mostrar que conocía los apodos que se les habían atribuido. Tras haberme preguntado si cenaría la semana siguiente en casa de la marquesa de la Pommelière, a la que con frecuencia llamaban «la Manzana», y recibir una respuesta negativa de mí, la princesa se calló durante unos instantes. Después, sin otro motivo que un ostentoso deseo de erudición involuntaria, trivialidad y conformidad con el espíritu general, añadió: «¡Es una mujer bastante agradable, la Manzana!».

Mientras la princesa charlaba conmigo, entraban precisamente el duque y la duquesa de Guermantes, pero al principio no pude ir a su encuentro, pues fui atrapado, al paso, por la embajadora de Turquía, quien, al tiempo que me designaba a la señora de la casa, a la que yo acababa de dejar, exclamó, mientras me agarraba del brazo: «¡Ah! ¡Qué mujer más deliciosa es la princesa! ¡Qué ser superior a todos! Me parece que, si yo fuera hombre», añadió, con un poco de bajeza y sensualidad orientales, «entregaría mi vida a esa celeste criatura». Respondí que me parecía encantadora, en efecto, pero que conocía mejor a su prima la duquesa. «Pero si no hay la menor relación», me dijo la embajadora. «Oriane es una mujer de mundo encantadora cuyo ingenio procede de Mémé y de Babal, mientras que Marie-Gilbert es alguien».

A mí nunca me gusta mucho que digan así, sin réplica, lo que debo pensar de las personas que conozco y no había razón alguna para que la embajadora de Turquía tuviera — sobre la valía de la duquesa de Guermantes— un juicio más seguro que el mío. Por otra parte, lo que explicaba también mi irritación contra la embajadora era que los defectos de un simple conocido, e incluso de un amigo, son para nosotros auténticos venenos, contra los que estamos, por fortuna, «mitridatados», pero, sin aportar el menor aparato de comparación científica y hablar de anafilaxia, digamos que en nuestras relaciones amistosas o puramente mundanas hay una hostilidad momentáneamente curada, pero de acceso recurrente. Solemos sufrir poco con esos venenos, mientras las personas se muestran «naturales». Al decir «Babal», «Memé», para designar a personas que no conocía, la embajadora de Turquía suspendía los efectos del «mitridatismo», que por lo general me la volvía tolerable. Me irritaba, lo que resultaba tanto más injusto cuanto que no hablaba así para hacerme creer que fuera íntima de «Mémé», sino por una instrucción demasiado rápida que la hacía nombrar a esos nobles señores conforme a la costumbre — creía ella— del país. Había seguido sus cursos en unos meses y no había respetado el orden de prelación, pero, al reflexionar al respecto, me parecía otra razón para mi desagrado por permanecer junto a la embajadora. No hacía mucho que en casa de «Oriane» aquella misma personalidad diplomática me había dicho, con expresión motivada y seria, que la princesa de Guermantes le resultaba francamente antipática. No consideré oportuno detenerme en aquel cambio brusco: se había debido a la invitación a la fiesta de aquella noche. La embajadora era totalmente sincera al decirme que la princesa de Guermantes era un ser sublime. Siempre lo había pensado, pero, al no haber sido invitada hasta entonces en casa de la princesa, había considerado oportuno dar a esa clase de no invitación la forma de una abstención voluntaria por principios. Ahora que la habían convidado y volverían — era de suponer— a hacerlo en adelante, su simpatía podía expresarse libremente. Para explicar las tres cuartas partes de las opiniones que se expresan sobre las personas, no es necesario recurrir al despecho amoroso, a la exclusión del poder político. El juicio permanece incierto: una invitación rechazada o recibida lo determina. Por lo demás, la embajadora de Turquía, como decía la duquesa de Guermantes, que hizo junto conmigo la inspección de los salones, «quedaba bien». Sobre todo era muy útil. Las verdaderas estrellas de la alta sociedad están cansadas de comparecer en ella. Quien siente curiosidad por verlas debe emigrar con frecuencia a otro hemisferio, donde están casi solas, pero las mujeres semejantes a la embajadora otomana, todas recientes en la alta sociedad, no dejan de brillar en ella: por doquier — por decirlo así— a la vez. Son útiles para esas como representaciones denominadas «velada», «sarao», a las que se harían llevar moribundas antes que dejar de asistir. Son las comparsas con quienes siempre se puede contar, apasionadas como para no faltar nunca a una fiesta. Por eso, los jóvenes necios, por ignorar que son falsas estrellas, ven en ellas a las reinas de la elegancia, mientras que haría falta una lección para explicarles en virtud de qué razones la Sra. Standish, por ellos ignorada y dedicada a pintar cojines, es al menos tan gran señora como la duquesa de Doudeauville.

En la vida corriente, los ojos de la duquesa de Guermantes eran distraídos y un poco melancólicos; sólo los hacía brillar con una llama espiritual siempre que había de saludar a algún amigo, absolutamente como si éste fuera una ocurrencia ingeniosa, un rasgo encantador, una delicia para delicados cuya degustación hubiera infundido una expresión de finura y alegría en el rostro del entendido, pero en las grandes veladas, como debía saludar demasiado, le parecía fatigoso tener que apagar todas las veces la luz. Así como un sibarita de la literatura, al ir al teatro a ver una novedad de uno de los maestros de la escena, demuestra su certeza de que no pasará una mala velada teniendo ya el labio — mientras entrega su abrigo en el guardarropa— preparado para una sonrisa sagaz, la mirada avivada para una aprobación maliciosa, así también la duquesa encendía la suya desde su llegada y para toda la velada y, mientras entregaba su abrigo de noche, de un magnífico rojo Tiépolo, que dejó ver un auténtico yugo de rubíes aherrojándole el cuello, y tras haber lanzado a su vestido esa última mirada rápida, minuciosa y completa de modista que es propia de la mujer de mundo, Oriane se cercioró del centelleo de sus ojos no menos que de sus otras joyas. En vano se precipitaron algunas «buenas lenguas», como el Sr. de Jouville, sobre el duque para impedirle entrar: «Pero, ¿es que no sabe usted que el pobre Mama está en el artículo de la muerte? Acaban de administrárselo». «Lo sé, lo sé», respondió el Sr. de Guermantes, al tiempo que rechazaba a aquel pesado para entrar. «El viático ha surtido el mejor efecto», añadió sonriendo de placer, al pensar en el baile al que estaba decidido a no faltar después de la velada del príncipe. «No queríamos que se supiera que habíamos vuelto a casa», me dijo la duquesa. No sospechaba que la princesa había invalidado de antemano esa afirmación, al contarme que había visto por un instante a su prima, quien le había prometido que acudiría. El duque, después de fulminar a su mujer con la mirada durante cinco minutos, dijo: «He contado a Oriane las dudas que abrigaba usted». Ahora que carecían — veía ella— de fundamento y no debía hacer gestión alguna para intentar disiparlas, las declaró absurdas y me hizo objeto de sus bromas durante un largo rato. «¡Qué idea la de creer que no estaba usted invitado! ¡Siempre estamos invitados! Y, además, debía contar conmigo. ¿Cree usted que no habría podido yo conseguir que lo invitaran en casa de mi prima?». He de decir que más adelante hizo con frecuencia cosas mucho más difíciles por mí; no obstante, me abstuve de tomar sus palabras en el sentido de que yo hubiera mostrado demasiada reserva. Empezaba a conocer el valor exacto del lenguaje hablado o mudo de la amabilidad aristocrática, encantada de verter un bálsamo sobre el sentimiento de inferioridad de aquellos con los que se ejerce, pero no hasta el punto de disiparla, pues en ese caso dejaría de tener razón de ser. «Pero si usted es igual a nosotros, por no decir superior», parecían decir con todas sus acciones los Guermantes y lo decían de la forma más amable que imaginarse pueda para ser queridos, admirados, pero no para ser creídos: discernir el carácter ficticio de dicha amabilidad era lo que llamaban estar bien educado; considerar real la amabilidad era mala educación. Por lo demás, poco tiempo después, recibí una lección que acabó de enseñarme, con la más perfecta exactitud, el alcance y los límites de ciertas formas de la amabilidad aristocrática. Era en una reunión ofrecida por la duquesa de Montmorency a la reina de Inglaterra; hubo como un pequeño cortejo para llegar al ambigú y en cabeza iba la soberana del brazo del duque de Guermantes. Yo llegué en aquel momento. Con la mano libre, el duque me hizo, al menos a cuarenta metros de distancia, mil señales de llamada y amistad, de que podía — parecían querer decir— acercarme sin miedo, de que no me comerían crudo en lugar de los emparedados, pero, como mis conocimientos del lenguaje cortesano estaban empezando a mejorar, en lugar de dar un solo paso para acercarme, a mis cuarenta metros de distancia me incliné profundamente, pero sin sonreír, como habría hecho con alguien a quien apenas conociera y seguí mi camino en sentido contrario. Aunque hubiese podido escribir una obra maestra, los Guermantes me habrían hecho menos honores que por aquel saludo. No sólo no pasó inadvertido para el duque, pese a que aquel día hubo de responder a más de quinientas personas, sino tampoco para la duquesa, quien, cuando se encontró con mi madre, se lo contó y, absteniéndose de decirle que me había equivocado, que debería haberme acercado, añadió que su marido había quedado maravillado con mi saludo, que era imposible ser más expresivo. No cesaron de ver en aquel saludo todas las cualidades, sin por ello mencionar la que había parecido más preciosa, a saber, la de que hubiese sido discreto, y tampoco cesaron de hacerme cumplidos, que eran — así lo entendí— menos aún una recompensa por el pasado que una indicación para el futuro, al modo de la delicadamente concedida a sus alumnos por el director de un establecimiento educativo: «No olvidéis, queridos niños, que esos premios no son tanto para vosotros cuanto para vuestros padres, para que vuelvan a traeros el año próximo». Así, la Sra. de Marsantes, cuando alguien de un mundo diferente entraba en su medio, alababa a las personas discretas «a las que encontramos cuando vamos a buscarlas y el resto del tiempo se dejan olvidar», así como se avisa en forma indirecta a un sirviente que huele mal de que el uso del baño es perfecto para la salud.

Mientras yo hablaba con la Sra. de Guermantes, incluso antes de que hubiera abandonado el vestíbulo, oí una clase de voz que en el futuro iba a distinguir sin posible error. En aquel caso particular, era la del Sr. de Vaugoubert, quien hablaba con el Sr. de Charlus. Un clínico no necesita siquiera que el enfermo en observación se levante la camisa ni escuchar su respiración, le basta con la voz. ¡Cuántas veces me llamó más adelante la atención en un salón la entonación o la risa de determinado hombre, pese a que copiaba exactamente el lenguaje de su profesión o los modales de su medio, fingiendo una distinción severa o una grosería familiar, pero cuya falsa voz bastaba para informar: «Es un Charlus», a mi oído, ejercitado como el diapasón de un afinador! En aquel momento pasó todo el personal de una embajada y saludó al Sr. de Charlus. Aunque mi descubrimiento de la clase de enfermedad de que se trataba databa tan sólo de aquel mismo día — cuando había visto al Sr. de Charlus y a Jupien— , no habría necesitado — para emitir un diagnóstico— formular preguntas, auscultar, pero el Sr. de Vaugoubert, mientras charlaba con el Sr. de Charlus, pareció inseguro. Sin embargo, debería haber sabido a qué atenerse sobre las dudas de la adolescencia. El invertido cree ser el único de su clase en el universo; hasta más adelante no se imagina — otra hipérbole— que la única excepción es el hombre normal, pero el Sr. de Vaugoubert, como ambicioso y timorato que era, no se había entregado desde hacía mucho a lo que habría sido para él el placer. La carrera diplomática había surtido en su vida el efecto de una entrada en las órdenes. Combinada con la asiduidad a la Escuela de Ciencias Políticas, lo había condenado desde sus veinte años a la castidad del cristiano. Por eso, como los sentidos pierden fuerza y vivacidad, se atrofian, cuando se deja de usarlos, el Sr. de Vaugoubert, del mismo modo que el hombre civilizado que ya no puede hacer los ejercicios de fuerza, finura de oído, del hombre de las cavernas, había perdido la perspicacia especial de que raras veces carecía el Sr. de Charlus y en las mesas oficiales — ya fuese en París o en el extranjero— el ministro plenipotenciario no conseguía ya reconocer siquiera a quienes, bajo el disfraz del uniforme, eran en el fondo semejantes suyos. Algunos nombres que pronunció el Sr. de Charlus — indignado, si lo citaban por sus gustos, pero siempre dispuesto a divertirse dando a conocer los de los demás— causaron al Sr. de Vaugoubert un asombro delicioso. No era que, al cabo de tantos años, pensaran en aprovechar ganga alguna, pero al cambiar aquellas revelaciones rápidas — semejantes a las que en las tragedias de Racine informan a Atalía y a Abner de que Joas es de la raza de David, de que Ester, sentada en la púrpura, tiene padres judacas— el aspecto de la legación de X... o de determinado servicio del Ministerio de Asuntos Exteriores, volvían retrospectivamente ese palacio tan misterioso como el templo de Jerusalén o la sala del trono de Susa. Para aquella embajada cuyo joven personal acudió en su totalidad a estrechar la mano del Sr. de Charlus, el Sr. de Vaugoubert adoptó la expresión maravillada de Elise, al exclamar en Esther:

¡Cielos! ¡Qué numeroso enjambre de inocentes bellezas

Se ofrece a mis ojos en multitud y sale por doquier!

¡Qué amable pudor llevan pintado en el rostro!

Después, deseoso de estar más «informado», lanzó, sonriendo, al Sr. de Charlus una mirada tontamente interrogativa y concupiscente: «Pero, ¡cómo no!», dijo el Sr. de Charlus con la docta expresión de un erudito que habla a un ignaro. Al instante, el Sr. de Vaugoubert ya no volvió a apartar — cosa que irritó mucho al Sr. de Charlus— los ojos de aquellos jóvenes secretarios, a quienes el embajador de X en Francia, viejo reincidente, no había elegido al azar. El Sr. de Vaugoubert guardaba silencio, yo veía sólo sus miradas, pero, acostumbrado desde mi infancia a atribuir — incluso a lo que está mudo— el lenguaje de los clásicos, hacía decir a los ojos del Sr. de Vaugoubert los versos mediante los cuales Esther explica a Elisa que Mardoqueo, por celo en pro de su religión, ha procurado no situar junto a la reina sino a muchachas pertenecientes a ella.

Sin embargo, su amor a nuestra nación

Ha poblado este palacio de hijas de Sión,

Jóvenes y tiernas flores por la suerte agitadas,

Bajo un cielo extranjero como yo transplantadas.

En un lugar separado de testigos profanos

Dedica [el excelente embajador] a formarlas su estudio

[y sus cuidados.

Por último, el Sr. de Vaugoubert habló y no mediante sus miradas. «A saber», dijo con melancolía, «si existirá lo mismo en el país en que resido». «Es probable», respondió el Sr. de Charlus, «empezando por el rey Teodosio, aunque no sé nada positivamente de él». «¡Oh! ¡Ni hablar!». «Entonces no le está permitido parecerlo hasta ese punto y pone unos melindres. Es de estilo “madraza”, el que más detesto. No me atrevería a salir por la calle con él. Por lo demás, usted debe de saber bien cómo es. Lo llaman el lobo blanco». «Se equivoca usted de medio a medio sobre él. Por lo demás, es encantador. El día en que se firmó el acuerdo con Francia, el rey me besó. Nunca me he sentido tan emocionado». «Era el momento de decirle lo que deseaba usted». «¡Huy, Dios mío! ¡Qué horror, tan sólo con que lo hubiera sospechado! Pero no abrigo temores a ese respecto». Palabras que oí, porque no estaba lejos, y me hicieron recitar mentalmente:

El rey hasta ahora ignora quién soy

Y ese secreto mantiene mi lengua encadenada.

Aquel diálogo, mudo a medias y a medias hablado, había durado tan sólo unos instantes y yo había dado sólo unos pasos aún en los salones con la duquesa de Guermantes, cuando una señora morena, extraordinariamente hermosa, la detuvo:

«Me gustaría verla. D’Annunzio la vio a usted desde un palco y escribió a la princesa T*** una carta en la que dice que nunca había visto nada tan hermoso. Daría toda su vida por diez minutos de conversación con usted. En todo caso, aun cuando no pueda o no quiera, tengo la carta en mi poder. Tendría usted que darme una cita. Hay ciertas cosas secretas que no puedo decir aquí. Veo que no me reconoce usted», añadió dirigiéndose a mí; «lo conocí en casa de la princesa de Parma» (donde yo no había estado nunca). «El emperador de Rusia quiere que envíen a su padre a Petersburgo. Si pudiera usted venir el martes, precisamente Isvolski estará allí, podría hablar con usted al respecto. Tengo un regalo que hacerle, querida», añadió, al tiempo que se volvía hacia la duquesa, «y que a nadie haría, salvo a usted. Los manuscritos de tres obras de Ibsen, que me envió por mediación de su enfermero. Me quedaré con uno y le regalaré los otros dos».

El duque de Guermantes no estaba encantado con aquellos ofrecimientos. Sin estar seguro de si Ibsen o D’Annunzio estaban muertos o vivos, ya veía a escritores, dramaturgos, yendo a visitar a su mujer e incluyéndola en sus obras. Las personas de la alta sociedad se imaginan de buen grado los libros como un cubo, por decirlo así, con una de las caras alzada, de modo que el autor se apresura a «hacer entrar» en él a las personas que conoce. Es desleal, evidentemente, y no son gente de poca monta. Cierto es que no sería aburrido verlas «pasar», pues gracias a ellos, si leemos un libro o un artículo, conocemos «lo que ocultan las cartas», podemos «quitar las máscaras». Aun así, lo más juicioso es atenerse a los autores muertos. El Sr. de Guermantes consideraba «de lo más conveniente» al señor que hacía la necrología en Le Gaulois. Éste al menos se contentaba con citar el nombre del Sr. de Guermantes en cabeza de las personas «señaladas» en los entierros en los que el duque se había inscrito. Cuando este último prefería que no figurara su nombre, en lugar de inscribirse, enviaba una carta de pésame a la familia del difunto en la que le manifestaba sus sentimientos más tristes. Así, si dicha familia encargaba publicar en el periódico: «Entre las cartas recibidas, citemos las del duque de Guermantes, etcétera», no era culpa del gacetillero, sino del hijo, hermano, padre de la difunta, a quienes el duque calificaba de advenedizos y con los cuales estaba decidido a no mantener relaciones en adelante (cosa que, por no conocer bien el sentido de las locuciones, llamaba «andar en dimes y diretes»). El caso es que los nombres de Ibsen y D’Annunzio y su incierta supervivencia hicieron fruncirse las cejas del duque, que no estaba aún lo bastante lejos de nosotros para no haber oído las diversas amabilidades de la Sra. de Timoléon d’Amoncourt. Era una mujer encantadora, de un ingenio tan arrebatador — como su belleza— , que cualquiera de los dos por sí solo habría bastado para que gustara, pero, por haber nacido fuera del medio en el que ahora vivía, por haber aspirado en un principio tan sólo a tener un salón literario y como amiga — y en modo alguno amante: era de costumbres muy puras— que era sucesiva y exclusivamente de todos los grandes escritores, quienes le regalaban sus manuscritos y escribían libros para ella y tras haberse introducido en el Faubourg Saint-Germain por obra del azar, esos privilegios literarios le habían servido en él. Ahora tenía una situación tal, que no había de dispensar otras gracias que las derramadas por su presencia, pero, como había estado en tiempos habituada a la mundología, a las maniobras, a los servicios que prestar, perseveraba al respecto, aunque ya no fueran necesarios. Siempre tenía un secreto de Estado que revelar, un potentado a quien presentar, una acuarela de maestro que regalar. No dejaba de haber en todos aquellos atractivos inútiles un poco de mentira, pero hacían que su vida resultara una comedia de una complicación chispeante y era cierto que lograba el nombramiento de prefectos y generales.

Mientras caminaba a mi lado, la duquesa de Guermantes dejaba flotar delante de sí la azulada luz de sus ojos, pero en un punto impreciso, para evitar a las personas con las que no deseaba entrar en relación y cuyo escollo amenazante a veces adivinaba desde lejos. Avanzábamos entre una doble fila de invitados, quienes, sabedores de que nunca conocerían a «Oriane», querían al menos mostrarla — como una curiosidad— a su esposa: «Ursule, rápido, rápido, ven a ver a la Sra. de Guermantes, que está hablando con ese joven». Y tenías la sensación de que habría faltado poco para que se subieran a sillas a fin de ver mejor, como en la revista del 14 de julio o en el Gran Premio. No es que la duquesa de Guermantes tuviese un salón más aristocrático que su prima. A la primera acudían personas a quienes la segunda nunca habría querido invitar, sobre todo por su marido. Nunca habría recibido a la Sra. de Alphonse de Rothschild, que — como amiga íntima de la Srta. de La Tremoïlle y de la Sra. de Sagan, como la propia Oriane, que era— frecuentaba mucho la casa de esta última. Lo mismo sucedía también con el barón Hirsch, al que había llevado a su casa el príncipe de Gales, pero no a la de la princesa, a quien habría desagradado, y con algunas grandes notoriedades bonapartistas o incluso republicanas, que interesaban a la duquesa, pero a quienes el príncipe, realista convencido, no habría querido recibir. Como su antisemitismo era también una cuestión de principio, no cedía ante elegancia alguna, por acreditada que estuviese, y, si recibía a Swann, de quien era amigo de siempre y, por lo demás, el único de los Guermantes que lo llamaba Swann y no Charles, era porque, sabedor de que la abuela de Swann, protestante casada con un judío, había sido la amante del duque de Berri, intentaba de vez en cuando creerse la leyenda según la cual el padre de Swann era un hijo natural del príncipe. Según aquella hipótesis, que era, por lo demás, falsa, Swann, hijo de un católico, hijo, a su vez, de un Borbón y una católica, era puramente cristiano.

«¿Cómo? ¿No conoce usted estos esplendores?», me dijo la duquesa, refiriéndose al palacete en el que nos encontrábamos, pero, después de haber celebrado el «palacio» de su prima, se apresuró a añadir que prefería mil veces su «humilde cuchitril». «Aquí resulta admirable para visitar, pero, si hubiera de quedarme a dormir en habitaciones en las que han ocurrido tantos acontecimientos históricos, me moriría de pena. Me causaría el mismo efecto que haberme quedado encerrada después del cierre, de haber quedado olvidada, en el castillo de Blois, de Fontainebleau o incluso en el Louvre y tener como único recurso la tristeza de decirme que estoy en la habitación en la que fue asesinado Monaldeschi. Como camomila, es insuficiente. Hombre, ahí está la Sra. de Saint-Euverte. Acabamos de cenar en su casa. Como mañana ofrece su gran sarao anual, pensaba yo que se habría ido a acostar, pero no puede faltar a ninguna fiesta. Si se hubiese celebrado ésta en el campo, habría sido capaz de montar en una jardinera con tal de no faltar».

En realidad, la Sra. de Saint-Euverte había acudido aquella noche menos por el placer de no faltar a una fiesta en casa de otros que para garantizar el éxito de la suya, reclutar a los últimos adherentes y, en cierto modo, pasar in extremis la revista de tropas que el día siguiente iban a evolucionar brillantemente en su garden-party, pues desde hacía no pocos años los invitados a las fiestas Saint-Euverte en modo alguno eran ya los mismos que en otro tiempo. Las notabilidades femeninas del medio Guermantes, tan escasas entonces, habían llevado — embargadas de cortesía para con la señora de la casa— poco a poco a sus amigas. Al mismo tiempo, mediante una labor paralelamente progresiva, pero en sentido inverso, la Sra. de Saint-Euverte había reducido año tras año el número de personas desconocidas en el mundo elegante. Habían dejado de ver primero a una y después a otra. Durante un tiempo funcionó el sistema de las «hornadas», que permitía, gracias a fiestas sobre las que se hacía el silencio, convidar a los réprobos para que fueran a divertirse entre sí, lo que dispensaba de invitarlos con las personas distinguidas. ¿De qué podían quejarse? ¿Acaso no tenían — panem et circenses— unas pastas y un buen programa musical? Por eso, en simetría en cierto modo con las dos duquesas en exilio, a las que en tiempos, cuando se había inaugurado el salón Saint-Euverte, se había visto sostener, como dos cariátides, su insegura techumbre, en los últimos años ya sólo se distinguía — mezcladas con la alta sociedad— a dos personas heterogéneas: la anciana Sra. de Cambremer y la esposa — de voz muy bella— de un arquitecto, a quien se veían obligados con frecuencia a pedir que cantara, pero, como ya no conocían a nadie en casa de la Sra. de Saint-Euverte, añoraban a sus compañeras perdidas y notaban que molestaban, parecían estar a punto de morir de frío, como dos golondrinas que no han emigrado a tiempo, conque el año siguiente no fueron invitadas; la Sra. de Franquetot probó a hacer una gestión en pro de su prima, que tanto gustaba de la música, pero, como no pudo obtener una respuesta más explícita que estas palabras: «Pero, ¡si siempre se puede entrar a escuchar música, si le divierte! ¡No es ningún delito!», la Sra. de Cambremer no consideró la invitación lo bastante acuciante y se abstuvo.

Tras semejante transmutación, llevada a cabo por la Sra. de Saint-Euverte, de un salón de leprosos en otro de grandes señoras — la última forma en apariencia ultraelegante, que había adoptado— , podía asombrar que, el día siguiente de la fiesta más brillante de la temporada, la anfitriona hubiese tenido necesidad de acudir la víspera a dirigir un llamamiento supremo a sus tropas, pero es que la preeminencia del salón Saint-Euverte existía sólo para aquellos cuya vida mundana consiste sólo en leer la crónica de las reuniones vespertinas y las veladas, en Le Gaulois o Le Figaro, sin haber ido nunca a una de ellas. A esos mundanos que sólo ven la alta sociedad en el periódico, la enumeración de las embajadoras de Inglaterra, Austria, etcétera, de las duquesa de Uzès, de La Trémoille, etcétera, etcétera, bastaba para que imaginaran de buen grado el salón Saint-Euverte como el primero de París, cuando, en realidad, era uno de los últimos. No es que las crónicas mintiesen. La mayoría de las personas citadas habían estado, en efecto, presentes, pero todas ellas habían acudido como resultado de imploraciones, cortesías, favores y con la sensación de honrar infinitamente a la Sra. de Saint-Euverte. Semejantes salones, menos solicitados que rehuidos y a los que se acude — por decirlo así— por compromiso, sólo hacen ilusión a las lectoras de «Ecos de sociedad». Las trae sin cuidado una fiesta, en verdad elegante, en la que la señora de la casa, pudiendo contar con todas las duquesas, quienes se consumen de ganas de estar «entre los elegidos», sólo se lo pide a dos o tres y no encarga la mención del nombre de sus invitados en el periódico. Por eso, esas mujeres, desconocedoras o desdeñosas del poder que ha adquirido ahora la publicidad, son elegantes para la reina de España, pero desconocidas de la multitud, porque la primera sabe y la segunda ignora quiénes son.

La Sra. de Saint-Euverte no era una de esas mujeres y, como buena cosechadora que era, acudía a recoger para el día siguiente a todos los invitados. El Sr. de Charlus no era uno de ellos, siempre se había negado a ir a su casa, pero estaba enemistado con tantas personas, que la Sra. de Saint-Euverte podía atribuirlo a su carácter.

Cierto es que, si sólo hubiera estado allí Oriane, la Sra. de Saint-Euverte podría no haberse molestado, ya que la invitación había sido de viva voz y, por lo demás, había sido aceptada con esa encantadora gracia engañosa en cuyo ejercicio triunfan esos académicos de quienes el candidato se despide conmovido y sin abrigar la menor duda de que puede contar con su voto, pero no estaba sólo ella. ¿Acudiría el príncipe de Agrigento? ¿Y la Sra. de Durfort? Conque, para estar sobre aviso, la Sra. de Saint-Euverte había considerado más oportuno trasladarse ella misma; insinuante con unos, imperativa con otros, para todos anunciaba, con indirectas, diversiones inimaginables e irrepetibles y la promesa de encontrar, seguro, en su casa a la persona que deseaban — o al personaje que necesitaban— conocer y esa clase de función con la que estaba investida — como ciertas magistraturas del mundo antiguo— de ser una vez al año quien daría el día siguiente el garden-party más considerable de la temporada le confería una autoridad momentánea. Ya estaban hechas y concluidas sus listas, por lo que, mientras recorría despacito los salones de la princesa para verter sucesivamente en todos los oídos: «No me olvidará usted mañana», tenía la gloria efímera de desviar los ojos sin dejar de sonreír, si veía de pronto a un petardo a quien evitar o a algún hidalgüelo cuya admisión en casa de «Gilbert» se debía a una camaradería colegial y cuya presencia en su garden-party nada aportaría. Prefería no hablarle para poder decir después: «Hice las invitaciones verbalmente y, por desgracia, no lo vi a usted». Así, ella — una simple Saint-Euverte— hacía con sus fisgones ojos una «selección» entre los asistentes a la velada de la princesa y, al actuar así, se creía una verdadera duquesa de Guermantes.

Conviene decir que ésta tampoco gozaba tanto como se podría creer de libertad para saludar y sonreír. Por una parte, cuando se negaba a hacerlo, era sin duda voluntariamente: «Es que me fastidia esa mujer», decía. «¿Es que voy a verme obligada a pasarme una hora hablándole de su velada?».

Se vio pasar a una duquesa muy morena a la que su fealdad y su estupidez y ciertos deslices de conducta habían exiliado — no de la sociedad, sino— de ciertas intimidades elegantes. «¡Ah!», susurró la Sra. de Guermantes, con el vistazo exacto y desengañado de un entendido al que muestran una joya falsa. «¡Que reciban a alguien así aquí!». Con el simple espectáculo de la señora medio tarada y cuyo rostro estaba cubierto de granos con pelos negros, la Sra. de Guermantes estimaba el mediocre valor de aquella velada. Se había criado — pero había cesado toda relación— con aquella señora; respondió a su saludo con una simple señal de la cabeza de lo más seca. «No comprendo», me dijo, como para disculparse, «que Marie-Gilbert nos invite junto con toda esta hez. Se puede decir que la hay aquí de todos los pelajes. Estaba mucho mejor organizado en casa de Mélanie Pourtalès. Podía tener al Santo Sínodo y el templo del Oratorio, si le placía, pero al menos no nos hacía acudir esos días». Pero, en el caso de muchos, era por timidez, miedo a que hiciera una escena su marido, quien no quería que recibiese a artistas, etcétera («Marie-Gilbert» protegía a muchos de ellos, había que tener cuidado para no ser abordado por alguna ilustre cantante alemana, por cierto miedo también en relación con el nacionalismo, que — como representante, junto con el Sr. de Charlus, del espíritu de los Guermantes— despreciaba desde el punto de vista mundano (ahora hacían pasar — para glorificar al Estado Mayor— a un general plebeyo por delante de ciertos duques), pero a quien — como sabía que no la consideraban bienpensante— hacía, sin embargo, grandes concesiones, hasta el extremo de temer haber de dar la mano a Swann en aquel medio antisemita. A ese respecto, no tardó en tranquilizarse, tras enterarse de que el príncipe no había dejado entrar a Swann y había tenido con él «como un altercado». No corría el riesgo de conversar en público con el «pobre Charles», a quien prefería querer en privado.

«Y esa otra, ¿quién es?», exclamó la Sra. de Guermantes, al ver a una señora con expresión un poco extraña, con un vestido negro tan sencillo, que parecía una desdichada, hacerle — así como a su marido— un gran saludo. No la reconoció y, como era capaz de semejantes insolencias, se irguió, como ofendida, y miró sin responder: «Pero, ¿quién es esa persona, Basin?», preguntó con expresión de asombro, mientras el Sr. de Guermantes, para reparar la descortesía de Oriane, saludaba a la señora y estrechaba la mano a su marido. «Pues la Sra. de Chaussepierre y has estado muy descortés». «No sé qué es eso de Chaussepierre». «El sobrino de la anciana tía Chanlivault». «No conozco nada semejante. ¿Quién es la mujer? ¿Por qué me saluda?». «Pero, si no puedes conocerla mejor: es la hija de la Sra. de Charleval, Henriette Montmorency». «¡Ah! Pero si conocí muy bien a su madre: era encantadora, muy ingeniosa. ¿Por qué se casó con toda esa gente a la que no conozco? ¿Y dices que se llama Sra. de Chaussepierre?», dijo deletreando esa palabra con expresión interrogativa y como si temiera equivocarse. El duque le lanzó una mirada dura. «¡No es tan ridículo como pareces considerarlo llamarse Chaussepierre! El viejo Chaussepierre era el hermano de la Charleval, antes citada, de la Sra. de Sennencoury de la vizcondesa de Merlerault. Son personas estupendas». «¡Ah! Basta», exclamó la duquesa, que, como una domadora, no quería parecer nunca dejarse intimidar por las miradas devoradoras de la fiera. «Basin, ¡cómo me alegras la vida! No sé adónde has ido a buscar esos nombres, pero te he hecho todos mis cumplidos. Si bien ignoraba a Chaussepierre, he leído a Balzac, no eres tú el único que lo ha hecho, e incluso he leído a Labiche. Aprecio a Chanlivault, no odio a Charleval, pero confieso que Du Merlerault es la obra maestra. Por lo demás, hemos de reconocer que Chaussepierre tampoco está mal. Has coleccionado todo eso, no es posible. Usted, que quiere escribir un libro», me dijo, «debería recordar a Charleval y Du Merlerault. No encontrará nada mejor». «Lo que le pasará es que lo procesarán, sencillamente; le das muy malos consejos, Oriane». «Espero por su bien que tenga a su disposición a personas más jóvenes, si desea pedir malos consejos, y sobre todo que los siga, pero, ¡el único mal que quiere hacer es un libro!». Bastante lejos de nosotros, una joven maravillosa y altiva destacaba con un vestido blanco, de tul y cubierto de diamantes. La Sra. de Guermantes, que hablaba delante de todo un grupo imantado por su gracia, la miró. «Tu hermana es en todas partes la más hermosa; está encantadora esta noche», dijo, al tiempo que cogía una silla, al príncipe de Chimay, que pasaba. El coronel de Froberville, cuyo tío era el general del mismo nombre, vino a sentarse junto a nosotros, así como el Sr. de Bréauté, mientras que el Sr. de Vaugoubert volvía contoneándose — por un exceso de buena educación que conservaba incluso cuando jugaba al tenis, en el que, a fuerza de pedir permisos a personajes antes de alcanzar la pelota, hacía perder el partido inevitablemente a su bando— junto al Sr. de Charlus — hasta entonces casi envuelto por la inmensa falda de la condesa Molé, a quien profesaba admirar sobre todas las mujeres— y por casualidad en el momento en que varios miembros de una nueva misión diplomática en París saludaban al barón. Al ver a un joven secretario de expresión particularmente inteligente, el Sr. de Vaugoubert dedicó al Sr. de Charlus una sonrisa en la que se formulaba visiblemente una sola pregunta. El Sr. de Charlus tal vez habría comprometido voluntariamente a alguien, pero sentirse, él, comprometido por aquella sonrisa procedente de otro y que sólo podía tener un significado, lo exasperó. «No sé absolutamente nada al respecto, le ruego que se guarde sus curiosidades para sus adentros. A mí me dejan más que frío. Por lo demás, en este caso particular, es una metedura de pata de primera por su parte. Ese joven es — lo sé— todo lo contrario». En eso el Sr. de Charlus, irritado por haber sido denunciado por un necio, no decía la verdad. Si el barón hubiera estado en lo cierto, el secretario habría constituido una excepción en aquella embajada. Estaba, en efecto, compuesta de personalidades muy diversas, varias extraordinariamente mediocres, de modo que, si se quería saber cuál había podido ser el motivo de su elección, sólo se podía descubrir su condición de invertidos. Al poner a la cabeza de aquella pequeña Sodoma diplomática a un embajador a quien gustaban, al contrario, las mujeres con una exageración cómica de compadre de revista que hacía maniobrar como Dios manda a su batallón de travestidos, parecían haber obedecido a la ley de los contrastes. Pese a lo que tenía ante sus ojos, no creía en la inversión. Dio prueba inmediata de ello al casar a su hermana con un encargado de negocios a quien consideraba por error un mujeriego. Así, pues, resultó un poco molesto y no tardó en ser substituido por una nueva excelencia que garantizó la homogeneidad del conjunto. Otras embajadas intentaron rivalizar con aquélla, pero no pudieron — como el consurso general del bachillerato, en el que se lo lleva siempre determinado instituto— disputarle el premio y hubieron de pasar más de diez años antes de que, tras introducirse agregados heterogéneos en aquel todo tan perfecto, otra pudiera por fin arrancarle la funesta palma y avanzar en cabeza.

La Sra. de Guermantes, aliviada del miedo a tener que hablar con Swann, ya sólo sentía curiosidad por la conversación que éste había mantenido con el señor de la casa. «¿Sabe usted de qué han hablado?», preguntó el duque al Sr. de Bréauté. «He oído decir», respondió éste, «que ha sido sobre un pequeño acto que el escritor Bergotte había mandado representar en su casa. Fue encantador, por lo demás, pero parece ser que el actor se caracterizó de Gilbert, a quien, por lo demás, el señor Bergotte deseaba, en efecto, representar». «¡Hombre! Me habría divertido ver remedar a Gilbert», dijo la duquesa sonriendo, soñadora. «Por esa pequeña representación», prosiguió el Sr. de Bréauté, al tiempo que adelantaba su mandíbula de roedor, «ha pedido explicaciones Gilbert a Swann, quien se ha contentado con responder, cosa que a todo el mundo ha parecido muy ingeniosa: “Pero, ¡qué va! No se le parece a usted en nada. ¡Usted es mucho más ridículo!”. Por lo demás», prosiguió el Sr. de Bréauté, «esa obrita era encantadora. La Sra. Molé estaba presente y se divirtió muchísimo». «¿Cómo? ¿La Sra. Molé va allí?», dijo la duquesa asombrada. «¡Ah! Parece ser incluso que fue Mémé quien lo organizó. Es lo que acaba ocurriendo siempre con esos lugares. Un buen día empieza a ir todo el mundo y yo, que me he excluido voluntariamente por principio, me encuentro sola aburriéndome en un rincón». Desde que el Sr. de Bréauté le había hecho aquel relato, la duquesa de Guermantes había como adoptado — ya que no sobre el salón de Swann, al menos sobre la hipótesis de ver a Swann al cabo de un instante— un nuevo punto de vista. «La explicación que nos da usted», dijo el Sr. de Bréauté al coronel de Froberville, «es totalmente inventada. Tengo mis razones para saberlo. El príncipe se ha limitado a soltar un exabrupto a Swann y le ha hecho saber, como decían nuestros padres, que no debía volver a aparecer por su casa, dadas las opiniones que pregona y, en mi opinión, mi tío Gilbert no sólo ha tenido mil veces razón de hacerlo, sino que, además, debería haber cortado hace más de seis meses con un dreyfusista notorio».

El pobre Sr. de Vaugoubert, quien de jugador de tenis demasiado calmoso había pasado a ser aquella vez una inerte pelota de tenis, a su vez, lanzada con consideración, se vio proyectado hacia la duquesa de Guermantes, a quien presentó sus honores. Recibió una acogida bastante mala, pues Oriane estaba convencida de que todos los diplomáticos — o políticos— de su mundo eran unos memos.

El Sr. de Froberville se había beneficiado, lógicamente, de la situación de favor que desde hacía poco se reservaba a los militares en la sociedad. Por desgracia, si bien la mujer con quien se había casado era una pariente muy auténtica de los Guermantes, era también extraordinariamente pobre y, como él mismo había perdido su fortuna, apenas mantenían relaciones y eran personas a las que dejaba de lado, exceptuadas las grandes ocasiones, cuando tenían la suerte de perder a un pariente o de casarse con él. Entonces formaban parte de verdad de la comunión de la alta sociedad, como los católicos de nombre que sólo se acercan a la Santa Mesa una vez al año. Su situación material habría sido desdichada incluso si la Sra. de Saint-Euverte, fiel al afecto que había sentido por el difunto general de Froberville, no hubiera ayudado de todas las formas posibles al matrimonio, regalando ropa y distracciones a las dos niñas, pero el coronel, considerado buena persona, no tenía un alma agradecida. Envidiaba los esplendores de una benefactora que los celebraba, a su vez, sin tregua y sin medida. El garden-party anual era para él, su mujer y sus hijas un placer maravilloso que no habrían querido perderse por todo el oro del mundo, pero un placer envenenado por la idea de los gozos de orgullo que obtenía con ello la Sra. de Saint-Euverte. El anuncio de dicho garden-party en los periódicos, que después, tras un relato detallado, añadían, maquiavélicamente: «Ya volveremos a hablar de esa hermosa fiesta», los detalles complementarios de los vestuarios, ofrecidos varios días seguidos, dolían tanto a los Froberville, que ellos, bastante privados de placeres y sabedores de que podían contar con el de aquella reunión vespertina, llegaban todos los años a desear que el mal tiempo empañara su éxito, a consultar el barómetro y a anticipar, encantados, las primicias de una tormenta que pudiera arruinar la fiesta.

«No voy a discutir de política con usted, Froberville», dijo el Sr. de Guermantes, «pero, por lo que se refiere a Swann, puedo decir francamente que su conducta para con nosotros ha sido incalificable. Después de que en tiempos lo patrocináramos en nuestra sociedad y también el duque de Chartres, me han dicho que es abiertamente dreyfusista. Nunca me lo habría imaginado en él, un fino sibarita, una mentalidad positiva, un coleccionista, un aficionado a los libros antiguos, miembro del Jockey, hombre rodeado de la consideración general, conocedor de los mejores proveedores, quien nos enviaba el mejor oporto que beber se pueda, un diletante, un padre de familia. ¡Ah! ¡Qué engañado me he sentido! No hablo de mí, reconozco que soy un viejo idiota, cuya opinión no cuenta, un desarrapado en cierto modo, pero, aunque sólo hubiera sido por Oriane, no debería haberlo hecho, debería haber desautorizado abiertamente a los judíos y a los sectarios del condenado».

«Sí, después de las muestras de amistad que siempre le ha dado mi mujer», prosiguió el duque, quien consideraba, evidentemente, que condenar a Dreyfus por alta traición, fuera cual fuese la opinión que él tuviera en su fuero interno sobre su culpabilidad, constituía como una prueba de gratitud por la acogida recibida en el Faubourg Saint-Germain, «debería haberse desolarizado, pues Oriane — pregúntenselo a ella— sentía auténtica amistad por él». La duquesa, pensando que un tono ingenuo y tranquilo daría un valor más dramático y sincero a sus palabras, dijo con voz de colegial, como dejando salir simplemente la verdad de su boca y dando sólo a sus ojos una expresión un poco melancólica: «Pues es verdad, ¡no tengo ninguna razón para ocultar que sentía un afecto sincero por Charles!». «¿Ve? No es que lo diga yo y, después de eso, ¡lleva la ingratitud hasta el extremo de ser dreyfusista!».

«A propósito de dreyfusistas», dije yo, «parece ser que el príncipe Von lo es». «¡Ah! Hace usted bien en hablarme de él», exclamó el Sr. de Guermantes, «iba a olvidar que me expresó su deseo de venir el lunes, pero que sea dreyfusista o no me da completamente igual, puesto que es extranjero. Me importa un comino. En el caso de un francés es distinto. Cierto es que Swann es judío, pero hasta hoy mismo — discúlpeme, Froberville— yo había tenido la debilidad de creer que un judío podía ser francés, me refiero a un judío honorable, hombre de mundo. Ahora bien, Swann lo era con toda la fuerza de esa palabra. Pues bien, me obliga a reconocer que me había equivocado, ya que toma partido por ese Dreyfus — quien, culpable o no, en modo alguno forma parte de su medio y al que nunca había llegado a conocer— contra una sociedad que lo había adoptado, lo había tratado como a uno de los suyos. Se diga lo que se diga, todos habíamos salido garantes de Swann, yo habría respondido de su patriotismo como del mío. ¡Ah! ¡Qué mal nos ha recompensado! Confieso que nunca me habría esperado eso de él. Lo consideraba mejor. Tenía ingenio (en su género, naturalmente). Sé perfectamente que ya había cometido la sandez de su vergonzoso matrimonio. Hombre, ¿sabe usted a quién dolió mucho el matrimonio de Swann? A mi mujer. Oriane tiene a menudo lo que me gustaría llamar una apariencia de insensibilidad, pero, en el fondo, siente con una fuerza extraordinaria». La Sra. de Guermantes, encantada con aquel análisis de su carácter, lo escuchaba con expresión modesta, pero no decía palabra, por escrúpulo de asentir al elogio, sobre todo por miedo a interrumpirlo. Si el Sr. de Guermantes hubiera hablado una hora al respecto, ella se habría movido aún menos que si le hubiesen interpretado música. «Pues bien, recuerdo que, cuando se enteró de la boda de Swann, se sintió herida: le pareció que estaba mal en alguien a quien habíamos dado tantas muestras de amistad. Quería mucho a Swann; sintió mucha pena. ¿Verdad, Oriane?». La Sra. de Guermantes consideró oportuno responder a una interpelación tan directa, sobre un detalle que le permitiría, sin parecerlo, confirmar las alabanzas, que le parecían haber concluido. Con tono tímido y sencillo y expresión tanto más estudiada cuanto que quería presentarla como «sentida», dijo con dulzura reservada: «Es verdad. Basin no se equivoca». «Y, sin embargo, aún no era lo mismo. ¡Qué le vamos a hacer! El amor es el amor, aunque, en mi opinión, no debe traspasar ciertos límites. Todavía a un joven, a un chiquillo, que se deja entusiasmar por las utopías, lo disculparía, pero Swann, hombre inteligente, de una delicadeza demostrada, fino entendido en cuadros, familiar del duque de Chartres, ¡del propio Gilbert!». Por lo demás, el tono con el que el Sr. de Guermantes decía aquellas palabras era de lo más simpático, sin sombra de la vulgaridad de que daba muestras con demasiada frecuencia. Hablaba con una tristeza ligeramente indignada, pero todo en él respiraba esa gravedad suave que constituye el encanto melifluo y magnífico de ciertos personajes de Rembrandt, el burgomaestre Seis, por ejemplo. Se notaba que la cuestión del comportamiento de Swann en relación con el caso Dreyfus ni siquiera se planteaba para el duque, pues cabían pocas dudas al respecto; sentía la aflicción de un padre, al ver a uno de sus hijos, por cuya educación ha hecho los mayores sacrificios, arruinar voluntariamente la magnífica situación que le ha brindado y deshonrar — mediante calaveradas que los principios o los prejuicios de la familia no pueden admitir— un nombre respetado. Cierto es que el Sr. de Guermantes no había manifestado en el pasado un asombro tan profundo y doloroso, cuando se había enterado de que Saint-Loup era dreyfusista, pero, para empezar, consideraba a su sobrino un joven descarriado y en quien, hasta que se hubiese enmendado, nada podía extrañar, mientras que Swann era lo que el Sr. de Guermantes llamaba «un hombre ponderado, un hombre con una posición de primer orden». Además y sobre todo, había pasado mucho tiempo durante el cual, si bien, desde el punto de vista histórico, los acontecimientos parecían haber justificado en parte la tesis dreyfusista, la oposición antidreyfusista había intensificado su violencia y de puramente política en un principio había pasado a ser social. Ahora era una cuestión de militarismo, de patriotismo, y las olas de cólera alzadas en la sociedad habían tenido tiempo de cobrar esa fuerza que nunca han tenido al comienzo de una tempestad. «Miren», prosiguió el Sr. de Guermantes, «incluso desde el punto de vista de sus queridos judíos, puesto que se empeña en apoyarlos, Swann ha cometido una pifia de un alcance incalculable. Demuestra que están todos unidos en secreto y se ven obligados, en cierto modo, a prestar apoyo a alguien de su raza, aunque no lo conozcan. Es un peligro público. Evidentemente, hemos sido demasiado suaves y la metedura de pata cometida por Swann tendrá tanta mayor resonancia cuanto que era estimado, recibido incluso, y era prácticamente el único judío al que conocíamos. Nos diremos: Ab uno disce omnes». (La satisfacción de haber encontrado en su memoria, en el momento justo, una cita tan oportuna, fue lo único que iluminó con una sonrisa orgullosa la melancolía del gran señor traicionado.)

Yo sentía grandes deseos de saber qué había ocurrido exactamente entre el príncipe y Swann y de ver a este último, en caso de que aún no hubiera abandonado la velada. «He de decirle», me respondió la duquesa, a quien hablé de ese deseo, «que no tengo excesivo interés en verlo, porque, al parecer, por lo que ya me han dicho en casa de la Sra. de Saint-Euverte, le gustaría, antes de morir, que yo conociera a su esposa y a su hija. Dios mío, siento una pena infinita de que esté tan enfermo, pero en primer lugar espero que no sea tan grave y, además, es que no es una razón, porque sería demasiado fácil, la verdad. A un escritor sin talento le bastaría decir: “Vótenme para la Academia, porque mi esposa está a punto de morir y quiero darle esa última alegría”. Si hubiera que conocer a todos los moribundos, dejaría de haber salones. Mi cochero podría deducir: “Mi hija está muy mal, haga que me reciban en casa de la princesa de Parma”. Adoro a Charles y me daría mucha pena tener que denegárselo; por eso, prefiero evitar que me lo pida. Espero con todo mi corazón que no esté moribundo, como dice, pero la verdad es que, si así fuera, no sería el momento adecuado para conocer a esas dos personas que me han privado del más agradable de mis amigos durante quince años y a quienes me legaría, circunstancia que ni siquiera podría yo aprovechar para verlo, ¡puesto que habría muerto!».

Pero el Sr. de Bréauté no había cesado de dar vueltas al mentís que le había infligido el coronel de Froberville. «No dudo de la exactitud de su relato, mi querido amigo», dijo, «pero el mío era de buena fuente. Me lo había transmitido el príncipe de La Tour d’Auvergne». «Me asombra que un sabio como usted siga diciendo “el príncipe de La Tour d’Auvergne”», interrumpió el duque de Guermantes. «Como usted sabe, en modo alguno lo es. Ya sólo hay un miembro de esa familia. Es el tío de Oriane, el duque de Bouillon». «¿El hermano de la Sra. de Villeparisis?», pregunté, al recordar que ésta era una señorita de Bouillon. «Exactamente. Oriane, la Sra. de Lambresac te saluda».

En efecto, se veía de vez en cuando formarse y pasar como una estrella fugaz una débil sonrisa destinada por la duquesa de Lambresac a alguien a quien había reconocido, pero dicha sonrisa — en lugar de concretarse en una afirmación activa, en un lenguaje mudo, pero claro— se ahogaba casi al instante como en un éxtasis ideal que no distinguía nada, mientras que la cabeza se inclinaba en un gesto de bendición beata parecido al que inclina hacia la muchedumbre de los comulgantes a un prelado un poco debilitado. La Sra. de Lambresac no lo era en absoluto, pero yo ya conocía esa clase particular de distinción desusada. En Combray y en París todas las amigas de mi abuela tenían la costumbre de saludar, en una reunión mundana, con una expresión tan seráfica como si hubieran visto a algún conocido en la iglesia, en el momento de la Elevación o durante un entierro y le enviaban un saludo que acababa en oración. Ahora bien, una frase del Sr. de Guermantes iba a completar mi comparación. «Pero usted conoce ya al duque de Bouillon», me dijo el Sr. de Guermantes. «Salía antes de mi biblioteca, cuando ha entrado usted: un señor bajo y muy blanco». Era aquel a quien yo había tomado por un pequeño burgués de Combray y en cuyo parecido con la Sra. de Villeparisis caía yo entonces, pensándolo bien. La similitud de los saludos evanescentes de la duquesa de Lambresac con los de las amigas de mi abuela había empezado a interesarme, al mostrarme que en los medios estrechos y cerrados, ya sean de la pequeña burguesía o de la gran nobleza, persisten los antiguos modales, lo que nos permite, como a un arqueólogo, reconocer cómo podía ser la educación y la parte del alma que refleja en la época del vizconde de Arlincourt y de Loïsa Puget. Ahora la perfecta coincidencia de aspecto entre un pequeño burgués de Combray de su edad y el duque de Bouillon me recordaba mejor — cosa que ya me había sorprendido tanto cuando había visto al abuelo materno de Saint-Loup, el duque de La Rochefoucauld, en un daguerrotipo en el que resultaba idéntico en vestimenta, aspecto y modales a mi tío abuelo— que las diferencias sociales e incluso individuales se funden a distancia en la uniformidad de una época. La verdad es que el parecido de la vestimenta y también la reverberación por el rostro del espíritu de la época ocupan en una persona un lugar hasta tal punto más importante que su casta, la cual sólo ocupa uno grande en el amor propio del interesado y en la imaginación de los demás, que, para darse cuenta de que un gran señor de la época de Luis Felipe es menos diferente de un burgués de la misma época que de un gran señor de la época de Luis XV, no es necesario recurrir a las galerías del Louvre.

En aquel momento, un músico bávaro de gran melena, a quien protegía la princesa de Guermantes, saludó a Oriane. Ésta respondió con una inclinación de la cabeza, pero el duque, furioso al ver a su mujer saludar a alguien a quien él no conocía, que tenía un aspecto singular y, por lo que creía saber el Sr. de Guermantes, muy mala reputación, se volvió hacia ella con expresión interrogativa y terrible, como diciendo: «¿Quién es ese bárbaro?». La situación de la pobre Sra. de Guermantes era ya bastante complicada y, si el músico hubiera tenido un poco de piedad de aquella esposa mártir, se habría alejado a toda prisa, pero — ya fuera por el deseo de no encajar la humillación que acababan de infligirle en público, en medio de los amigos más antiguos del círculo del duque, cuya presencia tal vez hubiera motivado un poco su inclinación silenciosa, y demostrar que había sido a ciencia cierta y no sin conocerla como había saludado a la Sra. de Guermantes u obedeciendo a la obscura e irresistible inspiración de la pifia que lo había movido, en un momento en el que debería haberse fiado de la inteligencia, a aplicar la letra misma del protocolo— el músico se acercó más a la Sra. de Guermantes y le dijo: «Señora duquesa, quisiera solicitar el honor de ser presentado al duque». La Sra. de Guermantes se sentía muy desgraciada, pero en fin, por muy esposa engañada que fuera, no por ello dejaba de ser la duquesa de Guermantes y no podía parecer desprovista de su derecho a presentar a su marido las personas a las que conocía. «Basin», dijo, «permíteme presentarte al Sr. de Herweck». «No voy a preguntarle si irá usted mañana a casa de la Sra. de Saint-Euverte», dijo el coronel de Froberville a la Sra. de Guermantes para disipar la penosa impresión causada por la intempestiva petición del Sr. de Herweck. «A ella asistirá todo París». Entretanto, volviéndose con un solo movimiento y como con una sacudida hacia el músico indiscreto y haciendo frente a la situación, el duque de Guermantes, monumental, mudo, irritado, semejante a Júpiter tonante, se quedó inmóvil así unos segundos, con los ojos encendidos de cólera y asombro y el pelo crespo, como si saliera de un cráter. Luego, como movido por un impulso — lo único que le permitía tener la cortesía que le habían pedido— y después de haber parecido manifestar con su actitud desafiante a toda la concurrencia que no conocía al músico bávaro, cruzando tras la espalda sus dos manos enguantadas de blanco, se volvió hacia delante y asestó al músico un saludo tan profundo, embargado de tal estupefacción y rabia, tan brusco, tan violento, que el artista retrocedió temblando, mientras se inclinaba, para no recibir un tremendo cabezazo en el vientre. «Pues es que precisamente no voy a estar en París», respondió la duquesa al coronel de Froberville. «He de decirle (y no debería confesarlo) que he llegado a la edad que tengo sin conocer las vidrieras de Montfort-l’Amaury. Es vergonzoso, pero así es, conque, para reparar esa ignorancia culpable, me he prometido ir mañana a verlas». El Sr. de Bréauté sonrió, muy fino. En efecto, comprendió que, si la duquesa había podido llegar a su edad sin conocer las vidrieras de Montfort-l’Amaury, aquella visita artística no cobraba de súbito el carácter urgente de una intervención «en caliente» y habría podido sin mayor problema — después de haberla diferido durante más de veinticinco años— aplazarla veinticuatro horas. El proyecto concebido por la duquesa era simplemente el decreto promulgado, al modo de los Guermantes, de que el salón Saint-Euverte no era, desde luego, una casa en verdad digna, sino una a la que te invitaban para adornarse contigo en la crónica de Le Gaulois, una que concedería un sello de suprema elegancia a aquellas a quienes — o, en todo caso, a quien, si sólo era una— no se viese en ella. La delicada diversión del Sr. de Bréauté — acompañada del placer poético sentido por las personas de mundo al ver a la Sra. de Guermantes hacer cosas que su inferior situación no les permitía imitar, pero cuyo simple espectáculo les inspiraba la sonrisa del campesino apegado a su gleba y que ve a hombres más libres y afortunados pasar por encima de su cabeza— no tenía relación alguna con el arrobo disimulado, pero inmenso, que sintió al instante el Sr. de Froberville.

Los esfuerzos que hacía el Sr. de Froberville para que no se oyera su risa lo habían hecho ponerse rojo como un tomate y, aun así, entrecortando sus palabras con ataques de risa, exclamó en tono misericordioso: «¡Oh! Pobre tía Saint-Euverte, ¡va a caer enferma! ¡No! ¡La desdichada no va a tener la compañía de su duquesa! ¡Qué palo! Pero, ¡si es como para palmarla!», añadió, desternillándose. Y, con su embriaguez, no podía por menos de recurrir a los pies y frotarse las manos. Sonriendo con un ojo y una sola comisura de los labios al Sr. de Froberville, cuya amable intención apreciaba, la Sra. de Guermantes acabó decidiéndose a despedirse de él.

«Mire, voy a verme obligada a darle las buenas noches», le dijo, al tiempo que se levantaba con expresión de resignación melancólica y como si fuera para ella una desgracia. Bajo el hechizo de sus azules ojos, su voz, dulcemente musical, recordaba a la queja poética de un hada. «Basin quiere que vaya a ver un poco a Marie». En realidad, estaba harta de oír a Froberville, quien no cesaba de envidiarle que fuera a Montfort-l’Amaury, cuando sabía perfectamente que él oía hablar de aquellas vidrieras por primera vez y que, por otra parte, por nada del mundo habría renunciado a la velada de Saint-Euverte. «Adiós, apenas he hablado con usted, así es en sociedad, no nos vemos, no decimos las cosas que quisiéramos decirnos; por lo demás, en la vida ocurre lo mismo por doquier. Esperemos que después de la muerte esté todo mejor organizado. Al menos no tendremos siempre la necesidad de descotarnos y, aun así, ¿quién sabe? Tal vez exhibamos nuestros huesos y nuestros gusanos para las grandes fiestas. ¿Por qué no? Mire, fíjese en la tía Rampillon, ¿ve usted una gran diferencia entre eso y un esqueleto con vestido abierto? Cierto es que tiene todo el derecho del mundo, pues cuenta al menos cien años. Era ya uno de los monstruos sagrados ante los cuales yo me negaba a inclinarme, cuando entré por primera vez en sociedad. Yo la creía muerta desde hacía mucho, la única explicación, por lo demás, para el espectáculo que nos ofrece. Es impresionante y litúrgico. ¡Es “Camposanto”!». La duquesa se había separado de Froberville; él se le acercó: «Me gustaría decirle unas últimas palabras». Un poco irritada, ella le dijo, altiva: «¡A ver! ¿Qué más?». Y él, temiendo que en el último momento, cambiara de opinión sobre lo de Montfort-l’Amaury, añadió: «No me había atrevido a decírselo para no apenar a la Sra. de Saint-Euverte, pero, puesto que no piensa usted ir, puedo decirle que me alegro por usted, ¡pues en su casa hay sarampión!». «¡Huy, Dios mío!», dijo Oriane, quien tenía miedo a las enfermedades. «Pero a mí no me importa, yo ya lo he pasado. No se puede padecer dos veces». «Eso es lo que dicen los médicos; yo conozco a personas que lo han padecido hasta cuatro veces. En fin, ya está usted avisada». En cuanto a él, habría sido necesario que padeciera de verdad aquel sarampión ficticio y que lo hubiese dejado clavado en la cama para que se resignara a faltar a la fiesta Saint-Euverte, esperada desde hacía meses. ¡Iba a tener el placer de ver en ella tantas elegancias! Y el placer mayor de comprobar algunos fallos y sobre todo el de poder jactarse durante mucho tiempo de haberse relacionado con las primeras y deplorar — exagerándolas o inventándolas— las segundas.

Aproveché que la duquesa cambiaba de lugar para levantarme también y dirigirme al fumadero a informarme sobre Swann. «No crea ni una palabra de lo que ha contado Babal», me dijo aquélla. «La pequeña Molé nunca habría ido a meterse allí. Nos lo dicen para atraernos. No reciben a nadie y en ninguna parte los invitan. Él mismo reconoce: “Nos quedamos solos los dos junto al fuego”. Como siempre dice nosotros, no como el rey, sino para su mujer, no insisto, pero estoy muy bien informada», añadió la duquesa. Ella y yo nos cruzamos con dos jóvenes cuya grande y semejante belleza debía su origen a una misma mujer. Eran los dos hijos de la Sra. de Surgis, la nueva amante del duque de Guermantes. Resplandecían con las perfecciones de su madre, pero cada uno con una diferente. Uno había heredado la real prestancia — ondeante en un cuerpo viril— de la Sra. de Surgis y la misma palidez ardiente, rojiza y sagrada afluía a las mejillas marmóreas de la madre y de ese hijo, pero su hermano había recibido la frente griega, la nariz perfecta, el cuello de estatua, los ojos infinitos; así, su doble belleza, compuesta de presentes diversos que la diosa había repartido, ofrecía el placer abstracto de pensar que su causa estaba fuera de ellos; parecía que los principales atributos de su madre se habían encarnado en dos cuerpos diferentes, que uno de los jóvenes era la estatura de su madre y su cutis y el otro su mirada, como los seres divinos que no eran sino la Fuerza y la Belleza de Júpiter o Minerva. Pese a que abrigaban el mayor respeto por el Sr. de Guermantes, de quien decían: «Es un gran amigo de nuestros padres», el mayor consideró prudente no ir a saludar a la duquesa, cuya enemistad con su madre conocía, tal vez sin comprender el motivo, y, al vernos, apartó la vista ligeramente. El menor, que siempre imitaba a su hermano, porque, por ser estúpido y más miope, no se atrevía a tener una opinión personal, inclinó la cabeza con el mismo ángulo y los dos se escabulleron — uno tras otro, semejantes a dos figuras alegóricas— hacia la sala de juegos.

En el momento de llegar a dicha sala, me detuvo la marquesa de Citri, aún hermosa, pero casi con espuma en los dientes. Por ser de cuna bastante noble, había procurado y conseguido un brillante matrimonio, al casarse con el Sr. de Citri, cuya bisabuela era Aumale-Lorraine, pero, nada más experimentar esa satisfacción, su carácter negativo la había hecho sentir por las personas de la alta sociedad un horror que en absoluto excluía la vida mundana. No sólo se burlaba de todo el mundo en una velada, sino que, además, había en esa burla tal violencia, que la propia risa no era lo bastante áspera y se convertía en un silbido gutural: «¡Ah!», me dijo, al tiempo que me señalaba a la duquesa de Guermantes, quien acababa de separarse de mí y ya estaba un poco lejos, «lo que me asombra es que pueda llevar esa vida». ¿Eran las palabras de una santa furibunda, a quien extrañaba que los gentiles no llegaran por sí solos a la verdad o de una anarquista con deseos de carnicería? En todo caso, aquel apóstrofe carecía de la menor justificación. En primer lugar, la «vida que llevaba» la Sra. de Guermantes difería muy poco — exceptuada la indignación— de la suya. La Sra. de Citri estaba estupefacta de ver a la duquesa capaz de aquel sacrificio mortal: asistir a una velada de Marie-Gilbert. Conviene decir en este caso particular que la Sra. de Citri apreciaba mucho a la princesa, quien era, en efecto, muy buena, y sabía que, al asistir a su velada, le agradaba mucho. Por eso, había anulado — para acudir a aquella fiesta— la visita de una bailarina a quien consideraba genial y que iba a iniciarla en los misterios de la coreografía rusa. Otra razón que restaba algo de valor a la rabia reconcentrada que sentía la Sra. de Citri, al ver a Oriane saludar a tal o cual invitado, era la de que la Sra. de Guermantes, aunque en un estado mucho menos avanzado, presentaba los síntomas del mal que devastaba a la Sra. de Citri. Por lo demás, ya hemos visto que portaba los gérmenes desde el nacimiento. El caso es que la Sra. de Guermantes, más inteligente que la Sra. de Citri, habría tenido más derecho a aquel nihilismo — que no era exclusivamente mundano— , pero es cierto que algunas cualidades — más que contribuir a hacernos padecer los defectos del prójimo— ayudan a soportarlos y un hombre de gran talento prestará, por lo general, menos atención que un necio a la necedad del prójimo. Ya hemos descrito bastante por extenso la clase de talento de la duquesa para convencer, que, si bien nada tenía en común con una gran inteligencia, era al menos talento, el necesario para utilizar — como un traductor— diferentes formas de sintaxis. Ahora bien, nada semejante parecía calificar a la Sra. de Citri para despreciar cualidades tan semejantes a las suyas. Todo el mundo le parecía idiota, pero en su conversación, en sus cartas, ella se mostraba más bien inferior a las personas a quienes con tanto desdén trataba. Tenía, por lo demás, tal necesidad de destrucción, que, cuando hubo renunciado más o menos al mundo, los placeres que buscó sufrieron uno tras otro su terrible poder disolvente. Tras haber substituido las veladas por sesiones de música de cámara, empezó a decir: «¿Le gusta a usted oír eso? ¿La música? ¡Huy, Dios mío! Depende de los momentos, pero, ¡qué aburrido puede llegar a ser! ¡Ah! Beethoven, ¡qué lata!». En el caso de Wagner y después de Frank, de Debussy, ni siquiera se tomaba la molestia de decir: «¡Qué lata!», sino que se contentaba con pasarse la mano por la cara como un barbero. Pronto lo aburrido lo fue todo. «¡Son tan aburridas las cosas hermosas! ¡Ah! Los cuadros es que ya te vuelven loco. ¡Qué razón tiene usted! ¡Es tan aburrido escribir cartas!». Al final lo que nos declaró pesada fue la vida misma, sin que supiéramos exactamente con qué la comparaba.

No sé si fue por lo que la duquesa de Guermantes había dicho, la primera noche en que yo había cenado en su casa, de ella, pero la sala de juegos o fumadero — con su pavimento ilustrado, sus trípodes, sus figuras de dioses y animales que te miraban, las esfinges tendidas en los brazos de los sillones y sobre todo la inmensa mesa de mármol o de mosaico esmaltado, cubierta de signos simbólicos más o menos imitados del arte etrusco o egipcio— dio la impresión de una cámara mágica. Ahora bien, en un asiento cercano a la centelleante y augural mesa, el Sr. de Charlus, sin tocar ninguna carta, insensible ante lo que pasaba a su alrededor, incapaz de advertir que acababa yo de entrar, parecía, por su parte, precisamente un mago aplicando toda la potencia de su voluntad y su razonamiento a la interpretación de un horóscopo. No sólo los ojos — como a una pitia sobre su trípode— se le salían de la cara, sino que, además, para que nadie fuera a distraerlo de tareas que exigían el cese de los movimientos más simples, había situado junto a sí — como un calculador que no quiere hacer nada más, mientras no haya resuelto su problema— el puro que un poco antes tenía en la boca y ya no tenía la libertad mental necesaria para fumarse. Al advertir las dos divinidades en cuclillas que tenía en sus brazos el sillón situado delante de él, se podía haber creído que el barón estaba intentando descubrir el enigma de la Esfinge, en caso de que no hubiera sido el de un Edipo joven y vivo, sentado precisamente en dicho sillón, en el que se había instalado para jugar. Ahora bien, el rostro al que el Sr. de Charlus aplicaba con tanta concentración todas sus facultades mentales y que no era, a decir verdad, de los que se estudian por lo general more geométrico era el que le proponían las líneas del rostro del joven marqués de Surgis; parecía ser — de tan profundamente absorto como estaba el Sr. de Charlus ante él— alguna palabra romboidal, alguna adivinanza, algún problema de álgebra cuyo enigma o cuya fórmula estuviera intentando aclarar u obtener, respectivamente. Delante de él los signos sibilinos y las figuras inscritas en aquella tabla de la ley parecían el libro mágico que iba a permitir al viejo brujo saber en qué sentido se orientaban los destinos del joven. De repente, se dio cuenta de que yo estaba mirándolo, levantó la cabeza como si saliera de un sueño y me sonrió, al tiempo que enrojecía. En aquel momento, el otro hijo de la Sra. de Surgis se acercó al que jugaba para mirar sus cartas. Cuando el Sr. de Charlus se hubo enterado por mí de que eran hermanos, su rostro no pudo disimular la admiración que le inspiraba una familia creadora de obras maestras tan espléndidas y diferentes y lo que habría aumentado el entusiasmo del barón habría sido enterarse de que los dos hijos de la Sra. de Surgis-le-Duc no sólo eran de la misma madre, sino también del mismo padre. Los hijos de Júpiter son desemejantes, pero se debe a que se casó primero con Metis, en cuyo destino estaba escrito que daría a luz a niños juiciosos, después con Temis y luego con Eurrínome, Mnemósine y Letona y sólo al final con Juno, mientras que con un solo padre la Sra. de Surgis había engendrado a dos hijos que habían recibido bellezas de ella, pero diferentes.

Por fin tuve el placer de que Swann entrara en aquella sala, que era muy grande, de modo que al principio no me vio: placer mezclado con tristeza, una tristeza que tal vez no sintieran los demás invitados, sino que en ellos consistía en esa como fascinación que ejercen las formas inesperadas y singulares de una muerte próxima, de una muerte que se lleva ya — como se dice en el lenguaje popular— en la cara y, con una estupefacción casi descortés, en la que intervenía una curiosidad indiscreta, crueldad, un autoexamen a un tiempo tranquilo y preocupado — mezcla a la vez de suave mari magno y de memento quia pulvis, habría dicho Robert— , todas las caras se clavaron en aquel rostro cuyas mejillas había roído tanto la enfermedad, como una Luna decreciente, que, salvo desde cierto ángulo, aquel desde el que seguramente se miraba Swann, quedaban reducidas, como un decorado inconsistente al que sólo una ilusión óptica puede añadir la apariencia de espesor. Ya fuera por la ausencia de aquellas mejillas, que ya no estaban para disminuirlo, o porque la arteriosclerosis, que es también una intoxicación, la enrojeciera, como lo habría hecho la bebida excesiva, o la deformara, como lo habría hecho la morfina, la nariz de Polichinela de Swann, durante mucho tiempo disimulada en un rostro agradable, parecía ahora enorme, tumefacta, carmesí, más la de un viejo hebreo que la de un curioso Valois. Por lo demás, tal vez en aquellos días la raza hiciera reaparecer en él — más acusado— el tipo físico que la caracteriza, al tiempo que el sentimiento de una solidaridad moral con los demás judíos, que Swann parecía haber olvidado durante toda su vida y que la enfermedad mortal, el caso Dreyfus, la propaganda antisemita — injertadas unas en otras— habían despertado. Hay ciertos israelitas, pese a ser muy finos y delicadamente mundanos, en quienes permanecen en reserva y entre bastidores — para hacer su entrada en un momento determinado de su vida, como en una obra de teatro— un patán y un profeta. Swann había llegado a la edad del profeta. Cierto es que con su rostro, en el que, por la acción de la enfermedad, segmentos enteros habían desaparecido como en un bloque de hielo que se funde y del que se han desprendido trozos enteros, había cambiado mucho, pero yo no podía por menos de asombrarme de lo que había cambiado en relación conmigo. No lograba yo entender cómo había podido envolver en tiempos a aquel hombre excelente, culto, a quien en modo alguno me molestaba ver, en un misterio tal, que su aparición en los Campos Elíseos me disparaba el corazón hasta el punto de que me daba vergüenza acercarme a su esclavina forrada de seda y, a la puerta del piso en que vivía semejante persona, no podía llamar al timbre sin ser presa de una turbación y un espanto infinitos; todo aquello había desaparecido no sólo de su morada, sino también de su persona y la idea de charlar con él podía resultarme agradable o no, pero en nada afectaba a mi sistema nervioso.

Y, además, ¡cuánto había cambiado desde aquella tarde misma en que lo había yo visto — en una palabra, unas horas antes— en el despacho del duque de Guermantes! ¿Habría tenido en verdad una escena con el príncipe que lo hubiese descompuesto? La suposición no era necesaria. Los menores esfuerzos que se exigen a quien está muy enfermo no tardan en llegar a ser un agotamiento excesivo. Por poco que se lo exponga — ya cansado— al calor de una velada, su semblante se descompone y se azulea, como una pera demasiado madura en menos de un día o leche a punto de agriarse. Además, la cabellera de Swann raleaba en algunos puntos y, como decía la Sra. de Guermantes, necesitaba un peletero, parecía alcanforada y, además, mal. Iba yo a cruzar el fumadero y hablar a Swann, cuando una mano cayó, por desgracia, sobre mi hombro: «Hola, majo, voy a estar en París cuarenta y ocho horas. He pasado por tu casa y me han dicho que estabas aquí, conque a ti debe mi tía el honor de mi presencia en su fiesta». Era Saint-Loup. Le dije cuán hermosa me parecía aquella morada. «Sí, resulta en gran medida como un monumento histórico. A mí me parece bastante pesada. No nos pongamos cerca de mi tío Palamède, no vaya a atraparnos. Como la Sra. Molé — pues es ella la que se lleva la palma ahora— acaba de marcharse, está totalmente desamparado. Al parecer, ha sido un verdadero espectáculo, no se ha separado de ella ni un paso, no se ha despegado de ella hasta que la ha tenido dentro del coche. No se lo reprocho a mi tío: sólo, que me parece curioso que mi consejo de familia, que siempre se ha mostrado tan severo conmigo, esté compuesto precisamente por los parientes que han sido más juerguistas, empezando por el mayor de todos, mi tío Charlus, quien es mi tutor subrogado y ha tenido tantas mujeres como don Juan y a su edad no cesa. En cierto momento hablaron de nombrarme un consejo judicial. Creo que, cuando todos esos viejos verdes se reunían para examinar el asunto y me convocaban para sermonearme y decirme que hacía sufrir a mi madre, no debían de poder mirarse sin reírse». Dejando aparte al Sr. de Charlus, respecto del cual el asombro de mi amigo no me parecía más justificado, pero por otras razones que iban a modificarse, por lo demás, más adelante en mí, Robert se equivocaba mucho al considerar extraordinario que unos parientes que habían hecho locuras o seguían haciéndolas dieran lecciones de formalidad a un joven.

Aun cuando el atavismo, los parecidos familiares, sean los únicos factores, es inevitable que el tío que hace la amonestación tenga más o menos los mismos defectos que el sobrino a quien le han encargado regañar. Por lo demás, el tío — engañado, como está, por la capacidad de los hombres para creer en cada nueva circunstancia que se trata de «otra cosa» y que les permite adoptar errores artísticos, políticos, etcétera, sin advertir que son los mismos que tomaron por verdades, hace diez años, a propósito de otra escuela de pintura que condenaban, de otro caso político que merecía, a su juicio, su odio, de los que se han retractado y que abrazan sin reconocerlos con un nuevo disfraz— no adolece en modo alguno de hipocresía. Por lo demás, aun cuando las faltas del tío sean diferentes de las del sobrino, no por ello puede la herencia dejar de ser en cierta medida su ley causal, pues el efecto no se parece siempre a la causa, como la copia al original, y, aun cuando las faltas del tío sean peores, puede perfectamente considerarlas menos graves.

Cuando el Sr. de Charlus acababa de hacer amonestaciones indignadas a Robert, quien no conocía, por lo demás, los gustos verdaderos de su tío en aquella época, y aun cuando hubiera sido aquella en la que el barón mancillaba sus propios gustos, éste habría podido perfectamente ser sincero al considerar, desde el punto de vista del hombre de mundo, que Robert era infinitamente más culpable que él. ¿Acaso no había estado Robert a punto — en el momento en que habían encargado a su tío hacerlo entrar en razón— de ser condenado al ostracismo por su sociedad? ¿Acaso no había faltado poco para que fuera derrotado en el Jockey? ¿Acaso no era objeto de mofa por los insensatos gastos que tenía con una mujer de la peor condición, por sus amistades con personas — autores, actores, judíos— ninguna de las cuales era de su mundo, por sus opiniones, que no se diferenciaban de las de los traidores, por el dolor que causaba a todos los suyos? ¿En qué podía compararse aquella vida escandalosa con la del Sr. de Charlus, quien había sabido hasta entonces no sólo conservar, sino también engrandecer su situación de Guermantes, al ser en la sociedad una persona absolutamente privilegiada, solicitada, adulada por los círculos más selectos, y, tras casarse con una princesa de Borbón, mujer eminente, había sabido hacerla feliz, había rendido a su memoria un culto más ferviente, más asiduo, de lo que se acostumbra en la alta sociedad y había sido, así, tan buen marido como hijo?

«Pero, ¿estás seguro de que el Sr. de Charlus ha tenido tantas amantes?», le pregunté, no, desde luego, con la doble intención de revelar a Robert el secreto que había descubierto, pero, aun así, irritado al oírlo sostener un error con tanta certidumbre y suficiencia. Se contentó con encogerse de hombros en respuesta a lo que consideraba ingenuidad por mi parte. «Pero, por lo demás, no se lo reprocho, me parece que tiene toda la razón». Y empezó a esbozarme una teoría que le habría horrorizado en Balbec (donde no se contentaba con reprobar a los seductores, pues la muerte le parecía el único castigo proporcionado con el crimen). Es que entonces aún estaba enamorado y celoso. Llegó hasta el extremo de hacerme el elogio de las casas de citas. «Sólo en ellas encontramos la horma de nuestro zapato, lo que en el cuartel llamamos el gálibo». Ya no sentía por esa clase de lugares el asco que lo había embargado en Balbec, cuando yo me había referido a ellos, y, al oírlo hablar ahora, le dije que Bloch me los había dado a conocer, pero Robert me respondió que aquella a la que iba Bloch debía de ser «de lo más pobretona, el paraíso del pobre». «Al fin y al cabo, depende: ¿dónde estaba?». Yo no precisé, pues recordé que allí era, en efecto, donde por un luis se entregaba aquella Rachel a quien Robert tanto había amado. «En todo caso, te daré a conocer otras mucho mejores, a las que van mujeres colosales». Al oírme expresar el deseo de que me llevara lo antes posible a las que conocía y que debían de ser, en efecto, muy superiores a la que me había indicado Bloch, manifestó una pena sincera de no poder hacerlo aquella vez, pues se marchaba el día siguiente. «Tendrá que ser en mi próxima estancia», dijo. «Ya verás, hay incluso jovencitas», añadió con expresión misteriosa. «Hay una señorita de... Orgeville, creo, ya te lo diré exactamente, hija de gente inmejorable; la madre era más o menos La Croix-l’Éveque de soltera, son gente de la flor y nata, un poco pariente incluso, si no me equivoco, de mi tía Oriane. Por lo demás, sólo de verla, a la niña, se nota que es hija de gente bien» (noté que por la voz de Robert se extendía por un instante la sombra del genio de los Guermantes, que pasó como una nube, pero a gran altura y no se detuvo). «Me da toda la impresión de un asunto maravilloso. Los padres están siempre enfermos y no pueden ocuparse de ella. ¡Qué caramba, la chiquilla se distrae y cuento contigo para encontrarle distracciones, a esa niña!». «¡Oh! ¿Cuándo volverás?». «No lo sé; si no te empeñas absolutamente en que sean duquesas» (pues el título de duquesa es para la aristocracia el único que designa un rango particularmente brillante, como en los ambientes populares el de princesa), «en otro estilo tienes a la primera doncella de la Sra. Putbus».

En aquel momento, entró en el salón de juego la Sra. de Surgis, quien buscaba a sus hijos. Al verla, el Sr. de Charlus se dirigió hacia ella con una amabilidad que sorprendió tanto más agradablemente a la marquesa cuanto que se esperaba una gran frialdad del barón, quien siempre se había presentado como el protector de Oriane y era el único de la familia — con demasiada frecuencia complaciente con las exigencias del duque por su herencia y por celos de la duquesa— que mantenía despiadadamente a distancia a las amantes de su hermano. Por eso, la Sra. de Surgis habría entendido perfectamente los motivos de la actitud que temía en el barón, pero en absoluto sospechó los de la acogida totalmente opuesta que recibió de él, quien le habló con admiración del retrato que Jacquet había hecho de ella en tiempos. Aquella admiración se exaltó incluso hasta un entusiasmo que, si bien era en parte interesado para impedir que la marquesa se alejara de él, para «aferrarla», como decía Robert de los ejércitos enemigos a cuyos efectivos se quiere obligar a permanecer ocupados en determinado punto, tal vez fuera sincero también, pues, si bien todo el mundo se complacía en admirar en los hijos el porte de reina y los ojos de la Sra. de Surgis, el barón podía sentir un placer inverso, pero igualmente intenso, al encontrar esos encantos reunidos en un haz en su madre, como un retrato que no inspira por sí solo deseos, pero alimenta con la admiración estética que inspira los que despierta. Éstos contribuían retrospectivamente a infundir un encanto voluptuoso al retrato del propio Jacquet y en aquel momento el barón lo habría comprado con mucho gusto para estudiar en él la genealogía fisiológica de los dos jóvenes Surgis.

«Ya ves que yo no exageraba», me dijo Robert. «Mira la solicitud de mi tío para con la Sra. de Surgis e incluso aquí me asombra. Si Oriane se enterara, se pondría furiosa. Francamente, hay bastantes mujeres para tener que ir a precipitarse sobre ésa», añadió. Como todas las personas que no están enamoradas, se imaginaba que se elige a la persona amada después de muchas deliberaciones y conforme a cualidades y conveniencias diversas. Por lo demás, al equivocarse sobre su tío, al que creía entregado a las mujeres, Robert, con su rencor, hablaba del Sr. de Charlus con demasiada ligereza. No siempre se es impunemente el sobrino de alguien. Con frecuencia por mediación de él es como se transmite tarde o temprano una costumbre hereditaria. Se podría hacer, así, toda una galería de retratos, con el título de la comedia alemana Tío y sobrino, en la que se vería al tío velando, celosa, aunque involuntariamente, por que su sobrino acabe pareciéndosele. Añadiré incluso que dicha galería estaría incompleta, si no hiciera figurar en ella a los tíos que no tienen el menor parentesco real, pues son sólo los tíos de la mujer del sobrino. Los señores de Charlus están, en efecto, tan convencidos de ser los únicos buenos maridos y, además, los únicos de los que no está celosa una mujer, que generalmente, por afecto a su sobrina, la hacen casarse también con un Charlus, con lo cual se embrolla el enredo de las semejanzas y al afecto a la sobrina se suma a veces el inspirado también por su prometido. Matrimonios semejantes no son escasos y con frecuencia son lo que se dice felices.

«¿De qué hablábamos? ¡Ah! De esa rubia alta, la doncella de la Sra. Putbus. También le gustan las mujeres, pero me parece que eso te da igual; puedo decirte francamente que nunca he visto una hembra más bella». «Me la imagino bastante Giorgione». «¡Extraordinariamente Giorgione! ¡Ah! Si tuviera tiempo para pasar en París, ¡la de cosas magníficas que se pueden hacer! Y después a otra cosa mariposa, pues, en cuanto al amor, verdad, menudo cuento es, ya estoy bien desengañado». No tardé en darme cuenta con sorpresa de que no estaba menos desengañado de la literatura, cuando, en realidad, la última vez que nos habíamos visto me había parecido desengañado sólo de los literatos («Son casi todos unos canallas», me había dicho), cosa que se podía explicar por su justificado rencor para con ciertos amigos de Raquel. En efecto, éstos la habían convencido de que nunca tendría talento, si dejaba a Robert, «hombre de otra raza», ejercer influencia sobre ella y, junto con ella, se burlaban de él, delante de él, en las cenas que les ofrecía, pero, en realidad, el amor de Robert a las letras carecía de profundidad, no emanaba de su verdadero temperamento, era un simple derivado de su amor a Rachel y se había eclipsado con él, al tiempo que su horror de las personas entregadas al placer y su respeto religioso a la virtud de las mujeres.

«¡Qué aspecto más extraño tienen esos dos jóvenes! Mire qué pasión por el juego, marquesa», dijo el Sr. de Charlus, al tiempo que señalaba sus dos hijos a la Sra. de Surgis, como si ignorara absolutamente quiénes eran. «Deben de ser dos orientales, tienen ciertos rasgos característicos, tal vez sean turcos», añadió a la vez para confirmar una vez más su fingida inocencia, manifestar una vaga antipatía, que, cuando diera paso después a la amabilidad, mostraría esta última como inspirada exclusivamente por la calidad de los hijos de la Sra. de Surgis y a partir del preciso momento en que el barón se había enterado de quiénes eran. Tal vez aprovechara también el Sr. de Charlus — en quien la insolencia era un don innato que le encantaba ejercer— el minuto durante el cual ignoraba supuestamente quiénes eran aquellos dos jóvenes para divertirse a expensas de la Sra. de Surgis y entregarse a sus burlas habituales, así como Scapin aprovecha el disfraz de su amo para propinarle bastonazos.

«Son mis hijos», dijo la Sra. de Surgis, con un rubor que no habría tenido, si hubiera sido más fina sin ser más virtuosa. Entonces habría comprendido que la expresión de absoluta indiferencia o de burla que el Sr. de Charlus manifestaba para con un joven no era sincera precisamente, como tampoco la admiración, totalmente superficial, que manifestaba a una mujer expresaba el verdadero fondo de su carácter. Aquella a la que podía decir indefinidamente los mayores cumplidos habría podido sentir celos de la mirada que, mientras hablaba con ella, lanzaba a un hombre a quien después fingía no haber visto, pues aquella mirada era diferente de las que dedicaba a las mujeres: una mirada particular, procedente de las profundidades, y que ni siquiera en una velada podía por menos de dejar de dirigirse, ingenua, a los jóvenes, como las de un modista que revelan su profesión por la forma inmediata como se fijan en su ropa.

«¡Oh! ¡Qué curioso!», respondió no sin insolencia el Sr. de Charlus, aparentando hacer que su pensamiento recorriera un largo trayecto para conducirlo hasta una realidad tan diferente de la que fingía haber supuesto. «Pero yo no los conozco», añadió, temiendo haber ido demasiado lejos en la expresión de la antipatía y haber paralizado, así, la intención de la marquesa de presentárselos. «¿Tendría usted la bondad de permitirme que se los presente?», preguntó, tímida, la Sra. de Surgis. «¡Huy, Dios mío! Como comprenderá, yo tal vez no sea, lo reconozco, un personaje demasiado divertido para personas tan jóvenes», salmodió el Sr. de Charlus con la expresión vacilante y la frialdad de quien se deja arrancar un cumplido. «Arnulphe, Victurnien, venid, rápido», dijo la Sra. de Surgis. Victurnien se levantó con decisión. Arnulphe, que sólo veía por los ojos de su hermano, lo siguió con docilidad.

«Y ahora les toca a los hijos», me dijo Robert. «Es como para morirse de risa. Hasta al perro de la casa se esfuerza por complacer. Resulta tanto más gracioso cuanto que mi tío detesta a los gigolos y mira con qué seriedad los escucha. Si hubiera sido yo quien hubiese querido presentárselos, ¡cómo me habría mandado a paseo! Mira, voy a tener que ir a saludar a Oriane. Tengo tan poco tiempo para pasar en París, que voy a intentar ver aquí a todas las personas a quienes, de lo contrario, habría enviado tarjetas». «¡Qué bien educados parecen! ¡Qué modales más excelentes tienen!», estaba diciendo el Sr. de Charlus. «¿Usted cree?», respondía la Sra. de Surgis, encantada.

Como Swann me había divisado, se acercó a Saint-Loup y a mí. La alegría hebrea era en Swann menos fina que las bromas del hombre de mundo. «Buenas noches», nos dijo. «¡Huy, Dios mío! ¡Los tres juntos! Van a creer que se trata de una reunión del sindicato. ¡Poco faltará para que vayan a buscar la caja!». No había advertido que el Sr. de Beaucerfeuil estaba a su espalda y lo oía. El general frunció involuntariamente las cejas. Oíamos muy cerca de nosotros la voz del Sr. de Charlus: «¡Cómo! ¿Se llama usted Victurnien, como en Le Cabinet des Antiques de Balzac?», decía el barón para prolongar la conversación con los dos jóvenes. «De Balzac, sí», respondió el mayor de los Surgis, que nunca había leído una línea de ese novelista, pero a quien su profesor había señalado, hacía unos días, la similitud de su nombre de pila con el de Esgrignon. La Sra. de Surgis estaba encantada, al ver brillar a su hijo y al Sr. de Charlus extasiado ante tanta sabiduría.

«Parece ser que Loubet está totalmente de nuestra parte, lo sé de fuente totalmente segura», dijo a Saint-Loup — pero aquella vez en voz más baja para que no lo oyera el general— Swann, para quien las relaciones republicanas de su mujer habían pasado a ser más interesantes desde que el caso Dreyfus era el centro de sus preocupaciones. «Se lo digo porque sé que está usted con nosotros por entero».

«No tanto; se equivoca usted completamente», respondió Robert. «Es un asunto mal planteado en el que lamento mucho haberme metido. No tenía nada que ver con él. Si hubiera de comenzar de nuevo, me mantendría muy apartado. Soy militar y ante todo estoy con el ejército. Si te quedas un momento con el Sr. Swann, vuelvo a reunirme contigo dentro de un rato, voy a ver a mi tía». Pero vi que iba a hablar con la Srta. de Ambresac y sentí pena de que me hubiera mentido sobre su posible noviazgo. Cuando me enteré de que se la había presentado media hora antes la Sra. de Marsantes, quien deseaba esa boda, pues los Ambresac eran ricos, me sosegué.

«Por fin encuentro», dijo el Sr. de Charlus a la Sra. de Surgis, «a un joven instruido, que ha leído, que sabe lo que es, Balzac y me complace tanto más encontrarlo allí donde han llegado a ser más escasos, en casa de uno de mis pares, en casa de uno de nosotros», añadió insistiendo en aquellas palabras. De nada servía que los Guermantes fingieran considerar a todos los hombres iguales en las grandes ocasiones en que se encontraban con personas de «buena cuna» y sobre todo de «peor cuna», a quien deseaban — y podían— halagar: no vacilaban en sacar los antiguos recuerdos de familia. «En tiempos», prosiguió el barón, «“aristócratas” significaba “los mejores”, por la inteligencia, por el corazón. Ahora bien, aquí tenemos al primero de nosotros que, según veo, sabe lo que es Victurnien d’Esgrignon. Miento al decir el primero. Hay también un Polignac y un Montesquiou», añadió el Sr. de Charlus, quien sabía que aquella doble asimilación había de embriagar a la marquesa. «Por lo demás, de casta les viene a sus hijos: su abuelo materno tenía una colección célebre del siglo XVIII. Si tiene usted a bien darme la satisfacción de venir a almorzar un día, le enseñaré la mía», dijo al joven Victurnien. «Le enseñaré una curiosa edición de Le Cabinet des Antiques con correcciones de puño y letra de Balzac. Me encantará que cotejemos juntos las dos versiones».

Yo no lograba decidirme a separarme de Swann. Éste había llegado a experimentar ese grado de fatiga por el que el cuerpo de un enfermo es ya una simple retorta sometida a reacciones químicas. Su rostro estaba marcado con puntitos de un azul de Prusia que parecían no pertenecer al mundo vivo y exhalaba esa clase de olor por el que en el instituto, después de los «experimentos», resulta tan desagradable permanecer en una clase de «Ciencias». Le pregunté si había tenido una larga conversación con el príncipe de Guermantes y si quería contarme en qué había consistido. «Sí», me dijo, «pero vaya primero a reunirse un momento con el Sr. de Charlus y la Sra. de Surgis, yo lo espero aquí».

En efecto, como el Sr. de Charlus había propuesto a la Sra. de Surgis abandonar aquella sala demasiado calurosa e ir a sentarse un momento con ella en otra, no había pedido a los dos hijos que lo acompañaran, sino a mí. De ese modo, aparentaba, después de haberlos seducido, no estar interesado en los dos jóvenes. Además, me hacía un cumplido fácil a mí, pues la Sra. de Surgis-le-Duc estaba bastante mal vista.

Por desgracia, apenas nos habíamos sentado en un vano sin salidas, acertó a pasar la Sra. de Saint-Euverte, objeto de las pullas del barón. Tal vez para disimular o desdeñar abiertamente los malos sentimientos que inspiraba al Sr. de Charlus y sobre todo mostrar su intimidad con una señora que tan familiarmente charlaba con él, dedicó un saludo desdeñosamente amistoso a la célebre belleza, quien le respondió mirando por el rabillo del ojo al Sr. de Charlus con una sonrisa burlona, pero el vano era tan estrecho, que la Sra. de Saint-Euverte — cuando quiso seguir recolectando, detrás de nosotros, a sus invitados del día siguiente— se encontró atrapada y no pudo liberarse fácilmente, momento precioso en el que el Sr. de Charlus, deseoso de hacer brillar su insolente elocuencia ante la madre de los dos jóvenes, no dejó de aprovechar. Una pregunta tonta que yo le hice sin malicia le brindó la ocasión de lanzar una andanada triunfal de la que la pobre Saint-Euverte, casi inmovilizada detrás de nosotros, apenas podía perderse ni palabra. «¿Quiere usted creer que este joven impertinente», dijo, al tiempo que me señalaba ante la Sra. de Surgis, «acaba de preguntarme, sin el menor cuidado que se debe poner en ocultar esa clase de necesidades, si iba yo a ir a casa de la Sra. de Saint-Euverte, es decir — creo yo— , si tenía diarrea? En todo caso, intentaré hacerlo en un lugar más cómodo que la casa de una persona que, si no recuerdo mal, celebraba su centenario, cuando yo empecé a asistir a las reuniones de sociedad, es decir, no a su casa y, sin embargo, ¿quién podría ser más interesante de escuchar que ella? ¡Cuántos recuerdos históricos, vistos y vividos, de la época del Primer Imperio y la Restauración! ¡Cuántas historias íntimas también que nada tenían, desde luego, de “santas”, sino que debían de ser muy “verdes”, a juzgar por la ligereza conservada por el muslo de la venerable saltarina! Lo que me impediría preguntarle por aquellas épocas apasionantes es la sensibilidad de mi aparato olfativo. La proximidad de la señora basta. De repente me digo: “¡Oh, Dios mío! Ha reventado mi pozo negro”, pero es simplemente que la marquesa, con el fin de hacer alguna invitación, acaba de abrir la boca, y, como usted comprenderá, si yo tuviera la desgracia de ir a su casa, el pozo negro se multiplicaría en un tremendo tubo de desagüe. Sin embargo, lleva un nombre místico que siempre me recuerda con júbilo, aunque haya rebasado desde hace mucho la fecha de su jubileo, este estúpido verso considerado “delicuescente”: ¡Ah! ¡Verde, cuán verde estaba mi alma aquel día!... Pero necesito un verde más limpio. Me han contado que la infatigable andarina ofrece garden-parties, yo los llamaría “invitaciones a pasear por las alcantarillas”. ¿Va usted a ir a enlodarse allí?», preguntó a la Sra. de Surgis, quien aquella vez se sintió molesta, pues, como quería fingir ante el barón que no iría y sabía que daría días de su propia vida antes que faltar a la reunión vespertina de Saint-Euverte, salió del apuro por el medio, es decir, la incertidumbre. Dicha incertidumbre adoptó una forma tan tontamente diletante y tan mezquinamente cursi, que el Sr. de Charlus, sin miedo a ofender a la Sra. de Surgis, a quien, sin embargo, quería agradar, se echó a reír para demostrarle que «no resulta[ba]».

«Siempre admiro a las personas que conciben proyectos», dijo ella, «con frecuencia me excuso en el último momento. El asunto del vestido de verano puede cambiar las cosas. Actuaré según la inspiración del momento».

Por mi parte, el abominable discursito que acababa de pronunciar el Sr. de Charlus me había indignado. Me habría gustado colmar de bienes a la organizadora de garden-parties. Por desgracia, en la alta sociedad, como en el mundo político, las víctimas son tan cobardes, que no se puede guardar rencor durante mucho tiempo a los verdugos. La Sra. de Saint-Euverte, quien había conseguido liberarse del vano cuya entrada interceptábamos nosotros, rozó involuntariamente al barón al pasar y — con un reflejo de esnobismo que aniquilaba en ella toda cólera, tal vez incluso con la esperanza de una entrada en materia de la que aquél no debía de haber sido el primer intento— exclamó: «¡Oh! Perdón, señor de Charlus, espero no haberle hecho daño», como si se arrodillara ante su amo y señor. Éste no se dignó responder de otro modo que con una gran carcajada irónica y tan sólo le concedió un «buenas noches», que, como si no hubiera advertido la presencia de la marquesa hasta que ella lo hubo saludado la primera, era un insulto más. Por último, con una simpleza suprema que me hizo sufrir por ella, la Sra. de Saint-Euverte se me acercó y, tras llevarme aparte, me dijo al oído: «Pero, ¿qué le he hecho yo al Sr. de Charlus? Según dicen, no le parezco bastante distinguida para él», dijo riendo a mandíbula batiente. Yo permanecí serio. Por una parte, me parecía estúpido que pareciese creer o querer hacer creer que nadie era, en efecto, más distinguido que ella. Por otra parte, las personas que se ríen tan fuerte de lo que dicen, y que no es gracioso, nos dispensan así, al hacerse cargo de la hilaridad, de participar en ella.

«Otros aseguran que está ofendido porque no lo invito, pero no me anima a hacerlo precisamente. Parece de morros conmigo» (esta expresión me pareció débil). «Intente averiguarlo y venga a contármelo mañana y, si tiene remordimientos y quiere acompañarlo, tráigalo. Todo pecado merece misericordia. Me daría bastante gusto incluso, pues molestaría a la Sra. de Surgis. Le doy carta blanca. Usted tiene el mejor olfato para esas cosas y no quiero dar a entender que mendigo invitados. En todo caso, cuento absolutamente con usted».

Pensé que Swann debía de estar cansado de esperarme. Por lo demás, no quería yo volver demasiado tarde a casa, pensando en Albertine, y, tras despedirme de la Sra. de Surgis y del Sr. de Charlus, fui a reunirme de nuevo con mi enfermo en la sala de juego. Le pregunté si lo que había dicho al príncipe en su conversación en el jardín era exactamente lo que el Sr. de Bréauté — a quien no nombré— nos había expuesto y que versaba sobre una obrita teatral de Bergotte. Se echó a reír: «No hay ni una palabra cierta, ni una sola, es del todo inventado y habría sido absolutamente estúpido. La verdad es que resulta inaudita esa generación espontánea del error. No le pregunto quién le ha dicho eso, pero sería curioso, la verdad, en un marco tan delimitado como éste, remontarse de persona a persona para saber cómo se ha formado. Por lo demás, ¿cómo puede interesar a la gente lo que el príncipe me haya dicho? La gente es muy curiosa. Yo nunca he sido curioso, salvo cuando he estado enamorado y cuando he estado celoso. ¡Y para lo que he aprendido! ¿Es usted celoso?». Dije a Swann que nunca había sentido celos, que no sabía siquiera qué eran. «Pues mire, lo felicito. Cuando se está un poco celoso, no resulta del todo desagradable desde dos puntos de vista. Por una parte, porque permite a las personas que no son curiosas interesarse por la vida de las otras personas o al menos de otra y, además, porque sienta bastante bien notar la dulzura de poseer, de montar en coche, con una mujer, de no dejarla ir sola, pero eso es sólo en los primerísimos comienzos de la enfermedad o cuando la curación es casi completa. En el intervalo, es el más atroz de los suplicios. Por lo demás, debo decirle que he conocido poco incluso las dos dulzuras de las que le hablo: la primera, por culpa de mi carácter, que no es apto para reflexiones muy prolongadas; la segunda, por las circunstancias, por culpa de la mujer — quiero decir: de las mujeres— de la que he estado celoso, pero no importa. Incluso cuando ya no nos interesan las cosas, no resulta absolutamente indiferente haber estado interesado, porque era siempre por razones que se les escapaban a los demás. Sentimos que el recuerdo de esos sentimientos está sólo en nosotros; en nosotros debemos entrar para contemplarlo. No se burle demasiado de esta jerga idealista, pero lo que quiero decir es que he amado mucho la vida y he amado mucho las artes. Pues bien, ahora que estoy demasiado cansado para vivir con los demás, esos antiguos sentimientos personales tan míos me parecen — manía de todos los coleccionistas— muy preciosos. Me abro a mí mismo el corazón como una vitrina, miro, uno por uno, tantos amores que los demás no han conocido y de esa colección, a la que me siento más apegado ahora que a los demás, me digo — un poco como Mazarin respecto de sus libros, pero, por lo demás, sin la menor angustia— que sería muy fastidioso abandonar todo eso, pero pasemos a la conversación con el príncipe, sólo voy a contársela a una persona y va a ser usted». Para oírla, me molestaba la conversación que muy cerca de nosotros prolongaba indefinidamente el Sr. de Charlus, tras volver a la sala de juego. «¿Y lee usted también? ¿Qué hace usted?», preguntó al conde Arnulphe, quien ni siquiera conocía el nombre de Balzac, pero, como con su miopía lo veía todo muy pequeño, hacía parecer que veía muy lejos, por lo que en sus pupilas se inscribían — poesía poco común en un escultural dios griego— como distantes y misteriosas estrellas.

«¿Y si fuéramos a pasear un poco por el jardín, señor Swann?», dije, mientras el conde Arnulphe, con voz ceceante que parecía indicar un desarrollo — al menos el mental— incompleto, respondía al Sr. de Charlus con una precisión complaciente e ingenua: «¡Oh! Yo más que nada el golf, el tenis, la pelota, las carreras a pie y sobre todo el polo». Como Minerva, tras subdividirse, había dejado de ser, en cierta ciudad, la diosa de la Sabiduría y había encarnado una parte de sí misma en una divinidad puramente deportiva, hípica, «Atenea Hippia», y también iba a Saint-Moritz a esquiar, pues Palas Tritogenia frecuenta las altas cumbres y alcanza a los jinetes. «¡Ah!», respondió el Sr. de Charlus con la transcendente sonrisa del intelectual que ni siquiera se toma la molestia de disimular su burla, pero se siente, por lo demás, tan superior a los demás y desprecia tanto la inteligencia de quienes son los más bobos, que apenas los diferencia de quienes lo son menos, siempre que puedan serle agradables de otro modo. Al hablar a Arnulphe, le confería — consideraba el Sr. de Charlus— precisamente por eso una superioridad que todo el mundo debía envidiar y reconocer. «No», me respondió Swann, «estoy demasiado cansado para andar, sentémonos mejor en un rincón, ya no me tengo en pie». Era cierto y, sin embargo, empezar a hablar le había devuelto ya cierta vivacidad. Es que en el cansancio más real hay — sobre todo en las personas nerviosas— una parte que depende de la atención y sólo se conserva mediante la memoria. Nos encontramos súbitamente cansados en cuanto tememos estarlo y, para reponernos de la fatiga, basta con olvidarla. Cierto es que Swann no era totalmente de esos infatigables agotados que, tras llegar deshechos, debilitados, sin poder ya sostenerse, se reaniman con la conversación, como una flor en el agua, y pueden obtener, durante horas, de sus propias palabras fuerzas que, por desgracia, no transmiten a quienes los escuchan y parecen cada vez más abatidos, a medida que el parlanchín se siente más despierto, pero Swann pertenecía a esa fuerte raza judía, de cuyas energía vital y resistencia a la muerte parecen participar los propios individuos. Aquejados cada uno de ellos de enfermedades particulares — como ella, a su vez, por la persecución— , se debaten indefinidamente en agonías terribles que pueden prolongarse más allá de todo término verosímil, cuando ya sólo se ve una barba de profeta rematada por una nariz inmensa que se dilata para aspirar los últimos hálitos, antes de la hora de las oraciones rituales y del desfile puntual de los parientes lejanos, quienes avanzan, como en un friso asirio, con movimientos maquinales.

Fuimos a sentarnos, pero, antes de alejarse del grupo que formaba el Sr. de Charlus con los dos jóvenes Surgis y su madre, Swann no pudo por menos de dirigir a la blusa de ésta largas miradas — dilatadas y concupiscentes— de entendido. Se puso el monóculo para ver mejor y, mientras me hablaba, lanzaba de vez en cuando una mirada hacia aquella señora. «Aquí tiene usted, palabra por palabra», me dijo, cuando estuvimos sentados, «mi conversación con el príncipe y, si recuerda lo que le he dicho antes, verá por qué lo he elegido como confidente y, además, también por otra razón que algún día sabrá usted. “Mi querido Swann”, me ha dicho el príncipe de Guermantes, “espero que me disculpe, si he parecido evitarlo desde hace un tiempo”. (No lo había notado en modo alguno, pues estaba enfermo y yo mismo rehuía a todo el mundo.) “En primer lugar, había oído decir — y no dejaba de prever— que tenía usted — respecto del desgraciado caso que divide al país— opiniones enteramente opuestas a las mías. Ahora bien, me habría resultado excesivamente penoso que las profesara usted delante de mí. Mi nerviosismo era tal, que la princesa, tras oír decir hace dos años a su cuñado, el gran duque de Hesse, que Dreyfus era inocente, no se contentó con replicar enérgicamente, sino que, además, no me lo repitió para no contrariarme. Casi por la misma época, el príncipe real de Suecia vino a París y, por haber oído probablemente decir que la emperatriz Eugenia era dreyfusista, la había confundido con la princesa” (extraña confusión, reconocerá usted, entre una mujer del rango de mi mujer y una española de cuna mucho mejor de lo que se dice y casada con un simple Bonaparte), “y le dijo: ‘Princesa, me siento doblemente contento de verla, pues sé que tiene usted las mismas ideas que yo sobre el caso Dreyfus, cosa que no me asombra, pues Su Alteza es bávara’. Lo que valió al príncipe esta respuesta: ‘Monseñor, sólo soy una princesa francesa y pienso como todos mis compatriotas’. Ahora bien, mi querido Swann, hace un año y medio más o menos, una conversación que sostuve con el general de Beauserfeuil me hizo sospechar que en el desarrollo del proceso no se había cometido un error, sino graves ilegalidades”».

Nos interrumpió — pues Swann no quería que oyeran su relato— la voz del Sr. de Charlus, quien — sin preocuparse de nosotros, por lo demás— pasaba para acompañar hasta la calle a la Sra. de Surgis y se detuvo para intentar retenerla un poco más, ya fuera por sus hijos o por ese deseo que sentían los Guermantes de no ver acabar el minuto actual y que los sumía en una como ansiosa inercia. Swann me comunicó a ese respecto, un poco después, algo que privó para mí el nombre de Surgis-le-Duc de toda la poesía que había visto en él. La marquesa de Surgis-le-Duc tenía una situación mucho mejor en la alta sociedad, alianzas mucho más hermosas, que su primo, el conde de Surgis, quien, por ser pobre, vivía en sus tierras, pero la palabra con que concluía el título — «le Duc»— en modo alguno tenía el origen que yo le atribuía y que me había hecho relacionarlo en mi imaginación con Bourg-l’Abbé, Bois-le-Roi, etcétera. Simplemente, un conde de Surgis se había casado, durante la Restauración, con la hija de un industrial riquísimo, el Sr. Leduc — o Le Duc— , hijo, a su vez, de un fabricante de productos químicos, el hombre más rico de su época y par de Francia. El rey Charles X había creado para el hijo resultante de aquel matrimonio el marquesado de Surgis-le-Duc, pues el marquesado de Surgis existía ya en su familia. La adición del nombre burgués no había impedido a aquella rama unirse por casamiento, gracias a su enorme fortuna, con las primeras familias del reino y la actual marquesa de Surgis-le-Duc, de la más alta cuna, habría podido tener una situación de primera. Un demonio de perversidad la había incitado a huir — desdeñando la situación ya lograda— de la casa conyugal para vivir de la forma más escandalosa. Después, la alta sociedad desdeñada por ella a los veinte años, cuando estaba a sus pies, le había faltado cruelmente a los treinta, cuando desde hacía diez años nadie — salvo muy pocas amigas fieles— la saludaba ya y se había propuesto reconquistar laboriosamente, punto por punto, lo que poseía al nacer (ida y vuelta que no son infrecuentes).

En cuanto a los grandes señores parientes suyos, de los que en tiempos había renegado y que habían renegado de ella, a su vez, se disculpaba de la alegría que sentiría al reconciliarlos con ella mediante recuerdos de infancia que podría rememorar con ellos y, al decirlo, para disimular su esnobismo, tal vez mintiera menos de lo que creía. «¡Basin encarna toda mi juventud!», decía el día en que volvió a verla. Y, en efecto, no dejaba de ser cierto, pero había calculado mal, al elegirlo como amante, pues todas las amigas de la duquesa de Guermantes iban a ponerse de parte de ésta y así la Sra. de Surgis descendería por segunda vez aquella pendiente que tanto le había costado remontar. «Pues bien», estaba diciéndole el Sr. de Charlus, quien deseaba prolongar la conversación, «ponga mis respetos al pie del hermoso retrato. ¿Cómo está? ¿Qué es de él?». «Pero», respondió la Sra. de Surgis, «como sabe usted, ya no lo tengo: a mi marido no le gustó». «¡Que no le gustó! Una de las obras maestras de nuestra época, equiparable a la duquesa de Châteauroux de Nattier, y que, por lo demás, pretendía perpetuar a una diosa no menos majestuosa y asesina! ¡Oh! ¡El cuellecito azul! Es decir, que Vermeer nunca pintó con mayor maestría una tela, no lo digamos demasiado alto para que Swann no se lance contra nosotros con la intención de vengar a su pintor favorito, el maestro de Delft». La marquesa, tras volverse, dedicó una sonrisa y ofreció la mano a Swann, quien se había levantado para saludarla, pero, en cuanto Swann hubo visto, al estrechar la mano de la marquesa, sus pechos muy de cerca y desde arriba, hundió casi sin disimulo — ya fuera porque una vida ya avanzada le hubiese quitado la voluntad moral, por indiferencia de la opinión, o la capacidad física, por la exaltación del deseo y el debilitamiento de los resortes que ayudan a ocultarlo— una mirada atenta, seria, absorta, casi preocupada, en las profundidades de la blusa y las aletas de su nariz, embriagada por el perfume de la mujer, palpitaron como una mariposa lista para ir a posarse sobre la flor vislumbrada. Bruscamente salió del vértigo del que había sido presa y la propia Sra. de Surgis, aunque incómoda, sofocó una respiración profunda, pues a veces el deseo es contagioso. «El pintor se sintió ofendido», dijo al Sr. de Charlus, «y se lo llevó. Según me han dicho, está ahora en casa de Diane de Saint-Euverte». «Nunca podré creer», replicó el barón, «que una obra maestra tenga mal gusto».

«Le habla de su retrato. Yo le hablaría tan bien como Charlus, de ese retrato», me dijo Swann, arrastrando las palabras como un golfo y siguiendo con los ojos a la pareja que se alejaba. «Y, desde luego, me daría más placer que a Charlus», añadió. Le pregunté si lo que decían del Sr. de Charlus era cierto, con lo que yo mentía doblemente, pues, si bien no sabía yo que hubieran dicho nada jamás, sabía muy bien, en cambio, desde hacía poco que aquello a lo que yo me refería era cierto. Swann se encogió de hombros, como si hubiese yo hecho una afirmación absurda. «La verdad es que es un amigo delicioso, pero, ¿necesito acaso añadir que es puramente platónico? Es más sentimental que otros y nada más; por otra parte, como nunca llega demasiado lejos con las mujeres, han adquirido cierto crédito los insensatos rumores a que se refiere usted. Tal vez Charlus quiera mucho a sus amigos, pero puede usted estar seguro de que no ha ocurrido nunca fuera de su cabeza y su corazón. Por fin vamos a disfrutar tal vez de dos segundos de tranquilidad. Conque el príncipe de Guermantes continuó: “Le confieso que esa idea de una posible ilegalidad en el desarrollo del proceso me resultaba extraordinariamente penosa por el culto que, como usted sabe, rindo al ejército; volví a hablar de ello con el general y ya no me quedó — ¡ay!— duda alguna al respecto. He de decirle francamente que en todo ello ni siquiera se me había ocurrido la idea de que un inocente pudiese sufrir la más infamante de las penas, pero, atormentado por esa idea de ilegalidad, me puse a estudiar lo que no había querido leer y resulta que aquella vez empezaron a atormentarme dudas no sólo sobre la ilegalidad, sino también sobre la inocencia. No me pareció que debiera hablar de ello a la princesa. Dios sabe que ha llegado a ser tan francesa como yo. Pese a todo, desde el día en que me casé con ella tuve tanta coquetería en mostrarle en toda su belleza nuestra Francia y lo que para mí tiene de más espléndido, su ejército, que me resultaba demasiado cruel comunicarle mis sospechas, que sólo afectaban — cierto es— a algunos oficiales, pero pertenezco a una familia de militares y me negaba a creer que unos oficiales pudieran equivocarse. Volví a hablar de ello con Beauserfeuil, me confesó que se habían urdido maquinaciones culpables y que, aunque la nota tal vez no fuese de Dreyfus, existía la prueba patente de su culpabilidad. Era el documento Henry y unos días después nos enterábamos de que era falso. Desde entonces me puse a leer todos los días, a hurtadillas de la princesa, Le Siècle, L’Aurore; pronto dejé de abrigar la menor duda, ya no podía dormir. Confesé mis sufrimientos morales a nuestro amigo el padre Poire, en quien vi con asombro la misma convicción y le encargué misas por Dreyfus, su desdichada esposa y sus hijos. En eso, que una mañana en que iba yo a casa de la princesa vi a su doncella ocultar algo que llevaba en la mano. Le pregunté riendo qué era, se sonrojó y no quiso decírmelo. Yo tenía la mayor confianza en mi mujer, pero aquel incidente me inquietó profundamente — y seguramente también a la princesa, a quien su doncella debía de habérselo contado— , pues mi querida Marie apenas me habló durante el almuerzo que siguió. Aquel día pregunté al padre Poire si podría decir el día siguiente la misa por Dreyfus”. ¡Vaya, hombre!», exclamó Swann a media voz y se interrumpió. Levanté la cabeza y vi al duque de Guermantes, que venía hacia nosotros. «Perdonen que los moleste, amiguitos. Hijo mío», dijo dirigiéndose a mí, «vengo en delegación ante usted encargado por Oriane. Marie y Gilbert le han pedido que se quede a cenar en su mesa con cinco o seis personas sólo: la princesa de Hesse, la Sra. de Ligne, la Sra. de Tarento, la Sra. de Chevreuse, la duquesa de Arenberg. Por desgracia, nosotros no podemos quedarnos, porque vamos a un baile». Yo escuchaba, pero, siempre que tenemos algo que hacer en un momento determinado, encargamos a un personaje dentro de nosotros mismos, habituado a esa clase de tarea, que esté atento a la hora y nos avise a tiempo. Ese servidor interno me recordó — como se lo había pedido hacía unas horas— que Albertine, en aquel momento muy lejos de mi pensamiento, iba a ir a mi casa nada más salir del teatro, conque rechacé la cena. No era que no me encontrara a gusto en casa de la princesa de Guermantes. Así, los hombres pueden tener varias clases de placeres. El verdadero es aquel por el que abandonan el otro, pero este último, si está a la vista o incluso es el único que lo está, puede engañar sobre el primero: tranquiliza o despista a los celosos, extravía el juicio de la sociedad. Y, sin embargo, bastaría — para que lo sacrificáramos al otro— un poco de felicidad o un poco de sufrimiento. A veces una tercera clase de placeres más serios, pero más esenciales, no existe aún para nosotros, en quienes su virtualidad no se plasma de otro modo que despertando pesares, desánimos y, sin embargo, a esos placeres es a los que nos entregaremos más adelante. Por dar un ejemplo totalmente secundario, un militar en época de paz sacrificará la vida mundana por el amor, pero, una vez declarada la guerra (y sin que sea necesario siquiera hacer intervenir la idea de un deber patriótico), el amor por la pasión — más fuerte que éste— de combatir. Por mucho que Swann dijera que le alegraba contarme su historia, yo notaba perfectamente que su conversación conmigo — por lo tardío de la hora y porque padecía demasiado— era una de esas fatigas de las que quienes saben que se están matando con las vigilias, con los excesos, sienten, al regresar a su casa, un pesar exasperado, igual al que sienten por el insensato gasto que acaban de hacer una vez más los pródigos, quienes, sin embargo, no podrán el día siguiente por menos de tirar el dinero por la ventana. A partir de cierto grado de debilitamiento, ya sea causado por la edad o la enfermedad, todo placer obtenido a expensas del sueño, fuera de los hábitos, acaba resultando un fastidio. El charlatán sigue hablando por cortesía, por excitación, pero sabe que ya ha pasado la hora en que aún habría podido dormirse y sabe también los reproches que se dirigirá durante el insomnio y la fatiga que seguirán. Por lo demás, incluso el placer momentáneo se ha acabado ya, el cuerpo y la mente están demasiado desprovistos de sus fuerzas para acoger agradablemente lo que parece una diversión a nuestro interlocutor. Se parecen a un piso el día de la marcha o de la mudanza, en el que constituyen incordios las visitas, a las que recibimos sentados sobre las maletas y con los ojos clavados en el reloj de la pared. «Por fin solos», me dijo; «ya no sé por dónde iba. Le he dicho — ¿verdad?— que el príncipe había preguntado al padre Poire si podría decir la misa por Dreyfus. “‘No’, me respondió el padre” (le digo “me”, me dijo Swann, porque quien me habla es el príncipe, ¿comprende?), “‘pues tengo otra misa que me han encargado decir también esta mañana por él’. ‘¡Cómo!’, le dije. ‘¿Hay otro católico, además de mí, convencido de su inocencia?’. ‘Eso parece’. ‘Pero la convicción de ese otro partidario de él debe de ser menos antigua que la mía’. ‘Sin embargo, ese partidario me encargaba ya misas, cuando usted creía aún que Dreyfus era culpable’. ‘¡Ah! Ya veo que no es alguien de nuestro medio’. ‘¡Al contrario!’. ‘¿De verdad hay entre nosotros dreyfusistas? Me intriga usted; me gustaría desahogarme — si la conociera— con esa rara avis’. ‘La conoce usted’. ‘¿Cómo se llama?’. ‘La princesa de Guermantes’. Mientras yo temía ofender a las opiniones nacionalistas, la ley francesa de mi querida esposa, ella había temido alarmar mis opiniones religiosas, mis sentimientos patrióticos, pero, por su parte, pensaba como yo, aunque desde mucho antes, y lo que su doncella ocultaba al entrar en su habitación, lo que iba a comprarle todos los días, era L’Aurore. Mi querido Swann, desde aquel momento pensé en el gusto que le daría a usted al decirle hasta qué punto estaban mis ideas emparentadas con las suyas; perdóneme que no lo haya hecho antes. Si tiene usted en cuenta el silencio que guardé para con la princesa, no lo asombrará igual que pensar de forma distinta me apartara aún más de usted, pues me resultaba infinitamente penoso abordar ese asunto. Cuanto más creo que se cometieron un error e incluso crímenes, más sangro por mi amor al ejército. Habría pensado que opiniones semejantes a las mías distaban de inspirarle a usted el mismo dolor, cuando el otro día me dijeron que usted reprobaba enérgicamente las injurias al ejército y que los dreyfusistas aceptaran aliarse con quienes lo insultaban. Eso me hizo decidirme, confieso que me ha resultado cruel confesar lo que pienso de ciertos oficiales, poco numerosos, por fortuna, pero constituye un alivio para mí no deber ya mantenerme alejado de usted y sobre todo que comprenda perfectamente que, si pude albergar otros sentimientos, fue porque no abrigaba duda alguna sobre el fundamento del juicio emitido. En cuanto la abrigué, ya sólo podía desear una cosa: la reparación del error”. Le confieso que esas palabras del príncipe de Guermantes me emocionaron profundamente. Si lo conociera usted como yo, si supiese de dónde ha tenido que partir para llegar aquí, sentiría usted admiración de él y la merece. Por lo demás, su opinión no me extraña, ¡es una persona tan recta!». Swann olvidaba que aquella tarde me había dicho, al contrario, que las opiniones sobre aquel caso Dreyfus estaban regidas por el atavismo. Como máximo había hecho una excepción en el caso de la inteligencia, porque en Saint-Loup ésta había logrado vencer el atavismo y moverlo a hacerse dreyfusista. Ahora bien, acababa de ver que esa victoria había durado poco y Saint-Loup se había pasado al otro bando. Así, pues, ahora atribuía a la rectitud del corazón el papel que antes había correspondido a la inteligencia. En realidad, siempre descubrimos que nuestros adversarios tenían una razón para ser del bando en el que se encuentran y que no se debe a lo que éste pueda tener de acertado y que quienes piensan como nosotros lo hacen porque la inteligencia — si su carácter moral es demasiado bajo para invocarlo— o su rectitud — en caso de que su perspicacia no sea profunda— los ha movido a hacerlo.

Swann consideraba ahora indistintamente inteligentes a quienes compartían su opinión: su viejo amigo el príncipe de Guermantes y mi compañero Bloch, a quien había mantenido aparte hasta entonces y a quien invitó a almorzar. Swann despertó un gran interés en Bloch al decirle que el príncipe de Guermantes era dreyfusista. «Habría que pedirle su firma para nuestras listas en pro de Picquart: con un nombre como el suyo, tendría un efecto tremendo». Pero Swann, mezclando con su ardiente convicción de israelita la moderación diplomática del hombre de mundo, cuyos hábitos había adoptado durante demasiado tiempo para poder deshacerse de ellos en un momento tan tardío, se negó a autorizar a Bloch que enviara al príncipe, ni siquiera como una ocurrencia espontánea, una circular para que la firmara. «No puede hacer eso, no puede pedir lo imposible», repetía Swann. «Se trata de un hombre encantador que ha recorrido miles de leguas para llegar hasta nosotros. Puede sernos muy útil. Si firmara la lista de ustedes, se comprometería simplemente ante los suyos, sería castigado por nuestra culpa, tal vez se arrepentiría de sus confidencias y no haría ninguna más». Más aún: Swann se negó a incluir su propio nombre. Le parecía demasiado hebraico para no causar mal efecto y, además, si bien aprobaba todo lo relativo a la revisión, no quería verse mezclado en nada con la campaña antimilitarista. Llevaba puesta — cosa que no había hecho nunca hasta entonces— la condecoración que había obtenido como joven soldado de la guardia móvil, en el 70, y añadió a su testamento un codicilo para pedir que, al contrario de sus disposiciones anteriores, se le rindieran honores militares por su grado de caballero de la Legión de Honor. A ello se debió la congregación en torno a la iglesia de Combray de todo un escuadrón de los jinetes sobre cuyo porvenir lloraba en tiempos Françoise, cuando pensaba en la posibilidad de una guerra. En una palabra, Swann se negó a firmar la circular de Bloch, por lo que, si bien era para muchos un dreyfusista fanático, a mi compañero le pareció tibio, infectado de nacionalismo y patriotero.

Swann se separó de mí sin darme la mano para no verse obligado a despedirse en aquella sala en la que había demasiados amigos, pero me dijo: «¡Debería usted venir a ver a su amiga Gilberte! La verdad es que ha crecido y ha cambiado, no la reconocería usted. ¡Se alegraría tanto!». Yo ya no amaba a Gilberte. Era para mí como una muerta a la que se ha llorado durante mucho tiempo y después ha llegado el olvido y, si resucitara, no podría insertarse en una vida ajena ya a ella. Yo ya no sentía deseos de verla, ni siquiera el de mostrarle que ya no me interesaba verla y que todos los días me prometía, cuando la amaba, manifestarle, cuando hubiera dejado de amarla.

Por eso, como ya sólo deseaba aparentar ante Gilberte que había deseado con todo mi corazón volver a verla y me lo habían impedido circunstancias supuestamente «independientes de mi voluntad» y que sólo se producen, en efecto — al menos con cierta continuidad— , cuando la voluntad no se opone a ellas, lejos de acoger con reserva la invitación de Swann, no me separé de él sin que antes me hubiera prometido explicar en detalle a su hija los contratiempos que me habían impedido y me impedirían aún ir a verla. «Por lo demás, voy a escribirle luego, al volver a casa», añadí, «pero no deje de decirle que será una carta cargada de amenazas, pues dentro de un mes o dos, estaré totalmente libre y entonces que tiemble, porque me tendrá en su casa tanto como en otro tiempo».

Antes de separarme de Swann, saqué a relucir su salud. «No, no va tan mal», me respondió. «Por lo demás, como le decía, estoy bastante cansado y acepto de antemano con resignación lo que pueda suceder. Sólo, que me resultaría muy fastidioso morirme, lo reconozco, antes del fin del caso Dreyfus. Todos esos canallas guardan más de una baza bajo la manga. No dudo que serán vencidos al final, pero, en fin, son muy poderosos, tienen apoyos en todas partes. En el preciso momento en que todo va del mejor modo, todo se desmorona. Me gustaría mucho vivir lo suficiente para ver a Dreyfus rehabilitado y a Picquart ascendido a coronel».

Cuando Swann se hubo marchado, volví al gran salón en el que se encontraba aquella princesa de Guermantes a la que iba a estar un día tan unido, pero no lo sabía. La pasión que sintió por el Sr. de Charlus no se me reveló al principio. Sólo noté que el barón, a partir de determinada época y sin que abrigara contra la princesa de Guermantes ninguna de las enemistades que en él no asombraban, sin dejar tal vez de sentir por ella tanto más afecto aún, parecía descontento e irritado, siempre que le hablaban de ella. Ya no citaba nunca su nombre en la lista de las personas con quienes deseaba cenar.

Cierto es que antes había oído yo a un hombre de mundo muy malvado decir que la princesa estaba totalmente cambiada, que estaba enamorada del Sr. de Charlus, pero aquella maledicencia me había parecido absurda y me había indignado. No había yo dejado de observar con asombro que, si, cuando contaba algo que me atañía, surgía el Sr. de Charlus, la atención de la princesa se intensificaba, como la de un enfermo que, al oírnos hablar de nosotros y, por consiguiente, de forma distraída e indolente, reconoce de pronto en un nombre el de la enfermedad que padece, cosa que a un tiempo le interesa y lo alegra. Así, si yo le decía: «Precisamente el Sr. de Charlus me ha contado...», la princesa volvía a tomar en sus manos las riendas sueltas de su atención y en cierta ocasión, tras decir delante de ella que el Sr. de Charlus experimentaba en aquel momento un sentimiento muy intenso por determinada persona, vi con asombro aparecer en los ojos de la princesa ese rasgo diferente y momentáneo que traza en las pupilas como el surco de una fisura y procede de un pensamiento agitado por nuestras palabras, sin que lo sepamos, en la persona a quien hablamos, pensamiento secreto que no se plasmará en palabras, sino que subirá de las profundidades removidas por nosotros a la superficie — alterada por un instante— de la mirada, pero, si bien mis palabras habían emocionado a la princesa, yo no había sospechado de qué forma.

Por lo demás, poco después empezó a hablarme — y casi sin rodeos— del Sr. de Charlus. Si aludía a los rumores que unas pocas personas difundían sobre el barón, era sólo como a absurdas e infames invenciones, pero, por otra parte, decía: «Me parece que una mujer que quedara prendada de un hombre del inmenso valor de Palamède debería tener bastante altura de miras, bastante abnegación, para aceptarlo y comprenderlo sin reservas tal como es, para respetar su libertad, sus fantasías, para procurar tan sólo allanarle las dificultades y consolarlo de sus penas». Ahora bien, con aquellas palabras, pese a ser tan imprecisas, la princesa de Guermantes revelaba lo que intentaba magnificar, como lo hacía a veces el propio Sr. de Charlus. ¿Acaso no oí en varias ocasiones a este último decir a personas que hasta entonces no estaban seguras de si lo calumniaban o no: «Yo, que he tenido muchos altibajos en mi vida, que he conocido a toda clase de personas, tanto ladrones — y con ligera preferencia incluso, debo decirlo, por éstos— como reyes , que he perseguido la belleza en todas sus formas, etcétera», palabras — a su juicio, hábiles— con las cuales — y desmintiendo rumores de los que no se sospechaba que hubieran circulado (o para conceder — por gusto, por ponderación, por prurito de verosimilitud— a la verdad un papel que sólo él consideraba mínimo)— despejaba las últimas dudas sobre él a unos e inspiraba las primeras a quienes hasta entonces no las habían abrigado aún? Pues el más peligroso de todos los recelos es el de la propia falta en la mente del culpable. El conocimiento permanente que tiene de ella le impide suponer hasta qué punto se la ignora en general, hasta qué punto resultaría fácil creerla y advertir, en cambio, qué grado de verdad comienza para los otros — en palabras que cree inocentes— la confesión. Y, por lo demás, habría sido, de todos modos, un grave error por su parte intentar callarlo, pues no hay vicios que no encuentren en la alta sociedad apoyos complacientes y se ha visto cambiar completamente la organización interior de un castillo para que una hermana durmiera cerca de su hermana, en cuanto se supo que no la amaba sólo como hermana. Pero lo que me reveló de pronto el amor de la princesa fue un hecho particular y sobre el que no voy a insistir aquí, pues forma parte del relato, muy diferente, en que el Sr. de Charlus dejó morir a una reina antes que faltar a la cita con un peluquero que iba a rizarle el pelo con las tenacillas para ir a ver a un conductor de autobús ante el cual se sintió prodigiosamente intimidado. Sin embargo, por acabar con el amor de la princesa, digamos qué nimiedad fue la que me abrió los ojos. Iba en coche a solas con ella aquel día. En el momento en que pasábamos por delante de una estafeta, mandó parar. No iba acompañada de un lacayo. Sacó a medias una carta de su manguito e hizo ademán de bajar para echarla en el buzón. Yo quise detenerla, ella se resistió ligeramente y ya nos dábamos cuenta uno y otro de que nuestro primer gesto había sido — el suyo— comprometedor, pues parecía proteger un secreto, e indiscreto — el mío— al oponerme a esa protección. Ella fue la primera que se repuso. Tras ruborizarse de súbito, me dio la carta, yo ya no me atreví a no cogerla, pero, al introducirla en el buzón, vi, sin querer, que iba dirigida al Sr. de Charlus.

Volviendo atrás y a aquella primera velada en casa de la princesa de Guermantes, fui a despedirme de ella, pues su primo y su prima me llevaban a casa y tenían mucha prisa. Sin embargo, el Sr. de Guermantes quería despedirse de su hermano. Como la Sra. de Surgis había tenido tiempo de decir, en una puerta, al duque que el Sr. de Charlus había estado encantador con ella y sus hijos, aquella gran amabilidad de su hermano y la primera que éste había tenido al respecto emocionó profundamente a Basin y despertó en él sentimientos familiares nunca adormecidos por mucho tiempo. En el momento en que nos despedíamos de la princesa, quiso — sin dar las gracias expresamente al Sr. de Charlus— expresarle su cariño, ya fuera porque le costase, en efecto, contenerlo o a fin de recordar al barón que una actitud como la suya de aquella noche no pasaba inadvertida para un hermano, así como — con el fin de crear para el futuro asociaciones de recuerdos saludables— damos azúcar a un perro que se ha portado bien. «¡Vaya, hermanito!», dijo el duque, mientras detenía al Sr. de Charlus y lo cogía, cariñoso, del brazo. «¿Qué es esto de pasar delante del hermano mayor sin saludarlo siquiera? Ya apenas te veo, Mémé, y no sabes cómo lo siento. Buscando cartas antiguas, he encontrado precisamente algunas de la pobre mamá, muy cariñosas, todas, para contigo». «Gracias, Basin», respondió el Sr. de Charlus con voz alterada, pues nunca podía hablar sin emoción de su madre. «Deberías decidirte a dejarme instalarte un hotelito en Guermantes», prosiguió el duque. «Es bonito ver a los dos hermanos tan cariñosos el uno con el otro», dijo la princesa a Oriane. «¡Ah! No creo que se puedan encontrar muchos hermanos así, la verdad. Lo invitaré a usted junto con él», me prometió. «No estará usted a mal con él, ¿verdad?... Pero, ¿qué pueden tener que decirse?», añadió con tono inquieto, pues oía perfectamente sus palabras. Siempre había tenido cierta envidia del placer que el Sr. de Guermantes experimentaba charlando con su hermano de un pasado del que mantenía a cierta distancia a su mujer. Ella notaba que, cuando estaban contentos de estar así, uno junto al otro, y ya no podía contener su impaciente curiosidad e iba a reunirse con ellos, su llegada no les agradaba, pero aquella noche, a aquella envidia habitual se sumaba otra, pues, si bien la Sra. de Surgis había contado al Sr. de Guermantes las atenciones de su hermano para que se las agradeciera, amigas afectas del matrimonio Guermantes habían considerado su deber avisar, al mismo tiempo, a la duquesa de que se había visto a la amante de su marido a solas con el hermano de éste y la Sra. de Guermantes se sentía atormentada por ello. «Recuerda lo felices que éramos en tiempos en Guermantes», prosiguió el duque, dirigiéndose al Sr. de Charlus. «Si vinieras alguna vez en verano, reanudaríamos nuestra deliciosa vida. ¿Recuerdas al viejo padre Courveau?: “¿Por qué resulta inquietante Pascal? Porque está in... in...”. “Quieto”», pronunció el Sr. de Charlus como si estuviera aún respondiendo a su profesor. «“¿Y por qué está inquieto Pascal? Porque es... in...”. “Quietante”». «“Muy bien, aprobará usted, tendrá nota sin lugar a dudas y la señora duquesa le regalará un diccionario chino”, pues — ¿recuerdas, Basin?— en aquella época, Basin, me chiflaba el chino». «¡Claro que lo recuerdo, querido Mémé! Y el antiguo jarrón que te trajo Harvey de Saint-Dénis es como si lo viera otra vez. Estabas tan prendado de ese país, que nos amenazabas con ir a pasar definitivamente la vida en China; ya te gustaba dar largos paseos. ¡Ah! Eras un tipo especial, pues se puede decir que en nada tuviste nunca los gustos de todo el mundo...». Pero, nada más decir aquellas palabras, se puso lo que se dice como un tomate, pues conocía, ya que no las costumbres, al menos la fama de su hermano. Como nunca le hablaba de ella, se sentía tanto más violento por haber dicho algo que podía parecer relacionado con ella y más aún de haber parecido sentirse violento. Tras un segundo de silencio, dijo, para anular sus últimas palabras: «¡Quién sabe! Tal vez estuvieras enamorado de una china, antes de amar a tantas blancas y gustarles, a juzgar por el gran placer que has dado esta noche a cierta señora, al hablar con ella. Se ha sentido encantada contigo». El duque se había prometido no hablar de la Sra. de Surgis, pero, en medio del desconcierto que la plancha que se había tirado acababa de sembrar en sus ideas, se había lanzado sobre la más cercana, precisamente la que no debía figurar en la conversación, aunque la hubiera motivado, pero el Sr. de Charlus había advertido el rubor de su hermano y — como los culpables que no quieren parecer apurados por que se hable delante de ellos del crimen que en teoría no han cometido y se creen obligados a prolongar una conversación peligrosa— le respondió: «Me encanta, pero quiero volver a referirme a tus palabras anteriores, que me parecen profundamente verdaderas. Decías que nunca tuve las ideas de todo el mundo, pero no te referías a las ideas, sino a los gustos. ¡Qué cierto es! Nunca he tenido en nada los gustos de todo el mundo, ¡qué cierto es! Decías que yo tenía gustos especiales». «¡Qué va!», protestó el Sr. de Guermantes, quien no había dicho, en efecto, esas palabras y tal vez no creyera aplicable a su hermano la realidad de lo que designaban. Y, por lo demás, ¿acaso se consideraba con derecho a atormentarlo por singularidades que en todos los casos habían seguido siendo bastante ambiguas o secretas para no perjudicar en nada a la importante situación del barón? Mucho más aún: al notar que dicha situación de su hermano iba a ponerse al servicio de sus amantes, el duque se decía que, a cambio, bien valían algunas complacencias; si hubiera conocido en aquel momento alguna relación «especial» de su hermano, el Sr. de Guermantes la habría pasado por alto — con la esperanza de obtener el apoyo que éste le prestaría, unido al pío recuerdo del tiempo pasado— cerrando los ojos y, en caso necesario, echándole una mano. «Vamos, Basin; buenas noches, Palamède», dijo la duquesa, quien, roída por la rabia y la curiosidad, ya no podía más, «si has decidido pasar la noche aquí, más vale que nos quedemos a cenar. Nos tienes de pie, a Marie y a mí, desde hace media hora». El duque se separó de su hermano, tras darle un significativo abrazo, y bajamos los tres la inmensa escalera del palacete de la princesa.

A los dos lados, en los escalones más altos, había parejas esparcidas esperando a que avanzara su coche. La duquesa, erguida, aislada, con su marido y yo a su lado, se mantenía a la izquierda de la escalera, ya envuelta en su abrigo a lo Tiépolo, con el cuello rodeado por el broche de rubíes, devorada con los ojos por mujeres y hombres, que intentaban descubrir el secreto de su elegancia y su belleza. La Sra. de Gallardon, quien esperaba su coche en el mismo peldaño de la escalera que la Sra. de Guermantes, pero en el extremo opuesto, y había perdido desde hacía mucho toda esperanza de recibir jamás la visita de su prima, le daba la espalda para aparentar que no la veía y sobre todo para no ofrecer la prueba de que ésta no la saludaba. La Sra. de Gallardon estaba de muy mal humor, porque unos señores que estaban con ella habían considerado oportuno hablarle de aquélla: «No siento el menor interés por verla», les había respondido. «Por lo demás, ya la he visto antes, está empezando a envejecer; al parecer, no puede hacerse a la idea. El propio Basin lo dice. Y — ¡qué caramba!— lo comprendo, porque, como no es inteligente, es mala como la tiña, tiene unos modales pésimos y sabe perfectamente que, cuando no sea hermosa, no le quedará absolutamente nada».

Yo me había puesto el abrigo, cosa que el Sr. de Guermantes, quien temía los resfriados, censuró, al bajar conmigo, por el calor que hacía. Y la generación de nobles que ha pasado, más o menos, por las manos de monseñor Dupanloup habla un francés tan malo — excepto los Castellane— , que el duque expresó así su pensamiento: «Más vale no estar cubierto antes de salir afuera, al menos como tesis general». Vuelvo a ver toda aquella salida, vuelvo a ver — si no lo sitúo por error en aquella escalera, retrato separado de su marco— al príncipe de Sagan, cuya última salida mundana debió de ser aquélla, descubriéndose para presentar sus respetos a la duquesa, con una revolución tan amplia de la chistera en su mano enguantada de blanco, haciendo juego con la gardenia del ojal, que asombraba que no fuera un sombrero de fieltro con pluma del Antiguo Régimen, varios rostros ancestrales del cual estaban reproducidos exactamente en el del gran señor. Se quedó muy poco junto a ella, pero sus poses, incluso de un instante, bastaban para componer todo un cuadro vivo y como una escena histórica. Por lo demás, como después murió y en vida sólo lo había yo visto de lejos, ha llegado a ser para mí hasta tal punto un personaje histórico, de la historia mundana al menos, que a veces me asombra pensar que una mujer, un hombre, a quienes conozco son su hermana y su sobrino.

Mientras bajábamos la escalera, la subía — con una expresión de hastío que le sentaba bien— una mujer que parecía tener unos cuarenta años, aunque contaba más. Era la princesa de Orvillers, hija natural, según decían, del duque de Parma y cuya dulce voz se acompasaba con un vago acento austríaco. Avanzaba, alta, inclinada, con un vestido de seda blanca y flores estampadas que dejaba latir su delicioso, palpitante y extenuado pecho por entre un arnés de diamantes y zafiros. Mientras sacudía la cabeza como una yegua de rey a la que estorbara su ronzal de perlas, de valor inestimable y peso incómodo, posaba aquí y allá sus dulces y encantadoras miradas, de un azul que, a medida que empezaba a gastarse, se volvía más acariciador aún y hacía a la mayoría de los invitados que se marchaban una seña amistosa con la cabeza. «¡Bonitas horas de llegar, Paulette!», dijo la duquesa. «¡Ah! ¡Lo siento tanto! Pero la verdad es que no he tenido la posibilidad material», respondió la princesa de Orvillers, quien había enseñado a la duquesa de Guermantes esa clase de frases, pero les añadía su dulzura natural y la expresión de sinceridad infundida por la energía de un acento lejanamente tudesco en una voz tan tierna. Parecía aludir a complicaciones de la vida cuyo relato requeriría mucho tiempo y no — vulgarmente— a veladas, aunque volviera en aquel momento de varias, pero no eran éstas las que la habían obligado a llegar tan tarde. Como el príncipe de Guermantes había impedido durante muchos años a su mujer recibir a la Sra. de Orvillers, ésta se contentó — una vez levantada la prohibición— con responder a las invitaciones — para que no pareciera que estaba ávida de ellas— con la simple entrega de tarjetas. Al cabo de dos o tres años de recurrir a aquel método, ella acudía en persona, pero muy tarde, como si acabara de salir del teatro. De ese modo, aparentaba no sentir el menor interés por la velada ni por ser vista en ella, sino simplemente por acudir a hacer una visita al príncipe y a la princesa, sólo por ellos, por simpatía, en el momento en que — una vez que se hubieran marchado las tres cuartas partes de los invitados— «gozaría mejor de ellos». «Oriane ha caído de lo más bajo, la verdad», refunfuñó la Sra. de Gallardon. «No comprendo cómo la deja Basin hablar con la Sra. de Orvillers. El Sr. de Gallardon no me lo habría permitido precisamente». Por mi parte, yo había reconocido en la Sra. de Orvillers a la mujer que, cerca del palacete Guermantes, me lanzaba largas miradas lánguidas, se volvía, se detenía delante de los escaparates de las tiendas. La Sra. de Guermantes me presentó y la Sra. de Orvillers estuvo encantadora: ni demasiado amable ni disgustada. Me miró como a todo el mundo, con sus ojos dulces... Pero nunca más iba a recibir de ella — cuando me la encontrara— ni una de aquellas insinuaciones con las que había parecido ofrecerse. Hay miradas particulares que parecen reconocernos y que un joven nunca recibe de ciertas mujeres — y de ciertos hombres— hasta el día en que lo conocen y se enteran de que es el amigo de personas con quienes también tienen relación.

Anunciaron que había avanzado el coche. La Sra. de Guermantes se cogió el vestido rojo como para bajar y montar en él, pero, presa tal vez de un remordimiento o del deseo de agradar y sobre todo aprovechar la brevedad que el impedimento material de prolongarlo imponía a un acto tan fastidioso, miró a la Sra. de Gallardon; después, como si tan sólo acabara de verla, movida por una inspiración, volvió a cruzar, antes de bajar, toda la longitud del peldaño y, tras llegar junto a su prima, embelesada, le tendió la mano. «¡Cuánto tiempo!», le dijo la duquesa, quien para no exponer todos los pesares y legítimas excusas que debía entrañar aquella fórmula, se volvió con expresión asustada hacia el duque, mientras éste bajaba, en efecto, conmigo hacia el coche y echaba pestes, al ver que su mujer se había dirigido hacia la Sra. de Gallardon e interrumpía la circulación de los demás coches. «¡La verdad es que Oriane sigue siendo muy hermosa!», dijo la Sra. de Gallardon. «La gente me hace gracia, cuando dice que estamos tirantes ella y yo; podemos pasar años — por razones que no necesitamos comunicar a los demás— sin vernos, pero tenemos demasiados recuerdos comunes para poder llegar a estar jamás separadas y, en el fondo, ella sabe perfectamente que me quiere más que a tantas personas a las que ve todos los días y no son parientes suyos». La Sra. de Gallardon era, en efecto, como esos amantes desdeñados y deseosos a toda costa de presentarse como más queridos que aquellos a quienes mima su amada y — con los elogios que, sin miedo a contradecirse con lo que había dicho antes, prodigó al hablar de la duquesa de Guermantes— demostró indirectamente que ésta conocía a fondo las máximas que deben guiar en su carrera a una gran elegante, quien, en el momento mismo en que su más maravilloso vestido inspira — además de admiración— envidia, debe saber cruzar toda una escalera para desarmarla. «Procura al menos no mojarte los zapatos» (había caído un chaparrón), dijo el duque, que seguía furioso por haber tenido que esperar.

Durante el regreso, dada la exigüidad del coupé, los zapatos rojos quedaron por fuerza próximos a los míos y la Sra. de Guermantes, temiendo incluso que éstos los hubieran tocado, dijo al duque: «Este joven va a verse obligado a decirme como en no recuerdo qué caricatura: “Señora, dígame en seguida que me ama, pero no me pise los pies así”». Por lo demás, mi pensamiento estaba muy lejos de la Sra. de Guermantes. Desde que Saint-Loup me había hablado de una muchacha de alta cuna que iba a una casa de citas y de la doncella de la baronesa Putbus, en aquellas dos personas se habían resumido conjuntamente los deseos que me inspiraban todos los días tantas bellezas de dos clases: por una parte, las vulgares y magníficas, las majestuosas doncellas de casas de alcurnia henchidas de orgullo y que dicen «nosotras» al hablar de las duquesas y, por otra, esas muchachas cuyo nombre me bastaba a veces — aun sin haberlas visto pasar en coche o a pie— con haber leído en una crónica de baile para enamorarme de ellas y — tras haber buscado conscientemente en el anuario de los castillos en los que pasaban el verano (con mucha frecuencia dejándome extraviar por un nombre similar)— soñar sucesivamente con ir a vivir en las llanuras del Oeste, las dunas del Norte, los pinares del Sur, pero, — por mucho que fundiera toda la materia carnal más exquisita para componer, según el ideal que me había trazado de ellas Saint-Loup, la joven ligera y la doncella de la Sra. de Putbus— mis dos bellezas poseíbles carecían de lo que yo ignoraba mientras no las hubiera visto: el carácter individual. Iba a agotarme en vano intentando imaginarme — durante los meses en que mi deseo recaía en las muchachas— cómo estaba hecha, quién era, aquella de la que me había hablado Saint-Loup y — durante los meses en que habría preferido a una doncella— la de la Sra. Putbus, pero, ¡qué tranquilidad — después de haber estado perpetuamente agitado por los inquietos deseos que me inspiraban tantas personas fugitivas cuyo nombre ni siquiera conocía muchas veces y que eran, en cualquier caso, tan difíciles de encontrar, más aún de conocer e imposibles tal de vez de conquistar— haber seleccionado de entre toda aquella belleza dispersa, fugitiva, anónima, dos especímenes de primera provistos de su ficha descriptiva y que estaba seguro al menos de conseguir cuando lo deseara! Aplazaba — como el del trabajo— el momento de entregarme a aquel placer doble, pero la certidumbre de tenerlo, cuando quisiera, me dispensaba casi de tomarlo, como esos sellos soporíficos que nos basta con tener al alcance de la mano para no necesitarlos y dormirnos. Ya no deseaba yo otra cosa en el universo que a dos mujeres cuyo rostro no podía — cierto es— imaginarme, pero cuyos nombres me había transmitido Saint-Loup, además de garantizarme su complacencia, de modo que, si bien éste había proporcionado — con sus palabras de antes— un duro trabajo a mi imaginación, había procurado, en cambio, una apreciable paz, un reposo duradero, a mi voluntad.

«Pues bien», me dijo la duquesa, «aparte de sus bailes, ¿puedo serle de alguna utilidad? ¿Ha encontrado un salón en el que le gustaría que lo presentara?». Le respondí que el único que deseaba sería — me temía— demasiado poco elegante para ella. «¿Quién es?», preguntó con voz amenazadora y ronca, sin casi abrir la boca. «La baronesa Putbus». Aquella vez fingió una cólera de verdad. «¡Ah, no! ¡Hay que ver! Me parece que se burla usted de mí. No sé siquiera por qué casualidad conozco el nombre de esa pajarraca. Pero, ¡si es la hez de la sociedad! Es como si me pidiese que le presentara a mi mercera y ni siquiera, pues ésta es encantadora. Está usted un poco loco, hijo mío. En todo caso, le pido el favor de ser cortés con las personas a las que lo he presentado, entregarles tarjetas, ir a verlas y no hablarles nunca de la baronesa Putbus, a quien no conocen». Pregunté si no era la Sra. de Orvillers un poco ligera. «¡Oh! En modo alguno, se confunde usted, más bien es mojigata. ¿Verdad, Basin?». «Sí, en todo caso, no creo que haya habido jamás algo que decir de ella», dijo el duque.

«¿Quiere usted venir con nosotros a nuestro baile?», me preguntó el duque. «Yo le prestaría un abrigo veneciano y sé de alguien a quien le gustaría enormemente: a Oriane en primer lugar, no vale la pena decirlo, pero también a la princesa de Parma. No cesa de ensalzarlo, lo pone a usted por todo lo alto. Tiene usted suerte — porque es un poco madura— de que sea de una castidad absoluta. De lo contrario, lo habría tomado sin lugar a dudas de chichisbeo, como se decía en mi juventud, algo así como un galán».

No me interesaba el baile, sino la cita con Albertine, conque lo rechacé. El coche se había detenido, el lacayo pidió la puerta cochera, los caballos piafaron hasta que la abrieron de par en par y el coche entró en el patio. «Agur», me dijo el duque. «A veces he lamentado vivir así, cerca de Marie», me dijo la duquesa, «porque, aunque la quiero mucho, verla me gusta un poquito menos, pero nunca he lamentado esa proximidad tanto como esta noche, ya que me hace permanecer tan poco con usted». «Vamos, Oriane, déjate de discursos». A la duquesa le habría gustado que entrara un instante en su casa. Se rió mucho, como también el duque, cuando dije que no podía, porque precisamente iba a venir una muchacha a visitarme a aquella hora. «Tiene usted una hora muy curiosa para recibir a sus visitas», me dijo la duquesa. «Vamos, querida, apresurémonos», dijo el Sr. de Guermantes a su mujer. «Ya son las doce menos cuarto y tenemos el tiempo justo para cambiarnos...». Se tropezó delante de su puerta, severamente guardada por ellas, con las dos señoras con bastón que no habían temido bajar de noche de su cima para impedir un escándalo. «Basin, hemos querido avisarte, por miedo a que vayas a ese baile: el pobre Amanien acaba de morir, hace una hora». El duque tuvo un instante de alarma. Veía el famoso baile desplomarse para él, en vista de que aquellas malditas montañesas le habían avisado de la muerte del Sr. de Osmond, pero se repuso en seguida y lanzó a las dos primas estas palabras, en las que revelaba, además de la determinación de no renunciar a un placer, su incapacidad para asimilar exactamente los giros de la lengua francesa: «¡Ha muerto! ¡Qué va! ¡Qué forma de exagerar!». Y, sin hacer más caso de las dos parientes que, provistas de sus alpenstocks, iban a hacer el ascenso en las tinieblas, se precipitó a recabar noticias preguntando a su lacayo: «¿Ha llegado mi casco?». «Sí, señor duque». «Tiene un agujerito para respirar, ¿verdad? ¡No tengo ganas de asfixiarme, qué demonios!». «Sí, señor duque». «¡Ah, rayos y truenos! Es una noche de desgracias. Oriane, ¡he olvidado preguntar a Babal si los zapatos de punta retorcida eran para ti!». «Pero, querido, puesto que está ahí el sastre de la Ópera Cómica, ya nos lo dirá. Yo no creo que pueda ir bien con tus espuelas». «Vamos a ver al sastre», dijo el duque. «Adiós, hijo, me gustaría mucho decirle que entrara con nosotros, mientras nos probamos los trajes, para que se divirtiera, pero charlaríamos y van a dar las doce y no podemos llegar con retraso para que la fiesta esté completa».

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14 noyabr 2024
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