Kitabı oxu: «Argentina-Brasil»

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Gullo, Marcelo

Argentina Brasil: la gran oportunidad . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biblos, 2013. - (Relaciones internacionales)

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ISBN 978-987-691-209-9

1. Relaciones Internacionales . 2. Argentina-Brasil. I. Título

CDD 327.1

Diseño de tapa: Michelle Kenigstein

Armado: Hernán Díaz

Coordinación: Mónica Urrestarazu

© Marcelo Gullo, 2005

© Editorial Biblos, 2005

Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires

editorialbiblos@editorialbiblos.com / www.editorialbiblos.com

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A mi abuelo Juan Omodeo y su hermano Vittorio.

A mis padres, Salvador y María,

y a mi hermana Alejandra, quien no pudo ver este libro.

A mi esposa, Inés Maraví, suma de amor y paciencia.

A mis maestros,

Luis Daloisio

Manuel D’Ornellas

Patricio Ricketts

José Luis de Imaz

Abel Posse

Alberto Methol Ferré y

Helio Jaguaribe.

A mi padre espiritual,

Fortunato Baldelli.

Agradecimientos

Quiero agradecer especialmente a Roberto Vitali, quien debería ser considerado justamente como coautor de este libro; sin su ayuda, la obra no sería lo que es. A Guillermo Puig, Nicolás Mayoraz y Ricardo Peixoto, por sus inestimables aportes. A Carlos de Isla, por el apoyo que me brindó permanentemente. A Juan Carlos Oliveira, Walter Ferrone, Daniel Guida y a todos los miembros de la Mesa del Diálogo Regional Rosario. A Damián Umansky y a todos mis colegas de Radio Nacional Rosario. A mis ex alumnos Roland Denegri, Pedro Roca y Olga Mazoza, que me ayudaron a reflexionar sobre las nuevas formas del poder.

Prólogo

Helio Jaguaribe

Fue con mucho gusto que acepté la amable invitación del profesor Marcelo Gullo para prologar su excelente estudio La gran oportunidad. Es que Gullo y yo tenemos, sobre temas de nuestro común interés, las mismas ideas básicas. Así ocurre, particularmente, con este libro, con el cual mantengo plena concordancia.

En lo fundamental se trata del hecho de que, ante el proceso de globalización exacerbado por el unilateralismo imperial del gobierno de George W. Bush, los países como la Argentina y Brasil –y con ellos, todos los de América Latina– están perdiendo, acelerada y drásticamente –cuando no lo han hecho ya– su espacio de “permisibilidad” internacional.

De seguir las cosas en el estado actual, en un lapso histórico relativamente breve –a mi entender, en no más de diez años–, nuestros países se convertirán en meros “segmentos indiferenciados del mercado internacional” y serán simples “provincias” del imperio americano. Si bien se mantendrán los aspectos “formales” de su soberanía: el himno, la bandera, los ejércitos –útiles sólo para “desfilar” y hasta las “elecciones libres”–, las decisiones relevantes serán tomadas fuera de sus fronteras, en función de los intereses del mercado financiero internacional y de Washington.

Nuestros países serán controlados, internamente, por las grandes corporaciones multinacionales –las mismas que ya predominan en ellos– y, externamente, por Estados Unidos.

El imperio americano, a diferencia de los “imperios históricos”, del romano al británico, no se caracteriza por la “formalización” de su dominio. Este domino era ejercido, en aquellos otros, por un “procónsul” o un “virrey”, respaldados por contingentes militares y burocráticos de la metrópolis. El imperio americano, en cambio, es un “campo magnético”, dicho esto en un sentido análogo al que empleamos cuando hablamos, en física, de un “campo gravitacional”. El “campo” imperial americano se caracteriza por el empleo de “constreñimientos decisivos” en lo financiero, en lo económico-tecnológico, en lo cultural, en lo político y, cuando es necesario, en lo militar.

Estos “constreñimientos” compelen a los dirigentes locales –les guste o no– a seguir la orientación que conviene al imperio.

El proceso de globalización, que no fue deliberadamente generado por ningún país o grupo económico, es el resultado del progreso tecnológico del último tercio del siglo xx y de la transición de la forma del capitalismo internacional que pasó de la anterior fase industrial a la actual fase financiera e informática.

Sin embargo Estados Unidos, valiéndose de su condición de mayor y más tecnificada economía del mundo combinada con el hecho de ser la única superpotencia subsistente, consiguió apropiarse de este fenómeno utilizándolo para favorecer sus propios intereses. Fue así como el proceso de globalización terminó convirtiéndose en el principal medio sobre el cual Estados Unidos basa su predominio universal y consigue, de este modo, que los procesos de globalización y modernización terminen identificándose con la idea de “americanización” universal.

Ante esta situación, la mayor parte de los países está perdiendo, o ya perdió, su soberanía efectiva, convirtiéndose en meros segmentos del mercado internacional y provincias del imperio. De este destino escaparon solamente los países europeos –por su integración en la Unión Europea–, los países semicontinentales de Asia –como China e India– y, en menor aunque creciente medida, Rusia –gracias a su poder atómico “remanente” y a las políticas reformistas de Vladimir Putin, ayudadas por la fuerte alza del petróleo–.

En ese marco, los países del norte de América Latina, tanto por gravitación natural, en el caso de América Central y del Caribe –con la excepción de Cuba– como, también, por el acuerdo del nafta –en el caso de México– se fueron convirtiendo en “parcelas” de la economía americana. Es verdad que México, gracias a su extraordinaria riqueza cultural –tanto popular como erudita–, mantiene todavía un margen significativo de autonomía nacional pero, ¿por cuánto tiempo? De no mediar ninguna circunstancia nueva, el proceso de “americanización” de México seguirá progresando ineluctablemente, hasta su reducción a la condición de una provincia más del imperio.

En idéntico marco, subsiste en América del Sur una relativa –aunque aceleradamente declinante– autonomía. Lo que se mantiene de esa autonomía se debe a la Argentina y a Brasil. Estos dos países perderán, como ya he mencionado anteriormente –en un plazo históricamente breve– lo que les queda de autonomía si no logran, con urgencia, una apropiada solución “integradora”.

Como acertadamente subraya Marcelo Gullo en este brillante ensayo, la “supervivencia histórica” de la Argentina y de Brasil depende de la urgente conformación de una alianza estratégica entre ambos países. Una alianza que sea a la vez estrecha, estable y confiable, para desarrollar a partir de ella una integración económica apropiada y equitativa y, fundamentalmente, una política exterior y de defensa común. La alianza argentino-brasileña constituye, asimismo, el eje de la consolidación del Mercosur y éste, el “núcleo duro” de consolidación de la recientemente establecida Comunidad Sudamericana de Naciones.

Sólo así estarán dadas las condiciones necesarias para la preservación de la identidad nacional y la supervivencia histórica de cada uno de los países sudamericanos. Es preciso, asimismo, agregar que la consolidación de esta “comunidad” constituye la condición sine qua non para que México logre preservar su amenazada autonomía nacional. México no sobrevivirá sin una América del Sur autónoma y a la cultura latinoamericana le resulta imprescindible el rico aporte de México.

Resulta imprescindible, sin embargo, evaluar objetivamente la actual situación política universal no sólo en función del presente sino también de los posibles cursos que la historia del incipiente siglo xxi puede acarrear. En efecto, tales “cursos posibles” se sintetizan, a mi entender, en dos alternativas históricas básicas: 1) la ampliación y efectiva universalización del imperio americano, o bien 2) el surgimiento, hacia mediados del presente siglo, de un nuevo régimen multipolar.

La primera hipótesis tiene, a su favor, el curso actual de los acontecimientos. Dada su hegemonía semimundial y su absoluta supremacía militar, Estados Unidos está “satelizando”, paulatinamente, a las restantes regiones del mundo. Cabe, sin embargo, preguntarse por cuánto tiempo se mantendrá este proceso. Tenderá a proseguir, de hecho, hasta abarcar la totalidad del mundo si no surgen nuevas fuerzas que se opongan a ello. En tal caso se conformaría una verdadera pax americana de larga duración y el resto de los países quedarían reducidos a la condición de “segmentos del mercado internacional” y “provincias” del imperio americano.

La segunda alternativa depende de la evolución que hacia mediados de siglo alcancen otros “centros autónomos” –y alternativos– de poder mundial.

El principal candidato a ocupar esa posición de “centro de poder alternativo” es China. Este país viene sosteniendo, desde 1978 –con Deng Xiaoping y sus sucesores– tasas de crecimiento extraordinarias, superiores a 8 por ciento anual.

En la medida en que China pueda mantener durante algunas décadas más su ritmo de crecimiento actual –con tasas anuales no inferiores a 6 por ciento– y logre alcanzar, al mismo tiempo –como condición necesaria–, un desarrollo institucional acorde con su desarrollo económico y su modernización, conseguirá alcanzar un grado de “equipolencia” con Estados Unidos hacia mediados de este siglo.

Por su lado Rusia, que conserva –aunque en condiciones algo obsoletas– el extraordinario arsenal misilístico-nuclear heredado de la antigua Unión Soviética, en caso de concluir con éxito el proceso de reformas institucionales y operativas iniciado por Vladimir Putin alcanzará también a recuperar su antigua posición de superpotencia hacia mediados de siglo.

Es así como puede delinearse, como un posible horizonte político de mediados del siglo xxi, el surgimiento de un “nuevo régimen multipolar”, en el cual la Unión Europea, China y Rusia aparezcan también como “superpotencias”.

A este mismo marco habría que agregar el surgimiento de una nueva categoría política de países, aquellos que alcancen el grado de “grandes interlocutores internacionales independientes”. Este nivel podrá ser alcanzado por algunos países –o grupos de países– que, sin llegar al nivel de superpotencias, alcanzarán a mantener un elevado nivel de autonomía internacional, constituyéndose así en “grandes interlocutores independientes” del sistema internacional. Otro candidato capaz de alcanzar esta categoría sería aquel grupo de países que denominaremos “subsistema europeísta” dentro de la Unión Europea. Finalmente, una Comunidad Sudamericana de Naciones también estaría en condiciones de alcanzar este grado de interlocución independiente.

Al respecto de estos dos últimos protagonistas posibles, cabría realizar algunas precisiones.

El surgimiento de aquello que aquí denominamos “subsistema europeísta” como un bloque dentro de la Unión Europea resultaría una consecuencia de la ampliación de la Unión Europea. Con la reciente incorporación de diez nuevos miembros y el probable ingreso futuro de Turquía, además de otros países, la Unión Europea, tendería, más que nunca y por un largo plazo, a constituirse en un gigante económico pero un enano político.

Sin embargo, en esa misma Europa existen países como el Reino Unido, Francia y Alemania –además de otros– que mantienen, todavía, una importante actividad internacional. Ante la alta probabilidad de que la Unión Europea como tal no logre, en un plazo previsible, fijarse una política internacional propia, ya es manifiesta la tendencia a que, en Europa, se formen dos subsistemas políticos distintos. Uno, “atlantista”, proestadounidense, bajo el liderazgo británico, respaldado por los países nórdicos y eventualmente por Holanda y algunos países de reciente ingreso en la Unión Europea.

El otro subsistema, europeísta, estaría bajo el liderazgo de Francia y Alemania, con la probable adhesión de la España post Aznar, de la Italia post Berlusconi y de algunos de los recientes integrantes de la Unión Europea, incluida, probablemente, la futura adhesión de Turquía. Ese subsistema “europeísta” no tenderá, por muchas razones, a convertirse en “superpotencia” pero sí en un “gran interlocutor internacional independiente”, constituyéndose, a la vez, en el principal centro de la cultura occidental, una cultura de la cual Estados Unidos y la Comunidad Sudamericana de Naciones serán dos variantes diferentes.

La hipótesis de que América del Sur alcance el grado de “gran interlocutor internacional independiente” depende, fundamentalmente, de que se establezca, de forma estable y confiable, una estrecha alianza estratégica entre la Argentina y Brasil. Esa alianza conducirá, casi necesariamente, a la consolidación del Mercosur y, por ende, a la consolidación de una Comunidad Sudamericana de Naciones. Si esto ocurre –cosa que tendería, en efecto, a acontecer si se consolida la alianza argentino-brasileña–, América del Sur emergerá, en la hipótesis de un futuro régimen multipolar, como otro interlocutor internacional independiente. En tales condiciones sería posible que los países sudamericanos fueran capaces de preservar tanto su identidad nacional como su destino histórico.

Si el futuro, en cambio, deparase el escenario de la universalización de una pax americana, una Comunidad Sudamericana de Naciones consolidada, podría ingresar al imperio –en condiciones similares a la Unión Europea– como provincia de “primera clase”. Si, en cambio, los países sudamericanos enfrentasen este escenario posible aisladamente unos de los otros, serían incorporados en condiciones semejantes a las de los países africanos.

El futuro de América del Sur –como bien lo subraya este libro de Marcelo Gullo– depende fundamentalmente de la medida en que se consolide una alianza estable, confiable y estrecha entre la Argentina y Brasil. Una alianza que tiene en la actualidad –aun a despecho de algunas dificultades momentáneas– condiciones extremamente favorables para consolidarse, pero que presenta el imperativo de la urgencia. Es que de no concretarse en un plazo relativamente corto, no tendría las condiciones necesarias para perdurar y se tornaría en un objetivo cada vez más remoto y difícil de alcanzar, si los pasos decisivos para lograrlo no son dados por los gobiernos de Néstor Kirchner y de Luiz Inácio “Lula” da Silva. Esto queda palmariamente demostrado, una vez más, por el presente estudio de Gullo: estamos frente a uno de los más decisivos y dramáticos momentos de la historia sudamericana, con sus relevantes implicaciones latinoamericanas y mundiales. Es ahora, o nunca.

Río de Janeiro, enero de 2005

Capítulo 1

El último tren de la historia

Los orígenes de la globalización como proceso histórico

El futuro político, el desarrollo social y económico, la incorporación a niveles de vida más dignos de la creciente masa de personas que en América Latina caen día a día en la oscura franja de los sectores marginales de la sociedad y toda la problemática a la que hoy se enfrentan los países de la región en general, de América del Sur en particular y del área del Mercosur específicamente no posee, por cierto, una resolución sencilla. Sin embargo, no podrá obtenerse, siquiera, un atisbo de solución a todas estas cuestiones sin posicionarse antes de un modo correcto en el marco de la situación imperante en el mundo. Es, pues, necesaria una visión de la realidad universal –dentro de la cual se inserta, obviamente, la región– para saber a qué y cuáles desafíos se enfrenta y se enfrentará en el futuro. Si la visión es correcta, los primeros pasos para elaborar políticas coherentes y eficientes se estarán dando de un modo firme y bien encaminado. Se trata, en consecuencia, de pasar una imprescindible revista a la realidad universal. Tal visión debe ser pues, necesariamente, una contemplación de los hechos en su globalidad. Es decir que debe ir de la realidad a la teoría y no de la teoría a la realidad.

El primer aspecto a esclarecer es el concepto de “globalización” desde un punto de vista “realista”. Esta visión “realista” difiere necesariamente de la idea de “globalización” más o menos bien conocida por casi todo el mundo, consistente en el concepto, bastante vago, de que la “globalización” beneficia por igual a pobres y a ricos, una visión casi “caritativa” que se encargan de difundir profusamente los centros del poder mundial. Quienes vivimos la realidad de la periferia sabemos que esta “visión caritativa” dista mucho de beneficiarnos y, más bien, no hace sino agudizar las problemáticas que, desde nuestros mismos orígenes históricos, nos vienen poniendo a la cola de la distribución mundial de la riqueza y el desarrollo social. Necesitamos una conceptualización de “globalización” que le otorgue a ésta un significado desde nuestra realidad cotidiana, una visión de cuáles son sus consecuencias para los países menos favorecidos y, más puntualmente, cuáles son esas consecuencias para la periferia sudamericana.

Como sostiene Aldo Ferrer, la globalización es un proceso histórico que se encuentra en su tercera ola.[1] Un proceso que comenzó con los descubrimientos marítimos impulsados por Portugal y Castilla y cuyos protagonistas principales fueron Enrique el Navegante, Vasco da Gama, Cristóbal Colón, Hernando de Magallanes y Sebastián Elcano. En un principio, la globalización fue hija del intento luso-castellano por romper el cerco islámico. Ése era el objetivo: “El islam era dueño y señor de todos los puntos de unión del tráfico del mundo antiguo y de todos los caminos que comunicaban Oriente con Occidente, entre la India y Europa, hasta el punto de que, en la Edad Media, era materialmente imposible realizar un comercio importante sin pasar por un puesto aduanero islámico”.[2] El poder islámico había cercado, por el sur y por el este, la pequeña península europea. Amenazaba su existencia misma, planificando cuidadosamente el ataque al bajo vientre europeo mediante la preparación de una flota que debía atacar la península itálica y conquistar Roma –plan que más tarde, aunque sin éxito, los musulmanes pondrían en práctica en la batalla de Lepanto– y se preparaba para atacar Viena que, de ser vencida, abriría las puertas de Europa al poder musulmán. La península europea, cercada por el poder islámico, estaba siendo privada por el este de las especies, un elemento que entonces tenía valor estratégico dado que les permitía a los europeos la conservación de los alimentos que en ese momento les eran escasos para la alimentación de una población creciente.[3] El impulso marítimo de Portugal nace así de una necesidad vital: llegar a Asia bordeando el mundo musulmán. Colón dará a Castilla el mismo objetivo, pero navegando hacia el oeste. El resultado imprevisto del esfuerzo europeo por romper el cerco islámico se llama América. El descubrimiento y la colonización del continente americano llevará al desplazamiento del eje del poder mundial del Mediterráneo al Atlántico y dará inicio, a su vez, al declive del poder islámico que ya había sido duramente golpeado por la invasión de los mongoles. El gran historiador árabe Essad Bey, en su libro Mahoma: la historia de los árabes, sintetiza brillantemente el efecto provocado por el descubrimiento de América sobre el poder islámico:

El islam debía recibir aún otro golpe, más violento quizá, cuya rudeza no se manifestó al principio; pero no por eso dejó de contribuir en gran parte a la ruina del califato. El autor de aquella ruina no pensó, por un instante, que asestaba un golpe mortal al califato y ni siquiera presumió que su hazaña pudiese destruirlo. Será coincidencia, pero nadie sospechaba en el mundo que el día en que Cristóbal Colón descubriera América se pondría el punto final a la historia de los califas. Todas las miradas se dirigieron, desde aquel momento, hacia el nuevo continente. El comercio del mundo entero tomó nuevos rumbos, nuevas direcciones, y el imperio del califa, las grandes ciudades de Oriente, padecieron lo que, desde hace algún tiempo, hemos dado en llamar “depresión” o “crisis económica”. Bajaron los precios; las caravanas, que producían la riqueza del país, cesaron de llegar; las aduanas ya no recaudaban nada; las grandes carreteras comerciales, en lo sucesivo inútiles, no prestaron servicio alguno. La población que ignoraba el origen y la causa de la crisis se hallaba en la inquietud. La gente se sentía acosada por la miseria y las tierras, por falta de cultivo, comenzaron a debilitarse. Simultáneamente se percibía una notable disminución en todas las manifestaciones de la actividad espiritual. El ejemplo más patente de ello fue lo que se ha llamado la clausura de Bab-ul-iyitihad, clausura de la puerta de la ciencia, pues a los sabios musulmanes que, mediante sus profundos estudios habían intentado trasponer los límites de lo conocido, les pareció vano proseguir con sus investigaciones. Entonces sobrevino el derrumbe de la ciencia y del poderío de los árabes.[4]

Diametralmente opuestos fueron el camino y el destino de Europa.

Esta “primera ola” de globalización, que comienza con los descubrimientos marítimos, hace que el territorio del Nuevo Mundo conquistado por Castilla en apenas cuarenta años pase de ser un territorio fragmentado en más de quinientas etnias, lenguas y tribus dispersas, a constituir un territorio unificado lingüística y religiosamente. América pasa de la dispersión a la unidad. Con el mestizaje de la sangre hispánica y la sangre indígena, de la cultura hispánica y la cultura americana autóctona y la evangelización de las masas aborígenes, nace el “extremo Occidente”. Luego vendrá el aporte de Portugal y la conquista inglesa de la franja atlántica de América del Norte que dará origen a la contradicción América sajona-América Latina. Una contradicción que, percibida tempranamente por Hegel, perdura hasta nuestros días: “América es la tierra del futuro donde, en tiempos venideros, habrá una contienda entre el norte y América del Sur, y donde deberá manifestarse la importancia de la historia universal”,[5] profetizará el gran filósofo alemán. Este enfrentamiento entre las dos Américas será, en alguna medida, la continuación de la confrontación anglo-española, de la guerra de baja intensidad sostenida por Inglaterra contra España por la hegemonía del mundo. El teatro principal de operaciones de esa guerra de baja intensidad estuvo en las “Indias Occidentales” que fueron acosadas por la piratería inglesa, fomentada, protegida y amparada por su graciosa majestad británica. Tanto la lucha entre España e Inglaterra como la lucha entre la América anglosajona y la América hispánica tendrán, en cierta forma, un trasfondo religioso. Cuestión que, finamente percibida por Theodor Roosevelt, lo llevará a sostener en 1912, mientras contemplaba las aguas del lago Nahuel Huapi, que “mientras los países hispanoamericanos sean católicos, su absorción por Estados Unidos será larga y difícil”.[6] Mucho más tarde, pero en la misma lógica de pensamiento que Roosevelt, David Rockefeller se manifestará en un sentido muy similar: “Hablando en Roma en 1969, recomendó que se sustituyera a los católicos de allá [América Latina] por otros cristianos”.[7]

La segunda ola

La “segunda ola” de globalización del mundo comienza con la Revolución industrial con epicentro en Inglaterra pero cuya acción intentará, permanentemente, impedir o retardar la industrialización de otras naciones, así como dificultar al máximo la generación de tecnologías ferroviarias locales, predicando, a la vez, las ventajas de la división internacional del trabajo para convencer al resto de las naciones de que dejaran que Gran Bretaña fuera la única gran fábrica del mundo. Francia, Alemania, el norte de Italia y luego Estados Unidos no escucharon aquellos cantos de sirena provenientes de Gran Bretaña y decidieron su propia industrialización, desoyendo los “desinteresados consejos” que el profesor de Glasgow Adam Smith diera al mundo en su famosa obra Investigación sobre la naturaleza y causa de las riquezas de las naciones, a través de la cual Inglaterra logró abrir más mercados para sus industrias que con todos sus cañones.[8]

Es durante esta “segunda ola de globalización” cuando se genera, de una manera muy nítida, la configuración “centro-periferia” que marca al mundo desde la Revolución industrial. Es durante este período cuando la América española emprende su lucha por la independencia, engendrándose al mismo tiempo una guerra civil –enmascarada o abierta, según los casos– entre aquellos que consideran que el proceso independentista debe terminar en la unidad política de la América hispánica y aquellos que, desde las ciudades puertos, aliados a Inglaterra, piensan que lo más conveniente a sus intereses es que, finalizada la guerra de independencia, se conformen, alrededor de las polis oligárquicas, una multiplicidad de Estados hispánicos. La derrota de Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O’Higgins y José Artigas sella el proyecto inglés de fragmentación y hace que la América española pase de la unidad a la dispersión. Distinta es la suerte de la América lusitana que logra, mediante la fórmula monárquica y teniendo al ejército como columna vertebral del Estado, contener las fuerzas que pujaban hacia la fragmentación territorial. Brasil salva, de esa forma, su unidad territorial y, por ende, nacional. Sin embargo, en algo será igual el destino de las dos Américas, la lusitana y la hispánica: ambas se incorporarán a la economía internacional como proveedoras de materias primas e importadoras de productos industriales, sin realizar ningún esfuerzo industrializador, perdiendo de ese modo el “tren de la historia” por más de un siglo. Al elegir el proyecto propuesto por Adam Smith, muchas de las repúblicas latinoamericanas lograron modernizar sus economías y alcanzar un progreso relativo importante. Pero el modelo elegido contenía, en sí mismo, el germen de su propio estancamiento.

A pesar de ello, la historia volverá a dar una nueva oportunidad a algunos países de América Latina. Esta nueva oportunidad sobrevendrá a causa de la crisis de 1930. Fue por entonces cuando el peso de las circunstancias forzó a la Argentina, Brasil y México a comenzar un anárquico proceso de industrialización a través de la sustitución de importaciones, proce-

so que tratará de ser planificado y teorizado después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a mediados de la década del 70, cuando estos países comenzaban a encontrar todas las respuestas, la historia se encargaría de cambiarles todas las preguntas y el centro del poder mundial ayudaría, por cierto, mediante la dominación cultural –que ya comenzaba a tomar la forma de la “telehegemonía”–, a que no encontraran fácilmente las nuevas respuestas.

La tercera ola

En 1956, Nikita Kruschev, el pequeño y gracioso ucraniano que había logrado escalar hasta la cima más alta del poder soviético, delante de sus camaradas y desafiando a Occidente lanza su famoso grito: “Os enterraremos”. Kruschev pensaba que, al cabo de unos pocos años, la Unión Soviética estaría en condiciones de producir más toneladas de acero, más cemento, más productos petroquímicos que su enemigo principal, Estados Unidos. En todos los niveles de la producción industrial, proponía Kruschev, la economía planificada del bloque socialista produciría más y más que la economía capitalista del bloque occidental. Pensaba que el marco de coexistencia pacífica –que él mismo había propiciado– le permitiría destinar grandes fondos y esfuerzos hasta ese momento dedicados a la defensa, reencauzándolos hacia un importante desarrollo industrial no armamentístico de la Unión Soviética. Paradójicamente, Kruschev estaba lejos de imaginar que la carrera que él se proponía ganar ya había terminado. El industrialismo comenzaba su fase descendente. Mientras soñaba con más y más chimeneas, en Estados Unidos comenzaba a gestarse una nueva revolución industrial tecnológica –que sería cada vez más tecnológica y menos industrial– mediante la cual se ampliaría, de una manera tremenda, el proceso de globalización, incorporando la totalidad del planeta. Comenzaba así “la tercera ola de la globalización”. Kruschev, sin embargo, no era el único líder político que se equivocaba en imaginar cómo sería el futuro. Muchos, al igual que él, tardarían en darse cuenta de que, ahora que sabían todas las respuestas, algo estaba comenzando a cambiar todas las preguntas. El pensamiento lineal de Kruschev imaginaba al futuro como más de lo mismo: industrialismo extendido sobre una mayor superficie del planeta. Pero el futuro no sería como él conjeturaba, una continuidad del presente, porque la humanidad se enfrentaba a un salto “cualitativo” hacia adelante. Estaba naciendo una “revolución tecnológica” que transformaría las estructuras sociales, el equilibrio mundial, los factores de poder e, incluso, la forma misma de hacer la guerra. Un nuevo tren de la historia estaba en los andenes listo para partir y aquellos que no lograran subirse quedarían fuera de la historia. Tan rezagados, subdesarrollados y dominados como los pueblos que no supieron o no pudieron, en el siglo xix, realizar la revolución industrial. El ejemplo paradigmático de una gran potencia que quedó rezagada, subdesarrollada y dominada por más de un siglo por no industrializarse fue el gran imperio agrario chino. Enfrente de la gran China una pequeña isla, Japón, desprovista de todas las materias primas –las mismas que China poseía en exceso– y gracias a un plan de industrialización acelerado, se convertiría, a partir de 1870 y en el brevísimo lapso histórico de cincuenta años, en una potencia mundial. Precisamente por ello Japón resultó ser el único país asiático que nunca fue sometido por el colonialismo europeo.

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
15 noyabr 2024
Həcm:
270 səh.
ISBN:
9789876912099
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Bookwire
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