Kitabı oxu: «Esta casa vacía»

MARCO GARCÍA FALCÓN (Lima, 1970). Es docente universitario y autor del libro de cuentos París personal (2002). Ha publicado las novelas El cielo de Capri (2007), Un olvidado asombro (2014), Esta casa vacía (2017) y La luz inesperada (2018). Es también coautor del manual de escritura expresiva La imaginación escrita (2016).
En 2018, Esta casa vacía lo hizo merecedor del Premio Nacional de Literatura, en la categoría Novela.



© Marco García Falcón, 2018
© Grupo Editorial Peisa s.a.c., 2018
Jr. Emilio Althaus 460, of. 202, Lince
Diseño de carátula:
Renzo Rabanal Pérez-Roca / Peisa
Diagramación: Peisa
Primera edición, 2017; primera reimpr., agosto de 2018
ISBN edición impresa: 978-612-305-107-5
ISBN edición digital: 978-612-305-155-6
Registro de Proyecto Editorial N.º 31501311700706
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.º 2018-12730
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com
Prohibida la reproducción parcial o total del texto y las características gráficas de este libro.
Cualquier acto ilícito cometido contra los derechos de propiedad intelectual que protegen a esta publicación será denunciado de acuerdo con la Ley 822 (Ley sobre el Derecho de Autor) y las leyes internacionales que protegen la propiedad intelectual.
Para Nicolás
Ars
Escribo
Porque
Me gusta el
Silencio
Si no, gritaría.
LIZARDO CRUZADO
El escritor es una persona que
tiene esperanza en el mundo;
la gente sin esperanza
no escribe.
JOYCE CAROL OATES
PRIMERA PARTE
Cuando Tadeo nació, era de madrugada y yo estaba en mi casa, tratando de dormir un poco, porque la dilatación estaba demorando demasiado y el médico me había sugerido descansar. Pensaba entonces en mi hijo, pero también en qué flores le iba a llevar a Micaela cuando amaneciera. Un timbrazo en la oscuridad me sacó de esa duermevela inquieta. Tadeo ya había llegado al mundo, pero algo había pasado. Cuando lo vi, estaba en Cuidados Intensivos, los ojitos cerrados, amoratado, cubierto de cables y agujas y respirando a duras penas a través de una máquina. Uno de sus pulmones no se había desarrollado bien y había que operarlo de inmediato. «Uno de cada diez», me dijo el médico, «se salva en estos casos».
Aniquilado, sin otra alternativa, firmé la autorización. Y yo, que desde siempre he sido una persona vieja, un alma vieja, salí de aquella sala llena de tensión e incertidumbre con cuarenta, cincuenta años más. Yo mismo tuve que darle la noticia a Micaela (al bebé solo se lo habían mostrado un instante para proceder a auxiliarlo) y no sé qué fuerza misteriosa, qué segunda naturaleza me permitió mantenerme en pie en aquellos momentos de irrealidad.
Tadeo resistió. Y lo que vino después es algo que quizá no todos puedan comprender. Cada avance, cada progreso que para otro niño es natural e impensado, para él ha significado un esfuerzo, un desafío y una victoria que celebramos con una algarabía silenciosa. La asistencia profesional puede llegar a ser cara y yo por eso nunca, en el tiempo que estuvimos juntos, rehuí ningún trabajo, ni siquiera aquellos que, me decían mis amigos, ya no eran para mí.
A veces, en medio de mis jornadas interminables, pensaba que me iba a morir, que me desintegraría en mil pedazos mientras me movía, pero no sé por qué tenía la certeza de que mi cuerpo era tan solo una cáscara sin importancia y que me sobreviviría una energía impetuosa, un fantasma de humo que rompería todas las barreras del aire y cumpliría con todo lo que había que cumplir.
Muy tarde, a las nueve o diez de la noche, lo que quedaba de mí llegaba a casa y entonces Tadeo –mi Tadeo– me recibía con un abrazo y con regalos que se ponía a hacer apenas me veía: dibujos de sus juguetes favoritos o libros inventados envueltos en papel bond pegados con cinta scotch y dedicados para mí. Yo casi no tenía energías para jugar y, sin embargo, un nuevo aliento me sobrevenía y me acercaba diciéndole –sin decírsela en verdad– esa frase de aquella otra niña especial que también se inventaba mundos y que tanto me gustaba leer en la universidad:
«Te ofrezco lo mejor que hay en mí, que eres tú».
Eran tiempos difíciles, terribles, en los que la esperanza se iba diluyendo con las horas y había que sacarla a flote cada mañana para poder continuar. Pero, ahora, es peor: Tadeo ya no está, Micaela ya no está y yo solo soy un desesperado fantasma que habita un departamento medio vacío que no le pertenece.
¿Puede haber algo más doloroso que luchar por que el último bote no se hunda y darse cuenta, de pronto, de que este ha desaparecido? ¿Que estamos solos en la oscuridad?
Siempre pienso en mi hijo. Cuando escribo su nombre o pronuncio en silencio sus cinco letras es como si lo estuviera viendo. Uno de los hábitos que más extraño de la época en que todavía éramos una familia, es ir los dos solos al mercado de Surquillo. Allí encontrábamos los alimentos orgánicos que eran los que mejor le venían. En el carro él me hablaba de las cosas del mundo que le interesaban y yo de las mías: era un intercambio provechoso. Pero había también una conexión sin palabras. Un día, mientras salíamos del estacionamiento, lo descubrí esforzándose en abrirse la casaca que con mucho esmero le había cerrado su mamá: quería llevarla exactamente como yo. Y dos domingos después, antes de salir, me preguntó, como si fuera una cuestión de estado, qué cosa me pondría: si zapatillas o zapatos. Ambos nos calzamos zapatos. Cada vez nos sincronizábamos más y a la semana siguiente, en nuestra competencia por ver quién se cambiaba primero, me pilló a medio vestir. «¿Qué es eso?», me miró sorprendido. «Unos boxers», le dije viéndole esa carita que ponía cuando aprendía algo que no se olvidaría. Salió disparado donde su mamá a preguntarle si había boxers para niños y ella le contestó que no había visto y que si había, tal vez no tendrían dibujos ni diseños para niños. Tadeo se quedó en silencio, a lo mejor derrotado o desencantado porque había llegado a un punto donde no podía ceder, pero al rato se oyó su voz firme y clara. «No importa», dijo.
Esta no es la primera vez que me propongo escribir un libro. Mi primera (y única) publicación la hice cuando tenía veinticinco años, esto es, hace diecisiete. Un conjunto de cuentos que compuse muy lentamente, poniendo lo mejor de mí, y que por allí algunas personas recuerdan.
Y es que un libro es como una botella arrojada al mar: algunos la cogen y algo les dice; otros la ven y la dejan pasar; y hay quienes no están en situación para su encuentro. Y una vez que partió, con seguridad vendrán otros. Acaso lo más importante de escribir sea eso: un mar que rebulle, que se abre silencioso ante nosotros y que nos llama, un horizonte al que uno quiere llegar dando brazadas en la oscuridad, ofreciendo todo lo que se tiene, movido por el miedo y una fe misteriosa, porque la promesa de seguir adelante no se alimenta de lo ya conocido sino de lo incierto, de lo que no tiene nombre y de lo que no está.
Únicamente de lo que vendrá.
Es agosto y la luz grisácea que da a la ventana del departamento donde ahora vivo me despierta. Me baño, me cambio y me voy a trabajar. Mi rutina se ha vuelto así: dormir por las mañanas, arrastrarme por las tardes en el cuarto y salir a eso de las seis para ir al diario donde, además de cumplir con mis labores, garrapateo estos apuntes. La única persona que veo durante mis horas de encierro es a Sandrita, la niña que me trae el desayuno-almuerzo del mercado y que me recuerda a…
Subo al carro, que es como una pequeña casa movible. Dante –que ya no está conmigo y es mi mejor amigo– me decía, para darme ánimos, que si conservaba a mi fiel Volkswagen celeste, aún no estaba todo perdido.
Me decía también que el carro es el mejor lugar para escuchar música, y yo le creo. Con las lunas bien cerradas y un equipo más o menos especializado, el carro puede convertirse en una cabina de sonido. La tecnología hace posible, además, que casi toda la música se encuentre en un solo lugar, como si fuera la soñada biblioteca portátil donde con solo evocar un nombre aparecen inmediatamente todos los títulos y uno puede ir armando la disposición de sus estanterías, el mapa de sus preferencias y contradicciones, y dejarse llevar por las asociaciones libres.
Con esas discretas herramientas y una buena dosis de café a la mano –ah, ese combustible para el ánimo, ese sucedáneo de las otras drogas–, experimento lo que llamo mis pequeñas magias inventadas. No insultarme con los otros conductores ni abandonar el carro en los infernales embotellamientos del tránsito limeño es una gracia que agradezco pero que no es la mejor. Lo que sucede no sé cómo explicarlo bien. A veces paso por una calle, y estoy escuchando una canción, y otra vez tengo dieciséis o diecisiete años. Y no es el simple recuerdo de un momento determinado de mi vida sino la sensación nítida, casi biológica, de que el tiempo no ha pasado y que estoy por hacer cosas que después efectivamente hice, o que no hice y que debí hacer. Claro que debí hacer. Y entonces pienso en mi madre muerta, en mis amigos y familiares muertos que no se han ido, que todavía me acompañan y que están en este momento en sus casas o en sus trabajos o en un café, listos a recibirme no bien voltee la siguiente esquina. Y quizá sea verdad eso de que el pasado solo existe mientras uno lo piensa y que, en mi caso, solo existo mientras como ahora lo escribo. Y el aire, aunque reconcentrado, me parece perfectamente respirable. Y mis ojos se impregnan de un brillo especial. Y me veo desde afuera, me veo en esa caja que avanza vertiginosamente o que permanece detenida, y dentro de la cual hay otra más pequeña que es mi cuerpo, puro envoltorio de un núcleo que se me antoja incorruptible y permanente, bombeando en un estado de gracia que solo he alcanzado en la soledad de unas cuantas lecturas. Y con absoluta lucidez soy consciente de las batallas que he perdido, de las otras que todavía libro tenaz, silenciosamente, y también de que estoy vivo, magullado o atenazado o ensombrecido pero vivo.
Y cuando finalmente llego a donde debo llegar, todavía me demoro un poco más en salir. Afuera me espera la rutina con sus grises, puntuales servidumbres. La realidad de todos los días a la que aborrezco y a la que me incorporo, sin embargo, con una especie de fortalecimiento, con algo que se me ha quedado adentro –parafraseando a Eielson– sonando alto, alto. Como un cañonazo.
Cuando uno está satisfecho o al menos tranquilo con lo que ha vivido, la imaginación se desata y piensa en el futuro. El horizonte nos parece claro y uno fantasea con llegar a él. Pero cuando el pasado es ondulante y cobija zonas pantanosas, irresueltas, la memoria se activa y los recuerdos vuelven con la persistencia de una ola.
A Micaela la conocí en una fiesta de trabajo, en una de esas presentaciones rutinarias que se hacen los amigos en común. No nos hablamos en toda la noche, pero no nos perdimos de vista. O, por lo menos, yo no la dejé de mirar. Era bonita, chiquita. Y lo que más llamaba la atención eran sus ojos: enormes, hermosos, del color del café. Con una intensidad quemante, con ese oscuro atractivo de lo que, al tiempo que encandila, también puede herir. Y ese solo rasgo bastaba para que algunos la percibieran con cierta extrañeza y dijeran que era un poco rara...
A los dos días me la encontré en la academia en la que yo era un profesor antiguo (en tránsito a dictar solo en la universidad) y ella hacía sus pininos como tutora. Me atreví a hablarle y ella no mostró mayor interés, aunque tampoco pareció incómoda. Como estaba revisando el listín cinematográfico en el periódico, le pregunté si quería ir al cine más tarde y algo en sus ojos me dijo que sí.
Esa salida sería como el anuncio de lo que pasaría después. Ella no hablaba mucho y yo, en cambio, temeroso del silencio, me desangraba en palabras. Y a pesar del desequilibrio, nos sentíamos bien.
Lo que más recuerdo de esa primera salida fue nuestro primer beso. Luego de ver una película en el cine Pacífico, nos pasamos a Barranco. Estábamos dando vueltas por el parque municipal y unos niños de algún colegio aledaño habían salido a pasear las antorchas que ellos mismos habían confeccionado. Como número final hicieron una especie de baile e invitaron a sus familiares y a los curiosos que mirábamos a bailar en medio de las luces y de la música que salía de un altoparlante. Nosotros nos movíamos divertidos y en algún momento nos besamos. Ella sonrió, y yo me sentí el hombre más feliz del mundo, y la noche se encendió con una algarabía desenfrenada.
Deambulamos con ese éxtasis por el parque. Nos metimos a un bar y nos quedamos solo por un rato. Cuando nos cansamos del humo y la música, fuimos a la Bajada de los Baños. Sin pensarlo mucho acabamos en la parte oscura donde se refugian las parejas, sentados en las bancas aherrumbradas adonde llegaba el aire fresco y salado del mar. Nunca antes habíamos estado allí por nuestra cuenta y, a pesar de lo cursi o simple que podía parecer, había una magia que de pronto se cortó. Un par de muchachos –dos jóvenes delincuentes– se nos acercaron para fingir que nos vendían algo, cuando en realidad querían asaltarnos. Reaccioné impulsivamente, dispuesto a enfrentarme a esos malandrines, diciéndoles que qué les pasaba, pero algo me contuvo. Dejé de mirarlos con molestia, saqué un billete de diez soles y se los di. «Es todo lo que tengo», les dije. No sé si fue por el estado en que se encontraban –el gesto duro, los movimientos nerviosos– o por los grandes ojos asustados de Micaela que brillaban con un fulgor indescifrable, pero el hecho es que los delincuentes guardaron la plata y se retiraron sin decir nada.
«Hay que irnos a otro lado», me dijo entonces ella. Yo le propuse volver a la calle de los bares o llevarla a su casa, pero su sugerencia me dejó sorprendido. «Un lugar donde estemos más tranquilos. ¿No conoces un hotel?». Me sorprendió porque Micaela no era por ningún lado una chica movida, o muchos menos recorrida, y se notaba que lo que quería era que retomáramos aquel momento en el que habíamos estado.
Mis salidas a Barranco no habían pasado de borracheras y jamás las había terminado metiéndome a un hotel con una chica. Sin embargo, sabía de uno en la avenida Grau que, según me habían dicho, era bueno. Fuimos para allá y una vez en el cuarto no hablamos nada. No nos dijimos nada. Volvimos a besarnos como antes, con un desquiciamiento tal que casi no sentíamos los labios. Lo que sí era ostensible era mi erección. Yo no quise dar un paso más hasta no sentir una señal, y esta llegó con una caricia distinta que me erizó la piel. Solo entonces me di cuenta de que no tenía protección. Le dije a Micaela que lo solucionaríamos de inmediato. Bajé a la recepción y el dependiente –un viejito cegatón y distraído– me dijo que se le habían acabado, que seguro encontraba en la farmacia que había a dos cuadras. Me parecía increíble que pasara eso, pero me dije que nada malograría aquella noche. Salí a la calle, al aire frío y ruidoso, con el corazón acelerado y una erección indisimulable. Mala suerte. En la farmacia solo había preservativos baratos, de bajísima calidad. Tuve que recorrer tres cuadras más para encontrar los adecuados. Y para no perder más tiempo me regresé corriendo, cortando el aire que se me metía a torrentadas por la boca y me hacía percibir la humedad que empapaba mis pantalones.
En el cuarto, la voz suave y tranquilizadora de Micaela («no te preocupes», me dijo) y el calor de su cuerpo y el ímpetu de sus caricias me hicieron saber que todo seguía igual, que aquella pausa no nos había jugado en contra. Nunca antes me había sentido tan cómodo y tan compenetrado con una mujer. Y creo que ella se sentía igual conmigo. Había un orden que se superponía a todo, lleno de sorpresas que aún no habían terminado de aparecer. Micaela no había estado con otro hombre antes; me refiero a que si lo había hecho, no había pasado de tocamientos o escarceos, y esa circunstancia que podría resultar muy poco probable hoy, no lo era tanto por entonces. Me di cuenta en el acto mismo. Dije algo idiota que ahora no recuerdo, pero lo que no olvido es la forma en que me dio a entender que esa era una razón más para hacer que esa noche continuara siendo especial. No usó palabras ni movimientos. Fueron sus ojos, su mirada.
Algo que brillaba con dulzura en esa oscuridad levemente tamizada por las luces amarillas del poste de luz que había tras la ventana de cortinas añosas.
Un resplandor delicioso, callado.
Una chispa que guiaba la fluidez y la justeza con que se acoplaban nuestros cuerpos, y que en nada presagiaba el incendio que vendría después.
Nuestro período de enamorados duró cinco años. Un tiempo largo para la media de hoy, pero no tanto para la de nuestros padres. Los días de mayor luz, de exaltación deslumbrante, se prolongaron por unos dos años. Encuentros a toda hora, salidas a fiestas los fines de semanas, viajes largos que nos descubrían aspectos o detalles de nosotros mismos aún inexplorados. Luego, vino el reposo, una quietud bienhechora de la que también gozaba el país, pues el caos y la desesperanza en los que lo había sumido el fujimorismo parecían atenuarse con la llegada de un nuevo gobierno democrático… Nos quedábamos entonces en la casa de Micaela o en mi cuartito alquilado viendo una película, comíamos en algún restaurante cercano o lo que nosotros mismos nos preparábamos. Yo estaba terminando mis estudios de maestría en Literatura, y ella los de pregrado en Psicología. Era normal hacer planes, pensar en el matrimonio.
Y aquí entramos al primer punto espinoso. Como muchos de mi generación, yo alargaba los plazos, proponía nuevas fechas, buscaba mantener las cosas como estaban. Y quizás hubiera continuado así si no hubiese sido porque Adriana, la mejor amiga de Micaela, se casó por aquella época. No bien salimos de su boda (en la que Micaela por supuesto recogió el bouquet, que le estaba milimétricamente destinado), nos pusimos el plazo de un año. Casarse, mudarse a una casa no es barato y acordamos ahorrar de manera puntual para ello. Yo ponía el dinero en un sobre como quien paga una cuenta que nos es terminante y Micaela, en cambio, se aplicaba en entregar su parte con un cuidado y una religiosidad que servían para recordarme, cada mes, que el matrimonio era una realidad ineludible.
En ese período tanteamos iglesias, revisamos avisos de departamentos, nos compramos algunos muebles. Yo pasaba por una buena racha (cada cierto tiempo me invitaban a dictar clases de redacción en instituciones grandes) y por esos meses me encargaron trabajar en un organismo estatal que resolvía controversias comerciales. La paga y el local eran muy buenos, pero quién imaginaría que en aquel auditorio de butacas de cuero y aire acondicionado que me habían dado para capacitar a todo el personal, se me vendría la noche. Y apenas menciono esto, ya se me nubla la mirada y empiezo a sentir un extraño borboteo en el vientre. Todo fue tan rápido y tan aparentemente natural que no sabría señalar el momento exacto. De pronto estoy en mi carro, ya concluida la segunda sesión, y hay un grupo de chicas jóvenes que me preguntan por dónde voy y si las puedo jalar. Les abro la puerta encantado. Son mis alumnas y no podría negarme. A veces soy distraído y recién entonces empiezo a fijarme en las caras, que tengo retenidas en la memoria pero que no puedo discernir con claridad. Una de ellas se llama Tamara, está sentada a mi lado y aunque es la que menos habla y solo sonríe, es la que siento más conectada a mí. Una forma de mirar. Un gesto lento en la manera en que se levanta el cabello. Las dejo en Armendáriz y nada ha pasado en realidad, pero ha pasado.
A los dos días vuelvo a dictar mi clase, y allí está ella, sentada atrás, sin hacerse notar, pero mirándome fijamente. Uno, cuando es profesor, sabe hasta qué punto el interés es solo académico. Terminada la sesión, me subo al carro y la veo pasar. Le digo si no quiere que la lleve a ella y a sus amigas como la otra vez, y ella me contesta que sus amigas ya se fueron, que otra compañera las jaló. Le digo que igual puedo llevarla por allí y, con algo de duda, acepta. En el trayecto hablamos de las clases, del puesto que desempeña (es su segundo año de estudiante de Economía en la universidad y está haciendo sus prácticas), pero también de asuntos personales. Tiene pareja y le digo que yo también, pero no sé por qué omito que estoy próximo a casarme. Señalar eso, afirmar que somos personas comprometidas, nos da una especie de tranquilidad. Es como si hubiera en el aire un seguro que nos inhibe de dar un paso en falso. Un cinturón de castidad que nadie va a animarse a romper. Pero que, en el fondo, lo sabemos y lo sentimos, queremos que desaparezca.
El curso duró seis sesiones, así que solo la jalé un par de veces más. Mejor para mí. Mientras menos la viera, menor sería la tentación. Pero algo modificó el curso de las cosas. Luego de la última clase, la jefa del personal y quien me había contratado propuso que celebráramos el fin del curso en su casa. Era viernes, al otro día feriado: todos recibieron la invitación con entusiasmo. Nos fuimos en nuestros carros, yo esta vez sin llevar a nadie. La casa era una propiedad enorme en las Casuarinas y, por el despliegue de los empleados que nos sirvieron tragos y bocaditos, parecía siempre preparada para ágapes y reuniones. Nos ubicamos al lado de la piscina y yo pasé mucho rato conversando con los directivos más altos, quienes parecían muy interesados en tener otro trato con su profesor. De vez en cuando volteaba hacia donde estaba Tamara (se había sentado en una mesa frente a mí, con sus compañeros de oficina) y notaba que ella también estaba pendiente de mí. Conforme pasaban las horas, el flujo del trago se acrecentaba y el ambiente se iba animando. Dos chicas –secretarias de los jefes con que conversaba– me sacaron a bailar y yo me fui con ellas. Tamara también bailaba, pero yo había decidido tenerla a una prudente distancia y creo que ella también. Hasta que las provisiones se acabaron y la gente empezó a retirarse. Entonces fue que la jalé.
No tengo claro el orden de lo que pasó. Solo tengo nítido el recuerdo de las sensaciones. Estábamos en mi carro, estacionados en una calle en penumbras, y nos besábamos desesperadamente. Yo ardía en deseo y en algún momento le toqué los senos. Eran grandes, rotundos, tensos, dos prominencias en las que me había fijado desde antes de reconocer a quién pertenecían. Seguí. Me pasé al asiento de copiloto donde ella estaba, tiré del respaldo y la cubrí con todo mi cuerpo. Exploré y amasé todo lo que pude y, cuando ciego, embalado, le bajé la trusa, nada se interpuso en mi camino, aunque su voz quebró el silencio: «No debemos hacerles esto». Así lo dijo: «hacerles». Me quedé un rato encaramado sobre ella, hasta que vi su cara culposa y volví a mi asiento. «Tienes razón», le dije, más desarmado que convencido y encendí el carro para llevarla a su casa.
Me propuse olvidarme de todo, pero a las veinticuatro horas la estaba llamando por teléfono. «Creo que no he actuado bien», le expliqué, «reunámonos para aclarar las cosas». Y eso quise hacer, pero al verla en el café en el que nos encontramos, al sentir menos intensificado pero cercano ese olor que ya conocía, me convertí en un hombre cualquiera que repite un mismo libreto. Le dije que mi relación iba mal, que pensaba terminarla y que quizá, sin forzar las cosas, podía tratar de iniciar algo serio con ella. Ese día no me dijo nada. Pero seguimos viéndonos, ya sin hacernos muchas preguntas, juntándonos por el mero placer de estar juntos, hasta que una noche se apareció llorosa. No sabía lo que pasaría con nosotros, pero se había dado cuenta de que su relación no tenía sentido y había roto con su pareja. Acababa de hacerlo.
¿Qué es capaz de hacer uno por el deseo? ¿Hasta dónde se puede llegar? La tristeza de su separación le duró un tiempo. Tuvimos que tomarnos varias cervezas en bares y discotecas y luego en mi carro para retomar lo que habíamos dejado a medias. Para que fuese algo especial, la llevé a un hotel lujoso al que entramos con el infundado temor de que alguien nos reconociera. Acostados sobre sábanas limpias y sedosas, con la luz apagada que ella exigió como un requisito indispensable, nos amamos con una tristeza contenida, con algo que no se sentía en la piel pero que rondaba en nuestras cabezas. Lo conversamos a la luz de la lamparita encendida y volvimos a beber usando aquel frigobar que tenía todo cuanto se podía imaginar. La segunda vez nos fue mejor. Y la tercera y la cuarta, mejor aún. No importaba qué pensamientos se interpusieran: nuestros cuerpos se entendían con asombrosa perfección.
Y esa era una realidad incuestionable.
Antes, cuando dictaba muchas horas, uno de mis sueños más recurrentes era abandonar esa vida y trabajar en algo donde no tuviera que ver a nadie ni hablar con nadie. Quién diría que ese sueño se cumpliría. Ahora he vuelto a una de mis ocupaciones iniciales y me paso casi todo el tiempo solo, frente a la pantalla de una computadora, o delante de un manojo de hojas de prueba, sin tener que dirigirme a ninguna persona, salvo para cuestiones muy puntuales.
Al principio pensaba que la corrección de textos era una tarea importante. Uno lucha por purificar el lenguaje y los resultados de esa actividad minuciosa, de gran alerta, a veces obsesiva, son compartidos y apreciados por otros gracias al milagro de la publicación. Hoy tengo una idea distinta. Es un trabajo como cualquier otro, incluso menos valorado, y uno puede hacerlo con la eficacia y la dedicación de una máquina que le pasa un barniz más o menos brillante a un producto cuya calidad y sentido son ya inmodificables. Un maquillaje. Una aplanadora de asperezas. Eso es lo que nos toca hacer a los correctores de texto.
Ver el oficio de esta manera no solo te aligera sino que te hace más eficiente y quizá por eso me han dado dos turnos en este diario que maneja tantas publicaciones y de las cuales me ocupo de las inactuales. La paga es buena para el promedio y, además de estar solo, puedo ponerme a escribir mis cosas en los ratos que tengo libres y hacerlo con la certeza y la determinación de quien sabe no encontrará otro momento mejor.
Escribir para atrapar el instante. Escribir para tratar de entender.
Siempre me ha gustado esa idea de Frank Kermode: escribimos y leemos para intentar darle un orden, una coherencia a una realidad que en el fondo no la tiene. Por eso desde chicos nos atraen los relatos, las historias con principio y con final, porque nos dejan la sensación de que la vida se dirige hacia alguna parte, de que tiene un sentido.
No sé en qué momento descubrí a Alejandra Pizarnik. Me parece que leí «Cantora nocturna» y me volqué a leer toda su poesía. Y más tarde siguieron las biografías, las cartas, los testimonios de quienes la habían conocido, sus diarios. Esos textos los encontré medio escondidos, pero una década después los difundirían por todos lados las editoriales grandes. El mito ya se había consolidado.
Sacha, Buma, Blímele, Laura, Alejandra. Tenía tantos nombres como fantasmas la atormentaban. Y su insignia era explorar su orfandad y su extravío para fijarlos en la palabra. En la palabra exacta. En su voz lacerada por las sombras. Una poesía donde convivían dobles, monstruos, niñas y lobos enfrentados a la inevitabilidad de la noche, a los bordes de ese abismo sin fondo que puede ser el silencio.
Vivió treinta y dos años encerrándose cada vez más en sí misma. Su lucidez verbal era extraordinaria y, sin embargo, se desplazaba por el mundo como un ser irreal, como una pordiosera a la que nadie podía dar cobijo. Era una mano sedienta que pedía agua. Una extranjera perdida en un país invisible. Una noche, ya no aguantó más y en el cuartito en que realizaba sus ceremonias nocturnas, rodeada de muñecas y sobrevolada por pájaros de papel colgados en el techo, se hundió para siempre en el sueño denso del seconal.
Al otro día, las amigas que encontraron su cuerpo desnudo descubrieron que había escrito en la pizarra –aquella pizarra que, puesta sobre la cabecera de su cama, miraba obsesivamente– lo siguiente:
«Solo quiero llegar hasta el fondo».
Y eso es lo que quiero hacer yo también con esto que escribo.
No le dije nada a Micaela de lo que estaba haciendo, ni dejé que se enterara. Empecé a llevar una doble vida, y solo quien ha pasado por eso sabe el enorme grado de tensión y excitación que existen. Veía a Micaela a las seis cuando salía de la academia, íbamos a tomar un café o a comer y, después de dejarla en su casa, a eso de las nueve de la noche, me iba a buscar a Tamara al Británico, donde estudiaba inglés después de cumplir su horario de prácticas. Allí empezaba la locura. Tamara era una muchacha y le gustaba salir a bailar, a divertirse. Casi siempre íbamos a algún pub o discoteca y volvíamos al elemento que nos había unido o que había alisado el camino: el alcohol. Picados, nos íbamos a comer algo o nos metíamos de frente a algún hotel. Y yo, que ya estaba agotado por mi jornada que empezaba a las siete de la mañana, adquiría una energía inusitada. Algo había en el cuerpo de ella, en la forma en que me deseaba, en la entrega y la pasión que me ofrecía, que hacía que no me importara nada y que me convirtiera en una persona que yo mismo desconocía.
Ella, por lo demás, tenía una capacidad de erotización que me sorprendía pero que, al mismo tiempo, me encantaba. Alguna vez ni siquiera llegamos al hotel y terminamos haciéndolo en el baño de un grifo. Alguna vez me la corrió en el auto y se tragó mi semen mirándome a los ojos entre contenta y agradecida. Y como sabía que me volvían loco sus senos, se ponía unos escotes inquietantes o me dejaba con la boca abierta con la lencería que se compraba. Por lo general, la llevaba a la una de la mañana a su casa. Para mi suerte, vivía con una prima con la que compartía un pequeño departamento y a la que no le importaba mucho lo que hiciera, salvo que fuese a meter a los enamorados porque entonces –ya les había pasado– empezaban las habladurías de los vecinos.
Es difícil permanecer callado en estos casos. Y muy pronto me vi contándole a Dante, en nuestras periódicas reuniones de fin de mes, lo que estaba viviendo. Antes de que pusiera algún «pero», antes de que saliera en defensa de Micaela, a quien conocía y estimaba, le dije que estaba en perfecto control de la situación, que se trataba solo de una cana al aire (una que nunca antes había tenido y que acaso me podía ser permitida por la proximidad de mi matrimonio) y que, más temprano que tarde, daría por terminada sin causarle daño a nadie. Dante me escuchaba con una anuencia cómplice, aunque no del todo completa. Y conforme pasaban las semanas, me mostraba sus cuestionamientos. «Sigues viviendo tu fin de semana permanente», me decía medio en serio medio en broma, luego de que le contara lo extenuante de mis días y viera en mi cara las huellas de un agotamiento extremo. «A mí lo que me preocupan son tus deudas», me apuntilló un día sacando cálculos de los gastos que representaban todas mis correrías. Y era que yo, irresponsablemente, sin imponerme ninguna restricción, costeaba todo con tarjetas de crédito que sabe Dios cuándo pagaría.
Pasé así dos, casi tres meses. Un día, Micaela me sorprendió con una llamada: quería que nos viéramos antes, en un café que habíamos dejado de frecuentar y que había sido recién remodelado. Temí lo peor y me preparé para amortiguar el golpe. Pero la encontré muy tranquila. Nos tomamos un café (ella, que nunca tomaba café) y me preguntó cómo me sentía, si todo estaba marchando normalmente. Le hablé de la tensión de los exámenes parciales en la universidad, de las notas que tenía que presentar. Entonces me miró a los ojos. A menos de medio metro, en esa terraza cálida en la que el sol se ponía con lentitud, quería verme mentir. Comprobar hasta dónde podía llegar. Estaba al tanto de todo. Alguien me había visto, luego otra persona y ella se había atrevido –como nunca– a entrar a mi correo. Allí había mensajes no para Tamara, sino para Dante en los que se traslucía en lo que estaba metido. Luego, me había seguido. Conocía perfectamente mi rutina. Lo había pensado y había comprendido que no tenía sentido llorar o hacerme un escándalo porque lo principal ya se había perdido. Yo me había «caído» para ella. Ya no me tenía confianza. Y así se tratara de algo pasajero, eso modificaba nuestros planes, nuestras vidas. Mejor era que nos separásemos. Me lo decía con una dignidad, con una prestancia que me impedían hablar. Me estaba cortando con la frialdad que se tiene ante un desconocido. No, no era lo que me hubiese imaginado. Pero tampoco mi actitud fue la que me habría esperado. Le dije que tenía razón. Que, frente a la contundencia de los hechos, no podía sino hacer lo que ella quisiera. Y luego la vi partir, y no hice nada por detenerla, y me quedé allí sentado con la extraña, turbadora sensación de que había perdido algo importante, fundamental en la vida pero que, como en esas relaciones atávicas que reclaman su fin, era ahora libre, impensadamente libre.
Deambulé un rato con el carro y por inercia me descubrí en Miraflores, rondando como siempre el Británico. «¿Pasa algo?», me dijo Tamara. «Estoy con la corregidera», le respondí. Me acarició la cabeza y ese gesto de ternura me encendió de deseo. «Hay que irnos a un hotel», le dije. «¿Así nomás de frente?», me sonrió, mirándome admirada pero lista para seguirme la corriente. Compramos en un grifo un paquete de cervezas, que bebí con un ansia animal. Creo que, como nunca, anduve callado, reticente y cuando nos acostamos, aturdido por el alcohol y las ganas de no pensar, le hice el amor con una furia descontrolada, una energía profunda que al principio ella interpretó como una brusquedad innecesaria pero a la que, por su propia impulsividad, no se resistió. Lo hicimos cinco veces, yendo más allá de mis fuerzas, y me quedé intentándolo una vez más hasta que un vértigo fulminante me nubló la vista y todo se apagó.
El sueño. La necesidad de que el cuerpo descanse. Al otro día amanecí mejor. O peor. Otra vez me invadía esa sensación inusitada de libertad, de que mi vida podía tomar el curso que yo quisiera. El futuro no importaba. Lo único que valía era el instante.
Me olvidé de Micaela. O me dije que ella estaría bien así, lejos de mí. Y viví con Tamara algo que podía llamarse una relación. Nos veíamos más, andábamos más tiempo juntos, y eso la entusiasmó, le dio la idea de que lo nuestro podía llegar lejos. Me volví un adolescente, cambié de ropas y de costumbres, empecé a vincularme con sus amigos, a ser parte de su mundo joven. Y esa cercanía, que ella sentía tan bien, me hizo daño. Empecé a sentir celos, a cuestionar sus amistades, a vigilar sus salidas, cosas que a ella en un principio le gustaban pero que, por mi insistencia, sintió como una amenaza. Había por eso conatos de pelea, tensiones que crispaban el aire, pero que lográbamos atemperar con el alcohol y el sexo.
El alcohol era nuestro dios, la carretera por la que nos emparejábamos e íbamos a la misma velocidad. Y el sexo era el lugar de llegada y el lenguaje que permitía que nos entendiéramos sin interferencias. El alcohol primero y después el sexo. Sobre esos rieles andábamos.
Pero conforme pasaban los días y, sin proponérnoslo, tratábamos de tener una relación más normal, fueron apareciendo las grietas. Fisuras que acaso ella no sentía, pero yo sí. Su juventud, su manera despreocupada de vivir, sus amigos, su obsesión por la ropa, por la moda, por estar alegre, todo eso me fue pareciendo insulso. El sexo siempre era un paliativo para mi aburrimiento, pero también se me hizo un territorio conocido. No era que ya no me excitara como antes (ella tenía la capacidad de excitarme solo mirándome), pero el sexo empezaba a tener menos fuerza frente al tedio. Había días en que salíamos con sus amigos, o estábamos conversando sobre temas que ella proponía y no me interesaban, y entonces yo experimentaba la sensación clarísima de estar de más. De querer largarme de allí para siempre. Y ni siquiera pensaba en mi pasado. Ese presente, de haber sido elegido por mí con la más absoluta cordura, no era el que quería vivir.
Y allí estoy sintiendo que el tobogán frenético al que me había subido llegaba a su fin, que pronto regresaría a pisar tierra firme. Tengo la imagen de aquellos momentos –de aquellas semanas, en realidad– como una nebulosa negra, ingrata. Intenté muchas estrategias. Primero, ir disminuyendo las horas que pasábamos juntos, con el pretexto de que tenía mucho trabajo o que gastábamos demasiado y ya no tenía plata. Luego, tratar de hacerle ver que nuestras diferencias de edad y de personalidad eran insalvables (le llevaba once o doce años, pero a esas alturas se me hacían muchos más). Y frente a todos esos obstáculos ella se mostraba animosa, comprensiva, dispuesta a adaptarse a las circunstancias. Entonces se me dio por pensar que quizá no solo era el sexo lo que nos unía, que quizá podía haber otros puntos de contacto. Pero apenas me vi otra vez envuelto en su mundito, en ese medio que me parecía tan idiota por predecible y mecánico, me volvían las ansias de fuga. En una de esas, a la salida de una fiesta en la que ella estaba feliz y yo aburridísimo, tuvimos nuestra primera pelea de verdad. Le dije lo que pensaba, se lo dije con violencia y ganas de herir, y ella estuvo a punto de golpearme, pero se contuvo, paró un taxi y se fue. Nos dejamos de hablar por varios días. Pero al cabo otra vez estábamos comunicándonos, acordando dónde vernos, y terminamos en un hotel al que yo llegué con una excitación atrasada que traté de cobrarme de la mejor manera, y del que salí con la seguridad plena de ser un adicto, de estar encadenado a una droga.
Hubo dos peleas más de ese tipo, a las que siguieron reconciliaciones similares. Pero en la tercera, que tenía todos los visos de repetir la mecánica, algo extraño pasó. Lo recuerdo claramente porque era la primera vez que experimentaba algo así. Habíamos durado casi una semana sin hablarnos, hasta que ella buscó un pretexto y me escribió un mensaje de texto preguntándome por una prenda suya que creía perdida pero que, en realidad, estaba refundida, como muchas otras cosas suyas, en la maletera de mi carro. Me dijo que iría donde le dijera a recogerla y yo le prometí pasar más bien esa noche por el Británico. Así lo hice. Me estacioné al frente de la puerta, en la Bajada Balta. La vi salir y mientras trataba de ubicarme, la miré bien y la sentí como una persona desconocida, alguien que no tenía nada que ver conmigo y que sin embargo creía conocerme y buscaba a ese que supuestamente era yo. Me encontró, la hice pasar y empezamos a hablar. Sin asperezas, como si nunca nos hubiésemos peleado. «Te invito un café», me dijo y yo acepté con una amabilidad y una docilidad que eran nuevas en mí. Fuimos al Café de la Paz y allí, sentados en la parte del fondo, me habló con una dulzura y una inteligencia que no olvidaré. Me describió con extraordinaria exactitud quién era ella y quién era yo, qué nos había unido y qué hacía que nos atrajéramos y, sobre todo, me habló de cuáles eran mis miedos, qué cosas me molestaban y qué podíamos esperar para un futuro si nos atrevíamos a continuar juntos. Ella estaba decidida a dejar todo lo que a mí me atemorizaba o me exasperaba, cambiaría o mejoraría no porque quisiera complacerme, sino porque se había dado cuenta de que lo único que deseaba en la vida era estar junto a mí. Yo la escuchaba hablar admirado, de veras sorprendido no solo porque era la mejor chica que uno se podía imaginar, sino porque me veía allí también, lejos de mí, salido de mí, como un espíritu o una energía bamboleante, que podía quedarse sobrevolando a esa pareja que conversaba tan civilizadamente allá abajo o podía seguir su camino y vagar por el mundo, con una hermosa libertad. Me vi y me oí decir cosas sensatas, frases que a ella la colmaron de esperanza y de alegría, y que a mí también me conmovieron desde la tranquilidad y la distancia en que me encontraba. Salimos, volvimos al carro y, como quien empieza una nueva vida, la dejé en la puerta de su casa. Teníamos todo claro, el mundo era nuestro y el fantasma del deseo se había esfumado o al menos en esos momentos no se hizo presente. La besé larga, sinceramente, como el hombre más enamorado del mundo, y ella se despidió con un rostro de satisfacción que me llenó de ternura y agradecimiento. «Mañana te busco a la salida de tu trabajo», le prometí mientras le sonreía y encendía el auto.
Nunca más la volví a ver.
Hay un momento en la vida en que todo cambia. No lo descubres mirándote en el espejo, sino repasando fotografías, encontrando ropa acumulada en el ropero que ya no usarás y que debes botar o regalar. Tu cuerpo parece el mismo, pero te das cuenta de que ya eres otro: te demoras más en subir las escaleras, te caen mal las comidas que antes consumías sin problemas, un simple resfrío te puede durar semanas, el olor, la textura de tu piel se sienten más ásperos, con menos brío. Y en particular, te cogen unos silencios súbitos, estás haciendo cualquier cosa y eres consciente de que ya no quieres ir tan rápido, de que ya es más difícil arrojarse al camino sin pensarlo, que la energía que antes desbordabas ya no debes usarla en tomar más impulso, sino en desacelerarte y encauzar tus pasos para no tropezar y terminar desbarrancándote. Y en esos silencios imprevistos, se te da también por rememorar hechos y sensaciones que aparentemente no vienen al caso, o por calibrar el peso y la presencia de los que más quieres; los miras y los abrazas con una angustia secretamente liberada, porque comprendes que el tiempo no solo te ha estado corroyendo a ti sino a todo lo que te rodea y que esos encuentros causales o rutinarios son, en el fondo, un milagro.
En ese momento sucede lo que antes creías imposible o inimaginable. Sucede que, al fin, tu sombra te alcanza.
La noche en que vi por última vez a Tamara, me quedé como un zombie. Vagabundeé por la ciudad como si esperase que, en el camino, alguien me detuviera o me recordara cuál era mi destino. No tenía adónde ir. Bajé un rato a la playa y me dejé invadir por el aire húmedo que venía del mar, por las exhalaciones saladas que me rondaban mientras yo trataba estúpidamente de ver resplandores en la oscuridad brumosa. Me quedé dormido entre las rocas, hasta que fui despertado por el picotazo de un pájaro o la mordedura de una araña de mar. Seguía igual de idiota, pero volví a sentir mi cuerpo, la humedad sucia de la noche me golpeó, y regresé al carro para volver a casa.
Pude cerrar los ojos un rato más y cuando la luz azul se anunció por la ventana, comprendí cuán estúpido había sido. Por primera vez en esos meses pensé en Micaela. Por primera vez vi con claridad lo que había hecho. Micaela, la chica con la que había pasado buena parte de mi vida. La mujer que estaba a punto de casarse conmigo. La única persona que de veras había creído en mí y a la que había traicionado. Me entraron unas náuseas feroces. Y durante un tiempo indeterminado, entre lágrimas y temblores, vomité con la ilusión de que aquello que tanto me costaba expulsar se llevara también aquella parte de mí que no reconocía, que había mutado terriblemente y que me había colonizado hasta convertirme en un monstruo.
Me di un baño y en aquella maraña de vómitos y sudor frío que me cubría, cerré los ojos y me quedé tumbado en la ducha. Recordé todo. Vi gestos, palabras a las que antes no había prestado importancia y que ahora adquirían un significado pleno. Micaela, en silencio, había estado en el centro de todo y yo, de pronto, la había cambiado por cualquier otra.
Durante tres días me la pasé en mi cuarto. Me llamaban del trabajo y decía que estaba gravemente enfermo, que no podía asistir, que me buscaran un reemplazo. Y me quedé allí pensando que tenía que volver a ver a Micaela, aunque sea por última vez. ¿Para decirle qué? ¿Con qué cara además? No tenía idea. Pero si yo tenía todavía algún futuro, eso dependía de que volviera a hablar con ella.
Una tarde, me senté a la computadora y escribí una carta larguísima y confusa que solo sirvió para acabar de botar lo que aún llevaba adentro. Al otro día la borré y volví a escribir algo más corto y claro, algo que si Micaela se encontraba invadida por el odio –un odio totalmente justificado–, por lo menos terminara de leer. La envié por el correo electrónico y me sentí un poco reconfortado. La escritura no cura el dolor, no restaña las heridas, pero escribir vehiculiza las energías turbias, las fija sobre un papel y esa cosa negra que nos hace daño adquiere una concreción, se libera y es posible mirarla a cierta distancia.
A la semana, cuando estaba otra vez encarrilado en el trabajo, cuando ya había perdido toda esperanza de que me respondiera, recibí un mensaje suyo. No me decía gran cosa. Se había enfocado en el trabajo. Había ido saliendo del dolor haciendo otras cosas, viendo a otra gente. Y si entonces podía escribirme, era porque en cierta forma ya estaba mejor.
Volví a escribirle. Y esa carta inició una correspondencia que no habíamos tenido ni cuando éramos enamorados. Yo le iba escribiendo textos cada vez más largos en los que le hablaba de lo mucho que la había extrañado o en los que recapitulaba esos momentos tan valiosos que, tal vez, yo no había sabido apreciar y sobre los que le quería agradecer. No le hablaba de lo que estaba pasando conmigo. Si seguía con la chica por la que la abandoné, o si ya eso se había terminado. Le hablaba como si me hubiese despertado de un estado de coma. Como si fuese un sobreviviente. Como si hubiese estado viviendo en un agujero negro al que un golpe de luz había diluido en un instante.
Pasó como un mes así. Hasta que tuve el valor de decirle para verla y ella no se negó. Me dijo para encontrarnos en el centro por la noche y así lo hicimos. Ella también parecía regresada de una hecatombe. Aunque no se veía triste ni deprimida, estaba hecha un palo, delgadísima, y con un aura apagada, ensombrecida. Nos reunimos en La Colmena y tras caminar un rato entramos al Dominó, un antiguo café por la plaza San Martín. No tengo palabras para describir cuán mal me sentía, pero debía de advertirse en mi rostro, en la torpeza con que hablaba, en mi incapacidad para ser yo quien, como siempre, llevara el hilo de la conversación. «Ahora estoy bien», me dijo para ayudarme. «Por lo menos puedo mirarte a la cara». Y me habló del nuevo trabajo que se había conseguido. La habían admitido como psicóloga en un colegio extranjero, con una paga regular pero con posibilidades de crecer. Me aferré a eso. Le hice preguntas, comenté lo que sabía sobre ese colegio. Otra vez las palabras volvían a socorrerme. En algún momento dije algo gracioso y ella se sonrió. Fue como encontrar un rastro de vida en los escombros de una ciudad devastada por un bombardeo. Y yo había originado esa deflagración, no podía olvidarlo.
No sabía de qué más podía hablarle y le dije que había en cartelera una buena película y sin más le propuse verla en un cine de por allí. Tuve suerte porque ella también estaba interesada: había escuchado buenos comentarios. Entramos al cine. No recuerdo qué vimos. Solo sé que estuve a su lado una hora y media, sintiendo su calor, viendo cómo se recogía el cabello que a veces le caía en la frente, preguntándome hasta qué punto uno puede quebrar su vida sin darse cuenta. La película le pareció buena y no hablamos más de eso porque era claro que yo no había podido concentrarme. Le dije para comer algo y no quiso. Aceptó, sí, que la llevara a su casa.
Volver a mi carro con ella fue otra ráfaga de sensaciones tensas, desagradables. No sé si ella pensó en eso, pero yo no pude evitar recordar que no hacía mucho había tenido al lado la presencia inquietante de Tamara, una presencia que yo había tratado absurdamente de absolver mandando a lavar el carro por dentro, poniéndole forros nuevos a los asientos. Micaela no notó aquel cambio, o quizá hizo que no lo notó. Hablamos poco en el camino, pero cuando ya estuvimos cerca de su casa, paré a echar gasolina y entonces ella me dijo: «¿No quieres que nos tomemos una cerveza?». Era rarísimo: a ella no le gustaba tomar. ¿Me estaba probando? ¿Qué pensaba hacer? «No», le dije sin saber qué más decir. «Yo sí quiero», insistió. «Me ha provocado». Compramos un par de latas y las bebimos en el parque que estaba a la vuelta de su casa, un lugar en el que habíamos estado tantas veces y que de algún modo me hizo sentir que el mundo que había perdido era aún recuperable. Micaela me sugirió poner la música que a ella tanto le gustaba y que me había enseñado a querer: Morrissey, The Cure, Joy Divison, Depeche Mode. Y así, escuchando esas melodías familiares, dejando que la cerveza me relajara, la volví a sentir cercana. Seguíamos a la misma distancia y, sin embargo, la forma como se movía lentamente acoplándose a la música, la luz que latía débil en sus ojos grandes y que yo sabía era una expresión de comodidad, eran la prueba de que no éramos personas ajenas. Nos encontrábamos tan bien así que nos animamos a comprar unas cervezas más y cuando nos volvimos a estacionar en el lugar en el que habíamos estado, ella me miró con una expresión indefinible y se acercó para besarme. Le correspondí al principio extrañado, hasta que comprobé que no era en ella un gesto forzado y que cerraba los ojos con pasión, como antes. Sí, como antes. ¿Podía ser posible? La besé con intensidad, reconociendo en esa boca y en esa saliva algo así como el regreso a mí mismo. Pensé estar viviendo una ilusión, pensé que todo se arruinaría en un instante. Y así fue. «Esto es lo que te gusta», me dijo. No había ningún tono en particular. Solo era una constatación. Debí quedarme callado. Debí omitir cualquier comentario. Pero no: hablé. Le dije que había estado enajenado, que esa chica ahora se encontraba lejos de mi vida y que en realidad siempre lo había estado, que había cometido ese error porque era un imbécil, porque no estaba seguro de si debía casarme o no, y que estaba profundamente arrepentido. Le repetí lo que le había dicho en las cartas, solo que ahora hablaba con miedo, con desesperación. Ella me miraba con una especie de rencor contenido, algo oscuro y violento que nunca le había visto en los ojos. «Yo he hecho lo mismo», me dijo sin mirarme. «Quería saber qué se sentía». Entonces me contó. Y fue como si algo muy adentro se me fuese desgajando lentamente. El día en que le confirmé que la engañaba y me quedé en el café sin retenerla, sin darle mayores explicaciones, sintió que la había asesinado. Con una fuerza que no sabía de dónde sacó, salió de allí casi sin aliento. El mundo se le había venido abajo, nada en adelante tendría sentido. Lloró muchas veces hasta que las lágrimas se le acabaron y el cuerpo empezó a secársele. Al principio no quería ver a nadie, solo lloraba en silencio en el trabajo, en las calles o en los buses, pero luego comprendió que debía decírselo a alguien. Adriana, su mejor amiga, estaba viviendo fuera del país y no tenía más personas en quien confiar. Se le pasó por la cabeza ir a ver a Roberto, un amigo pintor que, en el tiempo en el que habían trabajado juntos en un proyecto, siempre la había escuchado con verdadero interés, acaso porque estaba enamorado de ella. Él se lo había dicho, pero ella le había hecho ver que ella me tenía a mí y me quería. Roberto la recibió con el cariño que siempre le había mostrado. Ella le contó que ya no estaba conmigo, aunque no quiso darle más detalles. Empezaron a frecuentarse, a salir juntos, sin hablar mucho porque ella no quería hacerlo y él se amoldó a su silencio. Un día, ella le dijo para ir a un hotel. «¿Estás segura?», le preguntó él. Y Micaela le respondió que sí. Esa tarde, después de encontrarse en el local de Emancipación donde él vendía sus pinturas, entraron a un hotel barato, a una de esas casuchas viejas y pulguientas que hay en las calles del centro. Ella no quiso mostrarle su cuerpo delgadísimo ni se atrevió a tomar la iniciativa. Temerosa pero resuelta, lo dejó acariciarla con cariño, decirle esas palabras bonitas que siempre le tenía reservadas (alguna vez le había escrito un poema en el que la llamaba «mariposa etérea») y hacerla suya con una delicadeza que ella no creía posible. Igual, no lo disfrutó. No sintió nada. O más bien después, en los días siguientes, se sintió sucia. Pero pensó que era algo necesario. Que yo no le había dado otra alternativa.
Observaba a Micaela hablar, a menos de un metro de mí, sin mirarme, con los ojos puestos en el parque, y yo apenas si podía creer lo que pasaba. De todas las posibilidades que se podían presentar, jamás me hubiese imaginado esa. No podía ser verdad lo que me estaba diciendo. Y como no salía de mi incredulidad, le pregunté con una exasperación creciente si no me estaba mintiendo. Todo era cierto, todo. Y entonces algo se desbordó dentro mí y no me salieron las palabras sino una fuerza atroz que movilizó mis manos y me llevó a tomarla del cuello. Sí, yo que jamás le había puesto la mano a una mujer, yo que había aprendido a tratarla con una particular delicadeza debido a su fragilidad, estaba violentándola, aprisionándole la garganta, diciéndole sabe Dios qué cosas. Y ella no decía nada, tan solo trataba de apartar débilmente mis manos, y eso me enfurecía más porque yo quería oírla decir que todo era mentira. Por suerte una de esas disociaciones que por entonces empecé a tener me salvó de desatar una tragedia. Me vi desde lo alto, como un loco enfurecido, y luché contra mí mismo para detenerme. Y cuando volví en mí, me encontré llorando y temblando. Ella estaba entre confundida y aterrada, pero no hizo nada por calmar las cosas, se bajó del carro y se fue a su casa. Y yo ya no pude hacer nada más. La dejé ir.
Esa noche no pude dormir. Es más, ni siquiera tuve fuerzas para irme a ningún lado. Me quedé en el parque, llorando por ratos, serenándome en otros, siempre volviendo a las mismas imágenes. Micaela con otro hombre en aquel hotel desventurado. Micaela penetrada por otra persona. Alguien que quizá se había aprovechado de ella. Y de la tristeza pasaba entonces a la ira y de allí a una lucidez culposa: sea lo que hubiese sucedido en aquel cuarto, yo había sido el que había desencadenado aquel hecho. Me lo merecía. Tenía que aceptarlo. Y así, yendo de un sentimiento a otro, amaneció. La luz oscilando en el cielo anubarrado, la gente que empezaba a salir a las calles, los autos que circulaban a mi alrededor. Todo estaba cambiando y yo seguía allí.
Pulsuz fraqment bitdi.