Kitabı oxu: «La lluvia y los cinco»

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Averbach, Márgara

La lluvia y los cinco / Márgara Averbach ; ilustrado por Cristian Bernardini. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2016.

Libro digital, EPUB


Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-1565-81-8


1. Narrativa Argentina. I. Bernardini, Cristian, ilus. II. Título.

CDD A863

Reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

LA LLUVIA Y LOS CINCO

Toda la vida tuve charlas con mis parientes no humanos del planeta, los animales. Como esta es una historia sobre cinco de esos parientes, elijo a cinco de los que charlaron conmigo. Este libro es para:

__ Pan Duro, el caballo que metía su cabeza negra por la ventana del rancho de mi abuelo para despertarme, a la mañana.

__ Kimba, mi gato gris y blanco de los doce años que venía a esperarme a la esquina de casa cuando yo volvía del colegio.

__ Ñusta, mi yegua de los veintipico: era zaina y estaba enferma. La quise mucho. La última vez que la vi, estaba en el campo, oscura, fabulosa, crin y cola largas, ojos tranquilos.

Tuán, nuestro dálmata de manchas marrones que nos acompañó a Patagonia en carpa. Sabía reírse. Se reía cuando nos veía.

__ El puma que vi desde mi petisa tobiana a los cinco años. La petisa lo vio primero y retrocedió frente al árbol, un tala, me acuerdo. Yo me asusté y levanté la vista y lo vi: ojos amarillos y negros, aferrado a una rama no demasiado alta, más asustado que yo. La Tierra entera me miraba en esa mirada de sol y noche.

MÁRGARA AVERBACH

/ EL PROBLEMA

El problema era que había una sola máquina de lluvia. Una sola en todo el ancho mundo. Y muchos lugares que la necesitaban. De eso trata la historia que quiero contarles.

Esta es una historia del futuro remoto. El tiempo, eso yo lo sé, no es tan recto como creemos porque ahí está el sueño… ¿No podemos ver el futuro? Yo no lo creo. Esta historia es el futuro que vino a contarme algo en mis sueños.

Hace cuatro noches que la sueño y sé que quiero contarla, que necesito contarla. Porque ustedes y yo, todos, somos parte de ella. Somos la especie loca parecida a los monos que se asoma cada tanto en los rincones de la historia.

Así empieza:

Había una sola máquina de lluvia. Y ese era el problema.

África la necesitaba. En el Norte, estaba el gran desierto, abierto como un abanico; a veces, amarillo y arremolinado; a veces, inmóvil, transparente. Nadie quería destruir el desierto. El desierto tenía que seguir ahí y no necesitaba lluvia. Todos lo sabían: los camellos con sus grandes ojos llenos de lágrimas; las serpientes doradas que duermen sobre las piedras, al sol; los insectos de los oasis, protegidos detrás de las hojas de las palmeras; la arena, inquieta en sus dunas verticales, como montañas. Nadie quería destruir el desierto pero África es mucho más que desierto. Más hacia el Sur, en las enormes sabanas, las jirafas y los leones y los guepardos y las mimosas necesitaban agua. Las selvas y los pantanos esperaban la lluvia con la boca verde y húmeda y abierta., y la lluvia no siempre llegaba.

América necesitaba agua. El Amazonas alzaba sus ondas turbias sobre las tortugas y las pirañas y las grandes boas silenciosas, y pedía tormentas. Los ciervos de las pampas del Sur querían tormenta para sus esteros encendidos, y los osos y los mapaches del Norte se detenían junto a los ríos y buscaban en el cielo tormenta para la fruta y los salmones. En el centro, en las islas del mar color turquesa, los loros y los guacamayos esperaban que ella fabricara las grandes hojas que siembran sombra fresca en el verano.

Y la máquina de lluvia era una sola.

Australia, la árida, con el corazón dolorido de sed, quebraba las piedras para recibir las gotas que buscan las raíces ciegas de sus eucaliptos y los saltos mágicos de los canguros. Los cocodrilos se escondían en el agua de los pantanos y los arroyos, pero los pantanos y los arroyos estaban cada vez más playos. Las islas, dispersas como un rebaño alrededor, cantaban con el mar pero deseaban el agua dulce que baja desde las nubes.

Eurasia necesitaba la máquina para alimentar a los lobos y las perdices y los manzanos y los olivos y los charcos que brillan entre las nieves blancas de las montañas y los acantilados junto a las playas azules. En el Sur y el Este, sus ríos lerdos buscaban lluvia y también los tigres que nadan de noche y los elefantes que se mueven todos juntos cerca del Océano Índico.

****

Solamente Antártida, solitaria como un bostezo blanco, sonreía en paz bajo su lluvia congelada. Antártida no necesitaba la máquina de lluvia. Tal vez por eso (se me ocurre ahora que voy a contar la historia), tal vez por eso fue la enviada de la Antártida la que consiguió solucionar parte del problema.


Pero no nos adelantemos. Antes, hay que decir que yo hablo de África, América, Eurasia, Australia y sus hermanas menores, y Antártida, claro. Pero esos no eran los nombres de esas tierras en tiempos de esta historia. En tiempos de esta historia, todo se llamaba de la misma forma. Todo era Tierra. Cada uno de los continentes era distinto y cada uno se llamaba a sí mismo con una palabra que significaba “Tierra”, y esa palabra era completamente distinta de la que se usaba en los otros lugares del mundo. Pero la historia no me contó esos nombres, así que la cuento con los nombres que yo conozco. Que todos conocemos.

Cuento esta historia porque hace falta contarla. Es una historia necesaria. Hay que contarla mucho, sobre todo ahora, en estos años raros en los que no parece que los seres humanos nos demos mucha cuenta de lo que respira bajo nuestros pies. Esa Tierra que es y será siempre solamente una.

Como los nuestros, los de esta historia no eran buenos tiempos. La sed había bajado con sus dos alas secas hasta todos los seres del mundo, menos los que vivían en la Antártida. Y entonces, la discusión se volvió árida y se dobló sobre sí misma.

Había una sola máquina de lluvia.

Ese era el problema.

****

/ PRIMERA PARTE

PRIMAVERA-OTOÑO

(SEGÚN DÓNDE ESTÉ CADA CUAL)

I. LOS ENVIADOS /

Había una sola máquina de lluvia. Solamente una.

Los cuatro continentes que la necesitaban se asustaron y Antártida, que no la necesitaba, se asustó también. Y tenía razones para asustarse. Decía la leyenda que, hacía ciclos y ciclos, había habido en la Tierra una especie parecida a los monos. Y que esa especie se había peleado contra el planeta y contra sí misma, como el mundo parecía a punto de pelearse ahora por la máquina de lluvia. Tal vez habían tenido razones, razones importantes: la comida, por ejemplo. O el espacio. O el agua… El agua, como ahora.

Había teorías, claro. Algunos estaban seguros de que era por alguna de esas cosas… porque, ¿qué es más importante que el agua o la comida o el espacio o el aire, en todo caso? Otros decían que tenía que ser por algo más grande, algo desconocido y maravilloso que se había perdido para siempre en la pelea. Un tercer grupo de estudiosos creía que había sido una enfermedad, una enfermedad terrible, una locura. La cuarta teoría era la más rara de todas. Los que la apoyaban decían que tal vez la pelea había sido solamente porque la especie tenía ganas de pelear. Como un juego que sigue y sigue y termina muy mal.

Fuera lo que fuese, la especie había desaparecido en ese remolino. Y había dejado en condiciones muy feas al resto del mundo. Nadie creía que hubieran sido inteligentes y había una prueba concreta: no quedaba ni uno solo de ellos. Sólo sus huellas, sus ruinas: montañas artificiales, rectas, muy altas, todas amontonadas, montañas que las ardillas de América del Norte usaban para jugar y los mapaches para esconderse; senderos duros, silenciosos, muertos, en general de color violeta, que las plantas iban cubriendo lentamente. Enormes caras de piedra en el centro de América (redondas) y en la Isla de Pascua (alargadas); algunas pirámides inmensas, en América también y en el Norte de África, junto al desierto. Lugares intrincados y llenos de imágenes en Asia. Enormes paredes pintadas en Europa. Y algo más: el mundo de la historia los llamaba de otra forma (algo así como “camino sobre”) pero yo, que quiero defender un poco a la especie loca parecida a los monos, voy a llamarlos “puentes”.

“Los puentes”, pensaba el mundo, “eran maravillosos y estaban por todas partes”. “No pueden haber sido tan tontos”, decían algunos estudiosos cuando miraban los puentes. Un puente que atraviesa un río puede cambiar muchas cosas. Esa manera rápida de unir dos pedazos de tierra separados por agua parece inteligencia pura. ¿Sería por eso que se habían peleado? ¿Por los puentes que ellos mismos habían construido?

Cuando empezó el problema de la máquina de lluvia, los cinco continentes recordaron la leyenda y supieron que, aunque a todos les hacía falta la máquina, no podían permitirse pelear por ella. Antártida, que no necesitaba lluvia, estaba muy preocupada por la posibilidad de que hubiera una pelea: también Antártida conocía la leyenda.

Esta es (lo aclaro ahora antes de que empiece todo) la historia de una reunión. Y la reunión fue por eso: para que no hubiera pelea. Y para no pelearse por el lugar de la reunión, eligieron una isla que quedara lejos de casi todos los continentes. Pascua, la llamamos nosotros, Rapa Nui la llamaban antes: un punto apenas, rodeado por el gran océano Pacífico, en el Sur del mundo. A América le quedaba un poco más cerca, es cierto, y del otro lado, también a Oceanía, y más abajo, a la Antártida. Pero en fin... nada es perfecto. Eurasia y África lo pensaron un instante y aceptaron enseguida.

Creo que tengo que explicar un poco la situación: las más interesadas en la máquina de lluvia eran las plantas. Pero sin plantas no hay mundo así que lo que interesa a las plantas interesa a todos. La especie loca no había entendido eso, decía la leyenda. Sin embargo, las plantas viajan solamente cuando son semillas, así que no hubo más remedio: los continentes eligieron a sus enviados entre los animales.

Los animales son muchos pero no fue tan difícil encontrar a los indicados:

__ algunos no querían ir por la época. Era primavera en el Sur y otoño en el Norte y esas dos estaciones son las más difíciles siempre, las que dan más trabajo. Y los enviados iban a tener que pasar mucho tiempo lejos;

__ algunos no querían ir porque odiaban viajar. Y ese sí que iba a ser un viaje. Varios viajes, seguramente: nadie creía que bastara con una sola reunión para arreglar el problema;

__ algunos no querían ir porque amaban hacer siempre lo mismo todos los días. Los viajes cambian los días, los inventan de nuevo. En un viaje, cada día es diferente;

__ algunos no querían viajar porque no les gustaba la soledad y no sabían si se entenderían con los otros enviados; o porque eran tímidos y no sabían qué iban a encontrar en la isla.

Por eso, los cinco que fueron tenían algunas cosas en común: les gustaba viajar, no eran demasiado amantes del trabajo ni de la rutina, les gustaba estar solos, no tenían miedo de lo nuevo. Algunos, sobre todo los que no querían trabajar, se equivocaron. Ese viaje a Rapa Nui era exactamente un trabajo, un trabajo muy grande. Pero por suerte para la historia, ellos no se dieron cuenta. No al principio.

América: el tucán

El tucán era una vergüenza para el continente.

Lo único que le gustaba era girar en el aire hasta convertirse en un intenso remolino de colores y descansar en largas siestas sobre una hamaca colgada entre dos árboles.

¿Se entiende por qué sus mejores amigas eran las arañas? Necesitaba la tela. Por un lado, la relación que tenía con ellas era un intercambio: él les hacía regalos y ellas tejían hamacas para él. Hamacas suaves para las noches de mucho cansancio, hamacas abrigadas para las pocas tardes frescas de los bosques del centro de Sudamérica. Por otro lado, era una amistad. A veces, el tucán bailaba en el aire para las arañas y las arañas, que siempre tienen tiempo, que saben esperar (esperar es lo más importante de su trabajo como cazadoras de insectos) dejaban todo para mirar la belleza de ese baile.

El tucán era perfecto como enviado: no hacía nada en primavera. Le gustaba estar tirado sin hacer nada. Le gustaba viajar. Pero él ni siquiera hubiera pensado en ofrecerse. Fue el jaguar el que lo miró en la reunión en que se eligió al representante de América en Rapa Nui.

–Yo no veo que hagas nada –susurró entre los dientes afilados–. Podrías aprovechar el tiempo. Podrías servir para algo. ¿No era que te gustaba viajar?

Era sabio el jaguar.

El tucán aceptó enseguida. ¿Por qué no? Algo de miedo le daba ser “el enviado”…, pero si la cuestión era hablar y viajar y ver a otros, estaba más que dispuesto.

América preparó un mapa dibujado por las urracas con piedras y pedazos de espejos y bolitas que buscaban entre las ruinas de la especie desparecida. Un dibujo del continente y de la isla en verdes deslumbrantes, marrones profundos, rojos desgarrados y azules cegadores. El tucán lo estudió durante todo un día desde la rama de un lapacho.


Después, le entregaron un alaredonda para el viaje. América no tenía más de cuatro. El tucán entendió la responsabilidad. Entró despacio, la inspeccionó de arriba abajo, acomodó dos hamacas en lugares estratégicos, subió sus cubos de música, se despidió de las arañas con un último baile y se fue.

Iba a ser un viaje muy fácil: al Sur primero, después al Oeste. Pero el tucán no había viajado nunca en alaredonda (las naves se usaban solamente para transportar la máquina de lluvia y/o para llegar a reuniones importantes). Al principio, estaba emocionado y alerta y todo fue muy bien. No era difícil volar ahí, no mucho más que volar con las alas. El problema vino después. Cuando ya estaba flotando sobre el enorme brillo del Pacífico, empezó a dormirse. El rumor del mundo lo estaba agotando. Entonces se dio cuenta por primera vez: había aceptado un trabajo y era un trabajo duro.

Eurasia: el yak

El yak amaba el ruido del viento sobre la nieve. Amaba las grietas azules que se siembran solas en el hielo al final del invierno. Y las llanuras blancas y duras y el sol, bien bajo en el horizonte. Siempre había sido filósofo. Cuando trabajaba, se quedaba acostado días enteros en el suelo congelado y pensaba.

Tal vez fue por eso que muchos pensaron en él para la reunión. El yak sabía tomarse las cosas con tranquilidad. La tranquilidad lo rodeaba como una manta en invierno. A veces, era contagiosa. Cuando el yak rumiaba, la luz en sus ojos cansados llenaba de brillo el aire a su alrededor. Un representante perfecto…

El continente le preparó una de las típicas troncobalsas que se usaban para viajar dentro del territorio que va desde el mar del Japón hasta las rocas de Gibraltar. El yak sabía que sería un viaje largo: almacenó comida bien verde y libros para las noches. Le gustaba leer.


–Sin libros, no voy a ninguna parte –había dicho cuando aceptó el encargo.

Se preparó bien, claro. No le gustaba improvisar.

Después de mirar el mapa y estudiar un poco las condiciones de la isla de Rapa Nui, se cortó el pelo. Aunque la islita fuera un lugar con mucho viento, estaba seguro de que haría calor y no creía que el calor fuera a gustarle. Después del corte (lo ayudaron los monos), se sintió extraño, liviano y se sentó a pensar despacio ese sentimiento. Estaba contento: ni siquiera había salido y ya se le estaban ocurriendo ideas nuevas. Había hecho bien en aceptar el encargo.

La troncobalsa se alzó en el aire con un movimiento acompasado, lento, musical. El yak sonrió, ajustó la vela, saludó al viento, le pidió que lo acompañara, se acomodó sobre los grandes troncos y viajó. Oía los crujidos de la madera mientras viajaba. Al principio, miró el mundo a su alrededor. Después, rebuscó entre los libros, sacó un tomo pesado y verde, y se puso a leer. Los vuelos en balsa lo aburrían y ahora que había llegado al gran mar, no había mucho que ver allá abajo.

África: la cebra

La cebra se entusiasmó cuando la eligieron. Le daba un poco de miedo ir sola (era muy gregaria) pero la aventura la emocionaba.

El problema no fue ella, sino el elefantor. Los elefantores son chicos y ágiles y África tenía muchos. Dentro del continente inclinado hacia el centro, los viajes por tierra eran difíciles. Había demasiados ríos poderosos, demasiados desiertos. Había selvas imposibles y sabanas infinitas. Excepto los pájaros, muchos en África necesitaban los elefantores.

Para la cebra, el continente (que tenía muchos problemas con la sequía) eligió un elefantor bastante viejo. La reunión era importante pero la urgencia de los problemas internos era demasiado grande.

Los elefantores eran aparatos grises que bajaban a la Tierra sobre cuatro patas cilíndricas y gruesas, copiadas de las de los elefantes. Pero el de la cebra tenía una rodilla mecánica estropeada y ella se dio cuenta enseguida de que los aterrizajes iban a ser un poco complicados. Y estaba bien, muy bien. Ella amaba los elefantores, los conocía bien. Sabía que eran un sueño de suavidad y elegancia. Ella arreglaría el asunto apenas llegara a la isla, si es que tenía tiempo. Hasta entonces, se las arreglaría como pudiera. Más aventura.

Antes de salir hacia Rapa Nui, la cebra tenía que hacer algo. Necesitaba cansarse. Las cebras no son animales tranquilos. No les gusta estar quietas. La idea de estar encerrada en el elefantor hasta la isla era lo único que asustaba a la enviada de África. Por eso, corrió en círculos alrededor de la nave y se revolcó un rato en el pasto quemado por el sol. Cuando le pareció que ya no le quedaba aire, galopó hasta el gran baobab que era su preferido y se quedó un momento ahí, a la sombra, sin cerrar los ojos. Despierta.

La cebra amaba la velocidad. Amaba la alegría del instante diminuto en que ninguno de sus cascos tocaba el suelo, ese instante en el que volaba como una grulla de dos colores antes de que el suelo volviera a tocarle las patas. Sabía que volar el elefantor también era una forma de moverse pero el viaje sobre el Atlántico y después sobre América sin nada alrededor y poco trabajo… la preocupaba. Tal vez por eso, había decidido volar de noche: las cebras viven de día. De noche, le resultaría más fácil quedarse quieta. Tal vez, hasta consiguiera dormir un rato. De pie, como siempre.


Australia: el koala

Como el tucán, el koala era un amante de la música. No la misma música, por supuesto. Lo que le gustaba era la música de tambores. Siempre que podía, se colaba en las fiestas de los canguros y todas las noches, todas, se dormía con una oreja apoyada sobre un tronco palpitante. Los árboles cantan por dentro. El koala los escuchaba.

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