Kitabı oxu: «Terapia sin fronteras»

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María Gómez Soler
Terapia sin fronteras


Gómez Soler, María

Terapia sin fronteras / María Gómez Soler. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1996-2

1. Ensayo. I. Título.

CDD 158.1

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Copyright © 2021 por María Gómez Soler. Todos los derechos reservados.

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Este libro también está disponible en formato de libro electrónico.

A pesar de haber tomado como referencia acontecimientos de la vida real, los hechos y personajes de cada una de las historias contenidas en este libro han sido cuidadosamente modificados para resguardar la identidad y la privacidad de los pacientes reales.

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mis padres, Susana y Pedro, por estar siempre a mi lado y enseñarme a descubrir que el amor y el apoyo incondicional no conocen fronteras.

Prólogo

He tenido el gusto de conocer a la autora de este maravilloso libro hace varios años. También soy una mujer migrante, pero, en mi caso, ha sido por elección, ya que viajar y vivir en diferentes países y culturas es una parte intrínseca de la carrera diplomática.

Sin embargo, entiendo que migrar no es fácil. Puedo comprender perfectamente a quienes transitan este proceso, y más aún a quienes lo recorren junto a su familia, ya que, en mi caso, lo he vivido acompañada de mi esposo y mi pequeño hijo.

Cuando empecé a cumplir funciones como diplomática en la ciudad de Atlanta, encabecé uno de los proyectos más hermosos de mi gestión en Georgia: organizar encuentros de mujeres argentinas migrantes en el sudeste de EE. UU. Dicha tarea me permitió conocer a profesionales de diferentes disciplinas, dispuestas a compartir su experiencia personal y laboral.

Con el tiempo, fui descubriendo muchas historias de vida, protagonizadas por mujeres con mucha fortaleza, energía y resiliencia. Entre todas, fuimos creando lazos de comunidad.

Allí, María fue de las primeras en forjar liderazgo con creatividad, para construir vínculos fuertes y sustentables. Junto a un grupo de psicólogas, comenzó a organizar encuentros para abordar temáticas que nos atraviesan a todas las mujeres migrantes: crianza, barreras idiomáticas, discriminación, conflictos escolares e inserción laboral, entre otras.

En 2020, debí atravesar, como al resto de la humanidad, uno de los momentos más desafiantes de mi profesión: la pandemia, como consecuencia del covid-19, nos plantó ante un escenario social y humanitario inimaginable.

En mi caso, tuve la principal responsabilidad de asistir y acompañar a personas de la comunidad argentina que se encontraban en situación de vulnerabilidad. Debía hacerlo en un contexto dinámico e impredecible, donde los recursos no siempre son abundantes.

En ese escenario, hostil, mientras asistía a compatriotas que habían quedado “varados” en el sudeste de EE. UU., María estuvo allí. Recordaré por siempre nuestra conversación de aquella tarde de marzo:

—¡Contá conmigo! ¿Cómo puedo ayudar? —se leía en la pantalla de mi teléfono móvil. Vi aquel mensaje algo borroso, mis ojos estaban muy cansados, dado que llevaba ya varios días con apenas unas pocas horas de descanso.

—¡No te ofrezcas porque acepto tu ayuda ya mismo! —le contesté, con ironía.

Apenas unos segundos después, mi teléfono empezó a sonar y atendí sin mirar quién era. Del otro lado escuché su voz.

—¡Acá estoy! —apenas dijo.

Mis ojos volvieron a borronearse, pero de emoción. Me había dicho las palabras justas, un clásico de María.

A partir de ese día, esa experimentada terapeuta, a quien admiraba y con quien solía compartir debates académicos más que interesantes, se convirtió en una profesional a la altura de las circunstancias, desplegando su talento al servicio de los demás de manera incondicional. Siempre abordó cada experiencia con paciencia, amor y dedicación. Nunca he recibido un “no puedo”, cuando la he convocado para solicitarle su “guía profesional”.

María trabajó ad honorem en la asistencia a personas migrantes vulnerables. Atravesamos juntas situaciones de estrés, angustia y tristeza, pero también celebramos con alegría, y emocionadas hasta las lágrimas, cuando los vuelos humanitarios repatriaban a las personas argentinas que habían quedado varadas lejos de su patria.

La pandemia nos atravesó, nos transformó, nos hizo cuestionar la “cotidianidad” y hasta el sentido de nuestro existir. No somos, ni seremos los mismos.

María podría no haberme enviado nunca aquel mensaje cuando las fronteras comenzaban a cerrarse, y quizás nos hubiésemos seguido viendo posteriormente a la pandemia en los encuentros de mujeres argentinas, pero todo fue diferente.

María decidió trascender sus propias barreras y puso a disposición de la comunidad argentina su contención en una situación sin precedente. Nuestros caminos se enlazaron, y juntas comprendimos que siempre se puede dar un paso más para asistir a quienes nos necesitan.

Hoy, este libro llega con historias particulares, que han sido seleccionadas quirúrgicamente para que cada capítulo nos deje un mensaje y una enseñanza, desandando la actividad de una terapeuta que se ha desafiado a develar su técnica y su estilo propio de trabajo, en pos de ayudar a quienes transitan las situaciones traumáticas que presenta la migración en su conjunto.

Algunas historias símiles a las que relata este atrapante volumen las he escuchado en primera persona, como consecuencia del ejercicio propio de mi profesión, pero otras no son conocidas para mí. Sin embargo, del escrito en general se desprende que, independientemente de la problemática de cada migrante, siempre hubo una profesional preparada al máximo para abordar el encuadre terapéutico apropiado.

A lo largo de la lectura, verán que uno de los grandes aportes de María tiene que ver con su perspectiva de género. El hecho de que sea una mujer migrante, sin duda, marca una diferencia, librando conceptos potentes, sin tapujos, con franqueza y reflejando la pluma del corazón de una persona resiliente, empática y profesional.

Desde el primer capítulo, María ha logrado atrapar la atención. Su narración ha recreado la atmósfera de intimidad necesaria para comprender los cambios que atraviesan las personas migrantes.

Los lectores lograrán situarse en su consultorio, como seres invisibles, donde podrán observar cómo la técnica profesional de la terapeuta le brinda el espacio necesario a cada paciente migrante para construir un refugio espiritual.

Cada relato es diferente y permite reflexionar sobre situaciones cotidianas, y no tanto, de quienes han sufrido el desplazamiento migratorio. La redacción es potente, porque al finalizar cada segmento, los hará reflexionar y retrotraer la lectura hacia el título y a la frase que ilustra el inicio de cada historia, comprendiendo su sentido de principio a fin.

María, con mucho respeto, ha logrado comunicar y transmitir cómo las personas migrantes que han hecho terapia con ella han podido encontrar un lugar solaz y de acogida.

El libro es atrapante, no solo por su temática, sobre todo para personas a las que nos ha tocado migrar en algún momento de nuestras vidas, sino también porque está abordado desde la perspectiva de una mujer que ha vivido la migración en primera persona.

Las mujeres migrantes, en general son las que lideran el envío de remesas a sus países de orígenes, suelen ser las primeras en reaccionar en el momento de crisis cuando se encuentran en pleno desplazamiento y son quienes lideran los campamentos en los países de tránsito hasta su destino final, cumpliendo un rol fundamental en la reconstrucción de un terreno de “entendimiento común” entre los desplazados.

Por todo esto, imagino que para cualquier migrante, encontrar la ayuda de una profesional de su talla hará la diferencia, porque, según ella misma dice, “muchas veces, la ayuda práctica es más terapéutica que cualquier interpretación”.

Ojalá que cada lector pueda disfrutar de las páginas siguientes tal como lo he hecho yo. Pero no solo eso, espero que también les sirva para aportar una mirada diferente acerca del migrante, tanto como material de ayuda para quienes atraviesan situaciones similares, como para generar empatía en el conjunto de la sociedad.

Hago la salvedad de que las expresiones subjetivas contenidas en las historias del presente libro son mera responsabilidad de su autora, y en modo alguno representan la posición oficial de mi persona y mi país.

Úrsula Eyherabide

Diplomática argentina

Introducción

Crecí en un barrio de clase media alta de Buenos Aires. He vivido fuera de mi país por casi dos décadas. Emigré a EE. UU. con 32 años, poco tiempo después de la crisis política y económica que atravesó la Argentina en 2001. Me acompañaban mi marido y mi hija de apenas 4 meses, pero, por sobre todas las cosas, llevaba conmigo la esperanza de que en mi nuevo destino iba a poder acceder a todo lo que en mi patria me era esquivo: seguridad, capacidad de progreso, estabilidad y, principalmente, previsibilidad.

Sin embargo, debo reconocer, que transité todo ese proceso con mucho temor e incertidumbre. Era consciente de que apostar por esa ilusión nos llevaría, inexorablemente, a estar muy lejos de nuestras familias y amigos, y que le estaba negando a quien por entonces, era mi única y pequeña hija la oportunidad de crecer con la presencia cotidiana de sus abuelos, tíos y primos, que siempre tuvieron una importancia preponderante a lo largo de toda mi vida.

Inmersa en esa vorágine analítica, que me ha hecho pasar más de una noche en vela, nunca me detuve a considerar el impacto que tendría cambiar de cultura. En aquel entonces, entendía que nuestra ubicación social, que no era nada mala por cierto, viajaría conmigo. Creía que, si era una privilegiada en la Argentina, lo sería aún más en un país con los niveles de desarrollo que se ostentan en EE. UU. de Norteamérica. Aquí mi primer error.

Permítanme un pequeño pecado de vanidad, pero podrá resultar curioso que alguien con una muy buena formación académica e intelectual no haya deparado en el choque cultural que siempre, y sin distinciones, trae aparejada la inmigración. Y la verdad es que, si bien había oído hablar miles de veces de la discriminación contra las minorías en EE. UU., no creía que eso se aplicara a mi situación, ya que no me consideraba parte de ese grupo.

Así como la gente dice que recuerda dónde estaba exactamente cuando le dispararon a John Fitzgerald Kennedy o, para mi generación, cuando nos enteramos del ataque a las Torres Gemelas, es así como yo recuerdo el preciso momento en el que descubrí que en EE. UU. me consideraban “hispana”.

Me acuerdo de que estaba en mi oficina y le mencioné a un colega estadounidense que estaba buscando comprar un auto. Él me recomendó un concesionario cercano que era conocido por trabajar asiduamente con la comunidad hispana. Lo siento como si fuera hoy mismo: de pronto caí en la ficha de que, en EE. UU., pertenecía a una categoría que nunca había sentido como propia.

Recuerdo también cuánto me perturbaba que generalizaran a todas las personas que veníamos de países donde se hablaba español, borrando de un plumazo las diferencias entre las distintas naciones y regiones que componen el amplio telar de Latinoamérica, especialmente rico en diversidad, ya sea por su música, cultura o gastronomía.

Eso me generó mucha confusión, ya que no comprendía en qué consistía esa nueva identidad, impuesta por otros, que no me representaba.

Mi carrera como psicoterapeuta me dio el privilegio de poder escuchar cientos de historias de pacientes que también habían migrado en circunstancias muy diversas. Si bien las razones que argumentaban cuando llegaban a terapia no estaban directamente conectadas con su condición de migrantes, había una “música de fondo” que era común a todos.

Así, escuché muchos relatos de pacientes que habían llegado a EE. UU. cruzando el desierto de noche, sin documentos y arriesgando su vida, y muchos otros, propios de personas que arribaron en circunstancias de mayor privilegio, como académicos contratados por universidades norteamericanas, o directivos de empresas multinacionales que aterrizaron viajando en primera clase y con generosos “paquetes de compensación de expatriados”.

Aunque a primera vista parece que poco y nada tenían esos casos en común, empecé a descubrir que compartían la misma confusión que yo misma había notado respecto a la nueva identidad que emerge, naturalmente, al cambiar de ubicación social.

Como patrón compartido en todos los casos, durante mucho tiempo, el inmigrante vive en un estado de confusión. Se pregunta quién es, cómo debe considerarse a sí mismo. Como un espejo, recibe a diario distintas imágenes y definiciones de las personas que lo rodean. En sus países de origen, muchos son calificados como “privilegiados” que pudieron escapar y aprovechar nuevas oportunidades, mientras que para otros son “traidores” que abandonaron el barco, en vez de quedarse a “lucharla” en su propia tierra.

A su vez, en EE. UU., el que llega deberá enfrentarse a una adjetivación disímil, según el caso: por un lado, puede ser tratado como el “intruso” que busca sacarle trabajo a los nativos, que atenta contra la pureza de la identidad “americana”, pero, por el otro, también pueden hacerle sentir que le tienen “lástima” por verlo como una “víctima”. Además, en el mejor de los casos, entre los americanos más progresivos, también están quienes lo cobijan, demostrando agradecimiento por tener nuevos inmigrantes que ayudan a seguir ampliando la diversidad cultural que está en el ADN de la cultura del país.

Los inmigrantes se “prueban” estas definiciones, como si fueran distintos tipos de calzado. A veces se identifican con una u otra, pero pelean día a día por entender en dónde están parados.

Sin embargo, llega el día en que reconocen que ninguna de esas caracterizaciones refleja su realidad, y que no se trata de una u otra, sino de todas a la vez. Deben amigarse con esta identidad ampliada, enriquecida, como resultado de estos nuevos aspectos que la propia inmigración les ha permitido explorar.

En este libro quiero compartir algunas historias de migración, personificadas en pacientes que atravesaron circunstancias muy distintas, recorriendo como hilo narrativo común el desafío que nos plantea la identidad cultural que comienza a forjarse cuando salimos del lugar en donde nacimos y nos sumergimos en un mundo diferente, con otros códigos, otro lenguaje y otros valores.

Si bien mi corte narrativo está circunscripto al universo de la migración, la experiencia que los acompañará en las próximas páginas busca atrapar la curiosidad de todos los lectores, sumergiéndonos en la evolución y los cambios que se ponen en juego en todas las etapas de la vida.

Por eso, espero poder abrir las puertas al conocimiento de distintas realidades, pero, por sobre todas las cosas, que mis lectores logren empatizar con la vivencia de sentir que la identidad es interpelada a cada momento por una situación nueva y diferente.

Si estas historias los emocionan, despiertan compasión o hacen reflexionar, mi tarea se habrá cumplido.

Contexto social

La inmigración en EE. UU. tiene una enorme influencia sobre la demografía y cultura del país. Desde su fundación, millones de migrantes se han trasladado por causas religiosas, políticas, o económicas.

El pico de inmigración se produjo en el período comprendido entre 1892 y 1924. Hoy, EE. UU. tiene más inmigrantes legales que cualquier otro país del mundo.

Después de la liberalización de la política de migración, en 1965, el número de inmigrantes de primera generación que residen en este país ha crecido cuatro veces: de 9.6 millones en 1970, a, aproximadamente, 38 millones en 2007.

Por su parte, el censo realizado en 2018 en EE. UU. arrojó que en ese momento ya residían unos 44.7 millones de inmigrantes. Según datos publicados por la Organización de las Naciones Unidas, al momento de la publicación de este libro, ya había más de cincuenta millones de inmigrantes, lo que supone más de un 15 % de la población.

Si bien hacia el final del siglo XIX un 85 % de los inmigrantes provenían de Europa, hacia 1990 esa proporción se redujo hasta un 22 %, y, al mismo tiempo, la parte de los inmigrantes de Asia y América Latina creció de 2.5 % a 68 %. Durante esa década, la inmigración ilegal comenzó a superar a la llegada legal de migrantes, y es esta una situación que se mantiene hasta hoy.

Las mayores causas de la inmigración ilegal son la pobreza y la falta de recursos, sumadas a la violencia causada por la inseguridad social en las que suelen estar inmersas sus naciones de origen.

Aproximadamente la mitad de los inmigrantes que residen en EE. UU. son personas naturales de México y otros países de América Latina, predominando considerablemente los adolescentes y jóvenes de entre 15 y 34 años.

El flujo migratorio de los países de Centroamérica hacia los EE. UU. es muy significativo. Por ejemplo, el stock de migrantes representa el 23 % de la población de El Salvador, el 8 % de la población de Honduras y el 6 % de la de Guatemala. Cada año, más de 300 000 ciudadanos de estos países comienzan su viaje hacia el norte, compartiendo siempre objetivos similares, pero con distintos niveles de éxito.

El Gobierno de EE. UU. reconoce desde hace años que la situación en la frontera con México se ha convertido en un “gran problema”. Y crece a un ritmo mucho más rápido cuando se acerca el período en que tradicionalmente se produce el mayor número de entradas, a finales de la primavera.

En ese marco, subyace otra problemática que tiene que ver con la inmensa cantidad de niños y adolescentes migrantes que cruzan la frontera cada día. Allí, son retenidos por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) para “procesarlos” por un máximo de 72 horas.

Luego, los niños son entregados al Departamento de Salud y Servicios Humanos “para atender sus necesidades”, que incluyen la investigación de las familias que los albergarán, mientras sus casos son adjudicados a un tribunal de inmigración.

A nivel estatal, el gobierno de Joe Biden comenzó a implementar diversas medidas para reformar el sistema legal de inmigración del país.

En ese sentido, se propuso un importante proyecto de ley de inmigración que ofrecería un camino de 8 años hacia la ciudadanía a los aproximadamente 11 millones de indocumentados que están en el país.

Pero el árbol no puede tapar el bosque. Dichas intenciones no lo son todo en el universo migratorio. Si bien la burocracia estatal y los frenos administrativos constituyen uno de los principales escollos para los inmigrantes, hay todo un marco adicional de situaciones hostiles que los condenan a vivir como prisioneros espirituales de sus propias vidas. Pasado, presente y futuro parecen, muchas veces, guionados por el mismo autor.

Ayudarlos psicológicamente para poder romper esas cadenas es una de las tareas más arduas porque, independientemente de las leyes y de las acciones de gobierno, hay un escenario social interno y externo a sus emociones que los convierten en nómades espirituales.

Llegar es solo el comienzo de una larga travesía. Derechos vulnerados, discriminación, violencia racial, dificultades idiomáticas, estigmatización social, conflictos escolares, precarización laboral, drogas y depresión son solo algunos de los daños naturales que sufren la mayoría de los inmigrantes. Cientos de historias que nutren mi porfolio profesional dan cuenta de ello.

Capítulo I

“El papel del terapeuta es análogo

al de una madre que ofrece a su hijo una base segura

desde la que podrá explorar el mundo”.

John Bowlby

Era un miércoles de invierno, más tarde de lo habitual, casi de noche. Había visto a mi último paciente del día y estaba apagando la computadora para marcharme a casa.

La clínica donde trabajaba no nos permitía hacer las notas en nuestras propias laptops por un tema de seguridad: en las desktops de la clínica tenían todo tipo de barreras tecnológicas para garantizar que las historias clínicas de los pacientes no pudieran ser “hackeadas”. Esto era una fuente de irritación para los terapeutas que trabajábamos allí, ya que nos obligaba a quedarnos fuera de hora haciendo un trabajo administrativo que bien podríamos hacer desde nuestras casas.

De pronto, Carla, la recepcionista, entró con un paso apresurado a la sala de reuniones. Tenía cara de preocupación.

—¡Ay, qué suerte que aún no te fuiste, María! Llegó un hombre hispano que habla muy mal inglés y parece desesperado —me dijo—. Necesito que vengas a verlo porque dice que necesita hablar urgente con un psicólogo —agregó.

En la clínica donde trabajaba, yo era la única psicóloga que hablaba castellano, y como era tanta la demanda de inmigrantes latinos y tan poca la oferta de terapeutas que pudieran atenderlos, no me sorprendió para nada que Carla asumiera que debía hacerme cargo de la situación.

Pero lo que más me llamaba la atención era que todos sabíamos bien cómo era el protocolo de admisión. Era muy estricto, dado que la clínica prestaba servicios gratuitos para gente de bajos recursos y la demanda desbordaba la oferta.

Por lo tanto, los potenciales pacientes debían comunicarse, brindar sus datos y explicar su problemática, para que luego la directora de la clínica priorizara y asignara los casos. Todo eso ocurría mucho antes, incluso, de que pudiéramos comenzar el tratamiento.

La lista de espera era larguísima y obtener un turno llevaba semanas. Por eso, no dudé en que algo había impactado a Carla profundamente. Así fue como decidí confiar en su intuición y le dije que la seguía. Casi chocándonos, caminamos juntas hacia la recepción.

Pocos metros antes de llegar, vi a un hombre de unos 60 años, de estatura pequeña, pelado y con barba de dos o tres días. Vestía ropas de trabajo, manchadas con pintura seca. Imaginé que sería pintor o albañil.

Recuerdo que caminaba de un lado a otro del hall principal y que parecía hablar consigo mismo. Apuré mi tranco y cuando estaba dispuesta a presentarme me interrumpió, aún sin conocerme…

—¡Doc, doctora! —dijo tartamudeando y casi a los saltos—… ¡Necesito ayuda para mi sobrino! ¡Es un buen chico!, recién sale del centro de detención para inmigrantes indocumentados, pero sufrió muchísimo…—agregó.

—Buenas noches, señor. Mi nombre es María. No se preocupe y pase al consultorio, así me cuenta tranquilo qué es lo que le está sucediendo. ¡Ah, y otra cosa! No soy doctora —le aclaré.

Tomé mi anotador, una lapicera, y le pedí que me siguiera. Lo guié al consultorio y antes de darme tiempo a cerrar la puerta, empezó a hablar. Me contó que se llamaba Aurelio y metió la mano en uno de sus bolsillos para sacar, según me dijo, su documento de identidad. Le dije que no hacía falta. Luego, le acerqué una silla y le pedí que se siente. Lo hizo casi como haciéndome un favor. Yo también me senté, enfrente de él.

Aurelio hacía movimientos lentos pero constantes con su rodilla derecha y se mordía los labios. Enseguida supe que esa noche llegaría muy tarde a casa…

Nos miramos y cuando iba a preguntarle qué era exactamente lo que pasaba, volvió a interrumpirme…

—Mire, estoy viviendo una situación rarísima. Hace una semana, estaba almorzando y recibí una llamada de un número de teléfono desconocido. Yo pensé que era un potencial cliente, porque yo soy pintor, pero era mi sobrino Brian, de 15 años, hijo de mi hermano menor, Mario. Yo no hablaba con él desde hacía muchos años y pensé que me estaba llamando desde Nicaragua, donde vivía, pero me dijo que me llamaba desde un centro de detención, aquí en EE. UU. Lo habían apresado mientras trataba de cruzar la frontera sin documentos…

Yo lo escuché atentamente, pero notaba que se ponía cada vez más nervioso. Busqué tranquilizarlo, pero no hubo caso, así que preferí callar mientras seguía con su relato.

Me contó que a su sobrino la policía de frontera lo había querido enviar de vuelta a su país, a menos que algún familiar que viviera en EE. UU. se hiciera cargo. Brian le había rogado que lo ayude, decía que no podía volver a Nicaragua porque allí lo iban a matar.

Iba a seguir con su relato, pero, esta vez, fui yo la que lo interrumpió.

—Entiendo, habrá sido un shock. Quiero saber más del tema, pero primero cuénteme un poco de usted, Aurelio. ¿Vive acá hace mucho tiempo? —le dije

—Sí, yo me vine en la década de los ochenta, también sin documentos, pero en esa época era más fácil cruzar la frontera —me explicó abriendo sus manos, casi como justificándose.

Es verdad, en ese tiempo no era tan arriesgado como ahora.

Me contó que, gracias a la amnistía para inmigrantes indocumentados, en 1986, logró obtener la ciudadanía americana, que se casó y que tuvo a su único hijo, Juan, de veinte años. Era dueño de una pequeña empresa de trabajos de pintura y le iba bastante bien.

Enseguida noté que estaba funcionando mi idea de tranquilizarlo haciéndolo hablar un poco sobre su vida. Por momentos, incluso sonreía, como cuando me dijo:

—Usted sabe, en este país, si uno trabaja, puede progresar, comprarse una casa, un auto, tener su pequeña empresa, irse de vacaciones. No me puedo quejar.

Una vez que lo noté más centrado, le pedí que me contara un poco más sobre su sobrino y la forma en la que este había aparecido sorpresivamente en su vida.

Me contó que Brian era el hijo de su hermano preferido, el menor, quien había muerto súbitamente de un ataque al corazón en Nicaragua hacía unos diez años.

—Hasta la voz de Brian me hizo acordar a la voz de su papá, de mi hermano. ¿Cómo no lo iba a tratar de ayudar? —dijo entre lágrimas.

Enseguida se avergonzó por haberse conmovido, me pidió disculpas y agachó la cabeza. Hubo unos segundos de silencio.

—Por favor, doctora, le ruego que lo vea —me pidió con mirada suplicante. La asistente social que el departamento de migraciones le asignó a Brian me dijo que era fundamental que le buscara ayuda psicológica lo antes posible, porque es un chico que sufrió demasiados traumas en su vida —siguió.

Volví a aclararle que no era doctora y le dije que trajera a Brian al otro día, a primera hora, para que pudiera conocerlo antes de empezar con mi primer paciente.

Supuse (correctamente) que la directora de la clínica no iba a estar contenta de que lo hubiera hecho saltear los pasos correspondientes y evitarle la lista de espera. Pero, afortunadamente, ella entendió cuando le expliqué los ribetes del caso y por qué estaba convencida de que tratarlo inmediatamente, al poco tiempo de haber llegado al país, iba a ser un factor importante para el éxito del tratamiento.

No soy de tomar notas, siempre prefiero quedarme con lo que veo y escucho, pero esa noche llené mi anotador de frases desordenadas, casi tanto como la propia historia.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, Aurelio trajo a Brian. Los hice pasar y mientras su tío completaba, en la sala de espera, los formularios necesarios para autorizar el tratamiento, le señalé al adolescente la puerta de mi consultorio, invitándolo a acompañarme.

Me miró con cierta desconfianza, pero me siguió. Brian aparentaba mucha más edad de la que tenía, parecía de al menos 20 años, no de 15. Era de tez morena y curtida por el sol, de contextura media y de ojos saltones, aunque estos últimos casi no se le veían porque portaba una gorra con una visera bastante prominente que no se sacó durante toda la sesión. Era obvio que le servía para ocultar su timidez.

Lo invité a sentarse en el sofá, le pedí que se pusiera cómodo y lo animé a que me cuente sobre él:

—Como sabrás, tu tío vino a hablarme y me pidió que te ayude, pero quiero escuchar de tu propia boca qué es lo que te trae por acá.

Con una sonrisa cargada de sarcasmo y juntando la yema de los dedos de sus manos, volvió a pararse y me dijo:

—Usted misma lo acaba de decir. Es mi tío el que quiere que venga. ¡Yo no entiendo por qué! ¡La asistente social le llenó la cabeza de que necesito ver a un psicólogo para estar bien, pero eso es porque ella no tiene idea de lo que sufrí en mi país! —dijo.

Hice silencio y lo dejé seguir.

—Comparado con como vivía en Nicaragua, ahora estoy en el paraíso. ¡Para qué voy a necesitar hablar con un psicólogo justo ahora que estoy mejor que nunca! —afirmó con un tono de voz casi eufórico y con un español típico de Centroamérica.

—¿Mejor que nunca? —pensé en voz alta.

—¡Mejor que nunca! Vivo en un país seguro, con mi tío que me adoptó como un hijo más y mi primo Juan, que es como el hermano que no tuve. ¿Qué más podría pedir?

—No sé, decime vos —lo interpelé.

—¡Nada, nada más se puede pedir! La verdad, ¡ya le dije todo! ¡No sé de qué más podríamos hablar! —aseveró tratando de poner límites a mis inquietudes.

Por un segundo pensé que transitaba un callejón sin salida, que iba a ceñirse a su discurso acerca de que no necesitaba ayuda y que no iba a responder ninguna de mis próximas preguntas. De todos modos, le pedí nuevamente que se sentara y volví a la carga.

—Me alegra tanto, Brian, que estés tan bien y tan contento! Te noto bostezar mucho, ¿es muy temprano para vos? ¿Te hice madrugar? —le dije, para meterme más en su ser cotidiano.

—No, es que todavía estoy recuperándome de la odisea que fue cruzar la frontera. ¡Y lo hice solo! ¡Sin pagarle a nadie! —me contestó con orgullo.

—¿En serio? ¡Mirá que sos valiente! He escuchado muchísimas historias de pacientes que atravesaron el desierto, pero creo que es la primera vez que escucho que alguien se arriesga a venir por su cuenta sin contratar a un “coyote” —lo halagué.

“Coyote” es el nombre que se les da a los guías que trafican personas indocumentadas. Son quienes conocen bien los caminos para poder esquivar a las autoridades estadounidenses en los casi tres mil kilómetros que tiene la frontera entre México y EE. UU., ya sea por el desierto de Arizona y Nuevo México, por el Río Grande, en Texas, o por las montañas, en California.

—Contame, ¿cómo fue eso? —le pedí.

En ese momento, Brian levantó su cabeza, cerró los ojos y tratando de recordar lo que todos quieren olvidar, comenzó su relato.

Me contó que había sido muy difícil y que, en realidad, más que una decisión, había sido la única opción, ya que no tenía dinero para poder pagarle a un “coyote”.

Así fue, me contó, que debió seguir a los grupos que iban delante de él. Pasó frío, hambre y sueño. Perdió muchísimo peso, y hasta llegó a dudar de si las fuerzas le alcanzarían para sobrevivir a las condiciones adversas del desierto en sí mismo.

—En un momento, iba con otro chico de mi edad que conocí ahí, y yo no daba más. Le dije que él siguiera, que yo me iba a tirar a dormir, pero por suerte no me dejó hacerlo. Hubiera sido como suicidarme —dijo con los ojos algo “brillosos”.

El relato me puso la piel de gallina. Quería abrazarlo, pero los límites profesionales lo impiden.

—Sos muy fuerte y valiente, Brian. Es una aventura realmente peligrosa, que muchas veces termina de la peor manera —pude decirle con una especie de nudo en la garganta.

Pero no podía dejar que el relato se enfriara. Tragué saliva y volví a abordarlo.

—¿Qué pasó cuando llegaste a la frontera? —le consulté tratando de seguir con el hilo de la historia.

Me dijo que tardó bastante en animarse a cruzar. Durante varios días, él veía a personas que iban, pero luego se enteraba de que las habían atrapado y enviado de vuelta. Eso se repetía sistemáticamente, hasta que una noche alguien le contó que la mayor probabilidad de éxito se producía si se iniciaba el cruce en el momento en que rotaban los turnos de los policías de frontera.

—Me dijeron que había una hora, entre las cuatro y las cinco de la mañana, donde los agentes que hacían el turno noche se iban, pero los del turno mañana aún no habían llegado, y ese era el momento perfecto para pasar —me contó.

Hizo silencio por unos segundos. Lo miré y moví mi cabeza hacia arriba, pidiéndole que siga.

—Claro que daba mucho miedo, porque ellos dejaban los vehículos prendidos, con los focos de los autos apuntando a las fronteras, entonces uno no tenía forma de saber si realmente los autos estaban vacíos o no —detalló.

Así fue como una noche tomó la decisión de cruzar. Dijo que era “ahora o nunca” y lo logró.

Pero una vez del otro lado de la frontera, se encontró con un escenario no menos hostil.

—Vi que venía en mi dirección un camión con luces y sirenas y me di cuenta de que debía ser la “migra” en “la perrera”.

Yo estaba atrapada por el relato. Imaginaba toda la situación casi como si estuviese mirando una película. Pero esta vez era real.

—¿La “migra”? ¿La “perrera”? ¿Qué es eso? —le pregunté.

—La migra es la policía de migraciones. Y la perrera es como se les dice entre los inmigrantes a los camiones enormes que circulan por la frontera y van levantando a todas las personas que encuentran sin documentos. Me hicieron entrar en la parte de atrás. Había como unas siete u ocho personas más, y hasta no llenar el camión no volvieron hasta el centro de detención —me contó con detalles.

—¿Tuviste miedo en ese momento?

—Fíjese que ese fue uno de los momentos de menos miedo, de más alivio. Yo me entregué sin resistencia, tal como me habían recomendado hacerlo —me explicó.

Él ya sabía que era la mejor alternativa, porque de lo contrario iba a ser un fugitivo toda su vida.

Si bien los adultos que cruzan la frontera sin documentos tratan de evitar ser detenidos, en el caso de Brian, él sabía que, al ser menor de edad, y tener familiares viviendo legalmente en EE. UU., a quienes las autoridades pudieran contactar, podría quedarse con un permiso temporario. Así, en unos años y sujeto a ciertas condiciones, podría obtener el permiso de residencia.

Estaba en lo cierto. Enseguida supuse que había sido Aurelio quien le había dado toda esa información antes de su cruce, pero Brian descartó mi hipótesis.

—Solo una vez hace dos o tres años llamé a mi tío para preguntarle si él me recibiría y me dijo que no se me ocurriera venirme, que las cosas estaban bravas y que entre el riesgo de que te agarre la policía migratoria, te secuestren las guerrillas o te maten los narcotraficantes, era cada vez más difícil poder llegar vivo a EE. UU. El hijo mayor de él desapareció cruzando la frontera —detalló casi sin respirar.

—¿Qué hijo? ¿No es Juan el único hijo de tu tío? —le pregunté.

—No, él tenía otro hijo al que había dejado en Nicaragua al cuidado de su hermana cuando emigró. A los 17 años, el muchacho quiso cruzar la frontera. Lo llamó al salir, pero nunca más se supo nada de él. Yo creo que lo secuestraron los narcos para reclutarlo para sus guerrillas… —me contó.

—¡Qué fuerte para tu tío! Él no me había mencionado eso —le dije.

—No, no habla de eso. De hecho, fui yo el que sacó el tema delante de mi primo Juan y mi tío enseguida me hizo callar. Después me enteré que Juan nunca supo que tuvo un hermano mayor. A mí me lo había contado mi mamá un tiempo atrás —reconoció.

—Un secreto de familia… —agregué.

—No sé si llamarlo secreto. Nosotros no somos de hablar mucho. Cuando un tema no nos gusta, no se habla y listo.

—¿Y listo qué?

—Listo, desaparece —afirmó.

—¿Te parece que los problemas desaparecen porque no los hables?

—Sí, yo creo que es así —volvió a afirmar encogiéndose de hombros.

Debo reconocer que su postura, algo superadora, me generó cierto fastidio. Brian hablaba como si supiera todo.

—Con esa filosofía de que las cosas que no se hablan desaparecen como por arte de magia me resulta más fácil entender por qué no tenías ganas de empezar terapia —le dije con una sonrisa irónica.

Él también se fastidió, no le gustó nada mi comentario.

—Mire, yo le voy a decir la verdad. No creo que usted me pueda ayudar mucho. No lo tome a mal, por favor. A mí usted me cae bien, sobre todo porque tiene acento argentino, que es el mismo del guarda del centro de detención que me daba doble porción de comida a escondidas, pero…

Lo interrumpí antes de que quisiera dar por terminada la charla.

—¿A escondidas?…

—Y, sí. La orden es que los detenidos lo pasen lo peor posible para que pidan que los manden de vuelta a sus países —me dijo, metiéndose sin querer de nuevo en su propia historia.

Allí me contó sobre “la heladera”, el cuarto donde tienen a todos los detenidos en los centros de frontera. Por supuesto que ese no es el nombre oficial, sino con el que se lo conoce informalmente porque ponen el aire acondicionado a temperaturas bajo cero.

También me dijo que les daban poquísima comida:

—Nos entregaban “un taco para el desayuno, uno para el almuerzo, y uno para la cena, pero bien chiquitos” —dijo mientras abría un espacio de apenas diez centímetros entre el dedo pulgar y el índice de su mano derecha para graficar lo pequeña que era cada ración.

Esto era parte de una perversa estrategia destinada a intentar que los detenidos “se quebraran” y pidieran que los enviaran de vuelta a su país.

Por supuesto, esta política no era oficial ni avalada por el gobierno americano, pero es muy frecuente encontrar perfiles bastante sádicos entre las autoridades de los centros de detención, al igual que sucede con la autoridades carcelarias o, lamentablemente, en muchos otros lugares donde existe un diferencial de poder, aprovechando que la otra parte se encuentra privada de su libertad.

Obviamente que no se trata de un accionar compartido por todas las personas de autoridad en esas situaciones, y el hecho de que un guardia le llevaba a escondidas raciones extra de comida a los detenidos da muestra de que aún en situaciones extremas existe gente que potencia su lado más humano.

—Y así era, nomás. Varias veces por día venían los oficiales de migración y preguntaban si alguien se quería volver a su país. Y todos los días alguien se quebraba y pedía volver —detalló con aires de lamento.

—¿Vos nunca te quebraste?

—No era opción. Volver a mi país era el equivalente a morir —sentenció.

—¿Por qué?

—Y… Hay cosas que no le puedo contar a alguien que no conozco, como usted… —dijo, como pidiendo disculpas.

Muchos meses más tarde me iba a enterar de que el comentario de Brian acerca de que su vida estaba en peligro si volvía a Nicaragua no era una exageración. El temor estaba bien fundado: a él lo había amenazado uno de los grupos delictivos a los que llaman “pandillas” que había ido a extorsionar a su empleador y protector, y Brian había quedado enredado en el medio del conflicto.

Pero eso lo supe más adelante. En ese momento, me di cuenta de que para sus estándares, él sentía que ya había hablado demasiado y quise darle un poco de aire. Decidí, entonces, no insistir y dar por terminada la sesión.

Mientras lo despedía, lo miré y me pregunté si alguna vez iba a lograr ganarme su confianza, porque uno de los factores más importantes para que una terapia funcione es que se establezca una relación de confianza entre terapeuta y paciente.

Técnicamente esto es conocido como “alianza terapéutica”, y es condición sine qua non para el tratamiento. He visto a muchos chicos en esa situación posmigratoria, y sé lo difícil que es establecer una relación de confianza.

Estos chicos vienen de sufrir reiteradas situaciones de traición por parte de adultos percibidos como figuras de autoridad. Desde los coyotes, que les cobran por el viaje y muchas veces los abandonan, o abusan de ellos, hasta los agentes de inmigración.

Y todo eso sin contar que la mayoría de las personas que arriesgan su vida atravesando el desierto para entrar en EE. UU. lo hacen para evadir situaciones traumáticas, tales como la pobreza, guerras civiles o para escapar de pandillas que los amenazan de muerte.

Para ellos, al principio yo soy otro adulto desconocido en ese largo proceso, y no tienen ninguna razón para creer que voy a ser distinta. Por eso, mi foco en esta primera etapa es siempre desarrollar un vínculo para que se sientan seguros, que sientan que pueden confiar en mí, que los voy a contener, que estoy acá, por y para ellos.

Unos pocos días después, tuvimos nuestro segundo encuentro. Lo programamos para hacerlo a última hora, a las siete de la tarde.

Allí, hablamos de su vida cotidiana desde que llegó a EE. UU. Me contó que sufría mucho en el colegio, que sus compañeros se burlaban todo el tiempo de él porque no entendía nada de inglés.

Me contó que los otros chicos de la clase lo trataban como un tonto y repitió varias veces cuánto le costaba refrenar las ganas de pelearse.

—¡Si usted viera el esfuerzo que hago para no reventarlos a trompadas! —me decía. Y ahí muchas veces se pasaba varios minutos de la sesión contándome en detalles peleas callejeras que había tenido en Nicaragua. Parecían relatos de películas de acción. Hablaba de golpes, de cadenazos, de cuchillazos. Incluso me mostró una cicatriz en su hombro de una puñalada que le habían dado durante una pelea.

Me imaginaba la impotencia que debía sentir alguien acostumbrado a defenderse con violencia física, cuando otro, criado en lo que para él era una situación de privilegio, se creía con derecho a burlarlo solo porque no entendía bien el idioma.

—Yo soy muy impulsivo, y sé arreglar las cosas a golpes, como un hombre —repitió varias veces.

El tema del control de su enojo y su impulsividad se transformó en uno de los objetivos de la terapia. Le hablé mucho acerca de la importancia de darse cuenta de que estaba en una sociedad y en un ambiente distintos, y que iba a ayudarlo a aprender a usar las palabras en vez de los puños para resolver sus conflictos.

—No crea, doctora, yo siempre usé palabras allá en mi país —me dijo sonriendo.

—¿Ah, sí? —le dije, mirándolo de costado.

—Las palabras que más usaba eran “te voy a mandar la nariz al cerebro” —dijo, y se rio con ganas.

Le dije que el chiste no parecía tan gracioso si teníamos en cuenta los riesgos que estaba tomando, y que él tenía mucho más para perder que para ganar si se agarraba a trompadas o lastimaba a alguien.

El colegio iba a hacer intervenir a la policía, y si le labraban una denuncia, ponía en jaque el permiso temporario para quedarse en EE. UU. Además, podían deportarlo inmediatamente.

—Sí, ya lo sé. Por eso no le he pegado a nadie. Por eso y, la verdad, por respeto a mi tío que me trata como a un hijo. Él no se merece que le dé un disgusto —dijo.

Yo asentí y él siguió:

—Si fuera por mí, la próxima vez que me burlan dejo de ir al colegio y me pongo a trabajar. ¡No sabe cómo extraño ser independiente! —me dijo con nostalgia.

—¿Vos trabajabas en tu país? —le pregunté.

—¡Sí! Desde los 12 años, que fue cuando me independicé.

—¿Te independizaste de tus padres?

—A los 12 me fui de la casa de mi mamá y el marido. Mi papá… ehh (silencio).

Vi que sus ojos se humedecieron, pero dejé de mirarlo, no quería intimidarlo.

—Me estabas por contar algo de tu papá. ¿Qué me…?

—¡Ya había fallecido! —gritó, interrumpiendo mi pregunta.

—¿Cuándo falleció? —pregunté para darle a él la oportunidad de contarme sobre su padre lo que yo ya sabía por su tío.

—Yo tenía seis años. Siempre había vivido con él, porque mi mamá me abandonó al poco tiempo de nacer, cuando lo dejó a mi papá por otro tipo. Pero mi papá se murió de un día para el otro, de un ataque al corazón, y me mandaron a vivir con mi mamá y el nuevo marido —detalló, con algo de enojo.

Y siguió:

—Pero yo no les importaba a ellos. Me prestaban menos atención que a un perro. Imagínese que decidí dejar de ir al colegio y ni se enteraron. Me la pasaba el día entero en la calle. Esa fue mi escuela. Eso sí: en cuanto mi mamá se enteró de que estaba trabajando me pidió si le podía pasar dinero todos los meses. Decía que necesitaba ayuda.

Era claro que a Brian lo irritaba mucho hablar de su madre. Sin embargo, había un punto de orgullo en el hecho de que ahora ella dependiera de él, lo cual lo ponía en un rol de adulto en el que se sentía más cómodo.

Parte de lo que le costaba digerir era que en EE. UU. lo trataran “como si fuera un nene” y no como un hombre.

Se había criado en la calle desde los 12 años, trabajaba y manejaba pero, de pronto, se encontró con que en EE. UU., por ser menor de edad, no podía hacer nada de todo eso. En poco tiempo, había pasado de ser el “rey de la selva” en su país a que lo señalaran como “el tonto de la clase” en su nuevo lugar de residencia.

Sin embargo, él no se terminaba de resignar, y me contaba con picardía que siempre buscaba la manera de romper las reglas, de pedirle a su primo que lo deje manejar su auto, de ver si podía conseguir un trabajito “en negro” y en cada sesión, yo tenía que recordarle que EE. UU. no era Nicaragua. Acá se estaba arriesgando a que lo deportaran, y ese era mi mayor temor, porque allí su vida volvería a estar en juego.

La historia iba tomando nuevos ribetes. Traté de no perder el clima de la charla y volví a preguntarle acerca de su trabajo en Nicaragua.

Me dijo que allá había sido la mano derecha de un señor que vendía “un poco de todo”: tabaco, alcohol y algunas “cositas” más. Brian dijo que, a cambio de ayudarlo, ese hombre le pagaba y lo dejaba vivir en su casa.

—¿Y cómo lo conociste? —le pregunté.

—Era del barrio, un conocido de siempre. La gente le tenía miedo, pero conmigo se portó muy bien. Me cuidaba, me protegía —dijo, agachando su cabeza, como avergonzado.

—¿Te protegía? —le pregunté con naturalidad porque no quería que se inhibiera.

—¡Sí!, me daba un arma para que llevara siempre cuando salía de ronda —contestó orgulloso.

—¿Un arma?, ¿era peligroso estar en la calle?

—Sí, usted sabe, las pandillas…

—No, no sé mucho. ¿Me querés contar?

Solo me dijo que las pandillas eran las dueñas de las diferentes zonas y que, si uno trataba de vender en el territorio de “los otros”, se metía en problemas.

Entendí que había estado inmerso en un núcleo social de actividades poco claras, probablemente ilegales.

Nunca me dijo con demasiada claridad cuál era su papel en esas bandas. Muchas veces contestaba a mis preguntas con evasivas o con respuestas que no eran consistentes con relatos anteriores.

Pero si bien me apasionaba escucharlo y poder conocer de primera mano historias de un mundo que me era desconocido, jamás le insistí en que me contara algo solo para satisfacer mi propia curiosidad. Siempre busqué que sus relatos sirvieran para los fines terapéuticos.

Brian seguía viniendo puntualmente todos los lunes y los jueves, durante una hora. Su tono de voz ya era mucho más claro, se iba soltando de a poco.

Un lunes llegó con los ojos colorados y le costaba mantener el hilo de la conversación. Le pregunté si había estado fumando marihuana, y me dijo que no, que la marihuana de EE. UU. lo tumbaba. Me contó que había probado esa hierba por primera vez al poco tiempo de llegar y que había quedado “dado vuelta”.

—Los americanos están todos locos, doctora. Mire que yo había fumado marihuana desde chico en Nicaragua, ¡pero acá, no sé qué le ponen! Una vez, fumé y después perdí el conocimiento y me asusté mucho. Al día siguiente no me podía ni mover —se sinceró.

—¿Y nunca más fumaste? —le dije.

—No, ese día decidí que no volvería a probar más nada en este país. Desde ahí, solo tomo alcohol, aunque es verdad que estoy tomando demasiada cerveza… —reconoció.

Creí entender que me estaba tratando de explicar cuál era el origen de su falta de equilibrio aquel día, pero Brian enseguida volvió a echar por tierra mis conjeturas.

—Pero los ojos colorados no son tampoco por tomar mucho. ¡Tengo los ojos así porque no puedo dormir desde hace semanas! —me dijo casi sollozando—. ¡Es desesperante! —agregó.

Nos quedamos callados los dos. Pensé que se había metido en problemas y que de noche estaba despierto por el miedo o la preocupación.

—¿Por qué? —le dije, mirándolo fijo.

—No sé. ¡Me voy a acostar, apago el teléfono, cierro los ojos, pero doy vueltas en la cama, me estoy volviendo loco! ¡Paso la noche en vela y los días son una tortura! Siento que me puedo quedar dormido en cualquier lado, pero no lo logro —me dijo, como pidiendo ayuda.

Con el tiempo, descubrimos que el trauma devenido de su travesía migratoria era el problema que lo había sumergido en las noches de insomnio.

Aquellas eternas jornadas mientras cruzaba el desierto, donde debía pasar las noches en vela y no se podía permitir dormirse ni un minuto seguían siendo una herida abierta. En su cabeza, la noche era el momento en el que tenía que estar más alerta porque dormirse podía significar la muerte. Eso lo había marcado a fuego. Su mente seguía ligada a ese momento tan traumático de su pasado reciente.

A medida que avanzaba la terapia, Brian cada vez me contaba más cosas, y otras las iba suponiendo a partir de sus silencios y de sus frases sin terminar.

De a poco, con lo que me decía y, sobre todo, con lo que callaba, fui rearmando pieza por pieza el rompecabezas de su vida, y pude ayudarlo a reconstruir su narrativa.

Con el tiempo, las anécdotas e historias que me contaba se empezaban a proyectar hacia un futuro esperanzador. Me contó sobre la novia que había dejado en Nicaragua, de cuánto la extrañaba y del sueño de poder, algún día, traerla a vivir con él a EE. UU.

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141 səh. 2 illustrasiyalar
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9789878719962
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