Kitabı oxu: «La mujer migrante en Colombia»

La mujer migrante
en Colombia
La mujer migrante en Colombia: análisis de sus derechos humanos desde el contexto regional, 2014-2018
Resumen
Este libro es el resultado de investigación del proyecto “Feminización de la migración venezolana en Colombia: análisis regional con enfoque de derechos humanos, 2014-2018”. Presenta una serie de reflexiones en torno al rol de la mujer dentro de la dinámica de los procesos de movilidad humana provenientes de Venezuela. En este texto los investigadores se concentran en analizar la doble situación de vulnerabilidad de las mujeres migrantes, toda vez que deben enfrentar una situación compleja en términos de acceso a derechos y la consecuente exposición a riesgos derivados del abandono de su lugar de origen o residencia habitual. Además, en este estudio se hace una aproximación a la perspectiva internacional y nacional de esta realidad en tres ciudades colombianas, Bogotá, Santa Marta y Cúcuta, y se documentan los principales desafíos que enfrenta esta población y se pone en evidencia la necesidad de que desde el marco normativo se pueda contar con un adecuado enfoque diferencial.
Palabras clave: Derechos humanos, desplazamiento, políticas migratorias, derechos de género, enfoque diferencial Colombia, Venezuela.
Migrant Women in Colombia: Analysis of Their Human Rights from the Regional Context, 2014-2018
Abstract
This book is the result of a research project titled “Feminization of Venezuelan Migration in Colombia: Regional Analysis with a Human Rights Approach, 2014-2018.” It presents a series of reflections on the role of women within the dynamics of human mobility processes coming from Venezuela. In this text, the researchers focus on analyzing the situation of double vulnerability of migrant women, since they must face a complex situation in terms of access to rights and the consequent exposure to risks derived from leaving their place of origin or habitual residence. In addition, this study presents an approach to the international and national perspective of this reality in three Colombian cities: Bogotá, Santa Marta, and Cúcuta, while documenting the main challenges faced by this population and evidencing the need for an adequate differential approach based on a regulatory framework.
Keywords: Human rights, displacement, migration policies, gender rights, differential approach, Colombia, Venezuela.
Citación sugerida / Suggested citation
Palacios Sanabria, M. T. y Torres Villarreal (eds.). (2020). La mujer migrante en Colombia: análisis de sus derechos humanos desde el contexto regional, 2014-2018. Bogotá, D. C.: Editorial Universidad del Rosario.
https://doi.org/10.12804/urosario9789587845471
La mujer migrante
en Colombia:
análisis de sus derechos humanos
desde el contexto regional,
2014-2018
María Teresa Palacios Sanabria
María Lucía Torres Villarreal
—Editoras académicas—
La mujer migrante en Colombia: análisis de sus derechos humanos desde el contexto regional, 2014-2018 / María Teresa Palacios Sanabria, María Lucía Torres Villarreal, editoras académicas. – Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2020.
Incluye referencias bibliográficas.
1. Mujeres – Emigración e inmigración – Venezuela – Colombia 2014-2018. 2. Mujeres – Emigración e inmigración – Aspectos sociales. 3. Mujeres – Condiciones sociales – Colombia. 4. Derechos de la mujer. 5. Derechos humanos. 6. Migración – Venezuela – Colombia. I. Rojas Rodríguez, Natalia. II. Luna de Aliaga, Beatriz Eugenia. III. González Tamayo, Nicolás. IV. Ojeda Díaz, Marcela M. V. Ramirezparis Colmenares, Xiomara. VI. Iregui Parra, Paola Marcela. VII. Hurtado Díaz, Nathalia. VIII. Universidad del Rosario. IX. Título.
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Primera edición: Bogotá, D. C., 2020
ISBN: 978-958-784-547-1 (ePub)
ISBN: 978-958-784-548-8 (pdf)
https://doi.org/10.12804/urosario9789587845471
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Contenido
Introducción
María Teresa Palacios Sanabria
María Lucía Torres Villarreal
I. La feminización de las migraciones con enfoque de derechos humanos: aproximación teórica y conceptual
Natalia Rojas Rodríguez
Beatriz Eugenia Luna de Aliaga
II. Una mirada en torno a la realidad de las mujeres migrantes en materia de derechos humanos desde el contexto internacional al nacional
María Teresa Palacios Sanabria
María Lucía Torres Villarreal
Nicolás González Tamayo
III. Crisis migratoria en el Caribe colombiano: el caso de las mujeres migrantes provenientes de Venezuela en la ciudad de Santa Marta
Marcela M. Ojeda Díaz
IV. Mujeres migrantes venezolanas en el nororiente colombiano: situación actual y desafíos vistos desde la ciudad de Cúcuta
Xiomara Ramirezparis Colmenares
V. Migración de mujeres provenientes de Venezuela: un desafío para Bogotá
Paola Marcela Iregui Parra
Nathalia Hurtado Díaz
Introducción
1. A propósito de la mujer en la migración: breve alusión a la transformación de las migraciones internacionales desde la feminización
La migración internacional es una realidad mundial que se muestra compleja para los Estados de origen y de destino. Por lo regular, los países debaten dilemas que circundan los asuntos sociales, económicos, de defensa y seguridad de sus fronteras y el acelerado proceso de globalización ha cambiado las dinámicas de relacionamiento entre los Estados y los discursos que sustentan sus acciones y marcos normativos, haciendo más evidente la relación entre desarrollo y migración. Esto plantea desafíos en términos de optimización del recurso humano y denota que los procesos de movilidad pueden ser vistos como oportunidades para el progreso social, si se logran gestionar de manera eficiente, ordenada y bajo la premisa de la protección de los derechos humanos. Así lo ha propuesto el Pacto Mundial Migratorio, suscrito en Marrakech en 2018, al expresar en su Objetivo No. 23, relativo al fortalecimiento de la cooperación internacional y las alianzas mundiales, la necesidad de forjar estrategias de asociación de nivel bilateral, regional y multilateral que permitan la formulación de soluciones especiales que aborden claramente las oportunidades y retos de la migración (ONU, 2018, p. 35).
Las cifras de la Organización de la Naciones Unidas —en adelante ONU—, han venido registrando un incremento de la población migrante en los últimos años; hoy se estiman 272 millones de personas en esta situación en todo el mundo (ONU, 2019), lo que recrea una dinámica que no decrece sino que, por el contrario, constituye una tendencia sostenida y con vocación de permanencia. Los movimientos son heterogéneos y la población que migra puede ser caracterizada de diversas formas, lo que resulta de vital importancia tanto para los Estados como para la Comunidad Internacional, pues a partir de allí, pueden producirse respuestas no solo internas, sino regionales frente a las necesidades de la migración.
Una de esas modalidades es la que obedece a los motivos que impulsan la migración, entre ellos se encuentran los migrantes económicos, las personas refugiadas, los solicitantes de asilo y también pueden identificarse personas sin nacionalidad, más conocidas como apátridas. Por otra parte, el criterio de la documentación que portan las personas también es un factor de clasificación; es así como por ejemplo las cifras de los organismos internacionales también buscan conocer el índice de personas en situación de regularidad o irregularidad (OIM, 2020). Así mismo, es posible contar con aproximaciones sobre la migración haciendo alusión al sexo o género, escenario en el que las estimaciones internacionales se refieren a una relativa paridad de hombres y mujeres dentro de los movimientos humanos. De la totalidad de los migrantes, según las proyecciones de organizaciones internacionales, cerca de 124,8 millones de personas son mujeres, lo que destaca su relevancia y participación en la fuerza de trabajo (ONU, 2019); vale la pena mencionar que 1 de cada 6 mujeres se desempeña en el trabajo doméstico (ONU Mujeres, 2018).
Las mujeres migrantes se encuentran en un riesgo mayor de sufrir violaciones a sus derechos humanos, toda vez que son discriminadas en mayor medida al acceder al trabajo; suelen ser estigmatizadas como trabajadoras domésticas o sexuales y, en consecuencia, son víctimas de explotación laboral y sexual en redes de trata de personas y de tráfico de migrantes. Esta situación está ampliamente documentada por el relator especial sobre los derechos humanos de los migrantes en uno de sus más recientes informes, en el que insta de manera urgente a los Estados para que desarrollen la perspectiva de género de manera integral dentro de sus políticas internas (ONU, 2019).
Por otro lado, del total de migrantes, 24,4 millones están registrados como refugiados (ONU, 2019), de los cuales el 50% son mujeres y niñas. A su turno, pese a que no existen datos precisos sobre el número de personas apátridas en el mundo, el ACNUR presume que la cifra es elevada y los más afectados por la falta de reconocimiento de nacionalidad suelen ser los niños, quienes representan un tercio. Por su parte, las mujeres también suelen verse gravemente afectadas en sus derechos, dado que en la actualidad, en 25 países se prohíbe a las mujeres trasmitir la nacionalidad a sus hijos, situación que afecta a los menores de padres desconocidos (ACNUR, s.f.), y aún existen 3 Estados que impiden a los hombres trasmitir la nacionalidad, cuando se trata de hijos extramatrimoniales (ACNUR, 2019).
Lo anterior evidencia de manera somera la altísima vulnerabilidad de las mujeres en situación de movilidad humana, aspecto que al parecer resultó estar invisibilizado por décadas, pese a que la presencia de la mujer en los flujos migratorios no es un hecho nuevo. Según Veroniqué Landry, en la historia de las migraciones se ha presentado una fuerte tendencia teórica que persistió hasta los años ochenta y gira en torno al androcentrismo, la cual busca privilegiar el papel del hombre e invisibilizar el rol y la experiencia de la mujer dentro de este proceso (2012, p. 103). Bajo esta perspectiva, la persona, como sujeto migrante, se presenta desde una visión laboral masculina, donde la mujer es simplemente una acompañante, circunstancia que obedece a la distribución social de los roles entre el hombre y la mujer y a la relación entre producción y reproducción (Jiménez, 1999, p. 7), que impera desde una óptica patriarcal.
El inicio de la construcción del concepto de la feminización de la migración, aspecto central de la investigación que soporta este texto, se produce a partir del desarrollo de la noción diferencial del sexo (Landry, 2012, p. 104), surgida a mediados de los años ochenta, lo que ha implicado un cambio cualitativo en la manera de concebir los movimientos migratorios, pues ubica a la mujer como un sujeto protagonista dentro de las teorías clásicas que explican la migración y les reconoce independencia y voluntad para tomar la decisión de abandonar su territorio de origen y buscar oportunidades de desarrollo. Otros de los aportes de la incorporación de la lógica de las mujeres en el discurso de los movimientos de personas son: que ha permitido visibilizar la proporción de la mujer migrante a nivel mundial, ha desmitificado el desempeño de los roles tradicionales de la mujer y ha puesto de presente la dinámica de la migración como consecuencia de la globalización.
Lo anterior permite marcar una transformación en la óptica de sujeto accesorio con la que ha sido vista la mujer en estos procesos, pues su movilización ya no debe ser validada desde la migración del hombre y se le permite decidir desde su íntima autonomía a abstenerse de hacerlo en caso de que así no lo quiera (Reysoo, 2004, p. 21). Debe recordarse, que dentro del concepto más amplio y evolutivo del derecho a migrar, conocido como ius migrandi, uno de los elementos esenciales radica en no ser forzado a hacerlo y tener la libertad de decidir permanecer en el lugar de origen o de residencia habitual (Chueca, 2008, p. 754).
Así, la feminización de la migración como aporte teórico para la comprensión de la movilidad humana y como contribución práctica para la satisfacción de los derechos de las mujeres puede verse como una teoría en constante construcción, que fija el centro de atención en las particularidades de la mujer a lo largo de todo el proceso migratorio, esto es: las motivaciones previas al viaje; los deseos de progreso, desarrollo, protección a la vida o integridad personal o del grupo familiar; el cuidado y manutención de sujetos dependientes; y el cumplimiento del proyecto de vida individual, entre otras innumerables razones que impulsan la migración. En el tránsito y llegada al territorio de destino, la mujer migrante también enfrenta una serie de particularidades que pueden coincidir con las de los demás sujetos; sin embargo, el reconocer ese impacto para la mujer, reivindica el discurso desde su propia autonomía y refuerza su estatus de sujeto pleno de derechos.
Dentro de la riqueza del concepto, para Saskia Sassen, la feminización de la migración implica una comprensión de la complejidad de esta realidad, dentro de una economía globalizada (2003, p. 1), pues la movilidad está fuertemente interrelacionada con la apertura mundial y con la interdependencia comercial entre Estados desarrollados y en vía de desarrollo. Lo anterior no escapa del espectro de acción de la mujer, pues la perspectiva feminista se relaciona con la geografía; de allí que la filósofa enriquezca el discurso con la noción de las contrageografías de la globalización, descrito como aquel proceso en el cual las economías mundiales abren un amplio espectro dentro del mercado laboral, que de manera indirecta habilita espacios de ocupación a la mujer (Sassen, 2004). Al mismo tiempo, este proceso acentúa y genera una serie de desigualdades y segregaciones en contra de la mujer, situación que se produce por el desempeño de estas en muchos oficios infravalorados, informales y sin seguridad (Sassen, 2004, p. 123). De allí la importancia de que en las políticas adoptadas por los Estados se incluya el inexcusable enfoque diferencial en favor de la mujer migrante.
La importancia del rol de la mujer y el reconocimiento de sus necesidades es tal que, desde la adopción de la Agenda 2030, que desarrolló los Objetivos de Desarrollo Sostenible, se puso de manifiesto la necesidad de transversalizar en estos la igualdad de género, el acceso a las oportunidades y la erradicación de la violencia, como camino hacia la consecución de la justicia. De esta manera, es posible hallar el punto de convergencia entre la mujer y los movimientos migratorios en metas orientadas a dignificar las condiciones de la migración; erradicar la trata de personas y el tráfico de migrantes (ONU, 2015, 5.2); poner fin a las formas modernas de esclavitud y erradicar el trabajo forzoso (ONU, 2015, 8.7), promoviendo premisas de trabajo decente y seguro, reducción de las desigualdades entre los países y facilidades para la migración segura, ordenada y regular (ONU, 2015, 10.7).
Lo expuesto anteriormente plantea una clara invitación a la academia para desarrollar procesos de reflexión en los que se ubique como eje central a la mujer migrante, pues su presencia, impacto y contribución, tanto para la sociedad de origen como para la de acogida, es un hecho indiscutible. Es necesario que se superen los sesgos de discriminación por motivos de sexo y de origen nacional y se contribuya de manera decidida a la construcción de Estados más equitativos, justos, pacíficos, que reconozcan a cada sujeto su importancia dentro del estándar más alto de dignidad y derechos humanos.
2. La mujer migrante como centro de la migración: un aporte a la discusión de un tema poco reconocido y estudiado
Partiendo de la importancia de la mujer migrante que se ha evidenciado en la historia, aunado al rol que ha venido adquiriendo en la dinámica de las migraciones actuales, el Grupo de Investigación en Derechos Humanos de la Facultad de Jurisprudencia, dando continuidad a su interés académico que sobre migración ha venido desarrollando desde hace más de 14 años, decidió girar la mirada hacia el análisis de la mujer en el marco de la migración, lo cual ha adquirido especial relevancia en la actualidad con ocasión del masivo éxodo de venezolanos derivado de la crisis política, económica y social que vive su país. En ese sentido, se reafirma la connotación histórica de migración de las mujeres y se evidencia una agravación de sus riesgos y condición de vulnerabilidad a causa de la situación que actualmente se vive en Colombia.
El proyecto1 que da origen a esta publicación tuvo como objetivo central analizar, desde un enfoque de derechos humanos, la feminización en el marco de los flujos migratorios entre Venezuela y Colombia, durante el periodo 2014-2018, con el fin de visibilizar la situación de las mujeres migrantes, lo que las convierte en un grupo con doble condición de vulnerabilidad, como se ratificará a lo largo de los escritos que se compilan en este texto. Para alcanzar el objetivo, se realizaron diagnósticos regionales en tres ciudades seleccionadas para el proyecto: Bogotá, Cúcuta y Santa Marta, en los cuales se pretendió identificar la situación de los derechos humanos de este sector de la población y las rutas de acceso para su protección. El diagnóstico tuvo como fase central la realización de talleres con dos grupos de actores involucrados en la migración: i) con funcionarios de entidades públicas y organizaciones sociales que intervienen en la atención a mujeres migrantes provenientes de Venezuela en cada una de las ciudades seleccionadas y ii) con mujeres migrantes provenientes de Venezuela y con la academia, con el fin de detectar problemáticas en el acceso a los derechos y validar las rutas de acceso a dichos derechos.
Se tomaron para el diagnóstico las tres ciudades referidas, por la afluencia de migrantes provenientes de Venezuela y las referencias que de la problemática se podían abstraer de estas, dadas sus condiciones geográficas, culturales, etc. Respecto a Bogotá, porque como lo ha reportado Migración Colombia, a diciembre de 2019 se registra en Colombia un total de 1 771 237 migrantes venezolanos, de los cuales el 20% se ubica en Bogotá y la cataloga como la primera ciudad de destino. En relación con Cúcuta, no solo porque la migración ha sido una constante en la historia de la región, sino por su condición fronteriza con Venezuela, lo que representa el paso obligado de muchos migrantes por la zona, bien de manera temporal, bien de forma definitiva; estas dos ciudades se ubican en el rango de más de 100 000 migrantes venezolanos, según las mediciones de la autoridad migratoria. En cuanto a Santa Marta, porque se pretendió analizar una ciudad con otras características geográficas y que si bien no reportaba cifras tan altas de migración como las dos anteriores, evidenciaba una importante afluencia de migrantes en lo que se refiere a ciudades del Caribe. Según Migración Colombia, dentro de los departamentos que tienen entre 50 000 y 100 000 migrantes venezolanos se ubican varios del Caribe colombiano, entre ellos, el del Magdalena reporta más de 90 000 a diciembre de 2019.
En cifras de ciudadanos venezolanos por departamento, por encima del Magdalena solo se ubican La Guajira y Atlántico, pero estarían dentro del rango de más de 100 000 migrantes y en ese nivel ya se habían seleccionado para el diagnóstico a Bogotá y a Norte de Santander (ver tabla 1). Al analizar las cifras de los años 2018, como fecha de cierre del proyecto, y 2019, a manera comparativa, para entender la importancia del departamento del Magdalena en términos de crecimiento de la migración, se evidencia un aumento porcentual del 105%, en tanto que Atlántico y La Guajira si bien tuvieron crecimientos, no fueron de esa magnitud. Al interior de este departamento, la ciudad de Santa Marta condensa casi el 50% de los migrantes, lo que evidencia la importancia de escoger esta ciudad como laboratorio para el diagnóstico (ver tabla 2).
Tabla 1. Número de ciudadanos venezolanos por departamento en la costa del Caribe (2018-2019)
| Departamento | 2018 | 2019 |
| Atlántico | 105 459 | 156 346 |
| La Guajira | 123 756 | 155 689 |
| Magdalena | 41 460 | 85 092 |
| Bolívar | 31 674 | 74 645 |
| Cesar | 32 471 | 54 638 |
| Sucre | 11 498 | 22 257 |
| Córdoba | 6 373 | 12 410 |
Fuente: Elaboración propia.
Tabla 2. Cambio porcentual en el número de ciudadanos venezolanos por departamento en la costa del Caribe (2018-2019)
| Departamento | Variación % |
| Magdalena | 105% |
| Atlántico | 48 % |
| La Guajira | 25 % |
Fuente: Elaboración propia.
Para el desarrollo de la investigación, se diseñó un equipo de trabajo liderado por la Universidad del Rosario, conformado por investigadoras de la misma universidad y consultoras en las ciudades seleccionadas, con el fin de crear un escenario idóneo para la consecución, organización y análisis de la información en este tema de vital importancia, pero que ha sido poco abordado en las discusiones alrededor de la migración. De esta manera, los aspectos más relevantes del análisis realizado en el marco del proyecto se recogen en los escritos que conforman este texto, los cuales, esperamos, formen parte de las herramientas estructurales que el Estado colombiano debe adoptar con miras a la construcción de una verdadera política migratoria integral con enfoque de derechos humanos.
Así las cosas, el libro titulado La mujer migrante en Colombia: análisis de sus derechos humanos desde el contexto regional, 2014-2018, se compone de cinco capítulos que pretenden presentar un panorama global de la situación de las mujeres migrantes a nivel nacional e internacional y de esa manera entender las tendencias que se evidencian en los escritos de las ciudades estudiadas, resaltando de manera especial los resultados obtenidos a partir de la implementación del instrumento metodológico empleado en los talleres con las mujeres migrantes. Se trató de una herramienta creada con elementos y lenguaje pedagógico, denominada El tarjetón de derechos, el cual tenía dos componentes: i) el Top 5 de derechos, en el cual se presentó un listado de derechos para que las participantes enumeraran, según sus propias experiencias, aquellos que consideraban los de mayor relevancia en su ciudad y ii) una sección sobre situaciones de discriminación, en la que se solicitó que, por medio de palabras o dibujos, describieran las situaciones de las cuales hubieran tenido conocimiento y que implicaran algún acto asociado a la discriminación basada en el género o en su origen nacional.
En ese sentido, el lector de esta obra dará inicio con el primer capítulo, denominado “La feminización de las migraciones con enfoque de derechos humanos: aproximación teórica y conceptual”, elaborado por Beatriz Eugenia Luna de Aliaga y Natalia Rojas Rodríguez. El escrito inicia con una pregunta asociada a los alcances, implicaciones e importancia de emplear el enfoque de derechos humanos en el abordaje de la feminización de la migración a nivel global, entendiendo que mujeres migrantes, para efecto del texto, cubre a las nacionales, extranjeras y dentro de estas, especialmente a las venezolanas. Parten de la premisa de identificar una constante histórica de desigualdad de género en el contexto de la migración, para lo cual plantean un recorrido histórico analizando el rol de la mujer en este escenario, el concepto de mujer y los elementos esenciales que conducen a un estándar especial de protección, la situación de sus derechos asociada a los riesgos propios del género y de la migración, y cómo ello condujo a la elaboración de instrumentos internacionales para su protección. Se presta especial atención a la necesidad de entender el derecho a migrar de la mujer como un derecho progresivo, que busca garantizar, promover y proteger los derechos humanos de las mujeres como un todo, con el énfasis que da el hecho mismo de la migración.
El segundo capítulo, titulado “Una mirada en torno a la realidad de las mujeres migrantes en materia de derechos humanos desde el contexto internacional al nacional”, elaborado por María Teresa Palacios Sanabria, María Lucía Torres Villarreal y Nicolás González Tamayo, pretende evidenciar cómo los instrumentos internacionales diseñados para la protección de los derechos humanos de los migrantes y de las mujeres, de los cuales Colombia es firmante, se incorporan al ordenamiento jurídico colombiano, dando cuenta de la pertinencia e importancia de sustentar las normas internas en atención a los estándares internacionales. Para ello, en un recorrido normativo global, se analizan los instrumentos de derecho duro y de derecho blando que forman parte del derecho internacional de los derechos humanos, detallando los aspectos relevantes en el análisis de la protección a los derechos de las mujeres, para luego transitar en el recorrido al escenario normativo nacional, trayendo a colación las principales normas que han abordado los temas de migración y la jurisprudencia constitucional correspondiente, tratando de evidenciar la incorporación de los lineamientos establecidos en la primera parte y cómo se maneja la condición de los derechos de las mujeres en el contexto migratorio.
En los capítulos tercero, cuarto y quinto, se presentan los elementos más relevantes del diagnóstico realizado en las ciudades seleccionadas. Así, el tercer capítulo corresponde al título “Crisis migratoria en el Caribe colombiano: el caso de las mujeres migrantes provenientes de Venezuela en la ciudad de Santa Marta”, elaborado por Marcela Ojeda Díaz. La autora parte de un problema jurídico para desarrollar su escrito, asociado con las estrategias de atención que han implementado las entidades distritales para el manejo de los desafíos en derecho para las mujeres migrantes venezolanas. Para ello, plantea el contexto de la migración en la ciudad y el concepto de mujer migrante que existe en el imaginario de las instituciones, la academia y en las mismas migrantes de la región; luego de ello, propone la situación de los derechos en la ciudad como hallazgo central del taller, a partir de la implementación de la herramienta aludida líneas atrás, denotando las barreras detectadas por las migrantes y las rutas de atención previstas por el Distrito para dar protección a sus derechos. Algunos importantes aportes hallados en ese escenario de interacción precisan, de un lado, el hecho de que la gobernanza territorial y las relaciones sociales entre nacionales y extranjeros han cambiado con la migración venezolana y así mismo, cómo el conocimiento de los derechos y las rutas para su defensa se constituyen en medios para mejorar la calidad de vida de las mujeres y sus familias.
El capítulo cuarto, llamado “Mujeres migrantes venezolanas en el nororiente colombiano: situación actual y desafíos vistos desde la ciudad de Cúcuta”, elaborado por Xiomara Ramirezparis Colmenares, parte de un planteamiento asociado con la situación de derechos humanos de las mujeres migrantes provenientes de Venezuela y cómo estos se han protegido. Reconoce dos situaciones de hecho muy relevantes para entender el contexto de la región: i) el problema inicia con las deportaciones y expulsiones masivas realizadas por el Gobierno de Venezuela en 2015 y se suma a ello el éxodo masivo derivado de la crisis que se vive en el vecino país, especialmente de cara a la escasez de alimentos, medicamentos y la mínima o nula prestación de servicios públicos y lo que todo esto representa en clave de derechos humanos y ii) Cúcuta ha sido una ciudad históricamente receptora de migrantes, siendo hoy en día el segundo lugar de destino de los migrantes provenientes de Venezuela, luego de Bogotá. Es interesante resaltar que una de las conclusiones que presenta la autora, como hallazgo de los talleres realizados, es la necesidad de que las autoridades regionales se planteen la vinculación de los migrantes al desarrollo socioeconómico de la ciudad y superar el manejo humanitario que ha venido dándose a una situación que no parece tener vocación de temporalidad.
El quinto capítulo esta relacionado con el diagnóstico y análisis de la ciudad de Bogotá. Las autoras Paola Marcela Iregui Parra y Nathalia Hurtado Díaz, en el escrito “Migración de mujeres provenientes de Venezuela: un desafío para Bogotá”, parten de la necesidad de evidenciar los problemas de cobertura o vulneración de derechos y con ello los avances que institucionalmente se han dado para protegerlos. Para ello analizan la ciudad como lugar históricamente receptor de migrantes y actualmente, como destino número uno de la migración de venezolanos que ingresan a Colombia, lo que ha llevado a las autoridades distritales a pensar en diferentes estrategias para atender las necesidades derivadas de las problemáticas que se asocian a la migración. De la recopilación de información realizada, se resaltan de manera especial, de un lado, la falta de oportunidades en el acceso a trabajos dignos y bien remunerados, lo que se traduce en una realidad en la que la prostitución se torna en una alternativa para conseguir recursos y a su turno esto conlleva a la violencia por parte de quienes pagan por ello; así mismo, se propicia la existencia de trabajos forzosos, al ser tratadas de manera diferente por su origen nacional en aspectos como el salario; y en algunos casos, termina fomentando o asociándose a otros escenarios como la trata de personas, denotando un importante incremento en los factores de vulnerabilidad. De otro lado, la necesidad de que como Estado se dé una respuesta ante el aumento de nacimientos en Colombia de niños que son hijos de migrantes, lo que representa un reto desde la protección de los derechos humanos.
3. Una lectura transversal de las regiones: los verdaderos retos del Estado colombiano
Al analizar los datos recopilados en los talleres realizados en las regiones, los hallazgos derivados de la investigación de manera integral y los informes y documentos que intentan explicar el alcance de la situación actual de la migración, se evidencian algunos aspectos comunes que ponen de presente las necesidades y retos en términos de país.
La migración es, sin duda, un hecho histórico que ha marcado importantes hitos en el escenario global y del cual el contexto nacional no es ajeno, ni desde la capital ni en las regiones. Esto conduce a la imperante necesidad de analizar la migración, como hecho humano, desde diversas perspectivas, para lograr así una respuesta estructural y que verdaderamente atienda todas las aristas de la situación de forma correspondiente a la realidad y sus particularidades. Es decir, no puede partirse de un tratamiento generalizado ni adoptado de otras latitudes, sino creado a partir de los requerimientos y necesidades propias; una construcción colectiva, realista y participativa. Lo anterior fue lo que motivó, en su momento, a la comunidad internacional a la adopción de tratados sectoriales en refuerzo de la protección de los derechos de las mujeres y los trabajadores migrantes, justo cuando se hizo evidente que los Estados no podían continuar ejerciendo su soberanía bajo el desconocimiento de baluartes estructurales anclados en el discurso de los derechos humanos.
Las razones que impulsan la migración en el contexto internacional, aludidas en informes y documentos alrededor del tema, señalan como causas estructurales de esta la búsqueda de mejores condiciones de vida, escapar de la violencia, la reunificación familiar y el anhelo por tener un empleo digno, que son elementos comunes que también se identifican en el éxodo de Venezuela hacia Colombia. A lo anterior debe agregarse, la violencia intrafamiliar y el género, pues al ser también motivos frecuentes, revictimizan a la mujer en el recorrido migratorio, ubicándola en condiciones de riesgo relacionadas con la trata de personas y el tráfico de migrantes.
El panorama actual muestra una coyuntura para la cual el Estado colombiano no estaba preparado, ni desde su estructura institucional ni desde su marco normativo, pues al carecer de una comprensión y, en consecuencia, de una regulación integral para la migración, que atienda todas las circunstancias y particularidades asociadas a esta, la situación se ha enfrentado con medidas temporales que responden a los hechos y necesidades que se suscitan, pero que evidencian no solo la carencia legislativa, sino además una descoordinación entre el nivel nacional y el territorial en lo que se refiere a eficacia, uniformidad, recursos financieros, capacidad institucional, entre otras. Por supuesto, el cumplimiento de las obligaciones internacionales asumidas por Colombia en materia de derechos humanos, queda en un segundo plano en los diferentes prospectos regulatorios con que cuenta el Estado. Esto también se evidencia en la ausencia de herramientas para efectuar un monitoreo de los movimientos de personas, como también de los migrantes en términos cuantitativos, cualitativos y de caracterización, lo que conduciría a respuestas más idóneas y adecuadas, en caso de que se implementaran.
De igual manera se plantean grandes retos como sociedad, desde la perspectiva legal y humana, que exigen un entendimiento de la situación en clave de derechos humanos, desde la ciudadanía, los migrantes y las autoridades públicas, para ver, entender y manejar la situación desde una óptica multidisciplinaria, multidimensional e integral. Justamente los brotes de xenofobia que hoy se evidencian, aunados a los estigmas y estereotipos que predominan en el imaginario de los connacionales, evidencian la necesidad de asumir esta situación de otra forma y muestran la importancia de actuar de forma articulada, donde los diferentes sectores asuman un rol en la situación, no dejando el asunto solo en el escenario del Estado, pues la sociedad civil, el sector privado y la academia tienen un rol que deben cumplir frente a esta realidad.
Ahora bien, en el marco actual, el acceso a los derechos y a las oportunidades laborales que conducen a una mejor calidad de vida, están atadas a la documentación y, con ello, a la condición de regularidad de los migrantes en el terriotrio nacional, pues de lo contrario la oferta y la empleabiliad serán reducidas a la demanda de necesidades, lo que se traduce en un aumento desmedido de la informalidad laboral que ya de por sí era alta antes del éxodo venezolano. Así mismo, ello conduciría a una integración social, económica y laboral que se contempla cada vez más como una alternativa para el manejo de la coyuntura que día a día tiende a mostrar mayores índices de permanencia que de retorno.
Los temas laborales también evidencian que la mujer ha cambiado su clásico rol en la cadena de producción, pasando a tener un rol activo y a ocupar un importante lugar en las cifras de impulso a la economía, como se indicaba al inicio de esta parte introductoria, denotando que además tiene un papel prevalente en el marco de la migración, pues suelen viajar solas o con sus hijos menores, por lo que el foco también se enciende de manera importante en la construcción de planes y programas para los menores de edad. Esto también ha prendido las alarmas en el aumento de la vulnerabilidad de la mujer por los riesgos asociados a la explotación laboral, la violencia intrafamiliar, los trabajos forzados, etc., pues las dinámicas ocupacionales, de pareja, de familia, se han ido transformando.
En relación con las necesidades en términos de derechos, las ciudades estudiadas muestran una tendencia clara respecto de la necesidad de protección y garantía de una serie de derechos: educación, salud, vivienda y trabajo, de manera reiterada, y, en menor medida, según los rasgos de las zonas, acceso a la información, alimentación y regularización. Llama de manera especial la atención el tema de la salud mental y los factores psicosociales asociados a la migración y sus realidades, como un tema transversal que se evidencia como una necesidad constante para atender en la población migrante analizada.
Para terminar, es importante anotar que la gran conclusión que queda a todas las personas que participaron en este proyecto es que a pesar de la importancia de la mujer en la migración, son pocas, casi nulas, las referencias con enfoque de género en la normatividad y los planes o programas con los que hasta el momento cuenta el Estado colombiano para atender a una población doblemente vulnerable en sus derechos, lo que representa un llamado al Estado para analizar y abordar de manera idónea esta problemática, antes de que derive en otros problemas, como se ha evidenciado en esta introducción.
María Teresa Palacios Sanabria
María Lucía Torres Villarreal
Editoras académicas
Referencias
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Notas
1 Este proyecto fue financiado por el Fondo de Investigaciones de la Universidad del Rosario, en el periodo comprendido entre octubre de 2018 y abril de 2020.
I
La feminización de las migraciones con enfoque de derechos humanos:aproximación teórica y conceptual
Natalia Rojas Rodríguez*
Beatriz Eugenia Luna de Aliaga**
Introducción
La migración internacional1, como bien lo señala la Organización Internacional para las Migraciones —en adelante OIM—, se asocia con diversos aspectos, entre ellos, los económicos, sociales y de seguridad, los cuales inciden en lo cotidiano de un mundo cada vez más interconectado, por ello, “el término ‘migración’ engloba una gran diversidad de movimientos y situaciones que afectan a personas de cualquier condición y origen social. Ahora más que nunca, la migración afecta a todos los países y a todas las personas en un mundo cada vez más globalizado” (Organización Internacional para las Migraciones, 2018)2. Así, actualmente, en el contexto mundial existe mayor interés y visibilidad para estudiar las migraciones, no obstante, su análisis se viene realizado desde varias décadas atrás y empleando diferentes perspectivas, dentro de las cuales se encuentran las políticas, las jurídicas, las económicas, las socioculturales, las psicológicas, las artísticas3, entre otras.
De manera que la migración es un asunto que involucra a todas las personas en el mundo, pues, nadie está exento de tener que migrar, sea en el ámbito internacional o al interior de una nación, por la razón que sea y tener que correr, en ciertas situaciones, los riesgos que ello significa, aunque se debe recordar que en algunos contextos existe mayor vulnerabilidad ante los peligros que en otros. Para el escenario concreto de la mujer migrante, esta travesía, en algunos casos, puede tornarse más difícil y riesgosa, por el hecho de ser mujer, precisamente porque está expuesta o puede estarlo a mayor cantidad de peligros que a los que puede estarlo el hombre.
Las experiencias específicas de las mujeres que sufren acoso, abuso, explotación, degradación, violencia de distinto tipo, discriminación, opresión y en muchas ocasiones la muerte, producto de los riesgos a los que se deben de someter cuando migran, han sido, en ciertas ocasiones, escasa o erróneamente estudiadas. Ha existido una limitación para el estudio de la migración femenina, precisamente porque, como bien lo señala Flores Cruz, existe una invisibilización del fenómeno producida por problemas en la medición y construcción de los datos sobre migración, en razón a que se presenta,
un sesgo masculinizante en la investigación sobre migración, ya que aún (sic) cuando el término migrante se ha utilizado generalmente sin especificar el sexo, el mismo ha sido invariablemente referido de forma tácita al género masculino. Como contraparte, las mujeres han tendido a ser representadas según un estereotipo de “dependientes pasivas” ya sea como madres, esposas o hijas del migrante varón en busca de empleo, pero no en tanto migrantes autónomas. (Flores, 2004, p. 2)
Así, observar un fenómeno migratorio, hoy en día, requiere que su contenido sea reinterpretado para que la variable mujer sea abordada. Elena Pont-Suárez considera que, “La categoría género puso en evidencia que el cuerpo de las mujeres es una de las expresiones de las asimetrías en el ejercicio del poder, objeto de dominio, sometimiento masculino en el ámbito familiar y público” (Pont-Suárez, 2016, p. 210). Por ello, su incorporación viene a fortalecer el análisis que al respecto se realice, precisamente, porque las cifras sobre la migración de las mujeres van en aumento y no existe un mecanismo real y efectivo que garantice los derechos de este colectivo en todas las facetas de su travesía, sea en migraciones internacionales o internas.
Es así que la presente investigación parte de la pregunta: ¿qué alcances, implicaciones e importancia tiene el emplear un enfoque de derechos humanos en el abordaje de la feminización de las migraciones? Para responder el interrogante planteado se abordará lo referente a la feminización de la migración desde una perspectiva teórica y conceptual. Para ello, tendrá como punto central el enfoque de derechos humanos, el cual posibilita una mayor comprensión del tema migratorio, pues, se consideran las diferencias de las mujeres con respecto a los hombres en este proceso de tránsito y la necesidad de garantizar el acceso a sus derechos humanos y el goce integral.
Dicho punto central toma en cuenta el impacto de las relaciones de desigualdad entre ambos grupos poblacionales en el contexto de la migración y deja en evidencia la necesaria atención que merecen, principalmente, las mujeres. Realizar un análisis desde esta perspectiva es lo que permite tener un conocimiento más cercano entre la realidad y el campo teórico. Para llevar a cabo esta reflexión, se desarrollará la argumentación de la siguiente manera: en primer lugar, se abordará el concepto de mujer y los estándares generales para su protección; posteriormente, se presentará una aproximación teórica a la historia de la migración de las mujeres y con ello un breve recorrido sobre la representación de las mujeres en la migración internacional; de seguido, se analizarán los roles y aportes de las mujeres migrantes en los lugares de destino; luego, se procurará presentar algunos panoramas y escenarios de riesgos para la mujer migrante, y así, finalizar con algunas conclusiones al respecto, que ofrezcan una reflexión sobre la situación de las mujeres ante la migración y sean un aporte para las distintas acciones que busquen la defensa de los derechos de este colectivo alrededor del mundo.
La metodología empleada para obtener el presente artículo se basó en la recopilación y análisis de diversas fuentes documentales internacionales, regionales y nacionales, así como en la elaboración y remisión de derechos de petición a tres autoridades colombianas, las cuales posteriormente brindaron respuestas que se estudiaron4. Asimismo, es menester señalar que durante el desarrollo de la investigación se realizó un trabajo de campo en cuatro ciudades seleccionadas en el proyecto que da origen a este escrito (Bogotá, Cúcuta, Pereira y Santa Marta), cuya información y resultados son tema de otros de los capítulos de esta obra. Para el desarrollo del presente estudio se tendrá en cuenta el concepto amplio de mujeres migrantes, en el entendido de que abarque mujeres migrantes internacionales y nacionales e incluso mujeres migrantes provenientes de Venezuela, lo cual permite incluir mujeres que sean colombianas en retorno, mujeres venezolanas que hayan migrado hacia Colombia o de otra nacionalidad que provengan de Venezuela en el periodo 2014-2018. Esto último en razón al proyecto específico del cual se deriva este documento y al libro producto de este.
1. Sobre el concepto de mujer y estándares generales para su protección
El lento avance en el reconocimiento de los derechos de la mujer y el logro de la equidad e igualdad de derechos entre mujeres y hombres es un asunto de derechos humanos y una condición necesaria para la justicia social, y esto no debe plantearse aisladamente como un problema de la mujer, precisamente porque es desde la misma sociedad que se le ha excluido y dado un trato distinto. Por ello, únicamente hasta que se alcancen esos objetivos se podrá instaurar una sociedad viable, justa y desarrollada, en la cual la mujer pueda migrar de un lugar a otro sin tener que soportar los distintos tipos de riesgos. Es así como nos debemos detener para delimitar lo que es ser mujer o, al menos, tener una aproximación inclusiva y completa.
Previo a ahondar por los múltiples significados y teorías de la academia, se aludirá a lo que la Real Academia Española (Real Academia, 2017) establece por mujer. Define al vocablo que proviene del latín milier, -ēris, y alude a aquella “persona del sexo femenino (…)”; respecto a femenino/a, señala que el término proviene del latín feminīnus, y corresponde al adjetivo “perteneciente o relativo a la mujer (…) propio de la mujer o que posee características atribuidas a ella (…) Dicho de un ser: Dotado de órganos para ser fecundados (…) Perteneciente o relativo al ser femenino. Célula femenina” (Real Academia, 2017). En general, se presume el conocimiento de este término o se piensa que se tiene claro, por ello, la doctrina —feminista en su mayoría— ha ido un poco más allá y ha intentado aproximarse a un concepto más completo e inclusivo5, sin embargo, en el presente análisis no nos detendremos en este recorrido dialéctico, pese a ser una discusión de gran importancia, su análisis en el presente estudio desborda el alcance propuesto, por ello, se aludirá únicamente a algunas de las principales precisiones que consideramos del tema se han establecido y así, se hará, una breve referencia sobre lo que es ser mujer y femenino.
Desde algunas lecturas el término mujer se establece por el sexo biológico femenino, y durante muchos siglos prevaleció la creencia solamente basada en las diferencias biológicas y en las características y funciones entre hombres y mujeres, donde se colocaba a la mujer en una posición inferior a la del hombre, aspecto que daba como resultado, en ocasiones, la discriminación y abusos hacia la mujer. Para otros, el término es remitido directamente a una construcción social o cultural, y entre ambas posturas, existen ideas muy variadas. Muchas de estas parten de la definición de hombre, pues, a partir de este es que resulta el concepto de mujer6. Se debe indicar que el feminismo, en sus distintas versiones, vino a imponerse contra muchas creencias sobre lo que connota mujer, porque si bien el pensamiento feminista nunca ha sido homogéneo, lo cierto es que la pluralidad de planteamientos que engloba tiene un denominador común: luchar contra la opresión patriarcal, una opresión que, contrario a lo que se suele pensar, ha afectado tanto a mujeres como a hombres7.
Es necesario aclarar que abordar el estudio de los feminismos puede resultar una tarea ingente, por ello, en este texto optamos simplemente por hacer una breve alusión a aspectos generales de algunos de los momentos de las teorías feministas con el fin de tener una mejor comprensión del tema. Se recalca que no es posible determinar el germen histórico del feminismo, pues como explica Alicia Puleo, “las mujeres apenas dejan huella en los anales de la Historia”, ya sea por indiferencia o por querer silenciar lo que molesta, en los textos históricos no hay constancia de hechos que “pudieran proporcionar una fundación en el pasado a las reivindicaciones de hoy” (Condorcet, 1993, p. 11). No obstante, y aunque no pretendemos hacer una historia del feminismo, distinguiremos tres momentos claves en su desarrollo histórico, que le dieron sustento teórico al movimiento feminista contemporáneo. El primero de ellos nos remite al siglo XVIII y la modernidad ilustrada8, tiempo en el cual se multiplicaron las voces que reclamaban la igualdad civil y política de las mujeres frente a los hombres, se exigía, entre otras cosas, que también el género femenino pudiera disfrutar de las conquistas de las revoluciones liberales. El segundo momento tiene lugar a mediados del siglo XIX9, cuando surge una nueva ola de reivindicaciones igualitaristas por parte de importantes figuras femeninas, principalmente en Estados Unidos; en esta época se destaca la aparición de lo que se conocería como el movimiento sufragista. El tercero inicia en la década de 196010, y cobra relevancia porque durante dichos años nace el feminismo liberacionista, que más que denunciar la opresión y la explotación contra las mujeres, abogaba por medidas legales y políticas que corrigieran la exclusión sistemática de la mujer en la vida pública.
Sobre la condición de mujer y en general sobre el género existen numerosos debates abiertos, aun así, en este texto no se pretende entrar en ellos por cuestiones metodológicas, aunque en todo caso, y entendiendo que el género es complejo de delimitarse, se va a asumir una versión simple pero no excluyente de lo que significa ser mujer. Llevar a cabo una mayor delimitación, muy probablemente, tornaría el ejercicio en inútil, precisamente porque sobrepasa el propósito de este escrito. Así, y sin partir de una definición unívoca de mujer, se debe indicar que aunque los sistemas de clasificación universal no abarcan por completo toda la diversidad existente entre las culturas, sí se establecen estándares generales que vienen a proteger a la mujer.
En este sentido, la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer — CEDAW por sus siglas en inglés— que se constituye en el instrumento por excelencia para los derechos de las mujeres, fue adoptada por las Naciones Unidas por medio de la Resolución 34/180 del 18 de diciembre de 1979, y entró en vigor en septiembre de 1981. Colombia la ratificó en 1981 por medio de la Ley 051, dicha Convención es el primer instrumento internacional en el que se manifiesta el compromiso mundial de intentar acabar con todas las formas de discriminación contra la mujer. Además, se cuenta con la Declaración de las Naciones Unidas sobre Eliminación de la Violencia contra la Mujer, adoptada por la Asamblea General de la ONU por medio de la Resolución 48/104 del 20 de diciembre de 1993, que proporciona un marco amplio y útil para definir la violencia contra la mujer, y la define en un artículo como: “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”, y reconoce “la urgente necesidad de una aplicación universal a la mujer de los derechos y principios relativos a la igualdad, seguridad, libertad, integridad y dignidad de todos los seres humanos”.
En esta misma línea, la Relatoría Especial sobre la violencia contra las mujeres, por medio de la Resolución 1994/45 de la Comisión de Derechos Humanos destacó su preocupación por “el carácter sostenido y endémico de la violencia contra la mujer”. Más recientemente, y en estrecha relación con la mujer migrante, se cuenta con el Pacto Global para una Migración Segura, Ordenada y Regular de las Naciones Unidas, en el año 2018, el cual es el primer acuerdo global de Naciones Unidas que viene a establecer de manera común y consensuada un entendimiento sobre las migraciones a nivel mundial; es un instrumento no vinculante, que considera los valores de soberanía de los Estados, responsabilidad compartida, no discriminación y derechos humanos. Se observa, pues, que la internacionalización de la protección de los derechos humanos de la mujer deriva no solo de la insuficiente acción estatal en este campo, sino también del hecho que los problemas de derechos humanos han dejado de ser un asunto interno exclusivo de los Estados para constituir una preocupación de la comunidad internacional como tal, la cual ha buscado diseñar mecanismos globales de protección. Pese a estos importantes avances de protección hacia la mujer, la desigualdad persiste en general y las situaciones de violencia, así como de discriminación contra ella siguen aconteciendo.
En cuanto a los instrumentos nacionales, en Colombia se debe recordar que la Constitución Política de 1991 establece como pilar fundamental la protección del derecho a la vida. Su “Preámbulo” consagra el derecho a la vida humana como un valor superior dentro de la estructura de un Estado social de derecho. Asimismo, el artículo 11 de dicha normativa le atribuye la característica de ser inviolable11. Lo anterior porque el derecho a la vida es la base para ejercer los demás derechos reconocidos en el ordenamiento jurídico y, en ese sentido, viene a constituirse en presupuesto indispensable para que cualquier persona pueda ser titular de derechos y obligaciones, por ello, el Estado está en la obligación de adoptar todas las medidas suficientes y necesarias para que las personas vivan en condiciones dignas. Así, la Corte Constitucional colombiana, por medio de la Sentencia T-444 de 1999 señaló que “las autoridades estatales tienen la obligación de proteger a todas las personas en su vida, entendida desde un sentido amplio como ‘vida plena’, lo que incluye la integridad física, psíquica y espiritual, la salud, y en general las condiciones mínimas materiales necesarias para la existencia digna”. El alcance y la dimensión de la dignidad humana han sido abordados por la Corte Constitucional en diferentes pronunciamientos. Uno de estos es la Sentencia T-881 de 2002, en la cual se le otorga un carácter tridimensional pues la dignidad, desde su funcionalidad y dentro del ordenamiento jurídico colombiano, es un valor, un principio y un derecho autónomo. Asimismo, al comprender la dignidad desde lo que protege como derecho autónomo abarca el vivir como se quiera de acuerdo con el plan o proyecto de vida de cada persona, el vivir bien con condiciones materiales que permitan una existencia en condiciones dignas y vivir sin humillaciones y malos tratos12.
Asimismo, en las sentencias T-860 de 1999 y T-675 de 2011, la Corte Constitucional señaló que el dolor o cualquier otra situación o malestar que le impida al individuo desplegar todas las facultades de las que ha sido dotado para desarrollarse normalmente en sociedad (aunque no conlleve necesariamente a la muerte), no solo amenazan, sino, además rompen garantías constitucionales establecidas, en tanto que hacen indigna su existencia. Aunado a ello, ya por medio de la Sentencia T-536 de 2007, se había señalado que el derecho a la vida no solo tiene en consideración el aspecto biológico, sino también abarca el reconocimiento y la búsqueda de la vida digna, por ello, el artículo 11 Superior debe interpretarse en relación con el principio de dignidad humana, lo que significa que las personas deben alcanzar un estado lo más lejano posible al sufrimiento y tener todas las facultades para desempeñarse en sociedad con una calidad de vida óptima.
Precisamente por ello, la Corte Constitucional ha mantenido en su línea jurisprudencial que, como pilar fundamental de la Constitución y del Estado social de derecho, se puede exigir a todas las personas y al propio Estado el garantizar, en la medida de lo posible, condiciones mínimas de vida digna a todas las personas, de forma que preste asistencia y protección a quienes se encuentren en situación de vulnerabilidad13. Por ello es que en el artículo 1 de la Constitución se establece que el Estado se funda en el respeto a la dignidad humana, el trabajo y en la solidaridad hacia quienes lo integran, y en el artículo 95 dispone el deber de las personas de actuar conforme al principio de solidaridad social a través de acciones humanitarias ante situaciones donde se ponga en peligro la vida o la salud de alguien14. Así, existe un deber de solidaridad por parte del Estado, y en esa medida impone la esfera de cumplimiento de sus fines esenciales como Estado social de derecho15. Este deber incluye también de manera activa a las personas particulares y a toda la sociedad en general.
En este sentido, los artículos 13 y 40 de la Constitución Política vienen a fortalecer la necesidad que el Estado intervenga de manera activa para que los derechos de la mujer, progresivamente, se garanticen y se elimine toda brecha de desigualdad con los hombres. Así, de los derechos humanos surgen para cada Estado determinadas obligaciones, por un lado, las de respeto y garantía, en las cuales el Estado tiene el deber de respetar las limitaciones que le imponen los derechos humanos y tiene que actuar como defensor y proveedor de ellos; por otro, las alusivas a la responsabilidad del Estado por omisión, incumplimiento o violación de sus obligaciones de respeto y garantía. También el Estado tiene obligación de hacer promoción de los derechos humanos y protegerlos. Se puede deducir que, el derecho de la mujer a migrar, tanto para nacionales como extranjeras dentro o fuera del territorio nacional, es un derecho progresivo y exigible, pues, el Estado debe respetar, hacer, dar, promover y proteger, para que así el derecho pueda ser efectivo en condiciones dignas.
Todo lo anterior refleja que el enfoque de derechos humanos es aquel que permite abordar y analizar una situación de forma amplia, para que se pongan en práctica las normas y principios que al efecto se han establecido, por lo que es necesario que contemple todas las garantías existentes en pro de los seres humanos y busque su plena realización. Este enfoque suele hacer un mayor énfasis en los grupos poblacionales que son objeto de mayor marginación, exclusión y discriminación16. De tal manera, para comprender el concepto de feminización de las migraciones, el cual en términos generales hace referencia al aumento de la presencia así como del reconocimiento y visibilidad de la mujer en el campo de las migraciones y sobre cuya historia se hará alusión en la siguiente sección, es que se torna importante hacer uso de este enfoque de derechos humanos, precisamente porque permitirá comprender de forma integral el fenómeno y las distintas realidades que pueden existir en relación con las mujeres, sus derechos y la migración.
2. Aproximación teórica al estudio de la historia de la migración de las mujeres y su representación actual en cifras globales
Las situaciones de vulnerabilidad que suele enfrentar la población migrante se agravan aún más por el hecho de ser mujer, esencialmente porque las relaciones de género determinan o influyen en las dinámicas migratorias y refuerzan las desigualdades que ya existen entre los distintos roles. D. J. Bogue al referirse a la migración en los Estados Unidos en 1963, hace una descripción del transcurso del desarrollo histórico del fenómeno, que Charlotte Elton interpreta y hace extensiva para el caso de América Latina (en 1978). Esta descripción se considera que tiene vigencia hoy —2020—, pues las cifras de la migración así lo demuestran. Este desarrollo histórico se clasifica de la siguiente manera: en una primera etapa, “emigran más hombres que mujeres, la migración es estacional, o la residencia en el lugar de destino dura sólo un año o dos. Durante la segunda etapa, emigran más familias, y un mayor número de migrantes pretende permanecer por varios años o hasta que se jubilen o, también, indefinidamente. Finalmente, durante la tercera etapa, emigran más mujeres” (Elton, 1978, p. 14). Dentro de este esquema, Elton considera que América Latina se encuentra en la tercera etapa, donde las mujeres son las principales protagonistas en las migraciones.
La migración femenina como objeto de análisis es relativamente reciente. De hecho, hasta mediados de la década de los 70, es que los estudios sobre migración “se caracterizaron por la ausencia casi completa de una vinculación entre procesos migratorios y participación femenina tanto en la formulación teórico-metodológica sobre migraciones como también en las investigaciones empíricas y en las propuestas de políticas públicas” (Mora, 2003). Desinterés que,
coincidía con el reconocimiento de la feminización de las migraciones internas en los países en desarrollo en los 60 y 70 así como con evidencias empíricas de dicho fenómeno que en la región latinoamericana tuvo consecuencias, tales como la falta de interés en la selectividad femenina de los flujos migratorios internos, su caracterización como migración asociacional, la consideración de las actitudes de riesgo y emprendimiento como exclusivamente masculinas y la invisibilización del trabajo remunerado de las mujeres migrantes. (Mora, 2003, p. 7)17
La presencia de las mujeres en las migraciones y el respectivo reconocimiento de este fenómeno es lo que permitió el origen y facilitó el desarrollo del concepto de feminización de las migraciones, esto es afirmado en el texto Cultura y Migraciones “Propuestas didácticas para una mirada al mundo en movimiento”, cuando indica que el
concepto se empieza a utilizar frente a la evidencia de que cada vez son mayores los números de mujeres que migran. La feminización de las migraciones supone para las mujeres migrantes un posible cambio de rol con respecto a sus papeles en las sociedades de origen ya que, al iniciar el proceso migratorio, de ellas depende la supervivencia de sus familias y así, pueden pasar a convertirse en cabezas de familias. Al mismo tiempo, este fenómeno supone una transformación de la imagen tradicionalmente masculina de las migraciones, atribuyendo el aumento de las mujeres migrantes a los procesos de reagrupación familiar. Por el contrario, este aumento se debe a los cambios producidos con respecto a las familias en los territorios receptores, donde con la incorporación generalizada de la mujer al mercado laboral ha producido un aumento de la demanda de mano de obra para el trabajo doméstico, sector eminentemente femenino. En cualquier caso, no podemos olvidar que, pese a que se hable de migraciones femeninas como un todo compacto y homogéneo, en realidad, se trata de un colectivo diverso, dinámico y distinto según las sociedades de origen y las propias historias de vida. Finalmente, cabe resaltar que las mujeres migrantes, en multitud de ocasiones, se ven sometidas a una doble discriminación: por su condición de migrantes y por su condición de mujeres. (OEI, s.f., pp. 45-46)
De manera que, los años setenta se constituyeron en el punto de partida para el desarrollo de las primeras propuestas teóricas relativas a género y migraciones, estos modelos posibilitaron la incorporación del sexo como variable de análisis (Mora, 2003, p. 7). Así, en la segunda mitad del siglo XX la presencia de las mujeres en los flujos migratorios se fue equiparando lentamente con la de los varones y hacia los años noventa ya representaba la mitad de los migrantes (internos e internacionales) (Pacecca, 2012, p. 82). De modo que “para la década de los noventa, podría decirse, el género se incorporó como concepto teórico central y principio estructurador de los movimientos migratorios” (Mora, 2003, p. 8). Desde entonces, los temas de la desigualdad entre hombres y mujeres y la feminización de las migraciones son una preocupación.
En este sentido Pacecca señala que “este proceso de feminización conllevó significativos esfuerzos teóricos para tematizar y abordar el género (entendido como principio nodal estructurante de lo social) en su relación con las dinámicas migratorias”, y añade que, en el caso de las tres relatorías especiales de la Organización de Naciones Unidas18, se ha dejado claro que las mujeres migrantes se encontraban expuestas a situaciones específicas y distintivas de vulnerabilidad y de explotación que articulaban de manera tal su condición de mujeres y de migrantes que resulta imposible pensarlas de manera independiente (Pacecca, 2012, pp. 82-83).
El análisis de las mujeres y la migración cada día toma mayor importancia en el mundo actual. El estudio de la historia de la migración de las mujeres viene a marcar un hito importante, pues, deja en evidencia que “Los efectos de la migración no son neutrales al género y, aunque los estudios que relacionan estas dos categorías son bastante recientes (década de los noventa), coinciden en indicar que se trastocan las relaciones de pareja, las relaciones familiares, así como la situación específica y las expectativas de las mujeres” (Monzón, 2007). En consecuencia, analizar el fenómeno desde el enfoque de derechos humanos y, en concreto, desde los derechos de la mujer es esencial, pues, desde que la mujer empezó a migrar de manera evidente, y no como la cónyuge o la acompañante del migrante, su protección se ha tornado más humanizada.
De manera que, la mujer migra casi en la misma proporción que el hombre y así ha quedado evidenciado en las distintas estadísticas a nivel mundial. Ello precisamente porque, en el mundo son muchas las personas que viven fuera de su país de origen, por ejemplo, en 2016, se estimó más de 247 millones de personas, lo que equivale a un 3,4 % de la población en el mundo, cifra que aumenta cada año, concretamente, en el año 2000 se reportó alrededor de 175 millones, en el 2013 aumentó a 247 y para el 2015 a 251 millones (Banco Mundial, 2016). La OIM indicó en 2016 que,
los números suelen ser el punto de partida de la mayoría de los debates sobre migración. Las estimaciones mundiales actuales indican que en 2015 había aproximadamente 244 millones de migrantes internacionales en todo el mundo, lo que equivale al 3,3 % de la población mundial (…) el número de migrantes internacionales ha aumentado a lo largo del tiempo —tanto en términos numéricos como proporcionales—. (Organización Internacional para las Migraciones, 2018, p. 1)
El Banco Mundial ha manifestado en sus estimaciones que, desde 1960 el número de mujeres migrantes en el mundo ha ido en ascenso (Banco Mundial, 2008). La migración por mucho tiempo fue analizada como “un fenómeno eminentemente masculino, minimizándose la importancia numérica de la migración de la mujer y reconociéndola sólo en tanto subsidiaria de la migración del varón” (Flores, 2004). Estudios muestran que en “1970, la mujer solo representaba el 2 % de todas las migraciones a nivel mundial. Hoy, migran tantos hombres como mujeres, y viceversa” (Ayuda en acción, 2018). El Departamento de Economía y Asuntos Sociales de las Naciones Unidas señaló que para el año 2013, “El porcentaje de mujeres migrantes osciló entre un 52% en el Norte Global y un 43 % en el Sur Global” y añadió que,
Pese a que las mujeres representan aproximadamente el 48 % de todos los migrantes internacionales, existen diferencias considerables entre las regiones. Europa presenta el porcentaje más alto de mujeres migrantes (51,9%), seguida de América Latina y el Caribe (51,6 %), América de Norte (51,2%), Oceanía (50,2%), África (45,9%) y Asia (41,6%). La baja proporción de mujeres migrantes en Asia obedece a la elevada demanda trabajadores migrantes varones en países productores de petróleo de Asia occidental. (OECD y UNDESA, 2013, pp. 1-2)
La Organización de Naciones Unidas, haciendo alusión a información recogida por el Portal Global de Datos migratorios19 señaló:
En 2017, el número de migrantes internacionales (personas que residen en un país distinto al de su país de nacimiento) alcanzó los 258 millones en todo el mundo (…) Las mujeres migrantes constituyeron el 48 % de estos. Asimismo, se estima que hay 36,1 millones de niños migrantes, 4,4 millones de estudiantes internacionales y 150,3 millones de trabajadores migrantes. Aproximadamente, Asia acoge el 31% de la población de migrantes internacionales, Europa el 30%, las Américas acogen el 26%, África el 10% y Oceanía el 3 %. (Organización de Naciones Unidas, 2018, s. p.)
Para visualizar las importantes dimensiones de lo anteriormente dicho, se encuentra la siguiente figura (Organización de Naciones Unidas, 2018):

Figura 1. Población de los migrantes internacionales
Fuente: Organización de Naciones Unidas (2018).
De manera que, la mujer migrante en la actualidad sí está representada y su número es considerablemente importante, como lo muestra la gráfica anterior. Además, según señala la OIM, “el 52 % de los migrantes internacionales son hombres, y el 48 % son mujeres” (Organización Internacional para las Migraciones, 2018, p. 19). Se encuentra que: “En el mundo, la migración femenina representa exactamente el 49 % de la cifra total, pero en América Latina esta cifra aumenta hasta el 50,1 %” (Ayuda en acción, 2018). Aunado a ello, las mujeres representan la suma de 19,6 millones de las personas refugiadas en el mundo (Organización de Naciones Unidas, 2016)20. Así, hoy, casi la mitad de la población migrante en el mundo son mujeres. Números que evidencia “los cambios en los flujos migratorios y cómo la migración femenina ya ha alcanzado la importancia en todos los niveles a la masculina” (Ayuda en acción, 2018, s. p.). Según las previsiones de Naciones Unidas, estas cifras no son estáticas, sino que van en aumento y
a un ritmo mucho mayor del que algunos habían previsto (…) tras revisarse las proyecciones para 2050 en 2010, el total mundial se cifró en 405 millones de migrantes internacionales (…) es probable que la próxima estimación del número total de migrantes internacionales que realice el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DAES) de las Naciones Unidas apunte a un nuevo aumento en la migración internacional y quizás también en la proporción de migrantes respecto de la población mundial. (Organización Internacional para las Migraciones, 2018, p. 1)
Todas estas cifras, previsiones y afirmaciones muestran muchas de las transformaciones en los distintos ámbitos de las sociedades y cómo la mujer, poco a poco, ha ido alcanzando algunos de los niveles que históricamente habían sido ocupados únicamente por los hombres en cuanto a representación en la migración respecta, y las consecuencias que de ello se desprenden, por ejemplo, en aspectos económicos. Pese a ello, aún queda mucho por avanzar y ser reconocido a favor de la mujer, más cuando nos referimos a la migrante, precisamente porque las cuestiones de género son clave para poder comprender el fenómeno en su globalidad.
3. Roles y aportes de las mujeres migrantes en los lugares de destino
Es importante tener en cuenta el rol de la mujer y su transformación con la migración, pues, la presencia femenina en la migración en general, así como en el mercado laboral, ha traído numerables cambios a lo que históricamente estaba establecido para hombres y mujeres, donde a la mujer, casi como regla general, le correspondían exclusivamente las labores del hogar y el cuidado de su familia. Aspecto que, evidentemente, está permeado de desigualdades y discriminación desde cualquier punto de vista desde donde se mire, sea laboral, económico, profesional, entre otros. Desigualdades que producían (y aún producen) un dominio sobre el cuerpo de la mujer, pues, pensar a la mujer como un objeto, es instrumentalizarla y minimizarla a un simple objeto de propiedad. Rita Segato considera que la instrumentalización de la mujer migrante es equiparable a la de la guerra, señala que la:
...feminización de los cuerpos de los vencidos por medio de su sexualización, como en la prisión de Abu Graib, y la posesión forzada de los cuerpos de las mujeres y niñas con su consecuente inseminación, como en las guerras contemporáneas de la antigua Yugoslavia, confirma la equivalencia permanente entre cuerpo y territorio (…) Sometimiento, sexualización, feminización y conquista funcionan como equivalentes simbólicos en el orden bélico patriarcal. (Segato, 2007, pp. 39-40)
Así, todas esas desigualdades entre hombres y mujeres establecidas en función del sexo y/o género, explica María José Guerra,
“fija” y “petrifica” a las mujeres ligándolas a una exclusiva definición privada y a un conjunto limitado de roles (…) la “sobredeterminación” identitaria que recae socialmente sobre las mujeres es uno de los obstáculos decisivos para alejar a las mujeres del mundo público y de los ideales modernos que hasta ahora han vertebrado los modelos de subjetividad: la autonomía y la autorrealización. (Guerra, 1997, p. 144)
De manera que las mujeres habían estado sumisas a roles que no les permitían auto realizarse o de permitírseles algún tipo de autonomía, no era bien visto por las sociedades, sin embargo, las mujeres migran no solo para lograr dichos fines, sino, además, para otros distintos que involucran también a sus familiares. En el ámbito de la migración es pertinente tener en cuenta los denominados lugares de origen, tránsito y destino, así como los roles y aportes de las mujeres migrantes.
En este sentido, se indica que en el caso de Latinoamérica, las inmigrantes, por lo general, siguen cuatro grandes razones para migrar, las cuales son: “buscar mejores condiciones de vida; escapar de situaciones de violencia familiar y comunitaria; reunirse con su familia y; encontrar un empleo que les permita apoyar económicamente a sus hijos” (Ayuda en acción, 2018, s. p.). Las migrantes cuando deciden realizar su tránsito, por lo general, generan cadenas de cuidados, pues, la responsabilidad y la necesidad que tienen con respecto a la guarda y crianza de sus hijos/as o personas a cargo no queda anulada por dicha decisión de salir de su lugar de origen. De acuerdo con Orozco, “en la cadena global de cuidados cada trabajadora que cuida depende de otra que satisface también esa necesidad”, se trata de “cadenas de dimensiones transnacionales que se conforman con el objetivo de sostener cotidianamente la vida, y en las que los hogares se transfieren trabajos de cuidados de unos a otros en (sic) base a ejes de poder, entre los que cabe destacar el género, la etnia, la clase social, y el lugar de procedencia” (Orozco, 2007, p. 7). De manera que, dichas cadenas vienen a “garantizar la reproducción social de la población que traspasa fronteras y así mejorar las condiciones socioeconómicas en los hogares de origen y satisfacer una demanda, cuando existe, de trabajo y cuidado de infantes, jóvenes, personas mayores, con capacidades diferentes y quehacer doméstico” (Pont-Suárez, 2016, p. 211).
Esta cadena de cuidados, la cual se evidencia en gran medida cuando la persona que migra genera dinámicas en las cuales otra persona asume dichas tareas que, en ambos casos, por lo general, son mujeres quienes las realizan, produce una sostenibilidad en dichas labores que no pueden quedar olvidadas, por ello, la migrante debe,
externalizar o salarizar las actividades domésticas y el cuidado, dada la necesidad contratan a otras para que lo hagan. De esta manera se van formando las cadenas que tienen dimensiones transnacionales y que implican transferencias de cuidados entre el país de origen de la migración y el de destino. Las mujeres son básicamente quienes protagonizan estos procesos dado las relaciones de poder de género en las familias y en lo social, donde tradicionalmente hay una asignación del trabajo de cuidado a ellas, de esta manera se naturaliza en el ámbito internacional la división sexual del trabajo. (Orozco, 2007, p. 5)
Elena Pont-Suárez explica que esta noción de cadena relaciona varios aspectos, que son: i) “el hecho de que los cuidados fluyen y circulan entre los eslabones de la cadena, y en ese proceso debilita a los eslabones inferiores”; ii) “la presencia de encadenamientos múltiples y no necesariamente lineales. En los mismos participan no solamente las personas cuidadas y las personas cuidadoras, sino también actores institucionales y políticas públicas que van conformando una cartografía del cuidado” y iii) “la dinámica y la conformación histórica de estos procesos” (Pont-Suárez, 2016). La autora logra dejar en evidencia la necesaria articulación existente en esta cadena, en la cual el protagonismo de la mujer migrante es claro y vital. Se puede ver cómo las migrantes, sin lugar a duda, con esta cadena de cuidados y sus aspectos conexos, generan un aporte en la economía (en la propia, a quien involucra en la cadena y externamente, por ejemplo, al enviar remesas o al pagar la seguridad social e impuestos), por ejemplo, en cuanto a las remesas enviadas por las mujeres migrantes, aportan a la mejora de los medios de vida y la salud de su entorno familiar o de personas cercanas. En este sentido es importante destacar que, en el año 2015, se estimó que los flujos de remesas en todo el mundo superaron los 601 mil millones de dólares estadounidenses. De esa cantidad, en referencia a países en desarrollo, se calculó que recibirían, en la misma moneda, alrededor de 441 mil millones de dólares estadounidenses, casi el triple de la cantidad de asistencia oficial para el desarrollo (Banco Mundial, 2016).
Estos aportes económicos, para el caso de las mujeres migrantes, principalmente, se ven reflejados tanto en los países de origen como de destino, pues, la contribución en el establecimiento de dichas cadenas genera mayores ingresos económicos en los hogares así como en la economía de los países que estén involucrados, además de la generación de empleos que ello pueda contener. Estos cambios vienen a transformar la idea de lo doméstico como sinónimo de labor femenina sin remuneración, y se crean así otras categorías de impacto en las cadenas de cuidados que las migrantes han generado. En consecuencia, este fenómeno logra mayor independencia de las mujeres en muchos aspectos de su cotidianeidad.
Adicionalmente a lo anterior, también se identifican los aportes de las personas migrantes en materia de trabajo en distintos sectores, por ejemplo, los servicios (dentro de los cuales se incluye el trabajo doméstico), manufacturas, construcción y agrícola, y dentro de esas las contribuciones de las mujeres migrantes. La OIM indica que,
Las últimas estimaciones sobre la población mundial de trabajadores migrantes, basadas en datos de 2013, indican que ese año hubo cerca de 150,3 millones de trabajadores migrantes, los cuales representaban poco menos de dos tercios de la población mundial de migrantes internacionales de ese año (232 millones). (…) En 2013, los trabajadores migrantes varones superaron a sus homólogas mujeres en casi 17 millones —83,7 millones de trabajadores hombres (55,7 %) frente a 66,6 millones de trabajadoras mujeres (44,3%)— en un contexto en el que el número de hombres en la población de migrantes internacionales en edad de trabajar era mayor que el de las mujeres (107,2 millones frente a 99,3 millones) (…) En 2013, la mayoría de los trabajadores migrantes se desempeñaban en el sector de los servicios (106,8 millones o el 71,1%). El resto trabajaba en los sectores de las manufacturas y la construcción (26,7 millones o el 17,8 %) y en el sector agrícola (16,7 millones o el 11,1 %). De ese total superior al 70 % que se desempeñaba en el sector de los servicios, el 8 % eran trabajadores domésticos. Se calcula que en 2013 hubo 11,5 millones de trabajadores domésticos migrantes, cifra que representaba más del 17 % de todos los trabajadores domésticos (67,1 millones) y más del 7% de todos los trabajadores migrantes. De esos 11,5 millones, 8,45 millones eran mujeres, y 3,07 millones, hombres. Los trabajadores domésticos migrantes, tanto hombres como mujeres, se asentaron fundamentalmente en países de ingresos altos. (Organización Internacional para las Migraciones, 2018, p. 31)
De lo anterior se puede constatar que la mujer migrante, pese a representar un porcentaje casi igual que los hombres en referencia a las cifras de migración en el mundo, no logra aún alcanzar los mismos porcentajes en cuanto a cifras en materia de trabajo, pues, las oportunidades a las que ellas puedan tener acceso no son iguales que para los hombres, aunque sí, lamentablemente, llevan la batuta en cuanto se trata de trabajo doméstico. Además de los roles y aportes de las mujeres migrantes anteriormente mencionados, se deben destacar las contribuciones que ellas hacen en aspectos culturales en los lugares de destino. Lo anterior, como indican Rosa María Soriano Miras y Carmen Santos Bailón, bajo la óptica de las relaciones interculturales, que permiten comprender que las migrantes ya tienen una cultura, prácticas y concepciones desde sus propios lugares de origen, por un lado, y por el otro, que arriban a un sitio con distintas expresiones culturales, lo que representa múltiples situaciones con la identidad, los aspectos familiares y sociales (Santos Bailón y Soriano Miras, 2002, p. 183).
Por ello, es importante considerar que quien migra puede nutrir los distintos escenarios de la sociedad a la que llega con aspectos culturales y aprender de lo que encuentre. Lo anterior se reafirma en lo siguiente:
Por ello entendemos que hablar de relaciones interculturales no es tan simple, ya que entraña un análisis pormenorizado de todos los detalles insertos en cada cultura. Se trata de un debate que debe ser tomado más en serio, en el que se debe anteponer la función educativa como fundamental para conocer el porqué de muchas actitudes y respuestas sociales. Y, además, habrá que asumir el hecho de que todo avance en el conocimiento de las relaciones interétnicas exige la contemplación de una realidad, la existencia de una estratificación étnica y racial, adicionalmente solapada con otros criterios como los de clase o género, que conjuntamente originan variadas formas de subordinación, como en el caso de la mujer inmigrante. Por tanto, la cuestión de la integración es responsabilidad y deber tanto del que llega como del que recibe. (Santos Bailón y Soriano Miras, 2002, p. 183)
Dar la posibilidad de conocer al otro es un compromiso que deben asumir las personas en general para poder hablar de integración, pues, justamente es la existencia de los diversos roles y aportes de las migrantes en sus lugares de destino y de quienes les reciben lo que permite identificar los retos hacia una construcción colectiva y social que posibilita lograr una mejor convivencia intercultural.
4. Los riesgos para la mujer migrante
Las mujeres son más propensas a estar sometidas a distintos tipos de riesgos que a los que pueden estar los hombres, como así se demostrará adelante. Cuando hablamos de riesgo o violencia contra la mujer lo hacemos en los términos del artículo 1 de la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer anteriormente referida. Así, las mujeres experimentan mayores discriminaciones y están expuestas a más peligros que los hombres.
En ocasiones, la mujer se encuentra ante la ineficiente labor de las instituciones estatales para garantizar el respeto por la autonomía y libertades, e incluso para proteger los derechos a la vida e integridad física. Toda carencia de protección a las mujeres deja al descubierto la posibilidad de ejercer un poder contra ellas de manera negativa. Con ello, su dignidad es lesionada y deja en mayor evidencia la necesidad de una real y efectiva protección a sus derechos. Tampoco debe olvidarse que las mujeres se han visto más afectadas por la pobreza y a cargar con la mayor parte de la responsabilidad por labores de cuidado y domésticas, lo que históricamente les había impedido salir de sus hogares en busca de mejores oportunidades de superación, precisamente por esa desigualdad. En este sentido, la violencia se encuentra ligada a la desigualdad (económica, política y cultural), como causa principal de los hechos de injusticia y discriminación (Castro Soto y Pastor Escobar, 2010, p. 7). Si a esta discriminación se le suman otras categorías, por ejemplo, lo étnico, lo etario, el género o lo cultural, la complejidad es aún mayor. La desigualdad de género puede ser un elemento generador de migraciones, precisamente porque la exclusión y la violencia hacia ellas ha sido una constante en la vida de las mujeres a lo largo del tiempo.
Muchas veces, la violencia es silenciosa y oculta, y pese a esta característica de invisibilidad, la violencia puede ser aún más grave que la que se pueda ejercer de manera evidente, en tanto que en ese espectro se pueden presentar actuaciones de tolerancia, apatía, machismos, traumas, entre otros21. Por ello, muchas mujeres deciden emprender el viaje para huir de ese círculo y en ocasiones, de la muerte. Pese a que muchas huyen de alguna situación de violencia, este trayecto también lo encuentran permeado de contextos de riesgo, de rechazos, prejuicios, xenofobia, discriminación, presión psicológica y emocional, pero, con todo ello, deciden realizarlo con tal de encontrar nuevas oportunidades de vida.
Las razones que existen para emigrar son diversas y complejas, pueden estar vinculadas con la situación económica, violencia intrafamiliar, aspectos de política, la existencia de un conflicto armado, desastres naturales o, simplemente, la falta de oportunidades. También, debe considerarse que la migración puede ser un resultado del desarrollo global de los mercados, escenario en el cual puede existir intercambio tanto de mercancías, como de recursos humanos. En este sentido, la OIM señala que:
la migración está intrínsecamente relacionada con la geopolítica, el comercio y los intercambios culturales, y ofrece a los países, las empresas y las comunidades la oportunidad de beneficiarse enormemente de ella. La migración ha contribuido a mejorar la vida de las personas tanto en los países de origen como en los de destino y ha brindado a millones de personas en todo el mundo la oportunidad de forjarse una vida segura y plena en el extranjero. Sin embargo, no todos los movimientos migratorios se producen en circunstancias favorables. En los últimos años, hemos observado un aumento de las migraciones y los desplazamientos provocados por conflictos, persecuciones, situaciones de degradación y cambio ambiental, y una acusada falta de oportunidades y seguridad humana. Aunque la mayoría de los procesos de migración internacional se producen por vías legales, algunas de las principales situaciones de inseguridad que afrontan los migrantes, así como buena parte de la preocupación pública que suscita la inmigración, se asocian con la migración irregular. (Organización Internacional para las Migraciones, 2018)
El abordaje integral de la feminización de la migración es consecuencia de la triple relación que existe entre frontera, sexo y violencia22. Las fronteras representan espacios donde convergen múltiples dinámicas de diversas naturalezas, entre ellas: las sociales, culturales, económicas, políticas, jurídicas, situaciones de vulnerabilidad, así como la pérdida de los derechos más elementales de quienes migran, principalmente y de manera más gravosa, para la migración indocumentada o clandestina. Aunado a lo anterior, está el hecho de ser mujer y tener mayor posibilidad de estar expuesta a diversos riesgos.
Por lo general cuando las migrantes se ven en la obligación de circular de manera irregular, en ocasiones, resultan siendo víctimas de redes criminales23, que suelen lucrarse de la compra y venta de mano de obra esclava, así como de la explotación sexual, la venta de órganos, tráfico de migrantes, entre otros delitos24. También se encuentra que, en algunas ocasiones, la población migrante suele sufrir discriminación y xenofobia, por ejemplo, ante la realidad de la frontera entre Colombia y Venezuela, específicamente en materia de competencia por motivos de trabajo, para recibir ayudas sociales o ser atendidas en los hospitales para dar a luz, el Servicio Jesuita para Refugiados advierte la posibilidad de casos de xenofobia en estos escenarios (Agencia EFE, 2019).
Otro de los riesgos para las mujeres es el llamado tráfico ilícito de migrantes, en el cual se facilita su ingreso a un país determinado sin cumplir las exigencias y controles migratorios o burlándose de estos. El Protocolo Contra el Tráfico Ilícito de Migrantes por Tierra, Mar y Aire, que complementa la Convención de las Naciones Unidas Contra la Delincuencia Organizada Transnacional, lo define en el literal a del artículo 3, indicando: “Por ‘tráfico ilícito de migrantes’ se entenderá la facilitación de la entrada ilegal de una persona en un Estado Parte del cual dicha persona no sea nacional o residente permanente con el fin de obtener, directa o indirectamente, un beneficio financiero u otro beneficio de orden material” (Organización de Naciones Unidas, 2000a). Además, uno de los delitos que más afectan a los migrantes es la trata de personas25, la cual adquiere una naturaleza especialmente violenta, pues, aparte de que casi siempre se ensaña con los grupos más vulnerables, como mujeres y niños/as, supone una grave violación a la dignidad, integridad y libertad de las personas. Según considera la OIM, a menudo, la trata de personas implica movimientos de personas dentro de un país o a través de fronteras internacionales y “los migrantes (entre los que se incluyen trabajadores, refugiados, solicitantes de asilo y desplazados internos) pueden convertirse en víctimas de trata en diferentes contextos. Sin embargo, debido al carácter clandestino de esta actividad y a las escasas denuncias interpuestas, la recopilación de datos sistemáticos plantea problemas y las estimaciones mundiales sobre trata de personas son limitadas” (Organización Internacional para las Migraciones, 2018, p. 27).
Al respecto, la relatora especial de la Comisión de Derechos Humanos sobre los Derechos Humanos de los Migrantes expresó su preocupación sobre la situación en la que se encuentran las personas víctimas de trata, sobre todo las mujeres, quienes son especialmente vulnerables de caer atrapadas en redes criminales (Rodríguez, 2002, p. 2). Un reflejo real en Colombia de lo manifestado por la relatora especial se evidencia ante la situación de las migrantes, ya que, durante la investigación realizada en la Universidad del Rosario, se remitieron tres derechos de petición con el fin de indagar acerca de la situación de las migrantes provenientes de Venezuela y sus derechos humanos, especialmente ante peligros como la trata de personas.
Se remitieron las solicitudes de información al Comité Interinstitucional de lucha contra la trata de personas Ministerio del Interior, Comité Distrital de Lucha contra la Trata de Personas Alcaldía Mayor de Bogotá y al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses —en adelante INMLCF—26. Al analizar de manera general el contenido de las respuestas se observa, para los últimos años, un mayor número de cantidad de reportes o de casos relacionados con vulneraciones a los derechos de niñas, adolescentes y mujeres, usualmente jóvenes, provenientes de Venezuela27, tales como posibles situaciones de trata de personas, violencia interpersonal, delitos sexuales, violencia intrafamiliar, homicidios y suicidios. Lo anterior origina la duda si estamos ante una mayor ocurrencia de dichas situaciones o un mayor registro y visibilización de este fenómeno, o incluso, ante una combinación de ambas hipótesis (Luna de Aliaga y Rojas Rodríguez, 2019).
En las respuestas a los mencionados derechos de petición, el Comité Interinstitucional de Lucha Contra la Trata de Personas señaló, por ejemplo, que para los últimos años (2017 y 2018) hubo 3 y 9 reportes de casos de posibles situaciones de trata de personas. Mientras que la Dirección de Derechos Humanos de la Secretaría Distrital de Gobierno de la Alcaldía Mayor de Bogotá señaló que desde 2016 hasta la fecha de la respuesta (marzo de 2019) habían brindado atención en 16 casos de trata de personas, de los cuales 12 (el 75% de la totalidad de las víctimas) tenían edades entre los 18 y 30 años, y los otros 4 casos (corresponden al 25% restante), la edad oscilaba entre los 31 y 35 años. Dentro de esta, se constatan casos de trata interna y externa, así como para distinta finalidad de explotación, entre estas, sexual, trabajos forzados, mendicidad ajena y servidumbre (Secretaría Distrital de Gobierno, 2019).
Se encontró, por ejemplo, que dentro de las cifras suministradas por el INMLCF28, se reporta el registro de exámenes médico legales por el presunto delito sexual a mujeres venezolanas, de las cuales en el año 2017 el número de víctimas llegó a 137, para el 2018 aumentó a 375 y, a marzo de 2019 se han registrado 79, en cuyos casos las víctimas oscilan entre los 0 y los 59 años. En cuanto a homicidios de mujeres de nacionalidad venezolana, para 2016 se reportaron 2, en el 2017 fueron 10 y en 2018 fueron 39, además del registro de 9 suicidios de este grupo poblacional.
Por otra parte, en cuanto a feminicidios, lo cual es una vulneración a los derechos de las mujeres, es lamentable que en contextos de migración también se deban sufrir por parte del colectivo este tipo de acontecimientos. En este sentido, según el Observatorio de Feminicidios Colombia de la Red Feminista Antimilitarista, en el año 2019 en el informe “Vivas nos queremos. Feminicidio de mujeres migrantes venezolanas en territorio colombiano desde abril a diciembre de 2018” (Observatorio Feminicidios Colombia, 2018, p. 5) se reporta la ocurrencia de 16 feminicidios de mujeres venezolanas y 1 en grado de tentativa, lo que representa el 1,9% de los feminicidios cometidos en Colombia en 2018. Aspecto importante que debe llamar a la reflexión de todos los colectivos en general, pues, son variados los peligros con los que las mujeres migrantes se pueden encontrar.
Es importante señalar que, otro tipo de violencia o riesgo contra las mujeres migrantes son los estereotipos y los estigmas sociales, lo que puede crear violencia psicológica o emocional en ellas, pues, al estar las sociedades permeadas de ideas retrógradas o machistas donde impera la idea de que la mujer debe estar de forma exclusiva en su hogar al cuidado de su familia, se juzga a las mujeres que migran señalándolas como las responsables de haber abandonado sus hogares, provocar la disfuncionalidad en sus familias y ser descuidadas con sus hijos/as. En este sentido, Echeverri Buriticá, señala que “el aumento de la presencia femenina en las corrientes migratorias procedentes de países latinoamericanos ha generado importantes cuestionamientos a los lugares y responsabilidades tradicionalmente asignados a varones y mujeres en el ámbito de la familia” (Echeverri Buriticá, Pedone, y Aráujo, 2013, p. 86). Explica la autora que estas “transformaciones han disparado discursos en los países de origen, como Ecuador y Colombia, que suelen asociar la migración femenina con el abandono de la familia, y diagnostican diversas “disfuncionalidades” a las familias con madres” (Echeverri Buriticá, Pedone y Aráujo, 2013, p. 86). Aspecto que ha tenido que ser contemplado por políticas públicas en el ámbito estatal como una forma de conexión entre género, familia y migración29. En un testimonio, citado por Echeverri Buriticá y otros, de un experto en migraciones y política migratoria de Pereira en 2010, sobre la estigmatización hacia las mujeres migrantes y que también recae a sus hijos/as, se indica que: “toda esa estigmatización al niño, además cuando se dice huérfano, se dice huérfano de madre. Por supuesto, ser huérfano de madre, el padre no hay problema, son más las mujeres que han abandonado a sus hijos” (Echeverri Buriticá, Pedone y Aráujo, 2013, p. 99). En esta afirmación se evidencia la clara señalización solo hacia la mujer que migra y las consecuencias que con su decisión les acarrean a las personas que dejó en su país de origen, principalmente a sus hijos/as.
Por otra parte, esas visiones, imaginarios y estereotipos que suelen construirse con la mujer migrante, muchas veces representan dicotomías, ambivalencias, críticas y rechazos, Marta Torres Falcón, indica al respecto que,
En su análisis sobre la maternidad transnacional, Hiroko Asakura analiza la centralidad de los mandatos y expectativas definidos como masculinos o femeninos: la idealización de la maternidad como destino incuestionable de toda mujer, la provisión económica a cargo del padre o esposo, el cuidado de los hijos e hijas, la decisión misma de salir de casa. Las migrantes son mujeres transgresoras que viven una paradoja: se separan de sus hijos (con lo cual se exponen a la censura), precisamente porque lo más importante para ellas son sus hijos (con lo cual acatan el mandato social). La provisión económica es una tarea masculina que estas mujeres suelen asumir. (Torres Falcón, 2012, p. 301)
Es importante referir a otras violencias existentes contra las migrantes, entre ellas está lo relacionado con aspectos de unidad y reunificación familiar, acceso a las autoridades y a la administración de justicia, cuestiones relacionadas con la ciudadanía y la nacionalidad no solo para ellas, sino también para sus familiares, entre otros (Rojas Rodríguez y Luna de Aliaga, 2018). Es importante dejar en evidencia que en el presente análisis no se pretende establecer una lista taxativa de riesgos, peligros y violencias que pueden enfrentar las migrantes, pues, estas son, además de diversas, situaciones que de forma usual están invisibilizadas, por ello, lo que aquí se pretendió fue hacer alusión únicamente a algunas de ellas y llamar a la reflexión en el tema.
Conclusiones
Se puede concluir que las mujeres migrantes cumplen cincuenta años de estar representadas en los estudios sobre migración, pues, desde los años setenta a nuestros días ha estado en mayor evidencia que ellas también migran, y son las propias cifran que así lo demuestran. Han llegado a números casi iguales que los hombres. Antes de ello, eran vistas como acompañantes de los varones o que viajaban luego de ellos para encontrárseles y continuar sus funciones junto a ellos, y no como personas independientes que hacían la travesía en busca de nuevas oportunidades. Hoy en día, muchas de ellas viajan solas o en grupo, pero no necesariamente con su pareja.
Estas travesías las pueden realizar cruzando fronteras internacionales o al interior de los países y, en algunos contextos y oportunidades, existe la posibilidad de estar inmersas en escenarios de riesgo y de vulneración a sus derechos humanos, dentro de los cuales se presentan fenómenos con múltiples connotaciones, por ejemplo, las delictivas, el tráfico ilícito de migrantes, la trata de personas en sus diferentes tipos y modalidades de explotación, el feminicidio, la violencia sexual, secuestros, homicidios, suicidios, los estereotipos, los estigmas sociales, la discriminación y la xenofobia. Por ello, la triple relación entre frontera, sexo y violencia es una realidad que demanda un abordaje necesario e integral de la migración como un asunto de derechos humanos.
Tanto en el ámbito internacional como nacional (Colombia) se encuentran instrumentos jurídicos que brindan directrices, obligaciones y parámetros para la protección de las mujeres ante las diferentes formas y escenarios de violencia, además de fundamentos que buscan la protección de la dignidad humana, la igualdad y el fomento de la solidaridad, con el propósito de salvaguardar los derechos más fundamentales de quienes son en mayor medida vulnerables, entre los cuales se encuentran las mujeres.
Si bien estas iniciativas surgidas en los ámbitos internacional y nacional han representado un avance frente a la escasa protección de la que se adolecía en el pasado, lo cierto es que la migración femenina aún necesita mayor visibilización y atención, tanto por actores estatales como no estatales, pues, así lo dejan en evidencia las cifras sobre las distintas realidades que las migrantes han tenido que soportar a lo largo de la historia y en la actualidad. Se hace necesario y además importante el emplear un enfoque de derechos humanos en el abordaje de la feminización de las migraciones.
Por ello, es necesario encontrar estrategias y políticas que ayuden a reducir las consecuencias negativas, principalmente sobre riesgos a los que se puede enfrentar la mujer migrante por el solo hecho de ser mujer, así como a potenciar los efectos positivos que puede conllevar la migración en general, entre ellos, los aportes a la economía por pago de impuestos, remesas y seguridad social; lo social y cultural; lo laboral; aspectos familiares, aunado a que en las cadenas de cuidado de hijos/as y otras personas, se puede involucrar a otras mujeres, quienes a su vez, podrían ser generadoras de otras cadenas que también producirían otros beneficios adicionales, lo que tiene efectos positivos tanto en los lugares de origen como de destino de las migrantes.
Finalmente, se hace un llamado interinstitucional e intersectorial para una protección integral de la mujer migrante, así como también la de su familia. Es necesario un ejercicio de reflexión que conlleve un trabajo articulado entre el sector público, organizaciones de la sociedad civil, organismos internacionales, academia, empresas y los individuos en general, para así lograr políticas públicas efectivas, escenarios seguros para las mujeres migrantes y una real y valiosa interculturalidad entre quienes migren y acojan, en tanto que es una responsabilidad social de todos los colectivos de las distintas sociedades del mundo para contribuir a una vida digna y libre de riesgos que impidan un pleno goce de los derechos humanos de las migrantes.
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