Kitabı oxu: «Shei. Cien guerras y una batalla»

Şrift:



CIEN GUERRAS Y UNA BATALLA

[Mariam Gancedo]

Primera edición: abril de 2020

© Copyright de la obra: Mariam Gancedo

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions ISBN: 978-84-121212-9-2

Depósito Legal: B-4617-2020

Corrección: Teresa Ponce

Diseño e imagen de portada: Celia Valero Maquetación: Celia Valero

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cual- quier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

Este libro se lo dedico a los cuatro pilares de mi vida

Mis padres

Mi hermano y cuñada

Mis sobrinas a las que amo por encima de todo

A él que con su amor dictó esta historia

AGRADECIMIENTOS

Para Rafael, que salió y entró tantas veces de mi vida. Y al final tuve que encerrarle en este libro para que no se fuera más.

Para Chema, porque, gracias a que creyó en mí y me dio un buen empujón para empezar el camino, existe este libro.

Para Pilar Infiesta, por su paciencia para corregirlo.

Para mi grupo de amigos Los Chalados.

Para las amigas que creyeron en mí.

Para mi padre, mi madre, mi hermano, mi cuñada y mis dos sobrinas Silvia y Patricia. Ojalá estén orgullosos de mí.

Para mi compañera Vito, que espero que lo lea desde el cielo. Te prometí que te avisaría cuando lo terminara. Un beso a las estrellas.

PRÓLOGO

De cada error, de cada acierto, de cada dolor, de cada dicha

edifiqué mi libro de la vida

Se empieza a acrecentar el viento de levante y eso que estamos en pleno verano. Me pongo una chaqueta de punto que tejió Li para mi cumpleaños, ahora le ha dado por hacer punto. Me recuesto en una de las hamacas del jardín y abro el libro que estoy leyendo por el marcapáginas que traje de mi último viaje; siempre me ha gustado coleccionarlos, debo tener unos mil. No son tantos en comparación con la cantidad de viajes que he hecho a lo largo de mi vida. Vuelvo a cerrar el libro, estoy inquieta, no puedo concentrarme en la lectura. Últimamente, pienso demasiado en todo lo vivido, y eso desajusta un poco mi alma, es como si a estas alturas de la vida, necesitara colocar todo lo acontecido.

Bebo un poco de agua, me atraganto, con la edad uno se hace bastante torpe en todos los aspectos. En los últimos meses, es como si la vida hubiera pisado el acelerador, y mi vigor se estuviera aplastando contra un muro. Me pregunto si a toda la gente de mi edad le pasará lo mismo. La vida se pasa tan rápido, y un día te das cuenta de que se convirtió en un cubito de caldo concentrado, de que los años, a pesar de haber vivido intensamente, como es mi caso, se han quedado reducidos a momentos, y los momentos a instantes.

¿Mi existencia? Es difícil de describir, eternamente asentada sobre suelo volcánico a punto de erupción. Como dice Inari, soy una mujer camaleónica. A ratos superficial, a veces profunda. Supongo que podría decirse que es verdad, he sido una kamikaze del amor, una montaña rusa de emociones, una suicida sentimental, alguien con apegos escondidos, una tía rara en definitiva, que ha abierto su alma a muy pocas personas. Esas personas son las que me han pagado en especie con creces: me han llenado de amor. Y aunque yo siempre he disimulado bien las cosas del querer, algo les habré tenido que ofrecer para que después de tantos años estén aquí a mi lado.

Hoy me he despertado nostálgica, por lo que veo. Me levanto de la hamaca torpemente, quién me ha visto y quién me ve, yo que en otros tiempos era ligera como una hoja, y me dirijo al desván. Miro el reloj, aún tengo tiempo antes de que lleguen todos a casa y comiencen a preguntar: «¿Qué haces ahí?». Casi arrastrando los pies, hoy estoy torpe de cojones, subo las escaleras, allí arriba guardo mi tesoro, toda mi vida en una caja de recuerdos. Fotografías acompañadas de letras, un cuaderno de mi vida con mil notas desordenadas, todo lo que empecé hace años y, en verdad, creo que va siendo hora de terminar. Es tiempo de que el caos vuelva a su centro, a su origen. Y qué mejor sitio para hacerlo que aquí, el lugar al que pertenezco, el sitio que me vio nacer.

Me subo a la banqueta para llegar al altillo del armario. Joder, mis huesos ya no son suaves, rugen como la mecedora de Inari. He de dejar de decir tacos, que luego me dicen que ya no me pegan con la edad. Qué coño, diré lo que me dé la gana hasta que me muera. Siempre he sabido comportarme, he estado en lugares que jamás hubiera podido soñar, rodeada de lujos, y rodeada de pobreza, y nunca me tuvieron que llamar la atención. Creo que eso es un triunfo que puedo anotar en el cuaderno de vida, que la gente siempre me aceptó como soy y que nadie quiso cambiar de mí ni un pelo.

Tomo con nervios la caja entre las manos, dentro de ella están tantos recuerdos, todos los albergo en la memoria, pero escritos quedarán para rellenar la de los demás. Las personas morimos cuando los que quedan aquí dejan de recordarnos. Por eso yo voy a regalar a mis seres queridos el cuaderno de mi vida, todo un legado, con mis fotos, y mis vivencias. De esta manera permaneceré por siempre en su recuerdo. Me hubiera encantado leer las biografías de mis antepasados. Esas son las raíces que perdemos, las que no podemos recordar porque no sabemos nada de ellos.

Camino hacia el estudio sobre baldosas cerámicas de estilo andaluz. Me siento frente al escritorio. Y abro con mis arrugadas manos la cajita de recuerdos. Tiene polvo, tanto como tiempo lleva enterrada. Mis manos tiemblan al compás de una melodía melancólica de piano mientras voy sacando las fotos y el cuaderno. El corazón me pellizca continuamente de emoción. Incluso me parece escuchar, entre todo lo que voy sacando de ese tesoro escondido, la voz de él. Esparzo las fotografías por el escritorio, están desordenadas, como mi propia vida. Echando un vistazo por encima de ellas es como si hubiera hecho en ese momento un licuado con varias frutas, con los frutos del pecado en algunos momentos. Abro el cuaderno, me doy cuenta de que hace quince años que no he vuelto a escribir nada en él. Se acabó el tiempo de silencio, debo contar lo acontecido. No va a ser una labor complicada, la edad aún no me ha barrido la memoria. Sé que no todos los que lean lo que voy a escribir sacarán las mismas conclusiones sobre mí. A unos les pareceré una loca, a otros un poco basta, a otros una mujer despampanante, a otros una rebelde, de lo único que estoy segura es de que nadie quedará indiferente, pues tuve la fortuna de vivir mil guerras y una batalla.

Escucho abrir la puerta de la calle. Y detrás, él entra llamándome a voces: «Shei, ¿dónde estás?». Me dan ganas de decirle: «Aquí, entre las líneas de lo vivido». Sin embargo, digo: «Aquí, cariño, poniendo en orden mi historia». Me levanto del escritorio, dispuesta a salir del despacho antes de que entre. Es tan curioso que me haría mil preguntas.

—Buenas tardes, mi vida, ¿vienes de la playa?

EL CUADERNO DE MI VIDA

PRIMERA PARTE

China. Sin equilibrio y sin ti

I

La vida sigue aunque sea a rastras

Sheila Barrantes Cifuentes se despertaba lentamente, con esa vaguería que da la resaca, sobre una cama vetusta con el cabecero tapizado de flores rojas y blancas. En la habitación predominaba el rojo, todo a juego con el pelo que asomaba entre los almohadones de plumas. A ambos lados de la cama, dos mesitas de color caoba con encimera de mármol rojo coralito. En una de ellas, como si hubiera sido posado de cualquier manera, un reloj de mujer con la esfera para abajo y un par de pulseras de bisutería hechas de hilos de colores. La fría colcha de raso rojo resbalaba al compás de lentos movimientos sobre un cuerpo femenino. De la cocina llegaba un ruido infernal de cacharros que le hacían estallar la cabeza. Se dio la vuelta bruscamente para seguir durmiendo y la colcha se cayó al suelo dejando al descubierto un cuerpo firme y proporcionado envuelto en un minúsculo camisón de seda rojo.

A ratos, se colaba en la estancia un vaho de hierbabuena mezclado con té rojo puerh que le hacía arrugar la nariz. Cada vez era más intenso el aroma, hasta que el olor invadió del todo la habitación. La cortina de la puerta se empezó a mover lentamente; entre sus bolitas de colores alternadas milimétricamente con bambú, la sombra de Inari con una tetera en la mano se balanceaba como aquel elefante encima de la tela de la araña, observándola a escondidas para ver si estaba despierta o no.

El ruido del bambú le hizo darse la vuelta de nuevo en la cama. Por fin abrió un ojo, abrió el otro, cerró el primero y volvió a cerrar el segundo. Al compás de la gimnasia ocular vio acercarse tímidamente con un té humeante en las manos a su amigo. Este se sentó en la cama con suavidad, y empezó a pasárselo por la nariz como si se tratase de las olas del mar; el olor fuertísimo del ungüento verde, como ella le llamaba, mezclado con pimienta de Sichuan, hizo que abriera los ojos de par en par. Un gritito de esos que daba cuando algo le producía sorpresa hizo reír a Inari a carcajada limpia.

Frunció el ceño ante la risa, no sabía bien dónde se hallaba. Lo normal, en aquellos tiempos en que su vida había entrado en un bucle destructivo. Perseguida permanentemente por la sensación de estar en una lavadora intentando lavar las penas en un programa interminable, se le habían ido pasando cinco años. Jamás hubiera imaginado en otros tiempos que su existencia iba a dar un giro inesperado y le pondría en lugares donde nunca imaginó estar.

Y allí se encontraba en aquella casa, lejos de su tierra, apegada a un dolor enquistado del que no quería salir. Intentando envolverse en superficialidad para no ver la realidad. Y amaneciendo, como se había hecho costumbre, entre efluvios de alcohol nocturno mezclados con olor a especias y a infusiones.

Ya ubicada por completo, se desperezó. Estiró los brazos por encima de la cabeza, y luego hacia los lados. El pelo rojo totalmente despeinado le daba aspecto de haber pasado una noche loca. Su cara pecosa, incluso estando como estaba pálida por el exceso etílico, tenía un brillo especial. Desde pequeña siempre había escuchado decir que era preciosa, y algo de verdad debía haber en esto, pues esa carita le había abierto la puerta de muchas oportunidades y algunos dormitorios. No es que ella fuera una persona superficial, estaba convencida de que un físico que después no aporte nada no te conduce a ninguna parte, pero es innegable que es una carta de presentación, un volante que maneja la vida. Una pena, pero es así. Tenía altos pómulos, nariz recta y respingona, y una boca sensual que parecía dispuesta a besar aunque no lo estuviera. Elevó al techo los brazos y abrió la mandíbula de par en par como rugido de león para acabar restregándose los ojos. Eran verdes y por las mañanas parecían siempre más descoloridos, era como si de noche se les fuera el color y la luz del día se los coloreaba de nuevo. Aquellos ojos que él nunca olvidó.

—Buenos días, dormilona ―alcanzó a decir Inari después de haber contemplado todo el despertar de Sheila como si estuviera observando una maravillosa puesta de sol.

Inari Bǎi Xìng, su fiel amigo, la mano que el destino le había prestado para salir del pozo donde estaba metida. Aquellos ojos brillantes orientales, aliñados en una sonrisa tímida, la convencían siempre, y allí estaba bebiéndose la pócima sin rechistar. Aquel hombre lo hacía todo con tanta bondad que Sheila no le podía negar nada. Cinco años de amistad entre los dos habían dado para mucho. Inari había resultado ser un excelente amigo en todo este tiempo de duelo. Había sido el hombro perfecto para llorar. El bálsamo justo para la herida. Cinco años, los mismos que llevaba en Pekín, ya más de cinco años lejos de su tierra, cinco, cinco, cinco, los mismos que los dedos de la mano, esos que de golpe soltó la vida y la dejó sin lo que más quería, su amor, Carlos.

―No te quedes embobado mirándome y alcánzame la colcha del suelo, que este camisón te está poniendo los ojos rojos como el infierno.

―Eres una descarada —gruñó el puritano de Inari sonrojado por la tomadura de pelo de Shei.

Inari abrió las contraventanas todo ofuscado antes de salir de la estancia y se fue a seguir con sus labores domésticas. Sheila, poco rato después, ya se había puesto en pie. Se miró al espejo de la cómoda, el camisón le llegaba por media nalga. «Parece que salgo de la cama de un prostíbulo». Tiró con decoro de la prenda hacia abajo para ver si estiraba, un intento hecho en balde, pues dejaba ver casi al completo sus «patas largas», como siempre decía su abuelo. Contempló, con los ojos verdes abiertos de par en par, su atuendo y sus piernas, intentando decidir si era peor el disfraz que llevaba puesto o las piernas llenas de moratones, y de repente un montón de pensamientos desordenados, tan alborotados como su corta melena pelirroja, acudieron a su mente con retazos de lo sucedido la noche anterior.

Vagamente recordó a Bastean, el reportero alemán del Die Welt, un tipo alto de mandíbula prominente que se peinaba como el conde László Almásy en el libro El paciente inglés. Aunque, en honor a la verdad, daba cierta grima. Su mente empezó a entrar en estado de emergencia. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza en la puerta de salida.

«Miraré la luna, pero te veré solo a ti». Con esa frase recordó que había empezado una conversación con él, mientras tomaban un tentempié en el comedor del periódico a media mañana. Un suspiro que escondía un «¿qué habré hecho?» se le escapó al aire. Le vino a la mente que por la tarde se habían ido juntos después de haber estado tonteando todo el día, y que no habían parado de reír, seguro que fruto de alguna copichuela a la hora de la comida.

De la plaza de Tiananmén también le llegaba la imagen de varias bicicletas en el suelo, ¿o era ella en el suelo entre varias bicicletas? Ráfagas de escenas pasadas, no podía recordar por completo, era como una película de cine mudo, o quizá se acordaba de todo y no quería rememorar nada.

Se asomó a la ventana con el ceño fruncido, le dolía un montón la cabeza. Pekín estaba gris, a lo lejos se veían rascacielos, a su alrededor y en contraposición con el horizonte se ubicaba el distrito de Xuanwú, una zona antigua, la china milenaria engullida por enormes construcciones. La gente caminaba por el mercadillo, con paso lento, los chinos no se estresan por nada. A un ritmo de música de funeral, varias personas sentadas en bordillos comían con palillos en cuencos pequeños de usar y tirar. En varios bidones humeaba agua negra donde flotaban una especie de huevos o claras de huevo más bien, de aspecto asqueroso. Farolillos chinos engalanaban la calle de lado a lado. Y en hilera varios puestos con diferentes mercancías, en unos vendían tradición y en otros artículos bastante modernos, sobre todo falsificaciones perfectas, eso lo hacen mejor que nadie en todo el mundo.

Contemplaba como en una nube el panorama, a cámara lenta, era como si su subconsciente buscara esa lentitud para alargar el momento en cada acción y así ganarle la batalla a ese tiempo que pasa rápido y se apropia de lo que más queremos.

Llevaba un buen rato ensimismada en la ventana entre este cúmulo de pensamientos atropellados y sin sentido que la caracterizan. De pronto, como si el alma se le hubiera metido de repente en el cuerpo, dio un grito a Inari para avisarle de que bajara a abrir la tienda, pues ya comenzaban a llegar las excursiones con extranjeros, pero este ni se enteró. Echó una última mirada a la calle, observó a los turistas zigzagueando por los puestos calculadora en mano para poder rebajar unos pocos yuanes a los ya muy rebajados artículos.

—En fin, lo mismo de cada día, el mismo escenario, con distintas personas ―sentenció dando un suspiro de aburrimiento―. En China, entre la masiva población y los turistas, bien podrían pasar de uno en uno por el mercado durante varios siglos sin que nadie repitiera —concluyó medio en alto sin venir a cuento.

Si es que los pensamientos razonadores de ella no servían ni para matar el rato, eran como relleno que utilizaba en su cabeza el serrín que tenía dentro, según decía su padre.

Se frotó la frente, el dolor no remitía, la maldita pimienta no había hecho su efecto, necesitaba algo más fuerte. Buscó su bolso, miró para un lado, miró para el otro, allí estaba, meticulosamente colgado del biombo con motivos de amaneceres bajo sombrillas de colores. Eso era cosa de Inari. «Qué ordenado es el condenado», gruñó una Sheila a la que no le gustaba nada el orden, decía que así estaba a juego con el desbarajuste de vida que llevaba; aunque no siempre había sido así, en otros tiempos había sido la disciplina hecha persona. Este tributo es el que nos deja la vida cuando pasa un huracán y nos la pone patas arriba. Tanto que luego cuesta volver a colocarlo todo, y las fuerzas fallan, así que tiras la toalla, y le dices al orden que le den por el culo.

Abrió, en palabras textuales, «el jodío bolso» con la esperanza de encontrar una caja de analgésicos. Después de revolver un buen rato bolso arriba, bolso abajo, en vez de encontrar lo que buscaba, sacó del mismo una caja de preservativos.

—Lo he vuelto a hacer —exclamó nerviosa.

Y en aquel momento le resonó con bastante más claridad lo sucedido: Bastean, sus manos rodando por sus muslos, la camiseta quitada apresuradamente, besos en el cuello, pezones erguidos, un hotel internacional, la habitación con moqueta roja, sus bragas de algodón blanco sobre esa moqueta, «¡de algodón, por Dios, he follado con bragas de algodón!, buff», dos botellas de vodka, el blanco torso de Bastean sobre su pecho...

—¡Stop, stop! —le dijo a su cabeza.

Ya se acordaba, otra noche más de sexo vacío, otra noche más de sexo con sabor a alcohol, a olvido, de suicidio a gotas, otro tiro en la ruleta rusa a la que había venido apostando durante todo este tiempo.

No iba a poder mirar a Bastean a la cara nunca más, tampoco es que tuviera muchas ganas de volver a hacerlo. «Si ni siquiera me gusta, esto tiene que terminar algún día, me estoy destruyendo». A veces tenía entre las lagunas borrosas algún pensamiento lúcido, pero hay acontecimientos que nos implantan en la voluntad un chip sin ajustar, y las órdenes que nos da son contrarias a lo que nos conviene.

Inari cantaba en la cocina una de esas canciones chinas que tan nerviosa la ponían. «Chin, chan, chun, guiii guii», tarareaba Sheila con un mohín de disgusto mientras buscaba en el armario de Li algo decente que ponerse para salir de la habitación. Li, la silenciosa hermana de Inari, tan pequeñita como frágil, pocas cosas podía tener en el armario que le sirvieran, ya que le llegaba a Shei por el hombro, pero mejor eso que salir con aquel minicamisón que llevaba puesto, no quería asustar otra vez a Inari.

—Buff.

Siempre con el buff en la boca. Li, la verdad, vestía como un árbol de Navidad, todo era dorado, plateado, rojo, con dibujos. Las muecas de Sheila al sacar la ropa eran todo un poema. Sacó un kimono, lo tiró al suelo, una falda más larga que un día sin pan, «esta quizá pueda servir», «no me entra», un jersey azul con estrellas plateadas, una camisa con el cuello más cerrado que la soga del ahorcado en El bueno, el feo y el malo, un vestido de flores doradas, rojas y verdes, y una chaqueta rojo farolillo de burdel chino.

—Esto mismo —dijo cogiendo el vestido de flores y la chaqueta.

Se lo puso todo a tal velocidad que perdió el equilibrio varias veces por intentar meter el vestido por los pies en vez de por la cabeza, y también, todo sea dicho de paso, por el desequilibrio ocasionado por los residuos de cierto vodka asqueroso que había tomado la noche anterior con el conde, es decir, Bastean. Entre el runrún de pensamientos, salió de la habitación, pero antes se había dado la vuelta hacia el armario para recoger todo lo que había tirado al suelo, no quería escuchar las voces de Inari jurando en chino tradicional.

Cuando este la vio aparecer en la cocina ataviada de esa guisa, los gallos de su música del dragón, como él la llamaba, se acentuaron a la máxima potencia. El pelo pelirrojo se mimetizaba con la chaqueta roja brillante puesta sobre el vestido de flores, de tal forma que parecía el mismísimo campo de amapolas de opio de la provincia de Heilongjiang. Encima, el vestido le llegaba por debajo de donde, según el abuelo de Sheila, la espalda perdía su santo nombre, y la chaqueta parecía una torera de lo corta que le quedaba. Y encima, iba descalza como una mendiga a la puerta de una iglesia, ya que no había encontrado las Converse blancas que traía el día anterior, y meterse en unas chanclas de Li era como meter los pies en las botas de Pulgarcito. Se encogió de hombros y le miró con cara de buena, con aquellos ojos verde esmeralda que le ponían tan nervioso.

―Tienes en esa esquina tus zapatillas —señaló Inari aguantando la risa como podía.

—Si quieres reírte, es mejor que te des la vuelta y disimules, no estoy para chuflas.

—Shei —así la llamaba Inari porque decía que era más asiático—, no voy a reírme, pero no te voy a negar que me gustaría hacerlo.

—Me vas a tener que pagar por haber traído tanta risa a tu hogar.

—Yo creo que me vas a tener que pagar tú a mí por soportar tu mal humor cada vez que metes la pata.

—Yo no meto la pata, chino del demonio.

—Es verdad, no metes una, metes las dos. ―No había acabado de decir la frase y ya le estaba pasando una zapatilla por encima de su cabeza.

—Estás como cabra.

—Se dice como una cabra.

—Digo lo que me da la gana. Por lo menos yo me he molestado en aprender castellano. Tú no dices ni cuatlo palabras en chino.

—Se dice cuatro.

—Eres insoportable.

—Seré insoportable, pero me amas.

—¡Qué más quisieras! ―exclamó ofuscado Inari. Hablar de amor le ponía bien nervioso.

—Game over. Gané la partida. Si no hay mejor cosa para desarmarte que hablarte de amor.

Sobre la redonda mesa de la cocina observó doblados ―si existe la perfección, pues así― sus vaqueros cortos, la camiseta blanca y sus blancas braguitas de algodón. Abrió los ojos de par en par, en ese momento a nadie le extrañaría que ella fuera una de esas muñecas de los dibujos japoneses.

—Mis braguitas ―exclamó―, ¿cómo han llegado a tu mesa?

Inari sonrió con picardía.

—¡Oh! Ahora te pones nerviosa tú. No es lo que piensas, picarona. Yo no te he puesto ni un solo dedo de mi mano encima. Mi hermana Li ayer pacientemente te desenfundó como si fueras un plátano. Llegabas sucia y llena de barro. Con olor a vodka y por el olor puedo jurar que era del malo. Cuando abrimos la puerta pensamos que te había atropellado un tuk tuk. ¿No recuerdas nada?

—Sí, por desgracia, voy recordando ―le comenzó a cantar, y no en chino, a la vez que arqueaba la ceja para ponerse más interesante―. No sé cómo, me lie con un colega de otro periódico. El caso es que, después del revolcón, no me mires así, Inari, la gente folla, eres muy mojigato ―este hacia como si se tapara los oídos para no escuchar―, escapé del hotel JW Marriott como alma que lleva con un poco de suerte el diablo, porque para qué ir al cielo con lo aburrido que debe de ser.

—Al grano, Shei, aunque he de aclararte que yo no mojo ningún gato ―increpó Inari, que, aunque parecía no querer saber, estaba deseando conocer toda la historieta.

—La madre de Dios con la traducciones estúpidas. En fin, sigo, cogí mi bicicleta o, si no era mi bicicleta, alguna que encontré apoyada en una columna de la puerta, y enfilé contra la fuente luminosa de cuatro chorros que se encuentra fuera del JW, ahora lo recuerdo más o menos.

Inari no salía de su asombro, no sabía si reírse o llorar.

Como si el agua de aquella fuente le hubiera aclarado la aventura vivida la noche anterior, se visualizó haciendo de Anita Bergen en La dolce vita, pero en vez de ser la Fontana de Trevi, era la fuente del JW, en vaqueros cortos, camiseta y, lo peor, en bragas de algodón. Bueno, las braguitas solo se las había visto Bastean, al cual no le debió importar demasiado, pues recordaba que se había puesto como una moto con ella; es más, había sido un polvo breve de lo caliente que estaba el hombre. «Puag», exclamó Sheila con un mohín de asco. Cada día se enrollaba con tipos más asquerosos. «Espero no haber bajado de su cintura con mis labios ―omitió ese pensamiento a Inari― porque si no se muere de vergüenza», sentenció para sus adentros.

Pensó en Carlos, sonrió, cuánta risa hubiera pasado, él siempre la seguía en todas sus locuras. Aunque, por otra parte, no le haría ninguna gracia que se enrollara con cuanto varón se le cruzaba por el camino últimamente, ella que siempre le decía que su cuerpo era un templo donde no podía entrar cualquiera. Se hizo el silencio, miró con esa clase de pena que significa «la he vuelto a liar» a Inari y un suspiro voló en el aire. Sonrió, dejó de sonreír, pensó, y quitó el pensamiento, actos que se corresponden con la zozobra en que se había convertido su vida. Y volvió a aquel presente, un presente más negro, más gris, más diferente, en el que la sonrisa muchas veces es forzada o es por alcohol, en el que solo se deja ser ella misma en casa de Inari y de Li. Su refugio en días de niebla.

Y volviendo a la noche anterior, siguió acordándose de la aventura, de como al salir de la fuente había resbalado, debía estar llena de musgo o algo parecido, y de como, con tan buena suerte, por decir algo, se fue a caer a un charco dejado por la lluvia en aquella mañana. Ya era habitual en aquellos tiempos estar en el punto exacto, el idóneo, el sitio perfecto en donde se tenía que meter en nuevos charcos y en este caso literalmente.

Soltó una sonora carcajada, y mira que eso era raro en ella sin una copa de algo en la mano, al recordar que un par de hombres asiáticos muy trajeados la habían levantado cogiéndole de los brazos, a la vez que ella aleteaba como un pollo en el matadero. «Les puse perdidos», siguió contando Sheila envuelta en una risa de lo más contagiosa, tanto que Inari también se desternillaba.

—Porque, además de darles patadas, al posarme en el suelo, me dio por darles abrazos y bailar con ellos al compás de La culpa fue del chachachá, así que apresuradamente pararon un taxi y en él me metieron como quien mete en una maleta llena de ropa algo más y tienes que sentarte encima para cerrarla.

Así fue como había llegado a la puerta del paraíso o, lo que es lo mismo, la casa de Inari y Li, la única dirección que ha conseguido aprenderse en China o, por lo menos, la única que no ha olvidado cuando se encontraba en apuros.

Inari no daba crédito a la aventura que contaba, y la miraba con unos ojos tan abiertos que nadie hubiera dicho en aquel momento que era chino, su cara era un poema. Sheila, llena de ternura al verle así, le agarró de las manos y le hizo sentarse con ella en las banquetas de la cocina.

—La verdad es que te quiero un montón, mi chinito bello. Bendigo el día que te conocí. ¿Te acuerdas? Debí parecerte una loca.

—Y no me equivoqué, me pareciste y lo estás.

—Entierra el hacha de guerra por un momento. Sé que ha sido una de las mejores cosas que te ha pasado.

—Sí, hombre, pues menudo chollo nos cayó a Li y a mí.

—No me copies las expresiones, que no te pegan.

Claro que se acordaba, cómo no iba a acordarse, pensó Inari para su profundo interior, ese que tiene cultivado a base de meditación y sabiduría de andar por casa, de esa que da la vida a base de golpes que unas veces vienen de un lado y, cuando miras para el otro, te vuelve a caer un sartenazo, así como quien no quiere la cosa, y así un día y otro como si de un partido de tenis se tratara.

—Nunca lo olvidaré. Sí, ese día me pareció ver un ángel de esos en los que creen los cristianos.

—Eso te pega más, pero qué cursi eres a veces ―exclamaba una Sheila medio ruborizada, y digo medio porque nunca reconocería que en el fondo le gustaban más esos halagos que a un niño un caramelo.

—Te recuerdo con tus sandalias planas de brillantitos, un vestido corto negro y una chaqueta de cuero con tachuelas, tu pelo por la cintura, rizado, un bolso de cuero de colores tipo hippie hecho con remiendos, y tu inseparable cámara Nikon, Nikita, como tú la llamas.

—Eres muy observador y tienes muy buena memoria. Y eso que cuántas cosas han pasado desde entonces ―murmuró la linda pelirroja con pena.

Aquel día que conoció a Inari, se encontraba brujuleando para un reportaje para la revista Mujer Hoy y, rodando por esquinas y calles estrechas, había llegado al mercadillo de Panjiayuan. Gallinas y patos se mezclaban con relojes, seda y porcelana. A Sheila no se le escapaba nada y le había llamado la atención un puesto de porcelana con lindos juegos de té y café artesanales. Se paró a fotografiarlos y, al sacar la cabeza del objetivo, se percató de que un joven oriental, alto y con unos ojos diminutos que brillaban como la luz de su mar de Cádiz, asombrado le miraba sus piernas. «Qué descarado», había exclamado en un español con acento del sur un poco ofuscada. Pues bien, aquel joven era Inari, y ella no se enteraba de nada de lo que le decía mientras seguía mirando y señalando sus piernas, haciendo gestos como de dolor. Entonces comprendió que no observaba su atractivo, sino lo hinchadas que las tenía y se arrepintió de todos los improperios que habían pasado por su cabeza.

Acababa de aterrizar en Pekín hacía unos días y, apenas había puesto un pie en aquel suelo oriental, todos los insectos de la ciudad se habían cebado con sus piernas.

—Parecía que tenía la misma elefantiasis que mi pobre tía Carolina con aquellas piernas como columnas dóricas, jónicas y corintias todas juntas a la vez —añadía Sheila con esa exageración que tanto la caracteriza.

Cuando al fin se lograron entender, Inari le pidió educadamente que se sentara en una diminuta banquetita lacada en negro, sacó de un cajón de esos donde siempre tiene todo colocado milimétricamente un tarrito de bálsamo de ojo de tigre y, con su permiso, empezó a frotarle suavemente las piernas.

Mientras el bálsamo hacía su cura, le preparó un té, ella hacía como que lo tomaba, todo hay que decirlo, pues lo detestaba, y comenzaron la primera charla de su vida, en un fluido inglés. Pretty eyes, le llamaba Inari a cada rato mientras Sheila se ruborizaba, después se enteraría de que en China todos los occidentales son pretty eyes. También nos llaman narizotas y se ríen a carcajada limpia tocándose la suya mientras nos miran, eso no le hacía tanta gracia y era motivo de discusión habitual con Inari. «¿Narizotas yo, quillo? Si te escuchara mi abuela Evangelina con lo que presumía ella de nariz perfecta, se enfadaría muchísimo, pues mi nariz es una calcomanía suya», exclamaba con esa gracia gaditana que tanto gustaba a Carlos. Si la pudiera ver por algún agujero, se pondría triste, la gracia era muy poca, la sacaba de vez en cuando solo con su amigo del alma.

Shei, en aquel primer encuentro le había contado que era española, que iba a estar en China dos meses para realizar un reportaje sobre la mujer asiática, que era de Cádiz, ciudad que le sonaba a chino al propio Inari, pero él asentía como si lo conociera de toda la vida. Aquel día no dejó hablar al pobre ni una sola palabra, cotorreaba sin parar, de su playa de Zahara de los Atunes, del atún rojo que comía los domingos en casa de sus padres, del chiringuito La Lola donde daban los mejores rebujitos de toda Andalucía, de la luz de su tierra, esa luz limpia, esa luz maravillosa que hacía que las fotos con Carlos salieran tan bien. Que su novio se llamaba Carlos, Carluchis, como ella le llamaba, que era reportero y que le quería más que a su propia vida. Que iba a volar a España en dos semanas a despedirse de él porque se iba a Afganistán de corresponsal durante algunos meses, pero que luego volvía a terminar el reportaje ―«ya ves qué enamorada estoy que me voy a meter una paliza de viaje solamente por darle un beso a mi amor»―.

Quién le iba a decir a Inari que, años después, iba a entender el español a la perfección. Y que iba a querer a aquella loquita tanto.

Aquel fue un comienzo un poco atropellado de una gran amistad, una chica inocente que quería contar una vida en cinco segundos, entusiasmadamente, sin medir, como era ella por aquel entonces, espontánea, alegre, confiada, con esa frescura de niña que, medio año después de aquella conversación, perdió de golpe. Cuando Carlos murió en Afganistán consiguió un puesto, gracias a un compatriota español que trabajaba allí, en la sucursal de Pekín del China Daily, un periódico publicado en inglés para China, y ya no quiso volver a España, nadie la esperaba allí, ni siquiera unos padres que murieron casi a la vez que su novio, nada que mereciera la pena. Estaba sola en la vida, todos la habían abandonado y ahora se abandonaba ella a sí misma. En medio del desamparo no somos capaces de intuir que la vida cuando baja siempre vuelve a subir, y que en algún momento aparecerá otra persona a la que amar. La pérdida es como jugar a la gallinita ciega, das vueltas y vueltas, pero, cuando te quitas la venda, lo oscuro vuelve a brillar.

Aquellos recuerdos les dejaban sin palabras en la pequeña cocina de Inari. Cinco años ya. Para ninguno de los dos su afecto se trataba de una amistad amorosa, por lo menos para ella. Su corazón vacío no podía querer de esa manera. Se quedarían siempre caminando en dos líneas paralelas, que nunca se cruzaran, ni siquiera en el infinito. Ley de amor es que cuando una persona es tu amiga y no hay nada que te remueva por dentro al mirarle, al tocarle, al abrazarle, más que un profundo agradecimiento, nada se puede esperar. El amor no es agradecimiento, el amor es dar sin agradecer, sin esperar, es locura, es irracional, es amar por amar, por puro gusto de hacerlo, sin pensar, sin saber si es lo mejor para uno, sin preguntarse por qué quieres a esa persona, ni para qué está en tu vida, está y eso es lo único que hay que sentir: que está, incluso aunque no esté.

Inari chascó los dedos y le señaló la comida. Ella miraba los platos que le iba poniendo delante como quien ve llover, no podía comer nada. La mesa daba vueltas y vueltas con cosas irreconocibles, aún no se había acostumbrado a la comida china, pensaba en su jamoncito de jabugo, en la tortilla de patata, en el chorizo del pueblo del abuelo Ángel y en tantos sabores con olor a España. Sin embargo, esto no era sino añoranza; el presente era aquel lugar y no le podía hacer un feo a Inari, así que comió un poco de arroz y una especie de hierbajos cocidos untados en salsa de soja. Lo sentía por Inari, que se enfadaba muchísimo cuando no probaba bocado, su gran obsesión era que la gente se alimentara; de niños, Li y él habían pasado muchas necesidades.

La infancia de los hermanos había sido dura, se quedaron huérfanos de madre al nacer Li, y su familia entonces se convirtió en un triángulo donde su padre era la base que sostenía a los dos niños como podía y le permitía el trabajo excesivo al que estaba sometido. La muerte de la madre había sido un drama, murió desangrada en el campo por no tener asistencia sanitaria en el parto. Su padre se sumió en una tristeza que no dejaría jamás. Huyendo de aquel escenario de malos recuerdos, emigró con sus hijos a Pekín. No obstante, la vida en la ciudad no les fue nada fácil y pasaron muchas penurias en su caminar. Su padre solo encontró trabajos precarios, a duras penas podía dar de comer a sus hijos. Para más inri, el pobre Xubǎi Xìng cayó enfermo. En aquella época los campesinos no podían transferir su hukou a la ciudad, así que no tenía derecho a asistencia sanitaria. El padre de Inari fue consumiéndose en casa a base de remedios tradicionales chinos que solo le paliaban el dolor, pero no se lo curaban, hasta que murió unos años después de llegar a Pekín, dejando a sus hijos desamparados, y a Inari con la obligación de hacer de padre de Li, quien era muy pequeña cuando falleció.

A menudo Shei contemplaba la urna con las cenizas de Xu, y pensaba que por lo menos algo quedó de él en la tierra, de Carlos no quedó ni un cuerpo que recoger en cenizas. Inari soñaba con poder llevar las cenizas de su padre al Xian, la región de donde son oriundos, y enterrarlas en la colina más alta que pudiera encontrar. Persiste la creencia en China de que cuanto más alto se entierra a alguien, mejor para ellos en la siguiente vida. Por eso, tradicionalmente, cada familia tiene una colina en la que entierran a sus antepasados. Una vez al año, toda la familia se reúne en esa colina o montaña para venerar a los difuntos. Incluso familias sin medios se gastaban toda su fortuna en estos entierros. No es que Inari fuera un retrógrado anclado en tradiciones ancestrales, pero su padre sí lo era. El pobre Xu estaba convencido de que provenían de los guerreros del Xian en la época del emperador Qui. Es más, contaba Inari con orgullo que su progenitor le decía que alguno de sus antepasados estaba reflejado en uno de los Guerreros de Terracota. Más sonaba esto a leyenda urbana que a realidad; no obstante, Inari nunca le contradijo a su padre, si el hombre decía que era así, así era; al fin y al cabo, para qué quitar al pobre la ilusión de tener tan dignas raíces, si ya la vida le había arrebatado de golpe su tierra, su casa y su vida allí en Xian, para qué arrancar más raíces y más recuerdos de su mente.

Todos estos pensamientos los recordaba para sí misma mirando a Inari, sin que este se diera cuenta mientras hacía las labores domésticas con gran devoción. Aunque renegara de ellas, le encantaban. La verdad es que era tan guapo, alto y musculoso ―las artes marciales y el taichí le ayudaban a ello―. El pelo negro un poco despeinado, como a él le gustaba, decía que parecía así más occidental. Y lo conseguía, pues no hay que olvidar que son los reyes de las imitaciones. Siempre vestía vaqueros con zapatillas o botas. Inari estaba muy al tanto de la moda occidental, incluso muchas veces Shei le conseguía cosas de España, y le faltaba tiempo para estrenarlas.

—¿Hoy no vas al taller?

—Estoy esperando que venga Li del mercado.

Li, la mariposa encerrada, era tan diferente de su hermano, anclada en la China tradicional, una porcelana, una muñeca rota, llena de miedos, se había criado sin la figura materna y bajo la protección excesiva de Inari. Su cara era preciosa, parecía que sus rasgos se los habían pintado con un pincel sobre un fino lienzo. Era muy hacendosa, desde muy niña tuvo que aprender a hacer las labores del hogar, con seis años ya cocinaba, planchaba y lavaba la ropa. Incluso en vida de su padre, aunque era muy pequeña, le esperaba en la puerta a su regreso del trabajo cada día para quitarle el calzado de la calle y ponerle el de andar por casa. Ni un quejido, ni una mala cara nunca, ella asumía que tenía ese rol, pues nunca conoció otro. Inari era otra cosa, más abierto de mente y ávido de aprender. Precisamente él fue quien le enseñó todo lo que había aprendido de un vecino del distrito donde vivían, no quería que su hermana fuera una analfabeta. El anciano había sido maestro en la escuela china antes de que el Estado privatizara la enseñanza. Ese hombre enseñó a Inari lo suficiente para poder leer, escribir y tener conocimientos de matemáticas. El hombre supo ver en este una mente hábil e inteligente, una esponja que absorbía cualquier conocimiento que se le ponía por delante. Aquel maestro le dejó al morir toda la biblioteca que poseía en su casa como un tesoro guardado para que el régimen de Mao no se la confiscara, y el joven Inari leyó cada uno de los libros que su maestro le había legado. De hecho, Sheila se quedaba obnubilada muchas veces escuchándole explicar cualquier cosa cultural que le venía a la cabeza, lo mismo te hablaba de los filósofos griegos, que de los acontecimientos más actuales. Además, le flipaba a Shei todo lo que sabía de medicina, de cualquier dolencia que padecía la gente de su alrededor sacaba un acertado diagnóstico. Sheila en broma a veces le llamaba el doctor Inari y este le respondía, aunque pensaba: «Qué sabrá está periodista listilla lo que soy yo».

Volviendo a Li, era una joven muy hermosa, de cabello negro largo, delgada y diminuta como una muñeca, con una piel tan blanca como el marfil. Caminaba en aquel momento con una pequeña cojera fruto de una patada de un caballo en su niñez, cuando iba a recoger las medicinas para su padre a casa del curandero Liang. Casi muere aquel día, era tan pequeña, y el caballo la empotró contra una pared con gran violencia. Un accidente que le cambió la vida. Su complejo era tan grande que por eso no salía de casa. Se pasaba el día limpiando y haciendo bordados chinos en tapices pasados de moda. O tocando el ruan como los mismísimos ángeles, si es que existen, al compás de una voz que hubiera abducido al propio diablo, si es que existe también. Pero carecía de la chispa que tenía en sus ojos su hermano, los suyos eran como pupilas sumergidas en agua, siempre estaban como llorosos.

Shei se había propuesto pocas cosas en su vida últimamente, pero una de ellas era ayudar a Li y a Inari a ser felices, a ser lo que ellos quisieran ser y lo que se merecían. Solo aquello era lo que la frenaba un poco en su acelerada vida destructiva. A Li debía sacarla de aquel ostracismo voluntario, y a Inari ayudarle de alguna manera a que sus juegos de té y café artesanos llegaran a más gente, ya que eran puro arte. Gracias a esa habilidad para la artesanía, heredada del padre, salieron adelante. La apertura de China al turismo también ayudó. Y poco a poco el hambre se fue convirtiendo en menos hambre y, aunque no eran ricos ni mucho menos, se mantenían bien.

Después de una mañana intensa en añoranzas ―siempre para Sheila la casa de los hermanos era un sitio de meditación, solamente allí se permitía recordar, se sentía tan protegida en esas cuatro paredes―, se vistió por fin con su ropa, llamó a un taxi, unos besos a Inari, otros a Li, que acababa de volver del mercado, y partió para su apartamento.

Tardó en llegar un buen rato, el tráfico y la distancia hicieron largo el camino, porque su piso estaba situado en la parte nueva de Pekín, al lado contrario del distrito de Xuanwú. En eso se había convertido China: una confluencia de lo moderno con la tradición, algo que todavía la gente no sentía, un intento de acelerar la modernidad en las grandes capitales envolviendo lo antiguo en papel de celofán para que siguiera allí, pero que no se viera demasiado. Como muchas cosas en la vida, una apariencia que nada tiene que ver con lo que en verdad sucede.

II

Negar una ausencia se llega a convertir en un vicio

El lugar estaba especialmente animado, el tiempo era bueno, el sol ya se había quitado el pijama a finales de primavera, el verano comenzaba a extender su manto por encima de esa maravillosa tierra asiática. De fondo, un pequeño grupo tocando en directo una melodía alegre, en la que ella ni siquiera reparaba. La única orquesta que pasaba por su cabeza eran sus pensamientos con sonido de jazz estridente, mezclado con marcha militar y flamenquito de Cádiz. Es la mejor forma que se me ocurre para definir sus reflexiones que, en ese momento, eran un caos.

Los rayos de sol le hacían evocar el último verano que había pasado con él. Se sentó en cuclillas, con la mirada ausente, frente al lago Houhai. Se sentía inquieta, creía firmemente que Carlos la podía contemplar desde algún lugar, y eso la ponía nerviosa, pues ella sabía que no estaba haciendo bien las cosas. No le gustaba mentirse a sí misma, pero, para consolarse un poco, se engañaba pensando que aprobaría la forma en la que se implicaba en su trabajo, aunque le pudiera costar la vida. Incluso se enfadaba al pensar que él la podía estar regañando.

—Tú no estás para hablar, cariño ―exclamó mirando al cielo.

La verdad era que Carlos había sido un periodista de primera línea, una primera línea que se convirtió en línea infinita en la eternidad; de modo que él no hubiera podido recriminar a Shei nada en ese sentido. Así como también era innegable que la labor que esta desempeñaba en el periódico era magnífica. Conseguía siempre reportajes estupendos y, todo sea dicho, los más peligrosos. Cosa de lo más normal, pues había perdido el control de su mundo, y se movía con avidez en el filo de la guadaña. Mil aventuras había corrido en China; es un decir lo de aventuras, así le podían llamar las personas normales, para ella no eran aventuras, era una lucha cuerpo a cuerpo con el peligro. Era su manera de desafiar a Dios, si es que existía, era ir a diario por la vida sorteando un campo de minas, subir la escalera de san Pedro como si fuera mecánica, era Shei, era rebeldía, era libertad; pero todo eso era sin conocimiento, solo por el puro placer de jugar al premio más gordo que da la vida: la muerte. Negar la partida de Carlos se había convertido en su mayor vicio, entenderla sería su mayor virtud; y de momento las virtudes desde luego las tenía en buenas trincheras.

Quizá era ya hora de pasar página, de guardar en un tarro de formol el recuerdo de Carlos, y abrirlo de vez en cuando para sentir que aún estaba en su vida. Quizá tenía que irse de China, volver a sus raíces, empezar de cero, estaba segura de que tarde o temprano sería el camino correcto que iba a tomar, pero aún no le apetecía. Tenía que crear unas buenas alas para empezar a volar, no levantar el vuelo inconscientemente, no le pasara como a Ícaro. A ella le parecía que en ese momento se sentía igual que él, retenida en un lugar que no le pertenecía. Debía fabricarse unas alas, pero no de cera, y escapar de todo el desorden de vida. Shei tenía que hacer caso a la sabiduría que le había enseñado su propio padre, siempre le decía: «Hija, solo emprende nuevos caminos si tus zapatos no te aprietan, con ellos andarás más ligera, de lo contrario, las rozaduras te harán llegar herida al lugar que quieras alcanzar».

Necesitaba estar sola, en el silencio siempre están todas las respuestas, entre el bullicio no puedes entender nada. Se levantó del suelo y encontró un sitio acogedor en una terraza del lago. Sobre la mesa un timbre para llamar al camarero, apretó y apretó varias veces el botón. Si es que no tenía remedio, la niña que llevaba dentro era una gamberra. Acudió a los timbrazos, apresuradamente, una camarera gruesa, con una cara de malas pulgas que haría temblar al mismo monstruo del lago. «Ya sé que el monstruo está en el lago Ness, pero seguro que en el Houhai, de haber alguno, sería esta chica seguro», se dijo a sí misma y se quedó tan ancha, creyéndolo firmemente. Su imaginación era arrebatadora: arrebataba todo el espacio que podía a la realidad. No se sabe bien si era una coraza para no ver la verdad o simplemente vivía en esa imaginación en vez de en el mundo real.

Pidió una soda mientras pensaba casi en alto: «Una soda, madre mía, qué cursilada». Le recordaba a las damiselas de las películas americanas de la época de la guerra de la Independencia, Scarlett O’Hara pidiendo una soda en la terraza de Tara. «Joder, una soda —volvió a decir—, hoy me he levantado con fiebre seguro. Otro baile y perderé mi reputación. Con valor puede vivir sin ella, señorita O’Hara». Se acordó de esta frase de la película Lo que el viento se llevó, en su mente la recitaba con ese aire de mujer fatal que tanto le encanta poner y que nunca le sale bien, todo sea dicho de paso, y repitió para sí misma: «Otra soda y perderé mi reputación, je, je, je, con valor puedo vivir sin ella, ¿sin la soda o sin la reputación? Ja, ja, ja». Se rio ante tal pensamiento, poco a poco el tiempo iba devolviéndole la risa. «Mejor sin las dos», concluyó. Así que antes de que la malas pulgas se diera la vuelta, pidió un vaso de whisky para acompañar la soda.

Tenía que coger fuerzas, en un rato debía acudir a una entrevista difícil, un nuevo reto para indagar. La chica se llamaba Mei, que en chino significa hermosa, y desde luego, en la fotografía que tenía en aquel momento entre el cigarro y su mano, Mei era hermosa, muy hermosa.

Levantándose con pereza de aquella terraza, se dirigió a la boca del metro, refunfuñando, no había encontrado ni un solo taxi. Coger el metro en Pekín es como montarse en la montaña rusa del Dragon Khan, pero sin diversión: sabes de antemano que lo vas a pasar mal. «Las cuatro y media, menos mal que todavía no es hora punta», pensó, media hora más y Shei tendría que viajar pegada a la ventanilla como una ventosa de las que se ponían antes en los Seat 600 con la foto de la familia. Se puso a la cola para entrar en la línea 8, preparó su bolso, porque el control era indispensable para entrar en el vagón, tiró una botella de agua que llevaba a la papelera más próxima. Recordaba todavía la primera vez que cogió el metro en Pekín, la sorpresa que se llevó, o el susto más bien, cuando el policía del escáner le había hecho beber agua de la botella que llevaba en el bolso. Por lo visto, es una norma policial para evitar que no se pase algún tipo de explosivo en ella o algo así. Cuando llegó a la estación de destino, todo estaba ya colapsado, ese día se había adelantado la hora punta. Miles de personas taponadas en las entradas y salidas, parecía estar protagonizando la película Cuando ruge la marabunta. Eran diminutas hormigas avanzando hacia quién sabe dónde. Abrazó su bolso, se puso sus gafas de sol, se atusó el pelo, respiró hondo y, envuelta en una corriente humana de olores no siempre agradables, fue como levitando hacia la salida.

Logró escapar de aquella cárcel e inhaló profundamente el contaminado aire de Pekín en aquel tramo de la ciudad. Se dirigía a la Universidad de Finanzas Nan, allí estudiaba Mei. Entró en la cafetería, con ese aire despistado que aparenta, aunque no se le escapa nada en realidad. Sus stilettos rojos resonaban en el suelo de mármol con firmeza. Aquel día por una extraña razón se había puesto tacones, bueno, no se los había puesto desde que salió de su apartamento, los llevaba en su enorme bolso de Carolina Herrera ―regalo de Carlos en las últimas Navidades, que se había convertido en un complemento inseparable para Sheila por el valor sentimental que representaba― y decidió cambiarse sus Nike blancas al salir del metro. Su falda negra de tubo con abertura a un lado dejaba entrever parte de sus piernas, y una camisa blanca con cuello Mao y botones laterales de nácar, que había comprado en el mercadillo, al lado de la tienda de Inari, complementaban un look estupendo. Todo le quedaba bien, esto era innegable, incluso la falda de tubo negro con sus Nike en plan informal, y no era por la belleza que tenía, por mucho que la gente se empeñara en asegurarlo, era más bien por su arrolladora personalidad, una mezcla de seguridad y determinación, un buen disfraz que usaba a la hora de desempeñar su trabajo, donde se transformaba en una leona con cámara y grabadora en mano. Siempre se decía a sí misma: «Donde pisa una leona no deja huella una gatita». Esos pensamientos, aunque parecían absurdos, eran como resortes que le daban coraje para manejarse en todos los conflictos en los que solía meterse en su profesión.

Al fondo de la cafetería, reconoció a la muchacha menuda y peinada con cola de caballo, de unos veintitrés años, que la saludaba alegremente sacudiendo su pequeña mano. «¿Cómo sabrá Mei que soy yo?», se preguntaba Shei, una pregunta tonta, pues de lógica era que en aquel momento era la única occidental de toda la cafetería.

Mei se levantó y se dieron la mano en forma cordial, en China no se acostumbra al contacto físico, ni dos besos, ni palmada en la espalda, ni abrazo. Mei era algo diferente a la fotografía, en persona parecía mucho más niña, pero claro, es normal, la fotografía pertenecía a un fichero de señoritas de compañía, escorts de lujo, donde aparecen arregladísimas, con vestidos provocativos y muy maquilladas.

Pidieron algo, Shei un agua, en su trabajo era muy formal, el whisky ya lo había tomado antes. Encendió su grabadora y Mei comenzó a relatar las razones que le había dado la vida para dedicarse a la profesión más antigua del mundo, siendo ella tan joven. Oriunda de la provincia de Sichuan, se había convertido en la primera integrante de su familia que accedía a la educación superior, sabía que ir a la universidad más prestigiosa de la ciudad de Pekín podía alejar a su familia de la pobreza.

Los padres de Mei eran unos de los muchísimos trabajadores despedidos sin seguridad social en aquella época de cambio político en China, y subsistían en su ciudad, malamente, gracias a los ingresos provenientes de un pequeño negocio de comida callejera que montaron después de quedar en la ruina.

Ella se había trasladado a Pekín para poder estudiar. En un principio consiguió trabajo como camarera, pero la paga apenas cubría su enseñanza. Por eso, cuando el gerente del bar le ofreció un empleo que le permitiría ganar diez veces más que sirviendo mesas, lo aceptó de inmediato. Y así fue como se hizo prostituta o señorita de compañía, como le gustaba decir a ella. En estas redes de prostitución existen cuatro categorías. La uno es para chicas inteligentes, universitarias y dispuestas como Mei, algo que para ella no es motivo de orgullo, pero «hay que sobrevivir y seguir adelante con la vida, y lo único que debo hacer es ignorar el lado negativo de lo que estoy haciendo ahora», decía con los ojos llenos de agua. Con esa ocupación había podido enviarles dinero a sus padres regularmente. «No me atrevo a mandarles mucho porque podrían llegar a sospechar que estoy metida en algo raro, así que lo demás lo voy guardando para el día de mañana, por si lo pudieran necesitar para algo de gravedad».

Más tarde, escuchando lo grabado encima de la cama de su apartamento, se emocionó pensando en la generosidad de Mei de vender su cuerpo para dar una vida mejor a su familia, y la pena que es que la gente se aproveche de las miserias humanas para satisfacer su sexo y, en el caso del proxeneta, su economía. El reportaje le había dejado una sensación de que no estaba completo, Mei era la puerta de entrada para indagar sobre lo que ella realmente quería indagar: la muerte en extrañas circunstancias de tres prostitutas de lujo en los últimos meses. Se tenía que adentrar en el sórdido mundo de la prostitución china; utilizaría a Mei para infiltrarse en él.

Dos semanas después, arreglándose para hacerse pasar por prostituta, pensaba en Inari, la cara que había puesto su amigo cuando le habló del nuevo reportaje era un poema. Aunque convencer a Mei para que le proporcionara sus contactos tampoco había sido nada fácil, la cara de niña traviesa de Shei, con sus pecas desordenadas, era capaz de persuadir hasta el mismo Satanás si lo tuviera enfrente; y a los pocos días de la entrevista con Mei, allí estaba dispuesta a infiltrarse en aquel submundo.

Sonrió para sí mientras se miraba en el espejo vestida con sus galas más sexis, preparada para matar. Por alguna razón, a pesar de estar resplandeciente, la imagen le devolvía tristeza. Llevaba puesto uno de los vestidos favoritos de Carlos, o por lo menos uno de los que más rápido quería quitarle. Era un vestido de corte lencero, negro con flores de un rojo suave, la blonda del escote se le ajustaba a su pecho como un guante. Culminó el look con unas sandalias negras de raso y tacón alto, muy alto, con un poco de plataforma. Y salió por la puerta de su apartamento dispuesta a participar en una nueva aventura. El aire era muy cálido, por eso había omitido ponerse encima la cazadora de cuero tipo motero que solía llevar con aquel atuendo y se había colocado otra de lino de color rojo uva que rompía un poco la monotonía de los colores. Además, esta se abrochaba con una cremallera hasta arriba, cosa que le venía de perlas, pues en China no está bien visto ir con mucho escote. En Madrid sería diferente, caminaría por la Gran Vía tan divina con su pedazo de escote al aire, bien morenita, y con el brillante pelo rojo bien despeinado como a ella le gustaba, un despeinado estudiado, claro. Aquella vez decidió recogérselo en un moño tirante tipo oriental, como pudo, ya que con su corta melena era difícil hacerlo, pero para qué estaban los postizos, pues para esas ocasiones. Así que sacó de la cómoda un moño de pega que había comprado en el mercadillo solo porque le había hecho gracia que era del color mismo que su pelo.

Había quedado con su confidente en la puerta de un conocido hotel de Pekín, allí se iba a entrevistar con su proxeneta a fin de que la contratara como escort de lujo. Ser occidental, alta y culta le tendría que abrir muchas puertas, es lo que tiene la superficie para los que no saben ver el fondo, es como un caballo de Troya engañoso que va por delante y luego viene la sorpresa. Además, Mei le había contado que no siempre eran mujeres desesperadamente pobres las que se hacían prostitutas. Si tenemos en cuenta que China se estaba abriendo al mundo y el lujo empezaba a destellar en los ojos de la gente, muchos estarían dispuestos a hacer lo que fuera por conseguir más dinero en un país que siempre se lo había dado a cuentagotas.

Su plan era que se inventaría un nombre, María, por ejemplo, sería una nativa de España estudiante de intercambio ―claro que se quitaría algún año, sin problema alguno, su físico se lo permitía de sobra― y había acudido a China a estudiar en la Facultad de Administración Económica Hubei Cadre. En aquel lugar diría que fue donde se enteró de que otras chicas de su edad ganaban miles de dólares trabajando como acompañantes o como prostitutas, y se había animado porque así volvería a España forrada y nadie sabría nunca de dónde había sacado ese dinero.

Después de que Mei le presentará al jefe de la banda, y sentados en una mesa del restaurante del hotel, todo ese rollo fue directo tal cual estaba ideado para el proxeneta, un tipo lúgubre con un traje más pasado de moda que el charlestón. El hombre le hubiera dado el puesto incluso sin hablar. La miraba más embobado que un perro detrás de una salchicha.

—Menos mal que no soy una salchicha, solo pensar que me hinques el diente muero ―le decía Shei sin cortarse un pelo al hombre, aprovechándose de que este no hablaba ni gota de español. Y el muy tonto sonreía incluso a estas palabras.

Shei echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo de la silla sensualmente, volvió a la posición inicial y le miró intensamente. Fue el toque de gracia para que el tipo se tragara el cuento completamente, de hecho, probablemente ni la estuviera escuchando desde hacía rato. Cerraron el trato con un apretón de manos, conviniendo que la metería en su fichero; ella le pidió como favor que no diera mucha publicidad a sus fotos, él la tranquilizó diciendo que todo era confidencial, que no se preocupara por nada. Y así fue como a los dos días Shei tenía su primera cita como escort de lujo. He de añadir que de todo esto no sabía nada el director del periódico.

Una semana después regresó a aquel mismo lugar, dispuesta a hacer su primer servicio. Estaba algo nerviosa, esperaba que todo saliera como había planeado. Entró en el restaurante del hotel, su vestido rojo por debajo de la rodilla le daba un aire demoníaco. Era vaporoso, pero con el corpiño ajustado al talle, se unía del pecho al cuello con una gasa trasparente que le daba un aspecto muy sexi, ver sin ver, es la clave para ser sexi. El pelo estaba suelto, se lo había alisado, y a un lado se había puesto una flor, a las mujeres chinas les encantan las flores en el pelo. Se miró en la columna de espejo del restaurante, parecía que iba a la feria de Málaga, pero sin caballo y sin caballero.

El metre la condujo hacia donde estaban esperando por ella, taconeó fuertemente sobre el mármol para hacerse notar; al fondo vislumbró un hombre oriental gordo, bien vestido, que le sonreía desde el otro lado de la sala. Se paró en seco, no sabía si quería seguir adelante con la investigación, se estaba pasando tres pueblos, o quinientos; miró a un lado, miró al otro, no había nadie más en el restaurante, tenía que ser ese. A punto estuvo de salir corriendo. Pero el impulso suicida que llevaba en vena desde que murió Carlos la empujó como una bala hacia la mesa del orondo caballero.

—Hello, my name is María ―se presentaba a la vez que le extendía la mano sonriéndole.

El individuo se levantó y le besó la mano. «Vaya por Dios, un caballero andante en versión china ―farfulló Shei para sus adentros―. Espero que, como don Quijote, que confundía los molinos de viento, el gordito se confunda y se tire a otra».

Se presentó como Gang, tenía unos ojos diminutos, pero una cara afable. El hombre bebía baijiu y Shei se alegró de ello, a ver si con un poco de suerte cogía una borrachera que olvidara su nombre, su cara, su casa y pegara la vuelta, como en aquella canción.

Le sirvió un vaso a ella, hizo como que se mojaba los labios y lo posó sobre una mesa dispuesta para una cena romántica, pero sin los manteles de cuadros italianos que le ponía Carlos en la casita de Zahara frente al mar.

Para colmo de males, sabía hablar en un perfecto español, había vivido en España un año, por lo visto tenía bazares de ropa por todo el país, pero la mayor parte del tiempo los gestionaba desde China. A este no le podría decir lo que le viniera en gana como al jefe del puti. La verdad, no tenía pinta de asesino, pero, al igual que en el póker, en la lucha entre la vida y la muerte no te tienes que fiar del aspecto del adversario, pues te puede costar cara la partida.

Se sentó frente a él, Shei le miraba fijamente, él se sintió incomodo, no estaba acostumbrado al descaro de una mujer; probablemente, si en vez de Shei fuera Mei, estaría mirando para el plato, como en señal de antigua sumisión. Lo que no sabía el hombre es que Shei le observaba para ver si en alguno de los gestos descubría algún movimiento extraño del que tuviera que zafarse, algún intento de beso, abrazo, o cualquier clase de cacheo no policial.

Gang apuró el baijiu, Shei se frotó las manos mentalmente, ese licor es alcohol puro, con dos vasos te pega un impacto como si te dieran una bofetada con la mano abierta. «Qué fácil va a ser esquivar a don Quijotillo de la Panza», porque el humanoide que tenía sentado enfrente era «una mezcla entre don Quijote por la caballerosidad y Sancho Panza por el apellido», cavilaba en su extraña cabecita Shei, en aquel momento, con esa pícara maldad que hace que le pasen cosas por la cabeza sin ser procesadas por la máquina de lo que está correcto o lo que no. Inari se partía de risa cuando Shei decía alguna maldad de este tipo en alto, como si no hubiera nadie con ella, y luego hacía la señal de la cruz diciendo que le iba a castigar Dios, unas veces, y otras que el karma se volvería contra ella. Inari llamaba a esas frases espontaneas de Shei «pensamientos a puertas abiertas».

El camarero iba y venía con diversos platos: pato laqueado, xiaolongbao, tangcu xiaopai y sōnghuādàn. Esto último era asqueroso para ella, un huevo centenario, envuelto en arcilla y cenizas durante varias semanas o meses, en los cuales adquiere un color verdoso, textura gelatinosa y olor a queso fuerte que bien podían haberlo utilizado en la Primera Guerra Mundial como gas lacrimógeno. Verle comer a dos carrillos toda esa comida le hizo entender a Shei el tamaño de su panza y por un momento también comprendió el lío en que se estaba metiendo.

Ella se estaba poniendo blanca de los múltiples olores nauseabundos y fuertes que pasaban por debajo de su nariz, y él se estaba poniendo morado. Blanca y morado, una buena combinación de colores si hubiera estado en sus planes combinar algo con Gang, cosa imposible en la mente de Sheila.

El hombre la invitaba a comer constantemente y ella declinaba cortésmente con la cabeza, menuda actriz estaba hecha, en otro momento le hubiera saltado que lo comiera su abuela. Por fin terminó de zampar, porque aquello no era comer era tragar. Shei le servía de vez en cuando más licor, el hombre se quitó la chaqueta, cada vez estaba más rojo, en ese momento ni parecía oriental.

Al terminar la cena, pasaron a una salita privada, no había sillas, solamente una especie de tatami, varios cojines y unas bandejas con tés de varios sabores y muchos dulces. La cosa se ponía peligrosa para Shei. A más intimidad más peligro. El hombre comenzó a cantar, Shei pensaba que sería una especie de canción como la del «vino que vende Asunción ni es blanco ni tinto ni tiene color», pero en chino. Le dio la risa, y se tapó la boca para disimular. A todo esto, el hombre debió entender que quería que la besara y se abalanzó sobre ella. Shei se zafó como pudo, metiéndole una pasta en la boca. Mientras Gang mascullaba y masticaba a la vez, sacó del bolso un frasquito con escopolamina ―se la había proporcionado Inari por si tenía problemas, «benditos mejunjes de este», y eso que se reía de él cuando le observaba haciendo pócimas, como ella decía―. Le sirvió un té para que no se atragantara con la pasta y lo aderezó con unas gotas del frasco, las cosas se estaban poniendo un poco tensas. Voilà !, Gang comenzó a hacer todo lo que ella le decía: «Come pasta», «quítate los pantalones», etcétera. Todo lo iba haciendo el hombre como un robot, incluso la muy gamberra le pidió: «Maúlla como un gatito». Se lo estaba pasando hasta bien. Cuando el hombre por fin se durmió, Shei aprovechó para fisgarle todo lo que llevaba encima, y no encontró nada que le pudiera hacer sospechoso del asesinato de las tres prostitutas. Así que esperó un tiempo prudencial y se fue por donde había venido.

—Esperemos que el señor haya quedado satisfecho, le dijo mientras le daba dos palmaditas en la cara a modo de despedida.

Y en estos lodos metida, pasaron varias semanas y varios encuentros, algunos con orientales, otros con occidentales, unos querían solo compañía, otros perversión, otros sexo sin más, pero de todos se libró uno por uno sin que la tocaran ni una sola uña. Aburrida de tanto encuentro, pensó en tirar la toalla; probablemente, el asesinato de las tres mujeres había sido algo casual. Mientras se vestía esa noche, se dijo que sería la última vez que acudía a aquel sitio. En vez de escribir sobre eso, escribiría sobre los motivos que llevan a los hombres a ir a esos lugares.

Llamó desde el apartamento a Inari antes de salir, le prometió que después de ese encuentro no habría más. Este tenía ganas de que entrara en razón y abortara esa investigación tan peligrosa, y le pidió, como hacía siempre, que le volviera a telefonear cuando acabara el entuerto para saber que estaba bien. Es importante en la vida tener a personas que se preocupan por ti, esos detalles te acarician el alma, le dan brillo y hacen que no seas invisible.

Acudió a la cita vestida para la ocasión: pantalón negro de pitillo, un top atado al cuello, una chaqueta de lentejuelas de colores, sandalias de tiras doradas de tacón fino y un clutch de raso negro con un corazón de lentejuelas de broche. Estaba impresionante.

Llevaba el pelo peinado con ondas de agua y unas pestañas postizas que quitaban el sentido enmarcando esos dos ojos verdes que escudriñaban el hall del hotel Continental, buscando a su cliente. Suponía que se acercaría a ella, pues no le conocía. Cuál sería su sorpresa cuando un hombre occidental alto, guapo y moreno de ojos verdes le tocó el hombro.

—¿Viviane?

Cada día utilizaba un nombre. El hombre era hasta apetecible, si no fuera porque Shei no se vendía por dinero, se hubiera acostado con él.

Sin mediar palabra, la cogió suavemente del codo, la condujo hacia el ascensor en un silencio sepulcral ―nunca mejor adjetivo para ese día― y subieron directamente a la habitación. Comenzó a inquietarse, su olfato de periodista con toques de investigadora del FBI le indicaba peligro. Bueno, tampoco hacía falta que fuera muy lista para ello, la energía de la mala gente no sé qué tiene que da temibles descargas eléctricas. La supervivencia agudiza la inteligencia. Lo que pasaba era que, en aquel momento, el peligro la excitaba tanto que no podía huir de él.

Entraron en la 789, la cama estaba pulcramente hecha y encima había un uniforme de colegiala. Shei comenzó a temblar interiormente, el cuerpo no entiende de las ganas voluntarias de morir. Las prostitutas asesinadas llevaban disfraces y habían sido asfixiadas, probablemente con la propia corbata del uniforme. La mente de ella bullía a pasos agigantados.

El hombre se dirigía a ella por señas, la invitó a ponerse el disfraz. Shei le dijo que si podían beber primero algo, que era un poco novata en estas cosas y que necesitaba entrar en ambiente. Él le contestó: «No» y, en un perfecto inglés americano, que se pusiera el uniforme, que él pagaba y él exigía. Shei se vio en un callejón sin salida. No le quedó más remedio que desnudarse y ponerse el dichoso uniforme mientras el americano, con una pistola sobre el regazo y con ojos lascivos, la contemplaba sentado en un sillón de cuero que se hallaba debajo de una lámpara, parecía que estaba rodando una película de cine negro. Se acordó de su amiga Carmen cuando le decía que, para no sufrir, pensara que estaba en una película, que actuara como si no fuera real lo que estaba viviendo, pero aquello era muy real, por una vez hubiera preferido cualquiera de sus mayores pesadillas a estar allí. En maldita película se había metido.

Tardó en ponerse el uniforme, no le importaba ya que la viera desnuda, solo quería ganar tiempo para pensar cómo salir de allí. Pero el tiempo se le acabó, el señor X se levantó del sillón y se dirigió a ella con una soga en la mano. Shei comenzó a gritar, a darle patadas, a resistirse, todo en vano, pues al final consiguió inmovilizarla atándola al respaldo de una silla.

El muy pervertido, una vez que la hubo sometido, se dedicó a tocarle todo el cuerpo señalando cada parte con una especie de puntero: los pechos, las piernas, el clítoris, todo. Shei lo soportaba estoicamente, a veces hasta lo desafiaba sin miedo, eso era su subconsciente gritando que por fin se iba a reunir con Carlos, esta vez sí. La adrenalina le subía como si de repente hubieran quitado el corcho de una botella de champán. Si no puedes con tu enemigo, únete. Así fue como entró en el juego, comenzó a gemir como si estuviera pasando la mejor noche de su vida. Esto desconcertó al señor X, pero siguió a lo suyo, le quitó los zapatos, los calcetines blancos de colegiala, y fue subiendo las manos por sus piernas, hasta tocar sus bragas de seda fina, negras y con unos cristales de strass. El hombre metió los dedos por dentro de ellas, momento de lucidez que aprovechó Shei para darle una patada y comenzar de nuevo a gritar como una loca poseída, como si hubiera despertado de un trance, aquella mano accionó el botón de no querer morir.

—¡No, no, no, para, he dicho que pares, no quiero seguir!

Cuanto más gritaba Shei, más la manoseaba. En un momento del griterío se debió dar cuenta de que podían escuchar a su víctima en todo el hotel y le tapó la boca con esparadrapo. Se sacó del bolsillo del pantalón un lazo grueso negro y se lo puso alrededor del cuello a la vez que se sentaba encima de ella restregando todo su sexo por el sexo de Shei. Le apretaba el cuello con el lazo, ya casi no podía respirar, estaba ya a punto de tirar la toalla, intentaba pensar en otra cosa, si tenía que morir, quería hacerlo con su mente puesta en un recuerdo bonito, y, entre esos pensamientos que ya se estaban convirtiendo en ensoñación por la falta de oxígeno, comenzaron a aporrear la puerta. Medio inconsciente, escuchaba: «¡Abra la puerta, policía!». Reventaron la cerradura de una patada y se abalanzaron sobre él reduciéndole. La policía en China no se anda con tonterías de esas de queda usted detenido, tiene derecho a guardar silencio, y todas esas cosas que vemos en las películas. Aquí te reducen a la mínima expresión y si hablas te meten un porrazo, cosa que en aquellos momentos era muy de agradecer.

La desataron. Medio mareada aún, miró a sus salvadores. El personal del hotel, al escuchar varias veces gritos provenientes de esa habitación, había llamado a la policía. Esta vez no le tocaba morir, había quedado colgada en una cuerda muy fina entre la vida y la muerte, pero la suerte, si es que se puede llamar así a salir de todos los enredos donde ella se metía, había estado de su parte.

Estaba libre, poco a poco fue restableciendo su respiración, ella no sabía si agradecerlo o no, llevaba cinco años buscando el suicidio ejecutado a distancia y, ahora que lo había tenido tan cerca, la rescatan.

De camino a casa de Inari, mirando por la ventana del coche de policía, entre la bruma de las luces que se reflejaban en el cristal, dio la vuelta a la tortilla de su vida y decidió cambiar su rumbo. Todo lo acontecido la estaba haciendo reflexionar a la velocidad de la luz. Daba la sensación de que acababa de salir de ese túnel de la muerte del que hablan todos los que han estado cerca. De repente, como si en el cuerpo de Sheila se hubiese metido la cordura inesperadamente, empezó a comprender que aún no era la hora de irse. Tenía muchas cosas por hacer sobre la faz de la tierra. Viviría, viviría por ella y por Carlos. Cómo había podido ser tan tonta. Si ella moría, moriría el recuerdo de Carlos, y las personas solo morimos cuando ya no hay nadie en esta tierra que nos recuerde.

Al llegar al hogar de su querido amigo, lloró y lloró en sus brazos. Lloró por Carlos, por sus padres, por todos los que no había llorado. El suceso vivido la había hecho pequeña, Inari le acariciaba el pelo y, mientras ella le confiaba sus lágrimas, le decía sabiamente:

—Llora como un río que va al mar, desata todas tus tormentas interiores como si fueran olas, estréllalas contra los muros construidos para protegerte del dolor y rómpelos. Y una vez que lo hayas hecho todo, construye con esas lágrimas un lago en calma.

—Mi chinito precioso, eres el mejor flotador que puede encontrar un náufrago.

Inari la acompañó a la cama, la tapó con el cobertor. A ella todo este cariño le evocaba recuerdos de su niñez. Por un momento se sintió una niña siendo atendida por su madre. Durmió toda la noche plácidamente, hasta soñó cosas bonitas. Qué maravilla son a veces los sueños que te permiten ser plenamente feliz por una noche. A la mañana siguiente, todo había cambiado para ella. Se levantó con una paz extraña, a pesar de lo acontecido. Toda la vida agradeció aquel suceso. Si no se hubiera cruzado aquel hombre en su camino, nunca hubiera despertado. Estrellarse contra el suelo y saber recomponerse es una suerte. Querer morir en un momento dado por ver todo negro hace que te puedas perder cosas maravillosas que están por vivir. Si entonces la hubieran asesinado, nunca le habría conocido más adelante a él.

—Va a ser verdad eso de que de lo malo siempre podemos sacar algo bueno ―le decía a Inari a la vez que este le informaba de todo lo que le había dicho la policía por teléfono.

El hombre detenido gracias a Shei se llamaba Christian Clinton, llevaba seis meses en Pekín, justo el tiempo en el que se habían cometido los asesinatos. Al registrar su habitación del hotel, encontraron diverso material ―disfraces, cuerdas, esposas, mordazas…― que le señalaba como el asesino. Las pobres chicas ya podían descansar en paz, se les haría justicia, porque era necesario hacérsela, habían muerto intentando dar de comer a su familia, vendiendo lo más preciado que tiene el ser humano, el templo que contiene la vida, su cuerpo.

—Venga, Shei, es necesario continuar con lo cotidiano. Voy a poner agua a hervir para el té. Date una ducha mientras te preparo un buen desayuno.

Se duchó enérgicamente en un intento desesperado de quitarse las huellas del perturbado de Clinton, se hubiera frotado con lejía si hubiera podido, pero el tacto de aquellas manos quedó en su cabeza y no en su piel. Tardaría años en borrar aquellas imágenes, aunque se hiciera la valiente delante de todos. A partir de allí, se abría un nuevo capítulo en su vida, el despertar del dolor, el darse cuenta de la realidad, de que, por mucho que hiciera, Carlos no iba a regresar. Tenía que empezar a asentar su recuerdo, como hacen las personas cuando pierden a sus seres queridos, asumir un luto que se había negado, y llorar, sobre todo llorar. Hay momentos que son llaves, instantes en los que se cierran algunas puertas y se abren ventanas por donde entra nuevo aire. Fue lo único que sacó de aquello, bueno, lo único no, fue lo mejor que le pudo pasar. A pesar de lo fuerte que resultó, aquel acontecimiento se llevó consigo a la Sheila suicida y dejó en su cuerpo otra muy diferente.

Con el pelo enrollado en la toalla y un batín kimono largo regalo de Li que le encantaba, se sentó a desayunar. No le apetecía aquella mañana té, hubiera preferido un café bien cargado de esos que tomaba en la cafetería Bambú antes del entrar a la redacción del periódico donde trabajaba de becaria en Madrid. Mas Inari se lo preparaba con tanto amor que ya se estaba acostumbrando a esos tés, infusiones de cariño para un corazón vacío. Con la taza de té entre sus manos, agarrada a ella como si se agarrara a un paracaídas para saltar al vacío, Sheila parecía un patito al que se le ha perdido la mamá y no sabe por dónde seguir nadando. Bueno esta frase no es mía, es de Inari, esas frases metafóricas que hacían de él alguien tan especial que daban ganas de abrazarle cada vez que hablaba.

Pobre Inari, aquel día, estaba bastante más asustado que ella. No le quitaba ojo, incluso se llevó varias banquetas de la cocina por delante, se dio un golpe con la puerta del armario y tiró a la basura la comida que iba a meter en la nevera. Shei, a pesar de que no tenía muchas ganas, se partía de risa, la torpeza de Inari despertó su bella sonrisa de nuevo.

—¿Qué te pasa, Inari? Estás muy torpe hoy. No te preocupes, chinito de mi vida, estoy bien, he estado en peores guerras que ayer, ya sabes que yo voy saliendo de ellas medio ilesa, algún día ganaré al menos una batalla, ya verás.

—En peores no creo, cabezota, espero que el susto te haya servido para algo. No te rías, no me haces gracia alguna. Aunque he de reconocer que me tiene sorprendido la suerte que tienes, que siempre consigues salvarte in extremis.

Las risas fueron interrumpidas por el sonido del teléfono. En aquel momento, Sheila dio un respingo, aún tenía el susto en el cuerpo. Inari se abalanzó para descolgar, menos mal que no quería poner teléfono en casa, era su diversión favorita desde que Shei se lo había conseguido, le encantaba presumir como un pavo real ante sus amigos, «gracias a mi amiga periodista tengo teléfono». Claro que, desde entonces, su casa se había convertido en el locutorio del barrio. El director del periódico llamaba ofuscado, al otro lado se escuchaban bien altas las voces, Inari pegó la oreja al auricular junto a Shei.

—Sheila Barrantes, esto ya ha pasado de castaño oscuro, no voy a consentir que sigas haciendo lo que te da la gana, ya está bien de meterte en historias por tu cuenta. Te podía haber costado la vida. Estamos para informar, pero no para hacer labores policiales. Es la milésima vez que te juegas la vida, si sigues así te envío a tu país de regreso.

Shei escuchaba todo esto con un cigarro sin encender en los labios, asentía con la cabeza como cuando se da la razón a los locos, separaba y acercaba el auricular a la oreja, y el pobre hombre seguía y seguía con la bronca. Cuando terminó de hablar, se sacó el cigarro de la boca y le contestó.

—¿Eso es todo, Xan?

—No, no es todo, te vas a tomar un mes libre, haz lo que te dé la gana mientras y, cuando vuelvas, vuelve calmada.

—¿Lo vas a publicar en primera página, verdad? —preguntó Shei como si hubiera oído llover.

—Eres insufrible, claro que lo voy a publicar en primera página, con una condición: me tienes que prometer que te vas a tomar un mes de descanso.

—Te lo prometo —contestó con poco fuelle mientras colgaba el auricular.

Le venía bien la propuesta, en realidad lo necesitaba, tenía que pensar, quizá había llegado el momento de construir un puzle nuevo en su vida, donde las piezas tuvieran colores más alegres y el paisaje más sol que nubes.

III

Hangzhou. Más cerca del cielo

Un calor pegajoso impregnaba la ciudad, la humedad era insoportable en esa época del año. Sentada en el suelo de la terraza del hotel Hyatt Regency Hangzhou, contemplaba a través de los barrotes del balcón el espectáculo de luz, música y color de la fuente luminosa del lago Oeste. Parecía que estaba contemplando su propia vida. Shei, desde hacía tiempo, veía los fuegos artificiales detrás de unas rejas, una cárcel voluntaria, la vida pasaba sin que participara del espectáculo.

Los últimos acontecimientos la habían hecho recapacitar. Tenía que salir de la prisión emocional. Ella era una guerrera, no entendía cómo se había dejado ganar la batalla.

La muerte de Carlos había partido su corazón, aunque a ella no le gustaba decir que se le partía el corazón, eso era demasiado cursi, decía que la muerte de su amor lo que había partido eran sus pensamientos; los había cogido como papel de fumar y los había rasgado en cachitos pequeños.

Cuando Carlos vivía eran pensamientos completos, cada vez que pensaba en él tejía futuro, «qué ganas de ir con mi niño a Santander», «mira qué jersey más bonito para mi amor», «tengo que comprar a Carlos su colonia, que apenas le queda», «dentro de dos días tenemos la boda de Andrea y Joaquín, le compraré a Carlos una corbata». Todo era pensar en futuro. Sin embargo, ahora solo pensaba en pasado, en un pasado roto, como esos pedazos de papel. «Me acuerdo de cuando fui con Carlos a Santander», «qué guapo estaba con aquel jersey que le compré», «su colonia no se acaba nunca», «qué bien lo pasamos en la boda de Joaquín y Andrea, y qué bien le quedaba la corbata roja con el traje de Armani».

Suspiró, sacó un cigarro de la pitillera de plata que le había regalado Inari. «Qué detallista es mi ángel, él sí que es un ángel», pensó Shei. Lo encendió lentamente, aspirando cada calada como cada pensamiento, profundamente. Sacó del bolso una carta que le había escrito Inari, la olió, siempre lo hacía con las cartas de Carlos, les gustaba escribirse a la antigua, como decían ellos. Aún las tenía guardadas, pero no había vuelto a leerlas, no podía, no estaba preparada.

La carta de Inari olía a incienso de raíz de angélica, le encantaba ponerlo por toda la casa, siempre le tomaba el pelo, porque a veces lo esparcía en una especie de botafumeiro.

—Inari, te van a contratar para mover el botafumeiro del Obradoiro.

—De qué estás hablando, Shei, no tengo ni idea de qué es el fumeiro ese, ni el bladoiro, pero que te estás riendo de mí eso sí que es seguro.

Le encantaba tomarle el pelo. Abrió el sobre, la magnífica letra de Inari, en un perfecto español, ondeaba sobre el papel. Las palabras bailaban como las olas cuando el mar está en calma. Inari había aprendido español todos estos años, decía que tenía que entender todas las batallitas que le contaba Shei en su lengua original.

Suspiro de nuevo, volvió a suspirar y comenzó a leer con gran curiosidad.

Querida Shei:

«Un encabezamiento de manual de castellano», pensó Shei sonriendo.

Cada uno tenemos un momento en el que decidimos salir de la cuerda floja y comenzar a revivir. Las cosas vienen cuando estás preparada para recibirlas. Sal de esa cuerda. Los pasados ya no vuelven. Sé feliz. Aunque sea de manera intermitente. No dejes para mañana los besos que quieras dar hoy. Da y recibe te quieros como si de un maná se tratara. Canta. Ríe. Baila. Llora. Vive. Folla, como tú llamas a hacer el amor. Elige. Pero lo que elijas, que te haga feliz; no lo hagas como lo has hecho estos cinco años, hacer por hacer.

No olvides que todo es cuestión de percepción. Todo está en la mente. Somos libres y vemos el mundo que queremos ver. Que nada está escrito y que nada de lo que piensas pasará o dejará de pasar por mucho que tú le des vueltas. El destino es como es y es el único que maneja nuestra vida. No sufras por anticipado. Y deja de sufrir por lo que ha pasado. Solo tenemos el hoy y ahora.

Tú siempre dices que no eres una princesa, que eres una guerrera, pues los guerreros no se quejan, toman todo lo que les da el infinito como un desafío. Lucha por lo que amas. Que no pasen los años y te sientas vacía. Te queda tanto por vivir. Desentierra el hacha de guerra. Planta cara al dolor. Si tú sonríes, provocarás sonrisas a tu alrededor, así que empieza el día sonriendo cada mañana.

Y qué más decirte, Shei, que te quiero y que podrás contar conmigo incondicionalmente. Sé que solo me ves como un amigo, o un hermano, como dices tú. Sé que nunca entre nosotros habrá nada más que una bonita y verdadera amistad, pero no me importa, porque a veces la amistad es el verdadero amor: no esperas nada, es dar sin esperar, recibir por el placer de dar, es apoyar sin condiciones, tener un hombro para llorar, un espejo para reír, hacer locuras, confiar en esa persona hasta para tirarse al vacío, ser confesor… ¿Y acaso el amor no es eso, Shei? Pues sí, es eso, la única diferencia es que todo eso además lo sellas con besos interminables, lo bordas con caricias, lo transcribes todo en dulce sexo bajo las sábanas, encima o contra una pared si hace falta. Y esto último, Shei, yo nunca lo podré tener contigo, porque si no te ha nacido ya, no te va a nacer. El amor es espontáneo, es impulsivo, es hoy tengo ganas de ti y mañana también. Y sobre todo es generoso, y, como yo te amo por encima de todas las cosas, deseo que encuentres otro Carlos a quien amar, no como aquel, sino como otro que te haga sentir lo mismo. Cada amor es una historia, un libro en blanco que empezamos sin ni siquiera saber el título. Y he dicho mal que encuentres, porque el amor no se encuentra, te encuentra.

Métete en guerras, pero gana batallas, gana sobre todo tu batalla, la que te permita crecer. Encuentra tu paz interior, ámate a ti misma como nadie te ha amado, reza, camina apoyando los pies sobre el suelo, no de puntillas, que no eres una bailarina.

La vida es una montaña. Cuando estás en el valle, miras hacia arriba y te da pereza subir, ¡la cima de la montaña está tan lejos! El primer paso será el que más te costará, el camino no será fácil, te encontrarás con piedras, maleza, darás tres pasos y desandarás dos, pero un día alcanzarás la cima, y desde allí verás el valle tan pequeño, y te reirás de todo. No te conformes con ser infeliz, no seas cobarde, Shei la guerrera pelirroja. Tú que ahora piensas que el mundo entero, aquel que construiste con tanta ilusión, está hecho ruinas, coge esas ruinas una a una y hazte una Muralla China con ellas, pero no para protegerte, sino para caminar por ella hasta la luna si hace falta.

Venga, Shei, deja ir al pasado y ahora comienza a vivir el resto de tu vida.

Te quiero,

Tu chinito tocapelotas, como tú dices

Inari

Dobló la carta curiosamente, la mirada se le había quedado fija en aquel cielo de colores y humo. Tanta era su abstracción que no se estaba dando cuenta de que estaba llorando silenciosamente. Cada lágrima recorría una a una sus pecas. La boca le sabía a sal, como aquellos besos de despedida que se daba con Carlos cuando este se fue de corresponsal a Afganistán.

Aquella despedida fue el último momento con él. Abrazados o, mejor dicho, fundidos, la consolaba como si fuera una niña. «Mi amor, no llores, cuando menos cuenta te des estaré de regreso». Nunca volvió. Promesas rotas, al fin y al cabo. Nadie nos garantiza un regreso, un nuevo beso, una siguiente caricia. Aquel día sus ojos verdes brillaban más que de costumbre, como los de un gato en la oscuridad. Iba vestido con camisa blanca y vaqueros ―seguramente, se había puesto eso porque sabía que era la ropa preferida de ella―, morenísimo, con ese color canela que absorbía de la arena de Zahara. Si hay algo que nunca pudo olvidar era el tacto de sus manos suaves dibujando ondas sobre su cabello rojo. A su muerte, Shei se lo cortó y lo guardó en una caja, decía que así guardaba el tacto de Carlos sobre él.

De haber sabido lo que iba a pasar, nunca se hubiera despedido de él. Pero la vida sucede como tiene que suceder, y Carlos fue directo a su último destino y Sheila a China a terminar su reportaje, en cierto modo, a otro destino donde iba a comenzar una nueva etapa que ni siquiera imaginaba.

La verdad es que no pensaba volar a España para despedirse, pero algo en su interior le indicaba que tenía que ir. «Menos mal que fui». Todo aquello, con el paso del tiempo, había sido como si el destino ya supiera que era una despedida, una de esas que vas haciendo día a día cuando te detectan un cáncer y te dicen que te quedan tres meses de vida, pero más cruel, porque el puñetero azar no les dio esa información por anticipado. De haberlo sabido, esos días hubieran sido diferentes. Hubiera aprovechado más el tiempo. Esa maldita costumbre de dejar todo para después. ¡Cuántos planes se rompieron! Como una ráfaga le vino a la mente, la penúltima noche mientras cenaban en el chiringuito La Lola. Carlos le había regalado unos pendientes de diamantes, diminutos, aunque a ella no le gustaban las joyas.

—Abre esto, lo que contiene esta caja es el anticipo de una pedida de mano en toda regla.

Los ojos de Sheila se abrieron de par en par, ella no quería pedidas de manos, ni bodas, ni formalismos.

—El amor no se puede enmarcar, Carlos, parece mentira que me estés pidiendo la mano, qué mano ni qué nada, si tú tienes mis manos, mis ojos, mis brazos, mi vida entera. Quillo, ¿qué te ha dado? ―replicaba Shei ofuscada con ese gracioso acento andaluz.

Carlos se reía sin parar.

—Qué rara eres.

Cualquier otra mujer se hubiera sentido tan dichosa, y Shei claro que se sentía feliz, pero no soportaba los esquemas que la vida traza y la gente rellena como autómatas: hacer la comunión, la boda, la petición de mano, enseguida el primer hijo, el segundo para que el primero no quede solito... Un largo etcétera de cosas que hacemos porque se nos pasa el arroz, y lo único que se nos pasa, confeccionando flores de plástico, es la vida.

Para ella la vida era un jardín de flores frescas que nunca cortabas, solo disfrutabas, un convite de sensaciones, no soportaba vivir siempre en el suelo. Le gustaba volar, andar en cuerdas flojas, hacer el amor en cualquier sitio, hora o lugar, tirarse en paracaídas, escalar montañas, bucear, leer el periódico en una terraza el domingo por la mañana con la perrita Gilda a sus pies o saboreando un buen chocolate con porras en Madrid. Le gustaba comer en casa de sus padres los lunes ―no tenía por qué ser los domingos―, y la verdad es que esto tampoco lo podía hacer ya. Sus padres también la habían abandonado. Cuántas cosas le había robado la vida en los últimos años. Su existencia se había convertido en un cúmulo de pérdidas. Suspiró tan fuerte que su gemido se confundió con la pólvora de los fuegos artificiales que, en aquel momento, a modo de banda sonora, acompañaban su abstracción, la cual se iba convirtiendo en ceniza a la vez que el espectáculo pirotécnico. Y el sueño, al compás del silbido de los cohetes, se iba apoderando como un ladrón de guante blanco de su mente y de su cuerpo.

Amaneció en Hangzhou, al final se había quedado dormida en la hamaca de la terraza, las lágrimas le habían ido cerrando los ojos. Al despertar se sobresaltó, no era consciente de dónde estaba, tantos recuerdos la habían transportado a otros tiempos, a otras dimensiones. Estaba convencida de que el tiempo no pasa, de que no fallecemos, de que vivimos en una secuencia como si de una película se tratara. Desde que nacemos hasta que morimos, vamos rodando escenas, y estas escenas quedan atrapadas en el tiempo. Si se inventara un vehículo para poder viajar en el espacio y tiempo, podríamos ir de nuestro fin a nuestro principio cuando quisiéramos: me voy a la escena de cuando me gradué, me voy a ver a mi abuela, tengo ganas de vivir otra vez aquella fiesta donde conocí a Carlos, etcétera. Por eso tenemos los déjà vu, porque ya lo hemos vivido, en un momento en que nuestro subconsciente estaba a lo mejor visualizando experiencias de veinte años por delante. Donde nunca volvería sería al día en que le dijeron que Carlos había muerto en una emboscada talibán, ni al momento en que varios meses después sus padres fallecían en un accidente.

Se duchó lentamente, necesitaba purificar su cuerpo, quitar tristezas, ella no era una persona triste a pesar de todas las vicisitudes últimas en su vida. Pidió un buen desayuno continental, en aquel hotel tenían comida europea. Por fin iba a saborear un buen vaso de zumo, acompañado de una buena tostada con mantequilla y mucha mermelada. Se puso morada, pero le daba igual, luego saldría a correr, en algún sitio al aire libre encontraría a alguien practicando taichí y se mimetizaría con ellos como solía hacer en Pekín cada domingo.

Se puso el albornoz cálido de algodón, la seda ya le estaba cansando, hacía calor, pero estaba destemplada. Abrió al camarero y se dispuso a dar buena cuenta del festín. Su madre siempre le decía que era mejor comprarle un traje que invitarla a comer. Aún no podía entender cómo estaba delgada. Los nervios y el deporte, claro, contribuían a eso, y una buena genética por parte de madre hacía su función metabólica.

Con la barriga bien llena, decidió salir a correr para bajar el desayuno; además, necesitaba oxigenar, en la noche anterior se le había evaporado mucho aire entre sus pensamientos. Se vistió con unas mallas de deporte, camiseta corta y sus zapatillas rojas de running. Le daba igual que la mirasen, ella era española, occidental, no tenía prejuicios, no quería taparse tanto como las chicas orientales tradicionales. Esto era un decir, porque la verdad es que cada vez había sectores más occidentalizados y modernos dentro de la población; gracias a Dios, el avance tecnológico y la apertura al turismo estaban haciendo su función de abrir las mentes.

Atravesó el hall del hotel resueltamente, los hombres se volvían a mirarla, y las mujeres murmuraban a su paso, le daba igual. Sabía muy bien lo que era la envidia, la había sufrido toda la vida, porque las personas que destacan tienen que pagar a cambio esa moneda. Siempre le explicaba a Inari, en aquellos debates nocturnos que, sentados en el suelo, tenían cuando Sheila se quedaba a dormir en su casa: «La envidia es muy mala, el deporte mundial, cuántas guerras se hacen en nombre de ella, aunque muchos digan que es en nombre de Dios; en nombre de su dios se llevaron a Carlos, ¡y una leche!, en nombre de intereses creados por las naciones, en nombre de un negocio de armas, en nombre de la ignorancia de la gente que sigue a líderes despiadados, tensiones de odio entre las etnias que hasta el momento convivían bien, motivos religiosos, y al final, detrás de todo esto, solo están los motivos económicos».

Se ató bien los cordones de las zapatillas y, sin hacer caso al resto de la humanidad, comenzó a correr por las inmediaciones del lago. La mañana era calurosa y pegajosa, corría como alma que lleva el diablo, por seguir mencionando la religión. Corría y corría, sentía el cargado aire sobre su rostro, pero no dejaba de correr. Cada vez con un ritmo más frenético, era como si quisiera huir o como si alguien la persiguiera. Corría sin saber ni dónde iba, pero le daba igual, sin rumbo, pues nada conocía en esa ciudad. Corría como si el fin del mundo estuviera cerca y, al dar la vuelta a una esquina, no vio que otro corredor venía por el mismo carril, y el descarrilamiento fue inmediato.

Shei cayó al suelo, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente durante unos minutos; cuando abrió los ojos, la gente a su alrededor hablaba en un idioma que le sonaba a chino, pero no a chino del que ella chapurreaba un poco, a chino mandarino por lo menos.

Un muchacho la ayudó a incorporarse lentamente, la sentaron en un banco y poco a poco fue volviendo en sí. El joven le pedía mil disculpas en un perfecto inglés, y Shei farfullaba en castellano, acordándose de toda su familia. El chico comenzó a reírse.

—Mi familia está bien, gracias.

Shei se puso del color de su pelo, el muchacho había entendido todos los improperios que había proferido. Eso sí que era casualidad, con la cantidad de personas que habitan la faz de la tierra china, se iba a chocar con un español, con un compatriota, eso había sido como buscar una aguja en un pajar y pincharse.

Diego, que así se llamaba el joven, se presentó formalmente a la vez que le pedía muy educadamente disculpas por el choque.

—Perdona, soy un despistado, cuando voy escuchando música, me abstraigo de tal manera que el mundo deja de existir para mí.

Le entendía muy bien, ella misma era así, se ponía los auriculares y caminaba por la calle imaginándose la protagonista del videoclip de la canción. A veces sin darse cuenta incluso cantaba a grito pelado en plena calle, causando risas a cuantos pasaban en aquel momento, porque cantar, lo que se dice cantar, no era su fuerte. Le había contado hacía poco a Inari un episodio de karaoke con Carlos, y este se partía de risa; de hecho, Li le pedía muchas veces que se lo volviera a contar, pero, como tenía que explicárselo en inglés, no tenía tanta gracia como cuando lo expresaba en español con acento del sur.

Al contrario que ella, Carlos cantaba muy bien, le gustaba dedicarle canciones de esas un poco ñoñas que detestaba, pero que en los labios de él sonaban maravillosas, aunque nunca se lo reconoció. Aquel episodio lo recordaba muchas veces. Una noche de esas gaditanas de rumba y marcha, se tomaban una copa en el karaoke Blue 69 en Cádiz. Una rubia despampanante cantaba en el escenario I will survive magníficamente. Carlos se había quedado embobado mirándola y Shei se dio cuenta. Otra mujer le hubiera puesto un morro de China a Lima pasando por Ecuador, pero ella era distinta y sorprendente. Ni corta ni perezosa, cuando bajó la rubia del escenario, se subió ella, se arremangó la camiseta de manera que se le veía el ombligo, los vaqueros cortos parecían aún más cortos desde abajo del escenario, pidió a su amiga Alba los tacones que llevaba en aquel momento y se los cambió por sus sandalias planas, se revolvió todo el pelo y se dispuso a cantar Like a virgin de Madonna. Los gallos eran todos los del corral de su tía Marian, incluso en algún momento se presentó por allí el gallo de la Pasión de Cristo, pero la gracia con la que movía sus caderas y lo buena que estaba, dicho sea de paso, provocó los aplausos de todo el público del karaoke. Carlos se subió al escenario, la cogió en brazos y, sin soltarla, la llevó hasta una playa que estaba a pocos metros. Y allí entre las barcas, una noche en la que no necesitaron ni luna, hicieron el amor salvajemente. Al finalizar Shei le dijo:

—Este es tu castigo por mirar a rubias de cartón piedra.

A lo que Carlos le respondió:

—Pues si este es mi castigo, miraré a todas las rubias del universo.

Sus recuerdos entre la inconsciencia la devolvieron al presente. Diego le tomaba el pulso, se había quedado tan fijamente mirando a la nada que el muchacho se encontraba muy preocupado. Al contemplar la pálida cara de Diego, Shei volvió en sí como un resorte y, cuando por fin habló, se presentó en voz bajita.

—Me llamo Sheila. Te habrás dado cuenta de que soy española. Y no sé si es el golpe o estoy alucinada, pero eres también español, ¿verdad?

—De la misma España.

—¿Y qué hace un español en un sitio como este? Porque un turista no pareces.

—Lo mismo me he preguntado yo ―contestó a carcajadas Diego.

El joven vivía en Hangzhou, en casa de un tío suyo, y trabajaba en el restaurante de comida española que había abierto su familiar. Shei, al escuchar las palabras comida y española, se repuso de inmediato de la caída.

—Lo siento, Diego, esta noche te va a tocar invitarme a cenar en el restaurante de tu tío, es la penitencia que tienes que pagar por el choque.

Y de esa manera tan tonta, casual, como esas cosas que se unen sin esperar que sucedan, quedaron a las nueve de la noche en El Rincón de España, el local del tío de Diego.

Una vez en la habitación del hotel, se preparaba para la cena con esmero. Se miró al espejo, le devolvió una imagen serena. Se encontraba con una paz desconocida, estaba alegre y sonriente, los ojos le bailaban al compás del tictac del reloj. Se vistió despacio, no tenía ni idea de qué ropa ponerse, iba a ir a una especie de embajada de España, pero en versión restaurante. Se probó varias cosas y se las volvió a quitar. No sabía si ir elegante o informal, o no ir. De repente le venían unos vahos de pensamientos que la invitaban a quedarse en su habitación; sabía que el pisar por un rato suelo español, por decirlo de alguna manera, la iba a remover por dentro. Mas ella era una guerrera, Shei, la guerrera Freyja, la diosa nórdica del amor, de la belleza, de las profecías, de la atracción entre hombres y mujeres, de la lujuria. Sonrió al pensar que Freyja tenía el poder de elegir a la mitad de los hombres muertos en las batallas. «¡Madre mía, cómo estoy!, de momento me conformo con elegirlos vivos. Al único muerto en batalla que elegiría una y mil veces sería a ti, mi amor». Qué promesas más tontas hacemos desde el dolor. La vida está llena de capas, y en cualquier estratosfera volveremos a encontrar otro amor al que elegir una y mil veces.

Se dirigió al barrio de Wudaokou en taxi, llevaba puesto un mono verde aguamarina, con escote en v y una lazada enrollada a modo de obi en los vestidos chinos tradicionales. El pantalón era de pata algo ancha y bailaba alrededor de las largas piernas de Shei como el trigo de los campos verdes del norte de China. El bolso de mano y su inseparable Nikita la acompañaban hacia El Rincón de España.

En la puerta, una bandera española ondeaba a modo de saludo. Tras un respingo, un paso atrás y un paso al frente, entró en el local con aire decidido, como hace siempre, aunque estuviera temblando por dentro. Miró para todos los lados y no veía a Diego. Un camarero oriental le preguntó si quería cenar, y ella asintió con la cabeza.

El restaurante era acogedor, pero algo hortera, había que reconocer que, si estuviera en España, estaría lleno de guiris diciendo ole y bailando flamenco en plan robótico. En China era normal esa decoración tan exagerada, aunque fuese un local español. De fondo sonaba flamenco, de ese jondo, Camarón parecía, a ella no le gustaba mucho el flamenco, aunque era andaluza, siempre prefirió la música más discotequera.

No obstante, todo quedó en segundo plano cuando empezó a oler la comida española. Olía a tortilla de patata, a chorizo, a queso curado, a vino tinto. Vio pasar una paella y se le hizo la boca agua.

Se abrió la puerta de la cocina y salió Diego vestido de cocinero. Detrás de él, un hombre no muy guapo, pero sí con un punto atractivo, de esos feos guapos, como les llamaba Shei. Era moreno, y con poco pelo. De unos cuarenta años ―o quizá algo más joven, el tener poco pelo suma años―, sus ojos marrones eran muy bonitos y brillaban como los de un chiquillo abriendo los regalos de Reyes. De cerca pudo observar que se balanceaban unas largas pestañas, y su nariz no era muy pequeña, pero le daba personalidad. Era alto, muy alto, y su cuerpo era delgado, pero debajo de la bata de cocinero se dibujaban líneas bastante trabajadas con el deporte.

Diego le dio dos besos al estilo español, uno en cada mejilla, muac, muac, como si ya se conocieran de toda la vida, es lo que pasa cuando te encuentras a alguien de tu misma nacionalidad en un país extranjero, se crean lazos casi inmediatamente.

—Te presento a mi tío Javier —dijo.

Detrás de la presentación, una sonrisa maravillosa acompañaba a un «encantado de conocerte, Sheila. Diego ya me ha informado de tu nombre y del golpe que te has llevado esta mañana». Y todo esto lo decía sin apartar los ojos de ella. Hasta tal punto que Shei se estaba sintiendo como si estuviera en el hospital haciéndose una radiografía.

Encargaron vino para los tres y se sentaron en la mesa, excusándose de no estar vestidos para la ocasión. «Aquí los negocios no se pueden descuidar, la mano de obra china no es muy responsable, y hay que estar todo el día encima para que trabajen correctamente», narraba Javier sin dejar de mirar fijamente a Sheila. La deformación profesional de ella ya estaba urdiendo una entrevista a Javier sobre cómo y cuándo se asentó en China. Ni en vacaciones podía olvidar su trabajo, porque era una periodista de alma, de raza, no había hecho la carrera por hacer algo; de hecho, era tan buena que sacó la carrera a dos cursos por año.

La comida estaba saliendo de la cocina. Abrió los ojos de par en par al ver llegar a la mesa un plato de jamón ibérico, con sus piquitos de pan y todo. Destapó la botella de aceite de oliva que estaba sobre la mesa y la olió, por un momento se transportó a Cádiz. «Umm». Ese olor a barbacoa, el jamón que cortaba con mimo su padre, el aceite que le untaba su madre en el pan para el desayuno. La tortilla de la abuela Paca. Y el rebujito de Carlos. Comía como el náufrago al que rescatan de una isla desierta. No se veía llena, Diego y Javier la observaban asombrados.

Shei levantó la cabeza de los platos y se rio a carcajada limpia al ver la cara de asombro de los dos. Luego, limpiándose con una servilleta por fin de cuadros rojos, les miró enarcando las cejas.

―¿Y un postrecito?

Javier se levantó para dirigirse a la cocina.

—Tu apetito se merece un postre especial. Yo mismo te lo voy a preparar.

Al rato salió con un «¡tocinillo de cielo!», así fue el grito que se escuchó en todo el restaurante.

―¡No lo puedo creer, el postre típico de Jerez de la Frontera, el pueblo de mi abuela Paca! ―Los ojos de Shei se llenaron de agua.

Javier entendía bien lo que estaba sintiendo. Cuando llegó a China, le pasaba muy a menudo acordándose de España. Lo que él no sabía era que ella no lloraba por la patria exactamente, sino por los caídos por ella más bien. Le pasó un pañuelo de papel y, cuando lo fue a coger, este insistió en secarle él mismo las lágrimas. En ese momento, cuando la mano de Shei sujetó la de Javier en agradecimiento por el detalle, sintió una intensa conexión con él que no entendía, pero le gustaba.

Al terminar de cenar, Javier se brindó a acompañarla al hotel. «La ciudad a estas horas no es muy segura para una extranjera». Ella sonrió irónicamente. «Si supiera este hombre dónde me meto yo muy a menudo», pensó.

Le esperó en la acera fumándose un cigarro. Javier apareció entre las caladas sin su uniforme de cocinero. Estaba buenísimo vestido con una camisa blanca y unos vaqueros desgastados. Justo vestidos así le gustaban los hombres a Shei. Y la verdad, aquel hombre era un feo guapo, como ella decía, no de esos guapos como Carlos de la cabeza a los pies, pero muy atractivo, sobre todo cuando sonreía. «Me pone», pensó mientras se acercaba a ella.

Fueron caminando un buen rato, dos españoles entre olores tan distintos a los de España, aunque no reparaban en ellos. Se notaba que los dos llevaban ya mucho tiempo en China, ya se habían acostumbrado, aunque al principio a Shei le resultaban insoportables. Comenzaron a intercambiar experiencias. Y cada vez, por esa magia que junta inesperadamente a dos personas extrañas, se encontraban más cómodos.

—Háblame de ti, ¿a qué te dedicas? Si quieres, claro, a lo mejor estoy siendo demasiado curioso. ¿Estás de vacaciones?

—No importa, Javier, aunque estoy más acostumbrada a preguntar que a que me pregunten. Hoy me toca contestar. Soy periodista, reportera, trabajo para el China Daily en Pekín. Aparte de todo esto, llevo la fotografía en mis venas, habrás observado que no he parado de hacer fotos con mi cámara. Ya ves que no tengo ningún problema en contarte todo lo que quieras de mí, no sé por qué, pero me da la sensación de que puedo confiar en ti. Tienes cara de buena persona.

—Y yo que pensaba que era mi atractivo lo que te había impulsado a venir conmigo —murmuró Javi con una sonrisa irónica.

Sonrisa que en ese momento encendió en ella la chispa del coqueteo, haciéndolo de esa forma inteligente que engatusa a los hombres para que solo piensen, mientras la miran, en empotrarla contra una pared para acabar comiéndola a besos.

—Siento decirte, querido, que en un principio solo me interesó tu comida; luego, con mi estómago llenito, pensé en hacerte un reportaje, pero estoy de vacaciones, con lo cual quedas emplazado para hacértelo el mes que viene, aquí o en Pekín. Y en tercer lugar, ahora que te veo a la luz de la noche, parece que tu sonrisa es aún más blanca.

Javi se quedó descolocado, se esperaba cualquier respuesta menos esa, ¡que le parecía que en la noche su sonrisa era más blanca! Pero así era Shei, sorprendente en sus respuestas, solo quien la conocía bien sabía que estas nunca iban a ser normales.

Sus pasos de camino al hotel eran lentos, inversamente proporcionales a su conversación. Hablaban atropelladamente, como si tuvieran prisa por saber el uno del otro. Javier le contaba que era de León, una ciudad preciosa, pero con poca salida laboral, por eso había decidido probar suerte en China. Al principio trabajó para otra persona, pero enseguida, al ver las oportunidades que estaba dando la apertura del país, se decidió a establecerse por su cuenta, y así fue como El Rincón de España, al igual que Cristóbal Colón en América, estaba colonizando los estómagos de los occidentales.

—¿Y si dejamos aparte la gastronomía y los trabajos y hablamos de cosas más interesantes? —le espetó Shei riéndose a carcajada limpia.

Javier se sonrojó.

—Qué tonto te debo parecer, es por culpa de esos ojos verdes en los que estoy nadando hace un rato intentando llegar a la orilla de una buena conversación. No obstante, perdóname, Sheila, no sé de qué estamos hablando, porque en lo único que pienso es en besar esa boca maravillosa que frunces cada vez que digo una bobada.

—Los besos, querido Javier, no se ofrecen, se dan sin preguntar, de valientes es arriesgarse a ser rechazados, y usted, my lord, no me parece de esa clase de cobardes que se retraen por miedo a perder. Vivimos en el siglo xx, las mujeres somos dueñas de nuestra dignidad, y en esa dignidad no está contemplada la idea de ser ultrajadas por un beso robado. Así que béseme usted, tonto.

Y ese fue el primero de muchos besos, la puerta de entrada a mañanas de pasión, el beso decorador de la habitación del hotel, a la que convirtió en un paraíso adornado con caricias y sexo elegido ―no como el que había tenido Shei estos años, sexo bañado en alcohol y desolación―, beso centinela de noches a la luz de la luna de Hangzhou. Aquel primer beso tiró la llave de la prisión donde había visto pasar la vida durante cinco años, y por fin empezó a contemplar los fuegos artificiales en primera línea.

IV

Hangzhou. Entre el cielo y su infierno

—Mira, Shei —señalaba Javier encantado mientras hacía de cicerone perfecto.

Agarrados de la mano parecían dos novios. Qué curioso es el tiempo, a veces en un periodo corto vives más experiencias que en mil espacios más.

—Esas son residencias de lujo y casas de té para los ricos. Este lugar se llama Qinghefang. Si quieres ir de compras, podemos ir al centro comercial de la Torre Hangzhou o al Hubin International Boutique Compound, donde se puede comprar lo mejor de los productos extranjeros o chinos.

Javier no dejaba de comentarle que estaba preciosa y radiante, cuánto embellece la ilusión amorosa a las personas ante los ojos del que las mira. Gracias a esa ilusión, en quince días en la ciudad, había logrado desconectar por completo de su vida en Pekín. En aquel momento reparó en que incluso hacía días que no hablaba con Inari, conociéndole estaría preocupado, seguramente no la había llamado para no perturbar su aislamiento. Ella no quería contarle nada aún, así que tendría que seguir preocupándose, no sabía cómo se iba a tomar esta relación aún sin etiquetar que estaba viviendo, probablemente mal, pensaría que era otro de sus impulsos ciegos.

Javier la observaba con deseo, miró de reojo sus largas piernas, se estremeció pensando en ellas rodeándole mientras la penetraba lentamente. Y esos pechos que se le dibujaban debajo de la camiseta, sin sujetador, no le hacía falta, eran firmes como dos montañas poderosas que emergen de repente al final de un valle. Los pezones de Shei sabían a miel, o por lo menos a Javier así le parecía, una miel perfecta que endulzaba su boca cada vez que los lamía con suavidad, hasta que se ponían duros de placer. No entendía como en tan pocos días aquella mujer poderosa de pelo rojo se estaba convirtiendo en un regalo en su vida. Posiblemente, no se merecía ese regalo, porque no estaba siendo del todo sincero, pero el placer de saborearla, de hacerle el amor, de disfrutar con las intensas conversaciones que desvelaban sus noches o amenizaban sus mañanas había hecho que no le contara toda su vida al completo, la verdad, por miedo a que al conocerla no quisiera saber nada de él. A veces la vida te sorprende en momentos que no son los más adecuados y ese regalo inesperado te hace tan feliz que te haces egoísta y no piensas en otra cosa que gozar de lo recibido.

No obstante, aún no sabía lo que iba a significar ella en su vida, quizá se quedaría en un amor de verano pasajero y fugaz, como las estrellas de la noche de San Lorenzo, o quizá no, en ese momento lo único que le preocupaba era que le quedaban quince días junto a ella y lo difícil que le iba a resultar la despedida. Aquella mujer de los pies a la cabeza era una reina, una puta reina, como ella decía, una diosa, un regalo, sexo en estado puro. Nunca le había pasado con nadie que después de hacer el amor le temblaran las piernas, que se le estremeciese el corazón, que se olvidase del mundo.

Envueltos cada uno en sus comeduras de coco, se dirigieron hasta la zona comercial. Se sentía muy coqueta. Miraba los escaparates con ganas de comprarse todo. Por un momento le pareció que estaba de compras por Serrano, salvando las diferencias.

—Si hubieses querido, podías haber sido modelo. Tienes un cuerpo espectacular.

—No, querido, yo siempre quise ser periodista, no maniquí, yo soy una guerrera. No nací para estar de exposición, con todos mis respetos a las modelos, yo solo muestro mi cuerpo a quien me da su alma.

«Bueno, ya me pasé tres pueblos ―se dijo para sus adentros―, en los últimos años he mostrado mi cuerpo a mucha gente sin preguntarme si tenía alma o no, porque la que no la tenía era yo». Y realmente, aún no sabía si Javier tenía alma o solo un poco de amor entre las piernas. Y lo que es más heavy, ni ella misma sabía si estaba dando el alma a Javier, ni siquiera el corazón. Lo único que importaba era que se sentía con él como hacía mucho tiempo no se sentía con nadie. No podía compararse a Carlos, porque Carlos era incomparable, más que nada porque con los muertos suele pasar eso, se les pone en un altar, intocables, se les mitifica tanto que a veces ni les reconocemos. En vida no hacemos esas cosas, parece que cuando uno muere se lleva consigo sus defectos, que también mueren con él; en cambio, las virtudes son eternas.

—Shei, Shei, ¿estás bien?

—Sí, Javier, solo estaba hablando conmigo misma —murmuró, desconcertando con esto a su acompañante. Bueno, la verdad es que estaba desconcertado desde que la vio entrar por la puerta de su restaurante.

Llevaban ya un rato caminando, el calor era muy pegajoso, así que decidieron sentarse a tomar un refresco. Shei sostuvo la bebida entre sus manos, alrededor todo era bullicio, pero ellos estaban en un mundo paralelo, Javier no podía apartar la mirada de aquellos ojos verdes intensos. Le quitó el vaso de la mano y la besó apasionadamente. Amor no era, porque el amor se tiene que construir, pero pasión había a raudales entre ellos, tanta que a Shei le parecía incluso sentir esas mariposas de las que habla la gente en el estómago. Seguramente, era más hambre que mariposas, hambre de sentir caricias, placer y besos, no se planteaba nada más. Desde que perdió a sus padres y a Carlos, la vida para Shei era implanificable, se dejaba llevar, y en Hangzhou había decidido dejarse llevar, pero no a la destrucción, sino a la construcción de una nueva persona o, al menos, diferente de la que era antes de todas esas desgracias.

Se levantaron, el calor había pegado las sillas a sus piernas, se rieron al ver la piel de ella rematada con las marcas del asiento. Se fueron de nuevo hacia las tiendas. Javier, al que no le gustaba nada ir de compras, se divirtió como nunca, el ensimismamiento también hace que hagamos muchas cosas que normalmente no haríamos. No obstante, hacer cosas que no te gustan con personas que te gustan muchísimo hace que te cambie el chip.

Shei entraba y salía del probador con diferentes modelos, seductora y pícara. En un descuido de las dependientas, Javier se metió con ella en el probador, le bajó lentamente la cremallera del vestido que se estaba probando, mientras metía sus manos agarrándola por detrás hasta tocarle los pechos. Shei vibraba, la imagen de los dos se reflejaba en el espejo, le quitó el vestido con urgencia, las bragas de encaje rojo acabaron en la moqueta del probador, y recorrió todo su cuerpo con besos.

—Le recuerdo que estamos en un probador, my lord.

Pero Javier ya no escuchaba nada más que el sonido de sus besos sobre la piel de Shei. La puso de espaldas contra el espejo y allí la penetró fuertemente, con prisa. Ella gemía bajito para que no les oyeran. El orgasmo llegó enseguida, el placer de lo prohibido, de estar en un lugar inadecuado, activa el clímax como un microondas a potencia máxima.

Con risas y con más ganas de seguir en otras partes, ya se estaban vistiendo cuando una de las dependientas aporreaba la puerta. Como dos niños traviesos que habían sido pillados con las manos en la masa, no paraban de reír, se preguntaban en bajito qué inventarían para salir del probador. Al final decidieron abrir y salir dignamente. Javier se disculpó diciendo a la dependienta que se le había atascado la cremallera y entró a ayudarla. La dependienta miraba con cara de malas pulgas y farfullaba muy enfadada: «Estos turistas occidentales están locos». Pensaba que no le entendían. Entonces, Shei le contestó en chino: «Sí, locos, pero el uno por el otro». Y aprovecharon el desconcierto de la chica para salir agarrados riéndose a carcajada limpia, Shei se estaba riendo en estos días más que en cinco años.

Los días transcurrieron entre placer y gemidos; sin embargo, ya hacía dos días que no veía a Javier. Le quedaba poco para acabar las vacaciones y regresar a Pekín, y estaba ansiosa por poder estar con él antes de su regreso. Hacía tiempo que no sentía esos nervios de comprobar a todas horas si había algún mensaje en la recepción del hotel. Quería al menos despedirse de él, si podía ser en la cama mejor.

En aquel momento no era consciente de nada más que de lo que había vivido esos días. A pesar de todo lo que le había sucedido en la vida, era una mujer confiada. Y creyó totalmente a Javi cuando le había explicado que tenía que ausentarse de viaje, y no solo le creyó, sino que lo comprendió. La vida no se para por el amor, mucho menos se iba a parar por el deseo, que es más fugaz. ¿O es más fugaz el amor? Quién sabe. Posiblemente, lo que es fugaz es la vida. Si restamos a la vida las obligaciones, ¿qué queda de ella? Un rato y no siempre agradable.

Así que esos dos días libres de deseo y de obligaciones los había aprovechado para conocer más la ciudad, y en aquel momento se dirigía al Templo Lingyin. Por el camino decidió llamar a Inari, le echaba de menos. La voz de Inari sonaba al otro lado del teléfono como el aullido de un perrito abandonado.

—Chinito mío —gritaba Shei contenta de hablar con su hermano del alma.

—Shei —susurró Inari con esa voz de miedo que ponemos cuando tememos perder a las personas que amamos.

Pero al escuchar su voz con un matiz bien distinto al que dejó en su cocina cuando se fue de vacaciones, Inari intuyó enseguida que algo le había pasado y que ese algo, conociendo a Sheila, tenía nombre de chico.

Para no entrar en detalles que la delataran ante él, le hizo un resumen perfecto de toda su estancia en Hangzhou, para algo era periodista. La muy pícara omitió el episodio de la conexión con Javier, no le gustaban las mentiras piadosas, pero quería contárselo en directo cuando regresara a su hogar. Colgó con una especie de inquietud, le daba la impresión de que Inari sufría porque ella no le podía amar, y ella sufría por no poder amarle. Dichoso amor, es tan impredecible como un terremoto, tan inesperado como si de repente febrero tuviera treinta días, y sin buscarlo aparece a la vuelta de cualquier esquina, como la primavera en Sevilla. Y sobre todo no se elige, se siente. Ojalá pudiéramos amar a las personas que se lo merecen, muchas veces amamos en vano, tiramos el amor por la borda como si lo regalaran en una tómbola. Pero como dice la canción, cuando el amor llega así de esa manera uno no se da ni cuenta, a Shei cada momento le evocaba una canción.

Despidió a Inari rápidamente. Y dos manzanas después de colgar, llegó al Templo Lingyin. Lo recorrió un poco sin ganas, echaba de menos a Javier. No obstante, pensaba: «¿Cómo se puede echar de menos a quien no se tiene de más?». Se sentó en uno de los rincones, no precisamente a orar, más que nada porque el lugar era más ortopédico que una pierna de escayola, se veía a leguas que estaba superreconstruido para el turismo. Y lo que no es original y se copia carece de alma.

Sacó la agenda de teléfonos del bolso y la pasó de una mano para otra sin atreverse a hacer lo que iba a hacer, una lucha entre la dignidad y la voluntad que siempre sucede cuando queremos hacer algo, pero el miedo al qué dirán nos lo impide. A buena parte con Sheila, su impulso es más fuerte que cualquier razonamiento entre lo que está bien y lo que está mal, así que buscó el contacto de Javi y un teléfono cercano. Descolgó, colgó, volvió a descolgar, marcó despacio el número, cortó enseguida, volvió a marcar, volvió a cortar, hasta que al final se decidió a llamar, aunque toda la indecisión fue en vano, nadie contestó, deje su mensaje al oír la señal. Javier no le había dicho dónde iba, solo que tenía que salir de viaje. Que volvería antes de que ella se fuera. Misterioso estaba resultando el españolito.

Shei meditó en el templo, miró para adentro como ella solía hacer para ver de dónde le venía la incomodidad, y descubrió algo que no le gustó mucho: se estaba enganchando a él. No obstante, no sabía si el enganche era por lo que Javier le estaba haciendo sentir o por lo bien que le estaba viniendo para desligarse del recuerdo de Carlos, ese recuerdo que ya le empezaba a pesar como una losa, pues ya era mucho tiempo y no se había despegado de él ni un rato.

Cogió un taxi y, como una autómata, en vez de regresar al hotel se dirigió al restaurante de Javier, sabía que no estaba, pero seguro que Diego sí. Le apetecía hablar un rato con él degustando un pincho de tortilla de patatas. Solo de pensarlo ya se le estaba haciendo la boca agua.

Entró con ese paso de pisa morena pisa con garbo que tiene Shei, y por el cual todos los hombres se dan la vuelta cuando pasa, vislumbró a Diego, dos besos y al tajo, la tortilla ya estaba puesta en la mesa en menos que canta un gallo. Diego se sentó con ella a tomar un café, llevaba todo el día sin parar de trabajar y necesitaba un descanso; como no estaba Javier, todo el peso lo llevaba él.

Entre risas y más risas, pues Diego era muy simpático, Shei le empezó a contar cosas de su vida, del periódico, de cómo llegó a China, y, de repente, la risa de su boca se convirtió en una línea paralela, frunciendo labio con labio, para contarle a Diego que, al poco tiempo de llegar a ese país, había perdido a su novio en Afganistán y a sus padres en un accidente de automóvil cuando iban al entierro del recuerdo de Carlos, ya que no había sido posible encontrar sus restos tras la explosión. Diego no daba crédito.

—Vaya desgracia, lo siento muchísimo, has tenido que sufrir un montón.

Shei ya no lloraba, había aprendido a llorar para dentro. La gente es muy comprensiva los primeros meses, pero luego nadie quiere escuchar cómo te sientes, cada uno lleva por dentro su propia cruz.

Diego le contó que Javier, antes de aterrizar en China, había sido soldado profesional y también había estado en el conflicto de Afganistán en una misión para la ONU con tropas de asistencia internacional para garantizar la seguridad. Le confesó que su tío había quedado muy tocado del horror que vivió allí: les habían tendido una emboscada cuando ellos iban en son de paz, y en esa emboscada habían muerto muchas personas, incluso compañeros suyos; por eso decidió abandonar la carrera de soldado y probar suerte de cocinero. Shei abría los ojos como platos, también debía ser porque estaba en el restaurante de Javier y todo se pega.

―Buff, esa historia me la contará Javier algún día. Debe ser verdad que está muy tocado, porque no me ha comentado nada de ese capítulo.

―No te imaginas cuánto. Nunca ha vuelto a hablar de ello, Sheila. Para él aquel pasado quedó recluido entre nubes de olvido elegido.

―Sí me lo imagino, créeme, pero al menos él puede contarlo o decidir no hacerlo. Aunque quedó tocado, no quedó como Carlos: hundido.

La verdad es que en tan pocos días no se puede relatar todo lo vivido, lo que pasa es que cuando conocemos a alguien y esta persona nos gusta muchísimo siempre queremos saber todo inmediatamente, es como un salvoconducto para asegurarnos que va a estar con nosotros, abrir tu vida es la llave que nos da acceso al corazón de las personas.

Diego siguió contándole cosas de su tío y, cuál fue la segunda sorpresa, Javier había omitido otro capítulo muy importante: estaba casado. Los ojos de Shei ya no eran platos, eran una fuente de cristal entera de esas de la Cartuja de Miraflores. «¿Casado?», preguntó disimuladamente, con una especie de carraspeo nervioso que siempre le sale cuando no quiere mostrar lo que siente.

—Sí ―respondió Diego―, precisamente fue a recoger a su mujer y su hija a Shanghái, estaban allí pasando unos días con la familia de ella. Se llama Wan Shi.

«Mira qué casualidad, casi como ella». En los momentos de nervios sus pensamientos eran de lo más absurdo.

Salió del restaurante cabizbaja, como si al cocinero se le hubiera escapado un cuchillo y le hubiera atravesado el costado como al Cristo de la Redención. «¿Por qué me está pasando esto?». Conocía a Javier hacía poco, no podía estar enamorada de él. Pero si bien no entendía lo que le pasaba, sí tenía claro que no soportaba que le ocultaran las cosas, no soportaba no poder elegir. Si Javier le hubiera contado que estaba casado, a lo mejor no hubiera cambiado nada, ella no era una mojigata. Además, tenía el firme convencimiento de que nadie es de nadie, que el que busca algo fuera de la pareja es porque lo que tiene no le es suficiente para ser feliz. No hubiera cambiado nada. No obstante, ahora sí, ella no soportaba la mentira. Y eso era una mentira en toda regla. Se sintió como la fulana de un tío casado que solo quiere echar una cana al aire, por otra parte, toda una exageración, pero así era Shei, exagerada a la hora de sufrir. Se movía tan bien en el dolor que cuando era feliz tenía que buscarse un espacio de sufrimiento para poder seguir adelante. Quizá las telenovelas que había visto con su madre después de comer antes de ir a clase le habían dañado un poco el cerebro. O quizá simplemente era la vida la que se lo había dañado, más golpe a golpe que verso a verso.

Volvió al hotel, pidió la cuenta, hizo la maleta y cambió el billete de regreso a Pekín, y en pocos minutos había pasado de ver fuegos artificiales sin barrotes a desempolvar del cajón de los recuerdos a Carlos. Qué bien viene sumergirse de nuevo en la memoria cuando la vida te incomoda. No hay mejor excusa que tener un muerto en tu vida.

Sentada ya en el asiento del avión, besó la foto de Carlos que siempre lleva en la cartera y le dijo: «Amor, abróchate el cinturón, que volvemos a casa. Aquí no ha pasado nada, tuve un sueño muy raro en Hangzhou».

V

Pekín. Regreso del paraíso

Se despachaba a golpes con el saco de boxeo como si aquel objeto fuera el culpable de todas sus desdichas. Como cuando somos niños y nos dan de comer, esta cucharadita por papá, esta por mamá, pues así Shei le daba golpes al saco, jabs, golpes cruzados, ganchos, estaba como una fiera suelta en el ring.

Al volver de Hangzhou se había apuntado nada más y nada menos que a boxeo. Siempre fue una pionera en muchas cosas y en aquellos años este deporte solamente lo practicaban los hombres, sobre todo en China. La verdad es que se lo había recomendado medio en broma un amigo militar norteamericano. Cuando se lo comentó a Inari, este le dijo que le serviría para canalizar su energía negativa, aunque no pensaba que iba en serio. Jamás se hubiera imaginado que ella se iba a apuntar.

Y vaya que si la canalizaba. Era la única mujer boxeadora en todo el gimnasio, rodeada normalmente de militares estadounidenses y de otras nacionalidades que eran los que practicaban ese deporte allí. Estaba en su salsa. Acudía una vez a la semana con Inari, quien también se había apuntado a wushu. Todo un espectáculo verla vestida con calzones cortos negros con letras doradas y top negro brillante ajustado, un casco negro de donde salían rebeldemente mechones rojos, burda imitadora de Rocky Balboa, furiosa a más no poder, contando cada puñetazo, uno, dos, tres y cuatro golpes al saco, incluso alguno de los espectadores cerraba los ojos cada vez como si le hubieran dado en toda la cara.

Se quitó el casco y miró alrededor, se empezó a reír a carcajadas al ver la cara de todos los hombres que estaban allí sin pestañear. Como era una provocadora nata, se dirigió a ellos y les dijo con acento burlón: «¿Alguno para un combate?». Claro que era un órdago a lo grande, porque estaba empezando a boxear y no había subido al ring para combatir nunca. Al contrario que en la vida que no bajaba del cuadrilátero ni para dormir.

Todo esto sucedía un mes después de su regreso de Hangzhou. Javier le había estado llamando al periódico sin parar. En la redacción le habían entregado más de doscientos mensajes que sin leer había tirado a la papelera. Había dado órdenes de que no le pasaran ninguna llamada de este señor. Confiaba Shei en que se le pasaría la fiebre y todo quedaría en un episodio más de La vida desastrosa de la señorita Barrantes.

Inari era contrario a esa actitud, le decía que en la vida había que afrontar las cosas, y que para cerrar episodios hacen falta conversaciones que sellen rupturas o que abran de nuevo pasiones. Algún motivo tendría aquel hombre para no haberle contado que estaba casado. «En la vida, Shei, no es todo blanco o negro, también hay otros colores intermedios». Difería en eso con Inari, para ella la vida era blanca o negra, no existía la escala de grises.

―Eso es de gente que se asienta en una zona de confort, Inari, gente conformista que no lucha por llegar al color intenso y se queda en colores apagados que no tienen más luz que la luna cuando está a media tinta.

—Shei, qué cabezona eres, y luego me llamas a mí chinito tocapelotas, el casco de boxeo te está oprimiendo las neuronas, licura.

—Se dice ricura, chinito tocapelotas.

Inari la cogió en brazos y la zarandeó hasta que se cansó mientras Shei chillaba, reía y suplicaba. Era tanta la confianza que tenían que ya habían abandonado los formalismos de los primeros tiempos, cuando Inari incluso la llamaba señorita Shei.

El cielo se había teñido de negro. Comenzaron a caminar hacia casa. Rompió a llover y se metieron en el Saigon Hotel a disfrutar de un café. No les hacían falta excusas como la lluvia para eso, le había pegado a Inari la costumbre del café de media tarde y les encantaba cotillear, como decía Shei, a la orilla de la taza de café. Que no eran cotilleos ni nada parecido, porque hablaban de política, de sexo, de amor, de historia...

Aquel día tocaba hablar de Javier.

—Es una pena que ignores a la persona que te ha destapado la caja de los fuegos artificiales y te ha encendido la mecha; por cierto, manda huevos que sea un español cuando la pólvora la hemos inventado los chinos.

—Te estás volviendo un mal hablado en castellano ―exclamaba Shei entre lágrimas de risa―. Creo que estás preparado para emigrar a España conmigo, Inari, ya eres de los nuestros.

De pronto se hizo un silencio, no era la primera vez que ella se lo proponía.

—Te vas a ir, ¿verdad?

Algún día tengo que regresar, amore mio, pero de momento estás tú más preparado que yo. Y el día que regrese, Li y tú os vendréis conmigo, lo sé.

Recogieron las bolsas de deporte y retomaron en silencio el camino a casa. Al volver de su viaje, Shei se había ido a vivir con ellos, necesitaba calor de hogar, y el calor de los dos era el más acogedor del mundo.

Inari no se hacía a la idea de abandonar sus orígenes. Aunque la propuesta le seducía muchísimo, le daba cierto miedo. Empezar de cero, otra historia, otro clima, otras oportunidades, y al lado de Shei y de Li. Su parte emocional no descartaba esa opción para nada, su parte racional tenía sus dudas.

Pasaron un buen rato sin pronunciar ni su nombre. Inari vertía en la olla un poco de pasta, y muchas especias. Shei tomaba una cocacola y le contemplaba desde la silla frunciendo el ceño.

—No eches tanta cúrcuma. Aquí he descubierto que tengo el estómago a prueba de bomba.

Inari la miró como quien ve pasar el tren, y siguió a lo suyo. Cenaron y se dispusieron cada uno a sus quehaceres, Shei cerraba un artículo sobre los distintos maquillajes que se vendían en China.

—Listo va este ―decía refiriéndose a su jefe― si piensa que voy a hacer solamente artículos rositas.

De hecho, ya tenía en mente un nuevo artículo sobre los españoles en China. El conocer a Javier le había dado la idea, claro que a él no le pensaba entrevistar, con lo falso que había resultado, a lo mejor le contaba que se había asentado en China para espiar al Gobierno chino entre fogones. «Ese sí que sería un buen artículo: El espía que se hacía pasar por cocinero. Estoy fatal ―se repetía Shei para sus adentros muriéndose de risa―, y lo peor es que lo asumo».

A lo lejos se escuchaba el sonido del torno de alfarero de Inari, puliendo sus últimas creaciones, y en la cocina cacharreaba Li. Su amiga estaba tan contenta de que Shei estuviera en la casa que se pasaba el día canturreando por todos los rincones. Fiscalizaba con aquellos ojos pequeñitos cualquier cosa que Shei hacía, no perdía detalle de su ropa, olía su perfume a escondidas, incluso se probaba sus tacones como una niña pequeña prueba los de su mamá, sobre todo porque le quedaban bastante grandes.

Una mañana entró en su cuarto y vio como Li se quitaba los zapatos precipitadamente, no dijo nada, pero le entró una ternura inmensa. A los pocos días, Li se encontró una caja encima de la cama, la abrió y unos tacones rojos muy altos aparecieron envueltos en papel de seda. Li se emocionó, se los probó una y otra vez, se miró al espejo y se vio caminar con esa leve cojera que le quedó de su accidente. Con tristeza, los volvió a guardar, no quería ponérselos para nadie, solo se los pondría en la habitación para soñar. Salió de su cuarto y abrazó a Shei con ese silencio que la acompaña siempre como un hermano siamés.

—Algún día te los pondrás, Li, de eso me encargo yo, te prometo que no vas a cojear con ellos.

Al escuchar esas palabras, Li la abrazó con ternura, moviendo la cabeza en señal de negación y diciendo en un perfecto inglés que eso no iba a suceder nunca. Desde ese día, Shei decidió que buscaría al mejor especialista de China o de donde fuese para que Li pudiera curar su cojera, o por lo menos intentarlo, y, si no fuera posible, le enseñaría a aceptarla y a quererse tal como era, porque, con cojera o sin ella, Li era preciosa. De aquel momento guardaba en una caja de recuerdos una foto de Li, sonriendo y con su caja de zapatos en la mano. Detrás de la fotografía ponía: «Hoy es el primer día de tu vida».

Estaba despistada, su mente iba y volvía a su tarea en cuestión de segundos. Por fin, acabó el artículo y se fue a tomar un vaso de leche para dormir. En un rinconcito acogedor de la cocina, Li cosía. Se sentó junto a ella, esta señaló sus uñas color rojo, «son muy bonitas». Sin mediar palabra, Sheila se levantó, cogió su neceser del baño y apareció en la cocina con el esmalte en la mano y todos los cachivaches necesarios para hacer la manicura. Le quitó la costura de las manos y comenzó a pintárselas, esta sonreía tímidamente y mecía la cabeza diciendo: «No, no»; aunque se dejaba sin oponer resistencia. Parecía poca cosa, pero ese fue uno de los cambios que iría dando Li. Hay que tener en cuenta que las mariposas al principio no tienen las alas tan bonitas como al final.

Amaneció en Pekín, el día era caluroso y húmedo, el verano ya estaba en pleno apogeo, Shei se desperezó como siempre: un brazo, el otro, abrió un ojo, el otro. Su pelo estaba muy revuelto, tan despeinado como si se hubiese acostado la noche anterior con una plantilla de strippers. A lo mejor había soñado con Javier o con Carlos. «¿Por qué meto a Javier en mis sueños? ¡Si ni siquiera llega a la categoría de pesadilla!».

Inari le pasó el teléfono, «Shei, por tu dios, escucha los mensajes del contestador que te ha dejado este hombre», y, como aquella mano que mecía la cuna, una mano meció la suya para escuchar cada uno de esos mensajes. No daba crédito, ella no le había dado el número de su domicilio; seguramente, alguien en el periódico se habría ido de la lengua. «¡Como me entere de quién ha sido, se caga!», esas maldiciones de Sheila que no llegaban a ninguna parte.

«No te olvido». «Tengo que explicarte». «Por favor, Sheila, contesta a mis llamadas». «Al regresar y no verte, casi me vuelvo loco. He metido la pata, quería decírtelo, pero no sabía cómo hacerlo». Y así muchos más.

De manera que colgó, cogió papel y boli, y se dispuso a escribir una carta.

Javier, a mí no me importa si estás casado o no. Yo no he sido tu novia, ni tu amor, ni siquiera tu amante. Fueron fuegos artificiales, colores muy bonitos que duran en el aire lo mismo que dos peces de hielo en un whisky on the rocks.

Esto último lo borró, aunque siempre había querido emular a Joaquín Sabina, pero no quedaba muy serio.

El estar casado es tu problema, no el mío, yo soy libre como el viento y puedo elegir a quien quiera. Además, yo estoy también un poco casada, por decirlo de alguna manera, estoy unida a un recuerdo, el recuerdo de mi amor perdido. Lo que me alejó no fue eso, fue la mentira, no soporto la falsedad, detrás de esto siempre se esconde un cobarde y, claro, no soporto los cobardes. Dame una verdad, por muy dolorosa que sea, antes que cualquier mentira piadosa. Déjame elegir si quiero estar o no contigo. Probablemente, nada hubiese cambiado si me lo hubieras contado. Yo no busco ni anillos, ni ramos de azahar, ni iglesias en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, nada, no quiero nada, un rato de diversión y un poco de amor entre paréntesis. (Ya me columpié, no sé si quiero eso tampoco). Te ruego que no vuelvas a llamarme, no me busques, olvida todo, por favor. Sé feliz con tu hija y tu esposa. Seguro que son preciosas las dos. Y si te vas a acordar de mí, no me mandes flores (hombre, si quieres, un táper de paella o una tortilla de patatas no me importaría), piensa en mí para tus adentros.

Adiós, Javi, eres una persona muy especial, nunca lo olvides.

«Menudo rollo le he escrito», pensaba mientras cerraba el sobre con destino Hangzhou. Reconocía Shei que había estado muy fría, que él sí le había hecho sentir distinto a los hombres que había conocido después de Carlos, que casi todo lo que le ponía no lo sentía ―bueno, lo de la paella sí―, y que se moría por volver a estar en sus brazos de nuevo.

A lo lejos se oía a Inari en la cocina pidiendo a gritos a Li que trajera col del mercado. Shei ese día no trabajaba, por eso estaba aún en la cama. «Horario español de domingo, en martes», se dijo para sus adentros.

Se levantó a preparar el desayuno, al abrir la puerta de la habitación olió el perfume embriagador del café. Bendita agua negra, como le llama Inari, para ella el mejor ginseng del mundo. Él ya le tenía preparada la cafetera; desde que le había confesado que el té nada más lo tomaba cuando estaba enferma, Inari siempre hacía el café que ella compraba en un supermercado occidental.

—Inari, siéntate, por Dios. Ya está bien, no eres mi sirviente, eres mi compañero de hogar. Hoy preparo yo el desayuno, quillo. Qué cansino eres, te lo he dicho mil veces, yo hago mi desayuno. Además, hoy te voy a hacer el tuyo, eso sí, vas a probar algo diferente, desayuno a la española, bueno, más bien con la española, porque los creps son franceses.

Se sentó a regañadientes.

—Shei, estás revolucionando toda la casa. Ayer vi a Li limpiando subida a unos zapatos de tacón, hoy se ha echado rímel en los ojos y parecía un oso panda, pues a los dos minutos se los ha frotado. A mí me preparas el desayuno como si fuera el emperador de la misma China mandarina, tenemos que escuchar cada rato una música que quema los oídos, y encima enseñas a mi hermana a bailarla. Has adoptado a todos los gatos del vecindario, aquí los tengo a la puerta bebiendo leche. Eres como un terremoto de escala máxima, ¿no puedes parar, mujer?

—Mi chinito hoy está un poco ofuscado ―le decía Shei al oído comiéndole a besos―. Si quieres me voy otra vez para mi apartamento antiguo, a lo mejor Marta, mi compañera, me hace un hueco de nuevo.

—Shei, mi quilla occidental, como dices tú, de pelo peligroso más que pelirrojo, y piernas más largas que la Muralla China, ya no puedes escapar de aquí, sabes que te queremos y nos necesitas para rellenar esos huecos de cariño que dejaron tus padres. Ahora en serio, gracias por todo y sobre todo gracias por hacer sonreír a Li, después de mucho tiempo me doy cuenta de que tiene unos dientes blanquísimos.

—Mi chinito tocapelotas, te amo, joder.

—Ámame, pero habla bien, me pones de los nervios.

Mientras degustaban el delicioso desayuno que había preparado, le propuso a Inari que se tomaran el día libre y que se fueran los tres a disfrutar de algún rincón de Pekín. Cuando regresó Li con la compra, que por cierto trajo todo menos col china, le dieron la noticia de que iban a ir al templo y ella abrió los ojos todo lo que pueden abrirlos en China.

A la media hora estaban los tres en el metro camino del Templo del Cielo tan entusiasmados como cuando a Shei la llevaban en el colegio de excursión a la sierra de Cazorla a ver los animales. Vamos, que solo les faltaba cantar lo del señor conductor no se ríe, pero claro, «a saber quién es el conductor del metro», pensaba Shei cantándolo mentalmente.

Después de caminar media hora desde la boca del metro, paseaban los tres por el Templo del Cielo tranquilamente. Li iba caminando algo despacito por su cojera, observando con timidez todo lo que sucedía a su alrededor, eran tan pocas las veces que salía de casa. La gente se volvía a mirarles, los tres eran guapísimos. Shei había peinado a Li su larga melena negra con las tenacillas, la había maquillado ligeramente y pintado los labios con carmín rosa pálido. Inari sonreía al mirarla, parecía otra.

Los tres llevaban vaqueros, Shei le había regalado unos a Li, poco a poco haría que tirara a la basura la ropa antilujuria que tenía en su armario. La poca altura de Li contrastaba con la de Shei, que era tan alta como Inari, y eso que llevaba puestas sus Converse blancas. Con el pelo rojo cogido en un moño despeinado, se lo estaba dejando crecer de nuevo, Shei estaba cada día más guapa, y la camiseta de tirantes le marcaba sus poderosos pechos de tal manera que no había hombre que no se diera la vuelta a mirarla. Li se sonrojaba cuando Shei se ponía esas camisetas, ella se moriría de vergüenza si se tuviera que poner una, nunca se había puesto un bañador ni nada. «Te lo acabarás poniendo», vaticinaba Shei. Y Li movía la cabeza de un lado a otro como poseída.

Se compraron un helado de lichi y vainilla. Mientras lo saboreaban, contemplaban a la gente que se encontraba en el parque de Tiantan Gongyuan, donde está situado el Templo del Cielo: unos jugaban a las cartas, otros hacían taichí, otros simplemente paseaban. Al fondo se veía majestuoso el monumento, le gustaba imaginar a la dinastía Ming y Qing subiendo por allí para adorar al dios del cielo. Siempre le llamó la atención que simbolizaran el cielo de forma redonda; por eso la parte norte es así, mientras que la parte sur es cuadrada para simbolizar la tierra.

Inari se quedó dormido sobre la hierba, Li y Shei charlaban, cada vez hablaba mejor el chino, ya era capaz de tener una conversación fluida, y tan fluida, pues era Shei la que charlaba y Li la que asentía.

—Li, ¿no te gustaría estudiar algo, nunca te lo has planteado?

Li contestaba con la cabeza que no. Y de repente añadió:

—Soy mayor para eso.

—Pero, Li, aún eres muy joven, nunca es tarde. La vida solo termina cuando nos vamos para ese sitio redondo ―dijo apuntando a la parte norte del Templo del Cielo―. Yo no digo que hagas una carrera, pero sí que te especialices en algo que se te dé bien, puedes hacer cursillos, o algo que te guste —le decía Shei en inglés, porque a veces no era capaz de hablarle enteramente en chino, y Li sabía hablar inglés a la perfección―. Se te da muy bien coser, puedes aprender diseño. Mañana mismo te busco un sitio donde acudir. Y no me digas que no, ni con la cabeza, ni con las manos, ni con los pies.

Inari despertó de la pequeña siesta que se había echado, desperezándose como el gato Silvestre cuando disimulaba para cazar a Piolín. Shei, la verdad, no creía que hubiese estado dormido, más bien tenía el radar auditivo puesto para escuchar la conversación de las dos disimuladamente. No obstante, se estiraba como si llevara durmiendo siete días. Se incorporó de un salto, las miró con picardía y las cogió a cada una a un lado del hombro, «¿nos vamos?», y volvieron a casa entre risas y canciones. La gente se reía al verles cantar a los tres, era superdivertido escuchar a Li y a Inari cantando en chino y a Shei junto a ellos en españolichino. Algunas personas les señalaban y otras se ponían a cantar con ellos. El trío cada día que pasaba era más compacto, cada día más unido, el roce hace el cariño y, por muy paradójico que parezca, el no roce hace rozaduras.

Pasaban los días entre risas, llantos, trabajo y diversión, el tiempo iba poniendo distancia entre el dolor y ella. Los acontecimientos vividos en Hangzhou también se difuminaban en el calendario y en sus pensamientos, el verano todavía bailaba alegremente. Shei trabajaba más que nunca, en el periódico y en su pasión: la fotografía, incluso había decidido que en cuanto pudiera prepararía una exposición de sus obras. Exponer juntos algún día fue una ilusión que había compartido con Carlos, ella lo haría por los dos. Contemplando una fotografía de su novio, una de las últimas que le envió desde Afganistán, se dirigió a la imagen en plan diva de telenovela y exclamó:

—¿Quién dice que la muerte corta las ilusiones? No, mientras yo viva por ti, mi amor, cumpliré nuestro sueño, te lo prometo.

Le llevaba mucho tiempo desempolvar y clasificar entre sus archivos las fotos de Madrid, de Sevilla, del mar de Cádiz, las espectaculares puestas de sol, sus gentes, esa luz de España. Las de Carlos las sacaría más adelante, aún le temblaba la mano cada vez que abría el archivo que contenía las instantáneas que él le iba enviando desde sus viajes a los frentes de guerra. Tenía material suficiente como para exponer, en China gustaría, era algo diferente, lejano, brillante, así daría publicidad a su tierra. No quería fama, ni quería ganar dinero, solo quería exponer por el puro placer de mostrar su obra. Mientras hacía esta labor, no pensaba, en la vida estar muy ocupado es un recurso muy útil para no pensar. A veces sería mejor no tener memoria, solamente recordar lo que vivimos a diario, la memoria quema la sangre como si fuera una antorcha.

Así que todas las tardes se dedicaba a seleccionar por temas sus fotografías. Había instalado un pequeño cuarto oscuro para revelar algunos de los carretes que había guardado celosamente durante varios años. Cada uno lo tenía metido en su cajita, ordenados por fechas y lugares. «¡Qué curiosa soy cuando quiero!». A Inari le encantaba verla trabajar con tanta ilusión y de vez en cuando la ayudaba en lo que podía. Muchas tardes se sentaba a su lado, aquel revoltijo fotográfico esparcido por toda la mesa le inspiraba muchísima curiosidad, tomaba entre las manos cada una de las instantáneas y se dedicaba a mirarlas con gran atención. En una de ellas estaban los padres de Sheila, tan felices con su chiquitina en brazos.

—Son tus padres, ¿verdad?

—Sí, Inari. ¡Qué de recuerdos! —suspiraba Shei—. Mis pobres padres, de qué manera más tonta los perdí.

—Shei, la vida a veces nos pone pruebas muy grandes ―decía Inari respondiendo a los pensamientos en alto de Shei―. Sé que piensas que no es justo, y claro que no lo es, pero el destino decidió que lidiaras esa batalla. Perder a Carlos y a tus padres casi al mismo tiempo es un dolor tan grande que nunca habrá otro mayor, puede que igual, pero mayor no. Has luchado como una leona, te has metido en el fango, has salido de él, conoces lo que es estar al borde del precipicio, y también conoces la sensación de no haberte caído. Y tú estarás pensando: «sí, claro, chinito tocapelotas, lo que tú digas». No me entiendas mal, nadie debería pasar por lo que tú has pasado, o por lo que hemos pasado Li y yo, o por lo que pasan todos los días millones de personas, pero así es la vida, que se encierra en un hola, bienvenido a este mundo y un adiós que a veces ni se pronuncia porque no te da la oportunidad. No nos enseñan a perder, pero tampoco nos enseñan a ganar. Por desgracia, solo lamentamos la pérdida. Y la ganancia de todo lo que nos sucede, ¿por qué no la valoramos? Nos pasamos el día quejándonos de nuestra mala suerte, lo gritamos a los cuatro vientos, y, cuando somos felices, nos da corte hacerlo. Escondemos más la felicidad que la desdicha. Si fardamos, cómo me gusta esta palabra que me enseñaste, de que somos felices, la gente nos llama prepotentes; sin embargo, si lloramos y nos lamentamos, muchos nos pasan manos de consuelo, y damos lástima, la gente nos mira con pena, te conviertes en una marioneta social, manejable, porque la pena vende, la felicidad no.

»Recuerda con una sonrisa y vive. Tú piensa algo: si te fueras, ¿te gustaría ver a tus familiares haciendo las locuras que has hecho tú estos años? Aún recuerdo cuando te tuve que ir a buscar a aquel museo porque te pillaron metiéndote en la tumba del emperador y te querían detener. O cuando te enrollaste con aquel australiano que conocías de hacía unas horas y te fuiste con él a Shanghái, donde te dejó tirada como una colilla sin dinero ni nada; tuve que ir a hablar con el director del periódico para que te adelantara un sueldo para poder volver. Y podría seguir así una eternidad hasta el que por poco te cuesta la vida en aquel hotel haciéndote pasar por prostituta de lujo. Menos mal que tienes buen humor y a todo le sacas punta, como dices.

La levantó del sitio y la abrazó tan fuerte, tan fuerte que, como dicen en alguna frasecilla de esas que pululan por las puertas de los baños, parecía que quería pegar todas sus partes rotas. Y así estuvieron un largo tiempo, hasta que Li entró en la habitación y se unió al dúo. El trío lloró por todos sus trozos rotos, hasta acabar llorando de risa por lo patética que les resultaba la escena, pero no era patética, simplemente disfrazas de patético el pudor de sacar a flote tus heridas.

VI

Pekín. Y la vida siguió como siguen las cosas que van teniendo más sentido

Se escuchó un trueno ensordecedor a la vez que un portazo. Estaba cayendo el chaparrón del siglo. Sheila irrumpió en casa quitándose a toda prisa los zapatos, antes de que Inari soltara sapos y culebras por haberle ensuciado el suelo. Este la esperaba con un par de sandalias de andar por casa y una toalla.

—Pareces un pollo mojado.

—Muy gracioso. Me muero de risa.

—Entonces, un pollo cabreado. Qué poco sentido del humor, te noto un poco tensa.

Inari se tapaba la boca para disimular la risa. La verdad, era todo un cuadro. El pelo se le pegaba a la cabeza; el vestido de algodón rosa, al cuerpo, y las piernas estaban llenas de barro, señal de que había pisado todos los charcos del camino.

—Con lo acostumbrada que estás a meterte en charcos, no sé por qué te ofuscas tanto ―Inari decía esto mientras desaparecía raudo y veloz de la vista de Shei.

Esta le lanzó la chancla en balde, pues Inari era escurridizo, o más bien ya preveía que le iba a caer una tras aquel comentario.

—Ya te pillaré.

Se metió en el baño precipitadamente dando una patada a la puerta.

—Me vas a tirar la casa abajo ―le gritó Inari desde la cocina.

—Yo que tú, iría ya corriendo hacia algún refugio a salvo, antes de que termine de ducharme.

Inari volvió a contestar, pero ella ya no podía oírle, ya se encontraba debajo del agua calentita de la ducha, disfrutando de su calor y del jabón de azahar oloroso que recorría todo su cuerpo.

Dejó que su cabello se secara al aire. Volvía a hacer calor, así era el clima en Pekín, tan pronto caía el diluvio universal como reaparecía un calor húmedo asfixiante. Estaba muy cansada, llevaba toda la tarde pateando la ciudad en busca de una galería donde exponer sus fotografías. La lluvia le había mojado los panfletos con las condiciones que le habían dado en algunas de ellas. Resopló, tendría que volver al día siguiente, pues la tinta se había corrido y no se leía nada.

El proyecto la tenía muy ocupada, Inari la estaba ayudando mucho, pasaban la mayoría de las noches juntos escogiendo las mejores fotos. El otoño se les había echado encima, ya estaban en octubre. El tiempo volaba. Es lo que tiene estar ilusionado con algo, matas las horas y estas corren más deprisa. Sin embargo, qué jodida es la pena, que mueve las manecillas del reloj tan lentamente que el tiempo se convierte en una losa.

Li también andaba toda ilusionada; al contrario de ellos, se pasaba muchas horas fuera de casa. Acaba de empezar Corte y Confección y Diseño de Moda, regresaba tan feliz que daba gusto verla sonreír. Era muy lista y en pocos meses había conseguido aprender lo que otras en varios años. Además, estaba guapísima, ya no vestía como un árbol de navidad. Se había convertido en una mujer elegante y moderna. Los tacones aún no los usaba por su cojera, no se atrevía a ir con ellos por la calle, pero ya utilizaba pantalones vaqueros, mallas negras, camisas blancas, camisetas ―aunque no de tirantes, su pudor no había pasado por el aro―. Aquel día, cuando entró en casa, Shei e Inari la contemplaron con admiración, estaba especialmente guapa, llevaba una suerte de qipao, un vestido tradicional chino al que le había dado cierto toque de modernidad. Se lo había hecho ella en clase, muy ajustado al cuerpo, el cuello cerrado con botones laterales, y el largo por debajo de la rodilla. El color azul intenso contrastaba con su pelo brillante negro, recogido en un moño tipo geisha. Unas sandalias planas de tiras negras y un bolsito pequeño que le había regalado Shei complementaban su atuendo.

—Me encanta el qipao Li, me tienes que hacer uno para la inauguración de mi exposición.

Li asentía con la cabeza.

—Te tomaré las medidas lo antes posible para que lo tengas confeccionado a tiempo.

Li siempre tan complaciente, tan formal. Shei la abrazó fuertemente y la cubrió de besos.

—Tranquila, mi mariposa, no tengo aún ni fecha ni lugar para ello.

Tomó una manta y se sentó a cenar en el sofá con una bandeja. A Inari esta costumbre no le gustaba nada, pero no dijo ni una palabra, no quería tragarse la bandeja, aunque la ducha había calmado a Shei. Estaba hambrienta, cosa que no era una novedad, pues siempre lo estaba. Entre bocado y bocado, les contaba que la habían invitado a una recepción en la embajada de España para celebrar el Festival del Medio Otoño en China al estilo español, como miembro de la Federación Internacional de Periodistas. Y podía llevar a quien quisiera.

—Así que vendréis conmigo.

—No, no ―decían los dos a la vez.

—Quillos, parecéis el Dúo Dinámico.

Los hermanos se quedaron como un gato de escayola al escuchar lo del dúo, ni idea tenían, como era normal, de a qué se refería la loquita. «Serán dos amigos de Shei, que son muy dinámicos», sentenció Inari traduciendo a Li la frase literalmente mientras esta seguía con los ojos como gato de inscripción egipcia.

—No pintamos nada allí, entre occidentales, tú estás como cencelo.

—Te has comido el «un» y, claro, las erres, que brillan por su ausencia. Un cencerro.

—Me estás quitando el puesto tocapelotas.

—Vais a venir sí o sí. Sois mi familia y punto. Por cierto, quitarte el puesto es difícil.

Y como Sheila un no lo convertía en un sí, allí estaban los tres en un taxi camino de la embajada, vestidos para la ocasión. Inari y Li más nerviosos que un flan. Y Shei más tranquila que nadie, iba tan bien acompañada que la felicidad le daba calma. Ella que siempre pensó que aquellos lugares eran solo para recibir a personajes ilustres de la política o famosos. Quién le iba a decir que en China iba a conocer una embajada por dentro. Un trocito de su país. Se acordó en aquel momento del restaurante de Javier, aquel fue también una especie de embajada, «y vaya embajada, y en subida», se sonrojaba pensando maldades tan típicamente suyas. Tenía que reconocer que Javier le había entregado la llave para abrir su corazón a otras posibilidades, conocerle contribuyó a abonar el barbecho emocional, ese que se encontraba anegado de lágrimas desde que murió Carlos. Aquella llave estaba lista para entregársela a otra persona, solo había que dejarla en manos del destino.

Inari, sentado entre las dos, las miraba sin disimulo alguno, estaba extasiado entre tanta belleza, según él. La impresión se la había llevado al verlas salir de la habitación, primero había silbado al ver a Shei y luego al ver a Li, les aplaudía orgulloso como si estuviera en un certamen de belleza. Shei, con un vestido rojo ajustado, un hombro al descubierto y el otro atado con una lazada. Fina y elegante, no llevaba ni joyas, el único adorno eran unos zapatos negros de tacón altísimo atados con tiras a la pierna y un bolsito de lentejuelas negras que parecía una bombonera. Y Li, maravillosa, con una falda larga de tafetán negro, un cuerpo de seda blanco abrochado en la espalda con botones de nácar, una cinta de terciopelo negro al cuello y unos zapatos de bailarina que parecían de raso negro. Guapísima e impresionante, el pelo lo llevaba suelto muy liso y adornado con una flor en la oreja, muy oriental. Todo se lo había hecho ella.

Por su parte, Inari vestía un esmoquin que Shei había conseguido para él a través de su amigo Peter, corresponsal del Washington Post. Estaba imponente, alto y recto. Shei se preguntaba por qué no podía enamorarse de él, si era perfecto. Es así el sentir, como dice la copla, caprichoso, ojos que se enamoran de legañas y legañas que cierran ojos para enamorarse. Ciegos que se dan contra paredes y gente con ojos abiertos que no ve nada. Eso es el amor. Ella siempre le decía a Carlos que él no era su amor, que era su compañero de vida, y la misma vida se lo quedó para ella y dejó a Shei sin compañero y sin amor. Solamente cuando pierdes a alguien le das el valor que tenía realmente en tu vida.

Al bajar del taxi, les apretó las manos, creo que los tres sintieron por un momento deseos de volverse a su casa. La entrada de la embajada era imponente, ondeaba la bandera, tan bonita. No es que ella fuera una abanderada, pues pensaba que el mundo era muy pequeño para delimitarlo con tanta frontera, patrias y países, y mucho menos matar por banderas, pero aquel día la emoción le embriagaba el rostro cuando miró hacia el asta.

Presentó a la entrada las credenciales a dos militares como castillos que flanqueaban la puerta, su corazón se le encogió, uniformes para ella era igual a guerra, retazos de un sufrimiento que nunca iba a poder superar, pero con el tiempo se acostumbraría a vivir con ello. Reconoció detrás de una afable sonrisa militar a Ramón Coutelo, un chico del gimnasio.

—Pase usted, señorita boxeadora.

Shei se rio a carcajadas, «gracias, Ramón». También saludó a Inari y le dio la mano de una forma muy sensual a Li. Shei miró inmediatamente la cara de esta y, como preveía, estaba más roja que un tomate de la huerta murciana. «Qué poco contacto tiene con el sexo opuesto, un revolcón con Ramón no le vendría mal», pensaba maliciosamente. Pero con la Virgen del Carmen se había topado Ramón. «No sabe lo que se pierde, ya espabilará en algún momento, el sexo es maravilloso ―argumentaba para sus adentros Sheila―. A mí que me quiten todo menos lo bailao».

El salón estaba decorado muy al estilo español. Toda la comida que había en las mesas era también típica española, fue lo primero en que se fijó ella, qué raro (léase en modo irónico). En las paredes, tapices de Velázquez que parecían originales, y muchos de los muebles de la estancia eran patrimonio nacional. Había gente variopinta por todas partes, occidentales, orientales, una mezcla de estilos y una mezcla de olores y colores.

Al fondo, alrededor de una mesa, divisó a sus compañeros de la asociación, les saludó con la mano un poco tímida, no porque lo fuera, sino por eso del protocolo. «A lo mejor tengo que besarles las manos», los pensamientos de Shei iban siempre a la velocidad del rayo para las tonterías, una contradicción en ella, porque inteligente era un buen rato, pero sus pensamientos ya he contado que a veces eran de lo más absurdo, será eso que dicen que la gente inteligente es la que más se distrae.

Ya en torno a la mesa, presentó a Li y a Inari como su familia, la gente les dio varios abrazos y besos, ellos estaban un poco abrumados, en China eso no se estila.

Shei enseguida se cansó de formalidades, se fue hacia la zona de la comida, cogió un plato y comenzó a rellenarlo con todo lo que veía. Sus compañeros se reían de ella.

—No sé dónde lo metes, muñeca ―le soltó su amigo Nick.

—En tu barriga ―le contestó con un buen zasca que hizo reír a todos.

Inari y Li tardaron bastante rato en moverse. Ni siquiera se habían acercado a la mesa de la comida. Shei reparó en ello y les llenó un par de platos hasta la bandera de China, hasta la de España se lo había llenado ella. Li asentía con la cabeza, le estaba gustando todo lo que probaba. Inari, por fin, había entablado conversación con el redactor jefe del China Daily. Le pareció que estaban hablando de política, era raro en Inari, pues siempre había tenido la sensación de que le daba miedo hablar del tema.

Shei divisó a los embajadores en otra mesa y se acercó a ellos. Hacía poco, les había hecho una entrevista para que mostraran al mundo cómo era su vida como representantes de España en China.

A la mujer del embajador le había caído fenomenal Sheila, incluso le había pedido el número de teléfono para poder quedar algún día. Se sentía un poco sola en Pekín sin gente de su edad, pues ella era bastante más joven que su marido, y entre tanto protocolo necesitaba de vez en cuando respirar algo de locura con gente que tuviera ganas de despeinarse. A su edad se estaba marchitando como una flor cuando no se riega. Se notaba que quería a su marido, pero estaba tan lejos de su país. Una cultura diferente y esa ortopedia en la que se envuelven los actos oficiales estaban asfixiando su juventud.

—Mi querida Sheila Barrantes, no la he podido llamar, pues hemos estado en España en un acto constitucional, pero pensaba hacerlo en breve. ¿Qué tal se encuentra?

Shei le preguntó al oído si era necesario que la tratara de usted y Martina, que así se llamaba la embajadora, dijo: «Aquí sí».

Estuvieron hablando un buen rato, un poco de todo, parecía un magazín de esos que por las mañanas veía su madre en la televisión. La verdad es que estaba en la conversación bastante abstraída, miraba a todo menos a Martina. En particular, no quitaba el ojo de Li e Inari. Li estaba sentada en una silla con un refresco en la mano, callada y observadora, y su hermano seguía habla que habla con un compañero del periódico. Muchas veces Shei pensaba que las palabras de Li se las había comido Inari, pues uno no callaba y la otra no hablaba, no podían ser más diferentes.

Aburrida de tanta charla insustancial, disimuladamente se alejó de aquella mujer con la excusa de ir al servicio. Al final a Martina se la había tragado la diplomacia y su juventud se había esfumado, para Shei era ya un caso perdido. Es curioso cómo los humanos nos mimetizamos en algún momento con el entorno, más que nada para no ver la realidad. Solo cuando somos valientes y salimos de esa zona es cuando nos damos cuenta de que estábamos metidos en una charca y a nosotros nos parecía un lago. «Martina un día se dará cuenta, seguramente», se dijo para sus adentros y se fue a recorrer el salón cual ratón buscando un queso; su afán curioso hacía que paseara como infiltrada entre la gente escuchando trozos de conversación; si los hubiera unido todos, hubiera escrito un best seller de lo más absurdo.

Ya tenía diseccionada la sala entera y se aburría notoriamente. Bostezando, se encaminó hacia la puerta, esta vez como un gato que quiere salir a buscar a una gatita en celo, con sigilo. Tenía curiosidad por ver más habitáculos. Medio perdida, buscó el baño para retocarse el carmín de los labios. Al fondo del pasillo visualizó una puerta blanca. Confiando en que fuera esa, la abrió y, del otro lado, tal cual se debió sentir san Jorge en las fauces del dragón, se encontró a Javier en la cocina.

—¿Qué estás haciendo aquí? ―cantaron al unísono.

Y por cosas de la vida, que a veces caza al ratón y lo deja en manos del gato, Javier era el encargado del catering. Así le habían resultado conocidos ciertos platos, desde el primero hasta el último había tenido la sensación de que los había probado en algún lugar, pero lo que menos se podía imaginar era que fueran de él. Shei le explicó farfullando que estaba allí como miembro de la FIP.

—¿Y tú?, ¿no hay más cocineros españoles en toda China? ―preguntaba con los ojos como platos, por eso de que estaba en la cocina, esta vez los platos los tenía ella.

―Pues la verdad es que no hay más cocineros españoles en China. Así que el destino ha querido que nos volvamos a ver.

«Qué cursi es Javier ―pensaba Shei―, menos mal que en la cama abandona esa cursilería y se convierte en un experto amante. Bueno, amante no, que suena a que yo soy su querida, y de eso nada, y querida menos aún, pues no es ni mi amor ni le quiero. ¡Follador, coño, que suena como suena!».

—Shei, he abierto un restaurante también en Pekín hace un mes, el de Hangzhou lo lleva Diego, y yo me he puesto al mando de este. Me he trasladado aquí.

—Querrás decir que os habéis trasladado aquí, ¿o has dejado a tu hija en un orfanato y a tu mujer en el convento?

—Shei, no seas tan dura. Aunque he de reconocer que me ha hecho gracia la ocurrencia. Te lo pensaba contar. Y la vida me ha dado una oportunidad para explicarme, me tienes que dar tú la misma que la vida.

—Mira, no me hables de la puta vida, que a veces me tiene harta.

Y se fue de la cocina con ese aire de Mata Hari que ponía cuando se sentía ofendida, bueno, más bien de actriz de telenovela venezolana. Y detrás de ella Javier, como Carlos Alfredo Santos, el protagonista de la última telenovela que había visto con su madre, implorando que le escuchara la justificación de su omisión del deber.

—Espera, Shei.

—No, Carlos Alfredo, digo Javier, me voy.

Y así, en una persecución como si estuvieran en el París-Dakar por los pasillos de la embajada, Shei fue a chocar con Inari. Agarrándole del brazo, hizo las presentaciones oportunas.

—Inari, te presento a Javier, el más hermético de todo Hangzhou.

—Mucho gusto —respondió Inari en un correcto castellano.

—Javier, este es mi chinito tocapelotas, una de las personas que más quiero en la vida. Y no te parte las piernas más que nada porque es pacifista, y eso se nos da mejor a los españoles cuando se deshonra a una mozuela.

—Eres genial, Shei, por eso me gustas tanto.

—Pues tú eres un petardo, por eso me voy con la pólvora china que es de mejor calidad.

—Llámame, por favor, Sheila.

—Estate sentado esperando, pues te vas a cansar.

Como alma que lleva el diablo habían regresado a casa los tres con Ramón, el militar de la puerta que se ofreció, muy amablemente, a llevarles en su coche. Shei aceptó, habría montado en el mismo Titanic sabiendo que iba a naufragar con tal de huir de Javier.

Inari se sentó delante con Ramón y las dos chicas se subieron en el asiento de atrás. Li iba sonriendo, Shei no sabía si era por ir con Ramón o por la escena de risa que habían protagonizado Javier y ella en el hall de la embajada. Aunque a Inari no le había hecho ni pizca de gracia.

—Qué vergüenza, Shei, vaya voces. Hasta los embajadores salieron al pasillo a ver qué pasaba —la reprendía Inari enfurecido.

—Me da igual, chinito tocapelotas, no quiero volver a ese sitio ni loca. Menudo aburrimiento de reuniones. Yo no soporto el postureo. Estoy hecha para el campo de batalla; los castillos, para las princesas —replicaba Sheila con esa voz de chula que tanto sacaba de sus casillas a Inari.

—Habló Blas, punto ledondo.

—Se dice redondo —corregía Shei para tocarle las narices.

—No puedo con ella, Lamón —confesaba Inari a Ramón de mala leche.

—¡Ramón! —dijeron al unísono Shei y el propio Ramón.

Ramón, por cierto, se lo estaba pasando muy bien, se le veía la sonrisa socarrona reflejada en el retrovisor, por el que iba mirando a cada rato a una y a otra, como si estuviera en un partido de tenis. A Shei por el cabreo que llevaba y a Li porque al muchacho le había gustado su timidez. Y cuanto más miraba a Li, más se sonrojaba ella. Sobre todo, las veces que su amiga le picaba la pierna para que reparara en las miradas de Ramón.

Llegaron a casa y Shei casi se tira en marcha para bajar. Inari la miró de tal forma que, si las miradas matasen, estarían diciendo: «Nos hemos reunido aquí para encomendar a Dios el alma de nuestra hermana Sheila…», pero a pesar de ello se olvidó por un momento de la pelirroja gruñona y sacó a relucir la gran diplomacia que posee para invitar a pasar a Ramón.

Este aceptó gustosamente, abrió la puerta del coche a Li ―que, al contrario que Shei, era de movimientos más bien lentos― y le ofreció su brazo al verla cojear, lo cual ella declinó muy pudorosa. Ramón, sorprendido por su cojera, le preguntó que si se había caído o hecho daño y la pobre Li palideció al contestarle que llevaba así toda la vida. De hecho, se metió en su habitación y no volvió a salir en todo el rato que él permaneció en la casa. Shei también hizo mutis por el foro. Y allí se quedó Inari con el joven, los dos compuestos y sin novias. Bueno, es una manera de hablar, pues ninguna persona en esa casa estaba en aquel momento por la labor de noviazgo alguno.

Preparó un té para los dos, y mientras lo tomaban le contaba a Ramón toda la historia de la cojera de Li y del complejo que tenía por ello. A Ramón le enterneció la historia y prometió buscar un buen especialista. Inari se quedó sorprendido del interés del muchacho y se lo agradeció, pero declinó la oferta argumentando que ya lo estaba buscando Shei.

Inari era muy desconfiado al principio, cuando no conocía a las personas no aceptaba nada, su orgullo oriental no le permitía depender de la gente. Él siempre era más de dar que de recibir. Le producía pudor recibir. Incluso a Shei le había costado mucho que aceptaran cosas que vinieran de ella.

Al irse Ramón para no volver, pues le debió quedar claro que allí no había nada destinado para él, Inari picó a la puerta de la habitación de Shei. No contestó, y este no insistió, sabía que necesitaba sus silencios para poner todo en orden.

Recostada en ropa interior sobre la cama, el vestido rojo tirado en el suelo, los zapatos de tacón desmadejados sobre la alfombra de cebra que había traído de su antiguo apartamento, fumaba un cigarro lentamente. Las ondas de humo levitaban al compás de sus pensamientos. Ver a Javier le había removido por dentro, le había puesto furiosa. Y tenía que descubrir el por qué. Si apenas habían sido unos cuantos revolcones, no era su tipo, era un cursi y un mentiroso. Eran las frases que se estaba repitiendo una a una Shei entre los aretes del humo. Pero algo era innegable, él le había despertado una parte que tenía dormida desde la muerte de Carlos, el interés por alguien.

A la mañana siguiente se despertó como si no hubiera pasado nada. Nadie habló del tema durante el desayuno, y cada uno se fue a sus quehaceres. A Shei le esperaba un día intenso, tenía que atravesar todo Pekín para entrevistar a Chang Kim Lee, un actor estadounidense de origen chino, muy conocido en Estados Unidos por haber sido el protagonista de una serie muy famosa: El doctor Carrot. Había llegado a Pekín a promocionar la película El último emperador de la Ciudad Prohibida.

Después de varias estaciones de metro y un par de buses, entró en el Hilton Worldwide a toda carrera. Con la credencial de periodista en la boca, preguntó a la sonriente recepcionista por la habitación del actor.

—La 701. La están esperando, señorita.

Por fin llegó el ascensor, en los hoteles chinos parece que tarda un siglo, se abrió y salieron más de veinte personas de él, nunca se acostumbraría a ver salir tanta gente, ella siempre entraba sola, o con muy pocas personas, incluso prefería subir a pie que aplastada en unos pocos metros cuadrados.

«La 701», picó a la puerta y la abrió un hombre guapísimo, occidental, probablemente sería americano, le recordaba un poco a Brad Pitt, ya se visualizaba protagonizando con él, en vez de Leyendas de pasión, Pasión en Pekín.

—¿Señorita Barrantes, verdad? La están esperando ―le dijo el hombre con una voz maravillosa muy varonil.

Tenía la mirada fija en las piernas de Shei, que ese día estaban enfundadas en una botas marrones mosqueteras por encima de la rodilla y de tacón alto. No hacía mucho frío, pero le había apetecido ponerse esas botas, así era ella, anárquica total.

Se dirigió al asiento que le indicó Pitt, ya le había bautizado como tal, y le daba igual como se llamara. Se quitó la gabardina para ponerse más cómoda, y se sentó en el sillón con ese aire de mujer fatal que le encanta poner, cruzando las piernas y dejando al descubierto parte de ellas entre la raja del vestido color caqui tipo militar que ese día llevaba. Ese color le hacía resaltar su pelo pelirrojo que ya empezaba a estar bastante largo y que llevaba muy bien alisado para la ocasión. Los días que se peinaba formalita, normalmente era para dar una imagen de profesionalidad absoluta.

El asistente de Chang Kim Lee estaba encantado también con ella, la atracción había sido mutua, le sirvió una copa de champán y le ofreció una bandeja de bombones de licor, lo cual declinó haciendo un gesto suave con la cabeza, fiel al lema de que en su trabajo nunca le gustaba beber, ni sobrepasar barreras que no fueran profesionales.

No obstante, con James, que así se llamaba aquel hombre tan guapo, hubiera pasado barreras no profesionales, interprofesionales y requeteprofesionales. Abstraída como estaba en esos pensamientos, no se dio cuenta de que un hombre oriental muy atractivo, vestido con una camisa negra y vaqueros, mocasines sin calcetines y un pedazo de Rolex de oro en la mano derecha, Chang Kim Lee, estaba ya sentado enfrente de ella, mirándola fijamente y carraspeando.

—Perdón, señor Kim Lee, estaba distraída.

—Ya veo, señorita Sheila Barrantes, pero a una mujer como usted se le perdona cualquier distracción.

«Hoy es mi día, parece que estoy en el bingo, he sacado línea y todo. A lo mejor me llevo dos por el precio de uno, como en las rebajas de El Corte Inglés», pensó abrumada, falsamente, por tantos piropos e intensas miradas. Es de reconocer que la modestia no era parte de su ADN y, a decir verdad, quizá esto no sea un defecto, sino una virtud: quererse y reconocer lo que uno es no tiene por qué ser malo.

—Si le parece, comenzamos, señor Kim.

Y fue encendiendo la grabadora mientras aspiraba el olor maravilloso del perfume de Chang Kim Lee. Le parecía Bleu de Chanel, el mismo que usaba su padre, aquel olor siempre le llenaba de agua los ojos. Agua de colonia en forma de recuerdos.

—Soy todo suyo.

—No me lo tomaré al pie de la letra, a lo mejor le asusto, con que me permita antes hacerle unas fotos me conformo.

—Por supuesto, belleza.

—Sheila mejor, si no le importa, la belleza es algo que desaparece, y yo le puedo asegurar que soy de las que nunca se olvidan ―le respondió con un guiño que hizo reír a carcajadas al oriental.

Se acercó coqueta y desafiante hacia el actor, comenzó a disparar la cámara con la habilidad que tenía ella para sacar lo mejor del rostro humano. Fotografiaba almas, no caras, sus fotos parecían tridimensionales, cuando las tocabas parecía que iban a ser en relieve. Cada persona que contemplaba sus instantáneas las calificaba de excelentes. Era su tesoro más preciado, saber expresar más de lo que veían los demás en una imagen.

Sheila sacó de su bolso una grabadora. Se sentó en una confortable butaca con orejero, cruzó las piernas y comenzó a entrevistar al interesante actor. Él la contemplaba con curiosidad, desde el primer momento vio claramente que no era una periodista común. En verdad, así era, todos los personajes que entrevistaba se quedaban sorprendidos de sus preguntas, también en ellas le gustaba sacar la parte más humana, les hacía sentirse cómodos, evitaba todo lo establecido como normas de periodismo universitario, y al final volcaban en el papel su lado más sencillo, sin el artificio de la vida del famoso.

De hecho, la primera pregunta que le hizo al actor le dejó tan descolocado que tardó unos minutos en poder articular alguna palabra.

—Si le pidieras a una persona cercana a ti que te describiera en una palabra, ¿cuál sería y por qué?

Pulsuz fraqment bitdi.

16,09 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2025
Həcm:
492 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9788412169164
Redaktor:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar